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N I C O L Á S G Ó M E Z DÁV I L A

E S C O L I O S A U N T E X TO I M P L Í C I TO
P R Ó LO G O F R A N C O VO L P I

ATA L A N TA
ARS BREVIS

ATA L A N TA

38
NICOLÁS GÓMEZ DÁVILA
ESCOLIOS A UN TEXTO
IMPLÍCITO

PRÓLOGO
FRANCO VOLPI

ATA L A N TA
2009
En primera de cubierta: Fotografía del autor, hacia 1986.

Dirección y diseño: Jacobo Siruela.

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ISBN: 978-84-937247-1-9
Depósito Legal: B-31.894-2009
ÍNDICE

El solitario de Dios

Escolios a un texto implícito 1

63

Escolios a un texto implícito 2

453

Nuevos escolios a un texto implícito 1

859

Nuevos escolios a un texto implícito 2

1055

Sucesivos escolios a un texto implícito

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EL SOLITARIO DE DIOS

1. Venido de la nada

Hay escritores que parecen provenir de la nada. Que


brotan imprevisiblemente de ambientes que les son ajenos,
sin haber sido preparados por nada ni por nadie, sin pre-
cedentes, sin pertenencias o señales de reconocimiento úti-
les para definirlos. Excéntricos, incómodos, irregulares,
son inclasificables e inconfundibles. Por la manera como
escribe y por aquello que escribe, Nicolás Gómez Dávila
se cuenta sin duda entre ellos.
Digamos que la exploración literaria del continente la-
tinoamericano, acaso pagada de los talentos descubiertos
e introducidos con éxito en el círculo de la world lite-
rature, dejó en el camino algunas gemas preciosas. La más
brillante y notoriamente ignorada es la obra de Nicolás
Gómez Dávila, escritor y pensador colombiano cuyos
irresistibles aforismos sugieren analogías y asonancias –más
que con contemporáneos hispanoamericanos como Por-
chia, Varona o Vasconcelos– con la gran tradición de los
moralistas franceses, desde Montaigne y Pascal hasta Ri-
varol. Algunas frases evocan –si está permitido empujar la
irreverente comparación hasta ese punto– la imagen de un

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Nietzsche colombiano. En resumen, desde el profundo de
América Latina revive en las sentencias de este pensador-
escritor «colonial», el alma de la vieja Europa. Por lo
demás, –para completar la irreverencia– la gran literatura
griega de la Antigüedad clásica ¿no ha sido también en
buena parte una literatura colonial?

2. «Nació, escribió, murió»

Este «ilustre desconocido» –así lo define en su Breve


historia del ensayo hispanoamericano José Miguel Oviedo,
uno de los poquísimos críticos que señaló su importancia
(Madrid, Alianza, 1991, pp. 150-151)– nació en Bogotá el
18 de mayo de 1913 y allí mismo falleció el 17 de mayo de
1994. Su biografía se podría resumir en tres palabras:
«Nació, escribió, murió». Por lo demás, ¿qué es la vida sino
una anécdota que esconde nuestra verdadera personalidad?
Aquí los pocos episodios de la anécdota: A los seis años se
trasladó con su familia a París, donde asistió a un colegio
benedictino recibiendo una educación humanístico-cris-
tiana. En verano solía pasar sus vacaciones en Inglaterra.
Una neumonía, que lo mantuvo en cama casi dos años, lo
constriñó a completar en casa su formación con precepto-
res privados. Consiguió un impecable dominio del griego
y del latín, y asimismo una envidiable familiaridad con los
clásicos del pensamiento y de la literatura mundial. A los
23 años regresó a Bogotá y se casó con Emilia Nieto, con
la que tuvo tres hijos: Rosa Emilia, Nicolás, Juan Manuel.
En el curso de los años recogió en su casa –un imponente
edificio en estilo Tudor, en la carrera 11, esquina de la calle
77– una majestuosa biblioteca con más de 30 000 volúme-
nes, donde se recluía cotidianamente, hasta la madrugada,
para dedicarse a la lectura y a la escritura, es decir: a la «bi-
blioterapia» como forma de vida.

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Nicolás Gómez Dávila. París. ca. 1930.
Nicolás Gómez Dávila. Bogotá. ca. 1950.
3. Su obra

Trabajó toda su vida en una vasta recopilación de afo-


rismos, en la que destiló sus incansables lecturas. Una obra
que es un caso más único que raro en la literatura y el pen-
samiento del siglo XX, y cuyo título singular y enigmático
dice: Escolios a un texto implícito (Bogotá, Instituto Co-
lombiano de Cultura, 1977, 2 vols.). Más tarde siguen dos
recopilaciones ulteriores de aforismos: Nuevos escolios a
un texto implícito (Bogotá, Procultura. Presidencia de la
República, Nueva Biblioteca Colombiana de Cultura,
1986, 2 vols.) y Sucesivos escolios a un texto implícito (Bo-
gotá, Instituto Caro y Cuervo, 1992). Todo lo demás que
Nicolás Gómez Dávila escribió no es sino la preparación
o el eco de los Escolios.
En los años cincuenta se publicó su primer libro, un vo-
lumen editado por iniciativa de su hermano Ignacio, con el
simple título Notas. Tomo I (México, 1954). En la contra-
portada se lee: «La edición de esta obra se hizo por cuenta
del autor; está dedicada a sus amigos y queda fuera de co-
mercio». Se trata de una obra muy particular: un texto ex-
perimental, compuesto por apuntes, máximas, observa-
ciones, frases y juicios, que más tarde él seleccionó,
elaboró y reintegró a su obra mayor, los Escolios, de la
que Notas es la primera propuesta. En síntesis, un ejerci-
cio preparatorio para ser olvidado. Por eso Notas quedó
fuera de comercio, no fue reeditada y el segundo tomo
previsto no vio la luz jamás.
El segundo libro publicado por Nicolás Gómez Dávila
es, también, una obra interlocutoria, valiosa para seguir de
cerca el madurar de los términos y el contenido de las re-
flexiones filosóficas del autor, pero igualmente inconclusa.
Tanto así que se anunció como Textos I (Bogotá, Editorial
Voluntad, 1959), sin que el segundo volumen jamás apa-
reciera. Aquí la prosa es continua, el esfuerzo tiende al sis-

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tema, o al menos al tratado. Expone la antropología de
Gómez Dávila, fundamentada en una incondicional adhe-
sión a la doctrina católica y en la incitante convicción de
que la historia del hombre está íntegramente comprendida
entre el nacimiento de Dios y su muerte. Allí se encuentra
además la teoría de la reacción, desarrollada entre las pá-
ginas 61 y 100, que según Francisco Pizano de Brigard
constituyen el «texto implícito» al que aluden los Escolios
(cfr. «Semblanza de un colombiano universal: las claves de
Nicolás Gómez Dávila», en Revista del Colegio Mayor de
Nuestra Señora del Rosario, LXXXI, 1988, No. 542, pp.
9-20).
Si agregamos los breves ensayos «De iure» (en Revista
del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, LXXXI,
1988, No. 542, pp. 67-85) y «El reaccionario auténtico»
(en Revista de la Universidad de Antioquia, 1995, No. 240,
pp. 16-33), tendremos todo lo publicado por Nicolás
Gómez Dávila –aparte de algunas poesías y ensayos in-
éditos, que familiares y amigos recibieron como obsequio
y guardan.

4. ¿Por qué «notas» y «escolios»?

El universo creado por esta obra, donde estilo e ideas se


compactan en granítica unidad, se presenta como un re-
cinto cerrado: no hay paso racional ni deducción lógica
que sirva para entrar. La única manera de hacerlo es lan-
zarse dentro. Comprender, en este caso, es en verdad cues-
tión de empatía. Hay que saber adentrarse en el ideario del
autor, conjugando intuiciones y visiones, simpatías e idio-
sincrasias, predilecciones y anatemas.
Afortunadamente disponemos de un apoyo hermenéu-
tico que el propio Nicolás Gómez Dávila, sin quererlo,
nos dejó: las Notas. Este volumen tiene un valor docu-

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mental insustituible: nos permite entrar en el laboratorio
de don Nicolás, observar sus movimientos creativos desde
el principio, entender el espíritu que los alienta, intuir la
genialidad y gustar el estilo ya inconfundible, construido
sobre fulminantes cortocircuitos lingüísticos y mentales.
En fin, Notas nos da la clave –especulativa, poética, a veces
también personal y biográfica– para ensimismarnos en la
perspectiva gomezdaviliana.
En Notas, antes que todo, encontramos la explicación al
enigmático título detrás del cual Nicolás Gómez Dávila
ha velado la intuición fundamental sobre la que ha basado
su obra. ¿Por qué limitarse a escribir «notas» o «escolios»?
¿Cuál es el «texto implícito» al que se refieren?
«Escolio» –del griego schólion, comentario– indica una
nota en los manuscritos antiguos y en los incunables, aña-
dida por el «escoliasta» en interlínea o al margen para ex-
plicar los pasajes oscuros del texto desde el punto de vista
gramatical, estilístico o exegético. Cabe, entonces, pregun-
tarse: ¿Cuál es la razón de la vocación exclusiva de Nico-
lás Gómez Dávila por este género literario mínimo?
Evidentemente no se trata de una simple preferencia es-
tilística enfocada a restituir al pensamiento la sencillez que
las palabras le quitan. Tampoco únicamente de «escribir
corto para concluir antes de hastiar» (Escolios I, 97), evi-
tando la prolijidad que «no nace de la abundancia de pala-
bras, sino de la carencia de ideas» (Notas, 332). Ni siquiera
de hablar a un lector inteligente con el cual «podemos ca-
llar las ideas intermediarias» (Notas, 224), brindándole
«gotas puras de lucidez» (Notas, 324).
Detrás de la vocación de escoliasta hay algo más sus-
tancial. Al asumir la actitud de limitarse a anotar escolios
en el margen de un texto implícito, se hace evidente una
elección de vida y de pensamiento antes que de escritura y
de estilo. Se trata de una decisión que privilegia la reserva,
la modestia, el ethos de la humildad. Para Nicolás Gómez

