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Homosexualidad y Patologías Sociales.

Efraín es un tipo de La Sabanita. Ya pasa los 50 años, y se le ve muy flaco y consumido;


pero hasta hace unos años se le veía muy bien en la calle, siempre drogado y metido en
un personaje de fiesta perenne, fue uno de los primeros drogadictos públicos de Boconó.
También es conocido por homosexual.
A su padre le llamaban El Bachiller. Era un comerciante próspero que se dice los hijos lo
arruinaron hasta su muerte. Efraín es su hijo menor. Recuerdo el día que la pared de
frente de la casa de su padre cayó encima del carro de Efraín, eso fue en los años 80. Esos
tiempos parecieron marcar su destino, comenzó a vivir cada vez más en la calle, y a
comenzar a ser ejemplo de la mala conducta y la degeneración en el pueblo.

Mi prima Yolehida me lo trató de explicar una vez:

- Efraín era muy normal, tenía hasta novia en el liceo... Yo me acuerdo.


Pero ¿Que pasó?
Se volvió loco con los drogas, y loco hasta se metió a marico!
Y de ahí pa’ la calle!

Ya hace más de 20 años que Efraín agarró la calle, por casa y teatro de representaciones.
(Cuando él comenzó a verme con Juan por las calles de Boconó, cuando comencé a
frecuentarlo cada vez más con mi cámara, lo vi desarmando su personaje muchas veces
frente a mis ojos.)
Todo el pueblo sabe que existe, todos parecen conocer hasta en detalle su historia, y es
referencia obligatoria para los que se quieran volver locos con las drogas y la
homosexualidad:

- ¡Allá va usted a parar! ¡con Efraín! Me han dicho a mi hasta el cansancio.

G. Devereux1 explica como ciertos patrones de conductas negativas para una determinada
sociedad comienzan a ser estereotipados (en una conjunción de símbolos-signos muchas
veces desfigurativa y abstraccionista) hasta que llegan a convertirse en vías de escape que
ofrece el desarrollo cultural de ese grupo a aquellos individuos que no logran adaptarse a
las normas fijadas por sus pactos sociales. Asfixiados ante la presión social.
Devereux estudia los conflictos mentales en función de las defensas ante las presiones
que son movilizadas por el inconsciente, diferenciando las enfermedades mentales según
las regiones del inconsciente en donde se generan las presiones, y en donde se busca
relajar dichas presiones. Analiza los síntomas de la enfermedad mental como un sistema
de defensas del inconsciente, intentando salir a flote entre las contradicciones que se le
presentan.
La enfermedad mental por lo tanto es un intento desesperado de reordenamiento de la
psique, de acuerdo a los patrones culturales que afectan a cada individuo, dice
Laplantine2.

Si atendemos a M. Foucault (en ‘Las palabras y las cosas’), cuando habla del efecto que
causó sobre el imaginario europeo la petrificación de la noción de lenguaje ocurrida
durante El Renacimiento, nos podemos dar cuenta del conflicto a nivel psiquiátrico que
comenzó a expandirse como epidemia, ante el apresamiento y constreñimiento que
comenzará a sufrir la noción de verdad y realidad. Un ejemplo puede encontrarse en El
Quijote. La función simbólica del lenguaje dio un vuelco, y por decirlo de alguna manera
las palabras comenzaron a pensarse antes que las cosas. La razón ya no provenía de
1 Toda la teoría sobre el negativismo social, que le diera el rango de padre de la Etnopsiquiatría, una naciente comunión

interdisciplinaria entre la psiquiatría y la antropología, muy a fin de buscar resultados en la práctica clínica de la salud mental.
2 En su obra La Etnopsiquiatría .
adentro de los individuos, ni de su experiencia cultural vivida, sino de un cuerpo
académico-científico externo, y debía ser contrastada por ese nuevo organismo del
imaginario.

Así como se ensignó3 el lenguaje, comenzó a ensignarse toda la significación de las cosas
en el mundo, incluso de las conductas y roles de los seres.

Adelantándonos al siglo XIX4. El discurso de la Segunda Razón Europea5 viene a


América cargado de esos preceptos teórico-renacentistas, con los que se fundaran las
repúblicas independientes Suramericanas. Venezuela podríamos situarla a la cabeza de
éste movimiento, con Simón Bolívar y su gesta guerrera.

