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6.

La carcel
José Maria Garcia-Borés Espi

6.1 INTRODUCCION

La carcel no ha existido siempre. La cércel, que como pena privativa de


libertad aparece a finales del siglo XVIII, en el Cédigo Penal francés de 1791,
ha sido sustentada por distintas justificaciones en funcién de las concepcio-
nes vigentes en cada momento histérico sobre la «cuestion punitiva»,
concepciones que necesariamente remiten a las interpretaciones que se han
ido imponiendo sobre la «cuestién criminal», sobre la criminalidad (ver
Bergalli, Bustos y Miralles, 1983; Melossi y Pavarini, 1987). Actualmente,
en la mayor parte de Occidente, la finalidad primordial de la pena privativa
de libertad —y por lo tanto, la justificacién de la cércel— no es la de castigar
como popularmente se cree, sino la reeducacion y reinsercién social de los
sentenciados, cuanto menos desde el punto de vista legal.l Esta meta se
corresponde con unafilosofz’a resocializadora, ya que se tiene 1a pretensién
de complementar o rectificar una supuesta socializacién deficiente 0
defectuosa que, pretendidamente, ha llevado a1 individuo a delinquir. Tales
concepciones se fundamentan en el denominado paradigma etiolo’gico de la
criminalidaa’ que implica que, con independencia de las causas iniciales que
se atribuyan, e1 problema de la conducta delictiva se encuentra situado en el
«sujeto delincuente».
A partir de aqui, la intervencién penitenciaria se debe dirigir a paliar
estas probleméticas del sujeto, pretendiendo su reeducacién (su resocia-
lizacién) mediante el tratamiento penitenciario, debiendo subordinarse a éste
el resto de actividades penitenciarias. De este modo, una vez instaurada
legalmente esta meta, se organiza y estructura todo el sistema penitenciario
que, en el plano ejecutivo, abarca desde las directrices, las orientaciones

lPara el caso espafiol, cfr. 1a Constitucién Espafiola (C.E., an. 25.2), y la Ley Orga’mica General Penitenciaria
(LOGP, art. 1).

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teéricas y la programacién del tratamiento, hasta 1a intervencién propiamente
dicha y el ejercicio de la Vigilancia y control de los presos.
La exposicién que se desarrolla a continuacién, se centra en la descriptiva
de la carcel como institucion en la que los presos desarrollan su experiencia
y en el impacto que ello tiene sobre sus vidas. For 10 tanto, no se va a entrar
de lleno en los multiples aspectos que rodean a la pena privativa de libertad
y que generan un irreconciliable debate entre las posturas «oficialistas» que
avalan 1a actual intervencion, y el discurso critico que la cuestiona a1 poner
en tela de juicio desde los procesos de definicion del delito y del delincuente
(Baratta, 1986), el conjunto de la politica penal—penitenciaria (Bergalli, 1980,
1986), el sentido del tratamiento penitenciario (Pavarini, 1987), hasta las
propias finalidades establecidas (Garcia-Borés, 1993a) o la devaluacién de
los derechos fundamentales de los presos (Rivera Beiras, 1992).

6.2 EL INTERIOR: CONTEXTO

6.2.1 La carcel como institucion total

La earcel como institucion entra dentro de la clasica concepcion de


instituciones totales establecida por Goffman —desarrollada en detalle en su
obra Asylums (1970 [196 1])—, mediante 1a cual resalta 1a tendencia absorbente
de tales establecimientos, debida fundamentalmente a las caracterl’sticas de
la Vida en su interior, entre las que destacan las siguientes: todos los aspectos
de la Vida se desarrollan en el mismo lugar y bajo la misma autoridad; todas
las actividades se desarrollan junto con otros; todas las actividades estén
estrictamente programadas; todas las necesidades y todos los acontecimientos
de la Vida de los internos estan sometidos deliberadamente a un plan pre-
determinado.
Tales condiciones y la pérdida de contacto con el exterior, definen sustan-
cialmente un regimen de Vida artificial a que es sometido e1 recluso, que
sustituye a1 entorno natural en el que hasta entonces se habia desarrollado.
Estas instituciones totales se caracterizan asimismo por el uso de sistemas de
mortificacio’n y de privilegios. La mortificacion que, mediante la separacion
del exterior y los procesos de desfiguracio’n y contaminacio’n, produce cambios
progresivos en las creencias que el sujeto internado tiene sobre sf mismo y
sobre los otros significativos, como formas de una «mutilacio’n del yo» (cfr.
Goffman, op. cit.: 26 y 35.). Una desorganizacion del yo que es complementada
por la institucién, a1 proporcionarle un nuevo marco de referencia para su
reorganizacion basado en un sistema de privilegios, propio de las instituciones
totales, que consta de tres elementos. En primer lugar, las normas como
conjunto explicito y formal de prescripciones y proscripciones, que definen
las condiciones de Vida interior. En segundo, una serie de recompensas y
privilegios a cambio de obediencia, conformandose la cultura de los reclusos
en torno a estos privilegios minimos. Y, como tercer elemento, los castigos,

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que suponen la supresion de los privilegios. La libertad futura se elabora
dentro de este sistema, vehiculandose castigos y privilegios en un conjunto
de tareas internas.
Las consecuencias de vivir en una institucion total son tratadas mas
adelante pero, en todo caso, esta caracterizacion que realiza Goffman puede
resumirse con su afirmacion de que las instituciones totales «son los
invcmaderos donde se transforma a las personas, cada una es un experimento
natural sobre lo que puede hacérsele a1 yo» (Op. cit.: 25); o, como lo expresa
Bergalli: «el ingreso de un individuo en una institucién penitenciaria se traduce
en la deposicion forzada de su propia determinacion; en adelante, seran otras
personas las que dispondran de cada minuto de su Vida. Los internos de tal
tipo de establecimientos comienzan por sufrir un aislamiento psiquico y social
de las personas de su relacion; luego pierden 1a posibilidad de ejercer cualquier
rol social. Finalmente, todas las alternativas dc satisfacer sus necesidades
sociales, y materiales, como la movilidad psiquica y social, son reglamentadas
y minimizadas» (Bergalli, 1980: 276). O también Foucault: «e1 aislamiento
de los condenados garantiza que se pueda ejercer sobre ellos, con el maximo
de intensidad, un poder que no sera contrarrestado por ninguna otra influencia»
(Foucault, 1986: 240).
Tres décadas después, las drasticas afirmaciones de Goffman son sorpren-
dentemente vigentes en el fenémeno carcelario como se vera a continuacion
(por lo menos en el régimen cerrado y en el ordinario, en los que se encuentran
la mayor parte de los presos), a pesar de que aquellos que estén implicados
en la politica penal—penitenciaria intenten omitirlo o, por lo menos, mini—
mizarlo. En todo caso, 1a vigencia de las anteriores afirmaciones Viene
reforzada tanto por la continuidad del tipo de organizacion regimental, de los
procesos descritos, del estilo de Vida desarrollado en el interior, como por la
situacion en que se encuentran 1a mayori’a de las carceles aun hoy en dia.

6.2.2 Espacio y tiempo

Espacio y tiempo son dos dimensiones clave de cualquier experiencia


pero, de un modo particularmente especial, de la carcelaria. E1 espacio
carcelario no puede inhibirse de su condicion de «espacio de reclusion»,
definiendo ffsicamente los drasticos limites de la libertad de movimientos, y
simbolicamente haciendo omnipresente la condicién de Vida a que se esta
sometido. La propia caracterizacion ambiental de las instituciones peniten—
ciarias impone por sf misma una fuerte presion psicologica. Los largos pasillos
con diversas compuertas, las cabinas de vigilantes, las rejas, las ventanas
altas, etc., logicamente crean una gran tension ambiental. Esta caracterizacion
se traduce en que «no se trata unicamente de que el preso esté encerrado, sino
de que Vivencie con toda claridad que esta encerrado, lo asimile, Viva con
ello y no se evada, ni siquiera mentalmente» (Valverde, 1991: 75).
E1 estado fisico de muchos centros penitenciarios actuales, su falta de