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Dávila el estilo corresponde a una disciplina de vida: «Es-
tas notas no aspiran a enseñar nada a nadie, sino a mante-
ner mi vida en cierto estado de tensión» (Notas, 319).
Hasta la conclusión más radical, hasta el extremo: «Si es
menester, que la lucidez del orgullo nos conduzca a la hu-
mildad y que el amor a las palabras nos entregue al silen-
cio» (Notas, 14).
Al comienzo de las Notas se encuentra una explicación
a esta opción de discreción: «La exposición didáctica, el
tratado, el libro, sólo convienen a quien ha llegado a con-
clusiones que le satisfacen. Un pensamiento vacilante, hen-
chido de contradicciones, que viaja sin comodidad en el
vagón de una dialéctica desorientada, tolera apenas la nota,
para que le sirva de punto de apoyo transitorio» (Notas,
17). Por lo tanto: «aquí no intento ofrecer sino esbozos de
ideas, leves gestos hacia ellas» (Notas, 13). O sea, frases
sencillas en las cuales se condensan las complicaciones del
pensamiento. Con la consecuencia estilística determinante
que ahora conocemos: «Las proclamo de nula importan-
cia, y, por eso, notas, glosas, escolios; es decir, la expresión
verbal más discreta y más vecina del silencio» (Notas, 17).
Y con algunas ventajas para el lector y para el escritor tam-
bién: «La nota breve no abusa de la paciencia del lector, y
simultáneamente permite que lo que deseamos escribir se
halle concluido antes que la conciencia de su mediocridad
nos impida continuarlo» (Notas, 223). El escolio es el es-
tilo que queda a quien sabe que «escribir es hacer precisa-
mente lo contrario de lo que hacen la mayoría de los que
escriben» (Notas, 298). Es el estilo de quien no quiere «co-
rrer el riesgo de perder el único lector inteligente: el que
busca su placer en la lectura y sólo su placer» (Notas, 13).
Nicolás Gómez Dávila sabe cuán ridícula es la condi-
ción de un «escritor sin talento», que no es otra cosa que
un «eunuco enamorado» (Notas, 314). Sabe que la «lite-
ratura no perece, porque nadie escriba, sino cuando todos

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escriben» (Escolios II, 656). Y es conciente de su «preca-
riedad» como pensador y escritor: «Yo carezco de opinio-
nes, sólo tengo breves ideas, transitorias y fugaces, más pa-
recidas a las posadas destartaladas donde descansamos una
noche que a las mansiones espléndidas, donde no sabemos
bien si moramos, o si somos prisioneros de su misma mag-
nificencia» (Notas, 112). Luego reafirma su modestia: «No
veo en estos cuadernos el repositorio de raras revelacio-
nes; me contento con arrancar a mi estéril inteligencia unas
pocas centellas fugitivas» (Notas, 16). Sin embargo, su
éxito no es el encierro en una «lógica del silencio», en una
«sigética». Al contrario, es la esperanza de que surjan en
abundancia las palabras adecuadas para llenar su existen-
cia insular: «Humildemente acepto que me circunde un
ancho silencio; pero haced, Dios mío, que las palabras
pueblen mi soledad y labren en ella sus ricas mieles»
(Notas, 93).
Don Nicolás pretende escribir con «austeridad y sen-
cillez» (Notas, 17) y conferir a sus propias frases «la du-
reza de la piedra y el temblor de la rama» (Escolios I, 263).
Pues «aún en filosofía, sólo el estilo impide la transforma-
ción del texto en simple documento» (Escolios II, 507), y
nada es suficientemente importante para que no importe
cómo está escrito. Para acertar es indispensable un trabajo
paciente y disciplinado de lima, sin el cual llega inevita-
blemente el jaque. Con escarnio del público: «El escritor
que no ha torturado sus frases tortura al lector» (Escolios
II, 543). Viceversa, quien sabe cultivar sin afán la perfecta
disciplina del idioma, cuidando que la lucidez y la inteli-
gencia maduren sus efectos, tarde o temprano recibirá
también el don espontáneo de la creatividad: «Las pala-
bras llegan un día a las manos del escritor paciente como
bandadas de palomas» (Nuevos escolios II, 1232).

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5. Dos maneras de escribir

De esta elección, Nicolás Gómez Dávila extrae una


poética simple y esencial, aplicable principalmente a su
misma obra. Ella contempla «dos maneras tolerables de
escribir»: «una lenta y minuciosa, otra corta y elíptica»
(Notas, 21). Veamos cómo las ilustra él mismo:
«Escribir de la primera manera es hundirse con delicia
en el tema, penetrar en él deliberadamente, abandonarse
sin resistencia a sus meandros y renunciar a adueñarse para
que el tema bien nos posea. Aquí convienen la lentitud y
la calma; aquí conviene morar en cada idea, durar en la
contemplación de cada principio, instalarse perezosamente
en cada consecuencia. Las transiciones son, aquí, de una
soberana importancia, pues es éste ante todo un arte del
contexto de la idea, de sus orígenes, sus penumbras, sus
nexos y sus silenciosos remansos. Así escriben Peguy o
Proust, así sería posible una gran meditación metafísica»
(Notas, 21). Ésta es, en síntesis, la prosa continua, extensa,
prolija, que desarrolla, articula y extiende.
El otro estilo, «corto y elíptico», es aquel por el que
opta don Nicolás: «Escribir de la segunda manera es asir el
tema en su forma más abstracta, cuando apenas nace, o
cuando muere dejando un puro esquema. La idea es aquí
un centro ardiente, un foco de seca luz. De ella proven-
drán consecuencias infinitas, pero no es aún sino germen,
y promesa en sí encerrada. Quien así escribe no toca sino
las cimas de la idea, una dura punta de diamante. Entre las
ideas juega el aire y se extiende el espacio. Sus relaciones
son secretas, sus raíces escondidas. El pensamiento que las
une y las lleva no se revela en su trabajo, sino en sus fru-
tos, en ellas, desatadas y solas, archipiélagos que afloran
en un mar desconocido. Así escribe Nietzsche, así quiso la
muerte que Pascal escribiese» (Notas, 21-22).
En una de sus raras confesiones personales Nicolás

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Gómez Dávila nos explica cómo la escritura, en esta forma
corta y elíptica, no es para él un antojo sino una necesidad
existencial y una razón de vida. Se exige, antes que nada,
perseguir interrogantes existenciales: «¿Qué hacer si todo
lo que me seduce me huye o me rechaza, si todo lo que me
cabría emprender me aburre y me repugna? Y, sin em-
bargo, ¿cómo vivir entregado a la sola tarea de vivir? ¿Có-
mo transitar por mis días, la frente inclinada sobre el ins-
tante, animal que pace, olvidado del cercano invierno y de
la pura luz que lo circunda?» (Notas, 15). El recurso al que
se aferra Nicolás Gómez Dávila para responder a estos
apremios es la propia escritura: «Anhelo que estas notas,
pruebas tangibles de mi desistimiento, de mi dimisión,
salven de mi naufragio mi última razón de vivir. […] Cier-
tamente no creo que para pensar, meditar o soñar, sea
siempre necesario escribir. Hay quien puede pasearse por
la vida con los ojos bien abiertos, calladamente. Hay espí-
ritus suficientemente solitarios para comunicarse a sí mis-
mos, en su silencio interior, el fruto de sus experiencias.
Mas yo no pertenezco a ese orden de inteligencias tan
abruptas; requiero el discurso que acompaña el ruido
tenue del lápiz, resbalando sobre la hoja intacta» (Notas,
15-16). Lo podríamos llamar un epicureísmo de la inteli-
gencia, el placer de un pensamiento que se abandona a sí
mismo reclinándose en el cauce de la escritura que lo en-
carna y lo sostiene.

6. ¿Cuál «texto implícito»?

Pero, ¿por qué escribir escolios al margen de un «texto


implícito»? ¿Cuál es la razón de la vocación exclusiva de
este Nietzsche colombiano por el escolio? ¿De qué texto
se trata?
Otra vez, la explicación se encuentra en un pasaje de

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las Notas: «El diario, la nota, el apunte, que traicionan a
todo gran espíritu que de ellos usa pues, al exigirle poco,
no le dejan manifestar ni sus dotes, ni sus raras virtudes,
ayudan al contrario, como astutos cómplices, al mediocre
que los emplea. Le ayudan, porque sugieren una pro-
longación ideal, una obra ficticia que no los acompaña»
(Notas, 17). Entonces, el «texto implícito» al que aluden
los Escolios es la obra ideal, perfecta, tan sólo imaginada,
en la que se prolongan y se cumplen las proposiciones de
don Nicolás. El autor, por tanto, espolea al lector a fin de
que active su imaginación. Sin este esfuerzo, los escolios
no hablan. Quedan convertidos en disparates, incompren-
sibles y herméticos: «Lo que aquí digo parecerá trivial a
quien ignore todo a lo que aludo» (Escolios II, 786). Por su
parte, el escritor inteligente sabe que «el impacto de un
texto es proporcional a la astucia de sus reticencias» (Es-
colios II, 612). Desde esta perspectiva se comprende por
qué Nicolás Gómez Dávila no aguanta la prolijidad de un
escritor como François Mauriac: «El libro maravilloso, de
que Mauriac hubiera sido capaz, no ha sido, ni probable-
mente será ya, escrito. Lo tenemos esparcido en veinte vo-
lúmenes diversos, todos anteriores al libro ideal que, de-
trás de cada uno, se deja adivinar como una constante,
secreta e inaccesible presencia» (Notas, 30).
Sin embargo, esta elección de sobriedad y la decisión
por el fragmento no significan la renuncia a lograr la «ma-
ravilla de las maravillas», es decir, el sentido del ser en su
conjunto. La convicción metafísica de Nicolás Gómez
Dávila es que «la totalidad del universo existe tanto en el
universo entero como en cada uno de sus aparentes frag-
mentos» (Notas, 310). Y puesto que «el discurso tiende a
ocultar las rupturas del ser, el fragmento es la expresión
del pensamiento honrado» (Nuevos escolios II, 1247). Es
más: afirmar que el fragmento no es apto para expresar
la totalidad, significa presuponer que el discurso prolijo la

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contenga toda. Éste tiende, además, a ocultar las rupturas
del ser mientras «el fragmento es el medio de expresión
del que aprendió que el hombre vive entre fragmentos»
(Nuevos escolios II, 1137).
Entonces, el quebrar su obra en aforismos es sólo la es-
trategia expresiva de un pensamiento que intenta alcanzar
el todo: «Mis breves frases son los toques cromáticos de
una composición pointilliste» (Escolios I, 69). Para quien
sabe leer, y sólo para él, el conjunto de los toques cromá-
ticos brinda una visión de la totalidad. Las citas que se en-
cuentran en el exergo de los Escolios son otras tantas acla-
raciones de esta filosofía puntillista. Como los versos de
Shakespeare (The Rape of Lucrece, 1427-1428):

A hand, a foot, a leg, a head,


Stood for the whole to be imagined.

