Está en la página 1de 12

La misteriosa desaparición de un ex cadete naval en un campo

guerrillero a meses de la elección de Allende


Cuatro meses antes de la elección de Salvador Allende, en las postrimerías del gobierno de
Eduardo Frei Montalva, el rastro de Kiko Barraza, un ex cadete naval y estudiante de
Economía socialista, se perdió en la selva valdiviana al ser allanado un campamento de
instrucción guerrillera. Su cuerpo nunca apareció y hasta hoy aparece vivo en el Registro
Civil. Esta investigación reconstruye los dramáticos momentos de lo ocurrido hace cuatro
décadas y que hasta hoy sus protagonistas habían mantenido en secreto.

A tranco rápido, abriéndose paso por un bosque tupido, Jorge Federico Kiko Barraza Barry
marchó rumbo al campamento de instrucción guerrillera de Chaihuín en medio de la
llovizna fría de mayo. No era la primera vez que recorría esa estrecha huella camuflada en
la espesura. Kiko, de 27 años y estudiante de quinto año de Economía en la Universidad de
Chile, había conducido a varios universitarios que ese verano de 1970, a sólo meses de la
elección presidencial, cumplieron una muy secreta preparación militar en la selva
valdiviana.

Con instructores, cabañas y polígono de tiro, Chaihuín representaba para muchos de ellos la
continuación del ejemplo iniciado cuatro años antes por el Che Guevara en Bolivia,
capturado y ejecutado en ese país en 1967.

Pero el verano había terminado y con él también los trabajos voluntarios que dispersaron
por toda la zona rural de Valdivia a cientos de universitarios. Ya no había pantalla para la
actividad guerrillera clandestina. La existencia del grupo de Chaihuín era un secreto a voces
en los poblados y campos madereros más cercanos.

Por eso la premura de Barraza. Traía la orden de desalojo inmediato para los seis militantes
que esperaban allí arriba por su entrenamiento. Kiko, ex cadete naval, era uno de los
dirigentes del grupo más radical del PS, el que ya no confiaba en que la democracia del
voto sería respetada ni por los grupos económicos ni por Estados Unidos, y había decidido
prepararse para enfrentar ese momento. Pero la decisión de los principales jefes de su grupo
fue replegarse. Y Barraza, disciplinado, obedeció.

El detalle de lo que ocurrió a partir de entonces ha sido reconstituido en gran parte en esta
investigación en voces de sus principales protagonistas. No está claro por qué el grupo no
bajó de inmediato tras la llegada de Barraza. Pudo haber sido la lluvia persistente que cayó
en esos días, el tiempo que llevó guardar armas y alimentos y deshacerse de manuales. El
hecho es que no partieron de inmediato. Y a la mañana del tercer día, cuando estaban
próximos a emprender la marcha, Barraza anunció que antes bajaría a limpiar el primer
campamento, cercano al camino maderero que bordea la costa, prometiendo regresar
pronto.

1
Fue la última vez que el rostro inescrutable de Barraza fue visto por sus compañeros.

Unas horas después, mientras el resto del grupo esperaba su regreso, el campamento
principal fue tomado por asalto por boinas negras del Regimiento Cazadores de Valdivia.

Los seis aspirantes a guerrilleros huyeron a duras penas durante tres días por el bosque y
finalmente cayeron en manos de Carabineros. De Barraza no se supo más. Su huella se
perdió para siempre en los bosques de Valdivia.

Jorge Federico Barraza Barry, a quien todos -dentro y fuera del partido- conocían como
Kiko, pasó a ser una figura fantasmal, legendaria, misteriosa, de la que se hablará durante
muchos años en voz baja. Su caso, que pareció anunciar el de cientos de otros
desaparecidos tras el Golpe de Estado, ha permanecido oculto por cuatro décadas. A 37
años de ocurridos los hechos, esta es la primera vez que se reconstituye la historia del grupo
que soñaba con seguir los pasos del Che Guevara en la selva austral.

