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Aplicación Judicial

de la Constitución
Anexo de Lecturas
Dr. Eloy Espinosa-Saldaña Barrera

2012
ANEXO DE LECTURAS
Lectura 1:
Sentencia del Tribunal Caso “Isaac Gamero”
Expediente 1109-2002-AA/TC

En esta sentencia el Tribunal Constitucional peruano explica las razones por las cuales, en
la línea de desarrollar sus propias competencias jurisdiccionales, puede ejercer control
difuso en un proceso de Amparo.

EXP. N.° 1109-2002–AA/TC

LIMA

ISAAC GAMERO VALDIVIA

SENTENCIA DEL TRIBUNAL CONSTITUCIONAL

En Lima, a los 6 días del mes de agosto de 2002, reunido el Tribunal Constitucional en
sesión de Pleno Jurisdiccional, con asistencia de los señores Magistrados Rey Terry,
Vicepresidente; Revoredo Marsano; Alva Orlandini; Bardelli Lartirigoyen; Gonzales Ojeda
y García Toma, pronuncia la siguiente sentencia.

ASUNTO

Recurso extraordinario interpuesto por don Isaac Gamero Valdiva contra la sentencia
expedida por la Sexta Sala Civil de la Corte Superior de Justicia de Lima, de fojas 247, su
fecha 16 de enero de 2002, que declaró improcedente la acción de amparo de autos.

ANTECEDENTES

El recurrente, con fecha 5 de enero de 2001, interpone acción de amparo en contra del
Estado Peruano con el objeto de que se declaren inaplicables a su persona los Decretos
Leyes N.os 25423 y 25454, publicados en el diario oficial El Peruano, con fechas 9 y 28 de
abril de 1992, respectivamente, en la parte en que se le destituye del cargo de Vocal
Titular de la Corte Suprema de Justicia de la República y se le cancela el título
correspondiente, así como en la que se le impide impugnar mediante la acción de amparo
la norma que dispone su cese, lo cual viola su derecho de defensa, el principio de
legalidad y el derecho a permanecer en el cargo de Vocal Supremo hasta los 75 años de
edad. Por consiguiente, solicita que se ordene su reposición en el cargo y se le
reconozcan los derechos, haberes y años de servicios dejados de percibir por la injusta
separación de su cargo. Refiere los siguientes hechos: a) el 12 de setiembre de 1986 fue
nombrado Vocal Titular de la Corte Suprema de Justicia de la República a propuesta del
Consejo Nacional de la Magistratura, luego del concurso público de méritos y evaluación
personal, conforme a lo ordenado en la Constitución de 1979, y prestó juramento el 3 de
diciembre del mismo año; b) el 9 de abril de 1992 el Gobierno de Emergencia y
Reconstrucción Nacional dispuso que cese en la función de Vocal Supremo sin ninguna
justificación mediante el Decreto Ley N.° 25423; c) luego de haberse restablecido el orden
constitucional y con la recomendación de la Organización de Estados Americanos de
reinstitucionalizar el Poder Judicial y el Ministerio Público, se ha promulgado la Ley N.°
27367, de fecha 6 de noviembre de 2000, que desactiva las comisiones ejecutivas de
ambas entidades, por lo que considera pertinente plantear la presente acción.

El Procurador Público del Estado a cargo de los asuntos judiciales del Ministerio de
Industria, Turismo, Integración y Negociaciones Comerciales Internacionales, con fecha 8
de marzo de 2001, propone la excepción de caducidad, y solicita que la demanda sea
declarada improcedente, pues los decretos leyes impugnados mantienen su vigencia. Al
día siguiente, el 9 de marzo de 2001, se apersonan al proceso el Procurador Público a
cargo de los asuntos judiciales del Ministerio de Trabajo y Promoción Social, así como la
Procuradora Pública a cargo de los asuntos judiciales del Ministerio de Salud.
Posteriormente, con fecha 12 de marzo de 2001, la Procuradora Pública del Poder
Judicial encargada de la Procuraduría Pública del Ministerio de Justicia, solicitan que la
demanda sea declarada improcedente al haber sido derogado el Decreto Ley N.° 25423,
mientras que, en la misma fecha, el Procurador Público a cargo de los asuntos judiciales
del Ministerio de Agricultura, Ministerio Público y anterior Instituto Nacional de
Planificación, contesta la demanda proponiendo la excepción de caducidad.

El Primer Juzgado Corporativo Transitorio Especializado en Derecho Público de Lima, a


fojas 129, con fecha 18 de junio de 2001, declaró fundada la excepción de caducidad y,
en consecuencia, improcedente la demanda, al haberse interpuesto la demanda de
manera extemporánea.

La recurrida confirmó la apelada por el mismo fundamento, y por considerar, además, que
aun cuando el Decreto Ley N.° 25454 prohibía la int erposición de acciones de amparo
contra el Decreto Ley N.° 25423, era de aplicación la Constitución de 1979, por lo que
"usar como justificación para la no interposición de una acción de amparo una supuesta
prohibición legal, es reconocer una norma notoriamente inconstitucional, [...] cuando
transgredía el derecho de un justiciable a la tutela jurisdiccional efectiva y la de todo
ciudadano de reclamar en sede judicial la prevalencia del precepto constitucional" previsto
en el artículo 295.° de la Constitución de 1979.

FUNDAMENTOS

El gobierno de emergencia y reconstrucción nacional.

1. Con ocasión de los hechos acaecidos el 5 de abril de 1992, se expide el Decreto


Ley N.° 25418, "Ley de Bases del Gobierno de Emerge ncia y Reconstrucción
Nacional", que dispuso la reorganización de diversas instituciones públicas, entre
ellas el Poder Judicial, estableciendo, de facto, un régimen jurídico sustentado en
un supuesto estado de emergencia. En dicho contexto se expiden los decretos
leyes impugnados en autos.
2. Los Decretos Leyes N.os 25423 y 25454 fueron publicados en el diario oficial El
Peruano el 9 y 28 de abril de 1992, respectivamente; por el primero de estos, cesa
el demandante en el cargo de Vocal Titular de la Corte Suprema de Justicia de la
República y se cancela su título, mientras que por el segundo se le impide que
impugne los efectos de dicha norma mediante la acción de amparo.
3. Como el Decreto Ley N.° 25418 dejó "sin efecto" los artículos de la Constitución de
1979 que se opusieran a su contenido (artículo 8º ), es evidente que la
instauración del Gobierno de Emergencia no se sustentaba en ninguna cláusula
constitucional, lo que daba lugar a un régimen político atípico en nuestro
ordenamiento jurídico.

Protección judicial

4. Sin embargo, por muy atípico que pueda ser el "gobierno" instaurado, en ningún
caso procede, conforme a lo expuesto en el artículo 25° de la Convención
Americana de Derechos Humanos, que se impida el acceso, a cualquier
ciudadano, a un recurso efectivo, sencillo y rápido para la protección de los
derechos reconocidos por la Constitución Política del Estado y la Convención
antes referida.
5. En tal sentido, todos los Estado signatarios de la Convención, se han
comprometido a garantizar, no solo el acceso a un juez natural, sino también, a
desarrollar las posibilidades del recurso judicial, así como a garantizar el
cumplimiento de la decisión estimada procedente.
6. Aún cuando no sea aplicable directamente al caso de autos, la Corte
Interamericana de Derechos Humanos, en su Opinión Consultiva N.° 8/87 del 30
de enero de 1998, sobre "El Hábeas corpus bajo la suspensión de garantías", ha
señalado en su párrafo 24 lo siguiente:

"La suspensión de garantías constituye también una situación excepcional, según


la cual resulta lícito para el gobierno aplicar determinadas medidas restrictivas a
los derechos y libertades que, en condiciones normales, están prohibidas o
sometidas a requisitos más rigurosos. Esto no significa, sin embargo, que la
suspensión de garantías comporte la suspensión temporal del Estado de Derecho
o que autorice a los gobernantes a apartar su conducta de la legalidad a la que en
todo momento deben ceñirse. Estando suspendidas las garantías, algunos de los
límites legales de la actuación del poder público pueden ser distintos de los
vigentes en condiciones normales, pero no deben considerarse inexistentes ni
cabe, en consecuencia, entender que el gobierno esté investido de poderes
absolutos más allá de las condiciones en que tal legalidad excepcional está
autorizada. Como ya lo ha señalado la Corte en otra oportunidad, el principio de
legalidad, las instituciones democráticas y el Estado de Derecho son inseparables
(cf. La expresión ‘leyes’ en el artículo 30.° de la Conv ención Americana sobre
Derechos Humanos, Opinión Consultiva OC-6/86 del 9 de mayo de 1986. Serie A
No. 6, párr. 32)".

7. En tal sentido, mutatis mutandi, cabe señalar que en ningún supuesto cabe la
posibilidad que un Estado limite o elimine la posibilidad que, sus ciudadanos
puedan acceder a un recurso efectivo para la protección de sus derechos
fundamentales, situación que incluso fue advertida por el Tribunal Constitucional
del Perú, en la sentencia recaída en la acción de inconstitucionalidad N:° 007-96-
AI/TC (Fundamento Jurídico N.° 7.).
8. Consecuentemente, la obligación de los Estados, aún en condiciones de
emergencia, radica en que no se suspendan las garantías judiciales –tales como el
amparo o el hábeas corpus–, por ser indispensables para garantizar los derechos
de los ciudadanos, correspondiendo al Poder Judicial de cada Estado proteger
dicha legalidad, así como el Estado de Derecho.
9. Cabe señalar, por otra parte, que el Decreto Ley N.° 25454, en su artículo 2°,
señala expresamente que no procede la acción de amparo cuando está dirigida a
impugnar directa o indirectamente los efectos de la aplicación de los Decretos
Leyes N.os 25423, 25442 y 25446, norma que ha sido acatada en diversas
oportunidades por los magistrados del Poder Judicial, cuando a ellos correspondía
justamente, a través de dicho mecanismo constitucional, proteger a los ciudadanos
que fueron afectados por la aplicación de las normas señaladas, entre ellos, el
actual demandante.
10. Con el proceder descrito, es evidente que el Poder Judicial, si bien actuó
"formalmente" en la aplicación de las leyes anotadas sin verificar si afectaban o no
los derechos de los magistrados separados de sus cargos, no tuvo en cuenta, sin
embargo, que los tratados suscritos por el Estado en materia de derechos
humanos, en ningún momento, suponían la suspensión de las garantías
procesales que permitiese el acceso a un recurso efectivo para la protección de
sus derechos.
11. Ello ha ocurrido, aun cuando la Ley Constitucional del 9 de enero de 1993,
expedida por el Congreso Constituyente Democrático (CCD), declaró la vigencia
de la Constitución, puesto que, en su artículo 2°, dejó a salvo la vigencia de los
decretos leyes expedidos por el Gobierno de Emergencia y Reconstrucción
Nacional hasta que fueran revisados, modificados o derogados por dicho CCD. El
Decreto Ley N.° 25454 mantiene su vigencia hasta la fecha, mas no así los
Decretos Leyes N.os 25423, 25442 y 25446, los cuales fueron derogados –entre
otros decretos leyes– por la Ley N.° 27433.
12. Esta última norma en nada desvirtúa lo expuesto, dado que el decreto ley que
impedía la interposición de acciones de amparo a los magistrados destituidos
mantiene su vigencia y, de otro lado, si bien establece un mecanismo para su
reincorporación, el mismo es de carácter optativo y, en todo caso, solo aplicable a
los magistrados que "deseen acogerse" a dicha norma. En el caso de autos, el
demandante interpuso en su oportunidad la presente acción de amparo con
anterioridad a su vigencia.

La caducidad en las acciones de amparo

13. El Tribunal Constitucional ha establecido en jurisprudencia uniforme y en


aplicación del artículo 37° de la Ley N.° 23506, qu e una vez promulgada la norma
legal –autoaplicable– o emitido y notificado el acto administrativo que puede ser
considerado lesivo a los derechos fundamentales de los ciudadanos, procede su
impugnación en sede constitucional dentro de los sesenta días hábiles siguientes
a su publicación, notificación o ejecución, por lo que, en el caso de las demandas
interpuestas con posterioridad a tal hecho, definitivamente se debe proceder a la
declaración de caducidad.
14. Sin embargo, el Tribunal Constitucional no ha tomado en cuenta cómo proceder en
los supuestos en los que exista un impedimento "legal" que impida o restrinja el
acceso, sobre todo, cuando la norma que así lo establece, es netamente de
carácter discrecional y mantiene sus efectos perversos permanentemente.
15. Si bien en la práctica el Supremo Intérprete de la Constitución ha procedido a
declarar la inaplicabilidad de dicha norma en los casos planteados por los ex
magistrados destituidos a raíz de los sucesos acontecidos el 5 de abril de 1992, y,
en consecuencia, ha ordenado su reposición, también hay casos –durante la
vigencia de la Ley N.° 26801– en que se ha denegado dicho reclamo, justamente
en aplicación del indicado artículo 37° de la Ley N .° 23506.
16. Dado que la norma que imposibilita la interposición de la acción de amparo
mantiene su vigencia, y mientras no exista un mecanismo para reparar el daño
causado, como el establecido en la Ley N.° 27433, n o es posible aplicar el artículo
37° de la Ley N.° 23506, lo que implica un cambio e n la jurisprudencia del Tribunal
Constitucional del modo siguiente:

a. No procede alegar la caducidad en los procesos de amparo cuando el accionante


se encontró impedido de ejercer su derecho de acción, en forma directa o
indirecta, en virtud del mandato expreso de una norma legal, dado que mientras la
misma no sea removida, la inexistencia de un recurso idóneo no puede implicar la
convalidación de un acto atentatorio de los derechos fundamentales. En todo caso,
dicho plazo se computará desde la remoción del impedimento.
b. En todos los demás casos en que la afectación o amenaza de afectación de
derechos fundamentales deriva de la aplicación de una norma legal o acto
administrativo, y no existe impedimento legal alguno para la interposición de la
demanda, su impugnación debe realizarse dentro del plazo de sesenta días
hábiles conforme lo establece el artículo 37° de la Ley N.° 23506
c. En ningún caso puede pretenderse que el supuesto contenido en el apartado a)
del presente fundamento haga referencia a un supuesto correspondiente a actos
continuados de afectación de derechos fundamentales, sino única y
exclusivamente a la falta de un recurso adecuado.

Derechos reconocidos en la Constitución de 1979


1. El artículo 242.° inciso 2) de la Constitución P olítica de 1979, vigente hasta el año
1992, garantizaba a los Magistrados de la Corte Suprema de Justicia la
permanencia en el servicio hasta los 70 años, así como la inamovilidad en el cargo
siempre que observaran conducta o idoneidad propia de la función; en su artículo
248.° agregaba que podían ser destituidos mediante resolución previo proceso
administrativo.
2. Como se observa del Decreto Ley N.° 25423, dicha norma carece de fundamento
y no imputa inconducta o falta grave que merezca la aplicación de una sanción tan
drástica como la de cese; tampoco se sustenta en un procedimiento-administrativo
disciplinario. En consecuencia, debe evaluarse cuáles son los derechos
fundamentales del demandante que han sido afectados en la aplicación de tal
norma.

Derecho al debido proceso

3. Los artículos de la Constitución de 1979 antes citados establecen la obligación del


Estado de realizar un proceso administrativo-disciplinario previo a la remoción del
accionante, lo cual implica que, mínimamente, debieron formularse y notificarse los
cargos correspondientes, y que se le debió conceder un plazo establecido con
anterioridad al procesamiento para formular su defensa, acceder a la revisión de
un eventual expediente y ser juzgado por una autoridad imparcial e independiente
con competencia para ello.
4. No obstante lo expresado, el cese del accionante fue efectuado al margen del
procedimiento preestablecido en la ley y sin contar con las garantías mínimas que
corresponden a un debido proceso en sede administrativa.
5. Asimismo, se observa que, con la restricción impuesta por el Decreto Ley N.°
25454, se impidió al demandante el acceso a un recurso rápido y sencillo para
cuestionar en sede jurisdiccional –con éxito para acreditarse la afectación de sus
derechos– los efectos derivados del Decreto Ley N.° 25423.

Control difuso en el proceso constitucional de amparo

6. La facultad de controlar la constitucionalidad de las normas con motivo de la


resolución de un proceso de amparo constituye un poder-deber por imperativo de
lo establecido en el artículo 138º, segundo párrafo de la Constitución. Lo mismo
autoriza el artículo 3º de la Ley N.° 23506. El con trol difuso de la constitucionalidad
de las normas constituye un poder-deber del Juez al que habilita el artículo 138º
de la Constitución en cuanto mecanismo para preservar el principio de supremacía
constitucional y, en general, el principio de jerarquía de las normas enunciado en
el artículo 51º de nuestra norma fundamental.

El control difuso es un acto complejo en la medida en que significa preferir


la aplicación de una norma cuya validez, en principio, resulta beneficiada
de la presunción de legitimidad de las normas del Estado. Por ello, su
ejercicio no es un acto simple, y para que él sea válido se requiere de la
verificación, en cada caso, de los siguientes presupuestos:
a. Que, en el proceso constitucional, el objeto de impugnación sea un acto que
constituya la aplicación de una norma considerada inconstitucional (artículo 3º de
la Ley N.° 23506).
b. Que la norma a inaplicarse tenga una relación directa, principal e indisoluble con la
resolución del caso, es decir, que ella sea relevante en la resolución de la
controversia.
c. Que la norma a inaplicarse resulte evidentemente incompatible con la
Constitución, aun luego de haberse acudido a interpretarla de conformidad con la
Constitución, en virtud del principio enunciado en la Segunda Disposición General
de la Ley Orgánica del Tribunal Constitucional.

En el presente caso se cumplen los tres presupuestos: a) el mandato dirigido a


rechazar la interposición de acciones de amparo contra los efectos derivados de la
aplicación del Decreto Ley N.° 25423 es contrario n o sólo a la Constitución de
1979, sino también a la vigente, así como a la Convención Americana de
Derechos Humanos; b) la constitucionalidad o no de esta norma es relevante para
la resolución del proceso debido, dado que constituía un impedimento para
acceder a los tribunales internos en busca de la protección de sus derechos
fundamentales; y, finalmente, c) el hecho de que no es posible interpretar las
normas antes citadas, de acuerdo con la Constitución, por ser evidentemente
inconstitucionales, conforme se ha anotado.
Responsabilidad política
23. Al dictarse los Decretos Leyes N.os 25423, 25442, 25446 y 25454, tanto el ex
presidente Alberto Fujimori Fujimori como los ministros que los suscriben, han violado
flagrantemente la Constitución del Estado, por lo que deben ser denunciados ante el
Congreso de la República para los fines de ley.
Por estos fundamentos, el Tribunal Constitucional, en uso de las atribuciones que le
confieren la Constitución Política del Estado y su Ley Orgánica,
FALLA
REVOCANDO la recurrida, que, confirmando la apelada, declaró fundada la excepción de
caducidad e improcedente la demanda; y, reformándola, declara infundada la citada
excepción y FUNDADA la acción de amparo; en consecuencia, inaplicable al demandante
el artículo único del Decreto Ley N.° 25423, así co mo el Decreto Ley 25454; ordena la
reincorporación de don Isaac Gamero Valdivia como Vocal Titular de la Corte Suprema de
Justicia, y que se compute el tiempo no laborado por razón del cese, sólo para efectos
pensionables. Dispone que la presente sentencia se ponga en conocimiento del Congreso
de la República a fin de que inicie el procedimiento de antejuicio, así como a la Fiscalía de
la Nación a efectos de que proceda de conformidad con el artículo 11° de la Ley N.°
23506; del mismo modo, la notificación a las partes, su publicación en el diario oficial El
Peruano y la devolución de los actuados.
SS.
REY TERRY
REVOREDO MARSANO
ALVA ORLANDINI
BARDELLI LARTIRIGOYEN
GONZALES OJEDA
GARCÍA TOMA

Pregunta orientadora para la Lectura N° 1:

1. ¿En qué consideraciones justifica aquí el Tribunal Constitucional peruano su


ejercicio del control difuso?
Lectura 2:
Sentencia del Tribunal Constitucional Caso “Salazar
Yarlenque”
Expediente 3741-2004-AA/TC
(texto de sentencia y de la respuesta al pedido de
aclaración)

En esta sentencia el Tribunal Constitucional peruano va a buscar justificar el


ejercicio del ejercicio del denominado “control difuso administrativo”. Además, y
ya en este punto más en relación con otra unidad de este curso, hace algunas
precisiones sobre los alcances del precedente constitucional.

EXP. N.° 3741-2004-AA/TC


LIMA
RAMÓN HERNANDO
SALAZAR YARLENQUE

SENTENCIA DEL TRIBUNAL CONSTITUCIONAL

En Lima, a los 14 días del mes de noviembre de 2005, reunido el Tribunal


Constitucional en sesión de pleno jurisdiccional, con la asistencia de los señores
magistrados Alva Orlandini, presidente; Bardelli Lartirigoyen, vicepresidente; Gonzales
Ojeda, García Toma, Vergara Gotelli y Landa Arroyo, pronuncia la siguiente sentencia

ASUNTO

Recurso extraordinario interpuesto por don Ramón Hernandp Salazar Yarlenque


contra la sentencia de la Sexta Sala Civil de la Corte Superior de Justicia de Lima, de fojas
66, su fecha 30 de enero de 2004, que declaró infundada la acción de amparo de autos.

