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Comentario de alta definición

Romanos

Steven E. Runge

Romanos
Comentario de alta definición
Copyright 2014 Lexham Press
Lexham Press, 1313 Commercial St., Bellingham, WA 98225 LexhamPress.com
Todos los derechos reservados. Tiene permiso para usar citas breves de libro para sus presentaciones,
libros o artículos. Para cualquier otro uso, por favor escriba a Lexham Press para obtener el debido
permiso: permissions@lexhampress.com.
Diseño de portada e ilustraciones: Shiloh Hubbard Editor: John D. Barry
Traducción y edición al español: Reynaldo Gastón Medina y Juan Terranova
Reconocimientos y dedicación
Este comentario a tomado su tiempo, sin embargo se ha beneficiado a cada paso del proceso
con los comentarios y sugerencias recibidas solicitadas y no solicitadas. El origen de este
libro surge de la inocente pregunta hecha por el Dr. Stephen Levinsohn mientras
compartíamos una habitación de hotel en Atlanta (EE.UU): “¿Cuál fue el propósito de Pablo
al escribir Romanos?” Habíamos estado hablando acerca de una conjunción griega muy
común. Las implicaciones de los pensamientos compartidos en esa ocasión, me llevaron
varios años de procesar, pero ahora son el corazón de este comentario. El comprender la
estructura y organización del texto griego es la clave para resolver muchos de los pasajes
contenciosos en el libro de Romanos. No soy tan ingenuo como para pretender que este
volumen ha de resolver todo, pero es mi deseo que enfoque una luz en estos asuntos, tanto
para catedráticos como estudiantes de la Biblia.
Romanos está lleno de trampas teológicas, asuntos que, mal manejados, pueden se
desastrosos. Pedí al Dr. Derek Brown y el Dr. Michael Heiser de Software Bíblico Logos, y
el candidato a doctorado Joel Watts, para que me ayudaran a percatarme de oraciones
imprecisas o errores latentes. Sus comentarios incrementaron significativamente la veracidad
de este volumen, aunque soy el único responsable por su contenido.
Otros que merecen reconocimiento por sus importantes contribuciones son los miembros del
equipo de Lexham Press: Rebecca Brant, Lynnea Fraser, Joel Wilcox, y Justin Marr. Rebecca
y Lynnea editaron magistralmente mi torpe prosa para hacerla leíble. La atención detallada
de Joel aseguró que ningún detalle se perdió en el proceso. Justin administró el proyecto
durante todo el proceso, manteniendo la agenda y los tiempos bien coordinados.
Pero la contribución de una persona merece ser resaltada: Shiloh Hubbard, el artista gráfico
y mi colaborador. Este es el segundo volumen en el que Shiloh y yo hemos trabajado juntos,
pero siento tener que decir que será el último pues él ha tomado otras responsabilidades en
la compañía. Es difícil expresar el gozo que he sentido al trabajar con él. Constantemente me
ha llevado a pensar más precisamente y a la vez más sencillamente respecto al texto bíblico
al buscar la manera de representarlo a través del arte. Su colaboración futura será extrañada.
Por esta razón dedico este volumen a Shiloh, como muestra de mi admiración por sus
habilidades y dones.

Contenido
Introducción
La estructura de Romanos
Romanos 1
Romanos 1:1–7
Romanos 1:8–17
Romanos 1:16–17
Romanos 1:18–32
Romanos 2
Romanos 2:1–16
Romanos 2:17–25
Romanos 2:26–29
Romanos 3
Romanos 3:1–8
Romanos 3:9–20
Romanos 3:21–26
Romanos 3:27–31
Romanos 4
Romanos 4:1–8
Romanos 4:9–25
Resumen de Romanos 1:18–4:25
Romanos 5
Romanos 5:1–11
Romanos 5:12–21
Romanos 6
Romanos 6:1–14
Romanos 6:15–23
Romanos 7
Romanos 7:1–6
Romanos 7:7–12
Romanos 7:13–25a
Romanos 8
Romanos 7:25b–8:11
Romanos 8:12–17
Romanos 8:18–30
Romanos 8:31–38
Romanos 9
Romanos 9:1–13
Romanos 9:14–29
Romanos 10
Romanos 9:30–10:13
Romanos 10:14–21
Romanos 11
Romanos 11:1–10
Romanos 11:11–24
Romanos 11:25–36
Introducción a los capítulos 12–16
Romanos 12
Romanos 12:1–8
Romanos 12:9–21
Romanos 13
Romanos 13:1–7
Romanos 13:8–14
Romanos 14
Romanos 14:1–12
Romanos 14:13–23
Romanos 15
Romanos 15:1–13
Romanos 15:14–21
Romanos 15:22–33
Romanos 16
Romanos 16:1–16
Romanos 16:17–24

Introducción
¿Por qué es diferente el comentario de alta definición?
Lo que van a leer a continuación se deriva de un riguroso análisis del discurso del texto
griego de Romanos. El análisis del discurso no se limita a considerar solamente lo que se
dice sino cómo se dice. Cuando examinamos la manera en que Pablo expresó las cosas en
griego, podemos entender la evolución de su pensamiento. La formulación de cada oración
en el Nuevo Testamento presupone decisiones con respecto a la comunicación —el mismo
tipo de decisiones que nosotros tomamos todos los días.
En este comentario, voy a conducirlos a través de los mecanismos lingüísticos que usó el
apóstol Pablo y a mostrarles lo que podemos aprender a partir de ellos. Es, pues, una visita
guiada a través del texto griego —subrayando aspectos importantes y pasando por alto
detalles innecesarios.
¿Por qué escribí este comentario?
Los comentarios nos ofrecen el panorama general o una explicación exhaustiva. Pero yo
opino que lo que la mayoría de nosotros deseamos es un comentario que nos dé los detalles
que necesitamos, sin perder de vista el panorama general. Es eso, precisamente, lo que
persigue este comentario.
En el Lexham Discourse Greek New Testament y en el Nuevo Testamento de Alta Definición
Lexham, mencioné cuáles son los principales mecanismos del discurso, que nos ayudan a la
hora de interpretar la Biblia. Sin embargo, el inconveniente que tienen estos volúmenes es
que les dejan a ustedes la tarea de sintetizar los datos en un análisis cohesionado. En este
volumen, sintetizo las conclusiones que pueden extraerse de mi análisis de Romanos y hago
que resulten fáciles de entender.
Los estudios del discurso tienen fama de ser complejos. Algunos dicen en tono de broma que
su complejidad rivaliza con la de la fisión nuclear o la cirugía cerebral. Pero hay un secreto:
Como hablantes de un idioma, ustedes ciertamente saben mucho más de lo que imaginan
acerca de los mecanismos del discurso. Es muy raro, sin embargo, que pensemos en estas
cuestiones, porque para comunicar nuestro mensaje, nos limitamos a hacer lo que parece más
razonable.

El poder del análisis del discurso


La elección de las palabras influye en el significado. Si yo elijo decir algo de esta manera en
lugar de decirlo de esta otra manera, he de tener una razón para ello. Aunque mi análisis del
Nuevo Testamento griego y las descripciones de los mecanismos del discurso en el Discourse
Grammar of the Greek New Testament me prepararon para escribir este comentario, no
pretendo decir que sé lo que Pablo estaba pensando o lo que tenía en mente cuando escribió.
En cambio, opero sobre la premisa de que nuestro uso del lenguaje está basado en los
objetivos que perseguimos al comunicarnos. Si nosotros usamos un mecanismo especial que
por lo general produce cierto efecto, ¿por qué no hemos de suponer que los escritores bíblicos
usaron el lenguaje de ese mismo modo? El contexto es el árbitro decisivo.
La mayor parte de los comentarios ofrecen las conclusiones interpretativas de los expertos y
usan expresiones tales como “Pablo está haciendo [llenen el espacio en blanco] aquí”; dan la
conclusión, pero no muestran de qué manera llegaron a ella. Este comentario, por el contrario,
les ayudará a entender lo que ocurre internamente, hablando en términos lingüísticos.
La labor principal de los pastores y los maestros es la exposición, es decir, extraer el
significado de los textos para que nosotros podamos aplicarlos fielmente a nuestra vida.
Cuando yo enseño, mi objetivo no es solo darles las respuestas, sino mostrarles la manera de
hallarlas. Eso mismo ocurre con este comentario. Les ayudaré a entender el hilo conductor
del argumento de Pablo, para que ustedes puedan ver de qué modo se integran las piezas
dentro del conjunto. Mi deseo es que aprendan el modo de hallar las respuestas por su propia
cuenta y que puedan enseñar a otros —no importa que sea en un grupo pequeño, en un estudio
bíblico, en una clase o en un sermón.
¿Por qué los gráficos?
Los gráficos representan bien las ideas, especialmente las que son complejas. En este
comentario, los gráficos explican el texto y los ayudarán a ustedes (y a otros) a retener su
significado.

Los gráficos explican


Aunque los gráficos en este comentario les ayudan a entender mejor un pasaje, el verdadero
público de ellos es la persona (o las personas) que ustedes estén enseñando. Las diapositivas
les ayudarán a explicar ideas claves utilizando algo distinto a una traducción o una
descripción verbal. Y si bien las diapositivas no reemplazan esos recursos, son una
herramienta más, que ustedes tienen en su arsenal.

Los gráficos ayudan a retener


Los buenos gráficos reportan beneficios en el futuro. Los materiales visuales nos ayudan a
correlacionar y recordar información. ¿Cuántas veces una vieja foto nos ha traído recuerdos
que ya estaban olvidados? Es posible que no podamos comprender por completo cómo opera
la mente, pero las señalizaciones visuales juegan un papel fundamental en la retención y en
la memoria. La mayoría de los pasajes en este comentario tienen varios gráficos vinculados
a una idea clave. Algunos de ellos dividen en pasos las ideas complejas; otros presentan una
idea difícil de un modo nuevo y fácil de memorizar.

¿Cómo utilizar los gráficos?


Cada vez que concluye un mensaje, surge una pregunta inevitable: “¿Y qué?” Pero las
diapositivas que acompañan a este comentario los ayudarán a responder esa pregunta. Las
diapositivas no sólo los ayudan a dar una explicación importante, sino que algunas pueden
volver a usarse a la hora de dar las conclusiones y la aplicación del mensaje. Esto no sólo
despertará recuerdos sino que ayudará a que las personas retengan la información. Lo mismo
es válido cuando se repasan gráficos de semanas anteriores. Al igual que las escenas
retrospectivas en los programas televisados, el hecho de repetir los gráficos relacionados con
una idea clave despertará recuerdos. Un simple vistazo estimulará la memoria más que
cualquier resumen verbal que hagamos.

Mi meta para este comentario


Mi deseo es que ustedes comprendan mejor por qué Pablo escribió Romanos y cómo lo
organizó; y abrigo la esperanza de que eso cambie sus vidas como ha cambiado la mía.
La estructura de Romanos
En base al contenido del libro de Romanos, podemos estar seguros de que Pablo quiere que
los creyentes romanos entiendan el evangelio a plenitud. Sin embargo, en 1:11–13, él
menciona su anhelo de ir a Roma y visitar la iglesia, para confortarse mutuamente. Los
eruditos discrepan con bastante frecuencia en cuanto al propósito de la Carta de Pablo a los
Romanos —y eso tiene que ver con la forma en que él estructuró su carta.
En 1:8–10, Pablo esboza su primera idea importante —su deseo de visitar Roma— y la
respalda en los versículos siguientes exponiendo las razones que motivan ese deseo. Desde
un punto de vista retórico, esta información complementaria es una desviación del argumento
principal. El argumento principal no se retoma hasta que él indica que va a hacerlo. Sin
embargo, el caso es que Pablo no regresa a la idea importante de su visita hasta el capítulo
15.
La primera parte de Romanos 1 consta de una sola idea importante (su deseo de visitarlos)
seguida de una serie de motivaciones complementarias. La primera es el deseo de verlos
(1:11), y algunas más que aparecen en los versículos 16a, 16b, 17, 18, 19 y 20. Cada una de
esas motivaciones complementarias constituye una desviación del argumento principal, con
el fin de insertar una nueva línea argumental. Cuando llegamos a 1:20, nos encontramos
separados unos cuantos pasos de la idea importante de Pablo de su deseo de visitarlos. Los
versículos 19–20 comienzan a insertar un tema que prosigue hasta el capítulo 4. Romanos
5:21 regresa a la línea argumental que comenzó en 1:16–17. Y finalmente, en Romanos
15:22, Pablo vuelve a su idea original e importante de ir a visitarlos.
Ese mismo modo de eludir un tema ocurría cuando mis hijas eran pequeñas y solían
preguntarme el “por qué” de ciertas cosas. “¿Por qué el cielo es azul, papi?” –“Bueno, es azul
porque…”. ¿Por qué? –“Bueno, porque…”. Cada pregunta se relaciona con la que la precede
inmediatamente, pero la última casi no tiene conexión con la primera. Y eso mismo es lo que
vemos aquí en Romanos cuando tratamos de conectar el deseo de Pablo de visitarlos con la
ira de Dios que se revela.
Otra forma de reflexionar sobre la manera en que estas digresiones complementarias se
conectan entre sí consiste en añadir preguntas retóricas que hagan más explícitas las
conexiones. Aquí está la primera serie de digresiones en los versículos 1–6, presentadas como
si Pablo estuviera respondiendo a una pregunta hipotética.

Desarrollo del pensamiento: En los primeros versículos del capítulo, Pablo ofrece una serie
de afirmaciones complementarias, que proporcionan un fundamento o un apoyo para lo que
precede inmediatamente. Mientras más se prolonga la serie, más se desvía él de la línea
original de pensamiento. La palabra griega que introduce estas afirmaciones
complementarias se traduce normalmente como “porque” o “pues”. Estas afirmaciones no
siguen la línea actual de pensamiento, sino que se desvían hasta constituir una digresión.
El abandono por parte de Pablo de la línea argumental principal para entrar en una digresión
complementaria explica por qué ha sido tan difícil identificar un solo propósito para el libro
de Romanos. No existe un propósito único, sino una jerarquía. Más adelante en este
comentario, hablaré más acerca de la estructuración, pero espero que esta discusión les dé
una idea general de la estrategia organizativa de Pablo.

¿Por qué organizarlo así?


¿Qué es, pues, lo que motivó a Pablo a escribir esta carta, en primer lugar? ¿Por qué estructura
las cosas para que la exposición del evangelio sea lo que motive su deseo de visitarlos? No
tenemos ninguna constancia de que Pablo hubiera visitado Roma con anterioridad, por tanto,
la gente sólo lo conocía por su reputación. Esto, sin embargo, coloca a Pablo en una posición
incómoda en lo tocante al ejercicio de su autoridad apostólica sobre ellos. Y al carecer de
toda relación personal con la iglesia en Roma, tiene sentido que él trate de acercarse a ellos
de un modo menos directo que el que él utilizó en 1 Corintios o en Gálatas.
Al estructurar su carta con todas estas digresiones motivadoras, Pablo hace que su propósito
principal sea más aceptable para sus lectores. En lugar de desear venir y corregir nociones
erradas acerca del evangelio (y las consecuencias de esas nociones), su idea importante es
visitarlos para ser mutualmente confortados. El único objetivo de la charla acerca del
evangelio es ayudar a los romanos a comprender por qué él quiere visitarlos. La misma
propuesta también explica por qué él omite los pormenores en cuanto a su deseo de que ellos
le den apoyo para el viaje misionero a España que ha planeado. No se hace mención de este
destino hasta 15:24. ¿Por qué no? Porque sin la base común de una relación, él no podía
albergar ninguna esperanza de que ellos respondieran positivamente. Pero al exponer en
primera instancia su entendimiento del mensaje del evangelio y que la iglesia se sintiera
cómoda con su carta, Pablo crea una familiaridad con los creyentes, haciéndolos mucho más
propensos a apoyar sus esfuerzos misioneros. Su exposición llena el vacío relacional que
existía entre Pablo y su auditorio.
Romanos es una carta asombrosamente compleja, y no sólo a causa de su teología. La falta
de una relación personal con la iglesia parece haber influido en el modo en que Pablo
estructuró su carta. En lugar de llamar a la puerta y entrar directamente —que es lo que
podríamos haber esperado de Pablo— vemos un acercamiento más amable y más gentil.
¿Qué significa esto en la práctica? Según vemos, Pablo utiliza acercamientos indirectos,
como por ejemplo, aparentar que va a darle inicio a una lista de asuntos, incorporar aparentes
errores, etc. Este acercamiento indirecto se hace patente a niveles más bajos dentro de una
oración, y a niveles más altos en la estructura de la carta.

Romanos 1
1:1–7
Las primeras líneas de las cartas del Nuevo Testamento desempeñan el importante rol de
presentar lo que viene a continuación. Al escribir esta carta en particular, Pablo adapta el
formato básico “de Pablo, a los romanos” a algo que sirve mejor a su propósito. Por ese
motivo, él ofrece en primer lugar una descripción acerca de sí mismo. En aquellos tiempos,
las cartas eran llevadas a mano, por lo que los romanos no hubieran tenido ninguna duda
acerca de qué “Pablo” les estaba escribiendo. La descripción, sin embargo, hace las veces de
una tarjeta de presentación, que muestra un conjunto específico de credenciales. Si ustedes
comparan las salutaciones de las cartas de Pablo, verán que él se presenta de maneras
diferentes, dependiendo del material que se propone discutir.
La salutación de Pablo en Romanos es la única que menciona el evangelio, para el cual él fue
apartado (1:1). La caracterización de sí mismo como un “esclavo” o “siervo” de Cristo Jesús,
apartado para el evangelio, prepara el terreno para anunciar su obligación de predicarlo a
todas las personas (1:14), especialmente a los que están en Roma (1:15). Su autodescripción
garantiza que los romanos piensen acerca de él de un modo particular. Quién sabe lo que
ellos pudieran haber oído de él, o qué les vendría a la mente cuando se mencionaba su
nombre. El hecho de añadir esta información adicional moldea (o incluso corrige) la idea que
ellos pudieran tener con respecto a él.

Razones para el apostolado: Pablo se presenta de maneras diferentes en sus cartas. La


presentación que escoge parece reflejar el tipo de problemas o cuestiones que él va a tratar
con esa iglesia. Romanos es la única carta que menciona el evangelio. La descripción de
Pablo apunta al evangelio como su misión en la vida y sienta las bases para la exposición que
sigue.
Este hecho de moldear las ideas de las personas también se aplica a la manera en que Pablo
caracteriza el evangelio en 1:2. El evangelio es muchísimo más abarcador para Pablo que
nuestra noción moderna del evangelio como un plan de salvación. Es imposible saber
exactamente lo que una simple mención del evangelio pudo evocarles a los creyentes
romanos. En base a la exposición de Pablo en los versículos siguientes (véase 1:18–32), él
quiere que ellos entiendan que el mensaje del evangelio de salvación y de restauración no es
algo nuevo, sino que siempre ha formado parte del plan de Dios. Él explica claramente este
punto en 1:2, donde caracteriza el evangelio como algo que Dios había anunciado por medio
de los profetas en siglos pasados. Pablo usa citas del Antiguo Testamento a través de su carta,
para reforzar este punto.
Toda la anticipación mostrada en el Antiguo Testamento tiene menos que ver con el
evangelio y mucho más acerca del Hijo (1:3). En los versículos 3–5, Pablo ofrece el mismo
tipo de caracterización intencionada de Jesús que él ofreció con respecto a sí mismo. No
intenta definir qué “evangelio” o qué “Jesús” él tiene en mente. Esta caracterización sienta
las bases en cuanto a qué pensamos acerca de las ideas que Pablo presenta en el resto de la
carta. Que Jesús era plenamente hombre, descendiente de David, resulta imprescindible para
entender cómo él pudo conquistar el poder del pecado. El versículo 4 destaca otro aspecto
importante de su naturaleza: el hecho de ser Hijo de Dios. ¿Qué prueba se ofrece? La
resurrección de Jesús de entre los muertos es una declaración que hace el Espíritu Santo
acerca de su filiación divina.
La caracterización de Jesús se amplía cuando Pablo describe su propia relación con Cristo en
1:5. Él es la fuente de la cual Pablo recibió la gracia y el apostolado. Estos dones estimulan
a Pablo a desear predicar el evangelio en Roma, como afirma en 1:6, y se refiere
explícitamente a la iglesia de Roma como amados y llamados por Dios. Pablo no está
ofreciendo cumplidos vacíos para romper el hielo, él está seleccionando cuidadosamente
ciertas imágenes que evocará más tarde cuando esboce su comprensión del evangelio y sus
implicaciones para todos. Esta sección, en general, presenta ideas claves que elaborará
después.

¿Quién es?: Pablo emplea una larga serie de descripciones para referirse a Jesús, antes de
utilizar su nombre propio. Al aplazar esta referencia específica, Pablo no sólo crea cierto
suspenso, sino que garantiza que los lectores se formen un concepto particular de Jesús.
Observen cómo Pablo ordenó su descripción de Jesús. Se parece mucho al juego de las
“veinte preguntas”, en el que una persona tiene que determinar en quién está pensando otra,
por medio de una serie de preguntas. Pablo crea una imagen mental de Jesús y a la misma
vez posterga su presentación. Él presenta todos estos títulos y roles antes de mencionar el
nombre de Jesús. El lector probablemente no tendría que hacer grandes esfuerzos para
determinar de quién estaba hablando Pablo, pero para nuestros fines, es importante reconocer
el efecto de la estrategia de Pablo. Si él hubiera comenzado con el nombre de Jesús, las
expresiones descriptivas que seguían habrían producido un efecto diferente. Pablo, en
cambio, puede moldear el punto de vista del lector con respecto a Jesús pintando el cuadro
antes de asignarle un título.
El inicio de la carta es mucho más que un simple saludo. Pablo lo usa para presentar ideas
que jugarán un papel importante en la exposición que viene después. Es como si él estuviera
poniendo regalos sobre la mesa del discurso, para desenvolver con más facilidad cada uno de
ellos cuando llegue el momento. Esta parte del libro no es algo que deba dejarse atrás a toda
prisa para llegar a “lo bueno”. Esta introducción ha de digerirse con sumo cuidado porque
prepara el terreno para todo lo que sigue.

1:8–17
Como se dijo anteriormente, la intención fundamental de Pablo cuando escribe, parece ser la
de exponer el evangelio y no la de anunciar su plan de visitar Roma. En distintos pasajes de
la carta, Pablo comienza una oración con formas adverbiales o adverbios, tales como “en
primer lugar” o “primeramente”, creando con ello la impresión de que va a continuar
añadiendo cierto número de puntos relacionados —pero no es así. En el versículo 8 aparece
el primer “en primer lugar” en Romanos, y presenta dos posibilidades: Pablo tiene la
intención de proseguir tratando acerca de otros temas en la lista pero se distrae, o bien, la
motivación de ese “en primer lugar” no es más que retórica y su objetivo es hacer que parezca
que él va a continuar. En mi opinión, la segunda opción explica mejor lo que vemos en la
carta. Esa frase adverbial le permite simular que va en una dirección para poder ir en otra,
exactamente lo mismo que ocurre en un juego de pelota cuando se esquiva al adversario. Lo
que quiero decir es lo siguiente.
El versículo 8 presenta lo que parece ser la primera de varias cosas por las que Pablo da
gracias, pero Pablo menciona sólo una. Eso no quiere decir que Pablo no estuviera agradecido
por muchas cosas; lo que eso significa es que él pasa rápidamente al verdadero propósito que
lo mueve a escribir explicando la razón por la que él da gracias (1:11–12).
En 1:9 encontramos un mecanismo retórico diferente: la información temática adicional. Este
mecanismo separa la declaración de Pablo en cuanto a que Dios es su testigo, de aquello de
lo que Dios es testigo. Puesto que ya sabemos a qué “Dios” él se está refiriendo, la
información adicional moldea la manera en que nosotros pensemos acerca de él (y de Pablo).
Esta dilación atrae más atención a la última parte de la oración: donde Pablo dice que hace
mención constante de los romanos en sus oraciones.

Táctica dilatoria: Pablo comienza declarando que Dios es su testigo, pero entonces,
interrumpe esta idea con una descripción del Dios a quién él sirve. Esta información
descriptiva adicional pospone el hecho de revelar de qué es testigo Dios, atrayendo con ello
una atención extra.
Encontramos desviaciones que introducen un material complementario en los versículos 9,
10b y 11. Estas digresiones que comienzan con “porque” o con “pues” cumplen el mismo
propósito que el de una pregunta retórica, pero sin necesidad de interrumpir el hilo del
argumento. Cada declaración refuerza la que le antecede inmediatamente. Estas
declaraciones no sólo ofrecen apoyo, sino que también se desvían de la línea principal del
argumento hacia lo que puede llegar a ser una línea temática insertada. Esto es exactamente
igual a lo que nosotros hacemos cuando nos vamos por la tangente en medio de una historia,
para introducir una información importante antes de regresar al tema principal. Sin embargo,
en el caso de Romanos, 1:17–18 se da inicio a una digresión prolongada que continúa hasta
el final del capítulo 4. Entonces, 5:1 retoma el argumento que fue aplazado en 1:16–17.
Al comenzar la declaración de acción de gracias en 1:8 con la frase adverbial “en primer
lugar”, Pablo fomenta la idea de que va a añadirle a la lista alguna otra cosa relacionada, pero
sus digresiones lo hacen alejarse cada vez más de la lista. Él, sin embargo, nunca regresa a
esa lista de cosas por las cuales está agradecido. El amague de Pablo en esta instancia está
retóricamente motivado, en base a su propósito más amplio de anunciar su visita y ofrecer
una exposición del evangelio. El deseo de Pablo de visitarlos llega a ser la idea importante
para el equilibrio de esta sección, y todo lo demás sólo sirve para reforzar esta afirmación.

Desarrollo del pensamiento: Pablo introduce una serie de oraciones usando las
conjunciones “pues” o “porque”, mediante las cuales esa oración le da respaldo a la anterior.
Cada una de estas declaraciones constituye una desviación de la línea argumental principal.
Estas declaraciones, que comienzan con “pues” o “porque”, dan lugar al mismo desarrollo
del pensamiento que las preguntas retóricas. Ambas ofrecen una razón o una motivación para
lo que precede.
En el versículo 11, Pablo parece plantear equivocadamente cuál es su motivación para desear
visitar Roma, y luego lo corrige en 1:12. Este tipo de error es bastante común en la
conversación, porque el tiempo que existe entre pensar en lo que se va a decir y decirlo es
muy breve. Pero cuando escribimos, las cosas son diferentes. Dedicamos cierto tiempo a
“masticar el lápiz”, mientras planeamos lo que vamos a escribir, y por eso cometemos menos
errores que cuando hablamos. Aún en la época de Pablo era posible borrar y hacer
correcciones. Por tanto, podríamos entender mejor 1:11 como una afirmación intencional y
no como un error.
Recuerden lo dicho en la introducción, que la falta de relación de Pablo con los romanos
probablemente lo llevó a usar un acercamiento menos directo que el que podemos encontrar
en sus otras cartas. Una forma de comunicarles a los romanos su postura humilde era
exagerando algo intencionalmente, para corregirlo después. Los abogados hacen lo mismo
en los tribunales, y preguntan cosas que ellos saben que no están permitidas y entonces, se
retractan. Estos no son errores, sino decisiones muy bien calculadas para lograr ciertos
efectos. A fin de cuentas, ¡el jurado oye la pregunta! Tenemos buenas razones para creer que
esta fue la intención de Pablo puesto que él usa mecanismos retóricos en otros lugares para
mitigar su franqueza. El cambio de 1:11 a 1:12 muestra de qué manera Pablo altera su papel
de alguien que ejerce autoridad sobre los romanos por el de alguien que no es más que un
compañero igual a ellos y busca el consuelo mutuo. Pablo refuerza este sentido de comunidad
al final del versículo, añadiendo la frase “tanto la vuestra como la mía”. No obstante, los
romanos habrían tenido pocas dudas acerca de quiénes eran los que él tenía en mente al
referirse a su fe.
Pablo comienza un asunto nuevo en 1:13, explicando por qué todavía no había visitado a la
iglesia en Roma. Él usa un metacomentario (es decir, un comentario al comentario) con el
propósito de atraer la atención hacia lo que está a punto de decir —“no quiero que ignoréis”.
Él podría haber omitido el metacomentario, diciendo simplemente que en muchas ocasiones
había querido visitarlos, pero esa afirmación no habría tenido la misma fuerza retórica.
Recuerden que todas las facetas de esta discusión —el impedimento de Pablo para ir allá y
sus intenciones de ver a los romanos— respaldan su idea importante de querer visitarlos. En
otras palabras, todo esto constituye una digresión y no un avance en el argumento principal.
La primera palabra en 1:15 indica el regreso de Pablo a la idea central de esta sección, como
alguien que estuviera diciendo: “Así que, de todos modos”, o “como decía”, para retomar el
tema en el punto donde lo dejó.

1:16–17
Cualquiera que haya tratado de bosquejar el libro de Romanos sabe que es una tarea
notablemente difícil. Parte del problema se debe a la manera en que Pablo estructuró el grueso
de la Carta como su motivación para querer visitarlos. Aunque muchas versiones comienzan
un párrafo nuevo en 1:16 o en 1:18 (o en ambos), este material cumple dos propósitos
simultáneamente. En primer lugar, proporciona una motivación complementaria para lo que
se dijo anteriormente. En los versículos 16–17, Pablo respalda su deseo manifiesto de visitar
Roma; 1:18 y los siguientes versículos apoyan su afirmación en 1:16–17, en cuanto a que él
no se avergüenza del evangelio. Cada trozo del material motivador mira hacia atrás en lugar
de mirar hacia adelante. Lejos de avanzar el argumento de Pablo hacia el punto siguiente, le
da apoyo al anterior.
En segundo lugar, tanto 1:16–17 como 1:18 comienzan nuevas líneas argumentales
insertadas, aun cuando ellas no sean más que extensas desviaciones de lo que precede
inmediatamente. En los versículos 16–17, Pablo se desvía del anuncio de su anhelo de
visitarlos, un tema que retoma cerca del final de la carta en 15:22. De manera similar, 1:18 y
los versículos siguientes se desvían de 1:16–17, para referirse al problema universal de la ira
de Dios que se revela desde el cielo, antes de volver atrás para abordar el tema del poder del
evangelio en la vida del creyente, al principio de Romanos 5. De este modo, yo considero
que 1:18–4:25 constituye una digresión gigantesca en el argumento general de Pablo. No
obstante, esta sección ofrece una información crucial que necesitamos para entender el curso
de su pensamiento. La frase “habiendo sido justificados por la fe” en 5:1 vuelve atrás y
retoma la línea argumental en 1:16–17 con respecto al poder y a la justicia de Dios revelados
en el evangelio. Pablo aborda primeramente la difícil situación de la humanidad en relación
con el pecado y entonces regresa a su discusión acerca de la repercusión que la justicia de
Dios puede tener en la vida mortal de un creyente, después que el castigo del pecado ha sido
eliminado.
¿Significa esto acaso que las interrupciones de ese párrafo en 1:16 y en 1:18 no son correctas?
No, es necesario que tengamos en cuenta lo que resulta más importante. Las interrupciones
del párrafo son planas; no pueden revelarnos mucho en cuanto al orden de importancia. Por
tanto, aun cuando nosotros, en términos generales, consideremos a Romanos 1:16–17 como
el tema de todo el libro, tenemos que recordar que ese pasaje no es más que una inserción
dentro de la idea más general: el anhelo de visitarlos. De manera similar, toda la sección que
describe la depravación de la humanidad y el plan de Dios para la reconciliación y la
restauración está insertada dentro de la idea más amplia, descrita en 1:16–17, acerca de la
preeminencia del mensaje del evangelio.
Dejando a un lado las estrategias retóricas y el orden de importancia, estos versículos son
ciertamente críticos para el argumento con el que Pablo prosigue. Primera de Corintios 15:3–
8 ofrece un resumen conciso del evangelio de Pablo. La carta a los Romanos se extiende
sobre este punto, comenzando con el problema universal del pecado y sus consecuencias,
tanto para los judíos como para los gentiles (véanse los comentarios en 2:1). No es sólo una
cuestión de haber cometido pecados; la presencia del pecado en el mundo y en nuestra carne
ha destruido el propósito de Dios para la creación. Después de bosquejar el plan de Dios para
la reconciliación, Pablo aborda temas extensos sobre la relación entre la Ley y la batalla
continua del creyente con el pecado. Finalmente, Pablo pasa a hablar del modo en que esta
reconciliación afecta nuestra interacción con otros en la iglesia y con el mundo que nos rodea.
Pablo contempla el evangelio como algo que es mucho más que un simple plan de salvación.
El poder y la justicia que se revelan en él lo cambian todo, si realmente lo entendemos. Esto,
en una palabra, es lo que motiva a Pablo a ir y predicar el evangelio en Roma.
Cada una de las oraciones en esta sección respalda lo que la precede. La acogida del evangelio
por parte de Pablo, sin avergonzarse de ello, se basa en el poder del mismo para la salvación
de todo el que cree. La referencia al “judío y al griego” por igual, deja bien claro que no
existen favoritismos aquí, lo cual, según veremos, es un arma de doble filo. Pero hay más. El
evangelio no sólo es el poder de Dios para la salvación, sino que también revela la justicia
de Dios.
Revelación importante: Los versículos 17–18 revelan dos cosas, una positiva, y una
negativa. La positiva —la justicia de Dios— debe hacer que la creación de Dios responda de
manera humilde y obediente.
Esta revelación positiva prepara el terreno para una revelación más desalentadora en el
próximo versículo. Aunque la revelación de la justicia de Dios debería ser suficiente para
atraer la atención de las personas, Pablo les ofrece una motivación más práctica —a saber, la
revelación de la ira de Dios.

1:18–32
Si no podemos ganarlos por medio de la bondad, es posible que el temor de Dios atraiga su
atención. Esta no es una táctica amedrentadora sino una realidad inminente, una consecuencia
natural de nuestro pecado. ¿A qué debemos temer? A la contraparte de la revelación de la
justicia de Dios, es decir, a la revelación de su ira.

Revelación importante: Los versículos 17–18 revelan dos cosas, una positiva y una
negativa. La negativa —la ira de Dios— es provocada por la respuesta negativa de los seres
humanos a la revelación de la justicia de Dios.
Observen atentamente hacia dónde enfoca la ira. No se revela contra las personas —aun
cuando nosotros somos la causa— sino contra toda nuestra impiedad y perversidad. Pablo
usa una serie de cláusulas complementarias estrechamente relacionadas para mostrar un
cuadro vívido de aquellos que están sujetos a juicio. Cada cláusula le da inicio a una digresión
que se aleja cada vez más de la línea principal de su argumento, del mismo modo que lo
haríamos nosotros mediante una serie de preguntas retóricas.

Evolución del pensamiento: Pablo usa una serie de afirmaciones estrechamente


relacionadas para lograr el mismo tipo de desarrollo complementario que habría logrado
usando preguntas retóricas para conectar ideas. Cada afirmación respalda lo que la precede.
Cada una de ellas se aleja un poco más de la línea argumental precedente hasta formar una
digresión. En 1:20–21 comienza una digresión extensa que continúa hasta el final de
Romanos 4.
Cada una de estas ideas guarda una estrecha relación con la que la precede inmediatamente,
pero ellas representan un salto bastante grande cuando comparamos el punto de partida de
Pablo (su obligación de predicar) con el punto donde termina (en Dios que hace claramente
comprensibles sus atributos). En otras palabras, su afirmación A se conecta con B, y luego
con C, con D y con E, pero A parece guardar muy poca relación con E. Este curso de
pensamiento fomenta en nosotros la sensación de que cada pieza se deriva naturalmente de
la que la antecede. Permite también que Pablo se desplace sutilmente en una dirección
diferente, sin dar ningún paso drástico. Y además, crea conexiones poderosas que podrían
haber parecido más abruptas si él hubiera usado un enfoque más directo.
Pues bien, ¿por qué se revela la ira de Dios? ¿Cuál es la fuente de impiedad de la humanidad?
El hecho de haber rechazado el orden de cosas que Dios creó, y puso en marcha desde el
principio. Este rechazo no sólo afecta a los seres humanos; el rechazo del orden creado por
Dios afecta a Dios y altera el modo en que él determinó que fueran las cosas. Él no creó las
cosas para nuestro beneplácito sino para el suyo. Pablo define este rechazo como tres cambios
diferentes:
1. La gloria del Dios incorruptible por una imagen de hombre corruptible
2. La verdad de Dios por la mentira
3. La función (sexual) natural por la que es antinatural
Aunque estos rechazos son independientes, todos ellos representan un vuelco en el orden
planeado por Dios. De este modo, el mensaje de Romanos no es simplemente acerca del
perdón del pecado y de la reconciliación con Dios. Más bien, Pablo describe un problema
que confronta a toda la creación, no sólo a los seres humanos. En Romanos 8:22 Pablo se
refiere específicamente al gemido agónico de la creación mientras aguarda la misma
restauración necesaria que nosotros aguardamos. Por tanto, cuando lean el resto de esta
sección, recuerden que lo que Pablo tiene en mente es mucho más que el problema universal
del pecado. Y según veremos en 2:1, Pablo tiene en cuenta aquí a todas las personas y no
sólo a los gentiles idólatras.
Los que se enfrentarán al juicio venidero de Dios son los que han perpetrado el desorden.
Pablo los describe con poca generosidad en 1:18 como aquellos que restringen la verdad. ¿De
qué manera la han restringido? El versículo 19 afirma que ellos han pasado por alto lo que
Dios ha hecho evidente con respecto a él mismo. ¿De qué manera son culpables de eso?
Bueno, Dios ha revelado claramente todo lo que puede conocerse acerca de él. ¿Como qué?
El versículo 20 menciona los atributos que él usó para revelarse, lo cual deja sin excusa a los
perpetradores.
Pablo frecuentemente interrelaciona sus ideas como si fueran las consecuencias naturales de
una decisión. Si ustedes se deciden por A, entonces recibirán la consecuencia B. Las
diferencias en la elección pueden producir resultados diferentes, pero Pablo normalmente
correlaciona las consecuencias con una decisión. En el versículo 21, Pablo echa mano a la
retórica para mostrar dos senderos contrastantes. Él deja bien claro que negarse a honrar a
Dios produce un resultado negativo, y con ello insinúa la posibilidad de que si la elección
hubiera sido honrarlo, el resultado habría sido diferente.
Puesto que el versículo 20 nos dice que Dios se dio a conocer con toda claridad al revelar sus
atributos divinos, no podemos decir que nos separamos de Dios por culpa de nuestra falta de
conocimiento. Más bien, el problema se deriva de nuestra respuesta al conocimiento que él
da. El versículo 21 es crucial para poder entender este problema. Pablo deja bien claro en
1:21 que aunque los seres humanos conocían a Dios, eligieron no honrarlo como Dios, y de
ese modo, rechazaron el orden planeado por él. No es que ellos no entendieran quién era él;
de hecho, era todo lo contrario. Ellos sí entendían exactamente quién era él, pero se negaron
a honrarlo como a Dios (1:21). Este rechazo inicial conduce a consecuencias naturales
todavía peores porque se hicieron vanos en sus razonamientos y su necio corazón fue
entenebrecido (1:21).
Conocían que él era Dios… ¿Cuál sería la respuesta esperada ante este conocimiento? La
elección tiene consecuencias decisivas. Si los seres humanos hubieran elegido honrar a Dios
y darle gracias en respuesta a esta revelación, el poder de Dios para la salvación habría estado
a su disposición. Por el contrario, el hecho de haber elegido no honrarlo como Dios ni darle
gracias dio como resultado que se hicieran vanos en sus razonamientos y que su necio
corazón fuera entenebrecido.
La línea de razonamiento de Pablo pone de relieve la intencionalidad de los seres humanos,
al rechazar el orden establecido por Dios, y con ello, elimina cualquier excusa que ellos
pudieran dar. Dios se reveló con toda claridad al mundo por medios que nadie podía ignorar.
La pregunta del millón es cómo vamos a responder nosotros ante esta información. Podemos
elegir honrarlo y darle gracias, o no. Desde la perspectiva de Pablo, es así de simple.
Y, ¿a qué conducen obviamente este entenebrecimiento y esta vanidad? A ser sabios en
nuestra propia opinión (1:22). Eso también significa que el “vacío” que Dios puso en nuestro
corazón para atraernos, y que sólo él puede llenar, permanece vacío. Los que han rechazado
a Dios buscan otras cosas para adorarlas en lugar de adorarlo a él (1:23). Al fin y al cabo, las
preguntas existenciales acerca de dónde venimos y el significado de la vida no desaparecen
aunque nos neguemos a darles la respuesta correcta. Entonces, ¿de qué manera hacemos
nosotros que algo que no es Dios parezca divino? Atribuyéndole cualidades y características
divinas. Si alguien trata de convencerlos a ustedes para que adoren algo, lo más seguro es
que no digan que se trata de un ídolo mudo o de un dios falso. Van a utilizar todos los medios
posibles para hacer que parezca atractivo. Piensen en un vendedor de autos usados tratando
de convencerlos para que compren uno de sus vehículos.
Pablo utiliza el mismo tipo de estrategia de mercadotécnica para presentar una acusación
formal contra el hecho de cambiar la adoración de Dios por otra cosa. Él compara la
indignidad que es inherente a esas cosas con la dignidad de Dios de ser adorado, y emplea
una terminología que arroja intencionalmente una luz negativa sobre la decisión de los seres
humanos de rechazar a Dios. En lugar de describir la conducta de ellos como un cambio —
de la adoración a Dios por la adoración de animales y otras cosas— Pablo presenta el cambio
como un abandono de la adoración del Inmortal por imágenes de cosas que son mortales. Él
establece un claro contraste entre la manera en que Dios planeó que fueran las cosas y cómo
son realmente. Su terminología contrastante deja en claro la demencia del cambio. Él procura
disuadirnos de seguir este sendero haciendo que parezca una muy mala idea —que en
realidad lo es.

¿A quién van a adorar? Como buen vendedor, Pablo hace su presentación ofreciendo la
opción entre adorar a Dios y adorar otra cosa como una decisión obvia. Lo hace reformulando
las opciones y añadiendo modificadores temáticamente capciosos para crear antónimos
marcadamente opuestos. Por más atractiva que pueda parecer esa otra cosa, el cambio sigue
siendo horrible.
Los versículos 24–25 resumen cuáles son las consecuencias naturales de rechazar a Dios
como objeto de adoración. Su rechazo de Dios como Dios hizo que él los entregara a sus
propias concupiscencias. El versículo 25 reitera el cambio descrito en 1:23, pero usa términos
más crudos. En lugar de contrastar lo mortal con lo inmortal, Pablo expresa aquí el cambio
en lo tocante a sus orígenes, y así compara la adoración de una cosa creada con la adoración
del Creador. Hay también un contraste entre la gloria de Dios y la imagen de las cosas
creadas.
En el versículo 25 Pablo define el rechazo de Dios en términos de verdad y mentira, y vuelve
a presentar el rechazo en forma negativa para hacer que el resultado deseado parezca aún más
favorable.

El gran cambio: Pablo “vende” sus ideas para hacer que la opción deseada parezca mucho
mejor que la “marca líder” de la idolatría. Él cambia el contraste de Creador/creación por el
de verdad de Dios/mentira. Esta no es una comparación objetiva, sino un “giro” concebido
para presentar el abandono a Dios bajo una perspectiva tan negativa como sea posible.
La opción de no adorar a Dios como Dios hace mucho más que centrar nuestra atención en
la dirección equivocada. Recuerden la afirmación de Pablo en 1:21 en cuanto a que eso los
hace vanos en sus razonamientos y entenebrece sus corazones. Esta postura mental y
espiritual se manifiesta externamente en nuestra conducta. Pablo ofrece ejemplos específicos
y los describe como “cambios”, contrastando el orden que Dios había establecido
originalmente con la conducta injusta que se deriva del rechazo de ese orden. El rechazo de
los seres humanos es lo que provocó a Dios a revelar su ira (1:18).
En el versículo 26 la metáfora de Pablo contrasta los deseos lujuriosos de los seres humanos
entre sí, y pone de relieve que como consecuencia de ello, Dios los entrega a pasiones
degradantes. El mismo vocablo griego traducido como “lujuria” en 1:24 se usa en 1:26, pero
vinculado a otra palabra. El versículo 24 presenta una conclusión que resume las
consecuencias derivadas de 1:20, pero 1:26 pasa de las consecuencias a una perspectiva de
causa y efecto. Se centra en sus pasiones y no en el entenebrecimiento de sus corazones.
Ambas cosas están relacionadas, sin embargo, describir esto en términos de pasiones prepara
el terreno para contemplarlo desde el ángulo de la sexualidad. La misma raíz griega traducida
como “cambiaron” en 1:23 y 25 vuelve a utilizarse en 1:26 para describir el cambio de las
relaciones naturales entre hombres y mujeres por relaciones antinaturales. La repetición de
estas palabras conecta de manera coherente estas imágenes diferentes entre sí.

El gran cambio: El mismo término raíz que se encuentra en 1:23 y 25 se usa en 1:26 para
describir el cambio de las relaciones sexuales naturales por relaciones antinaturales. Este
cambio de relaciones es presentado como una consecuencia lógica del rechazo de Dios como
objeto de adoración por parte de los seres humanos.
Hay una conclusión importante que ha de extraerse de la manera en que Pablo encara este
asunto en Romanos 1 y cómo contrasta con el modo en que muchos lo presentan actualmente.
El péndulo de la opinión pública ha oscilado hacia la aceptación de las relaciones sexuales
entre personas del mismo sexo, un patrón que es muy poco probable que cambie. Este cambio
de identidades sexuales forma parte de la discusión general de “cosas contra las cuales Dios
ha revelado su ira”. Los sustantivos que Pablo utiliza en 1:18 aparecen traducidos
normalmente como “injusticia” e “impiedad”, presentando así el problema en términos
morales. Sin embargo, resulta interesante observar que esta metáfora del justo/piadoso no es
la que Pablo usa para formular este cambio del orden previsto por Dios. En lugar de describir
la conducta como inmoral o impía, él la describe en términos del orden natural de Dios. Es
antinatural, es decir, otro rechazo de la manera en que Dios planeó que fueran las cosas. Él
también habla de vergüenza y honra para presentar el asunto en términos de pasiones
deshonrosas (o “degradantes” en 1:26) y hechos vergonzosos (1:27).
¿Por qué, pues, Pablo adopta este enfoque para referirse a algo que claramente parece ser una
cuestión moral? Si nuestro deseo es prestar atención a los detalles del texto, sería mejor que
consideráramos lentamente las implicaciones de la fraseología de Pablo. Hay quienes han
afirmado que lo que Pablo tiene en mente aquí no es cualquier tipo de actividad con el mismo
sexo, sino un tipo específica. Sin embargo, el lenguaje de Pablo y la conclusión que él saca
de esto están en contra de ese punto de vista. Hombres y mujeres están incluidos y no un
subconjunto de ellos. Y lo que es más importante, el aspecto de la conducta a la que Pablo
hace alusión es un cambio de las relaciones naturales por relaciones antinaturales (1:27).
Además, la exclusión de ciertos tipos de conducta sexual entre personas del mismo sexo
parece improbable. Pero entonces, ¿por qué Pablo hace un cambio y deja de referirse a lo que
es moral e inmoral y comienza a hablar de vergüenza y honra? La respuesta muy bien podría
radicar en la manera en que Pablo escoge formular un tema potencialmente controvertido.
Es probable que la homosexualidad fuera casi tan preponderante y aceptada en el contexto
de Pablo como lo es en el nuestro actualmente, pero no hasta el punto de admitir el
matrimonio igualitario o relaciones abiertas. Había ciertos tipos de actividades que se
consideraban más aceptables que otros. Esto no significa que el asunto sea menos amoral que
cualquier otra clase de pecado, porque no es así. Al fin y al cabo, de todos los pecados
potenciales que Pablo pudo haber elegido, para ilustrar el cambio del camino trazado por
Dios por algún otro, él eligió este. Es por eso que debemos prestarle cuidadosa atención a la
vía que Pablo escoge para presentar el tema aquí. Él no lo describe en términos de buena y
mala conducta, sino que se refiere más bien a la vergüenza y a la honra, para enmarcarlo
como un rechazo al orden natural de Dios a favor de lo que es antinatural. El enfoque de
Pablo no es tanto un juicio moral, sino más bien una observación con respecto a las
consecuencias naturales de las decisiones humanas.
A pesar de la creciente aceptación de “estilos de vida alternativos” y del clamor por parte de
los activistas actuales para que nuestra cultura celebre la diversidad, la estrategia de Pablo
aquí tiene una importancia persistente. Existe aún cierta vergüenza relacionada con los estilos
de vida alternativos y también una lucha con la interrupción reproductiva que ello representa.
El enfoque de Pablo ofrece un atractivo más convincente en nuestro contexto actual que el
de los eslóganes insultantes que enarbolan las pancartas y que vemos en los medios.
El pecado es pecado, a pesar de la escala informal de aceptabilidad que la iglesia haya
adoptado actualmente. El avivamiento espiritual se caracteriza por el rechazo de todo pecado,
cambiando el arrepentimiento progresivo por un arrepentimiento total. Las denuncias de
hipocresía hechas por los que están fuera de la iglesia pueden atribuirse, al menos en parte, a
nuestra postura incoherente ante el pecado en la práctica, a pesar de lo que podríamos decir
en la teoría.
¡Permanezcan atentos! Pablo rechaza la diferenciación de pecados en Romanos 2:1
mostrando que los que juzgan a otros son culpables de las mismas cosas. Él deja de referirse
a la conducta que evoca inmediatamente la indignación moral, es decir, de aquellos que los
judíos consideraban gentiles paganos e idólatras, y comienza a hablar de cosas que la gente
moralmente íntegra –como nosotros– podría hacer. En otras palabras, él se dirige a personas
que tienden a pensar y a actuar como si conocieran casi todo lo concerniente a la vida
cristiana.
Pablo es un experto a la hora de elaborar cuestiones y argumentos para que produzcan un
resultado deseado. A través del libro de Romanos, él formula su argumento basado en
cualquier enfoque que sirva mejor a sus propósitos. Podría resultarnos de mucho provecho
tomar una página del manual de estrategias de Pablo y replantearnos cómo la iglesia encara
la cuestión del pecado sexual (y del pecado en términos más generales). No es más
pecaminoso que la lujuria, la codicia, el odio o la envidia, pero sí es mucho menos aceptable
dentro de la iglesia, desde el punto de vista social. El modo en que presentamos un asunto
afecta en gran manera el modo en que los demás lo reciben.
La última parte de este capítulo resume cuáles son las consecuencias para aquellos que
rechazan el orden creado por Dios. La sección comienza en 1:27 donde Pablo presenta otra
“entrega” usando el mismo término griego de 1:24 y 26. En lugar de entregarlos a pasiones
degradantes, Pablo dice ahora que Dios los entregó a una mente depravada. Esta sección
ofrece algo así como un resumen del impacto que produce el rechazo del orden de Dios para
hacer “las cosas que no convienen”. No obstante, Pablo hace una lista de esas cosas en 1:29–
31.