Cadete Barraza
En principio quiso ser marino, no guerrillero. El ejemplo de su padre, el destacado
submarinista Federico Barraza Pizarro, caló hondo en el primogénito de la familia. Nacido
en Valparaíso en octubre de 1942, la infancia de Kiko trascurrió entre Arica y Talcahuano,
donde su padre escribió un capítulo de la historia del fútbol profesional chileno: un 21 de
mayo de 1944, el entonces teniente primero de la Armada fundó junto a otros cinco
oficiales de marina el Club Deportivo Naval de Talcahuano.

Kiko también fue aficionado al fútbol, aunque en el colegio destacó más como poeta. Era lo
que mejor sabía hacer. Escribir versos tiernos que regalaba a familiares y compañeras de
colegio. La política todavía no era un tema en su vida y menos lo fue desde que en 1958
ingresó a la Escuela Naval.

El Indio, como apodaban al cadete Barraza Barry por su piel morena y porte medio, siguió
escribiendo poemas y cultivó, además del fútbol, la natación y el waterpolo. El de Kiko
Barraza parecía un destino trazado en línea recta, sin interrupciones ni sobresaltos. Pero las
cosas cambiaron abruptamente a fines de 1960. Por problemas de rendimiento académico y
después de una permanencia de tres años y tres meses, Barraza pidió su retiro voluntario de
la Escuela Naval. El 10 de marzo de 1961, un pequeño drama se desató en su familia.

-Era el que tenía más aptitudes, y además, por ser el mayor de los hombres, fue un golpe
importante -dice su hermano Alejandro, quien también pasó por la Escuela Naval y corrió
una suerte similar. Hoy trabaja en una empresa naviera en Santiago.

De vuelta con sus padres, instalados en Santiago en una casa institucional de la Armada en
la calle Pedro Canizzio en Vitacura, el muchacho consiguió un puesto en el Banco del

2
Estado y se relacionó con una familia vecina de raigambre socialista y afición futbolera que
será decisiva para todo lo que vendrá después.

Los Durán Vidal formaban parte de una familia numerosa y diversa, de inquietudes muy
distintas a la de Kiko: Mario, el mayor, estudiaba Ingeniería. Le seguían Jaime, estudiante
de Medicina; Horacio, uno de los fundadores del conjunto Inti Illimani; y Claudio, que se
especializará en Filosofía. Los cuatro hermanos ejercían una fuerte atracción en el barrio al
que llegó a vivir el ex cadete naval. Jugaban en el “Lo Castillo Fútbol Club” y eran primos
de Hernán, Pedro y Luisa Durán (esposa de Ricardo Lagos). Aparte de jugar con sus primos
en el mismo club de barrio, Hernán representaba a la juventud del Partido Socialista en la
comuna.

De esta forma, que en principio fue estrictamente deportiva, Kiko Barraza accedió a un
mundo que hasta entonces le era completamente ajeno.

“No me cabe ninguna duda de que se hizo socialista por nosotros”, dice hoy el médico
Jaime Durán Vidal, quien fue su amigo desde comienzos de los ‘60 y lo recuerda como un
wing izquierdo regular, más bien malo, aunque muy impetuoso y esforzado.

-Por esto del fútbol empezó a tener conversaciones con nosotros y a interesarse por la
política. En una primera instancia, y esto era curioso, él decía que era nazi, que le gustaba
lo que había hecho Hitler. En el fondo, encontrábamos que aquello era más bien parte de
una locura juvenil que de un análisis profundo e ideológico. Porque un día, por ahí por
1963, en una de esas marchas que se hacían contra el entonces presidente Jorge Alessandri,
Kiko fue con nosotros. De ahí en adelante empezó a manifestarse y a tomar simpatía por la
izquierda chilena -relata Jaime Durán.

Era el ocaso del gobierno de Alessandri, quien concluía su mandato con un fuerte
descontento social, y el antiguo cadete dejaba su puesto en el Banco del Estado para
matricularse en la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad de Chile.

En las antiguas y señoriales dependencias de calle República, a nadie se le ocurrió decirle


El Indio. Para los más amigos en el partido y fuera de él, Barraza Barry era Kiko o El
Negro.

De la Armada al trabajo clandestino


El economista Sergio Arancibia, uno de sus grandes amigos en la universidad, recuerda que
desde el primer año mostró una militancia activa. “Era un hombre de pocas palabras,
reservado, más bien tímido, no se destacaba como orador. Su compromiso político lo
expresaba trabajando”, relata.

