Está en la página 1de 9

LA EDUCACIÓN EN LA II REPÚBLICA

La Constitución de 1812 dedicó un capítulo propio a la educación; La


Constitución republicana de 1931, no consagró un capítulo expresamente a
ello, pero fue el texto que más extensamente se ocupó de los problemas de la
educación. Proclamaba la escuela única, la gratuidad y obligatoriedad de la
enseñanza primaria, la libertad de cátedra y la laicidad de la enseñanza.
Igualmente, establece que los maestros, profesores y catedráticos de la
enseñanza oficial serán funcionarios y que se legislará en el sentido de
facilitar a los españoles económicamente necesitados el acceso a todos los
grados de enseñanza, a fin de que no se hallen condicionados más que por la
aptitud y la vocación.

Precisamente de ésta normativa de carácter educativo que se aprueba en


estos años, destacan los cambios sobre aquellos temas pendientes hasta
entonces. Entre ellos, la regulación del bilingüismo, permitiendo que en las
escuelas primarias se enseñe en lengua materna, aunque sea diferente del
castellano, además de cursos de perfeccionamiento del catalán organizados
por la Universidad de Barcelona; se suprime la obligatoriedad de la enseñanza
religiosa, aunque se mantendría en aquellos casos en que los padres lo
desearan y se desvinculaban de impartir ésta asignatura a aquellos maestros
que invocaran la libertad de conciencia. Con lo que la libertad religiosa es, en
la escuela, respeto a la conciencia del niño y del maestro[1]; se reforma la
formación inicial de los docentes, para lo cual se creo mediante el decreto de
29 de mayo de 1931 las misiones pedagógicas, “encargadas de difundir la
cultura general, la orientación docente moderna y la educación ciudadana en
aldeas, villas y lugares, con especial atención a los intereses espirituales de la
población rural”[2]. Fue una propuesta inspirada probablemente en la ILE,
consciente de que la modesta escuela primaria no podía dotar de los bienes de
la cultura a los medios rurales; y se regula la inspección de primera y segunda
enseñanza.