ANTECEDENTES

Con fecha 14 de febrero de 2003, el recurrente interpone demanda de amparo contra


la Municipalidad de Surquillo, solicitando que se ordene a la emplazada admitir a trámite
sus medios impugnatorios sin la exigencia previa de pago de la tasa que por tal concepto
tiene establecido en su respectivo Texto Único de Procedimientos Administrativos.
Aduce el demandante que tras haberle impuesto una multa la entidad emplazada se
presentó en la municipalidad a efectos de impugnar dicha decisión, pero se le exigió
previamente el pago de quince nuevos soles (S/. 15.00) por concepto de tasa impugnación,
conforme al TUPA de la referida entidad edil, agregando que la exigencia de dicho pago
vulnera su derecho de petición, así como su derecho de defensa como elemento del debido
proceso que consagra la Constitución.

La emplazada contesta la demanda contradiciendo de modo sustancial sus


argumentos. Sostiene que la Constitución, en su artículo 192.°, inciso 3, reconoce
competencia a los municipios para crear, modificar y suprimir contribuciones, tasas,
arbitrios, licencias y derechos municipales, y que sobre dicha base, ha establecido en su
TUPA el pago por los conceptos de presentación de documentos cinco soles y por concepto
de impugnación diez soles, los cuales se encuentran debidamente sustentados en su
estructura de costos.

El Sexagésimo Tercer Juzgado Civil de Lima, con fecha 6 de junio de 2003, declara
infundada la demanda considerando que el monto establecido por concepto de
impugnación, así como el que se establece por concepto de recepción de documentos,
ascendente en total a la suma de quince nuevos soles, se encuentra previsto en el TUPA de
la municipalidad emplazada. Argumenta también que dicha norma ha sido expedida
conforme al Código Tributario y que, por ello, no se están violando los derechos del
recurrente, tal como este alega.

La recurrida confirma la apelada con argumentos similares.

FUNDAMENTOS

1. Mediante el presente proceso de amparo constitucional, el demandante solicita que se


ordene a la Municipalidad Distrital de Surquillo admitir a trámite los medios
impugnatorios que desea hacer valer frente a una resolución de multa emitida por dicha
entidad, sin que por ello tenga que pagar previamente un derecho de trámite que la
municipalidad emplazada ha establecido y que el recurrente considera violatorio de sus
derechos constitucionales de defensa y de petición, consagrados en los artículos 139.º,
inciso 3 y 2.º inciso 20, de la Constitución, respectivamente.

2. Antes de evaluar el fondo de la controversia, es necesario precisar que el pago que la


Municipalidad emplazada ha establecido como condición para atender el escrito de
impugnación del recurrente, comprende en realidad dos conceptos claramente separados
conforme al propio TUPA de la referida municipalidad. Así, en el rubro 1 de la
Ordenanza N.º 084/MDS, referido al cobro por concepto de Recursos impugnativos, se
fija para el caso, tanto del recurso de reconsideración como del recurso de apelación, la
suma de diez nuevos soles, mientras que en el rubro N.º 7, referido a la Recepción de
documentos en general, se fija como monto la suma de cinco nuevos soles.

3. Este Tribunal considera que lo que en realidad se está cuestionando por contravenir los
derechos de petición y de defensa, es el concepto referido al cobro por “derecho de
impugnación”, consignado en el rubro 1 del TUPA de la municipalidad emplazada. En
consecuencia, este extremo será materia de análisis por parte de este Colegiado.

§1. Control de constitucionalidad y control de legalidad de los actos de la


administración

4. En primer lugar, resulta pertinente atender que tanto el juez de instancia como el
colegiado que atendió el recurso de apelación no se han referido a la dimensión
constitucional de los hechos planteados por el recurrente, puesto que ambos se han
limitado a verificar si la imposición del pago previsto para impugnar una decisión de la
municipalidad emplazada, se ha ajustado a las normas infraconstitucionales como el
Código Tributario o la propia Ordenanza Municipal N.º 084/MDS, que aprobó el
TUPA de la municipalidad demandada, donde, en efecto, se encuentra previsto el cobro
de un derecho por concepto de presentación de recursos impugnatorios. En este sentido,
el a quo, luego de verificar que el monto establecido por concepto de apelación se
encuentra regulado en el respectivo TUPA de la municipalidad, que se enmarca dentro
de los parámetros establecidos por el Código Tributario, concluye que “(...) no se
estaría vulnerando (el) derecho a la defensa (del recurrente)”(fundamento jurídico sexto
de la sentencia).

5. Un razonamiento en este sentido obliga a este Tribunal a hacer algunas precisiones


previas. En primer lugar, se debe recordar que tanto los jueces ordinarios como los
jueces constitucionales tienen la obligación de verificar si los actos de la administración
pública, que tienen como sustento una ley, son conformes los valores superiores, los
principios constitucionales y los derechos fundamentales que la Constitución consagra.
Este deber, como es evidente, implica una labor que no solo se realiza en el marco de
un proceso de inconstitucionalidad (previsto en el artículo 200.º, inciso 4, de la
Constitución), sino también en todo proceso ordinario y constitucional a través del
control difuso (artículo 138.°).

6. Este deber de respetar y preferir el principio jurídico de supremacía de la Constitución


también alcanza, como es evidente, a la administración pública. Esta, al igual que los
poderes del Estado y los órganos constitucionales, se encuentran sometida, en primer
lugar, a la Constitución de manera directa y, en segundo lugar, al principio de legalidad,
de conformidad con el artículo 51.º de la Constitución. De modo tal que la legitimidad
de los actos administrativos no viene determinada por el respeto a la ley –más aún si
esta puede ser inconstitucional– sino, antes bien, por su vinculación a la Constitución.
Esta vinculación de la administración a la Constitución se aprecia en el artículo IV del
Título Preliminar de la Ley del Procedimiento Administrativo General, el cual, si bien
formalmente ha sido denominado por la propia Ley como «Principio de legalidad», en
el fondo no es otra cosa que la concretización de la supremacía jurídica de la
Constitución, al prever que «[l]as autoridades administrativas deben actuar con respeto
a la Constitución, la ley y al derecho (...)» (énfasis agregado).

7. De acuerdo con estos presupuestos, el Tribunal Constitucional estima que la


administración pública, a través de sus tribunales administrativos o de sus órganos
colegiados, no sólo tiene la facultad de hacer cumplir la Constitución –dada su fuerza
normativa–, sino también el deber constitucional de realizar el control difuso de las
normas que sustentan los actos administrativos y que son contrarias a la Constitución o
a la interpretación que de ella haya realizado el Tribunal Constitucional (artículo VI del
Título Preliminar del Código Procesal Constitucional). Ello se sustenta, en primer lugar,
en que si bien la Constitución, de conformidad con el párrafo segundo del artículo
138.°, reconoce a los jueces la potestad para realizar el control difuso, de ahí no se
deriva que dicha potestad les corresponda únicamente a los jueces, ni tampoco que el
control difuso se realice únicamente dentro del marco de un proceso judicial.

8. Una interpretación positivista y formal en ese sentido no solo supone el


desconocimiento de determinados principios de interpretación constitucional, como los
de unidad de la Constitución y de concordancia práctica, que ha establecido el Tribunal
Constitucional en tanto que supremo intérprete de la Constitución; sino también daría
lugar a una serie de contradicciones insolubles en la validez y vigencia de la propia
Constitución. Así, por ejemplo, una interpretación en ese sentido del artículo 138.º de la
Constitución supondría que el cumplimiento de la supremacía jurídica de la
Constitución solo tiene eficacia en los procesos judiciales y no en aquellos otros
procesos o procedimientos de naturaleza distinta lo cual significaría convertir a la
Constitución en una norma legal. Evidentemente, esta forma de interpretar la
disposición aludida contradice abiertamente el artículo 51.º, el cual señala que «La
Constitución prevalece sobre toda norma legal; la ley, sobre las demás normas de
inferior jerarquía, y así sucesivamente (...)».

9. Por tanto, el artículo 138.° no puede ser objeto de una interpretación constitucional
restrictiva y literal; por el contrario, la susodicha disposición constitucional debe ser
interpretada de conformidad con el principio de unidad de la Constitución,
considerando el artículo 51.º antes señalado, más aún si ella misma (artículo 38.°)
impone a todos –y no solo al Poder Judicial– el deber de respetarla, cumplirla y
defenderla. Es coherente con ello el artículo 102º del Código Tributario, cuando precisa
que «[a]l resolver el Tribunal Fiscal deberá aplicar la norma de mayor jerarquía (...)»;
es decir, aquellas disposiciones de la Constitución que, en este caso, se manifiestan a
través de los principios constitucionales tributarios y de los derechos fundamentales que
están relacionados con dichos principios.

10. En segundo lugar, está de por medio también la eficacia vertical de los derechos
fundamentales; es decir, su eficacia en particular frente a todos los poderes y órganos
del Estado, lo que incluye a la administración pública. Y es que en el marco del Estado
constitucional, el respeto de los derechos fundamentales constituye un imperativo que el
Estado debe garantizar frente a las eventuales afectaciones que pueden provenir, tanto
del propio Estado –eficacia vertical– como de los particulares –eficacia horizontal–;
más aún cuando, a partir del doble carácter de los derechos fundamentales, su violación
comporta la afectación no sólo de un derecho subjetivo individual –dimensión
subjetiva–, sino también el orden objetivo de valores que la Constitución incorpora –
dimensión objetiva–.

11. Esta incidencia de los derechos fundamentales en el Estado constitucional implica, por
otra parte, un redimensionamiento del antiguo principio de legalidad en sede
administrativa, forjado en el siglo XIX en un etapa propia del Estado liberal. Si antes la
eficacia y el respeto de los derechos fundamentales se realizaba en el ámbito de la ley,
en el Estado constitucional, la legitimidad de las leyes se evalúa en función de su
conformidad con la Constitución y los derechos fundamentales que ella reconoce. Por
eso mismo, es pertinente señalar que el derecho y el deber de los tribunales
administrativos y órganos colegiados de preferir la Constitución a la ley, es decir de
realizar el control difuso –dimensión objetiva–, forma parte del contenido constitucional
protegido del derecho fundamental del administrado al debido proceso y a la tutela
procesal ante los tribunales administrativos –dimensión subjetiva–.

12. Por ello es intolerable que, arguyendo el cumplimiento del principio de legalidad, la
administración pública aplique, a pesar de su manifiesta inconstitucionalidad, una ley
que vulnera la Constitución o un derecho fundamental concreto. En definitiva, esta
forma de proceder subvierte el principio de supremacía jurídica y de fuerza normativa
de la Constitución y la posición central que ocupan los derechos fundamentales en el
ordenamiento constitucional, en el cual «la defensa de la persona humana y el respeto
de su dignidad son el fin supremo de la sociedad y del Estado» (artículo 1.º).

13. En el Derecho constitucional comparado –es el caso puntual del ordenamiento chileno–,
se admite, por ejemplo, que un órgano constitucional como la Contraloría General de la
República realice un control constitucional de las normas en sede administrativa. El
control que realiza esta entidad administrativa

(...) es, como es obvio, un control estrictamente jurídico, en el que la


Contraloría confronta la actuación administrativa reglamentaria o singular,
contenida en un decreto o resolución, con el ordenamiento jurídico en su
conjunto, haciendo primar este último por sobre aquélla, como
consecuencia del principio general de legalidad que establece el propio Art.
7º CPR. Sin embargo, es en el control de los aspectos constitucionales de la
actuación administrativa donde la actividad fiscalizadora de la Contraloría
adquiere mayor entidad, en la medida que su pronunciamiento no puede ser
“salvado” mediante la insistencia gubernamental, ya que –se considera– al
estar el decreto o resolución en pugna –aparentemente– con la
Constitución, pone en peligro valores, principios o derechos de la más alta
consideración en el ordenamiento1[1].

14. Por ello, nada impide –por el contrario, la Constitución obliga– a los tribunales y
órganos colegiados de la administración pública, a través del control difuso, anular un
acto administrativo inaplicando una norma legal a un caso concreto, por ser violatoria
de los derechos fundamentales del administrado, tal como lo dispone el artículo 10° de
la Ley del Procedimiento Administrativo General, que sanciona con nulidad el acto
administrativo que contravenga la Constitución, bien por el fondo, bien por la forma;
siempre, claro está, que dicha declaración de nulidad sea conforme a la Constitución y/o

1[1]
FERRADA BÓRQUEZ, Juan Carlos. «Los derechos fundamentales y el control constitucional». En Revista de
Derecho (Valdivia), Vol. XVII, diciembre, 2004. pp. 113-137. [Versión on line,
www.scielo.cl/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S071809502004000200005&lng=es&nrm=iso>]. Citado el 03 de
julio de 2006.
a la interpretación del Tribunal Constitucional, de acuerdo con el artículo VI del Título
Preliminar del Código Procesal Constitucional.

15. En ese sentido, el principio de legalidad en el Estado constitucional no significa simple


y llanamente la ejecución y el cumplimiento de lo que establece una ley, sino también,
y principalmente, su compatibilidad con el orden objetivo de principios y valores
constitucionales; examen que la administración pública debe realizar aplicando
criterios de razonabilidad, racionalidad y proporcionalidad. Esta forma de concebir el
principio de legalidad se concretiza, por ejemplo, en el artículo III del Título Preliminar
de la Ley del Procedimiento Administrativo General, cuando señala que la actuación de
la administración pública tiene como finalidad la protección del interés general, pero
ello sólo es posible de ser realizado «(...) garantizando los derechos e intereses de los
administrados y con sujeción al ordenamiento constitucional y jurídico en general»
(énfasis agregado).

16. De lo contrario, la aplicación de una ley inconstitucional por parte de la administración


pública implica vaciar de contenido el principio de supremacía de la Constitución, así
como el de su fuerza normativa, pues se estaría otorgando primacía al principio de
legalidad en detrimento de la supremacía jurídica de la Constitución, establecido en los
artículos 38.º, 51.º y 201.º de la Constitución; lo cual subvierte los fundamentos mismos
del Estado constitucional y democrático.

17. Sentadas estas premisas, la controversia en el presente caso se centra en determinar si el


establecimiento del pago de derechos por parte de la municipalidad emplazada, como
requisito para tramitar la impugnación de una decisión de la propia entidad, pese a estar
plenamente reconocido en el TUPA de la referida municipalidad, resulta, no obstante,
violatorio de los derechos constitucionales al debido proceso administrativo, a la
defensa, a la tutela judicial efectiva y de petición que consagra nuestra Carta
Fundamental.

§2. Debido procedimiento administrativo y derecho de impugnación de los actos de la


administración
18. Conforme a la jurisprudencia de este Colegiado, el derecho al debido proceso,
reconocido en el inciso 3 del artículo 139.° de la Constitución, no sólo tiene una
dimensión estrictamente jurisdiccional, sino que se extiende también al procedimiento
administrativo y, en general, como la Corte Interamericana de Derechos Humanos lo ha
establecido, a “(...) cualquier órgano del Estado que ejerza funciones de carácter
materialmente jurisdiccional, el cual tiene la obligación de adoptar resoluciones
apegadas a las garantías del debido proceso legal, en los términos del artículo 8° de la
Convención Americana”. (Caso Tribunal Constitucional del Perú, párrafo 71)2[2].
19. Entendido como un derecho constitucionalmente reconocido, el debido procedimiento
administrativo comprende, entre otros aspectos, el derecho a impugnar las decisiones de
la administración, bien mediante los mecanismos que provea el propio procedimiento

2[2]
Véase las sentencias emitidas en el Expediente N.º 2050-2002-AA/TC y, más recientemente, en el
Expediente N.º 2192-2004-AA/TC.
administrativo o, llegado el caso, a través de la vía judicial, bien mediante el
contencioso-administrativo o el propio proceso de amparo. En este último supuesto, el
derecho de impugnar las decisiones de la administración confluye con el derecho de
acceso a la jurisdicción cuando no existan vías propias dentro del propio procedimiento
administrativo, o cuando estas se hayan agotado y causado estado en la decisión final de
la administración.

20. El recurrente sostiene, en efecto, que la exigencia del pago previo de una tasa para
recibir y dar trámite a su escrito de apelación contra un acto administrativo que
considera contrario a sus intereses, afecta su derecho de defensa en sede administrativa
y, por tanto, vulnera el debido procedimiento administrativo. Por su parte, al contestar
la demanda, la municipalidad emplazada aduce que dicho cobro es por la “(...)
realización de un acto administrativo que deseaba efectuar el actor”, el cual se
encuentra plenamente reconocido en el TUPA y que, por ello, no puede ser
inconstitucional. El Tribunal Constitucional no comparte el argumento de la emplazada,
puesto que el hecho de que un acto se sustente en una norma o reglamento no le otorga
necesariamente naturaleza constitucional, ni descarta la posibilidad de que este
Colegiado efectúe el control jurisdiccional. Esta tesis es, en todo caso, contraria al
Estado Democrático, donde rige el principio del control jurisdiccional de la
administración y en el que, desde luego, el parámetro de control, como ya ha quedado
dicho, no es la Ley ni el reglamento, sino la Constitución.

21. El debido procedimiento en sede administrativa supone una garantía genérica que
resguarda los derechos del administrado durante la actuación del poder de sanción de la
administración. Implica, por ello, el sometimiento de la actuación administrativa a
reglas previamente establecidas, las cuales no pueden significar restricciones a las
posibilidades de defensa del administrado y menos aún condicionamientos para que
tales prerrogativas puedan ser ejercitadas en la práctica.

22. En coclusión, este Tribunal estima que, en el presente caso, el establecimiento de


una tasa o derecho como condición para ejercer el derecho de impugnar la propia
decisión de la Administración, vulnera el debido proceso reconocido en el artículo
139.3 de la Constitución.

§3. El derecho de defensa y el derecho de recurrir el acto administrativo

23. Íntimamente vinculado a lo anterior está el tema del derecho de defensa del ciudadano
frente al ejercicio del poder de sanción de la administración, sobre todo si se tiene en
cuenta que, en el presente caso, se encuentra regulada una instancia de apelación en el
propio procedimiento administrativo, por lo que el Tribunal estima que, en el caso de
autos, el derecho de defensa previsto en el artículo 139.°, inciso 14), despliega todos sus
efectos. Desde luego, el derecho de recurrir una decisión de la administración no debe
confundirse con el derecho al recurso o con el derecho a una doble instancia
administrativa, que, como ya tiene dicho este Colegiado, no logra configurarse como un
derecho constitucional del administrado, puesto que no es posible imponer a la
administración, siempre y en todos los casos, el establecimiento de una doble instancia
como un derecho fundamental3[3]. El derecho de recurrir las decisiones de la
administración comporta la posibilidad material de poderlas enervar, bien en el propio
procedimiento administrativo, cuando la ley haya habilitado un mecanismo bien en
todo caso, de manera amplia y con todas las garantías, ante el Poder Judicial, mediante
el proceso contencioso administrativo o, incluso, a través del propio recurso de amparo
cuando se trate de la afectación de derechos fundamentales.

24. El derecho de defensa garantiza, entre otras cosas, que una persona sometida a una
investigación, sea esta de orden jurisdiccional o administrativa, y donde se encuentren
en discusión derechos e intereses suyos, tenga la oportunidad de contradecir y
argumentar en defensa de tales derechos e intereses. Se conculca, por tanto, cuando los
titulares de derechos e intereses legítimos se ven imposibilitados de ejercer los medios
legales suficientes para su defensa, o cuando, como ocurre en el presente caso, se
establezcan condiciones para la presentación de los argumentos de defensa.

Evidentemente, no cualquier imposibilidad de ejercer tale medios legales para la


defensa produce un estado de indefensión reprochable constitucionalmente. Esta sólo
adquiere tal relevancia cuando la indefensión se genera en una indebida actuación del
órgano que investiga o juzga al individuo o cuando, como ocurre en autos, se establecen
condicionamientos al ejercicio mismo del derecho de defensa. Como lo ha sostenido el
Tribunal Constitucional español, criterio que este Colegiado comparte, esta se produce
“(...) únicamente cuando el interesado, de modo injustificado, ve cerrada la posibilidad
de impetrar la protección judicial de sus derechos e intereses legítimos (...) con el
consiguiente perjuicio real y efectivo para los intereses del afectado (...)” (STC
15/2000), tras la realización de un acto u omisión imputable al órgano o ente al que se
reputa la comisión del agravio.

25. El derecho de defensa en el ámbito del procedimiento administrativo de sanción se


estatuye como una garantía para la defensa de los derechos que pueden ser afectados
con el ejercicio de las potestades sancionatorias de la administración. Sus elementos
esenciales prevén la posibilidad de recurrir la decisión, ya sea al interior del propio
procedimiento administrativo o a través de las vías judiciales pertinentes; la posibilidad
de presentar pruebas de descargo; la obligación de parte del órgano administrativo de
no imponer mayores obstrucciones para presentar los alegatos de descargo o
contradicción y, desde luego, la garantía de que los alegatos expuestos o presentados
sean debidamente valorados, atendidos o rebatidos al momento de decidir la situación
del administrado.

3[3]
Véase en este sentido la Sentencia emitida en el Expediente N.º 2209-2002-AA/TC, de manera más
precisa el fundamento 19, donde ha quedado establecido que “(...) no siempre y en todos los casos, es
posible extrapolar acríticamente las garantías del debido proceso judicial al derecho al debido
procedimiento administrativo. Así, por ejemplo, si en sede judicial uno de los contenidos del derecho en
referencia lo constituye el de la necesidad de respetarse el juez natural o pluralidad de instancias, en el
caso del procedimiento administrativo, en principio, que el acto haya sido expedido por un órgano
incompetente genera un vicio de incompetencia, pero no la violación del derecho constitucional. Y, en el
caso de que no se pueda acudir a una instancia administrativa superior por haber sido expedido el acto
por la última instancia en esa sede, ello, desde luego, no supone, en modo alguno, que se haya lesionado
el derecho a la pluralidad de instancias”.
26. En el presente caso, el Tribunal estima que también se pone en riesgo este derecho
constitucional cuando la municipalidad emplazada solicita el pago de una tasa para
ejercer el derecho de impugnar una sanción administrativa, como lo es la determinación
de multa en contra del recurrente. En tal sentido resulta inconstitucional y, por tanto,
inaplicable al recurrente la disposición contenida en la Ordenanza Municipal N.º
084/MDS, que establece el pago de diez nuevos soles por concepto de recursos
impugnativos, correspondiente a la Unidad Orgánica Oficina de Secretaría General,
rubro 1.