Ambos militaban en la Brigada Universitaria Socialista y asistieron al giro histórico que


experimentó el partido desde mediados de los ‘60. Marcados por la reciente derrota

3
electoral de Salvador Allende frente a Eduardo Frei Montalva y su “Revolución en
Libertad” en 1964, y especialmente por la experiencia de la Revolución Cubana y la
irrupción de la tesis del foquismo guerrillero impulsada por Ernesto ‘Che’ Guevara, los
cuadros más jóvenes y radicalizados lograron importantes cuotas de influencia para
imponer la vía armada como método de acceso al poder. Esa voluntad, que fue esbozada en
el Congreso de Chillán de 1967, se materializó un año después con la primera huelga legal
campesina que terminó con la toma del fundo San Miguel de San Felipe.

La masiva huelga, que se tradujo en la primera ocupación armada y derivó en un duro


enfrentamiento entre campesinos y fuerzas policiales, dio origen a una fracción militar
socialista, de carácter compartimentado y secreto, que respondió al nombre de Organa.
Conformado por militantes provenientes de la Comisión Agraria y la Brigada Universitaria
Socialista, el grupo liderado por Rolando Calderón y Exequiel Ponce generó una fuerte
atracción entre los jóvenes militantes.

A diferencia de los elenos, que surgieron como una estructura de apoyo logístico al Ejército
de Liberación Nacional (ELN) que el Che Guevara fundó en Bolivia, los cuadros de la
Organa tenían un carácter menos instrumental y dependiente del régimen cubano.
Transitaban por carriles distintos, en apariencia inconexos, pero en medio de la
efervescencia que desataba la reforma agraria, los nexos entre ellos se fueron acercando
hasta derribar diferencias políticas.

Como los elenos -representados por Arnoldo Camú, Elmo Catalán y Beatriz Allende, la hija
menor del ex Presidente-, algunos de los líderes de la Organa cumplieron instrucción
militar en Cuba y de vuelta transmitieron su experiencia en cursos clandestinos. Al
principio de manera tímida y precaria; poco después, con el advenimiento del fin del
gobierno de Frei Montalva, de forma más resuelta y organizada.

De todo este proceso, que marchó a la par con la aventura guerrillera del Che Guevara en
Bolivia, participó activamente Kiko Barraza.

El antiguo cadete naval, a quien sus compañeros de partido y universidad recuerdan como
un joven reservado y de bajo perfil, rasgo que a la vez inspiraba respeto, cariño y confianza,
fue asumiendo un compromiso creciente con las tareas militares del partido. Su
personalidad favorecía el necesario sigilo que demandan las actividades conspirativas.

Pocos supieron de su frustrado paso por la Armada, para qué decir de su afición por la
poesía y su relación amorosa con una bibliotecaria de la escuela. Jaime Durán, que lo
conoció muy de cerca, no recuerda haberle conocido pareja:

-Era tímido, muy aproblemado con las mujeres. Por eso nunca tuvo una polola. Había algo
extraño en su estructura de personalidad. Cuando íbamos a las fiestas y bebía alcohol, se

4
quedaba petrificado, para adentro. No decía una palabra. Kiko era una persona muy
introvertida pero también muy confiable, de una gran lealtad. Muy buen amigo.

La vida íntima de Kiko Barraza fue un misterio para muchos en la Facultad de Economía y
Negocios. Algunos incluso, guiados por las apariencias, creían ver en él a un muchacho
apocado y de esfuerzo proveniente de alguna comuna popular. Esa faceta, en apariencia
impenetrable, tenía su contraparte en su círculo íntimo de amistades, todas ellas
relacionadas con la juventud del partido.

El senador socialista Ricardo Núñez, que entonces daba clases en la carrera de Sociología
en la Universidad de Chile y era afín a la Organa, recuerda haber asistido a fiestas en la
casa de Barraza en Vitacura. También conserva la grata impresión que le dejó el contacto
con su familia y en especial Marta Barry, la madre de Kiko, a quien define como “una
señora encantadora”.

