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Introducción

El estado es el ente político que rige un territorio, este ente está conformado por varios elementos
que lo conforman y por los cuales no existiría o no tendría razón de ser el estado mismo. Estos
elementos se dividen en elementos materiales y sociológicos y los elementos formales o jurídicos.

Los elementos materiales y sociológicos son a los que rige el estado y son esenciales porque sin
estos elementos el estado no tendría algo que regir y por ende sería absurdo que existiera; por
otro lado están los elementos formales o jurídicos que son todas las normas con las cuales el
estado rige a la población.

Los derechos humanos son todas esas normas que velan por el bienestar de los seres humanos
independientemente de la nacionalidad que la persona tenga, estos derechos son universales e
inalienables, interdependentes e indivisibles por lo cual nadie podrá atentar contra nosotros sin
que tengamos un tipo de respaldo para defendernos o estar seguros.
Objetivos
 Determinar los diferentes elementos que componen un estado.

 Diferenciar las tareas que cumplen cada uno de los elementos del estado y como
cumplen esa función.
 Examinar la función que tienen los elementos propios del estado y conocer por
qué son fundamentales para este.

 Determinar lo que son los derechos humanos y todos los beneficios que
nos brindan.
Elementos fundamentales del Estado.
En general, se puede afirmar que existen una serie de elementos básicos que caracterizan al Estado
y nos permiten diferenciarlo de otros actores internacionales.
Tales elementos podemos agruparlos en dos categorías:
1. Elementos materiales o sociológicos
a) Una población.
b) Un territorio definido.
c) Una organización político-económica.
2. Elementos formales o jurídicos
a) La soberanía estatal.
b) El reconocimiento como sujeto internacional.
Realicemos algunas breves consideraciones sobre cada uno de estos elementos estatales. Ante todo
hemos de advertir que algunos de tales elementos, en la medida en que afectan a la capacidad de
acción internacional, no sólo de los estados sino también de otros actores internacionales, pueden
ser analizados como factores generales que condicionan la génesis, naturaleza y evolución de las
relaciones internacionales, y que como tales factores pueden ser objeto de un tratamiento analítico
diferenciado del que realicemos aquí con relación al Estado.

La población
Resulta obvio que puesto que el Estado es una forma específica de organización social de las
relaciones, las características que presenten los individuos que forman parte de esa sociedad
afectarán a sus posibilidades de intervención en los asuntos internacionales. Sin duda, los rasgos
que más directa y significativamente afectan a la estructura estatal vienen determinados por la
existencia de uno o varios grupos populares y de uno o varios grupos nacionales.
Pero el número también influye en el protagonismo internacional del Estado, como veremos en el
capítulo siguiente. Para llegar a alcanzar la cualidad de gran potencia o de superpotencia, un Estado
debe contar con una población elevada que permita garantizar un poderío militar y económico
susceptible de fundamentar su hegemonía exterior frente a otros estados tan importante como la
cantidad demográfica es la calidad de la población, es decir, el grado de desarrollo cultural y
científico, la cualificación técnica y la capacidad productiva de esa población, pues de ello depende
en gran medida la potencialidad estatal para desarrollar una acción exterior, e interna, eficaz para el
logro de sus objetivos estatales. Junto a las características cuantitativas y cualitativas de la
población estatal, conviene conocer claramente su distribución territorial (densidad de población,
grado de concentración urbana, etc.), así como sus características psicosociales (valores e ideologías
predominantes), pues todo ello contribuye a formar el perfil demográfico y sociológico sobre el que
operan las estructuras estatales. Finalmente, no se puede desconocer que las poblaciones de los
estados gozan de una cierta movilidad, no sólo interna sino también internacional. Los movimientos
de emigración o inmigración de mano de obra de unos países a otros, al igual que en la actualidad
los movimientos turísticos, inciden muy directamente en las relaciones básicas de un Estado,
especialmente en las relaciones económicas, sociales y político-diplomáticas.

