Está en la página 1de 1

el sol y la mujer sabía por qué lo había hecho: no ción la capacidad de asombro de la niña, en espe-

quería estar presente cuando la niña cayera muer- cial cuando se trataba de la naturaleza. De algún
ta sobre su tierra, esa que tanto quería. Tenía la modo, la niña era una con el espíritu de la tierra,
sensación de que no la vería hasta el día siguiente, así como ella era una con la soledad.
cuando la niña fuera enterrada. Sin embargo, no La mujer caminó con parsimonia hasta el man-
podía estar segura porque la negra era impredeci- zano, como si no quisiera llamar la atención de la
ble. Cualquier cosa podía suceder con ella. niña. En realidad, quería hacer justamente lo con-
Cuando la luna, redonda y brillante, estuvo en trario. Cuando estuvo frente a él, vio la prome-
su punto más alto, la mujer fue hacia el dormitorio sa de la negra: una manzana brillante y redonda
de la niña. Abrió la puerta como nunca antes lo como la luna que, desde arriba, la vigilaba. Todos
había hecho, lento y despacio, como si haciendo sus anhelos se concentraban en ella; la manzana
que la niña despertara de ese modo consiguiera vendría a redimir una vida de cargas y pesadi-
de forma más fácil que le diera un mordisco a la llas. Escuchó los pasos de la niña que se acerca-
manzana. Se acercó a ella y antes de tocar su hom- ban hasta el manzano. Se detuvo justo frente a la
bro, la niña se giró. No dijo nada, pero la miró con manzana, hipnotizada por su belleza. Hay que
sospecha en sus ojos. La luna está llena y su brillo deshacerse de ellas, de lo contrario, se pudrirán
se refleja en tus ñuños, ¿quieres ir a verlo por ti y las perderemos, dijo la mujer. Su voz salió gra-
misma?, le preguntó. Sabía que la niña no confía- ve y arrastrada, y la niña desvió su mirada de la
ba en ella, pero también conocía su curiosidad: no manzana para fijarse en ella. No podía dejar que
sería capaz de resistirse a su invitación. La niña sospechara. Mira, te regalo una, volvió a hablar,
se levantó por el lado de la cama contrario a la esta vez más armoniosa. Quizás, si la niña no se
mujer, dio la vuelta y se encaminó hacia el jardín; detenía en ella y seguía enfocada en la manzana,
su madrastra salió justo detrás de ella. Afuera, el no tendría tiempo para adivinar sus intrigas. Tiró
patio estaba inundado por las sombras de los ár- el fruto del árbol y extendió su brazo hacia la niña,
boles, proyectadas por el brillo de la luna. La niña pero ella no se inmutó. La niña la rechazó. No pue-
se quedó estancada en la mitad, con los ojos y la do aceptarla, contestó. Sin querer hacerlo, la mujer
boca abiertos. A la mujer siempre le llamó la aten- arqueó una ceja. ¿Acaso temes que te envenene?,

98 99