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COMUNIDAD ESPERANZA

“Este es el creyente y este es su Dios”


La epístola de Santiago (Bosquejo general)
Dime quien es tu Dios, y te diré quién eres (o como debes ser).

El mensaje de Santiago es de carácter exhortativo (parentético).


Su teología no es especulativa, sino practica, y se refiere más a los
comportamientos, las mentalidades y la moral que a la doctrina
abstracta. Nos encontramos frente a una teología que fundamenta-
Ta y motiva la acción, la praxis del cristiano.

Yo diría que Santiago realiza una operación tan insólita como va- liente: obliga al
cristiano a salir fuera del templo y lo pone en la calle, mezclado con los demás.
Y es ahí donde quiere verlo, examinarlo, para comprobar su identidad, reconocer
su rostro, verificar la calidad y la robustez de su planteamiento de fe.

Santiago no tolera la disociación entre fe y vida, entre «decir» y «hacer»,


entre pensamientos y acciones, entre atención a Dios y sensibilidad para con las
necesidades del prójimo.

Santiago no permite que el cristiano se conforme con las prácticas


cultuales. Le obliga a tomar posición en los conflictos sociales. El amor no es
suficiente. El cristiano es sometido al «test» decisivo de la justicia. Hay que
controlar si el creyente se pone de parte de los ricos o si privilegia al pobre.

En suma, el autor de la Carta hace salir al cristiano de las co- modos


cenáculos y le obliga a afrontar las cuestiones y las pro- blemas que agitan a la
humanidad.

Este es el cristiano...

A través de la Carta no es difícil captar los rasgos característicos del rostro


del cristiano. Según Santiago, el discípulo de Cristo:

Sostiene las pruebas inevitables para «verificar la calidad» de la propia fe


(1,2; 1,12);
Es capaz de tomar decisiones y hacer elecciones precisas, evitando las
vacilaciones (1,6; 1,8);

Es un «ejecutor» de la Palabra y no un simple oyente (1,21-25);

Se siente implicado, precisamente por causa de la religión, en


la causa de los débiles y de los indefensos (1,27);

No acepta discriminaciones en favor de los ricos, sino que honra al


pobre (2,1-9);

Tiene como referencia una ley de libertad que gira en torno al


Mandamiento del amor (2,10-13);

Explica, manifiesta o, cuando menos, deja entrever la propia fe por medio


de las obras (2,14-16);

No adopta la actitud de maestro arrogante de los demás (3,2);

Es capaz de controlar su lengua (3,2-12);

Se refiere a una sabiduría que viene de lo alto y que determina sus


comportamientos prácticos (3,15);

Es manso (3,13; 3,17);

Reniega de la avidez, los deseos excesivos que provocan con- tiendas,


desgarros, conflictos dentro de uno mismo y de las comunidades (4,1-3);

Va contra corriente y sigue una l6gica diversa de la dominante en el mundo,


incompatible con la pertenencia a Dios (4,4);

Es un convertido (4,7-10);

No se erige en juez de los demás ni habla mal del prójimo (4,11-13);


Acepta sus propios límites y somete sus proyectos a la voluntad de Dios
(4,13-16);

Percibe la precariedad y la inconsistencia de las riquezas y re- siste a la


fascinación perversa del dinero (5,1-6);

Considera que la paciencia es una virtud preciosa (5,7-11); es una persona


franca y sincera (5,12);

Practica la justicia (5,4);

Hace de la enfermedad un factor de crecimiento humano y de su fe en


Cristo (5,13-18);

Se caracteriza por una oración confiada (1,6; 5,16-18);

Se siente responsable del hermano que se ha desviado (5,19-20);

Su horizonte peculiar es el de la venida del Señor y el consiguiente juicio


final (5,3; 5,8)

El retrato resultante se caracteriza por la unidad, la coherencia y la


transparencia.

Y este es SU Dios…

En la Carta, además del rostro del cristiano, emergen los rasgos del rostro de
Dios, que aparece como:

Es el Dios Creador-Padre (1,17; 1,27);

Dador generoso, que regala sin calcular (1,5; 1,8)


Sólo dadivas buenas (1,17);

No tienta a nadie al mal (1,13);

No es caprichoso y variable como los dioses paganos (1,17);

Aquel que nos engendra con su poderosa palabra de verdad (1,18);

Aquel que elige y prefiere a los pobres (2,5);

Aquel a quien hay que someterse y acercarse gozosamente (4,7-8);

Es un Dios «cercano» (4,8);

Dios concede su gracia a los humildes (4,6);

Escucha la oración confiada (1,5; 5,15-17);

En su juicio prevalece la misericordia para con quien practica la misericordia


(1,13);

Es rico en misericordia y compasi6n (5,11);

Cura y perdona los pecados (5,15), cubre una multitud de pe- cados (5,20);

Exige la justicia social, particularmente con respecto a los de- biles (1,27);

Venga la injusticia hecha a los explotados (5,4-6);

En su comunidad exige un puesto de privilegio y de honor para el pobre (2,1-


4);

Es un Dios que ama hasta sentir celos (4,5);

Es señor del tiempo (4,15);

Es legislador y juez (4,12);


Su juicio es extremadamente severo para con los ricos que se dedican
exclusivamente a los placeres, pero carecen de senti- do social y pisotean las
exigencias de la justicia (5,1-6);

No tolera una fe carente de las obras del amor (2,14-17);

Concede la corona de la gloria a quienes han superado las pruebas y lo


aman (1,12).

Observa F. Mussner:

«Dios, según la Carta de Santiago, es ante todo el Señor, el Padre, el


Juez y, por tanto, el Dios vivo, el cual no está "mas allá" de su obra, sino
que "participa'' intensamente en ella. Esta idea precisa de Dios
corresponde a la de los profetas y a la de Jesús. También en la concepción
de Dios aparecen así los claros contornos teológicos de la Carta».

Yo añadiría que el "vemos" y “conocemos” por Su palabra Dios y el del


cristiano se corresponden. Es como si Santiago estableciera esta relación: Dime
quien es tu Dios, y te diré quién eres (o como debes ser). En otras palabras:
la contemplación del Dios, en quien decimos creer, debe llevar al creyente a
recuperar su propia imagen, la propia imagen «original».