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UNA HISTORIA ABURRIDA (DE LOS APUNTES DE UN HOMBRE VIEJO)

Anton Chejov

Hay en Rusia un eminente profesor llamado Nikolai Stepánovich de


Tal, consejero secreto y caballero; tiene tantas órdenes rusas y
extranjeras que, cuando le toca ponérselas, los estudiantes lo llaman
“iconostasio". Sus relaciones son las más aristocráticas; por lo menos,
en los últimos 25 o 30 años no hubo en Rusia un científico notable, a
quien no conociera de cerca. Ahora no tiene de quién ser amigo, pero
si hablamos del pasado, su larga lista de amigos ilustres termina con
tales nombres como Pirogóv1, Kaviélin2 y el poeta Nekrásov3, que le
brindaron la amistad más cálida y sincera. Figura como miembro de
todas las universidades rusas y de tres extranjeras. Y demás y demás.
Todo esto y muchas cosas que se podría decir aún, constituyen lo que
se llama mi nombre.
Eso mi nombre es popular. En Rusia lo conoce toda persona letrada, y
en el extranjero se le menciona en las cátedras, con el agregado "célebre"
y "venerable". Pertenece al número de esos pocos nombres dichosos
que, injuriar o mencionar vanamente en público y en la prensa, se
considera un signo de mal tono. Así debe ser. Pues mi nombre se
relaciona, de modo estrecho, con el concepto del hombre notable, muy
dotado e indudablemente útil. Yo soy laborioso y resistente como un
camello, y eso es importante, y talentoso, y eso es aún más importante.
Y ade­más, hablando a propósito, soy un chico educado, modesto y
honrado. Nunca metí la nariz en la literatura ni en la política, ni busqué
popularidad en las polémicas con los ignorantes, ni leí discur­sos en los
almuerzos ni en las tumbas de mis colegas... En general, mi nombre
científico no tiene ni una mancha, ni tiene de qué quejarse. Es dichoso.
El portador de ese nombre, o sea yo, represento un hombre de sesenta
y dos años, con una cabeza calva, unos dientes postizos y un tic
incurable. Cuan brillante y bonito es mi nombre, cuan apagado y
deforme soy yo. La cabeza y las manos me tiemblan de debilidad; mi
cuello, como el de una heroína de Tur­guéniev, parece el mástil de un
contrabajo4, mi pecho es hundido, mi espalda estrecha. Cuando hablo
o leo, la boca se me tuerce hacia un costado; cuando sonrío, todo el
rostro se me cubre de arrugas seni­les-mortuorias. No hay nada
imponente en mi mísera figura; sólo acaso, cuando padezco el tic, me
aparece cierta expresión peculiar, que suscita acaso en cada uno, al
echarme un vistazo, una idea severa e imponente: "Por lo visto, este
hombre morirá pronto."
Leo, como antes, no mal; como antes, puedo retener la atención de los
oyentes durante dos horas. Mi modo apasionado, lo literario de la
exposición y mi humor, hacen que no se adviertan casi los defectos de
mi voz, que es seca, brusca y cantarina, como la de un mojigato. Escribo
pues mal. Ese pedacito de mi cerebro que dirige mi capacidad de
escribir, se negó a servir. Mi memoria se debilitó, en mis ideas no hay la
suficiente consecuencia, y cuando las ex­pongo en el papel, cada vez me
parece que perdí la intuición de su vínculo orgánico; la construcción es
monótona, la frase escasa y tímida. A menudo escribo no eso que
quiero, cuando escribo el final no recuerdo el principio. A menudo
olvido las palabras comunes, y siempre tengo que gastar mucha energía
para evitar en las cartas las frases superfluas, y las inútiles oraciones
incidentales, lo uno y lo otro testimonian, claramente, la decadencia de
mi actividad intelectual. Y es nota­ble, mientras más sencilla es la carta,
más torturante es mi tensión. Con el artículo científico me siento
mucho más libre e inteligente, que con la carta de felicitación o el apunte
informati­vo. Otra cosa: escribir en alemán o en inglés, me es más fácil
que en ruso.
En lo que respecta a mi modo de vida actual, pues ante todo debo
señalar el insomnio, que padezco en los últimos tiempos. Si me
preguntaran: ¿qué constituye ahora el rasgo principal y esencial de tu
existencia? Yo respondería: el insomnio. Como antes, según la
costumbre, puntualmente a la medianoche, me desvisto y me acuesto
en la cama. Me duermo pronto, pero pasada la una me despierto con tal
sensación, como si no hubiera dormido en absoluto. Me veo obligado a
levantarme de la cama y prender la lámpara. Una hora o dos ando de
una esquina a la otra de la habitación, y examino los cuadros y las
fotografías ya hace tiempo conocidos. Cuando me canso de andar me
siento a la mesa. Me quedo sentado inmóvil, sin pensar en nada ni sentir
ningún deseo, si hay un libro ante mí, me lo acerco de modo maquinal
y leo sin ningún interés. Así hace poco leí en una noche,
maquinalmente, una novela entera con un título extraño: De qué
cantaba la golondrina5. O pues, para ocupar mi atención, me obligo a
contar hasta mil o imagino el rostro de algu­no de mis colegas, y
empiezo a recordar: ¿en qué año y en qué circunstancias ingresó al
servicio? Me gusta prestar oídos a los sonidos. Ya a dos habitaciones de
mí, mi hija Liza profiere algo en sueños con rapidez, ya mi mujer pasa
por el salón con una vela y, con seguridad, deja caer la caja de cerillos,
ya rechina el armario reseco o zumba de repente el mechero de la
lámpara, y todos esos sonidos por algo me inquietan.
No dormir de noche significa sentirse anormal a cada instante, y por
eso espero con impaciencia la mañana y el día, cuando tengo derecho a
no dormir. Pasa mucho tiempo fatigoso antes de que en el patio cante
el gallo. Ese es mi primer agorero. Tan pronto canta, ya sé que dentro
de una hora, abajo, se desperta­rá el portero y, tosiendo enojado, irá por
algo hacia arriba por la escalera. Y después, tras las ventanas, el aire
empezará a palidecer poco a poco, resonarán las voces en la calle…
Mi día empieza con la llegada de mi mujer. Entra a verme en saya,
despeinada, pero ya lavada, oliendo a colonia de flores, y con tal aire
como si hubiera entrado sin intención, y cada vez dice lo mismo:
-Disculpa, yo por un minuto... ¿Tú de nuevo no dormiste?
Luego apaga la lámpara, se sienta junto a la mesa y empieza a hablar.
No soy un profeta, pero sé de antemano de qué va a hablar. Cada
mañana es lo mismo. Comúnmente, después de las alarmadas
preguntas sobre mi salud, recuerda de pronto a nuestro hijo el oficial,
que sirve en Varsovia. Después del día veinte de cada mes le enviamos
cincuenta rublos, eso, principalmente, nos sirve de tema de
con­versación.
-Por supuesto, nos es difícil, -suspira mi mujer-, pero mientras él no se
pare sobre sus pies de modo definitivo, estamos obligados a ayudarle.
El muchacho está en un país extraño, su salario es pequeño... Por lo
demás, si quieres, el mes próximo no le mandamos cincuenta, sino
cuarenta. ¿Cómo piensas?
La experiencia cotidiana podría convencer a mi mujer, de que los gastos
no se hacen menores porque hablemos de ellos a menudo, pero mi
mujer no reconoce la experiencia, y cada mañana me cuenta con esmero
de nuestro oficial, y de que el pan, gracias a Dios, está más barato, y el
azúcar está dos kópeks más cara, y todo eso en tal tono, como si me
informara una novedad.
Yo escucho, asiento de modo maquinal y, probablemente, por que no
dormí en la noche, unas ideas extrañas, inútiles se apoderan de mí. Miro
a mi mujer y me asombro como un niño. Perplejo, me pregunto: ¿es
posible que esta mujer vieja, muy rolliza, torpe, con una expresión
estúpida de desvelo menudo y de temor por el pedazo de pan, con una
mirada nublada por la idea constante de las deudas y la nece­sidad, que
sólo sabe hablar de gastos y sonreír a la baratura, es posible que esta
mujer fue alguna vez esa misma delgada Varia, que yo amé
apasionadamente por su mente clara, buena, por su alma pura, su
belleza y, como Otelo a Desdémona, por su "piedad" hacia mi ciencia6?
¿Es posible que esta es mi misma mujer, Varia, que alguna vez me dio
un hijo?
Escudriño con intensidad el rostro de la vieja cruda, torpe, busco en ella
a mi Varia, pero del pasado sólo sobrevive en ella el temor por mi salud,
y aún la manera de llamar a mi salario "nuestro salario", y a mi gorro
“nuestro gorro". Me duele mirarla y, para consolarla siquiera un poco,
le permito hablar de lo que le plazca, e incluso callo cuando juzga a las
personas de modo injusto, o me reprende porque no me dedico a la
práctica y no edito ma­nuales.
Termina nuestra conversación siempre igual. Mi mujer recuerda de
pronto que yo todavía no tomé el té, y se asusta.
-¿Qué hago pues sentada?-dice levantándose. -El samovar hace tiempo
que está en la mesa, y yo aquí charlando. ¡Qué desmemo­riada me he
vuelto, señor!
Se va con rapidez y se detiene junto a la puerta, para decir:
-Le debemos a Yegór cinco meses. ¿Tú sabes eso? No conviene
descuidar el salario de los sirvientes, ¡cuántas veces lo dije! ¡Dar diez
rublos por mes, es mu­cho más fácil que cincuenta por cinco meses!
Saliendo por la puerta, se detiene de nuevo y dice:
-Nadie me da tanta lástima, como nuestra pobre Liza. La muchacha
estu­dia en el conservatorio, está de modo constante en buena sociedad,
y anda vestida Dios sabe cómo. Una pelliza, que da vergüenza salir a la
calle. Si fuera hija de algún otro, eso aún no sería nada, ¡pero es que
todos saben que su padre es un profesor notable, un consejero secreto!
Y después que me reprocha por mi nombre y rango, finalmente se va.
Así empieza mi día. Continúa no de mejor modo.
Cuando tomo el té, entra a verme mi Liza, con la pelliza, el gorrito y las
notas, ya preparada por completo para ir al conservatorio. Tiene
veintidós años. Por su aspecto es más joven, es buena moza, y se parece
un poco a mi mujer en su juventud. Me besa con ternura en la sien y la
mano, y dice:
-Saludos, papito. ¿Estás saludable?
En la infancia le gustaba mucho el helado, y a menudo me tocaba
llevarla a la confitería. El helado era para ella la medida de todo lo
hermoso. Si quería elogiarme, pues decía: "Tú, papá, eres de
mantecado". Un dedito suyo se llamaba “de pistacho”, el otro “de
mantecado”, el tercero “de frambuesa”, y demás. Comúnmente, cuando
venía por las mañanas a saludarme, me la sentaba en las rodillas y,
besando sus deditos uno a uno, profería:
-De mantecado… de almendra... de limón...
Y ahora, según el antiguo recuerdo, le beso los dedos a Liza y farfullo:
"de pistacho... de mantecado... de limón...", pero me sale no eso en
absoluto. Soy frío como un helado, y me da vergüenza. Cuando entra
mi hija y me roza la sien con sus labios, me estremezco, como si una
abeja me picara la sien, sonrío con tensión y volteo mi rostro. Desde que
padezco insomnio, hay una pregunta como un clavo en mi cerebro: mi
hija ve a menudo cómo yo, un viejo, un hombre célebre, me sonrojo con
tortura porque le debo al lacayo; ve cuán a menudo el desvelo por las
deudas menudas me obliga a abandonar el trabajo, y andar por horas
enteras de una esquina a la otra, y pensar, pero, ¿por qué pues ella ni
una vez, a escondidas de su madre, no vino a verme y no me susurró:
"Padre, aquí están mi reloj, brazaletes, pendientes, vesti­dos… Empeña
todo esto, ¿te hace falta dinero?" ¿Por qué ella, viendo cómo su madre y
yo, sucumbiendo a un sentimiento falso, intentamos ocultarle a las
personas nuestra pobreza, por qué ella no renuncia al costoso placer de
estudiar música? Yo no aceptaría ni el reloj, ni los brazaletes, ni los
sacrificios, Dios me guarde, no eso necesito.
A propósito, recuerdo sobre mi hijo, el oficial de Varsovia. Es una
persona inteligente, honrada y sobria. Pero a mí eso me es poco. Pienso
que si mi padre fuera un viejo, y yo supiera que tiene instantes en que
se avergüenza de su pobreza, le daría el puesto de oficial a algún otro, y
yo mismo me emplearía como trabajador. Ideas semejantes sobre mis
hi­jos me envenenan. ¿Para qué éstas? Ocultar en sí un sentimiento
maligno con­tra las personas corrientes, por que éstas no son héroes,
puede sólo un hombre limitado y maligno. Pero basta sobre esto.
A las diez menos cuarto tengo que ir a leer la conferencia a mis
simpáticos muchachos. Me visto y voy por un camino que conozco hace
ya treinta años, y tiene para mí su historia. He aquí una gran casa gris
con una farmacia; ahí alguna vez hu­bo una casita pequeña, y en ésta
había una cervecería; en esa cervecería yo premedité mi tesis y le escribí
la primera carta de amor a Varia. La escribí con lá­piz en una hoja con
la leyenda: Historia morbi7. He aquí una tienda de abarrotes; alguna vez
la dirigió un ju­dío, que me vendía cigarrillos fiado, después una mujer
gorda, que quería a los estudiantes por que "cada uno tenía madre",
ahora está sentado un mercader pelirrojo, un hombre muy indiferente,
que toma té de una tetera de cobre. Y he aquí los portones de la
universidad, lóbregos, no reparados hace tiempo, el portero aburrido
con su zamarra, la escoba, el montón de nieve... A un chico fresco,
llegado de provin­cia y que imagina que el templo de la ciencia es, en
verdad, un templo, tales portones no pue­den producirle una impresión
saludable. En general, la vetustez de los edificios universitarios, la
lobreguez de los corredores, el hollín de las paredes, la falta de luz, el
aspecto abatido de los peldaños, las perchas y los bancos ocupan uno de
los pri­meros lugares en la historia del pesimismo ruso, junto a las
causas de los predispuestos... He aquí nuestro jar­dín. Desde que yo era
estudiante, me parece, no se hizo mejor ni peor. No me gusta. Sería
mucho más inteligente si, en lugar de los tilos tísicos, la acacia amarilla
y la lila pelada única, crecieran aquí unos pinos altos y unos buenos
robles. El estudiante, cuyo estado de ánimo en su mayoría es formado
por el ambiente, debe ver ante sí a cada paso, allí donde estudia, sólo lo
alto, lo fuerte, lo bello… Dios lo guarde de los árboles enjutos, las
ventanas rotas, las paredes grises y las puertas forradas de hule rasgado.
