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JOSEP MARIA ESQUIROL

LA RESISTENCIA ÍNTIMA
ENSAYO DE UNA FILOSOFÍA
DE LA PROXIMIDAD

BARCELONA 2015 t AC AN T IL A D O
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ACANTILADO
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© de esta edición, 2015 by Quaderns Crema, S. A. U.

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Quaderns Crema, S. A. U.

En la cubierta, Estudio de planta (1580-1600), deJacopo Ligozzi

ISBN: 978-84-16011-44-5
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AIG u AD EV I ORE Gráfica


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Ro MAN Y A - v AL L s Jmpresión y encuadernación

SEGUNDA REIMPRESIÓN julio de2015


PRIMERA EDICIÓN marzo de2015

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III
VOLVER A CASA

CENTRO Y REFUGIO

En algunos juegos infantiles como el de pillar, cuando pasa


el peligro y el chico o la chica consiguen llegar a una zona
segura exclaman: «¡Casa!» o «¡Salvado!». Merece la pena
fijarse en la cara de satisfacción que ponen al pronunciar
estas palabras.Reveladora equivalencia: la casa salva. Pero
¿de qué nos salva? Nos salva, por de pronto, de la inmen­
sidad. De la inmensidad que espanta a Pascal o que, toma­
da como imagen, sirve a Nietzsche para acentuar en un mo­
mento dado nuestra insignificancia. Minúsculos granitos
de arena perdidos en el océano del infinito, listos para su
inminente desaparición-disolución; esta imagen recurren­
te tiene el contraste de la casa. La poderosa inmensidad,
con talante de abismo, cede-por lo menos provisional­
mente-ante la protección que la casa le ofrece al mortal.
En un universo de dimensiones inimaginables, la casa es
el rincón que actúa como centro del mundo. De ahí que la
casa modesta sea más casa que el gran palacio.El centro re­
quiere más delimitación, más definición y, sobre todo, más
calidez. Como dice Bachelard, necesitamos una casita den­
tro de la casa más grande para poder experimentar el reco­
gimiento y la vida sin problemas: tal es la función del rincón
o de la cabaña que el niño construye con cojines debajo de
la mesa.' La casa es siempre el símbolo de la intimidad des-

' Cf G. Bachelard, La poética del espacio, México, FCE, 1994.

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LA RESISTENCIA ÍNTIMA

cansada. Asentamiento, reposo, detención. También por


eso la cabaña es más casa que el rascacielos; porque lo que
prevalece es el cobijo y el reposo en la intimidad. No tanto
el confort, ni el lujo, cuanto el recogimiento y la acogida.
La casa-originariamente, y en el sueño-es siempre estan­
cia, y no constructo; es siempre habitación, y no muros. El
reposo y la paz requieren protección; el reposo ha de ser
protegido. El profundo deseo de paz explica la fuerza de la
casa (la recordada, la soñada y la real). «¿Cuál de estas co­
sas es más real: la casa misma en la que se duerme o la casa
en la que, al dormir, va uno fielmente a soñar?», se pregun­
ta Bachelard. Su tesis es que la casa onírica es todavía más
2

radical que la casa natal: «La casa del recuerdo, la casa na­
tal, está construida sobre la cripta de la casa onírica».3 El
deseo de una intimidad protegida enraíza tan hondo que
se nos escapa. En el subsuelo de este deseo hay algo impor­
tante del sentido de la vida.
La intimidad tiene forma de receptáculo, para el cobijo
y para la satisfacción (con el alimento, la relación sexual,
el descanso ...). La intimidad como receptáculo se relacio­
na directamente con la casa o la gruta, pero también con
el arca y el cofre, que poseen el significado añadido del se­
creto (arcanum). Hay continentes móviles; la barca nave­
ga, sí, pero también constituye un continente: «Si el navío
se convierte en morada, la barca se hace más humildemen­
te cuna» 4 • El coche es, hoy, el heredero de la barca; a veces
tiene también la función de receptáculo móvil para acoger
la intimidad: permite el gesto privado e incluso el ensueño.
2
G. Bachelard, La Tierra y las ensoñaciones del reposo, México,
FCE, 2006, p. 114.
3 Ibid., p. 116.
4
G. Durand, Las estructuras antropológicas de lo imaginario, op. cit.,
p.239.

