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e I.S.B.N.: 978-956-12-2347-9.

1ª edición: febrero de 2016.

Gerente editorial: Alejandra Schmidt Urzúa.


Editora: Camila Domínguez Ureta.
Director de arte: Juan Manuel Neira.
Diseñadora: Mirela Tomicic Petric.

© 1956 por Blanca Santa Cruz Ossa.


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Índice de contenido
El Tonto Perico
La Culebrita
Rosita la Tejedora
La Tenca y la Nieve
El Tamborcillo
La Flor Lililá
Los Tres Perros
Medio-Pollo
El Tonto Perico
Para saber y contar y contar para saber. Pan con queso pa los tontos lesos,
pan y harina pa ña Catalina, no le echo más matutines pa dejarlos pa los fines.
Este era un tonto de capirote que se llamaba Perico.
La abuelita de Perico era una viejecita muy buena y, en vista de que nadie
soportaba las tonterías de Perico, ella se lo llevó a su casa y le dijo:
–¡Qué ha de ser tonto mi hijito! ¡Ya verán cómo yo lo enseño y me sirve
para los mandados!
Perico dijo:
–Sí, pus, agüelita, mándeme no más. Ya verá que no tengo un pelo de tonto.
Afíjese usté que un día me ijo mi mairastra: Perico, cuida a la clueca, que no
se levante ni un rato del nío. La clueca era porfiaaza y tras que se levantó.
Entonces jui yo y me senté en los huevos, sosegaíto, agüela. Y no jue más.
Llegó la mairastra y me sacó e un oreja, me dio una paliza y m’echó pa la
calle. Contimás que se me mancharon toítos los pantalones... y tuve qu’ir a
lavarlos al río... y ponerlos a secar...
–¡Bueno, bueno! –interrumpió la viejecita–. Ahora tienes que ir al pueblo y
me traes un paquete de agujas.
No escuchó más Perico y salió, patitas para qué te quiero, camino del
pueblo.
Compró el paquete de agujas y un alfeñique latigudo. Chupa que chupa el
alfeñique iba por el camino real, cuando vio una carreta con paja.
–Lléveme, compaire –dijo Perico al carretero.
–¿No estáis viendo que la carreta va llena de paja? ¿Onde querís que te
lleve? –respondió el carretero.
Perico pensó:
“Ya que no puedo ir yo, le mandaré las agujas a la agüela, que está tan
apurá”.
Pensando esto, desparramó las agujas en la paja y él se tendió debajo de un
canelo a dormir la siesta, chupando el alfeñique latigudo.
A la tarde llegó a la casa.
La abuela lo aguardaba en la puerta.
–¿Y las agujas, Perico? –le preguntó.
–Se las mandé ailante, agüela –dijo el tonto.
–¿Con quién las mandaste?
–Las eché en la carreta con paja de ño Beño.
–¡Buena cosa! ¿Cómo se te ocurre hacer eso? –dijo la vieja–. Debías haber
guardado el paquete en las alforjas.
–Pa otra vez será –dijo Perico.
Al otro día mandó la vieja a Perico a la feria a comprar un cabrito nuevo.
El tonto se fue cantando; compró un cabrito, le amarró las cuatro patas
juntas y bien apretadas, lo echó en las alforjas teniendo cuidado de
envolverlas bien a fin de que el cabro no se cayera.
“Ahora sí que no me dirán tonto” –dijo.
Llegó a la casa y le esperaba la abuela en la puerta de calle.
–¿Y el cabrito, Perico? –le preguntó.
–Viene en la alforja, agüela –respondió el tonto.
La abuela abrió las alforjas y el cabro se había ahogado.
–¡Buena cosa, niño! ¡Pareces tonto! Debías haberlo amarrado de una pata y
traerlo tirando.
–Pa otra vez será –dijo el tonto.
Al otro día, la abuela mandó a Perico a comprar un piso de totora.
“Ahora no me dirán que soy tonto –dijo Perico–. Lo amarro de una pata y lo
llevo tirando”.
Y así lo hizo. Se fue por el camino real con el piso a la rastra, y sin mirar
para atrás. A golpe y golpe, el piso se iba desarmando, y cuando llegó a la
casa, no quedaba más que la pata amarrada.
–¿Y el piso, Perico? –preguntó la abuela.
–Ahí viene, amarrado del cordel –respondió Perico.
–¡Buen dar que eres bien tonto! –dijo la abuela, que ya comenzaba a perder
la paciencia–. Debías habértelo echado a la cabeza, tonto.
–Pa otra vez será –dijo Perico.
Al otro día lo mandó la viejecita a comprar velas.
Perico compró el paquete de velas y se las puso en la cabeza. Hacía un calor
espantoso y las velas comenzaron a derretirse. Perico soportaba que le cayera
el sebo en la cara, pero seguía adelante.
“Ahora sí que no me dirán tonto”, pensaba.
La abuela lo recibió en la puerta.
–A ver las velas –le dijo.
–Aquí están en mi cabeza –respondió Perico.
La vieja sacó el paquete y ya no quedaban más que las mechas y el papel.
–¡Ay, qué tonto más grande! ¿No sabes que las velas se derriten con el sol?
En vez de llevarlas en la cabeza, debías haberlas mojado de cuando en
cuando para refrescarlas.
–Pa otra vez será, agüela –dijo el tonto.
Al día siguiente lo mandó a buscar sal.
Perico se echó el paquete de sal al hombro, y cada vez que cruzaba un
estero lo metía al agua.
–¿Y la sal? –preguntó la abuela cuando Perico llegó.
–Aquí viene, agüela –dijo, y le entregó un papel mojado.
Con esto la abuela se convenció de que el tonto Perico no servía para nada,
y no lo volvió a mandar. Y aquí se acabó el cuento de Perico el tonto, y cada
vez que lo cuento se ríen hasta los muertos y salen de los cajones camino de
Vichuquén, a caballito en el tren, comiéndose un buen pequén.
La Culebrita
Estera y esterita para secar peritas, estera y esterones para secar orejones,
éste era un viudo que tenía dos hijas, una se llamaba María y otra Rosita.
Por las vecindades moraba una viuda con una hija muy fea y muy
envidiosa, llamada Juana.
–Hijita –dijo la viuda a Juana–, aquí estamos pasando muy mala vida y
conviene que seas cariñosa con las vecinas a ver si me caso con el viudo.
–No me gustan esas muchachas. Todos dicen que son tan lindas y han de
ser orgullosas –dijo Juana.
–Déjalas que sean lindas y orgullosas; ya verás cómo me las arreglo yo
cuando me case con su padre –dijo la viuda con tono amenazador.
Esto bastó para alegrar a Juana, y al momento fue a invitar a las vecinas a
comer cerezas de su huerta. María y Rosita, que eran muy bondadosas,
contaron a su padre lo cariñosa que era la vecina y la mamá tan buena que
tenía.
Poco a poco fue creciendo la intimidad entre las tres niñas, y la viuda se
deshacía en atenciones para con las hijas del viudo.
Un día se acercó Rosita a su padre y, muy mimosa, le dijo:
–Mire, taitita, tan solitas que estamos aquí. Si usted se casara con la vecina,
tendría una dueña de casa espléndida y nosotras una buena mamita.
–Sí, taitita –aprobó la mayor–. Todos los días nos dan sopitas en miel, y
¡qué ricas son las sopitas en miel!
–Ahora les dan sopitas en miel, no sea que después les den sopitas en hiel –
respondió el viudo.
Pero tanto empeño pusieron las hijas, que al fin obtuvieron el
consentimiento del padre, y los dos viudos se casaron; la viuda con su hija se
fue a vivir a la casa del viudo, que era más espaciosa y tenía grandes
arboledas y hortalizas.
Pasaron los días en aparente tranquilidad. Delante del padre, la madrastra
era todo almíbar con las hijastras; pero apenas él se alejaba, Rosa y María
pasaban a ser las sirvientas y estaban obligadas a hacer todo el trabajo de la
casa, del huerto y hortalizas. Las hermanas lloraban en secreto, sin atreverse a
decir nada a su padre, porque la madrastra las amenazaba con convertirlas en
sabandijas.
–Yo no soporto más –dijo un día María–. Se lo diré a mi taitita.
–El tenía razón cuando nos decía: “Ahora les dan sopitas en miel, después
se las darán en hiel”. Pero acuérdate, Mariquita, de que la madrastra es bruja
–dijo Rosa.
–Sí, ella amenaza convertirnos en sabandijas si hablamos... ¿Qué haremos,
Rosita? –preguntó María.
–Tengo pensado que un buen día nos escapemos de la casa y salgamos a
rodar tierra... Sólo así nos libraremos de la pérfida madrastra.
–¡Conque así! ¡Mamita, venga! ¡Oiga a estas facinerosas! –gritó una voz.
La que así gritaba era Juana que, oculta debajo del catre, había oído toda la
conversación de sus hermanastras.
A los gritos acudió la madrastra armada de una tranca.
–Mamita, dicen que tú eres mala..., que piensan escaparse, que te acusarán a
su padre...; ¡pégales, mamita! –acusó la Juana.
Y la mamita, que con una tranca en la mano era como un trompo con
cuerda, iba de una a otra de sus hijastras dándoles trancazos por donde caía.
María, la más débil, cayó desmayada al primer trancazo, y Rosita, creyendo
que su hermana estaba muerta, se fue encima de la vieja y la arañó.
–¡Malvada bruja! ¡Mataste a mi hermanita! –sollozó la hermana de María.
–Sí, bruja soy, y por virtud de mi brujería te has de convertir en culebra.
Con estas palabras, la madrastra tiró unos polvos a la cabeza de Rosita y en
su lugar apareció una culebrita verde con manchas rosadas.
–¡Ahora me acusarás a tu padre! –rugió la bruja y, con las manos callosas,
cogió al pequeño reptil y lo fue a arrojar al zanjón–. Ahí vivirás ahora, hasta
que te cace un gavilán o te aplaste algún caminante.
Cuando el padre de las niñas regresó del trabajo, encontró a su hija María
en la cama. La madrastra le colocaba unos parches de papa en las sienes y
Juana le daba mate en leche.
–¿Qué ha pasado? –preguntó, inquieto, el padre.
–¡Qué ha de pasar! Estas chiquillas son tan locas. Mariquita se cayó del
cerezo y Rosita salió en la mañana y no ha vuelto –dijo la vieja embustera.
–Eso no es... ¡Ay, que me quemas, Juana! –gritó María.
Juana empujó la bombilla dentro de la boca de su hermanastra a fin de
impedirle que hablara, y la vieja le tiraba los cabellos. Toda quemada y
adolorida, la pobrecita hubo de callar. La bruja se llevó a su marido, después
de dejar a María encerrada.
Al día siguiente, la madrastra amenazó a la hija del viudo.
–Si dices una palabra a tu padre de los palos que te di, te quemo la lengua...
–le dijo.
–No diré nada, pero dígame dónde está Rosita –contestó María.
–¡Como si yo supiera! Esa chiquilla engreída se ha marchado...; algún día
llegará, porque en ninguna parte lo pasará tan bien como aquí –gruñó la
bruja.
María nada dijo.
“La bruja miente –pensó–. Ha de saber dónde se encuentra mi hermana,
pero nunca me lo dirá. La he de buscar aunque me cueste la vida...”
Todos los días y todas las horas en que podía escapar de la vigilancia de la
madrastra y de Juana, Mariquita salía por los campos llamando “¡Rosita!”
Una tarde lavaba la ropa junto al zanjón, cuando escuchó una voz que
decía:
–¡Hermanita, hermanita!
–¡Rosita, Rosita! ¿Eres tú? ¿Dónde estás?
María miraba a todos lados sin ver a nadie. De pronto vio una culebrita que
se arrastraba con la cabeza erguida y mirándola de frente.
Temerosa, la niña retrocedió, pero el reptil la seguía.
–Yo soy, hermanita, no temas –dijo la culebrita.
–¿Cómo has de ser mi hermana? ¡Tú eres una culebra!... –dijo María.
–Sí. La madrastra me convirtió en culebra, pero no me ha cambiado el
corazón. Soy siempre tu hermana y te quiero más que nadie en el mundo.
Tómame en tus manos, hermanita –rogó la culebrita.
Mariquita sintió una horrible repugnancia. ¿Cómo iba a tomar en sus manos
ese bicho helado y baboso?
–¿No me quieres, hermanita? –insistió Rosita.
–¡Oh! ¡Sí, te quiero tanto, hermanita, que aunque fueras todavía más
repugnante te estrecharía en mis brazos!
María cogió el reptil en sus manos, lo estrechó contra su pecho y lo besó.
–¡Si yo supiera cómo romper tu encanto, Rosita! –murmuró, bañando con
sus lágrimas el cuerpo de la culebrita.
–Sigue siendo buena, Mariquita. Yo vivo en el mundo de los encantados y
sé muchas cosas que no puedo revelarte. Vete a la casa a hacer tu trabajo.
–No, Rosita, no quiero abandonarte. Te llevaré conmigo –sollozó María.
–Imposible. Sería mucho peor. Ven a verme cuando puedas y, sobre todo,
cuando te encuentres en algún aprieto. Vete, antes que te descubran –insistió
la culebrita encantada–. Cuando llegues a la casa, lávate las manos en la
batea.
La hermana mayor obedeció. Echó a la cabeza la gamella llena de ropa
limpia. Tendió la ropa en el cordel, llenó la batea de agua y se lavó las
manos.
Un grito se escapó de sus labios. La batea se llenaba de monedas de oro.
–¿Qué te pasa? ¿Por qué gritas de ese modo? –dijo la madrastra, que había
escuchado el grito y el tintineo de las monedas.
Con los ojos desmesuradamente abiertos por la codicia, la vieja recogía las
monedas y las iba echando a un baúl:
–¡Ah, bruja! ¡Tú eres bruja y haces oro! ¿Cómo no lo decías? ¿Dónde lo
escondes?
–No soy bruja –protestó María–; es primera vez...; yo no sé...
–¿No sabes? Juana, trae la tranca... –gritó la bruja.
–Llévese todo el oro, pero no me pegue –suplicó María–; yo no lo necesito.
En ese instante llegaba el padre de la niña y la madrastra comenzó a
acariciar a la hijastra y le decía:
–¡Pobrecita! Te daré una agüita de paico, mi palomita. Ya verás cómo se te
pasa el dolor de estómago.
Y así, el padre se quedó sin saber el encanto de su hija Rosita y el don de su
hija María. Pero era tanto lo que le afligía la ausencia de su hija menor y la
pena que descubría en el rostro de la mayor, que a él mismo le entró
melancolía y al poco tiempo murió.
