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ARQUIDIÓCESIS DE CALABOZO

VICARÍA EPISCOPAL PARA LA PLANIFICACIÓN PASTORAL


INSTITUTO DE TEOLOGÍA PARA LAICOS
“MONSEÑOR RAMÓN DE JESÚS LORETO RODRÍGUEZ”
SECRETARÍA ACADÉMICA

CURSO NIVEL ASIGNATURA HORAS LAPSO CRITERIOS


1. Conocimiento. 1
2. Comprensión.
El kerigma y la 3. Aplicación.
Teología 4. Análisis.
Introductorio construcción 6 -
Kerigmática 5. Síntesis.
del reino 6. Evaluación.

OBJETIVO GENERAL DE LA ASIGNATURA


Valorar la importancia del kerigma en el conocimiento de la fe y en la consagración al reino y
señorío de Jesús
ESTRATEGIA DE
CONTENIDO
MÓDULO FECHA EVALUACIÓN Y
PROGRAMÁTICO
PONDERACIÓN
1. Respuesta al
anuncio.
2. Consagración al 1. Asistencia 25% (5 puntos).
6º - reino o al señorío 2. Actividades 75% (15 puntos).
de Jesús.
3. La apertura al don
del Espíritu.

CONSAGRACIÓN AL REINO O AL SEÑORÍO DE JESÚS: APERTURA AL DON DEL ESPÍRITU

VENGA A NOSOTROS TU REINO


Catecismo de la Iglesia Católica
http://www.vatican.va/archive/catechism_sp/p4s2a3_sp.html#II%20Venga%20a%20nosotros%20tu%
20reino

2816 En el Nuevo Testamento, la palabra basileia se puede traducir por realeza (nombre abstracto),
reino (nombre concreto) o reinado (de reinar, nombre de acción). El Reino de Dios es para
nosotros lo más importante. Se aproxima en el Verbo encarnado, se anuncia a través de
todo el Evangelio, llega en la muerte y la Resurrección de Cristo. El Reino de Dios adviene
en la Última Cena y por la Eucaristía está entre nosotros. El Reino de Dios llegará en la
gloria cuando Jesucristo lo devuelva a su Padre:

«Incluso [...] puede ser que el Reino de Dios signifique Cristo en persona, al cual llamamos
con nuestras voces todos los días y de quien queremos apresurar su advenimiento por
nuestra espera. Como es nuestra Resurrección porque resucitamos en él, puede ser

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también el Reino de Dios porque en él reinaremos» (San Cipriano de Cartago, De dominica


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Oratione, 13).

2817 Esta petición es el Marana Tha, el grito del Espíritu y de la Esposa: “Ven, Señor Jesús”:

«Incluso aunque esta oración no nos hubiera mandado pedir el advenimiento del Reino,
habríamos tenido que expresar esta petición, dirigiéndonos con premura a la meta de
nuestras esperanzas. Las almas de los mártires, bajo el altar, invocan al Señor con grandes
gritos: “¿Hasta cuándo, Dueño santo y veraz, vas a estar sin hacer justicia por nuestra
sangre a los habitantes de la tierra?” (Ap 6,10). En efecto, los mártires deben alcanzar la
justicia al fin de los tiempos. Señor, ¡apresura, pues, la venida de tu Reino!» (Tertuliano, De
oratione, 5,2-4).

2818 En la Oración del Señor, se trata principalmente de la venida final del Reino de Dios por medio
del retorno de Cristo (cf. Tt 2,13). Pero este deseo no distrae a la Iglesia de su misión en
este mundo, más bien la compromete. Porque desde Pentecostés, la venida del Reino es
obra del Espíritu del Señor “a fin de santificar todas las cosas llevando a plenitud su obra en
el mundo” (cf. Plegaria eucarística IV,118: Misal Romano).

