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Cristian Diosdado

Muerte de Arturo

Según el prólogo de Carlos Alvar en la edición de Alianza Editorial, los libros Lanzarote-

Grial, también conocidos como el ciclo de La Vulgata o Pseudo-Map, se tratan de una serie

de cinco volúmenes escritos en prosa durante el siglo XIII en Francia. En ellos se relata la

historia de la búsqueda del Santo Grial por los caballeros de la Mesa Redonda, así como el

romance entre Sir Lanzarote del Lago y la reina Ginebra. Su autoría fue erróneamente

atribuida al galés Walter Map, pero esta hipótesis es débil porque la fecha de la muerte de

Map (1210) lo descarta como autor.

De las cinco secciones de la obra, se piensa que las primeras en ser escritas fueron

las últimas tres. A estas tres secciones se les conoce como Lanzarote en prosa, y su último

volumen, Muerte de Arturo, es la obra que finaliza el ciclo de la Vulgata.

Muerte de Arturo comienza con la acostumbrada presentación y encomio a quien

encarga la obra —en este caso el “Maestro Gautier Map” y el rey Enrique, respectivamente.

Este último, interesado en que se tratara cómo murieron “aquellos cuyas proezas había

narrado en su libro”; interés que complace sobradamente el autor al liquidar a todos y cada

uno de los caballeros de la mesa redonda, al rey Arturo y a su esposa.

Inicia la historia propiamente como continuación del final de La búsqueda del

Graal, donde Arturo había mandado escribir la historia que Boores contó al llegar a la

corte, venido “de tierras tan lejanas como son las que quedan hacia Jerusalén”. Para lo que

el autor hace un resumen de los caballeros caídos en aquella búsqueda: “Miraron y se

dieron cuenta de que faltaban treinta y dos, de los cuales no había uno solo que no hubiera

muerto por las armas.”.

Los torneos, por alguna razón, siempre fuera del reino, prometen nuevas proezas

tras la finalización de las grandes maravillas que trajo consigo la aventura del Grial. En la
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pradera de Wincester, donde se realiza el primero de los torneos, Lanzarote porta, por

promesa, la manga de la doncella de Escalot, y, aunque vencedor, tras su combate contra

Héctor y Boores queda herido e imposibilitado para la siguiente justa en Taneburg. A su

vez, la manga de la doncella encela a la reina Ginebra, por lo que decide repudiar a

Lanzarote. Después se exige un combate singular para salvar a la reina de las acusaciones

de Mador de la Puerta, a quien su hermano Gaerín le fuera envenenado erróneamente por el

caballero Avarlán, quien en verdad quería hacerlo con Galván. La reina es salvada por

Lanzarote, y se soluciona el malentendido entre ellos, con lo que Lanzarote “cayó en

pecado” nuevamente con la reina, y Mador de la Puerta queda rendido, sin interesar la

justicia para el muerto ni se intentó averiguar quién fuera el verdadero responsable.

Entre Agraváin y Morgana siembran la sospecha en Arturo sobre Lanzarote

habiendo conocido carnalmente a la reina; pero no es hasta que exige la verdad a varios de

sus caballeros, cuando Arturo les pide consejo y le recomiendan atrapar a los amantes en

acción, para lo que preparan una argucia en la que Lanzarote logra huir con espada en

mano. La reina, en cambio, es llevada a ser quemada fuera de la ciudad. Con sus caballeros,

Lanzarote salva y se lleva a la reina a la Alegre Guarda, fortaleza que antaño ganara en

combate; no obstante, en aquella batalla, mata accidentalmente al hermano de Galván y éste

jurará venganza contra Lanzarote.

El rey Arturo, instigado principalmente por Galván, quien se ha vuelto ahora un

personaje antagonista, y lo que demuestra la maestría del autor para hacer cambiar a sus

personajes, persigue incansablemente a Lanzarote.

Tras un pacto y recuperar a la reina, Arturo se repliega a Camaloc pero es atacado

por sajones, luego romanos, y, finalmente por su hijo Mordrez, quien ha tomado control de

su reino.
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La prometida y anunciada batalla de Salisbury termina como Merlín ya la había

profetizado en otros textos, y “así mató el padre al hijo y el hijo hirió de muerte al padre”.