Alejandro Barraza testifica que en su familia todos conocían de las actividades políticas de
su hermano mayor. No era ningún secreto ni motivo de conflicto con sus padres, no
obstante que éstos tenían posiciones más bien conservadoras.

Barraza sostiene que Kiko “a veces llegaba a dormir con obreros y estudiantes modestos” y
que su padre, entonces encargado del Departamento de Bienestar Social de la Armada, solía
prestarle su Volkswagen rojo para realizar actividades políticas.

“En la casa todos entendían y aceptaban en lo que andaba, aunque no lo compartieran”,


dice su hermano Alejandro. Pero una cosa muy distinta es que su familia supiera
exactamente en qué estaba involucrado.

Comenzaron a intuirlo a fines de 1969, cuando la madre de Kiko recibió una carta remitida
por éste desde la entonces República Democrática Alemana (RDA), donde le decía que
estuviese tranquila, que tardaría un tiempo en volver, pero volvería. Por cierto, Kiko
Barraza no estaba en la RDA, sino en Valdivia.

Los pioneros
Hernán Coloma fue uno de los últimos en ver con vida a Kiko Barraza. Coincidió con él en
Valdivia, poco antes de que éste subiera al campamento de Chaihuín con la misión de
desalojarlo. Coloma pertenecía a la Organa y había participado de la ocupación armada al
fundo San Miguel. Esa fue su primera y única experiencia estrictamente combativa.

Después de ese bullado episodio, pasó a la clandestinidad y siguió en contacto con Barraza,
a quien había conocido en la Brigada Universitaria Socialista.

Cuenta Coloma que en esos meses de clandestinidad, que se prolongaron por casi un año,
en más de una ocasión Barraza lo ayudó a eludir el acoso policial. Acostumbraba a

5
movilizarse en el Volkswagen de su padre, acompañado por su mejor amigo en la Brigada
Universitaria Socialista, el estudiante de Sociología Ramón Silva, y era común que en
situaciones como esas anduviese armado. Después volvieron a verse las caras en el
campamento de Chaihuín.

Renato MoreauColoma fue uno de los dos fundadores del campo de instrucción militar. El
otro fue Renato Tata Moreau, también protagonistas de la toma del fundo San Miguel.
Ambos tuvieron la misión de elegir el lugar y trabajar en su implementación durante varias
semanas. Ambos también pasaron largas temporadas al interior de la selva austral.

“Éramos militantes muy disciplinados”, dice Hernán Coloma, periodista y actualmente


funcionario del Servicio de Vivienda y Urbanismo, SERVIU.

-Como habíamos sido probados en la ocupación del fundo San Miguel y resistimos bien la
tortura, fuimos ‘mandatados’ por Rolando Calderón para que exploráramos la zona y
levantáramos el campamento. La idea no fue armar un foco guerrillero. Como se venía la
elección presidencial y era probable que Allende triunfara, postulábamos que ni la derecha
ni Estados Unidos iban a aceptar un gobierno socialista. Estábamos seguros de que iba a
venir un golpe -como de hecho ocurrió- y había que prepararse militarmente para eso.

La construcción del campamento llevó un par de meses y demandó el apoyo de una


estructura formada en Valdivia y de unos cuantos lugareños que estaban al tanto de los
planes. Hubo que reclutar carpinteros y trasladar víveres, materiales y pertrechos por un
sendero estrechísimo y tupido que nacía en el camino maderero de la costa de Chaihuín, 38
kilómetros al sur de Corral. Debido a la espesa vegetación, no había modo de avistarlo
desde el cielo. El campamento contaba con atalayas para vigías, cabañas y polígono de tiro,
y tenía además una pantalla perfecta: como cada año, desde enero de 1970, cientos de
jóvenes universitarios vinculados a la FECH volvieron al lugar para retomar la campaña de
alfabetización en zonas campesinas iniciada el último verano. En vísperas de la más cerrada
elección presidencial, la convocatoria superó todas las expectativas.

De esta última tarea, el reclutamiento y traslado de estudiantes desde Santiago, estuvo a


cargo Kiko Barraza.

