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II. El Renacimiento y el Humanismo.

El Renacimiento se desarrolla en los siglos XV y XVI, hasta bien entrado el siglo XVII, lo que supone
un margen de imprecisión importante. En ese tiempo surge el deseo de volver a las fuentes de la
cultura occidental, en busca de la verdadera filosofía y de una piedad más sencilla y auténtica. Se
trata, pues, del Humanismo.

1. Las relaciones entre el Renacimiento y el Humanismo. Éstas se presentan bajo el


aspecto de una polémica: mientras que el humanismo se caracterizará por el retorno a la sabiduría
clásica, en el marco de una preocupación fundamentalmente de signo filológico y teológico, el
Renacimiento lo hará como impulsor del desarrollo de la ciencia. Así, el Renacimiento, sin
renunciar a los temas básicos del humanismo, le superará, al desligar tales temas de la perspectiva
teológica y enlazarlos con el pensamiento científico.

El ideal común de este período del renacimiento viene definido por la esperanza de un renacer del
ser humano a una vida verdaderamente “humana”, mediante el recurso a las artes, las ciencias, la
investigación, poniendo de manifiesto la consideración del ser humano como ser natural, en
oposición a la consideración medieval del ser humano como ser-para-Dios. Aparecen nuevas
actitudes fundamentales: nacionalismo, individualismo, espíritu laico, criticismo. En cuanto al
nacionalismo, el renacimiento fue un movimiento nacional italiano, resultado de la aspiración a
constituir una república italiana, fruto, pues, del particularismo nacional.

El retorno a los antiguos significa no sólo la recuperación de su obra, sino fundamentalmente el


retorno al principio, a los orígenes de la vida humana, cultural, del ser humano. Volver al principio
no significa volver a Dios, sino precisamente al terreno del hombre y del mundo humano. De ahí la
valoración del pensamiento filosófico pre-cristiano. El retorno significa, además, una conquista. La
vuelta a los orígenes, al principio, conlleva la conquista de la personalidad humana. El que este
retorno se efectúa mediante las artes y las ciencias y no mediante experiencias místicas interiores,
por ejemplo, significa una búsqueda de la objetividad. En efecto, sólo la objetividad puede poner en
evidencia el status original del hombre frente a la naturaleza, es decir, manifestar su origen y su
condición humana.

En todo caso, el Renacimiento fue un movimiento típico de la Edad Moderna, caracterizado por
nuevas actitudes fundamentales: nacionalismo, individualismo, espíritu laico, criticismo. En cuanto
al nacionalismo, el renacimiento fue un movimiento nacional italiano, resultado de la aspiración a
constituir una república italiana, fruto, pues del particularismo nacional. Fue también un retorno a
la Antigüedad clásica romana. Esta cultura antigua era pagana. Por tanto, se intentaba leer los
textos de manera pagana también. Pero, más allá de las formas paganas, no se puede olvidar los
elementos cristianos del Renacimiento. El lema de la vuelta a las fuentesdemostró fehaciente su
eficacia en la recuperación de la Sagrada Escritura y de los Padres de la Iglesia. Se desprecia de la
Escolástica medieval. De esta manera, surge un materialismo peculiar, que prescindía
prácticamente de lo sobrenatural, una indiferencia frente a la teología y la Iglesia, el cristianismo se
diluyó en una filosofía moral. En lugar de buscar respuestas a los problemas de la religión o de la
formación de la vida en las fuentes de la revelación, se le busca en los clásicos paganos.

En vez del más allá y el reino de Dios, el más acá y su belleza y la perduración de la fama del propio
nombre. Se fue descubriendo más y más le hermosura del mundo, buscándola en los viajes y en un
nuevo modo de contemplar la naturaleza.

Otra novedad fue el estudiar los textos con los métodos de la crítica filológica, no sólo de los textos
de los clásicos antiguos, sino también de los de los Padres de la Iglesia e incluso el de la Sagrada
Escritura. Esta forma el humanismo encontró al hombre que había de convertirse en su más
brillante representante, el holandés Desiderio Erasmo (1469- 1536). Descubrió Erasmo la
importancia de las lenguas bíblicas. Con ello, estudió erudita y reverencialmente el Nuevo
Testamento. Su ideal era el cristiano formado, no el hombre piadoso.

