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TEMA DE CONFIRMACIÓN (LA ORACIÓN).

“Pero tú, cuando te pongas a orar, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo
secreto. Así tu Padre, que ve lo que se hace en secreto, te recompensará.”Mt 6;6
¿Qué es orar? Santa Teresa de Ávila: “Es tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con
quien sabemos nos ama.”
Orar es toda forma de acordarnos de Dios. Cuando pensamos en Él, en su inmensidad, en su poder...,
estamos orando. Cuando pedimos ayuda a Dios porque estamos afligidos, necesitados, oprimidos..., estamos
orando. Cuando le damos gracias por la salud restablecida, por la lluvia, por el sol..., estamos orando.
Cuando repetimos, con atención, el padrenuestro o el avemaría, estamos orando. Es fácil hablar con Dios.
Somos hijos suyos y, por naturaleza, nos dirigimos hacia Él. Pero también es fácil olvidarnos de Dios cuando
todo nos va bien y parece que nos apañamos solos. También es fácil olvidarse de Dios cuando el ambiente
que nos rodea contradice nuestras aspiraciones religiosas. Sin embargo, es de vital importancia mantenerse
en contacto con Dios.
Necesidad de la oración
Aunque nos resulte trabajoso, sobre todo en los comienzos, es necesario hablar diariamente con Dios. Quien
no reza se asemeja a la persona que hace esfuerzos por dejar de respirar: busca la muerte. La oración es
para el alma como la respiración para la vida del cuerpo.
Cristo y la oración
Si leemos el Evangelio, nos sorprenderá la cantidad de veces que Jesús invita a la gente a que haga oración.
Ya desde el comienzo de su vida de predicación, Jesús se retira cuarenta días al desierto para hacer oración y
ayuno. Luego, durante todo el tiempo en que se dedicó a enseñar y a curar enfermos, todas las noches se
retiraba a hacer oración. Y, finalmente, es apresado en el Huerto de los Olivos mientras ora, justo en el lugar
donde solía hacer oración cuando estaba en la ciudad de Jerusalén.
¿Cuánto tiempo dedicar a la oración?
¿Cuánto tiempo le dedicamos a una persona que queremos? ¿Cuánto tiempo conversamos con los amigos o
compañeros? También tenemos que dedicarle un tiempo a Jesús. No basta un minuto, ni dos, ni tres. Es
preciso dedicarle a Dios entre 15 minutos y una hora al día de manera exclusiva. "¿No habéis podido velar
una hora conmigo?" (Mateo 26, 40). El lugar más apropiado para este tiempo diario exclusivo para Dios es la
capilla de la adoración, donde el Señor está expuesto, o delante del Señor en el Sagrario, pues en la
Eucarístia está Jesus realmente presente en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad.
Frutos de la oración
Cuando la oración se hace bien trae innumerable cantidad de frutos en todo sentido. Aquí presentamos
algunos de ellos, seguros de que la persona que ora con frecuencia encontrará que los aquí expuestos son
pocos en proporción a los que ellos contemplan en su propia vida.
Nos saca del pecado: es el primer fruto de la oración. Así decía santa Catalina de Siena: “o dejamos la
oración o dejamos el pecado”. En este orden de ideas, “la oración restablece al hombre en la semejanza con
Dios” (Catecismo, 2572) y transforma el corazón. (cf. Catecismo, 2739).
Acrecienta el Amor: El amor es el termómetro de la oración. La oración verdadera se refleja en un
incremento en el amor. La oración nos «hace participar en la potencia del amor de Dios que salva a la
multitud» (Catecismo, 2572).
Nos da a conocer la Voluntad de Dios en nuestras vidas y nos da la fuerza para vivirla: Esto se refleja con
claridad en la oración del Padre nuestro: “hágase tu Voluntad en la tierra como en el cielo” (Mt 6,10).
Nos da fuerza en la tentación: «velando en la oración es como no se cae en la tentación (cf. Lc 22,40.46).»
(Catecismo, 2612).
Acrecienta la confianza: quien ora no se desespera.
Da fortaleza para afrontar las contradicciones de la vida: «A solas con Dios, los profetas extraen luz y fuerza
para su misión.» (Catecismo, 2584).
Da alegría espiritual: que es un fruto que el Espíritu Santo da abundantemente a quien ora con constancia.
Es un gran medio para conocernos a nosotros mismos: la oración, cuando se realiza bien, trae consigo
permanentes gracias que dan muchas luces para lograr el propio conocimiento.
Expresiones de la oración.
La oración vocal, fundada en la unión del cuerpo con el espíritu en la naturaleza humana, asocia el cuerpo a
la oración interior del corazón a ejemplo de Cristo que ora a su Padre y enseña el “Padre Nuestro” a sus
discípulos. Esto es “rezar”, es decir, recitar oraciones bellísimas que grandes hombres de Dios han
elaborado. Algunas personas quieren crear una oposición entre rezar y orar, como si lo primero fuera algo
mecánico y sin alma y lo segundo fuera auténtico. No obstante, Cristo rezaba los salmos, ¿era mecánico y
vacío ese rezar? Lo importante está en que nuestro corazón esté atento y que nos apropiamos de esas
palabras que repetimos.