§4. La imposición del pago de un derecho por recurrir un acto de la administración


incentiva la arbitrariedad de los actos de poder

27. Al momento de presentar su “expresión de agravios” frente a la decisión del a quo, el


recurrente ha arqüido que “(...) de admitirse como legítima la facultad de la
administración para cobrar un derecho administrativo por recepcionar recursos de
impugnación contra las sanciones que impone, se estaría creando una nueva fuente de
recursos financieros municipales sustentados en la arbitrariedad. En tal caso, ya no
importaría si la multa finalmente será pagada, sino que el solo hecho de pretender
impugnarla habrá de constituir un ingreso para la administración”.

28. Si bien debe presumirse que toda actuación de los poderes públicos tiene como marco
de referencia la observancia del principio de buena fe y la defensa del interés general,
también debe aceptarse que el razonamiento del recurrente resulta materialmente
plausible. Aun no reconociendo esta posibilidad como real en el contexto del caso
planteado, este Tribunal estima que la presencia de cuotas o derechos por concepto de
impugnación de los propios actos de la administración, en el mejor de los casos, no
incentiva la participación del ciudadano en el control de los actos del poder público y
genera una interferencia cuestionable para el desarrollo del Estado Social y
Democrático de Derecho.

En consecuencia, también desde esta perspectiva, el establecimiento del pago de un


derecho para impugnar una decisión de la administración es atentatorio del principio
constitucional de interdicción de la arbitrariedad en el ejercicio del poder público y,
además, desde una perspectiva más general, estimula comportamientos contrarios al
espíritu que debe inspirar una práctica administrativa democrática.

§5. El derecho de petición y su desarrollo constitucional

29. El recurrente también ha señalado en su escrito de demanda y en su recurso


extraordinario que el pago de un derecho previo a la presentación de un escrito de
impugnación de una resolución de la municipalidad emplazada afecta su derecho
constitucional de petición, previsto en el artículo 2.º, inciso 20, de la Constitución.
30. El derecho de petición ha merecido atención de este Colegiado en más de una
oportunidad4[4]. En la STC. 1042-2002-AA/TC, se ha establecido que este “(...)
constituye (...) un instrumento o mecanismo que permite a los ciudadanos relacionarse
con los poderes públicos y, como tal, deviene en un instituto característico y esencial
del Estado democrático de derecho”. (Fundamento jurídico 2.2.2).

31. Un mayor desarrollo del derecho de petición se encuentra en la 27444, Ley del
Procedimiento Administrativo General, 27444, específicamente en los artículos 106.° a
112.°, que bien puede considerarse una ley de desarrollo del derecho constitucional de
petición. Así, en el artículo 106.2, al referirse al ámbito de actuación de este derecho, se
ha incluido el derecho “de contradecir actos administrativos”. De este modo, el derecho
de petición, como cláusula general, comprende:

1. La facultad (derecho) de presentar escritos de solicitud ante la administración como


peticiones individuales o colectivas. Estos escritos pueden contener: a) solicitudes
concretas a favor del solicitante; b) solicitudes a favor de terceros o de un colectivo;
c) reclamaciones, por ejemplo, por la deficiencia de los servicios públicos; d)
solicitudes de información; e) consultas; o, f) solicitudes de gracia. Todas estas
manifestaciones del derecho de petición tienen en común el hecho de que se
desarrollan al margen de un procedimiento instaurado ya sea de oficio o a instancia
del administrado, constituyéndose, si se quiere, como un derecho incondicional y
espontáneo que surge de la simple dimensión ciudadana del sujeto que se vincula de
este modo con el poder público a través de un documento escrito.

2. La facultad (derecho) de contradecir las decisiones de la administración. Esta es una


dimensión que difiere de las manifestaciones anteriores, en tanto estamos ante el
supuesto de un acto previo de parte de la administración, iniciado de oficio o a
instancia de parte. El legislador nacional ha incluido esta dimensión del derecho de
petición aun a contracorriente de la doctrina, que siempre ha diferenciado el derecho
de queja o el derecho al recurso administrativo del derecho de petición5[5]. En
consecuencia, en el derecho nacional, el derecho de contradicción como un derecho
genérico ejercitable contra los actos de la administración, puede concretarse a través
de los recursos administrativos cuando la legislación así lo establezca, o a través del
propio proceso contencioso-administrativo ante el Poder Judicial.

3. Tratándose del ejercicio de un derecho subjetivo, el derecho de petición impone, al


propio tiempo, una serie de obligaciones a los poderes públicos. Esta obligación de
la autoridad competente de dar al interesado una respuesta también por escrito,
en el plazo legal y bajo responsabilidad, confiere al derecho de petición mayor
solidez y eficacia, e implica, entre otros, los siguientes aspectos: a) admitir el escrito
4[4] os
Véanse, al respecto, las sentencias emitidas en los Expedientes N. 0872-1999-AA/TC y 0941-2001-
AA/TC.
5[5]
García de Enterría y Fernández enfatizan que: “La nota característica de los recursos es, por lo tanto, su
finalidad impugnatoria de actos o disposiciones preexistentes que se estiman contrarias a Derecho, lo
cual les distingue de las peticiones, cuyo objetivo es forzar la producción de un acto nuevo, y de las
quejas (…) que no persiguen la revocación de acto administrativo alguno, sino solamente que se corrijan
en el curso mismo del procedimiento en que se producen los defectos de tramitación a que se refieren”.
Curso de Derecho Administrativo, vol. II, pág. 510, Civitas, Madrid, 2001.
en el cual se expresa la petición, sin poner ninguna condición al trámite; b)
exteriorizar el hecho de la recepción de la petición, extendiendo un cargo de ingreso
del escrito; c) dar el curso correspondiente a la petición; d) resolver la petición,
motivándola de modo congruente con lo peticionado, y e) comunicar al peticionante
lo resuelto.

32. Sin duda, en el presente caso, el derecho constitucional de petición también se ha visto
afectado en su dimensión de contradicción del acto administrativo. Ello porque se ha
impuesto al recurrente una condición para el ejercicio de tal derecho, impidiéndosele la
presentación de su escrito para oponerse al acto administrativo que consideraba
contrario a sus derechos.

§6. El derecho de acceso a la jurisdicción y el establecimiento de costos en el


agotamiento de la vía previa

33. Visto de cara a la posibilidad de impugnar la decisión de fondo de la municipalidad


emplazada en un procedimiento contencioso o en un amparo, si acaso dicha decisión
contuviera una decisión que afectara de manera inminente un derecho fundamental, el
tema aquí planteado también puede enfocarse desde la perspectiva del derecho de
acceso a la jurisdicción. Es decir, se trata ahora de responder a la pregunta de si el
establecimiento de una tasa o derecho, toda vez que estamos aún en un procedimiento
ante la propia administración, ¿no supone acaso un obstáculo para la satisfacción del
derecho de acudir ante la instancia judicial impugnando una decisión de la
administración municipal?

34. En la STC. 2763-2002-AA/TC, este Tribunal declaró que el derecho de acceso a la


jurisdicción formaba parte del contenido esencial del derecho a la tutela jurisdiccional,
reconocido por el inciso 3 del artículo 139° de la Constitución. Si bien este aspecto no
ha sido invocado por el recurrente, el Tribunal estima necesario hacer notar que, a la luz
de la configuración del sistema jurídico con relación a la tutela judicial de los derechos,
el establecimiento de un pago para dar por agotada la vía administrativa se convierte, en
la práctica, en un obstáculo contrario al derecho constitucional de toda persona de
acceder sin condicionamientos a la tutela judicial.

35. Debe recordarse, a modo de precedente jurisprudencial, que en la sentencia 3548-


2003-AA/TC, con ocasión de declarar que el principio solve et repete era contrario
al derecho de acceso a la jurisdicción, se estableció que el condicionamiento del
pago previo para impugnar una decisión de la Administración Tributaria
constituía una restricción desproporcionada que la hacía contraria a la
Constitución. Hoy, con igual fuerza, debe afirmarse que también el pago, ya no de
la multa como ocurría en el caso del “pague primero y reclame después”, sino de
la tasa para enervar la multa, mediante el recurso impugnativo respectivo,
constituye igualmente una interferencia económica del derecho de acceso a la
jurisdicción que como derecho constitucionalmente reconocido no puede ser
condicionado bajo ningún supuesto.

§7. Necesidad de establecer el presente caso como precedente


36. A raíz de la entrada en vigencia del Código Procesal Constitucional, se ha introducido
en nuestro sistema jurídico el concepto de precedente constitucional vinculante. Ello
comporta, de manera preliminar, que el Tribunal Constitucional tiene dos funciones
básicas; por un lado resuelve conflictos, es decir, es un Tribunal de casos concretos; y,
por otro, es un Tribunal de precedentes, es decir, establece, a través de su
jurisprudencia, la política jurisdiccional para la aplicación del derecho por parte de los
jueces del Poder Judicial y del propio Tribunal Constitucional en casos futuros. La
cuestión que debe esclarecerse, no obstante, es cuándo el Tribunal debe dictar un
precedente.

37. En la clásica tradición del Common Law norteamericano, tres son los presupuestos
básicos que tiene en cuenta la Suprema Corte para dictar un precedente con efectos
vinculantes sobre toda la judicatura a la que por excelencia se dirige el mensaje del
precedente jurisdiccional; a saber:

A) En primer lugar, la Corte dicta un precedente con efectos vinculantes cuando


evidencie que en los niveles inferiores de la judicatura se dan distintas concepciones
o interpretaciones sobre una determinada figura jurídica o frente a un caso
determinado.
B) La segunda razón que amerita el dictado de un precedente está referida a la
necesidad de llenar un vacío legislativo o una laguna de las leyes. Se trata de hacer
frente al caso construyendo una respuesta a partir de la interpretación constitucional.
C) Finalmente, la tercera razón es la necesidad de desarrollar la jurisprudencia
sentando un nuevo precedente que anula uno anterior (la conocida práctica del
overruling).

38. La incorporación de la técnica del precedente constitucional en nuestro derecho


comparta la necesidad de fijar parámetros que respondan a nuestro contexto y a nuestra
tradición jurídica. Si bien, prima facie, pueden asumirse las restricciones que ha
desarrollado la Corte Americana para dictar un precedente, deben tenerse en cuenta,
además, algunas particularidades de nuestros procesos constitucionales. Así, por
ejemplo, ocurre que en los procesos constitucionales de la libertad (Hábeas Corpus,
Hábeas Data, Amparo), con frecuencia se impugnan ante este Tribunal normas o actos
de la administración o de los poderes públicos que no solo afectan a quienes plantean el
proceso respectivo, sino que resultan contrarios a la Constitución y, por tanto, tienen
efectos generales. Sin embargo, como es sabido, el Tribunal concluye, en un proceso
constitucional de esta naturaleza, inaplicando dicha norma o censurando el acto
violatorio derivado de ella, pero solamente respecto del recurrente, por lo que sus
efectos violatorios continúan respecto de otros ciudadanos.

Se configura, entonces, una situación paradójica: el Tribunal Constitucional, cuya labor


fundamental consiste en eliminar del ordenamiento jurídico determinadas normas
contrarias a la Constitución, no dispone, sin embargo, de mecanismos procesales a su
alcance para expurgar del ordenamiento dichas normas, pese a haber tenido ocasión de
evaluar su anticonstitucionalidad y haber comprobado sus efectos violatorios de los
derechos fundamentales en un proceso convencional de tutela de derechos como los
señalados.

39. En el derecho comparado se advierten diferentes mecanismos que permiten que los
propios tribunales puedan autoplantearse, de oficio, un proceso de inconstitucionalidad
a efectos de pronunciarse con efectos generales sobre una ley que ha sido, en principio,
impugnada a través de un proceso de tutela de un derecho fundamental como el amparo.
Así, en el caso español, cuyo sistema de jurisdicción constitucional puede considerarse,
prima facie, muy semejante al nuestro, se establece, en el artículo 52.56[6] de la Ley
Orgánica del Tribunal Constitucional, la llamada “autocuestion de constitucionalidad”
que permite “convertir” un amparo en un proceso de inconstitucionalidad, permitiendo,
de este modo, la emisión de una sentencia con efectos generales que podría
eventualmente declarar inválida una ley por contravenir la Constitución.

40. Si bien en nuestro sistema de jurisdicción constitucional no existe una previsión legal
de tal envergadura, sin perjuicio de que este Colegiado pueda en el futuro analizar su
incorporación a través de la jurisprudencia, la reciente previsión del precedente
constitucional a que se refiere el artículo VII del Título Preliminar del Código Procesal
Constitucional constituye una herramienta que podría ayudar a suplir estas deficiencias
legales, permitiendo optimizar la defensa de los derechos fundamentales, labor que
corresponde por excelencia a este Colegiado.

Por tanto, un supuesto adicional a los señalados por la Corte Suprema Americana, para
el establecimiento de un precedente, puede configurarse, en el caso nuestro, a partir de
la necesidad de que el Tribunal, luego de comprobar que una norma que ha sido
cuestionada mediante un proceso que no es el de control abstracto, constate, además,
que los efectos dañosos o violatorios de los derechos fundamentales denunciados
afectan de modo general a un amplio grupo de personas; o que el acto impugnado y
declarado contrario a la Constitución por el Tribunal constituye una práctica
generalizada de la administración o de los poderes públicos en general. De este modo,
la regla que el Tribunal extraiga a partir del caso deberá permitir anular los actos o las
normas a partir del establecimiento de un precedente vinculante, no solo para los jueces,
sino para todos los poderes públicos. El precedente es de este forma, una herramienta
no solo para dotar de mayor predecibilidad a la justicia constitucional, sino también
para optimizar la defensa de los derechos fundamentales, expandiendo los efectos de la
sentencia en los procesos de tutela de derechos fundamentales.

41. En tal sentido, y desarrollando los supuestos establecidos en la sentencia 0024-2003-


AI/TC, este Colegiado considera que constituyen supuestos para la emisión de un
precedente vinculante los siguientes:
a) La constatación, a partir de un caso que ha sido sometido a la jurisdicción del
Tribunal Constitucional, de la existencia de divergencias o contradicciones latentes

6[6]
“(...) en el supuesto de que se estime el recurso de amparo porque la Ley aplicada lesiona derechos
fundamentales o libertades públicas, la Sala elevará la cuestión al Pleno, que podrá declarar la
inconstitucionalidad de dicha Ley en nueva sentencia con los efectos ordinarios previstos en los artículos
38 y siguientes (...)”.
en la interpretación de los derechos, principios o normas constitucionales, o de
relevancia constitucional.
b) La constatación, a partir de un caso que ha sido sometido a la jurisdicción del
Tribunal Constitucional, de que los operadores jurisdiccionales o administrativos,
vienen resolviendo en base a una interpretación errónea de una norma del bloque de
constitucionalidad; lo cual, a su vez, genera una indebida aplicación de la misma.
d) Cuando en el marco de un proceso constitucional de tutela de los derechos, el
Tribunal constata la inconstitucionalidad manifiesta de una disposición normativa
que no solo afecta al reclamante, sino que tiene efectos generales que suponen una
amenaza latente para los derechos fundamentales. En este supuesto, al momento de
establecer el precedente vinculante, el Tribunal puede proscribir la aplicación, a
futuros supuestos, de parte o del total de la disposición o de determinados sentidos
interpretativos derivados del mismo; o puede también establecer aquellos sentidos
interpretativos que son compatibles con la Constitución.
e) Cuando se evidencia la necesidad de cambiar de precedente vinculante.

§7.1. La distinción entre jurisprudencia y precedente

42. La incorporación del precedente constitucional vinculante, en los términos en que


precisa el Código Procesal Constitucional, genera por otro lado, la necesidad de
distinguirlo de la jurisprudencia que emite este Tribunal. Las sentencias del Tribunal
Constitucional, dado que constituyen la interpretación de la Constitución del máximo
tribunal jurisdiccional del país, se estatuyen como fuente de derecho y vinculan a todos
los poderes del Estado. Asimismo, conforme lo establece el artículo VI del Código
Procesal Constitucional y la Primera Disposición General de la Ley Orgánica del
Tribunal Constitucional, N.º 28301, los jueces y tribunales interpretan y aplican las
leyes y reglamentos conforme a las disposiciones de la Constitución y a la
interpretación que de ellas realice el Tribunal Constitucional a través de su
jurisprudencia en todo tipo de procesos. La jurisprudencia constituye, por tanto, la
doctrina que desarrolla el Tribunal en los distintos ámbitos del derecho, a consecuencia
de su labor frente a cada caso que va resolviendo.

43. Por otro lado, con objeto de conferir mayor predecibilidad a la justicia constitucional, el
legislador del Código Procesal Constitucional también ha introducido la técnica del
precedente, en su artículo VII del título preliminar, al establecer que “Las sentencias del
Tribunal Constitucional que adquieren la autoridad de cosa juzgada constituyen
precedente vinculante cuando así lo exprese la Sentencia, precisando el extremo de su
efecto normativo (…)”. De este modo, si bien tanto la jurisprudencia como el
precedente constitucional tienen en común la característica de su efecto vinculante, en
el sentido de que ninguna autoridad, funcionario o particular puede resistirse a su
cumplimiento obligatorio, el Tribunal, a través del precedente constitucional, ejerce un
poder normativo general, extrayendo una norma a partir de un caso concreto.

§7.2. Condiciones del uso del precedente

44. De esto se desprende que el precedente es una técnica para la ordenación de la


jurisprudencia permitiendo al mismo tiempo que el Tribunal ejerza un verdadero poder
normativo con las restricciones que su propia jurisprudencia deberá ir delimitando
paulatinamente. De modo preliminar puede establecerse, sin embargo, que una primera
restricción está referida a la relación entre caso y precedente. Como ocurre en los países
del Common Law “(...)el valor de precedente de una decisión está determinado por
aquello que un juez decide efectivamente en la sentencia. Mas aquello que es
efectivamente decidido, está determinado con relación al caso (fattispecie) concreto de
la controversia sometida a juicio”7[7] .

45. En este sentido, este Colegiado considera que esta regla también es válida para nuestro
sistema, aun cuando también es verdad que la configuración del caso en nuestro sistema
jurídico no siempre se relacione con hechos concretos sino con la evaluación en
abstracto de normas, como ocurre en el caso del control de constitucionalidad de la Ley,
por ejemplo. Ello, no obstante, no hace que el precedente normativo que este Colegiado
externalice, no tenga una directa relación con la cuestión central que deba decidirse
porque así ha sido sometido al Tribunal Constitucional. Esto es así, porque, también
tratándose del precedente normativo, la legitimidad con que actúa este Colegiado para
incursionar en el sistema de fuentes del ordenamiento jurídico está sustentada en la
necesidad de dar respuesta a las demandas que han sido planteadas por los entes
legitimados para hacerlo. En otras palabras el Tribunal, también cuando dicta “normas”
a través de sus sentencias no actúa de oficio, sino atendiendo al llamado de los
protagonistas de los procesos constitucionales.

En tal sentido, como ya lo adelantáramos en la sentencia 0024-2003-AI/TC, la emisión


de un precedente normativo vinculante se sustenta en la “Existencia de relación entre
caso y precedente vinculante. En ese sentido, la regla que con efecto normativo el
Tribunal Constitucional decide externalizar como vinculante, debe ser necesaria para
la solución del caso planteado. El Tribunal Constitucional no debe fijar una regla so
pretexto de solución de un caso, si en realidad esta no se encuentra ligada
directamente con la solución del mismo”.

46. En segundo lugar, como lo ha señalado la tradición del Common Law, el precedente
debe constituir una regla de derecho y no puede referirse a los hechos del caso, si bien
puede perfectamente partir de ellos. En tercer lugar, aunque parezca obvio, la regla del
precedente constitucional no puede constituir una interpretación de una regla o
disposición de la Constitución que ofrece múltiples construcciones; en otras palabras, el
precedente no es una técnica para imponer determinadas doctrinas u opciones
ideológicas o valorativas, todas ellas válidas desde el punto de vista jurídico. Si tal
situación se presenta de modo inevitable, debe ser encarada por el Tribunal a través de
su jurisprudencia, en un esfuerzo por crear consensos en determinados sentidos. El
precedente, en estos supuestos, solo aparecerá como resultado de la evolución favorable
de la doctrina jurisprudencial del Tribunal en determinado sentido. Esto último supone
que el Tribunal debe abstenerse de intervenir fijando precedentes sobre temas que son
más bien polémicos y donde las posiciones valorativas pueden dividir a la opinión

7[7]
Kauper, Paul G. “La regola del precedente e la sua applicazione nella giurisprudenza costituzionale degli
stati uniti”, en Giuseppino Treves, La dottrina del precedente nella giurisprudenza della Corte
Costituzionale, Torino, 1971, p.221
pública. Esto implica, por otro lado, una práctica prudente que permite al Tribunal
lograr el mayor consenso posible en el uso de esta nueva herramienta, lo cual le
permitirá una verdadera potestad normativa, como ya se ha dicho.

