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Semblanza de Ricardo Paseyro *

Entre mis amistades, Ricardo Paseyro representa un caso muy es-


pecial. Pues casi no entiendo cómo, en sólo dos años –es el tiempo
que hace que nos conocemos–, se ha vuelto una de esas raras per-
sonas con las que se tiene la sensación de que uno puede abando-
narse, sin cortapisas, con absoluta confianza, al flujo de las palabras
y de las ideas, seguro de que siempre nos va entender, incluso antes
de que acertemos a formular lo que sentimos. Como ese senti-
miento suele acompañar a las viejas amistades, he llegado a pensar
que Ricardo Paseyro posee la rara y paradójica arte de trasmutar un
amigo reciente en un viejo amigo, de conjugar, casi milagrosamen-
te, la frescura de lo nuevo con la madurez de lo que ha sido proba-
do a lo largo de los años.
Nos hemos visto pocas veces, pero nuestras conversaciones han
sido largas e intensas. Ricardo siempre cuenta cosas (¡y qué bien sa-
be contarlas!) que nunca le dejan a uno indiferente. Al oírle, no se
sabe qué admirar más, si su pasión, esa pasión suya que no excluye
en absoluto el más cuidadoso discernimiento, o su inteligencia, una
inteligencia que va siempre al fondo. Si su capacidad para el diálo-
go ha tenido la virtud de hacérmelo tan próximo, la lectura de sus
poemas me ha hecho entrar por la puerta grande en el círculo de
su intimidad.
Ricardo Paseyro es un caso muy especial también porque reúne
en su personalidad una serie de cualidades que no suelen darse jun-

* Este texto fue leído en la presentación de las Poesías completas de Ricardo Pa-
seyro (Biblioteca Nueva, Madrid 2000), que tuvo lugar en la Casa de América el 9
de mayo de 2000, y fue publicado en Poesía, Por Ejemplo, n.o 13 y último, verano 2000.

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tas. En él se concilian la reflexión y la vivacidad con que acierta a


descifrar el sentido de las extrañas evoluciones del mundo que nos
rodea, la fuerza de la pasión y una moderación exquisita, que sólo
puede haberle otorgado un cultivo de las formas poéticas que en Ri-
cardo es indudable magisterio. Pero lo que más alto brilla en Ricar-
do Paseyro es su sentido de la libertad y de la civilización; de la li-
bertad contra toda forma de opresión, incluidas aquellas formas, no
por sutiles menos onerosas, que se disfrazan con la retórica de se-
dicentes liberaciones, y de la civilización contra toda forma de fana-
tismo. En un mundo donde tantos de los que pasan por grandes
–me refiero sobre todo a los escritores– han claudicado ante pode-
res para los que era y es moneda corriente la opresión, la intole-
rancia y aun el exterminio del disidente (pienso en fenómenos co-
mo los del estalinismo, el maoísmo y sus frondosas secuelas) hasta
llegar al extremo de vender su alma por un puñado de propagan-
da, Ricardo Paseyro se ha mantenido libre, sin por ello perder un
ápice de su integridad. Sólo a la claridad de sus ideas, a su misma
arte poética podría atribuir tal milagro.
En París, un mes de junio de 1963, Carlos Edmundo de Ory acer-
tó a hacer con el nombre y apellido de Ricardo Paseyro, en sólo cua-
tro versos, una semblanza que vale lo que el retrato más expresivo.
Permítanme que me la apropie, pues sintetiza muy bien lo que yo
mismo siento:

Ricardo ardo ardes


Paseyro pasa
pasa pronto y no tardes
a tu otra casa.

Y así es. Hay en Ricardo Paseyro, en sus versos como en su per-


sona, una especie de ardor que no cesa, como si su propia sustancia
destilase, a la manera del ave fénix, un combustible que siempre se
renueva. Ese ardor, manso como el de la madera del roble, pues en
nuestro poeta nada hay que suene al chisporroteo de las maderas

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flojas, se debe, pienso, a una necesidad íntima de pasar ligero por


el mundo, de arribar pronto, sin tardanza, a ese lugar misterioso y
atrayente como un imán de poder infinito que De Ory llama «su
otra casa».
Puede sonar a mística lo que acabo de decir, y no lo niego, pero
se trata en todo caso de una mística muy especial, pues en un poe-
ma titulado «Anuncio», de 1998, dice Paseyro con un sentido del
humor que no oculta la profundidad del concepto:

Ofrezco ser el místico


de un Dios todonadístico.
(Ajedrez)

O, mejor todavía, digámoslo con estos dos versos, de 1965, titu-


lados «Arte poética», que reflejan, además de ese talante, el sentido
tal vez más íntimo de su poesía:

Del vértigo del agua


de pronto salta una gaviota blanca.
(En la alta mar del aire)

«Del vértigo del agua/ de pronto salta una gaviota blanca», ¿po-
dría expresarse con menos palabras, con palabras más sencillas, su-
gestivas, exactas, inagotables, inesperadas, el sentido profundo de la
poesía?
Poeta de la condición humana, en muchos de sus versos Ricardo
Paseyro se retrata como un nómada, como un transeúnte, como un
alado visitante de este mundo, condición en la que no tardamos en
descubrir la más radical del hombre, nuestro destino. Un buen
ejemplo lo tenemos en el poema titulado «Soy visitante», de 1965,
donde le oímos decir:

¡Que la tierra no sepa que estoy vivo!


¡Que no sientan, los mares, que navego!

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¡Que no comprenda, el cielo, que le miro!


¡No me descubra en su reloj el tiempo
y no se agite el aire, si respiro!
Soy visitante apenas, no me quedo,
me voy del mundo sin haber venido...
Pero es en vano: el sol toca mi cuerpo
y mi sombra le sirve de testigo.
(Mortal amor de la batalla)

Esta forma de ser un inaprehensible visitante del mundo cobra a


veces caracteres metafísicos, como en este poema de 1956, que lleva
el título de «El alma y su figura»:

Vagabundos fuegos
somos en Dios, chispas de un solo instante:
en nuestro fondo de aire
pesa un destino, un eje busca el centro
que gobierna y le rinde a su maestría.
Afuera,
lumbre desordenada
algo aparece, brilla, agita el tiempo.
Y lo que vive es lo que no se ve.
(El costado del fuego)

Basten estos versos para mostrar que Ricardo Paseyro es un poeta


hambriento de mundos invisibles, que están más allá, siempre más
allá, sin por ello dejar de pertenecer a la entraña de nuestro propio
mundo; un poeta por ello de la condición humana, pero esta ex-
presión, que podría sonar demasiado enfática o campanuda –y no
hay nada como lo enfático y campanudo que esté más reñido con la
poesía y la personalidad de Ricardo–, se atempera por el hecho de
que nuestro poeta parece vivir en una dimensión donde las cosas
pueden deshacerse, desmoronarse, con un simple roce. El de Pa-
seyro es un mundo de cosas que no se tocan, que sólo se acarician

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con una mirada comprensiva e iluminada; de cosas sobre las cuales


deberíamos circular con pasos de levitación contemplativa, como
ese «andar del humo», al que Paseyro ve «cual un pájaro lento so-
bre las montañas» (Plegaria por las cosas, «Poema del humo», Roma,
diciembre de 1949).
Con lo dicho se entenderá que, dando un paso hacia delante, di-
ga ahora que Ricardo Paseyro es también –y tal vez sobre todo– el
poeta de las escuchas profundas, de esas aprehensiones abismales
sin las cuales no podría darse la voz poética, como se ve en estos ver-
sos de su Poema para un bestiario egipcio, en los que el desierto y la des-
nudez de los ojos son la preparación, el viático, para las más altas
contemplaciones:

Y escucho ya el desierto abandonado,


se desnudan mis ojos: estoy solo.
No pesa ningún cuerpo sobre ninguna hierba.
Y estoy yo solo en un desierto lento
mientras la muchedumbre de las estrellas, gira.

A estos versos de 1950 parecen hacerle eco estos otros, escritos


nueve años después en Música para búhos:

... la transparente
compañía del sol parece eterna
mientras la muerte en su cuartel, dormita.

En su exploración, hecha de pinceladas tan leves como los co-


lores son profundos, de la condición humana brilla con luz propia
«El cuento», poema perteneciente al libro Para enfrentar al ángel,
de 1993:

Nacer, llorar, dormir, crecer, amar,


terminar y volver solo al principio
tal fue, tal es, tal ha de ser el cuento

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de las horas pasadas en la Tierra.


Antes y luego, absorta en ella misma,
la eternidad no se parece a nada.

