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Desigualdad y exclusión social

Carlos Rodríguez Nichols

Mil quinientos millones de personas en el mundo viven en la pobreza y casi novecientos


millones en indigencia o penuria extrema, es decir, seres humanos carentes de los
recursos suficientes para cubrir sus necesidades básicas. En otras palabras, el veinte por
ciento de la humanidad carece de una vivienda digna, dieta alimenticia balanceada,
transporte público adecuado, servicio de salud profesional y un sistema educativo que
proporcione las herramientas necesarias para integrarse a un mercado laboral cada vez
más especializado y competitivo.
Exclusión social a la que escapan solo aquellos con una aguda inteligencia natural,
astucia, tenacidad y sentido de superación para sobrepasar las limitaciones y
dificultades de estos entornos desfavorecidos. Por eso, lo más desdichado de la miseria
no son sólo las disminuidas condiciones físicas y escaseces vitales, sino también las
exiguas posibilidades de salir de la pobreza. Un sello difícilmente superable. Núcleos
disfuncionales orquestados en gran parte por mujeres jefas de hogar con escasa
formación académica y precarias remuneraciones insuficientes para hacer frente al
sano desarrollo de sus numerosas proles. Sin más, familias hacinadas en pocos metros
cuadrados alimentadas con altas ingestas de azúcar y grasas saturadas: mala nutrición
que aumenta las cifras de obesidad en adultos y niños, y disminuye las posibilidades de
un desarrollo intelectual adecuado.
En palabras de Kofi Annan: “La comunidad internacional tolera que casi tres mil
millones de personas, prácticamente la mitad de la humanidad, subsistan con menos
de dos dólares diarios en un mundo de riqueza sin precedencia”. Desigualdad social que
en muchos casos conlleva a masivas migraciones de países tercermundistas en busca
de algo mejor que el atroz presente.
Ante esto, miles de millones alrededor del mundo testigos de decrépitos presentes y
obscuros futuros sobreviven acorde a su propia escala de valores: códigos de barriada
muchas veces en franca oposición a los principios de la sociedad en general. Una
dinámica viciada en que la delincuencia, la prostitución y el submundo clandestino se
convierten en la ilusoria escapatoria a esta vida de restricciones. Para ellos, delinquir,
vender drogas o su propio cuerpo son maneras de subsistir. Supervivientes de la propia
marginación social.
Sin embargo, en la actualidad hay mayores posibilidades de escalamiento social que en
siglos pasados. Épocas feudales en la que los pueblos no tenían vos ni voto. Si no
pertenecían al círculo íntimo de la corte real a lo más que podían aspirar era a carnicero,
albañil o panadero. A pesar que ahora existe espacio de superación para buena parte de
los ciudadanos, la quinta parte de la población mundial aún vive en el umbral de la
pobreza. Una obscena realidad que ningún sistema económico o régimen político ha
sido capaz de superar. Por un lado, el capitalismo con la retórica de “entre más riqueza,
mayor beneficio para los menos privilegiados” no ha podido solventar esta penuria social.
Y, por otro lado, el comunismo tampoco consiguió sacar a sus pueblos de la pobreza.
Prueba de ello es la paupérrima situación que viven los venezolanos, cubanos y
nicaragüenses sin enumerar los engaños y contradicciones de gobiernos extremistas
durante los últimos cien años.
Así, unos pocos se benefician de los desfavorecidos para amasar fortunas personales, y
los otros utilizan a las masas para perpetuarse en el poder y lucrar de las arcas del Estado
a niveles inenarrables. Insaciable sed de dinero tanto en las filas del capitalismo salvaje
como en los supuestos defensores de los más necesitados. Una farsa generalizada de la
que se enriquecen los unos y los otros ante el sufrimiento del veinte por ciento de la
humanidad que apenas subsiste con menos de dos dólares diarios.