El desenfreno de la bruja ya no tuvo límites. Rica con el oro que brotaba de
las manos de María cada vez que se las lavaba, vivía en fiestas y saraos en
compañía de su hija, en tanto que María compartía la vida de la servidumbre
numerosa de la gran casa donde ahora moraban.
Naturalmente corrió la voz, de casa en casa y de pueblo en pueblo, de que
una de las hijas de la viuda se lavaba las manos y llenaba las palanganas de
oro, hasta que el rumor llegó al palacio del rey.
Un día, detúvose ante la casa de la viuda una carroza real. Mensajeros del
rey llevaban la orden de descubrir a la doncella del don maravilloso y llevarla
al palacio.
–Todas las mujeres de esta casa deben lavarse las manos en la palangana de
oro que para el efecto hemos traído –dijo el heraldo.
Y una por una fueron pasando todas las habitantes de la casa hasta llegar a
Mariquita. La gamella se llenó de oro como han de suponerlo, y el heraldo
dijo que tenía orden de llevársela a la corte.
–Nos vamos ahora mismo –dijo la madrastra–. Mi hijita no puede ir sola.
–¿Eres tú la madre de esta hermosa niña? Nadie lo creería –dijo el
mensajero.
La bruja se mordió los labios, pero nada dijo. Por el contrario, sonreía.
–¿No podríamos aguardar hasta mañana? –suplicó Mariquita.
Por nada del mundo hubiera querido irse sin ver a Rosita por última vez.
–No podemos tardar. Vamos pronto –ordenó el mensajero del rey.
–Al momento –dijo la bruja–. Ven acá, chiquilla.
Tirando de la mano a María, entró a la casa.
–Arréglate, Juana. Tú también irás. Nadie sabe lo que puede suceder –decía
la bruja.
A los pocos minutos, salía la viuda acompañada de dos jóvenes, muy
cubiertas con tupidos velos.
–¿Y a qué llevas a ese esperpento? –preguntó el heraldo del rey.
–Es la sirvienta de mi hijita y la llevo para que la atienda durante el viaje –
declaró la madrastra.
–¡Suban pronto! –gritó el mensajero.
¡Había que ver cómo se arrellanó la vieja bruja en los blandos cojines de la
carroza del rey! No cabía en sí de contenta. Maquinaba en su cerebro planes
siniestros para la hijastra y se prometía sacar partido para ella y para su hija.
El viaje a la corte duraría dos días y había tiempo para desarrollar sus
malignos propósitos.
–Mientras más pronto, mejor –dijo la primera noche.
Cruzaban un bosque muy tupido y obscuro. En el silencio de la noche se
escuchaba el rugido de algunos pumas y el graznido de los cuervos. Nada
más apropiado para las malvadas intenciones de la bruja.
–Haga detener el carruaje –dijo de pronto a uno de los palafreneros que
galopaban al lado de la portezuela–; mi hija se ha mareado y es menester
sacarla a respirar aire puro.
El mensajero que iba en el pescante del carruaje se vio obligado a obedecer.
El lacayo abrió la portezuela y las tres damas bajaron a tierra.
–Aguárdenos aquí. Daremos una vuelta y luego regresaremos –dijo la vieja.
Internáronse corriendo a lo más tupido del bosque. La bruja arrastraba
consigo a María, que temblaba de pavor. Cuando se encontraron demasiado
lejos para que pudieran los lacayos escuchar gritos, la bruja se abalanzó sobre
su hijastra y, con sus uñas largas y afiladas, le arrancó los ojos. La pobre niña
dio un grito agudo y cayó sin sentido.
La vieja malvada, sin corazón, despojó a su hijastra de sus vestidos y la
vistió con los de Juana; luego echó a correr, llevando a su hija, vestida con el
traje de Mariquita.
–¿Y qué se hizo la otra viajera? –preguntó el heraldo al ver llegar a dos en
vez de tres.
–La criada no ha querido seguir –dijo la madrastra.
–¡Pero se la pueden comer las fieras! –dijo el mensajero.
–No hay cuidado. Se ha quedado con una comadre que vive por ahí cerca –
mintió la vieja.
–Y a mí poco me importa –dijo el mensajero–. Nosotros veníamos a buscar
a la niña que echa oro por las manos y no a tu criada.
Sin preocuparse más de las viajeras, continuó el viaje hasta llegar al palacio
del rey.
–Pongo por condición –dijo la bruja al ministro del rey que salió a
recibirla– que mi hija no se ha de dejar ver de nadie hasta el día de su boda
con el hijo del rey. Si no es así, me la llevaré en el acto.
Accedió el rey a aquella petición que encontró muy justa.
–Debe ser una joven muy modesta –dijo–, que no quiere ser objeto de la
curiosidad.
La bruja y su hija fueron conducidas a un regio departamento, donde Juana
ocultó su fealdad a todo el mundo. Su madre, entretanto, ensayaba brujerías a
ver si conseguía para su hija el don de su hijastra.
Por decreto real se habían fijado las bodas a un mes de plazo y se invitaba a
ellas a todos los príncipes, altezas, duques y nobleza del país.
¿Qué había acontecido en tanto a la desgraciada Mariquita?
Sumida en la obscuridad eterna de su ceguera, vagaba por el bosque.
–Rosita, Rosita. ¿Qué te has hecho, hermanita mía? –gritaba–. Ciega y sola,
no sé a dónde dirigir mis pasos.
Después de mucho caminar, tropezando y cayendo, escuchó el ladrido de un
perro. El animal daba la alarma a su dueño.
–¿Quién anda por ahí? –dijo una voz ronca.
–Yo, una pobre ciega –respondió María.
–¿Y qué buscas en esta soledad?
–Busco un asilo donde cobijarme, mamita.
–Aquí somos pobres, pero puedes habitar junto con el perro y compartir su
comida. Más no tengo que ofrecerte.
–Gracias, mamita. Mucho peor es andar por el bosque. Me da mucho
miedo. Tal vez yo pueda pagarle lo que como con mis servicios –dijo,
humildemente, María.
La vieja mujer del leñador no era mala, pero sí muy rezongona.
–Anda, anda, sin tanto parlotear. No sé qué podrás hacer sin vista –le dijo.
El perro ya había hecho amistad con su nueva compañera y le lamía las
manos. Dejóse guiar la pobre ciega y se sentó junto a la casucha del animal.
Había allí una palangana con agua y metió en ella las manos, restregándolas
hasta sacar tanto oro que el agua se derramó por el suelo.
Adentro hablaban la vieja y el viejo.
–Una boca más –decía el viejo– y el trabajo anda tan malo.
–¡Qué le hemos de hacer, viejo! La pobre chiquilla es ciega y está resuelta a
compartir la comida con el perro.
–Entonces que se quede –dijo el viejo–. Podrá ayudarte en los quehaceres
de la casa.
Los viejos salieron al patio y, ¡cuál no sería su asombro al ver cómo
rebasaban las monedas de oro en la palangana del perro! La ciega les explicó
la causa del prodigio y les dijo que todo ese oro era para ellos, en pago de su
hospitalidad.
–¡Hijita, dormirás en mi cama! –dijo el viejo–; ¡yo puedo dormir en un
cuero de vaca!
–Comerás en mi plato –agregó la mujer–. Ahora mismo me voy a comprar
lo que nos falta.
–¡Se acabaron los malos tiempos! –añadió el leñador–. Ahora podré
descansar.
Así discurrían los viejos, y Mariquita les escuchaba satisfecha de haberles
ayudado.
“Si pudiera volver a hablar con mi hermanita, sería feliz”, decía.
Acompañada del perro, salía todos los días a vagar por las quebradas,
llamando a Rosita. Un día estaba sentada junto a una vertiente cuando
escuchó la voz querida:
–¡Hermanita, hermanita! –decía Rosita.
–Rosita, ven a mis manos –exclamó la ciega, extendiendo sus brazos.
La culebrita se deslizó rápidamente y se enroscó en el brazo de su
hermanita.
–¿Por qué te ausentaste sin advertírmelo? –reprochó.
–No me dieron tiempo, Rosita. ¡Si supieras cuánto he sufrido!
–¡Y yo que te buscaba por campos y montes! No sabes cómo me ha costado
arrastrarme hasta aquí siguiendo tus rastros –dijo Rosita.
Ambas hermanitas se contaron sus padecimientos.
–Vuelve mañana a esta misma hora y te diré lo que has de hacer –dijo la
culebrita.
Al día siguiente reuniéronse las hermanas a orillas de la vertiente.
–Escucha atentamente lo que tengo que decirte –comenzó la culebrita–. La
madrastra vive con su hija en el palacio del rey y se hacen grandes
preparativos para las bodas del príncipe con Juana, a quien nadie ha visto la
cara. Cuando la bruja te arrancó los ojos, los guardó en la suela de sus
zapatos y allí están todavía. Tenemos que recuperarlos a toda costa.
–¿Y cómo podremos recuperarlos, hermanita? –preguntó la ciega.
–Escucha: Aquí tengo dos ojos de diamante que valen una fortuna.
Llévaselos a la buena viejecita que te ha dado asilo y le cuentas toda tu
historia, sin ocultarle nada. Luego le ruegas que vaya al palacio del rey y
ofrezca cambiar ojos de brillantes por ojos de gato...
–¿De gato? ¿Cómo ha de ser eso? –preguntó la ciega.
–Si dice de gente, la bruja no los entrega por temor de que descubran su
crimen –explicó la culebrita–. Cuando haga el cambio, me traerás los ojos y
yo te los pegaré tan bien como estaban antes.
Hizo Mariquita todo como se lo recomendó su hermana.
–¡Pobrecita, mi hijita! –exclamó la vieja, cuando escuchó la historia–. Por
bien o por mal le he de sacar tus ojos a esa bruja endemoniada.
Al otro día, antes de aclarar, se encaminó a la ciudad llevando los ojos de
diamante encerrados en un calabazo. Cuando llegó al palacio real, comenzó a
vocear:
–¿Quién cambia ojos de brillantes por ojos de gato?
–¡Esta ha de ser loca! –decían los guardias.
Pero la mujer del leñador seguía infatigable.
–¿Quién cambia ojos de diamante por ojos de gato?
Abrióse una ventana del pabellón ocupado por la viuda y su hija, y asomó
Juana.
–¡A ver esos ojos de diamante! ¿Quieres subir, buena mujer?
–Voy al momento, princesa –dijo la anciana.
–¿Qué haces, desgraciada? –preguntó la viuda a su hija.
–¿No ves que si en verdad son ojos de diamante los que trae, se los
cambiamos por los de María? –dijo Juana.
La madre se indignó:
–Verá que no son de gato y nos denuncia; no seas tonta.
–Mira que ya viene. Dame las zapatillas. Es una vieja campesina... No
maliciará nada –dijo Juana.
Sacó las zapatillas de debajo de la cama y cogió los ojos.
Ya era tiempo, porque la mensajera de María entraba al aposento. Madre e
hija examinaron los ojos que eran una maravilla.
–Me haré un par de dormilonas para el día de la boda –decía Juana–. Dale,
mamita, los ojos del gato. ¿Para qué los quieres?
–¡Ay dolor! ¡Tener que desprenderme del único recuerdo de mi cuchito!
Lléveselos, sin que yo los vuelva a ver –gimió la hipócrita vieja.
Contentísima llegó la anciana a su choza y entregó los ojos a María. La niña
se fue en el acto a la quebrada donde moraba la culebrita.
–Aquí están mis ojos, Rosita –le dijo.
–Siéntate a mi lado. Yo te los pegaré con mi saliva.
Y así lo hizo Rosita con mucho cuidado y destreza, sin lastimar a su
hermanita, que al momento recuperó la vista.
–Hermana mía. ¡Qué felicidad poderte ver! Pero ahora quiero que vuelvas a
tu verdadera figura. ¿Qué podré hacer para romper el encanto?
–¡Ay, hermanita! Tendrías que caminar por montes y peñas, pasar muchos
peligros, sólo así se perdería el encanto.
–¡La muerte que fuera, Rosita! Todo antes que verte convertida en culebra.
–Si es así, tendrás que ir por tal y tal camino y no arredrarte por nada.
Seguirás adelante, siempre adelante, hasta que me encuentres a mí.
Así habló la culebrita y le dio todas las indicaciones del camino.
María salió inmediatamente a rodar tierras. La buena anciana le dio unas
alforjas con cocaví y su bendición.
–Anda, hijita, que te ha de ir bien porque eres buena hermana –le dijo.
A poco andar, Mariquita llegó ante un cerco de espinas; buscó por todas
partes un hueco por donde pasar, pero no lo encontró. Entonces trató de
abrirse paso con las manos, sin lograr quebrar una rama. Por fin se decidió a
trepar por las espinas, clavándose las manos, los pies y hasta la cara,
desgarrándose el vestido y el calzado.
Sangrando, llegó al otro lado y cayó en un pantano. Tardó todo el día en
cruzar aquel inmenso lodazal, donde se enterraba hasta la rodilla. Por fin, en
la tarde llegó a orillas de un estero; se lavó y comió un pedazo de tortilla.
“¡Adelante, hermanita, si al final he de encontrarte!”, se dijo, apenas
descansó un momento.
Cruzó el estero y se encontró en un potrero solitario. Tenía que atravesarlo
para llegar después al pie de un monte muy escarpado.
Habría caminado un par de leguas cuando se encontró en un callejón muy
angosto y en la puerta peleaban dos toros bravos. Ambos animales rugían,
echando chispas por los ojos. María trataba de pasar por un lado y otro, pero
era inútil: una coz o una cornada la echaban a rodar.
“¡Hermanita, si he de encontrarte al final, apartaré los toros!”, se dijo.
Y diciendo esto, ella, que era chica y débil, se abalanzó y se aferró de un
asta con cada mano. Los toros dieron un rugido feroz y corrieron uno por
cada lado, dejando el paso libre.
El callejón daba a un campo pedregoso. A cada paso María sentía un dolor
agudo, muchas veces tropezaba y caía, lastimándose entera.
“¡No importa, hermanita, si al fin he de encontrarte!”, se decía,
levantándose.
Agotada, llegó al pie de la montaña, término del viaje.
“Rosita me dijo que cuando se abriera la montaña pasara corriendo, porque
a los pocos minutos se cerraba y podía quedar apretada dentro”, recordó.
Iba a sentarse a descansar, cuando sintió un terremoto y el monte se partió
en dos. Temblando, Mariquita no se atrevió a moverse. Pero luego recordó la
recomendación de su hermana.
–¡Hermanita, si he de hallarte al final, cruzaré! –dijo en voz alta.
Ni el cerco de espinas, ni el pantano, ni los toros peleando le habían
ocasionado una emoción tan violenta como la que experimentó la pobre niña
al verse entre dos montañas que se iban juntando poco a poco.
