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Iberos en la Península Ibérica: organización, economía y sociedad (I)

En la imagen, un vaso ibérico pintado de los puñales (antenas atrofiadas o empuñaduras


de frontón) y las granadas (arborícolas de seis frutos). Tumba 400, Cigarralejo. Siglos
IV-III a.e.c.

En el término Iberia persiste un concepto étnico-cultural pero también geográfico. En


las fuentes griegas Iberia es la Península Ibérica. Aunque en Polibio el término se refiere
a la zona mediterránea, con la conquista romana las fuentes griegas extienden su
denominación a todo el territorio peninsular. En sentido restringido, el vocablo iberos se
aplica a las poblaciones peninsulares que se ubicaron en la costa levantina. Así son
citados, como una etnia propia, en Avieno (Ora maritima). Por su parte, Hecateo, en el
siglo V a.e.c. habla de los esdetes (edetanos) y los ilaraugates (ilergetes o ilergavones),
mientras que Éforo, un siglo después, también los diferencia como pueblo,
distinguiéndolos de los celtas, y otorgándoles un sentido cultural.

Esta región evoluciona culturalmente en los siglos VI y V a.e.c. En estas épocas se


constata un fuerte aumento demográfico que conlleva la aparición de ciudades de tramas
urbanas complicadas. Este hecho trae consigo una jerarquización del territorio en
núcleos poblacionales principales y otros secundarios, el desarrollo de manufacturas,
especialmente a partir de la metalurgia del hierro, así como de cerámica con decoración
en bandas, semicírculos concéntricos y hasta composiciones figurativas; y también el
empleo de una escritura, atestiguada arqueológicamente en documentos contables,
inscripciones funerarias y cartas diversas.

