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INDIGENAS: VIOLENCIA, TIERRAS Y CIUDADANÍA

Introducción:
En los años 1806 y 1807, aconteció en el territorio del Río de la Plata, dos
invasiones inglesas, que intentaron combatir el monopolio comercial del Imperio
español y adquirir nuevos mercados para la producción británica. Los invasores
fueron rechazados y vencidos por las milicias locales improvisadas al efecto.
Estas tropas fueron organizadas étnicamente por contingentes de españoles,
criollos, negros e indios. Los indígenas se incorporaron a partir del apoyo
brindado por varios caciques al Cabildo de Buenos Aires. Varios de éstos, que
habían participado en la defensa de la ciudad, aparecen el 25 de mayo de 1810,
añadiendo sus firmas a reclamar la creación de la Primera Junta. Estos caciques
fueron los primeros en reconocer al nuevo gobierno. Luego en las subsiguientes
guerras civiles contingentes indígenas se dividieron en los realistas e
independentistas.
Este tipo de participación se prolongaría durante los años de anarquía, guerras
civiles y enfrentamientos internos con posterioridad a la independencia. Los
diversos grupos indígenas no dudaron en alquilar sus alianzas a uno u otro
contendiente. En particular con la facción federal. El final de las contiendas civiles
implicaría la unión de las fuerzas que antaño estuvieron enfrentadas, y que
entonces mancomunarían para acabar con la autonomía indígena.
La participación indígena en los hitos históricos de mayor relevancia en la
conformación de nuestro país ha sido absoluta y sistemáticamente silenciada.
La memoria histórica argentina ha vinculado su devenir a la población de origen
europeo (“criollos” de estirpe hispana primero, “inmigrantes” europeos después)
en tanto que la circunstancia indígena se ha reducido exclusivamente a la
imagen de “enemigo” secular conformado por grupos “primitivos” y “salvajes”,
cuya desaparición paulatina se habría producido al ritmo del avance bélico de
las tropas de la “civilización” sobre las hordas de la “barbarie”. De tal forma, siglos
de interacciones y complejos fenómenos de aculturación e influencias recíprocas
han quedado barridos de la memoria colectiva y la construcción identitaria
nacional. Produciéndose una autoimagen nacional definida como “de raza
blanca y cultura europea”, que constituye un proceso ideológico complejo.
LA INTERACCION
El término “frontera” es interpretado de manera equivoca la mayoría de las veces.
Su significado alude a una línea divisoria casi física. Sin embargo, desde hace
varios años la investigación viene demostrando que esa frontera, mas que un
límite o separación, actuaba como “un área de interrelación entre dos
sociedades. Un mundo de criollos, indígenas y mestizos cruzado por influencias
recíprocas. Donde se desarrollaba un complejo sistema de intercambio de
animales, manufacturas y materias primas como vínculo entre la sociedad criolla
y la indígena.
En este marco de interacción se sucedían periodos de paz y de violencia. Desde
el siglo XVIII, las razas indígenas contra las estancias criollas (los malones)
combinaban la captura de cautivos con robos grandes de cabezas de ganado.
Un factor agravante era el hecho de que los circuitos comerciales indígenas
implicaban la conducción transcordillerana del ganado robado, que era vendido
en los mercados fronterizos chilenos.
El fenómeno conocido como "araucanización" de las pampas, que se produjo a
partir del siglo XVII, haciendo alusión al proceso de sustitución gradual de
antiguas culturas pampeanas por la araucana o mapuche muy evidente en el
siglo XIX. ¿Como se da eso? Por un lado, fueron empujados por la acción militar
chilena y por el otro, motivados por ciertos sectores también del país vecino para
comercializar el ganado de las estancias argentinas víctimas de los malones.
Entonces se daba que las tribus que habitaban argentina tenían muchos
elementos araucanos o mapuches, sobre todo la lengua, como también aquellos
que habitaban del otro lado de la cordillera, adquirieron costumbres de las tribus
pampeanas y patagónicas, como la caza. El problema para la república liberal,
se va a dar cuando Chile pretendió incorporar las tierras patagónicas aduciendo
al principio "Utis Posidetis " utilizando para ello el argumento de que estas
regiones estaban habitadas por araucanos o mapuches, de origen chileno. A
partir de aquí se dejaron de lado las alianzas como las que se habían dado en
1830 entre Rosas y el caudillo mapuche Calfucurá y con la unión de las antiguas
facciones federales y unitarios en el marco de una república liberal se unirán
para plantear una ofensiva bélica conocido como “Campaña al Desierto” que
delimitaría la frontera con Chile y eliminaría los temidos malones que tantas
perdidas económicas le traía a los estancieros argentinos.
