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Cuando Murieron

lllis Dioses

MARIA ANA HIRSCHMANN

ASOCIACION CASA EDITORA SUDAMERICANA

Avda. San Martín 4555 . 1602 Florlde

Bueno s Aires . Rep úblice Arg entina

Título del origi nal inglés :


I CHANG ED GODS

Publi cado ori ginalmente por

PACIFIC PR ES S PUBLlSHING A SSOCIATION


Indice
Mountain View. Cali fornia, EE, UU.

¡ A d' l· O, S, Madf eClta


. . ,
. .. . , , . . , .. , . , , .. ,' .... , . . . . . . . 7

ES PROPIEDAD
Fui A lum na de una Escuela Nazi . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 12

QUEDA HECH O EL DEPOSITO

OUE MARCA LA LEY t 1.723

Noviazgo con un Desconocido .. . . . ... . .. .. .. . ... ,. . . 20

¿Creer en el A mor y la G uerra? . . . .. .. . . . .


33

"No Entres Esta Noche" ., .. .. . .. . . ..... . 42

Libro de edición argenti na

Impreso en la Arg ent ina

Printed in Argentina
Mejor Soltera y F ugitiva. , . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 49

Escapada a Través de la Tierra de Nadie ., . . . ,.. . . . . 56


¿Son Iguales Todos los Soldados? " ... . . . , , . . . . . . . . . , 65

TIrada de la presente edicIón:

20.000 ejemplares
Encuentro E mocionan te .. . . . . . ... . . . .. ... .. . .. . . . .. 72

Así E ncontré m i A mor . . . . . .. . . .. ..... . .. . .. .. . . 84

ESTE LIBRO SE TERM INO DE IM PRIM IR EL 30 DE OCTUBRE DE 1979,

~'IED I AN TE EL SISTEMA OFFSET, EN LOS TA LLE RES GRAFICOS DE LA


Nace la Esperanza .. . . . . . . ,, ' . . .. . . . . , . .. . . ..... 99

ASOC IAC ION CASA EDITORA SUDAM ERICANA , AV . SAN MA RTI N 4555 ,

1602 FLO RIDA , BUENOS AI RES, REPUBlI CA ARG ENTI NA .

"H
j e V'lsto a D l'OS Oh rar un Milagro.," . .. . . .. ; . .. , 110

- 3074­
F rente a u na N ueva Aven tura .. . , . . . .. . . ... . . . . ; , 11 9

_ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _Capí tulo 1

¡Adiós!! Madre~ ita!

ELTREN silbó con etri dencia y la onda sonora se multiplic ó en


las calles estrechas de l antiguo caserío. Me asomé a la ven·
tanilla y sonreí, m ientras mi rab a los melancólicos ojos gri ses
azulados de mi anciana mad re.
Se hallaba de pie en la plataforma de la estación . Sus fa­
tigados hombros algo caídos, su fino pelo blanco echado hacia
atrás, rematando en un menudo rodete, su pequeña figura toda
con un aspecto de endeblez y desamparo, que se me antoj aba como
juguete de la brisa que a esa temprana hora soplaba.
Durante siglos la gente de mi tierra na tal, los Sudetes de
Checoslovaq uia , lu charon para arrancar el sustento de un suelo
montañoso, y ese esfuerzo por la supervivencia les ha llenado de
arruga s el ro stro y el corazón. Son poco dados a hablar y a las
exteriorizaci ones de afecto. Pero ahora que me marchaba del
hogar, mi madre me bes ó. Habí a hecho lo mismo con cada uno
de los cu atr o hijos mayores en iguales circunstancias. El mismo
viejo tren los habí a separado del hogar y de la madre, y ahora
tambi én me iba yo, últim o po lluelo que abandonaba el nido.
Mi madre volvería a su acogedora y p ulcra casita debajo
de los cerezos. Encontraría todo en orden, tranquilo y vacío.
Las cosa s se le harían más fáciles, y tal vez a papá también. Ya
no tend rían que trabajar tanto y taH d uro. Quizá mejorara la
salud de papá, porq ue sus tareas extenuuntes como albañil y agrio
cultor lo había n dejado enfermo y CaD el gen io áspero.
P apá y yo nunca habíamos si do buenos am igos. De baja esta·
tura, rostro delgado cruzado por un mostacho negro, parco en
palabra s. severo, a men udo encorvado de dolor por una enfermedad
del estómago, era un celoso m iembro de su iglesi a, pero con
poco amor. Sus ideas de una fam ilia patriarcal, donde el padre
(7)
8 CUANDO ~ruRIERON MIS D IOSES ¡ADIOS, MADRECITA! 9
debía gobernar COIl mano de h ierro y la es posa y los hijos sOme­ imtales fl orecidos, el a rroyo, l as nom eolvides que habí a arran·
terse en si lencio, <:hocauan mucha s ,-eres con mi juven il temper a· cado para mi ma d re . . . Am aba todo eso, y por sobre todo, ama·
mento, orgu lloso e indomal de. Tra tó Je dom inarme con un cinto ba a m i madre.
de cuero, y también ro r el bam bre. N o, yo 1\Ullca me a treví a A pesar de la excitación de la partida, me entristecí, sen·
ontestarle cua ndo me repre ndía . Sab ía bi en lo que pa"uJ"Ía. tí un l igero lemor y un cie rto p rese ntjm ien to al mi.la r el rostro
Pero mis dientes apreta dos, mis P Uíi0 5 cenad qs y mi:. ojos qu e silen te de mi madre, surcado por cientos de pequeñas arrugas.
lanzaban llama radas eran seila le& inequ ívocas de rebeli ón qu Algo me resulta ba enigm át ico en su aspecto. Sus ojos expresaban
011 frecuencia le p ro \ ocaba l1 raptos de ira . ll na p rofunda p reocupa ción, que yo ha bía observad o sólo dos
¡Pohre madrecit a! Ella había sido la med ia dora duran te veces all tes. ¿'por qué se la ve ía ta n ailigjda? E se deb ía haLer
todos esos años, y los ' ~It ig a zo~ ,'e riJa les qu e hallía ~ufr ido tan "ido un momen to feliz. Nos separábamos, sí, pero yo iba cam ino
a men udo por culpa mía ha lJíi1n com titui do el casti go ma yor " d ~ un gran futuro y muchos honores, y ella también participaría
más doloroso que tuvie ra yo que soportar. L llicam en te ::iU S oj o~ un día de lo mismo. ¿Entonces?
llorosos y suplican tes pod ía n - ia veces! - aplacar mi rebelión. La prim era vez ryu e la ha bía vi sI-o así, tan irremediablemente
Yo era ca paz de hacer cualq uier cosa po r ella, aun di sculpar me. triste, yo tenía u nos pocos años. Habíamos eslado peleando con
Sa bía que m i tozudez obraba como venen o sobre el estóm ago Sepp, mi herm ano tres años mayor que yo. El me habia esl ado
de mi padre, y qu e eso le hab ía prod ucido dolores i nnecesar ios. molestando, com o lo hacía bastante a m enudo, hasta q ue per dí
Ahora me iba, y deseaba si nceramen te qu e mi pad re ~e sinJiera la p acien cia y comencé a castigarlo en la espalda con mis puños,
tranquilo y mejOl", para bien de mi madr e. mientras le gl'itaba con furi a.
Observé sus ma nos ca ll osas y con las venas so bresa li éndole.
De pron to él se dio vuelta, y me di jo:
Habían tra baja do du ra llte tanto s a ños plantan do, Limpi and o, la­
-iMira , déjate de chillar! ¿. No sabes que no eres mi her­
vando, planchando, úegan do, cosecha ndo, desde e l alba hasta la
noche. NWlca vi a mi madre moviéndose co n desgano. Los únicos mana ? Yo s í sov hijo aquí , y tú e res un a ualquiera, una h uér­
momentos tra nq uilos de que disponí a eran cua ndo se rea li zaLa el fana. ¡Mi madre no es tu madre!
ulto fami Lia r o cuand o estaba dedicada a su devoción pe rson al, Lo m iré lijo, y le dije:
antes de acostarse. Ahora yo me iba, y sus mano" tendrí an m ás -Ahora mi sDlo voy a contarle a ma má lo que has dicho.
reposo. Podrí a leer su Bi blia d uxan te la tarde, y me al egraba ¡Ya te arreglarás CO]] ella!
de eso. -¡Ve y cuéntale! Es mi madre, no la tuya; tú eres una.. .
La ennegrec.ida locom otora se puso en movimiento, en med io 1rrumpiendo en l a cocina abracé a mi ma dre y me quejé:
de siseanLes resop lidos y una nube de humo. P or sobre 105 vagones -Sep p mi ente, ¿ IlO es cierto, mamá? Dice que tú no eres
volaban chi spas y cenizas. Yo reía, dive rti da. Ese tren me estaba mI ma dre.
ayudando a cumplir un s ueño. J\lp ll evaba a l ancho mun do. Poco
Delicada mente qui tó mis br azos de su cin tura y comenzó a de-
sabía yo lo que signi fica ba, pero estaba disp uesta y ans iosa de
Ü-, con voz suave: "Marichen, tu herman o dice la verdad. No soy
hacer el intento y salir.
No er a que ~e resulta ra fácil abandonar el pequeño \1lun do tu madre real. Tu mam á muúó cuando eras m uy p equeñita. Antes
de mi niñez. Amaba la vieja c a ~a, el pajar dond e hauía dorm ido de fallecer le truj o a mi casa y te puso en el banco de madera
y los bosques ele lUl verde proiulld o que se div isaban desde las junIo a la cocina de hierro. Nosotros te adoptam os. T u papá
ventanas de ulnls. H abía pasa do incontables horas fe lices juntan. nunca escribió 11j preguntó por ti. La gente dice que se ha casado
do moras y hongos silvestres baj o la f resca somhra de las siem­ nu evamente. Así qu e tú eres mi hija, Marichen, y yo cuidaré
p revivas. Allí estaba n mí ~ gatos y cah ras, la s abejas, los árboles de ti" .
10 CUANDO MURIE RO N MI S DIOSES ¡ADIOS , MADRECI TA ! 11
- Sep p -dijo, volviénd o!'e a su hij o- , pi e nso q ue a J esús mo mento para entri ;;tecer;;:e, ~ ino pa ra regocijarse, po rque yo h a­
no le agradó lo que ha:) hecho. ¡ Fue PO('o a mab lf' de tu parte ha ­ Ilí a sido elcg itla de e ntre mu chos mi les de estudia ntes pa ra ser me­
herlo dicho as í! jor ed uc ada e n un a de la s escuelas espec ia les d e Hitler. Bab ía
Esa fue la pr im e ra vez en q U f' m i mu ndo 5e m e hizo p e d azo~. sido seleccionad a luego r1 e muc has pr ue bas practicadas e n l a es­
\le '1uedé so ll ozalld o, hundida en el del anta 1 reme ndado el e 111 i cne la y en cam pamen tos especiales, lo r¡ue signifi caba un gran
ma dre, m i e ntra~ Sepp a ba ndo na ha la cocina, evid e nlemel1te Hver­ honor. La gente d cl pu eb lo .sentía e nvi dia de los así elegidos y yo
gonzado. des bord a ha de ~ozo. A hor¡J pa rtía hac ia la llueva esc uela naz i.
l"li mad re me a caricit) e l cabe Llo d espein ado, me limpió la A lgú n d ía se ría líd er. ¿Por qu é ro j m adre no se aleg raba conmi­
nariz y a g uardó hal>la que cesa ra m i lIanl o. Sus ojos me decían go?
que !)ufria conmigo. Se ha bía posado una sombra e n n ue~ lro ~ co­ El tre n ya esta ba en m ar cha. M am á leva ntó su rostro, exten·
razones, pe ro de~de a rJue ll a mi5ma hora la amt~ a ún rn¡Í~ in tcu­ r1i ó :i U:' b razos hac ia m í. y clam ó:
sam ente. -(Wa r ic1 len, Mal'Íchen, nUIlC.:a le olvid es de Jesús!
La segUllda vez que nol é agon ía en s us ojos ocurr ió unos po­ Yo sonre í y le respondí :
cos meses anles de mi partiJ a. La guerra hab ía co menz ado en - No le preoc upe!;, m a dre que r ida, ¿cómo podría olvid an))
1939, un a ño desp ués qu e la ;; tropas de Hitler ocuparall Cbecos­ de ti y de D ios?
lovaqu ia . Todos los hombres jóvenes hah ía n sido llamados a la s ¿'por q ué mamá ~e a flig ía por una cosa así ? ¿No me hab ía
a rm as . Sepp, el menor de los hijo s. tuvo que pa r tir. T odos nos en­ p.TI señarJo a ama r a Dio~? ¿N o había o ra d o j unto a ella desd
tristecimos, pero en realidad l a partid a no e ra lo qu e má s le pre­ m i lIiñez? ;,No co nocía yo mi Bj hlia? ¿,Y los himnos que ha bí a­
ocupaba a mam á. S abía que los hombres deb ía n ir a la guena. mos can tado j unt a!; en la ga lería d e la casa y en la iglesia? Pa ra
Eso forma ba pa r te de la vida en Eu ro pa. El abu elo había lu chad mí D i o~ na com o mi madre, y mi m ao re como Di os. Siempre que
en la gue rra fr an co-pru:>iana. Papá había servido durante vari os oraba a mi am igo Jes ús, sólo po d ía imaginárm elo con ojos de ca·
a ños en la primera g ue rra mundi a l y le dolía qu e su hijo tu­ 101' gr is azu la d o, como los de mi m a dre.

viese que ma la r a otros seres hum a DO S. T emía que Hitl e r no hir ie ra E l tren ga naha velocidad. E n In di.s tancia q ue aumentaba la
xcepciones, porque la s leyes lI aú" e ra n inflexi hle,;. Ta mbi é n ~a­ leja nía :;c rcco J'l;.¡ !>a un a fig ura c:;olitaria que agitaba un p afi uelo
hí a q ue ese cri te ri o ilUyO e ra co nsiderad o pel i¡"Toso y colla rde, ~e · blanco , Con el hrilla nt e sol de la maña na a sus espald a s su cuer­
gún el j uici o del líd e r del parti do en el pueblo. ¡'"Reil Hitle r" para po se elllpeq ueñecí a nípi damell le. Leva nté m i ma no al tiempo que
todo ! E ra lo úni co que valía . sa ludaL a: "¡Auí Wiedersehen! ¡Auf Wied ersehen!" ( iAdiós !
Sepp mi smo no pareCÍa preoc upado por e l hecho de q u ¡Adiós! ', h as ta tlue u na cw·va la quitó de m i vista. Al rodar, las
tuvier a que irse. La ~ notic ias qu e dia r iam ente se trasm itían por rued as parecían d ecir: Ad ió:;, ma dre; adi ós, madre. E l pueLlo
r a dio daba n cue nta de l() ~ tri unfos q ue se obtenían en todos los q uedó atrás. Ah ora sólo pensaba e n lo maravilloso d e mi arribo
frentes de lucha, y él er a jove ll . f ue rt e y bien d ispue!'to para avu­ a la ciu dad . M i (;oruzón f'Ornell zó a cant ar. Parecía que decía, jun­
dar a ga nar la guerra . Se lo veía e lega nte con su uni fo rm e lluevo, to (;on las ru eda::;: ¡Va m o:$ a Praga! ¡Vamo::; a Praga !
y antes de partir ulla mucha cha d el pueb lo le ha bí a sus urrado
u ll a p romesa al oí do . E l f uturo le per tenecí a. Desp ués de todo
la g uerra ter m inaría pronto , Pero mamá parecía pe nsa r d isti nto,
porque lo despidi ó con mll cha tr i stez~l.
y ah ora que yo me iba, l por qu é m e miraba con los mismos
oj os desco nso lad os? ¿,Acaso me e nvi aba a la guerra? ¡,No ~e daLa
' uen ta de cuá n aio rtunada , fel iz y Hn s io~a me se ntía? No era ei
F UI AL UMNA DE UNA ESCUEL A NAZI 13
_ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _~Capítulo 2
embar go, vi UllOS puentes maravillosos y el famoso castillo Brad­
cany, de mil años de a nti güedad, que al zaba su silueta en el claro
ieIo oto ñal. Me pa recí a como si la histori a sali era de la página
impresa y viniera a mi encuentro .
Pronto desc ubr í cu';'les eran las partes de Praga que más
Fui MUJOna de me agradaban: la "ciu da-d ant igua", un idíl ico rincón del em·
plaza miento origina l de la ciudad, que databa del siglo noveno; el
una Esenela Nazi puente Carlos, de más de 500 metros de longitud, construido en
1357 y custodiado por dos enormes torres adornadas con es·
latuas; el majestuoso r ío Moldava, el más ex tenso del país, crU·
zado por doce p llentes famosos.
EL TREN a rribó a la gran estación terminal de Praga y yo des­ T ambién co ntemplé otras cosas. A medida que el antiguo tran­
cendí a la plataforma . Apenas podía creer que no estaba so­ vía SI' alT8straba por las calles y junto al río de aguas
ñando. ¿Sería posible r¡ue a mí, ca mpesin a anólüm a de un lu gar verdes, observé en cada edifi cio importante y en cada tienda las
cualq uiera, se me perm itiera ve r Pra ga , l a ci udad má s grande de Ja malltcs banderas rojas con un círculo blallco y la cruz gamada.
mi país? Y no había ven ido sól o de visi ta, sino para vivir y estu· Las aceras estaban a testa das de soJdados alemanes, oficiales, hom ­
diar en uno de los nuevos cen tros de instrucción de Hitler. ¿Cómo bres de la SS, y así la checa "Praha" se habí a conver tido en
podía ser tan afortunada? "Pra g", y la ciudad había cambiado sus Lradici ones centena ri a
Los jóvenes alem anes ll amáb amos con adm iración a la ciudad pa ra ag radar a sus conq uistadores.
Die Goldene Stadt (la ciudad dorada) luego de haber vi!'!to una Al fin ll egué a mi escuela, aunque no se p arecía a una escue­
popular película en colores producida por los nazis_ que mostraba la. La puerta daba a un pequeño parq ue, hennosamente ornamen­
hermosas escenas de Praga. i Ahora yo estaba a hí! Asom brada, tado con fuen tes v esculturas. E normes ár boles bordeaban los
me detuve y miré a los miles de extranjeros que surgían de senderos y el cam ino hacia el edific io princip al. El edificio de
uquí y de allá en la atestada y bu lliciosa es tadón. ¡Cuánta gen le la escuela propiamente dicha era una ma nsión de piedra blanca.
había en el mu ndo! Sosteniendo con firme2a mi a brigo y mi vie ­ Ampli as puertas de madera tallada a mano y ventanas angostas
ja valija me dirig í ha cia la puerta. pensando en qué idioma 11' y alIas le daban el aspecto de un castillo de cuentos de fantasía.
preguntaría a l reviso r por el tranv ía que debía lomal'. Yo ha· Tem í despertar y encontrarme en mi cama de paja, frotándome
blaba el alemán, mi lengua materna, y también el checo. SaLien­ los ojos y chasq ueada porque había sido sólo un sueño.
do con cuánta vehemencia el puebl o checo, am ante de la liber­ L uego de que me lomaron los datos y me dieron la bienve·
tad, odiaba el régimen y el idioma germanos, no sabía qué hacer. nida, di Con mi cama y mi sp ined, como llam ábamos a los rope­
Tímidamente me acerqué a un oficial uniformado y comen­ ros. Encontré a algunas de mis com pañeras. A la noche, toda cohi·
cé a hacerle preguntas en alemán . Al ver que en su rostro apa· bida y vergonzosa , me senté muy quieta en el lujoso comedor,
recían signos de desagrado. rápIdamen te cambié al checo. Me donde hab íanlos de recibi r tres comidas sencillas al día. Supe
dio unas indicaciones y al rato ya estaba sentada en algo pare· ue la mansión habí a sido de un judío inmensamen l'e rico, a quien
ido al asiento de un tranvía. m irando con curiosidad por la las autoridades se la habían confiscado. No me agradó la expli­
ventanilla. cación, pero como lo novedoso me rodeaba, pronlo me olvidé
¡Qué viaje largo fue aq\lél, atravesando casi toda la ciu­ del a5un tv. Trataria de e ntenderlo después_
dad! A med ida que pasá ha mos por calles y edifici ob, trataba Antes de m ucho me hall aba perfecta mente adaptada a mi
de reconocer los lu gares históricos que babía vislo f'n la película, nuevo estil o de vida, y con mucho enlusiasmo me preparé para las
pero luve luego que desistir. Simplemente, era. demabiado. Sin
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14 CUANDO MURIEROl'< MIS DIOSES FUI ALUMNA DE UNA ESCU ELA NAZI 15
nuevas oportun idades q ue se me ofrecía n. S upe ré la timidez y - grandes ojos azules, de mira r sincero, fi rme pero bondadoso y
pronto estuve fam ili a r izada CO n e l grupo, ]j ~la pa ra el li derazgo omprensivo.
y pa ra compelir con las mejores de mi da se. E~ t u dié fu erte, apren­ nn la rde, después de va rias semanas de haber estado en
d í a ouedecer y a sa ludar to n toda sum isión. y al poco tiempo la escue la . dC5cuLrí por pr imera vez que la señori ta W alde era
fui o ujeto de reeonocirniento, tanl.o de parte tic los estud iantes extraor ui.uar ia . Rab ia mos tenid o UlJ día difícil, con muchos exá­
omo de los proIesores. Podía o h ¡darme de qUI: ha bí a sido un menes. Se habí a proba do nue stra resistencia, como sucedía a me­
huérfana dependiente de la ca r id ad de u n po bre 110gar ado ptivo: nudo. has ta e l límite mi smo. N ues tra última prueba había si do
me sen tía aceptada y necesa ria . pla neada para ll evarse a ca bo en e l a u la de mú sica, y ha cia allí
Cada d ía los recu erdos de mi ni i'íez se desteñía n un poco más. ma rchamos si nt iéndonos agotadas y nerviosas. Mis compa ñeras me
Me parec ía que nunca h a bia vivido otra vida que la que. lle,'aLa en incita ron a qu e fuera la pri mera en rend ir la prueba oral. Acepté,
mi nueva escuela. Mi ma dre e ra a lgo mu y d istan te y ca:.i irrea l. y me d irigí sonr iend o con una mueca bacia el gra n piano. El sol
¡Cómo amaba mi escuela! Los profesores ha cían vivir cada de la tarde se derram aba a tra vés de las ventanas y salpicaba de
cosa. EsLudiar his toria era i ascinante. Gente ({ ,le ha cía mucho tiem­ oro a rni profesora , al instrumento y él la mullida a Uombra orien­
po babia existido sal tabü de las pá gi nas de mi li bm y l'ev ivía para tal que yacía e11 e l p iso. E l aula , reves tida con pane les oscuros,
mí; se convertían en mis amigos o enemigos; procedían con orgu­ parecía polvo r ienta y calurosa. La profesora me pidió q ue le ca n­
llo, con heroísmo o cobardem e nte; a ma ban. lucJlal.wn, sufría n tara lll1 a pi eza fol kló rica alemana q ue habí am os ap ren di do hacía
morían. Mi iuyuleta im aginaci ón viv í a y aetuaba con e ll os, mien­ unos d ía s. Y o hab ía s upu es to q ue me pedi r ía a lgun a cosa difí cil,
tras mi Gorazón aprendía un ll uevo tema : Adolfo H it ler y el Ter­ y su se ncilla exigencia me turb ó completam ente. Me llevé las ma­
cer Rekh. Los jóvenes que estáb amos siendo p repa rados para d es­ nos a la ca ra y estall é en lágrim as. Arltes de que p udiera reac­
empeñam os como di r igentes na zis de la juventu d con stituíam os cionar p ar a compone rm e, todo e l gru po de a lurnl1<ui sollozaba con·
el orgullo y la alegría de I-Il tler. El führer 11 0S rle nom in aba afec­ migo. Nadie sa bía lo que ocurr iría al instante si gui ente.
tuosamente Das Deu lschl a nd \TOI1 Morgen ( la Alemania del ma ­ Sorp re nd ida, la p rofesora giró en el banquillo del piano . Son­
ñana ). Nos gusta ba eso. y parecía hueno y ju slo q ue cumpliéra. ri ó arni gablemente. Luego, del bolsillo de su vestido, sacó un pa­
mos con su mandato. iiuelo blanq uísi mo y me lo alcanzó. Sumamente incómod a por mi
Hitler estaba co n nosotros en todo momento, aunque él vivía onducta, sequé mis lágrim as. Aunque ha bía buscado mi pañuelo
en Berl ín y n050lros en su escuela de Praga. Sus pensa mien tos no pude dar con él.
se citaba n en cada clase. Sus doc trinas consLi t uian nuestro estudi o Cuando nos com pusimos, ella se puso de pie y r ió con dulzura.
más importa nte. Su libr o se veí a j unto a la lámpara en cada me­ Entonces di jo:
sa de noche. Nuestros profe sores lu idolatra ba n. Si n vac ila r ha­ - ¡PuedelJ retirarse ! Vayan a caminar , haga n lo que quieran
brían entregado su vida por ~l y la nación . Todos nues tros ins­ y vue lvan a tiempo para la cena .
tructores eran jóvenes, escogidos por su ap titud, por s u h abi l id a d -Pero, ¿y nuestra prueL a d e m úsica? -p regunté ta rta mu­
y lealLad a l partid o. Aunq ue exig ían obediencia y una eslri cla deando-. ¿,Hemos fracasado todas?
a uLodiscipüna, eran honda doc;os_ aJectllosoS, co mp re l1 ~ i vos y coro - Oh, no - respond ió con aire confiado-o Pasa r on todas.
teses. Ahora vayan y re lájense. O tro d ía continuaremos con las pruebas.
Gr itando Du nkescholl (gracia s ) salimos a escape del aula
Pero ha hla u na p rofesora a quien a maba rmí s que a nad ie
pa ra camina r en la ta rde soleada. Me separé del grupo y f ul a mi
- nuestra p rofesora de música. De licada, menu da, siempre so n­ rincón fa vo rito. E ra un ban co blanco sit uado entre grandes plantas
rien te, vestida Gon elega ll cia, ,11 r LlDio cabell o on dead o enmarca ba de lila s. A unque é"tas 110 estaLan fl orecidas, me agradaha ese
un agrada ble 1'0511'() ov al. Pero Slb ojos era n su p rincipal a tractivo lue:ar porque se hallaba oculto y lo consideraba como a lgo íntimo.
16 CUAN'DO MURIERON MIS DIOSES FUI ALUMNA DE UNA ESCUELA NAZI 17
Siempre que neces itaba esta r a solas con mis sueños o mIs pro­ ptlSlera en tela de juicio esas cosas. Ahora , al oír las razones
blemas, iba a "m i" banco_ Tratando de poner orden en mis rev uelo convincen tes de ese pro fesor, esta ba confund ida. Algo estaba erra·
tos y confundidos pensamien los. eché una mirada al finí simo pa· do en él o en mí. Me sen tia intranqu ila e incómoda cuando trata­
ñuelo blanco que aún ap resaba en mi mano tenstl y recordé la úl· ba de pensar en ese asunto. La señorita Walde notó el esta do en
ti ma hora en el aula de músic a_ ¡Qué profesora! ¡Qué buena y q ue me hallalla y levantó sus cejas en silenciosa interrogación. Yo
nob le había sido! ¡Qué comprensiva y generosa ! .¿Cómo har ía pa­ moví la cabeza negand o ; rro podía hablarle de eso. Me resultaba
ra moslrarle mi gJalitud '? Yo sabía lo que me dirí a. tan 0010r050 que no iba a abrirle mi corazón para que viera la Lar·
"Hansi - me llamarí a por mi apodo- , sé pura y li mpia y menta interior.
pon tu vi da al servicio de los de má s, de nueslro Reich y del fiih rer; A la noche me acosté apenada y desde mi cama observé las
ésa será una recom pensa más que suiiciente para mí co mo profe. estrellas por la ventana. Esa había sido mi diversi ón favori ta, cuan·
sora tuya", do mis comp<Uleras de pieza me rogaban qlle les cantar a cada no-
Sí, yo haría lo q1le ella esperaba de mí. T ra tar ía de ser como he. Nos ayudaba a dormirnos más tranqui las, y quizá a dormir la
ella, firme y delicada. Sus ojos azules me fascinaban. Tenía la noche entera. Con f recuencia debíamos levantarnos cuando sona·
impresión de haber visto esos mismos ojos an les de haber venido ban las sirenas de alarma contra alaques aéreos. Era parte de
a Praga. ¿Dónde? y eran ojos que yo amaba y respeta ba. ¿Dónde nuestra vida ,
los había visto antes? Yo acostumbraba orar antes de ir a dormir. Mi madre me ha·
A medida que pasaba el tiempo se desarrolló en tre nosotras bía enseñado que orar es como hablar con Jesús. Pero Jesús de
una silel .dosa amistad. Ella no podía manifesta r preferencia por Nazaret había sido judío, y el pueblo judío estaba condenado.
ninguna alumna -hubiera sido incorrecto. Pero ambas sentía mos ¿Por qué el Hijo del Dios eterno tuvo que ser judío si esa gente era
que éramo~ la una para la otra. Yo estudiaba mucho para cada tan mala? ¿No mostraba eso poco juicio de parte de Dios? Sien·
materia, pero estudiar música con ella era un privilegio, no una do Dios ornnisapiente, ¿no vio que eso estaba errado ? ¿Podía un
carga. Me abría un mundo nuevo, Con billetes gratuitos que me moderno estudiante nazi orar lodaví a a ese j udío Jesús sin vio·
consiguió pude asistir a conciertos y óper as. Me prestaba sus libros. lar nuestro código de vi da?
Me ayudaba en mi comportamiento en el escenario cuando debía Comencé a adelgazar. La comida no era abundante y estaba
cantar solos. Me enseñó los rudimentos de la dirección co ral. Sus raciona da. Pero aun escasa, no me sabía bien, y muchas veces
ojos az ules aprobaban, rechaza ban, animaban y estim ulab an. Pe­ les daba parte de la ración a mis hambrientas compañeras de
ro habia una duda en mi mente, que cada d ía me dejaba más pe ro cuarto. A menudo podía sentir p osados sobre mí los escrutadores
pleja. ojos azules de mi profesora de música, pero no me atrevía a mi·
Entre otlas materias, diariamente dedicábamos un período al ra rla.
'estudio del semitismo", q ue ell!ieñaha un joven ofi cial SS, inca· Una tarde en que disponía de unos pocos minutos libres fui
paci tado en el frente de batalla. Todos los días martillaba sobre hasta mi rincón favorito. Cuando llegué al banco encontré allí a
nuestras mentes con la hi storia de los jud íos según la versión del mi profesora. Se la ve ía más seria, y su sonrisa ocultaba una pe·
partido nazi. Se valía del periódico antisemita Der Stiirmer, del na. ¡Todas sabíamos por qué !
libro de Hitler Mi Luclta y aun ele la Biblia para construi r sus Estaba comprometida con un oficial SS. Hab ía visto su
argumentos contra los j ud ío!', afirman do (l ue el destino de ese fotografía vari as veces en la habitación de ella. E ra un hombre
pueblo era la extinción. alto, elegante, de ojos brillantes, cabello rubio ondulado y enig.
Yo escuchaoa con muchísima atención, mientra s en mi co­ mática sonrisa. Había estado apostado en Praga varios meses,
razón rugía la batall a. H abía sido enseña da en la Bi bljo , en la pero debió partir hacia el frente ruso, La señori ta Walde esper ab ..,
oración y en la fe en Jes ucristo. Nunca hab ía oído (file a lguien una cal·ta, y todas la esperábamos con las mi smas ansias de ella.
2 --Qm
18 CUAN DO MURIERON MIS DIOSES FUI ALUMNA DE UNA ESCUELA N AZI 19
Su eficiencia y buen tralo eran los de siempre, per o sabíamos que Al día siguiente hice la prueba, iY res ultó! Inlenlé otra vez
había lágrima!' ocult as detrás de l:iU slm risa y s u uu LOl:ontro l. el segundo día. No sucedi ó nada. El libro tení a razó n. Yo era
Me senté a su lado y l11i r<, las nubes, qu e e ra n uarr idas po r ra nde y lo suficie ntemente iuer te para c uida rme sola. Eso le ve­
el vien to. No habló. Esperaha q ue comenzara yo. La rnir p y di je nía de pe r las a mi espíri tu independien te y arrogante_ E l des­
on vacilación: alien to me aba ndonó .
-Señor ita Walde. qui sie ra hacerle Ullll pregunta insólita. Lo único que me molesta ba era pensar en mi madre. Podía
Espero que no le moleste. recordarla en l a estaci ón cua ndo con ojos suplicantes la oí decir:
Asi ntió, de modo que continué: "Marichen, no te olvi des de Jes ús".
-¿Le parece que una joven a lem nll 3 puede se r una buena Mi ma dre nu nca entendería mi nuevo estilo de vid a; h abí a
nazi y aún orar como se hacía en los viejos ti em pos? ido formada en el mol de de sus antiguas creencias. Por mi pa·
-María Ana - respondió-o I1p reci o tu pregunta. l\le mues­ d re no me preoc upa ba. Nunc a me hab l an interesado sus concep­
tra q ue estás sumament e i nlere~a d a en Il acer lo correcto. Pero hay tos rel ig,ioi:>os; rná" b ien me habían rebelado. Pero no deseaba
dos cam inos ante 110sotros. El ca mino antiguo es el de nuestros chru' a mi madre en el ol vido. Pe ro allí estaba un mundo de
p adres, que viven seg ún su babel' a nti cuado, y vivirá n así hasta hechu ra nueva , una nueva ideologí a para la j uventud; la gente
fl ue muera n. Pero H itle r ha sido llamado por la Prov idenc ia pa· vieja eOil s us ideas cha pad as a la antigua de bí a quedar a un lado.
ra most rarnos a los jóvenes un cam ino mejor y lmls cient íf ico. La Le í vez tras vez aquel l ibro. Lo gua rdaba junto a m i cama y
juventud ge rmana tiene Ull a \'oca cióll, un deLer flu e c um plir pa ra apreudí párrafos enteros de memoria. Lo p resté a otros jóvenes
el Ser Supremo y para H itl er. y lo cité ell la correspondencia COn mi" amistades . Ese libro me
Hablaba en U11 ton o ta11 persuasivo que hací a comparti r sus habí a mostra do una nueva forma de vi da. Significaba triunfo,
;onvicc iones. Yo sabía que cre ía en lo que decía. y si cre ía e n honor , fam a, orgullo naci on al. Mi última resistencia había caído.
la nueva religi 6n , era suficiente para mÍ. S í. eUa creí a ta mbi éll en H abía cum ulado los di oses. Puse mi encendido corazón y vida so­
Dios, pero en una deidad d iso nta, sin la mácula del judaísmo. bre el alta r de m; país - para Hitler.
-Pero, ¿qué pensar de la o ración? - preg unté. Tam uié n yo ha bía a ndado errante entre dos mundos. Uno
Sonrió nuevamenle y prome tió da rme U11 libri to fJ lll"a q ue lo era el m undo de mi ma dre, el otro el de mi profesora. Ambas
leyera. Me dijo que allí e ncontrada la expli cación de todo. m uj eres Len ían los mismos ojos, el mismo corazón bondadoso, la
El título del libro e ra Extraviado entre Dos M undos . Con· m isma alma gra nde, y las amaba a las dos. Pero los ojos de
tenía la historia de la vida del a utor, un escritor na zi hi en cono· mi madre hablaban de resignación, paciencia, humildad, mien­
cido. A la noche comencé a leerlo . S u estilo me encan tó de ent ra­ tras que los de mi profesora centelleaban con el orgullo nazi . El
da y apenas podía discipli na rme pa ra de jar de leer y tomar par te segundo cam ino me parecí a mejor. Lo elegí y me entregué a él
en las actividades de la noche. con todo mi corazón . Confi aba, creía y avanzaba . Hitler se había
Lo que más me intere~ñ fue el cap ítulo sobre la nraciÓn. conve rticl o en nu estro dios, y lo adorábamos. La guerra de Hitler
Cuando era muchacho el auLor hab ía res uelto poner a prueba a arreciaba , y sus jóvenes estábamos li stos par a morir. Sólo te­
Dios. Como su madre le haLía enseñado a orar por protecci ón, n í a que ordenar lo.
cierta mañana audazmente dccid i6 no oral' pa ra ver qué sucedía .
Tal como lo esperaba, e l día transcurr ió sin ninguna tragedia. y
así lambi(\n el sigu iente. Despu{'s de unos días abandon ó la ora·
ción por los alimentos. Luego el autor exhorLaba al lector él re a·
lizar el mismo experimen to y comprobar a dó nde iha a pa rar la
obsoleta e infantil oración.
NOVI AZGO CON UN DESCONOCIDO 21
______________________________ ~Capítulo 3
trabajado juntos en las oTgani7.aciones juveniles, y cuando partie­
ron para recibir insLrucción militar y luego ir al frente, les pro­
metí escribirles con puntualida d_ Cumplí con todos ellos.
La primera de las carlas que me fue devuelta era una que
le hahía escrilo a FlulI, joven amigo de la adolescencia. Se tralaba
de un muchacho a lto, rubio, a quien yo admiraba por su sonrisa
N oVÍazgo ~on UD Des~ono~ido cautivante, sus limpios ojos azules, su entusiasmo con tagioso y su
sinceridad .
Durante semanas no podía creer que estuviera muerto. No, no
lo lloraría. No se esperaba eso de una joven nazi, porque morir
LA GUERRA estaba en su apogeo. Las sire nas de alarma con­ por la causa se consideraba un a ltísimo honor. ¿No era el sao
tra ataques aéreos desgarraban la noche con su estridencia. crifici o propio el objetivo f inal d e lodo ser humano? ¿No degra­
Por la ciudad fluía sin cesar la corriente de refugiados. Los he· daría el llanlo s u noble muerte?
ridos llenaban los hosp itales milita res. Los huédanos de guerra Podía domina r mis IágrLm as, pero no la perplejidad de m I
se moltiplicaban. Nos encontníbarnos más que ocup a da s a tendien­ alma . E l muchacho era hijo de padres ancianos. ¿Por qué tu·
do a toda esa gente infortu na da. va CJue morir? ¿La v ida no era más q ue un enigma
En 1944 nuestTlI vid a se habia convertido en una lucha fre­ Varias veces mi s cartas volvieron con el sello fatal. En do~
nética por cumpli r con nuestro programa de eSludio::; y con n ues· ocasiones la redacción e ra distinta: Verm issl a ud deT r ussischen
tro servicio volun tario. las llam adas noctur nas, las emergencias y Kampffront (desaparecido en el frente ruso). Eso era más te·
unas pocas horas de sueño sobresaltado. A esLo había que agre· lTible que el sello que com unicaba la muerle, porque significaba
gar los malestares que nos producía el hambre, la debilidad y los incertidumbre, prisión, Siber ia. Durante años ma ntenía en agoní a
turnos agotadores. Deb í a mos ir dondequiera bU rgiese una neo mental a sus fami lia res, que esperaba n que el muchacho sobre­
cesidad, y debíamos estar con lentas de hacerlo. Pero a veces nues­ viviera de algún modo y regresara al hogar.
tros cuerPos a penas podíall obedecer una ordel1 má s. La correspondencia ayudaba a soportar la guerra. Como
Lo más impOl'tat1te de cada jornada escolar e ra la llegada de todo el mundo sabí a , las autoridades hab ían ordenado que en caso
la correspondencia . Las car las e ran lo único abund ante además de de emergenc ia, el despac ho de car tas tenía prioridad sobre el
las tareas. Me gustaba recib irlas y tamb ién escribirlas . Escrib ía de ali men tos. Los so'ldados pod ían ~opor t ar el hambre siempre
de noche en el refugio antiaéreo, durante l os recreos o fuera de que recihieran ca rlas. E l plall funcionaba en ambos sentidos. Para
las horas de clase, en cualquier minuto que tuviera libre. Casi noso tro:; era m ucho más fácil olvidarnos de la escasa ración y
cada día recibía un manojo de ca rtas de amigos, enLre los que dI; los reclamos del esLómago cuando disponíamos de cartas in­
se contaban soldados y ofic ia le~. SaLíamos cómo ouestros mu­ teresantes para leer.
chachos deseaban recibi r noticias y u'atá bamos de no hacerlos Cierto día de la primavera de 1942 salí de las clases para
esperar. rec ibir mi correspondencia. Entre las carLas noté un sobre largo y
La correspondencia uo siempre era alegre. A menudo sjgnifi. delicado escrito COIl una letra q ue me resultaba desconocida. No
caba dolor, como cuando una carta d iri gida fI un sol dado le pod ía entender el lIombre del remitente. Me fi jé n uevamente en
era devuelta al remitenLe con un sel lo que decí a Gefalle n für la d irección para eslar ~egura tic que era para mí y era. Abrí
Führer und Va lerland (muerto por el fü hrer y l a pa u'ia). ¡CÓ­ el sobre y comencé a leer. Entonces me senté con un mW11lWlo
mo apagaban la l uz de nue~ l ros ojos y corazones esas pocas pa­ de satisfa"cción y llamé a una muchacha amiga para que viniera
labras debajo del nombre! Con mw'hos de esos jóvenes había mos a ver.
(20 )
NOVIAZGO CON U N D ESCON OCIDO 23
22 CUAND O MU RIERON MIS DIOSES

