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I
HISTOBIA DE MALAGA
Y SU
HISTORIA DE MALAGA
POR

D. ILDEFONSO MARZO,
ÍDdmísüo de la sociedad numismática y arqueológica de la Biblioteca Nacional, de la
comisión de monumentos históricos y artísticos de esta provincia, de mérito del Liceo
Malagueño, y académico correspondiente de la Real Academia de la Historia.

corregida, amuentada y adicionada, con l a Revis-


t a g e o g r á l l c a c o n c o r d a n t e de l a r e f e r i d a
provincia.

TOMO I

M A R Z O D E 1850.

JOSÉ DEL ROSAL, EDITOR.

Málaga: Imp. y librería de don Francisco Gil de Montes, calle de Cintería, núm. 3.
mm

Es propiedad del Autor,


PROLOGO A ESTA SEGUNDA EDICION.
«Aq'iel humilde genio que ln historia
En álbum de amistad consagró un dia
Que por tu fértil suelo discurría
Sediento de tu fama y de tu gloria.
» Aquel humilde genio que vagaba
Con indecible ardor de tus almenas,
Al tranquilo linrisr de tus arenas
Abultando las sombras que evocaba.
«Del asilo ignorado do yacía I j
Te vuelve á saludar. Málaga hermosa
Aquí donde te muestras orgullosa
Con el nuevo t«8oro que en tí había,

«Salve, hermosa ciudad, aun hoy mas bella!


¡Salve, la sin igual en claro cielo!
;Salve, dormida Hurí de nitio velo!
¡Salve, de interno mar primera estrella!»
(A L4 INACGDRACinjí DEL LICEO
MALAGUEÑO POR EL ALTOS.)