Corría, respirando apenas; tropezaba, caía y volvía a levantarse. Poco a
poco se estrechaba el pasaje y ya las piernas no podían sostenerla.
–¡Hermanita, hermanita, ayúdame! –gritó.
El cuerpo de Mariquita iba quedando apretado entre las rocas y todavía le
faltaban unos cuantos pasos para llegar afuera.
–¡Hermanita! –suspiró y llegó afuera, cayendo sin sentido.
Unos brazos la sostuvieron y la sacaron a tiempo de entre las montañas. Sin
eso, habría quedado adentro.
Cuando María abrió los ojos, vio a su lado a una joven de hermosura
deslumbrante. En el primer instante no la reconoció, pero luego la estrechó
entre sus brazos.
–¡Rosita..., mi hermanita!... ¿Eres tú, en cuerpo y alma?
–Yo, hermanita, y tú me has salvado. ¡Eres tan valiente! Ahora nos vamos
al palacio. Ahí está mi carroza y traigo un lindo traje para ti.
María vio una hermosa carroza con cuatro parejas de caballos, que
aguardaba a la entrada de un bosque.
A los pocos minutos las dos hermanas viajaban en el carruaje y se contaban
sus aventuras. Rosita sabía todo lo que acontecía en el palacio donde
habitaban la madrastra y su hija Juana.
–Hoy es el día fijado para el banquete de la boda –dijo–. Nadie ha visto la
cara de Juana, y hoy, durante el banquete, el rey hará circular en la mesa una
palangana de oro donde se lavarán las manos todas las damas. Así quiere
mostrar el rey el valor de la novia que ha escogido para su hijo. Habrá en el
palacio príncipes y princesas, duques y duquesas, nobles de todo el reino.
Irán también todos los campesinos y campesinas y el viejo leñador que te dio
asilo, con su mujer.
Lo que Rosita contaba era la verdad. Cien cocineros circulaban en las
cocinas del palacio real, asando faisanes, ciervos y pavos reales. Los
pasteleros fabricaban tortas y mazapanes. Los lacayos preparaban una mesa
tan grande, que los que estaban en una cabecera tenían que usar vidrios de
aumento para ver a los de la otra. La reina y las princesas se ataviaban con
todas las joyas que poseían, y el rey y los príncipes vestían sus trajes de
terciopelo escarlata.
–¿Qué tal me sientan las dormilonas, mamita? –preguntaba Juana que
estaba más fea que un sapo.
–Pareces una reina, Juanita. Pero escucha: no me digas mamita, mira que
las reinas no hablan así, y tú serás reina mañana –dijo la bruja, orgullosa.
–¿Y cómo he de decirte, entonces? –preguntó Juana.
–Dime su sacarreal majestá, mi madre.
–Bueno, su sacarreal majestá, mi madre, mamita –dijo Juana.
A la hora precisa comenzaron a llegar los carruajes trayendo a los invitados.
Todos ansiaban conocer a la novia del príncipe cuya fama había llegado a los
países vecinos.
Cuando ya estaban reunidos todos los invitados, se abrieron las puertas de
la gran sala para dar paso a dos doncellas tan bellas que se oyó un murmullo
de admiración. Sus trajes eran soberbios y sus joyas maravillosas.
El príncipe se acercó a saludarlas y las condujo al trono del rey. Pero nadie
conocía a aquellas princesas.
La madrastra y Juana no se imaginaron que fuesen las mismas a quienes
ellas habían martirizado.
Juana conservaba el velo puesto, según fue su convenio con el rey. ¡Cómo
iba atreverse a levantarlo delante de tanta belleza! ¡Tan sólo de pensarlo
temblaba!
–¿Quiénes serán ésas, sacarreal majestá mi madre, mamita? –preguntó al
oído de la bruja.
–No lo sé, pero les hallo un parecido con tus hermanastras... –murmuró la
vieja.
–¡Qué han de parecerse, mamita! La Rosa está convertida en culebra y la
María ha de haber muerto en el bosque... –dijo Juana.
–¡Todo puede suceder! –dijo la vieja, comenzando a temblar.
¡Razón tenía de temblar la vieja bruja, mal corazón!
Llegó la hora de los postres y, al terminar, el rey ordenó que pasaran la
palangana de oro para que las damas se lavaran las manos.
–Quiero que todos presencien un prodigio –declaró su majestad.
Comenzó a circular la palangana llevada por dos lacayos. Un tercero
presentaba toallas de seda y oro. Una por una sumergían las damas sus
preciosas manos en el agua sin que se operara ningún prodigio. Ya no
quedaban más que tres doncellas: Juana y sus hermanastras.
Tocó su turno a Rosita que hundió sus manecitas blancas y delicadas en la
palangana, restregándolas suavemente. Al instante brotaron perlas y más
perlas, hasta que el agua rebasó.
–¡Maravilloso! ¡Maravilloso! –gritaron todos–. ¿Esta será la novia?
–Aguardad un instante –dijo el rey–. Todavía faltan cuatro blancas manos.
Blancas eran las dos manos de María que, al ser restregadas dentro de la
palangana, echaron monedas de oro en gran cantidad.
–¡Maravilla, maravilla! ¡Esta es la novia!
Tocó el turno a Juana y sus dos manos negras entraron al agua que al punto
se tiñó, tomando el color del barro.
El rey, disgustado, le arrancó el velo de la cara, dejando al descubierto toda
la negrura del alma ruin.
–¡Estas son unas impostoras! –declaró el rey–. ¡Venid, guardias, y llevadlas
al calabozo!
Rosita contó entonces su historia y la de su hermana.
Todos los príncipes se disputaron la mano de las dos aldeanas que eran
buenas y además tenían un precioso don, premio de sus buenas cualidades.
El hijo del rey se casó con María y un príncipe vecino con Rosita.
Terminó la fiesta con gran regocijo, y, junto con ella, se acabó el cuento, y
ya era tiempo, porque salió muy largo y los niños que me escuchan de sueño
no pueden más.
Rosita la Tejedora
Había una vez una niña muy hacendosa y trabajadora, llamada Rosita. Sus
padres murieron y, desde pequeñita, moraba en la casa de su madrina, una
buena viejecita que le enseñó a hilar y tejer, a ser buena niña, caritativa y
obediente.
Cuando Rostia cumplió quince años, enfermó gravemente la anciana y
llamó a su ahijada junto a su lecho.
–Hija mía –le dijo–, veo que se acerca mi fin, te dejo la choza; en ella te
hallarás al abrigo del mal tiempo. Te dejo también el huso, el telar y la aguja;
con esos tres objetos te ganarás el sustento. Guarda a Dios en tu corazón y
serás feliz.
La anciana colocó sus descarnadas manos sobre la cabeza de la joven y le
dio su bendición. Luego cerró los ojos y exhaló su último suspiro.
La ahijada lloró mucho a su madrina y siguió viviendo fiel a sus consejos.
Trabajaba constantemente: hilaba, tejía y cosía. Sus obras eran muy
apreciadas y a ella le pagaban el mejor precio en el mercado.
Sucedió que, al cabo de un año, visitó la aldea un príncipe buscando novia.
Este príncipe, hijo de un poderoso rey, quería casarse con una joven que no
perteneciera a la corte; prefería encontrar una aldeana cuya fortuna, si es que
la tenía, no la hubiera envanecido. No quería tampoco una joven miserable e
incapaz de ganarse el sustento.
Y así, el príncipe Rolando iba de aldea en aldea, sin encontrar lo que
buscaba.
–Mi esposa debe ser la más pobre y la más rica a la vez –decía en todas
partes.
Al escucharle, muchos se burlaban y creían que había perdido el juicio.
–¿Cómo había de haber una joven que fuese al mismo tiempo la más pobre
y la más rica? –decían los campesinos.
Al llegar a la aldea donde moraba Rosita, el príncipe hizo su acostumbrada
indagación. La aldea era pequeña y todos se conocían.
–La más rica es la fulana de tal –dijéronse– y la más pobre es la Rosita, que
vive a la salida del pueblo, en una mísera cabaña.
El príncipe, cabalgando en un hermoso caballo alazán, se paseó por las
calles polvorientas de la aldea.
La joven rica, sentada en el umbral de la puerta de su casa, se había echado
encima cuanta zarandaja tenía. Las mejillas pintadas con carmín y solimán le
daban el aspecto de un payaso.
Al ver acercarse al príncipe, se puso de pie e hizo su mejor reverencia.
Rolando la miró y siguió su camino sin devolverle el saludo. Llegó al final
del pueblo. La casita de Rosa, aislada de todas las demás, parecía desierta.
“Aquí vive la más pobre –se dijo el príncipe–. Y ni siquiera se asoma a la
ventana para verme pasar, como lo han hecho todas las muchachas de la
aldea. Debe ser alguna pordiosera que no tendrá con qué cubrirse. ¡De las
mujeres ociosas, líbreme el Señor!”
Iba a seguir su camino; pero viendo una ventana abierta, detuvo la
cabalgadura y se asomó. Vio a una niña encantadora, muy limpia y
modestamente ataviada; sentada en un piso de totora, Rosita hilaba la lana
para el telar.
El príncipe la miró extasiado. De pronto la tejedora levantó la cabeza y al
ver al príncipe se sonrojó; bajó la vista en el acto e hizo girar el huso con
precipitación. No es de extrañar que en medio de la confusión, la hebra no
saliera tan pareja como de costumbre.
El príncipe nada dijo. Espoleó el caballo y desapareció por la carretera.
Cuando Rosita sintió que se alejaba, atrevióse a salir a la ventana.
“Está haciendo mucho calor –decía–; me refrescaré un rato en la ventana.
Era apuesto el mancebo –pensaba, viendo alejarse el penacho blanco que
adornaba el sombrero de Rolando–. ¿Qué miraría tanto?”
Pensativa volvió a su trabajo recordando a su madrina.
“Ella me enseñó el canto del huso, el telar y la aguja –decía–; no sé por qué
hoy se me viene a la memoria”. Y cantó:
Huso que me das el pan
huso que corres y vuelas,
vete por las callejuelas
y me traes al galán.
¿Y qué sucedió, hijitos de mi alma? Apenas Rosita entonó la canción de la
madrina, el huso se escapó de sus manos, como si hubiera criado pies, y salió
dando trastabillones y topetazos en los ladrillos del piso. Saltó por la ventana
y se fue al camino.
Rosita corrió a la ventana y se quedó con la boca abierta. El huso corría y
danzaba despidiendo luces que alumbraban la senda por donde iba.
“¡Mi madrina era un hada, entonces! –exclamó–. Esto no lo había visto
jamás”.
En verdad era un hada la buena anciana que cuidó a Rosita en su niñez y,
sin comunicárselo, le había dejado dones muy valiosos. Sólo en el caso de
que la ahijada hubiese desdeñado los consejos de la madrina, los dones
habrían perdido su virtud.
El huso desapareció en una encrucijada del camino, y la senda se
obscureció.
“Lo peor es que no tengo otro huso –reflexionó la tejedora–. Trabajaré en el
telar”.
Mientras ella volvía a su trabajo, el huso seguía danzando por aquellos
caminos de Dios, y no se detuvo hasta alcanzar al príncipe. Entonces se puso
delante del caballo y comenzó un desenfrenado baile.
“¿Qué significa esto? –exclamó el príncipe, sujetando las bridas–.
Cualquiera diría que este palito me invita a seguirle. Vamos, mi caballo,
démosle en el gusto”.
El huso, como si comprendiera, volvió atrás, camino de la aldea.
Rosita, sentada en su piso de totora, manejaba las hebras de lanas de
colores, matizándolas y formando hermosos dibujos.
“Mi madrina cantaba también al telar –se dijo–. Este no se escapará..., es
muy grande... Hagamos la prueba”.
Con estas palabras, comenzó la canción del telar:
Telar que me das el pan,
si en verdad me has de ayudar,
dile al apuesto galán
que me canso de esperar.
¡Ay hijitos míos! ¡Cómo escapó el telar con lanas de todos colores!
Bailando y brincando salió puerta afuera, dejando a Rosita con la boca
abierta.
“¡Era un hada mi madrina! –repitió–. ¿A dónde te vas, telar mío?”
El telar se detuvo a algunas varas de la puerta y comenzó a funcionar. Sube
y baja la palanca, se tuercen las hebras de todos colores y salen dibujos
fantásticos, dibujos de hadas jamás soñados por la pobre campesina. De atrás
para adelante y de adelante para atrás..., ¡aquello era de marear!
Pero no fue nada eso, sino el resultado de tanta danza... Del telar salía una
alfombra con anchas franjas, formando guirnaldas floridas, de rosas y lirios.
Al centro, en campo de oro, se levantaba un verde follaje por donde cruzaban
liebres, pavos reales, cisnes blancos y negros. Entre el ramaje de los árboles,
lucían las aves sus bellos colores: unas volando, otras en reposo, sólo les
faltaba abrir los picos y cantar.
Y el telar corría de un lado a otro y la tela crecía y crecía.
“Ya no me queda más que la aguja”, dijo Rosita.
En aquel momento escuchó el galope de un caballo.
Pensó que sería otro jinete, y cogió la aguja y su costura.
Entonces recordó la canción de la aguja y cantó:
Corre, corre, aguja mía.
Si el galán ha de llegar,
hay mucho que preparar.
Corre, corre, aguja mía,
corre, corre, sin cesar.
¡Y lo que aconteció al huso y al telar le aconteció a la aguja de coser! ¡Sí,
hijitos del alma! Saltó la aguja de los dedos de la costurera y se clavó de
punta en el suelo. Después de dar unas cuantas volteretas, se clavó en las
murallas y las murallas botaron el polvo; se clavó en la mesa y la mesa se
cubrió con un mantelito, y al centro apareció un ramillete de siemprevivas.
Voló a la ventana y blancas cortinas la velaron; picó los pisos de totora y
quedaron al punto cubiertos de blandos cojines de terciopelo. Y la aguja cosía
de punto atrás, de hilván y de pespunte, y la sala se tornaba en una sala de
palacio.
Cayó al suelo la aguja con la última puntada y se abrió la puerta.
Rosita vio al caballero de sombrero emplumado, cabalgando en brioso
alazán.
Ante la deslumbrante alfombra, apeóse Rolando y caminó sobre el tapiz,
sombrero en mano. La humilde tejedora, confusa ante la súbita aparición,
retrocedió al último rincón del aposento.
–No temas –dijo Rolando–. Hace mucho tiempo que voy por el mundo
buscando una novia que sea al mismo tiempo una doncella rica y pobre.
Hasta hoy no la había hallado. Tú eres la más pobre, porque nada tienes, y
eres la más rica porque sabes trabajar, y con tu trabajo nada te falta.