En semejante desarrollo es capital la influencia de los pueblos colonizadores


mediterráneos, específicamente los griegos, sobre las poblaciones autóctonas. Estas
poblaciones eran una continuidad, sin aparente interrupción, del poblamiento de la Edad
del Bronce; esto es, del segundo milenio a.e.c.
Un factor relevante es que entre la cultura material y el léxico (toponimia y onomástica)
de esta zona existieron elementos indoeuropeos. Esto se debió, muy probablemente a la
difusión, primero, de la Cultura de los Campos de urnas en la región catalana y
aragonesa (siglos XI-IX a.e.c.), y de la cultura de los Campos de Túmulos (Aragón y
Navarra), durante los siglos VIII y VII a.e.c., después. La presencia de estas culturas
supone la llegada a la Península Ibérica de poblaciones de centro Europa. Su no
permanencia en la región pudo deberse a que estos grupos no fueron lo suficientemente
abundantes para la implantación de su lengua y cultura y, por consiguiente, serían
absorbidos por el substrato lingüístico y étnico de la Edad del Bronce, o también pudo
deberse a una poderosa expansión de la lengua y cultura ibéricas a partir del siglo V
a.e.c. por la zona. Tal expansión, tal vez, habría sido la de las elites desde sus territorios
originales en el oriente de la península hacia Cataluña y el sur de Francia.
Según refieren autores antiguos (Estrabón, en su Geografía, III, 1.6-7), no había una
uniformidad cultural entre los iberos, y su fraccionamiento político era muy evidente.
Este comentario parece corroborarse en la existencia de dos lenguas y un par de
sistemas de escrituras distintas en el área ibérica (como mínimo). Se trata del ibérico
meridional (Murcia y Alicante), y el septentrional (Aragón y Cataluña). Incluso dentro
de cada una de estos grupos hubo diferencias internas. Es por tal motivo que hoy los
especialistas (M. Salinas de Frías) hablan de “Complejo Ibérico”.
Las fuentes antiguas facilitan una enumeración bastante discordante de pueblos en estas
regiones ibéricas. Es casi seguro que, con el paso del tiempo, hubo movimientos
poblacionales y fusiones de unos pueblos con otros. Además, naturalmente, no todos
coexistieron en el mismo tiempo. Lo más seguro que puede referirse en la actualidad, es
señalar la situación de los pueblos ibéricos existentes en los siglos III y II a.e.c. En la
zona costera estarían ubicados los contestanos, edetanos, ilergavones, cesetanos,
layetanos (lacetanos) e indigetes; en el interior, los beribraces, los ilergetes y los
ausetanos, mientras que, finalmente, otro grupo sería el de los pueblos pirenaicos de los
olositanos y castellanos, ceretanos, bargusios y bergistanos, andosinos y arenosios.
Las referencias a los contestanos son bastante tardías. La más antigua hace alusión a
los preparativos de Sertorio, en 76 a.e.c., para enfrentar la llegada de Pompeyo. Plinio,
por su parte, ubica la Contestania en la costa, al norte de la Bastetania. En su interior
menciona a Cartago Nova, Ilici (Elche), Lucentum (tal vez Alicante). Las referencias de
Ptolomeo coinciden en lo esencial con Plinio. Habría que situar a los contestanos, en
consecuencia, en la costa sudeste, entre Cartagena y el río Júcar. Desde los bárquidas
cartagineses será cuando los contestanos formen su identidad propia, caracterizada por
una poderosa iberización.
Hecateo menciona a los esdetes, habitualmente identificados con los edetanos. Estrabón,
por su parte, los sitúa entre Cartago Nova y el Ebro, mientras que Plinio establece el río
Júcar como el límite entre Contestania y Edetania, en cuya costa ubica la colonia de
Valentia, Sagunto y el río Turia. Ptolomeo, finalmente, coincide con Plinio en el límite
sur de Edetania, pero considera Valentia contestana. Hace llegar la Edetania por el
interior hasta Caesaraugusta. En el actual estado de conocimientos se puede identificar
el emplazamiento de la antigua Edeta en el cerro de San Miguel de Liria, con presencia
de un oppidum ibérico de extrema relevancia. Ciudades destacas serian, entonces,
Sagunto (de nombre ibérico Arse) y Valencia.
Es Plinio quien sitúa a los ilergavones entre el rio Udiva (el Mijares actual) y el Ebro, al
norte del cual habitarían los cesetanos. Livio corrobora los datos de Plinio y aquellos de
Ptolomeo cuando afirma que Asdrúbal (en 217 a.e.c.), cruzó al norte del Ebro y allí
instaló su campamento en territorio ilergavon. Cesar (en De Bello Gallico) cita a los
ilergavonenses entre los pueblos del norte del Ebro que se le asociaron. Entre las
ciudades identificadas de este pueblo se encuentra Dertosa (Tortosa), probablemente la
que Livio denomina Hibera.
Plinio cita la Cossetania al norte del Ebro, con su ciudad principal Tarraco. Gracias a
algunas monedas con letras indígenas se conoce nombre ibérico de la ciudad, Cese y,
por consiguiente, el de la región y el del pueblo debían ser los de cesetania y cesetanos.
Cese es, quizá, la Cissa que mencionan Polibio y Livio.
Los textos clásicos mencionan dos pueblos, layetanos y lacetanos. Su diferenciación es
una cuestión difícil y espinosa. Estrabón menciona dos pueblos diferentes, leetanos y
lartolaietanos, en la costa. Plinio, por su parte, señala a los leetanos en la costa y a los
lacetanos en el interior, al lado de los ausetanos. La existencia de laietanos aparece
testimoniada en monedas con el epígrafe laiescen. Según refiere Ptolomeo, sus ciudades
principales serian Baetulo (Badalona), Barcino (Barcelona) y Blanda (Blanes). Los
lacetanos se ubicarían hacia el interior. De los núcleos urbanos que les asigna Ptolomeo
se identifican Bacasis (Manresa), Stelsis (Solsona) y Aeso (Isona), entre otras.
Los indigetes son mencionados en el periplo de la Ora marítima. Avieno los describe
como feroces y habilidosos en la caza. Estrabón, que señala que estaban divididos en
cuatro grupos, los ubica entre el Ebro y los Pirineos. Plinio coincide con dichas
apreciaciones. El etnónimo se encuentra atestiguado en monedas ibéricas con la leyenda
Untikesken.
Entre los indigetes es en donde se establecieron las colonias griegas de Ampurias y
Rosas. Aunque Tito Livio comenta que Ampurias poseía una estructura doble, una
ciudad griega y otra ibérica, separadas por una muralla, no existe evidencia
arqueológica alguna de esto. Lo que, probablemente, si pudiera ser es que lo descrito
por Livio corresponda al par (tal vez sociedad comercial) Ampurias-Ullastret (la Cipsela
de Avieno), siendo esta última una ciudad ibera situada en las proximidades de la
colonia griega.
Los ilergetes son uno de los pueblos ibéricos interiores del que más se conoce. Ello se
debe a la oposición que llevaron a cabo frente a los romanos, y a favor de los
cartagineses, en el principio de la conquista. Han trascendido dos de sus jefes, Indíbil y
Mandonio. El nombre que los identifica presenta un elemento Iler- que aparece así
mismo en el de los ilergavones y en el de su principal ciudad, Ilerda.
Polibio y Livio citan a los ilergetes como el primer pueblo sometido por Aníbal después
de cruzar el Ebro. Cneo Escipión, desde Ampurias, sometió a los ilergetes y luego a los
ausetanos. Finalmente invernó en Tarraco. Así, en el momento de la conquista romana,
los ilergetes parecen un pueblo poderoso que estaría asentado al norte del Ebro.
Estrabón les atribuye también la ciudad de Osca (Huesca), capital de Sertorio (en las
monedas ibéricas aparece como Bolsean). Ptolomeo también les atribuye las ciudades
mencionadas, además de otras que llevan por nombre Bergidum y Bargusia (quizá
Berga y Bargus, urbes epónimas de bergistanos y bargusios)1.
Los ausetanos aparecen en varias fuentes como aliados de los ilergetes. Parece evidente
su relación (salvo que sean los mismos), con los ausoceretes que menciona la Ora
marítima. Estos pueblos fueron, según cuenta Livio, dominados por Aníbal en 209 a.e.c.
junto con los bargusios, ilergetes, y lacetanos. El propio Livio menciona a su princeps
Amusico, y los ubica en las cercanías del río Ebro y de los lacetanos. Su ciudad capital
sería Ausa (Vich). Según Ptolomeo, no obstante, también serán ausetanas Gerunda
(Gerona) y Aequae Calidae, tal vez Caldas de Montbuy.
La presencia de los Sedetanos (distintos de los edetanos) se supuso (G. Fatás) a partir
de la mención de Plinio, que habla, sin motivo de duda, de una regio Sedetania. En
modo semejante, Livio les atribuye un ager Sedetanus, localizado en la vecindad de
pueblos como los suesetanos e ilergetes. Además, un factor decisivo fue el hallazgo de