Quizás uno de los pocos aciertos de la II República fue el permitir el


voto femenino y el desarrollar la legislación para crear una escuela pública,
obligatoria, laica y mixta. "Sin ninguna duda, la mejor tarjeta de presentación
de la República fue su proyecto educativo", asegura el catedrático de Historia
de la Educación de la Universidad de Alcalá de Henares Antonio Molero.
"Efectivamente, fue la piedra angular de todas las reformas: había que
implantar un Estado democrático y se necesitaba un pueblo alfabetizado. Era
el Estado educador", ratifica la doctora en Historia por la Universidad de
Huelva Consuelo Domínguez. Tanto ella como Molero se han especializado
en la enseñanza de la II República, un ambicioso proyecto que los maestros
acogieron con entusiasmo.
Lo que más caracterizó la política educativa del Gobierno Provisional
fue, sin duda, su decidido planteamiento del déficit de escuelas primarias.
Rodolfo Llopis (Ministro del Ministerio), se quejaba de la falta de datos en el
Ministerio, del estado y calidad de las escuelas publicas existentes. De ése
modo, de un informe realizado por la Inspección de Enseñanza Primaria se
dedujo que, habían 32.680 escuelas y que aun eran necesarias 27.151 escuelas
más. Ante ésta situación el Ministerio respondió con un plan quincenal
mediante el cual se crearían las escuelas necesarias a un ritmo de 5000
escuelas por año, excepto durante el primero que se crearían 7000. Junto a la
falta de escuelas, la ausencia de maestros adecuadamente formados y
dignamente retribuidos. Para ello hubo que cambiar el sistema de oposición
que daba el acceso a la plaza de maestro por la convocatoria de cursillos de
selección del profesional. Los candidatos pasaban tres meses bajo control del
Ministerio recibiendo una preparación profesional y una orientación
pedagógica, dividiéndola en tres partes: clases en las escuelas normales,
prácticas pedagógicas en las escuelas primarias y lecciones de orientación en
las Universidades. Finalmente eran seleccionados por tribunales competentes
a estos efectos. Para la Republica, la formación del maestro aparece como una
de las principales atenciones, pues el maestro ya empieza a ser considerado
como el “alma de la escuela”. Su formación se basa en tres aspectos
importantes: cultural (se adquirirá en los institutos nacionales de segunda
enseñanza), preparación profesional (se adquirirá en las escuelas normales,
para cuyo ingreso será necesario el bachillerato) y la práctica pedagógica (se
realizará en las escuelas nacionales). Además se realizará practicando la
coeducación, es decir, se fundían las escuelas normales masculinas y
femeninas en escuelas normales mixtas. Además el Gobierno provisional no
desatendió otros campos de la educación. Muestra de ello es el decreto de 13
de mayo de 1931, por el cual se suprimía el Plan Calleja de bachillerato,
restableciendo el Plan de estudios de 1903. Reformando, así también, la
enseñanza media. Por otro lado, mediante el decreto de 21 de mayo, se
estableció la necesidad del titulo de maestro para la enseñanza primaria tanto
privada como pública y el de licenciado para la enseñanza media. En el
ámbito universitario, se otorgaba a las Facultades de Filosofía y Letras de las
Universidades de Madrid y Barcelona un régimen de preautonomía, centrado
fundamentalmente en la disminución de exámenes, opciones disciplinarias
para los alumnos, régimen de tutorías, etc.… A lo anterior, también hay que
sumar otra empresa que acometió el Gobierno, fundamental para consagrar la
reforma educativa: una nueva ley de instrucción pública. Una ley cuya
finalidad seria la de instituir en España la escuela única, y autorizaba al
Consejo para que requiriera de cuantos organismos y entidades estimase
preciso orientación y ayuda. Ésta labor le fue encargada a Lorenzo Luzuriaga.
Su anteproyecto de ley merece especial atención pues recoge en gran medida
las aspiraciones de amplios sectores republicanos en materia de enseñanza[3].
En él, la educación pública debía revestir los siguientes caracteres:
1 La educación pública es una función del Estado. No obstante, puede delegarla en la
región, provincia o municipio siempre que éstas justifiquen solvencia económica y
cultural. Por otra parte, se acepta la existencia de la enseñanza privada, siempre que no
persiga fines políticos o confesionales partidistas.

2 La educación pública debe ser laica. La escuela debe limitarse a dar información
sobre historia de las religiones, con especial atención a la religión católica. Si las
familias lo solicitan, el Estado podrá facilitar medios para la educación religiosa, pero
siempre fuera de la escuela.

3 La educación pública debe ser gratuita, especialmente en las enseñanzas primaria y


media. La educación universitaria debe reservar un 25% de matriculas gratuitas.

4 La educación pública debe tener un carácter activo y creador.

5 La educación pública debe tener un carácter social. No debe ser un centro aislado de
la comunidad social, debiendo insertarse en ésta y mantener relaciones con padres,
entidades profesionales y culturales, etc.…

6 La educación publica se desenvuelve en tres grados:

1 1er grado: comprende dos periodos →uno, voluntario y de carácter


preescolar para niños de 4-6 años. Otro obligatorio, para niños de 6-12 años.

2 2º grado: comprende dos ciclos → uno, de 12-15 años, concebido como


ampliatorio de la educación básica. Otro de 15-18 años, concebido como
preparatorio de la educación superior.

3 3er grado: corresponde a la educación universitaria y se divide en dos ciclos


correlativos a la licenciatura y al doctorado.

·Al igual que es sistema educativo aparece como un todo unitario, el profesorado que lo
sirve debe constituir también un todo orgánico. Siendo una la función educativa, uno
debe ser también el profesorado.

A la espera de que se aprobara la Constitución, en diciembre, el


Gobierno tomó, mediante decretos urgentes, las primeras medidas: se
reconoció el Estado plural y las diferencias lingüísticas (se respeta la lengua
materna de los alumnos) y al frente del Consejo de Instrucción Pública que
haría caminar las reformas se nombró a Unamuno. Se proyectó la creación
paulatina de 27.000 escuelas.