Rolando extendió su mano. Rosita la cogió en silencio y el príncipe
imprimió un beso en la punta de sus dedos. La subió en su caballo, subió él
atrás y se la llevó al palacio del rey, su padre.
Se celebraron las bodas y los festejos duraron cuarenta días.
Cuentan y no acaban los convidados de los ricos manjares y hermosos
presentes, y dicen que el Huso, el Telar y la Aguja se guardan en el real
tesoro para ejemplo perenne de las jóvenes que se quejan de pobres y no
quieren trabajar.
La Tenca y la Nieve
Una tenquita estaba durmiendo en un espino. Cayó la nieve en grandes
copos, cubrió el espino y botó a la tenca, que se quebró la patita.
La infeliz avecilla despertó con un horrible dolor en la patita quebrada.
“¡Triste de mí! ¿Qué haré yo para buscarme el sustento? Ya tenía mi nido
terminado y la nieve me lo estropeó. Y, lo que es peor, me ha dejado coja.
¡Qué mala es la nieve! Iré a verla y le daré mis quejas.”
Así diciendo y rengueando, rengueando, la tenca se fue a ver a la reina de la
nieve, y le dijo:
–Nieve, ¿por qué eres tan mala que me quebraste mi patita?
–Más malo es el sol que me derrite –respondió la nieve–. Ve a quejarte con
él.
Rengueando, rengueando, fuese la tenca donde el sol, y le dijo:
–Sol, ¿por qué eres tan malo que derrites la nieve y la nieve me quebró mi
patita?
–Más malo es el nublado que me tapa –respondió el sol–. Ve a quejarte a él.
Rengueando, rengueando, fuese la tenca donde el nublado, y le dijo:
–Nublado, ¿por qué eres tan malo que tapas al sol, el sol derrite la nieve y la
nieve me quebró mi patita?
–Más malo es el viento que me corre –dijo el nublado–. Ve a quejarte a él.
Rengueando, rengueando, fuese la tenca donde el viento, y le dijo:
–Viento, ¿por qué eres tan malo que atajas al nublado, el nublado tapa el
sol, el sol derrite la nieve y la nieve me quebró mi patita?
–Más mala es la pared que me ataja –respondió el viento.
Rengueando, rengueando, fue a quejarse la tenquita a la pared, y le dijo:
–Pared, ¿por qué eres tan mala que atajas al viento, el viento corre el
nublado, el nublado tapa el sol, el sol derrite la nieve y la nieve me quebró mi
patita?
–Más malo es el ratón que me agujerea –respondió la pared.
Rengueando, rengueando, fuese la tenca donde el ratón, y le dijo:
–Ratón, ¿por qué eres tan malo que agujereas la pared, la pared ataja el
viento, el viento corre al nublado, el nublado tapa el sol, el sol derrite la nieve
y la nieve me quebró mi patita?
–Más malo es el gato que me come –respondió el ratón.
Rengueando, rengueando, llegó la tenca donde el gato, y le dijo:
–Gato, ¿por qué eres tan malo que comes al ratón, el ratón agujerea la
pared, la pared ataja el viento, el viento corre el nublado, el nublado tapa el
sol, el sol derrite la nieve y la nieve me quebró mi patita?
–Más malo es el perro que me caza –dijo el gato.
Rengueando, rengueando, fue la tenca a ver al perro, y le dijo:
–Perro, ¿por qué eres tan malo que cazas al gato, el gato come al ratón, el
ratón agujerea la pared, la pared ataja el viento, el viento corre el nublado, el
nublado tapa el sol, el sol derrite la nieve y la nieve me quebró mi patita?
–Más malo es el palo que me pega –dijo el perro.
Rengueando, rengueando, fue la tenca a reclamar al palo, y le dijo:
–Palo, ¿por qué eres tan malo que pegas al perro, el perro caza al gato, el
gato come al ratón, el ratón agujerea la pared, la pared ataja el viento, el
viento corre el nublado, el nublado tapa el sol, el sol derrite la nieve y la
nieve me quebró mi patita?
–Más malo es el fuego que me quema –dijo el palo.
Rengueando, rengueando, fue la tenca donde el fuego, y le dijo:
–Fuego, ¿por qué eres tan malo que quemas el palo, el palo pega al perro, el
perro caza al gato, el gato come al ratón, el ratón agujerea la pared, la pared
ataja el viento, el viento corre el nublado, el nublado tapa el sol, el sol derrite
la nieve y la nieve me quebró mi patita?
–Más mala es el agua que me apaga –dijo el fuego.
Rengueando, rengueando, fuese la tenca a ver el agua, y le dijo:
–Agua, ¿por qué eres tan mala que apagas el fuego, el fuego quema el palo,
el palo pega al perro, el perro caza al gato, el gato caza al ratón, el ratón
agujerea la pared, la pared ataja el viento, el viento corre el nublado, el
nublado tapa el sol, el sol derrite la nieve y la nieve me quebró mi patita?
–Más malo es el buey que me bebe –respondió el agua.
Rengueando, rengueando, fuese la tenca en busca del buey, y le dijo:
–Buey, ¿por qué eres tan malo que bebes el agua, el agua apaga el fuego, el
fuego quema el palo, el palo pega al perro, el perro caza al gato, el gato come
al ratón, el ratón agujerea la pared, la pared ataja el viento, el viento corre el
nublado, el nublado tapa el sol, el sol derrite la nieve y la nieve me quebró mi
patita?
–Más malo es el cuchillo que me mata –dijo el buey.
Rengueando, rengueando, fue la tenca donde el cuchillo, y le dijo:
–Cuchillo, ¿por qué eres tan malo que matas al buey, el buey bebe el agua,
el agua apaga el fuego, el fuego quema el palo, el palo pega al perro, el perro
caza al gato, el gato come al ratón, el ratón agujerea la pared, la pared ataja al
viento, el viento corre al nublado, el nublado tapa el sol, el sol derrite la nieve
y la nieve me quebró mi patita?
–Más malo es el herrero que me hace –dijo el cuchillo.
Rengueando, rengueando, fuese la tenca donde el herrero, y le dijo:
–Herrero, ¿por qué eres tan malo que haces el chuchillo, el cuchillo mata al
buey, el buey bebe el agua, el agua apaga el fuego, el fuego quema el palo, el
palo pega al perro, el perro caza al gato, el gato come al ratón, el ratón
agujerea la pared, la pared ataja el viento, el viento corre al nublado, el
nublado tapa el sol, el sol derrite la nieve y la nieve me quebró mi patita?
Entonces le dijo el herrero:
–Ven acá, tenquita, que yo te compondré tu patita.
Rengueando, rengueando, se acercó la tenca y el herrero le vendó la pata. Se
fue la tenquita muy contenta, volvió a hacer su nido y sacó muchas tenquitas,
que andan volando por los campos y contando el cuento de la tenca vieja que
se quebró su patita y reclamó, hasta que encontró quien se la compusiera *.

* Este cuento lo aprenden de memoria los niños y la mayor gracia consiste en recitar el párrafo del
reclamo de una tirada, sin turbarse y sin respirar hasta llegar a la interrogación final.
El Tamborcillo
Cuando los chanchos volaban y las culebras andaban paradas, había un
Tamborcillo que tenía un tambor. Y tenía un tambor el Tamborcillo y, con él
al hombro, salió a rodar tierras.
“Si no tengo qué comer, toco el tambor –se decía– y algo me ha de caer.”
Pero el tambor no era de virtud, hijitos míos, y si no sacaba pan de las
alforjas, mi buen Tamborcillo se quedaba en ayunas.
Una tarde, llegó a orillas del mar y se sentó a comer la última rebanada de
pan con queso. Después de descansar un rato, iba a seguir su camino, cuando
vio un objeto blanco en la arena. Era una camisa de finísimo lienzo.
“¡Qué camisa más fina! Debe de ser de alguna princesa, porque las hijas de
los pescadores no llevan prendas tan delicadas”, pensó el Tamborcillo.
“La guardaré como un talismán”, resolvió, guardando la camisa en la
faltriquera.
Al llegar la noche se tendió al pie de un maitén y no tardó en dormir como
un bendito. De pronto escuchó una voz suave que le llamaba:
–Tamborcillo, Tamborcillo, devuélveme mi camisa.
El muchacho abrió los ojos, pero la obscuridad era tan densa, que no logró
descubrir a la persona que le hablaba. Sin embargo, sentía el roce de un
cuerpo entre el follaje. El era valiente; no les tenía miedo a las sombras ni a
las voces del otro mundo.
–¿Quién eres tú? –preguntó, incorporándose.
–¡Devuélveme mi camisa, Tamborcillo! –suplicó la voz.
–Te la devolveré si me dices quién eres –insistió el Tamborcillo.
–¡Ay, triste de mí! –murmuró la voz–. Soy la hija de un rey poderoso, pero
una terrible bruja me tiene encantada en la Montaña de Cristal. Todos los días
me baño en el mar, en compañía de mis dos hermanas. Sin la camisa que tú
recogiste en la playa, yo no puedo volar. Mis hermanas se han ido. Te suplico
que me la devuelvas, porque si no me sucederá una gran desgracia.
–Tranquilízate, princesa –respondió el Tamborcillo–. Toma tu camisa.
La princesa extendió la mano invisible y cogió el fino lienzo.
–Princesa –exclamó el muchacho–. Yo quiero salvarte. Dime lo que tendría
que hacer.
–¡Salvarme! ¡Imposible! Tendrías que escalar la Montaña de Cristal y
arrebatarme a la vigilancia de una bruja perversa.
–¡Escalaré la Montaña de Cristal! ¡Te arrebataré de las garras de la bruja!
¡Yo puedo lo que quiero! –declaró con entusiasmo el Tamborcillo–. ¿Cuál es
el camino de la Montaña de Cristal?
–El camino cruza la Selva Negra; más no puedo decirte, Tamborcillo.
El muchacho escuchó los pasos que se alejaban tocando apenas el césped de
la pradera. Quedó solo, aguardando con ansias que despuntara el día.
Junto con los primeros destellos del sol, terció el tambor sobre el pecho y
emprendió la marcha camino de la Selva Negra.
“Allí moran los gigantes –pensaba–. Tendré que batirme con ellos.”
Penetró en la selva obscura, anduvo muchas leguas y los gigantes no
aparecían. El Tamborcillo comenzó a impacientarse.
“Deben de ser muy dormilones los gigantes –dijo, descolgando el tambor–;
tocaré zafarrancho a ver si los despierto. Ellos deben conocer el camino a la
Montaña de Cristal.”
Diciendo esto, redobló estruendosamente: las aves huían de sus nidos
profiriendo chillidos espantosos.
“¡Rataplam-plam-plam!”, continuaba el Tamborcillo, y seguía adelante.
De pronto vio algo, que él había tomado por un roble volcado, que giraba
solo. Y las ramas se sacudían, y el árbol entero se levantó, produciendo un
horrible terremoto, y de la copa del árbol partían unos bufidos que
estremecían el follaje. ¡Y el árbol caminó!
¡Ay, hijitos de mi alma! ¡El roble era un gigante, las ramas eran sus brazos
y su boca enorme producía aquella ventolera!
Cualquier otro que no fuera nuestro valiente Tamborcillo habría caído
desmayado de susto. El siguió tamborileando a más y mejor, aunque le
temblaban las piernas y los palillos del tambor iban algo descarrilados.
–¡Inmundo gusanillo! –rugió el gigante–. ¿Cómo te atreves a perturbar mi
sueño?
El Tamborcillo seguía tamborileando y pensando una estratagema para salir
del paso.
–¿Estás sordo? ¡Mira que de un bocado te trago! –amenazó el gigante–.
¡Deja de hacer ruido!
–¿Para qué tanto terremoto? –contestó el Tamborcillo–. Yo soy el tambor
de mi regimiento; estoy indicando el camino para que vengan a conocerte los
miles de soldados que lo componen. Mi toque les dice que se formen en
batalla.
Y seguía el Tamborcillo tocando y tocando.
–¿Y contra quién piensan combatir tus soldados? –preguntó el gigante.
–Contra ti, monstruo que infestas este lugar. Te cortarán en pedazos y te
comerán –dijo el Tamborcillo.
Una risotada del gigante produjo otro huracán en el bosque.
–¡Yo mato a tus soldados como si fuesen hormigas! –dijo.
–¡Te digo que son miles! Mientras tú te agachas a recoger uno, se te suben
cientos de soldados por las costillas y te machucan con sus sables y te sacan
la carne a rebanadas, y se la comen cruda. Otros se te suben por esa panza
enorme y te sacan los ojos.... Eso harán mis soldados contigo.
Un suspiro del gigante armó una ventolera.
–Bueno, bueno –gruñó–; no tenemos por qué pelear. Sigue tu camino,
bribonzuelo, y déjame dormir en paz.
–Te dejaré en paz y ordenaré al regimiento que se retire del bosque si me
llevas a la Montaña de Cristal –dijo el muchacho.
–¿Y se irán los miles de soldados?
–Por cierto. No tengo más que tocar un redoble y se retirarán pacíficamente.
–Toca ese redoble, entonces –dijo el gigante, con voz tan suave, que parecía
una brisa primaveral.
–Primero me subirás sobre tus hombros –advirtió el Tamborcillo.
–Ven acá, gusanillo insolente –bufó el gigante, reprimiendo la rabia.
Tomó al muchacho del cuello de la blusa y se lo echó al hombro como un
costal. El Tamborcillo se sentó cómodamente y comenzó un entusiasta
redoble.
–¿Esa es la señal? –preguntó el gigante.
–Sí. Pero te advierto que si no vas muy derecho, los llamo de nuevo –
declaró el valiente.
No había cuidado. De cada paso, el gigante caminaba una legua; tales eran
sus ganas de librarse de su carga. Al cabo de muchas horas de viaje,
encontraron otro gigante.
–Hermano –dijo el primer gigante, en su idioma–, lleva mi pasajero camino
de la Montaña de Cristal; no le permitas tocar el tambor, porque es muy
peligroso para nosotros.
El Tamborcillo fue trasladado de un gigante al otro. El segundo lo colocó
en el ojal de su camisa y lo abotonó para que no se escapase.
“¡Qué bien he quedado debajo de este quitasol!”, decía el Tamborcillo.
El botón del gigante era del tamaño de un inmenso quitasol.
Después de muchas horas de viaje, el Tamborcillo pasó a manos de un
tercer gigante, que lo sentó en el ala de su sombrero.
“¡Qué bien voy en este mirador!”, decía el viajero, muy satisfecho.
De pronto descubrió una montaña azul y cristalina.
–¡La Montaña de Cristal! –exclamó.