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unos minimos de habitabilidad, de un nivel adecuado de higiene, convierten
alas carceles en lugares insalubres propicios a la transmisién de enfermedades
infecto-contagiosas y parasitarias. Unas condiciones de Vida que, en frecuentes
ocasiones, atentan a la dignidad, a la salud y, en definitiva, lesionan los
derechos fundamentales de las personas recluidas. Ademas, la manifiesta
ausencia de confortabilidad en el ambito carcelario, cuando ésta se ha
convertido en las sociedades occidentales en un valor de primer orden, supone
una privacion adicional no sélo ffsica sino también simbolica, reflejando
permanentemente la condicién de castigo.
Pero quizas la caracteristica fundamental es que se trata de un espacio,
no 5610 restringido, sino ademas muy hacinado. Asr’ es, la situacion de
hacinamiento en las carceles es un problema irresuelto que se constituye en
uno de los factores mas nocivos para la Vida de los internos, tanto fisica
como psicolégicamente. Una situacién que se confirma en las estadi’sticas de
poblacién encarcelada, siempre impresionantemente superior al numero de
plazas existente. Tal cuestion impide el disfrute de un espacio personal, como
elemento clave de adaptacién funcional a un entorno, as1’ como el desarrollo
de comportamientos de apropiacio’n del espacio, prescindiéndose as1’ de un
referente fundamental para la estabilidad de la identidad personal (Garcia-
Borés, Pol y Bochaca, 1994).
Con todo, la consecuencia mas grave es la ausencia de privacidad hasta
el punto de que, en la carcel, nunca se esta solo. La celda, que de algi’in modo
es la Vivienda del preso, es siempre de escasas dimensiones y compartida, de
manera que la intimidad es inexistente. En el resto de espacios siempre hay
gente y no existe un lugar donde estar un momento en soledad. El «paseo
penitenciario», como actividad caracteri’sticamente compulsiva, con su
recorrido sistematico y rapido (Valverde, 1991), es un buen exponente de la
sensacion de encierro, del efecto «jaula» que la carcel produce. Cuando este
paseo, como ocurre a menudo, es en solitario, o cuando e1 interno recurre al
walkman, esta sumido en un intento extremo de ausentarse del entorno social,
de su presencia constante.
No menos trascendente es el factor temporal, cuya relevancia en la Vida
carcelaria es planteable en dos sentidos: la distribucién del tiempo a lo largo
del dfa, que define la cotidianidad; y el tiempo de condena que se constituye
en un elemento central en la experiencia psicologica de los reclusos. La rigidez
de la estructuracion horaria del dia es una caracteri’stica de las instituciones
penitenciarias, que no se corresponde, ademas, con los horarios habituales de
la Vida en libertad. Sin embargo, en la mayor parte de su tiempo, los internos
no tienen nada que hacer, de modo que pasar las horas en la galeri’a, en el
patio y en la celda, se constituye en la actividad diaria de muchos presos.
Por las propias necesidades del regimen penitenciario, en la carcel se
encuentra todo bajo horario perfectamente predeterrninado, en el que se ubican
todas las funciones del régimen y todas las actividades de los internos (hora
de levantarse, de alimentacién, de actividades, de patio, de luz artificial, etc.).
Todo ello imprime «a la Vida diaria un ritmo cadencial, en el que la persona

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sabe perfectamente lo que haré la proxima hora, e1 siguiente dia, dentro de un
mes, donde no cabe lo imprevisto, donde no existen los dfas especiales, y
donde 1a decision sobre la propia Vida depende de la organizacion» (Manzanos,
1991: 225). Logicamente, tal rutina se constituye en una experiencia pobre-
mente estimulante de cualquier iniciativa por parte de los intemos e incrementa
la pesadumbre de una Vida que transcurre monotona.
En cuanto a1 tiempo de condena, éste ha sido enfocado, en la mayor parte
de investigaciones, como una variable independiente en el estudio de los
efectos de la Vida en prision, al considerar que su impacto aumentaria conforme
aumentara el tiempo de encarcelamiento. En todo caso, es bien reconocido
que el tiempo que resta de condena tiene un protagonismo inigualable en la
Vida del preso, siendo una cuestion permanentemente presente que define en
buena medida las actitudes, comportamientos, estados de animo, etc. For
otra parte, el tiempo de condena y la importancia que por sf mismo tiene para
el interno, ha sido tratado fundamentalmente por los teoricos criticos a1
plantearlo como elemento central de la intervencion penitenciaria. También
Manzanos sintetiza perfectamente estos analisis criticos:
«Toda la fenomenologfa de la prisién y la propia Vida del preso gira en
tomo a1 tiempo de estancia (...). La indeterminacion del tiempo, dentro de
la cota maxima establecida por la autoridad judicial, es el fundamento de
las estrategias de control carcelario que consiguen establecer cuénto tiempo,
y en qué condiciones, ha de permanecer e1 reo en prision, mediante un
complejo y pormenorizado sistema de dominacién cuyo motor es la
tecnologia disciplinaria» (Op. cit.: 227).

Asi, las principales criticas a1 sistema de premios y castigos propio del


tratamiento penitenciario enfatizan este uso flexible de tiempo de estancia
del preso, que posibilita a la Administracion Penitenciaria disponer de una
herramienta disciplinaria fundamental y conduce a los intemos a una percep—
Cién de sometimiento total a1 poder que la institucion tiene sobre sus vidas.

6.2.3 Cultura institucional

Como se indicaba en la introduccion, la filosofia resocializadora proviene


de las concepciones predominantes sobre la criminalidad, las cuales sitlian e1
problema del delito en el «sujeto delincuente». De este modo acaba
construyéndose una imagen social de quien ha cometido actos delictivos como
un ser «ontolégicamente distinto» (Cfr. Garcia-Bore’s, 1993a: 529—538). A
rai’z de esta concepcion, se desarrollan otras que guardan congruencia interna
entre sf, las cuales perfilan e1 tipo de respuesta social e institucional
desarrollada frente a 656 ser. Asi, se sostiene la idea de necesidad de corregir
o resocializar a aquel «ser distinto», o la de la necesidad de la carcel para
hacerlo.
El conjunto de estas concepciones va configurando una mentalidad
extendida, predominante, que en definitiva orienta el conjunto de las politicas

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penal y penitenciaria. La concepcién clave, e1 «ser distinto», se constituye de
un modo u otro en axioma, instauréndose asi como punto de partida incues—
tionado. De entre las mfiltiples consecuencias de todo ello estén: 1a omision
de las probleméticas de origen, fundamentalmente sociales y culturales, que
pasan de ser causas a considerarse circunstancias, desatendiéndose politicas
preventivas y limiténdose a intentar «arreglar desarreglos»; la estigmatizacion
de sujeto socialmente construido como delincuente; o la justificacién del
régimen de la cércel para contenerlo y tratarlo. Esta es la filosofia que avala
desde 1a legislacién, las précticas policiales, las decisiones judiciales, hasta
la ejecucién de pena privativa de libertad.
Alin asi, cuando nos adentramos en el émbito penitenciario, en seguida
se aprecia que éste encierra siempre otra filosofl’a ademés de la resocializadora,
la del orden disciplinario en el interior de las cérceles. Y, de este modo y en
lo que se refiere a1 plano ejecutivo, mientras que los organismos politico—
ejecutivos (Direcciones Generales de Servicios Penitenciarios) se debaten
entre ambas filosoffas, definiendo directrices a tenor de las obligaciones
legislativas de resocializacion y las presiones sociales de orden expresadas
por medio de las alarmas sociales, en el interior de la cércel esta tension 56
reparte en sus dos estructuras fundamentales: «Régimen», que se encarga de
las funciones de Vigilancia, control y orden disciplinario; y «Tratamiento»,
que se encarga de llevar a cabo 1a tarea rehabilitadora. Y de estas dos orien—
taciones més bien antagonicas se compone la cultura institucional desarrollada
en el interior carcelario.
De hecho, 1a disciplina y el orden son los protagonistas, por lo que la
cérc'el es siempre un entorno altamente reglamentado. Més allé de las delimi—
taciones legislativas y del Reglamento Penitenciario, cada cércel tiene su
Reglamento Interior cuyas estipulaciones determinan pormenorizadamente
todo horario, como ya se ha dicho, pero también toda actividad, todo espacio
utilizado, todo acto posible y todo acto sancionado. Todo en prisién esté
detallado y decidido previamente, llegando la reglamentacion a todos los
aspectos de la Vida penitenciaria, siendo muy limitada 1a libertad de movi—
mientos; 1a libertad dc comportamientos. Los funcionarios de Vigilancia llevan
a cabo los recuentos sisteméticos, los registros de pertenencias (que se traducen
: en que en la cércel no existe lo privado en la medida en que todo es susceptible
de ser revisado), los cacheos arbitrarios, 61 control estricto de los internos.
Todo 6110 con el poder que otorgan las sanciones disciplinarias que pueden
imponer.
Ademés del control ejercido por Régimen, hay que afiadir las progra-
maciones, directrices y decisiones que provienen de Tratamiento. En efecto,
la tarea del Equipo de Tratamiento puede desglosarse bésicamente en dos
facetas. De una parte, 1a implementacion de la intervencion que, debido a la
insolventable falta de medios personales,2 acaba limiténdose a una serie de

1Piénsese que la intervencién que se pretende es de carécter psicolégico y, sin embargo, pueden darse
proporciones de 250 presos por educador 0 de 450 presos por psicélogo (cfr. Garcia—Borés, 1993b).

