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POESÍA COMPLETA

SALVATORE QUASIMODO

Ed. Linteo, Sl.; 2004

1. BESA EL UMBRAL DE TU CASA

BESA EL UMBRAL DE TU CASA

LA PLEGARIA

sé bueno, ai quieres escuchar mi voz


Y besa el umbral de tu casa.

Lleva dos lámparas, cálidas como el pecho de las golondrinas,


y, hacia la noche, cuando tu rostro tenga la penumbra del cielo,

abre la cancela de cristal de mi refugio azul


y, en silencio, arrímate a mi

Te hablaré de mis sueños, que he dejado sobre los escalones,


detrás de las puertas cerradas y desconocidas,
de los sueños brocados de los jardines pobres,
sin cantos, en medio de las cicutas.

Luego, calla y regresa: la música que duerme bajo las mimosas


se despertara para ti, que has besado el umbral de tu casa.

LA POESÍA

Una noche en que la nieve adormecía angeles sobre las cumbres


y; sobre los tejados, derramaba crisantemos,
quizá, al lado de mi cuerpo frío, buscó calor,
desnuda como todas las canciones de los nómadas,
pura como todas las rosas de los huertos desconocidos
donde las rugosas glebas y los búcaros de las flores blancas
ofrecen rocío a los pájaros sedientos.

Acaso, siempre había estado a mi alrededor,


en mi casa de frágil soñador,
abierta a las estrellas cenicientas
que desde el cielo traen los besos de los niños muerto sin amor.

Ahora, es como un incensario de ágata purísima


que arde entre las columnas de la habitación de amatista
donde la hora matutina, huyendo de mis besos
de Nocturno,
dejó el amor y el llanto de todos los caminos del mundo.

Arde, y el incienso es sonrisa de muchacha,


arde y el hachís es caricia de boca
sobre los pechos de una mujer perfecta.

En la hora en que las luciérnagas se encienden


sobre los vaporosos cristales de los castillos encantados,
y las canciones del sueño tienen cadencias de estrellas
sumisamente, besándonos en los ojos,
recitamos el Cántico del sol,
nuestra plegaria del crepúsculo,
que nos abre las puercas azules del sueño.

Ella me enseñará a hablar en la oscuridad;


mis canciones no tienen sol,
como el rebaño que, sonando sus esquilas,
a las fuentes desciende con las cabezas inclinadas.

LA OFRENDA DIVINA

La noche, en las pálidas manos de nómada,


me tendió un ramito florido de estrellas.

La huella de los pasos


que se había borrado sobre los caminos del sueño
como los templos sepultados,
se despertó, blanca de rocío, sobre la tierra.

Y el ojo, tristemente abierto


en los silencios que nunca eran perfectos,
se cerró y descansó con el aroma,
que en verdad nos llegó desde lejos.

Tú, mujer, que olvido no eres


y que sin embargo ofreces una pequeña estrella de azul
junto a la ofrenda divina,
ceniza te vuelves, como el agua del lago
cuando en su interior se refleja la noche
sin hechizo de gemas.

EL SILENCIO DE LOS ESCLAVOS

Noche, o cáliz azul de música,


flores portamos a tus altares de ceniza,
cuando las lámparas de oro
se encienden a las puertas de los templos.

Con diversas cadencias,


decimos lo que, en esencia, es la misma cosa;
pero sobre el camino, la luz era del sol,
el agua que adormeció nuestra sed
era una flor de roca siempre fresca,
y el agua, como el sol, era la misma,

Danos silencio para nuestros divinos encuentros;


el esclavo que, en la casa lejana,
dejó el último sueño como un fuego encendido,
también sabe rezar, hermana bondadosa
que cierra los ojos de los niños
en la hora que cierra las rosas.

EL ARPA DEL NÓMADA

La aurora duerme sobre los duraznos del valle;


yo sé que desciende de los de los matutinos
como cirros de mariposas rosadas
que se dicen adiós en las cancelas de los jardines.

Melodías de las pequeñas manos de oro


y aflicción de pájaros perdidos
tiene el agua en que refresco los ciclámenes,
los que cogí para ti bajo los sones de los laudes
de gnomos azules, en los huertos de las hadas,
mientras la luz, como una libélula,
temblaba en las tibias lámparas.

Con los ojos llenos de estrellas,


soy el viandante que la resina enciende
en los fosos de los caminos sin nombre,
como las palabras de amor oídas en los campamentos lejanos.

Pequeña zíngara, acércate a mi fuego;


tú eres la viola recogida por el asceta
en el cielo del crepúsculo, el apacible pájaro de seda,
que, sumido en la sombra, levemente vuela.

Pero el nómada tiene necesidad de cantar,


con las cuerdas de luz un arpa quiere,
tu pequeño corazón, para cantar.

LA DANZARINA DEL ALBA

Levanta la cabeza de la almohada de clemátide,


oh danzarina que esculpes tus pasos
en los huertos encendidos de luciérnagas,
al sonido del arpa que la noche toca
con sus manos adornadas de estrellas.

Calla, y vela mi leve sueño:


ya asciende por las columnas, en azulados hilos,
la seda de la mirra que arde.

Si viniese el Errante a la puerta de esmeralda,


dale asilo en la celda donde, una noche de nieve,
el peregrino enfermo marcó con su cilicio
una extraña leyenda de humildad.

Cuando sobre los pinos, como un jazmín,


la estrella matutina encienda el adiós,
danza sobre las flores del sueño, y el alba se despertará
con la música de tus pies de lirio.

LA ELEGÍA DEL EXTRAVIADO

Oh Nazareno, te seguiré rogando


con el Jordán al lado por compañera

El río dirá las alabanzas aprendidas a lo largo del camino


yo responderé, como besando las palabras
que saben de improvisados adioses
y de casas abandonadas.

Seré el errante en la noche encendida,


con el ojo petrificado ante la más viva de las siete estrellas
el amante desconocido de la espera
aferrado al mármol de sus senos.

LA CRUZ DE CENIZA

Todavía cálices de perfumes quebraban las manos


cuando la luz, en el templo de las estrellas,
encendía el fuego del crepúsculo
sobre el silendo del ara.

Con pequeñas alas de narciso,


tú sola rozabas el umbral de cristal,
oh música, mariposa azul
que quemabas en los violines encendidos
hasta que la magnolia del alba
se manchaba de ámbar y de rosa.

Encantos tadrurnos se abrían con tus vuelos de zíngara


entre el repiqueteo de las clemátides de seda,
en el jardín cerrado, donde una estrella
había caído, una noche, a los reclamos del poeta.

Luego, el primer rayo, como una aguja de oro,


resbalaba sobre los cristales cubiertos de rocío
y fantásticas sartas de colores
se rompían en los naufragios de la mañana.

Y yo era el que tenía su casa,


su lecho, para sufrir silenciosamente.
Pero hubo quien, con voz de ruiseñor,
entre los azulados encajes de los zarzales,
ofreció el agua amarga, para beber
en las copas de plata, al sediento.

II

Tengo ahora tanta necesidad de silencio:


¡mi casa es una cruz de ceniza!

LA FLOR DEL SILENCIO

Un pequeño ciprés, un capitel de columna dórica


y el cielo tan fresco de la mañana
de un apacible color de mayólica.

Dolor, oh fuente eterna de cada cosa buena,


he aquí tu templo, tu piedra sacra
para el sueño que no sabe del tormento.

No las olorosas plumas de las alcobas,


las rojas caricias de una mano encendida,
intacta, te darán la flor del silencio.

SEMBRADOR DE CÁNDIDAS LEYENDAS

«Señor de la mañana, danos nuestra meta.»


Alrededor del oro de los ruegos, que palidecía,
el pueblo harapiento escuchaba, atónito, al asceta

Ardía el sándalo y el Sembrador,


así lo llamaba la gente en su delirio,
derramaba cánticos olorosos con el primer albor
que florecía en los encantados jardines de oriente

Y, sobre las gemas, brillaba el rocío


que había humedecido los labios del ayuno
en el último reposo del camino.

«Si en el pecado vives, padece y parte;


tu llaga cerrará la distancia
y tú serás el agua de la acequia
purificada en una fuente que se derrama.

En el ojo del zíngaro extraviado,


verás tu casa como alcázar de violetas
en las que las canciones de los niños y los lamentos del laúd
despeertarán el sueño de las muñecas.»
II

Hacía tiempo que lo seguía una bacante,


cálida y bella como el incensario
que ardía a los pies del soñador.
Pero aquella boca que amaba la renuncia,
el abandono del ojo al cielo de la tarde,
cuando una sola estrella anuncia
el coro de los ángeles inclinados a la plegaria,
como un bordado sobre la carne encendida
le colocaban luz y violetas;
pero ella lo soñaba y, en la espera,
le parecía que adorase al sol.

III

«Los nómadas duermen bajo sus riendas;


ven: perfuma de jazmín mi lecho»
sembrador de candidas leyendas.

Perdidamente he besado un lirio,


en la noche perfumada de incienso,
con un escalofrío sutil, como quien toca
un mármol sacro en el silencio intenso:
y el lirio del sueño era tu boca.

No creerás ya más en tu señor


que tortura la carne con la lepra
y al ciego con el sueño de un resplandor»

La miró. En la serenidad de los ojos, en verdad,


se habían encendido dos estrellas desconocidas.
No recordó el místico reposo sobre el desierto,
los llantos en las trágicas extensiones.

entre las mariposas heladas de la nieve,


el ansia de las madres taciturnas,
el cántico que despertaba en la parroquia
los divinos cánticos nocturnos.

No recordó a quien durmiendo sobre el jade,


como sobre lana, seguía en silencio sus pasos
¡a lo largo del martirio de la carretera!

IV

Pasó el alba como un roce de rosas


despertando en los nidos los pájaros;
lo llamaron; y él no respondió.

Bajo un cirro de pálidos jazmines,


volcado, en la tienda de un Desconocido,
estaba, como en callados jardines,

ciertas rotas cruces al lado del fango.

LA MUEJR DEL HOMBRE TACITURNO.

¡Magda, que tenías


de los huertos de Getsemani el perfume,
tú que con tu fuente habías saciado la sed
de los labios de mármol de los acerbos amantes,

acaso fueron los cantos matutinos


lo que oíste sobrevolar con alas de libélulas
desde las sinagogas de dorada niebla
a tu umbral, fresco de glicinas
por los pies de ónice!

Con mirada crepuscular,


al canto del cisne te paraste,
besando en la vía del dolor,
con boca materna, las manos del leproso.

Oh blanquísima rosa de los jardines de nieve,


tú fuiste la única, mujer entre las mujeres,
digna del hombre taciturno
que, inclinado sobre la tierra del mito,
oraba, que lo hiciese llorar: el Señor.

EL TEMPLO

Un hada de espuma, de cabellos perfumados,


erigió mi templo de sueños y recuerdos
sobre la cima de una colina, en medio de un jardín.

Y, a la tarde, vagabundo y solo, atravesaba el umbral


mientras en tropel ascendían los recuerdos de las pequeñas aras
en las que florecían los sueños con debilidad de luz trémula.

A la claridad de aquellas extrañas antorchas


me parecía vivir doblemente;
pero no sabía que la única ventana,
velada por dos ángeles de yeso,
grababa una cruz a la sombra de un ciprés:
¡quizá fuese aquella mi negra cruz!

Una tarde, un recuerdo se quemó las alas y ardió el templo


como un crepúsculo de rosas en la noche de amatista.

Flores de sangre, para mi dolor,


como azuladas palpitaciones, quemaban las estrellas;
lloraba el jardín con sus mirtos,
y octubre era ssacudido con un último escalofrío.

PROFANACIÓN

He vuelto a encontrar aún más desierto


el apagado jardín de mis sueños.

¡Decidme, decidme que recoja mis flores,


brotadas de repente en la tarde
como una idea jamás pensada!

Sólo quien vivió y no murió de sueños,


sólo quien ante el sol no sonrió,
quien no sintió perfume de violetas
cortadas en silencio por mano de una niña,
sólo quien no conoció el cálido llanto
del alma enferma caer, gota a gota,
en el dolor,
sólo quien vivió y no murió de sueños,
crujió con levedad en mi jardín sagrado.

HELIOSIS

El alma intensa, en el vaporosos regazo de batista,


con gesto sacro, derrama la semilla.

Necesario es amarla con ojo de pureza,


cuando sus pies desnudos rozan la tierra
y el sol le quema la seda de los cabellos:
que la tierra es su templo,
y el sol su Señor.

RUMOR EN LA FLORESTA

La pequeña curruca, que amar no podía


el alcázar de barnizada hojadelata,
casualmente, después de una noche de prisión,
huyó, y su trino fue como una carcajada
pero tierna, muy tierna, para el niño
que la tenía como juego.

El árbol del nido siempre está allá,


sobre el cerro fresquísimo de escarcha:
la madre viene, dadle, pobres pequeños,
vuestro reclamo de contento
y las alitas cansadas sentirán más fuerza.

Pero la cuna amorosa,


que ya florecía de asustados píos,
en el alba primorosa que la dejaba sin calor,
ya no estaba, quizá era juguete
de otro travieso niño.
LA LUZ DEL SOL

Nido, ruega por el alba y la noche,


flor más azul que el canto del ruiseñor
en el sueño de los humildes amantes,

Posee la noche las rosas de todas las leyendas,


el alba la púrpura y el damasco de los palacios de los gnomos,
las fuentes que blanquean como pálidas vendas
y que saben, de las estrellas, sus trémulos nombres.

El alba enciende las antorchas del sueño


en los silencios de las pagodas de amatista;
pequeño cordero, tu lobo es el sol
que dora, ante tu vista, cementerios.

LA SERENIDAD

No atrojes el pan que te sacia;


alguien hay detrás de la puerta,
hay quien nunca pierde la esperanza

si no ve tu rostro avieso.
Límpida, la claridad de la mañana
que, en silencio, cubre el alba muerta,

duerme en sus ojos de niño.

LA PUERTA CERRADA

Viandante que encontraste cerrada


la puerta de la ciudad extranjera,
que habla florecido en tu pupila
como una barrera de estrellas,
vuelve a la pequeña tierra
cortada por la mar, lejana,
mas tan cerca de tu corazón.

Cierra en los sepulcros de sombra de tu casa


los sueños de las azules lejanías;
pero, cual estatua, Rey en tu refugio,
arroja del umbral inmaculado
la púrpura nueva que viste el antiguo andrajoso
que cambió su alma en la primera encrucijada
y abre la puerta sólo para tu madre.

LA LUJURIA
I

Viniste con paso de sueño por el jardín


en el que daba forma a mis pálidos poemas
en Las horas taciturnas de la mañana.

Así; lívida como la flor de azahar,


mis manos no osaron tocarte.

II

La carretera te había dado el paso de zíngara;


el ojo vivo como el cielo de agosto;
el sol, un tono de moreno encendido
sobre el mármol de la carne: un poco descompuesto.

Pero tú sonaste el templo de coral,


ebrio de borrachera, en la luz azul
que retorcía las columnas de cristal,
las copas de ágata quebradas en el lupanar

ante tu nombre divino: ¡lujuria!

III

Te rogué como un niño, cansado


de jugar con el mismo juguete:
¡enciérrame en el sueño!
Y me quemaste los ojos
con el fuego de tus pezones.

Te pedí agua para mis labios blancos,


y para las manos que ahora sentía
pesadas a tu cotnacto.
En el límite del crepúsculo,
me doblaste las rodillas
ante turbios charcos de sangre.

Pero cuando, una noche, te dije,


a media voz, con el temblor de los enfermos de amor:
no abras al sol las puertas,
en la luz no te siento mía;
en el jardín del silencio
con rapidez sobrevolaba apenas
en la claridad de la fuente, una mariposa nocturna:
era el buen sueño mío de renuncia.

Tu cuerpo se había tornado ceniciento de placer,


y te creíste la elegida, la amante maravillosa
del solitario errabundo.
No vino el sol;
y, en ello, amor fuiste
sólo por esto: habías creído en mis palabras.
IV

Yo no te amaba a ti:
besaba la noche;
me gustaba cogerte así: como una flor escondida
que se siente, sólo, por su perfume.

Después, no eras sino la sombra de una niña


en la sombra de un ciprés: ¡nada!

LA HOGUERA

Hay quien canta el exilio y la distancia,


la sombra de las cartujas y el místico Francisco,
las glicinas de la aurora que se deshojan en la lejanía,
la lámpara humeante al lado de la mesa,

las estrellitas rojizas que, en invierno, saltan de la chimenea,


en las noches, cuando parece que el cielo se inclina sobre nosotros
para ofrecernos toda su luz,
las antorchas que el sol enciende en los charcos,
la nieve de oro que resbala desde los árboles,
a mediados de ocrubre, sobre las aplastadas glebas,
con las primeras lluvias otoñales;

y todos cantan a la mujer, a su manera,


las de los ojos azules y de las trenzas doradas.

Pero yo soy un pobre poeta,


y en silencio modelo mis criaturas
y las beso, más mías incluso que mis mujeres,
como besa el barro el escultor
después de haberlo molfdeado con las manos nerviosas y vacilantes.

II

Tú eres la cariátide que sostiene mi sueño,


tú que eres más frágil que el marmol de las nubes de la anochecida,
casi tan frágil como las alas de una mariposa muerta,
tú que ardes como los fuegos encendidos sobre la estepa
en las sagradas noches de San Bartolomé.

Recojo tu voz, como el sediento


recoge el agua en la rosada copa de sus manos,
nómada nocturno, del primer estanque
teñido por las claridades de la madrugada.

Tu nombre es un ala de paloma


del color de la luz matutina;
en primavera, el sol en el que vuelan los pájaros,
rayo a rayo, te formó los cabellos
y la noche los sumergió en sus lagos do sombra.

III

Una anémona, roja como una chispa,


recogí en el sueño, acaso en un jardín
sobre la orilla de un lago con reflejos de pupila,
en el cual tremolaba la mancha azul
de un fantástico alcázar de zafiro.

Un cirro de vainilla y encajes


parecía el alcázar: en las ventanas, hojas de nenúfares,
en la puerta, una rosada concha
apenas entreabierta en la hora de los colores,
y arriba, en lo alto, las torres blancas, como orquídeas.

Y tú, oh flor de la mañana, cantabas,


y los pájaros se posaban a tu lado.

Dame la mano, que es como un jazmín,


y, en silencio, ya sin sol,
buscaremos el camino bajo el cielo
todo de cintas y de recortes de estaño,
con flores rojas y céspedes de asfódelo.

IV

Cuando la luz, sobre el raso del crepúsculo,


borde la estrella de la noche
con las anémonas, nuestro buen niego,
encenderemos el sándalo de la hoguera
que se halla en el límite de los encantamientos.

Y así, como un injerto,


con tu corazón dentro de mi corazón,
formaremos un pequeño jardín
y tus ojos serán las flores y mis besos el sol
que los vuelva a abrir con su calor.

En la noche adornada con luz lunar


revolotearán a nuestro alrededor
pálidos tintes de ultramar;
con tu corazón dentro de mi corazón,
lloraremos como lloran los corderos
entristecidos, uno al lado del otro, ebrios de tormenta,
con sus bondadosos ojos que buscan a sus hermanos
para llorar y consolarse juntos.

Luego, cuando el gallo cante a las últimas estrellas moribundas.


y lloren los niños hambrientos y, en los aleros,
las crías de los pájaros por la madre que parte;
y cuando nuestro sueño sea ceniza muerta,
¿quién vendrá a llamar en la puerta
de nuestro abandonado refugio?
EN LOS JARDINES ES DE LA LUZ

EN LOS JARDINES ES DE LA LUZ

Quizá no estás en los jardines de la luz,


donde te llaman las fuentes mis desconsoladas.

En sueños de camelia, abro las conchas


que me entrega la mar,
en el encanto estelar,
pescador de perlas, no encuentro sino lodo,

Busco, de noche, la luciérnaga más viva,


la que ilumina, en bosques de narcisos,
a la hormiga que se rezaga;
pero sólo veo escalofríos
de pálidos resplandores sobre la escarcha.

Quizá no estás en los jardines de la luz.

NUBECITAS EN EL ANOCHECER

Oh blancos caballitos de felicidad,


que tenéis por cascabeles las estrellitas de oro:
deteneos un poco en mi ciudad.

Hay el agua más fresca para vuestra sed


y hay el heno más bueno para vuestra hambre.

Nosotros amamos los caseríos de guijarros,


en los que manos duras, nos dan de beber,
en cuencos de arcilla, como a los niños.

Vuestras fuentes de mármol están envenenadas,


vuestro heno es amargo, como el pan
que se da de limosna.

LA GOLONDRINA DE LUZ

El amor es una golondrina de luz


que vuela de mi jardín al tuyo
y que borda palabras de cristal
en la noche que se abre como nube de mirra.

¿Quizá eres la armonía, cerrada


como una violeta sobre mi corazón,
y que busca en el cielo, pobre ilusa,
el primer rayo, el primer centelleo?

De madrugada, la golondrina bebe en una fuente


en la que el agua es una nube de mariposas
que nos hablan de flores
junto a tres pequeños cipreses,
entre pequeños sueños adormecidos.

Ruega porque la fuente no se seque jamás;


con mis manos unidas, me mantendré a la escucha
de la música de oro que roza el arpa del crepúsculo,
oh haz de glicinas entrecerradas como los párpados
en la melancolía que me dice: ¡adiós!

LO INUSITADO

Palabras que escribía de niño,


con sensuales deditos, sobre la fina arena,
muy asomadas a un mar que las borraba
con un crujido de perfumados encajes.

Palabras que no supe decirte, pero que conoces:


las habrás leído en los libros, incluso en los más pulcros
aquellos que tienen en sus cubiertas velos sobre las rosas,
o las habrás extraído de otros, con pausas, en verdad, deliciosas.

Te digo más: aman quedar en el silencio


como ante un mármol de Miguel Ángel.
En el crepúsculo deshojado de bordados
saltaban estrellas perplejas como desde un fresco.

II

Imaginaba un crepúsculo del Trescientos:


en la vestidura de brocado, reina de la nieve,
la lámpara nocturna te deshojaba
sobre los vidrios del castillo principesco.
En salones dorados, los polvos de tocador perfumaban encendida desnudez
y temblaba en la quietud la voz de un juglar.

Sobre tu pequeño rostro de magnolia intacta,


un descompuesto rizo parecía interrogase
mi extraña, inusitada figura.

LA MÚSICA DE LOS ÁNGELES


Poliziano, dulce amigo de otros tiempos,
las muchachas no vendrán, como en tu balada,
a recoger las rosas de los jardines,
y la princesa de la fábula no llegará
-flor de oro inclinada entre hojas de tul-
para darme un beso sobre los ojos cansados,
cuando la noche se lleve la luz,

Jacopone, quizá en la hora primera


que se alza del mar como un pétalo de rosa,
escuché junto a mí tus loas
como susurros de purísimos pájaros
que volasen al encuentro del sol,
y me pareció tenerte cerca
para besarte y llorar,
mientras los labios apartaban de mi alma
las palabras mejores, para ofrecértelas como flores silvestres.

ORO SOBRE LA NIEVE

Mi alma de puro oriental te había buscado


entre los ruiseñores, por los cirros turquesas de los bosques,
cuando el cielo, como el ópalo, tenía escamas de colores,
cuando la noche era un mosaico celeste.

Te encuentro en la luz como en un alcázar;


cerca del chorro de una fuente que, como una borla,
empolva el azul. Acaso eres la estrella que flora
sobre el lago de la noche y que se hunde en la mañana

para encontrarse, gota de rocío,


sobre los labios entrecerrados de una criatura.

Tu nombre lo borda el sol,


con oro sutil, sobre la nieve;
plegaria de una sílaba, lo lee un ángel
y lo muestra a los pájaros con la música leve
de un arco de seda sobre rayos de luz.

Y los pájaros lo trinan a las rosas,


y las rosas, con tu nombre, se aroman.

LA FUENTE NOCTURNA

Perfume de cerrado azahar, fuente de encantos nocturnos,


te llamo con los nombres de las flores más frágiles,
cuando me falta el sueño,
-mi pan con la cruz blanca,
toda de estrellas y de nieve-.

Cuando, muy vivo, sobre los muros de los huertos


salta
el pipirigallo,
yo busco entre el rosal tus ojos,
tan calmos que parecen los de una oveja;

¡pero que me hacen tanto daño!:


como las palabras de un adiós,
como las palabras no dichas
que quedan en el corazón
por temor a encontrarlas poco tiernas.

Dos besos dejé sobre tu cuerpo de orquídea,


que me parecieron dos margaritas,
de esas que crecen en los bordes del camino
y son pequeñas, pequeñas, ¡y que sienten tanto frío!,
y, fuera, el cielo de manchas oscuras y blancas como una perdiz,
poseía mi fiebre, y yo creía ser feliz.

EL ROCÍO Y LA CAMPANILLA

Posee tu paso la música del todo


que gotea en las rosas de los melocotoneros,
tembloroso como pequeñas esquilas,
cuando los ángeles recubren de frescos,
con los colores del alba, en tenues franjas, el cielo.

Una luciérnaga, en el cáliz de un lirio,


vela el sueño de un hada frágil
que tiene una campanilla de oro, atada
a sus cabellos con dos rayos de luna.

Y tu nombre trina, sumergido


como reclamo de matutina fuente,
cuando el hada deshace sus trenzas.

LAS TÍMIDAS VÍRGENES

Cierto es que el poeta ama cubrir de violetas


las desnudeces más impuras;
que la etérea melancolía se torna en su canto
la mujer que buscó a lo largo del camino,
cuando las prímulas quemaban en los prados
el encanto lila de un lago adormecido.

Pero, las cosas más feas,


no sólo se vuelven encantadoras,
como las estrellas, en el sueño del poeta:
las tímidas Vírgenes que adoráis,
fueron, quizá, entre todas las modelos,
las bacantes más ebrias y zalameras.

EL ASFÓDELO BAJO LAS CENIZAS


I

Si en ti pienso, me vuelvo pagano


y te levanto un altar
todo cubierto de vivos jazmines,
las flores que tanto te gustan;
que te gustan, sí, porque estás viva;
sólo sé que estás lejana.
Lejana, pero ¿cuánto? ¡Lejana!...

No sé dónde estás, oh extraviada,


y la noche, la noche me dice
a quién tiendes la boca lasciva
y los brazos, ¿los ávidos brazos
que arqueaban mi cuerpo amargo?

Amabas los claroscuros de la estancia,


y, cuando en el lago de oro del quinqué,
cerca del alba, se extinguía el pabilo
casi como un lamento,
me mirabas en los ojos
y, con los labios encendidos,
te acostabas en mi corazón,
y te volvías pequeña, pequeña, sí, como una niña,
una niña buena dispuesta a escuchar una nana.

Luego, fuera, la claridad desplegaba las alas


y alguna esquila anunciaba la llegada de la leche;
en el espejo vivían dos máscaras espectrales:
la una, bacante, buscaba las zapatillas,
la otra, Pierrot, el de los ojos atónitos,
vestía el dominó de cada día,
mal cosido, óptimo, pero para «aparecer»
asi, sin adornos,
entre la «gente de bien» y en medio de los «educados».

Ahora ¿quién eres? Acaso en la noche,


vestida de armiño y «toda» perfumada,
con la sonrisa espontánea de pequeña cocotte
detienes a los jovencitos cerca de los restaurantes
(donde la luz palidece sobre el embaldosado)
los imberbes, los tontos o los más elegantes
noctámbulos de tu conocimiento,
los que, con su aire de petulancia,
casi diría que de cadetes de Gascuña,
te empujan hacia dentro sin cortesía.

Y tú no te ruborizas de vergüenza;
es más, entre un vino y otro,
entre una sonrisa y una palabra obscena,
te vuelves más dispuesta si hablan de Bolonia.

