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Nuevamente se retoma la lectura de Introducción del narcisismo (1914).

Se hacen
consideraciones acerca de la disputa entre Freud y Jung en torno al concepto de libido. Se
plantean las necesidades tanto epistemológicas como operativas que se le presentan a Freud
para dualizar este concepto (dividirlo en libido yoica y libido objetal), así como la influencia de
la biología de su época (la teoría de Weissman) que distinguía el plasma somático del plasma
germinal.

Las ideas principales se empiezan a gestar cerca del final de la primera parte de la clase. Se
abren las siguientes preguntas: ¿Cuál es el soporte en el plano psicológico de lo que llamamos
pulsión sexual? ¿Cuál es el resorte que pone en marcha la sexualidad?

Las respuestas de ambas preguntas tienen que ver con el registro imaginario. Lo que pone en
marcha a los comportamientos de apareamiento en los animales no es la realidad del
compañero sexual, sino la imagen. El motor de la sexualidad, el desencadenamiento de los
comportamientos reproductivos, se articulan sobre una relación imaginaria.

En resumen, la pulsión sexual está centrada en la función de lo imaginario. Esto no quiere


decir, como muchos de los posfreudianos han entendido, que el sujeto progrese en lo
imaginario a través de varias fases (oral, anal, fálica) hasta llegar a una sexualidad genital
“normal”. Lo que hay que entender ahora son las relaciones de la libido con lo imaginario y lo
real, y cuál es la función real que desempeña el yo en la economía psíquica.

Lacan, en la segunda parte de la clase, hace referencia al modo en que Freud instó a
representar las instancias psíquicas tomando como modelo el aparato fotográfico y las
imágenes virtuales y reales que este produce. Es decir, las instancias deben representarse
como un esquema óptico. A continuación introduce el famoso esquema del ramillete
invertido.

Del lado izquierdo encontramos a un espejo cóncavo, que produce el fenómeno óptico de
invertir al florero que se halla oculto dentro de la caja. El florero aparecerá de forma derecha
como una imagen real, que es enfocable para el ojo, gracias al juego de reflexiones que
produce este espejo cóncavo.

Si el ojo se ubica al nivel del ramillete de flores, verá a la imagen real del florero rodeando al
manojo de flores. Esta imagen real del florero invertido que encierra a las flores reales es una
alegoría de la unidad del cuerpo.
Ahora bien, según cómo se ubique ese ojo podemos pensar diferentes formas de posicionarse
el sujeto en relación a la realidad. La posición del sujeto que puede enfocar a ese florero
invertido como imagen real conteniendo al ramillete de flores es una posición entre varias,
claro está.

En esta operación es donde podemos ubicar a los dos narcisismos. Por un lado se constituye
esa unidad fundamental que es la forma del cuerpo y por otra parte se construye la realidad.

En cuanto al ojo, debe estar ubicado en un lugar preciso para que se produzca la ilusión del
florero invertido, como dijimos. Este ojo ha de ubicarse precisamente entre el espejo cóncavo
(que produce la imagen real) y un espejo plano. Frente al espejo plano se verán dos cosas: el
propio ojo que mira, en un lugar donde no está realmente, y por otra parte es imagen real que
produce el espejo cóncavo, pero como imagen virtual.

El primer narcisismo tiene que ver con la imagen corporal, que produce la unidad imaginaria
del sujeto. Este primer narcisismo se ubica al nivel de la imagen real que produce el espejo
cóncavo, que permite organizar el conjunto de la realidad según una serie de marcos
preformados.

Ahora bien, lo que no hay que olvidar es el lugar que ocupa el otro en esta operación. La
relación con el otro es lo que posibilita la anticipación en la adquisición de esta unidad
fundamental, imaginaria, que es el cuerpo propio. Este otro (alter-ego) se confunde con el
Ideal del yo. El segundo narcisismo tiene que ver con la identificación narcisista hacia ese otro,
que permite situar al sujeto en su relación imaginaria y libidinal con el mundo. Ese otro le
permite al sujeto ver desde su posición, y estructurar su ser libidinal en función de esa
posición. Tengamos en cuenta que la representación del Otro (A) en este esquema está dado
en el espejo plano.

La constitución del yo implica la constitución de la realidad, al mismo tiempo que la alienación


fundamental a la imagen virtual del cuerpo en el espejo plano (campo del Otro).