1
Bergistanos y bargusios parecen poseer nombres indoeuropeos, lo cual es evidente en el topónimo
Bergidum. Tal circunstancia, y el que Osea en fuentes como Plinio, se atribuya a los suessetanos, al frente
de cuyo ejército estaba (en Livio) Indíbil, propician la visión de los ilergetes como un pueblo ibérico
poderoso que, a fines del siglo III a.e.c., estaría expandiendo su hegemonía sobre otros pueblos. La región
del poblamiento ilergete es el territorio que registra la entrada de la cultura de los Campos de Túmulos
durante los siglos IX y VIII a.e.c., que representan la llegada de gentes indoeuropeas con una economía
en esencia ganadera. A partir del VI a.e.c. comienzan a llegar a la zona influencias desde la costa
mediterránea, donde se configura la cultura ibérica, que se podría vincular con la configuración del
pueblo ilergete, caracterizado por una economía agraria y una monarquía de tipo militar. Se podría
interpretar que bergistanos, bargusios y probablemente suessetanos serian gentes indoeuropeas, asociadas
con los Campos de Túmulos, sobre los que se imponen, desde la quinta centuria a.e.c., los ilergetes iberos.
una ceca de nombre sedeisken. En los sedetanos debe observarse un pueblo ibérico que
estaría emplazado en el valle medio del Ebro, con su ciudad principal ubicada en
Salduie (la antecedente de Caesaraugusta).
Diversas fuentes aluden a un conjunto de pueblos pirenaicos cuya relevancia y
personalidad grupal son muy escasas. Se trata de los arenosios y andosinos, ceretanos,
castellanos y olositanos. Los ceretanos, tal vez los más relevantes, son divididos (por
parte de Plinio) en augustanos y julianos. La capital de estos últimos sería Iulia Libica.
Estarían ubicados en una región no de habla ibérica sino vasco-aquitana. Por su parte, el
pueblo pirenaico de los bargusios o bergistanos es situado, en Livio y Polibio, entre los
Pirineos y el Ebro. Según Livio, además, habrían sido los primeros aliados de los
romanos en Hispania.
El elemento predominante principal de la economía ibérica es el significativo desarrollo
agrícola, que tuvo que ser el fundamento del despliegue demográfico observable tras la
proliferación de poblados a partir del siglo V a.e.c. y su transformación en verdaderas
ciudades. Esta actividad se completaba con la ganadería (ovejas, cabras y cerdos).
Se trata, en cualquier caso, de rasgos bastante generalizadores, en virtud de que en la
gran extensión geográfica que ocupaban los pueblos iberos, habría regiones diferentes y,
por tanto, diferencias, menores o mayores, entre la economía de unos pueblos y otros.
Tales diferencias estarían condicionadas por la diversa orografía y la distinta fertilidad
de las tierras, o por la posición de algunas poblaciones respecto al mar y a las colonias
fenicias, griegas y cartaginesas.
Muy predominante en todo el mundo ibérico fue la agricultura de secano, llevada a cabo
esencialmente por pequeños propietarios en explotaciones familiares. No obstante, al
lado de esta agricultura de secano debió de haber existido también una agricultura de
huerta y de regadío. Las especies cultivadas principales eran el olivo, el cereal y la vid,
de los que se han hallado algunas semillas. Se cultivaban, del mismo modo, legumbres y
frutales.
Por otra parte, actividades como la apicultura, la caza y la pesca, fueron relevantes. La
apicultura se conoce en Levante desde el Eneolítico, tal y como atestiguan ciertas
pinturas prehistóricas. En consecuencia, pudo seguir practicándose, lo cual parece
corroborarse por el descubrimiento de colmenas cerámicas en territorio edetano. La caza
y la pesca, por su parte, serian actividades que podrían señalarse como
complementarias.
Pudieron existir algunos cultivos especializados (lino), pues los tejidos de Saitabi
(Játiva) y los de la zona de Tarragona fueron prestigiosos en época romana. La
viticultura y la oleicultura han dejado, asimismo, testimonios arqueológicos.
Manufacturas cruciales en el mundo ibérico fueron las propias de la alfarería y los
productos metalúrgicos. La cerámica ibérica característica es una cerámica a torno, de
color ocre y con unos ornamentos realizados con pintura roja. El torno de alfarero
debieron de recibirlo los iberos de las colonias costeras, griegas y fenicias. La
excavación de talleres asociados a los hornos facilitar inferir que los alfareros no
estaban especializados, de manera que un mismo productor proporcionaba a toda la
región los productos cerámicos que requiriese. En algunos casos, además, se debió de
trabajar por encargo.
Una de las características peculiares de la cultura ibérica es la generalización de la
metalurgia del hierro. En el registro arqueológico, de necrópolis y de poblados, abundan
los objetos de este metal, tanto en forma de armas como de objetos cotidianos o útiles
de labranza. Entre las armas se destaca la presencia de falcatas, puñales y espadas. No
obstante, el bronce siguió empleándose, en específico para fabricar calderos, trípodes o
escudos.
La arqueología parece mostrar la existencia de la propiedad privada familiar. En los
poblados predominaba la pequeña explotación familiar. En las ciudades, por el
contrario, se especula con la posibilidad de que hubiese habido grandes propiedades
agrarias en el entorno rural, propiedad de la aristocracia local. La vida cotidiana de esta
aristocracia se repartiría entre las fincas en el campo y la ciudad, sede de los templos y
otras edificaciones públicas, en donde ejercerían su actividad política. Si bien no se
puede descartar la presencia de esclavos en las grandes extensiones, lo cierto es que
serían los pequeños productores libres el fundamento reclutable de los ejércitos ibéricos.
Es el caso de las figuras representadas en las cerámicas como tropas de infantería o de
los individuos armados de espada y escudo ligero, al modo de peltastas, que se observan
en los bronces ibéricos.
El extenso territorio de las poblaciones ibéricas estaba surcado por dos grandes vías de
comunicación. Por un lado la terrestre vía Heraklea, que bordeaba la costa desde el sur
de Galia hasta el Levante, Cartagena y el curso alto del Guadalquivir. Por el otro, se
encontraba la vía fluvial del valle del Ebro y sus afluentes2. El río Ebro fue una valiosa

