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MIMESIS

Prof.Lic.Mag. María de los Ángeles Romero

Es a través de Platón (428-347 a.c.) en La República, que nos llegan las


primeras alusiones al concepto de mímesis en el arte. En esta obra escrita en forma de
diálogo diegemático, un grupo de filósofos conversa sobre distintos aspectos del ideal
para conformar la República, en el que Sócrates, Glaucón y Adimanto (además de otros
personajes de menor importancia participativa) van dando voz al diálogo.
En el Libro X (habiendo sido tratado anteriormente en los Libros II y III)
Sócrates plantea a Glaucón la necesidad de no acoger a la poesía de carácter imitativo
como parte constitutiva del proyecto que los ocupa. Considera que los poetas trágicos
practican la imitación y pueden causar estragos en la mente de aquellos que no posean
un concepto previamente formado a lo que el poeta está refiriéndose en su obra. El
conocimiento previo se haría necesario para que el oyente-espectador pueda formarse
un concepto correcto de lo que se refiere en la obra, y no una idea viciada por la visión
mimética del creador.
En esta categoría, ubica a Homero, de quien reconoce sus dotes como creador,
pero él fue el real maestro y guía de los bellos poetas trágicos que no tendrían cabida en
esta ciudad ideal.
El poeta trágico -al igual que el artesano y el pintor- es un artífice de la idea,
porque reproduce el objeto que preexiste por sí mismo, realizando una creación análoga
a la real, pero que aunque se parezca al original, no lo es. Por lo tanto, el poeta trágico
es, a juicio del filósofo, un imitador.
Platón no ve con buenos ojos a quienes son artífices de lo aparente, y no
creadores de lo verdadero. El arte imitativo es capaz de reproducir un pequeña parte de
la cosa que representa, que será entonces, un simulacro del objeto, por lo tanto reportará
una ilusión, algo engañoso para el espectador, quien observará el objeto re-creado sin su
esencia real.
Los poetas trágicos, del que Homero es jefe e insigne representante, aparentan
conocer todas las artes y también aparentan conocer todo en el orden de lo humano, sus
virtudes y vicios, e incluso las cosas pertenecientes a la esfera de lo divino. Por eso
Platón desconfía de ellos; considera que el que contempla la obra de estos artífices está
a una triple distancia de la esencia del objeto imitado, y cree que en realidad es fácil
hacer poesía cuando no se conoce la verdad.

“Dejemos pues sentada la tesis de que todos los poetas, comenzando por Homero, no
son sino imitadores de imágenes de virtud o de aquellas otras cosas de las que tratan
sus poemas; que no alcanzan la verdad, sino que son como el pintor, el cual hace algo
que parece un zapato a los ojos de aquellos que no entienden de zapatería, como
tampoco él mismo, y que sólo juzgan por formas y colores.
El imitador, no tendrá ni ciencia ni opinión justa sobre la belleza o fealdad de las cosas
que imita. El arte imitativa, mediocre ya de suyo y apuntado a lo mediocre, engendra lo
mediocre.” (Platón. La República. p.358)

Estas afirmaciones categóricas muestran el desprecio que Platón posee por las
artes imitativas que incluyen tanto la copia visual pictórica como la que se dirige al oído
del auditorio, y que es llamada poesía.
En su concepción, el poeta imitativo cumple una función deplorable, ya que
pone de manifiesto el aspecto más irracional de las actitudes humanas, no atendiendo a
la imitación de los sentimientos elevados del alma sino reflejando la parte del hombre

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que menos valía posee. Lo único que pretenderían estos poetas, lejos de representar lo
real, sería procurarse el afecto del público por identificación con sus propios
sentimientos, pero para nada es algo valorable la exhibición de aquellos sentimientos
que el hombre se esfuerza por dignificar por el sólo hecho de que estos sean producto de
lo intempestivo e irracional del ser. No considera digno ver llorar a un héroe o
lamentarse por una muerte, cuando en la vida real, el hombre trata de dignificar esos
impulsos y no estar recordando o haciendo público el motivo de su dolor.
Por las razones expuestas, no cree este filósofo, que la poesía imitativa pudiera
ser admitida como elemento educativo en la conformación de la República, porque su
objetivo es un placer no formativo en lo que a las aspiraciones del alma se refiere, por lo
que no debe tener acogida en una ciudad que se precie de estar bien regida.
A pesar de esto, reconoce que este tipo de poesía como la homérica, despierta
fascinación en el auditorio, pero hasta tanto no haya otro motivo adicional a ese encanto
que apunte a la educación del alma de los jóvenes, no podrá ser tenida en cuenta como
elemento integrante del proyecto en ciernes.