Cuando en 1839 fui invitado por algunos amigos á que


prestase mi contingente literario para la empresa patriótica de la
publicación del Guadalhorce, y digo patriótica, porque en este
álbum malagueño habíamos de recopilar todas las noticias lo-
cales que diesen mayor interés á nuestro suelo, concebí el
pensamiento de ejercitar mi humilde pluma en la redacción
de vários artículos históricos sobre una ciudad famosa, que des-
de los primeros tiempos en que se ensayan nuestros anales
ibéricos tenia un lugar de preferencia por la riqueza y variedad
de sus producciones. Aceptada que fué mi idea por la benévola
indulgencia de aquellos amigos estimables, no pude menos de
vacilar ante los inconvenientes de un proyecto que ofrecía por
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primer obstáculo una escasez absoluta de documentos jusliGca-
tivos, perdidos como se hallaban todos los archivos domésticos,
ya por la ignorancia de las gentes, ó ya por los frecuentes des-
pojos de nuestras convulsiones políticas. Empero, decidido yo á
superar dificultades que ofrecen alguna prez por esclusiva re-
compensa^ no perdoné fatiga alguna para recopilar noticias, que,
esparcidas é incoherentes, pudieran amalgamarse al cuadro
histórico de Málaga. Registrando bibliotecas, analizando ma-
nuscritos, revolviendo los archivos de la catedral y aun recor-
riendo estas calles y plazas para restaurar su perímetro, pude
reunir materiales para el trabajo que habia elegido
Entre los escritores de Málaga anteriores á mi propósito, el
mas reciente y esclusivo lo era D . Manuel Medina Conde, ca-
nónigo de esta catedral, y autor de las Conversaciones, publi-
cadas bajo el seudónimo del presbítero D . Cecilio Garcif ^e la
L e ñ a á fines del último siglo. Este libro, que se habia compuesto
como servil imitación de los Paseos por Granada del Padre
Juan de Echevarría, aunque abundara en noticias, adquiridas
por medio de interrogatorios contestados por algunos párrocos
y otras personas entendidas de los pueblos de la provincia,
carecia de aquella crítica y de aquellos justos límites, que el
error por una parte, y las preferencias de localidad por otra,
determinaban las ecsigencias de las verdades históricas. Por esta
razón, las Conversaciones Malagueñas han llegado á ser una
obra sin série ni concordancias, una imitación dialogada, sin
ingenio ni amenidad, y un hacinamiento confuso, con graves
faltas cronológicas y con mermas de veracidad, como apunta-
mos en el prospecto. Esta carencia de interés y esta sobra de
aseveraciones, injustificables en un autor, que, en unión con su
maestro, habia sido castigado en 1777 por delincuente conocido
por su falta de sinceridad en declarar como legítimos los falsos
descubrimientos de varias escrituras públicas y monumentos de
Granada, fueron como la consecuencia de la propensión de su
génio á menoscabar la verdad; y yo, que en este último libro
que comunicaba á nuestra época hechos históricos de Málaga,
al proceder á su ecsámen, necesité cautelarme y analizarlos
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con detención, en vez de servirme de ellos como oíros autores
coetáneos que no discernieron otras fuentes para hablar de esta
ciudad ó de los pueblos de su distrito.
Tampoco fueron mas afortunados para dar novedad mavor
á esta historia, ni Pedro de Morejon, ni D . Antonio Agustín de
Milla, ni el marqués de Valdeflores, que escribieron con ante-
lioridad al autor de las Conversaciones*, el ultimo que he citado
entre aquellos hombres ilustres, hijo preclaro del pais, tan
acreditado por sus obras como célebre no menos por sus aven-
turas políticas, dejó manuscritos inéditos con el título de H i s -
toria de Málaga, llenos de datos curiosos que se aprovecharon
después por el mismo Sr. Medina Conde, y cuyo trabajo im-
portante hubiera querido poseer para ilustrar mis esludios, con
mas aventajada crítica, acerca de esas adhesiones en que se an-
tepone muestro suelo al de todos los pueblos del mundo, y que
en resultado final, es uno de los escollos mas difíciles de su-
perar al escritor concienzudo.
Por último, Martin de Roa, que fué de la compañía de
Jesús, es el mas antiguo de los que escribieron sobre la fun-
dación de Málaga y de sus acontecimientos posteriores hasta
la invasión de los árabes; pero aun en este libro raro, tan
aprovechado después, fué el ánimo de su autor dar aun mayor
preferencia á la introducción del cristianismo y á la cronolo-
gía de unos obispos, de los cuales solo sabemos que ecsistiesen
por haber suscrito algunos Concilios, También este insigne
autor, participando no poco de las credulidades predominantes
á principios del siglo pasado, é impulsado del deseo de dar
mayor ilustración á Málaga, eslimó conveniente aceptar los l i -
belos de Flavio Destro y dió una importancia pueril á la filiación
dudosa del célebre centurión Longino.
Tales eran nuestros anales cuando comencé mis estudios,
y brevemente comprendí que me era preciso rehacer, con ma-
yor copia de datos, la historia de nuestra ciudad, y como ya el
público ha podido juzgar del fruto de mis tareas, nada diré de
unos artículos, que reclamando indulgencia, sirvieron de pedes-
tal á la fama de nuestro pais. Consignados en el Guadalhorce,
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divididos en tres secciones, logré reunir en la primera, con a n á -
lisis prolijos y con difíciles aplicaciones, esos relieves de la
historia, tan difíciles de combinar, para converger á un pueblo
dél'que apenas queda noticia alguna hasta la irrupción de Tarif;
recopiiar en la segunda eSas ley elidas moriscas que tanto han
esclarecido la Biblíóteca desasid, las tradiciones locales, nues-
tros cronistas españoleé y el bbiéftin árabe "de Conde en su inte-
resante hisloriá de los sucesos nacionales; y últimamente, dar en
la tercera, con la icnograíía p e c ü f e r , al través de un gran vacío,
la crónica de cuatro siglos hasta la edad contemporánea; pero
como en aquel periódico de amena literatura, apenas%onocido hoy y
alternaron mis investigaciones con otra infinidad de arlícutós de
sumo precio y valía, como de notable contraste Con la índole grave
d é l o s mios, los fragmentos de nuestra historia, intercalados entre
sus páginas, hace tiempo qae reclamaban esta segunda edición.
Ahora en este nuevo libro, que podrá "servir de guia al
viagero que recorra esta provincia, y de único' Cicerone que
describa su capital, he tratado de corregir los errores escusables
en la primera publicación, con aplicaciones importantes para es-
clarecer su testo. En una série de notas, que irán como por
apéndice al fin de cadá sección, y que serán ostensivas á los
pueblos de la provincia, hallarán nuestros lectores justificacio-
nes curiosas dé: aquellos puntos históricos que ofrecen mayor
interés, y que lio he querido refundir en la redacción primitiva
p&ra no menoscabarla de su verdadera índole' de improvisado
discurso sobré los sucesos de un gran pueblo: por estas aclara-
ciones, enriquecidas con la interesante estadística de los pro-
ductos de nuestra patria, con gran copia de noticias geológi-
cas sobre su estado fféico actual, y con un suplemento de
Geografía Concordante que sirva de corresponsal al investi-
gador arqueológico que interrogue las ruinas dé nuestras an-
tiguas ciudades, daré yo cima feliz á' tan útilísimo reperto-
rio y é é ] que un pueblo tan ilustre carecía por tanto tiem-
po: entregado á la posteridad, al reclamar indulgencia para
las faltas de su autor, despejará el vasto caos de los sucesos
de Malaga y servirá de auxiliar á escritores mas idóneos.
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No solamente la narración de los acontecimien-
tos, sinó un estudio detenido acerca de las eos ,
lumbres de los pueblos, de su carácter, sus leyes,
su industria, su situación, sus vicios, sus virtudes
j sus monumentos constituyen la historia profana
de las naciones.
{Espíritu de Rollin en su f refació á la historia
antigua.)