Cuando llego a mi portal, la puerta se abre por completo y me recibe mi
viejo colega, coetáneo y tocayo, el conserje Nikolai. Tras dejarme entrar,
grazna y dice:
-¡La helada, su excelencia!
O si mi pelliza está mojada, pues:
-¡La lluvia, su excelencia!
Luego corre delante de mí y abre todas las puertas en mi camino. En el
gabinete me quita la pelliza con cuidado, y en ese tiempo me alcanza a
informar alguna novedad universitaria. Gracias a la relación cercana
que existe entre todos los guardianes y conserjes universitarios, conoce
todo lo que sucede en las cuatro facultades, en la cancillería, en el
gabinete del rector, en la biblioteca. ¡Qué sólo no sabe él! Cuando la
sensación del día es, por ejemplo, el retiro del rector o de un decano, yo
oigo cómo él, hablando con los guardianes jóvenes, nombra a los
candidatos, y ahí mismo explica que a tal no lo aprobará el ministro,
que a tal lo rechazará él mismo, después se entrega a detalles fantásticos
sobre ciertos papeles misteriosos recibidos en la cancillería, sobre una
plática secreta que, al parecer, tuvo el ministro con el curador, y por el
estilo. Si excluir esos detalles, en general, resulta que casi siempre tiene
razón. Las características que da de cada uno de los candidatos son
peculiares, pero también correctas. Si usted ne­cesita saber en qué año
alguien defendió la tesis, ingresó al servicio, salió en retiro o murió, pues
llame en su ayuda a la inmensa memo­ria de este soldado, y él no sólo
le dirá el año, el mes y la fecha, sino le informará asimismo los detalles
que acompañaron a tal o cual circunstancia. Así pue­de recordar sólo
quien ama.
Es un conservador de las tradiciones universitarias. De sus ancestros-
conserjes recibió en herencia muchas leyendas de la vida universitaria,
añadió a esa riqueza mucho de su bien, obtenido durante su servicio, y
si usted quiere le contará muchas historias largas y breves. Puede
contarle de los sabios extraordinarios que lo sabían to­do, de los
trabajadores notables que no duermen por semanas, de los numerosos
mártires y víctimas de la ciencia; en él el bien triunfa sobre el mal, el
débil siempre vence al fuerte, el sabio al necio, el humilde al orgulloso,
el joven al viejo... No hay necesidad de tomar todas estas leyendas y
fábulas por moneda de ley, pero cuélelas y le quedará en el filtro lo que
es necesario: nuestras buenas tradiciones y los nombres de los héroes
genuinos, reconocidos por todos.
En nuestra sociedad, todas las noticias del mundo de los científicos se
reducen a las anécdotas sobre la extrema distracción de los viejos
profesores, y a dos o tres agudezas que se atribuyen ya a Gruber8, ya a
mí, ya a Babújin9. Para una sociedad instruida eso es poco. Si ésta amara
la ciencia, a los científicos y a los estudiantes así como Nikolai, su
literatura tendría ya hace tiempo epopeyas, historias y vidas enteras que,
por desgracia, no tiene ahora.
Informado a mí la novedad, Nikolai otorga a su rostro una expresión
se­vera, y empieza entre nosotros la conversación profesional. Si en ese
momento algún extraño escuchara con qué libertad maneja Nikolai la
terminología, pues es posible que pensara que es un científico
disfrazado de soldado. Hablando a propósito, los ru­mores sobre la
erudición de los guardianes universitarios están muy exa­gerados.
Cierto, Nikolai conoce más de un centenar de títulos latinos, sabe reunir
un esqueleto, a veces elabora un preparado, hace reír a los estudiantes
con alguna larga cita científica, pe­ro, por ejemplo, la no ingeniosa
teoría de la circulación sanguínea es para él ahora tan oscura, como hace
veinte años.
A la mesa del gabinete, inclinado sobre un libro o un preparado, está
sentado mi disector Piótr Ignátievich, un hombre laborioso, modesto,
pero sin talento, de unos treinta y cinco años, ya calvo y con una gran
barriga. Trabaja de la mañana a la noche, lee un montón, recuerda a la
perfección todo lo leído –y en ese sentido no es un hombre, sino oro; en
todo lo restante es un caballo de carga o, como dicen de otro modo, un
científico estúpido. Los ras­gos característicos del caballo de carga, que
lo distinguen del talento, son éstos: su horizonte es estrecho y muy
limitado por la especialidad, fuera de su especialidad es inocente como
un niño. Recuerdo que una vez por la mañana entré al gabinete y dije:
-¡Imagínense qué desgracia! Dicen que Skóbeliev10 se murió.
Nikolai se persignó y Piótr Ignátievich se volteó hacia mí y pre­guntó:
-¿Qué Skóbeliev es ese?
Otra vez –esto fue un poco antes- le anuncié que había muerto el
profesor Peróv11. El gentilísimo Piótr Ignátievich preguntó:
-¿Y qué leía él?
Parece que si Patti12 le cantara al mismo oído, o una horda de chinos
atacara a Rusia, o se produjera un terremoto, a él no se le movería ni un
miembro, y seguiría mirando con un ojo entornado por su microscopio
muy tranquilo. En una palabra, no le importa Hécuba13 en absoluto.
Yo da­ría mucho por echar una mirada a cómo duerme este secón con
su mujer.
Otro rasgo: una fe fanática en la infalibili­dad de la ciencia y,
principalmente, en todo lo que escriben los alemanes. Confía en sí
mismo, en sus preparados, conoce el objetivo de la vida, y no conoce en
absoluto las dudas y las desilusiones en que los talentos encanecen.
Adoración esclava a las autoridades y ausencia de la necesidad de pensar
de modo independiente. Disuadirlo de algo es difícil, dis­cutir con él es
imposible. Dígnese pues a discutir con un hombre que está
profunda­mente convencido, de que la mejor ciencia es la medicina, las
mejores personas los médicos, las mejores tradiciones las médicas. Del
triste pasado de la medicina sobrevivió sólo una tradición -la corbata
blanca que llevan ahora los doctores; para un científico y, en general,
para una persona instruida pueden existir sólo las tradiciones
universitarias generales, sin ninguna división de éstas en médicas,
jurídicas y por el estilo, pe­ro a Piótr Ignátievich le es difícil aceptar eso,
y está dis­puesto a discutir con uno hasta el juicio final.
Su futuro se me presenta claro. En toda su vida va a elaborar varios
cientos de preparados de extrema pureza, escribirá mu­chas ponencias
secas, muy decentes, hará una docena de traducciones concien­zudas,
pero no inventará la pólvora. Para inventar la pólvora se necesita
fantasía, inventiva, la habilidad de adivinar, y Piótr Ignátievich no tiene
nada parecido. En pocas palabras, no es un dueño en la ciencia, sino un
trabajador.
Piótr Ignátievich, Nikolai y yo hablamos a media voz. Estamos un
poquito fuera de sí. Sientes algo peculiar cuando, tras la puerta, el
auditorio rumorea como el mar. En treinta años no me habitué a esa
sensación, y la experimento todas las mañanas. Me abrocho la levita
nervioso, le hago a Nikolai preguntas superfluas, me enojo... Parece
como que me acobardo, pero eso no es cobardía, sino algo otro, que no
estoy en condición ni de nombrar ni de describir.
Sin ninguna necesidad miro el reloj y digo:
-¿Qué pues? Hay que ir.
Y marchamos en este orden: delante va Nikolai con los preparados o los
atlas, tras él yo, y tras de mí, bajando la cabeza con modestia, camina el
caballo de carga; o pues, si es necesario, delante llevan el cadáver en una
camilla, tras el cadáver va Nikolai, y demás. Ante mi aparición los
estudiantes se levantan, después se sientan, y el rumor del mar se acalla
de repente. Sobreviene la calma.
Yo sé de qué voy a leer, pero no sé cómo voy a leer, con qué empezaré y
con qué terminaré. En la cabeza no tengo ni una frase preparada. Pero
me basta echar una ojeada al audito­rio (está construido como un
anfiteatro) y pronunciar el estereotipo: "en la conferencia anterior nos
detuvimos en... ", para que las frases salgan volando de mi alma en una
larga hilera, ¡y empezó a escribir el gobierno14! Hablo con una rapidez
impetuosa, apasionada, y me parece que no hay fuerza capaz de
interrumpir la corriente de mi discurso. Para leer bien, es decir, no
aburrido y con provecho para los oyentes, se necesita, además de
talento, tener aún maña y experiencia, se necesita tener la idea más clara
de las fuerzas propias, de ésos a quienes lees, y de lo que constituye el
objeto de tu discurso. Además de eso, hay que ser un hombre en su
juicio, vigilar con atención y no perder el campo visual ni por un
segundo.
Un buen director, al trasmitir la idea del compositor, hace a la vez veinte
cosas; lee la partitura, agita la ba­tuta, vigila al cantante, hace un
movimiento en dirección ya del tambor, ya de las trompas, y demás. Lo
mismo que yo cuando leo. Ante mí hay ciento cincuenta rostros, no
parecidos los unos a los otros, y trescientos ojos que me miran directo
a la cara. Mi objetivo es vencer a esa hidra multicé­fala. Si yo a cada
instante, mientras leo, tengo una idea clara de su grado de atención y
fuerza de comprensión, pues está en mi poder. Mi otro adversario está
en mí mismo. Es la infinita diversidad de formas, fenómenos y leyes, y
la multitud de ideas propias y ajenas condicionadas por éstas. A cada
instante, debo tener la astucia de extraer de ese inmenso material lo más
importante y necesario, y, con la misma rapidez con que fluye mi
discurso, dar a mi idea tal forma, que sea accesible a la comprensión de
la hidra y despierte su atención; además, hay que vigilar con atención,
para que las ideas se trasmitan no a medida que se acumulan, sino en el
orden conocido, necesario para la correcta composición del cuadro que
quiero pintar. Luego, intento que mi discurso sea li­terario, las
definiciones breves y exactas, la frase simple y bella en lo posible. A cada
instante debo limitarme, y recordar que tengo a mi disposición sólo una
hora y cuarenta minutos. En una palabra, no es poco trabajo. Hay que
hacer de sí mismo al mismo tiempo un científico, un pedagogo y un
orador, y mal asunto si el orador vence al pedagogo o al científico, o al
revés.
Lees un cuarto, media hora, y he aquí adviertes que los estudiantes
empiezan a echar ojeadas al techo, a Piótr Ignátievich, uno busca el
pañuelo, el otro se sienta más cómodo, el tercero se ríe de sus ideas…
Eso significa que la atención se ha fatigado. Hay que tomar medidas.
Aprovechando la primera ocasión pro­picia, digo algún retruécano.
Todos los ciento cincuenta rostros son­ríen ampliamente, los ojos
brillan contentos, se oye por poco tiempo el rumor del mar... Yo me río
también. La atención se refresca y puedo con­tinuar.
Ningún deporte, ninguna diversión ni juego me brindó nunca tal
placer, como la lectura de una conferencia. Sólo en las conferencias
podía entregarme por entero a mi pasión, y entendía que la inspiración
no era un invento de los poetas, sino que existía en efecto. Y pienso que
Hércules, después de la más picante de sus hazañas, no sintió el dulce
desfallecer que sufría yo después de cada conferencia.
Eso era antes. Pero ahora experimento en las conferencias sólo tortura.
No pasa ni media hora, cuando empiezo a sentir una debilidad
invencible en las piernas y los hombros; me siento en la butaca, pero no
estoy habituado a leer sentado; al minuto me levanto, continúo parado,
después me siento de nuevo. La boca se me seca, la voz se me pone
afónica, la cabeza me da vueltas... Para ocultar a los oyentes mi estado,
bebo agua a cada rato, toso, me sueno la nariz a menudo, como si me
molestara el resfriado, digo retruécanos a destiem­po y, al final de todo,
anuncio el receso antes de lo de­bido. Pero, principalmente, me da
vergüenza.
Mi conciencia e inteligencia me dicen que lo mejor que podría hacer
ahora, es leerle a los muchachos una conferencia de despe­dida, decirles
mi última palabra, bendecirlos y ceder mi puesto a un hombre que sea
más joven y fuerte que yo. Pero que Dios me juzgue, me falta valor para
proceder a conciencia.
Por desgracia, no soy un filósofo ni un teólogo. Me es sabido a la
perfección que viviré no más de medio año; parecería que ahora me
deberían preocupar, ante todo, las cuestiones de las tinieblas de
ultratumba y de esas visiones que visitarán mi sueño sepulcral. Pero por
algo mi alma no quiere saber de esas cuestiones, aunque mi inteligencia
reconoce toda su importancia. Como hace veinte o treinta años, ahora
ante la muerte me interesa sólo la ciencia. Al dar el último suspiro, voy
a creer de todas formas que la ciencia es lo más importante, lo más
hermoso y necesario en la vida del hombre, que ésta siempre fue y será
la más alta manifestación de amor, y que sólo con ésta el hombre
vencerá a la naturaleza y a sí mismo. Esa fe, acaso, es inocente e injusta
en su fundamento, pero yo no soy culpable de que creo así y no de otra
forma, vencer en mí esa fe yo no puedo.
Pero no está en eso el asunto. Yo sólo ruego condescender a mi
debilidad y entender, que arrancar de la cátedra y de los alumnos a un
hombre, a quien le interesa más la suerte del tuétano que el objetivo
final de la creación, es igual a que si lo agarraran y lo metieran en el
ataúd, sin esperar a que se muriera.
Por el insomnio y debido a la lucha intensa con mi creciente debilidad,
me sucede algo extraño. En medio de la conferencia, de pronto, se me
hace un nudo en la garganta, empiezan a picarme los ojos, y siento el
deseo apasionado, histérico de extender las manos ha­cia adelante y
quejarme en voz alta. Quisiera gritar a toda voz que a mí, un hombre
notable, el destino me condenó a la pena de muerte, que dentro de
medio año aquí, en el auditorio, va a dirigir otro. Quiero gritar que estoy
envenenado; unas ideas nuevas, que antes no conocía, envenenaron los
últimos días de mi vida, y continúan pinchando mi cerebro, como
mosquitos. Y en ese momento mi situación me parece tan terrible, que
quisiera que todos mis oyentes se aterraran, saltaran de sus asientos y,
con miedo pánico y gritos desolados, se lanzaran hacia la salida.No es
fácil vivir esos instantes.