El territorio
El territorio o espacio nacional de un Estado, aunque debe estar claramente definido gracias a una
delimitación fronteriza respecto de los estados vecinos, no puede contemplarse como una realidad
espacial estática. En efecto, el ámbito geográfico propio de un Estado puede cambiar, ampliándose
o reduciéndose, en el transcurso de los siglos. Es más, la aspiración a lograr la ocupación territorial,
primero, y político-económica, más tarde, por ciertos estados ha sido uno de los fines que más
directa y permanentemente han influido en la política exterior de los estados y, por tanto, en las
relaciones internacionales.
El marco espacial de un Estado lo podemos, a su vez, dividir en tres subespacios con características,
regulación y efectos diversos:
- el espacio terrestre;
-el espacio aéreo;
- el espacio marítimo;
Respecto del espacio terrestre, el Estado ejerce su soberanía y competencias sobre todo el territorio
específicamente delimitado por sus fronteras, y no sólo sobre la superficie terrestre sino también
sobre el subsuelo y cuantos recursos mineros y energéticos contenga.
Ahora bien, este principio general presenta algunas excepciones y matizaciones que conviene dejar
bien sentadas. En primer lugar, el espacio terrestre de un Estado puede presentar discontinuidades
más o menos significativas, en virtud de las cuales el ejercicio de las competencias territoriales del
Estado puede verse dificultadas por la existencia de zonas terrestres pertenecientes a estados
distintos.
Esta es la situación de los denominados enclaves o exclaves (según se contemplen desde el punto de
vista del Estado en el que están establecidos o del Estado al que pertenecen) que son zonas
geográficas que perteneciendo a un Estado se hallan situadas en el territorio de otro Estado
diferente. En la actualidad existen numerosos enclaves fruto en unos casos del pasado colonial de
los estados en los que se encuentran establecidos y en otras situaciones de la Segunda Guerra
Mundial o, incluso, de conflictos posteriores. Ejemplos de enclaves lo constituyen Gibraltar en el
territorio español; Ceuta y Melilla en el territorio de Marruecos; Berlín Occidental en el territorio de
la República Democrática Alemana; Hong-Kong en el territorio de la República Popular China; el
canal de Panamá en el territorio panameño; la base militar de Guantánamo en Cuba, etc.
Más problemática resulta la situación de aquellos estados divididos territorialmente por la
interposición de un territorio estatal diferente, como por ejemplo el caso de Pakistán entre su
independencia en 1947 y su definitiva división en dos estados diferentes (Pakistán y Bangla Desh)
en 1971, período en el que se hallaba dividido en dos zonas territoriales (Pakistán Occidental y
Pakistán Oriental) separadas por el territorio de la India, pero integradas política y
administrativamente en un solo Estado. Análogamente se encuentra el caso del Estado de Alaska
como estado federado de los Estados Unidos de América, pero separado territorialmente por
Canadá. Todas estas situaciones, irregulares desde el punto de vista estrictamente espacial, son
diferentes de otras situaciones aparentemente próximas, como por ejemplo la de aquellos estados
que gozando de la plena soberanía sobre su territorio conceden unos derechos preferentes de
utilización y/o explotación de ciertas parcelas de su espacio terrestre a otros estados o entidades
privadas extranacionales. En esta segunda situación se encuentran los casos de utilización y
establecimiento de fuerzas militares de un Estado en las bases y territorios de otro Estado, ya sea en
