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a una desgracia o a la muerte, con aquel valeroso fatalismo sin revuelta

gracias al cual por ejemplo los rusos sacan ventaja todavía hoy a nosotros
los occidentales en el manejo de la vida. Cuando entonces había una crítica
de la acción realizada, era la prudencia quien la criticaba: sin duda alguna
tenemos que buscar el auténtico efecto del castigo sobre todo en un
aguzamiento de la prudencia, en un alargamientos de la memoria, en una
voluntad de proceder en lo sucesivo con más cuidado, con más
desconfianza, con más secreto, en el convencimiento de que para muchas
cosas somos sencillamente demasiado débiles, en una especia de corrección
del juicio propio. Lo que en términos generales se puede obtener mediante
el castigo, tanto en el hombre como en el animal, es que aumente el miedo,
que se aguce la prudencia, que se dominen los apetitos: con todo ello el
castigo amansa al hombre, pero no le hace ser <mejor>, y con más derecho
sería lícito afirmar lo contrario. (<De los palos también se aprende>, dice el
pueblo, pero en la medida en que se enseña algo, hacen también malo al
que aprende. Afortunadamente, con mucha frecuencia le hacen no poco
tonto.)

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Llegado a este punto, ya no puedo dejar de dar una primera


expresión provisional a mi propia hipótesis sobre el origen de la <mala
conciencia>: no es fácil que se le preste oído, y precisa que se medite sobre
ella, que se la vele y que se duerma con ella dentro largamente. Tengo para
mí que la mala conciencia es la profunda enfermedad en la que tuvo que
caer el hombre bajo la presión del más fundaméntela de todos los cambios
por los que ha pasado: el cambio que experimentó cuando se encontró
atado por las cadenas de la sociedad y de la paz. Lo que les tuvo que
suceder a los animales acuáticos cuando se vieron forzados a convertirse en
terrestres, o bien perecer, les pasó también a estos semianimales felizmente
adaptados a vivir en despoblado, a la guerra, al merodeo, a la aventura: de
un golpe, todos sus instintos quedaron desprovistos de su valor y
<suspendidos>. A partir de ese momento debían andar sobre los pies y
<llevar su propio peso>, mientras que hasta entonces era el agua quien lo
había llevado por ellos: una horrible pesantez se les vino encima. Se sentían
incapaces de realizar las más sencillas operaciones, para este nuevo mundo
desconocido ya no tenían sus antiguos guías, los instintos regulativos que
les guiaban inconscientemente con toda seguridad; habían quedado
reducidos a pensar, deducir, calcular, combinar causas y efectos, estos
infelices, ¡reducidos a su <consciencia>, al más mísero y falible de sus
órganos! No creo que haya habido nunca sobre la tierra un sentimiento de
desgracia como ese, semejante malestar pesado como el plomo, ¡y todo eso
sin que aquellos viejos instintos hubiesen cesado de repente de hacer valer
sus exigencias! El único cambio fue que ahora hacer lo que pedían era más
difícil, y rara vez posible: en lo principal, tuvieron que buscarse
satisfacciones nuevas y, por así decir, subterráneas. Todos los instintos que
no se descargan hacia fuera se vuelven hacia adentro: a esto es a lo que
llamo la interiorización del hombre, pues es con ella cuando empieza a
crecerle al hombre lo que más tarde se denomina su <alma>. Todo el
mundo interior, que al principio era finísimo y estaba como extendido y
tensado entre dos pieles, se ha soltado y levantado, y ha adquirido
profundidad, anchura y altura, en la misma medida en que se inhibía la
descarga del hombre hacia fuera. Aquellos terribles bastiones con los que la
organización estatal se protegía de los viejos instintos de la libertad —entre
esos bastiones se cuentan sobre todo los castigos— tuvieron como
consecuencia que todos aquellos instintos del hombre que vagaba libre y
salvaje se volvieron hacia atrás, contra el hombre mismo. La hostilidad, la
crueldad, el placer en la persecución, en el ataque, en el cambio, en la
destrucción, todo esto volviéndose contra el poseedor de tales instintos:
este es el origen de la <mala conciencia>. El hombre que a falta de
enemigos y resistencias exteriores, atenazado por una agobiante estrechez y
regularidad de las costumbres, se desgarraba impaciente a sí mismo, se
perseguía, mordía, hostigaba, maltrataba; este animal que se despellejaba
abalanzándose contra los barrotes de su jaula y a quien se quiere
<amansar>; este ser que, menesteroso y consumido por la nostalgia del
desierto, tuvo que hacer de él mismo una aventura, una cámara de torturas,
un despoblado inseguro y peligroso, este tontiloco, este prisionero
nostálgico y desesperado, se convirtió en el inventor de la <mala
conciencia>. Con ella se iniciaba la mayor y más inquietante enfermedad,
de la que la humanidad no ha sanado hasta la fecha: el hombre pasó a sufrir
del hombre, de sí mismo, y ello a consecuencia de una separación violenta
del pasado animal, de una salto y caída, por así decir, en nuevas situaciones
y condiciones de existencia, de una declaración de guerra contra los viejos
instintos en los que hasta ese momento descansaban su fuerza, su placer y
su fecundidad. Añadamos inmediatamente que, por otra parte, con el hecho
de un alma animal vuelta contra sí misma, que tomaba partido contra sí
misma, apareció en el mundo algo tan nuevo, profundo, inaudito,
enigmático, contradictorio, y preñado de futuro que el aspecto de este
mundo quedó sustancialmente modificado. En verdad harían falta
espectadores divinos para aprecia adecuadamente el espectáculo que
empezó en ese momento y cuyo final aún no se vislumbra en modo alguno,
¡un espectáculo demasiado fino, demasiado lleno de maravillas y
demasiado paradójico para que pudiera desarrollarse pasando absurdamente
inadvertido en algún ridículo astro! El hombre se cuenta desde entonces
entre las jugadas de azar más inesperadas y excitantes del <gran niño> de
Heráclito, llámese Zeus o acaso: despierta por él un interés, una
expectación, una esperanza, casi una certidumbre de que con él se anuncia
algo, se prepara algo, de que el hombre no es una meta, sino solo un
camino, un incidente, un puente, una gran promesa…

