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POLITIZACIÓN DE DESIGUALDADES: MOVIMIENTOS,

PARTIDOS Y CIUDADANÍA SOCIAL EN CHILE


Kenneth M. Roberts

Abstracto: Luego de 20 años de la transición democrática 1989-1990, la política chilena se


caracterizó por formas estables de representación política basa en parte, por niveles bajos
de movilización social, y un consenso tecnocrático en torno a un modelo de desarrollo
neoliberal que genera patrones de crecimiento económico rápidos y sostenidos pero muy
desiguales. Esta matriz sociopolítica fue cuestionada, sin embargo, cuando cientos de miles
de estudiantes y sus partidarios salieron a las calles para protestar contra las desigualdades
educativas, mientras que un numero menor de manifestante se movilizaron en torno a una
plétora (plétora quiere decir abundancia excesiva de una cosa) de labores, como el medio
ambiente, el derecho indígena, etc. Estas olas de protestas social se producen en un contexto de
creciente distanciamiento de los ciudadanos chilenos con los partidos tradicionales y las
instituciones representativas, y se perforó el aura de inevitabilidad y el consenso que rodeaba el
modelo económico del país. El oleaje de subterráneo de la protesta popular significo el fin de una
era política postransición en Chile y el amanecer de una nueva era definida por la repolitización de
las desigualdades sociales y económicas, incluyendo intensos debates sobre los pilares sociales del
modelo neoliberal y el alcance de los derechos sociales de la ciudadanía. La oleada de protestas
populares significó el fin de una era política postransición en Chile y el comienzo de una nueva
definida por la repolitización de las desigualdades sociales y económicas, incluyendo debates
vigorosos sobre los pilares sociales del modelo neoliberal y el alcance de los derechos de
ciudadanía social. El caso chileno arroja nueva luz sobre los procesos por los cuales las
desigualdades se politizan o despolitizan en diferentes contextos estructurales, institucionales y de
ideación.

Palabras clave: América Latina, Chile, transición democrática, partidos políticos, movimientos
sociales.

Introducción
Los desafíos para la representación democrática en Chile contemporáneo reflejan, en parte, un
creciente desapego de los ciudadanos con los partidos políticos y otras instituciones
representativas formales. Este desapego, sin embargo, no puede ser simplemente atribuido a la
apatía política generalizada o a un desinterés en los asuntos políticos. En cambio, para muchos
ciudadanos y grupos sociales, el desapego de las instituciones formales se combina con una mayor
propensión a involucrarse en acciones colectivas, es decir, a movilizarse políticamente, tanto en
exterior como en contra de los canales de representación de intereses. Los movimientos de
protesta masiva de la segunda década del siglo XXI son la manifestación más visible de esta
movilización sociopolítica extrainstitucional, y demuestra su inclinación hacia los modos
contenciosos de acción colectiva y la articulación de la demanda.
Como Tarrow sugiere, que las formas contenciosas de acción colectiva están intrínsecamente
relacionadas con las deficiencias de representación. Es decir, son empleados por personas que “no
tienen acceso regular a instituciones representativas” y “actúan en nombre de reclamos nuevo o
no aceptados” (Tarrow, 2011: 7). Estas deficiencias se encuentran en el corazón de la protesta
social en el Chile contemporáneo, como en otros países de América Latina que han experimentado
las protestas masivas en las últimas décadas (Roberts 2014). Mientras que una diversa gama de
actores sociales ha participado en actividades de protesta en Chile- incluyendo estudiantes,
trabajadores, grupos indígenas y activistas ambientales- todos han expresado reclamos que
encontraron poca aceptación en las principales organizaciones partidistas que dominaron las
arenas electorales y las políticas bajo el régimen democrático posterior a 1990. La mayoría de
estas reclamaciones estaban relacionadas con los “déficits sociales” de la transición de un régimen
militar. De hecho, los desafíos a las desigualdades sociales y económicas incrustadas dentro del
modelo neoliberal han proporcionado un tipo de “marco maestro” (Snow & Bedford 1992) para
diversas formas de acción colectiva contenciosa fuera de los canales formales de representación,
un patrón que se ha visto previamente en otros países de América Latina como Argentina,
Venezuela, Bolivia y Ecuador (Silva 2009). Como tal, la politización de la desigualdad- o, como se
explica a continuación, la repolitización- es fundamental para la compresión de los desafíos que
enfrentan las instituciones representativas de la democracia chilena contemporánea.
Durante 20 años después de la transición de régimen 1990, la democracia chilena se caracteriza
por formas estables de representación política basada en parte por los niveles relativamente bajos
de movilización social, y un consenso en torno a políticas neoliberales tecnocráticas que generó
una rápido y sostenido crecimiento económico pero muy desigual. Se desafiaron las tres
dimensiones de está matriz socio- política, sin embargo, cuando cientos de miles de estudiantes y
sus partidos salieron a la calle en 2011 para protestar contra las desigualdades educativas y otros
grupos se movilizaron en torno al trabajo, el medio ambiente, etc. Lograron romper con un cuarto
de siglo de quietud social relativa y competencia política institucionalizada, esta nueva ola de
protesta social rebasó el sistema de partidos de Chile hacia la izquierda y perforó el aura de
inevitabilidad y consenso que rodeaba el modelo económico altamente promocionado. Aunque ni
las redes de activistas ni las quejas que expresaron eran nuevas para la política chilena, su nueva
capacidad para movilizar a un gran número de ciudadanos para marchar, protestar, ocupar
espacios públicos e interrumpir las actividades cotidianas marcó un cambio radical en la arena
política nacional.
De hecho, la oleada de protestas populares significó el fin de la era política postransición y
el amanecer de una nueva definida por la repolitización de las desigualdades sociales y
económicas. A pesar de que las desigualdades no eran del todo ausente de la agenta política
durante la era postransición, estaban dirigidas de una manera altamente tecnocrática que
hizo hincapié en los conflictos distributivos como eje de la competencia entre partidos y en
gran parte eliminada como punto focal de movilización social. Esta despolitización
tecnocrática cambio abruptamente cuando los estudiantes se rebelaron en masa y obligó a
las instituciones partidistas y representativas de Chile para abrir nuevos debates en torno a
los pilares sociales del modelo neoliberal; el alcance de los derechos de ciudadanía social, e
incluso los mismos fundamentos constitucionales post 1990 del orden democrático.
El caso chileno, entonces, está hecho a medida para comprender cómo las desigualdades se
politizan o despolitizan en diferentes contextos estructurales, institucionales y de ideación.
Si bien la politización tiene bases estructurales en los patrones existentes de estratificación
social, es inevitablemente un proceso político históricamente contingente, centrado en la
agencia, impulsado por los actores sociales y políticos. Estos actores son generalmente de
naturaleza colectiva y potencialmente están situados en una amplia gama de diferentes
posiciones estructurales. Un proceso de politización puede asumir formas de arriba hacia
abajo o viceversa y está sujeto a expresiones organizacionales y canales institucionales que
median entre los diferentes niveles.
Por lo tanto, este documento problematiza el proceso de politización de las desigualdades,
rompiendo con el trabajo influyente reciente que asume que el carácter y la intensidad de
los conflictos distributivos se pueden deducir directamente de las estructuras subyacentes
de la desigualdad. (Boix 2003; Acemoglu y Robinson 2006). Siguiendo una lógica más
constructivista, sostengo que la politización de las desigualdades no es un imperativo dado
ni estructural; es, en cambio, un resultado contingente y variable de procesos
históricamente situados de movilización sociopolítica, competencia y conflicto. La agencia
política es central para tales procesos, que están fuertemente condicionados por la
construcción social y el comportamiento estratégico de los actores colectivos, como los
partidos políticos, las organizaciones de la sociedad civil y los movimientos sociales.
Cuando la competencia partidista y electoral no politiza las desigualdades, es decir, donde
los partidos ignoran o restan importancia a los resultados distributivos y compiten sobre la
base de otras formas de diferenciación política, la agenda política puede estar notablemente
divorciada de las desigualdades estructurales subyacentes. Tal despolitización, sin embargo,
se basa en gran parte en la quietud social, ya que es susceptible de movilización social y
política fuera de las instituciones representativas establecidas por los actores colectivos que
articulan afirmaciones que las partes principales no reconocen ni aceptan. Los partidos
gobernantes chilenos, por ejemplo, minimizaron las desigualdades estructurales en el
sistema educativo al tratar de ampliar el acceso a la educación superior privada, creyendo
que los créditos de matrícula y los préstamos estudiantiles crearían nuevas oportunidades
educativas y mejorarían la movilidad social individual. El movimiento estudiantil, por el
contrario, se movilizó en torno a reclamos de reformas institucionales fundamentales que
eliminarían las ganancias privadas del sistema educativo y establecerían una educación
pública universal y gratuita, demandas que fueron mucho más allá de las medidas limitadas
que inicialmente fueron entretenidas por el establishment político.
Para explicar la dinámica, este articulo describe, primero el proceso por el que las
desigualdades se despolitizadas y luego despolitizadas durante el periodo democrático
contemporáneo de Chile, centrándose en la interacción entre los actores institucionales y
sociales- en particular, los partidos políticos y movimientos social. A continuación, saco de
datos de la encuesta de opinión pública para analizar el comportamiento de protesta en el
nivel micro y explorar sus correlatos demográficos, políticos, y de actitudes. El análisis
demuestra que la activación de las preocupaciones relacionadas con las necesidades
sociales y las desigualdades se encuentra en el corazón de los ciclos recientes de la política
contenciosa en Chile. Si bien gran parte de esta activación se produce fuera de los canales
partidarios establecidos, parte de ella también tiene lugar entre los miembros del partido o
simpatizantes que apoyan los esfuerzos estatales más enérgicos para abordar los problemas
sociales.