El renacimiento fue esencialmente un movimiento laico. Un movimiento que implicó y desató


tendencias conducentes a la secularización del mundo, que antes era fundamentalmente
teocéntrico. Se pasa del teocentrismo al antropocentrismo

El Renacimiento fue una cultura de expresión. En este sentido, tuvo fundamentalmente un carácter
estético y artístico y poseyó la capacidad de expresarlo con impresionante plenitud. Surgió así un
nuevo ideal de la vida. La idea de la libertad y de los derechos humanos tiene aquí claramente sus
comienzos. La libertad fue sobrevalorada a costa de la fe. Exaltación de la libertad individual tanto
en el orden teológico como el orden cultural y social. De este movimiento, surge el humanismo.

2. El Humanismo. Se llama así al cultivo de las ciencias humanas en el Renacimiento (lenguas


clásicas y modernas, geografía, historia, derecho, arte) a que tan inclinado es el hombre
renacentista.; de modo general, el humanismo puede significar también glorificación, por lo menos,
la valoración del hombre y de lo humano. En Edad Media predomina las ciencias divinas (teología,
filosofía sometida a la fe, moral). El hombre tiene una visión más bien humilde sobre sí mismo, se
consideraba pecador, y, a penas, tenía celo por su dignidad humana sino sólo y más en cuanto se
consideraba hijo y criatura de Dios.

El Renacimiento dio lugar a un desarrollo de la ciencia. El progreso se notó en las ciencias del
hombre. Andrés Vesalio fue el fundador de la anatomía como ciencia, ante el escándalo de sus
contemporáneos por dedicarse a disecar cadáveres. El español Miguel Servet y el inglés Harvey
descubrieron la circulación de la sangre;

Quizá los descubrimientos más importantes se operaron en el campo de la astronomía. Nicolás


Copérnico (1473-1553), se dio cuenta de que la tierra gira alrededor del sol (heliocentrismo); teoría
que suscitó fuertes polémicas.

En la formación del Humanismo se distinguen dos etapas. La primera es llamada latina y consiste
en un proceso a través del cual se asimila todo lo clásico romano. Petrarca y Bocaccio hallan las
historias de Tácito, Boggio los Discursos de Cicerón y Quintiliano, y más tarde los Anales de Tito
Livio. La segunda etapa es denominada griega. El hombre medieval tenía un conocimiento muy
impreciso de lo griego, a pesar de las traducciones árabes de obras clásicas helénicas y del contacto
con Bizancio. La imprenta, pues, divulgó el Humanismo y lo mismo hizo la Universidad.

Entre las tendencias, el humanismo petrarquizante se basa en la conjunción del clasicismo y


cristianismo. En Nápoles, el humanismo tuvo un núcleo importante gracias al mecenazgo que
ejerciera Alfonso V de Aragón. Sobre sale Lorenzo Valla. Formado en Florencia en el rigor
ciceroniano, pasó, después, al estudio de Quintiliano, abandonando las enseñanzas anteriores.
Demostró, con su humanismo crítico, que no era posible conciliar lo clásico y lo cristiano. De ahí,
pasó a la crítica de la Iglesia en sus principales aspectos.

En Roma, los Papas ejercieron un generoso mecenazgo, convirtiendo a la ciudad en el tercer gran
foco del humanismo italiano. Se destacó en la labor de Nicolás de Cusa, protegido por Pío II, que
trató de preparar el camino para conciliar neoplatonismo y cristianismo.

Aspectos muy interesantes toma el humanismo de Leonardo da Vinci, quien funde pensamiento y
técnica. En Padua, florecía una brillante escuela de tendencia aristotélica a través de textos de
Averroes. El máximo representante fue Pomponazzi, el cual no consideró posible unir cristianismo y
aristotelismo, separando, pues, observación y fe, verdad científica y verdad religiosa. Pomponazzi y
sus discípulos, por su parte, son el punto de partida de la ciencia secularizada.

El círculo humanista de gran interés fue el de Nüremberg, en el que brilló Reginamontano, impulsor
de estudios cartográficos, astronómicos y matemáticos. El máximo representante del humanismo
nortealpino es Erasmo de Rotterdam. Su obra supone la síntesis de las tendencias renovadoras. El
ataque crítico de Erasmo a las estructuras de la Iglesia abre la brecha por donde penetrará el
movimiento protestante.