III

Pero así no te quiero imaginar;


me gustas más, como Butterfly,
empapada de rocío a la orilla del mar,
a la espera de aquel que «mucho amabas».

Si la noche hace de venda de mis ojos,


hablo de ti a la más pura estrella,
a la más pequeña que, como una leyenda,
no luce para nosotros; solamente es ¡bella!

Y, arrodillado, quemo un poco de resina


cerca del altar que te he levantado en vano
y pido luz: ¡luz, luz!, y tiendo la mano,
y como un ciego soy que pide
limosna en el crujido de la nieve
-la cruel señora de la veste blanca.

SEMILLAS DE LA LUZ

En verdad, aroman los cedros bañados de rocío,


pero yo sólo siento tu boca: estrella de perfume;
en verdad, el alba derrama semillas de luz,
pero yo sé por qué me miran rus ojos.

Te esculpiré en el pétalo de una magnolia,


en los bosques de mirra, donde los surtidores nocturnos
en cunas de raso, adormecen a las mariposas.

CARNAVALESCA
(en tres momentos)

Trasluce la hora de las primeras estrellas,


los primeros cirios encendidos con el sol muerto
y ya hace temblar los párpados la luz
y abre los ojos, y surge un nuevo día
para los noctámbulos y los vagabundos.

Riqueza de perlas dejó la lluvia


en los desiertos aleros, en los hilos, en los ramos
punteó los cristales de los escapantes,
los invernaderos con flores de luminosos estambres.

Hay demasiada luz que hace daño a los ojos,


hay demasiada gente que hace daño al alma;
yo busco un poco de paz y un poco de sombra,
y, quizá, ¡una cruz! Que me arrodille
también yo para la plegaria,
lejos de este carnaval,
de esta locura casi de todos.

Alma: canta y no llores al filo


de tus dieciocho años y sepa de ambrosía
cu canto, no de los frutos blancuzcos del ciprés.

Diles a los ruiseñores de tus jardines fabulosos


que canten, uno a uno,
porque, en la noche, alguno ha modulado
la voz oída en un sueño,
y era la voz de mi amada.

Oh mujer del sueño,


te damos nombre,
un nombre siempre modesto, pero bueno,
sobre todo bueno;
pequeño como la primera estrella
por los ángeles asustada al surgir el alba,
bueno como beso de madre,
como balido de oveja.

Y silenciosamente te llamamos,
midiendo tu nombre con el temblor del labio
al ofrecer nuestra desnudez,
y cuando, hasta la sangre, ceñimos
el cilicio sobre la carne saciada,
pensando en tu cuerpo, después del sacrificio.

Alma: demasiada música


y demasiado amor sueñas para ser feliz,
y te consumes buscando la mujer que quisieras:
Ella no existe en la vida, y como el ave fénix
vuela en el sueño y jamás se encuentra;
y tú incluso no sabes
que el sueño es una crisálida
que nunca emprende su vuelo.

Y, sin embargo, siempre, allá por donde vayas,


por ella le preguntas al alba, al sol,
o en las flores la buscas, pensando en encontrarla
reflejada en cualquier gota de rocío.

II

Pero ríe, ríe juventud y no llores


al filo de tus dieciocho años.
De nada vale aislarte del carnaval
que alborota;
vamos, corre más allá, sobre la plaza,
entre los perfumes de las máscaras,
ríe y grite con los necios,
entre los sonidos grotescos de las castañuelas,
entre los zigzags de las serpentinas y las llamas
de las bengalas, que arden con los colores del ónice,
y canta, canta tu himno a Dionisos,
y que no haya versos melancólicos,
que todo sea sonrisa de juventud.
III

Somos los payasos vagabundos


sin claro de luna y sin serenatas,
y los Pierrots de las noches teñidas
de ojos azules y de cabellos rubios.

Riamos, ebrios de besos, no de estrellas,


pasa la muchedumbre, pasa el carnaval:
ropajes y pantalones, campanillas y tarantelas,
bocas de carne y destellos de ópalo.

ZÍNGARO

Nior escapó. Por el cielo de guinda


los destellos de cobre cabrilleaban.
Más no quería, como la murena
que hambrienta se desliza por el fango.

Soñaba con el sol y, libre mariposa,


aletear en prados, en estambre
del sueño. Alcázar fue para él la arena
nocturna, y mirra el hedor del estiércol.

¡Oh pómulos teñidos de carmín,


restos de besos marcados en cera!
Bajo estrellas veladas de aluminio.

Soñaba las caricias, y una cuna,


un armonioso canto en la noche:
se inquietó el mar y ya no soñó nada.

LA PUREZA

¿Mañana cuál será mi poema,


oh mujer nacida de mi místico sueño?
Te fijaré en el más tierno dístico,
mármol intacto con mano que no tiembla.

Mi pupila que, estática, veló


el cielo de La noche oriental,
tendrá para la luz su estrella más seráfica,
y para no tocarte con fiebre sensual.

EL SENTIDO

-¡Amad el silencio! -Sin embargo, acaso no os conozco.


-He aquí mi estúpido nombre, que destaca,
que se mezcla un poco como la baya
cuando cae de las ramas al suelo del bosque;

luego, con gracia, me diréis el vuestro, minúsculo en verdad,


como fragmento de estrella que a la noche saluda
y, yo, no habré sabido si eres señorita o cocotte,
y, vos, si soy ladrón amante del crepúsculo.

Contentémonos con ser dos números extraviados


que casualmente se encuentran en el camino,
y, luego, se dejan con un adiós, sin que cambie
el discurrir del río; sinceros como humilde rocío.

II

Un beso en la mano; así, sólo


como el beso de un antiguo caballero,
sin que tiemble el corazón como el vuelo
primero de un pájaro. -Estoy en busca de un amigo,

quizá poeta, pero que no diga como los tontos:


yo sueño, amor, la rosa de la boca,
perfuman las violetas tus ojos,
todo cuanto tu mano toca encantas.

Me gusta hablar de cualquier cosa


que esté a mi alrededor, por ejemplo: del lago que oscurece
de una estrella que se posa brillante
en el agua y se hunde temblorosa de miedo.

III

—Yo no soy el payaso al uso


que llora, así, aunque sea para romper
el fatigoso silencio, mientras bromeáis con el lazo
de vuestro elegantísimo abanico;

pero, al anochecer, os gusta el cielo que palidece,


la mano bien formada, el olor del incienso,
la delicada luz de la aurora;
¡y ello no es sino el análisis perfecto del sentido!

YO Y EL ALMA

Y, ahora, démonos la mano,


como buenos amigos, sí, pero... esperad:
no soy, como creéis, un hombre franciscano.

Quien ha hablado es el alma


que se arrodilla y reza
como una virgencita de buena familia
que aún mete bajo la uña de su dedito
la torpe, paciente cochinilla,
para decirle adiós y llorar un poquito.

Pero yo:
yo amo el aroma de los jardines,
las calles donde cantan las mujeres del pecado
con los pezones encendidos como ciclámenes,

las palabras que no saben decirse de un tirón


ante una mujer extranjera,
los rubíes de un mordisco perfumado.

En un templo, en el sueño, entre el denso azul,


rasgáis las vestiduras de las no tocadas,
mientras que, sobre la carne con blancura de leche,
brotaban camelias de incienso.

II

El frescor apacible de los olivos


hablaba de tus sueños de reclusa;
lo escuchabas en silencio y no comprendías,
pobre alma, esperabas encerrada
dentro de mi cuerpo, como los inocentes
que en las celdas sufren su pena,

la noche con su carga de estrellas.

III

Digámonos adiós, oh dulcísima incógnita,


he aquí el último beso pudoroso,
pero no des la espalda a tu camino,
aquel que iniciara un canto de veinte años:

oh flor de olvido, perfume de mujer desnuda,


aún te quiero y más ardorosamente,
con los mordiscos de dientes salvajes.

MIENTRAS ARDE LA MIRRA

Pero ¿cantaremos, cantaremos en vano


todas las rosas de nuestros invernaderos,
los acres perfumes de las tierras pantanosas,
lagos de sueños del color del aciano;

las blancas lechuzas brotadas de un recipiente


con lirios azules y con violetas
súbitamente marchitados bajo el sol
grande y sereno como un fuego sacro?

Pero, sobre las cabezas, nos vuelan las estrellas,


como mariposas que, con lentos giros
de alas blanquecinas, por los campos pobres
van en la sombra a la busca de llamas.

2. NOCTURNOS DEL REY SILENCIOSO

NOCTURNOS DEL REY SILENCIOSO

CILICIO
Noche que, tan serena de sombras, pareces
el fresco de un cenobio, en o me encierro
y ruego como en una celda
entre los rumores de las sedosas enredaderas,
en el abovedado jardín, donde, en un tiempo,
había caído una estrella a las llamadas del poeta.

-Señor de Asís, si también mi mal,


que oculto germina, pudiese domar;
pero ¿qué riqueza entregar?
A veces, ni siquiera tuve aquel pan
que siempre logra el que pide e impreca.

Oh mi Francisco, empapado de rocío


que parece sangre, y encendido de heridas,
un cilicio he encontrado por el camino
y lo llevo sobre mi corazón; y no pesa.

EL IDIOTA

Mudo sonríes, mientras los ojos ascéticos


observan la trama de la telaraña
sobre la superficie de los sauces más robustos,
de la que surge el tonto y después se oculta.

Ansia diversa no te ha tocado en suerte,


ni el nuevo brote de la yema,
este eterno renacer de la muerte,
agita tu quietud de pantano.

Y tienes un corazón, semejante al mío;


es más, venas y arterias, como en un laberinto,
mueven la sangre con velocidades sonoras
que agigantan el inicial instinto.
AGUA MUERTA

Agua que, estancada estás en los pantanos,


y que, en anchas capas, maceras venenos,
te asemejas a mi corazón, en los relámpagos
ora verdes, ora blancos, como desnudos cedros.

Negrea el chopo alrededor de la carrasca;


las hojas y las bellotas se aquietan en su interior
y, cada una, produce sus cercos con un único centro
turbados por el oscuro zumbar del lebeche.

Así, como su glauco espejo, como sus anillos,


mi corazón te trae su recuerdo;
se parte desde un punto y después se muere:
así, te es hermana, agua muerta.

BELÉN

Quién sabe qué bocas ávidas en los pináculos


de las vividas sinagogas de la aurora;
quién sabe qué esféricas mejillas de los oráculos
apagan los astros que la noche dora,

¡Imágenes de luces arrojadas


en el rectángulo amargo de la rima!
Adolescente, en las horas encendidas,
transfiguraba mi mente ácima

el ovillo de nubes matutinas


detenido en el vértice de la hosca Scila,
descubriendo ahora la pupila ávida
cúmulos de archipiélagos y encajes;

y catedrales con torres de cristal,


y radas con naves que en la alta antena
llevaban una estrella de coral
entre desmesurados e infernales fuegos.

Así te vi en el Parasceve,
rosada contra el cielo, entre las nubes grávidas,
oh Belén, inclinada sobre la nieve
del tebet* como un salmo del rey David.

* Probablemente el autor quiso escribir la palabra tebet, que en hebreo


significa el mes que va de diciembre a enero en el calendario judío. (N.
del T.)
ABISMO

En lo alto hay un pino retorcido;


atento está y escucha el abismo
con el tronco indinado en forma de ballesta

Refugio de pájaros nocturnos,


en la hora más alta, resuena
con un batir de alas veloces.

Tiene incluso su nido, mi corazón,


suspendido en lo oscuro, una voz:
y a la escucha está también, la noche.

EL ZARCILLO

Corazón armonioso, que extraes del misterio nocturno


relámpagos de lámparas de oro, he visto cómo el zarcillo,
en la punta del lúpulo, alcanzaba un tronco cercano.

No tú, sino la delicada espiral de verdor,


conoce la escala del cielo; y es ciega.

LA FUENTE

Blanca la fuente que, en breves volutas


-apenas siente el respiro de la hierba que brota-,
se ensancha en el agua que suave reluce.

Tú, hombre, que sigues el camino del sol


llegas, y te pierdes en la sombra más cerrada.

VESTIR A JESÚS

Todas las tardes, cuando los borrachos


como harapos helados por la lluvia,
parece que se cuelguen de los muros
y razonen de cosas muy graves,
un golpe de tos, roto,
como algo que los demás
no gustan de oír, nos hiela en el callejón.

No te conozco, pequeño muchacho;


pero en todos los caminos te he encontrado,
y tú también lo has visto, y has llorado
pensándote su madre, pálida mercenaria,
caminante del dolor.

Y has rogado conmigo


que fuese dulce la noche
como una casa al sol:
-Oh primavera que, en el barranco agreste,
nublas las desnudas ramas del melocotonero,
dame un poco de azul para la ropa
de un niño, y dos estrellas para bordarlas.

YERMOS

Caminos con caracoles y aguijones de las pitas;


con cipreses que, espesos, en las acequias
producen sombras e inmutables como esclavas,
con helechos y musgos de marchitas esporas;

como aquella que serena, yermos de la montaña,


me ofrecéis, en síntesis, la muerte:
el hoy petrificado sin ningún mañana
con un sueño de raíces retorcidas.

CAMINAR

Tiemblen -setos de espino


al dulce viento de mayo- las estrellas,
o curvada en su hoja como cimitarra
ascienda la luna de entre los laureles,
insomne caminante,
no encuentras ni tierra, ni templo
donde cerrar los ojos y reposar.

En ti no hay vergüenza alguna,


aunque hables con tu prójimo
de pequeñas cosas, de sueños...;
que yo te mire a la cara
y que no sea el espejo de la mía,
que yo te pregunte hondamente
por qué me siento inmortal,
si pasas a mi lado, hermano: yo mismo.

ISCARIOTE

Jamás nadie supo qué es lo que tu corazón deseaba


cerrado estabas como una baya inmadura;
jamás nadie supo de tu muerta sonrisa
ante la viva Palabra, la que brotaba y quedaba
como semilla y fruto: inmortal.

Sólo él. Tu mal enrojecía o palidecía


con violentas señales y el súbito exilio.
¡Qué sueños en el fresco Olivar y en el huerto!
Ovillos de luz y de arbustos silvestres;
cada estrella, cada flor de retama aromaba:
con el cielo, la tierra, y en la sombra mansa.
Desierta está la casa. Tú lloras
cerca de la llama de los verdes sarmientos,
ni siquiera yo puedo perdonarte;
hay frío, niño Iscariote,
y rodeada está la noche por miles de cipreses.

ADOLESCENCIA

Nocturnas horas encendidas como prímulas,


cuando los trenes, delante de mi casa,
rodaban en remolinos de niebla y de lámparas,
horas -centauros para todas las distancias.

Se encendían mosaicos de estrellas


sobre el matorral de rastrojos y retamas;
y grillos y ranas; los unos, como queja,
los otros como burla, desentonados,
medían estrofas anacreónticas.

Mujeres desnudas ofrecían narcóticos


sobre lechos de pétalos carnosos;
faunos, sirenas, uniones interminables
de hombres y de dioses, ropajes carmesíes por el mosto,
vírgenes ligeras como velos de danza
pasaban en tropel.

Mas, de repente, el temblor de la candileja


en el cuenco de flores glaucas,
traía miedos al latir de las venas,
y la sombra del Santo, penetrante, oscilante,
retrasaba el milagro del alba.

EL JUGLAR

Era una gotita de rubí


con siete manchas negras circulares
dentro de una pantalla turquesa.
Venían, de día, de las hileras

mas sutiles de la hierba, a aletear


las mariposas de alas coloradas,
las predilectas entre las quinientas
que se nos ofrecían al alba del verano.

-¡Señora cochinilla, buenas noches!


- He aquí, a la noche, el ritornelo de los grillos;
si luego había luna, las patas rotas
nos llegaban incluso desde el mar.

Un pequeño trovador vagabundo


susurraba apenas cuando el ruiseñor
(¡pero qué triste es su ojo redondo!)
levemente arrojaba, como si fuese un vuelo,

la luz aérea de la sinfonía


en surtidores bermejos de fuego,
tan llena, sí, de melancolía,
que el corazón, poco a poco, se anulaba.

Antes vagaba tenue claridad


como de alba fría, prisionera
en la opaca campánula: temblor
de una luciérnaga encendida en la noche.

Luego, se abría la superficie de un cristal,


plano, en la sombra, y desde la ventanita
-esfuerzo de una sierra de coral-
una tira de papel carbón

crujía levemente. Había entonces


un silencio absorto, una espera virginal;
los gallos embriagados, demudados de ajenjo,
destemplaban, de cuando en cuando, su madrigal.

Pero una noche, la lámpara de zafiro,


la pequeña luciérnaga, que un mito parecía,
se apagó; y fue el aliento último
de su frágil y ajada pantalla.

Todavía, niños, entre los herbazales ralos


arroja su canto el grillo, pobre juglar,
con su lúcida vestimenta de rocío;

pero si lo oíste, de qué manera más cortés


se aflige por cerrar el serventesio.

EL ROSTRO DESCONOCIDO

Te burlas de mí, y no sé; en tu pupila


desmesurados sepulcros de pavor
se abren, y la acre y sarcástica risa de la sibila
contornea el perfil de mi figura.

Nada tengo que sea digno de tí,


Señor, pasivo permanecía, aunque las estrellas
llamasen a mi puerta; callado rey,
y, al ansia del espíritu, rebelde.

Destartalado arcón: cúmulos de ramajes,


aguas y parajes amarillentos, elípticos,
hojas arrugadas como las manos de los ancianos,
luces sumergidas en albas cristalinas;

penumbras con perfiles de cipreses,


rosas cianótícas sobre cielos de hollín
y errantes cirros: dinámicos reflejos
de cuerpos desnudos en halos de vértigo.

Te burlas de mí y he aquí que, en tu mismo rostro


exactamente en el ángulo de las cejas,
marcadas con un acento circunflejo,
observo que se retuerce la locura.

CAMINO DE LA CRUZ

-Cúbrete con tu bermeja melena,


liberada la túnica de las correas,
y danza con, alrededor de los delicados tobillos
las tintineantes ajorcas de los astros.—

Lujurioso brotó el temblor de los senos,


duros como una oliva acerba y redondos
como los frascos que derraman venenos,
artífices de sueños etéreos y profundos.

Y las canciones báquicas, con cítara,


discurrían como agua de escollera
a esa voz del timonel que, en dura noche,
a veces es un arpa y ahora son esquilas.

¿Quién alimentará la lechosa linfa


de las rosas estrelladas de rocío,
mañana, en los refugios de las malezas?
Bautista, ya tiembla una espada,

y en su cénit sangra la estrella


de los inmortales sobre la hora inquieta
que ni siquiera borra una sílaba,
pero que la luz dobla como una zeta.

He aquí que, en los huertos, se entreabre el granado


y parece como si, despertado temprano,
en medio de las grietas de cada baya
surgiera, canora, la risa de un niño.

Blanco es el cielo y tiembla el zarzal;


el farolillo colgado del nogal brilla,
mas sin uno el otro no amanece;
así recorres, camino de la Cruz,

no la burla, sino el signo del martirio.


Ya canta el Ruiseñor entre rosales
y en Cafarnaún, que brilla como Sirio,
dos pescadores abandonan sus redes.
EL HAMBRE

¡Hambre, hace tiempo que te acuestas en mi le


Con humildad te acogí, que no abrigo rabia
por nadie (ni tú prendes mi rostro bermejo
que desgarra la seda sobre la manta sarnosa).

Humilde, que escaso ha sido siempre mi pan.


Sabia que, temblorosa, ascendías por mis escaleras
con tus mejillas enjutas como piedras de montaña.
Fuera, agreste y desatada, la tormenta

abrazaba los árboles, que, lascivos,


se dejaban desnudar de sus bordados de oro,
de tal manera que, en la alta noche, por los declives
yermos y abruptos, contra el cielo oscuro,

los crucificó la luna naciente.


Con unas pocas astillas enciendo tenue llama;
las últimas, no las primeras que la mano reúne:
tus ojos enfebrecidos son lúcidos espejos,

ahora, con el fuego, tienen perlas de sangre.


Te acercas y me besas, oh trágica amante
del poeta que llora (con un sollozo ronco)
los nidos destruidos al instante.

Y todavía no te has cansado de mi tugurio!


Mas nevado está el seto de los delicados aligustres
y una pizca de verdor, augurio mudo,
hay ya sobre los ramos lustrados de rocío.

SAL DE LA TIERRA

Luz del alba, que brotas entre las hayas


a la llamada de aguas y de grillos,
en los bordes despuntas con los sutiles rayos
de glicinas intensas y de aguamarinas,

y te escindes, y en el sol te disuelves,


medusa mágica, como mi alma,
si la toca el Confortador;

alba que a los niños despiertas del sueño,


y a las flores, y a la pequeña vela
con que Pedro deshacía la dulce canción de vida,
y las toscas amarras con atención de araña,

mi corazón se duerme, despiértalo despacio;


que recupere su latido y vuelva a ser como era.
Como cuando en riberas lejanas,
traslúcidas por la ola más sutil
que puedan los vientos impulsar,
escuchaba, en tiempos, discurrir

la viva canción que Pedro cantaba


sacando colmada la red
de sol y de luna, y con resplandores,

YO Y VOLKER, EL DE LOS NIBELUNGOS

Cuando partimos, viandantes de la belleza,


músico Volker, se abrían los jacintos
en el novilunio, cerca de las fuentes
ebrias de anillos de quebrados arcoiris.

Tú cantabas, al rasguear de las cuerdas,


fragmentos solares de mis poemas,
oscuras leyendas de la tierra de Worms;

y a veces las voces, en el color de un sonido,


brotaban de un único misterio
en las pausas de los agrestes nocturnos.

Así, alguna mujer permaneció en nuestro corazón,


otras pasaron a lo largo de las calles
como maravillosos arabescos de sibilas.

Luego, sobre las ramas de los nudosos arboles


la nieve deshojó sus corolas;
los labios inclinados sobre los diques de las lagunas
nos trajeron en sueños manantiales de exilio,
y regresamos sobre las cimas distantes
que convergen hacia las fuentes.

Volker, cantor, si cerramos los ojos


nuestra es la armonía de los firmamentos.

VELANDO A NASSABOTH

Nassaboth tenia una tienda de antigüedades


en los callejones profundos, entre remolinos de andrajos
que, en festones, gotean precipitaciones cromáticas
sobre los azulejos de lava recorridos por la cantinela
de los zuecos de las mujeres hidrópicas y esqueléticas.

Apenas la noche con sus estrellas amarillas


se asomaba a los tragaluces y, cuenta a cuenca,
iba pasando el rosario de sus campanas,
el viejo hebreo cerraba su escaparate
y, al chirrido diatónico de los goznes,
la bloqueaba con cuadros, con restos de mosaicos,
con panzudas garrafas decoradas.

Y casi hasta el alba, con su burdo sayal,


aguzando con una enorme lente,
con los miopes ojos rojos por el tracoma,
se inclinaba sobre los cinceles y los anáglifos.

Ha llegado la Pascua y muerto estás, Nassaboth,


Ya no te enoja el zumbido de las devanaderas
de las malignas que hilaban en tu puerta,
ni el cascabeleo del perro en medio de la basura
cuando sacudía sus veteadas orejas.

Yo no vengo a tu casa como extranjero


y, después de que se han olvidado de ti,
enciendo en cu memoria una sincera vela
y sé que habrás de perdonarme si he tocado
algo que formó parte de tu vida.

También tú has sido niño


vagabundo y burlón por los meandros
que rodean el teatro Marcelo,
por las rojizas y ciclópeas cavernas
donde martillos resonantes enderezan
el torcido metal contra el yunque,
entre destellos súbitos de chispas
y nubes que se difuminan al temple,
mientras gime el agua en los calderos, y bulle.

Mas nadie se miró en tu corazón,


ni te sonrió mujer entre geranios,
ni arpegio de laúd medieval
te recordó tu breve juventud.

—Maligna Dionea del espíritu


por la que fui apresado, y amor y tierra primogénita;
traga la chusma los panes ácimos y el cordero,
y yo, pobre corazón de mi gente,
levanto tu mano inflamada y pustulosa
y la beso, hermano Nassaboth.

EL MUCHACHO CANOSO

Lo vi en un puerto de mi tierra soleada,


entre un acre hedor a nafta y a alquitrán,
una noche en que el viento farfullaba palabras
de ultramarinas leyendas, entre las jarcias y el cordaje
mugriento como las manos de los operarios.

Pasaban, tosiendo, descarnadas figuras tristes


en los borrosos resplandores de los faroles
y las desgarradas muselinas de la niebla.
Era un mendigo de aquellos que no piden,
que no arman camorra ni muestran al desnudo
su enfermedad, esa que suelen reflejar
los cuadros realistas de los flamencos;
sino de aquellos que, encerrados en si mismos,
os miran en silencio con ojo dolorido
y tienen miedo de que os paréis a su lado.

Escarbaba en un montón de inmundicias,


como aquellos perros huesudos, comidos por las llagas,
que gimen detrás de las puertas tapiadas
en el viento apacible, después de la tormenta.

Se dio cuenta de mi presencia y se puso a canturrear;


luego, dijo como siguiendo una voz interior
—Mañana tendremos agua, señor,
y será dulce oída deshojarse sobre los tejados
de una casa tranquila,
abierto el corazón, cuando se interrumpe el sueño.

-Calla, andrajoso, y déjame dormir-,


interrumpió, afónico, un ser grotesco,
sucio como cieno de charca,
de fango y de aceite industrial,
alzándose de la sombra sobre dos muletas.

-Sabe dañarme y ríe y maldice;


pero quizá usted no crea en Dios
y huecas son, entonces, las palabras.

Para creer es necesario regresar


con el corazón de los niños pequeños,
y luego rezar; aunque el hambre,
agarrándoos de la mano,
chilla sorda y con la muerte tartamudea
cuando el cálido aroma del pan
despierta, de madrugada, en las calles.

Esta mujer lasciva, deberías conocerla,


que ama yacer con seres extraviados,
y que se entrega como pozos secos
sobre los que ha quedado, gimiendo con el viento,
colgado de la rígida polea,
ese pobre caldero abandonado:
vuestra alma y su esperanza.

Continuó el otro, bilioso y lampiño:


-Divaga y charla todo cuanto quieras,
pero suelta las palabras a tu pesar.

Y salió del hueco de una maroma enorme,


enrollada como sierpe adormecida,
blasfemó varias veces y, amenazador,
desapareció en la niebla saltando con sus muletas.

2
-Tiene miedo de mí y, sin embargo, me domina.
¡Si supieses, Señor! Tenia un hijo
que, apenas nacido, había derramado oscuridad
en el ámbito, trágico y vasto, de la casa.

Pero ¿te interesaría ver a un niño


que os recuerda a un gorrioncito,
todavía sin alas, mal nacido,
hinchada como rana su garganta
y aplastarle el cerebro con un dedo?—

En el alma del hombre beodo


cantaba el camino, y el lupanar.

Luego, lo vi acongojado por la angustia;


su carne endurecida tenía la palidez
de la cera rundida en los hachones,
y el color del pergamino,
grasienta y arrasada por el óxido.

Con la voz apagada de las cantinelas


me dijo, arrastrando las palabras:
«Era mi hijo, nacido pordiosero».
Pensad: también se nace mendigos:
quizá tenía razón,
pero donde se halla la infancia allí está el paraíso.

Era un viejo puente


mi casa en aquel tiempo;
jamás me he lamentado del refugio
que he tenido a lo largo de mi sufrimiento,
pero cuando me habló de un poco de paja,
que doraba la esquina de una habitación,
me pareció, en verdad, que allí sólo había
un bien para los pobres de este mundo.

No existe tristeza que, estando al lado


de la de un pordiosero,
no haya recibido el óbolo del día.

Hurgaba en mis ropas la noche


y, ladrón de miserias, turbio, hostil,
se volvía ante mi roto respiro.
Nada dije. En mí se había despertado
el alma de un perro
que hubiese encontrado a su dueño.