O sea, el tiempo con sus cuentos, con sus cuentas, con sus perti-
naces analogías y metamorfosis, frente a la eternidad, que todo lo
trasciende, absorta, abstraída del mundo.
En los últimos años, la ansiedad, el pesimismo, la amargura por
el destino de la civilización, de la Humanidad, que con tonos som-
bríos se avizora desde el privilegiado observatorio de París, ha ex-
cavado en la poesía de Ricardo Paseyro galerías cada vez más hon-
das, más soterrañas, como se ve en este poema, titulado «Futuro»,
escrito en los últimos dos años, en el que presenciamos un singular
reparto de papeles, como si el Autor de la obra que se representa
en el gran teatro del mundo hubiera decretado mutaciones que, ba-
jo una apariencia humillante, dan nuevas oportunidades a una Hu-
manidad deslumbrada:

De los poetas hablarán los árboles.


Los peces pintarán a los pintores.
Los elefantes, con sus finas trompas,
escribirán las notas del solfeo.
De sus cuevas, los topos ateridos
le darán luz al cielo ceniciento.
¿Y los hombres? Después de meditarlo
volverán a la selva original.
Tal vez a fuerza de roer raíces
aprenderán de nuevo a tener alma.

A veces no es el pesimismo lo que asalta al poeta, sino una visión,


hiriente y perpleja, de ese extraño monstruo que es el hombre, co-
mo se ve en el poema que cierra sus Poesías completas, y que me ha
hecho el honor de dedicarme:

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¡El mejor mundo es el de cada cual!


Aquella flor exhala su perfume,
el cacto del desierto ama las dunas,
el cangrejo se place con sus pinzas,
el tiburón cultiva dientes sanos.
Al hombre le tocó, para su dicha,
poseer un cerebro enrevesado
y el alma dividida en mil añicos.

Ricardo Paseyro pertenece a la raza de los que han mirado al de-


monio de frente, sin pestañear, sin dar un paso atrás, sin perder la
compostura, sin abdicar de los grandes y pequeños valores que ha-
cen preciosa la vida. Y lo ha visto en las formas terribles, sinuosas,
paralizantes con que se ha hecho tan frecuente, tan letalmente fre-
cuente, en los últimos cincuenta años. Su voz se ha alzado contra la
hipocresía y el cinismo de tantos como han hecho grandes y mise-
rables negocios con la retórica –la retórica de la causa del proleta-
riado, la retórica de la liberación de los pueblos, la retórica de la so-
lidaridad humana, la letanía es interminable–, retórica que sólo ha
servido para que las tiranías más feroces opriman a cientos de mi-
llones de seres humanos sin que a los tiranos y sus servidores se les
descomponga la conciencia. Ricardo Paseyro jamás ha estado del la-
do de los verdugos, por disfrazados que hayan podido presentarse
en los escenarios del poder, ni tampoco ha sido nunca uno de esos
poetas áulicos, tan premiados, tan galardonados, tan agasajados,
porque para él la función de la poesía, de la escritura literaria, no
ha sido nunca la de adornar con plumas de avestruz, con jirones de
retórica, el macabro oficio de aquéllos. Y por eso, por eso sobre to-
do, como hace unos días nos recordaba Fernando Arrabal, Ricardo
Paseyro ha sufrido (cito literalmente a Arrabal) «el acoso de la jau-
ría (¡hasta hoy!): durante más de medio siglo de persecución, vetos
y ninguneo absoluto fue asaeteado por las calumnias más horroro-
sas. [...] Paseyro fue víctima de los que confían en la ruina de la dig-
nidad y en fantasmas tiránicos y titánicos. Sin recordar a los asesi-

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nados, amordazados, con infinita discreción escribe: “Hace ya tan-


tos siglos y tantos muertos/ que saludo y bendigo a las estrellas”».
Se entiende que a un poeta que, desde Estambul, en un mes de
enero de hace cincuenta años, se atrevía a decir «Dadme la luna y
su bajel de plata», le hayan hecho blanco de sus dardos los que no
dudaron en poner la libertad y la integridad bajo la bota de los Ti-
tanes.
«La belleza del mundo es un regalo/ y me cuesta la vida, el con-
templarla», dice Paseyro. Quien ha dicho que la belleza del mundo
es un regalo, y que le cuesta la vida, el contemplarla, sólo puede ser
alguien que sabe bien de lo que habla y ha llegado hasta el fondo
de las cosas.

Ignacio Gómez de Liaño

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