El gran cambio: En los últimos versículos del capítulo, Pablo reformula el tema
contraponiendo el rechazo de la Palabra de Dios al hecho de permitir que ella renueve
nuestras mentes (12:3). El menosprecio de la Escritura da como resultado una mente
depravada, en vez de renovada, llevándonos a hacer lo que no conviene.
Pablo presenta un catálogo de conductas horribles en estos versículos. Envidia, engaños,
calumnia, insolencia, jactancia —todo lo que puede hacer nuestra vida verdaderamente
infeliz cuando sufrimos las consecuencias de las decisiones de otras personas. Pablo resume
esta sección en 1:32 reduciendo todo esto al tema fundamental del pecado. La revelación que
ofrece Dios de sí mismo es suficiente para que reconozcamos nuestra injusticia. Pero en lugar
de aceptarlo y arrepentirnos, nuestra inclinación pecaminosa nos lleva a negar o a encubrir
nuestro pecado. ¿Cómo? Haciendo que otros se unan a nosotros para que nuestro
comportamiento no se haga tan notable. La cumbre del orgullo desmesurado y pecaminoso
no consiste solamente en pecar y saber que el castigo por esas cosas es muerte; no, es alentar
y aprobar a otros que hacen esas mismas cosas.

Conclusión
Repasemos cómo Pablo desarrolla su argumento en Romanos 1. Él probablemente tiene
diversas razones para escribir, pero elige exponerlas de cierta manera. Después de su saludo
inicial, Pablo expresa su intención de visitar la iglesia en Roma para ser mutuamente
confortados. Él prosigue describiendo su confianza sin avergonzarse en el evangelio porque
el poder y la justicia de Dios se revelan en él. ¿Por qué le apasiona tanto que otras personas
oigan el evangelio? Bueno, porque además de ser la revelación de la justicia de Dios, es
también la revelación de su ira. La ira es una consecuencia para los que rechazan a Dios
como Dios. El hecho de que los seres humanos opten por cambiar la adoración del único y
verdadero Dios por los que no son dioses conduce naturalmente a algunos otros “cambios”.
En la opinión de Pablo, el rechazo del orden creado por Dios conduce a todo lo que es malo
en nuestro mundo —y este rechazo se deriva de los efectos continuos del pecado. Por
consiguiente, Dios revela su ira contra toda la impiedad y la injusticia que aparecen descritas
después de 1:18.
Uno de los efectos del pecado es que a menudo el concepto que tenemos de nosotros mismos
es más alto que el que deberíamos tener. Si leemos toda la lista de pecados en 1:29–31 —y
el juicio que los acompaña— resulta fácil considerarla como un asunto que les compete a
“ellos” y no a “nosotros” o a “mí”. Yo puedo admitir de buena gana que “esa clase de gente”
merece la ira de Dios, a semejanza de los discípulos, cuando le preguntaron a Jesús si debían
mandar que descendiera fuego del cielo (Lucas 9:54). Es mucho más fácil (y más común)
levantar un dedo acusador contra los demás en vez de condenarnos a nosotros mismos. Pablo
elabora su argumento con el propósito de dar vuelta la mesas en Romanos 2:1. Dios no
derrama su juicio e ira solamente sobre la conducta impía de los paganos, sino también (y
quizás, especialmente) sobre la conducta de almas que creen confiadamente que están a la
altura de su norma de justicia.
El pecado y sus consecuencias son problemas universales, tal y como señala Pablo en la
primera sección de la Carta. En los capítulos 2 y 3, él hará hincapié en que nadie está exento,
pero su mensaje principal aquí es que Dios revelará su ira contra nuestro rechazo de su plan.
Es preciso que entendamos este problema del pecado para poder entender la necesidad que
tenemos del evangelio y su poder, para lograr una restauración del plan original de Dios.
Recuerden que para Pablo, el evangelio ofrece mucho más que un medio de obtener perdón;
es la clave para restablecer el orden y la función de la creación planeados por Dios. El primer
paso para poder comprender lo esencial aquí es aceptar que todos nosotros estamos bajo la
ira de Dios. Y para aquellos que piensan que están en cierto modo exentos, ¡prosigan con el
capítulo 2!

Romanos 2
2:1–16
Las divisiones por capítulos en la Biblia son útiles para navegar por ella, pero pueden resultar
problemáticas a la hora de seguir el hilo de un argumento. Pablo da inicio a una sección nueva
en Romanos 2 —pero es una sección que se cimienta en la última mitad del capítulo 1. La
afirmación con que Pablo comienza, presupone que nosotros sabemos que él está
dirigiéndose a los romanos, y utiliza una serie de cláusulas complementarias que se desvían
de la afirmación original.
Aun cuando en la mayor parte de las Biblias en español, 1:18–32 esté etiquetado como “la
culpabilidad del hombre” o algún otro encabezamiento semejante, no todos los que leen este
pasaje creerían que se aplica a ellos. Pablo hace una lista de pecados bastante atroces, y
nuestra tendencia de tener más alto concepto de nosotros mismos que el que debiéramos
tener, hace que nos desviemos con frecuencia de las cosas que deberíamos tomar en serio. Al
fin y al cabo, ¿quién no ha sentido envidia u odio? Pero en el contexto más amplio, resulta
fácil de entender por qué aquellos que no han cometido grandes pecados podrían eximirse
por completo. Ellos piensan: “¡Qué bueno que yo no hago esas cosas tan horribles!”.
Aparentemente, Pablo previó que algunos lectores judíos se sentirían exentos de su acusación
formal contra lo que parecía ser la conducta de los gentiles paganos. Pero el hecho de
excluirse a sí mismos de las condenaciones del capítulo 1, los prepara para ser severamente
criticados en 2:1. Pablo menciona cosas que todos pueden aceptar que son malas —pero sólo
para volver las tornas en contra de los que piensan que están exentos.

Volver las tornas: Somos propensos a tener un concepto más alto de nosotros mismos que
el que debemos tener; por lo general creemos que somos buenas personas. Cuando Pablo
presenta una lista así, nuestro primer impulso es pensar en otros a los que se ajustan esas
descripciones. Pero rara vez nos ponemos nosotros en el primer lugar de la lista. Siempre hay
alguien más malo, más vil, ¿no es cierto? Pablo utiliza la lista de pecados en Romanos 1:29–
31 para preparar el terreno para una inversión en 2:1.
Recuerden que el pecado es un problema universal; no discrimina a nadie,
independientemente de cualquier tipo de ilusión que podría llevarnos a creer otra cosa. Pero
en lugar de dirigirse abiertamente a los que pensaban que eran más santos que los demás y
condenarlos, Pablo utiliza una vía subrepticia para comunicar su mensaje. ¿Cómo? Les hace
afirmar de buena gana que una infinidad de cosas son deplorables y luego, les muestra que
ellos hacen exactamente lo mismo. ¿Cuál es la conclusión? Que ellos y nosotros por igual
estamos sujetos a la ira inminente de Dios como los gentiles paganos en quienes
probablemente estaban pensando.

Volver las tornas: La condenación de Pablo de la conducta claramente pecaminosa en 1:29–


31 no hallaría resistencia, sino aceptación, por parte de los que confiaban en que eran justos
delante de Dios. Él, sin embargo, vuelve las tornas en 2:1–3 cuando dice que “tú mismo te
condenas”, e identifica ese “tú” con los que juzgaban a los demás y hacían lo mismo.
Pablo finalmente dice a quién se refiere el “tú” que aparece tres veces en rápida sucesión
(2:1, 2 y 3). “Tú” aquí alude a aquellos que juzgan o condenan a los demás por algo que ellos
mismos hacen. Él aprovecha la propensión humana al orgullo para subrayar que todos
nosotros tendremos que enfrentarnos al mismo juicio venidero, y por tanto, todos tenemos la
misma necesidad de reconciliarnos con Dios. Es posible que no hayamos cometido los
pecados execrables mencionados al final de Romanos 1, pero nadie está libre de pecado. Es,
pues, el colmo de la hipocresía que juzguemos a otros por lo que nosotros mismos hacemos.
Pablo usa ahora por tercera vez el pronombre “tú” en la frase “tú que condenas” como un
medio para aplazar la parte clave de una pregunta que aparece en 2:3. Con ello, separa el “¿y
piensas tú?” de lo que en realidad se piensa. Puesto que Pablo ya ha identificado a su auditorio
en dos ocasiones, la tercera repetición sirve como una táctica retórica de dilación, atrayendo
una atención extra a la idea importante de pensar en escapar del juicio de Dios, y eso también
refuerza la caracterización de su auditorio como hipócritas que condenan a los demás por
algo que ellos mismos hacen.

Táctica dilatoria: Pablo le da inicio a esta sección con una serie de afirmaciones dirigidas a
alguien sin identificar claramente de quién se trata, y le dice: “tú que juzgas (a otros),
practicas las mismas cosas”; y luego, repite esta información dos veces más. En la última
ocasión, la información actúa como un ligero desvío, separando la pregunta acerca de lo que
debe ser de lo que se supone que es. Puesto que Pablo ya ha identificado quiénes son los que
componen su auditorio en 2:1 y 2, la repetición en 2:3, tiene una función retórica para
provocar una dilación y atraer así la atención a lo que se supone que es: “escapar al juicio”.
El éxito de Pablo cuando defiende la indescriptible importancia del evangelio a través del
resto del libro depende de que todos reconozcan que tienen la misma necesidad. Nadie está
exento, sea quien fuere. Pablo dedica el resto del capítulo a precisar ese “sea quien fuere”.
Aunque Pablo se dirige a todas las personas, es justo suponer que los judíos buenos (o los
cristianos modernos) se excluirían a sí mismos de esos que se enfrentarán al juicio venidero.
¿Por qué? Porque ningún judío que se respetara participaría en ningún tipo de inmoralidad
sexual, ni de homicidio, ni en la mayoría de las cosas que Pablo menciona. Y si tuvieran
alguna duda acerca de su conducta, podrían apelar a su relación especial con Dios a través
del pacto. Es por esto precisamente que Pablo procede a disipar aquí la noción de que los
judíos y los gentiles responden de alguna manera a normas diferentes. Para entender
realmente el evangelio, necesitamos entender que todos nos encontramos en el mismo
dilema.
Aunque Pablo usa los versículos 1–3 para destacar la necedad de pensar que podemos escapar
de alguna manera del juicio de Dios, en 2:4 él regresa a las implicaciones que tiene el hecho
de juzgar a otros por lo mismo que hacemos nosotros. El hipócrita en cuestión quiere
condenar a los pecadores en vez de perdonarlos o extenderles gracia. Al fin y al cabo, ¿acaso
su pecado no merece ser juzgado? Sí, pero los hipócritas sólo consideran un aspecto de la
cuestión. Ellos ignoran el hecho de que se están comportando de la misma manera. Pablo
afirma que la bondad de Dios, su tolerancia y su paciencia tienen por objetivo producir
arrepentimiento. Los hipócritas, empero, carecen de estas cualidades, y Pablo considera su
decisión de condenar como un desprecio a la bondad y a la paciencia de Dios. Esto constituye
una bofetada en la cara de los que esperan que Dios reaccione ante el pecado con la misma
indignación justa que ellos.
A menudo tratamos de encasillar a Dios, y pensar acerca de él y de sus intenciones
monolíticamente. Sin embargo, hacer eso puede resultar problemático. Pensar en él sólo en
términos de su amor y aceptación reduce nuestra sensibilidad al pecado y sus consecuencias
en cuanto a nuestra relación con Dios. Por el contrario, pensar que su única ocupación es
juzgar a los pecadores pasa por alto su deseo de que nos arrepintamos. Todo se reduce a la
manera en que nosotros reaccionamos ante nuestro pecado.

Reacción ante el pecado: Existe la tendencia a pensar acerca de Dios monolíticamente,


como bueno y amoroso o como duro y sentencioso. En realidad, ambos puntos de vista son
ciertos. Una de las claves para determinar qué aspecto de Dios experimentamos, responde al
reconocimiento de que hemos pecado y por tanto sufrimos la ira de Dios. Pablo propone dos
vías. Los que admiten su pecado y se arrepienten experimentan la bondad, la tolerancia y la
paciencia de Dios mientras andan por fe. Los que rechazan la convicción de pecado y se
niegan a arrepentirse sufren la ira descrita en Romanos 1. Nuestra perspectiva sobre el
carácter de Dios se relaciona directamente con nuestra reacción ante el pecado.
Los hipócritas se engañan de varias maneras. En primer lugar, se equivocan al pensar que
pueden escapar de algún modo de la ira de Dios; sin embargo, ellos son tan pecadores como
aquellos a quienes condenan. El versículo 5 deja bien en claro que en lugar de escapar de la
ira, están acumulándola. En segundo lugar, Dios no descarta a ninguna persona simplemente
por haber pecado. De hecho, en la economía de Dios, el propósito de su bondad, su tolerancia
y su paciencia es producir un cambio de corazón en el pecador. Él no los saca del aprieto,
pero les da la oportunidad de cambiar.
En los versículos 6–12, Pablo hace una serie compleja de afirmaciones al examinar diferentes
aristas del mismo asunto. En griego, esta sección es una extensa cláusula relativa que describe
a Dios. Su intención no es especificar cuál es el dios que Pablo tiene en mente, sino moldear
la manera en que debemos pensar acerca de Dios en este contexto. ¿Para qué? Para trazar un
claro contraste entre los que procuran una vida centrada en ellos mismos y los que se dedican
a servir al Señor. Pablo desarrolla este contraste caracterizando a Dios como aquél que
responderá adecuadamente a cada grupo.
Podemos optar por una de dos vías, pero el resultado será diferente. Pablo no se interesa aquí
por la soberanía divina en contraste con el libre albedrío (véase 9:19), sino simplemente por
los dos resultados posibles que existen. Independientemente de la vía que tomemos, vamos
a ser juzgados por Dios; no hay manera de evitarlo. Pablo deja bien en claro que el linaje de
una persona –ya sea judío o gentil– no afectará el resultado, porque Dios usa la misma norma
para juzgar a todos. No se trata tan sólo de poseer la ley, sino de vivirla obedientemente.
Esto plantea una cuestión importante en la mente de los que se enorgullecen de su
observancia de la ley. La ley les fue dada a los judíos, no a los gentiles. ¿Recuerdan la lista
de acciones pecaminosas que aparece en Romanos 1:24–32? Ese es el comportamiento que
se esperaba de los gentiles paganos, no de los judíos. ¿Cómo, pues, podía un gentil ser
aceptado por Dios? Vemos que Pablo comienza a desplazarse en esa dirección en 2:14. Pero
primero, él necesita dejar bien en claro que nuestra reacción ante la convicción de pecado es
lo que determina nuestro futuro con Dios.
Recuerden que al final de Romanos 1, el problema del pecado se define como un rechazo del
orden creado por Dios. Si persistimos en rechazar ese orden, nos volveremos obstinados e
impenitentes; ese es el entenebrecimiento del corazón al que Pablo alude en 1:21–23. Pero
en vez de responder con un juicio inmediato, Dios responde con tolerancia y paciencia. ¿Por
qué? Porque él quiere que nos volvamos a él y no continuemos en nuestra obstinada rebelión.
Recuerden que él nos creó con un propósito, y ese propósito fue desbaratado por el pecado.
El deseo de Dios es que regresemos a él en lugar de continuar avanzando en el sendero
equivocado. Necesitamos un cambio total de dirección —el arrepentimiento. Si no nos
arrepentimos, el juicio y la ira nos aguardan. Pero si estamos dispuestos a humillarnos y a
arrepentirnos, para responder favorablemente a la bondad, la tolerancia y la paciencia de Dios
hacia nosotros, podemos esperar un resultado enteramente diferente.
Necesitamos sacar a Dios de los estrechos marcos en que lo hemos colocado y permitirle que
sea quién es. Sí, él es santo y puro, y por ese motivo, nuestro pecado nos separa de él. Pero
esto no es todo. Él nos extiende su bondad y paciencia para guiarnos al arrepentimiento. ¿Por
qué? Porque nos creó a nosotros y todas las demás cosas con un propósito (véase 9:19). El
solo hecho de que el pecado entrara en el mundo no significa que los planes de Dios hayan
cambiado; significa simplemente que nosotros echamos a perder las cosas, y él se propone
restaurarlo todo de acuerdo con su plan original. Pero aun así, por el modo en que
respondemos a sus propuestas, somos nosotros los que determinamos qué nos reserva el
futuro. Su santidad no puede pasar por alto el pecado, pero su compasión y paciencia le
impiden abandonar por completo su plan original. Hay una ventana dentro de la cual pueden
cambiar las cosas, pero no siempre estará abierta (véase Heb 4:6–7).
En Romanos 2:11, Pablo plantea la cuestión de la parcialidad, rechazando cualquier noción
de que Dios tenga favoritos. En los versículos que siguen, Pablo respalda su afirmación de
que Dios es imparcial, dando lugar con eso a una discusión perturbadora acerca de la relación
entre la ley y el comportamiento recto. Pablo presenta dos categorías de personas en 2:12 –
los que están bajo la ley y los que están sin ella. Ambos grupos cometen pecado; la distinción
clave radica en si lo hacen mientras están bajo la ley o no. La sabiduría convencional sugiere
que el hecho de tener la ley de Dios podría crear cierto estatus especial para aquellos que la
poseen. Sin embargo, lo que ocurre es todo lo contrario.
Cuando leemos 2:12, podríamos pensar que los que no están bajo la ley no son considerados
responsables ante ella. Y aparentemente, el corolario también lo apoya; los que están bajo la
ley serán juzgados por ella. En este sentido, podría parecer que las personas que están sin la
ley tienen mejores oportunidades que los que la tienen. Todos conocemos el dicho que dice
que “el que tiene algo en su poder es su dueño”; sin embargo, la economía de Dios no opera
de ese modo. De acuerdo con lo que Pablo explica en 2:13, no es la posesión de la ley sino
la obediencia a ella lo que determina nuestra justicia. Para el judío que cree que esa posesión
le da cierto estatus especial dentro de la comunidad del pacto, esa idea, sin embargo, sería
escandalosa. El judío y el gentil por igual tienen que obedecer la ley para que esta los declare
justos. Ambos se enfrentan al mismo dilema: el pecado crea una barrera y nos impide tener
una posición justa delante de Dios (2:16).
Pero esto presenta un problema diferente. Si no podemos obedecer un código o una ley
porque no tenemos acceso a ellos, ¿no seríamos nosotros —en este caso, los gentiles—
considerados injustos a los ojos de Dios? Pablo deja caer su próxima bomba sobre los
creyentes judíos con sus palabras en 2:14, cuando se refiere a una cierta situación con
respecto a los gentiles. Aunque él ya ha definido la identidad de los gentiles, añade aquí una
información temática extra y los describe ahora como los “que no tienen ley”. Es más, cambia
incluso el orden de las palabras en griego para subrayar su “falta de ley”. Y el resultado es
que las cosas podrían no ser tan simples como parecían al principio.
¿Qué sucedería si los gentiles, que no tienen la ley, fueran por naturaleza capaces de
guardarla? Ese escenario parece imposible, pero aun así, Pablo hace la pregunta. Si la
observancia de la ley es más importante que la posesión de ella, quizás entonces los gentiles
no estén en una posición tan mala. Pablo dice que los que guardan la ley —aunque no la
tengan— son una ley para ellos mismos. Pablo no está ofreciendo una nueva vía para la
justificación; él está dando una razón importante acerca de las limitaciones que implica la
sola posesión de la ley.
En 2:15 Pablo habla con más detalles de estos individuos que guardan la ley aunque están
sin ley. Pero, ¿cómo es posible guardar una ley que no tienen? Desde la perspectiva de Dios,
la ley que le fue dada a Moisés no es el único código que puede convencer de pecado a un
individuo, porque también existe una ley que está escrita en los corazones de los seres
humanos. Esta ley guarda relación con sus conciencias, cuyos pensamientos los acusan y
también los defienden (véase 1:19–20). Pero Pablo va más lejos y afirma que Dios
corroborará que esto es así el día en que habrá de juzgar a las personas según el mensaje del
evangelio. De este modo, la ley a la que tienen acceso los seres humanos determina la base
sobre la cual serán juzgados.

No hay parcialidad: De acuerdo al concepto de Dios, “el que tiene algo en su poder, no es
su dueño”. Nosotros seremos juzgados por nuestra obediencia a la ley, ya sea la ley de Dios
revelada a Israel o la ley escrita en el corazón. Por tanto, no hay diferencia entre judío y gentil
en lo que a la posesión de la ley de Moisés se refiere.
¿Cuál es, pues, el propósito de esta discusión acerca de un tipo alternativo de ley? En primer
lugar, que lo que determinará la justicia del individuo en el día del juicio no es la posesión
de la ley de Dios sino la obediencia a la misma. Y Pablo no está refiriéndose a la ley mosaica,
sino a la ley que está escrita en los corazones de los seres humanos. Ahora bien, antes que
nos acusen de herejía, vamos a entender lo que ocurre aquí. La discusión de Pablo no dice
nada en cuanto a si una persona puede realmente alcanzar, por sus propios medios, una
posición justa en ese día final. Su única meta aquí es postular dos vías distintas para el juicio.
Ambas conducen al mismo lugar —no sólo la que se basa en la posesión de la ley mosaica.
Tanto los judíos, que han recibido la ley revelada de Dios, como los gentiles, que viven según
lo que está escrito en sus corazones, serán juzgados en el día del juicio en base a su obediencia
a esa ley o código. En estos versículos, Pablo establece que todos, tengan o no una ley
revelada, están en el mismo aprieto en cuanto al juicio final. De manera especial, a partir del
versículo 17, Pablo dice de nuevo que para ser declarado justo por la ley, es necesario
obedecerla. Pero su modesto objetivo aquí es demostrar que el judío y el gentil por igual
tienen algo por lo cual se les hace responsables, nadie tiene excusa (1:20).
En este pasaje, Pablo demuestra que los seres humanos han cambiado el orden creado por
Dios para seguir sus propios caminos. Los judíos que rechazan a Dios no están exentos de
esta condenación; el simple hecho de tener la ley no los coloca en una categoría especial. Los
gentiles incluso tienen una ley escrita en sus corazones de la cual serán considerados
responsables. Obedecer la ley es lo que cuenta, no importa que esa ley haya sido revelada
desde el Sinaí o entregada a modo de brújula moral. Ambos grupos tienen una oportunidad
igual de responder, y esa respuesta es la base para el juicio de Dios.
Hasta aquí, Pablo ha rechazado unas cuantas nociones muy apreciadas por parte de algunos
miembros de su auditorio judío. En el resto de este capítulo, Pablo aborda los argumentos
contrarios que quedan, en cuanto a que a los judíos que tienen la ley les esté reservado un
lugar especial. Él toma a los gentiles como punto de contraste con los judíos que dicen
guardar la ley, pero no la obedecen. Una vez más, el propósito de Pablo no es responder si
existe alguien que pueda obedecer perfectamente la ley. Él ya dejó bien claro que las
consecuencias del pecado sobrevendrán en el día del juicio, y él se referirá más plenamente
a este asunto en el capítulo 3. El punto clave de Pablo aquí —por escandaloso que le pareciera
a su auditorio– es el papel crítico que juega la observancia de la ley, tanto para los judíos
como para los gentiles.

2:17–25
Frecuentemente, poseemos ciertos principios que nos resultan muy preciados. Sin embargo,
nuestra práctica podría revelar un marcado contraste con lo que predicamos. Esto sucede
normalmente cuando creemos, en cierto grado, que vivimos realmente a la altura de nuestros
principios. Por ejemplo, yo podría decir que para mí leer la Biblia todos los días es
importante, pero si presto atención a las veces que la leo, ¿hasta qué punto mi práctica estaría
a la altura de mi principio? Pablo dedica 2:17–25 a este tipo de análisis contrastante,
obsequiándoles a sus lectores un enfrentamiento con la realidad.
Pablo presenta la primera sección de una proposición condicional muy compleja en los
versículos 17–20. De hecho, esta sección (la condicionante) es tan larga que en griego hay
una indicación que señala el final de las condiciones y el comienzo de la segunda sección de
la proposición. Para entenderlo mejor, piensen en la descripción de un trabajo hipotético con
una lista de requisitos que tenemos que cumplir para poder ser contratados. ¿Llevas tú el
nombre de judío? ¿Te apoyas en la ley y te glorías en Dios? ¿Conoces la voluntad de Dios y
apruebas las cosas que son esenciales? ¿Confías en que eres guía de los ciegos, luz de los que
están en tinieblas, instructor de los necios, maestro de los faltos de madurez? En otras
palabras, ¿piensas que tu relación con Dios es estelar? Del mismo modo que Pablo preparó a
sus lectores en 1:18–31 y volvió las tornas contra ellos en 2:1, él hace lo mismo aquí cuando
dice que todos los detalles de esta conducta admirable tienen valor únicamente si hacemos
obedientemente lo mismo que enseñamos a otros.

¿Eres tú un oxímoron? Dios juzga la totalidad de nuestra vida, no sólo lo bueno. Por tanto,
no importa cuántas cosas buenas hacemos —o creemos que hacemos— si el resto de nuestra
vida cuenta otra historia.
Todos hemos oído el dicho “haz lo que yo digo pero no lo que yo hago”. Si tú no haces las
cosas que les dices a otros que hagan, no sólo eres un hipócrita, sino que has de ser juzgado
por ser infractor de la ley. Pero hay una consecuencia aún mayor: que estás perjudicando la
reputación de Dios y la tuya propia. Pablo dice en el versículo 23 que los que violan la ley
—pero se jactan de obedecerla— deshonran a Dios con sus acciones.
Pablo presenta esta larga situación hipotética para reforzar la observación que hizo en 2:13,
pero en esta ocasión, él se refiere a los que enseñan la ley y no a los que la oyen —y hace
una denuncia aún más condenatoria. Al citar Isaías 52:5, Pablo les recuerda a los romanos
que ese comportamiento desbarata la intención de Dios en cuanto a que Israel fuera una
bendición para las naciones. En lugar de atraerlos a Dios con su ejemplo, esa hipocresía los
aleja de él. La conducta de Israel hizo que los pueblos en derredor de ellos blasfemaran el
nombre de Dios, y si alguna otra persona lleva a cabo acciones similares, el resultado será el
mismo: la blasfemia del nombre de Dios.

No solamente es malo: Dios no puede ser engañado. Decimos que nuestra vida es recta y
que hacemos cosas buenas, pero nada de eso puede contrarrestar nuestra conducta
pecaminosa. Ignorar nuestro pecado no sólo está mal, sino que es una forma de blasfemia,
porque con ello, estamos permitiendo que nuestras acciones digan que el juicio de Dios es en
cierto modo errado.
En el versículo 25, Pablo concluye esta sección de su argumento haciendo una observación
importante para respaldar lo que dijo anteriormente acerca de deshonrar a Dios y hacer que
los incrédulos blasfemen su nombre. Las señales exteriores de la identidad judía —la
circuncisión, enseñar e instruir a otros acerca de la manera en que se debe guardar la ley—
todo eso debe ser llevado a cabo junto con una vida recta, no en lugar de ella. Los atributos
exteriores carecen de valor sin la rectitud interior. Pablo dice que la circuncisión de ellos se
ha vuelto incircuncisión. Esa es la misma batalla que encaran los cristianos actualmente con
la fachada respetable que mantienen asistiendo a la iglesia, leyendo la Biblia y haciendo obras
caritativas en la comunidad. ¿Es malo acaso hacer estas cosas? Depende. Dios nunca
pretendió que nosotros guardáramos la ley y lo obedeciéramos con el único objetivo de que
pareciéramos personas respetables. Más bien, él quiere que nuestros corazones cambien —y
que ese cambio se ponga de manifiesto a través de nuestra conducta— lo cual, a su vez,
podría hacer cambiar a una comunidad y al mundo. Lo que cuenta no es la conducta exterior,
sino el cambio interior que se proyecta en un cambio exterior. Todo lo que sea menos que
eso es una farsa que deshonra a Dios y hace que los incrédulos blasfemen de él.
Tengan presente por qué Pablo nos está llevando por este sendero. Él quiere sacar todo el
provecho que pueda por la necesidad del mensaje evangélico de salvación a través de la fe.
Una parte de su auditorio no podía ver la necesidad del evangelio mientras estuviera confiada
en que su relación actual con Dios era suficiente. Sin embargo, destruyendo esa confianza
equivocada, Pablo crea un margen para la verdad que es digna de toda confianza. Pero todavía
no ha terminado. Aún le quedan cosas por desmantelar.

2:26–29
La idea importante de los versículos restantes de Romanos 2 se deriva de la explicación
complementaria en 2:25. En algunas versiones, el versículo 25 da inicio a un párrafo, pero
en griego aparece como respaldo del versículo 24. No obstante, ofrece el punto de partida
para la próxima parte del argumento de Pablo, que comienza en el versículo 26. Pablo regresa
aquí al tema de 2:11–15 acerca de la “igualdad de oportunidades”, contrastando el valor del
cambio interior con la apariencia exterior. En 2:17–25, él ya aclaró la gravedad de la
hipocresía. Y ahora, él pasa a tratar una idea relacionada. ¿Qué ocurre si alguien ha
experimentado verdaderamente un cambio de corazón pero sin adoptar la señal exterior, es
decir, cumple los requisitos de la ley pero permanece incircunciso? ¿Qué pensaría Dios de
una situación así? Pablo explica que Dios vería esto del mismo modo que él ve a los gentiles
que responden obedientemente a la ley escrita en sus corazones (2:13b–15).
Pablo contrasta dos vías con dos resultados. Si alguien tiene las señales exteriores sin la
obediencia interior, esas señales exteriores carecen de significado; pero si es interiormente
obediente, entonces eso le sería reconocido como si hubiera adoptado las señales exteriores.
Dios le dio la circuncisión a Abraham como una señal y un sello externos en respuesta a su
fe en sus promesas. Pero en algún momento, la señal de la circuncisión pasó a ser más
importante que la decisión de creer en Dios o seguirlo obedientemente. Lo que a Dios le
interesa no es que conozcamos lo que es bueno ni que tengamos las marcas correctas, sino
que hagamos lo que es bueno por las razones correctas.

Conocimiento vs. acción: Pablo plantea, “en aras de simplificar la discusión”, que para Dios,
la circuncisión y la posesión de la ley no son tan importantes como la obediencia. Por
consiguiente, los gentiles que obedecen la ley escrita en sus corazones gozarán de más alta
estima que los judíos circuncisos que poseen la ley pero no la obedecen. Pablo deja bien en
claro en Romanos 3:9 que todos somos culpables de pecado, pero aquí, él destaca que los
atributos exteriores del judaísmo poco importan, si no van acompañados por una obediencia
interior.
La discusión de Pablo aquí no es una revelación nueva acerca de lo que hace judío a un judío.
Él reitera, más bien, la intención original de Dios, e invita a su auditorio a mirar
retrospectivamente para redescubrir en qué consistía originalmente la fe del pacto. Del mismo
modo que Dios le otorga más valor a la obediencia que al conocimiento, él también valora la
fe y la obediencia más que la circuncisión. Pablo explica claramente este punto en los
versículos 28–29. ¿Cuál es la característica distintiva de un judío que agrada a Dios? El
corazón. La obra interior realizada por el Espíritu significa más que la marca exterior de la
carne. Si tú quieres agradar a Dios, no puedes dejar que lo externo te aleje de lo interno.
Pues bien, si lo único que le interesa a Dios realmente es el corazón, ¿para qué preocuparnos
siquiera por lo exterior? ¿Hay algún valor en la circuncisión? Y si los gentiles pueden agradar
a Dios por medio de la obediencia a una ley propia, ¿tiene algún valor el hecho de ser judío?
Pablo aborda estas cuestiones como la idea central en Romanos 3.

Romanos 3
3:1–8
En Romanos 2, Pablo hace algunas observaciones significativas que desautoriza la idea de
que Dios favorece a los judíos más que a los gentiles. Después de su aseveración acerca de
la imparcialidad de Dios en Romanos 2:11, Pablo afirma que los gentiles tienen la misma
oportunidad que tienen los judíos de ser declarados justos, en base a su obediencia a la ley
que Dios ha escrito en sus corazones. La opinión tradicional era que los judíos tenían una
ventaja porque a ellos se les había confiado la ley que Dios le reveló a Moisés, y por ese
motivo, a no ser que los gentiles se convirtieran al judaísmo, no podían considerarse parte de
la comunidad del pacto. Pero en 2:25–29, Pablo repite una vez más que Dios le da un valor
igual o más alto a los gentiles obedientes que a los judíos con esa supuesta ventaja. Pablo
afirma que lo que cuenta es la circuncisión del corazón, y esta es efectuada por medio del
Espíritu y no por manos humanas. La comunidad judía debió haberse sentido totalmente
perturbada por esta idea.
Contrario a lo que algunos podrían pensar, Pablo no está tratando de sacrificar al judaísmo,
sino de establecer condiciones de igualdad para su argumento acerca del evangelio. No en
este momento, sino más adelante, Pablo va poner de relieve el lugar especial que ocupa Israel
en el plan de Dios (véase 9:1–5; 11:17–21). Por ahora, lo que su auditorio tiene que entender
es que todos están sujetos a un juicio inminente por el pecado y tienen la misma necesidad
de reconciliarse con Dios. Pero para alcanzar un mayor auditorio, Pablo desmantela las
supuestas ventajas que reporta el hecho de ser judío, y para ello, utiliza incluso la lista de
ventajas (no mencionadas). Lo que quiero decir es lo siguiente.
A través de la Carta a los Romanos, Pablo emplea preguntas retóricas —preguntas que él
mismo responde— para darle paso a su próxima idea importante. No obstante, las preguntas
retóricas nos hacen pensar en respuestas potenciales, aun cuando nunca las formulemos en
voz alta.
Pablo, pues, pregunta de manera retórica cuál es la ventaja del judío o del uso de la
circuncisión a la luz de la idea de que los gentiles pueden lograr ostensiblemente el mismo
tipo de favor delante de Dios sin esas cosas. Y su respuesta en griego equivaldría a decir en
nuestro lenguaje moderno: “¡Un montón de ventajas!”. Pablo responde: “De mucho, en todos
los aspectos”, y con eso, crea la expectativa de que va a proseguir mencionando una gran
cantidad de ventajas. La frase adverbial con la que comienza —“en primer lugar”— confirma
que eso es lo que va a hacer, y usa una partícula griega cuyo único propósito es conseguir
que los lectores esperen al menos otro elemento relacionado. Hallamos un conjunto similar
de estos indicadores que anticipan lo que viene después al principio de la lista que aparece
en 1 Corintios 12:28. Pero, ¿para qué usar el adverbio “primeramente” si no se pretende
añadir un segundo elemento y así sucesivamente?
De manera alternativa, algunos han afirmado que Pablo sí tenía la intención de continuar la
lista, pero se distrajo o se olvidó de lo que planeaba decir. Aunque ambas cosas son posibles,
ninguna parece probable en base al tipo de estrategia retórica que Pablo usa. Recuerden que
lo que él está haciendo aquí es recordarles a los judíos que ellos están exactamente en el
mismo barco que lo gentiles, espiritualmente hablando. Aun cuando su estatus en el pacto
con Dios sea significativo (como Pablo explica claramente en Romanos 9 y 11), eso no puede
salvar el abismo que crea el pecado.
A la luz de la estrategia retórica de Pablo en Romanos 2, tenemos una buena razón para
considerar esta lista de un solo renglón como parte de sus propósitos ulteriores. Piensen en
esto: Pablo crea la expectativa de que va a proceder a hacer toda una lista de ventajas, pero
si hubiera mencionado muchas ventajas, habría socavado la tarea que le ocupa.

La ventaja de los judíos: ¿Hay ventajas para el judío? La respuesta de Pablo en el versículo
2 hace que parezca que va a mencionar muchas, pero su lista se limita a una sola. No es que
no haya ventajas (véase Romanos 9:4–5), sino que mencionarlas aquí no le resulta útil para
su propósito. Pablo está haciendo uso de un amague retórico.
Pablo sí ofrece una lista de ventajas para los judíos, pero recién lo hace en 9:4–5. ¿Por qué
allí y no aquí? Bueno, porque en el capítulo 9, él se prepara para lanzarles un desafío a los
gentiles para que no tengan una opinión muy elevada de sí mismos. Al fin y al cabo, si Dios
desgajó algunas ramas para injertar a los gentiles en su familia, él puede podarlos con la
misma facilidad (11:17–21). Al final, Pablo ubica a los gentiles en uno o dos niveles más
abajo, pero aquí se concentra en los judíos.
En el versículo 3, Pablo presenta el próximo punto de su argumento, y nuevamente emplea
una pregunta retórica. Aunque a partir de la mayoría de las traducciones nos resultaría difícil
percibirlo, Pablo utiliza un argumento insertado en los versículos 3–8 para apoyar sus
afirmaciones en los versículos 1–2, en cuanto a que ciertamente sí hay ventajas para los
judíos. ¿Por qué, pues, no están experimentando la bendición de Dios? ¿Podría ser acaso
porque algunos de ellos son infieles? Eso causaría un impacto en la respuesta de Dios hacia
ellos. La respuesta es el primero de muchos “¡de ningún modo!” o “¡de ninguna manera!”
que encontramos a través del libro. Pablo intencionalmente hace preguntas imperfectas o
incorrectas para derribarlos de una bofetada con una respuesta correcta. Las preguntas que
hace equivalen a indagar si existe alguna letra pequeña en las promesas de Dios que le
permitan retractarse y anular su pacto.

¿Nulas y sin efecto?: Pablo presenta su próxima idea importante por medio de una pregunta
retórica. ¿Han quedado anuladas las promesas en las que se ha confiado por tanto tiempo?
¿Existe algún tipo de letra pequeña que le permita a Dios incumplir las promesas a causa de
la desobediencia de Israel? ¡De ningún modo!
De manera significativa, Pablo ha resquebrajado conceptos que tradicionalmente
consideraban a los judíos separados, y quizás por encima, de los gentiles. Alega que los
gentiles podrían alcanzar el mismo tipo de relación con Dios, obedeciendo la ley escrita en
sus corazones, y además, deja bien en claro que la ira de Dios ha sido revelada contra toda
injustica, no sólo la de los gentiles.
Pablo ahora (temporalmente) restablece la confianza de su auditorio judío en cuanto al rol
exclusivo que ellos juegan como pueblo del pacto con Dios. En Romanos 11, Pablo desarrolla
el concepto de que sólo un remanente de creyentes israelitas —y no toda la nación de Israel—
forma parte de la comunidad del pacto y será salvo (11:5, 25–26). Esta afirmación está
cimentada en su triple aserción de que no todo el Israel físico es realmente Israel (9:6–8).
Pero las complejidades con respecto al endurecimiento nacional, la elección soberana y el
hecho de ser descendientes de la fe, vendrán después. Por ahora, Pablo se limita a declarar la
verdad de la fidelidad de Dios en principio, y cambia de tema. Hay más bases que sentar en
cuanto a la relación entre la fe y la justificación delante de Dios.
Pablo discute primeramente la relación de la fe y la creencia, con la respuesta de Dios.
Observen la manera en que formula el versículo 3. Pablo no pregunta si hay algunos que no
han creído, sino qué ha dado por resultado el hecho de que algunos no hayan creído.
Presupone que la incredulidad existe y que podría afectar la relación de la comunidad del
pacto con Dios. La respuesta de Pablo incluye una cita del Salmo 51:4, que afirma la
justificación que Dios posee para juzgar el pecado, y no la seguridad del pecador cuando es
juzgado. Por tanto, en vez de afirmar que la nación será salva únicamente en base al pacto —
sin creer—, Pablo indica lo contrario. La salvación supone más que una simple membresía
observante de la ley en la comunidad del pacto. Dios siempre planeó que el juicio final
estuviera cimentado en la fe en su provisión.
En los versículos 5–8, Pablo detalla las complejidades de su argumento lógico, y para ello,
explora algunas de las implicaciones de la injusticia. Pablo no está defendiendo la injusticia,
él echa por tierra la idea de que nuestra injusticia hace que la justicia de Dios resalte más.
Esta cuestión se deriva de la idea de que la gente existe para darle gloria a Dios. Si este
concepto es cierto, entonces el pecado podría ser quizás un medio muy útil para hacer que la
gente viera a Dios desde una óptica más favorable. Pablo responde en el versículo 6 con la
misma frase que usa a través de todo el libro: “¡De ningún modo!”. Deja también claro al
final del versículo 5 que esta es una idea totalmente hipotética que parece lógica desde una
perspectiva humana.
Sin embargo, hay problemas con esta estrategia propuesta. El primero tiene que ver con la
razón primaria por la que Dios nos creó —es decir, para vivir en comunión con él. El hecho
de haber elegido el pecado hizo que eso fuera imposible. En Romanos, Pablo detalla el plan
de Dios para redimir la relación (y al mundo) de las consecuencias destructivas del pecado y
restaurar todo a su orden original. Una gran parte de esa restauración implica que el pecado
sea juzgado y eliminado de la creación de Dios.
Y puesto que el juicio conlleva un castigo por el pecado, Pablo pregunta retóricamente por
qué el pecador es condenado si el pecado hace que la gloria de Dios abunde. En el versículo
8, reformula este concepto y lo presenta como una exhortación a hacer mal para que venga
el bien. Por supuesto, Pablo no está defendiendo esta línea de conducta, sino que al proponer
el extremo opuesto de comportamiento, él sienta las bases de algunas lecciones valiosas. El
pecado y el mal no producen ningún beneficio, ya sean mentiras piadosas o un libertinaje
descontrolado. El pecado no hace más que acumular ira para el día del juicio.
Aquí, la idea hipotética de Pablo puede parecer atroz, pero no tanto como podríamos pensar.
Las actitudes hacia el pecado cambian con el paso del tiempo. Cuando yo era un joven
estudiante universitario que buscaba a Dios, me sentía oprimido por mi pecado y la carga que
lo acompañaba. Mi mayor motivación cuando oré para recibir a Cristo era obtener perdón y
liberación de la culpa. Pero las cosas pueden cambiar. No todos los pecados nos resultan tan
claramente opresivos que anhelamos deshacernos de ellos. Es posible incluso que lleguemos
a considerar el pecado como parte de los que somos —un capricho personal que los demás
simplemente tienen que aceptar, y algo a lo que no queremos renunciar. Bajo esas
circunstancias, podríamos comenzar a buscar razones para justificar nuestro pecado. La
desobediencia que Pablo describe en Romanos no se trata, probablemente, de un pecado
voluntariamente admitido, pero todo pecado interrumpe nuestra comunión con Dios. No
importa cuáles sean nuestras motivaciones o justificaciones, si continuamos en pecado, la
consecuencia es la misma.

3:9–20
Pablo hace un giro significativo en 3:9 y en lugar de referirse a los judíos en la tercera persona
del plural (“ellos”), adopta la primera persona (“nosotros”). Esto produce un cambio en su
discurso y de una discusión polémica de “nosotros contra ellos” pasa a una conversación en
la que él se aúna con su auditorio.
Pablo hace la misma pregunta que había hecho en 3:1, en cuanto a qué ventaja tiene el hecho
de ser judío, pero ahora él se cuenta entre ellos, y pregunta: ¿Tenemos alguna ventaja?,
poniéndose así en la misma situación que el resto de su auditorio. Vuelve a hacer la pregunta
para recapitular lo que ha argumentado hasta aquí, es decir, que en lo que al pecado se refiere,
no existe ninguna ventaja porque todos estamos sujetos a su dominio.
Él respalda esta aserción en los versículos 10–18, que gramaticalmente están subordinados
al versículo 9 —no prosiguen el argumento de Pablo, pero sí precisan la validez de su
afirmación. En los versículos 10–12, cita el Salmo 14:1–3, que comienza diciendo que “el
necio ha dicho en su corazón: No hay Dios”, y luego, explica cómo todos los seres humanos
se han alejado de Dios. Pablo trae a colación otras citas que se refieren a diversos opositores
de los salmistas, pero las aplica tanto a judíos como a gentiles para describir la realidad de la
situación. En los versículos 15–17 Pablo cita a Isaías 59:7–8, donde el profeta dirigió sus
palabras contra una nación desobediente justo antes de ser llevada al exilio.
Aquí, Pablo utiliza la Escritura para reforzar su argumento de que todos han pecado y están
en rebelión. Esta caracterización de la humanidad contrasta con el modo en que la mayoría
de nosotros —incluso los pecadores confesos— tendemos a vernos a nosotros mismos.
¿Cuándo fue la última vez que pensaste que tu garganta era como un sepulcro abierto o que
tus pies eran veloces para derramar sangre? No obstante, Pablo se esfuerza por demostrar sin
dejar lugar a dudas que el judío y el gentil son iguales en lo tocante al pecado y al juicio.
Con esta conclusión, Pablo pasa a su próximo punto en los versículos 19–20, alegando que
tanto el judío como el gentil tienen una ley ante la cual son responsables (véase 2:12–16),
para que toda boca se calle con respecto al juicio inminente de Dios (3:19).
La afirmación de Pablo en el versículo 20, en cuanto a que ningún ser humano será justificado
por las obras de la ley, tiene un significado enorme. La mayor parte de este versículo es
similar al texto griego del Salmo 142:2. Pero Pablo cambia la conjunción que conecta el
versículo 20 con lo que le antecede, y con ello, transforma el versículo 20 en una conclusión
que se deriva de los versículos precedentes. En el salmo, esta oración ofrece una razón para
lo que la precede.
Otro cambio importante es la inclusión que hace Pablo de la frase “por las obras de la ley”.
El salmo citado aquí presentaba una simple proposición, a saber, que delante de Dios no es
justo ningún ser viviente, sin importar los medios que se utilicen. Pero el hecho de incluir la
frase “obras de la ley” como un medio potencial de justificación no cambia la proposición
original; simplemente pone de relieve que las obras no cumplen ninguna función.
En el Antiguo Testamento, el ruego de los judíos a Dios pidiendo salvación y perdón está
basado normalmente en su misericordia. Pablo ofrece su comentario en 3:20 —que por las
obras de la ley ningún ser humano será justificado— como si fuera una información común
y bien aceptada con la que todos estarían de acuerdo. Pablo no presenta una nueva
afirmación; esencialmente, hace una pregunta de elección múltiple a la que casi todos en
aquel tiempo habrían respondido correctamente.

Las obras de la ley: Pablo está contrarrestando la noción que cualquier persona podría ser
justificada por las obras. Ni judíos ni gentiles ni ninguna otra persona puede ser justificada
delante de Dios por cualquier otra cosa excepto por la fe.
Aún los judíos, que podrían pensar que su relación a través del pacto les proporcionaba un
atractivo especial a los ojos de Dios, no habrían tenido la osadía de afirmar que su obediencia
al pacto de alguna manera les hacía merecedores de alcanzar un estatus justo delante de él.
Aunque es posible que este concepto fuera ampliamente aceptado, Pablo quiere asegurarse
de que nadie se equivoque porque ofrece un resumen adecuado de lo que ha estado
discutiendo desde el principio del capítulo 2.

