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modesto rimba

Cuando deje de llover


Adriana Romano
Romano, Adriana
Cuando deje de llover / Adriana Romano
1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Modesto Rimba, 2017.
204 p. ; 22,5 x 15 cm.

ISBN 978-987-4062-34-5

1. Novela. I. Título.

CDD A863

Finalista Premio Clarín

© Adriana Romano, 2017


© modesto rimba, 2017

modesto rimba
modestorimba.com.ar
modestorimbaed@gmail.com

Fecha de catalogación: 03/04/2017

Editora: Flavia Pantanelli


Ilustración de tapa: Edward Hopper

No se permite la reproducción total o parcial de la obra, tanto del interior como de la


portada, por cualquier vía y de cualquier modo, sin el permiso del autor.

Hecho el depósito que marca la ley 11.723

Impreso en Argentina
A Catalina Curia y a José Carlos Gallardo,
tan queridos.
Cuando deje de llover
Primera parte
Se mira los pies. Sobre las baldosas blancas y negras, el borde del
camisón ondea. Está descalza. Swann la toma de la mano y ella se
deja llevar hacia una habitación soleada, de techos altos y azulejos
hasta la mitad de las paredes verde claro. Cree estar en la sala de un
hospital. Con un gesto Swann le indica que avance, pero ella perma-
nece sin cruzar la puerta. Luego da unos pasos. No hace frío. Levanta
la cabeza y ve a Carmen, su mamá, que la espera en mitad del cuarto
sentada sobre una silla roja. En el cara de loza, una sonrisa desden-
tada y en los brazos, un bebé negro. Igual que una amapola apenas
abierta le florece en la sien derecha un hueco morado y húmedo. Es
del tiro, piensa ella. Los observa con curiosidad y el contraste la in-
quieta: su madre tan blanca, el bebé tan negro. Y el recinto que huele
a babero, a leche cortada. Su madre se pone de pie, camina hacia ella
y se lo entrega. Ella acuna ese calor que la inunda. Cuando inclina
la cabeza sobre el corazón y lo escucha latir, el bebé llora. Lo ende-
reza, le huele el cuello —le agrada el olor de la piel de betún—, lo
besuquea en las mejillas y, entonces, una laxitud apacible la invade
mientras comprueba que sus dientes, uno a uno, se le desprenden
como si fueran de lana. Como si alguien, que no puede saber quién
es, tirara de un hilo y destejiera su dentadura. Aleja al chiquito de
su pecho, los brazos extendidos para observarlo mejor —no tiene
más de un mes—, y lo mira a los ojos. Él le devuelve una mirada in-
teligente, dice: no temas y, compasivo, ríe, lesionando el aire con sus
encías nuevas; gradualmente la atmósfera del cuarto se va poblando

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de vibraciones. Vibraciones de bronce, piensa ella; alguien tararea
una canción ugandesa oída hace tiempo en boca de unos refugia-
dos. Cuando los dedos de su madre le apartan el mechón de cabellos
que se le ha desparramado por la cara, descubre el origen de la voz.
Está sentada un poco más atrás y mientras canta sonríe. Es la madre
del bebé, una bailarina negra, muy joven; de inmediato la reconoce
porque la ha visto en escena la noche anterior en el Follies Bergère
y le ha llamado la atención su extremada juventud, casi una púber.
Su mamá le quita al nene que patalea —el culito marrón partido en
dos por la hendidura de las nalgas— y se lo entrega a la mujer cuyas
manos danzan en los ojales. Por la abertura de la blusa asoma el seno
oscuro. Un hilo de leche espesa brota del pezón. El bebé comienza
a mamar. Ése es Samuel, deberías protegerlo, le dice su madre. Mira
hacia abajo y ve los dientes desparramados sobre las baldosas. Swann
la toma por los hombros y, empujándola con suavidad, la aleja des-
pacio. Ella opone una leve resistencia: quiere quedarse a recoger los
dientes, pero él no la deja y le indica un pasillo larguísimo al final
del cual la luz de la mañana parece mentira. Abandonan el hospital y
deambulan largo rato por las callecitas del Père-Lachaise en busca de
la tumba de Proust: la encuentran derruida en el cuarto sector junto
a otras dos sin nombre. Aquí me quedo, declara Swann. Y entra en
una bóveda. Sus pasos suenan huecos en el interior. El guarda te va
a guiar hasta la salida. La voz, que parece provenir de un corredor
húmedo, rebota en las paredes y llega amortiguada al exterior.
Sola en medio del cementerio siente curiosidad. A su derecha,
abierta, la puerta de un panteón de cuyo umbral asoman unos zapa-
tos con los cordones desatados. El otoño ha tapizado de amarillo los
senderos. En los pies descalzos, se le han ido pegando hojas secas,
trozos de corteza. Una hormiga sube por su tibia y se zambulle en un
hoyuelo de la rodilla. Se da vuelta y ve al guardián: es su padre, Er-
nesto. Lo nota muy viejo y cansado, la boca hundida. ¿Y tus dientes?,
pregunta. Los perdí, contesta él. ¿Y ese bastón de ciego?, vuelve a pre-
guntar. La sífilis, responde y baja la cabeza. ¿No deberías estar ahora
en Buenos Aires? El padre encoge los hombros y se sube las solapas
del abrigo. Es que acabo de morir, dice, y voy a ayudarte a salir del
cementerio.

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La despierta el bochinche de la lluvia sobre el tejado. Se pregunta si
estuvo soñando porque algunos retazos centellean todavía en su me-
moria, en tanto otros se diluyen confusos, inasibles. Ella, Mariana, ha
soñado o cree que ha soñado con su padre y con un bastón de ciego, y
con otras escenas que ahora no recuerda. Sentada en la cama, preten-
de rescatarlas con los ojos cerrados. Es inútil. Aunque sabe que acaba
de emerger de un sueño difícil, de una especie de alegoría palpitante
cuyo simbolismo desea traducir, también sabe que no podrá desci-
frar el acertijo si no recupera todas las piezas. Le gustaría recordar.
Cree que ha soñado con su padre y con un bastón de ciego y también
con su madre. Cree. Y con alguien que le habló. ¿Quién? Tampoco
recuerda. Pero al abrir los ojos ha sabido que el de hoy va a ser un día
espinoso, que le va a costar creer en sí misma, en la oficina que la es-
pera, en las traducciones amontonadas sobre el escritorio. La manta
se desliza hacia el piso y, en su caída, arrastra Du côtè de chez Swann
que estuvo leyendo la noche anterior al volver del Follies. El golpe
sobre las tablas, amortiguado por la lana, la despabila.
Estira la mano izquierda hacia la mesa de luz y busca el reloj. Co-
rrido por el fisgoneo de los dedos, cae al piso el control remoto del
televisor y un collar que rebota sobre la madera. Un ta ta tá nítido
repercute. El televisor se enciende solo y la imagen de Madona sin
sonido le parece extraña y absurda. Lo apaga. Finalmente, da con
el reloj: las once pasadas — ¡tardísimo!—. Saca los pies fuera de la
cama y con los ojos ahora bien abiertos se detiene a observar el cuar-
to como lo haría en el borde de la pileta de natación, a finales del
invierno en La Milagrosa, para contemplar el agua oscura y sucia que
lame los azulejos —los trazos verdosos en las esquinas, los grumos
del verdín—, mientras busca la muñeca que se le ha caído. ¿O que le
han tirado? Como en el borde de la pileta a finales del invierno en La
Milagrosa posterga por un instante la inmersión, le da asco la sola
idea del contacto con el agua podrida, pero el deseo de rescatar la
muñeca es más fuerte. Tiene que salvarla. ¿De qué? ¿De quién? ¿Es-
tará allí, abajo, con los ojos de vidrio abiertos? Todavía hace frío, por
eso sumerge apenas el talón. Entonces, apoya con suavidad los pies
sobre las tablas del piso como sobre el agua sucia.

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Con los dedos, hurguetea la superficie buscando las chinelas. En
cuanto las encuentra, las calza y se incorpora. Camina hasta la venta-
na y, acodada en el alféizar, percibe el otoño instalado en la calle. En
su calle. Instalado sobre París. Sobre la ciudad decrépita y severa que
la alberga ahora que es una refugiada. Y el ahora se le vuelve un cír-
culo de tiempo intacto en el que no puede diferenciar la sucesión de
los días, los meses y los años. El otoño húmedo y amarillo ¿o pardo?
Pardo y húmedo. Y piensa que el otoño es una frontera detrás de la
que puede refugiarse.
El tiempo transcurre despacio.
Afuera, la ciudad rumia envuelta en la niebla.

Muchos años antes, y en verano, era diferente. Mariana podía correr


por el parque que rodeaba La Milagrosa, la estancia familiar junto al
Salado, y esconderse en el montecito de cañas. Allí se sentía cómoda
y protegida, lejos de las discusiones de los padres. Se levantaba en
cuanto salía el sol, antes de que Catalina empezara con la limpieza y,
en puntas de pie, recorría el pasillo en penumbra hasta llegar al baño.
Los pies pisaban las baldosas frescas y el borde del camisón ondeaba
como una nube. Era agradable lavarse, el agua fría sobre la cara y el
aire de la mañana entrando a raudales a través del tejido fiambrera.
Después de vestirse, las alpargatas de yute en la mano, rebuscaba en
la despensa un pedazo de pan, algo de queso o alguna fruta y, con el
corazón apretado, lo devoraba.
La casa era un vientre silencioso. Escapaba de su sopor cerrando
la puerta de la cocina y se sentía al fin libre. En patas sobre el pasto
empapado, poco a poco, iba perdiendo el miedo. Detenía la carrera
al llegar al olmo y, ante la rama más baja, pegaba un salto. Colgada,
balanceándose una y otra vez, le parecía que cada uno de sus huesos
se disolvía en el aire. Luego, merodeaba el límite del cañaveral por el
lado de la ermita, hasta que con los brazos abría un hueco por donde
se escurría camino al centro, para dejarse caer sobre el colchón ama-
rillo y crujiente.
Mariana goza con el recuerdo. Recuerdo al que no ha vuelto desde
hace años y tampoco puede explicarse qué lo ha desatado. Sospecha

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que el sueño. Es pueril, lo sabe. Sin embargo en su interior siente que
el recuerdo es enteramente serio. Y se alegra de poder separar el goce
infinito de esas mañanas de verano con lo que vino después. Como si
ese espacio de existencia hubiera permanecido intocado.
Por eso ahora, frente al vidrio, lejos de La Milagrosa y lejos de la in-
fancia, en ese paréntesis excepcional que significa una ciudad ajena,
merodea los retazos que el sueño le ha traído y se ve repentinamente
quieta en el centro del montecito de cañas, escuchando el canto de
los pájaros y mirando el cielo a través de las ramas tupidas.
También se ve otras veces en las que está entrando al viejo palomar
invadido por la maleza, para releer las cartas del tío Emilio, su pa-
drino, o la novela de Proust —escondidas en el hueco de la pared del
fondo—, con el oído atento al más mínimo ruido. Y se recuerda ate-
rrada pensando que alguien podría acercarse y descubrirla. ¡Dios, si
alguien se acerca, si alguien la descubre! Ve los ojos azules y terribles
del padre el día en que a la hora de la siesta la encontró leyendo en la
biblioteca de la casa. Ese libro no es para tu edad, y se lo arrancó de
las manos. Pero las cartas del padrino eran el mayor de sus secretos.
Se hubiera desatado una catástrofe si el padre (ha podido tan pocas
veces decirle papá) se enteraba que las recibía.

Sabe que algún día deberá volver a Buenos Aires. ¿Lo sabe o lo sos-
pecha? Lo sabe. Sin embargo encubre y posterga para sí esa certeza.
Durante todos estos años ha actuado como si la decisión de quedarse
en París fuera más sólida de lo que parece. No comprende por qué
hoy no consigue engañarse. Toca con la punta de los dedos el cristal
de la ventana. Una oleada de tristeza la amenaza.
Decide vestirse y salir a la calle. Basta, se dice, y casi lo cree. Llegará
tarde a la oficina, porque será mejor que no llegar. Sin embargo la
voluntad no la acompaña. Detrás de los cristales la ciudad palpita.
Desearía que aún fuera de noche, que continuara ese paréntesis que
impone la oscuridad. Pero eso, ahora, a las once pasadas, es impo-
sible. Entonces ella, Mariana, reniega de la luz que va invadiendo el
cuarto en posesiones parciales. Siente hambre —no ha desayunado—
y recuerda la cocina donde Cata trajinaba cada mañana. También re-

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cuerda cómo a las ocho, Catalina, la vieja, la gorda Catalina, la llamaba
desde el patio trasero de La Milagrosa para desayunar: un tazón de
mate cocido con leche y galleta fresca. A ella le divertía no contestarle
y obligarla a acercarse al montecito cantando, con todo su corpachón
a cuestas:

¡Marianita!
la leche, la lechita,
¡¡borón, bombón!!

Esperaba ese momento para dejar el libro o las cartas del tío Emilio
en el escondite y regresar corriendo a la casa a tomar la leche en la
cocina.
Una de esas mañanas, mucho antes de oír el vozarrón de Catalina,
vio al padre avanzar hacia el montecito y se asustó. Aunque lo sabía
ausente de sus juegos y ocupado en asuntos importantes, temió que
se hubiera enterado y viniera a buscarla. Por eso, se encogió en el in-
terior del palomar. Desde allí, oculta por los yuyos y la sombra de las
paredes vio a Herminia, la lavandera negra del pueblo, tumbada sobre
el colchón de ramas casi desnuda y semioculta por las cañas. No tenía
idea de cuánto tiempo hacía que la mujer estaba esperando. Tal vez
había llegado en el momento en que ella se había quedado dormida le-
yendo. Le impresionó, bajo la luz tamizada por las ramas, los pezones
erguidos y la curva de las caderas. Como una sábana, la camisa blan-
ca, que apenas la cubría, le pareció una mancha de leche sobre brea
derramada. De entre los pliegues corridos, asomaba el pubis oscurísi-
mo y poblado. En la cabeza, unas pajitas amarillas se mestizaban con
tirabuzones negros. Cuando el padre llegó, se irguió, cóncava, sobre
los codos. El hombre le mordió el cuello y Herminia exhaló un gritito
agudo: la boca jadeando semiabierta, los ojos turbios y los músculos
de la cara —tendida hacia atrás contra la cúpula verde—, tensos y su-
dados. Estaban tan cerca que podía oír cómo respiraban.
Asustada, cerró los ojos y se tapó los oídos. Resistió en esa posición,
inmóvil, hasta que oyó el canto salvador de Catalina que la buscaba
para el desayuno.

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Abrió los ojos.
No estaban.
Entonces decidió que había soñado.

Afuera sigue lloviendo. Sobre los techos de pizarra, el agua abre sur-
cos. Abajo, en la calle, algunos paraguas fugan veloces en dos direc-
ciones. A veces, levantan las alas y Mariana ve uno que otro pie, la
botamanga de un pantalón, algún tobillo. Nada más.
Adentro, la habitación está helada. Siente frío y se aleja del vidrio.
Desecha la idea de salir. Camina hacia la cama y, antes de zambullirse,
mira otra vez el reloj. Hoy me quedo, decide, y se cubre con las man-
tas hasta la cabeza. El ajetreo y la oficina quedan lejos, más allá de la
lluvia. Permanece inmóvil un rato largo. Se deja llevar por la marea
del sueño y vuelve repentinamente a la lucidez. Mira el retazo de luz
tamizado por la sábana y le parece estar otra vez en el monte de cañas.
¿Eran tupidas las ramas del cañaveral? Cree que sí, aunque también
cree que le era posible entrever trozos de cielo entre las ramas cuando
se acostaba en el centro. Pero Mariana no está particularmente inte-
resada en verificar ese detalle. No. Otras cosas le preocupan. Es que
mientras se le ocurren estos pensamientos surge la sensación fugaz
de haber soñado con perder los dientes. Entonces oye la lluvia sobre
el techo y el recuerdo se desvanece. Da media vuelta en la cama y se
pone boca abajo como sobre el colchón vegetal del montecito. Mullido
y crujiente, se dice. Mullido y crujiente, repite.
Era notable que un cañaveral antiguo pudiera producir tal explosión
de vida y continuidad. A Mariana le parece que, aún siendo una nena,
percibía esa convivencia familiar-vegetal en la que cada parte: pasa-
do, presente y futuro, brotes, cañas viejas y cañas jóvenes, cohabitaban
cumpliendo su rol aún en la muerte. Y cuando piensa en la palabra
muerte se le viene a la memoria el padre, y nítido lo ve de pie en medio
del cañaveral trompeando a su primo Elías. Elías tiene doce y ella nue-
ve, y es hijo de la tía Dora y vive en Chile. Elías ha venido a jugar con
ella al montecito como todos los veranos; Elías que el verano anterior
andaba entretenido con la honda y la caña de pescar y que este año ha
cambiado y la ha tomado por sorpresa y hace varios días que se es-

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conden para que él la bese. Y ahora el padre, que los ha sorprendido,
trompea a su primo. El labio de Elías sangra. Elías se va llorando para
la casa y el padre la enfrenta y le dice: Puta, sos igual de puta que ella.
Y ella se queda temblando sin saber quién es ella.

Cubierta por la manta, acerca la muñeca izquierda a los ojos y ob-


serva el cuadrante rectangular de su viejo reloj pulsera. Hace tiempo
que no funciona, pero igual lo usa. El brillo apagado del oro resucita
el cabello castaño y ondeado de la abuela, la luz de una tardecita de
otoño cruzando Plaza Lavalle, la mano infantil de Mariana en la de la
abuela y el sol espejeando sobre el metal de ese mismo reloj desde la
muñeca de la mujer. El tiempo borra los contornos de todo, piensa.
Levanta la cabeza y se asoma.
Desde donde está puede ver el reloj despertador. Si me quedo hasta
que la aguja llegue al tres, dice, después voy a poder levantarme.
La marea vuelve a subir despacio, abarcándola.

Su mamá planchaba y daba la impresión que pensaba en otra cosa.


Siempre le gustó mirarla e imaginar por dónde andarían sus pensa-
mientos. Era hermosa así, con los ojos lejos, mirando la ropa y no
mirando. ¿Cómo podía trazar tan perfectamente la raya de los pan-
talones o los pliegues de las blusas?
Mamá lejos, muy lejos.
Evoca el borde de su vestido y los tobillos blancos y delgados aso-
mando por debajo de la mesa, mientras ella, Marianita, la nena, leía
sentada en el piso. En el silencio de la casa, la habitación se llenaba
del crujido de la ropa recién doblada. Le encantaban los olores del
almidón y el vapor de la ropa limpia, apenas humedecida, al calor de
la plancha.
Ahora era otra tardecita y era verano y su mamá lloraba. Tenía una
marca azul en el ojo izquierdo y moretones en los brazos; sobre el
labio inferior, una mancha de sangre seca. No la habían oído entrar.
Catalina la protegía. Estaba inclinada hacia ella y le rodeaba los hom-
bros con su brazo. Doña Carmen, tranquilícese, decía. No haga caso.

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Por favor. Si no son de acá, vinieron de Uruguay para la cosecha de los
Lencina. Seguro se van pronto. Encima son negros… Los del pueblo
hablan pavadas, señora. Es la envidia, ¿vio? Tienen poco que hacer. No
dejan a nadie en paz. El señor Ernesto no puede haberse mezclado con
esa gente. Con lo orgulloso que es...
Cuando la vieron, de pie en el umbral, cambiaron de tema. La ma-
dre le dio la espalda y, abrazándose, se tapó los moretones con las
manos mientras Catalina comenzaba a doblar unas toallas y a rociar-
las con agua.
Mariana salió del cuarto de planchar y deambuló por el parque sin
saber a dónde ir. Al rato se encontró caminando hacia la ermita. Lle-
gó y miró a la virgen a la cara, se quedó un rato en silencio con los
ojos fijos en los de la imagen. Por primera vez en su corazón de nena
sentía el peso de un secreto. Después regresó a la cocina. Sobre el
hule de la mesa, un manojo de llaves y una costra de pan del medio-
día con dos moscas sobrevolándola.
Tomó el hervidor, vertió leche en un vaso y se escondió en el trian-
gulo que formaba el espaldar del aparador con dos de las paredes.
Allí, movió algunas botellas y se escurrió entre la bolsa de papas y la
canasta con duraznos arrancados esa mañana en el monte.
Con el vaso entre las manos, sin proponérselo, volvió a ver al padre
mordiendo el cuello de Herminia y el ojo amoratado de su madre.
Como para escucharse sólo a sí misma, apretándose el vientre con las
piernas dobladas se cantó:

Apetén sen ben
Tucumán len yí
buri buri cari chí
me quiero morir,
morir…

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La lluvia cesó y oye chorrear el agua que escurre. Mariana se in-
corpora, enciende la luz del velador aunque aún es de día. Busca el
reloj, lo encuentra y mira la hora. Lo abandona sobre el mármol de
la mesa. Se estira y, sin bajar de la cama, toma del suelo el libro que
estuvo leyendo la noche anterior al volver del Follies.
Así que aquí está ella, Mariana, con el libro entre las manos, inex-
plicablemente serena, sin leer aún, pero calma a pesar de no haber
ido a la oficina, sin sentir culpa por no haber avisado. Aceptando este
día atípico en el que un sueño ha abierto la caja de los recuerdos. En-
tonces, abre el libro. Intenta leer. No puede concentrarse. Algo más
fuerte que la lectura la interrumpe.
¿De qué escondido rincón llega hasta su memoria la palabra “en-
comienda”?
No puede recordar aunque sabe que del colegio, no; Señorita Ma-
riana, le enviaron de su casa la canasta, decían. La voz de la portera
sonaba por el altoparlante. Otras veces, en las tardes de invierno, era
la hermana Adelfa la que entraba al estudio y se colocaba detrás de
ella. El crujido del hábito, el rumor de la cofia almidonada y el acom-
pañamiento de la enagua le avisaban y Mariana, atenta siempre al
más mínimo anuncio, levantaba la cabeza del libro. La monja le hacía
un guiño y se iba. Entumecida, se ponía de pie, estiraba las piernas
y, casi en puntas, se acercaba hasta el escritorio de la celadora para
pedir permiso.

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Había llorado tanto ese otoño, cuando a la vuelta de las vacaciones
en La Milagrosa, su padre le anunció que la pondría pupila en un co-
legio de monjas. Yo me la paso yendo y viniendo del campo a Buenos
Aires. Cata este invierno se queda en la estancia y va a venir poco a
Cinco Esquinas. Acá no hay quien te atienda, sentenció. Tu madre no
está en condiciones. Cuando se ponga bien vas a volver.
Atravesaba el corredor encristalado hacia la portería, pisando sólo
baldosas negras:
así,
así,
así.
Le daba terror equivocarse y que la noticia de su regreso no llegara
nunca:

Ángel de la Guarda, (dulce compañía)


Negra, negra y negra, (ahí viene la escalera)
Sagrado Corazón
Negra, baldosa negra y negra...

...el corazón le latía desbocado en el centro del pecho, tanto que esa
tarde perdió concentración, comenzó a sudar y, fatalmente, apoyó el
zapato sobre una baldosa blanca. Se murió tu mamá, dijo la Madre
Superiora. Lo siento, hija, ella no estaba bien y tomó una decisión infe-
liz. De pie en la portería, la monja le daba la noticia. Mariana cree re-
cordar que no descruzó los brazos, ocultaba las manos en las mangas
del hábito. Tampoco la miró, parecía estar muy interesada en mirar
detrás de ella un cuadro en el que Adán y Eva eran expulsados del
paraíso, sin embargo le temblaba la voz. Tenés que ser fuerte. Prepará
el bolso, dijo. Don Ernesto avisó que te pasa a buscar en una hora.

Sabe que el cuestionamiento es ingenuo, sin embargo ¿cuántas ve-


ces se preguntó qué habría pasado si en vez de apurarse y pisar la
baldosa blanca hubiera puesto el pie donde correspondía? ¿Si hu-
biera estado alerta? ¿Qué cuota de responsabilidad le cabe? ¿Hasta

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qué punto está en nuestras más mínimas acciones la seguridad de los
otros, la existencia de todos, la vida de su madre? ¿No hubiera sido
posible salvarla de la derrota? ¿No transitaría ahora mismo, ella, Ma-
riana, un camino más blindado, menos expuesto? Y más aún, ¿qué
habría pasado si no le hubiera entregado la encomienda? ¿Si por al-
guna razón que desconoce hubiera dejado tirada la caja en medio del
polvo y las ortigas?

Ahora cree saber de dónde ha venido, súbita, esa palabra: enco-


mienda; y sabe, también, o presiente que lo suyo no fue traición. No
puede serlo, se dice. Sin embargo le cuesta disculparse. Por eso hoy
no irá a la oficina, debe quedarse porque tiene todo lo necesario para
desentrañar esa revelación fugaz que le ha hecho el sueño. Se quedará
bajo las sábanas, esperando, alerta como antes no estuvo. Y cuidará
que no se extinga esa masa confusa que la ha asaltado en cuanto abrió
los ojos. Porque, ahora, antiguas presencias aparecen produciéndole
un cierto hipnotismo, semejante al que inspira mirar fotos viejas en
las que descubrimos rasgos de modos imprevistos y oblicuos. Por
eso, Mariana ve el descuido de aquella tarde fatal como una barca a
la deriva que navega hacia atrás, muy hacia atrás, al verano anterior
a esa tarde y se detiene justo en otra tarde, cuando iba y venía en su
destartalada bicicleta roja por la avenida de eucaliptos.
Era enero y apenas había pasado el mediodía. Le fascinaba esa hora
detenida, empantanada en mitad del día. Las chicharras aserrando
el aire en el agujero ardiente de la siesta. La rueda oscilaba precisa
mientras trataba de evitar los pozos del camino. Aquella vez, se topó
con don Orestes, el cartero, que repartía en moto la correspondencia.
Intentaba meter en el buzón de las cartas una caja... Sudaba. Con la
manga del saco se secaba la cara. Demasiado grande para esta ranura.
Iba a abrir la tranquera para alcanzarles la encomienda personalmen-
te. La visera negra de la gorra definía sobre los ojos una línea de som-
bra. Es para tu madre, dijo. ¿Quién se la manda?, preguntó ella. No sé.
Parece de acá nomás porque el matasellos es del pueblo, pero remitente
no hay; vaya a saber. Y puso el paquete —la encomienda— en sus
manos.

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Mariana puede recordar con nitidez el olor áspero de sus axilas,
la furia del sol, el calor; y se ve a sí misma inclinada sobre el por-
taequipaje, el cabello en la cara, intentando acomodar la encomienda
y luego, también, se ve salir como una flecha para la casa y siente las
piernas cansadas de pedalear y luego vuelve a verse llegar al guarda-
ganado y cómo la rueda de la bicicleta se traba en uno de los espacios
que dejan las varillas del piso y cómo, entonces, vuela por el aire y se
pone de pie, y descubre, entre las ortigas y el polvo, la encomienda
abierta y desparramada y, junto al cartón abollado, un bebé negro
de plástico barato envuelto en un pañal manchado de sangre y una
esquela obscena. Y cómo parsimoniosa, como si no fuera ella, coloca
el muñeco dentro de la caja y la esquela también, alisa el cartón, y
vuelve a atar la caja con el hilo sisal y, montada nuevamente en su
bicicleta, llega acalorada y ansiosa al cuarto de planchar.
Ve a su madre zurciendo unos calcetines junto a la ventana. Para
vos, mami, le dice, y corre hacia el montecito. Es que quiere jugar, ju-
gar, pero siente muy adentro que ha hecho mal, que acababa de des-
entenderse de un daño que podría haber evitado. Y en el momento
en que cruza el patio a la carrera oye un grito agudo, mezcla de dolor
y bronca. Hasta que llega, irremediable, el largo sollozo.
Y luego, la voz de Catalina.
Y ella que se detiene frente a la ermita y se queda de pie mirando la
imagen de mármol.

Esa noche cenó sola en el comedor y, a la madrugada, notó que le


ardían las sienes. Cuando se levantó a la mañana siguiente, tenía el
camisón blanco y la sábana de su cama manchados de sangre. Esa
desgracia te va a acompañar toda la vida, la consoló Cata muerta de
risa, así que dejá de llorar porque no es nada que no hayamos tenido
que soportar todas.
El padre se fue de viaje antes del amanecer, y ella deambuló por la
casa evitando hacer ruido. A su madre la imaginó llorando sobre la
cama, los ojos hundidos y las cortinas corridas para que no entrara
luz. No hay que molestarla, explicó Catalina. No se siente bien y no

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piensa levantarse. De ahora en más, cuando tu padre esté afuera vas a
comer conmigo en la cocina. Se lo dijo, mientras pelaba unas papas y
las ponía a hervir. En otra olla burbujeaba, olorosa y espesa, una salsa
de tomates y albahaca.
Después vinieron las visitas del médico, la mamá tomando pastillas
una madrugada en la cocina. El aliento a alcohol cuando se acercó
una noche a su cama a besarla en la frente. El padre zamarreándola
en el baño principal, y su voz: no me pegues, Ernesto, por favor, no me
pegues que la nena oye. Y: no es verdad, no es así. Son ideas tuyas… y
después ruido a vidrios y su llanto.

Mariana piensa en su padre y reconoce que frente a él sucumbe


al pánico. Que frente a su padre libera la peor parte de sí, la parte
temerosa y débil y mansa; y el padre la somete, no se cansa de ha-
cerlo —aún hoy que hace años que no lo ve ni le habla—, la vuelve
obediente y severa consigo misma. Su padre, eso denso y oscuro que
la desprecia y se lo hace saber desde que tiene memoria.
Mariana se pregunta por la raíz de su odio y no alcanza a entender-
lo. Presiente que el hombre la culpa de algo que ella desconoce, como
si lo terrible, lo pavoroso estuviera en ella. Entonces, súbitamente re-
cuerda: es agosto y la mañana, helada. Ha salido a jugar al jardín y
está en cuclillas junto a la piscina, vistiendo a la muñeca nueva que
le ha regalado la abuela. ¿Cuántos años tiene? ¿Cuatro, cinco? Cuan-
do levanta la cabeza se topa con los ojos del padre. La está mirando.
Mierdita, le dice y ella no sabe qué quiere decir mierdita pero el tono
la asusta y se pone a llorar. Calláte, cagona, dice y le arranca la muñe-
ca de las manos y se la tira al agua. Ella se asoma al borde y ve cómo la
muñeca se hunde en el agua podrida. El padre la golpea en la cabeza;
es un golpe suave, como un empujón sin fuerza que la angustia. Si lo
contás, nadie te va a creer, dice y se va.
Y ahora es diciembre, el diciembre de sus siete años y la madre aún
vive. Oye palabras sueltas, insultos, el llanto de su mamá Carmen en
la escalera y, en la galería, la discusión de dos hombres.
Le parece que es la voz del padre y la de Emilio, su padrino.
Se gritan.

25
No llega a captar lo que dicen, aunque, por el tono, siente miedo.
Con sigilo empuja los postigos. Ahora sí escucha: No te quiero ver
nunca más por acá. ¿Entendiste?, es el padre el que habla. Y ni se te
ocurra aparecer con la excusa de las fiestas. Su tío sube al auto y en-
ciende el motor. Mariana ve cómo el Rambler se aleja por el camino
hacia la calle. Cuando ya no distingue las luces rojas de los faros tra-
seros, cierra los postigos y se mete en la cama.

Después de la muerte de Carmen, Don Ernesto no le permitió a


Mariana volver al piso de Cinco Esquinas, en Recoleta. Lo había ce-
rrado y se había ido a vivir al campo de manera definitiva. En esa casa
su madre había tomado la decisión infeliz. Desde La Milagrosa, cada
quince días, Catalina le enviaba la canasta al colegio por comisionis-
ta. Salía sólo en Pascuas, para vacaciones de invierno y en verano.
Le hubiera gustado recorrer, aunque fuese por última vez, la casa de
Buenos Aires pero el padre se lo prohibió. Recuerda, ahora, el por-
tarretratos de plata sobre la mesa del estudio y desea haber podido
conservar la foto. Allí estaba él y su mamá. Se los veía jóvenes. La
mujer sostenía una beba en brazos: era ella.

Aún tendida en la cama piensa que debería haber protestado y exi-


gido. ¿Por qué no pidió entrar en Cinco Esquinas? ¿Por qué siempre
aceptó las órdenes sin resistirse y aguantó los golpes? ¿Dónde estaba
su derecho? ¿A quién quería agradar? ¿De qué sirvió el sometimiento
si no ha conseguido siquiera agradarse a sí misma? Aún así presiente
que en algún punto no consiguieron o no consiguió el padre some-
terla del todo y, aunque pagó duro el precio, hoy está donde está, lejos
de casa, arrancada de cuajo y extranjera, porque no hizo caso, porque
a medias y a los tumbos intentó la verdad. Por eso paga. La verdad,
piensa Mariana. ¿Cuál verdad? ¿La verdad de leer a escondidas el
libro prohibido y las cartas del tío Emilio durante años hasta sabérse-
las de memoria, como una manera de burlar al padre? ¿La verdad de
los compañeros de estudio a la que adhirió, sospecha, más por oposi-
ción al padre que por convicción política? Verdades a medias, piensa

26
Mariana. Porque la verdad, la única, es que esos lugares que eligió
fueron sólo trincheras desde donde resistir. Pequeñas verdades que
ocultaban otra más insufrible: la certeza del odio del padre hacia ella.

El verano siguiente a la muerte de su madre, en el campo, encon-


tró en el cuarto de planchar un baúl con algunas pertenencias suyas,
restos de su infancia en la ciudad cuando la madre aún vivía. Junto
con otros recuerdos, recuperó el oso azul que le había regalado su tío
Emilio antes de irse, también los guantes verdes, dos pares de patines
y el Diario de los nueve años.
En medio del revoltijo, dio con el bebé negro de plástico envuelto
en el pañal ensangrentado. Lo vio y el corazón se le aceleró. Tomó
con dos dedos la tela sucia y lo llevó hasta el aljibe. Una vez allí, se
acomodó en el brocal y lo dejó caer mientras veía cómo el muñeco
se hundía en la negrura. Le pareció percibir, a medida que se desba-
rrancaba, que sus ojos de plástico seguían mirándola. Cuando escu-
chó el chas del agua en el interior del pozo respiró hondo y se sintió
aliviada.

Mariana piensa en la oficina. Piensa que estarán inquietos. Lo pien-


sa, tendida, aún en la cama, con el libro entre las manos. Se siente
vacía. Observa las traducciones amontonadas sobre el escritorio y
se dice que no importa, que total es viernes, que casi nunca falta al
trabajo, que no está tan atrasada; que su jefe, Francisco, últimamente
le viene diciendo que se tome un descanso; que se está bien entre las
sábanas. Recuerda a Francisco y sonríe. ¿Qué la une ahora, además
del agradecimiento, a ese hombre silencioso y huraño? Lo que sí sabe
bien es qué otras cosas, en otro tiempo, la unieron a él. Pensarlo la
incomoda, tanto como pensar en la mañana fría en que enterraron
al tío Emilio. Su madre había viajado y nadie le quería decir a dónde.
Eran vacaciones de invierno y Mariana estaba con Cata en la estan-
cia. Ese día la despertaron temprano. Ella no quería levantarse por-
que tenía sueño y frío y presentía que algo horrible estaba pasando.
Cuando después de vestirse bajó a desayunar vio, desde el descanso

27
de la escalera, que su mamá había vuelto. Entonces corrió y se abrazó
a su cintura. Con suavidad, articulando con dificultad las palabras,
la madre le dijo que se comportara, que irían juntas al cementerio a
despedir al tío y ella la miró a los ojos y algo tristísimo en la cara de
su mamá le dio terror y se puso a llorar a los gritos.
Busca un pañuelo en el cajón de la mesa de luz, no puede dejar de
llorar. El recuerdo le duele. El reloj gotea su tic tac como una canilla
mal cerrada.

¿De qué murió mamá, Catalina? De no poder ver, nena. Cata, senta-
da en un banquito de madera, desgranaba unas arvejas. Eso no mata,
Catalina. No creas, eso es más filoso que este cuchillo. Las arvejas caían
dentro de un plato hondo de aluminio. Retumbaban. Y ¿por qué por
ahí dicen que se suicidó? Mienten, dijo Catalina. Y si mienten, insistió
Mariana, ¿por qué a mamá no la pasaron por la Iglesia?
Ahora era otro verano y otro tiempo. El tiempo solitario de la
madre muerta y del padre ausente. Desde que terminaban las cla-
ses pasaba los tres meses de verano sola en el campo con Catalina y
los peones; el padre le había prohibido invitar amigas y tampoco le
permitía aceptar la invitación de los padres de Agustina, su insepa-
rable compañera de colegio (su única confidente), para ir de veraneo
con la familia. Mariana aceptaba sin discutir la decisión del padre, en
el fondo le avergonzaba su historia y sentía que, si llevaba a alguna
amiga del colegio a La Milagrosa que no fuera Agustina, surgirían
preguntas que no podría ni quería responder. Para entonces se había
convertido en una adolescente callada, un poco hosca, que se entre-
tenía deambulando por el caserón enrarecido, revolviendo cajones,
mirando álbumes de viejas fotos familiares: fragmentos inconexos,
deslucidos, donde abuelos y tíos aún poblaban el paisaje de su infan-
cia y parecían flotar a la deriva en el vacío.
Catalina respetaba su ostracismo y, siempre atenta, se limitaba a
esperarla. En algún momento, Mariana escuchó que le confesaba a
Marta Puricelli, su amiga maestra jubilada, se le pasará. Y, entonces,
voy a contarle lo que tiene que saber. Ahora, no. Está en una edad di-

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fícil. A los catorce, todas fuimos rebeldes. Además, con lo que ha sufri-
do, pobrecita... No hay mal que dure cien años, decía mientras cebaba
mate. La herida tiene que cerrar y lo mejor es dejar que se ventile.

Aunque durante el verano se instalaban en el campo los sobrinos de


Aurelio y Olinda —con los que se llevaba bien—, algunas mañanas
Mariana se iba sola al amanecer hacia el Salado. De un salto montaba
a Huasipungo en pelo y asistida sólo por las riendas sentía palpitar
bajo las piernas los ijares del animal, calientes y vigorosos. En el río,
Huasipungo, lánguido el tiento, salpicaba una y otra vez con las patas
y las manos la orilla barrosa. Bajaba el cuello y bebía. Recuerda ahora
el sonido del agua, filtrándose hacia la garganta por entre las mandí-
bulas y el metal del freno. Luego, desmontaba y subía al terraplén del
ferrocarril hasta llegar al puente. En cuclillas sobre los rieles, espe-
raba el paso del tren de las ocho mordisqueando una pajita de pasto
seco o una hoja de trébol. Percibía las vibraciones cuando la máquina
era un punto oscuro en el horizonte. En ese preciso instante, se des-
lizaba bajo los durmientes, en el hueco que dejaban los durmientes
y las vigas de hierro, y se extendía cuan larga era. Arriba, más allá de
los postes de quebracho, el cielo; y abajo, el río manso. El tren le pasa-
ba por encima y el corazón se le desbocaba en el pecho como si todo
el peso del animal de acero la triturara y ella pudiera desaparecer me-
tamorfoseada en madera dormida. Otras veces, se tendía de espal-
das al cielo. Los ojos alucinados miraban el curso de agua que corría
tranquilo quince metros más abajo. Sentía la respiración asmática de
la locomotora y el traqueteo de los vagones sobre los omóplatos.
Algunas tardes cambiaba el rumbo. Iba a caballo hasta el pueblo
para vigilar la casa de Herminia al galope, ida y vuelta, hasta que la
veía salir con sus hijos, a la tardecita, y sentarse en la vereda a tomar
fresco. Entonces ella, temblando, detenía el caballo en medio de la
calle, que también era camino de entrada al pueblo, y la miraba fijo.
A veces, permanecía así un rato largo; otras, bastaban unos minu-
tos para que la mujer recogiera la silla de paja que había sacado a la
puerta y entrara en la casa de inmediato. En ese momento, Mariana

29
azuzaba a Huasipungo y, de un rebencazo, partía disparada hacia La
Milagrosa.
Un atardecer de esos en que la pulseada duraba más de lo habitual,
la menor de los hijos de la lavandera, una morenita de ojos azules,
se soltó de la mano de uno de sus hermanos. Con pasos inseguros
caminó hasta el medio de la calle, los brazos en alto, y se metió bajo
el caballo. Huasipungo pegó una espantada y se paró sobre las patas
traseras. Desde el lomo del animal, la criatura era dos ojos abiertos
hacia arriba. ¡Mercedes! —gritó la madre y se lanzó al camino. Ma-
riana tensó las riendas y apretó con las rodillas la grupa de Huasi-
pungo para no caerse. ¡Dios mío!, pensó. Ahí abajo, entre el borde
de la vereda y el sitio donde permanecía la nena, una mujer negra
avanzaba. Mientras el caballo caía creyó percibir, durante una frac-
ción de segundo repetida al infinito, la imagen de ese cuerpo en las
sucesivas posiciones de marcha. Cuando la mano derecha atrapó a
la hija por un volado del vestido, tirándola hacia atrás, las manos de
Huasipungo golpearon el piso a escasos centímetros de las mujeres
y levantaron, apenas, una nube de polvo. ¡Mercedes, hijita!, dijo Her-
minia. Mercedes lloriqueaba en sus brazos. Aún de rodillas sobre la
tierra, Herminia tomó a Mariana del pie. Por lo que más quiera, dijo,
no me torture más.
La mujer, aferrada a su sandalia, parecía suspendida en el aire ca-
liente del anochecer.

El libro cae al piso y la recorre un espasmo, como si quisiera decir-


se: ¡Cuidado! No sé qué es pero no me gusta. Y se pregunta si tiene
sentido avanzar. ¿Qué va a hacer con lo que de golpe ha entrado aún
con las puertas cerradas? ¿Cómo es posible que se haya filtrado a
partir de un sueño —que aún le cuesta descifrar— esta especie de
resumen de su vida? ¿Para qué? ¿Por qué? ¿No había tapado perfec-
tamente, casi con devoción, cada grieta para impedir que se colara lo
incómodo, las preguntas que no quería hacerse?

Olinda y Aurelio, los puesteros, no tenían hijos; todos decían que


porque se habían casado grandes. Tal vez por eso cada verano, varios

30
sobrinos venían a la casa del puesto a quedarse. Mientras vivió su
madre, la vida de Mariana se había repartido entre el departamento
de Buenos Aires y el campo. Protegida de la dureza del padre por la
gran familia, no lo sufrió hasta mucho después cuando quedó a su
cargo. En los veranos, la estancia se llenaba de primos, estaban los
abuelos, su padrino, Catalina y los tíos; la vida familiar era divertida,
dulce, y los días eternos. Las cosas cambiaron cuando ni su mamá,
ni los abuelos ni su padrino ni sus primos estuvieron para atemperar
la presencia de Don Ernesto y se quedó frente a frente con su odio.
Entonces, los sobrinos de Aurelio y Olinda fueron un remanso y una
liberación. Esperaba con ansiedad que pasara la fiesta de Reyes por-
que el 7 de enero, Aurelio ensillaba el sulky y los iba a buscar a la esta-
ción de trenes del pueblo. Pablo, uno de ellos —unos meses mayor—,
se convirtió en su compañero de juegos. Era un chico silencioso y
educado en el trato con los adultos, pero caprichoso y violento en
la intimidad, que sentía por Mariana una admiración sin límites y
al mismo tiempo la sometía. Iba detrás de Mariana, no la dejaba ni
a sol y ni sombra, la protegía cuando ella se aislaba rumiando sus
cosas, la celaba de otras compañías, era incondicional y Mariana, que
nunca se aprovechó del poder que podría haber desplegado sobre
él, aceptaba sus caprichos sin protestar. Corrían carreras a caballo,
cazaban perdices con la escopeta de Pablo y hacían excursiones so-
los para pescar en el Salado. Partían bien temprano en la mañana y
regresaban al atardecer, quemados por el sol y con muy poca pesca.
Pablo, por el que Don Ernesto sentía debilidad —le regaló la escope-
ta—, una tarde la obligó a dejarse untar con miel bajo un panal y la
abandonó atada a un árbol para que probara su teoría de que las abe-
jas sólo atacan cuando el humano siente miedo. Por suerte, Aurelio
andaba cerca y oyó los gritos; cuando la rescató, picada e histérica, se
negó a denunciarlo por miedo a su desprecio.
A medida que fueron creciendo los juegos cambiaron. A finales del
verano en que Mariana cumplió dieciséis años, una noche, nadaron
desnudos en la pileta de la estancia.
Tenemos que hablar, Mariana. Catalina la enfrentó una tarde, mien-
tras Mariana preparaba la valija con la ropa que llevaría a Buenos Ai-

31
res. En una semana empezaba el último año del secundario. Catalina
la venía buscando desde hacía días.
¿De qué? Mariana sabía bien de qué, sobre qué, por qué.
Cosas de mujeres, nena, y cosas de tu familia que no sabés y es hora…
Mariana intuyó el tema y no quiso.
Mejor no saber.
Venda en los ojos, manos en los oídos, costura en la boca.
Mirá, Cata, cuando yo quiera te pregunto, dijo. ¿Sí?
Y Cata no insistió.

Da varias vueltas en la cama.


Ya no llueve.
Está enredada entre las sábanas. Pero también está enredada en el
pasado. Quisiera ser fuerte para defender su verdad actual, los ci-
mientos sobre los que construyó un presente aceptable, aparente-
mente ordenado. Sin embargo no atina a levantarse. Y, entonces, no
ceja. Comprende que las cartas están echadas y esta vez quiere jugar
de una manera lúcida y consciente. Si el sueño de la noche ha tenido
que ver con esta catarata imparable que la tiene atrapada en la habi-
tación, ella va a mirar con los ojos bien abiertos porque entiende que
no tiene salida si no avanza. Sospecha con una claridad tranquila,
que todo lo que por dolor o por cobardía no enfrentó la ha estado
asechando para asaltarla ahora y aparecer ante sus ojos como una pe-
lícula continua en la que personajes conocidos vienen a su encuentro.
De perfil, la cabeza sobre la almohada, el rabillo del ojo enfoca la
ventana. Ve una línea despareja de chimeneas grises ahí afuera.
Se apoya en un codo e intenta distinguir el cielo por encima del
horizonte de terrazas. La tarde entra en el cuarto a franjas anchas.
Luz astillada que apunta, oblicua, sobre el piso de tablas oscuras.

¿Cuándo decidió la partida? No puede recordarlo. Pero sabe, sin


duda, que fue mucho antes del miedo. Antes de que la trama de
circunstancias la empujara. Piensa en cuándo decidió la partida y
aunque lo intenta, no alcanza a precisar el momento exacto de esa

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elección. Presiente su lenta gestación y avanza hacia aquella tarde
calurosa de diciembre en la que volvió del viaje de egresados con sus
compañeras de curso. La hermana Adelfa, en el andén, las esperaba
junto con algunos padres. A ella nadie la había venido a recibir. La
monja notó su desconcierto y corrió a abrazarla. No te voy a ver más,
dijo mientras la besaba en la frente. Antes, en los inviernos, Adelfa y
en los veranos, Catalina, sentenció, los ojos mojados. Ahora te vas a
tener que cuidar sola.
En marzo, comenzó el ingreso a la Facultad y su padre le alquiló un
departamento de dos ambientes sobre la calle Rodríguez Peña. De
pie ante la ventana, mientras miraba la plaza de los jacarandaes, más
de una vez creyó que no era de ningún lugar, que en todos lados le
dolía algo, que debía irse lejos.
Cuando se mudó a vivir sola en Buenos Aires, lo primero que hizo
fue sacar el pasaporte. Ahora cae en la cuenta, aunque recuerda que
en esos momentos solía mirar hacia adelante como a través de un
cristal empañado y no encontraba en sus sueños de futuro un lugar,
entre los que conocía, en el que pudiera sentirse ella misma. Fabu-
laba, entonces, una vida feliz, lejos. Y París se le presentaba reitera-
damente como su casa, un puerto distante y seguro en el que estaría,
por fin, a salvo. Sin embargo, ¿por qué no pensó en Madrid? Sobre
todo a mitad de ese año, luego del forzoso exilio de Pedro, su inse-
parable compañero de Facultad; o en México, donde Agustina vivía
con su familia desde el final del Bachillerato y, muchas veces, le ha-
bía escrito ofreciéndole asilo en el viejo caserón del Pedregal de San
Ángel. "Veníte. Acá vas a estar bien. Hay espacio para escribir, para
publicar, para seguir la Facultad y hay más argentinos que en Buenos
Aires. Somos casi una familia. Te vas a sentir como en casa." Por ese
motivo desechó la idea de establecerse en México o en España. Lo
que no quería era sentirse en casa.
En cambio, París siempre se le aparecía como un destino a prueba
de pasado. Nada la ataba a esa ciudad más que el dominio perfecto
del idioma que había aprendido en el colegio y su pasión por Proust.
Quizá por eso, llegado el momento, supo a dónde debía ir. Cuan-

33
do dos años después, la situación se complicó y Francisco se fue a
Francia empujado por la necesidad, lo que había sido un escape de
su imaginación, un auto consuelo en momentos de angustia, tomó
forma definitiva.

