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Solapa y contra solapa

El hombre se pregunta hoy cuál debe ser su actitud frente a los conflictos del mundo en que vive:
¿adaptarse, o reaccionar? Cualquiera sea la respuesta que elija, pocas veces es una solución
para sus problemas interiores. Muchos intuyen que éstos se resolverían si los hombres lograran
un mayor desenvolvimiento interior. Pero no siempre saben qué es desenvolverse.
Desenvolverse interiormente es expandir el estado de conciencia. Uno de los problemas más
graves de nuestra época es que el hombre no cuenta con los medios adecuados a las
necesidades de su desenvolvimiento espiritual. Tampoco hay ideas claras acerca del significado y
del alcance de ese desenvolvimiento, ni de la manera en que afecta la relación entre el hombre y
la sociedad en que vive. En este trabajo se estudia esta relación, la forma en que cada estado de
conciencia determina una relación diferente del hombre con el medio, y la posibilidad de expandir
el estado de conciencia.
La expansión del estado de conciencia no es un aumento cuantitativo de la misma. No hay que
confundir crecimiento con transformación. La vida material es crecimiento, plenitud, decadencia y
fin. El desenvolvimiento interior no debe limitarse dentro del concepto de crecimiento. El alma
adelanta según una línea de crecimiento hasta que agota determinadas posibilidades. En ese
momento debe producirse en ella un cambio de una naturaleza diferente. Es decir, una
transformación. Esto significa: la expansión de su estado de conciencia.
Del mismo autor:
La Renuncia y el sentido de la existencia. Ediciones ADCEA, Bs. Aires, 1969.
La Ascética de la Renuncia, EMECE, Bs. Aires, 1970.
La crisis del éxito. Ediciones ADCEA, Bs. Aires, 1970.
DE LA MÍSTICA Y LOS ESTADOS DE
CONCIENCIA
JORGE WAXEMBERG

DE LA MÍSTICA Y LOS ESTADOS DE


CONCIENCIA

Queda hecho el depósito que previene la ley 11.728 Copyright by ADCEA, Esmeralda 1063, 2', Buenos Aires. Argentina
ÍNDICE

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PRÓLOGO
El hombre se pregunta hoy cuál debe ser su actitud frente a los conflictos del mundo en que vive:
¿adaptarse, o reaccionar? Cualquiera sea la respuesta que elija, pocas veces es una solución
para sus problemas interiores.

El hombre actual quiere profundizar en los problemas. No se satisface con salidas superficiales.
Siente la necesidad de comprometerse. Pero esta necesidad se transforma en angustia cuando
inquiere cómo comprometerse. Él está llegando a dudar de su propia identidad y de la
autenticidad de sus actitudes, como si su adaptación o su rebeldía no le fueran propias sino
producidas por un medio que absorbe su ser y lo diluye en una serie de reacciones automáticas.

En este trabajo se estudia la relación del hombre con el medio, la forma en que cada estado de
conciencia determina una relación diferente del hombre con el medio, y la posibilidad de expandir
los estados de conciencia.

Se ha dividido el texto en cuatro partes. Cada una comienza con una síntesis de las ideas que se
desarrollan posteriormente. Los conceptos enunciados en la primera parte fueron expuestos en
forma general en una serie de conferencias sobre "La mística del hombre contemporáneo",
dictadas en Buenos Aires en setiembre de 1969. En vez de intentar el análisis de los estados de
conciencia posibles, lo que supondría una enumeración arbitraria, se han delineado las
características básicas de aquellos estados de conciencia que, a nuestro juicio, marcan etapas
fundamentales del desenvolvimiento humano.

Uno de los problemas más graves de nuestra época consiste en que el hombre no cuenta con los
medios adecuados a las necesidades de su desenvolvimiento. En la práctica, el hombre es
formado —cuando no, deformado— por las circunstancias; la orientación que recibe es una
resultante de la situación que ocasionalmente le toca vivir en su medio.

En la segunda parte se tratan aspectos de la Dirección Espiritual. Cuando se habla de Dirección


Espiritual se suele pensar en la que imparte el sacerdote al fiel de su Iglesia. Es necesario ampliar
el significado de la Dirección Espiritual, dejar de limitarla dentro del marco de las creencias. Al
desarrollar este tema no estamos dando la imagen de un Director "ideal": trazamos los rasgos
que, según entendemos, debería tener la orientación que el hombre necesita para desenvolverse.
Él no es dirigido exclusivamente por los consejos que se le puedan dar en un momento de su
vida; recibe también una enseñanza continua del medio. Si se tiene en cuenta que, cuanto más
primitivo es el estado de conciencia del hombre, más influye el medio sobre él, es triste
comprobar cómo hoy el medio no lo impulsa hacia su desenvolvimiento: lo manipula.

Nos estamos manipulando unos a otros: todos somos el medio.

La cuestión es ésta: ¿Es lícito manipular al hombre?

Cuando manipulamos a un hombre, lo degradamos. Lo negamos como ser y lo transformamos en


un objeto. No hay solución para los problemas que sufrimos si ella se basa en la degradación del
hombre. Es decir, si consiste en un nuevo tipo de manipuleo.

Cuando comienza el proselitismo termina la Dirección Espiritual. No limitamos el significado del


proselitismo al esfuerzo por conseguir adeptos para una doctrina o una organización. No sólo
hacen proselitismo los fieles para sus Iglesias y los políticos para sus partidos, sino también los
padres, maestros, médicos, sicólogos: cuando se vive a través de identificaciones personales
cada uno se siente una causa para la que busca adeptos. Hoy todos buscan prosélitos. Nuestra
sociedad es de consumo no porque eventualmente esté centrada en los bienes de consumo, sino
porque ha transformado al hombre en un bien de consumo. Proselitismo es hacer del hombre un
producto del cual nuestra causa —personal, social, económica, ideológica, religiosa— pueda
alimentarse.

La tercera parte describe los matices de una actitud interior que permite integrarse, participar; que
trasciende la dicotomía asimilación-reacción; que da al alma libertad para vivir comprometida sin
que su participación signifique una subordinación oscura.

La última parte se refiere al proceso que suelen experimentar las almas cuando pasan del estado
de conciencia positivo al negativo, y describe cómo se viven en esa etapa las ideas expuestas en
los capítulos anteriores. Se la ha intitulado: "De la Mística de la Renuncia". Mística, porque la
expansión del alma conduce a un estado integral de unión. De la Renuncia, porque la renuncia es
la fuerza que hace posible la expansión permanente del estado de conciencia.

J. W.

Buenos Aires, 30 de noviembre de 1971.

4
I DE LOS ESTADOS DE CONCIENCIA
Cuando se habla del hombre, se piensa en el hombre genérico y no en un hombre. Cuando se
dice que un hombre es igual a otro se piensa que un hombre es lo mismo que otro. Pero cada
hombre es un hombre. La humanidad es un todo, pero cada hombre es un individuo, con un
estado de conciencia.
Cuando el hombre se identifica positivamente con el medio, su estado de conciencia está
determinado por ese medio. Su noción de ser depende de las características — históricas,
sociales, culturales, biológicas — del medio en que vive. Pero ni la cultura, ni el credo, ni la
nacionalidad, ni la raza son bases suficientes para determinar el estado de conciencia real de un
hombre. Es cierto que todas esas características tienen importancia, que los sucesivos cambios
del medio normalmente provocan otros correlativos en el hombre, y que cuando éste vive en un
medio más desarrollado está en mejores condiciones para desenvolver sus posibilidades. Pero
mientras él se identifique positivamente con el medio su estado de conciencia será una función de
ese medio; entonces los cambios de éste lo afectarán sólo superficialmente. La naturaleza del
estado de conciencia de un hombre se determina a través de su característica
fundamental: si es o no una función derivada de una identificación positiva.
Si bien el desarrollo del medio puede favorecer la predisposición hacia una transformación del
estado de conciencia, no altera necesariamente su naturaleza. Pero cuando el hombre trasciende
la identificación positiva se produce una transformación en su estado de conciencia.
Para conocer el propio estado de conciencia hay que reconocer que se tiene un estado de
conciencia: un estado de conciencia es temporario y limitado. Cuando se reconoce el propio
estado de conciencia como temporario y limitado se lo puede conocer. Y conocer el propio estado
de conciencia es comenzar a expandirlo.
El desenvolvimiento del estado de conciencia es el campo de la mística. Se ha entendido siempre
por mística la relación del alma con lo Divino. La relación del alma con lo Divino indica su estado
de conciencia.
Si se deja de limitar la mística a un objetivo, de encasillarla dentro de una definición que implica
una teología y una filosofía, se le puede dar una amplitud en la que cada alma se encuentre a sí
misma, se comprenda a sí misma, descubra cómo es, qué es lo que le ocurre, cuál es el camino
de su propio desenvolvimiento.
Lo primero que el alma debe hacer es reconocer su estado de conciencia. Ese reconocimiento es
la base fundamental que, al mismo tiempo que es su punto de partida, le indica la dirección que
debe seguir su desenvolvimiento.
Todas las almas quieren desenvolverse, pero no siempre pueden hacerlo porque no saben con
claridad qué es desenvolverse.
Desenvolverse espiritualmente es expandir el estado de conciencia.

*
1. Estados de conciencia
Cada hombre tiene un estado de conciencia. Pero si se pretendiera dividir a los hombres según
sus estados de conciencia se llegaría a clasificaciones arbitrarias: ¿quién puede determinar el
estado de conciencia de un hombre? Además, su estado de conciencia no es homogéneo. En un
momento de su vida él se expresa de tal manera que permite suponer que tiene un estado de
conciencia; en otro momento lo hace según las características de un estado de conciencia
diferente. El mundo interior del alma también es aparentemente contradictorio: en él se
manifiestan simultáneamente tendencias diversas, a veces opuestas, que pueden hacer pensar
que hay en ella diversos estados de conciencia al mismo tiempo.
El alma es un compuesto: mente y corazón, razón y pasión, voces instintivas y llamados
espirituales son fuerzas que están en ella, que luchan por predominar y que no siempre permiten
tener una visión clara de lo que el alma es.
No obstante, es posible trazar algunas líneas generales que ayudan a explicar didácticamente
ciertas etapas del desenvolvimiento espiritual del alma. A estas etapas también las denominamos
estados de conciencia. En la vida espiritual cada etapa es, en realidad, un estado de conciencia.
Llamamos estado de conciencia positivo a la etapa en la que el alma desarrolla la personalidad y
se determina en ella.
En el estado de conciencia positivo se perfecciona la voluntad, se desenvuelve la mente racional
y se estructura la vida dentro del sistema de pares de opuestos.
Dentro del estado de conciencia positivo el hombre recorrió un largo camino. En un principio su
vida es sólo una expresión del instinto de conservación. Vivir es per-durar. El instinto de
conservación es en el hombre la manifestación de la voluntad de la naturaleza. Su voluntad,
entonces, es la voluntad de la naturaleza. Amar es obedecer esa voluntad. Su conciencia de ser
es apenas incipiente; se asienta en las expresiones comunes a la especie: él es-como-especie.
Pero para perdurar necesita defenderse. La defensa marca tenuemente ese "algo" que defiende.
Ese "algo" es él más lo que constituye su primera extensión: armas, herramientas, "seres". El
instinto de conservación aglutinó a los primeros grupos humanos. El grupo devino en familia,
pueblo, raza, nación. El crecimiento del grupo —Yo mayor— no significa, sin embargo, un cambio
fundamental en el estado de conciencia del hombre. El no participa: se identifica con un grupo en
la medida en que ese grupo le sirve y lo protege. Esto hace que el número de personas que forma
su grupo aumente o disminuya según las circunstancias. Él no ama a todos: ama a todos los de
su grupo. Como el grupo cambia de acuerdo con las situaciones que él debe afrontar, puede
trocar su amor por odio, o viceversa. Puede rechazar hoy la familia con la que antes se identificó,
o el pueblo, o la raza, o el país. Su identificación no es real: es de intereses. Algunas veces su
identificación parece total, como en el caso de una guerra o de una persecución que amenace la
supervivencia de su nación o de su raza. Pero una vez pasado ese peligro el hombre vuelve a
reducir su identificación al grupo pequeño que, dentro de su raza o de su pueblo, coincide con sus
intereses. Su identificación no sólo es parcial, sino también superficial y temporaria.
A medida que el hombre se defiende se va delineando su personalidad. Como él no tiene todavía
una conciencia profunda de ser, se identifica con lo que defiende: su cuerpo, sus armas, su prole,
su grupo. Él "es" todo eso. No tiene aún personalidad propia. Lo único propio es, en esa etapa,
su cuerpo. Su voluntad se aplica, entonces, a la satisfacción de todo lo que su cuerpo le pide. La
satisfacción de las necesidades físicas lleva rápidamente a la identificación del hombre con su
cuerpo. La voluntad está al servicio de un yo físico. Amar es amar un sí mismo que es,
principalmente, un yo físico. La satisfacción de los deseos de ese yo es la necesidad básica, y
sobre ella se estructuran las leyes que rigen la vida. De esa manera el hombre se hace un
hombre separado y diferente. La conciencia del hombre encarna: él es-en-un-cuerpo. Se
acentúa la división en razas según características físicas. Las diferencias físicas son las que
hacen resaltar la personalidad propia. Se define el sentido de propiedad personal. La
personalidad adquiere límites precisos. La razón divide, separa, para conocer y clasificar.
Pero al determinarse en un yo el hombre se queda solo. Antes era como grupo; ahora está frente
al grupo. El amor instintivo junta pero no une. Entonces busca el encuentro, la comunicación. La
necesidad de compartir hace nacer el afecto recíproco, que perdura más allá de la necesidad
física. Aparece el semejante: otro igual a uno.
El sentido de defensa arraiga profundamente al hombre en su personalidad: él no quiere morir.
Como no puede evitar la muerte se arraiga en la vida a través de los hijos: ellos prolongan "su"
vida; se arraiga en "la posteridad", como un modo de proyectarse más allá de la muerte. El
hombre quiere escapar de la cárcel del tiempo. Pero el anhelo de liberarse del tiempo es un modo
de desear liberarse de la personalidad adquirida. La personalidad no es únicamente la limitación
en un yo; es la limitación en un tiempo determinado: mientras dure la vida física del yo.
El deseo de liberarse marca el comienzo de la expansión del estado de conciencia. Descubrir a
otro es perfeccionar el amor. Cuando se descubre al semejante nace la caridad. La caridad es la
capacidad de sacrificarse por los semejantes. El hombre sufre por ellos, trabaja para ellos. Pero la
idea de semejante implica la de diferente. Así como protege al amigo, el hombre ataca y
destruye al enemigo.
Al determinarse en un yo, determinó su visión de la vida dentro del sistema de pares de opuestos:
él y los demás; los semejantes y los diferentes. Su caridad es el movimiento incipiente del amor
expansivo, pero él todavía no alcanza a comprender a todos como semejantes Su conciencia se
ha expandido, pero no cubre más que una existencia vista a través de la visión dualista, en la que
el bien y el mal encarnan en un mundo de "buenos" y de "malos". Él no puede concebir la
compasión sino sólo hacia los buenos. Su concepción de Dios es la del Dios de los Ejércitos que
protege a los buenos, entre los que él se incluye, y destruye a los malos.
El estado de conciencia positivo permitió que el hombre se hiciera dueño del mundo, de la
naturaleza, del espacio. Pero también perfeccionó su capacidad de destruir. Dio al hombre alas
materiales, pero no le enseñó a volar interiormente. El puede escapar del mundo terrestre y
surcar el cosmos con sus naves espaciales, pero no puede trascender su angustia, sus
problemas interiores, ni hallar la salida del círculo vicioso de los problemas creados por su propio
progreso.
Pero el amor es como una flor que, cuando comienza a abrirse, sigue expandiéndose hasta
mostrar toda su belleza y exhalar todo su perfume. El amor es la puerta que lleva al alma a
trascender el estado de conciencia positivo.
Cuando el amor deja de pedir comienza la mística.
Dejar de pedir es dejar de esperar, es dejar de perseguir objetivos personales. Perfeccionar el
amor es una renuncia para el yo personal, porque el yo personal es una expresión de la
separatividad. Por su actitud positiva éste no comprende que, si de allí en adelante no renuncia,
no se expandirá su conciencia. La expansión producida por la Renuncia es de una naturaleza
diferente de la expansión positiva que el alma estaba acostumbrada a experimentar. La expansión
producida por la Renuncia es una expansión negativa. La palabra "negativa" no alcanza a
explicar, por supuesto, la naturaleza de la expansión espiritual. Pero no hay otra mejor para
designar una expansión que no es positiva. La expansión positiva es un aumento en extensión, es
una adición superficial. La expansión negativa es interior, es en profundidad: es la
espiritualización del estado de conciencia. A partir de ese momento el estado de conciencia del
alma adquiere una nueva dimensión.
Cuando el alma trasciende la representación dualista de la existencia, su amor se expande
interiormente hasta abarcarlo todo: los seres, el mundo, lo Divino. Se transforma en participación.
Hasta ese momento, amar significaba un movimiento: algo que partía de uno, algo que llegaba a
uno. Participación, en cambio, es identificación espiritual. Las almas viven en uno. La
comunicación deja de ser un movimiento: la comunicación se establece por la expansión de la
conciencia de ser. Ser es ser en todos.
Cuando el alma se expande participa, y su vida es Presencia. Ya no vive saltando de experiencia
en experiencia. Su conciencia de ser es permanencia de lo Divino en ella y de ella en lo Divino.
Ella es la expresión de la armonía entre lo humano con límite y lo Divino sin límite. Exteriormente
su vida es ritmo y medida; interiormente es movimiento simple.
Cada hombre tiene un estado de conciencia. Dentro de su estado de conciencia hay muchas
posibilidades que, al ser realizadas, le brindan el conocimiento del campo que abarca desde su
estado de conciencia. Pero el hombre se desenvuelve realmente cuando expande su estado de
conciencia, perfeccionándolo.

