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ñlbert Béguin

PASCAL

ALBERT
BÉGUIN
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Traducción de
J uan Almela
PASCAL
par ALBERT BÉGUIN

FONDO DE CULTURA ECONOMICA


Primera edición en francés, 1952
Primera edición en español, 1989
Primera reimpresión, 2014

Béguin, Albert
Pascal / Albert Béguin ; trad. de Juan Almela. — México: fce, 1989
272 p . ; 17 x 11 cm — (Colee. Breviarios ; 496)
Título original: Pascal
ISBN 978-607-16-2078-1

1. Pascal. Blas - Crítica e interpretación I. Almela, Juan, tr. II. Ser. III. L

LC QA29.P2 Dewey 082.1 B846 V.496

Distribución mundial

© 1952, Éditions du Seuil, París


Título original: Pascal

D. R. © 1989, Fondo de Cultura Económica


Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 México, D. F.
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Empresa certificada iso 9001:2008

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Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra,


sea cual fuere el medio, sin la anuencia por escrito,
del titular de los derechas.

ISBN978-607-16-2078-1
Impreso en México • Printed in México
No es en Montaigne, sino en mí,
donde encuentro todo lo que veo en él.

P ascal
Pascal adolescente. Dibujo de Jean Domal.
P R E SE N T A C IÓ N
UN GENIO JUVENIL

U na de las fuerzas de Pasca) —y el medio más seguro


de que dispone para subyugar a su lector— es la
naturaleza tan juvenil de su genio. Con harta fre­
cuencia se olvida que m urió muy pronto, o si se
recuerda esto es para suponer lo que pudo haber
sido su obra de madurez y deplorar que no llegara a
existir. A decir verdad, nada podemos saber al res­
pecto, pues el destino de vivir 39 años correspondió
a este hombre y no a otro. Enfermo desde niño, abru­
mado con frecuencia por el sufrimiento físico, adivi­
naba sin duda que su tiempo estaba contado, y para
vivir, para luchar, para construir, hacia intervenir
las únicas reservas que esperaba emplear, las de la
juventud. En la medida en que una existencia es
gobernada por el porvenir que se propone —y tal
medida es grande—, Pascal debía limitar a lo inme­
diato el inventario de sus probabilidades y de sus
capacidades disponibles. Hay otros que mueren jó ­
venes sin esperarlo, arrebatados por un accidente o
por un desplome orgánico cuya súbita aparición no
había dado ningún signo anunciador. Éstos son in ­
terrumpidos cuando daban por descontada y prepa­
raban una m aduración progresiva. Pero en Pascal
todo el estilo de vida y pensamiento revela que apro­
vechaba sus dones presentes sin saber cuándo ven­
cería el plazo que tenía concedido. De ahí la prisa
con la que se lanza al trabajo, lo súbito de su capta­
ción y también esa móvil impaciencia que lo aparta
ll
12 PRESENTACIÓN

de un estudio en cuanto ha aprehendido los prime­


ros principios, como si quisiera dejar a otros, mejor
provistos de tiempo, el cuidado de las indagaciones
y de las verificaciones.
El carácter extremadamente repentino que se ob­
serva en sus decisiones y elecciones le gusta atribuir­
lo a las facultades superiores del espíritu, y en este
sentido traza el límite entre finura y geometría, menos
a fin de establecer objetivamente una teoría del co­
nocim iento que para expresar lo que su experiencia
propia le aportaba. La impaciencia, en él, esa la vez
una consecuencia de esta situación que le toca, espe­
rando tener una vida breve, y al mismo tiempo un mo­
vimiento que pertenece a su juventud. Curado, como
acaso hubiera podido lograrlo una ciencia médica
más adelantada, lo imaginamos adquiriendo poco a
poco otro andar, no sólo porque habría tenido con­
ciencia de disponer de años para su labor, sino tam­
bién porque con tal porvenir más vasto no se habría
visto forzado a comprometer de golpe todo el ardor de
su edad. Pero son estos vanos ensueños, y es parte
de la definición de Pascal —dado que sólo podemos
establecerla de acuerdo con los actos y las obras de
un hombre joven— el vivir y pensar con este ritmo
conquistador, del cual el lector no conseguiría sus­
traerse.
Impaciente, no espera a que su padre le deduzca
las proposiciones de Euclides. Lo que importa no es
que, como cuenta la tradición familiar, las inventa­
ra, hechas y derechas, a la edad de 12 años, o bien
que, de acuerdo con Tallem ant, sencillamente com­
prendiera él solo un tratado leído a escondidas. Hay
UN GENIO JUVENIL 13

otros ejemplos de precocidad matemática tan sorpren­


dentes como el relato de Gilberte Périer. Pero cuadra
muy bien con el carácter impulsivo de Pascal el pre­
cipitarse al primer motivo tan lejos como puede lle­
gar en la exploración de una realidad nueva. En
adelante, no siempre se le ve sacar todo el partido
que lograría un esfuerzo sostenido, y la leyenda no
pretende que progresara en geometría, una vez asi­
milados los principios, con la misma rapidez fulm i­
nante. Toda la historia de sus descubrimientos cien­
tíficos ostenta la impronta de estas súbitas incursiones
por un dom inio y luego por otro, conforme los cen­
tros de su preocupación se suceden presurosos, no
bien consigue esbozar un corto tratado y sustentar
con algunas confirmaciones precisas puntos de vista
tan perentoriamente proclamados como súbitamen­
te concebidos. Buenos jueces en la materia observan
que con mayor frecuencia estableció las premisas de
desenvolvimientos científicos futuros, antes que dar­
se tiempo para entrever él mismo sus enormes conse­
cuencias, por m ucho que estuviesen como al alcance
de su mano. Cuando Paul Valéry le reprocha el ha­
ber dejado que otros se tomaran las molestias de
inventar el cálculo infinitesimal, tiene razón al su­
poner que Pascal estaba en condiciones de adelan­
tarse a los descubrimientos de Leibniz, pero yerra al
creer que renunciara a ello a fin de “coserse papeles
en los bolsillos”. Lo cierto es que su espíritu saltarín
hallaba satisfacción en el salto y experimentaba de
inmediato la necesidad de correr hacia otro lado, al
mismo tiempo que su gusto clásico por la universa­
lidad lo defendía de la tentación de obstinarse en
14 PRESENTACIÓN

una investigación especial. £1 haber percibido una


síntesis posible entre contrarios le procuraba la em­
briaguez de la inteligencia en la que ponía todo su
placer, por ser de esos sabios que no dejan de ser
aficionados y para quienes es considerable la parte
del juego en la atracción de las ciencias. Los textos
de los escritos científicos de Pascal exhiben, incluso
en su estilo, la marca evidente de estos entusiasmos,
que son de un poeta de los números antes que de un
matemático profesional. Se muestra —en latín— en­
cantado de comprender que el incontrolable azar
puede conjugarse con los métodos estrictos de la m a­
temática, uniendo los contrarios bajo ese "nombre
asombroso” de geometría del azar (aleaegeometría).

Seria posible definir un estilo de la trayectoria pas-


caliana de acuerdo con sus trabajos de física y mate­
máticas, y semejante estilo no diferiría del que da a
los Pensamientos su poder verbal. Se funda en esa
brusquedad del ataque, particularm ente apropiada
para la percepción de las estructuras paradójicas de
lo real y que gusta de expresarse mediante alianzas
inesperadas de palabras. Es el estilo y casi el método
de la sorpresa, y nada aproxim a más las virtudes del
sabio y las del poeta. Pascal se detiene ante las con­
tradicciones, se pasma y, acto seguido, como cum­
pliendo una función particular de su genio, emite la
hipótesis de un acto del espíritu que trasciende los
contrarios, para una nueva forma de asombro. Quién
no sentirá el estremecimiento de la alegría en tal o
cual pasaje del Tratado del vacío, donde Pascal pa­
rece comprender, en el momento mismo en que es-
La casa donde nació Pascal.
A unque fechado en 1850, este dibujo representa la
calle des C*ras y la fachada de la catedral tal como la
conoció Pascal, cuya casa se apoyaba en ese edificio
(detrás de las que se ven a la derecha).
UN GENIO JUVENIL 17

cribe, "que no hay ningún nexo necesario enire la


definición de una cosa y la seguridad de su ser”,
pues "lo mismo puede definirse una cosa imposible
que una verdadera". No con mayor viveza se maravi­
llará el día en que capte el hecho de que la grandeza
del hombre reside en su debilidad misma. Su alegría
estalla así cada vez que, aplicada a un aspecto cual­
quiera de las cosas, su inteligencia discierne allí,
detrás de la m ultiplicidad de ios datos inmediatos, el
signo de la arm onía que los reúne y —como él dice
en el Tratado del triángulo aritmético— “el nexo,
siempre admirable, que la naturaleza, prendada de la
unidad, establece entre las cosas en apariencia más
alejadas”.
A la inversa del metafísico nato, que busca perci­
bir la unidad en el enlazamiento de los principios en
los que aquélla se funda y se hace sistema, Pascal
gana tal certidumbre merced a ese “súbito movi­
m iento del alma desde uno de los extremos hasta el
otro” , que le hace comparar su agilidad con “ un
tizón de fuego”, y sus “idas y venidas" con los estre­
mecimientos y ardores de la fiebre. Pero uno y otro,
por vías opuestas, intentan dar razón de esa unidad
que postula el espíritu hum ano; Pascal necesita tan­
to más reafirmarla cuanto queel reciente estallamien-
to del universo medieval ha perturbado tal noción y,
por otra parte, su experiencia propia, regida por su
febrilidad natural, lo hace extrañamente atento a las
irreductibles antinom ias de lo real. La victoria que
necesita alcanzar exige sin cesar que la misma subi­
taneidad que lo detiene frente a esas antinom ias de
lo m últiple le asegure, en el segundo tiempo de la
18 PRESENTACIÓN

operación, la captación de lo que las rebasa. Todas


las etapas de su reflexión obedecen a este ritmo inna­
to, que reaparece en sus investigaciones sabias al
igual que en los fragmentos de su antropología o de
la meditación cristiana en la que desemboca. Y el
vehiculo de este método espontáneo es un estilo de
escritura repentino, juvenil, todo quiebros, donde se
reconocen constantemente las réplicas alternas de
un veloz diálogo.
Pascal, decíamos, parece a menudo descubrir en
el momento mismo de garabatear sus notas sobre el
papel las verdades que lo hechizan. Es esta inmedia­
tez la que funda, antes que nada, la eficacia de un
lenguaje que, pasados tres siglos, no ha dejado de
apresarnos: atrapando a la vez su objeto y a su lector,
ya que se abalanza sobre el primero como un ave de
presa y comunica al segundo la vibración de su im ­
paciencia. “Estamos llen o s—dice— de cosas que se
echan fuera”, y esta confesión basta para probar que
el vigor elíptico de su forma no descansa en lo in­
concluso de sus notas. Los tratados sapientes, por lo
demás, las Provinciales y los trozos cabalmente re­
dactados de la Apología, no exhiben menos esa agre­
siva brusquedad que los fragmentos, aun si las fórmu­
las deslumbrantes se insertan en un periodo clásico
que nada les quita de su fulguración. Nunca da Pas­
cal la impresión de buscar la palabra explosiva, sino
de encontrarla, y en el momento mismo en que in­
venta la idea que la hace necesaria. Su acostumbrada
movilidad le permite pasar de una expresión fuerte a
otra, sin esos tiempos débiles y esas transiciones
neutras de que no se privan en lo más minimo los
UN GENIO JUVENIL 19

prosistas de su siglo. Se ha establecido el inventario


de sus procedimientos: omisión de los términos de
relación lógica, empleo singular y frecuente del verbo
sustantivado, frase articulada, cuando es larga, más
en el entrechocarse de las imágenes o de las ideas
que en las estructuras sintácticas, y qué sé yo cuán­
tas cosas más. Este catálogo, que atrae la atención
hacia fenómenos de expresión personal, no puede
menos que permanecer aquende la realidad de un
estilo cuyo gran mérito es obedecer sin tardar a la
im pulsión interior, si su movimiento no es llamado
desde afuera y dirigido hacia el oyente supuesto al
que hay que alcanzar. Hay una retórica pascaba-
na que consiste ante todo, como le gustaba a él decir y
como lo hemos de ver todavía, en un “arte de per­
suadir” y también en un "juego de pelota” donde
todo el gusto está en colocar bien la pelota. Pero
ames de este arte concertado. Pascal como escritor
es, sobre todo, idéntico al Pascal interior; está pues
transido de impaciencia y lo arrastra un movimien­
to que de una vez por todas lo coloca en la meta. H a
anunciado con claridad el precepto de esta libertad
de ser él mismo, en el fragmento donde declara que
compondrá su libro “sin orden y no por ventura en
una confusión sin designio", porque “es el verdadero
orden, y que señalará siempre mi objeto por el de­
sorden mismo” . Es verdad que aquí el objeto desig­
nado es el ser hum ano, al cual dice Pascal que le
haría demasiado honor tratándolo con orden, ya que
desea precisamente mostrar que es incapaz de él.
Pero el hombre es Pascal también, presa del mismo
caos de naturaleza; la fidelidad al objeto se confunde
20 PRESENTACIÓN

en adelante con la fidelidad al sujeto que escribe,


calcando el ritm o de su palabra en el gesto vivo de su
propia experiencia así como de su captación de las
cosas.
Las contradicciones de lo real, por doquier percibi­
das por Pascal, imponen a su frase ese constante
empleo de la antítesis que en un prinicipio no pare­
ce diferir gran cosa del que culuva la retórica con­
temporánea, heredera de los oradores latinos. Pero
Pascal condena esas “falsas ventanas” , pues en él no
se trata de un procedimiento de exposición: es un
modo de vida, de pensamiento, una especie de respi­
ración propia, que gobierna las parejas antitéticas,
vueltas a poner sin cesar en confrontación. No es
cosa de simetría artificial sino de la paradoja misma
de las cosas, es decir de esa existencia simultánea, en
la realidad relativa, de los principios que se oponen
en sana lógica y se excluyen en los absoluto. Los
existentes son relativos, son lugares de relaciones y
de tensiones, definidos precisamente por ese reparto
que los sitúa siempre bajo la doble atracción o la
doble presión de focos antagónicos. Pascal no se
apega a la antítesis de las esencias sino, en cambio, a
su irracional confluencia, pues es en tal punto de
concordancia donde residen a la vez el hombre y el
m undo sensible en el cual vive, es decir los dos obje­
tos del espíritu pascaliano (según se aplique a la
antropología cristiana o a las ciencias físicas). Así se
aprecia, una vez más, que no es metafisico, y lógico
menos todavía. Así, sobre todo, se manifiesta la sin­
gular predilección que siempre lo orienta hacia aque­
llo que vive en el movimiento y la tensión. “Somos
UN GENIO JUVENIL 21

algo v no lo somos iodo": situación del hombre que


no es ni todo ni nada, que es algo entre estos dos
absolutos del ser y de la nada, y en cierto modo
móvil entre el uno y el otro, acercándose o alejándo­
se de los dos polos según se lo considere desde tal o
cual punto de vista. La imaginación pascaliana ve
asi al hombre en un juego de fuerzas adversas, perte­
neciente a una y a otra, una “nada con respecto al
infinito, un todo con respecto a la nada, un medio
entre nada y todo", o bien un punto que no define
su extensión sino su “agilidad”.
Este estilo es un estilo de la paradoja, y asi de la
sorpresa, del asombro, el más adecuado que haya
para traducir la impaciencia y la alegria de descu­
brir; pues ¿qué hay más importante —y asi más exal­
tante— de captar que esa profunda conjunción de
los contrarios donde reside el misterio mismo de la
vida, lo que de ella escapa a la razón, que pertenece
al “corazón"? Simplemente yuxtapuestas, o ligadas
por el menudo "y” , que en Pascal es en verdad la
juntura de la paradoja, las palabras se enriquecen
bruscamente de sentidos imprevistos o de extrañas
correspondencias: "Por el espacio, el universo me
comprende . . .; por el pensamiento, yo lo compren­
do. —Nuestra religión es sabia y loca—. Reconoced
pues la verdad de la religión en la oscuridad misma
de la religión. —Figura porta ausencia Y presencia."
Esta misma percepción de los contrarios se torna,
para Pascal, regla primera de su método de exégesis,
el precepto de toda critica: “ Para entender el sentido
de un autor hay que acordar todos los pasajes con­
trarios."
22 PRESENTACIÓN

Si la im paciencia pascaliana está estrechamente


vinculada con su deseo de no dejar escapar ninguna
contradicción sin decirla y sin buscarle el sentido,
no es ajena ni a su comportam iento cotidiano ni a
ese impulso de caridad que es a la vez la fuerza ac­
tuante de su fe cristiana y el spiritus rector de sus
estudios bíblicos. Al igual que se apresuraba a pu­
blicar sus descubrimientos de científico, jam ás so­
portó el callar largamente acerca de las certidumbres
que prensaba haber adquirido en todas las materias,
y singularmente en materia de fe. Muy joven, en
Ruán, y sin haber adelantado apienas en su reciente
“primera conversión", no vacila en denunciar las
herejías profesadas por el hermano Saint-Ange. Más
tarde, salido a preñas de la noche de fuego del 23 de
noviembre de 1654, corre a vivir en Port-Royal, y
apenas han tenido tiempro de expronerle la cuestión
de la gracia y ya se lanza a la prolémica de las Provin­
ciales, con el mismo ardor combativo con que se le
había visto defender su pxrsición acerca del vacío en
la naturaleza. Cuando emprende la composición de
una nueva aptología de la religión cristiana, acum u­
la en poquísim o tiempro las lecturas, las notas, las
redacciones provisorias, y ante sus amigos de Port-
Royal hace una exprosición cuyas líneas generales
esbozó la noche anterior: A Port-Royal, para mañana.
Como lo habían inducido a redactar sus reflexio­
nes sobre la ruleta, “es increíble —informa su her­
m ana— con qué precipitación trasladó aquello al
papel. Pues no hacía más que escribir a todo lo que le
daba la mano, y en muy procos días quedó hecho; no
sacaba copia sino que iba entregando las hojas con­
UN GENIO JUVENIL 23

forme las redactaba. . . ” Al grado de que sus males se


redoblaron y de que el agotamiento pesó no poco en
el agravamiento de su última enfermedad.
Convertido, se impone en seguida mortificaciones
extremas, suprime los alimentos agradables, modera
sus efectos más naturales, distribuye limosnas más
allá de sus recursos (con todo y que en repetidas
circunstancias había mostrado cierta avidez de ganar
y conservar sus bienes). Poco antes de su muerte,
intransportable ya, suplicó que lo llevasen a concluir
sus días al hospital de incurables, "en compañía de
los pobres". Y su hermana Gilberte, que no halla en
él sino motivos de elogio y celebra su paciencia frente
al dolor, conviene en que tuvo, pese a todo, un defec­
to, aquel mismo que corresponde a un rasgo dom i­
nante de su genio: "La extrema vivacidad de su espíri­
tu lo h a d a tan impaciente a veces, que era difícil
satisfacerlo."
Se ha querido hacer de este hombre el modelo de
toda inquietud, la víctima de una ansiedad debida a
sus males físicos, y que habría exhibido síntomas
mórbidos, cercanos a la obsesión nerviosa, antes de
inspirarle algunos de los más hermosos gritos de an­
gustia espiritual que jamás hayan sido proferidos.
La imagen de este Pascal sombrío y atormentado ha
seducido, de los románticos a Baríes y más acá, a toda
una serie de generaciones que creyeron reconocerse
en él. Es ya turbador que el primero en sugerir seme­
jante retrato fuese Voltaiie, de quien proceden las
anécdotas eternamente repetidas (aunque nunca cer­
tificadas) del abismo del lado izquierdo de Pascal y de
la silla que colocaba para protegerse de él. Pero Vol-
24 PRESENTACIÓN

taire necesitaba el espectáculo de un cristiano presa


de oscuros humores. Llegó Chateaubriand, que escri­
bió una bella página plagada de errores acerca de
“aquel aterrador genio"; llegaron sus seguidores,
quienes amaron aquella voz que clamaba en la noche
de la desesperación. T al vez sólo Joubert percibió
otro Pascal, "espíritu firme y sin pasión", pero, por
mucho que escape de la deformación común, este
juicio no es más justo. No impidió que un Paul
Valéry —a quien esas palabras de Joubert definirían
bastante bien— escogiese a Pascal por adversario,
reprochándole, al abandonar las ciencias por la apo­
logía, haber preferido la vaguedad a la exactitud.
Reproche erróneo por partida doble, en vista de que
Pascal no abandonó jamás las matemáticas y en vista
de que, lejos de renegar de las exigencias del pensar
claro, traspuso los métodos de sus primeros estudios
al dom inio que atrajo después su atención.
La enfermedad de Pascal no tiene gran cosa que ver
en el nacimiento y despliegue de su genio; si resultó
decisiva para su progreso moral, fue en la medida en
que debió luchar contra ella y superarla. La naturale­
za primera de Pascal no está exenta de pasiones, como
querría Joubert, ni se inclina, como se ha repetido
demasiado, a lo patético, perseguida por imágenes de
muerte, obsesionada por la condición precaria de los
hombres, a quienes ve perdidos en la inmensidad del
universo físico o lanzados ciegamente hacia un fin
“sangriento” —"y unas cuantas paletadas de tierra
sobre la cabeza”. Hay que im aginarlo más bien vio­
lento, imperioso, anhelante de vencer y de convencer,
consciente de su fuerza y deseoso de verla reconocida.
UN GENIO JUVENIL 25

Su pasión es menos dolorosa que conquistadora, y en


ella la parte del orgullo no deja de ser considerable.
Pese a que Madame Périer diga que el am or propio de
su herm ano no perturbó nunca al de los demás, y que
no gustaba de referir las cosas a sí, hay que reconocer
que este piadoso testimonio concuerda mal con cier­
tos episodios de la vida de Pascal. Su disputa teológi­
ca con un predicador de Ruán, sus agrias controversias
a propósito de las experiencias del Puy-de-Dómey de
la anterioridad de Torricelli, el empuje autoritario
de las Provinciales, la testarudez de su actitud ‘'resis­
tente" en el asunto del Formulario no muestran en
él ni un exceso de hum ildad ni una disposición muy
pacífica. Cualquiera que sea el alcance exacto de sus
pensamientos acerca del Estado, no puede menos de
oírse en ellos el acento de alguien que habla natural­
mente como amo y predica gustoso la sumisión a
quienes juzga incapaces de gobernarse.
¿Y qué importa? Este orgullo, esta prontitud para
afirmar, el poco descanso que se concedía a partir del
instante en que una certidumbre lo lanzaba al com­
bate, son rasgos del hombre Pascal que no tienen por
qué interesarnos sino poique hizo de ellos las virtu­
des mismas de su genio y los instrumentos de su
múl tiple afán. Reaparecen, en la obra y en los progre­
sos del espíritu, convertidos en otras tantas robustas
cualidades, sin las cuales no habría un Pascal entre
los contados hombres cuyas palabras siguen concer­
niéndonos, a través del tiempo. Su encarnizamiento
en el trabajo, atestiguado desde sus primeros años y
que no es menor en vísperas de su muerte, bien pudo
tener por móvil tanto orgullo como sed de saber; no
26 PRESENTACIÓN

en menor grado deben su origen el cálculo de proba­


bilidades y la apología pascaliana a esta juvenil ter­
quedad. Si defiende con altura sus descubrimientos y
la prioridad sobre tal o cual rival en física, el gozo de
conocer interviene tanto como el placer de ser co­
nocido.

l^as contadas cartas de Pascal que nos han llegado


permiten entrever más de una vez el ardor que ponía
en cualquier debate de ideas y el comportamiento
imperioso que le era natural hacia sus prójimos, sus
amigos o sus correspondientes, fueran quienes fue­
sen. Con qué tono participa a su hermana, en 1648,
la conversación que acaba de tener con el señor De
Rebours, uno de los primeros “puertorrealistas” que
conociera, a propósito del papel que convenía asig­
nar a la razón en la demostración de las cosas de la
fe. Y sin dejar de querer persuadirse de que había
participado en la controversia sin aquel orgullo de
espíritu que el señor De Rebours pareció sospechar
en él, Pascal se interroga al respecto con una insis­
tencia tal, que basta para atestiguar que conocía en
sí mismo una tendencia al orgullo:
. . . Fueron mis propios términos, donde no creo que
haya nada que hiera la más severa modestia. Pero como
sabes que todas las acciones pueden tener dos fuentes, y
que este discurso podía proceder de un principio de
vanidad y de confianza en el razonamiento, esta sospe­
cha, que fue acrecentada por el conocimiento que él
tenía de mi estudio de la geometría, bastó para hacerle
encontrar extraño este discurso, y me lo mostró con
una réplica tan llena de humildad y de molestia, que
sin duda hubiera confundido el orgullo que deseaba
UN GENIO JUVENIL 27

refutar. Intenté, con todo, darle a conocer mi motivo;


pero mi justificación acreció su duda y tomó mis excu­
sas por obstinación. Reconozco que su discurso era tan
bello que, de haber yo creido hallarme en el estado que
él se figuraba, me habría apartado de ello; mas. como
no creía yo padecer semejante enfermedad, me opuse al
remedio que me presentaba. Pero lo fortificaba tanto
más cuanto que parecía yo huirle, ya que tomaba mi
rechazo por endurecimiento; y cuanto más se esforzaba
en continuar, más mis agradecimientos le indicaban
que no lo consideraba yo necesario. De suerte que toda
la entrevista transcurrió en este equivoco y en un emba­
razo que ha continuado en todas las demás y que no ha
podido ponerse en claro...

Las cartas de Pascal y sus escritos públicos concer­


nientes a su actividad de científico no dejan el me­
nor lugar a duda a propósito del espíritu de rivalidad
que aportaba al proclamar sus descubrimientos. Rei­
vindica con altura sus derechos de primer inven­
tor, establece con cuidado el calendario de sus publi­
caciones, se enfrenta vivamente a quienquiera que
parezca dudar de su prioridad. Leemos, por ejem­
plo, en el Tratado del triángulo aritmético, redac­
tado hacia 1654 y hallado, impreso y todo, entre los
papeles de Pascal, esta soberbia declaración:

Las maneras de alcanzar una misma cosa son infinitas:


he aquí un ilustre ejemplo, y harto glorioso para mi.
Esta misma proposición que acabo de plantear de va­
rias suertes cayó en la reflexión de nuestro célebre con­
sejero deTolosa, el señor De Fermat. y, cosa admirable,
sin que me hubiese dado la menor luz al respecto, ni yo
a él, escribía en su Provincia lo que yo inventaba en
París, hora tras hora, según lo atestiguan nuestras car­
tas escritas y recibidas al mismo tiempo. Dichoso de
28 PRESENTACIÓN

haber concurrido en esta ocasión, como lo he hecho


también en otras, de manera por entero singular, con
un hombre tan grande y admirable, y que, en todas las
búsquedas de la más sublime geometría se halla en el
más alto grado de excelencia, según sus obras, que nues­
tros ruegos han obtenido por fin de él, lo harán pronto
ver a todos los geómetras de Europa, que las esperan.

Reconozcamos que una parte de los elogios confe­


ridos a Fermat recaen aquí, no sin habilidad de su
parte, sobre el joven geómetra. Hay que escuchar
también cómo refuta por adelantado a sus críticos
eventuales y se protege contra toda competencia en
el Aviso necesario a aquellos que sientan curiosidad
de ver y usar la máquina aritmética:

Ahora, querido lector, estimo que es necesario advertir­


le que preveo dos cosas susceptibles de alzar algunas
nubes en tu espíritu. Sé que abundan personas que
hacen profesión de hallarle peros a todo, y que entre
ellos bien podrá haber quienes te digan que esta má­
quina podría ser menos enrevesada; tal es el primer
vapor que me parece necesario disipar... Les dirás...
que si hubiesen meditado tanto como yo acerca de este
asunto, y recorrido todos los caminos que seguí para
alcanzar mi fin, la experiencia les habría hecho ver que
un instrumento menos complicado no podría tener to­
das las condiciones que he dado felizmente a esta pe­
queña m áquina...
La segunda causa que preveo capaz de causarte des­
confianza la constituyen (querido lector) las malas co­
pias de esta máquina que pudieran ser producidas por la
presunción de los artesanos: en tales ocasiones te con­
juro a que apliques con cuidado el espíritu de la distin­
ción, te guardes de la sorpresa, distingas la lepra de la
lepra y no juzgues originales auténticos por las pro­
ducciones imperfectas de la ignorancia y de la temeri­
UN GENIO JUVENIL 29

dad de los obreros: cuanto más excelentes son en su


arte, más es de temerse que la vanidad los arrebate por
la persuasión que se dan con excesiva ligereza a em­
prender y ejecutar por si solos obras nuevas, cuyos
principios y reglas ignoran; luego, embriagados de esta
falsa persuasión, han de laborar a tientas... Hacen a
lo sumo aparecer un pequeño monstruo al cual faltan
los principales miembros, en tanto los demás son in­
formes y sin ninguna proporción: al hacerlo ridiculo,
tales imperfecciones nunca dejan de atraer el desdén de
todos los que lo ven, la mayoría de los cuales echan
—sin razón— la atipa a quien fue el primero en pensar
en semejante invención, en lugar de averiguar con él y
entonces censurar la presunción de esos artesanos que,
por una falsa osadía, se atreven a emprender más que
sus semejantes y producen esos inútiles abortos...

Igual seguridad, una vez más, y empujada hasta el


reto, en la conclusión de los dos tratados Del equili­
brio de los licores y De la pesantez de la masa de aire,
donde resume sus experiencias acerca del vacío, así
como sus consecuencias teóricas:

Que se dé razón ahora, de ser posible, a no ser merced a


la pesantez del aire, de por qué las bombas aspirantes
elevan el agua un cuarto menos en lo alto del Puy-de-
D&me. en Auvemia, que en Dieppe... ¿Acaso la natu­
raleza aborrece más el vacío en las montañas que en los
valles, más al hacer húmedo que buen tiempo? ¿No lo
odi?, por igual en un campanario, en un granero y en
los patios?
Que todos los discípulos de Aristóteles reúnan todo
lo que de fuerte haya en los escritos de su maestro, y de
sus comentadores, a fin de dar razón de estas cosas
mediante el horror al vacio, si es que pueden; si no, que
reconozcan que las experiencias son los verdaderos
maestros a quienes hay que seguir en la física; que la
Jacqueline Pascal. Museo de Port-Royal.
UN GENIO JUVENIL 31

realizada en las montañas ha echado por tierra esa creen­


cia, universal en el mundo, de que la naturaleza abo­
rrece el vacio, y abierto el conocimiento, que jamás
podría parecer, de que la naturaleza no tiene ningún ho­
rror al vado, de que no hace cosa alguna por evitar­
lo y que la pesantez de la masa de aire es la verdadera
causa de todos los efectos que hasta aquí se habían
atribuido a dicha causa imaginaria.
Nada diferirá cuando las circunstancias y la orien­
tación nueva de su espíritu lo lleven a mezclarse en
otras controversias. Es seguro que en las Provincia­
les le pareriera gravísima la cuestión de la gracia
suficiente, del poder próximo o de las opiniones
probables. Pero es difícil discutir que al deseo de
deslindar la verdad del error se añadiera en él la
necesidad de tener razón a toda costa y de derrotar a
adversarios contra quienes no vaciló en emplear to­
das las armas de su genio. Para combatir el laxismo
teológico y moral de los jesuítas invoca sin duda
la autoridad de la Revelación, de la Tradición y de la
Iglesia. Recurre también, y soberanamente, al más
simple buen sentido. Mas no teme ni la cita hábil­
mente sacada de su contexto, ni la sorpresa de pasa­
jes cuya incoherencia se hace patente al confrontarlos,
y su verba traiciona harto a menudo la delectación
del triunfo.
Se ha pretendido que, por adquirir bruscamente
conciencia de esta acrimonia, por la cual se había
dejado ganar, habría interrumpido, a fin de no ce­
der, la redacción de las ' ‘carlitas”. Nada establece
que experimentara tal arrepentimiento y que prefi­
riera el silencio a una culpable recaída. El abandono
de la decimonovena Provincial ya esbozada se expli­
32 PRESENTACIÓN

ca muy bien por razones de oportunidad exterior. El


golpe había dado en el blanco, los temas de la moral
jesuítica y de la gracia habían quedado agotados, las
dos últimas cartas publicadas retornaban, a modo de
conclusión, a la cuestión planteada al principio y,
abandonando ya el tono de la polémica o de la sáti­
ra, presentaban un resumen admirablemente nítido
de la doctrina tomista. En adelante, por hacerse más
inminentes las amenazas de persecución, el debate
iba a ser trasladado a otro terreno, y allí siguió Pas­
cal a sus amigos colaborando en la redacción de los
Escritos de los curas de París y esbozando sus Escri­
tos sobre la gracia: los primeros conciernen a la tác­
tica del partido jansenista, los segundos retoman,
con fines de vulgarización, los problemas de doctri­
na ya tratados en las Provinciales. Y tampoco hay
que desdeñar el retom o de Pascal, hacia la misma
época, a sus trabajos científicos; a petición de Ar-
nauld redactó prim ero sus Elementos de geometría
(hoy perdidos y a los cuales pertenecían, sin duda,
los dos breves ensayos sobre el Espíritu de geometría
y sobre el Arte de persuadir). Tam bién aquí Port-
Royal orienta la actividad de Pascal. Retoma enton­
ces a las matemáticas y lanza, en 1658, la carta circular
que instaura, a propósito del problema de la “rule­
ta", un concurso del cual será a la vez árbitro y triun­
fador apasionado. Si se admite que en el curso de
los 15 meses, más o menos, que duró la redacción
de las Provinciales se produjo en Pascal una evolu­
ción, sensible en la serie de las cartas, y que lo apartó
progresivamente del espíritu polémico, no es nece­
sario concluir que lamentase la viveza de sus prime­
UN GENIO JUVENIL 33

ros ataques. Una vez más, obedecía a ese movimiento


congénito que siempre lo hizo lanzarse avante, en el
entusiasmo de un nuevo objeto ofrecido a su avidez
intelectual y luego desprenderse de él para ceder a
otras solicitaciones.
¿No es esto, inclusive, lo que volvió a acontecer
unos años más tarde, cuando dejó en suspenso los
trabajos preparatorios de su gran Apología? A este
respecto, es dificil establecer las fechas con certidum­
bre, y aún más difícil es interpretarlas bien. La en­
fermedad debió de dar fin bastante pronto al periodo
de nueva actividad científica que siguió al abando­
no de las Provinciales. A fines de 1658, y en todo
caso a principios de 1659, sabemos positivamente
que Pascal, agotado por el esfuerzo de los años prece­
dentes, tuvo que renunciar a todo trabajo serio, y
que pasó gran parte del verano de 1660 en Clermont,
tan abrum ado que apenas podía leer y escribir. Su
herm ana atestigua que "n o pudo ya hacer nada los
cuatro años que aún vivió, si puede llamarse vivir a
la languidez tan lamentable en que los pasó". De
aquellos años datan, con todo, algunos breves escri­
tos: verosimilmente la Plegaria para el buen uso de
las enfermedades y los tres Discursos sobre la condi­
ción de los grandes, a más del Escrito sobre la firma,
donde se pronuncia acerca de la querella del "for­
m ulario”. Es igualmente por entonces cuando cae el
proyecto de las "carrozas de cinco sueldos", aquella
empresa de transportes en común que, concebida
por Pascal, fue inaugurada unos meses antes de su
muerte. Se creyó largo tiempo, dando crédito a los
primeros editores, que los Pensamientos habian si-
Dos vistas del castillo de Rienassis.
UN GENIO JUVENIL 85

do puestos en papel durante este últim o periodo en


que Pascal, enfermo, no parece haber estado en modo
alguno en condiciones de llevar adelante tan vasto
empeño. Por sólidas razones que no hace falta enu­
merar aquí, los comentadores recientes admiten, por
el contrario, que las notas destinadas a la Apología
se hallaban ya a fines de 1658 más o menos en el
estado en que se las encontró a la muerte de Pascal.
Louis Lafuma, a quien corresponde el grandísimo
mérito de haber reconocido en la copia de estas no­
tas una clasificación realizada por el autor en persona
(y no, como se creía, por sus amigos o por un ama­
nuense inhábil), opina que la enfermedad impidió a
Pascal concluir esta clasificación, que habría sido de
provecho en la composición de la obra. Es más pro­
bable que la distribución de las notas en legajos,
correspondientes a centros de preocupación, no fue­
se más que un ordenamiento provisorio, destinado,
bien a la exposición de su proyecto hecha por Pascal
ante sus amigos de Port-Royal, bien simplemente a
su trabajo preparatorio. La enfermedad pudo dete­
ner a Pascal en estas ordenaciones, pero no deja de
sorprender que descuidara por entero un trabajo tan
adelantado ya, cuando que no se encontraba reduci­
do a la inacción total y, de acuerdo con indicios
seguros, ni siquiera había renunciado a toda vida
mundana. Conociendo el ritmo habitual de su vida in­
telectual, puede muy bien admitirse que los Pen­
samientos fueron escritos rápidamente, de inmedia­
to luego del abandono de las Provinciales, y que
Pascal los dejó, al igual que había interrum pido su
decimonovena Carta. Una vez más, después de la
36 PRESENTACIÓN

febrilidad del prim er proyecto y de la exploración


apresurada del terreno, habría experimentado el mis­
mo debilitamiento del entusiasmo inicial que se ad­
vierte con tanta frecuencia en sus trabajos científi­
cos. La enfermedad, en este caso, no habría hecho
sino precipitar y tornar irrevocable una evolución
debida a razones más profundas y al carácter de
Pascal.
Esta impaciencia creadora, pronto seguida de una
recaída, es demasiado acostumbrada en él para que
no reconozcamos en ella una característica innata.
No había dejado de desarrollarse aún más en virtud
de la singular educación recibida de su padre. Inspi­
rándose en Montaigne, Étienne Pascal había instrui­
do a su hijo según métodos enteramente “moder­
nos” , de los que Gilberte Périer nos ha expuesto un
panoram a bastante preciso. “Su principal máxima
en esta educación —dice ella— era mantener a aquel
niño por encima de su obra”, y pasa a indicar el
sentido exacto de esta expresión añadiendo que no se
le enseñó el latín a Blaise sino a partir de los 12 años,
"a fin de que lo hiciese con mayor facilidad” . El
niño no era sometido, pues, a una materia sino a
partir del día en que se suponía su inteligencia lo
suficientemente abierta para asim ilarla con rapidez.
Gilberte comunica asimismo que el padre, antes
de empezar a enseñarle ninguna lengua a su hijo,
“le hacía ver en general lo que las lenguas eran” y se
apegaba a los principios que podrían “ponerle en
claro el espíritu". Semejante formación, que relega­
ba a un rango secundario los detalles de aplicación a
fin de insistir mejor en las reglas de alcance más
UN GENIO JUVENIL 37

universal, bien podía habituar a Pascal a cruzar las


ciencias sin detenerse demasiado en dominar sus com­
plejidades. Ávido —como sigue diciendo su herma­
na— de "captar la razón de todas las cosas", podemos
im aginar que pasaba con soltura de una a otra, sedu­
cido cada vez por la novedad del problema y deseoso
de no dejar ninguno sin abordar. Como por otra
parte el presidente Pascal, muy versadoen matemáti­
cas y relacionado con los sabios de la ¿poca era, igual
que tantos de ellos, más un aficionado que un espe­
cialista, estimaba la diversidad de los conocimientos
y un equilibrio sabiamente guardado entre los obje­
tos propuestos a la curiosidad intelectual. Es suficien­
temente sabido que Blaise Pascal se mantendrá fiel a
este ejemplo y expresará, de acuerdo con las preferen­
cias de su medio libertino, su desafío hacia las inteli­
gencias aplicadas exclusivamente a una ciencia espe­
cial. El "hombre de bien”, al cual, con su amigo Méré,
juzga superior al hombre de una disciplina particu­
lar, ha de evitar demorarse demasiado en un estudio
definido y ha de estar al tanto de todos a fin de
procurar establecer su síntesis armoniosa, reflejada
en la arm onía de la conducta. Esto no era realizable
sino merced al despego hacia cada objeto una vez
situado, que nos parece dictado ya a Pascal por una
extrema movilidad nativa y una marcada propen­
sión al cambio de ocupación. Si, a la zaga de su
padre y más tarde bajo la influencia de sus amigos
m undanos, leyó y releyó a M ontaigne, desdeñando
el ejemplo de un espíritu menos ágil como el de
Charron, a quien reprocha su pedantería, es que el
autor de ios Ensayos atraía su sim patía por la uni-
Retrato de Gilberte Périer, hermana mayor de fílai-
se, autora de la Vic de Pascal (Hospital General de
C lerrtt on t-Ferra nd).
UN GENIO JUVENIL 39

versalidad de sus investigaciones y la grata flexibili­


dad de su actividad intelectual. Tales afinidades tal
vez las desmintiera toda la diferencia que hay entre
la falta de compromiso de Montaigne y la robusta
exigencia que impulsaba a Pascal hacia opciones
decididas: no es por ello menos cierto que el autor de
los Pensamientos no optó por Montaigne como un
adversario a quien se opusiera —como lo hizo, a lo
que parece, con Descartes—, sino como un hermano
mayor al que lo unían antes que nada parentescos
muy reales y una legitima filiación.
La ''conversión” de Pascal exhibe todos los carac­
teres de subitaneidad, de impaciencia y de prisa que
se observan, a lo largo de toda su vida, en su com­
portam iento cotidiano tanto como en los recorridos
de su espíritu. Fue asunto de escasos instantes, pre­
parados apenas por un avance más lento en los
meses que antecedieron a la ilum inación del 23 de
noviembre de 1654. Hubo, claro está, la “primera con­
versión”, ocho años antes, en Ruán, bajo la influencia
de dos discípulos de Saint-Cyran, pero no conoce­
mos bien sus detalles. H ubo la muerte del padre en
1651, y la piadosa carta que escribiera al respecto
Pascal a su hermana; y al día siguiente de esta muer­
te, aceptada con corazón cristiano, ¿no se le vio “di­
vertirse”, llevar una vida m undana, entrar en rela­
ciones más íntimas con Mitton y Méré y hacerle, en
fin, a Jacqueline una ruda guerra para que aplazase
su entrada en Port-Royal? Se resignó a esta vocación
después de haber intentado obstaculizarla creando
dificultades en el reparto del patrim onio —pues este
móvil es más probable que fricciones en materia de for­
40 PRESENTACIÓN

tuna, con todo y q u e .. . —, pero transcurre más de


un año antes de que la joven religiosa logre disfrutar
viendo a su hermano acercarse a ella. Las visitas a
Port-Royal se m ultiplican en septiembre y octubre de
1654. Pascal, no obstante, ateniéndonos al testimo­
nio de su hermana, no confiesa aún más que su
desdén del m undo—|tan pronto después de entrar!—
y un gran asco hacia los placeres que en él conoció.
Sin experimentar todavía ninguna "atracción” hacia
Dios, se hallaba en ese estado de lasitud que analiza
en su breve escrito sobre la conversión del pecador. Se
diria también que le causase viva repugnancia colo­
carse bajo la autoridad de un director de conciencia,
proceder al cual Port-Royal concedía una im portan­
cia particular.
Pero la noche del lunes 23 de noviembre de 1654,
"desde alrededor de las diez treinta de la noche hasta
alrededor de las doce treinta de la noche” —Pascal
anota escrupulosamente estas precisiones horarias,
como tanto les gusta hacer a los místicos—, atraviesa
una experiencia tan tremenda que no hay lengua que
consiga expresarla, y para resumirla no encuentra
otra palabra que fuego, escrita con grandes letras en
el papel que llevará en adelante cosido al dobladillo
de sus ropas. Mucho se ha epilogado en torno al
sentido de esta imagen, y los especialistas en psicolo­
gía mística no han conseguido ponerse de acuerdo
acerca de su contenido exacto. ¿Fue favorecido Pascal
propiam ente con una aparición de llamas, con todas
las señales de la experiencia visual, o se trata de
traducir la inmediatez de una visitación más intelec­
tual? ¿Oyó un discurso dirigido a él, comparable al
42 PRESENTACIÓN

q ue Cristo dirige a la crea tura en el M isterio de Jesús,


o bien recibió sin palabras la brusca inteligencia de
su si tuación de pecador sa lvado? Nada consigue deci­
dirlo con la menor seguridad. Lo que queda bien
establecido por el texto del Memorial es que de inme­
diato después de la revelación, y con su prontitud
acostumbrada, Pascal percibió de golpe todas las con­
secuencias de semejante invasión de claridad, las
cuales remitió a ciertas interrogantes suyasque hasta
entonces habían quedado sin respuesta. El testimo­
nio de aquel papel abre panoramas a partir de los
cuales no resultaría imposible reconstituir su evolu­
ción intelectual anterior ni arribar a todos los temas
capitales de la futura Apología.
Ya desde las prim era líneas el “ Dios de Abraham,
Dios de Isaac, Dios de Jacob” es afirmado, en tanto se
reniega del “de los filósofos y de los sabios”. Si hasta
entonces Pascal había podidocreeren la necesidad de
probar por el “buen sentido” la existencia divina
—de esto habló, en París, contra el señor De Re-
bours—, acaba de comprender que ese Dios no es el
auténtico “Dios de los hombres”. Y poco a poco, en
varias etapas de su meditación, pasa, por decirlo así,
del Antiguo Testamento al Nuevo, del "Dios de Abra­
ham, padre justo” , al “Dios de Jesucristo” y a Jesu­
cristo sin ulterior apelación. “T uD iosserám i Dios” :
será ante todo garante de la “grandeza del alm a h u ­
m ana” —cuán notable, al salir del éxtasis, esta afir­
mación que desafía todo pesimismo y que, en la
Apología, reaparecerá con 100 formas, al mismo tiem­
po que será descrita la miseria del hombre—; será
también garante de la alegría —“Alegría, Alegría,
UN GENIO JUVENIL 43