II

Después de las conferencias estoy sentado en mi casa y trabajo. Leo las


re­vistas, las tesis, o me preparo para la próxima conferencia, a veces
escribo algo. Trabajo con recesos, ya que me veo obligado a recibir a los
visitantes.
Se oye la llamada. Es un colega que vino a hablar de un asunto. Entra
con el sombrero, con el bastón y, tendiendo hacia mí el uno y el otro,
dice:
-¡Yo por un minuto, por un minuto! ¡Siéntese, collega! ¡Sólo dos
palabras!
En primer lugar, intentamos mostrarnos el uno al otro que ambos
somos en extremo corteses, y estamos muy contentos de vernos. Lo
hago sentarse en la butaca, y él me hace sentarme a mí; en esto nos
palmamos por el talle con cuidado, nos tocamos los bo­tones, y parece
como si nos tanteáramos y temiéramos quemarnos. Ambos reímos,
aunque no decimos nada risible. Sentados, nos inclinamos las cabezas y
empezamos a hablar a media voz. Por muy cordiales que estemos
dispuestos el uno hacia el otro, no podemos no dorar nuestro discurso
con toda clase de chinezas como: "usted se dignó a observar con
justicia", o "como ya tuve el honor de decirle"; no podemos no reírnos a
carcajadas si alguno dice una agudeza, aunque sin acierto. Terminado
de hablar del asunto, el colega se levanta con ímpetu y, agitando el
sombrero en dirección a mi trabajo, empieza a despedirse. De nuevo
nos tanteamos el uno al otro y reímos. Lo acompaño hasta el recibidor;
ahí ayudo al colega a ponerse la pelliza, pero él reniega por todos los
medios de ese alto honor. Luego, cuando Yegór abre la puerta, el colega
me asegura que me voy a resfriar, y hago ver que estoy dispuesto a ir
tras él incluso hasta la calle. Y cuando finalmente regreso a mi gabinete,
mi rostro aún continúa sonriendo, debe ser por inercia.
Un poco después otra llamada. Alguien entra al recibidor, se desviste
largo tiempo y tose. Yegór informa que vino un estudiante. Yo digo:
ruega. Al instante entra un joven de aspecto agra­dable. Ya hace un año
que tenemos unas relaciones tirantes: él me responde de modo
repulsivo en los exámenes, y yo le pongo unidades. De estos bravos que
yo, expresándome en un lenguaje estudiantil, “corro” o “hundo”, se me
acumulan anualmente unos siete. Esos de ellos que no aprueban los
exámenes por incapacidad o enfermedad, comúnmente, llevan su cruz
con paciencia y no regatean conmigo; regatean y vienen a verme a mi
casa sólo los sanguíneos, las naturas amplias, a las que la dilación de los
exámenes les quita el apetito y les impide asistir a la ópera con esmero.
A los primeros los consiento, a los segundos los corro por un año
entero.
-Siéntese –le digo al visitante. -¿Qué me dice?
-Disculpe, profesor, por la molestia... –empieza con tartamudeo y sin
mirarme a la cara. -No me atrevería a molestarlo, si no fuera por... Yo
di el examen con usted ya cinco veces, y... suspendí. Le ruego, tenga la
bondad, póngame un satisfactorio, porque...
El argumento que todos los perezosos esgrimen a su favor es siempre el
mismo: ellos aprobaron de modo excelente todas las asignaturas y
suspendieron sólo en la mía, y eso es tanto más asombroso, por que mi
asignatura siempre la estudiaron con mucho empeño, y la conocen a la
perfección; suspendieron gracias a algún malentendido inexplicable.
-Disculpe, mi amigo, -le digo al visitante-, ponerle un satisfactorio yo
no puedo. Va­ya aún, lea un poco las conferencias y venga. Entonces
veremos.
Pausa. Me dan ganas de torturar un poquito al estudiante, por que ama
más la cerveza y la ópera que la ciencia, y digo con un suspiro:
-Para mí, lo mejor que usted puede hacer ahora, es abandonar por
completo la facultad de medicina. Si con su capacidad usted no
consigue de ningún modo aprobar el examen pues, evidentemente,
usted no tiene ni el deseo ni la vocación de ser médico.
El rostro del sanguíneo se alarga.
-Perdone, profesor, –sonríe con malicia, -pero eso sería de mi parte, por
lo menos, extraño. Estudiar cinco años y de pronto… ¡irse!
-¡Bueno, sí! Es mejor perder cinco años en vano, que dedicarse después
toda la vida a un asunto que no te gusta.
Pero al instante me da lástima con él, y me apresuro a decir:
-Por lo demás, como sabe. Así, lea un poquito más y venga.
-¿Cuándo? -pregunta el perezoso sordamente.
-Cuando quiera. Siquiera mañana.
Y en sus ojos nobles leo: "¡Venir pues se puede, pero tú, cerdo, me vas a
correr otra vez!"
-Por supuesto, -digo, -usted no se va a hacer más docto, por que se
examine conmigo quince veces más, pero eso le va a educar el carácter.
Y con eso gracias.
Sobreviene un silencio. Me levanto y espero a que se vaya el visitante, y
él está parado, mira por la ventana, tira de su barbita y piensa. Se hace
aburrido.
La voz del sanguíneo es agradable, jugosa, sus ojos inteligen­tes,
burlones, su rostro bondadoso, un poco arrugado por el frecuente
consumo de cerveza y el largo yacer en el diván; por lo visto, podría
contarme muchas cosas interesantes de la ópera, de sus aventuras
amorosas, de los colegas que quiere pero, por desgracia, hablar de eso
no se acostumbra. Y yo escucharía gustoso.
-¡Profesor! Le doy mi palabra de honor, que si me pone un satisfactorio,
pues yo...
Apenas el asunto llega a la "palabra de honor", yo agito las manos y me
siento a la mesa. El estudiante piensa un instante y dice abatido:
-En ese caso, adiós... Disculpe.
-Adiós, mi amigo. Que tenga buena salud.
Va indeciso al recibidor, se viste allí con lentitud y, al salir a la calle,
probablemente, piensa mucho tiempo de nuevo; sin inventar nada,
excepto “viejo diablo" en mi dirección, va a un restaurante malo a tomar
cerveza y a almorzar, y después a su casa a dormir. ¡Paz a tus cenizas,
honrado trabajador!
La tercera llamada. Entra un joven doctor con un traje ne­gro nuevo,
lentes dorados y, por supuesto, corbata blanca. Se recomienda. Le ruego
sentarse y le pregunto qué se le ofrece. No sin inquietud, el joven
sacerdote de la ciencia empieza a decirme que este año aprobó el
examen de doctorando, y que sólo le resta escribir la tesis. Quisiera
trabajar conmigo, bajo mi dirección, y yo lo obligaría muchísimo si le
diera el tema para la tesis.
-Me alegro mucho de serle útil, colega, -digo, -pero vamos primero a
convenir respecto a lo que es una tesis. Por esta palabra se acostumbra
a entender una obra, que constituye el producto de una creación
independiente. ¿No es así? Pero una obra escrita sobre un tema ajeno y
bajo una dirección ajena, se llama de otra forma…
El doctorando calla. Yo estallo y me le­vanto del asiento.
-¿Para qué vienen a verme todos ustedes, no entiendo? -grito enojado.
-¿Tengo una tienda, o qué? ¡Yo no vendo temas! ¡Por milésima primera
vez, les ruego a todos ustedes dejarme en paz! ¡Disculpe la poca
delicadeza, pero a mí, finalmente, esto me cansó!
El doctorando calla, y sólo un tinte leve aparece en sus pómulos. Su
rostro expresa un profundo respeto hacia mi nombre notable y ciencia,
pero por sus ojos veo que desprecia mi voz, mi figura mísera y
gesticulación nerviosa. En mi cólera le parezco un excéntrico.
-¡Yo no tengo una tienda! –me enojo. -¡Y es un asunto asombroso! ¿Por
qué no quiere ser independiente? ¿Por qué le repugna tanto la libertad?
Hablo mucho, y él siempre callado. Al final de todo, poco a poco, me
calmo y, se entiende, cedo. El doctorando recibe de mí un tema que vale
un grosh15, escribirá bajo mi ob­servación una tesis que nadie necesita,
resistirá con dignidad una discusión aburrida, y recibirá un grado
científico que no necesita.
Las llamadas pueden continuar una tras otra sin término, pero aquí me
limitaré sólo a cuatro. Suena la cuarta llamada y oigo unos pasos
conocidos, el fru-frú de un vestido, una voz querida...
Hace 18 años murió mi colega oculista, y dejó tras de sí una hija de siete
años, Katia, y sesenta mil rublos. En su testamento me designó tutor a
mí. Hasta los diez años Katia vivió con mi familia, después fue enviada
a un instituto, y vivía en mi casa sólo los me­ses de verano, durante las
vacaciones. Para dedicarme a su educación nunca tuve tiempo, la
observaba sólo a ratos, y por eso de su infancia puedo decir muy poco.
Lo primero que recuerdo y amo en mis recuerdos, es la credulidad
inusitada con que entró a mi casa, se curaba con los doctores y brillaba
siempre en su carita. Pasaba que estaba sentada en algún lugar en una
esquina, con la mejilla vendada, y seguro miraba algo con atención;
aunque viera acaso en ese momento cómo yo escribía y hojeaba los
libros, o cómo trajinaba mi mujer, o cómo la cocinera pelaba patatas en
la cocina, o cómo jugaba el perro, sus ojos expresaban de modo
invariable una misma cosa, y precisamente: "Todo lo que se hace en este
mundo, todo es hermoso y sensato". Era curiosa y le gustaba mucho
hablar conmigo. Pasaba que estaba sentada a la mesa, enfrente de mí,
vigilaba mis movimientos y hacía pregun­tas. Le interesaba saber qué
yo leía, que hacía en la universidad, si no le temía a los cadáveres, dónde
metía mi salario.
-¿Los estudiantes se pelean en la universidad? -preguntaba.
-Se pelean, querida.
-¿Y usted los pone de rodillas?
–Los pongo.
Y le daba risa que los estudiantes se pelearan y que yo los pusiera de
rodillas, y se reía. Era una niña dócil, paciente y noble. No pocas veces
me tocó ver cómo le quitaban algo, la castigaban en vano o no
satisfa­cían su curiosidad; en ese momento, con la constante expresión
de credulidad de su cara, se mezclaba aún la tristeza, sólo eso. Yo no
sabía interceder por ella, y sólo cuando veía su tristeza, me surgía el
deseo de atraerla hacia mí y apiadarme con el tono de una vieja nana:
"¡Mi huerfanita querida!"
Recuerdo asimismo que le gustaba vestirse bien y salpicarse con
perfume. En ese sentido se parecía a mí. A mí también me gusta la ropa
bonita y los buenos perfumes.
Lamento que no tuve tiempo ni ganas de observar el prin­cipio y
desarrollo de la pasión, que ya dominaba totalmente a Ka­tia a los
catorce o quince años. Hablo de su amor apasionado por el teatro.
Cuando venía del instituto de vacaciones, y vivía en nuestra casa, de
nada hablaba con tanto gusto y tanto fervor, como de las piezas y los
actores. Nos fatigaba con sus pláticas constantes sobre teatro. Mi mujer
y mis hijos no la escuchaban. Sólo a mí me faltaba valor para negarle la
atención. Cuando le surgía el deseo de compartir sus éxtasis, entraba a
mi gabinete y me decía con voz suplicante:
-¡Nikolai Stepánich, permítame hablarle de teatro!
Yo le mostraba el reloj y le decía:
-Te doy media hora. Empieza.
Más tarde empezó a traer consigo docenas enteras de retratos de actores
y actri­ces, a los que rezaba; después probó varias veces participar en los
espectáculos de aficionados y, al final de todo, cuando terminó el curso,
me anunció que había nacido para ser actriz.
Yo nunca compartí las aficiones teatrales de Katia. Para mí, si una pieza
es buena pues, para que produzca la debida impresión, no hay
necesidad de molestar a los actores: se puede limitarse sólo a la lectura.
Y si la pieza es mala, pues ninguna actuación la hará buena.
En mi juventud visitaba el teatro a menudo, y ahora, unas dos veces al
año, mi familia alquila un palco y me lleva a "airearme". Por su­puesto,
eso no es suficiente para tener derecho a juzgar sobre el teatro, pero diré
un poco sobre éste. En mi opinión, el teatro no se ha hecho mejor, de lo
que fue hace treinta o cuarenta años. Como antes, ni en los corredores
teatrales, ni en el foyer yo puedo encontrar, de algún modo, un vaso de
agua potable. Como antes, los acomodadores me multan con dos
grívienniks16 por mi pelliza, aunque no hay nada censurable en llevar
ropa de abrigo en invierno. Como antes, en los entreactos tocan, sin
ninguna necesidad, una música que agrega a la impresión obtenida de
la pieza otra nueva, no invitada. Como antes, los hombres en los
entreactos van al buffet a consumir bebidas alcohólicas. Si no se ve
progreso en las menudeces, pues en vano me pondré a buscarlo en lo
grande. Cuando un actor, enredado de los pies a la cabeza con las
tradiciones teatrales y los prejuicios, intenta leer el simple, común
monólogo “Ser o no ser” no con sencillez, sino por algo, con seguridad,
con silbidos y espasmos en todo el cuerpo, o cuando me intenta
convencer, pase lo que pase, de que Chátskii17, que conversa mucho
con los imbéciles y ama a una imbécil, es un hombre muy inteligente, y
de que La amargura del ingenio no es una pieza aburrida, pues me sopla
desde el escenario la misma rutina, que me era aburrida hace cuarenta
años, cuando me convidaban con aullidos clásicos y golpes a los persas.
Y cada vez salgo del teatro más conservador que cuando entré ahí.
Al vulgo sentimental y crédulo se le puede convencer de que el teatro,
en su forma actual, es una escuela. Pero quien conoce la es­cuela en su
verdadero sentido, a ese no lo pescas con esa caña. No sé que será dentro
de cincuenta o cien años pero, en las condiciones actuales, el teatro
puede servir sólo de distracción. Pero es una distracción demasiado
costosa como para continuar teniéndola. Ésta le quita al estado miles de
jóvenes, de hombres y mujeres saludables e inteligentes que, si no se
dedicaran al teatro, podrían ser buenos médicos, labradores, maestras,
oficiales; ésta le quita al público las horas nocturnas, el mejor tiempo
para el trabajo intelectual y las pláticas con los colegas. No hablo ya de
los gastos monetarios ni de esas pérdidas morales que sufre el
espectador, cuando ve en la escena un asesinato mal tratado, un
adulterio o una calumnia.
Katia era de una opinión distinta por completo. Me aseguraba que el
teatro, incluso en su situación actual, era superior al auditorio, superior
a los libros, superior a todo en el mundo. El teatro era una fuerza que
reunía en sí solo todas las artes, y los actores unos misioneros. Ningún
arte ni ninguna ciencia por separado, estaba en condición de influir tan
fuerte y justamente en el alma hu­mana, como la escena; y no en vano
por eso, un actor de mediana magnitud gozaba en el Estado de una
popularidad mucho mayor, que el mejor científico o pintor. Y ninguna
actividad pública podía brindar tal placer y satisfacción, como la
escénica.
Y un buen día Katia ingresó a una trouppe y se fue parece que a Ufá18,
llevando consigo mucho dinero, un montón de esperanzas jubilosas y
unas visiones aristocráticas del asunto.
Sus primeras cartas desde el camino fueron asombrosas. Yo las leía y
simplemente me admiraba, de que esas pequeñas hojitas de papel
pudieran contener en sí tanta juventud, pureza de alma, inocencia
sagrada y, junto con eso, juicios refinados, prácticos, que podrían hacer
honor a una buena inteligencia masculina. El Vol­ga, la naturaleza, las
ciudades que visitaba, los colegas, sus éxitos y fracasos no los describía,
sino los ensalzaba; cada renglón exhalaba la credulidad que yo estaba
habituado a ver en su rostro; y con todo eso un montón de errores
gramaticales, y signos de puntuación no había en absoluto.
No pasó ni medio año, cuando recibí una carta poética y exaltada en
grado sumo, que empezaba con las palabras: "Me enamoré". A esta carta
se adjuntaba una fotografía, que representaba a un joven de rostro
rasurado, con un sombrero de alas anchas y una capa tirada al hombro.
Las cartas siguientes fueron como antes magníficas, pero ya aparecían
en éstas los signos de puntuación, desaparecían los errores gramaticales
y olían a hombre fuertemente. Katia me empezó a escribir de que sería
bueno construir, en algún lugar por el Volga, un teatro grande, no de
otra forma que con acciones, y atraer para esa empresa a los mercaderes
ricos y los dueños de barcos; habría mucho dinero, las colectas serían
inmensas, los actores actuarían en condiciones de hermandad… Puede
ser que todo eso, en efecto, fuera bueno, pero me parecía que semejantes
invenciones podían salir sólo de una cabeza masculina.
Fuera como fuera, dos años y medio, por lo visto, todo fue favorable:
Katia amaba, creía en su asunto y era dichosa: pero después empecé a
advertir en sus cartas signos evidentes de decadencia. Empezó por que
Katia se me quejaba de sus colegas, ese es el primer y más maligno
síntoma; si un joven científico o un literato empieza su actividad, por
quejarse con amargura de los científicos y los literatos, pues eso significa
que ya se fatigó y no sirve para el asunto. Katia me escribía que sus
colegas no asistían a los ensayos y nunca se sabían los papeles; en la
puesta de las obras absurdas y en la manera de conducirse en escena, se
veía en cada uno un irrespeto absoluto por el público; en interés de la
colecta, de la que sólo hablaban, las ac­trices dramáticas se humillaban
hasta cantar chansonnettes19, y los trágicos cantaban couplets donde se
reían de los maridos cornudos y del embarazo de las esposas infieles, y
demás. En general, había que admirarse de que hasta ahora no se
hubiera hundido ya el asunto en provincia, y de cómo éste se podía
mantener sobre una venita tan delgada y podrida.
En respuesta le envié a Katia una carta larga y, lo confieso, muy
aburrida. Entre tanto, le escribía: "No pocas veces me tocó conversar
con viejos-actores, unas personas nobilísimas, que me brindaron su
disposición; por las pláticas con ellos pude entender, que su activida­d
está dirigida no tanto por su juicio personal y libertad, cuanto por la
moda y el estado de ánimo de la sociedad; los mejores de ellos tuvieron
que actuar a lo largo de su vida en tragedias, operetas, farsas parisinas y
funciones de magia, y siempre les pareció igualmente que iban por el
camino correcto y traían provecho. Entonces, como ves, la causa del mal
hay que buscarla no en los actores, sino más profundo, en el mismo arte
y en la actitud de toda la sociedad hacia éste". Esta carta mía sólo irritó
a Katia. Ella me respondió: "Usted y yo cantamos de óperas distintas20.
Yo le escribí no de las personas nobilísimas, que le brindaron su