3:21–26
Recientemente, ha habido debates importantes con respecto a lo que Pablo quiere decir con
la frase “obras de la ley”. ¿Es su intención acaso aludir a una salvación basada en las obras,
una salvación que se gana en lugar de ser recibida por fe, o se refiere a alguna otra cosa, por
ejemplo, a la fidelidad al pacto dentro de la comunidad judía? Pablo no ofrece una definición
clara porque presupone que su auditorio conoce el significado de la frase. Es obvio que un
solo significado no se ajusta a todos los contextos de Romanos; esta cuestión, pues, no puede
ser resuelta, pero yo voy a comentar acerca de lo que es o no es posible en un contexto dado.
En mi opinión, uno de los temas más significativos que Pablo trata en Romanos es lo que los
gentiles tienen que hacer para responder al evangelio. Pablo aborda este tema más para los
judíos creyentes que para los gentiles que ya habían respondido en fe. En algunos contextos,
en los que el enfoque está claramente dirigido hacia el juicio final por el pecado, la
observancia de la ley se considera relacionada al resultado de ese juicio. Pero hay otros
contextos en los que evidentemente no es ese el caso, donde la discusión se centra más en el
contraste entre la inclusión en el cuerpo de creyentes y la exclusión de él.
En los versículos 20–21, Pablo une estas dos ideas. En el versículo 20, al parecer, él establece
una conexión muy clara entre las obras de la ley y la necesidad de ser declarado justo, muy
probablemente en el juicio final. Sin embargo, en el versículo 21, se concentra en la
revelación de una justicia aparte de la ley, pero de la cual testifican tanto la ley como los
profetas. El lenguaje de Pablo en este versículo parece centrarse explícitamente en el
contraste entre la inclusión y la exclusión. La revelación de esta nueva justicia no es sólo
para los que pertenecen a la comunidad judía, que demuestran su membresía por medio de
su observancia a la ley. De este modo, la justicia no es solamente para los judíos o para
aquellos que estén dispuestos a convertirse al judaísmo. Aun los que están fuera de la
comunidad del pacto tienen acceso a ella; la membresía del pacto no es una condición
indispensable para responder en fe al evangelio. ¿Por qué? Porque no hay distinción, por
cuanto todos han pecado, y el mensaje del evangelio es para todos los pecadores por igual.
En 4:12–16, Pablo apela a Abraham como evidencia de que nunca ha habido ninguna
distinción —el plan de Dios siempre fue que este mensaje bendeciría a todas las naciones por
medio de su proclamación a través de Israel. Por consiguiente, la observancia de la ley no es
una condición indispensable para la fe, sino una respuesta obediente.
En los versículos 19–22, Pablo yuxtapone la ley con esta justicia nueva de fe que Dios ha
revelado en Jesucristo. Él no presenta dos listas separadas, sino que pone de relieve detalles
claves acerca de cada una de esas formas de justicia. La información temática adicional
caracteriza a cada una a fin de maximizar las diferencias entre ellas. La descripción de la ley
se centra en su propósito divino y en sus limitaciones intencionadas.

¿Es para ustedes esta ley? Aunque estos versículos resultan muy familiares, incluyen una
cantidad tremenda de contenido teológico importante. Pablo añade detalles para “darle una
marca” a la ley, moldeando la manera en que nosotros pensamos acerca de ella.
Dios nunca tuvo la intención de hacer que la ley nos proporcionara un medio para obtener
una posición justa delante de él, ni tampoco tenemos ningún indicio de que era así cómo los
judíos consideraban la ley en el Antiguo Testamento. La ley fomentaba el conocimiento del
pecado y de ese modo, revelaba la naturaleza santa de Dios. Si sabemos que somos pecadores,
no tenemos motivos para criticar a Dios cuando nos hace responsables.
Estos versículos también son muy familiares para la mayoría de nosotros, y eso permite que
nos limitemos a mencionar de pasada los detalles importantes que estamos señalando. Si
analizáramos todos estos detalles como si fueran parte de una campaña publicitaria, la
intención de Pablo es influir en nuestra decisión de compra para que invirtamos en la justicia
de Dios y no en una justicia obtenida por medio de la ley. El punto de inflexión se encuentra
en el versículo 21, donde Pablo dice: “pero ahora, aparte de la ley”. La descripción de la
justicia de Dios revelada en Jesús contrasta de manera pronunciada con la caracterización
que hace Pablo de la ley. Esta justicia ofrece una solución al problema del pecado, no sólo el
conocimiento del mismo.

Ahora, aparte de la ley: Estos versículos familiares transmiten un contenido teológico


significativo. Los detalles que Pablo ofrece moldean el modo en que nosotros pensamos
acerca de la justicia de Dios, de la misma manera en que los anuncios ponen de relieve las
ventajas claves de un producto.
Pablo explica que esta justicia no es algo nuevo. Aunque había sido anunciada a través del
Antiguo Testamento, en lugar de limitar esta justicia a un grupo escogido, Dios la ha puesto
enteramente a disposición de todos los que creen en Jesús. Pablo la describe como una justicia
“aparte de la ley”, una idea que será definida en los próximos capítulos. En el versículo 22,
Pablo habla otra vez de la “justicia de Dios”, como si fuera necesario añadir más detalles
para saber a qué justicia se está refiriendo. Sin embargo, la repetición de esta frase tiene por
objetivo recalcar su importancia y motivar a su auditorio para que lea el versículo como si
fuera un repaso de la misma idea, es decir, que la justicia de Dios no sólo ha sido revelada y
declarada, sino que es una justicia de Dios a través de la fe y no de cualquier otro medio, y
que está a la disposición de todos los que creen, no solamente de la comunidad israelita del
pacto.
Pablo respalda la disponibilidad universal de esta justicia con la afirmación que hace en el
versículo 22 en cuanto a que no hay distinción entre las personas. ¿Cómo es posible que no
se haga ninguna distinción? Además, ofrece otro apoyo en el versículo 23, reiterando lo que
ya ha sido demostrado. Todos hemos pecado y estamos destituidos de la gloria de Dios; por
tanto, todos compartimos la misma necesidad de la justicia de Dios. Afortunadamente, esa
justicia está a disposición de todos los que creen, sin hacer distinción entre judío y gentil.
Pablo detalla en el versículo 24 el modo en que esta justicia tiene lugar realmente, y explica
que la justificación se ha hecho accesible por un don de la gracia de Dios. Esta gracia se pone
de manifiesto en la redención que está disponible en Jesucristo. En el versículo 24, Pablo
presenta lo que esencialmente es un corolario de su postulado en cuanto a que “todos pecaron
y están destituidos de la gloria de Dios” —a saber, que este no es el final de la historia.

Desarrollo del pensamiento: Cada uno de los “porque” de Pablo añade una información que
respalda la afirmación que la precede. En español, nosotros emplearíamos con más
naturalidad una serie de preguntas retóricas para lograr ese mismo efecto.
En griego, el modo en que Pablo estructura los versículos 22–24 es similar a la manera en
que podría desarrollarse un diálogo. Cada cláusula de apoyo juega el papel retórico de
abordar una cuestión posible y desviar el curso del argumento. Al replantear las cosas a la
luz de la cuestión abordada, Pablo hace que resulte más fácil seguir el desarrollo de su
argumento.
En el versículo 25, Pablo ofrece una descripción de Jesús, temáticamente cargada, aun
cuando ya está claro de quién está hablando Pablo. Esta caracterización evoca un cuadro
complementario de él como el método provisto por Dios para la expiación de todos los que
creen. Esta expiación ofreció una demostración pública importante de la justicia de Dios.
¿Por qué era importante?
Si Dios simplemente hubiera ignorado el pecado y lo hubiera ocultado, habría actuado
injustamente. Su carácter divino demanda un pago por los pecados cometidos; cualquier otra
cosa habría impugnado su carácter. Nuestra vida es el pago obvio por el pecado (6:23); pero
Dios escogió una vía diferente, una vía por medio de la cual él permaneció siendo justo y al
mismo tiempo nos justificó. Esta opción fue muy costosa, porque exigió la muerte de su Hijo
como sacrificio expiatorio.
El justo y el que justifica: ¿Qué habría sucedido si Dios simplemente hubiera ocultado
nuestro pecado y lo hubiera ignorado? En ese caso, Dios habría sido injusto por dejar nuestro
pecado impune, por no sancionarlo. Pero él ofreció su propia justicia, y eso hace que él sea
justo y el que justifica.
Aun cuando el hecho de ocultar nuestro pecado parece una opción viable desde una
perspectiva humana, desde la perspectiva de Dios no es así. El pecado en que incurrimos
exige un pago. Sin embargo, Dios ejerció su extrema paciencia y optó por aplazar su ira desde
la caída del hombre hasta la muerte y resurrección de Jesús (y aun después), para proveer una
alternativa a nuestra muerte. En los versículos 25–26, Pablo deja bien en claro que la
intención del plan de Dios al enviar a Jesús para que muriera por nosotros no era solamente
lograr nuestra justificación, sino que le permitió satisfacer la pena del pecado y permanecer
siendo justo en cuanto a sus propios requisitos de justicia.

3:27–31
Estos versículos proporcionan un resumen de las afirmaciones de Pablo hasta aquí,
considerando cuidadosamente las implicaciones de cada argumento. Pablo logra este ritmo
más lento mediante el uso de preguntas retóricas. Al fin y al cabo, habría sido mucho más
fácil decir “la ley de la fe excluye toda jactancia”. Sin embargo, el hecho de hacer preguntas
también da margen a que se consideren alternativas erradas —como por ejemplo, la ley de
las obras. Por tanto, para asegurar que nadie pase por alto los puntos importantes y la manera
en que ellos se entrelazan es preciso echar mano del proverbio que aconseja “habla despacio
y

La realidad: Por medio del uso de preguntas retóricas, Pablo desglosa en varias partes lo
que podría haber sido una simple afirmación. Cada pregunta llama la atención sobre un
detalle importante.
La pregunta acerca de la jactancia se deriva de la apreciación de muchos judíos en cuanto a
que su fidelidad al pacto les daba un lugar especial en el corazón de Dios —un lugar que el
gentil no podía aspirar a conseguir. Dios siempre tuvo la intención de que su pueblo fuera
una luz que atrajera a los gentiles hacia él; sin embargo, ellos demostraron ser mucho más
propensos a adoptar lo peor de las costumbres gentiles. Cuando Israel se apartó de los gentiles
con el fin de garantizar su fidelidad a los requisitos del pacto de Dios, también abandonó su
misión para con los gentiles. Actualmente, nosotros hacemos eso mismo en algunas
ocasiones, cuando recalcamos en exceso la idea de “no amar al mundo” que aparece en 1
Juan 2:15–17, y la usamos como excusa para no desempeñarnos como embajadores de Dios.
Nuestra preocupación por vivir la vida cristiana victoriosa que agrada a Dios (¡y nos ofrece
un motivo de jactancia!) le concede más prioridad al orgullo que al cumplimiento de la Gran
Comisión.
El conflicto con respecto al pecado nos confronta a todos. Es inútil enorgullecerse y jactarse
de estar excluidos del mundo. Nadie puede alcanzar una posición especial ante Dios por muy
grande que sea su fidelidad al pacto. La única salvación posible es por gracia y mediante la
fe (versículo 28), y está disponible para judíos y para gentiles por igual. En el versículo 30,
Pablo ofrece una caracterización de Dios, temáticamente cargada, describiéndolo como aquel
que justifica a los pecadores sobre la base única de la fe, no de la circuncisión ni de la
observancia de la ley.
Debemos reconocer que el vocablo griego en el versículo 28 que aparece traducido como
“aparte” no excluye la importancia de las obras de la ley. Al usar el adverbio “aparte”, Pablo
no hace ninguna distinción entre una salvación basada en las obras y una salvación basada
en la fe. El asunto que trata es para quiénes está disponible la salvación por fe, y Pablo
subraya que está a disposición de todos —sin tener en cuenta la circuncisión o la adherencia
a las leyes dietéticas. Este punto resulta crucial para poder entender el argumento de Pablo
en Romanos, pero con mucha frecuencia lo pasamos por alto, en nuestra prisa por afirmar
que la salvación es por fe y no por obras. Pablo aborda aquí la cuestión del acceso. Si la
salvación estuviera sólo a disposición de los miembros de la comunidad del pacto, entonces
Dios sería únicamente el Dios de los judíos —no el Dios de todos los seres humanos. La ley
no juega más papel que el de condenar a las personas por su pecado.

Romanos 4
4:1–8
El versículo 31 funciona como una bisagra cuando Pablo concluye una discusión y comienza
la siguiente. Él introduce esta sección con una palabra conectora que indica que va a ofrecer
un resumen o tesis que se deriva de la discusión precedente. Presenta este resumen como una
pregunta retórica: ¿Ha quedado anulada de alguna manera la ley en base al rol exclusivo que
juega la fe para la justificación? Y Pablo responde con otro resonante “¡de ningún modo!”,
pero prosigue inmediatamente con otra pregunta en 4:1. Por esa nueva pregunta que hace,
podría parecer que va a comenzar a abordar otro tema. Sin embargo, la palabra conectora
griega en 4:1 indica que él va a ampliar el argumento anterior. La jactancia potencial de
Abraham en 4:2 claramente se basa en la pregunta retórica de 3:27.
¿De qué manera lo hace? Bueno, Pablo va a discutir acerca de la anulación de la ley, pero en
lugar de presentar un argumento lógico, utiliza a Abraham como un estudio de caso para
hacer su observación. Pero más que presentar un estudio de caso, Pablo usa esta discusión
para dejar bien en claro lo concerniente a la continuidad del plan de Dios para los seres
humanos desde el principio. La justicia de Dios revelada en el evangelio no es un nuevo y
último esfuerzo por redimir a los seres humanos. En lugar de eso, fue testificada por la ley y
los profetas (3:12), y está explícitamente conectada aquí con las promesas dadas a Abraham
y su respuesta de fe.

Estudio de caso práctico: Pablo toma como base la vida de Abraham para demostrar que el
plan de Dios siempre ha estado cimentado en la gracia por medio de la fe. Este estudio de
caso conecta explícitamente el evangelio con la promesa original de Dios de bendecir a todas
las naciones a través de Abraham.
Fíjense bien en la manera en que Pablo presenta a Abraham: “Nuestro padre según la carne”.
En Romanos 7–8, Pablo desarrolla una dicotomía entre la carne y el espíritu, pero aquí, la
carne se opone a la fe. Abraham es el padre de los antepasados, el patriarca de quien
descienden los judíos y muchos otros pueblos. Pero no todos los descendientes de Abraham
según la carne son considerados parte de la comunidad del pacto, y Pablo afirma en 4:11 que
la fe es más importante que el linaje. La presentación de Abraham aquí como el padre “según
la carne” prepara el terreno para esto.
La idea principal de esta sección es la revelación que hace de Abraham en cuanto a la fe y la
justicia. El resto del material refuerza el argumento de Pablo y nos pone al tanto de
antecedentes importantes antes de concluir con la pregunta en 4:9. En el versículo 2, Pablo
presenta una situación hipotética acerca de las implicaciones que habría tenido el hecho de
que Abraham hubiera sido realmente justificado por las obras y no por la fe.

¿Hay margen para jactarse?: La justificación por medio la fe y la justificación por medio
de las obras producen resultados diferentes. Esta última podría ser algo de lo que podríamos
jactarnos, aunque no delante de Dios. En cambio, la justificación por medio de la fe no deja
margen para la jactancia, ni delante de los hombres ni de delante de Dios.
Si la justificación es realmente por medio de la fe en lo que Dios ha hecho, no queda
absolutamente ningún margen para jactarnos en lo que nosotros hemos hecho. Pero si la
justificación está basada en las obras, entonces sí podríamos jactarnos con orgullo farisaico,
aun cuando no sea legítimo hacerlo delante de Dios, ni tampoco delante de los demás. Pablo
explica claramente que no hay lugar para que los cristianos se jacten –como no sea de nuestra
necesidad e indignidad del don misericordioso de Dios. Su deseo es poner al descubierto la
jactancia tal y como es: una arrogancia ilegítima que contradice fundamentalmente el
mensaje del evangelio acerca de la justificación por gracia mediante la fe. En 4:3, Pablo
respalda esta afirmación citando Génesis 15:6. Puesto que fue la fe de Abraham la que hizo
que la justicia le fuera imputada, no hay margen para jactarse.
El próximo aspecto en el argumento de Pablo apoya la idea principal presentada en 4:1.
Después de hacer su primera observación en los versículos 2–3, en el versículo 4 presenta la
próxima observación, que consta de dos partes. La primera establece un contraste entre el
modo en que nosotros contemplamos el mérito que alguien se ha ganado con su trabajo y el
mérito que le ha sido otorgado sin haber realizado ninguna labor. Pablo lo asemeja con la
diferencia que existe entre un salario y un regalo.

¿Salario o regalo?: Existe una diferencia importante entre aquello que se recibe como un
regalo y algo que se recibe como un salario. El salario es algo adeudado por un trabajo hecho,
pero en lo que concierne a un regalo, no hay ninguna obligación. Se da en forma gratuita y
se recibe en forma gratuita.
Cuando ustedes trabajan, esperan recibir un pago. De hecho, Santiago 5:4 condena a los que
no les pagan a sus obreros. Pero en el pago no hay ninguna gracia implícita –es una obligación
ética. Y consideren el corolario: Si se les paga por una obra que afirman que han hecho, pero
que nunca hicieron, entonces, han cometido un fraude. Lo que Pablo señala aquí es que el
trabajo y el salario van juntos; lo uno sin lo otro es probablemente ilegal. Por tanto, si las
obras están de alguna manera implícitas en la justificación, entonces no hay lugar para la
gracia.
La aseveración de Pablo se hace más evidente cuando consideramos la otra cara de la
moneda: que recibamos algo que no merecemos. Si no realizamos ninguna obra, no tenemos
motivos para jactarnos (3:27; 4:2). La característica distintiva de un regalo es su gratuidad,
es decir, no tiene por base algo que hayamos hecho. Piensen en lo que dijimos anteriormente
acerca de la relación entre la obra y el salario. La obligación es lo que diferencia el salario de
los regalos.
La moraleja importante que podemos sacar de esto es que la gracia niega toda necesidad de
que trabajemos por nuestra justificación –sólo puede interpretarse como un regalo o un don
basado en la fe. Si introducimos las obras en la ecuación, eso cambia fundamentalmente la
proposición. Observen la expresión (a modo de alias) que Pablo usa para referirse a Dios en
el versículo 5, con el fin de reforzar este punto. Una mención clara de Dios podría hacer que
pensáramos que él es misericordioso para con individuos indignos como nosotros. Pero al
llamarle “aquel que justifica al impío”, Pablo evoca una imagen basada en la gracia que
excluye por completo la noción de que las obras puedan tener algo que ver. La idea es que
Dios nos justifica y que no somos nosotros los que hacemos alguna cosa para ser justificados.
Pablo introduce una extensa cláusula subordinada en 4:6–8 en la que refuerza lo que había
dicho en el versículo 5. Su sentimiento acerca de la justicia que recibimos se refleja en las
declaraciones de David en el Salmo 32:1–2. La idea central aquí no es que el perdón sea un
don, sino la bendición que viene cuando recibimos este favor inmerecido.
Podríamos pensar que el argumento de Pablo en 4:1–8 le pondría fin a cualquier debate sobre
la naturaleza de la justificación por medio de la fe y su relación con las obras, pero Pablo
prosigue abordando otros posibles argumentos contrarios, para mostrar la naturaleza gratuita
e inmerecida de la justificación que Dios ofrece a través de la muerte y la resurrección de
Jesús.

4:9–25
Algunas Biblias le dan inicio a otro párrafo en 4:9 aunque no abordan un tópico nuevo hasta
el versículo 13. Sin embargo, la palabra griega al comienzo del versículo 9 sugiere que la
oración actúa como un resumen que se deriva del argumento precedente. Una vez más, Pablo
emplea una pregunta y una respuesta retóricas para presentar una idea importante –el papel
que jugó la circuncisión de Abraham para que la justicia le fuera imputada. Si la fe de
Abraham produjo su justificación, entonces, ¿qué papel juega la circuncisión? La experiencia
de Abraham tiene también implicaciones para los que vienen después de él –si la circuncisión
le dio derecho a ser bendecido con la justicia, entones eso mismo debe ser válido para
nosotros.
Pablo aborda esta cuestión analizando el orden cronológico de los acontecimientos. ¿Qué
ocurrió primero, la circuncisión o el hecho de ser declarado justo? Después de aclarar lo
concerniente a la cronología, Pablo saca algunas conclusiones.

Cronología de los acontecimientos: El tiempo lo es todo, especialmente para los que


afirman que la circuncisión de Abraham desempeñó un papel en el hecho de que Dios lo
declarara justo. Pablo relata la cronología de los acontecimientos para subrayar que Abraham
fue declarado justo antes de recibir la señal de la circuncisión, y no después.
Pablo hace una pregunta en el versículo 9, sin dar una respuesta inmediata. Y en el versículo
10 hace varias preguntas más. Recuerden que en el lenguaje de la cita de los Salmos aparece
la palabra “bendición” en lugar de “don”, para caracterizar la justicia. Observen también que
la pregunta de Pablo se refiere a la exclusividad de la bendición, si es solamente para los
circuncisos o si es para todos (es decir, también para los incircuncisos), y le da una respuesta
parcial al final del versículo 9, donde repite la cita del Génesis a la que había hecho alusión
en 4:3. En el versículo 10, Pablo va al grano, preguntando si Abraham estaba circuncidado o
no en el momento en que le fue imputada la justicia. En la segunda parte del versículo,
responde con declaraciones tanto positivas como negativas para reforzar este punto.
¿Qué papel juega la circuncisión de Abraham si no influye en la obtención de la justicia?
Pablo da la respuesta en el versículo 11 y dice que la circuncisión no ocupa jamás ningún
lugar en la justificación. No es más que una señal, un sello de lo que ya se ha obtenido por
medio de la fe. ¿Por qué es importante esto? Porque allana el camino para que Abraham sea
considerado el padre de todos los que creen, circuncidados o no.
Al final del versículo 11, Pablo describe una parte de “todos los que creen”, como los que
creen “por medio de la incircuncisión”. La expresión griega hace que esto parezca más un
camino que una condición de ser, como en el caso del versículo 10. Pablo describe la
incircuncisión como si fuera parte de los medios por los que algunos obtuvieron su justicia,
y en relación con ella, usa la misma fraseología que empleó para los demás medios que ha
mencionado, es decir, “por medio de la justicia de la fe” al final de 4:13, o cuando habla de
anular la ley en 3:31 “por medio de la fe”. Este primer grupo creyó sin ser circuncidado. Al
formularlo de esa manera, Pablo impide que se interprete mal su afirmación. No hay nada
deficiente ni carente en la vía por la que ellos obtuvieron su justificación.
En contraste con eso, Pablo presenta al segundo grupo afirmando que Abraham es el “padre
de la circuncisión”, y a continuación, explica que Abraham no sólo es padre de los
circuncidados (por su condición, no por medio de ella), sino también de los que siguen en los
pasos de “la fe incircuncisa” de nuestro padre Abraham. Lo que los define es un tipo
específico de fe y no su circuncisión. Esa es la fe que Abraham tuvo cuando todavía era
incircunciso.

El linaje de la fe: Pablo hace la osada afirmación de que los herederos de la promesa de
Abraham son los que responden en fe. Por consiguiente, tanto los creyentes judíos como los
gentiles son tenidos por herederos. La circuncisión (o la ausencia de ella) no afecta su estatus.
¡Qué bofetón les da! Pablo ha invertido las descripciones que estos grupos esperaban. A
Abraham siempre se lo considera el padre de los circuncidados. Más allá de que su fe le fuera
contada por justicia, tradicionalmente, la circuncisión ha sido siempre su vínculo con sus
descendientes. Los gentiles incircuncisos son los advenedizos que fueron injertados
tardíamente en el árbol familiar, como leemos en 11:17–20, donde las ramas nativas fueron
desgajadas para darles cabida a las ramas del olivo silvestre. Sin embargo, para caracterizar
la situación aquí, Pablo presenta a los creyentes circuncisos como si estuvieran siguiendo en
los pasos de los creyentes incircuncisos, de quienes Abraham es el padre. Pablo no utiliza la
frase “por medio de” en su descripción de los circuncidados, sino que describe la circuncisión
como un estado que por sí mismo no es suficiente para que un individuo sea considerado
descendiente de Abraham. Es su fe, y nada más, la que le otorga ese derecho –una fe
incircuncisa, el tipo de fe que a Abraham le fue contada por justicia.
Pues bien, a pesar de la cronología clara y sin cambios de los acontecimientos, el auditorio
de Pablo probablemente consideraba la circuncisión como parte de la justificación. Esta
creencia era lo que incentivaba en los creyentes judíos el deseo de que los creyentes gentiles
adoptaran prácticas judías, como en el caso de Hechos 15:1. Con el paso del tiempo, las
costumbres culturales pueden llegar a adquirir un significado más amplio en la práctica, aun
cuando entendamos teológicamente que son secundarias. Debemos tener presente que no
estamos exentos de hacer nuestros propios aportes en la actualidad.
Aunque el versículo 13 le da inicio a un párrafo nuevo en la mayoría de las Biblias, en griego
aparece claramente identificado como una información que respalda los versículos 10–12.
Pablo le añade información a su argumento, pero ese no es su próximo punto. El resto del
capítulo 4 le da apoyo a su afirmación de que Abraham fue circuncidado después que su fe
le fue contada por justicia, y que la circuncisión no era más que una señal o un sello de esta
justicia.
Pablo hace una declaración positiva y otra negativa en el versículo 13, para expresar la misma
idea dos veces. Una de las dos habría sido suficiente, pero al afirmar en este versículo que la
promesa a Abraham no fue hecha por medio de la ley, prepara el terreno para la declaración
complementaria del versículo 14, en cuanto a que si la promesa fue hecha por medio de la
ley, entonces la fe resulta vana y la promesa está anulada.

Por la ley o por la fe: ¿Cómo fue que Abraham recibió la promesa de Dios? ¿Por medio de
la ley o por medio de la fe? Si fue por medio de la ley, entonces la promesa está anulada.
La próxima declaración complementaria de Pablo, en el versículo 15, describe qué es lo que
sí produce la ley –ira que se deriva del juicio del pecado. Observen que esto ocurre así,
únicamente donde existe la ley. Donde no hay ley, tampoco hay transgresión. El contexto del
argumento de Pablo ahora es similar al de 2:12, donde Pablo sugiere que los gentiles
responden a un tipo diferente de ley, una que está escrita en sus corazones. Pero aquí, él
simplemente considera qué es lo que la ley produce, no la posible respuesta a ella. La
diferencia entre los argumentos lleva a conclusiones diferentes, todas las cuales proceden de
un punto de partida muy similar.
Recuerden que en Romanos 3, Pablo preguntó si la incredulidad de algunos judíos anulaba
la promesa de Dios. Aquí, él analiza cómo fueron hechas estas promesas en primera instancia.
Si algunos recibieron las promesas en base a la observancia de la ley, entonces, según Pablo,
esas promesas están anuladas.

La promesa: La ley fomenta el conocimiento del pecado, y por lo tanto, su único objetivo
era producir ira.
¿Por qué? Porque la ley no produce más que ira, tal y como se la concibió. Le revela el
carácter de Dios a un mundo pecador, y de este modo, condena a los seres humanos por su
pecado.
En el versículo 16, Pablo saca una conclusión lógica de sus declaraciones anteriores en los
versículos 14–15, donde confirma lo que había dicho inicialmente en el versículo 13 acerca
de que la promesa estaba basada en la fe y no en la ley ni en las obras. Pone los dos
beneficiarios en orden inverso al que aparecen en 4:11–12, pero los conecta de la misma
manera –“no sólo… sino también”. En lugar de presentar un contraste entre “circuncisos” e
“incircuncisos”, los describe como “los que son de la ley” y “los que son de la fe de
Abraham”. Aunque resulta claro quién es quién, Pablo maneja la terminología para
caracterizar temáticamente cada grupo a los efectos de su argumento actual. Esto no es
simplemente una variación estilística. A pesar del significado que Pablo le ha atribuido a la
fe, presenta a los judíos como si no pertenecieran a este grupo basado en la fe. Podríamos
haber esperado que estableciera un contraste entre “los que son de la ley” y “los que no son
de la ley”, o entre “los que son de la fe de Abraham” y “los que no son de la fe de Abraham”.
Pero en lugar de eso, lo que encontramos es una metáfora mezclada, por así decir. Al fin y al
cabo, no todos los gentiles poseen la fe de Abraham –solamente los que creen. No obstante,
Pablo dibuja a grandes trazos para llevar a cabo la tarea retórica que tiene entre manos.
El final del capítulo se centra en la imposibilidad del cumplimiento de la promesa hecha a
Abraham, no sólo porque tuviera muchos descendientes, sino porque él y Sara comenzaron
su familia mucho después de los años fértiles. Pablo incluye una información temática extra,
al final del versículo 17, que caracteriza de nuevo a Dios como el que da vida a los muertos
y llama a las cosas que no existen como si existieran. Esta imagen de Dios sienta las bases
para la exposición que Pablo ofrece después.
Además, presenta ahora a Abraham como el que esperó y creyó que Dios podía cumplir lo
que había prometido (4:18). Y con eso, Pablo nos permite echar un vistazo, en el versículo
19, a la manera en que Abraham probablemente se contemplaba a sí mismo –como un muerto
a causa de su avanzada edad, aparte del hecho de que Sara era estéril.

Como muerto: La decisión de confiar en las promesas de Dios no la tomó Abraham en una
época en la que podía abrigar alguna esperanza de obtener un heredero en forma natural; él
y Sara habían dejado muy atrás los años fértiles, y por tanto, el cumplimiento de la promesa
del heredero requería una solución sobrenatural.
No se trata, pues, de que Abraham recibiera una promesa y estuviera dispuesto a creerla. Él
recibió una promesa increíble, una promesa cuyo cumplimiento parecía imposible sin una
intervención divina. Esta imposibilidad explica por qué Sara le ofreció su sierva por esposa
a Abraham (véase Génesis 16) puesto que ella misma ni siquiera podía imaginar que le sería
posible tener hijos. En los versículos 20–21, Pablo presenta a Abraham inquebrantable y
plenamente convencido en su fe. En el versículo 22, el griego indica que Pablo va a hacer su
resumen: que Abraham muestra una fe total e inquebrantable cuando se enfrenta a
imposibilidades lógicas, y esta fe le fue contada por justicia. Este es el punto de referencia
que Pablo propone –este es el tipo de fe que salva.
Pablo termina recordando que su cita de este versículo significativo tomado de Génesis 15
no tenía por objetivo “encomiar” a Abraham, muerto y sepultado desde hacía tanto tiempo,
sino que la citó en beneficio de nuestra fe y para lanzarnos un desafío. Pablo desafía así la
noción de que las obras o algunas señales externas como la circuncisión produzcan algún
efecto en la valoración que Dios hace de nuestra vida. Lo que importa es nuestra fe
inquebrantable en algo que tiene poco sentido –creer que Dios está dispuesto y puede cumplir
lo que ha prometido. Y este apoyo en la fe no es ninguna revelación tardía en el vasto plan
de Dios para todas las cosas –ha sido siempre la única base de la justificación, según lo aclara
el estudio de caso de la vida de Abraham que Pablo hace.
Con este estudio de caso, Pablo también ofrece una evidencia específica que respalda su
afirmación de que “la justicia por medio de la fe” ha sido testificada por la ley y por los
profetas (3:21). Al remontarse al punto en donde todo comenzó cuando Dios escogió un
pueblo para sí, Pablo demuestra de manera definitiva que su mensaje respalda y confirma la
ley y sus enseñanzas. En lugar de derrocar o de contradecir la ley, sus citas prueban que la fe
siempre ha sido la vía para obtener el don gratuito de Dios. El evangelio no es un plan nuevo,
sino el cumplimiento de lo que ya había sido anticipado desde hacía mucho tiempo por medio
de la fe en las cosas que no se ven.

Resumen de Romanos 1:18–4:25


El objetivo principal de Pablo en esta sección es establecer que todos, judíos y gentiles por
igual, se enfrentan a la ira de Dios, que se revela contra la impiedad y la injusticia (1:18–19).
“Todos” incluye a los judíos piadosos que creen que de algún modo están exentos; ellos
también son culpables de hacer las mismas cosas contra las cuales predican (2:1–9). En el
capítulo 3, Pablo aborda la cuestión de la supuesta ventaja que implica el hecho de ser judío
cuando todos están bajo la ira de Dios. Su respuesta inicial positiva en 3:1 le da paso a una
respuesta más sobria que comienza en 3:9. En 3:21–26, Pablo describe a grandes rasgos la
justicia nueva que ha sido revelada, una justicia que está concebida para todos –no sólo para
los que guardan la ley. Así como la ira de Dios pone al mismo nivel tanto al judío como al
gentil, también lo hace esta justicia producida por la muerte y la resurrección de Jesús. Por
consiguiente, nadie tiene ningún motivo para jactarse, y el orgullo queda eliminado por
completo, puesto que la justificación es posible únicamente por medio de la gracia a través
de la fe en Cristo. La experiencia de Abraham demuestra que este ha sido siempre el plan de
Dios. Y entonces, tras haber abordado la cuestión de la ira de Dios, Pablo regresa a los temas
de 1:16–17, con respecto a las implicaciones prácticas del evangelio y su poder de salvación
para todo el que cree.

Romanos 5
5:1–11
Al inicio de Romanos 5, Pablo resume lo que ha establecido hasta aquí con estas palabras:
“habiendo sido reconciliados con Dios”. En esta oración, el griego coloca este tema en un
segundo plano para enfocarse hacia el concepto más importante en cuanto a la paz que
tenemos con Dios. Pablo no está afirmando que todos tienen paz con Dios ni que han sido
reconciliados, sino sólo aquellos que han respondido a Cristo en fe. La revelación de la ira
de Dios mencionada en 1:19 destapó, hablando de manera figura, la caja de Pandora. ¿Ira
contra quién? ¿Contra todos? ¿Por qué? ¿Qué hay de las promesas de Dios para los judíos?
Pablo tuvo que responderle a su auditorio todas estas preguntas, antes de proceder a hablar
del modo de vivir como creyentes.

Solución divina del problema: En el capítulo 5 de su carta, Pablo pasa de las consecuencias
relacionadas con la revelación de la ira de Dios a las implicaciones de la revelación de la
justicia de Dios. El versículo introductorio alude a todos los asuntos que él ha abordado y
respondido (al menos de manera preliminar).
La primera afirmación de Pablo, “habiendo sido justificados”, indica que todo lo que nos
separa potencialmente de Dios ha sido eliminado para los que creemos en Jesús,
permitiéndonos así tener paz para con Dios. El versículo 2, que está estrechamente ligado al
versículo 1, añade que también hemos obtenido entrada a esta gracia, a esta justicia declarada.
La fe en la obra de Cristo es la clave de todo. Finalmente, Pablo comenta acerca de gloriarnos
en la esperanza de la gloria –una esperanza que no podría existir en vista de la ira inminente
de Dios.
En el versículo 3, Pablo le da inicio a su siguiente idea –una idea que prosigue hasta el final
del versículo 8. Comienza con la frase, “y no sólo esto”, y de ese modo, conecta
estrechamente lo que sigue con lo que había dicho en 5:1–2. La expresión repetida de “nos
gloriamos” refuerza también esa conexión. Pues bien, si no es sólo esto, ¿qué más hay? No
lo que podríamos esperar –gloriarnos en las tribulaciones. Pero Pablo sigue adelante con las
conexiones y muestra cómo una cosa aparentemente indeseable conduce en realidad a algo
mejor.
Gloriándonos en las tribulaciones: Pablo hace hincapié en que la tribulación puede tener
resultados positivos si se maneja de la manera apropiada. En lugar de contemplarla como un
castigo o una señal de desagrado, debemos entender que Dios usa las tribulaciones parar
moldear nuestro carácter y para darnos esperanza.
Al conectar una serie de afirmaciones, Pablo crea un verdadero diagrama de flujo para el
crecimiento del creyente. ¿Quién no quiere un carácter probado y esperanza? Pablo esboza
una clave contraria a nuestra intuición para el crecimiento, y nos muestra que las tribulaciones
y la tolerancia paciente son los puntos de partida para los atributos que aspiramos tener, y
anima a los creyentes para que la esperanza no nos desilusione, porque brota del amor que
Dios ha derramado en nosotros.
A continuación, Pablo recurre a un material complementario para respaldar sus afirmaciones
con respecto a este ciclo de crecimiento, y emplea el mismo estilo de monólogo que había
empleado antes, usando la conjunción “porque” para introducir la respuesta a un potencial
“¿por qué?”. Su objetivo no consiste tanto en responder preguntas como en perfeccionar el
entendimiento de los creyentes acerca del don asombroso de la justicia. Aunque disfrutemos
de paz con Dios, no podemos olvidar lo que Dios hizo por nosotros para poner su don a
nuestra disposición.

Sacrificio improbable: Pablo hace una serie de afirmaciones e introduce cada una de ellas
por medio de la conjunción “porque”, para señalar que cada afirmación refuerza la
precedente. En griego, esto cumple la misma función que las preguntas retóricas en español.
Cada pregunta ayuda al auditorio a entender de qué manera la nueva afirmación se relaciona
con la que la precede.
Si lo consideramos detenidamente, lo que hizo Dios no tiene absolutamente ningún sentido.
Nadie que esté en su sano juicio daría su vida por alguien que merece morir. Si lo hiciera, lo
más probable es que pensáramos que está loco. Pablo centra la atención en la improbabilidad
del sacrificio de Jesús, comenzando su argumento con algo más probable: el hecho de morir
por una persona justa, por alguien que merezca que lo salven. Aunque esta posibilidad tiene
más sentido, teóricamente, una acción así sería increíblemente excepcional. En el versículo
9, Pablo ata todos los cabos y declara que esto mismo, que resulta tan asombroso, fue
precisamente lo que Dios hizo para demostrar su gran amor por nosotros. No merecíamos
semejante don, no hicimos –ni haremos jamás– nada para obtenerlo. El adjetivo “asombroso”
no puede reflejar, ni con mucho, lo que él hizo. Pero Pablo continúa. Su descripción de la
pena que Jesús pagó por nosotros sirve de telón de fondo para una idea todavía más
imponente. Si Cristo, por medio de su muerte, llevó a cabo todo esto, ¿de cuánto más será
capaz teniendo en cuenta que resucitó de entre los muertos y sigue vivo?
A veces, parece que la muerte de Jesús atrae más la atención que su vida. Al fin y al cabo, su
muerte y resurrección conquistaron el pecado e hicieron posible que tuviéramos paz con
Dios. Sin embargo, su muerte no fue más que el principio. Recuerden que Pablo comienza
su Carta a los Romanos diciendo que la ira de Dios nos confronta a todos, pero luego, nos
habla de la posibilidad que Dios nos ofrece de reconciliarnos con él –y eso fue lo que hizo
cuando aún éramos pecadores que estábamos en rebelión abierta contra él. Ahora, pues,
tenemos paz con Dios por medio de Cristo. Si su amor fue tan grande que estuvo dispuesto a
extendernos la mano cuando éramos pecadores, ¿qué nos tiene reservados ese amor ahora
que hemos sido declarados justos?

El agente de cambio: Pablo establece un paralelismo para comparar nuestra relación con
Dios y las perspectivas de esa relación, en base a la muerte de Jesús y a su vida –y los cambios
que ambas producen.
Pablo hace uso de una comparación, y la divide en tres partes para ayudarnos a entender la
propuesta. ¿Cuál es nuestro estatus en relación con Dios? Somos enemigos suyos. ¿Cuál es
nuestra perspectiva? La ira. Sin embargo, la muerte de Jesús cambió todo eso. Y ahora que
hemos sido declarados justos, ya no somos sus enemigos; y en lugar de esperar la ira,
anticipamos la salvación. En el cuadro que pinta Pablo la salvación no es un acontecimiento
pasado, sino algo que Dios llevará a cabo por medio de la vida de Cristo. El tema central aquí
no es si alguien es salvo; “haber sido reconciliados” es lo que nos da la paz con Dios
mencionada en 5:1. La discusión ahora gira hacia el hecho de comprender y tratar el problema
práctico del pecado (Romanos 8); tenemos que conocer primeramente cómo entró en el
mundo.

5:12–21
Cuando leemos Romanos 5:12, tenemos que asegurarnos de que estamos leyendo lo que dice,
no lo que pensamos que dice. Vamos, pues, a dividirlo en partes antes de analizarlo en
conjunto.
1. El pecado entró en el mundo por un hombre (un conocimiento que se da por sentado
puesto que esta afirmación se halla en la parte de la comparación que comienza con
“tal como”).
2. La muerte [entró en el mundo] por el pecado (segunda parte de la comparación, no
aparece ningún verbo en griego).
3. La muerte se extendió a todos los hombres, porque todos pecaron.
Pablo usa estas afirmaciones para describir la entrada del pecado en el mundo. El pecado vio
la luz a causa de un hombre, Adán. Pero junto con el pecado apareció algo nada ventajoso:
la muerte. Cuando el pecado entró en el mundo, también entró la muerte.
Pero, ¡esperen!, ¡no se adelanten! ¿Qué se extendió a todos los hombres, el pecado o la
muerte? Pablo usa la palabra “muerte”, no “pecado”. La muerte entró como una consecuencia
natural del pecado, y se extendió a todos los hombres por cuanto todos pecaron, y la paga del
pecado es muerte. ¿Qué es, pues, lo que Pablo está diciendo aquí? Observen que Pablo no
dice que el pecado se extendió. La muerte es una consecuencia del pecado, del mismo modo
que lo es la ira de Dios descrita en Romanos 1–2.
Pues bien, ¿qué podemos concluir de este versículo? Pablo dice que la muerte es el castigo
por nuestros pecados, no una herencia de Adán. La introducción del pecado en el mundo
produjo una serie de cambios fundamentales. Los capítulos 7 y 8 van a analizar con lujo de
detalles de qué manera funciona esto sobre una base práctica, por cuanto tenemos cuerpos de
carne que sufren los efectos del pecado. Pero, ¡no nos adelantemos!
El propósito de Pablo en esta sección es seguirle la pista a la matanza ocasionada por la
entrada del pecado en el mundo (y en nuestra carne) como un modo de detallar todo lo que
Cristo logró a través de su muerte y resurrección. Y lo que es más importante, Pablo explica
por qué tuvo que ocurrir de esta manera, y para ello, establece un paralelo entre Adán y Jesús.

La transgresión: Este es el comienzo de una explicación compleja que describe de manera


práctica cómo el pecado de Adán lo cambió todo. Observen que el texto dice que la muerte
–en vez del pecado– se extendió a todos los hombres como resultado del pecado.
Por tanto, la muerte entró en el mundo como consecuencia del pecado, y puesto que todos
hemos pecado, vivimos bajo la sombra amenazadora de la muerte (Romanos 1–2). Pablo
ofrece una afirmación complementaria en el versículo 13, para hacernos recordar que el juicio
por el pecado está vinculado a la ley. Por ese motivo, aunque el pecado estaba en el mundo
–junto con su consecuencia, la muerte– el pecado no era imputado. Pero al venir la ley, todo
eso cambió, y le dio paso a una plena imputación del mismo (3:19–20). Esto, claro está, no
quiere decir que la gente quedara impune, porque al fin y al cabo, todos los seres humanos,
excepto Enoc y Elías, habían muerto. Lo que Pablo tiene en mente aquí es a Dios
reconciliando las cuentas por el pecado cometido. Antes de la ley, no podía ser imputado
(5:13), pero cuando esta fue promulgada, Dios decidió ejercer su bondad, tolerancia y
paciencia con miras al arrepentimiento (2:4).

La transgresión: Cuando Adán pecó, la muerte entró en el mundo junto con el pecado. A
medida que los demás pecaban, la muerte también se extendía como una consecuencia
natural, y por lo tanto, todos murieron.
El versículo 14 apoya la idea de que aunque el pecado estaba presente, no era juzgado. Fue
así que pudo reinar en el mundo desde Adán hasta Moisés. Reina sobre todos los seres
humanos –aún sobre los que no pecaron con una transgresión semejante a la de Adán. ¿Qué
significa eso exactamente? (¡Imaginen ahora una voz dramática!): “En un mundo donde no
había pecado, en un mundo donde sólo existía el bien, un hombre y una mujer tomaron una
decisión que lo cambió todo”. En el versículo 14, Pablo describe la transgresión de Adán
como un pecado ligeramente diferente al nuestro; y más adelante, lo presenta viviendo (y
reinando) en nuestra carne, aunque esta no era la situación de Adán antes de la caída. Adán
no tenía pecado ni existía ninguna fuerza de ocupación en su carne. Por tanto, la elección que
hizo fue consciente. Desde la perspectiva de Pablo, todos nosotros nacemos ahora con este
deseo irresistible en nuestro interior –y todo se remonta a la decisión de un hombre, una
decisión que afectó a todos los que han venido después.

La transgresión: La introducción de la ley en la ecuación no cambió el resultado. El pecado


ocasiona la muerte –la ley simplemente puso de manifiesto el problema del pecado, en lugar
de ofrecer una solución para el mismo.
La singularidad del pecado de Adán aporta una base de comparación con la singularidad de
la vida y muerte de Jesús –y explica por qué tuvieron que ocurrir las cosas del modo en que
ocurrieron, como vemos en el versículo 15. Desde la perspectiva de Pablo, tanto Adán como
Jesús introdujeron algo en el mundo que nos afectó a todos. Aunque cada uno de ellos fue,
en cierto sentido, “el primero”, hasta ahí llega la comparación. Adán introdujo la
transgresión en el mundo, pero Jesús trajo una dádiva. Con Adán, la muerte se multiplicó
porque todos hemos pecado; con Jesús, la gracia se multiplicó cuando Dios nos ofreció a
todos la dádiva de su perdón (versículo 15). Existe también una diferencia fundamental entre
el don y el pecador que fomentó la necesidad de ese don (versículo 16). Aunque el juicio
condujo a la condenación de aquel único pecado, el don condujo a la justificación de muchos
pecados. Cada una de esas cosas cambia las vidas –pero con causas diferentes y con efectos
muy diferentes.

El don: El don vino por medio de un hombre, al igual que ocurrió con la transgresión en
algunos aspectos, aunque marcadamente diferente en otros. En vez de la muerte que se
extendió a todos los hombres, los dones de la gracia y de la justicia se extienden a todos los
que responden en fe.
Pablo ofrece detalles acerca de esta distinción en el versículo 17, donde compara la magnitud
del pecado con la magnitud del don de la gracia. El pecado no sólo trajo la muerte al mundo,
el pecado de Adán le dio poder a la muerte para que literalmente gobernara al mundo –no
hay nada que pueda librarse de sus garras. Pero piensen en el impacto mucho mayor que
puede tener la gracia. En lugar de vivir temiendo a la muerte, los que creen reinan en vida
por medio de Jesús, el que hizo posible todo esto.
El versículo 18 da inicio a una idea nueva que no es más que una consecuencia de la sección
anterior. Pablo compara aquí los resultados de la transgresión y del don: un solo acto de Adán
condujo a la condenación del mundo, y un solo acto de Jesús puso a disposición del mundo
la justificación vivificante.
En el versículo 19, Pablo explica cómo el pecado de un hombre pudo conducir a una
devastación así. Ese acto original de desobediencia hizo que muchos desobedecieran y se
volvieran pecadores. Esta desobediencia de Adán contrasta marcadamente con la obediencia
de uno, Jesús. Su obediencia puso la justicia al alcance de muchos –de todos los que eran
pecadores y estaban condenados. El versículo 20 añade un aspecto nuevo al material
complementario que comenzó en el versículo 19. Pablo regresa a la relación entre la ley y el
pecado, mencionada por última vez en 5:13, y reafirma que el propósito de la ley era
promover el conocimiento del pecado (3:19–20) –pero hay un principio relacionado con esto
y que está en juego aquí. A medida que el conocimiento del pecado abundó, la gracia
sobreabundó: la gracia siempre vencerá el pecado.
Pablo concluye el capítulo con una declaración de propósito acerca del modo en que operan
el pecado y la gracia en la economía divina. Él invoca nuestro conocimiento del reino de
terror total del pecado, que produce la muerte. De esta misma manera, la gracia también reinó
sobre todas las cosas por medio de la justicia, dando por resultado vida eterna mediante
Jesucristo nuestro Señor para todos los que creen.
Pablo destapa la olla de grillos en el versículo 20, al presentar un tema que desarrollará en
los próximos dos capítulos de Romanos. Cada una de las preguntas retóricas claves que
aparecen en Romanos 6–7 se relaciona con un “grillo” diferente de la olla –un asunto
diferente que queda sin respuesta en 5:20. Aunque el discurso de Pablo avanza en los
próximos capítulos, tengan presente que lo hace refiriéndose continuamente a las cuestiones
planteadas en 5:20.

