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BASES NEUROLÓGICAS DE LA COMUNICACIÓN

(Texto extraído del libro COMUNICACIÓN ESENCIAL: el arte de la comunicación contigo


y con tus personas queridas, autor Vicens Olive, p. 21-27)

Quiero empezar este libro sobre comunicación con una breve descripción de
nuestro funcionamiento neurológico, puesto que me parece básico, antes de entrar
en otros temas, que comprendamos cómo nuestro cerebro procesa la información.
Es más, considero que con una buena compresión de esta base neurofisiológica
ya tendremos recorrido un buen trecho del camino en pos de nuestra
comunicación esencial.

Para los neurofisiólogos, el cerebro –o, como decimos en PNL, las redes
neurológicas- es el órgano más maravilloso que existe en la naturaleza, sin el cual
nada de lo que vivimos, experimentamos, decidimos, sufrimos o nos alegra tendría
razón de ser. Parece que en el cerebro se albergan más de cien millones de
neuronas, y que cada una de ellas tiene la capacidad de contactar a su vez con
diez mil más, lo cual nos da un número casi infinito de posibles conexiones entre
ellas. Cada enlace neuronal, conocido como sinapsis, permite la transmisión del
impulso nervioso, que es el encargado de llevar el estímulo de un lugar a otro en
nuestra neurología, ya sea ser conscientes de un picor en el pie, una imagen de lo
que queremos hacer el próximo domingo o sentir amor hacia nuestro hijo.

Muchas de estas conexiones ya nos vienen dadas genéticamente, sobre todo las
que se encargan de las funciones básicas de la supervivencia, como la
respiración, la digestión, la función del sueño y la vigilia, etc. Otras conexiones las
establecemos cada vez que vivimos una nueva experiencia o realizamos un nuevo
aprendizaje, y dependiendo de la repetición o del impacto de la experiencia esta
se grabará con mayor o menor intensidad.

Por más larga que sea nuestra existencia no utilizaremos todas las conexiones
posibles, puesto que si ello sucediera no seríamos capaces de aprender nada
nuevo. Cuando nuestro ordenador tiene la memoria llena, solo podemos hacer dos
cosas: vaciar contenidos o adquirir otro disco de mayor capacidad. Como nosotros
no podemos hacer ni lo uno ni lo otro, la naturaleza nos ha dotado con esa
maravilloso órgano cerebral, que es el único que está preparado para el futuro, al
tener nuevas e inimaginables conexiones sinápticas.

A veces hemos escuchado con cierta pena que solo utilizamos una pequeña parte
de nuestra capacidad neurológica, quedando un gran potencial por utilizar. Sin
duda esa es la mejor opción, puesto que así tenemos asegurado el desarrollo de
todo nuestro potencial mientras
estemos con vida. De hecho, aún
nadie sabe cuánto es capaz de
desarrollarse un ser humano,
puesto que nadie ha llegado a
utilizar todo su potencial
neurológico. Solo en películas de
ficción como la del director Neil
Burger, Sin límites (Estados
Unidos, 2011), en la que nos
presenta a su protagonista bajo los
efectos de una droga de diseño de
última generación y cuyo cerebro
funciona con su máxima eficacia,
se nos muestra algo de lo que
pudiera ser un ser humano
funcionando con todo su potencial.

¿Y todo esto qué nos indica? Que


es en nuestro funcionamiento
neurológico y en el procesamiento
de la información donde hemos de
buscar las claves de nuestra
comunicación esencial. Pero ¿cómo funciona nuestra capacidad neurológica? Lo
primero y lo más importante que hemos de considerar, en aras de comprender
cómo funciona nuestra comunicación, es algo que por elemental se nos escapa
muy fácilmente. Resulta que, siendo el cerebro nuestro órgano principal de
interacción comunicativa con nosotros mismos y con el entorno, tiene sin embargo
un gran inconveniente. ¿Cuál? Ni más ni menos, que esa maravilla de la
naturaleza ¡vive a oscuras dentro de una caja casi cerrada llamada cabeza!
Entonces, si nuestro órgano principal encargado de orientarnos en el mundo
interno y externo vive a oscuras, ¿cómo puede saber qué ocurre? Pues porque
tiene unos pequeños y, como veremos, poco fiables ayudantes, llamados sentidos.