disposición, sino de una banda de pícaros, que no tienen nada en
común con la nobleza. Es una manada de personas salvajes, que
entraron a la escena porque no los hubieran aceptado en ningún otro
lugar, y que se llaman artistas sólo porque son unos descarados. No hay
ni un talento, pero hay muchos incapaces, borrachos, intrigantes,
chismosos. No le puedo expresar cuán amargo me es que un arte, que
yo amo tanto, haya caído en manos de personas que me son odiosas; me
es amargo que las mejores personas ven el mal sólo desde lejos, no
quieren acercarse y, en lugar de interceder, escriben, en un estilo
pesado, lugares comunes y una moral que nadie necesita…”, y demás,
todo en ese género.
Pasó poco tiempo, y recibí una carta así: "He sido engañada de modo
inhumano. No puedo vivir más. Disponga de mi dinero como
encuentre necesario. Yo lo quise a usted como un padre y único amigo.
Perdóneme".
Resultó que su él pertenecía también a la “manada de personas salvajes".
Posteriormente, por ciertas alusiones, pude adivinar que hubo un
intento de suicidio. Al parecer, Katia probó envenenarse. Hay que
pensar que después estuvo enferma de cuidado, ya que la carta siguiente
la recibí ya desde Yalta, adonde, con toda seguridad, la mandaron los
doctores. Su última carta contenía el ruego de enviarle, lo más pronto
posible, mil rublos a Yalta, y terminaba así: "Disculpe que la carta es tan
lúgubre. Ayer enterré a mi hijo." Tras vivir en Crimea cerca de un año,
regresó a casa.
Viajó ella cerca de cuatro años, y en todos los cuatro, hay que confesar,
yo jugué respecto a ella un papel bastante poco envidiable y extraño.
Cuando me anun­ció antes que se iba de actriz, y después me escribía
de su amor, cuando se apoderaba de ella, por periódos, un espíritu de
derroche, y yo tenía que enviarle a cada rato, a exigencia suya, ya mil,
ya dos mil rublos, cuando me escribía de su intención de morir, y
después de la muerte del niño, pues yo cada vez me extraviaba, y todo
mi interés en su destino se expresaba sólo, en que yo pensaba mucho y
le escribía cartas largas, aburridas, que podría no haber escrito en
absoluto. ¡Y entre tanto yo sustituía para ella a su padre carnal y la
quería como a una hija!
Ahora Katia vive a media vérsta de mi casa. Alquiló un apartamento de
cinco habitaciones, y lo ambientó de modo bastante confortable, con su
gusto peculiar. Si alguien se tomara el trabajo de dibujar su ambiente,
pues el humor predominante del cuadro sería la pereza. Para un cuerpo
perezoso sofacitos blandos, taburetes blandos; para los pies perezosos
alfombras; para una vista perezosa colores desvaídos, apagados, mates;
para un alma perezosa abundancia en las paredes de abanicos baratos y
cuadros menudos, en los que la originalidad de la ejecución prevalece
sobre el contenido, abundancia de mesitas y anaqueles cubiertos de
cosas totalmente inú­tiles y sin valor, jirones deformes en lugar de
cortinas... Todo eso, junto con el temor a los colores vivos, a la simetría
y al espa­cio, además de la pereza espiritual, es un testimonio más de la
perversión del gusto natural. Por días enteros Katia se acuesta en el
sofacito y lee libros, con preferencia novelas y relatos. De la casa sale
sólo una vez al día, después del mediodía, para verse conmigo.
Yo trabajo, y Katia se sienta en el diván no lejos de mí, calla y se arropa
con su chal, como si tuviera frío. Acaso por que me es simpática, o acaso
por que estoy habituado a su visita frecuente desde que era una niña, su
presencia no me impide concentrarme. Raramente le hago alguna
pregunta de modo maquinal, ella me da una respuesta muy breve; o
pues, para descansar un instante, vuelvo el rostro hacia ella y miro
cómo, pensativa, revisa alguna revista de me­dicina o periódico. Y en
ese momento advierto, que en su rostro no hay la anterior expresión de
credulidad. Su expresión ahora es fría, indiferente, distraída, como la de
los pasajeros que deben esperar el tren mucho tiempo. Se viste como
antes bonito y sencillo, pero con descuido; se ve que a su vestido y su
peinado le toca no poco de los sofacitos y las mecedoras, en los que yace
por días enteros. Y ya no es curiosa como era antes. Ya no me hace
preguntas, como si ya hubiera pasado por todo en la vida y no esperara
oír nada nuevo.
Pasadas las tres empieza el movimiento en el salón y la sala. Eso Liza
volvió del conservatorio y trajo consigo a las amigas. Se oye cómo tocan
el piano de cola, prueban las voces y se ríen a carcajadas; en el comedor
Yegór pone la mesa y hace sonar la vajilla.
-Adiós, -dice Katia. –Hoy no voy a ver a los suyos. Que me disculpen.
No hay tiempo. Venga.
Cuando la acompaño hasta el recibidor, me echa una ojeada severa de
la cabeza a los pies, y dice con fastidio:
-¡Y usted siempre más flaco! ¿Por qué no se trata? Voy a ir a ver a
Serguéi Fiódorovich y lo voy a invitar. Que le eche un vistazo.
-No hace falta, Katia.
-¡No entiendo, a dónde mira su familia! Son buenos, ni qué decir.
Se pone su pelliza con ímpetu y en ese momento, de su peinado hecho
con descuido, caen seguro al suelo dos o tres horquillas. Arreglarse el
peinado le da pereza, y no hay tiempo; se esconde con embarazo los
rizos caídos bajo el gorrito, y se va.Cuando entro al comedor, mi mujer
me pregunta:
-¿Ahora estaba Katia contigo? ¿Por qué pues no vino a ver­nos? Esto es
hasta extraño...
-¡Mamá! -le dice con reproche Liza. -Si no quiere, pues que vaya con
Dios. No nos va­mos a poner de rodillas pues...
-Como quieras, es un desprecio. Estar sentada en el gabinete tres horas,
y no acordarse de nosotras. Por lo demás, como le plazca.
Varia y Liza, ambas, odian a Katia. Ese odio yo no lo entiendo y,
probablemente, para entenderlo habría que ser mujer. Respondo con
mi cabeza por que, entre los ciento cincuenta jóvenes que veo casi a
diario en mi auditorio, y entre ese centenar de maduros, a quienes me
veo obligado a recibir cada semana, apenas se encuentre uno tal, que
sepa entender el odio y la repulsión al pasado de Katia, es decir, al
embarazo extra-matrimonial y al hijo ile­gítimo; y al mismo tiempo no
puedo recordar de ningún modo, ni a una sola mujer o muchacha
conocida mía que, consciente o instintivamente, no abrigara en sí esos
sentimientos. Y eso no es porque la mujer sea más virtuosa y pura que
los hombres: pues la virtud y la pureza se distinguen poco del vicio si
no están libres de un senti­miento malicioso. Yo explico esto,
simplemente, con el atraso de la mujer. La sensación abatida de la
compasión, y el cargo de conciencia que experimenta el hombre
moderno cuando ve una desgra­cia, me hablan mucho más de cultura
y estatura moral, que el odio y la repulsión. La mujer moderna es tan
llorosa y dura de cora­zón como en la Edad Media. Y para mí, proceden
de un modo totalmente juicioso esos que le aconsejan educarse como el
hombre.
Mi mujer no quiere a Katia aún por que ella fue ac­triz, por su
ingratitud, por su orgullo, por su excentricidad y por todos esos vicios
in­numerables, que una mujer siempre sabe encontrar en otra.
Salvo yo y mi familia, con nosotros almuerzan aún dos o tres amigas de
mi hija, y Alexánder Adólfovich Gnekker, admirador de Liza y
pretendiente a su mano. Éste es un rubio joven, no mayor de treinta
años, de estatura mediana, muy grueso, de espaldas anchas, con patillas
rojizas junto a las orejas y un bi­gotito teñido, que otorgan a su rostro
grueso, lizo, cierta expresión juguetona. Usa él una chaqueta muy corta,
chaleco de color, pan­talón a grandes cuadros, muy anchos arriba y muy
estrechos abajo, y unas botas amarillas sin tacón. Tiene los ojos saltones,
de cangrejo; su corbata parece una muela de cangrejo, e incluso, me
parece, todo este joven exhala un olor a sopa de cangrejo. Viene a
nuestra casa a diario, pero nadie de mi familia sabe de dónde procede,
dónde estu­dió ni con qué recursos vive. No toca ni canta, pero tiene
cierta relación con la música y el canto, vende en algún lugar los pianos
de alguien, visita el conservatorio a menudo, conoce a todas las
celebridades y dispone en los conciertos; juzga sobre música con gran
autoridad y, lo advertí, todos concuerdan con él gustosos.
Las personas ricas tienen siempre a su alrededor parásitos, las ciencias
y las artes también. Al parecer, no hay en el mundo tal arte o ciencia,
que esté libre de la presencia de "cuerpos extraños", como este Gnekker.
Yo no soy músico y, acaso, me equivoco respecto a Gnekker, al que,
además, conozco poco. Pero me parecen ya demasiado sospechosas su
autoridad y esa dignidad, con que se para junto al piano de cola y
escucha cuando alguien canta o toca.
Aunque usted sea cien veces un gentleman y un consejero secreto, si
tiene una hija, no tiene ninguna garantía contra ese espíritu pequeño
burgués, que introducen a menudo en su casa y en su estado de ánimo
el cortejo, los esponsales y la boda. Yo, por ejemplo, no puedo
resignarme a esa expresión solemne, que tiene mi mujer cada vez que
Gnekker está en nuestra casa, no puedo resignarme asimismo a esas
botellas de laffitte, oporto y jerez que se ponen sólo por él, para que se
convenza en persona de qué modo amplio y lujoso vivimos. Tampoco
digiero la risa entrecortada de Liza, que aprendió en el conservatorio, ni
su ma­nera de entornar los ojos cuando hay hombres en la casa. Y lo
principal, no puedo entender de ningún modo, por qué viene a mi casa
todos los días, y almuerza conmigo todos los días un ser extraño en
absoluto a mis hábitos, a mi ciencia, a to­do mi modo de vida, no
parecido en absoluto a las per­sonas que quiero. Mi mujer y la sirvienta
susurran en secreto que "es un novio", pero yo, de todas formas, no
entiendo su presencia; ésta me produce tal perplejidad, como si
sentaran a mi mesa a un zulú. Y asimismo me parece extraño que mi
hija, a la que estoy habituado a considerar una niña, ama esa corbata,
esos ojos, esas mejillas blandas…
Antes me gustaba el almuerzo o le era indiferente, pero ahora no me
despierta nada, excepto fastidio e irritación. Desde que me hice una
excelencia y estuve en los decanatos de la facultad, mi familia encontró
nece­sario, por algo, cambiar por completo nuestro menú y régimen de
almuerzo. En lugar de esos platos sencillos, a los que me habitué cuando
era estudiante y curandero, ahora me alimentan con una sopa-purée, en
la que nadan ciertos carámbanos blancos, y con riñones a la madère21.
El generalato y la celebridad me quitaron para siempre el schi22, las
sabrosas empanadas, el ganso con manzanas y la brema con gachas. Me
quitaron asimismo a la sirvienta Agásha, una viejecita habladora y
risible, en cuyo lugar me sirve ahora el almuerzo Yegór, un chico
estúpido y arrogante con un guante blanco en la mano derecha. Los
entreactos son cortos, pero parecen excesivamente largos, porque no
hay con qué lle­narlos. Ya no hay el anterior júbilo, las conversaciones
desenfadadas, las bromas, la risa, no hay los halagos recíprocos y ese
júbilo que inquietaba a los niños, a mi mujer y a mí cuan­do nos
reuníamos en el comedor; para mí, un hombre ocupado, el almuerzo
era un momento de descanso y encuentro, y para mi mujer y los niños
una fiesta, en verdad breve, pero luminosa y jubilosa, cuando sabían que
yo, por media hora, no pertenecía a la ciencia ni a los estudian­tes, sino
sólo a ellos y a nadie más. No hay ya más la habilidad de embriagarse
con una copita, ni Agásha, ni la brema con gachas, ni esa algarabía con
que siempre se recibían los pequeños escándalos del almuerzo, como
una pelea del perro con el gato debajo de la mesa, o la caída de la venda
de la mejilla de Katia en el plato de sopa.
Describir el almuerzo de ahora es tan poco sabroso como comerlo. En
el rostro de mi mujer hay solemnidad, importancia afectada y la
cotidiana expresión de desvelo. Echa ojeadas inquietas a nuestros platos
y dice: "Veo que no le gusta lo asado... Dígame: ¿pues no le gusta?" Y yo
debo responder: "En vano te molestas, querida, el asado está muy
sabroso”. Y ella: "Tú siempre intercedes por mí, Nikolai Stepánovich, y
nunca dirás la verdad. ¿Por qué pues, Alexánder Adólfovich comió tan
poco?", y todo en ese género durante todo el almuerzo. Liza se ríe a
carcajadas de modo entrecortado y entorna los ojos. Yo las miro a
ambas, y sólo ahora en el almuerzo está claro por completo para mí, que
la vida interna de ambas se escapó ya hace tiempo de mi observación.
Tengo una sensación, como si alguna vez hubiera vivido en mi casa con
una familia verdadera, y ahora almuerzo de visita, con una mujer no
verdadera, y veo a una Liza no verdadera. Se produjo en ambas un
cambio brusco, yo me perdí ese largo proceso, por el que ese cambio se
consumó, y no es ex­traño que no entienda nada. ¿Por qué se produjo
el cambio? No lo sé. Acaso, toda la desgracia está en que a mi mujer y a
mi hija, Dios no les dio la misma fuerza que a mí. Yo desde la infancia
me habitué a enfrentar las influencias exteriores, y me templé lo
suficiente; tales catástrofes vitales como la celebridad, el generalato, el
tránsito del bienestar a la vida por encima de los recursos, las relaciones
con la nobleza y demás, apenas me tocaron, y salí sano y salvo; pero a
los débiles, a los no templados como mi mujer y Liza, todo eso les cayó
como un gran alud de nieve, y los aplastó.
Las señoritas y Gnekker hablan de fugas, contrapuntos, de cantantes y
pianistas, de Bach y de Brahms, y mi mujer, temiendo de que sospechen
en ella ignorancia musical, sonríe compasiva y farfulla: "Eso es
encantador… ¿Será posible? Dígame…” Gnekker come con aire
respetable, dice agudezas respetables, y escucha con indulgencia las
observaciones de las señoritas. Raramente, le viene el deseo de hablar
en un fran­cés malo, y entonces, por algo, encuentra necesario
llamarme votre excellence23.
Y yo sombrío. Evidentemente, los cohíbo a todos, y ellos me cohíben a
mí. Nunca antes conocí de cerca los antagonismos de los estamentos,
pero ahora me atormenta, precisamente, algo como eso. Intento
encontrar en Gnekker sólo rasgos malos, los encuentro pronto y me
tortura, que en su puesto de novio hay una persona que no es de mi
círculo. Su presencia influye mal en mí en otro sentido también.
Comúnmente, cuando me quedo a solas conmigo mismo o estoy en
compa­ñía de personas que quiero, nunca pienso en mis méritos, y si
empiezo a pensar, pues me parecen tan ínfimos, como si me hubiera
hecho un científico sólo ayer; pero en presencia de tales personas como
Gnekker, mis méritos me parecen una mon­taña altísima, cuya cima
desaparece entre las nubes, y al pie pululan los Gnekker apenas visibles
a los ojos.
Después de almuerzo voy a mi gabinete y fumo mi pipa (la única en
todo el día), que sobrevivió a la antigua, infame costumbre de echar
humo de la mañana a la noche. Cuando fumo, mi mujer entra y se sienta
para hablar conmigo. Así mismo como por la mañana, sé de antemano
sobre qué va a ser nuestra plática.
-Tendríamos que hablar en serio tú y yo, Nikolai Stepánich –empieza.
–Yo sobre Liza... ¿Por qué no prestas atención?
-¿O sea?
-Tú haces ver que no notas nada, pero eso no está bien. No se puede ser
des­cuidado... Gnekker tiene intenciones respecto a Liza... ¿Qué me
dices?
-Que es una mala persona no lo puedo decir, por que no lo conozco,
pero que no me gusta, de eso ya te hablé mil veces.
-Pero así no se puede... no se puede...
Se levanta y camina con inquietud.
-No se puede actuar así ante un paso serio... –dice. -Cuando se trata de
la felicidad de una hija, hay que dejar todo lo personal. Yo sé que él no
te gusta... Bien... Si lo rechazamos ahora, lo destruimos todo, ¿cómo
respondes, por que Liza no se quejará de nosotros toda su vida? Ahora
Dios no sabe cuántos novios hay, y puede suceder que no se presente
otro partido... Él quiere mucho a Liza, y por lo visto le gusta a ella... Por
supuesto, no tiene una posición definida, pero, ¿qué hacer pues? Dios
quiera, con el tiempo se colocará en algún lugar. Es de buena familia y
rico.
-¿De dónde tú sabes eso?
-Él me lo dijo. Su padre tiene una casa grande en Járkov, y una
propiedad en los suburbios de Járkov. En una palabra, Nikolai
Stepánich, tienes que ir a Járkov seguro.
-¿Para qué?
-Vas a averiguar allá… Tú tienes allá profesores conocidos, ellos te
ayudarán. Yo misma iría, pero soy mujer. No puedo...
-Yo no voy a ir a Járkov, -digo sombrío.
Mi mujer se asusta, y en su rostro aparece una expresión de dolor
torturante.
-¡Por Dios, Nikolai Stepánich! -me suplica sollozando. -¡Por Dios,
quítame ese peso de encima! ¡Yo sufro!
Se me hace doloroso mirarla.
-Está bien, Varia –digo con cariño. -Si quieres, pues dígnate, iré a Járkov
y haré todo lo que te plazca.
Ella se aprieta el pañuelo contra los ojos y se va a llorar a su habi­tación.
Yo me quedo solo.
Poco después traen la luz. Desde las butacas y la pantalla de la lámpara,
se extienden por las paredes y el suelo unas sombras conocidas, que me
cansaron hace tiempo, y cuando las miro me parece que ya es de noche,
y que ya empieza mi maldito insomnio. Me acuesto en la cama, después
me levanto y ando por la habitación, después me acuesto de nuevo...
Comúnmente, después de almorzar, al caer la tarde, mi excitación
nerviosa alcanza su grado máximo. Empiezo a llorar sin razón, y
escondo la cabeza bajo la almohada. En ese momento temo que entre
alguien, temo morir de repente, me avergüenzo de mis lágri­mas, y en
general me resulta en el alma algo insufrible. Siento que no puedo ver
más mi lámpara, ni los libros, ni las sombras en el suelo, no puedo oír
las voces que resuenan en la sala. Cierta fuerza invisible e inexplicable
me empuja con rudeza fuera de mi apartamento. Me levanto, me visto
apurado y con cuidado, para que no lo adviertan los de la casa, salgo a
la calle. ¿Adónde ir?
La respuesta a esa pregunta ya hace tiempo que la tengo en el cerebro: a
ver a Katia.

