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Cuando juega fútbol mi hijo, no saben cómo sufro, sobre todo cuando la contienda es

desigual en talla y peso. Si viene un niño maceteado y le quita la pelota chocando su


cuerpo sobre él y lo tumba, yo sufro, sí cae ante una carretilla también, si lo marcan entre
varios y pierde la pelota, me comen las ansias.
Cuando de un par de zancadas alcanzan lo que para él representó una gran carrera hasta
media cancha, me molesto y cuando cae, quisiera ir a recogerlo y limpiarle la cara y
comprobar que no se hizo daño, olvido que es un juego y que así es el fútbol.
Si falla un tiro, si no le pasan la pelota por que no confían en él, también sufro, pero si se burlan de
su talla, enfurezco y quiero bajarme y pegar a todos esos niños con sus mamás incluidas, pero no
puedo, porque no es normal, porque es un juego, porque así es el fútbol. “Tira de bestias y salvajes”
que van detrás de un balón, creyendo que es lo mejor del mundo, pero si sólo es paseárselo con los
pies. Igual, cuando le pasan un tiro para que la meta y no lo logra alcanzar y el niño que hace el pase
lanza una exclamación de enojo, pues yo también le sacó su madre hasta en la quinta generación,
pero sólo en el pensamiento. Pero no se asuste, no se alarme, una mamá no piensa así, que va, una
mamá es comprensiva y amorosa con todos los niños del mundo, más aún si es educadora.
Mientras todo esto imagino, suena un pitazo.
¡Ya terminó mamá, vamos!