2819 “El Reino de Dios [...] [es] justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo” (Rm 14,17). Los últimos
tiempos en los que estamos son los de la efusión del Espíritu Santo. Desde entonces está
entablado un combate decisivo entre “la carne” y el Espíritu (cf. Ga 5,16-25):

«Solo un corazón puro puede decir con seguridad: “¡Venga a nosotros tu Reino!” Es
necesario haber estado en la escuela de Pablo para decir: “Que el pecado no reine ya en
nuestro cuerpo mortal” (Rm 6,12). El que se conserva puro en sus acciones, sus
pensamientos y sus palabras, puede decir a Dios: “¡Venga tu Reino!”» (San Cirilo de
Jerusalén, Catecheses mystagogicae 5,13).

2820 Discerniendo según el Espíritu, los cristianos deben distinguir entre el crecimiento del Reino de
Dios y el progreso de la cultura y la promoción de la sociedad en las que están implicados.
Esta distinción no es una separación. La vocación del hombre a la vida eterna no suprime,
sino que refuerza su deber de poner en práctica las energías y los medios recibidos del
Creador para servir en este mundo a la justicia y a la paz (cf. GS 22;32;39;45; EN 31).

2821 Esta petición está sostenida y escuchada en la oración de Jesús (cf. Jn 17,17-20), presente y
eficaz en la Eucaristía; su fruto es la vida nueva según las Bienaventuranzas (cf. Mt 5,13-
16;6,24;7,12-13).

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REINO DE DIOS, REINO DE CRISTO


3
Juan Pablo II
http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/audiences/1991/documents/hf_jp-
ii_aud_19910904_sp.html

1. Leemos en la constitución Lumen gentium del Concilio Vaticano II que «[el Padre] estableció
convocar a quienes creen en Cristo en la santa Iglesia, que ya fue (...) preparada admirablemente en
la historia del pueblo de Israel y en la Antigua Alianza (...), y manifestada por la efusión del Espíritu
[Santo]» (n. 2). Hemos dedicado la catequesis anterior a esta preparación de la Iglesia en la Antigua
Alianza; hemos visto que en la conciencia progresiva que Israel iba tomando del designio de Dios a
través de las revelaciones de los profetas y de los mismos acontecimientos de su historia, se hacia
cada vez más claro el concepto de un reino futuro de Dios, más elevado y universal que cualquier
previsión sobre la suerte de la dinastía davídica. Hoy pasamos a considerar otro hecho histórico,
denso de significado teológico: Jesucristo comienza su misión mesiánica con este anuncio: «El
tiempo se ha cumplido y el reino de Dios está cerca» (Mc 1,15). Estas palabras señalan la entrada
«en la plenitud de los tiempos», como dirá san Pablo (cf. Ga 4,4), y preparan el paso a la Nueva
Alianza, fundada en el misterio de la encarnación redentora del Hijo y destinada a ser Alianza eterna.
En la vida y misión de Jesucristo el reino de Dios no sólo «está cerca» (Lc 10,9), sino que además
ya está presente en el mundo, ya obra en la historia del hombre. Lo dice Jesús mismo: «El reino de
Dios está entre vosotros» (Lc 17,21).

2. Nuestro Señor Jesucristo, hablando de su precursor Juan el Bautista, nos da a conocer la


diferencia de nivel y de calidad entre el tiempo de la preparación y el del cumplimiento ―entre la
Antigua y la Nueva Alianza―, cuando nos dice: «En verdad os digo que no ha surgido entre los
nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista: sin embargo, el más pequeño en el reino de los
cielos es mayor que él» (Mt 11,11). Ciertamente, desde las orillas del Jordán (y desde la cárcel) Juan
contribuyó más que ningún otro, incluso más que los antiguos profetas (cf. Lc 7,26-27), a la
preparación inmediata del camino del Mesías. No obstante, permanece de algún modo en el umbral
del nuevo reino, que entró en el mundo con la venida de Cristo y que empezó a manifestarse con su
ministerio mesiánico. Sólo por medio de Cristo los hombres llegan a ser «hijos del reino», a saber,
del reino nuevo, muy superior a aquel del que los judíos contemporáneos se consideraban los
herederos naturales (cf. Mt 8,12).

3. El nuevo reino tiene un carácter eminentemente espiritual. Para entrar en él, es necesario
convertirse, creer en el Evangelio y liberarse de las potencias del espíritu de las tinieblas,
sometiéndose al poder del Espíritu de Dios que Cristo trae a los hombres. Como dice Jesús: «Si por
el Espíritu de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el reino de Dios» (Mt
12,28; cf. Lc 11,20).

