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René Guénon: a Rodolfo Martínez Espinosa

El Cairo, 23 de febrero de 1934

Distinguido señor:

Le pido disculpas por haberme demorado tanto también en esta opor-tunidad


en responder a su carta, que tuve el gusto de recibir después de un silencio tan
largo, pero me he sentido afectado de un cansancio visual bastante serio y su
carta llegó a mis manos precisamen te en ese período, de manera que no la he
podido leer sino mucho tiempo después. La canti-dad de asuntosde toda clase
que se me han ido acumulando mientras que me encontraba inhabilitado para
trabajar es de tal envergadura que desde entonces todavía no he conseguido
superarlos y recuperar el tiempo per-dido.

Le agradezco cuanto me testimonia sobre el contenido de mis trabajos y pienso,


efectivamente, que podemos estar plenamente de acuerdo, sobre todo, en lo que
concierne al estado del mundo actual y a la necesi-dad de una vuelta a la
tradición y a la espiritualidad, si, no obstante, ello resulta todavía posible para el
Occidente, teniendo en cuenta los extre-mos a los que la situación ha llegado al
presente. Aunque, viviendo lejos de Europa, no pueda quizás dar cuenta con
exactitud de determinadas tendencias, debo confesar que no tengo una
confianza excesiva en una "renovación" que, hasta donde tengo informaciones,
es hasta ahora bas-tante superficial y más bien caótica. Existen sobre todo, salvo
excepciones contadas, aspiraciones vagas y mal definidas y es muy difícil decir
en qué terminara todo esto. Pero lo que resulta cierto es que se comprue-ba con
suficiente generalidad que los hombres no están ya tan satisfechos de su
"civilización" moderna y que comienzan a dudar del pretendido "progreso". Por
poco que sea, al menos es algo...

En cuanto a as dificultades que me presenta en su carta, me permito decirle con


franqueza que ellas me parecen provenir sobre todo de que usted no hace una
distinción suficientemente clara entre el punto de vis-ta religioso, por un lado, y
el punto de vista metafísico e iniciático, por otro. Cualesquieras puedan ser sus
relaciones en algunos aspectos, jamás se los debe conflindir o mezclar, puesto
que tienen que ver con dominios totalmente diferentes y no pueden, por lo tanto,
perturbarse. Cuanto usted enuncia como verdades religiosas pertenece a lo que
la doctrina hindú conoce como el conocimiento "no supremo"; es suficiente con
colocar cada cosa en su lugar y en su orden para que sea imposible todo
conflicto. Ante todo no se debe olvidar que el misticismo pertenece por entero a
la esfera religiosa; por consiguiente no es posible establecer nin-guna
comparación entre la mística y la metafísica. Ambas vías, dejando a un lado las
diferencias bien conocidas de sus modalidades, no están con-formadas, en

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realidad, para alcanzar el mismo fin; y la "unión mística" no es idéntica a la
"jivan mukta", como tampoco la "salvación" a la "Li-beración". Cuanto es
religioso, comprendido en ello el misticismo, toca a las posibilidades
individuales, en la extensión indefinida de las que son susceptibles, y no va más
allá. Tal es, por otra parte, su razón de ser, co-mo, por el contrario, la de la
realización metafísica consiste en ir más allá, y éste es precisamente el motivo
por el que uno no puede servir de base al otro. Así ha sucedido en el esoterismo
cristiano de la Edad Media y lo es siempre también en el esoterismo islámico. Le
citaré de éste un aforismo que creo que se adapta perfectamente al tema: "En la
medida en que un hombre desea el paraíso o teme al infierno, no puede aspirar
al menor grado de iniciación".

Debo asimismo hacerle presente que la perspectiva religiosa está por necesidad
relacionada a determinadas contingencias históricas, mientras que el punto de
vista metafísico se refiere exclusivamente al orden prin-cipial. Si habla de
"avataras múltiples", es porque se mantiene en el dominio de las apariencias;
pero, eh la realidad absoluta, son "el mismo". El Cristo-principio no es varios,
por más que lo puedan ser sus manifestacio-nes terrestres o de otro tipo. El
"Mediador", según todas las tradiciones, es el "Hombre Universal", que es
igualmente el Cristo, cualquiera sea el nombre que se le aplique, el hecho en sí
nada" cambia y no percibo qué dificultad pueda haber en esto.