Alegría, llantos de Alegría”— porque conocerlo es


poseer ya "la vida eterna”.
Así definido el foco alrededor del cual todo se ha
orientado de repente, Pascal se vuelve hacia su pasa­
do; por dos veces se acusa: “ Me he separado.. . De él
he huido, a él he renunciado, lo he crucificado.”
Pero asimismo por dos veces entrevé el cum plim ien­
to de su deseo: "N o esté yo separado eternam ente.. .
Jam ás esté separado” —lo cual puede significar un
doble deseo de unión con Dios, en la vida eterna y en
toda la duración de la existencia terrestre. Pues hay
un motivo más que Pascal repite, con la misma re­
duplicación con variante que tanto llama la aten­
ción en el texto del 23 de noviembre: "N o se encuentra
sino por las vías que enseña el E vangelio.. . no se
conserva sino por las vías que enseña el Evangelio.”
"Encontrar a Dios”: antes de la conversión, el hom ­
bre de deseo pudo suponer que se trataba de un fin,
un térm ino de toda búsqueda, más allá del cual no
habría más que el reposo de! alma segura. El m inu­
to solemne acaba de revelarle que este término no es
para nada detención de toda vida y de toda tensión;
es, antes bien, comienzo y nueva vida. Si la escritura
enseña las vías para ir hacia Dios —también aquí la
Apología tendrá muy presente esta certidumbre del
Memorial—, también hay que buscar en ella el mo­
do de "conservar a Dios” . Este precepto im plica una
noción de la gracia que reaparece en Pascal —"el
alm a hum ana tiene la doble capacidad de recibir y
de perder la gracia” — y que supone una coopera­
ción de la naturaleza, no solamente en forma de
44 PRESENTACIÓN

petición de la gracia sino también como petición


de su presencia renovada y continuada.
El Memorial de m ano de Pascal, el que escribió
aquella misma noche, concluye, después de esta úl­
tima afirmación, con las palabras: “ Renunciación
total y dulce.” El pergamino al cual trascribió el
texto a fin de llevarlo siempre consigo —no tenemos
más que la copia, enteramente digna de fe, hecha
por su sobrino, el abate Louis Périer— trae tres lí­
neas más, añadidas probablemente al otro día o po­
co después. Indican que Pascal extrajo de su expe­
riencia de noviembre conclusiones tocantes a su
práctica religiosa: “sumisión total a Jesucristo y a
mi director". Es la respuesta dada al punto preciso
al cual se había resistido y ante el cual le cosió cierto
esfuerzo abdicar. Pero en el acto vuelve la palabra
"alegría", ligada a esta resolución de "conservar a
Dios” durante la vida terrestre: “ En alegría eterna­
mente por un día de ejercicio en la tierra."
El ritmo interior propio de Pascal, que es idéntico
a él mismo en todos los dominios de su preocupa­
ción, resulta así más sensible que nunca en este do­
cumento íntimo, que permite im aginar lo que fue
su conversión. Con lodo, ¿no iría, como en tantas
otras ocasiones, a contentarse con aquel salto ade­
lante, con aquella intromisión hasta el centro, y a
descuidar una vez más el "ejercicio” necesario para la
explotación de su victoria? Verdad es que, en el caso
de la ilum inación religiosa, no es cosa de un triunfo
imperiosamente ganado, como en las conquistas de
la inteligencia, sino más bien de un gesto interior
exactamente inverso: por esta vez Pascal se ha dejado
UN GENIO JUVENIL 45

conquistar y, en lugar de apoderarse de lo que sea, se


ha entregado, en la renunciación total. Las leyes que
rigen el "orden de la caridad’’ no son las que gobier­
nan el "orden de los espíritus".
Hubo, con todo, al día siguiente del 23 de noviem­
bre, tergiversaciones de su parte, temores en Jacque-
line y, con los puertorrealistas, negociaciones en las
que el ardor del converso parece atemperarse con
abundante prudencia. Apenas practica un corto reti­
ro en los Campos, rodeándose de precauciones a fin
de que permanezca en secreto. Charla sobre Epicteto
y Montaigne con el señor De Saci, sigue en relacio­
nes continuadas con Méré y Mitton, no se decide en
absoluto a com partir la vida de los demás messieurs
en la soledad. Si él es de Port-Royal, es para el com­
bate de las Provinciales, no para ingresar en el retiro
y la obediencia. De suerte que en las “cartitas” po­
drá. sin mentir, protestar que no pertenece a Port-
Royal. Su renunciación tal vez no sea tan total como
para que el gusto por los lances de armas, el uso de
su arte de persuadir y el orgullo de las controversias
victoriosas no dominen aún con firmeza este cora­
zón poco propenso al abandono quietista. Harán
falta años de luchas, de trabajos y de enfermedad
para que su vida se transforme en un ejercicio conti­
nuo y continuamente vuelto hacia Dios.
Por desgracia, no conocemos la fecha del Misterio
de Jesús, que acaso no fuera escrito para incorporar­
se a la Apología, pero que por su significación ocu­
pa en ella un lugar esencial. Esta meditación dialo­
gada, compuesta con cuidado evidente, no podría
ser tomada por un documento de igual orden que el
46 PRESENTACIÓN

Memorial; aun si algunos de sus elementos parecen


proceder de la experiencia personal de Pascal y res­
ponder a sus dificultades interiores, es indiscutible
que el “yo” que responde aquí a las palabras de
Jesucristo no se confunde, sin más, con Blaise Pas­
cal. Figura de fijo a la creatura, y su situación es la
reservada a toda alma puesta am e su Dios con el
peso de sus pecados. Este distingo es importante des­
de más de un punto de vista, ante todo porque, no
habiéndolo señalado con claridad, con frecuencia se
ha interpretado en forma abusiva esta admirable pá­
gina. De tal suerte, el abate Bremond la usó como
argum ento para demostrar el jansenismo de Pascal,
so pretexto de que pediría en ella al Señor un signo
tangible de su elección particular y quisiera persua­
dirse de que el Redentor derramó por él —por él
solo— “tales golas” de su sangre. La objeción se
viene abajo no bien el "yo” deja de ser un hombre
entre todos para ser el hombre, todos los hombres
representados en uno.
Se ha hecho observar que el problema de la sum i­
sión a un director vuelve a plantearse en el Misterio
de Jesús, al grado de que seria verosímil que cayera
hacia el tiempo en que fue escrito el Memorial. Un
pasaje, que por largo tiempo permaneció bastante
oscuro, alude por cierto a este últim o reducto del
orgullo pascaliano, que inquietó a Jacqueline y a
lodo Port-Royal a principios de 1655: "Te hablo y te
aconsejo a menudo porque tu conductor no puede
hablarte; pues no deseo que carezcas de conductor. Y
por ventura lo hago a sus instancias, de suerte que te
conduce sin que lo veas.” Estos renglones, de cual­
UN GENIO JUVENIL 47

quier modo, no aparecen en los manuscritos más


que en un corto fragmento sin relación del todo
segura con el texto coherente del Misterio de Jesús.
Mas dos alusiones, en éste, parecen indicar preocu­
paciones análogas: una que desea “maestros" que
Dios nos otorgase “con su m ano”; otra, más clara
(sobre todo en la versión corregida según los m anus­
critos por Toum eur y Lafuma), es un requerimiento
puesto en boca de Jesús: "Da testimonio a tu direc­
tor de que mis propias palabras te son ocasión de
mal y de vanidad o curiosidad." Pero si es cierto que
tales confrontaciones nos conduzcan a comprender
mejor el Misterio de Jesús y a advertir que Pascal lo
escribió turbado aún por un conflicto interior, seria
errado insistir demasiado en este punto. No hay que
llegar al grado de oponer la persistencia de este tor­
mento a la alegría que estalla en el Memorial.
El Misterio de Jesús nos traslada al corazón de la
vida espiritual de Pascal, revelando a la vez la con­
ciencia que tenía de su propio orgullo y el esfuerzo
que le costaba doblegarlo en un acto de hum ildad.
Se percibe también, más allá de este hecho aún psi­
cológico, la contradicción más profunda que otorga
sin duda a la figura de Pascal su verdadera grandeza:
si no es él ni el hombre de la angustia que ha sido
demasiado preferido o atacado en él, ni el hombre de
la apacible certidumbre cuya imagen ciertos Pensa­
mientos podrían sugerir, es que en determinado sen­
tido no ha dejado de ser, conjuntamente, el uno y el
otro. Su alegría es inseparable de su sufrir, como su
certidumbre de su dudar, como su total sumisión de
su inclinación a la rebelión —como, tal vez, al gesto
Porl-Royal: el palomar.
Port-Royal: una celda de tas Granges.
50 PRESENTACIÓN

impulsivo de su impaciente genio se apareja por


necesidad el don de la lenta meditación.
Su naturaleza —exigencia em pujada hasta el es­
cepticismo sistemático, gusto de argumentar, espíri­
tu conquistador, orgullo de la razón, empujes súbitos
pero súbitamente abandonados— no ha sido dom a­
da en absoluto por una ascesis o una disciplina: ha
sido integrada, asumida, empleada en una vida reli­
giosa que, sin asfixiar estos dones, aunque no sin
volverse difícil a veces, como que los ha asociado a
los dones opuestos. Esta espiritualización por unión
de los contrarios se ha hecho posible, por lo demás,
merced a una tendencia innata en Pascal: esa pro­
pensión a la paradoja que desde el origen lo llevaba
a nunca descubrir sin placer manifiesto las '‘contra­
riedades’' de que está tejida profundamente la es­
tructura de lo real.
El Misterio de Jesús es el texto donde en el curso
de la meditación y del modo más evidente parecen
atarse esos nudos de la naturaleza pascaliana con la
gracia implorada y recibida. Y se anudan alrededor
de un punto fijo, que no es elegido al azar sino
ciertamente en función de toda la experiencia pasca-
liana: la agonía de Jesucristo. En los prodigiosos
versículos con que comienza el Misterio, la Pasión
es evocada con un raro poder sugestivo, por alguien
que no ha dejado de considerarla hasta adquirir de
ella una visión extrañamente presente. No hay pala­
bra en estos breves párrafos que no imponga, con
autoridad inaudita, la imagen única del sufrimien­
to. Es el Cristo de los dolores quien se alza en su cruz
frente a los ojos del pecador invitado a “no dormir
UN GENIO JUVENIL 51

mientras dure ese tiempo” , como lo hicieron los dis­


cípulos en el Monte de los Olivos. Desde lo alto del
madero, el Señor inclina la mirada al pecador que se
acusa de no tener fe suficiente. Sus palabras son el
consuelo, pero severas: “ No me buscarías si no
me hubieses encontrado. . . No me buscarías si no me
poseyeras”: por dos veces el tema de San Bernardo
—non possent quaerere non habentes— resuena an­
tes de esta conclusión: “No te inquietes, pues.” Ten
confianza, no temas, pues "es asunto mío tu con­
versión”. Hecha esta promesa, y reiterada en forma
de exhortación al abandono, el Crucificado adopta
un tono más rudo para recordarle al hombre sus
faltas y para explicarle, no obstante, que las rescatan
los sufrimientos del divino sacrificio: “Soy más tu
amigo que tal o c u a l. . . ”, pero también: “si cono­
cieras tus pecados, te descorazonarías”, y cuando la
creatura acepta —"perderé corazón, pues”—, llega
la réplica decisiva: “No, pues yo, por quien te ente­
ras de ello, de ello te puedo curar, y el que te lo diga
es signo de que quiero curarte." A esto responde, al
fin, el gesto del abandono: “Os doy todo, Señor."
¿Todo? —es decir nada, es decir la nada del ser crea­
do, su pecado y su malicia, su "abismo de orgullo,
de curiosidad, de concupiscencia". Nada, si no es el
pecado mismo y el sufrimiento, porque en Jesucris­
to el pecado y el sufrimiento se han convenido en
dones, recreados en la caridad. Sigue, en efecto, un
parágrafo que puede parecer de singular audacia:

No hay relación ninguna entre Dios o Jesucristo justo y


yo. Pero ha sido hecho pecado por mí: todos vuestros
52 PRESENTACIÓN

azotes han caído sobre ¿1. Es más abominable que yo y,


lejos de aborrecerme, se da por honrado porque vaya yo
a él y lo socorra. Mas se ha curado a si mismo, y con
más fuerte razón me curará. Hay que añadir mis heri­
das a las suyas y unirme a él, y me salvará salvándose. . .

Se capta aqui, mejor que en otros lugares, el ver­


dadero sentido de ese “cristocentrismo” pascaliano
que lo acerca decididamente a los jansenistas (¿no
escribía Joubert, con gran tino, que “ los jansenistas
le quitan al Padre para darle al H ijo”?). En la para­
doja de la miseria y la grandeza que define a la
creatura, paradoja que Pascal ha vivido en carne
propia, Jesucristo miserable en la cruz —portador
en ese mismo instante de toda la caridad divina—
interviene como conciliador de la contradicción. Es
preciso que Dios descienda al corazón de la hum ana
congoja y del pecado, hace falta que sea el más men­
digo de los mendigos, aquel que implora el socorro
del pecador, del hombre vagabundo, a fin de que la
congoja, el pecado, el vagabundeo se eleven hasta él y
los transfigure con su agonía. La alegría nace de este
dolor a la vez divino y humano.
Es preciso asimismo que la creatura haya dudado
hasta la desesperación y se haya “descorazonado” ,
para que la compasión del Dios que clamó de sole­
dad en la cruz acuda, con una palabra, a "curarla” y
ofrecerle la certidumbre de la salvación. El orgullo
mismo, ese movimiento obstinado del ánimo al cual
Pascal gusta tanto de darle el nombre de "curiosi­
dad”, es confesado para que se libere, merced a tal
aceptación, la sumisión por largo tiempo denegada.
Asi se resuelven, al pie de la Cruz, una a una. las
UN GENIO JUVENIL 53

contradicciones pascalianas, hasta la últim a y más


tenaz, que opone paciencia e impaciencia. El Miste­
rio de Jesús, en su concisión, conserva algún pareci­
do con todas las páginas principales de Pascal, con
su carácter extraordinariamente repentino en el acto
de ir al meollo del problema. Pero también la vista de
la pasión —de la paciencia, es casi la misma cosa—
de Jesucristo inspira esta vez un movimiento que va
desde el drama hasta el aplacamiento, desde el salto
inicial hasta la dilatada reflexión y hasta la espera
sumisa. Que Pascal recuperase luego, a menudo, su
rápida marcha y sus saltos, no altera en nada esta
paz, una vez conquistada. Por largo tiempo se entre­
gará a explorar el misterio que se descubrió a sus
ojos: será la duradera aplicación de su espíritu a la
apología de la religión cristiana. No olvidemos, en
cualquier caso, que este misterio es un misterio de
sufrimiento: a la estéril inquietud de la naturaleza
sucede un estado más dichoso, sí, pero en el cual
subsistirá siempre el dolor de no poder decirse en
posesión asegurada de la salvación. La “jom ada de
ejercicio” terrestre no es ningún reposo.
La Apología traspondrá, por decirlo así, al plano
de la hum anidad, de sus relaciones con Dios y con la
creación, la misma experiencia que, en el Misterio
de Jesús, se había dado en el interior del alm a soli­
taria. Si la agonía divina orientó de repente al ser
alrededor de un solo polo y resolvió sus contradic­
ciones en la armonía, el mismo sufrimiento del Cris­
to será la clave que restituya al hombre a su relación
con el Ser y con la nada. El sufrimiento y la alegría,
de nuevo, se encontrarán enlazados en una especie
54 PRESENTACIÓN

de sinonim ia inexplicable pero real. Con el mismo


ardor juvenil, Pascal va a volverse hacia ese campo
más vasto, y al mismo tiem po abandonará su sole­
dad para participar su alegría a quienes la ignoran.
A partir de entonces no bastará ya con ver, en el
espacio de una hora de ‘'fuego'*, dónde se halla el
centro de todas las cosas. Se trata de revelarle al
prójim o el itinerario mediante el cual se aproxima
uno a ello: será necesario un método.
UNA CONQUISTA METÓDICA

C on demasiada frecuencia, la obra de Pascal ha sido


leida como si fuera un diario íntim o, y las citas que
de ella se hacen más comúnmente han ido acreditan­
do poco a poco la imagen de un hombre que vivía
en la ansiedad, presa de un tormento perpetuamente
inaplacado, según habría confesado día tras día en
sus notas. Sin lugar a dudas, sería caer en el exceso
contrario el negarle a los escritos de Pascal y a su
aventura interior todo carácter patético y el querer
convertirlo en un maestro de quietud espiritual, por
haber sido demasiado presentado como un profesor
de inquietud. Pero el pathos indiscutible de su esti­
lo, la angustia que deja transparentarse en varios
pasajes decisivos no son de igual naturaleza que los
bellos tormentos románticos o los negros humores
modernos. Enseñando la busca "gem ebunda” de la
verdad, nunca sintió la tentación de hacer de la an­
siedad la virtud suprema n i de encerrar en ella a
aquellos cuya ciega seguridad quería arruinar. An­
tes de interpretar sus palabras y de pretender extraer
su lección, conviene tener bien presente que Pascal es
demasiado un hombre de su siglo como para no
haber pensado en convencer, antes que en pintarse o
expresarse en lo que pudiera tener de más particular.
Conviene no olvidar tampoco que los Pensamientos
son los fragmentos de un libro inconcluso, y que
dicho libro era concebido como un discurso de­
mostrativo.
55
56 PRESENTACIÓN

Un discurso supone la presencia, frente a aquel


que lo compone, de un interlocutor real o ficticio,
de quien se traza una imagen bastante precisa. Aquel
al cual se dirige Pascal tiene un rostro bien definido
y cierta actitud mental, en función de la cual el apo­
logista cristiano escogerá su arte de persuadir. Pero,
como siempre ocurre, ese personaje que Pascal im a­
gina no deja de parecerse más o menos a un interlo­
cutor de adentro: a alguien que el escritor tiene con­
ciencia de ser o de haber sido él mismo en una de las
etapas de su devenir. Todo diálogo, en este sentido,
es un diálogo platónico, cuyas voces alternadas nun­
ca son tan exteriores que no denuncien, por una u
otra de sus inflexiones, un origen común y una fuente
que no debe buscarse en otra parte que en la expe­
riencia y la personalidad del autor. Si éstese confun­
de en intención con uno de los personajes y si em­
prende el combate adoptando el partido de su portavoz
declarado, supondrá no obstante en el otro, aun muy
diferente y concebido según observaciones objetivas,
ciertas reacciones posibles, ciertos puntos de vulne­
rabilidad sobre todo, cuyo diagnóstico descansa en
el conocimiento de sí. Buscará la rendija de la coraza
precisamente en la juntura que sea más débil en su
armadura propia: Aquiles debía por naturaleza apun­
tar al talón del adversario...
A partir del hecho de que Pascal se encarnice en
combatir las resistencias del “hombre sin Dios" y de
que lo conciba a ejemplo de los libertinos de sus
alrededores, sería simplista concluir que en un mo­
mento cualquiera de su vida debiera asemejárseles o
ser ganado por sus tesis. Pero es probable que no nos
P E N SE ES
D E

M- PASCAL
S UR LA RELI GI ON,
ET S U R QJJELQUES
AUTRES SUJ ETS.
fis M»«» s*>; o - wwmwwwm o*
I.
Contrc ÍJndiffcrence des sithées.
U E ccux qu¡ combattenc
la Religión apprennent au
moins quelle elle cft avant
que de la combattte. Si
cette Religión icvanioit d'avoir une
vciic clairedc Dieu, fie de lepoffedcr
UNA CONQUISTA METÓDICA 59

equivoquemos si, observando con cuidado los asal­


tos que emprende, nos preguntamos qué efecto psi­
cológico prevé y en qué lugar sitúa las debilidades
del frente enemigo: puede apostarse cualquier cosa a
que todo lo determina en el prójim o después de ha­
ber conocido por sí mismo su existencia.
De haber nacido Pascal con la naturaleza ansiosa
que suele atribuírsele, sería de esperarse verlo tomar
como primer blanco la propensión del otro al mie­
do, y su primer cuidado consistiría en aplacarlo.
Ahora bien, procede muy al contrario, eligiendo p a ­
ra dialogar a un hombre que no es difícil de identi­
ficar: confiado en sus propios medios, firmemente
sustentado por la razón y que se cree amo del univer­
so como lo es de si mismo. ¿Cuál de los dos estará
más cerca del Pascal anterior a la conversión (o a las
conversiones sucesivas, si nos atenemos a la termi­
nología jansenista de los biógrafos tradicionales):
ese sabio optimista, o bien el que se empeña en apar­
tarlo de su quietud, m inando el bello edificio de su
confianza en sí? Es cuando menos probable que ata­
cando a este adversario demasiado seguro de su cien­
cia y de sus métodos de pensamiento, Pascal apunte
al orgullo de espíritu que necesitó superar penosa­
mente a fin de llegar a las dichosas sumisiones de su
fe presente. Cristiano, desea abatir una tranquilidad
en la cual reconoce una de las tentaciones más per­
manentes, y echar por tierra un refugio donde sabe
demasiado bien que el hombre propone a ir a buscar
una paz perniciosa. Había conocido esta apacible
seguridad en el tiempo en que proclamaba los cons­
tantes progresos de la hum anidad pensante; aún no
60 PRESENTACIÓN

había abdicado de la grandeza del hombre, a quien


el ejercicio de la inteligencia distingue de los demás
seres creados. Pero había llegado asimismo a discer­
nir que nuestra naturaleza no se confunde con ese
privilegio indiscutible, y ahora le parecía que lim i­
tando a ello la atención se corría el riesgo de ignorar
la mitad de la verdad. Había, pues, que sacudir una
confianza tan dudosa. Los Pensamientos no fueron
escritos, como se ha repetido en exceso, para respon­
der a un terror cotidianamente experimentado, sino
para sanar al prójim o luego de haberse curado a si
mismo de una certeza demasiado grande y funesta
para el alma.
Por los fragmentos y el ensayo que Pascal consa­
gró al arte de persuadir, es posible juzgar acerca de
la clara conciencia que tuvo de estos vínculos en­
tre la composición de su libro y la psicología de su
lector ideal. Si se empeñó en conocer bien las reglas
de aquel arte, fue sin duda en virtud de un cuidado
común a todos los escritores de una época en la cual
no se concebía que nadie pudiese componer una
obra válida sin haberse adueñado de una retórica
muy exacta y estrictamente codificada. Pero, más
aún, fue en virtud de una pasión que lo empujaba a
im poner la adhesión: tal eficacia requería, en su
concepto, todos los medios que pueden extraerse de
la psicología del oyente, atentamente estudiada. Pas­
cal se ha planteado y vuelto a plantear el problema
de las vías del convencimiento, examinándolo pri­
mero desde un punto de vista general y luego reali­
zando la aplicación metódica al caso particular del
libertino a quien se proponía convertir. A lo largo
UNA CONQUISTA METÓDICA 61

de todos los Pensamientos se lo sorprende interro­


gándose acerca de la marcha por emprender, esbo­
zando el orden de sus argumentos fiara tal o cual
capítulo, preguntándose si hay que aclarar y fortifi­
car la razón o bien reducirla, por la desesperación, a
una necesaria abdicación. Escruta los reflejos del ins­
tinto, las resistencias de la costumbre, elige con ori­
ginalidad entre las demostraciones tradicionales de
los filósofos y de los apologistas. Si de camino se
topa con equis prueba adelantada en favor de la
existencia de Dios —las maravillas de la creación,
por ejem plo—, piensa menos en el valor intrínseco
del argum ento que en su oportunidad, y en el lugar
que es posible asignarle, dada la actitud de aquel a
quien es preciso persuadir.
l a s controversias siempre reiniciadas sobre el ra­
cionalismo o el antirracionalism o de Pascal se apar­
tarían con menos facilidad de su objeto si se tuviera
cuidado de situarlas en la perspectiva de esta inten­
ción primera, que es siempre más o menos la de una
pedagogía. Ya alabe Pascal las potencias racionales
o ponga al desnudo sus limites, ya le entregue todo
al corazón o no parezca, con su apuesta, querer invo­
car sino el rigor de un cálculo matemático, se corre
el riesgo de no encontrar en él más que inextricables
contradicciones si se obstina uno en extraer de sus
escritos un sistema coherente y una jerarquía de los
valores fundada en algún postulado metafisico cla­
ro. Las incompatibilidades se eliminan sin dificul­
tad no bien se comprende que Pascal no plantea
ninguno de estos problemas en lo absoluto, sino
siempre en función de una situación dada y desti­
62 PRESENTACIÓN

nándolo a cierto hombre, a quien procura conducir


por el mejor itinerario hasta el fin previsto. Por
ningún lado se manifiesta el deseo de elaborar una
teoria del conocimiento; sólo le interesa alcanzar
una práctica de la acción persuasiva.

Para definir a su interlocutor imaginario, Pascal


piensa, pues, en lo que fue él mismo y en loque son
algunos de sus amigos. Hoy por hoy se sabe que
tuvo más relaciones de lo que se creía, y más ínti­
mas, con diferentes medios de ateísmo militante.
Quienes allí trataba eran espíritus avezados en el
análisis científico de los hechos, liberados de la tra­
dición escolástica, que esperaban m ucho del progre­
so de los conocimientos humanos, y por añadidura
muy poco metafísicos. Había inteligencias serias pe­
ro también varios jugadores que afectaban un am a­
ble desenfado y, so pretexto de universalidad o de
obediencia al ideal del “hombre de bien", preferían
esquivar cualquier estudio especial un poco hondo.
Entre la gravedad apasionada y el divertimiento in­
telectual, si no es que a veces la licencia de las cos­
tumbres, el m undo de los libertinos ofrecía sobrados
matices que no se le escaparon a Pascal.
El hombre en el que piensa como en el hombre de
siempre —pues no se fija para nada en su evolución
histórica— es en realidad el hombre de un momento
dado de la historia. Estamos en la secuela del Rena­
cimiento, después de Montaigne y Charron, en la
época en que los poetas de las tabernas y los físicos
de los laboratorios se ponen de acuerdo para poner
en duda los imperativos de todos los dogmatismos,
UNA CONQUISTA METÓDICA 63

de la moral como del conocimiento. Los recientes


descubrimientos, los progresos rápidos de las mate­
máticas, de la física, de la astronomía, han roto la
esfera cósmica del pensamiento antiguo y medieval,
cerrada sobre sí misma, armoniosa en sus límites y
donde el hombre se había asignado un lugar que po­
día reconfortarlo, inscribiéndolo en un sistema de
referencias estables. El nuevo universo físico, cuya
infinitud espacial aparecía de repente ante la vista
pasmada de la creatura hum ana, le arrebataba la
ancestral ilusión de su realeza y la certidumbre de
hallarse en el centro de una creación proporcionada
a su estatura. La infinitud, largamente considerada
un atributo de la sola existencia divina, pasaba al
nivel de las calificaciones del m undo creado. No era
posible que aquella brusca ampliación de los hori­
zontes y aquella repentina desproporción compro­
bada entre la medida del hombre y la medida del
universo dejasen de causar que otra vez fuesen pues­
tos en tela de juicio todos los sistemas teológicos y
filosóficos adaptados a la antigua visión de las co­
sas. Y si el pensamiento, por haber forzado las fron­
teras del antiguo cosmos finito, concebía la am plitud
de sus propios poderes, la pequeñez del hombre fren­
te a un cosmos sin limites no podía sino inspirar
una angustia muy opuesta a dicho movimiento de
orgullosa confianza.

T al es la angustia de la cual pudo adquirir concien­


cia Pascal, no solamente por haber experimentado
su vértigo sino porque, con excepcional agudeza,
discernió el problema principal de su tiempo. Sin
Port-Royal de París. El patio exterior (en 1647) y el
patio del claustro.
UNA CONQUISTA METÓDICA 65

darse tal vez cuenta de las razones históricas que


obligaban al pensam iento a afrontar esta precisa
cuestión, fue llevado a reconocerla como capital, ya
que las circunstancias de su formación intelectual y
las tendencias innatas de su espíritu lo colocaban
exactamente entre dos mundos que se sucedían, y en
el punto sensible de su transición. Iniciado en las
innovaciones del Renacimiento y de las generacio­
nes siguientes, había recibido también una enseñan­
za religiosa que hallaba en él disposiciones favorables
y respondía a un llamado profundo. Otros, sin tener
las mismas necesidades espirituales ni haber conoci­
do las mismas experiencias —las de las “conversio­
nes” de Pascal y de la "noche” del Memorial—, po­
dían extraer sus razones de esperanza de las conquistas
y verificaciones de la ciencia en progreso: el universo,
recién dilatado hasta enormes dimensiones, se ofrecía
a la inteligencia hum ana, la cual se juzgaba capaz de
inventariarlo y contaba, por supuesto, con pasársela
en adelante sin la hipótesis de un creador y de un amo
de los destinos. De fijo llegaría el hom brea explicarse
su propia existencia y ya se preparaba para tornarse
él mismo un objeto entre otros del conocimiento
científico. Enfrentado a estas esperanzas, Pascal repa­
ra, más aún que en su fragilidad, en su inhum anidad:
en lo que, en ellas, no podría satisfacer la vocación
hum ana de felicidad o, por lo menos, la necesidad de
hallar una explicación de la existencia y la condición
del hombre. Presiente que la actitud adoptada por el
espíritu moderno no responde a las cuestiones que
el pensamiento teológico había parecido resolver. De­
seoso de alcanzar una síntesis donde la verdad revela­
66 PRESENTACIÓN

da pudiese integrar los resultados del esfuerzo hum a­


no hacia un saber más vasto, obedecía a la necesidad
interior que debía comprometerlo a buscar una con­
cordancia entre sus dos tendencias principales. Pero
al mismo tiempo, cuando procuraba representarse la
posición de sus contem poráneos, arrebatados por
la esperanza de la razón conquistadora, imaginaba
todo lo que él hubiera echado a faltar en caso de
haber pretendido detenerse él mismo en tal elección
o dejarse arrastrar por aquel impulso.
La verdadera angustia "pascaliana" es la del pen­
samiento que ya no está seguro de dom inar su obje­
to o, más exactamente todavía, que no se siente ya
capaz de hum anizar dicho objeto, de establecer entre
él y la viviente creatura un nexo satisfactorio. ¿Po­
drá aún asignarse al hombre un lugar donde vivir
sin quedar abrumado, en un m undo en adelante sin
común medida con él? Pascal se propondrá esta cues­
tión con una insistencia que pudo hacer creer que
jamás se vio libre de su fascinación. Y es un hecho
que no conoció respiro mientras, por el esfuerzo sos­
tenido de su pensamiento, no hubo reconstruido un
universo en el que el hombre no quedara aplastado.
Devolver a la creatura su “estatura'’, restituirle una
“situación*’, abrir ante su vista un panoram a de ella
misma susceptible de sustraerla del miedo: tal es,
por cierto, el fin de la apologética pascaliana. Pero
conviene no detenerse en las etapas preliminares de
esta búsqueda. Ni el miedo evocado, ni los ataques
contra la razón, ni el cuadro de la miseria hum ana
son su fin en sí mismos. Pascal no se confunde con
ninguno de estos recorridos; ya sean pasivamente
UNA CONQUISTA METÓDICA 67

seguidos o concertados a sabiendas, los endereza a


un fin que los rebasa: a esa quietud y esa alegría de
las cuales la parte propiam ente cristiana de la Apo­
logía debiera describir las recuperaciones. Para cuan­
do Pascal escribe los Pensamientos, ya está más allá
de la ansiedad, y eso suponiendo que antes cayese
del todo en ella, y no la reviviese, más bien, por la
imaginación, a fin de confrontar a su lector. Com­
pone su libro precisamente para demostrar que, pese
a su desproporción ante el universo, el hombre pue­
de asignarse puntos de referencia en donde asentar
su certeza: mejor aún, dichos puntos de referencia le
son dados de todo en todo, y a él no le resta sino
hacer el gesto de la aceptación.

Pascal se asombra de que pueda vivirse fuera de la


verdad revelada que devuelve a la creaiura su “lu­
gar" y le ofrece la alegría. Es este asombro el que
intentará hacer que su lector experimente, m ostrán­
dole cómo todo es incomprensible no bien se rehúsa
uno a adm itir el incomprensible misterio de la caída
y de la Redención. Con respecto a la admirable ade­
cuación que aparece entre nuestra condición y la
doctrina cristiana, los descubrimientos de la ciencia
moderna son tan poca cosa que es locura pretender
volver a poner en duda todas las verdades de la fe en
nombre de las verificaciones establecidas por nues­
tro saber en progreso. Eso es "de otro orden” , sin
común medida. El hum anism o profano se remite,
ya en su propio nombre, al interés por el hombre y su
verdad autónoma; mas pierde, de camino, lo esen­
cial del dato hum ano, y ante todo esa dependencia
68 PRESENTACIÓN

reconocida, declarada, que es inherente a nuestra


naturaleza e inseparable de nuestra auténtica libenad.
Para Pascal, cualquiera otra actitud ha demostra­
do ser insostenible, desengañadora, frágil. Fuera del
misterio cristiano, ve nada más distracción culpable,
abandono de nuestras necesidades más reales u or­
gullo insensato de la inteligencia. Es entonces cuan­
do frente a él se precisan los rasgos de ese interlocu­
tor que es menos su adversario en una justa intelectual
que su prójimo, prisionero de un trágico error del
cual va a ser preciso liberarlo. Pascal considera con
estupor y compasión este espíritu "moderno” que,
descansando en las conquistas de las ciencias e ini­
ciado en la concepción de un infinito material, no
por ello experim enta el m enor terror. Semejante
quietud, del todo opuesta a la profunda paz del al­
ma creyente, no puede ser, a sus ojos, sino objeto de
escándalo. Se entregará apasionadamente a deso­
rientarla.
De modo que, como dice uno de sus planes, va a "co­
menzar por la incomprensibilidad”: lo primero que
tenga que demostrar al interlocutor ficticio será
que se figura neciamente poseer la llave de los enig­
mas. cuando el fondo del problema permanece fuera de
sus manos. Se trata de despertar a este durmiente,
de abrirle los ojos a este ciego voluntario, de hacerle
reconocer que su universo racional es una mentira,
que la realidad viviente no tiene nada en común con
semejante construcción. Pascal quiere llevarlo a com­
prender que el corazón hum ano exige respuestas que
la ciencia es incapaz de darle. Para obligarlo a darse
cuenta de ello, se dedicará a suscitar en el espíritu
UNA CONQUISTA METÓDICA 69

del otro temores nuevos, mostrándole que, si se atie­


ne uno a las pretendidas certidumbres de la inteli­
gencia, todo es absurdo, incomprensible, irrisorio, o
bien todo es terrorífico, preñado de amenazas.
En este preciso momento del torneo figuran aque­
llos célebres pensamientos que atraviesa el estreme­
cimiento de la angustia: silencio eterno, reinos que
nos desconocen, el últim o acto sangriento, corremos
hacia el precipicio...
Estas frases insistentes están compuestas con todo
el cuidado de un escritor que pesa sus palabras y
calcula el efecto de sus ritmos. Resulta ingenuo sor­
prenderse de ello y, como lo hizo André Gide, tener
desconfianza de un hombre que evoca la congoja
con tanto arte; había que empezar por preguntarse si
semejante congoja era considerada como recuerdo
aún palpitante de instantes medrosos, a los cuales
habría convenido la expresión del grito espontáneo.
El cuidado de pesar sus palabras deja de ser sorpren­
dente si quien escribe, lejos de estar haciendo cons­
tar sus estados de ánimo, imita adrede el acento del
pavor, para uso de alguien más, a quien presta este
sentimiento —a menos, claro, que no desee inspirár­
selo. Parecidamente cae la objeción, en apariencia
tan fuerte, de Paul Valéry: se recordará que halla
sospechosa la autenticidad de *‘una congoja que es­
cribe bien" y protesta contra un escritor que "em ­
peora la verdadera situación del hombre" y que en
todo caso desea "que se tome su industria por su
emoción". Valéry concluye: "Veo demasiado la m a­
no de Pascal." Pero esta crítica sólo sería atendible si
la intención de Pascal, bien establecida, fuese comu­
70 PRESENTACIÓN

nicamos su emoción, no si compone estos herniosos


discursos del miedo para prestárselos a su interlocu­
tor, en un diálogo que pertenece a la ficción litera­
ria. Sería reprocharle a un escritor el escribir, a un
artista el expresarse, a no ser en el desorden en el
cual se quiere románticamente que viva. Las frases de
Pascal acerca del pavor cósmico o la inminencia
de la muerte no pertenecen a las confesiones de un
angustiado, sino al sistema apodictico de un hom ­
bre que gobierna sin falta sus instrumentos. Son
llamamientos al orden, que debían ser minuciosa­
mente insertados en la plática, en el instante más
favorable a fin de disipar falaces certezas. Se ha tra­
bado un bello combate en el que Pascal, quien prac­
ticó las armas en la esgrima de las Provinciales, dis­
tribuye sus fintas y estocadas.
Proponiéndose desorientar a un hombre cautivo
de su engañosa quietud, Pascal le pintará la condi­
ción del hombre de tal suerte que se revele inexplica­
ble y contradictoria. Pero es malo leer esta descrip­
ción de la creatura si se cree seguir en ella los pasos
vacilantes de un espíritu que, en el instante de escri­
bir, estuviese él mismo estupefácto al descubrir tanta
oscuridad en la naturaleza hum ana. Este inventario
sistemático no lo compila un corazón ansioso sino
una inteligencia soberana y soberanamente sosega­
da, que mide con aplom o la extensión de sus dom i­
nios y posee el secreto de su distribución. T odo se
articula, se sitúa y se rige en estos planos cuyos tra­
zos no han temblado jamás. El desorden no está en
la búsqueda, está en su objeto, y la pasión que ani­
ma el estilo del escritor no es la tremulación de una
UNA CONQUISTA METÓDICA 71

angustia sino la voluntad ardiente de provocar tal an­


gustia poniendo en fila los signos y los síntomas
del caos natural. Se olvida también que esta antro­
pología pascaliana no es autónoma, como la de los
“moralistas clásicos’’. Aislándola, como tantas ve­
ces lo hacen los editores y los comentadores de los
Pensamientos, se falsea su intención y su sentido.
Todas esas notas sobre la incoherencia hum ana, que
en buena parte son Montaigne traspuesto a un estilo
más agresivo —y esos préstamos librescos mismos
prohíben creer en la confesión directa de un miedo
sentido—, todos esos análisis del hombre inconcer­
tado tienen por fin ocasionar el “vuelco del pro al
contra" que habrá de operar la segunda mitad de la
Apología. Y es esta segunda mitad, propiam ente
apologética, la que es más realmente pascaliana.
Por lo demás —con todo y que nada subsista del
espíritu conciliador de Montaigne, o de su acuerdo
poético con el mundo, absurdo pero viví ble a fin de
cuentas, y aun delicioso—, la descripción que Pascal
hace del hombre es m ucho menos oscura de lo que
quiere su nombradla. Jam ás alcanza esas negruras
que encuentra uno en 1.a Rochefoucauld, esa violen­
cia en la condenación o en la irrisión que, desde
Vigny, desde Baudelaire o Nietzsche hasta nuestros
modernos pesimistas, viene llamándose, con dema­
siada liberalidad, "pascaliana". Hacia toda alegría,
Pascal no da, como Rintbaud, “el salto de la fiera",
y nada habría reconocido de su espíritu en la m ito­
logía cruel de Maldoror. Su agresión se restringe a
dos asaltos sucesivos, compensados ya, antes de que
intervenga promesa sobrenatural alguna, por un
72 PRESENTACIÓN

elogio de la creatura. Y estos dos asaltos se dirigen


contra el orgullo de la razón.
Pascal intenta primero arrancar a su lector el reco­
nocimiento de que la razón, en su estado actual des­
pués de la caída, es impotente para explicar tanto lo
finito como lo infinito, e incapaz hasta de conocer la
condición del hombre. Se entrega, y con qué obsti­
nación, a poner al pensamiento frente al hecho in­
discutible de su baldadura: que la razón confiese,
pues, que está en condiciones de captar un solo obje­
to, y que ese objeto es precisamente su propia debili­
dad. La inteligencia, que se había creído llamada a
medirlo todo, no puede medir con certeza más que
sus limites. Y aquí tenemos, por prim era vez, al lec­
tor ideal de la Apología aventado a la pura angustia,
pues se trata de aquel que fundaba en la razón su
confianza.
Hacia esta misma inteligencia presuntuosa se orien­
ta el segundo asalto, más decisivo todavía en vista de
que Pascal lo hace sabiamente proporcionado a las
seguridades que se ha propuesto derribar. No pintará
al hombre como culpable o criminal, pues acepta
acantonarse por el momento en el plano de su inter­
locutor. donde no valen los criterios cristianos de la
falta. Apenas mostrará a los hombres desdichados y
privados de alegría: no es tiempo aún, y de momento
no se trata de felicidad sino de claridad, de inteligibi­
lidad. Baste pues con describir la locura, el absurdo
de la creatura, juguete de sus ilusiones, cautiva de sus
mentiras, irrisoria en comparación con sus preten­
siones. Hablando a un creyente, se le echaría en cara
el ser un infortunado, y por su culpa. Sólo que Pascal
UNA CONQUISTA METÓDICA 73

finge un oyente que no es más que razón razonante:


no puede sino obligarlo a reconocer que es un ser
irrazonable.
A decir verdad, Pascal lleva adelante su empresa
con el rigor que debe a su método científico y con la
misma preocupación de consultar sin cesar la expe­
riencia, luego de haber circunscrito estrictamente sus
datos y condiciones. Es supuesto un hombre que se
enorgullece de sus facultades de inteligencia y que,
hasta aquí, no da testimonio de ninguna otra reivin­
dicación: Pascal le habla a ese hombre el lenguaje
que puede entender. Entonces, de repente, cuando
adm ite que tantas bellas certidumbres comienzan a
tambalearse, el tono cambia, el análisis riguroso cede
el lugar a las expresiones de la ansiedad o la desespe­
ranza. Pero es falso pronunciar con tono patético las
palabras pasca lianas en que se traduceeste sentimien­
to. Bien comprendidas, dejan asomar un matiz de
triunfo: el contentamiento de Pascal llegado a sus
fines. Pues la desesperanza es ciertamente el térm ino
al cual desearía conducir a su lector: desesperanza de
la inteligencia, resignación de quien seda cuenta de
que todas las cosas permanecen siéndole im penetra­
bles. Si quisiera expresar o provocar una desespera­
ción que hundiese en la noche todas las potencias del
ser, recalcaría exclusivamente los signos de la miseria
hum ana. Para su presente propósito, la grandeza del
hombre le suministrará un complemento igualmen­
te inapreciable. El hombre por entero miserable po­
dría aún ser explicado razonablemente, como todo lo
que tiene el carácter de la simplicidad. No se torna
para la razón un definitivo escándalo más que a
74 PRESENTACIÓN

partir del instante en que Pascal lo exhibe a la vez


miserable y grande, es decir contradictorio. Grande
por su débil pensamiento mismo, que tiene cuando
menos la ventaja de saberse deficiente. Grande por*
que es miserable, añade Pascal, y esta vez la "miseria”
no es ya solamente incoherencia y sinrazón:adquiere
el sentido del infortunio, es sentimiento del exilio,
nostalgia de “rey despojado” , siempre en pos de su
verdadero sitio y desprovisto de todo método seguro
para regresar a él.
Alcanzado este punto de la dura guerra que hace
Pascal, ¿qué es lo que ha probado? Nada, como no sea
que la naturaleza del hom brees paradoja, que la vida
no se ajusta a las exigencias de una razón que no
admite las “contrariedades”. “ Ni ángel ni bestia,
sino hombre.” No queda más que conceder que so­
mos misterio para nosotros mismos, y que buscar,
por vías que no sean las de la razón demasiado débil,
la luz gracias a la cual se ilum inará esta opacidad de
naturaleza.
Pascal concluye: “ No apruebo sino a los que bus­
can gim iendo.” No hay dicho que le haya sido más
elogiado sin captarle debidamente el sentido y como
si, confiriéndole un valor absoluto al estado de in ­
quietud, hubiese preconizado éste predicando con el
ejemplo. Otros, al contrario, le reprochan ese elogio
de la conciencia desventurada que creen poder atri­
buirle. Así escribía Andró Gide en su diario del 9 de
agosto de 1937, después de haber citado la frase pasca-
liana: "¿No es motivo como para exclamar que no
aprueba uno sino a quienes encuentran: quienes en­
cuentran con gritos de alegría?” Pero Pascal no pre­
UNA CONQUISTA METÓDICA 75

fiere a los gemebundos más que entre aquellos que


aún siguen buscando; comenzó justamente por reser­
var el primer puesto a quien “sirvea Dios, habiéndo­
lo encontrado". Buscar gim iendo sólo vale más si se
compara semejante búsqueda ansiosa con la pasivi­
dad de aquellos que "pasan la vida sin pensar" —es
decir, que viven sin enterarse de que la vida es un
enigma. El error, agrega otro fragmento, está en "to ­
m ar el partido de ensalzar" al hombre, o bien "de
censurarlo", o —tercer itinerario aberrante— “de di­
vertirse”. Por encima de la búsqueda dolorosa, úni­
ca conforme a la insoluble ambigüedad de nuestra
naturaleza, está sin embargo la alegría del que ha
reconocido que esta oscuridad es un misterio. Y aque-
1los q ue buscan, recordemos que, según Pascal, no lo
harían si no hubiesen hallado ya.