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VOLVER A CASA

Se da una continuidad entre continente y contenido. Por


eso el continente es ya tan importante para entender la in­
timidad. Continente y contenido se convierten en solida­
rios. También el alimento es una imagen de la intimidad;
se asimila y se vuelve consubstancial a la cavidad misma.
Y de los alimentos destacan aquí, en este sentido, la leche,
esencia de la intimidad maternal, y la miel, por su concen­
tración y por su dulzura, que nos recuerdan una primera
intimidad ya pasada.
Pero además lo íntimo está asociado a lo secreto, pues es
lo más escondido, es lo íntimo de lo íntimo; como la piedra
filosofal o el elixir de la vida. La concentración más pura.
El extracto. De ahí el isomorfismo con el oro o incluso con
la sal; uno y otra son el resultado de una concentración, son
«centros». El camino hacia la intimidad es camino hacia el
misterio, hacia el secreto, hacia el tesoro, hacia el descan­
so y hacia el alimento. En este sentido, la dirección con­
traria a la intimidad es la caracterizada por la dificultad,
por la dureza, por el desgaste, por la dispersión e incluso
por la exposición hostil. Durante mucho tiempo (y toda­
vía hoy para mucha gente), vivir quería decir sobrevivir y
dedicar todas las energías a conseguirlo. En las socieda­
des del bienestar, el esfuerzo por la subsistencia ha dejado
paso a otro tipo de esfuerzo: el de la lucha para no-disgre­
garse. Hemos pasado de la resistencia como subsistencia a
la resistencia como recogimiento y amparo ante las disolu­
ciones. Y a pesar de que aparentemente el enemigo es hoy
mucho menos terrible, los fracasos y las derrotas son mu­
cho más frecuentes.
La casa, como centro, hace que el mundo no sea ni
caos ni dispersión total; es condición de que haya mun­
do. El horizonte divisado a través de la ventana es el sím­
bolo más diáfano de esta representación: «mirar el mun-

41
LA RESISTENCIA ÍNTIMA

do por la ventana». El recogimiento, y el recogimiento de


la casa, es necesario tanto para «mirar» como para «ob­
servar» el mundo; es decir, tanto para tenerlo o tocar­
lo con la mirada como para seguirlo-que es lo que sig­
nifica «observar»-y orientarse en él, dado que, eviden­
temente, ni la mirada ni el seguimiento son ejercicios de
sofisticación intelectual, sino modalidades de la orienta­
ción necesaria para vivir. Por eso la casa, junto con el tú,
es el punto de referencia más relevante. Espacial: «lejos
de casa», «cerca de casa»; y afectivo: «como de casa», «el
recuerdo de casa».
Centro discreto del mundo. La casa centra el mundo y
el hogar centra la casa. El hogar es el fuego de una casa,
centro que calienta, en el que se hacía hervir el caldero y
alrededor del cual se sentaban los de casa para calentarse
y para conversar. Este centro, no geométrico sino existen­
cial, reúne y orienta.

RETORNO

A veces, la importancia del retorno puede pasar desaper­


cibida, precisamente, aunque parezca paradójico, porque
siempre contamos con él. Y cuando inesperadamente no
podemos volver, aparecen el malestar y la añoranza. «Vol­
ver a casa». De hecho, esta expresión tiene algo de redun­
dante, porque la casa se puede definir, justamente, como
'allí a donde se vuelve'. A casa no se va, se vuelve, y se sue­
le volver a casa cada día. Pero retorno, no eterno retorno.
La filosofía de la casa no es la del eterno retorno, sino la
del retorno; retorno que, ciertamente, se repite, pero sólo
un número finito de veces. La dureza insoportable del eter­
no retorno contrasta con la dulzura del retorno. Sabemos,