Romanos 6
6:1–14
En Romanos 5, Pablo presentó una exposición grandiosa sobre el pecado que comienza con
lo inconcebible que resulta que alguien esté dispuesto a morir por nosotros (5:6–8) y prosigue
explorando los orígenes y las consecuencias del pecado y del don de la gracia que escribió
una página nueva para todos nosotros (5:12–21). Después de conocer las consecuencias
devastadoras del pecado y las perspectivas de la gracia abundante, cabría pensar que la gente
le daría la espalda al pecado para siempre. Sin embargo, si analizamos con honestidad por
qué pecamos, nos daremos cuenta de que el origen puede localizarse, al menos en parte, en
algún tipo de deseo (Santiago 1:13–14). Hay algo con respecto al pecado –algo agradable
que nos atrae. Como veremos más adelante, en Romanos 7, todavía tenemos que batallar con
los deseos de la carne. Aún después de aceptar el don divino de la gracia y de estar
reconciliados, tenemos que seguir optando por rechazar el pecado y dedicarnos a Dios.
El poder de nuestra naturaleza pecaminosa y el deseo que se deriva de ella podrían llevarnos
a racionalizar por qué el hecho de persistir en esta conducta destructiva puede lograr algo
positivo. Pablo procura atajar este tipo de argumento en esta primera sección de Romanos 6.
En 5:20 aprendimos que a medida que el pecado abundaba, sobreabundaba la gracia –y esto
podría constituir una excusa para continuar en pecado por cuanto eso haría que la gracia de
Dios se multiplicara. ¿No parece convincente?
Pablo pone de relieve aquí una diferencia fundamental entre la vida y la muerte, en su
discusión acerca del bautismo. Cuando algo está vivo, tiene el poder y la capacidad de hacer
aquello para lo que fue creado. Cuando algo está muerto, pierde cualquier poder o capacidad.
Lo único que puede hacer es permanecer muerto. Pablo utiliza este principio con respecto a
la muerte para ayudarnos a entender el significado del bautismo. El bautismo es un símbolo
de la muerte –un símbolo de lo que significa morir con Cristo y ser sepultado, y entonces,
resucitar a una vida nueva.
No pierdan de vista esta importante observación acerca del poder del pecado en la vida del
creyente. Cuando morimos con Cristo, nuestro cuerpo, que solía estar entregado al pecado,
muere. El significado que tiene el hecho de ser resucitado con Cristo es que ya no estamos
esclavizados al pecado. Es a esto que Pablo alude en los versículos 1–2. Si hemos muerto al
pecado, ¿cómo viviremos aún en él?

¿Muerto al pecado, pero todavía pecando? Pablo responde a esta pregunta retórica con
otra de contrasentido: ¿Cómo puede ser que aquellos que hemos muerto al pecado,
todavía sigamos viviendo en él? Si realmente hemos muerto, entonces no hay otra
opción que salir de la casa vieja del pecado en la que solíamos vivir.
Pablo hace la misma observación en Gálatas 2:20: “Con Cristo he sido crucificado, y ya no
soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí; y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo
por fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí”. En sentido figurado,
si crucificamos nuestro hombre viejo, dejamos vacante el lugar donde vivíamos antes –es
decir, nuestro cuerpo dedicado a pecar. Entonces, tenemos una nueva vida, que es Cristo
viviendo en nosotros. ¿Por qué regresar a una horrible vida de culpa, vergüenza y juicio
inminente? Esto es precisamente lo que Pablo señala aquí en Romanos 6. Por tanto, si nos
vemos tentados a regresar a nuestra antigua manera de vivir –a pesar de conocer cuál es el
resultado– debemos recordar que esa vida vieja está muerta; y si está muerta, ¿cómo podemos
regresar a ella y vivir conforme a ella? Pablo revela cuán necio es pensar así.
Según el refrán, “el amor crece con la distancia”. Por desgracia, si pienso en los pecados que
cometí en el pasado, la experiencia de mi vida confirma que eso es cierto. Soy propenso a
olvidar las consecuencias y a recordar la atracción que sentí. Pablo nos recuerda las horrendas
consecuencias del pecado para evitar que “nuestro amor crezca” y pensemos en regresar a él.
En los versículos 4–5, Pablo nos dice que si hemos sido unidos a Cristo en su muerte,
ciertamente estaremos unidos a él en vida. Cuando todavía éramos enemigos suyos, Dios
hizo todo lo posible para redimirnos y darnos esperanza, por tanto, estaríamos locos si
pensáramos siquiera en volver atrás. La muerte es eterna, sin posibilidades de regreso, y es
así precisamente como Pablo quiere que nosotros contemplemos nuestra antigua vida
pecaminosa. Somos creyentes redimidos en Cristo, y tenemos que dejar atrás el pecado e
impedir que reaparezca cualquier sentimiento de afecto hacia él.
Puede resultarnos difícil llegar a comprender plenamente lo que significa unirnos a Cristo.
Aun cuando el don divino de la redención nos hace libres para dedicarnos a su servicio,
todavía tenemos que lidiar con el problema de la predisposición de nuestro cuerpo mortal al
pecado. Cuando Jesús murió y resucitó de entre los muertos, la muerte ya no tuvo más poder
sobre él. El bautismo, pues, ha de tener el mismo efecto en nosotros, uniéndonos a Cristo en
vida. El bautismo representa nuestra unidad con Cristo. Así como él murió, nosotros morimos
con él –sepultados, por así decir, en el agua. Y del mismo modo que él resucitó, nosotros
salimos del agua para vivir una vida nueva en él. La única esperanza que tenemos de vivir
libres del pecado es morir al pecado. Pero como no vamos a morir físicamente (al menos
todavía), la clave para vencer el poder del pecado en nuestra condición caída actual es unirnos
a Jesús en la semejanza de su muerte y de su resurrección.

Identificarnos con Cristo: La crucifixión, sepultura y resurrección de Cristo lograron


mucho más que un perdón para los que creen. Cuando nos unimos a Cristo, pasamos, en
sentido figurado, por el mismo proceso que pasó él. Nuestra antigua naturaleza pecaminosa
es crucificada y sepultada con Jesús, y resucita a una vida nueva. El objetivo final de esta
unión es que nos consideremos muertos para el pecado, pero vivos para Dios (Ro 6:11).
Unirnos a Cristo supera con mucho la conocida pregunta de “¿qué haría Jesús?”, y nos lleva
a hacer esta otra: “¿qué hizo Jesús?”. Él permitió que su cuerpo físico muriera en la cruz, y
aun cuando no merecía ningún castigo por el pecado, pagó por el castigo que nosotros sí
merecíamos. Para vencer de verdad el pecado y la pena de muerte que este exige, Jesús tuvo
que conquistar a la muerte también. Su resurrección física en un cuerpo nuevo implicaba que
no volvería a morir. Y punto. Recuerden que la muerte es una consecuencia del pecado, no
sólo del hecho de poseer un cuerpo físico. Si el cuerpo no tuviera pecado (como ocurría con
Adán y Eva antes de la caída), entonces, no habría nada que temer con respecto a la muerte.
Pero como todos hemos pecado, sólo después de haber muerto físicamente al pecado y de
haber recibido un cuerpo nuevo semejante al de Cristo, es que no tendremos ningún motivo
para temer a la muerte como consecuencia del pecado. Al unirnos a Cristo en la semejanza
de su muerte y resurrección por medio del bautismo, podemos experimentar victoria sobre el
pecado y permitir que Cristo viva en nosotros. El acto del bautismo no es necesario para la
salvación, pero sí nos identifica con Cristo pública y personalmente.
En el versículo 12, Pablo presenta una conclusión breve de lo que ha tratado hasta aquí en
este capítulo. Lean con mucha atención. Lo que Pablo ordena es que no permitan que el
pecado reine en sus cuerpos mortales. Dos palabras importantes están subrayadas. Pablo no
dice que el pecado no continuará reinando en nuestros cuerpos mortales; el pecado sí reina
en nuestros cuerpos mortales, sin esperanza alguna de cambio aparte de Cristo. A pesar de
ser creyentes redimidos en Jesús, tenemos que lidiar con la presencia constante del pecado
en nuestros cuerpos. Pablo hace alusión a nuestros cuerpos mortales porque él prevé un día
en el que recibiremos cuerpos nuevos e inmortales, como ocurrió con Jesús. Sólo entonces el
pecado estará verdaderamente muerto. Hasta ese día, el poder del pecado aún estará presente
en nuestra carne. El único problema es cómo respondemos ante él: si le damos el poder que
ya no tiene, o si permitimos que Cristo viva en nosotros y haga morir las obras de la carne.
Mientras esperamos estos cuerpos inmortales, el Espíritu de Dios que habita en nosotros no
sólo nos redime, sino que también nos da poder para vivir libres de la esclavitud del pecado.
Aunque el pecado aún mora en nuestros cuerpos, tenemos la posibilidad de escoger a quién
servir.

¿A quién serviremos? Aunque los creyentes hemos sido liberados de la esclavitud del
pecado, tenemos que seguir luchando contra la inclinación de nuestro cuerpo mortal hacia el
pecado, hasta que Jesús regrese para consumar la redención de la creación (Romanos 8:23–
24). Tenemos, pues, que escoger a quién vamos a servir. ¿Permitiremos que el pecado reine
en nuestros cuerpos mortales, sirviendo así al pecado, o nos presentaremos a Dios como
instrumentos de justicia? ¿A quién vamos a servir?
¡Miren!, si volvemos a obedecer los deseos del pecado, permitimos que el pecado reine en
nuestros cuerpos. Aunque los antiguos deseos aún estén presentes, ya no estamos
esclavizados a ellos. Las exhortaciones de 6:13 proponen tres pasos que debemos dar –es
decir, cosas que tenemos que hacer o negarnos a hacer. En primer lugar, cuando el pecado
nos tienta, no debemos responder. Hemos muerto al pecado, no podemos, pues, volver atrás.
En lugar de eso –y este es el segundo paso– tenemos que presentarnos a Dios como vivos y
libres del pecado. Y en tercer lugar, no podemos continuar ofreciendo los miembros de
nuestro cuerpo como siervos del pecado, sino usarlos como instrumentos de justicia.
Piensen en las últimas noticias acerca de una persona que a duras penas pudo salvar la vida.
¿Recuerdan cuán agradecida estaba y cómo esa experiencia cambió su vida y sus prioridades?
Una nueva vida ofrece una oportunidad para un nuevo comienzo. En el versículo 14, Pablo
explica cómo se alcanza. Cuando vivíamos bajo la ley, ella magnificaba el problema del
pecado. Pero ahora vivimos en la gracia, y esa gracia es más que suficiente para ocuparse de
nuestra lucha constante contra el pecado. Pablo no está diciendo que esto nos da luz verde
para sentirnos libres y multiplicar el pecado, a fin de que la gracia también se multiplique
(¿recuerdan 6:1?). La gracia hace posible esta nueva vida –en la medida en que decidamos
ofrecernos por completo en servicio a Dios y no al pecado.

6:15–23
Pablo concluye la primera mitad de este capítulo exhortándonos a que nos neguemos a
permitir que el pecado reine en nosotros, y a que nos presentemos a Dios como instrumentos
de justicia. Y ahora, ofrece un fundamento para obedecer estos mandatos. En el versículo 15,
hace una pregunta retórica que constituye la base para el argumento que sigue en esta sección.
¿Continuaremos en el pecado porque ya no nos aguarda ninguna condenación? Si el castigo
por el pecado ha sido eliminado, ¿por qué no hemos de seguir pecando? Para responder,
Pablo aborda esta cuestión en términos de esclavitud.
Él formula el versículo 16 como si la respuesta fuera obvia. Cuando decidimos pecar, las
ramificaciones de nuestra acción son más grandes de lo que podríamos entender, porque
estamos prefiriendo ofrecernos al pecado antes que a Dios (6:12–13). Al hacerlo, escogemos
a quién vamos a obedecer –a quién vamos a esclavizarnos. Antes que Cristo entrara en
nuestra vida, no teníamos opción –éramos esclavos del pecado (17a), y esa esclavitud
conduce a la muerte.

¿A quién serviremos? Nuestra elección en cuanto a quién vamos a servir tiene


ramificaciones importantes. Si servimos al pecado, el único resultado que podemos anticipar
es la muerte. En cambio, servir a Dios es una elección que conduce a la santificación y a la
vida eterna. Al presentarlo de esta manera, Pablo hace que la decisión resulte simple; lo único
que tenemos que hacer es pensar en las consecuencias a largo plazo de nuestras decisiones.
Pero ahora, tenemos que decidir acerca de a qué o a quién vamos a servir. Una respuesta en
fe a Cristo nos permitirá servir a Dios, lo cual conduce a la santificación y, finalmente, a la
vida eterna. Aun cuando en otro tiempo éramos esclavos del pecado, Pablo afirma que si
somos obedientes a la enseñanza que Dios nos ha confiado, eso cambiará nuestra perspectiva
(6:17), porque podemos esclavizarnos, o dedicarnos, a la justicia y al servicio de Dios. En el
versículo 19, Pablo nos informa que esta analogía se derrumba en algún momento –que él
está valiéndose de términos humanos para comunicarse con su auditorio de manera más
eficaz. Aun así, al final del versículo nos desafía a que nos dediquemos a servir a la justicia
tan plenamente como antes nos dedicábamos al pecado y a la iniquidad.

Esclavitud y libertad: Antes, nos presentábamos como esclavos al pecado. Pero ahora,
habiendo sido libertados del pecado, tenemos la oportunidad de presentarnos como esclavos
a la justicia, que conduce a la santificación.
El versículo 20 parece extraño, pero expresa una idea importante. La libertad en cuanto a la
justicia que disfrutábamos como esclavos del pecado no era en realidad ninguna libertad,
puesto que no teníamos otra opción.
Esta es una idea que yo interpreté mal durante muchos años, por tanto, vamos a analizar este
versículo con más atención. En mi opinión, si un individuo llegaba a ser cristiano, el pecado
moriría y él simplemente serviría a Dios. Por supuesto, había cierta batalla, pero no era nada
grave. Sin embargo, al leer Romanos con más detenimiento, me di cuenta de que Pablo nunca
dice que el pecado esté muerto. Lo que él nos dice es que nos consideremos muertos para el
pecado (6:11). Y la diferencia es descomunal. Dios no promete que el pecado no reinará
jamás en nosotros, sino que él nos exhorta a que no permitamos que eso suceda (6:12). Esto
nos hace regresar al asunto de la elección que hemos de hacer.
Y ahora que tenemos la opción de elegir a quién vamos a servir, es necesario que hagamos
esa elección conscientemente. Por naturaleza, nos sentimos inclinados a retomar nuestros
viejos patrones de conducta y a esclavizarnos de nuevo al pecado. Pablo, sin embargo, nos
desafía en el versículo 21 a que hagamos una pausa y pensemos en nuestra vida antigua, para
la que tenemos que considerarnos muertos. Esas acciones que produjeron en nosotros
remordimiento y vergüenza, ¿las echamos de menos, realmente? ¿Queremos regresar a ese
modo de vida?

Dar fruto: Pablo emplea la analogía de la producción de fruto para establecer otro contraste
entre servir al pecado y servir a Dios. En ambos casos, daremos fruto –pero, ¿qué clase de
fruto queremos dar?
¿Qué clase de fruto queremos producir en nuestra vida –el fruto que lleva a la muerte o el
fruto que conduce a la vida eterna?
En 6:23, Pablo concluye el capítulo con lo que ha llegado a ser un famoso versículo para
memorizar –aunque dudo que se entienda correctamente en su contexto más amplio. Pablo
les pide a los creyentes que no regresen a su antigua vida, y les ofrece estas palabras a modo
de motivación, para que luchemos contra el impulso de volver a esclavizarnos al pecado. En
sus palabras de despedida, Pablo nos obliga a considerar cuál es la “paga” que recibiremos
por nuestra devoción. Una vida dedicada a servir a Dios conduce a la vida eterna. Esta vida
no será fácil, pero tenemos la promesa de que el hecho de estar al servicio de Dios nos
santificará y nos hará más semejantes a él. La alternativa a esto es la muerte –la muerte es la
“recompensa” para una vida de pecado. Aunque, como creyentes, hayamos aceptado el don
divino de la justicia por la fe y hayamos sido libertados de la pena del pecado (6:1, 14),
tenemos aún que decidir a quién o a qué vamos a dedicar nuestra vida. Pablo nos desafía a
invertir en una vida que pague los dividendos que Dios planeó para nosotros.

Romanos 7
7:1–6
Los versículos 1–6 no son el principio de una sección nueva, sino la continuación de la
anterior. En estos versículos, Pablo prosigue una idea que abandonó en 6:14, ofreciendo una
línea alternativa de pensamiento basada en el uso del adverbio “acaso” en 7:1. En Romanos
6:14, Pablo afirmó que el pecado no tendrá dominio de nosotros porque no estamos bajo la
ley sino bajo la gracia. Y aquí en 7:1, presenta el papel que juega la muerte, a la hora de
determinar la jurisdicción de la ley. A modo de ejemplo práctico, emplea la figura del
matrimonio, para ilustrar su argumento. El matrimonio es un contrato legal, cuyas
obligaciones contractuales terminan con la muerte. Las mismas acciones pueden tener
consecuencias muy diferentes, dependiendo de si están vigentes o no las obligaciones legales.

Hasta que la muerte nos separe: En otro argumento en contra de la persistencia en el


pecado, Pablo invoca las restricciones legales que regulan el matrimonio. En un tiempo
estábamos unidos a la ley, hasta que la muerte nos separó.
Si alguien está casado y se une a otra persona que no sea su cónyuge, comete adulterio; pero
no es así si el cónyuge ha muerto.

Hasta que la muerte nos separe: En otro argumento en contra de la persistencia en el


pecado, Pablo invoca las restricciones legales que regulan el matrimonio. En un tiempo
estábamos unidos a la ley, hasta que la muerte nos separó. Este lazo con la ley es tan fuerte,
que está prohibido unirse a otro mientras estén vivos ambos miembros del pacto matrimonial.
Si alguien se desposa con otra persona después que su cónyuge ha muerto, no comete
adulterio. Lo único que ha hecho es contraer nuevas nupcias (7:3). Fuera de las objeciones
que puedan poner algunos en cuanto al tiempo que un individuo debe esperar antes de
contraer nuevas nupcias, no existe ninguna prohibición legal ni moral contra ello. Después
de esta explicación, Pablo le aplica el mismo principio al pecado, en 7:4.

Hasta que la muerte nos separe: Si regresamos al argumento original de la obligación legal,
resulta evidente que todo cambia cuando muere uno de los cónyuges legalmente unidos.
Hasta que la muerte nos separe: Si regresamos al argumento original de la obligación legal,
resulta evidente que todo cambia cuando muere uno de los cónyuges legalmente unidos. Si
muere uno de los cónyuges legalmente unidos, el que lo sobrevive tiene libertad para unirse
a otra persona. Este hecho, que habría sido clasificado como adulterio, si el cónyuge estuviera
vivo, estaría ahora aprobado. La muerte lo cambia todo en lo que respecta a las obligaciones
legales. Del mismo modo, si hemos muerto al pecado y a la ley, ya no tenemos obligación
para con ninguno de ellos.
Pablo señala que el hecho de que hayamos muerto con Cristo tiene consecuencias importantes
en cuanto a nuestro estatus bajo la ley. La muerte nos ha libertado de la ley para que podamos
unirnos a otro. No se trata de una muerte física; esa ocurrirá después. Esta es una muerte a la
ley que nos libera de la obligación legal de vivir bajo su jurisdicción. Cuando vivíamos bajo
la ley, nuestras pasiones pecaminosas producían fruto para muerte. Pero el hecho de haber
muerto con Cristo lo cambia todo, o al menos, así debería ser. No tenemos que continuar
esclavizados al pecado, sino que somos libres para servir a Dios, llevando fruto para justicia.

7:7–12
Recuerden que en Romanos 5:20, Pablo dijo que la ley se introdujo para que abundara la
transgresión, destapando así una enorme olla de grillos para los que habían dedicado toda su
vida a guardar la ley. Pablo habló acerca del primer grillo de la olla –es decir, si debemos
pecar para que la gracia abunde. El segundo grillo es si la ley es pecado; y esta es una pregunta
lógica basada en la afirmación de Pablo en 5:20, en cuanto a que la ley se introdujo para que
abundara la transgresión. ¿No convierte eso a la propia ley en algo pecaminoso? Aunque la
respuesta a esta pregunta retórica sea “no”, en realidad sí existe un vínculo entre la ley y el
pecado. La ley actúa como una lente que cambia nuestra perspectiva acerca de lo que sucede
alrededor de nosotros.

La lente de la ley: Pablo explica que lo que él solía considerar un deseo, ahora entiende que
era envidia. La perspectiva adquirida a partir de la ley revela que lo que parecía ser
moralmente neutral tiene orígenes siniestros.
Antes que la ley llegara a nuestras vidas, solíamos identificar la ambición con el deseo. La
ley, sin embargo, nos enseña acerca de la codicia y la envidia. Ahora somos responsables de
nuestros deseos, y sabemos que esa ansia de conseguir algo que ambicionamos no es más
que envidia.

Sacando el pecado a la luz: La ley tiene una aplicación mucho más amplia que el simple
hecho de reclasificar el deseo como envidia. En realidad, mientras más yo la aplico a mi vida,
más áreas de pecado encuentro.
Si usamos la ley como un lente a través de la cual contemplamos y evaluamos nuestras
acciones, nos daremos cuenta inmediatamente de que el problema no es la ley. El problema
es el pecado. El pecado siempre ha estado presente, pero no apreciábamos hasta qué punto
se había infiltrado en nuestra vida. ¿Recuerdan lo que leímos en Romanos 5:20 y la pregunta
en cuanto a que si la ley aumenta o acrecienta el pecado? Es la lente de la ley el que hace esto
–nos ayuda a ver lo que siempre ha estado ahí, y no podemos seguir viviendo en una
ignorancia despreocupada, porque ahora somos responsables.
Y no sólo se trata de que la ley nos muestre cuánto pecado hay en nuestra vida, sino que este
tiene otro aspecto siniestro. En Proverbios 9:17, encontramos un principio horrible que está
relacionado con las prohibiciones –a saber, que la tentación se acrecienta cada vez que se nos
dice que no hagamos algo. Llamémosle el principio de “las aguas hurtadas son dulces”. Por
supuesto, las cosas hurtadas no son ni dulces ni mejores que las que adquirimos legalmente;
la “dulzura” es una cuestión de percepción. De algún modo, el hecho de saber que nos está
prohibido hacer algo –como por ejemplo, hurtar– parece acrecentar nuestro deseo de hacerlo.

La ley, el pecado y la muerte: Existe una tendencia terrible hacia el pecado, una vez que la
ley lo saca a la luz. En lugar de desalentar el pecado, parece cultivarlo más.
Este proceso de magnificación tiene dos facetas: aumenta nuestra comprensión del pecado,
y nos ayuda a distinguir entre deseos legítimos y pecaminosos. Pero también aumenta nuestro
deseo de pecar, y lo hace más irresistible. En el versículo 8, Pablo personifica al pecado y lo
presenta como un tentador que se aprovecha de la ley, para hacernos notar cada oportunidad
que tengamos de pecar. La ley no produce la envidia, pero sí intensifica nuestra conciencia
de pecado y aumenta nuestro deseo de obrar pecaminosamente –el principio de “las aguas
hurtadas son dulces”. Nos impulsa a creer la mentira.

La ley, el pecado y la muerte: Existe una tendencia terrible hacia el pecado, una vez que la
ley lo saca a la luz. En lugar de desalentar el pecado, parece cultivarlo más. Y al final, el
pecado conduce a la muerte.
Esta magnificación del pecado –ambos tipos– conduce a una conclusión natural: la muerte.
Al final del versículo 8, Pablo afirma que antes de la ley, el pecado estaba muerto, pero el
conocimiento de la ley hace revivir el pecado. El pecado nos engaña y nos hace pensar que
las cosas prohibidas son algún tipo de placer por descubrir. Esa es precisamente la mentira
que condujo a la caída en Génesis 3:6, en cuanto a que “el árbol era bueno para comer, y que
era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría”. Esa misma mentira
sigue operando en nosotros hoy.
Pablo resume la situación en los versículos 10–12. La primera vez que pecamos, algo murió
en nosotros. El pecado nos engaña y entonces, cuando nos lanzamos a correr tras él, nos come
vivos.
Prosigamos ahora con la pregunta con la que Pablo comenzó esta sección: ¿Es pecado la ley?
¡No! Más bien, el pecado presente en nosotros es el causante de todos los problemas. El
conocimiento de la ley aumentó nuestro conocimiento del pecado y nuestro deseo de correr
tras él, y nos llevó directamente a la muerte. La ley, sin embargo, es santa y justa y buena;
no es pecado, porque nos revela la naturaleza santa de Dios de una manera que podemos
entender. La ley tiene la función dispuesta por Dios de aumentar el pecado en cantidad e
intensidad.
7:13–25a
Pablo ha abordado tres temas con respecto a la relación entre la ley y la gracia, que quedaron
pendientes de la discusión que comenzó en 5:20. No debemos continuar pecando para que la
gracia abunde (6:1), ni tampoco porque estamos bajo la gracia y no bajo la ley (6:15). Y la
ley no es pecado. Pablo, ahora, pasa a abordar la pregunta acerca de cómo es posible que la
ley sea buena si trae consigo la muerte. Esta discusión se relaciona con 5:20, pero también
es continuación de los últimos pensamientos de 7:11.
Probablemente, este es uno de los pasajes más controvertidos de Romanos, debido a sus
evidentes implicaciones acerca del papel que juega el pecado en la vida del creyente. La
discusión básica gira en torno a si Pablo está hablando acerca de su lucha con el pecado antes
de ser cristiano o si está describiendo una lucha actual. La clave para avanzar es leer con
cuidado lo que él dice y cómo lo dice. Cualquiera que sea el argumento por el que ustedes se
inclinen, mantengan una mentalidad abierta. Tenemos que leer el pasaje de acuerdo con la
manera en que Pablo estructura y comprende el problema, sin tener en cuenta nuestra opinión
al respecto en la actualidad.
Pablo le da inicio a esta sección con una pregunta retórica sobre la naturaleza de la ley. Si es
santa y justa y buena (7:12), ¿por qué trae consigo la muerte? ¿Cómo es posible que eso sea
bueno? En la segunda parte del versículo 13, Pablo explica que es el pecado, y no la ley, el
que provoca esta situación. El pecado siempre ha sido el culpable. La llegada de la ley no
hizo más que revelar que el pecado es inevitable (3:19; 7:7).
En esta sección, Pablo hace una distinción importante entre la carne de nuestros cuerpos
mortales y el hombre interior (o alma) que reside dentro de la carne. Esto no quiere decir que
exista una distinción física entre ambos. Ni el cirujano más experto podría separar lo uno de
lo otro. Pablo, más bien, establece un contraste entre la ley que es espiritual, y él mismo que
es carnal, un esclavo del pecado. Esta esclavitud se manifiesta en nuestra vida cuando
hacemos cosas que detestamos hacer, y no hacemos el bien que sí deseamos hacer (7:15).
Los versículos 16–17 marcan un cambio importante en el argumento de Pablo –deja de hablar
del pecado como una fuerza exterior, y comienza a hablar del pecado como algo que vive
realmente en él. Normalmente, nosotros conocemos esto último como “naturaleza
pecaminosa”, pero Pablo hace una distinción metafórica entre el hombre interior y la carne
(exterior). La carne es la parte de nuestro ser que va a morir, pero además, es el lugar donde
reside el pecado. Leamos el versículo 18 atentamente, porque la información que ofrece
refuerza la aseveración anterior de Pablo. Él afirma que el bien no mora en él, es decir, en su
carne. Esta es una aclaración crucial que no podemos pasar por alto.
Aquí aparecen dos puntos importantes. En primer lugar, Pablo dice que en él no habita nada
bueno, y se está refiriendo a su carne, a esa parte mortal de su ser que habrá de morir. Pablo
no está haciendo ninguna declaración general acerca de sí mismo, sino acerca de lo que él
concibe como su carne. La implicación es que si existe algún bien en él, entonces no reside
en su carne. En esta sección, Pablo presenta las dos partes de nuestro ser que están inmersas
en una batalla espiritual: el hombre interior y la carne, que no son físicamente diferentes ni
separables. La descripción más clara la encontramos en Romanos 8:10: la carne/el hombre
exterior está muerto a causa del pecado, pero el Espíritu ha vivificado nuestro hombre interior
y mora en él. Por extraño que pueda parecernos este concepto, era del dominio público en el
siglo primero. Aún hoy nosotros usamos esta misma distinción entre cuerpo y alma.
Es preciso que seamos cuidadosos para no “ver” una posición dualista en la metáfora. A
través de Romanos, Pablo sigue el desarrollo del plan de Dios, para redimir por completo a
su creación de los efectos del pecado. Nuestros cuerpos físicos son parte de esta creación
afectada, es por eso que la redención final incluye cuerpos nuevos y redimidos. Nuestro
hombre interior/espíritu puede haber nacido de nuevo, pero nuestro cuerpo físico no tiene
salvación. Esta es la metáfora que Pablo emplea, y tenemos que respetarla tal y como él la
presenta, sin tratar de imponer nuestras ideas modernas en cuanto a la constitución del ser
humano. No hacerlo es lo que ha provocado la mayor parte de las discusiones con respeto a
este pasaje. ¿Qué es exactamente lo que se va cuando una persona muere? ¿Llegaremos algún
día a entender por completo la esencia de la vida?
Pablo trata su lucha con el pecado –es decir, el hecho de no hacer el bien que quiere y
viceversa– como una consecuencia natural del pecado que mora en su carne. No niega su
responsabilidad, pero reconoce el problema continuo del pecado que mora en su carne.
Mientras vivamos en cuerpos humanos, caídos y sin redención, nuestro hombre interior
redimido tiene que luchar contra nuestra naturaleza pecaminosa que intenta retomar el
control.
Teniendo presente la metáfora de Pablo, retrocedamos un poco y veamos en qué consiste el
proceso de salvación. Antes de ser redimidos por Cristo, estamos total y espiritualmente
muertos y esclavizados al pecado –tanto en nuestro hombre interior como en el exterior. De
5:12, recordamos que cuando el pecado entró en el mundo por medio de Adán, la muerte
entró junto con al mismo. La presencia del pecado afectó cada parte de la creación,
incluyendo nuestros cuerpos físicos.

El hombre interior vs. la carne: Pablo emplea una terminología específica a través de
Romanos, para distinguir entre el hombre interior (lo que nosotros llamaríamos “alma”) y el
hombre exterior o la carne (nuestro cuerpo mortal). Como resultado del pecado de Adán y
del nuestro, el hombre interior está espiritualmente muerto, y el hombre exterior (la carne)
está en proceso de deterioro, destinado a morir a consecuencia del pecado.
Una parte de nosotros murió espiritualmente (“el hombre interior” de Pablo), y la otra parte
(el “hombre exterior” de Pablo o “la carne”) se convirtió en la anfitriona del pecado que
finalmente causará su muerte. Pero con el don de Dios por medio de Jesucristo, fuimos
vivificados juntamente con Cristo a través de su muerte y resurrección (Romanos 5:17–18;
Efesios 2:5), o al menos lo fue una parte de nosotros. La otra parte está aguardando la
redención final del cuerpo, cuando el proceso sea consumado (Romanos 8:23).
Hasta aquí, la explicación que da Pablo de la vida se centra en el hombre interior. En lo que
queda de este capítulo y una parte del próximo, él habla de lo que ocurrirá con el hombre
exterior –es decir, la carne en la que el pecado continúa viviendo, mientras espera la
redención de ese hombre exterior cuando Jesús regrese (Romanos 8:22–23).
Para describir la lucha que enfrentamos mientras aguardamos la redención final de nuestros
cuerpos, Pablo hace uso de una metáfora de dos partes: el hombre interior y la carne. La parte
interior y también la exterior de la persona que no está redimida son como zombis –muertos
vivientes. Estamos espiritualmente muertos con respecto a Dios, y condenados a morir
físicamente como consecuencia del juicio de Dios contra el pecado.

El hombre interior vs. la carne: Cuando aceptamos el don gratuito de Dios de la justicia
por la fe, nuestro hombre interior nace de nuevo, es renovado. Pero hasta que Dios redima
toda la creación, tendremos que vivir en un cuerpo caído.
De acuerdo con la metáfora, el hombre interior murió en el momento de la caída en Génesis
3, pero es vivificado y redimido por la fe mediante la gracia. Este hombre interior es también
la morada del Espíritu Santo. La carne está condenada a morir como resultado de nuestro
pecado. Nuestro cuerpo físico es además el lugar donde, según Pablo, el pecado reside y
continuará residiendo hasta que seamos finalmente redimidos y renovados junto con el resto
de la creación (8:18–23). El hombre interior ha sido redimido y liberado de tener que
obedecer los deseos del pecado/la carne. No obstante, hasta el momento en que recibamos
nuestros cuerpos nuevos, tendremos que continuar luchando con los efectos del pecado en
nuestro mundo y en nuestros cuerpos carnales caídos.
Pablo afirma que Dios envió a Jesús “en semejanza de carne de pecado” (8:3) para dejar bien
en claro que, como Dios encarnado –es decir, en la carne– él tuvo que enfrentarse a la misma
lucha contra el pecado que nosotros enfrentamos. Es por eso que Satanás pudo tentarlo con
los mismos deseos de la carne que nosotros experimentamos (Mateo 4:1–11). Por su
existencia en semejanza de carne de pecado, el escritor de Hebreos dice que Jesús puede
compadecerse de nuestras debilidades por cuanto él fue tentado en todo al igual que nosotros,
aunque sin pecado (Hebreos 4:14–16). Él vivió en el mismo contexto de carne caída que
nosotros vivimos, pero nunca cedió ante sus tentaciones.
Los creyentes tenemos que seguir el modelo de Jesús –específicamente, viviendo en esta
carne pero negándonos a ceder a los deseos de la misma. Pero sólo podemos oponernos a
ellos si andamos en el Espíritu (Gálatas 6:16). Es por eso que en Romanos 6:12–13, Pablo
nos exhorta a que no permitamos que el pecado reine en nuestros cuerpos mortales. No
debemos continuar ofreciéndonos al pecado, sino a Dios. Aunque hayamos sido libertados
del poder del pecado, seguimos siendo tentados por él.

El hombre interior vs. la carne: Aunque ya no estamos esclavizados a la carne, tenemos


que librar una guerra contra sus deseos. Según se describe en Romanos 7:25b, el hombre
interior/la mente anhela servir y obedecer a Dios, pero la carne nos atrae para que sirvamos
al pecado.
La resurrección corporal de Jesús es un punto crucial en el plan de Dios para la redención,
porque nuestros cuerpos –y toda la creación física– también serán resucitados cuando Jesús
regrese. Por consiguiente, el argumento de Pablo en cuanto a la lucha con el pecado describe
la batalla de todos, del creyente y del incrédulo por igual (8:11). Todos los que vivimos en
un cuerpo que aún no haya resucitado, tenemos que enfrentar ese desafío. Pero mientras
aguardamos la redención final, Dios nos ofrece el Espíritu para que nos dé fuerzas para
servirlo y oponernos a las obras de la carne (8:12–13). Esa es nuestra única esperanza para
no volver a esclavizarnos al pecado.
En Romanos 7:21–23, Pablo resume las lecciones de su exposición sobre nuestra existencia
como seres parcialmente redimidos. Nuestro hombre interior es completo, pero el exterior (la
carne) aguarda la gloria futura. Aunque el hombre interior anhela hacer el bien y se deleita
en la ley de Dios, la carne libra una batalla para tomar posesión de la mente y volver a
dominar el hombre interior. Tenemos que ser libertados de esta carne pecadora (7:24), y eso
es precisamente lo que Jesús efectuó por medio de su muerte y de su resurrección, aun cuando
la redención final todavía no esté enteramente consumada.
El versículo 25b hace las veces de puente, porque hace un resumen de la sección anterior y
presenta la idea importante para la siguiente. Romanos 8:1 no es la gran idea para lo que
sigue, sino una consecuencia de 7:25b. El propósito fundamental de Pablo en este pasaje ha
sido poner de relieve la batalla contra el pecado que nos confronta a todos, seamos creyentes
o no. Aunque los creyentes tenemos el increíble don de haber sido libertados de esta
esclavitud y la oportunidad de servir a Dios, tenemos que hacerlo dentro de los límites de un
cuerpo sin redención, que aún está sujeto a las tentaciones del pecado. Pablo prosigue con su
mensaje y presenta ahora los pasos prácticos que podemos dar para vivir victoriosamente
para Dios, a pesar de nuestra condición actual.

Romanos 8
7:25b–8:11
Antes de seguir leyendo, vamos a volver atrás para repasar el comentario sobre Romanos
7:13–25a en la sección anterior. Gran parte de lo que viene a continuación presupone que
entendemos este material.
En esta sección de Romanos, Pablo presenta estrategias prácticas para vencer el problema
continuo de nuestra carne pecadora. En 1:18–20, él revela cuál es la reacción de Dios ante
nuestro pecado: su ira contra toda impiedad e injusticia. La mayor parte del pasaje desde
Romanos 1 hasta 4:25 explica que los judíos y los gentiles por igual están sujetos a esta ira,
y por consiguiente, todos tenemos la misma necesidad de reconciliarnos con Dios. En
Romanos 5:1–7:25a, Pablo alude al rol que desempeña la justicia de Dios, revelada en el
evangelio, en la vida de los creyentes después de haber sido reconciliados con él. Al final de
Romanos 7, hace referencia al problema continuo del pecado en nuestro cuerpo sin redención.
Otro aspecto importante del poder del evangelio es la vida nueva que nos revela –no sólo
vida eterna aquí, sino también vida en el Espíritu. Lo que sigue es el comienzo de la próxima
gran unidad temática, y contempla la vida en el Espíritu como la solución al problema
persistente del pecado.

Ahora que tenemos paz: Las secciones anteriores han tratado acerca de todas las
implicaciones de la ira de Dios, que se revela contra toda impiedad e injusticia. Pablo ha
presentado el evangelio, la revelación de la propia justicia de Dios, para abordar el tema del
castigo por el pecado. Y entonces, deja de lado la descripción de la vida que está sujeta a
juicio y pasa a hablar de la nueva vida que los creyentes podemos experimentar ahora que
tenemos paz con Dios.
Dios nos redimió a través de la muerte y resurrección de Jesús, a sabiendas de que el pecado
iba a permanecer en la carne. Él podría haber solucionado este problema con el juicio
inmediato de los impíos y la redención corporal de los creyentes, tal y como esperamos que
sucederá en el futuro “día del Señor”. En lugar de eso, Dios siguió el mismo modelo de
conducta que adoptó Jesús para resistir los deseos pecaminosos de la carne, nos dio su
Espíritu para que morara en nosotros y nos ayudara a vivir en sumisión humilde.
Para poder seguir a Dios, teníamos que ser libres de la esclavitud al pecado y sus
consecuencias –ese no fue más que el comienzo. Para edificar sobre este cimiento, tenemos
que someternos activamente al ministerio del Espíritu en nuestra vida. El Espíritu de Dios
que mora en nosotros nos permite ser “salvos por su vida” (5:10) –vida que él vive a través
de nosotros como sus instrumentos para justicia.
Con esta gran idea que Pablo ha presentado, sobre la cual va a desarrollar lo que ya había
discutido en Romanos 1–7, el cuadro que puede mostrar ahora es más completo que el que
podía mostrar antes. El resumen que Pablo proporciona es importante, pero tenemos que
leerlo tomando en consideración todas las salvedades y el apoyo que ya ha ofrecido. Además,
tenemos que suponer que todas las preguntas retóricas, excluyendo las ideas erróneas, aún
son ciertas, y leer el capítulo en el contexto más amplio de lo que precede. Romanos 1–7
cumple su propio propósito, pero también sirve de preámbulo para la enseñanza más
importante de Pablo, acerca de la manera en que podemos servir a Dios a pesar de la
condición caída de nuestro mundo.
Pablo comienza esta sección con la declaración del versículo 7:25b que da lugar a lo que
viene después. Nuestro hombre interior/mente es libertado de la esclavitud a la ley de Dios;
no obstante, el problema del pecado inherente libra una batalla constante. Romanos 8:1 repite
la afirmación de 5:1 –justificados por la fe, tenemos paz para con Dios, y por consiguiente,
no hay condenación. El versículo 2 presenta de nuevo nuestra reconciliación con Dios en
términos legales, contrastando la ley del pecado y de la muerte con la ley del Espíritu de vida
en Cristo Jesús.

Quebrantando el poder: Pablo deja bien en claro que Dios nunca planeó que la ley se
ocupara del problema del pecado. La ley promueve el conocimiento del pecado en vez de
darle una solución.
Pablo reúne una gran cantidad de información importante en una sola oración compleja. Dios
nunca planeó que la ley nos salvara del pecado ni de la muerte. La debilidad de nuestra carne
no permitía que eso fuera posible.

Quebrantando el poder: Pablo señala que la ley nunca fue concebida para que se ocupara
del problema del pecado. La ley fomenta el conocimiento del pecado, pero no ofrece ninguna
solución. Por tanto, cualquier intento de utilizar la ley para obtener liberación del pecado o
de la muerte está destinado a fracasar.
A través de la obra de Jesús en la cruz, Dios logró lo que para nosotros era imposible. Para
ello, tuvo que venir en la carne, susceptible, como lo somos nosotros, a los efectos del pecado.
De esta manera, Jesús cumplió los requisitos justos de la ley en nosotros y le dio muerte al
pecado de una vez por todas. Su muerte y resurrección quebrantaron el poder del pecado y
de la muerte.

Quebrantando el poder: En Romanos 8:3, Pablo dice que lo que la ley no pudo hacer, Dios
lo hizo enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado; es decir, se encarnó y condenó
el pecado en la carne.
Para darnos una pista acerca de la dirección que va a seguir, ahora Pablo nos presenta en 8:4
como “los que no andan conforme a la carne sino conforme al Espíritu”. Muchas traducciones
de la Biblia ponen la palabra “espíritu” con mayúscula, como si se tratara del Espíritu Santo.
Sin embargo, las referencias que hace Pablo al espíritu en los siguientes versículos parecen
darle continuación a su contraste entre lo interior y lo exterior, el cuerpo y el espíritu. En
otras palabras, él todavía está refiriéndose al hombre interior, al espíritu redimido, en
contraste con la carne.
Cuando Pablo establece el contraste entre vivir poniendo la mente en las cosas de la carne y
vivir poniendo la mente en las cosas del espíritu, él está hablándoles a los creyentes, y por
tanto, debe suponer que el espíritu interior de ellos ha sido redimido. No obstante, en el
versículo 9 aclara la idea haciendo esta salvedad: “si en verdad el Espíritu de Dios está en
vosotros”. Si Pablo hubiera estado refiriéndose al Espíritu Santo que mora en nosotros y no
a nuestro hombre/espíritu interior, no habría habido necesidad de esta aclaración. Vamos,
pues, a analizar el contraste con más detenimiento.
El modo en que vivimos depende directamente de aquello que constituye el centro de nuestra
atención. En 8:5, Pablo establece el contraste entre una vida centrada en la carne y una vida
centrada en el hombre o espíritu interior que ha sido redimido.

¿En qué tenemos puesta la mente? Pablo presenta dos cuadros opuestos para comparar la
mente puesta en la carne con la mente puesta en el espíritu. Ciertamente, no hay condenación
para los que están en Cristo Jesús, pero aun así, tenemos que decidir en qué ponemos nuestra
mente.
La mente puesta en la carne no puede servir a Dios porque es enemiga de él, y porque la
carne pecadora está sujeta al juicio que conduce a la muerte. Toda carne está condenada a
morir; si dedicamos nuestra vida a servir a la carne, no podemos simultáneamente servir a
Dios. En el versículo 8, Pablo lo resume diciendo que “los que están en la carne no pueden
agradar a Dios”.
En 8:9, Pablo cambia de una exposición genérica a una aplicación. Todo cambia si vivimos
centrados en el espíritu, siempre y cuando el Espíritu de Dios viva en nosotros. La vida del
Espíritu que mora en nosotros es de paz. En 8:10, Pablo hace un resumen de nuestra condición
actual como creyentes que tenemos a Cristo en nosotros, y señala que nuestro cuerpo físico
está muerto a causa del pecado, pero nuestro hombre o espíritu interior vive a causa de la
justicia que recibimos como un don gratuito de Dios. Pablo caracteriza ahora a Dios como
“aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos”. Si el Espíritu Santo que vivifica mora en
nosotros, entonces él también vivificará nuestros cuerpos mortales por medio de su Espíritu
que habita en nosotros. Esta “vivificación” de nuestros cuerpos recibe mayor atención en los
versículos 18–30, pero la idea central aquí es que la habitación del Espíritu de Dios en nuestro
espíritu lo cambia todo. La reconciliación y la paz con Dios no son más que el comienzo.
Debemos permitir también que Cristo viva en y a través de nosotros para servir a Dios –esa
es la conclusión del mensaje del evangelio que Pablo ha estado desarrollando. Por medio de
su plan para eliminar el pecado y la ira, Dios preparó el camino para la consecución de un
propósito mayor para nosotros.

8:12–17
Pablo hace un giro en 8:12 y pasa del contraste entre la carne y el espíritu a la manera en que
debemos responder a esta información. En griego hay una señal que indica que este llamado
a la acción es consecuencia de lo anterior. Después de comparar los efectos que produce
poner la mente en la carne o en el espíritu, Pablo pasa ahora a hablar de nuestras obligaciones
teniendo en cuenta que el Espíritu de Dios vive en nosotros. Para reforzar esta observación,
Pablo comienza en los versículos 12–13a con aquello a lo que no somos deudores. Aquí no
hay sorpresas, esto no es más que la aplicación directa de los principios anteriores para los
creyentes.
A pesar del pecado inherente a nuestra carne y a la batalla continua entre el pecado y el
Espíritu de Dios que habita en nuestro espíritu, Pablo nos ofrece esperanza. En el versículo
13b, describe específicamente lo que ocurre cuando vivimos con nuestra mente puesta en el
espíritu, cuando permitimos que Dios reine con libertad en nuestra vida. Si vivimos de ese
modo, no solo seguimos a Dios, sino que al mismo tiempo hacemos morir las obras de la
carne. En lugar de vivir de acuerdo con la conducta que conduce a la muerte, hacemos morir
esas obras para poder tener vida. Solamente el Espíritu de Dios que habita en nosotros hace
posible que vivamos de esa manera; sin su presencia, terminaríamos esclavizados al pecado
otra vez.
Cuando éramos adolescentes, solíamos “deshacernos” de aquellos cuya compañía no nos era
grata. Si veíamos que alguno de ellos se quedaba ensimismado en su tarea mientras nosotros
nos dedicábamos a pasear con los amigos por el pasillo de la escuela, nos escapábamos sin
hacer ruido y nos escondíamos, y de ese modo, nos deshacíamos de él. Cuando salía de su
ensimismamiento y alzaba los ojos, se veía solo. Aunque ciertamente no era muy gentil de
nuestra parte, eso era lo que hacíamos. Y ahora, hablando en sentido figurado, Pablo nos está
llamando a “deshacernos” de nuestra carne; debemos buscar a Dios con tanta avidez, que
nuestra naturaleza pecaminosa y sus deseos se queden rezagados. Y mientras buscamos a
Dios, estamos haciendo morir, al mismo tiempo, las obras o deseos de la carne. De hecho, no
podemos separar lo uno de lo otro.

Cumpliendo con nuestras obligaciones: Habiendo sido libertados del pecado, ya no


estamos obligados a obedecer los deseos de la carne. Los que son guiados por el Espíritu de
Dios son constituidos herederos de Dios y hacen morir las obras de la carne.
Y al igual que los amigos de los que me deshacía, nuestra carne pecadora no estará contenta.
Es por eso que la vida es una batalla continua; la carne está contenta cuando satisfacemos
todos sus caprichos, pero obedecer a Dios supone disciplinar la carne. Cuando buscamos a
Dios, somos guiados por el Espíritu Santo, y demostramos ser hijos de Dios (8:14). Esta vida
nueva en el Espíritu no es como la antigua, porque ya no vivimos en una esclavitud
caracterizada por el temor.
Pablo habla metafóricamente de la adopción para describir nuestra nueva vida, sirviendo a
Dios en su Espíritu. Tanto la esclavitud como la adopción suponen que alguien tome la
decisión de establecer una relación legalmente reconocida, pero la naturaleza de esas
relaciones es radicalmente diferente. En lugar de la esclavitud y el temor que conducen a la
muerte, nos es concedido tener, sin merecerlo, intimidad con nuestro Padre (8:15). La
presencia del Espíritu Santo en nuestro espíritu confirma nuestra condición de hijos adoptivos
(8:16). Observen que aquí aparece la misma distinción entre “espíritu” y “Espíritu” que
encontramos en el versículo 4. Pero esta adopción conlleva mucho más que el hecho de ser
hijos –también somos constituidos herederos de todo lo que Dios tiene para ofrecernos. Y
como herederos de Dios, somos además coherederos con Cristo, su Hijo. Así como Pablo
nos identificó con Cristo en su muerte y resurrección (Romanos 6:3–11), él hace extensiva
esa identificación a nuestros padecimientos con él y a nuestra glorificación con él.
Para poder entender el evangelio, tenemos que entender cuáles son sus obligaciones. La
reconciliación con Dios nos trae paz –pero también nos obliga a apartarnos de las obras de la
carne para dejarnos guiar por el Espíritu de Dios. Eso nos permite disfrutar de nuestro estatus
como hijos adoptivos de Dios. Este estatus no sólo nos hace coherederos con Cristo, sino
también copartícipes de sus padecimientos. Del mismo modo que él fue glorificado por Dios
mediante su resurrección y ascensión, nosotros también podemos desear que llegue el día en
el que nuestra carne y nuestro mundo caídos serán finalmente redimidos. En la próxima
sección, Pablo nos da un avance de lo que nos está reservado.