La segunda parte de la Apología, tal como podemos


reconstituirla con verosim ilitud bastante grande,
debía operar un movimiento inverso al que Pascal ha­
bía empezado por im poner al ánim o de su lector. Lo
había conducido desde una perniciosa quietud hasta
la angustia, lo había obligado a desesperar, le había
probado que carecía de lugar donde reposar en un
universo frente al cual se descubría prodigiosamente
desigual. Falta ahora volver a ascender desde este
abismo hasta la alegría, según una marcha ascen­
dente cuyos descansillos no distribuye Pascal con
menor atención: todo su esfuerzo, en adelante, ten­
derá a demostrar que el hombre puede, aun en un
m undo sin común medida con él mismo, encontrar
juntos su medida y un remanso de paz.
76 PRESENTACIÓN

El vuelco empieza a producirse cuando interviene


el recurso deliberado a lo patético. Considerada pri­
meramente bajo el aspecto de la absurdidad y de la
incoherencia, la “ miseria” ha adquirido el sentido
de una torturante pena. Pues desde hace un momen­
to el interlocutor im aginario ha perdido aquella se­
guridad que fundaba en sus capacidades. En lugar
de un sabio libertino —y es aquí adonde quería lle­
gar—, Pascal ya no ve frente a si más que una crea-
tura humana, no importa cuál, con su humilde deseo
de dicha y las aspiraciones de su corazón. Sus refle­
xiones acerca del arte de persuadir le han enseñado
que las vías del convencimiento deben ser buscadas
en la voluntad y el deseo, antes que en la inteligencia;
de ahí que vuelva sus armas hacia ese lado. Para que
emanen las fuentes de la alegría hay que empezar por
colocar al otro en estado de desearla. No habrá me­
jor modo, en adelante, que volverlo consciente de su
infortunio. T al es el papel de la famosa "apuesta".
El argum ento de la apuesta no parece que estuvie­
ra previsto en el plan primitivo de la Apología (si son
de veras las líneas esenciales de este plan las que nos
han conservado uno que otro fragmento y la memo­
ria de Filleau de la Chaise). No se trata, sea como
quiera, de una pieza maestra de la obra dejada en el
telar, o cuando menos no se presenta para nada co­
mo probatoria. Pero todo induce a pensar que su
lugar hubiera estado a la cabeza de la segunda parte
(y el examen de los indicios materiales discernidos
en los manuscritos por Louis Lafuma confirma esta
hipótesis). Representaría un artificio táctico, en el
momento de vencer una resistencia y de tocar el pun­
UNA CONQUISTA METÓDICA 77

to secreto del alma de donde nacerá el deseo de ir


más allá.
El célebre trozo es dialogado, y esta vez al menos
no podría tratarse de un diálogo interior entre Pas­
cal y él mismo. Es por cierto el apologista quien
desenvuelve su estrategia, y es el libertino, trastorna­
das ya sus convicciones pero reacio aún ante las con­
clusiones pascalianas, quien replica, se defiende, re­
gatea su adhesión. "Estáis embarcado’ dice Pascal,
sin que el otro quiera convenir. Tenéis que escoger,
no podéis rehusaros pues, lo mismo que todos los
hombres, lleváis en vos el anhelo profundo de la
alegría: tal es el sentido de un imperioso discurso
que sólo a modo de juego —aunque un juego muy
serio— adopta la apariencia de una fría suputación.
Es errado denunciar en ello un mísero cálculo de
ocasiones que aprovechar, pues esta confrontación
de las probabilidades no pasa de ser el armazón exte­
rior o el lenguaje provisorio de un texto con doble
fondo. La apuesta no es zanjada por una solución
matemática, según pudiera hacerlo esperar el enun­
ciado del problema, sino merced a un recurso a la
experiencia viviente. En tanto son adelantados ape­
nas los balances de ganancias o pérdidas probables,
según se apueste por la inmortalidad o contra ella,
el ateo no cede un ápice. ¿Y cómo cedería razonable­
mente a un método tan especioso? La desproporción
entre los bienes infinitos prometidos al fiel y los
bienes finitos preferidos por el descreído —y otro
tanto entre males y privaciones finitos o infinitos—
no estalla sino a la vista de quien ya ha escogido. La
argumentación entera no es más que artificio, al
78 PRESENTACIÓN

grado de que el interlocutor denuncia alguna enga­


ñifa, pide ver "qué hay debajo del juego” y protesta
que “ está hecho de tal suerte” que no puede creer.
Es en este preciso momento cuando Pascal, aban­
donando bruscamente la especulación matemática,
da a sus instancias una forma del todo diferente: es
entonces cuando exhorta al otro a “embrutecerse”.
Hay que guardarse aquí de una interpretación estre­
cha, que reduciría este sorprendente consejo a un
rechazo de la razón o, más sencillamente aún, a la
recomendación de atenerse a una práctica m aqui­
nal. Cierto. Pascal confía en el poder del acostum-
bramiento, y nadie mejor que él ha puesto de m ani­
fiesto la acción ejercida por la costumbre corporal
sobre el hábito espiritual. Pero hay otra cosa en la
conclusión tan apresurada de la apuesta: el valor de
la experiencia, y su verificación por la vida misma.
Ni vuestra razón desconcertada ni vuestro corazón
mal arrancado a un largo sueño os darán hoy la
facultad de creer, dice en sustancia. A lo sumo po­
dréis quererlo, poique entrevéis que es cosa confor­
me a la verdad de nuestra condición. Pero, una vez
desplomadas las defensas de vuestra duda intelectual,
os retienen todavía, sin saberlo, fuerzas de denega­
ción vuestras más oscuras. "Laborad pues, no para
convenceros por el aumento de las pruebas de Dios,
sino por la dism inución de vuestras pasiones.” Y
aquí está ya el último ataque, que carga con todo el
peso del fragmento y que arrancará al interlocutor,
arrinconado al fin, este grito: "jOh! este discurso me
transporta, me arrebata", etc. ¿Cuál discurso? El más
sencillo, pero a sus ojos el más nuevo:
UNA CONQUISTA METÓDICA 79

Ahora, ¿qué mal os llegará tomando este partido? Se­


réis fiel, honrado, humilde, agradecido, benéfico, ami­
go sincero, auténtico. A decir verdad, no estaréis en los
placeres pestíferos, en la gloria, en las delicias, mas ¿no
tendréis otros? Os digo que ganaréis con esta vida, y
que a cada paso que deis por este camino veréis tanta
certeza del beneficio y tanta nada en lo que arriesgáis,
que al fin os daréis cuenta de que habréis apostado por
una cosa segura, infinita, a cambio de la cual nada
habréis dado.

¿Qué decir, sino que la prueba decisiva la propor­


cionará el contentamiento que inspira una existen­
cia conforme a la moral cristiana? L o q u e se impone
a cualquier discusión es, pues, el acto consumado.
Vivir "en esta vida” de cierta manera y experimentar
la dicha resultante es a fin de cuentas el medio de
"conocer” la verdad infinita. El conocimiento pro­
cede directamente de la experiencia vivida. La certi­
dum bre de la existencia de Dios se desprende de este
sentimiento de vivir en lo verdadero que, a su vez, no
puede ser sino un dato inmediato, sacado de los ins­
tantes. La elección aceptada no es ya, como lo hacía
creer el inicio del debate, la opción que pudiera ha­
cer el pensamiento entre tesis por igual verosímiles,
y equivalentes según los criterios del análisis objeti­
vo; es una opción que compromete el ser entero y
que se determina por la calidad dichosa de la exis­
tencia elegida. Viviendo como si se creyera, no es
posible sino abrirse a la gracia que da la fe. La deci­
sión es dictada, finalmente, por una discriminación
de eficacia.
Desde el plano de la inteligencia, pues, el hombre
se halla devuelto a los poderes de discernimiento
A l sesgo, en el margen de esta hoja manuscrita, el
texto decisivo sobre la “apuesta", citado en la p. 79.
UNA CONQUISTA METÓDICA 81

que lleva en sí y que Pascal engloba en un solo


término, rico en sentido: el "corazón”. Es merced a
este órgano como se tiene acceso a la verdadera inte­
ligencia del orden superior, ese orden de la caridad
cuya clave es la persona de Jesucristo. En cuanto es
alcanzado este punto decisivo, Pascal puede desen­
volver la segunda parte de su apología, la que no
está ya consagrada a definir al hombre para buscar
lo que lo explicará más completamente, sino a reve­
lar los misterios cristianos a los ojos prestos en ade­
lante a contemplarlos.
Compleja, esta segunda parte puede, con todo,
reducirse a una afirmación central, hacia la cual
convergen todos los caminos del pensamiento pas­
caba no: Jesucristo es la caridad y la fuente de la
caridad: la fuente de esa comunión que rehace, con
el hombre irrisorio, una creatura capaz de Dios. Es
"ese Dios que se une al fondo dei alm a, que la llena
de hum ildad, de alegría, de am or” .
La alegría de Pascal, de la cual tan poco se habla,
ilum ina su austera apología. Responde a su senti­
miento de la miseria, tal como a la impotencia de la
razón responde la capacidad del corazón. Y esta ale­
gría adquiere su origen en la más fuerte congoja que
hayamos apreciado en Pascal: la angustia de la crea-
tura que ya no tiene lugar en su universo extendido
hasta dimensiones infinitas. El hombre, por la cari­
dad que lo hace miembro de Jesucristo, recupera un
lugar. Ha arribado al asilo que buscaba. De ahí la
animación, por momentos el lirismo, que se m ani­
fiesta en los fragmentos consagrados al misterio de
la com unión de los santos. En esta cima, ¿qué queda
82 PRESENTACIÓN

del Pascal sombrío, apasionado, duro, cuyo retrato


nos es pintado sin cesar? ¿Qué queda del jansenis­
ta, que escribió que los de Port-Royal estaban equi­
vocados "aú n más que los jesuítas", puesto que
denegaban demasiado a la naturaleza? Él sabia
que "la naturaleza es una imagen de la gracia".
La angustia que conoció Pascal no es aquella con
la que un Barrés se complacía en estremecerse. Fue,
primero, la ansiedad del pensamiento que se hace
consciente de sus límites. Es luego, después de la
conversión, el tormento personal que se m antiene
vivo en el corazón de este cristiano: el deseo ansioso
de salvación, el llamado de la creatura que pide la
misericordia y la gracia salvadoras. Mas no hay ya
nada allí que incline a la desesperación. Al término
del camino en el que empezó por hacerse adversario
de su interlocutor, antes de volverse su guía, Pascal
desemboca en la vasta llanura de la paz interior. La
alegría es saber que el hombre, en la caridad, es
capaz de Dios y, en el cuerpo místico, encuentra la
superación de su propia debilidad.
La ciencia, al proclamar que el universo creado es
infinito, no altera sustancialmente la condición h u ­
mana: tal es la lección de Pascal. Este mundo de la
desproporción, del cual se aterraba o fingía aterrar­
se, no espanta más que a la orgullosa razón. Pero
este terror es curado dos veces: por el pensamien­
to, en un plano todavía enteramente natural ("por el
espacio el universo me comprende y me engulle; por
el pensamiento lo comprendo yo"); y después por el
corazón, que sabe que la sangre de Cristo asigna al
hombre un puesto que no podría perder. Si la crea-
UNA CONQUISTA METÓDICA 83

tura, ahora, es descrita aún como miserable y su­


friente, para Pascal cristiano no puede ser una razón
de volver a dejarse desconcertar. Pues dicha miseria
hace a la creatura más semejante a la imagen supre­
ma del hombre: la del Dios encarnado y doliente.
Para el creyente, esta conformidad de su existencia
con la Agonía divina es fuente de alegría, y promesa
de unión el parecido de su rostro con el rostro dolo­
roso del Cristo.
Mascarilla mortuoria de la madre Angélique.
PASCAL SIN HISTORIA

L a apología de Pascal, concebida para persuadir a


los libertinos de sus tiempos, ¿ha pasado hoy de
moda, o bien sigue él siendo, como Claudel le escri­
bía a Jacques Riviére, el gran apóstol ad exteros? No
es muy importante, que se diga, señalar que su cien­
cia bíblica —adquirida apresuradamente, además—
ha sido superada desde hace mucho, que muchos de
sus argumentos resultan caducos ante las precisio­
nes aportadas por la exégesis moderna, y que los
textos en que se apoya han sido sometidos a crítica.
Todo este aparato podría haber caído en desuso, en
cuanto a sus engranajes menores, sin que fueran
perturbados ni sus principios de lectura de los Li­
bros santos ni su demostración en conjunto. Con
todo, el cristiano de hoy en día, al leer los Pensa­
mientos no puede evitar un doble sentimiento: esta
obra inconclusa sigue viva, con una vida radiante, al
grado de que no hay otra, en la literatura espiritual,
que con tal seguridad pueda servir de compañera de
una existencia entera, una compañera que no desen­
canta, un testigo que atestigua inmutablemente su
certeza: pero, al mismo tiempo, el cristianismo cuyo
perfil traza no coincide exactamente con el terreno
del cristianismo actual. Las armas que emplea Pas­
cal son las armas defensivas de una batalla librada
hace demasiado tiempo. Responde a problemas de
los átales unos, es cierto, existen desde el origen y
durarán hasta el fin como problemas de toda con­
85
86 PRESENTACIÓN

ciencia cristiana, en tanto que otros, planteados en


fundón de una época histórica, han perdido agude­
za. Seria éste un inconveniente muy secundario, de
tratarse sólo de la parte apologética del libro. Ahora
bien, nos damos clara cuenta de que los límites de
Pascal —que son los de su época antes que los de su
genio— circunscriben la vida cristiana y el misterio
cristiano en un espacio restringido, donde no halla­
mos todo lo que, a nuestros ojos, los constituye.
Creeriase que tanto de la Revelación como de la
naturaleza, y de la experiencia espiritual como de
los vínculos temporales, no quisiera conocer sino lo
que responde a las exigencias de su arte de persua­
dir. A fin de medir esta estrechez del ám bito pasca-
liano basta confrontarlo con la am plitud de la visión
medieval, con el universo de los Padres o de Dante,
entrecruzado de analogías y sostenido por la com­
pleja jerarquía de los símbolos. O bien, a la inversa,
descendiendo por las edades en lugar de remontar­
las, hay que comparar el campo de Pascal con el que
abarca la mirada de un Claudel entregado a estable­
cer el inventario poético de las formas creadas, un
Péguy que descubre la solidaridad profunda de los
siglos humanos, un Léon Bloy pasmado ante el abis­
mo inescrutable del ser que, para él, es muy otra
cosa que el silencio eterno de los espacios. Como el
universo espiritual de Pascal está acantonado entre
fronteras próximas, el hombre pascaliano parece
sencillo en comparación con el hombre según Dos-
toyevski o Bernanos.
No habrá que sospechar, no obstante, la menor
debilidad en su espíritu, con todo y que tenga más
PASCAL SIN HISTORIA 87

fuerza que extensión, más repentina justeza que com­


plejidad, y antes la claridad persuasiva que el poder
de descender a nuestra noche. Lo que gana en vigor,
en nitidez, en poder imperioso, tal vez lo pierda en
envergadura y hasta en profundidad. Si designa sin
errar la sombra donde permanece agazapada una
parte del ser hum ano, se contenta con saber que hay
tales tinieblas interiores y se abstiene de descender a
ellas para una exploración que juzgaría vana; pues,
a despecho de su antirracionalismo, no percibe gran­
deza sino en el pensamiento o en la vida consciente,
y al igual que todos sus contemporáneos demora su
mirada en aquello solo que puede ser grandeza y
fuente de fuerza. Ensalzan su conocimiento de la
oscuridad que hay en nosotros, pero hace falla el
espíritu rutinario de la tradición universitaria para
adm irar que Pascal sepa el poder del am or propio,
de la vanidad, de las pocas potencias engañadoras
que enumera, cuando la conciencia actual conoce
una m ultiplicidad casi infinita al lado de aquélla, y
nos enseña hasta qué juego inextricable se diversifi­
ca nuestra esencial ambigüedad.
El hombre que describe Pascal es presa de sí mis­
mo y de un reducido núm ero de fascinaciones natu­
rales, en tanto no opta por dejar que la gracia lo
eleve por encima de este estado cautivo. Piénsese, en
comparación, no diré en los análisis de los psicólo­
gos, más complicados que complejos, y engañadores
a su vez, sino en toda esa noche que habitan los
personajes de Dostoyevski o en esas presencias alre­
dedor de los seres de Bernanos, expuestos al deseo
del príncipe a quien las almas apasionan y a la vora­
88 PRESENTACIÓN

cidad del Maestro más ávido de ellas aún. El hombre


de nuestros novelistas no se ve ante esta simple o p ­
ción entre la cárcel del yo odioso y la libertad ofreci­
da por el Amor; dentro de si mismo, ahí donde nada
es ya claramente discemible, se agita el equivoco
deseo, que jam ás es tan definido que se pueda decir
si responde a la suscitación del demonio o al llam a­
do de Dios. Empezamos a comprender bien que la
irrupción de la gracia, perturbadora de la naturale­
za, produce efectos que nuestra lucidez deficiente
distingue a duras penas del trastorno que aporta el
pecado. Pascal y aun Racine —señalados ambos por
Port-Royal lo bastante como para ser testigos harto
suspicaces de ellos mismos y del prójim o— apenas
habían rebasado el umbral de este m undo de la am ­
bigüedad donde todo valor tiene su revés y también
donde toda falta porta consigo una oportunidad
inefable.
Esto, por lo demás, no significa todavía que, de
los tiempos de Pascal a los nuestros, el conocimien­
to de sí haya progresado, pues una conciencia de la
m ultiplicidad no es por necesidad más verdadera
que una conciencia que recurre a un sistema de defi­
niciones menos complejo. Un contraste igual de
grande aparece entre Pascal y Montaigne, o entre los
moralistas clásicos y Eloísa escribiéndole a Abelar­
do. ¿Qué supo decir Pascal acerca de la infancia, que
no quede mucho más acá de la perturbadora perspi­
cacia de San Agustín? Ya se trate de la descripción
del hombre, o de su inteligencia de la Revelación y
de su situación frente a Dios, cada época, como cada
persona, tiene una vocación particular que la tom a
PASCAL SIN HISTORIA

atenta a tal o cual aspecto del mismo misterio, mis­


terio del Ser o misterio de los seres.

Si es posible definir ya la vocación propia de nuestro


tiempo, o por lo menos la parte del misterio cristia­
no en la cual insisten de preferencia nuestros poetas
asi como nuestros teólogos, hay que decir, sin duda,
que en nuestros dias el acento ha sido puesto en la
inteligencia de la historia y, por consiguiente, en
la com unión de los santos. Nada más notable que la
convergencia del pensamiento contemporáneo h a d a
el mism o centro de interés: la renovación de la litur­
gia del Sábado Santo responde a esta espiritualidad
de la espera que reaparece tanto en la tendencia ge­
neral a la escatología como en la experiencia espiri­
tual de la impaciencia propuesta por la obra entera
de Léon Bloy, o en la permanencia de ciertos temas
análogos que se aprecian en un Jean Cayrol. Para
asimilar al Sábado Santo nuestra época histórica hay
que concebir la expectativa entre la hora de la Cruz y
el día de la Resurrección como análoga a ese tiem po
entre Pentecostés y el Advenimiento final que es en
el que vivimos. Mas esta interpretación, que alum ­
bra la existencia de una historia continuada después
de la venida histórica del Redentor, no es posible
sino dándole por móvil interior al movimiento del
tiempo la atracción del Fin de los Tiem pos y si, a la
vez, la doctrina del cuerpo místico es adoptada en
la plenitud de su realidad concreta.
Cierto, un escaiologismo excesivo, cuyos ejemplos
no escasean hoy por hoy, puede llevar a una espiri­
tualidad de evasión: es este escatologismo el que ve el
90 PRESENTACIÓN

tiempo entero como ya resorbido por el fin hacia


el cual se precipita y que, por consiguiente, niega o
desconoce que haya valores o compromisos tem po­
rales. Pero tenemos derecho de no ver en ello sino
una forma extrema —y sumamente peligrosa— de la
conciencia escatológica, cuando que, mantenida en
un más justo equilibrio, debiera parar en una acti­
tud del todo opuesta: por ser llamado hacia el adve­
nim iento imprevisible, como la vida de un hombre
está orientada hacia su fin por ese llamado que es su
vocación personal, el tiempo, en cada uno de sus
instantes, es portador de significación. Se dedica a
hacer eternidad, y cada uno de los compromisos que
asumimos hacia lo temporal recibe de ahí su consa­
gración. La totalidad de los vivos y de los muertos
constituye, junta, el cuerpo místico de la historia,
que no quedará conclusa e inteligible sino al térmi­
no mismo de la historia, por no quedar nada fuera
de esta total comunión de las almas, y no hay vida
cristiana que pueda circunscribirse a la estrechez de
la creatura aislada.
Todas estas relaciones y todas estas corresponden­
cias que preparan, cada vez más claramente, una
teología del tiempo, y fuera de las cuales ya no ima­
ginamos que pudiera extenderse la Revelación, han
sido desdeñadas, sin embargo, o hechas retroceder a
un rango subalterno por tres siglos de cristianismo.
Para que recuperen su importancia inicial ha sido
preciso, primero, que el pensamiento profano dis­
cerniera y redescubriera algo de su importancia. Fue
la filosofía hegeliana y la intuición de los rom ánti­
cos, historiadores y poetas, la que despertó el senti-
Marguerite Périer, sobrina de Pascal.
92 PRESENTACIÓN

m iento de la historia, aparte de cualquier participa­


ción de la conciencia cristiana en esta nueva apertura
del espíritu. Fue el movimiento social de una hum a­
nidad m ultiplicada en núm ero y ansiosa por hallar
otros modos de vida en común, el que volvió a poner
en luz el sentido de la comunidad. Fue echando m a­
no primero de estos hallazgos autónom os del pensa­
miento profano, y empeñándose en integrarlos, como
los poetas y los profetas de la Iglesia actual han
desembocado en el camino que siguieron sus prede­
cesores de la época medieval.
Mucho tiempo ames de Claudel, en las notas pós-
tumas publicadas con el título de Océan, Víctor H u ­
go describía la historia como un texto simbólico
cuya clave no será dada mientras no haya concluido
su inmensa frase: “ El hombre escribe su destino día
a día, palabra a palabra, con la gruesa tinta negra de
la vida, y al mismo tiempo Dios escribe en las inter­
líneas con una tinta todavía invisible." Sin duda
esta visión de Hugo no es explícitamente remitida a
la historia colectiva de las generaciones y debe en­
tenderse de la existencia de cada hombre en particu­
lar. Pero es posible, sin forzar tal texto, y de acuerdo
con una extrapolación que es de práctica constante
en todos los románticos, aplicarla al correr entero de
los siglos. Nos encontramos de buenas a primeras
en un punto de visión exactamente opuesto a aquel en
el cual conviene situar a Pascal y a todo el cristianis­
mo de su tiempo, en tanto que esta perpectiva es la
más natural del m undo para un .San Agustín, para
un Bloy o un Péguy.
El hecho mismo de que la inteligencia medieval
PASCAL SIN HISTORIA 93

empiece por renacer fuera de sus coordenadas cris­


tianas propone aquí una suerte de ejemplo de esta
colaboración indefectible de la m a tu ra y el creador,
los cuales componen juntos, con dos diferentes tin­
tas, el discurso único de una historia en donde todo
tiene sentido. El tiempo realiza su obra temporal,
pero aquella misma que consuma sin vincularla en
modo alguno a sus orígenes o a sus fines sobrenatu­
rales se inscribe en su lugar necesario en la marcha
del tiempo hacia su plenitud y su exaltación final.
El espíritu hum ano, apañado del objeto que le asig­
na el cristianismo, pertenece a esta historia que, pa­
ra el cristiano del siglo tv tanto como para el del xx,
está por entero subordinada a su fin escatológico.
Era preciso que el tiem po consumase dicha obra sin
referencia a lo sagrado, que el pensamiento, libera­
do de toda teología, percibiese lo que una teología
empobrecida no sabía percibir ya, para que se hicie­
ran de nuevo visibles los vastos horizontes abando­
nados por la conciencia cristiana, pero a los cuales
hela aquí constreñida a devolverles su legítima im ­
portancia.
No se trata, sin embargo, de una restitución del
cristianismo a sus perspectivas medievales. El esfuerzo
del pensamiento profano no es en sí mismo tan poca
cosa que tenga el valor de una simple ocasión que
suscite un regreso al pasado. Sus conquistas son po­
sitivas, reales; constituyen un auténtico progreso que
el pensamiento cristiano tiene el deber de adoptar y
de integrar a su propia espiritualidad. La Edad Me­
dia, con toda su inteligencia de la escatologia y de la
comunión de los santos, no sabía aún insertar ahí
94 PRESENTACIÓN

una historia cuya noción seguía siéndole confusa, o


cuando menos poco concreta. Parece, no obstante,
que no se pudiera pasar de la filosofía medieval de la
historia a la concepción moderna merced a una sim­
ple extensión del campo de visión y en la continui­
dad de una misma reflexión. La ruptura que se pro­
dujo en el siglo xvi, con el desplome del universo
escolástico y aristotélico, parece, a distancia, necesa­
ria más aún que inevitable, como si se hubieran
precisado el repliegue sobre el individuo autónom o
y la educación de su libertad de decisión a fin de que
al término de una exploración nueva pudiese ser
recuperada la intuición de la solidaridad de los seres
y de la unidad de las edades sucesivas. Es en esta
articulación donde se sitúa Pascal, con lodo lo que
su obra puede tener de limitado con respecto a sus
predecesores como a sus sucesores, pero también con
la función que debía ser suya entre las dos eras del
pensamiento en que el hombre habrá procurado no
separar la explicación de sí mismo y la explicación
de su historia.

Cuando Pascal, en un principio exaltado por las


ciencias nuevas y sus promesas, se dedica a discernir
las lacras de las primeras e intenta integrarlas a una
visión cristiana de plano diferente de la síntesis me­
dieval, ésta ya ha sido abandonada. No tiene que
someterla a crítica, ni es ella la que le proporciona
su punto de partida. Su movimiento, por el contra­
rio, va de la creatura concreta a la búsqueda de una
síntesis en la cual el hombre pueda hallar su lugar y
medir su "tal]a,\ Mas si esta búsqueda lo convierte
PASCAL SIN HISTORIA 95

en el primer iniciador de las síntesis venideras, su


curso general y su actitud espiritual están honda­
mente señalados por la época. La evolución de los
espíritus, a partir de la encrucijada del Renacimien­
to y de la Reforma, a partir del advenimiento de la
burguesía individualista y la definitiva abdicación
de las estructuras sociales de la Edad Media, inaugu­
ra la era de un cristianismo cada vez más restringido
a la conciencia individual, moralizante más que es­
piritual, parcialmente ajeno a la preocupación del
tiempo, de la historia hum ana, de las consideracio­
nes escatológicas. A lo largo de toda la duración de
los tres siglos burgueses, la religión será asunto de la
persona solitaria, cuya salvación es efecto de ios mé­
ritos, de las obras, de la conducta, más que del amor
y de la visión espiritual. La tendencia principal de la
Reforma tiene este sentido, pero la Contrarreforma
jesuíta, al recalcar la concordia con el m undo antes
que el pesimismo hugonote, da la batalla en el terre­
no que ha elegido y delimitado el protestantismo.
En tanto que los moralistas profanos del clasicismo,
cuya inspiración debe más a los estoicos que al Evan­
gelio, proponen al hombre un ideal de equilibrio
interno, limitado al plano temporal y modestamente
silencioso sobre los orígenes o los destinos sobre­
naturales de la creatura, el cristianismo contem po­
ráneo concibe la salvación como prometida al indivi­
duo y como aceptada por éste en su soledad. La noción
del cuerpo místico, la de la Iglesia, la de la comunidad
natural y sobrenatural, se van haciendo poco a poco
borrosas. Es cosa de estudiar y de alcanzar un ideal de
perfección de sí, al cual el acercarse, equivaldría a una
Jansenio. Museo de Port-Royal.
PASCAL SIN HISTORIA 97

certidumbre de estar salvado, cualquiera que sea por


lo demás la parte que unos u otros atribuyan a la
gracia en este mecanismo del pecado y de la remisión.
Si los jesuítas insisten en las oportunidades ofrecidas
a la crea tura por la vida terrestre misma, en tanto que
reformados y jansenistas prefieren hablar de las ame­
nazas y desconfían de cualquier optim ism o humano,
no es menos verdad que la mayoría de las relaciones
de analogía entre la naturaleza y la gracia, tan presen­
tes en la meditación cristiana durante toda la Edad
Media, quedan obliteradas para la conciencia moder­
na. Y la ruptura más decisiva es la que rechaza toda
historia fuera de la perspectiva de la salvación.

Pero ¿está de veras ausente la historia de la apología


pascaliana y, aun asi, tenemos el derecho de concluir
que también lo estaba de la meditación personal de
Pascal? Pudiera ser, en efecto, que para las necesida­
des de la demostración y por haber elegido entre los
libertinos el interlocutor, debiese dejar afuera de las
grandes 1íneas de la apología ciertos temas esenciales,
los cuales no por ello habrían escapado a la reflexión
del apologista. Sería perfectamente concebible, por
ejemplo, que estimara que el examen de la historia
hum ana resultaba superfluo con la intención de lle­
var al descreído de su tiempo —exento de semejante
cuidado— a confesar la necesidad de recurrir a la
Revelación. Ya esto representaría, por lo demás, una
elipsis harto significativa. No se concibe, por ejem­
plo, que un apologista actual pudiera dejar a un lado
la cuestión de la presencia del mal en la aventura
colectiva de los hombres a partir de la Cruz, o prescin-
98 PRESENTACIÓN

dir del problema de la participación divina en los


acontecimientos que, desplegándose en los tiempos,
reparten a los hombres en héroes, verdugos y victi­
mas. El desciframiento de la historia como de un
texto donde se esconde una misteriosa confirmación
de la Escritura sería hoy día la pieza maestra de
cualquier exposición de la doctrina cristiana; y si,
según el ejemplo de Pascal, quisiera partirsedel hom ­
bre concreto, no se entendería por ello la creatura en
su aislamiento sino, por cierto, inscrita en las comu­
nidades naturales a las cuales pertenece. El esfuerzo
realizado desde hace varias generaciones por rehacer
a partir de la Iglesia aquelloque nunca debiódejar de
ser, una Iglesia en la ciudad —si no de la ciudad—
atenta a las cuestiones que plantean la institución
pública y los nexos entre los miembros de toda socie­
dad humana, este esfuerzo, llevado adelante desde
Lamennais hasta nuestros días, ha modificado pro­
fundamente nuestro modo de ver. Para que fuese
eficaz o siquiera posible, hizo falta redescubrir el
sentimiento vivo del cuerpo místico, de la historia
que se hace, de las relaciones de analogía que reins­
tauró, en el universo de la caída, la Encarnación
renovadora del milagro de la Creación. Y es sin duda
este modo de ver el que hoy nos hace captar ciertos
silencios de Pascal como un sorprendente vacío.
T anto más notables son cuanto que, discípulo de
San Agustín y habiendo recibido de éste su orienta­
ción teológica, Pascal no parece haber de veras igno­
rado, de la enseñanza agustiniana, sino lo que con­
cierne a la historia. Si algo distingue, no obstante,
entre todos los Padres, al autor de la Ciudad de Dios,
—99qb

Frontispicio del Augustinus, edición de Lovaina,


1640.
El abate de Saint-Cyran (cuadro de Philippe de
Champaigne).
La madre Angélique Arnauld (cuadro de Philippe
de Champaigne).
102 PRESENTACIÓN

es de fijo la atención con la cual recogió, en este


punto preciso, la herencia paulina, y comentó, en
particular, el precepto de la primera Epístola a los
Efesios, que asigna como misión a la historia el
"reunir todas las cosas en el Cristo” , a fin de que
él "rem ita el reino a Dios Padre”. En adelante no es
solamente el tiempo de ames de la Encarnación el
que es concebido como un progreso —como la lenta
maduración del Evangelio preparada por el Antiguo
Testamento y por la historia profética de Israel—, es
el tiempo posterior al Cristo el que aparece también
como una marcha hacia adelante —como la prepara­
ción del Reino intemporal y la realización del desig­
nio providencial. Estos textos paulinos y el Apocalipsis
juanino respondían por adelantado a la impacien­
cia de los primeros siglos cristianos que, luego de
esperar la Parusía en lo inmediato, debían verse en
aprietos para explicarse sus retrasos. ¿Por qué la
historia sigue su curso, aparentemente incambiada,
una ve/, acontecido el suceso único de la Cruz? ¿Y por
qué el sentido de esta historia es oscurecido a nuestros
ojos por la enorme parte de violencia, de injusticia,
de crimen, que los hombres siguen mezclando a su
despliegue, pese a las promesas del Redentor? Desde
San Pablo hasta Péguy, estas cuestiones han angus­
tiado a conciencias cristianas y requerido respuestas.
La de San Agustín es tan completa que sus sucesores
no han podido dejar de prolongar o redescubrir sus
líneas maestras por otros caminos.1
1 Sigo aquí la exposición de llenri Marrou. L'ambivalcncr du
temps de l'hisloire c h n saín! Angustí», Moimeal y París. Vrin.
1950.
PASCAL SIN HISTORIA IOS

El largo "tiempo de la Iglesia", según él, tiene por


fundón completar el reclutamiento de los santos,
por no deber producirse el fin de la historia sino
cuando tal reclutamiento quede concluido en la tie­
rra: Dios “espera que el número de lodos los nues­
tros pueda completarse hasta el últim o” (ut numerus
om nium nostrum visque in finem possit impleri).
Mas no debe concebirse este número de manera de­
masiado aritmética, como un total de unidades dis­
tintas y autónomas. Es esencial darse cuenta de que
se trata de un todo orgánico, de un cuerpo con sus
miembros —el cuerpo místico—, progresando hacia
su estatura adulta a lo largo de un crecimiento que
San Agustín intenta sugerir en términos bien nota­
bles (y que Pascal no adoptará sino restringiendo
singularmente su alcance): la Iglesia se le aparece
“como un solo hombre que estuviera repartido por
el universo entero y que creciese poco a poco duran­
te toda la revolución de las edades” (tanquam in
uno quodam hom ine diffuso tolo orbe terrarum, et
succrescenle per volum ina saeculorum). He aquí,
formulada en pocas palabras, toda la escatologia
cristiana, que supone no solamente una consuma­
ción futura, remitida a los "últim os días”, sino ya
durante los "días” antecedentes —desde la Encam a­
ción histórica del Cristo hasta su Parusía final— un
movimiento en cuyo corazón y hogar reside la entera
presencia. El "progreso” de los tiempos no es pues
nada más un avance hacia el fin prometido: en cada
uno de sus instantes contiene ya tal fin, y su marcha
no tiene otra causa que la realidad hic et tiutic de
aquello que situamos en un inaccesible porvenir a
104 PRESENTACIÓN

causa de la pura debilidad que nos impide compren­


der la absoluta sim ultaneidad de las edades percibi­
das como sucesivas. T al es el misterio en el cual
debían necesariamente ahondar un León Bloy, ha­
blando de la contemporaneidad de todas las épocas
históricas, y un Péguy, proclamando que todos los
siglos son "siglos de Jesús"; el misterio ante el cual
asombra que Pascal no se detenga jamás.
San Agustín precisa asimismo la imagen de la
hum anidad parecida en su desarrollo a “un solo
hombre” , y fija más de cerca la noción de un "pro­
greso” que remite a la constitución de las creaturas
en una “ciudad de Dios” o en un "pueblo de Dios” .
Este progreso no concierne, pues, en un principio,
ni a la relación entre el hombre y la naturaleza, n ia l
acrecentamiento de sus conocimientos intelectuales,
o de su habilidad técnica, como lo pensarán los sos­
tenedores modernos del progreso, desprendidos de la
trascendencia cristiana. Se trata de un desenvolvi­
miento ante todo espiritual, "como de un solo hom ­
bre cuyo justo saber, en lo que concierne al pueblo
de Dios, aum entaría a través de las etapas y de los si­
glos tal como cada uno de nosotros avanza por los
peldaños (o los descansillos) de las edades de la vi­
da” (sicut autem unius hominis, quodad Deipopu-
lum pertinet, recta eruditio per quosdem artículos
tem porum tamquam aetatum profecit accessibus).
Hasta aquí, en todo caso, la historia a la cual San
Agustín reconoce un valor de progreso se identifica
por entero con la historia de la Iglesia, puesto que
su único fin discernible es la constitución de una
sociedad de los santos. ¿Hay que concluir que toda
PASCAL SIN HISTORIA 105

la aventura profana de los hombres, aplicada a edifi­


car sociedades terrestres y a fundar las civilizaciones
que se relevan a lo largo de los tiempos, permanece
fuera de este crecimiento orgánico? Nada sería más
contrario al espíritu agustiniano que semejante se­
paración, que sustraería el m undo del acontecer tem­
poral a la gran perspectiva de la salvación. ¿No dice
San Agustín que "el arquitecto divino recurre a an­
damiajes provisorios para alzar una morada defini­
tiva" (Architectus aedificat per machinas transituras
dom um mansuram)? Estas "m áquinas" son las ciu­
dades efímeras, las civilizaciones que pasan: son los
instrumentos perecederos que necesita, para cobrar
cuerpo, la historia santa; mas, según su naturaleza
transitoria, llevan consigo, antes de su fin superior,
causas y fines que les son propios. Es la teoría entera
de las “dos ciudades", tal como resonará aún en las
estrofas de Péguy que celebran las ciudades carnales
como ensayo y comienzo de la Ciudad de Dios.
Como dice San Agustín, "la ciudad terrestre, que
no será eterna, posee desde aquí abajo su valor pro­
pio” (terrena porro civitas quae sempiterna non erit,
hic habet bonum suum), y seria errado discutir que
tienda a un bien real. Sólo que la relación entre este
bien y el que madura en la historia vista desde el
ángulo teológico sigue siendo difícil de concebir,
puesto que hace aparecer la misma contradicción
esencial que reaparece por doquier entre el m undo
de la Promesa y el m undo de la experiencia vivida,
teatro de desorden y sufrimiento. La visión cristiana
de San Agustín no está en modo alguno em parenta­
da con un optim ism o hum ano; cae por entero en la
106 PRESENTACIÓN

paradoja de la Esperanza que, muy lejos de negar o


desconocer el poder del mal, se funda en su lúcido
conocimieruo. Esta misma historia de las ciudades
terrestres que acaba de ser ilum inada desde lo alto
por su contribución a la espera del Advenimiento
final, se define por otra parte como una “serie de
desastres” (series hujus calamitatis). No son dos his-
lorias yuxtapuestas, sino la misma materia, la mis­
ma duración, jalonada de acontecimientos que es
posible interpretar adoptando alternativamente
signos contrarios. No hay que concebir la aporta­
ción del tiempo secular como un ascenso continuo
hacia una creciente transparencia, al término de la
cual reinaría la luz intemporal, fruto del largo es­
fuerzo de los hombres. El tiempo de la Iglesia atra­
viesa un tiempo natural en el que nunca faltan ni la
sangre, ni la injusticia, ni las formas variables del
terror colectivo; no forma sino uno con lo temporal
pringado de tinieblas. Si, en un sentido, señala un
triunfo vuelto a poner sin cesar en tela de juicio,
vuelto sin cesar a enviar a la noche del pecado, en
otro sentido integra y asimila la propia sombra: etiam
peccata. Una lucha perpetua hace que se afronten en
la ciudad terrestre las fuerzas que se entregan a cons­
truir la ciudad de Dios y la ciudad del Mal; pero esta
lucha es en tal grade consustancial con el ser mismo
de la historia y del hombre, que puede por momen­
tos, bajo una mirada visionaria, asum ir el aspecto
pasmoso de una especie de colaboración. Libre es el
espíritu de revuelta de descubrir la contribución apor­
tada por la Iglesia misma al desorden reinante —una
visión más justa descifra un significado del todo
PASCAL SIN HISTORIA 107

inverso ai texto sibilino de la historia; atestigua que


los pecados trabajan también en la laboriosa obra
del tiempo llamado hacia su fin, en la cual desempe­
ñan, como dice Claudel, el papel del esclavo que
hace subir el agua desde las sombrías profundidades
del pozo.
“ Ambivalencia del tiempo": Henri Marrou ha re­
cordado oportunam ente que para un pensador de
tradición antigua, como San Agustín, radicalmente
“esencialista”, el tiempo no puede, a pesar de todo,
ser sino una suerte de escándalo, un defecto en el ser
y, experimentalmente, un inevitable desperdicio. Ha
mostrado también que esta experiencia del tiempo
destructor ha sido revivida de modo diferente —me­
nos en la reflexión metafísica que en el Erlebnis—
por Péguy, de quien fue la angustia principal, ya
fuese a propósito de la vida personal, ya a propósito
del desenvolvimiento de la historia. Pero Péguy se
unía, sin saberlo demasiado, a la más constante tra­
dición medieval, al hallar a esta angustia una res­
puesta aplacadora en una mística de la Esperanza y,
en particular, en una concepción de la historia re­
centrada en tom o a la Encarnación y a la Cruz, que
tornaba de pronto reversible la pendiente hasta allí
declinante del tiempo. Este restablecimiento, que va
acompañado en él de un canto de alegría, lo hacía
heredero por partida doble de las dos estirpesderiva-
das de San Pablo, de las cuales Marrou señala la
permanencia simultánea, una fundando lo q u e pue­
de llamarse el hum anism o escolástico, la otra ali­
mentando los temores apocalípticos a lo largo de los
siglos. Según la primera, que echa m ano sobre lodo
108 PRESENTACIÓN

de la Epístola a los Gálatas, la luz de la Revelación


opera sobre la hum anidad una '‘pedagogía" cuya
influencia cada vez más eficaz abre poco a poco las
almas, hasta que sobrevenga la consumación al tér­
mino de una lenta maduración. De acuerdo con la
otra perspectiva, complementaria de aquélla, y que
se inspira en la Epístola a los Romanos, el primer
advenimiento del Cristo y la intervención esperada
del Juicio son vueltas una y otra necesarias para
poner fin a la perversidad de las creaturas y romper
la cadena ininterrum pida del mal.
Crecimiento simultáneo del conocimiento de Dios
y de la dominación del pecado: Santo Tomás de
Aquino subrayará estos dos aspectos de la progre­
sión del tiempo (incrementa temporum). Pero esta
dialéctica no estaría completa si, ya en San Agustín,
una etapa final de la reflexión no superase el dualis­
mo. Para un cristiano el tiempo no podría ser un
mal absoluto, como lo es para ciertos místicos unita­
rios que identifican con la caída la creación del m un­
do temporal y de las existencias separadas de la uni­
dad primera. El Génesis supone un tiempo cósmico
anterior al pecado del hombre, que no pudo ser sino
un tiempo armonioso, salido de las manos de Dios
no en modo alguno para realizar obra negativa y
ajar la pureza original, sino para ser el vehículo de
la voluntad creadora y el lugar donde debiera reali­
zarse el plan divino. Ese tiempo pertenece a las cosas
que regocijan el corazón de Dios conforme, habién­
dolas hecho, las contempla y las halla buenas. El
tiempo ambivalente, el del envejecimiento y de la
espera fecunda, es el tiempo de la historia y de núes-
La madre Agtiés Arnauld (cuadro de Philippe de
Chatnpaigne).
110 PRESENTACIÓN

ira experiencia, inaugurada por el prim er pecado. A


partir de entonces, la marca de la (alta alcanza a toda
vida, pero asimismo se inicia la reparación de la
falta, y se convierte en la operación principal del
tiempo a partir de la Cruz. No conocemos otro, ni lo
conocemos de otra suerte que como el tiempo de la
libertad, en donde cunde la ocasión del mal pero es
ofrecida en todo instante la posibilidad de superar el
mal. La gracia está a sus anchas y, presta siempre a
intervenir, permite al hombre rebasar al hombre,
proponiéndole tomarse "nuevo” : escapar del enveje­
cimiento a fin de realizar en el tiempo mismo, y por
el tiempo la preparación del Reino intemporal: Vete-
rascunt enim hi, ego novos volo, novos nunquam
veterascentes.
Aquí, también, el movimiento interior del agusti-
nismo nos pone muy cerca de Pascal, quien se halla
lejos de haber ignorado este vuelco por la gracia que
hace nuevas todas las cosas y eleva al hombre por
encima de sus contradicciones. Pero Pascal, que ha
subrayado cien veces esta esperanza en la vida perso­
nal, no la ha extendido nunca explicitamenie a la
existencia colectiva y a la historia; su agustinismo
está singularm ente carente de este coronamiento in­
dispensable.