Con dos pasos más, el gigante se detuvo al pie del monte.
–¡Adelante! –dijo el Tamborcillo.
El gigante le depositó en el suelo y le volvió la espalda. En un segundo se
perdía en el bosque.
¡Ahí quedó el infeliz muchacho sin saber cómo trepar a la Montaña de
Cristal! Trataba de subir y resbalaba; en vano buscó apoyo para sus pies.
“¡Si yo tuviera alas! –suspiró–. Desgraciadamente no poseo una varillita de
virtud. ¿Qué hacer?”
Miraba para todos lados en busca de una solución al conflicto, cuando
descubrió dos hombres que peleaban a puñetazos. Curioso, se acercó a los
contrincantes.
–¡A mí me toca usar la montura! –decía uno, y ¡zas puñete!
–¡Que me toca a mí! –decía el otro, y ¡zas puñete!
–Parecen locos –intervino el Tamborcillo–; se pelean por una montura y no
tienen caballo.
–La montura no necesita caballo –dijo uno mirando al intruso.
–¡Locos rematados! –murmuró el muchacho.
–¡Locos! Eso dices porque ignoras la virtud de la montura –chilló el otro–.
Has de saber que basta desear encontrarse en un sitio para que la montura lo
lleve allá.
–Y es mi turno de usarla ahora –declaró el primer contrincante–, y no me
permite montar.
–Yo arreglaré la cuestión –ofreció el Tamborcillo.
Aceptaron los combatientes, y el muchacho recogió una estaca y la enterró
a algunos metros de distancia, volviendo, en seguida, al lado de los
peleadores.
–Ahora correrán una carrera. El que llegue primero a la estaca, monta en la
silla encantada – propuso.
–Aceptado.
–¡Una...!, ¡dos...!, ¡tres...! ¡Chas...! –gritó el Tamborcillo.
Y, sin aguardar más, montó en la montura, diciendo:
–Monturita de virtud, por la virtud que Dios te ha dado, llévame a la
Montaña de Cristal.
¡Esto que dice, hijitos míos, y la montura que emprende el vuelo con jinete
y todo! En un periquete llegó a la cumbre y el jinete se apeó.
Se encontraba en una meseta donde había una sola casa, hecha de barro y
con techo de paja. Frente a la casa vio una laguna llena de peces de todos
colores. Detrás se extendía un bosque tupido.
El viajero no vio ni hombres ni animales. Reinaba un silencio profundo. Las
nubes estaban tan bajas, que se podían tocar con las manos. El eco de sus
pasos resonaba como el tintineo de un cristal golpeado.
¡Aquello era aterrador, hijitos míos!
Pero el Tamborcillo se fue derecho a la cabaña y golpeó la puerta.
¡Nada! ¡Silencio profundo!
Volvió a golpear y no respondieron. Golpeó por tercera vez, y asomó una
vieja de tez amarillenta y ojos rojizos; llevaba unas antiparras en la punta de
su nariz de pico de loro.
Era la bruja, y miraba al visitante con unos ojos que parecían echar
llamaradas.
–¿Qué vienes a buscar a mi casa? –preguntó con voz cascada.
–Busco comida y alojamiento –respondió el joven.
–Tendrás comida y alojamiento por tres días, pero cada día harás el trabajo
que yo te ordene –gruñó la vieja.
–Lo haré. No le temo al trabajo, por muy pesado que sea –repuso el valiente
Tamborcillo.
–Entra, entonces –dijo la bruja, riendo para sus adentros.
Comió el Tamborcillo, que bastante hambre tenía después de la larga
travesía por la Selva Negra. Luego se tendió en la cama de madera que le
proporcionó la bruja y durmió hasta el otro día.
La bruja le entregó un dedal, diciéndole:
–Con este dedal sacarás toda el agua del lago; después arreglarás los peces
por orden de tamaño y de color. Todo debe estar terminado antes que se
ponga el sol.
Al Tamborcillo le extrañó mucho la ocupación que le daba su nueva
patrona, pero se sentó a orillas del lago y comenzó a sacar agua con el dedal.
¡Cuándo iba a acabar el pobrecito!
La mañana entera se llevó dale que dale. Y era lo mismo que si nada
hubiera hecho.
“No saco nada con seguir en esto –dijo–; mejor será que duerma la siesta.”
Estaba cabeceando cuando llegó una niña llevándole una ollita con la
comida.
–¿Qué has venido a hacer a este lugar? –preguntó la joven, que era blanca y
hermosa como la luna.
–Vengo en busca de la hija de un rey. Me han dicho que está prisionera en
la Montaña de Cristal. Pero no sé dónde ir y aquí no puedo quedarme.
–¿Por qué no puedes quedarte? –preguntó la joven.
–Porque no soy capaz de hacer el trabajo que me ha dado la dueña de casa.
¿Cómo voy a sacar el agua del lago y separar los peces por tamaño y colores?
–dijo tristemente, el Tamborcillo.
–No te aflijas –contestó la joven–. Yo te ayudaré. Recuesta tu cabeza en mi
falda y duerme. Cuando despiertes, todo estará listo.
El Tamborcillo obedeció gustoso. Apenas se durmió, la joven tocó un anillo
que llevaba en el dedo meñique y dijo:
–Anillito de virtud, por la virtud que Dios te ha dado, levanta el agua del
lago y saca los peces.
Inmediatamente se levantó el agua convertida en una gran nube y fue a
reunirse con las nubes del cielo. Los peces salieron saltando y se arreglaron
por colores y tamaño a orillas de la laguna.
Cuando despertó el Tamborcillo, no sabía qué decir al ver aquella
maravilla.
–¿Ves que ha quedado un pez solo? –dijo su salvadora–. Cuando llegue la
vieja, que es una bruja, te preguntará: “¿Por qué ese pez no está con sus
compañeros?” Entonces tú se lo tiras a la cara y le dices: “Es para ti, vieja
bruja”.
Sucedió todo como lo había dicho la niña blanca y hermosa como la luna.
La bruja, furiosa cuando el pez azotó su rostro, no dijo nada, pero sus ojos
echaban chispas.
A la mañana siguiente despertó al Tamborcillo diciéndole:
–Muy liviana fue la tarea de ayer. Ahora cortarás todos los árboles del
bosque y los trozarás. Cuando yo llegue, debes tener hechas las pilas de leña.
Aquí tienes un hacha, un mazo y dos cuñas.
Principió el Tamborcillo a cortar un árbol, pero el hacha, que era de plomo,
se dobló. El martillo era de masa blanda y las cuñas de totoras.
“Con esto no puedo hacer nada”, dijo y se sentó a descansar.
A mediodía llegó la princesa con la olla de comida.
–No te aflijas –le dijo ella–, recuesta tu cabeza en mi falda y, cuando
despiertes, todo estará hecho.
Apenas el Tamborcillo se durmió, la joven, que era la princesa encantada,
hizo girar el anillo en su dedo meñique y dijo:
–Anillito de virtud, por la virtud que Dios te ha dado, derriba el bosque y
troza la leña.
En el acto derribáronse los árboles y un hacha invisible trozó la leña. Donde
antes hubo un bosque frondoso aparecieron los montones de leña trozada.
Al despertar, el Tamborcillo no podía creer a sus ojos.
–¿Ves ese tronco que está solo? –preguntó la princesa–. Cuando venga la
bruja y te pregunte para qué lo has dejado ahí, le das un garrotazo diciéndole:
“Es para ti, vieja bruja”.
Sucedió tal como la primera vez. Cuando la vieja recibió el garrotazo se
quedó muda de rabia, pero echaba espumarajos por la boca.
Al día siguiente le ordenó que hiciera un solo montón con toda la leña y
encendiera una hoguera.
¡Cómo iba a hacer semejante pira un solo hombre! Pero a la hora del
almuerzo llegó la princesa y sucedió lo mismo que los días anteriores.
Durmió el Tamborcillo y, al despertar, vio la inmensa hoguera ardiendo
cuyas llamas llegaban al cielo.
–Escúchame –dijo la princesa–. Cuando vuelva la vieja, te ordenará muchas
otras cosas terribles. No tengas miedo y haz lo que te mande; si tuvieras
miedo, las llamas te arrebatarían. Por fin, cuando hayas cumplido todas sus
órdenes, coges a la vieja con ambas manos y la arrojas al fuego.
Llegó la vieja y se acercó a la hoguera, sobándose las manos.
–¡Qué linda fogata y qué agradable para calentar mis viejos huesos! –
decía–. Pero ahí veo un tronco que no arde, sácalo del fuego. Si lo haces,
quedas libre y puedes irte donde quieras. Si no... ¡Adentro pues!
Sin vacilar, el Tamborcillo entró a la hoguera y recogió el tizón. Las llamas
se apartaron a un lado y ni siquiera se le chamuscó un cabello.
Apenas salió afuera de la hoguera, se acercaron las tres princesas
encantadas. La vieja bruja estalló en una estrepitosa carcajada.
–¡No creas que te llevarás a las princesas! –exclamó.
Y diciendo esto, se abalanzó sobre la más joven, la que había socorrido al
Tamborcillo, y quiso arrojarla al fuego. Más listo que ella, el Tamborcillo le
arrebató a la princesa, y cogiendo entre sus manos a la perversa bruja, la
arrojó al medio de las llamas, que la consumieron al instante.
¡Eso le pasó por ser tan mala! ¡Ahí pagó todas las picardías que había
hecho, y se acabó el encanto! Salieron del lago regimientos de peces que se
convirtieron en hombres y todos saludaban a su salvador.
El Tamborcillo voló en su montura llevando a las tres princesas al palacio
del rey. Allí se celebraron las bodas del Tamborcillo con la menor de las
princesas, y
Colorín colorado,
Este cuento se ha acabado.
La Flor Lililá
Para saber y contar y escuchar para aprender. Había una vez un rey que
quedó ciego de la noche a la mañana. Llamaron al palacio real a todos los
médicos y médicas, a los brujos y brujas, y nadie acertaba con el remedio.
Los tres hijos del rey se desesperaban de ver la aflicción del padre y cada
cual hacía lo posible por consolarlo.
Un día llegó una viejecita, muy viejecita y encorvada, que se presentó ante
la guardia del palacio.
–¿Detrás de qué andas, mamita? –díjole un centinela.
–Noticias traigo para su sacra real majestá.
–Adelante, y cuidado, que ya son muchos los que han errado el remedio, y
la paciencia se acaba.
–El secreto sólo yo lo sé.
Y la vieja, viejecita y encorvadita, pasó adelante arrastrando los zuecos y
golpeando el suelo con el bastón.
–¿Me traes el remedio? –preguntó, impaciente, el soberano.
–Ha de saber, su sacra real majestá, que sólo hay una cosa en el mundo que
puede devolverle la vista, y ésa es: tocar los ojos con la flor Lililá.
–¡Que traigan la flor Lililá en el acto! –exclamó el rey.
–No tan de carrerita, su sacra real majestá –gruñó la vieja–. Es muy difícil
llegar hasta el lugar donde se encuentra. Hay que andar mucho, mucho; llegar
donde una vieja que vive cerca del jardín encantado, que lo custodia un
culebrón.
–¿Y quién podrá llegar allá?
–Yo –dijeron a una voz los tres hijos del rey.
El rey entregó a la viejecita una bolsa con monedas de plata y ella se fue
arrastrando los zuecos y golpeando el suelo con el bastón.
–Has de ir tú, que eres el mayor –dijo el rey al príncipe Pedro.
–Parto en seguida –respondió el hijo mayor.
–Te daré una escolta para que te acompañe, Pedro.
–No, padre, que quiero ir solo a rodar tierras y no he de volver si no
encuentro la flor Lililá.
Montó a caballo Pedro y echó a andar por montes y valles. Llevaba llenas
las alforjas y de cuando en cuando se detenía para comer. Después de andar y
andar días y días, encontró una casita en medio de un bosque. Sentada a la
puerta hilaba una anciana.
–¿En qué andas por estos mundos, hijito? –preguntó la anciana.
–Ando en lo que ando –respondió Pedro.
–Sigue entonces tu camino –dijo la buena anciana.
Pedro, muy orgulloso, quería llegar solo al jardín encantado. Su padre había
prometido la mitad del reino al que le curara de los ojos, y él no quería
compartir con nadie su secreto, de miedo que se lo robaran.
“He de llegar sin ayuda de nadie”, dijo espoleando su caballo.
Por entre breñas y montes siguió trotando, sin hallar vestigos de jardín hasta
que se extravió.
Había transcurrido un año desde la partida de Pedro, y el rey y la reina
comenzaban a inquietarse.
–Iré yo, padre –dijo Pablo, el segundo de los hijos del rey.
–Anda, hijo mío, y que tengas mejor suerte –repuso el soberano.
Pablo también salió solo. Ya le parecía que alguien iba arrebatarle el
triunfo. Porque, hijitos míos, Pablo también estaba seguro de encontrar la flor
Lililá y de obtener en premio la mitad del reino de su padre.
Se equivocaba. Altanero como su hermano mayor, siguió sus huellas, y al
cabo de mucho tiempo llegó frente al rancho donde hilaba la viejecita.
–¿Qué te trae por estos andurriales? –preguntóle la anciana.
–Lo que a ti no te interesa –contestó el impertinente jovenzuelo.
–Sigue entonces tu camino –fue la respuesta de la vieja.
A los pocos pasos quedó metido en un laberinto de donde no encontró
cómo salir.
Como transcurriera otro año, Juan, el hijo menor del rey, decidió salir en
busca de sus hermanos y de la flor Lililá.
–Si tus hermanos, que eran hombres, no han logrado llegar al fin, ¿qué has
de poder tú, que eres más niño? –dijo el rey.
–Muchas veces acierta quien menos lo piensa –respondió Juan.
Y tanto rogó y suplicó, que sus padres le dejaron partir.
Y, por hacerse hombre, también Juan quiso salir solo, como lo habían hecho
sus hermanos.
“Pobres hermanos míos –decía–. ¿En qué estarán? Ojalá alcance a llegar a
tiempo para salvarlos”.
Así pensaba el buen Juanito, trotando y trotando por valles y montes,
saltando cercos, cruzando ríos, por tierras ásperas y despobladas. Por fin,
después de muchos días, llegó frente a la casa de la anciana que hilaba
sentada frente a la puerta.
–¿Qué te trae por estos andurriales, hijito mío? –preguntóle la anciana.
–¡Ay, mamita! Mi padre está ciego y yo ando en busca de la flor Lililá,
única que puede sanarlo.
–¡Hijito de mi alma! ¿No sabes que es muy peligroso lo que intentas?
–Lo sé, pero quiero sanar a mi padre.
