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Fepal - XXIV Congreso Latinoamericano de Psicoanálisis - Montevideo, Uruguay

“Permanencias y cambios en la experiencia psicoanalítica" – Setiembre 2002

El paciente que permanece, el analista que cambia.

Augusto Escribens
Resumen
Habiendo variado la posición relativa del psicoanalista, en la actualidad
tenemos menos claridad que Freud respecto a qué es un paciente
psicoanalítico, pero tenemos un instrumento más sofisticado para
aproximarnos a él, aún cuando sea un instrumento cargado de
incertidumbre. El autor sigue el desarrollo de su propia reflexión sobre el
paciente psicoanalítico y su lugar en la mente del analista, siguiendo la
reflexión iniciada en varios trabajos anteriores. A partir de ellos se le hace
evidente que la escucha del psicoanalista es siempre activa, y la
representación mental de lo escuchado es siempre una práfrasis –nunca
una versión literal. Esta función de paráfrasis es condición necesaria, más
no suficiente, de la función de reverie del analista en sesión, que se hará
presente con la concurrencia de otros factores. Además de ello, el que el
paciente psicoanalítico ocupe un lugar en el espacio interno del
psicoanalista, equiparable al de otros objetos, contribuye a esa misma
función de reverie, pero requiere que el psicoanalista busque
permanentemente el máximo de lucidez posible sobre sus procesos
internos, no para evitar el conflicto, que es universal y siempre presente,
sino para que ese mismo conflicto, en lugar de hacer opaca la situación
analítica, la ilumine.

¿Qué es un paciente psicoanalítico?

Cuando empecé a trabajar en psicotrapia psicoanalítica, muchos años antes de


acceder a la formación que me llevó a ser psicoanalista, tenía una visión muy clara
de lo que era un paciente. A mi entender, era una persona que venía con un dolor
psíquico, a la que yo invitaría a hablar y, gracias a las características de una
escucha especial, descubriría fantasías detrás de su discurso, y se las mostraría
en interpretaciones que darían lugar a duelos y elaboraciones que le permitirían el
insight y el crecimiento psíquico.
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Cuando pienso en el silencio de Silvia, que luego de extenderse como un ancho


paisaje desértico en el curso de innúmeras sesiones, empieza a semejarse a una
piel; cuando, en algún momento en que el entusiasmo es escaso, recuerdo el
discurso de José, que viste su esperanza de fantásticas historias de socavón; o
cuando se me viene a la mente el fragmento de una sesión de Sebastián mientras
veo un programa de televisión sobre John Coltrane, se me hace muy dificil creer
que la historia termine ahí.

¿Cómo puedo dejar de sentir, luego de un tiempo, a esas personas, permitieron mi


intromisión en lo más privado de sus vidas, como semejantes en más de un
sentido, a los otros hombres y mujeres, grandes y chicos, que habitan mi vida
cotidiana fuera del consultorio? Para mí, entonces, el paciente psicoanalítico ha
cambiado. Ya no es definible por límites que coinciden con los arquitectónicos, con
los linderos del consultorio. Y, como es obvio, ese cambio resulta de su ubicación
relativa respecto a mi cambio como psicoanalista, al cambio de óptica sobre mi
posición respecto a él.

Los destinos de estas presencias me hacen preguntarme, hace ya bastante


tiempo, y cada vez con más insistencia, en qué medida es suficiente la visión del
analista como alguien que descubre la fantasía del analizado y le comunica, en
función de esa comprensión, un conocimiento, a través de la interpretación. Varios
planteamientos del pensamiento psicoanalítico contemporáneo van respondiendo
a las insuficiencias de la visión clásica de la contratransferencia de Freud, como
perturbación del proceso analítico, producto de los conflictos neuróticos no
resueltos de aquel, para la cual prescribió la medida correctiva del re-análisis
(Freud, 1910, 1912). Ya en la década del cincuenta, Paula Heimann (1950) y
Heinrich Racker (1960) revisaron esa concepción, postulando que la reacción
afectiva del analista no proviene sólo de sus aspectos individuales neuróticos o
sanos, sino que también es una respuesta a la conflictiva y la transferencia del
paciente, deviniendo, así, instrumento del conocimiento analítico. Kernberg
observa la íntima fusión de lo propio y lo reactivo en la contratransferencia y afirma
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que, aunque debe resolverse, es útil en la comprensión del paciente (Kernberg,