CONCEPTUALIZANDO LA POLITIZACIÓN DE LA DESIGUALDAD

Las políticas de desigualdad han ocupado un lugar destacado en el panorama político de


Chile durante la mayor parte del siglo pasado, aunque se han desarrollado de forma
notablemente diversa y cambiante. La gestión de las desigualdades sociales y económicas
ha sido una preocupación central de los gobiernos democráticos de Chile desde 1920, y los
conflictos distributivos estuvieron en el corazón de los colapsos democráticos -y los
subsiguientes períodos de cierre autoritario- en los años veinte y setenta. Incluso para los
estándares de América Latina, los flujos y reflujos de la política chilena han sido
fuertemente condicionados por patrones cíclicos de politización y despolitización de las
desigualdades, que han creado marcados cohortes generacionales y ha tenido efectos en el
cuerpo político nacional.
Estos patrones cíclicos ayudan a arrojar luz sobre las limitaciones de los enfoques teóricos
dominantes para el estudio de la democracia y la desigualdad. Basándose en el modelo
formal pionero de Meltzer y Richard (1981), los estudios celebrados de Boix (2003) y
Acemoglu y Robinson (2006) plantean dos supuestos fundamentales: (1) que los regímenes
democráticos responden a las preferencias políticas del votante medio, y (2) que estas
preferencias naturalmente se inclinan hacia medidas redistributivas bajo condiciones de
desigualdad, ya que el ingreso del votante medio es necesariamente menor que el ingreso
promedio en la sociedad cuando la riqueza se concentra en unos pocos. A pesar de su teoría
de juegos y el rigor micro analítico, tales enfoques racionalistas descansan en fundamentos
altamente estructuralistas, ya que los resultados del régimen y la distribución se derivan de
la agregación de preferencias individuales basadas en ubicaciones estructurales en la escala
de ingresos. Las instituciones políticas, ya sean democráticas, autoritarias o revolucionarias,
se tratan como una función del conflicto distributivo.
Como en cualquier enfoque estructuralista, estas obras carecen de una apreciación por la
relativa autonomía de la esfera política y el papel de la agencia política, incluyendo sus
bases ideacionales de comportamiento estratégico. Cuando se toma en cuenta la política,
ambas suposiciones antes mencionadas se vuelven altamente contingentes y variables; los
regímenes democráticos pueden no responder a las preferencias políticas del votante medio,
y las mayorías populares pueden no expresar preferencias -mucho menos movilizarse
políticamente- por el resultado redistributivo. Una amplia gama de factores institucionales,
conductuales e ideacionales puede causar que los resultados democráticos se desvíen de los
supuestos racionalistas derivados estructuralmente. Desde arriba, estas suposiciones
ignoran los potenciales efectos distorsionadores de la riqueza concentrada en las
instituciones democráticas y los procesos de formulación de políticas, ya que las elites
económicas poseen una amplia gama de recursos políticos, acceso e influencia basados en
la riqueza que pueden compensar sus números limitados (Winters 2011; Gilens 2012).
Desde abajo, estas suposiciones descartan radicalmente los desafíos políticos de agregar las
preferencias individuales detrás de un proyecto colectivo mayoritario de resultados
redistributivos. Esto último, por ejemplo, a menudo se ve menoscabado por (i) patrones de
clientelismo-patrón que inducen a los votantes de bajos ingresos a priorizar beneficios
particularistas sobre medidas redistributivas más amplias, (ii) competencia política centrada
en cuestiones de valencia ampliamente compartidas (como el crecimiento económico,
gobierno limpio, o ley y orden) en lugar de cuestiones posicionales divisivas (como la
redistribución), o (iii) la prominencia política de las cuestiones e identidades culturales no
redistributivas para muchos ciudadanos de bajos ingresos.

De hecho, como enfatiza Schattschneider (1960: 101-110), las desigualdades sociales y