34
Me voy. Francisco hablaba rápido y en voz baja. A París me voy. La
había alcanzado a la salida de clase, en la parada del colectivo. Mejor
dicho, me van. Dijo que estaba amenazado y que estos tipos no bro-
mean, ¿sabés? Y que lo venían siguiendo desde el artículo. Desde que
publicó ese artículo en la revista de la Facultad. Parece que lo enten-
dieron. Y también que quería despedirse de ella: Quería despedirme
de vos, dijo y agregó que le iba a pedir un favor: que desocupara su
departamento. El de él, claro. Y le explicó que el alquiler estaba pa-
gado y que hasta fin de mes no iba a tener problemas y que adentro
hay algunas cosas de valor; vendélas. Después me mandás el dinero con
una amiga azafata. Voy a necesitarlo. Si querés, podés quedarte con la
biblioteca. Y también dijo que la azafata se llamaba María. Y lo dijo
todo muy rápido, muy apremiado y que acá tenés el teléfono. Apren-
dételo de memoria y tirá el papel. Y además que en París tenía una
prima que trabajaba en una editorial y que me va a dar una mano. Y
que se lo pedía a ella porque mis viejos están en Córdoba y los amigos,
escondidos. Y porque le tenía confianza. Apenas me ubique, te lo hago
saber. Tomá la llave. Andá sin miedo. Esta dirección está limpia y el
portero es de fiar. Sabe que vas a ir. Y ella dijo que sí, qué otra cosa
podría haber dicho.

A Francisco lo había conocido en la cátedra de Literatura Fran-


cesa. Era profesor adjunto y ella lo eligió como tutor cuando tuvo
que escribir la tesis con la que se aprobaba la materia. Casi todos

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los sábados por la tarde solían reunirse para analizar la marcha del
trabajo en La Paz. En ese bar de la Avenida Corrientes, después de la
charla, se juntaban con un grupo de alumnos de la misma comisión
y otros del Centro de Estudiantes de Sociología, a comentar lo últi-
mo de Camus, Robbe-Grillet o Claude Ollier. Pasaban largas horas
discutiendo sobre la joven novela francesa y las posibilidades de una
narrativa sin historia ni personajes, de trama mínima. Generalmente
derivaban, varias vueltas de café y cigarrillos, en disquisiciones filo-
sóficas y políticas.
Los domingos, Mariana se levantaba temprano y tomaba tres co-
lectivos para ir a la villa La Cava. Con dos monjas del Divino Maes-
tro y el cura de la villa habían abierto en el oratorio un centro de
alfabetización de adultos. Francisco también iba. Francisco era en
esos encuentros el coordinador y la palabra autorizada. Una noche
de agosto de 1975, la Triple A le dio cuarenta y ocho horas para que
dejara el país.
A pesar de esa proximidad, Mariana aprendió a conocerlo recién
cuando viajó hasta Almagro —prendida del pasamanos del colectivo
lleno—, entró en la casa y se hizo cargo de sus cosas. Comprendió,
sorprendida, que pertenecía por fin a algo más que a su pasado. Cada
vez que abría la puerta del departamento, se descubría tarareando,
ligeramente sofocada. El sillón frente al ventanal, la biblioteca repleta
de libros, los cuadros de pintores argentinos, el suéter que encontró
olvidado en un armario —y del que se apropió—, y el olor de la casa:
mezcla de tabaco, encierro y hombre solo la excitaban. Ciertos pa-
peles abandonados en los cajones o en el piso y también el mate, el
repasador, la pava sobre la cocina acrecentaban la sensación de esca-
pe repentino, de viaje no deseado que impregnaba la casa y le hacían
sentir aún la presencia de Francisco, como si él pudiera aparecer por
la puerta del dormitorio e instalarse en la sala a leer o a charlar con
ella. Y era esa intimidad la que, por momentos, la llevaba a fantasear
que él todavía vivía allí, entre esos muebles, entre esas paredes sucias
de hollín y, en una actitud que parecía querer pedir permiso al vacío,
andaba precavida por las habitaciones mientras descolgaba cuadros
o apilaba libros.

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La ciudad era por aquellos días un agujero en el estómago, una vis-
cosa masa amarilla que se pegaba a su costado. Los compañeros de la
facultad temían lo peor. El golpe militar ya no era un secreto. Tarde o
temprano llegaría para imponer su sombra.

Cuánto furor, dice Mariana en voz baja y se atornilla sobre el rec-


tángulo blanco de la cama. Y piensa que es una cobarde porque no
se anima a plantearse lo que también sabe y oculta: que, además, por
aquellos días lo que sintió por Francisco fue deseo. Sabe que sí, que
ella, Mariana, deseó a Francisco, tanto como ahora no lo desea. De-
seó su fuerza, su decepción, su naufragio, pero también lo deseó de
un modo más oscuro y menos exquisito, de un modo más cercano a
la vergüenza.
Deseo. Agudo como la astilla de un hueso.

Un mes después recibió una llamada telefónica. Esa tarde tuvo una
breve entrevista en la placita Rodríguez Peña con María, la azafata.
Sentadas las dos en un banco de piedra, María le entregó —disimu-
lada entre algunos folletos de viajes— la primera carta de Francisco.
Comenzaron a escribirse con regularidad. Las cartas del amigo le de-
volvían la visión de un mundo alejado de la violencia y del miedo.
Cuando ella le contestaba, como no quería preocuparlo, desdibujaba
con poemas o comentarios triviales la noticia dolorosa de los cono-
cidos que ya no estaban. Sólo siete meses después de la partida de
Francisco y a raíz del encuentro con su padre en Cinco Esquinas,
unos días antes de los exámenes de marzo de 1976, se animó a comu-
nicarle la verdad. Pero eso fue después.

Mariana, apoyada en la almohada, contempla. La mirada rebota sin


encontrar un punto preciso donde fijarse, va y viene, de la biblioteca
a la pared blanca, de la pared a la ventana. Tieso, del borde supe-
rior derecho del marco al inferior izquierdo, un pájaro surca el cielo.
¿Una paloma? Apenas vislumbra su silueta un poco más oscura que
el color de las nubes. Buscará abrigo, piensa. Perseverantes, del otro
lado del vidrio, unos pocos ruidos menguados se desmoronan contra
el cristal.

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El silencio es más tenaz que las voces.
Nada.
La tarde ha transcurrido pausada. Son las cinco y media. Se in-
corpora, estira las piernas, se restriega los ojos y empuja hacia un
costado las sábanas. Inclina el cuerpo a la derecha y la mano levanta
del piso el libro de Proust. Lo abre. Hojeándolo, busca entre las pá-
ginas un pretexto para espantar los fantasmas. No lo logra. Se pone
de pie, va hasta el radiador y tantea los caños: no han encendido la
calefacción. Desorientada, atraviesa el cuarto en busca de la ventana
y a mitad de camino se detiene. Súbitamente recupera imágenes de
lo que ha soñado la noche anterior. Ve dientes regados por el suelo.
¿De ella o de otra mujer?
No sabe.
Tiene las manos heladas.
¿Para quién recuerda?
Vuelve a la cama. Piensa en Proust, y sonríe. Siente que en algún
punto ha estado siguiendo durante estas horas el mismo camino de
su maestro. Hizo literatura de una realidad vieja, dice. Observa con
detenimiento el piso de madera y el borde de su camisón, como si de
verdad le importara. En otro tiempo, piensa, otros caminaron por
estas mismas tablas. ¿Dónde estarán ahora? Lugar común, dice, y se
ríe de sí misma. Sin embargo, la imagen evoca el entarugado de su
habitación en Cinco Esquinas y la suavidad del roce con sus pies des-
nudos. Desencuentros.
Nadie está en el lugar que desea. La mía es una generación que no
ha podido vivir donde ha querido.
Va hacia el baño y abre las canillas de la bañera. Un chorro carnoso,
de una obesidad líquida e hirviente, retumba sobre la loza. A medi-
da que sube el nivel del agua, la superficie se convulsiona en ondas
múltiples y avanza, desde el fondo, un murmullo disminuido, asordi-
nado. Cuando la bañera está llena, cierra las canillas, se desnuda y se
sumerge despacio. El calor le recorre el cuerpo y la relaja.

Aquella tarde de mediados de febrero del 76, estudiaba para el exa-


men de griego cuando recibió el llamado. Era su padre. Don Ernesto

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la llamaba desde La Milagrosa. ¿Cómo estás, che? dijo. Mañana estoy
por ahí. Me gustaría verte. Tengo muchas ganas de conversar con vos.
Hace rato que no lo hacemos y ya es hora, ¿no? Quedó desconcertada.
Repitió para sí misma... hace rato que no lo hacemos... Y no pudo
evitar sonreír. Nunca el padre la había visitado ni demostrado preo-
cupación por sus estudios. Eso sí, el dinero del alquiler y de los libros
lo recibía por medio de un giro bancario que le llegaba puntualmente
todos los meses. Cuando Don Ernesto viajaba a Buenos Aires jamás
la llamaba. Sólo una vez lo había hecho, a último momento antes de
regresar al campo y disculpándose por no haber tenido ni un minuto
para verla. Desconfió, pero casi al instante se dejó ganar por la espe-
ranza. Tal vez… Ahora que ella era más grande... Tal vez.

Vino a su departamento. A las cinco de la tarde.


Dijo que le gustaba.
Tomó té. Ella mate.
Hablaron del campo, de Catalina, de sus estudios, de sus planes, de
sus amigos de la facultad. Se mostró tan interesado.
Se abrió (ella).
Y él repitió la visita varias veces.
Varias tardes.

Sería bueno morir. Con el agua hasta los hombros como está aho-
ra, Mariana piensa que sería bueno morir. Morir para no escuchar
las voces. Para enmudecerlas. Se sabe impotente; ha abierto la com-
puerta de una cisterna infectada y es imposible impedir que el agua
arrase.

Me gustaría que el viernes a la noche vengas a cenar a Cinco Es-


quinas. Cata viaja conmigo; seguro que querés verla. Además, voy a
presentarte a unos señores importantes. Eso fue en marzo. A media-
dos. Ella le dijo que sí, que iría. Pero si el hecho que la invitara para
presentarle a unos desconocidos la inquietaba, aún más la perturbó
la posibilidad de regresar a Cinco Esquinas.

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Cuando Cata abrió la puerta, Mariana la abrazó. Su calor de nodri-
za vieja le devolvió en oleadas la presencia antigua de la madre y del
montecito de cañas. Tuvo ganas de decirle: Mostrame dónde se pegó el
tiro mamá. Pero no se animó. Dame el abrigo y pasá, mi vida, le dijo
Cata y se fue apurada. Apurate que tu papá te espera. Está en el estu-
dio, escuchó la voz de la mujer desde la cocina. Mariana permaneció
en medio de la sala, mirando. La vio tan iluminada. Lámparas de pie,
veladores, bronces, lamparitas sobre los cuadros, candelabros, todo
recién lustrado. Pensó que habían trabajado duro para devolverle el
antiguo esplendor. Sin embargo, ni los brazos aún vigorosos de Ca-
talina ni los de las dos ayudantes contratadas para la ocasión habían
conseguido quitarle el frío y el desgano impuestos por el encierro.
Ya voy, contestó y no le hizo caso. Aunque la dominaba un temor
absurdo a ser descubierta, recorrió la casa negada. El área social bri-
llaba, pero la puerta que conducía a las habitaciones estaba cerrada.
La abrió y se encontró con el pasillo oscuro, buscó el interruptor y
encendió la luz. La lamparita estaba quemada. Algo de claridad se
filtraba desde el tragaluz del baño principal. Tanteó los picaportes del
que había sido su cuarto y el de los padres y comprobó que les habían
echado llave. El resto de las habitaciones tenían las puertas abiertas,
se asomó y no reconoció el orden de los muebles; una de ellas estaba
equipada como una oficina, las persianas bajas. Goteaba la canilla
del lavatorio en el baño principal. Toda esa zona parecía una tumba,
transpiraba una pátina de dolorosa clausura. Regresó a la sala y el
contraste le pareció brutal.

Están reunidos en el estudio. La puerta de cedro abierta de par en


par hacia la sala deja ver la mesa del comedor, tendida y dispuesta
para la cena. Conversan en voz alta, fuman, ríen. Ella se acerca. Su
padre de espaldas, en medio de esos hombres y de las paredes cubier-
tas de libros, le recuerda a Herminia en el montecito una mañana de
verano. Permanece de pie en el umbral sin hacerse anunciar. Sobre el
escritorio, el portarretrato con la foto de sus padres y ella en brazos
se le ocurre absurdo. Cuénteles, usted, general, está diciendo el padre,

40
de cuando estuvo en el monte, en Tucumán... El general pega un sal-
to —breve, como una contracción involuntaria, como si su cuerpo
—todo— hubiera seguido estando en el monte, alerta, y su sonrisa
en el estudio de Cinco Esquinas—, quiebra el torso macizo sobre la
silla y mira hacia la puerta. La ha descubierto observándolos. Luego
se vuelve y clava los ojos en el dueño de casa. El padre se interrumpe.
Ah, nada, general..., dice, es Mariana. Lo ve venir hacia ella con una
sonrisa protectora en los labios. ¡Hija! ¡Qué gusto! Te estábamos espe-
rando para cenar. Quiero presentarte a unos amigos. Ella es Marianita,
mi hija mayor.
La confundió tanto afecto. En brazos del padre su cuerpo es una
tabla que se convulsiona muy adentro en ondas imperceptibles. Con
exagerada cordialidad, Don Ernesto le presentó, uno a uno, a esos
personajes desconocidos y, a medida que le sacudían vigorosamente
la mano, Mariana se dijo que, si bien su vida familiar no había sido
un modelo de continuidad, ella, en el pasado, nunca los había visto
frecuentar la casa. ¿De dónde los había sacado?
Los nuevos amigos del padre eran cuatro.
Le llamó la atención que todos, salvo uno que tenía un impermea-
ble verde, vistieran de riguroso traje oscuro y se peinaran hacia atrás,
a la gomina. Parecían una foto antigua, arrancada de un álbum de
los años treinta. Como arquetipos, pensó. Como caricaturas no gra-
ciosas. Peligrosos. También le llamó la atención la familiaridad y el
conocimiento con que hablaban de La Milagrosa.

Morir para no seguir viendo, para no escuchar. Estar fuera de la


vida, fuera de sí misma, fuera de su pensamiento. ¿Quién es, quién
fue su padre? Recuperar la dignidad de los cadáveres, el decoro de
las piedras. ...Sientesé acá por favor una dama como usted.... ¿Y si me-
tiera la cabeza bajo el agua? Meter la cabeza bajo el agua y esperar.
Esperar a que venga la muerte. Irse de una vez por todas. Para no ver
las imágenes que la toman, descontroladas. Catalina servía whisky
en una bandeja de plata. El uniforme de mucama le quedaba ridícu-
lo e incómodo; imponía una distancia mentirosa, una demarcación
innecesaria.

41
¿Para qué la había invitado? ¿Qué hacía ella, la única mujer, en esa
tertulia de varones que hablaban de política y de salvar a la patria?
Tampoco comprendía muy bien desde cuándo, ni de dónde, había
surgido una amistad tan estrecha. Una vez, ella tenía diecisiete años
y lloraba, Catalina le dijo: ¿Te asombrás de que lo haya mandado a
Pablo al Colegio Militar? Se refería al sobrino de Aurelio con el que
Mariana había estado noviando el año anterior y Cata le escondía las
cartas en la canasta. Desde hacía unos meses el muchacho ya no le
escribía más. Don Ernesto tiene pasión por los milicos. ¿No te acordás
de las discusiones en la mesa con tus abuelos? Y era verdad, ahora que
lo pensaba era verdad; pero de esa simpatía a esta confraternidad de
camaradas había una gran distancia.
Además del general, compartían la reunión un capitán de navío,
muy buen mozo y simpático; un abogado al que llamaban Doctor
Mendívez, de bigotes tupidos y anteojos; y otro hombre, el del imper-
meable verde —Raulito, lo apodaban—, mayúsculo y de movimien-
tos demasiado ágiles para su corpulencia.

Con el agua hasta los hombros como está ahora, Mariana sigue
pensando en morir; sería bueno y posible y fácil morir. ¿No había
hecho lo mismo su madre? Bastaría encogerse en la bañera y me-
ter la cabeza y aguantar. ¿Acaso no es éste un buen recinto para la
muerte? Higiénico, más que el tiro. Sólo se trata de unos instantes y
después, nada. Y, entonces, se decide: se tapa con dos dedos la nariz
y se sumerge bajo el agua con los ojos abiertos. ¿Cuánto habrá que
esperar para que venga el silencio? Uno, dos… ...Y, si Raulito se saca
el impermeable se le ve el chumbo... Tres, cuatro… ...No le ves, ahí...
...la culata... Cinco, seis...verde esperanza... Ríen......enamorado de la
muerte... Ocho… ...a un judío cagón... Ríen a carcajadas... Nueve...,
siguen riendo....., Diez... ¿Cuánto faltará para morirse? Poco. Me
queda poco aire.... ...Voy a ayudarte a salir del cementerio, reconoce
nítidas, por primera vez desde que se ha despertado, las palabras del
padre en el sueño. Suelta los dedos, traga agua y sale a la superficie.
Tose.
Escupe.

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Y golpea con toda la mano abierta el borde de la bañera.
—Puta —dice.
Y tose.
—Puta madre —dice.
Y escupe.
—Aún odiándome me salva —dice Mariana.
Y llora.
Y golpea con los puños cerrados el agua.

Se siente abrumada, tropezando con las preguntas que debería ha-


berse hecho antes y que ahora se le presentan intempestivas, clarí-
simas. Presiente que no puede, que no va a poder. Le faltan tantos
datos. ¿Cómo contestarlas? En eso, Marianita nos puede ayudar. Es-
toy seguro de que va a resultar una buena colaboradora. Están en el
comedor y la inquieta la sorpresiva alusión del padre. Las dos muca-
mas contratadas servían el primer plato: copa de langostinos y vino
blanco. La luz, filtrada por los caireles, fluye de la araña hacia abajo
y salpica la platería, los cristales; delineaba el perfil de las copas y los
cubiertos con nervaduras luminosas.
Se percibe incapaz de reordenarse, de desentrañar la trama de su
historia. Piensa que, ya que no ha tenido el coraje de esperar la muer-
te con la cabeza sumergida, lo mejor que puede hacer es quedarse
quieta, ablandándose bajo el agua; pudrirse, arrugarse, guardar si-
lencio, con la lengua contra al paladar o mordida, sí, mejor mordida
y la boca apretada, las palmas de las manos hacia abajo sobre el suelo
de la bañera y los ojos fijos en la grieta del techo. Sin hacer otra cosa
que mirar en la grieta del techo cómo la atraviesan los recuerdos, uno
tras otro, independientes de ella, desbocados a partir del sueño. Y no
detenerlos. Y no salir a la calle. Imitar a los difuntos, calcar su des-
cortesía, su falta de ideales, recuerda que ha traducido noches atrás.
Y pudrirse, tomada por el agua y el pasado. Y morirse en completo
silencio, sin pestañear. Seguro que algún vecino me encuentra, pien-
sa, y avisa a la policía. En este país le tienen miedo al mal olor, repite.

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Tenedor espada, fusil, orden, muerte, piensa Mariana con el agua
ahora un poco más arriba de los hombros. Vos estás en Letras, ¿no?
El general la mira desde el otro lado de la mesa. Con los dedos de la
mano derecha, despelleja un trozo de pan. Hace bolitas de miga y las
aplasta. Sí, contesta Mariana. Mariana mira su imagen reflejada en
la superficie jabonosa del agua. Está en el baño de su casa en París
y también en Cinco Esquinas ocho años atrás y piensa en los con-
trastes, en la ilusión del tiempo y del espacio y en la paradoja de un
rostro doble. Rostro que es máscara; máscara que disimula y vigila
lo horrible. Que no se vea, que no se note, que no se sepa. Como el
rostro calmo y comprensivo del general que, mientras habla, sonríe;
y Mariana especula sobre la disonancia entre esa sonrisa y su dedo,
en la violencia con que el dedo aplastaba la miga de pan. En la mane-
ra en que, a medida que avanzaba en el discurso, el general había ido
levantando la voz, en tanto que la piel de la cara mostraba un tono
rojo subido en la zona de las mejillas y la nariz.
El tenedor, vacío, levita en el aire y teje, al ritmo de la arenga, una
sucesión de imágenes poco suspicaces, profundamente obvias.
Se sumerge aún más. Pero no mete la cabeza. Ya no. Dejará que
la atraviesen las voces de esa noche. Soportará el asco de esa última
cena. ...La guerra que vivimos... ... Aristóteles... Voces; las voces ho-
rrendas del mundo... ¿Conocés a la gente del Centro de Estudiantes?...
Frases en fuga que parecen irse y regresan... poder internacional del
dinero... ...salvar a la patria... ...la ideología de tus profesores... Me pue-
do imaginar... Frases que vuelven en remolino ...solapado... ...el ene-
migo... ...guerra tradicional...., como cuando el agua es sorbida por la
boca de una fístula y la mugre que flota en la superficie la sobrenada
y es lo último en irse ...este país occidental y cristiano... Dejará que
la memoria...eliminar al enemigo... ... marxismo apátrida..., boca de
cañería, sumidero, vomite la mugre para después tragarla...guerra
urbana... ...porque los griegos... ...sinarquía.... falacia... Dejará y hará
posible la incontinencia....enquistado en la sociedad... ...la democra-
cia.......todo muy claro... ¿Qué otra cosa puede hacer más que dejar
que los desperdicios salgan a la luz y se exorcice la podredumbre? ...el
número no tiene nada que ver con la verdad....

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El grupo escuchaba al general sin dejar de mirarlo y asentir con
la cabeza ante cada afirmación. Mastican en silencio. Su padre, por
primera vez, tiene un gesto de sometimiento y respeto en los ojos que
no le ha conocido nunca. Y en eso, Marianita, nos podés ayudar..., oye
que le dice el general. ¿Qué quiere de mí, concretamente, señor? Es ella
la que pregunta ahora. Se sorprende del asco que pone en el tono de
sus palabras. La indignación le sube en oleadas cada vez más tenaces,
violentas. Pero tuvo miedo. Debió haber dicho: Porque si espera que
le sirva de informante, usted se ha equivocado de persona y mi padre
también. Sin embargo sólo atinó a levantarse de la mesa sin pedir
disculpas. Me voy, dijo. Y se sintió torpe. Se me hace tarde, dijo tam-
bién. Al incorporarse, arrastra, hacia atrás la silla que, al caer sobre
la alfombra, rebota amortiguada y ahoga el estrépito. Le lastima el
corazón en la garganta; no alcanza a entender qué le duele más: si la
comprobación de su cobardía o que el padre la haya entregado.
Aún en el agua, Mariana se estremece. Piensa que lo que nos duele
siempre es el mismo punto ciego con otra escenografía; no sirve pre-
venirse. En el momento en que presentís el golpe, como creés saber
por dónde va a venir te cubrís donde no te pegan. Y te pegan siempre
en otra parte, murmura. Y cuando eso pasa, uno queda nuevamente
vejado.
Mariana recogió su saco en el vestidor y, antes de salir, pasó por la
cocina para abrazar a Cata. En ese instante, temió no volver a verla.
El padre la atajó en el palier. Cerró la puerta para que no lo oyeran
desde la sala y la agarró de un brazo. La sacudió y la empujó contra la
pared. Le apretó el cuello. ¡Sos igual de imbécil que tu madre! ¡Siempre
lo supe! ¡Estúpida! Me hiciste quedar como la mierda. Está fuera de sí.
La cara, púrpura. Los ojos azules, inmensos, iracundos. Cuando llega
el ascensor, ella se suelta, abre la puerta con calculada lentitud y antes
de subir pregunta, haciendo un esfuerzo para no llorar: ¿Y Herminia,
papá? ¿Cómo está…? Decíme, ¿soy tu única hija o la mayor? Le tiem-
bla la voz y ansía el aire de la calle.
El hombre la miró con odio y no abrió la boca.
Mariana tirita. El agua se ha enfriado pero si quita el tapón de la ba-
ñera y vuelve a abrir la canilla del agua caliente desperdiciará la sopa

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en la que se está cociendo su pasado y; entonces, intenta disimular la
sensación de ruina que la embarga diciéndose que su vida en París es
buena y que no tiene porqué ni de qué quejarse, que ha construido
mucho y quiere conformarse y ser agradecida y hay tantos otros...
y no sabe por qué se le impone nítida y repentina una frase oída
esa noche en boca del hombre del impermeable verde: “un mundo
mejor”. Hijos de puta, dice, un mundo mejor, casi grita. Caníbales,
susurra. Y patea el fondo de la bañera con el pie derecho. El agua se
elastiza acomodándose en torno de su cuerpo y, amotinada en los
extremos, asoma al borde de la bañera para derramarse sobre las bal-
dosas con un latigazo brusco, repentino.
¿Dónde se suicidó su madre? Sabe que en Cinco Esquinas pero
¿cómo, en cuál de todas las habitaciones, con qué arma? ¿Con quién
estaba? ¿Por qué el padre nunca vendió el piso? ¿Dónde paraba cuan-
do venía del campo a la ciudad? ¿En un hotel del Barrio Norte? ¿Ese
día abrió Cinco Esquinas como fachada ante sus amigos? ¿O lo venía
usando desde antes? ¿Para qué? ¿Qué había en esa habitación que
parecía una oficina? Preguntas que nunca hizo y ahora no puede res-
ponderse.
El vapor del baño se disipa despacio y, cuando no queda en la at-
mósfera más que retazos de bruma amontonada en las mayólicas o
sobre el espejo, Mariana, que ha estado quieta, la cabeza apoyada
contra el borde de loza, los ojos cerrados, las piernas semidobladas,
las rodillas como islas, la espalda en comba pegada al fondo, se levan-
ta y arrastra láminas líquidas que caen hacia atrás y se arremolinan.
Toma el jabón entre las manos, se recuesta con un breve chapaleo y
comienza a deslizarlo por sus brazos. El agua graba en el aire sonidos
fluviales. Se acuerda del río Salado, lamiendo la costa barrosa bajo las
patas de Huasipumgo.
Oye el timbre del teléfono; le da pereza levantarse. Permanece au-
sente mirando las burbujas alrededor de su cuerpo. Tienen la textura
del tiempo, piensa.
Una semana después del episodio de Cinco Esquinas se produjo el
golpe militar y el padre no volvió a llamarla. Sin embargo, a partir de

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entonces, tuvo la impresión que la seguían y se lo contó a Francisco
por medio de un amigo que viajó a París. Una noche, mientras ha-
blaba por teléfono con Germán, un compañero de estudios conoci-
do de ambos, la comunicación se interrumpió varias veces y algunas
voces en la línea le confirmaron que la escuchaban. En abril, estaba
en el bar de la facultad con sus amigos y vio entrar a Raúl, el hombre
del impermeable verde, con un libro bajo el brazo. Buenas tardes.
¿Cómo le va Marianita?, la saludó y se sentó a una mesa frente a la
de ellos. Los ojos oscuros del hombre apuntaron directo a sus ojos.
Mariana no pudo responder. En el momento en que ella se levantaba
para marcharse, Raúl la aplaudió. Mariana pasó a su lado sin mirarlo.
Cuando el aire húmedo de la calle le dio de pleno en la cara se sintió
más segura. Todavía hacía calor y el otoño era un despilfarro de plá-
tanos dorados. Sumergida en el trajín de la Avenida Independencia
caminó varias cuadras antes de tomar un colectivo.
Un jueves del mes de mayo, Mariana supo por Laura que al "Gita-
no" —ése era el apodo de Germán— lo habían levantado en la puerta
del colegio La Salle a la salida de una reunión y lo habían liberado
después de una semana de torturas. Comprendió que no le quedaba
tiempo y decidió contar a sus amigos lo que sabía. Tenés que hablar
con tu padre y decirle lo que pasa. Él no te va a entregar. No puede
ser tan hijo de puta. Mientras hablaba, Laura movía las manos. Las
pulseras de colores tintineaban en su muñeca derecha. Por ahí te con-
sigue un salvoconducto y te rajás afuera. Yo, lo más probable es que
me vuelva a lo de mis viejos, en Trelew. La cosa se está poniendo muy
fea, Mariana, y estos tipos meten a todos en la misma bolsa. Vencé el
orgullo y hablá con él.
Estaba asustada e indecisa. ¿Su padre podría protegerla? Y si estu-
viera en sus manos esa posibilidad, ¿lo haría? Se le ocurrió pensar
que tal vez él habría mandado que la siguieran para asustarla o para
vengarse por el papelón de Cinco Esquinas, pero desechó rápida-
mente la idea. Imposible. Don Ernesto, como le decían los peones
en el campo, era un hombre difícil y vengativo pero no idiota. Sabía
perfectamente que pedir un escarmiento para su sangre le restaba

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respeto y prestigio frente a esos hombres y él quedaba expuesto, mal
parado, obligado a exigir una reparación. Además, había límites que
no cruzaría nunca. No por amor sino simplemente por orgullo. De-
dujo, entonces, más por deseo que por convencimiento, que los suce-
sos de los últimos tiempos no eran otra cosa que un juego particular
de ese Raúl para amedrentarla. Con esta idea en la cabeza, trató de
tranquilizarse. No lo consiguió. Es que la conclusión a la que había
llegado no la calmaba en absoluto, era demasiado precaria e igual-
mente peligrosa. Porque, en realidad, ¿dónde estaba la diferencia?
Que la siguiera gente de los “servicios” en vez de su padre era el mis-
mo peligro, o peor. Si ese tipo actuaba por su cuenta o a cuenta de
otros y a espaldas de Don Ernesto, del que se decía amigo, significaba
que no tenía límites.
Tiene compañías poco convenientes para una señorita de su clase.
Imagínese si se entera su papá. La voz sonó pastosa en el teléfono.
Eran las cuatro de la mañana. ¿Sabe que por ese libro que leía hoy en
el colectivo podemos detenerla? Afuera llovía a cántaros. Del otro lado
de la línea oyó la Zamba de mi esperanza; cantaban Los Chalchale-
ros. Por momentos la música tapaba las palabras del hombre. ¿Quién
habla? Mariana, todavía semidormida, sintió que el terror le crecía
desde los pies. Dígame, continuó la voz, ¿por qué se negó a colaborar?
No todos hacen lo mismo. Iba a contestar cuando oyó el clic.
Habían cortado.
Al día siguiente quemó la agenda, escondió el pasaporte y guardó
algunos teléfonos entre los renglones de Du côtè, Proust le pareció
inofensivo a los ojos de su perseguidor. Se necesita sutileza, pensó.
Tiró a la basura libros y papeles que podían comprometerla y trató de
frecuentar otros lugares. Salió a bailar varias veces a sitios de moda
con chicos de su clase. Tenía miedo, era la quinta vez que encontraba
al hombre del impermeable verde en la esquina de Rodríguez Peña.
Después que oscurecía, las sirenas surcaban la noche sin respiro.
Pensó que antes de hablar con Don Ernesto sería mejor escribirle a
Francisco. Tenía que hacerle saber las últimas noticias. Pero ¿de qué
manera? Con su profesor, casi sin proponérselo, habían inventado
un sistema para comunicarse. Aunque las cartas no iban por correo

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—María, la azafata, era el correo— para evitar comprometer a la mu-
jer se escribían prácticamente en clave: mezclaban las noticias con
citas literarias y le imprimían a los textos un tono poético que rozaba
más lo lírico que el inventario preciso de los hechos. Confiaban en
la escasa sutileza artística de sus perseguidores. Habían aprendido a
leerse entre líneas, a olfatear el peligro en la sintaxis, el miedo en la
puntuación, la urgencia en los sustantivos. Una mañana de domingo,
después de ver cómo se deslizaban hacia el fuego del incinerador las
cartas de Francisco, se sentó a escribirle. No sabía bien cómo le haría
conocer lo apremiante de la situación y su miedo. Iba a lanzar un
pedido de auxilio a kilómetros de distancia. Se preguntó si lo oiría.


Buenos Aires, 14 de junio de 1976
Querido Francisco:

Transcribo aquí el párrafo de una carta que el personaje de mi último


cuento le envía a un amigo. Quiero que lo leas y me contestes a la bre-
vedad qué te parece. Para mi gusto es demasiado lírico, no sé, decime
vos. Ahí va:

"Los domingos son lisonjas amargas y el otoño, un enorme sonajero


amarillo repleto de pájaros. Bajo mi ventana, el agua sigue cayendo
en la alcantarilla asesina de barcos de papel y el hombre impermeable
camina en círculos sobre la vereda de la plaza, como cada mediodía.
"Todo está igual, aunque no tanto. Bajo los techos helados de la
ciudad, la gente cierra en concierto las ventanas sin postigos. Ha em-
pezado a hacer frío y tu pulóver me abriga hasta las rodillas cuando
tomo la merienda a la tarde junto al radiador de la calefacción que
sopla suave.
"Los muchachos de esponja me invitan alguna que otra vez a tomar
una copa en los lugares de moda. Hombres de paja, caminantes llenos
de vinagre sólido y orgullo..., nunca más ciertos que ahora. Nunca tan
soberbios como ahora.

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"Bajo mi ventana, acaban de golpear a un gitano. Tendido en medio
de la calle lo veo sangrar inconsciente. No creo que nadie se anime a
socorrerlo. Los suyos esperarán hasta que oscurezca para llevárselo.
Frente a una masa inmensa de corderos asustados, los lobos petulan-
tes han empezado a mostrar los dientes.
"Amigo, rescátame, aquí la vida se ha vuelto incómoda.
Yo"
PD: Espero ansiosa la respuesta. Podés hacerle las correcciones que se
te ocurran. No quiero abusar de tu confianza, pero me urge la contes-
tación porque tengo interés en mandar el cuento a un concurso literario
que vence a principios del mes que viene en Francia y es muy impor-
tante para mí. Como verás, no hay demasiado tiempo. Un beso.


Mariana.

Después de cerrarla, se conectó con María. Esa noche, la azafata


de Air France volaba a París. La respuesta no se hizo esperar. Su an-
tiguo profesor le ofrecía un modesto trabajo como traductora en la
editorial; y le enviaba un pasaje abierto. Quería que viajara cuanto
antes. Que no lo comentara con nadie. No escribió una sola línea; el
mensaje se lo trasmitió María en un café de Riobamba y Arenales,
una semana después.

Quita el tapón y la boca de la bañera traga el primer sorbo. En suce-


sivos remolinos turbios, el líquido penetra la cañería que, convulsio-
nada, retumba. A medida que se vacía, la loza, infectada de grumos,
exhibe coágulos de baba espumosa.
Se pone de pie y estira la mano para abrir la canilla de la ducha. Un
chorro tibio la recorre desde la cabeza y borra las huellas del jabón.
Derrama champú sobre la palma de la mano derecha y se fricciona
lentamente el pelo.

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Cierra los ojos y deja que el agua empuje hacia abajo la espuma. Las
gotas suenan sobre el piso como aceite hirviendo sobre una sartén
húmeda. Cuando cierra la canilla vuelve a escuchar el teléfono. Des-
nuda, corre hasta el aparato y levanta el tubo.
—No apareciste esta mañana y...
Al otro lado de la línea, una tos y luego, más clara, la voz de Fran-
cisco.
—Pasé una noche terrible. Apenas pude dormir. ¿Estás resfriado?
—Un poco —dice él—. Te estuve llamando. Llegó carta de Argen-
tina. El remitente es de tu niñera; escribe desde La Milagrosa... Si
querés, después de la oficina, paso a buscarte para cenar y te la llevo.
—Te espero —dice Mariana y corta.

Regresa al baño. Tiembla y no sabe si es de frío o por la sorpre-


sa que le produce la carta desde La Milagrosa. Hace tiempo que no
recibe noticias. Las últimas fueron para Navidad; su Cata le envió
una tarjeta en la que, junto con las felicitaciones habituales, venía un
recorte del diario del pueblo donde los vecinos lamentaban la muer-
te de Orestes, el cartero. Después nada. Es que luego de su fuga se
escribió con Catalina casi regularmente, pero más tarde las cartas se
espaciaron y no se explica por qué fueron perdiendo la costumbre de
comunicarse. ¿Quién desertó primero? Cree que ella, aunque ya no
importa.

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Han transcurrido ocho años desde que dejó Argentina. No ha vuel-
to nunca. No pudo. Era imposible volver. Era peligroso, se dice. Y
también tuvo miedo. Sí, claro. Pero ¿y si hubiera sido posible?, sabe
muy bien que no habría vuelto. Lo sabe y también se lo dice. Y otra
cosa sabe ahora, porque lo ha comprobado desde que despertó y no
pudo salir de la casa, que el pasado está ahí, intacto, listo para asal-
tarla. Y que, para no ser tomada por sorpresa, en algún momento
—presiente que éste es el suyo—, debe poner cara hacia ese pasado y,
por fin, mirarlo para que se prenda fuego y sea combustible del futu-
ro. Sabe, además, que la huida le permitió salvarse de la tortura o de
una desaparición forzada; pero hoy ha comprobado algo nuevo: que
lo primero es antes y que no hay fuga posible de lo que uno ha sido y
tampoco de los que han sido con nosotros, y que lo que ella, Mariana,
se negó a revisar, lo que no supo o no quiso o no pudo plantearse para
poder sobrevivir durante estos años, ahora viene a cobrarle su cuota.
El espejo la refleja. En los pómulos, sobre los senos y en la redon-
dez prominente de los hombros la bombita de luz difunde destellos
amarillos y blancos que reverberan de una manera particular, como
si senos, pómulos y hombros fueran su síntesis. Tiembla otra vez y
se descubre empapada; gotas de agua brillan en pequeños fragmen-
tos sobre la piel. Toma la toalla y se la pasa despacio por el cuerpo,
mientras la memoria reconstruye el mediodía en que llegó al pueblo
en tren.

A pesar del pedido de Francisco creyó que no podía marcharse sin


avisarle al padre. La noche anterior había hablado a la estancia por
teléfono. Voy a terminar la facultad en París, papá. Y quiero verte,
había dicho Mariana. ¡Mierda! ¡¿Por qué mentís?! Vos sabés por qué
te vas. Lo sabés muy bien. Su padre, del otro lado de la línea, gritaba.
Mariana dijo que llegaría al día siguiente en el tren de las doce y
Aurelio, el peón viejo y encorvado que le había enseñado a montar,
fue a buscarla en sulky. Era julio y el día, helado. El sol, cubierto por
nubes oscuras, se desparramaba sobre el campo con una luz blanca
de lámpara fluorescente. Cuando puso el pie en el estribo, percibió la

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densa presencia del caballo. Se sacudía, inquieto: la cabeza apenas la-
deada hacia ella, el cuerpo cálido atestado de latidos, de humedades.
Vení, si querés, pero sabés lo que pienso, la voz del padre resonando
en su cabeza. Terminó de trepar y, en el momento en que apoyó el
peso del cuerpo sobre el pescante, el animal se convulsionó breve-
mente pateando el suelo, y exhaló un bufido corto, como un relincho
inacabado que inundó el aire. Todo el aliento a pasto se condensó en
una bocanada de niebla vaporosa. Con un rebenque de tiento largo
y sobado, Aurelio lo azuzó y el carro inició la marcha. El hombre le
prestó el poncho para que se envolviera las piernas. Hacia adelante,
las ancas onduladas del percherón se balanceaban rítmicas y trans-
mitían a los músculos del cuello, en ondas sucesivas, una energía re-
signada, irracional, vitalmente involuntaria. Las crines lacias, apenas
contenidas por las anteojeras, se derramaban flotando al compás del
paso. Te creés que no sé por qué te vas... Con estampidos iguales, el
sonido hueco de los cascos percutía. Cada tanto, el caballo levantaba
la crin vigorosa de la cola y bosteaba, sembrando el camino, hacia
atrás, de remaches inútiles. En el maletero, junto a su bolso de cuero
marrón, la bolsa de las galletas olía a pan recién horneado. Metió la
mano en la arpillera y sacó una. Arrebujada y en silencio, a medida
que el sulky avanzaba al trote por la calle de tierra, fue comiéndola
con avidez y nostalgia.

La mano derecha del padre blandía un tenedor, apuntándola. Vos


no querés terminar la carrera en la Sorbona. ¿Pensás que me chupo el
dedo, que soy idiota? Mi hija, mezclada con esos zurdos de mierda...
¡Y justo a mí! ¡Qué vergüenza! ... igual a ésos... Se había parado y, a
medida que hablaba, se adelantaba hacia ella: la cara roja, los ojos
fuera de las órbitas. Sobre la mesa en el plato semivacío, un trozo de
papa nadaba en el jugo de la carne. Está bien. No me voy por gusto.
Las palabras de Mariana sonaron firmes. Tengo que irme. Tus ami-
guitos me siguen. Corro peligro. Don Ernesto quedó inmóvil a mitad
de camino. El brazo derecho, doblado hacia arriba, coronado por el
tenedor. Parecía un demonio opaco con un tridente diminuto en la

53
mano. ¡Eso no es verdad!, reaccionó. Mis amiguitos, como decís, no
se van a meter con vos. En todo caso se meterán otros. Pero ellos, no.
Mariana no puede creer lo que escucha y le sostiene la mirada en si-
lencio. Ese hombre, el que estuvo cenando en Cinco Esquinas, dice por
fin Mariana en un susurro. El del impermeable verde. Raúl... La frase
se le aguó. Lloraba. La mano del padre soltó el tenedor que rebotó en
el piso. ¿Acera? No puede ser. Ese tipo es mi amigo. Mariana lo mira.
Si ya sé, dice y llora. ¡Pará de llorar, idiota!, gritó el padre. ¡Lo que vos
querés es plata para reunirte con ese profesor de mala muerte que te
llenó la cabeza de ideas rara! Mariana sonríe. ¡¿Ves como sabés?! Yo
nunca te lo nombré a Francisco. Otro te lo nombró... El hombre le dio
la espalda y comenzó a caminar hacia el estudio. ¡Contestáme!, grita
Mariana y lo agarra del brazo. El padre se soltó violentamente. ¡No
me toqués! Y arregláte sola. Imbécil.
Lo vio marcharse dando un portazo. Mariana tiembla. Para no
caerse se aferró al borde de la mesa. Las campanas del antiguo reloj
sonaron dos veces. Por la ventana despojada de cortinas, el campo la-
brado, más allá del parque, penetraba en la habitación con pinceladas
ocres y grises. En la estufa a leña se quemaba despacio un tronco de
quebracho. Bajo la cáscara aún intacta percibió el corazón abrasado
de la madera. Sentía un dolor agudo en la garganta, mezcla de bronca
y desolación. Con el taco de la bota pateó levemente la corteza. Se
cuarteó. Las brasas saltaron inmediatas.
Estaba resuelta a terminar la discusión. Así que, respiró hondo y
caminó hacia el estudio, golpeó la puerta y entró. El padre revisaba
unos papeles. Cuando la oyó levantó la cara. ¡Por favor, papá, ayu-
dáme!, dijo. Sólo te pido algo de dinero, o que hablés con alguien para
que pueda salir del país sin problemas. Por lo que vi en Cinco Esquinas,
conocés gente... Tengo mucho miedo... Don Ernesto sonrió sarcásti-
co. Demasiadas novelas, nena, demasiada literatura. Ninguno de mis
amigos te sigue. Entendélo. Son fantasmas tuyos. No se atreverían. No
me harían una cosa así. Mariana apoyó las manos sobre la mesa, el
cuerpo inclinado hacia él. Intentó una última súplica. ¡Pero, papá...!
El hombre continuó hablando como si no la hubiera escuchado. Ade-
más, eso de salvar al mundo trae estos problemas. Como tu madre.

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¡Qué se le va a hacer!, saliste igual. Pasan el límite, se sienten perse-
guidos, y piden ayuda cuando ya es tarde... Lo miraba y no podía
evitar el llanto. ¿Por qué me odia así?, se preguntó. El padre, ahora,
tecleaba en una máquina calculadora. Con el dedo índice de la mano
izquierda iba siguiendo, para no perderse, renglón por renglón, una
larga lista de cifras. Abstraído, como si ella no estuviera delante, cada
tanto, pulsaba la manija y la máquina se expedía en una cinta plagada
de números que avanzaba sobre el escritorio.
Mariana intentó cambiar de tema. No sabía cómo lograr su aten-
ción. Dijo: ¿Y Catalina, papá? ¿Está de franco? Él contestó sin levan-
tar los ojos de los números: ... no, no vive más acá. Ahora para en el
pueblo, en la casa de su familia. Estaba vieja y se había puesto molesta.
Parecía querer excusarse. Sabés que nunca nos llevamos bien... Siem-
pre defendiéndote a vos y a tu madre... Me tenía harto; además, habla
demasiado... Y vos, ¿hasta cuándo te pensás quedar...?

El pasado, piensa Mariana aún frente al espejo.


Salió del estudio del padre y anduvo por la casa con tristeza; subió
la escalera que llevaba a las habitaciones del primer piso y entró en
su cuarto. Todo estaba silencioso y ordenado. Dejó el bolso sobre la
cama, abrazó el viejo oso azul que desde la cómoda parecía esperarla,
y acarició la foto de la madre. Sonreía. Era verano y posaba bajo la
glicina con un vestido estampado; Mariana le abrazaba la cintura. Se
acercó a la ventana. Cerca de la línea del horizonte, el Salado era una
cinta angustiosa de agua turbia. Miró hacia abajo e intentó rozar con
los ojos, en un ángulo escondido del parque, su paraíso verde. Las
heladas del invierno habían quemado el césped y despojado de hojas
las ramas de los árboles. Sólo los pinos y los eucaliptos permanecían
en el fondo formando una precaria barrera verdosa. El montecito de
cañas nadaba, en medio de la niebla y el frío, olvidado y raquítico.
Le llamó la atención la polvareda que levantaba un Falcon blanco.
Avanzaba a gran velocidad por el camino de entrada que conducía al
casco. Visitas, pensó, aunque le sorprendió la hora: las cinco y me-
dia. Estaba anocheciendo y el cielo era una franja gris acero. El auto
se detuvo frente a la puerta principal. Bajaron cuatro hombres; dos

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llevaban ropa militar, el tercero era el Comisario del pueblo; el cuarto
tenía puesto un impermeable verde. Cuando lo vio, olfateó el peli-
gro y se quedó quieta, oculta detrás de la cortina, apretado el cuerpo
contra la pared e incapaz de ningún movimiento. Le transpiraban las
manos. Oía en las sienes los latidos de su corazón.
No supo cuánto tiempo estuvo así. Trataba de discernir el peligro a
través de los sonidos que subían desde la planta baja; no pudo desci-
frar las palabras que le llegaban amortiguadas. ¿Y si registran la casa?,
pensó. Temblaba. Cuando terminó de oscurecer, no encendió la luz.
Se sentó sobre la cama y apretó con una mano la manija del bolso y
con la otra, la colcha. ¿Qué hacer? Sabía que esos hombres estaban
todavía allí con el padre. ¿Qué querían? ¿Habrían venido a buscarla?
¿La estarían siguiendo o era una simple coincidencia? ¡Señorita, abra
por favor! Unos golpecitos suaves y una voz de mujer sonaron del
otro lado de la puerta. Con miedo, pulsó el picaporte y abrió. En el
umbral estaba Herminia, negra como la oscuridad del cuarto. Dice su
padre que se vaya antes de que sea tarde. La mujer hablaba sin mirarla
a los ojos. Tenía la cabeza inclinada y se observaba, con obstinación,
la punta de las alpargatas. Dice que salga por la escalera de atrás y que
no la oigan. Usted no puede pasar aquí la noche. Tome este sobre, seño-
rita, y apúrese. Hablaba rápido y en voz baja. Ahora, abandonando la
punta de las alpargatas, ojeaba hacia los lados.
Mariana metió el oso, la foto de la madre y el sobre dentro del bol-
so. Cerró la puerta del cuarto y se despidió sin mirarlo. Descalza, con
los calcetines y las botas en la mano para evitar que la suela golpeara
sobre el piso delatándola, caminó en puntas de pie, como cuando era
chica y se escapaba al amanecer hacia el montecito. A la izquierda
del largo pasillo que conducía al baño, una estrecha escalera caracol
desembocaba en la despensa, detrás de la cocina desde donde subía
olor a aceite quemado. Seguro que en el apuro, Herminia se olvidó
la comida en el fuego, pensó, mientras bajaba casi volando. Sus pies
desnudos reconquistaban la memoria del suelo. Atravesó la habita-
ción de cuyo techo pendían, esperando su punto, jamones y chorizos,
ristras de ajo y se llevó consigo el tufo a factura recién embutida, a
salmuera, a pimienta. Por la puerta que conducía al lavadero salió a
la intemperie.