¿QUÉ HACER CON EL INDIO?
A la hora de analizar la ideología y las políticas de la sociedad mayoritaria
argentina con respecto a ficho segmento de la población (los indígenas), es
importante tener en cuenta que la imagen colectiva de esos indígenas era de
grupos nómades y “salvajes”.
Acerca de “qué hacer con el indio” se aprecian tres premisas que nadie puso en
discusión. Primero, la necesidad de hacer la guerra total al indio. Segundo, la
aspiración a construir una nación homogénea y moderna. Tercero, el
convencimiento de que una condición para cumplir este objetivo era la
desaparición de los elementos de atraso.
En el último cuarto del siglo XIX se imponía una drástica dinámica de exclusión.
Significativamente, no parece haber gozado de favor la idea de acelerar la
extinción física de esos elementos de atraso. Por el contrario, la mayoría de la
opinión pública consideró cruel e innecesario ese procedimiento militar. Es decir,
la opinión de la mayoría se inclinaba por integrar a los indígenas en la propia
sociedad, pero sólo a condición de que se los incorporasen a la “vida civilizada”,
asumiendo forzosamente sus usos, formas, reglas y moral. Esto, implicaba
anular la organización tribal de los aborígenes, borrar sus costumbres e incluso
sus lenguas, escolarizar a sus hijos y convertirles, en general, en “trabajadores
productivos” para concederles derechos de ciudadanía.
CIUDADANIZACIÓN Y POLÍTICA DE TIERRAS
El indio nacido en la República Argentina es ciudadano porque la constitución
establecía como tal a todo individuo que nacía en nuestro territorio.
Por un lado, se escolarizó a los niños y a los adultos se los obligó a que
contribuyan a la riqueza pública y se reforme culturalmente. El trabajo era
concebido no como mano de obra barata por las elites, sino como imperativo de
civilizar al indio bárbaro, aunque en la práctica haya sido otra cosa.
En ese sentido existieron concesiones de tierra por parte del gobierno nacional
para establecer colonias agrícolas mixtas (indios e inmigrantes) en los territorios
recientemente conquistados, pero la resistencia de las poblaciones blancas a
dichos asentamientos no era inusual. El rechazo al establecimiento de grupos
indígenas en los territorios recientemente conquistados, unido al planteamiento
de “civilización a marchas forzadas” que constituía la respuesta mayoritaria al
problema de “qué hacer con el indio”, fue lo que inspiró el sistema de dispersarlos
por distintos puntos de la república. La aplicación de esta medida dio lugar no
sólo a la dispersión de grupos familiares, sino incluso a la separación de padres
e hijos.
Lo cierto es que, a pesar de la voluntad oficial por asentar a los indígenas en
tierras, una parte sustancial de la población de ese origen se incorporó a la
sociedad mayoritaria individuamente, en calidad de servicio doméstico, de
peones de las estancias ganaderas en los territorios meridionales y como
trabajadores sobreexplotados en los ingenios y obrajes de las tierras del norte
del país.
Se fue produciendo así, en el tratamiento legal de la cuestión indígena, una
suerte de juego pendular entre el reconocimiento de una situación diferencial de
precariedad ante los usos y abusos del sistema, y el imperativo “ciudadanizar” a
cualquier precio a los aborígenes hasta alcanzar su total disolución en la
sociedad mayoritaria. La primera tendencia se expresó en la permanencia física
y acabó por eliminar la percepción consciente de la presencia indígena en el
conjunto poblacional. La segunda, la ciudadanización del indio sometido, supuso
su consiguiente integración como campesinos, peones de estancia o de obrajes,
miembros de las fuerzas armadas, efectivos del servicio doméstico y otros
destinos, más vinculados a la estratificación de clase que a la diferencia étnica.