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Entre los presupuestos de esta hipótesis sobre el origen de la mala


conciencia se cuenta, en primer lugar, que esa modificación no fue
paulatina ni voluntaria y que no represento un crecimiento y adaptación
orgánicos a nuevas condiciones, sino una ruptura, un salto, una coacción,
un destino inevitable contra el que no hubo lucha, y ni siquiera
resentimiento. En segundo lugar, que la inserción en una forma fija de una
población hasta entonces no sometida a traba ni configuración alguna, al
igual que empezó con un acto de violencia, llegó a su final sobre la base de
actos de violencia; es decir, que el más antiguo <Estado> apareció, y siguió
trabajando después, como una terrible tiranía, como una maquinaria
aplastante y carente de miramientos, hasta que esa materia prima de pueblo
y semianimal finalmente quedó no solo bien amasada y dócil, sino también
dotada de una forma. He utilizado la palabra <Estado>; ya se entiende a
qué me refiero con ella: a una mandada de animales de presa rubios, a una
raza de conquistadores y señores que, organizada para la guerra y dotada de
la fuerza necesaria para organizar, pone sin reparo alguno sus terribles
garras sobre una población quizá enormemente superior en número, pero
aún carente de forma, aún errática. De esta manera es como empieza el
<Estado> en el mundo: pienso que se puede despachar aquel delirio que lo
hacía comenzar con un <contrato>. Quien puede mandar, quien por
naturaleza es <señor>, quien comparece violento en obras y gestos, ¡qué se
le da a él de contratos! Con seres como ese no se cuenta, vienen como el
destino, sin causa, razón, miramiento, pretexto, están ahí como el
relámpago, demasiado terribles, demasiado repentinos, demasiado
convincentes, demasiado <otros> para ser siquiera odiados. Su obra es un
instintivo dar forma, imprimir forma, y son los artistas más involuntarios,
más inconscientes que hay: allí donde aparecen, en breve plazo hay algo
nuevo, una estructura de dominio que vive, en la que las partes y funciones
están delimitadas y a la vez en relación mutua, en la que no tiene sitio nada
a lo que no se le haya dado primero un <sentido> con vistas al conjunto.
No saben qué es la culpa, qué la responsabilidad, qué los miramientos,
estos organizadores natos; en ellos campa por sus respetos aquel terrible
egoísmo de artista, de mirada acerada y que se sabe justificado de
antemano y para toda la eternidad en su <obra>, igual que la madre en su
hijo. No es en ellos donde ha crecido la <mala conciencia>, ya se entiende,
pero sin ellos no habría crecido esa repelente hierba, que faltaría si bajo la
presión de sus martillazos, de su violencia de artistas, no se hubiese
eliminado del mundo, o al menos de nuestro campo visual, y por así decir
se hubiese hecho latente, un enorme quantum de libertad. Este instinto de
la libertad que ha sido hecho latente por obra de la violencia —ya lo
hemos comprendido—, este instinto de la libertad reprimido, al que se hizo
pasar a un segundo plano, encarcelado en el interior y que al final solo se
descarga y desata ya sobre sí mismo: esto y solo esto es en su comienzo la
mala conciencia.

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Guardémonos de tener un bajo concepto de todo este fenómeno por


el mero hecho de que ya de antemano es feo y doloroso. En el fondo, la
misma fuerza activa que en aquellos artistas de la violencia y organizadores
actúa con más grandiosidad y edifica Estados, es la misa que aquí,
internamente, más pequeña y más ruin, yendo hacia atrás, en el <laberinto
del pecho>, para decirlo con Goethe, crea la mala conciencia y edifica
ideales negativos, a saber, precisamente aquel instinto de la libertad (dicho
en mi lenguaje: la voluntad de poder). Solo que el material sobre el que se
desencadena la naturaleza formadora y violadora de esta fuerza no es aquí
otro que el hombre mismo, todo su viejo sí mismo animal, y no como
sucede en aquel otro fenómeno más grande y llamativo, el otro hombre,
los otros hombres. Esta secreta autoviolación, esta crueldad de artista, este
placer de darse forma a sí mismo como a un material pesado, reacio y
sufrido, de grabar a fuego en uno mismo una voluntad, una crítica, una
negativa, un desprecio, un <no>, este inquietante y horriblemente
placentero trabajo de un alma que está escindida consigo misma y quiere
estarlo que se hace sufrir a sí misma por el placer de hacer sufrir, toda esta
<mala conciencia< activa ha terminado —ya se adivina— por dar a luz,
siendo el auténtico seno materno de acontecimientos ideales e imaginarios,
una plenitud de nueva y peregrina belleza y afirmación y quizá hasta llegar
a ella no se dio a luz la belleza como tal… Pues, ¿qué sería <bello> si la
contradicción no hubiese cobrado primero consciencia de sí misma, si lo
feo no hubiese empezado diciéndose: <soy feo>?… Al menos, tras esta
indicación será menos enigmático el enigma de hasta qué punto en
conceptos contradictorios, como desinterés, abnegación, autoinmolación
puede estar apuntado un ideal, una belleza; y una cosa hemos aprendido de
una vez por todas, sobre ello no me cabe la menor duda, a saber, de qué