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actividades de escasa relevancia resocializadora (talleres de ceramica, de papel
mache’, deportes, etc.) que, sin embargo, se utilizan para evaluar 1a evolucién
del interno. Por otra parte, la evaluacion y torna de decisiones sobre los presos
(clasificacion, permisos, propuestas de libertad condicional, etc.), que pasa a
ser la funcion fundamental que se lleva a cabo con todas las consecuencias.
As1’, siguiendo la estrategia punitivo/gratificante, el tratamiento resocia-
lizador dispone de programas de clasificacion interior mediante los cuales se
ubica a los internos bajo una filosoffa motivacional. En otros términos, los
internos mejor clasificados gozan de mejores condiciones de Vida (menor
masificacién, disponibilidad de una celda con solo dos internos, mejores
condiciones ambientales que en algunas carceles significa disponer de calefac—
cién, etc.), asi como mayores probabilidades de disfrutar de espacios de
libertad. A1 margen de lo que se pueda juzgar a1 respecto del uso de condiciones
de Vida minimas como elemento motivacional, e1 hecho de que el indicador
de una buena evolucion sea un buen comportamiento traduce 1a practica reso-
cializadora en un instrumento de control disciplinario (Pavarini, 1987). De
hecho, buen comportamiento a cambio de mejores condiciones de Vida 0 de
mayores margenes de libertad cabe considerarlo como un chantaje institucio—
nal. La pretension resocializadora de la pena pasa pues, en la practica, a
engrosar las exigencias de disciplina y a convertirse en el eje rector del devenir
de los presos, barajando e1 valor mas preciado por los mismos, su libertad.
En sintesis, la naturaleza de institucion total, 61 poder global sobre los
internos, las restricciones de todo tipo, las limitaciones regimentales, las
exigencias de tratamiento, las delimitaciones espacio-temporales, etc., hacen
que la carcel se constituya en un contexto sumamente deprivante, en el que
la autonomia de los presos sobre sus vidas es practicamente nula y en donde
e1 alto grado de indefension genera un sentimiento de sometimiento practica—
mente absoluto.

6.3 EL INTERIOR: PRODUCTOS

6.3.1 La «cultura de los presos»

En las circunstancias referidas, la Carcel se torna un universo particular,


un mundo aparte en el que se conforma una fenomenologia cultural —o
subcultural— especifica de ese contexto. En efecto, 1a evidente peculiaridad
de las condiciones de la Vida carcelaria obliga a1 desarrollo de un marco
explicativo de esta «otra» realidad, que se corresponda y (16 sentido a la
existencia bajo esas condiciones (Sykes, 1958; Kaufmann, 1979). Con mas
razon que en otras circunstancias pues, en su naturaleza de institucio’n total,
105 individuos permanecen constantemente en el sistema, las 24 horas del
dia, todos los dias. Los largos periodos de estancia, la desconexién con el
mundo exterior, e1 radical cambio de modus vivendi, de la calidad de Vida,
deben conllevar una necesaria transformacién de valores, de concepciones,
de expectativas, etc., que posibiliten un minimo equilibrio psicologico.

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Existe en la literatura sobre la carcel multiples referencias a esta «sub-
cultura carcelaria», como subsistema cultural dentro del sistema cultural mas
amplio de la sociedad en que la carcel se encuentra. Un subsistema que
participa en buena medida de esta cultura circundante pero, a su vez, se
diferencia o desvr’a suficientemente de ella conformando un conglomerado
cultural distinguible.3 Dentro de estas delimitaciones conceptuales, una
advertencia importante, que realiza Kaufmann (1979), se refiere a la tendencia
de la mayoria de autores a ver 1a subcultura carcelaria ante todo orientada en
contra de la institucion penitenciaria, es decir, a ser planteada mas que como
subcultura, como contracultura, lo que invita a resaltar solo una parte del
referido conglomerado cultural especifico.
Uno de los principales aspectos abordados se refiere a1 origen y mante-
nimiento de la cultura carcelaria, en el que se han aportado distintas
interpretaciones. Tradicionalmente se planteé esta tematica desde un punto
de vista funcionalista, bajo la denominacion de modelo de privacio’n, ya
reflejado por Sykes (1958), quien sugiere que la subcultura carcelaria surge
y se mantiene para contrairestar las privaciones de la Vida en prision: 1a propia
privacién de libertad, la de contacto con el exterior, la de propiedades o la de
relaciones heterosexuales, de tal modo que se precisa un nuevo marco de
referencia que pueda dar sentido a tales condiciones de Vida, tal y como se
indicaba al inicio. Frente a este modelo funcionalista, Irwin y Cressey (1962),
quienes compararon poblaciones de personas libres de similares caracten’sticas
sociales a los reclusos, encontraron que no habian diferencias significativas
en cuanto a valores y expectativas de comportamiento, lo que apunta a1 que
se denomina modelo de importacio’n, esto es, que la subcultura delincuencial
intemalizada por los delincuentes en su socializacién anterior a1 intemamiento,
es importada al interior de la carcel. E110 implica una equiparacion entre
subcultura delincuencial y subcultura carcelaria.
No son éstas las unicas formas de plantear la cuestion. A partir de las
aportaciones de Cohen sobre la incidencia del medio circundante en el que se
da 61 fenémeno de la subcultura carcelaria, Kaufmann hace un planteamiento
distinto a1 de los autores anteriores a1 confrontar la subcultura carcelaria con
la cultura que la contiene, la de la sociedad libre. En este sentido, expone:
«Aun cuando a1 comienzo del desarrollo subcultura], para los integrantes del
grupo subcultural todavfa fuesen significativos los valores de la cultura
circundante, lo unico que ocurre es que surge un nuevo problema, que reside
en la concurrencia de dos marcos de relacién, de dos ordenamientos valora-
tivos, etc., un problema que sera resuelto mediante la desvalorizacionde los
valores de la cultura circundante y la confeccion de cuadros enemistosos de
relacién a ella» (Op. cit.: 55 y 56). En consonancia con el modelo de privacién,

3Las investigaciones efectuadas se refieren, fundamentalmente, a los modos de entender (concepcioncs,


creencias, valores) que, en mayor o menor medida van a estar sustentando las actitudes y, en ultima instancia,
orientando e1 componamiento. En cuanto a los modos componamentales, las investigaciones sélo acostumbran
a reflejar aquellos con un claro carécter normative, en lo que se denomina céa'igo del recluso, dejando de lado
otras peculiaridades de inferior rango. V

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esta interpretacién presenta 1a necesidad de diferenciacién de referentes cul-
turales respecto a los de la sociedad libre, puesto que los valores y expectativas
de ésta son incompatibles con las condiciones propias de la privacion de
libertad.
Respecto a los contenidos de la subcultura carcelaria, las conclusiones a
que llegan los autores resultan bastante evidentes. Asi, en sus investigaciones,
Clemmer (1958) encuentra que el valor mas alto en el mundo de los reclusos
es la libertad. A continuacién estarfa e1 rechazo a cooperar con la institucion
que es mas valorado, incluso, que la fidelidad entre reclusos. Sin embargo,
otros autores sitfian como valores principales 1a posesién y el poder sobre los
demas, lo cual se intenta por cualquier medio (cfr. McCorkle—Korn, 1964:
527). Como puede apreciarse, la fidelidad entre reclusos no parece encontrarse
en las investigaciones en la medida en que se considera habitualmente y que
quizas cabrl’a esperar en una situacion de adversidad compartida por un grupo
social amplio. Asi, también Kaufmann (cfr. op. cit.: 47) resalta que, a pesar
de que la lealtad es uno de los principales valores expresados por los intemos,
en la practica solo se presenta en el seno de las relaciones que se dan en los
grupos primarios, esto es, en los pequefios grupos.
Un cuestionamiento interesante lo realizan Sykes y Messinger (1960)
al preguntarse si 105 valores representados por los presos son algo nuevo
o una seleccion y consolidacion de ciertos valores de la sociedad libre.
Baratta (1986), en la misma linea que Bergalli (1980), opina que la carcel
refleja —en sus caracterfsticas negativas— a la sociedad. Sefialan que las
relaciones sociales y de poder de la subcultura carcelaria tienen una serie
de caracterl’sticas que la distinguen de la sociedad exterior y que dependen
de la particular funcién del universo carcelario. Pero, en su estructura mas
elemental, esas relaciones no son sino 1a ampliacién, en forma menos sofis-
ticada y mas «pura» de las caracteri’sticas tipicas de la sociedad capitalista:
son relaciones basadas en el egofsmo y en la Violencia ilegal, y en cuyo
seno los individuos socialmente mas débiles se ven constrefiidos a funciones
de sumision y explotacion.
En todo caso, la concrecio’n de los parémetros subculturales de los presos
se materializa en el co’digo de los reclusos, como normativa no oficial que
impera en el interior de las carceles y que supone una reglamentacion de las
relaciones entre los internos y de los internos hacia a la institucion. El codigo
de los reclusos seria planteable desde esta funcién meramente reguladora del
comportamiento, pero su caracter de norma social, su origen e implantacion,
su vinculacion directa con los valores y actitudes de los presos, hacen con—
siderarlo como uno de los principales indicadores de aquella subcultura
carcelaria. Segfin Sykes y Messinger (1960), pueden establecerse cinco grupos
de normas que conforman e1 codigo de los reclusos (también recogidas por
Caballero, 1986: 276), que no difieren demasiado de las planteadas por otros
autores:
1) Norrnas que exigen lealtad entre reclusos. La cuestién mas importante
es la de no ser «chivato», siendo ésta quizas 1a expresién norrnativa mas