Así coino el conocimiento de la historia de la patria, indispensable


para todos sus hijos, contribuye á unirnos mas á su amor, el particular
de !a sociedad en que nacimos está tan recomendado como elquese re-
fiere al estrecho círculo de nuestras familias. Desde los mas pequeños*
hasta los mas altos hechos que la historia nos trasmite, se derivan ob-
jetos de admiración ó vituperio para las generaciones que se suceden;
y por ellas únicamente se sostiene la veneración á nuestros mayores,
la emulación de la virtud de nuestros héroes y el bien entendido
orgullo nacional. ¿Podrán los que no saben leer sentir la emoción
de sus almas ante los nombres mágicos de Sagunto y do Numancia,
como aquellos que asombrados de estas grandiosas páginas de nuestra
historia se enardecen y estasian con tan inmortales rasgos? El guerrero
T.iv 2.
aprieta la empuñadura de su espada, y rival digno del héroe quo
contempla, es mas guerrero todaViaü
Estas verdades tan sencillas son desgraciadamenle desconocidas; y
en prueba de mi repugnante aserto, no mentiría si digera que hay
millares de españoles que no han abierto aun el interesante libro de
la historia nacional,
Mi proyecto, al dedicarme á este estudio, se reduce á recopilar
la peculiar de este pueblo, entresacada de los que me han precedido.
La dividiré en tres épocas; comprendiendo en la primera lo que se ha
escrito desde su origen hasta los tiempos precedentes á su conquista.
En la segunda me ocuparé de este grave acontecimiento, y en la
tercera procuraré completar su historia de la manera que me sea
posible.
Los historiadores españoles, siéndolo de la general del reino,
hablan por incidencia casi siempre de la particular de tantos pueblos
como le componen; y los hijos de este hermoso pais escribieron
dominados del entusiasmo que inspira y sin la imparcialidad que
corresponde. De desear hubiera sido que á lo vasto de los conocimientos
del cordobés Martin de Roa, de Pedro de Morejon, deD. Antonio
Agustín de Milla y del célebre como malogrado marqués de Valdeflores,
se hubiera unido el genio de precisión y análisis de nuestros dias.
D. Cecilio Garcia de La-Leña, sin embargo de su genio investigador y
prolijo, hacinó insípidamente, á imitación del padre Echevarría en sus
pesadas como eruditas Conversaciones, [lo que pudiera haberse dicho en
menos páginas con mas utilidad de los lectores.
® x^ ^

PRIMERA PARTE.

