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Lección 3: La dignidad humana

1. ¿Qué significa la dignidad humana?

La dignidad de la persona humana se refiere al valor intrínseco y absoluto que posee toda
persona humana. El carácter intrínseco significa que la persona posee este valor por el mero
hecho de ser persona, y no por su raza, estado de salud, lugar de existencia (fuera o dentro del
útero de su madre), posición social o económica, religión, o cualquier otra característica, por
importante que sea. El carácter absoluto significa que el valor que la persona humana posee es
inconmensurable, no se puede medir, es infinito.

“La vida humana, aunque débil y enferma, es


siempre un don espléndido del Dios de la
bondad” (Familiaris consortio, no. 31).

Se debe distinguir esta dignidad de la persona humana, que llamamos dignidad ontológica, de la
dignidad moral. La dignidad ontológica, la que estamos explicando aquí, se refiere al valor que
toda persona humana posee en su ser; mientras que la dignidad moral se refiere al valor de la
persona como sujeto moral, es decir, en cuanto a que actúa de una manera correcta, respetando,
viviendo y promoviendo los valores éticos y morales. La Madre Teresa, por ejemplo, tuvo un
valor moral muy superior a Adolfo Hitler, quien fue un tirano y un asesino. La dignidad
ontológica se posee, como ya señalamos, por el mero hecho de ser persona; mientras que la
dignidad moral debe ser adquirida y merecida, por medio de un comportamiento en conformidad
con los valores morales. La dignidad moral, como la moral misma, se funda en el respeto a la
dignidad ontológica de la persona.

La dignidad ontológica de la persona humana es el fundamento de la ley natural (la ley moral
universal) que Dios ha inscrito en la naturaleza humana y en la conciencia y el corazón de cada
persona. Por lo tanto, la información provida que proporcionamos en este curso sirve para
cualquier persona interesada en defender la vida, sea religiosa o no. De todas maneras, es
importante responder a la pregunta de si esa dignidad se puede demostrar desde una perspectiva
humana además de religiosa [1].

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2. ¿Cómo se puede demostrar la existencia de la dignidad ontológica de la


persona humana?

La existencia de la dignidad de la persona humana se demuestra de dos maneras: por medio de la


fe y por medio de la razón. La demostración de la dignidad humana por medio de la fe es
bastante fácil. La primera página de la Biblia nos dice que “Dios creó al hombre [y a la mujer] a
su imagen” (Génesis 1:27). La Iglesia enseña que esta revelación significa que sólo el ser
humano “es capaz de conocer y amar a su Creador” y de “entrar en comunión con otras
personas”, y que “ésta es la razón fundamental de su dignidad” [2].

La demostración de la dignidad de la persona humana por medio de la razón no es tan fácil, pero
se puede lograr y, de hecho, se ha logrado. El filósofo alemán, Emanuel Kant (1724-1804),
aunque tuvo sus errores, enseñó correctamente que nunca debemos tratar a los demás como
meros medios, sino como fines en ellos mismos. Es decir, la persona humana es un fin en sí
misma y no una cosa o un instrumento para ser usada por
los demás de manera egoísta. Esta intuición filosófica
“El ser humano es resuena en la experiencia de toda persona, pues nadie en el
la única criatura en fondo desea ser usado, sino respetado y amado. Este dato de
la tierra a la que la razón y de la experiencia, sin ser una prueba definitiva,
Dios ha amado por sugiere con fuerza que a ese profundo sentimiento de ser
tratado como persona y no como objeto, corresponde un valor
sí misma” (Concilio real e inalienable de la persona humana como persona, y no
Vaticano II). como otro ser cualquiera.

La enseñanza de la Iglesia, basada en la Palabra de Dios,


confirma y eleva esta verdad cuando dice que el ser humano “es la única criatura en la tierra a la
que Dios ha amado por sí misma” y que “Dios creó todo para el hombre, pero el hombre ha sido
creado para servir y amar a Dios y para ofrecerle toda la creación” [3]. Es decir, la persona
humana “no es solamente un algo, sino alguien”, es un ser cuyo propósito es unirse, por medio
del amor, a un Ser infinitamente superior a él, que es Dios, Quien ha dado a su propio Hijo para
salvarlo (Juan 3:16) [4]. El amor y el valor son correlativos. Si Dios ama al ser humano
infinitamente y por sí mismo, es porque lo valora infinitamente por sí mismo.