2. Amar a Dios
Se ha dado siempre gran importancia a lo que cada uno cree y, consecuentemente, se dividió a
los hombres según sus creencias. No obstante, más importante es cómo cree un hombre, y no
qué cree.
Se puede decir que se cree en Dios y que se desea el bien de todos los hombres. Pero según el
estado de conciencia el amor a Dios puede significar destrucción y muerte, o abnegación y
ofrenda.
Dios no significa lo mismo para todos. La noción de Dios se amplía cuando se expande el estado
de conciencia. Un hombre puede querer no limitarse dentro de la idea que otro hombre tiene de
Dios. Esto no significa que no "crea" en Dios, sino que su amplitud interior le permite una
comprensión o intuición más profunda de lo Divino. Cada estado de conciencia determina una
visión particular de la vida, del mundo, y también de Dios. Estas diferencias aparentes sólo se
pueden comprender desde un estado de conciencia más amplio. No se trata de conciliar las
opiniones dispares de las diversas creencias, sino de ubicarlas en relación con el alcance y las
posibilidades de cada estado de conciencia.
Por más excelso y espiritual que sea el mensaje que se transmita a las almas, ellas lo
comprenden de acuerdo con su estado de conciencia; generalmente lo entienden en forma vaga,
difusa. Lo único que alcanzan a ver con claridad es el paso inmediato, el esfuerzo concreto que
les permite ampliar su estado de conciencia.
No hay acrobacias en la vida espiritual. Las aliñas han de .ser llevadas paso a paso, por etapas,
hacia su realización interior, hacia la Unión Divina.
El amor a Dios no es propio de un solo estado de conciencia. Es la fuerza espiritual que impele al
alma continuamente para que expanda su estado de conciencia, y se manifiesta con
características diferentes a medida que el alma pasa de uno a otro estado de conciencia. Para el
hombre primitivo Dios es el Gran Jefe que le permite encontrar alimento, sobrevivir al ataque de
las fieras o de las enfermedades, destruir a las tribus enemigas. Para almas más adelantadas,
Dios es el supremo amor al que se unen por la ofrenda y renuncia de sí mismas.
A primera vista, la descripción de los sucesivos modos de amar del hombre podría hacer suponer
que el adelanto consiste en amar a un número cada vez mayor de personas, y que esto se
reflejaría en un nuevo estado de conciencia.
Amar más siempre es un adelanto, pero no significa necesariamente un cambio en el estado de
conciencia. En cada sucesivo estado de conciencia se perfecciona la naturaleza del amor. Amar a
otro, además de amarse a uno mismo, es bueno; pero el amor hacia el otro puede ser sólo otra
manera de amarse a uno mismo.
Amar a todos no es amarse a uno mismo, más amar a otro, más otro, más otro. Recién se ama a
todos cuando no existe "otro". Esto es un nuevo estado de conciencia, un nuevo amor.
Algunas almas buscan experimentar estados de conciencia diferentes del que es habitual en
ellas. Hay varias maneras de hacer experiencias en otros estados de conciencia. Pero, luego de
sus experiencias, la mayoría de esas almas no sabe qué hacer en su estado de conciencia.
Muchos han buscado el éxtasis como si éste fuera la liberación del hombre, y algunos Directores
Espirituales sólo enseñan los métodos que conducen hacia el éxtasis.
El éxtasis es la experiencia momentánea de un estado de conciencia: el hombre no puede vivir en
un éxtasis permanente. El éxtasis no representa una etapa del desenvolvimiento del alma sino
una de sus experiencias posibles.
Hacer del éxtasis el objetivo de la vida espiritual es reducir la vida a una preparación para una
experiencia. Además, la idea de que el éxtasis es la culminación del desenvolvimiento del hombre
ha inducido frecuentemente a confundir el significado de la vida espiritual: ya porque no se
aceptara al éxtasis como una posibilidad real, ya porque se lo entendiera como la más alta
posibilidad.
Los buenos Directores Espirituales apartan a las almas del camino de las experiencias psíquicas
y las orientan por la senda segura de la Renuncia.
Estar en un estado de conciencia no significa haber superado los anteriores, si por superar se
entiende no tener ya rastros de ellos. Todos los pasos del hombre dejan una huella en su alma.
Cada estado de conciencia representó, en su momento, una realización alcanzada tras largos
años de experiencias, con gran esfuerzo y sufrimiento. Cada estado de conciencia marcó un jalón
del desenvolvimiento del hombre. Y le dejó su marca.
En la actualidad, el hombre no es la expresión pura de un estado de conciencia. Él se manifiesta
como un compuesto en el que luchan los estados de conciencia pasados, a veces entre sí, a
veces contra la posibilidad de una transformación que signifique alcanzar un nuevo estado de
conciencia. El hombre no se expresa siempre de la misma manera; lo hace según el estado de
conciencia que prepondera en él en cada momento. Pero siempre permanece viva en su alma la
llama del amor, que lo impulsa hacia un amor más puro, hacia un estado de conciencia más
amplio. Sus conquistas pudieron haber sido maravillosas y sus satisfacciones profundas. Pero el
anhelo de algo más perfecto lo hace sentir insatisfecho con lo que es y con lo que ha logrado.
Al mismo tiempo, el recuerdo inconsciente de las etapas recorridas lo llama hacia atrás, a volver a
vivir experiencias pasadas. Pero lo que en su momento fue un adelanto ahora es un retroceso.
El hombre debe medir lo bueno y lo malo desde el punto en que se encuentra. En cada etapa de
su desenvolvimiento es malo volver hacia atrás, y es bueno esforzarse hacia adelante.
Siempre ha sido peligroso decir que el bien y el mal son relativos: con tal excusa se justificaron
todas las licencias. Lo Divino está más allá del bien y del mal, pero el hombre necesita apoyarse
en una idea clara de qué es lo bueno y qué lo malo para él.
Si bien hay que trascender el sistema de pares de opuestos, rescatar la visión de la vida y del
hombre de las casillas de lo bueno y lo malo absolutos, esa libertad debe traducirse en un
perfeccionamiento de la conducta: debe dar a la idea del bien un alcance cada vez más puro y
elevado.
En la medida en que el hombre adelanta en su desenvolvimiento espiritual pierde, aparentemente,
la libertad de hacer aquello que en una etapa anterior le parecía lícito. La elevación continua de la
idea del bien parecería restringir paulatinamente el campo de acción del hombre. Evidentemente,
no es así: lo protege de la tendencia, que siempre existe, hacia el retroceso, hacia la repetición
inútil de experiencias terminadas. Al cerrar la puerta de atrás, lo impulsa hacia su expansión en un
nuevo estado de conciencia más perfecto.
Los problemas personales, los conflictos sociales derivados de las relaciones humanas, muy
pocas veces tienen solución si no se los traslada á un nivel superior. Es inútil buscar soluciones
para problemas que son generados por un estado de conciencia, si esas soluciones se
imaginan con la mentalidad propia de ese mismo estado de conciencia. La única vía posible
es transformar el estado de conciencia en otro, más amplio, en el que los problemas se
comprendan de una manera más profunda y universal.
La labor fundamental, entonces, es la de enseñar a expandir el estado de conciencia.
Algunos piensan que esta labor debe hacerse desde afuera hacia adentro, por un cambio de
sistema que dé una nueva visión de la sociedad y sus problemas. Pero todo trabajo exterior es
insuficiente si el hombre no trabaja voluntaria y libremente sobre sí mismo, en su mundo
interior.
El respeto por la libertad individual es imprescindible para que el desenvolvimiento espiritual sea
posible. Si no se le da al alma esa libertad, ella no puede desarrollar su responsabilidad. Es decir,
no puede desenvolverse más allá de un cierto límite. La coacción, en vez de aumentar la
responsabilidad, produce el rechazo hacia la obligación impuesta. Mientras el hombre no sienta
como un imperativo interior lo que debe hacer, no podrá trascender sus problemas, realizar sus
posibilidades interiores, ser responsable. Si bien necesita ser guiado, no debe ser coaccionado,
para que pueda desarrollar una responsabilidad creciente. Por supuesto, esto no significa que se
deba abandonar al hombre, dejarlo solo, para que su estado de conciencia se desenvuelva
espontáneamente. El necesita una orientación. Pero esta orientación debe ser extremadamente
prudente, equilibrada y sabia. Así como no es suficiente que el hombre desee desenvolverse para
lograrlo, tampoco basta repetirle que debe cambiar para que cambie. Nunca ha dado un resultado
feliz el limitarse a decir al hombre qué es lo que debe hacer. Esto ha conducido siempre a la
necesidad de vigilarlo para que lo haga, y ha terminado generalmente en un régimen de
sanciones para castigarlo cuando no lo hace.
Como cada hombre considera habitualmente que sus creencias y sus ideas son mejores que las
de los demás, normalmente trata de imponerlas por la persuasión o por la fuerza. Desea que
reinen sobre todo el mundo. Esto es confundir universalidad con hegemonía, o con el
asentimiento de una mayoría, o con gran número de adherentes, creyentes o simpatizantes. Una
idea o una creencia no es más universal que otra porque la profese un número mayor de
personas. La cantidad de adherentes no puede determinar su naturaleza. La universalidad de una
idea depende de su alcance como idea, del marco sobre el que se proyecta y de la naturaleza del
medio que le sirve de referencia. Por otra parte, aunque una idea sea en sí universal, siempre se
expresa a través de un hombre. De manera que el alcance de una idea depende también del
grado de universalidad del que la expone o la transmite.
Un hombre con espíritu posesivo no puede comprender una idea universal. Para él, lo importante
no es que el hombre se libere, sino que su creencia se imponga. Un hombre con espíritu posesivo
hace del hombre un objeto, pero, al mismo tiempo, también él se hace un objeto de su propia
creencia.
Es común que los sistemas de ideas y de creencias sean posesivos. No porque alguno de ellos
no sea en sí universal, sino porque normalmente se expresan a través de hombres posesivos.
Mientras el hombre da un alcance personal a las ideas no llega a comprender una idea universal.
Como no comprende, sospecha de toda idea que trascienda el marco de sus creencias.
A medida que el alma perfecciona su estado de conciencia va dando un sentido más universal a
sus ideas. Esto le permite comprender las diferentes actitudes de los hombres respecto de sus
creencias y, al comprender también su propia actitud hacia lo Divino, purifica su fe.
Cada vez que el alma amplía su estado de conciencia siente una gran expansión interior, porque
logra una realización que vive como si fuera la realización —concepto dinámico de la
realización—; alcanza una visión más completa del mundo y de la vida; re-descubre los seres y el
medio. Esa experiencia le da una gran plenitud interior y una nueva manera, más pura, de pensar,
de sentir y de vivir el amor, el amor a Dios.
Una realización no es la realización última, pero es una etapa cumplida. Y una etapa cumplida es,
para el alma, una realización.
El paso de un estado de conciencia a otro más amplio implica transformaciones de fondo, con
crisis, luchas y dolores. Pero es evidente que toda la historia del hombre está marcada por crisis,
luchas y dolores. Sin embargo, esos conflictos no siempre significan un cambio fundamental en su
estado de conciencia. Para comprender un momento del desenvolvimiento humano es preciso
discernir si sus problemas son generados por su estado de conciencia, o revelan la crisis
producida por un cambio en su estado de conciencia.
La expansión del estado de conciencia produce una re-unión. Es decir, una nueva trama en las
relaciones humanas, una organización diferente de los grupos. Los hombres se re-unen según
sus estados de conciencia: las almas similares.
El desenvolvimiento espiritual del hombre no es una "experiencia"; la vocación espiritual tampoco
es la inclinación de cierto tipo de hombres. El hombre se desenvuelve según una línea común a
todos los hombres, que marca el desarrollo expansivo de su estado de conciencia. Cuando se
comprende el proceso de la expansión del estado de conciencia se comprende también que el
desenvolvimiento del hombre sigue una dirección definida. Esta comprensión aclara la idea de
qué es lo deseable para el alma y permite dar una orientación a la propia vida. La expansión de la
conciencia significa para el alma una participación y responsabilidad crecientes. Y esa expansión
no tiene límites.

3. Positivo y negativo
En el lenguaje corriente se da a las palabras positivo y negativo una acepción similar a la de
bueno y malo, deseable e indeseable, adelanto y retroceso. En el texto se las emplea para
describir dos actitudes interiores diferentes que determinan, también, dos relaciones distintas
entre uno y los seres, las cosas, las nietas. Asimismo, definen dos tipos de posesión y de
objetivos, El esfuerzo positivo es la aplicación de la fuerza —física, mental— sobre un punto
determinado, para obtener un resultado deseado. Sirve para adquirir conocimientos y recordarlos;
para organizar la producción y mejorarla; para elevar el nivel de vida; para conservar la salud;
para desarrollar la sensibilidad, la habilidad, las facultades mentales, incluso las psíquicas; sirve
para ganar dinero, para hacer amistades. El esfuerzo positivo fortalece la voluntad: es la
expresión de la voluntad personal que le permite al hombre conquistar el medio. Pero no sirve
para ser feliz. Para tener paz interior. Por medio del esfuerzo positivo uno puede controlarse, pero
no transformarse. El esfuerzo positivo es eficaz para adquirir bienes exteriores al individuo —
materiales, mentales—, que enriquecen su personalidad por adición. Cada conquista aumenta su
haber. El hombre adelantó a través de sus esfuerzos positivos. Por su esfuerzo positivo logró
dominar las fuerzas de la naturaleza, prolongar la vida, hacerla más cómoda, transitar por la tierra
y el espacio. El esfuerzo positivo le permitió comunicarse mejor y más rápidamente con los otros
hombres.
Pero no comprenderlos ni comprenderse.
El esfuerzo positivo es indispensable para vivir y desarrollarse materialmente. El esfuerzo positivo
es indispensable también para desenvolverse espiritualmente. Pero si no se lo entiende
correctamente puede ser un obstáculo insalvable en ese desenvolvimiento, en vez de ser la
herramienta que debe ser.
La actitud interior positiva produce la identificación del ser con sus atributos y lo determina en
ellos. Estos atributos pueden ser de su mente —inteligencia, imaginación, conocimientos,
poderes—; de su sensibilidad; de su cuerpo; de él como persona, con sus derechos y deberes,
sus privilegios, sus posesiones materiales. Cualquier 'aumento en el número o en la calidad de
sus atributos es un enriquecimiento. Enriquecimiento, en los términos positivos, es adelanto.
Consecuentemente, la finalidad del hombre dentro de una concepción positiva de sí mismo y de
su vida, es tener más. Tener más es su manera de ser más. Perder, entonces, sería ser menos.
En el aspecto espiritual, dentro de una concepción positiva, la Renuncia significaría una pérdida,
que sólo tendría sentido si estuviera compensada con una ganancia mayor. Es decir, si la
Renuncia sirviera para ganar algo que no pudiera obtenerse de otra manera. El esfuerzo
únicamente tendría sentido si se tradujera en un enriquecimiento personal.
La pregunta clásica de la actitud positiva es: "¿Qué gano con eso?". La ganancia debe ser algo
concreto, que se pueda evaluar positivamente y, sobre todo, poseer personalmente. Si dejo todo,
es para ganar mucho más de lo que dejo. "Si no, ¿para qué?"
Cuando el hombre se determina, identificándose positivamente con sus atributos, sólo sabe vivir
haciendo. Para él, vivir es hacer. Hacer, es hacer algo; y hacer algo para obtener algo.
Hacer es un atributo del ser. Cuando el hombre identifica la vida con un hacer, nunca puede
conocer la vida. Mientras tiene mucho para hacer, supone tácitamente que el descubrimiento del
ser vendrá luego, automáticamente. Pero a medida que aumenta su haber, la incógnita del ser se
hace cada vez más evidente, y despierta su angustia. Entonces el hombre pregunta, nuevamente:
"¿Qué tengo que hacer?". (1)
Ser.
El hombre no puede dejar de actuar positivamente.
Pero él no es una sucesión de acciones ni un conjunto de atributos. Para terminar con la
identificación positiva, él no puede hacer un "nuevo" esfuerzo: no es posible un esfuerzo
"negativo". Todo esfuerzo, al ser expresión de la voluntad, es positivo. Para no identificarse,
entonces, no se requiere "otro" esfuerzo, sino una nueva actitud interior: una actitud negativa.
Es decir: no posesión.
La posesión personal, por ser extrínseca, produce una identificación positiva y la determinación
del estado de conciencia dentro de límites contingentes.
Es imposible la expansión espiritual con una actitud interior positiva. La única expansión sería la
producida por el aumento de los atributos: una expansión personal, exterior.
La expansión espiritual, la participación interior, sólo es posible cuando el alma ha trascendido el
sentido de posesión personal.
La renuncia a la posesión personal purifica la posesión y la hace definitiva. Pero como esa
posesión no se usufructúa en forma personal, es corriente que no se la entienda como una
posesión efectiva, cuando es, en verdad; la posesión real.
El esfuerzo positivo produce el desenvolvimiento espiritual del alma cuando ésta lo acompaña con
una actitud interior negativa, de no posesión. De esa manera no se reduce la Renuncia a actos
contingentes, a renuncias, y se da a la idea de libertad su verdadero significado espiritual.

4. Crecimiento y transformación
Cuando el alma empieza una nueva etapa de su desenvolvimiento tiene mucho para hacer.
Estudia, se ejercita, adquiere hábitos, descubre horizontes. Durante el primer período, de
aprendizaje, siente que adelanta. Aprender, practicar, es su modo de progresar. Cada nuevo

Determinar se usa para expresar la limitación producida por una identificación, positiva. Cuando el alma determina la
vida en su vida, reduce la existencia a su vida personal. Cuando determina la vida en actos, la asimila a una sucesión
de acciones. Ella se reduce como alma, limitándose en acciones que son sólo una expresión de sus atributos pero no
son su ser. Cuando el alma determina su vida en actos, determina también su visión del hombre'. Si bien, por supuesto,
sabe que el hombre siente y piensa, su visión de los hombres es, fundamentalmente, la de gente que hace algo. La
determinación del alma implica, en ella una reducción de conciencia. Cuando un hombre se determina dentro de un
sistema de creencias o de ideas, no tiene conciencia de su pensamiento propio. Cuando se expresa, no se expresa él;
lo hace el sistema de ideas o de creencias a través de él, que sólo opera como un agente. Cuando los hombros se
determinan no se comunican como individuos, no se conocen. Ellos se transforman en agentes por los cuales se
expresan las creencias en las que están determinados. Cuando el alma se determina, todas sus manifestaciones se
subordinan a su determinación. Obviamente, aunque se determine en actos, ella no deja de pensar y de sentir, pero
todas sus expresiones, incluso su sentir y su pensar, son funciones de su determinación fundamental. Ante cualquier
situación su reacción es: "¿Qué tengo que hacer?". Es decir, su expresión es siempre operativa
conocimiento que adquiere la hace sentirse más segura: confirma que está adelantando. Pero
siempre llega el momento en el que poco le queda por aprender. Ya conoce las líneas generales
de su camino, su ascética, su método. Entonces comienza a experimentar una nueva sensación:
le parece que no adelanta como antes, que se ha detenido. Quisiera seguir sintiendo que
progresa como en un principio, pero no sabe cómo. Ya ha estudiado, ya ha practicado: ¿qué más
puede hacer?
Hacer las maletas es prepararse para el viaje, pero no es viajar.
No hay que confundir crecimiento con transformación. Sumar conocimientos, aprender ejercicios,
no es en sí un cambio fundamental. A lo sumo, es una predisposición para una transformación.
Cuando el alma descubre su vocación y se dispone a cumplirla adopta un método, comienza una
ascética, estudia, trabaja. Aprende mucho. Pero su objetivo no es aprender, solamente: ella
anhela transformarse.
Su vocación no se va a cumplir sólo a través de estudios y prácticas, sino a través de su vida.
Cuando aprendió a andar su camino, debe recorrerlo. Recorrer el camino es algo diferente de lo
que hizo hasta ese momento. Una cosa es aprender a caminar, y otra, caminar. Mientras se
aprende, el objetivo es mantenerse de pie y dar un paso luego del otro. Pero cuando se sabe
caminar se va hacia alguna parte. Esto no significa que en ese momento el alma deba abandonar
su método, sus ejercicios o sus estudios, pero si ella se limita a practicar y entender
superficialmente, sin usar lo que sabe para transformarse, se sentirá, por supuesto, estancada.
Todo lo que estudia y practica debe servirle para que reconozca (2) su propio estado de
conciencia y, de esa manera, pueda expandirlo. Conocer el propio estado de conciencia es el
punto de partida. De allí en adelante, su desenvolvimiento le exigirá un esfuerzo de naturaleza
diferente del que aplicaba en el estudio o en los ejercicios. Es decir, un esfuerzo interior.
Los conocimientos y los ejercicios no son un fin en sí mismos, y cuando no se los usa para
aprender a vivir y a expandir el estado de conciencia, aumentan la sensación de frustración y
estancamiento. Es lógico que sea así: su objetivo es despertar la conciencia del alma, ayudarle a
reconocer lo que ella es, el lugar que ocupa en la vida y su verdadera vocación. Pero es el alma
misma quien debe elegir conscientemente qué va a hacer con su vida, y hacerlo.
Crecimiento es aumento cuantitativo; el desenvolvimiento del alma implica una transformación.
Cuando el alma confunde transformación con crecimiento busca nuevos textos, nuevos ejercicios
y, quizá, nuevos caminos. Los va a encontrar. Pero todos los caminos la llevan a un solo punto:
una vez que los conoce, el alma se encuentra nuevamente con ella misma, preguntándose qué
hacer de allí en adelante. Si el alma anhela su desenvolvimiento espiritual debe comprender que
ella es su propio instrumento.
La vida material es crecimiento, plenitud, decadencia y fin. El desenvolvimiento interior, si bien
implica el crecimiento, es fundamentalmente la expansión del estado de conciencia.
El crecimiento da poder: es aumento de fuerza, de conocimientos, de experiencias. Pero llega un
momento en que se detiene y comienza la declinación. Cuando el hombre se identifica
positivamente con el poder que le brindó el crecimiento, pretende evitar la declinación reteniendo
a toda costa el poder que, inevitablemente, se escapa de sus manos. Al no comprender la
naturaleza del poder, que es sólo uno de los signos visibles del crecimiento, al confundirlo con un
valor intrínseco, al identificarse posesivamente con él, lo usufructúa personalmente. El usufructo
personal, si bien en algún momento puede parecer el ejercicio real del poder, es pérdida de
poder. Cuando el poder logrado por el crecimiento no se emplea para producir una transformación
cualitativa, degenera y precipita la declinación y el fin. Esto ocurre en todos los órdenes de la vida.

Reconocer: Aceptar; examinar exhaustivamente; volver a conocer. Al aceptar que se está en un estado de conciencia
termina la identificación positiva con un estado de conciencia. Al aceptar el propio estado de conciencia como un
estado de conciencia, se lo puede re-conocer y desenvolver. Esta posibilidad ubica el desarrollo en relación con el
hombre y no con sus atributos.

4
El hombre no puede evitar la declinación física, pero puede liberar su desenvolvimiento interior de
la ley del crecimiento. El crecimiento está condicionado por un campo limitado de posibilidades.
La Renuncia permite trascender la limitación de dicho campo. Durante la etapa del crecimiento el
movimiento es positivo. Cuando el crecimiento culmina en plenitud, un acto puro de renuncia
puede invertir el movimiento positivo en uno negativo. De esta manera, en vez de proseguir el
ciclo según la línea descendente de la decadencia, la realización alcanzada se resume en una
comprensión simple que trasciende el usufructo personal del poder que se ha obtenido. La
renuncia a la identificación positiva con el fruto de los esfuerzos personales expande el estado de
conciencia: la comprensión de las etapas recorridas toma una dimensión universal. Esta
experiencia única y simple se hace base y nuevo punto de partida de otra etapa de
desenvolvimiento.
El alma adelanta según una línea de crecimiento hasta que agota determinadas posibilidades. En
ese momento debe producirse en ella un cambio de una naturaleza diferente. Es decir: una
transformación.
Para que esa transformación sea posible el alma debe renunciar al uso personal de los frutos del
crecimiento. La renuncia a la posesión positiva transforma una conquista extrínseca en una
intrínseca, resume las experiencias hechas en una experiencia simple, evita la cristalización que
siempre produce el usufructo personal del poder alcanzado, y traza una nueva línea de
crecimiento.
En otras palabras: si bien la realización de un campo determinado de posibilidades es un
progreso evidente, para que ese progreso no se reduzca sólo a la porción ascendente de una
línea que siempre termina en un descenso, debe conducir hacia un nuevo campo de
posibilidades. El esfuerzo positivo, que permitió la realización de las posibilidades en la porción
ascendente, debe trocarse en un estado interior negativo —Renuncia— en la cima de la línea de
crecimiento. De esta manera las conquistas se integran substancialmente al alma y ésta tiene la
libertad necesaria para descubrir y realizar el nuevo campo que, en ese momento, representa sus
posibilidades reales.
La inversión de la actitud positiva en otra negativa exige del alma un esfuerzo extra-ordinario. La
Renuncia no se logra con un esfuerzo "mayor" que el positivo, sino con un acto de otra
naturaleza: simplemente renunciando. En el lenguaje de la ascética mística esa renuncia se llama
ofrenda. Para que la ofrenda sea pura, para que sea Renuncia, no debe asentarse en la
esperanza de recompensas futuras: ganar es el móvil en el estado de conciencia positivo. El alma
se ofrenda impulsada por la fuerza del amor que, si es real, la mueve a darlo todo, a darse a sí
misma sin pedir, sin esperar.
En el estado de conciencia positivo, dar lo que uno posee personalmente equivale a dar lo que
uno es. En realidad, lo que uno deja es la carga ya inútil de las experiencias que no necesitan
volver a repetirse; uno deja el bagaje adherido por las circunstancias. Descubre así lo único
valioso: la experiencia en si, integrada indisolublemente al propio ser. AI integrar a uno mismo
sólo la experiencia real, a! liberar a la experiencia de lo accesorio, de lo anecdótico, uno
comprende integralmente todas las experiencias pasadas. Esta comprensión expande el sentido
de participación y profundiza, perfeccionándola, la noción de ser. La expansión del estado de
conciencia revela nuevas posibilidades que antes, obviamente, uno no podía sospechar.
Esta transformación es para el alma un nuevo nacimiento.
II DE LA DIRECCIÓN ESPIRITUAL

*
Todas las almas necesitan Dirección Espiritual. Pero no abundan los Directores Espirituales.
Cuando se confunde la Dirección Espiritual con adoctrinamiento las almas se alejan de los
preceptores y buscan otras fuentes. Pocas veces las encuentran.
No se puede guiar a otro por un camino que uno no ha recorrido. No puede curar la angustia de
un alma alguien que vive también en angustia. No puede saber qué es armonía quien no vive en
equilibrio. No puede enseñar a trascender problemas de convivencia aquél cuya vida está
enredada en problemas de convivencia.
Es interesante estudiar las teorías psicológicas que dan para cada problema interior una causa y
una solución, pero son raros los casos en los que con sólo entender un problema se lo puede
trascender.
No se aprende a dirigir a las almas estudiando solamente. La base de la Dirección Espiritual es el
amor. Y el amor no se aprende en los libros.
Pero se puede enseñar a perfeccionar y purificar el amor. Esa es la misión del Director Espiritual.