Los antiguos poetas fingieron los Campos Elíseos en las regiones


que habitamos. Aqui, en este suelo feliz de la Bética, suponia Homero
que hablan enviado los Dioses á Menelao; por que el Paraíso de los
griegos se fijaba hácia estos estremos de la tierra. (-1) Los primeros
habitantes de estas comarcas, ricos en minerales, frutos y ganados,
dieron origen á la fábula del Hércules Argonauta que vino á robar
una manada de vacas al tartesiano Gerion. (2) Con los medios de
subsistencia se aumentaba la población, y España toda se apellidaba
por Estrabon pecúniosa y populosa. (3)
Divididos los antiguos iberos en repúblicas semejantes á las
comunidades ó corregimientos, vivian en una completa independencia
unas de otras, dirigidas por sus régulos y sin cuerpo de nación. Por

(1) véase la nota I al Apéndice de la primera parle, que tkne por título:
Fracmenlo de la, Odysea de Homero. . . .
(2) Véase la nota II a id. de id. Sobre elverdadero significado'de los Geriones.
(3) Véase la ocla III á id. de id. ^níi^uos testimonios de la población de la Es-
paña primitiva.
esta falta de unidad, y á despecho de sa valor nativo, perdieron su
independencia. Sin embargo, el carácter de los primeros españoles
era tan propio de las armas, que hicieron esclamar á Tito Livio
«Esta genle feroz no vive sino con ellas, y en quitándoselas, ó m ueren
ó se matan,» Pero los turdetanos de la Bética, según refiere este grave
historiador, eran los menos belicosos de la Península; por consiguiente,
menos bárbaros y mas inclinados á las artes de la paz. (1)
Conslruian sus casas con tierra apisonada, especie de argamasa
que duraba muchos siglos; fundaban sus ciudades en las alturas, en
las inmediaciones de los rios, ó en la procsimidad de los mares. Sus
caminos inaccesibles, como muchos de los de ahora, no se paiecian á
las calzadas romanas, ni ninguna de sus obrasá los suntuosos puentes,
acueductos y anfiteatros de Alcántara, de Segovia y de Sagunto. (2)
Agil el español para todo, lleno de un valor que1 fué terror del
imperio del mundo, armado del arco y de la flecha, ceñido con una
espada puntiaguda, cubierto con un rodela ó sin mas defensa que una
honda; vestido con una túnica blanca como la nieve, festoneada de
púrpura, ó cubierto con el sago, especie de gabán que le llegaba á las
rodillas, se desviaba de las legiones ó catervas para batirse en
pelotones, protegidos por sus dilatados bosques, ó dominando sus
montes sobre caballos tan ligeros como el viento. (3) El Dios de
Adam y de Noéera invocado por él; es decir, un Dios supremo, im-
posible de nombrar con el lenguaje de los hombres, y sin represen-
tación material de ninguna especie, ni aun en el templo de Hér-
cules, donde se ofrecían holocaustos á Tubal, bajo el nombre de
Endobel. (4)
Entre tanto, los fenicios, esos hijos de la opulenta Tiro, á
quienes aguijoneaba la fama de nuestras riquezas y fértil suelo,
se presentan como esploradores en la ciudad de los Sexitanos,
Almuñecar; son rechazados de nuestras costas, según relata E s -
trabon; corren después hácia Calpe, terminan sus escursiones
en Onoba, la Huelva de nuestro tiempo, y consultando allí sus
©ráculos sobre la humeante sangre de sus víctimas, no verifican

