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FUNCIÓN DE UN SISTEMA DE PRODUCCIÓN SUSTENTABLE?

Es aquella en la que el sistema mismo genera los recursos necesarios para mantenerse a largo
plazo. En otras palabras, es la actividad que permite tener una producción de alimentos y de fibras
vegetales, sin poner en riesgo la conservación de recursos naturales ni la diversidad biológica y
cultural para las futuras generaciones, provee las fibras y alimentos necesarios para el ser
humano; es económicamente viable y mejora la calidad de vida de los agricultores y la sociedad en
su conjunto”.

Las tres principales secuelas que deja el mal uso agropecuario son: la degradación de los suelos, la
contaminación del ambiente y la destrucción de la bio-diversidad.

Los sistemas de producción sustentable se apoyan en un sistema de producción que tiene la


aptitud de mantener la productividad y ser útil a la sociedad a largo plazo, cumpliendo los
requisitos de abastecer adecuadamente de alimentos a precios razonables y de ser
suficientemente rentable como para competir con la agricultura convencional; y ecológicamente
de preservar el potencial de los recursos naturales productivos.

CRITERIOS PARA CONSIDERAR UN SISTEMA AGRÍCOLA SUSTENTABLE

Como primera instancia, antes de realizar el sistema agrícola sustentable, es preciso que tenga en
cuenta los siguientes puntos:

Diagnosticar la zona. Clasificar y obtener información de los principales factores que definen los
recursos naturales renovables (RNR) de la zona, usar como variables la topografía, el suelo, la
vegetación, los cultivos, las prácticas de uso del suelo y las zonas de asentamientos humanos.

Evaluar las características socioeconómicas y culturales de la zona. Cuando el grupo de estudio es


la familia se clasifican factores (variables) como miembros integrantes, edad, escolaridad,
participación en la producción alimentación, forma de recreación.

Determinar las prácticas de producción agropecuaria y forestal. Se requiere información acerca de:
tenencia de la tierra, extensión de superficie cultivada, estadísticas de producción agropecuaria y
forestal, forma de financiamiento y técnicas de producción, comercialización e industrialización.

Posterior al diagnostico se determina el tipo de explotación agrícola que se va a ejecutar, la


infraestructura los recursos y el estudio de costos y mercado estudio de costos y mercado.

EL VALOR DE ESTUDIAR LOS SISTEMAS TRADICIONALES DE PRODUCCIÓN


La Etnociencia es el sistema de conocimiento surgido de un grupo étnico de manera local y
natural, ha demostrado que el conocimiento del campesino local sobre el medio ambiente, la
vegetación, los animales, y los suelos, puede ser muy detallado. El conocimiento campesino de los
ecosistemas genera a menudo estrategias multidimensionales y productivas de uso del suelo que
resultan con ciertas limitaciones ecológicas y técnicas en la autosuficiencia alimentaria de algunas
comunidades. Una vez entendidas las características ecológicas de la agricultura tradicional a
saber, su capacidad para enfrentar riesgos, la eficacia que tienen las mezclas simbióticas de
cultivos en la producción, el reciclaje de materiales, la dependencia de los recursos locales y el
germoplasma, y la explotación de un amplio margen de microambientales es posible obtener
información muy importante para el desarrollo de estrategias agrícolas adecuadas a las
necesidades, preferencia y recursos de grupos específicos de agricultores y agroecosistemas
regionales

PROCESOS AMBIENTALES DEBEN OPTIMIZARSE EN LOS SISTEMAS DE PRODUCCIÓN SUSTENTABLE

Reducir la demanda de la madera mediante conservación, mejorando las estufas para el secado de
la madera y combustibles alternativos;

Utilizar chapas, madera terciada, y aglomerado más eficientes, y reciclar los desperdicios de la
madera;

Hacer mayor uso de las especies forestales mediante la expansión de las tecnologías de
procesamiento, y el desarrollo de los productos y mercados;

Desarrollar las plantaciones para aumentar la producción de los recursos forestales igníferos;

Implementar programas forestales comunitarios y de reforestación, realizados por los propietarios


de las tierras, a fin de producir artículos de madera;