–Has de saber, entonces, que el monstruo que custodia el jardín es una
princesa encantada, que devora a quien se le acerca. Tienes que aguardar a
que duerma para acercarte y coger la flor Lililá. Fíjate bien: cuando esté con
los ojos abiertos, está durmiendo, y cuando esté con los ojos cerrados, está
despierta.
–Muchas gracias, mamita. Tomaré las precauciones que me aconsejas.
Cuando ya se iba Juan, preguntó a la anciana si habrían pasado por allí sus
hermanos.
–Tus hermanos son muy orgullosos. Pasaron por aquí y no quisieron
escucharme. Andan perdidos por los laberintos del bosque, si es que los lobos
no se los han comido ya.
–¿No me perderé yo?
–No has de perderte, porque eres amable. Sigue por entre los cipreses hasta
que llegues al estero. Donde encuentres la piedra negra, cruzas el agua, llegas
a una loma, y detrás de la loma está el jardín encantado. No olvides que has
de ocultarte hasta que el monstruo abra los ojos.
Obedeció, punto por punto, Juanito las instrucciones de la anciana. Llegó al
jardín encantado y, oculto bajo un frondoso rosal, aguardó que el monstruo
abriera los ojos. Entonces caminó con infinitas precauciones y llegó al árbol
encantado.
La flor Lililá, fragante, hermosa y solitaria, se mecía, sacudida por la
respiración jadeante de la fiera. Juanito sacó su cuchillo y, de un tajo, cortó su
tallo. En aquel instante, el monstruo cerró los ojos.
Juan apenas alcanzó a dar algunos pasos, escapando cuando el monstruo se
le fue encima.
–¿Cómo te atreves a venir a mi reino? –rugió, echando espumarajos por la
boca–. Quien entra a mi jardín, no vuelve a salir.
–Yo he de salir, aunque tenga que matarte –contestó el valiente príncipe.
Y con estas palabras, saltó sobre el monstruo y le enterró el cuchillo en una
de sus garras. Al punto corrió la sangre; el monstruo se sacudió y botó su
pellejo de culebrón, apareciendo una hermosa joven.
–Tú has roto el encanto, haciendo brotar sangre de mi mano –dijo la
aparición.
–¡Hermosa princesa, cuánto lamento haberos herido! –murmuró Juan.
–Si no lo hubieras hecho, yo te habría destrozado con mis dientes de fiera.
Estaba encantada por una bruja perversa, hasta que un valiente se atreviese a
luchar conmigo. Muchos han llegado al jardín, pero ninguno ha salido. Ahora
vete a llevar la flor Lililá a tu padre –añadió la princesa–. Yo te aguardaré en
este jardín, que pertenece a mi palacio.
–Vendré a buscarte, princesa. ¿Y serás mi esposa? –suplicó Juan.
–Seré tu esposa. Dentro de un año debes encontrarte en este mismo sitio.
–Vendré apenas cumpla mi deber –prometió Juan.
En la loma encontró su caballo y volvió a cruzar el estero junto a la piedra
negra. Caminaba día y noche, con el ansia de llegar pronto a curar a su padre
ciego, hasta que una mañana sentóse a descansar bajo la sombra de un sauce.
Tenía la flor Lililá en la mano y admiraba su hermosura, cuando oyó voces
que le llamaban.
–Juan, Juanito. ¿Tú has llegado hasta aquí?
–¡Hermanos míos! ¡Pablo, Pedro! –exclamó el hermano menor, feliz de que
sus hermanos estuviesen vivos–. ¿No se los comieron los lobos?
–Casi, casi –dijo Pedro–; ¡sólo que somos valientes! Y tú, ¿cómo obtuviste
la flor Lililá?
Juan contó a sus hermanos todas las peripecias del viaje, su combate con el
monstruo y su compromiso con la princesa encantada. Los hermanos se
ponían negros de envidia al escucharle y, cuando llegó la noche, se
concertaron para matarle.
Y así lo hicieron los perversos. Le mataron a traición y después le
enterraron a orillas del río. Luego partieron llevando la flor Lililá.
Los dos hermanos fueron recibidos con grandes festejos.
–¿Y Juan? –preguntó la reina.
Los embusteros contestaron que no le habían visto.
–Se lo habrán comido los lobos –dijo Pablo.
Aplicaron la flor Lililá a los párpados del rey y en el acto se disipó la nube
que obscurecía su vista.
–¡Hijos míos!, ¡hijos míos! –exclamó el monarca, estrechando en sus brazos
a los dos príncipes–. ¡Ah! Sólo falta Juan para que mi dicha sea completa.
–Aquí nos tenéis para reemplazarlo. No os aflijáis, padre mío –dijo el
mayor.
Entretanto, allá en las orillas del río, donde fue enterrado el cuerpo del
desgraciado Juanito, había crecido un cañaveral. Un día pasaba por allí un
pastorcito, y queriendo fabricarse una flauta cortó un retoño de caña. Al
hacerlo sintió un gemido.
–Mi flauta llora –dijo el pastor riendo –. Parece una flauta encantada.
Cada agujero que tallaba en la caña era un nuevo gemido, lo cual, lejos de
espantar al muchacho, le hacía reír. Por fin, llevó el extremo de la caña a los
labios y sopló, cantando.
¡Entonces sí que se espantó, hijitos míos! Figúrense que la caña se puso a
cantar sola, y decía:
No me toques, pastorcito,
ni me dejes de tocar.
Mi hermano mayor me ha muerto
por una flor Lililá.
La flauta cayó de las manos del pastor.
“Esta flauta está endiablada... ¿Que habla de muerte? ¿O estaré soñando?”
Recogió de nuevo la flauta y la llevó a sus labios. El que sopla y la flauta
que entona su canción:
No me toques, pastorcito,
ni me dejes de tocar.
Mi hermano mayor me ha muerto
por una flor Lililá.
–Bueno, pues, flauta, ¡si fue tu hermano mayor, la culpa no es mía! Y si
quieres que no te toque, ni te deje de tocar, es porque andas malo de la
cabeza. Veamos de nuevo la cancioncita, por si me equivoco.
Y cuantas veces sopló el pastorcito la caña, escuchó la canción singular.
Acabó por reír, como tenía costumbre el alegre pastor, y se fue a dar
serenatas a su pueblo. La gente se agrupaba a escucharle, y su fama fue
cundiendo hasta llegar a oídos del rey, que mandó llevasen al flautista a su
presencia.
–¿Qué dice de la flor Lililá? –exclamó el rey al escuchar la canción–. Dame
la flauta. Yo veré si hay algo en ella.
El pastor entregó la flauta y el rey la llevó a sus labios.
No me toques, padre mío,
ni me dejes de tocar.
Matáronme mis hermanos
por una flor Lililá.
–¿Es posible? –exclamó el rey–. Llamad a Pedro.
Acudió Pedro en el acto, y el rey le dijo:
–Toca esta flauta, que tiene un extraño sonido. Pedro sopló en la caña y ésta
cantó:
No me toques, mal hermano,
ni me dejes de tocar.
Que entre los dos me mataron
por una flor Lililá.
–Amárrenlo con cadenas y traigan a Pablo –ordenó el rey.
Pedro fue conducido a un calabozo en tanto que Pablo llegaba a presencia
del rey.
–Sopla esta flauta –ordenóle el monarca.
Pablo obedeció, y la flauta cantó:
No me toques, mal hermano,
ni me dejes de tocar.
Que entre los dos me mataron
por una flor Lililá.
Los hermanos se vieron obligados a confesar la verdad, y fueron
condenados a muerte por el soberano. El pastor indicó el sitio donde había
cortado la caña, y el rey, acompañado de cuatro lacayos, se dirigió hacia allá.
Grande fue la sorpresa y alegría del rey cuando encontró a Juan
acompañado de una hermosa joven y de una anciana.
La joven era la princesa encantada, y la anciana la hilandera que señaló el
camino a Juan. Era ésta un hada muy entendida en magia, y gracias a sus
artes Juan salió vivo del cañaveral.
Todos regresaron juntos al castillo, donde se celebraron las bodas de la
princesa y Juan; hubo fiestas y bailes que duraron muchos días. Comieron los
reyes, comieron los pobres, comí yo con ellos y así supe el cuento que se lo
llevó el viento, y pasó por un zapato roto, para mañana contarles otro.
Los Tres Perros
Allá por los tiempos de entonces y en lugares muy remotos, vivía una
viejecita, chiquitita y arrugadita que se llamaba Juana. El ranchito en que
habitaba era pobre, pero la viejecita se conformaba con poco. Ella hilaba y
tejía, y el nieto, Juan, era buen cazador; nunca dejaba de echar a la olla algún
conejo, un pato o una perdiz, producto de la caza. Además, tenía tres cerdos
que el nieto llevaba a pastorear al bosque.
–Cuando engorden los mataremos –decía la abuela– y tendremos manteca y
provisiones para el invierno.
Juanito, en cambio, se fastidiaba arriando chanchos y no veía las horas de
salir a rodar tierras.
Un día se le acercó un pastor que llevaba un perro muy hermoso.
–¡Qué gordos están los cerdos! –díjole el pastor.
–¡Tu perro sí que es lindo! –respondió Juan–. Yo lo cambiaría gustoso por
uno de los cerdos que tanto admiras.
–Mi perro tiene una cualidad muy importante –replicó el pastor.
–¿Cómo así?
–Si se le dice: Agarra, agarra y no suelta más. ¿Quieres ver la prueba?
–Siempre que no me agarre a mí... –dijo Juan, algo atemorizado.
–Agarra –gritó el pastor, señalando al perro la oreja del chancho.
El perro sujetó al animal de la oreja, sin lastimarlo.
–Suelta –ordenó el pastor, y el perro obedeció con prontitud–. ¿Te conviene
el cambio? –preguntó.
–Sí, me conviene. Llévate el cerdo y yo me llevo a Agarra.
Muy contento con el cambio, Juan se presentó ante la abuela.
–¿Por qué traes sólo dos cerdos? –preguntóle ésta al verle llegar.
–El otro lo cambié por este perro, mamita –repuso el niño.
–¡Hase visto tonto más grande! –exclamó la abuela–. ¡Cambiar un chancho
por un animal inútil!
–¡Que ha de ser inútil, mamita! ¡Mira de lo que es capaz! Agarra...
Y el perro dio un tarascón a la falda de la anciana.
–¡Ayayaycito! –chilló la abuela–. Muy lindo tu perrito, hijito de mi alma...,
pero que me suelte...
–¡Suelta! –gritó Juan.
Agarra volvió mansamente al lado de su nuevo amo.
–Ya ves, abuela. Ya no tengo que corretear tras los conejos, ni armar
trampas a las perdices. Con sólo decir aga...
–No, hijito, no lo mientes en mi presencia –dijo la viejecita, temblando–.
No quiero volver a ver sus gracias. Guárdalo, hijito; muy lindo tu perrito...
Al día siguiente, Juan encontró de nuevo al pastor con otro perro. Si
hermoso era el primero, éste era el doble.
–¡Qué perro más lindo! –exclamó Juan.
–Tuyo es si me lo cambias por otro de tus cerdos –respondió el pastor.
–Primero quisiera conocer las cualidades de este animal –dijo Juan.
–Este se llama Despedaza –repuso el pastor–. ¿Quieres un ensayo?
–No, no, no –respondió precipitadamente Juanito–. Me fío de tu palabra;
acepto el cambio.
La abuela no se atrevió a chistar cuando vio llegar a su nieto con otro
perrazo enorme.
–¡Ay, hijito, qué lindo!, pero... ¿y mi chanchito?
–Se lo llevó el dueño del perro; éste se llama Despedaza...
–¡Calla, no sea que se le ocurra despedazarme! –balbuceó la anciana–. Ya
no queda más que un chancho –murmuró en voz baja y santiguándose.
Al día siguiente, el pastor salió al encuentro de Juan con los dos cerdos y
otro perro. Si los dos primeros eran lindos, éste no tenía punto de
comparación.
–¡Qué animal tan lindo! –exclamó Juanito.
–Te puedes quedar con él, en cambio del chancho.
–¿Qué cualidades tiene este perro?
–Este se llama Oído de Tísico...; oye debajo del agua, de la tierra y a
muchas leguas de distancia.
Juanito se quedó pensativo. ¿Qué hacer? Si cambiaba el chancho, ya la
abuela no podría hacer manteca ni jamones para el invierno.
“Pero yo con estos tres perros maravillosos podría hacer fortuna”, pensó.
–¿Qué dices? –preguntó el pastorcillo–. Me llevo mi perro..., ¡tanto mejor
para mí!
–No, no te lo lleves..., acepto el cambio –exclamó Juan.
–Ya que así lo quieres, llévate a Oído de Tísico, y de llapa te regalo mi
flauta. Sirve para llamar a los perros que oirán sus sonidos dondequiera que
se encuentren.
Juanito llevó la flauta a sus labios y los tres perros le siguieron.
Al verlos llegar, la abuela estuvo a punto de desmayarse, pero no chistó.
–Ahora, abuelita, te llenaré la despensa y después me voy a rodar tierra.
–¿Es posible, mi vida, que te vayas a rodar tierra y me dejes sola?
–Si es por poco, abuela. ¿No ves que aquí no se gana nada y corriendo el
mundo puede tocarme hasta una princesa?...
Y Juanito salió a cazar con sus tres perros; llegaba día a día con el morral
lleno. Era tal la cantidad de perdices, liebres, guanacos, patos y tórtolas, que
había para abastecer a todo el pueblo. Juanito vendía y compraba hierba para
el mate, azúcar de caña y todo lo que la abuela podía necesitar durante mucho
tiempo. Cuando le hubo surtido la despensa, se despidió y echó a andar sin
rumbo, seguido de los tres perros: Agarra, Despedaza y Oído de Tísico.
Sigue caminos y senderos, cruza llanuras y sube montes, siempre andando,
andando, andando sin rumbo, seguido de sus tres perros: Agarra, Despedaza
y Oído de Tísico.
Por fin una mañana llegó a una gran ciudad y entró por sus calles mirando
curioso a sus habitantes. Todos parecían muy tristes, algunos lloraban y hasta
los niños se lamentaban.
–¿Qué pasa en esta ciudad? –preguntó a una anciana, que barría la puerta de
su casa.
–¿De onde ais quéido que no sabís lo que pasa? –dijo la mujer, levantando
la escoba.
–No se enoje, mamita –repuso Juanito–. Soy un caminante que voy
buscando servicio. Vengo de muy lejos.
–Si es así, entra. Te cebaré mate y te contaré la historia de lo que aquí ha
sucedío.
La vieja sirvió el mate, se sentó en un piso de totora y comenzó:
–Hais de saber, hijito, que al rey se le han desparecío las tres hijas de un
repentón y naiden sabe a ónde sian eido.