¡Quién lo h ubier a creí do ! Unos mese s antes, Anneliese, mi Yo espera ba y me apenaba . ¿Me en tregarían un día la últim a
amiga, y yo hab ía mos esc rito car las di r igida s a un '\w ldado carla c[ue le ha bí a enviad o con el temi do sello Vermisst. _ .? Es­
desconocido". A lgún fu ncion ar io del gob ie rno hab ía iniciado un a cuchaba con a nsias las noti cias que di ari amen te trasmitía la radio
campaña pa ra fJue se envi ara n más cartas dirigidas al frente de bao sobre la armada, especialmen te las relaciona das con subm a rinos.
ta lla , y había sugeIido que se escrib ier a a sol da dos desconocid os. Ese año Rudy se desempeñaba como tercer ofici al en uno de
Puesto qu e en el sob re ha bía que esp ecifi car 'que la carta iba al eUos, y yo sabía algo de los r iesgos que corrían esos hombres.
fre nte y no requería fr anque o, la idea hab ía cUlldido rá pi damen· Las chicas me hacía n bromas, divir tién dose con la tristeza
te. Casi cada persona escr ibía por lo menos a un sol dado desco­ que sentía por un hombre descon ocido. Aunque yo lo negaba, no
nocido. convencía a nad ie. Comencé a pIeguntarme: ¿.No estoy haciendo
n día lluvioso mi amiga y yo escribim os cada u na, una carta el ridí culo? Todo l o que sé de él es lo que me ha envia do en
a un so ldado d esconocido, a quien imagi nábamos a puesto y va­ esas ab u ltadas cartas, más una fotogr afía y un os p ocos libros.
li ente . Como a m í me en cantahan los uniform es azul varo de . POI q ué me había de p reocupar tanto pOI una persona a la que
la marina y ninglUlo de m is amigos había ingresado en l~ arm ada nunca he visto y q ue qui zá n unca vea, a lguien a quien pIobable­
la elección normal era el SS) dirigí mi coqueto sobre " A un sol­ menle no le in terese narla de mí ? O ta l vez se interese, corno me
dado desconocido de la Armada Alema na" . P usimos las cartas intereso yo. ¿.Po r qué escTÍb ía tan a menudo, y cartas tan exten­
en el b uzón riéndonos de la ocurrencia. sas? Quizá su nave se hundió, o simplemente ha deci dido de ja r
P asó el ti em po y, como no hubiera respuesta, pronto nos ol­ de escribir. Sin embargo, en mi interior sab ía que no hab ía
vidamos del asunto_ De lodos mo dos no nos había r esu ltado muv muerto, y que algún dí a nos encontra ría mos, en alguna parle.
cómodo escribirle lila cart a a al gu ien que no la había soli citadd. Hah í a llegado a for mar parle de m i vida. Debia creer en él y
Ese procedi miento no coin ci día con nuestro concepto de la eti­ e11 su futuro.
queta o nuestro estricto código del orgullo femenino. Cuando después de largas semanas llegó su siguiente carta,
Sei s meses después tenía en mi mano la resp uesta a mi car­ la directora esper ó hasta después de la cena para en tIegá rmela .
ta casi olvidad a, y mis curiosas compa ñeras se ofrecía n gen lil men ­ Yo estaba ta n delgada que pensó que me ha ría bien comer pri­
te para a yudar me a desc ifrar lo que yo no pudiera l ee r. En se­ mero para después leer Ulla epístola de ve inte páginas.
guida me pareció que quien escr ibía era un hombre b ien p are­ Ab rí el sobre, rep rimiendo lá grimas de felicidad y sin hacer
cid o, inteli gente, culto, am igable y digno ele confianza. H abía caso de las pullas de mis compañeras. La pr imera Jectura de la
envi ado la carta desde un campo de i nstrucci ón para oficiales, carta fu e ráp ida ; la segUllda y la tercera pausadas y cuidadosas.
y se revelaba activo y ambicioso. Con testé inmediatamente, y R udy hab ía salido varias semanas en misión de patrulla. En
tam bién él. reali dad e ran viajes en los que se dedi cab an a la piratería. Su
A med ida que nos escribía mos, el marin o comenzaba a ocu­ carta era un diario y no hab ía podido despacharla durante se·
par un luga r cada vez más especial en mi corazón. Su letra gran­ manas. Por orden superior no podí a menci onar algunas cosas,
de, que evidenciaba confi anza. ocupaba mucho papel. Sus cartas, pero contab a todo lo permisible_ N unca me in teresó saber cuántos
por su volu men, p ronto f ueron bien conocidas por el cartero y bal'cos habían torpedeado o dónde había operado su nave; deseaba
nu estra di rectora . A l pr inci p io ningu:no de los dos hizo mención sa ber de él persona lm ente. E n un párrafo de su carta decí a :
de los 5enti mientos que lo anim ab an hacia el otro, pero nos escri­ "Cuando estoy en el pueute d urante las l argas horas de mi tur­
bí am os cad a vez COn ma yor frecu ell eia. no de la noche, levanto los ojos y miro las estrellas. Y me pre­
ClHi nto sign ificaban esas cartas para mí lo vine a saber grullo si estarás dormida o mirando las m ismas estrellas. Algún
después de un añ o. De pronto no Uegaron más. Pasó una se­ día, mi querida corresponsal, vamos a encontrarnos, y estoy an­
mana , pasaron dos, tres, cin co. Rioso por conocerte".
24 CUANDO MURIERON MIS DIOSES NOVIAZGO CON UN D ESCO NOCIDO 25
Ahora era el mom ento de ha bla r con las estrellas nuevam ente. nuestras voces repelí a n el voto con vigo1"- Era el mejor verano
¡Tenía saludos para enviar ! E n algún lu ga r del océano via jaba que había pasado durant años; y Rudy aún me escr ibía largas
una pequeña nave. E n ella iba un ofi ci al de ojos castaños y a mplia cartas regularmente.
frente. Tal vez mi raba las estrella s esa noche, como lo estaba ha· Una ta rde regresamos de nuestras tareas, nos refrescamos
ciendo yo. i Cuántos sueños se agolpa ban el1 mi mente! Pero nunca co n un baño, nos preparamos pa ra la cena y para la instrucción
me hub iera atrevi do a desculJrir mis sentimientos en p alabras. nocturna. Muchas de l ¡¡ s niñas se agruparon en un campo de
Nuestra a mistad pa rec ía tal! hermosa y frágil, r¡ue las pa labras deportes junto a una compañera con un acor deón. I ban a Lailar
huhieran destruido su belleza. y conversar un ralo. Me hab ía retrasado deb id o a mis oblig a.
En la primavera de ] 944 ha cía casi tres años que había· iones directivas, de manera que canturreaba una tonada mientras
mas comenzado a esc ri birn os y todav ía no podía mos ha cer ol1'a me pasaba el peine y un poco de crema en mis brazos tostados.
cosa que soña r y espera r. t,Nos encontraríamos alguna vez? ¿Q ué No bab ía tenido no ti cias de Rudy por entonces y tra taba, con
íbamos a decirnos? mucho esfuerzo, de no preocup ar me. i Casi me disguslaba el no
Como la guerra se agravaba, ese verano nos sacaron de la poder dejar de pensar en él!
ciudad y nos lleva ron a los mon les Sudetes. Los alem anes ha­ Ya era tiempo de regresa r a la ciudad. Pronto tendríamos
bían olvidado 10 qu e era n las vacac iones ; nosotras ta mbi én. Me que ha cer nuestro equipaje y volver a P raga. ¡Cómo sentía te­
nombraron supervisora de un gr upo de muchachas que debí a tra­ ner que irme! El veran o ha bía sido muy tranquilo. Sólo tuve al­
ba jar en pesadas bbores agríco las. Los hombres que se de dicaban gun os roces con una de las directoras, pero fuera de eso lo de­
a eso estaban en el fren te de batalla . Con desesperación las muo más había sid o un sueño. Lo único que faltaba para que fuese todo
jeres plantaban, cultivaban y cosechaban, mientras aprendían a perfecto era una visita de . .. pe ro, para qué seguir ansian do en
hacer el trabajo de los hombres, y debían hacerlo más rápida· vano. R udy no sería capaz de llegar a ese remoto lugar. (Aun­
mente. que, quien sabe.)
Nos dolían los brazos de rastrillar, arrancar, levantar desde Mientras bajaba la escalera tal'ar eaba una melodía . Me eché
la mañana a la noche. Pero todas entendíamos. La mujer del agrio el cabello hacia atrás y sacudí la cabeza, pues debía dejar
cultor a usente en cuya casa trabajábamos era suav e y mate rnal, de soña r.
pero se la veía macilenta y agotada. Cada día me pon ía algo de
comida extra en el bolsillo de mi delantal. Yo trataba de retTi·
buirle mostrándo le mi aprecio con un trabaj o más diligente. Nos
1 De pronto tuve que detenerme en seco. Por la puerta abier­
ta enll'a ba un oficial de la marina. Su rostro me resultaba fam i­
liar, y súbitamente supe quién era ese hombre. Me sentí aterrada
hicimos muy amigas.
y volé a mi ha bitación. Alli me senté en el borde de mi catre y
El alimento extra, el sol del verano y los largos períodos de
traté de dom inar mi enloquecido corazón y mis alborotados pen­
ejercicio al aire libre me hicieron muchos fa vores. No estaba
samientos. i Nunca había estado tan asustada en mi vi da! ¿Qué
ya tan delgada y lucía un bronceado saluda ble. Mi cabello, qu e
pasar ía si él no gustaba de mí ? ¿Y qué pasad a si. . .? Comencé
lo había usado corto, en un estil o casi masculi no, me había creo
a peinar me otra vez, acomodé la insign.ia en mi uniforme azul
cido hasta pasar los hom bros)' el so l lo hab ía aclarado hasta de·
y me mi ré detenidament e pa ra ver si todo estaba en orden.
ja rlo casi r ubio. La guer ra parecía algo lejano en nuestro lugar
de trabajo. Ni nguna incurt<ión de bomba rderos turbaba nuestro En seguida oí que me lla maban po r mi ~ombre. Reuniendo
sueño ; sólo oíamos el ru mor de los bosques. Todas las mañauas todo el cor aje que pu de bajé lelllamenle b escalera y saludé res­
l os pá ja.ros nos des pertaban con m s cantos. El rocío centelleaba petuosamente a la directora de turno. Con una chispa de malicia
como mirí adas de diamantes so bre la hi erba cua ndo salíamos pa· en sus ojos, señaló al marino y di jo:
ra ir a traba ja r. Al reuni rn os junto al mástil para el sal udo, - Tienes una visita, Ma ría Ana. i Ven y dale la bienvenida!
26 CUANDO MURIERON MIS DIOSES N OVIAZGO CON UN DESC00l"OC~DO 27
Miré d~ lleno su rostro sonl'iente y le extend í la mano. Ru­ cada, un gesto mal interpretado, pudiera romper el hilo tenue.
dy sonrió ampliamente, y di jo con a legría: Nues tra amista d es taba haciendo frente a la realidad. No lo miré
- ¡Bien, aq uí estoy, peq ueña H ansi ! cuando sentí que R udy estaba estudiando mi perfil. P a usadamente
Yo asentí y alcancé a laJ tamude ar, r uborizada : la noche se ad ueñó del últim o resto de l uz dorada.
- Sí, ya lo veo .
-¿ESlás desilusionad a, pequeña H ansi? -preg untó Rudy
Como la directora nunca me habí a visto cohibida, prim e­ qued amente.
ro se sorprendió y luego se rió con ganas. E-se pareció romper Sacudí mi cabeza negando categóricamente y respondí con
la tensión de l ambiente. y ya con cierto aplomo pude darle la prisa :
bienvenida e invitarlo a unirse al grupo que se en tretení a afuera. - No, ¿y tú, Rudy?
De pronto me di cuenta de que la apa ri ción de Rud y había El negó también, pem ambos sab íamos que estábamos mino
causado sensac ión, y me sentí mucho más dueña de mí misma. tiendo. Sí, los dos nos sentí amos chasq uea dos. No porque no nos
Lo presenté con org~lo a mis amigas, quienes por detrás me ha­ agradáse mos mutuamente, sino porque éra mos dife rentes de 10 que
cían señas de aprobación o envi dia . Yo sonreí a satisfecha . cada uno hahía esperado. Los sueños son perfecto s; los seres
Cuan do llamó la campana para la cena, Rudy fue invitado a humanos nunca lo son. Dos años y medio de una amistad fic­
comer con nosotras. Lo ubicaron j unto a la directora general, un a ti cia tocab a a su fi n, y nuestros sueños estahan irremediablemente
mujer de alto rango y mod ales muy severos. Yo curnpli con mis perdidos. ¿Serían nuestros ví nculos lo suficientemente fuertes co­
deberes de supervisora, pero no podía evitar que mi cor azón la­ mo para arrostra r la realidad con éxito?
tiera con violencia, especialmen te cuando mi raLa hacia donde Deci dim os hacer la prue ba. Nos sentamos en un lr onco y con­
estaba Rudy. Como buen caba ll ero, supo llevar una conversa· versam os. Yo tenía muchas p reguntas que fo rmular, de manera
ción galan te con la director a y a l mismo tiempo vigilarme de cerca que escuché mientras él me conla ba co sas de su vida. Su voz era
d irigiéndome significativas miradas. Al iinalizal" la comida la di­ suave y amable. Se co mportaba como un joven, pero maduro al
reclora esta ba tan bien impresi ona da con el visitante que me li­ mi smo tiempo. Miré cómo las estrellas, una por una, aparecían
her ó del resto de mis ta rea s para la noche como también para sobre noso tros hasta que el cielo en un domo tachon ado de dia­
el día siguiente, a Wl antes de que yo se l o pidiera. Como nunca mantes que no s rodeaba, inspirándonos nueva confianza. Desp ués
antes había hecho algo semejante, la med ida causó vel"dadera sen­ de todo , no estábamos desi lusionados. Por lo menos yo, súbita­
sación entre mis compañeras. mente, me di cuenta de que no lo estaba, porque él en realidad
Luego de cambiarme el uniforme y volver, salimos lenta­ era com o siempre me lo había imaginado.
mente, conscien tes de que muchos ojos nos observaban. Y a a.fuera, Compren dí tambi én, de pronto, que Rudy había recibido mis
caminamos hacia la puesta del ~ol. Todo lo que nos r odeaba pa­ sa lu dos e[J esos años pasa dos; las estrellas noS hablaban lIueva­
recía encantado, f ulgurando con matices d orados y purpúreos. Un mente, y nos habiamos se ntado para escucharlas. La s estreUas
extraño silencio parecía interpon erse eutre nosolros c uando Rudy subían por el cielo y brillaban en mi corazón, y sentía que dos
me lomó de la m aIlO para ayudarme a sub ir una loma . A llí nos ojos centelleaban en los mí os mientra s regresábamos tomados de
quedamos largo r alo mirando cómo se desvanecían los colores, de­ la ma no. Ambos habíamos per dido algo; cada uno se habia que­
vorados por la noche. dado si n su corresponsal. Pero habíamos enconl.\"ado algo más
Nos habíamos sentido muy unidos en las ca rtas. Aunque precioso.
nunca lo habíamos mencionado especí ficamente, nuestros senti­ Al día siguiente nos sentíamos felices y cómodos uno con el
mientos más profundos se ha llaban cntTe las línea s de ca da página. otro. Parecía que nos hubiésemos conoci do desde mucho tiempo
Allora comprendí amos que había Jlegado la hora de la prueba an tes. Le mostré los alrededores y alegremente subimo s algunos
para nuestra amii:>tad. Cada uno temía que una palabra eqwvo- cerros. Lo presenté a " mis" agricultores, que se im presionaron
NOVIAZGO CON UN DESCONOClD 29
con los "bronces" y medalla5 que él lucía. La esposa del agricul­
tor en cuyo campo trabajába mos nos prepa ró mer ienda:; }' no
aceptó que le ayudáramos en su tarea nll le¡, Je ¡rIIOs. Paseamob
pOI' los pequeílos rincones del ca mpo donde yo solía ~entarme
para escribi rle y soñar- con el momento cuando nos e n<.:ontníramo~.
De pronto Rudy me lomó en tre sus potentes brazos >' m
besó. Yo me liberé rápidamente y sacuru mi cabeza disgustada.
El quedó completamente confundido y aíligido. ¿,No se daLa cuen.
ta? Yo sabía que había besado a muchas clúcas, pero, ¿no cnten.
día que entre nosotros sería dife rente? Durallte a iíns habíamos
considerado n ues tra amistad Como algo muy espec ia l. (,Hahía de
ser el Ilue!'\lro como la mayoría de los "l'OItUl llces" de guerra -pa­
sión, besos, diversión)' pe leas-, para q uedar co n un ~ahor amar·
go cuando Lodo terro ilJal'a '( j Nunea ! Yo no podí a enamorarme,
desamorarme y yolverme a enamorar como alguna::. muchachas
lo hacían. Tal vez fuera soñadora, pero creía qu e algún día ha.
bría un gran amor en mi vida. Posib lemen te e:;a ins61ita anú,;lad
con R udy no terminara de un modo vulg8l' o como un amorí o co­
tidiano.
El rostro de Rudy estaba serio (~uando tralé de explica rle Jo
que sentía. Luego. levantándome el mentón suaveme nte hasta
que mis ojos se encont raron con los suyos. me d íjo :
- María Ana, ¿te he dado motivos para creer q ue le trata­
ría vulgarmente. o como UII am or pasajero? Te has conver tido en
parte de mi yida, en mi gran inspiración. No puedo lmaginar mi
existencia sin ti y sin tus cartas. Tú er es el ti po de mujer que
yo quisiera por esposa algún día . ¿Te agradaría ?
¿Había oído bien? ¿La propuesta era seria? Nos habíamos
encontrado apenas el día antes. Hundí m i rostro en su hombro )'
sus brazos me rodearon rlelicadamcute. Miré sus ojos. y el co­
razón me dijo que había haJlado el gran amor de mi vida.
Despufs, cuando caminábamo~ al sol. me habl6 de Ilueslro
futuro en común. Entonces dijo:
-Mira, te estoy hablando de nueslro f\lluro hogar y dC5I'U '
bro que sé muy poco de [i. Hemos hablado nada má~ qlle de mí
y mi vida; cuéntame de ti. de tu niñpz. de tu fami lia ...
Encogi los hombros. (,QlIf~ podía decirle'? ¿.Cnntal'le de la ca·
sita entre los bosqlles y de la cama de paja en que dormía'?
'Entendería? El era único hii o vtl rón de una familia riea. Te­
30 CUANDO MURIERON MIS DIOSE S NOVIAZGO CON UN DESCONOCIDO 31