Investiguemos uno por uno estos sentidos para saber hasta qué punto son fiables
o no. Empecemos por la vista. Los ojos son los encargados de captar la
información visual de exterior y transmitirla al cerebro a través del nervio óptico,
pero ¿este sentido nos transmite fidedignamente toda la información visual?, o
dicho de otra forma, ¿el ojo nos hace ver todo lo que se puede ver?
Aparentemente sí, pero si profundizamos un poco veremos que no es así ni
mucho menos. En primer lugar están las posibles alteraciones oculares, como
pueden ser vista cansada, astigmatismo, estrabismo, ambliopía, etc. Ya por el solo
hecho de ser alteraciones oculares nos dificultan la percepción de las imágenes en
comparación con otras personas que no tengas esas dificultades. Sabemos
además que nuestros ojos no ven todo lo que existe “ahí afuera”, puesto que
estamos rodeados, por ejemplo, de ondas de radios, TV, teléfono, WIFI, etc., de
las cuales somos conscientes gracias a que tenemos aparatos electrónicos que
las perciben, si no seríamos totalmente inconscientes de ellas. Eso sin mencionar
otras ondas y frecuencias para las que se necesitan aparatos más sofisticados
para percibirlas, como los rayos X, gamma, ultravioleta, infrarrojos, etc.

Entonces de todo lo que hasta hoy sabe la ciencia, ¿qué perciben nuestros ojos?
Pues sencillamente una pequeña parte de todo lo que sabemos que existe, y
además esa pequeña parte de lo percibido no es en absoluto objetiva, sino que es
algo así como un boceto de “lo que debe haber” pero que no llegamos a ver.

Eso pasa con lo visual, pero ¿qué ocurre con los órganos encargados de percibir
los sonidos, es decir, con nuestros oídos? Ocurre algo parecido a lo visual: las
frecuencias audibles por el ser humano son solo unas pocas, dejando de lado las
que no podemos captar. Sabemos que hay ultrasonidos y otros de baja frecuencia
que nuestros oídos no pueden percibir. Algunos animales, como los perros, captan
unas frecuencias que los humanos no percibimos, y todo ello sin contar los propios
defectos que puedan tener nuestros oídos: hipersensibilidad o hiposensibilidad a
determinadas frecuencias, diversos niveles de pérdidas auditivas, oír solo lo que
está a una cierta distancia de nosotros.

¿Y el tacto? Conocemos a través de lo que tocamos, percibiendo las diversas


texturas, pero solo lo podemos hacer hasta donde nos lleguen las manos. No
podemos tocar lo que está lejos, solo lo que tenemos muy cerca y siempre que las
convenciones sociales nos lo permitan, claro.

¿Y el gusto? Podemos gustar todo lo que nos pongamos en la boca, pero debe
estar ahí, en la boca. Recordemos que los bebés manifiestan una predilección en
conocer el mundo por la información que reciben a través del sabor, pero los
adultos ya no solemos hacerlo.

¿Y el olfato? ¡Pobrecito sentido! En nuestra fase evolutiva se ha quedado poco


menos que desfasado por el poco uso. Parece ser que nuestros ancestros lo
usaron mucho para asegurarse la supervivencia, tal y como lo hacen aún todos los
animales, pero nuestra vida comunitaria ha hecho que podamos prescindir de ese
sentido, salvo para funciones todavía necesarias como olernos si estamos
sudados o no, oler flores, perfumes y poco más.
¿Qué otros sentidos nos quedan? Según John Grinder, uno de los creadores de la
Programación Neurolingüística (PNL), hay que considerar el equilibrio como un
sentido más. Si lo tomamos como tal veremos que también precisa de una buena
época de maduración hasta que lo dominamos totalmente. Escuché decir a un
pediatra que antes de dominar la vertical un niño se cae unas mil veces. Es decir,
mil intentos de ensayo-error hasta poder andar erguidos. Visto así lo podemos
incluir como un sentido más que nos proporciona información sobre nosotros,
puesto que todos conocemos la experiencia de perder el equilibrio y sus
consecuencias.

¿Y la intuición? Esa es una buena fuente de información para todos los seres
vivos, pero en los humanos discernir si algo que se percibe es “intuición” o
“proyección”, es decir, si es algo que “yo capto/intuyo” o “algo que yo pongo de mi
mundo interior”, es más complejo.

Si lo miramos así es para volvernos locos. No es para tanto, pues


afortunadamente el cerebro utiliza un principio muy elemental para sobrevivir
fácilmente, que dice algo así como “¡Si algo no lo percibo, no existe!”.

Claro, eso no de ser la política del avestruz que esconde la cabeza para evitar lo
que no quiere ver, y si apuntamos a mejorar nuestra comunicación no lo podemos
pasar por alto de ningún modo, sabiendo ya de entrada que lo que digamos,
pensemos o escuchemos de otras personas será siempre fruto de las
interpretaciones provenientes de nuestras redes neuronales. Es lo que en
Programación Neurolingüística se denomina experiencia subjetiva, y se
complementa añadiendo que cada persona tiene su propio mapa del mundo, y
que no hay dos mapas personales iguales.