Desarrollar el ecoturismo como una manera rentable y sustentable de utilizar los bosques
tropicales;

Fomentar el procesamiento local para aprovechar los beneficios adicionales, en vez de promover
las políticas que enfatizan la explotación, a corto plazo, de los árboles;

Utilizar, completamente, los árboles que se destruyen (que, a menudo, se desperdician) durante el
desbroce del bosque para otras actividades no forestales (p.ej. represas y reservorios,
construcción de caminos, desarrollo industrial y urbano, etc);

Intensificar la producción agrícola y la reforestación en los suelos fértiles o en las áreas que hayan
sido
CRISIS ALIMENTARIA, AGROINDUSTRIA Y AGROECOLOGÍA

Francisco Javier Velasco

La perspectiva de los precios de los alimentos en el mundo inspira desolación y llama al combate
por un mundo nuevo (pocos indicadores económicos, si es que hay alguno, son tan sensibles
políticamente). En el contexto de crisis alimentaria que azota a nuestro planeta se hace necesario
poner de relieve el hecho de que el hambre y la desnutrición no son efecto de la fatalidad, de un
accidente, de un problema de la geografía o de los fenómenos climatológicos. Son el resultado de
haber excluido a millones de personas del acceso a bienes y recursos productivos tales como la
tierra, el bosque, el mar, el agua, las semillas, la tecnología y el conocimiento, de haber degradado
sus culturas y ecosistemas. Aunque se puede considerar la concurrencia de otros factores a la hora
de explicar la génesis de la crisis alimentaría actual (el aumento en el precio de los hidrocarburos,
el crecimiento de la demanda de alimentos en China e India, etc.), debemos admitir que lo
determinante han sido las políticas neoliberales (económicas, agrícolas y comerciales) a escala
mundial, regional y nacional, impuestas por los poderes capitalistas de los países dominantes, sus
corporaciones transnacionales y sus aliados en el Asia, África y América Latina, en su afán de
mantener y acrecentar su hegemonía política, económica, cultural y militar en el actual proceso de
reestructuración económica global; a ello se suma la creciente utilización industrial de los
alimentos como insumos para la producción de combustibles Esas políticas han aumentado las
ventas y las ganancias de los poderes económicos imperialistas, mientras que nuestros pueblos
han visto crecer su deuda externa y los sectores populares han aumentado sus niveles de pobreza,
miseria y exclusión por todas partes. Se ha acelerado el ritmo de concentración del mercado
agrícola internacional en unas pocas empresas transnacionales, aumentando simultáneamente la
dependencia e inseguridad alimentaria de la mayoría de los pueblos. Las empresas trasnacionales
adquieren productos a muy bajos precios para venderlos a precios mucho más altos a los
consumidores tanto del sur como del norte. Las políticas neoliberales han desencadenado una
auténtica guerra contra las agriculturas campesinas e indígenas que, en algunos casos, llega a
configurar un verdadero genocidio y etnocidio.