nía dinero, seguridad y los l ujos de una vida acomodada aun en nuestro compañerismo sea armonioso. Pero estoy di spuesta a ha·
tiempo de guerra. ¿.De bí a ron tarle de cuando m i madre me des­ cer la prueb~. A medida qu e conozcas m i IDundo tal vez aprendas
p idi ó e ll la estaciólI preocupada porque podia olvidarme de Dios? a comprende rlo, y debier as tratar de a mar mi mun do JI1i enlras
¿.Entendería lodo eso? E l e ra de familia luterana, pero la reli­ yo hago lo mismo con el tuyo.
gión no le importaba nada. Era nazi. como yo, y confiaba en el -Cabecita pertu rbada, deja de fil osofar -exclam ó Ru dy
ührer y en el fut uro elel Reich . No, en realidad no h abía mucho riéndose- o Todo saldrá bien.
que contarle. A l día siguiente via ja mos juntos a la ca sa de Rudy. Sus
-Rudy, hay poco que hablar de mí. So, huérfana y fui padres eran corteses, a unque algo indiferentes; tal vez porque
CIi ad a en Ull hogar adop ti vo. Como tú sabes, f ui elegida poco nuestro compr om iso habia tomado por sorpresa a l a f a milia y a
después de la ocupac ión de mi pa ís para prep ararme como fu· los parientes. Pero estábamos demasiado ocup ados coo nosotros
lura líd e r juven il. Esa carrera es mi vida. Todo gira a lrededor mismos y no podiamos atender las reacciones de los demás.
de eso. Ni siquiera he pensado en el malrimonio porque podri a ¡Cómo p asaba el tiempo! Tratábamos de ignorar que p ronto
interfe ri r con mi :: planes. ¿No se me derrumba rí a todo si me llegaría el momento de la par tida, com o si con ese procedimi ento
ca"o'! Debo servir a mi país a lgún día por todo lo q ue estoy re· pudiésemos detener las horas. T uvimos una pequeña tiesta íntima,
cibiendo en educación. con rosas y bebidas. Luego nos fui mos con R ud)' a la estación,
Rudy r ió dive rtid o. en un coche tirado por caballos. En tren via jamos rápidamente
-Bueno. schatzi ( querida), ¿no podríamos hacer todo eso hasta Breslau, capital de la provincia de Silesia. De allí par·
juntos? T an pro nto como terrril ne la guerra tengo planes de tirían en la tarde nuestros dos trenes, en dil"ecciones opuestas.
ingresar en la marina mercante , y estaré mucho tiem po a fuera. Llegamos antes del medi odí a, y Rudy aprovechó la oportunidad
Puedes cumplir con tu vocación y enseñar. Yo no te ocuIJaré todo para hacerme conocer su ama da ciudad en las pocas horas que nos
el tiempo. quedaban pa ra estar jun tos. Durante siete años había asistido a
So nreí, a livlada . ¡Cu án sencillo era todo, cuán grande y sen­ la escuela en Bresl au, y conocía cada rincón de aquel pintoresco
cillo! E ra tiempo de dejar de lamenta rse y actuar. Había lle­ lugar. Al fin llegó el momento de volver a la estación. Por con­
gado el g ran mom en to de mi ...ri cia. HaLía encontrado mi amor y sentimien!::: táci to y m uluo sonreíamos y hablábamos de cosas
podía confi arme a sus manos. Rudy era inteligente, maduro y pru· sin importancia, tr a tando de encubrir lo que sentíamos a medida
denle. Tení a la respuesta pa ra todos mis problemas y yo era una que se aproximaba la partida.
pobre muje rcita que no cesab a de quejarme. Rudy dehía viajar primero. Recogimos el eqwpaje y baja­
Pero ahora sabía que alguien me amaba, y por primera vez mos a la plataform a.
me atreví a c01'l'esponder a ese amor. La guerra, los torpedoE, las - No te apenes. q uerida; pronto nos veremos olra vez. Sé
bom bas, la muerte - todo parecía imposible mientras nos hallá· va liente y espérame. Nos escribiremos todos los días.
ba mos sen tad os e11 el pasto fl orido, con vacas que pacLan a un
No pude soportar más. Apoyando mi cabeza en su hom­
la do y majes tuosos árboles al otro, y en las alturas unas blancas
bro esta lié en sollozos incontrolables. El sacó un pañuelo blan­
nubes esponjosas que se desplazaba n por el brillante cielo estival
quísimo y comenzó a secarme el rostro con ternul'a . Miré sus
por sobre las montaña s. Ta l vez esl uv iera soñando y me desper.
facci ones bondadosas y nuevam ente sentí temor, un terrible sen­
tara pa ra descubrir que todo se hauía esf umado, pero disfrutaría
timiento de pe ligro futu r o que había experimentado cuul1do dejé
del sueño mientras durara. Mi ré el ros tro de Rudy con una nue­
va coniianza . " a mi madre para ir a la e~ctJelu nazi. ¿Por qué sentía temor?
-Rudy, el mundo en que vives me parece muy distinto del Trataba de do m inarme, pero era imposible. Lloraba amargamente.
mío . No sé si podremos fusionar nuestros mundos como para que El corazón se me había endureci do como piedra.
32 CUANDO MURIERON MIS DIOSES _ _ _ _-------------'CapítulO 4
Los encargados del tren dieron las seña les de la parti da.
Rudy me besó un a vez más, me dej ó y corri¡l a s ubir a l tren q u
ya march aba. Su ca ra refleja La la lensión del momento y una ¿Creer en el ~or
gra n preocupaci ón por m í. Luchan do para calm arme, final mente
puue sonre ír a través de la!' lágrimas, pero 110 p odía hablar. El
,. la Guerra?
tre n ga naba veloci dad , y el brazo de Rud y. a giLá ndose en el pos­
Irer sa ludo, se iba empeq ueñeciendo hasla que se esfumó en la
distanci a.
No sé cómo hice para en contrar y subir al tren en que yo
DE ALGCNA manera me la~ arreglé para responder ron proll·
tilud la!> ('artas_ a pesar de nueslra agotador programa de ar­
debía via ja r. ¿Volver ía a ver a R udy? ¿Regresa ría de la guerra? liv idade:;. Pasadas una" pocas "em C11HI:;, ~in embargo. noté algo
¿,Qué nos de paraba el porvenir? Dura nte unos pocos d ía s ha­ extraño en las epísLo la" de Ruch·. Le preguntr '1 ur {'T a lo que le mI"! ·
bía disfrutado de l cal or del amor, del gozo de estar juntos, de
lestaba, pero ignoró mi pre~lI\1ta.
la seguridad de ha ber ha llad o un refugio para mi corazón. N o Llle¡¡;O de tre!' me~e:; me I'o \l (esó la \'erdad. Su" paure;:;. gen­
pensaba más que en R udy; no deseaba más que estar con éL Pe­ n
te acomodada y de crilerio p ráctico, htthían de<;tlprobad nuestro
ro los tre nes rodaba n en la noche -el mío hacia el este, el otro, insólito roma nce de:;de el mi:,mn comienzo, 'frataron ele ue':lan i­
hacia el oeste. A él lo esperaba la guerra, a mí la ci uda d. mar a Rud)' para que no cotlli nUBl'a nue~\ra relac1I)L1, y :¡U:i ar­
gumento!> tenían la fuena de la autoridad palernal. Para Hudy "11
hogar era 10 mlís querido . )' la fa lta de armonía pn la fami lia
perturbó lÓ\I nat ur al mudo de .,.fr. Al fin no puJo ocullar mUb ,,11
probl ema Y me lo re\'e ló-
Para mí no hahía opc' ión a lguna- Lomé un recuerdo m uv
'",robótica. qlle RuJy me habíu regal ado. lo en\'olví \' se Ir.> ptlVié
a sU":. p~dres sin nIngún tllensa jr c.''f' J'i to. Pcru debía - hacer fre nte
11 la parte más clifki l : E~r.riUi r \e a él la ¡11Lima carla , y Jo hi ce.
"Rudy, no nlf' preoc upa ('1 hec'ho de tlue no debo inter po­
nerme enlre li Y lu'- pndrf'l>. Q ULC\'(1 dec ir , entre ti y tu madre.
S," cuánto ..ignific:l f'1 hogar pa ra li. Y también sé que no debes
perder lU hogar flor mi causa.
"}\;n sé por quf tu ma u re está (>\1 mi conlra. Comprendo r¡ue
ustcdes ;¡ean rico:, y de fami l ia m u\ rcspeln llle, rnientra" yo nO
soy mlb que ti na huérfa na , Pero Rud)·. no puedo remed ia r e~a
parte de m i .. irln: no f ue mi eHIpu. Tú Silbes que e~loy lratando
de hallar mi vocación. Sen! pobre. pe ro tengo mi honor. Tle de­
d¡rada mi vida al Hihrer y tI n ll e:;! ra palria, y han; lo mejor
fIlie e~lé JI" mi pa rle.
"Rud" nun ca le h ice mal a ti l tt a tu madre. De lo úni
que f'll a ~e
puede acu:;Uf 1''' lIt" haber confi a du en I i Y ue
haber­
te amado. i Perrlónul tl p por e~o!
(33 )
3- 0m
34 CUANDO M URIERON MIS D IOS ES
¿CREER E N EL AMOR Y LA GU ERRA? 35
"Quiero agradecerte por los hermosos días que pasam os
juntos. Ya me pa recía que no e ra máh que UT: sueño del cual un había perdido lo que ganara d urante el verano. Empalidecí y
díél despertaría bru:;camenLe. Ahora el ~ueño concluyó y ha lle­ adelgacé. Evitaua ponerm e a pensar demasiado, porque la vida
gado e l momento de decir adiós. me parecía un extraño acertijo sin resp ueslas.
'·Rudy. tú me conoces basta nte bien, y comprenderás que Los día~ se convirtieron en semana s. U n nuevo examen C011
nunca habrá un regreso para 11 0sotros. No tengo más que m i ha· rayos X reveló una úlcera estomacal. Sentado el] el borde de m i
nor pa ra protegerme; estoy sola en el mundo. Debemos olvid ar· ('a~a, la doctor a que me alendía, me pregun tó:
110:> el uno del otro, y ha ré todo lo que p ued a para olvidar mi - ¿Hay algo que le molesta - algu na pt'na. o p reocupación
a mor por ti, porque n I) tengo más d erecho íl amarte. Fuiste el p r i. o problema? Estás lan indifere nte y callada.
mero y el úni co cn qui en confié lo s uficiente como para amar. Con orgullo. sacudí mi caueza negativam ente. No admi tiría
y q uizá suene ma l decir le que no debiera haberme atrev ido a ni ante mí misma que a lguien pudiera desequili brarme. Lo de
confiar en tj. Rudy era. un asunto concluido.
"POl' últim a vez te envío mis sa lud os y mi amor . Adiós. Poco::. días después de que pasara m i cumpleaños, en no.
1\ [arí a Ana -'. viembre, la enfermera me trajo una carta que había sido reex­
Sentía el c~orazón Heno de un amargo resentlUuento. No po­ pedida. El sobre mO$traba la letra fam iliar de Rudy y en los
t1ía entender la obje(' ión de su madre. No vertí una sola lágri­ dalos del remitenle se veía que ha bía sido nuevamente ascendido :
ma. La herida era de mas iad o grande y tamb ién la tormenta en Ahora era primer teniente de la marina. Me preguntaba si, con su
111 i orgu ll o:;o corazólI, como pa ra encontrar alivio. Me ocupé de nuevo grado, lo habrían lla mado com o segundo coman dante de
mi~ ueLere" y f'stlltl i05, q uedándome despiert a hasta a ltas horas uno de los Ilovísimos submarinos, como él esperaba . ¡Cómo esta­
de la nOl.:he. ag uardando la he ñal de las sirenas contra bombardeo::.. ñan de orgul losos sus padres!
No c.leseaha Jll:1S ver las estrellas, de modo que las persianas per­ No ::.abia si mi orgull o me permitiría abrir la carta. Sí, ras·
maner.ían hajas. La<; mañanas de otoñ o eran frías. sentíamos la gu~ el sobre ansiosamente y le í. E ra un afectuoso saludo de cu m­
fa It a de ca lefacción ('uantló temblábamos en las aulas. Las hela­ pleaños. Lo leí una y otra vez, especialmente donde, luego de
das quemaron In" últimas fl ores. mienLras la tierra se preparaba usar el diminutivo de mi nombre, me decía: "~o pued o dejar
para el largo hue ño inve rnal. Mi en tumecido corazón siguió el pasar tu l'umpleañ')l! sil] hacerte llegar mis má s cá lidos deseos".
ejemplo. No, no hahría regreso. Deb ía mantellerme firme. Rápidamen­
La marcha de cada mañana ex igía dominio propio, bajo la te doLlé la carta, la puse en un nuevo sobre y la despaché. Rudy
ll uvia que castigaba, pa ra ir a saludar la bandera. Hacía dlas no ~abia q ue vo estaba en ferma y tampoco yo deseaba que lo
que sentía irío. pero !l O hab la d ónde calentarse un poco . Las ha­ suplera .
bitac iones estaban húmeda::. y pegaj osas. N uesuas raciones de co­ Lentamente fUI recob ra ndo iuerzas hasta que por fin una
m ida era n escasas. per o eso 11 0 me im portaba -no sentía hamh re. tarde la doctora me prometió que p odría salir del hospital a l
Cierta mañan a me hall ulla ante e l mEÍstil haciendo el saludo día siguiente, de lo cual me alegré. Esa noche, que yo pensaba
cua ndo a dvertí q ue me iba a desmdyar. Quise obligarme a vol­ que sería para mí la última en ese lugar, las sirenas de alarma
ver a m i cuarto pero fu~ imposible. nos obligaron a dejar las camas y correr hal' Ía los refugios.
Me internaron en el hospit¡ü para jóvenes que habia en una Por fin las sirenas an unciaron que los aviones se alejaban
pequeña ciudad. El trato era excel ente, pero me :;cntÍa demasia­ y se nos permitió regresar a J1Ue~tr as habitaciones pam acos­
do enferma para dar me cuen ta. "Ictericia contagiosa", l ue el larnos. Pero el l:i ueíi.a hahía h uido. Abri mos las corti nas para
diagnóstico. El ho:"pital se e ncontraba atestado, pues la epide­ conlempl ar la ciuuacl en Damas. El suministro de gas y electri­
mia había comenzado hada algunas semanas. Antes de mucho "¡dad se habíall interrump ido y las enfermeras "e Vltlían Je la va­
cilante luz de una~ lámparas pa.ra atender a varios enfermo~
36 CUANDO MURIERON MIS DIOSES ¿CREER E.~ EL AMOR Y LA GUERRA? 37
~r aves. El cie lo nocturno reflejaba el rojo de los incendios mezo Todo lo que me rodeaba y ha bía dentro de mí me parecía Sln
cl ado con den!'as columnas ue humo. Mientras observab a esas sentido 'j vacío.
terribles e:;cenas de dflS Irurcl ón pensé en cuántas vidas habrían Permanecimos quietas )" aguardamos. Tan pronto como hu·
sido segadas. ~ u evamente comenza ron a torturarme aquellos in­ bo suficiente luz diurna apareció un silendo:so grupo. Evidente.
terrogantes. mente eran prisionc ro ~, pues de trás de ellos vení a un guarrJi¡
De pron to noté que a lgun as enfermecas corrían excitadamen­ armado. Como nunca haLíamo:. oído nada soure los campos de
te de aquí para allá mientras susurraban algo. Abandoné la cama, concentración }' los presos políticos. no len íamos idea de 'lwéne"
tod avía fría por las Jloras que habíamos pa~a do en el re fugio, podian ser esas figuras tri sle~ y grises. Se ap roximaro n cautelo·
y me uní a las enferm eras. samente, como gatos, a la uomba y la examinaron con detencicJn
¿ Cuál era el problema? Alguien, decían ellas, había des. y prolijidad. Luego uno !'e aga ch ó mient ras olros le alcanzaban
cubierto LUl objeto osc uro en la rampa posteri0lí del edificio, que l as henamien tas. Siempre con mucha precj"i6n comenzó ¡¡ (]Uilar
a la postre ha bía resulta do ser un "cami nante ciego", o sea una el detonador . Al fi n se detuvo. movi6 la cabeza afirmativamente,
uomb a que por alguna razón no había hecho explosión · al chocar se incorpor ó y se secó la frente. La bomba hab ía si do anulada y
conlr a el suelo. Podía tra larse de una bomba que estallara en seguidamente la desarmaron.
cueslión de minutos u horas, o de una bomba común con U11 corto Volvió la no rmalidad u la sala ; una enfermera me ordenó
circui to en el mecanismo accionado r. De cualq uier manera se meterme en la cama otra vez. Eché una ú lt ima m irada por la ven ta·
hallaba 10 sufi cientemente cerca como para demoler el p equeño na. Habí a visto a la muerte cam inar por el patio. Una vez más me
hospital si explotaba y hacer añico", las puertas y ven tanas en había vuelto la espald a para dirigin;e a la ciudad humeanle en
nuestra propia cara. busca de más presas entre las r uinas.
Puesto que cualquier vibración, aun la de un gri to fuerte, Pocos días después, cuando el orden se ha bí a res taL lerido
pO(1ría hacer detonar la bomba. los pllcientes 110 podían ser tras· en cierta medida y los trenes !'or rían nuevamente, f ui autorizada
ladados al re:fugio ni evacuar el edificil). No había lugar adonde a dejar el hospita i. Volví a la escueh~ en !'eguitla, no ohstanle la
ir, porque lodo lo que nos rodeaba era fuego y ruinas. recomendación médica de tomar una vacación y reC ll pe l·ar total .
Sin saber lo que hacía me dirigí hacia la ventana de atrás. mente la salud. ¿Dónde iría a bll s~a r reposo? La casila cn tn'
Al resplandor de las cosas que ardian más allá del río percib í los bosques quedaha dema" Íado lejos, y hacía mucho ti empu CjLJe
la oscura silueta a larga da del artefacto. Otras también vinieron no tenía noticias de mi madre. La correspondenci a se uemoraba.
a investigar. pues la nolicia cundió rápidamente en la sala. Las ,Vluchisimos lrenes y rami nos eran destruidu!'. Como hahia lermi·
nado ton Rudy, no' podía ir a ~u co nfor tabl e hoga r en el e...te de
enfermeras babían tratado de ocullar el asunto por temor al pá.
nico. pero sin éxito. Algunas pacientes se cubrieron la cabeza con Alemania. Posib lemente SU3 pau reo; \' su herma na no e"luvicsell
las frazadas, otras gemían a media voz, pero todas tralaban de más allí. Habia oído rUll1tJreo; de que lo" rlJ~O" va habíall irrum­
pido en Silecia y lo~ ref ugiados ha bían huiu!J en medio de
vitar los movimientos rápidos y la conmoción.
la., tormentas del in\iernQ para pon cr<;e a "alvo.
Apoyé mi fren te contra el vidrio fr ío de la ventana. La muer·
No le nía dónde ir v de$eaba Irallll jnr nuevamente. L a Ji­
le y yo nos hab íam os enfrentado otra vez, y mi corazón comen·
rectora de mi g rupo me ~e('iJ¡ ),·) con il le¡>:l"Í If, l'ur'l ue ~e necesi taba
zó a ar gumentar con esa il ldeseable visita. Yo tenía muchas pre· loda mano volunta ri a para atf'lldt'r la ;; cl11crgc lleia..:; de la ¡!uerra
oWltas para fo rmular, y nadie podía darme una resp uesta. lolal. Semana Ira" sem an a lt!cb a ll1o , ; y lrabajamos urd uumenlt',
M.i corazón clamaba por Wl mayor entendimiento de mi in· a menudo compa rliendo n llestra~ rninLlscul as raciones de a limen·
terior, pero el humo cuurió las desteñid as esb'ellas y la luz matinal 10$ con refugiados y sold u rJo~ her idos r¡ue parecí an má~ I WITl ­
se abría paso luchando cntre nubes de polvo)' ru iulIs calcinadas, hrientos que 1I0so1ro~ . Se nl í u uno,; dol are,.; ler ri bles en el e:,l¡)­
¿CREER EN EL AMOR Y LA GUERRA? 39
38 CUANDO MURIERON MIS DIOSES
mana para escuchar aten tamente. Coniorme a la última vol unta d
mago. La úlcera eXlgla cierlas clases de ali mentos, pero, ¿quién
de Hitler. Doenil l. hab ía tom ado las ri end as de la nación. E n
iba a fijarse en esas peq ueñeces?
cuestión de horas, y aunq ue 111) ",e lo an unció ofi cialm ente, el pa ís
Cierto dí a de marl.0 de 194.5 recib imos órdenes superiores entero sa bia y r omen ta ba de puerta en puerta que Hitle r y su
de abandona r Praga inmedia tamenLe y volver a nuestros hogares. aman te Eva Braull ¡se ha bían suicidado !
orprendi da, fui a hablar con mi jefe y a pedirl e permi so pa ra
Queda mos a t ul"Cli da s. ¿Por qué H itler había hecho al go ta n
ueda rm e. Ante Ludo, no teni a a tlón de ir, y además hab ía aún
horrible? ¿No nos había prom etido conduci rnos al triunfo? Sin
mucho LI'abajo para hacel·. ¿Cómo pod íam os irnos todas?
embargo, no debí a cuestionar la decis ión del führe r. No la en­
NU jefe sacud ió la cabeza resuel tam ente.
tendía, pero confi a ba en q ue nuestro héroe sabía lo que era
-No, l\la r-Í a An a ; la!: órdenes son órdenes. La ciudad ya
mejor para la nación)' en ese m is terioso acto de "sacrific io p ro.
10 es segura para u~Ledes. ¡Los rusos se apr oximan rápidamente !
pio" nos haL ía mostra do un camino. No p odía ace ptar el peno
En mi inocenci a, me costab a creerl o.
::.a mi en to de 'lu e Hi tler, mi d ios y m i ídolo, hubiera empleado
- ¿ Para qué p reo cupar~e p or e5 0? N uestras fu erzas arma das
un medio cobarde, reñi do con la p osición que él mi smo ha bí
hnrrul retr oceder a l enemigo e n poco liemp o. susLentado.
(,No había prome Li do Hitler por rad io el dí a a nterior q ue
el triuruo se prQd uciríe pronto? Co n las nuevas armas que los Dos dí as después los rusos entraron en Reichenberg. Ob­
hombres de ciencia alemanes esLab an ponien do a punto, nuestros servé esos ext raños rostros cua ndo pasa ban frente a la casa de
e nem igos serian forza dos a sali r en cuesti ón de día s, mi hermana rumbo a l centro de la ci udad. Oculta detrás de las
- M uchacha. debes ir te ho y - respond ió--. ¿Tienes algunos cortinas de la venta na mira ba, fría de mi edo e l~lcredulid ad, a
f am ili ares? pesar de que e rli algo esperado. Sab í a que H itler habia muerto
-Sí. mi hermana q ue vive en Reichenbel'g. No la conozco - pero tod avía creía y confiaba en él. Creía que sus promesas
se cumplirían ; era sólo cuestión de tiempo.
mu y bien porr¡u e 110 <; vimos por pri mera vez hace sólo unos pocos
aiios. E l esposo mur ió en el fre nle ruso. Quizá pueda quedar allí No sé cómo viví la:. semanas q ue sigu ieron . Lentamente co­
unas pocas semana s ¡Iasla que regrese a la escuela. mencé a convencerme de q ue hab ía creido una gran m entira.
Mi jefe lil e extend ió un a a utori zació n de emergen cia para el La dora da imagen men tal de Hi tler que yo au mentaba se fne des­
viaje en tren y yo partí extrañada de la expresión de su roslro menuzand o - hasta que cayó. Sen tí mi vida com o destrozada.
al despedirme. Parecí a que estaba precipitándome a un abismo sin fond o.
E l viaje fu e largo e interrump ido con frecuencia , pero fi na l· Miles, m illones de personas se ntían lo mismo que yo, y
mente Uegué al luga r don de vivía mi hermana. Unas :>emanas muchas no pu dieron soportarlo. Siguieron a H itler hasta el f in
despu é:. me elllert> de que los rusos habían entrado en P raga y, como él, se suicida ron. Muchos lí deres del pa rli do nazi, en
só lo u l1a~ hora:. des pu és que yo a ban donara la ci udad. \lli tren Reichel'berg, el igieron ese cam ino . Hubo pa dres que envenenaron
debe haber s id o LIno de los últim o" en s,lIi l' de la estaci ón termi­ a sus hijos y luego murieron junlos. A las tropas de ocupación
na l ante,,- de rJue los ru :;o~ penetraran. Me es tremec í ante los r u· no les importaba nada. En muchos casos les :.ignilicah a un ahorro
more~ del terri hl e bariO die' ,;angre r¡ue ha bían deja do. Lo" che. de balas, q ue de todos modos lIsaban generosa men te.
cos nado/lal istas ma taron r iento:; de nazis que no hab ían podido Los días parecía n cada vez más 06C W'05 a medida q ue pasa·
e~n) pal' a ti em po. La muerte me ha bía perdonado otra vél.. ¿Por ba el tiempo. Yo sentía que había ll egado al fin del camino, siem.
qU(;? Con toda "eguridad la muje r flu e me hizo sa lir a tiempo pre con ham bre, siempre ocultá ndome de so ldados lascivos. Pe­
y salvar mi vida, pe rdió la suya. ro los seres humanos p ueden soportar más de lo que piensan,
Era un ap uril Jle rl ía de mayo cua ndo el alminlllte Doenitz, romo 10 supe bien pront
comandallte ue Rudy, haLló por rad io. Nos sculamos eon mi her­
·10 CUANDO MURIERON l\IIS DIOS ES
na mañana fui citada para pre"entsrme en un centro co­
munista dI! traba jo. y pronto me ellcoluré ubicada ell un camión
abierto con nlm:has olras m ud lurha:ó y mujere!'. Rápidamenle nos
tra n ~pOl'laro l1 a través dc la l ínea Chcf~o·germana bien al interior
de Bohemia. A la cnicla de la tarde llegamos a una gran finca
11rganizadu al estilo comunista. HaLí a varios edificio" incl uyen­
rlo enorme" graner05. Alrededor "e le\'u ntau/l. un gran muro d
rieura en el rt ue ::le abrían dos puertas. Era evidente tIue la pro­
piedad haLía sido de a lgún rico checoslovaco, y que el estado la
había confiscauo hacía poco.
Pronto uesculuimo!i que el n uevo administrador y los capa­
laces babían sido e legido,; de enl1'e los peones que babian ser­
vido al dueño. Los lluevo,; patrones tenían pocas aptitudes para
~.1. , • • • d
su:; ¡lUestos, pero compen~éWan esa carenCla con gntos y Ol" enes
arbitrarias.
Aturdidas por el hambre, Lajamos del camión y nos ¡mIren­
tamos Con un homure con caru de bruto: Era nuestro capataz.
Vociferó algunas órdene" y yo entendí lJue se nos mandaha su·
bir una crujienle escalera que llc,aoa a una especie de allillo
en un granero. A IJi encontramos unos pocos catres "íejas y algo
de paja fresca esparcida en el piso -jera nuestro nuevo dormito­
rio!
En mi corazón sentí rugir una tormenta de odio. Compren­
dicnuo cuáti Iárilmente me habían engañado para meterme en
un campo de traha jo forzado. me aLorreci a mí misma por haber
sido lan cr"Ju la. Miré a mi a lrededor. No haLia 10rma de cs­
capar; cbtállanlos lejos del lerritorio alemán. En la manga izo
quierda nos plGicroll un hrazulete bla nco COIl la palabra "ale·
manas". Los mUfUií erall altos. )' lodo el lugar bullía con gente
hOiíli l r 5u:ipicaz.
A la mañana siguiente, luego de un magro desayuno , nos
ordenaron dirigirnos a lo~ campos. E l sol apenas a:oomaba, pero
el nuevo régimen exigía prodUl'rión y nuestro capataz estaba más
que am,joso de montar Wl buen espectáculo. Nos apremió desde
el primer minuto.
Trabaiábamol' ard uamente. La ira sofocada me hacía ace­
lera r mi ta·ren . Cuando el 301 alumbr6 completamente, el calor :oe
tornó insoporta ble: no hab ía agua. Dejp el rastrillo a un lado
y, cruzando el rampo, f ui a hab lar ron el hosco capataz.
______________ ~CQpítulo 5 "NO E NTRES EST A N OCHE" 43

Los días, a pesar de todo, erau tolerables, ¡pero las noches!


Poco después de que llegáramo:i, los soldados acantonados en el
pueblo cercAno d.escub rieron nuesLro grupo. Una noche entraron
"iNo En'res Esta Noehe~~ en nuestro "dormitorio", guiados por n uestro capataz g ruñón. Yo
fui un a de las pocas que escaparon sin ser violada.
De a llí en ad.elante comprend imos que difíci lmente podria­
mos dormir Lranquilas. Los soldados volverían y traerían a sus
amaradas para que disfrutaran de la "cacería" . Yo me había
- LAS muchachas necesitan agua o no podrán trabajar bien propuesto morir antes que som eterme a mis enemigos. Estaba re·
- le dije en checo--. Estamos agotadas, y algu nas se des· suelta a l uchar y a a rañar co rno un galo salvaje, hasta que me ma­
mayarán . taran.
Sus ojos y los mios se en frentaron por unos segundos. Pen­ Pero nunca tuve necesidad de luchar pa ra protegerme. Pa­
sé que me iba a golpear, y me preparé. Pero en lugar de eso recía que un poder invisible me cuidaba . Las otras muchachas
forzó una sonrisa socarrona_ y rt>spondió: lo notaron, y preguntaban:
- M uy Lien, tendrán algo de agua. . . porque tú la pediste, - Manjo, ¿qué clase de buena suerte tienes? No te sucede
Manjo (María, en checo). Veo que eres la más rá pi da para traba­ nada. El capataz no te loca y los soldados no te molestan. Nunca
jar, Man jo. Espero que pronto puedas llegar a ser mi ayudante te desmayas en los ram pos.
en muchas cosas. - Tonterías - respond ía-o No sean su persticiosas.
No dije nada y volví a mi trabajo, pensando: "¿Quién cree Pero en m i f uero interno comencé a interrogarme. Era el mis­
éste que soy? ¿Su 'ayudante'? ¡ha !" mo sen timiento del cual Rudy m e había hablado una vez qlle
"Domínate muchaoha, domínate", murmuré mien tras apre­ scapó mil agrosamente de la muerte. Algo parecía que me prote­
ta ba los puños. Debía apre nder a tranquilizarme o empeoraría gía; pero, ¿.qué era ? Las convicciones religiosas de mi niñez ha­
las cosas para mi y las demás . bían sido lan completamente barridas de ruj corazón que 111 se
Ese primer día consegu.imos agua, peTO hubo otros en que me Qcurría fllle Dios podria haber sido mi defensor. Toda la si­
la repugnante modalidad del hombre lo (lominó y debimos traba­ tuación aparentaba ser as í de incomprensible, pero era real.
jar sin lener qué beber. Las m uchachas se desmayaban, las mu­ Por otra par te, no sabía cuán to duraría mi suerte, y no de­
jeres gemían y el fr ustrado capataz emplea ba los puños para que seaba correr ningl1n riesgo. Luego de aquella primera visita de
DOS diéramos prj~a. Pero a m í nunca me molesllJ. Por alguna ra· l os "olda dos comencé a observar los alrededores con un propósÍlo.
zón me trataba Con respeto y no mp tocaba . SaLía q ue las del Sabíamos que regresarí all y sabíamos que nadie los detendr ía . El
gr upo me ha bían hecho su portavoz y que podía hacer sellLir mi capataz parecía rom placido de poder prestarles u n servicio a sus
inIluenc ia para alcanzar la cuot a de traba jo. Yo las había or­ amigos rusos. Las otras mujeres y muchachas dependían de mí
ganizado para que entre dos trabajadoras r apares fue ra una débil para recibir consejo y ayuda. Yo debía hallar una solución.
poco hábil. Tan pronto COIUO nna se relra,;aba, las más r áp idas Ante todo había que dar co n un lugar oculto. ¿Pero dónde?
le ay udábamos a recuperar. Así nos protegiam os mutuamente Debíamos permanecer dentro del patio. porque las puertas se ce·
tle !-er clbugadas la lI1ayor parte del tiem po. rraban por ] a Iloche, y los rusos imponían un estricto toque de
A pesar de l1ue<;tros ~¡;rUf'rzos. el g rupo dism inuía de lama· queda para todos: chec os, eslovacos v alemanes.
ño. Nad ie SI" molestaha en l:omenLar eso. La vida se había IraUd­ Entonces fue cuando lo hallé. E~ lIn rincón apar tado del gran
formado en una pesad ill a de hambre, sed, duro trabajo y lemor. patio existía un ,iejo establo que estaba medio lleno de paja y
heno_ SI" podía entrar en el mismo por una puertecilla laleral,
,12 )
44 CUANDO MURIERON MIS DIOSES "NO ENTR ES ESTA NOCH E" 45
aun cuando las puertas grandes estuvieran cerradas de noche. Hi­ ridas praderas, bajo un sol benigno y esponjosas nubes blancas.
cimos la prueba. Tarde en la noche, cuando oíamos los ron­ Podíu oírme a mí misma d iciéndole: "Rud)", rume que no estOY
quidos del capataz, bajábamos en silencio la vieja escalera. nos soñando". .
escabulliamos por el patio una por una y con mucha cautela. pe­ Cuán dilícil me había sido tratar de no pensar en él duran·
netrábamos por la pequeña puerta para metemos en la paja. Prac­ te los últ im os meses. ¿Qué suerle hab1"Ía corri do? ¿ Estaría vivo?
ticábamos unas cuevas individuales en la paja fresca, y esa "ca· Tal vez su nave se ¡¡(¡bría hu nd ido, como les sucedió a muchas
ma" nos resultaba mucho más confortable que la del altillo del poco antes del fi o de la guerra. Y si había regresado, ¿dónde
granero. Todas las noches el grupo enlero se trasladaba a ese eb Laba? ¿En un campa mento de pL"isionel'os? ¿Cómo habría too
lugar, en el cual podíamos descansar mejor y con mayor segu· mado la derrota de A1emania? El, que había sido un nazi tan op.
ridad. timista . . . Ningu no de nosolros habí a considerado ::oiquiera la po­
Con la llegada del calor del verano las tensiones parecían silid idad de que Alemarúa luera ven cid a. Q uizá se habría suici­
aumentar y la paciencia acortarse. Nos interesábamos en poco más dado, como lo hi cJ6ron olro~ oficiales. Según mi opinión, el
que no fuesen nuestras necesidades continuas de más alimento y suicidio era el cami no má:; noble para todo el gr upo, y yo misma
descanso. Dejamos de contar los días. No teníamos calendario. lo había considerado varias veces, especialmeote desde flu e me
Apenas pensábamos en el mañana, porque parecía que nada valía hallaba presa en ese campo de trabajo. ¿Pero cómo podía una
la pena. persona hacer eso? Yo no disponí a de armas o de algún veneno
Un día de julio todo anduvo mal. No se nos permitió sacar de efecto rápido. Además, (.era real mente algo noble? Mi madre
agua y el calor era sofocante. Unas nubes de tormenta amenazaban hubiera dicho que era el camino de los cobardes.
la cosecha y el capataz estaba nervioso . Ante nuestros ojos golpeó ¿Y qué sería de mi madre? Con Loda :;eguridad habría muer·
a una joven madre que había dejado un momento de rastrillar too Uacía cinco años que no la veía. Frágil y pequeña como era
para tranquilizar a su inquieto hijito. A duras penas podia con· ¡.habría pod ido sobrevivir a los últimos meses de hambre y sufri­
tenerme; contemplaba esa escena, sin actuar en venganza de la miento? Mi padre habría muerto, sin duda. Depend ía de los me­
agredida. Oímos los lamentos de la madre y el niño. Entonces dicamentos, y los médiroii eran más escasos cada día. Era méb
reñimos entre nosotras, y algunas griLaron. fác il dar po; muertos a los que yo había amado, que imaginarlos
Acaloradas y exhaustas, finalmente regresamos a nuestra sufriendo todo lo que yo había tenido que pasar.
"casa" donde, luego de unOs pocos bocados de escaso alimento Silenciosamente me levanté y desperté a las muchacha... Acos­
subimos la escalera hacia las camas de paja. Con desesperación tra· tumbradas por entonces a bajar la escalera sin hacer ru ido. rá·
té de ahuyentar el sueño una vez que nos acostamos, porque sa­ pidamente DOS dirigimos al establo. Cuando iba a abrir la pucr­
bía que l uego debia despertar a las mujeres para la excursión ta con ambas mano~, algo me dijo que no entrara. j. O fue una
al establo. Esa noche era especialmente importante, porque du­ voz? Sorprendida, me dí vuelta. Tras mí se hallaba el silent
rante la larde habían llegado nuevas tropas rusas, y nos habían grupo ele mujeres, acunu caelas y temerosas.
visto trabajando en un campo junLb al camino. Inclusive algunos Sentí cierto disgusto . ""Ianjo -pensé--, Le estás volviendo
soldados se habían detenido para hacerle preguntas al capataz. loca y ahora oyes fantasma",".
Esos soldados sabrían antes de la noche dónde podrían hallarnos. Otra vez me adelanté para entrar y por segunda vez algo
Por eso no podía dormirme; debíamos salir Ladas a tiempo. pareció decirme : "1'\0 enlres esta noche".
Mientras dormitaba, mi mente erraha. Apenas podía creer En un i n~taLlLe tom é la decisión. La necesidad era clara) ur­
que un año antes había participado en aquel programa de ayuda gente. Aunque no entendía c¡uitíll o qué era lo que me adverua,
a los Sudetes. Sí, y pronto haria un año del día en que Rudy sabía r¡ue dehía obedecer la indIcación.
hahía ido a aquel remoto lugar, y habíamos corrido por las flo· En voz ba ja le" dije a las muchachas:
"NO ENTRES EST A N OCHE" 47
46 UA4'IDO MURIERON MIS m OSES
bosques sonaban extraños y repulsjvos. Oímos ladridos de perros
- No entraré esta noche.
que se acercaban J se alejaban, mientras aguardábamos con
-¿ Por qué no, Manjo? Estamos tan cansadas y con deseos los m úsculos con traí dos.
de dormú . . . ¡Oye, hemos es tado seguras en este lugar durante
varias noches! Por último las estrellas palidecieron y vimos señales del
día en el oriente. El amanecer era nuestra salvación, porque sao
Comenzamos a cuchichear ruidosa mente.
bíamos q ue todo soldado ruso debía regresar por la mañana y
- ¡Silencio! ----Qrdené Con firmeza-o No las detendré SI la disciplina del ejércÍlo era muy estricta.
quieren enlra r, pero yo no lo har é. Eso es lodo.
Quedaron indecisas hasta que una dijo: Conseguimos volver a tiempo Si11 ser descubiertas por el ca­
pataz. Unos momentos más larde tocó el silbato y todas nos ·'levan·
- No, si Manjo no ent ra esta noche, yo ta mpoco lo haré
Ella generalmente sabe lo que hace. lamas" y formamos la fila de rutina para el recuento y el des·
ayuno.
Nadie quiso entrar en el estab lo. Pero, ¿qué hacer entonces?
Esa misma urgencia interior parecía decírmelo. "Debemos salir Con más disgusto que el de costumbre noté el desayuno:
de aq uí esta noche". Susurré la noticia y me d irigí Jenta.mente ha· sopa, compuesta mayormenle de agua, sal y algunas papas, ade.
cia la puerta del este, que estaba cerra da. Las muchachas me si· más de cortezas de pan seco. Me preguntaba si el cocinero de­
guieron. Una de ellas, muy am iga mía, se me acercó temerosa, jaba sistemáticamente enmohecer el pan antes de I raccion a rIo en
y me dijo: las mezquinas porciones que nos daban. Pero, en realidad )0 que
-Espero q ue sepas lo que estás haciendo. ¿Te das cuenta importaba era que senlÍamos hambre suficiente como para devo·
del r iesgo que estamos corriendo? Sinos encuentran fuera de Tar cualquier cosa. Cuando la .fila comenzó a avanzar, esperé con
los mu ros. dispararán sobre nosotras sin nll1guna advertencia. Tú an:,ias mi turno. \1i dolencia estomacal me hacía sufrir cuando
sabes cómo los rusos hacen cumplir el toque de queda. Nadie pue· estaba con hambre. De pronto sentí un toquecito en las costillas.
de salir después de las 9.30 de la noche. ¡ni a un los propios checos ! Al darme vuelta me encontré con el rostro de mi amiga secreta.,
- Si, lo sé. pero siento que debemos salir de aqu í esta noche. la mujer checa.
No sé cómo explicarlo. Por favor, no hagas más p reguntas, porque - Muchachita --susurró tratando de disimular- , tengo algo
debemos apresuramos. que decirte.
Yo había aprendido cómo abrir la puer ta u nos días antes, grao Asentí, pica da por la curiosidad.
cias a una buena m ujer checa que me había protegido. Rápida­ - ¡Los rusos estuvieron aquí anoche!
mente accioné el mec.anismo y con la hoja apenas abierta las asus­ Asentí nuevamente, pero sin entusiasmo. Sus palabras no
tadas muchachas se deslizaron al exterior. Cerré y seguí al grupo. eran noticia del todo.
La noche era trallrruila, y la lUlla y las estrellas parecían crue· - Escucha, Manjo. Fue algo realmente grave - y señaló ha­
les en su brillantez, porque denunciaba n nuestros movimientos. cia la cocina- o Una de esas mujeres que están allí te traicio·
Cerca de los bosques dimos con un campo en el que habíamos tra­ nó anoche. Les Jijo a esos soldados borrachos dónde se ocultaban
bajado unos pocos días antes_ cortando alfalfa que hab ía sido usledes. i Oh. esos demonios! - y se persignó temerosa- o Se en·
amontonada en armazones de madera para que se secara. Sugerí loquecieron y provocaron un escándalo porque no las hallaron.
que las muchachas se echaran debajo para protegerse y dormir ¿Sabes lo r[ue hirieron? EniureciJos como bestias entraron en el
algo. OLedecieron sin demora. Mi amiga y yo nos escuni mos tam­ establo viejo y buscaron entre la paja. Como ustedes no apare·
bién y tralamos de ponernos cómodas. Pero el sueño h abia des· cían, comenzaron a hundir las bayonetas en la paja, lanzando
aparecido esa noche. El peligro pa recia acechar e11 cada rincón, )' insul tos y gritando: "¡ Esas cerdus a lemanas chillarán cuando las
estábamos tensas y recelosas . L as ranas croaban vigoro,:amente cortemos!" AWlque las buscaron toda la noche, no pudieron ha­
cn Ull charco cercano. Olros ruidos nocturnos proceden tes de los
48 CUANDO MURIERON MIS DIOSES
lIarlas. ¿Dónde se han escondido? Pobres muchachas, me ale­ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _---'Capítulo 6
gro de que no les haya sucedi do nada.
Se alejó rápidamente y yo apenas pude tartamudear un leve
"gracias" .
Meior Soliera y FugioTa ...