La razón también ha demostrado la existencia de la dignidad humana por medio de la


demostración de la existencia del alma y de la unión de ésta con el cuerpo humano. Los filósofos
griegos antiguos, como Platón y Aristóteles, que vivieron varios siglos antes de Cristo,
demostraron la existencia del alma en el ser humano. Sólo la presencia en la persona humana de
una entidad espiritual capaz de razonar y de elegir libremente puede explicar esa capacidad que
tiene el ser humano de concebir, desear y elegir valores que trascienden el mundo material, como
el amor, la justicia, la verdad y el bien perfecto. Ahora bien, si el alma es una entidad espiritual,

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entonces es indestructible, porque, a diferencia de lo material, no está sujeta al deterioro y a su


eventual destrucción; sino que es inmortal.

Aristóteles enfatizó la unidad sustancial, no accidental, entre el alma


y el cuerpo. Es decir, el cuerpo no es un mero instrumento del alma,
sino parte intrínseca de la persona. No hay una persona humana
completa, si no están presentes estas dos dimensiones. Esta unidad
entre el cuerpo y el alma es un dato de la experiencia humana.
Todos experimentamos una unidad de operación en nuestro diario
vivir. De otra manera no se podría explicar cómo es posible que
realicemos hasta los más simples actos -- escribir por medio de una
computadora, lavar los platos, vestirnos, etc. – sin que actúen al
unísono el cerebro, que envía señales activando nuestras
capacidades motoras, las manos, los pies y, en cierto modo, todo
nuestro cuerpo. No en balde hoy en día se enfatiza mucho el cuidado
de la salud, no sólo física, sino también psicológica y espiritual.
Santo Tomás de Aquino
De esta verdad se deduce que el cuerpo de la persona participa de (1225-1274), el teólogo
más grande que ha
ese valor eterno que posee el alma por ser espiritual. Por lo tanto, la tenido la Iglesia,
persona humana completa, alma y cuerpo, posee un valor desarrolló, en sentido
imperecedero. cristiano, la doctrina de
Aristóteles sobre la
La enseñanza de la Biblia se hace eco de esta verdad alcanzada por persona humana.
la razón humana, que la Iglesia, a través del tiempo e iluminada por el Espíritu Santo, ha
desarrollado. “La persona humana, creada a imagen de Dios, es un ser a la vez corporal y
espiritual. El relato bíblico expresa esta realidad con un lenguaje simbólico cuando afirma que
‘Dios formó al hombre con polvo del suelo e insufló en sus narices aliento de vida y resultó el
hombre un ser viviente’ (Génesis 2:7)…El cuerpo del hombre participa de la dignidad de la
‘imagen de Dios’” [5].

3. ¿Qué otras verdades, importantes para la defensa de la vida humana, se


derivan de la dignidad del cuerpo?

El hecho de que el cuerpo sea parte intrínseca, y no accidental, de la persona humana, tiene una
importancia capital para la defensa de la vida humana y de la integridad corporal. Si el cuerpo
humano participa de la dignidad, es decir del valor, de la persona humana, entonces de ello se
sigue que el cuerpo debe ser respetado y protegido. El cuerpo tiene, pues, una gran importancia
moral.

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Por ello, todas las personas de buena voluntad, y no


sólo los cristianos auténticos, defienden la vida de
todo ser humano desde el momento de la
concepción, que es cuando se inicia la vida del ser
humano, como la ciencia ha demostrado. La Iglesia,
consecuente, al mismo tiempo, con los aportes de la
ciencia, de la sana filosofía y de la Palabra Dios,
enseña que: “La vida humana debe ser respetada y
protegida desde el momento de la concepción.
Desde el primer momento de su existencia, el ser
humano debe ver reconocidos sus derechos de
persona, entre los cuales está el derecho inviolable
de todo ser inocente a la vida” [6].

En efecto, sería totalmente ilógico afirmar, por un lado, la unidad sustancial entre el cuerpo y el
alma – que es lo que constituye a la persona humana como tal – y luego, por otro lado, negar que
el comienzo de la vida del ser humano como persona se dé en cualquier otro momento posterior
a la concepción, queriendo llegar con ello a la aberrante conclusión de que hasta ese momento
posterior se la puede eliminar.

De ello también se sigue que todo ataque contra la integridad física del embrión y el feto humano
debe ser absolutamente prohibido: el aborto, los experimentos, la clonación, las técnicas como la
fecundación in vitro, la congelación de embriones, el comercio con tejidos fetales, etc. “Puesto
que debe ser tratado como persona desde la concepción, el embrión deberá ser defendido en su
integridad, cuidado y atendido médicamente en la medida de lo posible, como todo otro ser
humano” [7].