§8. La necesaria distinción entre precedente judicial y precedente constitucional

47. Para que una decisión de este Colegiado, planteada en forma de precedente vinculante
pueda convertirse en una herramienta útil en la expansión de los efectos de una
sentencia que, en principio, debiera tener solo efectos inter partes, resulta necesario
establecer la distinción entre los efectos del precedente vinculante emitido por un
Tribunal Constitucional, y lo que son los efectos del precedente judicial en los sistemas
del Common Law.

48. Es conocido que el precedente judicial en el sistema del Common Law se ha


desarrollado como precedente vinculante en sentido vertical; es decir, aplicable desde la
Corte Suprema (para el caso norteamericano) hacia las cortes y juzgados inferiores de
todo el sistema judicial. Osea, el efecto vinculante se establece aquí básicamente
respecto de los jueces. Cualquiera que invoque un precedente, para que éste logre sus
efectos, deberá acudir ante un juez, quien deberá aplicarlo en un caso concreto.

49. El precedente constitucional en nuestro sistema tiene efectos más generales. La forma
como se ha consolidado la tradición de los tribunales constitucionales en el sistema del
derecho continental ha establecido, desde muy temprano, el efecto sobre todos los
poderes públicos de las sentencias del Tribunal Constitucional8[8]. Esto significa que el
precedente vinculante emitido por un Tribunal Constitucional con estas características
tiene, prima facie, los mismos efectos de una ley. Es decir, que la regla que el Tribunal
externaliza como precedente a partir de un caso concreto, es una regla para todos y
frente a todos los poderes públicos; cualquier ciudadano puede invocarla ante cualquier
autoridad o funcionario sin tener que recurrir previamente ante los tribunales, puesto
que las sentencias del Tribunal Constitucional, en cualquier proceso, tienen efectos
vinculantes frente a todos los poderes públicos y también frente a los particulares. Si no
fuese así, la propia Constitución estaría desprotegida, puesto que cualquier entidad,
funcionario o persona podría resistirse a cumplir una decisión de la máxima instancia
jurisdiccional.

§9. El precedente extraíble en el presente caso

8[8]
Véase, por ejemplo, en lo que respecta al Tribunal Federal Alemán, el parágrafo 31.1, BverfGG: “Las
sentencias del Tribunal Constitucional vinculan a los órganos constitucionales de la federación y de los
Estados, a todos los tribunales y a todas las autoridades administrativas”. Cfr. Raúl Bocanegra Sierra,
“Cosa juzgada, vinculación, fuerza de ley en las decisiones del Tribunal Constitucional alemán”, en
Revista española de Derecho Constitucional, Vol I, N.° 1, CEC, Madrid, 1981, pág. 235 ss.
50. Hechas estas precisiones conceptuales, el Tribunal considera que, sobre la base de lo
expuesto, en el presente caso, las reglas de derecho que se desprenden directamente del
caso pueden ser resumidas en los siguientes términos:

A) Regla procesal: El Tribunal Constitucional, de acuerdo con el artículo VII del Título
Preliminar del Código Procesal Constitucional, tiene la facultad jurídica para
establecer, a través de sus sentencias que adquieren la autoridad de cosa juzgada, un
precedente vinculante cuando se estime una demanda por violación o amenaza de
un derecho fundamental, a consecuencia de la aplicación directa de una disposición
por parte de la administración pública, no obstante ser manifiesta su contravención a
la Constitución o a la interpretación que de ella haya realizado el Tribunal
Constitucional (artículo VI del Título Preliminar del Código Procesal
Constitucional), y que resulte, por ende, vulneratoria de los valores y principios
constitucionales, así como de los derechos fundamentales de los administrados.
Regla sustancial: Todo tribunal u órgano colegiado de la administración pública
tiene la facultad y el deber de preferir la Constitución e inaplicar una disposición
infraconstitucional que la vulnera manifiestamente, bien por la forma, bien por el
fondo, de conformidad con los artículos 38.º, 51.º y 138.º de la Constitución. Para
ello, se deben observar los siguientes presupuestos: (1) que dicho examen de
constitucionalidad sea relevante para resolver la controversia planteada dentro de un
proceso administrativo; (2) que la ley cuestionada no sea posible de ser interpretada
de conformidad con la Constitución.

B) Regla procesal: El Tribunal Constitucional, de acuerdo con el artículo VII del Título
Preliminar del Código Procesal Constitucional, tiene la facultad jurídica para
establecer, a través de sus sentencias que adquieren la autoridad de cosa juzgada, un
precedente vinculante, a consecuencia de la aplicación directa de una norma o
cuando se impugnen determinados actos de la administración pública que resulten, a
juicio del Tribunal Constitucional, contrarios a la Constitución y que afecten no solo
al recurrente, sino también, por sus efectos generales, o por ser una práctica
generalizada de la administración pública, a un grupo amplio de personas.
Regla sustancial: Todo cobro que se haya establecido al interior de un
procedimiento administrativo, como condición o requisito previo a la impugnación
de un acto de la propia administración pública, es contrario a los derechos
constitucionales al debido proceso, de petición y de acceso a la tutela jurisdiccional
y, por tanto, las normas que lo autorizan son nulas y no pueden exigirse a partir de
la publicación de la presente sentencia.

Por estos fundamentos, el Tribunal Constitucional, con la autoridad que le confiere la


Constitución Política del Perú

HA RESUELTO

1. Declarar FUNDADA la demanda de amparo; en consecuencia, ordena a que la


Municipalidad Distrital de Surquillo admita a trámite el medio de impugnación
interpuesto por el recurrente contra el acto administrativo que determinó una sanción de
multa, sin exigirle previamente el pago de una tasa por concepto de impugnación.
2. Establecer como PRECEDENTE VINCULANTE, conforme al artículo VII del Título
Preliminar del Código Procesal Constitucional, las reglas contenidas en los
fundamentos 41 y 50, supra, de esta sentencia.

3. Remitir copia de la presente sentencia a la Presidencia del Consejo de Ministros a


efectos de que se adoptan las medidas necesarias para su fiel cumplimiento en el ámbito
de toda la administración del Estado, conforme a las competencias que le confiere el
artículo 119.° de la Constitución.

Publíquese y notifíquese.

SS.

ALVA ORLANDINI
BARDELLI LARTIRIGOYEN
GONZALES OJEDA
GARCÍA TOMA
VERGARA GOTELLI
LANDA ARROYO

Preguntas orientadoras para la Lectura N° 2:

1. ¿En qué consideraciones se sustenta el denominado “control difuso


administrativo”?
2. ¿Existen algunas variantes significativas entre lo planteado en la sentencia y lo
señalado en la aclaración?
Lectura 3:
Sentencia del Tribunal Constitucional Caso “María
Julia”
Expediente 00142-2011-PA/TC

Aquí el Tribunal Constitucional peruano se refiere a dos temas: el primero es el del


margen de control constitucional sobre el arbitraje; el segundo, el de los
fundamentos esgrimidos para sustentar el denominado “control difuso arbitral”.

EXP. N.° 00142-2011-PA/TC


LIMA
SOCIEDAD MINERA DE
RESPONSABILIDAD LTDA.
MARIA JULIA

SENTENCIA DEL TRIBUNAL CONSTITUCIONAL

En Lima, a los 21 días del mes de setiembre de 2011, el Pleno del Tribunal
Constitucional, integrado por los magistrados Mesía Ramírez, Álvarez Miranda, Vergara
Gotelli, Beaumont Callirgos, Eto Cruz y Urviola Hani, pronuncia la siguiente sentencia,
con el voto singular del magistrado Vergara Gotelli y el fundamento de voto del magistrado
Urviola Hani, que se agregan

ASUNTO

Recurso de agravio constitucional interpuesto por la Sociedad Minera de


Responsabilidad Ltda. Maria Julia contra la resolución expedida por la Tercera Sala Civil
de la Corte Superior de Justicia de Lima, de fojas 136, su fecha 23 de julio de 2010, que
declaró improcedente la demanda de autos.

ANTECEDENTES

Con fecha 18 de diciembre de 2009, la recurrente interpone demanda de amparo


contra el Tribunal Arbitral compuesto por el Árbitro Único don Luis Humberto Arrese
Orellana, a fin de que se declare la ineficacia del laudo arbitral de derecho contenido en la
Resolución del 22 de septiembre de 2009, recaída en el Caso Arbitral Nº 1487-119-2008,
así como su inscripción registral dispuesta por el mismo laudo, y que se ordene que se
retrotraiga el Caso Arbitral Nº 1487-11-2008 hasta antes de la expedición del referido
laudo. Alega la recurrente que se afecta sus derechos al debido proceso y a la tutela
procesal efectiva.

Según la recurrente, el árbitro demandado no ha explicado o fundamentado


debidamente por qué existe una “incompatibilidad” en la cláusula Tercera del Contrato de
Cesión Minera en cuanto al momento de inicio de la exploración minera. Más aún, el laudo
se fundamenta en la invocación de normas impertinentes para la interpretación de la
cláusula referida. Asimismo, la recurrente sostiene que el árbitro demandado no ha
valorado debidamente los hechos y la prueba documentaria que obra en el expediente
arbitral.

El Quinto Juzgado en lo Constitucional de Lima, mediante Resolución de fecha 23


de diciembre de 2009, declara de plano improcedente la demanda interpuesta, por cuanto la
recurrente no ha cumplido con agotar la vía previa. A su turno, la Tercera Sala Civil de la
Corte Superior de Justicia de Lima, confirma la apelada, pero considera además, que la
demanda es improcedente por la existencia del recurso de anulación del laudo (según la
Duodécima Disposición Complementaria del Decreto Legislativo Nº 1071, que norma el
Arbitraje), que es vía igualmente satisfactoria para la protección de la pretensión solicitada.

FUNDAMENTOS

Petitorio

1. Conforme se indica en la demanda, el presente proceso constitucional se dirige a


restablecer las cosas al estado anterior a la vulneración de los derechos constitucionales
invocados por la recurrente como resultado del laudo arbitral de derecho emitido con
fecha 22 de septiembre de 2009 dentro del Caso Arbitral Nº 1487-119-2008. Según
afirma la recurrente, dicha vulneración se habría producido por existir una deficiente y
contradictoria fundamentación en el referido laudo.

Consideración preliminar

2. De manera preliminar a la dilucidación de la presente controversia, este Colegiado


considera pertinente referir que a la fecha, existe una buena cantidad de procesos en
trámite en los que se viene cuestionando el proceder de la jurisdicción arbitral de cara a
lo establecido en la Constitución. Consciente de la importancia del arbitraje dentro del
orden constitucional, este Tribunal considera conveniente proceder a una reformulación
y/o consolidación de los criterios establecidos en su jurisprudencia, con el objeto de dar
una visión actualizada de lo que hoy en día representa para este Supremo Interprete de
la Constitución la institución del arbitraje y la fórmula de control constitucional
aplicable a éste.
La evolución del control constitucional sobre la justicia arbitral en la jurisprudencia
del Tribunal Constitucional

3. La perspectiva de un control constitucional sobre las decisiones emitidas por la


jurisdicción arbitral no es desconocida ni mucho menos reciente para este Colegiado.
La primera vez que esto se sometió a discusión data del año 1999, con motivo del
proceso de amparo promovido por Pesquera Rodga S.A. contra los miembros de un
Tribunal Arbitral y el Centro de Arbitraje y Conciliación Comercial (CEARCO PERU)
(STC 189-1999-AA/TC). En aquella oportunidad se dejó claramente establecido que
“la posibilidad de cuestionarse por vía del proceso constitucional un laudo arbitral,
esto es, una resolución expedida por un Tribunal Arbitral, no puede considerarse una
opción equivocada ni menos inconstitucional, habida cuenta de que si bajo
determinadas circunstancias procede el proceso constitucional contra resoluciones
provenientes tanto de la jurisdicción ordinaria como contra resoluciones de la
jurisdicción militar (…) no existe razón alguna (tampoco y mucho menos legal, ya que
se trata de derechos constitucionales) que impida el uso del proceso constitucional
frente a la jurisdicción arbitral (…)” (fundamento 3).

4. Aunque los criterios por entonces establecidos respondían directamente al estado de la


jurisprudencia en relación con el control constitucional de las decisiones judiciales (que,
como se sabe, sólo permitía la defensa de derechos constitucionales estrictamente
procesales), se aceptó la posibilidad de habilitar la opción descrita, de una forma no
menos restringida que la que ya se daba para otras manifestaciones de control.

5. Es pertinente precisar que por la misma época el tema también fue abordado desde la
perspectiva legislativa. En efecto, mediante Ley Nº 27053 publicada en el diario oficial
“El Peruano” el 19 de enero de 1999, quedó modificado el artículo 6º, inciso 2), de la
entonces vigente Ley de Habeas Corpus y Amparo (Nº 23506), estableciendo la
improcedencia de las acciones de garantía “Contra resolución judicial o arbitral
emanadas de proceso regular”, lo que contrario sensu, y siguiendo la jurisprudencia
existente en aquel momento, significaba que si el proceso (sea este judicial o arbitral)
devenía en irregular, quedaba habilitado el control constitucional.

6. Casos posteriores de cuestionamiento a decisiones arbitrales no se volverían a presentar


durante un periodo relativamente largo. Es recién en el año 2005 que el Pleno del
Tribunal Constitucional, utilizaría un proceso en el que colateralmente se discutía un
arbitraje, para teorizar nuevamente sobre el tema, esta vez de un modo mucho más
detallado. Se trata de la sentencia recaída en el proceso de habeas corpus promovido por
Felipe Cantuarias Salaverry contra el Fiscal de la Trigésimo Octava Fiscalía Provincial
Penal de Lima (STC 6167-2005-PHC/TC). En esta Ejecutoria y al margen de las
consideraciones teóricas en ella desarrolladas y que abogan decididamente por el
control constitucional de las decisiones arbitrales, se sentarán los siguientes criterios: a)
El control judicial es siempre a posteriori y se ejerce a través de los recursos de
apelación y anulación de laudo previstos en la Ley General de Arbitraje (Nº 26572); b)
El control constitucional se sujeta a lo establecido en el Código Procesal Constitucional,
precisándose que tratándose de materias de competencia del fuero arbitral, de
conformidad con el artículo 5°, numeral 4, del citado Código, no proceden los procesos
constitucionales cuando no se hayan agotado las vías previas; en ese sentido, si lo que
se cuestiona es un laudo arbitral que verse sobre derechos de carácter disponible, de
manera previa a la interposición de un proceso constitucional, el presunto agraviado
deberá haber agotado los recursos que la Ley General de Arbitraje prevé para impugnar
dicho laudo; y c) En este contexto, el control constitucional jurisdiccional se
desenvuelve a posteriori, cuando se vulnera el derecho a la tutela procesal efectiva o se
advierte un incumplimiento, por parte de los propios árbitros, de la aplicación de la
jurisprudencia constitucional o los precedentes de observancia obligatoria, que los
vinculan en atención a los artículos VI, in fine, y VII del Título Preliminar del Código
Procesal Constitucional, respectivamente.

7. Tiempo después y mediante la sentencia recaída en el proceso de amparo promovido


por Corporación Meier S.A.C. y Persolar S.A.C. contra Aristocrat Technologies INC y
Aristocrat International PTY Limited (STC 4972-2006-PA/TC), el Tribunal
Constitucional volverá a pronunciarse sobre el tema, reiterando algunos de los criterios
establecidos hasta entonces a la par que ampliando algunos otros. El razonamiento, en
esta ocasión, se sintetiza en tres extremos: a) El control constitucional de las decisiones
emitidas por la jurisdicción arbitral procede cuando ésta vulnera o amenaza cualquiera
de los aspectos que formal o materialmente integran la llamada tutela procesal efectiva,
y siempre que se haya agotado la vía previa; b) El control constitucional procede
cuando la jurisdicción arbitral ha sido impuesta compulsiva o unilateralmente; c) El
control constitucional opera cuando a pesar de haberse aceptado voluntariamente la
jurisdicción arbitral, las materias sobre las que ha decidirse tienen carácter indisponible
(derechos fundamentales, temas penales, etc.).

8. Más recientemente el Tribunal Constitucional aborda de nuevo el tema y agrega


algunos aspectos adicionales, mediante la sentencia recaída en el proceso de amparo
promovido por PROIME Contratistas Generales S.A. contra los miembros del Tribunal
Arbitral del Colegio de Ingenieros del Perú (STC 4195-2006-PA/TC). En dicho
pronunciamiento, se habla hasta de cinco reglas en materia de control sobre la
jurisdicción arbitral. Conforme a éstas: a) El amparo no procederá cuando se cuestione
actuaciones previas a la expedición del laudo, por lo que en tales supuestos habrá que
esperar la culminación del proceso arbitral; b) Deberá agotarse la vía previa tras haber
culminado el proceso arbitral, siempre y cuando sean pertinentes los recursos de
apelación o anulación; c) El amparo no procede cuando se cuestione las interpretaciones
del tribunal arbitral respecto a normas legales, a menos que de tales interpretaciones se
desprenda una vulneración manifiesta a la tutela procesal efectiva o al debido proceso;
d) La valoración y calificación de los hechos y circunstancias sometidos a arbitraje son
de exclusiva competencia de la jurisdicción arbitral, a menos que en ello se advierta una
manifiesta arbitrariedad, que pueda constatarse de la simple lectura de las piezas que se
adjuntan al proceso, sin que sea necesaria una actividad probatoria adicional que no es
posible en el proceso de amparo; e) Quien alega la violación de un derecho
constitucional que resulte de una arbitraria interpretación de normas o hechos
producidos en el trámite del arbitraje, deberá acreditarlos de manera objetiva y
específica, precisando en qué ha consistido dicha irregularidad, así como el documento
o pieza procesal en el que se constata dicha vulneración.
9. Como puede apreciarse, el tratamiento del control constitucional respecto de las
decisiones emitidas por la jurisdicción arbitral no siempre ha sido el mismo y las reglas
en su momento instituidas han ido no solamente variando con el curso del tiempo, sino
que algunas han sido retocadas con distinta intensidad.

Los alcances de la jurisdicción arbitral

10. De acuerdo con el Artículo 138º de la Constitución Política del Perú: “La potestad de
administrar justicia emana del pueblo y se ejerce por el Poder Judicial a través de sus
órganos jerárquicos con arreglo a la Constitución y a las leyes”. A su turno el artículo
139º inciso 1) de la misma norma fundamental, prevé como un principio a la par que un
derecho ante la función jurisdiccional, “La unidad y exclusividad de la función
jurisdiccional”, quedando claramente establecido que “No existe ni puede establecerse
jurisdicción alguna independiente, con excepción de la militar y arbitral”.

11. A partir de lo establecido por la norma fundamental, “el arbitraje no puede entenderse
como un mecanismo que desplaza al Poder Judicial, ni tampoco como su sustitutorio,
sino como una alternativa que complementa el sistema judicial puesta a disposición de
la sociedad para la solución pacífica de las controversias. Y que constituye una
necesidad, básicamente para la solución de conflictos patrimoniales de libre
disposición y, sobre todo para la resolución para las controversias que se generen en
la contratación internacional” (STC 6167-2005-PHC/TC, fundamento 10). Desde esta
perspectiva, “este Tribunal reconoce la jurisdicción del arbitraje y su plena y absoluta
competencia para conocer y resolver las controversias sometidas al fuero arbitral,
sobre materias de carácter disponible (…), con independencia jurisdiccional y, por
tanto, sin intervención de ninguna autoridad, administrativa o judicial ordinaria”
(STC 6167-2005-PHC/TC, fundamento 14).

12. Sin embargo de la especial naturaleza del arbitraje, en tanto autonomía de la voluntad
de las partes y, al mismo tiempo, de la independencia de la jurisdicción arbitral, no
supone en lo absoluto desvinculación del esquema constitucional, ni mucho menos del
cuadro de derechos y principios reconocidos por la Constitución. Como ya ha señalado
este Tribunal, “la naturaleza de jurisdicción independiente del arbitraje, no significa
que establezca el ejercicio de sus atribuciones con inobservancia de los principios
constitucionales que informan la actividad de todo órgano que administra justicia,
tales como el de independencia e imparcialidad de la función jurisdiccional, así como
los principios y derechos de la función jurisdiccional. En particular, en tanto
jurisdicción, no se encuentra exceptuada de observar directamente todas aquellas
garantías que componen el derecho al debido proceso” (STC 6167-2005-PHC/TC,
fundamento 9).

13. Ello es así por cuanto la función jurisdiccional se sustenta y se debe a la norma
fundamental, más allá de la especialidad sobre la que pueda versar o de la investidura
de quienes la puedan ejercer. De este modo y aunque se dota a la Justicia arbitral de las
adecuadas garantías de desenvolvimiento y se fomenta su absoluta observancia, la
misma se encuentra inevitablemente condicionada a que su ejercicio se desarrolle en
franco respeto al orden constitucional y a los derechos de la persona.
El modelo de control constitucional sobre la jurisdicción arbitral y la necesidad de
reacomodarlo a lo previsto en el Código Procesal Constitucional

14. Como se ha visto, han sido diversos los criterios que de una u otra manera, han venido
perfilando las aspectos del control constitucional de la jurisdicción arbitral. No
obstante, considera este Colegiado que aun cuando buena parte de dichos criterios no
han perdido su importancia, requieren ser acoplados de una manera mucho más directa
a lo expresamente previsto por el Código Procesal Constitucional, en cuanto referente
obligado de cualquier fórmula procesal tendente a defender la Constitución.