101
apreciable, pues 1a lealtad aparece, como se ha mencionado anteriormente,
como valor menos vigente de lo esperado. En todo caso, la institucion no
debe saber lo que pasa entre los presos.
2) Normas dirigidas a evitar dificultades en la Vida carcelaria y a la
obtencién del méximo nfimero de ventajas y privilegios, manteniéndose
frio y restringido a los propios asuntos. Es decir, no ser conflictivo con los
otros internos aunque, paradéjicamente, ante una provocacion debera
reaccionarse con fuerza y nunca pidiendo ayuda a los funcionarios.
3) Normas que prohfben aprovecharse de los otros reclusos. Se trata
de cumplir la palabra dada, no robarse, pagar las deudas, no coaccionar,
etcétera.
4) Normas que rechazan la debilidad. Consiste en mostrar valor en las
confrontaciones, en mostrarse siempre «duro».
5) Normas que prohl’ben mostrar reconocimiento o respeto por los
funcionarios. Prohibiéndose, también, trabajar bien y reconocer a la auto-
ridad legitima, asf como a1 mundo convencional que condena a los
delincuentes.

Por su propia naturaleza normativa, e1 incumplimiento del codigo, por lo


menos en sus aspectos principales, puede conllevar represalias por parte de
los otros internos. Debe haber, légicamente, un sistema de sanciones gradual
en funcion de la importancia del desacato. Estas represalias pueden llevar a
una Vida de gran dureza en el interior de las carceles, a la violencia y a la
muerte. En efecto, «el codigo del recluso en realidad no es solo una manera
de autoproteccién del preso frame a la institucion, sino que acaba convir—
tiéndose en una forma mas de dominacion de los privilegiados sobre los
desprotegidos» (Valverde, 1991: 79). E110 se constata en la existencia de
secciones destinadas a la proteccion de Ciertos internos en buen nlimero de
prisiones.
De todos modos, y siguiendo con el tema de la Vigencia del cédigo, de
las distintas investigaciones realizadas se deduce que no existe un gran
seguimiento del mismo. Entre las distintas razones se encuentran que algunas
de las normas se contradicen, o que muchas de ellas son contrarias a las de
la institucién, provocando la contestacién de ésta por medio de sanciones.
Este reducido seguimiento permite plantear 1a cuestion (16 Si e1 denominado
cédigo de los reclusos existe realmente 0 se trata de un mito, puesto que
ademas siempre se han encontrado internos que, después de largos periodos
de internamiento, han manifestado desconocer 'su existencia. De todos modos,
este hecho no es de extranar pues en la sociedad libre 1a mayor parte de la
poblacién ignora también los contenidos normativos que regulan su con-
vivencia y, buena parte de ella, aseguraria que no percibe presién normativa
alguna. En ambos casos, la normativa es vivida de forma implicita, lo cual no
significa que no exista. Otra cuestion es la relevancia que tenga, y en ello
cabe considerar que, aunque su seguimiento fuese escaso y no se tratase mas
que de un mito, toda cultura tiene su mitologl’a y ésta cumple funciones
simbolicas como tal, entre ellas, el emblemar aquella cultura y, consecuen—
temente, el sustentarla. Otra cuestio’n, también, es que realmente el codigo al

102
que se refiere la literatura sobre el tema sea 0 no e1 codigo actual en las
prisiones.
En todo caso, estos parametros culturales caracterizan a la sociedad de
los reclusos. Como en cualquier contexto, pero especialmente en aquellos
que se encuentran aislados como es el caso de la prisién, es evidente que sus
habitantes establecen un sistema social propio, mas o menos explicito,
mediante el que regulan sus relaciones sociales. Ademas, este «modo o estilo
de Vida» cumple posiblemente una funcion simbolica ya que su manifestacién
puede constituirse en «sefia de identidad» y diferenciacion respecto de la
institucién. A pesar de ello, 1a sociedad de los reclusos no es algo homogéneo
sino que en ella puede diferenciarse, por ejemplo, una patente estratificacion
social, cuyos elementos clave son e1 tipo de delito cometido, 1a experiencia
delincuencial y la experiencia carcelaria, los cuales otorgan estatus a1 recluso.
También incide e1 propio estatus que el sujeto tenia en la sociedad libre. Por
ultimo, e1 comportamiento en prision y el lugar ocupado en la misma, es
decir, e1 rol desarrollado en la institucién, va a estar afectando 1a posicion
social de cada recluso de forma mas o menos concreta.
En general, gozan de buen estatus entre los internos aquellos que son
originarios del medio urbano, con experiencia criminal y actitud hostil hacia
los funcionarios (Clemmer, 1958), siendo los mas rechazados los delatores.
Atendiendo especificamente a los delitos cometidos, Caballero (ver op. cit.:
289 y 290) considera que en Espafia los delitos que otorgan mas prestigio son
los atracos sobre todo a bancos, asf como estafas y robos con cierta sofisti—
cacién. Los jovenes delincuentes de robo pequefio, normalmente implicados
en la droga, son poco valorados. Los peor valorados son los Violadores, espe—
cialmente los de nifios. E1 perfil clasico del lider es el del sujeto criminalmente
maduro, con delitos violentos y larga condena (Schrag, 1954). De todos modos,
y en especial en el caso de internos primarios, hay una tendencia a elegir
lfderes de las mismas caracterl’sticas a las propias, como por ejemplo de entre
los que han cometido el mismo tipo de delito. Asimismo, es evidente que la
proximidad fisica, como compartir celda, influye también en la determinacion
de un 11’der. En todo caso, es bien conocido que la institucion penitenciaria
controla y neutraliza a los lfderes caracteristicamente conflictivos, dada su
capacidad de definicién de la situacién y de difusién de actitudes hostiles en
los internos bajo su influencia persuasiva.
De todos modos, la Vida relacional de los presos esta fundamentalmente
enmarcada por el clima social que se genera en las prisiones. La propia
privacion de libertad impuesta, la permanente convivencia obligada, e1
ambiente de vigilancia, entre otras razones, crean un clima tenso facilmente
perceptible en el interior carcelario. A1 tratarse ademas de una sociedad
sumamente desigual, son muy frecuentes los conflictos sociales. Incluso no
resulta habitual que los internos establezcan relaciones proximas, y «no se da
—con excepciones que conciemen a la Vida en comun de los grupos primarios—
aquella camaraderia romantica de la cual se fabula tan a menudo, sino que en
vez de eso existe en el caso regular e1 aislamiento amargo y la lucha entre
todos» (Kaufmann, op. cit.: 39).

103
En esta misma direccién, el poder de unos sobre los otroses una cuestién
central en las interacciones entre presos. Este poder puede tomar diversas
expresiones: desde el derivado de un mayor nivel cultural 0 de ser carismético,
pasando por disponer de poder de intercambio (droga, dinero, influencias,
contactos con el exterior), hasta la forma mas extendida traducible en términos
de fuerza intimidatoria, de capacidad de extorsién. En todo caso, las relaciones
de poder definen fundamentalmente la vida relacional de los internos. Esta
cuestién no debe extrafiar pues se trata de un medio que de per 51’ parte de
razones de fuerza (del Estado sobre el penado) y que se mantiene por razones
de fuerza (por medio de la disciplina carcelaria) o, como acertadamente lo
expresa Valverde: «en un entomo violento, todo se vuelve violento, y quienes,
por capacidad de liderazgo, por fortaleza ffsica, porque “no tiene nada que
perder”, 0 per cualquier otra causa, estan en condiciones de dominar a los
demas, 10 van a hacer» (Op. cit.: 7), circunstancia ésta que va consolidando
la evidencia de una situacién psicolégica y social permanentemente tensa.