(1) Véase la nota IV al Apéndice de la primera parte: Antigüedad de los conoció


mientos ¿ ilustración de los turdetanos.
(2) Véase la DUU nüm. V á id. Ce id. Sobre las antiguas conslruoeiones de tos
pueblos iberos.
(i) Véase la notanám. VI á id. de id. Sobre las costumbres de los primiticos iberas.
Véase la Dula uíun. VII á id. de id. Parage de los templos iberos.
sus augurios acerca de las célebres columnas, y tornan á su pais para
volver después á posesionarse de Gadir, la hermosa Cádiz, Valladar,
como dice su nombre, de la tierra conocida.
Málaga debia de ser en aquellos remolos tiempos. He reunido
algunos ligeros colores de los españoles primitivos, al penetrar por
entre las densas nieblas de la historia, en pos de mayor luz para el
origen de este pueblo, sin hallar el menor rasgo de una ecsistencia
anterior.
La fundación de Málaga es sin disputa de los fenicios, porquo
aun cuando fuese mas remota, este es el único punto de pailida de
nuestra historia. Así lo dice Estrabon: Malaca magis ad punicam formam
accedit. Lo mismo aseguró Aldrete y el padre Mariana, añadiendo
aquel que fué una de sus primeras fundaciones. Malach ó Mellach
signiGca sal en idioma púnico, etimología que se une sin violencia
A la celebridad de sus escabeches y salsamentos. Mullumque i b i
conficitursalsamenti. (1) Sin embargo, por una inscripción romana que
copió el Sr. Pérez Bayer en 1782, aparece con el nombre ilia/ac sin
la h, notable diferenciaen la traducción hebrea; porque Malak significa
reinar y Malach equivale á salar; pero ¿podrá dudarse que lo^
romanos, como todos los pueblos de la tierra, dejarían de alterar los
nombres primitivos, aun pretendiendo conservar la originalidad de su
acepción? Yo medito, apoyado en el testimonio de la historia, que en
la erección de IOL pueblos precedió siempre, ó al menos frecuentemente,
vna circunstancia de mera localidad para su nombre. Córdova por
ejemplo,, fundada por los fenicios de Cádiz (2) fué llamada Corteba ó
Coleba, que significa molino de aceite, en conmemoración de la gran
cantidad que se cojia en-su territorio. Los romanos después alteraron
este nombre para nombrarla Corduba y P a x J u l i a al erijirlo colonia
en tiempo de Julio César. Por tanto, y viniendo aun á mi apoyo piinio
y Ptolomeo que afirman que Málaga fué fundación de fenicios, merece
mas aceptación la primera de estas dos etimologías, por concordar con
el idioma é industria de sus primeros moradores, (li)