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VOLVER A CASA

además, del último retorno, aunque sólo sea por presenti­


miento. La vida es una parábola de los retornos.5
Con todo, el retorno a casa tiene algo de imposible. Pri­
mero, porque la casa es un sueño (nunca ha sido tan perfec­
ta) y, segundo, porque la experiencia nihilista no se supera.
Su sombra ya no nos abandonará nunca. El Ulises contem­
poráneo retorna después de haber atravesado la comarca
del vacío.Retorno después de que un terremoto haya soca­
vado y agrietado el modesto suelo del alma.
El alma humana es un anhelo de retorno. Por eso dice
Novalis que la filosofía es la nostalgia de estar en casa. De­
seamos, empero, regresar a una casa en la que, de hecho,
nunca hemos vivido.
De la casa que tenemos, el don no reside en permanecer
en ella desde el principio, ni en salir para no volver, sino en
volver. Quedarse en ella es imposible, salvo que se pague el
precio del autoengaño. El narcisismo es una quietud muy
estéril. Carece de vida. Dado que no ha salido, no puede
regresar. En cambio, salir para no regresar no es un enga­
ño, pero sí una pérdida.El éxtasis sin retorno sólo tiene dos
posibilidades: la paulatina desaparición orgiástica o la en­
fermedad y el suicidio.
El retorno no está motivado sólo por el extrañamiento o
por el extravío; el retorno tiene que ver con un tipo de dis­
locación, con una diferencia que se halla en el origen de
nuestra conciencia. La reflexión es una de las modalidades
del retorno.
Retorno tan antiguo como la vida del hombre sobre la
tierra. No en balde es la clave del isomorfismo entre la casa
y la tierra. La vida es una especie de separación de la ho-

5 Véase la película Camino a casa (1999), del director chino Zhang


Yimou.

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LA R ESISTENCIA ÍNTIMA

rizontal de la tierra, y la muerte, un retorno a casa. De ahí


el deseo de ser enterrado en tierra natal: con la sepultura,
la tierra se convierte en la segunda cuna. Es pues un deseo
inmemorial, que sin embargo está condicionado por las cir­
cunstancias específicas de cada época. En la actualidad, el
retorno se produce desde el seno de la sociedad de la dis­
tracción, de la velocidad y de la impersonalidad.
¿Qué es lo que tal retorno nos dice del quién? ¿De qué
modo la manera de ser del quién se expresa como casa?
¿Nos invita la casa a vincularnos con el tema de la interiori­
dad o más bien con la experiencia de la intimidad? La pre­
gunta es retórica porque ya desde el comienzo se ha esco­
gido la intimidad como principal hito del camino. Y que­
remos insistir en la oportunidad de hacerlo así. Dentro sólo
es una de las maneras de describir el retorno, y por ello re­
sulta más rico y polivalente lo íntimo que lo interior. Inte­
rior indica un dentro, un fuera y una separación; íntimo in­
dica, ante todo, proximidad, familiaridad. Y por ello deci­
mos «en casa» y no «dentro de casa».
Este «en casa» permite usar con cierta vaguedad los tér­
minos intimidad, familiaridad y proximidad. No indican
algo relativo, a la posesión ni a la propiedad, sino al ampa­
ro, al refugio. «Mi casa» tiene este sentido, no el de la lite­
ralidad del posesivo. Ni la casa, ni el tú, ni el suelo, en su
sentido radical, son posesión.Así que, aunque pueda decir­
se con propiedad (mi casa, mis hijos ...), de hecho el pose­
sivo expresa aquí identificación y proximidad: «Soy de esta
casa», «Me debo a mis hijos» ... También permanece en se­
gundo plano la cuestión de la instrumentalidad.Es eviden­
te que la casa «sirve para ...», pero antes ya es orientación
y familiaridad. La instrumentalidad de la casa queda pre­
cedida e integrada por la manera de ser del humano como
proximidad y refugio. No es que la casa haga de refugio,

44
VOLVER A CASA

sino que, como lo humano, su manera de ser es el refugio.