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El aire frío de la noche le dio en el pecho. Su corazón cabalgaba en-
loquecido y temió que la oyeran. Dos hombres fumaban en la puerta
de la cocina, a unos metros de donde estaba ella. Ni a sus amigos el
viejo los deja fumar adentro, pensó. Hablaban muy quedo y, cada
tanto, reían a carcajadas. Vio nítidas las brasas de sus cigarrillos. Me-
tió rápidamente las botas en el bolso y esperó a que terminaran de
fumar. La brisa helada le acercaba ráfagas inconexas de conversación.
Si el tipo no afloja..., dijo uno,... el jefe se puso loco, dijo el otro. Cuan-
do unos instantes después los dos hombres entraron, Mariana corrió
en dirección al montecito de cañas. Sabía que allí estaría segura por
un rato. Como en una carrera de postas rodeó la casa; amparada por
las ramas de unos tilos añosos llegó a la glorieta y, caminando encor-
vada entre matorrales de duraznos de jardín y grateaux, desembocó
en el cañaveral. Con las manos abrió un hueco para llegar al centro
y se sentó a descansar. Estaba extenuada. Respiraba con dificultad,
tiritaba; tenía los pies húmedos y lastimados. Aterida, sacó las botas y
las medias del bolso y se calzó. Por lo menos acá estoy más segura que
antes, dijo. Y, siguiendo un repentino impulso, se puso de pie y ca-
minó hasta el palomar; la antigua construcción de ladrillos estaba en
sombras, miró hacia arriba y vio que ya casi era de noche. En cuanto
entró, una lechuza salió espantada. A pesar del frío, Mariana recobró
el recuerdo de viejos veranos. Le castañeteaban los dientes. Encendió
un fósforo e intentó dar, en medio de la penumbra, con la saliente
bajo la cual escondía, en otro tiempo, las cartas de su tío Emilio y el
libro de Proust. Levantó el pedazo de revoque suelto. Algunas arañas
diminutas subieron por sus dedos. Sacudió la mano para espantarlas
y cuatro o cinco piedritas cayeron al piso. Un alboroto seco se perdió
en el campo. Se sacó el anillo de plata con su inicial y lo depositó en
el hueco: Voy a volver, dijo. Cuando terminó de cubrirlo, levantó los
ojos. A través de los travesaños podridos, el cielo oscuro se abría en
el borde del edificio como en el brocal de un pozo invertido.
¿Quién anda ahí?, la voz de un hombre la sobresaltó. Se pegó contra
la pared. ¡Conteste o disparo!, repitió la voz. ¡No seas boludo, Sánchez,
aquí no hay nadie!, dijo otra voz. Por ahí fue un animal o una rama.
Qué sé yo. Vámonos de acá, que hace un frío de cagarse y no me quiero

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perder la cena. La negra zorra ésa que está con el viejo cocina como
los dioses. Y seguro que coge como los dioses, retrucó la primera voz.
Los hombres se alejaron riendo y ella esperó hasta que dejó de oírlos.
Salió del palomar y se asomó para asegurarse de que no le hubie-
ran tendido una trampa. Cuando vio sus espaldas entrar al cono de
luz del patio trasero de la casa, atravesó el montecito en dirección
contraria y, al llegar al límite del cañaveral, supo que le quedaba el
tramo más difícil: cruzar el resto del parque. Casi trescientos metros
de pasto ralo con grupos de árboles aislados. Las despatarradas raíces
de un ombú semejaban, bajo la escasa luz, una garra hincada en la
tierra. Ese árbol sería su primera etapa. Antes de lanzarse a la carrera
se detuvo un instante frente a la ermita: Ayudáme, invocó, y comenzó
a correr.
En cuanto llegó, protegida por las raíces del ombú, esperó unos ins-
tantes hasta recuperar el aliento y asegurarse de que nadie hubiese
notado su recorrido. Desde el patio de un rancho venía el ladrido de
un perro, metálico contra el aire helado. Mugidos. Algún balido...
Ganas de ser rebaño. Nadie, murmuró. Y más segura, se lanzó otra
vez a la carrera. Su meta ahora era el robledal, que a unos cien metros
lindaba con la casa del puestero. Que el perro de don Aurelio no me
desconozca, rogó.
Llegó jadeante y se apoyó a descansar unos segundos contra un
tronco. Entonces, vio a Titán parado frente a ella. Negro, las fauces
abiertas, las patas en posición de salto, la cola tiesa. El viejo animal
conservaba aún la ferocidad del guardián que había sido. Un hilo de
baba le corría mandíbula abajo, mientras su garganta trepidaba con
un ronquido tenue y amenazante. ¡Titán!, susurró, Titancito, perro
bonito. Soy yo, Mariana. El animal comenzó a mover la cola y a aflo-
jar las patas. Se acercó para olerla, lamerle las manos y la cara mien-
tras gruñía mimoso. Mariana lo dejó hacer agradecida.
Se despidió del perro besándole el hocico húmedo y avanzó. El piso
estaba cubierto por ramas y hojas secas que crujían bajo sus pies.
Caminó con cuidado.
Una avenida de casuarinas se abría hacia la izquierda y desembo-
caba detrás de los galpones, en donde se guardaban las máquinas

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y los aperos. El aire era frío. Muy frío. De tanto en tanto, Mariana
giraba la cabeza para mirar hacia el casco que iba quedando cada vez
más lejos. Cuando acabó de atravesar el bulevar saltó un alambrado
y, por fin, salió al campo abierto. Le molestaba la correa del bolso so-
bre el hombro derecho y lo pasó al izquierdo, entonces se dio vuelta
y, escondida tras uno de los eucaliptos centenarios que protegían el
parque, miró hacia la casa por última vez. La luna estaba saliendo
entre las nubes. Lejos, bajo su luz, la silueta plateada de La Milagrosa
respiraba envuelta en la bruma. Comprobó que no podía parar de
temblar y que un grito le nacía de muy adentro. Lo ahogó con furia
y lloró acurrucada contra el árbol. Luego, tambaleante aún, dio la
espalda a la visión, y marchó largo rato sin volver la cabeza.
Cortó campo entre los surcos de tierra sembrada.
El trigo está brotando, se dijo. Cuando alcanzó la calle comenzó a
caminar hacia el pueblo que a lo lejos titilaba, abrigado y ajeno.

Todavía está en el baño, frente al espejo. Algún día voy a entrar al


dormitorio de Cinco Esquinas, allí donde mis padres me concibie-
ron, piensa. Sí. Voy a entrar al dormitorio de Cinco Esquinas. Ahí
donde mis padres tuvieron ilusiones. Y abriré todos los cajones, y to-
caré objetos, y tiraré papeles, y estaré más sola que ahora. Perseguiré
entre las telas lo que no me dejaron ver. La raíz del odio. La raíz de la
decepción. Las esperanzas de mi madre. Las esperanzas de mi padre.
La esperanza de mi padre y de mi madre. Lo que desearon para mí
y no les cumplí. La esperanza de mis abuelos y la que ellos tampoco
cumplieron con sus padres. Porque aún muertos, o viejos, los padres
siguen obrando en los hijos y al hijo no le queda otra cosa que mentir
y escapar o esconderse. Haga lo que haga, nunca voy a sentirme a la
altura. Cuando entre al dormitorio de Cinco Esquinas voy a revisar
todas las deudas. Y veré a mi padre como hijo y a mi madre como
hija y a mis abuelos como hijos y revisaré sus deudas. Quiero entrar
a ese dormitorio para violar secretos y quemar todo y por fin ser, sin
expectativas. Irresponsablemente.
Sigue desnuda frente al espejo. Aterida, sabiendo que acaba de pa-
rafrasear lo que recuerda de un texto de Angélica Liddell que ha tra-

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ducido hace unos días, y bendice a la literatura que le acaba de poner
palabras a su decisión.

Golpeó dos veces el llamador contra la puerta de madera. Escuchó


pasos del otro lado y a alguien que preguntaba quién es con voz de
sueño. Eran las once de la noche. Soy yo, Cata, tu nena, dijo. Por un
momento temió no ser bien recibida. En cuanto se abrió la puerta y
vio la silueta de Catalina recortada en el umbral, Mariana se abrazó a
ella. No podía parar de temblar. Estuvieron así largo rato en la galería
hasta que el frío las obligó a entrar; en la cocina económica todavía
ardían unas brasas. Catalina le sirvió un tazón de sopa y cortó so-
bre una tabla chorizo seco, queso y pan. Mariana bebió unos sorbos
de sopa, mordisqueó el queso y empujó la tabla hacia el centro de
la mesa. No tengo hambre. Gracias. Y comenzó a contar. No podés
quedarte acá, Marianita, dijo Cata. Hablaban en voz baja. ¿Por qué?
—Mariana temblaba—. Aguantáme hasta que vea qué puedo hacer.
Hasta mañana... Paso la noche y me voy —dijo. No, mi vida. Cata le
acariciaba el pelo. No podés. Tu padre anda en algo pesado. Los mi-
licos van y vienen a la estancia y, en el pueblo, todos se hacen los que
no ven, pero en confianza cuentan cosas. Feas. Muy feas. ¿Qué cosas?,
preguntó Mariana. Que al sobrino del Aurelio, el Pablo, el que novió
con vos… Tu padre lo hizo entrar al Colegio Militar y ahora lo tiene de
mano derecha. Y la Olinda cree que le lavó la cabeza al pibe. Dice que
está irreconocible. Prepotente. Es otro. Tan suavecito que parecía. Y el
Comisario está culo y calzón con tu viejo. Así que si nos es por una cosa
será por otra pero acá corrés peligro….. Catalina dijo, además, que
Orestes cuando fue a dejar la correspondencia una mañana vio que
bajaban a cuatro muchachos y a una chica de atrás de una camioneta,
contó el Orestes que los bajaban. A los empujones. Y no eran de acá.
No eran. No. Jovencitos dijo que eran y que él no los conocía y que los
apuntaban y que él por si acaso se escondió. No se hizo ver. Que no sabe
por qué lo hizo, pero que pegó media vuelta y volvió más tarde a dejar
las cartas. Cata también dijo que no sabía pero que si Don Ernesto te
pidió que te fueras, es porque ni él puede sacarte de ésta. Y dijo que en

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una de ésas lo de hoy fue una casualidad, o no, y te andan buscando, y
si es así, si esos tipos no te encuentran en La Milagrosa, seguro que van
a venir para acá. Y dijo para terminar: Eso es lo más probable.
Mariana está aterrada. No puede sacarse el frío. Ni siquiera en casa
de Catalina está a salvo. Se acercó a la cocina económica para calen-
tarse. Pero, ¿a dónde voy, Cata? ¿A dónde me escondo? ¿Cómo salgo de
acá? Decíme. Me van a ver..., lloraba. Pará, calmáte. Catalina la tenía
tomada por los hombros. La sacudía. Esta noche no van a venir, si es
que vienen... A lo mejor es el miedo el me hace pensar mal..., pero más
vale ser precavido, dicen. Hay que pensar en todo... Mirá, hoy a la ma-
drugada pasa mi hermano Ezequiel por la estación. ¿Quién? Mariana
no recordaba al hermano de Catalina. Ezequiel, mi hermano. El más
chico. ¿No te acordás? El que trabaja en el ferrocarril. El maquinista...
Mariana negó con la cabeza. Bueno, no importa. Esta noche a la ma-
drugada pasa en un tren de carga que viene de Bahía Blanca y va para
Constitución. Catalina ahora se ha alejado de Mariana y está sentada
en la cabecera de la mesa; habla en voz baja y no la mira, como si para
concentrarse en lo que piensa necesitara mirar hacia adentro o hacia
abajo, hacia la servilleta que dobla y desdobla. Como el tren se queda
en el pueblo una hora a cargar animales, Ezequiel siempre se viene para
casa a tomarse unos mates y a charlar. Yo le explico. No te preocupés. Él
va a entender. Si está metido en el gremio hasta las orejas; seguro que
te esconde en un vagón de hacienda o en la locomotora. Después, ya
en Buenos Aires, va a ser más fácil, ahí tenés amigos... Catalina —que
ahora se ha puesto de pie— tenía entre las suyas las manos de Maria-
na. Entonces ella, Mariana, dijo: No, Cata, no voy a volver al departa-
mento de Rodríguez Peña ni me pienso comunicar con nadie. Es mejor
así. Tengo un mal presentimiento. En el bolso traigo lo que preciso para
el viaje: el pasaje que me mandó Francisco, el pasaporte y algo de ropa.
Dijo también que tenía un vuelo mañana y que ya había averiguado.
Y que además, parece que mi padre debe haberse dado cuenta de que
mi situación es difícil, porque me entregó con Herminia unos dólares
en este sobre. Quedáte tranquila, y se lo mostró. Así que si logro llegar
a la Capital sana y salva, me voy mañana mismo. El asunto va a ser
pasar la Aduana.

61
La memoria: oleaje. Resaca. Por la claraboya del baño la luz ape-
nas se transluce. Está oscureciendo. Regresa a su cuarto y enciende
una lámpara. Sonríe al recordar el nombre: Ezequiel, el hermano de
Catalina. No recuerda sus rasgos. Ezequiel en esa madrugada casi
llegando a Buenos Aires la sacudió suave, se había quedado dormida
sentada en la banqueta del maquinista. El hombre conducía de pie
la locomotora. Estaban por entrar en la estación Ezeiza que desde el
sueño parecía inocente, amparada por las primeras luces del amane-
cer. A los lados de las vías, espesos bancos de niebla flotaban sobre
los pajonales para rasgarse, cada tanto, y dejar al descubierto gru-
pos de casas, algunas calles, faroles vacilantes del alumbrado público.
Despertáte, Mariana. Sacate la ropa de gaucho y vestite. Si te bajás
ahora vas a estar más segura que en Constitución. Estamos a unos
kilómetros nomás de Buenos Aires. El aeropuerto queda cerca. Esperá
a que afloje la velocidad, vos saltá que yo te tiro el bolso. Cruzá las vías
y pasá el alambrado. Agarrá la calle y no entrés en la estación. Vos,
caminá tranquila hasta la avenida como si fueras una laburante que se
levantó temprano para ir al trabajo. ¿Me entendés? En cuanto veas un
colectivo que vaya para el aeropuerto, te lo tomás. Tiene que decir: “Ae-
ropuerto”. Si no, no subas que te vas para otro lado. Una vez que estés
ahí va a ser más fácil. Tené. Sacó un espejito de bolsillo de un boti-
quín de primeros auxilios. Peintate para que no se te note la mala no-
che. Cuando llegués, subí a la confitería y pedí hablar con Ibáñez. Dale
esta nota. Después hacéla desaparecer. Él es un compañero del gremio.
Te va a ayudar a pasar sin problemas los controles. Ya sacó a unos
cuantos. Andá piola, no te mostrés asustada: vos no sos un pez gordo.
¿Entendiste? Es difícil que la policía aeronáutica te tenga fichada. Estos
tipos son unos hijos de puta, pero no muy organizados. De espaldas a
Ezequiel, Mariana se cambió de ropa y se peinó. En un rincón de la
cabina quedó la bombacha de campo, las alpargatas y la boina con
la que se había disfrazado. Cuando estuvo lista, Ezequiel aminoró
la marcha y se dieron un abrazo. No tengas miedo, paso a paso, paso
a paso. Mariana le dijo que no le daba miedo el salto, le daba miedo
el después. Ezequiel le palmeó la espalda y la besó en la frente. ¡Cui-

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dáte!, gritó en el momento en que Mariana saltaba. Cayó, apoyando
las manos, sobre el canto rodado de una vía paralela y se raspó las
palmas. Se levantó y buscó el bolso que había caído unos metros más
adelante y hacía equilibrio sobre un riel. Se acordó de las veces en las
que se acostaba sobre los durmientes del puente del Salado, mientras
esperaba el tren de las ocho de la mañana. Buena experiencia, pensó.
Atravesó un trecho de vías y yuyales hasta el alambrado, resbalándo-
se y mojándose las botas con la escarcha que empezaba a levantarse.
Antes de cruzar hacia la calle, se colgó el bolso al hombro y miró la
larga lombriz de acero que se alejaba zigzagueando rumbo a la Ca-
pital. Más acá, bajo la luz difusa del amanecer, la estación Ezeiza era
una maqueta inofensiva.

63
Se seca el pelo frente al espejo de la cómoda. La medialuna le de-
vuelve su copia exacta, no la imagen que tiene de sí sino lo indiscu-
tible: esos rasgos, ese gesto antiguo, esas arrugas del entrecejo, ese
mismo cabello largo, grueso, mojado, castaño, esa mirada verde he-
redada de la madre. Ahí está su síntesis calcada en el cristal. Se viste
y a las ocho en punto, cuando suena el timbre, está lista.
—Tomá la carta —dice Francisco después de saludarla con un beso.
Mariana se la guarda en un bolsillo del impermeable. Ha dejado de
llover pero el empedrado está húmedo.
—Caminemos —contesta, y lo toma del brazo.
Avanzan por la rue des Belles Feuilles hacia la Plaza de México. Por
encima de los faroles de la calle, sobre los techos de pizarra, algunas
estrellas. Cruzan la Avenida Víctor Hugo. Francisco con las manos
en los bolsillos del abrigo escucha el relato fragmentado que Mariana
le hace del sueño de la noche anterior. En la esquina de la rue Long-
champs entran en un pequeño restaurante. Muy cerca de la puerta,
un grupo de españoles jóvenes hablan en voz alta, sacan fotos.
Se sientan a una mesa apartada, lejos del entusiasmo de los turistas.
—Leé tranquila —dice Francisco—. Yo, mientras, miro el menú.

La Milagrosa, 31 de octubre de 1984


Marianita:
Queridita mía seguro que te caés de espaldas cuando te enteres que la
que te escribo soy yo después de tanto tiempo y encima de que te escribo

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de La Milagrosa. Otra vez la mula al trigo pero pasaron un montón de
cosas que ahora te voy a contar. En todas las cartas te pongo lo mismo
perdonáme lo mal que escribo pero yo muy leída no soy. Resulta que en
julio murió la Herminia, ella como ya sabés todos estos años estaba acá
en la casa como sirvienta sirviendo a tu papá, además de las otras que
había pero ella las comandaba. Después que la enterraron su hija Mer-
cedes se quedó en su lugar pero la pobre está embarazada de seis meses
y ya poco puede hacer. Encima Don Ernesto se enfermó grave. Entonces
el Aurelio y la Olinda su mujer me pidieron que me viniera para acá
porque las otras dos mucamas en cuanto tu viejo se enfermó ellas se to-
maron la polka del espiante y no le vimos más el pelo y entonces resulta
que estoy desde hace más o menos un mes en la estancia ayudando en
todo porque está muy enfermo y lo peor es que estoy vieja y la verdad es
que me canso mucho y la misma Mercedes vino a buscarme una noche
de setiembre para avisarme que se había descompuesto. Allí me fui con
ella para La Milagrosa y la verdad es que de milagro lo encontramos
vivo. Estaba tirado en la pieza al lado de la cama y con la cabeza llena
de sangre, fue impresionante y por suerte que hay un médico nuevo en
el pueblo desde el año pasado y entonces lo llamamos, Patricio se llama
y vino enseguidita y lo revisó y entonces dijo que tenía una hemiplejia
y que lo teníamos que internar. Yo ya sabés como soy con la memoria
que me acuerdo de todo y me acordé del doctor de Buenos Aires y lo
llevamos para la Capital en la ambulancia del pueblo.
Te quise avisar pero tu papá me lo prohibió, viste lo testarudo que
es y me dijo que de ninguna manera. Hace una semana volvimos al
campo. Don Ernesto está muy enfermo, Marianita. Tiene medio cuerpo
que no lo puede mover, está casi ciego y hay que hacerle todas las ne-
cesidades, encima se le paralizó un poco la cara y tiene la boca torcida
pero entiende todo el tipo. Por suerte habla que como dijo el especialista
de la Capital parece que el ataque le respetó la palabra y por lo menos
lo podemos entender. El doctor Patricio dice que el ataque le dio por
algún disgusto y yo le creo porque disgustos tuvo unos cuantos que son
largos de contar pero yo creo además que reventó de malo no más de no
querer a nadie aunque a veces cuando lo veo ahí postrado me da una
lástima. Creo que no se va a reponer más.

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Él seguro que no me va a perdonar nunca que te pida que vengas. Lo
que pasa es que yo estoy demasiado vieja para cuidarlo. Vos a Mercedes
no la conocés, es buena chica pero está encinta y poco puede hacer y no
es cuestión que para antes de tiempo.
Mariana sos el único familiar directo que se puede ocupar de él por-
que sabés bien que tus tíos hace tiempo que se hicieron humo por culpa
del carácter y ciertas cositas que algún día te contaré de Don Ernesto
que tendrás que saber aunque no quieras porque no te gustan. Además
sus amigotes se borraron todos porque se dice que ahora los quieren
juzgar y cayeron en desgracia y se andan escondiendo. Hace unos me-
ses atrás anduvo uno por acá que era de temer pero no sé qué pasó que
desapareció de la noche a la mañana seguro que se habrá mandado al-
guna macana. Ése fue el último que vimos así que tu padre tanto tanto
y se quedó solo como loco malo.
Ahora no vas a tener problemas para entrar a la Argentina porque
como estamos en democracia, y por lo que dicen en la televisión mu-
chos que se tuvieron que ir como vos ya están pegando la vuelta.
Yo sé que te va a costar, que no vas a querer saber nada pero hacélo
por mí que estoy muy vieja y cansada y a pesar de todo lo que te hizo
pasar el desgraciado ése, él es tu padre. Venite pronto. Además tengo
una ilusión bárbara de verte.
Un beso para mi nena. No veo la hora de abrazarte fuerte, fuerte.
Catalina

P.D: Perdoná la letra y lo mal que escribo. Lo que yo te quiero decir es


que te tenés que venir cuanto antes. La ortografía me la corrige Marta
Puricelli, la maestra. Yo estoy al lado y controlo muy bien que no me
tache nada.
Ella dice que no me explico bien pero yo sé que con mi quinto grado
y todo, vos siempre me entendés.
Igual Martita te manda saludos.
¡Ah! te envío la carta a la oficina porque perdí tu dirección.
Más besos.
Tu Cata.

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Han terminado de comer, una sopa de puerros y un plato de pescado
y verduras, y Mariana no habla.
—¿Qué te parece si caminamos? —Propone Francisco.
Deambulan por la Avenida D' Eylau hacia la Plaza del Trocadero
conversando sobre proyectos de trabajo: la enciclopedia que están tra-
duciendo juntos, la exitosa edición de un libro chileno de poemas que
Mariana tradujo hace algo más de dos meses y que ya ha vendido casi
mil ejemplares. Tácitamente, pasan por encima cualquier alusión al
presente. Mariana sabe que Francisco intuye que Mariana no quiere
hablar de la carta que acaba de leer en el restaurante y por eso no
pregunta. Mariana sabe, también, que Francisco sabe que tarde o tem-
prano ella sacará el tema. Que siempre ha sido así desde que llegó a Pa-
rís: hablar poco sobre lo que dejó para no lastimar, para que Mariana
no sufra. Porque cuando tiene ganas, Mariana cuenta. Con el tiempo,
Francisco ha ido armando el rompecabezas de sus desamores fami-
liares. Además, se ha resignado, hace mucho, a ser sólo el amigo in-
condicional. Mariana tiene claro que hubo una época en la que estuvo
perdidamente enamorado de ella. No te ilusiones conmigo, Francisco.
Cuando, en Buenos Aires, me pediste que desocupara tu departamento,
por primera vez sentí que me acercaba a la vida de un hombre. Pero,
no. Ahora sólo quiero tu amistad. Más, no. No puedo. Y se calló otras
cosas que sintió por él y que esta tarde ha empezado a decirse a partir
del sueño; y se las calló porque por entonces no podía mirarse a la
cara. Prefirió decirle que creía que no, que no era posible y ocultó todo
lo que el Francisco ausente le había despertado en Buenos Aires. Eso
fue en los primeros tiempos; recién había llegado a París y se sentía
desorientada, fuera de lugar. Francisco se había transformado en su
compañero permanente; trabajaban en la misma editorial, iban a con-
ciertos, al cine, a los cafés. Él le presentó a sus amigos: franceses algu-
nos pocos, la mayoría latinoamericanos, exiliados como ellos. Hasta
que pudo alquilar el apartamento donde vive ahora, en la rue Appert,
número 16: una buhardilla que decoró con muebles prestados y buen
gusto, Francisco la alojó en su casa.
Una tarde, Mariana no daba con la palabra exacta en una traducción
y golpeó la puerta de su cuarto para pedirle consejo. Francisco estaba

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leyendo tirado en la cama y la invitó a sentarse mientras él buscaba
en un diccionario de sinónimos. Ella permaneció de pie. Vení, le dijo.
Tiráte acá, conmigo. Vas a estar más cómoda. Mariana obedeció y se
acostó a su lado. Se miraron un rato largo. Me gusta estar así con vos,
le dijo él y la besó en la boca. Mariana le devolvió el beso, le transpira-
ban las manos. Pero cuando Francisco comenzó a acariciarle el pelo y
después las piernas, Mariana se levantó de un salto y volvió a quedar
de pie junto a la cama, temblando. No puedo, dijo.
Francisco no volvió a tocarla. No de ese modo. No supo cómo llegar
a ella. Dos años después se casó con Julia, una chilena que le dio una
hija y que lo abandonó una tarde de principios de abril sin darle de-
masiadas explicaciones, llevándose a la niña; ahora vivía en Londres
con un editor discográfico bastante exitoso. Él, todas las Navidades,
cruzaba el Canal de la Mancha cargado de regalos y culpas.

Caminan hacia el río por entre los jardines y se sientan en las esca-
linatas, mirando pasar los barcos para turistas. En el fondo, la Torre
Eiffel, pegada en la noche.
—¿Te acordás de la horrible aguja con su ojo nocturno por donde
corre el hilo del Sena? —dice Mariana.
—Sí. ¿Qué? ¿Malas noticias o querés hablar de Cortázar?
Francisco le revuelve el pelo y, rodeándola con su brazo izquierdo, la
atrae hacia sí. Mariana apoya la cabeza en su hombro.
—No sé qué me gusta más —dice y mira con obstinación la ciudad
iluminada —, si la imagen poética o la realidad. No quiero tener que
abandonar todo esto ahora. Este paisaje es más mío que el de La Mi-
lagrosa.
—Es la carta, ¿no?
—Sí. Me duele el estómago.
—¿Qué te dice Catalina?
—Que quiere que vuelva.
—¿Cómo que quiere que vuelvas?
Saca un paquete de Gauloises del bolsillo del abrigo, enciende uno y
se lo pasa a Mariana. Expulsado, el humo sale de su boca y permanece
flotando.

69
—Me dice que sí, que vuelva porque el viejo está grave. No. No lo
puedo creer, que vuelva a La Milagrosa porque él está... Resulta que
se cayó. En realidad le dio un ataque de hemiplejia y se cayó y está
postrado y quién se va a querer hacer cargo de semejante personaje.
—Y entonces...
—Y entonces nada, que quiere... Bueno, en realidad me pide que
viaje para cuidarlo. ¿Te das cuenta? Resulta que ahora... Pero si tiene
plata, que ponga una enfermera.

Todos estos años ha rechazado la idea de volver. Volver es volver a


huir, se dice. Últimamente, con la noticia de la apertura del país a la
democracia y, sobre todo, cuando se entera de que muchos de los ar-
gentinos que conoce en París hacen planes para regresar, se mantiene
callada y expectante. Sólo a sus amigos más íntimos les ha confesado
que le parece fantástico que vuelvan pero ella... pero yo, así les dice,
¿para qué voy a volver? Regresar sin tener a nadie que te espere no
tiene sentido, duele... les dice y los mira fijo para convencerlos, para
convencerse, para levantar una frontera, una barrera que le impida el
paso, que la justifique. A mí me expulsó mi padre. Mi padre me exilió.
No me dio paz. ¿Qué me une a mi familia? ¿A qué familia regreso? Y
ahora que comprende que el momento ha llegado también para ella
—por otros motivos, claro, — se siente forzada y confusa. ¿Quién dijo
que debemos amar a los padres?
Después de ocho años, esta carta... Advierte que el sueño de la no-
che anterior ha sido un aviso que Catalina acaba de confirmar. Pero
¿y el bebé negro? La imagen de ese chico, desnudo, que su madre le
pone en brazos, da vueltas en su cabeza.

Durante las semanas siguientes se debate entre el deseo y el miedo.


Los recuerdos, en aluvión, la asaltan a toda hora. Puede oler la con-
goja, vieja pero intacta. Finalmente, la voz de Cata en el teléfono una
madrugada a las dos de la mañana: Acá son las once de la noche, allá
¿qué hora es?, la ayuda a decidirse.
Francisco la despide dos noches antes de su partida, veinte días
después de haber recibido la noticia de la enfermedad del padre. Ma-

70
riana le suplica que no la acompañe al aeropuerto. Prefiere marcharse
sola. Despedidas, no. Así me hago la ilusión de que va a ser rápido. En
cuanto ordene todo por allá vuelvo, dice y lo toma cariñosamente por
las solapas del sobretodo.
Ni siquiera levanta su casa de la rue Appert 16.

En cuanto el avión levanta vuelo, desde la ventanilla, mira deteni-


damente la ciudad donde vivió durante ocho años y vuela hacia atrás.
Espere tranquila, señorita Mariana. Tómese un café con leche y media-
lunas, mientras yo le hago los trámites. Era Ibáñez. Era la confitería de
Ezeiza a las siete de la mañana. La había visto llegar tan asustada e
indefensa, con esa nota escrita por el hermano de Catalina, que trató
de tranquilizarla. No va a haber problemas, se lo aseguro. Además, si
algo sale mal Ezequiel me mata; le debo más favores a ese loco...
Mientras tomaba su café, observó la confitería semidesierta: algu-
nos pasajeros, familiares que venían a despedir a familiares. ¿Cuán-
tos estarán esperando que un Ibáñez les haga los trámites?, pensó.

"Menos mal que la azafata me dió todas las explicaciones porque


cuando te fuistes yo pensé que no iba a saber más de vos, le decía Ca-
talina en su primera carta. Sin la corrección de Marta Puricelli, era
Cata en estado puro. Te tengo que escribir a nombre de otro… Es un lío
eso… ¿allá también te pueden perseguir?”

“Por suerte no volviste a Rodríguez Peña, Marianita, le comentaba


en otra carta. Resulta que viajé con Don Ernesto a Buenos Aires des-
pués que te fuistes a Francia porque él quiso que me ocupara de leban-
tar las cosas del departamento y que le pagara la cuenta al portero para
no alquilar de gusto. Me quería morir cuando abrí la puerta, semejante
desastre me encontré. Habían entrado y estaba todo roto y tirado y se
robaron unas cuantas cosas. Te salvé algunas cositas nomás son unos
salbages. Está todo muy bravo por acá, no te imaginás. Cualquier can-
tidad se van y de otros ni noticias. Los padres desesperados. Ezequiel
me dijo que me deje de macanas y que no te escriba cosas que me pue-
dan comprometer pero yo pienso a quién le va a importar esta vieja".

71
"Me lo encontré a tu padre en la beterinaria del pueblo y no quie-
re saber nada con escribir te. Otra vez Catalina. Otra vez otra carta
plagada de errores ortográficos y de verdades. Dice que el no tiene
hija y que se yo y que ya bastante te ayudó para que te fueras. Es muy
testarudo el pobre pero a mí me parece que se pone mal cada vez que
alguien habla de vos. ".

“La Herminia es una mujer valiente aunque no te guste. Hace cosas


por la gente que llevan a la estancia a espaldas de tu padre que ni te
cuento. En el pueblo algo se comenta de lo que hace don Ernesto pero
nadie se le anima, acá acemos como si no pasara nada. Yo lo que se
te lo contaría pero mejor no me meto… Algún día cuando esto acabe
vamos a charlar largo y tendido”

Cuando anuncian que en veinte minutos aterrizarán en el Aero-


puerto de Ezeiza siente ganas de vomitar. Mira por la ventanilla y
ve el delta y el río marrón, tan ancho, tan sin orillas. Y después los
suburbios extendidos, paulatinos sobre la pampa y, lentamente, la
ciudad que la ha expulsado. Buenos Aires, dice en voz baja y repite su
nombre varias veces como si rezara. Intenta identificar lugares y cree
que le han cambiado el mapa; sólo el cielo y el color del aire tienen
la misma textura conocida. Se moja los labios con el jugo de naranja
que descansa en el vaso y entrega a la azafata la bandeja con las so-
bras del desayuno. Cuando se abrocha el cinturón de seguridad, le
arde el estómago.

No avisó ni la hora ni el día de su llegada, por eso no la espera


nadie. Le dijo a Cata por teléfono: Voy, quedáte tranquila. Pronto. En
unos días estoy por allá. No te preocupés. Nada más. Quiso llegar sola
como se había ido.
Sale al fresco de la mañana y, antes de tomar un taxi, redescubre pa-
labras familiares en los gritos de los changarines y en las discusiones
de los remiseros. Mejor que no vino nadie. El aeropuerto ha cambia-
do tanto. En el 78 se ocuparon de lavarle la cara a la puerta de entrada
al país, piensa. Escucha que alguien dice: "...son unos chantas".

72
A medida que el auto recorre la General Paz, se sorprende ante la
lujuria de los palos borrachos, el verdor de los cipreses, la tromba de
los colectivos al llegar a Liniers, el smog y la queja de bandoneón del
taxista. Buenos Aires está en pie a pesar de los cadáveres. En la radio
Rivadavia: “al servicio de la verdad", la voz del locutor cacarea una
orgullosa parafernalia de palabras nacionales. Buenos Aires, de es-
paldas al mundo, ombligo y pubis. Siente un sobresalto antiguo, pero
las lágrimas exorcizan el miedo.

Se aloja en un hotel de Callao y Santa Fe. Está decidida a pasar unos


días en la Capital para acostumbrarse al reencuentro. Antes de viajar
hacia la Milagrosa quiere recorrer su barrio y dar con algunos amigos
de los que no tiene noticias desde hace ocho años. Se trajo la edición
de la novela de Proust, con números telefónicos entre los renglones,
la que viajó con ella a París junto con el oso azul y la foto de la madre.
No consigue dejar la habitación hasta las cuatro de la tarde. Está
aterrorizada, sabe que es absurdo, que ya pasó todo pero el cuerpo
no le responde. Cuando lo logra sale a caminar por la avenida Santa
Fe y reconoce el olor a café con leche y hollín de la ciudad. Se detiene
en San Nicolás de Bari y recuerda el encuentro casual con la hermana
Adelfa, una mañana de julio, días antes de su exilio. ¡Mi Marianita!,
la había abrazado con fuerza, besándola varias veces en las mejillas.
Ya no enseño más en el colegio de Almagro. La hermana Eulalia me
contó que me llamaste. No te contesté porque donde vivo ahora es todo
muy complicado. Estoy en Barracas, trabajando en el barrio. Varias
hermanas de la Congregación están conmigo. Desde que cerramos Ca-
llao que no andaba por acá, sonrió. Ha sido de Dios que hoy decidiera
venir a misa de siete a San Nicolás. Estás demasiado delgada. ¿Qué te
anda pasando? Y ella no quiso contarle; ante la entereza de la mujer
prefirió disimular su miedo. Sin embargo Adelfa la conocía bien. Era
difícil engañarla. Cuidáte mucho, piojito, le dijo, la situación se está
poniendo difícil. Cuidáte de tu padre….
Está frente a San Nicolás de Bari y la memoria se le desboca. Re-
cuerda la conversación con Adelfa y recuerda también otra conver-
sación que la involucra. Fue con Eugenia, compañera de secundaria.

73
Eugenia, tan típica, tan previsible. Fue una tarde de primavera, en
París, de casualidad casi se chocaron a la salida del Louvre. O en
realidad a ella, a Mariana, que estaba parada esperando a un amigo
con el que se había citado en una de las entradas del museo, Eugenia
la atropelló. Distraída, buscaba una calle en el mapa. Le contó que
estaba en viaje de bodas. Mariana se alegró de verla, con esa alegría
prematura que uno siente cuando se encuentra con un conocido de
la adolescencia. Hablaron de la ropa que se había comprado y de lo
barato que estaba todo, que ahora el peso valía más que el dólar y que
Europa, un regalo. También hablaron del país, del colegio. ...Y viste,
las monjas dieron todo a los pobres y así les fue. Con eso de la teología
de la liberación se fueron al carajo. Una lástima, che. Un colegio como
ése, ¿no? Mariana quiso saber de Adelfa. ¿Adelfa, la gorda que te te-
nía de preferida? No está más. No sé, algo me contó Marta, que firmó
un petitorio… Eugenia seguía siendo Eugenia. No sé qué habrá sido
de su vida. Mariana apretó fuerte los puños e intentó disimular el
golpe y concentrarse en la charla de Eugenia que ahora le decía que
estaba desolada con la propaganda anti argentina en Francia. Están
locos. ¿De qué hablan? Mirá, si no venía esta gente a poner un poco
de orden... Viste como son los zurdos... Juegan siempre de víctimas y
encima tienen redes en todas partes… Seguro que a tu monja te la vas
a encontrar cualquier día por París vestida de civil.
Frente al recuerdo de Eugenia, se le aparece Agustina, tan querida,
tan amiga del colegio. Agustina que había dejado el país con su fa-
milia en cuanto terminó el bachillerato. Su padre era juez y el ERP
puso una bomba en su casa. La familia se salvó porque estaban de
vacaciones en Córdoba; sin embargo la que no se salvó fue Matilde,
la tía vieja que había regresado unos días antes. Ese mismo enero se
exiliaron en México. El verano anterior a su viaje a Buenos Aires, en
que Mariana fue a visitarla desde Francia, Agustina le dijo con esa
ironía de la que hacía gala cuando hablaba: Yo que sé, Mariana. Si
sos de derecha, te mata la izquierda y si sos de izquierda, te mata la
derecha. Lo mejor en Argentina es no ser, no pensar, no meterse. Fijate,
Adelfa, desaparecida por los que vinieron a poner las cosas en su lugar.
Mi familia exiliada por los que antes de los que vinieron a poner las co-

74
sas en su lugar, también querían poner las cosas en su lugar. Cualquier
lugar es un campo de batalla. ¿Por qué una bomba en casa, eh? ¿Qué
tenía que ver Matilde con lo que hacía mi padre, o nosotros? Y después
los milicos… Si hasta parece una obra de teatro. Todos violamos la
democracia, los de antes, los de después, los que pedían orden, los que
no se quisieron meter… Todos somos culpables. Somos eso. Una manga
de tilingos jugando con fuego. Como si izquierda y derecha no fueran
manos de un mismo cuerpo.

Cuando llega a Libertad y Santa Fe, baja dos cuadras hasta Cinco
Esquinas. De pie en la vereda de enfrente, mira hacia el quinto piso
de la que ha sido su casa de infancia y ella, Mariana, comprende el
despojo. Comprende que ha sido saqueada, que no posee siquiera la
llave y advierte con una certeza lúcida que allí persiste un mundo,
que allí aún vive una historia inaccesible, que es la suya, la su familia;
que detrás de esos ventanales ahora con las cortinas bajas y la pin-
tura descascarada se ocultan no sólo su primer llanto sino también
el último, el de su madre antes del tiro. Desde la sombra de un alero
en la vereda de enfrente sigue mirando hacia arriba y siente cómo
confluyen en la de ella otras miradas: la de sus padres jóvenes recién
casados, la de sus abuelos de visita los domingos por la tarde, la de
su padrino atravesando la puerta con unos patines nuevos para su
Marianita, en el enero caluroso de sus cuatro años, y, más atrás: la de
los albañiles que iban viendo levantarse, en alguna fecha remota que
ella desconoce, sobre el terreno que aún conservaba la desdibujada
textura de la pampa también saqueada, la casa que su bisabuelo com-
praría a principios de siglo.
Por las cartas de Catalina sabe que su padre no la vendió. Busca la
varilla rota de la persiana del que fue su dormitorio y a través de la
cual, más de una vez, espió la calle. ¡Qué despojo! Ni la llave, susurra
y siente que son demasiadas las cosas que debe poner en orden.

Camina por Quintana hasta Recoleta. Al llegar frente a la iglesia


del Pilar echa en cuenta los cambios. La zona ha sido remodelada y
le resulta difícil reconocer ciertos lugares. Bajo la sombra del antiguo

75
gomero, una pareja baila la Cumparsita. Se sienta en la terraza de La
Biela y pide un café. Entretenida, observa el tránsito y la gente que
toma sol. Semivestidos, algunos hombres de ojos cerrados, la cara
hacia arriba como escuchando una orden secreta, las corbatas aban-
donadas a un costado junto al ataché, los zapatos y el saco de oficina;
ciertas mujeres en bikini, varios perros de raza, la correa atada a la
muñeca del amo; tendidos todos, sostenidos, levitando sobre el cés-
ped de Plaza Francia. Sol sudamericano, dice y ahueca los hombros.
Paga 700 pesos por el café, le cuesta entender los precios, y emprende
el regreso desenvolviendo en zigzag el camino. A cada paso, intenta
recobrar imágenes de antiguos sitios queridos. Con la plata dulce y
la pasión de los milicos por eliminar el pasado, por asfaltar y abrir
calles, el barrio ha cambiado mucho, piensa. Casonas desaparecidas
dejan lugar a modernos edificios de departamentos. Extraña el em-
pedrado de algunas calles que se extienden, lisas, rejuvenecidas. En
el predio en el que había estado su colegio se levanta ahora una torre
de más de treinta pisos; una lápida invertida parece. Mira la cara de
la gente, de los que se quedaron, y no sabe qué espera encontrar, qué
desea descubrir detrás de los gestos cotidianos. Como si no hubiera
ocurrido nada, dice en voz baja, aunque sabe muy bien hasta qué
punto aquí, piensa, somos maestros del disimulo.
Al llegar al hotel, toma la decisión que ha estado postergando du-
rante todo el día. Sin pensarlo dos veces, camina una cuadra más
hasta la placita Rodríguez Peña. Allí, mirando de lejos la puerta de
entrada al edificio de la que fuera su casa de estudiante, esa casa que
Catalina le contó que habían destrozado, se queda sentada en un ban-
co, temblando bajo el lila de los jacarandaes, hasta que cae la tarde.

76
Segunda parte
Por las ventanillas abiertas, entra el aire cargado de humedad. El
tren traquetea taciturno, repite para distraerse. Lo tomó en Consti-
tución a las ocho de la mañana y está nerviosa. Puede reconocer el
punto exacto de la tensión en las rodillas. El campo, furiosamente
verde y amarillo de noviembre, se sucede cuadriculado y geométri-
co. Dice: monotonía domesticada, amansada por la paciencia de los
chacareros… y se ve ocho años atrás cruzando ese mismo paisaje con
el terror en los talones. Apoya la espalda contra el respaldo de ma-
dera y deja que la cabeza se zarandee al ritmo de las ruedas. El tren.
Traquetea. Taciturno. Tío Emilio y sus juegos de palabras, piensa. Se
adormece. Han dejado abierta la puerta del vagón al final del pasillo
y golpea, golpea, golpea. Hace tres días que llegó y todavía no puede
quitarse el miedo.

Nunca supe por qué me largaron. Mis viejos movieron algunas in-
fluencias. Tengo un tío milico y el muy hijo de puta les dijo que no
me iba a pasar nada, que nada más me querían convencer de que no
volviera a jugar a la guerra. No sé de qué guerra hablaba si yo era un
profesor suplente, en un colegio parroqial, que estaba en segundo de Le-
tras. Conversaban sentados en La Paz. Mariana se había comunicado
con él por teléfono cuando volvió de su caminata por Barrio Norte.
Después de diez llamados, al único que pudo ubicar fue al Gitano.
Tuvo suerte: sus padres seguían viviendo en la misma casa. ¿Hablas-

79
te? Preguntó Mariana. No. De qué iba a hablar si no sabía nada. Fue
extraño. No me lo vas a creer. Yo era ateo como el viejo, pero mi vieja
y mi abuela, no. Resulta que a los ocho años mi mamá me hizo tomar
la comunión en secreto y la abuela me regaló dos cuadritos de madera
que me los colgó en la cabecera de la cama. Uno con la oración de San
Francisco de Asís y otro con la de Santa Teresa, ésa que dice “Nada te
turbe, nada te espante…”. Yo nunca les di bola, estaban ahí, pero se ve
que por algún lugar se me metieron en la cabeza. Bueno, cuando me
chuparon, no sé si del cagazo o qué, me las empecé a acordar. Me lleva-
ban a la tortura y yo las decía mentalmente, me picaneaban y dale. Me
desmayaba rezando. Parece que mientras me torturaban las repetía.
Los tipos me decían: “El nada te turbe”. Decían: “Le toca al rezador. Te
hubieras acordado antes, pendejo hijo de puta. Te hubieras acordado
antes, pelotudo. Ahora no hay santo que te salve”. Cuando estás ahí no
sos nadie, no tenés nada, Mariana. Lo único que te pertenece es lo que
tenés en la cabeza. Lo que ellos no te ven y no te pueden sacar. Yo creo
que por eso se ensañan. Una noche me desperté en el calabozo hecho
mierda, con fiebre y lo vi. ¿A quién? Mariana lo escuchaba atenta. A
San Francisco de Asís. Sí, no te rías. Estaba apoyado contra la puerta
del calabozo y me hablaba. ¿Qué te dijo? Mariana no le sacaba los
ojos de la boca. Me dijo: “Ya pasaste la pasión de Cristo, ahora viene
el tiempo de las cicatrices”. Al otro día me largaron hecho pomada en
un baldío. O te vas ya o te limpiamos pasado mañana, me dijeron.
Se quedaron en silencio mirando la avenida a través de la ventana.
Increíble, dijo Mariana sin volverse. ¿Y a dónde te fuiste? Volvió a
mirarlo. A Madrid. A lo de Pedro, que se salvó de suerte porque se la
vio venir y largó la Facultad y se borró del Centro de Estudiantes. Él me
dio una mano. Galgueaba como yo, pero me ayudó. Vendí artesanías
en el Rastro, trabajé de mozo, lava—copas, vendedor de ollas, círculos
cerrados. La carrera, chau, olvidate. Vos sí que tuviste suerte... Hace
dos años puse una pizzería en Malasaña con el hermano de mi mujer.
Son libaneses. Buena gente, pero un poco distintos a uno, viste. No me
va mal. Tengo una hija que habla como una española y no quiere venir
a vivir a la Argentina. Yo no aguanté. Quise volver. Aunque sea por un
tiempito, para mirar el Obelisco, para verle la cara de mierda a la Junta

80
en el juicio. Después, tal vez me vuelva. Me jode estar dividido. Las
frases se le atropellaban desprolijas. Tengo un pedazo acá y el otro allá
y, la verdad, no soy de ningún lado. Qué sé yo, Mariana, este país es
genial cuando estás lejos pero en cuanto te le acercás te termina echan-
do a las patadas. ¿Leíste los diarios? Sí, contestó ella, esta mañana en
el desayuno. Pero soy escéptica: la inflación es de locos y el poder está
intacto. Fijáte, la CGT ya empezó con los paros y seguro va a seguir. No
se bancan la derrota, ni la democratización de los sindicatos y al poder
económico que no le toquen las ganancias. Alfonsín va a necesitar algo
más que pelotas. Cuando salieron del bar, estaba atardeciendo sobre
la avenida Corrientes. Al pasar ante un quiosco de revistas Mariana
vio, mezclada con los diarios del día que anunciaban los resultados
de la consulta popular por el tema del Beagle, la tapa de un semana-
rio en la que bajo el título “Torturador de la Esma” aparecía la foto
de un hombre; la revista circulaba en rojo su cara, llevaba un maletín
negro en la mano derecha y tenía puesto un impermeable claro.

El tren atraviesa con estruendo el puente metálico sobre el Salado y


se refleja en el espejo oscuro del río. A través de la estructura de me-
cano, la luz se filtra acribillando la sombra. El agua que lame la orilla
irregular ha dejado sobre los bordes barrancosos una espuma salada.
Lejos, un hombre solo junto a la orilla opuesta, llana; tiene una caña
de pescar en la mano.
—Mucha agua, ¿no?
El guarda que se le ha acercado para marcarle el boleto, le descubre
el pensamiento.
—Sí —contesta Mariana distraída —, demasiada. Nunca lo había
visto así.
—Es que no para últimamente —comenta el hombre—. Hace una
semana que salió el sol, pero las napas están muy altas. A mucha gen-
te ya la evacuaron. De seguir lloviendo, habrá inundación. Por suerte
vivo en Bahía Blanca.
Por la ventanilla ve arboledas vigorosas. En las lagunas frecuentes,
las gallaretas y los patos silbones se sumergen hasta el cuello. Lejos,
una familia de flamencos remonta vuelo. Traqueteo taciturno. El tren.