El autor se encarga de darle muerte pronta y repentina a los caballeros

sobrevivientes, desde la de Lucán el copero, abrazado —literalmente— hasta la muerte por

el rey Arturo; o las de Héctor, Boores y Lanzarote —y hasta la misma Ginebra— en

recintos religiosos donde adoptaron una vida asceta antes de fenecer, tan sólo de un año a

cuatro después de iniciada.

La historia concluye con un episodio a posteriori sobre el encuentro y despedida

que tuvieron Ginebra y Lanzarote antes de adoptar cada uno por su lado la vida religiosa.

A modo de epílogo se despide el supuesto autor, señalando convenientemente que

“ha rematado todo según ocurrió y acaba así su libro, de manera que después de esto no se

podrá contar nada sin mentir. Amparo de ser lo último y la verdad”, para así sumarse a los

que siempre dicen estar en posesión de aquella verdad y de la última palabra al respecto.

Particularidades

El tiempo del relato es completamente indeterminado, debido a expresiones como

“casi un mes” o “por un tiempo” o porque el autor hace uso constante de las elipsis —sobre

todo en las últimas páginas donde parece apurado por no dejar a ni un solo caballero—, la

prolepsis y la reyección. Suele adelantar los hechos significativos, como “fue herido el rey

Arturo en la batalla de Salisbury” o “Así predijo la doncella su muerte, que le sobrevino tal

como lo había contado, pues murió, sin duda, por amor a Lanzarote, según explicará la

historia más adelante” o “después el rey se arrepentiría con mucho dolor, cuando fue

vencido en la batalla de la llanura de Salisbury”.

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La coherencia y articulación del texto se nota no sólo dentro del mismo —como el

“marcharé a la isla de Avalón, donde conversan las damas que saben todos los

encantamientos del siglo” de Morgana y que explica su llegada ante Arturo al final de la

batalla de Salisbury—; sino también en su diálogo con las otras obras del Ciclo Artúrico, a

veces para explicarlos o para completar historias pasadas —como las pinturas en la

habitación de la casa de Morgana que revelan el testimonio de Galeote, el hijo de la gigante

en La historia de Merlín; o los eventos del Palacio Venturoso, en casa del Rico Rey

Pescador, “cuando visteis la pelea de la serpiente y del leopardo”—; incluso con otras obras

ajenas a la Vulgata: “En nuestro tiempo mismo, no hace aún cinco años que murió Tristán,

sobrino del rey Marco, que amó tan lealmente a Iseo la rubia”. Así, elementos de la

narración, pero principalmente de los mismos personajes, se vinculan a los diferentes

sucesos de la historia y demuestran que la saga está más allá de la simple amplificación de

los textos.

El autor nos revela algunas novedades, como el necesitar vencer antes de la víspera,

también una posible localización de Camaloc cuando sitúa el monasterio del señor San

Esteban. O pone en manos de Galván la espada Excalibur, llegando a decir incluso

“Excalibur, espada buena y rica, la mejor de este mundo después de la del Extraño Tahalí”.

Y a Galván le suma una historia de su don para recuperarse al mediodía.

Personajes

El autor realiza muchos cambios en los personajes —bien definidos, redondos y

nada estáticos— con respecto a obras anteriores, ¡especialmente con respecto al intragable

discurso panfletario de La búsqueda. El rey, por ejemplo, ejerce su poder y autoridad,

impone órdenes a sus caballeros, aun cuando estos protestan, incluso amenaza “lo sabrá o
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hará que los aniquilen a todos” y hasta “corre a tomar una espada que había sobre una

cama, la desenvaina y va contra Agraváin diciendo que lo matará sin dudar si no le dice

aquello que tanto desea saber”: La figura del rey Arturo no es más pasiva, y los mismos

caballeros responden con gravedad a su rey: “Héctor, que piensa que el rey ha dicho estas

palabras por el mal de Boores, avanza de un salto, enfurecido y encolerizado y dice al

rey…”.

Mordrez es el principal antagonista, a quien la reina “sabía tanto de su maldad y de

su deslealtad que estaba segura de que por ello tendría penas y enojos”. Es hijo de Arturo:

“el desleal que fue —os lo aseguro— hijo del rey Arturo”, “Nunca hizo padre con hijo lo

que yo haré de ti, pues te daré muerte con mis dos manos. Muchos nobles oyeron estas

palabras y se quedaron sorprendidos, pues supieron de forma cierta, por las palabras que

dijo el rey”. Pero no especifica en ningún momento con quién.