Una mano, un pie, una pierna, una cabeza


dejan el todo a la imaginación.

O, asimismo, la carta del 8 de enero 1888 que Nietzs-


che escribe desde Niza a Georg Brandes, el primer descu-
bridor danés de su obra: «Aquí se trata de la larga lógica de
una sensibilidad filosófica bien determinada y no de una
mezcla confusa de cien paradojas y heterodoxias arbitra-
rias». De aquí la invitación de don Nicolás: «Filosofía
pointilliste: se pide al lector que gentilmente haga la fu-
sión de los tonos puros» (Notas, 332).

7. La inteligencia como patria

Esta discreta actitud de escritura, de pensamiento y de


vida brota del simple ejercicio de la inteligencia. «Imposi-
ble me es vivir sin lucidez» (Notas, 15), confiesa Nicolás

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Gómez Dávila, invitándonos a vigilar incansablemente y a
combatir la somnolencia de la razón: «Debemos forzar-
nos a la lucidez, para evitar que las cosas resbalen sobre
nosotros como sobre una piedra aceitada. Que ante todo
espectáculo, enfrente a cualquier circunstancia, el espíritu
se asome a sus propias ventanas, los ojos abiertos, dilata-
das las narices» (Notas, 222).
Vive en constante lucha contra la banalidad de lo coti-
diano que anestesia y esteriliza: «Lo que adormece las ac-
tividades del espíritu y lentamente lo induce a vivir como
un autómata, lo que le hace perder el sabor y el sentido de
la vida inmediata, lo que lo conduce a un vano palacio
de conceptos vulgares y de costumbres tontas, es la vida de
todos los días con sus quehaceres habituales, sus necesi-
dades ordinarias, su actividad superficial, su intensidad fic-
ticia» (Notas, 23). Lo que nos corrompe es la paz del día.
A tal punto que la escasa vigilancia merece un juicio casi
moral: «Toda la habilidad del mal está en transformarse en
un dios doméstico y discreto, cuya presencia ya no in-
quieta» (Notas, 149). Por eso la exhortación dirigida ante
todo a sí mismo para no bajar el umbral de la vigilancia
crítica, para alimentar hacia cada asunto la carcoma de la
interrogación y la sospecha: «Pensar suele reducirse a in-
ventar razones para dudar de lo evidente» (Escolios I, 80).
De aquí su incansable batalla contra la somnolencia de la
razón, que acecha aún a las mentes más refinadas e inclu-
sive al filósofo: «Las ideas tontas son inmortales. Cada ge-
neración las inventa nuevamente» (Escolios II, 518).
De aquí su inquebrantable conciencia y voluntad de
pertenecer a una aristocracia muy especial: la aristocracia
de la inteligencia. Nicolás Gómez Dávila sabe también que
se trata de una pertenencia particular, que otorga cierto
arraigo y firmeza: «La inteligencia es una patria» (Notas,
251). Pero una patria que no se posee de una vez por todas.
Hay que conquistarla día tras día. Desde la cima de esta

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posición, declara con un toque de arrogante superioridad:
«Las ideas tiranizan al que tiene pocas» (Escolios I, 343).
O: «Para que la idea más sutil se vuelva tonta, no es nece-
sario que un tonto la exponga, basta que la escuche» (Es-
colios I, 367). O también: «Para castigar una idea los dio-
ses la condenan a entusiasmar al tonto» (Escolios II, 742).
Y aún más: «Nada más superficial que las inteligencias que
comprenden todo» (Escolios II, 847). Por tanto, hay que
estar siempre alerta porque «la frontera entre la inteligen-
cia y la estupidez es movediza» (Sucesivos escolios, 1329).
Asimismo, de la inteligencia Nicolás Gómez Dávila co-
noce no sólo las incomparables ventajas, sino también las
insidias y deslices. Es verdad que la inteligencia es un lugar
de permanente juventud: «Si el genio es la infancia que
dura, la inteligencia es la juventud que no muere» (Notas,
44). Pero es también verdad, desgraciadamente, que no se
presenta con un aspecto bondadoso y soleado, sino con
un rostro ceñudo y desconfiado: «La inteligencia no se
manifiesta con un gesto de acogimiento y de cariño. La in-
teligencia es aleve y traicionera, recelosa y desconfiada,
siempre comienza por repeler y refutar, siempre rechaza
y siempre protesta» (Notas, 18). Además, su fuerza tajante
es comparable sólo a su esterilidad: «La fecundidad es-
pontánea de la inteligencia es un don concedido a pocos»
(Notas, 114). Y si sólo se ejercita para su propio fin, puede
convertirse en una prisión, como Gómez Dávila a veces
parece temer: «Horror de girar, como un animal enjau-
lado, dentro del recinto de mi propia inteligencia» (Notas,
324).
Esto lo conduce a reformular sutilmente las ideas so-
cráticas del «saber de no saber»: «No pensar sino de acuer-
do con nuestra ignorancia es la primera norma de la moral
de la inteligencia» (Notas, 76). Y de armarse de una ironía
reflexiva: «Si la ironía consiste en pensar que la verdad es
precisamente lo contrario de lo que estamos pensando,

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pero que no basta invertir nuestro pensamiento para cap-
tarla –así como la acera de enfrente es aquella en que nunca
estamos–, pido que se me admita como ironista» (Notas,
229).

8. Crítica de la razón erótica

La agudeza exasperada, paroxística, se arriesga a em-


pujar la inteligencia y lanzarla hacia lo abstracto. Pero hay
un correctivo, un contrapeso: la carne en su insaciable ape-
tecer, la vida como «el excitante más potente» (Notas, 201).
Pues la carne tiene vivo el fuego de la inteligencia, alimenta
su llama, su deseo, su sed. Con su fuerza de gravedad atrae
la inteligencia hacia la sensualidad.
Sin carne y sin vida la inteligencia se agota en el vacío
de su esterilidad: «Mejor no ser nunca nadie, mejor no ser
nunca nada que matar en nosotros el deseo, que extinguir
nuestra sed» (Notas, 23). Pues «el deseo es padre de las
ideas» (Notas, 273). Por su parte, la sensualidad sin inteli-
gencia queda inconclusa, bruta, ciega.
Entonces podemos decir: «La inteligencia que olvida o
desprecia los gestos voluptuosos desconoce la densidad
que presta al mundo la oscura presencia de la carne»
(Notas, 20). Y también vale la afirmación recíproca: «La
voluptuosidad auténtica prolonga en esquemas intelectua-
les la conmoción física en que nace» (Notas, 172). De esta
forma «no habremos aprendido a gozar sensualmente el
mundo sino cuando el gesto que palpa se prolongue en
arabesco de la inteligencia» (Notas, 175). Esto significa que
inteligencia y sensualidad, cuando alcanzan el perfecto
equilibrio, coinciden: «En un alma perfecta, el placer per-
fecto no es más que el conocimiento perfecto» (Notas,
171), pues «percibir, contemplar y conocer son los grados
del placer» (Notas, 172). Y tal coincidencia permite una

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analogía y una anagogía o bien una comparación y una ele-
vación: «La verdad es a la inteligencia lo que es la dicha a
la sensibilidad; la verdad es la dicha de la inteligencia»
(Notas, 179). Por tanto, la obra filosófica perfecta no pue-
de ser sino «una metafísica sensual» (Notas, 216), capaz
de salvar «la riqueza densa y sensual del mundo» (Notas,
125).
Todo esto no sólo en la teoría, sino también en la prác-
tica y en la existencia concreta. Detrás de la intuición ful-
gurante de Nicolás Gómez Dávila hay siempre una situa-
ción real de vida, un problema, una luz o una sombra
efectivamente vividas. Detrás está siempre él mismo. Esto
es también válido para la tensión polar entre inteligencia y
sensualidad, como don Nicolás confiesa: «Siento que mi
existencia sólo tiene dos puntos de plenitud y de equili-
brio. […] Mi ser se cumple sólo en la yerta cumbre de la
idea o en el valle bajo y sofocante del erotismo. La medi-
tación más abstracta sobre el espíritu, sus normas, sus
principios, o la tibia selva de los gestos voluptuosos. Sólo
me conmueve el lívido amanecer que me encuentra deses-
perado ante el problema insoluble o ante el cuerpo invio-
lable, que ni su complicidad traiciona» (Notas, 111).
Contemplando el espejismo del punto de equilibrio
entre espíritu y sensualidad, nunca alcanzado, y quizá para
él inalcanzable, Nicolás Gómez Dávila profesa una pro-
funda admiración por aquel que es capaz de acertarlo. Co-
lette, por ejemplo: «La prosa de Colette logra el más noble
equilibrio clásico, pues expresa la voluptuosidad más evi-
dente por medio de la inteligencia más lúcida» (Notas,
153). Es también que la mano que no supo acariciar no
sabe escribir.
Hay, sin embargo, que tener cuidado. Es menester evi-
tar firmemente los excesos de la voluptuosidad: «Lejos de
agotar la sensibilidad, el abuso la irrita, le enseña la impa-
ciencia, y la induce a un más crudo apetito» (Notas, 109).