En los últimos decenios el factor principal que ha moldeado la sociedad y la economía rural de
América Latina y el Caribe ha sido el cambio en los sistemas de producción. De un modelo basado
en la substitución de importaciones y la industrialización interna se ha pasado a otro basado en la
apertura externa, la promoción de exportaciones y la liberalización. La globalización de las
economías de la región ha incrementado las oportunidades de ingresos de aquellos países con
ventajas comparativas y sectores exportadores bien incorporados a los mercados internacionales
como ha sido el caso para ciertos vegetales y productos hortícolas (México), para las frutas de
zona templada, el vino y los productos forestales (Chile), para la carne (Argentina), para la soya y
el jugo de naranja (Brasil), para las flores y otros productos no tradicionales (Centroamérica,
Colombia y Ecuador). También se ha incrementado la producción de productos agrícolas
destinados a la agroindustria y al procesamiento de alimentos para el mercado interno y externo.
Pero han perdido importancia las producciones de alimentos más tradicionales para el mercado
interno (cereales, tubérculos, productos pecuarios tradicionales) que no han podido competir con
las importaciones provenientes de países poderosos con agriculturas a menudo subsidiadas. Se ha
modificado la estructura social del agro latinoamericano y caribeño; han sido fundamentalmente
los agricultores capitalistas modernizados los que se han beneficiado de estas nuevas
oportunidades puesto que contaban con el acceso a los recursos financieros, de tierra, de
tecnología y de organización necesarios para estas producciones y las posibilidades de acceso a
estos nuevos mercados. En cambio los productores familiares campesinos, en la mayor parte de
los casos, disponían de recursos de baja calidad, dificultades de acceso al crédito y al seguro,
escasez de tierras apropiadas, carencia de tecnologías adaptadas a su situación así como de
información sobre los mercados, además de altos costos de transacción. En relación al enorme
sector de campesinos con y sin tierra que en América Latina y el Caribe representan hoy día una
parte inmensamente mayoritaria de los habitantes del campo, la progresiva ausencia del papel de
apoyo del Estado ha profundizado la brecha entre la agricultura campesina y la agricultura
empresarial. La tendencia monopolizadora y globalizadora del capital financiero y especulativo
que asume hoy en día una posición central en todos los negocios internacionales, ha conducido a
la elevación de las tasas de interés que afectan la tasa de ganancia del capital industrial y agrícola,
disminuyendo la inversión productiva y afianzando el dominio del capital financiero, etc. El
proceso conduce a la quiebra de la pequeña y mediana industria y, en general, a la exclusión de la
producción orientada hacia el mercado interno, lo que deprime aún más el empleo y los salarios.
La producción industrial y agrícola está dirigida al mercado mundial y no al nacional. Claramente
esto se vuelve contra nuestros pueblos que terminan "resolviendo" sus necesidades de
alimentación con importaciones y a precios elevados en medio de una profundización de los lazos
de dependencia que los atan a los centros de poder mundial.

Los grandes proyectos de las empresas transnacionales agroindustriales se enmarcan en la


estrategia general de saqueo de recursos naturales llevada a cabo por el capital internacional y sus
socios locales en América Latina y el Caribe. Como consecuencia de ello la destrucción de
ecosistemas en nuestro continente ha alcanzado una escala nunca vista hasta ahora. Este proceso
se está dando de modo similar en diferentes países de nuestra región, conformando en algunos
casos verdaderos modelos de operación, donde las transnacionales, con una inversión mínima se
llevan recursos de enorme valor, dejando un saldo de contaminación y destrucción ecológica y un
empeoramiento de las condiciones económicas y de salud de las poblaciones afectadas directa o
indirectamente por su accionar. Sumándose a esta arremetida de las transnacionales que operan
en el ámbito de la extracción de recursos y la biopiratería, los gobiernos locales impulsan políticas
que favorecen la emergencia de promociones de técnicos y profesionales al servicio de la inversión
extranjera, el juego de la "competitividad" de los países y el crecimiento de las exportaciones de
las empresas transnacionales. De esta manera se configura un cuadro de alianzas y situaciones -
entre grandes corporaciones en busca de la máxima rentabilidad, organizaciones económicas
intergubernamentales instrumentalizadas por el gran capital para la obtención de sus fines,
gobiernos y políticos locales obsecuentes, legislaciones débiles o inexistentes, desinformación y
ausencia de espacios de participación ciudadana real- que contribuye a fortalecer el despojo de
recursos y biodiversidad, acompañado de un constante deterioro de las condiciones económicas y
sociales de sectores mayoritarios de la población. En el caso de los proyectos extractivos su
desarrollo exige ocupar e intervenir inmensas extensiones de territorio, utilizar enormes
cantidades de agua pura y emplear substancias tóxicas de modo intensivo. La satisfacción
combinada de estas necesidades implica la destrucción de vastos ecosistemas y un deterioro grave
de las condiciones de vida de las comunidades afectadas, que incluso pueden verse privadas del
acceso a recursos vitales como el agua y los recursos marinos. A las emisiones nocivas lanzadas por
estas industrias al aire, al agua y los suelos, se agrega la contaminación con plaguicidas y
transgénicos (organismos genéticamente modificados) de los monocultivos. Además de provocar
serios problemas de salud y deterioro de las condiciones de vida a poblaciones campesinas de
varios países, la aplicación masiva de agroquímicos está produciendo daños de otro tipo que en un
futuro no tan lejano agravarán el panorama más allá de cualquier predicción. La destrucción de su
hábitat, el uso de plaguicidas y la introducción de cultivos invasores pone en peligro de extinción a
muchas especies vegetales y animales.