La defensa de la vida del ser humano, sobre todo inocente, también debe extenderse a los
incapacitados, los ancianos y los enfermos,
aún en estado comatoso o cercanos a la
muerte. Ello implica el oponerse
firmemente a la eutanasia y al suicido
asistido, que es una forma de eutanasia. La
eutanasia es un crimen, porque es el
homicidio directo de una persona enferma
con el pretexto de eliminarle sus últimos
sufrimientos. “Cualesquiera que sean los
motivos y los medios, la eutanasia directa
consiste en poner fin a la vida de personas
disminuidas, enfermas o moribundas. Es
moralmente inaceptable” [8].

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4. ¿Qué relación hay entre la defensa de la vida humana y la vida política de


una sociedad democrática?

Como el derecho a la vida es un derecho humano fundamental, ese derecho no puede ser
concedido como resultado de la elección de una mayoría, ni tampoco debe ser una concesión del
Estado, sino que este último tiene el grave deber de reconocerlo y tutelarlo. El derecho a la vida,
al igual que otros derechos fundamentales, como el derecho a la libertad, es anterior al Estado y
a la sociedad, porque es inherente, intrínseco, a la persona humana, quien es anterior al Estado.
Este derecho, como los demás derechos fundamentales, es el fundamento de la democracia y no
el resultado de un proceso democrático. No es la democracia la que establece el derecho a la
vida; es el derecho a la vida el que hace posible la democracia. Por eso la Iglesia enseña que:

“El derecho inalienable de todo individuo humano inocente a la vida constituye un


elemento constitutivo de la sociedad civil y de su legislación: Los derechos inalienables de la
persona deben ser reconocidos y respetados por parte de la sociedad civil y de la autoridad
política. Estos derechos del hombre no están subordinados ni a los individuos ni a los
padres, y tampoco son una concesión de la sociedad o del Estado: pertenecen a la
naturaleza humana y son inherentes a la persona en virtud del acto creador que la ha
originado. Entre esos derechos fundamentales es preciso recordar a este propósito el
derecho de todo ser humano a la vida y a la integridad física desde la concepción hasta la
muerte” [9].

Ahora bien, es verdad que la vida corporal no es el derecho o el valor más grande que existe.
Hay otros derechos y valores superiores a ella, como el derecho y el deber de tener una vida
espiritual. Pero el derecho a la vida es el fundamento de todos los demás derechos y por eso
debe ser defendido primero que ningún otro. Eso es precisamente lo que la Iglesia, siguiendo la
ley natural, enseña sobre este tema:

“El primer derecho de una persona humana es su vida. Ella tiene otros bienes y algunos de
ellos son más preciosos; pero aquél es el fundamental, condición para todos los demás. Por
esto debe ser protegido más que ningún otro” [10].

No estamos diciendo que los demás derechos o asuntos de la vida de una sociedad no sean
importantes. Estamos hablando de prioridad y no de exclusión. Estamos diciendo que hay una
jerarquía de derechos humanos según su carácter fundamental. Primero está el derecho a la vida,
luego a la libertad, luego a la consecución de la felicidad, etc. Ese orden natural es precisamente
la jerarquía que se enuncia, por ejemplo, en la Declaración de Independencia de EEUU. Sin el
derecho a la vida no pueden darse los demás derechos: a la libertad, a la felicidad, etc.

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Lamentablemente, hoy en día se ha tergiversado esta jerarquía de derechos fundamentales. Se ha


subordinado la vida de los inocentes a la libertad de los más fuertes, entendida esta última como
libertinaje. El libertinaje es una “libertad” sin responsabilidad ante los valores morales, los
cuales nos guían precisamente hacia el respeto a los derechos de las demás personas. Se trata de
una “libertad” individualista y egoísta. Una “libertad” que no reconoce su estructura moral
interna ni su ordenamiento hacia la verdad sobre la dignidad de toda persona humana.

El libertinaje hace que la democracia degenere en el abuso de los más fuertes contra los más
débiles e indefensos (los niños por nacer, los ancianos, etc.) La democracia deja de serlo, para
convertirse en la dictadura del relativismo, es decir, de una “libertad” sin valores morales,
algunos de los cuales son absolutos, como el respeto que se debe siempre al ser humano
inocente. Los valores morales son los criterios que guían nuestra conducta hacia la solidaridad y
el respeto del prójimo, especialmente del más necesitado y vulnerable.