25
O sea, la empuja a un desequilibrio, a un vértigo, a un abis-
mo. Especialmente cuando se trata de aquella potente ma-
nifestación de la sensibilidad que es la sexualidad. Una
fuerza mágica que ejerce sobre todos los seres vivientes
una atracción irresistible, y que representa para el hombre
una oportunidad y una tentación: una oportunidad de ele-
vación espiritual y una tentación de decadencia y de per-
dición.
Se incluyen aquí los escasos pensamientos de Gómez
Dávila sobre la mujer (Notas, 70, 177, 179-181, 195, 203,
249, 253, 268, 323). Éstos deben ser leídos con prudencia
y cautela y, antes que nada, con el conocimiento de que
«todo pensamiento sobre las mujeres es una trivialidad
envuelta en una grosería» (Notas, 203). En la más acepta-
ble de estas trivialidades Gómez Dávila afirma: «A pesar
de todo, lo más increíble de las mujeres es que pueden so-
portar y amar a los hombres» (Notas, 206). Pero va al
fondo, al corazón metafísico del problema, cuando, casi
sugiriendo que la mujer es más el pretexto que el objeto
de la sensualidad, declara: «Ante un cuerpo de mujer los
mayores excesos son insuficientes. […] ¡Ah! Perderse en
una espesa selva tenebrosa y carnal. Aspiramos a una po-
sesión demoníaca, pero solamente hacemos el amor»
(Notas, 32-33).
Tal vez sobre este pensamiento hubiese dicho más tarde
Nicolás Gómez Dávila que se trata de una idea de leche:
«Como los dientes de leche, existen las ideas de leche. ¿A
qué edad comenzamos a cambiarlas?» (Notas, 221). Pero
es un pensamiento invaluable porque llega al fondo del
problema. Y cuando, como en el caso de la sexualidad, las
situaciones antropológicas y los respectivos pensamientos
van hasta el fondo, se tornan extremos y las explicaciones
se llenan fácilmente de ángeles y demonios. «La sexuali-
dad pura, en sus límites extremos, profiere una acusación
teológica y plantea un problema de rivalidad religiosa. […]

26
La sexualidad es el refugio del hombre desposeído de
Dios, el último recinto donde su desesperación se encara
contra la divinidad que lo abandona» (Notas, 315).
Es la obra blasfema del «Divino Marqués» la que pone
en escena el problema en toda su crudeza: ¿qué otra cosa
le queda al hombre, después de la muerte de Dios, sino la
espantosa naturaleza de sus pulsiones? «La obra de Sade es

Nicolás Gómez Dávila en su biblioteca.


la única tentativa coherente de construir un universo rígi-
damente vacío de las tres virtudes teologales. El universo
de Sade es el universo de la absoluta ‘finitud’» (Notas, 314-
315). Hay que estudiar y volver a estudiar esta obra como
la más coherente antropología negativa: pues el hombre es
un animal que a veces imagina ser hombre, y cuando «Dios
muere, el hombre se animaliza» otra vez (Notas, 327).

Nicolás Gómez Dávila en su biblioteca. Bogotá. ca. 1975.

28
De aquí la sarcástica invitación: «Propongo a alguna in-
teligencia seria, pero carente de ironía, la tarea de escribir
una Crítica de la razón erótica» (Notas, 289). Es decir, el
estudio de las condiciones de posibilidad de la ya mencio-
nada «metafísica sensual», capaz de salvar «la riqueza densa
y sensual del mundo». En ella el problema del mal radical
debe ocupar una posición central. «Toda filosofía que eluda
el problema del mal es un cuento de hadas para niños
bobos» (Notas, 215). Sin olvidar que «hay más que un dios
escondido en las secretas sendas del infierno» (Notas, 52).

9. Por qué ser reaccionario

Los Escolios se condensan y aglutinan en torno a los


eternos problemas de la filosofía: Dios, el alma, el mundo.
En fin, todo espíritu vive de pocos temas y el talento del
autor está en su hábil e inimitable orquestación. Siguiendo
su método puntillista –combinado con un escandaloso
dogmatismo y al gusto de la provocación sistemática–
Nicolás Gómez Dávila recoge estos temas en una visión
sombría y desilusionada, pero lúcida e iluminadora del de-
solado paisaje de la Modernidad y de sus dudas nihilistas.
No es que él se complazca en naufragar en un cupio dis-
solvi. Al contrario, él pretende atestiguar, entre las ruinas,
una verdad imperecedera, a la que su existencia se aferra:
«No pertenezco a un mundo que perece. Prolongo y tras-
mito una verdad que no muere» (Escolios II, 858). Por eso
él ataca con furor iconoclasta –con la denuncia, la sátira, la
paradoja– la Modernidad entera, sus ideales, sus princi-
pios, sus presuntas conquistas sociales y políticas. Pues
«nuestros odios son la exacta medida de nuestro rango»
(Notas, 323).
El resultado es un antimodernismo inflexible e intran-
sigente, que brota de la inamovible convicción de que «la

29
humanidad cayó en la historia moderna como un animal
en una trampa» (Escolios II, 833). A la vez esta convicción
se basa en un análisis histórico tan sencillo y esencial como
contundente: «El mundo moderno resultó de la confluen-
cia de tres series causales independientes: la expansión de-
mográfica, la propaganda democrática, la Revolución in-
dustrial» (Sucesivos escolios, 1386). Esto desemboca en la
barbarie de la humanidad actual, que «destruye más cuan-
do construye que cuando destruye» (Escolios I, 261). Por
tanto, no hay que hacerse ilusiones: «Los Evangelios y el
Manifiesto Comunista palidecen; el futuro está en poder
de la Coca-Cola y la pornografía» (Sucesivos escolios, 1404).
La Modernidad ha abierto las puertas de par en par al in-
greso triunfal en la historia a los tres enemigos más radi-
cales del hombre: «el demonio, el Estado y la técnica» (Es-
colios II, 514). El demonio porque es la perversión de la
trascendencia. El Estado porque cuanto más crece más dis-
minuye al individuo. Y la técnica por ser una permanente
tentación de lo posible. Todo esto basado en una espan-
tosa conjetura: «El Anticristo es, probablemente, el hom-
bre» (Escolios I, 264).
Nicolás Gómez Dávila, que cuenta entre sus propios
antepasados con Antonio Nariño, el traductor al español
de los Derechos del hombre de Thomas Paine, se confiesa
reaccionario con orgullo consciente. Pero la suya no es
una reacción en el usual sentido político del término, de-
masiado débil y permisivo desde su intransigente punto
de vista. Es cierto que entre los volúmenes de su biblio-
teca se encuentran, en primera fila, los escritos de Justus
Möser, el padre del conservatismo rural, y la edición rusa
de las obras completas de Konstantin Leont’ev, celebre
fustigador del «europeo medio» como instrumento e ideal
de la destrucción universal. Además de Joseph de Maistre,
Donoso Cortés y otras fuentes del pensamiento reaccio-
nario que lo han acompañado desde su juventud parisina,

30
tales como Maurice Barres y Charles Maurras, de quienes
se podría averiguar la influencia en su formación.
Los Escolios aparecen como una caleidoscópica varia-
ción sobre el tema de la reacción, que delinean y circuns-
criben hasta enfocarlo: «La única pretensión que tengo es
no haber escrito un libro lineal, sino un libro concéntrico»
(Nuevos escolios II, 1255). Sin embargo, el término «reac-
cionario» asume aquí un significado de principio, absoluto:
reaccionario es aquel que está en contra de todo porque no
existe ya nada que merezca ser conservado. En este sentido
el reaccionario –que no es un «soñador de pasados aboli-
dos, sino cazador de sombras sagradas sobre las colinas
eternas»– se considera mucho más radical que el conserva-
dor: «El reaccionario no se vuelve conservador sino en las
épocas que guardan algo digno de ser conservado» (Esco-
lios II, 496). Por lo tanto, se debe constatar: «Hoy no hay
por quien luchar. Solamente contra quien» (Escolios II, 642).
Ahora bien ¿cuáles son concretamente los adversarios
de la reacción, aquellos de quien ella vive y se alimenta?
Es claro, son: «el entusiasmo del progresista, los argu-
mentos del demócrata, las demostraciones del materia-
lista» (Escolios II, 783). Son, en resumen, las ideas sobre
las cuales la Modernidad ha construido aquella religión an-
tropoteísta que se conoce bajo el nombre de «democra-
cia». También aquí hay que llamar la atención sobre la
acepción del término: «Con el vocablo “democracia” de-
signamos menos un hecho político que una perversión me-
tafísica» (Escolios II, 804). Vale decir: la democracia mo-
derna es para Nicolás Gómez Dávila la teología del
hombre-dios, ya que ella asume al hombre como Dios y de
este principio deriva sus normas, sus instituciones, sus re-
alizaciones. Pero «si el hombre es el único fin del hombre,
una reciprocidad inane nace de ese principio como el mu-
tuo reflejarse de dos espejos vacíos» (Escolios I, 79). Son
igualmente inaceptables para Nicolás Gómez Dávila las

31
recaídas de tales vacuidades sobre el plano político. Por
ejemplo, el convencimiento de que la democracia sea el
mejor sistema de gobierno. Al contrario, ésta parte de un
punto de vista equivocado: «El error del pensamiento de-
mocrático: atribuir a cada individuo la totalidad de los
atributos propios al concepto del hombre» (Notas, 278).
De aquí, no se pueden derivar sino consecuencias erradas:
«La democracia es el sistema para el cual lo justo y lo in-
justo, lo racional y lo absurdo, lo humano y lo bestial, se
determinan no por la naturaleza de las cosas, sino por un
proceso electoral» (Notas, 300). Además, «los demócratas
describen un pasado que nunca existió y predicen un fu-
turo que nunca se realiza» (Escolios II, 796), y esto hace
que las «democracias empíricas viven alarmadas tratando
de eludir las consecuencias de la democracia teórica» (Es-
colios II, 796). En resumen, su inconsistencia teórica pro-
duce una infinidad de debilidades empíricas: «Mientras
más graves sean los problemas, mayor es el número de in-
eptos que la democracia llama a resolverlos» (Escolios I,
85). La única conclusión coherente nos constriñe a la la-
cónica constatación: «Vox populi… vox, et praeterea nihil».
O sea: «La voz del pueblo… es una voz, y nada más»
(Notas, 132).
Otra diana predilecta de Nicolás Gómez Dávila es el
ideal de la igualdad: «Los hombres son menos iguales de lo
que dicen y más de lo que piensan» (Escolios I, 432). Y «si
nacieran iguales, inventarían la desigualdad para matar el
tedio» (Escolios II, 711). Hoy además, teniendo en cuenta
los efectos de la sociedad metropolitana de masas, consta-
tamos la amarga previsión de sus hipótesis: «El cristal de
la civilización es fusible a una determinada densidad de-
mográfica» (Escolios I, 794). Por lo tanto: «Las jerarquías
son celestes. En el infierno todos son iguales» (Escolios II,
774). Por esta razón «sólo la muerte es demócrata» (Esco-
lios I, 438).

