Está en la página 1de 7

Conferencia 25: La Angustia - 19171

Sigmund Freud
La mayoría de los neuróticos se quejan de la angustia, la señalan como su padecimiento más horrible; puede
alcanzar enorme intensidad y hacerles adoptar locas medidas. Todos experimentamos esta sensación, o me-
jor, estado afectivo. No se inquirió con suficiente seriedad por qué los neuróticos sienten una angustia más
fuerte que los otros. Pero no hay derecho a hacerlo, hay hombres angustiados que nada tienen de neuróticos y
hay neuróticos que padecen muchos síntomas entre los que no hay inclinación a la angustia.
El problema de la angustia es un punto nodal que abarca muchas cuestiones. El psicoanálisis lo aborda de
manera diversa que la medicina, que se interesa sobre todo por los caminos anatómicos a través de los cuales
se produce el estado de angustia. Nada es más indiferente para la comprensión psicoanalítica de la angustia
que el conocimiento de las vías nerviosas por las que transitan sus excitaciones.
Se puede tratar la angustia sin considerar el estado neurótico: oposición entre angustia realista y neurótica. La
primera aparece como racional y comprensible; es una reacción ante la percepción de un peligro exterior, de
un daño esperado, previsto; va unida al reflejo de la huida; y puede decirse que se ve en ella una manifesta-
ción de la pulsión de autoconservación. Las oportunidades en que se presente la angustia (frente a qué objetos
y en qué situaciones) dependerán en buena parte del estado de nuestro saber y sentimiento de poder respecto
del mundo exterior. En otras ocasiones, justamente el mayor saber promueve la angustia, porque permite indi-
vidualizar antes el peligro. El juicio según el cual la angustia realista es racional y adecuada debe revisarse. En 1
efecto, la única conducta adecuada frente a un peligro sería la fría evaluación de las propias fuerzas compara-
das con la magnitud de la amenaza, y decidir sobre esa base por lo que prometa mejor desenlace: la huida o la
defensa, o el ataque llegado el caso. Pero en una situación así no hay lugar para la angustia. Si esta alcanzara
una fuerza desmedida resultaría inadecuada: paraliza toda acción, aun la de la huida. Por lo común, la reac-
ción frente al peligro consiste en una mezcla de afecto de angustia y acción de defensa. El animal aterrorizado
se angustia y huye, pero lo adecuado del caso es la huida, no el angustiarse. Pareciera que el desarrollo de
angustia nunca es adecuado. En la situación de angustia, lo primero que encontramos es el apronte para el
peligro, exteriorizado en un aumento de la atención sensorial y una tensión motriz. Este es ventajoso y su falta
puede traer serias consecuencias. En él se origina: 1) la acción motriz, primero la huida y en un nivel superior
la defensa activa; 2) lo que sentimos como estado de angustia. Más se limite el desarrollo de angustia a un
amago, una señal, menores son las perturbaciones en el paso del apronte angustiado a la acción, y más ade-
cuada la forma que adopta todo el proceso. En la angustia, el apronte angustiado parece lo más adecuado al
fin, y el desarrollo de angustia lo más inadecuado.
No considera a fondo la diferencia o la similitud entre conceptos; sintetiza: “angustia” se refiere al estado y

1 El problema de la angustia ocupó a Freud toda su vida. Lo que dice en esta conferencia fue sometido a revisiones importantes,
incluso fundamentales. Lo que sigue es el tratamiento más exhaustivo del tema hasta ese momento. En la 32° de las Nuevas Confe-
rencias, reformuló su posición definitiva con particular claridad.