virtud de arrendamiento de las bases o por simple concesión unilateral del Estado-huésped mediante
tratado. Del mismo modo hay que considerar los casos de concesión de licencias de prospección y/o
explotación de los recursos mineros o energéticos existentes en el subsuelo de un Estado a
compañías extranjeras. En ambos supuestos los estados que conceden tales derechos lo hacen en el
ejercicio de su soberanía sobre el espacio terrestre y sin que las concesiones de utilización y/o
explotación de su territorio supongan, en principio, ninguna merma de esta soberanía por cuanto el
Estado puede en todo momento retirar tales concesiones y recuperar la ocupación efectiva de todo
su espacio terrestre.
Otra cuestión importante y de gran actualidad, vinculada con el espacio terrestre, la constituye la
denominada plataforma continental, es decir el lecho marino que desde la costa se adentra en las
aguas marítimas adyacentes. Esta cuestión, que analizaremos más detalladamente en otro capítulo,
adquiere relevancia en virtud de los recursos mineros o energéticos existentes en dicha plataforma.
Desde la Convención de Ginebra de 1958 se seguía el principio de que puesto que no existía
discontinuidad territorial entre el espacio terrestre ribereño y el lecho marino contiguo, la soberanía
del Estado sobre los recursos de la plataforma continental era plena e idéntica a la que poseía sobre
el espacio terrestre con independencia de la extensión de esta plataforma continental que, en
algunas ocasiones, rebasaba las doce millas del mar territorial. En la actualidad, y según la
regulación establecida por la Convención sobre Derecho del Mar de 1982 en su parte VI, se ha
adoptado la decisión ecléctica de considerar que la soberanía estatal sobre la plataforma continental
se extiende hasta las 200 millas marinas cuando la plataforma continental geológica goza de una
extensión igual o inferior a esta distancia, en tanto que coincidirá con la extensión geológica de la
plataforma continental cuando ésta excede de las 200 millas marinas contadas desde las líneas de
base de la costa (casos de Argentina, Australia, Canadá, India, etc.). Respecto al espacio aéreo, la
Convención de París de 1919 establecía en su artículo 1.° la soberanía «completa y exclusiva» de
todo Estado sobre su espacio aéreo atmosférico. Este principio ha permanecido incólume en las
décadas posteriores, concediendo a los estados total facultad de control de sus respectivos espacios
aéreos, sólo susceptible de limitarse mediante acuerdos expresos entre dos o más estados. A
diferencia de la soberanía estatal sobre los espacios marítimos que presenta una serie de
limitaciones jurídicas derivadas del Derecho Internacional constitudinario o convencional, la
Convención Aérea de Chicago, firmada el 7 de diciembre de 1944, terminó consagrando este
principio a pesar de los intentos de Estados Unidos por introducir las denominadas «cinco libertades
del aire» como (imitaciones generales a la soberanía aérea estatal.
El hecho de que estas libertades no fuesen aceptadas de forma genérica sino a través de acuerdos
específicos entre cada Estado, contribuyó significativamente al reforzamiento de la soberanía
territorial de los estados en detrimento del desarrollo de la aviación civil internacional.
Por último, el espacio marítimo completa el marco espacial en el que se desarrolla la soberanía y los
poderes del Estado. Los cambios acaecidos en la regulación jurídica internacional sobre el espacio
marítimo, a la luz de la citada Convención de 1982, nos permiten sintetizar el espacio marítimo de
los estados en cuatro zonas o ámbitos espaciales distintos:

1° El mar territorial: Está integrado por las aguas y el espacio comprendido en las 12 millas
marinas contadas a partir de las líneas de base de la costa. En el mar territorial la soberanía estatal
es plena con algunas limitaciones generales establecidas con carácter excepcional, como por
ejemplo el derecho de paso pacífico de buques de cualquier Estado por dicho mar territorial.

2° La zona contigua: Espacio marítimo que prolonga hasta 24 millas marinas


las competencias y soberanía del Estado ribereño de forma cualificada para ciertos fines, como, por
ejemplo, persecución y represión del contrabando, derecho de inspección fiscal y aduanera, etc.

3° La plataforma continental: A la que ya nos hemos referido con anterioridad.

4° La zona económica exclusiva: Formada por un espacio marítimo de 200 millas marinas,
coincidente por término medio con la plataforma continental, en cuyas aguas el Estado ribereño
goza de un derecho de explotación económica de sus recursos vivos o no. La zona económica
exclusiva concede, por tanto, la soberanía y competencias de utilización, ordenación y explotación
de los recursos y materias naturales existentes en las aguas que se sitúan por encima de la
plataforma continental (pesca, producción de energía por movimientos de las mareas,
establecimiento de instalaciones y estructuras de exploración o explotación económica de los
fondos, etc.).
El conjunto de estas cuatro zonas constituyen, por tanto, el ámbito espacial marítimo de los estados
ribereños, considerándose, en principio, el resto del espacio marítimo o Alta Mar como patrimonio
común de la humanidad, y por tanto no sujeto a la competencia o soberanía exclusiva de ningún
Estado particular.

La organización político-económica
Junto a la población y el territorio, el tercer elemento material que nos permite definir al Estado, en
su calidad de actor internacional, es la organización políticoeconómica.
Por lo general, los autores hacen referencia exclusiva a la organización política representada por el
gobierna del Estado, pero aun cuando esta fórmula de identificación entre Gobierno y Estado es
cuestionable, lo verdaderamente significativo es el hecho de que tales autores olvidan el alcance que
las relaciones económicas y su institucionalización en ciertos órganos posee para la comprensión
del Estado y de su actividad internacional.
En efecto, junto a las múltiples y tradicionales distinciones entre los estados a tenor de su
organización jurídico-política (regímenes autoritarios -dictatoriales o de partido único- y
democráticos -monarquías y repúblicas-) se sobrepone otra distinción, no menos significativa, a
tenor de las estructuras económicas estatales y de su grado de desarrollo (estados de economía de
mercado o capitalistas y estados de economía planificada o socialistas; estados desarrollados y
estados subdesarrollados). El análisis de los elementos del Estado implica, además del conocimiento
de las formas específicas de organización política y económica, un estudio profundo del papel
desempeñado por ciertos órganos cualificados del Estado, especialmente de las administraciones
Civil y Militar, y sus conexiones con ciertos grupos de presión internos. Por ejemplo, las
conexiones existentes en los Estados Unidos entre los sectores industriales y la Administración
Militar, denominado por el Presidente EISENHOWER bajo el término «complejo militar-
industrial», analizado pormenorizadamente por SENGHAAS. Por último, también resulta
significativo el análisis del papel desempeñado por los partidos políticos y la opinión pública, como
actores relevantes en la definición de la acción estatal tanto interna como internacional.

La soberanía del Estado


El principio de la soberanía del Estado, en términos estrictamente jurídicos, podemos definirlo con
GONIDEC como la exclusividad, autonomía y plenitud de fa competencia del Estado. La
exclusividad de la competencia significa que únicamente aquellas autoridades y órganos facultados
por el ordenamiento jurídico-político como representativos del Estado gozan de la cualificación
para ejercer las competencias habitualmente reconocidas a todo Estado, tanto por el ordenamiento
interno como internacional. A tenor de este principio, cualquier otra entidad, grupo social o
individuo perteneciente a un Estado se encuentra incapacitado para actuar, obligando en términos
jurídicos y políticos internacionales en nombre del Estado, más allá del Gobierno o de los órganos
de la Administración estatal. La autonomía de la competencia viene a representar la absoluta y total
libertad de decisión atribuida a los órganos estatales, libertad de decisión que no reconoce más
condicionamientos y limitaciones, al menos desde la perspectiva jurídica, que aquellos asumidos
por el propio Estado a través de sus representantes. Acorde con la autonomía de la competencia,
entendida como facultad o derecho de todo Estado, se encuentra la obligación de no intervenir en
los asuntos internos de los estados, reconocida en el artículo 2.6 de la Carta de las Naciones Unidas.
Por último, la plenitud de la competencia supone el explícito reconocimiento de que ningún tema,
cuestión o campo de actuación permanece excluido de la acción o intervención estatal. Con ello se
reconoce una primacía del Estado, respecto de cualquier otro grupo social interno o internacional,
para asumir las funciones de actuación, regulación y control respecto de las diversas relaciones que
surgen tanto en el ámbito de su jurisdicción interna como en la esfera internacional.
Desde luego, el principio de la soberanía estatal, considerado en términos jurídico-políticos
constituye uno de los elementos más significativos del Estado y, por la misma razón, debe ser
abordado de una forma histórico-dialéctica al igual que la propia realidad estatal de la que participa.
En efecto, si es cierto que en la actualidad una de las principales armas jurídico-internacionales con
las que cuentan los pueblos dominados que han accedido recientemente a su independencia es,
precisamente, la noción de soberanía, como lo demuestran, entre otros documentos, las
Resoluciones de la Asamblea General de las Naciones Unidas, relativas a la Soberanía permanente
sobre los Recursos Naturales (1.803/XVII y 2.158/XXI): la Declaración sobre la inadmisibilidad de
la intervención en los asuntos internos de los estados, y protección de su independencia y soberanía
(2.131/XX); la Declaración relativa a los principios de Derecho Internacional referentes a las
relaciones de amistad y cooperación entre los estados, de conformidad con la Carta de las Naciones
Unidas (2.625/XXV), así como otras muchas, no es menos cierto también que el principio de
soberanía estatal ha sido utilizado, y sigue siéndolo, por las grandes potencias para amparar y
proteger el dominio ejercido sobre extensas áreas geográficas y numerosos pueblos, y que la
descolonización no se ha consumado en virtud de la soberanía estatal sino más bien a pesar de ella.