Perros días
Entre los testimonios recopilados no hay coincidencia acerca de cuantas veces estuvo
Barraza en el campamento. Lo que sí está claro es que Kiko sabía de sobra cómo llegar y
que nunca permaneció demasiado tiempo arriba. Tampoco nadie tiene dudas de que todo lo
que se enseñaba ahí ya lo había aprendido en su paso por la Armada.

La instrucción militar estaba confiada a un oficial de Ejército al que llamaban El Tapilla.


De baja estatura -de ahí el apodo- y modo prepotente, El Tapilla estuvo encargado de la

6
construcción del polígono y de las prácticas de tiro con rifles y revólveres. Además,
apoyado por jefes como Jaime Solano y Tata Moreau, entregaba nociones básicas de
defensa personal, manejo de explosivos y seguridad. En apariencia se trataba de un
campamento guerrillero de proporciones.

Al dar cuenta del hecho, El Mercurio informó que el lugar estaba compuesto por “una
comandancia, seis carpas dormitorio, un polvorín, una sala de clases, atalayas y puntos de
vigía”. Entre las armas encontradas había morteros, dos carabinas Winchester 44, un rifle
Decco calibre 22 y dos pistolas Mauser y una Tala, además de municiones, mechas,
granadas, cartuchos de dinamita y relojes de tiempo. El inventario subversivo -según la
misma fuente- se completaba con una bandera del Movimiento de Izquierda
Revolucionario, planos de la zona, libros sobre Carlos Marx, Mao Tse-Tung y Ernesto
‘Che’ Guevara, y panfletos que proclamaban la “Guerra de Guerrillas”.

Frente a todo esto, el ministro del Interior de la época, Patricio Rojas (actual presidente del
Sistema de Empresas Públicas, SEP), aseveró que “el grupo guerrillero recibía apoyo de
una organización muy amplia y que sus fines eran instruir gente para un asalto al poder”.

En la intimidad, sin embargo, la realidad que se vivía al interior del campamento era
bastante menos espectacular. Hernán Coloma sostiene que las armas en poder del grupo
eran escasas y demasiado ligeras como para haber pretendido siquiera un enfrentamiento.
Además, la preparación militar era muy elemental, y más de algún alumno tuvo que ser
obligado a dejar el lugar por indisciplina, incapacidad o falta de convicción.

A lo anterior se suma un factor determinante. Si en un comienzo las cosas funcionaron con


cierta normalidad, impulsados por la mística y espíritu de pioneros de la revolución que los
envolvía, con el correr de los meses el ambiente se deterioró severamente. Aparte de la
escasez de alimentos, que en rigor se reducían a un plato lentejas y un trozo de pan sin sal,
las temperaturas fueron cada vez más bajas y las lluvias más intensas. Las pocas mujeres
que llegaron por obra de Barraza habían regresado y ya nadie quería seguir leyendo libros
sobre marxismo.

En estas condiciones, a partir de marzo, el campamento experimentó lo que Coloma define


como “una descomposición”: acusaciones de robo de alimentos, fracciones, peleas y serias
dudas acerca de la calidad de infiltrado de El Tapilla, contaminaron al grupo.

“Siempre vi a El Tapilla como un bicho de otro pozo, un infiltrado, era demasiado


evidente”, sostiene Coloma, quien además, por sus contactos en la zona, tenía antecedentes
de que el lugar había sido detectado.

Coloma afirma que Rolando Calderón, responsable máximo del campamento, también fue
alertado. Lo propio dice haber hecho Moreau, quien viajó a Santiago a tratar el tema con la
dirigencia de la Organa.

7
-Yo bajo a una reunión nacional de nuestro grupo, la que tenemos en el mismo local del PS,
y planteo que se rompen todas las reglas de la conspiración si es que seguimos arriba.
Había dado orden de hacer una cueva para guardar todas las cosas esperando el próximo
año, pero resulta que discuten y deciden que el campamento sigue. Asumo la orden, pero
me acuerdo que fui bastante vehemente en decir que íbamos a caer -recuerda Renato
Moreau.

La orden además conllevaba una complejidad adicional. Mientras el grupo original iniciaba
el descenso, Tata Moreau retornaba al campamento con cinco nuevos muchachos
provenientes en su mayoría de Santiago. Habían sido enviados por disposición de la
jefatura de la Organa.