Con todo, no es que Pascal dejara de dar destino a la


imagen central de la teología de la historia según
San Agustín, la de la hum anidad en crecimiento
orgánico, como un solo hombre, sicut unius homi-
nis. Pero se la encuentra, en él, fuera de la Apología,
en un tratado científico donde su alcance queda muy
PASCAL SIN HISTORIA 111

rotundamente circunscrito y donde el lirismo de la


admiración no celebra ningún otro progreso que el
del conocimiento del m undo físico. Hay que releer
de cerca esa página célebre del Prefacio al Tratado
del vacío, que data de alrededor de 1647. donde Pas­
cal se plantea la cuestión de la autoridad que convie­
ne otorgar a los antiguos. Comienza por colocar
aparte las ciencias "en las cuales se busca solamente
saber lo que los autores escribieron", y enumera:
historia, geografía, jurisprudencia, lenguas y “sobre
todo la teología". Estas ciencias "tienen por princi­
pio o el hecho simple, o la institución divina o hu­
m ana". T odo lo que de ellas se puede saber está
contenido en los libros de los autores, y “no es posi­
ble añadirle nada”. La autoridad sola decide en estas
materias, muy particularmente en teología, "porque
ella es inseparable de la verdad y sólo por ella la co­
nocemos". Esto es debido a la debilidad del espíritu
hum ano, que no podría decidir de lo que está “por
encima de la naturaleza y de la razón” .
Otras son las cosas con las ciencias donde la razón
sola tiene el derecho de decidir, porque su objeto es
"proporcional al alcance del espíritu". La experien­
cia y el razonamiento no tienen la menor necesidad
de apoyarse en la autoridad en estas ciencias: geome­
tría, aritmética, música, física, medicina, arquitec­
tura. Su perfección depende del tiempo y del esfuerzo.
Esbozadas por los antiguos, se consuman a medida
que avanzan las generaciones, de suerte que es igual­
mente reprensible "producir novedades en teología"
y “no osar nada inventar en física”: es "pervertir el
orden de las ciencias". Así Pascal excluye rotunda-
112 PRESENTACIÓN

mente cualquier hipótesis de un desenvolvimiento


de la Iglesia, cuando menos en lo que toca a la Reve­
lación y a la inteligencia del misterio. Nada tiene
que ver el tiempo, no realiza obra ninguna en este
dominio, en tanto que su marcha es ascendente en el
único plano del conocimiento experimental y de la
explicación del m undo creado. Si la hum anidad tie­
ne una historia que merezca nuestro entusiasmo y
que tenga un significado positivo, tal historia vale­
dera se confunde con los grados del saber, entendido
como limitado a las ciencias físicas y matemáticas. Y
aquí es donde Pascal, echando m ano de la imagen
agustiniana, entona un him no al progreso que po­
dría hacerlo pasar por el continuador de Rabelais y
de los primeros humanistas del Renacimiento, o por
uno de los principales iniciadores de] espíritu m o­
derno. Opone la "razón del hombre", en continua
progresión, al "instinto de los animales", inmutable
a través del tiempo y que, “recibido sin estudio” ,
mantenido “en un orden de perfección lim itada”,
no se conserva ni se acrecienta:

No ocurre otro tanto con el hombre, que no es produci­


do sino para la infinitud. Se halla en la ignorancia en
la primera edad de su vida; mas se instruye sin cesar en
su progreso: pues saca ventaja no solamente de su pro­
pia experiencia sino también de la de sus predecesores,
porque guarda siempre en su memoria los conocimien­
tos que adquiriera una vez, y los de los antiguos los
tiene siempre presentes en los libros que dejaron. Y
como conserva estos conocimientos, puede también
aumentarlos fácilmente, de suerte que los hombres es­
tán hoy, en cierto modo, en el mismo estado en que se
encontrarían aquellos antiguos filósofos si hubieran
PASCAL SIN HISTORIA 11S

podido envejecer hasta el presente, añadiendo a los co­


nocimientos que tenian aquellos que sus estudios hu­
bieran podido adquirirles a favor de tantos siglos. De
ahí procede que, merced a una prerrogativa particular,
no solamente cada uno de los hombres avance día a dfa
en las ciencias, sino que todos los hombres juntos reali­
cen un continuo progreso a medida que el universo
envejece, porque la misma cosa acontece en la sucesión
de los hombres que en las edades diferentes de uno en
particular. De suerte que toda la sucesión de los hom­
bres, durante el curso de tantos siglos, debe ser conside­
rada como un mismo hombre que subsiste por siempre
y que aprende continuamente...

Este elogio del progreso y esta imagen del “solo


hombre", con lodo, no volverá Pascal a traerlos a
colación en parte alguna, y el optim ism o del que
parece aquí expresar una forma muy segura no re­
aparecerá en la Apología. El hombre que es analiza­
do en los Pensamientos y que confronta sus riesgos
sobrenaturales, no es ese hombre en devenir que no
aparece más que en el plano del conocimiento den-
tífico. T an poco ha contado Pascal con trasponer la
nodón de progreso al plano de la situadón del hom­
bre, que parece ignorar no solamente todo desarro­
llo del conocimiento teológico, sino aun cualquier
significación dada por la conciencia a la evolución
de las sociedades temporales. "Estáis embarcados” ,
dice Pascal, pero guardémonos de conferir a esta
advertencia solemne la significación que ha podido
adquirir en nuestros días. No se trata en modo algu­
no de recordar que cada uno de nosotros en particu­
lar se ha subido a la misma embarcación en que se
juega su destino, estrechamente ligado a otros desti­
114 PRESENTACIÓN

nos, y la propia palabra "embarcado” no se aproxi­


ma en nada a nuestro moderno “compromiso” . Lo
que Pascal nos exhorta a hacer no es sentirnos soli­
darios de ninguna comunidad terrestre, de ninguna
ciudad hacia la cual estaríamos "comprometidos” :
es comprender que cada creatura, por su parte, por
el solo hecho de su nacimiento en el mundo poste­
rior a la caída, ha entrado en el riesgo de perderlo
todo, pero que también, en este m undo donde sobre­
vino el Redentor, puede correr con la suerte de sal­
varlo todo. Pascal anda tan lejos de querer arrojar al
hombre a los asuntos temporales, que explica gran
parte de sus sufrimientos por la locura que le im pi­
de estarse “quieto en su cuarto”. Y varios de los
cuidados que hoy en dia nos parecen regidos por la
caridad los rechaza él en el nivel del divertimiento
que nos aparta de la sola preocupación válida. Sabe
y dice que la soledad es maléfica, pero aún teme más
el movimiento que nos haría vivir proyectados afue­
ra de nosotros mismos.

No hay asimismo página alguna de los Pensamien­


tos que corra mayor riesgo de resultarnos más ajena
—o cuando menos más ardua de entender como es
debido— que las que tratan de la ciudad temporal.
Si se desprende este capitulo de su contexto y de su
lugar en el plan general de la Apología, no es posi­
ble sino sorprenderse de su pesimismo: aun conce­
diéndole su alcance de argum ento del todo relativo,
hay que reconocer que a la conciencia cristiana ac­
tual le costaría aceptarlo. Casi todos los comentado­
res quedan embarazados por lo q u e llaman a veces el
PASCAL SIN HISTORIA 11S

“ maquiavelismo” de Pascal y por tesis cuyas afini­


dades con las de Hobbes han sido analizadas más de
una vez. No hay duda de que estas reflexiones acerca
de la justicia y la impostura social, sobre los funda­
mentos violentos de la autoridad y sobre su recurso a
los prestigios imaginarios, parecen inspirarse, en
muchas de sus fórmulas, en los pensadores políticos
del Renacimiento. El detalle de la argumentación
pascaliana procede en gran medida de Montaigne,
pero algunos de sus puntos de vista acaso se remon­
ten a una probable lectura de Jean Bodin, y heredara
de este autor, de opiniones tan complejas bajo su
aparente claridad, su idea del origen tenebroso de las
estructuras sociales.
“ Es justo que lo que es justo sea seguido, es nece­
sario que lo que sea más fuerte sea seguido", declara
Pascal con todas las apariencias del pesimismo más
radical. La primera parte de esta frase paradójica
equivale, en efecto, a un simple condicional, o más
bien a un optativo irreal: sería justo que la justicia
reinase entre los hombres (sobreentendido: la expe­
riencia demuestra desgraciadamente que no es así,
que es cosa imposible). 1.a segunda afirmación pare­
ce por cierto sancionar este estado de hecho irreme­
diable: puesto que nuestro m undo no es el de la
equidad, hay que adm itir que la fuerza arbitraria es
el solo medio de mantener en él algún equilibrio. El
comentario de Pascal no deja la menor duda acerca
de su pensamiento: “ La justicia sin la fuerza es im ­
potente; la fuerza sin la justicia es tiránica, 1.a justi­
cia sin fuerza es contradicha, porque siempre hay
malos; la fuerza sin la justicia es acusada. Hay pues
Robert A m auld d'Andilly (grabado según un cua­
dro de Philippe de Charnpaigne).
A ntoine Arnauld (busto de bronce del siglo xvii).
118 PRESENTACIÓN

que juntar justicia y fuerza y, para esto, hacer que


lo que es justo sea fuerte, o que lo que es fuerte sea
justo."
Seria fácil m ultiplicar los textos de los que se des­
prende que, por estar necesariamente ausente de los
usos y las costumbres todo criterio del bien y del
mal, hay que fundarlos en el solo orden establecido;
pues nada es más peligroso que examinar demasia­
do de cerca el establecimiento y arruinar con ello la
ilusión o la impostura gracias a las cuales se perpe­
túa un orden injusto, pero un orden cuando menos.
"La costumbre no debe ser seguida sino por ser cos­
tumbre, y no porque sea razonable o justa.” Mejor
todavía: “Es peligroso decirle al pueblo que las leyes
no son justas, pues no las obedece sino a causa deque
tal las cree. De ahí que haya que decirle a la vez
que hay que obedecerlas porque son leyes, como
hay que obedecer a los superiores, no porquesean jus­
tos sino por ser superiores. He aquí, con ello, preveni­
da cualquier sedición, si se logra hacer entender
eso, y que es propiamente la definición misma de la
justicia."
No podría sostenerse más claramente que en ausen­
cia de una ciudad fundada en el bien importa preve­
nir cualquier revuelta de las víctimas mediante una
ciudad de mentira y de falsos prestigios. Pascal vuel­
ve a ello, no menos rotundamente: “ La costumbre
hace toda la equidad, por la sola razón de ser recibi­
da; es el fundamento místico de su autoridad. Quien
la reduce a su principio la a n iq u ila . . . El arte de
censurar, derribar los Estados, es sacudir las costum­
bres establecidas, sondeando hasta en su fuente para
PASCAL SIN HISTORIA 119

señalar su defecto de autoridad y de ju siic ia .. . Es


un juego seguro para perderlo todo: nada será justo
para esta balanza.”
Si Pascal se quedara en esto, no rebasaría los lím i­
tes de un conservatismo prudente, cuidadoso de evi­
tar las perturbaciones y que no concibe nada más
nefasto que el cuestionamiento de un poder siempre
abusivo pero benéfico, dado que asegura la estabili­
dad de la vida común. Pascal, sin embargo, llega
mucho más lejos aún, y hasta el elogio más perento­
rio de la mentira que salva el orden. Establece como
principio que el pueblo, demasiado pronto, por des­
gracia, a seguir a los agitadores, debe ser engañado
por su bien: "N o debe sentir la verdad de la usurpa­
ción: ha sido introducida otrora sin razón, se ha
tornado razonable; hay que hacerla ver como autén­
tica, eterna, y ocultar su comienzo si no se desea que
pronto alcance el fin.”
Habría que releer aquí todos los fragmentos de los
Pensamientos que preconizan la preservación de
los engaños sociales y proponen una verdadera técnica
del enceguecimiento de las conciencias. "La justicia
es lo que está establecido.. . No pudiendo fortificar
la justicia, se ha justificado la fuerza, a fin de que la
justicia y la fuerza estuviesen juntas y de que fuese
la paz, que es el soberano b ie n .. . ” Y también:

¡Cuán bien se ha hechu distinguiendo a los hombres


por el exterior, antes que por las cualidades interiores!
¿Cuál de nosotros dos pasará? ¿Quién cederá el lugar al
otro? ¡El menos hábil! Pero soy tan hábil como él;
habrá que batirse al respecto. Tiene cuatro lacayos y yo
nada más uno: esto es visible; basta con contar. Me toca
120 PRESENTACIÓN

ceder y soy un necio si lo discuto. Henos aquí en paz


por este medio; lo cual es el mayor de los bienes.

La doctrina pascaliana no parece en ningún sitio


más firme que en este plano de la sociedad humana.
Antes la injusticia que el desorden, repite sin el me­
nor matiz de vacilación. La paz —es decir la conti­
nuidad de las leyes y costumbres— es en sí un bien
suficiente para que sean aplicados a salvaguardarla
todos los medios, y en particular la mentira delibe­
rada. Se correría el riesgo de "perderlo todo" reve­
lando al pueblo los sillares discutibles del poder que
lo oprime, en tanto que los hábiles tienen derecho
de conocer la peligrosa realidad, con la sola condi­
ción de que acepten guardar el secreto: "Hay que
tener un pensamiento detrás y juzgarlo todo con
ello, hablando sin embargo igual que el pueblo.”
En tanto se atiene uno a la letra de estos fragmen­
tos y se los aísla, parecen establecer un maquiavelis­
mo absoluto, más próxim o incluso al realismo polí­
tico moderno que a la sutil teoría de Maquiavelo. La
sociedad, tal como es traída a cuento, no tiene en
absoluto por fin el mejorar la condición de todos, y
aún menos el crear las condiciones favorables para
su salvación. No vaya a imaginarse, sobre todo, que
un desarrollo del conocimiento lúcido o su exten­
sión a la masa de los hombres pueda acarrear ningu­
na forma de progreso real. Sólo una élite recibe la
luz, que debe conservar cubierta. Si todos tuviesen
su parte de ella, se disiparían las ilusiones gracias a
las cuales permanecen las cosas en su sitio, y ya no
habría modo alguno de impedir que el caos reinara
PASCAL SIN HISTORIA 121

en los asuntos humanos. A fin de que subsistan en


un orden relativo, es preciso que los gobernados sean
cegados y que la reducida clase de los gobernantes
lleve adelante un juego que se hace, como sabe per­
fectamente, con dados amañados.
Semejante doctrina nos parece enteramente inm o­
ral, porque estamos acostumbrados a tomar como
criterio de la moralidad en los asuntos públicos el
empeño de la justicia universalmente igual y el es­
fuerzo que tiende a elim inar la opresión, singular­
mente la opresión que consiste menos en someter
materialmente a los hombres que en prohibirles el
acceso a la inteligencia de su condición presente.
(Hablo, ni qué decir tiene, de los criterios im plíci­
tos, más o menos confusamente reconocidos por la
conciencia colectiva, y no de los principios según
los cuales se gobiernan los dirigentes o los hombres
políticos actuales.. . ) Para un cristiano moderno, la
opción entre los regímenes políticos o los sistemas
económicos y sociales obedece ante todo a la volun­
tad de respetar en cada hombre su plena dignidad de
persona, cuyo prim er derecho, y el más sagrado, es el
derecho de ver claro, de aceptar o rechazar con pleno
conocimiento las reglas del juego. Fuera de esta li­
bertad, o de esta mayoría cívica reconocida a todos
los miembros de la comunidad, no suponemos que
pueda existir otra cosa que tiranía.
Es evidente que Pascal no piensa de acuerdo con
estas categorías. Pero sería cometer un grave error
asim ilar su posición al tranquilo cinismo de ciertos
conservadores modernos, empeñados en mantener el
orden establecido porque de ello dependen sus pro-
122 PRESENTACIÓN

píos privilegios (que no son siempre egoísiameme


materiales: hay entre ellos una noción de la cultura,
de la civilización, toda una escala de valores aparen­
temente “desinteresados” ). La distinción pascaliana
entre los hábiles y los ciegos no es cosa de un oscu­
rantismo estrecho. No se toma del todo clara mientras
no se devuelvan al contexto general de la Apolo­
gía estas reflexiones acerca del gobierno de los hom ­
bres; pues no constituyen un ensayo independiente
sino un argum ento del cual es im portante captar la
inserción precisa en la cadena de las cuestiones y de
las respuestas gracias a las cuales quiere Pascal con­
ducir desde el descreimiento hasta la fe a su interlo­
cutor supuesto. Inconciliable con la preocupación
moderna de la justicia social, y ajeno a cualquier
esperanza de progreso, el “pensamiento de atrás"
pascaliano no podría interpretarse como defensa de
la tiranía. La verdadera trastienda de su pensar tam­
poco es aquel que recomienda a los hábiles ocultar­
lo de los ojos del pueblo: consiste en fingir poder
tratar estas materias sin referencia ninguna a la ex­
plicación cristiana de la condición hum ana, a fin de
mostrar mejor que así se arriba al definitivo callejón
sin salida del absurdo. Tom ada en sí misma y con sus
solas justificaciones temporales, la sociedad partici­
pa de esa debilidad causante de que el hombre no
tenga “ningún principio de lo verdadero, y varios de
lo falso” . Descubrir los orígenes de la autoridad es
socavar sus fundamentos. Pero disim ular esta fragi­
lidad irremediable, que es todo lo que podemos in­
tentar, no conduce en modo alguno a una justicia
recuperada. Por este cam ino no se instaura sino el
PASCAL SIN HISTORIA 123

más cabal formalismo, del cual es imposible soste­


ner que sea en realidad un bien: no es, en efecto,
sino un modo de salir del paso, y el pesimismo pas-
caliano —que es menos el pesimismo de Pascal que
aquel con el cual juzga útil confrontarnos— llega a
la conclusión de que las estructuras sociales son pro­
fundamente irreales.
De cualquier manera, el elogio de la ficción con­
servadora no es, en Pascal, una paradoja adoptada a
la ligera. Es la paradoja profunda, inherente para él
a la naturaleza misma de las cosas y que, no pudien-
do ser suprim ida sin engañar, debe ser verificada y
asumida. Si no hay ni derecho natural ni equilibrio
fundado en justicia, ¿cómo no se juzgaría que el
equilibrio facticio resultante de las convenciones va­
le siempre más que el caos? En vista de que ningún
orden hum ano puede reivindicar la supremacía de­
bida a la justicia, ¿hay que resignarse a la ausencia
de todo orden? Pascal propone aquí una apuesta
que no tiene nada en común con su célebre argu­
mento, pero no por ello es menos profundamente
pascaliana, al mismo tiempo que se ajusta a toda la
filosofía implícita del clasicismo francés. Es apostar
a la convención, el orden ficticio, la forma pura.
Puesto que si se pretende escrutar el fondo de las
cosas no se consigue más que descubrir su carácter
oscuro y liberar sus impulsiones maléficas, hay que
tratar de vivir sin llegar a esos peligrosos abismos,
otorgando confianza a las formas de vida consagra­
das. No se les atribuirá, por cierto, ninguna clase de
verdad, pero se querrá creer que, tomadas por lo que
son —formas—, son las únicas propicias a la exis-
124 PRESENTACIÓN

lencia común. El silencio que guardan los "hábiles"


cambia de sentido a partir de ahí: se vuelve un sacri­
ficio que de sus propias adquisiciones hace la luci­
dez, para el mayor bien posible de la sociedad. Lo
que es mentira con respecto a los ignorantes y con
respecto a una verdad cuyo fardo no soportarían, no
es ya simplemente una impostura para el hábil mis­
mo: no calla para preservarse de las consecuencias
de su saber sino con el propósito de ahorrárselas a
los demás.
Un texto de Pascal señala bien lo serio de esta ac­
titud y permite a uno darse cuenta de cómo, en él, a
diferencia de la mayoría de sus contemporáneos, este
formalismo debía ser finalmente rebasado —no ya
dentro de los limites de la teoría de las sociedades
temporales, donde la duplicidad es de rigor, sino
merced a una inversión de los signos para operar el
tránsito a otro orden de realidades. El fragmento en
cuestión resume precisamente lo que Pascal llama
“la inversión del pro al contra” y conduce hasta su
término la justificación de la ignorancia benéfica y
de la segunda intención salutífera:

Hemos mostrado pues que el hombre es vano, por la


estima que le merecen cosas que no son esenciales; y
todas estas opiniones son destruidas. Hemos mostrado
luego que todas estas opiniones son muy sanas y que
asi, por estar muy bien fundadas todas estas vanidades,
el pueblo no es tan vano como se dice; y asi hemos
destruido la opinión que destruía la del pueblo.
Pero hay que destruir ahora esta última proposición,
y mostrar que sigue siendo cierto que el pueblo es vano,
con todo y que sus opiniones sean sanas: porque no
siente su verdad donde está y, poniéndola donde
PASCAL SIN HISTORIA 125

no está, sus opiniones son siempre muy falsas y muy


malsanas.

Así, todo el m undo parece estar equivocado, o


todo el m undo parece tener razón, salvo los “hábiles
a medias" que "turban el m undo" juzgando mal de
todo. El desconocimiento del pueblo le hace tomar
por reales las cosas que no lo son —los prestigios
imaginarios en los que descansan las leyes—, pero
este desconocimiento confluye, en últim o análisis,
con la lucidez de las "grandes almas que, habiendo
recorrido todo lo que los hombres pueden saber,
encuentran que no saben nada”. Entre unos y otras
hay en efecto la diferencia entre quienes son cons­
cientemente ignorantes y quienes permanecen igno­
rantes de su propia ignorancia. Mas su com porta­
m iento puede ser armonizado, sosteniendo el pueblo
las formas por creerlas esenciales, y ayudando los
hábiles a mantenerlas, con todo y saber que no son
sino formas. Este acuerdo, pragmáticamente viable,
es justamente lo que hace que la forma sea genera­
dora de valores inapreciables, pese a que ella misma
no sea valor en modo alguno.
A la vez, todo el dom inio del gobierno de los hom ­
bres se ve deportado a una total relatividad. Pascal,
poco inclinado por naturaleza a la metafísica y cuyo
espíritu reside en las antípodas de cualquier rom an­
ticismo. afirma pues que se arruinaría el frágil edifi­
cio de la existencia social queriendo remontarse al
origen de las cosas. Plantear la cuestión de la justi­
cia, buscarles a la sociedad y a la historia hum anas
una significación positiva, querer que la evolución
Port-Royal: la quinta de las Granges y el pozo de
Pascal.
128 PRESENTACIÓN

sea en ella misma progresiva, equivale a elegir un


punto de partida desde el cual es imposible alcanzar
el plano de la experiencia histórica y social. Pues es
suponerle principios, cuando que ella no puede se­
guir ninguno, y es no tener en cuenta que este plano
de la vida colectiva está, en su relatividad, librado a
la primacía útil de la forma, ama legítima de las
“cosas que no son esenciales” .
La “inversión continua del pro al contra” se con­
suma, sin embargo, más allá de esta conclusión, en
una últim a etapa que está perfectamente indicada
en otro fragmento decisivo:

He pasado largo tiempo en mi vida creyendo que habla


una justicia, y en ello no me equivocaba: pues la hay,
según Dios nos lo ha querido revelar. Pero yo no lo
tomaba asi y he aquí en lo que me equivocaba: pues
creía que nuestra justicia era esencialmente justa, y que
tenia yo cun qué conocerla y juzgarla. Mas tantas veces
me he hallado carente de juicio recto, que he acabado
por desconfiar de mi y luego de los demás. He visto
cambiantes todas las comarcas y los hombres, y así, tras
numerosos cambios de juicio tocantes a la verdadera
justicia, he conocido que nuestra naturaleza no era si­
no un continuo cambio y desde entonces no he cambia­
do ya; y si cambiase confirmarla mi opinión.

El m aquiavelism o pascaliano queda asi en su


auténtico lugar en la Apología. La intención de
Pascal no podría ser la búsqueda de los fundamen­
tos de una “ política según la Escritura” , yaque para
él la política cae en el dom inio de lo inesencial, al
cual le conviene el pirronismo. Y lo que le im porta­
ba era parar en esta demostración: no en justificar
PASCAL SIN HISTORIA 129

para nada la tiranía o en fortalecerla, sino en probar


que, si es verdad que el hombre tiene necesidad de
creer en la justicia, más verdad aún es que no podría
deducírsela de ninguna definición de la naturaleza
hum ana. Bien se hace en decidir acerca de todo por
la apariencia, en estas cuestiones que no pueden ser
más que del reino de la ilusión, como "distinguir a
los hombres por lo exterior”, juzgar del honor y la
gloria por sus señales externas, rodear a los reyes y
los grandes del aparato que constituye todo su po­
der. “Los verdaderos cristianos obedecen a las locu­
ras, .. no que respeten las locuras sino el orden de
Dios que, para castigo de los hombres, los ha some­
tido a estas locuras.”
Al igual que cada uno de los capítulos de la antro­
pología pascaliana, el de la sociedad hum ana con­
cluye con la miseria del hombre y su ignorancia de
sí, a fin de que la razón, confesándose incapaz de ex­
plicar nada más allá de cierto límite, se remita a la
fe. Mostrar lo absurdo y su carácter irremediable no
conduce a abdicar en favor de ninguna tiranía, sino
a renunciar a la pretensión de la razón y a compren­
der por fin que sólo la doctrina de la caída y de la Re­
dención explica la condición presente del hombre —es
decir, precisamente, su absurdidad. El hombre no
podría encontrar su lugar en parte alguna, de no ser
en el orden de la caridad, que trasciende todos los
órdenes transitorios, y en la comunidad de la Iglesia,
que sobrevive a todas las ciudades de ilusión.

Si para Pascal, por tanto, el cristiano no está com­


prometido por su fe a intentar, a lo largo de las
ISO PRESENTACIÓN

edades, una progresiva evangelización del m undo


hum ano, esto se debe a que, con la perspectiva ma-
yor de su Apología, la condición hum ana aparece
como inmutable después de la caída, y de tal índole
que sólo la gracia todopoderosa puede operar en ella
un cambio. N inguna marcha del tiempo prepara
esta comunidad más y más "completa" que San Agus­
tín veía perfeccionarse a través de los siglos de la
historia. En vano se buscaría, en los fragmentos de
los Pensamientos consagrados a la Iglesia, la menor
insinuación que la supusiera recorriendo este creci­
miento orgánico —"como de un solo hombre” —,
que Pascal no admitió sino a propósito del progreso
de las ciencias. Los dos únicos textos que traen a
cuento la historia profana abren una perspectiva bien
diferente de ésta: "Cuán bello es ver, con los ojos de
la fe, a Darío y a Ciro, a Alejandro, los romanos,
Pompeyo y Herodes actuar, sin saberlo, para gloria
del Evangelio." Y: “Bello el ver, con los ojos de la fe,
la historia de Herodes, de César.”
Pascal entrevio, pues, sin detenerse mayormente,
este enlace entre la historia de la antigüedad pagana
y la Revelación, que era por lo demás un tema tradi­
cional de la apologética. Es probable que no hubie­
ra desarrollado casi este tema en el capítulo dedicado
a las profecías y a las preparaciones del Evangelio,
reservando toda su atención a la única historia que a
sus ojos tuviera en verdad valor de profecía: la histo­
ria del pueblo de Israel. Cuanta vez se alude, en los
Pensamientos, a los destinos de los imperios y a los he­
chos temporales, es en relación con la antigüedad
judaica y con el Oriente mediterráneo. El Antiguo
PASCAL SIN HISTORIA ISI

Testamento es el único libro de historia que invoca


Pascal y a propósito del cual puede desprenderse de
su reflexión una tentativa de interpretación espiri­
tual de los acontecimientos humanos. Esta tentati­
va, cuyo lugar debía ser central en su Apologia, sigue
siendo asimismo una de sus partes más vivas, aun en
estado fragmentario; tanto más sorprendente resulta
que no trasladara las conclusiones y los métodos, si
no a la historia profana, si por lo menos a la historia
de la Iglesia.
Se explica uno mejor, no obstante, la ausencia de
esta trasposición cuando se examina más de cerca la
óptica en que es colocada la historia santa misma.
Es, en un sentido, una óptica de inmovilidad y no de
movimiento, en la que nada recuerda la noción de
un tiempo de germinación que prepara la apoteosis
esperada del Salvador. La historia anterior, aun leí­
da en los archivos del pueblo elegido, no lleva en su
seno, como un fruto en lenta maduración, al Cristo
encamado. Lo prepara, pero en el exclusivo sentido
de la profecía y de la prefiguración, permaneciendo
ella misma oscura e indescifrable hasta el día en que
la Encarnación llegue a cum plir lo q u e estaba an u n ­
ciado, y a dar la clave de sucesos sustraídos hasta
entonces a cualquier causalidad suficiente. En reali­
dad, según la visión pascalíana, nunca habrá habido
más que un único acontecimiento verdadero, que da
a los otros su sentido y es la venida de Jesús. Antes
de él, todo lo anuncia sin que por ello obre en favor
de su advenimiento, y la profecía que constituyen
los hechos de la historia aún no es claramente legi­
ble. dado que no se posee aún la cifra.
132 PRESENTACIÓN

Tal es en efecto, según Pascal, la definición de la


profecía: lleva consigo un sentido evidente, pero que
no llega a serlo en realidad sino una vez consumado
lo que estaba significado por el dibujo de los he­
chos. Hasta ahí, otro sentido cubre el verdadero, al
grado de que la realización de la profecía puede no
ser reconocida por todos. El sentido literal, exclusi­
vamente temporal, está lleno de "contrariedades" y
parece ser propuesto adrede para cegar. Hay pues
que suponer otro, del todo espiritual, pero que la
incertidumbre de nuestra razón no nos permite dis­
cernir inmediaiamenLe. Ante esta duplicidad de las
significaciones volvemos a hallar la misma distin­
ción entre los hábiles y los ignorantes que Pascal
admitió en el plano bien distinto de la sociedad h u ­
mana. Su jansenismo lo predisponía, por lo demás,
a satisfacerse con esta ambivalencia que correspon­
día a la idea central de un Dios que se revelaba a
unos y cegaba a los otros, a la vez Dios manifestado y
Deus absconditus.
Sin entrar aquí en el complejo organismo de la
teología y de la exégesis pascalianas, no estará de
más recordar los preceptos y métodos que sugiere
para discernir en la Escritura los pasajes que han de
interpretarse literal o espiritualmenie. Lo que por el
momento nos importa no es tanto el procedimiento
aplicado por Pascal a esta discriminación cuanto los
principios, explícitos o sobreentendidos, que guían
su indagación y que no dejan de aclarar su visión
particular de la historia.
El primero de estos principios, el que presupone
entre lo visible y lo invisible una relación de analo-
PASCAL SIN HISTORIA 133

gía sin la cual no habría ni revelación ni profecía,


está formulado ya en una carta de Pascal a su herma­
na del 1 de abril de 1648: "Las cosas corporales no
son sino una imagen de las espirituales, y Dios ha
representado las cosas invisibles en las visibles. Este
pensamiento es tan general y tan útil, que no debe
dejarse transcurrir un espacio notable de tiempo sin
pensar en ello con atención." Pascal lo encuentra,
en esta carta, en las afecciones naturales y en la posi­
bilidad de descubrirles un sentido más profundo que
el de la naturaleza. Pero discernirá el mismo simbo­
lismo en la Escritura y en la historia de Israel, de la
que podría decir exactamente lo que escribía enton­
ces acerca de la condición permanente del hombre:
“Debemos considerarnos criminales en una prisión
toda llena de imágenes de nuestro liberador... pero
hay que reconocer que no se pueden percibir estos
santos caracteres sin una luz sobrenatural; pues co­
mo todas las cosas hablan de Dios a los que las
conocen, y lo descubren a lodos los que lo aman,
esas mismas cosas lo ocultan a quienes no lo co­
nocen.”
Volverán a encontrarse casi los mismos términos,
y absolutamente la misma estructura de pensamien­
to, en tal o cual fragmento en el que Pascal trata de
deslindar el sentido oculto de un pasaje del Antiguo
Testamento:

Isaías, LI: El mar Rojo, imagen de la Redención...


Dios, queriendo hacer aparecer que podía formar un
pueblo de una santidad invisible y llenarlo de una glo­
ria eterna, ha hecho cosas visibles. Como la naturaleza
es una imagen de la gracia, ha hecho en los bienes de la
La hermana Calhenne de Sainte Suzanne Chain
paigne (cuadro de Philippe de Charnpaigne).
PASCAL SIN HISTORIA 135

naturaleza lo que debía hacer en los de la gracia, a fin


de que se juzgara que podia hacer lo invisible, ya que
hacía por cierto lo visible. Salvó pues este pueblo del
diluvio; le hizo nacer de Abraham, lo rescató de entre
sus enemigas y lo colocó en el reposo. El objeto de Dios
no era salvar del diluvio, y hacer nacer todo un pueblo
de Abraham, para no introducirlo sino en una tierra
rica. Y aun la gracia no es más que la figura de la
gloria, pues no es el último fin. Ha sido figurada por la
ley, y figura a su vez la gloria; pero ella es su figura, y
su principio o causa.

Hay pues una analogía entre el universo sensible


y el plan divino, o entre la vida ordinaria del hom ­
bre y su destino providencial, o aun entre los aconte­
cimientos de la historia judia y los fines últimos
asignados por Dios a su pueblo. Este nexo de pareci­
do llega tan lejos, y se ramifica de tan compleja
manera que la propia gracia, tomada aqui como la
voluntad providencial en acción en la historia, es
figura por su parte de aquello que es a la vez su
origen y su promesa. Sobre estas múltiples analo­
gías, Pascal edificará su fecunda teoría de los "figu­
rativos”, teniendo cuidado de apartar un “espiritua-
lismo” excesivo, que reduciría la creación, el hombre
y la historia a no ser más que figuras de lo invisible,
en sí mismas privadas de ser y de consistencia propia.
Fiel al habitual itinerario de su espíritu, Pascal re­
gistra, aquí como en otros lados, el dato paradójico
de lo real y, lejos de querer suprim ir la contradic­
ción, se dedica a mostrar que ésta es la verdad mis­
ma: ahondando en ella se alcanza el misterio que
incluye necesariamente los términos "contrariados".
Que lo visible sea imagen de lo invisible no em puja
136 PRESENTACIÓN

a decir que sea pura apariencia y sombra proyectada


sobre el muro de la caverna; hay que afirmar, por el
contrario, que sin dejar de prestar testimonio de lo
invisible —que no lo suprime sino le añade una
dimensión suplem entaria—, lo visible conserva su
ser propio.
“Figura lleva ausencia y presencia", escribe Pas­
cal o, en otra redacción: “ Un retrato lleva ausencia y
presencia, placer y desplacer. La realidad excluye
ausencia y desplacer.” Los términos no deben, aquí,
extraviarnos: la “realidad”, opuesta al "retrato", es
el hecho exclusivamente sensible, que “excluye la
ausencia”, es decir todo lo que no es inmediatamen­
te dado en la forma misma de lo “real” . El “retrato",
por el contrario, representa una realidad cuya pro­
fundidad es doble, una forma inmediata, en ella mis­
ma "real”, que figura otra forma, real también pero
de otra manera, más sustancial. T a l es la relación
"figurativa” entre la creación perceptible a nuestros
sentidos y ese Dios del cual es —a cierto respecto,
cuando menos— el retrato; o bien entre la historia,
tal como la registran las crónicas, y la intención
providencial que en ella puede descifrar la misma
mirada.
Mas ¿qué mirada? En tanto que hasta aquí el aná­
lisis pascaliano retomaba, para darle un vigor y una
nitidez nuevos, el análisis tradicional de los exege-
tas, vamos a verlo ahora añadir otro principio más
que, en verdad, no le es absolutamente personal,
pero que nunca habia adquirido esta importancia
decisiva. Pascal descarta las pruebas de la existencia
de Dios por la arm onía de la naturaleza, que eran
PASCAL SIN HISTORIA IS7

tradicionales, y no admite que la creación pueda


hablar del creador salvo a quien lo conozca ya, y
sobre todo que lo ame. No se trata ya, pues, de de­
mostración, sino de un estado dichoso del alma que
le hace redescubrir en lo sensible aquello que ante­
riormente hallara merced al movimiento del amor.