1. Del Director Espiritual


La experiencia enseña que por más extraordinarias que sean las dotes del alma y por grandes
que sean sus anhelos espirituales, para realizarlos necesita una sabia Dirección Espiritual.
Algunos han confundido realización con erudición y, después de mucho tiempo y estudio, se han
encontrado al final en el mismo punto del cual habían partido. Sabían más, indudablemente, pero
espiritualmente no habían cambiado.
Otros practicaron ejercicios, interiores y exteriores, pensando que de esa manera alcanzarían la
realización anhelada. Unos pocos adquirieron, con gran esfuerzo y tesón, ciertas facultades
psíquicas o capacidad de concentración. Pero espiritualmente seguían siendo los mismos de
antes. Sus adquisiciones no les daban gran luz sobre sus problemas, sus aspiraciones, sus
posibilidades.
Ciertas almas se dieron a la práctica de oraciones y de mortificaciones. Pero su modo de amar a
Dios no las hizo mucho mejores ni más tolerantes. No produjo en ellas una transformación
interior.
Sin una sabia Dirección Espiritual es sumamente difícil el desenvolvimiento del alma.
A veces se confunde la Dirección Espiritual con un medio para solucionar los problemas
personales. Quien sólo busca una solución a sus problemas necesita únicamente un buen
consejero. Pero un buen consejero no es necesariamente un Director Espiritual. La Dirección
Espiritual no es un método para solucionar los problemas personales. Tampoco es un conjunto de
normas que se dan a las almas para guiarlas hacia una meta previamente estipulada.
En la Dirección Espiritual se enseña a cada alma lo que necesita para su desenvolvimiento, el
cual no exige gran cantidad de conocimientos, ni tampoco condiciones personales extraordinarias.
La posibilidad del desenvolvimiento espiritual existe para todas las almas por el simple hecho de
ser almas. Sólo necesitan disposición interior, medios adecuados y una sabia Dirección Espiritual.
La disposición interior del alma es su base fundamental. Ella es libre para elegir lo que desea
hacer con su vida, qué quiere ser, a dónde anhela llegar. Si esa libertad no fuera respetada, la
Dirección Espiritual sería sólo otra manera de someterla.
Si se admite que el alma es libre para decidir, no puede ser juzgada ni criticada cuando decide.
Para desenvolverse, el alma necesita un método adecuado. Si bien todas las almas recorren el
mismo camino, cada una tiene sus características individuales. Si éstas no son respetadas se
encierra a las almas dentro de esquemas rígidos, de los que difícilmente pueden luego liberarse.
Cada alma necesita su método, su enseñanza: una orientación individual.
La Dirección Espiritual individual es indispensable para que cada alma recorra su camino.
El concepto de desenvolvimiento interior y de realización espiritual cambia según las épocas y las
almas. Cada etapa del desarrollo del hombre significa nuevas experiencias que transforman su
modo de sentir y de pensar; experiencias que le dan una nueva visión del mundo y de la vida que,
al ser más amplia, le hacen parecer anticuadas las ideas anteriores. Esta nueva visión origina una
lucha entre los sistemas de ideas existentes —que como todos los sistemas buscan
perpetuarse— y las nuevas concepciones que, finalmente, siempre se imponen. Estos cambios a
veces hacen suponer que se ha comenzado un nuevo camino cuando, en realidad, se trata de
una nueva etapa del mismo camino. Y en cada etapa se comprende más integralmente el camino.
El camino del alma no es una vía fija que se recorre desde un principio hasta un fin. El camino es,
en sí, dinámico. No es una trayectoria a recorrer: es un proceso de transformación continua.
A medida que el alma se transforma va dejando de "andar" un camino. Ella es, al fin, el camino.
Si bien el Director Espiritual estudia en los libros y en las almas, sabe que la buena voluntad y
algo de lectura no son suficientes para hacer de él un Director Espiritual.
Para dirigir espiritualmente es necesario haber recorrido el camino que el alma anhela recorrer.
La erudición ayuda, pero no suple la sabiduría que sólo se alcanza cuando uno se trasciende a
uno mismo (3), cuando renuncia a los objetivos personales, cuando no espera una recompensa
personal por sus trabajos, cuando su vida es un continuo darse a las almas.
El vínculo entre el alma y su Director Espiritual debe ser puro. Su relación debe estar más allá de
las limitaciones propias de la amistad común; en ella no puede caber el egoísmo, la
susceptibilidad, la competencia ni las preferencias. No debe ser influida por la emotividad,
siempre variable. La conducción sólo puede ser equilibrada, sabia y segura cuando no es
afectada por factores personales.
En la Dirección Espiritual deben hacerse a un lado las características personales del Director
Espiritual. Él nunca se expone como un modelo para que lo imiten. Si bien da gran importancia a
la conducta exterior, sabe que ésta sería sólo una cáscara vacía si no estuviera asentada en un
estado interior. Y los estados interiores no pueden ser imitados; deben ser descubiertos y
realizados por el alma misma.
El Director Espiritual no hace diferencias entre las almas. No compara unas con otras, ni usa la
competencia personal como un medio para estimular el adelanto. Quizá él dirige a muchas almas,
pero trata a cada una como si fuera su único discípulo.
El Director Espiritual por ningún motivo comenta lo que las almas le confían. Ellas no son "casos":
son almas. No las usa para hacer "experiencias". Tampoco hurga en ellas; no cae en la curiosidad
ni en la indiscreción. Respeta la libertad que es inherente al alma y no fuerza las puertas que ella
no le abre espontáneamente. El Director Espiritual no siempre necesita que el alma le hable de
ella misma para conocerla. Pero el alma sí necesita abrirse a su Director Espiritual para
conocerse. Mas él no la empuja para que lo haga.
Tan malo es abandonar al alma como dirigirla en exceso. Si no se la ayuda en el momento
oportuno, cae. Si se la dirige demasiado, se impide su desenvolvimiento individual.
El Director Espiritual no critica a quienes no concuerdan con sus enseñanzas o no buscan sus
consejos. No da consejo a menos que le sea requerido. Dar consejo cuando no es pedido es
sembrar en la piedra.

Sí mismo se usa para expresar el ser; uno mismo, él mismo, para expresar la personalidad
Pero despertar en las almas la necesidad de consejo cuando lo necesitan es dirigirlas con
sabiduría.
El Director Espiritual no se molesta cuando las almas no siguen sus indicaciones o no son fieles a
su dirección. Su comprensión trasciende la ofensa y el resentimiento. No puede estar en contra
de nadie: todos necesitan orientación para desenvolverse. Por eso, no juzga. Quien ama no
juzga: comprende.
La comprensión espiritual es un estado de participación interior tan perfecto que la otra alma vive
dentro de uno y desde allí se revela. Las palabras, en este caso, son sólo un puente a través del
cual se trasvasa el alma de un cántaro a otro. Pero no siempre son necesarias las palabras.
Cuanto más puros y profundos son los estados del alma, más necesitan del silencio para
trasmitirse.
El Director Espiritual no fuerza a las almas para que hagan lo que no desean realizar, ni para que
crean lo que no alcanzan a comprender o lo que sus mentes rechazan. Sabe que no se puede
conducir a las almas hacia la libertad interior cargando más cadenas sobre ellas. Por eso, les
despeja el camino para que conozcan cómo son y por qué piensan como piensan. Cuando el
alma aprende a pensar por sí misma se descarga de los prejuicios y comprende.
El Director Espiritual enseña que cada alma necesita descubrir su vocación, y que para realizarla
debe perseverar en ésta hasta el final. Sabe que en el desenvolvimiento espiritual no hay atajos
suaves, que sin un esfuerzo constante no hay conquistas reales. Enseña que el bien espiritual se
alcanza a través de renuncias, de paciencia y de perseverancia.
El Director Espiritual enseña sabiamente el camino de la Renuncia. No despoja a las almas de los
apoyos que necesitan; las sostiene y estimula, pero su estímulo es sólo espiritual: no recurre a
promesas de recompensas.
Todo esfuerzo da un fruto, pero el fruto no es una recompensa: es sólo una base más amplia que
permite expandir el significado del objetivo que se persigue y darle un alcance más universal,
hasta que desaparezca como una meta personal y se transforme en un estado del alma, más allá
de las conquistas posesivas.
El Director Espiritual sabe ayudar a las almas. Como no las impulsa fomentando la ilusión en las
recompensas; sus estímulos no desarrollan la personalidad. Él da a cada alma su pan: como lo
necesita, cuando lo necesita. Sostiene cuando hay que ayudar; suelta cuando hay que volar.
El Director Espiritual nunca impone su autoridad. Autoridad impuesta es autoridad perdida.
El Director Espiritual nunca observa o amonesta cuando su ánimo está exaltado. En ese estado
no podría discernir quién habla por su boca. Como no se deja llevar por la ira ni por
consideraciones personales, no hiere con sus amonestaciones.
El Director Espiritual es parco en su trato con las almas. Más que escuchar, las almas necesitan
ser escuchadas.
Cuando él habla lo hace con claridad y pocas palabras, para que las ideas o consejos no se
diluyan en un mar de consideraciones. El hábito de algunos Directores de hablar mucho no
siempre responde a las necesidades de las almas que dirigen: es corriente suponer que hay que
instruir permanentemente a través de palabras. El Director Espiritual sabe que pocas veces se
influye en las almas solamente con palabras. La palabra sólo obtiene su poder del ejemplo de
vida, de la pureza de la intención, de la fuerza espiritual que emana del amor real.
Cuando da consejos no acostumbra a acompañarlos con consideraciones doctrinarias o morales.
Si un alma busca consejo es porque necesita saber qué es lo que debe hacer, y no tanto el
porqué. Para ella es razón suficiente la confianza y la fe que tiene en su Director Espiritual. Él no
transforma la Dirección Espiritual en una cátedra de doctrina.
En la Dirección Espiritual el alma necesita el consejo oportuno y la palabra justa. En su momento,
la Enseñanza iluminará su mente, pero lo hará de otra manera. Cuando un alma necesita consejo,
su mente no está en las mejores condiciones para comprender los fundamentos o las razones
que se le puedan argüir. Cuando pide consejo, eso pide: consejo, nada más. El Director Espiritual
se lo da en la forma más clara y escueta posible, para que no le queden dudas acerca de lo que
debe hacer. En otro momento, más oportuno, vendrán las razones y las consideraciones, si es
que son necesarias para el bien del alma.
El Director Espiritual no confunde la Dirección Espiritual con una enseñanza. El alma puede
aprender muchas doctrinas, pero lo que espera de su Director Espiritual es que le enseñe a vivir,
a conocerse, a trascender sus limitaciones, a realizar su vocación.
El Director Espiritual tiene su concepción de la vida, del hombre, de lo Divino. Pero no transmite
sus ideas como si fueran la verdad última, ni como un dogma que el alma deba aceptar y creer.
Sólo da los puntos de apoyo indispensables, y no más, para que el alma misma descubra en su
interior, a través de su propia experiencia, el alcance de las enseñanzas que recibe.
La Verdad no puede transmitirse como un conocimiento más Sólo puede enseñarse el camino
que permite a las almas comprender por sí mismas, espiritualmente.
Es tendencia del hombre considerar como verdad absoluta la última comprensión que ha
alcanzado, pero de esa manera termina transformando sus comprensiones relativas y limitadas
en dogmas definitivos.
El Director Espiritual nunca fuerza a creer en una idea determinada. Sabe que no se puede
prescindir de la tradición, de la historia ni de la experiencia, pero cuida que las almas no hagan
dogmas de las enseñanzas que les transmite. Por eso, sólo enseña como cierto aquello que es
evidente e irrefutable, y como posibilidad lo que cada alma debe corroborar por sí misma, a través
de su experiencia interior.
No se puede reducir la vida espiritual a una serie de afirmaciones o definiciones. Lo espiritual en
sí está más allá del alcance de la consideración racional y debe ser descubierto y experimentado
en forma directa, por el alma misma.
El Director Espiritual no tiene ideas previas acerca de cómo es un alma, lo que debe hacer, lo que
necesita. No hay dos almas iguales. Cada una tiene su modo de vivir, de esforzarse, de realizar;
tiene su propio ritmo y requiere una dirección particular.
Cada alma vive un estado de conciencia y sufre experiencias que, si bien pueden ser ya
conocidas, para ella son exclusivas. Aunque el Director Espiritual tenga una gran intuición y
pueda apreciar de antemano el estado interior de un alma, sólo alcanza el conocimiento cabal de
la misma escuchándola con amor, participando.
El Director Espiritual no queda preso en los procesos interiores de las almas que dirige. Participa
espiritualmente, pero emocionalmente permanece sereno. Si así no fuera, sus emociones
influirían en su discernimiento y no siempre podría orientar con sabiduría.
El Director Espiritual descubre rápidamente las debilidades de las almas que dirige. Sólo así
puede ayudarlas. Es sumamente difícil corregir tendencias derivadas del temperamento. Él las
hace conscientes en las almas para que las equilibren, las transmuten, o sepan sobrellevarlas.
Aunque el Director Espiritual enseña desde el principio cómo es el camino que se ha de recorrer y
la naturaleza del objetivo espiritual, no pretende que el alma se apoye sólo en esas
consideraciones generales. Le enseña, especialmente, el trecho que ella puede recorrer en ese
momento, y así sucesivamente.
Hablar en términos absolutos, dar definiciones en cierto modo dramáticas del hombre, de la vida,
de la vocación, es hacer una teoría de un hecho tan simple como es vivir,
Si se define la realización espiritual como la armonía entre lo Divino y lo humano, es claro que no
se la puede alcanzar sino por medio de un método que sea la más acabada expresión de esa
armonía.
El buen Director Espiritual no guía a las almas por caminos extremos. Las mortificaciones físicas
extraordinarias pocas veces dan resultados espirituales.
Si bien hubo ejemplos notables de desenvolvimiento espiritual a través de una ascética basada en
grandes mortificaciones físicas, el hombre de hoy ya no requiere ese tipo de prácticas para lograr
su adelanto espiritual. Ha llegado a un punto en el que no necesita castigar duramente su cuerpo
para comprender que debe dar un alcance universal a sus sentimientos y aspiraciones. Su
sensibilidad espiritual reacciona ya ante estímulos interiores: se ha sutilizado. Esto no significa,
por supuesto, que el Director Espiritual recomiende una vida regalada, o la satisfacción de todos
los apetitos. Él enseña a ser consciente de los movimientos interiores del alma y a obedecer sólo
a aquéllos que ayudan a su desenvolvimiento.
Algunos creen que para alcanzar la realización espiritual es necesario castigar en forma violenta y
drástica la personalidad adquirida. Este método ayudó a muy pocos y dejó en muchas almas
heridas profundas de las que nunca pudieron reponerse.
Las almas no pueden ser orientadas por la fuerza. La única violencia que da resultados
espirituales es la que cada alma hace en su interior, libremente.
El Director Espiritual enseña a las almas a ser intransigentes con ellas mismas, pero tolerantes
con los demás. Esta fórmula, inversa a la que hoy es corriente en el mundo, marca un camino
claro de control interior. Pero un control que, en vez de endurecer cada vez más la personalidad
adquirida, desenvuelve la conciencia de ser, descubre los movimientos genuinos, purifica el amor,
expande la participación.
Ciertas almas, cuando por su debilidad no quieren seguir la orientación sabia de su Director
Espiritual, buscan consejeros más complacientes. Esta conducta no da buenos resultados.
El Director Espiritual enseña el camino de la Renuncia. No lo enseña como algo que el alma debe
hacer: él despierta al alma. Y cuando el alma despierta se actualiza su vocación espiritual.
Las renuncias liberan cuando son voluntarias y conscientes. Las renuncias obligadas significan
esclavitud y llevan hacia el embrutecimiento.
El anhelo más profundo del alma es el de alcanzar su libertad interior. No puede ser eliminado por
ninguna disciplina ni desvirtuado por ningún adoctrinamiento. Nadie puede quitar al alma la
libertad de renunciar por amor a aquello que nunca cedería por la fuerza.
El Director Espiritual enseña a no vivir esperando.
Aunque el alma entienda que la Renuncia es un estado interior negativo, no es fácil para ella no
vivir esperando. Esperando el momento en el que pueda recoger los frutos de su vida de
renuncias.
No puede evitar la noción de simetría de la existencia. Cada acción provoca una reacción que la
equilibra. La Ley de causa y efecto es ineludible. Entonces, la Renuncia "debe" dar como
consecuencia una felicidad, que "debe" experimentarse de alguna manera.
El deseo de alcanzar, de llegar a una meta, mantiene al alma presa dentro de la red del tiempo.
Esperar los frutos de la Renuncia es perder los frutos de la Renuncia.
Cuando el alma reduce la Renuncia a una serie de mortificaciones, "necesarias" para alcanzar la
paz y la felicidad, nunca llega a la paz ni a la felicidad. Entonces, a pesar del adelanto que pudiera
haber logrado, se desilusiona, se siente frustrada. Como no obtiene lo que esperaba conseguir,
vuelve a mirar hacia atrás, lamentando lo que dejo, lo que "perdió". La frustración, como todo
sentimiento personal, alimenta el egoísmo, y el alma vuelve a replegarse sobre ella misma,
tratando de revivir en su fantasía sueños imposibles.
El Director Espiritual enseña que la realización espiritual no llega al final de una vida de
mortificaciones. No es la compensación sobrenatural de una ascética natural
El Director Espiritual enseña que la paz y la felicidad no se alcanzan después de rechazar todo
deseo, sino cuando no se desea.
No me privo de algo para conseguir otra cosa mejor. Lo que puedo conseguir de esa manera no
difiere, en esencia, de lo que ya tengo.
La Renuncia no es una privación. No despoja al hombre como él siente que lo hace la muerte o la
desgracia. La Renuncia no es, en sí, una mortificación. Aunque en el camino de la Renuncia la
mortificación sea muchas veces necesaria.
Preferir la libertad del descampado al techo de la celda no es una mortificación. El valor de la
libertad es de una naturaleza diferente del de la protección relativa que una cárcel puede brindar.
No hay que confundir la Renuncia con un método de vida o con una ascética. La Ascética de la
Renuncia puede significar, para ciertas almas, alguna mortificación. Pero la mortificación no se
opone a la libertad.
El control interior puede mortificar la voluntad personal, pero es una expresión de la libertad del
alma. El Director Espiritual enseña que renunciar es ser libre. Que ser libre es, para el alma,
felicidad y paz.

2. Equilibrio
A medida que el hombre se va desenvolviendo espiritualmente, da un alcance más universal a
sus pensamientos y comprensiones. Pero también aumenta su tendencia a menospreciar
objetivos relativos, más limitados.
Cuando el hombre da poca amplitud a la idea sobre la que asienta una organización, suele
determinarla según estructuras rígidas. Luego, a medida que se va ampliando su visión, va dando
mayor importancia a la esencia de la idea, pero tiende a relajar el método.
Esto también ocurre en la vida espiritual. Cuando el alma expande su visión interior, si no cuida
de darle una proyección integral, le cuesta cada vez más limitarse en un método que le va
pareciendo relativo y no siempre necesario.
El alma debe mantener el equilibrio entre la vida y el método exteriores, y su expansión y
comprensión interiores.
Toda norma es necesariamente limitada, pero sin una norma adecuada no es posible lograr un
desenvolvimiento espiritual.
Cuanto mayor es la amplitud interior que se logra, mayor es el cuidado con que se debe observar
el método que se sigue. Cuando no se hace así se suele perder el impulso que da el esfuerzo
positivo, y no siempre se cuenta con otro equivalente.
Cuando se trasciende la estrechez de miras se tiende a dar valor sólo a las actitudes y estados
interiores, sin comprender que éstos siempre se expresan en obras exteriores. Por eso, el buen
Director Espiritual da un método exterior estricto, para que la fuerza del alma no se diluya en
intenciones difusas.
En el estado de conciencia positivo se tiende a los juicios extremos. Si se enseña, por ejemplo,
que la perfección de la Renuncia es vivir sin sostén, las almas quieren desechar todos los apoyos,
pensando que no sirven. Si se les enseña que el método es sólo un medio, quieren abandonar
todo método.
Tirar todos los apoyos es caer en el vacío. Los apoyos se trascienden en la medida en que el
alma perfecciona su renuncia. Las actitudes extremas conducen hacia posturas rígidas y
comprensiones limitadas.
Tan malo es atarse a la letra de una regla como suprimir la regla. Para trascender los apoyos, las
almas necesitan algún apoyo. Los objetivos humanos son relativos, pero trascenderlos no
significa desecharlos sino realizarlos cuando son necesarios, sin perder por eso la amplitud
interior ni darles más valor del que realmente tienen.
En el estado de conciencia positivo las almas rechazan algo cuando no lo pueden reducir a
acciones o bienes concretos, pero luego, cuando entienden que esos bienes concretos son
relativos también quieren desecharlos, sin haber comprendido aún su sentido ni tampoco la
naturaleza del bien espiritual. Esta tendencia ha confundido a muchas almas, que se han
desorientado por no dar ningún valor a los objetivos positivos, o al esfuerzo positivo que debían
realizar tanto en sus prácticas espirituales como en los trabajos propios de la vida.
Es cierto que cuando se enseña el camino de la Renuncia se dice que el alma no debe desear
nada, no debe apropiarse de nada, no debe apoyarse en nada. Pero esto puede derivar
erróneamente en el desinterés, la indiferencia, o la confusión. Si el no desear no se equilibra con
el fortalecimiento de la voluntad, aplicando ésta a la realización de los objetivos relativos
necesarios, el alma no logra ubicarse armoniosamente en el mundo y en la vida.
El Director Espiritual enseña diversos ejercicios de oración y meditación, y orienta a las almas
para que los vayan transformando en un estado interior de oración simple, de Presencia. Pero esa
transformación no se produce si el alma no es escrupulosa en la práctica constante de sus
ejercicios ascéticos, de su método de vida, de su rutina.
Aunque el alma haya alcanzado ya un estado interior de oración, si no continúa metódicamente
con la práctica rutinaria de sus ejercicios de oración, paulatinamente su vida interior va perdiendo
fuerza y se va reduciendo a un recuerdo de lo que fue, o a la imaginación de lo que habría de ser.
El alma no desea nada: trabaja. Como no busca obtener frutos personales a través de sus
esfuerzos, su responsabilidad no tiene límites. Por eso, donde está rinde el máximo de sus
posibilidades. Cuando estudia, estudia; cuando trabaja, trabaja; cuando dirige, orienta.
Si la renuncia interior no se expresa en un fruto evidente, tal renuncia es sólo otra ilusión.
El Director Espiritual enseña que si el alma no aprende a limitarse en una acción concreta, sus
deseos se diluyen en intentos diversos que nunca llegan a culminar en una realización efectiva.
Cuando el alma se desenvuelve espiritualmente amplía la visión de sus posibilidades, descubre
todo lo que habría que hacer y lo que podría hacer en el medio en que vive. Quisiera
multiplicarse, estar en todas partes, aprender todas las ciencias, trabajar en todos los lugares
donde su esfuerzo pudiera ser útil para el hombre y para el mundo.
Todo se puede hacer, pero sólo deja una obra para bien del hombre quien concentra sus fuerzas
en un punto.
Es bueno tener una comprensión interior amplia, pero esa comprensión debe equilibrarse con la
limitación consciente y voluntaria del alma en la obra que concretamente puede hacer entre los
hombres.
Es hermoso recorrer todos los caminos, conocer todos los temas, desenvolver todas las aptitudes,
pero quien quiere hacer una obra renuncia a la gratificación personal y concentra su fuerza en esa
obra. Esta renuncia expande la comprensión espiritual del alma, multiplica su potencial creador y
su rendimiento efectivo. Su limitación exterior es sólo aparente; no impide su expansión interior,
sino que le da un alcance universal.
El alma adquiere equilibrio cuando su vida se expresa a través de un esfuerzo positivo continuo,
que se apoya en un estado interior negativo, de no posesión.