EL DON

La casa es la concavidad del cobijo, de la misma manera que


el cuenco formado con las manos lo es del don. El tejado
de la casa se parece a la figura de las manos juntas mirando
hacia abajo; las palmas serían el techo. El cuenco se hace
con las manos juntas hacia arriba. Con el cuenco se da y se
ofrece; con el techo se guarda y se ampara. El cobijo lleva
al don. Se da en casa y se sale de casa para dar. Es efectiva­
mente la casa lo que acompaña (como condición o como
intención) el don, antes que cualquier intercambio. Por
esta razón resulta tan difícil llevar a cabo una filosofía del
don. Derrida liga hospitalidad y don. Este filósofo que ha­
bla-paradójicamente-de la imposibilidad del don (que
no quiere decir que no lo haya, sino que no puede aparecer
como tal), lo relaciona con la hospitalidad y con el acon­
tecimiento. El mejor acceso, sin duda, procede de la gente
que da y, primeramente, que se da. Los Jraticelli lo daban
todo, y a veces regresaban desnudos al convento, que tam­
bién estaba abierto a todos. Para los hijos de Francisco, la
posibilidad del retorno era la base de la donación, Las dis­
cusiones sobre el don-y una economía del don alejada de
la lógica tardocapitalista del consumo-no tendrían por
qué limitarse a la especulación abstracta y más o menos so­
fisticada, como tampoco a la reiterada y ya innecesaria crí­
tica de las perversiones del consumo por el consumo y del
«crecimiento indefinido» sin forma ni horizonte (sin ton
ni son). Hay que servirse de las manos, y ver, de nuevo, su
gesto. Se cuenta la anécdota de un fraile limosnero de fina­
les del siglo XIX llamado Leopoldo de Alpandeire que iba

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LA RESISTENCIA ÍNTIMA

por las casas a pedir caridad para los pobres. En una oca­
sión, llamó a una puerta y salió un hombre que escupió en
la mano abierta del fraile. Y éste le dijo: «Esto es para mí,
ahora deme limosna para los pobres del orfanato», m ien­
tras seguía tendiendo la mano, como un receptáculo, Y es­
perando, a pesar de todo, recibir algo para poder volver a
darlo. Subrayémoslo: se toma el cuenco del alimento con
las manos, pero la concavidad de las manos ya es e l primer

cuenco. Las manos haciendo de cuenco recogen Y contie­


nen. Siempre la mano tendida o la mano haciendo las veces
de recipiente o el abrazo: éstos son los gestos fundamenta­
les de una filosofía del don. Como l eemos en un poema de
6
Salinas: «Se pued e dejar a un ser entero en unas manos».
Darse es servir a los otros de alimento, de compañía, de
ternura o de cob ijo. De ahí las casas de m isericordia, las ca­
sas de caridad o los hospitales. La solidaridad tiene forma
de casa. Una casa no hospitalaria no es casa. Y por eso una
casa nunca se termina. La economía del don no persigue el
progreso, sino la perseverancia y la repetición. Que todo
el mundo tenga casa y alimento. También la palab ra reco­

ge y acoge como un cuenco.


El gesto manual del don es cercano al del recoger. G es­
to y movimiento de la e xistencia que no es de expansión
ni tampoco de reclusión. Recoger es agrupar para guardar ;
dar acogida y refugio para salvaguarda r y recogerse, no per­
de rse ni dispersarse. Casar e quivale a unir. Recoger Y reple­
garse son gestos de quien dona. Donde Deleuze hace una
filosofía de los pliegues, nosotros ensayamos aquí una filo-
6
«Las manos son muy grandes y se puede j dejar a un ser entero
en unas manos, j lo mismo que se deja j nuestro futuro si tenemos fe, 1 en
nombres de dos sílabas abiertas». Pedro Salinas, «Perdóname si tardo
algunos años» en Poesías completas, 4, Largo lamento, Madrid, Alian­
za, 1990, pp. 87-88.
VOLVER A CASA

sofía del repliegue, que no es una variación de aquélla sino


una alternativa. Los pliegues no suelen tener centro; el re­
pliegue, sí. Los pliegues proceden de los planos y permiten
pensar la multidimensionalidad; el repliegue, de la acción
de replegarse. Los pliegues son composición; el repliegue,
sencillez. Los pliegues, exterioridad; el repliegue, apartar­
se («apartamiento», retirada). El repliegue es, a la vez, pró­
logo y epílogo del don.