i Así que se sabía que nos ocultábamos en el establo ! ¿Pero


quién me dijo que no entrara la noche pasada? Nos hubiera cos­
tado la vida si esos soldados dispuestos a todo nos hubiesen en.
contrado. Les conté la nueva a las chicas que se hallaban más
cerca y pronto todo el grupo esluvo enterado. Con el rusimulo
necesario para que el capataz no 10 advirtiera me rodearon y me EN BOHEMIA abundan los bosques, y corrimos hacia el más
suplicaron que les dijera Cómo babía hecho yo para saberlo, cercano. Apenas alcanzamos la fresca sombra del follaje den­
quién me había dicho que no debíamos dormir allí esa noche y so. nos dirigimos hacia el nortJ, atentas a cualquier ruido sospe·
qué clase de amuleto usaba. Encogí los hombros y les respondí choso.
que ciertamente no lo sabía y que era algo que no podía explicar. El capataz debe haberse sentido muy seguro. Sabía cuán in·
La fila avanzó ante los gritos del capataz. ReciLí mi sopa y ternadas estáhamos en territorio checo. Sabía tamb ién que los
la tomé de prisa. Quise ordenar mis pensamientos mientras masti­ soldados rusos patrullaban la zona a la caza de presos fugilivos.
caba la dura costra de pan, pero no pude. Todo parecía confuso y Sabía que tarde o temprano seriamos capturadas y restituidas a
era imposible encaminar mis ideas. Algo andaba mal en mí. ¡Esta. nuestro encierro.
ba perdiendo la memoria! Ignoro cuánto caminamos y nos ocultamos y lue,hamos a tra·
Quise vincular el pasado con el presente, pero tampoco lo vés de bosques y campos, pero finalmente llegamos a l a región de
conseguí. Traté de recordar algunas cosas acerca de mi bogar, los sudetes, y por fin pude arribar a la casa de mi hermana Grit.
mi madre o Rudy, y fue inútil. Lo peor de todo era que esas imá­ Lli. Me hizo muy pocas preguntas y en seguida me llevó al altillo,
genes mentales de pronto carecían de nombres. ¿Era posible que paTa mantenerme escondida y que pudiera dormir ll:anquila. Me
no recordara el nombre de mi madre? Evidentemente. mis facul. dejé caer sobre el colchón y ella me quitó los zapatos. Su mano
tades mentales comenzaban a alterarse. Quizá pronto estallara mi maternal me tapó con una manta, y mientras me sumergía en el
adolorida cabeza, cometiera algo irracional y me volviera histé­ suefi<,,, alcancé a decirle:
rica. Yo sabía lo que eso significaría. Si enloquecía como otras -Todo se ha derrumbado, bermana, todo. Pero las cosas
que había conocido, la solución era simple: Una o dos balas. volverán a estar bien cuando despierte. No es más que una pe·
No; dehía huir mientras todavía podía tomar decisiones. No sadilla que estoy sufriendo.
me rendiría para darle al repugnante capataz la salÍsfacción Cuando desperté, después de largas horas de sueño, traté
diabólica de decir que me hahía sometido, que me habla vencido. de ordenar mis pensamientos. Luego quise levantarme, pero apeo
No, yo me iría, me fugaría. Si me mataban, pues bien, por 10 nas pude hacerlo. Sentí a el cuerpo terriblemente dolorido, y los
menos no era una rendición. pies me dOllan tanto que hube de bajar cojeando la escalera.
En cuanto llegamos a nuestros lugares de trabajo señalados Mi hermana, que había tratado de mantener quietas a sus
les comuniqué mi intención de escaparme a la::. mucharhas que tres crialuras mientras yo dormia, tenía algo de sopa lista. ¡Va·
estaban junto a mÍ. Algunas decidieron acompañarme y yo estuve liente mujer! No sé cómo se las arreglaba para mantener su ho·
de acuerdo. Observa mos la dirección del viento y la posición del gaTo De alguna manera siempre conseguía un poquito de harina,
sol. El capataz abandonó el campo. Era el momento. un pan, un repollo o algu!la lechuga de su minúscula huerta para
alimentar a sus chiquitas hambrienlas.
(49)
4- CMl)
50 CUANDO MURIERON MIS DIOSES
MEJOR SOLTERA y FUGITIVA. . . 51
La casa de mi hermana no era un lugar seguro para mí. Dt:­
híamO.'! hablar en voz baja para que las niñas no se alarmaran. tas eslahaJl buscando tales relaciones como una vía de escape
Mis perseguidores finalmente me hallarian; era sólo cuestión de pa ra UIlu sÍluación desesperada. i Pero con mi vecino la cosa era
tiempo. Mi próximo destino pn un campo de trabajo sería mu­ diferenld Su casamiento con una alemana podía poner en peligro
cho más al este -¡en la inmensa Ru~ia! Decid imos que perma­ su carrer a fulura.
necería en casa de mi hermana UllOS pocos días más. hasta que re­ Sacudiendo negativamente mi cabeza, le ruje:
cuperara fuerzas, para enlonces resoh'br '1 ué haría . - No, "ladi, no es conveniente para ti y tu futuro. Te
agradezco por tu buena disposición para librarme de ir a parar
Durante meses no había podido dormir como lo hacía esos
41 un campo de trabajo forzado, pero no puedo aceplar lu ofre­
días. Con toda buena voluntad mi hermana compartía su exigua
imiento.
comida conmigo. Poco a PO(~o fui reenconlrándome. La niebla
menlal que me hacía sentil' prh.ionera de mí misma me iba aban· 1'J I se convenció fácilmel1te. Insistió, rogó y amenazó. Des­
donando. pués de todo, podía llevarme ante las autoridades. Los pensamien­
Pronto lu\'e que tomar otra deci~ión. No lejos de nosotros tos galopaban en ml cabeza. Debía tener tiempo para pensar.
vivía una próspera {a mj IJ a checa que por mucho tiempo se había Dócilmente le pregunté si no me daría tiempo para pensarlo
mostrado amigable. El hijo de la familia pertenecía a la guardia bien. La propuesta me había lomado tan de sorpresa que neceSi­
nacional. Cuando descubrió que yo había vuelto a vivir con mi taba considerarla primero y pedirle consejo a mi hermana.
hermana nos visitó con frecuencia, como para que advirtiéramos Vladi asintió y sonrió conlento y aliviado. Me acompañó de re­
sus buenas intenciones. Hasta nos obsequió algunos panes y greso al hogar de mi hermana y anles de separarnos me aseguró
papas. Yo lo trataba con corle~ía, pero me reía cuando m i her­ que no sólo mis problemas sino también los de mi hermana des­
mana afirmaba que el muchacho me estaba cortejando. aparecerían lan pronto como yo diera mi consentimiento. El trae­
Dejé de reírme cuando un día nuestro Joven vecino vino a ver­ ría ropas, zapatos y alimentos para las criaturas - lo sal udé amis­
me y me pregunl6 si podía hablar conmigo. Le respundí que sí tosamente y entré.
y salimos a dar un paseo. Snhr con él era seguro. porque su Nunca podría casarme con ese hombre. No sentía ni chispa
cargo me protegía aun cuando yo usara la banda hlanca en el de amor por él y, aderná~ eslaba prejuiciada contra los de su na­
brazo. cionalidad. Debía frenarlo en sus intenciones. Era tentador decir
VIadislav, luego de tartamudear un poco, me comunicó que "sí" y acabar con lodos los prohlemas, pero yo no podía hacerlo,
habia recibido órdenes de llevarme detenida a la oficina de tra­ 8UIl c:~ando más no fuese por consideración a él mismo. ¡No
bajo en la ciudad. Me horroricé. ¿.Sería él rapaz de hacerlo? podría hacerlo fel iz y yo tampoco l o sería!
El muchacho vaci ló Un momento, para luego proseguir: Dos días después regresaría de una misión de patr ulla, de
-No puedes hacer nacla, \lTanjo. Aun si te ocultas, la mi­ modo que no debía perder tiempo. Empaqué rápidamente al gunas
licia te descubrirá pronto. Pero -y su cara redonda y cándida ropas en una mochila y mi hermana me ayudó a coser mis pocas
se ruborizaba-, hay una manera en que puedes l ibrarte, y e pertenencias valiosas dentro del forro de mi abrigo. El único do­
asándote con un checo. Eso cambiaría lu condición y se te con­ cumento que llevé fue d certificado de nacimiento, exped ido por
sideraría romo ciudadana lihre. y de nacionalidau checa. Bien, la Iglesia Calólica. Todos los otros papeJes importantes los me­
como yo ... r;iento un real amor pOlO ti, y etitoy eJl condicione:; de tí en una caja metálica hermética y la enterré en el patio durante
formar un hogar. ¿rons idcrarás e~ta propuesta? la noche. Mis tarjetas, d iplomas y olros efectos eran papeles na­
Miré su roslro inge!lllO y sonroJado. ¿.Estaba ese muchacho
zis, firmados y sellados con diferentes marcas en las que se
seguro de 10 que hacía'? En los 'Jltimos meses otros <,hecos se
veía el águila nazi y la cruz gamada. No me atrevía a ll evarlos
habían animado a ca!>al'iSC COn chjcas alemallas, y muchas de és-
conmigo en mi huida .
52 CUANDO MURIERON 1\US DIOSES MEJOR SOLTERA Y FUGITIVA. . . 53
¿Huida? Sí, debía huir; pero, ¿a dónde? Sabíarn o., que lo demás refugiados que sc arremolinaban en el país. Llovía du­
que había quedado de Aleman ia había l>ido dividido. Alemania ranle horas, días o sem anas. Cam inábamos como en una pesadilla,
Occidental quedaba muy lejos haci a el oeste. Alemania Oriental :00 las ropas empapadas colgándonos del cuerpo, hasta que un
se había convertido en repúbli ca comunista, fuertemente ocupada poco de sol nos secaba a medias. E l estómago hambrien to nos
por tropas Tusas. La zona occidental estaba ocupada por los alia· despertaba por la noche, mientras intentábamos dormir en los
dos, mayormente norteamericanos. Se co~ría el rumor de que hosques o escondidas en zanjas.
era un buen lugar para vivir y de que los norteamericanos eran lIabía noches en que me sentía tan cansada y atormentada
amigables. Exislía el sistem a de ración por tarjela y la gente po· por los dolores de mi úlcera estomacal que estaba tentada a re­
dia comprar aUmentos. l~o muchos, por cierto, pero lo suficiente nunciar. Para comer sólo conseguíamos algunas hierbas de los
como para vivir. Se decía también que los soldados yanquis no bosques. bayas silvestres y raíL\:S. ¿Tenía sentido seguir luchando
acosaban a las mujeres con sus atenciones; y había sufi cientes así? Sí. . . ahí estaba Micherle, la muchacha que habia confiado
muchachas que deseaban ser sus amantes. Parecía demasiado bue­ su vida en mis manos cuando partimos para ese largo viaje. De­
no para ser cierto, y nadie sabía na da con seguridad. Pero eu el bía continuar, aunque fuese sólo por ella.
caso de que esas maravillas fuesen verdadera s yo intentaría lle­ Hablábamos de comida y tra tábamos de recordar el sabor de
gar hasta. all1. Si descub ría que todo era distinto no habría pero ciertas cosas. No sentíamos deseos de comer manjares, sino tan
dido nada. :lólo un plato de sopa, UD buen trozo de pan, papas hervidas. Los
na noche después partía hacia Alemania Occidental. No agricultores y pobladores mantenían sus casas cerrada s. Los
iba sola. Una de mis amigas se me unió y no luve valor para graneros trancados, las huerlas y campos guardados por perros y
hacerla desistir. Sus padres habían sido llevados a un campo de trampas.
trabajo forzado y había quedado sola y desamparada. Pero mi mayor problema era mi mente ofuscada. Quedaba
Antes de salir, mi hennana me puso un trozo de pan en la mo­ desmemoriada durante días, y me atormentaba tratando de forzar
chila. Yo sabía que era un trozo de pan menos que tendría para mi cerebro para que recordara. Estaba obsesionada por volver a
sus hijas. No hablamos mucho cuaudo saü por la puerta trasera. saber el nombre de mi madre, pero no podía dar con él a pesar de
¿Qué habíamos de decir? Miré una vez más hacia la casa de los arduos esfuerzos que realizaba.
Vladi. Todo estaba oscuro. Me preguntaba cómo se sentiría al día En las horas más osouras del desánimo y la desesperación,
siguiente, cuando volviera y comprobase que su pájaro se le presa del frío y del insomnio y doblegada por mis dolores po­
había volado. Yo sabia que estaba traicionando la confianza día, sin embargo, cerrar los ojos y pensar en mi madre. No re·
que había puesto en mí. ¿Entendería él alguna vez que yo estaba cordaba cómo se llamaba; tampoco podía recordar muchos inci­
haciendo lo mejor para ambos? dentes de mi niñez, pero podía aún verla a ella como persona.
Pronto alcanzamos la frontera entre Checoslovaquia y Ale­ Siempre que mi corazón clamaba, parecía que ella se encontraba
mania Orienta l. Ambas partes estaban ocupadas por tropas rusas cerca; y la veía indefectiblemente en el marco del culto vesper­
y gobernadas por comunistas. por lo tanto los cruces no se ha­ tino de la familia.
llaban muy custodiados y pudimos trasponer los lí mites sin in­ Acostumbraba sentarse junto a la ventana mirando el enro·
convenientes. jecido poniente o las nubes sombrías que flotaban por sobre los
Allí nos quitamos las bandas blancas que nos identificaban cerros. Luego de llenar de cielo sus ojos azules, comenzaba a can­
como alemanas o proscriptas, porque en Alemania Oriental no tar. Su voz no era llena ni afectada, pero sí con una argentina e
las exigían. Enlonces, con la esperanza renovada, comenzamos infantil sonoridad. Solía quedarse sin aliento antes de terminar
nuestra larga travesía por la Alemania comunista. Desafortuna­ una frase, porque su pobre corazón estaba debilitado. Sus cantos
damente el tiempo parecía conspirar contra nosotras y lodos los preferidos eran "Más cerca, oh Dios, de ti" y "Conmigo sé". To­
MEJOR SOLTERA Y F UGITIVA. 55
54 CUANDO MURIERON MIS DIOSES
En un súbito impulso, caminé hasta ll.na casa y llamé. Un
dos participábamos del canLo y, una vez f inalizado, mi padre cartel descolorido por la acción del tiempo anunciaba que se
abría la Bihlia de la familia y leía un sal mo. Los había especiale trataba de una casa que en sus buenos días había sido de hospe.
para los momentos devocionales de l viernes y del c;áLado. Podía daje, pero que entonces naturalmente estaba cerrada porque su
ver mentalmente la manera como se sentaba en su silla y recita­ dueño no tenía nada para ofrecer. Sí, yo sabía que no tenía sen­
ba con gravedad las palabras de la Escritura. tido golpear la puerta, y los sorprendidos ojos de mí amiga me
Luego de la lectura todolO n05 arrodillábamos para orar. El decían lo mismo. ¿Había olvidado que las puertas no se abrían
piso de madera estaba recién fregado. Term inada la oración, los para gente como nosotras? Los pobladores no se molestaban ni
niños debíamos estrechar l a~ mallOS de nuestros padres)' con todo siquiera en mirar a los refugiados errantes y hambrientos que
respeto desearles las bendiciones de Dios. Parecía mentira, pero atestaban las rutas. No se tomaban el trabajo de atender sus
el recuerdo de esos preciosos momentos era lo único .que me mano llamadas. Pero yo insistí, llamando con más fuerza y determi·
tenía con ánimo. Podía recordar la paz que llenaba mi corazón nación.
durante esos momentos. tanto que deseaba que se repitieran pronto.
IGracias, madre, por esa paz! Tu .fidelidad en las cosas peque·
ñas sa]vó mi vida. Era tan fiel en esta.r lista a la puesta del sol
para dar la bienvenida al sábado. i Ojalá cada madre cristiana
tomara tiempo para realizar el cullo de familia y para la prepara·
ción para el día del Señor! Eso traería mucha paz.
Después de atravesar la mayor parle de Turingia llegamos a
la ~ütima villa antes de la tierra de nadie, una fran ja de varios
kilómetros de ancho entre la Alemania del este y la del oeste. Nos
enteramos de que los guardias com unistas patr ull aban la zona y
que a nadie se le perm itía penetra r en la mism a. Los soldados te­
nían orden de abrir fuego contra cualqwer cosa que se moviese.
Eso fue 10 que nos informaron otJ"OS refugia dos que merodeaban
por la villa.
No era muy alentador haber luchado y pasado hambre y mo·
jaduras durante tod as esas semanas para llegar y encontrarse con
una faja de tierra aparentemente infranqueable. Debí a hallar una
manera de cruzar; pero, ¿cómo? Los refugiados con quienes hablé
del asunto se mostraron frustrados y derrotados; era una locura in­
tentar el cruce. Muchos que se habían arriesgado habían sido muer­
tos o apresados.
El polvo se había asentado sobre el vill orrio, y cuando la
niebla densa avanzó desde el río nos estremecimos con nuesll"a
ropa h(uneda. Las nubes anunciaban otra copiosa lluvia. Detrás
de los cri stales de algunas ventanas iluminadas se adivinaban som­
bras difusas, que sugerían el calor y la l'eguridacl del hogar.
¿ Qué tal sería senta rse junto a un g ran hogar y calentarse hasta
Jos tuétanos?
ESCAPADA A TRAVES DE LA TIERR~ DE NADIE 57
____________________________ ~CQpírulo 7
El viejo reloj de cucú marcaba el paso del tiempo y yo sao
bía que debía darme prisa. Acom odé el cabello sobre los hombros
con una enérgica sacudida de cabeza, y dije:
Esrapada a Través de la -Señor, ¿puedo hacerle una pregunta?
El hombre asintió.
Tierra de Nadie -No necesito decirle que somos refugiadas. Hace semanas
salimos de Checoslovaquia, mi tierra. Venimos hacia el oesLe pa·
ra cruzar la frontera, pero no estábamos enteradas de que existía
DE PRONTO se abrió la puerta y me encontré mirando a los la "tierra de nadie". Necesitamos cruzar, pero no sabemos có·
mo. ¿Tiene Ud. un mapa de esta zona para que podamos dar
buenos ojos de un anciano.
- ¿Q ué desean? -preguntó vacilante. con el camino? Quisiéramos intentarlo esla noche.
- Señor -tartamudeé-, sentimos tanto frío y estamos tan El hombre comenzó a reírse, pero no con malicia. Era más
mojadas por la lluvia. . . ¿ podrí am os sentarnos un ratito junto bien una risa amislosa y diverLida. ¿Pero por qué rdrse en tales
a su hogar para secarnos? ircunstancins?
Por supuesto que no; ¿por qué habría de hacerlo? Dos muo -¡Oh, chiquillas ingenuas! - di jo-o Parecen un perro la·
chachas desconocidas con sus vestidos chorreando sobre los za· drándole a la luna. ¿Piensan que van a cruzar sólo con un mapa?
patos viejos y rotos -10 más seguro era que nos cerrara la puerta ¡No, no muchachas! Los soldados están allí día y noche para
en la cara y que tuviéramos que seguir caminando en la noche atraparlas. Posiblemente no puedan lograrlo.
triste. -Pero - insistÍ- , ¿.es que no hay ningún camino? Yo debo
- Bueno, pasen -dijo el hombre, luego de echarnos una mi· irme. porque mI! escapé de un campo de trabaj o forzado . Si me
rada de pies a cabeza-o ¡Pobres muchachas! quedo me descubrirán y volverán a mandat'me a uno de esos
¿Había oído bien? ¿Nos esLaba invilando a que entráramos? horribles lugares.
Con un hwnilde Danke (gracias) penetramos en la casa, nos qm·
-Sí -respondió finalmenle- , existe un paso por donde
tamos los zapatos para no ensuciar el piso y nos sentamos junto
los alvnanes todavía cruzan, pero el camino es difí cil de hallar.
al fuego para secamos la ropa. i Qué bueno era el calorcito! Si
Sólo un guía puede conducidas y -aqu1 su voz era sólo W l susu,
no molestábamos, tal vez podríamos quedarnos sentadas hasta que
rro-- hay un guía lal en el pueblo. Es el balsero que vive junto
toda la gente se retirase a aescansar.
al río. Si tienen suficie nte paTa pagarle él puede llevarlas, pero
Unos momentos después el hombre apareció con dos humean·
stá cobrando bastante. Prefiere relojes, joyas...
tes tazones de sopa en sus manos, Sonriendo nos preguntó si de·
seábamos servirnos. Nos temblaban las manos cuando recibimos -Tenemos unas pocas cosas ocultas en el forro de nuestra
los tazones. Le agradecimos repetidamente su bondad. ropa. Tal vez sea silÍiciente para confonnarlo. Por lo menos pode·
Devolvimos 105 recipientes vacios y nos senlamos quieteci. mos intentado. Muchas gracias, señor, por ser Lan bueno y servi·
tas, esperando de un momento Ll otro la orden que nos arrojaría cial con nosolras. No sé si alguna vez podré retribuirle, pero ten·
nuevamente n la noche tormentosa. Sentía UllOS deseos enormes de ga la seguridad de que lo apreciamos proiunda.rnenle.
hablarle a ese amigable anciano acerCa de nuestros planes de El hombre movió su cabeza afirma tivamente, se levantó ue
cruzar la frontera hacia el oeste. Pero no era prudente confiar en la silla, y dijo con natw'aliclad:
nadif". Abrirle el corazón [l un extraño podría ser desastroso. - P ueden dormir el1 casa esta noche. Ni los p:etros andan
Sin embargo ese hombre había sido tan Londadoso ... ¿Sería ca· afuera con un tiempo como éste, y ustedes parece que necesitan
paz de traicionarnos si le pedíamos consejo? descansar. Mañana pueden ver al balsero.
(56)
58 CUANDO MURIERON MIS DIOSES
ESCAPADA A TRAVES DE LA TIERRA DE NADIE 59
Nos condujo escaleras arriba a una habi tación con dos camas
UDa de las cuale:; ostentaba un abultado plumón y una almohada Forzamos un alegre "buenos días" y subimos. El hombre
deliciosamente blanda. Nos deseó bllenas noches y salió. maniobraba tranquilo, mirando el agua en silencio. Eramos las
Nos miramos mudas de asombro. ¡Debíamos estar soñando! únicas pasajeras y, cuando llegamos al medio del rí o, tomé alieno
No porua existir gente como ese hombre! Las camas eran reales, to y comencé mi discurso.
y aunque la lluvia tamborileaba sobre la ventana, no nos golpeaba -Señor - arranqué- lo nos han dicho que usted es un guía
a Dosotras. que conduce refugiados por la Irontera si la paga es igual al
Antes de acostarnos rasgamos algunas partes de nuestros ves­ riesgo que usted corre. Por eso -yo hablaba con rapidez para
tidos y sacamos nuestros ttsoros, lo que colocarnos formando una que no me interrumpiera hasta que finalizara- quisiéramos lOa·
pequeña pila. No consliluian una fortuna, pero parecían lener ber si lo que hemos traído es suficiente. Echele un vistazo.
suficiente valor ('mDO para hacer el intento a la mañana siguiente. Ahí mismo desaté mí bulto y lo puse a sus pies.
Lo único que lamentaba perder era un brazalele de plata que Ru­ - No. Yana hago eso. Ustedes saben que los rusos me ma­
dy me había regalado. Era parle de mi corazón. Otra cosa que ido­ tarían si me pescaran haciendo eso.
latraba era un pañuelo de seda de colores. Cuando env(llvimos en --..'3í, 10 sé, pero mire - insistí-o Nosotras debemos cruzar.
él nuestras adoradas pertenencias {armaba un bultito muy vis· Créame que no somos espías. Venimos de Checoslovaquia y hemos
toso. Luego nos acostamos bajo los suaves acolcha1os de plumas. hecho un largo camino. ¡Por favor, ayúdenos[ Yo me fugué de
Casi DOS sentíamos culpables de estar durmiendo tan conforta. un campo de trabajo forzado, y luego esta amiga se me unió.
blemente, porque sabíamos que muchos de nuestros compañeros ¿No es suficiente lo que ofrecemos? Mírelo, amigo, es todo lo que
refugiados estaban afuera, en la lluvia. tenemos. No nos hemos guardado nada. ¿Nos llevará?
Durante la noche me desperté varias veces, sobresaltada Miró el bulto y guardó silencio por 10 que me pareció un
por unos sentimientos de duda aterradores: "Quizá estemos en largo rilto. Por fin asintió con su despeinada cabeza, y dijo :
una trampa". "Quizá venga alguien a echarnos abara mismo". "Es - Bueno, chicas, las llevaré esta noche. Las encontraré
imposible que durmamos una noche entera en una cama blanda y media hora antes de la media noche allá - y señaló hacia las síe·
tibia" . tras cubie llas de bosques-o Donde comienzan los bosques en·
Nadie vino a damos caza. Cuando amaneció desperté a Mi· contrarán una sendita que se inlerna en los arbustos. Ocúltense
cherle, pues debíamos ir a ver al balsero. Mi compañera no esta· tras los árboles hasta que yo llegue.
ba muy feliz de levantarse temprano. ¿Cuándo volveríamos a Llena de alegría le tomé la mano y le agradecí profunda.
dormir en una cama de verdad? mente. Luego le pedí que volviera con la balsa, pues no tenía ob·
Salimos en puntas de pip. para no despertar a la buena fa­ jeto que cruzáramos. Habíamos cumplido nuestra misión.
milia y nos sumergimos en la mañana gris y brumosa. Por pri­ El tiempo transcurría lentamenle mientras andábamos sin
mera vez en varios días teníamos la ropa seca, y nos sentíamos o. No debíamos llamar la atención. Cuanto menos se fijaran
abrigadas y repueslas. Alentábamos Wla nueva esperanza en el los soldados en una persona, tanto mejor. Apenas oscureció nos
corazón. Lo acontecido la noche pasada era de buen augurio. dirigimos hacia los bosques. Sabfamos que tendríamos que espe­
Debido a la lluvia abundante el río estaba correntoso, y sus rar, pero deseábamos hallar el lugar del encuentro. Sin ningún
aguas de una coloración pardusca. Esperamos en el embarcadero, problema cruzamos campos y praderas y luego de buscar un
y sentí como un acceso de temor cuando apareció la balsa. ¿Y poco dimos con la senda hacia los arbustos. Nos quedamos bajo
si el hombre decía "no"? ¿Y si pedia que le pagáramos más? los árboles y aguardamos. Después de un momento nos dimos
¡No teníamos nada más para darle! cuenta de que no estábamos solas. Bajo otros árboles muchas fi·
guras silentes también aguardaban, corno nosotras.
60 CUANDO MURIERON MIS DIOSES ESCAPADA A TRAVES D E LA TIERRA DE NADIE 61
- -¿Cómo va a llevar ese hombre a un grupo tan numeroso nido que andar en los bosques en noches comO ésa. Micherle co­
sin ser descubierto? - susurré. Micherle, por toda respuesta, se jeaba. Se había lorcido un tobillo a l pisar en un hoyo, pero se·
encogió de homhros. gufa adelante, porque esos dol orcilos no cuentan para nada en
Teníamos otro motivo de preocupación. ¿Vendría realmente momentos de peligro.
el guía? ¿Qué pasaría si no venia? Le habíamos dado todo 10 Entonces llegó la señal que indicaba que la línea de reco­
que temamos. ¿Y si nos traicionaba desp u-,s de haberse quedado rrido de las pa tr u.llas rusas se hallaba a sólo unos metros. Ahora
con lo nuestro? quedaba cada uno librado a su propia suerte, porque alli el bal­
Seguía llegando ~enle al lugar. Hasta había mujeres con ni· sero nos dejaba y regresaba. Cada uno debía tratar de cruzar la
ños pequeños. Uovíznába, y la noche era oscura y neblinosa. ¿,Có· frontera por entre los arbustos. Micherle estaba a mi lado, aguar­
mo harían esas madres para evitar que sus niños. gritaran? Quizá dando a que le dieran la señal para echar a correr.
el guía ya les habría advertido, porque todas las criaturas De pronlo oímos a los guardias rusos que gritaban: "¡Stoj!
venían con la boca tapada con un pañal; s610 la nariz les ha· ¡Sloj! ¡Stoj!" ( ¡Alto!), inmediatamente después se escucharon dis­
bían dejado descubierta para que respiraran. Eso amortiguaba paros de armas de fuego segui dos de gritos, y luego maldiciones
sus voces lo suficiente para que hubiera seguridad. Los niños más y vocerío de soldados. Alle arrojé al suelo barroso detrás de un
grandecitos se aferraban con todas sus fuerza a las manos o los arbusto, y Micherle junio a mi, respirando con clilicullad. La
vestidos de sus madres : los pobrecitos no se animahan siquiera fronda abrió sus brazos misericordiosos y nos engulló; no vimos
a SUSUlTar o toser. a nadie más del grupo. Los Liros cesaron y todo volvió a quedar
¡Qué alivio cuando finalmente apareció el guía! Dio unas en silencio. Sólo nuestros corazones latían tan fuer te que temíamos
órdenes en vo'" baja y el grupo formó de uno en fondo. Desde que el suelo trasmitiera el sonido a los soldados enemigos.
el frente y mediante señas se daría la infor mación, la que debía Yo pensaba: "Maria Ana, muchacha necia, caíste en una
pasar de una persona a otra. En pocas palabras explicó el cam1no tra mpa. Los r usos están ahL ¿Podrás sal ir de ésta?" 1Imposi·
a seguir y algunas señales que marcaban la fro ntera, donde tendría· ble! Amanecía rápida mente y nunca podríamos hacer el camino
mos que correr. Entonces comenzaron a moverse las mudas figu· de la "tierra de name" sin ser capturadas. Parecía el fi n.
ras, conducidas por aquel hombre de mirar hosco que estaba dis· to eso oimos un llanto de criatura. No era lejos de nos·
puesto a arriesgar el pellejo por la paga que recibía o porqu otras. Llamaba a su mamá. (¿Por qué no cuidarán mejor las ma·
sentía que debía ayudar a sus semejan les. En ese momento no dres a sus hijos en momentos como ése?) Esa criatura atraeria a
me interesaba el motivo. los soldados. Arrastrándome sobre codos y rodillas me dirigi hacia
Avanzábamos lentamente porque debíamos dar cada paso en el lugar de donde partía el lamento.
silencio y con mucho cuidado. No se permitía el uso de lin ter· Se trataba de una aterrorizada muchachita de unos tres o
nas (que de todos modos era un lujo que la mayoría no podía cuatro años, delgada y con dorados mechones que le calan sobre
darse). Parte del camino lo hicimos a través de un denso mato· los hombros. Le tapé la boca fuertemente con mi mano y le su­
rral donde la marcha se hizo penosa, especialmente para las ma· surré:
dres con niños, que no podían avanzar sin hacer ruido. Micherl - i Quédate lranquila, querida! Los rusos nos van a descubrir
y yo íbamos en la retaguardia, mien tras que las madres y las si gritas tan fuerte. t.Dónde está tu madre?
crialuras se hallaban en la mitad de la fila, para que pudieran Quité mi manO de su boca para que pudiera hablar. Llori·
recibir alguna ayuda si la necesitaban. Ya habíamos caminad queaba bajito mientras me decía qLe hU madre llevaba a su henna­
muchísimo y comenzaba a preguntarme si eS05 bosques termina· nilo en un brazo mientras ella iba lomada de la olra mano. Cuan·
rían alguna ·vez. Me preoeupaba también porque veí a las pri­ do sobrevino el tiroleo, la madre desapareció súbitamente y ella se
meras lu ces del aUJa. Yo lu sabía pOfclue muchas veces había te· encontró sola en el bosqne oscuro.
62 CUANDO MURIERON lVIIS DIOSES
- Si dejas de llorar, querida. veremos 8 podemos hallar a
mami en alguna parte. Ven conmigo a donde mi amiga está es­
perando.
Le acaricié la cabeza con la mano, le sequé las lágrimas
y nos arrastramos cautelosamente hasla donde aguardaba Micherle.
El amanecer avanzaba con rapidez. El tiempo obraría con­
tra nosotras si no nos apresurábamos. Miré a la criatura que
había confiado en mí como suelen hacerlo los lúños, para que ha­
llara a su madre. Debíamos correr hacia algún lugar, ¿pero có­
mo lo haríamos ahora con la pequeñita? Por otra parte. ¿podúa·
mos acaso abandonarla en el bosque y marcharnos?
-Escuchen, vamos n intentar cruzar la frontera -resolví-o
No podemos volver, y aquí en la "tierra de nadie" vamos a ser
capturadas con lada seguridad. Vamos a tratar de llegar a la
ona norteamericana.
Me volví hacia la niña.
- Raschen (conejila), te llevaremos con nosotras. Tal vez
lu macL'e pudo cruzar y la encontraremos al olro lado. Pero de­
bes prometerme dos cosas: Debes correr tanto como te den los
pies y no debes hacer ningún r uido. ¿Te parece que puedes ha­
cerlo?
La chiquilla asintió gravemente, sin pronunciar palabra. Ha­
bía comenzado ya a cumplir su promesa.
Le mostré a Micherle cómo tomar fuertemente a la criatura
de la muñeca sin hacerle daño, en caso de que tuviéramos que
arrastrarla, luego tomé la olra mano de la niña y comenzamos a
correr.
Primero corrimos los últimos melros hasta el pie de la
sierra boscosa. Luego debimos cruzar un camino angosto que co­
rría por el valle, que en realidad era la línea de patrulla de
los guardias comunistas. Después de cruzar una zanja profunda
junto al camino entramos en un campo abierto de pastoreo, sin ár­
boles o arbustos que nos protegieran. Corrimos con desesperación,
esperando a cada momenlo que las balas nos alcanzaran. Termi na­
do el campo topamos con un al"foyito de agua:. correntosas y os·
curecidas por las lluvias. No nos detuvimos a medir su prof undi­
dad. Nos arrojamos al agua}' ch apoteamos lo más rápidamente que
pudimos. Luchando con la corriente que casi nos tumbaba, lo que
más nos interesaba era mantener fuera del agua la cabecita de la
64 CUANDO MURIERON MIS DIOSES

pequeña y no perder el equilibrio. Cuando llegamos a la otra ori­ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _.J:Capítulo 8


lla el agua frí a como lúelo n05 chorreaba ablllldante de las cade­
ras y piernas, y 10B abrigos nos colgaban pesad amente. Cruzamos
algunos Losques más y luego ascendimos corriendo una sierra.
Sabíamos que allá arriba estaba la patrulla norteamericana.
En cierto lugar me arrojé a l suelo completamente exhausta. ¿Son Iguales

- Tengo que descansar un momento - alcancé a decir- o No


puedo dar un paso más, aunque los rusos vengan tras nosotras.
Todos los Soldados?