La vía "ascética", en su orden, podría compararse a la vía iniciática mejor que el


misticismo, en vista de que aquélla sobreentiende un méto-do y un esfuerzo
positivo. El misticismo se encuentra con preferencia en una situación opuesta,
debido a su carácter pasivo. La vía ascética por lo tanto puede ser una
preparación para una realización de otro orden, mu-cho más que la vía mística,
que se presenta incluso como incompatible con ella. Pero tampoco creo que sea
lícito sostener que todo lo que su-pera a la religión elemental esté abierto para
todas las personas. El asce-tismo se adapta sólo a algunos y el misticismo a otros.
En cuanto a lo que está más allá del dominio religioso se Presupone que se
dirige incluso a un número mucho más pequeño. Quien encontró su satisfacción
en un determinado plano cometería el mayor de los errores queriendo superarlo.
Es este un asunto de jerarquía necesaria, contra el que nada pueden todos los
sofismas del igualitarismo democrático del que tantos católicos
desgraciadamente están hoy impregnados e incluso los que menos dudan de ello.

En Io que se refiere a la objeción que trata sobre el predominio de la


intelectualidad pura ¿Es ésta ciertamente la que entra en cuestión? Aquí
también debe hacerse una distinción esencial: los textos citados por us-ted se
dirigen contra el saber profano, no contra el conocimiento sagrado y no es lícito
confundir lo que es simplemente racional con lo que es puramente intelectual.
Cuando digo saber profano, entiendo por ello, por supuesto, cuanto pertenece al

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ámbito de la filosofía. Mientras menos se tenga la mente atada por todas estas
cosas, mucho mejor, con toda seguridad, y desde el punto de vista iniciático con
mucha más razón que desde el religioso. Sería necesario incluso agregar a esto
una buena por-ción de la teología, en la medida en que ella contiene muchas
sutilezas inútiles y hasta semi-filosóficas. En todo caso, cuanto es discusión y
controversia pertenece a una mentalidad íntimamente profana. Dicho esto debe
agregarse que la intelectualidad pura escapa por su parte al dominio religioso.
Este es algo diferente y, cae de suyo, que el sentimiento y la acción tienen en ello
su parte. Aquí, una vez más, es necesa-rio dar a cada cosa el puesto que le
corresponde, sin permitirles que se deslicen sobre dominios que no les
corresponden

Finalmente, la intelectualidad pura es tan indiferente al orgullo co-mo a la


humildad, puesto que estos dos términos opuestos son de nivel sentimental;
quienes pretenden lo contrario muestran con claridad con ello que carecen de la
menor idea de lo que es realmente la intelectualidad.

Me doy cuenta que distingue adecuadamente la incomprensión del P. Allo. Sería


muy difícil encontrar una mente más limitada que la suya. Realmente, ¡qué
hermosa forma de defender al cristianismo es esa de afe-rrarse en negar que su
doctrina encierre un sentido superior a las vulgari-dades morales y sociales que
corrientemente se conviene ver en él! No me explico para qué toda esta
"mediocridad" necesitaría la intervención de un principio suprahumano.
Felizmente, en lo que a mí respecta, tengo del Cristianismo una idea que es
superior a la suya. Es triste comprobar que las personas de esta clase tratan de
ensuciar todo lo que las supera; pero es trabajo inútil.

La Verdad es demasiado alta para recibir el mínimo gol-pe.

Tenga, señor, se lo ruego, la seguridad de mi más alta y distinguida


consideración.

R. Guénon

(Publicadas en: P.M. Sigaud, Dossier H: René Guénon y traducidas en García


Bazán y otros, René Guénon o la Tradición viviente, Hastinapura, Buenos Aires,
1985).