METAFÍSICA DE LA CASA

Alo largo de la historia del pensamiento occidental, los me­


tafísicos-tanto los que se han centrado en la teoría de los
primeros principios del ser como los que han querido in­
terpretar el movimiento del espíritu absoluto-han hecho
pocas concesiones a los legos. Si en una hipotética entre­
vista con uno de estos metafísicos se le propusiera iniciar
una reflexión filosófica a partir de la siguiente afirmación:
«El tejado deja que el temporal pase y amaine y protege
a los que buscan cobijo en él», es posible que exclamase:
«¿ Y qué tiene que ver esto con la metafísica?». La metafí­
sica ha buscado la permanencia sin detenerse en el cobijo
(éste se vería como algo «meramente» relativo a la circuns­
tancia humana). La substancia, el ser participado, la meta­
física de los mundos posibles, el eterno retorno ... tienen un
común denominador: la permanencia sin cobijo. Pero ¿hay
otra posibilidad para la metafísica? ¿La puede abrir el pres­
tar atención al hecho de que la permanencia humana es la
permanencia protegida? La metafísica se hallaría entonces
con la casa, abrigo de la existencia. Y seguir la pista. La pa­
labra hebrea bavith y la palabra árabe bait significan 'abri­
go' y 'casa'. Observando esta raíz etimológica, José Ángel

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LA RESISTENCIA ÍNTIMA

Valente compuso un bellísimo escrito titulado Bet, donde


leemos: « Casa, lugar, habitación, morada; empieza así la
oscura narración de los tiempos: para que algo tenga du­
ración, fulguración, presencia: casa, lugar, habitación, me­
moria: se hace mano lo cóncavo y centro la extensión ... ». 7
Con la casa, la metafísica de la substancia podría dejar
paso a la del refugio, y entonces quedaría atrás la crítica
nietzscheana de la historia de la metafísica como platonis­
mo; crítica, en el fondo, a la idea de substancia. Pero bien
sabemos que esto no ha quedado atrás. Hundida la metafí­
sica de la substancia, parece como si nada quedara en pie,
nada duradero y nada con sentido. La procurada perma­
nencia del mundo metafísico se ha visto sustituida por la
variabilidad y el cambio del único mundo. Mas con la idea
de casa proseguiríamos de otro modo. Todas las casas son
precarias puesto que son de este mundo: así pues, nada de
aquel platonismo que Nietzsche critica. Y, sin embargo, la
permanencia adquiere pleno sentido a partir de la expe­
riencia de la casa. La metafísica postnihilista, retornando
al origen, ha de empezar siendo una metafísica de la casa.
Permanencia no gracias a la substancia y a la identidad,
sino al abrigo y al cuidado. ¿Dónde nos llevaría esta pista?
El mortal debe resistir, aunque sea provisionalmente.
Todo, desde lo más exuberante a lo más discreto, desde lo
más fuerte a lo más frágil, todo está destinado a desapare­
cer; a quedar disuelto por el paso implacable del tiempo y
a hundirse en la oscuridad. Todo, y también lo humano que
posee el trágico don de lo que solemos llamar conciencia de
la propia finitud. Morir, finir. Tal conciencia de la finitud,
en absoluto obsesión, sino reflexión, no lleva a superación