económicas pueden tener un efecto político excluyente: sesgando el funcionamiento de las
instituciones democráticas y el contenido de las políticas públicas hacia los intereses de los
adinerados, se alienan y desactivan a los pobres, que se abstienen desproporcionadamente
de la participación democrática incluso cuando poseen derechos de sufragio formal.
Además, como demuestra Castillo (2012) en el caso chileno, cierto grado de desigualdad
tiende a ser "normalizado" e incluso justificado tanto por los sectores elitistas como
populares, en lugar de servir como un punto focal de la contestación democrática.
Finalmente, incluso donde las mayorías populares prefieren los resultados redistributivos,
tales preferencias no se agregan automáticamente y se canalizan hacia los ámbitos
institucionales y de formulación de políticas. La organización política es esencial para
traducir el peso en el número de grupos de clase baja en una fuerza política coherente, lo
que inevitablemente plantea importantes problemas de acción colectiva a cualquier
proyecto redistributivo (Ansell y Samuels 2014: 41-42). Los patrones de organización
cívica y partidista son, por lo tanto, cruciales para determinar si los intereses redistributivos
de los sectores populares logran y cómo logran una representación institucional efectiva
(ver Huber y Stephens 2012).
No hay garantías, entonces, de que la competencia democrática se dirija a temas
distributivos o que las desigualdades sociales y económicas sean incluso políticamente
relevantes. Cuando las clases bajas están políticamente fragmentadas o desorganizadas,
incorporadas políticamente a través de redes clientelistas controladas por la élite o
movilizadas a través de cuestiones de valencia o apelaciones culturales que no implican
compromisos redistributivos, las instituciones democráticas pueden muy bien reproducir o
incluso acentuar las desigualdades estructurales. Esta conclusión es un complemento
analítico del trabajo reciente que desafía a Boix (2003) y Acemoglu & Robinson (2006) con
el argumento de que los orígenes de la democracia a menudo se pueden encontrar en los
esfuerzos para regular e institucionalizar la competición de elite y no en presiones
redistributiva desde abajo (Haggard y Kaufman 2012; Ansell y Samuels 2014).
Sin embargo, cualesquiera que sean los orígenes de la democracia, las élites económicas se
enfrentan inevitablemente al desafío de salvaguardar sus intereses minoritarios en entornos
institucionales de gobierno mayoritario. La estrategia dominante para los actores de élite es,
por lo tanto, despolitizar las desigualdades, es decir, evitar que las cuestiones distributivas
se conviertan en un punto focal de la contestación democrática por parte de las mayorías
populares. Tal despolitización tiene dos componentes centrales. En primer lugar, requiere
que la competencia partidista y electoral gire en torno a cuestiones o ejes competitivos que
reducen la importancia de los conflictos distributivos y no separan al electorado de las
líneas de clase. Los patrones antes mencionados de competencia clientelista, de valencia o
cultural que trascienden las líneas de clase, es probable que sean favorecidos por los actores
de élite que buscan minimizar las presiones redistributivas desde abajo. En otras palabras,
los partidos con electorados principales de élite buscan movilizar el apoyo de clase
trabajadora y baja a través de vínculos clientelares o un énfasis en cuestiones de valencia
como el crecimiento económico, la "modernización" o la ley y el orden. En segundo lugar,
la despolitización requiere la contención de la movilización social y cívica fuera de la arena
partidista / electoral por parte de los actores que persiguen objetivos redistributivos. Dado
que los derechos y las libertades democráticas impiden confiar en los instrumentos
coercitivos de desmovilización, es probable que la contención efectiva descanse en la
fragmentación política y organizativa de los sectores populares y los problemas de acción
colectiva a los que se enfrentan.
Naturalmente, tal despolitización es difícil de sostener en contextos de desigualdades
sociales y económicas agudas como las que se encuentran en América Latina. Es seguro
que tanto los actores sociales como los políticos tratarán de politizar las desigualdades
haciendo que los asuntos distributivos sean un punto focal de la contestación democrática.
La politización ocurre de arriba hacia abajo cuando los partidos políticos o los líderes
pueden movilizar bloques significativos de votantes detrás de las plataformas
redistributivas y así estructurar la competencia electoral y los procesos de formulación de
políticas públicas en torno a posiciones rivales sobre cuestiones distributivas. La
politización también puede ocurrir de abajo hacia arriba cuando los movimientos sociales,
las organizaciones cívicas o los actores sociales estratégicamente posicionados adquieren
suficiente capacidad de movilización para influir en las agendas nacionales de formulación
de políticas o inducir a los actores institucionales a responder a sus reclamos. Tales efectos
son especialmente probables cuando los movimientos sociales son capaces de interrumpir
las actividades cotidianas a través de protestas sociales a gran escala, huelgas, bloqueos de
calles u ocupaciones de sitios públicos o privados.
Como se explica en un informe reciente del Programa de las Naciones Unidas para el
Desarrollo (PNUD 2015b: 15), la politización implica un intento de incorporar un tema en
el campo político de la toma de decisiones colectiva. Los problemas ausentes de
politización generalmente se relegan a las esferas privadas de las relaciones familiares o
interpersonales, el compromiso cívico o los intercambios en el mercado. En otras palabras,
no están sujetas a la intervención reglamentaria de los procedimientos colectivos de
adopción de decisiones en el marco de las instituciones democráticas. Por lo tanto, politizar
implica inevitablemente un conflicto entre actores sociales que buscan mantener un tema en
el dominio privado y aquellos que aspiran a inyectarlo en la esfera pública donde puede
someterse a procesos colectivos de toma de decisiones. La politización es ante todo un
proceso de expansión de la esfera política de la toma de decisiones colectiva y la
reestructuración de la agenda de formulación de políticas.

Esta conceptualización de la politización es especialmente instructiva para comprender la


política de desigualdad en el Chile contemporáneo. El régimen democrático pos-1990 de
Chile no solo heredó un panorama político donde los partidos, los sindicatos y otros actores
sociales que tradicionalmente politizaron las desigualdades habían sido fuertemente
reprimidos; también heredó una economía de mercado altamente privatizada y
mercantilizada que relegó una amplia gama de resultados sociales a la esfera privada,
aislando al menos parcialmente a los gobernantes tecnocráticos de las demandas
democráticas populares. Aunque toda América Latina adoptó políticas de ajuste estructural
macroeconómico neoliberal en los años ochenta y noventa (Edwards 1995; Lora 2001),
Chile fue más lejos en la construcción de los "pilares sociales" de la "sociedad de mercado"
de Polanyi (Polanyi 1944) mediante la liberalización del trabajo mercados y la privatización
a gran escala de la atención de la salud, la educación y la seguridad social. Estos pilares
sociales -la educación en particular- han estado a la vanguardia de los esfuerzos recientes
para repolitizar las desigualdades en Chile, donde los partidos de izquierda y los
movimientos sociales han intentado redefinir los servicios básicos como derechos
universales de ciudadanía social sujetos a procesos colectivos de toma de decisiones, más
bien que los bienes privados que son asignados desigualmente por el mercado.