En el artículo titulado: ‘Héroes nacionales, estado viril y sensibilidades homoeróticas’6,


Beatriz Gonzáles Stephan comenta sobre el proceso de ensignamiento y
estereotipamiento que sufrieran los géneros sexuales (masculino-femenino) durante el
siglo XIX; lo que fue el periplo de la guerra independentista, las posteriores guerras
federales y el período que llaman de reconstrucción del país a través de un nuevo
hombre: hombre de (una sola) familia – civilizado y moderno, justo y recto, pero útil a su
Patria, heredero de esos ilustres varones bravíos y viriles que ganaran la independencia de
la República- que formaría la Nación del futuro anclado en los sólidos valores morales
promovidos por el capitalismo burgués europeo norteamericano.
Según la autora, a la luz de la literatura romántica de ese siglo XIX latinoamericano,
representada en Martí, se comenzaron a formar los fundamentos de ese hombre de
inquebrantable moral dedicado a la acumulación de bienes en favor de una familia,

3 Pensando en las teorías del código lingüístico de Saussure, sobre el signo como gesto unívoco de significación, ante
el símbolo que es alegórico y más libre a la interpretación personal o cultural.
4 Para no caer en nuevos detalles sobre el tortuoso proceso de ensignamiento que sufrieron todas las culturas
aborígenes de todo el continente que llamaron América durante la colonia europea, desde el propio tiempo en que se
gestaran los cambios allá a nivel teórico, por lo que la gente que venía de allá consecuentemente vivía esa
contradicción, o los más vivían otro imaginario simbólico en transición.
5Tomando en cuenta los discursos formadores de la Identidad Latinoamericana contemporánea de Manuel Briceño
Guerrero.
6 En la revista ESTUDIOS, análisis literarios y culturales, publicada por la Universidad Simón Bolívar. Vzla.
merecedor de todo el prestigio social.

Como es de suponer, continúa González Stephan, de ésta petrificación de las


posibilidades sexuales de los hombres, surgiría una gran contradicción, una dualidad, que
encontraría su espacio en el amplio espectro de las artes, de la literatura, de la pintura (en
donde los hombres apoderados de todos estos escenarios se entregaron a la exaltación de
su género, a la admiración del cuerpo del hombre viril, del imaginario de los guerreros y
atletas griegos...). Surgieron más que nunca espacios para las relaciones masculinas: la
masonería, los clubes deportivos, el (antiguo) partido político; fueron espacios de
socialización – permisividad para la contemplación y el cultivo de la excelsa voluntad y
honorabilidad entre similares masculinos; que por otro lado cargaban a sus miembros con
fuertes represiones y exigencias morales.
Una pulsión entre contención y erotismo penetró todos estos espacios, cundió en la
escena de las artes (de la expresión), exaltando al macho viril, llenándolo de un aura
irresistible, heroica, dominante y violenta.
A través del culto al héroe, la imaginería de la sociedad falocrática dominante (fundada
con la República libre y soberana) se configuró entre las contradicciones de la
honorabilidad heterosexual monofamiliar y una otredad cada vez más demarcada e
inferiorizada, dominada por las pasiones carnales y espirituales, representada en la mujer
(ama de casa y esclava) y asociada con lo femenino en general.

El pacto social de nuestras sociedades esta fijado entre esas coordenadas: Los hombres de
honor son padres de familia, acumuladores de la mayor cantidad de bienes y riquezas
materiales, útil en ese sentido a su sociedad y que posé un código de honor de no
empichacar su alma (su virilidad) en asuntos demasiado mundanos. Tal condición de
honor y primeridad ante los otros le hace digno de establecer estrechas relaciones de
amistad, basadas en la admiración compartida, el autoerotismo y la violencia como
medida de contención (desde el espíritu de competencia hasta en la Guerra7), con sus
semejantes, los hombres.
7 Myriam ¿?’ autora feminista. Citarla...
Dice Devereux: Cuando una pulsión que viene siendo reprimida ya no puede sostenerse y
explota socialmente, el grupo rápidamente elabora mecanismos de compensación para
encauzar la situación y mantener los relatos.
Cuando Devereux habla de Desorden Étnico, es porque las presiones se encuentran
ubicadas en el inconciente étnico8 (el compartido con el resto del grupo cultural) del
individuo.
El sistema de respuesta del individuo busca dentro de la experiencia cultural soluciones a
los conflictos que se le presentan; entonces recurre (como si se tratará de las rampas de
frenado en las autopistas) a los complejos psicológicos creados para cada fin.

Toda cultura pone a disposición de sus miembros mecanismos de compensación y cojines


destinados a amortiguar lo real, de los cuales algunos son manifiestamente patológicos.
En este sentido la enfermedad mental es una desindividualización, pues el individuo
renuncia a su particularidad que le hace extraño y antisocial, para pasar a los canales
regulares de la taxonomía grupal, de lo común al grupo, así sea anormal, enfermizo o
marginal. (Laplantine).

Laplantine observa como los hechiceros africanos comprendieron tempranamente el


fenómeno que llamaron locura por procuración: los individuos enloquecen en nombre de
los conflictos y tensiones del grupo. Por lo tanto la locura y su curación se circunscriben
a un acto colectivo, cargado simbólicamente de todas las emociones del grupo.

El travestí de los indios de las llanuras norteamericanas, decide investirse como mujer
pues el ideal social le exige un nivel de valentía que no es capaz de mantener. A nivel
idiosincrásico, las presiones que sufre cada individuo le afectan de diversas maneras,
siempre todo comienza como una experiencia subjetiva interna, que con la experiencia

8 Para Devereux el inconciente se compone de dos principales dimensiones: el ello (lo que siempre ha sido
inconciente), y las huellas de memoria lo que primero ha sido conciente pero luego ha sido reprimido (constituido por:
los recuerdos de las experiencias objetivas externas; las subjetivas interiores; los mecanismos de defensa y el super-yo).
Completar...
social comienza a buscar respuestas en las estructuras culturales, en el inconciente étnico,
para aliviar las tensiones que cada vez se complican más con la edad.