2
Los valles de los ríos mediterráneos, caso del Júcar, el Llobregat y el Turia fueron también importantes
vías naturales de comunicación hacia el interior.
fuente de navegación comercial y de “iberización”, por tratarse de una inmejorable vía
de penetración cultural desde la costa al interior.
El comercio de metales y de minerales debió ser realizado a mediana escala. El
comercio externo, por su parte, estuvo fuertemente mediatizado por las colonias griegas,
cartaginesas y fenicias. Es factible que antes de la conquista romana se exportasen
aceite, textiles, vino y cereales. Sin embargo, lo que se conoce mucho mejor son los
productos de importación que traían los colonizadores. Se trataba, en esencia, de objetos
suntuarios, particularmente, perfumes, joyas y, sobre todo, cerámica griega,
específicamente cerámica ática de figuras rojas. Durante dos siglos (V y IV a.e.c.) estas
piezas inundan los territorios del sudeste, Andalucía y la zona de la costa catalana.
Las relaciones comerciales con los griegos peninsulares fueron muy significativas.
Hasta tal punto fue así que la impronta griega es perfectamente apreciable en elementos
específicos de la cultura ibérica, como la cerámica, la escultura o las armas. A pesar de
la desconfianza que Livio señala como rasgo en las relaciones comerciales entre griegos
e iberos, de algunos hallazgos arqueológicos parece inferirse que en las mismas
empresas comerciales estaban asociados griegos, iberos y, en casos, algunos foráneos,
tal vez etruscos.
Un aspecto esencial de la economía ibérica es la aparición de la moneda, concretamente
a partir de mediado el siglo III a.e.c. En ello tiene mucho que ver la influencia griega,
además de la púnica. Las colonias griegas de Ampurias y Rosas emitían moneda desde
el siglo V a.e.c. Estas piezas, como también otras monedas de ciudades griegas de Jonia,
Sicilia y el sur de Italia, probablemente fruto de intercambios comerciales o como paga
de los mercenarios ibéricos alistados en los ejércitos cartagineses y griegos de Sicilia
(siglos V y IV a.e.c.), circulaban entre los iberos.
Será en los territorios de mayor contacto con las colonias griegas en donde surjan las
primeras acuñaciones ibéricas. Estas primeras piezas corresponden a las ciudades de
Kese (Tarragona), Arse (Sagunto), Kastilo (Castulo) y Saitabi (Játiva). Las emisiones
son unos pocos años anteriores a la Segunda Guerra Púnica y, por consiguiente, se
relacionarían con las obligaciones militares de las ciudades iberas con sus aliados
cartagineses o griegos.
En el área de influencia griega (Levante, Cataluña y valle del Ebro) se acuña moneda de
plata, en tanto que en Andalucía, una zona púnica, lo que se acuña es moneda de bronce.
La falta de emisiones de plata en la región que será posteriormente la Hispania Ulterior
parece haber sido consecuencia de la política fiscal romana. Se cree que, desde el
momento del comienzo de la actividad de Catón en la Península, hacia 195 a.e.c., se les
prohibió a las ciudades de la Ulterior acuñar monedas de plata. En esa región, por lo
tanto, la moneda que va a circular es la de plata y la de bronce romanas, además de la
acuñación de bronce local. La Citerior, por el contrario tiende, a partir de la fecha
señalada, a una uniformidad de sus emisiones, que se extienden al interior catalán y al
valle del Ebro. Aparecerán, de esta manera, los denarios ibéricos de plata, caracterizados
por presentar una cabeza masculina en el anverso y un jinete (con lanza o con palmas y
garfios) en el reverso. A esto se suma que se va a generalizar el empleo de la escritura
ibérica levantina para redactar las leyendas de las monedas.

