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ANTONIO GÓMEZ RODRÍGUEZ (Julio 08 de 2018)

Por: M. Ángel Córdova L.

Ayer sábado, un buen amigo me compartió a través del WhatsApp la


fotografía de Antonio Gómez Rodríguez, acompañada de un pequeño texto
de cuatro líneas. A pesar de la brevedad del texto, el tema me llamó la
atención y le prometí investigar y escribir algo para compartir en Facebook,
según lo que encontrara. Y, como lo prometido es deuda, aquí está el
resultado.

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El nombre de Antonio Gómez Rodríguez muy probablemente no le diga nada,


como quizá tampoco le interese saber que sus restos mortales reposan en la
gaveta número 993 del viejo panteón municipal de Pénjamo, Guanajuato, aunque
difícilmente pase un solo día sin que tenga usted su obra cumbre a la vista.

Pero no, no se apene, que ni las autoridades de nuestro país se han interesado en
honrar debidamente sus restos y en resaltar el valor cívico e histórico de su obra,
la cual sólo ha sido merecedora de que una escuela, una colonia y una calle de
Pénjamo lleven su nombre, además de un párrafo en la Versión Oficial del Escudo
y Bandera Nacionales, publicado en línea por la Unidad de Desarrollo Político y
Fomento Cívico de la Secretaría de Gobernación.

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Como ya habrá imaginado usted, Antonio Gómez Rodríguez es el creador del
Escudo Nacional, uno de los tres símbolos de nuestra identidad como mexicanos.

El artista nació en Ecuandureo, Michoacán, el 01 de junio de 1888, pero, debido a


que desde muy temprana edad mostró una gran habilidad para el dibujo, sus
padres lo enviaron a estudiar arte a la Ciudad de México, donde posteriormente
continuó sus estudios en la Academia de San Carlos.

ALGO DE HISTORIA

Durante la segunda etapa de la Revolución Mexicana, cuando Victoriano Huerta


ya había tomado el poder presidencial y el Gobernador de Coahuila, Venustiano
Carranza, se rebeló contra su gobierno, el uso del Escudo Republicano (de frente,
con las alas desplegadas) causó algunos conflictos, por lo que, en 1914, el
llamado Primer Jefe del Ejército Constitucionalista mandó hacer un diseño que
identificara claramente a las tropas del Ejército Constitucionalista, de las tropas del
Ejército Federal.

Para ello, solicitó a Antonio Gómez Rodríguez, entonces estudiante de la antigua


Academia de San Carlos, la elaboración del modelo oficial y definitivo de las
armas nacionales.

Fue necesario llevarle un águila del Castillo de Chapultepec, para que Antonio
Gómez Rodríguez la apreciara desde todos sus ángulos y pudiera trazar, detalle a

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detalle, los perfiles que Don Venustiano le solicitó. Al terminar su trabajo, llevó dos
bocetos para que el mandatario eligiera uno.

Para su sorpresa, Venustiano Carranza ya no lo recibió, y fue un secretario de


nombre Jorge Enciso, quien lo atendió y tomó la decisión, regresándole el boceto
que le pareció el indicado.

La propuesta consistió en un águila de perfil… "con las alas abiertas y levantadas,


la cola baja y extendida, parada con la pata izquierda sobre un nopal que nace de
una peña que emerge de las aguas de la laguna y agarra con la derecha una
serpiente de cascabel en actitud de despedazarla con el pico, rodeada por lo bajo
de ramas de encina y laurel, entrelazadas por una cinta". Este escudo es
prácticamente el mismo que se conoce hasta la fecha, con algunas variaciones
mínimas.

El escudo estuvo en uso, pero sin oficializarse, hasta el 21 de septiembre de 1916,


cuando Venustiano Carranza, próximo a realizarse el Congreso Constituyente de
1917, promulgó el Decreto que hizo oficial su uso.

La nación mexicana obtuvo, así, una versión oficial y única de su Bandera, que
ondeó por primera vez en el Palacio Nacional el 15 de septiembre de 1917: en el
mismo año en que se promulgó la Constitución Política que hoy nos rige, y en el
mismo día en que se festeja el grito de la Independencia.

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INGRATITUD Y OLVIDO

Antonio Gómez Rodríguez vivió durante mucho tiempo, hasta su muerte, acaecida
el 21 de junio de 1970, a la edad de 82 años, a consecuencia de un sincope
cardiaco, en la casa marcada con el número 33 de la calle Miguel Hidalgo de la
zona centro de Pénjamo, Guanajuato, ciudad que lo reclamó como “hijo adoptivo”.

En 1915 se casó en Pénjamo con la Señora Ma. Trinidad Reyes con la que
procreó un hijo de igual nombre, Antonio. Fue maestro de pintura en San Miguel
de Allende.

Aunque no existen muchos datos biográficos de este personaje, se sabe que llevó
una vida tranquila, dedicada a la pintura, alternada con la producción de frutas y
verduras en un huerto familiar.

El egresado de la antigua Academia de San Carlos vivió sus últimos años entre los
penjamenses, ganándose el respeto y reconocimiento de sus contemporáneos,
que apreciaban sus dibujos, regularmente de animales, objetos de labranza y
ambientación del campo mexicano.

Muchos de sus trabajos realizados incluso desde su niñez, se encuentran


resguardados en la Biblioteca de la Academia Nacional de Bellas Artes, en la hoy
CDMX.

En México, es una tradición honrar y exaltar la memoria de personas ilustres, así,


se conciben sitios especiales para rendir culto póstumo a personajes distinguidos
de nuestra historia, como la Rotonda de los Hombres Ilustres, creada en 1872, por
disposición del Presidente Sebastián Lerdo de Tejada, en el Panteón de Dolores
(desde 2003 llamada por Decreto Rotonda de las Personas ilustres), para erigir
monumentos destinados a guardar los restos, o a perpetuar la memoria de héroes
y personas célebres de nuestra historia.

La Rotonda constituye uno de los panteones de la Patria de mayor relevancia y,


como tal, un espacio que brinda ejemplo señero para las generaciones presentes
y futuras al conferir un sepulcro de honor a aquellas mexicanas y mexicanos que
son ilustres, ya sea por sus actos heroicos, por su actividad política o cívica, o por
sus contribuciones en los ámbitos de las ciencias, las artes o la cultura.

Aunado a ello, es preciso referir que el artículo 3º de la Constitución Política de los


Estados Unidos Mexicanos, contempla en su segundo párrafo, el fomento del
amor a la Patria. Asimismo el numeral 7 de la Ley General de Educación,
reconoce el fortalecimiento de la conciencia de la nacionalidad y de la soberanía,
el aprecio por la historia, los símbolos patrios y las instituciones nacionales, así
como el reconocimiento que se haga a personajes que, por sus obras y virtudes,
se destacaron al servicio de la patria.

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Sin embargo, los restos de Antonio Gómez Rodríguez no reposan ahí, donde por
mérito propio deberían de estar, sino en el panteón municipal de Pénjamo, como
se señaló al principio, no obstante las voces que a lo largo de la historia se han
alzado en favor de que sus restos sean exhumados y trasladados a la Rotonda de
las Personas Ilustres.