A la globalización del mercado de plaguicidas y su expresión en el control de los mercados


nacionales de América Latina y el Caribe corresponde también una globalización de los riesgos
ambientales y de salud asociados a su uso. En efecto el problema principal ya no radica que en la
región se usen plaguicidas prohibidos en otras regiones del mundo sino en la expansión y
armonización de un mercado mundial de plaguicidas cuyos ingredientes activos están asociados a
un perfil toxicológico que puede provocar graves intoxicaciones agudas o un daño crónico a la
salud por su exposición continua y a bajas dosis. Una gran parte de estos plaguicidas pueden
producir desde alergias e irritaciones en la piel y los ojos, hasta problemas tan graves como
cáncer, esterilidad, malformaciones congénitas, daños al sistema inmunológico, los pulmones, el
hígado, los riñones y el sistema cardiovascular, entre otros. En Venezuela se utilizan
constantemente, sin ningún tipo de restricciones, agrotóxicos extremadamente contaminantes y
peligrosos, incluyendo los que forman parte de la denominada “Docena Sucia”, que agrupa a doce
contaminantes orgánicos prohibidos en más de 140 países. Los monopolios que controlan más del
90% del comercio de agroquímicos en el país expenden productos como Gramoxone, Glifosan,
Karate, Atilán, Paratión, pertenecientes a los grupos químicos de los organoclorados,
organofosforados, piretroides y dipiridilos, reconocidos por convenios internacionales como
contaminantes orgánicos persistentes, cuyo uso debe ser eliminado con urgencia. Otros
agrotóxicos de uso frecuente en Venezuela son los productos formulados a base del ingrediente
activo endosulfan, un disruptor endocrino cuya utilización deja graves secuelas en la salud y el
ambiente. En zonas como las que comprenden las localidades de Sanare y Quíbor en el estado
Lara, Pueblo Llano en Mérida, la colonia Tovar en Aragua, El Jarillo en el estado Miranda y los
municipios Páez y Veroes del estado Yaracuy, para nombrar solo algunas, se ha registrado un
alarmante número de casos de envenenamientos, enfermedades, malformaciones y muertes
como consecuencia del uso de plaguicidas en los cultivos.

Las empresas transnacionales de plaguicidas tales como BASF, BAYER, CARGILL, CIBA GEIGY,
DUPONT; MONSANTO, SHELL, y SYNGENTA producen también las semillas transgénicas y son
propietarias de la mayoría de las patentes de biotecnología agrícola, con lo que pueden tener el
control de la agricultura y la cadena alimentaria a nivel mundial. La contaminación transgénica es
un negocio adicional de estas industrias, que por la vía judicial exigen pago a los agricultores cuyos
cultivos accidentalmente se han contaminado con semillas patentadas. Incluso cuando no pueden
cobrar por sus patentes, se benefician con la venta de plaguicidas. Esto es parte de la estrategia
agroalimentaria del capitalismo transnacional que hace del hambre una realidad cotidiana y
mortífera para más de dos tercios de la población mundial, y que para el resto de la humanidad
plantea fórmulas de sobrealimentación y degradación alimentaria. Se trata de una lógica que
combina las miserias y enfermedades derivadas de la escasez con las miserias y enfermedades
propiciadas por el consumo excesivo de grasas o proteínas y la ingestión de sustancias tóxicas
incorporadas a la cadena alimenticia, ya sea por técnicas empleadas en la agroindustria o como
subproducto de la degradación general del ambiente.