Aristóteles (384-322 a.c) expone en su Poética una perspectiva diferente sobre la


mimesis, que según la opinión de Wilhelm Dilthey ha sido paradigmática como
instrumento de trabajo de los poetas y la crítica hasta la segunda mitad del siglo XVIII,
con las variantes propias de cada período.
Aristóteles parte de la base de que todo arte es imitativo, siendo esta mimesis, no
una representación literal y pasiva de la realidad, sino una captación de lo universal, a
través de los elementos particulares, de ahí, que siguiendo la línea platónica, la poesía y
la filosofía, estarían emparentadas.

Hay artes que usan todos los medios de la imitación, es decir, el ritmo, el canto y
el verso. Unas de otras se diferencian por los medios con los que se realiza la imitación.
Según Aristóteles, los que imitan, imitan a los hombres, tanto a los esforzados
como a los de baja calidad, destacándose entre ellos los que sobresalen por el vicio o la
virtud. Igual que los pintores, se puede representar a los hombres igual o peor y mejor
de lo que son en la realidad. También en las artes musicales y en la danza esta
representación puede mostrar esas diferencias, tal como se muestra en la prosa o en el
verso. Cita como ejemplo a Homero como el poeta que representa a los hombres de
mayor valía, en tanto que Cleofonte mostraría a los hombres que se asemejan a los
reales, y Hegemón de Taso (a quien considera inventor de la parodia) representaría a los
peores. Estas diferencias, que en realidad se vinculan al objeto de imitación, serían las
que también diferencian a la tragedia de la comedia. Es así que en esta última se imita a
los hombres de peor condición, y la tragedia sería la imitación de los mejores, o sea los
hombres superiores al hombre real.
La tercera diferencia que Aristóteles encuentra entre las artes, es relativa al
modo de imitación. Con los mismos medios, es posible imitar las mismas cosas, unas
veces narrándolas o bien presentando a los imitados como “operantes y actuantes”, es
decir no presentados por un narrador, sino a través de la representación dramática.

En este contexto conceptual, Sófocles y Homero pertenecerían a una misma


línea representativa: la de imitar personas esforzadas. Aristófanes estaría en otra línea
creativa, en la imitación por medio del modo, al representar personas que actúan y obran
de una manera más comúnmente, por decirlo de alguna forma.

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El origen de la poiesis como creación literaria, sentido que posee en este tratado
el término Poética, radica en dos causas naturales al hombre.
El imitar- mímesis – es innato para el ser humano desde la niñez, elemento que
según el filósofo, lo diferencia de los animales. Esta actividad facilita en el hombre la
adquisición de conocimientos y procura su goce, tanto para el que la crea, como para el
que la contempla. Por lo tanto, la creación literaria como mimesis es conocimiento y
placer, para lo que importa tanto la creación artística en sí como su receptor.
La contemplación de los objetos representados mediante la imitación, producen
el goce del espectador, aumentando la capacidad que estos objetos o seres representados
tienen en la realidad, ya que por ejemplo, no es agradable en el mundo real, contemplar
determinados animales o cadáveres. Sin embargo la creación artística posee esa
cualidad, la de despertar un sentimiento de placer, e incluso la posibilidad de aprender y
conocer, al contemplar lo que naturalmente no sería agradable.
Pero para poder experimentar el goce de la imitación y que esta cualidad se
cumpla, es necesario que se posea un conocimiento previo de lo imitado. Es así que por
ejemplo, si el ser retratado nos es desconocido, gustaremos de la representación del
mismo por elementos ajenos a la imitación, como pueden ser la forma y el color, el
estilo, pero no podremos apreciar la fidelidad de la reproducción.