Por todo ello una democracia justa debe fundarse en unos valores morales universales y no en
una “ética” relativista, donde lo mismo da una cosa que otra según cada individuo decida. Es
necesario, entonces, un gran esfuerzo educativo, para inculcar en todas las personas, sobre todo
los niños y los jóvenes, el conocimiento y el aprecio por las virtudes y los principios morales
objetivos y universales. Es necesario que todos comprendan que estos principios, lejos de ser
arbitrarios o “pasados de moda”, son los que nos guían hacia el respeto y la promoción de la
dignidad de toda persona humana. En una palabra, la verdadera moral, en la cual debe fundarse
la verdadera democracia, consiste en vivir el amor, la solidaridad y la compasión hacia los demás
y en el deseo de establecer una sociedad justa para todos.

5. Pero, ¿no estaríamos entonces imponiéndole a la sociedad nuestros propios


valores morales y religiosos? ¿No sería ello incompatible con una sociedad
laica y pluralista?

Los valores fundamentales de la vida, el matrimonio


entre un hombre y una mujer, y la familia, no son
valores “sectarios” o meramente “religiosos”, sino
universales. ¿Qué sociedad que se considere justa
podría subsistir o desenvolverse armónicamente, si
dejase de respetar la vida, el matrimonio o la
familia? Ciertamente sería injusto e incompatible con
una sociedad pluralista el pretender imponer, por
medio de la ley civil, el que todos fuesen a Misa los domingos y días de precepto. Pero aquí no
estamos hablando de valores o preceptos que obligan en conciencia solamente a aquellos que
libremente se han adherido a la fe católica, sino de valores y preceptos que pertenecen a la ley
moral universal, la cual obliga en conciencia a todas las personas.
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Si las personas se niegan a aceptar estos principios universales, nadie estará a salvo de que lo
maten, le roben, le destruyan su familia, etc. La historia es testigo de los más infames atropellos
que los fuertes han cometido contra los indefensos, precisamente por carecer de o no importarle
los principios morales más elementales.

Por ello, las leyes de una sociedad deben fundarse en la ley moral natural, que es objetiva y
universal. El Estado, la sociedad y sus instituciones y leyes deben reconocer, proteger y
promover los valores y derechos fundamentales de las personas. San Juan Pablo II ha subrayado
la importancia de este tema con la siguiente enseñanza:

“En la base de estos valores no pueden estar provisionales y volubles mayorías de opinión,
sino sólo el reconocimiento de una ley moral objetiva que, en cuanto ley natural inscrita en
el corazón del hombre, es punto de referencia normativa de la misma ley civil. Si, por una
trágica ofuscación de la conciencia colectiva, el escepticismo llegara a poner en duda hasta
los principios fundamentales de la ley moral, el mismo ordenamiento democrático se
tambalearía en sus fundamentos, reduciéndose a un puro mecanismo de regulación
empírica de intereses diversos y contrapuestos… Para el futuro de la sociedad y el
desarrollo de una sana democracia, urge pues descubrir de nuevo la existencia de valores
humanos y morales esenciales y originarios, que se derivan de la verdad misma del ser
humano y expresan y tutelan la dignidad de la persona. Son valores, por tanto, que ningún
individuo, ninguna mayoría y ningún Estado nunca pueden crear, modificar o destruir,
sino que deben sólo reconocer, respetar y promover” [11].

Notas:
[1]. Véase Romanos 1:20; 2:14-15; Catecismo, nos. 1954-1960.
[2]. Catecismo, nos. 356 y 357.
[3]. Ibíd., nos. 356 y 358.
[4]. Ibíd., no. 358.
[5]. Ibíd., nos. 362 y 363.
[6]. Ibíd., no. 2270.
[7]. Ibíd., no. 2274. Véase también el no. 2275.
[8]. Ibíd., no. 2277. Véanse también los nos. 2276 y 2278-2279.
[9]. Ibíd., no. 2273.
[10]. Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración sobre el aborto provocado, 18 de
noviembre de 1974, Introducción, no. 11.
[11]. Juan Pablo II, El Evangelio de la Vida, 25 de marzo de 1995, nos. 70 y 71. Para obtener
más información acerca de la ley natural, consúltese Catecismo, nos. 355-369, 1699-1715.

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