–¿Será alguna brujería, mamita? –preguntó Juan, con los ojos redondos
como un plato.
–¡Anda a saber! Dicen que cuando nacieron las princesas, jue una bruja al
palacio real y es que le dijo a su sacra real majestá: “Las princesas tienen que
estar cobijás bajo techo hasta que cumplan diciséis años; si salen de la casa,
aunque más no sea al jardín, no las volverán a ver”. Así es que le ijo la vieja
bruja a su sacra real majestá.
–¿Y salieron? –interrumpió Juan, loco de curiosidad.
–Pasaron toitita la vía encerraas. Les tenían en la casa, es que, toa clase de
diversiones y juegos; pero las puertas y las ventanas que daban al jardín no se
abrían nunca. Y así pasaron los años hasta que se acercaba el cumpleaños de
las tres princesas –las tres nacieron el mismo día–, y, como te iba diciendo,
cuando las tres princesas iban a cumplir los diciséis años, el rey y la reina
prepararon una gran fiesta de celebración. Como ya se acababa el plazo fatal,
la fiesta iba a ser en el jardín que estaba como un Paraíso, ¡hijito de mi alma!
Bueno, pues, como el palacio tiene muchas ventanas y toititas estaban
trancás, los sirvientes comenzaron a quitar las trancas... y... ¡ahí jue lo malo,
hijito! Icen que una e las prencesitas, Dios me la guarde, abrió la ventana y
por ahí se salieron las tres. Nunquita habían visto rosas en la mata y gritaban,
es que, de contento y cortaban rosas por manojos, y cortaban claveles y
cortaban flores y más flores, cuando se armó un remolino grandazo, y
remolino fue éste que se alzó con las princesas y se las llevó p’arriba, hasta
que esparecieron pa siempre. ¡Ay, hijito mío!, ¿cómo no hemos de llorar a
lágrima viva?
–¡Ay, mamita, hasta yo quiero llorar! –dijo Juan, enjugándose una lágrima
con la manga–; pero hay que ser hombre y, en vez de llorar, salir en busca de
las princesas.
Los perros se habían quedado echados en la puerta, y en ese momento Oído
de Tísico dio un gruñido y se paró.
–¡Qué perrazos tan grandes! –exclamó la vieja–. ¡Allá ajuerita están mejor!
–No tenga cuidado. Son míos y no hacen mal a nadie. Adiós, mamita, y que
Dios se lo pague. Iré a buscar a las princesas por cielo y tierra –declaró el
pastor de cerdos.
–No hagáis tal, hijito. El rey ha ofrecido la mitá del reino y una de sus hijas
a quien las encuentre. Muchos han salido a buscarlas y ninguno ha vuelto.
Anda por ahí la bruja, y yo igo que los ha de encantar –concluyó la buena
mujer.
–No hay cuidado. Iré con mis tres perros, y si encuentro a la bruja, la
descuartizo –declaró, resuelto, el mancebo.
–Entonces tenís qu’ir a presentarte al rey –dijo la vieja–. Te darán el pase.
Juanito se presentó al palacio real con sus tres perros y solicitó audiencia
del rey.
–¿Qué se te ofrece? –preguntáronle los guardias.
–Vengo a ofrecer mis servicios para ir en busca de las princesas perdidas.
A pesar de lo tristes que estaban, los guardias estallaron en risa.
–Príncipes y caballeros han salido a buscarlas y ninguno a regresado, ¿y
pretendes tú, pastorcillo, ganarte la mitad del reino y la mano de una
princesa? –le dijeron.
–Yo quiero hablar con su majestad –insistió Juan.
Tanto rogó, que por fin lo hicieron entrar a la sala del trono. El rey y la
reina lloraban inconsolables. Entre lágrimas escucharon las palabras del
pastor. Ellos no se burlaron.
–¿Sabes que te expones a la muerte? –dijo el rey.
–Lo sé, su majestad, pero no tengo miedo –respondió el pastor.
Entonces el rey ordenó que le entregaran un pergamino donde le ofrecía la
mitad del reino y la mano de una de sus hijas si él las encontraba a las tres.
Los tres perros habían permanecido echados a los pies del amo. En aquel
instante, Oído de Tísico paró las orejas y dio un gruñido. Los tres perros se
levantaron y se dirigieron a la puerta.
“Tienen prisa de partir”, pensó Juanito y siguió tras ellos.
Oído de Tísico iba adelante, Agarra y Despedaza acompañaban a su amo,
uno a la derecha y el otro a la izquierda.
Y sale Juan de la ciudad muy triste y con el pecho acongojado por la
desgraciada suerte de las princesas; sigue caminos y senderos, cruza llanuras
y ríos; escala montes y collados, en compañía de sus perros: Agarra,
Despedaza y Oído de Tísico.
Marcha durante muchos días y llega al pie de una montaña; tiene hambre y
sed, y quisiera descansar, pero Oído de Tísico ya ha comenzado a trepar por
la ladera.
“¡Algo habrá más allá!”, se dijo el caminante y prosiguió cuesta arriba.
Tres días tardó en llegar a la cumbre del cerro; allí había una meseta
cubierta de zarzas y espinos. Ya no era fácil seguir detrás de Oído de Tísico
que, siempre alerta, marchaba adelante con las orejas erguidas. El pastor iba
dejando trozos de su ropa entre las espinas; grandes rasguños surcaban su
rostro y más de una lastimadura le hacía sangrar las piernas.
Oído de Tísico se detuvo de pronto. Pegado el oído en tierra, gruñía y
rasguñaba el suelo con sus uñas.
–¿Has descubierto algún entierro? –dijo Juan–. A la vuelta lo buscaremos;
ahora no puedo preocuparme de otra cosa que no sea de las hijas del rey.
Pero viendo que Oído de Tísico no se movía y continuaba en sus lastimeros
gemidos, decidió ayudarle.
–¡Agarra! ¡Despedaza! –ordenó.
En el acto se precipitaron ambos perros; apartaron las peñas, arrancaron las
zarzas y cavaron la tierra. Si un momento se detenían, Oído de Tísico les
impulsaba con sus gemidos, y Juan, no dudando ya de que allí encontraría
algo útil para su expedición, alentaba a los animales con cariñosas palabras.
Cavaron durante muchas horas; el pozo tenía ya la profundidad de una
legua. Juanito iba horadando con su cuchillo y formando sostén para sus pies
y manos.
Bajaron otra legua, y otra legua, bajaron tanto como habían subido y
llegaron a una caverna.
Al principio, Juan no distinguió nada en la obscuridad subterránea; luego
acabó por vislumbrar un pasillo, en el fondo del cual se filtraba luz; lo
recorrió descalzo, y conteniendo la respiración llegó a una puerta de acero
con cerradura de plata y llave de oro. Abrió aquella puerta y se encontró en
una sala cuyas paredes estaban cubiertas de puñales, espadas y armas de
todas especies. Grandes tragaluces, en la bóveda de la caverna, la iluminaban.
De pronto, Juan se quedó atónito. Sentada en un hermoso trono de oro se
encontraba una joven de extraordinaria belleza, que le miraba con espanto.
–¿Quién eres tú? ¿Cómo has penetrado hasta aquí? –preguntóle.
–Soy Juan, un pobre pastorcillo que anda buscando a las hijas del rey,
arrebatadas por un remolino.
–¡Oh Juan, yo soy una de ellas! Mis hermanas están en este mismo
subterráneo, pero no nos permiten vernos –declaró la princesa–. Tú estás
perdido, Juan. ¡No tardará en llegar el negro que me vigila, y te cortará la
cabeza!
–¡Eso lo veremos! –exclamó Juan, fijando sus ojos en una espada de dos
varas de largo–. Traigo compañeros que me ayudarán a salvarte, ¡oh
princesa!
Los tres perros se acercaron, y Juan los hizo ocultarse tras una cortina. Oído
de Tísico comenzaba a gruñir en señal de peligro.
–¡Es él! –exclamó la princesa Rosa–. ¡Escóndete debajo de la mesa!
Apenas Juan se ocultó, abrióse un tragaluz del techo y asomó una pierna tan
larga que casi tocó en la mesa; luego asomó la otra y, de un salto, cayó un
gigante negro en medio del aposento.
–¡Carne humana huele aquí, Rosa! –bufó el negro.
–Se equivoca, mi señor –respondió la joven temblando.
–¿Y por qué tiritas? Yo averiguaré.
Y con estas palabras, el negro dio un puntapié en la mesa, que se volcó,
dejando a Juan al descubierto.
–¡Eh, gusanillo! –exclamó el gigante, cogiendo al pastor de los cabellos, en
tanto que con la otra mano descolgaba el sable de dos varas.
Al ver aquello, la princesa se desmayó.
El sable caía ya sobre su víctima, cuando el negro se sintió cogido por los
tobillos. Agarra y Despedaza le enterraron los colmillos y lo obligaron a pedir
misericordia.
–Me entregarás las llaves del subterráneo –dijo Juan–. Y me dirás dónde se
encuentran las otras princesas.
–Te puedo decir dónde están, pero yo no las custodio –respondió el gigante
negro.
–No me importa –dijo el pastorcillo–. Tú me guiarás, ¡y pobre de ti si
intentas engañarme!
El negro abrió una puerta secreta y guió a Juan por otro pasadizo y le dejó
frente a otra puerta idéntica a la primera.
–Hasta aquí no más puedo llegar yo –dijo el negro.
–Está bien. Despedaza, tú me respondes de este monstruo –ordenó Juan al
perro.
En la segunda sala encontró a la segunda hija del rey, llamada Margarita.
Después de referirle Juan cuanto le había acontecido con Rosa, la princesa
le reveló que a ella la custodiaba un gigante de dos caras.
–Es un monstruo feroz y te comerá de un bocado –dijo Margarita.
Juan escondió a los dos perros y aguardó al monstruo debajo de la mesa. No
tardó en descolgarse por el tragaluz el fenómeno anunciado.
–¡Carne humana huele aquí! –decía, escudriñando con sus cuatro ojos.
Alguien respira aquí –agregó, dando un puntapié a la mesa.
Sacó a Juan del cabello y se lo acercó a una de sus enormes bocas, mientras
con la otra gritaba como un cerdo. En ese instante se le abalanzaron los dos
perros y le botaron por tierra. Si Juan no los detiene, se lo comen entero.
–Ahora me llevarás donde la tercera princesa –ordenó Juan–. ¡Si no lo
haces, mis perros darán cuenta de ti!
El monstruo le guió por un pasadizo y le mostró una puerta igual a las
anteriores. En una espaciosa caverna, semejante a las demás, estaba la más
hermosa y la menor de las princesas, llamada María.
Juan le refirió sus aventuras.
–¡Ay de ti! –suspiró la princesa–. Si has escapado de los gigantes, no
escaparás del enano perverso que a mí me custodia. El entra por donde quiere
y...
Un gruñido de Oído de Tísico la interrumpió.
–¡Se acerca! –balbuceó.
En el mismo instante se abrió la tierra y surgió un horrible pigmeo, que
echaba chispas por los ojos y cuyo aliento quemaba. Dando un bufido, se
arrojó sobre Juan y, con su puño de hierro, le dejó aturdido.
La princesa cayó desmayada, y no vio más.
Fue atroz la lucha entre los perros y el enano. Luego se sintió un estallido y
el feroz pigmeo reventó. Junto con esto se rompió el encanto, y las tres
princesas, Juan y los tres perros se encontraron en una campiña florida.
Caminaron mucho tiempo, y ya las princesas no podían dar un paso.
–Yo me quedo aquí –dijo Rosa.
–Yo no sigo –suspiró Margarita.
–Vamos, hermanas –decía la menor–. Afírmense en mis brazos.
Y así caminaron otras cuantas leguas. María, la más valiente de todas,
ayudaba a sus hermanas, y Juan cogía avellanas y otras frutas silvestres,
acarreaba agua de las vertientes en su vaso de asta y, por todos los medios a
su alcance, daba aliento a las princesas.
En la noche se acomodaron a descansar bajo un maitén. Al amanecer, un
gruñido de Oído de Tísico los despertó.
–¡Alguien se acerca! –exclamó Juan, poniéndose en guardia.
No tardó en aparecer una carreta con toldo de paja.
Detúvose el carretero y bajaron de la carreta tres caballeros de trajes raídos
y rostros macilentos. Juan se adelantó a saludarlos.
–Buenos días, amigos. ¿Qué les trae por estos campos?
–¡Ay, amigo! Sería muy largo de contar. Salimos a buscar a las hijas del rey
y casi hemos perdido la vida –respondió un apuesto joven.
–¡A las hijas del rey! –repitió Juan–. Yo las encontré y están ahí,
descansando.
A estas palabras, los tres caballeros se pusieron amarillos de envidia.
–Llévanos a verlas para poder creerte –gruñó uno.
El incauto Juan se acercó con los recién llegados al maitén. Estos
reconocieron a las princesas y las invitaron a viajar en su carreta.
–¡Gracias, señores; ya no podíamos más! –exclamaron Rosa y Margarita.
–Pero Juan irá con nosotras –propuso María–. El ha luchado por salvarnos;
a él le debemos la vida y es justo que nos acompañe.
–Juan nos acompañará, princesa María –respondió uno de los caballeros.
Inmediatamente emprendieron la marcha. En el camino contaron todos sus
aventuras. Juan alabó las cualidades de sus perros, sin los cuales nada habría
conseguido.
Cuando llegó la hora de la siesta, los caballeros ofrecieron compartir sus
provisiones con las princesas y Juan. Todos aceptaron de buen grado, sin
imaginarse que los malvados habían puesto en la comida una gran cantidad
de semilla de adormidera.
Cuando el narcótico hizo su efecto, los caballeros acomodaron a las
princesas dormidas en la carreta, echaron a los perros bien atados, en el toldo
y picanearon los bueyes.
Juan quedó durmiendo en el suelo.
–¡Arree, carretero, a los palacios del rey! –dijeron los envidiosos.
Sin cuidarse mucho ni poco del pobre Juan, llegaron a la ciudad pregonando
el feliz hallazgo de las princesas.
Abriéronse las puertas del palacio, repicaron las campanas, desparramóse el
oro de las arcas reales y se hicieron los preparativos para las tres bodas.
En vano protestaba María, diciendo la verdad; nadie le creía. Rosa y
Margarita, conformes con los caballeros que les tocaban en suerte, les
prometieron guardar el secreto.
–¡El pastorcillo Juan! –reían los guardias–. ¡A ése se lo habrán comido los
leones!
Y nadie creía a la princesa María, que lloraba sola y se dejaba morir de
pesar. Su único consuelo consistía en pasear por el jardín con los tres perros
del humilde pastorcillo.