7 J. A. Valente, Noventa y nueve poemas, Madrid, Alianza, 1981,

p. 195-
VOLVER A CASA

alguna. Lleva a la resistencia. Derrida la llama demeure,


indicando tanto el lugar donde se permanece como la ac­
ción de permanecer, de persistir. 8 Demorar es tanto retar­
dar como permanecer en algún lugar durante cierto tiempo
si se articulan ambos significados: permanecer en algún lu­
gar retardando el final. El término procede del latín demo­
rari, que significa 'esperar' y 'tardar'. Según Derrida: «Hay
siempre una idea de espera, de contratiempo, de retraso,
de dilatación o de prórroga [tanto] en la demora como en
la moratoria . . . ». Y así, vivir es sobrevivir; sobrevivir no es
un derivado de vivir, sino más bien al revés: «No sé si so­
brevivir es un imperativo categórico, creo que es la forma
misma de la experiencia y del deseo irrenunciable». 9 Sobre­
vivir es retardar el momento de la muerte, pero, a la vez,
va más allá de la muerte. El sentido de la casa no sucumbe
con la llegada de la muerte.

ACOGIDA

La metafísica de la casa tendría que ir acompañada por una


ontología de las/armas, de las maneras, de los gestos. En las
comunidades de asilo, de hospitalidad y de amor, la formas
son esenciales, mucho más que las objetivaciones �n tanto
que contenidos y estructuras. Casa de palabras y de gestos.
El gesto esencial se puede nombrar con el verbo amparar.
Amparar significa 'proteger parando o deteniendo algo'. El
desamparo consiste en quedarse sin protección, sin ayuda
o sin asistencia. La casa es la expresión más emblemática
del amparar y del cubrir para proteger.

8 Cf]. Derrida, Demeure: Maurice Blanchot, París, Galilée, 1994.


9 J. Derrida, ¡Palabra!, Madrid, Trotta, 2001, p. 41.

49
LA R ESISTENCIA ÍNTIMA

Jan Patocka, el gran filósofo checo contemporáneo, ha­


blando precisamente de los movimientos de la existencia
humana, menciona la aceptación para poner de relieve que
la acogida esencial es la que procede del prójimo. El otro
es la casa primordial:

Así, desde el comienzo de su vida, el hombre se halla inmerso


ante todo en el otro, arraigado en él. El arraigo en el otro media
todas las demás relaciones. Primariamente es el otro quien se
preocupa de nuestras necesidades [ ... ]. Son el otro y, en el vínculo
natural, necesario y recíproco, los otros quienes nos ponen a cu­
bierto y a cuya ayuda debemos que la tierra pueda para mí llegar
a ser tierra y el cielo, cielo: los otros son el hogar originario.'º

La existencia humana se inicia en la casa que es el otro.


Así, el otro es el punto de referencia fundamental y el que
posibilita los otros dos (cielo y tierra, o la orientación tem­
poral y la espacial). El tú, la tierra y el cielo; con la priori­
dad del tú.
«La introducción de la novedad en el mundo», que es
como Hannah Arendt define el acontecimiento específica­
mente humano de la natalidad, no puede pensarse al mar­
gen de la acogida primordial. La acogida es condición de
la existencia. Una vez dicho esto, se puede pasar a reflexio­
nar sobre la tonalidad de tal acogida, sin perder nunca de
vista que no se trata de un hecho relativo o puramente cir­
cunstancial. Hay que hacer notar la ternura y el cuidado de
la acogida. A esto se le ha llamado-a pesar de los equívo­
cos que puede suscitar-el carácter «femenino» de la aco­
gida. Evidentemente, este carácter nada tiene que ver con

10
J. Patocka, El movimiento de la existencia humana, Madrid, En­
cuentro, 2004, pp. 40-41.
VOLVER A CASA

la reclusión de la mujer en la privacidad de la casa (oikos),


excluida de la excelencia del espacio público (polis). Pero
sí tiene que ver con la maternidad y, ante todo, con la dife­
rencia entre el sentido que vehicula el abrazo y el que ve­
hicula el golpe (de hacha, por ejemplo). Los brazos de la
madre son la primera cuna; la «masculinidad», trabajo so­
bre el mundo y expansión. El movimiento de la intimidad
no puede ser, pues, ni colonialista, ni imperialista, ni tota­
lizador. Tal vez, «por fuera» la casa sea rectangular, pero
por dentro los ángulos tienden a convertirse en curvas. La
curvatura del ángulo es la feminidad. El rectángulo sugie­
re resistencia ante las agresiones externas y evoca los ins­
trumentos ofensivos, mientras que la redondez, en cam­
bio, evoca el fruto, el vientre materno, la suavidad, la paz
y la seguridad.