Considera que la imitación, al igual que el ritmo y la armonía, son cualidades


naturales, por lo que hay seres que tienen el don de estar mejor dotados para realizarlas,
que otros de sus congéneres.
Esto no implica que la poesía haya nacido perfecta, sino que emergiendo de las
rudas improvisaciones fue progresando por la acción de los hombres que la han ido
perfeccionando.
Aristóteles rechaza así, indirectamente, la teoría de Platón que establece el
origen de la poesía como una especie de “furor divino”, del que Homero por ejemplo
habría sido dotado, una especie de gracia individual y exclusiva de algunos seres
privilegiados, elemento que luego fuera retomado por el movimiento romántico.
Sí destaca como importante dentro de las cualidades personales del poeta, su
carácter particular, elemento que será determinante a la hora de elegir la temática y en
definitiva al estilo que la acompañe.
Siguiendo este razonamiento, deduce que los poetas más graves (entiéndase
trágicos), imitarán las acciones nobles y la de los hombres de calidad, en tanto otros
imitarán las acciones más vulgares realizadas por los hombres inferiores.
Esta diferencia en la elección de la trama y la representación, estaría en una
relación directa con el propio autor y su índole natural, al llevar a la representación
artística, su propia condición de ser inferior o superior.
Destaca a Homero como un iniciador, no descartándose la posibilidad que
hubiera antes de él, poemas de esta clase.
Esta distinción de los estilos queda entonces en relación directa con el tipo de
creación. Los poetas- como creadores, hacedores- son los que usan los versos heroicos,
en tanto que los que usan los yámbicos responden a un rango menor. Usa como ejemplo
de esta dicotomía en la elección del estilo, a la obra que fuera atribuida a Homero, el
“Margites”, escrita en estilo burlón (yámbico) siendo éste acorde con el sujeto de la
imitación.
Homero queda aquí reivindicado como poeta por excelencia, diferenciándolo de
los meros improvisadores, ya que fue tanto el iniciador de la comedia con la obra antes
mencionada, no recurriendo al estilo bajo de la invectiva, sino dignificando el género de

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la comedia con el uso del estilo burlesco. También fue capaz de compaginar la belleza
de los versos con la dramatización, ya que aunque existe un narrador, éste se aparta,
para dejar actuar a sus personajes, dotándolos de vida y realidad en la representación.
Queda así planteado un paralelismo entre el “Margites” y la comedia, al igual
que “La Ilíada” y “La Odisea” estarían en relación con la tragedia.
Al aparecer la representación dramática, los poetas que tendían a una u otra
poesía según su condición natural, pasaron de la escritura de versos yámbicos a la
composición de las Comedias, y los que escribían poesía épica, pasaron a ser los autores
de Tragedias.
De esta forma, Aristóteles resuelve el pasaje de la épica a la representación
dramática, adecuándolo al estilo de imitación natural que posee el propio poeta, de lo
que resulta la poiesis, como una evolución que lleva siempre la impronta de su autor
quien elige trama, estilo y personajes, de acuerdo a su propia tendencia natural de
imitación.

Es una constante en toda la historia de la literatura, el tema de la mimesis como


imitación de lo real. Es conocida la anécdota que relata Cicerón en “De inventione” II,
sobre la competencia entre dos pintores por ver cuál era capaz de imitar con más
perfección la realidad. Allí se cuenta que el pintor Zeuxis pintó unas uvas con tanto
realismo, que los pájaros acudían a picarlas, en tanto que Parrasio pintó una cortina que
parecía tan real que hasta logró engañar a su rival induciéndole a que tratara de correrla,
para ver el cuadro que según le había dicho, se ocultaba detrás de ella
En la poética renacentista este concepto reaparece en su versión aristotélica, pero
con una exigencia concreta para la poesía: ésta debe imitar la realidad, al punto que se
transforma en una normativa que continúa vigente hasta la segunda mitad del siglo
XVIII, en que se niega el carácter imitativo de todas las artes, restringiendo esta
característica exclusivamente para la escultura y la pintura.
El Renacimiento entonces, reivindica esta postura, los artistas observaban con
escrupuloso cuidado el mundo que los rodeaba y creaban nuevas técnicas para plasmar
sus hallazgos. El avance de los conocimientos científicos, y sobre todo en el
conocimiento de la anatomía humana, dan una perspectiva diferente al hombre del
Renacimiento de lo que es la realidad, llevándolo a incursionar en distintos aspectos de
la misma. Se concederá importancia al uso de los materiales, las formas y el estilo en el
arte en general, buscando nuevos recursos para lograr la tan ansiada mimesis.
A continuación, se transcribe parte de una carta que Galileo Galilei envía a su
amigo el pintor L.Cigoli, afirmando la superioridad de la pintura en cuanto
representación mimética del mundo, que la escultura, pues cuanto más la naturaleza de
los medios usados para imitar se aleje de la naturaleza de la cosa imitada, más meritorio
y eficaz, resulta el proceso artístico.

”Pero es de simples pensar que la escultura tenga que engañar al tacto más que
la pintura, si entendemos por engañar el obrar de tal forma que el sentido que hay que
engañar considere la cosa que percibe no como es sino como es la que se quiere imitar.
Por eso ¿quién al tocar una estatua creerá que es un hombre vivo? Nadie ciertamente.
Queda en mala posición el escultor que no sepa engañar a la vista y recurra al engaño
del tacto para demostrar su excelencia.”