(1) Estrabon.
(2) Bochart.
(3) Martin de Roa tradnre el nombre jjobroo de Malach por mnar, por loque
eonjetura que Estrabon la llamó reino de las ciudades de la costa. Este mismo autor,
complacido en vagar por el ameno campj de bis etimologías, añade que Malache, c\\
griego, significa la malva, y que acaso esta nueva raiz aludiese á la blandura y sua-
vidad de su clima. Finalrnenlo. apojan ios- en Arislólelcs, pretendo nuestro erudilo
jesuíta que lo blando de este nombre Malache, usado por Mármol en su historia da
Africa, es aplicable á jo tierno de sus almeudras. que en griego equivale a decin
Ta Ualacon, Tou-Amigdalvu.
4-
Además, si hubiera sido la reina de esta región como pretende
Roa ¿donde están los monumentos, las inscripciones, las medallas, ni
aun la tradición de este esplendor improvisado? La historia enmudece
y nada dice de aquella remota edad, en la que yo solo alcanzo,
meditando en el espíritu de comercio y de conquista de nuestros
primeros invasores, que Málaga seria una factoría fenicia, una escala
de negociantes ó un presidio militar de los navegantes de Tiro y de
Sidon; pero no un punto de importancia como Cádiz, cuyo templo de
Hércules y juramento de Annibal son rasgos indelebles de su remota
fama y del esplendor de sus habitantes. (1)
Ridículo seria transcribir esos cuentos de la hija del conde don
Julián, arrojándose desesperada de una alia torre de esta ciudad para
que la llamasen Mala-Caha; ni que su fundación se debe á uno de
los parientes de Tubal, á quien no dejan descansar en toda España
para que preste su nombre á todos los pueblos iberos. Desmentida
aquella fábula por Pedro Mantuano y D. José Pellicer en sus Anales
de España, como cosa fraguada en los cantares moriscos: el mismo
padre Mariana, al hacer su indicación como historiador fiel, concluye
diciendo estas importantes palabras: «Algunos tienen todo esto por
fábula, por invención y patraña; nos ni la aprobamos por verdadera
nij lajdesechamos como falsa. El lector podrá juzgar libremente y
seguir lo que le parezca probable.» Juicio sabio de tan eminente
historiador, que al par que transige con las tradiciones del vulgo,
establece la duda sobre el hecho que reliere y le somete á la ilustración
de los lectores. (2)
Pomponio Mela, escritor del siglo 1 y el primer español que produjo
una cosmografía completa, dice de Málaga que era una población de
escasa fama, asi como.Abdera, Suel, Ex ó Sexi, Menoba, Salduba,
Lacippo, y Barbesul, hoy Adra, Fuengirola, Almuñecar, Vizmiliana,
Marbella, Alechipe y Torre de Guadiaro. Estrabon, ya citado tantas
veces, nacido medio siglo antes de nuestra era, geógrafo esacto y
verídico, repite lo mismo y aun añade que Menace, ó Menaca, otro
pueblo citado entre Málaga y Almuñecar, era emporio muy principal
de nuestra costa: circunstancia que el autor de las Conversaciones
prestó á su patria sin ninguna esactitud. Plinio, el célebre Plinio» esa

(1) Véase la nota;VIII al Apéndice de la leparte: Sobre la irrupción de los fe-


nicios á Iberia.
(2) Véase la nota IX á id. de id. Sobre el grado de veracidad del ultraje de la Caba.
genio tan ilustre como desgraciado, el rnas instruido en los sucesos
de nuestra patria por serle familiares sus antiguas historias, y por
haber viajado por las Españas Ulterior y Citerior, fija ya mas
importancia en el pueblo de que hablamos, confirmando su ecsistencia
con su rio de federados. Malaca, cum fluvio fcederatorum, refiriéndose
á la confederación romana. Ptolomeo, célebre alejandrino, contempo-
ráneo de Marco Aurelio, inventor y maestro de la geografía sublime ó
matemática, apenas nombra nuestra ciudad en el itinerario de la costa.
Finalmente, por el de Antonino, que se atribuye aun al misma
Julio César, sabemos únicamente que desde Castulon á Málaga había
291 millas. Los españoles Aviene y Silio Itálico, historiadores y poetas,
Dionisio Alejandrino, Marciano Heracleota, y el anónimo Ravenate,
cuyos testos estoy viendo, tampoco me dicen nada sobre este pueblo
fenicio.
Sin embargo, me parece lícito juzgar que su importancia mercantil
.seria de consideración, y que no solo los célebres escabeches, sino
también la esportacion de sus frutos le préstarian esa fama que le falta
por un unánime testimonio de las antiguas historias. Los fenicios de
estas costas, según afirma Kerodoto (1) fueron los que dieron áconocer
el plomo blanco en las regiones del oriente, metal que menciona Moisés
con el nombre de Bedil, cuando escribía el libro de los Números. Las
naves de Tarsis se destinaban á este tráfico, y en el Palacio de Salomón
se ostentaban las riquezas y producciones españolas, según consta del
mismo libro de los reyes. (2) Pero es forzoso decir, en justificación de
la jeneral independencia de nuestra patria, que no hubo España fenicia,
porque mientras estos aventureros se ocupaban de sus ganancias y
comercio, esplotando nuestras minas, entonces tan ricas y celebradas,
los indígenas de laTarteside felicitaron á Alejandro por medio de una
embajada, cuando se hallaba este gran capitán sobre las . ruinas de la
opulenta Tiro. (3)
El único monumento ilustre que nos queda de los fenicios fué
Cádiz y la isla Erithia. Las innumerables medallas é inscripciones que
hallamos en la Bética con caracteres desconocidos, son monedas
^urdeiapas con letra de celtiberos, porque estos tuvieron con su idioma

