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Parte I: Análisis e interpretación y escritura de cuentos Joaquín Vélez

Producción de textos B

Olvido del volcán

Llegamos temprano, el sol todavía no bajaba la ladera del poniente con su


manto de piedra tibia, el rocío salado de lo seco me hacía salivar la comisura de la
boca tímida en el eco del valle de tunales y acullicos, de viejos caminos y viejas
historias. Hay algo en ese sol que aparece nítido, claro, sólido... llevando la cuenta
del tamaño de la vida y la puntualidad de las fiestas. Y es que también las nubes
son nítidas y las noches bien frías para pasarlas sin sol. Sin luna.

El aire, amplio se movía borrando los últimos faros donde se cuelgan los
cueros de otras épocas, con un brote de humedad de donde dicen que, más
antes, leían algunas matronas el escueto porvenir de las personas, las lluvias.
Hacía rato que pastaban los chivos y alguna oveja cinchaba la poca hierba entre la
helada que ya se daba por despierta y empezaba a largar fresco desde los pies.
Don Manuel apuró el cigarro,

-Vamo' a los rastrojos de lo alto que se viene tormenta- apuntó

-Puff...- Manuel tenía razón pero yo más bien no tenía ganas.

-Calavera no chilla vio, y el que quiere celeste...

-¡Que se acueste!- retruqué y Manuel sonrió.

Todavía andaba que la cabeza se me explotaba desde lo de Victorina como


para subir el sendero, ¡qué curda! pero los bichos no tienen feriado ni licencia.
Salvo por las fiestas; ni hablar de las patronales: ahí hasta éstos andan de farra y
cantando. Igual siempre alguien los lleva a pastar entre ida y venida, alguno de los
chicos que va hasta algún rastrojo ni tan lejos ni tan seco, cosa de que no se
pierdan ni anden pasando el hambre, no? Pasa que estaba terminando la época
de lluvia que precisamente no había sido una época de lluvia, sino de alguna que
otra lluviecita: había que engordar los animales para el frío que se venía y estaba
complicado con los pastos que no abundaban. Salvo alguno que otro que
resultaba venenoso para los chivos, por lo que había que echarles el ojo para que

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no se dieran vuelta como moscas, con el estómago como piedra. Daba trabajo y
estaba peliagudo, si.

La fiesta había durado unos tres días, meta bailar, tomar y comer a más no
poder. De tantas bandas llegó gente que hubo que armar un toldo extra cosa de
que tuvieran todos techo. Vio que era apenas Marzo, pero ya el fresco de la noche
no era para que cualquiera durmiera tapado de estrellas, todavía menos tan alto y
machadito de chicha, vino y aloja. El primer día el diácono ofició bautismo y
comunión y las bandas tocaron hasta tal hartazgo, que apenas después del
casamiento, a la tardecita del día siguiente, nos dimos cuenta que habían estado
de inmutables telones de fondo, mezclado salmo y sikuri.

Don Manuel tenía razón: el cielo estaba cerrado y arriba ya se había


largado, venía fiero la cosa. Apuramos el paso cruzando una peña, pero más
rápido que ligero se largó y una de gotas bien gordas que nos hizo temer el
granizo. Con la impenetrable lluvia llegaron los rayos y el eco de sus truenos hizo
un bucle en el valle, como si los bombos, redoblantes y matracas de la fiesta
siguieran sonando pero cada vez más estruendosos y ensordecedores. Todo se
hacía resbaladizo y con Don Manuel nos hicimos de lo alto donde no
derrapáramos con el fango pero la mayoría de los animales no nos seguían la
intención, aterrrados hasta las pezuñas. Durante un segundo la adrenalina que me
corría gracias a tamaño cagazo se hizo una pausa y recordé el respeto de mi
abuelo en su canto coplero hacia la terrible fuerza de los cerros y sus apus,
protectores que dirimían la vida y la muerte, marcaban las casas, los senderos, los
cultivos, insoslayables para los que habitaban el valle. Nunca vi algo tan tenaz: el
volcán bajaba cargado de barro, de piedra. De cerro. El choque de los bloques de
andesita, grandes como un refugio, alimentaba chispas que hacían las veces de
fogones bajo el aguacero. Apenas tardó veinte eternos minutos para que la tierra y
el cielo se quedaran quietos otra vez. Nos miramos los dos, incrédulos,
confirmando que estuviésemos enteros y miramos el fondo del valle.

- Se llevó animales y el puesto de Victorina

- Y hasta los rastrojos de alfa, las habas, la papa...- le agregué a Don


Tomás. La voz nos temblaba.

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- Decir que la vieja no andaba por ahí. La casa anda mejor ubicada y a esta
hora seguro andaba guardada- me contestó Don Manuel.

Yo pensaba lo mismo, pero me di cuenta que tenía más forma de deseo


que de seguridad. No teníamos idea de cómo estarían los demás y el silencio era
un poco irónico: el valle se oía igual pero veíamos un desastre difícil de haber
imaginado.

- Más fuerte que todos, apenas mi taita me contó uno parecido. Parecía un
viejo cuento y nunca le di mucha creencia - le dije a Don Manuel, mientras sentía
que el remolino ahora lo tenía en el pecho.

Habían cambiado muchas cosas esos años: a veces los más jóvenes nos
tomábamos muchas historias por supersticiones, como apariciones de espíritus,
portales que se abren a la medianoche con algunas lunas, lugares peligrosos que
lo vuelven a uno medio loco. Las necesidades nuevas, conocer la vida de la
ciudad o necesitar pedazo de tierra para construir alguna nueva casa en alguna
ladera donde no lo hubieran hecho los abuelos, habían cruzado de olvido y de
mito palabras que ahora se precipitaban sólidas. La memoria estaba rota entre
tanta velocidad e inercia. Don Manuel ya estaba más tranquilo y cómo si
escuchara lo que estaba pensando me dijo,

- El tiempo va juntando tierra y piedras que las lluvias pequeñas no


arrastran, nos vamos olvidando de que están ahí porque es tan lento que no lo
podemos ver- era como si sus palabras se mezclaran con la claridad del silencio y
el cielo que se abría. Después añadió,

-Cuanto más tiempo pasa, peor baja.

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