La naturaleza espiritual y trascendente de este reino se manifiesta así mismo en otra expresión
equivalente que encontramos en los textos evangélicos: «reino de los cielos». Es una imagen
estupenda que deja entrever el origen y el fin del reino ―los «cielos»―, así como la misma dignidad

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divino-humana de aquel en el que el reino de Dios se concreta históricamente con la Encarnación:


4
Cristo.

4. Esta trascendencia del reino de Dios se funda en el hecho de que no deriva de una iniciativa sólo
humana, sino del plan, del designio y de la voluntad de Dios mismo. Jesucristo, que lo hace presente
y lo actúa en el mundo, no es sólo uno de los profetas enviados por Dios, sino el Hijo consustancial
al Padre, que se hizo hombre mediante la Encarnación. El reino de Dios es, por tanto, el reino del
Padre y de su Hijo. El reino de Dios es el reino de Cristo; es el reino de los cielos que se ha abierto
sobre la tierra para permitir que los hombres entren en este nuevo mundo de espiritualidad y de
eternidad. Jesús afirma: «Todo me ha sido entregado por mi Padre (...); nadie conoce bien al Padre
sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Mt 11,27). «Porque, como el Padre tiene
vida en sí mismo, así también le ha dado al Hijo tener vida en sí mismo, y le ha dado poder para
juzgar, porque es Hijo del hombre» (Jn 5,26-27).

Junto con el Padre y con el Hijo, también el Espíritu Santo obra para la realización del reino ya en
este mundo. Jesús mismo lo revela: el Hijo del hombre «expulsa los demonios por el Espíritu de
Dios», por esta razón «ha llegado a vosotros el reino de Dios» (Mt 12,28).

5. Pero, aunque se realice y se desarrolle en este mundo, el reino de Dios tiene su finalidad en los
«cielos». Trascendente en su origen, lo es también en su fin, que se alcanza en la eternidad,
siempre que nos mantengamos fieles a Cristo en esta vida y a lo largo del tiempo. Jesús nos
advierte de esto cuando dice que, haciendo uso de su poder de «juzgar» (Jn 5,27), el Hijo del
hombre ordenará, al fin del mundo, recoger «de su Reino todos los escándalos», es decir, todas las
injusticias cometidas también en el ámbito del reino de Cristo. Y «entonces ―agrega Jesús― los
justos brillarán como el sol en el reino de su Padre» (Mt 13,41.43). Entonces tendrá lugar la
realización plena y definitiva del «reino del Padre», a quien el Hijo entregará a los elegidos salvados
por él en virtud de la redención y de la obra del Espíritu Santo. El reino mesiánico revelará entonces
su identidad con el reino de Dios (cf. Mt 25,34; 1 Cor 15,24).

Existe, pues, un ciclo histórico del reino de Cristo, Verbo encarnado, pero el alfa y la omega de este
reino ―se podría decir, con mayor propiedad, el fondo en el que se abre, vive, se desarrolla y
alcanza su cumplimiento pleno― es el mysterium Trinitatis. Ya hemos dicho, y lo volveremos a tratar
a su debido tiempo, que en este misterio hunde sus raíces el mysterium Ecclesiae.

6. El punto de paso y de enlace de un misterio con el otro es Cristo, que ya había sido anunciado y
esperado en la Antigua Alianza como un Rey-Mesías con el que se identificaba el reino de Dios. En
la Nueva Alianza Cristo identifica el reino de Dios con su propia persona y misión. En efecto, no sólo
proclama que con él el reino de Dios está en el mundo; enseña, además, a «dejar por el reino de
Dios» todo lo que es más preciado para el hombre (cf. Lc 18,29-30); y, en otro punto, a dejar todo
esto «por su nombre» (cf. Mt 19,29), o «por mí y por el Evangelio» (Mc 10,29).