32
Nicolás Gómez Dávila lanza su crítica asimismo contra
todas las ideas políticas de las cuales puedan derivarse
ideales y, por tanto, ideologías: pues «todo individuo con
“ideales” es un asesino potencial» (Escolios I, 321). Un
anatema especial merece el marxismo, aunque «Marx co-
rona el ateísmo vulgar de su época con un gesto de orgu-
llo metafísico» (Notas, 192). Y por consiguiente la ideolo-
gía comunista: «El comunismo se ha vuelto iglesia, su
doctrina dogma, sus congresos concilios, excomuniones
sus expulsiones, heréticos sus disidentes y absolutismo
papal su gobierno» (Notas, 193). Y al fin la socialista: «El
socialismo es la filosofía de la culpabilidad ajena» (Notas,
329). La ideología aristocrático-liberal es la única que apa-
rentemente se salva de la condena general: «Ninguna es-
pecie política me seduce tanto como la de esos aristócra-
tas liberales, cuyo agudo sentido de la libertad no proviene
de turbios anhelos democráticos, sino de la conciencia in-
alterable de la dignidad individual y de la lúcida noción de
los deberes de una clase dirigente. Tocqueville es su más
noble representante» (Notas, 245).
Otro blanco de sus dardos es la confianza moderna en
la perfectibilidad del hombre y en el mito del progreso.
A la que él contrapone una desconsoladora pero ineludi-
ble constatación: después que «sustituyó el mito de una
pretérita edad de oro con el de una futura edad de plás-
tico» (Escolios II, 525), la humanidad «va de la mediocri-
dad al horror y del horror a la mediocridad» (Notas, 79).
Menos evidente, pero no menos decidida, es su crítica
a la ciencia y a la técnica. No tanto por lo que ellas son y
representan en la visión moderna del mundo, sino por la
ingenuidad que han favorecido: «El hombre está creando
un mundo poroso a su acción. Ya parece que a la voluntad
humana nada resiste, y como en las viejas profecías mile-
narias quizá veremos florecer los desiertos. Pero es aquí,
cuando parece que se aproxima el cumplimiento de las más

33
antiguas esperanzas, que surge desde el vago limbo, donde
un Prometeo progresista la había remitido, la máscara la-
mentable de la tragedia humana. La ciencia se ha revelado
milagrosamente capaz de enseñarnos cómo se hacen las
cosas, pero incapaz radicalmente de decirnos lo que debe-
mos hacer» (Notas, 199). El resultado es evidente: la má-
quina moderna es siempre más compleja, y el hombre
siempre más elemental.
Esta insostenible dualidad, la discrepancia entre el «sa-
ber hacer» y el «¿qué hacer?», se vuelve en pretexto para
una crítica llevada al plano universal, filosófico: «La cien-
cia es una ontología monista, irracional, contingente y sin
sentido» (Notas, 47). En cuanto al realismo en el que ella
está basada en gran parte, Nicolás Gómez Dávila lo li-
quida con un golpe bajo: «Haber estado enamorado basta
para refutar todo realismo epistemológico» (Notas, 263).
En lo que se refiere a la técnica y sus sacerdotes, su sar-
casmo no es menos tajante: «Los técnicos son como los
gusanos que, sin saber cómo, producen seda» (Notas, 230).
Al hacer un balance tan hostil y cáustico de la Moder-
nidad, no sorprende que el reaccionario auténtico llegue a
una conclusión intransigente: «Todo hombre auténtica-
mente moderno que no se suicida a los cuarenta años es
un imbécil» (Notas, 272). Aún más, en un escandaloso
crescendo declara: «Razón, Progreso, Justicia, son las tres
virtudes teologales del tonto» (Escolios II, 620). No hay
que sorprenderse si, siguiendo este camino radical, se llega,
fatalmente, a una forma de vida y de pensamiento insular.
Solamente si se mantiene una posición solitaria es posible
evitar el compromiso y la contaminación: «La lucha con-
tra el mundo moderno tiene que ser solitaria. Donde haya
dos hay traición» (Escolios II, 666).

34
10. «Biblioterapia»

A quien logra elevarse a este plano, se le abren en com-


pensación las puertas de la literatura y del pensamiento de
todos los tiempos: «La literatura toda es contemporánea
para el lector que sabe leer» (Escolios I, 106). Y la lectura
es el único oasis que sobrevive en el desierto que avanza de
la Modernidad. Los grandes escritores y pensadores del
pasado son los que nos ofrecen refugio del conformismo
y de la tiranía de la mayoría. Precisamente «lo que des-
pierta al espíritu de ese sueño dogmático del vivir común,
lo que arroja al mar ignoto de los pensamientos propios,
de los sentimientos originales, es la lectura» (Notas, 23).
Por lo tanto, el único remedio eficaz se llama «bibliotera-
pia»: «Un libro inteligente nos hace sentir inteligentes,
como una música militar heroicos» (Notas, 340). Pues la
auténtica lectura –y no la simple actitud libresca– nos
obliga a abrir los ojos, a confrontar la dureza de aquello
que nosotros mismos no habíamos pensado: «Leer es re-
cibir un choque, es sentir un golpe, es hallar un obstáculo.
Es sustituir a la ductilidad pasiva y perezosa de nuestro
pensamiento, los inflexibles carriles de un pensamiento
ajeno, concluido y duro» (Notas, 24).
La lectura tiene que involucrarnos, o no es lectura.
«Leer sin comprometerse no es más que una futilidad la-
boriosa. Todo libro debe tener para nosotros la faz inde-
terminada de un destino y toda lectura debe dejarnos más
ricos o más pobres, más dichosos o más tristes, más segu-
ros o más inciertos, pero nunca intactos. […] Todo libro
que no encuentra nuestra secreta carne, desnuda, irritada
y sangrante, es un mero refugio transitorio» (Notas, 50).
Hasta la paradójica declaración: «No hay mejor sustituto
al pensamiento que una buena biblioteca» (Notas, 107).
Compuesta, naturalmente, de pocos libros: «Los clásicos
griegos y la Biblia, leídos lentamente, con minuciosa aten-

35
ción, bastan para enseñarnos lo que la humanidad sabe
de ella misma» (Notas, 162). Pocos, realmente poquísimos,
pero más que suficientes para la biblioterapia que Nicolás
Gómez Dávila recomienda y practica en primera persona:
«La lectura matutina de Homero, con la serenidad, el so-
siego, la honda sensación de bienestar moral y físico, de
salud perfecta, que nos infunde, es el mejor viático para
soportar las vulgaridades del día» (Notas, 141).
Valdría la pena, aquí, echar una ojeada en su ya legen-
daria biblioteca, un tesoro inestimable del que emana el
aura del viejo continente: infolios; rarezas; volúmenes an-
tiguos impresos en París, Venecia, Florencia, Ámsterdam;
la literatura universal desde Homero hasta Goethe; la fi-
losofía occidental desde los presocráticos hasta Heideg-
ger, pasando por la Patrología griega y latina de Migne.
Todo, rigurosamente, en el idioma original. En los últimos
tiempos don Nicolás se había procurado hasta una gramá-
tica danesa para leer a Kierkegaard directamente, sin la
mediación de las traducciones.

11. ¿Qué pensar? ¿Qué hacer? ¿En qué creer?

Atrincherado en su ciudadela interior, habiendo esco-


gido la lucidez frente a todo, Nicolás Gómez Dávila cus-
todia celosamente las fronteras de la impenetrable singu-
laridad de la cual es soberano: «Sólo nosotros conocemos
la extensión de nuestros defectos y sospechamos nuestras
cualidades» (Notas, 147). La medida del éxito o del fracaso
de la existencia es únicamente interior: «Nuestras manos
podrían trenzar coronas y no hay para nosotros más triun-
fo que la solitaria ovación de nuestras almas» (Notas, 147).
Ahora bien, pero si «el filósofo está hecho […] para
vivir indiferente a todo» (Notas, 77), nos preguntamos:
¿Qué pensar? ¿Qué hacer? ¿En qué creer?