[Resumen]
prescinde del objeto; “miedo” dirige la atención al objeto; “terror” parece resaltar el efecto de un peligro que no
es recibido con apronte angustiado. Podría decirse que el hombre se protege del horror mediante la angustia.
Hay cierta ambigüedad en el uso de la palabra “angustia”: se entiende por tal el estado subjetivo en que se cae
por la percepción del “desarrollo de angustia”, y designa en particular a este afecto. Un afecto incluye: 1) de-
terminadas inervaciones motrices o descargas; 2) ciertas sensaciones de dos clases: las percepciones de las
acciones motrices ocurridas y las sensaciones directas de placer y displacer que prestan al afecto su tono do-
minante. No alcanzamos la esencia del afecto. En algunos de ellos creemos ver más hondo y advertir que el
núcleo que mantiene unido ese ensamble es la repetición de una determinada vivencia significativa, que solo
podría ser una impresión temprana general, que ha de situarse en la prehistoria, no del individuo sino de la
especie. El estado afectivo tendría la misma construcción que un ataque histérico y sería como este, la decan-
tación de una reminiscencia. Por tanto, el ataque histérico es comparable a un afecto individual neoformado, y
el afecto normal, a la expresión de una histeria general que se hizo hereditaria2.
Son concepciones nacidas en terreno del psicoanálisis: lo que se puede averiguar en psicología sobre los afec-
tos es algo que no comprendemos ni podemos examinar (tampoco es seguro lo que sabemos de los afectos).
En el afecto de angustia creemos que esa impresión temprana que reproduce como repetición es el acto del
nacimiento, en el que se da ese agrupamiento de sensaciones displacenteras, mociones de descarga y sensa-
ciones corporales que se convirtió en modelo para los efectos de un peligro mortal y desde entonces es repeti-
do por nosotros como estado de angustia. El incremento de estímulos al interrumpirse la renovación de la san- 2
gre (respiración interna) fue la causa de la vivencia de angustia: la primera fue una angustia tóxica. “Angustia”
(angustiae, angostamiento) destaca la falta de aliento, que en ese momento fue consecuencia de la situación
real y hoy se reproduce casi regularmente en el afecto. También es significativo que ese primer estado de an-
gustia se originara en la separación de la madre. La predisposición a repetir el primer estado de angustia se
incorporó tan profundamente al organismo, a través de la serie innumerable de las generaciones, que ningún
individuo puede sustraerse a ese afecto. No podemos decir en qué pasa con el estado de angustia en los ani-
males no mamíferos; tampoco sabemos si en ellos el complejo de sensaciones equivale a la angustia.
Pasa a las formas de manifestación y nexos de la angustia neurótica. 1) Estado general de angustia, libremen-
te flotante; dispuesta a prenderse del contenido de cualquier representación pasajera; influye sobre el juicio,
escoge expectativas, acecha la oportunidad de justificarse. Es “angustia expectante” o “expectativa angustia-
da” y quienes la padecen prevén siempre la posibilidad más terrible. La inclinación a esa expectativa de des-
gracia es un rasgo de carácter en muchos no enfermos: hiperangustiados o pesimistas; pero un grado llamati-
vo de angustia expectante corresponde en general a la “neurosis de angustia”, incluida entre las actuales.
2) Angustia psíquicamente ligada, anudada a ciertos objetos o situaciones: la de las fobias, de enorme diversi-
dad y a menudo muy extrañas. Se pueden diferenciar tres grupos: a) muchos objetos y situaciones temidos
tienen también para nosotros algo de ominoso, una dimensión de peligro y por eso tales fobias no parecen

2 Concepción que se basaría en Darwin, quien explicó los afectos como relictos de acciones originalmente provistas de significado.