3. Control
El alma va alcanzando libertad interior en la medida en que se va haciendo dueña de su mente y
de sus sentimientos.
Mientras se identifica con los movimientos de su mente y de su corazón no puede conocerse.
Cree que ella piensa lo que su mente elabora y que ella siente cuando su corazón se mueve.
Mientras el alma no se hace dueña de su mente y de su corazón no descubre sus sentimientos y
pensamientos genuinos.
Cree que piensa cuando sólo recuerda y asocia. Cree que siente cuando se emociona por
reacción.
Si el pensamiento y el sentimiento no obedecen a la voluntad del alma, ésta no es libre. Como no
es libre, no sabe qué es, quién es.
El alma va alcanzando libertad interior cuando comienza a dominar sus pensamientos y sus
sentimientos a través del hábito del control.
El control no siempre ha sido bien comprendido.
Algunos suponen que control es el que deben ejercer unas personas sobre las otras con el objeto
de mantener el funcionamiento armónico de la sociedad.
Otros confunden control con educación. O con coacción.
Y muchos otros dicen que control es represión.
Como el hombre no entiende la naturaleza del control, no tiene siempre el mismo grado de
control. Se controla más o se controla menos según las circunstancias.
Control parcial u ocasional no es control. Control es dominio.
Si el hombre se controla según las circunstancias, su control es sólo el hábito de comportarse de
una manera determinada en cada ocasión.
El control da conciencia de los hábitos inconscientes automáticos y pone de relieve su naturaleza.
Una gran parte de las manifestaciones del hombre: gustos, tendencias, opiniones, costumbres, no
provienen de él mismo sino de hábitos adquiridos que lo hacen reaccionar en forma automática e
inconsciente, de manera que él cree que es como es, cuando en realidad es como ha sido
condicionado. El control de los movimientos interiores y exteriores trae a la conciencia las
reacciones que hasta entonces eran inconscientes y automáticas.
Los defectos o imperfecciones no son en el alma elementos aislados: son hábitos. Cuando uno
lucha contra un hábito, generalmente lo quiere extirpar como si fuera un tumor. Cuando se quiere
superar un hábito hay que suplantarlo por otro: sólo un hábito vence a otro hábito. Cuando uno
tiene la capacidad de suplantar un hábito por otro, tiene el poder de transformarse continuamente.
Éste es uno de los puntos fundamentales de la educación, del desenvolvimiento espiritual.
El Director Espiritual enseña que sin control no hay libertad interior.
Para que el control dé libertad al alma, no debe ser un control de afuera hacia adentro, sino de
adentro hacia afuera. Debe ser un control que el alma ejerza sobre ella misma, en forma libre y
voluntaria.
Sin embargo, pocas veces el alma puede controlarse apelando sólo a la fuerza de su voluntad.
Necesita la ayuda del control de su Director Espiritual. La obediencia hace que el alma se controle
permanentemente. Además, a veces ella recibe indicaciones que no le resultan fáciles de cumplir.
Si el alma no mantiene claro su discernimiento, si se identifica con deseos que ocasionalmente
pueden oponerse a los propósitos que siempre quiso realizar, se confunde: piensa que su Director
Espiritual le manda lo que ella no quiere hacer.
El Director Espiritual no da indicaciones que estén en contradicción con las aspiraciones reales
del alma. Él la orienta de modo que pueda realizar esas aspiraciones. Pero si el alma no domina
sus pensamientos y sus sentimientos es víctima de sus deseos variables: a veces desea una
cosa, a veces otra. Ella se identifica con los vaivenes de sus estados interiores fluctuantes.
Sin control no hay libertad interior.

4
Represión es la oposición a los movimientos generados por los deseos del alma (4).
Control es el dominio de los movimientos que se oponen a las aspiraciones reales del alma.
Si la aspiración del alma es la Unión Divina, ella debe controlar todos sus movimientos interiores.
Unión Divina es fijación, es Presencia, es permanencia estática. Es el movimiento simple.
Entonces, todo movimiento disturba. Por supuesto, cuanto más primitivo es el origen de un
movimiento interior, más perturba. El alma ha de llegar a ser señora de su mente y de su corazón
si aspira a la Unión Divina.
Mientras el alma no es fiel a sus aspiraciones reales va oscilando del control a la represión y de la
represión al control, de acuerdo con la variación de sus deseos.
Cuando el hombre tiene un deseo que él mismo o los demás condenan, se reprime. Pero sigue
deseando igual: él no es una unidad.
El Director Espiritual enseña que no hay que confundir impulsos con anhelos genuinos. Por eso,
cuando el alma controla sus deseos y los movimientos interiores y exteriores que ellos originan,
su control nace de su voluntad libre.
El control significa una atención interior permanente, la observación constante de todos los
movimientos interiores del alma, y su dominio.
Algunos piensan que si se controlan los movimientos interiores del alma, ésta vive en tensión y
nunca puede ser espontánea. Es erróneo suponer que el control y la espontaneidad son actitudes
opuestas y excluyentes. Precisamente, el control es el medio que permite descubrir la verdadera
espontaneidad. El alma es espontánea cuando se manifiesta ella; es decir, cuando sus
expresiones son genuinas, son propias. Uno no puede Ser espontáneo si está identificado con
deseos, con temores, con reacciones automáticas. Serían éstas las que se manifestarían y no la
propia alma. El alma tiene voz propia, que se revela claramente cuando aprende a controlar sus
movimientos interiores y, de esa manera, puede discernirlos.
Cuando el hombre elige vivir al nivel de sus reacciones rechaza la idea del autocontrol y asimila
toda norma a un freno que se opone a su libertad. Confunde libertad con esclavitud. Cree que es
libre, pero cuando desea liberarse de un hábito o de un vicio no puede hacerlo. Llama libertad a la
posibilidad de hacer una sola cosa: obedecer a todos los impulsos que afloran de su
subconsciente, aunque sean contrarios a sus intereses, a su salud, a su desenvolvimiento.
Cuando el hombre elige vivir al nivel de sus reacciones se transforma en un esclavo de ellas.
Sabe lo que debe hacer, pero pocas veces puede hacerlo. Dice: "Quisiera…, pero no puedo".
Cuando la identificación con sus reacciones es muy grande, necesita elaborar un sistema de
valores que justifique su modo de vivir y de ser. Quiere justificarse, apoyarse en razones que den
asidero a una conducta que sabe que no es justa, porque siempre se mantiene en él una chispa
de conciencia que le señala el objetivo real, aunque no tenga fuerza para realizarlo por el hecho
de depender de sus deseos variables. Esa conciencia le señala continuamente su imperfección.
Cuando el hombre se observa con honestidad, descubre rápidamente la falacia de las teorías con
las que pretende cubrir su egoísmo, su separatividad y sus desatinos.
El hábito del control consciente produce la transmutación de la energía.
Es corriente que, cuando se dice que es necesario el control interior, se piense que de esa
manera se contienen únicamente las malas tendencias. Automáticamente se asocia lo bueno con
lo deseable y con la alegría; lo indeseable se asocia con lo malo y con el dolor. El control se
asocia entonces con el mal. Pero, ¿controlar lo bueno?

Deseo: Se emplea esta palabra para designar los movimientos inconscientes del alma, que la impulsan hacia
objetivos que tampoco elige en forma consciente. El hombre desea, y muchos asimilan la felicidad a la satisfacción de
sus deseos. No obstante, pocas veces esa satisfacción los hace felices. Entonces cambian unos deseos por otros, y así
sucesivamente. Se usan las palabras anhelo y aspiración para indicar la fuerza interior que mueve al alma hacia el
objetivo que elige en forma consciente y plena
Reducir el control a la represión de los movimientos que se consideran malos es dar un alcance
muy pobre a la ascética y añadir problemas a las almas. Además, es imposible vivir reprimiendo
todos los movimientos interiores: sería la negación de la vida. Hay que aprender a orientarlos.
El hábito del control consciente es, para el alma, un sistema de conocimiento. El Director
Espiritual no le enseña a controlarse sólo para que aprenda a vivir mejor, sino para que descubra
la naturaleza de sus impulsos y para que asiente su conciencia de ser en un nivel más profundo y
puro que el de la manifestación de sus deseos. Por eso, no solamente le enseña a dominar sus
instintos, sino también a controlar emociones que el alma pensaba que eran buenas y que por
serlo debía dejarlas fluir tal como se manifestaban. Ella confundía vida espiritual con emociones
intensas. El Director Espiritual le enseña que vida espiritual es equilibrio y serenidad.
Cuando el alma, despierta descubre su aspiración genuina, su vocación real. Cuando entonces
controla su vida interior, ese control significa la orientación de toda su fuerza hacia un solo punto.
La canalización de la fuerza del ser hacia un objetivo superior produce la transmutación.
El desenvolvimiento espiritual es, en definitiva, un proceso de transmutación de la energía.
Algunos enseñan ejercicios especiales de transmutación. Estas prácticas muy pocas veces son
recomendables. En la gran mayoría de los casos han producido efectos perniciosos en las almas.
El control interior permanente mantiene activa la conciencia del alma y produce la transmutación
natural de su energía.
No hay que reducir el control a vallas que se ponen para contener pensamientos, sentimientos o
movimientos. Control es el uso sabio de la energía. Es decir, el uso sabio de la vida.
Cuando el hombre es consciente sabe lo que quiere, lo que busca; conoce los medios de que
dispone y discierne con claridad lo que necesita y lo que es superfino. Sabe vivir porque no se
engaña a sí mismo.
No es fácil mantener el equilibrio en relación con el control.
Cuando el alma comprende que necesita controlarse se formula grandes propósitos. Luego, como
no puede cumplirlos, se desalienta.
No se puede adquirir control interior de un día para otro. La voluntad se va fortaleciendo
paulatinamente a lo largo de un proceso que exige gran paciencia, perseverancia y humildad.
El Director Espiritual no pide más de lo que la vocación espiritual pide al alma. Él no le pide nada:
la despierta interiormente. El Director Espiritual, con su enseñanza, con su presencia, con su
ejemplo, mantiene viva en el alma la conciencia de sus anhelos genuinos. Esa conciencia es la
que exige del alma un control interior cada vez más perfecto.
Para que el control sea puro debe provenir de la voluntad libre del alma; debe ser expresión de su
conciencia.
Por supuesto, el hombre no está todavía en condiciones de vivir sin una regla exterior que lo
ayude a convivir. No es posible aún descansar sólo en la conciencia que cada uno pueda tener de
su responsabilidad.
Pero la regla exterior debe ser sólo un punto de apoyo que permita al hombre desarrollar su
propia capacidad de control.
Cuando el hombre aprende a controlarse un poco, enseguida quiere controlar a otros. No se
puede enseñar control a través de la coacción; eso sería someter a las almas.
Ejercer un control sobre otros sin despertar en ellos su propia conciencia es la manera de
transformarlos en autómatas.
Control es libertad. Quien es libre da libertad: un alma libre hace libres a las almas.

*
4. Transformación continua

Si bien el hombre mantiene su unidad esencial, él es —o debería ser—, en cada instante de su


vida, un nuevo hombre. Su mente, enriquecida con nuevas experiencias; su cuerpo, en un
proceso continuo de transformación, hacen que la imagen estática del hombre, como un hombre
determinado, sea algo ideal.
No existe este hombre. Este hombre es sólo una imagen que al abstraerse del tiempo, que
significa cambio, pertenece al pasado. Este hombre ya pasó; ahora es otro hombre.
La vida es dinámica; el hombre no puede evitar el cambio. Cuando se resiste, cuando no acepta
la transformación continua, se sustrae del ritmo vital. Al determinarse, al hacerse este hombre se
cristaliza: muere.
Si el hombre aceptara el cambio en vez de resignarse a él cuando es inevitable, descubriría una
nueva vida. Si bien cada cambio representa una especie de muerte relativa, una renuncia, implica
también un nuevo nacimiento. Estar vivo es transformarse continuamente
Estos conceptos a veces parecen desconectados de los problemas cotidianos; no obstante,
implican un modo de vivir, de interpretar los sistemas de ideas y la forma de cómo se determinan
en estructuras.
En el estado de conciencia positivo, cuando el hombre determina una idea en una estructura, se
determina él en la estructura. Cuando el paso del tiempo hace inevitable el cambio de la
estructura, el hombre la defiende con su vida: él es la estructura.
El sentido de posesión, llevado a su extremo, cristaliza al hombre en una obra de sus manos. Lo
detiene. Hace de él un mero testimonio de algo que ya fue.
Al defender posesivamente lo que ha conquistado, el hombre se identifica cotí sus obras, y pierde.
Pierde sus conquistas, que ya son sólo hitos que quedan como recuerdos de un camino recorrido.
Pierde la posibilidad de una nueva transformación. Pierde el don de estar vivo.
Y sin un hombre vivo, ¿para qué los sistemas de ideas? ¿Para qué las estructuras?
El sentido de posesión hizo que las doctrinas que el hombre concibió en su momento como
fuerzas renovadoras se volvieran conservadoras a partir del instante en que pudo concretarlas en
sistemas y estructuras.
Cuando el hombre descubre una posibilidad se empeña en realizarla. Elabora teorías, hace
planes y trabaja. Pero cuando luego materializa sus proyectos, su conquista se convierte en una
nueva cárcel. Piensa que su solución es la solución. Pero el hombre al que la aplica es ya otro
hombre, con nuevas posibilidades y necesidades. Él es otro hombre. Su conquista ya no es
suya; su solución ya no es solución. Pertenecen al pasado.
Al identificarse posesivamente con sus triunfos se detiene: muere. Se identifica con sombras del
pasado. Las ideas, estructuras y bienes que atesora son sólo páginas ya leídas de su historia.
Una idea que es extraordinaria al ser concebida no es liberadora al ser aplicada si el hombre no
se transforma de acuerdo con lo que esa idea le exige.
Al detenerse el hombre, sus ideas se cristalizan en sistemas rígidos. Una idea que se cristaliza
muere. Ya no es alimento.
Cuando el hombre concibe una idee no puede darle mayor alcance del que las posibilidades de
su época le permiten. Si el hombre no admite luego su propia transformación, esa idea se fija en
el tiempo: no deviene, no se transforma, no adquiere un vuelo mayor. No se universaliza. Se
detiene respecto de una humanidad que sí deviene. Cuando la idea se materializa, si lo hace a
través de un hombre que no devino, se cristaliza en moldes viejos. El tiempo transcurrido entre su
concepción y su materialización la hace ajena a las nuevas necesidades del hombre, que ya tiene
mayor conciencia y un campo más amplio de posibilidades.
Aunque una idea tenga en sí el germen de posibilidades insospechadas, se convierte en una
carga insoportable cuando se la materializa positivamente.
En el estado de conciencia positivo el hombre vive en forma estática, encerrado dentro de una
concepción del mundo y de la vida que no deviene. Cuando imagina y planifica, lo hace para sus
necesidades y aspiraciones: las del hombre de hoy. Cuando luego aplica sus ideas, éstas resultan
anacrónicas. Corresponden al hombre de ayer.
Si en ese lapso él no se ha transformado, también él es la imagen del hombre de ayer: una
imagen que se aterra a la vida desesperadamente, luchando contra el nuevo hombre, de hoy, que
al final siempre se impone, inevitablemente.
Pero si ese hombre de hoy sigue viviendo según el mismo sentido posesivo, rápidamente se
transforma a su vez en un hombre de ayer.
Cuando el hombre se libera de sus conquistas vive en una transformación continua. La libertad
que tiene respecto de su persona, de su presente, de su pasado, le da la capacidad de intuir sus
posibilidades futuras. Es decir, intuir-se en el futuro. Capta sus posibilidades reales, y con ellas
sus necesidades reales. Su libertad proyecta su intuición más allá de la problemática de su
tiempo, y puede contemplarla desde un punto de vista más amplio y completo. Su anticipación
cubre la distancia que implica el lapso entre la ideación y la concreción.
Ninguna realización es definitiva, ninguna meta es final.
La realización espiritual se convierte en una nueva ilusión si se la busca como la experiencia
"última".
Una experiencia, por más extraordinaria que sea, es sólo un peldaño en la cadena de las infinitas
experiencias humanas. Sólo debería llamarse realización a los pasos irreversibles. Es decir,
cuando el estado de conciencia adquirido no permite volver atrás; cuando resume todas las
experiencias pasadas en una experiencia única, simple y completa, que se constituye en una
base inamovible para seguir hacia adelante.
III DE LAS VIRTUDES NEGATIVAS
La idea subyacente en las virtudes negativas profundiza el significado y expande el alcance de la
virtud: las virtudes no son sólo acciones sino estados del alma que se expresan en acciones. La
virtud negativa es para el alma la interiorización de la virtud y la espiritualización del bien.
Las virtudes negativas son más bien estados místicos que esfuerzos ascéticos. La Ascética de la
Renuncia, al asentarse en las virtudes negativas, no depende exclusivamente de una ejercitación
exterior: el alma vive de acuerdo con lo que es. Si su estado interior es negativo, su vida exterior
es la manifestación de su responsabilidad, de su control, de su paciencia, de su aceptación, de su
renuncia, de su participación. Es decir, sus virtudes visibles son la consecuencia de su mística.
Pero la Mística de la Renuncia no se alcanza sólo con anhelarla. Si se menospreciara la práctica
positiva de las virtudes porque se buscaran únicamente los estados interiores que producen
espontáneamente la virtud, el alma no tendría dónde apoyarse. El Director Espiritual le enseña a
alcanzar el estado interior negativo a través de la práctica positiva del control, de las virtudes y de
renuncias. Mas al basar la ascética exterior en la Idea de la Renuncia, el alma no continúa
acumulando los bienes, ni aun espirituales, que consigue con sus esfuerzos. De esta manera
descubre rápidamente el medio interior del alma, en el que se desenvuelve su mística.
Responsabilidad, aceptación, paciencia y no posesión son sólo algunas facetas de un mismo
estado interior espiritual del alma: su participación expansiva.