¿Y qué habría sido de éste?
Tardó mucho en volver en sí, y para mayor desgracia, el veneno le había
hecho olvidar sus aventuras, y, si las recordaba, se imaginaba que todo había
sido un sueño.
“¡No ha habido tales princesas! –decía–. ¡Ni encantos, ni gigantes, ni
enanos! ¡Ay, mamita!, ¿para qué saldría de la casa? ¿Y los perros?”
Y así pasó muchos días, caminando sin rumbo por caminos y veredas,
cruzando ríos, escalando montes.
“¡La princesa María era tan linda, tan buena; ella no me habría abandonado!
¡No puede ser verdadera mi aventura!”, repetía por la centésima vez, cuando
tocó en su bolsillo la flauta que le regalara el pastor.
“¡La flauta, la flauta! –gritó–. ¡Esto sí que es verdad!”
Como un loco llevó la caña a sus labios y sopló, sopló con todo su aliento.
Aguardó, jadeante, algunos segundos y volvió a soplar con mayores bríos.
¿No eran ladridos los que escuchaba? Sí, tenían que ser sus perros. El pastor
lo había dicho: “toca la flauta, y dondequiera que se encuentren, los perros te
escucharán”.
Como un torbellino, volando sobre riscos y peñas, después de haber saltado
las verjas del palacio, atropellado guardias y centinelas, llegaban Agarra,
Despedaza y Oído de Tísico al lado del querido amo.
–Oído de Tísico, llévame donde la princesa María –dijo.
A su voz, respondió un gruñido y el perro echó a correr. A Juan se le hacían
pocas las piernas para seguirlo. Pasaba por los senderos dejando la polvareda,
y ¡guay de quien hubiese intentado atajarle!
***
Repicaban las campanas, corría el oro de las arcas reales y las parejas de
novios marchaban en procesión, cuando los tres perrazos, seguidos del
pastorcillo, rompen las filas.
–¡Alto aquí! –gritó Juan.
–¡Juan! –exclamó María–. ¡Juan, mi salvador!
El rey escuchó la historia del pastor, y pudo comprobar que era exactamente
igual a la relatada por su hija María. Una cólera horrible se pintó en su rostro,
y quiso mandar matar a sus dos hijas y a sus novios. Juan y María se
interpusieron, diciendo que, para ser felices, no necesitaban de ninguna
muerte, ni tampoco querían caudales ni honores.
El rey perdonó a los culpables, pero los desterró de su reino. En cambio,
nombró su heredero a Juan. Quedó un novio chasqueado, y bien se lo
merecía.
Juan y María fueron muy felices; la abuela de Juan se trasladó al palacio y
vivió con sus nietos y bisnietos y hasta con los tataranietos.
Y los nietos de los tataranietos me contaron el cuento de “Los Tres Perros”;
tal como lo oí lo repito, y si le faltan al cuento las chacharachas, es porque se
las llevó el viento con gran alboroto; puede ser que, a la vuelta de la página,
encuentren uno que nada le sobre y nada le falte y que cuando lo lean me
pidan otro.
Medio-Pollo
Estera y esterita para secar peritas, estera y esterones para secar orejones,
no le echo más chacharachas porque la vieja es muy lacha, ni le dejaré de
echar porque de todo ha de llevar. Y estera una gallina clueca echada en
quince huevos.
Y aquí principia el cuento del Medio-Pollo.
Parece que la gallina se levantó del nido antes de tiempo y muy conforme
con catorce pollitos que decían:
“Pío-pío-pío, que tenemos hambre, que tenemos frío”.
Era bastante para la pobre gallinita castellana corretear de un lado a otro en
busca del grano; soportar a catorce pollitos, que unos se le trepaban al
espinazo, otros le picoteaban la nariz. ¡Ay, hijitos de mi alma!, ¡catorce
niñitos malcriados es mucho para una sola mamita!
¡Cuál no sería el espanto de la gallina castellana cuando ve que se abre el
último cascarón y sale un medio-pollo! Le faltaba un ala, una pata, un ojo.
–¡Pobrecito, mi medio pollito! –exclamó la gallina, que era muy buena
madre–; la culpa es mía si eres defectuoso. No tuve paciencia para quedarme
echada un día más...
Y desde aquel día, el Medio-Pollo fue el regalón de la clueca. Para él era el
mejor grano, el pasto tierno, el mejor abrigo bajo el ala derecha. Y el Medio-
Pollo se puso muy engreído y se creía un gran personaje.
“Mis catorce hermanos son todos iguales –decía–, mientras que yo soy
diferente. Mientras ellos andan veinte pasos, yo doy un brinco y los gano.”
Y así era, a saltitos y brincos, el pollo se paseaba por todas las vecindades,
escudriñaba los escombros y basurales y fue el primero que se independizó
de la clueca y el que menos la molestaba.
Un buen día, escarbando con el pico en un basural, encontró el Medio-Pollo
una pepita de oro y casi se la tragó.
“Esto no es maíz, ni trigo –dijo el Medio-Pollo–; esto es lo que los hombres
llaman oro y vale mucho dinero. Mi mamita está ya poniéndose vieja y mis
hermanos no saben trabajar. Lo mejor será que yo le lleve al rey esta pepita
de oro de regalo. El me dará trigo para mi mamita.”
Así lo pensó el Medio-Pollito y se fue donde la castellana. La pobre gallina
estaba toda desplumada de tanto trajinar en busca de alimento para los
catorce pollos y, para colmo, había cogido un romadizo que la tenía a muy
mal traer.
–Mamita, vengo a pedirte tu bendición porque me voy a visitar al rey –dijo
el Medio-Pollo, muy respetuoso–. No volveré hasta que traiga lo suficiente
para el descanso de tu vejez.
–¡Cómo te vas a ir tan lejos y solito! –chilló la gallina con voz ronca por la
pepa que le molestaba en la garganta.
–No te aflijas, viejecita, he de volver rico.
Tanto rogó el Medio-Pollo, que la gallinita le dio la bendición entre
lágrimas y estornudos, y el Medio-Pollo salió brincando y saltando.
Y salta que salta, y brinca que brinca, el Medio-Pollo anduvo día y noche.
Iba ya muy lejos de su gallinero, cuando encontró un arriero con una recua
de mulas.
–¿Para dónde vas, Medio-Pollo? –preguntóle el arriero.
–Voy donde el rey a regalarle esta pepita de oro.
–No sigas adelante, Medio-Pollo. Mira que yo me he regresado porque el
río viene muy grandazo.
–Yo no le tengo miedo al río, y sigo adelante –dijo, resuelto, el pollito.
–Ya que eres tan valiente, ¿por qué no me llevas con mis mulitas?
–Bueno. Métete en mi piquito y tráncate con un palito –respondió el Medio-
Pollo.
Y diciendo esto, abrió el pico y el arriero comenzó a echarle dentro las
mulas y el Medio-Pollo tragaba y tragaba.
Ya habrán comprendido que este Medio-Pollo, tan valiente y atrevido,
estaba encantado.
Le cupieron dentro del buche todas las mulas y el arriero; él, tan campante,
siguió saltando y brincando hasta llegar a orillas del río.
“¿Qué hago ahora? –pensó–. Con una sola ala no puedo volar... No hay más
que me tomo toda el agua del río, y cuando quede seco paso al otro lado”.
¡Qué Medio-Pollo tan atrevido! Para él no había dificultad y sabía, por
habérselo oído a la comadre pata, que “quien no se arriesga, no pasa el río”.
Y comenzó a tragar y tragar.
¡Cómo estaría dentro el arriero con sus mulas! Se taparon con las árguenas
y, acurrucados, dejaron correr el agua.
El Medio-Pollo salió con la suya y cruzó el río por las piedras, a saltitos y
brincos.
Después de mucho caminar, se encontró con un puma.
–¿A dónde vas, Medio-Pollo? –rugió el puma.
–No grite tanto, compadre león –respondió el viajero–, mire que yo soy un
personaje muy poderoso y ahora mismo voy a visitar al rey.
–¡A mí también me gustaría visitarlo, compadre! –respondió el león con
voz más suave–. ¿Por qué no me llevas tú, que sabes el camino?
–Bueno. Métete en mi piquito y tráncate con un palito.
Diciendo esto, abrió el pico el Medio-Pollo y el puma se coló dentro de un
solo salto.
¡Cómo estaría el arriero! El susto fue grande, pero metido dentro de las
árguenas, no había cuidado.
“¡Con tal de que no lleve más pasajeros, todo va bien!”, dijo para sus
adentros.
El Medio-Pollo brincaba y saltaba, como si no llevase carga.
Más tarde encontró un zorro, que se estaba haciendo el dormido a orillas del
camino.
–Compadre zorro, ¿qué hace por estos andurriales? –preguntó el viajero.
–¡Ay, compadre! –respondió el zorro–, ¡estoy tan cansado y muerto de
hambre!
–¡Pobre compadre! Si quieres te llevo donde el rey. Allá hay comida para
todos.
El Medio-Pollo sabía que los zorros son aficionados a los pollos, pero,
como tenía muy buen corazón, se compadeció de su enemigo.
–¿Y cómo me llevarás, compadre? –dijo el zorro.
–Métete en mi piquito y tráncate con un palito.
Abrió el pico el Medio-Pollo y el zorro se coló dentro.
Al cabo de tres días llegó el Medio-Pollo al palacio del rey. Saltando y
brincando, pasó por entre las piernas de los centinelas y entró a la sala del
trono.
–Mi rey, mi soberano –dijo el Medio-Pollo, haciendo una reverencia–, he
venido de muy lejos a traerle a su sacra real majestá esta pepita de oro.
El rey agradeció el regalo y mandó a sus pajes que llevaran al Medio-Pollo
al gallinero.
–Le dan trigo y maíz hasta que se llene –dijo el rey.
Pero cuando llegó el Medio-Pollo al gallinero, todos los gallos, las gallinas,
los pavos y las pavas, los gansos y las gansas, los patos y las patas se le
fueron encima y casi se lo comen vivo.
El forastero, que estaba realmente como pollo en corral ajeno, de un brinco
trepó a las trancas y cantó:
–¡Qui-qui-ri-quí!
Después bostezó, hizo una arcada y arrojó el zorro.
–Gracias, compadre –dijo el zorro–. Ya tengo con qué matar el hambre.
Y comenzó el zorro a torcerles el pescuezo a los gallos y a las gallinas, a los
pavos y a las pavas, a los gansos y a las gansas, a los patos y a las patas.
¡Qué media panzada se dio el zorro hambriento!
Al otro día fueron los pajes a llevar maíz y trigo para el visitante. Cuando
vieron el alto de plumas y ningún ave en el gallinero, los pajes se quedaron
patifríos y tiritones.
–¡El Medio-Pollo se ha comido todas las aves! –exclamaron, y se fueron a
todo correr a contárselo al rey.
–¿Qué hacemos con el Medio-Pollo? –dijo el rey–. Yo no puedo matarlo
porque me trajo un regalo.
–Echémoslo en el potrero –propuso un paje–. Las vacas lo matarán a
cornadas y su majestad no tendrá la culpa.
–Bueno –dijo el rey–. ¡Pero cuidado! ¡Trátenlo como un invitado del rey!
Los pajes lo echaron al potrero y el pobre Medio-Pollo se vio acosado por
las vacas, que lo perseguían a cornadas.
Como pudo, saltó a un maitén, hizo una arcada y arrojó al león.
Las vacas trataron de escapar, pero el puma las mató a todas y se las comió.
Cuando al día siguiente llegaron los pajes, no encontraron más que los
huesos, y el Medio-Pollo cantaba a todo lo que le daba el gaznate:
–¡Qui-qui-ri-quí!
De espanto se fueron de espaldas los pajes, y ahí se quedaron tiesos, hasta
que el Medio-Pollo cantó con más ganas:
–¡Qui-qui-ri-quí!
Entonces se levantaron y se fueron a todo correr a contárselo al rey.
–¡El Medio-Pollo se ha comido todas las vacas! –gritaron–. ¡Hay que
matarlo!
–¡He prohibido que lo maten! –exclamó el rey–. Me trajo un regalo y no
puedo matarlo.
–Si su majestá me lo permite –propuso un paje–, yo lo agarro vivo y lo echo
al horno junto con el pan. Eso no es matarlo; es asarlo... Si no, él nos comerá
a todos...; no se llena nunca...
Consintió el rey en que lo arrojaran vivo al horno.
Los crueles pajes aguardaron que el horno estuviera bien caldeado, y
echaron dentro al Medio-Pollo. El infeliz saltó en una patita hasta la puerta;
ya se le estaban chamuscando las plumas y no sabía qué hacer.
No se acordaba del río que llevaba en el buche; pero con el calor se
alborotaron las aguas, y antes que alcanzara a cantar por última vez, se
escurrieron por el pico, inundando el horno y apagando el fuego. Y corría el
agua por el patio, y el río iba buscando por dónde volverse a su lecho y
arrasando con todo lo que encontraba al paso.
El Medio-Pollo se fue donde el rey y le contó que los pajes le habían
querido matar, y que no era culpa de él si el río se le había salido del cuerpo.
–Yo les había prohibido a los pajes que te mataran –dijo el rey–. Ahora
pídeme lo que quieras en cambio de tu regalo.
–Yo quiero irme a mi tierra, su sacra real majestá –respondió el Medio-
Pollo–. Mi mamita ha de estar con cuidado, porque me he tardado tanto. Pero
querría llevarle trigo y maíz para que descanse en su vejez.
–Veo que eres buen hijo –respondió el rey– y te daré todo lo que tú puedas
llevar.
Los pajes se rieron mucho al oír esto.
–¿Qué podrá llevar este Medio-Pollo? –decían.
–Qui-qui-ri-quí –cantó éste, y dio un bostezo.
En el acto salió el arriero con sus mulas.
–Mándanos, Medio-Pollo –dijo el arriero.
–Carga las árguenas con trigo y nos vamos a mi tierra –respondió el Medio-
Pollo.
Al ver aquello, los pajes se cayeron de espaldas y se quedaron tiesos.
Cuando despertaron, iba saliendo el arriero con sus mulas cargadas de trigo,
y el Medio-Pollo se despedía del rey cantando:
–¡Qui-qui-ri-quí!
Al llegar a su gallinero, el Medio-Pollo repartió las cargas con el arriero: la
mitad para cada uno.
La gallina castellana, que ya estaba vieja y desplumada, sacudió las alas de
contento y abrazó a su hijito regalón.
–¡Con paciencia todo se alcanza! –dijo la pata vieja, acercándose a probar el
trigo.
Y se acabó el cuento y se fue por la mar adentro, pasó por una olla de
porotos, para que luego me cuente otro.

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