Iberos en la Península Ibérica: organización, economía y sociedad (II)

En las imágenes (arriba), la Dama de Baza, hallada en la necrópolis de Baza, Granada.


Atribuida a los bastetanos, ha sido datada en el siglo IV a.e.c; y (abajo), tésera de
hospitalidad celtíbera de Uxama (Osma), Soria. Hoy se exhibe en el Museo Numantino
de Soria.

En términos muy generales se podría distinguir entre los iberos una aristocracia militar,
el conjunto de la población libre, en esencia campesina, campesina y que sería el
fundamento de los ejércitos y, tal vez, un grupo de esclavos 3. Este es, en cualquier caso,
un esquema genérico muy poco clarificador. La aristocracia basaría su prestigio en su
rol militar, y en su riqueza económica, que provendría de la tierra y la ganadería entre
los pueblos del interior, así como del comercio entre los costeros.
Además de una más que presumible atomización política, algo característico de las
poblaciones iberas sería la mentalidad heroica y aristocrática, que busca esencialmente
el prestigio personal por acometidas audaces que por empresas concienzudas y
planificadas. Estos rasgos parecieran ser los que caracterizan la sociedad ibérica, pues
en ella, a pesar de la consolidación de las urbes, los vínculos interpersonales, tanto de
parentesco como de clientela, de seguro desempeñaron un papel relevante en la
articulación social.
A la cabeza de la sociedad se encontraría una rica aristocracia, representada por los
reges, principes, basileis y senatus, cuyo patrimonio procedería de la posesión de