DICTADURA, DEMOCRACIA Y DESPOLITIZACIÓN EN CHILE

Chile tiene una larga y dilatada tradición de politizar las desigualdades bajo la democracia.
A diferencia de cualquier otro país en el hemisferio occidental, Chile desarrolló partidos
socialistas y comunistas de base masiva (el Partido Socialista de Chile, PSCh, y el Partido
Comunista de Chile, PCCh), que tenían fuertes lazos con el trabajo organizado en la década
de 1930. Estos partidos participaron en tres gobiernos de centro-izquierda consecutivos del
Frente Popular hasta que la coalición liderada por el Partido Radical se disolvió y el PCCh
fue reprimido mientras la Guerra Fría se extendía a América Latina a fines de la década de
1940. Después de un período de fragmentación y declive, una PSCh reorganizada se unió al
PCCh en una nueva coalición izquierdista electoral a fines de la década de 1950, que
finalmente eligió a Salvador Allende para la presidencia en 1970, el primer jefe de estado
marxista electo en la historia de América Latina. Posiblemente el experimento más radical
en el socialismo democrático que el mundo haya visto jamás, el gobierno de Allende se
movió rápidamente para redistribuir las grandes propiedades, nacionalizar los bancos y las
industrias básicas, aumentar los salarios y lanzar programas sociales redistributivos. Las
reformas de Allende desencadenaron una amplia movilización de los sindicatos laborales y
campesinos y las organizaciones comunitarias junto con una furiosa contra movilización
por parte de los intereses comerciales -que declararon una huelga de capital- y sus aliados
de clase media y alta (véase Stallings 1978; Winn 1986). Chile bajo Allende presentó así
una forma especialmente aguda de los conflictos distributivos basados en la clase
teorizados por Boix (2003) y Acemoglu y Robinson (2006), pero atenuados en la mayoría
de los contextos democráticos del mundo real.
El golpe militar de 1973 demolió la “vía democrática al socialismo” de Allende, que estaba
destinado no solo a revertió sus reformas socialistas sino también a emplear una fuerza
militar abrumadora para reprimir a los partidos y sindicatos que respaldaban a la izquierda,
desmovilizaron a sus grupos de base e impusieron un orden político autoritario que cerró
las reivindicaciones sociales (Remember 1980). En 1975, el régimen militar había
comenzado a imponer el razonamiento económico a esta despolitización coercitiva: el
programa más doctrinario e integral de ajuste estructural neoliberal que América Latina
jamás había visto. Implementados por tecnócratas chilenos entrenados por la Universidad
de Chicago que estaban aislados de las presiones sociales por el gobierno militar, estas
reformas neoliberales desmantelaron protecciones comerciales y controles de precios,
privatizaron industriar y servicios sociales, redujeron el gasto público y el empleo, y
liberalizaron los mercados laborales y de capital (Foxley 1983, Silva 1996).
Con los partidos de izquierda prohibidos y en clandestinidad debido a la policía secreta de
Pinochet, con los sindicatos campesinales y laborales en declive (Roberts 1998), la
verdadera revolución de mercado de Chile encontró poca resistencia organizada durante su
fase inicial de implementación. La resistencia masiva estalló en 1983, sin embargo, tras el
colapso del sistema financiero liberalizado y el inicio de una severa recesión en medio de la
crisis de la deuda en toda la región. Después de una década de desactivación coercitiva, la
sociedad chilena se reimplantó rápidamente a medida que la crisis económica debilitaba a
la dictadura, provocando disensiones internas dentro de las filas del régimen militar y entre
sus partidarios tecnocráticos y empresariales (véase Silva, 1996). La convocatoria de un día
de protesta nacional de la federación de trabajadores del cobre en mayo de 1983 provocó un
levantamiento de tres años contra la dictadura y su modelo económico, que implicó una
amplia participación de una amplia gama de trabajadores, mujeres, jóvenes, derechos
humanos y organizaciones comunitarias. Cada vez más, sin embargo, los jóvenes de las
villas de emergencia formaron el núcleo del movimiento de protesta a medida que
aumentaba la violencia política, con una represión militar intensificada y el surgimiento de
una insurgencia armada respaldada por el PCCh (Garretón 1989b).
Este resurgimiento de la movilización social coincidió con una reactivación de los partidos
de oposición, con el centrista Democracia Cristiana (PDC) y una facción moderada del
PSCh profundamente fragmentado encabezando un esfuerzo para negociar una transición
de régimen con representantes civiles de la dictadura. Así, las fuerzas de la oposición se
dividieron entre quienes creían que la protesta masiva y la insurrección popular podían
expulsar al régimen del poder, y aquellos que pensaban que la insurrección popular contra
un militar profesional era inútil y que una transición negociada ofrecía el único camino para
alejarse de la dictadura. El punto de inflexión llegó a fines de 1986 y en 1987, cuando el
movimiento de protesta comenzó a menguar, la economía comenzó una recuperación a
largo plazo y la dictadura avanzó para implementar planes para un plebiscito de 1988 sobre
el gobierno de Pinochet bajo los términos de la constitución del régimen de 1980 . Con el
régimen abriendo espacios para que los partidos recuperen su estatus legal y retomen sus
actividades políticas, una coalición de 16 partidos de oposición centrista y de izquierda
conocida como la Concertación derramó su energía en la campaña del plebiscito, esperando
derrotar a la dictadura donde era más débil: en la cabina de votación. Incapaz de sostener el
movimiento de protesta y su estrategia de rebelión popular cuando los canales
institucionales comenzaban a abrirse, el PCCh se unió de mala gana y tardíamente a la
campaña de plebiscito, pero se mantuvo al margen de la alianza Concertación (ver Roberts
1998).
Chile pasó a la democracia cuando la coalición opositora derrotó a Pinochet en el plebiscito
de 1988, negoció un paquete de reformas constitucionales con el régimen y procedió a
ganar elecciones presidenciales competitivas en diciembre de 1989. Sin embargo, a lo largo
de tres dimensiones críticas, la lógica del régimen de transición y el equilibrio de poder que
lo sostenía erigió obstáculos formidables para la politización de las desigualdades bajo el
nuevo régimen democrático.
En primer lugar, a pesar de la negociación de reformas constitucionales, el régimen militar
dejó una serie de enclaves autoritarios y restricciones institucionales a la soberanía popular
que limitarían las reformas políticas y económicas bajo el nuevo gobierno de la
Concertación. Lo más prominente fue que, la Constitución permitió que Pinochet nombrará
a un bloque de senadores que dieron a las fuerzas conservadoras la mayoría pese a no ser
elegidas en la cámara alta del Congreso, mientras que la legislación electoral establece un
sistema binominal ingeniosamente desproporcionado de la representación que mantuvo el
PCCh fuera del Congreso y activar la sobrerrepresentación del segundo bloque electoral
más grande del país: la alianza conservadora entre la Renovación Nacional (RN) y la Unión
Demócrata Independiente (UDI). Aunque poseía una mayoría electoral, la coalición
gobernante de centro izquierda no podía por lo tanto adoptar reformas por sí misma;
ninguna legislación podría pasar sin el apoyo de los miembros conservadores del Congreso
que estaban afiliados a partidos que eran defensores acérrimos del legado de Pinochet. Este
veto legislativo conservador impuso importantes restricciones a las reformas institucionales
y socioeconómicas bajo el nuevo régimen democrático.
En segundo lugar, aunque los partidos de centro izquierda que conformaron la Concertación
habían sido acérrimos opositores del modelo neoliberal de los "Chicago Boys" y sus
consiguientes desigualdades durante la mayor parte del período autoritario, se apartaron
cautelosamente de esta postura crítica durante el período de transición del régimen. En
parte, esto reflejaba el dinamismo de la economía chilena que se había hecho evidente en la
segunda mitad de los años ochenta, incluido el rápido desarrollo de nuevos sectores de
exportación basados en recursos agrícolas y naturales. También fue atribuible un cambio
dentro del régimen a un equipo de liderazgo tecnocrático menos doctrinario y más
pragmático después del colapso financiero de 1982-1983 (Silva 1996). En un momento
cuando los países vecinos de América Latina seguían sumidos en la deuda y las crisis
inflacionarias y las versiones que abarcan de reformas de libre mercado de Chile para
estabilizar sus economías, el crecimiento y el precio acelerar la estabilidad de Chile ayudó a
reforzar el apoyo de negocios para Pinochet y su modelo neoliberal. De hecho, aseguró que
gran parte del sector empresarial se opondría vigorosamente a cualquier transición de
régimen que amenazara la continuidad del modelo neoliberal.
Reconociendo que la cooperación empresarial sería vital para la estabilidad política y
económica bajo un nuevo régimen democrático, los partidos de la Concertación
atemperaron sus críticas al neoliberalismo, reconocieron el nuevo dinamismo en la
economía chilena y buscaron asegurar a las élites empresariales que sus intereses estarían
protegidos en cualquier proceso de transición de régimen. Se alejaron del movimiento de
protesta de mediados de la década de 1980, y el PSCh recién reunificado se movió hacia el
centro para alinearse con el PDC, rompiendo definitivamente con sus aliados históricos del
PCCh y su línea estridentemente antineoliberal, casi insurreccional (Garretón). 1989a). En
el proceso, los partidos de la Concertación canalizaron activistas de las esferas sociales a
actividades electorales más institucionalizadas que no requirieron una movilización popular
sostenida (Oxhorn 1995). Se comprometieron a abordar las necesidades sociales dentro de
los parámetros del modelo neoliberal en sí, a fin de evitar un retorno a la clase y la
polarización ideológica del período de Allende. Una vez en el cargo, adoptaron un enfoque
tecnocrático de la política social y aumentaron el gasto en programas de alivio de la
pobreza focalizados sin politizar las desigualdades de clase, prometiendo importantes
medidas redistributivas en las campañas electorales o movilizando a los electores populares
fuera de la arena electoral como contrapeso a los intereses de la élite (ver Torcal y
Mainwaring 2003). Como demuestra Soto Zamorano (2016), las plataformas y el discurso
de la Concertación en la primera década después de la transición del régimen de Chile no
enfatizaron la desigualdad per se sino que se enfocaron en la reducción de la pobreza y la
movilidad social mejorada a través de un patrón de crecimiento económico más inclusivo.
En tercer lugar, la despolitización de las desigualdades desde arriba, en la esfera partidista,
se complementó con la desmovilización social desde abajo. La combinación de represión
política, crisis económica y reestructuración del mercado había diezmado las filas de los
movimientos obreros y campesinos en el núcleo del experimento de Allende, mientras que
la legislación laboral de Pinochet imponía restricciones continuas a la sindicalización y la
negociación colectiva (Roberts 1998, Kurtz 2004). Asimismo, los jóvenes de las barriadas y
otros movimientos sociales prodemocráticos detrás del ciclo de protesta de 1983-1986 se
desmovilizaron en gran medida cuando los partidos tradicionales resurgieron y la "política
contenciosa" dio paso a formas institucionalizadas de competencia partidista y electoral
(McAdam, Tarrow y Tilly 2001; Oxhorn 1995). Con (i) la dictadura eliminada como punto
focal para diversas formas de protesta opositora, (ii) canales institucionalizados de apertura
de la representación, y (iii) partidos dominantes que priorizan pactos políticos y estabilidad
económica, la restauración de las libertades civiles y políticas democráticas después 17
años de dictadura no generaron un aumento de la movilización social en torno a los
reclamos redistributivos. Aunque los sindicatos, las organizaciones indígenas mapuches y
los activistas estudiantiles articulaban reclamos que desafiaban las desigualdades existentes,
ninguno poseía la capacidad movilizadora para obligar a los partidos principales a aceptar
sus demandas o interrumpir la vida diaria y las instituciones públicas hasta que sus
reclamos fueran abordados en los foros de formulación de políticas. Como O'Donnell y
Schmitter (1986) teorizan, la "resurrección de la sociedad civil" ocurrió antes de la
transición del régimen mismo -de hecho, era indispensable para impulsar el proceso de
transición- pero rápidamente disminuyó una vez que se restauraron los actores
institucionales y canales.
Sin embargo, cuando las desigualdades finalmente se repolitizaron en Chile unos 20 años
después, se produciría principalmente a lo largo de esta tercera dimensión de la
movilización social desde abajo, y en gran parte en oposición a las dos primeras
dimensiones del régimen y las instituciones partidistas. Es a ese proceso al que ahora me
dirijo.