La República se propuso llenar las escuelas con los mejores maestros. Pero los
docentes de la época tenían una formación casi tan exigua como su salario.
Con Marcelino Domingo al frente del Ministerio de Instrucción Pública y
Rodolfo Llopis de director general de Primera Enseñanza, se elaboró el
"mejor Plan Profesional para los maestros que ha existido en nuestra
historia", asegura Domínguez. Y prácticamente las mismas palabras usa
Antonio Molero para defender esa idea. El sueldo miserable de aquellos
voluntariosos maestros subió a 3.000 pesetas al tiempo que se organizaban
para ellos cursos de reciclaje didáctico. En aquellas Semanas Pedagógicas
recibían asesoramiento de los inspectores, para remozar su formación. La
carrera de Magisterio, elevada a categoría universitaria, dignificó la figura del
maestro. A los aspirantes se les exigió, desde entonces, tener completo el
bachillerato antes de matricularse en las Escuelas Normales, donde se
enseñaba pedagogía y había un último curso práctico pagado. "Se hizo del
maestro la persona más culta, eran los intelectuales de los pueblos y, con
toda la precariedad en que vivían, ejercieron de una forma digna", señala
Consuelo Domínguez.

Con aquellas mimbres comenzó a tejerse un sistema educativo que puso el


énfasis en el alumno, le hizo protagonista de las clases y de su formación. Los
críos salían al campo para estudiar ciencias naturales, se trataron de sustituir
los monótonos coros infantiles recitando lecciones de memoria por el debate
participativo y pedagógico; los niños y las niñas se mezclaron en las mismas
aulas, donde se educaban en igualdad, y se favoreció un tránsito sin
sobresaltos desde el parvulario a la universidad. "Fue una escuela en la que se
educó a los niños atendiendo a su capacidad, su actitud y su vocación, no a
su situación económica. La educación pública recibió financiación para ello,
y eso era algo que la escuela privada miró con recelo", recuerda Molero.
"Todo tenía el aroma pedagógico de la Institución Libre de Enseñanza, que
fue el soporte intelectual en el que se apoyó la República. Aunque diseñó una
escuela más laica".

Pero no todos estaban de acuerdo con ésta Constitución. Hubo un sector


de la población que se vio seriamente afectado: la Iglesia. Así, una vez
aprobada la Constitución, el 1 de enero de 1932 la iglesia jerárquica española
daba a conocer una pastoral colectiva en la que se rechazaba ésta, afirmando
una vez más, su derecho a enseñar y el de los padres a la elección de los
centros docentes que estimaren convenientes para la educación de sus hijos.
Tal punto llego la situación, que se produjo una “guerra escolar” entre los
partidos de la enseñanza confesional y entre los que propugnaban la
enseñanza laica, tuvo su momento álgido en la intervención directa de la Santa
Sede, con Pío IX. Fue la primera vez que la educación en nuestro país,
enfrentaba formalmente el Estado español y a la Iglesia de Roma. Aprobada la
Constitución, al ministro Fernando de los Ríos le tocó lidiar con la reforma
más drástica y conflictiva: la disolución de la Compañía de Jesús; a las
órdenes religiosas se les prohibió impartir enseñanza mientras a los maestros
se les "libera" de la obligación de dar doctrina religiosa en clase.

"Es una medida discutible en un régimen de libertades, pero lo cierto es que


era constitucional", asegura Molero. "La España de la época quizá no estaba
preparada para estos cambios", razona Domínguez. En todo caso, la política
de sustitución de la escuela religiosa "fracasó, porque las órdenes religiosas
pusieron los colegios en manos de seglares con los derechos civiles
reconocidos. Tenían otro nombre, pero era lo mismo. De hecho, el número de
centros privados era mayor en 1935 que en 1931". Unos colegios privados a
los que se permitió fijar su ideario.

La llamada escuela unificada, tan criticada en las filas conservadoras, no


se refería, asegura Molero, "a la cesión al Estado del monopolio educativo. Se
trataba de una educación sin escalones, que permitiera un camino fluido y
continuo desde unos niveles a otros".