1965). Pero más adelante, esta parece ir quedando corta, con cada nueva mirada
cercana a los participantes en el análisis. Otros autores, entonces, han puesto en
el centro de la indagación a la subjetividad del psicoanalista, destacando entre
ellos Jacobs (1986, 1991), quien hace importantes observaciones sobre el uso que
el analista hace de su propia personalidad en el proceso analítico; Stolorow,
Brandchaft y Atwood, (1987), que llegan a definir el psicoanálisis como la ciencia
de lo intersubjetivo, agregando que, “con el reconocimiento de que el impacto del
observador y sus teorías es intrínseco a lo observado, el psicoanálisis entra en la
era de la relatividad”, (Stolorow, Brandchaft y Atwood, 1991), y Renik (1993) quien,
a partir de la irreductibilidad de la subjetividad del psicoanalista, postula que el
psicoanálisis es una tarea compartida por analizado y analista.

Como resultado de la variedad de aproximaciones, ahora estamos menos claros


que Freud respecto a qué es un paciente psicoanalítico, -porque ha variado la
posición relativa del psicoanalista- pero tenemos un instrumento más sofisticado
para aproximarnos a él, aún cuando sea un instrumento cargado de incertidumbre.

La escucha como paráfrasis.

En artículos anteriores me he remitido a la participación de la mente del


psicoanalista en la construcción del saber analítico. Siendo aún candidato,
presenté una ponencia al primer congreso peruano de psicoanálisis (Escribens,
1989), con una propuesta de investigación empírica de algunos de los
mecanismos por los cuales la mente del analista transformaba el discurso del
analizado en una versión propia. La metodología tomaba como puntos de
referencia la transcripción de la versión grabada de la sesión psicoanalítica y el
texto de la versión construida por el analista, en base a su recuerdo, luego de la
sesión. Si bien algún participante lo entendió como un método para explorar
cuánto se equivocaba el analista por su contratransferencia, como si lo registrado
en la grabación tuviera primacía, la mayoría de mis colegas consideró que se
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trataba de un modo, inusual en la etiqueta psicoanalítica, de destapar cráneos de


analistas para mirar el discurrir de sus tuercas, cremalleras, chumaceras y tornillos
sinfín. Era un intento de investigar cómo el psicoanalista iba del contenido
manifiesto al latente y, aún cuando se pudiera oponer objeciones al método,
porque supuestamente el objeto del psicoanálisis no se indaga por esos medios, o
porque los psicoanalistas decentes no andan grabando a sus pacientes, creo que
el cómo y el por qué un psicoanalista selecciona qué escucha y qué no de lo que
le dice un paciente, son preguntas cruciales para la comprensión del proceso
analítico.

El trabajo aludido, como investigación, nunca pasó de ser una exploración de las
vicisitudes de mi propia escucha, con unos pocos casos adicionales como puntos
de comparación, porque mis colegas, tomados, sin duda, por otras ocupaciones,
no me acompañaron en mi intento de descubrir los mecanismos por los cuales el
analista fabrica su propia representación de lo que oyó en el encuentro analítico.

Revisando hoy los hallazgos parciales de esas exploraciones iniciales, lo que veo
como especialmente relevante es que la versión que el psicoanalista construye de
lo que escuchó en la sesión es siempre un refraseo, una paráfrasis de lo que oyó.
Sólo en escasísimas situaciones, atrbuíbles, más bien, al azar, encontraremos
textos muy similares en la versión rememorativa y en la transcripción de lo
grabado.
A modo de ilustración reproduzco las respectivas versiones de una misma
secuencia publicadas en el artículo referido. Se trata de una secuencia incluída en
una sesión, sobre la cual el psicoanalista puso especial atención –lo cual se refleja
en una pauta que entonces denominamos sobrerepresentación, porque, en
general, la versión construída por rememoración suele tener un 20 a 30 % de
extensión que la transcripción de la grabación, pero, en este caso, la primera es
ligeramente más extensa que la segunda-. El paciente ha estado hablando de su
preocupación por la situación económica de su empresa, y, en esa secuencia
hace una alusión a un proyecto frustrado:
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Texto transcrito de grabación.