La meditación
La meditación es una búsqueda orante, que hace intervenir al pensamiento, la imaginación, la emoción, el
deseo. Tiene por objeto la apropiación creyente de la realidad considerada, que es confrontada con la
realidad de nuestra vida.
La oración contemplativa “Yo le miro y él me mira”
La oración contemplativa es la expresión sencilla del misterio de la oración. Es una mirada de fe, fijada en
Jesús, una escucha de la Palabra de Dios, un silencioso amor. Realiza la unión con la oración de Cristo en la
medida en que nos hace participar de su misterio. La contemplación busca al “amado de mi alma” (Ct 1, 7;
cf. Ct 3, 1-4). Esto es, a Jesús y en Él, al Padre. Es buscado porque desearlo es siempre el comienzo del amor,
y es buscado en la fe pura, esta fe que nos hace nacer de Él y vivir en Él. La contemplación es la entrega
humilde y pobre a la voluntad amorosa del Padre, en unión cada vez más profunda con su Hijo amado.
Disposiciones para la oración de intimidad
Tiempo: Si no se puede dedicar a la oración más que una sola vez al día, es preferible la mañana. El espíritu,
refrescado por el reposo de la noche, posee toda su vivacidad; las distracciones no le han asaltado todavía, y
este primer movimiento hacia Dios imprime al alma la dirección que ha de seguir durante el día.” (Ribet).
Lugar: n absoluto se puede hacer en cualquier lugar que invite al recogimiento y concentración del espíritu.
La soledad suele ser la mejor compañera de la oración bien hecha. Jesucristo la aconseja expresamente en el
Evangelio; y es útil no sólo para evitar la vanidad (Mt 6,6), sino también para asegurar su intensidad y
eficacia. En ella es donde Dios suele hablar al corazón (Os 2,14).
Postura: La postura del cuerpo tiene una gran importancia en la oración. Sin duda es el alma quien ora, no el
cuerpo; pero, dadas sus íntimas relaciones, la actitud corporal repercute en el alma y establece una especie
de armonía y sincronización entre las dos. En general, conviene una postura humilde y respetuosa. Lo ideal
es hacerla de rodillas, pero esta regla no debe llevarse hasta la rigidez o exageración. En la Sagrada Escritura
hay ejemplos de oración en todas las posturas imaginables; de pie (Jdt 13,6; Lc 18,13): sentado (1 Rey 7,18);
de rodillas (Lc 22,41; Hch 7,60); postrado en tierra (1 Rey 18,42; Jdt 9,1; Mc 14,35), y hasta en el lecho (Sal
6,7).
Duración: La duración de la oración mental no puede ser la misma para todas las almas y géneros de vida. El
principio general es que debe estar en proporción con las fuerzas, el atractivo y las ocupaciones de cada uno.
Se comprende que, si el tiempo es demasiado corto, apenas se hará otra cosa que despejar la imaginación y
preparar el corazón; y cuando se está ya preparado y debiera empezar el ejercicio, se deja. Por esto con
razón se aconseja que se tome, para hacer oración, el más largo tiempo posible; y mejor fuera darle una sola
vez largo tiempo, que en dos veces poco tiempo cada una.
Después de haberse puesto en clima de oración, se invoca al Espíritu Santo para que nos llene con su
presencia; luego se empieza de la siguiente manera:
Alabanza y adoración: se eleva el espíritu a la alabanza y adoración del Señor con salmos, palabras
espontáneas, cánticos, etc.
Petición de perdón y reparación: se le suplica al Señor que nos perdone por los pecados de acción u omisión
que hemos cometido. Además se hacen actos de amor y reparación por ellos.
Acción de gracias: se contempla atentamente todas las bendiciones espirituales y materiales que hemos
recibido de Dios y se da gracias por ellas.
Petición por los demás: Muchas personas nos piden oración. Este es el momento para orar por ellas, ojalá
con nombre propio.
Petición por las propias necesidades (espirituales y materiales): En primer lugar se piden con fe las gracias
espirituales que más necesitamos para ser santos, pues esto es lo que más nos conviene para nuestra alma.
Después se pide por nuestras necesidades materiales sometiéndonos amorosamente a la Voluntad de Dios y
sabiendo que sólo se nos concederán si nos convienen para la Salvación Eterna.
Escucha de la Voz de Dios y propósitos: La oración no es un monólogo donde yo hablo y Dios escucha; no, la
oración es un diálogo donde ambos hablamos y escuchamos. Por esto, al final de nuestra oración debemos
escuchar en silencio la voz de Dios, dejar que esas mociones hablen a nuestra alma, leer en los
acontecimientos que hemos vivido recientemente qué nos quiere decir el Señor, pero sobre todo, qué nos
quiere decir el Señor con la Palabra de Dios proclamada ese día en la Eucaristía.
Se termina con una oración de Consagración a la Santísima Virgen para que sea Ella la que custodie los frutos
espirituales de esta oración de intimidad.