¿Por qué los rUfOS no habían disparado sobre nosotras? Me


extrañaba mucito. ¿Por qué p udim os pasar sin inconvenientes?
;.Nos vieron los soldados y se compadecieron de ' la criatura qu
venía entre nosolras? Los soldados suelen ser crue les cuando be· VAYAMOS hacia la luz --le dije a mi compañera-o Tal ve
ben, pero quizá fueran de corazón tjerno eslan do sobrios. La ma­ haya a lgu ien que pu ed a ay uda rn os (;on la lli ña.
yoría amaba a los niños. Había visto más de una vez a soldados
Cruzamos campos. pedrega les, a lToy o~. La lu? se ve ía má s
rusos compartiendo su comida con niños p ordioseros de mejillas
cerca a medida q ue la claridad del nuevo tli a :,eguia inundándolo
hundidas.
todo. Sí. debía llegar la luz l uego de la Ilo("h~ o~('U1"a y larga,
Miré a la niña. Por un momento la había olvidado. Allí es­ porque la luz es mús potellte q ue las tinieblas, y la vi da máf
taba gOleando desde el cuello basta los zapatos, que los tenía fuprle que la muerte.
llenos de agua. Temblaba sU cuerpecito y le castañeteaban los Debido a que nos hallába mos ex hau stas, ni Micherle ni yo
dientes. Por las mejillas le corrían unas lágrimas que dejaban advertimo" CfU e la casa a la qnc nos aproximil bamos no era una
marcando su pa~o en la cara barrosa. Pero nin gún llan to sonoro granja alf'mana. Lo ún ico 'lue ..ahía era que no podía dar un
escapó de sus labios azulados. Lloraba en silencio, si n q uejarse. paso más cargand o a la cr iat ura, qu e ya estaba mortal mente pá ­
Le quité la ropa mojada y la envolví con mi suéter seco. Ago­ lida.
lada, se acomodó confiadamente en mi hombro. ¿Qué más podia Suhí hasta la puerta y llamé. No hubo respuesta. E nton·
hacer que alzarla y llevarla? Micherle p uso el Lolso sobre mi otro re!; di unos ruanto5 golpes con el puño, decidida a no pa rar ha sta
homb ro y r eanudamos la ascensión. La niña se durmió, y con que alguien saliel·a. Tal vez la genle de la ca ~a estuviera dispue!)­
la carga extra tuve que emplear loda mi f uerza de voluntad la a aY\ldarnos al ver el es tado f'll que se enn mtraba la niña. Todo
para poder continuar. Un paso. uno más.. . lo que de~eaba Na un lugar cá lido don de la peq ueña pudiera se·
De pronto llegamos. Habíamos podido cruzar sin un ras­ caree.
guño. Bajé a la niña un momento y miré hacia el este. E l oscuro Sorpresivamenle la puerta se abrió y apareció u o soldado nor·
fol laje verde se extendí a por kilómetros. y en algún lugar de esos teamericano. Sab ía que Jo e!"a porq ue hahía visto foto ~raf ías de
bosques es taban lItis perseguidores. La muerte y yo nos habíamos llo~ mientras me instrui a m UlO nazi. Recorda ba sólo dos cosas :
visto la cara una vez más. y habia sido perdonada. ¿Por qué? Que los norteameri canos eran hom bres que vivían en ciudadp.s
Me agaché y contemplé el rostro pá lido de la chiquilla. Le grandes y sucias li roteándose con pistoleros, y que masticaLan
"hidr.
tembLaban los párpados y su cuerpo esmirriado se estremecía.
La levanté con cui dado del suelo húmedo y continuamos bacia el El soldado que se hall aha f re nte a mí e!'taoa armado, j y m::t s­
oeste. Debía enconlrar ayuda en seguida para que la pequeña licando chir:h'!
sobrevivjera. A lo lejos vimos parpauear una luz. -¿, Qu,; desea? -p regun tó co n pa chorra, m ientTa~ revolvi'l
('1 chicle ~~lIlrt; los d ientes.
;-tJ.ID ( 65 )
¿SON lGUAL E S TO DOS LOS SOLDADOS? 67
66 CUANDO MURIERON l'tUS DIOSES
yo había esta do ma l ilúormsda . Olra vez sentía como que nl~o
Yo me sent ía petrificada por el temor, y mi rostro debe
haberlo expresado con más elocuencia que las palabras en alemán
;:.e resquebra jaba den lro nI' m í. Se de:,.menuzaban las ideas qu e
hasta allí hahí a al imen tadu :-olm> lo.: norteame ri canos. La odio"a
on que a lcancé a b albucir mi ruego. Yo no ~ab í a inglés, y evi­ propaganda de GoeLbeJ;; prullal,,¡ ull a \'('7 má" ser un infundi o.
dentem ente el sold ado no entendía mi al emán. ConfLlOdido, me
Por fin la pequeña ~e durmi ó y los !iol dados se tra nqui l i.
echó una mirad a y luego lla mó a alguien. E n seguida a pareció
zaron. A lgunos ~al ie ro l1 en rlU nta ~ de pi e:;; y lo ~ denub q uedaron
un intérp re te y me p reg untó qué deseáQamos.
junto al catre. Me adelanté pa ra cOlltemplar a la chiquill a . Ha­
-Acabamos de cruzar desde el lado ruso y encontramos a bíamos cumplido CO Il lo que no;; IHlhí amo,; pro pu eslo ~ ya e ra
esta niña sola en los bosques - exp liqué- o T uvimos que cruzar hora de que nos marcháram os. P arecía que la niña e:;Utha e n lme·
el r ío y se mojó h:;.sta la cabeza. Mo rirá a menos que podamos se­ nas manos. Pronuilcié un tím ido "g racia," y me dirigí a la p uerta.
ca rl a y hacerla entra r en calor. Y, por favor, d ígales a los sol. Antes de que la alca nza ra 1111 so ldado ha bló. \ledi antc ges­
dados que no nos env íen de vuelta a los rusos. tOe; tra taba de hacerme enten der a lgo. Se frol ó lo s ojo s y pre­
La peq ueñ a, con su carita apoyada sobre mi homb ro, emitía
guntó:
un sollozo apenas audible. \
-¿Está cansada, 50fl olienta ? ¿,Q ui ere dorm ir tam b i,;n ?
Lo que sucedió a continuación no lo hubiera creído posible
¿Así que de eso se lrata ba·? "Los solda dos son lo dos igua·
ni siqui era en sueños. ¡La puerta se abrió del todo y f uimos
les'·, pensé p ara mis adentros. Disgustada, negw; 1'0 11 la cabel
invitadas a entrar ! Apareci eron unos soldado s con un cat re y
y me volví hac ia la puerta .
mantas. Me dijeron que le quitara a la ni ña la ropa mo jada y
que la envolviera co n una manta. Luego la pusimos en el E l solda do ley ó m is pensamientos.
catre. Mientras tanto, otro soldado había traído una enorme taza -Mire - d ijo orgullosaJllente, señalá nd ose a sí tn I Slll 0 - -, yo
de chocolate caliente. Cua ndo le levanté la cabecita, bebió con americano_
ansias. Poc o a poco el color fue retornando a su rostro y sus ma· S u enorme pecho paJ"ec ió ensancharse var ios centímetros.
nos entumecida., dejaron de aferrarse a mis dedos. Le sugerí que Habló lenta y cl aramente y yo asentí.
durmiera y me retiré a un rincón. Ella sonrió. Algunos de los sol· - Yo, no ruso - apuntó con su dedo hacia el este y sacudió
da dos comenzaron a hablarle. Era un lenguaje extra ño, que so­ enérgicamen te la cabeza. Volví a ase ntir.
naba com o si estuvieran tratando de hablarle como chiquillos. Le - Yo, hombre hueno - y sonri ó mostrando sus grandes di en·
hacían caras cómicas y revol ví a n los ojO& como payasos. La nifía les blancos. Me sorprendí. ¿Era realmente bueno? Cada uno sao
prim ero levantó la cabeza, luego se sentó y observó. M omelúos bia lo qu e esta ba pensa ndo el otro.
despué" hab ía per dido su vergü enza y hablaba e ntusi asmada con Fue hasta una puerta. la abrió y no s hizo seña s de que en­
sos insólitos ni ños gra ndes. Pasaron largo rato juntos a pesar de tráramos. Era u na pequeña habitación en la que ha bía do s ca tres
q ue no podían entende rse por palabras. con mantas. Proba blemente era un cuarlo des ti nado a primeros
Intrigada, yo observaba desde mi ri ncón. ¿Podía ser cierto auxilios. Gesticulando y frotándo se otra vez lo s ojos nos dio a
todo eso? Por ignorancia habíamos ido a caer en manos de los enlender flue f uésemos' a descansa r porque sentía mos sueño y
norteamericanos, nuestros enemigos. Nos hab ían ayuda do con 1 porque ellos e ran hom bres buenos. Yo vacilé aÚIl. T ene r con­
niña, y a hora la entretenían, riendo y b rincando. ¿Por q ué - si fianza em con lra r io al sent ido común. Sabía que 10 mejor e ra
ran gangslers que odiaban tanto a los alemanes, que haMan cru­ volverme y sa lir corri endo. i P ero no pod ía hacerlo! Los catres
zado el océa no para pelea r- nos tra taban con tanta bondad? parecían tan buen os, las frazada s la n secas y a bri gad as y m is
Quizá fu era una trampa. pero no l o parecía . Al contra rio, se párpados tan pe~a do s . . . Había estado hu yendo de todo d ura nle
lo ,'eía como algo muy real. ¿Me a trever ía a pensa r que los ya n­ semanas y me sentía can;;ada de andar así. Haría la prueba de
quis no eran p istoleros sino seres humBllos servic ial es? T al vez
68 CUA NDO MURÍERON MIS DIOSES ¿SON IGUALES TODOS LOS SOLDADOS? 69
acosta rme y dormir mientras todos esos soldados hormigueaba n fé humeante. Un nuevo sabor. Nos hizo entrar en calor. Luego de
alrededor. Era necio confiar, pero lo har ía. haber devora do hasta las migajas, nos limpiamos la boca con ¡;.er·
Con un esbozo de sonrisa m iré a los ojos de nuestro hospeda­ \ illelas de papel. i Qué lujo!
dor y asentí con lentitud. Con mucha cortesía mantuvo la puerta Nos acostamos en los catres y tratamos de dormir otra vez.
abierta mientras ell tráDaJlIOS, l uego la cerró y se fue. Sin más trá· E l coci nero ha hía retirado la bandeja vacía y nos había hecho
mite nos arroja mos a los catres y nos cubr imos con las frazada s. se ña s de que con tinuá semos durmiendo, pero el sueño no venía
A los pocos minutos nos dormimos. No sI!- cuán to tiempo habre· y yo me sen tía disgustada. ¡Tener la oportunidad de dormir unas
mas descansado cua ndo unos f uerte ~ golpes en la puerta me hi­ ¡Io"r as en una casa de verdad, con mantas de verdad, y estar des·
cieron levantarme de un sa lto. Asusta da, pregunté: pierta! Aún ignoraba los efectos del café.
-¿Quiéll es? ¿qué desea? Finalmente nos levantamos, doblamos cuidadosamente las
Ent ró un soldado con uniforme blanco que resultó ser un fr azadas y buscamos algo de ropa seca en nuestro "equipaje".
cocinero. Tenía la cara redonda, llena y rosada. Parecía sa no Nuestras faldas aún estaban húmedas y sumamente arrugadas, de
y contento. SOlll'ió ampliamente, lo que le hizo la cara má s re­ modo que las cambiamos por nuestros dirndlas, vestidos alema·
donda y más llena. En la cabeza llevaba un gorro alto y blanco. nes típicos de amplias faldas plegadas, blusas blancas y peche·
Parecía que era de cuerpo también rollizo. Un delantal bl anco le ras espec iales. Nos pusimos medias blancas y luego dedicamos
cubría buena parte de la cintura. En sus manos portaba una largo rato a desenredarnos el cabello para peinarnos prolijamen.
bandeja repleta de alimentos. Bajó la bandeja y preguntó con un te. ¡P arecíamos otras personas! Salimos a la sala y buscamos
gozoso pestañeo: a alguien para agradecerle una vez más antes de irnos.
-¿. Desean comer? El intérprete nos pidió que fuésemos a la oficina. El oficial
Apenas podía dar crédito a mis ojos y mis oídos. Por su­ ncargado, un hombre entrecano, nos saludó cortésmente y lue­
puesto que asentÍ. ¡Nos permitirían comer algo! Me preguntaba go habló con rapidez. El intérprete tradujo al alemán: "El tenien­
cuál de las cosas de la handeja sería. Parec ía que el hombre iba a Le se ha puesto en contacto Con los cuarteles rusos del otro lado
comer con nosotras. Lo miré y aguardé a que nos diera las in· de la frontera para recabar información sobre la niña que uste­
dicaciones. des t ·'ajeron. Los rusos sabían de la niña perdida porque captu·
- Coman -nos instó, al vernos vacilando. raron a la madre con el bebé. Ofrecimos devolver a la niña para
-¿Todo? -p regunté, casi sin aliento. ue le fuese entregada a su madre, pero se negaron a recibirla,
-Claro, todo - parecía divertido al respondernos. para que sirva -dice- de castigo a la madre.
-¡ Danke! ¡danke! "En las barracas no podemos tener a la niña con nosotros
Sonrió y salió de la habitación. -continuó el intérprete-o No es lugar adecuado para ella. Nues·
Nos temblaban las manos al tomar los alimentos. Qui~e a oficina se ha puesto en contacto con la representación de la
untar mi pan con mantequilla. Nunca antes había visto pan Cruz Roj a internacional del pueblo cercano. Han prometido ha­
blanco; el de centeno que hac ían en mi país era oscuro y grueso. cerse cargo de la pequeña. ¿.Tendrían ustedes la bondad de lle·
A 10 que se horneaba con har ina blan ca se le llamaba Kuchen varla hasta el próximo pueblo y entregársela allí a la encargada
(torta). Me preguntaba por qué esos soldados comenzaban el de la Cruz Roja?"
día sirvién dose to rta con mantequilla y jalea, además de otras Trajeron adentro a la chiquilla. Alguien había tenido la
cosas, algunas extrañas para nosotras, nada más que para un sim· gentjleza de lavarle la cara y peinarla, y su ropa estaba seca.
ple desayuno. Enigmáticos o no, esos alimentos tenían nuí.~ sa­ Sonriendo feliz nos mostró sus nuevas posesiones. Sus bolsillos
bor y presentación flue todo lo que hubiésemos comido durante rebosaban de caramelos y bizcochos. Luego de reiterar nuestro
semanas, y había en abundancia. También había jarros con ca­ agradeci miento, tomamos a la niña de la mano y salimos. Cuan­
70 CUANDO MURIERON MIS DIOSES
¿SON IGUALES TODOS LOS SOLDADOS? 71
do nos acercábamos a la puerta de salida, alguien nos volvi ó a
llamar. El in térprete nos dijo : - Tenemos un probl emila, chicas. La oficina de la Cruz
Roja Internacional en W.. . (la ciudad más cerca na) está tra.
- Dice el tenienle que vayan directamente a la ventanilla del tando de hacer arreglos para la niña, pero cada heim (refu gios
puesto de la Cruz Roja ; i no formen fila! temporarios) se encuentra abarrotado; no hay camas disponi.
Agradecí, sin saber lo que signifi caba. Lo en tendí una hora b Ies. Llevará algu nos d ías ha lla r algún lugar para la pequeña, y
después cuando llegamos al pueblo y dimos con la oficina de la me pregunto si ustedes estarían di spuestas a cuidarla ha sta que
Cruz Roja. j La gente hacía fila por cuadras! Nos dirig imos rau­ tengamos un lugar.
damente al puesto, pasando junto a la s largas hileras de refu gia­ - Pero, schwester - la interrumpí-, nosotras estamos más
dos, que nos miraban con no muy buenos ojos. Antes de que que dispuestas a hacerlo; el único inconveniente es que no tenemos
alguien pudiera detenerme, ya estaba diciendo: absolutame nte nada. Pagamos con nuestras cosas de valor al guía
-Señora, un oficial norteamericano dijo que viniéramos di­ que nos cond ujo a la "tierra de nadie" . No co ntamos con alimen.
rectamente a su ventanilla con esta niña porque... tos, ni casa ni ropa para la niña , nada . Puedo tenerla conmigo,
- Entre -respondió la mujer uniformada, abriendo la puer­ pero no puedo proporcionarle ningún cuidado.
ta. Entramos, mientras cientos de personas miraban y tal vez
protestaban en silencio.
-Siéntense -rogó la enfermera, y ella tomó asiento detrás
de un escritorio.
¿ Qué sucedía con nosotras?
Los refugiados no eran tratados de esa manera. De pronto
parecía que todo era bueno. Primero, los soldados concediéndonos
alimento y reposo, y ahora esa mujer con acento suizo tratándo­
nos como a gente. Todos los extranjeros parecían ser humanos y
bondadosos.
-El teniente me habló por teléfono acerca de la niña y us­
tedes. Quiero decirles que las apreciamos en alto grado por ha·
ber salvado a la niña mientras corrían para salvar sus propias
vidas. Ha sido maravilloso que la trajeran con ustedes.
-Schwester (a las enfermeras en Alemania se les llamaba
"hermanas") -respondí confundida-, no hicimos nada fuera
de lo común. Pienso que no la podríamos haber dejado solita en
los bosques oscuros, ¿no es cierto?
-No, querida, ustedes no la habrían dejado en los bosques,
pero muchos lo habrían hecho. Nos alegramos de que ustedes no
lo hicieron.
Le sonreí a mi pequeña amiga. Como siempre, estaba asida
de mi mano o de mi fa lda . Parecía contenta mientras pudiese es­
tar a mi lado. Le di unas palmaditas en la cabeza, mientras se
arrimaba bien cerquita. La mujer continuó:
_ _ _ _ __ __ _ __ _ _ __ ~Capítulo 9 EN CUENTRO EMOCIONANTE 73
Cam inamos hasta el hole! y encontra mos nue&tra p ieza con
las camas lis tas. Acosté a la niñ ita pu ra fIUf' oescan,;aru 1111 poco
y me senté 8 su lado hasta qu e :.e durmi rr a. ¡Asi r¡u e nusotras ha.
Líamos tratado de ayudar él Ulla ni ñu pf'r dida! R epentinamf'UI
EU~Dentro ElDo~iona nte
esa niña habia llegado el ser nuestro La lismán. ¡Qué exlraño !
No la habíam os sa h a do porque espení !Ja Jrlo~ rccíLir alp:una r e­
compensa, pero t asi parecía (lue la vi d a nos esluv ie l<t premía nu o
por ese hecho. La hondad. pen ~t>, tiene r¡ ue produci r b\mdad, el
odio p roduce od io. CaUa pensam iento, t.:a da a c¡;ilÍn genera o tra de
su mjsma especie.
N0 SABIA qué hacer con la mmta en esa desesperada situa­ Por tres d ías comp let os gozamol'l de la comoui dad de la pi e.
-"i ón_ Pero la enfermera me interrump ió bondadosamente: za del hotel. USilbam os el dille ra y las lal"jeLa.s d e r 'lCiolJ <lmiento
-Olvi d é men cionar que la Cruz Roja puede proveer todo con ca utela, peTO com ía mos en a bundwlci a y uos sen tía mos re­
lo necesario. Las anotaré a las tres. Tomó su pluma estilográfica frigeradas y d escansa da ;\. Al tercer d ía llegó un mensaje de la
y algunos form ularios: Cruz R oja, se hab ía cOllseguido un ] ug¡U y deb ítl mos ll evar de
-- Les daremos a cada una de ustedes su tarjeta de raci on a ­ vuc lta a la niña a la oficina . Lo hi ce con senli m ien tos enconlra·
miento por una semana y algt'ín dinero, y Uamaré al hotel para dos. No::. sentí am os li gad a:> la un a a la otra y la ni ñita no que rí a
que les dé albergue hasta que las llamemos de nuevo_ dejarme. Po r m i parte, me resistí a a en tregarla. Pero debia·
¿Había oído bien? ¿Esa mujer nos ofrecía una pieza en el mas estar conte ntas de r¡ue la peq ueña ~e ría cui dadu y traté de
hotel, nlimento, y dinero por el hecho de que cui dáramos a una consol a.rl a. Las lágrimas corr ían lib rem ente mi entra:> Mi che de
pequeña refugiada? Después de llenar algunas planillas, tom v yo sallamos r ápidam ente d e la ofi eina . Lo último que oímos
el teléfono y reservó la pieza en el único hotel de la localida d, fue la voz de la e nfermenl tratanu o ue calm ar a la n iñi ta q ue
que había sido tomado por las fuerzas de ocupación. Recibimos lIor¡¡ba a gritos.
las ta rjetas d e r ac ionamiento, el dinero y dejamos la oficma. N unca más oí de ella. Además olyidé s u nombre , p ero pensé
Cuando salimos, algunos refugiados que estaban for m ando muchas veces en ella y me p reguntaba qué se ría de la pequeña.
fila nos r odearon ansiosos y nos hicieron algunas preguntas. t,Se habría re u nido ecm su madre? ¿ H a brí a vuelto su padre d e
- ¿ Cómo consiguieron, muchachas, las tarjetas sin esperar ? la guerra? Solam ente la eternida u me da rá las respuestas, y así,
-preguntó una mujer macilenta de mirada cansada, mientras trata- debo esperar_
ha de m antener quietos a s us niños que hacían bullicio y d aban Nos ajustamos nue::tra s mochilas, en lregam os la llave de la
vuelta éllrededor de ell a. Le conté la historia brevemen te. pieza (lel hotel al p or Lero. y salim os. Estábam os en marcha otra
-¡Qué suerte pueden tener algunos! --exclamó un hom br e-o vez. Sigui endo el cam ino r m a l hacia el sudoeste, cam inábamos
¿.Sabe que general mente se necesitan de ocho a diez días para q ue sin ningún plan. Des pués de lodo ha b íamos cumplido lI uest r
una persona pueda registrarse, ser aprobada y conseguir una lar· propó~it o_ H ab íam os llega d o al oeste. Tellí a mos nuestras tarjetás
jela de raci onamiento? Y ustedes, chicas, cruzaron la fronte ra de raci onamiento pa ra refug ia doc; q ue nos asegu r auan que pDdía.
apenas anoche y ya tien en todo listo. mas pedir aIras ca da diez d ía s. y a u nq u e esto signifi"aba so­
Sonreímos con h umi ld ad y nos alejamos rápidamente. No lamente UlI mí ni mo de al imento, nos ~alvar í a de morir de haml))·e.
quer íam os queda r a la vi sta de las largas filas de pe rsonas que ¿Qué hacer en adel ante'? Por semanas habíamo:5 si d o im pe.
estaban espenllldo por d í as y 110 p odían ocu ltar su envidia, quizá lidas por una sola me ta: Lleg;ar al oe;;,le. Aho r<l que la halJÍu­
rese ntimiento, por nuestro golpe de suerte. mos alcanzado nos "ent Íaill os como IlayeS sin timón. Cornellza­
(72)
E NCUENT RO EMOCIONANTE 75
CUANDO MURIERON MIS DIOSES
~on favorecido.:; a expensas de los ex traños. Bueno, así era la vida .
mos n ir a la deriva. Camin ábamos lenta mente, nos jlllltábamos
I\fichcrle y yo miramos a n ues tro a lrededor y b uscamos. j, Ha­
con olros muchos refugiados en cada camino, entrábamos en las
bría alguna oferta que nos !3eria útil ? No vi mos nada. Bueno. po­
poblaciones, y ha cí amos peq ueiias tTiquiñuelas para hacer duo
dia mos pedir gotas para la tos. Nos aproxi mamos al hom bre y
ra r más liemp o nuestras tarjetas de raoiollam iento.
pregunta mos co rtésm ente por ellas.
Ve íamos señales inconfundibles de un lluevo comienzo. En
Al o ír mi voz, la joven mu jer leva ntó la vista so rpren dida,
diferentes lugares la gente ya había comenzado a reconstruir
y me miró. Yo, a m i vez. la mi ré en ::us asombrad os ()j()~ cas o
las poLlaciones destr uida s. Niños, mujeres, ancianos, se movían
taños. i Yo hab ía vi sto a esa pe rso na antes!
entre las ruinas, retirando los escombros, limpiando viej05 la­
- ¡ Ana l\Ja ría ! ¿.Qué e~t<Í s hac iendo aquí?
dr ill os para volvp¡r a usados, mezclando barro y paja para fabri.
Ana ~'¡aría era la herma na de R ud y, y con ella habí amos
cal' nuevos. Algunos negocios habían reabierto sus puertas para
~ido muy buenas am igas mientras visit aba s u huga r. No había mos
supHr las pocas necesidades que era posible satisfacer. Algunos
oido nada la una de la otra desde que habí a devuelto mi anillo a su
resLaurantes comenzaban a servir alimento a los refugiados si te­
madre, y a me nudo me había preg\U1 tado qué habí a sido de ella .
nían tarjetas de racionamiento y dinero. Cada tanto nos regalá­
Sola mente sabía que los rusos y los polacos se hab ía n adueñado
ba mos extravagantemente con un plato de sopa caliente, aunque
de su tierra.
esto nos llevaba una buena parte de nuestras tarjetas.
Ana M arí a extendió su!> manos, y yo las tomé entre las
Algunas droguerías tamb ién habían abierto, y. trataban de
mías. No p udo hablar por un instante, mientras las lágrimas br i.
hacer negocio con casi nada. Ofrecía'l hierbas medicinales y unos
llaban en sus ojos. Salimos del edific io. Ana lVTaría iba adelante.
pocos remedios para casos de real emergenc ia. Esos remedios pro­
Poco a poco íbamos contándollos nuestra hi storia. Ana Marí a llo­
venían de las tropa s de ocupación. O bien exponían a la venta
raba mientras hablaba, y todo mi resentimiento hacia su familia
para los ansiosos refugiados algunas bagatelas. Era casi una
se iba dilu yendo a medida que 18 escuchaba. Ella y sus padres
obsesión para algunos vagabundos sin hogar como nosotras el
habían pe rc1id o todo. Sólo haLían sa lvado sus vidas. El padre ha·
comprar todo lo que era "libre", o sea, sin tarjetas de raciona·
hía contra ído neumonía y había e~ tado al borde de la muerte por
miento. Había llegad o a ser un hábito para la gente caminar por
l'emanas. La ma dre lo había cuidado clía y noche. Como el ali­
los pasillos de cada droguería para bus car ansiosamente merca­
meTl to era escaso tuvieron que vender todas las cosas de valor
dería "libre". Una vez tuvimos la buena suerte de encontrar un
para cam biarlas por leche y medicamentos.
negocio donde vendían gotas para la tos sin prescripción méd:ca.
- Mar ía Ana -dijo, sollozando- no reconocerías a ma­
ELremedio tenía un gus to horrible. ¿Pero qué importaba? Llena­
má. Perd ió cerca de treinta kilos en seis semanas. Papá todavía
ba nuestro estómago por un buen rato.
se parere a una som bra. Está muy delgado y pálido, y no puede
Llegamos a u na población bastante grande y no dañdda por
subir las esca leras. Vivimos afuera en el campo, porque una muo
la guerr a. Mientras andábamos por la calle principal, descubri·
jer bondadosa nos abrió su casa y nos dio una pieza en lo alto.
mos Ulla farmaci a. Como siempre, sentimos el deseo irresistible
Tenernos más sue rte lfUe mu chos, porLJue tenemos un techo sobre
de i r y probar nuestra suerte. S iempre teníamos algún dinero
nuestras cabezas y \lna cama para papá.
que provenía de la venta de par te de nuestras tarjetas de racio­
Por momentos tuve que luchar con el sen timiento de que lo
namiento a gente con más medios: Así nunca estábamos "secas".
tenían bien merecido. Pe ro luego me sentí avergonzada de sólo
Cuan do entramos en el viejo lugar, p obremente ilumina do, encon­
haber albergado tales pensa mi entos. De nada nos aprovechaba el
tramos a otra muj er joven, al lado d el mostrador, hablando con el hecho de qu e la rica fam ilia de Rudy había empobreci do repenti­
farmacéutico, q llC tenía el pelo blanco. E videntemente, se cono­
namente, y todos nos hallába mos en el mismo bote. Me llenó una
lan. Estos al deanos, pensamos, tienen ventaja sobre los refu­ pro[unu a piedad mientras miraba él Ana María. Había sido la ni ·
giados. Conocen a la gente que está detrás de los mostradores y
76 CUANDO MURIERON MIS DIOSES ENC UENTRO EMO CIONANT E 77

na cuidada y protegida d e una fam ilia de fortuna él. la que m nos que podemos hacer por Ru dy: Hacer la s paees y olvidaT el
aun la guerra 118bía molesta do demasiado durante los primeros pasado_
cuatro año:;. Tr ataba de imagín ann e su temor y agonía cuando Noo e.slrecha mo5 las manos y nos separamos. M ichcrle cam i.
huyeron de su hogal·. i P arecia tan descarnada y desamparada nó silenciosa mente a mi lado mient ra s. vol vía mos a la ciudad.
mientras cam inaba a mi lado empujando la bicicleta de la dueña Rucly estaba mue rto, a lo menos eso el'a lo que parecía.
de casa ! Bueno, Ol1'8 vez e,e cruel, miserable p edacito de esperanza, que
puede llIan tener a la gente en agonía por años, devoraba m.i mente.
- Ana María -dije- , dales mis más cordiales saludos a
¿lmportaba ello realmente? N o era más mío, aunq ue viv iera. Una
tus padres. Diles que no tengo nada más contra ellos y que les de­
ola de desesperación me invadió. ¿Valía la pena seguir andando
seo la mejor suerte. - y ahogando mi orgullo con un gran esfuer­
aun aquí en el oeste '? Era casi más de lo que mi orgullo podía so.
zo, añadí- Ana MaH a, ¿puedo preguntarte cómo está tu hermano'?
portar el darme cuenta de que mi prLncipal propósito al andar
-¡Oh, "Maria Ana! ¿No sabes? -sus ojos se llenaron de
de un luga r a otro ha bía sido mi oculta esperanza de encontrar a
lágrimas otra vez-o Rudy está muerto por todo lo que nosotros
Rucly.
sabemos.
Siguió dándome las razones por qué pensaban eso: Subma­ Una voz familiar me llamó. Me di vuelta. A la distancia pude
rino perdido y falta de correspondencia por meses. ver una fi gu ra femenina sobre una bieicleta que pedaleaba tan
¿.Rudy muerto? Sí, yo había esperado que lo estuviera, r.ápidamente como podía mientras agitaba las manos y llamaba.
porque era m uy difícil pensar que pudiera estar sufriendo en un Era Ana María que volvía por nosotros a toda velocidad. Casi
campo de prisioneros de guerra. Pero ahora que había oído a su sin aliento frenó donde estábamos.
hermana decir que estaba muerto, me di cuenta de que me había - María Ana -suplicó-, mi madre desea verte. Tan pronto
estado mintiendo a mí misma. ¡No, no habia creído que estuviera como le hablé de ti, me envió en tu búsqueda. Por favor, ~Iaría
muerto! La vida había llegado a ser casi sin esperanza otra vez Ana, ven y saluda a mi madre.
desde que había cruzado la frontera para llegar a Alemania Oc­ Ahora me sentí resentida. Una cosa era enviar un bonda­
cidental, y tuve que admitir interiormente que lo había estado doso mensaje, pero otra cosa era ir y verla y estrechar su mano
buscando constantemente desde mi escapada de mis perseguidores. y haL ~ 8 r con ella. ¿ Y si decía cosas equivocadas? ¿, Cuánto per­
Había examinado las listas de nombres en cada puesto de la Cruz dón podr i a consentir mi orgulloso corazón? ¿No trataría de ven­
Roja. Había mirado cada rostro de hombre con la esperanza <le garme po r su dureza al romper nuestra relación con Rudy?
encontrar a Rudy entre los refugiados. Había comenzado real­ La lucha interior debe haberse reflejado en mi [ostro, por­
mente a esperar otra vez, porque mi corazón rehusaba desesperar. que Ana Mar ía dijo suavemente, mientras me rogaba con sus ojos:
Mi escondido amor me babía empujado a vagar para buscar, para - Por favor, María Ana, ven conmigo. Mi madre ha cambia­
encontrar a Rudy. do. Si ell a ha sido inj usta contigo, lo ha pagado en más de una
Tuve que. darme vuelta por unos momentos, porque era de­ forma. Tú no sabes cuánto significa riÍ p ara ella verte de nuevo.
masiado orgullosa para mostra r cuánto me importaba su herma­ ¡Por favor, en nombre de Rudy, va mos!
no. Deteniéndome, traté de sonreír a Ana María mientras le Me sentí avergonzada de' mí misma . Por supuesto que iría
y vería a esos dos pob res ancianos enfermos si ellos lo deseaban.
decía:
--Annemi e (su sobrenombre), pienso que Micherle y yo ¿ Por qué agregarí a tristeza a 8 U pes ar rehusándome '? N os volvi­
debernos volver a la ciudad y dejarte que regreses a tu casa, o tu mos y cam ina mos con la hermana de Rudy hasta que alcanza­
mam á se sentirá preocupada. Me siento muy feliz de verte otra mos ulla casa rodeada de colinas y bosques. Tomando valor, su­
vez y, por favor, no te olvides de decirle a tu mamá que no guardo bí las escaleras hasta la pi eza de sus padres. Segundos más tarde
ningun a amargura en mi corazón para con ella. Eso es lo me- estuve delante de dos personas a quien es difícilmente reconocÍ. Co­
78 CUANDO MURIE R ON MIS DIOSES
ENCUENTRO EMOCIONANTE 79
rri hacio la madre y p use mi s b,·szo::. a lrededor de ella. No pude
hablar por Ull momento mientra s eU a y e l padTe ('omenzaron a Esa noche encontramo'l un estab lo en el campo y nos esca­
llorar. Parecía adivinar lo q ue yo e&taba pensando, y trató de bullirnos en él para pasar la noc he. J\ la mañana siguiente pensé
sonreír: que había llegado el tiempo de lomar una decisi ón.
-Mioherle -dije-, esto de an dar dand o , 'ueltas por aquí
-Si. mi niña, sé que hemos cambiado. La vida nos ha tratado
no es bueno para nosotras. P ienso que debemo s deja r esta región
duro. Ve n y siénLate.
y caminar hacia el sur. Anhelé ver los Al pes toda mi vida. Va mos
Tenía lista la com ida para nosotras. No podla negar la hos­ y veamos el sur de Baviera.
pit alidad ~ilp,ialla. H abía ido a 1a dueña de la casa y ped ido
- ¡ Vamos! - dij o Micherle con entusiasmo. Después de va­
do;:, huevos. Eso deman daba bas tante valor. H ab ía ta mbién algo
rios días de camin a r y despu és de haber hecho parte del trayecto
de pan en la mesa .
en algunos u'enes de carga, 1105 acercamos a Munich.
Yo ape[)as podía comer, porque sabía que ell os necesi taban Yo estaba ca da vez más y más disgustada conmigo misma.
el ali mento pa ra 51 mi sm os. El padre tenía los lab ios azules, res­ Toda mi vida había soña do con una visita a la bella tierra del
pi raba co n d ificultad y ll oraba cada vez q ue comenzaba a hablar. sur de Alemania. Ahora, cuando nos estábamos ap roximando a
Los úlLimos ves ti¡;ios de mi resentimiento se diluyeron en piedad. ella no sentía a bsolutamente nada. Algo andaba muy mal en mí
El nomb re de Rud y se mencionó muy de vez en cuando. N inguna últimamente, y no sabía qué era. Era como si todo se ntimiento o
de las dos partes se sentía libre de hablar acerca de él. emoción me hubiera abandonado.
Cuand o nos levantamos para irnos, la madre me apretó la ¿Había nota do Micherle el cambio en mi manera de ser? Me
mano. preocupé muy poco cuando me dijo que había encontrado a un
-María Ana - dijo con trí steza- , yo no pensaba hacerte joven refugiado que le hab ía pedido ir con ella hasta Heidp lberg.
daño, y no sabía que mi qu erido muchacho te amaba tan profun­ No me importaba ; ninguna co sa me importaba ya. Asentí, y
damente. T rató de encontrarte otra vez, pero tú nunca contestaste. se fue. ¡Bueno, ahora estaba com pletamente sola! No más respon­
-Olvidemos el pasado -dije suavemente-, sea mos ami­ sabilidad, no más necesidad de ha blar con nadie.
gos oh'a vez. AUIl si R udy estuviera viyo, él y yo nunca podríamos P¡orecía no haber espera nza o ayuda para m í, y era incapaz
aJTeglarnos otra vez para casarnos, y yo deseo ser amiga de de reconocer mi necellidad de a uxili o v tratar de encontrarlo en
ustedes por el re sto de mi vida. alguna parte. Probablemente name me -cuidaría tampoco. No ha­
-Por favor, María Ana, escríbenos tan pronto como el co­ bía mémcos ni enfermeras para todos esos millares de refugiados
en cada ciudad. La gente sobrevivía o moría.
r reo marche otra vez y tengas una dirección fija, porque tú eres
Años más tarde le hablé a un médico acerca de esos días
todo lo q ue Rudy nos ha dejado. si él está muerto -dijo con voz
y me dijo que hab ía estado al borde de un com pleto que b ranta­
vacilante el padre. miento.
-Yo les escribiré - prometí y besé a los dos ancianos, quie­ No hahía camino de salida, perecía, y a nadie le importa­
nes me besaron a su vez. Micherle y yo bajamos las escaleras y ba. ¿A nadie? Alguien debe ha be rme cui dado y guiad o, porque
nos perdimos en el crep úsculo del atardecer. Micherle, que se no creo que lo que sucedió un dí a fue un m ero accideute. Yo me
sentía cohi bida entre extraños, no dijo mucho, pero tan pronto había olvidado de Dios, ¿pero él se habí a olvidado de mí?
omo estuvimos sol as, comenzó a habla r. El alimento era lo que Pocos díati después de mi llegada a MUlli ch me enconll'é,
más le ltab ía elllusias ma do. ¡Pensar que cada una había comido temprano una mañana, en una calle. Se libraba una lucha en m i
un huevo fr ito! Habíamos olvidado el gusto que tenían los hue­ mente confusa. La oscuridad parecí a pres ionarm e de lodos los
vos. ¡Qué gente bondadosa! lados y mi mente, en vano, trataba de pensar. El p resente y el pa·
sado parecían mezclarse. ¿.Había todavía guena? No, la guerra
8 CUANDO MURIERON :MIS DIOSES ENCUENTRO EMOCIONANT E 81
había lerminaclo hacía unos cinco me;;es. Un extraño silencio cu­ lluvia me había empapado sin piedad. Ahora el brillante y alegre
bría La tierra. No se oía más el tableteo de las ametralladoras, no se sol y esas ruinas calcinadas alrededor de mí 11 0 parecían armo­
escuchaban más explosiones, ni el hostil zum bido de los aviones nizar. Me quedé mira ndo y pensando, ltatando de poner orden
durante lB noche, ni grilo~ ni llantos horroro!>os nll entras las bom­ en mi menle confusa. Mi cer ebro parecía hacer girar en una ro­
bas encontraban 5 U S hJancos. T odo estaba increíblemente ltanqui­ tación sin sentido las palabras sol, lluvia, ruinas, muerte, ham bre.
lo. tan Iranquilo que la calma parecí a 9presiv8. ¡Oh, sí, tenía hambre otra vez ! Los dos pedazos de pan
Peru la {!:ran ciudad mostra ba abiertamente las heridas y viejo DO duraban bastante, menos la sopa diluida. ¿Por qué, ahora,
marcas de la reciente destrucción. Ruinas y árboles ennegrecidos por qué brillaba el sol ?
que bordeaban las avenida s proyectaban la rgas y extrarl as som­ Un gran deseo trepó por mi garganta, un deseo de llorar, de
bras a la luz de la mañan a. sentir olta vez. Pero no podía ; mi sonrisa y mi s lágrimas pa­
Camula ba sin rwnbo por las calles. La castiga da ciudad recían enterradas bajo una avalancha de horror. i Cuánto desea­
trataba de despertar. Ladri ll os y escomb ros habían sido amonto­ ba sentir esas cálidas golas rodar por mis mej illas! T raté una
nados para dar paso a la JT1ulLituJ. La gente ca mjnaha ráp idamente y otra vez de llorar, pero no pude. Con un desesperanzado enco.
por esos senderos para llegar a los negocios y los mostradores gimiento de hombros me puse en movimiento.
donde form aban lar gos fi la:. para comprar unos pocos bocados de Rep entinamente mis ojos se detuv ieron en varios anuncios
alim ento, si ten ía n suerl e. Los obreros y emp leados iban a sus impresos. Con grandes letras se a nunciaba que habría un con­
l ugares de trabajo, y los tranv ías, sobrecargad os con pasajeros, cierto sacro esa noche. ¿Pero dónde? En las afueras de la ciu­
hllcí an sonar las (;ampanas con impaciencia. En medio de todo dad había una viej a catedral agrietada pero todavía en pie; las
ese mo\ ¡miento Sf> veía a los ciclistas tralando de adelanta r su bombas no habían dado directamente en ella. Aun el órgano es·
camlll o. taba intacto. Un grupo de valerosos músicos de cuerda invitaban
Me qued¿ conlemplando el ir y venir de la gente. No tenía a todo el mundo al Requiem de Haendel.
ncresidad de abrirme paso; no ten ía dónde ir. Como millares j Música) ¿Música ? ¿Cuánto ti empo había pasado desde que
de oltos yo llamaba "hogar" a un pequeño c~pa c i o cubierto de pa· oyera "el sonido de buena música? P arecía muchísimo, casi una
ja en el piso de una vi eja escuela semidestruida. Era afortunada elernidad. La música pertenecía a un mundo pasado, a un mundo
de haber encon trado aun eso. en el cual yo no ten ía más lugar ni parte.
Habiendo recibi do mi comida de la mañana, una taza de so­ ¿La gente me permiti ría entrar? La invitación deCÍ a que to­
pa dil u ida )' dos pedazo:> ele pan seco, e"laba h bre de ir y hacer do el mundo era bienvenido. ¿Y el preeio de la entr ada? No po·
lo que me pluguiera. Na die se iba a pl'eocu pa r si no me prespn­ día darme el lujo de pagarla. Había dado todas las cosas de valor
ta ba al anochecer, y muchos ll uevos "uúmeros" esperaban por un al guía que me hab ía hecho cruza r la fro ntera. No había salvado
sitio vacanle soLre la puja. Y todav ía más refugi ados venían del nada sino mi vida y la mochila sobre mi espalda.
este. Leí la invitación otra vez : "En trada libre". No se cobraba.
Contemp laba el 1110\ i miento de la mañan a, estudiando los Fue algo increíble. ¿Por qué algunas cosas debían ser li­
r ostros que pasaban: extraños, pasivos, duros, sin una sonrisa . El bres ? ¿Por q ué alguien hacía m úsica par a mí voluntari amente ?
recue rd o de la muer te )' el ham bre present e est aban esta mpados Quedé pensando en el misterio. Sí, había un buen concierto, bue­
en sus ojos tristes) en sus mejillas hundidas . P ero a mí me im­ na música, que yo amaba muchísimo.
parlaba poco. No espera ha una sonrisa ni a un una palabra. Repentinamente me encontré formando parte de la multitud.
De repenle, sorprendida, sentí el calor del sol a través de mi Me abrí camino para tomar el tranvía y pregunté con nueva con·
delgado y viejo abrigo. ¿,Por qué br illaba el sol? Había llov ido fianza en mí misma por el camino hacia la catedral. Para mi sor ­
por mur has sema nas. Casi a cad a paso de huida hacia el oeste IR presa, la gente se mostró voluntaria para indicá rmelo, aunque un
8-CMD
82 CUANDO MURIERON MIS DIOSE S ENCU ENTRO EMOCIONANTE 83
poco in triga da. Por varias horas a nduve cerca de la catedral has· na manera, me parecía que Dios y Adán me miraban a mí, e
La que la gente entl·ó reverentemente en el santua rio. En el interior imaginé ver que sus ojos me sonre ían.
había un pesado olor a incienso. Me dejé arrastrar por la multitud que lentamente sa lía por
No atreviéndome 8 sr"ntarme en un banco, me que~é de pie la puerta. Luego me encontré bajo un cielo noc turno, negro y
con los últimos que n egaron. El edilicio se llenó. Mis ojos es­ aterciopelado, y levanté la vista aIra vez.
cudriñar on el rec into. Todo me parecía diferente y desconocido. Mi mente todavía estaba formulan do y contestando pregull·
Miré hacja a rriba y con los ojos seguí !u líneas curvas de la taso Habia demasiadas cosas qu e no podí a enten der, pero no me
bóveda románica. importaba más. Mi co razón había gustado otra vez un momento de
Todo el tecbo estaba cubierto por una antigua pintura. La paz. Quizá la vida tendrí a un propósito, después de todo, y tal
reconocí como liba reproducción de la Creación de Adán, de Mi. vez habría paz permanente en alguna parte, una paz que yo ha·
guel Angel, de la famosa Capílla Sixti na. Dios extiende su bía tenido antes y habí a perdido. Quizá podría encontrarla de
mano hacia Adán. Cuando su dedo toca el dedo de Adán, la chispa nuevo. ¡Por lo menos pr obarí a!
de la vida entra en la recién creada forma del hombre, llega a Con una i ncli nación de cabeza me despedí agradecida de
ser un alma viviente. la catedra!, donde las luces se iban apagando una por una y de·
Sí, yo conocí a el cua dro, pero había olvidado la implica. jando en la som bra la pintura de Dios y Adán. Me volví, enderecé
ciÓn. Mientras miraba hacia arriba mi mente luchaba para asirse los hombros, y con nuevo valor caminé en la noehe a través de
a algo que habi a aprendido hacía mucho tiempo en las rorullas las ruinas y los escombros. Mi corazón ca ntaba un nuevo canto. ¿O
de mi ma dre, algo que había sido parte de mi niñez. ¿ Qué' era lo era una canción !'ntigua, tal vez por largo tiempo olvidada·?
que trataba de record ar? ¿E staba b usca ndo algo?
De repente comenzó la música. Los instrumentos de cuero
da y el órgano se mezclaron suave y armoniosamente. El so·
nido crecía, y se hacía ma¡; voluminoso y fuer te, llenaba el viejo
edificio, ascend ía a la bóveda, abrazaba la antigua p intura
agrietada y, fina lmente, se precipi taba afuera por la ventana de
crista les rotos, con un gozoso acento, en la vasta noche estrellada.
R epentinamente recordé la histori a de la pintura. Mi madre
la contaba y yo escuchaba de nuevo. Eslando sola entre ceno
tenares de reverentes extraños, súbitamente sentí calor en mi co­
razón. Se romp ía el hielo de mi inter ior. La música y las pa labras
de mi ma dre se abrieron paso a través de las grietas de mi alma
quebrantada. Sentí que los ojos se me humedecían y mi cora­
zón comenzó a ca ntal'. CÁlidas lágrimas de gozo bajaron rodan·
do por mis mejillas, pero no queriendo distraer a los otros oyen·
tes, no levanté las manos para enjugármelas. Mi corazón gritaba:
Madre, puedo sentir otra vez; oh, madre, ¿dónde estás?
Cuando la música llegó a su glorioso fina l, levanté la vista
otra vez.
E n la pintura, Dios miraba amorosa y tiernamente a Adán,
y el hombre miraba con adoración los ojos de Dios. Pero de algu.
_ _ _ __ _ _ _ __ _ __ _ _~CQpítulo 10 AS! ENCONTRE l\U AMOR 85
- Sí - asentí- , desde el punto de vista general, es verdad_
- ¿Sabe Ud. que puede conseguir trabajo? ~me respondió
COD entusiasmo-o El Departamento de Educación y Cultura aquí
en Muuich está buscando desesperadamente maestros primarios.
Así E neontré m Í Amor
Usted podría emplearse.
Sacudí la cabeza, y agregué:
- No, amigo, no tengo esa oportunidad. Ellos no emplearán
a mrigentes nazis; y yo ten ía Un alto cargo en la Juventud Hitle­
risla. Eso 10 descubrirán tarde o temprano; además, yo no quiero
EL ~ll~NDO me pareció diferente cuando me desperté la mañana mentir.
-- sIgUIente. - Pero usted no entiende, señorita. Ellos dan amnistía a
La tensión interna había desaparecido y cuando cerraba los 105 miembros de la J uventud Hit,lerista. Puesto que usted no ha
oj,os volvía a ver la pintura y oír la hermosa música. Mientras sido miembro del par tido, todo está correcto.
paseaba por la ciudad encontré cosas que no había visto antes. Repentinamente me interesé. No, yo no había sido miembro
Había comenzado el otoño, el que al trepar los majestuosos Al­ del partido, solamente componente del Movimiento de la Juventud
pes iba pintando el paisaje de brillantes y alegres colores. Has· Hitlerista. La vida había sido tan activa en nuestra escuela que
ta la ciudad castigada por la guerra se llenaba de colorido. El nunca se encontró tiempo para realizar la importante ceremonia
sol parecía pedir disculpas por todas las lluvias del verano. Yo de enrolarnos en el pa rtido.
había encontrado un pequeño parque con bancos y arbustos, y -No, yo no fui miembro del partido, solamente una diri­
desde ese lugar contemplaba las nubes, respiraba el aire fresco y gente en el movimiento juvenil. Pero no tengo ningún papel que
escuchaba el trajín de la ciudad que resurgía. pruebe los estudios realizados, ni ningún otro comprobante. ¿Có­
Otros refugiados habían descubierto también esos bancos y mo alguien me va a emplear para algún trabajo?
como nos encontrábamos una y otra vez comenzamos a intercam­ - No importa, señorita . De todas maneras pruebe y vea. No
biar tímidos saludos. General~ente los refugiados no son gente necesita decirles todo. El nuevo gobierno de Baviera está deter­
muy sociable, así que me sorprendí cuando un día un joven co­ minado a reabrir por lo menos las escuelas primarias para el 19
menzó a camiuar a mi lado y se presentó muy cortésmente. Yo de octubre, y hay una gran falta de maestros. Los miembros del
consideraba que las señoritas decentes no trababan relaciones con partido no serán reempleados por orden del gobierno militar. Us­
hombres en la calle. Los encuentros callejeros eran solamente p a­ ted DO tiene nada que perder señorita; i pruebe!
ra las chicas casquivanas. Frmlcl el entrecejo y me pregunté qué Gerardo ten ía razón: No tenía nada que perder. ¿Pero dón­
podía hacer. Quizá fuera la música cantando todavía en mi co­ de presentarme ?
razón, o el sonriente azul del cielo o las blancas nubes que se El joven parecía leer mis pensamientos.
dejaban empujar perezosamente por el viento, pero esta vez son­ - Con mucho gusto le anIdaré a encontrar la oficina corres­
reí y contesté unas pocas palabras arnigables_ Era un refugiado pondiente - se ofrec ió-o ¿ Qu'é le parece si comienza mañana en la
también, y además, de mi LieITa. Después de un corto tiempo lle­ mañana los trámites ?
gamos a ser buenos amigos_ i Qué hermoso! Me causó gracia su solicitud. ¿Por qué estaba tan interesado
Repentinamente Gerardo. mi nuevo amigo, me preguntó: n ayudarme ? Qui zá fuera el mismo incomprensible poder que
~Señorita Appelt, si no le entendí mal, ¿dij o usted que ha había compelido a los soldados norteamericanos a ayudarnos, a
cursado estudios pedagógicos durante los últimos años? la señor~ de la Cr uz Roja de Suiza para organizar las estaciones
(84) de refugIados, a los músicDs de cuerdas para brindarnos un con-