"Dios sensible al corazón", ninguna frase de Pascal


ha sido más a menudo y por más tiempo interpreta­
da de modo erróneo. Hasta los análisis nuevos de
comentadores muy recientes, se ha persistido en ver
en el "corazón" pascaliano, órgano del conocimien­
to de Dios, ora el sentimiento, a la menera deSchleier-
macher, ora una facultad que era confrontada, harto
a la ligera, con la intuición bergsoniana. Era falsear­
lo todo y condenarse a los más graves malentendi-
mientos. El “corazón" pascaliano, que tiene sus razo­
nes que la razón no conoce, no podría asimilarse a
una facultad entre otras, ni sobre todo a una facultad
de aproxim ación más incierta, aunque más profun­
da, que la razón. ¿Cómo se explicaría entonces que
dicho “corazón" esté habilitado para el descubrimien­
to de los primeros principios matemáticos, tal como
Pascal lo afirma netamente? El corazón según Pascal
no es una facultad del alma. Es su verdadera fuerza
actuante, el lugar interior de las decisiones y de las
adhesiones. En un sentido, es el alm a misma, en
tanto que está hecha para recibir la revelación de las
verdades eternas. De ningún modo opuesto a la inte­
ligencia, como se oponen dos realidades del mismo
orden; sin excluir en absoluto la inteligencia, pues
no excluye nada —comprende y orienta. Es él mismo
La hermana Catherine y la madre Agries. Exvoto de
Philippe de Champaigne.
PASCAL SIN HISTORIA 139

inteligencia, cuando la inteligencia es animada, m ul­


tiplicada por el amor: intelletto d'amore. Asume has­
ta las funciones que, en Descartes, son las de la inteli­
gencia, puesto que es él quien percibe y establece los
principios fundamentales de las ciencias: dimensio­
nes del espacio, serie infinita de los números. Y sin
duda Pascal, sin saberlo del todo, es demasiado here­
dero del tomismo para profesar de veras el desprecio a
la razón. Lo ha dicho: una razón intacta sería el mejor
instrumento de conocimiento de las cosas divinas;
pero nuestra razón no está intacta, y en la creatura
herida es el corazón el que guarda los vestigios de la
libertad y puede recibir algún rayo de la luz sobrena­
tural, luz esencialmente “racional”. Pues la creatura no
sólo está herida por la caída, es asimismo creatura
salvada, y salvada por Jesucristo, es decir por el amor.
De suerte que es el am or el que, desde la Redención,
puede ser mejor restaurado en ella, con tai de que ella
se preste. “Jesús está en el centro de todo.” Pascal lo
dice, lo repite, vuelve a ello. Y para él esto tiene un
sentido muy preciso: la caridad está en el centro de
todo.
No hay contemplativo que no se haya, de alguna
manera, especializado en la adoración de uno u otro
de los misterios divinos. Cada uno de ellos se consa­
gra a una de las Personas de la Trinidad antes que a
las otras, a una de las Tres Virtudes de preferencia, y
éste a la Cruz, pero aquél a la Resurrección. Si Péguy,
por ejemplo, es ante todo el contemplador de la Espe­
ranza y descubre a través de ésta las otras dos virtudes
que le son inseparables, Pascal lo es de la Caridad. La
caridad es el eje en torno al cual se construye el
140 PRESENTACIÓN

edificio entero de la Apología. Miseria del hombre,


en la primera parte proyectada, es privación y ausen­
cia de Dios, es el silencio de la caridad. Felicidad del
hombre, en la segunda parte, es presencia divina, es
Dios sensible al corazón.
£1 corazón será pues la instancia suprema que
perm itirá discernir entre los pasajes de la Escritura
aquellos cuyo sentido literal cubre un sentido espiri­
tual. Y Pascal plantea en principio que no hay exége-
sis válida que no empiece por recurrir a esta instancia.
En las promesas hechas a Israel,

cada quien encuentra lo que tiene en el fondo de su


corazón, los bienes temporales o los bienes espirituales.
Dios o las creaturas; pero con la diferencia de que quie­
nes busc an las creaturas las encuentran, pero con varias
contradicciones, con la prohibición de amarlas, con la
orden de no adorar sinoa Dios y de no amar más que a
él, lo cual no es sino lo mismo, y que, en fin, para ellos
no ha llegado el Mesias; en lugar de que quienes bus­
quen a Dios lo encuentren, y sin ninguna contradic­
ción, con orden de no amar sino a él, y de que haya
llegado un Mesías en el tiempo predicho para darles
los bienes que piden.

La Escritura no tiene otra clave que la caridad,


pues no tiene nada que revelar más que la presencia
de aquel que es la caridad misma. A tal punto que,
para Pascal, el criterio de los dos “sentidos" es a fin de
cuentas muy sencillo: o bien un pasaje de los Libros
santos es explícitamente remitido a la caridad, y en­
tonces debe ser entendido tal como se presenta; o bien
parece tener algún otro tema, y eso solo basta —pues
si no sería necesariamente contradictorio— para se-
PASCAL SIN HISTORIA 141

ñalar que es figurativo: hay entonces que buscar su


significación secreta, que no puede concernir sino al
amor: “Todo lo que no apunta a la caridades figura.
El único objeto de la Escritura es la caridad. T odo
lo que no apunta al único fin es figura de éste. Pues, ya
que hay un fin, todo lo que no apunta a él en palabras
propias es figura.’* Y más profundamente aún:

Nos hacemos un ídolo de la verdad misma; pues la


verdad fuera de la caridad no es Dios, y es su imagen y
un ¡dolo, al que no hay que amar, ni adorar: y aún
menos hay que amar o adorar su contrario, que es la
mentira. Bien puedo amar la oscuridad total; mas, si
Dios me mete en un estado oscuro a medias, ese poco de
oscuridad me desagrada; y, como no veo el mérito de
una entera oscuridad, no me place. Es un defecto, y una
señal de que me hago un ídolo de la oscuridad, separa­
da del orden de Dios. Ahora, no hay que adorar sino su
orden.

T al es, en una extraordinaria “ inversión del pro al


contra", y en los vertiginosos intercambios de la os­
curidad y la luz, la últim a palabra de Pascal, el
oriente de toda su búsqueda.
Una vez más, henos aquí devueltos a nuestra mis­
ma pregunta: ¿cómo Pascal no ha traspuesto él mis­
mo a la historia profana, o por lo menos a la historia
de la Iglesia desde Jesucristo, este método de inter­
pretación que le parecía tan seguro cuando se trata­
ba de comprender la historia de Israel? Si evoca los
siglos que se desenvuelven desde la Encarnación y
hasta la Parusía, es para escribir la frase famosa:
“Jesús está en agonia hasta el fin del mundo. No
hay que dormir durante ese tiempo.” Es posible, sin
142 PRESENTACIÓN

duda, extraer una doctrina del tiempo histórico con*


cebido como la prolongación del suplicio de la Cruz,
pero no es Pascal sino Bloy quien llegará a entrever
que la comunidad de todos los vivos, a través de todo
el tiempo, revive realmente la agonía del Crucifijo, y
que los pecados de los hombres perpetúan esta ago­
nía en los horrores de la historia, en aplazamientos
infinitos. Pascal no parece haber advertido este de­
sarrollo de su propio pensamiento. Para él, el tiempo
no tiene por sí mismo ninguna significación, ni la
de un progreso hacia el Reino intemporal, ni la de
una imitación de la Agonía extendida a todos los
miembros del cuerpo místico y que debería cesar
sólo cuando el deseo de la Resurrección se impusie­
ra, en todos, a la ceguera que renueva los sufrimien­
tos de la hum anidad crucificada. La agonía del Cristo
prolongada hasta el fin de las edades terrestres no es
para él más que un objeto de meditación que recuer­
da solemnemente a la conciencia individual. "N o
hay que dorm ir" no quiere decir todavía que haya
que laborar colectivamente en alguna obra tempo­
ral que ayudara al tiempo a madurar hacia su fin glo­
rioso: hay que entender a lo sum o que el amor exige
de cada uno de nosotros en particular una atención
despierta, una conciencia del pecado y el deseo de
que no nos sepulte. El Hombre en la Cruz, cuya
imagen es vuelta así a poner ante nuestros ojos, es,
tanto como el Redentor, el Juez que ha de llegar y
ante el cual habremos de comparecer, afortunados si
podemos protestar que no hemos "dorm ido", que
no hemos vivido en la ignorancia de su revelación y
el olvido de su amor.
PASCAL SIN HISTORIA 143

No es que Pascal carezca de una noción muy viva


de la Iglesia y del cuerpo místico, fuera de la cual la
caridad, que él sitúa en el centro de todo, no sería
sino un concepto descarnado. Con frecuencia no se
ha apreciado, o se ha entendido mal, este sentido de
la Iglesia, porque la mayor parte de los comentado­
res, afanados am e todo en precisar las relaciones de
Pascal con Port-Royal, se han lim itado a plantear la
cuestión de su actitud en la querella del formulario,
o a examinar el comportamiento bastante turbador
de los últimos meses de su vida. Esto era considerar
únicamente su concepción de la obediencia debida a
la autoridad jerárquica, y así a la Iglesia-institución.
lu>s Pensamientos, con todo, contienen los esbozos,
muy fragmentarios pero numerosos, de una reflexión
acerca del cuerpo místico que de fijo habría consti­
tuido un desarrollo muy importante en la Apología.
Son las notas sobre los "miembros pensantes”, que
muestran hasta qué punto había profundizado Pas­
cal en el misterio de la Com unión de los santos. Lo
esencial de su doctrina acerca de este punto capital
está contenido en las líneas siguientes:

Ser miembro es no tener vida, ser ni movimiento sino


por el espíritu del cuerpo. Y para el cuerpo el miembro
separado, no viendo ya el cuerpo al cual pertenece, no
tiene sino un ser perecedero y moribundo. Sin embar­
go, cree ser un todo y, no viéndose cuerpo del que
dependa, cree no depender sino de sí, y quiere hacerse
centro y cuerpo él mismo. Mas no teniendo en si prin­
cipio de vida, no hace más que extraviarse, y se pasma
en la incertidumbre de su ser, dándose clara cuenta de
que no es cuerpo y sin ver, no obstante, que es miem­
bro de un cuerpo. Por último, cuando llega a conocer-
144 PRESENTACIÓN

se, es como si volviera a su morada y no se ama sino por


el cuerpo. Deplora sus extravíos pasados.
No podría por su naturaleza amar otra cosa, de no
ser para sí mismo y para sometérsela, porque cada cosa
se ama más que todo. Mas amando el cuerpo, se ama a
sí mismo, porque no tiene ser sino en él, por él y para
él: Q u i a d h a e r e t D e o u n u s s p ir ilu s est.
El cuerpo ama la mano; y la mano, si tuviera una
voluntad, deberia amarse de la misma manera como el
alma la ama. Todo amor que va más allá es injusto.
A d h a e r e n s D e o u n u s s p ir ilu s est. Se ama uno porque
se es miembro de Jesucristo. Se ama a Jesucristo por­
que él es el cuerpo del cual se es miembro. Todo es uno,
lo uno está en lo otro, como las tres Personas.

Será fácil observar que n o hay en este texto n in ­


guna dim ensión tem poral, ni tam poco la m enor p a ­
labra que aluda al "cuerpo" en su crecim iento or­
gánico. T odo es considerado en una suerte de perpetuo
presente, en un estado inm utable y no en un desen­
volvim iento progresivo. Lo que cuenta es estar “si­
tuado" en su sitio en un co n juntode relaciones justas,
pero sin que nada indique la colaboración de todos
los m iem bros en la actividad creadora de tal co n ju n ­
to, o su participación en una transform ación inte­
rior que tendría el sentido de un progreso o de una
m aduración.
La com unión universal de los m uertos y los vivos
no es, sin em bargo, para Pascal, un dato del cual se
haya conform ado con adoptar la fórm ula dogm áti­
ca. Su fe tan netam ente cristocéntrica tenía allí uno
de sus focos activos, pero foco de vida personal, tal
com o lo testim onian los dos fragm entos cuyo acento
anda más cerca de la confesión subjetiva: “Conside-
Paul Beurrier, cura de Saint-Étienne-du-Mont. Gra­
bado de Boulanger.
146 PRESENTACIÓN

rar a Jesucristo en todas las personas y en nosotros


mi s mos . . Y: "Amo a todos los hombres como a
mis hermanos porque todos están rescatad o s...”
Sin embargo, esta Iglesia universal de la cual tiene
Pascal un sentimiento tan concreto ¿no es. de algún
modo, inmóvil a través del tiempo? Parece partici­
par de la eternidad que la funda, más que de la
sucesión de los siglos en los que se manifiesta. Es,
perpetuado, ese milagro en el cual están incluidos
todos los milagros particulares, y que es la verdadera
prueba de la religión cristiana. Todo lo que dice
Pascal, también aquí, está en presente, pero un pre­
sente que da la impresión de la inmutabilidad más
que del tránsito y del movimiento. Cierto, hay en
Pascal una percepción muy aguda de un movimien­
to de las cosas, mas si no deja de recordar que todo es
móvil en el hombre, es precisamente para usarlo
como argum ento contra el orgullo humano. T odo
es mutación, ir y venir, inconstancia —salvo justa­
mente la Iglesia, que ¡termanece. La prueba de su
verdad no la ofrece su desarrollo sino más bien
su subsistencia y lo que en ella está sustraído a toda
evolución posible.
En el interior del tiempo de la Iglesia, Pascal no
conoce ninguna sucesión de orden progresivo. La
historia total del universo hum ano se divide en dos
tiempos nada más, cada uno de ellos como estático,
sin nada que lo haga avanzar interiormente: el tiem­
po de la Sinagoga precede al tiempo de la Iglesia,
formando de alguna manera dos niveles fijos. Su
denominación más frecuente es Antiguo y Nuevo
Testamento: dos libros, dos palabras, dadas cada una
PASCAL SIN HISTORIA 147

de un golpe, de una sola inspiración, y no pronun­


ciadas en la sucesión de sílabas que se añaden poco a
poco unas a otras. Hay un estado del hombre bajo la
vieja ley, y otro estado bajo la ley de amor del Evan­
gelio. Al igual que se demora largamente para hacer
comprender que el pueblo elegido escapa de todas
las vicisitudes de las naciones perecederas, y que de
ahí extrae la prueba de su elección, lo mismo Pascal
tiende a separar la Iglesia del tiempo y a admirar
que subsista en él sin ser integrada en su marcha.
La única historia que conoce es la de Israel: aun
así, apenas se trata de una historia. Este pueblo es el
pueblo que no cambia, mientras todos los demás
crecen y decaen. Su función eminente consiste en ser
el guardián, el conservador de la Revelación; en me­
dio de la agitación universal, sostiene el Libro, co­
mo si, arrastrado él mismo, naturalmente, por la ola
del tiempo, mantuviera en alto, por encima de las
aguas, la eternidad manifestada en la Escritura. Aun­
que no comprenda ya su sentido al resguardarla a
través de los errores y las persecuciones, esta fideli­
dad literalmente ciega es el principal signo que ga­
rantiza la autenticidad del tesoro. "Lleva los libros,
y los ama, y no los entiende.” El Antiguo Testamen­
to se inserta bien, en cierto modo, en el tiempo,
puesto que es ante todo profecía, anuncio de un
porvenir esperado y después realizado. Pero el co­
m entario que ofrece Pascal tiene menos que ver con
la noción de un desarrollo de la profecía que con la
idea de la "subsistencia” de Israel y el m ilagro de
una fidelidad "sin comparación en el m undo ni raíz
en la naturaleza”.
148 PRESENTACIÓN

En (odo caso, si bien el carácter necesariamente


temporal de la profecía no deja de hacer de los siglos
de la Sinagoga una suerte de historia, los siglos de la
Iglesia no son jam ás considerados por Pascal desde
el punto de vista de una evolución. Cuando habla,
por ejemplo, de las herejías, se diría que todas fuesen
contemporáneas, renovando la contradicción ante la
cual la verdad eterna de la Iglesia sale victoriosa, sin
que nunca se suponga, a través de estas luchas, siglo
tras siglo, un ahondam iento del misterio o una lenta
extensión de su conocimiento. “ Bello estado de la
Iglesia, al no estar sostenida sino por Dios", excla­
ma Pascal: así se la representa en la historia o, más
bien, contra la historia y oponiéndole la roca de su
permanencia. “ Es placentero —dice también— ha­
llarse en un navio sacudido por la tempestad cuando
se tiene la certeza de que no se perecerá. Las persecu­
ciones que acosan a la Iglesia son de esta naturale­
za." La historia aquí es figurada por la vana agita­
ción furiosa de un océano revuelto, en tanto que la
imagen de la Iglesia es la del navio seguro de cruzar,
sano y salvo, la extensión agitada de las edades: las
olas no contribuyen en nada a orientarla hacia el
puerto de paz que es su destino y que habrá de alcan­
zar sin falta.
La angustia que Pascal tal vez conoció, la que, en
cualquier caso, desea inspirar a su lector para em pu­
jarlo de ese modo a la "curación” , es la angustia del
pensamiento frente a la incertidumbre de la condi­
ción hum ana y frente a un universo donde todo “se
agi'a". Ante un m undo físico experimentado en ade­
lante como vertiginosamente desproporcionado con
PASCAL SIN HISTORIA 149

respecto a su propia estatura, el hombre busca su


lugar y aspira a un punto de fijeza. Para el cristiano,
según Pascal, ese lugar de la paz interior, ese punto
estable es el Evangelio, el Nuevo Testamento, la Igle­
sia. Ahí cesa el vano movimiento y comienza lo que
no cambia jamás. No es posible imaginar cómo se
articularia con este sistema de pensamiento la no­
ción de una historia de la Iglesia desplegándose en
el tiempo, y menos todavía una explicación de la
historia profana. Ni como objeto propuesto a la me­
ditación, ni como lenguaje de una revelación por los
acontecimientos, ni tampoco como exigencia de com­
promiso personal puede existir la historia en la doc­
trina pascaliana.

1ja conciencia cristiana, en el siglo xvn y muy particu­


larmente en Pascal, es, por definición, ajena al senti­
do de la historia. Indiferente a los aspectos variables
de las cosas, así en el espacio como en el tiempo, o
deteniéndose nada más —a la zaga de Montaigne,
aunque sin su capacidad de maravillarse— para no­
tar en esta variedad y en estas variaciones las señas
de la debilidad hum ana después de la caída, esta
conciencia sitúa la verdad en el polo opuesto de
aquello que vive una existencia cambiante. Después
de haber recurrido, en el prefacio al Tratado del
vacio, a la imagen agustiniana del hombre, nada
más, evolucionando en el tiempo con un progreso
continuo del conocimiento, Pascal experimenta la
necesidad de recordar que “la verdad siempre debe
tener ventaja, así esté recién descubierta, ya que siem­
pre es más vieja que todas las opiniones que ha
El maestro de Sari (cuadro de Philippe de Cham-
paigne).
PASCAL SIN HISTORIA 151

habido, y que sería desconocer su naturaleza im agi­


narse q u e com enzara a ser en el tiem po en q u e em ­
pezó a ser conocida". Este ‘‘esencialismo” pascaliano,
q u e lo hacía atender al aspecto inm utable de las
cosas y a la identidad de la condición hum ana a lo
largo de las épocas, le im pediría com prender la pers-
pecdva histórica, según se desprende del agustinismo.
Acerca de otros puntos, y de acuerdo con ciertos
itinerarios fundam entales de su espíritu, Pascal bien
puede pasar p o r uno de los precursores del pensa­
m iento m oderno y merece ser invocado com o tai p o r
el existencialism o. Sigue en pie el hecho de q u e ca­
reció de sentido del desenvolvim iento histórico, por
razones m uy diferentes de las que, hasta la fecha,
im piden al existencialism o crearse u n a filosofía de
la historia. No puede haber, para Pascal, n i dim en­
sión tem poral del hom bre ni, m enos aún, concien­
cia de un com prom iso de cada persona hacia la obra
com ún de las generaciones y la operación de los
siglos sucesivos. Pues a sus ojos es com o si no exis­
tiera dicha obra. Su definición del hom bre no po­
dría incluir n in g u na “situación” del hom bre —de
cada hom bre en particular, tom ando, en el sentido
de Péguy, su "inscripción c a m a l” o su “ fecha” —:
no hay m ás q ue una “condición” hum ana, invaria­
ble, enteram ente dada por la caída y la Redención.
La “ fecha” de todos los hom bres es la misma: es la
fecha de Adán, a la cual se sobrepuso, para invertir
los signos, la fecha de Jesucristo, q u e es ya, en un
sentido, la fecha de la venida del Paracleto. Pero
entre u n a y otra de estas tres fechas no se percibe
n in g ú n m ovim iento de progresión. T oda significa-
152 PRESENTACIÓN

ción está en un dato que no cambia, ante el cual


cada conciencia personal está invitada a captar su
posición, igual para todos, mas no su diferencia.
“ ¡Necio proyecto el suyo, de pintarse a sí mismo!”,
dice de Montaigne, visiblemente hostigado ante la
intención de quien procura identificar lo que lo ha­
ce distinto de los demás. Pascal tampoco sabría com­
prender que la relación entre cada uno y los demás
es un elemento constituyente de la persona, que abar­
ca un esfuerzo por hacer vivir en el tiempo un Evan­
gelio que conquista por etapas la inmensidad tem­
poral, hasta recabarla entera para la suprema com­
parecencia. El orden de la caridad que Pascal, con
tal fuerza y tan hermosa claridad, sobrepone a los
órdenes de los cuerpos y de las inteligencias.es tam­
bién, en cierto modo, un orden de la esencia invaria­
ble, por encima de las variaciones de la existencia.
No irradia a su vez sobre los órdenes inferiores, si no
es en forma de preceptos, de imperativos y de prácti­
cas —en modo alguno para anim arlos y suscitar va­
lores de amor ahí donde no empezó habiendo más
que valores de cantidad o jerarquías de la inteligen­
cia. El orden de la caridad resorbe y finalmente an i­
quila los otros órdenes: “Todos los cuerpos juntos, y
todos los espíritus juntos, y todas sus producciones,
no valen lo que el menor movimiento de caridad.
Esto es de un orden infinitamente más elevado...
De todos los cuerpos y espíritus no podría extraerse
un movimiento de auténtica caridad: es imposible,
de otro orden, sobrenatural.” Cierto, nada ha afir­
mado Pascal que sitúe las cosas más justamente a la
luz de la gracia.Pero esta alta visión de la pirámide
PASCAL SIN HISTORIA 153

universal conslituye un m undo cerrado, un edificio


admirable, del cual, con todo, permanece como ausen­
te el hombre concreto, tal como intenta hacerlo vivir
el Cristian ismo actual: el hombre cuyos actos i nforma
la caridad, no sólo en la contención de una ascesis
sino hasta en la libertad de la vida cotidiana e incluso
en la espontaneidad de los vínculos carnales; el hom ­
bre para quien la historia es el lugar de la encarna­
ción renovada, desarrollada, progresiva; el cristiano
del cuerpo místico y de la espera, para quien la
comunión sobrenatural transfigura la comunidad
natural y ordena desde el interior una presencia al
tiempo. Para ese cristiano, toda hum anidad doliente
y deseante, en marcha hacia una ciudad con menos
injusticia, aunque no sepa que pertenece a la Iglesia,
constituye ya el cuerpo místico y requiere la caridad
de cada uno de sus miembros. Su pesar y su esperan­
za, su mirada vuelta hacia el porvenir y su pesado
avance de edad en edad, el progreso real de sus cono­
cimientos y el peligro mismo resultante para su con­
ciencia de los fines sobrenaturales; todo esto junto,
que es la historia oscura y, no obstante, ascendente de
la hum anidad tomada como “ un solo hom bre” , no
queda piara nosotros en vana agitación de lo m últiple
ante un orden sobrenatural, que le sería exterior. En
esta fermentación de la pasta hum ana, el orden de la
caridad es el fermento más activo, el que la transfor­
ma químicamente para lograr la pasta levada y liga­
da del últim o día.

Señalado por el espíritu de su siglo, instruido acerca


de las articulaciones de la doctrina cristiana por los
154 PRESENTACIÓN

moralistas de Port-Royal, Pascal, en la medida en


que les pertenece, prefigura el tipo clásico del cristia­
no individualista, tal como perdurará, sobre todo en
Francia, a lo largo de los tres siglos burgueses. Esa
edad está concluyendo y, no obstante, Pascal no se
aleja de nosotros. Adquirimos conciencia, sin duda,
de sus vacíos, y nos asombra su silencio sobre los
misterios que hoy nos parecen hallarse en el centro
vivodel cristianismo —comunión de los santos, espe­
ranza escatológica, sentido positivo de la historia,
inserción del cristiano en lo temporal y en la obra
común de la sociedad concreta. Para nosotros, "todos
los cuerpos juntos y todos los espíritus juntos” no
quedan suprimidos por el tránsito al orden superior
de la caridad. Basta esa palabrita, "juntos" —que
recurre, cual refrán preñado de sentido, en Péguy, en
Claudel, en Ramuz—, para constituirlos en comu­
nión, para hacer de los cuerpos un solo cuerpo natu­
ral, de los espíritus una analogía del cuerpo místico,
de unos y otros una especie de cuerpo de la Iglesia,
ofrecido a la presencia de la caridad y a la encarna­
ción del Verbo salvador.
Al igual que todos los clásicos, Pascal no es m úsi­
co; no logra darse cuenta de que la diversidad de lo
m últiple es necesaria para que nazca la sinfonía total
donde cada nota brota, como dice Claudel, para for­
mar con la nota de al lado, que le es complementaria,
un poco de esta continuidad móvil donde todas las
cosas encuentran su nexo necesarioy su sentido justi­
ficador. Pascal permaneció sordo a este concierto de
la creación y de las creaturas que los grandes místicos
percibieron porque el éxtasis sin imágenes, afinán-
PASCAL SIN HISTORIA 155

doles el oído, les confería el don de escuchar en el


m undo temporal algo así como el eco sensible de lo
que no tiene voz. Pero, desde su sitio en el conjunto de
todas las voces, Pascal emite su nota personal, una
de las más claras que hayan jamás resonado, e inven­
ta sus temas, que se cuentan entre los más fecundos,
constitutivos de las frases ulteriores, que él mismo no
pudo presentir. Así como entrevió ios principios de
donde otro, más tarde, extraería el cálculo de proba­
bilidades, así también despertó la conciencia cristia­
na a una atención espiritual cuya orientación, sin él,
hubiera sido del todo distinta.
Mejor aún —“vuelco del pro al contra"—: Pascal
nunca nos ha sido más necesario que hoy. Tal vez sea
el primero en haber sabido aquello que, según Ber-
diaev, supo tan bien Dostoyevski: que la cuestión de
Dios es "una cuestión del hombre", una cuestión
existencia!; “Jesucristo es el verdadero Dios de los
hombres.” Supo también que la respuesta, en adelan­
te, no está en una solución sino en un acto, un salto,
una acogida. Y que no hay prueba que no sea un
poner a prueba, vivido más que pensado. Se dice que
trató furiosamente mal al hombre: es que lo amó
demasiado para no tratarlo con violencia cuando se
trataba de despertarlo al amor. De empezar por des­
pertarse él mismo, a fin de que ese am or fuese, en
Pascal, más fuerte que todas las dudas, vencedor de
ese orgullo combativo y de esa rebelde inquietud del
pensamiento que nunca dejaron de tentarlo y ator­
mentarlo. Hay un hum anism o de Pascal, riguroso,
severo, pero que, demostrándole al hombre que "re­
basa infinitamente al hom bre", le concede mucho
156 PRESENTACIÓN

más que las dulcedumbres del hum anism o devoto o


las complacencias del hum anism o profano. La so­
lemnidad de esta promesa no resulta superflua de
escuchar hoy: lanzados a la aventura de la historia,
necesitamos más que nunca que se nos recuerde que
es preciso saber “estarse tranquilo en una habitación” .

A i .bf.rt Bégijin
Blaise Pascal (cuadro de Philippc de Champaigne).
L E C T U R A DE PASCAL
EL GOZO DE INVENTAR
Y DE CONOCER

P ascal acaba de inventar la máquina aritmética; expre­


sa su entusiasmo en una noticia impresa:

. . . Si alguna vez has ejercitado tu espíritu en la


invención de máquinas, no me será muy difícil per­
suadirte de que la forma del instrumento, en el estado
en que está al presente, no es el primer efecto de la
imaginación que tuve al respecto: inicié la ejecución
de mi proyecto con una m áquina muy diferente de
ésta, tanto en su materia como en su forma, la cual
(aunque en condiciones de satisfacer a varios) no me
satisfacía por entero, sin embargo; lo cual provocó
que, corrigiéndola poco a poco, hiciera yo insensi­
blemente otra, en la cual hallando todavía inconve­
nientes que no pude tolerar, compuse la tercera, que
funciona por resortes y que es muy sencilla en su
construcción.
. . . De todas maneras, perfeccionándola siempre,
hallé razones para cambiarla, y reconociendo en fin
en todas o bien dificultad de funcionar, o rudeza de
movimientos, o disposición a corromperse con de­
masiada facilidad por el tiempo o el transporte, me
armé de paciencia para construir más de 50 modelos,
todos diferentes, unos de madera, otros de marfil y de
ébano, y los otros decobre, antes de alcanzar la consu­
mación de la m áquina que ahora hago aparecer...
Por último (caro lector), ahora que estimo haberla
161
1.a máquina aritmética.
164 LECTURA DE PASCAL

puesto en estado de ser vista, y que tú mismo puedes,


si tienes la curiosidad, verla y usarla, te ruego que
aceptes la libertad que me tomo al esperar que el
solo pensamiento de encontrar otro método, tercero,
para realizar todas las operaciones aritméticas, total­
mente nuevo y sin nada en común con los dos méto­
dos vulgares de la plum a y de la ficha, recibirá de ti
alguna estimación y, aprobando mi intención de
placerle aliviándote, me agradecerás el cuidado que
lomé para que todas las operaciones, que por los
precedentes métodos son penosas, compuestas, lar­
gas y poco seguras, se tornen fáciles, sencillas, pron­
tas y aseguradas. (Avis nécessaire a ceux qui auront
curiosití de voir la machine arithmétique et de s'en
servir, 1645.)

Sus trabajos de geometría y de física le inspiran pági­


nas asi de confiadas. Mas llegará el día en que Pascal
juzgará que la aplicación de la mente a la geometría no
bastarla a sus mejores exigencias:
Señor:. . . Os diré también que, con todo y que
seáis aquel de Europa entera a quien tengo por el
mayor geómetra, no sería esa cualidad la que me
habría atraído, sino que me figuro tanto espíritu y
decencia en vuestra conversación, que por ello os
buscaría. Pues, por hablaros francamente de la geo­
metría, la hallo el más elevado ejercicio del espíritu,
pero al mismo tiempo tanto la conozco por inútil,
que poca diferencia hago entre un hombre que no es
sino geómetra y un hábil artesano. La llamo así el
más hermoso oficio del mundo, pero a fin de cuen­
tas no es más que un oficio, y a menudo he dicho
EL GOZO DE INVENTAR Y DE CONOCER 165

que es buena para probar mas no para emplear nues­


tra fuerza: de suerte que yo no daría dos pasos por la
geometría y estoy muy seguro de que compartís gran­
demente mi ánimo. Ahora, algo más hay en mí, y es
que ando por estudios tan alejados de aquel espíri­
tu, que apenas recuerdo que lo haya. Me entregué a
ello, hace un año o dos, por una razón del todo
singular, habiendo satisfecho la cual, corro el azar
de nunca más volver a pensar en ello, tanto más
cuanto que mi salud no es todavía fuerte, pues estoy
tan débil que no puedo andar sin bastón ni sostener­
me a c a b allo ... (Carta a Fermat, desde Bienassis, el
10 de agosto de 1660.)
EL ESPÍRITU DE COMBATE

C on sus rivales en física o en geometría. Pascal sostuvo


rudas controversias, cuyo tono no es siempre modera­
do. Pero es en las P r o v in c ia le s donde exhibirá todo el
alcance su agresividad, sacando a escena a sus adversa­
rios y tendiéndoles la trampa de una dialéctica ceñida.
El vigor en la lucha contra el error no queda, en él, sin
que intente justificarlo y hasta disculpar el sentimiento
de odio que puede añadirse:

Mis reverendos padres: He visto las cartas que lan­


záis contra aquellas que escribí a un amigo mío a
propósito de vuestra moral, donde uno de los princi­
pales puntos de vuestra defensa es que no he habla­
do lo bastante seriamente de vuestras máximas: eso
venís repitiendo en todos vuestros escritos y lo lle­
váis hasta decir que he "tornado en burla las cosas
santas".
Este reproche, padres mios, es harto sorprendente
y harto injusto, pues ¿dónde habéis visto que tom e
yo en burla las cosas santas?
. . . En verdad, padres mios, gran diferencia hay
entre reírse de la religión y reírse de quienes la pro­
fanan con sus opiniones extravagantes. Sería una
impiedad carecer de respeto hacia las verdades que el
espíritu de Dios ha revelado: pero otra impiedad
seria el carecer de desprecio hacia las falsedades que
el espíritu del hombre les opone.
Pues, padres mios, puesto que me obligáis a en­
trar en este discurso, os ruego considerar que, como
166
EL ESPÍRITU DE COMBATE 167

las verdades cristianas son dignas de am or y de res­


peto, los errores que les son contrarios son dignos de
desprecio y de odio, porque hay dos cosas en las
verdades de nuestra religión: una belleza divina que
las vuelve amables y una santa majestad que las hace
venerables: y también hay dos cosas en los errores: la
impiedad que los hace horribles y la impertinencia
que los vuelve ridículos. Por eso, así como los santos
tienen siempre hacia la verdad estos dos sentimien­
tos del am or y el temor, y su sabiduría está compren­
dida íntegra entre el temor que es el principio y el
amor que es su fin, los santos tienen también hacia
el error estos dos sentimientos del odio y el despre­
cio, y su celo se consagra por igual a rechazar con
fuerza la malicia de los impíos y a confundir con irri­
sión su extravío y su locura.
No pretendáis, pues, padres míos, hacer que el
m undo se crea que sea cosa indigna de un cristiano
el tratar los errores ron mofa, pues que es fácil dar a
conocer a quienes no lo supieran que esta práctica es
justa, que es común a los Padres de la Iglesia y que
está autorizada por la Escritura, por el ejemplo de
los mayores santos y por el Dios mismo.
. . . Pero es cosa bien notable a este respecto que.
en las primeras palabras que Dios dijo al hombre
después de caído éste, se halle un discurso de mofa y
una aguda ironía, según los Padres. Pues, luego que
Adán hubo desobedecido, con la esperanza que el
demonio le había dado de ser parecido a Dios, resul­
ta según la Escritura que Dios, como castigo, lo
sujetó a la muerte y, después de haberlo reducido a
esta miserable condición que era debida a su pecado,
168 LECTURA DE PASCAL

su burló de él en este estado con estas palabras de


irrisión: "(Aquí está el hombre que ha llegado a ser
como uno de nosotrosl: Ecce Adam quasi unus ex
nobisV Lo cual es una ironía sangrienta y sensible
con que Dios lo punzaba vivamente, según San Juan
Crisóstomo y los intérpretes.
. . . ¡Qué!, ¿hay que emplear la fuerza de la Escri­
tura y de la tradición para m ostrar que es matar a su
enemigo a traición el darle estocadas por la espalda
y en una emboscada, y que es comprar un beneficio
dar dinero como motivo para hacérselo ceder? Hay
pues materias que hay que despreciar y “que merecen
ser burladas y escarnecidas” .
. . . Y asimismo os diré, padres míos, que es posi­
ble reírse de ello sin herir la caridad, así sea una de
las cosas que me reprocháis también en vuestros es­
critos. “Pues la caridad obligada a veces a reír de los
errores de los hombres, para im pulsarlos a ellos mis­
mos a reírse de ellos y esquivarlos, según estas pala­
bras de San Agustín: Haec tu misericorditer irride,
ut eis ridenda ac fugienda commendes." Y la misma
caridad obliga también en algunas ocasiones a re­
chazarlos con cólera, según otras palabras de San
Gregorio Nacianceno: "El espíritu de caridad y de
dulzura tiene sus emociones y sus cóleras." En efec­
to, como dice San Agustín, ¿quién osaría decir que
la verdad debe permanecer desarmada contra la men­
tira, y que será perm itido a los enemigos de la fe
aterrar a los fieles con palabras fuertes y regocijarlos
con gratas salidas de ingenio, en tanto que los cató­
licos sólo deben escribir con una frialdad de estilo
que duerma a los lectores?
EL ESPÍRITU DE COMBATE 169

¿No es evidente que, siguiendo esta conducta, se


dejaría entrar en la Iglesia los errores más extrava­
gantes y perniciosos, sin que estuviera permitido
burlarse con desdén, de miedo de ser acusado de
herir las conveniencias, ni confundirlos con vehe­
mencia, de miedo de ser acusado de carecer de ca­
rid a d ? ...
. . . Pero si queréis, padres míos, tener ahora el
placer de ver en pocas palabras una conducta que
peca contra cada una de estas reglas, y que ostenta
en verdad el carácter del espíritu de bufonería, de
envidia y de odio, os ofreceré ejemplos; y a fin de que
os sean más conocidos y más familiares, los tomaré
de vuestros propios escritos.
Pues, por empezar con el modo indigno como
vuestros autores hablan de las cosas santas, sea en
sus burlas, sea en sus galanterías, sea en sus discur­
sos serios, ¿os parece que tantos cuentos ridículos de
vuestro padre Binet, en su Consolación de los enfer­
mos, sean muy apropiados para el propósito que se
hizo de consolar cristianamente a aquellos que Dios
aflige? ¿Diréis que la manera tan profana y tan co­
queta como vuestro padre Le Moine habló de la
piedad en su Devoción fácil convenga más para des­
pertar respeto que desdén hacia la idea que se hace
de la virtud cristiana? Su libro entero de los Cuadros
morales ¿respira otra cosa, tanto en su prosa como
en sus versos, que un espíritu henchido de la vani­
dad y de las locuras del mundo? ¿Es pieza digna de
un sacerdote esa oda del séptimo libro intitulada
“Elogio del pudor, donde se muestra que todas las
cosas bellas son rojas o propensas a enrojecer”? Tal
170 LECTURA DE PASCAL

hizo para consolar a una dama, a quien llama Delfi-


na, de que se sonrojara a menudo. Dice en cada
estrofa, pues, que algunas de las cosas más estima­
das son rojas, como las rosas, las granadas, la boca,
la lengua; y es entre estas galanterías, vergonzosas
para un religioso, donde osa mezclar insolentemente
a los espíritus bienaventurados que asisten ante Dios
y de quienes los cristianos no deben hablar sino con
veneración.
Los querubines gloriosos
hechos de cabeza y pluma
que enciende Dios con su espíritu
y con sus ojos alumbra,
ilustres rostros volantes,
son siempre rojos y ardientes
del fuego de Dios o el suyo
y en sus mutuas llamaradas
sirven, moviendo las alas,
de abanico a su calor.
Mas el rubor está en ti,
Delfina, con más ventaja,
cuando el honor en tu rostro
viste púrpura de rey. etc.

¿Qué decís, padres míos? Esta preferencia del rubor


de Delfina sobre el ardor de esos espíritus que no
conocen otro que la caridad, y el comparar con un
abanico esas alas misteriosas ¿os parecen muy cris­
tianos en una boca que consagra el cuerpo adorable
de Jesucristo? Ya sé que no lo dijo sino para dárse­
las de galante y reír, sólo que eso es lo que se llama
reírse de las cosas santas. ¿Y no es cierto que, si se le
hiciera justicia, no se precavería de una censura?
Pese a que, para defenderse, se sirviese de esta razón,
Blaise Pascal. Retrato por Quesnel hecho después de
muerto aquél, y grabado por Edelink según el retra­
to.
172 LECTURA DE PASCAL

que no es menos censurable y que expone en el pri­


mer libro: “Que la Sorbona no tiene jurisdicción
sobre el Parnaso y que los errores de los rumbos de
éste no están sujetos ni a las censuras ni a la inquisi­
ción", como si no estuviese prohibido ser blasfemo e
im pío más que en prosa. Pero cuando menos no
podría preservarse de este modo este otro lugar del
prefacio al mismo libro: “Que el agua del río al bor­
de del cual compuso sus versos es tan idónea para
hacer poetas jque si con ella se hiciera agua bendita
no expulsaría el demonio de la poesía!". . . (Undéci­
ma provincial, 19 de agosto de 1656.)

El espíritu combativo no abandonó a Pascal hasta sus


últimos años. Sabido es con qué encarnizamiento
sostuvo el partido de la resistencia en el asunto del for­
mulario impuesto para ser firmado por la gente de
Port-Royal. Entre sus papeles se encontraron notas con­
cernientes a esta cuestión de la obediencia a la jerar­
quía. ]No son de un tímido!

. . . El silencio es la mayor persecución: nunca se


han callado los santos. Es verdad que hace falta vo­
cación, pero no hay que enterarse por las disposicio­
nes del Consejo de si se es llamado, sino por la nece­
sidad de hablar. Ahora, luego que Roma ha hablado,
y que se piensa que ha condenado la verdad, y que lo
han escrito, y que los libros que dijeron lo contra­
rio han sido censurados, hay que gritar tanto más alto
cuanto que se es censurado más injustamente y que
con mayor violencia se quiere ahogar la palabra, en
tanto llega un papa que escuche a ambas partes y
consulte la Antigüedad para hacer justicia.
EL ESPÍRITU DE COMBATE 17S

Así los buenos papas encontrarán todavía la Igle­


sia en clamores.
La Inquisición y la Sociedad, los dos azotes de la
v e rd a d ...
Si mis canas son condenadas en Roma, lo que
condeno está condenado en el cielo.
Ad tuum , Domine Jesu, tribunal appello.
Vosotros mismos sois corruptibles.
Tem í no haber mal escrito, al verme condenado;
pero el ejemplo de tantos piadosos escritos me hace
creer lo contrario.
Ya no está perm itido escribir bien.
¡Así de corrompida o ignorante es la Inquisición!
Es mejor obedecer a Dios que a los hombres.
No temo nada, no espero nada. Los obispos no
son así. Port-Royal teme, y es una mala politica
separarlos, pues no temerán más y se harán temer
más.
No temo siquiera vuestras censuras; palabras, si
no están iundadas en las de la tradición.
¿Lo censuráis todo? ¡Qué! ¿Incluso mi respeto?
No. Decid pues qué, o no haréis nada, si no desig­
náis el mal, y por qué es mal. Y ahí está lo que les
será muy diíícil lograr (LXVI).1

1 En el caso de los fragmentos de los Pensam ientos, los núme­


ros dados como referencias remiten a la edición de Jacques Che-
valier (La Pléiade). Pero los textos han sido revisados teniendo en
cuenta lecturas nuevas propuestas por Louis Lafuma.
LA CONVERSIÓN

El. famoso papel que Pascal llevaba cosido e n el forro


de su jubón guarda el recuerdo deslumbrado de una
noche de fuego:

El. AÑO DE GRACIA DE 1654

Lunes 23 de noviembre, día de San Clemente papa y


m ártir y de otros del martirologio.
Víspera de San Crisógono m ártir y otros.
Desde alrededor de las diez treinta de la noche hasta
alrededor de las doce treinta de la noche.

F t ’EGO

Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob,


no de los Filósofos y de los sabios.
Certidumbre. Certidumbre. Sentimiento. Alegría. Paz.
Dios de Jesucristo.
Deum meum el Deum vestrum.
T u Dios será mi Dios.
Olvido del m undo y de todo salvo Dios.
No se encuentra sino por los caminos enseñados en
el Evangelio.
Grandeza del alma hum ana.
Padre justo, el m undo no te ha conocido, pero yo te
he conocido.
174
LA CONVERSIÓN 175

Alegría, Alegría, Alegría, lágrimas de alegría.