81
Traqueteo. Vuelve a apoyar la cabeza contra el respaldo durísimo
y deja que su cuerpo se zarandee al ritmo de las ruedas. La puerta
abierta del vagón sigue golpeando contra el marco y no consigue qui-
tarse el miedo.

—Tendrías que haber avisado. Te hubiera mandado al Aurelio para


que te busque en la estación. Los brazos de Catalina rodean su cintu-
ra. Están de pie en medio de la galería de La Milagrosa.
—Me alcanzó Gómez que venía para acá —un canto de benteveo
taladra el mediodía.
—¡Qué hermosa! Estás hecha una mujer. Mi Marianita, mi nena
linda... —Lloran, reconociéndose bajo la sombra de las acacias.
El campo está inmóvil. El sol de las doce es un bálsamo caliente.
Mariana se desprende de Cata y mira: la magnolia sin podar y las
flores que vencen los tallos; sobre el piso de ladrillos de una de las
veredas que lleva a la glorieta, una flor podrida; de su corola entra y
sale un ejército de hormigas. En los canteros, mezclados con el yuyal,
los geranios revientan bajo la luz.
—¿Por qué está tan descuidado el parque, Cata?
—Está todo así.
Catalina la toma por los hombros y la empuja hacia el interior. So-
bre el ajedrez de mosaicos de la galería, la valija de cuero.
—Dejala. Después la entra Aurelio. No cargues más, Marianita.
La casa les vomita un vaho de frescura y silencio; los ventanales
abiertos tienen bajas las esterillas y como el aire las sacude apenas,
golpetean contra los marcos con una crepitación leve. El recibidor
está en penumbra. Oye el tictac del reloj de pie en cuanto entra en
la sala; en la semioscuridad se dibujan bultos desconocidos. Todo le
resuena igual, aunque más viejo. Un halo de abandono cae sobre los
objetos y las alfombras. Encandilada aún, tropieza con dos sillas su-
perpuestas y, a punto de caer, desemboca en el estudio del padre. So-
bre el escritorio se amontonan papeles, libros y hasta una canasta con
huevos. Perturbada por la violencia del traspié permanece quieta,
observando con ese viejo temor de pisar el lugar prohibido. Contra la

82
formidable biblioteca, de cuyos estantes robó Du côtè de chez Swann,
se apoya una bolsa de papas, una caja con algunas cebollas y varias
pilas de viejos discos de pasta. Toma uno y lo desenfunda: Mahler,
5ta Sinfonía, lee y recuerda: tardecita de verano, casi oscuro, la madre
en su sillón junto al tocadiscos, tiene vendada la muñeca izquierda.
Con la mano derecha, se cubre los ojos y los hombros contraídos se
convulsionan. ¿Por qué llorás, mamita?
Explora los anaqueles, nota que faltan varios volúmenes y se lo dice
a Catalina que sigue su reconocimiento desde la puerta.
—Los quemó cuando se le dio por juntarse con los de la guerra san-
ta —bufa la mujer, mientras se seca con un pañuelo la transpiración
de la cara.
—¿Papas en la biblioteca?
—Sí. Y el piano en el baño. Y muebles amontonados en los cuartos
donde no se llueve.
—Pero, ¿por qué?
—Los techos se caen, Mariana. No hay quién los arregle.
—¿Y Aurelio?
—Está viejo y cansado. Como todo. Hizo lo que pudo y la pobre
Herminia, que en paz descanse, otro tanto.
—¿Y el personal de servicio?
—Por una cosa o por otra tu viejo los fue echando, estaba medio
perseguido, sabés cómo es, y en estos dos últimos años se abandonó
de una forma... Se vino abajo. ¿Qué querés? ¡Si pasó cada cosa...!
—¿Qué cosas, Cata?
—Ya te irás enterando, hija. Ahora vení y comamos algo. ¿Subís a
verlo?
—No, todavía no.
Atraviesan el ancho corredor vidriado que conduce a la cocina
sorteando muebles. Viejos aparadores, algún trinchante, varias sillas
apiladas tapian la luz. Levanta los ojos y busca la lámpara con tulipa
de colores y flecos de vidrio. En su lugar, un cable con portalámpara,
sucio de moscas y sin foco pende del techo en línea recta. Justamente
abajo, sobre el secreter de la madre, una vela.

83
Catalina prepara el almuerzo: unas chuletas a la plancha y ensalada
de tomate. Conversan. Se interrumpen. Mariana pregunta y Cata va
contando y se ríen y cada tanto se abrazan. El aire hincha la cortina
de junco que cubre la ventana y entra en la habitación con un estri-
dor súbito. Mariana tiene ahora tomada a Catalina por la cintura y
apoya la cabeza en su espalda mientras la mujer, inclinada sobre una
tabla, corta sin prisa tomate. Cuando llena la ensaladera echa un pu-
ñado de sal, orégano y un chorro de aceite; el tomate va largando el
jugo y colma el fondo.
—Él come sin sal. Pero ya comió. ¿No vas a subir a verlo ahora? —
insiste Cata y da vuelta un bife.
—Más tarde, te dije —dice Mariana—. Más tarde. Todavía no.
Llegan mugidos intermitentes desde los potreros. En la bifera, la
carne chisporrotea mientras la grasa de los bordes se va dorando.
Penetra por la puerta abierta un vaho caliente que anuncia la hora
de la siesta.
—Tenemos que hablar, Cata —dice Mariana, ya sentadas a la mesa.
—Sí, hija, sí. Cuando vos quieras.
—Dejá que me acomode.
—Sí.
Después de comer, Catalina lava los platos y ella deambula silencio-
sa por la planta baja sin reconocer lo que ve. Atrasa, así, el momento
de enfrentarse al padre. Dos moscardones fastidian zumbando sobre
su cabeza. En las habitaciones, una pesadez descompuesta.
Se percibe cansada y sucia, huele a tren y desea una ducha. Sube al
primer piso e intenta entrar en el baño pero la puerta se resiste, hin-
chada por la humedad. Finalmente cede y golpea contra el piano. Lo
que pasa es que nadie lo toca, por eso lo pusieron ahí. Supongo, sinó no
me explico, le había dicho Cata. Cuando me vine para acá ya lo habían
subido. Es el lugar más seco de la casa. Y... al no estar vos, ese baño no
se usa... Él tiene el de él, viste, pero ahora hay que limpiarlo en la cama.
Con lo bien que lo hacía sonar tu abuela... ¿te acordás? No se acuerda.
Si hoy te querés bañar cubrilo con una manta.

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El agua le moja la cabeza, la espalda y se precipita sobre el piso
mugriento de la bañera. Cierra los ojos; cuando los vuelve a abrir se
ve reflejada en el espejo del lavabo y se reconoce. Quiere descansar
un rato antes de ver al padre. Descalza, envuelta en una toalla limpia,
camina por el pasillo hasta su dormitorio. Dispuesta a aceptar el mis-
mo deterioro que le había impresionado en el resto de la casa, abre
la puerta y no entra. La recorre con los ojos. Nota que Catalina ha
pasado por allí, porque la cama tiene las sábanas limpias y abiertas.
El papel de las paredes, en los ángulos, cae desde el techo. Las goteras
han ablandado el pegamento y abierto, sobre el revoque, una grieta
húmeda. El cuarto no tiene muebles amontonados pero no se salva
del tufo a encierro.
La ahoga una angustiosa opresión en el pecho y camina hacia el
ventanal. Empuja los postigos y, al sacudirlos, cae sobre su cara una
cortina de polvo. Cegada por la luz tarda un instante en recuperar la
visión. Respira y mira hacia abajo reconociendo el parque. En un rin-
cón palpita, intacto al conjuro de las cigarras, su montecito de cañas.
Siente unas ganas terribles de llorar.
Cierra los postigos y deja las hojas abiertas de par en par para que
entre aire. Saca de la valija el retrato de su madre y lo apoya sobre la
mesa de luz. Se ovilla sobre las sábanas.
El monte de cañas se prolonga hacia adelante a medida que camina.
Le gustaría salir, pero no encuentra el modo. Avanza hacia la derecha
y las cañas brotan y se levantan inmediatas. Cambia de rumbo y lo
mismo. Da vueltas en la cama buscando una posición cómoda. Los
postigos filtran la luz que dibuja sombras sobre las lonjas del papel
desprendido de las paredes. En ramalazos le llega el perfume viscoso
de las glicinas. Percibe hacia adelante la boca de una caverna y entra
porque quiere dormir y está cansada. Hace templado y hay rumor
líquido en el fondo. Por un rayo de luz minúsculo que penetra desde
afuera ve la roca empapelada con dibujos geométricos. Los papeles
caen en lonjas y forman, hacia abajo, estalactitas goteantes. Hunde
un pie en el agua. Puede ver los dedos sobre el lecho de piedra. Los
mueve uno por uno con esfuerzo. Y, mientras lo hace, florecen en la

85
superficie rosas color té. Hunde el otro y, a medida que camina, el
agua se satura de pétalos. Ahora le cubren las rodillas. Se agacha y el
movimiento produce ondulaciones y nuevos florecimientos. Nadan
amapolas rodeadas de hojas de gomero y crece un gomero que no
es un gomero cerca de un pasadizo lateral. Tiene hojas de amapola
y perfume de duraznos y en cada pelusa del tallo se enciende, dimi-
nuto, un tomate. Sangre coagulada, oye. Se da vuelta para verificar
de dónde ha venido la voz y da vueltas en la cama. Con el brazo tira
el portarretrato que rebota sobre el piso. Se rompió el vidrio, piensa,
cuando me levante me voy a cortar el pie. Tiene tanto calor. Avanza
y por la derecha viene un río de magnolias cerradas. Ahora el agua
le llega al cuello y la ahoga el perfume de las flores. Catalina, so-
bre una roca porosa, lleva el cabello completamente blanco recogido
hacia atrás en un rodete y, con una regadera, riega un matorral de
zapallitos casi maduros. Le escribe en un papel: “Vení conmigo. Tu
mamá no está. Yo soy ahora tu mamita”. Ella saca un brazo del agua,
toma el papel y lo lee y se pone a llorar porque no sabe que su mamá
murió. Mamá, mamita, dice. Y Catalina no es más Catalina, es una
jirafa que la mira con ojos redondos y tristes. Se prende de su cuello
gelatinoso y cuando cae sobre el lomo ya no tiene miedo. El cuerpo
de la jirafa es ahora un bote de madera y sobre la popa hay un nene
rubio sentado a un piano. Es Mahler y compone la 5ta Sinfonía. Los
dedos de la mano izquierda se deslizan por las teclas, mientras con la
derecha garabatea un pentagrama. A su lado, de pie, sosteniendo una
lámpara de aceite, el guarda del tren la reconoce. Mucha agua, ¿no?,
dice. En la proa, un viejo lleva en una mano un oboe y en la otra una
trompeta. Mahler la mira. No sé, dice muy pálido, si empezar con el
oboe o con un solo de trompeta. ¿Usted qué piensa? Ha envejecido y ya
no es un niño. Quiero escuchar lo que escribió, contesta ella. Entonces
reme, ordena. La música comienza y el bote se desliza por la superfi-
cie del agua que es petróleo y, a medida que avanza, va dejando atrás
la entrada de la caverna. Cuando la orquesta arremete llegan al cen-
tro. La luz de la lámpara apenas ilumina la frente de Mahler que con
los ojos dirige músicos invisibles. Ella rema. Está cansada, pero no

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abandona. Sabe que si lo hace, cesará la música y tendrá que ir a ver al
padre. Entonces, lo ve: reflejado en el espejo del lavabo que es enor-
me y cuelga desde el techo de piedra. Ya sé que llegaste y andás dando
vueltas para no enfrentarme, cobarde, susurra. Y ríe a carcajadas. La
risa cuartea el espejo que se quiebra y se desparrama en el fondo del
bote en múltiples retazos filosos. En los trozos de vidrio la imagen
del padre se multiplica y ella los pisa y quiere destrozarlos para que
no ría más, para que no se burle. La 5ta sinfonía termina, sabe que
está definitivamente sola y se sorprende en medio del cuarto, sudada.
Un pinchazo en el pie la obliga a mirar hacia abajo. Inclina la cabeza,
un hilito de sangre mancha el piso de madera. Se ha cortado con los
vidrios.

—¿Cómo estás, papá?


Mariana se arquea sobre la frente del viejo que dormita con la boca
semiabierta. Lo besa. El hombre entreabre un ojo con esfuerzo. No
articula palabra y vuelve a cerrarlo. Ella permanece junto a la cama
atenta a una señal. Viendo que persiste el silencio, se sienta en el bor-
de. Espera. Mira lo que la enfermedad y los años han hecho de él y le
parece sólo un bulto bajo la sábana. El cuarto huele a encierro igual
que toda la casa pero, a diferencia del resto, cada cosa está en su lugar.
A los pies de la cama, junto al bastón de madera dura con mango de
plata que fue del abuelo, uno ortopédico de tres patas sostiene un
cubrecolchón de nylon manchado de orín.
Siente su mano fría sobre el brazo y se sobresalta.
El padre vuelve la cabeza hacia ella y la observa con una pupila
vacía.
—Soy yo, papá —le tiembla la voz.
El hombre mueve dos dedos de la mano derecha y los mantiene
tiesos con un temblor. Señalan su pie lastimado.
—Sí, me corté por andar descalza, como mamá —se siente una
idiota—. Catalina me avisó que estabas enfermo.
El hombre masculla entre dientes. Tose y se ahoga ¡Zorra!, dice y le
sale una flema verde de la boca que cae sobre la almohada.

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—¡No hables así! No la hubiera perdonado si no me avisaba… —
Está de pie, ahora, doblada sobre la cama, no sabe cómo ponerse. Le
cuesta mirarlo.
—¡Mentira! —el casi grito se quiebra. La boca, como una caverna,
intenta atrapar el aire.
—Calmáte —dice Mariana.
Sin animarse a tocarlo, con la punta de los dedos le acerca una toa-
lla para que escupa.
Al hombre le cuesta hablar, pero la furia le hace levantar a medias
la cabeza y la apunta con su dedo huesudo. Viniste a dar de beber al
sediento... —tose —. Débil... Volviste —y se babea—. No te quedó más
remedio. Débil… como tu madre —y se demorona. Quiere levantar
otra vez la cabeza, pero se le vence y vuelve a caer sobre la almohada.
La cara amarilla se le ha puesto roja. Respira con dificultad, la boca
abierta, pero no cede.
—No sabés odiar, vos. Una lástima... —quebrado hacia la derecha,
el corpachón descarnado parece un tronco podrido a punto de hun-
dirse en el barro.
—No. No, papá...
—¡Je! —la interrumpe. La risa es una mueca despareja. Las encías,
a medias desdentadas, muestran algunas piezas amarillas.
Entonces, Mariana apoya el brazo derecho contra la cabecera de la
cama y se inclina sobre la cara del padre. Está a sólo unos centíme-
tros. El aliento desagradable del hombre la obliga a torcer la cabeza
hacia un costado.
—No creas, papá —dice.
Se muerde los labios y vuelve a acercarse a sus ojos. Desafiante, le
sostiene la mirada.
—Volví, mierdita. Volví. Porque vos me odiás —dice remarcando
cada palabra—. Y quiero entender por qué, antes de que te mueras.

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Mariana sale furiosa de la habitación y tropieza con una mujer os-
cura de ojos azules que espera de pie, casi como un bártulo de los que
hay amontonados por toda la casa.
—Soy Mercedes —dice—. ¿Ya terminó de hablar con su papá?
La mira pasmada. Trae en su ánimo tanta violencia que, al enfren-
tar esa calma, siente un escalofrío.
—Veo que sabés quién soy —la voz de Mariana sale entrecorta-
da—. ¿Cómo estás?
—Bien, gracias —baja la cabeza—. Si me permite... Don Ernesto
me precisa.
—Entrá, nomás.

Mariana, encogida, baja las escaleras. Está temblando, le ha devuel-


to el mierdita al padre después de ¿cuántos años? Ni tiempo para sa-
car cuentas. Tiembla y piensa en lo que le espera. Entra en la cocina,
casi pateando la puerta.
—¡Eh! ¿Qué pasa? —se asusta Catalina que está preparando el
mate— ¿Tan mal te fue?
—¡Viejo de mierda! Es un viejo podrido, Cata. Y se lo dije. Le dije
mierdita, ¿podés creer?
—Estás aprendiendo, nena. Me gusta.
—Decíme, Cata. Decíme la verdad. ¿Quién es Mercedes? Si es la
cara de papá…

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—Es hija de la Herminia y de Don Ernesto, Marianita. Mercedes es
su hija. ¿No te habías dado cuenta?

Ha comenzado a llover despacio y las ventanas sorben olor a tierra


húmeda. En la cocina, Mariana y Cata están en silencio. A Mariana
la revelación la ha dejado muda. Y ahora resulta que Mercedes es su
hermana, se ahoga. Súbitamente deja la cocina y camina por la casa.
No puede dejar de caminar. Mercedes es su hermana, vuelve a decir-
se, y también se dice que ella sabe que lo sabía. Lo sabía. Le duele el
estómago, le arde. ¿Qué va a hacer ahora? Tiene, tuvo siempre una
hermana.
Entra en la sala y comienza a enrollar esterillas. Deja que el aire
penetre a torrentes. A la entrada del estudio la falleba de una de las
hojas se resiste. Forcejea para que ceda. Cuando la vence, abriendo
las hojas de par en par, el aire invade como una tromba el antiguo
santuario del padre. Ráfagas de frescura y agua le mojan la cara. Ali-
viada, finalmente acomete contra la puerta principal, destraba los pa-
sadores y permanece de pie en la galería decidida a contemplar cómo
caen las gotas sobre el césped. Tengo una hermana. Siempre tuve una
hermana, repite.
Se sienta en la mecedora. Llueve tan suave sobre el techo de chapa
que la calma balancearse y entrecerrar los párpados. Hacia la izquier-
da, bajo la glorieta, las hortensias parecen más rosadas, vencidos los
tallos contra la canaleta de las calas. Una gotera abre su boca encima
de la taza del gato. Se estira sobre el respaldo. Volví porque me odiás.
Y voy saber por qué antes de que te mueras, se le impone. Esta pro-
pensión al melodrama, piensa. Mucha literatura, recuerda. Tengo una
hermana. Tengo una hermana. No me torture más, nítida la voz de
Herminia hincada en la tierra. ¿Cómo voy a hacer?
En el trasluz, las cenefas son puntillas de plomo verde contra el
cielo de La Milagrosa. Hace calor y llovizna mansamente. Oye un
motor, abre los ojos y se endereza. Lejos, por el camino, ve venir una
camioneta roja. Vaivén hacia la derecha, vaivén hacia la izquierda. La
camioneta se mece sobre el barro en zig zag de una banquina a la otra

90
y, a medida que avanza, el bramido crece. Desde los galpones, los pe-
rros de Aurelio salen ladrando. Las patas dibujan en el aire paréntesis
horizontales. Un refucilo cintila y desaparece detrás de la copa del
ombú. Bajo esta armonía hay un terremoto, piensa. Incorporándose,
vigila el horizonte: es de hierro negro. Atardece. Ya no llueve.
La camioneta, que ha dejado atrás la alameda, penetra en el parque
resoplando. Se detiene frente a la entrada bajo el monte de acacias.
Con escándalo de lata oxidada, alguien abre la puerta y desciende
pegando un salto. Un hombre joven, de maletín oscuro que apoya
rápidamente sobre el capot, sujeta ahora la puerta al marco mediante
un torniquete de alambre. Enseguida, toma el maletín y, con la cabe-
za gacha, enfila hacia la casa a trancos largos. Los pies se hunden en el
césped mojado sin producir resonancia. Parece que viniera pensando
en otra cosa. Mariana lo observa. Lleva vaqueros de jean gastados y
camisa a cuadros. Un llavero de tiento pende, repleto, de una de las
presillas del pantalón. Las llaves tintinean. Un paso, y percuten. Otro,
y percuten. Y otro más. Y más. Golpetean en el muslo, ahora. En la
cadera, ahora. Sin ser demasiado alto, su cuerpo fornido parece el de
un jugador de rugby. Tiene las botas sucias de barro como si hubiera
venido a pie por el camino empantanado. A unos quince metros de la
galería, levanta los ojos y grita señalando la camioneta:
—Es el sueldo del Estado. No alcanza para comprarme una nueva.
Mariana arquea las cejas, sonríe:
—Y cada tanque de gasoil deben ser varios billetes de un millón de
pesos, ¿no?
—¿Ya se puso al día con el desastre económico?
—Buenas tardes. Me llamo Mariana —adelanta la mano que el
hombre toma con energía—. Soy la hija de Don Ernesto.
—Me imaginé... —apoya en el suelo el maletín —. Y yo, Patricio, el
médico de su papá —sacude las suelas en el limpiabarros—. ¿Cuándo
llegó?
—Hoy, al mediodía.
Un perro lo olfatea. Gime, lo reconoce. El hombre le acaricia el
lomo. La palma va y viene a contrapelo. Se detiene bajo la garganta.
La sacude.

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—¿Cómo anda el enfermo? —pregunta y levanta hacia ella los ojos.
El perro se ha acomodado sobre la bota derecha del médico, apo-
yada la cabeza entre las patas delanteras. Ahora mira, manso, hacia
delante. El olor del animal mezcla de laguna y osamenta se esparce,
espeso.
—Ahí está. Catalina dice que bastante mejor, dentro de todo, ¿no?
Pero no es ni la sombra...
—¿De lo que era? ¡Olvídese! Con cuidados, con cierta atención,
podrá recuperar alguna movilidad. No más.
El médico se agacha y abre el maletín. Revuelve, busca algo. El ca-
bello castaño oscuro, con algunos mechones quemados, la piel tosta-
da, la espalda combada hacia abajo.
—¿Y la ceguera, doctor?
—Bueno, eso es anterior.
La voz sube desde la boca del maletín. Se incorpora: ha dado con
el estetoscopio.
—No sé si sabe... —dice, colgándose el aparato al cuello—. Una sí-
filis antigua que no fue atendida en su momento y... Es extraño cómo
un hombre de recursos. Culto… En esta época...
Se detiene. Mariana lo está mirando.
—¿No estaba enterada?
Mariana levanta los hombros y desvía los ojos.
—No, en absoluto —dice.
Recuerda el sueño que tuvo en París y se estremece, pero de eso no
habla. ¿Qué podría explicar? Le parece este hombre tan ajeno, tan
fuera del pasado y de su historia. Dice solamente:
—Tampoco entre mi padre y yo hubo ni hay mucha comunicación,
pero... Bueno, en realidad, él... Yo...
—Sí, sí. Su papá me contó —Patricio la interrumpe— que usted
vive en París, que es una escritora importante.
—No, no. No entendió. Habrá querido decir una traductora desco-
nocida.
El sarcasmo lo desconcierta. Parece vacilar. Baja la cabeza y obser-
va tenazmente sus botas sucias. Rápidamente se recompone.

92
—¿No me invita a pasar? —saca un par de anteojos de uno de los
bolsillos de la camisa —. Quisiera lavarlos antes de ver a Don Er-
nesto. Los tengo salpicados de barro —se encoge de hombros—: las
ventanillas no cierran bien.
—Sí, por favor. Pase. Ya conoce la casa.
Mariana lo ve perderse por el pasillo después de atravesar la sala.
Enciende la luz de la lámpara de pie. Un mamboretá hilvana una
danza en torno del foco mugriento. Desde algún lugar, naufraga un
trueno.
Cuando Patricio regresa, trae los anteojos puestos y la camisa arre-
mangada. Se ha lavado la cara porque en el pelo le brillan algunas
gotas de agua.
—Podrías hacer un remate con todo esto —señala los trastos amon-
tonados—. Acá sí que hay piezas valiosas. Si querés, te ayudo.
Descubre que la tutea. Hace calor. Un relámpago afuera atraviesa
la ventana de derecha a izquierda. La luz enciende los contornos de
la arboleda y retrata en negativo el patio trasero y el aljibe. El agua
comienza a caer. Es un rebullir manso. Golpetea sobre las veredas,
contra las paredes, sobre la tierra escondida de los canteros. Repen-
tinamente, las gotas se estrellan cada vez más numerosas. Patricio
camina hacia una de las ventanas y se queda mirando. Ahora la lluvia
se desbarata furiosa.
—No para más —dice sin darse vuelta.
—¿Es grave? Llegué hace unas horas y de lo único de lo que se habla
es del agua.
El médico se vuelve hacia ella. Tiene el ceño fruncido y las manos
en los bolsillos del pantalón. Se acomoda en una butaca lejos de la
lámpara.
—Hace varios meses que viene lloviendo mucho más de lo que de-
bería.
En la semipenumbra, su cuerpo es una silueta borrosa.
—Las napas están altas —continúa— La tierra casi no puede ab-
sorber más agua y el Salado, si sigue lloviendo así, en cualquier mo-
mento se desborda. El problema es el pueblo, muy cerca del río. Un
peligro.

93
Le ha descubierto la venda que asoma entre las tiras de la sandalia.
—¿Qué te pasó?
—Me lastimé esta tarde con unos vidrios.
—Dejame ver.
Va hacia ella y se agacha. La descalza. Mariana siente un estremeci-
miento mínimo. Está incómoda y le gusta. Se abraza y, con la mano
derecha, se acaricia el hombro izquierdo. El médico habla y observa
la herida. Mariana percibe, tensos, los músculos de su brazo, la piel
apenas erizada.
—No es nada —dice Patricio y levanta hacia ella la cabeza—. Cuan-
do te acuestes, desinfectátela bien. ¿Tenés con qué?
—Sí. Y… —por decir algo— y con La Milagrosa, ¿qué puede pasar?
Arrodillado aún, Patricio se quita los anteojos. Se incorpora y los va
guardando, despacio, en el bolsillo de la camisa.
—No mucho. Como fue construida sobre una loma... En caso de
inundación, el casco se salvaría; pero los sembrados, no creo. Casi
todos los campos de la zona perdieron la cosecha. Ha caminado has-
ta la ventana. De espaldas al parque, la observa. Mariana le descubre
unos ojos urgentes.
—Disculpen, si interrumpo. ¿Me la está poniendo al tanto, doctor?
¿Va para el pueblo?
Catalina, con un bolso deportivo en la mano, acaba de entrar en la
sala. Viene de la cocina.
—Sí, pero antes subo a ver al enfermo.
Parece como si imprevistamente hubiera recordado el motivo de la
visita. La alfombra amortigua sus pasos en la escalera.
—¿Te vas?
Mariana abandona la silla y se adelanta hacia Catalina.
—Sí, hija. Te dije que no podía seguir. Tengo mucho que hacer.
—Quedate unos días, Cata, ¡por favor!, hasta que me acostumbre a
esto. Me cuesta y vos...
—No, no, Marianita. De ninguna manera. Mi casa, el Ezequiel... Lo
sabés bien. Hacéte a la idea, querida, y cuanto más rápido mejor. Yo,
viste, ya hice demasiado. Más no puedo.

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—Lo sé, pero aunque sea hasta el fin de semana... Pido poco. Tene-
mos tanto para hablar que pensé que...
—Mirá, si me quedo ahora, después va a ser peor. Tranquilizáte.
Mañana o pasado vuelvo a ver cómo anda todo y te doy una manito.
Si no puedo, te venís vos para el pueblo a visitarme. Nos tomamos
unos mates y te cuento lo que quieras.
—Pero, si a papá le pasa algo, ¿qué hago?
—Hay teléfono, mujer. Llamás al doctor o a mí. Y vengo. Además,
acá está la mujer de Aurelio y Mercedes, ella es buena chica. De segu-
ro te va a dar una mano.
—Es que no me gusta...
—Te va a tener que gustar, Mariana.

—Le expliqué a Mercedes que lo moviera de lado para evitar que


se escare. Sería terrible —Patricio baja las escaleras. Trae un papel—.
Acá te anoté las indicaciones. Hay que cuidar que no se lastime por-
que si no va a sufrir. ¿La llevo, Cata?
Ya está junto a ellas, liviano. Se mueve por la casa sin que lo afecte
la atmósfera.
—¿Cuánto le debo, doctor? —Mariana abandona el tuteo.
—Nada. Tu padre me paga con un cheque todos los meses. A pesar
de que casi perdió la vista, no se olvida, ¿vamos?
—Cuando usted diga —Catalina se le cuelga del brazo.
Mariana los acompaña hasta el porche y los despide. No llueve ya.
El farol dibuja perfiles sobre las siluetas heterogéneas de la mujer y
del hombre, que avanzan hacia la camioneta prendidos uno del otro.
Escucha palabras sueltas. La silueta maciza de Catalina entra en un
cono de sombra, ahora. Sin embargo cada tanto, y a medida que avan-
za, aparece y desaparece, captado por la luz de la galería, el contorno
del bolso que se balancea al compás de los movimientos de la mano.
De pie sobre uno de los escalones, sin moverse, casi sin pestañear,
Mariana observa cómo suben a la camioneta. El médico le da arran-
que y, de inmediato, los faros destellan hacia adelante, primero; hacia
la tranquera de par en par, después; hacia la alameda por donde lo ha

95
visto llegar, luego. En tanto se aleja, el bramido del motor se disuelve
y se imponen las ranas. La camioneta traspasa el guardaganado y lo
va dejando atrás. Alcanza la salida y, vacilante sobre el barro fresco, la
ve avanzar con destino al pueblo. Lejos, por debajo del rumor de las
lagunas, sobrevive su ronroneo metálico. Puede distinguir las luces
traseras, rígidas como brasas.
Con paso desganado entra en la casa y atraviesa en diagonal la sala
apenas iluminada por la lámpara. En torno del foco, dos mariposas
opacas. A través de los ventanales, penetra un aire frío y Mariana co-
mienza a desenrollar las esterillas. Termina y regresa a la galería. La
sorprende el olor de los jazmines. Hace tanto tiempo que no está en
el campo; ocho años que no pisa su casa.
Apoyada contra una columna de hierro aguza los sentidos y per-
cibe en el magma tupido que es la noche, bajo el aparente reposo,
murmullos, sonoridades, balbuceos de una ofuscación levísima,
como respiraciones estratificadas que van subiendo a la superficie en
sucesivas ondas, en tanto que permanece en el fondo un remanente
sonoro, una turbiedad residual, sinfónica. Cuando los sonidos perfo-
ran la negrura desembocan armónicos, creando una franja precaria
de aparente silencio.
—¿Le preparo algo de cenar?
A su espalda, la voz de Mercedes la sobresalta. Se da vuelta y la ve
al trasluz, parada en el umbral.
—¿Cuántos años tenés?
En cuanto la formula se arrepiente de la aspereza en el tono de su
pregunta.
—Diecisiete, señorita Mariana. ¿Por qué?
—Y ¿cuánto hace que vivís acá?
—Desde los diez...
—No voy a cenar. Más tarde tomo un vaso de leche y unas frutas.
¿No vas nunca al pueblo, vos?
—Poco, señorita.
—Andá. Andá a descansar, si querés.
—Gracias.

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—¿Para cuándo esperás? —está irritada y no puede disimularlo.
Mercedes, combada hacia adelante, ha apoyado la mano izquierda
en la cadera mientras la derecha reposa sobre su vientre.
—Para pronto —dice.
Las dos se quedan en silencio.
—Con su permiso —dice Mercedes y se va.
Lamenta haber sido tan poco amable con esa criatura enigmática
que Cata le ha dicho que es su hermana, pero la fastidian su presencia
en la casa, sus movimientos de gacela y su sigilo. Hay en ella —le está
pareciendo a Mariana— un secreto orgullo bien guardado. Como si
escondiera en la manga una carta que al final del juego le dará la
victoria.

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Desde que subió al cuarto, hace ya dos horas, está intentando es-
cribirle una carta a Francisco y no lo consigue. En realidad, no tiene
ganas. Se siente tironeada entre dos realidades, sin embargo le pa-
rece tan distante el mundo que ha dejado que no logra ordenar las
impresiones de los últimos días para volcarlas en el papel. Un mos-
quito zumba. La lapicera, en una mano, suspendida sobre la hoja en
blanco. Los ojos fijos, hipnotizados por los renglones. Y con la otra
mano, agita el aire; quiere atrapar el mosquito. Inútil. Se incorpora y
camina por la habitación. Oye cómo croan las ranas y se las imagina
con la boca colmada y los ojos bien abiertos. Abre uno de los cajones
del armario. En el fondo, escondido bajo un pañuelo de seda y varios
manuales escolares, encuentra el álbum. Le falta una de las tapas; al-
gunas páginas sueltas y varias fotografías caen al piso. Las levanta y se
extiende sobre la cama. Despacio va pasando las hojas, una tras otra.
Los dedos acarician los retratos familiares. El tiempo atrapado, dice y
mientras lo dice ve desembarcar imágenes antiguas. Cuando todavía
no era, dice también. Y de inmediato piensa, como viene pensando
en este último tiempo, que lo horrible ya estaba en gestación, que
lo inicial de la tragedia está siempre antes que la tragedia se desate.
Que lo que la hace verosímil es, justamente, su silencioso anticipo.
Lo que va a venir, dice, viene viniendo. Abandona el álbum encima de
las sábanas y mira las paredes descascaradas. Frente a sus ojos, una
larga cicatriz pringosa. Afuera, la lluvia alarma sobre las chapas del
techo. Súbitamente, la atmósfera se preña de un aroma furioso a ma-

99
dreselvas. Es el perfume de un verano antiguo cuando aún vivía su
madre. Las dos, sentadas en el sillón hamaca de la galería, y su mamá
que apoyaba la cabeza castaña contra el respaldo y aplicaba, con los
pies descalzos, enviones suaves al sillón. Las sandalias blancas a un
costado. Contra una de las columnas, Mariana había abandonado su
bicicleta nueva. Algunos moretones azules en las piernas y ciertas
raspaduras delatan el aprendizaje de esa tarde. Faltaban tres días para
Navidad. Llevaba un short verde, alpargatas rojas, y una blusa sin
mangas, a lunares amarillos, verdes y rojos. Habían cenado con Cata
atún y antipasto en la cocina porque el padre estaba de viaje. El calor,
sofocante.
¿Qué querés ser cuando seas grande?, Carmen le está pasando la
mano por el pelo. La madre huele a agua de colonia. Arqueóloga,
mami. Mariana levantó la cabeza y la observó de reojo para ver cómo
reaccionaba. ¿Por qué arqueóloga? Está apoyada sobre el pecho de su
mamá, rodeada por su brazo. Me gusta investigar el pasado, mami.
Desprendiéndose, se acercó a la bicicleta y subió. Con la punta de las
zapatillas apenas apoyadas en el pasto mantenía el equilibrio; hundió
su mano en el bolsillo, extrajo un trozo de mica, resto del verano
anterior en Córdoba cuando con su abuelo había visitado una mina,
y la contempló al trasluz. Tenaz, fue pulverizando el mineral con la
presión de los dedos hasta que quedaron prendidos sobre la piel añi-
cos plateados.
Recuerda los grillos arremetiendo.
El resplandor de un auto parpadeó desde la calle. ¿Quién será? La
madre se puso de pie, ansiosa. Cuando el Rambler Classic celeste de-
tuvo la marcha bajo la morera y tío Emilio salió del auto, tiró la bici-
cleta y corrió a abrazarlo. A medida que avanzaba, atravesando el jar-
dín, sentía cómo se le mojaban los tobillos. Su madre venía atrás, con
las sandalias en la mano. ¡Buenas noches, princesa! El hombre la besó
varias veces en las mejillas mientras la alzaba y le hacía dar dos vuel-
tas por el aire. ¡Estoy mareada de alegría!, gritó. ¡Hola, cuñado! ¡Qué
milagro! Su mamá Carmen reía. Tío Emilio se le acercó y, rozando
con sus labios la mano que la madre le extendía, hizo una reverencia.
Es que supe que Ernesto estaba de viaje..., volvían a la casa tomados

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del brazo. Mariana los seguía de atrás. Le gustó verlos juntos. Los
mocasines marrones del tío se hundían escasamente en el césped,
cortado al ras esa mañana por Aurelio. Silbaba una zamba que ella
había escuchado por la radio a la hora de la siesta, tirada sobre el piso
del cuarto de planchar, mientras leía bajo la mesa una historieta de
Súperman. Ahijada, tengo una sorpresa. Emilio se había dado vuelta
y le hacía un guiño. En el asiento de adelante dejé algo para las dos.

Va hacia el ventanal cuyas hojas sin cortinas permanecen abiertas.


Entreabre una mirilla. Espía. Por fin ya no llueve. El agua gotea rít-
mica y se escurre, ahora, por la canaleta. Gira la agarradera de los
pasadores y empuja. Se topa con la noche. Permanece unos instantes
respirando el aire cargado de humedad y vuelve al álbum. Sus ojos
reconocen, de entre todas, la foto de aquella otra noche.
La había sacado Catalina con la Kodak Fiesta que su padrino les
trajo de regalo. Con los colores raídos, conserva aún sabor a calma.
Los tres. Ella, sentada en la falda de su mamá y Emilio de pie, detrás,
apoyando una mano en el hombro de la cuñada. Enredado en las
cenefas, un perfil de glicinas bordea el ángulo derecho del retrato.
Córranse un poquito a la izquierda, así salen las glicinas. ¡Ahora, sí!
Parecen un matrimonio del tiempo de ñaupa. Catalina y sus comenta-
rios. Siempre dije que, si Carmen no se hubiera casado con Ernesto, yo
ya estaría casado con ella. Pero... Su tío engolaba la voz como un actor
de radioteatro. Emilio, ¡mirá que soy mayor que vos y me debés respeto!
La madre lo recrimina. Una onda de pelo claro, que le cae sobre la
frente, le enmarca la cara ovalada. Un año no hace verano, cuñadita...
En el tocadiscos de la sala, suena Charlie Parker. Lo puse porque te
gusta mucho..., escucha que dice su mamá. Emilio tiene a Carmen del
brazo y le habla al oído. Su mamá, con los ojos brillantes e inmensos.
Ayudó a Catalina a preparar limonada en una jarra de cristal. De
rodillas sobre un banco de la cocina vertió con cuidado el azúcar y
fue revolviendo hasta que el líquido recuperó transparencia. Recuer-
da el zumbido de los mosquitos, el golpe seco de los insectos contra
el foco de la lámpara. Sacó del aparador las servilletas, las dobló en
triángulo y, con cuidado, empujó por el pasillo la mesa rodante. Re-

101
suena en su memoria el tintineo de los vasos y vuelve a ver cómo,
a medida que hacía rodar la mesa, se iba escapando el líquido del
borde de la jarra. También ve algo más: que cuando por fin llegó a la
galería, no estaban. Sobre el asiento del sillón hamaca, la máquina de
fotos. Por las ventanas abiertas la música se filtraba cadenciosa.
Escuchó sus voces, lejos, disminuidas. Los llama y corre a avisarles
que la limonada está lista y a darles las buenas noches. Los encontró
en la glorieta, a escasos metros de la casa, bailaban y reían con las
cabezas hacia atrás, mirando las estrellas. Permaneció de pie, en el
borde de la glorieta, sin animarse a interrumpirlos.
Estridor de grillos.
El aire, embalsamado por el perfume de las madreselvas.
La despertó el motor de un auto y un portazo. Dormía profun-
damente. Primero, el vozarrón inconfundible del padre; luego, pa-
labras sueltas, insultos. Adentro, el llanto de su mamá en la escalera
y, afuera, la discusión de dos hombres. Le pareció que era su papá
con Emilio. Se insultaban. No llegó a captar lo que decían, aunque,
por el tono, tuvo miedo. Despacio, con sigilo propio de gato, empujó
los postigos: No te quiero ver nunca más por acá, escuchó, y no se te
ocurra aparecer con la excusa de las fiestas. Entonces, vio al tío subir
al Rambler, y luego el auto que se perdía en la oscuridad.

Viví dormida, piensa Mariana con la mano derecha aún sobre una
hoja del álbum, porque yo tuve una casa. Tuve una casa y unos mue-
bles, y padre y madre y padrino y abuelos y tíos. También primos
que casi no recuerdo y una hermana que me negaron. Tuve una casa,
un lugar, un cuarto, y un sitio en la mesa, y una bicicleta roja, y unas
sábanas y un edredón, y unos libros. Tuve cumpleaños, y navidades,
y también tuve sueños, y veranos, y mica en los dedos.
Tuve.
Me dieron.
Y ahora que no tengo más que fotos,
Si cruzo los dedos va a venir, murmuró en voz baja tapada con las
sábanas hasta la cabeza. Una linternita de metal, celosamente guar-
dada en su mesa de luz, alumbraba una luciérnaga cazada en el par-

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que ese atardecer de Reyes. La había atrapado con la red de maripo-
sas. Luego, la metió dentro de un frasco vacío y, con la punta filosa
del cuchillo de picar, agujereó la tapa para que pasara aire. Jugó con
su farol bajo el nogal y, a la hora de la cena, lo escondió en un estante
del ropero entre sus camisas.
Con los dedos como pinzas extrae la luciérnaga y, colocándola so-
bre la mesa de luz, vuelve a susurrar:

Cruzo los dedos,


uno, dos, tres para que vengas hoy. .

Toma la luciérnaga por las alas y camina hacia la ventana abierta.


¡Volá!, ordena, y la lanza al aire de la noche. ¡Traémelo!, dice y regresa
a la cama. Cuando apoya la cabeza sobre la almohada le llegan enco-
gidas la voz de la abuela que conversa con su mamá en la galería. El
sueño viene rápido. Acababa de cumplir siete años.
El golpe de una piedrita en medio de la habitación la despertó. La
brisa de la madrugada se escurría fresca y hacía ondular las cortinas.
Una segunda, lanzada con fuerza cae, ahora, sobre las sábanas. Se
sienta en la cama. Desde el gallinero, el alboroto de los gallos. No tie-
ne dudas: ¡Viniste!, grita bajito y corre hacia la ventana. Al asomarse,
vio a su tío Emilio que le hacía señas para que bajara. Descalza, salió
del cuarto y caminó en puntas de pie por el pasillo hasta la escale-
ra. Fue saltando los escalones de dos en dos para llegar más rápido.
Apoyado en una de las columnas, con una sonrisa en los labios, la
esperaba su padrino. Tenía un paquete en la mano. ¿Por qué no feste-
jaste con nosotros? Te esperé, le reprochó Mariana. Caminaban hacia
la glorieta. Es que no pude. Conversaban en voz baja, sentados sobre
un banco de piedra. Es por papá, ¿no? ¿Te peleaste? ¿Es verdad lo que
dice la abuela que estás triste y te vas a ir de viaje? Las dudas se le es-
capaban todas juntas, a borbotones. Es verdad. Con morosidad, sacó
del bolsillo de la camisa un paquete de Le Mans semivacío. Revolvió
con los dedos buscando uno. El celofán crepitó. Lo de tu padre, no
tiene importancia, la besó en la frente; además son cosas de mayores.
Pero quiero que sepas que no estoy triste, que pase lo que pase vamos a

103
volver a vernos, le brillaban los ojos, me voy a ir por un tiempo, nada
más. Guardó la marquilla y se palpó: buscaba el encendedor. Maria-
na se lo quitó de las manos; le encantaba encenderlo. ¿Adónde? Su
dedo hizo girar la ruedita y la promesa de fuego naufragó en chispa.
Dameló, te podés quemar. Me voy lejos, Marianita, a conocer países, de
todos lados te voy a mandar postales. Ya hablé con Catalina, se las voy
a enviar a su casa del pueblo. Va a ser un secreto entre los tres. Hizo
una pausa y encendió el cigarrillo. La llama le iluminó los ojos hú-
medos. Mariana le acarició la mejilla. ¿Con quién pasaste la Navidad,
tío Emilio? Sentía ganas de llorar, pero se contuvo. En casa de unos
amigos, en otro campo, por acá no más. Largó una bocanada de humo.
La brasa taraceaba las sombras. Ahora me tengo que ir porque tu papá
es de levantarse temprano y está amaneciendo. Quiero que le entregues
esta carta a tu madre, que no la vea nadie, ¿entendiste? Y que guardes
este regalo que te compré. ¡Te quiero mucho, mucho! Y la abrazó. ¡Feliz
cumpleaños, ahijada! Le acariciaba el pelo mientras ella desenvolvía
el paquete. Cuando por fin lo abrió, quedó entre sus manos un oso
azul de peluche, el más hermoso que jamás había visto.

Un golpe seco, la trae al presente. Abandona las fotos familiares, se


incorpora y abre la puerta de su habitación para escuchar mejor. La
casa está en silencio. Pensando que tal vez un ratón o una viga han
producido ese ruido, vuelve a la cama. Entonces, escucha un gemido
que viene del cuarto del padre. Salta, enciende la luz del pasillo y
corre hacia allí.
Lo encuentra en el piso, enroscado entre las sábanas.
Aprieta el bastón con su mano derecha.
Las luces, encendidas; y el aire, nauseabundo.
El hombre ha vomitado la cena.
—¡Papá!, ¿qué te pasó?
Da vueltas en torno a él. Se agacha y trata de levantarlo. En vano.
Está enredado con las sábanas y no suelta el bastón.
—¡Dios mío!, ¿cómo te caíste, así? —se pone de pie y lo mira desde
arriba—. Si tenés el timbre y venimos enseguida —habla sin parar
porque le resulta difícil vencer la repugnancia y está asustada.

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Le quita el bastón de la mano. Comprende que sola nunca podrá
mover un cuerpo tan pesado que no colabora. Corre al baño para
empapar una toalla y traer una palangana con agua. Tranquilo, tran-
quilo, dice. Regresa. Intenta limpiarlo y, con asco, lo va liberando de
las cobijas en las que se enredó. Don Ernesto murmura frases incom-
prensibles; lloriquea. Y ella, arrodillada en el piso, ahora, con la cabe-
za del padre sobre la falda, comienza a acunarlo. Bueno, bueno, dice
y se balancea. Bueno, bueno, repite y le acaricia la cabeza y le arregla
el cuello del pijama. Ya pasó, papá. Ya pasó —dice y cuando consigue
tranquilizarlo, se estira y con la mano izquierda alcanza la perilla y
hace sonar el timbre. Casi al instante, ve entrar a Mercedes envuelta
en el salto de cama que fue de su mamá. Lo reconoce de inmediato.
—Ayudáme. ¿Querés? —dice. No consigue disimular la indigna-
ción.
Las dos tratan de enderezar a Don Ernesto. Mariana lo toma por los
brazos, Mercedes de los pies. Imposible subirlo a la cama. Desisten.
Pesa mucho.
—Disculpemé, señorita. No doy más. Deberíamos llamar al Aure-
lio para que nos dé una manito. No vamos a poder solas...
No vamos a poder solas, piensa Mariana y mira a Mercedes que
respira con dificultad. Sentada en el piso, Mercedes tiene la mano
apoyada sobre el vientre y la espalda contra la cama. Mariana nota su
agitación. Faltaría que se descompusiera, piensa. Mercedes jadea y le
transpira la frente.
A un costado, el padre llora indefenso.
Una pelusa se le ha pegado en la boca torcida.
—Está bien. Andá a buscarlo y después acostáte. Vos no podés ha-
cer fuerza.
En el momento en que Mercedes sale de la habitación, Mariana
coloca bajo la cabeza del hombre una almohada.
—Bueno, papá. Ya pasó, ya pasó...
Repite y repite la misma frase. Como si esa frase fuera lo único que
pudiera decir. Lo único más cerca de la ternura que le sale. Cada tan-
to moja un pañuelo en el agua de la palangana, lo retuerce para que

105
no chorree y se lo pone sobre la frente. Está asustada, nunca tuvo a su
padre tan cerca. Don Ernesto hierve de fiebre y delira frases confusas.
Con esfuerzo, el hombre se incorpora apenas y la mira con el único
ojo que puede abrir. Tiembla y abre y cierra la boca. Está queriendo
decir algo, pero la voz sale de su garganta como un murmullo entre-
cortado.
—¿Qué decís?
Ha acercado el oído a la cara del padre. Y entonces descifra:
—¡Los papeles...!
Por la comisura de los labios se le escapa un hilo de saliva. Un mo-
retón azul empieza a insinuársele en la frente.
—¿Papeles, papá? ¿Cuáles?
—En la caja… fuerte... En el escritorio... —murmura y resopla. Con
la mano se prende de la manga de su camisón.
—Me los quieren robar...
—No te escucho...
—Robar… Ella... Volvió… a robarme… Carmen y Emilio… —casi
grita y la sacude—. Apuráte...
La presión de los dedos la lastima. Por el esfuerzo, la boca de Don
Ernesto se ha torcido hacia arriba. El aliento la obliga a dar vuelta la
cara.
—Tranquilizáte. Nadie te va a robar nada, papá…
El hombre tira y le desgarra la manga del camisón.
—Están con ella... Quiero bajar —patea el suelo con un pie—. Lle-
váme… —. Tiene un ojo desmesuradamente abierto y llora
—. ¡Hijita!
—Sí, papá, acá estoy…
—¡Mercedes, hijita, ayudame! —suplica.