1. Responsabilidad

Algunos hombres, descontentos del mundo en que viven, se desentienden de él. Otros, sin estar
descontentos, también se desentienden.
Hay muchos modos de desentenderse: Abandonar la sociedad y sus reglas. Ignorar a la sociedad
con sus reglas. Obedecer, en apariencia, todas las reglas, pero extrayendo del medio los mayores
beneficios posibles, sin aportar nada más que lo mínimo inevitable. Es lo más cómodo: la
sociedad juzga según las apariencias. Nadie sabe cuánto aporta uno, sino uno mismo.
Cada hombre aporta según el grado de su responsabilidad.
Es común medir la responsabilidad de acuerdo con la escrupulosidad con que se cumplen las
obligaciones exteriores. Pero tal evaluación sólo revela un aspecto muy superficial de la
responsabilidad.
Responder según lo que el medio exige o espera de uno es dar un alcance muy limitado a la
responsabilidad. Cada uno debería aportar el máximo que sus posibilidades le permiten.
El aporte se perfecciona cuando el dar se transforma en un darse; cuando el medio sobrepasa los
límites reducidos del radio en que se vive hasta alcanzar los contornos del mundo en que se
existe.
Se suele medir el adelanto espiritual a través de las virtudes que se practican, las oraciones que
se dicen, los poderes que se logran. Pero el desenvolvimiento real del alma se expresa en la
expansión y el perfeccionamiento de su responsabilidad.
El hombre aprende buenas costumbres, normas de vida; pero en definitiva actúa de acuerdo con
lo que es.
En los caminos espirituales, también, se aprenden oraciones, meditaciones, ejercicios; se
practican buenas obras. Pero siempre es el grado de responsabilidad el que muestra el estado
espiritual del alma.
A veces, cuando tras duros esfuerzos no consigue lo que busca, el hombre se desengaña. El
desengaño es la consecuencia inevitable cuando la vida está basada sobre ilusiones.
Quien espera algo se asienta sobre una ilusión. La responsabilidad es una base sólida -que el
tiempo no puede disgregar.
Se da por sobreentendido que responsabilidad es cumplir de la mejor manera posible con las
propias obligaciones. Pero ¿cuáles son esas obligaciones? Observar las leyes y las reglas de la
sociedad representa un tipo de obligaciones. El sentido que cada uno tiene de lo que le
corresponde hacer puede establecer otro tipo de obligaciones, que la ley no siempre obliga a
cumplir.
La etapa del desenvolvimiento del hombre en la que se limita a cumplir con las obligaciones que
la sociedad le "impone" se caracteriza por la división que él hace entre lo que le afecta y lo que
"no le atañe".
Reducir la responsabilidad a un deber que cuando no se cumple implica una sanción, es vivir de
acuerdo con un sistema de valores relativamente bajo. El bien se reduce a lo que es correcto para
la ley y las normas preestablecidas. Ser un hombre de bien es "cumplir". De esta manera, ser un
hombre de bien es ser un hombre exterior, "dentro" de la ley vigente, de las normas admitidas.
Pero un hombre que está "dentro de la ley" vigente puede vivir fuera de su propia ley. La
responsabilidad inherente a su estado de conciencia puede ir mucho más allá del mero
cumplimiento de sus deberes ciudadanos.
El hombre recorrió un largo camino hasta adquirir el sentido del deber. Cumplir fue un jalón
fundamental en el perfeccionamiento de su responsabilidad. Pero cumplir es únicamente el
aspecto exterior de la responsabilidad.
Esa responsabilidad es exterior no sólo porque se limita a acciones exteriores sino porque
expresa una actitud interior de enfrentamiento. Se está ante algo. Ante la sociedad, la autoridad,
la ley: ante el deber. Y también ante la conciencia que se tiene del deber. El hombre se divide,
así, en una personalidad exterior que cumple y otra personalidad que juzga.
La responsabilidad exterior es una obligación de la que hay que rendir cuentas. Es una
responsabilidad que se puede descargar sobre otro. Permite "vacaciones"; es decir, períodos de
irresponsabilidad.
Cuando se vive a través de enfrentamientos las acciones son reacciones. El hombre se siente
frente a un medio que lo presiona y le exige, y responde con reacciones. Su vida es, al fin, una
respuesta-reacción que en vez de conectarlo con el medio lo separa de él.
Cuando la responsabilidad es "ante" alguien, siempre existe la posibilidad de evitar su
cumplimiento.
Poder eludir una responsabilidad se entiende como una ventaja, una ganancia, que se festeja con
alegría: se "salvó". Pero una responsabilidad que puede ser eludida no es responsabilidad.
Si el número de responsabilidades que hay que cumplir determinara el margen que queda para la
libertad, libertad y responsabilidad serían opuestos que no podrían conciliarse. Libertad
significaría irresponsabilidad, y responsabilidad sería lo que el hombre no puede dejar de hacer
sin ser sancionado.
Si la responsabilidad es sólo exterior, es una carga que el hombre lleva con incomodidad, y de la
que desearía librarse. Cuando la responsabilidad se siente como una carga que se soporta con
esfuerzo, se la rechaza íntimamente.
La responsabilidad es una carga para el hombre cuando su conciencia de ser es la de un ser
separado e independiente. Si él limita su responsabilidad a una responsabilidad exterior, él no es
responsable.
Dentro de este estado de conciencia, liberación es liberarse de responsabilidades; buscar la
liberación es buscar el modo de descargarse del mundo y de la vida.
A medida que se desarrolla el estado de conciencia del hombre, él va suplantando el censor
exterior por uno interior: su conciencia del deber, que no le deja posibilidades de evasión. Desde
entonces, él puede tratar de justificar una falta de responsabilidad, pero ya no puede ignorarla. Su
conciencia del deber es un censor más estricto que los jueces exteriores.
Pero despertar la conciencia censora es sólo un paso en el perfeccionamiento de la
responsabilidad. Todos los hombres tienen su responsabilidad, pero cada uno responde de
acuerdo con su conciencia de la misma. La noción de responsabilidad es una consecuencia de la
noción que cada uno tiene de sí mismo.
Cada estado de conciencia determina una relación diferente entre el hombre y el medio.
Cada hombre tiene una idea del medio, que él asimila a la realidad exterior. Esa realidad no tiene
para todos el mismo límite. Un hombre puede no alcanzar la conciencia de ser-en-el-medio, y su
realidad no va más allá de su yo. Desde su punto de vista, siente que no tiene obligación de hacer
lo que no tiene una relación directa con su persona. No se siente obligado a nada más. Los
límites de su yo personal establecen la línea divisoria con el mundo de "afuera", que para él es
como un dibujo en una pantalla que puede mirar o no mirar. Lo que ocurre en el mundo de afuera
no le atañe mientras no incida directamente sobre el círculo de sus intereses personales. El
mundo de afuera es extraño; no le importa. El medio no adquiere más realidad que la de ser un
marco para "su" vida. Miles de millones de hombres son un decorado que puede cambiar en un
mundo que está frente a él, más allá del alcance de su conciencia de ser. El no es responsable
de "ese" medio.
Esta visión limitada tiene su contraparte: "todos" son responsables de lo que a él le ocurre. Pero si
los hombres que forman su medio tienen su mismo estado de conciencia, él es también un
extraño para ellos.
En este estado de conciencia es imposible la comunicación. No hay solución para los problemas
que necesariamente genera la división de la realidad entre un yo y los "otros", mi círculo y lo
"demás" (5).
Cuando la responsabilidad se limita al círculo del yo es interesada, ávida de resultados y
beneficios personales.
Pero el hombre vive en el medio y no frente a él. Es inevitable entonces que desarrolle la
conciencia del medio.
La noción de lo exterior está determinada por los límites que alcanza la conciencia de ser. La
medida en que esos límites se extienden hasta abarcar una realidad mayor —la medida en que la
noción de ser cubre al medio—, es la medida en que la responsabilidad se expande y se va
transformando en conciencia de la realidad.
El conocimiento del medio no implica necesariamente la conciencia del medio; puede ser sólo una
información sobre el medio.
Responsabilidad es conciencia del medio. El medio es en uno.
Uno frente al medio es una negación de la responsabilidad. Cuando el medio es en uno, lo
exterior a uno es el complemento que equilibra lo que es interior en uno. Medio interior y medio
exterior armonizan en una unidad perfecta. Termina el antagonismo entre uno y otro, entre yo y el
medio, entre el hombre y la masa.
La responsabilidad ya no es algo que se desprende de un sentido del deber. Es la inclusión en la
conciencia de ser de lo que hasta ese momento era considerado como exterior a uno. Es la
expansión de los límites de una conciencia personal hasta que alcanza su dimensión universal: es
participación.
El sentido de responsabilidad determina el lugar real que cada uno ocupa en la vida.

5
Lo demás no es sólo lo otro, lo extraño. Es también lo superfluo, lo que sobra.
La toma de responsabilidad es un proceso de desenvolvimiento interior, que va desde el mero
cumplimiento de las obligaciones ineludibles hasta un estado espiritual de participación
expansiva.
Cuando se extiende el sentido de responsabilidad se amplían las ideas, se comprende mejor a los
hombres, se ve con mayor claridad el origen de sus problemas.
Cuando la expansión del alma no tiene límites, tampoco tiene límites su responsabilidad.

2. Aceptación

Aceptar no es resignarse pasivamente ante lo que se cree inevitable. No es inercia frente a la


vida. Si el hombre no se esfuerza, nunca puede saber si está dentro de sus posibilidades superar
los problemas que sufre.
La vida del hombre es dolor. Él no puede evitar el dolor, pero puede comprenderlo.
Al aceptar se rompe el lazo con que ata el dolor cuando es personal. Aceptar el dolor no es sufrir:
es aceptar, la vida (6).
El hombre debe aprender a aceptar lo que no está en sus manos modificar: el pasado. El medio,
las características personales; los conflictos particulares y los colectivos, son la expresión
dinámica del pasado. Reaccionar contra ella es no aceptar lo que ya ha sido. Lo único que el
hombre puede hacer es trabajar para el futuro.
Aceptar el pasado es terminar de reaccionar contra el presente. Así se puede comprender el
pasado y el presente. Es inútil reaccionar contra la historia; pretender que la vida y los hombres
hayan sido diferentes. Aceptar el pasado es aceptar el dolor que ese pasado provoca en el
presente. Al aceptarlo, al dejar de reaccionar, se encuentra el presente y se puede trabajar para el
futuro.
Sin aceptación la acción es una reacción. Actuar por reacción es agregar más cadenas a las que
ya existen, es sumar dolor al dolor.
Aceptar el pasado es aceptarnos a nosotros mismos, que ya somos.
Aceptar es la aceptación plena de la existencia. Aceptación es equilibrio.
Es corriente aceptar la parte agradable de la vida y rechazar la que hace sufrir. Cuando el hombre
se siente bien es optimista, nada es un problema para él, está feliz: su mundo es el mejor de los
mundos posibles. Pero cuando sufre cambia su visión de la vida: no encuentra sentido en lo que
hace, se sume en la tristeza, la angustia o la desesperación. Rechaza al mundo y a la vida.
La realidad es independiente de la actitud con que se la considere Hay que descubrirla tal como
es. No hay que deformarla con las reacciones del momento. Para conocerla hay que aceptarla.
Esta aceptación no tiene un sentido abstracto: es aceptar la realidad tal como incide en la propia
vida.
Aceptación no es fatalismo.
La resignación fatalista pone un velo sobre la realidad. Cuando se considera que todo está
predeterminado no se enfrentan las posibilidades reales. Aceptar es aceptar también el desafío de
las posibilidades.

Dolor no se usa como sinónimo de sufrimiento. El dolor es una de las consecuencias inherentes a la vida del hombre.
Llamamos sufrimiento al modo como el dolor incide en la personalidad. Pocas veces el hombre es consciente del
dolor. Él conoce su sufrimiento. Mientras el hombre sufra porque sufre no comprenderá el dolor. El sufrimiento es la
relación personal del hombre con el dolor
Aceptar es no juzgar.
Aceptar da libertad interior. Sin libertad interior no hay juicio objetivo: sólo hay juicios. Todo juicio
personal es un prejuicio.
No tiene sentido juzgar la vida, las circunstancias, los hombres: hay que conocerlos.
Juicio es hoy sinónimo de crítica. Juzgar es encontrar un culpable, un responsable. Criticar es la
manera de no sentirse uno responsable. Sin libertad interior todo juicio es una justificación.
Sin libertad interior el juicio es rígido. Cuando el hombre no se transforma sus juicios son
definitivos.
Sin aceptación la vida se asienta en juicios previos, en definiciones intocables: en pre-juicios. Sin
aceptación no se vive la vida, se vive según un pre-juicio acerca de lo que la vida es.
Aceptar es no quejarse.
Quejarse es eludir la responsabilidad. Quejarse es vivir como un espectador; es situarse fuera de
la vida. Es vivir en la ignorancia.
Quejarse es rechazar la vida, quedar al margen de la realidad.
Quejarse es signo de debilidad; es no hacerse cargo de los problemas, inherentes a la vida del
hombre. Es no comprometerse.
Aceptar es estar dentro. Sentirse responsable de lo que ocurre: todo problema es mi problema.
Aceptar es ser consciente de que todo me atañe, que no es posible la des-carga. Aceptar, por
eso, es terminar con la ilusión de creer que es posible vivir ausente.
Cuando todo problema es mi problema no me informo de él: lo comprendo. Aceptar es
comprender: lo que se comprende es en uno.
Aceptar es no hablar de uno mismo. Hablar siempre de uno mismo es pensar siempre en uno
mismo para uno mismo. Es tapar la vida con el yo.
Aceptar es no hablar desde uno mismo. Hablar desde uno mismo es pensar desde uno mismo.
Cuando se mira la vida y el mundo desde uno mismo se reduce la realidad a un punto de vista.
Los problemas personales no pueden ser una pre-ocupación. Sólo deben ser una ocupación. Pre-
ocuparse por uno mismo es dar la espalda a la vida, limitarla a las contingencias de los problemas
personales. Pre-ocuparse por uno mismo es anteponerse a la realidad. Es desconocerla.
Aceptación no es materialismo.
Aceptar la realidad no es reducirla a la vida material. La realidad es la vida exterior y el mundo
interior del alma, con sus posibilidades y valores imponderables. Aceptar es aceptar las
posibilidades exteriores y las interiores. Rechazar una posibilidad es limitar la visión de la
existencia.
Aceptación es fe.
Tan limitado es creer por costumbre como no creer por reacción. La fe está más allá del creer o
no creer. La fe trasciende las creencias. Vivir es, de por sí, un acto de fe.
Aceptar es amar. Es comprender, es unirse, es incluir todo en el alma: la vida, los seres, el
devenir.
Aceptar es terminar de informarse acerca de la vida. Al dejar de enfrentarla personalmente, al
dejar de enjuiciarla por reacción, al desaparecer el yo como sujeto único, al dejar la postura de
espectador, el ser y la vida se hacen una unidad.
Cuando uno deja de informarse sobre la vida comienza a vivir. Vivir es, desde entonces, una
transformación continua.

4
3. Paciencia

El hombre vive acicateado por el tiempo. Es lo que no puede asir: porque ya fue y está más allá
del alcance de sus manos, o porque todavía no es y representa una incógnita.
El tiempo es una distancia que el recuerdo no puede acortar. Pone un velo sobre lo que ya ha
sido, cubriéndolo de tal manera que el hombre llega a preguntarse si realmente ha sido. El tiempo
desdibuja las imágenes, hace difusos los recuerdos. Lo vivido va desapareciendo paulatinamente
tras la bruma del olvido.
El tiempo es para el hombre una pregunta punzante sobre lo que vendrá. No conocer lo que ha de
ser es para él motivo de inseguridad, temor, angustia.
Paciencia es aceptar el tiempo.
Aceptar el tiempo es comprender que la vida no da apoyos. Ni el pasado ni el futuro son apoyos
para el, presente. El presente es continuo devenir: el tiempo es transformación permanente.
Pretender ignorar el tiempo es perseguir un imposible. Cuando se vive tras la ilusión de eludir el
tiempo uno se estrella contra el presente. Cuando uno quiere poseer el presente sólo se queda
con recuerdos.
La paciencia vence al tiempo. Cuando el hombre se resiste a devenir se detiene dentro de la
corriente dinámica del tiempo. En relación con el devenir su detención es muerte. El ya no vive:
dura. Al no aceptar el tiempo no participa del ritmo de la vida.
La paciencia vence al tiempo porque está más allá del temor al cambio.
Temer el cambio es temer perder. Temer perder es vivir aferrado a lo que ya no es. Es vivir de
espaldas al futuro, contemplando un pasado que ya no es de uno sino del tiempo.
Paciencia es libertad sobre los cambios. Al aceptar el tiempo se acepta la transformación
continua. Al aceptar la transformación continua el alma está más allá del tiempo. Su libertad sobre
los cambios le permite fijarse en un punto interior espiritual simple, más allá del cambio, más allá
del tiempo, más allá de la ilusión. El tiempo es en ella, pero ella no es del tiempo.
Paciencia es dar a cada alma su tiempo. Cada alma tiene un ritmo diferente. Un ritmo que es suyo
y que debe ser respetado. Cuando se fuerza a todos a caminar con el mismo paso se detiene a
algunos y se arrastra a muchos.
Cada alma debe aceptar su propio ritmo. Adelantar no es alcanzar a otro. Conocer el propio paso
es estar caminando.
Enseñar a las almas es enseñarles a caminar su camino con su propio paso.
En la vida las etapas no se queman: se recorren.
Recorrer es caminar desde el principio hasta el fin, y no volver.
Hay que discernir entre la etapa que se recorre y la que se repite.
La paciencia da la perseverancia de recorrer hasta el fin el propio camino, y la sabiduría de
discernir cuándo se camina y cuándo se repite.
El ritmo propio del alma es a veces más rápido que el paso que ella está dispuesta a dar.
Entonces el tiempo va más rápido que el alma y la deja atrás.
El paso de algunas almas es a veces más rápido que el de las demás. La distancia que ganan no
debe distanciarlas. Si adelantan comprenden que cada alma está en su camino, caminando
según su paso.
Estar detrás no es estar atrasado. Estar en otra parte no es estar equivocado.
La paciencia da sabiduría. No es el tiempo el que trae la sabiduría. Sabiduría es comprender el
tiempo. Comprender el tiempo es no depender del tiempo. Un alma sabia es un alma joven.
Las almas impacientes son víctimas de su propio afán. No se puede crecer apurado.
El hombre puede apurarse, pero no puede apurar la vida.

4. No posesión

A medida que el alma se desenvuelve espiritualmente aumenta su libertad interior y,


consecuentemente, se perfecciona su sentido de la libertad. Al perfeccionarse, su voluntad deja
de ser arbitraria y se va haciendo analógica.
Cuando el hombre es poco desarrollado cree que hace lo que quiere cuando, en realidad, sólo
obedece a sus instintos.
Cuando el hombre adelanta se impone sobre los instintos y es dueño de él mismo; adquiere
libertad. Entonces su voluntad se hace analógica: en armonía con la Ley divina. Como es libre no
hay conflictos en su interior. Ya no necesita elegir. Hacer lo que quiere es hacer sólo una cosa: la
acción perfecta.
Cuando el hombre perfecciona su libertad trasciende el egoísmo y deja de vivir sólo para él
mismo. El sentido de exclusividad es la barrera con que el egoísmo separa al hombre de los
hombres y de la vida. Sólo quien deja su casa puede recorrer el universo.
La vida no se compra ni se vende. No se adquiere. No tiene precio. Querer apropiarse de la vida
es perderla. La vida no cabe en un bolsillo.
Cuando uno vive posesivamente su dolor conoce un dolor, que lo empequeñece y lo separa.
Cuando no se apropia del dolor conoce el dolor: conoce la vida.
Cuando uno se apropia de su experiencia, tiene una experiencia. Cuando no se limita en la
posesión de una experiencia, su alma se expande y recibe la experiencia de la vida.
La vida no se posee: se vive. La vida no encarna en cosas: deviene.
El sentido interior de no posesión es vivir la libertad de la vida. Es no atarse más.
A medida que el alma adelanta va desatando las ligaduras con que la ata la posesión personal. Al
perfeccionarse su libertad, entonces, cambia su sentido de posesión: se transforma en el sentido
interior de no posesión.
El sentido de no posesión hace de la posesión una posesión interior. Que no se puede perder.
Que no necesita ser cuidada. Que no se puede vender. El sentido interior de no posesión permite
que la posesión no ate, no esclavice.
Cuando el alma es libre no necesita adueñarse de cosas para saber que ella es. Lo que es no
puede dejar de ser: no declina, no se pierde, no esclaviza al alma, no esclaviza a otros.
El hombre esclavo de los deseos toma unos cuantos bienes y dice que son suyos. Pero mientras
aferra lo poco que pudo asir, la vida se escurre entre sus dedos y la pierde.
Hacer migajas es deshacer el pan.
A medida que el alma se desenvuelve espiritualmente su conciencia se expande, su
responsabilidad se amplía, su libertad se perfecciona. Pero la expansión del estado de conciencia
es sentida por el yo personal como si fuera una renuncia. Desde el punto de vista del yo personal,
el sentido interior de no posesión es la pérdida de la posesión. Dentro del estado de conciencia
positivo no se comprende la expansión interior: sólo se entiende el crecimiento por adición.

*
Cuando el alma perfecciona su estado de conciencia, necesariamente cambia la relación entre
ella y el medio, los bienes e, inclusive, su propia capacidad. Esa relación es, precisamente, la que
determina el sentido de posesión. Cuando su ser estaba identificado con una personalidad, su
sentido de posesión era exterior y personal Cuando trasciende el estado de conciencia positivo,
su sentido de posesión se hace interior e intrínseco.
El sentido Interior de no posesión no debe ser confundido, asimilándolo a un concepto que sería
sólo el otro polo de la posesión personal y exterior. La participación tampoco es el equivalente
opuesto del sentido de exclusividad. No deben reducirse estos conceptos trasladándolos al nivel
de los pares de opuestos, porque se desvirtuaría su sentido. En el nivel de los opuestos se opone
lo personal a lo social, lo exclusivo a lo colectivo. El sentido interior de no posesión, así como el
de participación, sólo es posible cuando se trasciende la visión dualista del estado de conciencia
positivo. Pero tampoco deben hacerse interpretaciones personales de la Renuncia, que siempre
se usan para justificar las actitudes que no se quieren tocar o cambiar. La Renuncia del alma se
expresa en un estado interior espiritual y en un acto exterior consecuente. El alma manifiesta su
estado interior místico en actitudes concretas de vida.
Querer poseer es querer ser servido. Es vivir pidiendo.
No posesión es vivir sirviendo. El alma que participa sirve. (7) Quien sirve es servido por la vida.
El alma que participa no se posee a sí misma. Su vida es vida en las almas.
La vida separada por el egoísmo sería una muerte para ella. Ella vive en expansión, y su amor
trasciende los límites personales. Siente que no se posee, que no tiene el derecho de apropiarse
de su vida: su vida no le pertenece. No la puede desglosar de la vida; no la puede separar de la
vida de las almas.
Cuando el alma no se posee vive dándose. Pero ella no siente que se da. "Dar" ya no tiene el
sentido de "dádiva": dar es darse. "Da" quien se reserva algo. Ella ya no tiene nada: no se posee.
Además, ¿qué podría dar que fuera más excelente que ella misma? Como no da una dádiva,
como se da totalmente, se da sin elegir: elegir sería arbitrar.
Ella no puede elegir así. No puede partir la vida, no puede separar a las almas. Se da así como la
vida se da en ella. La vida fluye sin elegir, sin dar, sin pedir. El alma se da porque está viva. Vivir
es darse.
El alma que participa no se adueña de las almas. No les pide nada. No espera nada de ellas. No
viven para servirle: las almas no tienen dueño. El alma que participa vive en las almas. Quien vive
en las almas no puede tener más de lo que ya tiene.
El alma que participa no tiene más de lo que necesita, porque sabe lo que necesita. No necesita
nada más que aquello que puede usar con provecho. No se carga con posesiones inútiles.
Tener más de lo que se necesita es vivir acumulando inútilmente lo que otro necesita.
El alma que participa no desperdicia nada. Siente que tiene la obligación de usar con perfección
lo que posee, que no tiene derecho a desperdiciar. Desperdiciar es despreciar el valor vital que
existe en todas las cosas; es despreciar, especialmente, la vida que cada hombre deposita en lo
que hace.
El alma que participa no puede tirar nada. Todo lo que tiene, lo que usa, aún aquello que ya no le
sirve personalmente, es fruto de la capacidad creadora y de trabajo del hombre. Si tirara algo
estaría despreciando al hombre.
El alma que participa no pierde tiempo. El tiempo es para ser vivido, no para perderlo. Ella siente,
especialmente, que perder tiempo es falta de responsabilidad.