15. Es pertinente recordar que un cambio radical entre el modelo procesal actualmente
vigente y el anterior, vino representado por el paso de un amparo alternativo a uno de
carácter subsidiario o residual. Este cambio supuso la conversión del amparo en un
instrumento procesal que habiéndose concebido en sus inicios como un mecanismo
indiscutiblemente amplio y flexible en sus alcances, a partir de la vigencia del Código
Procesal Constitucional sólo podía y debía ser usado, en casos de extrema urgencia o
cuando las necesidades de tutela normalmente dispensables en la vía judicial ordinaria
no fueran suficientes para defender o tutelar los derechos constitucionales reclamados.
Es ese el sentido del artículo 5º inciso 2) del Código Procesal en materia constitucional.

16. En el modelo de control arbitral actualmente existente no parece, sin embargo, haberse
reparado mayormente en dicho cambio, pese a existir elementos que conducirían a este
propósito.

17. En efecto, aun cuando uno de los criterios que actualmente existe es el de considerar
que la procedencia del amparo arbitral se condiciona al agotamiento de las vías previas,
no parece ser ese el razonamiento más pertinente, ya que el ordenamiento ha
considerado el proceso arbitral stricto sensu como aquel que opera sólo y por ante la
jurisdicción arbitral. Que se haya previsto por mandato del Decreto Legislativo Nº
1071, que norma el Arbitraje, la posibilidad de un recurso de anulación (como en la
derogada Ley General de Arbitraje se establecieron los recursos de apelación y de
anulación) como fórmula a posteriori, no significa que tal mecanismo sea parte
integrante del proceso arbitral. Se trata más bien, por su propia finalidad así como por la
configuración judicial de la que se encuentra dotado, de una verdadera opción procesal
cuyo propósito, técnicamente hablando, puede sustituir al amparo cuando de la defensa
de derechos constitucionales se trate.

18. Este Colegiado estima que en tanto es posible que mediante el recurso de anulación de
laudo resulte procedente revertir los efectos del pronunciamiento arbitral en los casos en
los que éste involucre la afectación de derechos constitucionales, su naturaleza no es la
de una vía previa, es decir la de una instancia anterior al proceso constitucional, sino
más bien, la de una vía procedimental igualmente satisfactoria, en los términos a los que
se refiere el Artículo 5º inciso 2) del Código Procesal Constitucional. En tales
circunstancias quien acuda al recurso de anulación de laudo debe saber que lo que la
instancia judicial decida ha de ser lo definitivo, sin que sea posible a posteriori acudir al
proceso constitucional de amparo, ya que en este supuesto es de aplicación el inciso 3
del artículo 5º del CPConst.

19. Que opere este cambio en la manera de concebir el recurso judicial de anulación no
significa que el amparo arbitral esté condenado a su desaparición. Simplemente se trata
de reacomodarlo a su verdadera naturaleza que no es otra que la de un mecanismo
corrector absolutamente excepcional, sujeto a supuestos excepcionales que esta
sentencia señalará a continuación.

20. De acuerdo con lo indicado líneas arriba y con la finalidad de establecer de modo claro
y preciso los criterios a utilizarse en materia de amparo arbitral, este Supremo Intérprete
de la Constitución establece, con calidad de precedentes vinculantes, las siguientes
reglas:

Improcedencia del amparo arbitral

a) El recurso de anulación previsto en el Decreto Legislativo Nº 1071, que norma el


arbitraje y, por razones de temporalidad, los recursos de apelación y anulación
para aquellos procesos sujetos a la Ley General de Arbitraje (Ley Nº 26572)
constituyen vías procedimentales específicas, igualmente satisfactorias para la
protección de derechos constitucionales, que determinan la improcedencia del
amparo de conformidad con el artículo 5º, inciso 2), del Código Procesal
Constitucional, salvo las excepciones establecidas en la presente sentencia.

b) De conformidad con el inciso b) del artículo 63º del Decreto Legislativo N.º 1071,
no procede el amparo para la protección de derechos constitucionales aún cuando
éstos constituyan parte del debido proceso o de la tutela procesal efectiva. La misma
regla rige para los casos en que sea de aplicación la antigua Ley General de
Arbitraje, Ley N.º 26572.

c) Es improcedente el amparo para cuestionar la falta de convenio arbitral. En tales


casos la vía idónea que corresponde es el recurso de anulación, de conformidad con
el inciso a) del artículo 63º del Decreto Legislativo N.º 1071; o el recurso de
apelación y anulación si correspondiera la aplicación del inciso 1 del artículo 65º e
inciso 1 del artículo 73º de la Ley N.º 26572, respectivamente.

d) Cuando a pesar de haberse aceptado voluntariamente la jurisdicción arbitral, las


materias sobre las que ha de decidirse tienen que ver con derechos fundamentales de
carácter indisponible o que no se encuentran sujetas a posibilidad de negociación
alguna, procederá el recurso de anulación (Decreto Legislativo que norma el
Arbitraje, artículo 63º [incisos “e” y “f”]) o los recursos de apelación y anulación
(Ley General de Arbitraje, respectivamente, artículos 65º [inciso 1] y 73º [inciso
7]), siendo improcedente el amparo alegándose el mencionado motivo (artículo 5º,
inciso 2, del Código Procesal Constitucional).
e) La interposición del amparo que desconozca las reglas de procedencia establecidas
en esta sentencia no suspende ni interrumpe los plazos previstos para demandar en
proceso ordinario el cuestionamiento del laudo arbitral vía recurso de anulación y/o
apelación según corresponda.

f) Contra lo resuelto por el Poder Judicial en materia de impugnación de laudos


arbitrales sólo podrá interponerse proceso de amparo contra resoluciones judiciales,
conforme a las reglas del artículo 4º del Código Procesal Constitucional y su
desarrollo jurisprudencial.

Supuestos de procedencia del amparo arbitral

21. No podrá declararse la improcedencia del amparo arbitral por aplicación del artículo 5º
inciso 2) del Código Procesal Constitucional, en los siguientes supuestos:

a) Cuando se invoca la vulneración directa o frontal de los precedentes vinculantes


establecidos por el Tribunal Constitucional.

b) Cuando en el laudo arbitral se ha ejercido control difuso sobre una norma declarada
constitucional por el Tribunal Constitucional o el Poder Judicial, según
corresponda, invocándose la contravención al artículo VI del Título Preliminar del
Código Procesal Constitucional.

c) Cuando el amparo sea interpuesto por un tercero que no forma parte del convenio
arbitral y se sustente en la afectación directa y manifiesta de sus derechos
constitucionales a consecuencia del laudo pronunciado en dicho arbitraje, salvo que
dicho tercero esté comprendido en el supuesto del artículo 14º del Decreto
Legislativo N.º 1071.

En el caso de los supuestos a) y b) del presente fundamento, será necesario que


quien se considere afectado haya previamente formulado un reclamo expreso ante el
tribunal arbitral y que éste haya sido desestimado, constituyendo tal reclamo y su
respuesta, expresa o implícita, el agotamiento de la vía previa para la procedencia del
amparo.

La sentencia que declare fundada la demanda de amparo por alguno de los


supuestos indicados en el presente fundamento, puede llegar a declarar la nulidad del
laudo o parte de él, ordenándose la emisión de uno nuevo que reemplace al anterior o a
la parte anulada, bajo los criterios o parámetros señalados en la respectiva sentencia.
En ningún caso el juez o el Tribunal Constitucional podrá resolver el fondo de la
controversia sometida a arbitraje.

El control difuso de constitucionalidad en la jurisdicción arbitral

22. Líneas arriba hemos recordado que, conforme al artículo 139º inciso 1) de la
Constitución, el arbitraje es una jurisdicción independiente del Poder Judicial o
jurisdicción común, que se explica no como un mecanismo que desplaza al Poder
Judicial, ni tampoco como su sustituto, sino como una alternativa que complementa el
sistema judicial, puesta a disposición de la sociedad para la solución pacífica de las
controversias, básicamente de orden patrimonial de libre disposición.

23. Esto no afecta el principio de unidad de la función jurisdiccional (que implica que el
Estado, en conjunto, posea un sistema jurisdiccional unitario, en el que sus órganos
tengan idénticas garantías, así como reglas básicas de organización y funcionamiento),
ya que , como ha señalado este Tribunal, “de ello no se deduce que el Poder Judicial sea
el único encargado de la función jurisdiccional (pues tal función se le ha encargado
también al Tribunal Constitucional, al Jurado Nacional de Elecciones, a la jurisdicción
especializada en lo militar y, por extensión, al arbitraje), sino que no exista ningún órgano
jurisdiccional que no posea las garantías propias de todo órgano jurisdiccional. Como se
ha mencionado, la función jurisdiccional del Estado es una sola y debe ser ejercida con
todas las garantías procesales establecidas por la Constitución” (STC 0004-2006-PI/TC,
fundamento 10).

24. Siendo el arbitraje una jurisdicción independiente, como expresamente señala la


Constitución, y debiendo toda jurisdicción poseer las garantías de todo órgano
jurisdiccional (como las del Poder Judicial), es consecuencia necesaria de ello que la
garantía del control difuso de constitucionalidad, prevista en el segundo párrafo del
artículo 138º de la Constitución, pueda también ser ejercida por los árbitros en la
jurisdicción arbitral, pues el artículo 138° no puede ser objeto de una interpretación
constitucional restrictiva y literal, como exclusiva de la jurisdicción ordinaria o
constitucional; “por el contrario, la susodicha disposición constitucional debe ser
interpretada de conformidad con el principio de unidad de la Constitución,
considerando el artículo 51.º (…), más aún si ella misma (artículo 38.°) impone a todos
–y no solo al Poder Judicial– el deber de respetarla, cumplirla y defenderla” (STC
3741-2004-AA/TC, fundamento 9).

25. Esto resulta más evidente aún si se tiene en cuenta que, conforme ya ha destacado este
Tribunal, “el proceso arbitral tiene una doble dimensión pues, aunque es
fundamentalmente subjetivo ya que su fin es proteger los intereses de las partes,
también tiene una dimensión objetiva, definida por el respeto a la supremacía
normativa de la Constitución, dispuesta por el artículo 51º de la Carta Magna; ambas
dimensiones, (subjetiva y objetiva) son interdependientes y es necesario modularlas en
la norma legal y/o jurisprudencia” (STC 6167-2005-PHC/TC, fundamento 11). En tal
sentido, de presentarse en un proceso arbitral una incompatibilidad entre una norma
constitucional y una norma legal, los árbitros deben preferir la primera.

26. No obstante, el ejercicio del control difuso de constitucionalidad en la jurisdicción


arbitral debe ser objeto, como se acaba de expresar, de modulación por este Supremo
Intérprete de la Constitución, con el propósito de que cumpla debidamente su finalidad
de garantizar la primacía de la Constitución y evitar así cualquier desviación en el uso
de este control constitucional. Por ello, se instituye la siguiente regla:
El control difuso de la jurisdicción arbitral se rige por las disposiciones del artículo
VI del Título Preliminar del Código Procesal Constitucional y la jurisprudencia
vinculante dictada por este Tribunal Constitucional sobre el control difuso. Sólo
podrá ejercerse el control difuso de constitucionalidad sobre una norma aplicable al
caso de la que dependa la validez del laudo arbitral, siempre que no sea posible
obtener de ella una interpretación conforme a la Constitución y además, se verifique
la existencia de un perjuicio claro y directo respecto al derecho de alguna de las
partes.

Dilucidación de la controversia

27. Como se ha visto con anterioridad, el objeto del presente proceso constitucional es
reponer las cosas al estado anterior a la expedición del laudo arbitral, supuesto
vulnerador de los derechos constitucionales invocados por la recurrente.

28. De autos puede apreciarse que lo que la recurrente expresa en su demanda es su


discrepancia con la interpretación hecha por el árbitro demandado a la cláusula Tercera
del Contrato de Cesión Minera (a fojas 46 y 47) modificado por el Contrato de
Cesión de Posición Contractual, del 7 de diciembre de 2007 en cuanto la fecha en que
Aurífera Huachón S.A.C. debía iniciar las actividades de exploración minera. Alega
también la recurrente su discrepancia con el laudo en cuanto a las normas aplicadas por
el árbitro para la interpretación del referido contrato y la valoración realizada por éste a
los hechos y la prueba documentaria que obra en el expediente arbitral, que definieron
la cuestión de fondo discutida en el arbitraje.

29. En dicho contexto, el Tribunal Constitucional considera que los hechos propuestos por
la recurrente no constituyen causal que amerite la revisión del laudo arbitral a través del
proceso de amparo; por ello la demanda debe ser desestimada.

Establecimiento de precedentes vinculantes

30. Habiéndose establecido en los fundamentos 20, 21 y 26 de la presente sentencia nuevas


reglas en materia de amparo contra las decisiones emanadas de la jurisdicción arbitral y
sobre el ejercicio del control difuso de constitucional en dicha jurisdicción, este
Supremo Intérprete de la Constitución, habida cuenta de la importancia de la materia
involucrada, considera pertinente su reconocimiento a título de precedentes vinculantes,
de conformidad con el artículo VII del Título Preliminar del Código Procesal
Constitucional.

31. A partir del día siguiente de la publicación de la presente sentencia en el diario oficial
“El Peruano”, toda demanda que se encuentre en trámite y que no se ajuste al
precedente vinculante establecido en la presente sentencia debe ser declarada
improcedente. Por seguridad jurídica y en vía excepcional las partes pueden en un plazo
no mayor de 60 días hábiles interponer recurso de apelación o anulación, según
corresponda, en sede ordinaria.
Por estos fundamentos, el Tribunal Constitucional, con la autoridad que le confiere la
Constitución Política del Perú

HA RESUELTO

1. Declarar INFUNDADA la demanda de amparo de autos.

2. Disponer que las reglas establecidas en los fundamentos 20, 21 y 26 de la presente


sentencia constituyen precedentes vinculantes, conforme al artículo VII del Título
Preliminar del Código Procesal Constitucional.

Publíquese y notifíquese.

SS.

MESÍA RAMÍREZ
ÁLVAREZ MIRANDA

BEAUMONT CALLIRGOS
ETO CRUZ
URVIOLA HANI
EXP. N.° 00142-2011-PA/TC
LIMA
SOCIEDAD MINERA DE
RESPONSABILIDAD LTDA.
MARIA JULIA

VOTO SINGULAR DEL MAGISTRADO VERGARA GOTELLI

Emito el presente voto singular por los siguientes fundamentos:

1. La empresa demandante interpone demanda de amparo contra el Tribunal Arbitral


compuesto por el árbitro único don Luis Humberto Arrese Orellana, a fin de que se
declare la ineficacia del laudo arbitral de derecho contenido en la Resolución de fecha
22 de setiembre de 2009, recaída en el caso arbitral Nº 1487-119-2008, así como su
inscripción registral dispuesta por el mismo laudo, debiéndose ordenar que se
retrotraigan las cosas al estado anterior, esto es antes de la expedición del referido laudo,
puesto que se están afectando los derecho al debido proceso y a la tutela procesal
efectiva.

Refiere el recurrente que el árbitro demandado no ha explicado o fundamentado


debidamente por qué existe una “incompatibilidad” en la clausula Tercera del Contrato
de Cesión Minera en cuanto al momento del inicio de la exploración minera. Más aún el
laudo se fundamenta en la invocación de normas impertinentes para la interpretación de
la clausula referida. Asimismo la recurrente sostiene que el árbitro demandado no ha
valorado debidamente los hechos y la prueba documentaria que obra en el expediente
arbitral.

2. El Quinto Juzgado en lo Constitucional de Lima declara la improcedencia liminar de la


demanda considerando que la sociedad recurrente no ha cumplido con agotar la vía
previa. La Sala Superior revisora confirma la apelada considerando que la demanda es
improcedente en atención a que existe el recurso de anulación de laudo, constituyendo
dicha vía la satisfactoria a efectos de la protección de la pretensión solicitada.

3. Entonces tenemos que el tema de la alzada trata de un rechazo liminar de la demanda


(ab initio), en las dos instancias (grados) precedentes, lo que significa que no hay
proceso y por lo tanto no existe demandado (emplazado). Por ello cabe mencionar que si
el Superior no está conforme con el auto venido en grado debe revocarlo para vincular a
quien todavía no es demandado puesto que no ha sido emplazado por notificación
expresa y formal requerida por la ley. Lo que se pone en conocimiento es “el recurso
interpuesto” y no la demanda. Por esto es que el Tribunal Constitucional al intervenir
como tribunal de alzada debe limitarse al auto de rechazo liminar.

4. Debo manifestar que al concedérsele al actor el recurso extraordinario de agravio


constitucional, el principio de limitación aplicable a toda la actividad recursiva le
impone al Tribunal Constitucional (Tribunal de alzada) la limitación de sólo referirse al
tema de la alzada, en este caso nada más y nada menos que el auto de rechazo liminar.
5. Debo señalar que el artículo 47º del Código Procesal Constitucional en su último
parágrafo precisa ciertamente que “si la resolución que declara la improcedencia (auto
de rechazo liminar evacuado por el Juez al calificar la demanda) fuese apelada, el juez
pondrá en conocimiento del demandado el recurso interpuesto”. Este mandato tiene un
sustento en la más elemental lógica: el recurso de apelación concedido y notificado al
que debería ser considerado demandado si la sala superior revoca el auto cuestionado,
produce efectos para ambas partes.

6. Por cierto si el Superior revoca el auto venido en grado, para vincular a quien todavía no
es demandado puesto que no ha sido emplazado por notificación expresa y formal por no
existir proceso y no ser él, por tanto, demandado, tiene que ponérsele en su
conocimiento “el recurso interpuesto” y no la demanda, obviamente.

7. En atención a lo señalado es materia de la alzada el pronunciamiento del Tribunal


Constitucional respecto del rechazo liminar, estando en facultad sólo para pronunciarse
por la confirmatoria del auto recurrido o por la revocatoria de éste, y excepcionalmente
en cuando se trate de casos que amerite un pronunciamiento de emergencia por tutela
urgente del derecho se podría ingresar al fondo del asunto controvertido.

8. Considero pertinente la ocasión para manifestar mi opinión respecto a expresiones


emitidas por mis colegas en otros casos, puesto que he observado que el sustento para
justificar el ingreso al fondo de la controversia –pese al rechazo liminar de la demanda–
es el artículo III del Título Preliminar del Código Procesal Constitucional. ¿Qué nos dice
el citado artículo? Este artículo nos refiere que:

“Los procesos constitucionales se desarrollan con arreglo a los principios


de dirección judicial del proceso, gratuidad en la actuación del
demandante, economía, inmediación y socialización procesales.

El Juez y el Tribunal Constitucional tienen el deber de impulsar de oficio


los procesos, salvo en los casos expresamente señalados en el presente
Código.

Asimismo, el Juez y el Tribunal Constitucional deben adecuar la exigencia


de las formalidades previstas en este Código al logro de los fines de los
procesos constitucionales.” (subrayado agregado)

9. Respecto a ello es pertinente señalar que la expresión del artículado que refiere que se
deben adecuar las exigencias de las formalidades previstas en este Código al logro de
los fines de los procesos constitucionales no justifica de ninguna manera el ingreso al
fondo, puesto que la defensa del demandado no puede asumirse de modo alguno como
una formalidad. Digo esto por qué? El proceso ha sido concebido como aquella vía a la
cual pueden recurrir las partes a efectos de que se resuelva una controversia suscitada en
la sociedad. Tal participación de ambas partes requiere de la admisión de la pretensión
por parte del juzgador a efectos de que admitida la demanda se notifique al presunto
agresor a efectos de vincularlo no solo al proceso sino a la decisión. Ya con la
participación de ambas partes, éstas se someten al proceso, pero no solo se someten a las
reglas del proceso sino que se someten a la determinación final del juzgador. Es decir la
presencia de ambas partes no solo implica que el juez tenga la obligación de resolver
conforme a la Constitución y las leyes la controversia sino que las partes respeten su
decisión. He ahí donde encuentra legitimidad la decisión del juzgador, puesto que no
puede concebirse una decisión emitida en un proceso judicial, cuando no será respeta ni
cumplida por alguna de las partes. Por ello considero que la exigencia de la participación
de ambas partes en un proceso se encuentra vinculada al derecho a la tutela judicial
efectiva, ya que no puede exigirse el cumplimiento de una decisión arribada en un
proceso judicial a una persona que no ha tenido participación en el citado proceso, lo
que implica que tal decisión es ineficaz, ya que no generara consecuencias respecto de
quien no participó.

10. Los procesos constitucionales tienen una especial importancia, puesto que su finalidad
es la vigencia efectiva de los derechos fundamentales y el respeto por la Constitución del
Estado, teniendo por ello que determinarse al presunto agresor de un derecho
fundamental. Por ende, por tal relevancia, es que afirmo que con mayor razón no puede
soslayarse la intervención de la persona a la que se le acusa de la violación de un
derecho fundamental, puesto que la determinación a la que arribe este Colegiado
necesariamente va exigir determinada acción de dicho emplazado. Pero ¿Cómo puede
exigirse la realización de un acto o el cese del mismo si no ha participado en el proceso?,
es decir ¿cómo puede exigirse el cumplimiento de una decisión que no es legítima para
ambas partes?. La respuesta es obvia, no puede exigirse el cumplimiento de una decisión
en la que una de las partes desconoce totalmente la pretensión, no teniendo legitimidad
ni vinculación alguna para la persona que no participó. Claro está existen casos en los
que es evidente que el presunto demandado –si bien no ha sido emplazado con la
demanda– conoce del conflicto, como por ejemplo casos en los que la discusión se ha
visto administrativamente, en los que, considero, que el Tribunal puede ingresar al
fondo, pero solo si se verifica una situación especial en la que se advierta que la dilación
del proceso convierta la afectación en irreparable.