—La ayudo, patrona...


—Sí, Aurelio. Por favor, sola no puedo.
Entre los dos alzan el cuerpo y lo depositan sobre cama. Después de
cubrirlo con una manta, Mariana cierra los postigos y mira el reloj:
las dos de la madrugada.
El primer día en la Milagrosa ha sido demasiado largo, piensa.

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Hace tres días que llueve. En algunos cuartos de la casa, el agua se
filtra. Mariana y Olinda colocaron una artillería de cacerolas y baldes
en los que el agua aporrea el fondo. Mientras Mercedes pela unas
papas para el almuerzo en la cocina, la radio a transistores abrumada
por las descargas eléctricas escupe las últimas noticias. Los saludos
de fin de año, las discusiones sobre el posible juicio a la Junta Mili-
tar y la abultada deuda externa, dejan poco espacio para la caótica
situación de las zonas inundadas. Buenos Aires, lejos de lo que no
la involucra, se prepara para las próximas Navidades y el verano que
se viene. Encima del aparador, el reloj marca las once y media. Sobre
la mesa, junto al mate y la pava, Mariana acaba de terminar la carta
para Francisco que tanto le ha costado escribir.

“… de a poco se me está yendo el miedo. Igual algunas noches me


despierto empapada, muerta de terror…”.
“... por todo eso, como te conté más arriba, el primer día en La Mila-
grosa fue apocalíptico. El estado de la casa, sumado al recibimiento del
viejo me sumió en un desconsuelo terrible, hasta que hice pie. Ahora
me ocupo personalmente de darle de comer y de higienizarlo. Me cues-
ta muchísimo vencer mi resistencia. Lloro de rabia más de una vez y
puteo. Algunos días me pregunto por qué volví y me doy cuenta hasta
qué punto estoy acá por arrastre, porque no me quedó otra. Otras veces
me gana la heroína y me esfuerzo en perdonar, cosa inútil. Entonces
elijo, casi con desesperación, cuidarlo a pesar de su desprecio y de mi
repulsión. Observar eso, me educa”.

107
“…. Quisiera sentir alguna empatía, pero no lo consigo. Más allá del
asco que me producen los olores, no siento otra cosa que indiferencia.
Puedo mirarme desde afuera, cumpliendo el ritual de alimentarlo, de
limpiarle la baba, el vómito y los esfínteres como si viera una película.
Y es impresionante comprobar que soy la misma nena de siete años que
se esforzaba en quererlo. Ésa que quería llegar al corazón de su papá y
agradarle, o saber por qué”.

“... y a la tardecita se fue. No quiso saber nada con quedarse un tiem-


po hasta que me acostumbrara a esto. La comprendo, ella tiene su vida
y yo me tengo que hacer cargo de la mía. Llama siempre por teléfo-
no (cuando no se corta la línea por las tormentas). Todavía no fui al
pueblo a verla porque no acaba nunca de llover y los caminos están
imposibles. En la casa quedé sola con Mercedes, la hija de Herminia,
la lavandera negra que fue amante de mi padre. Tiene unos ojos azules
extrañísimos. Está embarazada. El viejo sólo habla con ella. En el pues-
to viven don Aurelio y Olinda, su mujer pero...”.

“... a varias leguas de acá, cerca de la desembocadura. Fue terrible.


El peón quiso cruzar la laguna con el arreo para llevar las vacas a otro
campo más alto y se ahogó. Lo arrastró la corriente junto con los ani-
males. Era muy honda. Encontraron el cuerpo una semana después en
la parte baja de un cañadón, enredado entre los juncos. Aurelio está
apenado: lo conocía mucho al hombre. Algunos inviernos venía a la
estancia a ayudar en época de yerra. Era bueno para castrar”.

“... es que a este paso, se pierde. El trigo se atrasa por la humedad y no


madura o se pudre. En épocas normales, estaríamos en plena cosecha.
Unos pocos vecinos que pudieron levantar algo no consiguen sacarlo
porque el piso está tan blando que los camiones se encajan. Encima, si
el Salado sigue subiendo se derramará sobre los campos en los que ya
hay agua de sobra. No sabés cómo extraño los diciembres luminosos…”.
“... Cuando recibí la carta en París, me resistí mucho, vos lo sabés
bien. Pero después fui cediendo. Entonces, tuve la esperanza de que,

108
viejo y enfermo, se hubiera ablandado y pudiera existir un espacio para
la reconciliación. Es inútil. Te juro, Francisco, no me explico qué culpa
pago ni por qué quedé fuera de su proyecto”.

“... por eso recién ayer me llegó tu carta. Hacía diez días que estaba en
el correo. Pero el agua, siempre el agua...”.

“…. El casco de La Milagrosa fue levantado sobre terreno alto, es el


pueblo el que corre peligro. Está tan cerca del río… Dice Aurelio que se
la pasan construyendo terraplenes, trabajan todos. Yo no los vi toda-
vía...”.

“Ayer me llamó Marta Purichelli, que es maestra jubilada y amiga de


Cata, y me pidió uno de los galpones de casa para guardar los muebles
de una escuela rural de acá cerca que se está inundando. Le dije que sí.
Si hay lugar de sobra…”.

“.... y en estas dos últimas semanas, los delirios del viejo aumentaron.
Aunque me paso casi todo el día en su habitación, no me dirige la pala-
bra y, cuando lo hace, me llama Mercedes. Por momentos sospecho que
es a propósito... ¿Será por los desencuentros con mi madre, o la culpa
que le quedó después del suicidio?... Nada justifica tanto odio. Hay algo
sórdido en él, malo, malo. Y no sé cómo se lo ayudará a morir”.

“...Catalina sabe muchas cosas que yo nunca dejé que me contara.


Historias que preferí no oír. Lástima que ella no esté aquí y que para
verla tenga que ir hasta el pueblo... …lejos, más allá del alambrado,
atravesando el camino... …y estamos todos como escondidos en la llu-
via...”.

“… aunque una duda sí me aclaró, y estoy dando vueltas para de-


círtela. Es que Mercedes parece que es mi hermana. Lo escribo y no
puedo creerlo. No parece, es mi hermana. Yo soy una estúpida porque
lo sabía, y no lo sabía. No quería decírmelo a mí misma. Enterré toda

109
sospecha siempre, pero siempre lo supe, o lo intuí. Tiene los ojos del
viejo. Cata me lo dijo el primer día que llegué y yo no sé qué hacer con
ella, tampoco sé si ella lo sabe. Casi no le hablo. Me molesta que sea tan
mansa. Estamos las dos solas en la casa cuidando a papá y no sé cómo
tratarla. Es decir la pongo todo el tiempo en el lugar de la mucama y
otras mucamas no hay, nadie quiere venir por acá, y no me animo a
hablarle de frente. Por momentos siento pena por ella y mucha rabia…
Pero ella ¿qué culpa tiene?”.

Está dando de comer en la boca a Don Ernesto, cucharada tras cu-


charada. Fuera del golpeteo del metal sobre el plato, ningún sonido.
El hombre abre de par en par la hendidura y Mariana introduce la cu-
chara colmada. Luego la retira, limpia. Y entonces el padre, de perfil,
la vigila. Durante un instante no ocurre nada: únicamente los ojos los
tienen estaqueados, cada uno en su sitio; la cuchara, ahora a mitad de
camino entre la boca del hombre y Mariana, establece una frontera
en el aire. Y de inmediato el padre, que sigue de costado y con la boca
llena, comienza a masticar. Vuelve y revuelve la comida de derecha a
izquierda sin decidirse. Es como si rumiara su recelo, como si no fue-
ra el revoltijo de papa y saliva, sino la presencia antipática de la hija lo
que estuviese intentando tragar. En el momento en que lo consigue,
en la barba mal rasurada va quedando un reguero de insignificancias
blancuzcas. Con una servilleta, Mariana le limpia el mentón sucio de
puré. Después, apoya la bandeja sobre la mesa de luz y le acerca un
vaso con bombilla. Lo ayuda a beber. A medida que Don Ernesto sor-
be, el jugo de naranja desciende desnudando el vidrio. Cuando está
a punto de terminar y sólo queda en el fondo una pequeña cantidad,
en vez de indicar que no desea más, el padre empuja bruscamente la
mano de la hija y el vaso se derrama sobre la sábana.
—¡Papá, acabo de cambiarla hoy a la mañana! —patea el piso, los
puños cerrados.
Hay un lamparón naranja sobre la sábana blanca. Don Ernesto, la
cara torcida, los ojos fruncidos, el pecho convulso, se está riendo.
—¡Cambiámela! —dice.

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La risa le ha provocado tos. Se ahoga. Mariana le golpea la espalda y
el viejo escupe un gargajo verdoso sobre la mancha anaranjada.
—¡Cambiámela, te digo! —ordena.
Tipo de mierda, piensa.
Se aleja de la cama y, apoyándose contra la pared, se tapa los oídos
y lo mira gritar. Lo mira fijo. Mira sus gestos histéricos. Estúpido,
piensa, viejo estúpido. Se acerca a la ventana y ahora ya no mira a su
padre, mira los campos aguados y barrosos. Desde allí puede ver a
su montecito de cañas casi podrido por la humedad. El agua se está
llevando la cosecha, vuelve a pensar. Sería bueno que nos arrastre
también a nosotros.
Baja las manos y se da vuelta. El padre continúa exigiendo que lo
cambie. Entonces Mariana, parsimoniosa, como si no oyera, se le
acerca, le acomoda la almohada, sube el borde sucio de la sábana has-
ta rozarle las mejillas. Luego, levanta la bandeja y permanece unos
instantes mirándolo. Cuando agotado de chillar el hombre por fin se
calla, Mariana simula una sonrisa.
—Ahora, aguantá y dormíte —le aconseja antes de cerrar la puerta.
Como latigazo, desde la confusión de cobijas, un insulto surca el
aire denso del cuarto.
Almuerza sola en el comedor. Siente un relajo en el fondo del es-
tómago. Cada tanto, se lleva algo a la boca y mordisquea inapetente.
Mueve, hastiada, la comida de un costado al otro sin poder tragar.
La carne esta fría. Se moja los labios con un sorbo de vino blanco,
empuja el plato hacia el centro de la mesa, se levanta y va hacia el
guardarropa. Cuando encuentra lo que busca sale a la galería. Ha de-
jado de llover. Innumerables charcos inundan el parque. Un chillido
punzante de chajá perfora la bruma. Saca del bolsillo de la camisa
una caja de fósforos y enciende un cigarrillo. El viejo perro de don
Aurelio se restriega contra sus piernas. Sabe que está tomada por una
decisión. Irá al pueblo. Tiene que hablar con Catalina.

El escándalo de los teros rebota metálico contra la tarde cuando


Mariana toma a la yegua por el cabestro, apoya un pie en el estribo

111
y revolea la pierna. Descarga el peso del cuerpo sobre la montura y
Reina se encabrita. Hace ocho años que no monta y por un instante
se siente insegura. Antes, Mariana había dicho: Prepáreme un caba-
llo, Aurelio. Quiero ir al pueblo. Volvían de la alameda, conversando.
Aurelio le trajo el animal ensillado y se le iluminaron los ojos. Es
la hija de Huasipungo, ¿no? Tiene su recado... está altísma. Aurelio
asintió con la cabeza. Y recién amansada, patrona. Se llama Reina,
dijo. Eso sí, tenga cuidado, es un poco brava... Mejor. Mejor, Aurelio,
espero acordarme. Mariana pasándole la mano por la grupa. Avísele a
Mercedes que voy a ver a Catalina. Cualquier cosa, que me llame allá.
Papá está dormido. Hay que subirle la merienda y, si protesta mucho,
que le cambie la sábana.
Ahora Mariana está sobre Reina y está decidida a ir al pueblo. Ape-
nas ha traspasado la tranquera que separa el parque del campo abier-
to; hace mucho tiempo que no monta pero en cuanto puso el pie en
el estribo se sintió en casa; tira de las riendas y la yegua levanta la
cabeza y retrocede. Mariana, entonces, se ve a sí misma saliendo del
cuarto del padre llena de estupor. Por eso no pudo comer, por eso
después de decidirse a ir al pueblo abrió la puerta del armario que
está bajo la escalera y hurgó en el fondo del guardarropas buscando
las botas de goma y el capote. Se le vinieron encima varios libros.
Viejo hijo de puta, dijo. No aguanto más. La cabeza golpeó contra una
foto enmarcada; el cuadro se deslizó hacia el piso y cayó. Sobre las
baldosas, el vidrio trizado y debajo de la cara sonriente de su abuelo,
el epígrafe: 1959 Primer Premio. Sociedad Rural Argentina. Cuando
encontró lo que buscaba, se vistió, empujó como pudo el desorden,
metió a presión el desparramo, cerró la puerta y salió al parque.
¿Qué tal el enfermo, patrona? Aurelio había aparecido imprevista-
mente en cuanto ella pisó la galería. Venía de los galpones, calada la
boina negra hasta las cejas. Como siempre, Aurelio. Igual de jodido.
Andaban, ahora, por la alameda, esquivando charcos. Encima, no
para de llover... La casa va a aguantar, patrona. El trigo, no. Está pa-
sado por agua. Dejaban atrás un molino que la tormenta de la noche
anterior había quebrado, los caños retorcidos, las aspas separadas del
tronco unos metros más adelante, y se detuvieron frente a un cuadro

112
sembrado. El alambre en el suelo. Por entre los surcos, unas gallare-
tas. ¡Qué carajo, el agua! Aurelio miró lejos, donde el terreno era más
bajo; allí en una laguna nueva, familias de garzas y algunos flamencos
buscaban alimento. Sí, Aurelio, dijo, esto parece un arrozal. No hay
cómo levantarlo, patrona. Estuvieron intentando meter las máquinas,
pero no hubo caso. Se encajan. Mariana miró el cielo. Cuando deje
de llover y pase la inundación, dijo, habrá que afrontar las pérdidas.
En ese momento, una bandada de cuervos de agua atravesó el cielo
de norte a sur. Dentro del desastre, ustedes están salvados, contestó el
hombre. El año pasado, antes de que se enfermara, Don Ernesto lo dio
a sembrar a porcentaje a los Politti. Ellos corren con el riesgo. Van a
perder todo...
Apoyada contra el tronco de un eucalipto, Mariana revistó el campo
que se abría frente a sus ojos: el cereal verde, encogido, los tallos finos
abarrotados de granos oscuros. No van a dar fruto, pensó. Y más allá,
como una lámina pesada y plomiza, el cielo incierto. ¿Y los animales,
Aurelio? Su papá los liquidó antes del ataque. Dejó pocos. Como si lo
hubiera sabido… Mariana suspiró. Pero a los que quedan, dijo, no va
a haber pasto para darles. Aurelio se tomó tiempo para contestar. No
crea, patrona. En los silos tenemos suficiente para un mes y medio.
Después, habrá que quedarse con las lecheras y vender el resto. Eso si
es que se pueden sacar por arreo hasta la feria de Chascomús. Algunos
caminos ya están cortados... Mariana caminaba despacio, siguiendo
el ritmo del hombre. Me dijo Olinda, ayer, dijo, cuando vino a dar-
me una mano con la limpieza, que en el freezer del galpón hay carne
para rato; me preocupa la verdura. Aurelio sonrió. En el invernadero
que está atrás de las casas hay cualquier cantidad de tomate y zapallo.
Mariana suspira aliviada, ¿Y qué dicen del agua en el pueblo? Aurelio
alzó la mano y señaló el horizonte, miraba lejos. Tienen un susto... Si
se desborda el río, va a ser un desastre. Acá estamos altos, pero allá... El
peón, los dientes manchados de sarro, mordisqueaba una pajita. Se
había levantado viento y rumbeaban para los corrales. ¿Qué le pasa,
Aurelio? Se habían detenido junto a una tranquera. El hombre restre-
gaba la suela de la bota en uno de los travesaños. Quitaba el barro. Y
lo hacía maquinalmente, como un acto involuntario, y a la vez que lo

113
hacía se levantaba la boina del lado de la oreja derecha y se rascaba.
Mariana comprendió que quería decirle algo y no encontraba la ma-
nera. Vamos, hombre, animesé, dijo.

Mariana ahora taconea a Reina en los ijares, y la yegua bufa, baja la


cabeza y la sube, irritable, como queriendo zafar a la presión de las
riendas; es un instante breve de disputa hasta que acepta el dominio
y se aviene. Luego, rectifica la posición: levanta el lomo y, medio de
costado, medio ladeada, comienza a avanzar al trote corto por la ave-
nida de eucaliptos. Mariana va hacia el pueblo y a medida que lo hace
va soltando a Reina; la incita al galope, mientras los talones aprietan
los flancos. Sabe cómo y dónde tocar. Lleva las piernas pegadas a
los costados, los pies sujetos a los estribos, todo el cuerpo inclinado
hacia adelante, como sobándole el pescuezo. Percibe entre sus pier-
nas, bajo el recado, apenas atenuada por los bastos, el ansia chúcara
y desbocada de Reina. No puede evitar recordarse a pie haciendo el
mismo camino ocho años atrás.
Ahí donde comienza el límite entre la tierra firme y el barro, la
yegua aminora la marcha. Avanza al paso, vadeando huellones pro-
fundos, orilleando lagunas repletas. Cada tanto, las patas se hunden,
tantean el fondo, se detienen casi completamente y vuelven a salir
airosas y mojadas, chorreando pasto y agua densa. Me preocupa Mer-
cedes, ¿sabe? Aurelio apoyado contra la tranquera se había volteado
hacia ella y la enfrentaba. La pobre chica va a parir en cualquier mo-
mento y cómo la vamos a llevar al pueblo. Mi mujer dice que está por
entrar al octavo...
Calor.
Libélulas.
Olor a laguna. Detritus. Algunos lirios amarillos, juncos, espada-
ñas, carrizos quietos como crisálidas bordean las cunetas colmadas,
en las que los renacuajos trizan la superficie. Mariana piensa que no
ha tenido tiempo de pensar en el embarazo de Mercedes. La carga-
mos en el auto de mi padre o en alguna de las camionetas y llegamos
enseguida, dijo. El camino todavía está bueno...

114
En el momento en que aparecen las primeras casas del pueblo, al-
gunos tímidos rayos de sol: sombra de caballo y jinete proyectada,
repentina, sobre la tierra de la calle. Y ahora Reina, otra vez al trote,
balanceándose al ritmo del paso recorre la avenida principal. Recuer-
da la risa de Aurelio, bajita, como avergonzada. ¿Qué pasa?, dijo Ma-
riana. El problema van a ser las gallinas, dijo Aurelio. Hicieron nido en
el motor del auto y las camionetas están rotas, las tres. Por momentos,
la yegua se detiene para tantear el piso inseguro de los charcos más
profundos. De repente, unas gotas desparejas le mojan la cara. Frente
al boliche, junto al palenque, unos cuantos sulkys estacionados al-
ternan con tres caballos. Cuando pasa frente al Almacén de Ramos
Generales, ve que Catalina sale cargada con una bolsa en cada mano.
—¿Te ayudo? —desde la calle.
La vieja mujer levanta la cabeza, sorprendida.
—Mariana, no te había visto —maciza, reflejándose en una de las
vidrieras. Tiene puestas unas alpargatas negras de cuyos bordes si-
métricos asoma, ancho, el empeine—. No, gracias. Mi hermano me
viene a buscar. Seguro que se demoró en el club.
—Después, paso por tu casa. Prepará el mate.
Mariana decide hacer una parada en el Banco Nación para hablar
con el gerente y después pasa por el Correo. Trae la carta para Fran-
cisco y quiere despacharla cuanto antes. Revisa la Casilla y, mezclada
con algunas cuentas y varias publicidades, reconoce la letra: el amigo
ha vuelto a escribirle. Acaricia el sobre y lo huele antes de rasgarlo.
Por un instante, su otro lugar. Paris, noviembre. Mucho frío..., lee.
Querida mía: por acá, extrañándote.... Dobla la hoja. Cuidadosa, la
guarda en el bolsillo del pantalón. Reservará para después el encuen-
tro. Prendida de las crines, apoya el pie en el estribo, bolea la pierna
derecha y cae sobre el lomo del animal que bufa moviendo la cola.
En la puerta de la panadería, dos mujeres conversan.

Y ahora no está en casa de Cata tomando mate, está en la Sala de


Salud, sentada, leyendo una revista. Espera que Patricio la atienda.
Ni bien se acercó al improvisado mostrador y preguntó por él, El

115
doctor está atendiendo, le contestó la secretaria. Y sin mirarla, Va a
tener que esperar... Le toca a usted, Aparicio. Presuroso, bombachas
batarazas y botas de potro, un paisano viejo se incorporó del banco
de madera en el que esperaban los pacientes, uno pegado al otro,
abanicándose. Parecen lechuzas sobre un alambrado, pensó. Usted
no es de aquí, ¿no? En cuanto colgó el capote en el perchero y buscó
asiento, la pregunta refuciló desde la boca de una mujer. Sí y no, dijo.
Una señora canosa, con un monedero sobre la falda y los brazos cru-
zados removió su cuerpo en el banco para hacerle lugar. Mariana le
agradeció con una sonrisa.
Ha dejado para más tarde la visita a Catalina. No sabe bien por
qué ha ido a ver a Patricio; sospecha que ha sido la conversación con
Aurelio. Mercedes está por parir. Se le viene el recuerdo del beso que
le dio Francisco en Paris ocho años atrás. ¿Por qué el recuerdo de ese
beso ahora? ¿Cuántas veces se ha preguntado qué hubiera podido
pasar si en vez de levantarse de la cama hubiera seguido besándolo, si
hubiera dejado que él la acariciase?
Una mosca surca la sala en vuelos rasantes.
Con los ojos, Mariana sigue el vuelo de la mosca y se dice que en
la infancia, tirada sobre el jergón de cañas del montecito, deseó vivir
una vida intensa como la de la literatura. Sueños en caída libre. En el
banco de enfrente, dormita un hombre flaco, la cabeza ladeada. Ma-
riana lo observa. Sin éxtasis se vive, piensa. Flanqueando al hombre,
dos mujeres jóvenes cuchichean y, cada tanto, lanzan hacia ella mira-
das furtivas, mientras Mariana recorre con la memoria la habitación
de Francisco. Lamenta haberlo dejado casar con Julia y fracasar y no
sabe por qué está recordando una escena tan vieja, mientras espera
en la Sala de Salud que Patricio la atienda. Oye bisbisear a las muje-
res. En medio de las dos, cruzado por ellas, el hombre flaco que dor-
mita parece una bisagra. Una, sin duda su mujer por el atrevimiento,
lo despierta de un codazo en el instante en que Patricio abre la puerta
del consultorio, despidiéndose del hombre de las batarazas con una
palmada en la espalda.

116
—No. Es porque no sos hija suya. Resígnate. Bueno, ya está. Eso. Te
lo tenía que decir. Y no me digas que nunca lo pensaste, porque no
te creo…
El teléfono suena desde el comedor. Catalina se esfuma de la ha-
bitación con una prisa que más parece fruto de la incomodidad que
de la urgencia. Mariana permanece con el mate en la mano, los ojos
clavados en el círculo de hollín que el fuego ha dibujado en la base de
la pava. La carta que le ha entregado Cata está abierta sobre la mesa.
No se anima a tocarla. No quiere pensar en lo que ha leído.

—Es Aurelio —agitada, Cata se apoya en el marco de la puerta—.


Tu padre delira y no pueden sujetarlo a la cama. Se quiere levantar,
el hombre. Y no hay caso. Está como loco. Vas a tener que llamar a
Patricio.
—Llamálo vos. Hacéme el favor. Decíle que vaya para La Milagrosa
cuanto antes. Yo estoy a caballo.
Guarda la carta de Emilio que Cata le ha dado en el bolsillo, la
única que le faltaba leer, se despide con un beso y corre hacia la calle.
Monta de un salto y el animal, sacado abruptamente del descanso,
retrocede sorprendido resistiéndose a las riendas. Por un instante,
Mariana mira hacia atrás. Se le nublan los ojos. En el umbral, Cata-
lina es sólo una sombra enmarcada por la luz de la galería. Vuelve la
cabeza hacia adelante decidiéndose, mientras descarga con furia un

117
rebencazo en la grupa de Reina y sale al galope. Está anocheciendo.
En el cielo aún hay un resto de luz. La luna, oculta por las nubes,
asoma cada tanto encogida. En el aire, densidad de jejenes. Hace un
ademán para defenderse con la mano libre y aprovecha para secarse
las lágrimas. Recuerda un mínimo fragmento de la larga charla que
ha mantenido durante la tarde: ¡Qué difícil lo hacés, hija! La mira sin
querer entender ¿Por qué?, pregunta. Porque sí, parece que no caés
nunca o no querés caer. Las revelaciones de Catalina le anudan la gar-
ganta y presiente que sube, desde adentro, desde el centro mismo del
estómago, un huracán, un ardor violento que la lastima y le abre la
boca en un grito. Su voz rebota contra la hilera de plátanos que bor-
dean la avenida. En su cabeza, se inaugura un desordenado desfile de
imágenes.

Esa tarde, en la Sala de Salud: ¿Viniste por tu padre? Patricio en


cuanto la vio. La sala de espera era un teleobjetivo alerta. No, quería
hablar con vos sobre otro asunto. Aparte de sus frases, sólo el ronro-
neo del ventilador de pie. Me quedan cinco pacientes, dijo. Mariana se
encogió de hombros. Tengo tiempo. Hay suficientes para entretenerse,
y señaló el canasto de mimbre atestado de revistas, me voy a poner
al día. Cuando el médico retornó a la consulta y ella a los renglones,
el silencio vigilante de la habitación se quebró en un murmullo ex-
citado. Alguien pronunció nítidamente dos nombres familiares: Don
Ernesto y la Herminia. Levantó los ojos y volvió el silencio.
Bajo la mirada de los vecinos, Mariana devoró los artículos con
noticias de meses anteriores. Cada tanto se inclinaba para revolver
dentro del revistero. Encontró un diario de fines de septiembre. Lo
abrió. Acaparó su atención una nota sobre el informe de la Conadep.
En página central, varias fotos mostraban el momento en que Sába-
to entregaba al Presidente de la Nación el informe que daba cuenta
de la desaparición de, al menos, 8.960 personas. Entre los presentes
descubrió varias caras conocidas. Es viejo, mujer. Por ahí debo tener
una revista de este mes. Desde la puerta, la sorprendió la voz de Patri-
cio. Llevaba el guardapolvo blanco desabotonado. Mariana levantó la

118
cabeza y comprobó que los vecinos se habían ido. La secretaria, los
anteojos en la punta de la nariz, acomodaba unos papeles. Vení, pasá
nomás. Ya estoy libre. La mujer los miraba por encima del marco de
carey. No quedan cajas PAN, doctor, disparó. Patricio se detuvo en
seco. Pero si llegaron hoy por tren, las iba a retirar el Delegado. La
secretaria revisó unos papeles. Acaban de avisarme los del club... lle-
garon muy pocas, parece, y se acabaron. ¡Ah! Doctor, me voy a quedar
pasando planillas, dijo. Acá está la revista que busca, y se la extendió.
Es la más nueva.

Reina al galope, chapaleando barro. Siente las manos sucias, húme-


das, y percibe en la entrepierna, trasmitida desde más abajo del ape-
ro, la disminución imperceptible de la marcha. La yegua va al paso y
atraviesa, ahora, una laguna baja. Mariana ve, detrás del alambrado
casi caído, una vaca con el agua hasta las ubres. Olor a agua estanca-
da. En el borde de una de las cunetas casi borradas nada una familia
de patos. Apenas perceptible, la sombra de algunos postes de teléfo-
no inclinados hacia la tierra, a punto de caer. En cualquier momento
se corta el camino, piensa. El agua está viniendo y no va a parar. Si no
se apuran, no pasan, dice.

En cuanto la recibió, quedó prendida de la imagen de la tapa. Ajada


por el uso, la revista mostraba una foto sugestiva. Comenzó a revi-
sarla, pasando rápido las páginas, buscaba la nota. Patricio la sacó
del ensimismamiento: Entrá. Y para darle paso apoyó delicadamente
la mano en su cintura. ¿Qué es la caja PAN?, preguntó Mariana. Plan
Alimentario Nacional, un plan asistencial del estado. ¿Cómo está tu
pie?, la había tomado ahora por los brazos desnudos y presionaba
apenas. Bien. Venía a hablarte de Mercedes. Lo miró. Le quemaban
sus dedos. Ascendente, experimentó un leve estremecimiento. Se
desprendió de su contacto y se sentó en la silla que le ofrecía el médi-
co. Según Aurelio, ya está por entrar en el penúltimo mes, afirmó Ma-
riana mientras Patricio se acomodaba al otro lado del escritorio. Y la
verdad es que, si hay que traerla urgente al pueblo, no sé qué hacer. El

119
auto de mi padre no funciona. Tampoco las camionetas. Él jugueteaba
con los anteojos. La observaba. Tenés razón, dijo. Se había puesto
repentinamente serio. Si las cosas no vienen bien, puede ser peligroso.
Hace unos diez días vino a verme asustada: tenía contracciones. La
trajo un vecino en sulky. Me contó que había hecho fuerza tratando de
levantar a tu padre. Ahora de pie, Patricio caminaba con las manos
en la espalda. Por la ventana abierta avanzó el chirrido desapacible
de una sierra. Mariana giró la cabeza, buscaba el origen del sonido
¿Estarán cortando leña? La revisé, continuó Patricio y se detuvo, le
indiqué que hiciera reposo y que volviera a verme en tres o cuatro días.
Pero no vino. Mariana suspiró y se encogió de hombros. No sabía
nada, dijo levantando la cabeza hacia él. La distrajo el pliegue de su
frente. Mirá, Mariana, yo creo que deberías ocuparte, ¿no te parece?
Ahora se había sentado sobre el escritorio a escasos centímetros de
ella y balanceaba una pierna. Mariana desvió los ojos hacia afuera.
En el recuadro de la ventana, ocupando el borde inferior, el perfil
rectilíneo de la casa vecina. El tanque de agua se recortaba, encima
del techo de chapa, apoyado sobre una estructura de caños. Es de-
cir, escuchó que decía Patricio. Deberías preocuparte especialmente,
pronunció la frase remarcando cada palabra. Está sola, Mariana se
volvió hacia él, es una adolescente, mientras hablaba lo hacía jugando
con un lápiz que había tomado del escritorio. Éste es su primer parto,
no puede hacer fuerza y... Mariana arqueó las cejas y volvió a mirar
hacia la ventana. No comprendía adónde quería llegar. Una bandada
de teros apareció en la ventana y desapareció por el borde superior
del marco. Iban gritando. Sí, claro, dijo y lo miró. Por eso vine. Pero
supongo que tendrá familia en el pueblo. Se harán cargo, digo yo. O un
novio. Mientras venía para acá, estuve pensando que, en vez de que esté
en La Milagrosa corriendo riesgo, podría traerla con su familia y... El
médico la interrumpió: No, no me explico bien. No cuentes con nadie.
La madre era lo único. Y murió este invierno. Impaciente, Mariana se
revolvió en la silla. Bueno, eso ya lo sé. A pesar de la hora, el cielo se
había vuelto un poco más oscuro. El hombre encendió una lámpara
de pie. Mariana, dijo con la voz conmovida, por favor, necesito que me

120
escuches. Mercedes no tiene familia ni novio, ¿entendés? No. No enten-
día. ¿Y los hermanos?, preguntó. Patricio se había puesto a caminar,
otra vez, de una esquina a la otra de la habitación. Detuvo la marcha
frente a la ventana y le dio la espalda: No la reconocen. Marina escu-
chó cacarear unas gallinas. ¿Cómo que no la reconocen? El médico
parecía un animal acorralado. Se dio vuelta y la enfrentó: Sí, no la
quieren con ellos. Hacéte a la idea que vos sos su familia, había apoya-
do las manos nudosas sobre el escritorio, inclinado el cuerpo hacia
adelante. Pero ¿por qué?, se animó a mirarlo a los ojos. El porqué lo
desconozco. Yo acá soy nuevo. Tal vez Catalina pueda contarte. Lo que
yo sé es que los hermanos la desprecian. Quizá por el embarazo.... Es
soltera y viste que en los pueblos hay mucho prejuicio, vaya a saber... La
cuestión es que no la quieren ni ver. Algo dentro, en su estómago, se
resistía: ¿Y el padre? Él bajó la cabeza y comenzó a juguetear con un
sacapuntas: Mariana, Cata me dijo que ya sabés…. Mariana abando-
nó la silla con brusquedad. Y yo, ¿qué tengo que ver? Yo recién llego y
recién me entero… ¿qué sé yo si es verdad? Con mi padre ya es bastan-
te. Encima no consigo enfermera, ni acá ni en Buenos Aires. ¿Por qué
me tengo que hacer cargo? Transpiraba. Necesito alguien que me ayu-
de. El médico la enfrentó. No hay, Mariana, y te toca. Sé que es difícil
para vos... pero te toca. La enfermera del pueblo se fue a Lobos con su
familia en cuanto vio que subía el agua, yo tampoco tengo quién me dé
una mano. Los teros volvían a pasar chillando, en sentido contrario.
Dibujaron una V en el cielo. Pero, protestó Mariana, si se complica el
parto y se descompone de noche y vos no... Patricio frunció el entrecejo
y sonrió apenas. Me llamás por teléfono, terminante. Y... ¿si no llegás a
tiempo?, buscaba excusarse. La mujer de Aurelio puede ayudar. De eso
sabe. De joven fue comadrona y atendía todos los partos cuando por
acá no había médico. Eso, ¿no te da seguridad? Lo único que necesita
por ahora es no hacer fuerza y descansar. Tenía las manos apoyadas
en el espaldar de la silla. ¿Qué querés que te diga?, dijo Mariana, sigo
pensando que lo más seguro sería traerla al pueblo. Tal vez Cata...,
dejó la frase en el aire. Patricio volvió a bajar la cabeza, mirándose la
punta de las botas: Hablá con ella.

121
Ahora ha hablado con ella. Ahora sabe. Sabe la historia comple-
ta. Por eso puede, por fin, llorar. Reina sigue avanzando cuidadosa,
como si calculara cada paso, tanteando con los vasos el fondo res-
baladizo de la laguna. Y en los bordes de las cunetas casi borradas,
otra vez el mismo olor denso a podrido y los juncos filosos que vio a
la ida, totoras en sombra. Tiene la sensación de no haber avanzado,
pero sabe que sí, que ya está más cerca, porque reconoce en la escasa
luz del atardecer la curva y el monte de algarrobos. Y otra vez, apenas
perceptible, el perfil de algunos postes de teléfono inclinados hacia
la tierra, a punto de caer. Entonces se dice como un mantra que en
cualquier momento se corta el camino. Está viniendo el agua y no va
a parar, dice. Si no se apuran, no pasan. Apretada a los flancos de la
yegua va soltándole las riendas y deja que Reina la lleve, las manos
se aferran a las crines y el pensamiento, a la tarde que acaba de pasar.

El reloj de pared de la Sala de Salud marcaba las tres y media cuan-


do salieron a la vereda. Volvía a lloviznar. Me la prestás, ¿no? Mariana
le mostró el semanario que le había entregado la secretaria de Patri-
cio. En la tapa, un hombre —la cara circulada en rojo— descendía de
un Falcon junto con otros dos. En la mano derecha llevaba un male-
tín negro y sobre los hombros un impermeable blanco. ¿Te gustaría
acompañarme hasta el terraplén? Patricio cerró la puerta de la Salita y
se acercó a ella que ya estaba bajo un plátano, guareciéndose del agua
que había empezado a caer con más fuerza. Así tenés idea del peligro
que corre el pueblo, le sonrió, invitándola con las llaves de la camio-
neta en la mano. Bueno, dijo Mariana y se acercó a Reina. Guardó la
revista entre el cuero de la montura y los bastos. Cuidadosa, ajustan-
do, tiró de la punta de la cincha. En el momento en que se enfundaba
el capote, Reina movió la cola, golpeó con una de las patas delanteras
el piso barroso de la calle y el cuerpo del animal vibró. Le pareció que
la presencia de la yegua joven colmaba la calle.
Esquivando charcos fueron cruzando la calle hacia la camioneta
que los esperaba contra el borde de la vereda, frente al Almacén de
Ramos Generales. Sobre la caja, dos tanques de aceite y varios palos.

122
Mariana se dejaba llevar. Él la sostenía para evitar que resbalara. Pa-
tricio le abrió la puerta, para ayudarla a subir y se detuvo.
—Disculpá —dijo y la soltó. Empezó a caminar. Mariana subió.
—¡Zoraida!, ¿a dónde vas con esa caja? —oyó que Patricio le grita-
ba a la mujer que acababa de salir del Almacén.
Dentro de la cabina, a través del parabrisas salpicado de gotas, Ma-
riana vio a una mujer joven intentando acomodar con una soga, una
caja en el portaequipaje de la bicicleta. Vio también avanzar a Patri-
cio, por delante del capot, hacia la mujer que ahora señalaba la puerta
abierta del Almacén de donde salían dos chicos con las mismas cajas.
Se oía el golpeteo de la lluvia sobre el vidrio del parabrisas. Se bajó
y empezó a caminar detrás de Patricio que avanzaba hacia el Alma-
cén. Se metió en el local detrás del hombre que sorteó el mostrador
llamando a los gritos a un tal Alfredo. Entraron a un patio de tierra,
repleto de latas vacías y atrás un galpón con las puertas abiertas.
—¿¡Me podés explicar qué mierda es esto, Alfredo!?
Dentro del galpón, las estibas de cajas PAN llegaban hasta el techo
de chapa.
—No es lo que usted piensa, doctor…
—¡Lo que yo pienso, la concha de tu madre! ¡Lo que yo pienso, Al-
fredo! ¡Te trajiste para acá las cajas de la gente, hijo de puta! ¿Quién
te las dio, eh? El Delegado, seguro, que está haciendo su campaña,
carajo. ¡Me tienen repodridos, punteros de mierda! ¡Me las llevás ya
al club o llamo al Comisario!
—El Comisario dio la orden… y el Delegado…
—Me importa un carajo, las llevás ya al club o te planto al pueblo en
la puerta del almacén y te hacemos pelota, ¿entendiste?
Se dio vuelta y encaró a Mariana.
—Cruzate y decile a mi secretaria que llame a los del club. Que
vengan con carretillas.
Media hora después subían a la camioneta. La vereda estaba llena
de gente, las carretillas iban y venían hacia el club llenas de cajas.
—¿Me podés explicar lo que pasó? —preguntó Mariana cuando
avanzaban hacia el terraplén.

123
—¿Te lo resumo?: Delegado que se apropia de lo que manda el go-
bierno nacional para hacer su campaña política. Me tienen harto. Y
la gente en el medio.

El terraplén, al norte del pueblo y sobre la costa del Salado, era


una prolongada contención construida con bolsas de tierra, arena y
piedras para reforzar las barrancas naturales. Unos veinte hombres y
algunas mujeres iban y venían. Empujaban carretillas cargadas hasta
el borde. Con pericia mecánica, dos máquinas de Vialidad Nacional
escarbaban una loma de tierra negra, sumergían las palas que reapa-
recían sucias, repletas de humus y pasto. Las máquinas resollaban,
soportando el peso del acarreo, para luego extender los brazos y de-
positar el cargamento sobre el talud mientras el aire se llenaba de
vibraciones y quejidos.
Había dejado de llover. Avanzaron hacia el sector más alto. Patricio
le tendió la mano y Mariana trepó. Algunas piedras se escurrieron y
rebotaron sobre la tierra húmeda del camino. Cuando alcanzaron el
borde, desde el montículo de canto rodado, observaron conmovidos;
porfiado, abajo, el río era un tumulto líquido y paciente que venía de
lejos.
Si sigue lloviendo, en pocos días estará en el terraplén, dijo Patricio.
Fijáte el ancho que tiene el desgraciado. Viene trayendo toda el agua del
oeste y acá estamos cerca de la desembocadura. Va a ser un desastre.
Patricio marcaba con su mano derecha la masa amenazante. Miró el
cielo. En cualquier momento se larga de nuevo. Es de locos..., meneó
la cabeza. Súbitamente, las máquinas se detuvieron y la tarde se vol-
vió silenciosa. Y el Gobernador que estuvo hace un mes…. Son unos
inoperantes... Es la historia de siempre. Casi media provincia amena-
zada. Habría que haber abierto un canal de desagote y un sistema de
escurrimiento en los campos. Una carcajada atravesó el aire desde un
punto impreciso y rebotó contra el río. Les avisamos y dejaron pasar
el tiempo. Son una mierda... No hacen nunca nada... Y nosotros tam-
bién somos un desastre, fijate lo acabás de ver en lo de Alfredo. El agua
lamía con un cabrilleo suave el borde arcilloso del barranco que se

124
había desmoronado y, a medida que percutía, iba ganando brevísi-
mos centímetros de suelo firme.
—¡Mariana!
Escuchó su nombre y se dio vuelta.
Jadeante, con los brazos en alto, trepaba el terraplén Marta Purice-
lli, la maestra.

Reina deja atrás el barro de la laguna y sube a la tierra del camino


con dificultad. La cabeza acompaña, hacia arriba y hacia abajo, el
esfuerzo de las patas. Desde los campos llegan sonoridades de lagu-
na, ladrido de perros y, un poco más cerca, sobreponiéndose, acom-
pañando el paso del animal, el cuero de las caronas y el pegual que
crujen sobre el tintineo metálico del freno. Recuerda fragmentos de
la charla con Cata y se avergüenza. ¿Cómo es posible haber estado
tan ajena, tan poco implicada? Cuando dejes de compadecerte vas a
empezar a hacer tu vida, le había dicho Catalina. Siente rabia de ha-
ber dormido todos estos años, infantil y sin comprometerse con nada
ni con nadie, mirándose el ombligo. Con una inocencia mentirosa.
A medida que los vasos pisan seguros, retoman el trote. Y Mariana,
que apenas sostiene las riendas, deja que la yegua la guíe. Una som-
bra de álamos, ahora oscurísimos, la acompaña bordeando el perfil
de la calle. Repentino, el vuelo atontado de un murciélago asusta a
Reina que inicia bruscamente el galope. Recibe el impulso hacia ade-
lante y aprovecha para aferrarse al pescuezo. Confiada, Mariana la
deja ir sin oponer resistencia. En el mismo momento en que dobla
casi volando la última curva, siente que la asfixia el calor del animal,
su olor acre, el sudor del pelo contra la cara, las lágrimas, las crines
ásperas, su propio dolor la asfixia. Y no me digas que no lo sabías, por-
que no te creo… parece que no caés nunca o no querés caer. Su ceguera
la asquea. Su obstinación por no querer ver. Entonces, arqueándose
sobre el lomo, vomita los pasteles y el mate de la tarde.

Me preocupa Mercedes, Catalina. Así había empezado la charla con


Cata. Mariana estaba decidida a consultarla sobre el problema que

125
la había llevado hasta el pueblo. Aurelio dice que está por entrar al
octavo mes. Patricio me dijo que la familia no la quiere recibir y yo
no consigo quién me ayude y no sé qué hacer. Si todo va bien y nos da
tiempo a traerla a la Salita, no es problema. Pero si surge una urgencia
o se inunda el camino, ¿qué hago? Me da miedo, no tengo ni idea de
cómo resolver el tema. Catalina se desprendió del repasador con el
que secaba un vaso y la miró: Traéla a casa. Tres semanas antes de
la fecha me la traés. Yo la cuido. Mariana abandonó el mate vacío.
Gracias, Cata. Pobre chica. Pero, ¿y la familia? Digo, no su padre, pero
sus hermanos ¿por qué no la ayudan? Y si no el novio, porque el hijo se
lo hizo alguien, ¿no? La mujer levantó un pastelito de dulce del plato
hondo; lo levantó como para llevárselo a la boca y pareció arrepen-
tirse porque lo devolvió al plato sin probarlo. No sé quién es el novio,
eso no lo sé, te juro, pero parece que novio no hay y los de acá, no son su
familia, dijo. Mariana sintió una puntada en la sien. Pero, Herminia,
¿no era su mamá?, preguntó. Ay, ¡qué difícil lo hacés todo!, Catalina
observaba obstinadamente el piso. ¿Por qué?, a Mariana la pregunta
se le escapó trizada, casi en un susurro. Porque sí, mujer. Porque te
lo expliqué el primer día que llegaste a La Milagrosa y parece que no
entendés nunca o no querés entender. Catalina sujetó con ambas ma-
nos el mate y se inclinó hacia adelante para darse ánimo. Que yo te
lo dije, se balanceaba. Que Herminia era amante de tu padre y resulta
que el marido cuando se enteró la echó de la casa y ella no se quiso ir
y se aguantó los golpes por años y... Mariana le sostuvo la mirada: Sí,
ya lo sé de memoria. ¿Cuál es el misterio? Y después, cuando yo entré
a la facultad, se fue a trabajar a La Milagrosa y se llevó a Mercedes
porque era la hija más chica, pero eso qué tiene que ver con que los
hermanos no la quieran recibir, ¿es por despecho? La niñera se puso de
pie y le dio la espalda, como si buscara auxilio entre los azulejos que-
brados. Puede ser, dijo y le sirvió un mate a Mariana. Pero el marido
de la Herminia sospechó siempre que no era hija suya. Y los hermanos,
también. Y tienen razón. Mercedes es de Don Ernesto, ¿o no le viste los
ojos? Y en el pueblo lo dicen todos. Mariana se quedó con el mate en
la mano. ¿Y si es mentira?, dijo y sintió vergüenza de lo que acababa

126
de decir. Y a mí… ¿por qué me odia mi papá?, murmuró. Mirá que
es largo, nena. Cata la miraba de frente con los brazos en jarra. Vine
para eso, y Mariana la abrazó para darle ánimo. Por favor, dijo, empe-
zá de una vez. Primero quiero mostrarte el vestido que me voy a poner
para el bautismo, después te cuento. Mariana comprendió que Cata
estaba haciendo tiempo y que, por alguna razón que ella desconocía,
le costaba hablar.

Su ceguera la ahoga. Quizá por eso, arqueándose sobre el lomo, ha


vomitado los pasteles y el mate. Lleva en el bolsillo, junto a la carta
de Francisco, la última carta de su padrino, la que nunca llegó a sus
manos, y le quema. ¿Cómo va a hacer con todo lo que sabe, ahora?
Descompuesta, pegada al pescuezo de la yegua, alcanza la tranque-
ra. Sin bajarse, la abre empujándola de una patada, mientras se lim-
pia la boca con la manga.
Noche cerrada.
Humedad.
Zumbido de mosquitos.
Las ranas asesinan desde las cunetas colmadas.
Ahora, Reina deja atrás la entrada y, cambiando bruscamente el
ritmo, como si estuviera ansiosa por llegar, como si fuera consciente
del apremio, avanza a la carrera. Los vasos percuten, rítmicos, y Ma-
riana, que ha tomado las riendas con firmeza, inclina el cuerpo hacia
adelante y se zambulle en el hueco que la cabeza de la yegua está ho-
radando en el aire. Ambas, todo un único animal, son una armonía
de músculos lanzados hacia el blanco: las luces de La Milagrosa que
tiritan débiles a lo lejos. Desde lo oscuro —apenas es posible vislum-
brar la copa espesa de algún eucalipto— la casa iluminada no es más
que un corazón que late escasamente. El agua cae con cierta obstina-
ción. Llega al parque, desmonta y corre hacia adentro. Un impulso
súbito la obliga a atravesar la galería y el recibidor corriendo.
Cuando entra en la sala, ve a Mercedes y a Aurelio que intentan
contener a Don Ernesto. Los ha arrastrado hasta el borde de la esca-
lera y patea como un toro maneado. Descalzo, con el saco del pijama

127
a rayas desprendido y el pelo revuelto, se empecina en bajar. Grita y
forcejea. Parece imposible tanta fuerza.
—¡Dejenmé! ¡Los papeles! ¡Quiero mis papeles!
La voz le sale, cavernosa y quebrada.
Mariana tira el capote y corre para ayudar a sujetarlo. En el mo-
mento en que comienza a subir, Don Ernesto se desprende y cae,
golpeando contra la balaustrada. El cuerpo traquetea en los peldaños
y rebota, progresivo, como una pelota de playa desinflada. Mariana
intenta detenerlo, pero el cuerpo del hombre la arrastra escalones
abajo. Los dos van cayendo, desmadejados, confundidos y, a medida
que se desbarrancan, Mariana percibe retazos, fragmentos fugaces:
ahora, arriba, Aurelio y Mercedes, inmóviles en el descanso, tiesos
frente a la imposible maniobra de atajarlos, y de inmediato el cuello
de Don Ernesto, la dureza del hombro, su olor. Escucha cómo se que-
ja. Nunca lo tuve tan cerca, piensa. Y otra vez, el viejo capataz que
baja agarrándose la cabeza con las manos, se le salió una alpargata,
observa; y ahora, acechante, ve el borde de la madera y otra vez a Don
Ernesto arriba de ella: tengo que protegerlo, piensa, y ahora abajo y se
queja, gime como un fuelle y otra vez arriba y un golpe y nada y otro
y el pie descalzo de Aurelio, y atrás Mercedes y, por fin, la calma del
piso. Finalmente se detienen contra un sofá. Al instante, las manos
de Aurelio y una fracción después, Mercedes. Ya están junto a ella,
intentando auxiliarla.
En la caída, el viejo se ha enredado en su cuerpo. El brazo derecho
bajo su cintura, el saco del pijama sobre la frente. Don Ernesto res-
pira con dificultad. Se queja. Tiene la cara escondida en el pecho de
Mariana. Quiere levantarse, hace fuerza con el mentón y la lastima.
Mariana pretende desembarazarse de esa bolsa pesada que la aplasta
contra el suelo y le impide moverse, pero no lo consigue. No sabe
por dónde empezar a desenredarse. Le duelen las costillas, el codo
izquierdo, la cadera, las manos, todo.
—Tranquila, señorita Mariana, tranquila. Ya lo levanto —Aurelio
trajina, separándolos—. Vamos, haga un esfuercito. Así está mejor.
Vamos.