-Nosotros estábamos aprestándonos a bajar cuando veo venir de vuelta al Tata. Me acuerdo
que eran puros cabros chicos y ahí mismo le digo al Tata que está puro hueveando. Él me
responde que cumple órdenes -testifica Hernán Coloma.

Unas semanas después, mientras recobraba fuerzas en una casa de seguridad en Valdivia,
Coloma se encontró con Kiko Barraza. El encuentro fue breve, solo minutos. Kiko le
alcanzó a decir que tenía orden de desalojar el campamento a la brevedad.

Verdad oficial
Rigo Quezada era uno de esos cinco cabros chicos a los que alude Hernán Coloma.
Entonces tenía 19 años, cursaba último año en el Liceo 9 de El Llano y era dirigente de la
Federación de Estudiantes Secundarios de Chile, FESECH. Hoy tiene 56 años y trabaja en
el Gobierno Regional Metropolitano de Santiago.

Rigo llegó al campamento junto a Víctor Muñoz, un amigo del barrio que también militaba
en la Juventud Socialista.

-Me acuerdo que aún era verano, porque la chapa era ir de campamento, y Víctor, como
para darle seriedad al asunto, me dijo que era una cosa donde estaban metidos los cubanos
–recuerda.

Ya internado en la selva austral, después de sortear un temporal, cayó en la cuenta de que el


asunto no era como se lo habían pintado.

A esas alturas únicamente quedaban lentejas y el instructor brillaba por su ausencia.


Mientras esperaban su llegada, Tata Moreau se ocupó de enseñar técnicas de defensa
personal y manejo elemental de armamento. El resto del día lo mataban leyendo libros
marxistas que a estas alturas estaban deteriorados por efecto del uso y el clima.

Rodrigo Quezada y Hernán Coloma No hay coincidencia acerca del tiempo que permaneció
ese último grupo en la montaña. Las cosas tienden a confundirse después de cuatro décadas.

8
Lo claro es que se avecinaba el invierno y el frío y la lluvia se hacían cada vez más
intensos. Quezada recuerda que su ropa estaba permanentemente húmeda y que los días
transcurrían lentos y silenciosos.

Para anticipar sorpresas, en el sendero de ingreso al campamento, Tata Moreau instaló una
trampa cazabobos: una pitilla disimulada en el camino, conectada a un estopín y a un
detonador, alertaría de la presencia de extraños.

Los días transcurrían como siempre: húmedos, lentos, silenciosos. Hasta fines de la tercera
semana de mayo… ¡Pum!

Al escuchar el estruendo de la trampa, Moreau y sus hombres tomaron posiciones. De


acuerdo con lo planeado, si no había opción de arrancar ante un allanamiento militar o
policial, se defenderían hasta las últimas. Esa al menos era la idea. Esa mañana de mayo,
sin embargo, no hubo necesidad de ponerla en práctica.

Kiko Barraza había tropezado con la trampa.

Rigo Quezada recuerda que el antiguo cadete naval llegó bastante a mal a traer por una
severa gripe y que no demoró en dar a conocer las novedades:

-Nos contó que en un ampliado del Comité Central del PS, un dirigente había reclamado
por la existencia del campamento de Chaihuín. Decía que cómo era posible que mientras el
partido estaba embarcado en la campaña presidencial de Salvador Allende, hubiera
militantes haciendo instrucción de guerrilla en Valdivia.

Con eso quedó claro que el campamento había dejado de ser un secreto y era urgente
desalojarlo. Kiko tenía una sola orden: sacarnos de ahí cuanto antes.

Por alguna razón que Quezada ni Moreau recuerdan con exactitud, el grupo no bajó a la
brevedad. Incluso creyeron conveniente volver a instalar la trampa cazabobos.

Recién al tercer día de la llegada de Barraza, cuando estaban próximos a partir, éste decidió
bajar a un primer campamento cercano al camino costero para deshacerse de papeles y
materiales comprometedores.