[Resumen]
inconcebibles, aunque sí, exageradas en su fuerza. b) casos en los que sigue habiendo una dimensión de
peligro, pero solemos minimizar y no anticipar ese peligro; entre ellos están la mayoría de las fobias a una
situación. Nos extraña en estas fobias, no tanto su contenido como su intensidad abrumadora. Muchas veces
tenemos la impresión de que los neuróticos no se angustian frente a las mismas cosas y situaciones que en
ciertas circunstancias pueden provocarnos angustia también a nosotros, aunque las llamen con idénticos nom-
bres. c) fobias que están fuera de nuestra comprensión. ¿Cómo estableceríamos el nexo con el peligro que
evidentemente existe para el fóbico? En las fobias a los animales no puede tratarse de unas aumentadas anti-
patías; el hombre que se angustia en calles o plazas se comporta como un niño pequeño: los educadores le
dirigen la exhortación de evitar como peligrosas tales situaciones, y el agorafóbico se siente de hecho protegi-
do de su angustia si lo acompañamos por la plaza.
La angustia expectante, flotante y la unida a fobias, son independientes entre sí: no es que una sea una etapa
superior de la otra; sólo por excepción van juntas, y cuando lo hacen es como por casualidad. Un estado de
angustia general, aun el más fuerte, no necesita manifestarse en fobias; personas coartadas toda su vida por
una agorafobia pueden estar exentas de angustia expectante pesimista. Muchas fobias se adquieren a edad
madura y otras parecen haber existido desde el comienzo. Las primeras tienen la dimensión de enfermedades
graves; las segundas aparecen más bien como rarezas, caprichos; en quienes muestran una de estas, puede
conjeturarse generalmente, la existencia de otras del mismo tipo. Incluimos todas estas fobias en la histeria de
angustia, las consideramos como una afección próxima a la histeria de conversión. 3
Entonces, en la tercera forma de angustia, perdemos de vista el nexo entre la angustia y la amenaza de un
peligro. En la histeria, esta angustia aparece acompañando los síntomas histéricos o en estados emotivos en
que esperaríamos una exteriorización de afectos, pero no justamente de angustia; o bien, puede aparecer
desligada de cualquier condición, como un incomprensible ataque gratuito de angustia. Ni hablar de un peligro
o una ocasión que, exagerada, pudiese elevarse a la condición de tal. En los ataques espontáneos, el comple-
jo designado “estado de angustia” es susceptible de una división. La totalidad del ataque puede estar subroga-
da por un único síntoma intensamente desarrollado: temblor, vértigo, palpitaciones, ahogos; y el sentimiento
general individualizado como angustia puede faltar o hacerse borroso. No obstante, esos estados “equivalen-
tes de la angustia”, pueden equipararse a ella en todos los aspectos clínicos y etiológicos.
¿Puede la angustia neurótica, en que el peligro no desempeña papel, o es ínfimo, vincularse con la realista,
una reacción ante el peligro? ¿Y cómo entenderemos la angustia neurótica? La expectativa es que si hay an-
gustia, tiene que existir también algo ante lo cual uno se angustie. De la observación clínica surgen varias indi-
caciones para la comprensión de la angustia neurótica:
a) La angustia expectante o estado de angustia general mantiene estrecha dependencia con determinados
procesos de la vida sexual, ciertas aplicaciones de la libido. En casos en que las excitaciones sexuales no se
descargan lo suficiente, no son llevadas a una consumación satisfactoria, la excitación libidinosa desaparece y
en su lugar emerge angustia, tanto en la forma de la angustia expectante cuanto en ataques y sus equivalen-