III

Como de costumbre, está acostada en el diván turco o en el sofacito, y


lee algo. Al verme, levanta la cabeza con pereza, se sienta y me tiende la
mano.
-Y tú siempre acostada, -digo tras callar un poco y descansar. -Eso no
es saludable. ¡Si te dedicaras a algo!
-¿Eh?
-Si tú, digo, te dedicaras a algo.
-¿A qué? Una mujer sólo puede ser una simple trabajadora, o una actriz.
-Bueno, ¿qué pues? Si no se puede de trabajadora, ve de actriz.
Calla.
-Si te casaras, -digo medio en broma.
-No hay con quién. ¿Y para qué?
-Así no se puede vivir.
-¿Sin marido? ¡Gran importancia! Hombres hay cuánto quieras, si hay
ganas.
-Eso, Katia, no es bonito.
-¿Qué no es bonito?
-Pues eso, lo que dijiste ahora.
Advirtiendo que estoy afligido, y deseando suavizar la mala impresión,
Katia dice:
-Vamos. Venga aquí. Ahí.
Me lleva a un cuartito pequeño, muy acogedor, y dice señalando a la
mesa de escritorio:
-Ahí tiene... La preparé para usted. Ahí va a estudiar. Venga todos los
días y traiga consigo el trabajo. Allá en la casa sólo lo molestan. ¿Va a
trabajar aquí? ¿Quiere?
Para no afligirla con un rechazo, le respondo que voy a estudiar en su
casa, y que la habitación me gusta mucho. Luego ambos nos sentamos
en el cuar­tito acogedor y empezamos a conversar.
La calidez, el ambiente acogedor y la presencia de una persona
simpática, me despiertan ahora no una sensación de placer, como antes,
sino unas ganas fuertes de lamentar e injuriar. Me parece por algo, que
si murmuro y me lamento un poco, pues voy a sentir alivio.
-¡Mal asunto, mi querida! –empiezo con un suspiro. –Muy mal…
-¿Qué pasa?
-Pues ves, cuál es el asunto, mi amiga. El derecho mejor y más sagrado
de los reyes, es el derecho al perdón. Y yo siempre me sentí un rey, por
que ejercía ese derecho sin límite. Nunca juzgué, fui indulgente,
perdoné gustoso a todos a diestra y siniestra. Donde otros protestaban
y se perturbaban, ahí yo sólo aconsejaba y convencía. Toda mi vida sólo
intenté, que mi compañía fuera soportable para mi familia, los
estudiantes, los colegas, para los sirvientes. Y esa actitud mía hacia las
personas, yo sé, educó a todos los que les tocó estar cerca de mí. Pero
ahora yo ya no soy un rey. En mí sucede algo así, que es digno sólo de
los esclavos: por mi cabeza andan día y noche ideas maliciosas, y en mi
alma han hecho nido unos sentimientos, que antes no conocía. Yo odio,
desprecio, me indigno, me perturbo, temo. Me he vuelto severo sin
medida, exigente, irritable, descortés, suspicaz. Incluso, lo que antes me
daba un pretexto para decir solamente un retruécano superfluo, y
reírme un poco de buena alma, me produce ahora una sensación
penosa. Me cambió hasta la lógica: antes yo despreciaba sólo el di­nero,
pero ahora abrigo un sentimiento malicioso no contra el dinero, sino
contra los ricos, como si ellos fueran los culpables; antes odiaba la
violencia y la arbitrariedad, y ahora odio a las personas que practican la
violencia, como si ellas solas fueran las culpables, y no todos nosotros,
que no sabemos educarnos los unos a los otros. ¿Qué significa eso? Si
mis nuevas ideas y mis nuevos sentimientos provienen de un cambio de
convicciones, pues, ¿de dónde pudo venir ese cambio? ¿Acaso el mundo
se volvió peor, y yo mejor, o antes yo era ciego e indiferente? Si ese
cambio pues, se produjo por una decadencia general de las fuerzas
físicas e intelectuales, -yo pues estoy enfermo, y todos los días pierdo
peso-, pues mi situación es lamentable: entonces, mis ideas nuevas son
anormales, insanas, me deben dar vergüenza y las debo considerar
anodinas...
-La enfermedad ahí no tiene que ver -me interrumpe Katia-.
Simplemente, a usted se le abrieron los ojos, eso es todo. Usted vio lo
que antes, por algo, no quería notar. Para mí, ante todo, a usted le hace
falta romper definitivamente con su familia e irse.
-Tú dices cosas absurdas.
-Usted ya no los quiere, ¿para qué pues torcer el alma ahí? ¿Y acaso eso
es una familia? ¡Una nulidad! Si se murieran hoy, maña­na nadie
notaría su ausencia.
Katia desprecia a mi mujer y a mi hija, con la misma fuerza que ellas la
odian. Apenas se pueda hablar en nuestro tiempo, del derecho de las
personas a despreciarse las unas a las otras. Pero si ponerse en el punto
de vista de Katia, y reconocer que tal derecho existe, pues verás de todas
formas que ella tiene tanto derecho a despreciar a mi mujer y a Liza,
como ellas a odiarla.
-¡Una nulidad! -repite ella-. ¿Usted almorzó hoy? ¿Cómo es eso pues,
que no se olvidaron de llamarlo al comedor? ¿Có­mo es eso, que hasta
ahora se acuerdan de su existencia todavía?
-Katia, -le digo con severidad, -te ruego callarte.
-¿Y usted piensa, que a mí me alegra hablar de ellas? ¡Yo estaría contenta
de no conocerlas en absoluto! Escúcheme pues, mi querido: déjelo todo
y váyase. Váyase al extranjero. Cuanto antes, mejor.
-¡Qué clase de sandez! ¿Y la universidad?
-Y la universidad también. ¿De qué le sirve? De todas formas no hay
ningún provecho. Lee usted ya hace treinta años, ¿y dónde están sus
alumnos? ¿Acaso tiene muchos científicos notables? ¡Cuente pues! Y
para multiplicar a esos doctores, que explotan la ignorancia y amasan
cientos de miles, para eso no hace falta ser un hombre bueno y
talentoso. Usted sobra.
-¡Dios mío, qué áspera eres! -me aterro. -¡Qué áspera eres! ¡Cállate, de
otra forma me voy a ir! ¡Yo no sé responder a tus asperezas!
Entra la sirvienta y nos llama a tomar el té. Junto al samovar nuestra
plática, gracias a Dios, cambia. Después que ya me lamenté, quisiera
darle rienda suelta a otra debilidad anciana mía: los recuerdos. Le
cuento a Katia de mi pasado y, para mi gran asombro, le informo
asimismo pormenores, que yo mismo no sospechaba que estuvieran
enteros aún en mi memoria. Y ella me escucha con ternura, con orgullo,
conte­niendo la respiración. En particular, me gusta contarle de cómo
yo, alguna vez, estudié en el seminario, de cómo soñaba con ingresar a
la universidad.
-Pasaba, que paseaba por el jardín del seminario…-cuento. -El viento
me traía de alguna taber­na lejana el chirriar de un acordeón y una
canción, o pasaba volando junto a la tapia del seminario una tróika con
campanitas, y eso ya era suficiente por completo, para que la sensación
de felicidad me llenara no sólo el pecho, sino hasta el estómago, las
piernas, los brazos... Escuchaba el acordeón o las campanitas que se iban
apagando, y me imaginaba un médico, y me pintaba los cuadros, uno
mejor que el otro. Y pues, como ves, mis sueños se dieron. Yo recibí
más de lo que me atreví a soñar. Por treinta años fui un profesor
querido, tuve unos colegas excelentes, disfruté de una celebridad
honorable. Amé, me casé por un amor apasionado, tuve hijos. En una
palabra, si echar una ojeada atrás, pues toda mi vida me parece una
composición bella, hecha con talento. Ahora sólo me queda no
estropear el final. Para eso hay que morir como una persona. Si la
muerte, en efecto, es un peligro, pues hay que recibirla como
corresponde a un maestro, a un científico, a un ciudadano de un estado
cris­tiano: con vigor y con el alma serena. Pero yo estropeo el final. Me
hundo, corro hacia ti, pido ayuda, y tú a mí: húndase, así hace falta.
Pero he aquí en el recibidor resuena la llamada. Katia y yo la
reconocemos y decimos:
-Ese debe ser Mijaíl Fiódorovich.
Y en efecto, al instante entra mi colega-filólogo, Mijaíl Fiódorovich,
alto, bien formado, de unos cincuenta años, con unos espesos ca­bellos
canosos, cejas negras y rasurado. Es un buen hombre y excelente colega.
Proviene de una antigua familia noble, bastante dichosa y talentosa, que
ha jugado un notable papel en la historia de nuestra literatura e
ilustración. Él mismo es inte­ligente, talentoso, muy instruido, pero no
sin rarezas. Hasta cierto grado, todos somos extraños y todos somos
excéntricos, pero sus rarezas representan algo exclusivo y no inofensivo
para sus conocidos. Entre los últimos, conozco a no pocos tales que, por
sus rarezas, no ven en absoluto sus numerosas virtudes.Al entrar se
quita los guantes con lentitud, y dice con una voz de bajo de terciopelo:
-Saludos. ¿Toman té? Muy a propósito. Un frío infernal.
Luego se sienta a la mesa, toma un vaso para sí y empieza a hablar
enseguida. Lo más característico de su manera de hablar es el tono
bromista constante, cierta mezcla de filosofía con chocarrería, como la
de los ente­rradores shakespearianos. Siempre habla de lo serio, pero
nunca habla en serio. Sus juicios siempre son ásperos, críticos, pero
gracias al tono suave, regular, bromista, resulta como que sus asperezas
y blasfemias no hieren el oído, y pronto te habitúas a éstas. Cada tarde
trae consigo unas cinco o seis anécdotas de la vida universitaria, y
comúnmente empieza con éstas cuando se sienta a la mesa.
-¡Oh, Señor! -suspira moviendo de modo burlón sus cejas negras. -¡Hay
en este mundo cada cómicos!
-¿Por qué? -pregunta Katia.
-Vengo hoy de la conferencia, y me encuentro en la escalera con ese
viejo idiota, nuestro NN… y como de costumbre saca adelante su
quijada de caballo, y bus­ca a quien quejarse de su migraña, de su mujer
y de los estudiantes que no quieren asistir a sus conferencias. Bueno,
pienso, me vio, ahora me hundí, se perdió el asunto…
Y demás en ese género. O pues empieza así:
-Ayer estuve en la conferencia pública de nuestro ZZ. Me asombro,
cómo nuestra alma mater, no la recuerden de noche, se decide a
mostrarle al público, a tales men­tecatos y estúpidos patentados como
ese ZZ. ¡Pues es el imbécil europeo! ¡Perdonen, otro como ese, no lo
encuentras en toda Europa de día con un farol! Lee, se pueden imaginar,
como si chupara un hielito: siu, siu, siu... Se acobarda, entiende mal su
manuscrito, las ideas le salen casi-casi, con la velocidad de un
archimandrita en una bicicleta, y lo principal, no entiendes de ningún
modo qué quiere decir. Un aburrimiento terrible, las moscas se mueren.
Ese aburrimiento se puede comparar, solamente, con el que tenemos en
la sala de actos en el acto anual, cuando se lee el dis­curso tradicional;
que se lo lleve el diablo.Y al instante un cambio brusco:
-Hace unos tres años, aquí Nikolai Stepánovich recuerda, me tocó leer
ese discurso. Calor, sofoco, el uniforme me aprieta en los sobacos, ¡la
muerte simplemente! Leo media hora, una hora, hora y media, dos
ho­ras... "Bueno, pienso, gracias a Dios sólo me quedan aún diez
páginas". Y al final tenía unas cuatro páginas, que se podían no leer en
absoluto, y yo calculaba dejarlas. Entonces, me quedan sólo seis, pienso.
Bueno, imagínense, miro de pasada adelante y veo: en la primera fila
están sentados juntitos un general con banda y un obispo. Los
pobrecitos están muertos de aburrimiento, abren mucho los ojos para
no dor­mirse, y de todas formas, por lo menos, tratan de mostrar
atención en sus caras, y hacen ver, que entienden y les gusta mi lectura.
¡Bueno, pienso, si les gusta, pues ahí tienen! ¡Adrede! Agarré, y leí todas
las cuatro páginas.
Cuando habla le sonríen, como en las personas burlonas en general,
sólo los ojos y las cejas. En sus ojos no hay en ese momento ni odio, ni
malicia, pero sí mucha agudeza y esa peculiar picardía zorruna, que se
suele percibir sólo en las personas muy observadoras. Si continuar
hablando de sus ojos, yo señalaría otra peculiaridad suya. Cuando
recibe de Katia el vaso o escucha una observación suya, o la acompaña
con la vista cuando ella, por algo, por poco tiempo, sale de la habitación,
yo advierto en su mi­rada algo dócil, suplicante, puro…
La doncella retira el samovar y pone en la mesa un gran trozo de queso,
frutas y una botella de champagne de Crimea, un vino bastante malo
del que Katia se enamoró cuando vivía en Crimea. Mijaíl Fiódoro­vich
toma del estante dos mazos de cartas y distribuye el patience24. En su
convicción, ciertos patiences requieren gran comprensión y atención,
pero de todas formas al distribuirlos, por lo menos, no deja de distraerse
con la conversación. Katia vigila atentamente sus cartas más con
mímica que con pa­labras, lo ayuda. De vino, en toda la noche, ella se
bebe no más de dos copitas, y yo me bebo un cuarto de vaso, la parte
restante de la botella le toca a Mijaíl Fió­dorovich, que puede beber
mucho y nunca se embriaga.
Durante el patience resolvemos dis­tintas cuestiones, principalmente de
orden superior; además, más que nada le toca a eso, que amamos más
que nada, o sea, a la ciencia.
-La ciencia, gracias a Dios, ya vivió su siglo, -dice Mijaíl Fiódorovich
con pausa. –Su canción ya se cantó25. Sí. La humanidad ya empieza a
sentir la necesidad de sustituirla con alguna otra cosa. Creció en una
tierra de prejuicios, alimentada de prejui­cios, y constituye ahora tal
quintaesencia de los prejuicios, como sus abuelas caducas: la alquimia,
la metafísica y la filosofía. Y en efecto, ¿qué le ha dado a la gente? Pues
entre los científicos europeos y los chinos, que no tienen en su país
ninguna ciencia, la diferencia es la más mínima, puramente externa. Los
chinos no co­nocían las ciencias, ¿pero qué perdieron con eso?
-Y las moscas no conocen la ciencia, -digo yo, -¿y qué hay pues de eso?
-Usted en vano se enoja, Nikolai Stepánich. Yo digo pues eso aquí, entre
nosotros... Yo soy más cuidadoso de lo que usted piensa, y no me
pondría a decir eso en público, ¡Dios me salve! En las masas hay el
prejuicio, de que las ciencias y las artes son superiores a la agricultura,
al comercio, superiores a la artesanía. Nuestra secta se alimenta de ese
prejuicio, y usted y yo no vamos a destruirlo. ¡Dios nos salve!
Durante el patience le cascan las nueces a la juventud.
-Se degradó ahora nuestro público, -suspira Mijaíl Fiódorovich. -No
hablo ya de los ideales y demás, ¡pero siquiera si supieran trabajar y
pensar con provecho! Pues precisamente: "Con tristeza miro nuestra
generación26".
-Sí, se degradó terriblemente, -conviene Katia. -Dígame, en los últimos
cin­co o diez años, ¿usted tuvo siquiera uno destacado?
-No sé cómo será para los demás profesores, pero en lo mío como que
no recuerdo...
-Yo vi en mi vida a muchos estudiantes, y a sus científicos jóvenes, a
muchos actores... ¿Qué pues? Ni una vez tuve la oportunidad de
encontrar no sólo a un hé­roe o un talento, sino incluso, simplemente,
a una persona interesante. Todo es gris, mediocre, lleno de
pretensiones...
Todas esas conversaciones sobre la degradación de la juventud me
producen cada vez tal impresión, como si hubiera oído sin intención
una conversación no buena sobre mi hija. Me es ofensivo que las
acusaciones sean infundadas, y se construyan sobre tales luga­res
comunes trillados hace tiempo, tales espantajos como la degradación, la
ausencia de ideales o las referencias al hermoso pasado. Toda acusación,
incluso si se expresa en compañía de damas, debe ser formulada con la
posible definición, de otra forma no es una acusación, sino una simple
maledicencia, indigna de personas decentes.
Yo soy un viejo, sirvo hace ya treinta años, pero no advierto ni
degradación ni ausencia de ideales, y no encuentro que ahora sea peor
que antes. Mi conserje Nikolai, cuya experiencia tiene en este caso su
valor, dice que los estudiantes actuales no son mejores ni peores que los
anteriores.
Si me preguntaran qué no me gusta de mis alumnos actuales, pues
respondería no de una vez y no mucho, pero con la suficiente
definición. Sus defectos los conozco, y por eso no tengo necesidad de
acudir a la neblina de los lugares comunes. No me gusta que fumen
tabaco, consuman bebidas alcohólicas y se casen tarde; que sean
descuidados y a menudo indi­ferentes hasta tal grado, que soportan a
los que tienen hambre en su medio, y no pagan sus deudas a la sociedad
de asistencia a los estu­diantes. No saben lenguas vivas y se expresan en
ruso de modo incorrecto; poco menos que ayer, mi colega-higienista se
me quejaba, de que debe leer dos veces más, ya que conocen mal la física
y no conocen en absoluto la meteorología. Sucumben gustosos a la
influencia de los escritores de tiempos recientes, incluso no los mejores,
pero son indiferentes en absoluto a tales clásicos como Shakespeare,
Marco Aurelio, Epícteto o Pascal, y en esa incapacidad para distinguir
lo grande de lo pequeño se expresa, más que todo, su poca práctica
mundana. Todas las cuestiones difíciles, que tienen más o menos un
carácter social (por ejemplo, la de la migración), las resuelven con listas
de firmas, pero no por la vía de la investigación científica y la
experiencia, aunque la última vía se encuentra a su absoluta disposición
y corresponde más a su designio. Se hacen con gusto médicos,
asistentes, auxiliares, externos, y están dispuestos a ocupar esos puestos
hasta los cua­renta años, aunque la independencia, el sentido de la
libertad y la iniciativa privada no son menos necesarios en la cien­cia
que, por ejemplo, en el arte o el comercio. Yo tengo alumnos y oyentes,
pero no tengo ayudantes ni herederos, y por eso los quiero y me
enternezco, pero no estoy orgulloso de ellos. Y demás y demás.
Semejantes defectos, por muchos que sean, pueden generar un estado
de ánimo pesimista o blasfemo sólo en un hombre pusilánime y tímido.
Todos ellos tienen un carácter ca­sual, pasajero, y dependen en absoluto
de las condiciones vitales; son suficientes unos diez años, para que
desaparezcan y cedan su lugar a otros, a nuevos defectos sin los cuales
no te las arreglas, y que por su parte asustarán a los pusilánimes. Los
pecados estudiantiles me fastidian a menudo, pero ese fastidio es nada
en comparación con el júbilo que experimento hace ya treinta años,
cuando platico con los alumnos, les leo, observo sus relaciones y las
comparo con personas no de su medio.
Mijaíl Fiódorovich maldice, Katia escucha, y ambos no advierten hacia
que abismo profundo los arrastra, poco a poco, tal diversión, por lo
visto inocente, como la condena del prójimo. No sienten cómo una
conversación sencilla se convierte, gradualmente, en una mofa y una
burla, y cómo ambos empiezan a poner en curso, incluso, métodos de
calumnia.
-Se encuentran sujetos ridículos -dice Mijaíl Fiódoro­vich. -Ayer llego
a donde Yegór Petróvich, y encuentro allí a un estudioso, de sus
médicos pues, de tercer año, me parece. Una cara así… al estilo de
Dobroliúbov, en la frente el sello de la idea profunda. Entablamos
conversación. "Tales pues asuntos joven, le digo. Yo leí que cierto
alemán -olvidé su apellido-, obtuvo del cerebro humano un alcaloide
nuevo, la idiotina". ¿Qué creen pues? Se lo creyó, y hasta mostró respeto
en su cara: ¡conoce pues a los nuestros! Hace unos días llego al teatro.
Me siento. Precisamente, delante de mí, en la fila próxima, hay unos dos
sentados: uno de “los nuestros”, y por lo visto jurista, el otro un peludo,
un médico. El médico borracho como un zapatero. A la escena, cero
atención. Dormita a su gusto y da cabezadas. Pero tan pronto algún
actor empieza a pronunciar un monólogo en voz alta, o simplemente
alza la voz, mi médico se estremece, empuja a su vecino por el costado
y le pre­gunta: "¿Qué dice? ¿Ge-ne-oso?" "Generoso”, ­responde el de
“los nuestros”. "¡Braavo! -grita el médico-- ¡Ge-ne-oso. Bravo!” Él, lo
ven, estúpido borracho, fue al teatro no por el arte, sino por la
generosidad. Él necesita generosidad.
Y Katia escucha y se ríe. Su risa es como que extraña: las aspiraciones
alternan con rapidez, y de un modo rítmico correcto con las
espiraciones –parece como si tocara un acordeón-, y en su rostro se ríen
sólo las alas nasales. Y yo pierdo el ánimo y no sé qué decir. Sacado de
quicio, estallo, me levanto del asiento y grito:
-¡Cállense de una vez! ¿Qué hacen sentados ahí, como dos sapos,
envenenando el aire con su respiración? ¡Basta!
Y sin esperar a que terminen de maldecir, me dispongo a irme a casa. Y
ya es hora: las diez pasadas.
-Y yo estaré sentado un poquito todavía -dice Mijaíl Fiódorovich. -¿Me
lo permite, Ekaterína Vladímirovna?
-Se lo permito, -responde Katia.
-Bene. En tal caso, ordene que sirvan otra botella.
Ambos me acompañan con velas al recibidor y, mientras me pongo la
pelliza, Mijaíl Fiódorovich dice:
-En los últimos tiempos, usted adelgazó y envejeció terriblemente,
Nikolai Stepánovich. ¿Qué le pasa? ¿Está enfermo?
-Sí, estoy un poco enfermo.
-Y no se trata... –inserta Katia sombría.
-¿Por qué pues no se trata? ¿Cómo se puede así? Al que se cuida, hombre
gentil, Dios lo cuida. Reverencie a los suyos y discúlpeme, por que no
los visito. En estos días, antes de la partida al extranjero, iré a
despedirme. ¡Seguro! La próxima semana me voy.
Salgo de donde Katia irritado, asustado por las conversaciones sobre mi
enfermedad y no satisfecho conmigo. Me pregunto: en efecto, ¿no
tratarme acaso con alguno de mis colegas? Y al instante imagino cómo
el colega, tras escucharme, se aparta callado hacia la ventana, piensa un
poco, después se voltea hacia mí e, intentando que yo no lea la verdad
en su rostro, dice con un tono indiferente: "Por ahora, no veo nada
particular, pero de todas formas, colega, le aconsejaría suspender las
clases... " Y eso me quitará mi última esperanza.
¿Quién no tiene esperanza? Ahora, cuando yo mismo me hago el
diagnóstico y me curo, espero por momentos que mi ignorancia me
engañe, que me equivoque sobre el albumen y el azúcar que encuentro
en mí, y sobre el corazón, y sobre esos edemas que ya me vi dos veces
por las mañanas; cuando yo, con el empeño de un hipocondríaco, releo
los manuales de terapia y cambio a dia­rio de medicinas, me parece
siempre que hallaré algo que me consuele. Es mezquino todo eso.
Esté cubierto el cielo de nubes, o brillen en éste la luna y las estrellas, yo
cada vez, al regresar, lo miro y pienso que pronto me llevará la muerte.
Parecería, que en ese momento mis ideas debieran ser profundas como
el cielo, brillantes, admirables... ¡Pero no! Pienso en mí mismo, en mi
mujer, en Liza, en Gnekker, en los estudiantes, en las personas en
general; pienso no bien, de modo mezquino, soy pícaro conmigo
mismo, y en ese momento mi concepción del mundo se pudiera
expresar, con las palabras que el notable Arakchéev27 dijo en una de sus
cartas íntimas: "En el mundo todo lo bueno no puede ser sin lo malo, y
siempre hay más de lo malo que de lo bueno." O sea, todo es vil, no hay
para qué vivir, y esos sesenta y dos años de mi existencia que ya fueron
vividos, se deben considerar perdidos. Yo me pesco en esas ideas e
intento convencerme de que son casuales, temporales, y están en mí no
de modo profundo, pero al instante pienso:
"Si es así, ¿pues, para qué te tira todas las tardes a donde esos dos sapos?"
Y hago el juramento de no ir nunca más a ver a Katia, aunque sé que
mañana mismo iré a verla de nuevo.
Al tironear la campanilla en mi puerta, y después yendo hacia arriba por
la escale­ra, siento que ya no tengo familia ni deseo de recobrarla. Está
claro que unas ideas nuevas, de Arakchéev, están en mí no por
casualidad y no temporalmente, sino que dominan todo mi ser. Con la
conciencia enferma, abatido, perezoso, apenas moviendo los miembros,
como si hubiera aumentado mil puds de peso, me acuesto en la cama y
me duermo pronto.
Y después el insomnio...
IV