Me he separado_____________________________ —
Dereliquerunt me fontem aquae vivae.
Dios mío, ¿me abandonarás?----------------------------
No sea yo separado eternamente.
Ésta es la vida eterna que te conocen único Dios
verdadero y aquel que has enviado J. C.
Jesucristo ___ _____________________________
Jesucristo --------------------------------------------------
Me he separado. H uí de él, renegué de él, lo crucifi­
qué________________________________________
|No sea yo separado nunca!------------------------------
No se conserva sino por los caminos enseñados en el
Evangelio.
Renunciación total y dulce.
Etc.

[Sumisión total a Jesucristo y a mi director. Eter­


namente alegre por un día de ejercicio en la tierra.
N on obliviscar sermones tuos. Amen.]

Mas no es dado instalarse de una vez por todas en la


renunciación total y dulce.
Cierto es que cuesta el ingresar en la piedad. Pero
esta pena no procede de la piedad que comienza a es­
tar en nosotros sino de la impiedad que ahí sigue
aún. Si nuestros sentidos no se opusieran a la peni­
tencia y nuestra corrupción no se opusiera a la pu­
reza de Dios, nada habría en esto de doloroso. En
cuanto a nosotros, sólo sufrimos en la proporción
en que el vicio, que nos es natural, resiste a la gracia
sobrenatural. Nuestro corazón se siente desgarrado
176 LECTURA DE PASCAL

entre esfuerzos contrarios; pero sería harto injusto


im putar esta violencia a Dios que nos atrae, en lugar
de atribuirla al m undo que nos retiene. Es como un
niño al que su madre arrebata de los brazos de los
ladrones y debe amar, en el dolor que sufre, la vio­
lencia amorosa y legítima de aquella que procura su
libertad, y no detestar sino la violencia injuriosa y
tiránica de quienes lo retienen injustamente. La más
cruel guerra que Dios pudiera hacer a los hombres
en esta vida sería dejarlos sin esta guerra que ha
venido a traer. “ He venido a traer la guerra”, dice;
y, como instrum ento de esta guerra: “ He venido a
traer el hierro y el fuego." Ames de él, el m undo
vivía en esta falsa paz. (72S)
EL ARTE DE PERSUADIR

C onvertido, y empeñado en convertir al prójimo, Pas­


cal no olvida lo que le enseñó su formación de hombre
de ciencia: no se hace nada que valga si no se dispone de
un método. Se interroga pues acerca de los caminos
del convencimiento, no sin recordar sus propios enca­
minamientos hacia la verdad:

. . . Nadie ignora que hay dos accesos por donde


las opiniones son recibidas en el alma, que son sus
dos principales potencias, el entendimiento y la vo­
luntad. El más natural es el del entendimiento, pues
jamás debieran consentirse sino las verdades demos­
tradas; pero el más ordinario, si bien contra natura,
es el de la voluntad; pues tantos hombres cuantos
hay son casi siempre llevados a creer no merced a la
prueba sino por el atractivo. Esta vía es baja, indig­
na y ajena: de ahí que todo el m undo la niegue.
Cada quien hace profesión de no creer y ni siquiera
amar más que si sabe merecerlo.
No hablo aqui de las verdades divinas, que me
guardaría de incluir en el arte de persuadir, ya que
están infinitamente por encima de la naturaleza: só­
lo Dios puede ponerlas en el alma, y de la manera
que le plazca. Sé que ha querido que pasen del cora­
zón al espíritu, y no del espíritu al corazón, para
hum illar el soberbio poder del razonamiento, que
pretende deber ser juez de las cosas que la voluntad
elige, y para sanar esta voluntad achacosa, que se ha
corrompido del todo por sus sucios ap egos...
177
178 LECTURA DE PASCAL

No hablo, pues, sino de las verdades de nuestro


alcance, y de ellas digo que el espíritu y el corazón
son como las puertas por donde son recibidas en el
alma, pero que muy pocas entran por el espíritu, en
tanto que son introducidas en muchedumbre por los
caprichos temerarios de la voluntad, sin el consejo
del razonam iento...
Parece, según esto, que, sin importar de qué quie­
ra persuadirse, hay que tener en cuenta a la persona
a la que se quiera persuadir, de la cual hay que
conocer el espíritu y el corazón, con qué principios
concuerda, qué cosas ama; y acto seguido advertir,
en la cosa de que se trate, qué relaciones guarda con
los principios declarados, o con los objetos delicio­
sos por los encantos que se le dan. De suerte que el
arte de persuadir consiste tanto en el agradar como
en el de convencer, ja tal grado se rigen los hombres
más por capricho que por la razón! (Traite de l’Art
de persuader.)

Volviendo —más tarde, al parecer— al examen de los


procesos del conocimiento, Pascal elabora su famosa
distinción entre los dos "espíritus", geometría y finura,
de los cuales estaba por igual dotado:

Diferencia entre el espíritu de geometría y el espí­


ritu de finura.
En el uno, los principios son palpables, pero ale­
jados del uso común, de suerte que es dificultoso
volver la cabeza hacia ese lado, por falta de costum­
bre; pero, por poco que se procure, se ven los princi­
pios cabalmente; y habría que tener el espíritu del
EL ARTE DE PERSUADIR 179

lodo falseado para razonar mal sobre principios tan


grandes que es casi imposible que escapen.
Pero, en el espíritu de finura, los principios están
en uso corriente y ante los ojos de todo el mundo.
No hace falta volver la cabeza ni hacerse violencia;
es cuestión sólo de tener buena vista, pero buena de
veras, ya que los principios están tan sueltos y son
tantos, que es casi imposible que no se escapen algu­
nos. Ahora bien, la omisión de un principio condu­
ce al error; así, hay que tener la vista bien clara para
ver todos los principios y, luego, el espíritu justo
para no razonar falsamente sobre principios co­
nocidos.
Todos los geómetras serían, pues, finos si tuvie­
ran buena vista, puesto que no razonan en falso
sobre los principios que conocen; y los espíritus fi­
nos serían geómetras si pudieran enderezar su vista
hacia los principios desacostumbrados de la geo­
metría.
Lo que hace, pues, que ciertos espíritus finos no
sean geómetras es que no pueden en modo alguno
volverse hacia los principios de la geometría; pero lo
que hace que haya geómetras no finos es que no ven
lo que tienen delante y que, acostumbrados a los
principios nítidos y groseros de la geometría, y a no
razonar sino hasta después de haber visto y m aneja­
do bien sus principios, se pierden en las cosas de la
finura, donde los principios no se dejan manejar así.
Apenas se los ve, más son sentidos que vistos; cuesta
infinitos esfuerzos hacérselos sentir a quienes no los
sienten por su cuenta: son cosas en tal grado delica­
das y tan numerosas, que hace falta un sentido muy
Juego de torniquete jansenista (siglo xviii).
EL ARTE DE PERSUADIR 181

delicado y muy neto para sentirlas y juzgar derecha y


justamente según este sentimiento, sin conseguir las
más de las veces demostrarlas por orden como en
geometría, pues no son poseídos así sus principios y
sería cosa interminable emprenderlo. Hay que ver la
cosa a la vez, de una sola mirada, y no mediante
progreso de razonamiento, al menos hasta cierto
grado. Y así es raro que los geómetras sean finos y
que los finos sean geómetras, dado que los geóme­
tras quieren tratar geométricamente estas cosas finas
y se vuelven ridículos, queriendo comenzar por las
definiciones y luego por los principios, lo cual no es
la manera de proceder en este género de razonamien­
t o . .. No que el espíritu no lo haga, pero lo hace
tácitamente, naturalm ente y sin arte, pues la expre­
sión rebasa a todos los hombres y el sentimiento no
pertenece sino a pocos hombres.
Y los espíritus finos, por el contrario, habiéndose
acostumbrado a juzgar de una sola ojeada, se asom­
bran tanto —cuando se les presentan proposiciones
de las que nada entienden, y donde para entrar hay
que pasar por definiciones y principios tan estéri­
les, que no están acostumbrados a ver así en detalle—,
que se sienten rechazados y asqueados.
Pero los espíritus falsos no son jam ás ni finos ni
geómetras.
Los geómetras que no son más que geómetras tie­
nen, pues, espíritu recto, pero con tal de que se les
expliquen bien todas las cosas por definiciones y
principios; de otro modo son falsos e insoportables,
pues no son rectos sino sobre principios bien escla­
recidos.
182 LECTURA DE PASCAL

Y los finos que no son sino finos no pueden tener


la paciencia de descender hasta los primeros princi­
pios de las cosas especulativas y de imaginación,
que nunca han visto en el m undo y son enteramente
ajenas al uso. (21)

Planteados estos principios, los aplica al gran proyecto


de su apología cristiana, y si examina con minucia las
reglas de una estética, no es dentro de la objetividad,
sino interesado, por cieno, en una verdadera estrategia
de la escritura.

Dos excesos: excluir la razón, no adm itir más que


la razón. (3)
Si se somete todo a la razón, nuestra religión no
tendrá nada de misterioso y sobrenatural. Si se ofen­
de a los principios de la razón, nuestra religión será
absurda y ridicula. (4)
Las palabras ordenadas diversamente producen
diverso sentido, y los sentidos diversamente dispues­
tos causan diferentes efectos. (66)
Cuando se ve el estilo natural, se siente gran asom­
bro y gozo, pues se esperaba ver a un autor y se
encuentra a un hombre. Así como quienes tienen
bueno el gusto y que al ver un libro creen encontrar
a un hombre, se sorprenden mucho de encontrar a
un autor: Plus poetice quam humane locutus est.
Honran bien a la naturaleza quienes le enseñan que
puede hablar de todo, incluso de teología. (36)
El hombre está lleno de necesidades: no ama sino
a quienes pueden satisfacerlas todas. "Es un buen
matemático", se dirá. Pero las matemáticas no vie­
nen al caso: me tomaría por una proposición. "Es
EL ARTE DE PERSUADIR 183

un buen guerrero." Me tomaría por una plaza sitia*


da. Hace falta pues un hombre de bien que pueda
ajustarse en general a todas nuestras necesidades.
(41)

9 V <s . " '

/t ¿ /c O v 4

• ^ ¿ ; (¡v/v K jt^
Relicario de la Santa Espina (grabado del siglo xviii).
¿QUIÉN ES ESTE HOMBRE?

A fin de demostrar que la religión cristiana da razón de


la verdad y del misterio de la condición humana, habrá
que empezar por una descripción del hombre, que Pas­
cal trazará siguiendo a Montaigne, pero no sin recurrir
a la introspección: "No es en Montaigne sino en mí
donde encuentro todo lo que veo." (79) Tenemos pues
el derecho de leer estos fragmentos como autorretrato
apenas traspuesto. De este modo, no tardamos en to­
par, en este capitulo, con la página decisiva de los “dos
infinitos" con respecto a los cuales debe situarse el
hombre moderno:

Pasé largo tiempo en el estudio de las ciencias


abstractas, y la escasa comunicación que de ellas se
alcanza me había hartado. Cuando inicié el estudio
del hombre, vi que dichas ciencias abstractas no son
propias del hombre y que me apartaba más aún de
mi condición penetrando en ella que los demás no
teniéndolas en cuenta. Perdoné a los demás el cono­
cerlas poco. Pero esperé cuando menos encontrar
numerosos compañeros en el estudio del hombre,
por ser el auténtico estudio que le es propio. Me
equivocaba: hay aún menos que lo estudien que la
geometría. Por no saber estudiar esto se busca lo
demás, pero ¿acaso no es ésa aún la ciencia que el
hombre debe tener y acaso no le vale más desconocer­
se para ser feliz? (80)

Hay que conocerse a sí mismo: aunque ello no sir­


viera para encontrar la verdad, serviría por lo menos
185
186 LECTURA DE PASCAL

para arreglar su vida y no hay nada más justo que


esto. (81)
Desproporción del hom bre. . . Contemple el hom­
bre, pues, la naturaleza entera en su alta y plena
majestad; aparte la mirada de los objetos bajos que
lo rodean. Contemple esta deslumbrante luz, puesta
como una lámpara eterna para alum brar el univer­
so; que la tierra le parezca un punto dentro del vasto
giro que este astro describe, y asómbrese de que aun
este vasto giro no sea sino una delgada punta frente
al que abarcan esos astros que ruedan por el firma­
mento. Pero si ahí se detiene nuestra vista, que la
imaginación vaya más lejos; antes se fatigará de con­
cebir que la naturaleza de suministrar. Todo este
m undo visible no es más que un rasgo impercepti­
ble en el am plio seno de la naturaleza. No hay idea
que se le acerque. Por mucho que hinchemos nues­
tras concepciones más allá de los espacios imagina­
bles, no daremos a luz sino átomos, a costa de la
realidad de las cosas. Es una esfera infinita cuyo
centro está en todas partes y la circunferencia en
ninguna. Es, por último, el máximo carácter sensi­
ble de la om nipotencia de Dios, el que nuestra ima­
ginación se pierda en este pensamiento.
Vuelto a sí mismo, considere el hombre lo que él
es, a costa de lo que es; que se vea como extraviado
en esta provincia apianada de la naturaleza, y que,
desde este pequeño calabozo donde se encuentra alo­
jado —el universo, quiero decir—, aprenda a esti­
mar la tierra, los reinos, las ciudades, las casas y él
mismo en su justo precio. ¿Qué es un hombre en el
infinito?
¿QUIÉN ES ESTE HOMBRE? 187

Pero, para presentarle otro prodigio igual de sor­


prendente, que busque en lo que conoce las cosas
más sutiles. Que un arador le muestre, en la peque-
ñez de su cuerpo, panes incomparablemente más
pequeñas, patas con coyunturas, venas en esas patas,
humores en esa sangre, gotas en esos humores, vapo­
res en esas gotas; que, dividiendo aún estas últimas
cosas, agote sus fuerzas en estas concepciones y que
el últim o objeto al que consiga llegar sea ahora el de
nuestro discurso, ¿pensará quizá que tal es la peque-
ñez extrema de la naturaleza? Quiero hacerle ver ahí
dentro un abismo nuevo. Quiero pintarle no sola­
mente el universo visible sino la inmensidad que es
concebible en la naturaleza, en el recinto de este
átomo compendiado. Que vea una infinidad de uni­
versos ahí, cada uno con un firmamento, sus plane­
tas, su tierra, en la misma proporción que el m undo
visible: en esta tierra, animales y hasta aradores, en
los cuales volverá a hallar lo que dieron los anterio­
res; y, hallando de nuevo en ios otros la misma cosa,
sin término y sin tregua, que se pierda en estas m a­
ravillas, tan asombrosas en sus pequenez como las
otras por su extensión, pues ¿quién no admirará que
nuestro cuerpo, que hace un instante no era percep­
tible en el universo, imperceptible él mismo en el
seno del todo, sea ahora un coloso, un m undo o,
más bien, un todo respecto de la nada a la cual no es
posible llegar?
Quien así se considere se aterrará de si mismo y,
considerándose sostenido en la masa que la natura­
leza le ha dado, entre estos dos abismos del infinito y
de la nada, temblará al ver estas maravillas; y creo
188 LECTURA DE PASCAL

que, trocándose su curiosidad en admiración, estará


más dispuesto a contemplarlas en silencio que a in­
dagar en ellas con presunción.
Pues, a fin de cuentas, ¿qué es el hombre en la
naturaleza? Una nada frente al infinito, un todo con
respecto a la nada, un medio entre nada y todo.
Infinitamente alejado de comprender los extremos,
el fin de las cosas y su principio están para él inven­
ciblemente escondidos en un secreto impenetrable.
Por igual incapaz de ver la nada de donde fue sacado
y el infinito donde está hundido.
¿Qué hará, pues, sino vislumbrar alguna aparien­
cia del medio de las cosas, en una eterna desesperan­
za de conocer ni su principio ni su fin? Todas las
cosas han salido de la nada, llevadas hasta el infini­
to. ¿Quién seguirá estas pasmosas andanzas? £1 autor
de estas maravillas las comprende. Nadie más lo
consigue.
Por no haber contem plado estos infinitos, los
hombres se han puesto temerariamente a investigar
la naturaleza, como si guardasen alguna proporción
con respecto a ella. Es cosa extraña que hayan desea­
do comprender los principios de las cosas y llegar
con ello a conocerlo todo, por una presunción tan
infinita como su objeto. Pues no cabe duda de que
no puede concebirse esta intención sin una presun­
ción o sin una capacidad infinita, como la natu­
raleza.. .
De estos dos infinitos de las ciencias, el de lo gran­
de es mucho más sensible; de ahí que a pocos les
haya ocurrido el pretender conocer todas las cosas...
Se cree naturalm ente ser mucho más capaz de lie-
¿QUIÉN ES ESTE HOMBRE? 189

gar al centro de las cosas que de abarcar su circunfe­


rencia, y la extensión visible del m undo nos rebasa
visiblemente; pero como somos nosotros quienes su­
peramos a las pequeñas cosas, nos creemos más ca­
paces de poseerlas, y sin embargo no se precisa menos
capacidad para ir hasta la nada que para ir hasta el
todo: tiene que ser infinita para lo uno y lo otro, y
me parece que quien hubiese comprendido los últi­
mos principios de las cosas podría también llegar a
conocer el infinito. Lo uno depende de lo otro y lo
uno conduce a lo otro. Estos extremos se tocan y se
reúnen a fuerza de haberse alejado, y se encuentran
en Dios, y en Dios solamente.
Conozcamos pues nuestro alcance: somos algo y
no somos todo; lo que tenemos de ser nos hurta el
conocimiento de los primeros principios, que nacen
de la nada; y el poco ser que tenemos nos oculta la
visión del in fin ito ...
He aquí nuestro verdadero estado; es lo que nos
hace incapaces de saber con certidumbre y de igno­
rar en absoluto. Bogamos por un vasto medio, siem­
pre inciertos y flotantes, empujados de un extremo
al otro. Cualquier término al que pensáramos ligar­
nos, donde afianzamos, se mueve y nos abandona, y
si lo seguimos se nos escapa, se nos escurre y huye en
una fuga eterna. Nada se detiene para nosotros. Es el
estado que nos es natural y, con todo, el más contra­
rio a nuestra inclinación; ardemos de deseos de en­
contrar una sede firme y una últim a base constante
para edificar una torre que se eleve al infinito, pero
nuestros cimientos se agrietan y la tierra se abre has­
ta los abismos.
190 LECTURA DE PASCAL

No busquemos seguridad y firmeza, pues. Nuestra


razón es siempre engañada por la inconstancia de
las apariencias; nada logra fijar lo finito entre los
dos infinitos que lo encierran y huyen de él.
Bien comprendido esto, espero que se estará tran­
quilo, cada uno en el estado en que lo pusiera la
naturaleza...
Y lo que remata nuestra impotencia para conocer
las cosas, es que son simples en sí mismas, y nos­
otros estamos compuestos de dos naturalezas opues­
tas y de distinto género, alma y cuerpo. Pues es im­
posible que la parte que en nosotros razona no sea si
no espiritual, y si se pretendiera que fuésemos senci­
llamente corporales, esto nos excluiría mucho más
todavía del conocimento de las cosas, por no haber
nada tan inconcebible como decir que la materia se
conoce a sí misma; no nos es posible conocer cómo
se conocería.*
Y así, si somos simplemente materiales, no pode­
mos conocer nada de nada, y si estamos compuestos
de espíritu y de materia, no podemos conocer perfec­
tamente las cosas simples, espirituales o corporales...
¿Quién no creería, viéndonos componer todas las
cosas de espíritu y de cuerpo, que semejante mezcla
nos resultaría muy comprensible? Es, en cambio, la
cosa que se comprende menos. El hom bree»para sí
mismo el más prodigioso objeto de la naturaleza,
pues no puede concebir lo que es cuerpo, y aún
menos lo que es espíritu, y menos que nada cómo
un cuerpo puede estar unido a un espíritu. Aquí está
* Este texto corresponde al fragmento de manuscrito reprodu­
cido en las pp. 189 (detalle) y 190.
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«»
¿QUIÉN ES ESTE HOMBRE? 193

el colmo de sus dificultades, y sin embargo es su


propio ser. (84)
Cuando considero la breve duración de mi vida,
absorbida en la eternidad precedente y siguiente, el
pequeño espacio que lleno y aun que veo, hundido
en la inmensidad infinita de los espacios que desco­
nozco y que me desconocen, me aterro y me pasmo de
verme aquí más bien que allí, pues no hay razón de que
aquí más bien que allí, de que ahora más bien
que entonces. ¿Quién me puso? ¿Por orden y con­
ducta de quién me ha sido destinado este lugar y este
tiempo* Memoria hospitis uniusdiei praetereunlts.(88)
¿Por qué es limitado mi conocimiento?, ¿y m i es­
tatura?, ¿y mi duración de 100 años y no de 1 000?
¿Qué razón tuvo la naturaleza para dármela así y
elegir esta cifra más bien que otra, en cuya infinitud
no haya mayor razón para escoger una que otra,
nada más tentador que en otra?
¡Cuántos reinos nos desconocen! (90)
El silencio eterno de esos espacios infinitos me
aterra. (91)

Lanzado a un abismo de inconocimiento donde pierde


pie, el hombre pascaliano ¿se afianzará siquiera en sí
mismo? ¡Lejos de ello! —pues no encuentra ahí, si está
atento, más que nueva incertidumbre y ‘'poderes” em­
peñados en extraviarlo.

El hombre está pues tan felizmente fabricado que


no tiene ningún principio justo de lo verdadero y sí
varios excelentes de lo falso. Veamos ahora cuántos.
Pero la más graciosa causa de sus errores es la guerra
que reina entre los sentidos y la ra z ó n ...
194 LECTURA DE PASCAL

El hombre no es sino un sujeto lleno de error,


natural e imborrable sin la gracia. Nada le muestra
la verdad. T odo lo engaña. Estos dos principios de
verdad, la razón y los sentidos, a más de que carecen
uno y otro de sinceridad, se engañan recíprocamente
entre ellos. Los sentidos engañan a la razón con
falsas apariencias, y esta misma tram pa que le tien­
den al alma, la reciben de ésta a su vez: se desquita.
Las pasiones del alm a turban los sentidos y les dan
impresiones falsas. Mienten y se equivocan a porfía.
(92)
El espíritu de este soberano juez del m undo no es
tan independiente que no sea susceptible de ser tur­
bado por la primera bulla que se haga a su alrede­
dor. No es preciso el ruido de un cañón para impedir
sus pensamientos; basta el ruido de una veleta o una
polea. No os sorprendáis de que no razone como es
debido ahora: una mosca le zumba al oído, basta
para volverlo incapaz de buen consejo. Si queréis que
logre encontrar la verdad, expulsad ese animal
que tiene en jaque su razón y turba esta poderosa
inteligencia que gobierna las ciudades y los reinos.
¡Qué dios tan gracioso! O ridicolissimo eroel (95)

No hay peor enemigo del hombre que ese amor propio


cuyos estragos había podido observar en sí mismo Pascal.

Amor propio. La naturaleza del amor propio y de


este yo hum ano consiste en no amarse más que a sí y
no tenerse en cuenta más que a sí. Pero ¿qué hará?
No podría impedir que ese objeto que ama esté lleno
de defectos y de miseria: quiere ser grande y se ve
¿QUIÉN ES ESTE HOMBRE? 195

pequeño; quiere ser feliz y se ve miserable; quiere ser


perfecto y se ve repleto de imperfecciones: quiere
ser objeto del am or y la estimación de los hombres y
ve que sus defectos no merecen sino la aversión y el
desprecio de ellos. Este embarazo en que se encuen­
tra produce en él la más injusta y más criminal pa­
sión que sea posible imaginar, pues concibe un odio
mortal contra esta verdad que lo reprende y lo con­
vence de sus defectos. Desearía aniquilarla, y no pu-
diendo destruirla en si mismo, la destruye, hasta
donde puede, en su conocimiento y en el de los de­
más; es decir, pone todo su afán en tapar sus defectos
ante los demás y ante si mismo, y no soporta que se
le hagan ver ni que se v e a n ... (130)
Todos los hombres se odian naturalm ente el uno
?l otro. Se ha aprovechado como se ha podido la
concupiscencia para hacerla servir al bien público,
pero no es sino ficción y una falsa imagen de la
caridad, pues en el fondo no hay más que odio. (134)
Cada quién es un todo para si, pues, muerto él, el
todo ha muerto para sí. Y de ahí procede que cada
quien crea serlo todo para todos. No hay que juzgar
a la naturaleza según nosotros sino según ella. (139)
No nos conformamos con la vida que tenemos en
nosotros y en nuestro propio ser: queremos vivir
en la ¡dea de los demás con una vida imaginaria y nos
empeñamos por eso en parecer. Laboramos incesan­
temente para embellecer y conservar nuestro ser ima­
ginario y descuidamos el verdadero. Y si tenemos
tranquilidad, o generosidad, o fidelidad, nos apresu­
ramos a hacerlo saber, a fin de adherir esas virtudes a
nuestro otro ser, y antes nos las arrancaríamos para
196 LECTURA DE PASCAL

adherirlas al otro; seríamos de buen grado cobardes


para adquirir reputación de ser valientes. ¡Gran mar­
ca de la nada de nuestro propio ser, el no estar satis­
fechos con el uno sin el otro, e intercambiar con fre­
cuencia el uno por el otrol Pues aquel que no m u­
riese por conservar su honor sería infame. (145)
Somos tan presuntuosos que quisiéramos ser co­
nocidos en la tierra entera y hasta por quienes lle­
garán cuando ya no seamos; y somos tan vanos que
la estimación de cinco o seis personas que nos ro­
dean nos entretiene y nos contenta. (151)
La dulzura de la gloria es tan grande que cual­
quier objeto al cual se la adhiera, aun la muerte, es
amado. (154)

La imaginación no es menos seductora, y Pascal debió


de haber cedido a menudo a sus prestigios para hablar
con tanta vehemencia de ella.

Imaginación.* Ésta es la parte dom inante en el


hombre, la maestra de error y falsedad, tanto más
embustera cuanto que no lo es siempre; pues seria
regla infalible de verdad si fuera infalible de m enti­
ra. Pero, como es las más de las veces falsa, no da
ninguna señal de su cualidad, y marca con igual
carácter lo verdadero y lo falso.
No hablo de los locos, hablo de los más cuerdos, y
es entre ellos donde la imaginación tiene el gran
derecho de persuadir a los hombres. Por mucho que
grite la razón, no puede poner precio a las cosas.

•Las 20 primeras lineas de este texto corresponden al fragmento


de manuscrito reproducido en la p. 196.
¿QUIÉN ES ESTE HOMBRE? 197

Esta soberbia potencia, enemiga de la razón, que


se complace en controlarla y en dom inarla, para
mostrar cuán poderosa es en todo, ha establecido en
el hombre una segunda naturaleza. Tiene sus dicho­
sos, sus desventurados, sus sanos, sus enfermos, sus
ricos, sus pobres; hace creer, dudar, negar la razón;
suspende los sentidos, los hace sentir; tiene sus locos
y sus cuerdos, y nada nos causa mayor despecho que
verla llenar a sus huéspedes de una satisfacción m u­
cho más plena y cabal que la razón. Los hábiles por
imaginación se complacen de muy otro modo consi­
go mismos que como ios prudentes consiguen com­
placerse razonablemente. Miran a la gente con impe­
rio; disputan con audacia y confianza; los otros, con
temor y desconfianza, y esa alegría de rostro les otor­
ga a menudo ventaja en la opinión de quienes escu­
chan: en tal medida los sabios imaginarios disfrutan
de favor junto a jueces de igual naturaleza. No puede
volver cuerdos a los locos, pero los hace felices,
para despecho de la razón, que no puede hacer a sus
amigos sino miserables, cubriéndolos la una de glo­
ria, la otra de vergüenza. . .
¿No diríais que ese magistrado, cuya vejez venera­
ble impone respeto a todo un pueblo, se rige por
una razón pura y sublime, y que juzga las cosas
según su naturaleza, sin detenerse en las vanas cir­
cunstancias que no hieren sino la imaginación de los
débiles? Vedlo entrar a oír un sermón, lleno de
devoto celo, reforzando la solidez de su razón con el
ardor de su caridad. Helo presto a escuchar con res­
peto ejemplar. Pero que aparezca el predicador y, si
la naturaleza le ha dado una voz cascada y un rostro
¿QUIÉN ES ESTE HOMBRE? 199

raro, si ei barbero lo ha afeitado mal, si el azar lo ha


ensuciado por añadidura, por grandes que sean las
verdades que anuncie, apuesto a que nuestro sena­
dor perderá la gravedad.
Al mayor filósofo del mundo, sobre una tabla más
grande que lo preciso, si debajo hay un precipicio,
por mucho que la razón lo convenza de que está en
seguridad, se le impondrá la imaginación. Hay quie­
nes ni podrían pensarlo sin palidecer y s u d a r...
Quien no quisiera seguir sino a la razón sería un
loco demostrado, según el juicio de la mayoría de la
gente. Por haberle así placido, hay que trabajar el
día entero por bienes reconocidamente imaginarios,
y cuando el sueño nos ha liberado de las fatigas de
nuestra razón, hay que levantarse de inmediato so­
bresaltado para correr en pos de los humos y enjugar
las impresiones de esta dueña del mundo. He aquí
uno de los principios de error, pero no es el único.
Bien ha hecho el hombre en aliar estas dos poten­
cias, con todo y que en esta paz la imaginación dis­
frute de gran ventaja; pues en la guerra tiene mucho
más: jam ás la razón rebasa la imaginación, en tanto
que la imaginación depone por completo, con fre­
cuencia, de su sede a la razón.
Nuestros magistrados conocen bien este misterio.
Sus togas rojas, sus armiños, con los que parecen
gatos peludos, los palacios donde juzgan, las flores
de lis, todo este aparato augusto era harto necesario;
y si los médicos no tuviesen sotanas y muías y los
doctores no tuviesen birretes cuadrados y vestiduras
de cuatro varas nunca hubieran engañado al m un­
do, que no puede resistir tan auténtica demostración.
200 LECTURA DE PASCAL

Si tuvieran la verdadera justicia y si los médicos


poseyeran el verdadero arte de curar no necesitarían
gorros cuadrados; la majestad de estas ciencias se­
ría lo bástame venerable por sí misma. Pero como
no poseen más que ciencias imaginarias, necesitan
echar m ano de estos vanos instrumentos que impre­
sionan la imaginación a la cual están destinados, y
de esta suerte, en efecto, atraen el respeto. Sólo la
gente de armas no se ha disfrazado de esta manera,
ya que en efecto su parte es más esencial, se imponen
por la fuerza, los otros con muecas.
. . . La imaginación dispone de todo; hace la be­
lleza, la justicia y la felicidad, que es el todo del
mundo. Quisiera de buen grado ver un libro italia­
no del cual no conozco más que el dtulo, que por sí
solo vale por muchos libros: Dell'opinione regina
del mondo. Suscribo esto sin conocerlo, salvo lo m a­
lo que en él h u b ie ra ... (104)

Victimas del tiempo, los hombres se pierden en su pro­


pia multiplicidad y en la sucesión de sus personas di­
versas: intermitencias del corazón.

Inconstancia. Tocando el hombre se creería tocar


ordinarios órganos musicales. Órganos, en verdad,
pero extraños, cambiantes, variables, con tubos que
no se suceden por grados conjuntos. Quienes no
saben tocar más que los ordinarios no lograrían acor­
des con ellos. Hay que saber dónde están las teclas.
(172)
Lustravit lampade tenas. El tiempo y mi hum or
tienen poco que ver; tengo mis nieblas y mi buen
tiempo dentro de mi; el bien y el mal de mis asuntos
¿QUIÉN ES ESTE HOMBRE? 201

mismos cuenta poco. Me esfuerzo a veces por mi cuen­


ta contra la fortuna; la gloría de vencerla me la hace
vencer alegremente; en cambio, a veces me hago el
disgustado en la buena fortuna. (163)
Nunca nos atenemos al tiempo presente. Preve­
mos el porvenir como si tardara demasiado en lle­
gar, como para apresurar su curso; o recordamos el
pasado, para detenerlo como demasiado presto; tan
imprudentes que vagamos por tiempos que no son
nuestros y no pensamos nada en el único que nos
pertenece; y tan vanos que damos vueltas a los que no
son nada y escapamos sin reflexión del único que
subsiste. Es que el presente, de ordinario, nos hiere.
Lo ocultamos a nuestra vista porque nos aflige y, si
nos es agradable, lamentamos verlo escapar. Procu­
ramos sostenerlo por el porvenir y creemos disponer
las cosas que no están bajo nuestro dom inio, para
un tiempo al cual no tenemos ninguna seguridad de
llegar.
Que cada quien examine sus pensamientos; todos
los encontrará ocupados con el pasado o el porvenir.
No pensamos casi nunca en el presente, y si lo hace­
mos no es más que para aprovechar su luz para
disponer el porvenir: el pasado y el presente son
nuestros medios; sólo el porvenir es nuestro fin. Asi
no vivimos nunca, pero esperamos vivir; y, dispo­
niéndonos siempre a ser felices, es inevitable que no
lo seamos jamás. (168)
Poca cosa nos consuela, porque poca cosa nos
aflige. (175)
Este hombre, tan afligido por la muerte de su es­
posa y de su único hijo, que está m etido en un grave
202 LECTURA DE PASCAL

proceso que lo atorm enta, ¿cómo es que en este mo­


mento no está triste, que se le vea tan libre de todos
esos pensamientos penosos e inquietantes? No hay
que sorprenderse: acaban de tirarle una pelota y es
preciso que se la devuelva a su compañero: le pre­
ocupa cogerla cuando caiga del techo, para ganar:
¿cómo va a pensar en sus asuntos, teniendo que vér­
selas con este otro asunto? He aquí un cuidado dig­
no de ocupar a esta gran alm a y de quitarle de la
mente cualquier otro pensamiento. Este hombre,
nacido para conocer el universo, para juzgar acerca
de todas las cosas, para regir todo un Estado, aquí
está ocupado y repleto del afán de cazar una liebre. Y
si no se rebaja a eso y quiere estar siempre atento, no
será sino más tonto, por querer elevarse por encima
de la hum anidad sin ser a fin de cuentas más que un
hombre capaz de poco y de mucho, de todo y de nada:
no es ni ángel ni bestia, sino hombre. (176)
El tiempo sana los dolores y las querellas, porque
uno cambia. Ya no se es la misma persona. Ni quien
ofende ni el ofendido son ya ellos mismos. Es como
un pueblo que uno irritara y al que no volviese a
verse hasta después de dos generaciones. Siguen sien­
do franceses, pero ya no los mismos. (112)
Ya no ama a esta persona, a la que amaba hace 10
años. Ya lo creo: no es ya la misma, ni él tampoco.
Era joven, y ella también; es muy otra. Quizá la
seguiría amando tal como era entonces. (113)
Los hombres son tan necesariamente locos, que
seria estar loco de otra locura el no estar loco. (184)
Esta ''locura” humana lleva, en Pascal, otro nombre,
muy característico. Es el "divertimiento”, por lo cual
¿QUIÉN ES ESTE HOMBRE? 203

no entiende solamente juegos y distracciones, sino mil


cosas tenidas por serias, a las cuales nos entregamos
para huir mejor de las únicas preocupaciones graves,
demasiado pesadas para asumirlas:

Nuestra naturaleza está en el movimiento; el repo­


so completo es la muerte. (198)
Aburrimiento. Nada es tan insoportable para el
hombre como encontrarse en pleno reposo, sin p a ­
siones, sin negocio, sin divertimiento, sin aplicación.
Siente entonces su nadería, su abandono, su insufi­
ciencia, su dependencia, su impotencia, su vacío.
Incontinenti saldrán del fondo de su alma el aburri­
miento, la negrura, la tristeza, el despecho, la deses­
peración. (201)

Nada nos place sino el combate, pero no la victoria:


se ven con gusto los combates de los animales, no al
vencedor encarnizado sobre el vencido; ¿qué se que­
ría ver, si no el fin de la victoria? Y no bien Hega.se
está harto. Así en el juego, asi en la búsqueda de la
verdad. Se ve con gusto, en las disputas, el combate
de las opiniones; pero contem plar la verdad hallada,
en lo más mínimo: para notarla con placer hay que
verla nacer de la disputa. Asimismo, en las pasiones,
hay placer en ver cómo chocan dos contrarios; pero,
al imponerse uno, ya no es más que brutalidad. No
buscamos nunca las cosas sino la búsqueda de las
cosas. Así, en las comedias, las escenas contentas
sin temor no valen nada, ni las miserias extremas sin
esperanza, ni los amores brutales, ni las severidades
acerbas. (203)
204 LECTURA DE PASCAL

Divertimiento. Algunas veces que me he puesto a


considerar las diversas agitaciones de los hombres y
los peligros y afanes a que se exponen, en la corte,
en la guerra, donde nacen tantas querellas, pasiones,
empresas audaces y a menudo malas, etc., he descu­
bierto que toda la desdicha de los hombres procede
de una sola cosa, que es no saber estar tranquilos en
una habitación. Un hombre que dispone de bienes
suficientes para vivir, si supiera quedarse a gusto en
su casa no saldría para ir a navegar o a asediar una
plaza. No se compraría tan caro un puesto en el
ejército, si no fuera porque es considerado insopor­
table no moverse en la ciudad; y no se buscan las
conversaciones y los divertimientos sino porque no
se queda uno en casa a gusto.
Pero cuando lo he pensado más de cerca, y des­
pués de haber encontrado la causa de todas nuestras
desdichas, he querido descubrir las razones, he ha­
llado que hay una harto efectiva, la cual consiste en
la desventura natural de nuestra condición débil y
mortal, y tan miserable que nada puede consolar­
nos, cuando lo pensamos m e jo r... (205)
Divertimiento. No habiendo los hombres conse­
guido curar la muerte, la miseria, la ignorancia, han
decidido, para hacerse felices, dejar de pensar en
ello. (213)
Miseria. La única cosa que nos consuela de nues­
tras miserias es el divertimiento, y sin embargo es la
mayor de nuestras miserias. Pues es eso lo que prin­
cipalmente nos impide pensar en nosotros y nos ha­
ce perdernos insensiblemente. Sin eso estaríamos en
el aburrimiento, y este aburrim iento nos empujaría
¿QUIÉN ES ESTE HOMBRE? 205

a buscar un medio más sólido de escapar. Pero el


diverdm iento nos disurae y nos hace llegar insensi­
blemente a la muerte. (217)

Por lamentable, por irrisorio que sea, este hombre que


Pascal pinta sin miramientos no carece del derecho de
reivindicar una auténtica grandeza. De él sólo depende­
ría el asumirla, tal como se la ofrece ya su condición
natural, antes de toda promesa divina.

La grandeza del hombre. La grandeza del hombre


es tan patente, que se saca ella misma de su miseria.
Pues lo que es naturaleza para los animales lo lla­
mamos miseria en el hombre, con lo cual reconoce­
mos que, siendo hoy en día su naturaleza parecida a
la de los animales, es que cayó de una naturaleza
mejor, que le era propia otrora.
Pues ¿quién se siente desdichado por no ser rey,
más que un rey depuesto? ¿Se hallaba Paulo Emilio
desdichado por ya no ser cónsul? Por el contrario,
todo el m undo consideraba que era feliz por haberlo
sido, porque su condición no era de serlo siempre.
Pero se juzgaba a Perseo tan desdichado por ya no
ser rey, porque su condición era de serlo siempre,
que se consideraba extraño que soportara la vida.
¿Quién se siente desgraciado por no tener más que
una boca? ¿Y quién no se sentiría desdichado no
teniendo sino un ojo? Acaso nunca se haya afligido
nadie por no tener tres ojos, pero está inconsolable
quien no tiene ninguno. (268)
Todas estas miserias, sin más, prueban su grande­
za. Son miserias de gran señor, miserias de un rey
desposeído. (269)
206 LECTURA DE PASCAL

F.1 hombre no sabe en qué fila ponerse. Está visible­


mente extraviado, caído de su verdadero sitio, sin
poder recuperarlo. Lo busca por doquier con inquie­
tud y vanamente entre tinieblas impenetrables. (275)
La grandeza del hombre es grande por saberse m i­
serable. Un árbol no se sabe miserable.
Es, pues, ser miserable el reconocerse miserable;
pero es grande el saber que se es miserable. (255)
Pensamiento hace la grandeza del hombre. (257)
Pensamiento, l'o d a la dignidad del hombre está
en el pensamiento. Pero ¿cómo es ese pensamiento?
[Qué necio es!
El pensamiento es, pues, una cosa admirable e
incomparable por su naturaleza. Precisaba tener
graves defectos para ser despreciable; pero los que
tiene son tales que no hay nada más ridículo. (Cuán
grande es por su naturaleza! (Cuán bajo por sus
defectosl (263)

El hombre no es sino una caña, la más débil de la


naturaleza, pero es una caña pensante. No es preci­
so que el universo entero se arm e para aplastarla: un
vapor, una gota de agua basta para matarla. Pero
aun cuando el universo lo aplastara, el hombre sería
aún más noble que aquello que lo mata, porque
sabe que muere y la ventaja que el universo tiene
sobre él; nada de eso sabe el universo.
Toda nuestra dignidad consiste, pues, en el pensa­
miento. De ello debemos depender y no del espacio y
la duración, que no podríamos llenar. Trabajemos,
pues, para pensar bien: he ahí el principio de la
moral. (264)
¿QUIÉN ES ESTE HOMBRE? 207

Caña pensante. No es en el espacio donde debo bus­


car mi dignidad, sino en el orden de mi pensamiento.
No me sería ventaja el poseer tierras: por el espacio,
el universo me abarca y me devora como un punto;
por el pensamiento, lo comprendo. (265)

Grandeza y miseria. Por concluirse la miseria de la


grandeza y la grandeza de la miseria, unos han con­
cluido la miseria tanto más cuanto que han tomado
como prueba la grandeza, y otros, concluyendo la
grandeza con tanto mayor fuerza cuanto que la con­
cluyeron de la miseria misma, todo lo que los unos
han podido decir para mostrar la grandeza no ha
servido más que de argum ento a los otros para con­
cluir la miseria, puesto que tanto más miserable se
es cuanto desde más alto se ha caído; y los otros al
contrario. Unos han sucedido a los otros en un círcu­
lo sin fin, por ser seguro que conforme los hom ­
bres adquieren luz, encuentran grandeza y miseria
en el hombre. En una palabra, el hombre conoce
que es miserable: es, pues, miserable puesto que lo
es; pero es muy grande puesto que lo sabe. (314)
El hombre no es ni ángel ni bestia, y la desdicha
quiere que quien quiere hacer de ángel haga de bes­
tia. (329)
Si se jacta, lo rebajo; si se rebaja, lo ensalzo; siem­
pre lo contradigo, hasta que comprenda que es un
m onstruo incomprensible. (330)
Contrariedades. Después de haber mostrado la ba­
jeza y la grandeza del hombre. Que estime ahora el
hombre su precio. Que se ame, pues hay en él una
naturaleza capaz de bien; pero que tampoco ame por
208 LECTURA DE PASCAL

esto las bajezas que hay en él. Que se desprecie, por­


que esta capacidad está vacía; pero que no desprecie
por ello esta capacidad natural. Que se aborrezca,
que se ame: tiene en sí la capacidad de conocer la
verdad y de ser feliz; pero no tiene verdad, constante
o satisfactoria.
Quisiera, pues, conducir al hombre a desear ha­
llarla, a estar presto y desprendido de las pasiones,
para seguirla adonde la encontrará, sabiendo cuánto
se ha oscurecido su conocimiento por las pasiones;
bien quisiera que odiase en sí la concupiscencia que
lo determina por sí misma, a fin de que no lo cegara
al hacer su elección ni lo detuviera cuando hubiese
elegido. (331)
EL VERTIGO

C orremos sin hacer caso hacia el precipicio, después


de habernos puesto algo delante que nos im pida
verlo. (266)
El últim o acto es sangriento, por hermosa que sea
la comedia en todo lo demás: finalmente se echa
tierra sobre la cabeza, y se acabó para siempre. (277)

Ante su propio misterio y sus contradicciones, la crea-


tura comienza a descorazonarse, y Pascal, sintiendo que
el adversario se debilita, acumula las evocaciones desti­
nadas a ponerlo frente a su insostenible situación:

Imagínese hombres encadenados, condenados todos


a muerte, degollados unos cuantos cada día frente a
los demás; los sobrevivientes ven su propia condición
en la de sus semejantes y, mirándose unos a otros
con dolor y sin esperanza, esperan su turno. T al es la
imagen de la condición de los hombres. (341)
lln hombre en un calabozo, sin saber si ha sido
dictada su sentencia, sin disponer más que de una
hora para enterarse, hora que bastaría, de saber que
ha sido dictada, para hacerla revocar, iría contra la
naturaleza si dedicara dicha hora no a informarse de
si la sentencia ha sido dictada, sino a jugar a las
cartas. Así, es sobrenatural que el hombre, etc. Car­
ga el peso la mano de Dios.
Así, no sólo el celo de quienes lo buscan prueba
a Dios, sino la ceguera de quienes no lo buscan. (342)
Entre nosotros y el infierno o el cielo no hay sino
209
210 LECTURA DE PASCAL

la vida entre dos, que es la cosa más frágil del m un­


do. (349)
No hay más que tres clases de personas: unas, que
sirven a Dios, por haberlo encontrado; otras, dedica­
das a buscarlo, por no haberlo encontrado; otras
más, que viven sin buscarlo ni haberlo encontrado.
Los primeros son razonables y felices; los últimos
son locos y desdichados; los de en medio son desdi­
chados y razonables. (364)

Y aquí está otra vez el apologista, en una página don­


de, explotando a fondo la ventaja adquirida y el vértigo
provocado, descubre su plan.