[Resumen]
tes. Innumerables veces la neurosis de angustia desaparece cuando se elimina el mal hábito sexual.
Este nexo es un hecho, pero no se omitirá el intento de invertir la relación, sosteniendo que en tales casos se
trata de personas de antemano propensas a los estados de angustia y por eso se retienen en materia sexual.
Contradice esa concepción la conducta de las mujeres, cuya práctica sexual es por esencia pasiva, o sea,
determinada por el trato que reciben del hombre. [!?] Mientras más temperamental e inclinada al comercio
sexual y más capaz de satisfacción sea una mujer, más reaccionará con angustia ante la impotencia del mari-
do o el coitus interruptus; mujeres anestésicas o poco libidinosas esto tendrá un papel menor.
La abstinencia sexual tiene la misma importancia para la génesis de estados de angustia sólo cuando la libido
a la que se deniega la descarga de satisfacción posee la correspondiente fuerza y no fue tramitada en su ma-
yor parte por la sublimación. El resultado patológico recae en factores cuantitativos. Aún donde no hay enfer-
medad, sino conformación de carácter, es fácil ver que una restricción sexual va junto a cierta propensión a la
angustia y apocamiento, mientras que la intrepidez y la audacia acompañan al libre consentimiento de las ne-
cesidades sexuales. Por más que estas relaciones sean alteradas y complicadas por múltiples influencias cul-
turales, para el promedio de los hombres es cierto que angustia y restricción sexual se corresponden entre sí.
Ciertas fases de la vida, como la pubertad y la menopausia, a las que es atribuible un considerable incremento
en la producción de libido, ejercen influencia sobre la contracción de angustia. En muchos estados emociona-
les puede observarse directamente el entrelazamiento de libido y angustia, y la sustitución final de aquella por
esta. 1) Está en juego una acumulación de libido a la que se coartó su aplicación normal; 2) ello nos sitúa en el 4
campo de los procesos somáticos. A primera vista no se discierne cómo se genera la angustia a partir de la
libido; solo se comprueba que falta libido y en su lugar se observa angustia.
b) En las psiconeurosis (en especial, la histeria), la angustia aparece a menudo acompañando los síntomas,
pero se exterioriza también, como ataque o como estado crónico, una angustia no ligada. No saben decir qué
es eso ante lo que se angustian y, mediante elaboración secundaria, lo enlazan con las fobias que tienen más
a mano. El análisis de la situación en que nacieron la angustia o los síntomas que acompaña, en general indica
el decurso psíquico normal interceptado y sustituido por el fenómeno de la angustia: construimos el proceso
inconciente como si no hubiera experimentado ninguna represión y hubiera proseguido sin inhibición hasta la
conciencia. El proceso habrá sido acompañado por determinado afecto, que es sustituido por angustia, sin que
importe su cualidad. El correlato inconciente de un estado de angustia histérica, puede ser una moción de simi-
lar carácter, es decir, de angustia, vergüenza, turbación, pero también una excitación libidinosa positiva, o una
agresiva, de hostilidad, como furia o enojo. La angustia es la moneda corriente por la que pueden cambiarse
todas las mociones afectivas cuando el correspondiente contenido de representación fue sometido a represión.
c) Quienes padecen de acciones obsesivas están en apariencia exentos de angustia. Si se impide la acción
obsesiva o abandonan una de sus compulsiones, una angustia horrible los fuerza a obedecer a la compulsión.
La angustia estaba encubierta por la acción obsesiva, que se ejecutaba para evitar aquella. Así, en la N.O. una
formación de síntoma sustituye a la angustia que, de lo contrario sobrevendría necesariamente. En la histeria

[Resumen]
hallamos una situación parecida: el resultado del proceso represivo es, o un desarrollo de angustia pura, o una
angustia con formación de síntoma, o una formación de síntoma más completa, sin angustia. En general, los
síntomas sólo se forman para sustraerse a un desarrollo de angustia que de lo contrario sería inevitable. La
angustia queda en el centro de nuestro interés en cuanto a los problemas de las neurosis.
Por las neurosis de angustia inferimos que la desviación (generadora de angustia) de libido de su aplicación
normal, se da en el campo de los procesos somáticos. Con la histeria y la N.O. agrega que esa desviación, con
igual resultado, puede ser también efecto de un rehusamiento de parte de las instancias psíquicas. Parece ser
más difícil establecer un vínculo entre la angustia neurótica (libido aplicada de manera anormal) y la angustia
realista (reacción frente al peligro). Parecen dispares, pero no tenemos medio para distinguirlas por la sensa-
ción que provocan. El enlace buscado se establece si tomamos como premisa la oposición entre yo y libido. El
desarrollo de angustia es la reacción del yo frente al peligro y la señal para que se inicie la huida. En el caso de
la angustia neurótica, el yo emprende un idéntico intento de huida frente al reclamo de su libido y trata este
peligro interno como si fuera externo: donde aparece angustia tiene que existir algo frente a lo cual uno se
angustia. Y así como el intento de huida ante el peligro exterior es relevado por la actitud de hacerle frente y
adoptar las medidas adecuadas para la defensa, también el desarrollo de la angustia neurótica cede paso a la
formación de síntoma, que produce una ligazón de la angustia.
Pero, la angustia que significa una huida del yo frente a su libido no puede haber nacido sino de esa libido
misma. Resulta oscuro; no debemos olvidar que la libido de una persona le pertenece a ella y no puede con- 5
traponérsele como algo exterior. La dinámica tópica del desarrollo de angustia aún resulta oscura, la clase de
energías anímicas que son convocadas, y los sistemas psíquicos desde los cuales lo son. Recurre a la obser-
vación directa y la investigación analítica siguiendo la génesis de la angustia infantil y la de las fobias.
La angustia en niños es común y parece difícil distinguir si es realista o neurótica; el valor del distingo es pues-
to en entredicho su conducta. No asombra que el niño se angustie ante extraños y situaciones y objetos nue-
vos; explicamos esta reacción por su debilidad e ignorancia. Le atribuimos una fuerte inclinación a la angustia
realista, y parecería acorde a fines que ese estado fuese congénito en él; repetiría la conducta del hombre
primordial, que a causa de la ignorancia e indefensión, se angustian ante todo lo nuevo. Pero no todos los
niños están sometidos a la angustia en igual medida y quienes exteriorizan un horror particular ante todo objeto
y situación posible resultan luego neuróticos. Entonces, la disposición neurótica se trasluce también por una
inclinación expresa a la angustia realista. El estado aparece como lo primario; el niño, y más tarde el adoles-
cente, se angustian ante el nivel de su libido justamente porque todo los angustia: se refutaría la tesis de la
angustia generada por la libido y si se investigaran las condiciones de la realista, se llegaría a la concepción de
que la conciencia de la propia debilidad e indefensión es el fundamento de la neurosis, cuando puede prose-
guir desde la infancia en la vida adulta.
Lo anterior es demasiado simple y desplazaría el enigma del estado neurótico. La persistencia del sentimiento
de inferioridad (y la condición de angustia y formación de síntoma) parece tan segura que haría falta explicar