PROTESTA SOCIAL Y REPOLITIZACIÓN

El panorama sociopolítico e institucional que se congeló durante la transición democrática


de Chile demostró ser muy resistente, especialmente en comparación con la agitación
política y la fluidez institucional que se encuentran en gran parte del resto de América
Latina. En otras partes de la región, los regímenes democráticos y los sistemas de partidos,
más que una dictadura militar, asumieron la responsabilidad de imponer políticas de ajuste
estructural durante las crisis económicas de los años ochenta y noventa, y estas
instituciones sufrieron los costos políticos correspondientes. Estos costos fueron
especialmente graves en países donde los partidos populistas o de izquierda basados en la
mano de obra habían tomado la delantera en la adopción de reformas de mercado que
chocaban con sus plataformas estatistas y redistributivas tradicionales. En países como
Venezuela, Argentina, Bolivia y Ecuador, tales patrones de liberalización de "cebo y
cambio" se refieren a los sistemas de partidos programáticamente y los dejan sin canales
institucionalizados para disentir de la ortodoxia del mercado. Esta disidencia fue
eventualmente canalizada a formas de protesta social y electoral masivas y anti sistémicas a
fines de la década de 1990 y en la primera década del siglo XXI, culminando en una serie
de renuncias presidenciales, la ruptura parcial o total del partido tradicional. sistemas, y la
elección de forasteros populistas o nuevos "partidos de movimiento" fuera del
establecimiento político (ver Silva 2009, Roberts 2014).
Al parecer, Chile había escapado a tal destino. Chile fue el único país de la región que
consolidó un programa integral de reformas de mercado bajo una dictadura militar, aislando
a las partes de los costos políticos directos de la gestión del ajuste estructural. Cuando las
partes regresaron a la oficina en 1990, el país se encontraba en las primeras etapas de un
ciclo a largo plazo de rápido crecimiento impulsado por el mercado, que permitió a la
Concertación incorporar nuevas energías y recursos en programas sociales sin correr el
riesgo de grandes esfuerzos redistributivos. Después de la elección del Patricio Aylwin del
PDC en 1990, la Concertación pudo negociar un modesto aumento en el impuesto a la renta
con los miembros conservadores del Congreso, permitiendo un aumento gradual del gasto
social en vivienda, salud y programas de subsidios familiares (Weyland 1997 ) Aunque el
Congreso bloqueó los esfuerzos del gobierno para adoptar reformas significativas al código
laboral que habrían ampliado la negociación colectiva y alentado la sindicalización, la
economía en auge permitió que los salarios aumentaran y el empleo se expandiera. Las
tasas de pobreza por lo tanto cayeron bruscamente después de 1990, incluso si el índice de
desigualdad de ingresos de Gini se mantuvo obstinadamente alto (Banco Mundial, 2002).
A corto plazo, el aumento de los niveles de vida sin duda ayudó a Chile a evitar los tipos de
movilización social y las protestas masivas que experimentaron otros países de la región
durante los períodos de dificultades económicas en curso. Del mismo modo, la estabilidad
electoral fue alentada por la profunda división sociopolítica entre los bloques pro y anti-
Pinochet que estructuraron la competencia y "ordenaron" al electorado bajo el nuevo
régimen democrático (Valenzuela, Somma y Scully de próxima publicación). Esta división
tenía componentes tanto de régimen como económicos, ya que dividía a los autoritarios de
los demócratas, así como a los partidarios de los opositores del modelo neoliberal. Sin
duda, el componente económico de esta división se "suavizó" cuando el PSCh rompió con
el PCCh, se movió hacia una alianza con el PDC y aceptó a regañadientes los principios
macroeconómicos del modelo neoliberal. Sin embargo, la división nunca se borró, ya que la
izquierda de la Concertación siguió abogando por reformas laborales y de política social
que divergían de la ortodoxia neoliberal de los partidos conservadores, la UDI en particular.
A medida que las tasas de pobreza caían y la sociedad chilena se hacía más próspera, tanto
la Concertación como sus opositores conservadores comenzaron a discutir temas de
desigualdad más abiertamente en sus plataformas y campañas electorales en la segunda
década del gobierno democrático. Aunque ambas coaliciones abogaron por ampliar las
oportunidades de educación y empleo en un contexto de crecimiento económico constante,
el ala izquierda de la Concertación también estaba dispuesta a enmarcar los temas en
términos de derechos de ciudadanía a los bienes sociales básicos (Soto Zamorano 2016).
Este cambio sutil en el discurso político de élite ayudó a colocar las desigualdades sociales
y económicas en la agenda política, politizándolas cautelosamente desde arriba hacia abajo.
Sin embargo, lo hizo de una manera relativamente consensuada y tecnocrática. Este
enfoque tecnocrático evitó una fuerte polarización de la formulación de políticas públicas,
lo que desató la movilización social desde abajo.
En la segunda década democrática, el liderazgo de la Concertación también se desplazó
hacia la izquierda con la elección de los presidentes de la PSCh, Ricardo Lagos y Michelle
Bachelet, después de dos presidentes del PDC en la década de 1990. Las reformas de Lagos
eliminaron la institución de senadores designados e introdujeron un nuevo programa de
cobertura universal para necesidades básicas de atención médica, mientras que Bachelet
adoptó un nuevo plan de pensiones públicas para expandir la seguridad social a sectores de
la sociedad que fueron excluidos de la cobertura del sistema privado de pensiones Por lo
tanto, ambos presidentes de PSCh reformaron uno de los pilares sociales privatizados y
mercantilizados del modelo neoliberal, empujando la política pública en la dirección de los
derechos de ciudadanía social universal (ver Pribble 2013). Sin embargo, estas reformas
mantuvieron la lógica tecnocrática de la formulación de políticas públicas en Chile, ya que
dieron poco impulso a la movilización social.
No obstante, este paisaje sociopolítico de estabilidad institucional, reforma social
progresiva tecnocrática y desmovilización social en curso comenzó a mostrar tensiones a lo
largo del mandato de Bachelet (2006-2010). A nivel institucional, la estabilidad de la
competencia partidista y electoral contrastaba con los crecientes signos de desprendimiento
social de los partidos establecidos y las instituciones representativas; este fue el caso
especialmente entre los jóvenes que habían alcanzado la mayoría de edad desde la
transición del régimen. Esto se puede ver en los niveles decrecientes de identificación y
participación partidista en las campañas electorales, que se ubicaron cerca de la parte
inferior en la región de América Latina. En las encuestas de 2010 del Proyecto de Opinión
Pública de América Latina (LAPOP), Chile paradójicamente ocupó el último lugar en la
región con apenas un 11,6 por ciento de encuestados que simpatizan con un partido político
a pesar de su estabilidad electoral (Luna, Zechmeister y Seligson 2010: 170). El registro de
votantes y la participación se desplomaron después de la transición democrática,
especialmente entre los jóvenes; el porcentaje de la población en edad de votar que votó
disminuyó constantemente del 86 por ciento en 1989 al 59.6 por ciento en 2009 (PNUD
2015a: 34). Al final de la primera administración de Bachelet, los chilenos ocupaban el
último lugar en América Latina en relación con el porcentaje de encuestados que
expresaron interés en política (28.6 por ciento) y el segundo más bajo en relación con el
porcentaje que dijeron haber asistido a un gobierno municipal o consejo reunión (4 por
ciento) (Luna, Zechmeister y Seligson 2010: 135,143).
En muchos aspectos, este desapego de las instituciones representativas establecidas estaba
en consonancia con las expectativas de Schattschneider (1960) con respecto a los efectos
alienantes y desactivantes de las desigualdades atroces. Sin embargo, entre un subconjunto
de la población, el desapego no necesariamente indicaba una retirada total de la política;
por el contrario, fue un preludio de una reactivación de la sociedad civil en torno a una serie
de cuestiones y reclamos sociales que los principales partidos habían descuidado en gran
medida. Como lo documentaron Somma y Medel (2017), la actividad de protesta social
aumentó constantemente después de 2003-2004, y culminó con el aumento de las protestas
educativas y ambientales en 2011-2012. Estudiantes, trabajadores subcontratados, grupos
indígenas y activistas ambientales estuvieron a la vanguardia de esta movilización social,
que amplió el alcance del debate político y agudizó las diferencias entre las fuerzas rivales
de una manera que no tenía precedentes bajo el nuevo régimen democrático.
Esta tendencia hacia una mayor movilización social reflejó varios cambios sutiles en el
contexto político chileno en la segunda década de la democracia. La amenaza de volver a
un gobierno autoritario claramente retrocedió con el tiempo a medida que el régimen
democrático consolidó y logró con éxito el crecimiento económico. De hecho, el anciano
dictador Pinochet pasó sus últimos años bajo arresto domiciliario librando batallas legales
para evitar un juicio por violaciones a los derechos humanos. Como tal, la división del
régimen entre autoritarios y demócratas se erosionó con el tiempo, y la extrema precaución
que marcó el período de postransición temprana se desvaneció. Mientras tanto, las reformas
de salud y pensiones de los presidentes Lagos y Bachelet enfocaron nueva atención en los
derechos de ciudadanía social pero también expusieron las limitaciones de estos derechos
bajo el modelo neoliberal prevaleciente, a pesar del crecimiento económico rápido y
sostenido bajo una sucesión de gobiernos de centro izquierda. Estas limitaciones,
especialmente en las esferas de la educación y los derechos laborales, se convirtieron en