El reconocimiento del Estado


Para que un Estado pueda gozar plenamente de su soberanía en el plano internacional y, por tanto,
para que pueda ejercer plenamente su cualidad de sujeto de derechos y obligaciones internacionales
debe lograr el reconocimiento de los demás estados que integran la sociedad internacional. El
reconocimiento, pues, es el acto o actos en virtud del cual los estados existentes en la sociedad
internacional, en un momento histórico determinado, admiten la existencia de un nuevo Estado y
establecen vínculos jurídicos internacionales con él.
Desde luego el reconocimiento de un Estado, si bien plantea algunas cuestiones jurídicas muy
importantes, sobre todo respecto a la sucesión de estados y las obligaciones y responsabilidades que
debe asumir el Estado sucesor, respecto de los actos realizados por el Estado predecesor, no se
agota en su dimensión jurídica. El reconocimiento posee una dimensión política no menos
transcendental, pues detrás del acto jurídico del reconocimiento de un Estado se encuentra la
legitimación de una nueva realidad política estatal y, por consiguiente, en la decisión de los estados
existentes de reconocer o no un nuevo actor estatal, influyen no sólo motivaciones de derecho o
jurídicas, sino también motivaciones de hecho o políticas.
Es cierto, como ha señalado TRUYOL, que el principio de efectividad, es decir, la existencia de una
comunidad políticamente independiente de forma efectiva y eficaz en el panorama internacional, ha
contribuido a matizar la discrecionalidad de que gozan los estados a la hora del reconocimiento,
pero no es menos cierto que dicho principio no ha logrado desterrar la libertad de que goza cada
Estado para reconocer, antes o después, o no reconocer a otro Estado. El caso del no
reconocimiento español del Estado de Israel es un ejemplo paradigmático de esta aseveración. Esa
discrecionalidad en el reconocimiento de un Estado, que está muy directamente influida por
motivaciones políticas, económicas, ideológicas, históricas, etc. (generalmente las antiguas
potencias metropolitanas han sido muy reacias a reconocer la independencia de sus colonias), tendrá
una mayor o menor eficacia política internacional en función del número y potencialidad de los
estados que, recurriendo a ella, decidan optar por el reconocimiento o no de la nueva realidad
estatal, y de esta forma los estados que configuran la sociedad internacional influirán muy directa y
sustancialmente en las posibilidades de consolidación, interna e internacional, de unas comunidades
políticas estatales siempre inestables en sus comienzos. Junto a todo lo expuesto conviene también
dejar bien sentado que el reconocimiento de un Estado, aunque muy próximo y en ocasiones difícil
de separar en la práctica, es perfectamente distinguible teóricamente del reconocimiento dé un
Gobierno. Por reconocimiento de un Gobierno entendemos el acto en virtud del cual los estados de
la sociedad internacional, representados por sus respectivos gobiernos, admiten la legitimidad de la
representación jurídico-política ejercida por ciertos órganos o autoridades de otro Estado, y
eventualmente, de los cambios o alteraciones que se pueden producir en estos últimos.
La distinción entre ambos tipos de reconocimiento es una consecuencia de una distinción
conceptual previa, la que existe entre Estado y Gobierno, ya que si bien un Estado presupone la
existencia de unos órganos de poder legitimo, de un Gobierno, no se agota en él. Evidentemente,