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Aquí nos auxilia la filosofía. Obviamente no aquella de
los historiadores de la filosofía que tiene la misión –cuan-
do lo logra– de embalsamar las ideas. Ni aquella de la uni-
versidad donde «la filosofía meramente invierna» (Escolios
II, 783). Más bien aquella perenne, ardiente, no compuesta
de soluciones sino de interrogaciones que flagelan la exis-
tencia: «Los problemas metafísicos no acosan al hombre
para que los resuelva, sino para que los viva» (Nuevos es-
colios I, 909). Conviene aquí conocer nuestras limitacio-
nes de época: para Nicolás Gómez Dávila volvimos a caer
en una de aquellas épocas en las que del filósofo no debe-
mos esperar ni una explicación del mundo, ni su transfor-
mación, sino poder construir un refugio cualquiera con-
tra la inclemencia del tiempo.
Inmerso en el fluir destructivo del tiempo todo parece
destinado a la misma transitoriedad de donde viene. En el
mar del devenir aun los valores declarados inmutables pa-
recen destinados al ocaso, y ninguna solución es defini-
tiva: «Los verdaderos problemas no tienen solución sino
historia» (Escolios I, 450). Entonces la historia, envol-
viendo todo, parece capaz de totalidad. Sin embargo, «la
historia no resuelve ninguno de los problemas que plan-
tea» (Notas, 89). Tal es, al menos, nuestra experiencia dia-
ria: «Pasamos nuestra vida golpeando, siempre, a la misma
puerta cerrada» (Notas, 243).
Es así como todo parece naufragar en el mar del relati-
vismo y de la duda. Contaminación histórica del ser y es-
cepticismo existencial parecen ser las inevitables conclu-
siones a las que llega la finitud humana. Casi escondida
entre sus glosas encontramos una confesión reveladora
sobre sus maestros: «Mis santos patrones: Montaigne y
Burckhardt» (Escolios I, 409). O sea: el maestro del escep-
ticismo y aquel de la historia. Que el escepticismo tenga
para don Nicolás una razón propia de ser, se evidencia en
uno de los raros intentos de organización filosófica que él

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emprende. En Notas, él clasifica cuatro posibles respues-
tas al problema del relativismo, es decir, de la pluralidad de
las opiniones humanas:
1) «Sincrética (Herodoto, etc.), los otros no piensan de
manera distinta, solamente formulan de manera distinta
un mismo pensamiento, luego el objeto es uno, la multi-
plicidad del sujeto es sólo aparente» (Notas, 127).
2) «Dogmática (Tertuliano, etc.), los otros piensan de
manera distinta por que son estúpidos, perversos o per-
vertidos, luego el objeto es uno, el sujeto es múltiple pero
su multiplicidad no tiene justificaciones sino externas»
(Notas, 127).
3) «Psicológica (Sainte-Beuve, etc.), los otros piensan
distintamente, porque son psicológicamente distintos,
luego el objeto es uno, el sujeto es múltiple y su multipli-
cidad es interior» (Notas, 127).
4) «Escéptica (Renan, etc.), los otros piensan de manera
distinta porque el objeto es complejo y porque el sujeto
psicológicamente diverso no considera en el objeto sino
lo que le es adecuado, luego el objeto es uno pero com-
plejo, el sujeto es psicológicamente múltiple» (Notas, 127).
Aletea en la descripción de estas posiciones un aliento
de escepticismo. Pero un escepticismo que no es de prin-
cipio sino tal vez estratégico, metódico, o sea, dirigido a
someter a la prueba de la duda certezas sólo presupuestas,
tomadas de otros, de segunda mano: «Mi escepticismo no
es un rechazo de todo principio, de toda norma o de toda
regla, sino la imposibilidad de recibir regla, norma o prin-
cipio, de otras manos, y la necesidad de crearlos lenta-
mente dentro del proceso de mi inmediato vivir» (Notas,
61). Por lo tanto se puede decir: «Toda filosofía auténtica
se construye contra el escepticismo, y por medio de él»
(Notas, 304).
Algo análogo es válido para el historicismo: no todo lo
que sucede en la historia se consume en ella. Por ejemplo:

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«los valores, como las almas para el cristiano, nacen en la
historia pero son inmortales» (Escolios II, 661). Así que
«la verdad está en la historia, pero la historia no es la ver-
dad» (Escolios I, 257). En otras palabras, la perspectiva his-
tórica tiende constantemente a un punto de fuga hacia la
trascendencia, y la temporalidad adquiere un sentido o un
valor eterno: «El interés de la historia proviene, en el
fondo, de su naturaleza esencialmente anti-histórica. Nin-
gún hecho grave, serio, grande, cesa jamás de apasionar-
nos, porque lo que acaeció allí, acaece perpetuamente; en
el eterno presente de la historia, el eterno presente de
nuestra esencia humana se manifiesta» (Notas, 89). Más
allá del flujo del tiempo que arrasa, perdura lo Eterno.
De aquí la insatisfacción de Nicolás Gómez Dávila con
las explicaciones tradicionales de la historia que se adhie-
ren a su inmanencia: «Ninguna filosofía de la historia ha
logrado convencerme» (Notas, 20). Para salir de la aporía,
él aspira a una sabiduría capaz de conjugar fugacidad y
permanencia, relatividad y absoluto, inmanencia y tras-
cendencia. Él aspira a una «sabiduría perfecta» que ame
«las cosas pasajeras porque pasan y las cosas eternas por-
que duran» (Notas, 178). Y sobre todo aspira a una sabi-
duría que no quiera «enseñarle a Dios cómo se hacen las
cosas» (Notas, 327).
Esboza, por consiguiente, una hipótesis filosófica de
trabajo basada en un concepto experimental: «La noción
de experiencia total debe ser la construcción epistemoló-
gica sobre la cual conviene apoyar una filosofía de la his-
toria que anhela salvar la riqueza densa y sensual del
mundo» (Notas, 125).
El problema es que después de la muerte de Dios,
después del ocaso de los valores, construir algo en filo-
sofía y por medio de la filosofía se ha vuelto difícil, si no
imposible. ¿Qué filosofía puede hoy esperar ser eficaz?
Entre las dos concepciones clásicas –filosofía como

39
construcción de un edificio teórico o filosofía como elec-
ción de vida– Nicolás Gómez Dávila no tiene dudas: «Que
la filosofía pueda parecer a algunos como una disciplina
puramente intelectual, como un conjunto de conocimien-
tos, como un grupo de investigaciones es una singular abe-
rración. La filosofía es una vida. La filosofía es una ma-
nera de vivir penetrada íntimamente de inteligencia y de
razón, plenamente lúcida y ordenada hacia los objetos
propios del espíritu» (Notas, 105). Por eso la filosofía no
puede ser un simple deleite o distracción: «El estudio de la
filosofía puede volverse, como la ciencia, una ocasión de
divertirse y de olvidar, así, nuestra legítima tarea de pen-
sar» (Notas, 258). Pensar, para un ser que piensa, es vivir:
«El pensamiento no consiste en afirmar verdades, sino en
vivirlas como vivimos un amor que todo contraría» (No-
tas, 305). Aquí, el enfrentamiento entre vida y verdad es
inevitable: «La vida es la guillotina de las verdades» (No-
tas, 52). Así la filosofía se convierte en «el arte de formular
lúcidamente problemas», mientras que «inventar solucio-
nes no es ocupación de inteligencias serias» (Escolios II,
498): «las soluciones son las ideologías de la estupidez» (Es-
colios II, 526). Por lo tanto, «la verdadera tarea sistemática
del filósofo» es «destruir todo sistema» (Notas, 101).
Si en verdad se quiere edificar, hay que poner atención
primero a las palabras y a la gramática «porque toda la fi-
losofía está pensada en la sustancia misma de un idioma; se
engendra en una materia verbal» (Notas, 31). «Una gra-
mática insuficiente prepara una filosofía confusa» (Notas,
336).
Encontramos otro obstáculo: «Es necesario analizar
para comprender, pero un pensamiento vivo no avanza
analizando» (Notas, 72). Y en la misma tónica: «En filo-
sofía, probar es perder un tiempo que podríamos consa-
grar a pensar» (Notas, 214). El verdadero problema es que
la posibilidad de una ontología parece «envuelta en la nie-

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bla de excesivas dudas» (Notas, 94). Al final Nicolás Gó-
mez Dávila debe confesar: «He visto la filosofía desvane-
cerse poco a poco entre mi escepticismo y mi fe» (Sucesi-
vos escolios, 1357). Nos preguntamos entonces: en el
océano de la historia ¿llegaremos alguna vez a los lejanos
atolones de la verdad? La respuesta, trayendo una imagen
heideggeriana, denuncia la aporía de la época moderna:
«Las imágenes convergen todas hacia una sola verdad pero
las rutas han sido cortadas» (Escolios I, 83).
Sin embargo, es menester exhortar al hombre a una
búsqueda metafísica, invitarlo al vertiginoso camino hacia
la trascendencia. Pues «todo es trivial si el universo no está
comprometido en una aventura metafísica» (Escolios I, 84).
Al pensamiento le cabe una tarea correspondiente: «La fi-
losofía debería tan sólo describir; pero si quiere predicar
que predique lo eterno» (Notas, 45). Y ésta no es la labor
de una ontología, sino de una metafísica de los valores:
«¿Quién osará negar la evidencia de un valor?» (Notas,
94). Nicolás Gómez Dávila tampoco comparte la destruc-
ción heideggeriana de la metafísica: «Tan repetidas veces
han enterrado a la metafísica que hay que juzgarla inmor-
tal» (Notas, 333). Él la concibe, sin embargo, de una ma-
nera particular: como metafísica concreta, «ciencia del ins-
tante, sola ciencia» (Notas, 141). En su propia aclaración:
«La metafísica es a la vez ciencia del ser y forma de la sus-
tancia individual; puro conocimiento de la realidad última
y pura biografía de su autor» (Notas, 43).
En esta metafísica concreta, «sensual», cada ser coin-
cide únicamente consigo mismo y con su propia singula-
ridad. Aquí, y solamente aquí, él tiene su sentido propio y
su autonomía semántica. Digamos, por ejemplo, que «los
labios de una mujer bonita no son hocico, ni orificio del
esófago, ni siquiera aliciente del sexo, sino eso: labios»
(Notas, 95). Antes bien, más que aseveraciones o consta-
taciones de hecho, esta perspectiva metafísico-sensual su-