Así, sin desearlo, poco a poco,


cuanto robaba lo ofrecí fraterno.
Se tornó apacible y me habló de su hijo,
siempre de su hijo.

Una noche de invierno, habló de su vida


a la sombra de una lámpara de petróleo
que crepitaba cerca de su mano.

Tarde, en las horas del sueño, unos pasos sonoros,


un repicar metálico de granizo
dentro de las latas vacías del patio,
y ladridos en el viento, me despertaron.

Él no estaba. Esperé, un poco, atento;


luego, salí. Se hallaba no muy lejos,
bajo la brillante cortina del agua.

Encontré a su lado un cuchillo afilado,


y algo duro, agarrotado;
se había cortado el índice asesino.

A duras penas, lo levanté. Parecía ya muerto;


al igual que los muertos
pesaba sobre mis espaldas.

Qué largo y fatigoso es el camina


Saltaba de las fosas la luz;
se pegaba a mi rostro la sangre de la mano,
viscosa como baba de caracol.

Fui interrogado. ¿Qué debía decir?


Dije la verdad: la carcajada vacía
de un idiota medio dormido
mostró a un títere en camisa de verdugo,
las geométricas huellas de la sangre.

Un rostro duro, desencajado por el dolor,


apareció, en todo momento, ante el doctor miope,
como algo que es preciso mesurar,
con exactitud milimétrica,
en los gabinetes criminalistas.

La húmeda oscuridad caía en la celda


y el insomnio tenaz aplastaba mis sienes;
jamás el silencio me pareció tan lleno
de cirios, de rosas corrompidas, de lepra.

Esqueléticas sombras ascendían abrazadas


suplicando una plegaria,
harapos tendidos al viento de la luna
que, cortada por los barrotes,
aparecía tísica, amarüla como un girasol.

Luego, en el ocaso, lloraron las golondrinas


y una calma seráfica
descendió sobre el alma.

No cantan las golondrinas,


lloran por haber vuelto.
No tiene meta alguna su vuelo:
con las alas plegadas, se dejan caer
como quien sólo desea esfumarse.

Ya fuera, lo vi por el camino.


Dijo que había esperado cada día;
perdoné una vez más. Siempre he perdonado.

Extraña figura, que parecía de madera


tallada por mano de pastor,
tosca y arrugada como barro al sol,
la tuya era una voz de adolescente,
pero abismos socavaba la palabra.

«Donde se halla la infancia, allí se encuentra el paraíso.»


Cierto es, hermano, e inútil es buscarlo en otra parte,
pero también el canto del humilde
es el de un muchacho
que se ha olvidado que ya ha envejecido.

Así, como revives en mi sueño,


rubor no me producen tus zapatos rotos,
quisiera encontrarte, cansado, en una encrucijada;
y caminar a tu lado.

Y será el alba un jardín colgante


con sauces y con mirtos, y llegará la noche:
estaremos con los pájaros que sobrevuelan en los estanques,
tácitos compañeros
de quien canta la vida
con la voz de Dios, sobre la Tierra.

LA PUERTA CERRADA

Viandante, que encontraste cerrada


la puerta de la ciudad extranjera,
que había florecido en tu pupila
como una cordillera de estrellas,
vuelve a tu pequeña tierra,
delimitada por la mar, lejana,
pero tan cerca de tu corazón.

Encierra en la sombra como en un sepulcro


los sueños de infinitas lejanías,
y cual estatua, rey en tu refugio,
arroja del inmaculado umbral
la púrpura nueva que cubre al antiguo harapiento
y abre sólo la puerta a tu madre.

La encontrarás en el rincón del templo,


donde, al atardecer, se detienen los pordioseros enfermos
a pedir su limosna de sol;
entre los tísicos y los leprosos
y los apestados de miembros maltrechos,
llámala en voz alta:

habrá una persona que se alzará de entre ellos


y besarás las llagas de sus pies.

JUAN III-13

He amado la oscuridad absoluta del aire,


sepultados bosques sin un canto
que tiemble ante el fragor de la tempestad
para encontrarme a solas con mi Dios.

Y tu, mar, me tientas, y yo te escucho.


Perfilan los fresnos un blancor de cisnes
y la escarcha brilla sobre la cosecha,
aferrada a las peñas y a los juncos.

Pero si me has detenido un momento impávido


ahora te tiendo mis dos manos rojas
que han exprimido el capullo salvaje
del mirto recogido al borde de las zanjas.

He aquí que, sumergidas en los crepúsculos trémulos


de las aguas tuyas, las extraigo sin mancha
y, al viento, las sacudo contrayendo los músculos,
hilarante y burlón como corneja.

Recuerdo todavía que al fondo de los cirros cavernosos


era la luna un antro de rubíes,
una fragua encendida en la noche;
viendo la ola romper contra los Cíclopes

parecías el Único. Y soñé con sirenas


a lo largo de tus escolleras, oh mar Jonio,
y con sus filtros azules como venas,
y con los amuletos de acuñación remota

que cuelgan de las faldas de las hechiceras;


y en la siciliana orilla, como en el mito,
tornarse Glauco sobre el velero insomne,
tornarse Dios para llorar sobre la playa.

Corazón que palideces en el límite de la altura,


encerrada en la gleba la semilla es luminosa,
y el agua que la nutre, espera
la caricia que a lo alto la conduce.

Y te asustas. Milagro de la tierra,


el nuevo polen será disperso,
y el agua, desde la nube que la contiene,
regresará donde soñó el encanto.
SAN MINIATO

Por los cipreses que se levantan entre los cipos,


nómadas por el cerro de San Miniato,
con un azul de ángeles de Lippi,
el cielo despertó el soñoliento ánimo.

Yo pensaba en las ondas de los sonidos


que las campanas propagaban concéntricos
hacia la tierra de Asís;

en las vastas penumbras atravesadas


por la luz que invade las vidrieras
de Santa María sopra Minerva,

en las manos en cruz del Beato Angélico


que me recuerdan las figuras ascéticas
de los franciscanos, cinceladas sobre madera.

Apenado ascendías: un sueño intenso


transfiguraba la armonía del mármol
extraída del genio de Miguel Ángel
en la perfecta integridad del Verbo.

En el eremitorio, que velaba las soledades,


tu alma serena como un melocotonero florido
esperaba el pan
que sacia el alma de los santos;
yo, en la distancia, aunque arrodillado.

Resonaba el órgano: rápidos remansos


de manantiales ocultos con los que las torrenteras
de los helechos requiebran a los ventisqueros.

En la memoria, dispersa
por los cielos de negras franjas,
jaspeados de esmeraldas y rubíes
enormes como armaduras de guerreros,
vértigos de inacabados cantos,
herméticas parábolas evangélicas
se disipaban en el temblor del instante.

Ahora, si el viento entre los enebros y los cedros


rebusca entre las bayas y se arremolina en lo oscuro,
huracanes de estrellas siembran en el corazón
claras palabras con sílabas canoras:

«En mi hay vida que a la vida supera,


la verdadera luz que en el Uno es trina-
dos son invisibles y una es en mí solitaria
que, como las demás, su noche hiende.»

Y al alba, retorno a mis coloquios


con los cristales de cuarzo y las partículas,
y pateo cubículos y recodos;
pero, derrotado, me inclino ante tu voz,
vida que vives con el más dulce nombre
que haya fijado el alfabeto.

Y la fiebre se altera hacia una meta:


mezclarme con la tierra, con su estiércol,
y ser raíz profunda
de una única flor de estambre infecundo.

ACAMPADA EN EL SUBURBIO

Clodo, siriaco con el torso de eremita,


y el rosero como un residuo plastificado,
doblando las falanges de sus dedos,
y que, en el corro, anima a alguno a hacer el mono.

Con rapidez, una mano tumefacta


se acercaba a la llama de las pobres hogueras;
el tenue crepitar de leña húmeda
animaba las chanzas de las acampadas.

«Milite Clodo, narra aquella aventura


de la taberna, bajo la borrasca,
cuando pagaste con buena moneda
extraída de la boca en vez de tu bolsillo»,

dijo Apuo, antes hábil en los juegos


y ahora en el pillaje en las encrucijadas,
sarcástico mofador de los despojados
y perrito faldero de las mujeres de esquina.

—Te levantaremos, a pesar de todo, una pirámide


si nos diviertes, mientras que la llama
nos funde la escarcha en nuestro manto
como el ventero nos libra de cualquier preocupación.

«Desfógate», se dijo a sí mismo con gorgoritos y bisbiseos;


entonces Clodo, que removía un tizón,
rascándose la barba con las zarpas
habló, y parecía que recitara una comedia.

-Bien, en Tiro, una noche, la tempestad


me tenia furioso ante una crátera
llenada una y otra vez por la mano
velluda y grasienta del ventero.

Más se bebe y más arde la sed


en la tráquea abierta como embudo,
hasta que me pareció que una pequeña red
me aferraba de los bordes del ropaje.

Orsa, fenicia de piel lívida,


engatusaba mi nuca con su labio,
pidiendo al vino, astuta zorra,
lo que no logra un golpe en el yunque del herrero.

Atleta de salvajes lujurias,


un sodomita, de pronto, cantaba
con ojos lúcidos, mientras sobre unas nalgas
tanteaba su mano salivosa.

Así sea -dije- ramera de Sidón,


que cambias de ciudad como de macho:
ventero, un camastro; malhechor sudoroso,
que sea de lana y no de púas de escobón.

«¡Oh, iza, iza!, que ya se hinchó la vela;


me parece que una amarra se ha roto»,
farfulló con desprecio un ilota, «y que la tela
muestre al anochecer el cielo por sus agujeros.»

-Era viejo y huesudo como rocín;


le respondí- -Tú lee a Salomón,
yo comento y no caigo en el charco,
ni te cambio tu gancho por mi arpón.

«Buen fin en la disputa es el reír»;


graznó el ventero, «quien con gozo no amamanta
mujeres sí tendrá rascándose el pelo
sonador y Onán simiente de su casta.»

—Amiga, plena como la luna es la alegría...


como luna colgada de los obenques
de un velero... velero que es una cuna
que se mece y chorrea por todas partes.

Y, con ímpetu airado, la forcé


y ella, anhelante, me llenó de mordiscos;
pero en vez de doblegarme al dolor,
varias veces me refocilé en el placer.

De madrugada, cuando ya asomaba


algún resplandor en el arco de la ventana,
me levanté como náufrago en ribera,
más pálido que matorral de retama;

y, fingiendo hurgar en mi bolsa,


fastidiado, con rebosante calma,
(¡cómo me escrutaba astutamente Orsa!),
le arrojé un esputo en su mano.

A Venus sin ropajes contemplé


-dije— y para mí te quito el manto,
para aliviarme del reúma que despierta y me atormenta,
para mi piel que se me llena de escalofríos.

¿Ya no te acuerdas cuando en los convites,


Orsa patricia, estrujabas tus pechos
en las manos de hombres desencajados
y el vino de Falerno llameaba en las copas?
Ahora, no trigo sino sólo escoria recoges
y lo que esperas, el óbolo del precio,
sólo es el que se da a las yeguas cojas.-

Acabó mofándose y se derrumbó de golpe.

El alba trascurría con susurro de rosas,


despertando en los nidos a los pájaros;
lo buscaron y él no respondió.

Cerca de un matorral espeso de jazmines,


tumbado, inmóvil, con los ojos contra el suelo,
yacía como, en taciturnos jardines,

se ven rotas en el lodo ciertas cruces.

CRUCES DE PRIMAVERA

De madrugada, canta nanas a los astros,


deprisa, deprisa, que la pequeña hermana
de las rosas no sienta todavía
el frío de los mágicos alabastros.

Y sienten los árboles escalofríos de gozo


y murmullos de aguas remotas:
—¡las nómadas, las nómadas!

¿Golondrinas de antaño? ¡Por tanto, aún estoy vivo!


Hace tiempo que pensaba en tu cuerpo
que yo recogí, oh golondrina extranjera,
muerta sobre mi tierra
antes de que llegase tu nueva primavera.

Tu cuerpo: el recuerdo del Gólgota;


mas también cada estrella es una cruz
que vela el sepulcro de un niño.

Te tuve escondida en el sol


Quizá la carcajada rota
te podía apartar del corazón
donde te habías venido a posar,
el oro de un hilo de luz
que en sueños tejía
el nido futuro.

Nómada como la tuya, mi casa


abierta está a los cielos,
y colmada de esas leves armonías
de la tierra recién arada, olorosa,
y de simientes plenas.

Los ojos, aún vivos,


distantes, miraban al sol;
en ti todo era alma
y el cielo te hizo suya.
Sólo queda en la gleba mi señal
que recuerda tu cuerpo y las estrellas.

No sólo la noche lejana:


me inclinaré eternamente
para darte reposo,
cruz de primavera,
y busco la tierra,
aquel pequeño trozo, no otra cosa,
asignado por Dios a cada uno.

Por ti existe el viento, que reza


entre los desnudos cañaverales de la acequia
como, sobre el órgano de una catedral
y los insomnios en vela de los huertos
de los muertos
inclinan recogidos su cabeza.

¿Golondrinas de antaño? No sé a dónde iréis,


cuando sean quemados los rastrojos,
esos que ya no sirven para nada
porque ya todo lo han dado,
como el poeta enfermo
que ya no sabe cantar
y siente pavor ante el cielo estrellado.

PRELUDIO

Eco burlón que repites el canto


del buho escondido entre los mimbrales
ríe un juglar que sabe del llanto:
callado discurrir de un arroyo de astros.

En la indinada emanación de la resonancia,


quiere gritar con fuerza su tormento
para que sea doble; sin esperanza,
antes de que la nada lo disperse en el viento.

LA HOGUERA*

Hay quien canta el exilio y la distancia,


las glicinas de la aurora que se deshojan en lejanía
la lámpara humeante al lado de la mesa,

las estrellitas rojizas que, en invierno, saltan de la chimenea,


en las noches, cuando parece que el cielo se inclina sobre nosotros
para ofrecernos toda su luz;
las antorchas que el sol enciende en los charco
la nieve de oro que resbala desde los árboles,
a mediados de octubre, sobre las aplastadas glebas
con las primeras lluvias otoñales.
Y todos cantan a la mujer, a su manera,
las de los ojos azules y las trenzas doradas.

Pero yo soy un pobre poeta


y en silencio modelo mis criaturas
y las beso, más mías incluso que mis mujeres,
como besa el barro el escultor
después de haberlo moldeado con las manos nerviosas y vacilantes.

*En este poema y en algún otro que sigue, Quasimodo rescata textos del
libro anterior, a veces, levemente corregidos o ampliados. Seguimos el
criterio de la edición original italiana al mantenerlos aquí. (N. del
T.)

Tú eres la cariátide que sostiene mi sueño,


tú que eres más frágil que el mármol de las nubes de la anochecida,
casi tan frágil como las alas de una mariposa mucerta,
tú que ardes como los fuegos encendidos sobre el páramo
en las sagradas noches de San Juan.

Recojo tu voz, como el sediento


recoge el agua en la rosada copa de sus manos,
nómada nocturno, del primer estanque
teñido por las claridades de la madrugada.

Tu nombre es un ala de paloma


del color de la luz matutina;
en primavera, el sol en el que vuelan los pájaros,
rayo a rayo, te formó los cabellos
y la noche los sumergió en sus lagos de sombras.

Una anémona, roja como una chispa,


recogí en el sueño, acaso en un jardín
sobre las orillas de un lago con reflejos de pupila,
en el cual tremolaba la mancha azul
de un fantástico alcázar de zafiro.

Un cirro de vainilla y encajes


parecía el alcázar: en las ventanas, hojas de nenúfares
en la puerta, una rosada concha
apenas entreabierta en la hora de los colores,
y arriba, en lo alto, las torres blancas como orquídeas.

Y tú, oh flor de la mañana, cantabas,


y los pájaros se posaban a tu lado.

Dame la mano, que es como un jazmín,


y, en silencio, ya sin sol,
buscaremos el camino bajo el cielo
todo de cintas y recortes de estaño,
con flores rojas y céspedes de asfódelo.
4

Cuando la luz, sobre el raso del crepúsculo,


borde la estrella de la noche
con las anémonas, nuestro buen fuego,
encenderemos el sándalo de la hoguera
que se halla en el límite del bosque de los encantamientos.

Y así, como un injerto,


con tu corazón dentro de mi corazón,
formaremos un pequeño jardín
y tus ojos serán las flores y mis besos el sol
que los vuelva a abrir con su calor.

En la noche adornada con luz lunar


revolotearán a nuestro alrededor
pálidos tintes de ultramar:
con tu corazón dentro de mi corazón,
lloraremos como lloran los corderos
entristecidos, uno al lado del otro, ebrios de tormenta,
con sus bondadosos ojos que buscan a sus hermanos
para llorar y consolarse juntos.

Luego, cuando el gallo cante


a las últimas estrellas moribundas
y lloren los niños hambrientos y, en los aleros,
las crias de los pájaros por la madre que parte,
y cuando nuestro sueño sea ceniza muerta,
¿quién vendrá a llamar a la puerta
de nuestro abandonado refugio?

LA REUNIÓN DE LOS MENDIGOS

-Oh taciturno, el último en llegar,


tú que tienes el rostro como ciénaga,
tú que, al saludar, nos ignoras:
piensa que hay quien es digno de tu mirada huraña.

Cosecha trágica de harapos, de escudillas,


cruzada por dos muletas, ocupaba el lugar de la cena.
El hombre se volvió: pasaban en el ocaso las alondras,
con calma, como las notas de una cantinelas

-¿Quién era? Uno que tenía el cuello torcido


hacia la izquierda pero que soportaba una cabeza lúcida
y que con el hombro huesudo casi hacia atrás,
respondió achacoso: —¿Y tú quién eres?

Parece, más bien, que esta noche no se cena.


Le respondió el otro, rugoso como encina:
-Calla, simio deforme, jeringa de venenos,
cuando murió tu madre tu boca sucia
se abría a la risa más idiota y obscena.
-Sí, de todo yo me río porque he sufrido,
sí, río. Mi madre se retorcía en el fango;
incluso una noche, en el sueño vacío,
impúdica, me llamaba al placer.

Torva voz airada, compañera de aquella otra franciscana


que sabía de cantos suaves
para adormecer el sueño de la juventud
sobre mis pobres miembros atormeniados,
también yo debía conocerte;
también yo debía saber
metálicamente
echarte en cara a los hombres polvorientos.

Mofador de los miserables, escucha, dime si yo fui vil


o me volví de jade con el dolor:

Aquella noche el frío no lograba apaciguarme


y en mi interior me devoraba el hambre
como si ansiase mi alma:
crepitaba en el cuartucho la mecha apagada
y quizá también mi cabeza.

Algo cálido me buscaba en la oscuridad:


buscaba al más feo de los hombres,
el esquelético cianótico que los niños evitan,
aquel que fue escarnecido y, por risa de mujer,
arrojado incluso del lupanar.

Pasó rápida mi mano para buscar


el mechón de cabellos grasientos, asquerosos.
la huesuda nuca, y lo agarré.

Permanecí en silencio varias horas,


tenebroso, y con las manos rígidas:
a veces, pronunciaba tembloroso su vivo nombre
o, cínico y vulgar, lo despreciaba con un esputo.

Revivía el tiempo de sus burlas más ásperas,


cuando, mi dolor se volvía más inconmensurable,
me reía en sus narices, orgullo de sus turbios deseos.

Llegó el alba hasta mi espalda,


enferma, y se acurrucó a la espera.

Entonces, tuve miedo: en el techo, un gancho,


me tendía su dedo como señal de reclamo.
Cogí una soga y la até a él,
probando con mi peso;
después, un nudo corredizo se deslizó aún...

Nadie sospechó; ni siquiera yo


me creí un asesino.

Calla otra vez, si aviesamente piensas,


estúpido filósofo de perros;
quita de en medio esta carroña y bebe mucho vino
que, esta noche, debes reír conmigo.
LIMOSNA

De carne mísera, como soy,


heme aquí, Padre; polvo del camino
que hasta el viento levanta perdonando.

Mas si antes no sabía escarnecer


la voz agitanada tosca aún,
como idiota que maravilla lima,
ahora, cuando esboza mi figura

un arco de media luna en el pórtico ojival,


viéndome entre los Últimos, de bruces,
creyendo en el desprecio hacerme mal,
me dijeron: «poeta harapiento»,

ávidamente tenderé la mano:


dadme la luz; el cotidiano pan.

CARNAVALESCA

Trasluce la hora de las primeras estrellas,


y ya hace temblar los párpados la luz
y abre los ojos, y surge un nuevo día
para los noctámbulos y los vagabundos!

La lluvia dejó riqueza de perlas


en los desiertos aleros, en los cables, en las ramas;
punteó los cristales de los escaparates,
los invernaderos con flores de luminosos estambres.

Hay demasiada luz que hace daño a los ojos,


hay demasiada gente que hace daño al alma;
yo busco un poco de paz y un poco de sombra,
y, quizá, ¡una cruz! Que me arrodille
también yo para la plegaria,
lejos de este carnaval.

Alma: canta y no llores al filo


de tus dieciocho años y sepa de ambrosía
tu canto, no de los frutos negruzcos del ciprés.

Diles a los ruiseñores de tus jardines fabulosos,


ricos de fuentes que brillan en medio de los ciclámenes,
que canten, uno a uno,
porque, en la noche, alguno ha modulado
la voz oída en un sueño,
y era la voz de mi amada.

Oh mujer del sueño,


te damos nombre,
un nombre siempre modesto, pero bueno,
sobre todo bueno;

pequeño como la primera estrella


por los ángeles asustada al surgir el alba,
bueno como beso de madre,
como balido de oveja.

Y silenciosamente te llamamos,
midiendo tu nombre con el temblor del labio,
cuando ofrecemos nuestra desnudez,
y cuando, hasta la sangre, ceñimos
el cilicio sobre la carne saciada.

Alma: demasiada música


y demasiado amor sueñas para ser feliz,
y te consumes buscando la mujer que quisieras:
la que no existe en la vida, y como el ave fénix
vuela en el sueño y jamás se encuentra;
e incluso no sabes
que el sueño es una crisálida
que nunca emprende su vuelo.

Y, sin embargo, siempre, allá por donde vayas,


por ella le preguntas al alba, al sol,
o en las flores la buscas, pensando en encontrarla
reflejada en cualquier gota de rocío.

Pero ríe juventud, y no llores


al filo de tus dieciocho años,
De nada vale aislarte del carnaval
que alborota;
corre sobre la plaza,
entre los perfumes de las máscaras,
ríe y grita con los necios,

entre los sonidos grotescos de las castañuelas,


entre los zigzags de las serpentinas,
entre las bengalas que, a ráfagas,
queman los colores de los ónices,

y canta tu himno a Dionisos,


y que no haya versos melancólicos,
sino que todo sea sonrisa de juventud.

Canta y danza:
esta noche entre los parterres,
las bacantes
danzan en corro
y risa y cantos
trenzarán hasta la salida del sol.

3
Nosotros somos los payasos vagabundos,
sin claro de luna y sin serenatas,
y los pierrots de las noches teñidas
con el azul de los ojos y con cabellos rubios.

Riamos, ebrios de besos, no de estrellas,


pasa la muchedumbre, pasa el carnaval:
ropajes y pantalones, campanillas y tarantelas,
brotes de carne y destellos de ópalo.

ESPERA

El agua canta el poema triste de los cielos


y yo hace tiempo que te espero en la calleja muda
donde titubea la luz en los pálidos
crisantemos y se deshoja en turbios charcos,

oh mi pandilla de la adolescencia,
que me traías, vivos, a la memoria
los primeros trovadores de Provenza.

Y no vienes. Tu rey, sin gloria,


sin manto, sin diadema,
como un mendigo, tiembla en la noche.

SERENIDAD

No arrojes el pan que te sacia;


alguien hay detrás de la puerta,
alguien que nunca pierde la esperanza

si no ve tu rostro torvo.
Y, límpida, la claridad de la mañana
que, en silencio, cubre el alba muerta,

duerme en sus ojos de niño.

EL SUEÑO

Reglones giratorias de metal delicado,


en sintonía con albas boreales,
vibran alrededor de un centro fijo y amarillo:
cercos sonoros en sinfónicas olas.

Un águila remonta el vivo espacio,


blanca como la cal que fermenta,
hacia la inmóvil bola de topacio
y entre anillos que giran tormentosos.

Arduo te es el sueño y se agita el sofisma,


Herodes Antipas, que exacerbó el incesto
en el instante que se deforma como prisma,
si parpadeante lámpara lo despierta

y el sentido y medida de la imagen.


Salvaje nazir* te señala,
con palabra proveniente de las páginas
que poseen el alfa y el omega de la vida.

Tú, en los manan dales de garganta azul,


en el encinar que resuena con el viento,
ríes, y en la sonrisa brillan requiebros
de arrabal: tu savia y tu alimento.

Así, a veces, la tarde te encontraba,


vociferante, rebosando locura,
y atento a si una extravagante trastornada
te guiñase ebria preludiando el rito.

En verdad no brotó voz alguna


y el silencio anegó cualquier reclamo;
sólo, en el agua, se despejó la cruz
de tu sombra, nudosa como rama.

*Nazir o Nazireo: Entre los antiguos hebreos persona consagrada a Dios,


que practicaba especiales abstinencias y rigores. (Num.6) (N. del T.)
que poseen el alfa y el omega de la vida.

CUNA QUE MECE

Cuando se encienden las luciérnagas


en los vidrios empañados de los castillos encantados,
y las canciones soñadoras tienen cadencias de estrellas
se despierta un hada
que tiene una campanita de oro
atada a sus cabellos con dos rayos de luna,

Tu nombre susurra apagado


cuando el hada deshace sus trenzas.

SILENCIOSA

Tú ya me quieres. Sobre tu rostro lívido


las espirales de las pupilas sádicas
socavan, en el instante de un escalofrío,
amargas distancias como amargas raíces.

Detente un poco sobre la oscura rampa,


la última que asciende al laberinto,
aún queda sol en mi lámpara,
aunque es la sombra imagen de un derrotado.

BN TONO MENOR

El alma, tranquila como aceite de Lámpara,


sueña con los arroyos de ultramarinas flores,
sobre las tapias de tu huerto, la llama
de las prímulas, que hace arder la nube de los espinos.

Marta, hermana amarga, tan leve es el encanto


que basta el tintineo de un cascabel pequeño,
un zumbido de abeja para que el llanto torne
a golpear mi corazón como un mazo.

Tú ruega cerca del tronco del olivo


para que vuelva al sol, ahora que siento dentro
un hormigueo, entre la cizaña y la losa
en donde Lázaro dejó su abúlico sudario.

Y así sea. Se haga la voluntad:


desde el misterio de la simiente de la pequeña célula,
desde la gema de escarcha que perfuma la zarza
al milagro de un ala de libélula.

Dios llega con mis sueños inquietos,


en la encrucijada de cada temerosa vigilia,
no ignoto, ni cargado de amuletos brillantes,
sino Padre de una criatura que se humilla.

Pero yo, hermana, no soy sino un dolor


hecho carne por una palabra que me induce
a la plegaria en un tono tan débil
que nunca alcanza la más alta luz:

Poeta; arco iris suspendido entre dos cimas


como puente de cristal muy sutil
para el paso de los sueños y de los versos
desde el abismo a los brotes de la nieve.

EL FRESNO

Hace poco que una gruesa nube de orujo


se mece, dichosa de las calmas del crepúsculo,
sobre la rizada copa de un fresno que traza,
ahora, con inesperado disgusto, un minúsculo arco

de golondrinas como un negrísimo lazo.


Que fuese una pose tu humildad, un hábito del ceño,
se sabía hace tiempo; pero un brazo
siempre alzado en los eternos resplandores
podías ofrecerlo para su descanso
a las criaturas que ves tan ennegrecidas
no en verdad por un juego, ni por un lucimiento gracioso
al blanco glacial del pecho.