todo acto de reconocimiento de un Estado lleva implícito el reconocimiento de un Gobierno, el que
ejerce las funciones estatales legítimamente, pero en cambio, no todo reconocimiento de un
gobierno implica el reconocimiento de una nueva realidad estatal. En efecto, cambios políticos
internos (sean o no revolucionarios y se realicen de forma pacífica o violenta) pueden conducir a un
trastocamiento del orden jurídico-político de un determinado Estado y, consiguientemente, a una
alteración de la estructura orgánica del Estado, así como de los grupos que participan en ella y la
dominan.
Desde luego tales acontecimientos, aun cuando se desarrollan en la esfera interna del Estado, tienen
unas implicaciones y efectos internacionales evidentes que obligan a los miembros estatales de la
sociedad internacional a determinar sus posiciones jurídico-políticas con respecto a la nueva
configuración orgánica del Estado, de cuya existencia y subjetividad jurídica internacional no existe
cuestionamiento alguno, pero sí respecto de la capacidad y legitimidad de las autoridades que deben
representarle internacionalmente.
Gran parte de lo que afirmábamos respecto a la discrecionalidad en el reconocimiento de un Estado
es aplicable, salvando las diferencias, al reconocimiento de un Gobierno y aquí, más que en el caso
del Estado, pesan las motivaciones políticas, económicas, ideológicas, etc. mucho más que las
estrictamente jurídicas. El reconocimiento de un Gobierno se convierte, de esta forma, en un
instrumento jurídico de injerencia política en los asuntos internos de un Estado, sobre todo en los
momentos en que todavía no se ha impuesto plenamente la nueva realidad de poder pero ya el
Gobierno legal no controla de forma eficaz y sustancial los instrumentos de poder del Estado, lo que
es muy frecuente en los casos de golpes de Estado y procesos revolucionarios. También aquí la
historia reciente de nuestro país nos aporta ejemplos paradigmáticos, como la sistemática negativa
de México a reconocer al Gobierno franquista, surgido tras la guerra civil de 1936-1939, en favor
del reconocimiento del gobierno republicano único legítimo representante del Estado español, a
juicio de las autoridades mexicanas, y ello a pesar del reconocimiento general de los países del
Gobierno franquista.
En definitiva, la simbiosis entre los elementos materiales y formales atribuidos al Estado, nos
permiten comprender el alcance y significación que un análisis y estudio dialéctico de los actores
estatales impone para una correcta comprensión del mundo internacional.
¿Qué son los derechos humanos?
Los derechos humanos son derechos inherentes a todos los seres humanos, sin distinción alguna de
nacionalidad, lugar de residencia, sexo, origen nacional o étnico, color, religión, lengua, o cualquier
otra condición. Todos tenemos los mismos derechos humanos, sin discriminación alguna. Estos
derechos son interrelacionados, interdependientes e indivisibles.
Los derechos humanos universales están a menudo contemplados en la ley y garantizados por ella, a
través de los tratados, el derecho internacional consuetudinario, los principios generales y otras
fuentes del derecho internacional. El derecho internacional de los derechos humanos establece las
obligaciones que tienen los gobiernos de tomar medidas en determinadas situaciones, o de
abstenerse de actuar de determinada forma en otras, a fin de promover y proteger los derechos
humanos y las libertades fundamentales de los individuos o grupos.