Sirve está usado en su doble acepción: darse, y ser útil, en el más amplio sentido del término.
El alma que participa vive comprometida. ¿Cómo puede perder tiempo? Sería usar
personalmente su vida, que ya está dada por su participación, por su responsabilidad; por su
amor.
El alma que participa no se apropia del amor. Sólo un corazón pequeño pretende adueñarse del
amor, y el amor no cabe en un corazón pequeño.
El alma que participa no se apropia de sus dones. Su capacidad no es suya. Si ya la tiene, no
necesita guardarla. Todo lo que ella sabe, lo que puede, lo que comprende, sólo tiene sentido si
sirve a las almas. Si no, ¿para qué tenerlo? Usar personalmente sus dones sería para ella volver
atrás, separarse de la vida, separarse de las almas: caer en la separatividad del egoísmo
exclusivista. El alma que participa participa sus dones. Si no los participara no serían dones.
Al participar sus dones, los posee en toda su plenitud. El maestro es maestro cuando enseña.
El alma que participa no se apropia de sus comprensiones. Como no usa su saber para obtener
ventajas, su saber se hace sabiduría.
Cuando el alma se desenvuelve espiritualmente, perfecciona su relación con la existencia,
relación que se expresa en el sentido interior de no posesión. La existencia, como lo Divino, no
puede poseerse personalmente.
El sentido interior de no posesión es la expresión de la participación espiritual del alma. En este
senado, participar es poseer en sí.
IV DE LA MÍSTICA DE LA RENUNCIA
Obviamente, la Mística de la Renuncia no se reduce a los temas que se describen en este texto.
Aquí se explican algunos aspectos espirituales que se observan en el alma en su paso del estado
positivo al negativo.
La inercia del estado positivo es demasiado grande como para que al alma le resulte fácil
entender y, más aún, alcanzar el estado interior negativo. Por otra parte, los problemas que sufre
hoy la humanidad hacen parecer casi utópico que se parta de la base de que el alma quiera por
sobre todas las cosas renunciar: que el anhelo de renuncia se tome como el punto de partida de
la mística. No es el punto de partida. Pero lo tomamos como si lo fuera, para no detenernos
demasiado en las primeras etapas, fácilmente conocidas por todas las almas que tienen algún
deseo de desenvolverse. Es más difícil describir los pasos posteriores del alma, simplemente
porque hay menos experiencia en ellos. En esas alturas las almas se encuentran solas, sin los
apoyos que los hombres tienen comúnmente en las ilusiones que persiguen. No les resulta fácil
tampoco encontrar una guía sabia para orientarse en su vía mística, y se desorientan con la fácil
liberación espiritual que se ofrece a cambio de estudios, ejercicios o conversiones.
Cuando se comprenden los problemas que sufre el alma que asienta su vida en la vocación de
Renuncia, se entienden mejor los problemas que tienen todas las almas que todavía no tienen
noción de la existencia del Camino de la Renuncia.

1. Las virtudes

Salvo muy escasas excepciones, las religiones y caminos espirituales han asentado la vida
espiritual en la práctica perseverante de las virtudes, por medio de las cuales el alma alcanzaría
una perfección que la haría acreedora a la Unión Divina. Muchas almas se han empeñado
afanosamente en la práctica de las virtudes y, por ése medio, algunas han logrado ciertas
conquistas espirituales. Sin embargo, las almas se ven tan imperfectas cuando se comparan con
el modelo de las virtudes que tendrían que realizar, que la gran mayoría desespera de poder'
llegar alguna vez a la meta soñada. Es que el ejercicio asiduo de una virtud no le asegura al alma
la posesión de la misma; el mismo hecho de que tenga que esforzarse por practicarla le recuerda
que no la posee realmente. Siempre, al menor descuido, vuelven a surgir, rebelándose, todas sus
fuerzas reprimidas o no bien encauzadas, como si le quisieran demostrar que nada ha
conseguido con tanto esfuerzo.
Las almas buenas sufren ante el aparente fracaso de sus nobles propósitos y, cuanto más tiempo
pasan en la lucha por la adquisición de virtudes, menos clara se les muestra la senda que han de
seguir. Es común —y hasta natural— que cada caída o debilidad en su esfuerzo ahonde en ellas
el sentimiento de culpa y fracaso y que; al final, se sientan impotentes e incapaces de lograr la
perfección espiritual que se habían propuesto.
Por otra parte, muchas personas que según el concepto corriente de la virtud podrían mostrarse
como modelos que todos tendrían que imitar son, en la práctica, tan estrechas en sus
apreciaciones y tan rígidas en su conducta, que muchos se preguntan cuál es la excelencia de
una virtud que ahonda la división, el antagonismo y la incomprensión entre los hombres. ¡Cuántos
son los que se aterran escrupulosamente a la letra de sus creencias y cumplen con extraordinario
celo las normas de sus dogmas y, no obstante, son intolerantes y crueles con los que no
participan de sus ideas! Esta contradicción ha hecho desconfiar a muchos de la eficacia de las
virtudes. En realidad, no cuestionan la virtud en sí, sino la virtud tal como les fue enseñada. Es
decir, según el significado y el alcance que cada creencia dio al concepto de virtud.
Se ha hecho de la virtud un concepto ideal, desconectado de la naturaleza del hombre. Al ser
idealizadas, al ser colocadas más allá de las posibilidades reales del alma, las virtudes se
prestaron a interpretaciones personales. Cuando cada uno tiene su concepto de lo que es virtud,
la práctica de sus virtudes termina por enfrentarlo contra los otros, que tienen un concepto
diferente de la virtud.
Si por un lado se admite que el hombre es imperfecto por naturaleza, y por el otro se le presentan
las virtudes como la perfección que debe alcanzar en cada aspecto de su conducta, es inevitable
que se mantenga un abismo entre lo que el alma siente que es y lo que cree que debería ser, y
que esa distancia infranqueable ahonde su sufrimiento y desesperación.
Pero si la aspiración a la perfección es el anhelo constante del alma, debe haber un medio que le
permita alcanzar esa perfección. Un medio que, al mismo tiempo que la haga más perfecta, le dé
una noción más clara y profunda de qué significa la perfección que busca con tanto afán.
La Mística de la Renuncia se asienta en la práctica de las virtudes negativas.
Se pueden dividir las virtudes, entonces, en positivas y negativas. Pero esta distinción didáctica
se refiere sólo a un aspecto superficial de las mismas. Denomina positivas a las virtudes que
requieren un esfuerzo activo del alma, como el valor, la templanza, el amor activo —la práctica de
obras inspiradas en el amor al prójimo—; y designa como negativas a las virtudes que exigen una
dación interior: la aceptación, la fe, la paciencia, la humildad. Pero es necesario llegar a una
comprensión más profunda, que permita entender la actitud interior negativa, que es la clave de
la Mística de la Renuncia. Es esa actitud interior la que indica la naturaleza de la mística del alma,
y no la característica exterior, positiva o negativa, de las virtudes que practica.
Las virtudes negativas no pueden practicarse de la manera como se ejercitan las virtudes
positivas. Las virtudes negativas derivan de una actitud del alma. En realidad, se tendría que decir
que es una actitud del alma la que transforma una virtud positiva en, negativa, y resume
todo su trabajo ascético en un estado simple, negativo. Esa actitud, imposible de constreñir
dentro de una definición escueta, es el estado interior de Renuncia que hace luchar por un bien
positivo como si éste fuese lo más importante, mientras íntimamente no se lo apetece ni se lo
busca personalmente.
Es evidente que la práctica de las virtudes negativas predispone al alma hacia un estado interior
negativo. Pero, si no se comprende la diferencia entre este estado místico y la virtud, aun
negativa, se termina por reducir la mística a la práctica de las virtudes, y por hacer de un concepto
limitado de la virtud un fin en sí mismo.
La Ascética de la Renuncia no desecha la práctica activa de todas las virtudes ni tira por la borda
los conceptos éticos que rigen la vida de los hombres. Todo hombre necesita una norma y un
sistema de valores.
La Renuncia no consiste en tirar lo que se tiene porque se lo considera de poco valor en relación
con lo que se pretende alcanzar. La Renuncia da una libertad interior que permite tomar y dejar,
usar todo en la medida justa, transformando así lo que de por sí es imperfecto en un sólido apoyo
para alcanzar una mayor perfección.
La práctica positiva de las virtudes no es suficiente para alcanzar la paz y la felicidad, ni tampoco
para entrar en el reino interior de la mística. Si bien se supone que el ejercicio de las virtudes
perfecciona el amor a Dios y lleva al alma hacia la mística, es corriente que aun las almas
perseverantes en sus esfuerzos espirituales sientan que la mística está fuera de su alcance, y que
consideren a los santos y a los contemplativos como almas "diferentes", extrañas a su mundo.
Como si hubiera dos mundos: el de los perfectos, que dicen cómo el alma debe ser, y el de las
almas, que luchan por serlo sin poder salir nunca de sus miserias.
El alma debe aprender a transformar la virtud en un bien permanente, que la expanda
interiormente, le dé paz y sabiduría.
Lo primero que debe comprender es la naturaleza de sus anhelos espirituales. Nunca alcanzará la
paz interior ni la Unión Divina mientras las busque como bienes personales, en forma posesiva.
Nunca alcanzará la liberación mientras la entienda como su liberación.
El olvido de uno mismo es el primer paso en la Mística de la Renuncia.
Pero, ¿cómo es posible olvidarse de uno mismo si todo pensamiento y sentimiento nacen de uno?
¿Cómo es posible dejar de tomarse a uno mismo como punto de referencia? Es posible,
comenzando por dar mayor importancia a la vida y a los problemas ajenos que a la propia vida y a
los problemas personales.
La fórmula es aparentemente sencilla, pero requiere toda una vida de esfuerzo, ofrenda y
renuncias para ser comprendida cabalmente y realizada interiormente.
Al cambiar la relación entre uno y lo que lo rodea, cambia también la naturaleza de los fines que
se persiguen. La virtud era antes un objetivo por el que se luchaba para enriquecerse. Pero
cuando ya no se pretende el enriquecimiento espiritual personal, el ejercicio de la ascética
requiere un motivo más puro y un espíritu más universal en su origen y en su objetivo.
En su origen, porque si uno mismo no es el centro de interés, la fuente de los impulsos debe calar
más hondo en la conciencia y surgir de aguas más espirituales que las del yo personal.
En su objetivo, porque el móvil de los esfuerzos interiores va más allá del deseo de una
perfección aislada, para uno mismo, y obliga a abrirse a una realidad más amplia: la del mundo de
las almas.
Pero el olvido de uno mismo no basta para transformar una virtud positiva en un estado interior
negativo. Aunque el alma no piense siempre en ella misma, no puede dejar de recoger los frutos
de sus luchas y esfuerzos; tampoco puede evitar las caídas y frustraciones. Mientras no
comprenda cómo es el camino interior, la Mística de la Renuncia, vivirá oscilando entre
sensaciones de pena y alegría, de triunfo y de fracaso.
El hombre no puede evitar las caídas en su camino, pero puede transformarlas en experiencias
liberadoras. Tan importante es que se libere de los fracasos como que aprenda también a
liberarse de sus triunfos. Un fracaso humilla y enseña a conocer las propias limitaciones, pero un
triunfo siempre enceguece con su brillo y proyecta su importancia más allá de sus límites reales.
El hombre dice que triunfa cuando consigue sus objetivos, pero luego, como se identifica con lo
que ha conseguido y lo aterra posesivamente, su aparente conquista se transforma en un
obstáculo para su posterior desenvolvimiento.
. El sendero espiritual no es un camino de triunfos sucesivos; es más bien un continuo aumento
en el conocimiento de las propias limitaciones, de las pequeñeces, de las miserias que se cubrían
con las cáscaras de conquistas ilusorias. Es, en realidad, un fracaso personal continuo que
permite surgir, puro, al ser interior.
Las virtudes positivas derivaron de un concepto positivo de la mística. El concepto positivo de la
virtud ha sido indispensable para el desarrollo de la personalidad, para el adelanto de cada
persona dentro de un mundo separado en razas, clases, países y creencias. La virtud positiva
afirmó al hombre en una personalidad propia, dándole fuerzas para conquistar el mundo material
y, especialmente, para desarrollar sus facultades positivas: la capacidad de hacer, de dominar, de
desentrañar los secretos y las leyes que rigen el mundo natural.
El ejercicio positivo de las virtudes es la práctica de las mismas con un sentido posesivo; es decir,
es un esfuerzo personal para apropiarse de un objetivo apetecido. La conquista sucesiva de la
serie de objetivos daba la medida del progreso. El mismo patrón que se usaba para apreciar el
adelanto material se empleaba para medir el adelanto espiritual.
Dentro de un proceso de afirmación de la personalidad, la mística era usada para afirmar al
hombre en sus conquistas. Y el ejercicio positivo de las virtudes le aseguró el progreso en el
camino de "su" salvación. Pero era inevitable que, dentro del desarrollo positivo, cada
personalidad terminara por enfrentar y oponerse a las demás, cada creencia se esforzara por
conquistar o aniquilar a las otras y cada hombre luchara contra los otros hombres, en su afán por
alcanzar su meta particular. Esta lucha positiva ha sido no 3Ólo beneficiosa sino indispensable
para desarrollar la voluntad y el conocimiento de las extraordinarias posibilidades exteriores del
hombre.
Cuando se entiende que una etapa ha sido superada, es fácil menospreciarla y dar valor sólo al
nuevo paso que hay que dar. Esta actitud es característica de un estado positivo de la mente, que
clasifica en forma absoluta todo lo que considera; "Lo que no es bueno, es malo". "Si la etapa
positiva debe ser trascendida, entonces todo esfuerzo positivo es dañino; no sirve". No tiene
sentido censurar el esfuerzo positivo; hay que comprenderlo. La etapa positiva no se trasciende
con una mera explicación. Entender no es comprender (8). Aunque el alma entienda claramente la
necesidad de alcanzar un estado interior negativo, todavía necesitará mucho tiempo de esfuerzos
positivos para lograrlo.
La Renuncia no niega ni se opone al esfuerzo positivo, pero al comprenderlo y darle su verdadero
valor, lo ubica dentro de la ascética que el alma necesariamente debe hacer para controlar sus
tendencias primitivas. De esta manera, hace de la práctica de las virtudes positivas un arma
poderosa y eficaz que, sabiamente usada, la predispone rápidamente hacia el logro de su
perfección espiritual.
La Renuncia transforma la virtud o actitud positiva en una virtud-estado negativo.
Al no hacer de la virtud un fin en sí mismo evita la rigidez del hombre "ético", y al no hacer
tampoco de la virtud un medio para el logro de un fin personal, no permite que se desvirtúe el
sentido del desenvolvimiento espiritual.
El deseo de alcanzar la propia salvación o bienaventuranza separa tanto al hombre de los
hombres como el odio que suelen dispensarse. La búsqueda de la realización personal ha sido
muchas veces el rótulo con el que se simuló la huida de todo compromiso con los hombres, con la
vida y con el mundo. ¿Quién está seguro de que ese anhelo de liberación personal y separada no
esté alimentado por el mismo egoísmo que impulsa a un hombre a ser más rico, poderoso y feliz
que los demás?
Cuando da importancia sólo a los problemas mundiales y ajenos, el alma se olvida rápidamente
de ella misma. Ese olvido le permite comprender mejor sus reacciones y actitudes ante la vida y
los que la rodean. Ella anhela trascender su personalidad, y se da cuenta de que su reacción,
rechazo o desinterés hacia el mundo y los hombres se vuelve en su contra. La reacción sólo es
posible cuando "uno" cuenta más que el "otro". El alma comprende que la actitud positiva
encadena reacción con reacción y la encierra cada vez más dentro de la personalidad de la que
quiere liberarse.
La actitud interior negativa es explicada por algunos Directores Espirituales como un estado de
ofrenda, de dación de sí, de aceptación. Si bien es cierto que el estado interior negativo significa
una ofrenda del alma, la palabra ofrenda, como también las palabras dación y aceptación, las
reservamos para designar matices característicos del estado interior de Renuncia. Por esto se
habla aquí sólo de actitud negativa, es decir que el alma no busca, no quiere, no espera nada
para ella misma: no persigue un enriquecimiento personal.
Dentro del estado de conciencia positivo las relaciones humanas no establecen un nexo, no
comunican. Son una continua acción-reacción, en una lucha por el predominio. La reacción contra
otro oculta siempre el deseo de imponerse. El deseo de imponerse, de ganar, es la característica
de la actitud positiva.
Cuando el alma tiene un estado interior negativo está más allá del deseo de imponerse a los
demás; el "ganar" no significa nada para ella. Su esfuerzo para alcanzar la perfección espiritual, la
Unión Divina, no se asienta en los conceptos corrientes de "progreso", "adelanto",
"perfeccionamiento", "realización". Es inevitable que se usen esos términos para explicar la
Mística de la Renuncia: siempre existe el desenvolvimiento. Pero no hay que confundir el
verdadero desenvolvimiento espiritual con un mero crecimiento por adición de agregados.

4
Entender se emplea para designar sólo el entendimiento racional, que no significa necesariamente una comprensión
profunda. Se puede entender el problema de un hombre y, sin embargo, permanecer ajeno a ese hombre y su
problema. Comprender es entender y participar; es incluir, contener, hacer de uno lo que se entiende. La comprensión
es en uno. El entendimiento, en cambio, es sólo una de las funciones de la mente.
Si el alma no busca enriquecerse ni alcanzar una realización personal, ¿qué busca y de dónde
saca la fuerza que necesita para transitar un camino que le exige la abnegación completa de sí
misma?
Es habitual considerar como móviles valederos a todos los objetivos que prometen algo,
desconociendo, involuntariamente quizá, el impulso que todas las almas tienen de darse, de
ofrendarse y sacrificarse sin esperar una recompensa personal, sin una ganancia a la vista.
Aunque esa ofrenda no sea frecuente, la fuerza que impulsa al alma hacia el sacrificio es más
poderosa que el impulso que la mueve hacia la posesión, ya que no sólo renuncia a los bienes
que están a su alcance, sino que ofrenda su propia vida.
La necesidad de darse a sí misma es una constante en el alma. Todos los hombres, en todas las
épocas, han reverenciado o adorado a aquéllos que dieron ejemplo de renuncia y ofrenda. Los
han llamado héroes, santos, redentores, y los han erigido como ideales de los sistemas éticos y
espirituales.
Hasta ahora, esos ejemplos fueron aislados y esporádicos; era lógico que así fuera durante un
período que determinaba la afirmación del hombre como una personalidad separada. Pero
cuando esta afirmación ha sido consumada debe comprenderse y trascenderse, para que las
conquistas alcanzadas sean asimiladas e incorporadas definitivamente al ser. Hoy cada hombre
debe transformarse en una expresión viva de la Renuncia que hasta ahora reverenciaba como
algo exterior a él.
A través del esfuerzo positivo el hombre realiza sus objetivos personales. Pero como los posee
positivamente, se ata a ellos y no puede trascenderlos. Al quedar prendido por sus apegos no
alcanza a divisar posibilidades que están más allá de la posesión personal. La posesión positiva
es un triunfo relativo. Cuando no se trasciende, encierra al alma dentro de un círculo vicioso de
posesión y pérdida, triunfo y derrota. Llegar a donde se desea es una conquista. No seguir hacia
adelante hace amargos los frutos de la victoria. Para que un objetivo impulse al hombre sin limitar
sus posibilidades futuras ni atarlo con los lazos de la posesión personal, debe ser un objetivo
negativo.
La Renuncia es un objetivo negativo.
El objetivo negativo impulsa a realizar los objetivos contingentes necesarios como si fueran el
bien más perfecto, pero al liberar al alma de su tendencia hacia una continua identificación
positiva, la mantiene libre de sus conquistas sucesivas. Es decir, en una renuncia permanente. De
esta manera, el alma alcanza rápidamente una gran perfección espiritual. Ésta no se traduce en
un perseguir para alcanzar y poseer, sino en un tomar y dejar, en un desear no deseando, en un
amor que se desprende del objeto del amor en el momento en que puede poseerlo. La libertad
respecto de lo que se busca y se alcanza mantiene al alma libre de las consecuencias positivas
de sus triunfos y fracasos relativos —de la exaltación y de la frustración—, le da la comprensión
plena de todas sus experiencias y le otorga el don de vivir en paz, en una paz interior
permanente, dentro de una vida que no puede dejar de provocar alegrías y dolores.
El alma es, así, libre de ella misma y de sus propias experiencias. Puede mantener de esta
manera una objetividad serena dentro de su desenvolvimiento, y su propio ser no adquiere más
relevancia que el de las almas que la rodean. El olvido de uno mismo, que aparentemente es
imposible de alcanzar, se logra espontáneamente cuando la actitud interior negativa se hace en el
alma un estado permanente.
El estado interior negativo transforma el ejercicio activo de las virtudes positivas en un quehacer,
en una suerte de trabajo interior, en un deber o, para ser más exactos, en una responsabilidad. El
avance en la conquista de la virtud ya no es un adelanto que acerca a un bien apetecido: no se
piensa en términos de avance o retroceso. El ejercicio de la ascética, que siempre es un hacer
positivo, es el modo de ser del alma que no se ata a las experiencias ni a sus consecuencias
circunstanciales de dolor o alegría, de adquisición o pérdida.
En la Mística de la Renuncia el esfuerzo positivo es siempre la contraparte de un estado interior
negativo. En este caso, el ejercicio de las virtudes es una acción sólo en cuanto es una actividad

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exterior, pero esa acción es la expresión superficial de un estado negativo del alma, que es
interiormente libre por su renuncia a poseer, a acumular y gozar de los frutos de sus esfuerzos.
Esa impersonalidad, esa trascendencia respecto de ella misma, permite que el alma se mantenga
en una paz fundamental aun dentro del esfuerzo tenaz que significa la realización del anhelo de
desenvolvimiento espiritual y de Unión Divina.