puntos focales de movilización social y contestación política bajo Bachelet, la cuarta (y
última) administración de la Concertación.
Por lo tanto, las desigualdades sociales y económicas fueron en gran medida repolitizadas
por los actores sociales desde abajo y desde fuera del sistema de partidos, lo que contrasta
agudamente con la experiencia democrática chilena anterior a 1973. De hecho, la
repolitización se produjo cada vez más en oposición a los partidos tradicionales en
conjunto. Aunque el desapego de los principales partidos tuvo lugar en todo el espectro
político, la repolitización de las desigualdades esencialmente rebasó al sistema de partidos
de la izquierda. El desprendimiento y el flanqueo son fenómenos relacionados pero
distintos. El flanco hacia la izquierda tenía dos dimensiones principales: una programática,
una organizacional. Primero, en el frente programático, significó la articulación de
reivindicaciones que eran sustancialmente más desafiantes para la ortodoxia del mercado
que aquellas apoyadas por el PSCh y su rama afín, el Partido por la Democracia (PPD),
dentro de la Concertación. Como demuestran Castillo, Madero-Cabib y Salamovich (2013),
la diferenciación programática entre los principales partidos de izquierda y derecha se había
desvanecido progresivamente en Chile, pero los movimientos de protesta rompieron la
tendencia hacia la convergencia y revivieron la impugnación programática. Por ejemplo, el
movimiento minero del cobre de los trabajadores subcontratados lanzó la huelga laboral
más prolongada en el período democrático en 2007, presionando los reclamos de bonos y
derechos de negociación colectiva que desafiaban el "marco legal completo" que sustenta el
modelo neoliberal de Chile de relaciones laborales "flexibilizadas" ( Donoso 2013b: 2-3).
De manera similar, el movimiento ecologista "Patagonia sin represas", que generó grandes
protestas contra proyectos hidroeléctricos en 2011, criticó la subordinación de las
preocupaciones ambientales a los objetivos de desarrollo económico y los motivos de lucro
de las empresas privadas de energía nacionales y transnacionales (Schaeffer 2017).
Sin embargo, el flanco programático hacia la izquierda fue más dramático en el sector de la
educación, un pilar social del modelo neoliberal que las cautelosas reformas tecnocráticas
de la Concertación habían dejado en gran parte intactas. Aunque sucesivos gobiernos de la
Concertación habían lanzado nuevos programas de gasto selectivo en escuelas en distritos
de bajos ingresos y subvencionado una expansión de la jornada escolar, "nunca hubo
ningún intento de alterar la estructura general del sector educativo" (Pribble 2013: 97). La
educación había sido descentralizada y parcialmente privatizada por el régimen militar a
principios de la década de 1980, y el proceso de privatización se profundizó después de la
transición democrática; el porcentaje de estudiantes de escuelas primarias e intermedias en
escuelas públicas disminuyó de casi el 80 por ciento en 1980 a menos del 60 por ciento en
1990, y continuó bajo la Concertación a alrededor del 40 por ciento en 2010 (Bidegain
Ponte 2015: 193). Los estudiantes en municipios pobres normalmente permanecían en
escuelas públicas de baja calidad, mientras que las familias de clase media luchaban para
cubrir los costos de matrícula en escuelas privadas con subsidios públicos y requisitos de
admisión selectivos. Aunque el porcentaje de estudiantes que cursan estudios
postsecundarios aumentó enormemente a medida que proliferaron las universidades
privadas con fines de lucro, las escuelas vocacionales y los institutos técnicos, que ofrecían
diversas calidades de educación, los subsidios gubernamentales y los programas de becas
no pudieron igualar el acceso a la educación superior o evitar la carga de la deuda de
levantarse Como informó la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos
(OCDE) (2004: 254-255), el sistema educativo de Chile "tenía una estructura de clases
consciente" y estaba "muy estratificado" en términos de acceso a educación de calidad en
todos los niveles de instrucción; los estudiantes de familias de bajos ingresos y
antecedentes de escuelas públicas fueron excluidos en gran medida de las principales
instituciones de educación superior mediante la combinación de aranceles elevados y
estándares competitivos de admisión.
La rebelión estudiantil apuntó directamente a la lógica privatizada y basada en el mercado
de este sistema educativo, que reflejaba y reproducía las desigualdades de clase en la
sociedad chilena. En abril de 2006, las protestas a pequeña escala de estudiantes de
secundaria enfurruñadas por el colapso del techo de una escuela pública y las demoras en la
entrega de pases de transporte escolar se convirtieron rápidamente en una serie mucho más
amplia de manifestaciones contra las desigualdades educativas. Las marchas asociadas con
una huelga estudiantil nacional culminaron en enfrentamientos violentos con la policía y
más de mil arrestos a principios de mayo. Cuando la recientemente electa Presidenta
Bachelet criticó los disturbios, las organizaciones estudiantiles respondieron con una ola de
plantones que paralizaron a cientos de escuelas y movilizaron a más de 130,000 estudiantes
de secundaria (Donoso 2013b: 10-11). Aunque Bachelet calmó la llamada Rebelión
Pingüina, llamada así porque los estudiantes usaban uniformes en blanco y negro, al crear
una comisión asesora para dialogar con representantes de estudiantes y docentes y
desarrollar una propuesta de reformas educativas, el paquete de reformas que finalmente
funcionó su camino en el Congreso en 2009 fue tan diluido que dejó intacta la estructura
básica del sistema educativo privatizado (Pribble 2013: 104-105).
Ampliamente interpretado como una traición por parte del movimiento estudiantil
(Bidegain Ponte 2015: 252-255), la reforma educativa de 2009 preparó el escenario para la
explosión de protestas 2011-2012 de estudiantes universitarios contra el sucesor
conservador de Bachelet, Sebastián Piñera. Si el ciclo de 20 años de la Concertación en el
cargo hubiera dejado profundas desigualdades estructurales intactas, las perspectivas de una
reforma redistributiva significativa serían claramente disminuidas bajo una nueva
administración conservadora que apoya firmemente el modelo neoliberal. Cuando se cerró
la ventana para la reforma redistributiva y la izquierda moderada pasó de ser el gobierno a
ser la oposición, los estudiantes activistas desencadenaron el ciclo más grande y sostenido
de movilización social que el país había visto desde mediados de los años ochenta. Cientos
de universidades y escuelas secundarias fueron cerradas por ocupaciones estudiantiles, y
más de 900 manifestaciones ocurrieron en todo el país en un día nacional de protesta en
agosto de 2011 (Guzmán-Concha 2012: 410)
Con el apoyo de los sindicatos de docentes, los profesores y la confederación nacional del
trabajo, el movimiento estudiantil pidió el fin de la educación con fines de lucro y exigió
educación pública universal gratuita en todos los niveles de instrucción. Estas demandas
claramente rebasaron programáticamente el sistema de partidos de la izquierda, ya que
exigían una reforma estructural del sistema educativo altamente privatizado, y no
simplemente nuevas formas de gasto gubernamental o mejoras de calidad como la
Concertación había ofrecido. Esta politización de la desigualdad también rebasó el sistema
de partidos hacia la izquierda desde el punto de vista organizativo, ya que el liderazgo
político de las organizaciones de estudiantes secundarios y universitarios se movió
progresivamente hacia la izquierda con el tiempo. Después de la transición democrática, los
estudiantes activistas del PDC y del PSCh asumieron funciones de liderazgo en las
principales federaciones estudiantiles; sin embargo, a fines de la década de 1990 y en la
primera parte del siglo XXI, los líderes estudiantiles del PCCh y las redes independientes
de radicales izquierdistas conocidas como "colectivos sociales" se estaban moviendo hacia
la vanguardia. Con sus acérrimas críticas al sistema educativo, su énfasis en la organización
a través de asambleas populares y su preferencia por formas confrontativas de protesta
sobre las negociaciones con el gobierno, el PCCh y las redes de izquierda independientes
controlaban dos tercios de las federaciones estudiantiles universitarias representadas en los
poderosos Confederación de Estudiantes Chilenos (CONFECH) para 2005 (Bidegain Ponte
2015: 235). También desempeñaron un papel central en las revueltas estudiantiles de 2006
y 2011 (Donoso 2013a: 6-7). De hecho, incluso el PCCh perdió terreno ante grupos de
izquierda independientes en el movimiento estudiantil cuando se unió a una alianza
reconfigurada de centroizquierda con los viejos partidos de la Concertación antes de las
elecciones de 2013 que devolvieron a Bachelet a la presidencia.
Como tal, la politización de las desigualdades en Chile se integró en un complejo y
altamente contradictorio proceso de desapego de la sociedad de los partidos establecidos y
las instituciones representativas. Para algunos chilenos, el desapego institucional
indudablemente reflejaba una retirada apolítica de los asuntos públicos de cualquier tipo.
Para otros, sin embargo, reflejaba una alienación de las instituciones que en gran medida
habían dejado de ofrecer alternativas significativas para los temas de mayor importancia
para sus vidas cotidianas, en particular los relacionados con las necesidades sociales y las
desigualdades. Este último subgrupo fue, de hecho, muy político; al menos, estaba
disponible para formas de oposición de movilización política en torno a estos reclamos
sociales. Otros ciudadanos continuaron identificándose con los partidos establecidos, pero
no obstante apoyaron las actividades de protesta que presionaron a estas partes para
responder de manera más agresiva a los reclamos sociales.