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Ayudada por el peón, se desprende de él y, apoyando la espalda
contra el zócalo del sillón, coloca la cabeza de Don Ernesto sobre su
falda. Entonces, descubre el tajo profundo en la nuca: sangra. Merce-
des le alcanza una toalla mojada. Mariana tapa la herida con el trapo
para detener la hemorragia.
—¡Hija! —el hombre abre los ojos turbios.
—Sí, papá, estoy acá. Ya viene el médico —Mariana le arregla el ca-
bello con la mano libre, sucia de sangre. Y, a medida que lo acaricia,
va dejando sobre los pocos pelos de Don Ernesto un reguero leve,
apenas rojo, como una tintura que, al tiempo que se seca, se vuelve
oscuramente bordó.
Con lentitud, Don Ernesto tuerce la cabeza, la está buscando. Bo-
quea e intenta mover los labios. Un hilito rojo le corre por la comisu-
ra derecha, desciende por el mentón y se pierde por debajo del cuello.
La está mirando con ojos lechosos. Extiende un brazo y se prende de
su camisa.
—Me parece que le quiere hablar —dice Aurelio.
Mercedes asiente.
Mariana se inclina. Su oído está rozando apenas la boca del viejo.
—¿Qué me querés decir, papá?
—Mercedes, hija... Apuráte... Los papeles... Volvió... Volvió...
Poco a poco, la mano va aflojándose y los ojos le quedan fijos y
abiertos, transparentes. Aurelio se agacha y se los cierra.
—Que en paz descanse —dice, y se hace la señal de la cruz.
En la proximidad del muerto entre sus muslos, Mariana siente que
la boca se le vuelve sólida, encogida la lengua sin punta y no logra
pronunciar nada ni una frase hecha siquiera. La garganta es de ce-
mento y cree que, si la atraviesa una palabra, se fracturará. No he
avanzado nada. Estoy en el mismo lugar como al comienzo, piensa.
Pertinaces, los dientes aún no se le han caído. Puede registrar desde
afuera los acontecimientos, en cámara lenta casi, resistiéndose a que
sea a ella a quien le pasan. Aurelio, agachado a su lado, gira hacia a la
izquierda, hacia la puerta principal por donde acaban de entrar Pa-
tricio y Catalina que recién llegan y que también se han detenido en

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el umbral y miran la escena. Ahora vendrán las palabras, se dice, los
gestos de siempre, piensa Mariana, el pésame, los ruidos, los olores,
los comentarios vacíos. Cáscara de consuelo. Todo lo necesario para
no decir la verdad. Que por fin se acabó todo. Se acabó. Y piensa que
el viejo ya es finado, c´est fini, y que la cabeza le pesa porque está
muerta, bien muerta de una vez por todas, el mierdita. Y entonces,
no puede explicarse por qué se le humedecen los ojos y, despacio, sin
hacer ruido, llora por dentro con el padre sobre la falda. Y la verdad
es que no sabe bien por qué llora y repite bajito viejo de mierda, viejo
de mierda, carajo, y lo acaricia y lo besa, y al fin, llora por fuera.
De rodillas sobre el piso, Catalina trata de calmarla, en tanto Pa-
trico ayudado por Aurelio y Olinda, su mujer, que acaba de llegar
apresurada y que se ha persignado ni bien ha comprendido con un
golpe de vista el estado de las cosas, colocan a Don Ernesto en el
sillón; los almohadones se hunden con el peso del cuerpo. Descan-
sando después de la función, piensa Mariana. Visto así, parece una
descalabrada marioneta de madera: la pierna derecha doblada hacia
atrás, la boca abierta y torcida y las manos, flacas y nudosas, curvadas
hacia adentro.
Mercedes, en un rincón, acaricia su vientre con las manos y se ha-
maca. Enajenada, mira el ir y venir con ojos enormes, azules y huér-
fanos.

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Regresa a las cuatro de la tarde. La casa huele mal. Dos sillas vol-
cadas, varios almohadones sobre la mesa del comedor, una pila de
libros con un candelabro encima: toda la sala semeja la escena de
una pelea. Las alfombras retienen, impresas, huellas de barro seco y
pasto.
Mariana atraviesa el pasillo y se dirige a la cocina. La mujer de Au-
relio friega unas ollas.
—Mercedes tomó un caldo y se acostó. No se siente bien —dice—.
¿Le preparo café?
—Sí, por favor.
Se quita el impermeable y se lava las manos en la pileta. La mujer le
sirve una taza humeante.
—¿Cómo está?
Mariana se encoge de hombros.
—¿No hubiera sido mejor que lo enterraran aquí? Digo, ¿no? Total
después, se lo llevaban al pueblo y no pasaba lo que pasó.
—No, Olinda. Sin cajón... No. No podíamos meterlo en la tierra
como a un animal.
—Pero ahora es peor...
—¿¡Quién se iba a imaginar!?
Ahora es Olinda la que se encoge de hombros.
—Le ordené lo más que pude, me faltó la sala. Mañana se la hago
—dice—. Me voy para la casa porque el Aurelio está por volver de La

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Blanqueada. Todavía no sabe. Ni bien salieron ustedes se fue por las
cosas de la escuelita en el tractor…
—Cuando llegue que me avise.
—Igual si me precisa me llama —dice Olinda y se desata el delan-
tal—. El timbre se descompuso con la tormenta. Cualquier cosa hace
sonar la campana y venimos enseguida.
Cuelga el delantal del gancho donde descansan los repasadores y
se da vuelta:
—¡Ah!, me olvidaba, desensillé la yegua y encontré esta revista bajo
la montura. ¡Guárdela!
—¿Por qué? —a Mariana la desconcierta la orden.
Olinda no contesta o no la oye preguntar.
—Hasta mañana —dice y coloca la revista sobre la mesa.
Cuando sale, la puerta chirría sobre los goznes y golpea contra el
marco. Desde el patio trasero entra el croar de las ranas.
Mariana apoya la taza sobre la mesa. Mira la revista y mira la foto
de la tapa donde Raúl Acera, el antiguo amigo del padre, llega a Tri-
bunales en una situación menos cómoda que la de años anteriores.
Por este tipo me tuve que ir del país, piensa y pasa la mano por la foto.
Ojalá te pudras, dice y detiene la mano sobre el impermeable blanco.
Cambió el verde por el blanco, piensa.
Le parece más viejo y menos imponente.
Hijo de puta, dice.

Se cortó la línea con la tormenta, patrona. Aurelio en medio de la


sala, los brazos al costado del cuerpo, la miraba serio. ¿Y la radio? La
radio funciona. Ya hablé al pueblo, pero dicen los de la funeraria que
ni piense, que con los caminos como están no van a traernos un cajón.
Mariana contempló a Don Ernesto sobre el sofá, muerto, bien
muerto y a Patricio, inclinado sobre él, intentando sostenerle la man-
díbula con un pañuelo. Se asfixiaba. Sintió náuseas y corrió hacia la
galería. Apoyada en una de las columnas volvió a vomitar. Se limpió
con la mano y se fue doblando hasta quedar en cuclillas. Si pudiera…
y sólo pudo abrir a medias la boca y dejar que se le escapara un gritito

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leve, oprimido, casi de fuelle, como si el dolor concentrado en el pe-
cho fuera de roca o de cemento opaco y para desarmarlo necesitara
un lento trabajo de pulido. El agua que caía desde del techo le empa-
paba la cabeza. Deseaba no levantarse más y estuvo un rato así hasta
que Cata la rescató, envolviéndola en una toalla seca. Tenés que ser
fuerte, nena. Ahora hay que pensar qué hacemos con el viejo. Mariana
se restregó la nariz. No lo podemos enterrar aquí, Cata; sin cajón... Es
horrible… Que Aurelio vaya hasta al pueblo en el tractor y traiga uno
en el acoplado. La mujer le acarició la cabeza. Imposible, Marianita,
acaban de avisar que el camino del pueblo a la Milagrosa está cortado.
Él quiere ir igual pero es peligroso. Seguro que se encaja. O lo que es
peor, se lo lleva la corriente. Tranquilizáte y esperemos a que pare.

Mariana tiene ahora la taza entre las manos. Toca con la punta de
los dedos el borde de la taza y da un sorbo al café tibio. Y es el con-
tacto con el borde de la taza y el olor del café el que la devuelve a la
noche que pasaron juntos velando al padre.

Eficiente, toda esa noche la lluvia trajinó sobre el techo. Adentro, de


la sala a la cocina, los seis iban y venían como pajarracos desorienta-
dos. A veces, el aroma del café o el del caldo de verduras inundaba las
habitaciones y volvía más soportable el hedor del muerto. Hablaban
poco, lo indispensable. A media noche, después de revisarla, Patricio
le ordenó a Mercedes que se acostara.
—¿Cómo la vio, doctor? —Preguntó Cata.
—Está bien. Cansada pero bien. No hay riesgo. Todavía le falta,
recién entra al octavo.
Olinda, cada hora, rezaba en voz alta el rosario con una energía
desesperada. Entonces, el rumor del agua se confundía con su voz
enumerando los misterios; y era la sucesión monocorde de la voz hu-
mana religada al agua lo que por momentos hacía más fácil la acep-
tación sin júbilo del paso de las horas.
Cuando a la seis de la mañana dejó de llover y les avisaron por la
radio que un camino vecinal estaba todavía transitable, se sacudieron

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el letargo y parecieron recuperar el movimiento. Mariana, presa de
una agitación repentina, abrió las ventanas de la sala para ventilar
la habitación. Auxiliado por la mujer de Aurelio y Catalina, Patricio
desnudó al padre, lo lavaron y, envolviéndolo en una sábana y varias
frazadas, ataron el cuerpo con sogas para que no se destapase. Con
ayuda del capataz lo subieron a la caja de la camioneta. Aurelio y
Olinda los despidieron en silencio. Mercedes, recién levantada, desde
la galería observaba la escena con los ojos húmedos.

Mariana sigue inmóvil, con la taza entre las manos. Mercedes, pien-
sa. Le parece que su paso por el consultorio de Patricio y la charla con
Catalina sucedieron hace una eternidad, en una dimensión diferente.
Ha pasado tanto después, y cae en la cuenta de que es la hija de Don
Ernesto, su hermana, la que tomó un caldo y se acostó. En el cuarto
de servicio, en la casa, en su Milagrosa, hay otra: la otra. Suena raro.
A vacío, suena. Y no consigue conectarse con lo que siente. Sin em-
bargo sabe que, aunque lo negó con obstinación, siempre supo quién
era ella. Y repentinamente recuerda a Don Ernesto muerto, caído en
el barro.

Dejaron atrás lagunas, franjas de lodo en las que la camioneta se


deslizaba de una banquina a la otra para alcanzar, luego, huellas os-
curas donde buscaba afirmarse. Algunas veces, hundía la trompa y
salía airosa, con el agua hasta las puertas. Otras, a punto de encajarse,
bramaba en primera y escupía barro por las ruedas. Lloviznaba y el
limpiaparabrisas iba y venía, dibujando en el vidrio un cono a medias
transparente. A Mariana le parecía que apenas avanzaban. Sin em-
bargo, esa sensación era ilusoria; lo corroboraba el cuerpo del padre
que en la parte de atrás se sacudía, golpeando contra la chapa como
un tronco. Mariana temía perderlo y, cada tanto, se daba vuelta y lo
vigilaba a través de la luneta. Encerrado en la frazada y recorrido por
la soga parecía una crisálida gigante. ¿Y si se despierta? Sintió frío.
Recordó una tarde de verano a los seis años. Recordó que eran seis
y no más porque para esa Navidad su tío Emilio le había traído de

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regalo un portafolio de cuero: Lo usé cuando tenía tu edad. Ahora lo
vas a necesitar para empezar la escuela, había dicho, vas a ser la más
linda. Esa mañana, la abuela les propuso salir de picnic y después de
la siesta partieron rumbo al Salado sus tíos, los primos chilenos, su
mamá, los abuelos y ella. El padre se negó a acompañarlos. Vamos,
Ernesto, había rogado la abuela durante el almuerzo, a los chicos les
gusta. Huraño, no levantó los ojos del plato: Ir de picnic es de pobres,
dijo, con el espacio que tienen acá... Recordó también la alegría cuan-
do subió al auto del abuelo, rodeada de la familia y sin su papá que le
provocaba tanto temor. Mientras los mayores conversaban y los pri-
mos corrían carreras hasta el puente viejo del ferrocarril, ella se había
acercado al borde, lejos del grupo, y de pie se entretenía observando
cómo andaba el agua del río; juntó algunos cascotes abandonados en
la orilla y se puso a lanzarlos para que el río se los tragara con ese so-
nido opaco que hacen los ríos de llanura al tragar cascotes. Distraída,
concentrada en el juego, no notó la presencia del padre a sus espaldas
y se asustó cuando su sombra se proyectó por encima de la de ella. El
hombre, totalmente vestido, se descalzó. Sacate las sandalias, le dijo
y Mariana obedeció. Luego la tomó de la mano y comenzó a caminar
agua adentro. Ella sintió una alegría desconfiada pero no opuso resis-
tencia. Marchaban en silencio y, a medida que caminaban, veía cómo
se empapaba su vestido azul. Cuando el agua le llegó a la cintura,
tuvo miedo y le pidió al padre que volvieran, pero el hombre, unos
pasos más adelante la mano a modo de garra, seguía avanzando. En
un momento se dio vuelta y le sonrió, tenía los ojos brillantes. ¿Tenés
miedo de que te ahogue, mierdita? Y ahí estaba ahora muerto en la
parte trasera de la camioneta, finadito como decía Olinda, a la intem-
perie, húmeda la frazada que lo envolvía, bamboleándose y pegando
contra los laterales.
En el interior de la cabina, cada uno rumiaba sus propias tristezas.
Un canal profundo y torrentoso corría a la izquierda. El agua, en al-
gunos trechos, había sobrepasado el borde y subía al camino. En una
curva, la camioneta derrapó. Patricio evitó el vuelco pero por la ma-
niobra la caja se abrió y el cuerpo del padre, sin nada que lo sujetase,

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brincó hacia afuera y cayó sobre el barro del camino como un aero-
lito. Quedó pegado al piso. Patricio oyó el golpe y bajó la velocidad.
Cuando intentó dar marcha atrás, fue imposible, corrían riesgo de
que se los llevara la corriente. Así que decidieron hacer el trecho a pie
y se lanzaron al barrial para rescatarlo. Lo encontraron boca abajo, al
borde del canal. Entre los tres lo dieron vuelta; intentaron alzarlo. En
la caída, la frazada se había corrido y asomaba del envoltorio la boca
torcida hacia arriba. Hay que volverlo a poner en la caja, dijo Patricio,
y atarlo a la rueda de auxilio con alambre.
Catalina se quejaba, le costaba hacer fuerza; el peso del cuerpo, el
olor y la envoltura sucia hacía que se les resbalara y volviera a caer. En
un momento lo levantaron pero la camioneta estaba lejos; no iban a
llegar. Decidieron atarlo por los pies y tirar. Patricio trajo una cadena
del cajón de herramientas pero no pudieron amarrarlo. Lo agarra-
ron de la frazada que lo envolvía, entonces, y comenzaron a tirar. Lo
hacían callados, apoyándose unos en otros, hundidos los pies hasta
los tobillos. El cañadón estaba tan cerca. Por momentos, intentaban
correr, pero patinaban y avanzaban hacia adelante a trechos cortos.
Hasta que las sogas que lo ataban a la frazada se aflojaron y Don
Ernesto se escurrió del envoltorio, suave como si lo desvistieran y,
desnudo —sólo un trozo de trapo le rodeaba uno de los brazos—, se
deslizó hacia el agua. Un remolino lo tragó y lo perdieron de vista.
Las frazadas quedaron a los pies de Cata que aún sostenía la soga.
Mariana intentó tirarse al agua pero Patricio la agarró fuerte por un
brazo. Dejálo ir, le dijo. Vieron emerger a lo lejos, el trozo de trapo
flotando como un camalote.

Mira el reloj que está sobre la mesa. Ha transcurrido casi una hora
desde que llegó a la casa. Se siente anestesiada. Lo que ha visto. Lo
que ha vivido. Un espasmo le contrae la garganta. Sin embargo ya
no puede llorar. Ha sido demasiado. Ser hija. Por un instante desea-
ría marcharse, irse otra vez, escapar. Pero ¿de quién? Ahora no tie-
ne quién la obligue. Ahora, y lo comprende ahora, se tiene sólo a sí
misma. Es hija de nadie y sin embargo no sabe qué va hacer con eso.

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Presiente que ha cruzado un línea invisible, la línea que siempre la ha
separado de lo que hubiera deseado que fuera.

Sucios y exhaustos llegaron ese mediodía a la funeraria para dar


aviso del accidente y pedir ayuda a los bomberos. Querían rescatar el
cuerpo. Los desalentaron. No había nada que hacer hasta que el agua
bajase o alguien lo encontrara cerca de algún remanso, enganchado
en un pastizal. A algunos los habían encontrado así. Era peligroso.
Además, Don Ernesto ya estaba muerto, Mariana, le dijo el Comisa-
rio, no podemos arriesgarnos… Mariana lo miró con furia. ¿Así aban-
dona a un amigo?, dijo y lo recordó más joven bajando del Falcon la
tarde de su huída. El hombre se hizo el desentendido. Comprenda,
Mariana… Entre el terraplén y los vivos, no nos queda tiempo…. Tam-
poco había cura. Se lo llevó Marta Puricelli a Chascomús después del
bautismo, dijo alguien. Fueron a buscar a la catequista y subidos a
una de las defensas rezaron un breve responso al agua del Salado.
En silencio, Mariana se despidió de Catalina y de Patricio y volvió a
La Milagrosa con un hombre que se ofreció a llevarla. Voy en tractor
para ese lado, le dijo, la dejo un trecho antes del corte. El resto lo hace
a pie.

Calienta café y vuelve a sentarse. Intenta ojear la revista y la aban-


dona. ¿Qué te parece? ¿Me sienta el vestido? Con los codos apoyados
sobre la mesa y el tazón de café entre las manos, cierra los ojos y re-
cuerda a Cata contemplándose frente al espejo la tarde anterior al de-
sastre. Mariana había llegado a su casa después de estar con Patricio
en el terraplén. Todavía recordaba la presencia del hombre. No hay
caso, continuaba Catalina ajena a sus pensamientos. Tengo que bajar
dos kilos más y mañana es el bautismo. Si es que el agua no llega antes
a la iglesia. Mariana la abrazó por la espalda. Estás preciosa, dijo. Las
dos se miraron reflejadas en el espejo. Te quiero, la besó en la mejilla.
Y no adelgaces más. Me gustás así.
Cata, ahora, abría el ropero de par en par, buscaba y rebuscaba en-
tre las perchas una blusa y una pollera; Mariana percibió el aroma del

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alcanfor. Debajo de la ventana, una mancha de humedad subía desde
el suelo de mosaicos encerados; sobre los mosaicos, un par de patines
tejidos al crochet. Vení, compradora, dijo Cata mientras terminaba de
abotonarse. Vamos a tomar unos mates...

Y entonces Mariana apoya la taza y mira un fragmento de su reflejo


en el vidrio de la ventana. Desde donde está sentada, junto a la mesa
de la cocina en la Milagrosa, con la taza de café aún entre las manos,
ve su reflejo, o parte de él, estampado en el vidrio y a través del vidrio
ve dos gatos jugando sobre el cono de luz que se refleja desde adentro
y ve también, como si la luz les diera calor, y el calor, confianza, a los
gatos de la casa jugando ajenos a cualquier tragedia. Y Mariana pien-
sa que los gatos son ciertos y que los rasgos de Catalina reflejados en
el espejo, y los de Aurelio también son ciertos; debajo del tiempo y
las marcas de la intemperie han quedado intactas las facciones que
Mariana recuerda del hombre y de la mujer en su niñez. Como si
pudiera verlos a través de un vidrio o desde el fondo del agua. Como
los gatos, como el agua, algunos hombres, algunas mujeres son así,
piensa.
Se siente cansadísima, pero sabe que si se acuesta no dormirá. Bebe
un sorbo. Bebe otro sorbo. El líquido caliente la reconforta y, súbita-
mente, la invade el perfume a albahaca de la cocina de Cata. Nítido,
regresa el primer tramo de la larga conversación que sostuvo con la
mujer, la tarde en que fue a caballo al pueblo para averiguar qué ha-
cer con Mercedes.
Esperaban que se calentara el agua y Catalina sacó de la alacena un
plato cubierto con una servilleta a cuadros. Lo depositó sobre el man-
tel de hule. Servite pastelitos, dijo. ¿De dulce de membrillo? Mariana
los observaba intrigada. ¡Ajá!, afirmó Cata cruzándose de brazos. Me
encantan, y comenzó a comerse uno. Alrededor de los labios, el azú-
car brillaba delineando una sobreboca fugaz. Estos eran los preferidos
de tío Emilio, ¿no? Se chupaba los dedos sucios de miel. Sí. Catalina
permaneció en silencio mirando, obsesiva, las baldosas del piso. El
día que lo vi por última vez se comió él solo una docena. Pobrecito. Fue

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antes de que se fuera de viaje. Vos eras muy chica, había levantado los
ojos y le sonreía. Pero me acuerdo. Mariana la mira. No sabía. Estuvo
conmigo esa madrugada para despedirse. Hace unos días, revisando
fotos viejas, encontré la que nos sacaste la noche de la pelea con papá,
¿te acordás?
Se fijó en la cara de Catalina; de perfil, tenía una expresión vaga
como si anduviera hacia adentro buscando el sitio exacto de los re-
cuerdos. Sí, claro. Después vino para acá y me dejó una carta para
que vos leyeras cuando fueras grande… Con la mano derecha en alto
inclinaba la pava sobre el mate. Pero nunca me la diste… El rumor
del agua sobre la embocadura resonaba en la habitación. No. Nunca
fue el mejor momento, vos fuiste muy rara de adolescente y después te
tuviste que ir y qué sé yo, tantas cosas… Capaz que ahora es el tiempo.
Catalina se mira los pies. ¿Todavía la tenés? Sí, nena. Esas cosas no se
pierden… Decíme la verdad, Cata, tío Emilio estaba enamorado de mi
mamá, ¿no? La yerba se hinchaba y subía espumosa. Desde siempre.
Es que él la conoció antes, eran compañeros de Facultad. La trajo al
campo un verano junto con otros amigos.
Mariana alzó el brazo izquierdo para recibir el mate ¿Eran novios?
Ahora lo tenía lleno en la mano. No. Creo que no, que en ese momento
no… Me acuerdo que yo estaba en la cocina preparando el almuerzo y
entonces él vino y me tapó los ojos con las manos para sorprenderme.
Siempre que llegaba hacía lo mismo. "Catita, me dijo, vine con unos
amigos y traje una chica divina. Me encanta, pero no me da ni cinco.
Me lleva un año y me trata como a su hermano menor. Además es
bastante traga y yo, ¿viste? Se llama Carmen. Mirála bien y después
me decís qué te parece", mientras hablaba recibía el mate y volvía a
llenarlo. ¿Y qué pasó después? Cata caminó hacia la mesa con la pava
en la mano y se sentó. Tu padre. Cuando nos avivamos, era tarde. Ha-
bía estado escuchando desde la puerta. Y ahí empezó el drama. Como
toda la vida compitió con Emilio y lo odiaba, hizo lo imposible por con-
quistar a tu mamá. Es que andaba en banda, sin novia. Como siempre,
Catalina se levantó para cambiar la yerba. ¿No tenía suerte con las
mujeres? Mariana había apoyado la barbilla sobre la mano derecha y

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escuchaba atenta. No se tomaba a ninguna en serio. Todas eran putas
para él y las trataba así.
Mariana se puso de pie. ¿Y qué hizo?, se inclinó para encender un
cigarrillo en el fuego de la hornalla. Nunca lo vi tan simpático como
ese fin de semana. Después me enteré que viajó a Buenos Aires y si-
guió cortejándola como un señorito inglés. Hasta que doña Carmen
le dio el sí. Era doce años mayor que ella. Muy jovencita, la pobre. Se
casó enamorada. Me lo dijo. Y él se cuidó de hacer buena letra. Visto
desde afuera, desde la ventana que daba a la calle, en la cocina, una
bombita sin pantalla mostraba dos cuerpos de mujeres que iban y
venían. Bueno, pero a lo mejor papá también la quería… No sé, nena...
Tu padre tiene el diablo adentro. No quiere a nadie. Si la quería o no,
nunca se sabrá porque a los pocos meses de casados ya mostró la hila-
cha. Aunque el infierno empezó dos años después, cuando se enteró de
que estaba embarazada... En la casa, ciertos rumores: la crepitación
sedosa del gas, el crujido de las sillas de madera.

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Mariana vuelve a mirar su reflejo en el vidrio. Los gatos siguen so-
bre el borde de la ventana. Pero, ¿por qué cuando quedó embarazada?
Catalina, revolvía con una cucharita de aluminio dentro de la azu-
carera. Porque un mes antes de que nos enteráramos del embarazo de
Carmen, Don Ernesto se fue a Chile para comprarle la parte del campo
a tu tía Dora. Dora vivía allá. Estaba casada con el ingeniero ése que
trabajaba en la mina de cobre..., ¿te acordás? Sí, sí. ¿Y...? Desde el pa-
tio, un trueno retumbó apagado. Las dos mujeres voltearon la cabeza
hacia la puerta que daba a la galería. Cométe otro, dijo Cata volvién-
dose hacia ella. …Y Emilio, como hacía siempre, aprovechó el viaje
de tu padre, continuó, y, con el pretexto de preparar una materia que
tenía que rendir, se vino para el campo. Mariana había dejado la mitad
mordida del pastelito sobre la servilleta. ¿Por qué un pretexto, si La
Milagrosa también era suya? Catalina le acercó el mate otra vez lleno.
Sí. De tus abuelos, todavía. Pero Don Ernesto se hacía sentir como el
dueño. En una de ésas porque era el mayor. Como él no había seguido
la universidad para ocuparse del campo... Digo yo que sería por eso.
Ahora, cada vez que podía se lo reprochaba a Emilio. Vago de mierda,
le decía. Es que la verdad sea dicha, a tu tío le gustaba más correr ca-
rreras de autos que trabajar y nunca terminaba Abogacía... Mariana la
interrumpe: Está, Cata, pero cuando mamá se casó, papá tendría que
haberse quedado tranquilo. Había ganado. El trofeo era suyo, ¿no? La
mujer levantó los ojos y los fijó en un punto impreciso del techo. Tu

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padre envidiaba a Emilio, nena, y encima él buscaba cualquier opor-
tunidad para estar cerca de Carmen. El día que tus viejos se casaron,
no apareció en la iglesia ni en la fiesta. Se fue a lo de un amigo por acá
cerca y durmió tres días. Cuando se levantó de la cama, tus padres ya
se habían ido en viaje de bodas. Mariana la escuchaba interesada. ¿Y
qué pasó la vez que papá estaba en Chile? Tus abuelos, dijo Catalina,
vinieron con él, así que no hubo nada raro. Pero tu viejo no lo enten-
dió, viste cómo es. Cuando se le mete algo en la cabeza... Es muy zorro
y desconfiado... Doña Carmen, que en paz descanse, que cuando se
casó abandonó la carrera, igual sabía mucho y esa vez lo ayudó a tu
tío a preparar la materia. Entonces resulta que Don Ernesto llegó y los
encontró estudiando juntos en el cuarto de Emilio y ahí nomás se puso
loco. Mariana encendió otro cigarrillo, Pensó que el embarazo no era
suyo, que era del tío. Catalina hizo silencio. Sí, dijo. ¿Por qué te callaste
de golpe? Mariana la miraba directo a los ojos. Aunque doña Carmen
le aseguró lo contrario, siguió Catalina sin hacer caso a la pregunta
de Mariana. Lo que habrá llorado la pobrecita... Pero no hubo caso.
Nunca le creyó. O se hizo el que no le creía. La obligó a que abortara…
La despreció tanto… Una vez lo vi ponerle el pie… pero tu madre siguió
con el embarazo. Te quería tener… Mariana largó una bocanada de
humo.

Mariana sigue el curso del recuerdo mientras mira a uno de los


gatos que se está lamiendo, y siente que el juego de los gatos es tan
natural como su propio reflejo en el vidrio. Piensa que los gatos de
la casa no tienen que excusarse por estar ahí y que contemplar esa
certeza le gusta.

Lo raro es que después dejó que fuera mi padrino, el mate reposaba


frío sobre la mesa. ¿Lo arreglo? Catalina se había puesto de pie. Es que
en eso se metió tu abuelo. ¿El abuelo? Sí, don Pedro hablaba poco pero
cuando lo hacía... ¡Mi Dios! Se encerró con él en el estudio. Lo que le
dijo, no lo sé ni lo sabré nunca. Los libros serán testigos, pero no hablan,
¿viste? La cuestión es que después de la charla salió bien mansito y tu

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abuela nos dijo que Emilio sería el padrino de la criatura. Por supuesto
que cuando vos naciste, tu padre disimuló la bronca hasta que dos años
después al abuelo le dio el infarto y ahí, tu viejo tomó otra vez la batu-
ta. ¿Y qué hizo con Emilio? De todo, le hizo. De todo. El muy hijo de...
Mirá qué zorro. Permitía que viniera al campo… Ahora, en cuanto
pisaba La Milagrosa le hacía la vida imposible. Tu tío se la aguantaba
por verte a vos y a tu mamá. Las adoraba, pero sufría mucho, así que
empezó a visitarlas cuando Don Ernesto salía de viaje. Hasta aquel
diciembre antes de la Navidad que los encontró en la glorieta bailando.
Llegó antes de lo previsto. Creo que sospechaba... Cométe otro. Maria-
na, sin hacer caso al ofrecimiento: Pero mamá y el tío eran sólo amigos
¿o no? Y, nena… Tu mamá siempre me juró que sí. Pero yo… y ahora
con lo que dice la carta… por ahí eran más que eso... Dále, cométe otro.
Le acercó el plato con pasteles. No, gracias. Me duele el estómago. ¿Te
ponés mal porque te cuento estas cosas? Cata le acarició la mano. Yo te
lo pedí. Alguna vez las tenía que saber. Las tenía todas deshilvanadas y
no entendía tanto odio. Dáme la cara que la leo. El reloj a cuerda, en-
cima de la heladera, marcaba las seis y media de la tarde. Ya te la
traigo. Mariana se acomodó en la silla. Crujió el asiento de paja. Pará,
antes quiero saber algo. Si la celaba tanto, mi papá la debe haber que-
rido. A su manera, claro. Si no, ¿cómo se explica? Catalina se enderezó,
irguiendo los hombros, apoyó las manos en la falda y entrecerró los
ojos. Marianita, tu viejo es un egoísta que sólo se quiere a sí mismo.
Mirá, nena, ¿vos querés saber la verdad? Mariana asintió. Primero, tu
mamá era única hija y cuando él la conoció, huérfana. Eso quiere decir
que la herencia de tus abuelos maternos, con el casamiento, le quedaba
enterita. Yo oí muy bien cuando se lo decía, un mes antes de la revolu-
ción del cincuenta y cinco, a un amigote milico que siempre venía al
campo. Me acuerdo de la fecha porque fue dos o tres días antes del ca-
sorio. "Decile al general, le dijo, que me espere una semana. Después
que pase por el Registro Civil, la casa de mi mujer en Buenos Aires va
a ser mía. Ahí van a poder reunirse a fragotear a gusto. No los va a
molestar nadie". Porque Cinco Esquinas era de doña Carmen. Y se-
gundo, nunca le fue fiel. Dos meses después de la boda, empezó a puta-

143
near como lo había hecho siempre. Una noche lo trajeron borracho y
golpeado. Había armado una trifulca en el burdel del pueblo que ni te
cuento. ¡Estúpido! Con lo linda que era doña Carmen y lo culta...
Cuando se hacían reuniones y venía gente a comer, le tenía prohibido
hablar de lo que ella sabía, de cultura. Para que no lo tapara a él. Una
vez vi, mientras servía la cena, cómo le retorcía la mano por abajo de
la mesa para que no siguiera conversando con un pintor amigo de tu
abuelo que había llegado de visita. ¿Te das cuenta?, inclinó la cabeza,
los ojos perdidos en los arabescos del mantel. En silencio removía
con el dedo índice algunos granos de azúcar diseminados sobre el
hule. Decíme Cata, ¿vos tenés su misma edad? La mujer levantó la
cabeza. No, dos años menos. Cuando llegué a La Milagrosa yo tenía
once y él trece. Me tomaron como niñera de Emilito que era recién na-
cido. De espaldas, Mariana intentaba encender una hornalla. ¿Por
qué papá cuando hablaba del tío siempre lo llamaba el bastardo? Por-
que decía que no era hijo de tu abuela Eugenia. Se dio vuelta hacia la
mujer que permanecía sentada ¿Cómo? Mariana casi se quemó los
dedos con el fósforo. Tiró el fósforo al piso. Catalina sonrió. Estúpido.
Lo jorobaba con eso para hacerlo llorar. Si Emilio era de tu abuela, yo
la vi parir en la cama. Don Ernesto le decía: Vos no te tenés nuestra
sangre, sos adoptado. Emilio era un nene, lloraba mucho. Hasta que tu
abuela le explicó a Emilito, y lo amenazó a Don Ernesto con echarlo a
la calle si seguía con esa cantinela. Tu padre lo celó siempre. Mariana
estaba llenando la pava con agua. ¿Y tía Dora? Era la del medio, ¿no?
Me acuerdo que solía venir desde Chile para Navidad, con mis primos
pelirrojos y su marido inglés… Me acuerdo mucho de Elías… Él fue el
que me dio el primer beso, ¿sabés? Las manos de Catalina contra la
madera tibia del mate. Dámelo que le cambio la yerba. Decíme, dijo
Mariana, dejaron de venir cuando murió el abuelo, ¿no? No, después de
la muerte de tu abuela Eugenia. Dora, que ya le había vendido su par-
te del campo a tu padre, vino al velorio y reclamó el resto de la heren-
cia. Había otras propiedades además de La Milagrosa. Tuvo la mala
pata de hacerlo el mismo día del entierro. Tu padre le dijo que no tenía
corazón y que él cuando le compró la parte había incluido todo. Le

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mostró unos papeles firmados, ¡qué sé yo! Para mí que todo falso. Tu tía
no volvió más. Cuando Don Ernesto se enfermó, yo la llamé porque
ahora vive en Buenos Aires, pero me contestó que ella no tenía herma-
nos. El agua burbujeaba en la pava. Y a tío Emilio, ¿qué le pasó? Ma-
riana se apresuró a apagar el fuego. Después de la pelea con tu viejo se
fue por el mundo. Cuando murió tu abuela estaba en Panamá. Esa fue
otra historia triste. Yo le escribía siempre y él me contestaba y te envia-
ba postales a vos o regalos para Carmen. Llegaban a casa. Yo los lleva-
ba a escondidas a la estancia. Dos días después del entierro de doña
Eugenia me llegó una carta fechada un mes antes en la que me contaba
que estaba muy enfermo en un hospital y sin plata para los remedios y
un montón más de penurias. Me pedía ayuda. Me desesperé porque
además me decía que le había escrito a tu padre pidiéndole dinero para
volver a Buenos Aires a internarse, pero que no le había contestado.
Parada al lado de la mesa, Mariana sintió un ramalazo de furia. ¡Qué
hijo de puta! ¿Y qué hiciste? Revolví en el escritorio del estudio, dijo
Catalina, me hice la que limpiaba, y encontré la carta y con las dos en
la mano le conté todo a doña Carmen. La mujer se interrumpió. Era
como si los recuerdos no le permitieran seguir hablando. Un silencio
tenso reinaba ahora en la habitación e incluso en toda la casa y aún
más allá, en el pueblo. Por un instante, le pareció a Mariana que cual-
quier ladrido o voz humana que se levantara en algún sitio lejano, en
las últimas calles o en el campo abierto podrían retumbar en la coci-
na. ¿Y ella qué hizo? Por primera vez en su vida, se rebeló. Discutió con
tu padre, se aguató la paliza, consiguió plata vendiendo unas alhajas,
hasta el anillo de compromiso vendió, y viajó a Panamá. A los dos días
de llegar, Emilio murió en sus brazos. Mariana sentía un nudo en la
garganta. ¿Qué tenía? Cata levantó la cara hacia ella: Tristeza, dijo, los
ojos vidriosos. Aunque los médicos dijeron cáncer. Así que Carmen se
vino en barco con el cuerpo y lo hizo enterrar en el cementerio del pue-
blo junto a tus abuelos. Vos eras chiquita y te llevamos al entierro. Sí,
dice Mariana en un susurro. Tu padre no se lo perdonó y de ahí en más
le hizo la vida imposible. La humilló hasta el límite. El azúcar de los
pasteles, desparramado sobre el mantel, brillaba como minúsculas

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estrellas comestibles. ¿En esa época empezó lo de Herminia? No, mu-
cho antes…, y un año y medio después, Carmen se suicidó. Mariana se
tapó los ojos con las manos y las dos se quedaron así, en silencio. Pero
hay algo que no te dije todavía, nena. Mariana bajó las manos. ¿Más?
La pava de aluminio descansaba, ladeada, haciendo equilibrio entre
dos hornallas encendidas. Catalina se levantó y fue hacia el dormito-
rio. Volvió con un sobre en la mano. Sí, tesoro, hay más… Yo te dije lo
de la carta que me dio Emilio la noche que se fue, ¿no? Bueno, el me
pidió que te la diera cuando cumplieras los veinte años, si Carmen no
te lo decía antes… Acá la tenés. Mariana la miraba ahora con la boca
abierta. ¿Qué me tenía que decir mi mamá?, dice. Cata ya no la escu-
chaba y seguía… pero tu mamá se murió enseguida y no hizo a tiempo
y después vos eras rebelde y a los veinte no estabas en el país y yo qué
iba a hacer, y un día, cuando no sabía si vos ibas volver, yo la abrí por
si decía algo importante y me enteré de todo… Catalina hablaba y ha-
blaba de espaldas a Mariana. ¿Qué estás diciendo, Cata? ¿De qué ha-
blás? ¿Soy hija de Ernesto, no? Entonces Cata se dio vuelta y la enfren-
tó.
—Sí, nena, sí. Vos sos hija suya, aunque tu padre no lo cree. Sospe-
chó siempre que eras de Emilio pero no tiene certezas. Y yo tampoco,
en realidad nadie que esté vivo ahora lo sabe. Leé la carta, con lo tuyo
no es claro. Tu tío te dice que te quiere como a una hija y que él y tu
madre se amaron, pero no dice: sos mi hija. No lo dice, con lo que,
vos, no sos de Emilio, nena. Sos de Ernesto o no, quién sabe. No sé
de quién sos, querida… Y además está lo otro… Bueno, ya está. Eso.
Te lo tenía que decir.

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Abandona la taza de café; en el fondo, la borra oscura. Se seca las
lágrimas con un repasador que huele a ajo. Llora por Emilio y por su
madre; la imagina en el barco, apoyada contra la barandilla. Mira el
mar, mira la cubierta donde se pasean los turistas que no saben, no
tienen por qué saber, que ella trae en la bodega el cuerpo del hombre
que ha amado. Entonces, vuelve los ojos al mar. Mira el agua que
golpea y la estela que va dejando el barco. No puede hacer otra cosa.
Imagina a su madre y comprende que en el momento en que Cata-
lina le revelaba el final de la historia de Emilio y Carmen aún había
más, aún faltaba un último cabo por atar: lo que ella no sabía y Cata,
tampoco, lo que leyó en la carta. Piensa que los secretos de su fami-
lia, como todos los secretos, están encontrando la manera de salir. A
los empujones han ido abriendo desde su llegada, o tal vez desde el
sueño, las puertas y corredores que lo ocultaban. Y en eso bendice
su coraje incipiente. Si la vergüenza y el ocultamiento la obligaron a
llevar el peso de un dolor gratuito ahora se sabe capaz de oxigenar el
pasado para dejarlo ir. Todo ese pasado es combustible, dice.

La casa está quieta. Los gatos se han ido. Sólo la canilla gotea sobre
un plato y deja entre gota y gota un lapso, breve, rítmico, molesto. En
su cuarto, en el cajón de la mesa de luz, la espera la carta de Emilio,
¿su padre? No, su padrino. La ha leído y sabe que le llevará tiempo
volver a leerla. Tan a destiempo todo, piensa. ¿En qué lugar de Cinco

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Esquinas mamá se pegó el tiro, Cata? En el dormitorio, Marianita. In-
tenta concentrarse en la revista que ha traído del consultorio para no
pensar en eso, pero no lo consigue y la abandona, empujándola hacia
el centro de la mesa. ¿Vos estabas? Sí, preparando la cena y oí que
discutían, como siempre, y tu papá le dijo: Si te querés matar, matate
de una vez, y le tiró la pistola que siempre llevaba encima, arriba de la
cama y cerró de un portazo la puerta del cuarto y se fue de la casa. Por
un minuto, no más, no se oyó nada. Después el tiro. Vos estabas en el
colegio de monjas.
Se levanta, va hasta la sala y cae en la cuenta de la repentina ausen-
cia de sonidos: el reloj de pie se detuvo en la madrugada de la noche
anterior. Habrá que ponerlo a funcionar, piensa. Se acerca a una de
las ventanas y ve, más allá del vidrio salpicado por la lluvia, el cielo.
La abre para que entre aire. La tarde tiene una textura desdichada:
el telón de los eucaliptos al fondo y, más acá, las ramas caídas de las
moreras; un benteveo solitario, algún gorrión, ningún canto; todo el
parque harto de agua. Siente un profundo desgano, se ha inclinado
sobre el vacío —no hacia sino sobre él—, exactamente sobre la su-
perficie opaca de la ausencia y le parece necesaria su contemplación.
Siente vértigo y, alarmada, vuelve la espalda al paisaje y se enfrenta
con la casa: ha dejado de latir. Ganas de cambiar los muebles de lugar.
Y para serenarse, se dice que eso será después, que ahora hará el
esfuerzo de subir la escalera, que entrará en su habitación y que se
pondrá las botas de goma porque sabe que para poder refundarse
deberá primero saldar algunas deudas. Piensa en el montecito de ca-
ñas. Desde que regresó no ha podido llegar hasta él. Ahora puede,
quiere ir.

Atraviesa la galería y avanza hacia la glorieta. Se planta bajo el en-


tramado de palos y ramas: la madera de algunos tirantes está podri-
da. Vencidos los soportes, caen largas guías de enredadera sobre el
piso cubierto de flores azules. Un camino de hormigas asciende por
el tronco de la glicina y se pierde entre las hojas. Recuerda a la madre
en brazos de tío Emilio en ese mismo sitio bailando envueltos en

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el perfume — ¿Ése día lo habrán planeado o lo sabían de antes? —,
riendo con las cabezas hacia atrás para mirar las estrellas, los cuerpos
pegados, y la música de Charly Parker desde el tocadiscos de la sala
y ella en el borde de la glorieta, exactamente donde está ahora, sin
animarse a interrumpirlos para decirles que en la galería la limonada
ya está lista. Se pregunta cómo se habrán amado y los percibe inma-
duros. Presiente que en su historia familiar, ella fue la testigo a la que
le impiden moverse de la escena del crimen porque su rol es mirar sin
intervenir. Sin embargo, piensa, ¿por qué no me rebelé? ¿Qué cuota
de responsabilidad me cabe? Y recuerda la encomienda que entregó
a su madre una tarde de verano, y al bebé negro de plástico envuelto
en un pañal manchado de sangre y también las palabras de Cata dos
días atrás, antes del desastre: Lo de la encomienda fue un aviso para
tu mamá…Hijos de… No fue Herminia. Si la pobre Herminia abortó
varias veces de tu padre. Él la obligaba… Ella me lo dijo cuando se vino
a trabajar a La Milagrosa y se trajo a la Mercedes. Que Mercedes nació
mucho después, cuando vos terminabas la primaria, porque Herminia
no quiso más y la tuvo igual…
Se pregunta cuál fue su responsabilidad y no sabe qué responderse.
Comprende que el tema es ahora, no antes, se dice, ¿qué hago ahora
con todo lo que estoy viendo? Nada, murnura, Dejar sueltas las pre-
guntas y las respuestas vendrán solas, piensa.
Sí tiene en claro que a su madre le tendieron una trampa, era de-
masiado joven, demasiado inexperta, pero no comprende por qué
no buscó salvarse y salvarla cuando se dio cuenta del hombre que
tenía al lado. Nada. Y en eso le da la derecha al padre cuando le dijo
Débil. Sin embargo, si eso fue su madre, si eso fue Emilio, infantiles,
no inocentes, ella no los juzga. No puede. Había que estar ahí, piensa.
Y sí, tomaba muchas pastillas…y las mezclaba con el whisky. Otra
vez la voz de Cata. El embarazo fue un infierno para Carmen por las
diabladas de tu padre, y después que naciste a la pobre se le juntó todo
y le dio la depresión del parto que le dicen y ahí fue la primera vez que
la internaron porque no la sacaban a flote ni los mejores médicos. Y
empezó a empastillarse. A veces se cortaba… Por eso yo te di de ma-

149
mar. Mariana la toma por un brazo. Nunca me dijiste… Cata levanta
despacito los hombros como avergonzada. Y qué sé yo, creí que lo
sabías… es que tu abuela me pidió, que yo tenía los pechos llenos por
el Rodolfito que se me había ido a los dos meses, que en paz descanse,
pobre angelito. Se había ido con su papá, los dos juntos, qué carajo.
Que a veces creo que fue por eso que vos y yo estamos tan unidas, ¿no?
Entonces recuerda un párrafo de la carta de Emilio, “Me hubiera gus-
tado darte la noticia cuando fui a verte al campo en Reyes. Pero eras,
sos, muy chiquita y me pareció —a Carmen también-…”. “Ahora cuan-
do leés esta carta ya tenés 20 años”. “…ojalá estemos juntos cuando la
abras y ya haya pasado este infierno”. “Tenés que entender, es mejor
para todos…”. “Cuando nos establezcamos, tu madre y yo vamos a ir a
buscarte”. “Te quiero como a una hija…”.
Cree que si sobrevivió únicamente para ser testigo del final de esta
historia, Catalina fue la única que la ayudó a subir al escenario y lo
sigue intentando. ¿Qué es esto Cata…? ¿Se fugaron juntos? ¿Qué pasó,
Cata? Ni idea, nena, ni idea… Me hierve la cabeza con eso desde que
leí la carta, sólo sé que después que tu tío se fue, tu madre andaba muy
rara y…. ¿Rara cómo qué? ¿Se fue de casa? No, que yo sepa. Bueno, un
día la vi desesperada… buscaba el pasaporte. Y ella me dijo que era no-
más para verlo…, y después que se fue tu tío una madrugada tu padre
la encontró revolviendo en el escritorio y le pegó una paliza a la pobre
que si yo no los separaba, la mataba. Eran las cuatro de la mañana y
me despertaron los gritos. Tus abuelos no estaban. A vos te encontré
escondida debajo de la lámpara con tulipa. Qué sé yo si sería por eso…
Y ahora que se han ido y el final llegó, ¿qué?, dice y sale de la glo-
rieta.