2. La renuncia positiva

En el camino que el alma recorre hacia la Unión Divina se distinguen tres etapas fundamentales:
la etapa de la afirmación personal, la muerte mística y la etapa de la negación afirmativa.
A la primera, de afirmación personal, la llamamos etapa de la renuncia positiva. La característica
de este período es que la actitud toda del alma es positiva: ella está en un estado de conciencia
positivo.
¿Cómo es posible que estando el alma en un estado de conciencia positivo, que la impulsa a
fortalecer su personalidad, se oriente hacia un camino de Renuncia, que desintegra esa
personalidad? El camino positivo, cuando se recorre hasta el final, termina en una contradicción.
El crecimiento desmedido de la personalidad origina su propia destrucción.
Así como cada hombre desarrolla una personalidad particular que compite con las de los que lo
rodean, así cada grupo humano, cada pueblo, desarrolla su personalidad característica. Estas
personalidades colectivas actúan y reaccionan como si formaran un organismo homogéneo, con
voluntad y pensamiento propios, y cuando llevan hasta el extremo su lucha competitiva, terminan
por destruirse unas a otras. En el orden personal, cuanto más brillantes son los triunfos exteriores
del hombre, más profunda es su crisis espiritual; si su desenvolvimiento ha sido sólo exterior, su
angustia se acentúa. Cada vez se le hace más oscura la respuesta a la pregunta que no puede
evitar: la del sentido. Qué sentido tiene el adelanto conseguido con tanto esfuerzo y sufrimiento;
qué sentido tiene su vida, esa vida. La crisis de sentido mina la base sobre la que se asientan los
triunfos personales.
El alma anhela la felicidad, la paz interior. Frente a la plenitud a que aspira, sus bienes, su vida,
sus objetivos, se le aparecen vacíos y sin significado. No es que odie al mundo, o que se sienta a
disgusto haciendo la vida común, pero no necesita recorrer todo ese camino para saber que no le
brindará lo que desea realmente. Ella anhela un bien interior, una seguridad fundamental, un
conocimiento cierto que le haga saber quién es, para qué lucha, sufre y se esfuerza. Ama a la
vida y sabe usufructuar de los beneficios que le brinda la sociedad, pero no le es suficiente: ansia
una conquista permanente.
Sabe ya, porque lo ha comprobado, que el camino de la posesión no le da paz ni seguridad. Sabe
que tener más no significa ser más, ni ser diferente, ni ser feliz. Nunca pudo saciar sus deseos
totalmente.
Al contrario, se aumentó su insatisfacción. Al final, el peso de sus experiencias sin fin, de lo que
ha adquirido, la agobia, la asfixia. Está ya cansada de correr tras metas que no le prometen más
que una felicidad transitoria. Está cansada de perseguir ilusiones, de aprender textos en palabras
que no le dan lo que ella espera; está cansada de repetir lo que otro ha dicho o hecho, cansada
de hollar sendas gastadas por las lágrimas y la desesperanza. Está cansada de cubrir su angustia
con las cáscaras de la sofisticación, de la moda, de la pose, de lo artificial y vacío. Cansada de
representar un papel sin saber por qué ni para qué.
Ella quisiera detenerse, frenar la rueda de la vida para poder ver mejor, para preguntar a fondo,
para saber qué pasa, qué es lo que a ella le pasa.
Sabe que de nada vale reaccionar contra el sistema en que vive; su reacción sería un producto
más del sistema del que, quiere liberarse, que se mueve dentro del ritmo de los contrarios, del "a
favor" o "en contra", del "viva" o "muera". Tampoco puede huir. La huida exterior es imposible.
"Todo el mundo" pertenece al sistema. No se puede escapar exteriormente de un estado de
conciencia.
Tampoco escucha a quienes le dicen que no piense, que no se preocupe, que viva su vida. Sabe
que vivir "su" vida quiere decir dar la espalda al hombre y sus problemas, desentenderse. Ella no
quiere desentenderse. No quiere taparse los ojos con la indiferencia. No puede: está
comprometida.
Se siente presa. Al no haber escape posible, quiere desprenderse de lo que siente que es.
Quiere, en realidad, trascender su estado de conciencia positivo. Esto es: Renunciar.
Comienza así el Camino de la Renuncia. Y su primer paso es un cambio de actitud frente al
mundo y la vida, que aparentemente la vuelve hacia el lugar del que quería escapar: debe
aceptar el mundo y la vida. Pero no con una resignación pesimista, como lo habría hecho de
persistir en su estado de conciencia positivo. Debe aceptarlos como su realidad. Es decir, debe
dejar de reaccionar positivamente contra un medio que es su medio, contra los hombres que
constituyen su humanidad. La rebelión contra el dolor y la ignorancia, que la apartaba del mundo
y de la vida, se transforma en una aceptación profunda, que la integra al mundo y a la vida. Esta
integración, que superficialmente se podría entender como una materialización del alma, es en
realidad una comunión interior con el hombre, una integración a la existencia que profundiza y
espiritualiza la visión que el alma tiene de lo Divino. Al aceptar su mundo, al no rechazar más una
humanidad que es la suya, el alma comienza a descubrir al hombre dentro de ella. Al amarlo
empieza a comprenderlo. Y, a través del hombre, comienza a comprenderse a sí misma.
Cuando reaccionaba se preocupaba sólo por ella misma, terminando en la angustia de no
entenderse y de no entender. Cuando renunció, cuando se hizo responsable, cuando aceptó al
hombre, al mundo, a la vida, comprendió al hombre en ella y comenzó a encontrarse a sí misma
en el hombre.
La primera renuncia fue, entonces, dejar de huir, de aislarse en el desinterés y la indiferencia;
terminar de pensar en ella misma y desde ella misma, que es el modo de dar la espalda a todo lo
demás.
Pero no fue suficiente. Si bien la aceptación, tal como se la describe aquí, significa un nuevo
estado de conciencia, no debe interpretarse que cuando uno entiende que debe aceptar ya tiene
acceso directo a ese estado de conciencia. La aceptación profunda requiere muchas
aceptaciones. No se cambia de estado de conciencia, no se amplía la visión interior tan
fácilmente. Es necesario un esfuerzo interior perseverante, una renuncia permanente.
El alma comienza, entonces, a renunciar. Cada renuncia le exige una lucha interior; le cuesta.
Como ella está en un estado de conciencia positivo, mide lo que deja, lo que "pierde", lo que
"sacrifica", y lo compara con lo que "gana". Racionaliza su mística dentro de las columnas de
ganancias y pérdidas. No se da cuenta todavía de que la función racional es fruto de una actitud
positiva de la mente, y que mientras no adquiera la capacidad de cambiar a voluntad esa actitud
por una negativa, no comprenderá espiritualmente el significado de la Renuncia.
Su renuncia es positiva, y se concreta en actitudes extremas: "Si la búsqueda del placer no lleva a
la felicidad, no quiero el placer. Si la riqueza material no sacia mis anhelos interiores, no quiero
esa riqueza. Si el amor instintivo produce apego y encadena al temor y al dolor, rechazo ese
amor".
La Renuncia positiva es verdaderamente un despojo. El alma se va desprendiendo de lo que
tenía, y rechaza lo que antes deseaba. Si el deseo era la fuente del dolor, ahora no quiere desear.
Quiere ser libre.
Quiere alcanzar la felicidad. Quiere lograr la realización. Quiere la Unión Divina: Quiere.

*
Cae en una nueva trampa. Ella no Renunció: dejó ciertas cosas porque deseaba otras. Pero si
dejó un mundo, todavía no encontró otro diferente. Se apartó del camino del dolor, de la
ignorancia, de la confusión y la huida, pero ahora no sabe dónde se encuentra. Se despojó de los
falsos atributos, pero todavía no halló los reales. Rompió algunas cadenas, pero no alcanzó la
libertad.
En el estado de conciencia positivo renunciar es dejar, es rechazar, es despojarse. Es morir. Pero
salir de aquí es estar allí. Tirar esto es tomar aquello.
Así como al poder medir sus pasos, sus esfuerzos y sus logros, el alma tiene la sensación de
estar renunciando, sensación que le da seguridad, así también está sujeta a las contradicciones
de la actitud positiva. Por más que lo procure no logra el equilibrio, ni tampoco profundidad. La
estabilidad interior, cuando la consigue, es fruto de la voluntad y no de la paz. Y si a veces
entiende, lo hace con su mente racional solamente; sus comprensiones no tienen raíces en su
interior. Como no tiene dominio sobre sus movimientos interiores necesita estar siempre alerta, de
lo que deriva su actitud casi beligerante. No puede superar la susceptibilidad, ya que permanecen
en ella los moldes que la actitud positiva impone a su conducta. El esfuerzo por crear su
personalidad la acostumbró a una permanente defensa, que fácilmente se trueca en ataque y, a
veces, en provocación. Es que siempre su finalidad fue "ganar". Ganar es sentirse más fuerte. Es
estar seguro. Es haber triunfado. Por eso, en la renuncia positiva el alma se mide y se compara
permanentemente con las demás. Siempre está en lucha, pronta para rechazar lo malo y abrazar
lo bueno. Pero al mismo tiempo vive sumida en la aflicción, porque no puede sustraerse de la
oscilación interior entre la alegría y el dolor, la esperanza y la frustración, los momentos de triunfo
y los instantes de fracaso y desesperación.
Ella quiere renunciar, pero no termina nunca de lograrlo. Es sincera en sus propósitos, pero está
prendida, por su deseo, de los vaivenes producidos por sus pensamientos y sentimientos
inconstantes; está atada a las contingencias de su lucha interior.
Ella es ella. Lo dejó todo, lo sacrificó todo, lo abandonó todo, pero no alcanzó a tocar su centro
interior. No melló siquiera la corteza de su personalidad.
Mientras ella es ella, su renuncia es renuncias, que no le dan paz permanente ni amor real.
Esta primera parte del proceso de desenvolvimiento espiritual es fácil de recorrer. Las almas
pueden ser guiadas sin dificultades, porque su esfuerzo interior es de la misma naturaleza que
sus esfuerzos exteriores. La lucha espiritual asume las mismas características que una lucha
exterior contra un enemigo objetivo, determinado, visible.
En esta etapa, la realización espiritual es un objetivo concreto: el éxtasis, por la práctica
escrupulosa de ejercicios apropiados; la salvación, por la perfección alcanzada a través del
ejercicio positivo de todas las virtudes. El alma está en la etapa del hacer, de la concreción. En
esta etapa se desarrolla y perfecciona la voluntad, que se aplica al logro de metas precisas: algo
específico que se deja, que se sacrifica, para conseguir un bien más perfecto.
El buen Director Espiritual estimula este esfuerzo positivo, e impulsa a las almas a que adquieran
un dominio perfecto de su voluntad, porque en esta etapa se perfeccionan los hábitos —es decir,
en lenguaje ascético-místico: "hábitos de perfección"—; se aprenden los diversos ejercicios
espirituales y se comienza la práctica de la oración y de la meditación. Para que estas prácticas
se transformen en un hábito, es indispensable que las almas sean constantes en sus esfuerzos y
adquieran un control perfecto sobre sus movimientos interiores y exteriores.
Es fundamental que el alma use correctamente toda su fuerza volitiva en este primer período,
porque la actitud interior positiva potencializa el poder de la voluntad. Si no desarrolla
adecuadamente su voluntad en este momento, no lo podrá hacer luego. Cuando se logra una
comprensión profunda se adquiere una visión interior integral, y los esfuerzos no están ya
animados por el poderoso motor que es el deseo positivo.
En la etapa positiva se afirma la personalidad; la renuncia positiva, aparentemente, la sigue
fortaleciendo. Algunos Directores Espirituales han interpretado este hecho en forma errónea;
suponían que si el estado de Renuncia es negativo, sólo podía ser alcanzado a través de una vía
interior exclusivamente negativa. Esto es cierto, pero recién cuando el alma ha hecho suyos los
frutos del esfuerzo positivo: ha conquistado la voluntad inquebrantable y los hábitos de perfección.
Si desde el primer momento se lleva a las almas por una vía totalmente negativa, es muy difícil
que puedan desarrollar la fuerza interior que necesitan para perseverar en su esfuerzo. Como
tienen conciencia de que todas las metas son relativas, esa visión, si bien amplia, tiende a
quitarles la fuerza que necesitan para alcanzarlas. Es verdad que, desde el principio, las almas
deben saber que la Renuncia es no ganar, no tener, no ser; pero en la primera parte del sendero
espiritual, el no ganar, el no tener y el no ser se constituyen en objetivos concretos que se
pretenden realizar a través de una actitud y un esfuerzo positivos. El alma sabe que renunciar es
no ganar; entonces, ella quiere no ganar. Como no puede evitar que lleguen a sus manos los
frutos de sus esfuerzos, ella los rechaza sistemáticamente. Ese rechazo, sostenido por un
sacrificio interior efectivo, por el esfuerzo de su voluntad que aparta uno a uno los bienes que no
quiere, es un movimiento positivo, objetivo, determinado. Pero, como es positivo, va acompañado
de sufrimiento y no de plenitud. El alma quiere renunciar, ser libre, y aparta de ella todo bien que
pueda atarla o trabar sus pasos en el Camino de la Renuncia. No obstante, cada vez que ella
hace un acto de desprendimiento, sufre, llora por lo que deja y, además, no se siente más libre
luego que lo ha dejado. Si su estado interior hubiera sido negativo, su desprendimiento habría
sido espontáneo, fruto de una comprensión que trasciende el hecho de dejar algo y, en vez de
sufrimiento, habría producido en ella una expansión espiritual.
La actitud interior positiva da fuerza a la voluntad, pero quita conciencia, o impide su expansión.
La aplicación positiva de la voluntad limita la visión interior del alma, no le permite una
comprensión profunda de sí misma, de su camino, de la naturaleza de sus anhelos espirituales.
Le presenta escuetamente la acción que debe ejecutar, y nada más. El alma sabe que debe
desprenderse de algo que todavía desea tener, y no sabe otra cosa; no quiere saberla. En ese
momento su actitud positiva le impide tener conciencia de la extraordinaria libertad de la
Renuncia; no puede recordar que todo el dolor que sufrió fue provocado por los objetos de sus
deseos. Mientras rechaza algo con toda la fuerza de su voluntad, una parte de ella lo sigue
queriendo.
En este período cada acto de renuncia significa simplemente una pregunta: si está o no dispuesta
a desprenderse de lo que todavía aterra con .sus manos. Si el alma está dispuesta y lo rechaza,
"triunfa", siente que "ha cumplido", que ha dado "un paso más".
Ese éxito hace crecer su entusiasmo y su fervor. Su fe se hace cada vez más positiva. Pero la
afirma personalmente. Si bien a medida que va cumpliendo sus actos de desprendimiento se va
sintiendo cada vez más un "alma de Renuncia", no puede evitar el otro polo de toda situación
positiva. Sus triunfos dependen de su fervor circunstancial, de su estado de ánimo momentáneo.
Así como muchas veces cumple fervientemente sus propósitos, muchas otras los olvida, vuelve a
cerrarse y, aparentemente, rechaza su anhelo de libertad, de Unión Divina. Esta variabilidad la
hace sentirse profundamente des-graciada, y genera en ella un sentimiento de amargura y
fracaso que la acompaña en todo el período positivo, en forma independiente de las conquistas
espirituales que pueda ir logrando.
La sensación de fracaso es, entonces, también un aspecto de la afirmación personal. La
afirmación se efectúa tanto a través de un triunfo como de una derrota. Independientemente del
resultado circunstancial que el alma logre después de un esfuerzo, ella lo usa para fijarse más en
ella misma, para fortalecer más su yo personal y separado.
Pero esta afirmación, al poner claramente de relieve todos los matices de la personalidad, la deja
al descubierto, la desnuda. Muestra que la personalidad es incapaz de alcanzar una realización
interior permanente y trascendente; que no puede escapar del vaivén de sus estados
contradictorios. Es necesario que la personalidad se muestre tal como es para que su "fracaso"
llegue a ser total y definitivo.
Sólo el yo personal puede hablar de fracaso. Lo que llama fracaso es solamente el
descubrimiento de los límites que no puede pasar por medio de acciones positivas. El campo de
las conquistas personales es muy amplio, pero tiene un final. Como no puede alcanzar la paz y
plenitud que tanto desea, el alma cree que fracasa: no puede esforzarse más de lo que se ha
esforzado. Mas ese fracaso aparente la conduce hacia la muerte mística. Su fracaso es, en
realidad, una resurrección: por él se libera el ser interior, que ya tiene a su disposición la fuerza
que sólo podía obtener del ejercicio positivo de la voluntad.
Cuando las almas recorren esta primera etapa, habitualmente afirman la personalidad que desean
trascender. Si el Director Espiritual negara desde un principio todo valor a los esfuerzos positivos
que el alma hace para alcanzar su perfección espiritual, le quitaría, además de su objetivo, la
fuerza para realizar cualquier objetivo. El hedió de que el alma se dé cuenta de que está
recorriendo un camino de posesiones espirituales, y que entienda asimismo que la perfección de
la Renuncia implica una actitud interior opuesta a la que tiene, no significa que ella ya alcanzó el
desprendimiento absoluto, ni que pueda cambiar su estado de conciencia en forma rápida y fácil.
Aunque el alma estudie, entienda y explique con claridad todos los estados que deberá pasar
hasta llegar a la Unión Divina, su realidad interior puede ser muy diferente de la perfección que
describe con tanta exactitud. Entender es necesario porque predispone hacia un estado más
perfecto; pero si bien entender es un adelanto, no es una realización verdadera. Muchas personas
hablan magníficamente de la virtud sin haberla practicado realmente.
No es bueno hacer de la mística una abstracción racional. La mística es un estado del alma; los
razonamientos no suponen una experiencia mística ni una realización interior, y pueden conducir
fácilmente a conclusiones falsas.
El Director Espiritual, entonces, alienta a las almas para que se esfuercen en la realización
positiva del desprendimiento, de las renuncias y de las virtudes; pero lo hace de tal manera que
ellas descubren por sí mismas el significado profundamente espiritual de la Renuncia. Al mismo
tiempo que las impulsa en el esfuerzo positivo, cuida que no transformen los medios en fines. Y al
hacer de toda conquista positiva sólo un medio para trascender a un estado negativo, orienta al
alma hacia un estado de renuncia permanente.
En la etapa positiva, así como las virtudes eran dones que se pretendía alcanzar, los defectos
eran imperfecciones que había que eliminar. Pero esos defectos eran, en realidad, medios que la
personalidad usaba para afirmarse y desarrollarse. Para triunfar en un mundo donde la fuerza era
ley y donde toda relación humana se transformaba en competencia, era necesario poseer una
personalidad fuerte. El amor propio era el motor de la mayoría de sus esfuerzos positivos. La
ambición impulsaba a luchar y vencer, movía al alma sin darle reposo hasta que la hacía dueña
de sus objetivos. La impaciencia, la susceptibilidad, el egoísmo, la ambición, la agresividad, eran
las herramientas que le permitían progresar, vencer en la "lucha" por la "vida". Y el alma las usó
como armas para defenderse y atacar, como medios que la facultaban para poseer y atesorar. De
ellas sacaba la fuerza necesaria para agredir y triunfar.
En la etapa de la afirmación positiva se vive al nivel de la personalidad, y la vida es competencia,
agresión y violencia. Tener más, ganar más, "ser" más, es la ley de la vida positiva.
El estado de conciencia positivo siempre determina los esfuerzos del alma dentro de un sistema
de competencia. Esta competencia no se limita a la puja por adelantarse a otros o a destacarse
de ellos, sino que también se establece entre lo que el alma siente que es y aquello que desea
ser; entre lo que ya ha adquirido y lo que quiere conseguir. La imagen del objetivo es el
competidor con quien lucha, y en la medida en que se acorta la distancia entre el punto al que ha
arribado y la meta que quiere alcanzar, siente que avanza y se acerca al triunfo.
Pero la competencia, llevada a su última expresión, destruye las relaciones que se anhelaban
perfeccionar, vicia el amor y endurece las actitudes. En el mundo positivo y competitivo, el
hombre está tanto más solo y desamparado cuanto más numeroso es el grupo al que pertenece:
todos son competidores. Y cuando se establece la vida espiritual dentro de un estado de
conciencia positivo, la lucha del alma por alcanzar la Unión Divina significa también "una
competencia, pero ya entre el alma y Dios. Es decir, una contradicción.
En la etapa de su afirmación positiva y personal, como el alma asimila la Renuncia a un estado
positivo, la quiere poseer como un bien concreto y se encuentra dentro de una paradoja, en un
camino de contradicciones. La Renuncia, que es su nueva ambición, le exige matar la ambición.
Las herramientas que le permitían triunfar como personalidad ahora son defectos que debe
extirpar. Pero esos defectos son su modo de ser: el amor propio es su amor propio, el egoísmo es
su egoísmo, la pasión es su pasión. Ella es así: ése es su estado de conciencia.
En la etapa positiva, el alma no puede dejar de identificarse con sus pensamientos y sentimientos.
Ella es lo que siente y piensa en un momento determinado. Ser y estar significan, todavía, la
misma cosa: es buena, es mala; es creyente, es atea; es atrasada, es evolucionada. Es decir,
identifica su ser con un estado transitorio. Esta identificación está tan arraigada, que cuando una
persona cambia sus creencias se la considera como si fuera otra persona, con naturaleza
diferente. El "infiel", sobre el que se descargaban todas las culpas y maldiciones, pasa a ser un
"fiel", dotado de virtudes y prerrogativas.
Cuando el alma estaba, entonces, en el estado de conciencia positivo, se encontraba con que
debía extirpar de ella lo que sentía que era inseparable de su naturaleza. Matar la ambición,
matar el egoísmo, matar el deseo de posesión, era una especie de autodestrucción, de suicidio
interior. Sufría, por eso, en una lucha que parecía no tener fin. Aunque lograra imponer su
voluntad sobre sus deseos, aunque triunfara sobre sí misma, siempre quedaba en ella la
sensación de que ese triunfo no era total ni definitivo; que lo único que había hecho era
controlarse, pero no cambiar.
Y ella quería cambiar, ser diferente. Pero, ¿podía acaso hacerlo? ¿Podía eliminar su personalidad
como si borrara una mancha desagradable? ¿Podía liberarse de lo que había sido, de sus
experiencias, de sus deseos, de la huella que le dejó la vida?
La personalidad es la determinación del ser en el estado de conciencia positivo.
El ser no puede dejar de ser lo que es, pero puede comprender lo que no es. La personalidad es
su modo contingente de ser, y sólo eso. Desde el estado de conciencia positivo, como la
Renuncia trasciende la personalidad, la Renuncia se ve como si fuera la propia aniquilación. Pero
desde la conciencia profunda y simple de ser, la identificación con la personalidad es la negación
del ser, de su individualidad.
No hay que confundir individualidad con individualismo, El individualismo es una consecuencia de
la personalidad, y es la manifestación de su separatividad. El individualismo, en el lenguaje de la
Ascética Mística, es opuesto a la participación. El hombre sólo puede ser individualista cuando se
identifica con los productos de su personalidad. La personalidad está constituida por los atributos
que el ser adquiere a través de sus conquistas positivas.
Individualidad es la negación afirmativa del ser. El alma, al renunciar a su personalidad se afirma
negativamente: en su individualidad. Se afirma en el ser y no en los atributos del ser.
En la etapa de la Renuncia positiva, cuando el alma comprende que debe renunciar a su
personalidad, quiere destruirla. Ese deseo es característico de su actitud positiva. No tiene
sentido pensar en destruir la personalidad: no es posible. Toda expresión del ser en la vida
determina una personalidad. Pero cuando el alma no se identifica con ella, la personalidad pierde
su carácter positivo, compuesto e inconsciente, y se transforma en lo que debe ser: el punto de
apoyo a través del cual la conciencia se hace voluntad y el pensamiento se hace obra.

