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A MEDIDA

Horacio Lobos Luna

― Psst.
Ahí está otra vez. ¿Lo oyeron? Es un llamado apagado, casi inaudible. Como una voz
diciendo tu nombre justo en el momento de despertar, luego de un sueño que ya no
recuerdas. Irreal, pero indesmentible.
Empezó hace unos años, muy fugazmente al principio, algo tan anodino que ni siquiera
valía la pena fijarse. Pero con el tiempo se hizo más insistente y difícil de ignorar. No es
por la frecuencia, porque tampoco es que sean permanentes, sino que adquirieron tal
ritmo y constancia que empezaron a ganar mi atención y preocupación.
Hay semanas y meses en que no oigo nada. Incluso me llego a olvidar que están ahí,
hasta que de pronto...
― Psst.
Ahí. ¿Ven? Debe ser una de esas raras ocasiones en que vienen en ráfaga. A veces lo
hacen. Unos cuantos durante el mismo día, o la misma hora, o minuto. Nunca se sabe.
Siempre ahí. Incluso en el silencio más profundo. Esperando a que me distraiga lo
suficiente para dejarse oír.
Es como si supieran que los descubrí. Fue por accidente. Estaba cepillándome los
dientes frente al espejo del baño cuando escuché el repentino Psst, y con el rabillo del ojo
alcancé a captar el reflejo unas breves sombras pasando por el hueco entre la tina y la taza
de baño. Me quedé paralizado un segundo, con una profunda clavada trepanándome la
sien. Pero no podía dejar de mirar. Los vi cuchichear como duendes risueños, afanados en
trenzar unos diminutos hilillos luminosos. Incluso a la radiante luz de aquella tarde podía
verse el brillo plateado de aquellos hilos. Eran hebras del tiempo. Lo supe enseguida.
Pequeñas criaturas que hilan hebras del tiempo graciosamente y sin descanso. Mi
abuela solía hablar de ellas en su lecho de muerte. Yo era pequeño entonces y no
entendía de lo que hablaba. En realidad nadie entendía. Lo consideraban como un
síntoma más de su demencia senil o su inexorable agonía antes del final. Ya falta poco,
susurraba mi abuela en los últimos días, con un cansado dejo de consuelo, casi de
esperanza. Cuando tejan la última hebra estará listo, decía, sonriéndome penosamente.
Y tenía razón. Lo sé. Las mías ya empezaron a tejerse también. Una a una las hebras
de mi tiempo comienzan a desgajarse conforme pasan los años. Serán recogidas e
hilvanadas con paciencia y alegría, hasta que se desprenda la última. Entonces estará
completo. Un hermoso traje de luz, a mi medida, listo para usarse.
Las últimas galas para el baile final.

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