6.3.2 La huella del encarcelamiento

Los efectos que produce e1 encarcelamiento han sido asimismo objeto de


numerosos estudios que difieren sustancialmente en cuanto a la gravedad
que se les atribuye, la cual va a depender en buena medida de multitud de
factores de caracter individual, desde la duracién de la condena hasta las
caracterfsticas de personalidad, el modo de adaptacién a la Vida del interior
de la carcel, 0 las vinculaciones mantenidas con el exterior.
Independientemente de las peculiaridades individuales, los efectos
derivados de Vivir en la carcel son agrupables en distintas dimensiones. En
general, no se trata de una situacién que favorezca un buen estado de salud
fisica, pues se trata de un contexto pobre sensorialmente y en el que proliferan
las enfermedades contagiosas (Sida, hepatitis, tuberculosis, etc.) favorecidas
por el hacinamiento y la falta de higiene. Desde un punto de vista psicolégico,
1a mayorl’a de autores estén de acuerdo en que el encarcelamiento genera
ansiedad, alta frecuencia de depresién y tendencias a1 suicidio, un empobre-
cimiento general del repertorio de conductas, una externalizacién del locus
de control dada 1a planificacién total de la Vida por parte de la institucién,
dificultades para el contacto social y considerable pérdida del sentido de la
realidad (Baratta, 1986; Pinatel, 1969). Menor acuerdo existe respecto a un
deterioro de las funciones perceptivas y cognitivas, o respecto al desarrollo
de enfermedades psicopatolégicas (Bukstell y Kilmann, 1980).
Pero al margen de estos efectos especificos, un impacto que interesa
resaltar es el que se refiere a la paulatina transformacién de la personalidad
del interno, de su modo de ser, por el mero hecho de estar recluido en una
institucién cerrada. E1 mismo Clemmer (1958) concentré los efectos del
encarcelamiento en el proceso de prisionizacio’n, entendido como la asimi—
lacién por parte de los presos de los hébitos, usos, costumbres, y de la cultura

104
en general de la prision, facilitada por el drastico cambio de Vida que supone
1a privacién de libertad. Un proceso que acaba derivando en la conversion
del interno en un sujeto caracteristico de la subcultura carcelaria, con probable
desequilibrio, segfin este autor, de su personalidad.
Mas alla de lo que este proceso supone en cuanto a distorsién del curso
normal del desarrollo, lo que trasciende es que los cambios producidos alejarén
la posibilidad de una adaptacién posterior a la comunidad, justamente porque
la adopcién de esa subcultura carcelaria implica una desadopcion de los
parametros culturales propios de la sociedad libre. En la concepcién de
Clemmer se establecia una relacién lineal y progresiva entre prisionizacién
y tiempo de estancia en prision, aunque posteriormente Wheeler (1961),
relacionando la prisionizacion con la conformidad con las normas de la
institucién, encontrc’) una relacion en forma de «U» invertida entre prisio—
nizacion y tiempo de estancia. Es decir, una mayor prisionizacién hacia la
mitad del encarcelamiento y menor a1 inicio y al final del mismo. También
Wheeler, en consonancia con Clemmer, considera que la socializacién que
ejerce la «sociedad de los intemos» sobre el preso, se opone a la socializacién
o rehabilitacién prevista por el sistema legal.
Asimismo, uno de los desarrollos mas importantes sobre los efectos se
debe también a Goffman pues, a partir de la concepcion de la carcel como
institucion total, expone un amplio conjunto de consecuencias que inciden en
el sujeto interno (ver op. cit.: 26 y 88.), que se sintetizan a continuacién de
forma esquemética. Habla en primer lugar Goffman de una desculturacio’n,
que incapacita a1 sujeto a adaptarse posteriormente a la sociedad libre (como
indicaban también Sykes y Wheeler) por la pérdida del sentido de la realidad
«normal», debido tanto a la pérdida de contacto con el mundo exterior como
a la violacién de la autonomia del acto. Directamente relacionado con e110,
se refiere a una mutilacién del ya, a la que ya se hacia referencia anteriorrnente,
por las distintas condiciones que las instituciones totales imponen a1 interno,
entre las que destaca la separacién del desempefio de sus roles sociales
anteriores, el despojo de pertenencias, la desfiguracién de su imagen social
habitual, la exposicién humillante ante familiares, la realizacién de indig-
nidades ffsicas, los actos verbales continuos de sumision, la violacié de la
intimidad, la privacién de relaciones heterosexuales, y el aislamientoyfisico,
afectivo y social. Expone la manifestacion de una alta tension psfquica por el
conjunto de condiciones descritas y la aparicién de un estado de dependencia
(de tipo infantil), con pérdida de la volicién, autodeterminacién y autonomia,
debido a la exhaustiva programacién de la existencia que tiene una fuerte
incidencia negativa en la identidad del sujeto. Asimismo describe la emer-
gencia de un sentimiento de tiempo perdido, malogrado, y la produccién de
una actitud egoista, de ensimismamiento, al focalizarse la atencién en la propia
existencia.
Junto a1 planteamiento de Goffman, otro enfoque Clésico que cabe destacar
es el de Sykes (1958), quien encuentra también un incremento de la ansiedad
en los encarcelados y describe importantes problemas en torno a la propia

105
imagen y autoestima, debido a que la condena efectiva de privacién de libertad
conlleva una condena moral, a1 presentar a la persona como alguien no
aceptable moral y socialmente. Otros aspectos facilmente perceptibles después
de cierta permanencia en la carcel son 1a transformacién de habitos motores
(formas de andar, posturas...), adquisicion del argot carcelario, dejadez en la
presentacion personal, pasividad en la bfisqueda de soluciones a sus problemas
y constante demanda de que la institucion se haga cargo de sus necesidades,
inactividad total en el tiempo libre (gran aficién a la TV), somatizacion y alta
demanda de servicios médicos, o la incapacidad para organizar y programar
autonomamente su Vida (Pages, 1988).
De un modo u otro, se adquiera o no la subcultura carcelaria, la mera
estancia permanente en un contexto tan restringido durante largos periodos
de tiempo, tiene inevitablemente un fuerte impacto psicologico, puesto que
ese ha sido e1 finico marco experiencial vivido durante ese tiempo. Ello afecta
ineludiblemente a la configuracién psicologica del interno, como se aprecia
incluso tiempo después de la obtencion de libertad, en la desadaptacién
evidente, en el discurso ajustado a los esquemas de la prision, en las perma—
nentes referencias a la misma. Una situacion que se agrava por los fenomenos
de estigmatizacion, como categorizacion social basada en el atributo de ex—
recluso, con el consiguiente rechazo por parte de la sociedad. Pero ademas,
el impacto de la carcel no se circunscribe finicamente a1 encarcelado. La
familia, mayoritariamente de estratos socioeconomicos bajos, se resiente de
la pérdida de una fuente de ingresos que generalmente coincide con el miembro
encarcelado, incrementandose asf la marginalidad que tan a menudo ha sido
la causa de la conducta delictiva;4 una familia que también tendra que adaptarse
a Vivir de otro modo, prescindiendo de un ser querido, de un hijo 0 de un
padre.

6.4 AL OTRO LADO DEL MURO

6.4.1 El exterior desde dentro

El «exterior», para los presos, genera sentimientos contradictorios. El


mundo de fuera es el mundo libre, es el mundo que tuvieron que abandonar
y que afioran recuperar, y es también el mundo que contiene la carcel y que
los ha recluido en ella. Por una parte, y vistas las condiciones en que se
encuentran los presos, las presiones a que estén sometidos y la experiencia
que de ello se deriva, se comprende que éstos desarrollen una actitud negativa
hacia los valores que sustentan e1 funcionamiento del exterior. Es frecuente
un sentimiento de haber sido expulsado de la sociedad; una sociedad
caracterizada por un orden economico injusto (Kaufmann, 1979). También

4Para mayor detalle sobre los efectos producidos sobre el contexto familiar debidos a1 encarcelamiento de
uno de los miembros, ver Manzanos (1987).

106
Polsky (1962), estudiando internos jévenes, encuentra que predomina una
concepcién amenazante del mundo, un lugar en el que ellos son indeseables
y rechazados, que posiblemente proviene del rechazo experimentado en su
Vivencia exterior, en su familia, en la escuela, etc.
Todavia mas comprensible es la extendida actitud negativa de los presos
hacia los organos de justicia, 1a policia y hacia la prisién, incluyendo la
adopcién de estereotipos negativos sobre los funcionarios, en especial los de
vigilancia, ante quienes presentan una aparente sumisién. Asimismo es muy
comi’m e1 rechazo y descalificacién del objetivo resocializador enarbolado
por la institucién. Y también aparecen negativas las actitudes hacia el cris—
tianismo, e1 trabajo, asf como haCia todos los valores pertenecientes a1 mundo
burgués, e1 ahorro, e1 sentimiento del deber, etc. (Kaufmann, 1979). Este
rechazo puede entenderse en la medida en que la mayor parte de la poblacién
penitenciaria no ha dispuesto de los medios que posibilitan e1 establecimiento
de tales valores, aunque hay autores como Sykes (1958) que consideran, en
cambio, que el preso sencillamente precisa rechazar a quien 1e rechaza (la
sociedad) para poder sobrevivir psicolégicamente.
A1 margen de esta faceta actitudinal, el exterior lo es todo, puesto que es
lo que no se tiene. La privacién de libertad es la privacién del mundo exterior.
Pero la Vision del exterior va deteriorandose conforme avanza el tiempo de
reclusion, tanto por vivir alejado de 61, como por el inevitable deterioro de
las relaciones sociales anteriores al internamiento. Las comunicaciones
colectivas a través de cristal de seguridad durante perfodos de 15—20 minutes,
0 los esporadicos vis a vis,5 en absoluto permiten una relacién normalizada.
Similar planteamiento puede hacerse de la distancia, no ya con las relaciones
exteriores, sino con la propia realidad exterior. Los canales de informacién
son delimitados horariamente; e1 contexto no se presta a habitos de lectura de
prensa; y, lo mas fundamental, una «presencia» frecuente de lo exterior supone
una experiencia constante de la realidad de estar encerrado en el interior.
Asi, paulatinamente, 1a imagen del mundo exterior va distorsionandose,
como lo muestra la construccién de una imagen ilusoria de la realidad o la
inflacién de expectativas futuras de todo tipo (afectivas, relacionales, laborales,
econémicas, etc.), que ocasionan un fuerte impacto psicolégico ya en las
primeras salidas, que bien conocen 10s profesionales penitenciarios.