Atento fauno, al parecer preocupado por la reciente huella


de una ninfa rebelde a tus reclamos de macho,
que se ríe arrojándote una guirnalda de mentas
y de flores silvestres de estambres delicados.

Las brujas que, en la noche, filtran


rayos de luna y aromas marinos,
para encender la llama en las desbordadas redomas,
te deshojan con zumbidos de colmena.

Tú esperas. Con fríos copos


la nieve te cubre en leves estrías,
y pobre, un día, reclamas una gema a tus pequeños hermanos
que cantan al sol para entristecerte.

Y he aquí que te llama la voz


que se encuentra quién sabe en qué cielo;
un relámpago, semejante a una cruz, te clava
entre tus semillas que tienen ya brotes.

PLAZA DE SAN PEDRO

El agua de las fuentes con murmullo litúrgico


se inclina de rodillas sobre el borde marmóreo,
el obelisco brilla con la luna en su cima,
en el azul claustral, como una custodia.

Serena noche, una estrella se despidió


taciturnamente de Dios en el firmamento:
es vana su palabra y es vana la mía.

Tres días de ayuno,


desgranados a lo largo de los muros húmedos y viscosos,
disfrutando con el rancio hedor
de grasientas cocinas caseras,
y en la encrucijada, buscando también en el ladrón
un rostro de muchacho triste y bueno.

Si responde la sangre, que era sorda,


y si se necesita compartir el llanto
con un corazón que se halla cerca del nuestro,
aún se puede sentir la alegría,
por más pisoteados y sepultos que estemos.

Pero en todos los cruces la calavera burlona,


dispuesto, sagaz, el zaherir de Circe,
poco hábil con su rueca y lanzadera,
se desternilló con la palabra atosigada.
Pescador de hombres, estoy completamente solo;
por ti me indino bajo este atrio
y lloro por mi tierra y por mi casa:
tormenta de cenizas que se calma.

3. Y DE PRONTO ANOCHECE

AGUAS Y TIERRAS
(1920-1929)

Y DE PRONTO ANOCHECE

Cada uno está solo sobre el corazón de la tierra


traspasado por un rayo de sol:
y de pronto anochece.

VIENTO EN TÍNDARI

Tíndari, te recuerdo apacible


entre los amplios cerros pensiles sobre las aguas
de las dulces islas del dios,
hoy sales a mi encuentro
y te inclinas sobre mi corazón.

Subo las cimas, los aéreos precipicios,


absorto como el viento de los pinos
y el grupo que silencioso me acompaña
en el aire se aleja
como una ola de sonidos y amor;
y tú me rescatas
de quien mal me libré,
del miedo de las sombras y silencios,
refugios de dulzuras en el pasado asiduas,
y muerte en el alma.

Desconoces la tierra
en la que cada día me hundo
y en la que nutro sílabas secretas:
otra es la luz que te deshoja en los cristales,
en el ropaje nocturno,
y la alegría, no mía, reposa
en tu regazo.

Áspero es el exilio
y la búsqueda de armonía
que en ti depositaba hoy se cambia
en ansia precoz de morir;
y todo amor es reflejo de la tristeza,
tácito paso en la oscuridad
en la que me has ofrecido
amargo pan para partir.

Tíndari vuelve serena;


con suavidad un amigo me despierta,
para que me asome al cielo desde una peña
y finjo temor a quien no sabe
qué viento profundo ha salido a mi encuentro.

ANGELES

Perdida toda dulzura en ti de vida,


exaltas el sueño; ignorada orilla venga
a ti antes de que amanezca el díai
en el que aguas tranquilas apenas mueven
muchedumbre de ángeles, de verdes árboles en círculo.

Infinito te sea; que superes toda hora


que eterna pareció en el tiempo,
risa juvenil, dolor,
donde oculto buscaste
el nacer del día y de la noche.

Y TU VESTIDO ES BLANCO

Has inclinado la cabeza y me miras;


y tu vesddo es blanco,
y un seno aflora del encaje
entreabierto sobre el hombro izquierdo.

Me vence la luz; tiembla,


y toca tus brazos desnudos.

Vuelvo a verte. Palabras


decías, oscuras y fugaces,
que aligeraban
el peso de una vida
que suponía de circo.

Profundo el camino
por el que el viento descendía
ciertas noches de marzo,
y nos despertaba desconocidos
como la vez primera.

ARBOL

De ti se desprende una sombra


que parece la mía muerta,
incluso si oscila al moverse
o si rompe fresca agua azulada
cq la orilla del Ánapo, al que esta noche vuelvo
impulsado por marzo lunar,
ya rico de hierbas y de alas.

No sólo vivo de sombra,


que tierra y sol y dulce don de agua
han renovado tus frondas,
mientras yo me doblo y seco,
y en mi rostro toco tu corteza.

ARIES

En el perezoso desplazarse de los cielos


la estación se muestra: nueva al viento,
al almendro que esclarece
planos de sombra aéreos,
nubes de sombra y mieses:
y recompone las sepultas voces
de arenales, de acequias,
de los días de gracia fabulosos.

Se esparcen las hierbas


y se apodera un ansia de las aguas remotas,
de gélidos laureles desnudos dioses paganos;
y de repente ascienden del fondo entre guijarros
y revueltas se duermen celestiales.

AGUA MUERTA

Agua encerrada, sueño de los pantanos,


que en amplias láminas maceras venenos,
ora blanca ora verde según los resplandores,
te asemejas a mi corazón.

El chopo y la encina son grises a tu alrededor;


las hojas y bellotas se aquietan dentro,
y cada una tiene sus círculos con un único centro,
deshechos por el oscuro resoplar del lebeche.

Así, como ensancha sobre el agua


el recuerdo sus anillos, mi corazón;
se mueve a partir de un punto y luego muere:
de esta manera es tu hermana el aguamuerta.

TIERRA

Noche, sombras serenas,


cuna del aire,
a mí acude el viento si en ti me extravío,
y, con él, la mar perfumada de tierra,
en cuya orilla canta mi gente
a las velas, a los cestos de pesca,
a niños despertados antes del alba.

Secos montes, llanuras de hierba temprana


que espera manadas y rebaños,
dentro de mí llevo vuestro mal, que me socava.

DECLINA EL DÍA

Desierto me encuentras, Señor,


en tu día,
cerrado a toda luz.

Me da pavor tu ausencia,
perdido camino de amor,
y no me resulta un don
ni siquiera este canto tembloroso
que reseca mis deseos.

Te amé y te herí
declina el día
y cosecho sombras de los cielos:
¡qué tristeza mi corazón
de carne!

ESPACIO

Simétrico rayo me encierra


en un centro de oscuridad,
y vano es que me evada.
A veces, un niño no mío,
allí canta; breve es el espacio
y de ángeles muertos sonríe.

Me quebrante. Amor es a la tierra


que es buena, aunque en ella retumban abismos
de aguas, de estrellas, de luz;
su bien espera, desierto paraíso,
a su dios de alma y piedra.

ANTIGUO INVIERNO
Deseo de tus manos claras
en la penumbra de la llama:
sabían a roble y a rosas,
a muerte. Antiguo invierno.

Los pájaros-buscaban-el mijo


y enseguida eran de nieve;
igual que las palabras.
Un poco de sol, un resplandor de ángel
y después la niebla; y los árboles,
y nosotros hechos de aire en la mañana,

DOLOR DE COSAS QUE IGNORO

Espesa de blancas y negras raíces


huele a levadura y a lombrices
la tierra cortada por las aguas.

Dolor de cosas que ignoro


en mí nace: no basta una muerte
si sucede que más veces me pesa
sobre el corazón, con la hierba, la gleba.

SE OÍAN PASAR AÉREAS ESTACIONES

Una risa ambigua cortaba tu boca


para mí pleno sufrimiento,
un eco de maduras angustias
reverdecía si tocaba signos
oscuros de gozo para la carne.

Se oían pasar aereas estaciones,


desnudez de las mañanas,
lábiles rayos chocándose.

Otro sol, del que viene


este peso de hablarme tácito.

LOS MUERTOS

Me pareció como si se abrieran voces,


como si labios buscasen aguas,
como si se alzaran manos a los cielos.

¡Qué cielos! Más blancos que los muertos


que siempre me despiertan despacio;
llevan los pies descalzos, no llegan muy lejos.

¿Bebían las gacelas en las fuentes,


el viento revolvía los enebros,
y alzaban las ramas las estrellas?

NUNCA TE VENCIÓ NOCHE TAN CLARA

Nunca te venció noche tan clara


si a la risa te abres y parece que tocas
toda de astros una escala
que ya descendió en sueños, rodando
hasta situarme detrás del tiempo.

Era Dios por entonces ese temor de la estancia


en la que un muerto reposa,
centro de todo,
de la calma y del viento, del mar y de la nube.

Y aquél arrojarme a la tierra,


aquel gritar alto el nombre en el silencio,
suponía la dulzura de sentirme vivo.

RECLAMAS UNA VIDA

Fatiga de amor, tristeza,


redamas una vida
que dentro, profunda, tiene nombres
de cielos y jardines.

Ojalá fuese mi carne


lo que el don del mal transforma.

FRESCA PLAYA

A ti se asemeja mi vida de hombre,


fresca playa que traes guijarros y luz
y olvidas en cada ola
aquella a la que diera sonido
en otro tiempo el soplo del aire.

Si me despiertas te escucho,
y cada pausa es cielo en que me pierdo,
serenidad de árboles en la transparencia de la noche.

ESPEJO

Y he aquí que sobre el tronco


se abren las yemas:
un verdor más nuevo que la hierba
que apacigua el corazón:
el tronco parecía ya muerto,
inclinado sobre el barranco.

Y todo me sabe a milagro;


y soy esa agua de nube
que hoy refleja en las fosas
más azul su trozo de cielo,
ese verde que entreabre la corteza
y que sin embargo anoche no existía.
NINGUNO

Yo soy quizá un niño


que tiene miedo de los muertos,
pero que llama a la muerte
para que le libre de todas las criaturas:
los niños, el árbol, los insectos;
de cuanto entristece al corazón.

Porque ya no dispone de dones


y las calles son oscuras,
y ya no hay ninguno
que sepa hacerlo llorar
a tu lado, Señor.

CALLEJÓN

A veces vuelve a llamarme tu voz,


y no sé qué cielos y aguas
despiertan en mi interior:
una red de sol que se desteje
sobre tus muros, que eran al atardecer
un vaivén de lámparas
de las tiendas vespertinas
llenas de viento y de tristeza.

Otro tiempo: sonaba un telar en el patio


y se oía de noche un llanto
de cachorros y niños.

Callejón: una cruz de casas


que en voz baja se llaman,
y no saben que es por miedo
a quedarse solas en lo oscuro.

ÁVIDAMENTE TIENDO MI MANO

Pobre ser de carne, como soy


aquí estoy, Padre; polvo de camino
que el viento misericordioso a penas levanta.

Mas si templar no sabía en tiempos


la primitiva voz, áspera aún,
ávidamente tiendo mi mano:
dame dolor alimento cotidiano.

LOS REGRESOS.
Plaza Navona, de noche, sobre los bancos,
me tendía boca arriba en busca de quietud,
y mis ojos con rectas y volutas de espirales
unían las estrellas,
las mismas que seguía desde niño
tendido sobre los guijarros del Plátani
silabeando en la oscuridad plegarias.

Cruzaba mis manos bajo la cabeza


y recordaba los regresos:
olor a fruto secándose en los cañizos,
a alhelíes, a jengibre, a espliego;
cuando pensaba leerte, despacio,
(yo y tú, madre, en un rincón en penumbra)
la parábola del pródigo,
que me seguía siempre en los silencios
como un ritmo que a cada paso se abriera
sin quererlo.

Pero no es posible que los muertos regresen,


y ni siquiera para la madre hay tiempo
cuando el camino nos llama;
y partía de nuevo, sumergido en la noche
como uno que teme hasta el alba quedarse.

Y me proporcionaba el camino canciones


que saben al trigo que se hincha en las espigas,
a flor que blanquea los olivares
entre el azul del lino y los junquillos;
resonancias en los remolinos de polvo
cantilenas de hombres y crujidos de carros
con los faroles que mustios oscilan
y que tienen apenas la luz de una luciérnaga.

REFUGIO DE AVES NOCTURNAS

Arriba hay un pino torcido;


atento está y escucha el abismo
con el tronco doblado como ballesta.

Refugio de nocturnas aves


en la hora más alta resuena
con un batir de alas veloces.

También mi corazón tiene su nido


colgado en lo oscuro, una voz;
también él está escuchando la noche.

TAMBIÉN HUYE DE MÍ MI COMPAÑÍA

También huye de mí mi compañía,


mujeres de ghetto, juglares de taberna,
entre los que tanto tiempo pasé,
y muerta está la muchacha
de rostro perenne y ardiente
untando con el aceite de la pasta ácima
y su oscura carne de hebrea.

Acaso haya cambiado también mi tristeza,


como si yo no fuese mío,
por mí mismo olvidado.

PERDIDA EN MÍ TODA FORMA

Me poseyó otra vida: solitaria


entre gente desconocida; poco pan concedido.
Perdida en mí toda forma,
belleza, amor, de las que extrae engaño
el muchacho y después la tristeza.

OBOE SUMERGIDO
(1930-1932)

OBOE SUMERGIDO

Avara pena, tarda tu don


en esta hora mía
de suspirados abandonos.

Un gélido oboe vuelve a silabear


alegría de hojas perennes,
no mías, y olvida;

anochece en mí
se escurre el agua
en mis manos herbosas.

Alas oscilan en bronco cielo,


perecederas: el corazón transmigra
y yo me siento yermo,

y escombros son los días.

EL EUCALIPTUS

No me madura una dulzura


y deriva fue de pena
cada día
el tiempo que se renueva
al soplo de las ásperas resinas.
En mí oscila un árbol
desde orilla somnolienta,
aire alado
exhala amargas frondas.

Me acongojas, doliente reverdecer,


olor de infancia
que triste goce tuvo,
enferma ya de su secreto amor
de narrarse en las aguas.

Isla matutina:
aflora entre dos luces
el zorro de oro
muerto en un manantial.

A MI TIERRA

Un sol inflamado quiebra el sueño


y aullan los árboles;
venturosa aurora
en que navegas desanclada,
y las estaciones marinas
fermentan con dulzura orillas por nacer.

Yo aquí despierto enfermo,


con la amargura de otra tierra
y de la piedad mudable del canto
que amor en mí germina
de hombres y de muerte.

Reverdece de nuevo mi mal,


pero las manos son de aire
hacia tus ramas,
hacia las mujeres que la tristeza
encerró en abandono
y a las que jamás toca el tiempo
que me encanece y desbasta.

En ti me arrojo: frescor
de naves roza mi corazón:
pasos desnudos de ángeles
allí se escuchan, en lo oscuro.

NACIMIENTO DEL CANTO

Manantial: luz que rebrota:


hojas rosadas arden.

Yazgo sobre ríos colmados


donde las islas son
espejos de sombras y de astros.
Y me acoge tu regazo celeste
que nunca nutre de alegría
mi vida diferente.

Muero por recuperarte,


aunque sea desilusionada,
adolescencia de miembros
enfermos.

REPOSO DE LA HIERBA

Deriva de luz; lábiles torbellinos,


aéreas zonas de soles
remontan abismos: abro la gleba
que es mía y me tumbo. Y duermo:
hace siglos que la tierra reposa
su corazón conmigo.

Me despierta la muerte:
más uno, más solo,
hondo latir del viento:
de noche.

EN LA ANTIGUA LUZ DE LAS MAREAS*

Ciudad de la isla
sumergida en mi corazón,
heme aquí descendiendo en la antigua luz
de las mareas, cerca de los sepulcros
a orillas de unas aguas
que desprenden un gozo
de árboles soñados.

Me llamo: se refleja
un sonido de eco amoroso,
y su secreto es dulce, su azorarse
en amplios desprendimientos de aire.

Un cansancio de precoces
renacimientos en mi se abandona,
la sólita pena de ser mío
en una hora más allá del tiempo.

Y siento tus muertos


en los celosos latidos
de venas vegetales
menos profundos ahora:

un respirar absorto de nariz*.

* Aunque el autor utiliza en el original la forma plural, nariá, creemos


que en español es más cabal el singular nariz (N. del T.)

PALABRA

Tú ríes poique adelgazo sílaba tras sílaba


y curvo cielos, cerros, seto azul
que me cerca, y susurros de olmos
y voces de aguas medrosas;
que a la juventud engaño
con nubes y colores
que ahonda la luz.

Te conozco. En ti, completamente extraviada,


alza sus senos la belleza,
se ahueca en el dorso y con suave impulso
se dilata en el pubis temeroso,
y desciende en armonía de formas
a los pies bellos con diez conchas.

Mas he aquí que si te tomo,


para mi te conviertes en palabra, en tristeza.

DE UNA JOVEN MUJER ECHADA ENTRE LAS FLORES

Se adivinaba la estación oculta


por la ansiedad de las lluvias nocturnas,
por las variaciones en los cielos de las nubes,
leves cunas undosas;
y yo estaba muerto.

Una ciudad suspendida en el aire


era mi último exilio,
y a mi alrededor me llamaban
las suaves mujeres de un tiempo,
y mi madre, rejuvenecida por el transcurso de los años,
su dulce mano escogiendo rosas
ceñía mi cabeza con las más blancas.

Fuera había llegado la noche


y precisos seguían los astros
ignotos caminos en curvas de oro
y las cosas ya fugitivas
me conducían a rincones secretos
para hablarme de jardines completamente abiertos
y del sentido de la vida;
pero a mi me dolía la última sonrisa

de la joven mujer echada entre las flores.


CURVA MENOR.

Extravíame, Señor, que no escuche


cómo en silencio me despojan los años sumergidos,
de tal manera que mi pena se mute en un impulso claro:
la leve curva
del vivir sólo me queda.

Y hazme viento que feliz navega,


o semilla de cebada o lepra
que se manifiesta en pleno porvenir.

Y que sea fácil amarte


en la hierba que recorta la luz,
en la llaga que perfora la carne.

Ensayo una vida:


cada uno se descalza y vacila
en la búsqueda.

Aún me dejas: solo estoy


en la sombra que en noche se expande,
ni un hueco se abre al dulce
brotar de la sangre.

CANTA EN MÍ UN ENTERRADO

Me exilio: se colma
una sombra de mirtos
y el espacio en sopor me adormece.

Ni el amor aproxima
felices y silvestres acordes
en la hora sola conmigo:
paraíso y ciénaga
duermen en el corazón de los muertos.

Y un enterrado en mí canta
que el pedregal entreabre
como raíz, y esboza señales
del opuesto camino.

COMPAÑERO

No sé qué luz en mí desadormeces:


elipse nupcial de blanco y de celeste
que en mí cae y se hunde. Tú eres,
al tocarme, piadoso nacimiento,
y en los silencios reúnes imágenes de infancia:
amorosísimos ojos de oveja apuñalada,
un perro que me mataron
y que fue un compañero arisco y feo
de secas paletillas.

Y yo amaba a aquel niño


más que a los otros; experto
en el juego de la rayuela y la billalda,
y siempre callado y sin sonrisa.

Crecíamos al aire libre de los altos cielos


recorriendo tierras y vaporosos planetas:
viajes misteriosos a la luz de un candil
y el sueño tardío me sumía absorto
en los cantos tranquilos de cada gallinero,
en el primer resonar de los zuecos, al lado del horno
de las criadas a medio vestir.

Me has hecho llorar


y tu nombre la luz no me aclara,
sino aquella blancura de cordero
del corazón que enterré.

LAMENTACIÓN DEL FRAILECILLO


DE UN ICONO

Harto de aspereza vivo.


Dios mío;
¡verdor de mi dcsolación!

Alta resuena una noche


de calidos insectos;

el ángulo me afloja
la andrajosa túnica de estameña.

Me cardo la carne
corroída de ácaros:
amor, mi esqueleto.

Oculto, profundo, un cadáver


mastica tierra empapada de orina.

Me arrepiento
de haberte entregado mi sangre,
Señor, mi refugio:

¡misericordia!

SIN MEMORIA DE LA MUERTE

Alza la primavera árboles y ríos;


no oigo la voz honda,
extraviado en tí, amada.

Sin memoria de la muerte,


unidos en la carne,
el rumor del último día
nos despierta adolescentes.

Nadie nos oye;


¡leve respiro de la sangre!

Hecha rama,
florece en tu costado
mi mano.

De plantas piedras aguas


nacen los animales
al soplo del aire.

PLEGARIA A LA LLUVIA

Buen aroma del cielo


sobre las hierbas,
lluvia de la alardeada.

Voz desnuda, te escucho:


y tiene dulces primicias de sonido
y de refugio el corazón arado;
y me alzas mudo adolescente,
sorprendido por otra vida y por cada movimiento
de repentinas resurrecciones
que la oscuridad revela y transfigura.

Piedad del tiempo celeste,


de su luz
de aguas suspendidas;

de nuestro corazón
de las venas abiertas
sobre la tierra.

OTOÑO

Manso otoño, me domino


y someto a tus aguas para beber el cielo,
suave fuga de árboles y abismos.

Áspera pena del nacer


me encuentra unido a ti;
y en ti me quiebro y recobro la salud:

pobre cosa caída


que la tierra recoge.
DESEMBOCADURA DEL RIO ROJA

Un grave viento de metales


mortifica mi canto,
y tú sufres con el regazo abierto
la inhumana voz.

Arrancada de mí la juventud
se vuelve otoñal en sus impulsos
y declina.

La tarde, que llega postrimera, es aquí


un desgarro de albatros;
se abisma amargamente el arenal
en la desembocadura, contagio de aguas desoladas.

Fermenta mi vida de derrotado,


exilio moribundo.

DUERMEN BOSQUES

Seca matriz de vastagos, de amor,


gimo a tu lado
desde hace muchos años, deshabitado.

Duermen bosques
de sereno verdor, de viento,
llanuras donde el azufre
era el verano inmóvil
de los mitos.

No habías venido a vivir en mí,


presagio de pena duradera.
La tierra moría sobre las aguas,
manos antiguas recogían
papiros en los ríos.

No sé odiarte: tan leve


es mi corazón de huracán.

A LA NOCHE

De tu matriz
asciendo desmemoriado
y lloro.

Angeles mudos caminan


conmigo; no respiran las cosas;
en piedra se ha mudado toda voz,
silencio de cielos sepultos.
Tu primer hombre
no sabe, pero sufre.

MI JORNADA PACIENTE

Mi jornada paciente
te encomiendo, Señor,
enfermedad no curada,
las rodillas resquebrajadas por el tedio.

Me abandono, me abandono;
aullido de primavera,
es una floresta
brotada de mis ojos de tierra.

METAMORFOSIS EN LA URNA DE UN SANTO

Los muertos maduran,


mi corazón con ellos.
Piedad de sí misma
tiene la tierra en su último alborozo.

Se mueve en los cristales de la urna


una luz de árboles lacustres;
me asóla una oscura volubilidad,
santo desconocido: rebullen en la simiente dispersa
verdes larvas:
mi rostro es su primavera.

Brota una sombría memoria


del fondo de los pozos murados,
un eco de tímpanos sepultos:

soy tu reliquia
sufrida.

A MÍ DESCENDIDA POR NUEVA INOCENCIA

Dichosa era tu voz en esta noche


que hacia mi descendía gracias a nueva inocencia
en el tiempo en que padezco un linaje
de atribulados deleites.

Temblabas blanca,
los brazos alzados;
y yo yacía en ti
con mi vida
cosecha de poca sangre,
olvidado del canto
que ya se ha extremado
con la mujer que me tomó para apartarme,

mi tristeza
de árbol deforme.

ISLA

Sólo a ti te tengo,
corazón de mi raza

Me entristece el amor que te tengo,


tierra mía, si oscuros aromas
exhala la tarde de los naranjos,
o de las adelfas, sereno
discurre con rosas el torrente
ya cerca de su desembocadura.

Mas si a tus orillas vuelvo


y dulce voz al canto
llama desde el camino temeroso,
no sé si es infancia o amor,
ansia de otros cielos lo que me envuelve,
y me oculto en las cosas perdidas.

DONDE LOS MUERTOS ESTÁN CON LOS CON LOS OJOS ABIERTOS

Recorreremos casas silenciosas,


en las que hay muertos con los ojos abiertos
y niños ya adultos
con una risa que los entristece,
y frondas que sacuden apacibles cristales
en medio de las noches.

Nosotros también dispondremos de voces de muertos,


si es que estuvimos vivos alguna vez
o el corazón de los bosques y la montana,
que nos empujó hasta los dos,
tan sólo de los sueños precisamos.

CONCÉDEME MI DÍA

Concédeme mi día;
que yo me procure aún
un rostro adormecido hace años
que un charco de agua
devuelva transparente,
y que llore de amor por mí mismo.
Camino sobre tu corazón
y es un encuentro de astros
en archipiélagos insomnes,
noche, fraternos para mí,
fósil que emerge de cansada ola;

alabearse de órbitas secretas


donde estamos hundidos
con hierbas y peñascos.

CONVALECENCIA

Convertirse en amor siento otra muerte


por mí desconocida, y más lenta que ésta,
de tal manera que, a menudo, me impulsa hacia sus formas.

Abandonos de alga:
me busco en los oscuros acordes
de hondos despertares
en las densas orillas del cielo.

Se filtra el viento
dócil en mi sangre,
y ya es naufragio y voz,
manos que renacen:

entrelazadas manos o palma a palma unidas


en generosa renuncia.

De ti se espanta
el seco y doliente corazón,
infancia no gozada.

EL ÁNGEL

Duerme el ángel
sobre rosas de aire, candido,
sobre un costado,
besando su regazo
las bellas manos en cruz.

Lo despierta mi voz;
y me sonríe,
derramada de polen
la mejilla que reposaba.

Canta; invade mi corazón


cielo opaco del alba.
El ángel es mío;
soy su dueño: gélido.
VIDA OCULTA

Se filtran hora y espacio


y no hay anuncio de luz
en el abandono de las hierbas;
y el viento, el fresco viento no teje
tramas de sonidos y repentinas claridades,
y el cielo está solo incluso cuando calla.

Dame una vida oculta,


y si no sabes, ocúltame igualmente,
noche aéreo mar.

Náufrago: y en cada sflaba me entiendes


que la tierra entreabre su esperanza
y en la sombra se ensancha,
y en árbol se convierte, en piedra, en sangre,
en anhelante forma de alma,
que en sí muere,
carcomido yo mismo del sufrir
que me serena, hondura de amor.

MÓVIL DE ASTROS Y QUIETUD

Y si de mi alegría te vence,
mudo es de sombras.
No nos consuela ahora
si no essilencio: y no nos sacia
sino el rostro mudable de aire y de cerros,
gire la luz sus socavados cielos
en confín de lo oscuro.

Móvil de astros y quietud


la noche nos arroja en engaño fugaz:
piedras que el agua descarna en desembocaduras.

Duermen niños aún en tu sueño;


yo también oía a veces un grito
que al estallar en carne se tornaba;
y un batir de palmas y una voz
que me abría a dulzuras ignoradas.

HECHA DE OSCURIDAD Y ELEVACIÓN

Tú vienes en mi voz:
y veo cómo la lámpara inmóvil
desciende en la sombra con sus rayos
y conforma una nube de astros en torno a tu cabeza.
Y me asombro, estupefacto de los ángeles,
de los muertos, del aire en un arco encendido.
Mía no eres; pero entro en el espacio,
resurges, en mí tiemblas
hecha de oscuridad y elevación.

EL AGUA CORROMPE LIRONES

Lúcida alba de vidrios funerarios.


El agua corrompe lirones
en la oscuridad vegetal,
de los grumos de las hayas
filtrándose sin saberlo
en troncos ahuecados.