41
giere posibilidades como: «Que ese cuerpo que duerme
abandonado junto al nuestro y esa dulce curva que nace
de la nuca y fluye hasta el vientre no perezcan» (Notas,
82). Hasta la siguiente asombrosa evidencia: «Quizá lo
único que no sea vanidad es la perfección sensual del ins-
tante» (Notas, 236).
Colaboran con la filosofía en esta difícil empresa meta-
física, ofreciendo resguardo de la inclemencia de los tiem-
pos, el arte y la religión. En el imaginario de Nicolás
Gómez Dávila el arte es insustituible, inevitable, funda-
mental: «El mundo, sin la interpretación del arte, sería
como las fotografías de la superficie de la Luna» (Notas,
266). Naturalmente, no se debe olvidar que la Moderni-
dad ha logrado corromper incluso este recurso simbólico:
«El arte moderno recuerda al asno del apólogo que, cuan-
do al fin aprendió a no comer, murió» (Notas, 304).
¿Y la religión? Ella también es insustituible, inevitable,
fundamental. Aun más que el arte, pues enseña una trágica
verdad que nos afecta: «El hombre es un problema sin so-
lución humana» (Nuevos escolios II, 1172). Sin embargo, la
religión no explica nada sino que complica todo. Y si en
verdad la religión hace la vida más difícil, entonces «los
que buscan en la religión una solución a sus problemas se
equivocan. La religión no es un conjunto de soluciones,
sino un conjunto de problemas» (Notas, 288). Precisa-
mente por eso «el escepticismo no es antipático al espíritu
religioso» (Notas, 246), y por ende en el océano de la fe se
pesca mejor con una red de dudas (Nuevos escolios I, 927).
Considerando la religión en esta perspectiva, creer en
Dios se presenta como un acto filosófico y hacer filosofía
parece imposible sin la fe. Para convencernos, superando
nuestra resistencia, Nicolás Gómez Dávila inventa una ge-
nial interpretación del célebre principio de san Anselmo:
«Credo ut intelligam. Traduzcamos así: creo para volverme
inteligente» (Escolios II, 525). Y nos explica: «Dios no pide

42
sumisión de la inteligencia, sino una sumisión inteligente»
(Escolios II, 835). Si le hacemos esta concesión, él inme-
diatamente extrae consecuencias comprometedoras: «El
cristianismo no enseña que el problema tenga solución,
sino que la invocación tiene respuesta» (Nuevos escolios I,
888). Y también obtiene indicaciones metodológicas para
su manera particular de hacer filosofía: «Sólo nos con-
vence plenamente la idea que no necesita argumentacio-
nes para convencernos» (Sucesivos escolios, 1333). O mejor
aún: «De lo importante no hay pruebas, sino testimonios»
(Nuevos escolios I, 903).
La duda siniestra de Nietzsche, este Saulo raptado por
la demencia en el camino de Damasco, que ha oscurecido
con su sombra negativa al mundo moderno, apenas lo
roza: «La muerte de Dios es opinión interesante, pero que
no afecta a Dios» (Escolios I, 408). Nicolás Gómez Dávila
resuelve con una decisión perentoria el problema de la des-
ubicación del hombre moderno anclándose a una raíz an-
tigua: «El catolicismo es mi patria» (Escolios I, 203). Sin
embargo, su adhesión no es pasiva sino que da cuerpo a
un espíritu fundamentalmente rebelde. «Catolicismo»
tiene para él un significado mucho más profundo que
«Iglesia católica», especialmente después de que la secula-
rización declinó la verticalidad de lo sagrado en una pre-
ocupación humanitaria horizontal que utiliza el vocabu-
lario cristiano con fines sociales, transformando de esta
manera la imitación de Cristo en una parodia de lo divino.
«La religión no se originó en la urgencia de asegurar la so-
lidaridad social, ni las catedrales fueron construidas para
fomentar el turismo» (Escolios I, 84). Para él, al contrario,
«la verdadera religión es monástica, ascética, autoritaria,
jerárquica» (Escolios II, 529).
En consecuencia, él critica con actitud escandalizada a
la Iglesia postconciliar que quiere ponerse al día con la
época y que, por abrir las puertas a aquellos que estaban

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fuera, terminó por hacer huir a aquellos que estaban den-
tro. En este mismo sentido constata: «No habiendo lo-
grado que los hombres practiquen lo que enseña, la Igle-
sia actual ha resuelto enseñar lo que practican» (Escolios I,
418). Más: «La Iglesia contemporánea practica preferen-
cialmente un catolicismo electoral. Prefiere el entusiasmo
de las grandes muchedumbres a las conversiones indivi-
duales» (Sucesivos escolios, 1400). Y peor aún: «Pensando
abrirle los brazos al mundo moderno, la Iglesia le abrió las
piernas» (Escolios II, 557).
Naturalmente Nicolás Gómez Dávila no deja de reco-
nocerse en el catolicismo: «Lo que se piensa contra la Igle-
sia, si no se piensa desde la Iglesia, carece de interés» (Es-
colios I, 196). Pero con una sutil y paradójica aclaración:
«Más que cristiano, quizá soy un pagano que cree en Cris-
to» (Escolios I, 314). Sin embargo, es cierto que por en-
cima de todo –de filosofía, arte y religión– existe para don
Nicolás un Absoluto que se impone con evidencia incon-
trovertible: «La única cosa de la cual nunca he dudado: la
existencia de Dios» (Notas, 112).
Sí, pero ¿cómo? Una vez más, junto a esta perentoria y
dogmática declaración, se leen las motivaciones «sacríle-
gas» que aclaran cuál es la prueba de la existencia de Dios
para el joven Nicolás Gómez Dávila de las Notas: «A tra-
vés de la belleza de una frase, de una forma, de un volu-
men; a través de lo que una presencia humana impone con
autoridad serena; a través de su nobleza, su orgullo, su es-
plendor, su sufrimiento, su dicha; a través de la pasión in-
telectual que anhela una ascensión áspera, abrupta; es, así,
a través de una dialéctica carnal que Dios aparece a mi
razón, de manera tan irrefutable como deslumbra mi fe»
(Notas, 339). Es decir: más que en las abstracciones teolo-
gales Dios vive y se manifiesta en la carne. A la luz de tal
evidencia «hasta el ateísmo es una definición de Dios»
(Notas, 344).

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Coherente con las respuestas dadas a los tres interro-
gantes fundamentales –¿Qué pensar? ¿Qué hacer? ¿Qué
creer?–, Gómez Dávila se ve a sí mismo: «Sensual, escép-
tico y religioso, no sería quizá una mala definición de lo
que soy» (Notas, 246).

12. Confesiones, preferencias, idiosincrasias

Con esta confesión personal entramos en la ciudadela


interior de don Nicolás. Coherente con su pensamiento, él
hablará muy poco de sí mismo. En los Escolios la sobrie-
dad y la reticencia al respecto son estrictas. En las Notas,
al contrario, la idea de confesar algo aún lo divierte: «Nada
más vano, ni más delicioso, que hablar de sí mismo» (No-
tas, 112). Así, en las Notas, él mismo nos regala aquí y allá
los pocos retazos disponibles sobre su vida, sus preferen-
cias, idiosincrasias, su carácter y su personalidad.
Como sea, él nos revela inocentes pero significativas
preferencias literarias: «Si hubiera que elegir entre todos
los libros el más grande, yo elegiría la Historia de las gue-
rras del Peloponeso» (Notas, 280). También apunta algunas
reflexiones sobre el viaje a Europa con su esposa hacia
el final de los años cuarenta, cuando durante seis meses
atravesó en coche paisajes, ciudades, regiones, fronteras
del viejo continente. Sin embargo, Nicolás Gómez Dávila
era de aquellos que –más que de un lugar a otro– prefieren
viajar alrededor de su propia habitación, entre los libros
de su biblioteca. De aquellos cuya vida no va de episodio
en episodio, sino de capítulo a capítulo. Cuando regresa
de Europa, su disposición es tal vez la que hallamos en
Notas: «Todo viaje es vano si no es semejante al paseo
lento y perezoso que nos introduce, con un dulce rigor, en
la secreta vida de un paisaje» (Notas, 221). Pero su balance
final, tan sintético como elocuente, no deja espacio para

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ilusiones sobre lo que quedó, en Europa, de la gran cul-
tura europea: «Viajar por Europa es visitar una casa para
que los criados nos muestren las salas vacías donde hubo
fiestas maravillosas» (Notas, 184). Una crítica sutil, que
nos recuerda que ya no hay aquellos que Nietzsche lla-
maba los «buenos europeos». Ya esta raza está en vías de
extinción. Y las salas donde hubo fiestas maravillosas se
han vaciado. El espíritu de la vieja Europa renquea tras las
aceleraciones de la colonización tecnológica del mundo.
Éste fue su último verdadero viaje. ¿La razón? «No he
querido viajar, porque ante todo paisaje que me conmueve,
mi corazón se desgarra por no poder morar allí eterna-
mente» (Notas, 112).
La renuncia a los viajes no hace brotar en él el amor por
su tierra. Con los colombianos pretendía tener en común
sólo el pasaporte: «Características del colombiano: impo-
sibilidad de lo concreto; en sus manos todo se vuelve vago;
falta de moralidad; la noción del deber es desconocida; la
única regla es el miedo del gendarme o del diablo; en su
alma ninguna estructura moral, ni intelectual, ni social; ig-
nora toda tradición; sometido pasivamente a cualquier in-
fluencia, nada lo marca; nada fructifica, ni dura, en ese
suelo de contextura informe, movedizo, plástico e incon-
sistente» (Notas, 153). O también: «Creo que la única
ciencia de la cual existen tratados escritos por colombianos
sea la economía política; por eso dudo que sea una ciencia»
(Notas, 255).
No menos condenatorias son sus reflexiones sobre
América Latina en general: «La mejor crítica de la coloni-
zación española son las repúblicas suramericanas» (Notas,
280). Hasta el punto de que la repugnancia lo impulsa a
buscar refugio lo más lejos posible: «Cuando oigo a dos
suramericanos hablar de Europa, quisiera embarcarme, in-
mediatamente, para Australia» (Notas, 303). Ni siquiera la
considerable literatura latinoamericana parece haberlo im-