11. Es precisamente por ello que el artículo III del Título Preliminar del Código Procesal
Constitucional ha permitido la omisión de algunas “formalidades” para lograr el objeto
del proceso constitucional, pero no puede considerarse que la defensa del presunto
emplazado es una formalidad sino una exigencia que legitima el propio proceso. Por ello
considero que tal afirmación no solo es impropia sino también quebranta el proceso en el
cual se pretende la defensa de los derechos constitucionales, lo que puede interpretarse
que por la defensa de un derecho fundamental puede afectarse otro, lo que es incorrecto.

12. Asimismo si se observa con atención el artículo III del Título Preliminar del referido
código, se puede apreciar que cuando expresa a que “(…) el Juez y el Tribunal
Constitucional deben adecuar la exigencia de las formalidades previstas en este Código
al logro de los fines de los procesos constitucionales”, parte de la premisa de que existe
un proceso abierto, en el que se puede ser flexibles con algunos actos procesales,
denominados así precisamente porque ha existido admisión a trámite de la pretensión y
por ende emplazamiento, razón por la que dicho argumento no puede ser utilizado
erróneamente para justificar la emisión de una sentencia cuando el objeto del recurso es
el cuestionamiento de un auto de rechazo liminar. De asumir dicha posición implicaría
aceptar que a este Colegiado le es indiferente si la pretensión ha sido admitida a trámite
o no, puesto que con proceso o sin él, siempre se encontrará en la facultad de emitir un
pronunciamiento de fondo, rompiendo toda racionalidad del proceso, convirtiendo al
proceso constitucional en aquel proceso sin garantías, en el que se afectan los derechos
del que debiera ser emplazado. Con esto advierto que bajo esa lógica el Tribunal podría
incluso resolver una demanda de amparo en instancia única, puesto que al ser indiferente
para este Colegiado la existencia del proceso, no sería exigible la admisión a trámite la
demanda y por ende la participación del demandado, por lo que podría resolver
directamente la pretensión planteada.

13. Tal posición del Tribunal es para mí inaceptable y intolerable, razón por la que en
reiteradas oportunidades he manifestado mi rechazo ante una decisión emitida con la
participación de una de las partes, puesto que no se tiene en cuenta que al no haber
participado el emplazado no se encuentra vinculado con la decisión, puesto que para él
no tendrá legitimidad.

14. Algunos constitucionalistas han querido justificar el ingreso al fondo de la controversia


con la denominada “autonomía procesal” del Tribunal Constitucional. Tal autonomía ha
sido concebida para la defensa cabal de los derechos fundamentales, buscando dar
flexibilidad a actos procesales que pudieran ser innecesarios para el objeto del proceso
constitucional. Sin embargo tal autonomía no puede ser concebida por el Tribunal
Constitucional como un instrumento para desnaturalizar el proceso, y mucho menos para
que el Tribunal haga lo quiera, puesto que ello constituiría que no existirían reglas
previamente impuestas sino que éstas se crearan en el camino, obligando a las partes a
someterse a ellas, aunque éstas sean arbitrarias.

15. En tal sentido teniendo a la vista ambas posiciones y revisados los autos encuentro que
efectivamente la demanda fue rechazada liminarmente, observándose que la empresa
demandada ni siquiera se ha apersonado al proceso. Por ello afirmo que la empresa
demandada no ha tenido participación alguna, razón por la que propiamente se le ha
vedado su participación dentro del proceso, sin que exista algún argumento excepcional
que pudiera justificar la emisión de dicha decisión.

16. Pero no solo advierto ello en el proyecto en mayoría, sino también que en un caso en el
que no existe proceso ni demandado se están imponiendo reglas respecto a la admisión
del proceso de amparo arbitral. La verdad es que considero en este voto un doble
atrevimiento del tribunal cuando primero ingresa al fondo para rechazar definitivamente
la demanda por infundada con una sentencia sin proceso y en contra de un auto de
rechazo liminar, y segundo imponerle reglas a un demandado que por falta de
conocimiento no ha sido escuchado en su defensa, siendo este el primer vinculado ante
esa laguna procesal que se cierra.

17. Asimismo respecto a la imposición de dichas reglas debo manifestar que, conforme
este Colegiado ha manifestado, no pueden existir islas exentas de control constitucional,
razón por la que no considero admisible expresar tajantemente que no procede el amparo
contra laudos arbitrales, puesto que puede darse el caso de una flagrante afectación de un
derecho fundamental dentro de un proceso arbitral, lo que obligaría a este Tribunal a
ingresar al fondo de la causa a efectos de sancionar el presunto acto lesivo. Por ende
considero que si bien he expresado que existen casos presentados por personas jurídicas
con fines de lucro que no tienen asidero en el proceso constitucional, vale decir también
que existen casos excepcionales que ameritan intervención por parte de este Colegiado,
situación que podría presentarse incluso en un proceso arbitral.

18. Siendo ello así corresponde verificar si en el caso de autos existe una situación de
urgencia que amerite la intervención de este Colegiado, y como consecuencia de ello la
admisión a trámite de la demanda de amparo propuesta. En tal sentido tenemos que en el
presente caso se presenta una demanda que cuestiona la validez de un laudo arbitral,
argumentando que el árbitro demandado no ha fundamentado debidamente su
resolución, puesto que existe una incompatibilidad en la clausula tercera del Contrato de
Cesión Minera en cuanto al momento de inicio de la exploración minera, agregando
además que el laudo cuestionado se fundamenta en la invocación de normas
impertinentes. Revisada los autos no encontramos una situación singular o excepcional
que amerite que este Colegiado intervenga en la presente causa, debiéndose tener
presente además que la normativa pertinente brinda al actor la posibilidad de acudir al
proceso de anulación de laudo, de manera que la sociedad recurrente debe acudir a él.

19. Por lo expuesto considero que el auto de rechazo liminar debe ser confirmado,
correspondiendo la desestimatoria de la demanda por improcedente.

Por estas consideraciones mi voto es porque se CONFIRME el auto de rechazo liminar, y


en consecuencia se declare la IMPROCEDENCIA de la demanda de amparo propuesta.

Sr.

VERGARA GOTELLI
EXP. N.° 00142-2011-PA/TC
LIMA
SOCIEDAD MINERA DE
RESPONSABILIDAD LTDA.
MARIA JULIA

FUNDAMENTO DE VOTO DEL MAGISTRADO URVIOLA HANI

Con el debido respeto a mis colegas magistrados considero pertinente emitir el presente
fundamento de voto:

1. De acuerdo con la Duodécima Disposición Complementaria del Decreto Legislativo


que norma el Arbitraje (Decreto Legislativo N° 1071), publicado en el Diario
Oficial El Peruano el 28 de junio de 2008: "Para efectos de lo dispuesto en el inciso
2 del artículo 5° del Código Procesal Constitucional, se entiende que el recurso de
anulación del laudo es una vía especifica e idónea para proteger cualquier derecho
constitucional amenazado o vulnerado en el curso del arbitraje o en el laudo".

2. Esta Disposición introduce un cambio radical en el modo de concebir el recurso de


anulación regulado en los artículos 62° a 66° del Decreto Legislativo N° 1071. Es
decir, para el Legislador (delegado, en este caso), el recurso de anulación debe
considerarse una vía idónea e igualmente satisfactoria y no una vía previa cuando se
trata de cuestionar actos de la jurisdicción arbitral. Y es que, desde mi punto de
vista, el mal llamado "recurso" de anulación constituye en realidad un auténtico
proceso judicial de impugnación del laudo arbitral.

3. El Tribunal Constitucional ha reiterado en su jurisprudencia que la primera línea de


defensa de los derechos fundamentales corresponde a los jueces ordinarios por
cuanto también ellos están vinculados directamente a la Constitución. En ese
sentido, en el proceso judicial de impugnación de laudo arbitral, los jueces
ordinarios deben verificar y garantizar que los derechos fundamentales se hayan
respetado en el procedimiento del arbitraje y en el momento de dictar el laudo
arbitral.

4. De este modo el Tribunal Constitucional no abdica de su función de defensa de los


derechos fundamentales en el ámbito arbitral, sino que, por el contrario, permite que
los jueces ordinarios actúen también como jueces constitucionales; esto último en el
sentido que están obligados a impedir o reparar la lesión de dichos derechos. Más
aún, a mi juicio, el Decreto Legislativo que norma el Arbitraje, a lo largo de su
articulado, prevé diversas formas de garantizar los derechos fundamentales, como es
fácil advertir de una lectura y análisis integral del mencionado Decreto Legislativo.

5. Y es que, desde el momento mismo en que se prevé y se regula el "recurso" de


anulación, es evidente que quien participa en un procedimiento arbitral no renuncia
a sus derechos fundamentales de justicia, en tanto tiene la posibilidad de recurrir a
la vía judicial a través, precisamente, del proceso de impugnación del laudo arbitral.
La intervención judicial, a través de un control posterior del arbitraje, elimina
cualquier posibilidad de considerar al arbitraje como una isla desvinculada de los
derechos fundamentales.

6. El propio Decreto Legislativo N° 1071 (artículo 3°.4) precisa que "[n]inguna


actuación ni mandato fuera de las actuaciones arbitrales podrá dejar sin efecto las
decisiones del tribunal arbitral, a excepción del control judicial posterior mediante
el recurso de anulación del laudo (...)". Es erróneo, por tanto, sostener que el
arbitraje está exento de control judicial y, de otro lado, que no estén vinculados a los
derechos fundamentales de justicia esenciales en un Estado constitucional y
democrático.

7. Dentro de este contexto pareciera que la intervención de la jurisdicción


constitucional queda excluida. Ello no es así. La resolución judicial que pone fin a
la impugnación del laudo arbitral puede, como es evidente, a tenor del artículo 200°
inciso 2 de la Constitución, dar lugar a un proceso de amparo contra una resolución
judicial, siendo exigible los presupuestos procesales para cuestionar la
constitucionalidad de una decisión judicial.

8. El control constitucional de la resolución que resuelve el proceso de impugnación


del laudo arbitral es, en mi opinión, verdaderamente excepcional, tanto por las
garantías que ofrece para los derechos fundamentales el Decreto Legislativo N°
1071, como por la previsión del control judicial posterior a través del "recurso" de
anulación. El verdadero problema se ubica, sin embargo, en determinar cuándo debe
proceder el amparo contra resolución judicial que resuelve el "recurso" de
anulación.

9. Pueden plantearse, como es obvio, diversos modelos de control. Considero, por mi


parte, que son tres las exigencias elementales que debe cumplir quien recurre al
amparo contra una resolución judicial emitida en el proceso de impugnación de
laudo arbitral, a saber: (1) agravio manifiesto, lo cual quiere decir que el juez
constitucional, sin necesidad de realizar un análisis minucioso y sin requerir mayor
actuación probatoria, se convenza de que existe la vulneración de un derecho
fundamental; (2) carga de la prueba, según la cual la demostración del agravio
manifiesto corresponde íntegramente a quien alega tal agravio; (3) relevancia
constitucional del petitorio, lo que quiere decir que el amparo contra la decisión
judicial que resuelve el "recurso" de anulación, no puede contener como pretensión
la resolución de la cuestión objeto de controversia en el arbitraje, la modificación
del laudo, la valoración de pruebas o la apreciación de los hechos, entre otros.

10. Dichas exigencias se justifican por lo señalado en el fundamento 8 del presente


voto, que intrínsecamente contiene la siguiente regla: cuanto más garantías
procesales y materiales contenga una ley que regula un procedimiento específico y,
además, prevea la intervención del juez ordinario, la intervención de la jurisdicción
constitucional debe ser ostensiblemente menor. Con ello, como ya he señalado, la
intervención de la jurisdicción constitucional debe ser verdaderamente excepcional
y sólo en casos claros de violación de derechos fundamentales.
11. En la medida que el procedimiento arbitral se fundamenta en la autonomía de la
voluntad de las Partes, los derechos de justicia no se despliegan con la misma
intensidad como sí lo hacen en los procesos judiciales. Existe, pues, una presunción
de legitimidad de los actos y decisiones de los árbitros. Así como las leyes y las
resoluciones judiciales, también las decisiones de los árbitros se presumen
constitucionales. La contravención de los derechos fundamentales debe ser, por
tanto, cumplidamente probada.

12. De otro lado, el reconocimiento del control difuso arbitral exige también resaltar
que los tribunales arbitrales deben ejercer esta facultad con especial prudencia, a fin
de no desnaturalizar el fundamento del arbitraje (el convenio arbitral). Así como
una excesiva judicialización del arbitraje puede llevar a desconocer su carácter
célere y alternativo de solución de conflictos sustentado esencialmente en la
autonomía de la voluntad, una desvinculación absoluta de los derechos
fundamentales es irrazonable en el actual Estado constitucional democrático.

13. Con todo, los árbitros no deben perder de vista que, en cierta forma y sentido, son
también "jueces constitucionales", en tanto no es posible que realicen su labor de
espaldas a la Constitución.

S.
URVIOLA HANI

Preguntas orientadoras para la Lectura N° 3:

1. ¿Qué alcances puede tener el control constitucional del arbitraje?


2. ¿En qué consideraciones se justifica la instauración del “control difuso
arbitral”?
Lectura 4:
Gerardo Eto Cruz, Poder Judicial versus Tribunal
Constitucional

Estamos aquí ante un esfuerzo, con el cual se puede coincidir o discrepar, sobre
cómo compatibilizar en el caso peruano los márgenes de acción de la judicatura
ordinaria con los del Tribunal Constitucional en lo referido a la aplicación e
interpretación vinculante de la Constitución.

Poder Judicial
vs.
Tribunal Constitucional (*)

Gerardo Eto Cruz (*)

1. Nota preliminar

De acuerdo a lo dispuesto en la Primera Disposición General de la LOTC, "Los


jueces y Tribunales interpretan y aplican las leyes o toda norma con rango de ley y los
reglamentos según los preceptos y principios constitucionales, conforme a la
interpretación de los mismos que resulte de las resoluciones dictadas por el Tribunal
Constitucional en todo tipo de procesos". Viene esta cláusula normativa a significar que,
en la práctica y en los hechos, el Tribunal Constitucional se erige como el Intérprete
Supremo(1) de la Constitución, no sólo cuando realiza su control abstracto de
constitucionalidad de las leyes, sino cuando, bajo la singular singladura del modelo dual o
paralelo de jurisdicción constitucional que tiene el Perú(2), se permite que las típicas
garantías constitucionales ordinarias sean residenciadas ante el Tribunal Constitucional a
través del recurso extraordinario. Adviértase aquí que las garantías constitucionales o,
más específicamente, las pretensiones de los actores, son conocidas prima facie por los
jueces comunes en dos instancias; luego, y denegadas sus acciones, los justiciables
acuden ante el Tribunal Constitucional, que conoce en última instancia las resoluciones
denegatorias del Poder Judicial.

2. Carácter preferente de la protección de los Derechos Fundamentales por la


jurisdicción ordinaria

A estas alturas, se puede apreciar que en el Perú el modelo dual o paralelo,


acuñado así por Domingo García Belaunde, tiene una línea de confluencia clara, pero no
exenta de algunas confusiones (3). Por principios, tanto el Poder Judicial como el Tribunal
Constitucional realizan tareas materiales: resolver conflictos jurisdiccionales concretos y
abstractos. Es obvio que el Poder Judicial realiza un control concreto al conocer
primariamente las garantías constitucionales relacionadas al Hábeas Corpus, Amparo,
Hábeas Data y Acción de Cumplimiento. También el Tribunal Constitucional afirma un
control jurisdiccional concreto cuando revisa precisamente las resoluciones denegatorias
de los justiciables que residencian ante el Juez ordinario sus pretensiones vía alguna
garantía constitucional. Lo que resuelve el Tribunal Constitucional determina y define la
incertidumbre jurídico-constitucional entre las partes en conflicto. A su vez, los jueces
ordinarios también cumplen un control abstracto de control, básicamente del principio de
legalidad de las normas infralegales, cuando resuelve procesos de Acción Popular. Lo
resuelto, como se sabe, tiene efectos erga omnes y deroga la norma en cuestión. Aquí
también se da, por parte del Poder Judicial, la cosa juzgada constitucional en forma
exclusiva y excluyente en materia de Acción Popular. Lo propio, y más nítidamente,
claro está, el Tribunal Constitucional realiza su labor que le es consustancial: el control
de la constitucional de las leyes. Este es el control abstracto de las normas con efectos
abrogatorios y erga omnes(4).

De todo esto, cabe señalar, desde una perspectiva del garantismo formal, que en el
Perú la protección ordinaria de los Derechos, incluidos los Derechos Fundamentales y
Constitucionales corresponde, en nuestro modelo de jurisdicción constitucional, a los
jueces ordinarios; y habría una protección extraordinaria constitucional que le
corresponde al Tribunal Constitucional.
En esta perspectiva, el juez común, en materia de protección directa de los
Derechos Fundamentales, cumple una función directamente constitucional. A ello se
contrae, entre otros, cláusulas como el art. 138, que afirma el principio de unidad y
exclusividad de la función jurisdiccional, afirmado más propiamente en el inc. 1 del art.
139; y el inc. 3 de dicha norma, cuyo principio de la función jurisdiccional
definitivamente es la tutela judicial efectiva.

No obstante esto, existen ciertos aspectos no tan claros entre el ligamento de las
garantías constitucionales, por ejemplo la Acción de Amparo con la revisión que realiza
el Tribunal Constitucional vía recurso extraordinario, a las resoluciones que deniegan las
garantías constitucionales.

Aunque lo anterior será abordado con mayor amplitud, debemos por ahora señalar
y reconocer que existe un carácter preferente de protección jurisdiccional ordinaria. Es
decir, nuestro sistema de protección jurisdiccional de los Derechos, incluidos los
Derechos Fundamentales o los Valores Constitucionales, son, ante todo, objeto de tutela
por un sistema judicial. Se colige entonces que, si la impartición de la justicia ordinaria se
presta adecuadamente en materia de garantías constitucionales en resolver en forma
correcta e idónea, prácticamente el Tribunal Constitucional no podrá entrar a conocer el
caso objeto de una garantía constitucional(5).

Sin embargo, cuando la jurisdicción ordinaria decide, atendiendo a ciertas razones


y criterios, denegar al justiciable su pretensión vía el Amparo, por ejemplo, recién entra
en escena el Tribunal Constitucional, cuando obviamente el litigante ha transitado la
jurisdicción ordinaria. Es así cómo, cuando el Tribunal Constitucional decide acoger
fundada alguna garantía constitucional denegada por el juez ordinario, habrá de significar
que lo que resuelve el Tribunal Constitucional debe ser acatado por la magistratura
ordinaria. Así, con lo resuelto por el Tribunal Constitucional se corona la "cosa juzgada
constitucional"; es decir, como muy bien lo ha conceptualizado Néstor Pedro SAGÜES,
la cosa juzgada constitucional es "el efecto que pueda tener una sentencia dictada en
materia constitucional, mediante un proceso constitucional, por un órgano jurisdiccional
de la magistratura constitucional"(6). En tal sentido, tiene su rattio legis, la cláusula
primera de la LOTC. Y ello debe ser así, puesto que lo que resuelve el Tribunal
Constitucional a de entenderse que son los carriles procesales jurisdiccionales que los
justiciables perdedores en la jurisdicción ordinaria tienen para que su lesión o su agravio
de naturaleza constitucional, vía el Amparo o el Hábeas Corpus --como los demás,
Hábeas Data y Acción de Cumplimiento--, sea revisado por la máxima institución de la
jurisdicción interna: el Tribunal Constitucional.

3. Las penumbras del modelo peruano: ¿puede el Poder Judicial disentir de


los fallos o sentencias del Tribunal Constitucional?

Sin embargo, viene a colación los problemas que, dentro del particular modo, muy
especial, de jurisdicción constitucional, se puede presentar en la constante interpretación
constitucional, por lo menos en el ámbito del contenido de la jurisdicción constitucional
de la libertad, cuya expresión concreta se manifiesta en los procesos constitucionales
ordinarios del Hábeas Corpus, Amparo, Hábeas Data y Acción de Cumplimiento.

Se trata, en efecto, de responder a la pregunta si ¿puede el Poder Judicial


disentir(7) de los fallos y sentencias del Tribunal Constitucional --estimativas de recursos
extraordinarios o no-- resueltos en las aludidas garantías?. Al estar por la Cláusula de la
Disposición Transitoria Primera de la LOTC, lo resuelto por dicho Colegiado
ineludiblemente deberá ser la pauta hermenéutica que ha de tener como atalaya la
judicatura ordinaria. Empero, si bien es de suponerse que, siendo esto así, cabría afirmar
que lo que resuelve el Tribunal Constitucional vía recurso extraordinario, deberá ser lo
paradigmático a seguir; es decir, si siempre, y en todos los casos, lo que resuelve el
Tribunal Constitucional habrá de reputarse como una interpretación constitucional
vinculante al Poder Judicial, en la medida en que dicho órgano jurisdiccional es la
máxima instancia a la que el Poder Judicial se obliga a asumir, según así se ha concebido
y es práctica uniforme en el Derecho Constitucional Comparado(8).

En realidad, nos encontramos ante un tema opinable y hasta cierto punto


contestatario por los propios miembros del Poder Judicial. Veamos más en extenso el
asunto.
¿Qué pasa si, vía un recurso extraordinario, el Tribunal Constitucional fija cierta
pauta hermenéutica de interpretación constitucional que ciertamente es asumida por la
judicatura ordinaria?. Hasta aquí, no pasaría nada, pues se vería cumpliendo fielmente el
engranaje sistémico de la jurisdicción constitucional dual o paralela que prevé la aludida
Cláusula Primera de la Disposición General de la LOTC. Mas, como bien dice la doctrina
norteamericana, el Tribunal Supremo de los Estados Unidos no es la última palabra
porque sea infalible; si no que es infalible porque es la última palabra; vale decir, es el
último tribunal a donde se definen todas las causas de los demás Estados en la Federación
Norteamericana.