La ciudadanización del indio no implicó concederles el reconocimiento como
argentinos. Este reconocimiento lo tenían a priori, a partir de su propia condición
de nacidos en el territorio nacional. Lo que la elite discutió y puso en marcha fue
el inicio de un proceso de integración del “indio bárbaro” como ciudadano de la
nación, a partir de aquí debían facilitar su conversión simbólica y práctica desde
un estadio de “barbarie” a otro de “civilización”. La profundización de este
proceso contribuyó al desarrollo de un imaginario que acabó por eliminar a los
indígenas de la construcción identitaria nacional y de la percepción de su misma
existencia.
Sólo en el caso de la última etapa de la campaña, en la región chaqueña, la
conversión de los indígenas en mano de obra barata para los ingenios y obrajes
aparece como una intencionalidad compartida por los responsables de la
ocupación. Porque los territorios del norte, por su climatología y condiciones de
habitabilidad, no eran los más apropiados para la atracción de inmigrantes de
origen europeo.
El rechazo al principio de diferenciación (siguiendo la tipología de M. Wiviorka)
en favor de una política integradora, asociada si al principio de inferiorización, se
vincula estrechamente a la importancia simbólica que asumió el territorio en la
construcción nacional argentina.  Respecto a la constitución desarrolló el
principio de inferiorización y no el de diferenciación, debido al concepto de patria
heredado de España: lugar donde se ha nacido.
Los procesos independentistas hispanoamericanos no partieron tampoco de un
acto fundacional de carácter constitucional, como en EEUU (donde se aplicó el
principio de diferenciación), es natural entonces que la patria, la tierra natal,
fuese asumida como el cimiento inicial, primordial y más significativo de la
construcción nacional.
A lo largo del siglo XIX surgieron elaboraciones que establecían una continuidad
entre el habitante original del territorio patrio y la nación republicana. Identificaba
como ancestros de la nación a los más remotos pobladores del territorio.
Siguiendo la ecuación nación=patria=territorio. Pero con la llegada de miles de
inmigrantes europeos comenzó un avance cuantitativo de la población “blanca”
por sobre los restantes elementos étnicos. Y a medida que la expansión fue
favoreciendo el afianzamiento en el imaginario de una autopercepción colectiva
como “nación blanca de cultura europea”, comenzaron a desaparecer las
esencias originales de la nación en el elemento pre-europeo.
Parece absurdo pensar que cuando las élites argentinas seleccionaron y
aplicaron una política de integración jerarquizada a partir de un principio de
inferiorización, hayan puesto en marcha paralelamente una suerte de pacto no
explícito para hacer desaparecer al indígena del imaginario colectivo. Esa
construcción simbólica (“Argentina de raza blanca y cultura europea”) tuvo tanto
éxito, esto se debe a una tendencia tan antigua como el propio proceso de
construcción nacional. En efecto: la aspiración a construir una “nación de raza
blanca” que garantizara la “marcha hacia el progreso” (muy positivista y racista)
fue una propuesta tan temprana como consensuada entre las clases dirigentes
rioplatenses.
Finalmente, la combinación de las construcciones ideológicas antes citadas ha
tenido una derivación significativa: la consagración en el imaginario colectivo de
que la resolución final de la Conquista del Desierto fue el exterminio de la “raza
indígena”, entendida esa expresión en el sentido de su desaparición física por
medios violentos.
Cierto es que, en la actualidad, bajo la influencia conjunta de la globalización y
el multiculturalismo, en los sectores más “concienciados” de la población este
tipo de visiones están tendiendo a modificarse. El “exterminio” fue utilizado con
frecuencia en los debates que acompañaron a la Conquista del Desierto. A pesar
de sus connotaciones brutales, el pensamiento de la época había puesto de
moda el concepto, asociado a la idea de un pretendido “principio darwinista” que,
era esgrimido en nombre de la civilización. Cierto es que no faltaron las acciones
violentas contra los aborígenes. Sin embargo, las cifras no parecen avalar la idea
de que existiese realmente un “exterminio”. Fueron muertos 12.335 indígenas de
aproximadamente 200.000 según contabilizaciones más recientes. Sobre la
población restante, ampliamente mayoritaria, se aplicaron las políticas
asimilacioncitas antes descriptas.