Paciente- El proyecto no funcionó, la vaina del cierre hay que seguirla
estudiando [...] bueno, no funcionó a medias, porque eso se lo puede
vender, pero no [...] vendérselo a una emprsa más grande como C. R. Y ya
está, pues, ellos tienen suficiente material como para irlo [...] Y pedimos,
aunque sea, el precio de costo
Texto construído por el analista, basado en su recuerdo.
Paciente- Ay, doctor. Estoy realmente preocupado por la cuestión
económica, el proyecto no ha dado buen resultado... bueno, todavía
quedaría vendérselo a una compañía grande, con procesadora, como C.R.
Ellos podrían meter el material de nosotros junto con otro de más valor...
pero tendría que ser a precio de costo... Pero desalienta que le den a uno el
treinta por ciento de su esfuerzo. (Escribens, 1989, p.p. 86-7)

Como se puede ver, en este caso la construcción que el psicoanalista ha hecho de


lo que escuchó, hace elecciones léxicas y fraséos diferentes a los que aparecen
en el texto literal

• “el proyecto no ha dado buen resultado” vs. “el proyecto no funcionó”;

• “bueno, todavía quedaría vendérselo a una compañía grande, con


procesadora, como C.R.. Ellos podrían meter el material de nosotros
junto con otro de más valor...” vs. “bueno, no funcionó a medias, porque
eso se lo puede vender, pero no [...] vendérselo a una compañía más
grande como C.R., y ya está, pues, ellos tienen suficiente material como
para irlo [...]”

Pero, además, en este caso, hay inclusiones en el texto de la versión


rememorativa que corresponden a vacíos en el texto de la transcripción, y que han
sido inadvertidamente cubiertos por información que el analista tenía de
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momentos antriores del proceso analítico (compañía con procesadora; meter el


material de nosotros con otro de más valor). El texto que transcribe la grabación,
que parece tener un carácter relativamente evacuativo, es más fragmentado que
la versión que el psicoanalista crea a partir de él. A mi entender, aún cuando no se
trata de una interpretación y, por lo tanto, no se llega a dar una comunicación al
paciente de esta suerte de reestructuración de lo que él comunicó, lo que aquí
vemos es la acción de la función de reverie del analista (Bion, 1962), retratada, por
así decirlo, en statu nascendi.

Es evidente, entonces, que la escucha del psicoanalista es una escucha activa,


que está construyendo una parte nueva de la representación que el analista tiene
del discurso del paciente (y, por ende, de la representación del paciente) en base
a su registro interno de ciertos contenidos expresados en otro momento por el
mismo paciente (es decir, apoyándose en la representación interna que tiene del
paciente y de su relación con él).

Por ello, y no sólo en la situación analítica, la escucha que una persona hace del
discurso de la otra, es activa, introduciendo en ella una serie de elementos de
contexto que llenan los siempre presentes vacíos de lo escuchado, que buscan
resolver la ambigüedad de la comunicación. La escucha es, pues, siempre una
paráfrasis.

Como el mundo, que es una paráfrasis, Sólo si es parafraseable es habitable para


el ser humano. Algo que éste no podría tolerar –que, sin duda, impediría su
continuidad como ente psíquicamente viviente- sería la absoluta literalidad del
mundo. Son las posibilidades de variación sobre el hambre, el frío, la urgencia
sexual, el odio irrefrenable, lo que instaura la habitabilidad de un mundo de cosas,
lo que permite que las metáforas puedan restañar heridas y el calor figurado de
una palabra tierna pueda quitar el frío. El erotismo es una gran paráfrasis sobre la
literalidad de ciertos actos que, sin esta licencia, podrían parecer banales. Ese es,
quizá, el aspecto más rescatable del punto de vista de Spence (1982), cuando
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postulaba la primacía de la verdad narrativa sobre la verdad histórica.

La irremisible ambigüedad de los lenguajes naturales se nos impone, y todos


vivimos en el temor de ser mal interpretados. Pero, también, en la esperanza de
serlo, porque, sin el espacio que deja la multiplicidad de posibles lecturas de
nuestras comunicaciones y nuestros actos, seríamos absolutamente predecibles.
La predictibilidad irreductible de un ser humano, así como la literalidad del mundo
que habitara, serían los más pavorosos destilados de la pulsión de muerte.
Paráfrasis y ambigüedad van juntos. En un universo unívoco, nada es
parafraseable. Y la posibilidad de la paráfrasis es condición de la resignificación.