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Por consiguiente, el reino de Dios se identifica con el reino de Cristo. Está presente en él, en él se
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actúa, y de él pasa, por su misma iniciativa, a los Apóstoles y, por medio de ellos, a todos los que
habrán de creer en él: «Yo, por mi parte, dispongo un reino para vosotros, como mi Padre lo dispuso
para mí» (Lc 22,29). Es un reino que consiste en una expansión de Cristo mismo en el mundo, en la
historia de los hombres, como vida nueva que se toma de él y que se comunica a los creyentes en
virtud del Espíritu Santo-Paráclito, enviado por él (cf. Jn 1,16;7,38-39;15,26;16,7).

7. El reino mesiánico, que Cristo instaura en el mundo, revela y precisa definitivamente su


significado en el ámbito de la pasión y la muerte en la cruz. Ya en la entrada en Jerusalén se produjo
un hecho, dispuesto por Cristo, que Mateo presenta como el cumplimiento de la profecía de Zacarías
sobre el «rey montado en un pollino, cría de asna» (Za 9,9; Mt 21,5). En la mente del profeta, en la
intención de Jesús y en la interpretación del evangelista, el pollino simbolizaba la mansedumbre y la
humildad. Jesús era el rey manso y humilde que entraba en la ciudad davídica, en la que con su
sacrificio iba a cumplir las profecías acerca de la verdadera realeza mesiánica.

Esta realeza se manifiesta de forma muy clara durante el interrogatorio al que fue sometido Jesús
ante el tribunal de Pilato. Las acusaciones contra Jesús eran «que alborotaba al pueblo, prohibía
pagar tributos al César y decía que era Cristo rey» (Lc 23,2). Por eso, Pilato pregunta al Acusado si
es rey. Y ésta es la respuesta de Cristo: «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este
mundo, mi gente habría combatido para que no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de
aquí». El evangelista narra que «entonces Pilato le dijo: "¿Luego tú eres rey?". Respondió Jesús:
"Sí, como dices, soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio
de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz" (Jn 18,36-37).

8. Esa declaración concluye toda la antigua profecía que corre a lo largo de la historia de Israel y
llega a ser realidad y revelación en Cristo. Las palabras de Jesús nos permiten vislumbrar los
resplandores de luz que surcan la oscuridad del misterio sintetizado en el trinomio: reino de Dios,
reino mesiánico y pueblo de Dios convocado en la Iglesia.

Siguiendo esta estela de luz profética y mesiánica, podemos entender mejor y repetir, con mayor
comprensión de las palabras, la plegaria que nos enseñó Jesús (Mt 6,10): «Venga tu reino». Es el
reino del Padre, reino que ha entrado en el mundo con Cristo; es el reino mesiánico que, por obra
del Espíritu Santo, se desarrolla en el hombre y en el mundo para volver al seno del Padre, en la
gloria de los Cielos.

EL ESPÍRITU, IMPULSOR DEL REINO HACIA SU CONSUMACIÓN


José Luis Aurrecoechea
http://bibliotecacatolicadigital.org/DIOS%20CRISTIANO/R/reino_de_dios.htm

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El programa del reino, incoado por Jesús, es continuado por la Iglesia. Jesús asoció a sus discípulos
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a la tarea de hacer real y efectivo este reino de Dios. Así, en el ensayo de misión que realizó en su
vida pública, encargó a los Doce el anuncio del reino de Dios por medio de la palabra y de gestos de
liberación (Mt 10,1-15; Lc 9,1-6; Mc 6,6-12), y al final de su vida les hizo entrega del reino en forma
de alianza, como el Padre se lo había entregado a él (Lc 22,29). De este modo, el reino le es quitado
a Israel y entregado a un pueblo que produzca frutos (Mt 21,43). La promesa del Espíritu por Jesús
resucitado (Lc 24,49; He 1,5.8) está en función de la misión y, en consecuencia, en función del reino.
Así, a partir de la Pascua tiene lugar la efusión del Espíritu Santo sobre los apóstoles y la comunidad
de los creyentes, que, iluminados por él, perciben el alcance universal del evangelio del reino
predicado por Jesús. Esto es lo que quieren dar a entender las cristofanías pascuales que terminan
con la misión de los apóstoles por todo el mundo (Mt 28,16-20; Mc 16,14-20; Lc 24,44-49; Jn 20,19-
23).