Dos patos silvestres nadan y graznan sobre el agua podrida de la


pileta de natación. Se le viene el recuerdo de Pablo, el sobrino de
Aurelio, tres meses mayor que ella, con el que se bañó desnuda en esa
misma pileta, en el verano de sus dieciséis, y con el que, a la hora de
la siesta, se encontraba en el cañaveral. Apenas el milagro del descu-
brimiento, algunas cartas que Cata le envió al colegio y, más tarde, la

150
noticia de su ingreso al Colegio Militar, el largo silencio sin ninguna
explicación, hasta ese verano, uno o dos años después. Le costó re-
conocerlo, conversaba con Don Ernesto en la galería, ya un hombre.
Los dos sentados fumando, el pelo muy corto, cambiado, tan serio,
otro. Ése es un hombre que te conviene, le dijo el padre durante la
cena. Lástima que es hijo de chacareros, pero va a ser militar. Va a
llegar lejos. Le pienso dar una mano. Voy a hablar con algunos amigos
que me deben favores. Y el comentario de Aurelio unos días atrás,
murió en Malvinas, al norte de Puerto Argentino, Mariana.
Su Padre. Lo ve muerto en el barro, arrastrado por la corriente y
le parece escuchar su voz, llamándola por el nombre de la hermana,
de la otra hija, la que él creyó la verdadera. Mercedes, su hermana.
¿Cómo hará para quererla, para incorporarla a su vida? Y además,
un hijo, ¿sobrino? Camina a los tumbos hacia el cañaveral, pisando
pasto mojado, algunos cardos, matorrales de manzanilla en flor.
Ha llegado al borde del montecito y se detiene en la periferia.
No lo reconoce.
Es otro.
Ni la vitalidad, ni la espesura, ni el perfume áspero.
El recuerdo de Herminia la toma. Herminia, la depositaria de to-
das las culpas. Herminia fue una mujer valiente, señorita Mariana, le
había dicho Aurelio una tarde en la que ella había salido a caminar
por el parque y se lo encontró. Aurelio habló así porque Mariana fue
directa. Hábleme de Herminia, Aurelio. ¿Por qué dicen que ayudó a
mucha gente? El hombre se sorprendió. ¿Cómo lo sabe? Estaban dete-
nidos frente a la ermita. Cata me contó en una carta… Sí, dijo Aure-
lio, ayudó a escapar a los que estaban acá… y yo le di una mano. Era
brava, señorita, no tenía miedo. Decía que La Milagrosa la ayudaba.
El hombre se quedó mirando a la Virgen. Ha visto tantas cosas… y
señaló la imagen con un movimiento de la cabeza. Y mi padre ¿no se
dio cuenta? El hombre la miró a los ojos y luego los bajó. Lo sospechó,
bueno estaba seguro de que había sido ella y ella se lo negó siempre
y se aguantó las trompadas, porque el patrón es bravísimo, señorita,
qué le voy a contar a usted. Pero la Herminia nunca me delató ¿se da

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cuenta? y yo se lo agradezco porque ¡mi Dios si se enteraba! Fueron
años terribles. Terribles. Aurelio hizo silencio antes de continuar. Yo
creo que a su papá también lo salvó la Herminia; le hizo un favor. Don
Ernesto veía que lo de los milicos en la estancia se le iba de las manos,
y no sabía cómo recular. A mí me parece que él quiso colaborar, pero
nunca malició que la cosa era tan fulera. Mariana tenía un nudo en la
garganta, casi no podía articular cuando preguntó: ¿Cómo los ayudó?
Aurelio miraba para abajo y movía la cabeza, sonreía. Se acostó con
los milicos que estaban de guardia. Con todos a la vez. Y yo, mientras,
abrí el galpón donde los tenían encerrados y los dejé ir. Después el her-
mano de Cata los sacó del pueblo por tren… fue una patriada…
Está merodeando el cañaveral. Aunque el lugar es alto, en algunos
sectores se han formado charcos y las cañas apenas sobreviven raquí-
ticas, derrumbadas aquí y allá como cintas. Corrompido por el agua
es otro pero es el mismo, y cuando lo comprende siente una ternura
inmensa, un deseo compasivo y ferviente de abrazarlo. Le late el co-
razón en la garganta. Puede oírlo. Abre un hueco con las manos y se
mete. Avanza y al llegar al centro, en lugar del mullido colchón de
hojas, la espera un revoltijo esponjoso de yuyos y barro que se hunde
bajo su peso. Está a punto de caer, pero logra sostenerse agarrándose
de un tronco más o menos firme. Con el sacudón, el agua acumulada
por las ramas le cae encima y la empapa. No importa. Se abrirá paso
entre la maleza hasta que llegue al palomar. Entra y varias palomas
remontan vuelo. Algunas plumas flotan. El recinto huele a excremen-
to, a pis, a madera podrida. Aunque el piso está inundado y el agua
le sube por las botas hasta los tobillos busca con desesperación el
escondite donde, en otro tiempo, ocultaba las cartas del tío Emilio y
el libro de Proust.
Respira con dificultad, siente los ojos húmedos y la boca seca. Guia-
da por la memoria del tacto examina la pared áspera, hasta que da
con el ladrillo flojo y lo levanta. Una lombriz se retuerce molesta por
la luz. Bajo un puñado de cascotes, herrumbrado y sucio, encuentra
el anillo de plata, aquel que la noche de la huída dejó escondido con
la promesa del regreso.
—Volví —dice en voz baja.

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Sale del cañaveral quebrando algunas cañas y camina en dirección
a la casa con el anillo en la mano. Se detiene para observarlo a la luz.
La inicial es apenas visible. No puede acordarse quién se lo regaló,
pero recuerda claramente la noche, el miedo, los hombres acechan-
do, el corazón en la boca. Intenta limpiarlo y lo refriega contra la tela
del pantalón. Está atardeciendo. Siente frío y se cruza de brazos. A
la derecha, unos metros más allá del alambrado que circunda el par-
que, una extensa laguna. Cómo avanza, piensa, si esta noche llueve
mañana la tenemos encima. La cercanía del agua le trae la imagen
del terraplén y de Patricio sobre él, de pie, contemplando el Salado.
Los que están ahora, le echan la culpa a los que se fueron. Son todos lo
mismo. Prefieren robarse la plata y después, a último momento, impro-
visar. Mariana jugaba con unos pedazos de cemento partido, lanzán-
dolas, y el río se los tragaba. Bueno, lo mismo no son. ¿No te parece?
Además, estos recién llegan. Dáles tiempo... Él la imitó: se agachó para
recoger un coscote y lo arrojó con energía. El impulso lo hizo caer
muy lejos. En mitad de la correntada. La piedra desapareció. Está
bien, no serán lo mismo, dijo y se volvió hacia ella. Yo qué sé. Pero acá
vamos a perder todo y estamos solos esperando un milagro. La ayuda
de Defensa Civil demora. Quedan pocos colchones y con las cajas PAN
que tenemos ¿qué cubrimos? Tiempo tampoco hay, Mariana. Encima,
al lado de la costa... No quiero ni pensar si se desborda...La gente tiene
tanto miedo… Estaban uno junto al otro, casi tocándose, mirando el

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agua. Por suerte la ruta todavía no se cortó, dijo Mariana como ha-
blando para sí misma. Él siguió con los ojos fijos en la corriente: Y si
la dinamitan, queda el tren..., dijo. ¿De dónde es tu familia?, preguntó
Mariana. De Olavarría.

—¡Marianita!
Jadeante, subiendo con los brazos en alto, venía Marta Puricelli.
Marianita, ¿cómo estás? Patricio, las manos en los bolsillos del pan-
talón, observaba a las mujeres que se abrazaron afectuosas: ¿Se cono-
cían? Mariana rió: ¡Claro! Yo, en el pueblo, soy más antigua que vos.
Después de los saludos y las preguntas, Marta se volvió y enfrentó
al médico: Doctor, necesitamos un tractor urgente. El agua ya llegó
cerca de la chacra de los López, ¿la ubica? Es la que está a mitad de
camino entre la de los Bertolini y La Media Luna. La zona es muy baja.
Patricio la escuchaba con atención. Hay que sacarlos cuanto antes,
continuó Marta. Y ver si los podemos trasladar al pueblo. Dos días
aguantan. No más. Me vino a avisar el mayor de los hijos. En el único
caballo que tienen, le cargamos dos cajas PAN en la alforja. Por la ca-
lle que conducía al pueblo venía un grupo de adolescentes, cargados
con palas y carretillas. Vamos, vamos que entra el agua, gritó uno.
¿Alguien se resiste?, preguntó el médico. Dos familias ya se vinieron,
porque tenían la casa inundada hasta el zócalo. Pero unas cuantas se
niegan. No hay forma de convencerlos. No quieren por los animales…
Por lo que dejan… ¡Qué sé yo! Se van a quedar totalmente aislados por
testarudos. El hombre se pasó, hacia atrás, la mano por el pelo, como
intentando ordenar una decisión: Bueno, vamos con mi camioneta.
Atrás cabe todo. La mujer lo tomó del brazo. No, doctor. El camino
está imposible. Ahí sólo entra un tractor con acoplado y los que hay
están en el terraplén. El Comisario me dijo que hablara con usted... Por
si sabe de alguien… Mariana seguía la conversación. Sus ojos iban
de una cara a la otra hasta que, por fin, se animó: Si les sirve, pueden
aprovechar el de casa. Aurelio mañana trae a La Milagrosa los mue-
bles de la escuela de la Blanqueada. Después que vaya a lo de López, o
donde lo necesiten. Marta Puricelli arqueó las cejas y rió mostrando

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una hilera de dientes desparejos: ¿Hablás en serio, nena? Si ya tenés
bastante con llevarte la escuela a tu casa… Mariana la miró a los ojos.
Bueno, es hora de que el tractor sirva para otra cosa, ¿no? Trasladen
primero la escuela a la estancia. Y si quieren, después a los López…
Cuartos, sobran… Y muebles, lo miró a Patricio. Antes de rematarlos
que los usen, ¿no? Marta se refregó las manos. En medio de un mar
de arrugas, los ojos le brillaban luminosos. ¡Qué bueno, hija! ¡Qué
bueno! Me voy volando a organizar todo. Mañana te llamo a vos o a
Aurelio, y después del bautismo me voy a Chascomús a llevar al cura y
a ver si el Intendente nos manda más ayuda. Se despidió con un beso
y, dándoles la espalda, comenzó a bajar el terraplén. Llevaba la cabeza
semicubierta por un pañuelo amarillo, atado en la nuca.
Cuatro hombres se arrimaron a conversar con el médico. El más
viejo, tenía puesta una gorra hasta la mitad de la frente y sostenía,
con la mitad de la boca, un cigarrillo apagado. A medida que los
hombres hablaban, Patricio había ido bajando la cabeza y con la pun-
ta del pie derecho jugaba a remover piedras en círculos pequeños. El
más joven de los cuatro, señaló a lo lejos. Patricio siguió la dirección
del brazo. Mariana no podía oír lo que decían. Antes de despedirse,
Patricio le pasó la mano por el hombro al viejo; los cuatro se dieron
vuelta y Mariana vio descender cuatro espaldas en silencio. Cuando
Patricio la enfrentó tenía los ojos húmedos. Se acaba de desmoronar
parte de la contención norte y el agua está entrando en los campos, ca-
rraspeó. Mariana percibió su angustia ¿Y qué van a hacer? Se encogió
de hombros: Esperar al camión de Vialidad. Avisaron de Las Flores
que ya viene. Trae cascotes y cemento. Y rezar. Pero si dinamitan la
ruta para que el agua escurra hacia San Borombón, esto va a ser un
desastre. La tomó del brazo y, con un gesto —elevó levemente la bar-
billa y entrecerró los ojos—, le indicó que bajaran.
Descendieron despacio, resbalando.
Garuaba.
Ahora, la había tomado de la mano.
Llegaron al último tramo y Mariana patinó, el cuerpo lanzado ha-
cia delante; Patricio la detuvo con los brazos. Los dos trastabillaron.

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Estuvieron a punto de caer abrazados. Disculpá, dijo Mariana, le
agradó su calor, se hubiera quedado así. Me encanta, dijo él sin sol-
tarla y la besó en la frente. Le ardían las mejillas. Patricio le sopló,
suave, los ojos, y la apartó. Comenzaron a caminar uno junto al otro,
mudos. Firmes sobre un poste semihundido, cuatro lechuzas. Antes
de subir a la camioneta, por el fondo del camino, vieron aparecer una
manada de terneros y dos hombres a caballo. Venían huyendo del
agua. Parecían suspendidos, dibujados sobre la línea del horizonte,
casi estancados, como si caminaran sin avanzar un solo centímetro.
Bajo el cielo gris, sobrevolando un potrero en parte inundado, cin-
co cuervos habían descubierto una osamenta.

Estacionaron frente a la Salita donde Reina esperaba bajo un pláta-


no. Llovía otra vez, pero se había levantado una brisa liviana. El agua
caía, silenciosa. Cuando Patricio apagó el motor, el limpiaparabrisas
continuó raspando el cristal. Los dos, uno a cada lado de la palanca
de cambios, no hablaron. Mariana había apoyado la espalda contra
el cuero del asiento y le costaba moverse, se hubiera quedado allí.
Entonces, haciendo un esfuerzo dijo: Gracias. Empujó la puerta, sal-
tó sobre el barro de la avenida y la fue cruzando. Llevaba con ella el
olor del hombre. Toda la calle, el pueblo entero olía a él. Se dio vuelta
y vio que Patricio estaba asomado a la ventanilla, el codo sobre el
marco. Me encanta, le dijo y encendió el motor. Ella lo miró sin decir
palabra. Ya estaba desatando las riendas del animal que pateaba, ha-
ciendo resonar con los vasos el ladrillo de la vereda. El caballo tenía
la grupa mojada; Comenzó a secar con la manga del capote la lana
de oveja del recado. Por lo visto, de traductora vas a pasar a directora
de escuela, le gritó Patricio desde la camioneta ahora en marcha. A
Mariana se le escapó una carcajada nerviosa y, sintiéndose a salvo al
otro lado de la calle, se animó a contestarle: Me encanta.
Pegó el salto. Ya estaba sobre Reina que caracoleaba inquieta y san-
guínea, alargando el hocico. Es tarde, Catalina me espera con el mate,
gritó, mientras aguijoneaba a la yegua que salía disparada calle abajo.

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Por el camino del fondo, le llega el alboroto de un tractor que la
obliga a abandonar los recuerdos. Bamboleándose como el carroma-
to de un circo pobre, avanzando a paso de hombre, viene Aurelio
desde la Blanqueada. El acoplado se desliza de derecha a izquierda.
Sobre su piso de chapa, cubierto por una lona y atado con sogas, so-
brevive todo el haber de la escuela. Aurelio la descubre y le toca boci-
na. Cuando llega a donde está Mariana, el hombre detiene la marcha
y saca la cabeza por la ventanilla. No ha apagado el motor.
—¿Cómo fue el entierro? —habla a los gritos, por encima del tra-
queteo de la carrocería.
Mariana cierra los ojos y se encoge de hombros.
—Después le cuento.
—Pero…
—Después le cuento, Aurelio.
—¿Quiere subir?
—No. Gracias. Prefiero caminar —señala el bulto informe de la
mudanza—. Llévelo para La Milagrosa. Lo vamos a poner en el estu-
dio de mi padre.
El hombre se queda mirándola.
—Hay lugar —dice Mariana.
Se ve que a Aurelio esta vez le cuesta hablar.
—Le parece, patrona —dice —… Por el duelo, digo. ¿Vio?
—Sí, Aurelio. Va a ser lo mejor. Vaya nomás. Entre los dos lo aco-
modamos. Yo le ayudo. ¿Cuándo empiezan?
—Hoy estamos a sábado, así que el lunes. Jacinta, la casera de La
Blanqueada, me dijo que la maestra ya les avisó a los chicos.
—¿Y los López?
—Al final los rescató un vecino. Me avisaron por radio, justo des-
pués que ustedes se fueron. Ya están en el pueblo.
Mariana llega a la casa en el momento en que el peón está desa-
tando las sogas y enciende las luces de la galería porque ha anoche-
cido. Corre los sillones para agilizar el traslado de lo que se salvó del
agua y, entre los dos, bajan y ubican en el escritorio de Don Ernesto,
contra las bibliotecas, un globo terráqueo, borradores, libros, carpe-

157
tas, un pizarrón, algunos mapas, bolsitas con tizas de colores, varios
pupitres. Cuando el hombre termina, sudado, la respiración agitada,
Mariana le ceba unos mates y le cuenta —los dos en la cocina— lo
que ha vivido esa mañana. Aurelio escucha el relato y cada tanto se
lleva las manos a la cabeza. De no creer, doña Mariana, de no creer,
dice y no dice más nada. Bueno, Aurelio, dice Mariana para romper la
incomodidad. Vaya. Vaya. Olinda lo debe estar esperando.
Mariana no tiene sueño, algo en ella se resiste a ir a la cama. No
quiere dormir. No ahora. Quiere, eso sí, ordenar el caos que ha que-
dado en el escritorio de Don Ernesto. Se para en la puerta y mira la
habitación, intentando definir un plan. Está conforme con la elec-
ción. Cree que ése es el mejor sitio de la casa por lo espacioso, por la
luz que recibe a la mañana, pero desea quitarle el lastre de su destino
anterior. Con paciencia, arrastra hacia la cocina las cajas con cebo-
llas y la bolsa de papas, empuja el escritorio hasta una de las venta-
nas para que lo use la maestra y ubica frente a él, en semicírculo, los
pupitres; luego hace lugar y coloca allí libros nuevos junto con los
cuadernos. Sobre dos sillas, apoya el pizarrón, las tizas y el borrador.
Finalmente, pasa el plumero por las estanterías y cuelga, de un gan-
cho que descubre en la pared, otro pizarrón viejo que encuentra en el
baño del padre y que sirvió, hace mucho, para anotar la salida y en-
trada de ganado y los precios de la hacienda en Liniers. Como el piso
ha quedado sucio de hilos, tierra y papeles, con un escobillón empuja
la basura hacia la galería. Mañana le digo a Olinda que la levante,
piensa, y vuelve al escritorio para contemplar la obra. Parece otro,
dice y enciende un cigarrillo. El lugar tiene ahora un aire diferente.
Mariana busca un cenicero y se sienta en un pupitre para disfrutarlo.
Lo recorre con los ojos. No es el mismo, dice. Mañana pongo algunos
clavos para los mapas, y apaga la colilla. Cae en la cuenta de que los
alumnos necesitarán un baño y habitaciones. Piensa en el toilette, que
está bajo la escalera, y en los cuartos para huéspedes de la planta baja.
Van a servir, dice y embiste con la limpieza. Con la camisa arreman-
gada y el cabello atado en una cola de caballo, va y viene empujando
muebles, cargando desde la cocina el balde con agua y detergente. Se

158
siente presa de una energía nueva. Pone en hora el reloj de pie de la
sala y enciende el tocadiscos. En el momento en que la púa entra en
el surco de pasta y suena otra vez Charly Parker, el aire de la casa se
llena de una cierta vitalidad. Mientras la música transcurre, saca del
baño clausurado dos lámparas de pie, un ventilador que coloca en la
futura aula y una caja con papeles. Como pesa demasiado, trata de
encontrar un sitio donde apoyarla y camina hacia la mesa del come-
dor. En el trayecto, tropieza con un mueble y va a parar al piso. Viejas
carpetas y hojas tapizan, ahora, la alfombra. No se impacienta. Meto
todo como está y más adelante reviso y tiro lo que no sirve, piensa.
Un título de propiedad a nombre de Emilio y varias chequeras, en
cuyos talones reconoce la letra de Don Ernesto, le llaman la atención.
Así, uno a uno, van viendo la luz antiguos documentos de compra
venta de tierras a nombre de sus tíos, escrituras, la partida de naci-
miento de su abuelo Pedro, un par de chequeras del Banco Provin-
cia y hasta el número de la combinación de la caja de seguridad de
la familia. Estos eran los famosos papeles que el viejo quería proteger
de mí. Avariento, murmura mientras revuelve y piensa que se murió
antes de hora por esconder esas pruebas. Un día de estos me sien-
to con paciencia y los ordeno, vuelve a pensar. Hay que descifrar a
quién le corresponde cada cosa. Si todavía estoy a tiempo, murmura.
Varias listas con nombres desconocidos la sorprenden. ¿Y esto? Dice
y comprende que hay algo más sucio aún. Se acuerda del Juzgado en
la Cabecera del Partido. Cuando deje de llover, murmura.
Desde el tocadiscos, un solo de trompeta.
El reloj marca las diez de la noche. Mariana piensa en su hermana
y se promete tres cosas: la primera aceptar que ya no tiene padres;
la segunda, que dado que las cosas vienen así, seguirá —por ahora,
hasta que pueda aceptar los sustantivos y se le haga carne la nueva
sintaxis— diciéndole padre a Don Ernesto y tío Emilio a su padrino y
la tercera que irá hasta el cuarto de Mercedes a preguntarle si necesita
algo.
El trabajo le dio sed, por eso va caminando por el corredor hacia la
heladera; quiere tomar un vaso de agua fría. Al entrar en la cocina,

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sentada bajo la lámpara, ve que Mercedes hojea el semanario que ella
trajo de la Sala de Salud. Mariana sorprendida no sabe qué hacer y
carraspea. En cuanto Mercedes la oye, cierra la revista de un mano-
tazo y se pone de pie.
—¡Hola! No te levantes. Olinda me dijo que no te sentías bien. ¿Es-
tás mejor?
—Más o menos, señorita —dice y se sienta.
—Tengo puntadas en el vientre —dice y baja la cabeza—. El doctor
Patricio me explicó que son contracciones.
Ahora, levanta la cabeza y la mira a Mariana.
—Que es porque estoy cerca de la fecha, ¿vio?
Mariana se sienta frente a Mercedes y piensa que nunca se ha sen-
tado así de frente a hablar así con ella. Tanta intimidad, piensa, todo
este tiempo mi padre fue una excusa para no encontrarnos. Piensa
también que se han quedado solas y que, además, tiene que hablarle
y se pregunta por dónde empezar.
—Sí, y el trajín de estos días —dice—. En tu estado...
Señalando la revista.
—Podés leerla, si querés.
—Ya la vi. Gracias.
Mercedes baja los ojos y junta con el dedo índice, una a una, las
migas que han quedado sobre el mantel. La hermana, la piel tan ne-
gra, traga saliva y mantiene los ojos clavados en el hule de la mesa.
Mariana le mira el perfil ovalado: la nariz pequeña, algo chata en la
punta, la boca carnosa. Somos tan diferentes... Mercedes ha logrado
armar una bolita consistente de miga y costra y la pasea por el mantel
de hule, presionando, con un movimiento lento de la mano. Los de-
dos finos, larguísimos. Mariana no sabe qué hacer
—Podés llamarme por mi nombre… —dice y se levanta.
Abre la puerta de la heladera.
—Sí, señorita... —dice Mercedes.
Mariana tiene medio cuerpo dentro de la heladera. Tintinean las
botellas. La luz sale del interior y se proyecta sobre las baldosas en un
cono amarillento. Busca la jarra con agua fría. Cuando la encuentra,

160
cierra la puerta y llena un vaso. A medida que el líquido helado sube,
el vidrio transpira empañado.
—…y comenzar a tutearme. ¿Querés agua?
—No. Gracias. Es difícil, señorita Mariana. Es que es la costumbre,
¿vio?
Mariana la observa. Es una nena todavía, se dice. Tengo que hablar-
le de nosotras, piensa. ¿Por dónde empiezo?
—Vamos a vivir aquí las dos solas...
—Sí —Mercedes se queda en silencio. Juega con la bolita de miga—
. ¿Es verdad lo que me contó la Olinda? —dice.
Mercedes continúa con la cabeza gacha, llevando y trayendo la pe-
lotita de pan.
—¿Sobre qué? — Mariana tiembla.
—Que se lo llevó el agua…
Mariana se avergüenza. Está tan asustada por lo que sabe que debe
decirle a Mercedes y sobre todo por su resistencia a encarar el tema,
que se ha olvidado de contarle el final del padre tragado por el agua.
Es que no ha caído en la cuenta que para Mercedes, para su hermana,
Don Ernesto representó otra cosa.
—Sí, es verdad —dice—.
Mercedes se ha sacado un zapato y juega con él bajo la silla.
—¿Te gusta descalzarte?
—¡Ah, sí! Disculpe. Los tengo un poco hinchados.
Y vuelve a calzarse.
—No. Quedáte así. Yo ando siempre descalza. Me llamó la atención
la coincidencia. Nada más…
—¿Cuál?
—Que a vos y a mí nos guste andar en patas —Mariana se siente
una imbécil.
Mercedes se encoge de hombros y sonríe.
—Hablé con el doctor Patricio, ¿sabés?
—¡Ah!
—Y con Catalina. Los últimos días te llevo con ella al pueblo. Acá
es peligroso. No hay camino…. ¿Qué te parece?

161
—Lo que usted diga, Mariana.
—Lo que yo diga no, Mercedes. Vos, qué querés.
—Si me pudiera llevar mañana, mejor, señorita.
Tengo que hablar con ella, se dice. ¿Cómo empiezo?, ¿por dónde?,
¿qué le digo? Toma un sorbo de agua y abandona el vaso. En el si-
lencio, la cocina late por la canilla de la pileta que gotea discontinua.
—¿Tenés novio? —la pregunta sale sola de su boca.
Mercedes levanta la cara hacia ella y se tira hacia atrás un mechón
que le ha caído sobre la frente. La pregunta la ha sorprendido. Los
ojos son dos redondeles pasmados.
—No, señorita Mariana.
Sonríe apenas y vuelve a apretar la bola de pan.
—Bueno, vos disculpá, pero el bebé es de alguien, ¿no?
—Sí.
—Y él, ¿no se hace cargo? ¿Sabe, supongo...?
—No.
—¿No sabe o no se hace cargo?
—Ninguna de las dos cosas, señorita.
Mariana se levanta para servirse más agua y vuelve a la silla.
—Mercedes, el padre de tu hijo es responsable y yo creo que...
Mercedes tarda en responder. Tiene los párpados apretados y le
brota, casi imperceptible, un sudor perlado encima de las cejas y en
el borde de la boca.
—El hijo es mío. Nada más —ahora la mira de frente—. De él, no.
Usted no se preocupe. Como yo. Yo fui de mi mamá sola. Nada más,
señorita. Él no me ayudaría nunca. No puede y yo no quiero...
Vamos mal, piensa Mariana. Es otra cosa la que debo decirle y estoy
dando vueltas. Bebe un sorbo de agua y empieza:
—Mercedes, yo... Quería agradecerte todo lo que hiciste por Don
Ernesto…
—Era bueno conmigo.
Ha sacado del bolsillo un pañuelo y se lo está pasando por la frente.
Tiene lágrimas en los ojos.
—Conmigo no tanto.
—Sí, así parecía.

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—Alguna vez te voy a contar…. Con vos era diferente...
—Sí, señorita —dice.
Hay en el tono de su voz cierto dejo de orgullo.
—A mí me da una pena que se haya ido... Así, sufriendo tanto, po-
brecito… Y, después…, lo que me dijo la Olinda…
—Bueno, no sé cómo decirlo. Me cuesta —Mariana se retuerce las
manos—, pero... yo creo que nosotras tenemos que hablar…
—¿De qué?
—Cuando estuve en el pueblo, Catalina me contó algo que creo que
vos tenés que saber...
Mercedes ha levantado hacia ella los ojos azules y la mira.
—Vos —le tiemblan los labios—, ¿estabas enterada de que tu mamá
y mi padre se entendían?
—Sí, claro —y busca la bola de pan que descansa abandonada, cer-
ca de un plato de loza—, pero yo le aseguro, señorita Mariana, que
nunca, nunca, deshonraron la memoria de la señora. Se lo puedo
jurar. Mi mamá siempre durmió conmigo en la pieza de servicio. Ella
lo quería mucho a su papá.
Mientras habla, retuerce el pañuelo y se lo pasa por los dedos, como
si toda la violencia y la incomodidad de la conversación se concen-
traran en ese trozo de tela. Mariana piensa que, aunque todavía una
niña, su hermana es fuego. Quema. Por el color de la voz más que por
lo que dice, por el ardor de la mirada. Desde el primer día, cuando
se la topó esperando para entrar en la habitación del padre, percibió
debajo de esa elasticidad relajada un estremecimiento de angustia.
—No te pongas mal, Mercedes. Ya lo tengo asumido. Bueno, no sé
pero lo que quiero decirte es que lo que Cata me dijo es que vos sos la
hija de Herminia y... —busca una silla donde sentarse— de mi padre.
O sea que vos y yo... —hace un gesto con el dedo índice señalando a
ambas—. Eso es lo que te quería decir.
Mercedes ha vuelto a bajar la cabeza y mira fijo el estampado de su
vestido. La bola de miga está deshecha sobre la mesa.
—Ya lo sabía. Mi mamá me lo contó cuando yo era chica —la frase
es un hilito blanco—. Hacía poquito que vivíamos acá. Resulta que
yo lloraba todo el día porque extrañaba a mis hermanos y a mi papá

163
del pueblo. Ella, el día que nos vinimos, me trajo engañada. Me dijo
que nos íbamos a la estancia por trabajo, un tiempito, nada más, y
que yo me venía con ella porque era la más chica y, como nunca me
llevaba a visitarlos, un día me escapé y me fui caminando para lo de
ellos y resulta que me cerraron la puerta en la cara y yo no entendía...
Por eso me contó...
Mariana, pálida, se ha puesto de pie y tiembla. Apoyada con las
manos sobre la mesa, hace un esfuerzo por contener el temblor.
La canilla continúa goteando.
—O sea que vos lo sabías. ¿Y por qué no me lo dijiste? —dice—.
¿Por qué no me abreviaste el trámite? —no puede parar de temblar—.
Al final, todos sabían y yo era la única idiota que no estaba enterada.
—No se ponga así.
Mercedes se ha levantado de la silla e intenta acercarse para cal-
marla. Ella la detiene con un gesto. Las dos, en medio de la habita-
ción, mudas, y el padre en medio de las dos.
—¿Y el sinvergüenza del viejo también lo sabía? —aventura con el
corazón en la garganta.
—A mí me parece que sí, que mi mamá se lo dijo cuando nos echa-
ron de la casa del pueblo y no teníamos a dónde ir. Yo no sabía que
se lo había contado, se lo juro, hasta que pasó una cosa y él dijo mi
hija pero yo pensé que había oído mal; después cuando se enfermó
me empezó a llamar de nuevo hija, hija... y yo no sabía ni qué hacer
ni qué decir. Pensé que como estaba enfermito, el pobre, la llamaba
a usted que no estaba, pero un día él me agarró la mano y me dijo:
Mercedes, hija. Y ahí me di cuenta. Que mi mamá se murió tan de
repente que ni tiempo tuvo de avisarme que le había contado a Don
Ernesto…
—Pero vos, a mí, ¿por qué no me dijiste nada? —Mariana se restrie-
ga las manos y patea el suelo. Se siente adentro de un mal teleteatro.
—¿Cómo le iba a decir…? ¿Y si usted no me creía…? ¿Y si se eno-
jaba? Yo no tengo la culpa, señorita… Aunque usted perdone, pero
nunca se le dio por pensar que…
Mariana baja la cabeza. Ahora Mercedes llora con hipo.

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—Le juro que yo no la voy a molestar. Lo prometo. Lo único que le
pido es que no me deje en la calle —dice—. ¿A dónde voy a ir con mi
hijo? —las frases le surgen a borbotones. .
—¡No llorés, por favor! Cuando nazca tu hijo y estén los dos bien,
te traigo para La Milagrosa —le duele la garganta y le cuesta hablar—.
Esto también es tuyo...
Las dos se han quedado en silencio.
—Y hay más secretos que ya te voy a contar —Mariana es la que em-
pieza a hablar—. Esta casa de mierda está llena de secretos —dice—.
Mariana sigue sintiendo la garganta anudada. No puede más. Se
pasa la mano izquierda por el brazo derecho. La mano va y viene.
—Ninguna de las dos tenemos la culpa de nada —dice finalmen-
te—. A vos y a mí nos metieron sin permiso en esto.
Mercedes sigue llorando convulsa.
—Tranquila. Por favor, calmáte. ¡Vamos! No seas tonta. No llorés.
Tenés que calmarte por tu bien y por el bebé. Lo que pasa es que todo
esto me está costando mucho, ¿entendés? Tu hijo se va a criar aquí.
Va a ser mi sobrino, ¿no?
Mercedes sonríe y asiente moviendo la cabeza. Tiene los ojos em-
papados y las pestañas le fosforecen. Una lágrima rebasa el borde del
párpado y cae, abriendo hacia el mentón un surco brillante sobre la
piel negra.
—¿Vos sabés algo más que me quieras decir de mi padre?
—No. ¿Cómo qué?
—Nada, Mercedes, nada. Es tarde, acostate. Ya habrá tiempo…
—Cuénteme ahora —dice.
—Otro día… Esto es una mierda. Un culebrón —y ríe nerviosa.
—¿Un qué?
—Una mala novela…
—Pero es así —dice Mercedes.
Contra el vidrio de la ventana, golpeteo repentino. Las dos hacen
silencio. Otra vez ha empezado a llover.
—Nos va a ir bien —Mariana retoma el diálogo—, nos va a ir bien
—repite como si quisiera convencerse—. Acostate. Tomá. Lleváte
esta revista y entretenéte un rato.

165
—No, gracias. No. No la quiero —se ha puesto de pie bruscamente
y mira con espanto la portada de la revista.
—Bueno. Está bien. Sólo quería que te entretuvieras…
Mercedes tiembla, ahora, y se hamaca mientras abraza su vientre
con las manos. En el silencio, además de la lluvia, el vuelo atontado
de un moscardón.
—Pero ¿qué te pasa? Te dije que no tenés que tener miedo. Yo te
voy...
—No. No es eso.
—Y, ¿qué es?
—Eso.
Mercedes señala la revista que Mariana tiene en la mano.
—¿Qué?
—La revista. No la quiero.
—Está bien. Pero no entiendo cuál es el problema.
—Me hace mucho mal —se muerde los labios oscuros y respira
agitada.
—Pero, ¿por qué? ¿Por qué no sos más clara?
—Es ése. Ese hombre. El de la tapa.
—¿Qué? ¿Raúl Acera? ¿Qué tiene que ver él?
—Es una mierda.
—Estoy de acuerdo. Ya lo conozco.
—¿Cómo que lo conoce? ¿Le contó algo?
—Tranquilizáte. Claro que lo conozco. Era amigo de mi padre y
por él y por otros tipos como él me tuve que ir del país. Lo que no
entiendo es qué tiene que ver con vos.
Mercedes la mira fijo. Parece que se traga cada palabra que pronun-
cia Mariana.
—¿Le contó algo?
—Terminála, mujer. ¿Qué me puede contar este tipo a mí? Hace
ocho años que no lo veo. Además, dejáte de jugar a las escondidas y
decíme qué pasa. ¡Por favor!
—Es el que me embarazó.
Apenas audible, la frase le sale quebrada de la garganta.
—¡¿Qué?!

166
—Pero yo no quería, señorita. Se lo juro. Él me persiguió. No me
dejaba en paz. Se lo juro.
—Pero cuándo fue. ¿Estuvo acá?
—Sí. Antes de que usted llegara. Antes de que Don Ernesto se des-
compusiera, que Don Ernesto, pobrecito, se descompuso del disgusto
cuando se enteró que me había embarazado.
Mercedes llora.
—Y mi mamá, la pobre, se murió de un síncope por culpa de ese
desgraciado...
Mariana le acerca una silla para que se siente.
—Calmáte —dice—, ¿qué pasó?
Afuera, la lluvia cae empecinada.
—Él se vino con lo del cambio de gobierno. Hacía rato que no apa-
recía. Llegó una tarde y su papá no estaba, estaba en el campo por la
cosecha del girasol, ¿vio? Y entonces él lo esperó, y cuando el señor
Ernesto apareció y lo vio se puso blanco y el Raúl le dijo que lo tenía
que ayudar, que lo andaban persiguiendo y que si se podía quedar acá
por un tiempito, no más.
Mercedes saca el pañuelo del bolsillo.
—Yo lo oí porque lo atajó en la galería y yo estaba ahí, barriendo, y
hablaban a los gritos. Su papá le decía que se fuera inmediatamente
y él le dijo que si no lo dejaba quedarse acá que iba a hablar, dijo que
Voy a cantar todo, dijo. Y se fueron para adentro, para el escritorio del
señor. Yo no sé de qué hablaron ahí encerrados, pero se ve que dis-
cutieron mucho. Al final, Don Ernesto que era tan bueno dijo que se
quedaba a trabajar en la estancia y lo mandó a dormir a los galpones.
No quiso que durmiera en la casa y ahí empezó mi desgracia, seño-
rita. Me buscaba. Yo iba a lavar la ropa y se me aparecía. Yo le tenía
miedo. Asco. Cuando podía me tocaba. Y me decía: Cómo creciste
negrita, cómo creciste.... Y cosas así...
¡Hijo de puta!
Mercedes se seca la boca con el pañuelo. Tiene los ojos encendidos.
—Una noche yo salí al patio a tirar la basura y se me apareció por
atrás. Me tapó la boca y ya sabe...

167
Mercedes se acomoda en la silla y mira un punto indescifrable del
mantel.
—Después me dijo que si hablaba le iba a pasar algo malo a mi
mamá y yo, entonces, no dije nada de nada y eso mismo pasó mu-
chas veces y yo no quería despegarme de al lado de mi mamá o de la
Olinda. No quería asomarme, yo me quería morir, señorita. Estaba
siempre adentro y cuando me mandaban afuera me empacaba y me
ponía a llorar y no contaba. Qué iba a contar... Mi mamá me pregun-
tó y yo no le dije, cómo le iba a decir. Y así me pasé una semana sin
pisar el patio. Aunque hiciera sol no salía. Y se ve que el Raúl sospe-
chó algo porque no me pudo encontrar por ningún lado y, una tarde,
yo me estaba bañando y él se me metió en el baño y cerró la puerta y
empezó a pegarme con un rebenque —se agita, le cuesta respirar—, y
me dijo que si no me dejaba me iba a quemar viva y me pasaba cerca
con un encendedor por ahí abajo y me decía: Negra hija de puta, si
no te dejás te mato…, y yo del miedo me dejé y él después se sirvió…
Fragmentada, difícil, la confesión emerge desde el fondo de la me-
moria.
—Se ve que Dios bendito se acordó de mí porque justo mi mamá
empujó la puerta y entró y cuando vio eso que me hacía el Raúl pegó
un grito tan fuerte tan fuerte, que ahí mismo vino Don Ernesto, po-
brecito, que viejo y todo lo agarró al Raúl de los pelos y del cuello y
lo estampó contra la pared y le empezó a pegar patadas allá abajo,
donde les duele, y le pegaba con el pie y con la rodilla y no le soltaba
los pelos al Raúl y el Raúl se quejaba, ¡ay!, decía, ¡ay!, y le rogaba a
Don Ernesto que no le pegara más y Don Ernesto que más gritaba el
Raúl, él más le pegaba y después le pegó en el estómago y en la boca
y yo lloraba de la vergüenza porque estaba desnuda, y me tapé con la
toalla porque yo no quería que Don Ernesto pensara que yo lo había
buscado, pero se ve que Don Ernesto ni pensó eso porque le seguía
pegando y le decía: Mierda, a mi hija. Mierda. Animal, hacerme esto
a mí. Hijo de puta, llenarme a mí el rancho de humo. Y así hasta que
menos mal que entró el Aurelio y con mi mamá los separaron, que
no los podían separar, y el Aurelio le decía: Basta, Don Ernesto. Basta.

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Que lo va a matar y es peor. Es peor. Y entre los dos lo sacaron al Raúl
para afuera, a los empujones lo sacaron, desnudo como estaba, y Don
Ernesto agarró la ropa y se la tiró al pasillo. Y el Aurelio se lo llevó al
galpón y así medio muerto como estaba lo subió al tractor y lo sacó
de la estancia. Yo los vi cuando se iban. Los vi por la ventana de la
pieza de servicio. El Raúl se iba vistiendo.
Mientras habla, con las manos, Mercedes ata y desata el pañuelo.
—Por eso, cuando encontré la revista me entró de vuelta el miedo,
¿entiende? A ver si viene a buscarme…
Mariana está de pie. No ha podido sentarse.
—¡Dios mío!, Mercedes —dice.
Y a medida que ha ido escuchando el relato, se ha acercado a Mer-
cedes y, ahora, con cierto pudor, le toca el hombro.
—Conmigo no te va a pasar nada.
Mercedes tiembla.
—Ese degenerado está preso. Y lo van a juzgar porque mató a mu-
cha gente —dice.
—¿Y si lo dejan libre?
—No va a pasar.
—¿Usted cree?
—Sí.
—Pero ellos siempre salen.
—Tal vez ahora sea distinto….
—Si usted lo dice.
—Tuteame.
—Cuesta...
—Sí.
—¿Mañana me lleva a lo de Cata?
—Mañana. Cuando vuelvas con tu bebé vamos a arreglar la pieza
de mi padre para ustedes dos. Ahora andá a acostarte.
Intenta acariciarle la mano y no la toca.
—Somos familia, nosotras —dice, y retira la mano. No sabe de
dónde le viene la afirmación.
—Bueno —dice Mercedes.

169
A pesar de que tiene sueño, se ha propuesto contestar la carta de
Francisco. Le cuesta trabajo resumir lo que ha ocurrido en tan poco
tiempo. Además, le duele. Cierra el sobre y apaga la luz, pero no logra
dormir. En ramalazos, recuerda fragmentos de la conversación con
Mercedes y la ahoga la bronca. Impotente y furiosa contra el padre,
no entiende cómo es posible tanto desastre. Hizo todo mal, piensa.
Viejo miserable, la tuvo como a una sirvienta y la llamó hija recién
cuando se vio indefenso, como para que el espíritu simple de Mer-
cedes se sintiera compensado. Da vueltas en la cama, enredada en la
sábana, y no consigue tranquilizarse. Viejo zorro y clasista. Las hizo
dormir a las dos en la pieza de servicio, dice. Por algo no le pudo negar
a ese asesino el alojamiento, piensa. Para taparle la boca, para eso lo
hospedó. Sucio. Mucho trapo sucio. Y también piensa en Raúl Acera
y en Mercedes, violada una y otra vez por ese animal, y le resulta
desconocida la reacción del padre entrando al baño y trompeando al
otro. En un punto le parece una reacción propia de cualquier hombre
de bien, sin embargo no consigue dejar de culparlo.
Intentar dormir con esa furia en el alma es imposible, tiene calor y
percibe que más allá de la ventana ha dejado de llover. Abre los posti-
gones y descubre en el cielo encapotado el brillo de algunas estrellas.
Aquí y allá, el horizonte se ilumina con relámpagos huidizos. Enton-
ces, trata de imaginar la escena del baño que le ha narrado Mercedes.
La escena en la que su padre patea al hombre que ha protegido por

171
culpa, y que ahora está en la casa violando a su hija. Hizo por ella lo
que no hizo por mí, piensa, y la escena que no vio y que imagina se
le impone, repetidas veces, como si intentara mostrarle una faceta
inédita del hombre que se murió sin nombrarla.
Desde el jardín, sube el almíbar de los jazmines y siente el pecho
oprimido. Desea con todas sus fuerzas que se produzca un milagro
de amor en la casa, capaz de arrastrar la mugre de estos años y fundar
una raíz nueva. Un trueno retumba lejos y la violencia de la lluvia
se desencadena otra vez. Cierra los postigos y vuelve a la cama. En
el momento en que ha conciliado el sueño, un alarido la sobresalta.
Se incorpora y enciende el velador. Ninguna voz humana. Sobre la
cómoda, las agujas del reloj marcan las cuatro y media. Madrugada.
Llueve torrencialmente.
Piensa que ha estado soñando o la ha despertado el grito de un
pájaro o el viento. Cuando apaga la luz y vuelve a meterse entre las
sábanas, escucha la voz quebrada de Mercedes que llega nítida desde
el piso de abajo. Pega un salto, sale de la cama y corre; ya está bajando
las escaleras, descalza, en camisón, el aliento entrecortado. Va hacia
el cuarto de servicio, llega y empuja la puerta. El velador está encen-
dido. Mercedes se queja, sujetándose el vientre. La cara es una mueca
de dolor. Tiene los ojos muy abiertos.
—¡Por favor, ayúdeme! Creo que ya viene.
—Calmáte. No puede ser. Si todavía te falta.
—Lo siento venir. Lo siento venir. Tengo miedo. Llame a la Olinda.
Me duele… O al doctor Patricio.
—Tranquila… —mientras le acomoda la almohada—. Tranquila.
Respirá hondo. Así. Vamos uno. Respirá. Dos. Largá el aire. Otra vez.
Tranquila. Así está muy bien. Otra vez. Bien. Seguí así. Tranquilizáte,
yo voy a llamar a Olinda. El timbre se descompuso, pero tenemos la
campana. Ya vengo. La hago sonar y vengo. No te asustés. Vas a ver
que Olinda viene volando. Seguí. Respirá como te dije. Así. Eso. Va-
mos, seguí respirando profundo. Ya vuelvo. Vuelvo enseguida.
Corre descalza hacia el patio para llamar a los caseros. Le late el
corazón en la garganta, en la cabeza, en todo el cuerpo. Está aterrori-

172
zada. Toda ella es un corazón que late y que tiene miedo de morirse,
porque presiente que el chico viene y ella no puede morirse ahora
pero tampoco se puede tranquilizar. Respiro hondo, uno, respiro hon-
do, dos. Ya viene, el chico ya viene y yo no sé qué hacer.
Cuando abre la puerta y sale a la intemperie llueve a cántaros. Se
queda un instante bajo el alero quiere encender el farol; pulsa la pe-
rilla varias veces. No hay caso. Quemado. El foco quemado. La puta,
dice, y recuerda que la campana cuelga detrás del lavadero, a un cos-
tado de la ventana. Sin perder un segundo, va hacia el lavadero; se
ayuda con la luz de la cocina pero una vez que atraviesa la frontera
de luminosidad, avanza a tientas, hasta que se la traga lo oscuro y,
desorientada, trata de reconstruir en su memoria el camino. La guía
el tañido apenas perceptible que la campana produce, a intervalos
cortos, al ser hamacada por el viento. No veo, no veo, ¿dónde estás?,
dice. Por Dios, ¿dónde estás? ¿Hacia la izquierda, hacia la derecha?
Chorrea agua, siente el barro en los pies y por momentos el pasto;
y por momentos, el filo del borde de la vereda de ladrillos. No sabe
ya por dónde anda y tampoco de dónde viene el tañido. Se planta en
medio de la nada y patea con bronca. Mierda, dice, y se salpica y se
le enreda el camisón en las piernas y decide, no sabe por qué, darse
vuelta y caminar recto —¿un metro, dos, tres, diez?— y tender la
mano. Entonces, roza la pared sin revoque del lavadero y, repentino,
un chicotazo áspero le raspa la frente. La soga. Es la soga de la cam-
pana que danza en el viento. Intenta agarrarla pero, suelta, danza sin
control como un látigo.
Salta y se prende de ella con desesperación.
Con demasiada desesperación.
La viga de madera que la sostiene, podrida por los años y el agua,
no resiste y el armatoste se desploma con un lamento hueco que aho-
ga el barro del piso. No puede creer lo que ha hecho y, desahuciada,
permanece un instante con los brazos caídos. ¿Y ahora qué hago?,
dice. Se agacha y tanteando encuentra el badajo y la soga separados
del cuerpo de la campana. Ensaya recomponerla, imposible, el tiem-
po pasa y su hermana ya va a parir. Golpea el bronce con el badajo

173
para intentar que los caseros la oigan, pero el sonido que produce es
tan opaco que la tira al piso y corre despavorida hacia adentro guiada
por la luz de la cocina. Mercedes. Mercedes. Mercedes a punto de
parir.
Entra en la casa chorreando agua, arranca el repasador del gancho
y se seca sin dejar de correr. En la habitación, la hermana jadea. Está
pálida. Muy pálida. Tan pálida. En cuanto la ve aparecer, Mercedes
pretende incorporarse.
—¿Llamó a Olinda? —dice.
—Sí. No te levantes. Tranquila. Ya viene.
—No oí la campana...
—Debe ser por el ruido de la lluvia. Aguantá un poco más. Voy a
calentar agua. Respirá, por favor, respirá como te dije.
—Sí, pero si Olinda no viene... —su voz es un soplido.
—No sé. Si no viene, no viene. Así que empiezo yo. Nos va a ir bien,
ya vas a ver —habla y no sabe lo que dice. Está temblando, tiembla y
para que no se le note se apoya contra el marco de la puerta. Quiere
que Mercedes se tranquilice, que no sospeche —por favor que no
sospeche—, que ella, la mayor, está despavorida.
—Tranquilizáte —dice y le sonríe—, que yo voy a hervir agua a la
cocina y vengo. Ya vengo. Tranquila.
—Que venga Olinda —dice Mercedes.
—No te preocupés —dice. No te preocupés —repite—. Si Olinda
no viene, me parece que vas a tener que parir conmigo —le sonríe y
se aprieta contra el marco para que no se le note el terror.
—Yo algo sé. De veras —sigue diciendo—. Antes de estudiar Letras
hice dos años de Medicina —miente—. Así que vos ayudáme que yo
algo sé. Ya vengo.
—¡No se vaya!
—Ya vengo, Mercedes, ya vengo.