Igual que lirones, el tiempo que se esfuma


y quema la última zambullida,
rapto de dulzuras.

No hay refugio en ti,


abandonada al sueño
de una fresca alegría:
me recupero en vano hecho sexo.

SEMILLA

Arboles de sombras,
en vastos acuarios naufragan las islas,
enferma noche
sobre tierra que nace:

un sonido de alas
de nube que se abre
sobre mi corazón:

ninguna cosa muere


que no viva en mí.

Tú me ves: tan frágil soy,


tan dentro de las cosas
que marcho con los cielos;

que cuando Tú lo quieras,


cual semilla me arrojes
cansado ya de su ocioso peso.

PRIMER DÍA

Una paz de aguas dilatadas


despierta en mi corazón
de huracanes antiguos,
pequeño monstruo turbado.
Son leves en mi noche
las estrellas conmigo hundidas
en estériles mundos de dos polos,
entre surcos de auroras veloces:
amor de peñascales y de nubes.

Tuya es mi sangre,
Señor: muramos.

VERDE DERIVA

Tarde: luz dolorida,


perezosas campanas que se hunden.
No me digas palabras: en mi calla
amor de sonidos, y la hora es mía
como en el tiempo de los coloquios
con el aire y con los bosques.

Sopores descendían de los cielos


hasta las aguas lunares,
casas dormían un sueño de montañas,
o ángeles detenía la nieve sobre los alisos
y estrellas en los vidrios
velados como papel de cometas.

Verde deriva de islas,


llegada de veleros,
la tripulación que surcaba mares y nubes
con la cantinela de remos y jarcias
me dejaba la presa:
desnuda y blanca, y que al tocarla
secretas se oían
las voces de los ríos y las rocas.

Después, las tierras se posaban


sobre fondos de acuario,
y un ansia de aburrimiento y vida de otros impulsos
caía en absortos firmamentos.

Tenerte es una turbación


que sacia todo llanto,
dulzura con la que a las islas llamas.

CON EL FRESCOR DE RÍOS SOÑADORES

Te encuentro en los felices embarcaderos,


consorte de la noche,
ahora desenterrada,
tibieza casi de una nueva alegría,
amarga gracia de vivir sin estuario.
Fluctúan vírgenes caminos
con un frescor de dos soñadores:

Y soy aún el pródigo que escucha


desde el silencio su nombre,
cuando llaman los muertos.

Y es la muerte
un espacio en el corazón.

ANÉLIDO HERMAFRODITA

Apacible letargo de aguas-


la nieve ofrece azules claridades.

Memoria soy
de cada una de mis horas terrenas,
ángel espino albar.

A ti me ofrezco trillado,
mas sin semilla; y dentro duele
piedad de hojas secas
con que muerte me auxilia.

Del cenagal aflora


rosado anélido
hermafrodita.

SUFRIDAS FORMAS DE ÁRBOLES

Hora madura, primicia del sol


la luz que despertó en torno
de sufridas formas de árboles,
y suspirar de aguas
que la noche confunde con palabras,
y abadas las sombras
sobre setos se inclinan.

Inútil día
me arrancas de espacios indecisos,
(apagados desiertos, abandonos)
de bosques apacibles
enlazados por cánamo de oro,
cuyo sentido no cambia
el murmullo de los vientos,
que se abate vehemente,
ni transcurso de estrellas.

El corazón me descubrió subterráneo,


que tiene rosas y lunas que fluctúan,
y alas de animales de rapiña
y catedrales, desde las que persigue
el alba alturas planetarias.
Me despiertas ignoto
a una vida terrena.

EN MÍ ALIMENTO UN MAL

Grato respiro una raíz


es expresión de árbol corrompido.

En mí alimento un mal
de vivo que al cambiar
sufre incluso la carne.

AMEN PARA EL DOMINGO IN ALBIS*

No me has traicionado, Señor:


de todo dolor
soy el primero en sufrirlo.

* Domenica in albis: Domingo de Cuasimodo - del latin Quasi Modo-, el de


la
octava de la Pascua de Resurrección. En latín, la expresión in albis hace
referencia a los ropajes blancos que en tal fecha se ponían los
bautizados. Quizá el propio Quasimodo ha subrayado aquí las claves
lingüísticas de estos
términos.

ERATO Y APOLO
(1932-1936)

SÍLABAS A ERATO

A ti se inclina el corazón en soledad,


exilio de oscuros sentidos
en el que se ama y transmuta
lo que ayer parecía nuestro
y ahora se halla en la noche sepultado.

Semicírculos de aire resplandecen


en tu rostro; y ante mí apareces
al tiempo que acongoja la primera ansiedad
y me haces palidecer, tarda la boca
en iluminar su sonrisa.
Por tenerte te pierdo,
y no me aflijo: aún eres bella,
inerme en la dulce postura del sueño:
serenidad de muerte extremo júbilo.

CANTO DE APOLO

Terrena noche, en tu exiguo fuego


a veces me complací
y descendí entre los mortales.

Y vi al hombre
inclinado sobre el regazo de la amada
escuchándose nacer,
y transformarse entregado a la tierra,
unidas las manos,
los ojos y la mente abrasados.

Amaba. Frías eran las manos


de la criatura nocturna:
agudos terrores recibía en el vasto lecho
en el que al alba me despertó
un aleteo de palomas.

Luego, el cielo arrastró hojas


sobre su cuerpo inmóvil
oscuras ascendieron las aguas en los mares.

Amor mío, yo aquí me quejo


sin muerte, solo.

APOLO

Los montes en un profundo sueño


yacen tumbados y abatidos

La hora nace
de la plena muerte, Apolo;
torpes están aún mis miembros
y abruma el corazón desmemoriado.

Mis manos te tiendo


de llagas olvidadas,
amado destructor.

EL ÁNAPO*

En tus orillas oigo el agua paloma,


Ánapo mío; en la memoria gime
con su aflicción
un susurro agudísimo.

Con ligereza asciende hasta la playa


después de jugar con los dioses,
un cuerpo adolescente:

mudable tiene el rostro,


sobre una tibia cuando tiembla la luz
se inflama un grumo vegetal.

Atento a profundas fermentaciones


padece cada uno de sus cambios
y en sí, en germinación, lleva muerte nupcial.

—¿Qué has hecho de las mareas de la sangre,


Señor?— Vano ciclo
de retornos sobre su carne,
la noche y su marea de estrellas.

Ríe humano estéril sustancia.

A fresco olvido descendido


yace en la oscuridad de las hierbas:

la amada es una sombra y escucha


en su costado.

Mansos animales,
sus pupilas de aire
beben sonámbulas.

*El río Ánapo discurre desde el Monte Lauro (985 m.) hasta la costa de
Siracusa en Sicilia. (N. del T.)

GARZA MUERTA

En el pantano caliente, hundida en el fango,


llena de insectos, me duele
una garza muerta.

Me consumo en voz y sonido;


temblando en débiles ecos
de tiempo en tiempo gime un soplo
olvidado.

Piedad, que no me halle


sin voces y sin rostros
en la memoria un día.
SOBRE LA LOMA DE LAS «TIERRAS BLANCAS»

Del día, sobreviviente


me humillo con los árboles.

Harto árida empresa;


propicia a un verde enfermo,
a nubes heladas
resignadas en lluvias.

El mar colma la noche,


y penetra maligno su alarido
hundido en carne escasa.

Un eco nos consuele de la tierra


en el lento desgarro, amada;

o la quietud geométrica de la Osa.

BAJO TU LUIZ NÁUFRAGO

Náufrago nazco bajo tu luz


noche de aguas límpidas.

De templadas hojas
arde el aire aliviado.

Desarraigado de los vivos,


precario corazón
soy límite vano.

Tu tremendo don
de palabras, Señor,
asiduamente pago.

Despiértame de entre los muertos:


cada uno ha escogido su tierra
y su mujer.

Dentro de mí has mirado,


en la oscuridad de las entrañas:
nadie tiene mi desesperación
en su corazón.

Soy un hombre solo,


un solo infierno.

INSOMNIO
Necrópolis de Pantálica

Un soplo gozoso de aves


en verde luz desacordado:
el mar en las hojas.

Disueno. Y toda la dicha que en mí nace


el tiempo lacera: un eco apenas
perdura en la voz de los árboles.

Amor por mí perdido,


memoria no humana:
sobre los muertos brillan llagas celestes,
graves noches estrelladas descienden sobre los ríos:
se debilita una hora de lluvia suave,
o un canto se insinúa en esta noche eterna.

Durante años y años, en cubículo abierto


de mi tierra duermo,
húmeros de algas contra grises aguas:

en el aire inmóvil truenan meteoros.

CON FRECUENCIA UNA RIBERA

Con frecuencia una ribera


resplandeciente de magníficos astros,
colmenas de azufre sobre mi cabeza
se mecen.

Tiempo de abejas: y la miel


reposa en mi garganta
fresca aún de sonido.
Un cuervo vuela al mediodía
sobre arenales cenicientos.

Amados aires: a los que calma solar


muestra muerte, y la noche
palabras de arena,

de patria perdida.

ISLA DE ULISES

Se ha detenido la voz antigua.


Oigo efímeras resonancias,
olvido de noche plena
en el agua estrellada.

Del fuego celeste


nace la isla de Ulises.
Lentos ríos llevan árboles y cielos
en el rumor de orillas lunares.

Las abejas, amada, nos traen el oro;


tiempo de las mutaciones, secreto.

SALINA DE INVIERNO

Dulzura, jamás en mí reposas,


y simulas un día de límpida luz
en el que las cosas se mueven
dentro de límites precisos:
fogoso haces sonar el árbol en el cielo,
y la risa amada de humanas criaturas.

Salina: gélida. Ya fue en el tiempo


expreso signo
la mutación del agua
en forma incorruptible.
Hallarse en armonía con su ley.

He aquí, exasperado, el tránsito inhumano


de las aves del pantano en el aire vacío,
llanto de recién nacidos,

Entre insalubres musgos, como un tormento


resplandece la piedra cárdena;
y va a la deriva sobre el agua
una raíz náufraga,
una hoja aún verde
para la tierra inútil.

CERDEÑA

En la hora matinal, aún con luna,


apenas despuntas, gime
el agua celeste.

En otras desembocaduras
una sustancia más doliente
vida insufló al grito de gaviotas.

De la misma manera he nacido;


y el antiguo isleño
aquí está y busca su único ojo
en su frente, no abrasado,
y el brazo prueba
diestro en lanzar guijarros.

Deshechos granitos por el aire,


aguas que el arduo sueño
madura en sal.

La piedad me ha perdido;
y aquí reencuentro el signo
que en melancólico exilio
amoroso se expresa;
entre los nombres recordados: Siliqua
con sus adobes de tierra cruda,
con sus osamentas de piedra
en conos truncados.

Efímero desierto: juega en el corazón


la silueta de los cerros de hierba tierna;
y el aura fraterna consuelo es de amor.

EN LUZ DE CIELOS

De los estanques ascienden dichosas nubes;


también acabará el fuego del aire
en mi perseverante corazón.

Querida juventud; es tarde.


Mas todo puedo amarlo de la tierra
en la luz de los cielos, en la niebla del viento;
y, sobre toda figura, la de la mujer
que a mi vino no hace mucho,
y en cuya sonrisa me miro,
que a amor llamaba, su verde salud.

Asi, en soledad, cifras del bien perdido


me enumeraba, y días,
y, deslumbrantes en remotas auras,
aguas de bosques y de hierbas.

En la isla muerta,
abandonado por los corazones
que mi voz escuchara,
puedo quedar murado.

LATOMÍAS*

Sílabas de sombras y de hojas


abandonados sobre la hierbal
se aman los muertos.

Oigo. Cara es la noche a los muertos


y espejo de sepulcros para mí,
de latomías verdísimas de cedros,

de canteras de sal gema,


de ríos cuyo nombre griego
como un dulce verso repetimos.
*Canteras de piedra o mármol Eran muy famosas las de Siracusa,
utilizadas como prisiones desde la antigüedad. (N. del T.)

DE MI OLOR DE HOMBRE

En los árboles asesinados


aullan los infiernos.
Duerme el verano en miel virgen,
el lagarto en su infancia de monstruo.

De mi olor de hombre,
gracia al aire de los ángeles,
al agua mi corazón celeste
en la fértil oscuridad de célula.

ÉN EL PRECISO TIEMPO HUMANO

Yace en el viento de profunda luz


la amada del tiempo de las palomas.
De mí de aguas de hojas,
sola entre los vivos, oh querida,
razonas: y a la desnuda noche
tu voz consuela
de lucientes ardores y de dichas.

Nos decepcionó la belleza, y el desvanecerse


de toda forma y memoria,
el perecedero impulso revelado a los afectos,
espejo de destellos interiores.

Mas de la hondura de tu sangre,


en el preciso tiempo humano,
renaceremos sin dolor.

CIUDAD EXTRANJERA

Otra hora que sucumbe:


como una estrella abierta, una monda de plátano
flota en el rio. El estrépito
de una trituradora que machaca piedra
sobre la cala; cerca de inmóviles barcazas
la arena amarilla que rebosa;
y con el fluir desolado la pena
en que finjo ligeros
días que no me pertenecen.

Muertos descienden de grandes carromatos


de sangre en la niebla,
lámparas rozan el empedrado.

Entre largas avenidas


negras hojas amontonadas
como un presagio de viento.

CON SENTIDO DE MUERTE

Cerúleos árboles
donde el más dulce son emigra
y nace el gusto por las nuevas lluvias.

En una fronda, dócil


la luz oscila
fundida con el aire;

con sentido de muerte,


aquí estoy, despavorido de amor.

DEL PECADOR DE MITOS

Del que con mitos peca


recuerda la inocencia,
oh Eterno; y los arrebatos,
y los estigmas funestos.

Tiene tu signo del bien y del mal,


e imágenes en que lamentarse
la patria de la tierra.

NUEVOS POEMAS
(1936-1942)

RIE LA URRACA, NEGRA EN LOS NARANJOS

Acaso sea un signo verdadero de la vida:


en torno a mí, con ligeros movimientos
de cabeza, danzan los niños en un juego
de voces y cadencias por el prado
de la iglesia, ¡Piedad de la tarde, sombras
otra vez encendidas sobre hierba tan verde,
bellísimas en el fuego de la luna!
La memoria os concede un breve sueño;
ahora, despertad. Hierve el pozo
con la primera marea. Ésta es la hora:
ya no mía, abrasadas, remotas imágenes,
Y tú, viento del sur, cargado de azahar,
empuja la luna hacia donde duermen
niños desnudos, azuza el potro en los campos
húmedos por las huellas de las yeguas, abre
el mar, alza las nubes de los árboles:
ya la garza real se dirige hacia el agua
y olfatea despacio el fango en los espinos,
ríe la urraca, negra en los naranjos.

CAMINO DE AGRIGENTUM

Allá perdura un viento que recuerdo encendido


en las crines de los oblicuos caballos
corriendo a lo largo de las llanuras, viento
que mancha y roe el arenal y el corazón
de los lúgubres telamones caídos
en la hierba. Alma antigua, gris
por los rencores, vuelves a aquel viento, olfateas
el delicado musgo que reviste
los gigantes arrojados del cielo.
¡Qué sola estás en el espacio que te queda!
Y cuanto más te afliges más se oye aún el sonido
que con amplitud se aleja hacía el mar
en el que Héspero ya asoma matutino:
el birimbao tristemente vibra
en la garganta del carretero que sube
el cerro nítido de luna, lento
entre el murmullo de los olivos sarracenos.

LA DULCE COLINA

Lejanos pájaros abiertos en la tarde


tiemblan sobre el río. Y la lluvia insiste
y el silbo de los chopos iluminados
por el viento. Como todo cuanto es remoto
retornas a la mente. El leve verdor
de tu ropaje aquí está entre las plantas
abrasadas por los rayos donde se alza
la dulce colina de Ardenno y se oye
al azor sobre los abanicos del sorgo.

Quizá en aquel vuelo en cerradas espirales


confiaba mi desilusionado regreso,
la aspereza, la abatida piedad cristiana,
y esta pena desnuda de dolor,
Tienes una flor de coral en tus cabellos.
Pero tu rostro es una sombra que no cambia;
(así hace la muerte). Desde las sombrías casas
de tu aldea escucho el Adda y la lluvia,
o quizá un temblor de humanos pasos
entre las tiernas cañas de las orillas.
¿QUÉ QUIERES, PASTOR DE AIRE?

Y aún resuena todavía con aspereza


el antiguo cuerno de ios pastores en las acequias
blanqueadas por los pellejos de las serpientes. Acaso
lo soplan en los altiplanos de Acquaviva,
donde el Plàtani arrastra caracoles
bajo el agua, entre los pies de los niños
de piel olivácea. ¿O desde qué tierra el soplo
de un viento prisionero, arranca y resuena
en la luz que ya se exangüe? ¿Qué quieres
pastor del aire? Quizá llames a los muertos.
Como yo, tú no oyes, confundida la mar
por la reverberación, atenta al sordo grito
de los pescadores que alzan las redes.

DELANTE DE LA TUMBA DE HILARIA DEL CARRETTO*

Ya están bajo la tierna luna tus cerros


y a lo largo del Serchio muchachas con vestidos
rojizos y azulados se mueven con ligereza.
Así era en tu dulce tiempo, amada; y Sirio
palidece, y cada hora se aleja,
y la gaviota se enfurece sobre las playas
abandonadas. Los amantes van dichosos
en el aire de septiembre y sus gestos
acompañan las sombras de palabras
que conoces. Piedad no tienen; y tú
poseída por la tierra ¿de qué te quejas?
Aquí has quedado sola. Mi sobresalto
acaso es el tuyo, igual en ira y espanto.
Remotos quedan los muertos y más aún los vivos,
mis viles, taciturnos compañeros.

AHORA QUE EL DÍA DESPUNTA

La noche ha acabado y la luna


se deshace lenta en el sereno,
desaparece en los canales.

Es tan vivo septiembre en esta tierra


de llanura, los prados son verdes
como en los valles del sur en primavera.
He dejado a mis compañeros,
he escondido el corazón dentro de viejos muros,
para quedarme solo y recordarte,

¡Mucho más lejana que la luna estás,


ahora que el día despunta
y sobre las piedras golpean los cascos de los caballos!
YA LA LLUVIA NOS ACOMPAÑA

Ya la lluvia nos acompaña,


sacude el aire silencioso,
Las golondrinas rozan las aguas muertas
junto a las lagunas lombardas,
vuelan como gaviotas sobre pequeños peces;
el heno aroma más allá de las cercas de los huertos.

Un año más quemado,


sin una queja, sin un grito
alzado de repente para derrotar el día.

UNA TARDE, LA NIEVE

De ti lejana, detrás de una puerta


cerrada oigo aún el llanto animal:
así, en las altas aldeas, bajo la ventisca de la nieve
aúlla el aire entre los rediles de los pastores.

Breve juego a la memoria adverso;


aquí ha descendido la nieve y roe
los tejados, hincha los arcos del viejo Lazareto,
y la Osa se precipita roja entre las nieblas.

¿Dónde la vistosa grupa de mis ríos,


la trente de la luna dentro del verano
denso de avispas asesinadas? Queda el luto
de tu voz humillada, en los hombros oscuros,
que lamenta mi ausencia.

PLAZA FONTANA

No más conmigo el viento que entre los cabellos


se demora amoroso, y sin ilusión la frente:
inclina la dócil cabeza a los niños
en la plaza, y a los rojos árboles arqueados.

Con humana dulzura


me consume el otoño. Y esta furia
de los últimos pájaros de estío en los muros
de la Curia, grisácea es como los pórticos,
perdura en el aire y en mi
apacible susurro.

Vuelvo a oír
el chillido monótono y antiguo
de las aves acuáticas que emigran,
el inesperado aleteo de las palomas
que divide la noche y nos muestra el saludo
a orillas de Hautecombe.

Aquel tiempo preciso en símbolos se humilla,


y también éste, vivo en su muerte.

Pierdo mi dominio sobre ti; rápido


cambia: así, contra el negro viento
de las ventanas, el agua de la fuente
como lluvia ligera.

El ALTO VELERO

Cuando vinieron los pájaros a remover las hojas


de los amargos árboles de mi casa,
(eran ciegos volátiles nocturnos
que instalaban sus nidos en horadadas cortezas)
yo levanté mi frente hacia la luna
y vi un alto velero.

En el extremo de la isla el mar era de sal;


y se había extendido la tierra y antiguas
caracolas relucían pegadas a las rocas
en la rada de los limoneros enanos.

Y le dije a mi amada en la que palpitaba un hijo mío,


y que por eso siempre poseía el mar en su alma:
«Estoy cansado de todas estas alas que baten
con ritmo de remo, y de las lechuzas
que imitan el lamento de los perros
cuando hay viento de luna en los cañaverales.
Quiero partir, quiero dejar esta isla».
Y ella me dijo: «Oh amado, es tarde, quedémonos».

Entonces, me puse a contar lentamente


los vivos reflejos del agua marina
que el aire a mis ojos traía
desde la silueta del alto velero.

EN LAS ORILLAS DEL LAMBRO

Aquel día se eclipsó ileso de nuestro lado


en el agua con los veleros volvados.
Nos dejaron los pinos
un rastro de humo sobre las casas,
y la playa en fiesta
con clamor en las banderas
de los pequeños caballos.

En elc olor sereno


que aquí asciende a la muerte de la luna
y perfila lsa lomas de Brianza,
tú aún te mueves indecisa
con pausas de hoja.

Las abejas desprovistas de miel


ascienden ligeras con los deshechos del trigo,
ya muta su luz la constelación de Virgo.

En el río que ahora despierta con zambullida


de rueda el vacío del valle,
se renueva la infancia en que el sexo era juego.

Me abandono a su sangre
resplandeciente en la frente,
a su voz esclava del dolor,
funesta en el silencio del pecho.
Todo cuanto me queda está perdido.

Al norte y al este de mi isla


hay un viento arrastrado por las piedras
hasta aguas amadas; en primavera,
abre la tumba de los Suabos;
los reyes de oro se visten de flores.

Apariencia de eternidad piadosa,


perdura en cada cosa un orden
que recuerda el exilio.
Al borde de la barranquera
por siempre temblará la peña,
la raíz resiste a los dientes del topo.

Y en mi tarde, pájaros
aromados de naranja se balancean
sobre los eucaliptos.

Aquí perdura el otoño en la médula


de las plantas; mas algo incuban las piedras
en el útero de tierra que las sostiene;
y flores alargadas atraviesan los setos.
Ya no sentimos repugnancia con la tibieza
casi humana de las corolas pelosas.
Tú, mientras escuchas, sonríes a tu mente:
¡y qué sol alisa cabellos
en las muchachas que corren;
qué mansos goces y confusos miedos
y qué ternura de llanto contenido
rebrotan en un tiempo de igualdad!
Mas, como un otoño, oculta está tu vida.

También desaparece esta noche


en los pozos de las laderas; y resuena el caldero
hacia el halo del alba.

Los árboles regresan de más allá de los cristales


como naves floridas.
Oh, amada,
qué remota de la tierra quedaba la muerte.
ATARDECER EN EL VALLE DEL MÁSINO

En el espacio de las lomas,


en pleno invierno, el silencio
de la luz de los veleros:
¡fría y eterna imagen
navegante! Y aquí resurge.

Pronto la rana es más verde:


es una hoja; y el insecto espinoso
se lanza sobre las hierbas de los canales.
Los molinos abandonados prueban
sus ruedas en el agua que se doblega.

No oiré más el fragor del mar


a lo largo de las playas de una infancia homérica,
ni el lebeche sobre las islas
soplar fúnebre bajo la luna meridiana,
ni mujeres que gritan a los muertos cantando
dulzuras de sus días nupciales.

Y tú, como la tierra,


a veces reapareces, y me desilusionas
discorde. Basta tan poco tiempo
para morir viviendo.

En tu vestido de color infantil


inventas el fluctuar de una espiral
por el tímpano que imita la noche.
Mas tu rostro se deshace en zambullidas,
en desgarradas pausas.

Ya vuelven los prados al valle; agudo


es el graznido del cuervo. ¡Qué cierta
querida, la presencia de la vida! Presiento
la noche en mis sienes, y la inquietud
es un canto de oscuro dialecto.

Nada queda de mi jornada.


El tedio inmutable me sorprende
misericorde a cada alegría que abordo
y repentinamente dura a las raíces.

La noche superior apacigua


la voluntad de consentir,
me obligaré a tan coactiva medida
de ingenua sabiduría,
a todo el frío piadoso
encerrado dentro de mi cuerpo.

ÉLEGOS PARA LA BAILARINA CUMANI


El viento de los bosques
claro discurre hacia las colinas.
Temprana madrugada: de igual manera
el adolescente se espanta con la sangre.

Y la huella del agua es el alba


sobre la orilla. En mí se consumía
el tormento de arena
con sobresalto, abriendo la noche.

Perdura y duele un antiquísimo grito:


piedad para el joven animal
herido de muerte entre las hierbas
de una agria mañana, tras las primeras lluvias.

La tierra se halla en ese pecho desesperado,


y allí mi voz encuentra su medida:

tú danzas privadamente
y el tiempo regresa con nuevos símbolos:
incluso el dolor, pero a quietud tal
inclinado que en dulzura arde.

En este silencio que fugaz se consuma


no me arrastres efímero,
no me abandones a la luz;

ahora que en mí, con dulce ruego,


naces Anadiomena.

DÉLFICA

En el aire de los cedros lunares,


bajo el signo de oro oímos al León.
Presagio fue el aullido terrenal.
Se desvela en la sien la vena
de corola que el sueño mengua
y tu voz órfíca y marina.

Como la sal de las aguas


así salgo yo de mi corazón.
Nos abandona la edad del laurel
y el inquieto ardor
y su piedad sin justicia.

Parece en su insignificancia
la invención de los sueños
en tu hombro desnudo
que aroma la miel.

Oh délfica, contigo asciendo


no humano ya. Secreta,
la noche de las lluvias de cálidas lunas

duerme en tus ojos:


en esta quietud de cielos arrasados
se desenvuelve la infancia inexistente.
En la marcha de las soledades estrelladas,
en el quebrarse de las simientes,
en la voluntad de las hojas,
un aullido serás de mi materia.

IMITACIÓN A LA ALEGRÍA

Donde los árboles hacen


aún más desconsolada la tarde,
qué indolente
se ha desvanecido tu último paso,
que aparece al tiempo de la flor
en los tilos e insiste en su suerte.

Buscas una razón a los afectos,


pruebas el silencio en tu vida.
Otra dicha me revela
el tiempo reflejado. Apesadumbra
como la muerte, belleza ya
fugitiva en otros rostros.
He perdido cuanto era candoroso,
incluso en esta voz, que sobrevive
para imitar el júbilo.

CABALLOS DE LUNA Y DE VOLCANES

A mi hija

Islas en que he vivido


verdes sobre mares inmóviles.

Abrasadas de algas, de fósiles marinos,


las playas donde corren encelados
caballos de luna y de volcanes.

En el tiempo de los derrumbes,


hojas y grullas invaden el aire:
con la luz de aluvión resplandecen!
densos cielos abiertos a los astros;

las palomas vuelan


de los hombros desnudos de los niños.

Aquí termina la tierra:


con esfuerzo y con sangre
me creo un cautiverio.

Por ti tendré que arrojarme


a los pies de los poderosos,
endulzar mi corazón de bandolera
Mas expulsado de los hombres
yazgo aún en la luz del relámpago,

niño de manos abiertas


en orillas de árboles y ríos:

allá el naranjo griego fecunda


la latomía para las bodas de los dioses.

TODAVÍA UN VERDE RÍO

Todavía me arrastra un verde río


y armonía de hierbas y de chopos
en que olvidar la luz de nieve muerta.

Y aquí, en la noche, un manso cordero


ha bramado con la cabeza ensangrentada:

diluvia en ese grito el tiempo


de los largos lobos invernales,
del pozo que es patria del trueno.