l'
86 CUANDO MURIERON MIS DIOSES ASI E NCON TR E MI AMOR 87
cierto gratuitamente. No podía comprenderlo, pero había comen­ Había planead o mi di scurso y 10 había repasa do en mi men­
zado a aceptarlo como algo real y verdadero aunque no tenía un te mienLras dormí a en el suelo del gimnasio, péro repentin am ente
nombre para ello. lo olvidé. Otra vez encont ré a una penona bondadosa, amigable,
Hitler me había enseñado muchas cosas: orgullo, perseveran­ Lumsn8. ¿Para qué tratar de engañarla ?
cia, lógica, eficiepcia, determinación. Pero conscientemente yo Simplemente le di je la verdad. Le descri bí mi en trenamien·
no sabía qué era amor; el amor hermanable, humanitario, que to, mi amargo desengaño cuaudo me di cuenta de que los nazis
se preocupa por el bien de los demás sin ser forzado a ello. La hahían mentido, y mi falta de papeles para probar algun a cosa.
experiencia con mis perseguidores después de la guerra habí a Pero le asegw'é que tenía un gran deseo de aprender y de prestar
borrado el último resto de mi fe en la humanidad, y yo no podía un servido a la comuni dad si se me daba la ocasión.
menos que extrañlirme cuando alguien me mostraba bondad. Levanté mis ojos llenos de lágrimas y, ¿sería posible? ¿El
-Sí - me decía a mí misma ; mañana a las nueve vendré. hombre se estaba secando sus ojos? ¿POI' qué tenía que conmo­
Muchas gracias por su amabilidad. verse?
El joven me estrechó la mano, y sonriendo nos separamos. -¿Estaría usted dispuesta a tomar un examen especial antes
Hice lo mejor que pude para planchar mi mejor vestido, de que hagamos planes más defin idos respecto a su pedido?
ocupé mi lugar en una larga fila para esperar mi turno de bao -¡ Oh, sí, encantada! - asentí entusiasmada, secando mis
ñarme, y me hice peinar en una peluquería después de intermina­ OJOS. ,
bles horas de espera. El hombre hizo algunos llamados telefónicos y fui enviada
A la mañana siguiente, al llegar al lugar de la cita, mi alto a diferentes ofici nas para los exámenes. A la tarde volví a la pri­
y joven amigo de mi tierra ya estaba esperándome. Me miró sor· mera oficina y el bondadoso anciano me recibió sonriente:
prendido de la cabeza a los pies. -Usted pasó muy bien los exámenes - dijo complacido-o Le
-¿Estoy bien para la entrevista? -dije sintiéndome incó­ daremos un certificado de emergencia y usted será incluida en un
moda por su escrutadora mirada. programa de aprendizaje mientras enseña, para prepararla para el
-Oh, sí -dijo mostrándose un poco avergonzado-o Se la examen final del Estado. Hay una cuestión más: ¿qué religión
ve muy simpática. tiene:
Vacilé, no sabiendo qué decir. ¿Tenía yo alguna religión ?
Esta vez fui yo la que me sentí un poco cohibida. Rápida­ Oí al hombre que decía :
mente nos encaminamos hacia el centro de la ciudad. - Usted sabe, la Baviera del Sur es católica y la gente no
Me preguntó si podíamos encontrarnos al día siguiente pa­ quiere maestros de otras religiones.
ra ver cómo me habia ido. Luego me dio más consejos respecto a - Señor, yo soy católica - aseguré y busqué nú certificado.
qué decir y se fue. Subí algunos escalones y entré en el edificio. -¿.Puede usted probarlo ?
Me sentí atemorizada y solitaria. En mi mano apretaba un Le alcancé mi certificado de bautismo. Lo estudió cuidado­
papel, el único documento que poseía: Mi certificado de bautis· samente, comparó mi solicitud y el documento, se puso de pie
mo católico, todo lo que podía probar era que había nacido, y y me extendió la mano, diciendo:
fui bautizada y nombrada con el nombre de mi pobre madre -jEstá usted empleada!
muerta. Recib í algunas órdenes, un pasaje para el tren, y una carta
Casi sin darme cuenta me vi sentada frente a un escritorio de recomendación. Debía partir al día siguiente.
detrás del cual estaba un cahallero anciano que me preguntó muy ¡Todo parecía un sueño ! i Ya no era más una indeseable
bondadosamente: t~fugiada, sino otra vez una persona normal, respetable! Repen.
--¿Qué desea, hija mía? tmamente me convertí en una maestra contratada por el gobierno
88 CUANDO MURIERON MIS DIOSES ASI ENCONTRE MI AJ'fOR 89
democrático de Baviera para enseñar los primeros grados en de otra manera nos encontrarí am os si n ella hasta que llegara la
Grossdingharding, en el sur del e$tado. ¿Cómo podían suceder próxima parti da. Los niños progresaban satisfactoriamente y lo'
ta.n tas oosas buenas sim ultáneamente? padres parecían contentos.
Me encolltré con Gerardo la siguiente mañana para agrade­ En el primer grado ha bía tm niño que parecía quererme más
cerle y despedi rme. P arecía serio y tenia una mirada perdida en que ningún otro. Sus pa dres tenían un pequeño establecimiento
sus ojos grises, una mira da que nosotros los refugiados hab íamos cerca de la escuela. Era el único niño de la casa. Sus otros her­
apren dido a reCOnocer como parte de nllestras vidas. Yo estaba mallOS habían crecid o y dejado el hogar. Cuando yo salía del
feliz y entusiasmada mi entras le contaba acerca de mi buena for­ edificio escolar donde ten ía mi pequeño dormito rio en 10:' altos,
tuna . . Nos dimos la man o y nos separamos. El parecía triste. lo encontraba sentado en las gradas del fr ente esperándome. Ha­
Semanas más tarlle me di cuenta de que mi partida pudo haber des­ bíamos lomado la costumbre de hacer una larga caminata todas
truido una pequeña llama de esperanza en su corazón. i Parecía las tardes. Después del lluvioso verano, el otoño era particular­
una persona tan gentil ! Gracias, desconocido amigo, y buena suero menle soleado y claro, y en noviembre y diciembTe los di as se­
te doquiera estés. Nuestras sendas nunca se cruzarán otra vez. guían siendo brillant es y placenteros. A mí me pa recía que nun­
Los Alpes se erguía n en toda su belleza en el extremo sur ca podría llenarme los ojos con la hermosa vista de los Alpes,
de la alta pla nicie que el tren cruzaba lentamente. Mi nueva es­ que podJ a yer desde la " entana de mi a u la de clase. Mis paseos
cuela no quedaba cerca del ferrocarril; tení a que caminar varios diarios llegaron a ser mi homenaj e a ese conmovedor panorama.
kilómetros desde la estación. Mi director me recibió am ablem en­ Mi pequeño amigo, Sepperl, camül aba conmigo con su pequeña
te después que leyó la carta de presentación que le entregué. mano en la mía . Podía hablar. o an dar silenciosa, como quería. Su
Me invitó a quedar en su casa con su familia hasta que encontra· pequeño corazón adoraha a su maestra de primer grado y mi co­
ra un lugar permanente. razón sentía un cálido afecto por su inocente cariño.
Mientras era su huésped ocurrió un incidente inolvidable. Un dia, mientras revi~ aba las tareas escolares hechas en
La señora de casa había servido una cena sencilla y yo había sido la casa, descubrí que Sep pcrl no había hecho las suyas.
invitada . Después de comer tomó una manzana amarilla, grande, - Sepperl - dije fi rmemente-, si no haces tus tareas no po­
del armario y me la entregó. Conmovida por su gesto, los ojos dr2 - caminar más con tu maestra .
5e me llenaron de lágri mas. La mujer me miró perpleja.
Sus grandes ojos azules me con templaron con la expresión
-Señora -murmuré--, pienso que he olvidado qué gusto
de un corazón herido. Lentamente grandes lágrimas cubrieron esas
tienen las manzanas. ¿Me permitiría usted conservar esta manzana
do~ eslrellas de IDI azul profundo y rodaron sobre las redondas y
por unos pocos días para (Iue pueda gozar de su perfume?
suaves mejill as. Rápidamente me di vuelta.
-Cómala ahora - me dijo--. Le daré otra cuando se vaya.
Me parecía. un sueño comer esa manzana, ese hermoso y aro­ "Tienes que ser firme, Mariana", me dije a mí misma, o
mático pedazo de maravilla. No había vi~to o comido manzanas Sepperl pensará que puede hacer lo que quiera porque es tu pe­
desde que había dejado pi hospital un año antes, y la comí con re­ queño compañero".
verencia. La señora se olvidó de darme la segunda manzana cuan­ Pero aquellos grandes ojos azules llenos de lágrimas me
do dejé su casa - tenía el armario lleno- y mi desilusión fue tan persiguieron. Desp ués de las clases me apresuré para realizar mi
grande que apenas pude retener mis lágrimas. paseo y suavizar la herida de Sepperl. Pero Sepperl no estaba
La enseñanza era Ulla diversión. l\Je llevó un tiempo enten· en. la escuela. Quizá como algunos otros niños, se habría res­
der el dialecto de los pequeños niños campesinos, pero congenia· frlado. 1Pobre pequeño! Corté algunas figuras pa ra él durante
mos desde el primer día. En nu estra escuela había que hacer eco­ el recreo. Se las llevaría a la noche. Cuando volví de mi paseo
nomía de toda clase. Aun la tiza debía ser usada con cuidado, me estaba aguardando un mensajero.
ASI ENCONTRE MI AMOR 91
- Por f avor, ¿podría ir de inmediato para ver a Sepperl.
- estaba gravemen te enferm o. Mis pies vola ron por las escaleras
l11lsta mi pieza para buscar las fig uras y l uego para baja r en di.
rección a la casa de Sepperl. Cua ndo entr é en la pequeña y os·
cura casa oí el lame nto de la madre de Sepperl. Mi Corazón djo
un vuelco. ¿Por qué esta ba lJorando tan de5consoladamente ? ¿N
podia hacer ob'a cosa mejor para el pequeño? Scpperl necesitaba
silencio y reposo. Sub í corri endo las escaleras hasta su pieza y
me q uedé hela da. Hab ía velas encendidas y la madre y el padre
estaban arrodillados al lado de w cama. ¡Sepperl estaba muerto!
Con el corazón partido me arrojé sobre la pequeña y del gada fi·
gura y ll oré, gri té, rogué :
- j Sepperl, despiértate! j Sepperl, no puede ser verdad!
Pero su rostro estaba fr ío y sus ojos cerrados. Sus peque·
ñas y blancas manos es taban cruzadas y no se movían. Los padres
me condujeron escaleras abajo y me contaron la historia. Habían
pensado que tenía un resfrío y lo pusieron en la cama. Cua ndo
después de un r ato volvió la madre para ver qué estaba hacien­
do. parecía q ue se ahogaba. Enviaron a buscar inmediatamente
al méruco de la poblaci ón vecina. Cuando aegó, unas pocas ho.
ras desp ués, diagnosticó difLeria y dio muy pocas esperanzas. El
chico se sofocaba.
- La llamaba a usted, maestra -sollozó la madre--, pero
uste¿ se había ido.
Yo no sabía cómo enseña r los días siguientes. En el fune·
ral me senté con sus parientes por pedido de loes padres y lloré
lan desconsoladamente que la ma dre trató de consolarme. Sí,
ella era una buena católica, y creía que el niüo estaba en el ¡;ie·
lo. Pero yo 11 0 tenía esperanza. En verdad, asistí a la misa (;a·
tólica, porque eso era lo que tenía que hacer en esa comunidad,
pero yo no pod ía creer en la mayoría de sus doctrinas. No podía
imaginarme a mi Sepperl\"Olando como un angelito. Todo lo que
P?día ver era un rostro ausente y grave, pálido, en un pequeño
I~retro blanco. Y cuando cerraba mis ojos podía ver dos grandes
OJOS azules que se llenaban lentamente de lágrimas. ¡,Por qué ')
¡Oh, destino! ¿Por qué?
. Me quedé al lado de su tumba 110 sabiendo (t ué hacer. Repen.
hnamente sentí una fuerte mano tomando la mía y una voz ami·
gable que deda: .
92 ASI ENCONTRE MI AMOR 93
CUANDO MURI ERON MIS DIOSES

-Señorita maestra, su sufrimiento no lo traerá de vuelta. zón por la cual mí supervisor no había encontrado maestro para
¡Por favor, na llore más ! ese lugar.
Levantando la vista vi d os sinceros ojos azules, una masa - ¿Usted se da cuenta de mi edad, señor<~ -pregulité.
de cahello r ubio ondulado, y dos hilera s de blancos dientes en -Sí, señorita Appelt -dijo inclinándose-o Pero yo pienso
una grande e infa nti l soruü;a. E ra uno de los jóvenes agriculto­ que usted puede hacerlo.
res de la región a qu ien ha bía si do preijentada algunas semanas - Trataré de complacerlo si usted me apoya -prometí.
antes en una fiesta de bodas. Dej amos la tumba j untos e hicimos El reto no era fácil. Empaqueté mis pocas pertenencias,
el mismo cam ino que recorrí a mos tan a menudo con mi pequeño visité una vez más la pequeña tum ba cubierta de nieve, · y dej é
alumno. Mien tras las sombras de la tarde se alargaban le hablé detrás de mí una comunid ad amigable y un joven muy apesadum­
acerca del incideh t<:: en clase. F ranzl escuchó pacientemente, luego brado.
ha bló. No ten ía un lenguaj e p ulido, no era un hombre instruido. ¿Por qué mi corazón no encontró un hogar otra vez? Yo no
Sus manos eran las manos gra ndes, callosas de un agri cultor, acos­ estaba segura de que podría amoldarme al papel de e~posa de un
tum brad as a mallteller las riendas del ca hallo y manejar el arado. agricultor de Baviera. Hay un viejo adagio q ue dice que las flo­
P ero s us sencillas palabras me confortaron más que cualquier res alpinas no prosperan bien en otros suelos; y que , por otra
filosofía profunda. Mi sentimiento de culpa y tristeza parecieron parte, l as flo res extrañas tienden a secarse en los Alpes. Yo sabía
alejarse; y cuando finalm ente subí las escaleras hasta. mi pieza, que era una flor extraña entre las niñas nativas, i y ellas también
me sentí capaz de hacer frente a la vida otra \'ez. me lo hacían sentir!
¿Por qué acepté un trabajo tan arduo? Quizá fuera por mi
Franzl y yo llega mos a ser grandes amigos. La comunidad
naturaleza. Ciertamente era un desafío. Me entregué de nuevo,
co menzó a hablar de nosotros al aparecer en todas partes juntos.
con todo el corazón, a mis muchas nuevas tareas desde el mi~mo
A mí me importaba poco todo eso. Uno de sus amigos me dijo qut'
comienzo. El alcal de de la villa fue comprensi.. . o y bondadoso
los pa dres de Franzl le e~taba n ha eiendo pasar malo s momentos.
y me ayudó a hacer u n b uen comienzo. Unos pocos días m ás tarde
Era el heredero de ulla !le la s granja s más ri cas de la región, y
se me ocurrió una idea excelente. La aldea vecina no había po­
yo, en comparación, era tan pobre como una rata de iglesia.
did" abrir su escuela por falta de maestro, y repentinamente pen­
Para Navidad me trajo una joya , herencia de familia, que
sé en Ana M aría, la hermana de Rudy que estaba en el norte de
era llevada por la futura esposa del heredero de di cha familia.
Baviera. Habíamos empezad o a cartearnos después que se reanudó
¡ Yo lile quedé pasmad a ! Su madre me había enviado el regalo. El
el servicio postal, y yo sabía que ella estaba buscando trabajo.
hijo había ganado a la familia , ¿pero yo estaba lista?
Le hablé a mi supervisor acerca de ella. Se mostró muy entu!e'ias·
Dos semanas después de Navidad recibí una visita urgente
mado, a pesar del hecho de que ella era luterana y la invité a
dr. mi supervisor. Necesitaba desesperadamente un nuevo maestro venir a visitarme.
para una escuela de ulla villa que quedaba a veinte kilómetros al
Fue contratada de inmediato, y desde el comienzo nos senti­
sur. No era un tra bajo fácil. Desde que el gobierno había estable­
mos sumamente contentas de trabaja'r juntas. Hacíamos nuevos pla­
cido un campo de refugiados en la antigua sa la de baile de la
nes juntas, p robábamos nueVDS métodos, nos ayudábamos mutua­
villa, el número de estudi an tes había crecido de tal forma que
menle en m uchos de nuestros problemas y viv íamos juntas en el
no cabían en la únic a aUla de clases, y yo tendría que enseñar en
departamento de mi escuela. Era solamente un año mayor que yo.
dos turnos. No había libros, 110 había ayuda para la enseñanza,
Los alumnos hací an buenos progresos, y los padres comenzaron
tendrí a que enseñar ocho grados, tendría que desempeñar la respon­
a ~ceptarnos como sus amigos. Acostumbraban invitar a las dos
sa Lilidad de directo ra después de largas horas de clase, tendría que senontas maestras a los casamientos lo s bailes v la s fiesta s re­
tratar con la comunidad y una junta escolar nada fá cil de com­ ligiosas. E ramos conocidas también domo buenas "bailarinas y co­
placer. El trabajo era para asustar a cualquiera. Esa era la ra-
94 CUANDO MURIERON MIS DIOSES ASI ENCONTRE IvII AMOR 95
menzamos a lleva r una. vida agitada con corntantes acontecmuentos
TeIlia que q ueda rme sola para poder ordenar mis pensa­
soci ales. La vida habí a llegado a ser casi normal para nosotras
mientos. Me excusé para alejarme de la casa tan pronto como me
y aun placentera; a pesar de la falta de cosas materiales, incluyen.
fue posiLle y en una pl'of~nda c? ll.moci ón regresé a casa jnme­
do el alimen to y el vesti do.
dialamcute. El pasad o vo lvla a VIV I r, y el temor se a poderó d
y de repente, cayó una piedra -¿,o fue una bomba ?- en es­ mL Pero Ana María rebosaba de gozo. Ya le había enviado una
tas tranquila.s a gua s de la vida diaria. Había sido un día de fe · carta a Rudy para que viniera y había hecho un montón de plane ~ .
r iado escolar, y hab ía i do a visitar a algunos amigos de la comu­ ¡Y Rudy vino! Era abril y las últimas nieves cubr ían la ti erra.
nid ad de mi p rimer a escuela . Mi am igo el agri cultor me encon­ Tarde en la noche, justo cuando estábamos por acostarnos, es­
tró e inaisti ó en q ue pasara algunos días en su casa . Conociendo cuché un golpe en la puerta y vi a dos hombres en trajes tle ma­
la costwnb re de la región, me di cuenta de que él estaba tratan­ rino. Rudy estaba delante de mí, delgado y macilento, mientras
de de oblig arme a tomar una decisión. Un muchacho no lleva a 11 amigo, Riko, pa recía empujarl o de atr ás. Ambos parerían ate­
una señorita a la casa de sus padres a menos que tenga la honesta ridos y ha mbrientos.
intención de casarse. Me sentí incómoda. Pero accediendo a sus
ruegos visité a sus padres. - Bienvenidos, y entren -dije con una forza da alegri a, y
estreché las manos de ambos.
Mientras estábamos hablando sonó el teléfono. Franzl con­
testó, y me miró sorprendido. Nuestro hogar despedía un agra dable calor y pronto tuvimos
listo alimento caliente para los cansados viajeros . Rudy no dijo
- Es para ti, María Ana. mucho, sino que se sentó tranquilamente trata ndo de calentarse
--¿Para mí? ¿Quién puede llamarme? Nadie sabe que yo los pies fJ'íos y moja dos. Ana María se preocupaba de hacer l u­
estoy en tu casa, sino Ana María. gar para los dos m uch achos esa noche y yo trat aba de man tener
Era Ana lVIaría la que llamaba. Había encontrado un telé­ la conversación. No podía menos que sentir l ástima por Rudy. H a·
fono en la oficina del alcalde. Parecía conmovida y excitada. bía cambiado mucho. Toda su juvenil confianza había desapar e­
~María Ana -dij o--, acabo de recibir una carta de mamá.
cido, y parecía depr imido y solitario. Sabía lo que él sentí a.
La Cruz Roja Internacional ha encontrado a mi hermano. Está Todo JU mundo se hahía roto, exac.tamente como el mío, solamen­
le que él no bahía lo grado recoger las piezas que habían quedado.
vivo y está en camino para ver a mis padres. Yo sé que él vendrá
a vernos. ¿Qué le contestaré a mamá? La tensión cedió después de unos pocos d ías, y Rudy y yo
¿ Qué podría decir yo? Franzl estaba a mi lado esperando poco a poco conversamos con más facili da d. Yo me vigilaba cui­
intrigado. Mi corazón y mi cabeza parecían dar vueltas como una dadosamente para que mi corazóu no se deslizara otra vez, porque
calesita salvaje. Y Ana l\:I aría, en el otro extremo de la línea, estaba más determinada que nunca a uo enamorarme de nuevo de
el.
lloraba y reía al mismo tiempo. Yo sabía lo que la noticia signi­
ficaba para ella; adOl aba a su hermano. Bueno, le tenIa que Pero Rudy tenía la idea justamente opuesta como me di cuen­
responder. ta más tarde, demasia do tarde.
-¡ Dile a tu hermano que será muy bien venido cuando nos 1 Se había propuesto ganal'me otra vez, i y lo hizo! Fue una
visite, Ana María! Después de todo, querida, es el hermano de ~~ha> pero su tranquil a determinación (yo la llamaría obstina­
mi mejor amiga. Ana María, me siento sumamente feliz de .\ Ion) ganó la parti da. ¿ Qué podía hacer yo? El me necesitaba,
que esté vivo. Yo sé lo que eso significará para ti y para tu fami­ )~ me amaLa. La idea del casamiento me atemorizaba; no me sen­
lia. Tú conoces mi actitud personal; en lo que a él respecta, es Ila lista para eUo. Pero anunciamos nuestro comp romiso y encon­
asunto suyo. Irarnos que habían comenzado nu estras düicultades.
CUANDO MURIERON l\US DIOSES AS! ENCONTRE MI AMOR 97
96
Rudy era luterano nominal, yo católica. No una verd adera -Reverendo -decía pesarosamente- , por favor, Lrate de
católica, pues no conocí a nada práctitamente del catolicismo. comprenderme. Mi novio me necesita. Yo no puedo abandonarlo.
Curiosamenle, habla sido bautizad..'\ en esa iglesia como resultado Perdió todo, su bogar, su carrera, su futuro. Puede toma r un
de un prohlema fa miliar. Mi madre, siendo adventist a del séptimo mal camino si le doy las espaldas. ¿No puede usted entenderlo?
día se habí a casado con papá contn los deseos de sus padres. Mi Es una responsabilidad bumana.
padl-e, un hombre dw(¡ y amargado, no tení a religión. De8pué~ de Pero el hombre de ropas negras no quería entender. Sola.
mi nacimiento había obligado a mi madre a bautizarme en la igle­ mente sabía que Rudy no era uno de sus feligreses y que la boda
sia católica. Furioso porque no había sido capaz de cambiar la fe no debía realizarse. Amenazó con no casarnos. Eso hubiera sido
de mamá a su religión, insi::,tió en es le bautismo católico para pro­ una catástrofe, porque la sola ceremonia ante el juez no sería
bar su poder. Yn nunca recibí ninguna instrucción católica. Cuando aceptada como legal por la comunidad. ¡Yo tenía que casarme en
comencé a enseñar en el liur de Baviera, babía tenido bastante tiem­ la iglesia catóHca !
po para familiarizarme con algunas de sus prácticas. Cuidadosa­ Rudy no era de mucha ayuda tampoco. Conservaba todavía
mente había observado cada movimiento de los otros fieles, apren­ algunas costumbres de la ma rina que yo no apreciaba del todo.
diendo la form a de adoración católica y así adaptarme a las Cuando le hablé de mi conversación con el sacerdote se puso
costumbres de la comunidad. fucioso .
El sacerdote de la región, una figura terrJ~a y respetada, - ¡Dile a ese "ave negra" que se deje de molestar -explotó
nunca se habia mostrado demasiado amigable. Cuando anuncié mi un día cuando volvió de l\-'lunich, donde estudiaba en la universi­
ompromi so se tornó en nuestro enemigo. Como era la costumbre, dad-o Si no cesa de causar problemas, un día le voy a dar una
yo tení a que asisti r a un catecismo preparatorio para el matri· buena zurra !
monio. Puesto que Rudy ;10 eTa católico, no asistía a esas cla· -¿Quieres que realmente le diga eso? -pregunté asustada
ses, y yo iba sola. y sorprendida.
-En veinte años de sacerdocio -declaró el sGcerdote-, - j Sí, cada una de las palabras! -Así se lo dije, palabra
nunca he casado a una de mis ovejas católicas C011 un hereje. por 1"'llahra t a mi superior religioso.
Yo temía cada sesión. Cada vez el sacerdote tenía algo con· El resultado fue una "guerra fría" entre el sacerdote y Rudy,
tra Rudy. Todo el asunto me c.ausaba una gran angustia, puesto conmigo en el medio. Finalmente, yo me puse del lado de mi no·
qlle no estaba segur a si estaba haciendo las cosas correctamente. vio. Fui a ver al obispo para conseguir su permiso para casar­
- ¿P or qué qu ieres casarte con el señor Hirschmann? -me me. Varios padres influyentes apoyaron mi deeisión; el obispo des·
preguntó un día-o Puedes perder tu recompensa eterna y que­ pués de cobrarme una suma de dinero y hacerme jurar que nues­
marte en~ el infierno. tros niños serían criados en la religión católica, dio su bendición
-¡ P uede ser porque lo amo! -replicab:l con determinación. y la firma necesaria. Rudy se sintió triunfante; ahora el sacerdote
-¿Por qué no te casas con uno de esos buenos muchachos tenía que casarnos.
chacareros católicos de nuestra región? Quizá no puedas " amar· , Nuestro casamiento llegó a ser un acontecimiento en la comu·
los", pero al final tendrás la vida eterna. nidad; los alumnos y los padres nos llenaron de regalos y aten­
Yo odiaba esa idea. ¡Y el hombre sabía también cómo tocar ciones. Tod o~ mis alumnos arrojaron flores y formaron filas con
los puntos más dolorosos de mi corazón! El romper con mi chaca· velas encendidas a lo largo del pasillo mientr as en trábamos en
rero amigo había sido uno de mis momentos más difíciles desde )a iglesia nueve veces centenaria, repleta de gente y ílores, y sa­
turada de olor de incienso. Con su rostro de piedra el sacerdote
el entierro de Sepperl. ¡ Oh, cuánto necesitaba una madre, o un
nos unió en matrimonio. Rudy estaba demasiado feliz para de­
amigo de corazón para pedir su consejo! l - CM!)
98 CUANDO MURIERON MIS DIOSES _ - - - - - - -- - - -- ---:Capítulo 11
jarse a fectar por e~o y """tuvo más que dispuesto a enterrar el
hacha de guerra, pero eí sacerdote no.
Después de \lna elegante cena, mi esposo y yo bailamos la
danza de bodas de acuerdo con la s viejas costumbres de Baviera Na~e la Esperanza

mient.ras las otras personas formaban un gran círculo y mi raban.