3
Está bien documentado el empleo de esclavos en las minas de Cartago Nova. De aquí se infiere su uso
también en las explotaciones agrícolas. Sin embargo, la presencia de población esclava parece asociada a
la esfera económica cartaginesa y, por lo tanto, no sería necesariamente tan característico de la economía
indígena.
ganado y tierras, así como de la práctica de actividades mercantiles y la piratería.
Luego, habría un extenso grupo de personal dependiente de esta aristocracia, dentro de
la propia ciudad, que le ayudaría a cimentar su poder político y que, casi con seguridad,
los acompañarían en el combate. Inmediatamente por debajo de ellos, se encontrarían
los individuos (al modo de los que se pueden ver en grupos en ciertas cerámicas de
Liria, con cota de mallas, lanzas y escudos), que pudieran configurar una suerte de
falange que combatiría a las órdenes de los aristócratas.
Desde la perspectiva política, entre los iberos se alternaban la monarquía y las formas,
digamos, republicanas. Se conocen relativamente bien algunas monarquías ibéricas,
como es el caso de la de Indíbil y Mandonio sobre los ilergetes y otros grupos, como
ausetanos y lacetanos. Según Polibio ambos son basileis, en tanto que según Livio,
serían reguli y principes. Primero fueron aliados de los cartagineses, para
posteriormente serlo de los romanos. En cualquier caso, la alianza de ambos reyes con
los romanos fue inestable4 y se sublevaron en determinadas ocasiones, particularmente
con la intención de saquear.
La monarquía ilergete se extendía sobre un grupo de ciudades y populi, aunque no
semeja ser igual a las monarquías turdetanas. Pareciera estar fundamentada en el ámbito
militar que en cualquier otro factor, un hecho que recuerda más los caudillajes galos
(incluyendo la dualidad regia del vergobret), que las monarquías ibéricas. Esta
monarquía se constata con posterioridad a sus famosos reguli, cuando Catón reciba a
Bilistages, rey ilergete.
Otra monarquía que se atestigua en las fuentes es la de los edetanos, entre los que
destaca Edecón. Igualmente, primero aliada de los cartagineses, esta monarquía cambió
su actitud y acabó pasándose a los romanos de Escipión una vez que cayó Cartago
Nova.
Un rey también conocido es Amúsico, un régulo de los ausetanos partidario de los
cartagineses. Muy a finales del siglo III a.e.c. hacia 205, los ausetanos aparecen ya bajo
el mando de los reyes ilergetes Indíbil y Mandonio.
Las monarquías ibéricas parecen haber sido francamente inestables. El soberano viviría
rodeado de familiares y de un grupo, más o menos numeroso, de clientes y amigos que
lo acompañarían en las embajadas y también en las guerras. Esta familia real podía ser
desalojada del poder o verse forzada a salir de la ciudad o poblado sobre el que reinaba.