PLAYA DE SAN ANTIOCO

En la hiel de las gredas,


en el silbido de los reptiles,
en la robusta oscuridad que asciende de la tierra
tu corazón habitaba.

A ti, ya doliente en el ciclo de las orillas,


te rebosaba la sangre cruel
de una raza sin ley.

Aquí, donde duerme el aire verde


de estos mares gangrenados,
emerge un blanco esqueleto marino.
Y tú sientes la pobre vértebra humana
compañera de esa que la ola
y la sal carcomen.

Hasta que la memoria te eleve


a suspirados ecos,
olvidada está la muerte:
y la vagorosa imagen que las algas componen
signo es de los dioses.

YA VUELA LA FLOR SUTIL


No sabré nada de mi vida,
oscura y monótona sangre.

No sabré a quien amaba, a quién amo,


ahora que oprimido, reducido a mis miembros,
en el viciado viento de marzo
enumero los males de los días descifrados.

Ya vuela la flor sutil


de las ramas. Y yo aguardo
la paciencia de su vuelo irrevocable

INICIO DE PUBERTAD

Saqueadora de inercias y dolores


noche; como defensa de los silencios
germina otra vez la edad
de las oblicuas tristezas.

Y veo en mí a los niños


graciosos aún montando en los caballos
y en la ladera de las caracolas
turbarse ante mi voz transmutada.

4. DÍA TRAS DÍA

DÍA TRAS DÍA


(1947)

DÍA TRAS DÍA

EN LAS FRONDAS DE LOS SAUCES

¿Y cómo hubiéramos podido cantar


con el pie extranjero sobre el corazón,
entre los muertos abandonados en las plazas
sobre la hierba dura de hielo, ante el gemido
de cordero de los niños, ante el negro alarido
de la madre que iba a encontrar a su hijo
crucificado en el poste del telégrafo?
En las frondas de los sauces, como ex-votos,
también nuestras liras estaban colgadas,
levemente oscilaban al triste viento.
carta

Este silencio detenido en las calles,


este viento indolente, que ahora se desliza
bajo, entre las muertas hojas o asciende
hasta los colores de las enseñas extranjeras...
acaso el ansia de decirte una palabra
antes de que aún se cierre el cielo,
sobre otro día, acaso la inercia,
el más vil de nuestros males... La vida
no se halla en este tremendo, oscuro latir
del corazón, no es piedad, sino un
juego de la sangre en el que la muerte
florece. Oh mi dulce gacela,
te recuerdo aquel geranio encendido
sobre un muro acribillado por la metralla.
¿O tampoco ahora la muerte consuela
más a los vivos, la muerte por amor?

19 DE ENERO DE 1944

Te leo dulces versos de un antiguo


y las palabras nacidas entre las vinas,
las cortinas* a orillas de los ríos de las tierras
del este, cómo vuelven a caer lúgubres
y desoladas en esta profundísima
noche de guerra, en que nadie recorre
un ciclo de ángeles de muerte,
y se oye el viento como el estruendo de un derrumbe
cuando sacude las láminas que aquí arriba
dividen los pórticos, y la melancolía
asciende con los perros que aúllan en los huertos
con cada disparo de mosquete de las rondas
en las calles desiertas. Alguien vive,
Acaso alguien vive. Mas nosotros, aquí,
encerrados y atentos a la antigua voz,
buscamos una señal que supere la vida,
el oscuro sortilegio de la tierra,
donde incluso entre las tumbas de escombros
brota la flor de la maligna hierba.

*Tende puede ser el plural de tenda (cortina) y también significar tienda


o pabellón. Me decido por el primer significado al ver que más adelante,
el poeta habla de la compañía de la amada, chiusi in ascolto ambos, en la
intimidad de un hogar. (N.del T.)

NIEVE

Cae la tarde: una vez más nos dejáis,


oh imágenes queridas de la tierra, árboles,
animales, pobre gente cubierta
por los capotes de los soldados, madres
con el vientre estéril por las lágrimas
Y la nieve nos ilumina desde los prados
como la luna. Oh, estos muertos. Golpead
en la frente, golpead hasta en el corazón.
Que al menos alguien brame en el silencio
en este blanco cerco de enterrados.

DÍA TRAS DÍA

Día tras día: palabras malditas y la sangre


y el oro. Os conozco, mis semejantes, oh monstruos
de la tierra. Con vuestro mordisco ha caído la piedad
y la cruz amable nos ha abandonado.
Y ya no puedo volver a mi elíseo.
Levantaremos tumbas a la orilla de la mar, en tierras
mancilladas, pero no los sarcófagos que anuncian los héroes.
La muerte ha jugado muchas veces con nosotros
se oía en el aire un monótono susurro de hojas,
como en el matorral, cuando el viento siroco
levanta a la avutarda del pantano sobre la nube.

QUIZÁS EL CORAZÓN

Se ahondará el áspero aroma de los tilos


en la noche lluviosa. Será vano
el triunfo de la alegría, su furia,
su dentellada de rayo que destruye,
Apenas permanece la indolencia entreabierta,
el recuerdo de un gesto, de una sílaba;
igual que un lento vuelo de pájaros
entre cendales de niebla. Y aún esperas
no sé qué cosa, oh mi extraviada; quizá
una hora decisiva, que reclame
el principio o el fin: la misma suerte
ya. Aquí el negro humo de los incendios
aún nos reseca la garganta. Si puedes,
olvida aquel sabor de azufre,
y el miedo. Nos fatigan las palabras,
se elevan desde un agua apedreada;
quizás nos queda sólo el corazón, quizás el corazón...

LA NOCHE DE INVIERNO

Y una vez más la noche de invierno,


y la oscura torre de la aldea con sus retumbos,
y las nieblas que hunden el río,
y los helechos y los espinos. Oh compañero,
has extraviado tu corazón: en la llanura
ya no hay espacio para nosotros.
Aquí en silencio lloras tu tierra:
y muerdes el pañuelo de colores
con dientes de lobo:
no despiertes al niño que duerme a tu lado
con los pies desnudos metidos en una hoya.
Que nadie nos recuerde a nuestras madres,
que nadie cuente un sueño del hogar.

MILÁN, AGOSTO DE 1943

En vano buscas entre el polvo,


pobre mano, la ciudad está muerta.
Está muerta: se oyó el último estruendo
sobre el corazón del Naviglio*. Y el ruiseñor
cayó de la antena, alzada sobre el convento,
donde cantaba poco antes del ocaso.
No excavéis pozos en los patios:
los vivos ya no tienen sed.
No toquéis a los muertos, tan rojos, tan hinchados:
dejadlos en la tierra de sus casas:
la ciudad está muerta, está muerta.

* El Naviglio Greande es un canal navegable que cruza la ciudad de Milán.


Junto al Naviglio della Martesana y el Naviglio de Pavía recogen aguas de
los ríos Ticino, Adda y Olona. (N. del T.)

LA MURALLA

Y ya sobre la muralla del estadio,


entre las grietas y las matas de hierba colgante,
se escabullen fulmíneas las lagartijas;
Y la rana vuelve a los cauces,
constante canto en mis noches lejanas
de los pueblos. Tú recuerdas este lugar
en el que la gran estrella saludaba
nuestra sombría llegada. Oh, amada, cuánto
tiempo ha caído con las hojas de los chopos,
cuanta sangre en los ríos de la tierra.

OH MIS DULCES ANIMALES

Ahora el otoño corrompe el verdor de los cerros,


oh mis dulces animales. Aún oiremos,
antes de la noche, la última queja
de los pájaros, la llamada de la grisácea
llanura que sale al encuentro del elevado
fragor del mar. Y el aroma a madera
en la lluvia, el olor de las madrigueras,
qué vivo es aquí entre las casas,
entre los hombres, oh mis dulces animales.
Este rostro de ojos que se mueven lentos,
esta mano que en el cielo señala el lugar
donde retumba el trueno, son vuestros, oh mis lobos,
mis zorros quemados por la sangre.
Cada mano, cada rostro, vuestros son.
Tú me dices que todo ha sido en vano,
la vida, los días corrompidos por un agua
tenaz, mientras de los jardines sube
un canto de niños. ¿Ahora ya lejanos
de nosotros? Mas se apagan en el aire,
como sombras apenas. Esta es tu voz.
Pero acaso yo sé que todo esto no ha acaecido.

ESCRITO TAL VEZ SOBRE UNA TUMBA

Aquí, lejos de todos, el sol cae


sobre tus cabellos y enciende en ellos su miel,
y a nosotros los vivos nos recuerda en su arbusto
la última cigarra del verano,
y la sirena que ulula aguda
las alarmas en la llanura lombarda.
Oh abrasadas voces del aire, ¿qué queréis?
Todavía desciende el tedio de la tierra.

A MÍ PEREGRINO

He aquí que regreso a la apacible plaza;


en tu balcón ondea solitaria
la bandera de un festejo ya pasado.
-Reaparece- digo. Pero sólo la edad
que ansía los hechizos, despertó el eco
de las abandonadas canteras de piedra.
¡Cuánto hace que no responde lo invisible
si, como en tiempos, llamo en el silencio!
Ya no estás más aquí, ni tu saludo
llega a mí, peregrino. Jamás se revela
dos veces el júbilo. Y una luz extrema
se abate sobre el pino que recuerda la mar:
Y vana también es la imagen de las aguas.

Nuestra tierra está lejos, en el sur,


ardorosa de lágrimas y lutos. Allá abajo,
mujeres envueltas en negros chales,
hablan a media voz de la muerte,
en los umbrales de las casas.
DESDE LA FORTALEZA DE BERGAMO ALTA

Has oído el canto del gallo en el aire


más allá de las murallas, del otro lado de las torres
heladas por una luz que desconocías,
fulmíneo canto de vida, y murmullos
de voces en las celdas, y el reclamo
del pájaro de ronda antes del alba.
Y no has pronunciado palabras para ti:
estabas en el círculo de corto radio ya:
y callaron la garza y el antílope
extraviados en una nube de humo maligno,
talismanes de un mundo recién aparecido.
Y pasaba la luna de febrero
libre sobre la tierra, forma
de tu memoria encendida en su silencio.
También tú, entre los cipreses de la Fortaleza,
caminas en silencio; y aquí la ira
se apacigua ante el verdor de los jóvenes muertos,
y casi es un gozo la lejana piedad.

CERCA DEL ADA

Discurre el Ada a tu lado, en el mediodía,


y en él sigues la sombra invertida del cíelo.
Aquí, por donde ascienden doblegadas ovejas
con la cabeza hundida entre la hierba,
saltaba el agua al filo de la rueda,
y se oía la muela del molino,
y la aceicuna cayendo de la tina.
Sólo te asusta un apagado impulso.
Otra vez aparece la guirnalda del saúco
detrás de la espesura del seto y la caña sacude
nuevas hojas en los diques del río.
La vida que ensoñaste aquí está en este signo
de las plantas, saludo de la tierra
humana a las preguntas, a toda violencia.
Entreabrirse de la madera en un color
certeza es para ti, como la insidia
de tu sangre y la mano que extendida
alzas a la frente para protegerte de la luz.

AÚN SE OYE LA MAR

Hace ya varias noches que aún se oye la mar,


leve, de aquí para allá, a lo largo de las lisas arenas.
Eco de una voz encerrada en la mente
que remonta desde el tiempo; y también este
asiduo lamento de las gaviotas: acaso
de los pájaros de la torre, que abril
impulsa hacia el llano. En otro tiempo,
con esa voz estabas a mi lado;
y quisiera que a ti también llegase,
ahora, un eco de mi memoria,
como el murmullo oscuro de la mar.

ELEGÍA

Gélida mensajera de la noche,


clara has regresado a los balcones
de casas destruidas, e iluminas
ignotas rumbas, desvalidos restos
de tierra humeante. Aquí reposa
nuestro ensueño. Y vuelves solitaria
hacia el norte, donde todo transcurre
sin luz hacia la muerte, y perseveras.

DE OTRO LÁZARO

Desde inviernos remotos, sacude


su gong sulfúreo el trueno sobre los valles
humeantes. Y, como en aquel tiempo, se modula
la voz de los bosques: Ante lucem
a somno raptus, ex herba inter homines,
surges*. Y se precipita tu piedra
donde la imagen del mundo titubea.

*Ante la luz/ arrancado al sueño, de la hierba, entre los


hombres/surgirás.
(N. del T.)

EL VADO

¿De dónde me llamas? Esta débil niebla


de tí resuena. Aún desde las chozas
-tiempo es de ello- perros afanosos
hacia el río se lanzan, tras huellas olorosas:
en la otra orilla, la garduña de sangre
luminosa se mofa. Es el vado
que conozco: allí sobresalen del agua
negros guijarros y cuántas barcas cruzan
en la noche con antorchas de azufre.
En verdad, ahora estás ya lejana
si es que la voz posee el tono mantenido
de un eco, y de él apenas oigo su cadencia.
Pero te veo: tienes violetas entre las manos
cruzadas, tan pálidas, y líquenes
cerca de los ojos. Por lo tanto, estás muerta.

TU PIE SILENCIOSO

Y aquí la mar y la flor de la pita


y el color del río encendido a lo largo
de antiguas tumbas apretadas en la muralla
como celdas de colmenas, y en él se miran,
aún risueñas, muchachas de cabellos
oscuros, destrenzados. Una estaba a tu lado
en las orillas jónicas (relumbraba una abeja
de miel bruñida en su ojo), y dejó
apenas claridad de un nombre en la penumbra
de los olivos. Ninguno te salvará:
sabes que un día más se muestra
en tu rostro: una rápida variación
de la luz en torno al cerco que nos encierra,
más allá del vado de la luna, donde
atraviesa el Hades tu silencioso pie.

HOMBRE DE MI TIEMPO

Hombre de mi tiempo, eres aun aquel


de la piedra y la honda. Estabas en la carlinga
coa las alas malignas, los cuadrantes de muerte
-te vi- dentro del carro de fuego, en las horcas,
en las ruedas de tortura. Te vi eras tú,
con la ciencia precisa dispuesta para el exterminio,
sin amor, sin Cristo. Has matado de nuevo,
como siempre, como tus padres mataron, como mataron
los animales que te vieron por vez primera.

Y huele esta sangre como la de aquel día


en que el hermano dijo a otro hermano:
«Vamos al campo». Y aquel eco frío, tenaz,
llegó a ti, y llegó a tu jornada.
Olvidad, oh hijos, las nubes de sangre
que ascienden de la tierra, olvidad a los padres:
sus tumbas se hunden en el cenizal,
los pájaros negros, el viento, cubren sus corazones.

5. LA VIDA NO ES SUEÑO
(1946-1948)
LA VIDA NO ES SUEÑO

LAMENTO POR EL SUR

La luna roja, el viento, tu color


de mujer del Norte, la extensión de nieve...
Ya está mi corazón en estas praderas,
en estas aguas nubladas por las nieblas,
He olvidado la mar, la grave
caracola que soplan los pastores sicilianos,
las cantinelas de los carros a lo largo de los caminos
donde tiembla el algarrobo en el humo de los rastrojos
he olvidado el paso de las garzas y de las grullas
en el aire de los verdes altiplanos
por las tierras y los dos de Lombardía.
En todas partes el hombre reclama la suerte de una patria.
Ya nadie me llevará al Sur.

Oh, el Sur está cansado de arrastrar muertos


a la orilla de las ciénagas de malaria,
está cansado de soledad, cansado de cadenas,
está cansado en su boca
de las blasfemias de todas las razas
que han aullado muerte con el eco de sus pozos,
que han bebido la sangre de su corazón.
Por eso sus hijos vuelven a los montes
sujetan los caballos bajo mortajas de estrellas,
comen flores de acacia a lo largo de los senderos
nuevamente rojos, aún rojos, aún rojos.
Ya nadie me llevará al Sur.

Y esta tarde cargada de invierno


aún es nuestra, y aquí te repito
mi absurdo contrapunto
de dulzuras y furores,
un lamento de amor sin amor.

EPITAFIO PARA BICE DONETTI

Con los ojos expuestos a la lluvia y a los elfos nocturnos,


allí está, en la sección quince, en Musocco,
la mujer emiliana por mí amada
en el tiempo triste de la juventud.
Hace poco que fue arrebatada por la muerte
mientras contemplaba apacible cómo el viento del otoño
sacudía las ramas, las hojas de los plátanos
desde su casa gris en el suburbio.
Su rostro se mantiene aún atónito
como, seguro, lo tuvo en su infancia, fulminado
por el devorador de fuego alto sobre su carro.
Oh tú, que pasas empujado por los muertos
delante de la fosa once sesenta,
detente un minuto a saludar
a la que jamás se quejó del hombre
que aquí queda, odiado, con sus versos,
uno de tantos, obrero de ensueños.

DIALOGO

At cantu commotae Erebi de sedibus imis


umbrae ibant tenues simulacraque luce earentum*
Estamos sucios de guerra y Orfeo bulle
de insectos, comido por los piojos,
y tú estás muerta. El invierno, aquel peso
de hielo, el agua, el aire tormentoso
se fueron contigo, y el trueno retumbando
en tus noches de tierra. Y ahora sé
que te debía un acuerdo más hondo,
pero nuestro tiempo ha sido de furia y de sangre:
otros ya se hundían en el fango,
tenían las manos y los ojos deshechos,
con aullidos pedían misericordia y amor,
Pero qué tarde es siempre para amar;
perdóname, pues. También yo ahora grito
tu nombre en esta luz meridiana,
perezosa de alas, de cuerdas de cigarras
vibrando dentro de las cortezas de los cipreses.
Ya no sabemos dónde está tu orilla;
había un paso señalado por los poetas
cerca de fuentes que humean en las barranqueras
sobre el altiplano. Pero en aquel lugar, yo vi
de muchacho arbustos con bayas violáceas,
perros de pastor y tenebrosas aves,
y caballos, misteriosos animales
que marchan con la cabeza alzada tras el hombre.
Los vivos han perdido para siempre
el camino de los muertos y a un lado se quedan.

Ahora es más tremendo este silencio


que aquel que divide tu ribera.
«Sombras llegaban ligeras». Y aquí
el Olona discurre tranquilo, ni un árbol
se mueve de su pozo de raíces.
¿O no eras Eurídice? ¡No eras Eurídice!
Eurídice está viva. ¡Eurídice! ¡Euridice!
Y tú, sucio aún de guerra, Orfeo,
como tu caballo, sin el látigo,
alza la cabeza, no tiembla ya la tierra:
aúlla de amor, vence, si quieres, al mundo.

* Más conmovidas por el canto, acudían desde la profunda/ morada del


Erebo
las sombras tenues y los espectros de los que carecían de luz. (Virgilio,
Georgicas, Libro IV, vv 471-472). (N.del T.)

COLOR DE LLUVIA Y DE HIERRO

Decías: muerte silencio soledad;


y también, amor, vida. Palabras
de nuestras precarias imágenes.
Y el viento se ha alzado ligero cada mañana
y el tiempo color de lluvia y de hierro
ha pasado sobre las piedras,
sobre nuestro cerrado zumbido de malditos.
Aún está lejos la verdad.
Y dime, hombre quebrado sobre la cruz,
y tú, el de las manos espesas de sangre,
¿cómo responderé a los que preguntan?
Ahora, ahora: antes de que otro silencio
entre en los ojos, antes que otro viento
se levante y otra herrumbre florezca.

CASI UN MADRIGAL

El girasol se inclina hacia occidente


y ya se precipita el día en su
ojo de ruina y el aire de estío
se espesa y ya inclina las hojas y el humo
de las fábricas. Se aleja con el sobrio
discurrir de las nubes y con crujidos de rayos
este último juego del cielo. Aún,
y ya hace años, amada, nos detiene
el mudarse de apretados árboles dentro
del cerco de los Navigli. Pero siempre es
nuestro día y siempre aquel sol
con el destello de su rayo afectuoso.

Ya no tengo recuerdos, no quiero recordar;


la memoria se acrecienta desde la muerte,
no tiene fin la vida. Cada día
es nuestro. Uno se detendrá para siempre,
y tú conmigo, cuando nos parezca tarde.
Aquí, sobre el dique del canal, columpiando
los pies, como si fuésemos niños,
contemplamos el agua, y las primeras ramas
dentro de su verdor oscurecido.
Y el hombre que en silencio se aproxima
no esconde un cuchillo entre sus manos,
sino la flor de un geranio.

ANNO DOMINI MCMXLVII

Habéis terminado de golpear los tambores


con cadencia de muerte en cada horizonte;
detrás de ataúdes rodeados de banderas,
de entregar llagas, lágrimas a la piedad
en ciudades destruidas, ruina sobre ruina,
Y ya ninguno grita: «Dios mío,
¿por qué me has abandonado?» y ya no mana leche
ni sangre del pecho acribillado. Y ahora
que habéis escondido los cañones entre las magnolias
dejadnos un día sin armas sobre la hierba,
con el rumor del agua que discurre,
de las hojas de frescos tallos en los cabellos,
mientras abrazamos a la mujer que nos ama.
Que no suene de golpe, antes de que la noche llegue,
el toque de queda. Un día, un solo día
para nosotros, oh dueños de la tierra,
antes de que aún redoblen aire y hierro,
y una esquirla abrase nuestra frente.

MI PAÍS ES ITALIA

Más se alejan los días dispersos


y mis regresan al corazón de los poetas.
Allá los campos de Polonia, la planicie de Kutno
con las colinas de cadáveres que arden
en nubes de nafta, allá las alambradas
para la cuarentena de Israel,
la sangre entre los desperdicios, el abrasador exantema,
las cadenas de pobres muertos hace mucho tiempo
y fulminados en las fosas que abrieran con sus manos,
allá Buchenwald, el dulce bosque de hayas,
y sus malditos hornos; allá Stalingrado
y Minsk sobre los pantanos y la nieve putrefacta.
Los poetas no olvidan. ¡Oh, la muchedumbre de los viles,
de los vencidos, de los perdonados por la misericordia!
Todo se revuelve, pero los muertos no se venden
Italia es mi país, oh enemigo más extranjero,
y canto a su pueblo y también el llanto
cubierto por el rumor de su mar,
su vida, el límpido luto de las madres.

THANATOS ATHANATOS

¿Y tendremos, pues, que negarte, Dios


de los rumores, Dios de la flor viva,
y comenzar con un no a la oscura
piedra «yo soy», y consentir la muerte
y sobre cada tumba escribir nuestra
única certeza: «thànatos athànatos»?
¿Sin un nombre que recuerde los sueños,
las lágrimas, los furores de este hombre
derrotado por preguntas aún vivas?
Cambia nuestro diálogo; ahora se vuelve
posible el absurdo. Allá,
tras el humo de la niebla, dentro de los árboles
atento está el vigor de las hojas,
cierto es el río que presiona en las orillas.
La vida no es sueño. Cierto el hombre
y su llanto celoso de silencio.
Dios del silencio, abre la soledad.

CARTA A LA MADRE

"Mater Dulcissima, ahora descienden las nieblas


y el Naviglio embiste confuso contra los muelles,
los árboles se hinchan de agua, arden de nieve;
no estoy triste en el Norte: no estoy
en paz conmigo mismo, mas no espero
perdón de nadie, muchos me deben lágrimas
de hombre a hombre. Sé que no estás bien, que vives,
como todas las madres de los poetas» pobre
y con la justa medida de amor
a causa de tus hijos lejanos. Hoy soy yo
quien te escribe». -Al fin, dirás, dos líneas
de aquel muchacho que huyó de noche con un abrigo corto
y algunos versos en el bolsillo. Pobre, tan generoso,
un día lo matarán en cualquier parte—.
«En verdad, lo recuerdo, fue en aquel gris andén
de trenes lentos que llevaban almendras y naranjas
a la desembocadura del Imera, el rio lleno de urracas,
de sal, de eucaliptos. Mas ahora te agradezco,
así lo deseo, la ironía que has puesto
sobre mis labios, mansa como la tuya.
Esa sonrisa me ha salvado de llantos y dolores.
Y no importa si ahora derramo lágrimas por tí,
por todos los que como tú esperan,
y no saben qué esperan. Ah, muerte amable,
no toques el reloj que en la cocina late sobre el muro
toda mi infancia pasó sobre el esmalte
de su cuadrante, sobre sus flores pintadas:
no toques las manos, el corazón de los viejos.
Peco ¿acaso alguien responde? Oh piadosa muerte,
muerte honesta. Adiós, querida, adiós mi dulcissim mater.»

6. EL FALSO Y EL VERDADERO VERDE


(1949-1955)
EL FALSO Y EL VERDADERO VERDE

LAS MUERTAS GUITARRAS

Mi tierra está sobre los ríos fundida con la mar,


no existe otro lugar de voz tan lenta,
donde vagan mis pies
entre juncos sobrecargados de caracoles.
En verdad, es otoño: desgarradas en el viento
las muertas guitarras alzan sus cuerdas
sobre la boca negra y una mano agita los dedos
de fuego.
En el espejo de la luna
se peinan muchachas con pechos de naranja.

¿Quién llora? ¿Quién fatiga los caballos en el aire


rojo? Nos detendremos en esta orilla
a lo largo de urdimbres de hierba y tú, amor,
no me lleves delante de ese espejo
infinito: en él se contemplan muchachos
que cantan y árboles altísimos, y aguas.
¿Quién llora? Yo no, créeme: sobre los ríos
discurren exasperados chasquidos de un látigo,
los oscuros caballos y los relámpagos de azufre.
Yo no, mi raza posee cuchillos
que arden y lunas y heridas que queman.

ENEMIGA DE LA MUERTE

A Rossana Sironi

No debías, oh querida,
atrancar tu imagen del mundo,
quitarnos una porción de belleza.
Enemigos de la muerte, ¿qué haremos
inclinados ante tus pies rosados,
sobre tu costado violeta?
Ni hoja ni palabra has dejado
de tu último día o un no a cada cosa
que en la tierra aparece, un no a la monotonía
diaria de los hombres. La triste, estiva
ancla de la luna, arrastró
tus sueños: colinas árboles luz,
noches aguas; lúcidos
pensamientos, sueños verdaderos
separados de la muerte que decidió
súbitamente por ti
el tiempo, la futura vileza. Ahora
estás tras duras puertas,
enemiga de la muerte. —¿Quién grita, quién grita:
De un soplo has matado la belleza,
para siempre la heriste, la has desgarrado
sin una queja por su loca
sombra que extiende sobre nosotros. No bastaba
belleza, deshecha soledad.
Has esbozado un gesto en lo oscuro, has escrito
en el aire tu nombre o ese no a todo,
cuanto bulle a este lado o al otro del viento.
Sé lo que querías con tu nuevo vestido,
conozco la pregunta que regresa vacía.
No hay para nosotros ni para ti respuesta,
oh musgo y flores, oh querida
enemiga de la muerte.

EL FALSO Y VERDADERO VERDE

Tú no me espeías ya con el vil corazón


del reloj. No importa que abras
o fijes la desolación: quedan horas
erizadas, desnudas, con el roce de las hojas
inesperadas en los vidrios de tu ventana,
elevada sobre dos calles de nubes.
Me queda la lentitud de una sonrisa,
el cielo oscuro de un vestido, el terciopelo
del color de la herrumbre atado a tus cabellos
y suelto sobre los hombros, y aquel rostro tuyo
hundido en un agua casi inmóvil.

Batir de hojas rugosas de amarillo,


aves de hollín. Otras hojas
ahora resquebrajan las ramas y se desprenden
turbulentas: el falso y el verdadero verde
de abril, aquel desencadenado sarcasmo
de un florecer seguro. Y tú ¿no floreces,
no aportas días ni sueños que asciendan
de nuestro más allá, no conservas tus ojos
infantiles, ni tienes ya tiernas manos
para buscar mi rostro que me huye?
Queda el pudor de escribir versos
íntimos o arrojar un grito al vacío
o en el increíble corazón que pugna
aún con su tiempo aniquilado.