Llega el verano y la vida cambia.


Una hermosa mañana Liza entra a mi habitación y me dice en tono de
broma:
-Vamos, su excelencia. Está listo.
A mi excelencia la llevan a la calle, la sientan en un coche y la llevan a
viajar. Yo voy y, sin nada que hacer, leo los letreros de derecha a
izquierda. De la palabra “taberna” resulta “ricart”. Serviría para apellido
de baronesa: “la baronesa Ricart28”. Luego voy por el campo junto a un
cementerio, que no me produce exactamente ninguna impre­sión,
aunque pronto voy a yacer en él; después voy por el bosque y de nuevo
por el campo. Nada interesante. Luego de dos horas de viaje, a mi
excelencia la entran a la planta baja de una casa de campo, y la instalan
en un cuartito pequeño muy alegre, de papel tapiz azul.
Por la noche, como antes, el insomnio, pero por la mañana ya no me
desvelo y no escucho a mi mujer, sino estoy acostado en la cama. No
duermo, sino experimento un estado soñoliento, de semiletargo,
cuando sabes que no duermes, pero sueñas. A mediodía me levanto y,
como de costumbre, me siento a mi mesa, pero ya no trabajo, sino me
distraigo con unos libritos franceses de cubiertas amarillas, que me
manda Katia. Por supuesto, sería más patriótico leer a los autores rusos
pero, lo confieso, no tengo una disposición particular hacia ellos.
Exceptuando a dos o tres viejos, toda la literatura actual me parece no
literatura, sino una especie de industria artesanal, que existe sólo para
que halaguen, pero consuman no gustosos sus artículos. El mejor
artículo artesanal no se puede llamar notable, y no se puede elogiar con
franqueza sin un pero; lo mismo se debe decir de todas esas novedades
literarias que leí en los últimos diez o quince años: no hay ni una
notable, y no te las arreglas sin un pero. Inteligente, generoso, pero no
talentoso; talentoso, generoso, pe­ro no inteligente, o, finalmente,
talentoso, inteligente, pero no generoso.
No diré que los libritos franceses sean talentosos, inteligentes y
generosos. Éstos tampoco me satisfacen. Pero no son tan aburridos
como los rusos, y en éstos no es una rareza encontrar el ele­mento
principal de la creación –la sensación de libertad personal, que no
tienen los autores rusos. Yo no recuerdo ni una novedad tal, en la que
el autor, desde la misma primera página, no intentara enredarse con
toda clase de condiciones y contratos con su conciencia. Uno teme
hablar del cuerpo desnudo, el otro se ató de pies y manos con el análisis
psicológico, el tercero necesita "una actitud cálida hacia el hombre", el
cuarto embadurna a propósito páginas enteras con descripciones de la
naturaleza, para que no sospechen de él por tendencioso... Uno quiere
ser en sus obras seguro un pequeño burgués, el otro seguro un noble, y
demás. La intención, la precaución, el estar en su juicio, pero no hay ni
liber­tad, ni el valor de escribir como se quisiera, y, por lo tanto, no hay
creación.
Todo esto se refiere a las tal llamadas bellas letras.
En lo que respecta a los artículos serios rusos, por ejemplo de sociología,
de arte y demás, pues no los leo simplemente por timidez. En mi
infancia y mi juventud yo, por algo, le tenía miedo a los porteros y los
acomodadores teatrales, y ese miedo me queda hasta ahora. Yo y ahora
les temo. Dicen que sólo lo que no entendemos parece temible. Y en
efecto, es muy difícil entender por qué los porteros y los acomodadores
son tan importantes, arrogantes y majestuosamente descorteses. Al leer
los artículos serios, siento el mismo miedo indefinido. La importancia
excepcional, el to­no de general juguetón, el trato familiar con los
autores extranjeros, el saber darle vueltas a la noria con dignidad, todo
eso no lo entiendo, es temible, y todo eso no se parece a la modestia y al
tono sosegado de gentleman al que estoy habituado, al leer a nuestros
escritores-médicos y naturalistas. No sólo los artículos, se me hace
penoso leer, incluso, las traducciones que hacen o redactan los hombres
serios rusos. El tono presumido, benévolo de los prólogos, la
abundancia de notas del traductor, que me impiden concen­trarme, los
signos de interrogación y los sic entre paréntesis, dispersos por el
pródigo traductor por todo el artículo o libro, me parecen un atentado
a la personalidad del autor y a mi independencia de lector.
Cierta vez me invitó un experto a un juicio del distrito; en el entreacto,
uno de mis colegas-expertos reclamó mi atención hacia la actitud
grosera del fiscal con los acusados, entre los cuales había dos mujeres
in­telectuales. Me parece que no exageré en absoluto al responder al
colega, que esa actitud no era más grosera, que la que tenían los autores
de artículos serios entre ellos. En efecto, esas actitudes son tan groseras,
que de ellas se puede hablar sólo con una sensación penosa. Entre ellos,
y hacia los escritores que critican, tienen una actitud o de respeto
excesivo, sin apiadarse de su dignidad, o pues, por el contrario, los
tratan con bastante más valentía, de la que trato yo en estos apuntes y
pensamientos a mi futuro yerno, Gnekker. Las acusaciones de
irresponsabilidad, de impureza de in­tención e, incluso, de toda clase
de delito constituyen el adorno común de los artículos serios. Y eso ya,
como gustan de expresarse los médicos jóvenes en sus artículos, es
¡ultima ratio29! Tales relaciones deben reflejarse, invariablemente, en
los hábitos de la nueva generación de escritores, y por eso no me
asombra en absoluto que en esas novedades, que adquirieron en los
últimos diez o quince años nuestras bellas letras, los héroes beben
mucho vodka y las heroínas no son lo suficiente castas.
Leo los libritos franceses y echo ojeadas a la ventana abierta; veo las
almenas de mi empalizada, dos o tres árboles enjutos y, más allá de la
empalizada, el camino, el campo, después la ancha franja del bosque de
coníferas. A menudo contemplo cómo cierto chico y una chica, ambos
rubios y en harapos, se encaraman a la empalizada y se burlan de mi
calva. En sus ojos brillantes leo:"¡Sube, calvo30!" Acaso sean apenas las
únicas personas, a las que no les im­porta en absoluto ni mi celebridad,
ni mi rango.
Los visitantes vienen no todos los días. Recordaré sólo las visitas de
Nikolai y de Piótr Ignátievich. Nikolai viene a verme, comúnmente, en
las fiestas, como que por un asunto, pero más para vernos un poco.
Viene muy jubiloso, algo que nunca le ocurre en invierno.
-¿Qué me dices? -le pregunto, saliendo a verlo al zaguán.
-¡Su excelencia! -dice llevándose la mano al corazón, y mirándome con
el éxtasis de un enamorado.
-¡Su excelencia! ¡Que Dios me casti­gue! ¡Que me mate un rayo en este
lugar! ¡Gaudeamus igitur, juvenestus31!
Y me besa con ansiedad los hombros, las mangas, los botones.
-¿Todo lo tenemos favorable ahí? -le pregunto.
-¡Su excelencia! Como ante un verdadero...
No cesa de jurar por Dios sin ninguna necesidad, me aburre pronto, y
lo envío a la cocina, donde le dan de almorzar. Piótr Ignátievich viene a
verme en las fiestas también, especialmente para enterarse y compartir
ideas conmigo. Se sienta comúnmente junto a mi mesa, modesto,
limpito, juicioso, sin decidirse a cruzar una pierna sobre la otra, o
acodarse sobre la mesa; y todo el tiempo, con una vocecita serena,
regular, con llaneza y de modo libresco me cuenta diversas novedades,
en su opinión muy interesantes y picantes, que ha leído en las revistas y
los libros. Todas esas novedades se parecen las unas a las otras, y se
resumen en este tipo: un francés hizo un descubri­miento, otro, un
alemán, lo desenmascaró, al demostrarle que ese descubrimiento lo
había hecho ya en 1870 un americano, y un tercero, un alemán también,
fue más pícaro que ambos, al demostrarles que ambos no descubrieron
nada, al ver por el microscopio glóbulos de aire y tomarlos por un
pigmento oscuro. Piótr Ignátievich, incluso cuando quiere hacerme
reír, cuenta largamente, con fundamento, como si defendiera una tesis,
con un recuento detallado de las fuentes literarias de que se valió,
intentando no equivocarse ni en las fechas, ni en los números de las
revistas, ni en los nombres; además, dice no sólo Petit, sino seguro Jean
Jacques Pe­tit32. Sucede que se queda a almorzar, y entonces, durante
todo el almuerzo, cuenta las mismas historias picantes, provocando el
abatimiento de los comensa­les. Si Gnekker y Liza se ponen a hablar
delante de él de fugas y contrapuntos, o de Brahms y de Bach, pues él
baja los ojos con modestia y se confunde; le da vergüenza que en
presencia de personas tan serias, como él y yo, se hable de tales
trivialidades.
Con mi estado de ánimo actual, son suficientes cinco minutos para que
él me canse así, como si lo llevara viendo y escuchando toda una
eternidad. Lo odio al pobre. Su voz serena, regular, y su lenguaje
libresco me debilitan, y sus relatos me embotan... Él me profesa los
mejores sentimientos, y habla conmigo sólo para darme gusto, y yo le
pago con que lo mi­ro fijamente, como si quisiera hipnotizarlo, y
pienso: "vete, vete, vete..." Pero él no sucumbe a la sugestión mental y
sigue sentado, sentado, sentado...
Mientras está sentado en mi casa, no puedo librarme de la idea: "Es muy
posible que, cuando me muera, lo designen para mi puesto", y mi pobre
auditorio me parece un oasis en el que se secó el arroyo, y soy descortés,
taciturno y sombrío con Piótr Ignátievich, como si el culpable de
semejantes ideas fuera él, y no yo mismo. Cuando empieza, como de
costumbre, a ensalzar a los científicos alemanes, yo ya no bromeo de
modo bondadoso, como antes, sino farfullo sombrío:
-Son unos burros sus alemanes...
Eso se parece a cuando el difunto profesor Nikita Krilóv33, bañándose
una vez con Pirogóv, en Reval34, y enojado porque el agua estaba muy
fría, maldijo: "¡Los canallas alemanes!" Me conduzco yo con Piótr
Ignátievich mal, y sólo cuando se va y veo cómo en la ventana, tras la
empali­zada, su sombrero pasa fugazmente, quisiera llamarle y decirle:
“¡Perdóneme, hijito!”
El almuerzo transcurre más aburrido que en invierno. El mismo
Gnekker, a quien ahora odio y desprecio, almuerza en mi casa casi todos
los días. Antes soportaba su presencia callado, pero ahora suelto en su
dirección insidias, que hacen sonrojar a mi mujer y a Liza. Llevado por
un sentimiento maligno, a menudo digo simplemente estupideces, y no
sé por qué las digo. Así sucedió una vez, miré largamente a Gnekker con
desprecio y, ni por lo uno ni lo otro, solté:

Al águila le ocurre descender más bajo que las gallinas,


Pero las gallinas nunca se elevarán a las nubes35…

Y lo más fastidioso de todo, es que la gallina Gnekker resul­ta bastante


más inteligente que el águila-profesor. Sabiendo que mi mujer y mi hija
están de su parte, él aplica tal táctica: responde a mis insidias con un
silencio indulgente (se chifló, dice, el viejo, ¿para qué conversar con él?),
o bromea conmigo de modo bondadoso. ¡Hay que asombrarse, hasta
qué grado puede degradarse el hombre! Estoy en condición, durante
todo el almuerzo, de soñar cómo Gnekker resultará un aventurero,
cómo Liza y mi mujer entenderán su error, y cómo me voy a burlar de
ellas, -¡y semejantes sueños absurdos al mismo tiempo que tengo ya un
pie en la tumba!
Se producen ahora malentendidos, de los que antes tenía idea sólo de
oídas. Cuan vergonzoso no me sea, describiré uno de éstos, ocurrido
hace días, después de almuerzo.
Yo estoy sentado en mi habitación y fumo en pipa. Mi mujer entra como
de costumbre, se sienta y empieza a hablar de que sería bueno ahora,
mientras hace calor y hay tiempo libre, ir a Járkov y averiguar allá, qué
clase de hombre es nuestro Gnekker.
-Está bien, iré... –convengo.
Mi mujer, satisfecha conmigo, se levanta y va hacia la puerta, pero al
instante regresa y dice:
-A propósito, otro ruego más. Yo sé que vas a enojarte, pero mi
obligación es prevenirte... Disculpa, Nikolai Stepánich, pero todos
nuestros conocidos y vecinos han empezado a comentar, que tú visitas
a Katia muy a menudo. Ella es inteligente, ins­truida, no lo discuto,
pasar el tiempo con ella es agradable, pero a tus años y con tu posición
social, como que, sabes, es extraño encontrar placer en su compañía...
Y además, ella tiene una reputación, que...
Toda la sangre se me va del cerebro, mis ojos sueltan chis­pas, me
levanto y, agarrándome la cabeza, pateando el suelo, grito con una voz
no mía:
-¡Déjenme! ¡Déjenme! ¡Déjenme!
Probablemente, mi rostro es horrible, mi voz ex­traña, porque mi mujer
de pronto palidece, grita con una voz no suya también, desolada. A
nuestro grito entran corriendo Liza, Gnekker, después Yegór...
-¡Déjenme! –grito. -¡Fuera! ¡Déjenme!
Mis piernas se me entumen, como si no existieran en absoluto, siento
cómo caigo en los brazos de alguien, después oigo por poco tiempo un
llanto, y me sumerjo en un desmayo que se alarga unas dos o tres horas.
Ahora sobre Katia. Viene a verme todos los días, al caer la tarde, y eso,
por supuesto, no pueden no advertirlo los vecinos y los conocidos.
Viene por un minuto y me lleva consigo a montar en coche. Tiene su
caballo y un charabán nuevo, comprado este verano. En general, vive a
todo dar: alquiló una casa de campo-hotel costosa, con un jardín
grande, y trasladó a ésta todo su ambiente citadino, tiene dos sirvientas,
un cochero... A menudo le pregunto:
-¿Katia, de qué vas a vivir cuando derroches el dinero de tu padre?
-Allá veremos -responde.
-Ese dinero, amiga mía, merece un trato más serio. Fue amasado por un
buen hombre, con un trabajo honrado.
-De eso ya me habló usted. Yo lo sé.
Al principio vamos por el campo, después por el bosque de coníferas,
que se ve desde mi ventana. La naturaleza, como antes, me parece
hermosa, aunque el demonio me susurra que todos estos pinos y abetos,
pájaros y nubes blancas del cielo, dentro de tres o cuatro meses, cuando
yo me muera, no notarán mi ausencia. A Ka­tia le gusta conducir el
caballo, y le agrada que haga buen tiempo y que yo esté sentado a su
lado. Está de buen humor y no dice asperezas.
-Usted es un hombre muy bueno, Nikolai Stepánich.-dice. -Es un
ejemplar único, y no hay actor que lo sepa interpretar. A mí, por
ejemplo, o a Mijaíl Fiódorovich, nos interpreta incluso un actor malo, y
a usted nadie. ¡Yo lo envidio, lo envidio terriblemente! ¿Pues, qué
represento yo? ¿Qué?
Piensa un instante y me pregunta:
-Nikolai Stepánich, ¿pues yo soy un fenómeno negativo?
-Sí, -respondo.
-Hum… ¿Qué puedo hacer pues?
¿Qué responderle? Sería fácil decirle: "trabaja", o “reparte tu fortuna
entre los pobres", o "conócete a ti mis­ma", y por que es fácil decir eso,
no sé qué responder.
Mis colegas terapeutas, cuando enseñan a curar, aconsejan
"individualizar cada caso aparte". Hay que escuchar ese consejo, para
convencerse de que los medios que recomiendan los manuales, y que
son servibles por completo en la plantilla, resultan totalmente
inservibles en los casos aparte. Lo mismo en las afecciones morales.
Pero hay que responder algo, y digo:
-Tú, mi amiga, tienes demasiado tiempo libre. Necesitas ocu­parte en
algo. En realidad, ¿por qué no vas de nuevo de actriz, si tienes vocación?
-No puedo.
-Tu tono y tus maneras son, como si fueras una víctima. Eso no me
gusta, amiga mía. Tú misma eres la culpable. Recuerda, tú empezaste
por que te enojaste con las personas y el orden, pero no hiciste nada,
para que las unas y el otro se hicieran mejores. Tú no luchaste contra el
mal, sino te fatigaste, y no eres una víctima de la lucha, sino de tu
impotencia. Bueno, por supuesto, entonces eras joven, inexperta, pero
ahora todo puede ir de otra forma. ¡De ve­ras, ve! Vas a trabajar, a servir
al arte sa­grado...
-No sea malicioso, Nikolai Stepánich -me interrumpe Katia. -Vamos a
acordar de una vez para siempre: vamos a hablar de los actores, de las
actrices, de los escritores, pero vamos a dejar el arte en paz. Usted es un
hombre excelente, único, pero no entiende tanto de arte, como para
considerarlo sagrado a conciencia. Para el arte, usted no tiene ni
intuición ni oído. Estuvo ocupado toda su vida, y nunca tuvo tiempo
para adquirir esa intuición. En general… ¡no me gustan estas
conversaciones sobre arte! -continúa nerviosa. -¡No me gus­tan! ¡Y lo
han trivializado tanto ya, le agradezco con humildad!
-¿Quién lo trivializó?
-Unos lo trivializaron con las borracheras, los periódicos con su actitud
familiar, las personas inteligentes con la filosofía.
-La filosofía no tiene nada que ver ahí.
-Sí tiene que ver. Si alguien filosofa, pues eso significa que no entiende.
Para que el asunto no llegue a las asperezas, me apresuro a cambiar de
conversación, y después callo largo tiempo. Sólo cuando salimos del
bosque y nos dirigimos a la casa de campo de Katia, regreso a la
conversación anterior y pregunto:
-Tú, con todo, no me respondiste: ¿por qué no quieres ir de actriz?
-¡Nikolai Stepánich, esto finalmente es cruel! –grita, y de pronto se
sonroja toda. -¿Quiere que le diga la verdad en voz alta? ¡Dígnese, si…
si le gusta! ¡No tengo talento! ¡No hay talento y… y hay mucho amor
propio! ¡Mire!
Hecha esta confesión, me voltea el rostro y, para ocultar el temblor de
sus manos, tironea de las riendas fuertemente.Al acercarnos a su casa
de campo, vemos ya desde lejos a Mijaíl Fiódorovich, que pasea junto a
los portones y nos espera con impaciencia.
-¡De nuevo ese Mijaíl Fiódorich! –dice Katia con fastidio. -¡Apártelo de
mí, por favor! Me hartó, me asfixió... ¡Que se vaya!
Mijaíl Fiódorovich hace tiempo ya que necesita ir al extranjero, pero
cada semana pospone su partida. En los últimos tiempos se produjeron
en él ciertos cambios: como que se acecinó, empezó a marearse con el
vino, algo que antes nunca le ocurría, y sus cejas negras empiezan a
encanecer. Cuando nuestro charabán se detiene ante los portones, no
oculta su júbilo y su impaciencia. Nos apea a Katia y a mí con agitación,
se apresura a hacernos preguntas, se ríe, se frota las manos, y esa
docilidad, súpli­ca y pureza, que yo antes advertía sólo en su mirada, se
derrama ahora por todo su rostro. Siente júbilo, y al mismo tiempo le
da vergüenza su júbilo, le da vergüenza ese hábito de visitar a Katia
todas las tardes, y encuentra necesario motivar su visita con algún
absurdo evidente, como: "Pasaba cerca por un asunto, y deja, pienso,
pasar por un minuto".
Todos los tres vamos a las habitaciones; primero tomamos té, después
apa­recen en la mesa los dos mazos de cartas hace tiempo conocidos,
un gran trozo de que­so, frutas y una botella de champagne de Crimea.
Nuestros temas de conversación no son nuevos, son los mismos que
eran en invierno. Le toca a la universidad, a los estudiantes, a la
literatura, al teatro; el aire, con la maledicencia, se torna más denso,
asfixiante, y lo envenenan con su respiración ya no dos sapos, como en
invierno, sino todo unos tres. Además de la risa de terciopelo, de
barítono, y de las carcajadas parecidas a un acordeón, la sirvienta que
nos sirve oye aún la risa ingrata, trémula con que los generales se ríen
en los vodeviles: je, je, je…

Hay noches temibles con truenos, rayos, lluvia y viento, a las que el
pueblo llama "de tormenta". Una noche de tormenta así hubo en mi vida
privada…
Me despierto después de la medianoche, y de pronto me levanto de la
cama. Me parece por algo que voy a morir ahora, de repente. ¿Por qué
me parece? En mi cuer­po no hay ni una sola sensación, que me señale
un pronto final, pero me oprime el alma tal terror, como si hubiera visto
de pronto un inmenso resplandor maligno.
Prendo la luz con rapidez, bebo agua directo de la garrafa, después
camino apurado hacia la ventana abierta. En el patio hace un tiempo
excelente. Huele a heno y a algo más muy bueno. Veo las almenas de la
empalizada, los enjutos árboles soñolientos junto a la venta­na, el
camino, la oscura franja del bosque, en el cielo una luna serena, muy
brillante, y ni una nube. Silencio, no se mueve ni una hoja. Me parece
que todo me mira y presta oídos a cómo voy a morir...
Siento espanto. Cierro la ventana y corro a la cama. Me to­mo el pulso
y, al no hallarlo en mi muñeca, lo busco en mi sien, después en mi
barbilla, y de nuevo en mi muñeca, y todo lo tengo frío, pegajoso de
sudor. Mi respiración se hace más y más acelerada, el cuerpo me
tiembla, todas mis entrañas en movimiento, en mi cara y mi calva tal
sensación, como si se me posara una telaraña.
¿Qué hacer? ¿Llamar a mi familia? No, no es necesario. No entiendo qué
van a hacer mi mujer y Liza cuando entren a mi habitación.
Escondo mi cabeza bajo la almohada, cierro los ojos y espero, espero...
Mi espalda tiene frío, como si se doblara hacia adentro, y tengo tal
sensación, como si la muerte se me acercara seguro por detrás,
callandito...
-¡Kivi-kivi -resuena de pronto un chillido en el silencio nocturno, y no
sé dónde es eso: ¿en mi pecho o en la calle?
-¡Kivi-kivi!
¡Dios mío, qué miedo! Bebería más agua, pero me da miedo abrir los
ojos y levantar la cabeza. Mi terror es descontrolado, animal, y no puedo
entender de ningún modo, ¿por qué tengo miedo: acaso porque quiero
vivir, o acaso porque me espera un dolor nue­vo, no probado?
Arriba, tras el techo, alguien ya gime, ya ríe... Presto oídos. Un poco
después resuenan unos pasos en la escalera. Alguien baja apurado,
después hacia arriba de nuevo. Al minuto resuenan unos pasos abajo de
nuevo, alguien se detiene junto a mi puerta y presta oídos.
-¿Quién es? -grito.
La puerta se abre, abro los ojos con valor y veo a mi mujer. Su rostro
está pálido y sus ojos llorosos.
-¿No duermes, Nikolai Stepánich? -pregunta.
-¿Qué quieres?
-Por Dios, ve a ver a Liza y échale un vistazo. Le pasa algo...
-Está bien... con gusto… -farfullo, muy satisfecho con que no estoy solo.
-Está bien... Al instante.
Voy tras mi mujer, escucho lo que me dice, y no entiendo nada por la
inquietud. Por los peldaños de la escalera saltan las manchas luminosas
de su vela, tiemblan nuestras largas sombras, mis pies se me enre­dan
en los faldones de la bata, me sofoco, y me parece que al­guien me
persigue y quiere agarrarme por la espalda. "Ahora me voy a morir aquí,
en esta escalera, -pienso. –Ahora…” Pero he aquí pasamos la escalera,
el corredor oscuro con la ventana italiana, y e­ntramos a la habitación
de Liza. Está sentada en la cama sólo en camisón, con los pies descalzos
colgando, y gime.
–¡Ah, Dios mío... ah, Dios mío! –farfulla, entornando los ojos por la luz
de la vela. -No puedo, no puedo…
-Liza, niña mía, -digo. -¿Qué te pasa?
Al verme, lanza un grito y se me arroja al cuello.
-Papá, mi bueno… -solloza, -papá, mi bueno… Migajita mía, querido…
No sé qué me pasa... ¡Un pesar!
Me abraza, me besa y murmura las palabras cariñosas que oía de ella,
cuando era aún una niña.
-Cálmate, niña mía, está con Dios, -digo. -No hace falta llorar. Yo
mismo tengo un pesar.
Intento taparla, mi mujer le da de beber, y ambos nos empu­jamos en
desorden junto a la cama; con mi hombro empujo su hombro, y en ese
momento recuerdo cómo, alguna vez, bañába­mos a nuestros hijos.
-¡Pero ayúdala pues, ayúdala! -suplica mi mujer. -¡Haz algo!
¿Y qué puedo hacer yo? No puedo hacer nada. La muchacha tiene algún
pesar en el alma, pero yo no entiendo nada, no sé, y sólo puedo farfullar:
-No es nada, no es nada... Ya pasará... Duerme, duerme...
Como a propósito, en nuestro patio resuena, de pronto, un aullido de
perro, al principio apagado e indeciso, después ruidoso, a dos voces.
Nunca le había dado importancia a tales indicios, como los aullidos de
los perros o los graznidos de las lechuzas, pero ahora el corazón se me
encoge de modo torturante, y me apresuro a explicarme ese aullido.
"Tonterías... –pienso. –La influencia de un organismo sobre otro. Mi
fuerte ten­sión nerviosa se trasmitió a mi mujer, a Liza, al perro, eso es
todo... Con esa trasmisión explican los presagios, las previsiones..."
Cuando un poco después regreso a mi habitación, para escribir una
receta para Liza, ya no pienso que voy a morir pronto, pero siento
simplemente en el alma tal pesar, tal fastidio, que incluso lamento que
no me morí de repente. Me quedo parado inmóvil largo tiempo en
medio de la habitación, pensando qué podría recetarle a Liza, pero los
gemidos tras el techo se acallan, y decido no recetarle nada, y de todas
formas me quedo parado...
Un silencio mortuorio, tal silencio que, como expresó cierto escritor,
incluso resuena en los oí­dos. El tiempo pasa con lentitud, las franjas de
luz lunar en la repisa no cambian su posición, como si se hubieran
helado... El amanecer no será pronto aún.
Pero he aquí la portezuela chirría en la empalizada, alguien avanza con
sigilo y, habiendo quebrado una ramita de uno de los árboles enjutos,
golpea con ésta la ventana con cuidado.
-¡Nikolai Stepánich! -oigo un susurro. -¡Nikolai Stepá­nich!
Abro la ventana y me parece que sueño: bajo la ventana, pegada a la
pared, hay una mujer con un vestido negro, iluminada vivamente por
la luna, y me mira con ojos grandes. Su rostro es pálido, severo y
fantástico bajo la lu­na, como marmóreo, su barbilla tiembla.
-Soy yo... –dice. –Yo… ¡Katia!
A la luz de la luna, los ojos de todas las mujeres parecen gran­des y
negros, las personas más altas y pálidas, y por eso, probablemente, no la
co­nocí al primer instante.
-¿Qué quieres?
-Perdone, -dice. -Sentí de pronto, por algo, un pesar insufrible... No lo
soporté, y vine aquí... Tenía luz en su ventana y… y decidí tocar...
Disculpe… ¡Ah, si supiera qué pesar tenía! ¿Qué hace usted ahora?
-Nada... El insomnio...
-Yo tenía como un presagio. Por lo demás, es una tontería.
Sus cejas se arquean, sus ojos brillan de lágrimas, y todo su rostro irradia
como con luz, con esa conocida, no vista hace tiempo expresión de
creduli­dad.
-¡Nikolai Stepánich! -dice con súplica, tendiendo ambas manos ha­cia
mí. –Querido mío, se lo ruego… se lo suplico... ¡Si no desprecia mi
amistad y respeto a us­ted, pues acepte mi ruego!
-¿Qué pasa?
-¡Tome mi dinero!
-¡Bueno, mira qué se te ocurrió aún! ¿Para qué me hace falta tu dinero?
-Irá a algún lugar a tratarse... A usted le hace falta tratarse. ¿Lo toma?
¿Sí? Hijito, ¿sí?
Escudriña mi rostro ávidamente, y repite:
-¿Sí? ¿Lo toma?
-No, amiga mía, no lo tomo... –digo. -Gracias.
Ella me da la espalda y baja la cabeza. Probablemente, lo rechacé en tal
tono, que no admite una plática siguiente sobre el dinero.
-Ve a casa a dormir –digo. -Mañana nos veremos.
-Entonces, ¿usted no me considera su amiga? -pregunta abatida.
-Yo no digo eso. Pero tu dinero es inútil para mí ahora.
-Disculpe... –dice bajando su voz una octava entera. -Yo lo entiendo...
Endeudarse con una persona como yo... con una actriz retira­da... Por
lo demás, adiós...
Y se va con tanta rapidez, que incluso no alcanzo a decirle adiós.