EXTERIORIDAD Y POLÍTICA

La partida importante no se juega en el binomio intimidad­


exterioridad. No se trata de que la resistencia sea un ejer­
cicio de fortificación de la intimidad; ni de que el cuidado
de sí sea un movimiento estrictamente centrípeto. La exis­
tencia es siempre, en el mejor de los casos, existencia ex­
puesta, abierta e interpelada. La senda bidireccional inti­
midad-exterioridad es camino de existencia. Cortar el paso
conlleva una disminución, un empobrecimiento, una pér­
dida. Por tanto, la cuestión no es interioridad o exteriori­
dad, sino más bien qué tipo de tránsito, qué tipo de rela­
ción existe entre ambas. Una cosa es la fascinación consu­
mista, donde el erotismo de la mercancía atrae a una inti­
midad predispuesta para la dispersión, y otra bien distinta
la comunicación con los otros y la construcción de mundo.

51
LA RESISTENCIA ÍNTIMA

Así pues, resistencia íntima no alude a ninguna cerrazón.


Son las aberturas, no las murallas, las que nos vinculan con
la exterioridad. A casa se vuelve porque se sale.
También por esto la filosofía del retorno a casa no da la
espalda a la política. El retorno no es abandono de la po­
lítica. De hecho, la política epidérmica a menudo se debe
a la poca o nula resistencia íntima y se aprovecha de la de­
bilidad de la casa. La proliferación de la autoayuda es pa­
ralela a la proliferación de la política cada vez más banal.
Y ambas progresiones son debidas a la disgregación del sí
mismo.
Además, si bien el gesto de las manos al recoger se ase­
meja primeramente al del abrazo, también se parece al ges­
to que conforma y mantiene la comunidad. Urge repensar
la comunidad. Pero ¿cómo hacerlo más allá o más acá de la
unidimensionalidad neoliberal, de la abstracción comunis­
ta y de las restricciones del comunitarismo? La casa y el don
(o la generosidad) son un buen punto de partida, y el movi­
miento de recoger y de juntar (ayuntamiento o casa del pue­
blo), el eje articulador.

CASA DEL ALMA

Como veremos en el último capítulo, la casa corresponde


al ayuntamiento humano. Tiene cimientos y ventanas: los
cimientos y el sótano la ligan a la tierra, mientras que las
ventanas y la buhardilla, al cielo. La casa une tierra y cielo.
Pero el ayuntamiento humano es, principalmente, cobijo.
La casa es como una palabra de consuelo y calienta cuerpo
y alma. Por eso, la nostalgia-y la esperanza-más profun­
da es la del universo sumergido de la infancia y del hogar.
Tengo para mí que, en este tema, se buscarán en vano unas
VOLVER A CASA

palabras más inspiradas que estos versos del poema «Resu­


rrección», de Vladimir Holan:

¿Que después de esta vida tengamos que despertarnos un día


aquí
al estruendo terrible de trompetas y clarines?
Perdona, Dios, pero me consuelo
pensando que el principio de nuestra resurrección, la de todos
los difuntos,
lo anunciará el simple canto de un gallo ...

Entonces nos quedaremos aún tendidos un momento ...


La primera en levantarse
será mamá ... La oiremos
encender silenciosamente el fuego,
poner silenciosamente el agua sobre el fogón
y coger con sigilo del armario el molinillo de café.
11
Estaremos de nuevo en casa.

11 V. Holan, Dolor, Madrid, Hiperión, 1986.

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