EN UNA CIUDAD LEJANA

No apareció del cielo, sino que sobre el prado


de alga pálida del nórdico jardín
saltó inesperadamente un cuervo desde
las hojas ásperas: no era un símbolo en el verano
abrumado de lluvias y arcoiris: un cuervo
tan real como un acróbata en el trapecio
del Tívoli.
Frágil y artera imagen
incorporada al día que en nosotros acababa
con carruseles y ruedas de máquinas acuáticas
y estrofas de baladas
de marineros y el aullido de partida
de una nave que desplegaba furiosas
alas de espuma o lágrimas de mujeres
de los puertos.
Sonaba la hora en la extrema
costa de Europa, insistente, agitada
de inocencia.
El cuervo era aún un signo
feliz, igual que otros
cuando yo probaba mi mente en cada uno
de sus límites e imágenes, y contenia
un grito para acometer el mundo
inmóvil, maravillado de que yo
también pudiese gritar. Juego quizá, esperada
violencia- mas por un poco de ironía
todo se pierde, y más atemoriza la luz
que la sombra.
¿Esperabas una palabra
desconocida o mía? Luego, el cuervo dio la vuelta,
separó sus rápidas patas de la hierba
y desapareció en el aire de tu ojo verde.

Por un poco de ironía lodo se pierde.

DE SICILIA

QUÉ LARGA NOCHE

Qué larga noche con luna rosa y verde


a tu clamor entre azahares, si llamas
a una puerta como un enviado de Dios
de rocío empapado. «¡Abre, amor, abre!».
El viento arranca himnos y lamentos
desde los Hibleos y las cimas de las Madonías,
sobre tímpanos de grutas tan antiguas
como el agave o el ojo del bandida Y la Osa
aún no te abandona y aviva los siete
fuegos de alarma encendidos en las colinas;
y no te abandona el crujido de los carros
rojos de sarracenos y cruzados,
quizá la soledad, incluso el diálogo
con animales llenos de estrellas, el caballo
y el perro, la rana, las alucinadas
guitarras de las cigarras en la tarde.

MÁS ALLÁ DE LAS ONDULACIONES DE LAS COLINAS

La vida no te abandonó por cábalas


o híbridos emblemas del zodiaco, por sílabas,
y números ordenados para descubrir
de nuevo el mundo. Mas estuviste en prisión
midiendo, con la arena y la sangre,
los silencios, las voces de la muerte,
más allá de las ondulaciones de las colinas.

JUNTO A UNA TORRE SARRACENA,


PARA EL HERMANO MUERTO

Yo estaba como dentro de una clara


caracola de mi mar
y en su lejano sonido oía corazones
que crecían conmigo, latir
de un mismo tiempo. De dioses o de bestias, tímidos
o diablos: hostiles fábulas de la
mente. Tal vez las dispuestas
dentelladas de los sombríos
cepos para los zorros, lobos,
hienas, bajo la luna de rayos recortados
se dispararon para nosotros,
corazones de delicadas violetas, corazones
llenos de flores. Oh, no debieron crecer
o descender del sonido: el trueno tétrico
sobre el arcoiris de aire y de piedra
murmuraba al oído del mar una
infancia extraviada, herencia de ensueños
deshechos, en la berra de medidas
abstractas, donde cada cosa
es más fuerte que el hombre.

TEMPLO DE ZEUS EN AGRIGENTO

La muchacha sentada sobre la hierba alza


de la nuca sus cabellos agrestes y ríe
tras correr y extraviar el peine.
No habla de su color, si lo arrancó
la mano ardorosa que a lo lejos
saluda tras un almendro, si acabó
sobre el mosaico del ciervo griego, a la orilla
del río o en la acequia de espinos violetas,
Y ríe la locura de los sentidos, ríe
de continuo en su piel de canícula
meridiana de la isla,
y la bollante abeja zumba y asaeta
venenos y viscos* de abrazos infantiles.

Contemplamos en silencio este signo


de irónica mentira: y arde para nosotros
volcada la diurna luna y cae
con ruego vertical- ¿Qué futuro
puede leernos el pozo
dórico, qué memoria? El lento caldero
vuelve a ascender del fondo cargado de hierbas y de rostros
apenas conocidos.
Tú giras, antigua rueda de espanto,
tú, melancolía que dispones la jornada
en todo tiempo atenta, ¡qué ruina
provocas en milagros y angélicas imágenes,
qué mar arrojas a la luz escasa
de un ojo! El telamón está aquí, a dos pasos
del Hades (sofocante, inmóvil murmullo),
tendido en el jardín de Zeus, y se quiebra
su piedra coa paciencia de gusano
del aire: está aquí, juntura sobre juntura,
entre árboles eternos por una sola semilla.

*Traducimos literalmente este término que para el poeta podía tener tres
significados más prescisos: del latín viscus (liga para cazar pájaros),
muérdago
(de bayas viscosas) o una mimosácea {Acacia visce). (N, del T.)

CUANDO CAYERON LOS ÁRBOLES Y LOS MUROS

ALABANZA
29 de abril de 1945

HIJO
-¿Y por qué, madre, le escupes a un cadáver
cabeza abajo colgado, atado por los pies
a un madero? ¿Es que no sientes asco de los ot
que cuelgan a su lado? ¡Ah, esa mujer,
sus medias de macabro can-can,
su garganta y su boca de flores pisoteadas!
No, madre, detente: grítale a la multitud
que se vaya. No es queja, sino burla,
alegría: ¡ya se agarran los tábanos
a los nudos de las venas! Has disparado
sobre ese rostro, ahora: madre, madre, madre!
MADRE
-Siempre hemos escupido sobre los cadáveres,
hijo: colgados de las rejas de las ventanas,
del mástil de las naves, incinerados
por la Cruz, desgarrados por los mastines
por un poco de hierba en los linderos de los feudos.
Y ya sea por soledad o tumulto,
ojo por ojo, diente por diente,
después de dos mil años de eucaristía,
nuestro corazón ha deseado sajar
el otro corazón que el tuyo había sajado,
hijo. Te han arrancado los ojos, te han roto
las manos para que traicionaras un nombre.
¡Muéstrame los ojos, dame ahora tus manos:
estás muerto, hijo! ¡Porque tú estás muerto
puedes perdonar: hijo, hijo, hijo!

HIJO
-Este repugnante bochorno, este humo
de escombros, las gruesas moscas verdes
colgadas en racimos de los ganchos: la ira y la sangre
justamente chorrean. No por ti
ni por mí, madre: aún ojos y manos
me taladrarán mañana. Desde hace siglos
la piedad es el aullido del asesinado.

A LOS QUINCE DE PLAZA LORETO

Esposito, Fiorani, Fogagnolo,


Casiraghi, ¿quiénes sois? ¿Sois nombres, sombras?
Soncini, Principato, vosotros, apagados epitafios,
Del Riccio, Temólo, Vertemati,
Gasparini? ¿Hojas sois de un árbol
de sangre, Galimberti, Ragni,
Bravín, Mastrodomenico, Poletti?
Oh amada sangre nuestra, que no ensucia
la tierra, sangre que inaugura la tierra
en la hora de los fusiles. Sobre las espaldas
vuestras llagas de plomo nos humillan:
demasiado tiempo pasó. Cae muerta otra vez
de las fúnebres bocas, reclaman muerte
aún las extranjeras banderas en las puertas
de vuestras casas. Temen
de vosotras la muerte, creyéndose vivos.
No es la nuestra una guardia de tristeza,
no es vigilia de lágrimas en las tumbas;
la muerte no produce sombra cuando es vida.

AUSCHWITZ
Allá abajo, amor, en Auschwitz, lejos
del Vístula, a lo largo de la llanura nórdica,
en un campo de muerte: fría, fúnebre,
la lluvia sobre la herrumbre de los postes
y los revoltijos de alambre de las cercas:
ni árboles ni pájaros en el aire gris
o en nuestro pensamiento, sino inercia
y dolor que la memoria abandona
a su silencio sin ironía o ira.

Tú no quieres elegías, lirismos: sólo


razones de nuestra suerte, aquí,
tú, tierna a los obstáculos de la mente,
insegura ante una presencia
clara de vida. Y la vida está aquí,
en cada negación que certeza parece:
aquí oiremos llorar al ángel, al monstruo,
nuestras horas futuras
golpear el más allá, que aquí está, eterno
y en movimiento, no en una imagen
ensoñada, de posible piedad,
Y aquí las metamorfosis, aquí los mitos.
Sin nombres de símbolos o de un dios,
son crónica, lugares de la tierra,
son Auschwitz, amor. ¡De qué manera súbita
se mutaron en sombrío humo
los amados cuerpos de Alfeo y Aretusa!
De aquel infierno que se abría
con la blanca inscripción «El trabajo os hará libres»
salió con continuidad el humo
de miles de mujeres empujadas afuera,
al alba de los tugurios contra el muro
del tiro al blanco o ahogadas gritando
misericordia al agua con sus bocas
de esqueleto bajo las duchas de gas.
Tú las encontrarás, soldado, en tu
historia bajo formas de ríos, de animales,
¿o también eres tú ceniza de Auschwitz,
medalla de silencio?
Quedan largas trenzas encerradas en urnas
de cristal aún ceñidas por amuletos
e infinitas sombras de pequeños zapatos
y bufandas de hebreos: son reliquias
de un tiempo de sabiduría, de sapiencia
del hombre hecho a la medida de las armas,
son los mitos, nuestras metamorfosis.

Sobre los espacios en los que amor y llanto


y piedad se marchitaron, bajo la lluvia,
allá abajo, se rebelaba un no dentro de nosotros,
un no a la muerte, muerta en Auschwitz,
para no repetir, desde aquella fosa
de cenizas, la muerte.

A LOS HERMANOS CERVI, A SU ITALIA


En toda la tierra ríen hombres viles,
príncipes, poetas, que renuevan el mundo
en sueños, sabios de malicia y ladrones
de sabiduría. También ríen en mi patria
de la piedad, del corazón paciente, la solitaria
melancolía de los pobres. Y mi tierra es hermosa
en árboles y en hombres, en martirio, en figuras
de piedra y de color, de antiguas meditaciones.

Allí los extranjeros palpan con dedos de mercaderes


el pecho de los santos, amorosas reliquias,
beben vino e incienso bajo la plena luna
de las playas y en guitarras de reyes templan
cantos de volcanes. Durante años y años
aquí penetran armados, discurren por los valles,
a lo largo de las llanuras, con animales y ríos.

Aquí llora Polifemo en la noche dulcísima


aún con su ojo reventado por el navegante
de una lejana isla. Y el ramo de olivo arde siempre.

También aquí dividen en sueños la naturaleza,


visten a la muerte y ríen los enemigos
familiares. Algunos estaban conmigo en el tiempo
de los versos de amor y soledad, en los confusos
dolores de los lentos molinos y las lágrimas.
En mi corazón terminó su historia
cuando cayeron los árboles y las murallas
entre furias y fraternales lamentos, en la ciudad lombarda.

Mas yo escribo aún palabras de amor,


y también ésta es una carta de amor
a mi tierra. Escribo a Los hermanos Cervi
no a las siete estrellas de la Osa: a los siete campesinos
emilianos. Pocos libros tenían en el corazón,
murieron arrojando dados de amor en el silencio.
Filósofos soldados y poetas no sabían
de este humanismo de raza campesina.
El amor, la muerte en una fosa poco profunda de niebla.

Cualquier tierra querría vuestros nombres de fuerza, de pudor,


no para el recuerdo, sino para los días que se deslizan
lentos de historia, rápidos de máquinas de sangre.

A EPIGRAMAS

UN POETA ENEMIGO*

Sobre la arena de Gela del color de la paja


me tendía de niño a la orilla del mar
antiguo de Grecia con muchos sueños en los puños
cerrados y en el pecho. Allá Esquilo, desterrado,
midió versos y pasos desconsolados,
en aquel golfo abrasado el águila vio
y fue el último día. Hombre del Norte, que me quieres
ver, para tu paz, ínfimo o muerto, espera:
la madre de mi padre tendrá cien años
la próxima primavera. Espera: que yo mañana
quizá juegue con tu cráneo amarillo de lluvias.

* En las primeras ediciones aparecía dedicado este poema a


Giuseppe Marotta. (N. del T.)

DE LA RED DE ORO

De la red de oro cuelgan arañas repugnantes.

7. LA TIERRA INCOMPARABLE
(1955-1958)

Dico che i morti uccidono i vivi


(Eschilo, Coefore v. 886)*

*Digo que tos muertos matan a los vivos.


(Esquilo, Coéforas, v. 886)
Quasimodo no recoge esta cita de Esquilo en las primeras ediciones de
Tutte le poessie. (N. del T.)

VISIBLE, INVISIBLE

VISIBLE, INVISIBLE

Visible, invisible
el carretero al horizonte,
en brazos del camino, llama,
responde a la voz de las islas.
Tampoco yo voy a la deriva,
en tomo gira el mundo, leo
mi historia como guardián nocturno,
las horas de lluvia. El secreto tiene márgenes
felices, estratagemas, atracciones difíciles.
Mi vida, crueles y sonrientes habitantes
de mis caminos, de mis paisajes,
está sin manijas en las puertas.
No me dispongo para la muerte,
conozco el principio de las cosas,
el fin es una superficie en la que viaja
el invasor de mi sombra.
Yo no conozco las sombras.

LA TIERRAQ INCOMPARABLE

Hace tiempo que te debo palabra de amor


o acaso son aquellas que cada día
huyen con rapidez apenas pronunciadas
y la memoria las teme, pues que muda
los signos inevitables en diálogo,
enemigo frontal del alma. Quizá
el retumbar de la mente no permite que oiga
mis palabras de amor o el miedo
al eco arbitrario que desenfoca
la imagen mis débil de un sonido
cordial: o tocan la invisible
ironía, su naturaleza de segur,
o mi vida ya cercada, amor.
O acaso sea el color que las deslumbra
si chocan con la luz
del tiempo que te afectará cuando el mío
no pueda más llamar amor oscuro
amor ya llorando
la belleza, la ruptura impetuosa
con la tierra incomparable, amor.

HOY, VEINTIUNO DE MARZO

Hoy, veintiuno de marzo, entra Aries


en el equinoccio y golpea su
cabeza varonil contra árboles y rocas,
y tú, amor, apartas
a sus golpes el viento del invierno
de tu oído inclinado
sobre mi última palabra. Flota
la primera espuma sobre las plantas, pálida,
casi verde y no rechaza.
la advertencia. Y la noticia se propaga
hasta las gaviotas que se encuentran
entre los arcoiris: brotan
lloviendo su lenguaje
de salpicaduras que resuenan
en las grutas. Tú ocultas su chillido
a mi lado, abres el puente
entre nosotros y las ráfagas
que la naturaleza prepara en el subsuelo,
en un relámpago desposeído de sabiduría,
superas el despuntar de los brotes.
Ahora la primavera no nos basta.
DE LA NATURALEZA DEFORME

De la naturaleza deforme la hoja


simétrica escapa, el ancla ya
no la sostiene. Ya invierno, no invierno,
con una hoguera humea al lado del Naviglio.
Alguien puede traicionar
ese fuego nocturno, puede negar
por tres veces la tierra. Qué fuerte es
la reladón, si aquí, desde hace años, qué años, contemplas
las sucias estrellas flotando en los canales
sin repugnancia, si amas a alguien
de la tierra, si cruje
la madera fresca y arde la geometría
de la hoja rugosa calentándote.

UN ARCO ABIERTO

La tarde se hace añicos en la tierra


con tronar de humo y el buho
canta el tú, sólo dice
el silencio. Las altas islas, oscuras,
aplastan la mar, sobre la playa
la noche penetra en las caracolas.
Y tú mides el futuro, el principio
que no perdura, divides con lenta
fractura la suma de un tiempo ya ausente.
Como la espuma se abraza
a los peñascos, así pierdes el sentido del transcurso
impasible de la destrucción.
No sabe de la muerte mientras muere
el canto cerrado del buho, intenta en torno
su caza amorosa, mantiene
un arco abierto, revela su
soledad. Alguno vendrá.

UN ÁNFORA DE COBRE

Las púas de las chumberas


sobre el seto, tu blusa azul
y nueva rasgada apenas, un dolor
ahondado en el centro del corazón,
acaso en Lentini, cerca del pantano
de Iacopo, notario de anguilas
y de amores. Qué nos dice
la tierra, el silbo de los mirlos
escondidos en el hambriento mediodía
de una fruta dura de semillas
violáceas y ocres. Tus cabellos
derramados sobre tus orejas
que ahora ya no escuchan, cabellos
de acuarela, de color desteñida
Un ánfora de cobre en una puerta
brilla con gotas de agua
e hilos rojos de hierba.

AL PADRE

Donde sobre aguas violáceas


se hallaba Mesina, entre cables rotos
y escombros, caminas a lo largo de los rieles
y agujas con tu gorro de gallo
isleño. El terremoto hierve
desde hace tres días, es un diciembre de huracanes
y mar envenenado. Nuestras noches caen
en los vagones de mercancías y nosotros, ganado infantil,
contamos sueños polvorientos con los muertos
destrozados por los hierros, mordisqueando almendras
y ristras de manzanas secas. La ciencia
del dolor puso verdad y hojas de cuchillos
en los juegos de las llanuras de malaria
amarilla y calentura inflamada de fango.

Tu paciencia
triste, delicada, nos robó el miedo,
lección fue en días unidos a la muerte
traicionada, el oprobio de los ladrones
atrapados entre escombros y ajusticiados en la oscuridad
por la fusilería de los desembarcos, cuenta
de números bajos que volvía a ser exacta,
central, un balance de vida futura.

Subía y bajaba tu gorro para el sol


por el poco espacio que siempre te concedieron
También a mí me lo regularon todo,
y he llevado tu nombre
un poco más allá del odio y de la envidia.
Aquel color rojo sobre tu cabeza era una mitra,
una corona con alas de águila.
Y ahora, en el águila de tus noventa años,
he querido hablar contigo, con tus señales
de partida coloreadas por el farol
nocturno, y aquí desde una rueda
imperfecta del mundo,
sobre una inundación de muros cerrados,
lejos de los jazmines de Arabia,
entre los que aún tú estás, para decirte
lo que en tiempos no pude —difícil afinidad
de pensamientos— para decirte, y no nos escuchan
cigarras del Biviere, ágaves y lentiscos,
como el campesino dice a su patrón:
«Beso sus manos»*. Nada más esta
Oscuramente fuerte es la vida.

*En el original, exppresión en dialecto siciliano.


(N. del T.)
LAS TUMBAS DE LOS SCAGLIERI

Ahora que los héroes son fósiles sutiles


en los museos de historia -soldado, abeja soldado
muerto en los límites de la verdad- y el hombre
prueba a ser un héroe de astucia e injusticia,
y de uno en uno van fijando los siglos
en fichas y módulos de cotidiana gloria,
los estigmas de Cristo y de Anticristo,
regreso y saludo tu túmulo, Cangrande
della Scala, aunque tu cuerpo intacto
se esfumó en el aire y en el Adige en polvo
violáceo y principesco. Tú, entre el icono
de geranios del callejón de los Moros
y las blancas tiendas de los merceros
alzado sobre el suelo, eras
una armadura sin lluvia y sin barro
que se arranca a la piedra dura. También
mis padres, durante milenios, subieron
a lo alto sus muertos para esconderlos
en las cuevas, como colmenas, de Pantálica.
Más cerca del cielo, Cangrande, en la resplandeciente
quimera de los astros, más lejos
deja tierra que el hombre, vivo o muerto, teme.

UN GESTO O UN NOMBRE DEL ESPÍRITU

Vida pirata, has alzado el gran pavés


entrando en mi mar para dispersar
y ensangrentar, bajo el filo de tu hacha
guerrera, esperanzas,
identidad entre sueño y día
visible. Y desaparecieron el saltamontes
de las amapolas y el lirón colgado de las hayas,
el instrumento de cuerda y la lira para el canto
vocal de los aedos, pero no los mitos
protectores del pensamiento. Y el amor
cortés por largo tiempo fue vocablo, burdos
caprichos, furores. Yo contemplo desde una colina
de toba y caracoles, y vaga por la mar
mi mirada infantil a causa del rencor.
Me has arrancado todo tipo de primogenitura
acampado debajo de mi alma.
Pero aunque tú hubieses hecho el saludo
de un encuentro feliz con tu gesto
a mis piedras, a los animales, a los árboles,
ni una sola, íntima palabra habría cambiado
de mi ayer o de mi mañana. Ni siquiera tú
decides un gesto o un nombre del espíritu,
grosero pirata
de sapiencia, locura inagotable.
AÚN EL INFIERNO

EL MURO

Contra ti alzan un muro


en silencio, piedra y cal, piedra y odio,
cada día desde lugares más elevados
bajan la plomada. Los albañiles
son todos iguales, pequeños, de rostro
sombrío, maliciosos. En el muro
graban opiniones sobre los deberes
del mundo, y si la lluvia los borra
los escriben de nuevo, aún con trazos
más amplios. De vez en cuando alguno
cae de los andamios y enseguida otro
le remplaza en su puesto. No visten monos
azules y hablan una jerga alusiva.
Alto es el muro de roca,
en los huecos de las vigas ahora se deslizan
salamanquesas y escorpiones, cuelgan negras hierbas.
La oscura defensa vertical evita
desde un único horizonte los meridianos
de la tierra, y el cielo no lo cubre.
Al otro lado de este reparo
tú no pides gracia ni desorden.

EN ESTA CIUDAD

La máquina que tritura los sueños


también se encuentra en esta ciudad: con una ficha
oportuna, un pequeño disco de dolor,
enseguida te lleva, al más allá, en esta tierra,
desconocido en medio de sombras delirantes,
sobre algas de fósforo hongos de humo:
un carrusel de monstruos
que gira sobre conchas
que pútridas se quiebran y resuenan.
Está en un bar que hace esquina, allá a la vuelta
de los plátanos, aquí en mi ciudad
o en otro sitio. Ánimo, que ya se pone en marcha.

AÚN EL INFIERNO

No nos diréis gritando una noche


por los megáfonos, una noche
de azahar, de nacimientos, de amores
apenas iniciados, que el hidrógeno
en nombre del derecho abrasa
la tierra. Los animales y los bosques se funden
en el Arca de la destrucción, el fuego
es visco sobre los cráneos de los caballos,
en los ojos humanos. Luego, a nosotros los muertos
dictaréis, vosotros los muertos, nuevas tablas
de la ley. En el antiguo lenguaje
otros signos, perfiles de puñales.
Balbucirá alguno sobre escorias,
lo inventará todo de nuevo
o nada en la suerte uniforme,
el murmullo de las corrientes, el crepitar
de la luz. No dictaréis
la esperanza, vosotros muertos, a nuestra muerte
en los embudos de fango hirviente,
aquí en el infierno.

NOTICIA DE SUCESOS

Claude Vivier y Jacques Sermeus,


en tiempos companeros de infancia entre los altos muros
de un orfanato, fríamente
a tiros de pistola, sin razón
alguna, mataron a dos amantes jóvenes
en un coche estacionado en el parque de Saint-Cloud
en la avenida de la Felicidad,
al caer de la tarde,
el veintiuno de diciembre
de mil novecientos cincuenta y seis.
Claude Vivier dice que fue un delito
de poco provecho, y pide, negra araña
y pájaro, antes de que lo guillotinen
la celda de Landrú o Weidmann
en la prisión de Versalles. Los dos
muchachos son inteligentes y duros.
Es necesario salvar los estímulos
civiles, la alegre soledad
de la caverna, antiquísimos
latinos. Envidia del amor, odio
a la inocencia: fórmulas del alma.
La esperanza tiene siempre el corazón en un puño,
y aún tendremos otros Claude, otros Jacques
si no llevamos la cuenta, el cierre
de oro entre el debe y el haber del hombre.

CASI UN EPIGRAMA

El contorsionista en el bar, melancólico


y bohemio, se levanta de golpe
de un rincón y nos brinda un breve
espectáculo. Se quita la chaqueta
y en jersey rojo arquea la espalda
hacia atrás y agarra como un perro
un pañuelo sucio
con la boca. Por dos veces repite
su descamisado puente y luego se inclina
con su placo de plástico. Nos desea
con ojos de hurón
que tengamos fortuna en las quinielas y desaparece.
La civilización del átomo se halla en su apogeo.

LOS SOLDADOS LLORAN DE NOCHE

Ni la Cruz ni la infancia bastan,


ni el martillo del Gólgota, ni la angélica
memoria, para desarraigar la guerra.
Los soldados lloran de noche
antes de morir, son fuertes, caen
a los pies de las palabras aprendidas
bajo las armas de la vida.
Números amantes, soldados,
anónimos aguaceros de lágrimas.

DE GRECIA

DE NOCHE SOBRE LA ACRÓPOLIS

Una noche, en Atenas, en el mar blanco


de 1a Acrópolis, la lechuza dijo Atenea,
No fue un reclamo maligno, la luna
demasiado blanca, el granito dura espuma;
y el olivo cercano al Erecteion
componía oblicuos triángulos ondulados,
escarabajos en movimiento. Cantó la lechuza
sobre la mar, fresca y feliz. Animaban
las columnas bestias de sangre blanca
en los rustes. Pájaro absorto
la lechuza y da vueltas a sus meditaciones*,
una elipse melódica con su pico
rundido y perfecto. El guía decía
desde su ondulación lunar
que en el centro del Partenón,
el estallido de un polvorín turco
dañó la armonía de los volúmenes,
hablaba de la caída de Palas Atenea,
del advenimiento de María
Virgen Madrt, hija de su hijo.**
sobre el cuerno de madera de la amarilla lechuza.
* Literalmente, rueda meditaciones. El poeta hace referencia al
movimiento
giratorio de la cabeza de la lechuza.
** Dante, Paradiso, XXXIII, 1 (N. del T.)

MICENAS
En el camino de Micenas, arbolado
de eucaliptos, puedes hallar queso
de oveja y vino resinoso «A la belle
Hélène de Ménélas», una hostería
que aparta el pensamiento de la sangre
de los Atridas. Tu palacio, Agamenón,
es cubil de bandidos bajo el monte
Zara de piedra, no arañado
por raices y a pico sobre barrancos
retorcidos. Los poetas hablan mucho
de ti, de la invención del delito
en tu morada de crisis,
del fúnebre furor de Electra,
que alimentó a lo largo de diez años
con el ojo del sexo al hermano lejano
para el matricidio, hablan los diabólicos
de la lógica de la reina,
la mujer del soldado ausente
Agamenón, memoria y espada traicionadas,
Y sólo tú te has perdido,
Orestes, tu rostro desapareció sin
máscara de oro. A los leones de la puerta,
a los esqueletos de escénica armonía,
alzados por los filólogos de las piedras
mi saludo de griego siciliano.

SIGUIENDO EL ALFEO

Los acordes de la tierra,


el son de la arcilla,
los herrumbrosos juncos, las hojas pequeñas
y verdes en las orillas del Alfeo,
hacia Olimpia de Zeus y de Hera,
pero, más que todo consenso, las señales en una
ruina obstinada, lo absurdo
de oscuros litigios: despojos, después,
de negaciones defendidas como vida,
Y no importa la armonía de las aguas,
Alfeo, eres manso, silencioso, aquí
en la Elide; sobre los guijarros cabrillea
un sol de crisálidas
que, al parecer, se pondrá con astucia,
tan larga es su fuga. No busco
sino disonancias, Alfeo,
algo más que la perfección.
Ojalá pudiese desviar ahora de Olimpia,
del entramado de los pinos, formas aún
rechazadas por la muerte, traspasar
el arco cerrado que conozco. Una puerta
que forzar, Olimpia, sabio lugar
de veraneantes, el salto de un ladrón
sobre el caballo del frontón basta, el más
fogoso. No busco un lugar de la infancia,
y siguiendo dentro del mar el rio,
antes de su desembocadura en Aretusa,
anudar la cuerda
rota de la arribada.
La prolongación sosegada e indistinta,
Olimpia, como Zeus, como Hera.
Miro tu cabeza que resalta del verdor
como una luna de paja encendida.