Así, bajo este marco situacional, el Tribunal Constitucional peruano, bien


podríamos decir que, cuando controla los segmentos constitucionales, los derechos
fundamentales o los valores constitucionales que son defendidos por el Amparo, el
Hábeas Corpus y las demás garantías ordinarias y luego los declara fundada lo que fue
denegado por el Poder Judicial, se torna en cumplimiento obligatorio para la judicatura
ordinaria, pues remueve el temperamento adoptado y fallado por el juez común y afirma
en su plenitud hermética una tutela favorable para el justiciable que postula tal demanda.
En esta perspectiva, los fallos del Tribunal Constitucional que revoca las sentencias del
Poder Judicial y, reformándolas, declara fundadas las garantías constitucionales
demandadas, ahí estamos ante la figura análoga al Tribunal Supremo de los Estados
Unidos; esto es, el Tribunal Constitucional no es la última palabra porque sea infalible,
sino que es infalible porque es el techo a donde termina la contienda constitucional de las
personas que residencian alguna Garantía Constitucional ordinaria.

Sin embargo, este temperamento no podría ser aplicado en casos en que el


Tribunal Constitucional deniegue a los justiciables la garantía constitucional que se les
somete a examen, a través del recurso extraordinario, en tanto, en conformidad con el art.
45 de la LOTC, con lo resuelto por el Tribunal Constitucional se termina la jurisdicción
interna o doméstica, puede ser revisado por la jurisdicción supranacional. Tan es así esto
último que, cuando el Tribunal Constitucional deniega los recursos extraordinarios,
eventualmente y a criterio de los justiciables, residencian su litigio vía revisión a un
Tribunal Internacional, según sea el de la Convención Americana o el del Pacto
Internacional de los Derechos Civiles y Políticos. Lo que resuelve dichos tribunales se
debe cumplir según lo dispuesto por la Cláusula Cuarta de la Disposición Final y
Transitoria de la Constitución de 1993, en concordancia con el art. 51 de la misma. Así,
el Perú se ve obligado a aplicar lo fallado por las cortes internacionales en materia de
Derechos Humanos(**).

Pero, por otro lado, viene una última interrogante necesaria de esclarecimiento. Si,
a tenor de lo que se venía apreciando, el Tribunal Constitucional resulta ser el "Intérprete
Supremo" de la Constitución y si, en tal sentido, la doctrina jurisprudencial fallado por el
Tribunal Constitucional, debe seguir siendo acatado por el Poder Judicial. ¿Qué pasa si
éste, es decir, la judicatura ordinaria, podría apartarse de determinada tendencia
jurisprudencial proveniente del Tribunal Constitucional y replantea otro tipo de fallo,
alegando por ello, desde luego, un razonamiento judicial distinto al parecer de lo que ha
venido fallando el Tribunal Constitucional y ha venido siguiendo el propio Poder
Judicial?.

A la pregunta si el Poder Judicial puede apartarse de lo que dispone el Tribunal


Constitucional, de nuestra parte contestamos que sí; que el Poder Judicial, puede,
igualmente no discrepar, pero sí, bajo los marcos de determinada argumentación jurídica,
afirmar su parecer, puesto que:

a) No siempre y necesariamente lo que el Tribunal Constitucional falla es


jurídicamente correcto;

b) Los fallos del Tribunal Constitucional, como cualquier tipo de fallo


jurisprudencial, es falseable; por ende, puede ser corregido, variado o modificado;

c) La sentencia del Tribunal Constitucional, no empece ser el más alto órgano,


ello no supone que el Poder Judicial sea el más bajo dentro de la singladura del modelo
dual o paralelo de jurisdicción constitucional;

d) En materia de interpretación constitucional entre el Poder Judicial y el Tribunal


Constitucional, si bien el primus inter pares es este último, lo es no porque sea
"infalible", sino porque resulta ser la última instancia, dentro de la jurisdicción doméstica
o interna y porque los fallos denegatorios del Poder Judicial son decididos en última
instancia por el Colegiado Constitucional.

e) A contrario sensu, lo resuelto favorablemente por el Poder Judicial a través de


las Salas Civiles (Hábeas Data, Acción de Amparo y Acción de Cumplimiento) o Salas
Penales (Hábeas Corpus) en segunda y última instancia favorable al justiciable, puede ser
enervado por otro proceso como reciente jurisprudencia del propio Tribunal
Constitucional ha decantado: la Nulidad de Cosa Juzgada Fraudulenta. Es más, el propio
Poder Judicial puede apartarse del criterio de sus propios magistrados, pues, entre la
misma judicatura de igual clase no puede existir una vinculación absoluta en tanto exista
el criterio de correspondencia de los órganos jurisdiccionales ordinarios(9).

f) Lo resuelto en última instancia por el Tribunal Constitucional en las garantías


constitucionales ordinarias, si son estimativas o favorable al justiciable al que le fue
denegado por el Poder Judicial, es cosa juzgada y no puede ser enervado. Ergo, termina
ahí la instancia jurisdiccional y no podrá cuestionarse por cualquier otro recurso; ni
mucho menos el propio juez ordinario no podrá conocer, vía nulidad de cosa juzgada
fraudulenta, una acción que enerve precisamente lo que ha revisado el Tribunal
Constitucional.

g) Entre el Poder Judicial y el Tribunal Constitucional, el primero puede


apartarse de lo resuelto por sus propios magistrados, como ya se tiene dicho; pero
también puede apartarse de lo resuelto por el Tribunal Constitucional (sea cualquier tipo
de fallo, fundado o infundado, procedente o improcedente, etc.) vía nuevos casos, con
nuevas motivaciones o razonamiento, y el fundamento jurídico-positivo se encuentra
alojado en las cláusulas 138, 139, incs. 1 y 2, 146, inc. 1, de la Lex Legum y art. 9 de la
Ley 23506, concordante con el art. 8 de la Ley 25398 y art. 22 de la LOPJ(10).

h) Los fallos del Poder Judicial que se apartan del Tribunal Constitucional o de su
doctrina jurisprudencial vinculante, sólo es admisible si es que termina en segunda
instancia favorable al justiciable; puesto que si el Poder Judicial se aparte de alguna
posición jurisprudencial del Tribunal Constitucional y decide denegar al justiciable
demandante alguna garantía constitucional, éste tendrá siempre expedito el recurso
extraordinario y el Tribunal Constitucional, en su sede, bien podría:

i) Revocar el fallo de los jueces ordinarios y seguir manteniendo su posición


jurisprudencial con fuerza vinculante; o

ii) Asumir el parecer de los jueces ordinarios y confirmar la denegatoria al


justiciable, lo cual no hace más que confirmar que, en última instancia, será siempre el
Tribunal Constitucional y no el Poder Judicial el último y Supremo Intérprete de los
valores constitucionales. En suma, será, pues, el propio Colegiado Constitucional el que
decida si mantiene o no sus propios temperamentos jurisprudenciales ya desarrolladas
(***)
.

iii) Esto quiere significar, por otro lado, que sólo procede un apartamiento de la
doctrina jurisprudencial del Tribunal Constitucional por el Poder Judicial, cuando el
Tribunal, habiendo denegado al justiciable una Garantía Constitucional que, vía recurso
extraordinario, se le sometió a examen, cuando el propio Poder Judicial ha decidido
cambiar igualmente lo que con anterioridad había fallado. Es decir, estamos aquí ante este
esquema gráfico:

Poder Judicial Tribunal Constitucional

Juez de 1ra. Inst.

CASO A Sala Civil o Penal

Fallo Favorable al Actor o Demandante (a')

Juez de 1ra. Inst. Confirmando (b')

CASO B Sala Civil o Penal Revoca y declara fundada Garantía


Constitucional (c')
Fallo denegatorio por Sala
Recurso Extraordinario

a') Ahora bien, si los jueces del Poder Judicial fallan declarando favorable alguna
garantía constitucional, el Tribunal Constitucional no entra a revisar nada. Se afirma el
carácter preferente de la protección de los Derechos Fundamentales por la Jurisdicción
Ordinaria.

b') Si el Tribunal Constitucional confirma el temperamento de los jueces


ordinarios, esto significa que deniega la garantía constitucional al justiciable o actor.

c') Si el Tribunal Constitucional revoca la resolución denegatoria de la garantía


constitucional y, reformándola, la declara "fundada"; esto significa que el Poder Judicial
debe aceptar la doctrina jurisprudencial impuesta por el Colegiado Constitucional. En
este extremo, y no en otro, ha de entenderse la Cláusula Primera de la Disposición Final
de la LOTC. Pues, si el Tribunal Constitucional confirma la resolución denegatoria del
Poder Judicial, no sienta nueva doctrina jurisprudencial. A lo más, lo que hace es darle
consagración jurisprudencial que dimana del propio Poder Judicial y no del Tribunal
Constitucional.

Si el Tribunal Constitucional deniega el recurso extraordinario, esto significa que


asume el parecer o por otros pareceres o razones atendibles que no necesariamente
pueden ser los del propio Poder Judicial; pero, en definitiva, deniega el recurso
extraordinario, repetimos, y al ocurrir esto, las compuertas de la jurisdicción
supranacional se abren, para que, a opción o discrecionalidad del justiciable, pueda
acudir a los tribunales internacionales de los cuales el Perú es parte.

El problema de la vinculación de las sentencias constitucionales, así como su


existencia misma, y su extensión no es un sólo problema de naturaleza procesal, sino que
estamos ante un problema de mayor envergadura, que compromete al Derecho
Constitucional sustantivo; esto es, los principios constitucionales que inspiran la
atribución de los diversos órganos constitucionales.

La Constitución de 1993, manteniendo el temperamento del art. 296 de la antigua


Constitución de 1979, reafirma en el actual art. 201 que el Tribunal Constitucional es el
órgano de control de la Constitución. Esta cláusula, independientemente de los debates
que hubo en el seno del Congreso Constituyente, que hasta el último momento
pretendieron afirmar el modelo americano de la revisión judicial de las leyes, permite hoy
señalar inequívocamente que el Tribunal Constitucional tiene una especial atribución
frente a los demás órganos constitucionales.

Si bien se debe señalar que en materia de interpretación constitucional, como lo


ha destacado García Belaunde, se puede configurar una pluralidad de intérpretes, en el
caso de las sentencias del Tribunal Constitucional ha de primar este órgano jurisdiccional
frente a los demás, cuando llegado que fuere un proceso constitucional, debe resolverlo
este Colegiado Constitucional.

Y es que, lo que resuelva el Tribunal Constitucional, sus decisiones sobre la


naturaleza y el alcance de la vinculación de las decisiones constitucionales, no supone
otra cosa en los hechos, más que decidir sobre la distribución de poderes entre los más
altos órganos constitucionales, y decidir, en consecuencia, sobre un elemento esencial de
la estructura constitucional, en cuanto que un grado mayor o menor de fijación o de
vinculatoriedad de las resoluciones del Tribunal Constitucional --y frente a lo que ocurre
en el proceso ordinario-- despliega efectos cuya trascendencia es vital sobre los demás
órganos constitucionales y sobre la propia Constitución.

Así las cosas, en el Perú aún no se presentan problemas de una envergadura tal,
que lleve a un serio conflicto entre el Tribunal Constitucional y el Poder Judicial; sin
embargo, no se descarta a futuro, sobre todo cuando la plenitud de sus integrantes del
futuro Tribunal Constitucional, verdaderamente más democrático, afirme su presencia
real, en el complejo organigrama de la jurisdicción constitucional peruano.

4. Hacia una relación de coordinación y convergencia entre el Poder Judicial


y el Tribunal Constitucional

No obstante lo ya expuesto, somos de la opinión que, sin desconocer que el


Tribunal Constitucional peruano, aunque expresamente no lo diga así la norma
reguladora de su Ley Orgánica, es el "Intérprete Supremo" de la Constitución. Sin
embargo, esto no significa que el Poder Judicial pueda apartarse, y disentir de los fallos
del Colegiado Constitucional. Así las cosas, el reciclaje sería dentro de los marcos de una
armonía y no de contradicciones jurisdiccionales. En efecto, si los jueces ordinarios se
apartan de lo que dispuso el Tribunal, es porque acaso está denegando una garantía
constitucional; empero, a la larga, nuevamente vía recurso extraordinario, el justiciable
tratará de que el Tribunal afirme su propio temperamento o su "precedente". Y, en
consecuencia, vemos cómo, en última instancia, el círculo se cierra, ineludiblemente, ante
el propio Tribunal Constitucional. Con todo, somos del parecer que esto no habrá de
significar que el Poder Judicial, y más específicamente sus integrantes, sean jueces civiles
o de las cortes superiores, dentro de los cánones de su autonomía jurisdiccional,
disientan, y el Tribunal Constitucional confirme o no sus resoluciones.

En suma, los vasos comunicantes del Poder Judicial y del Tribunal Constitucional
en los marcos de las garantías constitucionales ordinarias del Hábeas Corpus, Amparo,
Hábeas Data, Acción de Cumplimiento etc., estarán imbricados a través del Recurso
Extraordinario. A la postre, la doctrina del Tribunal Constitucional a la que el Poder
Judicial se obliga a cumplir, debe ser siempre y necesariamente bajo los marcos de los
criterios de una sana doctrina de la interpretación de los Derechos Humanos: pro
libertatis; es decir, una preferencia por los derechos humanos(11); o el respeto a lo que la
doctrina europea denomina el contenido esencial de los derechos fundamentales o, como
apunta Francisco Fernández Segado, "el principio del mayor valor de los Derechos". A
ello se debe sumar el empleo de lo que Germán Bidart Campos denomina la "regla de
oro": que la Constitución, y con ella los Derechos Humanos, se deben interpretar de
conformidad con los tratados internacionales de derechos humanos en los que el Estado
se hace parte.

Por otro lado, debemos hacer la siguiente constatación y no otra cosa: cuando el
Poder Judicial ha decidido "apartarse" de la posición dominante del Tribunal
Constitucional, estamos, obviamente, ante un caso denegatorio de tutela judicial al
justiciable demandante. Esta posición no debe, desde luego, ser criticable, pues el Poder
Judicial o sus integrantes tienen legítimo derecho, dada las contingencias de la vida y
nuevos hechos frente a situaciones anteriores similares o análogas, decidir no admitir
fundada alguna garantía constitucional, por ejemplo una Acción de Amparo. A la larga,
será el Tribunal Constitucional el que, si es que se entabla el recurso extraordinario,
definirá dicho apartamiento. Será, en todo caso, el Tribunal Constitucional --reiteramos--
el que, horqueteado por nuevas razones de los jueces ordinarios; quizá bajo la entelequia
de una sólida y contundente teoría de la argumentación jurídica(12), admita o no la nueva
tendencia jurisprudencial. Pues no siempre el demandante o actor es el que ha de
corresponderle el derecho; sino y, por el contrario, al supuesto agresor o demandado que,
a la larga, viene a ser otro justiciable más con la misma impertérrita vara de la tutela
judicial efectiva a que tiene derecho.

En buen cuenta, y aquí apelamos a las reflexiones del tratadista español Eduardo
García de Enterría, al Tribunal Constitucional se le asigna una cierta función vigilante
general del sistema judicial ordinario en materia de Derechos Fundamentales y
Constitucionales, campo donde le deja normalmente actuar, y en el que sólo interviene si
se observa que alguna práctica judicial o alguna situación concreta puede requerir una
definición de la recta doctrina constitucional, definición que él --el Tribunal
Constitucional-- se reserva para sí(13).

Por otro lado, el Tribunal constitucional peruano, no puede sustituir a toda la


Administración de Justicia; su misión básica de defensa de la Constitución y depuración
del ordenamiento no puede desviarse continuamente en la atención a vulneraciones
individuales que debieran ser reparadas en otras instancias.

De esta forma, debe ejercer esa función suprema garantizando la adecuación a la


Constitución de los centros productores de decisiones jurídicas, desde el control de
constitucionalidad de los órganos judiciales. No se trata, por ende, de introducir, hay
veces por la puerta falsa, el recurso extraordinario contra la jurisprudencia del Poder
Judicial, sino, al contrario, de respetar al máximo el ámbito autónomo de la misma en el
ejercicio de la función jurisdiccional. Por lo menos eso es lo que se evidencia cuando del
arsenal de recursos extraordinarios que llegan ante el Colegiado Constitucional, un
impresionante porcentaje resulta simplemente confirmado por el Tribunal(14).

Con todo, como muy bien afirma el profesor Miguel Aparicio Pérez, siempre hay
materias en que los dos sectores --Poder Judicial y Tribunal Constitucional-- se
interpenetran. O, dicho de otra forma: siempre habrá un campo donde la actividad del
Tribunal Constitucional será necesaria más allá del mero control de la actuación
jurisdiccional ordinaria, especialmente cuando dicho ámbito se refiere al tratamiento de
los derechos fundamentales que, por definición, son de permanente textura abierta y cuya
continua actualización corresponde en último extremo al propio Tribunal
Constitucional(15).

Así las cosas, en el modelo peruano de jurisdicción constitucional deben existir


ciertas pautas a tenerse en cuenta para:

a) Los supuestos en que el Tribunal Constitucional estimara conveniente


modificar su propia jurisprudencia en materia de derechos fundamentales. Con este
criterio se permite eliminar las inevitables y frecuentes contradicciones de los fallos o
sentencias de las Salas Civiles o Penales de las Cortes Superiores de los respectivos
Distritos Judiciales y garantizar la seguridad y unidad de la propia doctrina ante la
exigencia de su seguimiento por parte de la jurisdicción ordinaria.

b) La señalización y apertura de nuevos contenidos en los derechos


fundamentales. Aquí estamos, pues, ante una posible interpretación de los derechos
fundamentales, redimensionándolos no sólo como aquellos derechos humanos o naturales
positivizados; sino también para aquellos derechos fundamentales innominados; o para
aquellos derechos que, vía las pautas hermenéuticas que la propia Constitución establece
en el art. 3 de los derechos implícitos. En suma, la atalaya de cotizar qué tipo de derechos
deben ser objeto de tutela por las garantías constitucionales, habrá de corresponderle, en
su momento, al propio Tribunal Constitucional, en caso que el Poder Judicial acuse una
postura conservadora frente a los justiciables.

c) La corrección de la doctrina jurisprudencial ordinaria en materia de


derechos fundamentales. Que es lo que hemos venido extensamente tratado. Se trata
aquí en revisar la doctrina sobre la eficacia de los derechos fundamentales entre
particulares.

Finalmente, seguimos aquí, in extensu, las reflexiones del notable magistrado y


ex-Presidente del Tribunal Constitucional español, asesinado por la intolerancia del
terrorismo de la ETA, don Francisco TOMAS Y VALIENTE, de quien, en torno a su
experiencia, bueno es que los miembros y futuros miembros del Tribunal Constitucional
peruano tomen debida nota:

a) La realidad política es conflictiva y el Tribunal Constitucional que resuelve en


forma jurídica conflictos de contenido siempre político, no puede hacerse nunca la ilusión
de estar situado, ante la opinión pública, por encima de contiendas que él mismo ha de
juzgar. Su posición es eminente, la propia de un juez. Pero su imparcialidad objetiva y la
independencia de criterio de sus magistrados no son garantía intangible a los ojos de
muchos, porque afectando sus resoluciones a temas clave de la organización del Estado y
de la esfera de libre acción de los ciudadanos en la sociedad, es inevitable que los
conflictos salpiquen al órgano que lo resuelve. Lo esencial es que la politización del
litigio jurídico y del paralelo debate social no influyan en la resolución del Tribunal. Lo
imposible es que la sentencia, adoptada con plenitud de independencia, satisfaga a todos
los contendientes, es decir, a quienes litigaron como partes procesales de los
contendientes, es y a quienes lo hicieron libre, pero no desinteresadamente, en el gran
foro de los medios de comunicación.

b) El Tribunal no debe obsesionarse nunca por el eco de sus resoluciones. Ni ha


de buscar el aplauso ni ha de huir de la censura, porque en una sociedad democrática
dotada de las libertades que el propio Tribunal ampara, siempre habrá, en cada caso, ante
cada sentencia no rutinaria, aplausos y censuras, sea cual sea la intensidad relativa de
unos y otros, y sean quienes sean en cada ocasión los conformes y los disconformes.

c) El Tribunal debe facilitar información acerca de lo que hace, llegando en ese


camino hasta la frontera del debido secreto. Y ha de hacerlo tratando por igual a todos los
medios de comunicación, sin preferencias disimuladas, ni canales abiertos por los que
inadvertida e involuntariamente puedan circular en un momento dado indicios
informativos privilegiados o cosa que lo parezca.

d) Por último, y como reflexión ad intra, quizá la principal enseñanza que tuvo el
caso en cuestión para quienes lo vivimos en el Tribunal, fue la concerniente a la
importancia de las deliberaciones y a la conveniencia de que éstas se prolonguen cuanto
sea necesario para aproximar criterios, integrar argumentos, enriquecer la
fundamentación y de ese modo evitar en lo posible fracturas internas. La exhaustividad
de la deliberación se alcanza cuando ya nadie tiene nada nuevo que decir y se repiten los
argumentos a favor o en contra del fallo. Sacar éste a votación siquiera sea un momento
antes de que se produzca el punto de exhaustividad es un error psicológico y
procedimental, apenas disculpable por la existencia de tesones e impaciencias que el
Tribunal jamás debe interiorizar(16).