8:18–30
En esta nueva sección, versículos 8:18–30, Pablo refuerza su argumento anterior sin hacer
ninguna observación nueva. Eso lo hará en el versículo 31. Acaba de hablar en la sección
anterior del deseo que debemos tener de ser glorificados como Cristo, esperando con ansia
el día en el que el poder y las consecuencias del pecado queden anulados, cuando las cosas
vuelvan a ser de la manera en que Dios planeó que fueran. Con mucha frecuencia, somos
propensos a pensar sólo en nosotros sin tener en cuenta el plan más general de Dios. Pablo
conecta ahora la idea de la necesidad que tiene nuestra carne de la redención final, con la idea
más amplia acerca de esa misma necesidad que comparte con nosotros toda la creación.
En el versículo 17, Pablo dijo que como parte de nuestra identificación con Cristo, era
inevitable que padeciéramos con él. Sin embargo, al pensar en lo que Cristo sufrió, podríamos
sentirnos tentados a preguntar si en realidad vale la pena padecer. A fin de cuentas, ¿no sería
mejor acaso servir a la carne? Para echar abajo esta idea, Pablo afirma que nuestra batalla
actual contra nuestra carne pecaminosa no es digna de ser comparada con la gloria que nos
espera. Desde nuestra perspectiva, el sufrimiento parece muy siniestro, y lo es. Pero si
cambiamos nuestra visión miope por una perspectiva de largo alcance, nos daremos cuenta
de lo que nos está reservado –y no tendremos ninguna duda de que lo que sufrimos en esta
vida, a la larga, sí vale la pena.
En aquel día fatídico en el Edén (Génesis 3:1–19), toda la creación se corrompió junto con
Adán y Eva, y hasta hoy, continúa sujeta a la misma futilidad que nos confronta a todos los
seres humanos. Si miramos solo al presente, podría parecer que nada tiene sentido. Pero la
creación fue sometida al pecado en esperanza, con la expectativa de algo más que habría de
venir (Romanos 8:20). En el versículo 21, Pablo nos recuerda que del mismo modo que los
hijos de Dios aguardan la redención de sus cuerpos caídos, toda la creación también aguarda
su restauración al plan de Dios. Si miramos alrededor de nosotros, vemos que la muerte y el
deterioro que experimentamos como consecuencia del pecado afecta a todas las cosas. El
plan de Dios nunca fue que la creación sufriera, como tampoco fue ese su plan con respecto
a nosotros. Los efectos que vemos en nuestra vida y a través del mundo han sido producidos
por el pecado. Por tanto, otro aspecto de la condenación del pecado y de su eliminación es
que también sea erradicado del mundo. De hecho, Pablo dice que la creación gime
aguardando ansiosamente ese día de la redención –quizás más aún que nosotros. En lugar de
quejarnos de nuestros sufrimientos, deberíamos anhelar la gloria venidera (8:22).

Gimiendo por libertad: No son solo los seres humanos los que aguardan ser redimidos de
las consecuencias del pecado. Toda la creación aguarda, gimiendo con expectación.
Pablo pasa del deseo de la creación al nuestro, un deseo de que llegue el día en el que la
batalla con nuestra carne pecadora termine para siempre. En ese día, nuestro hombre interior
redimido tendrá también un cuerpo redimido y glorificado. La morada del Espíritu de Dios
en nosotros es un anticipo de lo que habrá de venir. Deberíamos, pues, gemir también con
expectación y no quejarnos de los sufrimientos que tengan lugar desde ahora hasta la
eternidad.

Gimiendo por libertad: Del mismo modo que la creación aguarda ansiosamente la
redención final, los creyentes también aguardamos la renovación de nuestros cuerpos.
Entonces, la guerra entre nuestra carne que busca el pecado y nuestro hombre interior que
busca a Dios, habrá terminado para siempre.
En ese día, nuestra adopción por parte de Dios será consumada –él restablecerá nuestra
relación a lo que originalmente había planeado que fuera. En el versículo 23, Pablo define
esta adopción consumada como la redención de nuestros cuerpos, un acto que completará el
proceso que comenzó cuando Dios envió a su Hijo para que llevara a cabo nuestra redención
y pudiéramos ser tenidos por justos delante de Dios por medio de la fe. Según dice Pablo,
por el momento, nuestra redención sigue siendo una esperanza, aún no está consumada
(8:24). Por definición, uno de los componentes de la esperanza es el “todavía no”. En el
versículo 25, Pablo vuelve a la relación entre nuestros sufrimientos actuales y nuestra
esperanza futura. Es preciso que, cimentados en la fe, soportemos pacientemente nuestras
pruebas actuales, mientras esperamos ansiosamente esa consumación.
Pablo le dio inicio a esta sección afirmando que la creación también aguarda con ansia la
redención. Y en el versículo 23, él incluye en esta ecuación el elemento copulativo “no
solo…, sino que también…”. Pablo, sin embargo, tiene la intención de introducir un elemento
más –especialmente en vista a los sufrimientos y adversidades a los que nos enfrentamos a
través de nuestra espera, y para ello, regresa a las primicias de la adopción que recibimos: ser
habitados por del Espíritu Santo. Las pruebas y sufrimientos que se derivan del pecado
podrían ser intrascendentes si se contemplan a la luz de la eternidad, pero aun así, pueden
tener efectos devastadores en nuestra vida. El Espíritu de Dios no sólo habita en nosotros,
sino que juega el papel de intercesor. Por tanto, aunque Pablo minimiza nuestros
padecimientos presentes, no ignora los esfuerzos que hacemos para soportarlos y vencerlos.
El Espíritu de Dios que habita en nosotros entra entonces a jugar su papel y guía a nuestro
espíritu. En esos momentos, cuando el desaliento y el dolor son indescriptibles, resulta que
ni siquiera tenemos necesidad de palabras cuando oramos, porque Dios, que escudriña
nuestro corazón, sabe cuál es el sentir de su Espíritu en nosotros, el cual intercede a favor de
nosotros en base a su perfecto conocimiento de la voluntad de Dios (8:27).

Ayuda en nuestra debilidad: Mientras esperamos la consumación de la adopción –la


redención de nuestros cuerpos– no estamos solos en nuestra lucha contra la carne. El Espíritu
de Dios nos ayuda en nuestra debilidad, intercediendo por nosotros.
Aunque Romanos 8:28 es un versículo muy conocido, deberíamos detenernos y examinar los
detalles que contiene. Pablo no dice que todas las cosas cooperan para el bien de todos los
seres humanos; en realidad, él tiene en mente un subconjunto específico de personas, y
describe primeramente a este grupo como “los que aman a Dios”, y luego, vuelve a
caracterizarlos como “los que son llamados conforme a su propósito”. Esta nueva
caracterización precisa la manera en que debemos entender el hecho de que “todas las cosas
cooperan para bien”. No es nuestra definición de lo que parece ser bueno, sino que son los
propósitos de Dios los que determinan qué es bueno. Él nos llama con el propósito específico
que tiene en mente, y nosotros podemos tener la más absoluta confianza de que todas estas
cosas que enfrentamos –incluyendo nuestros sufrimientos actuales– cooperan (operan
conjuntamente) como parte de un plan más amplio que Dios ha trazado. Pablo prosigue
describiendo esta situación con más detalles.
Los versículos 29–30 están llenos de términos teológicamente cargados, pero yo no voy a
tratar de descifrarlos todos. La fraseología que Pablo emplea en griego para presentarlos
indica que a él le interesa más que nosotros comprendamos la intencionalidad del plan
redentor de Dios, que ayudarnos a entender detalladamente cada una de estas etapas. La
redacción en griego es lenta y prolongada, dándonos la posibilidad de pensar en cada tema
nuevo antes que Pablo comente sobre él. La presencia del adverbio “también” en cada una
de las afirmaciones, produce una relación más estrecha entre cada una de ellas, de modo que
nos obliga a añadir la frase nueva a la precedente.
Pablo comienza esta secuencia partiendo de la base de que Dios nos conoció de antemano –
un conocimiento muy parecido al que nos presenta el Salmo 139. A estos individuos a
quienes Dios conoció, él también los predestinó a ser hechos conforme a la imagen de su
Hijo, Jesús. Es posible que nos cause sorpresa saber que ser hechos conforme a la imagen de
Jesús no es para nuestro beneficio: el deseo de Dios es que Jesús sea glorificado como
primogénito de toda creación y mantenga esta posición preeminente sobre la creación. Una
vez más se nos recuerda que aunque Dios nos ama y tiene un plan maravilloso para nuestra
vida, este plan tiene que ver más con él y con su propósito más amplio que con nuestra
felicidad. Cualquier beneficio que obtengamos al ser hechos conforme a la imagen de Dios
está subordinado a su objetivo más amplio de ver que su Hijo es debidamente honrado.
En 8:30, Pablo se apoya en la idea del conocimiento previo de Dios e introduce un tema
nuevo. A aquellos a quienes Dios conoció de antemano, él también los llamó. Y a los que
llamó, también los justificó. Y a los que justificó, también los glorificó. Estas aseveraciones
nos muestran la perspectiva más general del plan de Dios. Pablo ya ha tocado los conceptos
de nuestro llamamiento y de nuestra justificación, y ha explicado el deseo de la gloria de
Jesús por parte de Dios. Su afirmación acerca de la glorificación describe esa redención final,
cuando nuestra carne pecadora será eliminada. En este sentido, 8:29–30 presenta el proceso
completo aunque todavía estemos esperando la última etapa (véase 8:18, 23). La afirmación
de Pablo en el versículo 28 en cuanto a que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan
para bien, está reforzada por medio de la perspectiva más general –el plan de Dios esbozado
en 8:29–30. En la etapa final, la glorificación, todas las cosas serán corregidas, y el anhelo y
el gemido llegarán a su fin.
Los versículos 18–30 refuerzan la afirmación de Pablo en el versículo 17 con respecto a
nuestra condición de herederos de Dios y coherederos con Cristo, aunque a ese honor lo
acompaña la salvedad de que el hecho de sufrir junto con Cristo forma parte de nuestra
glorificación con él, y Pablo argumenta que la gloria que nos aguarda hace que, a la larga,
cualquier sufrimiento que pudiéramos experimentar ahora, valga realmente la pena. La
creación entera anhela la redención final, cuando ella también será hecha nueva. Según dice
Pablo, el plan de Dios a largo plazo es lo que permite que todas las cosas cooperen para
nuestro bien (versículo 28). Eso no implica que el sufrimiento actual termine, sino que
tenemos que confiar en la certeza y la previsión del plan final de Dios para nosotros y para
toda su creación.

8:31–38
En esta sección, Pablo retoma las ideas importantes que presentó en los versículos 16–17, y
que no continuó explicando, para darle paso al tema del sufrimiento en los versículos 17–30.
Ahora entendemos que aunque tengamos que enfrentar sufrimientos y penalidades durante
un breve período de tiempo, todas las cosas serán restauradas como parte del plan más amplio
de Dios. La mayoría de nosotros gozamos de una vida bastante tranquila en comparación con
la de Pablo y los demás cristianos del siglo primero. En 2 Corintios 11:24–28, Pablo hace
una larga lista de los peligros a los que había tenido que enfrentarse. No obstante, él
permaneció confiando en la presencia continua y en la guía de Dios en su vida. En lugar de
considerar estas pruebas como señales de abandono, Pablo las atribuye al hecho de vivir en
una creación caída que espera la redención final. Él hace esta observación en Romanos 8:31–
36.
Su pregunta retórica en el versículo 31 le da paso a la gran idea para esta sección. El
pronombre demostrativo “esto” hace referencia a los sufrimientos aludidos en la sección
precedente. El pronombre interrogativo “¿qué?” apunta a la afirmación de la segunda parte
del versículo. Observen que Pablo no dice que no vamos a enfrentar oposición, más bien,
casi lo da por descontado. La pregunta más importante, sin embargo, es qué va a ocurrirle a
esa oposición puesto que Dios está por nosotros.
Es natural que nos sintamos ansiosos frente a las pruebas, las tribulaciones y la oposición.
Pero a pesar de nuestro temor y ansiedad, tenemos que apoyarnos en lo que sabemos. Dios
está por nosotros. Él nos conoció desde antes de nacer, nos predestinó, nos llamó, nos
justificó y terminará la obra glorificándonos. Su plan más amplio es ver a su Hijo glorificado,
parte de lo cual depende de que nosotros seamos hechos conforme a su imagen (8:29). En
base a estas verdades, ¿por qué Dios habría de abandonarnos? Su plan depende de su
permanencia con nosotros, de su operación para que todas las cosas cooperen para el bien de
los que lo aman (8:28). No podemos, pues, permitir que la oposición que enfrentamos nos
haga dudar u olvidar cuán comprometido está Dios con su plan para nosotros. Pablo aclara
esto muy bien al describir a Dios como “el que no eximió ni a su propio Hijo, sino que lo
entregó por todos nosotros” (8:32).
Pablo enumera una serie de cosas que podrían hacernos sentir temor de perder o ser excluidos
del cuidado protector de Dios. Pero si Dios estuvo dispuesto a dar a su propio Hijo para que
muriera por nosotros, ¿por qué habría de escatimarnos las cosas que necesitamos (8:32)?
Aunque sigamos batallando con la presencia del pecado en nuestra vida, debemos recordar
que tenemos paz para con Dios como resultado de la justificación por medio de la fe (5:1).
¿Quién podría presentar una acusación contra los elegidos de Dios y hacer que fuera
aceptada? Nadie. El acusador no tiene poder para juzgar ni para justificar; sólo Dios posee
esa autoridad (8:33). Eso mismo es válido con respecto a la condenación (8:34). La pena ha
sido pagada; el pecado y la muerte han sido vencidos por medio de la resurrección de Cristo
de entre los muertos. Nada puede deshacer su sacrificio ni reinstaurar la sentencia de muerte
que antes enfrentábamos.

La ansiedad de la separación: ¿Existe algo que pueda separarnos del amor de Dios? Pablo
menciona algunos obstáculos posibles antes de declarar triunfalmente que no existe nada que
pueda separarnos de Dios.
Tribulación, angustia, persecución, hambre, necesidad, peligro: todas esas cosas son
consecuencias naturales de la vida, en un mundo que aún no está totalmente redimido, pero
no guardan ningún tipo de relación con el favor y el amor de Dios para con nosotros.
Independientemente de cuáles sean las circunstancias, y a pesar de cómo podamos sentirnos,
tenemos que apoyarnos firmemente en la verdad de que Dios está con nosotros y por
nosotros. Nada puede separarnos de su amor.
De hecho, en lugar de vencernos o de separarnos del amor de Cristo, las pruebas y la
oposición hacen todo lo contrario. En 8:37, Pablo afirma con toda audacia que el triunfo es
nuestro –que nosotros somos más que vencedores. ¿Cómo es posible? No porque las pruebas
y el sufrimiento vayan a desaparecer a corto plazo, porque no es así ni lo será, más bien, el
argumento de Pablo se basa en la visión más general que nos ofrece Romanos 8. Todas las
cosas cooperan para bien –y no porque podamos evitar el sufrimiento– sino porque Dios hace
que todas las cosas cumplan sus propósitos. Y como nada puede separarnos del amor de Dios,
y nadie puede hacer que prevalezca ninguna acusación contra un elegido de Dios, el corto
plazo no cuenta. Podemos sufrir, pueden encarcelarnos y hasta matarnos, pero Dios, que fue
fiel hasta el punto de enviarnos a su Hijo unigénito, mantendrá su compromiso y terminará
la obra. Las batallas actuales no son representativas de la guerra general. Dios ya venció –es
cuestión simplemente de seguirlo mientras él cumple lo que ha prometido– y hace que todas
las cosas cooperen para bien, según su plan más amplio. Por tanto, cuando se sientan tentados
a preocuparse por su condición delante de Dios, recuerden el panorama general.

Romanos 9
9:1–13
Pablo ha abordado una cantidad enorme de temas en estos ocho capítulos. Desde un punto
de vista retórico, cuando él hace sus diversas observaciones acerca del evangelio, parece que
estuviera aliándose con los gentiles en contra de los judíos. En Romanos 2:17–23, afirma que
la circuncisión y el conocimiento de la ley no eximen a nadie del juicio de Dios. De hecho,
gloriarse de esas cosas mientras se viola la ley constituye una blasfemia contra el nombre de
Dios. En 2:28, Pablo aclara que lo que cuenta es lo interior, no lo exterior. Esto conduce a la
pregunta que aparece en 3:1 en cuanto a si el hecho de ser judío reporta alguna ventaja o
beneficio. Pablo responde que sí, pero no da más que una razón.
Aun así, no toma partido, se limita a corregir algunas malas interpretaciones acerca del
evangelio. Gran parte de su esfuerzo hasta aquí ha estado centrado en los conceptos
equivocados de los judíos con respecto al evangelio. Los judíos están tan sujetos a la ira de
Dios como los paganos descritos en Romanos 1:18–32. La observancia de la ley y la
circuncisión no reemplazan a la fe como la base de la salvación. En 4:1–23, Pablo presenta,
a modo de ejemplo, la experiencia de Abraham, y deja bien en claro que la salvación siempre
ha estado basada en la fe, no en las obras de la ley.
El hecho de que los judíos entendieran el papel que juega la fe no sólo influiría en su modo
de entender la salvación, sino también en su consideración hacia los gentiles y la salvación
de ellos. Si realmente ha sido revelada una justicia de Dios aparte de la ley, y esta justicia se
recibe por medio de la fe, eso lo cambia todo –el papel de la observancia de la ley para los
judíos y también la carga que representa esa observancia para los creyentes gentiles. En
Romanos 3:27, Pablo hace un resumen de las consecuencias de esta justicia recién revelada,
que se alcanza por medio de la fe, y señala que ya no hay lugar para la jactancia ni en la ley
ni en el estatus de un individuo delante de Dios, si ese estatus está basado en el pacto. La fe
en la obra expiatoria de Cristo en la cruz es la única base para la salvación.
Esta percepción de que Pablo está tomando partido es una consecuencia natural de la tarea
que ha venido desarrollando hasta aquí –desmantelar cualquier posible argumento esgrimido
por los judíos para considerarse mejores que los “pecadores gentiles” (véase Gálatas 2:15).
Él quiere que los judíos, tan seguros sí mismos, reconsideren el motivo de su confianza –la
ley– a la luz de esta justicia de Dios que ha sido revelada por medio de la muerte y la
resurrección de Jesús. El argumento de Pablo probablemente sacudiría por completo sus
creencias y los llevaría a cuestionarse muchas cosas que ellos creían ser ciertas.

Romanos 3 vs. Romanos 9: La naturaleza del argumento de Pablo hasta aquí, parece indicar
que él estuviera dirigiéndose primeramente a los judíos, señalándoles ideas erróneas acerca
del evangelio, de la ley y de los gentiles. Casi podría parecer que se hubiera aliado con los
gentiles.
Si alguien estuviera llevando la cuenta, podría parecer que Pablo ha estado jugando en el
bando de los gentiles y que todos los puntos son a favor de ellos. Sin embargo, Pablo ha
centrado su atención en los judíos, no porque esté en contra ellos, sino porque no hace
distinciones. Él está persiguiendo algunos objetivos muy específicos: en primer lugar,
demostrar, sin dejar lugar a duda, que los judíos y los gentiles se hallan en el mismo conflicto
en lo que respecta al pecado, la ira y el juicio; en segundo lugar, explicar que hay un solo
plan para reconciliarnos con Dios, la salvación por medio de la fe. En contra de la creencia
judía popular, no existe ninguna diferencia entre el judío y el gentil; ambos comparten el
mismo problema y la misma solución. Al adentrarse más en el capítulo 9, Pablo da un giro y
comienza a abordar algunas de las implicaciones pendientes acerca de este evangelio de la
“salvación por medio de la fe”.

Romanos 3 vs. Romanos 9: El objetivo principal del argumento de Pablo hasta ahora, ha
sido aclarar algunas ideas erróneas de los judíos con respecto al evangelio. Pablo, sin
embargo, no es antijudío ni es antigentil. Él no ha tomado partido, la postura que ha adoptado
es, más bien, en contra de los errores acerca del evangelio. En la próxima sección comienza
a abordar algunos conceptos equivocados de los gentiles en cuanto al evangelio y sus
implicaciones para el estatus de Israel delante de Dios. Las tornas están a punto de volverse,
y así mismo ocurrirá con las apreciaciones de aquellos por quienes Pablo parece tomar
partido.
Observen de qué manera Pablo caracteriza ahora a los judíos llamándoles “mis hermanos,
mis parientes según la carne, que son israelitas”. Ya no los presenta como posibles blasfemos
del nombre de Dios (2:24) ni como rebeldes cuyas gargantas son sepulcros abiertos (véase
3:10–18). Pablo emplea estas palabras apasionadas para expresar el dolor y la angustia que
siente con respecto a la difícil situación de su pueblo (9:1–2), y procede a citar de inmediato
los privilegios exclusivos que ellos disfrutan. Contrasten la lista en 9:3–5 con la “lista” de un
solo ítem en 3:1, que aparece después de que Pablo exclama, en el versículo 2: ¡Grande, en
todo sentido! El contraste no se debe a un descuido de Pablo, sino a una estrategia retórica
intencionada.
Mientras escribe cada sección, Pablo tiene presente motivaciones y objetivos específicos. En
Romanos 3, él reconoció las ventajas que reporta el hecho de ser judío, pero mencionar esas
ventajas habría sido contraproducente. Su propósito era ayudar a su auditorio judío a entender
que ellos necesitaban el evangelio tanto como los gentiles. En Romanos 9, Pablo se prepara
para abordar el tema problemático de la fidelidad de Dios a las promesas de su pacto. Si en
realidad no existe ninguna distinción entre judíos y gentiles, ¿qué importancia tiene el estatus
de los judíos en base a su pacto con Dios desde una perspectiva general?

Romanos 3 vs. Romanos 9: En respuesta a la pregunta retórica en 3:1 acerca de las ventajas
que tienen los judíos, Pablo menciona solamente una. Aunque da la impresión que va a
mencionar otras, no presenta más que una. Y ahora, en Romanos 9, al referirse a las ideas
erradas de los gentiles acerca del evangelio, Pablo menciona las cosas que los judíos
esperaban escuchar en Romanos 3. Las listas difieren de acuerdo con los propósitos retóricos
de Pablo para cada contexto.
Con la larga lista de ventajas en 9:4–5, Pablo le da a su auditorio la impresión de que él podría
continuar indefinidamente. Sin embargo, en el versículo 6, hace un cambio sombrío en el
curso de su exposición, un cambio que podíamos esperar en base a lo que había declarado en
los versículos 2–3 acerca de la tristeza y del continuo dolor que siente por sus compañeros
israelitas y su deseo de ser él mismo anatema por amor de ellos. Pero, ¿por qué? Bueno,
tenemos que remontarnos a Romanos 4, donde se puso de relieve por primera vez una
cuestión.
Mientras describía cómo le fue imputada la justicia a Abraham en base a su fe, Pablo presentó
la idea de que no todos los descendientes de Abraham participan de la justicia que él obtuvo.
Aunque la promesa de Dios está disponible para todos los descendientes de Abraham, sólo
aquellos que responden en fe reciben su cumplimiento –aun cuando no sean descendientes
físicos (4:13–16). En primer lugar, Pablo presenta y aborda parcialmente la cuestión acerca
del verdadero linaje de Abraham en 4:14, y luego, la retoma aquí en 9:6.

¿Quién es Israel? En Romanos 9:6–8, Pablo replantea esta información de tres maneras,
para aclarar cómo define él al pueblo de Dios, de acuerdo con las promesas que Dios les hizo
a los patriarcas. En los versículos siguientes, Pablo da muchas citas del Antiguo Testamento
para respaldar su afirmación de que no todos los descendientes físicos de Abraham son
miembros de “Israel”, sino los hijos de la promesa.
La afirmación de Pablo en cuanto a que lo que determina quienes son los verdaderos
descendientes de Abraham es la fe y no el linaje, tiene implicaciones significativas, porque
define al pueblo de Dios como algo más que el linaje nacional. Puesto que no todo Israel ha
creído con la fe de Abraham, a juicio de Pablo, toda la nación no puede identificarse con el
pueblo de Dios. Ya vimos esto en 4:14, donde el linaje físico no era el factor determinante
para la obtención de la justicia. Si hubiera sido así, entonces, la fe y las promesas de Dios
habrían quedado anuladas. Pero los que responden en fe, aun cuando no sean descendientes
físicos, son contados como herederos de Abraham conforme a la fe, y son miembros del
pueblo de Dios a causa de su fe, no de la circuncisión ni del linaje nacional.
Pero hay otro aspecto a tener en cuenta –los que son descendientes físicos de Abraham y no
responden al evangelio en fe. ¿De qué manera debemos considerar la fidelidad de Dios al
pacto para estos descendientes que no son creyentes? Ellos son parte de Israel, pero, ¿son
parte del pueblo de Dios? ¿Han fallado de algún modo las promesas de Dios? Pablo hace esta
pregunta en 9:6, para introducir el tema principal para los tres capítulos siguientes. Su
respuesta estriba en la comprensión de la diferencia importante que existe entre la nación de
Israel y el pueblo de Dios.
La respuesta inicial de Pablo replantea los mismos tres puntos del mensaje básico en los
versículos 6–8, para garantizar que todos entiendan su argumento.
• Romanos 9:6b: “Israel” ≠ todo Israel
• Romanos 9:7: hijos de Abraham ≠ todos los descendientes de Abraham (p. ej., Isaac
y no Ismael)
• Romanos 9:8: hijos de Dios ≠ hijos de la carne, más bien hijos de Dios = hijos de la
promesa
La construcción gramatical en griego aquí es difícil de traducir al español con claridad. Cada
una de las afirmaciones presupone la existencia de un Israel, de descendientes de Abraham y
de hijos de Dios. La pregunta es ¿quiénes, exactamente, componen cada grupo? Pablo ofrece
una respuesta con cada afirmación –y estas respuestas no son lo que podríamos pensar. La
clave para entender todo el argumento de Pablo en Romanos 9–11 consiste en adoptar y
retener esta visión sobre Israel.

9:14–29
La pregunta en cuanto a si Dios ha dejado de honrar sus promesas a Israel es la idea principal
para esta sección de Romanos. Para abordarla, Pablo la divide en secciones más pequeñas, y
comienza por definir quiénes componen a Israel. En lugar de responder a la pregunta acerca
de la fidelidad de Dios con un “sí” o un “no”, él la reformula en 9:6b–8 con las tres
identificaciones de Israel –como algo distinto a la descendencia genealógica de Abraham.
Pablo no dice que Dios salva a la nación de Israel, sino a su propio pueblo que ha respondido
en fe. Él opina que nuestra perspectiva sobre la fidelidad de Dios a su pacto cambiará si
realmente entendemos qué es Israel, del mismo modo en que Dios lo entiende. En el resto
del pasaje de 9:9–13, Pablo presenta testimonios del Antiguo Testamento que certifican esos
mismos principios. La historia bíblica muestra constantemente que existieron distinciones en
el linaje patriarcal –Isaac fue escogido en lugar de Ismael, Jacob en lugar de Esaú.
Tenemos la tendencia de ver a Dios desde dos perspectivas. En la primera, podríamos verlo
como el Dios amoroso que estuvo dispuesto a enviar a su único Hijo para que muriera por
nosotros, y con quien podemos tener una relación estrecha e íntima. Su amor hacia nosotros
es verdaderamente insondable, y su conocimiento acerca de nosotros es incomparable. Al fin
y al cabo, él nos creó específicamente para llevar a cabo ciertos propósitos especiales suyos,
y eso implica que somos especiales, ¿no es cierto? Todo esto es verdad, pero no es más que
nuestra perspectiva. El corolario –la perspectiva de Dios– es que él nos creó específicamente
para llevar a cabo ciertos propósitos especiales suyos.

¿Quién levantó a quién? Los planes de Dios son el resultado de decisiones tomadas por
seres humanos y de la prerrogativa divina que tiene Dios de cumplir sus propósitos. Como
Creador, él tiene la autoridad soberana de hacer lo que desee. Por eso, mientras Faraón
decidía con respecto a la liberación de Israel de la esclavitud, la mano de Dios estaba obrando
y mostrando su poder a través de Faraón.
Pablo pone de relieve este punto en el versículo 17 al hacer alusión al endurecimiento del
corazón de Faraón durante el éxodo israelita de Egipto. Nos consuela saber que Dios nos ama
y que tiene planes para nosotros –hasta que sus propósitos se oponen a los nuestros. Dios
levantó a Faraón con el único objetivo de endurecer su corazón –para que el nombre de Dios
fuera proclamado en toda la tierra. Él podría haber usado un sinnúmero de medios para lograr
este resultado, pero decidió, en su soberanía, endurecer el corazón de Faraón. Dios no ejerce
su prerrogativa tras haber consultado con otros. Él ordena las cosas de tal manera que
garanticen la consecución de su plan.
Dios conocía perfectamente a Faraón y lo creó especialmente para que cumpliera sus
propósitos –al igual que hizo con ustedes y conmigo. No obstante, parece injusto que Dios
endureciera a un individuo para llevar a cabo sus propósitos, porque a fin de cuentas, él
también podría endurecerme a mí con la misma facilidad. Pero este es precisamente el
objetivo de Pablo (véase Romanos 11:22). Dios es Dios y nosotros no. En su sabiduría
infinita, sus propósitos e intenciones tienen prioridad sobre los nuestros; eso está fuera de
toda discusión.
Si obviamos la soberanía de Dios para cumplir sus propósitos, el concepto que tenemos de
nosotros mismos podría ser más alto que el que debemos tener. Dios nos ama y tiene un plan
para nuestra vida, pero no ejercemos ningún control sobre ese plan. No podemos olvidar
jamás quién es el que manda (y no somos nosotros). Pablo explica claramente la lección de
que para tener una visión adecuada de Dios, es preciso que mantengamos unidas estas dos
perspectivas. Es una realidad bíblica, aunque no el panorama completo.
A la misma vez, nosotros sí tenemos la posibilidad de responder a Dios sin contradecirlo ni
enfrentarlo. Pablo aborda este tema en otros pasajes de Romanos –cuando Dios revela su ira
contra los que lo rechazan (1:18–21), cuando un individuo juzga a otros (2:1–4), cuando
algunos de Israel rechazan el evangelio (11:14–15). Pablo no permite que pasemos por alto
el papel que juega la responsabilidad humana. Nosotros somos culpables de nuestras
acciones, y más allá del elemento de la soberanía divina, Dios es justo cuando nos hace
responsables de nuestro pecado (6:23).
Pero Pablo plantea una cuestión adicional en 9:19. La mayor parte de los seres humanos
somos propensos a aceptar esa noción general de la justicia cósmica en la que cada uno es
recompensado conforme a sus acciones. Sin embargo, nosotros no tenemos ningún control
sobre los innumerables factores que afectan nuestra vida, tales como las circunstancias en las
que nacemos. Pero Pablo va mucho más allá de esta idea general de decisión soberana, y
habla de una intervención activa y divina por parte de Dios en la vida de un ser humano –
dirigiendo la voluntad de ese individuo con la suya propia. Si Dios toma decisiones que
escapan a mi control, entonces, ¿por qué soy responsable de ellas?

La elección soberana de Dios: Pablo emplea la ilustración del vaso de barro que cuestiona
las decisiones del alfarero con respecto a su diseño para subrayar cuán necio es cuestionar la
prerrogativa de Dios. Del mismo modo que el alfarero tiene autoridad sobre el barro para
hacer lo que estime conveniente, así también Dios nos modela de manera tal que la utilidad
que le rindamos sea la mayor.
En esencia, esta pregunta lógica se elude si le volvemos las tornas al interrogador. Pablo hace
preguntas retóricas en el versículo 19 y responde con otra serie en el versículo 20. Estas
preguntas forman una subsección dentro de 9:14–29. Pablo nos da otra dosis de “soberanía
divina”, para recordarnos que no somos nosotros los que llevamos las riendas. Los propósitos
de Dios reemplazan los nuestros (9:21), pero hay mucho más al respecto.
La situación que Pablo presenta en el versículo 22, que podría parecer hipotética, nos da
realmente una visión somera acerca de la manera en que Dios toma las decisiones, y
presupone que parte de la creación de Dios incurrió en su ira. A partir de Romanos 1–3
sabemos que todos hemos pecado, y eso provocó que la ira de Dios se manifestara en contra
de nuestra rebelión. Dios habría estado enteramente justificado si hubiera ejecutado juicio
sobre nosotros, pero eso no fue lo que él decidió hacer. En vez de eso, él permitió que un
propósito superior –el deseo de hacer notorio su poder– reemplazara una demostración de su
ira. Hacer notorio su poder exigía un grado más alto de paciencia con los “vasos de ira
preparados para destrucción” que acabar con ellos.
Del aplazamiento de este juicio sobre nuestro pecado digno de la ira, ya se hizo mención en
Romanos 3:25–26, donde vimos que Dios, en su paciencia, pasó por alto los pecados que
habíamos cometido anteriormente. Recuerden que pasarlos por alto no es simplemente
ocultarlos –de otro modo Dios no podría ser al mismo tiempo el justo y el que justifica (3:26).
Pablo también alude a ambos temas en 9:22, la demostración de su ira y el hacer notorio su
poder. La ira de Dios sigue siendo un asunto pendiente, pero Dios lo ha aplazado debido a su
deseo de hacer notorio su poder. Observen que ese es el mismo deseo que lo llevó a endurecer
el corazón de Faraón (9:17).
¿Qué fue entonces lo que motivó a Dios a soportar pacientemente vasos de ira como nosotros,
vasos preparados de antemano para destrucción? Pablo dice que fue algo más que su deseo
de demostrar su poder. En 9:23, él afirma que su poder se manifiesta al darles a conocer a
esos vasos las riquezas de su gloria –y observen el cambio en el modo en que los vasos son
descritos. Ya no son vasos de ira y destinados a la destrucción, ahora son vasos de
misericordia que él preparó de antemano para gloria. Esta idea de ser “preparados de
antemano” tiene relación con lo que ya vimos acerca del plan más amplio de Dios y el
concepto de la elección. Y para que no pensemos erróneamente que Pablo tiene en cuenta
sólo a los judíos creyentes, él aclara en 9:24 que el plan de Dios también incluye a los gentiles.
Vemos, pues, de nuevo que no podemos equiparar a la nación de Israel con el pueblo de Dios.
Para Pablo, lo que determina quiénes componen el pueblo de Dios es su respuesta en fe, no
su linaje.

Intercambiando ira por misericordia: Inmediatamente después de afirmar el derecho


divino que asiste a Dios para hacer lo que crea conveniente con la humanidad, Pablo presenta
una situación hipotética que describe lo que Dios hizo realmente. En lugar de dejar que nos
enfrentáramos a la destrucción, soportó pacientemente nuestro pecado y proveyó su propia
justicia para todos los que habrían de creer.
Sabiendo que la inclusión de los gentiles es algo inesperado, Pablo responde con citas de
Oseas, en las que aquellos que no eran llamados pueblo de Dios ni eran amados por él,
experimentan un cambio total en ambos aspectos. El texto original de Oseas se centra en la
restauración de los que se habían apartado. Pero aquí, en Romanos, Pablo añade otro nivel
de restauración –la inclusión de los creyentes gentiles, de los que están fuera de Israel, entre
los hijos del Dios viviente (9:26). Pablo afirma una vez más que no es la nacionalidad lo que
identifica al pueblo de Dios, sino únicamente una respuesta de fe.
En 9:27, Pablo vuelve a restringir el alcance a Israel, y pasa de las analogías de la restauración
de los que se han desviado, al concepto de un remanente preservado dentro de Israel. No
obstante, promueve la noción de un grupo seleccionado intencionadamente de entre un grupo
mayor. Dios pudo haber decidido preservarlos a todos, restaurarlos a todos, pero decide
restaurar sólo al remanente.
Estas citas de Oseas refuerzan la premisa inicial de Pablo de este capítulo –que el verdadero
“Israel” y el Israel étnico no son idénticos. Más bien, el verdadero Israel –el verdadero pueblo
de Dios– está compuesto por un subgrupo de creyentes de la nación además de los gentiles
creyentes. Pablo usó una definición de este mismo tipo en Romanos 4:11–12, para describir
a los verdaderos descendientes de Abraham, y repite estas analogías para explicar que Dios
nunca tuvo la intención de que su pueblo escogido y redimido incluyera a todos los
descendientes de Abraham.
El objetivo principal del apóstol es refutar el concepto de que Israel rechazó el evangelio
porque las promesas que Dios les había hecho habían fallado, de algún modo, y demuestra
que esta forma de pensar constituye una percepción errónea fundamental del plan de Dios
para la salvación, que nunca fue exclusivamente para Israel, ni total ni parcialmente. La
nación de Israel fue, más bien, el medio por el cual las bendiciones de Dios tenían que
trascenderlos a ellos y llegar a todas las naciones. El plan de Dios para la salvación incluye
a toda la creación, no sólo a su pueblo escogido (véase Romanos 8:18–23). El carácter
inclusivo del evangelio tiene implicaciones colosales –no deja lugar para afirmar que la
observancia judía de la ley sea un requisito necesario para creer en el Mesías.
El segundo, y probablemente escandaloso, objetivo de esta sección está contenido en el
primero. Pablo acaba de recordarle a su auditorio judío que el pueblo de Dios incluye a los
gentiles creyentes. Aquí, él afirma de manera explícita que la salvación de Israel nunca
implicó a toda la nación. Las múltiples referencias del Antiguo Testamento a la preservación
de un remanente concuerdan con la descripción que hace Pablo de los propósitos de Dios,
conforme a la elección (9:11). No todos los descendientes físicos de Abraham son elegidos;
los propósitos de Dios determinan quién es endurecido y a quién se le muestra misericordia
(9:16). Pablo aquí no presenta ninguna disculpa. Dios es el que nos creó según sus propios
propósitos y finalidades, y nosotros le debemos toda nuestra existencia, y punto (9:21). La
posición exclusiva de Dios como Creador va acompañada de la prerrogativa divina de llevar
a cabo sus propósitos en su creación. Nuestro papel, como creación suya, es confiar, y no
sentir agrado o repulsión por sus planes.
Pero para impedir que lleguemos a la conclusión de que Dios es caprichoso o manipulador,
Pablo reformula su argumento una vez más: La oferta de salvación por parte de Dios exige
que él soporte pacientemente nuestro pecado y nuestro bien merecido castigo, para demostrar
su ira y poder (9:22). Este plan le permite hacer notorias las riquezas de su gloria para
nosotros –los vasos que él creó de antemano. El curso de la historia humana –desde el primer
pecado, nuestro rechazo de Dios, la vida esclavizada al pecado, etc.– forman parte de su plan
más amplio, no sólo para Israel, sino para todas las personas del mundo (9:25–29).

Romanos 10
9:30–10:13
En esta sección, Pablo repasa conceptos que abordó mucho antes en la Carta –afirmaciones
que parecen contradictorias. En Romanos 2:13–16, Pablo señala que los justos delante de
Dios no son los que oyen la ley sino los que la hacen –aun cuando no la posean. Hagamos
una pausa para examinar esa idea. Pablo no dice que los gentiles, de alguna manera, hayan
alcanzado la justicia de Dios cumpliendo la ley escrita en sus corazones. Más bien, lo que él
dice es que lo que cuenta es la obediencia a la ley y no la posesión de la misma; e incluso,
obedecerla sin poseerla.
Más adelante, en 2:25–29, Pablo hace una observación similar con respecto a la circuncisión,
y dice que la circuncisión del corazón es más importante para Dios que la circuncisión
externa, puesto que un cambio en el corazón es lo que conduce a la obediencia externa. En
tal situación, cabe la posibilidad de que un gentil incircunciso cumpla los requisitos de la ley
y un judío circunciso no lo haga. Podemos imaginar al auditorio de Pablo enloquecido
tratando de asimilar el lenguaje incendiario de estas afirmaciones aparentemente
contradictorias, pero Pablo simplemente está haciendo todo lo que le es posible para lograr
que ellos entiendan que lo más importante para Dios es lo interior (la fe y la obediencia) aun
sin lo exterior (la ley y la circuncisión).
En 3:28–30, Pablo presenta situaciones inversas y afirma que un gentil incircunciso puede
ser justificado por medio de la fe, aun sin las obras de la ley, mientras que un judío circunciso
que fuera tras las obras de la ley sin fe en Cristo, no sería justificado.
Todos estos argumentos ponen patas arriba la opinión tradicional, y cada uno de ellos
demuestra que la fe –y no la observancia de la ley ni la circuncisión– es lo que produce la
justificación y nos hace justos delante de Dios. Estos resultados han llevado al auditorio judío
de Pablo a esta conclusión desconcertante: que los gentiles que no iban tras la justicia, la han
alcanzado por medio de la fe, mientras que la nación de Israel, que iba tras una ley de justicia,
no alcanzó esa justicia, con excepción de Pablo y de otros que sí iban tras ella por medio de
la fe.
Para responder estas preguntas hipotéticas de 9:30–32, Pablo cita de nuevo el Antiguo
Testamento con el fin de explicar que esta idea no es nada nuevo (9:33). El problema de
Israel no es su adhesión a la ley, sino su rechazo del Mesías anunciado, que cumple los
requisitos justos de la ley a favor de ellos (y de nosotros). Su rechazo del don gratuito de la
justicia que Dios les ofrece por medio de la fe pone de manifiesto que la observancia de la
ley no les ha reportado ningún beneficio. Pablo emplea citas del Antiguo Testamento para
presentar a la piedra o roca de Dios, probada, preciosa y digna de confianza (Isaías 28:16)
como una Persona que hace que algunos tropiecen y sean así avergonzados (Isaías 8:14). Los
pasajes de Isaías que Pablo cita demuestran que el quid de la cuestión no es tener ni observar
la ley, sino más bien, aceptar y tener fe en Aquel a quien Dios ha enviado,
independientemente de la relación que tengamos con la ley.
El comienzo de un nuevo capítulo en Romanos 10:1 hace pensar que Pablo ha dado inicio a
una nueva sección; sin embargo, sus palabras en el versículo 1 pueden entenderse mejor como
una expresión emotiva, para que sus lectores sepan cuán apasionadamente él se siente
comprometido con la salvación de Israel, y ofrece una transición entre las cuestiones
temáticas y el respaldo veterotestamentario para esta sección (9:30–33), y su explicación
específica de cómo la nación de Israel ha fallado en lo que los gentiles, que no tienen la ley,
parecen haber triunfado. Pablo expresa en 10:2 su deseo de que Israel sea salvo, afirmando
que tienen celo de Dios, pero entonces, admite que este celo no es conforme a un pleno
conocimiento. Su corazón era sincero, pero dejaban que su mente los gobernara.
Recuerden que en 1:16–17, Pablo presentó el evangelio como el poder de Dios para la
salvación de todo el que cree. El poder de salvación se deriva de la justicia de Dios, la cual
se revela en el evangelio por fe y para fe. En 3:21–22, Pablo vuelve a hacer referencia a esta
justicia de Dios, e indica que ha sido revelada aparte de la ley y atestiguada por el Antiguo
Testamento. Y entonces, hace una nueva presentación de la justicia como el resultado de la
fe en Jesucristo, para todos los que creen. Estas dos afirmaciones dejan bien en claro que la
“justicia de Dios” ha sido la solución tan esperada para el pecado, en el plan más amplio de
Dios, y no un nuevo cambio de dirección. Las predicciones de la ley y de los profetas deberían
haberle bastado a Israel para aceptar al Mesías de Dios.

¿De qué modo andas? En 9:30–10:3, Pablo nos presenta dos cuadros opuestos acerca de la
manera en que la gente procura obtener la justicia. Israel tenía celo por Dios, pero decidió
buscar una justicia propia por medio de la ley. Esto contrasta con la intención de Dios de que
la justicia fuera obtenida por fe, aparte de la ley o de las obras.
Según podemos ver, hubo dos acciones que guiaron a una tercera. Primeramente, en lugar de
aceptar el mensaje del evangelio acerca de la salvación por medio de la fe en Cristo, la nación
de Israel lo ignoró. Segundo, procuraron establecer su propia justicia en lugar de aceptar la
justicia de Dios (10:3). Es decir, se centraron en la ley como la fuente de la justicia en vez de
centrarse en el evangelio. Y tercero, Israel no se sometió a la justicia de Dios –la expresión
usada aquí es equivalente a la que empleó Pablo en 8:7 cuando habló de la mente puesta en
la carne, que “no se sujeta ni puede sujetarse” a la ley de Dios. En 8:20, el mismo término
describe a la creación “sometida” a vanidad por parte de Dios.
Volviendo al tema de la sumisión en 10:3, Pablo alude al fracaso de Israel a la hora de
someterse a la justicia de Dios, como la consecuencia natural de haber actuado al margen del
conocimiento que recibieron, ignorando la justicia que Dios había provisto para ellos. La
decisión de ir tras una justicia propia dio por resultado su reticencia a someterse a la justicia
de Dios. Observen que Pablo describe esa acción no tanto como una desobediencia voluntaria
sino como una decisión desacertada basada en la información de la que disponían.
Pablo reúne toda la información en el versículo 4 –una de las declaraciones más dramáticas
(y más crípticas) de Romanos. Ya hemos conectado la “justicia de Dios” con lo que está
revelado en el evangelio por medio de Cristo (1:17). Aunque esta justicia es aparte de la ley,
es atestiguada por la ley y los profetas (3:21). Pero ahora, Pablo necesita traer a colación los
planteamientos que hizo en 7:7–11 acerca del propósito de la ley. Aun cuando es santa y
justa, la ley sirve para fomentar el conocimiento del pecado, y no proporciona ninguna vía
que conduzca a la justicia (3:19–21). Del mismo modo que la ley aumenta el problema del
pecado, también anticipa la revelación de una justicia agradable a Dios por medio de las
buenas nuevas del Mesías. El Mesías, pues, no abolió la ley, porque la convicción de pecado
a través del testimonio de la ley sigue siendo una necesidad vigente.
Estas ideas fundamentales extraídas del argumento de Pablo hasta aquí nos ayudan a entender
la afirmación que aparece en 10:4. La palabra griega generalmente traducida como “fin” o
“culminación” es tan ambigua en griego como lo es en español. “Fin” puede significar
término o puede hacer referencia a un resultado final o culminación. Para poder comprender
lo que Pablo dice aquí es preciso que tengamos en cuenta las bases que ha sentado hasta
ahora. Su alusión constante a la ley y al papel persistente que ella juega, no deja margen para
pensar que la ley haya sido dejada de lado. Por tanto, lo que Pablo afirma es que Cristo es la
solución que fue anticipada por la ley. Y aquí sí hay lugar para el debate, pero cualquier
proposición ha de tener presente las observaciones que Pablo ha hecho hasta este momento
con respecto a la ley en Romanos.
Pablo hace un largo paréntesis en los versículos 5–13 para reforzar estas observaciones. La
última idea importante de esta sección fue su expresión emotiva en 10:1; el resto del pasaje
no ha hecho más que proporcionar una razón y un telón de fondo para su afirmación. El
material complementario que sigue utiliza de nuevo citas del Antiguo Testamento. Pablo
muestra imágenes contrastantes de la justicia, una está tomada de Levítico 18:5 y la mayor
parte de la otra de Deuteronomio 30:12–14. El pasaje de Levítico presenta a la ley como
necesariamente dependiente de nuestra obediencia a ella.
Para describir la imagen contrastante y polifacética de la justicia por medio de la fe, Pablo se
vale de lo que ella no es (10:6–7). No es inaccesible, y no exige que Cristo tenga que ir y
traerla de algún lugar remoto. Por el contrario, esa justicia está cerca (10:8a), y es
precisamente el mensaje que Pablo ya ha proclamado (10:8b) y que, según él mismo declara,
consta de dos partes: confesar con la boca a Jesús por Señor, y creer en el corazón que Dios
lo resucitó de entre los muertos.

La importancia del evangelio: Pablo destaca dos aspectos claves de la respuesta de una
persona al evangelio. La respuesta interior es creer en el corazón, y el reflejo exterior de esa
fe es confesarla con la boca. Esta respuesta doble proporciona el telón de fondo adecuado
para que los creyentes proclamen el evangelio a los que nunca lo han oído (10:14).
En los versículos 10–13, Pablo explica detalladamente cuáles son las razones para estas dos
etapas, y sugiere así que lo que está haciendo es mucho más que darles ciertas instrucciones
a los que no están familiarizados con esa confesión y con esa creencia. Tanto lo interno como
lo externo juegan un papel en el proceso, pero Pablo, de manera llamativa, deja fuera las
obras y la observancia de la ley. La fe es el factor decisivo para obtener la salvación, y
conduce a la afirmación acerca de la unidad que aparece en el versículo 12 en cuanto a que
no hay distinción entre judío y griego. Pablo declara que esta distinción no fue eliminada,
sino que nunca existió. Y entonces, incluye la cita de Joel 2:32 –“todo” aquel que invoque el
nombre del Señor– para reafirmar el carácter inclusivo del evangelio.
En esta sección, Pablo se ha basado, en gran medida, en ideas que había desarrollado
anteriormente en la carta. Él había declarado que la única justicia que puede cambiar nuestra
condición delante de Dios es ofrecida por medio de la fe a través de Cristo (Romanos 1:17;
3:21–22), y había afirmado que Israel, en su esfuerzo por establecer su propia justicia, ignoró
la justicia de Dios y se resistió a someterse a ella. Puesto que la ley ya había anticipado una
justicia aparte de ella misma, puede decirse que Cristo es el fin de la ley por cuanto él es la
provisión que Dios hizo a través del evangelio. La decisión mal fundada de Israel dio lugar
a la situación descrita en 9:30–32. Pero en vez de criticar con dureza a la nación, como sí lo
hizo en 2:17–24, Pablo adopta aquí un tono mucho más compasivo.