RECLAMACIONES SOCIALES Y LA ACTIVACIÓN DEL COMPORTAMIENTO


DE PROTESTA: UN ANÁLISIS DE LOS DATOS DE LA ENCUESTA

Estas tendencias son evidentes en la encuesta nacional de 2015 de ciudadanos chilenos


realizada por la Universidad Diego Portales, que incluyó preguntas sobre actitudes políticas
y participación, incluida la participación en actividades de protesta.2 En la encuesta, el 12.1
por ciento de los encuestados afirmó haber participado en al menos uno de cinco tipos
diferentes de actividad de protesta en el año anterior: huelgas, manifestaciones, bloqueos de
calles, daños a la propiedad o la ocupación de un edificio. Como se ve en la Tabla 1, más de
un tercio de los participantes en protestas (36.9 por ciento) se identificaron con un partido
político, más del doble de la tasa de identificadores de partidos (17.6 por ciento) entre los
no declarantes. Por lo tanto, los ciudadanos que protestaron tenían más, no menos, la
posibilidad de identificarse con los partidos políticos, pero se involucraron en actividades
de protesta para articular reclamos que permanecieron pobremente representados o para
presionar a las instituciones establecidas para que sean más receptivos.
De hecho, el análisis estadístico de los resultados de la encuesta demuestra que los
manifestantes en Chile solían estar muy comprometidos con la vida cívica, con tendencias
políticas izquierdistas y profundamente preocupados por los llamados déficits sociales del
modelo neoliberal. La Tabla 2 presenta los resultados de una serie de modelos de regresión
logística sobre participación de protesta, que evaluaron los efectos de diversos factores
sociales y políticos mientras controlaban las influencias demográficas. Como era de esperar
en un contexto de movilización estudiantil generalizada, la edad se correlaciona
negativamente con la protesta social, lo que indica que los jóvenes tienen más
probabilidades de salir a la calle. Mientras que el género no tiene un efecto estadísticamente
significativo en la protesta, la educación tiene una relación fuerte y consistente: la protesta
es más común entre los ciudadanos con mayores niveles de educación, lo que
probablemente sirve como facilitador del compromiso político.
Una vez que la educación es controlada, sin embargo, el nivel socioeconómico tiene una
asociación negativa estadísticamente significativa con la participación en protesta en dos de
los cuatro modelos de regresión y se queda corto en importancia en los otros dos modelos.
La percepción generalizada de que los movimientos sociales contemporáneos de Chile son
predominantemente de clase media parece ser algo engañosa; de hecho, los hallazgos
informados aquí sugieren que los jóvenes mejor educados y los jóvenes de clase media baja
son los participantes más activos en las protestas. Es probable que estos grupos sociales
tengan fuertes aspiraciones de movilidad ascendente, y esperan que el gobierno aborde los
problemas sociales que los frena. De hecho, los participantes de la protesta manifiestan una
fuerte creencia de que las necesidades sociales son los problemas más importantes que
enfrenta el país.
Tabla 2. Correlaciones sociales y política de la participación en protestas