Antes de entrar en las pruebas de la religión cristia­


na, considero necesario representar la injusticia de
los hombres que viven en la indiferencia de buscar
la verdad de una cosa que es tan importante para
ellos y que los toca desde tan c e rc a ...
Están en peligro de la eternidad de miserias, y
encima, como si la cosa no valiese la pena, desdeñan
el examinar si esas opiniones el pueblo las recibe
con facilidad demasiado crédula, o que, siendo oscu­
ras por si mismas, tienen un fundamento muy sóli­
do, aunque oculto. Así, no saben si hay verdad o
falsedad en la cosa, ni si hay fuerza o debilidad en las
pruebas. Las tienen delante de los ojos; se niegan a
mirarlas y, en esta ignorancia, toman el partido de
hacer todo lo preciso para caer en esta desgracia en
caso de que sea, de esperar la muerte para la prueba,
de hallarse sin embargo muy satisfechos en este esta­
do, hacer profesión de ello y por fin envanecerse de.
ello. ¿Puede creerse seriamente que sea importante
EL VÉRTIGO 211

este asunto sin horrorizarse ante una conducta tan


extravagante?
Este reposo en la ignorancia es una cosa mons­
truosa y cuya extravagancia y estupidez deben hacer­
se sentir a quienes en ello pasan la vida, representár­
sela a ellos mismos, para confundirlos a la vista de
su locura. Pues he aquí cómo razonan los hombres,
cuando optan por vivir en esta ignorancia acerca de
lo que son y sin buscar esclarecimiento. "N o lo sé”,
dicen. (334)
. . . La inm ortalidad del alm a es una cosa que nos
importa tanto, que nos cala tanto, que hay que ha­
ber perdido todo sentimiento para sentir indiferen­
cia de saber qué hay de ello. Todas nuestras acciones
y nuestros pensamientos deben seguir caminos tan
diferentes según haya o no bienes eternos que espe­
rar, que es imposible proceder con sentido y juicio si
no es rigiéndose por este punto, que debe ser nuestro
objeto último.
De suerte que nuestro primer interés y nuestro
prim er deber es quedar en claro a este respecto, de lo
cual depende toda nuestra conducta. De ahí que,
entre aquellos que no están persuadidos, establezca
yo una marcada diferencia entre quienes trabajan
con todas sus fuerzas por instruirse, y aquellos que
viven sin molestarse ni pensar en ello.
No puedo sentir sino compasión hacia quienes
gimen sinceramente en esta incertidumbre, la ven
como la últim a de las desgracias y, sin escatimar
nada para evadirse de ella, hacen de esta búsqueda
su principal y más seria ocupación.
Pero a aquellos que se pasan la vida sin pensar en
Las exhumaciones de 171
O (Museo de Port-Royal).
214 LECTURA DE PASCAL

este fin últim o de la vida, y que, por la sola razón de


que no hallan en si mismos luces que los persuadan,
desdeñan el buscarlas en otra parte y examinar a
fondo si esta opinión es de las que el pueblo reci­
be por simpleza crédula o de las que, aunque oscuras
por si mismas, tienen no obstante un fundamento
muy sólido e inconmovible, los considero de una
manera muy diferente.
T al negligencia en un asunto en el que están en
juego ellos mismos, su eternidad, su todo, me irrita
más que me enternece; me asombra y me aterra; es
un m onstruo para m i ...
. . . Es cuando menos un deber indispensable el
buscar, hallándose en semejante duda; y asi quien
duda y no busca es, a la vez, muy desdichado y muy
injusto; que, si con ello está tranquilo y satisfecho,
lo proclame y, finalmente, lo presuma, no tengo
palabra para calificar a un ser tan extravagante.
¿Dónde pueden adquirirse estos sentimientos?
¿Qué motivo de alegría se halla en no esperar más
que miserias sin remisión? ¿Qué tema de vanidad
viéndose en oscuridades impenetrables, y cómo es
que tal razonamiento se dé en un hombre razonable?
"N o sé quién me ha puesto en el mundo, ni qué es
el mundo, ni qué yo mismo; estoy en una ignoran­
cia terrible de todas las cosas; no sé lo que es mi
cuerpo, mis sentidos, mi alma y esta parte misma de mí
que piensa lo que digo, que reflexiona acerca de
todo y de si misma y tampoco se conoce más que el
resto. Veo estos aterradores espacios del universo que
me encierran y me encuentro aferrado a un rincón
de esta vasta extensión, sin saber por qué estoy en
EL VÉRTIGO 215

este sitio más bien que en otro, ni por qué el poco de


tiempo que me es dado vivir me es asignado en este
punto y no en otro de toda ia eternidad que me ha
precedido y de toda la que me seguirá. No veo sino
infinitudes por todas partes, que me encierran como
un átom o y como una sombra que no dura más
que un instante sin regreso. Todo lo que sé es que
pronto debo morir, pero aquello sobre lo que más
ignoro es esta propia muerte que no podría evitar.
"Com o no sé de dónde vengo, tampoco séadónde
voy; sé solamente que saliendo de este m undo caigo
para siempre o bien en la nada, o bien en manos de
un Dios irritado, sin saber cuál de estas dos condi­
ciones me corresponderá eternamente. He aquí mi
estado, lleno de debilidad y de incertidumbre. Y de
todo esto concluyo que debo, pues, pasar todos los
días de mi vida sin pensar en buscar lo que debe
ocurrirme. Tal vez pudiera hallar cierta aclaración a
mis dudas, pero no quiero tomarme la molestia, ni
dar un paso para alcanzarla; y después, tratando
con desdén a quienes se empeñen a este respecto”
—cualquier certidumbre que alcanzaran sería tema
de desesperación antes que de vanidad—, "quiero ir,
sin previsión y sin temor, a ensayar tan grande acon­
tecimiento, y dejarme blandamente conducir a la
muerte, en la incertidumbre de la eternidad de mi
condición futura”.
¿Quién desearía tener por am igo a un hombre que
discurriera de este modo? ¿Quién lo eligiría entre los
otros a fin de comunicarle sus asuntos? ¿Quién recu­
rriría a él en sus aflicciones? Y, por último, ¿a qué
uso de la vida podría destinárselo?.. .(335)
EL HOMBRE NO ESTÁ SOLO

Estos discursos donde el hombre es sin cesar rechazado,


de las razones de esperar a los móviles de la desesperan­
za, no carecen de intención precisa: a la creatura cons­
ciente asi de su radical ambigüedad, Pascal va a gritarle
que no está abandonada y que existe explicación de su
caos mismo, en el misterio cristiano. La cuestión de
Dios es, por cierto, “cuestión del hombre”.

Si el hombre no está hecho para Dios, ¿por qué no


es feliz más que en Dios? Si el hombre está hecho
para Dios, ¿por qué es tan contrario a Dios? (415)
Después de haber entendido toda la naturaleza del
hombre. Es preciso, para que una religión sea verda­
dera. que haya conocido nuestra naturaleza. Debe
haber conocido la grandeza y la pequeñez, y la razón
de la una y de la otra. ¿Quién la ha conocido sino la
cristiana? (426)
Todas estas contrariedades, que parecían alejarme
lo más del conocimiento de una religión, son lo que
más pronto me ha conducido a la verdadera. (437)
. . . ¿Qué quim era es pues el hombre? |Qué nove­
dad, qué monstruo, qué caos, qué tema de contra­
dicciones, qué prodigio! Juez de todas las cosas, im ­
bécil lombriz de tierra; depositario de lo verdadero,
cloaca de incertidumbre y de error; gloria y desperdi­
cio del universo.
¿Quién desenmarañará este enredo? La naturaleza
confunde a los pirronianos y la razón confunde a los
dogmáticos. ¿Qué llegarás a ser, oh hombre que bus-
216
Extracto de un almanaque satírico publicado por
los jesuítas en diciembre de 1653.
218 LECTURA DE PASCAL

cas cuál es tu verdadera condición, mediante tu ra­


zón natural? No puedes escapar de una de estas sectas,
ni subsistir en ninguna.
Conoce, pues, soberbio, qué paradoja eres para ti
mismo. Hum íllate, razón impotente; calla, natura­
leza imbécil: sabe que el hombre rebasa infinitamen­
te al hombre y escucha de tu am o tu condición ver­
dadera, que ignoras. Escucha a Dios.
Pues, en fin, si el hombre nunca se hubiera co­
rrompido, disfrutaría en su inocencia de la verdad y
de la felicidad, es seguro; y si el hombre nunca h u ­
biera estado sino corrompido, no tendría idea algu­
na ni de la verdad ni de la beatitud. Pero, desgracia­
dos de nosotros, y más que si no hubiera grandeza
ninguna en nuestra condición, tenemos una idea de
la dicha y no podemos alcanzarla; sentimos una ima­
gen de la verdad y no poseemos más que la mentira:
incapaces de ignorar en absoluto y de saber con cer­
teza, tanto es manifiesto que hemos estado en un
grado de perfección del cual por desgracia caímos.
¡Cosa sorprendente, sin embargo, que el misterio
más apartado de nuestro conocimiento, que es el de
la trasmisión del pecado, sea una cosa sin la cual no
podemos tener ningún conocimiento de nosotros
mismosl Pues es indudable que no hay nada que
ofenda más a nuestra razón que decir que el pecado
del primer hombre tornó culpables a quienes, ha­
llándose tan lejos de aquella fuente, se dirían inca­
paces de participar de ella. Este transcurrir no sólo
nos parece imposible, nos parece incluso muy injus­
to; ¿qué hay más opuesto a las reglas de nuestra
miserable justicia que condenar eternamente a un
EL HOMBRE NO ESTA SOLO 219

niño incapaz de voluntad, por un pecado en el que


tan poco parece haber participado, cometido 6000
años antes de que él existiera? Ciertamente, nada
nos golpea con más rudeza que esta doctrina; y sin
embargo, sin este misterio, el más incomprensible
de todos, somos incomprensibles para nosotros mis­
mos. El nudo de nuestra condición adquiere sus re­
pliegues y vueltas en este abismo; de suerte que el
hombre es más inconcebible sin este misterio que
este misterio es de inconcebible para el hombre.
De donde aparece que Dios, deseando tom arnos la
dificultad de nuestro ser inteligible para nosotros
mismos, escondió tan alto el nudo, o, por mejor
decir, tan abajo, que nos era imposible alcanzarlo,
de suerte que no es mediante las soberbias agitacio­
nes de nuestra razón sino por la mera sumisión de la
razón como podemos en verdad conocemos.
220 LECTURA DE PASCAL

Estos fundamentos, sólidamente establecidos sobre


la autoridad inviolable de la religión, nos dan a cono­
cer que hay dos verdades de fe igualmente constan­
tes; una, que el hombre, en el estado de la creación, o
en el de la gracia, está alzado por encima de toda la
naturaleza, hecho como semejante a Dios, y partici­
pante de la divinidad; otra, que en el estado de la
corrupción y del pecado, ha caído de ese estado y se
ha vuelto semejante a las b estias...
Con lo cual aparece claramente que el hombre,
merced a la gracia, es tornado como semejante a
Dios, participante de su divinidad, y que, sin la gra­
cia, es considerado semejante a las bestias brutas.
(438)
LA APUESTA

Ei. arte de persuadir afirma que la penetración de la


verdad por las vías racionales no basta, si el corazón y
la voluntad no aportan su adhesión. De este modo,
Pascal, después de haber deslindado la concordancia
entre la naturaleza humana y el dogma revelado, recu­
rre a los artificios de una nueva estrategia a fin de hacer
que su interlocutor pase de este plano todavía intelec­
tual a un acto de sumisión. Es la famosa apuesta.

Infinito-nada. Nuestra alm a está arrojada al cuer­


po, donde encuentra número, tiempo, dimensiones.
Razona al respecto y llama a esto naturaleza, necesi­
dad, y no puede creer otra cosa.
La unidad agregada al infinito no lo aum enta en
nada, no más que un pie a una medida infinita. Lo

221
222 LECTURA DE PASCAL

finito se anula en presencia de lo infinito y se con­


vierte en pura nada. Así nuestro espíritu ante Dios;
así nuestra justicia ante la justicia divina. No hay
tan gran desproporción entre nuestra justicia y la de
Dios como entre la unidad y el infinito.
Es preciso que la justicia de Dios sea enorme co­
mo su misericordia. Pues bien, la justicia hacia los
réprobos es menos enorme y debe chocar menos que
la misericordia hacia los elegidos.
Sabemos que hay un infinito, e ignoramos su na­
turaleza. Como sabemos que es falso que los núm e­
ros sean finitos, es pues cierto que hay un infinito en
número. Pero no sabemos lo que es; es falso que sea
par, es falso que sea impar, pues, adicionándole la
unidad, no cambia en lo más m ínim o de naturaleza;
con todo, es un número y todo núm ero es par o
impar (verdad es que esto se entiende de todo núm e­
ro finito). Asi, bien puede conocerse que hay un
Dios sin saber lo que es.
¿No hay ninguna verdad sustancial, viendo tantas
cosas verdaderas que no son la verdad misma?
Conocemos, pues, la existencia y la naturaleza de
lo finito, porque somos finitos y extensos como ello.
Conocemos la existencia de lo infinito e ignoramos
su naturaleza, porque tiene extensión como noso­
tros, pero no límites como nosotros. Pero no cono­
cemos ni la existencia ni la naturaleza de Dios, por­
que no tiene ni extensión ni límites.
Mas por la fe conocemos su existencia; por la glo­
ria conoceremos su naturaleza. Ahora, ya he mostra­
do que bien puede conocerse la existencia de una
cosa sin conocer su naturaleza.
LA APUESTA 225

Hablemos ahora según las luces naturales.


Si hay un Dios, es infinitamente incomprensible,
ya que, no teniendo ni partes ni limites, no tiene
ninguna relación con nosotros. Somos, pues, inca­
paces de conocer ni lo que es ni si es. Dado lo cual,
¿quién se atreverá a ponerse a resolver esta cuestión?
Nosotros no, ya que no tenemos ninguna relación
con él.
¿Quién censurará, pues, a los cristianos por no
poder dar razón de su creencia, ellos que profesan
una religión de la cual no pueden dar razón? Decla­
ran, exponiéndola al m undo, que es una necedad,
stultitiam, y, luego, |os quejáis de que no la prue­
ban! Si la probaran, no cum plirían su palabra: ca­
reciendo de pruebas no carecen de sentido.
—Sí, pero aunque esto excuse a quienes la ofrecen
como tal, dispensándolos de la censura de exhibirla
sin razón, no excusa a quienes la reciben.
—Examinemos, pues, ese pum o, diciendo: “ Dios
es o no es.” Pero ¿de qué lado inclinarnos? La razón
nada puede determinar al respecto: hay un caos infi­
nito de por medio. Un juego es jugado al cabo de
esta distancia infinita, y en él saldrá cara o saldrá
cruz. ¿Qué apostaréis? Por razón, no podéis hacer ni
lo uno ni lo otro; por razón no podéis impedir nin­
guno de los dos. No censuréis, pues, por falsedad a
quienes han elegido, pues nada sabéis.
—No, pero no los censuraré por haber elegido eso,
sino por haber elegido; pues si bien tanto quien
apuesta a cruz como el otro están en parecida falta,
ambos están en falta: lo justo es no apostar.
—Sí, pero hay que apostar. No es cosa voluntaria.
224 LECTURA DE PASCAL

se está embarcado en ello. ¿Por qué os decidiréis,


entonces? Veamos. En vista de que hay que elegir,
vamos a ver qué os interesa menos. Tenéis dos cosas
que perder: la verdad y el bien, y dos cosas que com­
prometer: vuestra razón y vuestra voluntad, vuestro
conocimiento y vuestra beatitud; y vuestra naturale­
za tiene dos cosas de que huir: el error y la miseria.
Vuestra razón no es más herida eligiendo lo uno que
lo otro, puesto que es necesario elegir por fuerza.
Queda resuelto el punto. Pero ¿y vuestra beatitud?
Pesemos la ganancia y la pérdida, apostando a cruz,
que Dios existe. Estimemos los dos casos: si ganáis,
lo ganáis todo, y si perdéis, no perdéis nada. Apos­
tad, pues, a que existe, sin vacilar.
—Es admirable. Sí, hay que apostar, pero acaso
apuesto demasiado.
—Veamos, puesto que hay el mismo riesgo de ga­
nar y de perder, si no tuvierais sino que ganar dos
vidas por una, podríais aún apostar algo; pero si
hubiera tres por ganar, habría que jugar (ya que es
forzoso que juguéis), y seríais imprudentes, obliga­
dos a jugar, no arriesgando vuestra vida para ganar
tres, en un juego en el cual hay igual azar de pérdida
o de ganancia. Pero hay una eternidad de vida y de
felicidad. Siendo así, aun cuando hubiese infinitas
posibilidades, sólo una de las cuales os tocara, segui­
ríais haciendo bien en apostar uno para ganar dos; y
mal obraríais, teniendo que jugar forzosamente, ne­
gándoos a jugar una vida contra tres en un juego en
el cual, entre una infinidad de azares, hay uno vues­
tro, si hubiera por ganar una infinitud de vida infi­
nitamente dichosa. Pero aquí hay por ganar una
LA APUESTA 225

infinitud de vida infinitamente dichosa, una posibi­


lidad de ganar contra un núm ero finito de posibili­
dades de perder, y lo que jugáis es finito. Esto zanja
la cuestión: dondequiera esté el infinito, y donde no
haya infinidad de posibilidades de perder contra la
de ganar, no hay nada que sopesar, hay que darlo
todo. Y asi, cuando se está obligado a jugar, hay que
renunciar a la razón para guardar la vida, antes que
arriesgarla por la ganancia infinita, tan presta a lle­
gar como la pérdida de la nada.
Pues de nada sirve decir que es incierto el que se
gane y que es cierto que se arriesga, y que la infinita
distancia que hay entre la certidumbre de lo que es
expuesto y la incertidumbre de lo que se ganará
iguala el bien finito, que ciertamente es arriesgado,
y el infinito, que es incierto. Esto no es así. Todo
jugador arriesga con certidumbre para ganar con
incertidumbre; y no obstante arriesga ciertamente lo
finito para ganar inciertamente lo finito, sin pecar
contra la razón. No hay infinitud de distancia entre
esta certidumbre de lo que es expuesto y la incerti-
dumbre de la ganancia; esto es falso. Hay, a decir
verdad, infinitud entre la certidumbre de ganar y la
certidumbre de perder. Pero la incertidumbre de ga­
nar está proporcionada a la certidumbre de lo que se
arriesga, según la proporción de los azares de ganan­
cia y de pérdida. De aquí procede el que, si hay
tantas posibilidades de un lado como del otro, haya
que jugar la partida igual contra igual; y entonces la
certidumbre de lo que se expone es igual a la incerti­
dumbre de la ganancia: no está, ni mucho menos,
infinitamente distante. Y así nuestra proposición tie­
226 LECTURA DE PASCAL

ne una fuerza infinita, cuando hay por arriesgar lo


finito en un juego donde hay parejos riesgos de ga­
nancia y de pérdida, y lo infinito por ganar. Esto es
demostrativo, y si los hombres son capaces de algu­
na verdad, ésta es una.
—Lo confieso, lo reconozco. Pero ¿no hay de pla­
no manera de ver la trama del juego?
—Sí: la Escritura y demás, etc.
—Pero es que tengo las manos atadas y la boca
cerrada; se me obliga a apostar y no estoy en liber­
tad; no me sueltan. Y estoy hecho de tal modo que
no puedo creer. ¿Qué queréis, pues, que haga?
—Es verdad. Pero sabed cuando menos que vues­
tra impotencia para creer, pues que la razón os con­
duce a ello y, con todo, no lo lográis, procede de
vuestras pasiones. Laborad, pues, no en convenceros
aumentando las pruebas de Dios, sino disminuyen­
do vuestras pasiones. Queréis ir a la fe y no sabéis
el camino; queréis sanar de la infidelidad y pedís el
remedio: aprended de quienes estuvieron atados co­
mo vosotros y que ahora apuestan todo su bien; son
gente que conoce ese cam ino que quisiérais seguir, y
sanar de una dolencia de la que queréis sanar. Se­
guid la manera como han comenzado: haciendo to­
do como si creyeran, tomando agua bendita, hacien­
do decir misas, etc. Naturalmente, hasta eso os hará
creer y os embrutecerá.
—Es que eso es lo que temo.
—¿Y por qué? ¿Qué tenéis que perder? Pero, para
mostraros que esto es conducente, sabed que dismi­
nuye las pasiones, que son vuestros grandes obstácu­
los, etc.
LA APUESTA 227

Ahora bien, ¿qué mal os puede acontecer toman­


do este partido? Seréis fiel, honrado, humilde, agra­
decido, bienhechor, amigo sincero, verdadero. Cierto
es que no estaréis entre placeres apestados, en la
gloria, en las delicias; pero ¿no tendréis acaso otras?
Os digo que con ello ganaréis en esta vida y que, a
cada paso que deis por este camino, veréis tanta cer­
tidumbre de ganancia y tanta nadería en loque arries­
gáis, que al fin os daréis cuenta de que habéis apos­
tado por una cosa cierta, infinita, a cambio de la
cual nada habéis dado.
—¡Oh!, este discurso me transporta, me arrebata,
etc.
—Si este discurso os place y os parece fuerte, sabed
que lo hace un hombre que se arrodilló antes y des­
pués, a rogar a ese Ser infinito y sin partes al cual
somete todo lo suyo, que sometiera también lo vues­
tro, para vuestro propio bien y para su gloria; y que
de este modo la fuerza concuerde con esta bajeza.
(451)

Armas de la familia Am auld.


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A l revés, en lo alto de esta hoja, el fragmento 477 de


los Pensamientos (“El corazón tiene sus razones...").
EL CORAZÓN

Con la razón Pascal llama, pues, a la máquina, al autó­


mata. Pero no se trata sino de una mediación. La autén­
tica instancia a la cual hay que remitirse es el "cora­
zón’’; órgano del conocimiento en la fe, permite pasar
del orden de las inteligencias al orden de la caridad.
Pascal, que siguió ese camino, lo sabe.

¡Cuánta distancia hay entre conocer a Dios y amar­


lo! (476)
El corazón tiene sus razones que la razón no cono­
ce: es sabido en mil cosas. Digo que el corazón ama
al ser universal naturalmente, y a sí mismo natural­
mente, en la medida en que se entrega; y se endurece
contra el uno o el otro, a su antojo. Habéis rechaza­
do lo uno y conservado lo otro: ¿es que os amáis por
razón? (477)
Conocemos la verdad no solamente por la razón
sino también por el corazón; de este últim o modo
conocemos los primeros principios y es inútil que el
razonamiento, que nada tiene que ver, intente com­
batirlos. Los pirronianos, que no tienen sino esto
por objeto, se afanan en ello en vano. Sabemos que
no soñamos: cualquiera que sea la impotencia en
que nos encontremos para probarlo por razón, esta
impotencia no lleva a otra conclusión que la debili­
dad de nuestra razón, mas no la incertidumbre de
todos nuestros conocimientos, como ellos pretenden.
Pues los conocimientos de los primeros principios,
como que hay espacio, tiempo, movimiento, núme-
229
230 LECTURA DE PASCAL

ros, son tan firmes como cualquiera de los que nues­


tros razonamientos nos dan. Y es en estos conoci­
mientos del corazón y del instinto donde es preciso
que la razón se sustente, y que allí funde todo su
discurso. (El corazón siente que hay tres dimensiones
en el espacio y que los números son infinitos. Y
la razón demuestra entonces que no hay dos núm e­
ros cuadrados tales que uno sea el doble de otro. Los
principios se sienten, las proposiciones se conclu­
yen; todo ello con certidumbre, aunque por diferen­
tes vías.) Y es inútil y tan ridículo que la razón pida
al corazón pruebas de sus primeros principios, para
poder asentir a ellos, como ridículo sería que el co­
razón pidiese a la razón un sentimiento de todas las
proposiciones que ella demuestra, para aceptarlas.
Esta impotencia no debe, pues, servir sino para
hum illar a la razón, que quisiera juzgarlo todo, pero
no para combatir nuestra certidumbre, como si nada
más la razón fuese capaz de instruim os. ¡Pluguiera a
Dios que, por el contrario, nunca la necesitáramos y
que conociésemos todas las cosas por instinto y por
sentimientol Pero la naturaleza nos ha negado este
bien: en cambio, sólo nos ha dado muy escasos co­
nocimientos de esta suerte; todos los demás no pue­
den ser adquiridos más que por razonamiento.
Por eso aquellos a quienes Dios ha dado la reli­
gión por sentimiento del corazón son muy dichosos
y están muy legítimamente persuadidos. Pero a
quienes no la tienen, no podemos dársela sino por
razonamiento, en espera de que Dios se la dé por
sentimiento del corazón, sin lo cual la fe no es sino
hum ana e inútil para la salvación. (479)
EL CORAZÓN 231

Es el corazón el que siente a Dios, y no la razón.


He aquí lo que es la fe: Dios sensible al corazón, no
a la razón. (481)
El hombre no es digno de Dios; pero no es incapaz
de ser vuelto digno de él.
Es indigno de Dios el unirse al hombre miserable,
pero no es indigno de Dios el sacarlo de su miseria.
(484)
La distancia infinita entre los cuerpos y los espíri­
tus representa la distancia infinitamente más infini­
ta que hay entre los espíritus y la caridad, ya que
ésta es sobrenatural.
Todo el esplendor de las grandezas no tiene lustre
ninguno para quienes están en las investigaciones
del espíritu.
La grandeza de la gente de espíritu es invisible
para los reyes, los ricos, los capitanes, para todos
esos grandes según la carne.
La grandeza de la sapiencia, que es nula si no es
de Dios, es invisible para los carnales y la gente de
espíritu. Son tres órdenes diferentes de género.
Los grandes genios tienen su imperio, su esplen­
dor, su grandeza, su victoria y su lustre, y no tienen
la menor necesidad de las grandezas carnales, donde
éstas nada tienen que ver. N o son vistos por los ojos
sino por los espíritus. Es bastante.
Los santos tienen su imperio, su esplendor, su vic­
toria. y su lustre, y no tienen la menor necesidad de
las grandezas camales o espirituales, donde éstas na­
da tienen que ver, pues ni añaden n i quitan nada.
Son vistos por Dios y los ángeles, no por cuerpos ni
espíritus curiosos: Dios Ies basta.
232 LECTURA DE PASCAL

Arquímedes sin esplendor merecería la misma ve­


neración. No ofreció batallas a los ojos, pero ofreció
a todos los espíritus sus invenciones. ¡Oh, cómo bri­
lló ante los espíritus!
Jesucristo, sin bienes y sin ninguna producción
con apariencias de ciencia, está en su orden de santi­
dad. No dio invenciones, no reinó; pero fue hum il­
de, paciente, santo, santo, santo para Dios, terrible
para los demonios, sin ningún pecado. ¡Oh, con qué
pompa y prodigiosa magnificencia llegó, a los ojos
del corazón y que ven la sapiencial
Hubiera sido inútil a Arquímedes hacer de prínci­
pe en sus libros de geometría, aunque lo fuese.
Hubiera sido inútil a Nuestro Señor Jesucristo,
para brillar en su reino de santidad, llegar como rey,
¡pero bien que llegó con el esplendor de su ordenl
Harto ridículo es escandalizarse de la bajeza de
Jesucristo, como si esta bajeza fuera del mismo or­
den del cual es la grandeza que venia a hacer apare­
cer. Ya se considere esa grandeza en su vida, en su
pasión, en su oscuridad, en su muerte, en la elección
de los suyos, en el abandono de éstos, en su secreta
resurrección y en lo demás, se la verá tan grande que
no habrá motivo para escandalizarse de una bajeza
que no existe.
Pero hay quienes no pueden adm irar más que las
grandezas carnales, como si no las hubiera espiritua­
les; y otros que no adm iran sino las espirituales,
como si no las hubiera infinitamente más altas en la
sabiduría.
Todos los cuerpos, el firmamento, las estrellas, la
tierra y sus reinos, no valen lo que el menor de los
EL CORAZÓN 233

espíritus, ya que conoce todo esto y a sí mismo;


los cuerpos, nada.
Todos los cuerpos juntos, y lodos los espíritus
juntos, y todas sus producciones, no valen lo que el
menor movimiento de caridad. Eso es de un orden
infinitamente más elevado.
De todos los cuerpos juntos no podrían extraerse
un menudo pensamiento; esto es imposible, y de
otro orden. De todos los cuerpos y espíritus no po­
dría extraerse un movimiento de auténtica caridad:
es imposible, de otro orden, sobrenatural. (829)

Fragmento de una página dictada por Pascal. Los


dibujos del margen se relacionarían con sus investi­
gaciones sobre la ruleta, en la primavera de ¡658.
EL MISTERIO DE JESÚS

Aqi'í está ahora el último rostro de Pascal: el del cris­


tiano delante de su Cristo, descubriendo en el divino
Rostro torturado por los horrores de la agonia el reflejo
del rostro humano y, finalmente, la única explicación
de nuestra profunda ambigüedad nativa.

El misterio de Jesús. Jesús sufre en su pasión los


tormentos que le imponen los hombres; pero en la
agonía sufre los tormentos que se inflige a si mismo;
turbare semetipsum. Es un suplicio de mano no h u ­
mana sino todopoderosa, y hay que ser todopodero­
so para resistirlo.
Jesús busca alguna consolación cuando menos en
sus tres más caros amigos, y duermen; Ies ruega so­
portar un poco con él, y lo dejan con total negligen­
cia, con tan poca compasión que no alcanzaba ni a
impedirles dormir un momento. Y así Jesús era en­
tregado solo a la cólera de Dios.
Jesús está solo en la tierra, sin nadie no solamente
que resienta y comparta su pena, sino ni tan siquie­
ra que la conozca: sólo el cielo y él tienen este cono­
cimiento.
Jesús está en un jardín, no de delicias como el
primer Adán, donde se perdió con todo el género
hum ano, sino de suplicios, donde se salvó con todo
el género humano.
Sufre esta pena y este abandono en el horror de la
noche.
Creo que Jesús no se quejó nunca más que esta
234
EL MISTERIO DE JESÚS 235

única vez; pero se quejó entonces como si no hubie­


ra podido contener su excesivo dolor: “ Mi alma está
triste hasta la muerte.”
Jesús busca compañía y alivio por parte de los
hombres. Es algo único en toda su vida, me parece.
Pero nada recibe, pues sus discípulos duermen.
Jesús estará en agonía hasta el fin del m undo: no
hay que dormir durante este tiempo.
Jesús, en medio de este abandono universal y de
sus amigos escogidos para velar con él, al hallarlos
dormidos se enfada a causa del peligro al que se
exponen, no él, sino ellos mismos, y los amonesta
acerca de su salvación propia y de su bien con una
ternura cordial para ellos durante su ingratitud, y
les advierte que el espiritu está pronto y la carne es
flaca.
Jesús, al encontrarlos todavía durmiendo, sin que
se lo impidiera la consideración de él ni la de ellos,
tiene la bondad de no despertarlos y los deja seguir
reposando.
Jesús ora en la incertidumbre acerca de la volun­
tad del Padre y teme la muerte; pero habiéndola
conocido, se adelanta a ofrecerse a ella; Eamus. Pro-
cessit.
Jesús rogó a los hombres y no fue escuchado.
Jesús, mientras sus discípulos dormían, operó su
salvación. Lo hizo para cada uno de los justos mien­
tras dormían y en la nada antes de su nacimiento, y
en los pecados después de su nacimiento.
No ruega sino una vez que el cáliz se aparte, y eso
con sumisión, y dos veces que venga si hace falta.
Jesús apesadumbrado.
236 LECTURA DE PASCAL

Jesús, viendo a todos sus amigos dormidos y a to­


dos sus enemigos vigilantes, se entrega por entero a
su Padre.
Jesús no ve en Judas su enemistad, sino el orden
de Dios, el cual ama, y tan poco la ve que lo llama
amigo.
Jesús se desprende de sus discípulos para entrar en
la agonía; hay que desprenderse de los más próxi­
mos y de los más íntimos para imitarlo.
Puesto que Jesús está en agonía y entre los mayo­
res sufrimientos, oremos más largamente.
Imploramos la misericordia de Dios, no para que
nos deje en paz en nuestros vicios, sino para que Dios
nos libre de ellos.
Si Dios nos diera por su propia m ano maestros, ¡oh
cómo trendrían que obedecer de todo corazón! La ne­
cesidad y los acontecimientos lo son infaliblemente.
"Consuélate, no me buscarías si no me hubieses
encontrado.
"Pensaba yo en ti en mi agonía; qué gotas de
sangre he derramado por ti.
"Es más tentarme a mí que probarte a ti el pensar
si harías bien tal o cual cosa ausente: la haré en ti si
llega.
"Déjate conducir por mis reglas; m ira qué bien he
conducido a la Virgen y a los santos que me han
dejado obrar en ellos.
” EI Padre ama todo lo que hago.
"¿Quieres que me cueste siempre sangre de mi hu­
manidad, sin que tú des lágrimas?
"Es asunto mío tu conversión; no temas y ruega
con confianza como por mí.
EL MISTERIO DE JESÜS 237

”T e estoy presente con m i palabra en la Escritura,


con mi espíritu en la Iglesia, y con las inspiracio­
nes, con mi poder, en los sacerdotes, con mi plegaria
en los fieles.
"Los médicos no te sanarán, pues acabarás por
morir. Pero soy yo quien sana y vuelve el cuerpo
inmortal.
"Sufre las cadenas y la servidumbre corporales; no
te libero por ahora sino de la espiritual.
"Soy más tu amigo que tal y cual, pues he hecho
por ti más que ellos, y ellos no soportarían lo que te
he soportado y no m orirían por ti en el tiem po de
tus infidelidades y crueldades, como yo lo he hecho
y como estoy dispuesto a hacerlo y lo hago, en mis
elegidos y en el Samo Sacramento.
"Si conocieras tus pecados, te descorazonarías.”
—Perderé corazón, pues, Señor, pues creo en su
malicia, ya que asi lo dices.
—No, pues yo, por quien te enteras de ello, de ello
te puedo curar, y el que te lo diga es signo de que
quiero curarte. A medida que los expíes, los irás
conociendo y se te dirá: “ Mira los pecados que te son
remitidos. Haz, pues, penitencia por tus pecados
ocultos y por la malicia oculta de aquellos que co­
noces.”
—Os doy todo, Señor.
“Te amo más ardientemente que como tú has am a­
do tus mancillas, ut im m undus pro luto.
"Sea la gloria para mí y no para tí, gusano y tierra.
"Da testimonio a tu director de que mis propias
palabras te son ocasión de mal y de vanidad o cu­
riosidad.”
238 LECTURA DE PASCAL

—Veo mi abismo de orgullo, de curiosidad, de


concupiscencia. N inguna relación guardo con Dios
ni con Jesucristo el justo. Pero ha habido pecado
hecho por mi, todas vuestras plagas han caído sobre
él. Es más abominable que yo y, lejos de aborrecer­
me, se siente honrado de que vaya a él y lo socorra.
Pero se ha curado solo, y con mayor razón me cura­
rá. Hay que añadir mis heridas a las suyas y unirme
a él, y me salvará salvándose. Pero no hay que aña­
dir más en lo venidero.
Eritis sicut di i scientes bonum et malum. Todo el
m undo hace de dios juzgando: "Esto es bueno o
malo", y afligiéndose o regocijándose demasiado con
los acontecimientos.
Hacer las cosas |>equeñas como si fuesen grandes, a
causa de la majestad de Jesucristo que las hace en
nosotros y que vive nuestra vida; y las grandes como
si fuesen pequeñas y fáciles, a causa de su om nipo­
tencia. (736)

"No te compares con los demás sino conmigo. Si no


me encuentras en aquellos con los cuales te compa­
ras, es que te comparas con un abominable. Si allí
me encuentras, compárate. Pero ¿qué compararás?
¿Serás tú, o yo en ti? Si eres tú, es un abominable. Si
soy yo, me comparas a mí conmigo. Ahora bien, soy
Dios en todo.
"T e hablo y te aconsejo a menudo, porque tu
conductor no te puede hablar; pues no quiero que
carezcas de conductor. Y acaso lo haga yo a ruego
suyo, y es de esa forma que te conduce sin que tú
lo veas.
EL MISTERIO DE JESÚS 2S9

“ No me buscarías si no me poseyeras. No te in­


quietes, pues." (737)

No solamente no conocemos a Dios más que por


Jesucristo, sino que no nos conocemos a nosotros
mismos más que por Jesucristo. No conocemos la
vida, la muerte, más que por Jesucristo. Fuera de
Jesucristo no sabemos lo que es ni nuestra vida, ni
nuestra muerte, ni Dios, n i nosotros mismos.
Asi, sin la Escritura, que sólo tiene a Jesucristo
por objeto, no conocemos nada ni vemos más que
oscuridad y confusión en la naturaleza de Dios y en
la propia naturaleza. (729)

Considerar a Jesucristo en todas las personas y en


nosotros mismos: Jesucristo como padreen el padre,
Jesucristo como hermano en los hermanos, Jesucris­
to como pobre en los pobres, Jesucristo como rico en
los ricos, Jesucristo como doctor y sacerdote en los
sacerdotes, Jesucristo como soberano en los prínci­
pes, etc. Pues todo lo que de grande hay es por su
gloria, siendo Dios, y es por su vida mortal lodo lo
que hay de canijo y abyecto. Para eso adoptó esta
desdichada condición, para poder estar en todas las
personas y ser modelo de todas las condiciones. (731)
Amo a lodos los hombres como a mis hermanos ¡x>r-
que todos han sido rescatados. Amo la pobreza
porque él la ha amado. Amo los bienes porque dan
medio de asistir a los miserables. G uardo fidelidad a
todo el m undo. No devuelvo el mal a quienes me lo
hacen, sino que les deseo una condición parecida a
la mía, en la cual no se recibe ni mal ni bien por
240 LECTURA DE PASCAL

pane de los hombres. Procuro ser justo, verídico,


sincero y fiel a todos los hombres; y siento terneza de
corazón hacia aquellos a quienes Dios me ha unido
más estrechamente; ya esté solo o a la vista de los
hombres, en todas mis acciones está la vista de Dios,
que debe juzgarlas, y a quien las consagro todas.
He aquí cuáles son mis sentimientos, y bendigo
todos los días de mi vida a mi Redentor que los ha
puesto en mí y que, de un hombre lleno de debili­
dad, de miseria, de concupiscencia, de orgullo y de
ambición, ha hecho un hombre exento de todos es­
tos males por la fuerza de su gracia, a la cual toda
gloria es debida, sin tener de mí más que la miseria y
el error. (732)

n
i
El cristo de Pascal (colección ]. de B.).
LA VIDA EN LA IGLESIA

J esús, para Pascal, es ante todo el Cristo de los dolores,


y todo el misterio de su Agonía es que irradie alegría,
por el milagro eficaz de la caridad. La vida en la gracia
invierte todo lo que haya podido decirse de la naturale­
za humana. Pascal descubre el sentido de la Iglesia.

No se aleja uno sino alejándose de la caridad.