NOTAS:

(*) La bibliografía peruana sobre el Tribunal Constitucional viene desde la existencia del antiguo
Tribunal de Garantías Constitucionales y más reciente sobre el actual Tribunal Constitucional con la
problemática que ella suscita en relación a la jurisprudencia y a sus relaciones con el Poder Judicial.

Así, en lo que respecta al antiguo Tribunal de Garantías Constitucionales, se ha desarrollado lo


siguiente:

AA.VV.: El Tribunal de Garantías Constitucionales en Debate, Comisión Andina de Juristas y


Consejo Latinoamericano de Derecho y Desarrollo, 1986; AGUIRRE ROCA, Manuel: Las sentencias del
Tribunal de Garantías Constitucionales frente a la crítica, en Rev. "Themis", PUC, 1982; Los fallos del
Tribunal de Garantías Constitucionales ante la crítica, en Rev. "Themis", Año I, No 3, PUC, 1985;
BUSTAMANTE BELAUNDE, Alberto: El Tribunal de Garantías Constitucionales: un proyecto de ley
que no ofrece garantías, en Rev. "Qué Hacer", Lima, No 10, 1981; La irretroactividad de los fallos del
Tribunal de Garantías Constitucionales, en "Revista DERECHO", PUC, Lima, No 36, 1982; BLUME
FORTINI, Ernesto: El Tribunal de Garantías Constitucionales, en "Ius et Praxis", U. de Lima, 1983;
CARDENAS QUIROS, Carlos: El Tribunal de Garantías Constitucionales: y la Constitución del Perú de
1979, en Rev. "El Foro", Año LXVIII, No 2, Lima, 1981; CORSO MASIAS, Alfredo: El Tribunal de
Garantías Constitucionales. Prontuario, Arequipa, Edigrap Edit., 1984; FERRERO R., Raúl: El control
de la constitucionalidad de las leyes, en "Revista Jurídica del Perú", No III, 1960; FIX ZAMUDIO,
Héctor: Los Tribunales Constitucionales en Latinoamérica, en "Revista Jurídica del Perú", Año XXXIII,
No 1, 1982; GARCIA BELAUNDE, Domingo: La influencia española en la Constitución Peruana (A
propósito del Tribunal de Garantías Constitucionales) en "Revista de Derecho Político", Madrid, No 16,
1982; LINARES A., M. Octavio: Derecho Procesal Civil, Vol II, Lima, Edit. Sudamericana S.A. (vid. pp
261 a 323), 1984; LEON BARANDIARAN, José: El Tribunal de Control de la Constitucionalidad y de la
Legalidad; en "Revista del Foro" No 1, enero-junio 1969; PELAEZ BAZAN, Mario: El Tribunal de
Garantías Constitucionales. Y un Anteproyecto de su Ley Orgánica, Imp. Edit. Vicente Solsol, Lima,
1980; Hacia la Justicia Constitucional, Edit. Andina, Lima, 1984; POWER MANCHEGO-MUÑOZ,
Jorge: Constitución y justicia, Edit. Andina, Lima, 1984; PALOMINO MANCHEGO, José F.: Notas
sobre el Tribunal de Garantías Constitucionales, "Revista Juris", UNMSM, Lima, 1982; VALLE
RIESTRA, Javier: El Tribunal de Garantías Constitucionales. El caso de los votos nulos y en blanco,
Lima, Edit. Labrusa, 1986; VIDAL COBIAN, Ana María: Funciones del Tribunal de Garantías
Constitucionales, en Rev. EL FORO, Año LXXI, No 2, 1984.

La actual bibliografía y, en parte, otra anclada al antiguo Tribunal de Garantías Constitucionales,


es la siguiente: ABAD YUPANQUI, Samuel: "El valor de la jurisprudencia constitucional en el
ordenamiento jurídico peruano", en La Constitución de 1993. Análisis y Comentarios. Lecturas sobre
Temas Constitucionales, No 11, CAJ, Lima, 1995; del mismo autor: "La jurisdicción constitucional en la
Carta Peruana de 1993, balance y perspectivas", en Una Mirada a los Tribunales Constitucionales. Las
experiencias recientes, Serie: Lecturas Constitucionales Andinas, No 4, CAJ; 1995, pp. 191-240;
BLUME FORTINI, Ernesto: "El Tribunal Constitucional peruano coma intérprete supremo de la
Constitución", en Derecho, PUC, No 50, Lima. 1996; DANOS ORDOÑEZ, Jorge: "Aspectos orgánicos del
Tribunal Constitucional", en La Constitución de 1993. Análisis y Comentarios. Lecturas sobre Temas
Constitucionales, No 10, CAJ, Lima, 1994; EGUIGUREN PRAELI, Francisco: "Relaciones entre el Poder
Judicial y Tribunal Constitucional en el Perú: la evolución del modelo y los nuevos problemas", en
Pensamiento Constitucional, Año V, No 5, PUC, Lima, 1998, del mismo autor y con anterioridad: "El
Tribunal de Garantías Constitucionales: las limitaciones del modelo y la decepciones de la realidad", en
Lecturas sobre Temas Constitucionales, No 7, CAJ, Lima, 1991; FERNANDEZ SEGADO, Francisco:
"El control normativo de la constitucionalidad en el Perú: crónica de un fracaso anunciado", Ponencia
presentada al VI Congreso Nacional de Derecho Constitucional en Huancayo, por aparecer en
"Pensamiento Constitucional"; GARCIA BELAUNDE, Domingo: "Las garantías constitucionales en la
Constitución peruana de 1993", en Lecturas sobre Temas Constitucionales, CAJ, Lima No 10, 1994; del
mismo autor: "La nueva Constitución del Perú: Poder Judicial y garantías constitucionales", en Desafíos
constitucionales contemporáneos, César Landa y Julio Faúndez (editores), University of Warwick - PUC
del Perú, Lima, 1996 y más recientemente su obra: Derecho Procesal Constitucional, Marsol Edit.,
Trujillo, 1998; LANDA ARROYO, César: "La sentencia del Tribunal de Garantías Constitucionales sobre
la constitucionalidad de la Ley de la Bolsa de Trabajo y los principios de igualdad y libertad", en
Derecho, PUC, No 45, Lima, 1994; del mismo autor: "Notas acerca del Proyecto de la Ley Orgánica del
Tribunal Constitucional", en Derecho y Sociedad, No 8-9, Lima, 1994; igualmente: "Del Tribunal de
Garantías Constitucionales al Tribunal Constitucional: el caso peruano", en Pensamiento Constitucional,
PUCP, Lima, 1995; MARAVI SUMAR, Milagros: "Las relaciones del Tribunal Constitucional y el Poder
Judicial en el Perú a partir del análisis de la jurisprudencia", en Corte Suprema y Tribunal Constitucional:
Competencia y Relaciones, Ius et Praxis, Año 4, No 1 (Talca, Chile), 1998; SAGÜES, Néstor Pedro: "Los
poderes implícitos e inherentes del Tribunal Constitucional del Perú y el quórum para sus votaciones", en
La Constitución de 1993. Análisis y Comentarios, Vol. III, CAJ, Lima, 1996, pp. 103 y ss.; de la misma
fuente también se encuentran los trabajos de ROTH, Joachim: "El control constitucional: Función vital
para preservar el Estado de Derecho y consolidar la democracia constitucional"; STEIN, Torsten:
"Criterios de interpretación de la Constitución"; del mismo autor: "Tipos de sentencias
constitucionales"; REVOREDO, Delia: "Los retos actuales del Tribunal Constitucional"; LOSING,
Norbert: "Los retos del Tribunal Constitucional en América Latina", en La Constitución de 1993. Análisis
y Comentarios, Vol III, Serie Lecturas sobre Temas Constitucionales, No 12, 1996. Más recientemente
puede verse en: La Justicia Constitucional a finales del siglo XX (Revista del Instituto de Ciencias
Políticas y Derecho Constitucional, Año VII, Nº 6, Huancayo, 1998), cuyos trabajos corresponden a
BIDART CAMPOS, Germán: "Justicia Constitucional y Reforma del Poder Judicial" (pp. 9-28);
SAGÜES, Néstor Pedro: "Problemas de absorción de causas por el órgano superior de control de la
constitucionalidad" (pp. 29-51); FERNANDEZ SEGADO, Francisco: "Los nuevos desafíos para la
protección jurisdiccional de los derechos" (pp. 53-137); GARCIA BELAUNDE, Domingo: "La
jurisdicción constitucional y el modelo dual o paralelo" (pp. 139-154); VILCAPOMA IGNACIO,
Miguel Pedro: "La Constitución y las Resoluciones Judiciales" (pp. 201-220).

(**) Los arts. 39 y 40 de la Ley de Hábeas Corpus y Anparo siguen vigentes. Y ello guarda
perfecta concordancia con el art. 45 de la LOTC y art. 205 de la Constitución de 1993. En tal sentido, la
decisión del Estado peruano de apartarse de la Convención Americana aún no es un caso cerrado.

(***) Con una construcción más acabada, la doctrina alemana plantea algunos criterios materiales
para determinar el grado de fijación o definitividad de las sentencias del Tribunal Constitucional:

1) El primero que es el relacionado a la cosa juzgada, el que no resulta absolutamente aplicable


en su rigidez al Derecho Procesal Constitucional. En efecto, la doctrina acepta que se puede volver a
examinar las decisiones jurisdiccionales del Tribunal Constitucional por él mismo, y en la medida en que
tales decisiones completarían de modo vinculante y sucesivo la Constitución misma, la flexibilidad, la
capacidad de adaptación del texto a las mutaciones de la realidad cotidiana.

2) En segundo lugar, una vinculación total del Tribunal Constitucional a sus propias decisiones, la
necesidad de aceptar las sentencias anteriores sin poder volver sobre ellas, sería problemático en aquellos
casos en los que la primera decisión vinculante fuera errónea o equivocada. Aun estimando en la alta
calificación profesional de la magistratura constitucional, no puede de ningún modo excluirse. En
consecuencia, es necesario abandonar el dogma de que solamente una interpretación de una determinada
disposición podría ser considerada como correcta.

3) Finalmente, si la fijación de las sentencias del Tribunal Constitucional fuera tan absoluta que no
se admitiera una vía a la revisión por él mismo de sus propias decisiones, habría que aceptar,
inevitablemente, que una decisión equívoca del Tribunal Constitucional cambiaría de hecho la
Constitución, en cuento es evidente que, en tal caso, habría que atenerse, no al texto constitucional, sino
necesariamente a la decisión del Tribunal Constitucional.

Desde luego, esto no impide señalar que el ideal es que las sentencias del Tribunal Constitucional
expresen una fijación o estabilidad y que se ciña a criterios jurídicos y resuelva definitivamente. Es decir, el
Tribunal Constitucional debe crear una claridad jurídica y evitar futuros conflictos afirmando una seguridad
jurídica. Esta necesidad de que las sentencias del Tribunal Constitucional, en cualquier tipo de procesos que
vienen por recurso extraordinario, resuelvan definitivamente las contiendas constitucionales, con la
consiguiente característica de su vinculatoriedad es, al mismo tiempo que una exigencia para el
cumplimiento de las funciones que una institución de esta naturaleza tiene encomendadas, también un
requisito imprescindible para el mantenimiento de su independencia, expresamente afirmada en la cláusula
constitucional que establece "El Tribunal Constitucional es el órgano de control de la Constitución", así
como en su LOTC. La eliminación de eventuales "sentencias inconstitucionales", que exige una cierta
apertura al nuevo enjuiciamiento de cuestiones ya resueltas, y los principios de seguridad jurídica que
impidan el replanteamiento indefinido de las mismas cuestiones. Tensión que debe ser resuelta de acuerdo
con el principio de la "concordancia práctica", en la búsqueda de un equilibrio o un compromiso que
garantice la vinculatoriedad o fijeza de las sentencias constitucionales en la medida necesaria para la
terminación de las controversias, y la apertura y capacidad de cambio en cuanto no ponga en peligro la
función de pacificación del Tribunal Constitucional. Vid: BOCANEGRA SIERRA, Raúl: "El valor de las
sentencias del Tribunal Constitucional", Instituto de Estudios de Administración Local, Madrid, 1982,
pp. 26-29.

(1) Samuel ABAD precisa que "Hubiera sido conveniente que se definiera al Tribunal
Constitucional como el supremo intérprete de la Constitución, lo cual constituye una característica esencial
de esta clase de tribunales (...). Pese a ello, la Ley 26435 ha introducido puntuales dispositivos que nos
permiten concluir que aunque no se le diga en forma expresa, el Tribunal Constitucional es el intérprete
supremo de la Constitución". El sustento de esta afirmación, se encuentra en el art. 39, 48 y la primera
disposición general de la LOTC. Vid.: "La jurisdicción constitucional en la Carta Peruana de 1993:
Antecedentes, balances y perspectivas", en Una mirada a los Tribunales Constitucionales. Las
Experiencias Recientes, CAJ, Lima, Serie Lecturas Constitucionales Andinas, No 4, 1995; p. 218. Por otro
lado, puede consultarse también a BLUME FORTINI, Ernesto: "El Tribunal Constitucional peruano como
Supremo Intérprete de la Constitución", en Derecho, PUC, Lima, No 50, Diciembre 1996; LANDA, César:
"Del Tribunal de Garantías Constitucionales al Tribunal Constitucional: el caso peruano", en
Pensamiento Constitucional, No 2, 1993.

(2) GARCIA BELAUNDE formuló sus primeros planteamientos en "El Control de la


Constitucionalidad de las leyes en el Perú" en "Ius et Praxis", No 13, junio de 1989; luego en: "La Acción
de Inconstitucionalidad en el derecho comparado", en "Lecturas Constitucionales Andinas", CAJ, Lima,
No 1, agosto de 1991. Más recientemente y bajo los marcos de la actual Constitución de 1993 lo ha
sustentado en: "La Jurisdicción Constitucional y el modelo dual o paralelo", en La Justicia
Constitucional a finales del siglo XX, Revista del Instituto de Ciencia Política y Derecho Constitucional,
Edit. Palestra, Año VII, No 6, Huancayo, 1998, pp. 139-154.

(3) GARCIA BELAUNDE, Domingo: "¿Difuso o confuso?", en Síntesis, Lima, 05.03.99.

(4) BRAGE CAMAZANO, Joaquín: "La Acción de Inconstitucionalidad", UNAM, México,


1998, pp. 79 y ss.

(5) Samuel Abad expresa "En nuestro modelo de jurisdicción Constitucional el trámite de los
procesos de hábeas corpus, amparo, hábeas data y acción de cumplimiento corresponde tanto al Poder
Judicial --dos instancias-- como al Tribunal Constitucional que conoce en última instancia las resoluciones
denegatorias. Por ello, si en segunda instancia el Poder Judicial acoge favorablemente la demanda, la
resolución adquirirá carácter de cosa juzgada. Precisamente, en fecha reciente, la 4ta. disposición transitoria
de la Ley 26435, interpretada por la Ley 26446, ha regulado transitoriamente este trámite en tanto no se
apruebe la nueva ley de garantías o procesos constitucionales. Se ha dispuesto que por regla general, las
"acciones de garantía" se interpondrán ante el Juzgado Civil o Penal que corresponda y que la Corte
Superior respectiva conocerá en segunda instancia. En caso que la resolución sea denegatoria, se acudirá
directamente al Tribunal Constitucional, evitando el paso por la Corte Suprema". "El valor de la
jurisprudencia constitucional en el ordenamiento jurídico peruano", en La Constitución de 1993. Análisis
y Comentarios, Vol. II, Serie Lecturas sobre Temas Constitucionales, CAJ, Lima, No 11, 1995, pp. 246-
247.

(6) SAGÜES, Néstor Pedro: "Cosa Juzgada Constitucional. Modelos y correcciones", en Revista
Jurídica, Organo Oficial del Colegio de Abogados de La Libertad, No 133, enero-diciembre de 1995, pp.
179-180.

(7) Vid, al respecto a MORTATI, Costantino: "Le opinioni Dissenzienti Del Giudice costituzianali
ed Internazionali", Quaderni della Giuriprudeza costituzionale, Milano Dott A. Giuffré - Edit, 1964.

(8) Véase al respecto a FAVOREU, Luis: Los Tribunales Constitucionales (Prólogo y


supervisión de la edición española de Marc CARRILLO), Ariel, Barcelona, 1era. Edic., 1994; y más
recientemente a GARCIA BELAUNDE, Domingo y FERNANDEZ SEGADO, Francisco (Coordinadores):
La Jurisdicción Constitucional en Iberoamérica, Dykinson, Madrid, 1997.

(9) GARCIA BELAUNDE, Domingo: "El Amparo y la Cosa Juzgada Fraudulenta", en Síntesis,
16 de octubre de 1998. Igualmente a QUIROGA LEON , Aníbal: "La nulidad de cosa juzgada fraudulenta
y la Acción de Amparo Constitucional", en Derecho, PUC, No 45, Lima, 1995.

(10) Samuel ABAD YUPANQUI, uno de los más lúcidos exponentes del Derecho Procesal
Constitucional en el Perú sostiene que, respecto a la "obligatoriedad de la jurisprudencia" que los jueces sí
pueden apartarse del precedente (entre ellos mismos) con la debida fundamentación. "Esta afirmación ...
resulta válida tratándose de decisiones del Poder Judicial, mas no cuando se trata de la doctrina
jurisprudencial del Tribunal Constitucional, pues en tal caso es de aplicación la primera disposición general
de la LOTC. Dicha norma subordina la interpretación del Poder Judicial a la del Tribunal Constitucional".
(Cfr. "El valor de la jurisprudencia constitucional en el ordenamiento jurídico peruano", op. cit., p.
249).

(11) BIDART CAMPOS, Germán: Teoría General de los Derechos Humanos, op. cit. pp. 386 y
ss.; HERRENDOR, Daniel y BIDART CAMPOS, Germán: Principios de Derechos Humanos y
Garantías; op. cit.; PECES-BARBA, Gregorio: Curso de Derechos Fundamentales. Teoría General, U.
Carlos III de Madrid, op. cit., pp. 569 y ss.; PEREZ LUÑO, Antonio: Los Derechos Fundamentales, op.
cit., pp. 25 y ss.; del mismo autor: Derechos Humanos, Estado de Derecho y Constitución, op. cit., pp.
132 y ss.; FERNANDEZ SEGADO, Francisco: La Dogmática de los Derechos Humanos, op. cit., pp. 57-
82; LUCAS VERDU, Pablo (Compilador): Prontuario de Derecho Constitucional, Edit. Comares,
Granada, 1996, pp. 127 y ss.; MIRANDA, Jorge: Manual de Derito Constitucional, Vol. IV, Coimbra
Edit., 2da. Edic., 1993, pp. 31 y ss.; SALDAÑA, Javier (Coordinador): Problemas actuales sobre
Derechos Humanos. Una propuesta filosófica, UNAM, México, 1997; BALLESTEROS, Jesús (Editor):
Derechos Humanos. Concepto. Fundamento. Sujetos, Tecnos, Edit. Madrid, AA.VV.: Los Derechos
Humanos. Significación, Estatuto Jurídico y Sistema (Edición a cargo de Antonio-Enrique PEREZ
LUÑO), U. de Sevilla, 1979; FERNANDEZ, Eusebio: Teoría de la Justicia de los Derechos Humanos,
Colección Universitaria, Editorial Debate, Madrid, 1987.

(12) ETO CRUZ, Gerardo: Algunas consideraciones en torno a la Teoría de la Argumentación


Jurídica de Theodor Viehewg, Chaïn Perelman y Robert Alexis, en Revista Jurídica. Organo Oficial del
Colegio de Abogados de La Libertad. 75 años. Edición Especial. No 134, Trujillo, Enero-1996 Julio-1999,
pp. 395 y ss.

(13) GARCIA DE ENTERRIA, Eduardo: Principio de legalidad, Estado material de Derecho y


facultades interpretativas y constructivas de la jurisprudencia en la Constitución, en Revista Española de
Derecho Constitucional, No 10, p. 44.
(14) La reciente estadística del Tribunal Constitucional es la siguiente:

Situación A. de A. HC. C. HD. Compet. Inconstit. Queja Total

Ingresados 4,249 640 248 12 7 41 567 5,764


Resueltos 2,937 506 117 7 5 21 567
Por Resolver 1,312 134 131 5 2 20 0

Porcentaje
Resuelto 69.14% 79.06% 47.18% 58.33% 71.43% 51.22% 100% 72.17%

Fuente: El Peruano, Lima 13 de Setiembre de 1999, p. 4.

(15) APARICIO PEREZ, Miguel A.: "La aplicación de la Constitución por los jueces y la
determinación del objeto del Amparo Constitucional", en Revista del Centro de Estudios
Constitucionales, No 3, Mayo-Agosto 1989.

(16) TOMAS Y VALIENTE, Francisco: La Constitución y el Tribunal Constitucional, en La


Jurisdicción Constitucional en España. La Ley Orgánica del Tribunal Constitucional: 1979-1994,
Centro de Estudios Constitucionales, Madrid, 1995, pp. 15-34, específicamente pp. 18 y 19.

(*) Profesor de Derecho Constitucional en la Universidad Nacional de Trujillo. Con estudios


doctorales en la Universidad de Santiago de Compostela (España). Autor de diversos libros. Abogado en
ejercicio.

Pregunta orientadora para la Lectura N° 4:

1. De acuerdo con el autor, ¿podría un juez ordinario discrepar con lo previsto


en un precedente del Tribunal Constitucional?