6.4.2 El interior desde fuera

Distintos fenémenos son los que se refieren a] mode en que la sociedad


Vivencia 1a prisién. Como se indicaba a1 inicio, puede considerarse que la
opinion pfiblica no tiene excesivamente asumida la finalidad resocializadora

5Habitualmeme estas situaciones de intimidad en una habitacién, tienen una periodicidad mensual y una
duracién de hora y cuano, debiendo solicitarse con mas de un mes de antelac16n.

107
de la pena aunque, en la medida que la conoce, en general la sociedad recibe
positivamente la idea de reeducar frente a la de castigar, por lo menos mientras
no se siente directamente afectada por un determinado delito.
Por otra parte, se constata que las ideas e imégenes sobre qué es delito,
sobre quiénes son los delincuentes, que el problema de la criminalidad reside
en éstos (p.e., no se habla de una persona que comete un acto delictivo, sino
del «delincuente» que 10 ha cometido), han calado ampliamente. Asimismo,
las imagenes que identifican y delimitan a este delincuente con la mera
pertenencia a estratos bajos de la sociedad, que vinculan delincuencia con
drogadiccién a pesar de la irracional definicién de la misma,6 que equiparan
presos con delitos de sangre y violaciones a pesar de que estas causas no
llegan a1 2 % de los motivos de encarcelamiento, son claros exponentes de
las incongruencias del discurso social. E1 dramatismo, fuerte afectacion y
explosiva respuesta ante el robo del casete, frente a la indiferencia ante los
delitos economicos, financieros, ecologicos, de gran envergadura; el rechazo
absoluto para el «delincuente comun», frente a1 «pequefio» fraude fiscal
generalizado, admitido socialmente cuando no admirado; son actitudes solo
explicables a partir de concepciones, imagenes y estereotipos, fuertemente
anclados.
Ademas, en general, solo se percibe e1 delito y al delincuente cuando son
perfectamente identificables. De este modo, el problema de la criminalidad
se circunscribe al delito identificable, asi como a] autor identificable del delito.
Ello focaliza la atencién en la delincuencia «callejera», sin embargo, cuando
el delito es difuso o cuando el delincuente no es plenamente detectable, no es
Vivenciado ni como delito ni como delincuente.
E1 problema de la criminalidad residiendo en el individuo, en «ese ser
distinto», comporta que la carcel no es para los «normales», sino para esos
individuos «distintos». La imagen de la carcel para la sociedad es una imagen
alejada, aunque la misma se encuentre anclada en medio de la comunidad.
Verdaderamente, un mundo aparte y distinto. En la conformacién de esta
imagen participan distintos elementos: deviene de un proceso histérico,
coadyuvado por la constante histérica de estar criminalizado fundamental—
mente e1 sector social mas desfavorecido cultural y econémicamente; la propia
imagen estética de las carceles, los muros, las puertas cerradas, la tenebrosidad
que suscita; el secretismo institucional sobre todo lo que ocurre en el interior
de las carceles. Esta penumbra de lo carcelario y ese temor que infunde,
consolidan asimismo la idea de que, quien pueda Vivir ahi’, es que realmente
es un «ser distinto» y ratifica la idea de la carcel como un lugar ajeno.

6De Leo se refiere a la falsa definicién dc droga y de toxicodependencia, que «asigna una relevancia
determiname a algunas drogas (opiaceos, derivados del cannabis, cocaina, alucinégenos) y excluye o considera
mucho menos relevantes a los fines de aquella definicién otras drogas (alcohélicas, barbiuiricos, psicofarmacos,
labaco, etc.) sin que tal distincién tenga algun fundamento «objetivo» y cienn’fico en relacién a los criterios
de
dafiosidad, nocividad, dependencia. etc.» (De Leo, 1987, p. 19), lo que remite a la construccién de concepciones
y alarmas sociales mas que a un carécter ontologico del problema que tiene «e1 drogodependiente».

108
Que 1a sociedad Vive de espaldas a la carcel, parece evidente, como lo es
el profundo desconocimiento que de ella se tiene. Los comentarios «viven
como reyes», «encima les mantienen sin trabajar» o «entran por una puerta
y salen por la otra», denotan dicho desconocimiento de la realidad carcelaria
y una actitud contundente a partir de imagenes con escasa base informativa.
Logicamente, esta representacién social va a incidir en las actitudes hacia la
poblacién penitenciaria y a influir sobre la propia politica penitenciaria, como
se trasluce del impacto que las alarmas sociales tienen sobre ella.

6.5 REHABILITACION, JUSTIFICACION, CASTIGO

Y, a pesar de todo, la carcel, con toda la fenomenologia que comporta,


sigue existiendo. Puede seguir existiendo porque tiene unos objetivos atri-
buidos legislativamente que se constituyen en su justificacién. Es mas, la
practica interventiva para la consecucion de esas metas es el eje central de las
actuales politicas penitenciarias que se ciernen sobre los reclusos y, por ello,
la finalidad y la implementacién del tratamiento requieren mayor atencién.7
Sin embargo, que la carcel no logra sus objetivos establecidos, son pocos los
que no lo reconocen. La propia practica reeducativa, con su caracterl’stica
insuficiencia de medios materiales y personales, los escasos contenidos del
tratamiento y la pobre motivacién que generan, o a la alta tasa de reincidencias,
son evidencias suficientes para dar cuenta del fracaso del fin rehabilitador.
Es mas, si se contemplan los limites que una estrategia de gratificacién tiene
para unas pretensiones resocializadoras, e1 absurdo de querer rehabilitar a
alguien aislandolo del lugar en el que se le quiere reinsertar, o la propia inci-
dencia del marco carcelario en términos de efectos contraproducentes, 1a carcel
y su finalidad se toman incompatibles o, dicho de otro modo, 1a pretensién
legislativa se nos presenta inviable incluso optimizando las mencionadas
deficiencias de medios.
Pero a1 margen de cuestiones de Viabilidad, la meta resocializadora carece
de sentido en 51’ misma. En primer lugar, porque no se sostiene e1 discurso
argumentativo basado en las concepciones sobre la criminalidad que la avalan.
No se sostiene la «naturalizacion» del delito pues se trata de una definicién
legal, que ademas sélo establece como tal un determinado tipo de acciones
que, habitualmente, no son las que ocasionan un mayor dafio social. No se
sostiene tampoco la presentacion de aquel que ha cometido un acto delictivo
como un «ser distinto», finico contenedor del problema. Los propios plan-
teamientos legislativos contienen multitud de incongruencias, como la
contradiccién entre la orientacién otorgada a la norma penal (de caracter re—
tributivo) con la establecida para la penitenciaria (de caracter resocializador),

7Con todo, si se desea un analisis critico detallado sobre la finalidad reeducadora y su practica, del cual se
extraen ahora algunas conclusiones, ver Garcia—Borés (1993a).