10:14–21
En 10:14, Pablo regresa al tema principal de esta sección, después del paréntesis que hizo en
10:2–13, para presentar un material complementario. La descripción detallada de Pablo
acerca de la respuesta al evangelio prepara el terreno para pedirles a los romanos, de manera
muy concreta, que apoyen su ministerio. Para que alguien acepte el evangelio, tienen que
ocurrir ciertas cosas. En 10:14–15, Pablo repasa estas necesidades valiéndose de una serie de
preguntas retóricas.

La importancia del evangelio: Pablo ha mencionado tres aspectos claves que están
implícitos en la respuesta al evangelio: oír, creer y confesar. En 10:14–15, alude nuevamente
a estos pasos por medio de una serie de preguntas retóricas, para recalcar el papel necesario
que juega la proclamación en el evangelismo. Israel ciertamente ya ha oído, pero en 15:20,
Pablo da a conocer su deseo de proclamar el evangelio donde aún no ha sido oído.
Pablo presenta una serie de acciones necesarias que destacan la necesidad del ministerio en
áreas como España, donde Cristo aún no había sido predicado. El proceso completo
presupone que el evangelio sea oído –lo cual implica que alguien tenga que ir a predicarlo.
Si no se envían mensajeros, no puede haber ninguna respuesta positiva. En el versículo 16,
para subrayar la importancia de los que van y comparten el mensaje, Pablo cita una parte de
Isaías 52:7, donde está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian el evangelio
del bien! La proclamación del evangelio es vital para la expansión de la iglesia.
Después de este pensamiento alentador del anuncio del evangelio, Pablo pasa en el versículo
16, de manera abrupta, a la realidad negativa que está confrontando. No todos los que oyen
el evangelio deciden responder con obediencia. Al final del versículo 16, su cita acerca del
mensaje no oído del profeta, sugiere una consecuencia natural. Para responder con fe es
preciso oír, y para oír es necesario que haya un mensajero. De este modo, Pablo reafirma el
papel decisivo que juegan los que propagan el evangelio.
En el versículo 18, Pablo hace otro cambio abrupto cuando desarrolla la pregunta retórica
que había hecho en el versículo 16. Aunque algunos puedan alegar que ignoran el evangelio,
él explica en los versículos 18–21 que la nación de Israel no puede hacerlo. Este es un aspecto
diferente de lo que Pablo mencionó en 10:2–3, cuando dijo que Israel, como nación, tuvo
acceso al conocimiento de la justicia de Dios por medio del evangelio, pero decidió procurar
su propia justicia.
Pablo presenta el rechazo de la justicia de Dios por parte de Israel como la primera de una
larga cadena de decisiones. Comienza diciendo que Dios había declarado que él usaría a otro
pueblo para provocar a celos a Israel y lograr así que regresara a él (10:19). Luego cita Isaías
65:1, para hacer una observación muy similar a la que había hecho en 9:30 con respecto a los
gentiles que hallaron a Dios, aun cuando no estaban buscándolo (10:20). Las acciones de los
gentiles contrastan claramente con la búsqueda celosa de Israel –en la dirección equivocada
(9:31). Para abordar el último punto, Pablo cita Isaías 65:2 como prueba de que Dios le ha
extendido continuamente su mano a Israel, pero ellos, como nación, han sido desobedientes
y obstinados con respecto al evangelio.

Respondiendo al llamado: Después de definir los pasos implícitos en la respuesta al


evangelio, Pablo pasa a describir los resultados. Desde una perspectiva nacional, Israel sí ha
oído el mensaje, pero los que respondieron fueron los gentiles. En Romanos 11:2–5, Pablo
deja bien en claro que hay un remanente de creyentes, y entre ellos está el propio Pablo.
Pablo afirma que Israel tuvo una oportunidad –había mensajeros y ellos sí recibieron el
mensaje. Pero como nación, Israel decidió rechazarlo. En 9:14–18, Pablo presenta la idea de
que Dios, en su soberanía, puede endurecer a quien él desee, y en la próxima sección va a
discutir este concepto más detalladamente.
Pablo hace una especie de exposición retrospectiva para lograr dos objetivos. En primer
lugar, demuestra que existen todas las condiciones necesarias para que la nación de Israel
oiga y responda al evangelio. Israel no es un grupo no alcanzado de gente; ellos simplemente
no han reconocido las profecías del Antiguo Testamento que anuncian al Mesías. En segundo
lugar, hay una necesidad práctica de misioneros para proclamar el evangelio. Aunque Israel
haya tenido la oportunidad de oír y responder, muchos otros no la han tenido. Pablo todavía
no ha mencionado su intención de seguir viaje a España, pero esta sección ofrece una razón
importante que justifica por qué la iglesia de Roma debe apoyar su viaje.

Romanos 11
11:1–10
En los capítulos 9 y 10, Pablo trata a Israel como una nación, y alude a un remanente dentro
de la nación (9:27), pero las propias referencias que hace al subgrupo de Israel que constituye
el verdadero “Israel” (9:6–7) lo representan de manera colectiva, como un solo grupo
homogéneo. Pablo procura convencer a su auditorio, sin dejar lugar a duda, de que las
decisiones de Israel han afectado drásticamente sus perspectivas de salvación. Sus
argumentos sientan las bases para las observaciones finales que hace con respecto a Israel en
este capítulo –cada aspecto de su argumento ha girado en torno a este punto.
Pero quizás el hecho de referirse a Israel únicamente como un colectivo ha dado por resultado
que caiga en una exageración. En 10:3, cuando Pablo afirma que Israel procuraba establecer
su propia justicia en lugar de la de Dios, la visión que ofrece es demasiado general. Al fin y
al cabo, en Roma también había judíos que, al igual que él, habían abandonado esa búsqueda;
y por lo tanto, algunos miembros individuales de la nación sí habían obtenido la justicia de
Dios por medio de la fe. El objetivo de Pablo hasta aquí ha sido no distraerse con minucias,
sino presentar todos los principios que explican la historia y las expectativas. Y ahora,
después de haber atado todos los cabos, los integra en un plan único, coherente y
escatológico.
Por primera vez en la Carta, Pablo respalda sus afirmaciones con el testimonio de su propia
experiencia. A pesar de describir la falta de respuesta por parte de Israel, él se presenta como
prueba viva de la fidelidad de Dios para con Israel en cuanto a la salvación (11:1). Aunque
rechaza la idea de que Dios se ha vuelto contra su pueblo, hace una salvedad muy importante
–la frase “al cual conoció con anterioridad”– para especificar a quiénes está aludiendo cuando
menciona a “Israel”. En base a lo que sigue –y a los atributos detallados acerca de la identidad
de “Israel” desde el punto de vista de Dios– la frase “al cual conoció con anterioridad”
refuerza la afirmación constante de Pablo de que la redención de Dios para Israel siempre ha
implicado a algo más que a los descendientes físicos de Abraham.

¿Desechados por Dios? Esta pregunta se convierte en la idea importante para el resto del
capítulo. La respuesta de Pablo se basa en su afirmación en 9:6–8 de que no debería
considerarse a Israel como un todo monolítico. Son los miembros creyentes de la nación los
que son tenidos por herederos de la promesa, no simplemente los descendientes físicos de
Abraham.
La pregunta acerca de si Dios ha desechado a Israel –la importante idea para el resto del
capítulo– parece bastante lógica si se tiene en cuenta el modo en que Pablo describe
colectivamente a la nación como obstinada y reticente a someterse a la justicia de Dios. Pero
a la vez, él ha insinuado que este no es el cuadro completo porque hay un remanente o
subgrupo que sí responde al evangelio con fe. Después de aludir a sí mismo como uno de los
fieles en 11:1b, Pablo acude al Antiguo Testamento para darle mayor respaldo a su
aseveración. Sus citas de 1 Reyes 19 también comienzan con un panorama similarmente
sombrío, cuando Elías dice que es el único profeta del Señor que ha quedado. ¡Qué cita tan
elocuente! Del mismo modo que a los lectores de Pablo podría parecerles que Dios había
desechado a su pueblo, así le parecía a Elías que él era el único profeta que había quedado.
En Romanos 11:4, Pablo hace, con suma habilidad, una pregunta retórica para resaltar el
inesperado giro de los acontecimientos –cosas que no son lo que parecen. Así como Dios
preservó un remanente en los días de Elías, él ha escogido también un remanente en los días
de Pablo (11:5). Resulta sumamente significativo observar que esta elección está basada en
la gracia, no en obras (11:5b–6). Si Dios considerara cualquier otro factor aparte de su propia
elección soberana, entonces, la gracia ya no sería gracia.

¿Desechados por Dios? Pablo le añade un elemento modificador importante a su declaración


de que Dios no ha desechado a su pueblo: “al cual conoció con anterioridad”. Una afirmación
así podría ser considerada como una floritura temática, pero Pablo la respalda con ejemplos
del Antiguo Testamento acerca de remanentes de Israel que fueron salvos. Por tanto, el Israel,
“al cual conoció con anterioridad”, debe entenderse como un subconjunto de creyentes dentro
de la nación.
Pablo, pues, revela que la situación es más compleja que como él la había explicado en 10:2–
3. Él no está diciendo que todos los gentiles han respondido ni que todos en Israel no lo han
hecho. Cuando describe lo que entiende acerca del plan de Dios para la nación de Israel,
Pablo pasa de lo general a lo específico.
En Romanos 4:12, Pablo introdujo la idea de que no todos los descendientes de Abraham son
verdaderamente herederos de la promesa que Dios le hizo al patriarca. Es más, los gentiles
incircuncisos que responden con fe, como lo hacen algunos de los descendientes genéticos
de Abraham, también son tenidos por herederos de la promesa. Esta es la primera ocasión en
Romanos donde Pablo presenta explícitamente al pueblo escogido de Dios como un grupo
mezclado de gentiles y un subconjunto de la nación de Israel, todos los cuales han respondido
con fe.
En Romanos 9:6–7, Pablo nos mostró otro cuadro para hacer hincapié en este mismo punto,
pero centrándose más en el remanente de Israel, e hizo tres observaciones que refuerzan lo
que había dicho en 4:12. La comprensión del plan histórico de Dios para la nación de Israel
(y para todos los pueblos) exige que nos percatemos de las distinciones que Dios ha hecho a
través de la Escritura. En lo que respecta a la salvación, Pablo invariablemente presenta a
Israel –tanto en Romanos como en su selección de citas del Antiguo Testamento– como algo
diferente a un bloque homogéneo de seres humanos.
Y finalmente, en 11:7, Pablo le da un giro a su discusión y comienza a hablar del modo en
que se relacionan entre sí la nación y el remanente. Había algunos en Israel que iban tras la
justicia pero fueron endurecidos, mientras que “los escogidos” sí alcanzaron lo que buscaban,
por medio de la fe. Pero, ¿quiénes son los escogidos? Pablo emplea la misma palabra griega
que usó en Romanos 9:11 para describir cómo Dios llevó a cabo la elección –es decir, cómo
eligió a “los hijos de la promesa” y no a todos los descendientes de Abraham (9:8–13). En
8:33, Pablo utiliza una variación de esa palabra cuando pregunta: “¿Quién acusará a los
escogidos de Dios?”. Por tanto, el concepto de los “escogidos” de Dios aparece unido a
referencias hechas a los que han respondido con fe aparte de todo tipo de obras. La pregunta
en 8:33, sin duda alguna, incluiría creyentes gentiles y no sólo judíos, el mismo grupo
mezclado de creyentes al que se hace alusión en 4:12. Pablo ofreció un ejemplo práctico con
respecto a la elección en 9:14–18, aunque no empleó explícitamente ese término. Para ilustrar
los principios que había expuesto, utilizó a modo de ilustración, el levantamiento y
endurecimiento de Faraón por parte de Dios. Pero aquí, presenta la elección como la acción
que Dios realiza, de mostrarles su misericordia y su compasión a los que él escoge.
Pablo también hace mención del “endurecimiento” en 9:18, aunque la palabra griega
empleada en ese versículo es diferente a la que aparece en 11:7. Podemos entender el
endurecimiento de dos maneras. En un sentido, como la imposibilidad que tiene una persona
de cambiar algo que Dios ha hecho, lo cual se pone de manifiesto en la analogía del alfarero
y el vaso en Romanos 9:21. Pero el otro sentido que tiene es el que vemos en la historia del
Éxodo, acerca de un individuo que endurece su propio corazón como consecuencia de su
decisión de no obedecer o someterse a alguna autoridad. Éxodo 8:15, 32; y 9:34 presentan a
Faraón endureciendo su corazón. Todos nosotros hemos hecho eso mismo cada vez que nos
negamos a someternos a la autoridad.
Pero según se describe en Éxodo 10:1, Dios es quien endurece el corazón de Faraón.
Entonces, ¿quién es el responsable? Y yo me siento inclinado a decir que ambos, porque si
Dios no estuviera en cierto modo implicado en el asunto, eso socavaría su control soberano.
Por otra parte, el endurecimiento del corazón de un individuo puede entenderse fácilmente
como la consecuencia de su decisión de negarse a obedecer y someterse a Dios. Hasta que el
corazón llegue a estar contrito y humillado, es natural que permanezca endurecido.
Volviendo a las referencias en Romanos, tanto en un caso como en el otro, el endurecimiento
no hace que la persona rechace la autoridad de Dios. Aquí tenemos algo similar al problema
de la gallina y el huevo. En cualquier caso, Pablo hace una observación importante: lo que
en un plano podría considerarse desobediencia (el rechazo del plan de Dios por parte de un
individuo), en otro plano, es ciertamente obediencia a un propósito más amplio. El apóstol
da dos razones para el endurecimiento: hacer notorio el poder de Dios (9:17, 22) y dar a
conocer las riquezas de su gloria (9:23). Más adelante en este capítulo, Pablo ofrece una
descripción más clara del fin que Dios persiguió con este endurecimiento.

11:11–24
La presente discusión de Pablo acerca de la elección y el endurecimiento proporciona la
descripción más detallada hasta aquí del modo en que él entiende el plan más amplio de Dios.
Después de ofrecer algunas citas de la Escritura en los versículos 8–10 para respaldar su
argumento acerca de la división de Israel en elegidos y endurecidos, retoma otra idea que
había mencionado con anterioridad en la carta: provocar a celos (véase 10:19). El
endurecimiento de una porción de la nación por parte de Dios no es un acto malicioso. La
desobediencia del Israel endurecido abrió el camino para que la salvación llegara a los
gentiles, y de ese modo, provocar a celos a Israel (11:11).

Provocados a celos: La aceptación del evangelio por parte de los gentiles cumple la promesa
que Dios le hizo a Abraham de que todas las naciones serían benditas en su simiente. Pero
Pablo afirma que la respuesta de los gentiles también tiene por objetivo provocar a Israel, y
lograr así que más judíos crean.
Pero, ¿no fue siempre el plan de Dios –por medio de su promesa a Abraham– que la salvación
se extendiera a los gentiles? Sí, pero desde la perspectiva de Pablo, los esfuerzos de Israel
por establecer una justicia propia (10:3) tuvieron un efecto secundario –la exclusión de los
gentiles, lo cual frustró esencialmente el plan original de Dios. Contrario a lo que se esperaba
de la promesa de Abraham –que todas las naciones serían benditas en su simiente (Génesis
12:3) – los descendientes de Abraham no aceptaron el plan divino de la justicia por medio de
la fe (Romanos 9:30–31), salvo un remanente de creyentes. La desobediencia del resto
condujo a un endurecimiento de sus corazones al evangelio (11:7), pero Dios aprovecha la
situación para garantizar la consecución de su plan original de salvación. No sólo es
anunciado el evangelio según había sido planeado inicialmente, sino que Dios usa la
respuesta positiva de los gentiles para provocar a celos a Israel (11:11).
De hecho, la inclusión de los gentiles le ofrece a Israel un incentivo provocador para que
responda del mismo modo que lo hicieron los gentiles. No hay nada perdido ni desperdiciado
–todas las cosas ciertamente cooperan para el bien de los que aman a Dios, los que son
llamados conforme a su propósito (Romanos 8:28).
Como se mencionó cuando analizamos Romanos 9, parecía que Pablo se había puesto del
lado de los gentiles y aguijoneando a los judíos (p. ej., 2:17–24). Si Pablo hubiera tomado
partido en el debate, hasta aquí podría parecer que estuviera apoyando a los gentiles en contra
de los judíos. Pero Romanos 11:13 señala un giro importante con el “cambio de bando” de
Pablo, por así decir. Él, sin embargo, no se inclina a favor de ninguno; sus esfuerzos, más
bien, han estado dirigidos a corregir conceptos equivocados acerca del evangelio. Su enfoque
hasta aquí se ha centrado mayormente en los errores judíos, pero ahora, pasa a abordar
posiciones erradas que los gentiles podrían mantener.

Romanos 3 vs. Romanos 9: En los primeros capítulos de Romanos, Pablo abordó


principalmente conceptos judíos errados acerca de la relación del evangelio con la ley y los
gentiles. Podía parecer incluso que estaba alineándose con los gentiles. Esta situación varió
en 9:1, y otra vez aquí en 11:13, no porque Pablo haya cambiado de bando, sino porque
comienza a abordar conceptos errados de los gentiles con respecto al evangelio y a Israel.
Aunque Pablo se considera un apóstol llamado a ministrar a los gentiles, no alberga ninguna
duda de que ellos tienen que darse cuenta del papel que juegan dentro del plan más general.
Hasta ahora, Pablo ha usado a los gentiles como contrapunto para desmantelar ciertos
argumentos que esgrimían los judíos, para demostrar su superioridad étnica; sin embargo,
esto puede haber tenido un efecto indeseado. Además de humillar un poco a los judíos, es
posible que el argumento de Pablo haya alentado a los gentiles a tener un concepto de sí
mismos más alto que el que debían –al igual que habían hecho los judíos anteriormente. Al
fin y al cabo, si los gentiles podían guardar una ley escrita en sus corazones (2:14–15) y ser
considerados verdaderos descendientes de Abraham en base a la fe y no al linaje (4:12), ¿no
sería esto un motivo para jactarse? Consideren lo siguiente: los judíos tenían la ley y también
el linaje, pero no podían alcanzar la justicia, mientras que los gentiles no tenían ninguna de
esas cosas y aun así, parecían haber agradado a Dios. Pero el endurecimiento de Israel para
darles a los gentiles la oportunidad de responder no significa que estos hayan suplantado a
Israel. De hecho, Pablo afirma lo contrario en el versículo 15. Los gentiles han sido incluidos
junto con el Israel creyente y dependen de Israel.
Pablo usa la analogía de un olivo en 11:17–24 para exponer cómo entiende él esta relación.
Israel es presentado como un olivo cultivado, del que se esperaba cosechar un buen fruto.
Pero algunas de sus ramas fueron desgajadas, y con respecto a eso no hallamos ninguna
explicación hasta que llegamos al versículo 20, donde lo que a Pablo le interesa es dar cabida
a los gentiles y no las implicaciones que tiene la falta de productividad del olivo. Las ramas
nuevas –los gentiles– son injertadas en el olivo. Pablo las caracteriza como ramas de un olivo
silvestre y no como cultivadas, creando así una expectativa diferente en cuanto al fruto que
produzcan, en contraste con el de las ramas cultivadas del olivo.

Injertados: Para ayudar a los gentiles a entender su dependencia de Israel en cuanto al


evangelio, Pablo utiliza la analogía de una rama de un olivo silvestre que es injertado en un
olivo cultivado. Pero ese no es el final de la historia.
La analogía de la rama reafirma la idea de que la rama injertada depende enteramente del
olivo y de sus raíces para nutrirse. En el versículo 18, Pablo prohíbe que los gentiles se jacten
porque, en la analogía, ellos dependen de Israel y no a la inversa. En 11:19, rechaza también
otra posible jactancia. Las ramas cultivadas no fueron desgajadas como resultado de la fe de
los gentiles sino a causa de la incredulidad de una porción de Israel.

Injertados: La próxima porción de la analogía se refiere a la advertencia de Pablo a los


gentiles que han sido injertados, para que no se vuelvan arrogantes porque algunas ramas
fueron desgajadas para darles lugar a ellos.
Este hecho no debería tomarse como una razón para jactarse o para confiar, sino como una
razón para temer. De acuerdo con lo que Pablo señala en el versículo 21, este principio es un
arma de doble filo: si Dios no perdonó a las ramas naturales y cultivadas, él tampoco se
sentirá inclinado a perdonar a las ramas silvestres que fueron injertadas. Teóricamente
hablando, si los gentiles tropiezan, Dios podría desgajarlos con la misma facilidad. La
analogía aquí no se refiere a individuos, sino a Israel en contraposición con los gentiles.
Injertados: Pablo advierte que así como Dios desgajó las ramas naturales para dar cabida a
la rama silvestre de los creyentes gentiles, él puede desgajar con la misma facilidad a la rama
silvestre y volver a injertar la natural.
La amenaza que Pablo hace aquí es bastante aterradora y ha de ser reconciliada con la
enseñanza general de Romanos. Él no insinúa que la salvación individual pueda perderse,
sino que se dedica, más bien, a alentar a los gentiles para que sean humildes en base a la
posibilidad de que Dios no toleraría su incredulidad como tampoco lo hizo con la nación de
Israel. Podríamos citar su admonición en 1 Corintios 10:12: “Por tanto, el que cree que está
firme, tenga cuidado, no sea que caiga”. ¿A qué se refiere Pablo cuando usa el verbo “caer”
o la frase “tampoco a ti te perdonará”? Ninguno de los dos textos resulta claro, y ambos
ofrecen un incentivo enorme para no desear enterarnos. Mi papá solía ofrecerme un incentivo
similar diciéndome que me portara bien “o de lo contrario…”. O de lo contrario, ¿qué?
Bueno, en unas pocas y memorables ocasiones en las que me aventuré a ir demasiado lejos,
me enteré por las malas que ese “de lo contrario” no era una buena opción. Pablo usa el
mismo tipo de amenaza retórica para eliminar cualquier base que pudieran tener los gentiles
para jactarse. De esta manera, hace hincapié en que la fe humilde es la respuesta apropiada.
La analogía del olivo nos lleva al resumen que hace Pablo en el versículo 22 y al contraste
acerca de la actitud de Dios que aparece en él. La analogía da testimonio de la gran bondad
de Dios al injertar a los creyentes, incluso a los que por naturaleza son silvestres y nunca
fueron cultivados. Y a la vez, da testimonio de su ira al desgajar a su pueblo escogido, a quien
había cultivado y preservado a través de los siglos, a menos que se vuelvan de su incredulidad
y obedezcan (11:23). Pero aun los que fueron injertados también podrían ser cortados (11:22)
porque no hay distinción entre judío y gentil. La salvación está basada en la gracia por medio
de la fe, por tanto, ambos tienen la misma posibilidad de ser (o volver a ser) injertados o de
ser cortados (11:24). El argumento de Pablo podría entenderse mejor como una amenaza
retórica, una amenaza que no podemos ignorar. Otra vez, Pablo presenta a Israel como una
nación completa, no como una porción de incrédulos y un remanente de creyentes. Puesto
que la rama fue cortada a causa de su incredulidad, podemos confiar en que el remanente de
creyentes no ha sido cortado. Aun cuando esta analogía ofrece más matices de la distinción
entre el Israel creyente y el incrédulo, Pablo también trata a los gentiles como un grupo
completo de personas –como si todos respondieran obedientemente al don gratuito de Dios.
Pablo no aborda cada detalle de manera explícita en cada pasaje, sino que se limita a presentar
ilustraciones que han de ser reconciliadas y combinadas con lo que había discutido
anteriormente. La salvación es por gracia mediante la fe; siempre ha sido así y siempre lo
será. A pesar de la perspectiva nacional o étnica que adopta la analogía del injerto (es decir,
como judío y gentil), los gentiles no son un grupo más homogéneo que Israel –y es por eso
que Pablo plantea la posibilidad de que la rama silvestre sea cortada de nuevo. Él no está
hablando acerca de la pérdida de la salvación de un individuo, sino de los medios nacionales
y étnicos que Dios usa para llevar a cabo su grandioso plan de salvación para toda la
humanidad.
Pablo quiere que ambos grupos entiendan cuál es su motivación para dirigirse a los gentiles.
Según afirma en 11:13–14, esa motivación es provocar a celos a Israel con la esperanza de
que ellos también respondan al evangelio. Esta es la idea importante de esta sección; la mayor
parte del resto del pasaje no es más que detalles y respaldo.
11:25–36
En la última sección del capítulo 11, Pablo ofrece una conclusión sincera que comenzó en
9:1 con su apasionada expresión de interés por la salvación de su pueblo y su escalofriante
afirmación acerca de la posible falla de la Palabra de Dios (9:6). Desde un punto de vista
estructural, estos versículos finales refuerzan y apoyan las ideas importantes de la sección
anterior. La última de ellas se hallaba en 11:22, donde Pablo yuxtapuso la bondad y la
severidad de Dios. La discusión acerca de cortar y de injertar explica el plan general de Dios
para la salvación de la humanidad, según lo prometido a Abraham. Pero, ¿cómo puede
cumplirse este plan si Israel, como nación, no ha respondido obedientemente con fe? Y ahora,
tras haber expuesto todos los antecedentes, Pablo puede resumir el plan de Dios para Israel
y para el mundo.
Él comienza en 11:25 con este llamado de atención: “no quiero que ignoréis”, para que
enfoquemos nuestros ojos en el “misterio” que sigue. Una vez más, trata de impedir que los
gentiles sean sabios en su propia opinión. Su discusión acerca del endurecimiento de Faraón
(9:14–18), de la prerrogativa divina para la elección (9:19–24) y sus múltiples referencias a
una porción o remanente de Israel que está siendo salvo, culminan ahora en la declaración
que hace en 11:25–26. Alude también a la aceptación del evangelio por parte de los gentiles,
lo cual provoca a celos a Israel (10:19; 11:11, 13). Si omitimos la información general que
Pablo ha presentado hasta aquí, inevitablemente no comprenderemos las afirmaciones que él
hace en estos versículos –como les ha sucedido a muchos antes de nosotros.
Pablo hace que resulte bastante fácil de entender la inclusión de los gentiles, al igual que el
endurecimiento parcial de Israel por cuanto no todo Israel es “Israel” (9:6–7). Los que se
niegan a someterse a la justicia de Dios revelada en Jesucristo (10:3) –sean judíos o gentiles–
enfrentan el mismo endurecimiento de corazón de los que se negaron a aceptar la revelación
descrita en 1:18–22. Existe, sin embargo, una razón para tener esperanza basada en la
perspectiva de que los celos que Pablo provoca hagan que algunos judíos se vuelvan y se
arrepientan.
Algunos que han leído el versículo 26 tratan la definición repetida de Pablo acerca del
verdadero Israel –los que han respondido con fe en Cristo– como algo carente de importancia
o inexistente. Pablo comienza esta sección de la Carta reiterando de tres maneras (9:6–8) lo
que ya había dicho con anterioridad (4:12), y emplea en 11:26 una señal explícita para hacer
el resumen (traducida “y así/tal como”), pero algunos aún consideran que lo que dice este
versículo significa que la nación entera de Israel será salva. Hay demasiadas variaciones que
podrían analizarse aquí, pero cualquier interpretación de este versículo ha de tener en cuenta
la nueva definición de Pablo acerca del verdadero Israel como un grupo basado en la fe y no
en la identidad étnica o nacional. Tenemos que reconciliar las afirmaciones que Pablo hace
con sus argumentos fundamentales anteriores. Si tomamos este versículo fuera de contexto –
leyéndolo sin hacer referencia al argumento que Pablo cuidadosamente ha elaborado– las
interpretaciones a las que llegaremos serán sin duda fallidas.
En 11:25–26, Pablo hace una síntesis de las conclusiones que se derivan de su argumento
anterior. No plantea nada nuevo, pero sí apoya su afirmación acerca del misterio que acaba
de revelar con otra cita del Antiguo Testamento, la cual refuerza la noción de que el plan
divino de perdón y restauración se realiza a través del Mesías de Israel, tal y como Dios le
había prometido a Abraham que todas las naciones serían bendecidas por medio de él
(Génesis 12:3). Este libertador también hace que las personas abandonen su pecado.
Finalmente, en el versículo 28, Pablo hace un resumen de la situación de Israel y del
evangelio. Contempla de nuevo a Israel en forma colectiva y presenta a la mayoría endurecida
como representativa de la nación, sin hacer referencia a un remanente de creyentes. La frase
“en cuanto al evangelio” revela la base de su analogía; la descripción de Israel como
enemigos puede tomarse al menos de dos maneras. En primer lugar, su oposición
desobediente al evangelio abrió el camino para que los gentiles fueran injertados, lo cual, a
su vez, provocó a Israel a celos (11:11–15). Pero el término “enemigos” tiene también un
sentido práctico. A fin de cuentas, ¿quiénes se oponen a Pablo en Hechos cuando predica el
evangelio? Del mismo modo que había ocurrido con él cuando perseguía a los creyentes
siendo un fariseo, el endurecido Israel probablemente consideraba la oposición al evangelio
como un servicio a Dios. La afirmación de Pablo, por tanto, es una advertencia a los creyentes
para que esperen una oposición constante. Pero si los gentiles se sienten tentados a ver al
incrédulo Israel como “enemigos del evangelio” –como Pablo parece sugerir– esto no
representa más que la mitad de un cuadro muy complejo.

Evangelio vs. promesas: Pablo dedicó una buena porción de la primera parte de su carta a
los Romanos a cambiar nociones judías acerca de los gentiles con relación al evangelio. En
Romanos 9–11, el propósito de Pablo es cambiar conceptos errados acerca de los judíos; y
en este resumen final, explica que aun cuando los judíos puedan resistirse a la proclamación
del evangelio, ellos no son enemigos. Esta idea no es más que una perspectiva humana.
Lo que le falta al concepto de los creyentes es la perspectiva de Dios en este asunto. Aunque
los de Israel parezcan ser enemigos del evangelio desde un punto de vista humano, la opinión
de Dios no ha cambiado. En lo tocante a su elección divina y a las promesas que han recibido,
Israel continúa siendo amado por Dios.

Evangelio vs. promesas: Independientemente de la postura endurecida de Israel hacia el


evangelio, desde la perspectiva de Dios, ellos son amados. Israel es su pueblo escogido a
través del cual todas las naciones son bendecidas. Su endurecimiento hacia el evangelio no
ha cambiado el amor que Dios siente por ellos ni ha invalidado las promesas que les hizo.
Aquí, Pablo nos presenta un cuadro provocador acerca de cómo opera la gracia en la elección.
Aunque podríamos sentirnos inclinados a condenar a Israel por su incredulidad al esforzarse
por conseguir una justicia propia, ceder a esa inclinación sería ir en contra de todo lo que
Pablo ha escrito acerca de la elección por gracia. La segunda parte del versículo 28 evalúa de
nuevo a Israel sobre la base del llamamiento o elección de Dios. Él escogió a Israel por gracia
–no por obras ni atendiendo a cualquier otro criterio. La preservación continua de un
remanente de creyentes ofrece una prueba irrefutable del amor constante de Dios por la
nación, un amor dispuesto a provocar a los endurecidos para que respondan.
Dios ciertamente ha escogido a Israel y desde el llamamiento de Abraham en Génesis 12, ha
mantenido con ellos una relación especial signada por un pacto. Pero si en realidad son el
pueblo elegido de Dios, a través del cual todas las naciones serían bendecidas, ¿qué supone
exactamente esa elección? ¿Garantiza acaso un acceso exclusivo a Dios para todos los
descendientes físicos de Abraham? De acuerdo con lo que Pablo explicó, comenzando en
4:12, la elección de Israel nunca excluyó a otros de la participación en las promesas de Dios
–todo lo contrario. Israel recibió una revelación especial acerca de Dios y de su plan de
salvación para que esta nación sirviera de luz a todas las demás naciones. Israel fue el primero
que recibió la revelación, pero Pablo deja bien en claro que la intención siempre fue que esa
revelación se difundiera por todo el mundo a través de ellos (véase 4:16–17).
Pablo explica, entonces, un segundo aspecto que tiene esta elección incluyente –no
excluyente– la cual es un privilegio y una responsabilidad en vez de un derecho. Hasta este
momento, Pablo se ha referido en su Carta a los medios divinos de salvación para todos, no
a la responsabilidad de Israel de ser el vehículo escogido por Dios para bendecir a todas las
naciones. Alude también a la responsabilidad más amplia que tiene ocasionalmente (p. ej.,
3:2; 4:16), pero en Romanos 11 la coloca en primer plano. Como nación, Israel fue elegido
por Dios con el propósito de transmitir lo que había recibido. Sin embargo, no cumplió con
esta responsabilidad y eso hizo que Dios desgajara a algunos de ellos e injertara a los gentiles
creyentes en su lugar. Su plan para los seres humanos siempre ha sido salvar a judíos y a
gentiles por igual, pero la obstinación de la nación escogida precisó de un cambio para que
este plan fructificara (9:30–31): que todas las naciones sean bendecidas, y el remanente
elegido de Israel sea salvo. No obstante, los compatriotas de Pablo que no le hicieron caso al
llamamiento del evangelio sufrirán una gran angustia (10:1–3).
En 11:28–32, Pablo aborda más específicamente la afirmación con la que le dio inicio a su
argumento en 9:6: “No es que la palabra de Dios haya fallado”. Dios ama a Israel y sigue
concediéndoles su gracia constante aun cuando parezcan ser enemigos del evangelio. Él
continúa aplazando su juicio y desea que Israel se arrepienta, como se pone de manifiesto en
la manera en que se vale de los gentiles para provocarlos a celos (9:22–24). La fidelidad de
Dios a la promesa que le hizo a Abraham –a pesar de la respuesta desobediente de Israel–
atestigua que sus dones y su llamamiento son irrevocables (11:29). A los gentiles que
pudieran oponerse a la misericordia continua de Dios para con Israel, Pablo les lanza un
desafío en los versículos 30–31, cuando afirma que “también estos (Israel) han sido
desobedientes”.
En 11:32, Pablo resume todo su argumento, recordando la ira de Dios revelada contra los
seres humanos por cuanto todos han pecado y aguardan el juicio (1:18; 3:9, 19). Pero Dios
llevó a cabo su plan de gracia y misericordia (3:21–24) al mismo tiempo que aplazaba su
juicio (9:22–23). El judío y el gentil por igual fueron “encerrados en desobediencia” para que
tanto el uno como el otro pudieran participar de la provisión divina de misericordia y perdón
por medio de Jesucristo.
¿Qué más puede decir Pablo acerca del plan de Dios para su creación –plan aterrador y a la
vez asombroso? La doxología que Pablo ofrece en 11:33–36 representa su mejor esfuerzo
para describir con palabras su respuesta. Todo es profundo e inescrutable, y está más allá de
su capacidad de comprensión. Del mismo modo que lo explicó en 9:31, valiéndose de la
analogía del alfarero y el vaso de barro, en 11:34–35 Pablo proclama la soberanía absoluta
de Dios para cumplir sus propósitos como crea conveniente. Nadie tiene ninguna razón para
cuestionarlo; la única respuesta apropiada es inclinarnos en adoración humilde y proclamar
que a él sea la gloria para siempre. ¡Amén!

Introducción a los capítulos 12–16


En Romanos 12, resulta atractivo ver cómo Pablo deja la enseñanza doctrinal y pasa a enseñar
sobre asuntos prácticos; pero si leyéramos a Pablo de esa manera, perderíamos de vista por
completo su comprensión del evangelio. La exposición de Pablo acerca del evangelio en los
capítulos anteriores no se proponía solamente afectar nuestra forma de pensar –tenía que
afectar también nuestra conducta. Debemos estar prestos a responder a todas las cosas que
Dios ha hecho en el ámbito espiritual e invisible para redimirnos de la esclavitud al pecado.
En los primeros once capítulos, Pablo no se limita a presentar información teológica ni
doctrinas para debatir; él hace un llamado a la acción, y alega que si realmente hemos
entendido el evangelio y el plan de Dios para ver a la humanidad (y finalmente a toda la
creación) redimida del poder del pecado, entonces, debemos responder de la manera
apropiada siguiendo su exhortación.
Para decirlo de otro modo, nuestra respuesta apática o desobediente a Dios se deriva de
nuestra incapacidad para comprender –y recordar– todo lo que él ha hecho. Pablo no sólo
procura corregir conceptos equivocados con respecto al evangelio, sino también conductas
incorrectas en la iglesia. A diferencia de lo que podríamos inferir de su carta, es poco lo que
sabemos acerca de las circunstancias específicas de la iglesia en Roma. Según parece, había
cierta disensión basada en la distinción que él hace entre judíos y gentiles, y aparentemente
algunos ejercían libertades en Cristo que iban en detrimento de sus compañeros creyentes.
Pablo no ofrece como única solución un cambio de conducta. En lugar de eso, él busca la
causa originaria de ese comportamiento –el corazón, del que brotan todas las formas de
conducta (Lucas 6:45).
Si yo tuviera un concepto errado de mí mismo o de alguna otra persona de mi entorno –sea
orgulloso, algo negativo, o lo que fuera– este concepto inevitablemente afectará mi conducta.
En un período de mucho estrés a causa de problemas médicos en mi familia, un amigo me
recomendó encarecidamente que viera a un consejero bíblico. Durante el proceso, el
consejero me desafió a reconsiderar lo que yo entendía de las cartas del Nuevo Testamento.
La conducta correcta comienza con una manera de pensar correcta. En mi situación personal,
mis reacciones pecaminosas ante el estrés se derivaban de ideas equivocadas –ideas acerca
de quién soy yo en Cristo, ideas acerca de Dios y del modo en que yo entiendo su amor para
conmigo, y además, mi idea acerca de la situación. Yogi Berra no estaba muy despistado
cuando dijo que el 90 por ciento del juego depende de la mente. Tratar de cambiar nuestra
conducta sin abordar las cuestiones esenciales acerca de nuestros pensamientos y actitudes
no producirá jamás ningún cambio duradero.
Para ser honesto, yo nunca le había atribuido mucha utilidad a la consejería. Pero mientras
comparaba las recomendaciones de mi consejero con la Escritura, descubrí una pauta a seguir
que hasta ese momento había pasado por alto. Anteriormente, me había limitado a echarles
sólo un vistazo a pasajes que consideraba que no eran más que floreo literario (p. ej., Efesios
1 o las introducciones de las demás cartas de Pablo) en mi prisa por llegar al alimento sólido.
Pero estaba equivocado. Estos textos han de ser leídos con el fin de corregir nuestros falsos
conceptos acerca de nosotros mismos, de Dios y del mundo.
Para usar la expresión de Pablo en Romanos 12:2, estos textos son un ingrediente clave dado
por Dios (aunque ignorado) que impiden que me adapte a este mundo. Estos textos son las
palabras claves que han de transformarme mediante la renovación de mi mente. Pensar de
manera errada conduce a una conducta errada. El verdadero cambio exige que profundicemos
hasta llegar al problema medular. Sí, tengo una inclinación carnal hacia el pecado, pero lo
que resulta afectado de forma más significativa es mi corazón/mente, esa parte de mí donde
habita el Espíritu de Dios.
Dios no se conforma con una obediencia exterior, él quiere nuestro corazón, nuestra mente y
nuestra alma. Lamentablemente, este tipo de cambio radical es un proceso y no un
acontecimiento. Tenemos que erradicar constantemente las ideas, los valores y los conceptos
equivocados que nos alejan de él. ¿Cómo lo logramos? La Escritura nos dice en reiteradas
ocasiones que todo comienza en nuestro corazón y en nuestra mente. Tenemos, pues, que
meditar en su Palabra de día y de noche, pero su Palabra no consiste sólo de mandamientos
y exhortaciones. El consejo total de Dios incluye lo que yo había tratado erróneamente como
un simple material de floreo. Estas imágenes y metáforas ofrecen un acceso tangible a lo
intangible. Deben, pues, afectar mi manera de pensar acerca de quién soy yo en Cristo como
una nueva criatura (2 Corintios 5:17). Si los ignoro, estoy renunciando a una porción
importante de la propia revelación de Dios, una parte clave para renovar y transformar mi
mente.
Romanos 1–8 o 1–11 no trata acerca de la doctrina correcta, sino acerca de la manera de
pensar correcta, que es la clave para la conducta correcta –el discipulado obediente. Es más,
el proceso mismo del discipulado implica el intercambio de los deseos de la carne por el fruto
del Espíritu (Gálatas 5:16–26). Por supuesto, la doctrina correcta es importante, pero si
leemos estos capítulos con la intención de defender nuestras posiciones doctrinales –sin
permitir que el texto renueve nuestra mente– eso nos conducirá a la misma justicia vacía que
Pablo condena en estos capítulos.
Una última idea: En Romanos 3:21–22, Pablo ofrece una razón más que debe incentivar
nuestra pasión por una transformación cognoscitiva en el tira y afloja entre las respuestas
obedientes a Dios y las respuestas a los impulsos de la carne. Si recordamos la vergüenza y
el vacío de nuestra vida antigua sujeta al pecado, nos sentimos mucho más inclinados a
perseverar en nuestra recién adquirida libertad de la esclavitud, produciendo el tipo de fruto
que Dios siempre había deseado que produjéramos. Por tanto, aunque existe un cambio
perceptible en los siguientes capítulos, no podemos entender ni actuar en conformidad con
una cosa sin haber sido afectados por la otra. Aquí termina mi despotricado. No cometan el
mismo error que yo cometí por tantos años.
Romanos 12
12:1–8
No podemos sobreestimar el impacto que nuestra perspectiva y nuestra percepción ejercen
sobre nuestra conducta. Hablamos de los malentendidos y de las secuelas negativas que ellas
generan, y nos esforzamos por restaurar lo que se destruyó. Pero si damos un paso atrás y
pensamos acerca de ello de una manera un poco más abstracta, esos malentendidos se deben
a la incapacidad de una o de más personas para entenderse mutuamente. Los errores en la
comunicación y los malentendidos pueden perjudicar las relaciones humanas, y eso mismo
ocurre con nuestra relación con Dios. ¿Cuál es la gran diferencia? Que con Dios, nosotros
sabemos que cualquier malentendido es de nuestra parte, en base a nuestra incapacidad para
entender a Dios u obrar adecuadamente conforme a ese entendimiento.
Entonces, ¿de qué manera podemos evitar el error de pensar equivocadamente? Somos
pecadores, y eso hace que comencemos con una gran desventaja. El pecado afectó cada parte
de nuestro ser por cuanto estábamos esclavizados a él, del mismo modo que afectó también
a toda la creación (Romanos 8:20–23). Podríamos llegar a decir que el pecado nos ha lavado
el cerebro. Por tanto, mientras los creyentes aguardamos la redención completa de nuestros
cuerpos en el día postrero, estamos sometidos a un proceso transformador de santificación
por medio del discipulado. Entendido de esta manera, la función del discipulado no consiste
simplemente en producir en nosotros un cambio de conducta o en hacernos aprender algunas
lecciones –exige una transformación cognoscitiva total.
Como ya hemos dicho, uno de los objetivos de Pablo en los 11 capítulos anteriores ha sido
corregir conceptos errados –no sólo para que pensemos u opinemos de la forma correcta, sino
para transformar por completo nuestra manera de pensar. Una vez que reconocemos que
todos hemos pecado y que estamos sujetos a condenación, judíos y gentiles por igual; que
ahora tenemos paz con Dios, y que Dios está preparando, de manera soberana, su tan esperada
redención del mundo, la única respuesta razonable que podemos dar es ofrecernos en servicio
a él como un sacrificio vivo.
Nosotros podemos ofrecernos, pero sólo Dios puede renovar nuestras mentes y catalizar esa
transformación drástica en nosotros. Para ello, él tiene que desmantelar nuestra forma
incorrecta de pensar y construir patrones de pensamiento nuevos y correctos. El Espíritu
Santo que habita en nosotros nos da poder para que hagamos morir las obras de la carne y
para que seamos instrumentos de justicia para Dios (Romanos 8:13; 6:13).

Transformados, no adaptados: Pablo usa la metáfora de la transformación para describir el


proceso del discipulado. Ahora que hemos sido libertados de la esclavitud al pecado, no
podemos seguir adaptándonos a los patrones del mundo. La misma Palabra que trajo el
mensaje transformador del evangelio continuará esa transformación hasta la renovación de
nuestras mentes.
La dirección del Espíritu en nuestro corazón y en nuestra mente opera conjuntamente con la
revelación transformadora de Dios para nosotros, y cambia las ideas erradas que causaron
una conducta equivocada originalmente. En Romanos 12:2, Pablo explica que el hecho de
permitir que Dios y su Espíritu realicen esta obra transformadora en nuestra vida produce en
nosotros una capacidad creciente para discernir y verificar cuál es la voluntad de Dios.
Según se dijo con anterioridad, Pablo carecía de toda relación personal con la iglesia de
Roma, y eso fue probablemente lo que hizo que los corrigiera con más suavidad, como vemos
de nuevo en 12:1–2, donde él los insta y los exhorta a presentarse a Dios, en lugar de
ordenarles de manera más directa: “¡Preséntense a Dios!”. Pablo no los insta de esta manera
sobre la base de su autoridad como apóstol, sino sobre la base de las misericordias de Dios,
dejando bien claro que la adoración y la obediencia constituyen la única respuesta aceptable.
Estos mandatos podrían haber sido mucho más directos, como los de Gálatas 1:8–9, pero
Pablo cambia su forma de comunicarse de acuerdo con la naturaleza y la situación de cada
iglesia: franco y directo en Gálatas, atenuado y menos directo aquí en Romanos.
Continúa en este tono en 12:3, pasando a su próxima exhortación. Pablo apela a la gracia que
le ha sido dada como la base para la humidad. La clave para mantener esta perspectiva
adecuada consiste en pensar con sensatez, según la medida de fe que Dios ha otorgado. Pablo
utiliza la analogía del cuerpo humano para aclarar lo que quiere decir: Del mismo modo que
las distintas partes de nuestro cuerpo cumplen propósitos diferentes, así también ocurre con
el cuerpo de Cristo –los miembros de la iglesia.
Seamos honestos: hay ciertas áreas de nuestro ministerio en la iglesia que parecen ser más
atractivas que otras, en dependencia de nuestra personalidad y de los dones que tengamos.
Por consiguiente, podríamos inclinarnos a pensar que esos roles más emocionantes son
mejores que otros. La comparación, sin embargo, hace germinar la envidia –y Dios no nos
hizo para que todos fuéramos iguales. En algunos casos, los que desempeñan esos roles
sofisticados se tienen en alta estima y fomentan la idea de que lo que hacen es de suma
importancia. Esto produce envidia y resentimiento en otras personas que sienten que sus
dones o ministerios no alcanzan el mismo nivel de reconocimiento. Eso también podría
ocasionar que devaluaran sus propios dones –precisamente los que Dios les confió para el
servicio de la iglesia. En ese caso, en lugar de un cuerpo saludable que opera sin problemas,
conforme a lo que Dios planeó, algunos miembros estarían tratando de ser algo que no están
destinados a ser, y con ello, obrarían unos contra otros.

El pensamiento es lo que cuenta: Dios nos ha dado a todos dones exclusivos, pero si
comenzamos a comparar nuestros dones con los de otros, podríamos distraernos con
facilidad. Las comparaciones pueden hacernos pensar más alto de nosotros mismos –o más
bajo– que lo que deberíamos pensar. Y por último, a algunos les podría parecer que no tienen
nada que ofrecer por cuanto carecen de un determinado don.
La clave para impedir este tipo de disfunción es encomiar la importancia de cada rol –sea
este obvio u oculto. Pablo nos recuerda que cada uno de los miembros es necesario. Si
algunos de ellos, por pocos que sean, no cumplen su parte, el cuerpo comienza a funcionar
mal. Observen que este tipo de distinción no está motivado tanto por la conducta como sí lo
está por nuestra manera de pensar. Y esto hace referencia a esa misma renovación de nuestras
mentes –para no seguir adaptándonos a los patrones de este mundo. La alusión de Pablo en
12:6 a los distintos dones que los creyentes han recibido conforme a la gracia, no tiene por
objetivo señalar que existan grados de gracia, sino que la administración de la misma es
soberana. Así como el alfarero puede moldear el barro como cree conveniente (9:21), de ese
mismo modo, Dios también puede distribuir sus dones entre su pueblo.

El pensamiento es lo que cuenta: Dios nos ha dado a todos dones exclusivos que se apoyan
y complementan entre sí a favor de la iglesia. Cuando cada uno de nosotros se concentra en
usar los dones que posee, el cuerpo entero funciona conforme a lo que Dios previó.
Pablo nos recuerda que en vez de quejarnos de los dones que no tenemos o de las cosas que
no podemos hacer, debemos usar los dones que hemos recibido de forma tal que se eviten la
envidia y la contienda. Tenemos que apreciar el rol de cada miembro del cuerpo, y no pensar
más alto –o más bajo– de lo que debemos pensar. Cuando mantenemos nuestros ojos
enfocados en la tarea para la cual Dios nos ha redimido, en el ministerio para el cual él nos
está transformando, podemos mantener el funcionamiento dinámico del cuerpo que Dios, de
manera soberana, ha diseñado y creado.