El niño homosexual9 desde sus primeros años lleva encima toda una carga objetiva de
como debe performativar su sexualidad, al llegar a la escuela, los demás niños se
encargan de encauzar y delimitar aún más cualquier posible ambigüedad, o titubeo en el
comportamiento propio de cada género.
Correr o encaramarse. Acceder al pacto de la heterosexualidad monógama masculina
(como un salvoconducto social, y esperando las retribuciones eróticas de la
autocontemplación contenida) o convertirse en el niño mariquita, hazmerreír y ejemplo
negativo para los demás, por no acceder al mundo de símbolos-signos que representan los
masculino en nuestras sociedades. en adelante, toda la sociedad (y siempre depende del
estatus social y de las características especiales de la familia del niño) se encargará de ir
feminizándolo en la gran mayoría de sus aspectos. Todo lo que pueda irse entre las ramas
de estos dos polos les toca buscar en los segmentos idiosincrásicos, improvisar. Recurrir
al trance, p. ej., como cada quien lo pueda ejecutar y vivir.

El travestí vive teatralizando su existencia: vive en un trance teatral interpreta las


canciones de su personaje femenino favorito, imita sus modos de comportarse. Hace
muchas veces un kitsch (una imitación muchas veces vacía de contenido) de lo femenino
desde el punto de vista del hombre machista de rango. (Hasta llegar a extremos límites de
degradación y muchas veces perder la vida de manos de un macho arrepentido de su
desliz10.)
A través del programa de TV Laura en América, puede verse que en países como Perú, la
gran realidad para la gran mayoría de los niños homosexuales de los sectores
empobrecidos es convertirse en travestís desde su pubertad. Ésta situación la he podido
intuir en ciudades como Puerto Ayacucho en Venezuela, donde en un trabajo de campo el

9 No es nuestra intención debatir sobre los orígenes psíquico-biológico-culturales de la homosexualidad. La


experiencia etnográfica nos dice que la mayoría de los niños homosexuales se reconocen hoy día de serlo prácticamente
desde su primera conciencia.
10 Como ocurre con el personaje principal de la película ‘Un lugar sin Límites’. De Arturo Ripstein. Mexico. 1977.
Director de una escuela técnica para niños y adolescentes nos preguntará a mi y a una
trabajadora social que trabaja con el tema del VIH-SIDA, ¿cómo actuar frente a un niño
que desde temprana edad se identifica con el sexo femenino, y se quiere hacer pasar por
mujer? Siendo esta una situación que se repitiera cada vez más en esas comunidades, y
que según ellos constituye un hecho muy reciente, frente al cual nadie sabe reaccionar.
(cuestión que no excluye las relaciones homosexuales, pues en el mismo viaje conversaba
con otro de los informadores sobre VIH-SIDA, que era portador de la enfermedad y
homosexual, que me advirtió de la frecuencia en las relaciones homosexuales fugaces y
violentas que se viven en esos lugares.)

Por otros caminos, los de la negación, los niños buscan imitar compulsivamente los
patrones de conductas tipificados de lo masculino. La violencia, el alcohol, los burdeles,
las drogas, todos funcionan como mecanismos de normalización. Hasta que llega la edad
de casarse, y se casan, y encajonan su personalidad imitando los signos de lo masculino a
través de poses y estereotipos.

En la etnografía de la sociedad campesina andina encontramos algunas figuras de la


comunidad con aspecto andrógino, a veces ocupando roles que tienen que ver con lo
místico-religioso, o a veces como personas lelas, espantados11... Francisca Rángel12 me
advirtió como en una comunidad paramera que ella frecuentaba el loco del pueblo que era
notoriamente feminizado (homosexual) se la pasaba diciendo groserías en los velorios,
queriendo escandalizar a la gente; colocándose para los demás en lo peor del vicio y la
negatividad social.

Vemos que los síntomas, las respuestas culturales ante las presiones que afectan a
algunos individuos en relación a sus conductas sexuales, pueden cambiar de las
comunidades urbanizadas a las comunidades campesinas o indígenas. Lo que nos parece

11El espantado es una de las desórdenes étnicos que reconoce Jacqueline Clarac en las sociedades campesinas
merideñas. Junto con la ladrona de niños, la mujer visitada por la culebra gigante... y otros que tiene que ver con las
mujeres. El espantado es el único desorden étnico que ella reconoce en el que participan los hombres.
12 Investigadora del GRIAL, grupo de Etnohistoria de Mérida, Vzla.
más importante es que, en todo caso, todos éstos individuos imitan los rasgos de lo que
significa la locura para cada sociedad: el abstraimiento de los lelos, la depresión de los
yonquis... Siempre el sentimiento de culpa, la represión constante de los rasgos, la
necesidad de homogeneización.