A nadie le extrañó que quisiera hacerlo sin compañía. Y el resto estuvo de acuerdo en que
durante la espera de Kiko, realizaran las últimas prácticas de tiro bajo el mando de Tata
Moreau. Las prácticas fueron interrumpidas por un nuevo estruendo.

¡Pum!

Alguien había vuelto a tropezar con la trampa cazabobos y esta vez no era Kiko sino un
grupo de boinas negras que se anunció con fuego graneado.

9
Los seis aspirantes a guerrilleros, siguiendo un plan de evacuación previamente trazado,
huyeron con lo puesto y unas pocas armas. La idea era resistir hasta las últimas, como
combatientes ejemplares, pero estuvieron muy lejos de protagonizar algo parecido a eso.

Tres días después, cuando cayeron en manos de Carabineros, la prensa informó que “sus
rostros se veían demacrados” y “sus ropas y zapatos estaban totalmente despedazados”.
También informó que aunque únicamente eran seis los detenidos, un contingente de 300
carabineros y un número poco menor de militares pertenecientes al Regimiento Cazadores
de Valdivia seguían peinando la zona en busca de otros extremistas.

Con el correr de los días, a partir de la declaración coincidente de los detenidos, quienes
nunca dieron cuenta de la presencia de un séptimo hombre, quedará establecido como
verdad oficial que esos seis eran los únicos insurgentes presentes en la zona.

¿Dónde está Kiko?


Recién un mes después de caer detenido, cuando le fue levantada la incomunicación,
Renato Tata Moreau tuvo oportunidad de preguntar por Kiko Barraza. Hasta entonces creía
que el ex cadete naval, con más preparación que todos ellos, había logrado escapar en
medio de la selva y se encontraba a salvo.

-Al enterarme de que no había señales de Kiko, envío un mensaje a Rolando Calderón
diciéndole que había que denunciar el caso, pero de vuelta me envían una orden de que no
lo haga. Y por tanto, no lo hice…

Yo siempre esperé y peleé para que Calderón, el jefe nuestro, lo reconociera -dice hoy
Moreau.

El hecho es que aunque hubo diversos operativos de búsqueda en la zona, ningún dirigente
socialista reconoció jamás públicamente la desaparición de Kiko Barraza. Ricardo
Calderón, que fue secretario general de la otrora poderosa CUT, hombre clave en el
gobierno de Salvador Allende y hoy gobernador provincial de El Elqui, rehusó hablar con
CIPER de esta historia.

En su momento, a cuatro meses de la elección presidencial, se argumentó que el caso era


contraproducente para Salvador Allende, quien tenía serias posibilidades de ser electo
después de tres intentos frustrados. La campaña electoral había multiplicado la agitación
política en el campo y en la ciudad, exacerbando las pasiones a niveles jamás vistos. Jorge
Alessandri corría solo por la derecha mientras que en la centro izquierda, Allende y
Radomiro Tomic, candidato de la Democracia Cristiana, se disputaban palmo a palmo los
votos.

10
Un mes después del descubrimiento del campamento de Chaihuín y de la desaparición de
Kiko Barraza, en junio de 1970, los militantes socialistas de la Organa y los elenos se unían
en una sola fracción cerrando filas detrás de la candidatura presidencial de Allende.

Mientras en el resto de Latinoamérica la izquierda marxista postulaba mayoritariamente la


vía armada para llegar al poder, en Chile, la alianza de marxistas, cristianos de izquierda y
radicales lograban consolidar una coalición que sólo había tenido un referente anterior en el
mundo: los Frentes Populares de España y Francia.

La caída del campamento y su vinculación directa con el Partido Socialista -el mismo del
candidato presidencial que prometía nacionalizar el cobre, estatizar empresas estratégicas
del país y un paquete de transformaciones revolucionarias a través de la vía pacífica-
complicó las aspiraciones de Allende. De ahí que el partido desconociera la filiación
socialista de los seis jóvenes detenidos y, de paso, optara por mantener el caso de Kiko
Barraza en completa reserva.

Tampoco ayudó la actitud asumida por la familia de Kiko. Aunque Alejandro Barraza dice
que su padre realizó gestiones con el almirante Raúl Montero, quien era un gran amigo y
asumió la comandancia en jefe de la Armada tras la asunción de Allende, éstas siempre se
mantuvieron en un ámbito confidencial. Jamás hubo denuncia formal por el caso, ni en
tribunales ni ante la prensa.