DELFOS

Una planta, no laurel


o mirto, tallo
y hojas comunes donde se injerten
alma y textura por metamorfosis
que probará la muerte,
no la hay tan siquiera en Delfos.
Y ni laurel hay para el oráculo,
ni el antro para invocarlo. El sol sopla
y baja del Parnaso para descomponer
el centro del mundo. Castalia gotea
tibia en los labios del turista
y el vendedor de agua mineral ríe
cerca de la fuente con dos estatuillas
votivas enmohecidas. Pero en el primer
escalón del templo, si te conoce,
Febo alza el arco y dispara derecho al tendón,
oculto bajo el hueco de piedras
donde las sierpes sagradas abren paso a sus crías
Y ya no sabes si la inmovilidad es vida
y muerte el movimiento. Aquí, por siempre, parte
sobre el estadio, desde las grietas telúricas
de montes con curvas afiladas por la luna,
el plebeyo auriga con la frente baja
y el ojo de langosta esmaltada

MARATÓN

El lamento de las madres en Maratón,


el grito de las visceras del pueblo
no fue oído por nadie. Grecia
era libre. Es libre Grecia.
Maratón es un lugar de soldados
no de sortilegios, aquí no se levanta templo
ni ara. Su túmulo está intacto, desde arriba
se divisa Eubea. El gusano de la historia
todo lo reconcilia en el terreno,
aquí la estela 7 en la tierra yelmos y espadas;
aunque Maratón ya no sea Maratón,
el hombre de la llanura de Argos vive
entre muros como garitas de centinela.

MINOTAURO EN CNOSSOS

Los jóvenes de Creta tenían la cintura


estrecha y las caderas redondas. El Minotauro
bramaba en el laberinto también por ellos.
Sabiduría, Ariadna, de los sentidos de Pasifae,
que espumó imágenes bestiales con el toro
brotado como Venus de la mar.
Pero el arte, los utensilios del hombre, los signos
refinados de una vida civilizada,
son vuestros, cretenses, no hay muerte.
Mas ya no hay nadie que acuchille
al monstruo en Cnossos, y en el mercado
de Heraklion, confuso y sucio de Oriente,
nada existe que se asemeje
a la Grecia de antes de Grecia.

ELEUSIS

Un general ha levantado en Eleusis


una torre de cemento y plomo
con un reloj que de noche pulsa
las cifras de los misterios. Desde su órbita
la hora produce un vulgar torbellino, gris,
sobre la piedra en la que, cadenciosa, lloraba
la página fúnebre, la apariencia
monótona de los muertos. El caudillo solitario
hollaba Eleusis,
los cestos de mimbre llenos de símbolos
robustos, fecundos en aullidos humanos,
hundiendo el hocico entre las perlas negras,
en la arcada invisible del Hades.
Allá Esquilo le decía a Hécate lunar:
¿Hay algo bueno,
existe algo libre de mal?

PREGUNTAS Y RESPUESTAS
A LA NUEVA LUNA

En el principio Dios creó el ciclo


y la tierra, luego en su día
exacto colocó los astros en el ciclo
y al séptimo día descansó.

Después de billones de años el hombre,


hecho a su imagen y semejanza,
sin nunca descansar, con su
inteligencia laica,
sin temor, en el cielo sereno
de una noche de octubre,
colocó otras luminarias iguales
a aquellas que giraban
desde la creación del mundo. Amén.

UNA RESPUESTA

Si en la memoria arde el ancla de Ulises...


Si aquí, en la orilla del mar de Acis, entre barcas
con el ojo negro en la proa contra la mala
suerte, yo pudiese de la nada del aire,
aquí, de la nada que chirría de golpe y engancha
como el arpón del pez espada,

de la nada de las manos que se transforman


como Acis, formar viva de la nada
una hormiga y empujarla al cono
de arena de su laberinto, o un virus
que proporcione continua juventud a mi
más fiel enemigo,
quizá entonces sería semejante a Dios —

en la misma firmeza de la vida


y de la muerte no contrarias:
ola aquí y lava, larvas
de la luz de esta ya futura
clara mañana de invierno -respuesta
a una pregunta de naturaleza y angustia
que brilla sobre un número miliar,
el primero del tórrido camino
que penetra en el más allá.

OTRA RESPUESTA

Pero ¿qué queréis, piojos de Cristo?


Nada acaece en el mundo y el hombre
abraza aún la lluvia con sus alas
de cuervo y grita desarmonía y amor.
Para vosotros no falta sangre
desde la eternidad. Sólo la oveja
se doblegó a su regreso con la cabeza
rapada y los ojos de sal.
Pero no pasa nada. Y es ya musgo
la crónica en los muros de la ciudad
de un archipiélago lejano.

DOS EPÍGRAFES

Estos dos epígrafes fueron publicados pot vez primera en la 8ª edición de


Mondadori (Tutte le poesie). El Epigrafe per i Caduti di Marzabotto fue
colocado
el 3 de octubre de 1954 en la base del «Faro del Martirio», levantado en
un
promontorio cerca de Marzabotto. (N. del T.)

EPÍGRAFE PARA LOS CAÍDOS


DE MARZABOTTO, 1954

Ésta es memoria de sangre,


de fuego, de martirio,
del más vil exterminio de un pueblo
perpetrado por los nazis de Von Kesserling
y por sus soldados mercenarios
a las últimas órdenes de Salò
para ahogar las acciones de guerra partisana.

Los mil ochocientos treinta del altiplano


fusilados y quemados
gracias a una oscura crónica campesina y obrera
se inscriben en la historia del mundo
con el nombre de Marzabotto.
Terrible y justa es su gloria:
señala a los poderosos las leyes del derecho
el civil consenso
para gobernar también el corazón del hombre,
no pide pesar o ira
sino honor de armas libres
ante las montañas y los bosques
en los que el Lobo y su brigada
derrotaron en muchas ocasiones
a los enemigos de la libertad.

Su muerte cubre un espacio inmenso,


en el que hombres de todas las tierras
no olvidan a Marzabotto,
su episodio feroz
de barbarie contemporánea.

EPÍGRAFE PARA LOS PARTISANOS


DE VALENZA, 1957

Esta piedra
recuerda a los partisanos de Valenza
y a aquellos que lucharon en su tierra,
caídos en combate, fusilados, asesinados
por los alemanes y por los gregarios de las precarias
milicias italianas.
Su número es grande,
Aquí los recordamos, uno a uno, tiernamente
llamándolos con sus nombres juveniles
para siempre.
No maldigas, eterno extranjero, en tu patria,
y tú, saluda, amigo de la libertad.
Su sangre todavía está fresca, silencioso
su fruto.
Los héroes se han transformado en hombres: suerte
para la civilización. De tales hombres
no quede nunca pobre Italia.

8. DEBE Y HABER
(1959-1965)

DEBE Y HABER

DEBE Y HABER

Nada me das, no das nada


tu que me escuchas. La sangre
de las guerras se ha secado,
el menosprecio es un deseo puro
y no provoca un gesto
digno de un pensamiento humano,
a excepción de la hora de piedad.
Debe y haber. En mi voz
al menos hay un signo
de geometría viva,
en la tuya, una concha
muerta con fúnebres lamentos.

VARVÀRA ALEXANDROVNA

Seca rama de abedul golpea


con su verdor interno en una ventana giratoria
de Moscú. De noche Siberia desata un viento
brillante sobre el vidrio de espuma, una trama
de abstractas cuerdas en la mente. Estoy enfermo
soy yo quien puede morir en cualquier momento;
yo mismo, Varvàra Alexandrovna, que das vueltas
por las habitaciones del Botkin, con las zapatillas de fieltro
y los ojos presurosos, enfermera de la suerte.
A la muerte no tengo miedo
como no he tenido temor a la vida.
O pienso que es otro el que aquí está tendido.
Quizás, si no recuerdo amor, piedad, la tierra
que desmorona la inseparable naturaleza, el lívido
son de la soledad, puedo desprenderme de la vida.
Quema tu mano nocturna, Varvàra
Alexandrovna; son los dedos de mi madre
los que me aprietan para dejar una gran paz
bajo la violencia. Eres la Rusia humana
de los tiempos de Tolstoi o Majakovski,
eres Rusia, no un paisaje de nieve
reflejado en un espejo de hospital;
eres una multitud de manos que buscan otras manos.

SÓLO CON QUE AMOR TE HIERA

No olvides que vives en medio de los animales,


los caballos, los gatos, las ratas de alcantarilla
oscuras como la mujer de Salomón, terrible
campo con banderas desplegadas;
no olvides al perro con su lengua y su cola
de armonías de lo irreal, ni al lagarto, al mirlo,
al ruiseñor, a la víbora, al abejorro. O te place pensar
que vives entre hombres puros y mujeres
virtuosas que no sienten
el croar de la rana en celo, verde
como la más verde rama de la sangre.
Los pájaros te contemplan desde los árboles y las hojas
no ignoran que la Mente ha muerto
para siempre, su reliquia sabe a cartílago
quemado o a plástico corroído; no olvides
ser sinuoso y hábil animal
que ardoroso violenta y todo aquí lo quiere
sobre la tierra antes del último grito
cuando el cuerpo es cadencia de acartonados recuerdos
y el espíritu al fin apremia eterno:
recuerda que puedes ser el ser del ser
sólo con que el amor te hiera feliz en las entrañas.

UNA NOCHE DE SEPTIEMBRE

Timor mortis conturbat me?*


Hueco tambor resuena
en la noche extranjera
sobre los nudos de la sangre. Caen cuervos
entre la nieve heridos por un tenue
disparo. Y de repente mi cuerpo
sube a un naranjo erguido
sobre el mar Jónico. Pero estas aquí, al final,
signo alguno impide la entrega
del espíritu, a solas escuchas
lejanos pensamientos, los últimos
en suspenso bajo una bóveda gótica,
¿En qué lugar las sombras subterráneas?
Se parece a sí misma la muerte:
una puerta se abre, se oye un piano
en la pantalla en el corredor con cortinas
de los narcóticos. Penetra en la mente
un diálogo con el más allá,
de sílabas en volutas que envuelven
requierris sobre curvas de sombra;
un sí o un acaso involuntaria
No le debo a la tierra confesiones,
ni siquiera a ti, muerte, más allá de tu
puerta abierta sobre el video de la vida.

* Reproduzco aquí la nota del critico inglés Frederic J. Jones: Las


palabras latinas que abren el poema están tomadas del Responsorium a la
Lectio VII del Officium Defunctorum del Misal. La Lectio deriva de Job,
I7; versículos 1-15, con el versículo 16, que sigue inmediatamente al
Responsorium cuyo texto es:

Paccatem me quotidie, et non me poenitentem


timor mortis conturbat me?

Por cuanto podemos saber estas palabras del Officium Defunctorum no han
sido
reproducidas como cita o estribillo en ningún otro poema italiano,
francés o alemán. Por el contrano, en la literatura inglesa o escocesa,
aparecen como título y estribillo en John Lydgatc (¿1370?-¿ 1450?) y en
William Dunbar (1450-1520). El primer verso del poema de Lydgate que
reproduce el citado verso es: "So as I lay this othir night...", mientras
que la poesía de Dunbar se titula tradicionalmente A Lament for the
Makeris, y el último verso de cada uno de los cuartetos consiste en las
palabras citadas del Responsorium" [Nota de S. Quasimodo]
A LO LARGO DEL ISAR

a Annamaria Angoletti

Todavía una ciudad extranjera: friable


la tarde, dunas las casas en el alga
de la luz sobre cada quilla de neón
y me respondo como
si el Isar fuese un rio de mi isla.
Alguien canta en las cervecerías
con la guitarra no sé si hastio o ira.
Se invierte el rayo de la mente, busca
escabrosos perfiles de mi historia
donde pisoteo cuanto más desea
Descienden hacia la orilla callados reclutas
del domingo. Pero ¿dónde redoblan
tus tambores, amor? Aquí la lluvia
se deshace, flota en las reverberaciones
y yo pienso en ti que escuchas,
como desde árboles inmensos, desacordes,
lágrimas, volubles ecos, residuos
de meditaciones dentro de mi cuerpo
y el rumor de la muerte en su arco
continuo y mi pregunta absoluta
que se cierra. Ser como podría ser.
El viento alza lúcidos remolinos grises
del agua: aquí mañana
diré mi corazón a gente de Baviera
y tú sabes que te hablo a ti sobre el Naviglio
de derrotados paisajes, de apariencias
del futuro que envidio en la tierra.

DESDE LAS ORILLAS DEL BALATÓN

En Balatonfüred un tilo joven


lleva mi nombre. Se entreabren en corazón
las hojas a lo largo de las orillas lejanas
de la patria. Cada año mi amigo Szabó
(le decía a él una noche en el Danubio
los versos del griego Diodoro de Sardes
sobre Esquilo que reposa al lado de las blancas
aguas de la siciliana Gela para envidia
de los hombres de Atenas) cuando llega
el verano me recuerda desde su lago
mis días en Hungría con dos hojas
de árbol, sombras que llegan frescas
aún de venas a la tierra lombarda.
Crece el tilo en sus hojas de verde calendario.
Apenas se acrecienten en él aves
acuáticas y, bajo las ramas, garrafas
de Tokay, inclinados sobre hules a cuadros
rojos y azules, beberán los veraneantes,
inesperadamente un altavoz
vacio de sonidos
dirá mi nombre libre desde el más allá.
Como un slogan de ráfagas de lluvia.

TOLLBRIDGE

A un sol de salitre gris de mistral


las gaviotas de Tollbridge
le chillan bajo el arco de hierro de Sognefiord
que repite proyectos de fugas
en el aire que alancea sutiles
armaduras. El norte asalta las islas
de piedra bárbara, azuza a sus monstruos
con imágenes reales, exprime el zumo
de los manzanos en su
largo día nocturno. Luz
uniforme sobre los colores de las casas de madera
y los setos de alambre erizados de púas.
(Cuánto de mi futuro puedo contar
sobre la pantalla de siglas
impasibles, de apariencias!
Desde esta eterna contaminación,
en un espacio de peñascales, de árboles
noruegos, no grito de miedo
a la naturaleza que se precipita
mientras busco un tiempo sin forma.

LA IGLESIA DE LOS NEGROS EN HARLEM

La iglesia de los negros en Harlem


está en el primer piso de una casa y parece
un atelier. Se entra como para comprar
un fetiche o un recuerdo sagrada
El lugar tiene un altar decorado
como ciertos dulces del Sur; con redondas
manchas rojas, azules y amarillas.
El sacerdote ruega en silencio
con los ojos blancos a las muchachas de piel
negra que entrarán en trance
en la angustia de un Dios cristiano. Una, dos,
influidas por el soplo invisible danzan
salvajemente, se arrojan hacia el este y el oeste,
crucificadas legítimas, vencidas y vencedoras,
sostenidas por su alma enajenada.
Las obsesas cantan, Dios las mira
desde nubes barrocas en el olor de velas humanas
encendidas de esperanza y dolor.

CABO CALIAKRA

A lo largo de la Dobrugia búlgara sobre calles


de arcilla y estrechas hendiduras de rocas
de muertos fiordos, al filo del Mar Negro,
al lado de la torre de un faro militar,
se desploma el granito de Caliakra.
Las formas nacen del agua como medias lunas
turquesas. Se escabullen las focas, se revuelven,
desaparecen a oleadas en la espuma
que hierve. No atiendo a leyendas ni a mitos
de un mundo de razas perdidas
de marineros y corsarios. Aquí
es posible distinguir lo interno de lo externo,
hacer uso de la mente más allá del paisaje
feroz, oír el rumor de una bomba de agua
o ladrar un perro hostil, tomar una flor
cortada por el viento, rechazar la disonancia
de una rima, ajenos al farol
que inicia sus intentos de débil fuego.
El tiempo no ha acabado, nadie me habla
de los juegos de la naturaleza, de los equilibrios,
de las leyes. Ni siquiera tú, Caliakra, acantilado
de gaviotas, de focas entregadas a la alta costa.

EL SILENCIO NO ME ENGAÑA

El temblor indirecto
de la campana de San Simpliciano
se concentra en los cristales de mi ventana.
El sonido no tiene eco, forma un círculo
transparente, me recuerda mi nombre
Escribo palabras y analogías, intento
diseñar la posible relación
entre vida y muerte. El presente está fuera de
y sólo en parte podrá asumirse.
El silencio no me engaña, la fórmula
es abstracta. Cuanto debe venir, aquí está,
y de no ser por tí, amor,
ya tendría el futuro ese eco
que no deseo escuchar y que vibra
seguro como insecto en la tierra.

GLENDALOUGH

Los muertos de Glendalough


bajo las cruces celtas miran desde un montón
cargado de nubes negras
y leves. Dicen que huyen de la primavera,
escuchan lentamente los chaparrones
de lluvia y las sombras de los cuervos
que cruzan y persiguen allí arriba palabras
blancas de poniente. Son amigos
estos muertos de las torrenteras,
compañeros de la mar que más allá
se arquea de tormentas y engasta
las olas en la luna. Los nombres de los celtas
son de sobresalto y engañosos estruendos.
Cerca de un torrente, bajo el sol,
no habrá ni tormenta ni el romántico
crepúsculo del mediodía,
y sólo un cuervo graznaba
desde el cielo, recordando a una Mujer bellísima
muerta de amor en el convento de Kevin
el del techo de embudo.

BALLESTEROS TOSCANOS

Vestidos con deslumbrantes brocados, los ballesteros


en la plaza de la ciudad toscana,
sin victoriosos tambores,
prueban la suerte de acertar en la diana
con una flecha medieval. Los muchachos
tensan con fuerza la cuerda de la ballesta
y lanzan las armas con ansiedad de amantes.
Con rapidez repiten el sortilegio.
Contigo estaba, amor, con los disparos
en el blanco, en el espacio
de la luz meridiana, el hastio
de la espera para aquellos siervos de una guerra
antigua, nos dijeron que no muere el hombre,
es un soldado de amor de la victoria continua.

EN EL CEMENTERIO DE CHISWICK

Resonancias de mirtos
en el verde recinto de los muertos
antiguos, en el que Foscolo reclinó su cabeza
dentro de un sarcófago, en un tiempo de amor
por los ingleses. Su lápida
lleva la fecha del nacimiento y de la muerte. Enfrente
en la curva de la calle, se bebe cerveza
fuerte en un pub de madera
con nórdico tejado. Una rueda gira,
golpea un viejo con un martillo en una mesa.
El amor por las sombras foscolianas se encuentra más aquí
que en Santa Croce, incluso en la armadura
del exilio. Los tímidos verdugos lombardos
templaban hachas y astas, medían
al hombre sobre los marcos de las puertas
como un objeto útil para las armas.

LOS MAYAS DE MÉRIDA

La lluvia en Mérida cae cálida


y oscura sobre los Mayas, fuera de loa pórticos
con sílabas salobres. Gente
de llantos milenarios,
de civil ambición. Hombres pequeños
encogidos en sus hombros apesadumbrados,
Están delante de las tiendas
de helados y de tortas sintiendo el olor
de los fritos aceitosos entre papeles de viejos
periódicos y mondas de frutos tropicales,
Vetustos, desechados, irónicos o grotescos
como las esculturas enanas
que están en las esquinas y en los portales
de las iglesias románicas. No retornarán más
con los hombres, arrojados a una apatía
infinita. Nunca más; disipados, llagados,
relatan sus sueños durmiendo sobre los viejos
bancos de los jardines públicos
dentro de las iglesias durante la misa, cómodos
en sus desenfadados harapos. América,
España, los miran en ese sur putrefacto
mientras se quebrantan en los esqueletos como dioses de muerte.

PALABRAS A UN ESPÍA

Hay un espía que escribe versos


de amor en mi ciudad. Sus pies
se suben a lo largo de los escaparates,
las aceras de esperanza.
Te arrastrabas en tiempos
sobre el rostro de tus muertos,
aquellos que se clavaban en los muros
por una palabra tuya afable y secreta
de los manuscritos de los poetas primitivos.
Los espías no pueden escribir versos,
lo sabes, ni beber vino con los amigos,
ni decir palabras al corazón de nadie.
La tierra es rápida, no tiene raíces,
conozco tu nombre, del Norte o del Sur,
y temes la decadencia del hombre.
La tuya era deliberada, como pisoteada bandera
o caballo despanzurrado por golpe necesaria
Escribes versos de amor, de sueños, dices,
contrarios a la angustia.
¡Ah no, potencias subterráneas!
¿Vosotras o quién? En el Día del Juicio
dejad que su larva penda
de un hilo de araña nuevamente viva

POEMA DE AMOR

El viento vacila exaltado y lleva


hojas sobre los árboles del Parque,
ya está la hierba en torno
de las murallas del Castillo, las barcazas
de arena discurren por el Naviglio Grande
Irritante, desquiciado, es un día
que regresa del hielo como otro cualquiera,
prosigue, anhela. Pero estás tú y no nenes límite:
fuerza entonces a la muerte inmóvil
y dispón nuestro lecho de vivos.

NO HE PERDIDO NADA

Aún estoy aquí, el sol gira


detrás como un halcón y la tierra
repite mi voz en la tuya.
Y vuelve a comenzar el tiempo visible
en el ojo que de nuevo descubre la luz.
No he perdido nada.
Perder es ir mas allá
de un diagrama del cielo
a lo largo de movimientos de sueños, un río
lleno de hojas.

EN LA ISLA

Un alcor, los símbolos


del tiempo» el espejo continuo
inmóvil de la mente,
se escuchan a sí mismos, esperan
la respuesta futura. Nuestra hora
se desprende inadvertida, rayo afilado
en laberinto armónico.

Es marzo con estrias celestes,


sale el hombre de su lecho de enramadas
y va en busca de piedra y de argamasa.
Tiene a Lucifer en sus cabellos
que resplandecen en el agua, en el bolsillo un metro
de madera amarilla, los pies desnudos,
sabe cerrar curvas, inclinar taludes,
escuadra, encadena aristas, armaduras.
Obrero y arquitecto, está solo,
el asno lleva pedernales, un muchacho
los quiebra y de ellos saltan chispas. Trabaja
tres o cuatro meses antes del muérdago
del bochorno y las lluvias, alba y crepúsculo.

De todas las manos que alzaron muros


en la isla, manos griegas o suabas,
manos de España, manos sarracenas,
muros de la canícula y del otoño,
de todas las manos anónimas y adornadas
de sellos, ahora veo
las que derribaron las casas
sobre el mar de Trabia. Líneas verticales,
torbellinos de aire indinados
por las hojas de acacia y los almendros.
Más allá de las casas, allá abajo, entre los lentiscos
de las liebres, está muerta Solunto,
Subía aquel alcor una mañana
con otros muchachos sumergidos
en íntimos silencios. Debía
inventar aún la vida.

A LIGURIA

Sobre tus montanas, en la rueda


de juventud, he construido un camino
arriba enere los castaños;
los picapedreros levantaban el pedregal
y arrancaban de sus cubiles racimos de víboras.
Era el estío de los ruiseñores
meridianos, de las tierras blancas,
de la desembocadura del río Roja.
Escribía versos de la más oscura
materia de las cosas,
queriendo mutar la destrucción,
buscando amor y sabiduría
en la soledad de tus hojas solas.
Y se derrumbaba la montaña y el verano.
También a lo largo de la mar
es avara la tierra en Liguria,
como comedido es el gesto
de quien nace sobre las piedras
de sus orillas. Pero si el ligur
alza una mano,
la mueve en señal de justicia.
Cargado de la paciencia
de todo el tiempo de su tristeza.
Y siempre el navegante
lejos empuja a la mar
de sus casas para que acreciente la tierra
a su paso de hijo de las aguas.

IMPERCEPTIBLE EL TIEMPO

En el jardín se enrojece
la naranja, imperceptible
el tiempo danza
sobre su corteza,
la rueda del molino se mueve
ante la abundancia de agua
pero continúa girando
y envuelve un minuto
al minuto pasado
o futuro. Variado es el tiempo
sobre el vórtice del fruto;
indeclinable sobre el cuerpo
que refleja la muerte,
se desliza alterado
cierra la presa
a la mente, escribe
una prueba de vida.

BASTA UN DÍA PARA EQUILIBRAR EL MUNDO

La inteligencia, la muerte, el sueño


niegan la esperanza. En esta noche
en Brasov en los Cárpatos, entre árboles
que no son los míos busco en el tiempo
una mujer de amor. El bochorno agrieta
las hojas de los chopos y yo
me digo palabras que no conozco,
altero tierras memorables.
Un jazz oscuro, canciones italianas
pasan revueltas sobre el color de los iris.
En el estrépito de las fuentes
se ha perdido tu voz:
basta un día para equilibrar el mundo.

TENGO FLORES Y DE NOCHE


INVITO A LOS ALAMOS
Hospital de Sesto S. Giovanni, noviembre 1965

Mi sombra está sobre otra pared


de hospital. Tengo flores y de noche
invito a los álamos y a los plátanos del parque,
árboles de hojas caídas, no amarillas,
casi blancas. Las monjas irlandesas
nunca hablan de muerte, parecen
movidas por el viento, ni se maravillan
de ser jóvenes y amables: un voto
que se libera en acerbas plegarias.
Me parece que soy un emigrante
que vela cubierto por sus mantas,
tranquilo, en el suelo. Acaso muero siempre.
Mas de buena gana escucho palabras de la vida
que nunca he comprendido, me demoro
en largas reflexiones. En verdad, no podré huir;
seré fiel a la vida y a la muerte
en cuerpo y en espíritu
en cualquier dirección prevista, visible.
A intervalos algo me salva
ligero, un tiempo apacible,
la absurda diferencia que existe
entre la muerte y la ilusión
del corazón que late.
9. UN POEMA OCASIONAL*
(1965)

* Poema Publicado por Arti Grafiche Amilcare Pizzi, el


24 de octubre de 1965, con una reproducción del pintor
Attilio Rossi y en edición de cinco ejemplares.

VERSOS A ANGIOLA MARÍA

Rossi, amigo, como sólo se daban


en tiempos de Catulo,
en sus colores lentos en elipse,
te ofrece flores de retama
sobre un infinito límite del aire.
Sin duda habla a tu vida solitaria
en un lugar de infancia
en la furia de los sueños y ávida ya
por la suerte del hombre. La ventana
más allá de los árboles forma nudos de ímágenes,
de pensamientos. Se mueve tal vez
sobre Villa Letizia en un tiempo
de espacios claros y rápidos
como la alegría que poco te afectó,
difícil, casi como una ley
que ancla el dolor. Y en Villa Letizia
en la tierra de lagos y ríos,
entre gente que ama la luz
y no sabe cómo se desprende del cielo
miraba entre las hojas tus manos
mientras decías palabras sin desengaño.

Tal vez los muchachos de tus escuelas lejanas


gritaban dentro de tí
y las cambiantes, ásperas filosofías
que te abrieron sílabas no de ceniza
sino de visibles certezas,
lecciones del alma.
Tus ardorosas manos
describían algo que oía
en un eco increíble
de pena, sangre, lágrimas
por cada cosa perdida
en el amor que paciente se lleva.
¿Hacia dónde en la juventud?
Alguien recuerda aún en su memoria:
«Per una ghirlandetta
ch'io vidi, mi farà
sospirare ogni fiore»*.
Y ya no sabes quién desgrana los versos,
si un muchacho en un aula o una voz amada,
a ti madre silenciosa
de los pobres, ricos de espíritu.
* Comienzo de uno d elos más aéreos poemas de Dante Alighieri (Rime, X)
"Por una guirnaldita/ que vi, me hará/ suspirar cada flor" (N.del T,)

***