109
puesto que la primera juzga actos estableciendo la pena temporal corres—
pondiente, mientras que la segunda se centra en el autor y precisa plazos
indeterminados para transformar a1 sujeto; o la incoherencia de pretender
resocializar solo a presos penados y a todos los presos penados; o la omisién
de los efectos fisicos, psicolégicos, psicosociales y sociales del encarce-
lamiento, necesariamente antagénicos a la meta que se pretende. Por filtimo,
dificilmente puede considerarse que el Estado se encuentre legitimado para
pretender reeducar a las personas penadas con privacion de libertad, tanto
porque ello supone una injerencia en la esfera personal de los individuos,
como por no estando el Estado cubriendo las necesidades primarias del sector
social que fundamentalmente esta siendo criminalizado.
Estos dictamenes sobre la finalidad penitenciaria no significan que la
practica interventiva no tenga consecuencias. En efecto, si bien se reconoce
no 5610 la incapacidad reeducativa, sino también la incapacidad de cumplir
los requisitos para la toma de decisiones, éstas se toman (ver Garcia—Borés,
1993b). A1 margen de que esta circunstancia puede considerarse fuera de la
legalidad, las fundamentales repercusiones que estas decisiones conllevan en
la Vida de los internos (se otorgan o deniegan espacios de libertad), significan
una grave irresponsabilidad no 3610 de los técnicos que lo llevan a cabo
efectivamente sino, y fundamentalmente, de los responsables politicos que
dan cobertura a tales practicas.
La propia aplicacién del tratamiento comporta por s1” misma una serie de
efectos psicologicos perniciosos. Genera una vivencia de sometimiento por
el hecho, de una parte, de verse obligados a realizar actividades absurdas.
Por otra parte, por el hecho de tener que «pactar» con la institucion: de tener
que «ganarse» a1 educador; de tener que simular un comportamiento adecuado;
de tener que contener las reacciones emocionales; de tener que agacharse
desnudo (en referencia a las inspecciones rectales para 61 control de entrada
de drogas) para mostrar que se es digno de confianza, que se esta suficien—
temente resocializado como para seguir en la seccién abierta 0 para volver a
salir de permiso. Podrfan asi enumerarse multitud de situaciones denigrantes
que concuerdan con las descripciones de Goffman, que atentan contra la
dignidad de las personas y que repercuten, necesariamente, en el estado psico—
logico del interno. Una vivencia de sometimiento por saberse en manos del
juicio de unos profesionales a los que no conoce, que le «observan», y que
resuelven sobre el destino de su Vida. Un juicio a1 que no tiene acceso ni
posibilidad de defensa.
Directamente relacionado con estas circunstancias, la implementacion
del tratamiento produce también un efecto genérico en la Vida interior de la
carcel, pues es el causante fundamental de una apreciable disolucion de la
«subcultura carcelaria» en lo referente a sus elementos fundamentales (valores,
creencias, actitudes), quedando e1 fenomeno de prisionizacz'o’n reducido a la
mera adquisicion de habitos carcelarios. Asi es, la estrategia premial comporta
la transformacién del sistema de valores de los internos al jugar con sus
expectativas, potenciando e1 individualismo manifestado en la persecucion

110
de los beneficios particulares. La mera participacién en actividades de trata-
miento rompe 1a coherencia intema de un discurso de drastica oposicion a la
institucion, de negacion a toda colaboracién.8 Al margen de que el fenémeno
de prisionizacion pueda entenderse como distanciador de una reinsercion
social, e1 impacto descrito sobre la «subcultura carcelaria» agrava la expe-
riencia del encarcelamiento al desaparecer un soporte para el mantenimiento
de la estabilidad psicologica.
Pero, a pesar de su inviabilidad y su falta de sentido, la meta resocializa-
dora de la pena pervive, y pervive por otras razones. En primer lugar, mediante
la indeterminacién del tiempo de reclusién y el uso de un comportamiento
adecuado como indicador de la resocializacion del interno, 1a practica
interventiva se constituye, como ya 56 ha indicado anteriormente, en un
instrumento perfecto de orden en el interior carcelario. Ello es, asimismo,
consecuencia del sistema premial y, en este sentido, se produce en cualquier
lugar donde se implante. Es por eso que autores de otros ambitos territoriales
también lo han destacado, como Pavarini, o como Baratta ( 1986) cuando
habla de «la educacién para ser un buen detenido». De este modo se consigue
una «carcel quieta» (Garcia-Borés, 1993a), que es lo que en definitiva importa
a los responsables politicos de la ejecucion penitenciaria.
Al margen de esta funcién disciplinaria, en las revisiones historicas puede
constatarse que resulta incomodo el reconocimiento pfiblico de una carcel
retributiva, de la carcel castigo. Ah1’ entra de nuevo en escena la reeducacién
penitenciaria: la carcel no es un lugar para castigar sino un lugar para reeducar.
A pesar de que la reaccion social que surge esponténeamente tiende a la
venganza por el dafio ocasionado, no puede admitirse una Carcel castigo pues,
desde un punto de vista sociocultural, puede considerarse que la moral
ampliamente extendida y fuertemente marcada por la tradicion cristiana no
permite tal tipo de reaccion. La carcel reeducadora enmascara esta funcion
retributiva de lo carcelario, sosegando asi las conciencias sociales. De hecho,
la misma concepcién del «ser distinto» presenta e1 problema delictivo como
alejado de una determinada forma—Estado y de unas determinadas condiciones
sociales, economicas, etc., atribuyéndolo a unas supuestas carencias que
estarl’an en el individuo y, de este modo, se exculpa a la sociedad de la génesis
de la conducta criminal (Bergalli, 1987). No 5610 queda exculpada, la
atribucion de la finalidad reeducadora permite, ademas, presentar una sociedad
admirable pues ante aquellos que se encuentran «afectados», y que ademas

8Como es logico pensar, otras cuesliones han intervenido en esta disolucion: la proliferacion de la
drogadiccién entre los presos y las implicacioncs que ésta conlleva como la generacion de violencia, el comercio
interior, las deudas, las reyertas, la formacion de bandas. eta, que llevan a un quebrantamiento de la solidaridad,
uno de los valores fundamentales dc aquella subcultura, diluyéndose asimismo una identidad colectiva grupal
que permita aquella solidaridad; el propio contexto sociohislérico ha ido variando y se han producido cambios
demograficos importantes en el interior de las carceles: per una pane, 1a desaparicién de los presos politicos, los
cuales cumplfan un rol de dirigentes ideologicos y normativos del sistema sociocultural de los presos y, por tamo,
de sustentadores de los valores y creencias de aquella subcultura carcelaria; por otra, la incorporacio’n de una
delincuencia derivada de la toxicomam’a.

lll
han hecho un dafio social, no se queda inmovil sino que hace lo posible para
«curarles», para ayudarles: los encarcela para reeducarles.
Y 1a carcel también, como su meta, tiene evidentes funciones omitidas,
de hecho y simbolicas, mas alla de sus funciones atribuidas y que devienen
de su naturaleza dc instrumento de control social. En efecto, la carcel no
puede ser entendida como fenémeno aislado, sino formando parte de un
conjunto de instancias destinadas a la obtencién de ese control social que el
Estado lleva a cabo. La prisién, «...como institucién destinada a la ejecucion
de la pena privativa de libertad, es la filtima instancia de los organos de
control administradores de justicia dentro de los aparatos del Estado»
(Miralles, 1983: 95). For 10 menos, y asi lo entiende esta autora, se comprende
que, aunque se declaren legislativamente otras funciones que ha de cumplir
1a institucion penitenciaria —reeducaci6n, reinsercién, etc.—, ésta comporta
siempre un caracter politico y represivo. Entre esas funciones omitidas estan
e1 servir de valvula de escape para las tensiones sociales (Reason y Kaplan,
1975), 0 e1 contribuir a la perpetuacién de una marginalidad social (Baratta,
1986) que, en lugar de resuelta, es criminalizada.
Pero 1a funcién de control social se expresa fundamentalmente en dos
dimensiones. Una de hecho: contener (y castigar) a los que estén dentro. Otra
simbélica: intimidar a la sociedad con la amenaza de la carcel (expresable en
términos de prevencién general), a pesar del silencio legislative respecto a
esta funcion tan evidente. Pero todo esto hay que ocultarlo y se oculta mediante
1a finalidad atribuida. Pudiera considerarse que esta artimafia politico—cultural
tiene cierta grieta estratégica pues, en su intento de implantar 1a sobreimagen
de una «carcel reeducadora», puede perder fuerza su funcién intimidatoria.
Aunque, si verdaderamente se comprendiera el significado de reeducar a
alguien, en el puro sentido resocializador en el que se plantea, es decir, como
una transformacién de la personalidad del sujeto por medio de la coaccién
que supone poder otorgar libertad, entonces nunca mejor se estari’a cumpliendo
aquella funcién intimidatoria. En efecto, nadie, en su sano juicio, desea que
le transformen su personalidad.
En todo caso, con la reeducacién invalidada y con la pena privativa de
libertad limitada a otras funciones ajenas a la resocializacion, reaparece una
carcel-castigo que es lo que, en definitiva, siempre ha sido. N0 S610 un castigo
consistente en privar de libertad, sino en todo el conjunto de privaciones
adicionales que intrinsecamente comporta. Un contexto que implementa una
violencia desproporcionada y que inherentemente vulnera los derechos funda—
mentales reconocidos constitucionalmente, convirtiendo a los presos en
ciudadanos de segunda categoria (Rivera Beiras, 1992). Un castigo cuyos
efectos se han descrito en apartados anteriores, que tendran mayor o menor
gravedad en funcién de mfiltiples variables, pero que indudablemente van a
repercutir en la configuracién psicolégica de los presos, una repercusion que
tiende a incrementar 1a desadaptacic’m a una futura Vida en libertad.