Son pocos los textos del NT que ponen al Espíritu Santo en relación directa con el reino de Dios (Mt
12,28; Jn, 3,5; Rom 14,17). La razón es sencilla: el Espíritu Santo es dado a la Iglesia para hacer de
ella el instrumento del reino. La relación del Espíritu con la Iglesia aparece fuertemente subrayada
en todo el NT. Por tanto para ver la relación entre el Espíritu y el reino hay que partir de la relación
entre la Iglesia y el reino de Dios.

a. Iglesia, Reino y Espíritu. La Iglesia no se identifica con el reino de Dios, sino que es y ha de ser
signo y servidora del reino. El Concilio Vaticano II lo expresa en estos términos: «La Iglesia
recibe la misión de anunciar el reino de Cristo y de Dios, de establecerlo en medio de todas
las gentes, y constituye en la tierra el germen y el principio de este reino» (LG 5). «La Iglesia
no tiene más que una aspiración: que venga el reino de Dios y se realice la salvación de
todo el género humano... La Iglesia es sacramento universal de salvación, que manifiesta y
al mismo tiempo realiza el misterio del amor de Dios al hombre» (GS 45). Este servicio al
reino lo habrá de realizar la Iglesia en el seguimiento de Jesús, en la asunción de su práctica
mesiánica y de su causa. Con este fin es enviado a la Iglesia el Espíritu como sacramento
del rein'. El Espíritu Santo es, de este modo, el actualizador de la memoria de Jesús (Jn
16,12-15). Él no deja que las palabras de Cristo permanezcan como letra muerta (2 Cor 3,6),
sino que sean siempre releídas, ganen nuevos significados e inspiren prácticas liberadoras.
Desde Pentecostés, a lo largo del libro de los Hechos, el Espíritu Santo es el que continúa la
presencia salvadora de Jesús, en la espera de un reino, cuya consumación está todavía por
llegar. Así, la eclesiología de Hechos está claramente bajo el signo del Espíritu, que aparece
actuando siempre en la expansión de la Iglesia. En circunstancias particulares él es el que
inspira la decisión (He 10,19;11,12;13,2;16,6s). Recogiendo los datos del NT, la eclesiología
del Vaticano II tiene un carácter eminentemente pneumatológico. Así, del Espíritu se dice
que «hace rejuvenecer a la Iglesia, la renueva constantemente y la conduce a la unión
consumada con su Esposo» (LG 4). «El Espíritu, siendo uno mismo en la Cabeza y en los
miembros, de tal forma vivifica, unifica y mueve todo el cuerpo, que su actuación pudo ser
comparada por los Santos Padres con el servicio que realiza el principio de la vida, o el

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alma, en el cuerpo humano» (LG 7). Estas afirmaciones del Concilio significan que el
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Espíritu Santo es el que convierte a Jesús en contemporáneo nuestro, el que da vida y
empuja hoy a la Iglesia en el mismo sentido y dirección en que dio vida y empujó a Jesús en
su tiempo. El Espíritu Santo es como la imaginación de Jesús, que le va abriendo a la Iglesia
nuevas posibilidades misioneras, le muestra nuevos caminos y le insta a interpretar los
signos de los tiempos (Ap 2,7-3,22).