En el marco de los cuestionamientos al siniestro complejo agroindustrial de la globalización


capitalista han surgido Es posible que tu navegador no permita visualizar esta imagen. Es posible
que tu navegador no permita visualizar esta imagen. propuestas que impugnan, sólo en parte, su
racionalidad económica. Así han surgido iniciativas que promueven la producción y el consumo de
alimentos ecológicos. Como alternativa a la agricultura y el consumo industrial, consideran la
contaminación ambiental, el agotamiento de los recursos y la crisis del ecosistema propiciados por
esta forma de producir, pero no cuestionan la lógica de mercado que da origen a la agricultura
industrial. Por esa razón la productividad, la competitividad y el aumento de escala productiva
contaminan la producción ecológica. La generalización de alimentos ecológicos en base a las
grandes cadenas de distribución global es una falsa solución que pretende "democratizar" la
alimentación saludable. Coexiste pacíficamente con la agricultura industrial, beneficiándose de su
ventaja comparativa en los segmentos de mercado de alto poder adquisitivo. Aparenta resolver
los problemas de inseguridad alimentaria. No combate el hambre ni elimina la comida basura sino
que las necesita para diferenciarse en el mercado. Se desentiende de los problemas de la
seguridad y la soberanía alimentaria y pasa a formar parte de la globalización de la alimentación
en manos de las multinacionales.

Como alternativa a las tesis que remiten meramente a la producción y el consumo ecológicos,
aparecen propuestas que defienden la cercanía, el apoyo al comercio local y los circuitos cortos
para proteger del comercio mundial a la economía campesina. Cuestionar la lógica del mercado
mundial en la defensa de los derechos de los campesinos (y también de los consumidores) exige
integrar recíprocamente, por un lado, el derecho a una alimentación suficiente, nutritiva y libre de
plaguicidas y, por otro, la lucha contra la contaminación agraria, los accidentes, los
envenenamientos y las enfermedades derivadas de uso de químicos en las personas más
expuestas, trabajadores, campesinos y sus familiares y descendencia. De lo contrario, la defensa
del modelo campesino se muestra como una solución marginal frente a la promesa que el
mercado hace al agricultor profesional. En este sentido hablamos de una convergencia entre la
agroecología, el consumo responsable y movimientos sociales en pro de la soberanía alimentaria.

La agroecología es en primera instancia el estudio de los agroecosistemas considerados como el


resultado de un proceso coevolutivo entre la sociedad y la naturaleza. La agroecología es también
y en consecuencia una forma de producir alimentos contando con la naturaleza y no contra ella;
que se inscribe en el territorio mediante tecnologías apropiadas (variedades autóctonas y
prácticas protectoras del ecosistema en su conjunto). La agroecología, así entendida, parte de un
principio de austeridad en el uso de insumos, especialmente energéticos, y se apoya en un
conocimiento popular y colectivo con raigambre en la sabiduría y racionalidad campesinas e
indígenas que la modernización capitalista ha desterrado.

En tanto que suma y síntesis de conocimientos, la agroecología es algo más que la combinación y
el uso ecológicamente eficiente de los factores de la producción en la agricultura. Es una vía de
mediación de expresiones culturales que no se fundamenta en una concepción universal de la
relación ser humano-naturaleza, sino en concepciones referidas a contextos geográficos,
ecológicos, sociales y espirituales diversos, propios de culturas más equilibradas e integrales. La
agroecología, como estudio y práctica, trasciende el desarrollismo etnocida y ecocida que impulsa
la agroindustria capitalista transnacionalizada. Numerosas experiencias demuestran que la
agroecología puede ser tanto o más rentable que la agricultura convencional; pero esa
rentabilidad no está orientada por el mercado y la ganancia capitalista, sino que remite a la
satisfacción de las necesidades humanas (las cuales incluyen a productores y consumidores) y al
respeto por el ambiente. La agroecología se inscribe en un estilo de vida alternativo que rescata y
potencia saberes socioambientales ancestrales de las consumidores primarios de la naturaleza en
un diálogo intercultural, transdisciplinario y democrático con la ciencia. Negar la necesidad
impostergable de impulsar con audacia la transición de nuestros sistemas agrícolas hacia la
agroecología, no sólo constituye un acto de evidente y mezquina insolidaridad humana sino una
trágica miopía de cara a nuestro futuro común.

http://blasapisguncuevas.blogcindario.com/2009/07/03988-crisis-alimentaria-agroindustria-y-
agroecologia.html