Históricamente, las diversas filosofías, religiones, políticas, doctrinas, métodos


educativos, etc., nos han querido ofrecer “su” punto de vista como el de la verdad,
lo cual ha sido y sigue siendo causa de grandes malas para la humanidad. Todo
ello por el puro desconocimiento de cómo funcionamos internamente. Por suerte,
en contraposición a lo anterior, también se nos ha dicho de muchas y variadas
formas a lo largo de la historia de la humanidad que:

Leemos mal el mundo y creemos que nos engaña (Rabindranath Tagore).


El mapa no es el territorio (Alfred Korsybski).
Vivimos en mundos interpretativos (Rafael Echevarría).
No existe la verdad, solo existe la interpretación (Friedrich Niettzche).

Leonardo da Vinci lo expresaba diciendo que los sentidos son los ministros del
alma, y la neurociencia actual nos indica que en realidad no sabemos lo que hay
delante de nosotros, ya que solo poseemos la información sesgada que nos
permiten nuestros sentidos.

El cerebro, en el fondo, funciona como un piloto de avión que vuela de noche


confiando plenamente en sus instrumentos de vuelo (los sentidos), puesto que no
puede tener acceso a la información directa del exterior. Lo más habitual entonces
es que el piloto llegue a su destino gracias a su instrumental y su pericia
profesional, pero sabemos que no siempre es así. Las consecuencias para todas
las personas a bordo pueden ser muy graves cuando alguno de esos instrumentos
vitales se estropea y da lugar a lecturas equivocadas para el piloto, que cree, en
cambio, que son correctas.

Hasta aquí estamos viendo que nuestro maravilloso funcionamiento


neurológico precisa de la información que le envían los sentidos y que estos
perciben deficitariamente “la realidad”. Si el cerebro no se hace una
representación exacta de lo que ocurre más allá de sí mismo, ¿qué hace,
entonces? Pues solo lo que le permite la sesgada información que posee: ¡hace
hipótesis! O, dicho de otro modo, está todo el tiempo interpretando los estímulos
que le llegan sin saber a ciencia cierta qué es eso que llamamos “realidad” y
generando todo el tiempo un "mundo” que solo existe en sus propios circuitos
neurológicos. Incluso está demostrado que al procesar la información, el cerebro
activa circuitos independientemente de si la estimulación viene del mundo exterior
o de la fantasía –como ocurre con los sueños, que nos parecen reales hasta que
nos despertamos-, es decir, el cerebro no sabe si lo que vive es real, del
mundo concreto o del mundo de la imaginación, puesto que lo procesa
igualmente, existiendo un pequeño programita que le ayuda a discernir si eso es
“de fuera” o “de dentro”. Si ese programita falla tienen lugar toda una serie de
fenómenos psíquicos de confusión entre lo obvio y lo imaginario, pudiendo dar
lugar a diversas experiencias, seas estas oníricas, psicóticas, fantasiosas o
creativas.

¿Qué obtenemos de la lectura de este capítulo? He querido exponer, al abordar


en primer lugar el funcionamiento neurológico, que las personas no tenemos
acceso a la realidad como tal, sino a las diversas interpretaciones que hacemos de
esta “realidad”.

No es fácil comprender que mi punto de vista, mis vivencias, mis emociones, mis
dolores y alegrías son solo producto de cómo me he construido una determinada
realidad subjetiva, pues lo lógico es creer que el propio punto de vista es “la
verdad”. Ello nos pone en la tesitura, nada fácil, de navegar entre dos posturas
radicalmente opuestas y que hemos de saber manejar no solo en relación a la
comunicación, sino también respecto a todo lo que atañe a nuestra vida en
general. Una es que, según se mire, “todo es relativo y subjetivo”, y la otra es que
“necesitamos creer”, en nuestras percepciones e interpretaciones para poder
funcionar en el mundo.

No se trata de caer en posturas radicales del tipo “si todo es subjetivo, mejor no
creo en nada”, ni de creerse los propios diálogos interiores u opiniones externas
como grandes verdades. Más bien se trata de preguntarse, sabiendo lo que
sabemos hasta ahora sobre nuestro funcionamiento neurológico, cómo podemos
tener una vida más plena y cómo podemos además cuidar y mejorar nuestra
comunicación esencial con nosotros mismos y con aquellas personas que son
significativas en nuestra vida.