4
El pacto (fides) contraído con Escipión era de tipo personal. En consecuencia, los reyes ilergetes lo
habrían considerado disuelto con el presunto fallecimiento del general romano.
Su mantenimiento en el poder dependía mucho, muy probablemente, de su fortuna
militar. Es posible, aunque no haya evidencias al respecto, la existencia de algunas
reglas sucesorias. De hecho, quizás los matrimonios con algunas princesas les
confiriesen un lugar preferente en la sucesión dinástica.
Ciertas comunidades ibéricas parecen haber estado gobernadas por consejos
aristocráticos, presididos por magistrados. Parece haber sido el caso de los volcianos,
que acogieron mensajeros romanos tras la caída de Sagunto. Los bargusios parece que
tuvieron también un consejo análogo. Tales consejos estarían compuestos por
aristócratas. En las regiones del interior, un tanto más autárquicas, harían las veces de
verdaderos patres familiarum. En todo caso, la existencia de los consejos, con su
portavoz al frente (el más anciano, por ello investido de autoridad y experiencia) no es
incompatible con las monarquías militares. De hecho, el clima de guerras generalizado
que implicó la conquista romana debió favorecer el desarrollo de tales monarquías de la
mano de carismáticos líderes, especialmente duchos en la guerra.
La constitución saguntina se asemeja algo a la de las ciudades griegas. Se trata de una
las primeras ciudades iberas en acuñar moneda, en tanto que su clase dirigente debió
estar conformada por propietarios agrícolas y comerciantes. Cuando se produjo el
ataque de Aníbal, Livio comenta acerca de la presencia de un senado y de un pretor en
la ciudad5. Es factible pensar, en consecuencia, que la constitución saguntina era la
propia de una república aristocrática (tal vez por influencia de Ampurias o de Marsella),
o quizá como producto de la evolución de la sociedad local.
Alrededor de la fides se organizaban varias instituciones, como era el caso del
hospitium, la clientela y la devotio. Todas ellas jugaban un relevante papel en las
relaciones socio-políticas en el mundo ibérico, lo mismo que en las de otros pueblos
prerromanos. Estas instituciones poseían en la Península ciertos diferentes matices a
aquellos de las instituciones romanas. En la Península Ibérica se conoce, gracias a las
fuentes epigráficas y literarias, la existencia de múltiples pactos de hospitalidad y
clientela fundamentados en la fides (esto es, en la buena fe o la mutua confianza que
debía presidir las relaciones entre personas y entre estados) así como la presencia de
una peculiar institución, los devotos o soldurios.
Las inscripciones, mayormente sobre bronce, que refieren pactos de hospitalidad y
clientela, se conocen con el nombre de tesserae hospitales o tabulae hospitales.
5
El senado seria un órgano timocrático compuesto por los propietarios agrícolas de mayor renombre y
por mercaderes. El pretor, por su parte, pudiera ser un magistrado electivo que presidiría el senado y haría
ejecutar sus resoluciones.
Abundan en la Península desde el siglo I a.e.c. y se continúan en las primeras centurias
imperiales. Estos pactos de hospitalidad y clientela eran alianzas o tratados que
vinculaban dos partes: o bien dos personas o un par de comunidades, o bien un
individuo y una comunidad. La diferencia entre hospitalidad y clientela, desde la
perspectiva del derecho romano, era que el pacto de hospitalidad (hospitium), se
contraía sobre un plano de igualdad para las dos partes, en tanto que la clientela suponía
en sí misma una desigualdad, pues una parte tenía más poder que la otra. En la
hospitalidad ambas partes se concedían derechos y deberes recíprocos, mientras que en
la clientela, el sector poderoso, es decir, el patronus, poseía el derecho de obsequio y el
deber de asistencia hacia la parte débil, el cliente, el cual, a su vez, debía al patrono
apoyo de todo tipo, militar, social o electoral.
El caso de fides más antiguo que se conoce en Hispania es el de los saguntinos. Al
respecto, Livio menciona una fides socialis, que mantuvieron hasta su destrucción final.
Los reyes Indíbil y Mandonio tuvieron también, en principio y según Polibio, un pacto
de fidelidad y clientela con Aníbal y los cartagineses, que posteriormente cambiaron por
otro con el general romano Escipión. Una clase especial de clientela fue la militar, en
función de la cual un patrono con mucho poder podía reclutar una tropa entre sus varios
clientes. De hecho, los políticos de mayor importancia tuvieron clientelas en Hispania.
Una institución esencialmente hispana, y específicamente ibérica, fue la de los devotos
(soldurios). Se trataba de un tipo especial de clientela, cuya sanción se llevaba a cabo
por mediación de un juramento religioso por el cual los soldurios se comprometían a no
sobrevivir a su jefe si este fallecía trabando combate. A cambio de semejante fidelidad
extrema, los devotos participarían de modo preferencial en el botín así como en los
honores que se derivasen de una victoria militar. La institución, por consiguiente,
proporcionaba séquitos de íntima fidelidad hacia jefes y generales. Además de Sertorio,
también Augusto, al principio de su mandato, empleó soldurios hispanos como guardia
personal.
La devotio ibérica se diferenciaba de la romana de un modo patente. En el caso romano,
el general de un ejército se consagraba a los dioses infernales para asegurar la victoria
de su ejército a cambio de su propia vida, mientras que en el caso hispano, los soldados
que se consagraban unían inextricablemente sus vidas a las de su comandante.
En relación a la religiosidad ibérica, aunque parece evidente una influencia de cultos
fenicios y púnicos sobre la religión turdetana y bastetana, en la zona ibérica da la
impresión que la influencia externa parece fundamentalmente griega. Estrabón, sin ir
más lejos, señala que los iberos recibieron del mundo heleno el culto de la Ártemis
efesia, con sus ritos propios. Por su parte, Plinio (Historia Natural, XVI, 215), afirma
que en Sagunto existía un templo de Diana, cuyo culto habría sido importado por los
colonizadores zacintios.
La evidencia arqueológica referida a los aspectos religiosos es, en cualquier caso, muy
pobre. Entre los ejemplos más relevantes se encuentra una serie de thymiateria (quema
perfumes) de terracota, de la zona de Alicante, que representan la cabeza de la diosa
Deméter. No tienen restos de combustión, de tal manera que muy probablemente no se
usaron para su específica función. Proceden de tumbas y también de contextos
domésticos. No se puede atestiguar con ellos la existencia de un culto de Deméter.
Ahora bien, su imagen pudo sufrir una reinterpretación por parte de la población
indígena como diosa de la fecundidad y la abundancia agrícola, algo que justificaría su
presencia en las viviendas, o también como deidad de ultratumba, lo que haría
comprensible su hallazgo en sepulturas.
Otro buen ejemplo (Serreta de Alcoy) es un grupo en arcilla roja que pudiera representar
a una diosa sentada en un trono y amamantando a un par de criaturas. Aparece rodeada
de otras figuras, entre ellas un ave y un flautista. Gracias a la presencia de esta imagen,
así como a la famosa Dama de Elche, se puede inferir la creencia de los iberos en una
divinidad nutricia de la fecundidad, incluso de las cosechas, y en otra que sería una
suerte de señora de los muertos. Esta última podría ser, incluso, un aspecto distinto de la
misma diosa.
Algunas cerámicas ibéricas llevan pintadas la imagen de una figura femenina que surge
de una flor y se vincula a un ave. Del mismo modo, existen ejemplos de otras en las que
se observa un individuo masculino que se asocia a una hoja en forma de corazón y a un
lobo o, en su defecto, un animal carnívoro 6. Ambas figuras pueden aparecer aladas o no.
La figura del lobo parece vincularse en el mundo ibérico a la idea de muerte y el Más
Allá, un factor que coincide con su condición de principal depredador en la región
mediterránea.