Durante el bienio azañista, se pudo llevar a término la ley, que con tanto
esmero se concibió, como la solución al déficit educativo en el país. Se
continúo con la labor de renovación de la enseñanza primaria. La construcción
de escuelas. Promulgo decretos para aligerar los plazos y los procedimientos
de colaboración entre el Estado y el municipio, a crear prototipos de edificios
escolares para cada región geográfica y mejorar la financiación de éstas
construcciones. Creo, mediante el decreto de 27 de enero de 1932, la Sección
Pedagógica de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Madrid.
Otorgándole, dicha norma, una doble misión: “el cultivo de las ciencias de la
educación y el desarrollo de los estudios superiores pedagógicos”. Así como la
formación del profesorado de segunda enseñanza y de Escuelas Normales, de
la Inspección de Primera Enseñanza y de los directores de escuelas graduadas
(Art.1º). Dicha sección expediría los certificados de estudios pedagógicos que
habilitaría a los licenciados para opositar. Se regulo otro aspecto de la
enseñanza primaria: la Inspección. Mediante el decreto de 2 de diciembre de
1932, se aporto una concepción mas moderna de esta y haciendo del inspector
un especialista técnico-pedagógico, un consejero y un orientador del maestro.
De igual manera ocurrió en la enseñanza media mediante el decreto de 30 de
diciembre del mismo año. Por otro lado, aquí hubo que enfrentarse al
problema derivado de la ley de Confesiones y Congregaciones Religiosas, con
la que se ordenaba el cierre de esta enseñanza para el 1 de octubre de 1933,
exceptuándose solamente la enseñanza primaria cuya extinción seria para el 1
de enero de 1934. a tal efecto, se creo la Junta de Sustitución. La cual se
encargaría de sustituir la enseñanza, profesores y edificios religiosos por
laicos. En el ámbito universitario, se realizo un proyecto de ley que, aunque
no llego a convertirse en ley, reflejaba el pensamiento reformador a este nivel:
formar científicamente a los diferentes profesionales, que la sociedad requiere
y fomentar la investigación en su propio seno.

En 1933 se celebraron las segundas elecciones a Cortes de la República,


dando la victoria a los partidos de derecha (coalición formada por los radicales
de Lerroux y por los católicos de la CEDA de Gil Robles). La mujer estrena el
voto femenino y la derecha -la CEDA de Gil Robles- llega al poder. Los
progresistas verán cómo se va destejiendo parte del sistema diseñado. "Ellos
mismos se llamaron el bienio rectificador", recuerda Cristóbal García,
profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Huelva. Ésto
supuso que se diera marcha atrás en muchos de los planteamientos educativos
laicos del anterior gobierno. En la enseñanza primaria, se inició un descenso
en las construcciones escolares y un debilitamiento creciente de la reforma
pedagógica. Se prohibió la coeducación en las escuelas primarias[4]. a lo que,
conjuntamente, le siguió una intensa acción para conseguir erradicarla en las
escuelas normales. También este retroceso afectó a la enseñanza universitaria.
Muestra de ello es la extinción de la representación estudiantil en los
claustros, juntas de gobierno y juntas de la facultad. Por otro lado, como
aportaciones positivas de esta etapa destacan, las reformas de la segunda
enseñanza, en la que se establecía que los alumnos libres y los de enseñanza
colegiada se matricularían en los institutos nacionales de segunda enseñanza,
donde se examinarían ante un tribunal. Esto también seria de aplicación para
los alumnos de institutos locales y elementales y a los de los colegios
subvencionados. Por otro lado se prohibía la imposición por el profesorado de
libros de texto o de lectura Además se determinaban las condiciones para la
creación de institutos nacionales e institutos elementales. Pero la reforma
fundamental en este nivel se produce con la aprobación, en 1934, del Plan de
estudios de bachillerato: el Plan Villalobos .Con él, la enseñanza se estructuró
a este nivel en siete cursos divididos en dos ciclos. El primero, (formado por
tres cursos) impartiría una enseñanza general que prepararía para el segundo
ciclo (formado por cuatro cursos divididos) donde los dos primeros cursos de
éste comprenderían disciplinas formativas y en los dos siguientes se
profundizaría en las disciplinas. Finalizado el bachillerato, había una prueba
de reválida en cuyo tribunal intervendría el profesorado universitario[5]. Por
otro lado, la calificación de los alumnos oficiales se encomendaba a la junta
de profesores, que habrían de tener en cuenta la labor del alumno a lo largo
del curso. Respecto a los alumnos de enseñanza libre y colegiada, se reiteraba
el criterio de que se examinaran ante la junta de profesores del instituto del
que dependiera el centro. En cuanto a la enseñanza universitaria, hay que
destacar el impulso dado a la construcción de la Ciudad Universitaria de
Madrid y la inauguración del Colegio de España en Paris en 1935.