12:9–21
Podría parecer que esta nueva sección no es más que una larga lista de exhortaciones hechas
aleatoriamente, sin embargo, la estructura que Pablo utiliza en griego es muy difícil de captar
con facilidad en español. En síntesis, el pasaje de 12:9–13 es una sola oración, larga y con
una idea global –a saber, que el amor debe ser genuino. El resto de la oración presenta
ejemplos prácticos para describir qué es el amor en acción.

Amor auténtico: A todos se nos ordena que amemos, pero el desafío consiste en amar con
motivos puros, sin que la hipocresía o la deshonestidad envenenen ese amor.
En otras palabras, en lugar de concentrarse en el aborrecimiento del mal, en el fervor de
espíritu o en la perseverancia en el sufrimiento, la estructura del texto presenta todas estas
cosas como derivados del amor genuino. Este tipo de amor es el manantial, la fuente de la
cual fluyen todas las cosas buenas. Por el contrario, sin un amor auténtico, todos los esfuerzos
que hagamos por alcanzar estas otras cosas resultarán fallidos.

Amor genuino: El amor puro y sin hipocresía constituye la base de los pensamientos y las
acciones de los creyentes. Nuestra aptitud para tratar a otros adecuadamente brota de este
amor.
La hipocresía nace de pensamientos y actos engañosos y deshonestos –ya sea porque
deseamos que otros nos tengan en más alta estima, o porque el concepto que tenemos de
nosotros mismos es demasiado alto… en fin, la lista es interminable (12:3). Cuando el móvil
que nos impulsa es la hipocresía –la falsedad y el engaño– los pensamientos, los motivos, la
conducta y las prioridades son retorcidos. Y si no podemos lograr nuestro objetivo hipócrita,
fingimos ser personas óptimas, actuamos para dar esa impresión y vivimos una mentira.
Aunque estoy ridiculizando esta manera de pensar, yo mismo, con demasiada frecuencia, me
he visto tomando decisiones así. Pero, ¿por qué? Porque creo en la mentira de que si renuncio
a lo que me da ese (falso) sentido de seguridad y tomo medidas para llegar a ser el hombre
honesto que quiero ser, eso implica demasiado trabajo –es decir, que ese esfuerzo no valdrá
la pena. La hipocresía es fruto de esa manera equivocada de pensar que precisamos que Dios
transforme. Y si en lugar de eso, aceptamos el amor honesto, el que se entrega plenamente y
sin esperar nada a cambio, descubriremos la vida y la bendición que Dios destinó para
nosotros. Entonces, la transformación de nuestra mente, renovada por el Espíritu Santo, nos
dará poder para adoptar los cambios necesarios.
Aunque los versículos 10–13 se traducen con frecuencia al español como mandatos
separados, todos ellos explican detalladamente lo qué es el amor genuino o ‘sin hipocresía’.
Pablo emplea solamente un verbo griego en imperativo, seguido de una serie de participios
explicativos. ¿Cómo se comporta el amor honesto? En primer lugar, aborrece el mal que nos
arrastraría hacia la hipocresía. Se dedica al amor fraternal y les da preferencia a los demás.
En vez de quedarse rezagado en lo que requiere diligencia, es ferviente en espíritu, sirve al
Señor y se goza en la esperanza. Cuando se enfrenta a la persecución, la soporta y se consagra
a la oración. Contribuye para las necesidades de otros creyentes y practica la hospitalidad.
En 12:14, Pablo se desplaza hacia otro mandato global que le da continuación a su tema
acerca de la relación de los unos con los otros. Hablando de manera general, todos estos
mandatos se enfocan hacia la preferencia que debemos darles a los demás, conforme a la
exhortación de 12:3. Para reforzar el mandato de bendecir a los que nos persiguen, Pablo
replantea la cuestión de manera positiva y negativa.
¿Por qué de ambas maneras? En mi adolescencia, mi mamá solía darme diversas
“exhortaciones”. Ustedes se sorprenderán si les digo que yo hacía inmediatamente oídos
sordos a algunas de ellas. A veces, me arriesgaba intencionalmente y esperaba hasta que
hartaba y me hacía entrar en vereda. Yo sabía que ella había llegado al límite cuando no sólo
me decía lo que tenía que hacer, sino también lo que no debía hacer. Pues bien, esa es la
misma estrategia que emplea Pablo en el versículo 14, donde para reforzar el mandato de que
bendigan a los demás, les ordena también que no maldigan a nadie. En 12:20, nos manda que
ayudemos en lugar de tomar venganza (véase también 1 Corintios 4:12).
Pablo utiliza esa misma estrategia de “mandato y explicación” en 12:15–16, pero lo que
normalmente traducimos aquí como “mandatos” son en realidad variantes explicativas del
mandato que aparece en 12:14. Ninguna de ellas es independiente, todas dependen del verbo
principal del versículo 14. Cada “mandato” explica qué significa en la práctica “bendecid y
no maldigáis”. La gramática nos obliga a asociarlas estrechamente.
Brindarle empatía a alguien que nos persigue es un modo de darle la preferencia a otra
persona –aún a los enemigos que nos maldicen. Pablo demanda empatía en lugar de odio, por
el dolor que esas personas puedan habernos causado, y prosigue con este tema de la empatía
hasta el versículo 15, y nos dice que nos gocemos y lloremos, y participemos de las
circunstancias de los demás, en vez de responder con celos o ira.
En 12:16, Pablo pasa de la empatía a la igualdad de sentimiento, acerca de lo cual da una
explicación más detallada en Filipenses 2:1–4, donde nos desafía a no buscar nuestros
propios intereses, sino más bien los intereses de los demás. La clave para tener un mismo
sentir es mostrar consideración por las necesidades de los demás –pero como la propia
palabra implica, para que la idea fructifique es preciso que todos tengan ese mismo sentir. La
igualdad de sentimiento es una calle de doble sentido.
Volviendo a Romanos y a la estructura del tipo “esto y no aquello” que Pablo ha establecido,
su llamado a tener un mismo sentir lleva, de manera natural, a la conclusión de que no
debemos ser altivos en nuestro pensar. Esta segunda idea de Romanos 12:16 se traduce
normalmente como no ser altivos, pero el griego emplea la misma palabra raíz para “pensar”
en 16a y en 16b. Las acciones que Pablo conecta con el orgullo o la altivez al pensar, nos
permiten entender cuál es su noción al respecto. El mandato dice “no hagan A, sino B”. Lo
opuesto al orgullo y a la altivez es condescender con los humildes.
La exhortación de Pablo parecería estar dirigida a los peldaños más altos de la escala social,
por cuanto implica que hay peldaños “más bajos”, pero eso sería entenderlo demasiado al pie
de la letra. La cruda realidad es que, prácticamente en cualquier contexto, podemos hablar de
personas que están “sobre nosotros” o “debajo de nosotros”, y podemos pensar siempre en
alguien que tiene más que nosotros o menos que nosotros. Una razón para ello es que nuestra
predisposición al pecado nos lleva a tener un concepto de nosotros mismos más alto que el
que debemos tener, y eso hace que pensemos automáticamente que hay otros por debajo de
nosotros. Otra razón es que esa misma inclinación pecaminosa también busca a alguien que
esté por encima de nosotros contra quién podamos albergar resentimientos envidiosos, por
haber alcanzado una posición a la que aspiramos. Esa manera de pensar es incorrecta en todos
los niveles, y sin embargo, todos caemos en esas trampas con demasiada frecuencia.
El remedio de Pablo para esta predisposición pecaminosa demanda que desviemos nuestro
interés principal –de nosotros mismos hacia los demás. Esta nueva perspectiva es la base para
bendecir en lugar de maldecir, para gozarnos con los que se gozan y llorar con los que lloran,
y para poder tener un mismo sentir unos con otros. Lo mismo sucede con los
convencionalismos sociales y las jerarquías, en esos momentos en los que la prudencia nos
instaría a mirar hacia otra parte, ignorar el mal comportamiento o tomar otro sendero.
La adopción de esta visión del evangelio, dice Pablo, supondrá aceptar su poder
democratizador que abarca muchísimo más que el simple hecho de deshacer la distinción
entre judío y gentil. Es preciso también que destruyamos las distinciones financieras, sociales
y físicas. Lamentablemente, un estudio de Romanos, por lo general se concentra en la
distinción entre judío y gentil sin seguir adelante hasta llegar a entender plenamente la
magnitud y el poder incluyente que tiene el evangelio, para despojarnos de todas nuestras
susceptibilidades. Los caminos de Dios no son nuestros caminos, por eso estamos sujetos a
juicio por el pecado. Para responder con fe al don gratuito de la gracia que Dios nos otorga y
apartarnos de nuestros caminos pecaminosos, Pablo dice que también tenemos que abandonar
las organizaciones y jerarquías que encarnan el pecado en nuestra sociedad –lo cual resulta
fácil en la teoría, pero muy difícil en la práctica.
La próxima exhortación de Pablo en 12:16 para que no seamos sabios en nuestra propia
opinión, guarda la misma relación con los versículos 17–20 que la que vimos en los
versículos 9b–13 y 15–16a. Esta dependencia nos obliga a entender que el tema de esta
sabiduría orgullosa une las ideas secundarias que siguen. La primera aplicación de Pablo
tiene que ver con nuestra respuesta al mal. No debemos pagar mal por mal, por justo y
tentador que pueda parecer desde nuestra perspectiva. Pablo ofrece una alternativa positiva
en 12:18 –estar en paz con todas las personas, en cuanto de nosotros dependa. Aunque
técnicamente esto deja abierta la opción de la guerra, somos responsables de trabajar a favor
de la paz hasta donde nos sea posible. Con demasiada frecuencia, optamos por ventilar
abiertamente nuestra ira y nuestras frustraciones con el pretexto de que “ya no puedo
soportarlo por más tiempo”. ¿Cuánto más empeño pondríamos nosotros en hacer la paz si
viéramos las cosas desde la perspectiva de Dios y no desde la nuestra?
En 12:19, Pablo hace otro replanteamiento positivo/negativo para reforzar la importancia de
la exhortación. No podemos vengarnos por nosotros mismos, sino que tenemos que dejar que
sea Dios quien lo haga. Esto puede parecer razonable cuando estamos tranquilos y no hay
ninguna crisis cerca, pero, ¿cuántas veces la ira nos ha llevado a darle a Dios una mano y a
tomar venganza por nuestra cuenta? En vez de confiar en su superioridad para comprender a
las personas y las circunstancias involucradas en la situación, nosotros nos encargamos de
“hacer lo que se debe hacer”. Pero cuando damos un paso atrás y pensamos en ello por un
momento, ¿quién sabe mejor lo que debe hacerse en esa situación, nosotros o Dios?

¿Obtener venganza? Cuando alguien nos hace algún mal, nuestra inclinación pecaminosa
hace que deseemos desquitarnos. Aunque podamos pensar que la venganza nos reportará
satisfacción, lo único que ella hace es perpetuar el problema. En lugar de vengarnos, tenemos
que vivir en paz con todos los que nos rodean y dejarle la venganza al más indicado para
hacerse cargo de ella.
Cuando decidimos tomar venganza, estamos diciendo que nuestra sabiduría es igual a la de
Dios y que hemos optado por eximir a Dios de esa responsabilidad. ¿Parece esto aun
remotamente una buena idea?
Pablo respalda este llamado a dejarle la venganza al Señor con una cita de Deuteronomio
32:35, antes de proseguir explicando en Romanos 12:20 la alternativa positiva que debemos
escoger. Cuando somos hospitalarios con los que nos han perjudicado, dejamos la retribución
en las manos de Dios. Pablo dice que esta respuesta incomprensible tiene el efecto de
“amontonar carbones encendidos sobre su cabeza”, aludiendo a Proverbios 25:21–22, donde
Yahvé promete recompensarnos cuando no cedemos a nuestros deseos de venganza.
En el último versículo de Romanos 12, Pablo presenta una exhortación más –una exhortación
que no le da comienzo a una idea nueva, sino que resume y concluye esta sección. En 12:21,
Pablo explica que vengarnos por nosotros mismos en lugar de dejarle la venganza a Dios,
equivale a ser vencidos por el mal. Si procuramos impedir el triunfo del mal, tenemos que
resistir el impulso de encargarnos nosotros mismos de las cosas y dejárselas a Dios.

Romanos 13
13:1–7
En Romanos 13, la idea importante de Pablo es un asunto espinoso –la sumisión a la
autoridad. La sumisión puede llegar a ser un trago amargo, especialmente en una democracia
donde abogamos por los derechos que todos tenemos de protestar o de expresar nuestras
ideas. Al fin y al cabo, si las autoridades que gobiernan fueron elegidas por el pueblo, ¿no
debemos opinar acerca de lo que hacen o cómo lo hacen? Pablo plantea principios desafiantes
y da respuestas contundentes a esas preguntas, a pesar de que en su época no existía nada que
se asemejara a una democracia.
Pablo comienza con una exhortación para que cada persona se someta a las autoridades
gobernantes. Para dejarlo claro, redacta la oración en griego de manera que el énfasis caiga
en la frase “autoridades que gobiernan”. La razón que da Pablo para obedecerlas no tiene
nada que ver con la piedad de los gobernantes, ni con su competencia, ni con ninguna otra
cualidad. Más bien, la exhortación que nos hace para que nos sometamos a su autoridad está
basada en la autoridad de Dios. Las únicas autoridades que existen son las que Dios ha
constituido, de acuerdo con su plan soberano. ¡Piénsenlo por un instante!
En la época de Pablo, muchos líderes lograban su posición por herencia familiar. Muchos
otros obtenían la autoridad a través del nepotismo y de sus relaciones con intelectuales. Muy
a menudo, el mérito y la cualificación profesional tenían muy poco que ver con ello. Por
tanto, si existió alguna época en la que hubiera sido necesario solicitar exenciones especiales
de la obediencia, a causa de la impiedad o la incompetencia de los gobernantes, esa habría
sido la época de Pablo y no la nuestra. Nos puede desagradar quién ganó las elecciones o la
dirección en la que el partido gobernante pudiera llevar a nuestro país, pero eso no cambia la
confianza que debemos tener en que Dios es soberano.

Dos puntos de vista acerca de la autoridad: ¿Cuál es nuestra respuesta a las figuras de
autoridad, especialmente aquellas que no nos agradan o no respetamos? En una democracia
contemporánea, donde tenemos voz y voto para opinar acerca de quienes nos gobiernan,
podríamos sentirnos con derecho a hablar irrespetuosamente de los funcionarios de nuestro
gobierno. Pero hay fuerzas que operan en oculto que desalientan esa idea.
En términos prácticos, ¿qué implica la teología de Pablo de la soberanía divina, en lo tocante
a las autoridades? Bueno, que si los únicos que gobiernan son los que Dios ha colocado en
esa posición de autoridad, entonces, la persona que no esté dispuesta a someterse no sólo está
adoptando una actitud desafiante contra la autoridad, sino también contra Dios. En la mente
de Pablo, lo uno no puede separarse de lo otro.
La palabra traducida como “someterse” en la mayoría de las versiones es la misma que
aparece en Efesios 5:21 y 24, donde alude a la sumisión mutua de los creyentes y a la
sumisión a Cristo. Pablo utiliza el mismo término en Romanos para referirse a los que no se
someten ni a Dios ni a su autoridad (véase Romanos 8:7; 10:3), o para describir el proceso
por medio del cual la creación está sujeta a la destrucción a causa del pecado (8:20). En cada
uno de estos casos, Pablo no indica que se acepte algo a regañadientes y bajo coacción. La
obediencia que él describe es respetuosa y completa.
Yo sé que tenemos ejemplos claros de desobediencia civil en otros pasajes, y aun por parte
de los propios apóstoles en Hechos 4:19 (véase 4:1–22). ¿Cómo podemos conciliar estos
ejemplos con los mandatos de Pablo en Romanos 13? Tenemos que resistir el impulso de ver
ambas cosas como mutuamente excluyentes. Dios puso a Anás, a Caifás y a los demás
gobernantes en sus posiciones de autoridad, del mismo modo que lo ha hecho con cualquier
jefe de estado actual. Tenemos, pues, un mandato claro de someternos a su autoridad en base
al origen de la misma: Dios.

Dos puntos de vista acerca de la autoridad: A pesar de lo que podamos pensar, Dios es
quien designa las autoridades gobernantes. Si creemos verdaderamente en la omnipotencia
de Dios y en su soberanía divina, Pablo nos recuerda que debemos tener en cuenta el modo
en que esta teología nos enseña a respetar a los funcionarios del gobierno.
En 13:2b, Pablo afirma que las consecuencias naturales de la desobediencia son la
condenación y el juicio, pero en los principios que presenta en 13:3–4, deja bien claro que él
se está refiriendo a los que ejercen su autoridad como es debido –es decir, castigando al malo
y premiando al bueno. Por tanto, si no deseamos vivir temiendo a la autoridad, debemos
obedecerla y hacer lo bueno, y entonces, seremos elogiados.
Una vez que entendemos la intención divina con respecto a estas autoridades, tenemos una
base para conciliar la obvia contradicción entre someternos a las autoridades constituidas por
Dios y no dejar de honrarlo a él. Dios les confiere autoridad a algunas personas, pero eso no
garantiza que ellas la ejercerán del modo en que él lo planeó. Ya hemos examinado el caso
de Faraón, rey de Egipto. Fue el propio Dios quien puso a Faraón en una posición de
autoridad y usó su desobediencia para hacer notorio su propio poder (9:17).

Dos puntos de vista acerca de la autoridad: Si en verdad Dios ha constituido esas


autoridades para que nos gobiernen, eso tiene ramificaciones importantes. Si optamos por
oponernos a ellas, estamos también oponiéndonos a Dios.
Pablo nos insta a someternos a las autoridades en base al origen divino de las mismas y no a
las capacidades o la piedad de los gobernantes. Él las presenta aquí como obedientes, como
también aparecen en Tito 3:1 o en 1 Pedro 2:13–14. Si ejercen su autoridad como es debido,
entonces nuestra sumisión a ellas debe conducir a una relación positiva. Aunque Pablo guarda
silencio con respecto a los gobernantes injustos, Pedro no lo hace, y propone un ejemplo de
sumisión a un amo aunque este sea injusto (1 Pedro 2:18–19). La postura de Pedro es que
aun en presencia de la autoridad injusta, es mejor someterse y padecer que rebelarse, y ofrece
el ejemplo de Jesús cuando fue víctima de un juicio injusto (1 Pedro 2:14–21), para que
nosotros pudiéramos seguir sus pisadas.

Dos puntos de vista acerca de la autoridad: Ya sea que nos agrade o que respetemos a un
líder, hayamos votado por él o no, nuestra respuesta debe ser la misma. Si creemos que Dios
es soberano, entonces, esa fe exige que respetemos a los que ejercen autoridad sobre nosotros.
Si optamos por oponernos a ellos, entonces, tenemos motivos para temer porque estamos
oponiéndonos a Dios también.
Si condensáramos en un breve manual de normas básicas la enseñanza de Pablo y de Pedro
acerca de la autoridad en Romanos 13 y 1 Pedro 2:21–24, llegaríamos a esta conclusión:
1. Honrar a Dios por encima de todas las cosas, incluso las instituciones humanas.
2. Someternos a la autoridad porque ha sido puesta ahí por Dios.
3. Cuando no sea posible hacer ambas cosas, entonces tenemos que optar por honrar a
Dios más que a las autoridades humanas, aunque tengamos que sufrir por ello.
Tenemos un ejemplo práctico de esta teología en el movimiento por los “derechos civiles de
los E.E.U.U.” en los años 1950–60. La desobediencia civil llamó la atención sobre la
injusticia, y muchos sufrieron consecuencias terribles por protestar en contra de la
desigualdad de las leyes de segregación y las de Jim Crow. La mayoría de estos
manifestantes, aunque ciertamente no todos, optaron por la no violencia respetuosa, para
alcanzar el cambio que era necesario. Lamentablemente, lo que más comúnmente suscita el
interés de los cristianos en la actualidad son los ejemplos de desobediencia civil que aparecen
en las Escrituras sin equilibrarlos con los mandatos tan claros y reiterados de las mismas
Escrituras para que nos sometamos a la autoridad. No podemos apegarnos a un principio
mientras negamos el otro.
En 13:5, Pablo da otra razón para someternos a la autoridad: tener la conciencia limpia
delante de Dios. La conciencia no sólo es la base para someternos, sino también para pagar
los impuestos a las autoridades (13:6). Les debemos esos impuestos porque los líderes son
servidores de Dios, y su gobierno es considerado como un servicio que le rinden a Dios.
¡Piensen en eso por un instante! La declaración de Pablo coloca a estos siervos gobernantes
en el mismo contexto de los demás siervos de Dios: los sacerdotes (Números 18:21, 24) y los
ministros profesionales (1 Corintios 9:7–12). Los impuestos permiten que ellos presten sus
servicios, de modo muy semejante a los diezmos y las ofrendas que reciben los que se dedican
al ministerio. Aunque esta idea puede resultar aterradora, es una razón más para que los
honremos como siervos designados por Dios, de manera soberana, para cumplir su plan
divino aun cuando no podamos entenderlo.
En 13:7, Pablo hace un resumen y concluye esta sección, pero pasa de los asuntos monetarios
como impuestos y tributos, a lo que puede parecer más costoso: el respeto y el honor. Declara
que Dios está mucho más interesado en nuestra actitud interna que en nuestra sumisión
externa, que podría ser hipócrita. Del mismo modo que nuestro amor por los demás tiene que
ser auténtico –sean amigos o enemigos– así han de ser nuestra sumisión, honor y respeto
hacia las autoridades que Dios ha puesto sobre nosotros.

13:8–14
Prosiguiendo con el tema de los pagos en los versículos 6–7, Pablo agrega el amor como otra
cosa que les debemos a los demás. Los impuestos, los tributos, el honor y el respeto pueden
pagarse en su totalidad, pero el amor no puede medirse, ni al darlo ni al negarlo. Pablo
presenta el amor como una obligación continua cuya deuda nunca puede ser totalmente
saldada.
En la segunda parte del versículo 8, Pablo dice que amar a alguien equivale a cumplir la ley.
Pero, ¿cómo es posible? –los requisitos justos de la ley fueron cumplidos en nosotros como
resultado del triunfo de Cristo sobre el pecado, por medio de su muerte y de su resurrección.
Eso es cierto, y Pablo no dice lo contrario. Él ya declaró que no había otro camino (Romanos
3:20; Gálatas 2:6).
En dos Cartas –Romanos y Gálatas– Pablo equipara el amor por los demás al cumplimiento
de la ley. En la primera mitad de cada una de esas Cartas, él se dedica a corregir conceptos
equivocados acerca del modo en que una persona alcanza una posición justa delante de Dios
y a declarar lo que ha de hacerse. Pablo no está cambiando su argumento anterior, más bien,
él está elevando el valor del amor de los unos por los otros a una posición mucho más alta,
que es equivalente al cumplimiento de la ley. No pudo haber ideado una analogía mejor para
explicarle a su auditorio judío la importancia del amor. El otro pasaje, Gálatas 5:14, logra el
mismo propósito: “Porque toda la ley en una palabra se cumple en el precepto: AMARÁS A
TU PRÓJIMO COMO A TI MISMO”.

Deuda de amor: Debemos pagar siempre lo que debemos, pero hay una deuda que nunca
podremos saldar totalmente: el amor. Pablo usa la analogía de la deuda para indicar cómo
debemos considerar el amor por los demás. No debemos esperar que la necesidad que
tenemos de amar a los demás pueda ser satisfecha jamás.
Al asignarle al amor de los unos por los otros un valor tan alto –equiparándolo al
cumplimiento de la ley– Pablo destaca la importancia de este mandato. Encontramos un
argumento similar en Santiago 2:8, donde Santiago dice que nosotros cumplimos la ley real
cuando amamos al prójimo como a nosotros mismos. Marcos 12:29–31 presenta la respuesta
de Jesús a la pregunta acerca de cuál es el mandamiento más grande. En lugar de referirse a
un solo mandamiento, Jesús menciona dos: amarás a Dios con toda tu alma, con toda tu mente
y con todas tus fuerzas, y a tu prójimo como a ti mismo. Y concluye diciendo: “No hay otro
mandamiento mayor que estos”.
Es fácil permitir que nuestras prioridades queden fuera de sintonía con las de Dios. Con
frecuencia, las circunstancias nos hacen centrar nuestras prioridades en la doctrina correcta
o en los dones espirituales. Pero al presentar el amor de los unos por los otros (y el amor
hacia Dios) como el supremo llamamiento para un cristiano, Pablo nos recuerda que la
obediencia a este mandamiento garantiza que todo funcione de acuerdo con el plan de Dios.
Esa es la dirección que Pablo sigue en 1 Corintios 13, cuando examina de qué manera tan
distinta serían algunas cosas buenas si faltara el amor.
Aunque puede parecer que Pablo está cambiando su discurso con respecto a nuestra
capacidad humana para cumplir la ley, sería mejor entender que su afirmación en el versículo
8 tiene por objetivo señalar la importancia del amor sobre todo lo demás. Él refuerza esta
afirmación en el versículo 9 con otra declaración audaz –a saber, que muchos otros
mandamientos están esencialmente implícitos en el mandato de amarnos los unos a los otros.
Si hacemos del amor mutuo nuestra única meta, nos resultará fácil evitar cometer homicidio,
robar y codiciar, porque “el amor no hace mal al prójimo” (13:10).
En otras palabras: Pablo compara los mandamientos contra el adulterio, el homicidio, el
robo y la codicia con el mandato de amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Este
compendia a los otros; son dos caras de la misma moneda.
En el grupo de niños exploradores, nuestros guías destacaban continuamente la importancia
que tiene el hecho de estar preparados. La primera vez, me preparé empacándolo todo –
incluso el fregadero– para poder estar listo para acampar o para viajar con la mochila en el
hombro. Por supuesto, estaba preparado porque traía conmigo un sinfín de cosas, pero me
sentía sobrecargado con aquel equipaje tan pesado. Con el tiempo, aprendí a priorizar –un
solo instrumento, como una navaja suiza, me sería útil en muchas circunstancias. Así mismo
ocurre en nuestra vida cristiana. Podemos memorizar y tratar de obedecer innumerables
mandatos, pero también podemos centrar nuestra atención en amarnos los unos a los otros.
Si este único mandamiento es en realidad tan decisivo como dicen Jesús, Pablo y Santiago,
seríamos muy necios si no le dedicáramos toda nuestra atención.
En vez de presentar otra idea importante, Pablo utiliza el resto del pasaje para acrecentar la
motivación para procurar el amor. Recurre a una metáfora similar a la que usó en Romanos
7:21–8:2, cuando comparó nuestra vida antigua esclavizada al pecado con nuestra nueva vida
como hijos de Dios. Pero en lugar de un contraste entre la muerte y la vida, en 13:11–14 él
presenta sus conceptos estableciendo contrastes entre “dormir” y “despertar”, y entre “la luz”
y “las tinieblas”. Pablo formula sus ideas como si hubiera existido un tiempo en el que,
hablando de manera figurada, era apropiado dormir, y relaciona este sueño espiritual con la
muerte espiritual que experimentábamos cuando éramos esclavos del pecado. Estábamos
sujetos a la esclavitud y a la muerte –no teníamos opción.
Pero ahora, como creyentes redimidos, libertados de la esclavitud al pecado y a la muerte
(8:2), Pablo dice que el sueño ya no es una opción. De hecho, en el versículo 11, usa los
adverbios “ya” y “ahora” para indicar que ha llegado el momento en que debemos despertar,
como si nos hubiéramos quedado dormidos. El momento de dejar atrás nuestra antigua
conducta no está por venir: ¡es ahora!
¿Cómo podemos saber si nos hemos quedado dormidos? Porque, según dice Pablo, ahora la
salvación está más cerca de nosotros que cuando creímos. Y aquí tenemos que considerar a
qué alude Pablo cuando habla de salvación. La mención de “cuando creímos” es una
referencia clara al hecho de confesar con nuestra boca y creer en nuestro corazón que Jesús
es Señor (10:9–13). Sin embargo, es claro que Pablo está pensando en un día de salvación
que no ha llegado, pero que está cerca. Esta “salvación que aún no ha llegado” hace referencia
al argumento en Romanos 8:18–25. En 8:23, Pablo declara que aun cuando nosotros tenemos
las primicias del Espíritu –un hombre interior renacido y la habitación del Espíritu Santo–
todavía “gemimos en nuestro interior, aguardando ansiosamente la adopción, la redención de
nuestro cuerpo”.
En la próxima oración, 8:24, Pablo nos recuerda que “en esperanza hemos sido salvos”, lo
cual significa que el proceso de salvación todavía no ha concluido. Aunque nuestro hombre
interior haya sido renovado, el exterior continúa aguardando esa redención final junto con
todo el resto de la creación.
En Romanos 13:11–14, Pablo nos hace una llamada de alerta en relación con este “compás
de espera” del plan de Dios. Después de haber sido libertados del pecado, ya no tenemos
excusa para permanecer dormidos, por así decir. Dios nos ha dado todo lo que necesitamos
para llevar a cabo sus propósitos para nosotros. La gran pregunta es si vamos a levantarnos
y procurar asir lo que Cristo alcanzó para nosotros (Filipenses 3:12). La noche ya pasó y ha
llegado el día –una situación que, según Pablo, exige una respuesta, que el describe en la
segunda parte de 14:12.

Viviendo a plena luz: Las actividades pecaminosas a menudo tienen lugar durante la noche
o en la oscuridad, quizás en base a la idea de que podemos ocultar nuestro pecado. Pablo
emplea este contraste entre cosas que se hacen en las tinieblas y cosas que se hacen a plena
luz para cuestionarnos acerca de nuestra antigua conducta pecaminosa. Vivir a plena luz, o
“andar como de día”, según Pablo lo presenta, significa dejar de lado los antiguos patrones
pecaminosos, y vestirnos del Señor Jesucristo.
Las obras de las tinieblas son esas cosas que nuestra carne pecadora nos tienta a hacer. Pablo
dice que habiendo sido libertados del pecado, tenemos que sustituir estos rezagos de nuestro
ser antiguo y oscuro por la armadura de luz que Dios ha provisto para nosotros. En 13:13,
aclara cuál es la razón para este cambio, empleando las figuras contrastantes de la luz y las
tinieblas y de la noche y el día. Estamos llamados a vivir decentemente, esa es la conducta
asociada a la luz del día en contraste con lo que normalmente se hace al amparo de la noche.
Esta metáfora se conecta temáticamente con 12:9 y con la advertencia de Pablo contra el
amor sin hipocresía. Esa misma naturaleza genuina debe caracterizar nuestras acciones. Tal
y como Pablo preguntó en 6:21 qué fruto obteníamos de aquellas cosas de las que ahora nos
avergonzamos –actividades oscuras como las orgías, las borracheras y la inmoralidad sexual–
él hace hincapié ahora en la vergüenza que reporta proseguir andando en pecado.
Según Pablo, vivir de una manera a la luz del día y de otra al amparo de la noche, no es lo
que Dios quiere para nosotros. Tenemos, pues, que desechar las obras de las tinieblas
vistiéndonos del Señor Jesucristo. Cuando lo hacemos, a la vez evitamos ceder a los deseos
pecaminosos (véase Romanos 8:5–8). Pablo va aún más allá en Efesios 5:7–11, cuando utiliza
esta misma metáfora que establece el contraste entre la luz y las tinieblas, y les dice sin rodeos
a los efesios que ellos, y nosotros, debemos hacer algo más que solo evitar las obras de las
tinieblas; tenemos que hacerlas manifiestas y sacarlas a la luz.
El llamado a un amor genuino va mucho más allá de nuestro amor por los demás porque tiene
que incluir nuestro amor por Dios. Hemos sido redimidos con un objetivo: vivir una vida
nueva como instrumentos de la justicia de Dios. Pero si continuamos satisfaciendo nuestros
antiguos deseos pecaminosos en cierta medida –aun cuando nadie nos vea– estaremos
socavando nuestra capacidad de servir como los instrumentos de justicia que Dios planeó que
fuéramos.

Romanos 14
14:1–12
Pablo comienza el capítulo con un mandato claro para que aceptemos a los que son débiles
en la fe, pero agrega una salvedad interesante. Tenemos que aceptar a este creyente débil sin
juzgar sus opiniones. ¿Por qué piensa Pablo que es importante incluir esta advertencia? Los
que reciben el mandato de aceptar a un hermano débil son, por deducción, más fuertes en lo
que a su fe se refiere. En 14:2, Pablo presenta un ejemplo práctico de uno que es más fuerte
y tiene fe para comer de todo (incluso carne sacrificada a los ídolos) sin que su conciencia le
recrimine, mientras que el más débil (quizás por respeto a la ley) come sólo vegetales. Y en
14:3 da la razón para esta salvedad. Algunas personas tienen la tendencia a desdeñar –
literalmente “despreciar”– a otras cuya conducta es diferente a la propia en cuanto a lo que
comen o se abstienen de comer.

Debatiendo lo que pueda debatirse: La exhortación de Pablo a aceptar a los que son débiles
en la fe va acompañada de una salvedad: “pero no para juzgar sus opiniones”. No basta
aceptar a alguien de manera condicionada, con el propósito de cambiarlo. Si ese es el motivo
para aceptarlo, entonces la aceptación no es genuina.
La ilustración que Pablo presenta no describe a los que se resisten a admitir a otros en la
comunión, sino a los creyentes más fuertes que juzgan o desprecian a los que son más débiles
a causa de las restricciones de su conciencia. La salvedad “no para juzgar sus opiniones”, que
Pablo hace en el versículo 1, insinúa que el creyente más fuerte tiene intenciones ocultas para
aceptar al más débil –como por ejemplo, tratar de cambiar su punto de vista acerca de algo.
Si los más fuertes están convencidos de que su postura es más piadosa y recta, podrían creer
que es razonable corregir a los más débiles, dándoles la orientación adecuada con respecto a
ese asunto y de ese modo, ayudarlos a que sean fuertes también. Piensen en el efecto que
produciría una conducta así en la convivencia de una iglesia –si no la han experimentado ya.
Pero, ¿por qué hemos de aceptar a los creyentes más débiles sin juzgar sus opiniones –aun
cuando pensemos que su fe debería ser tan fuerte como la nuestra? Pablo nos dice en la última
parte del versículo 3 que debemos aceptarlos porque Dios los ha aceptado –él acepta al débil
y al fuerte por igual. Y en el versículo 4, hace esta pregunta retórica: “¿quién eres tú para
juzgar?”. El principio que él ofrece es que cada persona responde por sus actos ante su amo.
En este caso, nuestro amo resulta ser el creador del universo. Este papel no lo ha
desempeñado ni lo puede desempeñar ningún ser humano –ni vivo ni muerto. Sólo Dios
puede juzgar, y es únicamente en base a su juicio que cada uno está en pie o cae.

Debatiendo lo que pueda debatirse: ¿Por qué debemos aceptar a los que son más débiles
en la fe sin juzgar sus opiniones aun cuando estas puedan ser debatidas? Porque Dios los ha
aceptado. Es posible que haya asuntos que tengan que ser abordados, pero no podemos
aceptar a los creyentes en base al nivel de nuestra fe.
Cuando tenía alrededor de 20 años entregué mi vida Cristo y la carga con la que entré en la
iglesia era bastante grande –asuntos pendientes con relación al pecado que exigían atención.
Hacía todo lo que podía para pasar algún tiempo con Dios diariamente, para participar en el
ministerio y compartir mi fe recién descubierta con otras personas, pero aun así, había en mí
muchas asperezas que tenían que ser limadas. Como es lógico, los hermanos de la iglesia
también se dieron cuenta de esto, y fue interesante observar las diferencias en el modo de
enfocar mis “debilidades” por parte de algunas personas. Algunos señalaron audazmente las
áreas que, según ellos, yo necesitaba cambiar. Otros me dieron una acogida calurosa, me
invitaron a sus casas y me dedicaron parte de su tiempo. Los primeros me hablaron acerca
de su fe y me dijeron lo que pensaban de la mía, mientras que los segundos dieron ejemplo
de su fe compartiendo sus vidas conmigo. Con el paso del tiempo, Dios fue ocupándose de
cada uno de mis problemas, y continuó el proceso que había comenzado el día que yo confesé
mi pecado y acepté a Jesús como mi Salvador. Y ya pueden ustedes imaginar cuál fue el
grupo de personas que demostró ser más útil, mientras yo lidiaba con cada uno de esos
problemas.
Pablo creía que este asunto de no juzgar a otros era tan significativo que deja atrás el tema
de los alimentos y pasa a abordar otra cuestión por la que los creyentes más débiles sí podrían
ser juzgados –a saber, la santidad de los días de la semana. A diferencia de lo que hizo cuando
trató el tema de la comida, él no emite ningún juicio acerca de cuál de los dos puntos de vista
caracteriza al más débil o al más fuerte, ni tampoco juzga la legitimidad de tales acciones.
Pablo dice que el valor de cualquier distinción debe basarse en la conciencia de la persona
con respecto al Señor, y no en criterios externos. Las distinciones han de basarse también en
el agradecimiento a Dios y no en ninguna otra motivación, como por ejemplo, mostrar la
superioridad de la fe.
Pero, para aplicar estos principios, aun cuando yo haga alguna distinción que me sienta
impulsado por Dios a hacer, y aunque esa distinción se derive de mi agradecimiento a Dios,
no tengo derecho a exigir que los demás hagan también esa distinción, ni a juzgarlos por no
adoptar mi conducta. Recuerden que Dios ha aceptado a la otra persona y esa razón es más
que suficiente para que yo haga lo mismo (14:3). Aun así, Pablo da otra razón en el versículo
7: a quién pertenecemos tanto en la vida como en la muerte. Como seguidores redimidos de
Cristo, ya no son nuestros intereses ni nuestros deseos los que impulsan nuestra vida, sino
los intereses y los deseos del Señor, sea que vivamos o que muramos (14:8a). En 14:8b, Pablo
hace entonces una exhortación importante, y perfila el principio que ha de gobernar nuestras
decisiones en estos asuntos. Somos del Señor y a él respondemos. Y eso también es válido
para cada creyente, débil o fuerte.
Por lo tanto, cuando existen diferencias de opinión en cuestiones de fe, tenemos que pasar
nuestras opiniones por el filtro de los criterios que Pablo nos ofrece aquí. Si Pablo pudiera
señalar algunos patrones objetivos como leyes dietéticas o un calendario de días de fiestas,
eso daría una respuesta “correcta” a tales preguntas, y parece razonable que lo hiciera. Pero
en vez de leyes, él dice que la conciencia de la persona delante de Dios es la base para sopesar
esos asuntos.

La controversia: ¿Qué sucede cuando dos creyentes disienten acerca de un asunto


controvertido y cada uno de ellos está firmemente convencido de su propia opinión? Deben
aceptarse mutuamente sin emitir juicios y sin que ninguno de ellos haga esfuerzos por
cambiar la opinión del otro.
En 14:10, Pablo vuelve a hacer referencia al hecho de juzgar a un hermano. Dios es el juez,
y sólo él nos va a juzgar por el modo en que recibimos a los demás creyentes. Así como Pablo
dirigió la atención de los creyentes en 9:19–21 hacia la soberanía de Dios en su discusión
acerca de la elección, en 14:11 él alude al papel de Dios como juez y árbitro definitivo, y dice
que cada uno de nosotros dará cuenta de su comportamiento. Pablo parece hacer más hincapié
aquí en el hecho de ser juzgados por juzgar a otros, que de ser juzgados por una cuestión de
conciencia.
Cuando un nuevo creyente entra en nuestra vida –sea nuevo en la fe o nuevo para nosotros–
el mandato de Pablo y la salvedad que hace en 14:1 nos indican claramente que no debemos
recibirlo con intenciones ocultas. Si Dios ha aceptado a esa persona, entonces eso ha de ser
suficiente para nosotros. Sí, la Escritura da advertencias claras, como las de Pablo en Hechos
20:28–29, para que seamos cautelosos con los falsos creyentes que engañan al rebaño;
tenemos que ejercitar la prudencia y el discernimiento. Pero también es preciso que dejemos
que sea Dios y su Espíritu los que juzguen. A nosotros no nos está prohibido juzgar, pero sí
se nos advierte que con la misma medida con que midamos a los demás, seremos medidos
(Lucas 6:37–38).

14:13–23
La gran idea que presentó Pablo en la sección anterior era aceptar a los que eran débiles –sin
juzgarlos ni menospreciarlos. En esta sección, él cambia su enfoque y pasa de la aceptación
al juicio. Y también pasa del hecho específico de juzgar a un creyente más débil a una
cuestión más general acerca del juicio de los unos por los otros sin tener en cuenta la fe. En
14:13, Pablo hace una exhortación negativa y una positiva. Esta forma de presentarlo, nos
aclara cuáles son sus intereses concretos.
Su prohibición negativa es la misma de 14:3, exhortando a los creyentes a no juzgar a otros.
Pablo repite la misma raíz griega de la palabra que empleó en esta parte, cuando prohibió que
se juzgara a otros, en una segunda exhortación en 14:13. Sin embargo, el paralelismo se
pierde en la traducción, porque el objeto de la primera exhortación es una persona, mientras
que en la segunda es una cosa que nos proponemos o decidimos hacer. En la segunda
exhortación, Pablo incluye también un recurso retórico, una referencia a algo futuro para
atraer la atención hacia esta idea nueva, aunque el verbo que utiliza en ambas exhortaciones
es el mismo. Al final del versículo 13, el adjetivo demostrativo neutro “esto” alude con
antelación a algo que no debemos hacer: no debemos poner obstáculo o piedra de tropiezo al
hermano.
En la primera parte del capítulo, Pablo presentó el hecho de emitir juicios como un
impedimento para aceptar o recibir plenamente a los creyentes en la comunión, pero aquí, las
repercusiones son mucho más severas. Pablo utilizó el mismo término que Jesús empleó en
Lucas 17:1–2 en su seria advertencia con respecto a todo aquel que sirve de tropiezo a otros.
El Señor declara que mejor sería que se le colgara una piedra de molino al cuello y fuera
arrojado al mar, antes que sirviera de tropiezo a otra persona. De este modo, Pablo va más
allá de su exhortación a dejarle el juicio a Dios para señalar cuál es la condenación que
recibirá esa conducta.
Tropezando a causa de las opiniones: Cuando tenemos opiniones diferentes, es fácil que
valoremos más nuestras propias ideas que las de la persona con la que disentimos. En vez de
juzgar o menospreciar a aquellos con los que no estamos de acuerdo, es preciso que seamos
cautelosos para evitar que tropiecen y que tengamos presente que todos daremos cuenta a
Dios de nuestras acciones.
En 14:14, Pablo establece un principio como si el mismo fuera parte de la opinión tradicional
con la que todos sus lectores deben estar familiarizados y que todos aceptarían. Pablo
construye su argumento afirmando algo que es falso, hasta que llegamos a la salvedad que
aparece al final del versículo. Algunas cosas son inmundas en y por sí mismas, pero la base
para esta determinación no es algo externo, criterios objetivos. La base es, más bien, la
conciencia del individuo delante de Dios. Tenemos que estar seguros de entender este
principio porque le pone una restricción a nuestros derechos y libertades personales. ¿Cómo?
Vinculando el ejercicio de mi libertad en Cristo al impacto que produce en los creyentes que
me rodean.
Aunque tenga fe para hacer algo con una conciencia limpia, existe otro factor que he de tener
presente. En Cristo nada es inmundo en sí o por sí mismo. Sin embargo, si un miembro de
nuestra comunidad cree que su conciencia le prohíbe comer esto o beber aquello, todos los
miembros de la comunidad estamos llamados a darle más valor al hecho de no impactar
negativamente a ese hermano que a ejercer nuestra propia libertad.

Una perspectiva limpia: En Cristo, nada es inmundo en o por sí mismo. Esto, sin embargo,
no significa que todos los creyentes consideren que todas las cosas son limpias. Si la
conciencia de alguien le hace estimar que algo es inmundo, entonces para él lo es. En tales
casos, tenemos que ser cautelosos para que el ejercicio de nuestra libertad no aflija o haga
tropezar a los creyentes.
Pablo nos recuerda en el versículo 15 qué es realmente la vida cristiana. Hemos sido
libertados de la esclavitud al pecado, para poder amar a otros de la manera en que Dios
siempre ha deseado, en base a la obra de su Espíritu en nuestra vida. Pero si valoramos más
lo que comemos y bebemos que nuestro amor por los demás, ¿qué clase de fe es esa? ¿Qué
fuerza tiene mi fe si pongo mis propios intereses en primer lugar?
Jesús declaró que nada es inherentemente inmundo (Marcos 7:14–23). A partir del versículo
9 de Hechos 10, vemos que el Espíritu le enseñó a Pedro esa misma lección, poco antes que
los creyentes gentiles recibieran el Espíritu Santo del mismo modo que lo habían recibido los
apóstoles –sin imposición de manos. Estos pasajes presentan la mitad de la ecuación –que no
hay persona ni comida que pueda de algún modo perjudicar nuestra relación con Dios. Pero
Pablo establece un principio equilibrador en Romanos 14 que limita la medida en que
podemos disfrutar de esta libertad.

Sopesando la importancia: Aunque es cierto que tenemos libertad en Cristo, esa libertad se
nos dio para que pudiéramos servir plenamente a Dios, y no a nuestros apetitos. Pero si el
ejercicio de nuestra libertad nos agrada más que amar a nuestros hermanos creyentes, ¿qué
sentido tiene?
Pablo presenta el tema, para destacar qué dicen nuestras decisiones acerca de nuestras
prioridades. En 14:15, señala de manera conmovedora cuáles son las cuestiones que están en
juego. ¿Le damos mayor prioridad a los alimentos que comemos que al modo en que nuestros
hábitos alimentarios pueden afectar a algunos creyentes? Si es así, entonces Pablo dice que
en aras de ejercitar nuestra libertad, estamos destruyendo a esas personas por las que Cristo
murió. En 14:17, menciona cosas que inclinan la balanza a favor de una fe fuerte –la justicia,
la paz y el gozo.

Sopesando la importancia: Aunque todas las cosas son limpias, nada es tan importante
como para justificar que se haga tropezar a otro creyente. Si le damos más valor a la comida
que a las personas, entonces ya no estamos andando conforme al amor.
La liberación de las restricciones dietéticas que buscaban la pureza religiosa nos permite
disfrutar al máximo de todo lo que Dios ha creado. Es más, las leyes de nuestro país también
garantizan ciertos derechos y libertades. No obstante, a los creyentes se les hace un llamado
más alto: poner las necesidades de los demás antes que las propias. Si ejercitamos nuestras
libertades a expensas de otros, Pablo dice en el versículo 16 que corremos el riesgo de socavar
cualquier testimonio positivo de nuestra fe. Y contrapesa esta idea negativa con otra positiva
en el versículo 18. Honrar a otros es servir a Cristo, y es aceptable a Dios y aprobado por los
hombres. No hay alimento ni libertad que valgan tanto como estas cosas.
En el último párrafo del capítulo, las exhortaciones finales de Pablo son a consecuencia lógica
de sus observaciones anteriores. La exhortación a procurar lo que contribuye a la paz y a la
edificación mutua le ofrece un corolario positivo a la prohibición de juzgar y menospreciar a
otros creyentes por su postura con respecto a cuestiones discutibles (14:19). Pablo respalda
este corolario en el versículo 20, donde reitera que el ejercicio de la libertad cristiana a
expensas de otro creyente destruye la obra de Dios por causa de la comida.
Por tanto, aunque sí hay libertad en Cristo, su efecto sobre los demás le impone un límite
muy práctico a la misma. En 14:21, Pablo nos muestra cómo funciona esto en la práctica:
Puesto que es mejor abstenerse de lo que está permitido antes que ofender, debilitar o hacer
tropezar a otro, entonces el hecho de tener una fe más fuerte es un arma de doble filo. Aunque
me permita comer o beber cosas que otros no pueden, también me obliga a rehusarme
gustosamente a participar de lo que para mí es lícito. En 1 Corintios 6:12–13, Pablo presenta
el mismo principio de un modo ligeramente diferente. Todas las cosas pueden ser lícitas, pero
también es posible que no todas sean de provecho si tenemos en cuenta la manera en que mis
acciones afectan a los demás. Este principio ahora neutraliza normas y leyes específicas que
rigen los criterios acerca de la libertad cristiana. Lamentablemente, los principios son más
vagos que las normas, y pueden variar de un contexto a otro. Estos factores exigen que
seamos vigilantes y considerados.
El último versículo me ha causado problemas a través de los años, debido precisamente a que
no es más que un principio y no una ley. Cuando era un creyente nuevo, yo sabía que había
cosas de las que debía abstenerme por la influencia negativa que habían ejercido antes sobre
mí. Pero con el paso del tiempo, a medida que iba adquiriendo más autocontrol y madurez,
comencé a reconsiderar si en verdad era necesario que renunciara a esas cosas. Veía que otros
creyentes las hacían, y la mayoría de ellos había estado siguiendo a Jesús por muchísimo más
tiempo que yo. Si todas las cosas son lícitas y están permitidas, ¿por qué no iba a disfrutar de
la misma libertad que los demás disfrutaban? Pero es aquí donde la conciencia entra a jugar
su papel. No se trata de que necesitemos más fe para hacer algo que es menos aconsejable,
se trata, más bien, de la manera en que Dios nos ha programado a cada uno. Algunos pueden
hacer ciertas cosas sin que la conciencia los remuerda, sin preguntarse siquiera si es lícito o
no. Otros, como yo, sabemos que en nuestro corazón hay dudas y preguntas que van a
condenarnos. Por tanto, si decido tomar parte en algo en base a que otros lo hacen, entonces
en lugar de ejercitar la fe, estoy ejercitando el pecado. Y por haber sido libertado de la
esclavitud al pecado, no tengo ni el más mínimo deseo de volver a él en nombre de la
“libertad”.