3. La muerte mística

En la etapa de la Renuncia positiva el alma está presa dentro de los pares de opuestos del ganar
y no. ganar, del dejar y poseer; Ve claramente, en su interior, el mal que debe rechazar y el bien
que debe alcanzar. Pero esta primera etapa no constituye un estado de conciencia homogéneo,
después del cual se trasciende a otro, completamente diferente. El alma, en todas las etapas de
su desenvolvimiento, tiene instantes de expansión espiritual y de comprensión interior propios de
estados más elevados. Las diversas etapas se diferencian por la característica que más
prepondera en ellas. En el primer período del desenvolvimiento del alma, que llamamos "estado
de conciencia positivo", domina la actitud posesiva y el ejercicio positivo de la voluntad.
Aun cuando el alma limite su vida espiritual a la práctica positiva de las virtudes, su voluntad de
renunciar no puede dejar de dar frutos interiores negativos. Ella se va abriendo espiritualmente, a
través de un estado de participación espiritual que la une interiormente con el mundo, con los
hombres, con la vida, en una expansión progresiva que le revela paulatinamente el sentido
espiritual de lo Divino. Pero como todavía predomina en ella la actitud positiva, el mundo y la vida
se le muestran principalmente en sus aspectos extremos de dolor, de angustia, de destrucción y
desesperación.
Así como antes se sintió fracasar en su intento de alcanzar una perfección personal, así ahora se
siente impotente frente al mal que se le revela por todas partes, y que no sabe cómo eliminar o
aliviar. El mal de afuera va entrando en ella y se va haciendo su mal. Poco a poco va dejando de
diferenciar su dolor del dolor general: su sufrimiento, que antes se circunscribía a los estrechos
límites de su persona, ahora se ha transformado en el dolor del mundo que se manifiesta en ella a
través de su dolor.
Ella quiere hacer algo: algo positivo y concreto; pero sabe de antemano que su acción, aun la
acción más pura que pudiera hacer, se perdería dentro del mar de confusión y violencia que la
rodea. Su impotencia le hace amar cada vez más al hombre: la une a él. Lo ama en su
desamparo, por su dolor y en su dolor. Es que ella se siente también desamparada: ya no puede
apoyarse más en la fe positiva. Se da cuenta de que su fe había sido la mera adhesión superficial
de una personalidad sin conciencia. Paradójicamente, ahora, que descubre un sentido más puro
de lo Divino en su interior, siente como si ya no pudiera más "creer". En realidad, su creer se está
transformando en un saber, pero tan puro que todavía no lo siente como sostén. Por eso, al
sentimiento de fracaso por no haber podido alcanzar la plenitud interior y la comprensión definitiva
que tanto buscaba, ahora añade el de desolación, impotencia y desesperación por no poder
ayudar a los hombres, por no poder cambiar la condición del mundo en que vive. Antes creía
haber fracasado sólo en su interior; ahora suma la sensación de fracaso exterior.
Se siente inútil. No sabe qué hacer. Quisiera morir, si su muerte sirviera para salvar al hombre,
para sacarlo del pozo de ignorancia y confusión en el que lo ve sumergido. Pero no puede evitar
pensar que su muerte sería sólo otra más, en un devenir que transforma la vida en una muerte
continua. Sus ojos ven la vida y el mundo tras los cristales del dolor y la impotencia. Siente
impulsos de arrojarse a una acción desesperada; de hacerse matar, quizá, en su angustiado
esfuerzo por hacer algo. Imagina soluciones, teje planes; piensa en el hombre, por el hombre. No
obstante, comprueba ¿olorosamente todos los días cómo ese hombre le da la espalda, la
desprecia, la ignora, como en una burla cruel y lacerante.
Mira dolorida a su alrededor: busca a alguien que comprenda. No le interesa que la comprendan
—ella no es nadie, no cuenta—: quiere encontrar a alguien que comprenda. Está sola. Sola por
dentro. Sola por fuera. Se siente aislada, excluida, como si nada ni nadie existieran fuera de ella.
Y en esa absoluta soledad, comienza a revelarse a sí misma.
Dejó todo: no conserva uno solo de sus triunfos; ninguno de sus lazos ha dejado de quebrarse.
Pero ella sigue estando. Persiste.
Su voluntad de desprenderse, al liberarla de sus bienes y atributos, la llevó hacia el meollo de su
personalidad. Por eso, cree que ya ha agotado las posibilidades del camino interior. Ha probado
la posesión y la pobreza, el hartazgo y la privación. Ella oró; ella lloró; ella rogó; ella esperó. Sufre
y desespera. Ya aceptó el mundo y la vida; los sigue aceptando. Pero se rebela ante el dolor"
consecuente. No acepta que no haya salida —ella no ve en ese momento ninguna salida.
Quisiera desaparecer, no ser. No puede. Cuanto mayor es su dolor, más ella es. Su angustia
afirma aún más su personalidad. Ella es, cada vez más, ella: con su dolor, con sus preguntas,
con su oscuridad.
Se pregunta una y otra vez qué hacer. Llegó al final del camino positivo, sin encontrar paz ni
respuestas. El camino positivo le permitió hacerse dueña de lo que quiso y dejar lo que no quiso.
Poseyó sus triunfos y sus caídas. Poseyó interiormente al hombre y al mundo. Vivió su dolor y su
angustia en forma posesiva. Poseyó las virtudes, y con ellas el bien positivo. Quiso su cielo, y
para eso quiso su renuncia. Poseyó la renuncia como una cosa más. Pero al final del camino
positivo de posesión y afirmación, la estaba esperando su propia imagen, más firme, más
arraigada que nunca
Ahora sufre. Ella sufre. Cuando decía que ella no importaba, era ella quien determinaba su propio
valor. Cuando buscaba una salida, buscaba su salida.
Quisiera morir, pero no se engaña más: el deseo de morir es una fuga. No encuentra nuevas
luces que la guíen en su camino interior. Quisiera a veces, volver atrás, atarse nuevamente,
sumergirse en la inconsciencia, volver a su credo de posesión, a reverenciar el goce; quisiera
taparse los ojos y cubrir su corazón con las ya ajadas ilusiones.
Pero, ¿puede volver, acaso? ¿Puede volver a tomar lo que dejó voluntariamente, porque con eso
no obtenía la felicidad que anhelaba? ¿Puede volver a engañarse, volver a la pose, a lo artificial,
a lo ilusorio? ¿Volver a empacharse con bienes y goces que ya no estima?
¿Se puede volver de una comprensión, de un despertar, como quien desanda un camino?
¿Puede ella dejar de ver lo que ve, no sentir lo que siente, no amar como ama? ¿Puede acaso
volver a limitarse en un amor egoísta, a enredarse en la mentira, en la simulación? ¿Volver a
dónde? ¿A qué?
No hay escape. La salida que buscaba era un escape. Y ya no quiere huir.
Pero tiene miedo. Miedo al vacío. Busca ávidamente algo donde poder asirse; no lo encuentra.
Sus fuerzas se van gastando. Quiere estar sola. Descansar. Olvidar. Cerrar los ojos y alejarse de
su propia imagen, de ella misma. Olvidar que existe, que es, que ha buscado algo, que quiso ser.
Aunque el deseo no ha muerto definitivamente, algo comienza a ceder en su interior. Empieza a
aceptar en una forma más profunda, más pura. Ya no confunde más aceptación con resignación.
Su aceptación era antes una conformidad con lo inevitable. Ahora es decir: sí. Un sí total, integral,
que nace de la más profunda oscuridad de su ser interior. Toda ella es un sí.
Dice, entonces, sí. Sin pedir, sin esperar, sin imaginar. Por primera vez.
Se entrega.
Ya no quiere nada: ni poseer ni dejar; ni saber ni no saber. La búsqueda de la paz y de la felicidad
personal se le aparece como una ilusión vana. ¿Cómo pudo desearlas así, para ella? Ya no
quiere nada. Su voluntad personal se rinde: no hay objetivo sobre el que pueda aplicarla
positivamente.
Sin comprender cabalmente lo que le está ocurriendo, comienza a sumirse en un estado interior
nuevo, diferente. Es como si ya nada le llamara la atención ni la impulsara a moverse. Ella está
ahí, quieta. No tiene nada. No busca nada. La desesperación, que antes la agobiaba, se ha
transformado en un peso, casi dulce, en el corazón. Se siente lejos de todo y de todos. Está sin
nada. Vacía. En un vacío gris, como en un mar de tristeza.
Comienza a morir místicamente.
Cuando dejó de desear fue como si hubiera dejado de ser. El deseo le daba vida. No era la
posesión del objeto, sino el deseo, la fuerza de su querer, lo que le daba la sensación de estar
viva. Pero al desear, vivía esperando. Y, al esperar, identificaba la vida con el tiempo. Ahora, que
no desea, vive como si estuviese muerta.
Para ella la vida era como una línea trazada, por el deseo, en pos de algo. Vivir era andar,
recorrer, alcanzar, luchar, para tener. Era ganar y perder, correr y parar. La vida era competencia,
lucha. Amar era sentir con fuerza, emocionarse, sufrir, asir, poseer. Luchar era violencia, odio,
agresión, destrucción, triunfo. La vida era un hecho positivo, sensible, concreto.
Se siente muerta. ¿Hacia dónde ir, si ya no busca nada? ¿Qué triunfo espera al que perdió la
ambición? Su mirada, triste y desolada, suspendida entre el cielo y la tierra, no encuentra asidero
donde tomarse, ni regazo donde aliviarse. ¿Qué puede esperar, cuando nada quiere? Los
trabajos que antes la entusiasmaban se hacen una rutina árida y pesada. Se esfuerza por
costumbre; vive apoyada en los hábitos: hábitos de perfección que adquirió en la etapa positiva y
que son los únicos sostenes en los que puede apoyarse. La renuncia y la ofrenda son su modo de
ser: no puede ser diferente. Por eso, no se siente "virtuosa", ni da gran valor a la vida extra-
ordinaria que vive: ella es así.
Estos estados podrían hacer pensar que el alma sufre un desequilibrio interior, como si hubiera
caído en una actitud de desesperanza definitiva, en una especie de desengaño total de la vida y
del mundo. Por esto es importante poder diferenciar el verdadero estado místico de los
desequilibrios o fantasías subjetivas. Cuanto más adelanta el alma en su camino místico, mayor
es su equilibrio y su estabilidad interior, más claro es su discernimiento y más sensatas sus
actitudes. Ella nunca confunde sus experiencias espirituales, que son íntimas, con las
obligaciones y responsabilidades que, como toda persona, debe cumplir en el mundo. Cuanto
más elevada es su mística, mayor es su eficiencia práctica, su dedicación al trabajo, y más
perfecta es su relación con las personas que la rodean. Pero, además, hay una señal
fundamental: quien padece un desequilibrio interior traduce su insatisfacción en egoísmo, en
aislamiento, en un desinterés cada vez mayor por la vida, por el mundo, por los hombres: se
desentiende de la sociedad. La verdadera mística, en cambio, hace que el alma se sienta cada
vez más comprometida, que se extienda y profundice su sentido de participación. Desde este
punto de vista, renunciar es triunfar sobre la indiferencia.
El alma, entonces, participa en la vida de un modo activo y permanente. Es cierto que sufre un
gran vacío interior, pero al mismo tiempo palpita en ella un amor cada vez más profundo hacia la
vida, el hombre, el mundo. A pesar de sentirse sola y vacía, a pesar de no desear ni buscar ya
nada, ella participa. Participa con todo su ser, pero negativamente, sin pasión ni deseos
personales. Su participación es la expresión de su amor, cada vez más puro. Su corazón, que
ama cada vez más, va dejando de pertenecerle. Al mismo tiempo que está integrada a la vida y a
los seres por su participación, y sufre o se alegra con ellos, hay algo en ella que no se mueve. En
lo más profundo de su ser permanece quieta, como si estuviera muerta. Se va transformando en
testigo simple.
Pero no se da cuenta de lo extraordinario de su estado interior. Como su participación no se
apoya en acciones ni emociones positivas, no se "siente" más unida con el hombre, con el
mundo, con lo Divino, a pesar de estarlo ya profundamente. Cuando sufre, es por falta de la
sensación positiva, propia de la posesión personal. A medida que su amor se va haciendo más
puro va dejando de expresarse a través de emociones, y el alma se mueve emotivamente cada
vez menos. Entonces cree que siente menos. Atada al recuerdo de los estados positivos, cree
que ama menos cuando, en realidad, va haciendo suyo para siempre el Don del amor.
En la etapa positiva las emociones eran fuertes, definidas. La devoción era activa. Orar era decir
oraciones; amar era sentir una emoción; sufrir era llorar por algo. Era el período de los pasos
seguros, de los actos heroicos, de las virtudes concretas. El terreno que se pisaba se sentía
siempre firme bajo los pies. El fervor era una fuerza interior que surgía incontenible, y el amor
arrastraba al sacrificio violento y cruento.
Todo quedó atrás, como el pasado que se trata de recordar, pensando si habrá existido
realmente.
Ahora el alma está quieta. Sufre y ama, pero de otra manera. Ella misma no sabe cuánto sufre ni
cuánto ama. No piensa en eso. No mide; no pesa. Ella está. Comienza entonces a descubrir un
mundo interior más profundo: el de los estados espirituales negativos.
La muerte mística es experimentada por las almas como una verdadera muerte: cuando termina
el deseo muere la personalidad corriente. Pero la muerte mística deja en el alma una
extraordinaria libertad y paz interior, que quedan en ella para siempre.
Quien muere místicamente no puede morir dos veces.

4. Negación afirmativa

El descubrimiento interior del hombre, de sus dolores y necesidades; el anhelo de hacer algo por
el mundo; la desesperación por la impotencia que siente al medirse con los problemas que
quisiera remediar, no son estados que el alma experimenta únicamente en la muerte mística. Es
normal que todo hombre sienta el dolor de los demás y quiera hacer algo para remediarlo. Ese
deseo es el que lo mueve a realizar obras de bien; el que lo impulsa hacia el adelanto, hacia el
descubrimiento de nuevas vías de desenvolvimiento. Pero en la muerte mística el dolor del
hombre y la condición humana se sufren de tal manera que se pierde la distinción que separa "mi"
dolor del dolor del "otro", "mi" vida de "su" vida, o de "la" vida.
La desesperación del alma al sentirse impotente frente al sufrimiento humano es un estado
espiritual de participación, y no debe confundirse con la desesperación que algunos experimentan
cuando las cosas no son como desean. En este caso, su desesperación los encierra en ellos
mismos: los aísla. En cambio, en la muerte mística, el dolor del alma la expande interiormente
como sí dentro de ella viviera el hombre y, con él, todos los hombres. Hasta entonces ella
también dividía el mundo entre los buenos y los malos, los que sufrían y los que hacían sufrir.
Pero ahora vive un dolor que está más allá de la separatividad. La injusticia y el dolor exteriores
son, para ella, sólo el reflejo de un estado de angustia que descubre en un nivel mucho más
profundo que aquél en el que el hombre comúnmente establece sus problemas. Su dolor nace de
una toma de conciencia, cada vez más pura, de lo que significa vivir en este mundo, ser hombre.
Es un dolor por la oscuridad, por la des-gracia de la condición humana. El dolor de no ser, en
cuanto no ser signifique ausencia de Dios.
Aun cuando su alma haya estado "en gracia", aun cuando haya sido iluminada por comprensiones
trascendentes, aun cuando según su medida esté "salva", todo eso es nada para ella, en este
momento. Es nada porque no es un bien de todos, del hombre. El alma, al participar con todos los
hombres, siente su propia experiencia y su luz espiritual como algo accidental en la vida de la
humanidad, como algo que es casi extraño a ella misma. Corro si todas sus experiencias
anteriores pertenecieran a otra persona: a una persona. Porque ahora ella es-en-todas-las-almas.
Y, al ser-en-todos, vive la oscuridad y el dolor de la condición humana, del hombre que no es, que
no sabe, que vive a ciegas un destino que no le muestra una finalidad, un sentido evidente.
La personalidad ha perdido el aliento del deseo. El afán ha desaparecido. Los movimientos
interiores se han aquietado.
En la etapa positiva las emociones eran claras y definidas. El amar, gozar y sufrir; el entusiasmo,
la angustia, el placer y el dolor eran los picos nítidamente delineados de los estados sensibles.
Las emociones eran fuertes y violentas, consecuencia de la polaridad de los estados interiores.
Mas ahora sufrir y amar es casi lo misino para el alma; la diferencia entre la alegría y el dolor es
sólo de matiz.
Cuando el alma alcanza niveles más profundos, su conciencia de ser se expande e incluye a los
hombres y la vida como la manifestación simple de su propio ser.
Así como en la etapa positiva la vida del alma era principalmente exterior y se determinaba en
actos, ahora su vida es interior y se expresa en estados. Los diversos estados espirituales que
experimenta el alma luego de la muerte mística se van diferenciando cada vez menos unos de

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otros, hasta que llega el momento en que se transforman en un estado único y simple. Antes, el
alma se identificaba con su hacer, ahora lo hace con su ser. Por eso, al hablar de "estados", no se
los debe entender como diferentes modos de ser, que cambian en el tiempo, sino como los
matices de una conciencia cada vez más simple. La fijación interior del alma se hace cada vez
más permanente, hasta que llega a un estado espiritual estático. La paz de este estado fluye
hacia el alma desde sus estratos más profundos y le abre un camino hacia su mundo interior, en
el que ella se va habituando a penetrar y fijarse. Descubre así un nuevo ámbito: el medio
interior. En el medio interior vuelve a descubrirlo todo: Lo Divino, la vida, el hombre, el mundo,
adquieren nuevas dimensiones y significados, tan puros y profundos, que no los puede traducir en
el lenguaje habitual.
El medio interior está, por supuesto, más allá de la polaridad interior-exterior. Esa vida que antes
el alma creía que era su vida interior y que identificaba con sus pensamientos, anhelos y
emociones, se le muestra como una mera cáscara que cubría su verdadera vida, que ahora
descubre en su medio interior. Ella no puede detener los movimientos aparentes de su mente y de
su corazón, pero al asentar su conciencia de ser en un nivel más profundo, la sucesión de
pensamientos y sentimientos se le revela como los productos superficiales de su mente y su
corazón, y ya no turban su paz ni alteran su vida interior.
Al lograr profundidad, el alma adquiere equilibrio y sabiduría. Al no ser llevada a la. rastra por su
imaginación y su emotividad, mantiene una serenidad que le permite discernir y saber.
La renuncia a ser positivamente, es Ser. No se puede decir que es ser negativamente, porque si
bien la Renuncia se expresa en una contradicción entre ser y no ser, esta contradicción es sólo
aparente. El ser no es, únicamente si se lo relaciona con su actual expresión positiva: la
personalidad. Pero esta relación no puede dejar de ser superficial y contingente. La vida del ser
es Ser-no siendo, que se expresa en un no ser-Siendo.
Ser-no siendo, define la conciencia espiritual que tiene el alma de ser en sí, ante la cual todas las
expresiones positivas de su ser se muestran como si fuesen ilusorias e irreales.
No ser-Siendo, define el polo activo de esa conciencia de sí, que al afianzarse positivamente en
actos concretos y definidos, en una conducta y una ética, los vive en toda su contingencia pero
sin perder por eso la conciencia de ser que, al oponerse relativamente a toda determinación
positiva, se aparece a la comprensión racional como un no ser.
La Renuncia, entonces, no es una actitud positiva que siempre niega un valor para realzar otro,
sino un estado de reversibilidad. Al negar, no separa ni excluye, sino comprende e integra. Al
afirmar, no limita sino hace de la concreción un medio de expansión y participación, que siempre
se traduce en una amplificación del estado de conciencia.
El alma tiene ahora una seguridad inconmovible. Su apoyo ya no es la estructura edificada con
sus bienes y posesiones, no es el fruto de sus manos ni proviene de sus triunfos y conquistas
personales. Su apoyo es un apoyo negativo: su libertad respecto de todo apoyo. Libertad que
nace de su Renuncia: de su no ganar, no tener, no ser.
Se terminó de imprimir
en Junio de 1976
en los talleres de
Floreal Puerta, impresor
Pte. Luis S. Peña 1955
Buenos Aires
República Argentina
en Mayo de 1976