[Resumen]
los casos excepcionales en que se produjera la “salud”. De la observación cuidadosa del estado de angustia
de los niños vemos que al comienzo se angustian ante extraños (las situaciones cobran importancia sólo si
incluyen a personas y las cosas entran en cuenta más tarde). Pero no se angustia ante los extraños porque les
atribuya malas intenciones y compare su debilidad con la fuerza de ellos. Un niño así, desconfiado, aterroriza-
do por la pulsión de agresión que gobernaría al mundo, es una malograda construcción teórica. El niño se ate-
rroriza porque espera ver a la persona familiar y amada: la madre. Su desengaño y añoranza se trasponen en
angustia; una libido que quedó inaplicable, que por el momento no puede mantenerse en suspenso, es des-
cargada como angustia. No es casual que en esta situación arquetípica de la angustia infantil se repita la con-
dición del primer estado de angustia durante el acto del nacimiento: la separación de la madre3.
Las primeras fobias situacionales son a la oscuridad y la soledad; es común a ambas la nostalgia por la perso-
na amada que cuidó al niño. La añoranza en la oscuridad se transforma en angustia ante la soledad. Lejos de
que la angustia neurótica sea sólo secundaria y un caso especial de la realista, en el niño pequeño se compor-
ta como angustia realista algo que comparte con la neurótica el rasgo esencial de provenir de una libido no
aplicada. En cuanto a la angustia realista, en sentido estricto, el niño parece traerla congénita en escasa medi-
da; en situaciones que más tarde pueden condicionar fobias (alturas, puentes, viajes) no muestra angustia, y
tanto menos cuanto más ignorante es. Sobreestima inicialmente sus fuerzas y actúa exento de angustia por-
que no conoce los peligros. Por la educación por fin despierta en él la angustia realista, pues no puede permi-
tírsele que haga por sí mismo la aleccionadora experiencia. Si hay niños que transigen un poco más con esta 6
educación para la angustia (que presentan mayor complacencia o solicitud somática, o son más proclives a
recibir esa educación) y después encuentran peligros sobre los que no estaban advertidos, para explicarlo
basta suponer que era congénita a su constitución una medida mayor de necesidad libidinosa, o que prematu-
ramente se los malcrió con una satisfacción libidinosa. Entre ellos están los que serán neuróticos; lo que más
favorece la génesis de una neurosis es la incapacidad para soportar por largo tiempo una estasis libidinal con-
siderable. El importante lugar del factor constitucional, no implica descuidar lo demás ni introducirlo donde no
es pertinente o debe ser computado en último término, según los resultados de la observación y el análisis.
En síntesis: la angustia infantil tiene poco que ver con la angustia realista y en cambio se emparenta de cerca
con la neurótica de los adultos: se genera a partir de una libido no aplicada y sustituye el objeto de amor,
echado de menos, por un objeto externo o situación.
Lo mismo en las fobias: una libido que permanece inaplicable se trasmuda en una aparente angustia realista y
así, un minúsculo peligro externo se erige como subrogación de los reclamos libidinales. Las fobias infantiles
no sólo son el modelo de las posteriores, incluidas en la “histeria de angustia”, sino su precondición y preludio.
Toda fobia histérica se remonta a una angustia infantil y la continua, aún si tiene contenido diverso y por ende
recibe otro nombre. La diferencia está en el mecanismo: en el adulto, para la mudanza de la libido en angustia,