Se descubre hacia el final de la obra, cuando el autor comienza a dar edades, ¡que

todos son ancianos!: “Lanzarote, pues todos sabían que éste era el mejor caballero del

mundo y cerca de veintiún años más joven que mi señor Galván. En aquel entonces debía

tener mi señor Galván setenta y seis años y el rey Arturo noventa y dos”. Y es quizá ésta la

razón por la que deciden que es su tiempo

Galván es un personaje suavizado espiritualmente desde las andanzas en las obras

anteriores, con una visión sobre el matar como “gran maldad” y del valor confundido por

pecados; éste y otros personajes han evolucionado. Aunque esta santidad de Galván sólo se

verá afectada al saber sobre la muerte de su hermano Gariete, momento en el que regresará

a sus costumbres guerreras para buscar a toda costa la muerte de su enemigo.

Los escuderos muertos son objetos que se desechan y abandonan como lanzas rotas

en el torneo, y estos sólo pueden ser, si acaso, “algo amigo de [un] rey”.
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Siguen los ermitaños y el catequismo: “Cuando hubo oído misa, y tras hacer sus

oraciones (tal como debe hacer el caballero cristiano)”, aunque es agradable descubrir que

sólo es momentáneo, pues el relato recupera la frescura de los primeros textos de Chrétien.

El status de estos mismos ermitaños cambia totalmente, de los pedantes religiosos de La

búsqueda a “yacía las noches en casa de un ermitaño, con el que se había confesado alguna

vez, y éste le hacía toda la honra que podía”.

Es de interés destacar también que, para este gran final, el autor trae a

personalidades como el Papa y hasta el emperador de Roma.

Lenguaje

El autor recupera varias fórmulas ausentes en La búsqueda, como “contado la

historia más arriba” o la perdida “mi señor Galván”, mientras que las de tiempo con las que

termina cada apartado son “deja la historia de hablar de…” y “vuelve a…”.

La hipérbole es una de las figuras más usadas: “La doncella era tan hermosa y tan

perfecta”.

La épica no deja de sentirse en el lenguaje del texto y frases como “porque

Lanzarote será ayudado por todo el poder de Gaula y de muchos otros países” se suman a

muchos otros poderes acumulados en todo el Ciclo y la Vulgata por otros caballeros. Aquí,

los caballeros buenos también mueren. En cinco batallas, cada una inolvidable, los

caballeros que formaron parte de incontables historias van pereciendo: la del bosque

afueras de Camaloc; la de la Alegre Guarda; la de las afueras de Gaules, contra Roma;

después la del castillo de Beloe; y, finalmente, en Salisbury, la gran batalla mortal de la que

tanto habían hablado Merlín y otros adivinos. Por tanto, pese a la introducción de Carlos

Alvar y su teoría sobre el destino, Arturo sabía, fue informado y constantemente advertido:
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no es, pues, obra del destino los funestos hechos del final; todos y cada uno de los episodios

son consecuencia de las decisiones que toman los perfectos personajes del autor de Muerte

de Arturo.

El autor gusta también de realizar constantes y numerosos conteos para que el lector

no se pierda entre tanta masacre, Así encontramos: “Sólo quedó Mordrez y dos caballeros,

de los 80…”; “los 32 de Lanzarote, de quienes sólo tres murieron, a manos de Gariete”;

“Faltan 72 de los 150 caballeros”; “quedan 72 caballeros de la mesa redonda”; “de cien mil

caballeros solo quedan 300; y sólo 4 de la mesa”. Aunque en el apartado 114, el autor

escribe dos veces la cifra de perdidos en la guerra del bando de Lanzarote (100), y después

la da en más de 200.

Hacia el final de narración, el autor cierra y protesta en boca del rey Karadoc: “que

desde que la cristiandad llegó al reino de Logres, no hubo batalla en la que murieran tantos

valientes como morirán en ésta; es la última que habrá en tiempos del rey Arturo”.

Ficha bibliográfica

Anónimo. La Muerte del rey Arturo. Traducción e introducción de Carlos Alvar.

Madrid: Alianza, 1997.