Romanos 15
15:1–13
En este nuevo capítulo, Pablo prosigue su discusión y explica cuál ha de ser el trato mutuo
que debe existir entre el débil y el fuerte. Ya no menciona la base para esta distinción –como
comer, beber u observar días especiales. Pablo ha dado ejemplos más que suficientes de cosas
que podrían provocar tensión en la comunidad cristiana. Aunque estos principios se hayan
derivado de disputas acerca de las comidas o los días de fiesta, su aplicación es mucho más
amplia. Por tanto, en esta sección, la amplitud de la aplicación de las exhortaciones de Pablo
no tiene límites definidos.
En Romanos 14:1, nos exhortó a aceptar al creyente más débil sin debatir sobre asuntos
polémicos. A continuación, nos ordenó que no juzgáramos ni menospreciáramos a los demás
por el modo en que ejercitaban su fe –ya fuera esta débil o fuerte (14:3, 13). También nos
ordenó que no destruyéramos ni escandalizáramos a otros por lo que hacen o dejan de hacer
(14:17, 20). Dios los ha aceptado, y ese es el único criterio que debemos tener en cuenta para
aceptarlos nosotros también (14:3).
Las exhortaciones de Pablo en esta sección pasan de las prohibiciones correctivas a los
corolarios positivos que deben orientar nuestros puntos de vista acerca de estos asuntos. En
15:1, él nos llama a hacer dos cosas: sobrellevar las flaquezas de los débiles y no agradarnos
a nosotros mismos. La unión de estas dos acciones sugiere que al sobrellevar los unos las
flaquezas de los otros no todo va a ser diversión y juegos. Más bien, podría exigir que nos
abstuviéramos de cosas agradables y por lo demás lícitas con el único propósito de ayudar a
un creyente más débil.
En 15:2, Pablo propone que cambiemos nuestra meta de agradarnos a nosotros mismos por
la de agradar a otros en lo que es bueno para su edificación. Él, sin embargo, no está
pidiéndonos que dejemos que otros creyentes se aprovechen de nosotros. Los requisitos que
menciona nos indican que la base para agradarlos es lo que favorezca más a sus intereses –
cosas que conduzcan a su edificación. Estos requisitos constituyen una garantía. En el
versículo 3, Pablo presenta a Cristo Jesús como nuestro modelo, por cuanto su opción
definitiva fue edificar a otros más que agradarse a sí mismo. En Efesios 5:25–26,
encontramos una ilustración paralela, en la que Pablo señala que el sacrificio de Cristo por la
iglesia tenía por objeto santificarla y purificarla –el mismo tipo de edificación que él ordena
aquí.
Si nos detenemos a pensar en “débiles” y “fuertes”, nos damos cuenta de que Pablo nunca
calificó de manera explícita ni a griegos ni a judíos con esos términos. Se refirió a asuntos de
conciencia que podían ser objeto de escarnio para cada grupo, pero optó sabiamente por no
usar calificativos. Pero al ser menos específico con respecto a los que él clasifica como
débiles o fuertes, puede aplicar sus principios con mayor amplitud.
Recuerden lo que discutimos sobre la tendencia que tenemos los seres humanos de pensar
más alto de lo que debemos acerca de nosotros mismos. La preferencia de la mayoría sería
considerarnos fuertes en la fe. Pablo, sin embargo, declara que esa fortaleza no nos da derecho
a ejercer nuestras libertades –nos obliga, más bien, a usarla para la edificación de los demás,
aun cuando eso nos reporte algún perjuicio o tengamos que sacrificar nuestro propio placer.
Pero, ¿qué relación guarda todo esto con la iglesia de Roma? Si los que creían que su fe era
fuerte estaban causando disensión por aceptar a los hermanos más débiles, con el fin de
corregirlos, juzgarlos o menospreciarlos, entonces las exhortaciones de Pablo les han vuelto
las tornas. Aunque se identifiquen como fuertes, su conducta egoísta y sentenciosa hacia
otros creyentes revelará su hipocresía.

Mostrando nuestra fortaleza: ¿Qué es lo que nos hace fuertes: la habilidad para actuar o la
disciplina para no actuar? Podemos tener una fe fuerte para hacer algo con buena conciencia,
pero Pablo ofrece otra consideración que debemos tener en cuenta.
De acuerdo con lo que Pablo declaró en 6:1, Dios no nos dio una fe fuerte para que
pudiéramos satisfacer nuestros deseos; como tampoco nos hizo libres del pecado para que
pudiéramos continuar pecando. Su propósito al darnos libertad y dones espirituales es que
seamos instrumentos de su justicia (6:13) para la edificación de los creyentes. Pablo
considera que esta visión egocéntrica e interesada de la fe fuerte es una opinión
“conformista”, que ha de ser transformada por medio de la renovación de nuestra mente
(12:3). Una fe así no impresionará a Dios. Según Pablo, los creyentes que buscan su propio
placer en detrimento de la edificación de los que los rodean son débiles y ellos mismos
necesitan ser edificados.
La manera en que Pablo estructura esta sección –incluyendo el hecho de no identificar a los
débiles y a los fuertes– le permite extender estos principios mucho más allá de las leyes
dietéticas o de los calendarios. Los principios presentan una descripción de lo que se aspira
que sea un creyente fuerte.
Mostrando nuestra fortaleza: Los que se consideran fuertes demuestran su fortaleza cuando
sobrellevan las flaquezas de los débiles –no cuando ejercitan su libertad en Cristo, sin tener
en cuenta a los demás. Desde la perspectiva de Pablo, la fortaleza se demuestra agradando a
nuestro prójimo en lugar de agradarnos a nosotros mismos.
Si afirmamos que somos fuertes y no edificamos a los que nos rodean, nuestras acciones
desmienten nuestras palabras. Para que Dios –y los creyentes a nuestro alrededor– ratifiquen
nuestra fe, tenemos que sobrellevar las debilidades de los demás y procurar su edificación
antes que nuestro propio placer.
Ya sabemos que sobrellevar las flaquezas de otros probablemente implicará molestias, y la
experiencia de Jesús así lo confirma. Dios nunca prometió que una vida fiel sería fácil. Con
bastante frecuencia ocurre lo contrario –es por eso que se nos llama a soportar con paciencia.
Y para esas épocas de desaliento, cuando nos preguntamos si nuestros esfuerzos valen la
pena, Pablo nos recuerda en el versículo 4 que la Escritura es la fuente de nuestro consuelo.
No podemos depender únicamente de nuestra razón ni de nuestra experiencia.

Sobrellevando las flaquezas: Pablo conecta varias cosas aparentemente inconexas, para
mostrar el papel que juega cada una de ellas en la consecución de un objetivo más amplio.
Cuando optamos por depender de las promesas de la Escritura –y no en nuestro propio
entendimiento– a la hora de tomar nuestras decisiones, hallamos consuelo y una mayor
esperanza de que Dios ciertamente está haciendo que todas las cosas cooperen para el bien
de los que le aman y son llamados conforme a su propósito (8:28).
Pablo afirma esta idea con el nombre que le asigna a Dios en 15:5. Al llamarlo Dios de la
paciencia y del consuelo, en lugar de limitar nuestro concepto de Dios, Pablo hace todo lo
contrario. Esta expresión temáticamente cargada arroja sobre Dios una luz muy específica,
le da forma a nuestra confianza en su naturaleza y nos motiva a tener el mismo sentir los unos
con los otros, como Dios quiere que hagamos (véase 12:18).
Esta secuencia conduce a la consecución de muchos objetivos: cuando procuramos edificar
a otros sobrellevándolos con paciencia, hallamos consuelo en las Escrituras, la cual nos da
una mayor esperanza y un mismo sentir para con todos los participantes. Estas actitudes, a
su vez, hacen que dejemos de juzgar y menospreciar a los demás, y por último, que los
creyentes unánimes, glorifiquemos a Dios como un cuerpo. Por grande que sea el desaliento
que podamos enfrentar mientras procuramos edificar a otros, no podemos permitir que esa
trampa socave nuestra confianza en el gozo que se deriva de la obediencia a los mandatos de
Dios. En 15:7, Pablo resume este llamado exhortándonos a contemplar a Cristo como nuestro
modelo para sacrificarnos los unos por los otros, con el objetivo final de glorificar a Dios.
A medida que progresamos en este capítulo, vemos que Pablo vuelve a los temas iniciales de
la carta. Según vimos en la sección titulada “Estructura de Romanos”, Pablo se desviaba
repetidamente del objetivo expreso de la carta –a saber, anunciar su intención de visitar a la
iglesia en Roma. Su meta principal, por supuesto, era usar estas digresiones para abordar
asuntos claves que él intentaba explicar –pero de una manera menos directa, para evitar
cualquier rechazo posible por parte de su auditorio. La exposición que hace del evangelio,
fundamentada sólidamente en el Antiguo Testamento y en una comprensión inteligente de la
condición caída de la humanidad, sentó las bases de su relación con la iglesia que
probablemente nunca había visitado.
Pablo describe el plan divino de la redención como un plan que tiene consecuencias naturales.
La muerte y la resurrección de Cristo expían las consecuencias del pecado. La creación debe
responder aguardando pacientemente la redención final que habrá de venir (8:20–23). Del
mismo modo, mientras esperan la redención final los que han recibido el mensaje del
evangelio, deben desistir de su empeño por adaptarse a este mundo, y en su lugar, ser
transformados mediante la renovación de su mente (12:3). La libertad de la esclavitud al
pecado exige que vivamos como es digno del evangelio de Cristo (Filipenses 1:27).
Como ya sabemos, Pablo tenía otras razones para escribir. Y aquí, él comienza a atar los
cabos de su argumento a medida que va haciendo referencia a las implicaciones concretas de
los puntos que había planteado con anterioridad en la carta. El resto de esta sección hace las
veces de puente y conecta su exposición y sus exhortaciones con su llamado apostólico
específico para anunciarles el evangelio a los gentiles –desde Jerusalén hasta el límite
septentrional del imperio romano, a saber, España.
En 15:8–12, Pablo vuelve a hacer una digresión, en este caso para reforzar su afirmación en
el versículo 7. Hace dos observaciones acerca de Cristo –una con respecto a los judíos, y la
otra con respecto a los gentiles. Fundamenta su llamado a aceptarnos los unos a los otros en
el hecho de que Cristo nos aceptó a nosotros; pero entonces, pasa de la aceptación mutua de
los creyentes dentro de la iglesia al ministerio de Cristo para los que están fuera de la iglesia.
Cristo fue enviado a las “ovejas perdidas de la casa de Israel” (Mateo 15:24), como siervo de
la circuncisión, según señala Pablo en Romanos 15:8, para confirmar las promesas dadas a
los patriarcas. A la vez, Cristo también vino para posibilitar que los creyentes gentiles
glorificaran a Dios –un resultado esperado a partir de las promesas patriarcales.
Al conectar la misión gentil con las promesas de Dios para Israel, Pablo prepara a su auditorio
para el cambio que va a hacer en el versículo 14, pasando de la exposición del evangelio a la
esperanza que tiene de propagarlo. Acaba de concluir su argumento de que los judíos, tanto
como los gentiles, están sujetos a juicio a causa del pecado y tienen que responder con fe a
la justicia de Dios, tal y como está revelada en Cristo. En Romanos 9–11, destacó realidades
importantes; por ejemplo, que el endurecimiento de una parte de Israel hacia el mensaje
divino de salvación les ofreció una oportunidad a los gentiles (11:25). La respuesta de los
gentiles al evangelio provocará celos en algunos de los compatriotas de Pablo. Por tanto, en
obediencia a su llamamiento a ser apóstol de los gentiles, Pablo ha hecho posible que el
evangelio llegue tanto a los judíos como a los gentiles (11:13–14).
En 15:9b–12, Pablo cita el Antiguo Testamento, para mostrar una aplicación más amplia de
su argumento en cuanto a que no existe ninguna distinción entre judío y gentil. Las citas nos
recuerdan que el plan de Dios fue concebido para toda la humanidad –ese fue su objetivo
desde el principio. La intención del pacto nunca fue excluir a algunos, sino servir de vehículo
para atraer a todos. Aquel en quien todos –judíos y gentiles– podían poner su esperanza
vendría de Israel (Romanos 15:12 tomado de Isaías 11:10). En Romanos 15:13, Pablo ofrece
una cierta bendición para esta sección, donde presenta a Dios como el Dios de la esperanza
(compárese con 15:5) y refuerza su afirmación acerca de la esperanza y el consuelo que
hallamos cuando procuramos edificar a otros. La clave de la esperanza abundante, dice Pablo,
es estar llenos del gozo y de la paz que son posibles únicamente por el poder del Espíritu
Santo (véase 8:26–30).

15:14–21
Pablo aborda una amplia gama de tópicos en esta carta, muchos de los cuales pueden haberles
parecido temas novedosos a sus lectores. Es probable que eso mismo haya ocurrido con
muchos de nosotros. Desde hace años, yo sabía que Dios había prometido bendecir a todas
las naciones por medio de Abraham (Génesis 12:2–3), y también había leído las múltiples
promesas del Antiguo Testamento acerca de la preservación de un remanente (como por
ejemplo, en Isaías 10:22–23) o de que Dios iba a restaurar su relación con su pueblo (Oseas
1:10). Pero nunca logré reconciliar toda esta información divergente para conformar una
imagen unificada del plan de Dios para la humanidad. Esta carta tan compleja está llena de
detalles.
Pablo nos ha regalado una visión holística de muchas las piezas (no de todas) del
rompecabezas, y nos ha mostrado cómo encajan todas ellas en el plan más amplio. Es
ciertamente bueno que nuestras ideas incorrectas o incompletas sean esclarecidas, sin
embargo, esas revelaciones pueden tener consecuencias indeseadas, porque cuando nos
enfrentamos a cambios y correcciones mayores, podemos sentirnos intranquilos y perder algo
de nuestra confianza en lo que sabemos. Si estaba equivocado con respecto a todas estas
cosas, ¿cuántas otras acerca de Dios y de su plan habré interpretado mal?
En esta sección, Pablo les ofrece a sus agitados lectores cierta garantía muy necesaria.
Cuando dice en 15:14 que él está convencido, esa afirmación capta la atención de sus lectores
y dirige su mirada hacia aquello de lo que está convencido. La frase “yo mismo” –que
interrumpe el curso de la oración en griego– cumple la misma función de llamar la atención.
Pablo emplea un mecanismo que yo llamo “adición temática” para conectar el “vosotros” de
la última parte del versículo con el contexto anterior. Hasta aquí, Pablo les ha mostrado a los
creyentes romanos su conocimiento, su bondad y su capacidad para instruirlos, y ahora les
manifiesta su convencimiento de que ellos también están llenos de bondad y de todo
conocimiento, y que también son capaces de instruirse mutuamente. En otras palabras, por
mucho que su instrucción –para llenar los vacíos del conocimiento o corregir informaciones
falsas– pueda haber sacudido la confianza que ellos tenían en cuanto a su conocimiento de
Dios, deben confiar en que Dios usará ese conocimiento que poseen y la buena voluntad de
los unos para con los otros para continuar avanzando. No deben permanecer quietos y esperar
la llegada de una próxima carta que les diga cómo han de pensar y cómo han de obrar.

Llenos pero olvidadizos: Los romanos, al igual que nosotros, pueden aferrarse a muchos
hechos acerca de Dios y de su plan para la humanidad, pero aún tienen que organizarlos e
insertarlos en una estructura unificada global.
En el versículo 15, Pablo admite que ha sido muy osado al anunciar su mensaje, pero que su
propósito al escribir era recordarles cosas que ya debían saber. Ahora bien, con esta
comprensión más profunda del evangelio y de la intención de Dios al respecto, ellos deben
llenarse de confianza en cuanto a que Dios continuará guiándolos hacia delante.
Para justificar esa manera tan directa de escribir, Pablo no apela a su autoridad apostólica,
sino a la medida de gracia que Dios le ha dado. Dios le extendió su gracia a Pablo para que
pudiera desempeñarse como ministro de Jesucristo y anunciarles el evangelio a los gentiles.
Su objetivo es presentar a los que creen, como una ofrenda a Dios, del modo en que aparece
descrito en 12:1.

Llenos pero olvidadizos: En su exposición del evangelio, Pablo ha tomado hechos e ideas
de la Escritura aparentemente inconexos y ha mostrado cómo encajan en un plan unificado
para la redención de toda la creación de Dios. En lugar de presentarlo como un plan nuevo,
Pablo demuestra que el evangelio ha sido el plan de Dios desde el principio.
En 15:17, Pablo expresa su confianza en la capacidad de Dios para llevar a cabo sus planes.
En el versículo 18, presenta a Dios como aquel que realizará estos planes, y declara que no
hablará de nada que no sea lo que Cristo ha hecho por medio de él para guiar a los gentiles a
la obediencia a Dios. Pablo puede jactarse confiadamente de haber predicado el evangelio de
Cristo en toda su plenitud, desde Jerusalén hasta Ilírico, testificando de la fidelidad de Dios
en cada pueblo y ciudad. Su declaración suscita una pregunta obvia: ¿qué viene ahora para
Pablo?

Hasta Ilírico y más allá: Al describir cuán plenamente ha predicado el evangelio en


Jerusalén, en Ilírico y en las áreas circundantes, Pablo prepara el camino para mencionar su
intención de llevar el evangelio a España.
Pero antes de discutir su próximo objetivo geográfico, Pablo, en 15:20, expone a grandes
rasgos el principio que guía su ministerio de proclamación del evangelio –predicarlo donde
Cristo aún no sea conocido. Se sentía llamado a establecer congregaciones nuevas en áreas
en las que el evangelio todavía no había llegado, no para buscar su propia gloria, sino la
extensión del evangelio. Sabemos que Pablo no plantaba una iglesia y se retiraba
inmediatamente. En Hechos 15:36, él mismo habla de su deseo de visitar y alentar a las
iglesias que, junto con Bernabé, había plantado; ni tampoco procuraba eludir problemas que
otro predicador había dejado: sus cartas a los gálatas y a los corintios dejan bien en claro que
las iglesias que Pablo plantó no eran inmunes a los problemas ni a las disensiones.

Hasta España y más allá: Después de predicar en toda su plenitud el evangelio en Palestina
y Asia, Pablo se sintió llamado a predicar en un lugar donde otros aún no habían estado:
España. Parte de su deseo de visitar a la iglesia en Roma era la esperanza de que ellos
apoyaran sus esfuerzos misioneros para llegar a España.
Pero después de haber comenzado una obra nueva en un lugar, y antes de desplazarse a otro
territorio, Pablo entrenaba líderes. Sus cartas a Tito y a Timoteo muestran la manera en que
él delegaba algunas de sus tareas de liderazgo, como nombrar ancianos calificados y
garantizar la enseñanza de la sana doctrina (Tito 1:5; 1 Timoteo 1:3–4).
Para respaldar su llamado a proclamar audazmente el evangelio donde todavía no había sido
oído, Pablo cita un pasaje de Isaías 52:15, en el que el siervo sufriente ha sido exaltado y
levantado, y su influencia alcanza a muchas naciones. De acuerdo con esta revelación del
Señor, los reyes cerrarán ante él la boca, porque verán lo que nunca les fue contado, y
entenderán lo que jamás habían oído. Pablo cita este pasaje para presentar la imagen del
evangelio –un mensaje nuevo– que está siendo revelado a un nuevo auditorio y comprendido
por el mismo.

15:22–33
Al explicar su proclamación fiel del evangelio desde Jerusalén hasta Ilírico y su llamado a
predicar donde otros no lo han hecho, Pablo prepara el terreno para regresar al principio de
su carta: su intención manifiesta de visitar Roma. ¿Recuerdan cómo comenzó su carta,
describiendo su deseo de ir y visitar a los creyentes en Roma? Sin embargo, ahora va a revelar
con más detalles qué es exactamente lo que lo lleva a Roma. Pablo tiene en mente algo más
que el aliento y la edificación mutuos. La gran ciudad es una escala en un viaje misionero
mucho más largo, hacia lugares del mundo conocido donde el evangelio aún no ha llegado.

Como iba diciendo: Romanos comenzó con un propósito claramente manifiesto: el deseo
de Pablo de visitar la iglesia en Roma. Pero él estructuró cuidadosamente su Carta alrededor
de ese propósito formal, para poder abordar asuntos importantes en cuanto al modo en que
estos creyentes entendían el evangelio. Después de terminar su exposición del evangelio y
todas sus implicaciones, Pablo vuelve al propósito formal de la Carta reiterando su deseo de
visitarlos.
En Romanos 1:10, Pablo nos dijo que él esperaba lograr “al fin” visitar la iglesia en Roma.
Él retoma esta idea en 15:22, donde nos informa que en muchas ocasiones se había visto
impedido de hacerlo. Entre otras razones, Pablo desea viajar ahora porque está buscando
lugares nuevos donde predicar el evangelio. En 15:24, da otra razón para realizar esta visita:
su esperanza de que la iglesia en Roma lo apoye en su viaje a España. Pero antes de visitarlos,
tiene que entregar la ofrenda de los creyentes gentiles de Macedonia y Acaya, para los
creyentes pobres en Jerusalén. ¿Por qué Pablo menciona el origen gentil de la dádiva? Porque
con ello, él está mostrando una implicación práctica del principio expuesto en 11:17–18. Si
los gentiles han sido hechos partícipes de las bendiciones espirituales que les han sido
otorgadas por medio de Israel, ellos deben compartir con los creyentes de Jerusalén sus
bendiciones financieras (15:27). ¿Por qué Pablo menciona esta ofrenda aquí? Porque al dar
una razón lógica para que los creyentes en un área apoyen financieramente a los creyentes de
otro lugar, en base al vínculo espiritual que comparten en Cristo, sería natural que los
creyentes romanos practicaran este principio apoyando económicamente a Pablo en su viaje
a España.
Pablo concluye esta sección pidiéndoles a los romanos que oren por él, para que sea librado
de “los que son desobedientes” en Judea, y para que la ofrenda que va a entregar en Jerusalén
sea aceptable a los santos (15:30–31). La frase “los desobedientes” puede ser una referencia
críptica a los judíos que se oponen a Pablo, en su proclamación del evangelio. Recuerden de
Romanos 11:28 que aunque los judíos son amados en cuanto a las promesas de Dios, su
oposición al evangelio les hace parecer enemigos. Pablo pide oración para que su misión en
Jerusalén concluya de manera segura y exitosa, y pueda finalmente llegar a Roma y reposar
(15:30).

Romanos 16
16:1–16
Al llegar al final de Romanos, nos topamos con la parte temida del libro: los saludos
personales. Pablo ya terminó su exposición teológica, con sus correcciones y exhortaciones
sumamente dignas de ser predicadas. Pero de pronto, nos sentimos como escuchas
indiscretos, mientras él les extiende sus saludos a personas de las que no conocemos más que
los nombres. ¿Qué se puede aprender de la mención que hace Pablo de esas personas en este
pasaje? Bueno, quizás mucho más de lo que pudiéramos pensar.
A primera vista, podría parecer que él está enviándoles saludos a personas específicas en la
congregación, más específicas que las que saluda en Romanos 1:7: “a todos los amados de
Dios que están en Roma”. Aunque hay muchos saludos en Romanos 16, Pablo encuentra
tiempo para proporcionar más información de la necesaria para identificar a los destinatarios
–en algunos casos mucha más información de la necesaria. ¿Qué importancia tiene esto? Las
expectativas que tenemos los seres humanos con respecto a la comunicación no sólo se basan
en la manera en que las cosas se dicen en griego o en español, sino en la manera en que Dios
nos ha programado para que procesemos el lenguaje.
Nuestra primera expectativa es ser breves, no decir más de lo necesario cuando expresamos
nuestras ideas. Algunos son mejores que otros a la hora de hacerlo, pero todos nos inclinamos
a seguir este lineamiento. Supongamos que yo comienzo a contarles una historia acerca de
“Eduardo, mi amigo discapacitado”. Después de presentarlo, lo más natural sería que lo
llamara “Edu” a partir de ahí. Pero al igual que la famosa frase de la serie Dragnet: “sólo los
hechos, señora”, nosotros propendemos a desechar la información después que ha cumplido
su propósito.
Nuestra segunda expectativa está relacionada con la primera. Si decimos más de lo esperado,
debemos tener una razón para ello. Cualquier cosa que digamos tiene que completar el
sentido de la idea original o añadir alguna información –la intención del que habla ha de ser
lograr algo. Volviendo al ejemplo de “Eduardo, mi amigo discapacitado”, ¿qué pensarían
ustedes si yo empleara esa expresión completa cada vez que hago referencia a él en la
historia? Podrían pensar que me he imaginado que han olvidado su nombre o que no lo
escucharon la primera vez que lo mencioné –aunque eso no es probable. Lo que sí es posible
que piensen es que yo quise reforzar la información porque de algún modo era importante.
Ese mismo principio es válido para las personas que conocemos bien. ¿Qué ocurriría si yo
me acercara a un amigo mío y le preguntara: “Cómo está el mejor amigo que tengo en el
mundo”? Su respuesta podría ser: ¿Qué es lo que quieres?, porque no es así como suelen
dirigirse a él. La manera de abordarlo hace que parezca que estoy mostrándole una
amabilidad especial porque quiero pedirle un favor.
Esta información adicional influye en el concepto que tenemos de la persona o cosa que se
está describiendo. Una expresión estándar no nos da ninguna información, que nos ayude a
formarnos un concepto de la persona. Pero esta información adicional –aunque sea un
sarcasmo o una ironía– modifica nuestra manera de pensar con respecto a ella.
Podemos ver cómo se aplican estos principios a Romanos 16. Las descripciones de Pablo son
más amplias de lo que se necesita para identificar a las personas que él tiene en mente.
Piensen en esto: ¿Cuántas Priscilas y cuántos Aquilas creen ustedes que había allí (16:3)?
¿Acaso está Pablo tratando de destacar a estos dos, que expusieron sus vidas por él, entre
otros Priscilas y Aquilas que no lo hicieron? ¡De ninguna manera! La información adicional
cumple un propósito diferente.
Aunque Pablo está enviándoles saludos a personas específicas relacionadas con la iglesia en
Roma, él también está moldeando la manera en que nosotros –y los que están en Roma–
pensamos acerca de ellas. Las expresiones más largas nos ayudan a entender lo que él
pensaba de esas personas y la forma en que él quiere que los demás las vean. Por lo tanto, en
vez de sentir que somos escuchas indiscretos de una conversación privada, debemos aprender
a elogiar y honrar a los que han ayudado a la iglesia y que, de otro modo, podrían quedar sin
reconocimiento por su servicio.
Algo más a tener en cuenta: esta lista es selectiva y probablemente confeccionada por orden
de importancia. Los saludos al principio del capítulo tienden a ser más largos y más
individualizados, mientras que los del final de la lista se dirigen a grupos de personas. Listas
como esta, por lo general, comienzan mencionando a los personajes más destacados, y a
medida que avanzan hacia el final, ofrecen cada vez menos características distintivas y
detalles. Por tanto, es razonable concluir que aquellos cuyos nombres aparecen al principio
de la lista fueran los más dignos de mención para Pablo.
En primer lugar, Pablo encomia a Febe, que según la opinión de muchos, fue la portadora de
la carta. En sus comentarios con respecto a ella, podríamos imaginar a Pablo, hablando
metafóricamente, con una pancarta en la mano que proclama la honorabilidad de esta mujer.
Es posible que la iglesia no supiera mucho acerca de ella, por eso, el elogio de Pablo destaca
lo que, en su estimación, es más digno de mención. Sus observaciones explican claramente
lo que él habría escrito en una pancarta literal, si se hubiera dado el caso.
Llamar a alguien “nuestro hermano” o “nuestra hermana” (16:1) era la manera habitual de
indicar que esa persona era cristiana, por tanto, el objetivo de la frase “nuestra hermana” no
es restringir el número de “Febes” posibles, sino ofrecerle al auditorio una información
significativa. Al decir que ella es “nuestra” hermana y no “vuestra” hermana, Pablo la
relaciona con él y con los destinatarios de su carta también. Pero aparentemente, Febe es más
que una hermana para ellos. El texto griego incluye una palabra que usualmente se traduce
como “también o incluso”, para conectar el servicio de Febe como diaconisa o servidora con
lo que precede. Sin embargo, ninguna versión importante de la Biblia en español incluye esa
palabra. Más bien, lo que leemos en todas es “diaconisa (o servidora) de la iglesia en
Cencrea”.

La información más importante, de acuerdo con la fraseología que Pablo emplea, es la


relación de ella con él y con los demás, y a esa información le agrega el detalle de que Febe
es “también o incluso” diaconisa en la iglesia de Cencrea. ¿Por qué Pablo encomia a esta
hermana y servidora? Para pedir que la iglesia la reciba de una manera digna del pueblo de
Dios y le dé cualquier ayuda que necesite. Febe merecía esa ayuda porque ella también había
ayudado o apoyado a muchos, incluyendo a Pablo. Es por eso que alaba su destacable servicio
e insinúa que merece reciprocidad, y de ese modo, desafía a la iglesia para que apoye a Febe
del mismo modo que ella ha apoyado a otros. Al contarse a sí mismo dentro de los
beneficiarios del servicio de Febe, insinúa que los que la ayuden estarán devolviéndole la
amabilidad que él también recibió de ella (véase Filemón 17–19).
Ahora bien, imagínense que alguien leyera en voz alta esas palabras con respecto a ustedes
frente a la iglesia. Imagínense que Pablo los considerara ejemplos dignos de lo que significa
servir al Señor. Aunque él no hubiera tenido ninguna relación personal con la iglesia en
Roma, ellos sí lo conocían de oídas. Cencrea pertenece a Grecia y está cerca de Corinto,
bastante lejos de Roma. ¿Por qué, pues, hacer mención de Febe? Bueno, porque si en realidad
ella llevó la carta a Roma, el elogio de Pablo debía entenderse como una petición suya para
que la iglesia le diera el mejor de los tratos cuando llegara. Y es probable que dentro de la
congregación, como un efecto adicional, la alabaran como ejemplo de fe y de servicio. El
elogio que hace Pablo de estos paradigmas puede fomentar cierta insatisfacción con nuestro
propio servicio –de manera positiva– porque nos lleva a preguntarnos si nuestro trabajo para
la iglesia merecería un honor así. Por eso, mientras Pablo alaba con toda claridad a Febe, esas
mismas palabras, a la vez, obligan a los oyentes a reflexionar acerca de su propio nivel de
servicio.
Y a continuación, pasa a los saludos que tienen por objeto encomiar por su servicio cristiano
a aquellos a quienes van dirigidos. Priscila y Aquila habían sido compañeros de trabajo de
Pablo en Éfeso. Trabajaron juntos haciendo tiendas por más de un año (Hechos 18:2–3). Pero
observamos una curiosa variación en la manera de ordenar sus nombres en los pasajes del
Nuevo Testamento donde se hace mención de ellos. En Hechos 18:2, donde aparecen por
primera vez, y en 1 Corintios 16:19, el primero que se menciona es Aquila. En los demás
pasajes –incluso donde los vemos corrigiendo a Apolos– el nombre de Priscila aparece antes
que el de Aquilas (Hechos 18:18, 26; Romanos 16:3; 2 Timoteo 4:19). El orden de los
nombres, por lo general, resulta significativo, especialmente cuando la costumbre antigua (y
aun moderna) exigía mencionar primero al varón. Pablo (y Lucas como el escritor de los
Hechos) desafía esta costumbre, y esencialmente, le atribuye un papel más importante a
Priscila.
La relación entre Priscila, Aquila y Pablo se remontaba a los años anteriores al regreso de
esta pareja a Roma. Es posible que algunos hermanos de la iglesia en Roma no pudieran
apreciar plenamente la relación que existía entre ellos. Cuando Pablo les llama
“colaboradores”, los coloca a su mismo nivel, como colegas suyos en el ministerio. A través
de los años, yo he trabajado en el ministerio con misioneros retirados, o los he tenido como
asistentes en mis clases. Estos matrimonios de misioneros rara vez hablaban de su ministerio
como no fuera para decir los lugares donde habían servido. Pero cuando venían visitantes –a
menudo misioneros más jóvenes que habían sido entrenados por ellos– nos contaban
innumerables historias acerca del impacto que estos matrimonios habían producido. Aunque
siempre los había respetado, no podía impedir que salieran de mis labios expresiones tales
como “no tenía ni idea”. Del mismo modo, nosotros no podemos saber cuál era el contexto
exacto al que Pablo se refiere en su elogio a Priscila y Aquila, pero sí podemos imaginar lo
mucho que aumentó el respeto que los demás les mostraron.
Aunque el apóstol no cuenta ninguna anécdota específica acerca de esta pareja, sí afirma que
expusieron su vida por él. Ese riesgo que corrieron no sólo les valió el agradecimiento de
Pablo, sino también el de todas las iglesias gentiles. Los lectores tienen libertad para imaginar
las situaciones que Pablo tenía en mente, pero sus palabras presentan una imagen poderosa
de su profundo respeto y gratitud. Termina, entonces, con un saludo a la iglesia que se reúne
en su casa, añadiendo así otra cláusula en la metafórica pancarta. Toda esta información
adicional acerca de Priscila y Aquila cumple una función temática importante, porque define
y modela la imagen que tenemos acerca de ellos, y la imagen de los que sí los conocían en
Roma.
El saludo a Epeneto es mucho más breve y va directo al grano. Pablo lo presenta como el
primer convertido en Asia, cuya capital es Éfeso. Algunos eruditos han especulado que
Priscila y Aquila pueden haber desempeñado cierto papel en su conversión o en su
discipulado si en realidad existió una relación entre ellos en Éfeso. El saludo de Pablo a
Epeneto, inmediatamente después del de Priscila y Aquila, reafirma la posibilidad de esa
relación.

La caracterización que Pablo hace de él como “mi querido hermano”, muy probablemente
haya conformado el concepto que otros en la iglesia tenían de Epeneto. Una cosa es que yo
mencione el nombre de una celebridad bien conocida y diga que soy amigo personal de él, y
otra muy distinta es que esa persona me llame por mi nombre o me salude desde el escenario.
La afirmación de Pablo aquí probablemente produjo un efecto en el propio Epeneto, porque
le recordaba la responsabilidad informal que había contraído con su designación como
“primer convertido en Asia”. Otro saludo, otra pancarta levantada para elogiar a una de las
conexiones de Pablo con la iglesia en Roma.
En el versículo 6, Pablo menciona muy brevemente a María, y la elogia por haber trabajado
mucho por los creyentes en Roma. Puesto que no dice nada más, no podemos determinar si
se trata de una de las Marías mencionadas en otros pasajes del Nuevo Testamento. Sin
embargo, quienquiera que fuera, su servicio diligente era más importante para Pablo que
cualquier posición que pudiera haber tenido. Al reconocer su servicio de esta manera, él
logra, como efecto adicional, desafiar a sus oyentes para que sigan el ejemplo de esta mujer.
El próximo saludo de Pablo les rinde homenaje a dos apóstoles con quienes sirvió en el
ministerio: Andrónico y Junias. Algunos eruditos han discutido acerca de cuál sería la mejor
manera de traducir una palabra en este versículo. Si comparamos las traducciones en español,
la RVA traduce la frase de manera que diga que Andrónico y Junias son bien conocidos por
los apóstoles, en vez de entre los apóstoles como leemos en RVR, LBLA, NVI, DHH, y otras.
Para la RVA, lo que Pablo hace es reconocer el respeto que los apóstoles sienten por ellos,
mientras que para las otras versiones, Pablo cuenta a Andrónico y a Junias entre los apóstoles.
La interpretación más clara que puede dársele a la problemática preposición es la segunda,
donde Pablo los encomia como apóstoles destacados.

Andrónico y Junias no sólo sirvieron junto con Pablo, también fueron a la cárcel con él,
aunque no sabemos exactamente cuándo o dónde ocurrió. El hecho de haber sido compañeros
de prisión de Pablo pone de manifiesto su extraordinaria dedicación a la proclamación del
evangelio. Y Pablo da otra razón para encomiar a este par –a saber, que ambos llegaron a la
fe antes que él. Mientras más tiempo andemos con el Señor, más tiempo tenemos para crecer
y madurar.
El comentario de Pablo transmite el respeto que siente por ellos e invita a otros a tenerlos en
la misma estima. Como ocurrió con Epeneto, las cualidades que Pablo les atribuye a
Andrónico y a Junias los desafían para que continúen viviendo fielmente a la altura de su
reputación. Su efusivo elogio los edifica y los estimula a seguir adelante.
Después del versículo 7, los saludos se tornan más breves y con frecuencia, hacen alusión a
más de una persona. Aunque estos cambios pudieran insinuar que el papel que juegan estas
personas en la vida del apóstol es menos significativo, él hace mención de cada una por su
nombre. Los saludos más cortos dirigidos a múltiples personas también nos hacen presentir
que Pablo está llegando al final de su carta.
Pablo pone de relieve un atributo notable acerca de cada uno de los mencionados en sus
siguientes tres saludos. Llama “queridos hermanos” a Amplias y a Estaquis, sin ofrecer
ningún contexto que justifique su comentario. Se refiere a Urbano como “nuestro colaborador
en Cristo”, y de este modo, relaciona su servicio a la iglesia con el de Priscila y Aquila, a
quienes también llama “colaboradores”. Algunos eruditos creen que estos tres probablemente
eran gentiles, debido a sus nombres y a que Pablo no los cataloga explícitamente como judíos.

A pesar de que Pablo no presenta más que un rasgo acerca de cada uno de estos tres creyentes,
al hacer mención explícita de ellos, los destaca por encima del resto de la congregación.

Algunos de los siguientes saludos de Pablo están dirigidos a familias (o casas) y no a la iglesia
que se reúne en una casa determinada (16:5). Al mencionar a toda la casa, y no sólo al jefe
de la misma, Pablo se asegura de no pasar por alto a nadie. No sabemos nada de Aristóbulo,
aunque de acuerdo con la tradición, era hermano de Bernabé, el compañero de misión de
Pablo (véase Hechos 9:26–15:41). Al saludar a los de la casa de Narciso (16:11b), Pablo hace
la salvedad “que son del Señor”, insinuando así que no todos los miembros o sirvientes de
esa casa eran creyentes como sí ocurría en casa de Aristóbulo. Mencionar de manera general
a la iglesia o las familias que se reúnen en una casa es un modo de saludar mucho más
prototípico, cuando no existe ninguna otra información temática que se pueda ofrecer para
caracterizar a aquellos a quienes va dirigido el saludo. Por el contrario, todos los saludos a
individuos específicos en estos versículos sí incluyen alguna información personal.
En su saludo a Apeles, Pablo lo llama “el aprobado en Cristo”. Eso, claro está, no significa
que los otros no fueran aprobados, pero sí distingue a Apeles como un individuo
excepcionalmente digno de mención. Entre las mujeres que Pablo incluye de manera
prominente en sus saludos, elogia a Trifena y a Trifosa por su arduo trabajo en el Señor,
obviamente relacionado con el servicio a la iglesia. La caracterización que hace Pablo de
Herodión puede entenderse al menos de dos maneras. En la versión “Dios habla hoy” (DHH)
la expresión aparece como “mi paisano”, aludiendo quizás a su rol como ministro junto con
Pablo. La mayoría de las versiones en español traducen la expresión como “mi pariente”
(NVI, RV60, JB2000, NBLH). En dependencia de cómo se traduzca el término, la intención
de Pablo es destacar el origen judío que ambos comparten o las responsabilidades
ministeriales que ambos tienen.
A continuación, Pablo encomia a Pérsida, una mujer a quien llama “querida hermana”.
Algunos eruditos creen que su nombre se deriva de su origen persa. Esos nombres de
orientación geográfica se les daban normalmente a los esclavos. De acuerdo con esa
suposición, es probable que Pérsida hubiera inmigrado a Roma desde el oriente, y por tanto
conocía a Pablo desde antes de llegar allí. Como hace con los demás, Pablo alaba su servicio
y su amistad. Pero con sólo seis referencias conocidas a una Pérsida en Roma, no poseemos
suficiente información temática para determinar a qué mujer Pablo dirige su saludo.
Los últimos saludos de Pablo están dirigidos a familias o a iglesias que se reúnen en casas de
familia. El primero se lo dedica a Rufo y a su madre, cuyo nombre no menciona. Pablo
presenta a Rufo como “escogido en el Señor”, quizás para recordarles tanto a él como a los
demás, la soberanía de Dios cuando nos llama para que cumplamos sus propósitos. Pablo
dice además que la madre de Rufo era una madre también para él. La mayoría de los eruditos
entiende que esta descripción hace referencia a alguna circunstancia en la que Rufo y su
madre alojaron y cuidaron de Pablo mientras ministraba en el área donde vivían. Las personas
en la antigüedad le daban más valor a la hospitalidad que el que nosotros le damos ahora. La
hospitalidad no se limitaba a darle al huésped un plato de comida y un lugar donde dormir,
sino acoger a esa persona como un miembro de su propio hogar. Lo más próximo a esta
hospitalidad que yo presencié fue cuando mi familia albergó en nuestra casa a algunos
misioneros durante una visita que hicieron. Nuestras comidas eran más prolongadas y
nuestras veladas hasta más tarde de lo acostumbrado, mientras compartíamos historias de lo
que Dios había estado haciendo. Imagínense lo que sería tener a Pablo como huésped en
nuestra casa –las historias que él podría contar, las preguntas que podría contestar. No en
balde sentía un vínculo especial con Rufo y su madre.
En 16:14, el saludo del apóstol va dirigido a un grupo de hombres. No indica qué tipo de
conexión existía entre ellos, pero por el hecho de mencionarlos a todos en una sola oración,
sabemos que él debe haber considerado que sí existía alguna conexión. Pablo entonces añade
“y a los hermanos con ellos”. Es probable que estuviera saludando a la iglesia que se reunía
en una casa y citara el nombre de sus líderes, y no a un grupo numeroso de hermanos de la
misma familia. Son tan escasas las referencias que existen a individuos en Roma que tuvieran
estos nombres, que los eruditos han concluido que Asíncrito, Flegonte, Hermes, Patrobas y
Hermas habían inmigrado a Roma desde algún otro país del imperio romano. Al igual que a
Rufo y los demás, ellos consideran que Pablo los había conocido mientras ministraba en las
regiones orientales del imperio.

Pablo dirige sus últimos saludos a parejas de hombres y mujeres, que pueden haber tenido
alguna relación familiar o matrimonial entre ellos –pero no tenemos manera alguna de
saberlo. Empareja a Filólogo con Julia sin especificar cuál es la conexión entre ellos. Saluda
a Nereo y a su hermana antes de saludar a Olimpas y a todos los santos que están con ellos.
Al agrupar a estos individuos en un solo saludo, Pablo insinúa que compartían algún tipo de
relación –una idea que él mismo refuerza cuando saluda a los santos que están con ellos en
lugar de decir “con él”. De haber usado el pronombre “él”, habría limitado su relación a
Olimpas, pero el plural “ellos” hace que la referencia incluya además a Nereo y a su hermana,
y quizás también a Filólogo y a Julia. Las expresiones que Pablo emplea aquí implican que
está saludando a otra de las iglesias que se reúnen en casas.
El apóstol concluye esta sección de saludos en el versículo 16, invitando a la iglesia en Roma
a que se saluden los unos a los otros con un beso santo. También les transmite saludos de
otras iglesias en Cristo a los creyentes en Roma. Y ahora sí vemos cuánto podemos aprender
de las últimas observaciones de las cartas de Pablo.

16:17–24
Pablo comienza sus exhortaciones finales haciendo un llamado a sus lectores, para que
vigilen a los que causan disensiones y tropiezos contra las enseñanzas que ellos han
aprendido. A través de la carta, sus esfuerzos han estado orientados a corregir el
entendimiento práctico de los romanos acerca de diversos aspectos del evangelio, y con sumo
cuidado, definió su enseñanza como la manera en que las cosas siempre debieron haber sido
entendidas, y no como una enseñanza nueva. El empleo frecuente de citas del Antiguo
Testamento para respaldar sus afirmaciones hace que este entendimiento sea más amplio. Por
estas razones, debemos estar muy atentos al modo en que él caracteriza a los que se oponen
a la fe.
El hecho de no identificarlos explícitamente hace que el mandato tenga una aplicación más
extensa. Es posible que estuviera pensando en los judaizantes, los que exigían que los gentiles
convertidos al cristianismo se circuncidaran. Pero muy bien podía haber estado refiriéndose
a los gentiles que denigraban a los creyentes judíos por seguir observando las costumbres
dietéticas y los días de fiesta que el nuevo pacto ya no demandaba. Pero en lugar de
mencionar explícitamente a algunos de los que tiene en mente, usa una expresión ambigua
que da la posibilidad de incluir en su descripción a más individuos potencialmente
problemáticos.
El criterio que ofrece para identificar las disensiones y las tentaciones es que son cosas
contrarias a las enseñanzas que los romanos han aprendido. ¿Aprendido de quién, de Pablo
o de algún otro? Y al no dar especificaciones, hace que la posible aplicación de su exhortación
sea aún más amplía. ¿Cómo podemos discernir entre una voz profética y una voz discordante
o tentadora? Tenemos que considerar la dirección por la que la voz está tratando de
conducirnos. Si nos lleva de regreso a la verdad, consideraríamos que es profética, pero si
nos desvía de la verdad que se nos ha enseñado, tenemos que considerarla herética o causante
de divisiones. Sin duda alguna, Pablo ha reorientado a los romanos sobre muchos asuntos, ya
sea acerca del proceso de salvación o de la manera en que nuestra vida en Cristo debe influir
en nuestra relación con los demás. Por ese motivo, la enseñanza de Pablo debía ser incluida
en el canon de ellos, para que pudieran identificar qué era profecía y qué era herejía. Al final
del versículo 17, su mandato es claro: ¡apártense de ellos!
Pablo dedica los versículos 18–20 a dar las razones por las que los romanos debían obedecer
sus mandatos. Insiste en no especificar quiénes son los opositores que tiene en mente y se
refiere a ellos como “los tales”. Los describe por lo que hacen y no por lo que representan –
es así cómo se puede ver lo que hay más allá de su engaño. En 16:18, Pablo los presenta
como esclavos de sus propios apetitos y no de Cristo. Cuando hablan, buscan su propio
provecho en vez de predicar el evangelio.
Pero, ¿a quiénes engañan? En vez de señalar quienes son los engañados, Pablo utiliza una
caricatura y dice que los que se dejan arrastrar por esos individuos son los ingenuos de
corazón. Esencialmente, esta descripción implica que todo aquel que se detenga a escucharlos
es susceptible de ser engañado. Y entonces, establece un contraste entre estas personas, que
son fácilmente engañadas, y los creyentes romanos, que son reconocidos por su obediencia.
Este encomio de su obediencia en contraste con la ingenuidad de los otros, refuerza el
ejemplo positivo que Pablo quiere que sigan los creyentes.
En la segunda parte del versículo 19, Pablo vuelve al tema que había dejado de lado en el
versículo 17. A pesar de la oposición engañosa que confrontan los creyentes romanos, él se
regocija porque tiene confianza en su continua obediencia. Desde un punto de vista práctico,
lo que Pablo quiere decir con eso es que los miembros de la iglesia en Roma son sabios en
lo que al bien se refiere, e inocentes en lo tocante a lo malo. Y deben continuar investigando
y dedicándose a todo lo que sea bueno. Aunque pudiéramos alegar que es algo positivo
conocer a nuestro enemigo, Pablo sostiene lo contrario. Hay una antigua anécdota que cuenta
que para detectar los billetes falsificados, el entrenamiento que el Departamento del Tesoro
de los Estados Unidos les daba a los agentes del Servicio Secreto no consistía en examinar
esos billetes falsos, sino en estudiar minuciosamente las características de los verdaderos.
Ese mismo principio se hace patente cuando Pablo dice que mientras más conozcan los
creyentes romanos lo que es bueno, más fácil les resultará mantenerse alejados de lo que es
malo.
Pablo tiene una base muy convincente para exigirles a los creyentes que sean sabios para lo
bueno –a saber, la proximidad del regreso del Señor (16:20). Y nos recuerda que esta lucha
contra el mal no durará eternamente, aun cuando a veces pensemos que sí. Él describe al
Señor como “el Dios de paz”, para recordarles a los romanos que su paz los ayudará a salir
victoriosos de cualquier conflicto que tengan que enfrentar.1

1
Runge, S. E. (2014). Comentario de alta definición: Romanos. (R. G. Medina & J. Terranova, Eds. Y
Trads.) (Ro 1–16.24). Bellingham, WA: Lexham Press.