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En dos pateras de Tivissa (en Tarragona) el umbo central se muestra decorado con la cabeza de un lobo
en relieve. Una de ellas muestra, además, una profusa decoración interna con la presencia de un personaje
sentado en un trono, unas figuras aladas que sacrifican un ciervo y un animal carnívoro que ataca a su
presa, entre otras varias. Podría interpretarse que tales objetos rituales se habrían empleado en un
determinado ritual funerario.
Se conoce, así mismo, por manifestaciones de época romana, el culto a un dios de los
montes que, ulteriormente, se identificó el Júpiter romano. El Montgo, por ejemplo,
situado cerca de Ampurias, deriva su nombre de un Mons Iovis.
Una diferencia básica en relación a la zona meridional peninsular radica en que en la
zona ibérica no parecen existir santuarios rurales tan propios del sur. Se conoce la
existencia de algunos santuarios “urbanos”, en coincidencia con las noticias literarias
que mencionan templos dentro de las ciudades ibéricas.
El ritual o modo funerario principal en el mundo ibérico es el de la incineración. La
cremación del cadáver suele hacerse en un ustrinum, junto el ajuar. Las cenizas se
depositan en una urna cerámica que luego se coloca en la tumba. La forma, las
dimensiones y, sobre todo, el aspecto de las tumbas varían en función de la importancia
social y económica del difunto.
Las principales son las principescas, cubiertas con un monumento del tipo de los pilares,
coronados en ocasiones por esculturas de esfinges, toros y leones. También son
relevantes las tumbas de guerreros, en las que aparecen armas, específicamente falcatas,
umbos de escudos y puñales. En las tumbas de mujeres, así mismo, se depositan
espejos, ungüentarios, vasos de perfumes y demás objetos de tocador.
Por otra parte, es habitual la presencia de pebeteros o de quema perfumes en las tumbas,
así como de jarros rituales de bronce. Dichos objetos ofrecen una cierta idea de unos
posibles rituales, probablemente de purificación. De las célebres esculturas ibéricas,
como la Dama de Baza o la Dama de Elche, cuyo contexto funerario es totalmente
seguro, parece deducirse que en el mundo ibérico se creía en una deidad de los muertos,
al estilo de la Perséfone griega, quizás protectora de almas y señora del inframundo.