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6.6 LSALIDAS?
Al afrontar la carcel en profundidad aparece, como ha podido apreciarse,
un panorama desolador, una impresion que sintoniza con la sensacién que se
experimenta en su interior. A pesar de ello pueden vislumbrarse algunas vias
de salida que, necesariamente, deberan dirigirse hacia una politica criminal,
distinta a la actual, que sea propia de un «Estado social y democrético de
derecho» (art. 1 de la CE). Algunas de las propuestas que se exponen a con-
tinuacién estan orientadas por el discurso elaborado por el denominado
«Garantismo penal» o «Derecho penal mfnimo» ya que, a mi juicio, sus presu—
puestos pueden contribuir a una transformacién emancipadora de la actual
situacion.
Tales presupuestos suponen el intento dc disefiar una politica criminal
que contribuya, por una parte, a asegurar el respeto por los derechos fundamen-
tales de los individuos y que, por otra, sea apta para defender a éstos de aquellas
acciones que provocan un verdadero dafio social. Asimismo, e1 «Garantismo
penal» aboga por el disefio de unas politicas que acentuen las garantl’as
individuales frente a posibles abusos que pueda cometer el Estado o los grupos
situados en una posicién de preeminencia frente a otros paniculares (Ferrajoli,
1990) y, para esto, todavfa es necesario un mfnimo derecho penal. Junto a
6110, una politica criminal adecuada no se concibe sino es implementando
medidas descriminalizadoras sobre todas aquellas acciones que son conside—
radas como «delitos sin vfctimas», frente a las cuales seria necesario darles
una respuesta de tipo social antes que penal. Como ya se ha insinuado, también
habria de utilizarse un derecho penal de tal naturaleza que posibilitara que no
queden en la impunidad los «delitos de los poderosos» frente a quienes, el
Estado, no puede inhibirse desprotegiendo a los mas débiles.9
Ya dentro de la «cuestion penitenciaria», dichas politicas altemativas
pasan, necesariamente, por un paulatino pero decidido reduccionismo peni—
tenciario, esto es, hacia 1a mas pronta desaparicién posible de la carcel.
Mientras no se produzca tal decision, la utilizacién de la carcel como respuesta
a los conflictos sociales tiende a seguir existiendo e, incluso, a ampliarse. For
10 tanto, es necesario disefiar estrategias que puedan funcionar a corto y/o
medio plazo contando, por el momento, con su existencia. En primer lugar,
se hace imperante 1a necesidad de una préctica desaparicién de la prisién
preventiva que actualmente supone cerca del 50 % de los presos y que es
consecuencia de un mal funcionamiento de la Justicia. Asimismo, se postula
la potenciacién de todos aquellos aspectos de la legislacién penitenciaria que
puedan ser utilizados como instrumentos legales que permitan «sacar lo antes
posible» de la carcel a los que alli se encuentran: concesién amplia de perrnisos
de salida, progrcsiones de grado, libertad condicional, etc. Un paso mas alla
es el abandono del Sistema progresivo, otorgando directamente las «mejores»

9Cuestic’m que precisameme diferencia a1 Garantismo del Abolicionismo propio del area cultural nérdica.

113
condiciones penitenciarias que, en todo caso, se restrinjan en los casos
estrictamente inevitables. Y todo ello, tanto por el patente dafio que produce
61 encarcelamiento, como porque las condiciones del mismo mantienen por
debajo de minimos los derechos fundamentales de los internos, situandose 1a
institucion, pues, fuera de la legalidad. En la misma direccion, se encuentra
1a creacién de asociaciones y/o movimientos sociales que se organicen en
torno a1 desarrollo de lo que se denomina como «cultura de la resistencia»
(Rivera Beiras, 1993) frente al poder carcelario.
Respecto a la meta resocializadora, debiera ante todo quedar claro que
antes que reeducar, e1 Estado tiene que educar. Y esta educacion debe
entenderse en un sentido bien amplio (Bergalli, 1980): el Estado debe otorgar
educacion, formacion y el conjunto de medios necesarios para poder «llevar
una Vida sin delitos»,‘O antes que pretender «reparar» (o reeducar) 1a perso—
nalidad de los individuos que han carecido y van a seguir careciendo de esas
oportunidades. Y mientras perdure la intervencion penitenciaria, se considera
necesario e1 abandono de la pretensién resocializadora. Frente a la reeducacion
penitenciaria debe desarrollarse una oferta educativa/formativa desvinculada
de todo sistema punitivo-premial que la desnaturaliza, asi como el desarrollo
de estrategias de obtencion de medios para intentar una reintegracion efectiva
de los internos, supliendo sus deficits sociales antes que entenderlos como
psicologicos.
Pero en definitiva, y como ya se ha dicho, lo que verdaderamente seria
deseable es llegar a unas politicas que permitieran a la sociedad liberarse de
la necesidad de la carcel. Y esta es una cuestion que no es desvinculable del
ambito, ya no 3610 de lo politico en general, sino de lo cultural. Asi es, todo
indica que el problema inicial que esta detras de la pervivencia de la carcel
no es otro que unas determinadas concepciones sobre la criminalidad. Por lo
tanto, es imprescindible retomar la «cuestion criminal» desde otra perspectiva
que aborde lo delictivo, antes que nada, como indicador sociocultural para
poder dirigir estrategias que atafian al origen y gestacién de tales comporta-
mientos. En efecto, las concepciones sobre la «cuestién criminal», y todas
las que de ella se derivan, son modos de pensar que forman parte de la cultura
predominante y no son desvinculables ni de otras concepciones, ni de los
valores, ideologias, etc. que caracterizan e1 orden cultural occidental. No
3610 las concepciones, las respuestas social (los estereotipos, 1a estigmatizacion
social, las actitudes de rechazo, de discriminacion) e institucional ante el
delito (las metas que se establecen, las practicas que se llevan a cabo), son
también indicadores de la cultura. Y también 1a carcel, la cual no solo no es
«algo ajeno» a la sociedad sino todo lo contrario, es un ilustrativo indicador
de Como esta siendo esa sociedad, a qué situaciones da cabida, que’ acepta y
qué no acepta.
Mientras perviva e1 discurso argumentativo que parte de situar e1 problema

10Resultado que la ley espera obtener de la intervencion penitenciaria (LOGP, art. 61.1).

114
de la criminalidad en el sujeto que delinque, 1a atencién seguira centrada en
él, etiquetandolo de «delincuente», y temiéndole. En efecto, mientras la socie—
dad esté temerosa de ese «ser distinto» seguira aceptando mayores dosis de
control social y seguira sin plantearse el delito como un sintoma social, como
un indicador sociocultural que pondri’a en evidencia que dichos comporta—
mientos son «efectos comprensibles» de una estructura y dinamica sociales
como las existentes de unas determinadas formas de organizarse socialmente,
de unas desigualdades naturalizadas.
La sociedad seguira sin preguntarse sobre el significado del comporta—
miento criminal; sin preguntarse qué indica que mas del 85 % de los delitos
sean contra 1a propiedad y que mas del 85 % de los presos pertenezca a clases
desfavorecidas (sin que sea necesaria una correspondencia directa), las cuales
son socializadas con las mismas metas, incentivos y necesidades creadas,
pero sin que se les posibiliten los medios necesarios. Seguira manteniéndose
1a irracional distincion entre drogas, criminalizando un problema que en si es
salud pfiblica y sin atender a que el mayor centro de drogodependientes es la
carcel, dada una delimitacion legal que los convierte en drogodelincuentes.
Se seguira sin asumir que, en aquellos casos en que se hace evidente una
causalidad psfquica grave, no se precisa un tratamiento resocializador carce—
lario sino una terapéutica médica o psiquiatrica; seguira sin preguntarse si
detras del delito sexual no hay una moral anormalmeme restrictiva y «tabu—
tizante» del sexo, o si se ha construido un valor social consistente en una
capacidad seductora necesariamente inagotable.
Sin una transformacion de los parametros culturales, valores, creencias,
metas sociales, etc., 10 cual parece verdaderamente muy lejano, diffcilmente
van a ser posibles cambios en las actuales politicas del Estado, difi’cilmente
va a reducirse 1a criminalidad y, parece inevitable, va a seguir existiendo 1a
carcel con toda probabilidad. Seguira aceptando 1a sociedad la necesidad de
una carcel para que cumpla sus cometidos omitidos, se volvera de espaldas
a su interior, entre su deseo de proteccion (contencién), sus ansias de venganza
(castigo) y sus argumentos morales (reeducacion). Seguira 1a carcel, entorpe—
ciendo una reintegracion social efectiva, con su violencia, con su impacto
psicologico, con el dramatismo con que sella las Vidas de las personas que en
ella son contenidas.

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