Va por el pasillo hacia la cocina. En patas como Mercedes, piensa.


Qué hago ahora, piensa, en mi vida estuve en un parto. Yo no parí.
No vi parir. Tengo miedo. Tengo miedo. Tiembla. No para de tem-

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blar. No puede dejar de temblar. Toda ella se sacude, pero sigue cami-
nando por el pasillo hacia la cocina. La vida ahí, entre las piernas de
una mujer que desde hace pocas horas ha resultado ser su hermana y
ella sin saber qué hacer. Qué se dice, qué se hace en estos casos. No lo
sabe. No lo sé. Va por el pasillo hacia la cocina a calentar agua, pero
no tiene ni idea para qué puede servir el agua caliente en estos casos.
Piensa que debe ser importante. Debe ser importante porque no hay
película en la que si hay que parir en casa, no se caliente agua. Tam-
bién piensa que es una manera de que pase el tiempo para que ocurra
un milagro. Que ocurra un milagro. Para no enfrentar lo que seguro
va a tener que enfrentar. Llega a la cocina y coloca sobre las horna-
llas dos ollas, una pava y un jarro. Enciende las hornallas y corre a
la despensa. Encuentra una palangana de lata arriba de un aparador,
la lava y la coloca entre dos sillas. Del botiquín de la despensa trae
lo que le parece que va a servir: alcohol, algodones, gasas. Y con el
cordón, qué hago con el cordón, piensa, y sube al baño para quitarse
el barro de los pies y las manos. Tengo que lavarme, piensa. Y con el
cordón… Estoy embarrada. Mi Dios, decíme qué se hace, qué se hace
con el cordón. Qué se hace.
Cuando se está higienizando, un nuevo grito de Mercedes; y corre
escaleras abajo sin llegar a cambiarse el camisón mojado.

—¡Voy! —grita.
Mientras desciende, se acuerda de haber visto parir a la madre de
Huasipungo; ella era muy chica. La yegua acababa de largar a la po-
tranca y el veterinario le mostró la placenta y ella le preguntó qué era
ese hilo largo de carne y venas. Es el cordón, dijo el hombre. En los
animales no es problema, casi siempre lo hace la naturaleza, pero en
los humanos se corta y se anuda, o se aprieta para que no sangre. Será
así, piensa.
Entonces corre otra vez a la cocina y busca en el cajón de la mesa-
da varios broches metálicos de ropa. En su cabeza, un bombardeo
de decisiones. El corazón, en la garganta y en el centro mismo del
estómago.

175
Toma la tijera del costurero, una cuchilla de carnear y mete todo
dentro de una olla para que hiervan. Los gritos de Mercedes le llegan,
ahora, agudos y continuos desde el cuarto de servicio.

Mariana entra como una tromba.


—Agarráte de los barrotes —le grita con todos los instrumentos en
las manos.
Quita la sábana y la ayuda a enderezarse. Le sube el camisón hasta
los pechos, le saca la bombacha, acomoda debajo de las nalgas va-
rias toallas y se acerca a la cabecera. Mercedes jadea y puja. Cuando
Mariana empieza a acariciarle la frente, Mercedes la mira con ojos
mansos y asustados.
—Olinda no va a venir, ¿no?
—No.
Hace mucho que Mariana no reza y comienza a hacerlo con un fer-
vor que sólo ha conocido en la infancia. Ángel de la guarda, dice en
voz baja. Señor mío y Dios mío, y se arremanga el camisón empapado.
—¡Vamos, Mercedes, fuerza! ¡Así, respirá!
Con las manos le presiona el vientre hacia abajo.
—¡Un poco más! Eso, Merce. ¡Eso!
La frente de Mercedes es un mar de cabellos húmedos. Una cabeza
de medusa negra. Mariana la seca y le besa las mejillas. Desde donde
está, las piernas abiertas de su hermana parecen un puente de ébano.
—¡Así, Mercedes, así! —y la ayuda.
Va hacia adelante y ve que un redondel oscuro comienza a asomar
del pubis.
—¡Ya viene! —llora—. Lo estoy viendo.
No sabe qué hacer con las manos. No se anima a tocar. Teme que en
ellas esté el milagro o la muerte. ¡Dios mío, ayudáme!, dice. Y vuelve
a la cabecera.
—¡Dále una vez más! ¡Vamos, Mercedes! —y le presiona el vientre.
Mercedes puja tres veces y, ensangrentada y sucia, una lagartijita
negra se desliza sobre las toallas.
—¡Ya está, Mercedes! ¡Ya está!

176
—¿Es mujer? —Pregunta Mercedes.
—No. Es un varón.
Venciendo el miedo y llorando, Mariana agarra a la criatura. Yo te
recibo, susurra, yo te recibo, sos uno de nosotros, dice y la envuelve en
un trapo y la deja a los pies de la madre. Mariana no puede parar de
temblar. No puede. Tengo que controlarme, dice en voz baja como si
rezara.
—Ya vengo. No te muevas —Y corre en busca de los broches, la
tijera y la cuchilla que hierven, dentro de la olla.
Apaga la hornalla, tira el agua y se envuelve las manos con algodón.
No quiere quemarse con el acero. Sin perder un instante, saca los
broches, la tijera y la cuchilla y los envuelve en gasa; llena de agua
caliente la palangana para que se vaya enfriando y regresa al cuarto
de servicio con los instrumentos.
—¿Qué va a hacer? —Mercedes ha levantado los ojos hacia ella.
Está muy pálida. Tan pálida que asusta mirarla.
—No te asustés, voy a cortar el cordón.
Toma al niño y lo destapa con cuidado. Aprieta con el broche de
ropa el cordón a unos centímetros del ombligo y con la cuchilla
comienza a cortarlo. El filo lo desgaja como si fuera de lana recién
esquilada. Obra por instinto, con miedo intenso. Luego va hacia la
cocina, con el chico en brazos, hacia la palangana donde el agua se
ha entibiado. En el camino no puede dejar de oler la piel del bebé,
Todavía no se mueve, dice, Negrito lindo, tenés que vivir, vidita mía,
pedacito de carbón, tenés que vivir… y le brotan palabras incoheren-
tes, mezcla de susurros, dulzura y turbación.
Cuando lo desenvuelve para limpiarlo, trastabilla y casi se va al
piso. Movilizado por el sacudón, el bebé comienza a llorar.

—¡Quiero verlo!
La voz de Mercedes le llega desde lejos y Mariana reacciona. Lo
cubre sin limpiarlo, vuelve a entrar en el cuarto y se lo entrega a la
madre. Pálida y exhausta, la hermana lo recibe con una sonrisa. Ma-
riana se lo coloca sobre un pecho. No sabe por qué, pero le indica a

177
Mercedes que con la mano libre se apriete el pezón, del que ya sale un
jugo amarillo. Entonces, el hijo ensaya con la boca el primer intento
de mordida. Mariana se queda mirándolos.
—Así. Así está bien —dice.
—Se va a llamar Samuel —dice Mercedes, mientras le acaricia la
cabeza cubierta de motas negras—. Lo soñé.
Mariana, sentada ahora en el borde de la cama, llora mientras es-
conde la cara entre las manos
—¡Lo sabía! —dice.
Lo sabía, lo sabía, repite y repite. Y se hamaca mientras lo repite. No
puede parar de llorar. Hasta que se recompone, besa a Samuel en la
frente y sale de la habitación.
Camina lento por el pasillo hacia la cocina. Afuera sigue la lluvia.

Regresa al cuarto con una la palangana de agua tibia. Lava primero


al bebé y, luego de secarlo, envolviéndolo en un pedazo de sábana, se
lo da a Mercedes. Entonces, nota que su hermana tiembla. La piel de
la cara es de color gris. Y suda.
—No me siento bien —dice.
—Ahora vas a sentirte mejor en cuanto te higienice.
Retira las toallas sucias, donde la placenta se mueve como una
aguaviva gelatinosa y sanguinolenta, y comienza a lavarla. Merce-
des pierde mucha sangre y le castañetean los dientes. Asustada, con
pedazos de trapo y una sábana que rasga en varios trozos, Mariana
fabrica compresas y se las coloca.
—Tengo frío —dice Mercedes.
Mariana la arropa.
—Voy a prepararte algo caliente. La sangre va a parar enseguida. Ya
vas a ver. Tranquila. Lo peor pasó.
—No, no. No quiero nada, mejor llame a Olinda o al doctor Patri-
cio. Tengo miedo. Me baja mucho.
La alarma la voz quebrada de su hermana. Está demasiado ojerosa,
demasiado pálida, y respira con dificultad.
—Quedáte tranquila: yo voy corriendo hasta lo de Aurelio para que
llamen por radio al médico. Tranquila. La sangre va a parar. Vas a ver.

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Ya tenés a tu bebé. Es hermoso. Samuel es hermoso. Todo va a salir
bien. Te lo aseguro.
—¿Querés darmeló así descansás un rato?
—No, dejemeló. Llame a Olinda. ¡Por favor, llame a Olinda!
La cubre con otra manta y la besa en la frente.
—Ya vengo —dice.

Se calza las botas, revisa los cajones del aparador y encuentra la


linterna. Por suerte funciona, piensa y sale, otra vez, a la lluvia que ha
amainado. Otra vez al miedo. Porque no le gusta nada la sangre que
Mercedes está perdiendo. Y otra vez el corazón en la garganta y en el
estómago. Porque teme por Mercedes. Mercedes.
Le pesan las piernas. Le duele el cuerpo.
Sin embargo corre.
Corre por el parque, resbala en el barro y cae.
Se incorpora.
Sigue corriendo por el parque, resbala en el barro y cae.
Y se incorpora.
Llovizna. El cielo se revuelve descompuesto por relámpagos y true-
nos. Desde lejos, ve la luz encendida en la casa del puestero.
Amanece.
Deben ser casi las seis de la mañana.
Corre.
Y entra corriendo al patio de la casa, golpeando las manos y pidien-
do auxilio.

179
En el tractor caben dos y viajan cinco. Aurelio, al volante; Mariana
en el medio con Mercedes sobre la falda y, apretada contra la puerta,
viaja Olinda con Samuel en brazos. Viajan por el camino vecinal ha-
cia el pueblo. Viajan por el mismo camino por el que ayer llevaron a
enterrar al padre.

Olinda no ha querido perder tiempo. En cuanto entró en la casa y


vio a Mercedes dijo: Esta chica se nos muere, Mariana. Vamos ahora.
Hay que sacarla de acá cuanto antes. Han hablado con Patricio por
radio, y él los espera en la Sala de Salud. Hay que llevarla urgen-
te. Mariana piensa que es probable que a Mercedes le tengan que
dar sangre y lo piensa porque ha escuchado algunos fragmentos de
la conversación breve que Olinda mantuvo por radio con Patricio.
¿Sabe qué tipo es?, preguntaba el médico a los gritos. No. Y ella tam-
poco, gritaba Olinda.
Aunque la comunicación se oía entrecortada por las descargas eléc-
tricas, Mariana escuchó, también, —mientras iba y venía preparando
el viaje—: Hay que parar la hemorragia. No esperen. Vengan. Vengan
directo a la Sala de Salud. Salimos ya y… supo que lo que seguramen-
te les esperaba en el pueblo iba a ser difícil. Por supuesto que va a ser
difícil, piensa ahora sentada en el tractor con Mercedes sobre la falda.
Y no puede abandonar la esperanza. Si necesita sangre, ella tiene de
sobra. Tiene de la buena y está dispuesta a dársela toda para que viva.

181
Si es su hermana. Claro que también Mariana por momentos se sien-
te responsable de lo que ha sucedido, le parece que su inexperiencia
pudo haberla dañado, que no la higienizó lo suficiente, que algo hizo
mal, que por eso Mercedes sangra. O tal vez no, tal vez lo mismo le
hubiera pasado a Olinda en su lugar. De todos modos, tiene claro que
cualquier error fue involuntario. Actuó sin conocimiento, sola, con
el miedo pisándole los talones. Por eso no abandonará la esperanza
ni va a culparse. No. ¿Por qué habría de culparse? Hizo lo que pudo y
hubiera hecho más si hubiera estado a su alcance.

La lleva en brazos, la lleva por primera vez en brazos y piensa en lo


que se ha perdido, en la posibilidad de quererla antes, pero se retracta
y se dice que no importa, que eso ya pasó y es irremediable, que por
suerte la tiene y va a salvarse, porque hay mucho por vivir juntos los
tres en la casa. No te mueras, por Dios, Mercedes. No te mueras, dice
sin pronunciar palabra y le besa el pelo.
Y cuando la besa, por un instante persiste la sensación de oportu-
nidad perdida, pero la imagen de los tres juntos en La Milagrosa se le
impone con una fuerza tan arrolladora que a Mariana se le hace im-
posible abandonarla. Va a acondicionar la habitación del padre para
Mercedes y Samuel. Recorre con la memoria los muebles de la casa
sopesando alternativas, porque piensa que sacará de ese cuarto todo
rastro del pasado y pondrá un espejo y cuadros y un jarrón con flores
y pintará de amarillo tenue las paredes y luego armará la cama para
la madre y la cuna del hijo.
Se pregunta dónde estará la cuna. Cree que la ha visto en uno de los
cuartos de huéspedes. Cuando regresen y deje de llover, con la ayuda
de Aurelio y unas manos de pintura quedará preciosa. La vestirá con
sábanas celestes y un mosquitero. La cuna. La cama de Samuel. La
que usó su padre cuando nació, y ella también, y ahora dormirá allí el
nieto. Y también piensa que, cuando Mercedes se ponga bien y haya
pasado el peligro, irán a Buenos Aires y comprarán ropa nueva y le
hará conocer la ciudad y todo lo que ella quiera conocer. ¿Qué cosas
le gustarán a Mercedes? ¿Cuáles serán sus sueños de diecisiete años?
Tal vez no quiera ir a la ciudad y prefiera el mar. Seguro que no lo

182
conoce, piensa Mariana, y si es así, si quiere conocer el mar o la nieve
antes que Buenos Aires, ella, Mariana, la llevará.
Mariana experimenta una puntada de emoción —o tal vez de algo
más hondo que la emoción y que no puede definir— y, entonces,
aprieta contra su pecho a la hermana para que el traqueteo del tractor
no la dañe y vuelve a besar a Mercedes en la frente y se pregunta si se
habrá quedado dormida.

Por fortuna ha dejado de llover. Por fortuna se ha asomado un sol


tímido. En la cabina, los cinco viajan apretujados hacia el pueblo.
Hace calor y la humedad empaña los vidrios. Aurelio a abierto el
ventilete de su lado para que el aire no moleste a Samuel y le dice a
Mariana que sería mejor si avanzaran más rápido ¿no?, pero viejo y
lento, éste —y golpea la palanca de cambios con la mano derecha—
no lo deja nunca a uno. Lo dice y se aferra al volante. Mariana sonríe;
piensa en la paciencia de Aurelio y le parece que ha sido el tractor el
que se la ha enseñado.

Deben ser las ocho de la mañana.


Aurelio acaba de entrar en una huella difícil y el tractor se sacude.
La mano derecha abandona el volante y va hacia la palanca de cam-
bios. Pasa de la segunda a la primera. La mano sobre la palanca de
cambios es una garra huesuda y nudosa. Mariana tuerce la cabeza ha-
cia él y lo mira, percibe la tensión del hombre. Ve su deseo, su deseo
se ve. Lo ve en la arruga profunda que le parte el entrecejo.
Sabe que Aurelio quisiera que el tractor avanzara más rápido.
Sabe que, como ella y como Olinda, Aurelio querría llegar cuanto
antes al pueblo.
En un momento, el hombre la mira y sin hablar le confirma lo que
ha percibido. Es un instante brevísimo y luego vuelve los ojos hacia
adelante como si le explicara, como si con todo el cuerpo le explicara
que para llegar hay que someterse al tiempo.
Cuando salen del huellón y suben a un terreno más firme, la mano
imprime a la palanca un golpe certero y pasa de tercera a cuarta.

183
Mariana escucha cómo resopla el motor que avanza, lento pero
avanza; resoplando por el camino embarrado.

Viajan en silencio los cinco. Aurelio sigue aferrado a la palanca de


cambios. No la suelta. Por nada del mundo la soltaría. Antes había
tenido las dos manos apretando el volante. Ahora, no. Ahora aprieta
la palanca y lleva el tractor en alta. El camino es bravo y él está alerta:
de tercera a cuarta, de cuarta a tercera. Es el camino el que le dicta la
marcha. Le teme al agua de las cunetas, al piso blando en el que las
ruedas se hunden, a los pozos. Si se encajan nadie vendrá a sacarlos.
Lo sabe y no se descuida.
Los ojos en el camino sopesando el barro y la mano en la palanca.
Cada tanto Aurelio echa un vistazo breve a las mujeres y al chico. De
Mercedes sólo puede ver el pelo negro pegado a la frente pálida y más
atrás, contra el respaldo de la silla, el perfil angustiado de Mariana
que justo en este momento tuerce la cabeza hacia la derecha y mira
a Olinda; de Olinda ve solamente los ojos hacia el camino, la boca
oprimida y los brazos en cuna con el Samuelito que duerme ajeno al
miedo.

Están atravesando la parte más baja, la que corre peligro de corte.


Aurelio se inclina hacia adelante para ver mejor por dónde andarán
pasando las ruedas. Si dejara de llover…, piensa. Por suerte en este
tramo el piso se siente firme y puede ir en cuarta, pero le teme a los
bordes donde el agua acecha y muerde la tierra. Cualquier distrac-
ción sería fatal. Y para colmo en la cabina nadie habla. Si no corrobo-
rara cada tanto que están los otros, diría que viaja solo. A Aurelio este
silencio lo asusta. Y le extraña que lo asuste porque, en tantas ma-
drugadas —arando el campo—, ha aprendido a amar el silencio, el
silencio de la naturaleza que le habla, que siempre le ha hablado. Pero
Aurelio no se engaña, sabe que este silencio es diferente, es otro, este
silencio esconde un grito. Y desconfía de las bocas cerradas, sabe que
no es silencio sino impotencia lo que las cierra. Como a la suya, que
no consigue abrirse ni para tranquilizar a las mujeres ni para tranqui-
lizarse él. Porque él desea llegar cuanto antes. Si pudiera empujaría el

184
tractor. Y de golpe, otra vez el barro y la mano que, inmediata, baja
a tercera mientras el motor resopla. Cuando sube a cuarta, Aurelio
mira de reojo a Mariana que sigue seria abrazando a Mercedes, y a
Olinda que lleva al Samuel dormido en brazos pero no lo mira, mira
el camino. Aurelio se fija en el rictus de preocupación que cruza la
cara de su mujer y le busca los ojos. Sabe que Olinda sabe.
Por eso busca sus ojos.
Necesita que alguien le diga que todo va a salir bien, que él está
haciendo las cosas bien, sin embargo su mujer no lo mira.
Olinda mira el camino como si mirándolo lo acortara.

Mariana observa a Mercedes y se asusta. Está pálida, muy pálida;


tiene los labios secos, la boca entreabierta y respira con dificultad.
Acerca la oreja izquierda a la boca de la hermana y escucha un ron-
quido suave. No te mueras, por Dios, Mercedes. No te mueras, dice
sin pronunciar palabra y la besa en la frente.

Van apretados, Aurelio improvisó el asiento con una silla y una ta-
bla. Mariana siente que se le duermen los brazos y las piernas. Pero
no quiere moverse para no molestar a Mercedes. Teme y piensa que,
si hace un movimiento mínimo, podrá arruinarlo todo, podrá lasti-
marla.
Han avanzado. Ya se ven, aunque lejos, las primeras casas del pue-
blo. Ahí está el pueblo. Ahí está el pueblo con la Salita y con Patricio
y con Cata que los esperan y Mariana no entiende por qué justo aho-
ra no aguanta más, como si su cuerpo se le rebelara y quisiera salir
corriendo con la hermana en brazos y respirar el aire que falta en la
cabina. Pero no se mueve.
Con el brazo izquierdo rodea los hombros de Mercedes y con el
derecho la sostiene por las caderas. Apenas pesa. Su hermana apenas
pesa y, sin embargo, se le están durmiendo los brazos y las piernas,
pero ella no va a moverse.
Ahí está el pueblo —tan cerca que ya se ven los tanques de agua de
algunas casas y las cruces del cementerio— y el tractor entrará en él
por la avenida de plátanos y pasará enfrente de la Iglesia —dejará a

185
la derecha la plaza— y del Correo y del almacén y, luego, llegará a la
Sala de Salud donde los esperan Patricio y Catalina. Si esto sucede,
si antes terminan de recorrer el camino que les falta y atraviesan sin
problemas la última laguna, Mercedes estará a salvo.
Por eso Mariana ni se mueve, no quiere moverse.

Antes de que la subieran al tractor, Olinda le fabricó a Mercedes


una compresa de gasas, algodón y trozos de sábana, y se la ciñó a la
cintura con una faja. Después, con Aurelio, la envolvieron en una
manta de lana. A pesar del abrigo, a pesar de la humedad y del calor
que hace en la cabina, Mariana nota que su hermana tiembla. Se da
cuenta porque la lleva en brazos y aunque sus brazos y sus piernas
se le estén durmiendo, siente el temblor de Mercedes y se lo dice a
Olinda.
—No se puede hacer nada —dice la mujer sin dejar de mirar el
camino
—Falta menos, Mariana. Falta menos —dice Aurelio y pasa de ter-
cera a cuarta—. La laguna grande y ya entramos al pueblo. No te
mueras, por Dios, Mercedes no te mueras, dice Mariana sin pronun-
ciar palabra y la besa otra vez.
—Falta menos —repite Aurelio—. Tranquila, Mariana — y baja la
velocidad.
Es que van a pasar por el costado de la laguna grande, la última, la
que se está comiendo el camino y casi lo ha cubierto; el que a esta al-
tura no pueden atravesar las camionetas. Sólo con tractor o a caballo
se le animan. Aurelio conoce el trecho, lo ha atravesado otras veces
y sabe por dónde ir. Sabe que en tercera y despacio logrará llegar al
otro lado. El agua que lo cubre no es profunda, pero hay que ir atento
a la huella y a los pozos para no quedarse en el medio donde está lo
hondo.

Avanzan despacio.
El tractor brama y se mueve de derecha a izquierda. De izquierda
a derecha.

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Aurelio tiene, ahora, las dos manos sobre el volante y los ojos clava-
dos en la trompa del tractor. En un momento se deslizan demasiado
rápido y parece como si las ruedas estuvieran en el aire. Aurelio pega
un volantazo y el tractor se afirma. Por suerte no se encajan.

El traqueteo despierta a Samuel que ha venido durmiendo y ahora


llora a los gritos. El instante es extraño. Samuel se ha instalado repen-
tinamente entre ellos. Aurelio sin abandonar el camino de agua que
tiene hacia adelante desvía por un segundo los ojos. Mira a Olinda
que ha reaccionado y que ahora — en el espacio mínimo de que dis-
pone— levanta al chico y lo zarandea y lo acuna para calmarlo y le
acerca a la boca uno de sus dedos para que chupe. Pero no hay caso.
Samuel llora, no para de llorar.
Mariana también mira a Olinda y a Samuel y agradece su llanto y,
entonces, mira a su hermana. Mercedes entreabre los ojos y mueve
los labios. Mariana se da cuenta de que Mercedes quiere decirle algo.
Acerca la oreja a la boca de la hermana y luego levanta la cabeza.
—Lo está nombrando, Olinda. ¡Lo está nombrando!
Mariana grita por encima del llanto de Samuel.
Olinda entiende.
Con la mano libre abre la manta que envuelve a Mercedes y le pone
a Samuel en el pecho.
Olinda lo sostiene.
El bebé busca el pezón de la madre y se prende.

—Ya estamos —dice Aurelio.


—Ya estamos —repite Aurelio, como si repitiendo la frase pudiera
abreviar la distancia que aún falta.
Mariana y Olinda alzan los ojos; están sobre la avenida de plátanos.
A tres o cuatro cuadras se ve la plaza y la silueta de la Iglesia. Y más
allá el Correo y el almacén.
Ha vuelto el silencio a la cabina.
El sol espejea sobre el parabrisas donde los cinco viajan apretados.
El bebé se ha dormido sobre Mercedes. Olinda, inclinada hacia
Mariana, lo sostiene con toda la mano, con todo el brazo derecho.

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Ahora han dejado atrás la Iglesia y la plaza. En unos minutos deja-
ran atrás el Correo y el almacén.

—Ahí están —murmura Aurelio.


Al final de la avenida, dos siluetas esperan de pie en medio de la
calle.
Patricio y Catalina los están mirando venir. Miran cómo se acerca
el tractor con los cinco adentro.
Es parejo el ronroneo del tractor, que se está acercando a la Sala de
Salud.
Aurelio puede distinguir ahora con claridad los rasgos de Patricio
y de Catalina. Quisiera sonreír pero en los labios se le dibuja una
mueca.
En cuanto apaga el motor ya están Patricio y Cata abriendo la puer-
ta.
—Déme una mano, Aurelio —dice Patricio.
Aurelio desciende para ayudar a Patricio.
Olinda intenta sacar a Samuel del pecho de la madre para pasárselo
a Catalina, pero Samuel llora.
—Dejeló —dice Mariana—, puedo con los dos.
Entonces, Olinda se baja.
La sangre de Mercedes encharca el piso.

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Aurelio hunde la pala con el pie derecho y la levanta. Deposita la
tierra a un lado y va abriendo un surco parejo y oscuro. Llega al final
del surco, se detiene —la pala al costado del cuerpo—, tira la boina
hacia atrás y coloca la mano derecha sobre la frente. Mira el surco
que ha abierto. Todavía hay bastante humedad para su gusto, no es
buen momento para plantar. Se hará lo que se pueda, dice y encoge
los hombros. Es que, cómo negarse si la maestra le ha pedido que
prepare una quinta para que los chicos siembren y, por qué no, para
tener verduras que son tan difíciles de conseguir desde que el agua se
ha llevado todo y lo que había en el invernadero se acabó.
Aurelio se cala otra vez la boina, toma la pala, pone el pie derecho
en uno de los bordes y la hunde. Algo va a brotar, murmura. Hace un
mes y veinte días seguidos que no llueve y eso es bueno, piensa. Más
ahora que, según las noticias que llegan por la radio, el Salado está
bajando. Al fin, con el alteo que hicieron las máquinas de Vialidad,
se puede ir al pueblo por el camino de siempre. Está embarrado, pero
pasar se pasa y lo que más lo alegra es que algunas familias ya hayan
vuelto a los campos vecinos. Eso también es bueno, porque la compa-
ñía se siente. Claro que recuperar el ritmo de antes va a llevar tiempo
y, además, hay que ver cómo quedará la tierra cuando termine de irse
el agua tan salada.
Aurelio transpira bajo el sol de la mañana y cada tanto interrumpe
el trabajo y se pasa el pañuelo por la frente. Unos meses de mierda,

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piensa ahora, meses terribles. Aunque, en realidad, si lo medita bien,
el agua ha sido justa llevándose a buenos y a malos en la misma pro-
porción. Y, entre los primeros, está la pobrecita de Mercedes que hace
poco más de dos meses se les fue en sangre antes de que pudieran
llegar a la Salita en el tractor. Y también está Mariana...
Levanta la cabeza y mira hacia el casco. La silueta blanca de la casa
le parece un milagro de luz sobre la llanura. Soporta todo, dice entre
dientes y hunde la pala en la tierra. A su lado, Titán Segundo se rasca
las pulgas.

La nena no tiene más de diez años y desde que han venido a vivir
a La Milagrosa, porque el agua les entró en la chacra, no se puede
concentrar cuando tiene que hacer los deberes. Hay tanto para ver
en la casa… Le encanta la casa. Muchísimo. Los cuartos con cua-
dros, el parque enorme, tanta gente junta de tantos lados… Sueña
que se quedarán a vivir acá para siempre y lo sueña porque le gusta
La Milagrosa, le gusta más que la chacra que dejaron con una pieza
para todos los hermanos y el baño afuera, sin inodoro ni ducha, a la
intemperie, que cuando llueve ella se moja y más de una se resbala
en el barro porque para llegar hay que caminar como veinte metros.
Pero no se preocupa, sabe que las cosas van a cambiar ahora que
baja el agua y el sol la evapora. Desde que la maestra le explicó que
los estados de la materia son cuatro y no tres, el estado plasma la
estusiasma. Cuando baja el agua, se dice, y mientras baja...A la nena
también le gusta escuchar las conversaciones de los grandes. No por
metida como le dice su mamá, sino porque se entretiene imaginando
lo que los grandes cuentan. Y desde que está en La Milagrosa pue-
de escuchar a gusto porque no la controla nadie; todos andan tan
preocupados en tantas cosas que por suerte a ella ni la joroban. Por
ejemplo ahora le ha pedido permiso a la maestra para ir al baño y se
ha escapado y está en el parque, sentada en un banco bajo la glorieta.
Total ya terminó la redacción y la maestra no va a darse cuenta de
que ella falta, porque está corrigiendo la redacción de los Gómez que
son duros de cabeza y eso le va a llevar tiempo. Además, no van a

190
encontrarla porque las ramas caídas de la glicina la tapan. Después,
cuando toque la campana del recreo, me mezclo con el resto de los
chicos y chau, dice y levanta el hombro derecho.
Desde donde está, puede ver sin que la vean. Oye la voz chillona
de doña Catalina que es la casi madre de la dueña. No sabe bien por
qué la llaman de ese modo, pero ella se lo oyó decir a Olinda: …doña
Catalina es la casi madre de la dueña de La Milagrosa. Así, o más o
menos así escuchó que le decía Olinda a la maestra. Eso le parece
raro... Cree que es un sobrenombre demasiado largo, pero en La Mi-
lagrosa no hay que sorprenderse de nada. Oye a la casi madre de la
dueña porque tiene una voz chillona; a la otra, la que está sentada al
lado de doña Catalina tomando mate, no puede oírla porque habla
bajito. Le han dicho que se llama Marta Puricelli y que es amiga de
Catalina y que la ha venido a visitar. También le han dicho que los
chicos no las deben interrumpir porque hace mucho que no se ven
por culpa de la inundación, porque la señora Marta se fue un día a
Chascomús a buscar ayuda y, hasta que no empezó a bajar el agua, ya
no pudo volver. Por eso es que están solas tomando mate debajo de la
morera y desde hace rato conversan.
A la nena le parece que Marta Puricelli le hace preguntas a la casi
madre de la dueña. Y se ve que es mucho lo que tiene la casi madre
para contarle porque habla y habla y, aunque no puede oír lo que
Marta Puricelli le pregunta, sí escucha lo que la otra le contesta.

—…
—Está mejor, Marta. Está Mejor. Patricio la trajo hace dos sema-
nas. Ahora todavía duerme, porque los médicos la dejaron venir con
la promesa de que descansara. Así que hasta las diez no la vamos a
llamar. Yo le tengo fe. ¡Qué se le va a hacer! Se va a recuperar, mi nena
linda. Lo que pasa es que fueron muchos dolores, viejos y nuevos.
Todos juntos.
—…
—No, qué va a volver a hablar. No. Pero igual la dejaron venir.
Piensan que con el Samuelito y estando en la casa... en una de esas...

191
Lo que hace es escribir. Escribe mucho. Ahora vos la ves y ni te das
cuenta. Está rosadita, va y vine, camina por el campo, le sonríe a los
chicos de la escuela y se ocupa de que al Samuel no le falte nada; lo
único que no habla. Pero nos dijeron los médicos que hay esperanza,
que fueron muchas por las que pasó. Lo raro es que el médico nos
dijo que iba a hablar cuando ella quisiera, que si ahora Mariana no
habla, y esto lo pienso yo, Marta, debe ser porque no se le antoja. Y
no es capricho, no. No. Es raro… Y a mí me preocupa. Hace más de
un mes y medio que no pronuncia palabra. Ni una sola. Desde el 24
de diciembre que dejó de hablar, la pobre.
—…
—Sí. Sí, yo estaba con ella. Justamente fue acá. Estábamos las dos
juntas, lo más bien como todos esos días, debajo de la morera… Que
si yo me la hubiera visto venir… Pero, no. Lo que pasa es que fue
mucho. Demasiado. Vos imaginate, Marta, la mañana que Marianita
llegó en el tractor, con Mercedes muerta en sus propios brazos... ¡Qué
espanto! ¡Qué espanto! No había quien la hiciera parar de llorar. Es-
taba sentada en el tractor con Mercedes en la falda, en camisón, que
ni se había vestido, empapada de sangre y con el Samuel en la teta
de la madre. El Aurelio no sabía qué hacer, porque se les murió justo
ahí cuando estaban por llegar y ellos no se dieron cuenta. Dicen que
seguro que se murió como a unas dos cuadras de la Sala. La desgracia
es así, Marta, se te impone. Mirá que ya habían atravesado lo más di-
fícil y venirse a morir al final. ¡Qué destino…! Pero Patricio dice que
se fue en sangre. Dice que se ve que la fue perdiendo en el camino.
Lo que no entiendo es por qué Dios no le dio un resto; si dice Olinda
que cuando ya casi que estaban entrando al pueblo, el tractor pegó
una sacudida y el Samuel se despertó y entró a llorar como loco y
Mercedes pidió que se lo dieran. Así que hasta ese momento estaba
viva. Pero en cuanto la bajaron en la Salita, ya no hubo caso. Estaba
muerta. Y ahí fue que, el doctor dio el veredicto, y enseguida vinie-
ron los de la funeraria y la llevamos a la Mercedes al cementerio y no
hubo forma de que Mariana no fuera. Se puso un vestido mío y la
acompañó hasta la bóveda y la hizo enterrar con la familia y después,
cuando llegamos a casa yo me dije: “A esta chica no la puedo dejar

192
sola con el Samuelito, que nunca crió una criatura y con esta angustia
tan terrible que tiene”.
Y ella que no me decía nada, la pobre, se la aguantó solita desde
que vino, pero yo me di perfecta cuenta de que quería que no la de-
jara sola, que no la abandonara justo en ese momento. Así que agarré
unas pilchas, las metí en un bolso y me vine otra vez para la estancia.
Esta vuelta con gusto…
—…
—¿El Samuelito?, perfecto. Hecho un príncipe, el negrito, de brazo
en brazo. Con esos ojos azules que tiene… Tal cual la madre…
—…
—Bueno, sí, los del abuelo…
—Ayer nos dimos un susto, porque no paraba de llorar y Mariana
se angustió. Seguro habrá pensado: otra vez la mula al trigo. Y yo
actué, Marta. Viste cómo soy. Agarré el teléfono, lo llamé al doctor
Patricio y vino enseguida y dijo que no era nada. Parece que el pro-
blema fue la leche de vaca, no más. Por suerte la madre de uno de los
chicos, que vive acá en los galpones, está amamantando y se ofreció.
Patricio me dijo que Mariana le va a dar el apellido.
—…
—Sí, disculpame que me fui de tema, te contaba que me vine… Y
al principio iba tan bien, un poco callada Mariana, nada más, pero,
entre el bebito que no dejaba que otro lo atendiera, la escuela que se
le instaló en la casa y los evacuados en los galpones, a mí me parecía
que estaba, no contenta, pero, dentro de todo, más o menos bien,
pobre hija mía. Y ella me decía: "Ves, Cata, La Milagrosa parece otra,
ahora. Además, ya casi no llueve. A Francia no vuelvo, yo me quedo
acá". Y era verdad porque en esos días llegó carta de Francisco el
amigo que está en Europa y le decía que le mandaba sus cosas por
barco y además empezó a llover menos y después paró. Y una tarde,
estábamos las dos apoyadas en la tranquera mirando las máquinas
que alteaban el camino y ella me dijo: “Puedo oír cómo crece el pas-
to, Cata, de la alegría que tengo oigo cómo crece”. Yo ahí tendría que
haber parado la oreja pero viste la psicología no es lo mío y lo dejé
pasar. Total que Mariana parecía que se recuperaba y tenía ganas de

193
hacer cosas, pero se obligaba, ahora que pienso. Fijáte que llamó a
Aurelio para que, entre él y los hombres que estaban evacuados en
los galpones, le dieran una mano de pintura a la pieza de Samuel y a
la sala y todo así, hasta el 24 de diciembre que la maestra quiso armar
el arbolito aquí mismo bajo la morera y ella estuvo de acuerdo y cola-
boró y estaba como nerviosa, ¿viste? Dos días antes me había dicho:
“Samuel me está dele mirar con los ojos de Raúl Acera, Catalina. Me
mira con los ojos del padre, Cata. No lo soporto”, dijo y se fue para
adentro de la casa. Y la víspera de Navidad hablaba mucho, cantaba
villancicos, cantaba demasiado ahora que pienso. Y así estuvo, como
loquita más bien. Hasta que cuando pasó el pesebre viviente y co-
menzó el brindis, alzó al Samuel del cochecito, que hacía dos días que
no lo tocaba, y me lo trajo a mí: "Tenélo", me dijo, y se fue caminando
para el montecito de cañas.
Yo no le di importancia, porque viste que estas fiestas nos ponen
mal a todos, pero cuando oscureció y no volvía y justo llegó el doctor
Patricio, yo le conté y él se preocupó, que la verdad hay que decirla
que si no fuera por él... Ese hombre ve por sus ojos, te digo, pero ella
no sé... Está como con el corazón muerto. Bueno, y él salió a buscarla
y la encontró sentada en el medio del montecito, sobre el piso em-
papado, con los nudillos ensangrentados de pegarle a la pared de la
ermita y con los ojos como platos, bien abiertos. Y ya no habló más.
—…
—Y, después... Fue después del feriado. Cuando pasó la Navidad la
llevamos en tren a una clínica de Buenos Aires…
—…
—¿Qué dijiste, Marta? Con los chicos en el recreo no te escuché.
—¿Ni una palabra?
—Ni una, Marta. Ni una palabra más.

—Si sigue bajando el agua nos vamos a tener que ir —dice Eleono-
ra.
—Sí —dice Olinda y le ceba un mate a la maestra en la galería. Con-
trolan el juego de los chicos en la glorieta—. Me gusta cuando salen
al recreo, parece que les abrieran el corral.

194
Olinda y Eleonora se han hecho inseparables.
—Este fue un año tan irregular —dice Eleonora—. Perdieron días
de clase y se atrasaron mucho. Aunque ahora en el verano recuperen,
nos va a llevar tiempo ponernos al día.
Eleonora hace una pausa para darle una nueva chupada al mate.
—Está un poco amargo, para mi gusto —dice y se lo devuelve a
Olinda.
La mujer lo recibe y se queda un instante con el mate en la mano,
atenta a la conversación de Eleonora.
—Menos mal que pudimos trasladarnos aquí que si no… Pero el
miedo al agua les queda… Les va a quedar… Vaya a saber con lo que
se encuentran cuando vuelvan… En la casa de mis padres hay casi un
metro de barro y mugre, todavía. Encontraron un ternero muerto en
el baño de afuera…
Olinda le ceba otro mate.
—¿Muy lavado?
—Un poco.
—¿Sabe qué van a hacer cuando baje?
—Y… empezar de nuevo. Igual habrá que esperar que cada familia
pueda volver a su casa. Tres ya se fueron el domingo, pero todavía
quedan siete viviendo en los galpones. Tienen para rato. La zona de
ellos está bastante cubierta.
—Es que el agua escurre lento, ¿vio? Tómese otro, le cambié la yer-
ba.
—El tema son las peleas y los robos. Es mucha gente y hay roces. Si
no fuera por Aurelio y el doctor… Calculo que, acá, tendremos hasta
fines de marzo por lo menos. Además hay que ver cómo quedó La
Blanqueada.
—¿Y por qué no pasan todo el año en la estancia?
—Eso no depende de mí, Olinda.
—La señorita Mariana, antes de enfermarse, se lo dijo. Dijo que a
ella le gustaría…
—Olinda, Hay que esperar a que Mariana se recupere y ver qué
dicen en el Ministerio.
Eleonora devuelve el mate.

195
—¿Sabe si trajeron la harina del pueblo? —dice.
—El doctor Patricio llamó hace un rato. Ha de estar por llegar con
la camioneta cargada. Dijo que también traía a la enfermera. Menos
mal que ayer pasaron las máquinas que si no… con los pozos que
dejan los camiones…
—Seguro que quiere ver si hay piojos.
—¿Quién?
—Patricio.
—Y hay, ¿no?
—Sí, hay.
—Eleonora…
—¿Sí, Olinda?
—Bueno, pensaba… que de haber podido, me hubiera gustado ser
maestra.

Abandona la bandeja con el desayuno y abre el libro de Proust en la


página cincuenta y nueve. Desganada, regresa sobre los mismos ren-
glones, una y otra vez. No puede concentrar la atención. Hace tiempo
que no lee. Escribir sí. No deja de hacerlo desde que se ha quedado
callada. Pero hoy quiere imponerse la lectura y no lo consigue; quiere
releer el libro que la ha acompañado durante años. Entre las hojas,
descubre la última carta de Francisco. La que recibió unos días antes
de caer en el profundo silencio que la mantiene con la boca cerrada
y que contestó recién ayer:

"Desocupé rue Appert como me pediste, y te envié por barco todas tus
cosas. En unos meses las tendrás por allá. Viajo a la Argentina a fines
de marzo a visitar a mi familia en Córdoba, pero primero tengo pensa-
do pasar a saludarte por La Milagrosa. Necesito verte y asegurarme de
que todavía estás en pie. Lo que te ha ocurrido es horrible. No sé cómo
hacés para perdonar. La gente de la editorial te recuerda. Y yo no sé
cómo me las arreglaré sin vos. Te extraño… ".

Lee y relee el párrafo porque tiene la sensación que le hablan de


otra persona, que no es ella la que habitó rue Appert y se ganó la vida

196
en una editorial haciendo traducciones y escribiendo artículos. Sien-
te pena y a la vez le asombra no tener miedo. Volverá a empezar; por
primera vez es ella la que elige. Sabe que su silencio actual, silencio
físico de boca cerrada, es la forma que encontró recién después de la
muerte de Mercedes y de la retirada del agua para dar rienda suelta a
una cólera capaz de sacudir al cielo.
Cuando regresó después de enterrar a Mercedes, se obligó a cuidar
de Samuel y negó para sí y para los otros que ese chico la inquietaba.
Recordaba el sueño en Paris y el pedido de su madre. Quería hacer-
se cargo pero no podía desconocer que en él estaba lo más horrible
de su historia. Una tarde se lo contó a Patricio y el hombre le dijo
que era hora de empezar a perdonar, y ella le contestó que de prepo
era absurdo perdonar, porque el perdón así le parecía un acto de so-
berbia y negación. Por eso hasta la víspera de Navidad anduvo a los
tumbos, confusa y haciendo esfuerzos.
Ese día, el 24, empezó al amanecer cuando se despertó después
de un sueño extraño que no consigue recordar, pero que la devol-
vió cambiada a la vigilia. La noche anterior había entregado, como
cuando era chica y rezaba, todo su pasado a la nada o a algo que in-
tuyó que estaba más allá de sí misma. Desayunó inquieta y se puso a
preparar los arreglos de esa noche con la maestra y los chicos, cantó
con ellos a voz en cuello, sólo para no oír lo que se había desatado
en su interior. Después del pesebre viviente y el brindis se refugió en
el montecito, lejos de las miradas. Quería estar sola para dejar que
bajara la catarata de emociones encontradas que la había acechado
desde el amanecer. No puede explicarse con claridad qué pasó ahí,
sólo consigue metaforizar la percepción de ese atardecer de 24 de
diciembre como un espejo trizado en el que cada una de las esquir-
las reflejaba un acontecimiento de su pasado y todos juntos, la obra
completa, en la que ella misma era cada esquirla y todas las esquirlas.
Fue tan fuerte la conmoción -imposible ponerla en palabras- que, a
partir de entonces, no habla, no puede, no elige, no desea hablar.
Así que aquí está Mariana incapaz de cuestionarse algo. Ni siquiera
la asusta ahora la presencia de Samuel en su vida. Ya se irán acomo-
dando las cosas, piensa. No quiere nada. Ningún lazo la ata. Tanto,

197
que aún le resulta extraña la facilidad con que ha preferido lo más
difícil. Si quisiera podría llevarse a Samuel a París y continuar con
su vida allí. Vendería todo; allá tiene trabajo, estabilidad, reconoci-
miento, amigos, una vida previsible y la seguridad de que las cosas no
han podido cambiar demasiado en estos pocos meses. Sin embargo
ha decidido quedarse con la pampa inundada y recomenzar. Dejó de
llover y está bajando el agua, piensa, y comprende que algo más fuer-
te que el pasado la decide, tal vez en el futuro esté eligiendo la tierra,
la certeza aún frágil de la realidad.
A un costado está abierta la carta que ayer le escribió a Francisco.
Relee algunos párrafos, quiere cerciorarse de que no va a herirlo.

Hace dos semanas que está nuevamente en La Milagrosa y hace una


hora que se despertó y reconoció su cuarto. Recorre la habitación con
los ojos. La han pintado, piensa, y no se obliga a articular palabra.
Desde el parque, le llegan, mezcladas, las voces de los chicos, el estri-
dor de las chicharras. Por la ventana abierta, se cuela el aire ondulan-
do la cortina de voile. Empuja la sábana y se incorpora; se viste, abre
la puerta del cuarto y sale. Desciende las escaleras y atraviesa la sala
hacia el comedor. El sol penetra por los ventanales abiertos de par
en par; el recinto, huele a pintura nueva. Mariana mira las paredes
de la sala pintadas de verde claro, tal como ella le pidió a Aurelio en
diciembre, antes de las fiestas. Cuando llega a la puerta del comedor
no se anima a entrar y permanece apoyada contra el marco. Gira la
cabeza y ve que, desde la mesada del antiguo trinchante de roble, la
foto de su madre con ella en brazos le sonríe. Piensa que no tiene
fotos de Mercedes.
Patricio le hace señas para que avance. La enfermera la espera en
mitad del cuarto con Samuel en brazos. Cuando se lo entrega, escu-
cha cómo late. Quiere acunarlo pero el bebé lloriquea molesto. Lo
endereza y, sosteniéndolo, husmea su cuello. Lo besa repetidas veces.
—Me dijo el juez que podés anotarlo con tu apellido como querías
—es Patricio el que habla—. También le di las listas que encontraste
entre los papeles de tu padre.
Mariana asiente.

198
—Es grave. Se las di porque es un tipo muy jugado. Me dijo que
tienen que ver con gente de la zona y de otras partes que las familias
están buscando…
Mariana baja la cabeza. Patricio le pasa el brazo por la cintura.
—Vamos, dejálo que duerma. Catalina está cebando unos mates y
no me los quiero perder por nada del mundo.
Ella opone una leve resistencia. Acuesta en el moisés al sobrino y
con un gesto le indica a Patricio que vaya yendo.
—Está bien, nos vemos ahí —dice el hombre—. Además del mate,
me falta completar la revisación de algunos chicos.

Ahora que se ha quedado sola contempla cómo duerme Samuel.


Pasa la mano por las piernas desnudas del sobrino, la piel tan oscura,
y le acomoda la sábana en los pies. Camina hacia la galería y, al atra-
vesar la sala, las voces infantiles la sorprenden. Tres nenas charlan,
sentadas en los sillones, mientras cuatro o cinco varones se inter-
cambian figuritas apoyados contra el piano. Mira en el estudio de su
padre el piso de madera embarrado y la luz que se filtra por las cor-
tinas de esterilla y rebota, jugueteando entre los mapas. El ventilador
ronronea en un rincón. La gran puerta de entrada está abierta hacia
la galería, más allá de la cual el parque se extiende encendido por el
sol de marzo.
Arrastra un sillón de mimbre para unirse a la rueda del mate que
comanda Catalina y se sienta. Mientras el cotorreo de las mujeres
se deshilvana en sus oídos, percibe una emoción vivísima. Entonces
piensa que la luminosidad de esa mañana es una suerte, a pesar del
agua que ha sido guadaña de la muerte. Como la vieja casa, como su
nombre premonitorio, todo está milagrosamente en pie. Levanta los
ojos hacia el telón de árboles que rodea el parque. En un rincón, ven-
ciendo al agua y al abandono, el montecito de cañas vuelve a brotar
con renovado entusiasmo.
—¿Querés uno?
La voz de Catalina la devuelve a la galería, a la ronda del mate.
—Bueno —dice, cuando nadie espera que hable.

199
Índice

Primera parte 9
Segunda parte 77
Impreso por Tecno Offset
Araujo 3293
en abril de 2017