Cuando ter minamos nuestro vals, el resto de los hailarines se nos
unió. Mucho después que deJamos la pista de baile, todavía p o·
dí amos oír la música de la banda y el compás de muchos pies,
claramente en las primeras horas de la mañana. Sí, h ab ía sido
una ocasión de gala, par a todo el mundo. Los aldeanos haJ:>la. RUDY estaba desesper ado. Su amor por mí parecía ahondarse
ron del casamiento de la señorita maestra por mucho t.iempo. a medida que aumentaban nuestras dificultades insolubles. ¡Si
No tuvimos luna de miel. solamente el sacerdote dejara de combatir! Yo estaba cansada de
Rudy tuvo que volver a la universidad después del fin de se· todo eso.
mana y yo con tinué enseñando. No le agradaba dejarme cada Mis clases eran mi único refugio y remanso de paz. Los
lunes de mañana, porque mi salud comenzó a falla r otra vez. Adel­ alumnos y yo nos entendiamos perfectamente. Nos amábamos mu­
gacé mucho, me puse pálida y comencé a temer la oscuridad. tuamente y armonizábamos a las mil maravillas. Eso era todo lo
E l sacerdote no había cesado su antagonismo y la vida parecía que yo deseaba. El resto de mi vida era agonía, fricciones, pre­
más y más difícil. Rudy y yo tuvimos momentos difíciles al ajustar siones.
nuestra nueva manera de vivir. Ambos tratamos sinceramente y Rudy, como de costumbre, dejó la casa después de un tor­
con dedicación de salvar nuestra unión, pero ca da vez nos desli­ mentoso fin de semana para ir a la estación de ferrocarril que
zábamos más y más en la incomprensión y el extrañami ento. Des­ distaba varios kilómetros de la escuela y tomar el tren a Munich.
pués de nuestro primer año de casamiento, que fue una pesadilla, Su corazón estaba abatido. Quería salv~r nuestro matrimonio. Vi·
me convencí de que había hecho un error en casarme con Rudy. víamos en mundos diferentes y no podíamos concordar. Constan­
Quizá yo no era una buena esposa; quizá tuviéramos caracteres I.:menle chocaban nuestros principi os éticos. Sus ideas acerca de
incompatibles; pensé que había encontrado un nuevo comlel12o, la vida y el éxito estaban muy apartadas de las mías.
pero parecía solamente el comienzo de un amargo final. Rudy y Hasta nuestro casamiento, Rudy había e:stado ocupado en
yo estábamos listos para separarnos. nna actividad comercial para mí objetable. Poco tiempo después
de ingresar en un campo de prisioneros de guerra, comenzó a
?perar en el mercado negro de cigarrillos. Su conocimiento del
Inglés lo ayudó. Compraba los cigarrillos por un marco la unidad
R 10& soldados aliados y los vendí? '1 l(ls consumidores alemanes
POT_ I~ inco o siete marcos. Su negocio había prosperado y era co­
nOCido en cierlos círculos como el hábil " rey del ci garrilio". A
Y('ces. tenía miles de cigarrillos almacena dos en su departamen­
~o. Nunca en su vida había hecho trabajo mantlBl ni pensaba
hacerlo.
di Yo odiaba este negocio ilega l, e insistía en que un ardu
n de Ira bajo honesto no degrada a nadie.
(99 )
100 CUANDO MURIERON MIS DIOSES NACE UNA ESP ERANZA 101
En su camin{} a la estación Rudy alcanzó a otro hombre. Co. Quizá él pod~la usar ~a B.i ~lia como. un arma para combatir
menzaron a hablar, y Rudy generosamente la ofreció uno de sus al sace rdote católico, penso. A SI comenzo a haCel" preguntas. El
cigarrillos de "contra bando". joven parecía complacido por el in terés de su interlocutor,. a
El hombre, joven y aparentemente tímido, rehusó cortésmen· quien trató de ('onLeslar. Pero las preguntas de Rudy requenan
te. Rudy quedó perplejo. Después de la guerra en Alemania nadie Te~puestas más proIundas qu~ las que Sep'p podía da~. Este le su·
en su sano juicio rechazaba un cigarrillo gralllito. Si una persona girió que Visitara a un predl.c~ dor . a.~ventl s ta en la CIUdad. Hasta
no f umaba lo podí a cambiar por alimento. Rudy era un gran fu· le dio una carta de presentaclOo, dlclendole:
mador, cuyas pálidas mallOS temblaban por la gran cantidad de -Yo soy tardo de lengua como IVloisés, y no puedo explicar
nicotina que inhalaba. las cosas como mi pastor.
Rudv no estaba demasiado entusi asmado acerca de la visita,
Hizo un esfuerzo por hacer hablar al joven:
pero su deseo de venganza y su curiosidad ganaron la partida.
- ¿ Vio usted la última película que todo Munich comenta? Una lorde, cuando no tenía clases -él estaba entonces estudiando
- No, no voy al cine.
leves en la uníversidad- se puso en camino para encontrar al
- ¿Le gusta bailar? -preguntó Rudy perplejo. p;edicador de Sepp. No fue fácil. En un pobre lugar de la ciu·
- No, no bailo -el interrogador qued ó en silencio. dad. en un sótano de una estructura derruida, encontró la "ofi·
-¿Y qué le agrada? Tal vez su hobby sea jugar a las ca ro ina" y el lugar de adoración.
tas en el bar, o... '? Desde el mismo princi pio no le gustó nada todo eso. Pare·
-No, no juego a las cartas ni bebo cerveza -encogió sus cía y olía a demasiado pobre para su gusto.
hombros y sonrió, evidentemente divertido. Sin embargo, vio en el pastor a una persona agradable e
Rudy decidió cambiar de tema. Acababan de pasar la casa inteligenle. ¿Por qué un hombre como éste y también Sepp perte.
de su viejo enemigo, el sacerdote católico, y Rudy tenía que necían a esa ridícula secta que enterraba vivos a sus miembros?
expresar su resentimiento hacia el "cuervo", como lo llamaba. No fumaban, no bebían, no danzaban, no iban al cine y adoraban
El sencillo hombre, cuyo nombre era Sepp, escuchó pacien. en una cueva de ratón debajo del suelo.
temente. Luego pareció revivir. Desabrochó su sobretodo y sacó El predicador invitó a Rudy a sentarse mientras leía la carta
un pequeño libro negro, Ulla Biblia, y dijo: de ::'epp. Rudy le explicó la razón de su visita, haciendo claro
que no había venido para aprender acerca de las doctrinas ad·
-¿Sabe usted, señor, que las doctrinas de la Iglesia Católi· ventistas; todo lo que él quería eran algunos buenos argumentos
ca están mayormente basadas en la trad ición, no en la Biblia, la demoledores para usarlos contra el sacerdote católico.
única autoridad verdadera en cuestiones religiosas? -Sr. Hirschmann -contestó el predicador adventista- yo
-No, no sé mucho acerca de tales cosas -respondió Rudy no puedo ayudarlo a usted con su problema. Pienso que no sería
sintiéndose algo molesto. No sabía qué le disgustaba más, :si el c?rrecto ~e mi parte darle a usted algo de mi religión, que apre·
odiado sacerdote, o ese viejo libro judío de historias fantásticas. CIO y qUiero, y en la cual creo de todo corazón, nada más que

Sepp, que tam bién había sacado un pasaje para Muruch, re· pa.ra ~ombatir a un sacerdote calólico, para vengarse de alguien.
pentinamente se volvió locuaz. Se presentó como un creyente ad· MI DlOs, a quien sirvo, es un Dios de amor.
ventista del séptimo día y comenzó a mostrarle a R udy algunas ~orpre?dido y desilusionado Rudy se levantó, extendió la
cosas de la Bi blia en retación COll la Iglesia Católica. Este co­ mano, le dIO las gracias y sonrió con cortesía para despedirse.
menzó a interesarse, aunque no en la manera en que Sepp hu· -Por supuesto, Sr. Hirschmann -agregó el predicador- si
bier a queri do, pues captó algo que había estado buscando por L@~ed desea ser nuestro huésped de nuestra clase semanal de Bi.
argo tiempo. ha, no le impediré que tome nota de todo lo que pueda inte.
102 CUANDO MURIERON MIS DIOSES
NACE UNA ESP ERANZA 103
resarle -al decir esto, le extendió una i nvitación impresa en la
que se indicaba el tiempo y el lugar de las diferentes reuniones de esas cosas las vuelvo a recor da r. ¿P iensas q ue alguien estaría dis­
la iglesia. puesto a venir y darnos estudios juntos ?
Por curiosidad y empecinamiento, Rudy fue. La semana Para nuestra gran sorpresa los feli greses de Munich pidieron
siguiente se sentó en el rincón más alejado del recinto, cerca de a un ministlJ que ,visitara .n~estro hogar. Per o, ¿~st aría ~is­
la entrada. El predicador entró, saludó a cada uno individual. puesto a vemr? Teni a que vIaJa r en tren, luego camm ar vanos
mente, ofreció tUJ a oración, y comenzó a imseiíar. kilómetros 8 través de caminos nevados, permanecer toda la
Rudy estaba totalmente aburrido. "Cuentos de viejas" se noche y regresar caminando a la esta ción de ferrocarr il.
dijo fastidiado a sí mismo. Pensó en salir. No, no podía ser ¿Quién en su sano juicio haría tal esfue rzo solamente para
tan descortés. Después de todo, había venido por su propia va· enseñar la Bibl¡ a a desconocidos?
luntad. Luego oyó al predicador mencionar la religión católica. ¡Dios premie al herm ano Schneider! ¡El lo hizo ! Venía ca·
Habló de la Biblia como de la Palabra de Dios. El pl'edicador da viernes de tarde, ya nevara, hubier a tormenta, o sol y se pre­
comenzó a leer algunas extrañas palabras acerca del número 666 bcntaba en la casa con la mayor sonr isa que he vi sto.
de un libro llamado Apocalipsis. Llevaba sus sesenta y ci nco años con dignidad y vitalidad.
El predicador mencionó la historia en su estudio y Rudy Por meses nos dio estudios bíblicos, a menudo quedándose le­
comenzó a escuchar más cuidadosamente. La historia había sido vantado con nosotros hasta tarde en la noche. A la mañana si·
una de sus materias preferidas desde la escuela pr-imaria. Bueno, guiente teni a que levantarse a las 4.30 y caminar a través de la
pensó Rud y, la presentación es razonable, y tuvo que admitir que oscuridad, el hielo y la escarcha, a la estación de ferrocarril. Lue­
tenía sentido. Tomó nota cuidadosamente para no olvidar los go viajaba a las montañas para servir a un pequeño grupo de
argumentos para poner en aprietos al sacerdote. creyentes el sábado de mañana.
Aunque no tuvo oportunidad de ver a su enemigo, asistió al Nada podría habem os impresiona do más que su alegre y
segundo estudio bíblico y luego al tercero, y también al cua110. natural servicio cristiano, que contem plábamos con asombro.
Había comenzado a interesarse sin que él mismo ,lo reconociera. Sin embargo yo sentía pegar por ese ministro. Rudy nunca
-Querida -me dijo un dÍa-, esa gente parece tener algo habi:... demostrado tal interés antes, y yo me daba cuenta por qué.
que nunca he encontrado antes. Todo el asunto me tiene perplejo. Hacía a ",'eces al pastor Schneidcr interminables y estúpidas pre­
¿Cómo la gente puede ser tan diferente? ¿Sabes? Esa gente tiene guntas.
algo que yo deseo. No es que yo quiera unirme a esa secta, pero Se había dado cuenta, después de un corto tiempo, que su
quizá pueda aprender lo suficiente para que ello me ayude a ser plan original de una vida cristi ana no podr ía concretarse. Sabía
un hombre mejor. Después de todo, querida, haré cua lquier cosa que era una cuestión de todo o nada, y no estaba dispuesto a
para salvar nuestro ma trimonio, y puede ser que si am bos apren­ ren~r todo, así que comenzó a busca r trampas, trampas para el
demos lo suficiente de la vi da cri sti ana todavía podamos evitar la predicador.
separación. . En un negocio de libros usados Rudy encontró una vieja Bi­
Moy] mi cabeza en señal de asentimiento. biJa. La estudió con p asión, aun a expensas de su estudio de le­
- Sí, R udy, p odemos intentarlo. Las cosas que tú has oído nO yes. Pera l~ meta de su búsq ueda no era conocer a Dios, sino pro­
son nuevas para mí. F ui enseñada desde niña en esa forma de vida, Itar al pre{hcador que estaba equivocado, para q ue no viniera más.
sólo que nunca te lo m encioné porque pensé que no te interesaría. . . ¡Pastor Schneider! ¡ Bondadoso y paciente hombre de Dios!
Pero si tú quieres estudiar más acerca de ello, ¿por qué no estudia­ I Cuanto le agradezco por sopor ta rnos tanto tiempo! Cua ndo quiera

mos juntos ? He olvidado la ma yoría de ellas, pero al hablarme de que. Rud y formulara una pregunta este veterano soldado de Dios
mantenía firme su terreno. Con una sonrisa bondadosa replicab a :
104 CUANDO MURIER ON MIS DIOSES NACE UNA ESPERANZA 105
- ¿.Por qué no ab re usted su I3iblia.. . ? -citaba un texto (canon 29). Había sido incorpora do a la legi slacion de la iglesi a
y nos pedía a un o de nosolros que lo leyéramos en voz alta. Así en el año 451 que el domingo, la f ie"ta de la resurrección, debía
tení amos la respuf'sta. Nunca dejé de mara villarme de su conoci­ !'er observado en lugar del sábado " juda izante". El sacerdote
mient o de la Biblia. N unca usaba sus propios argumentos o inter­ me aseguró q ue este camb io era la prueba de la au toridad de
pretacione s. La BibHa hablaba p or sí mism a, interpre tándose tex· la Iglesia Católica para habla r por Dios en c:ota tierra. El ra­
to por texto . zonamiento del sacerdote me había satisfecho.
Durante esos meses nuestro matrim onio había ido de mal en Ahora, mientras escuchaba al pastor Schneider, mientras ci­
peor. y también mi salud. Rudy peleaba consigo mismo, con el taba, como de costumbre, de su querida Biblia, en mi corazón
mundo y con Dios. A medida que el pastor Schneider nos enfrenta­ ~e libraba una tormenta. No era una cu estion de credo, porque
ha semana tras semana con verdades que no podían ser destruidas vo sabía que él estaba en lo correcto. Est aba dispuesta a creer
por los argumentos de Rudy, una profunda convicción comenzó a en Dios, a aceptar a Cristo como mi Salvador, reconocer m is peca­
ganar nuestros corazones. do:;. arrepentir me, orar; pero guard ar el sábado estaba m ás allá
El invierno empezó a dar paso a la primavera y nuestro fiel de todas estas cosa.s ; no era práctico, realmente imposible para
maestro tenía que caminar a través del barro y el agua hela­ mí como maestra. Era r iruculo. Yo interrum pí:
da con sus zapatos agujereados, y nos dio otra lección. Yo temía -Pastor Schneider, usted tiene razón; el ~ábado es el sép­
que nuestro querido hombre terminara con una pulmonía por timo día, pero usted sabe que guardarlo no es práctico, casi
causa nuestra_ Pero él se limitaba a sonreír, a secar sus zapatos imposible. Tome mi caso, por ejemplo. Yo enseño de sde el lu­
y medias al calor del hogar y a comenzar su clase. nes de mañana hasta el sábado de tarde. Perdería mi trabajo, mi
Edificando sobre Cristo, el centro de todas sus enseñanzas, departamento, mi sueldo, todo, si no enseño en sábado. Rudy ten­
nos preguntó cómo un alumno o hijo muestra su amor hacia sus dría que aband ona r sus es tudios en la universidad si terminara
padres o hacia su maestro. mi sueldo. Tendriamos que comenzar todo de nuevo. Perderíamos
- Simple -contesté-, por la obediencia y la bondad. seguridad y nuestros últimos pocos años de trabajo y estudio de
-¡Correcto! -contestó el pastor Schneider- . Dios tiene nada valdrían. ¿.No cree usted que éstas son razones de peso?
el mismo concepto. "Si me amáis guardad mis mandamientos". El ministro soru-ió. Era una sonrisa cálida, comprensiva.
Paso a paso fuimos conducidos hacia la cuestión del re­ -Sra . Hirschmann, si usted cree en Dios, y cree que el
poso en el séptimo día, el sábado. Rudy argumentaba vehemente­ sábado es su día, ¿por qué no deja que Dios la dirija y Ud. simple­
mente mientras yo escuchaba. Yo sabía quién estaba en lo cierto. mente obedece?
Todavía guardaba recuerdos de mi niñez y de la observancia del - Le diré lo que voy a hacer. ¡Cerraré la escuela el pró­
sábado. y mientras los dos hombres hablaban, el pasado se pre­ ximo sábado y usted, señor, usted cargará con la responsabilidad!
sentó 11 ítidamente. Veí a otra vez a mi madre en la hora de ado­ Pensé que eso lo pondrí a en su lugar. Me sentí satisfeeha
ración a la puesta del sol, la escuela sabática y el servicio re­ acerca de mi rápida y decidida respuesta.
ligioso en nuestro humilde hogar. Me veía sentada al lado de mi - Hermana -contestó tranquilamente el predicador~, yo
madre repiti endo los diez mandamientos: "Acuérdate del día nunca lomaré semejante responsabilidad. Pero -dijo señalando
sábado para santificar lo ...". solemnemente hacia el ci ellr-, hay Alguien arriba que tomará
Cohocía tambi fl1 las razones de la observancia del domingo. esa responsabilidad. i Adelante y hágalo!
Durante mis clases de doctrina con el sacerdote, le había pregun­ . Yo lragué sa Uva, avergonza da ante tal despli egue de sm ­
tado acerca de la observancia del domingo. ¿,Me había dado cendad y Le honesta. Me di cuenta de que no tenía otra elecci ón.
respuestas precisas? Sí, la Iglesia Católica había transferido el -¡Muy bien, lo haré la próxima sem ana y veremos lo que su­
día de reposo del sábado al domingo en el Concilio de Laodjcea cede!
NACE UNA ESPERANZA 107
106 CUANDO MURIERON MIS DIOSES
ra nuestro mvorcio. Ya no negáb amos que había un Dios perso·
Rudy, aunque no estaba todavía bien seguro acerca de sus nal que se preocupa por la gente y era (;apaz de ayudar. Allí
propias convicci:::-nes. me apoyó. A la mañana '1 iguiente anuncié, estaba el milagro semanal de la escuela cerrada, que nos recorda­
con un leve temblor de rodillas, que no tendríamos más clases los ba su interés y cuidad o diarios.
sábados. Poco después de que comenzamos a guardar el sábado, antes
Los alumnos, al principio, se mostraron sorprendidos, pero de que el pastor Schneider terminara sus lecciones con nosotros,
luego expresaron jubilosamente su alegria. E se día, despedí a sucedió algo que nos llamó poderosamente la atención. Nos ha·
una clase feliz, ansiosa de ir a su casa y anunciar el nuevo fe· bía presentado las Jeyes de la salud y sus explicaciones eran ra·
riada de cada semana. zonables. Si Dios vio conveniente aconsejar al pueblo de Israel
Muy distinta me sentía yo. Muy nerviosa esperé la tormen­ en la antigüedad contra ciertos artículos comestibles, porque esa,s
ta. Vendría de todos lados: de: los padres, de mi supervisor, del cosas no eran buenas, tampoco serían lo mejor para nosotros hoy
burgomaestre, del sacerdote. ¿Qué sucedería? Dios, ¿estás real­ en día. Ya habíamos aprend ido acerca de los efectos dañinos dei
mente all í ? ¿Puedes ayudarme? alcohol y la nicotina y Rudy había dejado de fumar y de beber
No pod ía creer lo que sucedió. ¡La tormenta no vino! Los cerveza. Yo no tenía esa práctica, así que no tuve ningún pro·
padres estaban encantados. Había tanta escasez de brazos para las blema. Pero cuando la prohibición de algunos alimentos llegó a la
tareas agrícolas que los niños eran muy necesitados en .el hogar. carne de cerdo, el plato f avorito de Rudy, esto parecía demasiado
Un sábado lib re, significaba ayuda, trabajo barato que liberaba estricto.
a los adultos de muchas tareas que los niños podían 'hacer. Los Sin embargo, probaríamos. Era la vacación semeRtral de
granjeros apreciaron mi decisión y me lo hicieron conocer. El Rudy, y se quedó en casa por dos semanas. Como yo tenía que
burgomaestre tenía un oído muy fino para escuchar la opinión enseñar en dos turnos, disponía de solamente cuarenta y cinco
pública y marchar en armonía con la gente. Mi superv isor pre­ minutos para el almuerzo, y comíamos en la posada en frente de
firió no saber que tení a una escuela en su distrito que quebra­ la escuela. El alimento era escaso, y nuestras tarjetas de raciona·
a la tradición y reglas del país. Mi escuela era, hasta donde yo miento nunca parecían estirarse lo suficiente, pero af0l1unadamen·
sabía, la única en toda Baviera que cerraba sus puertas en sábado. te la esposa del posadero era mi ami ga. Estaba profundamente
A medida que pasaban las semanas, los sábados libres lle· preocupada por nuestra delgadez y trataba en una forma maternal
gar on a ser un hábito en la comwIidad, y la gente dejó de peno de engordamos con "extras" sobre nuestros platos diarios. Apre­
sar al respecto. No sucedió lo mismo conmigo. Yo esperaba, y ciábamos muchísimo nuestra buena fo rtuna. Después de meses de
me preguntaba de semana en semana, de sábado en sábado, qué hambre y privación, el alimento parecía ser la cosa más impor.
iba a suceder. ¿Cuánto tiempo continuaría una situación así ? tante en la vida.
En mi corazón comenzó a crecer una pequeña planta. ¡Era ¿Se preocuparía Dios de cosas semejantes? Si eliminábamos
tan pequeña y frágil al principio ! La planta se llamaba fe, y la comida que se consideraba inapropiada, ¿nos darla él nuestro
Dios la había puesto allí por medio del pastor Schneider. De pan cotidiano? ¿Se aplicaban tales reglas en la Alemania de
sábado en sábado esa planta crecía un poco más a medida que yo posguerra? No conocíamos a Dios todavía muy bien ; solament
aprendía a esperar en Dios. hahíamos oído acerca de él por el pastor Sclmeider.
Después que el pastor Schneider terminó su serie de estu­
Resolvimos no comer más alimentos prohibidos por la Biblia.
dios no vino más. Rudy no babía hecho todavía ninguna decisión,
Con esa resolución entramos animosamente en el pequeño comedor
pero leía su Biblia regularmente, y a menudo hablábamos y discu­
tíamos acer ca de cuestiones que nos intrigaban. Nuestra investi­ de la posada y saludamos alegremente a nuestra amiga la esposa
gación y lectura habían mejorado las condiciones de nuestro ma· del dueño. La señora me hizo señas de que fuera a la cocina.
trimonio hasta el punto de que decidimos esperar un tiempo pa·
108 CUANDO MURIERON MIS DIOSES NACE UNA E S P ERANZA 109
- La suerte nos acompaña - murmuró--. Mi esposo encontró Las d~ gallinas pusiel·on dos huevos caJ a día por varias se­
un lechón en el mercado negro. Lo mató esta mañana y tenemos manas. Para ese entonces terminó el cerdo en la posad& y el
carne adicional para varias semanas. Por favor no lo mencione a menú volvió a la carne Yacuna. Es o significó un fin feliz para
nadie. nuestra cocina hogareña. Ahora teníamos un canto en nuestros
Yo e.nsayé una sonrisa y salí cQnfundida de la cocina para corazones porque sabíamos que el gran Dios del uniyerso cuidaba
sentarme alIado de Rudy. de nuestras necesidades di arias.
E l notó mi exp resión perpleja y le susurré la gran noticia. A Rudy le llevó un tiem po rendir su corazóu, pero cuando
¿Qué podíamos hacer? ¿Esa era la respuesta de Dios a nuestra llegó el verano esta ba listo.
decisión? Le preguntam os si podríamos llevar nuestra comida a ¿Podría olvidar ese día? El tren nos llevó a la ciudad, y
nuestro departamento. La cocinera cargó generosamente los pla tos caminamos a la gran casa de baños al lado del r ío, donde la
con porciones de cerdo, una papa pequeña, una cucharada de iglesia había alquila do la piscina para el bautismo por inmerSIón.
sauerkraut y nos fuimos a casa. Todavía no sabíamos qué hacer Dos ministros bautizaron al mismo tiempo. Rudy y yo pasamos
cuando nos sentamos a la mesa ele la cocina y pedimos la bendi­ juntos al agua y los pastores nos bautizaron al mi smo tiempo.
ción sobre la comida. Cuando nos levantaron del agua nuestros corazones cantaban.
Rudy tomó mi mano y juntos subimos las gradas demasiado
Nuestro perri to cachorro, un pastor ruso, que parecía eter­
emocionados para hablar. Después de camb iarnos la ropa, reci~
namente hambriento, olfateó el aire. Le di un pedazo tras otro
himos una cálida bienvenida de los miembros de la iglesia.
de mi comi da, la carne de cerdo, mientras las lágrimas rodaban Levanté los ojos al cielo azul de esa brillante tard e asoleada.
por mis mejillas. Los alumnos ya estaban corriendo arriba, en el Me parecía que estaba despertando de un largo y opresivo sue­
aula de clase, y debía ir a enseñar en menos de treinta minutos.
ño. ¿Dónde hahí a estado hasta entonces'? Allí había habido de­
Estaba hambrienta. No había otro alimento en casa y no
masiado temor y oscuridad. ¿Tenía yo derecho de entrar repenti­
teníamos tiempo de conseguir alguna otra cosa. Además, el due­
namente en tanta luz?
ño de la posada se quedó con nuestras dos tarjetas de r aciona­ El brillo de la tarde estallaba en los ojos de Rudy. Apretán­
miento porque teníamos plena provisión en ese lugar.
dome la mano, me dijo alegremente :
Justo entonces oí un cacareo. Hacía meses uno de mis alum­ -Hermana Hirsahmann, vamos a casa.
nos nos había dado dos pollitos y un poco de grano para alimentar­
los. Ttnía a las dos aves en el depósito de la escuela esperando
que algún día pusieran algunos huevos. Finalmente perdimos
a esperanza y decidimos freír pronto nuestras dos esqueléticas
gallinas. Pero ése era el primer cacareo de sus jóvenes vidas.
Con curiosidad sal í a ver lo que pasaba. En el cajón con
paja había dos buevos pequeños. Una de las gallinas había anun­
ciado su tarea ruidosa y orgullosa mente. Rudy me siguió, y por
un momento nos miramos en silencio. Cada uno sabía lo que es­
taba pensando el otro. ¿Era ésta la respuesta de Dios? ¿O una
feliz coincidencia? ¿Se preocuparía realmente Dios de darnos dos
huevos cuando estáhamos sin alimento? No habí a tiempo que per­
der en interroga ciones. Corrí adeniro, preparé los huevos, los co­
mimos alegremente y corrí a mi aula de clase.
____________________________ ~Capírul0 12 "'HE VISTO A DIOS OBRAR UN M1LAGRO !" lil