"Aquel bienio dedicó su política docente a frenar las medidas anteriores",


critica Molero. Pero señala, "en justicia", dos iniciativas considerables de
aquel periodo: "Un buen plan de bachillerato y una comisión para la reforma
técnica de la escuela que no pudo dar sus frutos". Por entonces comenzó el
baile de ministros de Instrucción: "16 hubo en el total de la República:
imposible hacer políticas a medio plazo", lamenta Molero.

Las terceras elecciones de la República, en 1936, dieron la victoria al


Frente Popular, alianza de partidos y organizaciones de izquierdas. A pesar de
que entre sus promesas electorales se incluían profundas reformas educativas,
el alzamiento militar, que trajo consigo la guerra civil y el punto final a la
república, no permitió su puesta en práctica. El 18 de julio de 1936 comienza
la guerra civil española con el alzamiento militar del general Franco. A pesar
de ello, diversas instituciones republicanas continuaron con el gran esfuerzo
por la cultura y la lectura popular. Todas ellas promovieron un desarrollo
educativo y cultural que, en su conjunto, dio lugar a un movimiento educativo
de gran magnitud que según Ramón Safón, no ha sido superado[6] .Todo con
el fin de seguir su campaña de alfabetización entre la población, incluida la
que se encontraba cumpliendo con la Patria en el frente, la cual contó con la
colaboración de maestros, profesores de Enseñanza Media y de Universidad.
Por otro lado, en la denominada zona nacional o bando nacional, la situación
era diferente. A medida que sus tropas avanzaban, emitieron varias
disposiciones con el fin de lograr un control total de los fondos bibliográficos,
con lo que contribuyó a la reducción del número de bibliotecas públicas
anteriormente creadas. Las primeras disposiciones, ya en 1936, consistían en
la prohibición de producción, comercio y circulación de libros, periódicos,
folletos e impresos que no sirviesen para propagar las ideas de éste sector del
Ejército y del Nuevo Estado, lo que inició una política de lo que se denominó
“depuración”. Para ello se creo una Comisión de Depuración compuesta por
distintos miembros como académicos y militares eclesiásticos que tenían la
facultad de efectuar expurgos ideológicos, literarios y de otro tipo, siempre
que por su contenido se opusieran al Movimiento Nacional.[7] Estas Juntas
van a emitir listas de libros y otro tipo de publicaciones que, por su contenido
en ideas del bando republicano, conceptos inmorales, propaganda de doctrinas
marxistas, y todo cuanto fuera crítico con el Movimiento: la unidad de la
Patria, la religión católica y la denominada Cruzada Nacional, van a ser
prohibidos. Con el fin de controlar mejor ésta situación en abril de 1937 se
establece la obligatoriedad, por parte de los impresores españoles, de entregar
mensualmente un ejemplar de todas las publicaciones del tipo que fueren.
Como podemos apreciar la dinámica durante la Guerra Civil en la zona
republicana y en la nacionalista fue muy distinta. Durante los tres años que
dura la confrontación, la vida social, cultural y política del país vive
conmocionada, por lo que habrá que esperar hasta la victoria de los
sublevados en 1939, para reanudar la historia del sistema educativo español.
Aunque sí cabria destacar que, mientras que en la zona republicana se
continúa con la trayectoria, dentro de la legislación vigente, de extensión de
la cultura a la población, en el bando nacional la actividad se centra en el
control, la censura, la incautación, la depuración e incluso la quema de
bibliotecas.