Una variable ficticia que identifica a los encuestados que nombraron una necesidad o
servicio social específico (es decir, educación, atención médica, pensiones, vivienda, medio
ambiente, transporte u obras públicas) como el principal problema que enfrenta el país está
relacionada positivamente con el comportamiento de protesta y estadísticamente
significativa en el nivel .01.3 Los encuestados que identificaron la corrupción o el delito
como el problema más importante, por otro lado, tenían menos probabilidades de protestar,
aunque los coeficientes de regresión para estos indicadores no son estadísticamente
significativos.
El análisis estadístico también sugiere que el comportamiento de protesta a menudo es una
extensión de otras formas de compromiso cívico y no simplemente una expresión de
alienación o descontento. Aquí, los participantes en protestas tenían un mayor nivel de
interés político y tenían más probabilidades de auto-ubicarse políticamente en la izquierda a
pesar de la presencia de un presidente PSCh en el momento en que se realizó la encuesta.
También tenían más probabilidades de pertenecer a diversas organizaciones políticas y no
religiosas de la sociedad civil, como sindicatos, partidos, asociaciones profesionales,
consejos vecinales, asociaciones benéficas y grupos deportivos o culturales. Del mismo
modo, los manifestantes tenían más probabilidades de haber participado en canales
institucionales democráticos como reuniones del partido o convencer a otros para votar.
Curiosamente, los manifestantes no estaban más inclinados a expresar su insatisfacción con
el desempeño de la democracia, pero su ethos participativo está marcado por tendencias
populistas. Por ejemplo, tenían una fe firme en la subjetividad política de "la gente" y eran
escépticos de un establecimiento político profesionalizado que afirma hablar y actuar en
nombre de la gente. La participación de protesta se relaciona positivamente con un índice
de actitudes populistas en los modelos de regresión.
Estos resultados estadísticos son indicativos de los desafíos centrales para la representación
democrática en el Chile contemporáneo: (i) las instituciones representativas son (hasta la
fecha) políticamente estables pero cada vez más superficiales en sus raíces sociales; (ii) un
subconjunto altamente activado y politizado de la población opera dentro de un contexto
general de retirada política o desapego; y (iii) al menos parte de este subsector activado
retiene los vínculos con los partidos establecidos mientras los presiona para profundizar las
reformas sociales redistributivas y ampliar los derechos de ciudadanía social. En
consecuencia, aunque mucha movilización y protesta social ha tenido lugar fuera y en
contra de los partidos dominantes del régimen democrático posterior a 1990, aún no ha
generado un nuevo "partido del movimiento" electoralmente competitivo como el
Movimiento al Socialismo (MAS) en Bolivia, mucho menos un forastero populista como
Hugo Chávez en Venezuela o Rafael Correa en Ecuador. Al momento de escribir (a fines de
2016), la protesta social aún no se había traducido en el tipo de protesta electoral que es el
indicador más seguro de una crisis de representación democrática en toda regla.
En cambio, la movilización social retiró a la izquierda la coalición de centro izquierda,
programáticamente, reactivando al menos parcialmente la división política izquierda-
derecha que se había desvanecido progresivamente a lo largo del período democrático
(Castillo, Madero-Cabib y Salamovich 2013). La "Nueva Mayoría" de Bachelet expandió la
vieja Concertación incorporando el PCCh en su alianza electoral y gobernante y
compitiendo en las elecciones de 2013 en una plataforma que abarcaba gran parte de las
demandas del movimiento estudiantil. La segunda administración de Bachelet procedió a
implementar una importante reforma tributaria para ayudar a financiar programas sociales,
reemplazar el sistema electoral binomial con un sistema de representación más
proporcional y proponer la reescritura de la constitución militar. A principios de 2016, había
impulsado a través del Congreso una importante reforma educativa diseñada para eliminar
los aranceles y los requisitos de admisión selectiva en las escuelas subsidiadas por los
estados y proporcionar educación universitaria gratuita a unos 165,000 estudiantes de bajos
ingresos. Aunque otras partes del paquete de reformas educativas del gobierno siguieron
pendientes, incluida la renacionalización de las escuelas municipales, el tercero de los
cuatro "pilares sociales" del modelo neoliberal está claramente en transición bajo Bachelet.
De hecho, la lógica basada en el mercado de la educación privatizada ha perdido terreno
significativo para una concepción más universalista de la educación como un derecho de
ciudadanía social. No en vano, las reformas de Bachelet se han opuesto firmemente a los
sectores empresariales y conservadores de la sociedad chilena, que son los principales
beneficiarios y los más fervientes defensores del modelo neoliberal
Mientras que los pilares de pensiones y asistencia sanitaria del neoliberalismo fueron
reformados por tecnócratas estatales en ausencia de una movilización social significativa, el
pilar educativo se convirtió en el punto focal de una nueva politización de la desigualdad en
la sociedad chilena, a la que las instituciones democráticas respondieron lentamente.
Aunque la actividad de protesta masiva ha disminuido desde su pico en 2011-2012, las
desigualdades sociales y económicas han vuelto claramente a la vanguardia de la agenda
política; de hecho, de acuerdo con la encuesta de 2015 de Latinobarómetro, solo el 5 por
ciento de los chilenos dijo que la distribución del ingreso en su sociedad era justa, el
porcentaje más bajo en la región (Latinobarómetro 2015: 67). Las instituciones partidistas y
de gobierno de Chile han demostrado una respuesta renovada a estas preocupaciones
sociales, pero aún no se ha determinado si esta respuesta tardía es suficiente para revertir la
erosión constante de su capacidad de articular y representar los intereses de la sociedad. La
desintegración de la matriz sociopolítica implantada durante la transición del régimen de
1989-1990 ha dejado al país en aguas políticas desconocidas; la agitación de estas aguas
por la politización de las desigualdades seguramente será una fuerza motriz en los próximos
años.

CONCLUSIÓN

Aunque muchos modelos formales de democracia asumen que la competencia partidista y


electoral se centra en los conflictos distributivos, el caso chileno sugiere que la politización
de la desigualdad no es natural ni inevitable; de hecho, puede variar sustancialmente con el
tiempo. Los sistemas de partidos y las instituciones del régimen pueden minimizar las
desigualdades en un esfuerzo por forjar un consenso nacional o fomentar la eficiencia
tecnocrática, pero al hacerlo crean deficiencias de representación que pueden inducir a los
actores sociales a articular y movilizar reclamos redistributivos en escenarios
extrainstitucionales. Así concebida, la despolitización es un equilibrio institucional
inestable en contextos de desigualdad aguda. Chile mantuvo ese equilibrio durante la mayor
parte de las dos décadas posteriores a su transición al régimen de 1990. Sin embargo, este
equilibrio se hizo añicos por la oleada de protestas estudiantiles y populares en los últimos
años. En el proceso, esta corriente presentó nuevos desafíos fundamentales para uno de los
sistemas de partidos más resilientes y estables de América Latina. Por lo tanto, los desafíos
para las instituciones representativas en Chile no solo consisten en la retirada o el desapego
de la sociedad, sino también en la movilización extrainstitucional de nuevos actores. Estos
actores articulan reclamos redistributivos que en gran medida no fueron reconocidos por los
partidos establecidos y completamente incompatibles con los pilares sociales del modelo
neoliberal que construyeron.