VI

Estoy en Járkov.
Ya que luchar contra mi estado de ánimo actual sería inútil, y aun
superior a mis fuerzas, pues decidí que los últimos días de mi vida sean
impecables, siquiera por el lado for­mal; si no tengo la razón respecto a
mi familia, lo que reconozco a la perfección, voy a intentar hacer así
como ella quiere. Ir a Járkov, pues a Járkov. Y además, en los últimos
tiempos me volví tan indiferente a todo que, positivamente, me da lo
mismo a dónde ir, a Járkov, a París o a Bierdíchev36.
Llegué aquí a eso de las doce del día, y me alojé en un hotel no lejos de
la catedral. En el tren me mareé, me expuse a las corrientes, y ahora
estoy sentado en la cama, me agarro la cabeza y espero el tic. Habría que
ir hoy mismo a ver a los profesores conocidos, pero no tengo ganas ni
fuerza.
Entra el viejo-lacayo de corredor y me pregunta si tengo ropa de cama.
Lo retengo unos cinco minutos y le hago varias preguntas acerca de
Gnekker, por quien vine aquí. El lacayo resulta natural de Járkov,
conoce la ciudad como sus cinco dedos, pero no recuerda ni una casa
tal, que llevara el apellido Gnekker. Le pregunto acerca de las
posesiones, lo mismo.
En el corredor el reloj da la una, después las dos, después las tres... Los
últimos meses de mi vida, mientras espero la muerte, me parecen
mucho más largos que toda mi vida. Y nunca antes supe resignarme a
la lentitud del tiempo, como ahora. Antes, pasaba que cuando esperabas
el tren en la estación o estabas en un examen, un cuarto de hora parecía
una eternidad, pero ahora podía estar sentado inmóvil en la ca­ma toda
la noche, y pensar con absoluta indiferencia en que mañana sería una
noche tan larga, insulsa, y pa­sado mañana...
En el corredor dan las cinco, las seis, las siete... Se hace oscuro.
En la mejilla un dolor sordo, eso me empieza el tic. Para ocuparme con
ideas, me pongo en mi punto de vista anterior, cuando no era
indiferente, y me pregunto: ¿para qué yo, un hombre célebre, un
consejero secreto, estoy sentado en este número pequeño, en esta cama
con una cobija gris, ajena? ¿Para qué miro ese lavamanos de hojalata
barato, y escucho cómo el reloj sarnoso suena en el corredor? ¿Acaso
todo esto es digno de mi gloria y de mi elevada posición entre las
personas? Y a esas preguntas me respondo con una sonrisa burlona. Me
es risible mi inocencia, con la que alguna vez en mi juventud exa­geré
el significado de la notoriedad, y de esa posición exclusiva que, al
parecer, disfrutan las celebridades. Yo soy célebre, mi nombre se
pronuncia con veneración, mi retrato estuvo en la Niva y en la
Ilustración universal, leí mi biografía incluso en una revista alemana, ¿y
qué hay pues de eso? Estoy sentado solo en una ciudad ajena, en una
cama ajena, me fro­to mi mejilla enferma con la palma de la mano... Las
disputas familiares, la impiedad de los acreedores, la grosería de los
sirvientes ferroviarios, las incomodidades del sistema de pasaporte, la
comida cara e insana de los buffets, la ignorancia general y la grosería
en las relaciones, todo eso y muchas otras cosas, que sería demasiado
largo enumerar, me concierne no menos que a cualquier pequeño
burgués, conocido sólo en su callejón. ¿En qué pues se expresa lo
exclusivo de mi posición? Admitamos que yo soy mil veces célebre, que
soy un héroe del que se enorgullece mi patria; en todos los periódicos
escriben boletines sobre mi enfermedad, por el correo me llegan ya los
compasivos sobrescritos de los colegas, de los alumnos y del pú­blico,
pero nada de eso me impide morir en una cama ajena, en la angustia,
en una soledad absoluta... De eso, por supuesto, nadie es culpable, pero
a mí, hombre pecador, no me gusta mi nom­bre popular. Me parece
como que éste me engañó.
A eso de las diez me duermo y, a pesar del tic, duermo profun­damente
y dormiría largo tiempo, si no me despertaran. Pasada la una, de pronto,
resuena un golpe en la puerta.
-¿Quién es?
-Telegrama.
-Podrían mañana –me enojo, recibiendo el telegrama del mozo. –Ahora
ya no me duermo otra vez.
-Culpable. Tiene la luz prendida, pensé que no dormía.
Desello el telegrama y miro ante todo la firma: de mi mujer. ¿Qué le
hace falta?
"Ayer Gnekker se casó con Liza en secreto. Regresa."
Leo este telegrama y me asusto no por largo tiempo. Me asusta no la
acción de Liza y de Gnek­ker, sino mi indiferencia, con la que recibo la
noticia de su boda. Dicen que los filósofos y los sabios auténticos son
indiferentes. No es verdad, la indiferencia es la parálisis del alma, la
muerte prematura.
Me acuesto en la cama de nuevo y empiezo a inventar con qué ideas
ocu­parme. ¿En qué pensar? Al parecer, ya todo está repensado y no hay
nada tal, que sea capaz ahora de excitar mi pensamiento.
Cuando amanece estoy sentado en la cama, con las rodillas abrazadas y,
sin nada que hacer, intento conocerme a mí mismo. "Conócete a ti
mismo", hermoso y útil consejo, lástima sólo que los antiguos no
adivinaron señalar el método, cómo valerse de ese consejo.
Cuando me venían antes las ganas de entender a alguien o a mí mismo,
pues no le prestaba atención a las acciones, en las que todo es
condicional, sino al deseo. Dime lo que quieres, y te diré quién eres.
Y ahora me examino: ¿qué quiero yo?
Yo quiero que nuestras mujeres, hijos, amigos y alumnos amen en
nosotros no el nombre, no la firma y no la etiqueta, sino a las personas
comunes. ¿Qué más? Quisiera tener ayudantes y herederos. ¿Qué más?
Quisiera despertar dentro de unos cien años y, siquiera con un ojo,
echar una mirada a lo que será de la ciencia. Quisiera vivir aún unos
diez años… ¿Luego qué?
Y luego nada. Yo pienso, pienso largo tiempo, y no puedo aún inventar
nada. Y cuanto no piense, y a donde no se dispersen mis ideas, para mí
está claro que en mis deseos no hay algo principal, algo muy importante.
En mi afición por la ciencia, en mi deseo de vivir, en este estar sentado
en una cama ajena, y en la intención de conocerme a mí mismo, en
todas las ideas, sensaciones y conceptos que yo me formo de todo, no
hay algo general que vincule todo eso en un todo. Cada sensación y cada
idea viven en mí aparte, y en todos mis juicios sobre la ciencia, el teatro,
la literatura, los alumnos, y en todos los cuadros que pinta mi
imaginación, incluso el analista más experto no hallará eso, que se llama
una idea general o el Dios del hombre vivo.
Y si no hay eso, pues entonces no hay nada.
Ante esa pobreza fue suficiente una dolencia seria, el temor a la muerte,
la influencia de las circunstancias y de las personas, para que todo eso,
que yo antes consideraba mi concepción del mundo, y en lo que veía el
sentido y el júbilo de mi vida, se pusiera patas arriba y volara en pedazos.
Por eso no hay nada asombroso, en que ensombrecí los últimos meses
de mi vida con ideas y sensaciones dignos de un esclavo y un bárbaro,
en que ahora soy indiferente y no advierto el amanecer. Cuando en el
hombre no hay eso, que es superior y más fuerte que todas las
influencias exteriores, pues en verdad, le es suficiente un buen resfriado
para perder el equilibrio, y empezar a ver en cada pájaro una lechuza, y
oír en cada sonido un aullido de perro. Y todo su pe­simismo u
optimismo, con sus ideas grandes y pe­queñas tienen, en ese momento,
solamente el significado de un síntoma.
Estoy vencido. Si es así, pues no hay por qué continuar pensando aún,
ni por qué conversar. Voy a estar sentado y esperar callado lo que venga.
Por la mañana el mozo me trae el té y un número del periódico loca­l.
Leo maquinalmente los anuncios de la primera página, el edito­rial, los
extractos de los periódicos y las revistas, la crónica... Entre tanto, en la
crónica encuentro esta noticia: "Ayer, en el tren de correo, llegó a Járkov
nuestro célebre científico, el eminente profesor Nikolai Stepáno­vich de
Tal, y se alojó en el hotel tal".
Evidentemente, los nombres famosos son creados para vivir aparte, al
margen de quien los lleva. Ahora mi nombre pasea impasible por
Jár­kov; dentro de unos tres meses, grabado en letras doradas en el
monumento sepulcral, va a brillar como el mismo sol, y eso al mismo
tiempo que yo estaré ya cubierto de musgo...
Un golpe leve en la puerta. Alguien me necesita.
-¿Quién es? ¡Entre!
La puerta se abre y yo, asombrado, doy un paso atrás y me apre­suro a
arrebujar los faldones de mi bata. Ante mí está Katia.
-Saludos –dice, respirando con dificultad por el andar por la escalera. -
¿No me esperaba? Yo también… también vine aquí.
Se sienta, y continúa con tartamudeo y sin mirarme:
-¿Por qué pues no me saluda? Yo también vine... hoy... Me enteré, de
que estaba en este hotel, y vine a verlo.
-Me alegro mucho de verte –respondo, encogiendo los hombros, -pero
estoy asombrado... Como que caíste del cielo. ¿Para qué estás aquí?
-¿Yo? Así... simplemente, agarré y vine.
Silencio. De pronto, se levanta con ímpetu y viene hacia mí.
-¡Nikolai Stepánich! –dice palideciendo y apretándo­se las manos
contra el pecho- ¡Nikolai Stepánich! ¡Yo no puedo vivir más así! ¡No
puedo! ¡Por el Dios verda­dero, dígame pronto, en este instante: ¿qué
puedo hacer? Dígame, ¿qué puedo hacer?
-¿Qué puedo decir pues? –me quedo perplejo. –Yo no puedo hacer
nada.
-¡Hable pues, se lo suplico! -continúa sofocada y con todo el cuerpo
temblando. -¡Le juro que no puedo vivir más así! ¡No tengo fuerza!
Cae en una silla y empieza a sollozar. Echa la cabeza hacia atrás, se
retuerce las manos, patalea en el suelo, su sombrero se deslizó de su
cabeza y cuelga de la liguita, el peinado se le deshizo.
-¡Ayúdeme! ¡Ayúdeme! -me suplica. -¡No puedo más!
Extrae de su cartera de camino un pañuelo y, junto con éste, saca unas
cuantas cartas que, de sus rodillas, caen al suelo. Las recojo del suelo y,
en una de éstas, reconozco la letra de Mijaíl Fiódorovich, y leo sin
intención un pedacito de cierta palabra: "pasio... ".
-No puedo decirte nada, Katia -digo.
-¡Ayúdeme! –solloza, tomándome la mano y besándola. -¡Pues usted es
mi padre, mi único amigo! ¡Pues usted es inteligente, instruido, vivió
mucho! ¡Usted fue maestro! Hable pues, ¿qué puedo hacer?
-A conciencia, Katia: no lo sé...
Estoy extraviado, confundido, conmovido por los sollozos, y apenas me
sostengo sobre los pies.
-Vamos a desayunar, Katia -le digo, sonriendo forzadamente. -¡Basta de
llorar!
Y al mismo instante agrego con voz decaída:
-Pronto no voy a estar, Katia...
-¡Siquiera una palabra, siquiera una palabra! –llora, tendiendo los
brazos hacia mí. -¿Qué puedo hacer?
-Una excéntrica, en verdad… -farfullo. -¡No entiendo! Tan inteligente,
y de pronto, ¡ahí tienes!, se echó a llorar...
Sobreviene un silencio. Katia se arregla el peinado, se pone el sombrero,
después estruja las cartas y las mete en la cartera, y todo eso callada y
sin prisa. Su rostro, pecho y guantes están mojados de lágrimas, pero la
expresión de su rostro es ya seca, severa... La miro, y me avergüenzo de
que soy más dichoso que ella. La ausencia de eso, que los colegas-
filósofos llaman idea general, yo la advertí en mí, solamente, poco antes
de mi muerte, en el ocaso de mis días, y pues, el alma de esta pobrecita
no conoció, ni va a conocer refugio en toda su vida, en toda su vida.
-Vamos a desayunar, Katia -digo.
-No, se lo agradezco -responde fríamente.
Aún pasa otro instante en silencio.
-No me gusta Járkov –digo. -Es muy gris pues. Es como una ciu­dad
gris.
-Sí, es posible... No es bonita... Yo vine aquí por poco tiempo... De paso.
Hoy mismo me voy.
-¿A dónde?
-A Crimea... o sea, al Cáucaso.
-Así. ¿Por mucho tiempo?
-No sé.
Katia se levanta y, sonriendo fríamente, sin mirarme, me tien­de la
mano.
Quisiera preguntarle: "¿Entonces, no vas a estar en mi entierro?" Pero
ella no me mira, su mano está fría, como ajena. Callado, la acompaño
hasta las puertas... He aquí salió de mi número, va por el largo corredor,
sin voltearse. Sabe que la miro por detrás y, proba­blemente, se volteará
en la esquina.
No, no se volteó. El vestido negro pasó por última vez, se acallaron los
pasos... ¡Adiós, mi tesoro!

1Nikolai Pirogóv, cirujano y anatomista, profesor de la Academia de


medicina y cirugía de San Petersburgo.
2Konstantín Kaviélin, jurista, historiador y sociólogo, publicista y
activista social de tendencia liberal.
3Nikolai Nekrásov, poeta y dramaturgo, autor de Los buhoneros y La
mujer rusa, entre otros poemas.
4“Mi cuello, como el de una heroína de Tur­guéniev, parece el mástil
de un contrabajo", del Diario de un hombre superfluo, relato de Iván
Turguéniev.
5De qué cantaba la golondrina, novela de Friedrich Spielhagen,
fundador del movimiento de la Joven Alemania, autor de novelas
realistas.
6Paráfrasis de la frase: "Me amó por los peligros que había corrido, y yo
la amé por la piedad que mostró por ellos", de Otelo (act. I, esc. 3),
tragedia de William Shakespeare.
7Historia morbi, historia de la mortalidad.
8Viencesláv Gruber, profesor de anatomía de la Academia de medicina
y cirugía de San Petersburgo.
9Alexánder Babújin, histólogo y fisiólogo, investigador de la formación
de los órganos de los peces.
10Mijaíl Skóbeliev, célebre general de infantería, comandante de una
división en la guerra ruso-turca de 1877-1878.
11Vasílii Peróv, pintor, profesor de la Escuela de pintura, escultura y
arquitectura de Moscú.
12Adelina Petti, cantante italiana que realiza varias giras por Moscú.
13Alusión a la frase de Hamlet: "¿Y qué es Hécuba para él, o él para
Hécuba, que así tenga que llorar sus infortunios?" Hamlet, príncipe de
Dinamaraca (act. II, esc. 2), tragedia de William Shakespeare.
14Y empezó a escribir el gobierno (expresión anticuada jocosa),
aproximadamente, "se armó la de Dios es Cristo, la de San Quintín".
15Grosh, moneda rusa de 1/2 kópek.
16Gríviennik, moneda rusa de diez kópeks.
17Chátskii, personaje principal de La amargura del ingenio, pieza de
Alexánder Griboyédov.
18Ufá, capital de Bashkíria, región situada en los Urales meridionales y
llanuras adyacentes, de población turca.19Chansonnette, cancioncilla.
20Eso es de otra ópera; eso no es de esa ópera (expresión jocosa),
aproximadamente, "eso es harina de otro costal".
21Madère, madeira, vino de rico bouquet, originario de la isla
portuguesa del mismo nombre.
22Schi, sopa de coles con carne.
23Votre excellence, vuestra excelencia.
24Patience, solitario.
25Su canción ya se cantó (expresión popular) aproximadamente, "tiene
las horas contadas".
26"Con tristeza miro nuestra generación", primer verso de La
cavilación, poema de Mijaíl Liérmontov.
27Alexánder Arakchéev, conde, general, favorito de Alexánder I,
ministro del ejército.
28Juego de palabras intraducible, traktír, taberna, al revés, rikcart,
apellido Ricart.
29Ultima ratio, término que designa el papel que debe cumplir el
Derecho Penal, ser la escala final en la solución del conflicto.
30"...y subiendo por el camino, salieron los muchachos de la ciudad, y
se burlaban de él, diciendo: ¡Calvo, sube! ¡calvo, sube!" Libro segundo
de los reyes (cap. 2, ver. 23), Biblia.
31Gaudeamus igitur, juvenestus, alegrémonos mientras somos jóvenes.
32Jean Jacques Pe­tit, se ignora de quien se trata.
33Nikita Krilóv, profesor de derecho romano de la Universidad de
Moscú.
34Reval, nombre alemán de Tálin, capital de Estonia.
35"Al águila le ocurre descender más bajo que las gallinas/Pero las
gallinas nunca se elevarán a las nubes"…, de El águila y las gallinas,
fábula de Iván Krilóv.
36Bierdíchev, ciudad de judíos al norte de Ucrania, fundada en 1546.

Título original: Skuchnaya istoriya, publicado por primera vez en la


revista Sieviernii viestnik, 1889, Nº 11, con la firma: "Antón Chejov".
Imagen: Ilya Repin, Portrait of Sergei Witte, 1903.