Universales e inalienables
El principio de la universalidad de los derechos humanos es la piedra angular del derecho
internacional de los derechos humanos. Este principio, tal como se destacara inicialmente en la
Declaración Universal de Derechos Humanos, se ha reiterado en numerosos convenios,
declaraciones y resoluciones internacionales de derechos humanos. En la Conferencia Mundial de
Derechos Humanos celebrada en Viena en 1993, por ejemplo, se dispuso que todos los Estados
tenían el deber, independientemente de sus sistemas políticos, económicos y culturales, de
promover y proteger todos los derechos humanos y las libertades fundamentales.

Todos los Estados han ratificado al menos uno, y el 80 por ciento de ellos cuatro o más, de los
principales tratados de derechos humanos, reflejando así el consentimiento de los Estados para
establecer obligaciones jurídicas que se comprometen a cumplir, y confiriéndole al concepto de la
universalidad una expresión concreta. Algunas normas fundamentales de derechos humanos gozan
de protección universal en virtud del derecho internacional consuetudinario a través de todas las
fronteras y civilizaciones.
Los derechos humanos son inalienables. No deben suprimirse, salvo en determinadas situaciones y
según las debidas garantías procesales. Por ejemplo, se puede restringir el derecho a la libertad si un
tribunal de justicia dictamina que una persona es culpable de haber cometido un delito.

Interdependientes e indivisibles
Todos los derechos humanos, sean éstos los derechos civiles y políticos, como el derecho a la vida,
la igualdad ante la ley y la libertad de expresión; los derechos económicos, sociales y culturales,
como el derecho al trabajo, la seguridad social y la educación; o los derechos colectivos, como los
derechos al desarrollo y la libre determinación, todos son derechos indivisibles, interrelacionados e
interdependientes. El avance de uno facilita el avance de los demás. De la misma manera, la
privación de un derecho afecta negativamente a los demás.

Iguales y no discriminatorios
La no discriminación es un principio transversal en
el derecho internacional de derechos humanos. Está
presente en todos los principales tratados de
derechos humanos y constituye el tema central de
algunas convenciones internacionales como la
Convención Internacional sobre la Eliminación de
todas las Formas de Discriminación Racial y la
Convención sobre la Eliminación de todas las
Formas de Discriminación contra la Mujer.
El principio se aplica a toda persona en relación con
todos los derechos humanos y las libertades, y
prohíbe la discriminación sobre la base de una lista no exhaustiva de categorías tales como sexo,
raza, color, y así sucesivamente. El principio de la no discriminación se complementa con el
principio de igualdad, como lo estipula el artículo 1 de la Declaración Universal de Derechos
Humanos: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos”.

Derechos y obligaciones
Los derechos humanos incluyen tanto derechos como obligaciones. Los Estados asumen las
obligaciones y los deberes, en virtud del derecho internacional, de respetar, proteger y realizar los
derechos humanos. La obligación de respetarlos significa que los Estados deben abstenerse de
interferir en el disfrute de los derechos humanos, o de limitarlos. La obligación de protegerlos exige
que los Estados impidan los abusos de los derechos humanos contra individuos y grupos. La
obligación de realizarlos significa que los Estados deben adoptar medidas positivas para facilitar el
disfrute de los derechos humanos básicos. En el plano individual, así como debemos hacer respetar
nuestros derechos humanos, también debemos respetar los derechos humanos de los demás.
Conclusiones
Los elementos del estado son fundamentales y dependientes entre si, una población no
puede estar sin ser regida porque entraría en un caos total por carecer de lineamientos y
comportamientos que ordenen a la población y no pueden existir normas jurídicas si no hay
quien aplicarlas, en síntesis la población es la parte regida, los elementos jurídicos son con
qué se rige a una población y el estado es el encargado de hacer que exista un orden entre
estos elementos.