(“Galileo Galilei” en Calvar,Didier comp Historia del Arte, Ficha Nº1,


Montevideo, CEHCE, 2005)

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La importancia de esa fidelidad se irá transformando hacia una nueva mimesis en
que la perspectiva del autor y su propia búsqueda de la realidad, se irá transformando y
la naturaleza buscada e imitada estará en correlación con la interioridad del artista.

A fines del siglo XVIII y el XIX, la teoría romántica y posteriormente en el


Simbolismo, se revaloriza la individualidad del artista. Esta condición es inmanente al
“genio” personal se vincula más con la idea platónica que con la aristotélica. El poeta
será un revelador de verdades ocultas, un descifrador de símbolos que, como ser
superior, podrá traducir al hombre común.
Esta postura que se percibe claramente en Víctor Hugo y en parte en Charles
Baudelaire, para hacer referencia a la literatura francesa (que al decir de Borges, es de
indudable calidad) muestra una peculiar situación del poeta dentro de la sociedad. Por
un lado, se diferencia del resto de la sociedad, del vulgo, de la creciente masa burguesa
a la que pertenece, pero de la que al mismo tiempo pretende distanciarse.

A pesar de ello, la teoría de la mimesis aristotélica sigue siendo punto de partida


en las poéticas del siglo XX, aunque más no sea para construir sobre ellas una realidad
literaria diferente.

En la recopilación de seis conferencias realizadas por Jorge Luis Borges en la


Universidad de Harvard, con el título Arte poética. Seis conferencias, expone alguna de
sus ideas sobre la magia de la palabra, la creación poética y la mimesis, que aportan una
genial visión sobre lo que para este escritor representa el concepto que se viene
analizando.

“No hay placer en contar una historia como sucedió realmente. Tenemos que
cambiar alguna cosa, aunque nos parezca insignificante.
Ahora he llegado a la conclusión de que ya no creo en la expresión, sólo creo en
la alusión. Después de todo ¿qué son las palabras? Las palabras son símbolos para
recuerdos compartidos. Si yo uso una palabra, uds. deben tener alguna experiencia de
lo que representa esa palabra. Si no, la palabra no significará nada para ustedes.”
(op.cit. pp139-140)

Como queda de manifiesto, Borges retoma los conceptos clásicos esbozados


anteriormente, a los que les confiere su toque personal. Las palabras son alusiones,
elementos que luego califica como mágicos, elaborando la hipótesis de que
originariamente las palabras tenían un vínculo particular con el objeto nombrado (idea
que ya planteaba Walter Benjamin) del que repetía, imitaba o mostraba alguna
característica.
El vínculo palabra-objeto, lleva a la elaboración de esta teoría de la palabra
como réplica del objeto, que luego con el desgaste del tiempo y de la sistematización
por el uso, la llevaría a perder esta cualidad, llegando a poseer un sentido abstracto.
Pone como ejemplo para su fundamentación, el poder que posee la palabra en la Cábala
para el misticismo judío en la Toráh. Así como en la misma es imposible separar sonido-
forma-contenido, sospecha que en los orígenes de la poesía puede haber ocurrido lo
mismo. Las palabras en su origen, estarían llenas de magia, y no habrían poseído un
único significado, definitivo e inalterable.
A propósito de esto, transcribo su concepción sobre la poesía como creación
original y mimética de la naturaleza:

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“(la poesía) devuelve el lenguaje a su fuente originaria. Ella no es un invento de
académicos y filólogos, no surge de las bibliotecas sino de los campos, los ríos, del
mar, de la noche, del alba” (op.cit. p101)

Y frente a esto el poeta concluye:

“El arte sucede cada vez que leemos un poema”.

BIBLIOGRAFIA

ARISTÓTELES, Poética. Madrid, Ed.Gredos, 1974

BENJAMIN,Walter. Ensayos escogidos, Bs.As. El Cuenco de Plata, 2010.

BORGES, Jorge L. Arte Poética. Seis conferencias. Barcelona. Ed.Crítica. 2001

DILTHEY, Wilhelm. Poética. Bs.As. Losada. 1945

GALILEI, Galileo en Calvar, D. Curso de Historia del Arte Ficha Nº1,


Montevideo, CEHCE, 2005

PLATON. La República. México, UNAM, 1971