3Primera oportunidad en que Freud insistió explícitamente en la fundamental importancia de la separación de la madre como factor
causante de la angustia

[Resumen]
no basta que aquella, en calidad de añoranza, se haya vuelto inaplicable; aprendió a mantenerla en suspenso
o aplicarla de otro modo. Pero cuando la libido pertenece a una moción psíquica que fue reprimida, se reesta-
blece una situación parecida a la del niño que todavía no posee ninguna separación entre conciente e incon-
ciente. Y por la regresión a la fobia infantil se abre el desfiladero a través del cual puede consumarse cómo-
damente la mudanza de la libido en angustia.
Cuando la represión separa representación y afecto, el destino más inmediato de este es el de ser mudado en
angustia, sin que interese la cualidad que haya presentado en el decurso normal. Esta mudanza es la parte
más importante del proceso represivo. No es fácil hablar de ella, porque no podemos aseverar la existencia de
afectos inconcientes como podemos hacerlo respecto de representaciones inconcientes. Una representación
sigue siendo la misma, salvada la diferencia de que sea conciente o inconciente. Pero un afecto es un proceso
de descarga y ha de ser objeto de un juicio muy diverso que una representación; no puede decirse qué habrá
de corresponderle en el inconciente sin mayor reflexión. La impresión es que el desarrollo de angustia se anu-
da estrechamente al sistema del inconciente.
La mudanza en angustia, o mejor, la descarga en la forma de angustia es el destino más inmediato de la libido
afectada por la represión; no el único ni el definitivo. En las neurosis hay procesos que se empeñan en ligar
este desarrollo de angustia, e incluso lo logran, por diversas vías. Las fases del proceso en las fobias: 1) Re-
presión y transporte de la libido a la angustia, que es ligada a un peligro exterior. 2) Edificación de las precau-
ciones y aseguramientos destinados a evitar un contacto con ese peligro considerado externo. La represión 7
corresponde a un intento de huida del yo ante la libido sentida como peligro. La fobia puede compararse a un
atrincheramiento contra el peligro externo que subroga ahora a la libido temida. La debilidad del sistema pro-
tector en las fobias reside en que la fortaleza tan afianzada hacia afuera sigue siendo vulnerable desde aden-
tro. No puede proyectarse del todo el peligro libidinal hacia afuera. Por eso en las otras neurosis se usan sis-
temas diferentes para protegerse contra la posibilidad del desarrollo de angustia. A raíz de la represión el yo
gasta en “contrainvestidura” que debe mantener para que aquella persista. Sobre tal contrainvestidura recae la
tarea de ejecutar las diversas formas de protección contra el desarrollo de angustia tras la represión.
Sobre las fobias, es insuficiente querer explicar sólo su contenido, su proveniencia, el hecho de que este o
aquel objeto o situación, pasaron a ser tema de fobia. Su contenido tiene más o menos la importancia que
posee para el sueño su fachada manifiesta. Entre estos contenidos de las fobias hay muchos aptos por heren-
cia filogenética para convertirse en objetos de angustia. No está en desacuerdo con ello el que muchas de
estas cosas angustiantes sólo puedan establecer su enlace con el peligro mediante una referencia simbólica.
Conclusión: El problema de la angustia ocupa un lugar central entre las cuestiones de la psicología de las neu-
rosis. El desarrollo de angustia se conecta con los destinos de la libido y con el sistema del inconciente. Queda
un punto inconexo, una laguna en la concepción: el hecho, difícilmente rebatible, de que la angustia realista
tiene que considerarse como exteriorización de la pulsión de autoconservación del yo. [Aborda esta dificultad
en la Conferencia 26].

[Resumen]