Paráfrasis y función de reverie.

Podemos concluir, entonces, de la revisión de esta aproximación, que: a) la


escucha del analista es siempre activa, y su representación es siempre una
práfrasis –nunca una versión literal- de lo escuchado y percibido en la
comunicación del analizado; b) Esta función de paráfrasis es condición necesaria,
más no suficiente, de la función de reverie del analista en sesión; c) Cuando la
paráfrasis actualiza las condiciones de reverie (por ejemplo, transformando una
comunicación de algo evacuativo en algo más reflexivo e integrado), y concluye en
una comunicación al paciente (p. ejem. una interpretación), le proveerá el
equivalente, en la situación analítica, de la transformación que la madre hace de
los elementos beta que el infante proyecta en ella en elementos alfa que ésta le
devuelve; d) Por lo menos una parte de la función de reverie del analista en la
sesión se sustenta en la continuidad de la representación que éste lleva del
paciente en su mundo interno como objeto, que incluye una representación del
proceso psicoanalítico (incluyendo esta representación, a su vez, una
representación de lo intersubjetivo).

El paciente como objeto interno.


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En un trabajo posterior, (Escribens, 1992), concordando con Sonnenberg (1991),


observo cómo, a diferencia de Freud, que escrutó su propia biografía para nutrir su
trabajo analítico, los psicoanalistas contemporáneos suelen dar un tratamiento

circunscrito y estrictamente técnico a la cuestión del autoanálisis, dando una


imagen compartimentalizada de la persona del analista, como si éste se viera

desposeído de su historia personal cuando entra a la sesión. Incluyo, entonces,


una viñeta que muestra cómo, para mí, el descubrimiento de aspectos de mi
propia conflictiva interna suele ser requisito para la comprensión de mis pacientes.

Un domingo, . meses después de haber terminado mi formación en la Sociedad


Peruana de Psicoanálisis, había salido a pasear en auto con mi hijo menor, que en
ese entonces tenía tres años. Tenía muy presente el esfuerzo tan grande que me
había requerido el entrenamiento psicoanalítico y, en particular, lo que significó
como sustracción de tiempo para compartir con mis hijos, entre otras cosas
porque esa costumbre del paseo dominical matutino con uno de ellos era un
intento de compensar nuestras respectivas ausencias.

El niño se quedó dormido. Empecé a recordar paseos similares con mi hija


mayor, al inicio de mi entrenamiento, cuando ella tenía unos cinco años.
Recordé gestos, giros verbales, anécdotas. Mi hijo siguió durmiendo. De
pronto me sentí rotundamente solo, con una sensación de vacío que paula-
tinamente dejaba paso a una pena y un deseo de llorar. Entonces, en
medio de estas y otras evocaciones, vino a mi mente una secuencia de una
sesión reciente con [una] paciente [...], que yo había olvidado [...]
(Escribens, 1992, p.451)

El clima emocional y los contenidos que acompañaban al repentino recuerdo -una


secuencia de una sesión en la que se evidenciaba un importante cambio que daba
testimonio del crecimiento psíquico de la paciente- Pusieron en evidencia que lo
que aquí estaba en juego era mi intento de negar el duelo por la infancia de mi
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hija, por esos años en los que sólo podía compartir con ella tiempo sustraído y
recortado, y que ya no volverían. Yo había estado, así, queriendo detener el
tiempo en ese análisis, para conservar a la niña que había en la paciente y, de ese
modo, retener la infancia de mi hija,

Afirmo, luego, que la profesión de psicoanalista, al solicitarnos permanente


lucidez y el máximo conocimiento posible de nosotros mismos, nos obliga a
renunciar a la tranquilidad de nuesras defensas. Porque la renuncia que la
práctica de su oficio impone al psicoanalista es más radical que la requerida en
otras actividades de la vida civilizada (Freud, 1930), ya que implica a la totalidad
de su propia persona, y motiva que su trabajo esté tan imbricado en su vida
privada, en su intimidad emocional, como quizá ninguna otra actividad lo esté. No
sólo en el tiempo de vigilia de la sesión analítica la actividad consciente e
inconsciente del analista seguirá, de una manera u otra, vinculada con las
personas que asisten a su consultorio. La presencia de los pacientes, fuera de la
hora, sigue exigiéndole que realice una permanente labor de afinamiento de su
herramienta de conocimiento que es, al fin y al cabo, la totalidad de su propia
persona. Y también el mundo onírico del analista se verá poblado de esas
presencias, como nos lo muestra, desde los tiempos inaugurales del psicoanálisis,
la pugna de afectos y pasiones volcadas en el sueño de la inyección de Irma