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presionado. La desdeña con suficiencia: «Normalmente un
escritor es un individuo que escribe bien; pero las historias
de la literatura suramericana nos enseñan que un escritor
es un individuo que escribe» (Notas, 292). Coherente-
mente, en su biblioteca no hay mucho espacio para los es-
critores latinoamericanos. Se notan Borges, Alejo Car-
pentier, Álvaro Mutis, Octavio Paz y Hernando Téllez.
Tampoco don Nicolás digiere la literatura de los Estados
Unidos: «La literatura americana deja de ser literatura
cuando comienza a ser americana» (Notas, 322).
¿Meras curiosidades? Cierto, pero nos abren las puer-
tas de su taller, nos introducen en las estancias recónditas
de su mundo interior y nos hacen entender que su arte es
el fruto de un cotidiano y torturante autoexamen. Enten-
demos, por ejemplo, hasta qué punto se sentiría a veces
llevado, por su inteligencia, hacia la mediocridad: «He
aceptado mi vida con la pasividad de una piedra, porque
todo en la vida me seduce igualmente. No pudiendo ex-
cluir, no he sabido elegir, y me he contentado con la me-
diocre existencia concedida» (Notas, 112). O hacia la in-
capacidad de decidir y de actuar: «No sé si nunca tomo
decisiones porque creo en la sabiduría de las decisiones
que la vida toma espontáneamente o si creo en la sabidu-
ría de la vida porque soy incapaz de tomar decisiones»
(Notas, 115). Y, al final, hacia una consciente y lúcida de-
presión: «Días enteros pasados sin pensar en nada, some-
tidos a la tiranía y al capricho del momento. ¿En qué pien-
san los otros? Esta interrogación me parece un problema,
hasta que recuerdo la oquedad en que vago días enteros
como en un largo y lento lago azul» (Notas, 228).
Pero, también, del fondo de ese abismo emerge, indo-
mable, el sentimiento de superioridad que le otorga la in-
teligencia, disimulado apenas por una deferente modestia,
en realidad alimentado por una contundente arrogancia:
«La facilidad con la cual puedo pasar un día entero sin

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pensar en nada, absorto el espíritu en cualquier trivialidad
que se presente y reducido casi a la simple función de es-
pejo, me aclara el misterio de la vida común de los hom-
bres, cuya sin igual vacuidad debería devorarlos en arre-
batos de aburrimiento y de tedio» (Notas, 158-159).
Confiesa, incluso, con un cierto cinismo, limpio, abier-
to, evidente: «Para crear alrededor mío la zona de silencio
y de tranquilidad necesaria a la vida que no quiere hallar
sino en sí misma la causa de sus ocupaciones y de sus que-
haceres, he encontrado útiles ante todo la buena educación
y la mala fe» (Notas, 102). Virtud, esta última, muy útil en
sociedad donde «el que propone una idea auténtica se
siente pronto tan incómodo como si hubiera introducido
un elefante» (Notas, 343). Al final, el único lugar donde
valdría la pena habitar es la imaginación.
Su método es la sobriedad: «Ser indiferente sin cinismo,
y apasionado sin entusiasmo» (Notas, 329). Su ocupación
preferida, el pensamiento: «Pensar es una ocupación tan
deliciosa que nos hace soportar la mediocridad de nues-
tros pensamientos» (Notas, 225). Su anhelo: que la luz de
la inteligencia no se debilite, y que lo sostenga, así sea por
pocos afortunados momentos, con el don de la creativi-
dad: «Quisiera obligarme a no dejar morir un solo día en
la inconsistencia hebetada con que lo vivo. Quisiera que,
en la noche, su esencia se concentrara en una gota pura de
lucidez» (Notas, 342).

13. Nadie es profeta en su tierra

Es cierto que su obra parece provenir de la nada. No


tiene parangón, resulta inclasificable, excéntrica, intem-
pestiva. «No debemos pensar para nuestro tiempo o con-
tra nuestro tiempo, sino fuera de nuestro tiempo. Y que
esto sea imposible, ¿qué importa?, pues es ante todo una

48
exigencia de principio y una regla de método» (Notas, 44).
Su línea, cueste lo que cueste, es ésta: Nicolás Gómez Dá-
vila no piensa en pro ni en contra. No piensa dialéctica-
mente: piensa distinto.
Por su pesimismo exasperante, la intransigencia de sus
juicios y la escandalosa arrogancia de sus dogmas él re-
cuerda a Cioran o a Caraco, pero no se nutre de amargura
y de nihilismo como ellos, sino de fe luminosa y férreas
certezas. Tiene en común con pensadores como Joseph de
Maistre o Donoso Cortés la inquebrantable creencia en las
verdades tradicionales, pero no la expresa en una prosa
vasta y lenta como aquella del ochocientos, al contrario,
su escritura está llena de ánimo, de desencanto, de rebel-
día y lucidez.
La manera casi clandestina como Nicolás Gómez Dá-
vila publicó su obra, ciertamente no favoreció su difusión.
Además, nemo profeta in patria: nadie es profeta en su tie-
rra. No es que el autor haya descuidado a sus lectores. Al
contrario, le es claro que sus aforismos son como piedre-
cillas arrojadas en el alma del lector: el problema es que
«el diámetro de las ondas concéntricas que desplazan de-
pende de las dimensiones del estanque» (Escolios I, 82).
Por lo tanto, en el fondo, no importa que la idea tenga éxi-
to o se vuelva objeto de atención: «El volumen de aplau-
sos no mide el valor de una idea. La doctrina imperante
puede ser una estupidez pomposa» (Escolios I, 72). De
donde la cáustica conclusión: «Tener razón es una razón
más para no tener ningún éxito» (Escolios I, 83).
De hecho –a excepción de los amigos y seguidores que
frecuentaban su casa para las tertulias dominicales como
Douglas Botero, Alberto Lleras Camargo, Mario Laserna,
Álvaro Mutis, Francisco Pizano de Brigard, Abelardo Fo-
rero Benavides, Félix Wilches, Hernando Téllez, Alberto
Zalamea y otros– sus asombrosos escolios han sido igno-
rados durante su vida, y sólo sucesivamente, poco a poco,

49
han comenzado a afianzarse y a encontrar resonancia por
doquier. Limitémonos a dos testimonios ilustres. Álvaro
Mutis ha escrito que su obra es «un libro inmenso», «un
territorio celosamente conservado en la penumbra» (Re-
vista del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario,
LXXXI, 1988, No. 542, p. 23). De García Márquez, su ca-
balleroso adversario, se relata un juicio proferido en pri-
vado, igualmente halagador: «Si no fuera de izquierdas,
pensaría en todo y para todo como él».
En Europa su obra empezó a ser leída gracias a las tra-
ducciones publicadas por Karolinger a partir de 1987. Un
impulso importante vino del escritor Botho Strauss, cuya
crítica del mundo actual deja vislumbrar claramente la lec-
tura de los Escolios. Luego el escritor Martin Mosebach
publicó en la Frankfurter Allgemeine Zeitung una suges-
tiva narración de sus visitas a Gómez Dávila. También
Ernst Junger, quien admiraba su obra, la define en una
carta inédita de 12 de enero de 1994 «una mina para los
amantes del conservatismo». Y el dramaturgo Heiner Mü-
ller en sus visitas a la Feria del libro de Frankfurt siempre
preguntaba ávidamente por nuevas traducciones de los Es-
colios. Con la edición publicada por Adelphi en Milán en
marzo 2001 (segunda reimpresión: septiembre 2001; ter-
cera reimpresión: marzo 2005) se ha asistido a una ver-
dadera explosión de interés en Europa y en el mundo, ali-
mentada por la reedición de su obra original gracias a
Villegas Editores. Diarios europeos líderes –como la
Frankfurter Allgemeine Zeitung en Alemania y La Repub-
blica en Roma– le han dedicado a la ocasión del décimo
aniversario de su muerte páginas enteras. La celebración
del relanzamiento, organizada en 2004 por iniciativa de la
hija Rosa Emilia y de Benjamín Villegas en Bogotá, ha sido
definitiva para la consagración también en su tierra.
Una apoteosis que «don Colacho» –así lo apodaban ca-
riñosamente los amigos– no había previsto. Pues confe-

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saba: «No es una obra lo que quisiera dejar. Las únicas que
me interesan se hallan a infinita distancia de mis manos.
Pero un pequeño volumen que, de cuando en cuando, al-
guien abra. Una tenue sombra que seduzca a unos pocos.
¡Sí! Para que atraviese el tiempo, una voz inconfundible y
pura» (Notas, 340).
De vez en cuando, en noches de insomnio, hemos
abierto las páginas de este solitario de Dios, hemos oído su
voz inconfundible y pura, compartido su solitaria medi-
tación. Desde entonces, su obra es nuestro libro de cabe-
cera.
Nemo profeta in patria. Sin embargo, después de ha-
berlo descubierto, ha sido fácil encontrarlo: lo difícil,
ahora, es perderlo.

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Ars brevis

«La exploración literaria del continente latinoamericano, acaso


pagada de los talentos descubiertos e introducidos con éxito en el
círculo de la “world literature”, dejó en el camino algunas gemas
preciosas. La más brillante y notoriamente ignorada es la obra de Ni-
colás Gómez Dávila, escritor y pensador colombiano cuyos irresisti-
bles aforismos sugieren analogías y asonancias con la gran tradición
de moralistas franceses, desde Montaigne y Pascal hasta Rivarol.
Algunas frases evocan la imagen de un Nietzsche colombiano.»

Franco Volpi

«No conozco antecedentes en castellano de una más transparen-


te y hermosa eficacia de estilo.»
Álvaro Mutis

«La obra de Gómez Dávila se compone de miles de aforismos que


él llamaba “Escolios a un texto implícito” y que presentaba como no-
tas al margen de un sistema filosófico que nunca escribió. Ese con-
junto monumental, secreto y provocador constituye algo así como
una “estética de la resistencia” a las ideologías y modos de vida
dominantes en la sociedad moderna, desde la óptica de un declarado
reaccionario que por sus magistrales desplantes puede descolocar
tanto a la derecha como a la izquierda tradicionales.»

Fernando Savater. «El País»

Nicolás Gómez Dávila (1913-1994) nació en Bogotá. A los seis años


su familia se trasladó a París. Allí adquirió un gran dominio del pen-
samiento y las lenguas clásicas, y de la literatura europea. A los vein-
titrés años volvió a Bogotá. Con el paso del tiempo atesoró en su
mansión una imponente biblioteca, en la que se recluía a diario para
leer y escribir. A lo largo de su vida trabajó en una sabia destilación de
todas sus lecturas, que tituló “Escolios a un texto implícito” (1977-
1986). Su obra comenzó a ser reconocida gracias al
impulso que recibió en Alemania de Botho Strauss y
Ernst Jünger, y a la edición italiana de Adelphi.

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