Nuestras plegarias y nuestras virtudes son abomi­
nables ante Dios, de no ser las plegarias y virtudes de
Jesucristo. Y nuestros pecados jamás serán objeto
de la misericordia sino de la justicia de Dios, si no son
los de Jesucristo. Adoptó nuestros pecados y nos
recibió en su alianza; pues las virtudes le son pro-

242
LA VIDA EN LA IGLESIA 243

pías y ajenos los pecados; y las virtudes nos son


ajenas y nuestros pecados nos son propios.
Cambiemos la regla que hemos empleado hasta
aquí para juzgar lo que es bueno. Teníam os por re­
gla nuestra voluntad, tomemos ahora la voluntad de
Dios: todo lo que quiere nos resulta bueno y justo,
todo lo que no quiere, malo.
Todo lo que Dios no quiere está prohibido. Los
pecados están prohibidos por la declaración general
hecha por Dios de que no los quería. Las demás
cosas que dejó sin prohibición general, y que por
esa razón se llaman permitidas, no están siempre
permitidas, con todo. Pues cuando Dios aleja algu­
na de nosotros y por el acontecimiento, que es una
manifestación de la voluntad de Dios, es notorio que
Dios no quiere que tengamos una cosa, se nos prohí­
be entonces como el pecado. Puesto que la voluntad
de Dios es que no tengamos ni el uno ni la otra. Sólo
hay una diferencia entre estas dos cosas, y es que es
seguro que Dios nunca querrá el pecado, en tanto
que no lo es que nunca quiera la otra. Pero en tan­
to Dios no la desee, debemos considerarla como peca­
do; en tanto que la ausencia de voluntad de Dios,
única que es toda la bondad y toda la justicia, la
torna injusta y mala. (648)
Para hacer de un hombre un santo es preciso por
cierto que intervenga la gracia, y quien lo dude no
sabe ni lo que es samo ni lo que es hombre. (654)
La ley no ha destruido la naturaleza, pero la ha
instruido: la gracia no ha destruido la ley, pero la
hace ejercer. La fe recibida en el bautismo es la fuen­
te de la vida del cristiano y de los conversos. (669)
244 LECTURA DE PASCAL

Siempre habrá gracia en el mundo, y también na­


turaleza, de suerte que es en cierto modo natural. Y,
asi, siempre habrá pelagianos, y siempre católicos, y
siempre combate; porque el primer nacimiento hace
a los unos, y la gracia del segundo nacimiento hace a
los otros. (674)
Imagínese un cuerpo lleno de miembros pensan­
tes. (704)
No hay que amar más que a Dios ni que odiar
más que a sí.
Si el pie hubiera desconocido desde siempre que
pertenecía al cuerpo, y que hubiese un cuerpo del
que dependiera, si no hubiera tenido más que cono­
cimiento y amor de sí, y se enterara de que pertene­
cía a un cuerpo del cual dependía, ¡qué pesar, qué
confusión por su vida pasada, por haber sido inútil
para el cuerpo que le infundió la vida, que lo hubie­
ra aniquilado en caso de haberlo rechazado y separa­
do de sí, como él por su parte hacía! ¡Qué ruegos de
ser conservado! ¡Y con qué sumisión se dejaría go­
bernar por la voluntad que rige el cuerpo, hasta
consentir en ser separado, de ser preciso!, o perdería
su calidad de miembro; pues es preciso que todo
miembro esté bien dispuesto a perecer por el cuerpo,
único por el cual todo es. (707)
Moral. Habiendo hecho Dios el cielo y la tierra,
que no sienten la dicha de su ser, quiso hacer seres que
lo conociesen y que com pusieran un cuerpo de
miembros pensantes. Pues nuestros miembros no
sienten la dicha de su unión, de la admirable inteli­
gencia que tienen, del cuidado que pone la naturale­
za en infundirles espíritus y en hacerlos crecer y durar.
LA VIDA EN LA IGLESIA 245

¡Cuán felices serían si lo sintieran, si lo vieran! Pero


para ello sería preciso que tuviesen inteligencia para
conocerlo, y buena voluntad para concordar con
la del alma universal. Pues si, habiendo recibido la
inteligencia, la usaran para retener en si mismos el
nutrimiento, sin dejarlo pasar a los otros miembros,
serían no solamente injustos sino además miserables
y antes se odiarían que se amarían: su beatitud, así
como su deber, consistiría en consentir ser conduci­
dos por el alma entera a la cual pertenecen, que los
ama más de lo que se aman ellos mismos. (709)
La verdadera y única virtud está pues en odiarse
(pues se es odioso por la concupiscencia) y en buscar
un ser verdaderamente amable, para amarlo. Pero
como no podemos amar lo que está fuera de nos­
otros, hay que amar un ser que esté en nosotros y
que no sea nosotros, lo cual es cierto de cada uno de
los hombres todos. Ahora bien, no hay más que el
Ser universa] que sea tal. El reino de Dios está en
nosotros: el bien universal está en nosotros, es nos­
otros mismos y no es nosotros. (712)
Es imposible que quienes aman a Dios con todo
su corazón desconozcan a la Iglesia: tan evidente así
es. Es imposible que los que no aman a Dios sean
convencidos por la Iglesia. (764)
La religión está proporcionada a toda suerte de
espíritus. Los primeros se quedan en el mero esta­
blecimiento; y esta religión es tal, que basta su estable­
cimiento para probar su verdad. Los otros llegan
hasta los apóstoles. Los más instruidos llegan hasta
el comienzo del mundo. Los ángeles la ven mejor
todavía, y desde más lejos. (836)
246 LECTURA DE PASCAL

Quienes creen sin haber leído los Testamentos, es


porque tienen una disposición interior muy santa y
que lo que oyen decir de nuestra religión concuerda
con ella. Sienten que Dios los hizo; no quieren amar
sino a Dios: no quieren odiar sino a si mismos. Sien­
ten que no tienen fuerza por sí mismos, que son
incapaces de ir a Dios, y que si Dios no acude a ellos
son incapaces de ninguna comunicación con 'él. Y
escuchan decir en nuestra religión que no hay que
amar más que a Dios ni odiar más que a sí mismos,
pero que, por estar todos corrompidos y ser incapa­
ces de Dios, Dios se hizo hombre para unirse a nos­
otros. No hace falta más para persuadir a hombres
que tienen semejante disposición en el corazón y que
tienen tal conocimiento de su deber y de su inca­
pacidad. (837)
En vez de quejaros de que Dios se haya escondido,
dadle gracias por haberse descubierto tanto; y dadle
más gracias por no haberse descubierto a los sabios
soberbios, indignos de conocer a un Dios tan santo.
Dos clases de personas conocen: quienes tienen el
corazón hum illado y que aman su bajeza, cualquie­
ra que sea su grado de espíritu, alto o bajo; o quie­
nes tienen espíritu bastante para ver la verdad, cua-
lesquier oposiciones que tengan. (839)
CRONOLOGÍA

(1602. Angélique Amauld, de 10 años de edad, es abadesa


del monasterio de Port-Royal des Champs.)
(1609, 25 de septiembre. “Jornada del postigo”. La madre
Angélique reforma el monasterio.)
1616. M a tr im o n io d e É tie n n e P ascal, elegido en la elección
de Clermont —nacido en 1588 de Martin Pascal, conse­
jero del rey, tesorero de Francia y general de sus finanzas
en la generalidad de Riom, y de Marguerite Pascal, de la
rama de los Pascal, señores de Mons—, c o n A n t o i n e t t e
B é g o n , nacida en 1596, hija de Victor Bégon, comer­
ciante, y de Antoinette de Fomfreyde.
1620. Nacimiento de Gilberte Pascal.
1623. 19 de junio. N a c im ie n to d e B la is e P a sca l, en Cler­
mont, calle des Gras.
1624. Enfermedad "de languidez” de Blaise, después de un
“maleficio” lanzado por una bruja.
1625. Nacimiento de Jacqueline. (Traslado de Port-Royal
a París.)
1626. Muerte de Antoinette Pascal, madre de Blaise.
1631. Étienne Pascal se establece en París con sus tres hijos,
pero conserva hasta 1634 su cargo de presidente del tri­
bunal de contribuciones de Clermont. Vive en la calle
de la Tisseranderie, cerca del Marais, y luego, cerca del
Luxemburgo, frente al hotel de Condé; por último, en
la calle Brisemiche, junto al claustro Saint-Merry. Un
ama de llaves, Louise Delfault, dirige la casa, pero Étien­
ne Pascal instruye en persona a sus hijos, según los pre­
ceptos de Montaigne.
Étienne Pascal frecuenta el salón de Mme. Sainctot, ex
amante de Voiture y hermana del poeta D'Alibray, per­
teneciente al grupo de los libertinos. Gracias al matemá­
tico Le Pailleur entra asimismo en contacto con los
medios sabios e ingresa en 1635 en la academia del padre
Mersenne, con Desargues, Roberval, etcétera.
247
248 CRONOLOGÍA

(1634. Saint-Cyran, director en Port-Royal. 1636-1642: la


madre Agnés. abadesa.)
1636-1637. Étienne Pascal y Roberval critican con viveza
el D is c o u r s d e la m i t h o d e y, en una controversia cientí­
fica, loman partido por Fermat, contra Descartes.
1638, Jacqueline Pascal —que ya en 1636 compuso e inter­
pretó, con las hijas de Mme. Sainctot, una tragedia en
cinco actos— escribe versos sobre la preñez de la reina;
es presentada en la corte de Ana de Austria en Saint-
Germain. Étienne Pascal, por haber protestado contra
una medida fiscal relativa a las rentas sobre el ayunta­
miento, se retira a Auvernia para salvarse de la Bastilla.
1639, febrero. Jacqueline, después de haber actuado ante
Richelieu, implora y obtiene perdón para su padre, quien
en noviembre es llamado a Ruán en calidad de comi­
sario diputado por Su Majestad para imposición y re­
caudación de tallas.
1640, enero. Represión sangrienta de un motín en Ruán,
bajo las órdenes del canciller Séguier, asistido por Étien­
ne Pascal.
1640. Primera obra impresa de Blaise Pascal: E s sa i s u r les
c o n iq u e s (teorema del hexagrama místico, descubierto
siguiendo los trabajos de Desargues. de Lyon).
(1640. A u g u s t i n u s , obra póstuma de Jansenio, obispo de
Ypres.)
1641. 13 de junio. Gilberte Pascal casa con su primo Flo­
rín Périer.
1642. Blaise Pascal, que ayuda a su padre en sus funciones,
intenta construir una m á q u i n a a r itm é tic a para facilitar
los cálculos de impuestos.
(1643. Muerte de Saint-Cyran. Influencia de Amauld en
Port-Royal.)
1643. Bajo la influencia de Jean Guillebert, cura de Rou-
vi lie. cerca de Ruán, amigo de Antoine Amauld y discí­
pulo de Saint-Cyran, invade Normandia un movimiento
de "conversión". Varios amigos de la familia Pascal
pertenecen al medio "rouvillista".
1645. Publicación por Pascal de la i M t r e d é d ic a to ir e a
CRONOLOGÍA 249

M g r le C h a n c e lie r s u r le s u je t d e la n o u v e lle m a c h in e
[ a r ith m é tiq u e ] in v e n té e p a r le s ie u r B la is e P a sc a l. Pero
no le será concedido el privilegio hasta 1649, y el modelo
definitivo de la "pascalina” —el quincuagésimo ensa­
yo, se dice— no será concluido sino en 1652.
1646, enero. Por haberse dislocado un muslo, Étienne Pas­
cal es atendido por dos “rouvillistas”, los hermanos
Deschamps, antiguos espadachines convertidos en ciru­
janos improvisados y que, al permanecer tres meses en
la casa, ganan la devoción primero de Blaise, luego de su
padre, sus hermanas y su cuñado Périer. Más que de
jansenismo, más vale hablar aquí de la influencia de los
escritos de Saint-Cyran y también, sin duda, de la F ré-
q u e n t e c o m m u n i o n de Amauld (publicada en 1643).
Pero es inexacto que Pascal, “convertido", renunciara
entonces a sus trabajos científicos.
1646, agosto-noviembre. Con el matemático Pierre Petit,
amigo de Gassendi, Pascal y su madre repiten en Ruán
la experiencia de Torricelli sobre el vacío que queda en
un tubo al descender una columna de mercurio. Exis­
te un acta de sus ensayos.
1647, febrero. Jacques Forton, llamado hermano Saint-
Ange, excapuchino de tendencia racionalista, personaje
bastante singular y espíritu aventurero, pronuncia con­
ferencias en Ruán. Pascal y dos de sus jóvenes amigos
entran en controversia con él y lo apremian para que
retire ciertas proposiciones temerarias. Ame su denega­
ción, recurren al coadjutor, Jean-PierreCamus, y luego,
hallándolo poco severo, someten el caso al arzobispo. El
hermano Saint-Ange acaba por retractarse. La interven­
ción de Pascal y sus amigos les ha sido reprochada a
veces como una denuncia, lo cual es agravar las cosas.
Se trataba de reintegrar a mejor teología a un sacerdote
un tanto extravagante; de ningún modo de atraer sobre
él el brazo de la Inquisición.
1647, 23-24 de septiembre. Pascal, enfermo y en París con
su hermana Jacqueline, tiene dos entrevistas con Descar­
tes, la primera en presencia de Roberval. Parece que
250 CRONOLOGÍA

Desearles, curioso por conocer al joven sabio de quien


se hablaba ya mucho, no encontrara con él verdadero
terreno dónde entenderse. En adelante su desacuerdo
acerca del vacío tuvo que oponerlos.
1647, 4 de octubre. Pascal publica sus E x p é r ie n c e s n o u v e -
lies to u c h a n t le vid e ; redacta su P réfa ce p o u r u n tra ité
d u vid e ; inicia una discusión que no tarda en envene­
narse con un jesuita, el R. P. Noel, rector del Collége de
Clermont, en París ( R é p o n s e a u tre s b o n R . P. N o e l,
oct. 1647, y L e ttr e h M . L e P a ille u r , feb. 1648). El 15 de
noviembre, Pascal escribe a su cuñado Périer una carta
donde lo invita a intentar en el Puy-de-Dóme una expe­
riencia destinada a verificar las hipótesis de Torricelli.
La experiencia será realizada el 19 de septiembre de 1648
y será repetida por Pascal en París, en la torre de Saint-
Jacques de la Boucherie, permitiéndole concluir que
"la Naturaleza no siente ninguna repugnancia hacia el
vacío”.
(1648. En este año el monasterio de Port-Royal es tras-
ferido a los Champs.)
1648, marzo. Regresando de la física a las matemáticas,
Pascal escribe (en latín) un ensayo sobre la generación
de las secciones cónicas, hoy perdido, un manuscrito
que pudo utilizar Leibniz.
1648, julio. Étienne Pascal retorna a instalarse en París,
calle de Touraine (en el Marais). Halla a sus hijos en
relaciones con Port-Royal, adonde van a escuchar los
sermones de Singlin y charlan con Antoine de Rebours
(carta de Blaisc a Gilberte del 1de abril de 1648;. Jacque-
line, que está en relaciones con las madres Angélique y
Agnés, manifiesta la intención de retirarse al monaste­
rio. Su padre se opone y Blaise la apoya.
1648, octubre. Blaise Pascal publica el R i c i t d e la g r a n d e
e x p é r ie n c e d e l ’é q u i lib r e d e s liq u e u r s .
1649, mayo. Étienne Pascal, durante los trastornos de la
Fronda, se retira con sus hijos a Clermont. Jacqueline
vive en su casa como redusa; Blaise trabaja sobre todo
en la máquina aritmética.
CRONOLOGÍA 251

1650. noviembre. Regreso a París.


1651, julio-agosto. Pascal publica dos L e ttr e s h M . d e R i -
b e y re , para defender sus derechos de prioridad en las
investigaciones sobre el vacio, que habían sido puestas
en tela de juicio. Lo hace con acritud. Redacta al mismo
tiempo, sin concluirlo, un T r a i t i d u v i d e cuyos frag­
mentos no aparecerán hasta después de su muerte.
1651, 24 de septiembre. Muerte de Étienne Pascal (carta de
Blaise al matrimonio Périer el 17 de octubre). Jacque-
line cede a Blaise su parte de herencia: él se compromete
a pagarle una renta. Los meses siguientes transcurren
en discusiones entre hermano y hermana; Blaise intenta
impedir la entrada de Jacqueline en Port-Royal. (Se
encuentra el eco de este debate en una carta de Jacqueline
a su hermano del 7 de mayo de 1652.)
1652, 4 de enero. Jacqueline Pascal entra en Port-Royal
después de haberle pedido a su hermana Gilbene que le
ahorrara los adioses de Blaise, quien “se retira muy
triste a su cuarto”. Según Mme. Périer, de ese tiempo
data el "periodo mundano" de Pascal.
1652, abril. Pascal presenta la máquina aritmética y ex­
pone su teoría del vacío en el salón de Mme. d ’Aigui-
llon. En junio escribe una L e ttr e a la r e in e C h r is tin e d e
S u b d e , p o u r l 'e n v o i d e la m a c h in e a r it h m é tiq u e , donde
esboza su tesis de los órdenes de realidad; el de los espí­
ritus rebasa al de los cuerpos (como el de la caridad, dirá
más tarde, rebasa infinitamente al de los espíritus).
1652, octubre. Viaje y larga estancia de Pascal en Clermont;
se informa que estuvo “continuamente al lado de una
bella sabia”.
1653, mayo. Regreso a París. Pascal y su hermana Gilberte
se oponen vivamente a la intención de Jacqueline, que
quiere donar sus bienes al monasterio de Port-Royal.
Esta resistencia hirió profundamente a la joven novicia,
que la madre Angélique estaba a punto de aceptar sin
dote, cuando Blaise de pronto aceptó un arreglo en el
cual se mostró generoso. Pero guardó rencor a Port-
Royal bastante tiempo. Jacqueline profesó el 5 de junio.
252 CRONOLOGÍA

(1653, 31 de mayo. Bula de Inocencio X condenando las


“cinco proposiciones” extraídas del libro de Jansenio.
Se inicia la gran querella jansenista.)
1653. Pascal escribe los dos tratados del equilibrio de los
liquidas y de la pesantez de la masa de aire (póstumos,
1663), y en 1654 el T r a ité d u tr ia n g le a r it h m é tiq u e (pos­
tumo, 1665) y la A d r e s s e h l'A c a d é m ie p a r is ie n n e d e
m a th é m a ti q u e s (conservada en una copia de Leibniz),
donde anuncia triunfalmente la invención inminente
de una "geometría del azar”.
1653. septiembre (?). Viaje de Pascal a Poitou (Poitiers.
Oiron, Fontenay-le-Comte), en compañía del duque de
Roannez, del caballero de Méré y de Damien Mitton,
que son sus principales amigos mundanos. Por ellos
se acerca más a los círculos donde casi abiertamente se
hada profesión de descreimiento. Su hermana Gilberte
escribe que en esa misma época adquirió el aire y moda­
les de la corte “con tanta soltura como si ello lo hubiera
alimentado toda la vida”. Se lanza asimismo a diversas
empresas lucrativas. Pero esta existencia mundana dura­
rá poco.
1654, septiembre. Presa de "un gran desdén del mundo” y
de “un asco insoportable hacia todas las personas de
aquél" (Jacqueline a Gilberte, 8 dic., 1654), Pascal se
acerca a su hermana religiosa y te confía su confusión.
Deja la calle de Beaubourg para alojarse en el Faubourg
Saint-Miche!.
1654, 23 de noviembre. Noche de la conversión de Pascal,
cuyo recurso es conservado en su famoso memorial (el
pergamino que cosió en el forro de su jubón).
1655, 7-21 de enero. Primer retiro de Pascal en Port-Royal
des Champs. Plática con DeSaci. Pero Pascal permanece
en el mundo; convierte al duque de Roannez.
1656, Condenación de Arnauld por la Sorbona. Pascal,
que pasaba unos dias en Port-Royal, será arrastrado a la
polémica.
1656,23 de enero. Primera P r o v in c ia le . Las otras se sucede­
rán con intervalos de 15 dias a un mes, hasta enero de
CRONOLOGÍA 253

1657, más el 24 de marzo y el 1 de junio de 1657. Son


puestas en el índice el 6 de septiembre.
1656, 24 de marzo. El milagro de la Santa Espina acontece
en Port-Royal de París. Beneficia del milagro la propia
sobrina de Pascal, quien parece muy impresionado.
1656, agosto-septiembre. Pascal escribe a Charlotte de
Roannez, hermana de su amigo, las cartas edificantes
de las que poseemos importantes fragmentos. Trabaja de
seguro en este momento en su gran apología de la reli­
gión cristiana.
1657, Pascal colabora en la redacción de los F a c tu m s d e s
C u r e s d e P a rís (dic. 1657 a jul. 1658), que prolongan la
polémica contra los jesuítas y conducen a la condenación
de la A p o lo g ie p o u r les c a s u iste s del padre Pirot. Pascal
compone al mismo tiempo sus É c rits s u r la gr&ce, que
no serán publicados hasta 1779, y unos É lé m e n ls d e
g é o m é tr íe destinados a los alumnos de Port-Royal y que
no se han conservado. Pero su principal ocupación es
evidentemente la preparación de la apología. Reanuda
sin embargo, en forma muy activa, sus trabajos cientí­
ficos.
1658, junio-julio. P r e m ie r e le ltr e c ir c u la ir e re la tiv e h la
c y c ío id e . Pascal lanza un retoa los matemáticos de Euro­
pa acerca del "problema de la ruleta". Se genera toda
una correspondencia pública, hasta mediados de 1659. a
propósito de este concurso, con Carcavi, Sluse. Huyg-
hens, Wallis. el padre Lalouére. Pascal se apasiona mu­
cho y se atrae réplicas vivas. Es probable que en la misma
época escriba el A r t d e p e r s u a d ir y el E s p r it g é o m é tr íq u e
(pósiumos). y hacia este mismo momento (octubre-
noviembre de 1658, según Lafuma) puede situarse su
conferencia en Port-Royal acerca del plan de la apolo­
gía, exposición que Fiileau de la Chaise redactará en
1672 según sus recuerdos o los de otros oyentes, y según
los manuscritos de los P e n s a m ie n to s .
1659, febrero. Una carta de Carcavi a Huyghens nos revela
que la enfermedad que Pascal padece desde hace mucho
adquiere formas inquietantes. Cae en un estado de pos­
254 CRONOLOGÍA

tración que se vuelve casi continuo, al decir de los testi­


gos, y parece interrumpir todo trabajo seguido.
1660, mayo a septiembre. Estancia en Bien-Assis, cerca de
Clermont, en casa de su hermana Gilberte Périer. En
Auvernia como en París, Pascal lleva una existencia
cada vez más austera y la preocupación por socorrer a
los pobres se impone. Escribe sin duda durante este
periodo la F rie re p o u r le b o n u sa g e d es m a la d ie s, y
probablemente los tres D is c o u r s s u r la c o n d itio n des
g r a n d s , destinados al joven duque de Chevreuse, que
Nicole publicará más tarde.
1661, 1 de febrero. La asamblea del clero exige que todo
eclesiástico firme el “formulario" de marzo de 1657 acer­
ca de la condenación de Jansenio. El consejo de Estado
confirma esta decisión. Las Pequeñas escuelas de Port-
Royal son dispersadas y se prohíbe al monasterio recibir
a nuevas religiosas. Arnauld y sus amigos replican el 8
de junio y obtienen un M a n d e m e n t de los grandes vica­
rios que admite la distinción entre el derecho (las cinco
proposiciones son condenables) y el hecho (están o no
están en Jansenio). El mandamiento es anulado en julio.
1661, 4 de octubre. Muerte de Jacqueline Pascal, a quien el
drama de conciencia de la firma había afectado pro­
fundamente.
1661, 31 de octubre. Nuevo M a n d e m e n t ordenando firmar
pura y sencillamente el formulario, sin distinción. Ar­
nauld es partidario de firmar. Pascal, Roannez y el juris­
ta Domat se pronuncian por la intransigencia. É c r it s u r
la s ig n a tu r a de Pascal (fecha exacta desconocida). Ante
la resistencia opuesta a sus puntos de vista por Port-
Royal, Pascal “se retira" de cualquier controversia.
1662, enero. Retornado a preocupaciones muy diferentes,
Pascal obtiene cartas patentes para una empresa de trans­
portes en común, las “carrozas de cinco sueldos", pri­
mera linea de ómnibus parisienses que es inaugurada el
18 de marzo (véase carta de Gilberte Périer al señor de
Pom|x>nne, narrando el acontecimiento).
1662, 29 de junio. Pascal se hace transportar a casa de su
CRONOLOGÍA 255

hermana Périer en )a parroquia de Saint-Étienne-du-


Moni. El 4 de julio se confiesa al cura, el P. Beurrier, y
ve varias veces al señor de Saintc-Marthe, confesor de
Port-Royal, que vivia escondido por entonces. El 3 de
agosto redacta su testamento, recibe la extremaunción
el 17 de agosto.
1662, 19 de agosto, a la una de la mañana. Muerte de Pascal.
(1664. Gran persecución del jansenismo hasta la Paz de la
Iglesia de 1668.)
1670. Primera edición de los P e n s a m ie n to s (P e n sie s).
(1709. Destrucción total de Port-Royal.)
JUICIOS

T ras el pensamieruo de Pascal se ve la actitud de este es­


píritu firme y sin pasión. Esto es, sobre todo, lo que lo
hace muy importante.
Joi'Bmr

Érase un hombre que. a los 12 años, ron rayas y redon­


deles, creó las matemáticas: que, a los 16, escribió el más
sabio tratado sobre las crónicas hecho después de la Anti­
güedad; que. a los 19, redujo a máquina una ciencia que
existe entera en el entendimiento; que, a los 23, demostró
los fenómenos de la fresante/, del aire y destruyó uno de los
grandes errores de la antigua física; que, a la edad en que
los demás hombres empiezan aireñas a nacer, habiendo
acabado de recorrer el círculo de las ciencias humanas, se
dio cuenta de su nadería y volvió sus pensamientos liada la
religión; que, desde aquel momento hasta su muerte, lle­
gada en su trigésimo noveno año, siempre achacoso y
adolorido, fijó el lenguaje que hablaron Bossuet y Ráeme,
puso el modelo de la más perfecta broma tanto como del
razonamiento más fuerte; que, en fin, en los breves inter­
valos entre sus males, resolvió por pasatiempo uno de los
más altos problemas de la geometría y garabateó pensa­
mientos que tanto tienen que ver con Dios como con el
hombre. Este genio aterrador se llamaba Blaise Pascal.
C lIA IK AItHK IA M )

(atando leo a Pascal, me parece releerme. Creo que, en­


tre todos los escritores, es aquel a (fuien más me parezco
|xir el alma.
S'IKNIIIIAI.

257
258 JUICIOS

Que Pascal, inflamado por el ascetismo, se empeñe en


adelante en vivir entre cuatro paredes desnudas, con sillas
de paja, está bien, es hernioso y grande.
C iiari.es Bai'delaire

Como todos los cristianos verdaderamente grandes. Pas­


cal se guardaba de despreciar lo antiguo. Sabía demasiado
que habían existido Roma y Grecia. Y la filosofía y la
sabiduría antiguas. Y un pensamiento laico y un pensa­
miento profano. Y hasta una ciencia antigua. Y una figu­
ración temporal. Sabia de sobra que había existido la ciu­
dad antigua. Y yendo, romo siempre lo hacía, hasta el
meollo mismo del debate, y yendo en seguida, como geó­
metra. hasta los m a x i m a . se dio clara cuenta de que el
estoicismo daba, estaba encargado de dar. el máximo de
la grandeza antigua s u b s p e c ie . desde el punto de vista de la
grandeza cristiana, el máximo de la naturaleza desde el
punto de vista de recibir la gracia, el máximo del héroe (y
del mártir) desde el punto de vista del santo y del mártir, el
máximo del hombre sin Dios desde el punto de vista de
Dios, el máximo del mundo sin Dios desde el punto de vis­
ta de Dios.
C hari .es Pfr.trv

¿Qué podría yo decirles a ustedes de los jansenistas,


cuyo solo nombre me da convulsiones? Con excepción de
Pascal, que fue un gran poeta fulminado por las matemá­
ticas, con excepción, quizá también, de Arnauld, quien
dejó traducciones estimables, no veo en ellos más que a
herejes llenos de hipocresía y pedantes espantosos como
Nicole o Lancelot.
LEon Bt.ov

T erro r, aterra d o , aterrador; s ile n c io etern o ; u n iv e rso m u ­


d o , así habla de lo que la rodea una de las inteligencias
JUICIOS 259

más poderosas que hayan existido. Se resiente, se pinta y


se lamenta como un animal acosado; pero, por añadidura,
se acosa a sí misma, excita los grandes recursos que hay en
ella, las potencias de su lógica, las virtudes admirables de
su lenguaje, para que corrompan todo lo que es visible y
no es desolador. . . Me hace pensar invenciblemente en ese
ladrido insoportable que dirigen los perros a la Luna;
pero este desesperado, capaz de la teoría de la l.una. lanza­
ría su gemido igual de bien contra sus cálculos... No
puedo impedirme pensar que hay sistema y trabajo en esta
actitud perfectamente triste y en este absoluto del asco.
Una frase bien acordada excluye la renunciación total.. .

P a u i . VAI.ÉRY

¿Cuánto no se ha hablado del genio tembloroso y ate­


rrado de Pascal? Pues ¿quién ha conocido mejor el apaci­
ble amor? Parece que le fuera escatimada cualquier noche
oscura de los místicos. A ningún otro corazón fue más
sensible Dios. Pascal escapa de lo más sombrío del janse­
nismo porque se sabe preferido, se sabe elegido.. .

F ranqois M auriac

Pascal, el más grande de los franceses...

JlU.IKN G RKEN
BIBLIOGRAFÍA

Véase ia B ib lio g r a p h ie des CEuvres d e P a sca l, por Alben


Maire, París, Giraud-Badin, 1925-1927, 5 vols.

E diciones

(E u v re s c o m p le te s , publicadas por Brunschvicg, Boutroux


y Gazier, Hachette, col. de los "Grands Écrivains”,
1904-1925, 14 vols.
(E u v r e s c o m p le te s , publicadas por Fortunar Strowski,
Ollendorff, 1923-1931, 3 vols.
(E u v re s c o m p le te s , anotadas por L. Lafuma, prefacio de
H. Gouhier, Le Seuil, col. ’TIntégrale”, 1963, 1 vol.
encuadernado.
(E u v re s c o m p le te s , 1.1, texto establecido, presentado y ano­
tado por Jean Mesnard, Desclée de Brouwer, col. "Bi-
bliothéque europécnne", 1964.
L ’o e u v re d e P a sca l, texto establecido y anotado por Jacques
Chevalier, Gallimard, col. “la Pléiade", 1936, 1 vol.

L o s P e n s a m ie n to s (P e n sé e s)
(ediciones que han hecho época)

1670. P e n sé e s d e M . P a sc a l s u r la R e l ig ió n e t s u r q u e l q u e s
a u lr e s s u je ts , edición llamada de Port-Royal. Prefa­
cio de Étienne Périer (2* ed.. 1678).
1776. Edición Condorcet (comentada por Voltaire).
1779. Bossut (con inéditos).
1844. Faugére (clasificación nueva, sugerida por Victor
Cousin).
1852. Emest Havet (con importante comentario).
1877. Auguste Molinier (según el “plan de Pascal’’).
261
262 BIBLIOGRAFIA

1896. Gustave Michaut (orden del manuscrito).


1897. Léon Brunschvicg (O p u s c u le s e t P en sé es, llamada
"pequeña edición Brunschvicg"; reeditada constan­
temente).
1904. "Gran edición Brunschvicg" (en lasobrascompleias).
1905. Reproducción fototípica del manuscrito, por Bruns­
chvicg.
1925. Jacques Chevalier (según el plan de Pascal; texto
repetido en la Pléiade en 1936 y reeditado, con co­
rrecciones, en 1949).
1929. Henri Massis (repetida en 1950).
1937. J. Dedieu (comentada).
1938. Zacharie Toum eur (orden de la copia; repetida con
retoques en la edición paleográdca de Toumeur, en
1942).
1947. Louis Lafuma (orden de la copia, más numerosas
lecturas nuevas; 2J edición, revisada, 1952).
1951. Louis L.afuma (edición critica, llamada “de los ma­
nuscritos").

Estudios
Véase Bernard Amoudru, L a v i e p o s t h u m e d es P e n sé es,
1936.
Sainte-Beuve, P o r t- R o y a l, 1840-1859.
Alexandre Vinet, E lu d e s s u r P ascal, 1848.
Émile Boutroux, B la ise P a sca l, 1900.
Fortunai Strowski, P a sca l e t s o n te m p s , 1907.
Jacques Chevalier, P a sca l, 1923 (edición renovada, 1949).
Léon Brunschvicg, L e g é n ie d e P a sc a l, 1924. P ascal, 1932.
P a sca l e t D escartes, le c te u rs d e M o n ta ig n e , 1942.
Abate Henri Bremond, L ’É c o le d e P o r t-R o y a l, 1925.
Ernest Jovy, E lu d e s p a s c a lie n n e s , 9 vol., 1929-1936.
Georges Desgrippes, E lu d e s s u r P a sc a l, 1935.
Zacharie Tourneur, U n e v ie a v e c P a sca l, 1943,
Émile Baudin, L a p h ilo s o p h ie d e P ascal, 4 vols., 1946-1947.
Pierre Humbert, L 'o e u v r e s c ie n t ifiq u e d e P ascal, 1947.
Gilbert Chinan!, E n lis a n t P a sca l, 1948.
BIBLIOGRAFÍA 263

Jeanne Russier, ¡ m f o i s e lo n P a sca l. 2 vols., 1949.


I. ouis Lafuma, R e c h e r c h e s p a s c a lie n n e s , prefacio de A.
Béguin, 1949.
Henri Ijrfebvre, P a sca l. 2 vol., 1949-1955.
Jean I .apone, I .e c o e u r e l la ra is o n s e lo n P a sca l. 1950.
Antoine Adam, L 'é p o q u e d e P a sca l, 1951.
Jean Mesnard, P a sca l, l 'h o m m e e t l ’o e u v re , 1951.
Charles Journei, V é r ité d e P a sca l, 1951.
Louis I.afuma, C o n tr o v e r s e s p a s c a lie n n e s , 1952.
Léon Brunschvicg, B la is e P a sc a l (estudios reunidos por
G. Lewis), 1953.
Jean Demores!, D a n s P a sca l. 1954.
Jean Steinmann, P a sca l, 1954 (nueva edición, 1962).
L. Lafuma. l l i s l o i r e d e s P e n sé e s d e P a sc a l, 1954.
Gcorges Brunei. L e p a r í d e P a sca l, 1955.
Luden Goldmann, L e D ie u c a c h é , 1956.
J. Demorest, P a sc a l é c r w a in , 1957.
G. Leroy, P ascal, s a v a n t e t c r o y a n t, 1957.
G. Grand, E x p l i q u e z - m o i les P e n sé e s d e P a sca l, 1958.
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M. Pcrroy, L e s P ascal, un tr io fr a te r n e l (Blaise, Gilberte,
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G. Brunel. U n p r é te n d u tr a ité d e P a sca l- le D is c o u r s s u r
les p a s s io n s d e 1‘a m o u r , 1959.
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1942, 1959.
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Ensayos

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ki). 1919.
Maurice Barres, D a n te , P a sca l e t R e n á n , 1923.
Paul Valíry, V a rié té, l , 1923.
I.éon Chestov, L a N u i t d e G e th s é m a n i, essa i s u r la p h i -
lo s o p h ie d e P a sca l, 1923.
H.-F. Stewart, S a in te té d e P a sca l, irad. francesa, 1923.
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P a s ta l e l sa sa e u r J a c q u e lin e , 1931.
K. Guardini, C h r is tlic h e s B e w u s s ts e in , 1935 (trad. fran­
cesa. P a s c a lo u le á r a m e d e la c o n s c ie n te c h r é tie n n e , 1951).
Charles Plgtiy, P a sc a l (textos de 1901-1913 reunidos por
J. Riby), 1947.
H. Massis. l'is a g e s d e s id ees, seguido de .4 c o n tr e c o u -
ra n l, 1959.
NOTA SOBRE LAS EDICIONES
DE LOS "PENSAMIENTOS”

Desde la edición de Port-Royal (1670) hasta nuestros días,


los fragmentos de la apología pascaliana han sido impre­
sos siguiendo un orden que no ha dejado de ser retocado,
pues cada época reinicia la labor según principios nuevos.
Unas veces se ha intentado seguir sencillamente el orden
del manuscrito original o de su principal copia, otras
realizar una clasificación que permita una lectura siste­
mática, otras, en fin, reconstituir el plan presunto de la
obra, que Pascal dejó en elaboración. El problema no
carece de importancia, pues rada uno de estos métodos
sugiere una lectura particular y coloca la obra bajo una
luz que puede serle más o menos favorable. Dejemos aquí
a un lado las ediciones antiguas y contentémonos con
examinar brevemente las que se siguen proponiendo al
lector de hoy, o ruando menos las principales de éstas.
1) I.as diversas ediciones Brunschvicgque, continuando
a Ernest liavet. han constituido realmente el Pascal de la
primera mitad de este siglo, pertenecen a la categoría de
las ediciones sistemáticas. Regidas por las preocupaciones
de una época y de una filosofía, ofrecen una ordenación
muy inteligente de los pensamientos relativos a la antro­
pología y la epistemología, pero remiten a una segunda
pane inarticulada todo lo que es propiamente apologéti­
co. El resultado ha sido que cada vez se ha insistido más en
el Pascal moralista y en su visión pesimista del hombre,
sin conceder la importancia necesaria a su espiritualidad
cristiana y a su ascenso hada la alegría.
2) I.as dos ediciones Jarques Chevalier reptesentan el
intento más inteligente que haya sido realizado por descu­
brir en los P e n s a m ie n to s el trazo y la arquitectura de la
apología en la que trabajaba Pascal. Chevalier se apoya,
pata establecer este orden, por una parte en ciertos textos
265
266 EDICIONES DE LOS "PENSAMIENTOS"

pascalianos que indican las líneas generales de planes par­


ciales. y por otra parte en el D is c o u r s de Filleau de la
Chaise, quien relata una exposición hecha [xir Pascal en
Port-Royal. Este último documento no es absolutamente
probatorio, por haber sido redactado largo tiempo des­
pués de la conferencia en cuestión, pero, combinado con
los manuscritos pascalianos e interpretado con cuidado,
es un auxiliar inapreciable. Leer a Pascal en Chevalier
después de practicarlo largo tiempo en Brunschvicg es
descubrirle una nueva vida y, a través del edificio cuyos
fines apologéticos sobresalen, seguir un movimiento inte­
rior que tiene en sí mismo su garantía.
3) Las dos ediciones Tourneur y las ediciones Lafunta
se atienen al principio de la fidelidad a los documentos
tales como nos han llegado. Pero, en tanto que durante
largo tiempo serlo se consultaba el manuscrito de mano de
Pascal, enredado en [iarte al ser pegado más tarde (aunque
el recorte en hojas pequeñas parece haber sido, contra la
leyenda, obra del propio Pascal). Tourneur sospechó y
L.afuma demostró que una copia conservada en la Biblio-
théquc Nationale merece, en cuanto al orden de los textos,
más crédito que el manuscrito, pues fue establecida antes
del pegamiento y conserva una ordenación que es cierta­
mente de Pascal. Se impone, con lodo, una reserva: esta
clasificación, que por lo demás deja en montón un volu­
men considerable de textos, no es, muy verosímilmente, la
que Pascal había decidido (rara la redacción de la obra. No
hay que ver en ella sino una clasificación hecha |x>r como­
didad, para facilitar el trabajo del autor, como bien lo
reconoció Louis I .afuma; por una parte, mejoró conside­
rablemente el desciframiento de los textos y, por otra, esta­
bleció una edición en adelante indispensable para lodo
estudio serio de Pastal. Esto no quiere decir que en ade­
lante haya que seguir el orden de esta edición; para la
lectura y la meditación preferimos siempre un Pastal lo
más próximo posible a lo que hubiera sido la obra con­
cluida, y despojado así de esos andamiajes que constitu­
yen la transcripción minuciosa de los documentos y la
EDICIONES DE LOS "PENSAMIENTOS’ 267

estricta fidelidad a su estado material. Hay que trabajar


fundándose en Lafuma, pero leer, por ejemplo, a Cheva-
lier, donde se encontrará, vivo, a un Pascal liberado de los
vendajes de la ciencia de la historia.
NOTA SOBRE LAS ILUSTRACIONES

El retrato de Pascal que presentamos en la cubierta y en la


p. 157 del presente libro no se conocía. Ulysse Moussalli,
quien lo descubrió, tuvo la amabilidad de autorizarnos
para reproducirlo y piensa poder atribuirlo con certeza a
Philippe de Champaigne y fecharlo en 1656-1657.1.o ha
demostrado mediante un análisis fisonómico y por con­
frontación con la mascarilla mortuoria, en un trabajo in­
titulado L e v r a i v is a g e d e P a sc a l (Pión, 1952). Nos adhe­
rimos por entero a sus conclusiones.
Los dibujos de las pp. 15 y 16 proceden de la obra de G.
Rouchon N o tr e - D a m e d e C A erm o n t (vol. 73 de “ L’Auverg-
ne littéraire. artistique, historique”).
Las fotografías que ilustran las pp. 48,49,62 (abajo), 84
y 127 son de Patrice Molinard y figuran en su álbum sobre
P o r t- R o y a l des C h a m p s (Éd. Sun, París).
Los fragmentos manuscritos de las pp. 80, 191-192,198,
228 y 233 proceden de la reproducción fototípica dada por
P.-L. Couchoud (D isc o u rs d e la c o n d i tio n d e l ’h o m m e .
Albín Michel, París, 1948).
Señalemos también que nos ha resultado particular­
mente provechoso poder recurrir a la riquísima iconogra­
fía establecida por Augustiti Gazier acerca de P o r t- R o y a l
a u X l ' l f s ít e le (Hachette. París, 1909), asi como a la obra
preparada por Paul Vallier (Clermont-Ferrand, 1923), R la i-
se P ascal, q u e lq u e s s o u v e n ir s s u r lu í e l les sie n s.
Damos las gracias, por último, a Louis Lafuma, cuyos
consejos nos han sido una gran ayuda y a quien debemos,
en particular, el haber podido reproducir el D isto de Pas­
cal que figura en la p. 241 de esta obra.

269
ÍNDICE

P resentación

Un genio j u v e n i l .................................................. 11
Una conquista m e t ó d i c a ..................................... 55
Pascal sin h i s t o r i a .................................................. 85

L ectura de P ascal

El gozo de inventar y de c o n o c e r .......................161


El espíritu de c o m b a t e ......................................... 166
La c o n v e rs ió n ............................................................ 174
El arte de p e r s u a d i r ............................................. 177
¿Quién es este hombre? ....................................... 185
El vértigo ................................................................ 209
El hom bre no está solo .......................................216
La a p u e s t a ................................................................ 221
El corazón ................................................................229
El m isterio de J e s ú s ............................................... 234
La vida en la Iglesia ........................................... 242

C r o n o l o g í a ................................................................247
J u i c i o s ........................................................................ 257
B ib lio g r a f ía ................................................................ 261
Nota sobre las ediciones de los “ Pensam ientos” 265
Nota sobre las ilustraciones .............................. 269

271
taise Pascal (1623-1662). hombre de su tiempo, concilio
el estilo del pensamiento directo con el arte de una retórica
persuasiva, que empleaba a un tiempo la paradoja,
el asombro y la sorpresa. Esta característica estaría presente
por igual en los dos objetos de su estudio: las ciencias
físicas y la antropología cristiana.
En el presente ensayo, que además incluye una selección
y análisis de los textos pascábanos. Albert Beguin difiere
de la percepción tradicional —que tanto sedujo a los
románticos—de un Pascal sombrío y atormentado, cuya voz
clamaba, "en la noche de la desesperación, los más hermosos
gritos de angustia espiritual que jamás hayan sido proferidos".
Asimismo, el autor se aparta de la crítica "injusta" de Paul
Valéry. de las bellas pero equívocas páginas de Chateubriand
y de la imagen del cristiano, presa de oscuros humores,
que tanto celebraba Voltaire. En cambio, nos invita a descubrir
a un precursor del pensamiento moderno, cuya conversión
al cristianismo lo animó a escribir sus P e n sa m ie n to s para
conducir a los "hombres sin Dios". Hallamos aquí a un Pascal
"violento, imperioso, anhelante de vencer y convencer,
consciente de su fuerza y deseoso de verla reconocida",
un hombre "cuya pasión fue menos dolorosa que
conquistadora".
A lbert B eg u in (Suiza. 1901-ltalia. 1957) fue un critico literario y reconocido
especialista del romanticismo alemán y de la poesía francesa del siglo xx.
Estudió letras en la Universidad de Ginebra y en la Sorbona. Dirigió
la colección Cahiers du Rhóne. donde abogaba por la defensa
de los valores intelectuales y espirituales de los pueblos en guerra.
De su autoría, el fce ha publicado también Creación y destino (1986)
y León 8loy. místico del dolor (2003).

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