La desaparición del dirigente socialista universitario fue un hecho asumido y superado por
los días frenéticos en que se sumergió el país. Sólo unos pocos siguieron ocupados de lo
ocurrido en Chauhuín.

A principios de 1971, cuando recuperó su libertad, Renato Moreau se contactó con los
padres de Barraza para explicarles cómo habían ocurrido los hechos.

-Yo les conté a sus padres toda la historia, tal cual… Yo sabía que el Kiko había estado en
la Armada. Y cuando hablé con su padre, él trato de tirarme la lengua diciendo “bueno,
todos entendemos cuando alguien traiciona que lo fusilen”. Y tuve que explicarle que no,
que nosotros no habíamos fusilado a nadie, que le teníamos mucha estima…

Lo propio hizo Rigo Quezada. Ramón Silva, uno de los grandes amigos de Kilo, incluso
acompañó al padre de éste en una expedición de búsqueda por la zona. No fue la única
operación de este tipo. Porque uno de los máximos dirigentes de los elenos, Ricardo
Maximo Pincheira, también recorrió la zona una y otra vez con un equipo de búsqueda.
Tampoco encontraron su rastro. Maximo no imaginaba que tres años más tarde moriría
brutalmente y que su rastro desaparecería en una fosa clandestina al decidir resistir el
ataque golpista junto a Salvador Allende en La Moneda.

Ésta y otras gestiones condujeron siempre al mismo sin sentido: Jorge Barraza Barry
desapareció misteriosamente, sin dejar rastro, en medio del allanamiento militar.
11
Otro de los hombres de esta historia que también desapareció –pero antes de que fueran
descubiertos- ya que ninguno de los protagonistas del campamento y de la Organa volvió a
saber de él, fue El Tapilla. Una nube de interrogantes y misterio envuelve hasta hoy al
oficial de Ejército que los instruía en manejo de armas.

Renato Moreau cree factible que Kiko haya sido asesinado y hecho desaparecer por el
comando de boinas negras que asaltó el campamento y “peinó” la zona. Pero a la vez
postula que también es posible que huyendo del cerco militar, Barraza haya caído en un
barranco. Una percepción algo parecida a la de Rigo Quezada:

-Por el fuerte resfrió con que llegó al campamento, puede que haya intentado huir del
alcance de los militares y en ese intento pudo haberse perdido. Enfermo y sin alimentos, no
podía sobrevivir en esa selva fría y lluviosa…

Casi nadie duda, como en algún momento algunos sospecharon por la relación de los
hechos, que Kiko Barraza pudo ser un infiltrado de la Armada en el Partido Socialista. Su
hermano Alejandro sostiene que en ese caso habría aparecido en algún momento, que no
habría dejado que su madre viviera con una pena que la mató en vida.

Alejandro y sus hermanos, entre los que se cuenta un oficial en retiro de la Armada,
prefieren pensar que simplemente enfermó y cayó muerto en algún lugar de la selva austral.
Y piensan que en caso de que las cosas se hubieran desarrollado de un modo distinto, Kiko
Barraza podría haber sido un marino ejemplar en vez de un mártir que nadie o casi nadie -
con excepción de un grupo de campamento de verano en Valdivia que lleva su nombre.

Al menos para Moreau, uno de los últimos en verlo con vida, la desaparición de su amigo
lo hace recordar cómo entendían ambos la tarea en que se hallaban inmersos: “En ese
tiempo, los dos estábamos en el concepto de que íbamos a morir de todas maneras, que era
muy difícil llegar al final. Entonces teníamos bastante asumido sicológicamente que
cualquiera de nosotros podía caer…”

Así será, pero para efectos legales, a casi cuatro décadas de su desaparición, Jorge Federico
Barraza Barry aún sigue formando parte del mundo de los vivos.

Recuperado de:

http://ciperchile.cl/2007/11/12/el-ex-cadete-nava-que-desaparecio-misteriosamente-en-un-
campamento-guerrillero-antes-de-allende/

12