Misiones Pedagógicas y Colonias Escolares: Antes que educar, la República


se vio obligada a dar de comer a los niños. Incluso a vestirlos. Había cantinas
y roperos escolares y cobraron fuerza las Colonias Escolares que ya antes
había puesto en marcha Bartolomé Cossío. Los niños viajaban al mar o a la
montaña. Hacían deporte, se divertían. Pero, sobre todo, comían. "En 15 días
algunos ganaban hasta cuatro kilos de peso", dice la doctora en Historia
Consuelo Domínguez, que ha estudiado con detalle este extremo.
Hubo medidas urgentes que no podían esperar y que se adoptaron a golpe de
decreto, hasta que fue aprobada la Constitución. El profesor de Historia
Contemporánea de la Universidad de Huelva Cristóbal García ve en algunas
de ellas un espíritu muy reformista: "Lo más revolucionario que puede
hacerse, después de facilitar alimentación, fueron aquellas Misiones
Pedagógicas" de cuyo patronato fue también presidente Cossío, y que todavía
recuerdan los más viejos de los pueblos. En destartaladas camionetas llegaron
a las aldeas perdidas bibliotecas itinerantes, proyecciones cinematográficas,
teatro, museos ambulantes. El 70% de los hombres eran analfabetos; mucho
más las mujeres. En aquellas Misiones Pedagógicas se embarcaron grandes
poetas, afamados escritores y maestros con su corbata y maletín a los que los
lugareños recogían en burro donde las camionetas ya no tenían acceso.

Página de inicio
Fragmento de un artículo de CARMEN MORAN aparecido en Madrid en el diario EL PAÍS el 17-04-
2006

Las enseñanzas de la República, La reforma de la educación fue la clave de los profundos cambios que
inició la España de 1931

Bibliografías:

De Fuelles Benítez, M.: (1980), Educación e ideología en la España contemporánea (1767-1975),


Barcelona: Politeia.

Carreño, M.: (2000), Teorías e instituciones contemporáneas de educación, Madrid: Síntesis.

EOI, Sistemas Educativos Nacionales: (2000), Historia del sistema educativo español, Internet: Quipu.

Boza Puerta, M. y Sánchez Herrador, M.A., Las Bibliotecas en las Misiones Pedagógicas, Boletín de la
asociación andaluza de bibliotecarios, núm.74, marzo 2004. Biblioteca Pública Provincial de Granada.

Boletín Oficial del Estado: la depuración, 6 de enero de 1940, nº 6, pág. 104, España.

[1]Colección Legislativa de Instrucción Pública (año 1931), Madrid, 1932, pp 141-142.

[2]Art. Primero del expresado decreto. Colección Legislativa de Instrucción Pública (año 1931), 1932,
Madrid, pp. 207-211.

[3]Véase la obra de Pérez Galán, Mariano, (1975), “La enseñanza en la II Republica Española”,
Madrid, Cuadernos para el Diálogo, en especial las pp. 62-64, que recogen casi textualmente el
documento.

[4]El tema de la coeducación, fue uno de los puntos más debatidos durante la II República. Frente a los
defensores republicanos de la coeducación, la derecha católica cerró filas entorno a la doctrina pontificia,
que en la encíclica Divini Illius Magistri,, se había pronunciado inequívocamente: “Igualmente erróneo y
pernicioso a la coeducación, fundado también ,según muchos en el naturalismo negador del pecado
original, y además, según todos los sostenedores de este método, en una deplorable confusión de ideas
que truncan la legítima convivencia humana en una promiscuidad e igualdad niveladora”.

[5]Véase la Colección Legislativa de Instrucción Pública (año 1934), Madrid, pp. 551-559
[6]Safón, R. , Op. Cit. ; p. 20

[7]Martínez – Montalvo, E. (2000), “Política Bibliotecaria en la Guerra Civil Española (1936-1939): La


zona nacional.” En: Journal of Spanish Research on information Science. Vol. I, num. jan-june.