mi despido por esa razón. A menudo me pregun té por qué Dios


detenta la tormenta po r tanto ti empo y nos mantenía en la ex·
pectativa. Años más tarde lo comp rend í.
·-¡He risto a DÍos El sacerd ote hizo todo lo posible para sacarme de la escue·
Obrar un Milagro!!'!' ]a y de su com unidad. Fue a muchos l uga res, escribi ó muchas cal'·
las y predicó contra nosotros desde el púlp ito los domingos. A
medida que los mese~ p asaban tuve que ver algo qlle hería mi co·
razón. La comllnidad escol ar se d ivi d ió en dos campos. U no del
lado del sacerdote y otro del lad o de la maestra . Los partida·
E L BA UTISMO no fue una cura milagrosa para . nuestros pro· rios de uno y otra discut ían en los hogares, en las mesas de la po·
blem as y malestares. A veces, las nubes oscurecían el sol. Ha· sada y aun en mi aula de clases, div id iendo a los veci nos y a los
bíamos discuti do por tanto tiempo que ello era un hábito. ¿Aban. amigos.
donaríamos todo de golpe? ¡No, por supuesto! El bondadoso y Yo me sentía muy apesadumbrada y mi estóma go comenzó
paciente pastor Schneider, debe haberlo previsto, porque nos dejó a acusar el estado de mi eSpíl"i tu. Lentamente perdí la nueva
este sencillo consejo: )onrisa que había encontJado y la paz de la mente. Después de
un profundo exa me n de conciencia y de oración decid í presenta r
--Cu ando discutan y surjan diferencias entre ustedes, re·
mi renllllcia. La razón que di fu t" mi mal a salud. El supervisor la
cuer den el consejo de Dios: "No se ponga el sol sobre vuestro
aceptó bondadosamente y nos preparamos para salir . ¿Adónd e
enojo". No vayan a dormir hasta que se perdonen mutuamente.
¡namos? La Alemania de la posguerra no podia ofrecer casa
Luego arrodíllense y hablen con Dios acerca de sus diferencias.
para vivir ni muebles ni li be rta d pa ra moverse de un lugar a otro
Seguimos su consejo y salvamos nuestro matrimonio. Rudy
sin el permiso de la com isión de vivien das. Solamente los tontos
y yo éramos tan diferentes antes de que n os bautizáramos que
harían lo que 1I0so tro s hicimos y así nos lo di jeron los que se
era imposible congeniar. Yo era una persona fogosa, de genio
preocuparon por nosotros como pa ra d arnos algún consejo, es·
rápido y voluble, pero me calmaba en seguida después de la
pecialmente los padres de Rndy que había n ido a vivir con A na
tormenta.
Mula en ]a locali dad vecina. ¿Por qué abandona r un trabajo
Rudy era reposado. Escogia cada palabra deliberadamente
promisorio, la aceptación en la comunida d, un hermoso y cáli·
con tiem po y cuidado. Le llevaba bastante tiempo enojarse, pero
do departamento escolaJ, y volver al cam ino de los refugiados
así también tardaba en apaciguarse. ¡Pobre esposo ! Yo era una
otra \'e1.? El padre de Rudy estaba espec ialmente disg ustado. ¡Esa
rezongona por naturaleza y por propia voluntad. ¡Cuán a menudo
~~úpida nueva rel igión ! ¿. Qu ién hubiera pensado que su único
tuvimos que a rrodillarnos meses después de nuestro renacimiento
hiJO, el heredero del orgulloso nombre de la familia, haría algo
espiritual !
lan peculiar? Sin duda alguna era su esposa la que lo hab ía he·
Si 1mbia alguna paJeja incompatible ésa era la nuestra . Era·
t:ho tan duerente. Bueno, ¿ no lo habían adve rtido ya sus padres ?
mas tan diferentes como el día y la noche en cada aspecto re· La tormenta había comenzado y 11 0 me sentí a capaz de hacerle
frente..J\.~e doblegaba por el dolor de mi estóma go ulcerado, la
querido para un matrimonio feliz. P ero establecimos una re·
gla invariable: Or ar juntos cada noche; esto parece muy sim· cle~l1~tnclón y los nervios, depr im id a y llorosa la mayor parte
pie, pero dio resultado. rid ltenlpO. Entonces el méd ico 11 0 5 dijo que nuestro primer niño
De semana en semana aprendimos nuevas cosas. De sábado e~labll en camino .
.en sábado vimos obrar a Dios, porque mi escllela ceIró ese día
En la prim avera nos m uda mos a un a ltill o de Iloa granja.
durante un año y medi o. Con temor esperábamos cada semana na chimenea de lad rillos que pasaba por e l medio de la habi.
(110)
112 CUANDO MUR IE RON MIS DIOSES "¡H E VISTO A DIOS OBRAR UN MILAGRO'" 113
tación enviaba calor tres veces al dla cuando el granjero abajo lamente seis marcos. Además teníamos a)~lInos billetes de banco
hac ía fuego. Esto venía hien mientr as era el tiempo frío, pero en un viejo sobre blanco. No era mucho, tltro parecía una suma
no cuando llegaba el verano. grande, porque casi no teníamos ninguna posesión material. Era
Rudy abandonó sus estud ios en la universidad de Munich. nuestro dieZmo. Lo habiamos ido apartando (Iurante muchos meses.
Sabiendo que tenía que sostener a su esposa y a un niño, buscó No lo habíamos entregado al tesorero de lA. iglesia porque ra ra
trabajo. Yo quedaba en casa en n uestra p equeña pieza orando y vez asistíamos a los servicios religiosos en Ja ciudad.
esperando. Esa mañana traje el sobre después d e haber contado nues­
i Qué días solita rios ! Hubiera sido algo mejor para nosotros tros últimos pocos marcos y lo puse al ll\do de la caja de mo­
dej ar la comun idad. pero no pod íamos hacerlo, porque las au· nedas. Tratando de contener mis lágrimas, tijje:
toridades de ]a comisión de viviendas nos negarían el perm iso. --¿Recuerdas lo que el pastor Schnei<itr nos dijo acerca del
Además, en la ci udad, con grandes sectores en ruinas, se hubiera diezmo? Es el dinero de Dios, y nunca d~hemos toca rlo, ni aun
necesitado una buena can tidad de dinero par a sobornar a un cuando estemos en necesidad. El dijo la ve-r dad y nosotros lo sa­
propieta rio para que nos a lquilara un lugar donde estar. bemos. Pero, Rudy. en el momento en (lite gastemos nuestros
Cada tarde Rudy vol via a la casa cansado y desanim ado. últimos centavos nos veremos tentados a t Ol: ar ]0 qu e pertenece
No podía encontrar trabajo con tantas desventajas contra él. E ra a Dios, por lo tanto no debemos gua rd arlo olá s debajo de nuestro
un refugiado con acento prusiano y aquí los r efugiados no esta­ techo. Toma el tren y ve mañana a la ciud~o, busca a la tesorera
ban en demanda, especialmente los Saupreussen (término aplica­ de la iglesia y dale el dinero.
do a los alemanes del norte por los habitantes de Baviera) . Ade­ Rudy asintió con la cabeza y sus tristes oj os revelaron lo
más, corn o antiguo oficial nazi, el gobierno militar norteameri­ que estaba pensand o. Antes de que salier~ nos a rrodilla mos, y
cano lo vi gilaba de cerca. No se permitía entrar a ningún nazi esto era, en esencia, lo que le dij imos al Señor:
en el servi cio civil. Ru dy no tenía experiencia en ningún trabajo, - Señor, hemos llegad o al fina l de nu~stro camino. Hemos
salvo en las artes de la guerra. Su tarjeta de identificación lo dado lodo lo que ten íamos por nuestra nueVá fe. T ú nos has olvi­
clasificaba como estudiante universitario, y los empleadores no dado. Si hemos hecho algo equivocado y és~ es nuestro castigo,
querían dar trabajo a los estudiantes, porque no permanecían en te rogamos que nos muestres por qué s0"1<9i castigados, porque
el trabajo lo suficiente como para que lo invertido en su apren­ lo ignoramos. Nuestro Pa dre, puede ser (l¡)e nosotros hayamos
dizaje pudiese recuperarse. Volvían a las casas de estudio tan creido una men tira, elabora da por los hotn:IJres; puede ser que
pr onto como les fuer a posible. no haya Dios y nadie nos oi ga mientras oramiOS. Pero si tú existes,
Estas desventajas habrían sido suficientes pa ra aplastar a oh Dios, revélate pronto, porque no POdl"e'ooOS avanzar much
cualqu iera, pero, además de eso, Rudy no trabajaba en sábado. tiempo más. T odo el mundo se ríe de nosot r(..s y nuestros propios
S u situaci ón no podía ser más difícil. No pod ía encontrar tra­ parientes creen que estamos locos. Oh, SeñGr , si tú existes, danos
baj o ni siquiera como cavador de zanjas o barrendero. ayuda pronto y escucha nuestros ruegos, })é-rque te lo pedi mos
Después de vadas semanas comenzó a desesperarse. Yo ha­ en el nombre de tu Hijo Jesús, en quien n<ls ')tTos ahora creemos.
bía tratado de mantener una sonrisa en mi rostro, pero la nue­ Amén.
va vida que abrigaba en mi seno crecía, y ansiosa mente contaba Nos levantamos de nuestras rodillas coI} los corazones apesa­
las semana s hasta el nacimiento de nuestro hijo. dumhrados, pero sonre í y saludé a Rudy cQllI las manos mientras
Nos alimentábamos lo más f rugalmente posible, pero nues­ se alejaba. Luego, tan pronto como se fu(~ m e a.r rojé sobre la
tro ahorro de pocos marcos pronto se escurr ió como la nieve bajo cama y lloré. Quizá el padre de Rudy tend l'~ razón. Quizá todo
el sol p rimaveral. Una mañana tuvimos que sentarnos y hacer fuera por mi culpa. R udy habfa aceptado l¡tresua nueVa religión
frente a lo!' hechos. Contamos nuestro dinero. Nos quedaban so. sobre todo porque él me amaba y deseaba ~lvar n uestro matrí-
8-cMD
114 CUANDO MURIERON MIS DIOSES "¡HE VISTO A DIOS OBRAR UN MILAGRO!" 115
monio. Por supuesto, él creía en Dios, pero de algún modo toda su El Señor Bauer habló con Rudy brevemente y lo empleó.
experiencia religiosa estaba ligada a su amor por mí. Yo sentía -y pensar. querida -reflexionó Rudy-··-, que por tantas
una gran responsabilidad, porque Rudy esperaba de mí la direc­ emana:> bmoqué trabajo por todas partes, pero no lo encontré
ción en asuntos espirituales y he aquí, yo había cometido un hasta que entregamos nueslro diezmo a Dios. Solamente pasó me­
error, porque había conducido a Rudy en nuestro matrimonio a un dia hom deílde ese momento habta ellconLml ese trahajo. ¡Ahora
camino sin salida, o por lo menos así parecía. Mi corazón clamaba yo ,~é que Dios vive y 'lue él tiene cuidado de nosoLros!
a Dios, y mis lágrimas se mezclaban coJt mis plegarias. Dudas y Elevamos una plegaria diferen¡e e~a noche, una plegaria d
oscuridad me oprimían como una niebla. Faltaban seis semanas agradecimiento y alabanza. Ni aun el opresivo calor de nues­
para el nacimiento de nuestro hijo y nada estaba preparado, nl:\da Iro altillo nos molestaba, porque estábamos muy Jelices. No;; sen­
nos quedaba. Oh, Dios, ¿por qué? talnos frente a la ventana abierta y contemplamos las rutilantes
Cuando Rudy volvió, yo traté de mostrarme valiente y tran­ ~trellah mientras nuestros corazones hablaban con Dios.
quila por el bien de él, y aun le sonreí cuando entró. -Dios --Imploré humiJdemente-, perdona nuestras dudas;
Para mi sorpresa una gran sonrisa iluminaba el rostro de porque ahora sabemos que tú existes: y no solamente eso, sino
Rudy. que tú erel!! amor.
- ¿ Qué sucedió, querido? -pregunté temiendo creer a Las estrellas parecían sonreír mientras t.itilahan. Ellas me
mi s propios ojos. . recordaban el tiempo cuando Rudy y yo nos encontramos por
-Liebling (quer ida ) , encontré un trabajo hoy, dijo tomán­ primera vez, y nos sentamos sobre aquel tronco para mirar a
dome en sus brazos. nuestra5 amigas, las estrellas. Entonces el amor comenzó a unir
Luchando por contener las lágrimas le rogué que me expli­ nueslros corazones y ahora otra vez el amor tejía su tela. Pero
cara. esla. vez era un amor más grande, porque Dios estaLa en él.
Rudy me dijo que había luchado con la tentación y el des­ El nuevo t¡-ahajo de Rudy no era muy bueno, ¿pero qué im.
ánimo mienlras caminaba los largos kilómetros hasta la estación portaba? Rudy estaba dispuesto a hacer casi cualquier cosa y yo
de ferrocarril y mientra s viajaba a la ciudad. Había orado fer­ dispuesta a estrujar los centavos. Por primera vez en su vida un
vorosamente y había ido dir ectamente a las oficinas de la igle­ hijo de la familia Hirschmann hizo trabajo manuaL Tenía que
sia para encontrar a la señora que manejaba las finanzas. Tenía hacer paquetes desde la mañana haslll la tarde y luego llevarlos
temor de guardar el dinero del diezmo en su bolaillo mientras bus­ a la terminal de ferrocarriL La fábrica en la cual trabajaba
caba trabaj o otra vez. coníeccionaba ropa de deporte y de esquí. El propietario de la
La señora, sorprendida y complacida cuando Rudy le entregó compañía había sido una vez campeón de esquí. euyo nombre,
el dinero, le preguntó cómo nos iba. Rudy le habló acerca de mas la calidad de su mercadería ayudaron al crecimiento de la
compañía. El número de paquetes iba creciendo y Rudy a me­
nuestro hijo que estaba por venir y de su gran necesidad de tra­
nudo tenía que Irabajar horas ext ra::;.
bajo.
- Espere un momento -le dijo la señora mientras tomaba Nuestra niña lambién había llegado. La llamamos Christel.
Era . el bebé más hermoso que había venido a este mundo. Na­
el teléfono y hacía varios llamados. Luego volviéndose a Rudy le
luralmenle 6ra tan pequeña que la gente parecía ver solamente
dijo:
sos largoí> cabellos negros, sus grandes ojos castafíos y sus lar.
- Hermano Hirscbmann, pienso que he encontrado trabajo
gas y OScuras pestañas. Le pusimos el nombre de la mamá de Ru­
para usted. Vaya a esta dirección y pregunte por el señor Bauer.
dy y los ahueIos estaban lan contenlos que no hacían más que
Le dio la dirección escrita en un pedazo de papel, y Rudy,
aunque demasiado sorprendido para agradecer mucho, le dio calu­ ~:~Iar de su.~ieta. Pronto .nos dir:t0s cu~nta de que no podíamos
Jar n la nma en ese altillo calIente SI no queríamos perderla,
rosamente las gracias a la señora y salió rápidamente.
116 CUANDO MURIERON MIS DIOSES "¡HE VISTO A DIOS OBRAR UN MILAGRO!" 117
así que los abuelos se ofrecieron a llevarla y cuidarla y nosotros bajo por medio de ella. Su esposo, que tenía simpa tía por los
no tuvimos más remedio que aceptar su ofrecimiento, aunque nos adventistas, pero no era miembro de la iglesia, era jefe de per..
fue muy difícil separarnos de nuestra hijita. sonal de la compañía donde trabajaba Rudy. Esperábamos que la
El patrón de Rudy nos ofreció una pequeña pieza de al· señora Bauer hablara con su esposo de manera que cuando Rudy
macenaje en el último piso de la fábrica como dormitorio, P Ol­ le presentara su problema ]0 atendiera con simpa tía. A los pocos
que el largo viaje en tren era difícil cua ndo Rudy tenía que tra· días le dijo a Rudy toda preocupada;
bajar horas extras. Acep tamos agradecidos. Puesto que la niña - Hermano Hirschmann, no pida a mi esposo el viernes de
estaba en buenas manos, pudimos dejar el altillo de la granja. noche libre. Si usted insiste lo despedirán. No solamente perde.
Llevamos nuestras pocas pertenencias a la ciudad, amueblamos rá su trabajo sino también su pieza, y ¿dónde irán usted y su
nuestro nuevo hogar con dos catres del ejército y algunos cajo. sposa?
nes. Nos sentíamos muy afortunados. Sí, ¿adónde iríamos? Al no tener habitación en la ciudad
Después de unas pocas semanas de intensa búsqueda encono tendríamos que volver al a ltillo de la granja. ¿.Podíamos arri es­
tré un trabajo en un establecimiento de confección de ropa. Al gar todo por obedecer la letra de la ley de Dío-s ? Oramos acerca
poco tiempo fui promovida a un trabajo de oficina. Con lo que de ello y jóvenes amigos de la iglesia también oraron . Cuanto
ganábamos ambos pronto pudimos comprar nuestras propias bioi· más orábamos, más sentíamos la necesidad de permanecer fieles
cletas y pagar más a los abuelos por el cuidado de la niña. a nuesl.ras profundas convicciones.
Cada fin de semana pedaleábamos muchos kilómetros para ver Una tarde Rudy esperó hasta que su jefe estuvo totalmente
a nuestra hijita por unas horas. Al volver el domingo de noche, solo y aparentemente sin mucho trabajo. Luego, con un leve temo
me quedaba largas horas despierta en la cama con el corazón blor en sus rodillas se acercó al escritorio y simplemente le pre­
entristecido por la ausencia de Christel. Otra vez la oración me guntó si podía dejar el trabajo a la puesta del sol los viernes.
ayudó a sobreponerme a la soledad y a aumentar la paciencia. El jefe lo observ6 y quedó en silencio. Rudy se imaginó lo que
Llegó el otoño con sus días más cortos y sus noches más iba a venir y se preparó pa ra ello.
largas. No habíamos previsto los problemas que tendríamos, pero -Sí, señor Hil'scbmann, usted puede salir a la puesta del
un viernes de tarde nos dimos cuenta de que nos aguardaba una sol para santificar su sábado.
nueva prueba. El sol se ponía más temprano de semana en La respuesta fue tan sorprendente que Rudy quedó descon.
semana, y sabíamos que teníamos que hacer algo al respecto. El certado.
viernes de tarde era el más atareado para Rudy. La compañía no Con reiteradas expresiones de agradecimiento, Rudy dejó
trabajaba en sábado, pero generalmente el trabajo era mayor el rápidamente la oficina v subió corriendo las escaleras hasta nues­
viernes, y los empleados tenían que permanecer más tiempo. El tra habitación. Yo ya h~bía vuelto de mi trabajo. Tenía que dar­
empaque de la mercadería era lo último que se hacía en la lío me la novedad en ese mismo momento. Eso era claramente otro
nea de producción, y Rudy no podía terminar su tarea hasta que milagro. Juntos nos arrodillamos y agradecimos a Dios sin olvi.
los otros no hubieran concluido la suya. darnos de pedir una bendición especia] para su patrón y la como
El viernes de tarde, después de la puesta del sol, es tan pañía. Luego Rudy volvió a sus trabajos del día, silbando y
sábado como la siguiente mañana cuando tenemos la escuela sao cantando alegremente mientras envolvía paquetes. La gente que lo
bá tica y los servicios de la iglesia. Sabíamos que la Biblia ense· rodeaba ]0 miró;
ña que el día de adoración comienza el viernes desde la puesta --¿ Qué te sucedió hoy, Rudy ? ¿Has ganado la lotería o he­
del sol y termina el sábado a la misma hora. Rudy decidió hablar redaste una Lortuna?
con la señora Bauer. Pertenecía a la Ostgemeinde (Iglesia del -¡ No! iAlgo mucho mejor - contestó mi esposo general­
Este), a la que nosotros asistíamos y Rudy había conseguido tra· mente reservado- , he visto a Dios obrar un milagro!
118 CUANDO MURIERON MIS DIOSES
_ _ _ _ _ _ _ _ __ _ __ _ --'Capífulo 13
Rudy dejó el trabajo antes de la puesta del sol. Cuando vol­
ViÓ el lunes de mañana el dueño de la compañía lo esperaba.
El jefe de personal le habia dado permiso, pero no había infor­
mado al dueño del nuevo arreglo. Cuando éste 10 supo se enfure­
ció tanto que ni aun [a lengua bávara le dio los medios adecuados
para expresarse. Le dijo a Rud)' que era Uli haragán, un hipó­ .Fren~e a UDa
crita, un pelele, y culminó la retórica amenazándolo con despedir­
lo el próximo o cualq uier otro viernes.
Nueva Aventura
Rudy apretó los puños. Nunca antes en su vida alguien le
había hablado asÍ. Había dado ól·denes por muchos años, y ser
tratado como un sirviente era pal'a él una nueva experiencia. muy
dolorosa . Pero procuró mantener la boca herméticamente cerra­ EL PATRON lo recibió todavía con palabras más duras y con
da . Después que su patrón hubo fi na lizado, se fue tranquila­ voz más fuerte cuando Rudy apareció el lunes en el trabajo.
mente a su lugar de trabajo . Me llamó durante la hora del al­ Todo el personal escuchaba en suspenso el rugido del león. La
mUeI'zo, y prometió dejar de trabajar el próximo viernes antes misma amenaza culminó la filípica, mientras Rudy permanecía
de la puesLa del sol, sin hacer caso de las consecuencias. Le ase· de pie en silencio.
guré que estaLa completamente de acuerdo con él. Mi esposo dejaba el trabajo cada viernes antes de la entra·
Oramos duranle la semana y los miembros de la iglesia tam­ da del sol, y cada lunes antes de que bajara las escaleras para
bién oraban pOI nosotros. ir al trabajo, me decia:
Antes de la puesta del so] Rudy salió sin ser notado. Sa­ -Schatzi, ten las cosas lista s. Hoy creo que realmente voy
bía que su situación era conocida por los otros empleados, y tI)­ a ser despedido.
do el mundo estaba pendiente de la batalla entre el empleado y El patrón amenazó, gritó, y escarneció durante todo el in­
el empleador. vierno. A veces eso parecía algo más de lo que Rudy podía so­
El lunes siguiente el patrón lo esperaba otra vez. portar semana tras semana. Sin emba rgo, la oración nos sostuvo.
Durante esos meses vimos que el señor Bauer venía más re­
gularmente a nuestra iglesia con su esposa. Un día, ella comentó
suavemente :
-Desde que ve lo que está sucediendo con ustedes, per­
onas recién bautizadas, mi esposo está más interesado en nues­
lra religión. El Señor está verdaderamente con ustedes y está
ablandando el corazón del patrón. Perm anezcan fieles. Dios los
está usando como testigos suyos.
Llegó la primavera y los días se alargaron nuevamente. Rudy
podía trabajar los viernes de tarde hasta la hora de salida,
y el patrón se sintió tranquilo otra vez. Algunos miembros de
nuestra iglesia pensaron que habí amos ido demasiado lejos, por·
que el patrón decía a lodos los que querí an escucha rlo que nun­
ca ":I ás emplearía olro advent ista de) séptimo día. ¿Habíamos
arrumado la oportunidad de otros adventistas para emplearse
porque habíamos tratado vehementemente de cumplir la letra de
(119)
120 CU ANDO MURIER ON MIS DIOSES FRENTE A UNA NUEVA AV EN TURA 121
la ley? ¿E ra mos como los fariseos del tiempo de Jesús'? Sola­ impresionó a las peIsonas adullas de la iglesi a por su cond ucta
men te ten íamos la Biblia y nuestra conciencla para guiarnos. La modelo. Christel era como su p adre, tranqui la, reservada y gen­
BibJja parecía un mapa gra nde, y el camino principal al cielo tí), y habia llegado a ser la niña favori ta para muchos. ¡Qup
estaba marcado claramente. Pero a veces allhelábamos pequeños orgullosos nos sentíamos con ella!
hitos e instrucciones detall ad as y adecuadas a nuestros tiempos Si, las cosas se presentaban brillantes pa ra nosotros y
modernos, porque mucnos feligreses tení an diferentes opiniones además, Rudy encontró una pequeña casa para alquila r en las
e ideas. Algun as personas oraban por hosetros y nos animaban, afueras, cerca de la nueva planta que la com pañía eslaoa com ­
otras nos critica ban. A menudo estába mos confundidos y atemo­ truyendo.
r iza dos. El pequeño hermano de Chrislel acababa de llegar. Con ple­
Un día, al terminar la primavera, Rudy fue ll amado a la garias de agradecimiento 110S mudamos de la ciudad a esa casa
fi cina. Se preguntab a qué iba a suceder. pequeña y hermosa con su jardín y su gran á rbol siemp re verde .
El d ueño de la fábr ica y el jefe de personal le ofrecieron El nuevo bebé tenía aire puro y sol. Ch ristel jugaba duran te mu­
una silla. ('has horas al lado de su cuna.
- Nuestra compañ ía está planeando exportar ropa de esqui El departamento de exportac ión habia crecido tanto que en
a Nortea mérica y otros países ----(!omenzó el palr ón-, y el señor los meses de mayor venta Rudy tení a ocho personas trabajando
Bauer me ha recomendado a usted como gerente del nuevo depar­ bajó sus órdenes. El y el señor Ba uer habían llegado a ser muy
tamento de exportación. ¿Estaría usted interesado? buenos amigos, y en los momen tos ljbres a menudo discutí a n
Rudy no estaba seguro si habí a oído correctamente, así que acerca de las doctrinas de la Bibli a. E l Señor Bauer hab ía co­
preguntó: menzado a concurrir regularmente a la iglesi a . Asistía a mi cla­
-¿.Dijo usted que yo he sido considerado para la gerencia se de la escuela sabática. Ru dy y yo part icipábamos activa mente
de exportación? en la iglesia y desempeñábamos va rios ca rgos.
-Eso es lo que le dije. ¿Piensa usted que podrá desempe­ Justamente cuando todas las cosas iban tan bien, explotó
ñarse en ese ca rgo ? -Rudy pensó rá pidamente y contestó: otra "bomba". El dueño de la com pañí a reci bió una carta de su
- S í, pienso que puedo, solamente que no trabajaré en sá­ cliente más imporlante de los ESlados Uni dos en la que le anUll­
bado, incluyendo el viernes de noche durante el invierno. "iaba su llegadB para el sábado siguiente.
-Ya sabemos eso - dijo con cier to fasti di o el dueño- o - Espero que usted esté aquí p ar a atender a ese hombre --or­
Pero probaremos y veremos cómo resulta. denó el patrón-o Usted habla inglés; es su responsabilidad, y es
Discutieron el nuevo sueldo y otros detalles, y mi esposo solamente esta vez. Dígale a su pastor que lo excuse de asistir
me comunicó la alegr e nueva después del trabajo. a los servicios de la iglesia ese día.
E1 sueldo era dos veces y medio más de lo que él había Rudy sacudió la cabeza y contestó:
ganado como empaquetador, y conseguimos un nuevo lugar para -Lo siento, señor, pero no podré esta r aqu í el próximo sá­
V1V11"• bado, aun si mi pastoI me diera su aprobaci ón. Yo sirvo a Dios,
Mientras Rudy comenzaba a organiza r de la nada su nuevo 110 al hombre.

departamento de exportación yo comencé a ocupa rme de la pri· -¿,Y qué sugiere usted? -farfulló furioso el patrón-o
mera casa que realmente disponíamos como hogar. Luego vino el ¿I?ebo SUponer que tengo que cancelar mi práctica de esquí con
día feliz cuando pudimos traer a nuestra hi jita.. Tenía dos años mis amigos por causa de su religión ? ¿O tendJ'emos que decirle
de edad, y nunca había visto la ciudad. Después de algunas se· a esa visita americéllla que no podemos recibirla porque en mi
ma nas de adaptación se sintió fel iz otra vez y llenó nuestras vidas ,'.ompa~ia sorno:; tan tontos de emplear a un adventista del sép­
COIl un nuevo gozo y felicidad. Le gustaba la escuela sabática e limo UIQ en el departamento de exportación?
122 CUANDO MURIERON MIS DIOSES FREJ'I,1E A U!'lA NUEVA AVENTURA 123
- Señor -con testó Rudy en su forma tranqu ila-, en este Ira bajo de responsabilidad. El du('ño no podia mellu:> ti u~
momenlo no tengo ninguna solución pa ra el problema. Pero po­ e ~tar de acuerdo cuando el señol' Bouer le señalaba 'lue Dio,
demos rogar a Dios acerca del mismo. e~taba bendiciendo el departamento de exporlac ióJl . E"to cra ple­
EL patrón parecía djspuesto a arrojar a Rudy de la oficina: namente visible.
--¡ Usted y sus tontas oraciones de viejas! - le extendió a ¡,Podiamos pedir algo má~ de lo que tClIiamós? i ~o ha llÍlI
Rudy la carla y añadic>--: ¡ Aquí está! i Preocúpese de ella y Dio~ -andado todo ('1 camino adelante? f,No estaban :-11:; 1ll<100~
veremos lo que su D ios puede hacer ! ~eñalando hacia un fiel scrvicül en la nueva profesión de Rudr
Oramos como nunca antes, porque querí amos estar seguros omo un respelable gerent~ de negocio!>'!
de que era fe y no presunción l o q ue nos movía. ¿ Honrarí a Dios De:.di.' 1945 yo bahía acariciado un sueño, flue m,is tarde
la fe de Rudy delante de su patrón? Como siempre pedimos a Rudy compartió conmi/to. ¡Qut'damob ir ~ los E:ilaUOs Unido,,!
nuestros amigos que se unieran a nuestras peticiones a Dios. Lle­ j Bueno! Sería :.ó)o un :)ut'ño, pues 110 teníamos oportullidatl de
gó el viernes y no habíamos resuelto el problem a. Rudy salió ir .
solemnemente para su trabajo después de la plegaria matutina sa­ Poco después de que llegamos a ser adventisla" del ~épt i mo
biendo que otra vez estaba al bor de de ser despedido. Yo continué día !lolieitamos un préstamo y un garante por medio del ~crvh:io
orando mientras me preparaba para el sábado, y trataba de todo mundial de la iglesia para cumplir nucsu'o:; anhelos. Se hahia
corazón de no preocuparme. . ncontrado el garante y ¡;e había aprobado el préstamo Nucstras
U na hora antes de la puesta del sol, mientras Rudy estaba speranzas habían C1'ec-ido especialmente durante ese terrible iJl­
ordenando las cosas antes de salir, sonó el teléfono en el de­ vieroo cuando Rudy casi perdia su trabajo de un lunes a otro.
partamento de exportación. Era el norteamericano que llamaba Pero no llegaba la ,isa de innllgl'acióll. AIgwlOs de ll Uf'stros me·
desde Hamhurgo, y decía: jores amigos refugiados ya se habían ido a Jos Estados Unirl05 y
- Señor H irschmann, tengo una cita con usted mañana de f10S escribían cartas maravillosas acerca de la abu ndaneia de ali.
mañana para ver su mercadería. Lo siento mucho, pero no p uede menlo v locaciones allí. Varias de nuestras cartas al consu lado
ser mañana. ¿Sería usted tan amable de concederme la entrevista norlea~ericano quedaron si n contestar, y lentamente abundona­
el domingo de mañana? mos la esperanza. Pero un día de 1951 reribimos una nota r¡ue
¡Si lo estaría! Rudy estaba más que contento de recibirlo el nos anunCiaba que un oficial del cle nos visitaría. Estábamos in­
domingo. Después que el caballel"O colgó, Rudy fue presu roso trigados. Traté de hacer que nuestro humilde hogar b rilla ra para
a la oficina de su patrón para comunicarle la novedad, y decirle: ser presentaLle a lal huésped.
-Señor, ¿puede ver usted cómo Dios es capaz de contestar El hombre uniformado llegó_ Después de una corta conver·
la oración ? sación supimos que <>1 saLía todo acerca de nu estro adie"tram ien­
-Bueno, sí, fue una coincidencia afortunada -contestó son­ to militar. Nos dijo que lamentaba informarnos que teníamos
riendo el patrón-o ¿Pero quién estará aqui el domingo? pocali esperanzas de entrar en lo;:; Estados Unidos_ Rudy ha·
- Señor - se ofreció Rudy- , yo tendré mucho gusto de es­
tar aquí y atender a ese hombre. El domingo es mi primer dí a de
y
oía e~lado empeñado en batallar contra lo:; E~tados U,1ltlo~ qlle
la le}' prohibía la enlrada a ex oficiales como él. Mi esposo
trabajo de la semana. asintió. Sí, era riel·lo. Dos vere!\ había ~mergido en las proxi­
Después de eso, varias veces sucedieron cosas semejantes,
midades de Flonua. unu vez lan cerca como para ver las Iu­
de manera que el dueño pudo ver que los incidentes no eran me­
ras coinci dencias. El Señor nunca defraudó a Rudy, sino que lo
nes de l\1iami. Su misjón era hundir buques y había rea li zaJo
bendijo y 10 guió maravillosamente. Estaba bien encami nado en u~ hu~n IraLajo , Ahora tenía que pagar el precio por dlo~ Muy
lllCIl, Si era así no iríamol:i a Norteaméricn y asunto conduido.
la senda del éxilo: Tenía seguridad fin anoiera, un automóvil y un
124 CUANDO MU RIER ON MIS DIOSES FRENTE A UNA NU EVA AVENTURA 125
Yo no podia entender las palabras en inglés, así que Rudy Después de haber llorado un rato, me seq ué las lágri mas
me traducía. y sonreí a Rudy. ¿Para qué preocupa rse? ¿Dios no esta ba gui an­
- Rudy - -dije suavemente en a lemán- , ¿por qué vino este do nuestras vidas? Esa noche desp ués de arrodillarm e al lado de
hombre si no podemos ir a los EsLados Unidos't ¿Vino solamente mi cama y acomodarme en ella, le di je a Rudy:
para anunciarnos eso? - Rudy, tengo la Íntima convicción de q ue algún dí a ire­
El norteamericano entendió lo que yo le pregunté, y res­ mos a Norteamérica cuando sea tiempo oportuno para nosotr05,
pondió: v aUí serviremos a Dios. ¡Esperemos y veamos! -Rudy alcanzó
- Puesto que Rudy había servido en un submarino alemán mi brazo y me lo apretó.
con snorkel, el gobierno norteamericano podría pasar por alto su -Pequeña Hansi, tu optimismo es a veces maravilloso. Man­
caso. Estaba buscando hom bres que tuvieran su experiencia para tén tu esperanza y ora .
emplea rlos en la investigación en la maquinaria defensiva del Pasaron los años y nuestros sueños se iban diluyendo. Qui­
país. Se entendía que Rudy recibiría un buen salario y gozaría zá hahía sido sólo un deseo y no la volunta d de Dios. Tal v
de un alto nivel de vi da. nuestro lugar estaba en Alemani a. La gente nos había aconsejado
Rudy me miró. El sabía cuánto deseaba yo ir a ese país_ en contra de la idea de ir a un país extraño. Los parientes de
Esta era la oportunidad de nuestra vida. Rudy estaban horrorizados. ¿Dejar un trabaj o prometedor y cru­
-Señor -replicó Rudy-- le agradezco su oferta. Me sien­ zar el océano para ir a lo desconocido ? ¡Eso era una insensatez!
to honrado y con gusto brindaría mis servicios a los Estados Uni­ Mi madre, a quien ha bía encontrado un año después que termi­
dos, pero después de la guerra mi esposa y yo llegamos a ser nó la guerra, y quien se había sentido tan feliz con nuestro bau­
adventistas del séptimo día. Mi religión me enseña a no matar. tismo, me escribió cartas cariñosas con muchas palabras de
Yo no deseo trabajar en conexión con la guerra, con la matanza advertencia. Finalmen te abandoné mi sueño y me hice a la idea de
y el bombardeo. quedarnos.
- Pero, señor Hirschmann, usted no tiene que luchar o ma­ Pero luego el Señor comenzó a abrir la puerta. Las leyes
tar. Usted estará realmente ayudando a preservar la paz. Usted norteamericanas cambiaron. Nuestros amigos encontraron un nue­
sabe cómo andan las cosas con el tío José [Stalin]; el mundo li­ vo garante y el servicio mundial de la iglesia nos ofreció un prés­
bre necesita estar en guardia -el hombre nos miró animándo­ tamo. Antes que nos diéramos cuenta habíamos liquidado las
nos con una sonrisa. cosas de nuestro hogar y acomodado en dos valijas nuestras per­
Rudy sacudió la cabeza, y dijo: Lenencias n~ ás valiosas. En una estaban las ropas más necesarias
-Lo siento, señor, pero mi conciencia no puede aceptar para nosot··os y nuestros niños, y la segunda contenía libros, nue­
su oferta. Yo he visto demasiada muerte y tristeza. Sólo siento vos y usa lOS, de los cuales no queríamos deshacernos.
que nunca debería hacer otra vez algo que tenga que ver con la El útimo sábado antes del vuelo fui a ver a mi madre. Vi­
guerra. vía con una de sus hijas, quien hab ía encontrado un nuevo ho­
El oficial se puso de pie evidentemente extrañado, y aun gar en el sur de Baviera. Sucedía que ese día celebraban la Ce­
disgustado. Echó una mirada medio despectiva a nuestro pobre nll. del Señor en Sil iglesia. Nunca habíamos participado del
alrededor, y sentenció : ~an como hermanas en Cristo, y mi corazón estaba lleno de gra­
-Usted nunca verá los Estados Unidos -con esto se fue. IILud a Dios por ese privi legio. Nos lavamos mutuamente los pies,
Yo no pude menos que llorar después que Rudy me contó ?ompartimos el pan y el "ino y nos sentamos silenciosamente
lo que el hombre hab ía expresado. Los sueños son como el arco Juntas mientras tenía su arrugada mano en la mia.
iris: Ilumina las nubes oscuras y construye puentes en el cielo. -Marichen --ilusurró--, ¿me dejarás otra vez?
Cuand o los sueños mueren, la tierra parece triste. -Mamá - repliqué- , yo sé que Dios nos está llámando.
126 ANDO MURIERON MIS DIOSES
FRENTE A UNA NUEVA AVENTURA 127
~Sj Dios lt" llama no ut"ues quedarte - -diio secándose los
ojos. vez que tú existes.
\liré su roslro. Sus ojos eSlauan llenos de paz y amor. Cuau­ Mirando atrás, hacia el este, vi el sol que nacía. Era una vi·
do la besé por última vez yo sabía que esta vez mamá no esta· sión magnífica, y nunca olvidaré ese momento.
ba preocupada. No hauía angustia ni presentimiento de lID gran Dios me habló en la belleza de esa hora dorada y mi cora·
peligro. El Dius ue mi madre hahía llcqado a ser mi Dios aira ón se calmó y halló confianza. Ahora sabía con seguridad que
vez, y ella me despidió con su bendlCi6:r1; Dios nos había llamado y que habíamos hecho las cosas que corres­
Las muchas despedidas fueron difíciles. El amor parecía pondían. En ese filomento mi pequeño niño rubio se despertó y
e acurrucó a mi Jada. Sus grandes ojos azules siguieron mi mi·
rouearnos por lodos lados. La compañía de Rudy preparó una
rada halla el brillante cielo, y me pregunló suavemente:
gran reunión de despedida para nosotros. El tnbajo dejado va­
--Mami, ¿Dios vive allí aIriba?
anle por mi esposo había sido dado a otro adventista del sépti­
mo día. Había nueve adventista~ empleados en la compañia cuan­ Yo asentí.
-Mami -me dijo otra vez- , dime cómo es Dios.
do nosotros sa limos. algunos en p<?siciones de importancia. El
Lo besé en la frente y le contesté :
señor Bauer, que estaLa lomando clases bíblicas y preparándose
-Miguel, Dios es amor, un amor maravilloso que nunca ter·
para el bautismo en ese tiempo, tenía lágrimas en sus ojos. El due.
mina, como el amor con que te ama mami.
ño de la compañía le entregó a Rudv un cheque de éÍen dólares.
-Me gusta el amor - respondió el pequeño acomodándose en
¿ Quién podría haber soñado con ese final? Solamente Dios pudo
mi~ brazos--. ¿Ya ti, mami?
haber producido ese milagro.
"Dios - imploré- no puedo menos que amarte. Dame la
El viaje en avión fue una nue\'8 experiencia para todos nos­ gracia de que te ame siempre. Guárdame en tu amor, y pueda yo
olros. Al subír cada vez más alto en el cielo y en las nubes, amar a otros. Sea mí vida sola mente amor, un amor ilimitado.
veíamos alejarse nuestra patria, y el vaslo océano extendido de· Amén".
bajo.
Durante las largas horas del vuelo nocturno me preguntaba
51 estábanlos acertados en nuestra decisión. ¿Dios estaba real·
mente llamándonos?
Otra vez habíamos dejado todo atrás para seguir Ulla convic­
ción. No sabíamos qué cosa nos reservaba el futuro. No cono·
ciamos la tierra adonde íbamos. No teníamos nada que pudiéramos
lIamaI nuestro, con excepción de nuestros dos niños. las dos vali·
jas, y un cheque de cien dólare5.
Olra vez éramos peregrinos entre dos mundos. Otra vez te·
níamos muchos plaues y resoluciones para un nuevo comiem:o.
Pero R udy iría a un colegio cristiano, quizá yo también. Entra·
ríamos en la viña del Señor y ganaríamos almas. Yo soñaba y mur·
mUIaba mientras veía palidecer las estrellas.
La esperanza y las dudas. la confianza y el temor batalla·
ban en mi interior. Yo oraba y luchaba, pero no parecía hallar
el camino a mi Dios. Miré afuera y hacia arriLa en el cielo del
amanecer; Dios, ¿dónde estás? TeL~o miedo. Déjame ver otra