b. El Espíritu Santo y la Iglesia de los pobres. Si, como hemos dicho, el Espíritu es la «memoria de
Jesús» y el alma de la Iglesia, tiene que guiarla e impulsarla en la dirección del reino, para
que a lo largo de la historia sea continuadora de los signos por los que Jesús comenzó a
hacer presente el reino (cf. AG 5). No se trata de que la Iglesia copie literalmente las obras
de Jesús durante su misión terrestre. «Las gracias del Espíritu le permite descubrir las
equivalencias actuales de los actos de Jesús. El Espíritu hace ver las correspondencias
escondidas: la vida de Jesús revive en la vida heroica y escondida de la Iglesia de los
pobres». El discernimiento que hace de los signos de los tiempos bajo la guía y la luz del
Espíritu lleva a la Iglesia a encarnarse en medio de los pobres, a solidarizarse con ellos y a
comprometerse en su liberación. Ahora bien, «la pobreza a la que se alude (en el evangelio)
abarca desde la pobreza económica, social y física, hasta la psíquica, moral y religiosa...
Son pobres todos los que, corporal o espiritualmente, viven al borde de la muerte y a los que
la vida no les ha dado nada... Son pobres todos los que padecen violencia e injusticia sin
poder defenderse de ellas... El concepto opuesto al pobre es el de opresor, violento, que
oprime a los pobres y los reduce a la miseria para enriquecerse a su costa». A esos pobres
es a quienes Jesús anuncia el reino, no sólo con la palabra sino con signos de liberación. El
reino de Dios es algo que hay que construir. «Con sus acciones simbólicas, Jesús no ha
hecho desaparecer del mundo toda desgracia y todo mal. Pero ha indicado claramente una
dirección válida para la fe en la salvación». El reino de Dios predicado así por Jesús tiene
valor para el presente, se ha convertido en una fuerza que determina el presente. Es la tarea
que debe continuar la Iglesia, animada por el Espíritu, aceptando la propia pobreza, en
comunión con los pobres y en solidaridad con los humildes y humillados. La Iglesia debe
estar presente «allí donde Cristo la espera, en los humildes, los enfermos, los
encarcelados... Los más pequeños pueden decirnos donde está la Iglesia. La presencia del
Espíritu hay que entenderla como una señal y un nuevo comienzo de la nueva creación de
todas las cosas en el reino de Dios».

c. Espíritu y liberación. Jesús prometió a sus discípulos el envío del Espíritu para que estuviese
siempre con ellos (Jn 14,16-17). La finalidad de esta presencia permanente del Espíritu es la
transformación del mundo, para hacer de él una «nueva creación» (2 Cor 5,17; Gál 6,15),
restaurando el primigenio designio de Dios. «Donde está el Espíritu del Señor, allí está la
libertad» (2 Cor 3,17), la liberación, la transformación de la sociedad. La llegada del reino es
don de Dios, a través de Jesús, por la fuerza de su Espíritu. Pero toda la Iglesia y todos los
hombres de buena voluntad, dejándose llevar por el Espíritu de Dios (Ron 8,14), están

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comprometidos en adelantar la llegada del reino, haciéndolo más cercano cada día,
8
«progresando siempre, firmes e inconmovibles, en la obra del Señor, sabiendo que nuestro
esfuerzo no es en vano en el Señor» (1 Cor 15,58).

La creación entera, y de modo particular la humanidad, está esperando verse libre de la esclavitud
de la corrupción, para ser admitida en la libertad gloriosa de los hijos de Dios; para ello poseemos
las primicias del Espíritu, que mantiene viva en nosotros la esperanza de la liberación (Rom 8,19-
25). Por eso, la pneumatología de los movimientos de liberación «concibe el Espíritu como Espíritu
de libertad que atestigua el sentido de la existencia terrena de Jesús como una marcha liberadora
hacia el reino de justicia». El Espíritu Santo es prenda y garantía para la plena liberación del pueblo
de Dios (2 Cor 1,22; Gál 5,5; Ef 1,13-14). Esto quiere decir que el Espíritu Santo es el dinamismo
interno del reino de Dios incoado ya en la tierra. El Espíritu va actuando en la transformación del
mundo y en la liberación de los pobres en el sentido antes indicado, y lo hace sirviéndose de los
mismos pobres. Este principio fue establecido claramente por Pablo (1 Cor 1,26-2,16), y es el centro
de la visión bíblica de la historia. «El Espíritu despierta y alimenta el potencial evangelizador de los
pobres..., rompe las barreras de la cultura..., y hace que los pobres descubran mejor el alcance real
de la palabra bíblica»". A través de formas históricas de liberación, el Espíritu Santo va preparando
al pueblo de Dios para la liberación escatológica. «El Espíritu Santo de Dios os ha marcado con su
sello para distinguiros el día de la liberación» (Ef 4,30). A la espera de la liberación final, que tendrá
lugar con el retorno del Señor, el Espíritu mantiene en tensión a la Iglesia: «El Espíritu y la Esposa
dicen: ¡Ven, Señor Jesús!» (Ap 22,17.20).

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