(Freud, 1900). Por ello, tal como sucede con la cultura en general, pero en grado
mayor, el ejercicio del psicoanálisis deja siempre un remanente de malestar y
descontento.

En “El paciente que nos habita” (Escribens, 1996), hago un desarrollo ulterior
sobre la observación de cómo los pacientes se nos aparecen fuera de sesión,
porque, al igual que otros personajes de nuestra vida cotidiana, los llevamos
internamente como representaciones objetales.

Los pacientes están [...] hechos de los mismos materiales que


nuestros seres queridos y, si bien nuestro trato con ellos está limitado
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por las reservas que nos impone el encuadre, y que sirven para que
lo que hacemos sea de su beneficio, la generosidad con que
comparten con nosotros sus aspectos más íntimos hace que
dificilmente los podamos tener como esos desterrados -mitimaes del
espíritu, por así decirlo- que pretendería una asepsia mal entendida.
(Escribens, 1996, p. p. 107-8 )

El analizado, entonces, forma parte de los objetos que el analista lleva consigo en
su vida cotidiana, y secretamente interactúa con tales objetos, ya que no sólo
genera conocimiento sobre ellos, sino que es influído y cambiado por ellos. Pero,
por esas mismas razones, requiere de nosotros, como ya lo dijimos, una mayor
renuncia a la tranquilidad de nuestras defensas.

En años posteriores a esas dos últimas publicaciones, una serie de autores han
venido exponiendo puntos de vista que coinciden con algunos aspectos de lo ahí
planteado. Entre ellos quiero mencionar, muy especialmente, el minucioso trabajo
de investigación sobre el impacto del paciente en el analista y sus consecuencias,
tanto negativas como de autoconocimiento, realizado por Judy Kantrowitz (1996),
y el artículo de Henry F. Smith (2000), en que afirma que la escucha
psicoanalítica es un proceso conflictivo contínuo, configurado por los conflictos del
analista y el paciente, involucrados en una relación de respuesta recíproca que
deriva de una relación objetal que no se diferencia en ningún rasgo fundamental
de cualquier otra relación objetal.

El objeto paciente y el autoanálisis interminable.

Lo que puedo concluir de la reflexión que antecede es que: a) El paciente


psicoanalítico ocupa un lugar en el espacio interno del psicoanalista, equiparable
al de otras representaciones que son producto de su historia y su vida privada; b)
La interacción con el objeto paciente no concluye con el fin de la hora
psicoanalítica, sino que se extiende a lo largo de toda la vida vigil y onírica del
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analista, en la mayoría de los casos sin que tenga acceso a la consciencia. c) Esta
presencia constante implica que las representaciones de los pacientes entran en
relación con otras representaciones que ocupan el mismo espacio interior y que, al
igual que ellas, están sujetas a las consecuencias de los conflictos presentes, así
como los conflictos provenientes del pasado que se encuentren latentes,
reprimidos o reactivados en la vida del analista. d) Ello requiere que el
psicoanalista busque permanentemente el máximo de lucidez posible sobre sus
procesos internos, no para evitar el conflicto, que es universal y siempre presente,
sino para que ese mismo conflicto, en lugar de hacer opaca la situación analítica,
la ilumine, permitiendo que sus elementos puedan dar lugar a un conocimiento
que el analista transmita al analizado.

De esta manera, volvemos a la prescripción de Freud con respecto al análisis del


psicoanalista –sea este un reanálisis o un autoanálisis-. No ya para intentar la
posesión de un psiquismo libre de ocurrencias contratransferenciales, sino para
que, al ocurrir estas, puedan ser vehículo para la liberación del paciente y, sin
duda, para que el trabajo psicoanalítico también sea liberador para el analista.

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