(1) 500 años antes de Jesu-Crislo.


(2) Véase la nota X al apéndice déla 1.* parte: Sobre que el Bedil ó flomo.
hlaneo del libro de los Números era buscado en la Turdetania.
(3) Véase la nota XI á id. de id. Sobre la embajada de ios turdetanos á
Alejandro.
sami-hebreO'CeUa-scytico, su escritura nacional, sus anales y poemas.
¡Oh si hallásemos el alfabeto de e^tos pueblos, con qué facilidad
saldríamos de la inmensa noche de estos tiempos! (1)
No obstante, los fenicios, á quienes un oráculo habia impulsado á
venir á visitarnos, astuto medio de sus agoreros para tan alta empresa,
no solo aprovecharon la escelencia de nuestras producciones de mar
y tierra, superiores á las del orbe todo conocido (2) sino quo
contribuyeron á mudar el semblante del pais, inspirando al pueblo
basto é ignorante una civilización que no pudieron tener antes,
reducidos á la austeridad de sus costumbres.
Siguiendo el parecer de Perreras, en contradicción con el del padre
Mariana, podremos fijar la fundación de Málaga en el siglo XV del
mundo, ó lo que es lo mismo en el año 4312 desde su creación; anti-
güedad que escede en 234 años á la que leemos, sin mas autoridad
que la de Varron, en las épocas célebres del Almanaque; y aun cuando
dedujésemos de este cómputo el tiempo que mediara entre las primeras
navegaciones fenicias hasta su establecimiento en nuestro suelo, la
justa crítica no tolera concederles dos siglos y medio para posesionarse
de un pais al que eran impelidos por la sed de trueques y riquezas.
Baste esta indicación á los escrupulosos cronologistas, y pase como
todas las que se refieren á la primera página de la historia de los
pueblos.
Cuatro siglos después, los griegos, discípulos de los fenicios, y
llevados de la misma sed de oro, rivales de eslos en ciencias, en
náutica y en geografía, conocedores ya de los mares por su espedicion
argonáutica y por sus tentativas en el Adriático y Thirreno, cruzan el
mar Ibérico, y terminan su espedicion en la célebre Tarteso donde á
la sazón reinaba el pacífico Argantonio. Dan el nombre de Gim-
necias Pithyusas Ophiusasá las Baleares, colonizan á Marsella; fun¿
dan á la famosa Emporias, erigen un templo en Denia á la diosa de
Efeso, y ponen la primera piedra en la rival de Cádiz, en la heróica
Sagunto.
Aun cuando enmudezca la historia sobre nuestro hermoso pueblo
en aquellos antiguos tiempos, estos viageros ilustres se detendrían en

(1) Véase la nota XII al apéndice de la 1.* parle Sobre las moneda» turdetana».
(2) Estrabon y Justino.
(3) Veáse la nota XIII al apéndice de la ! • parle Sobre la» primera» esptdicione»
griega» á España.
su recinto, y acaso dejasen el nombre de Phsro en la atalaya del
castillo. También se valdrían de sus naturales y recursos para fundar
á Menoba, hoy venta de Vizmiliana. Tampoco podemos afirmar si
pugnarían sus costumbres con la religión primitiva, oí sisu legislación
se confundiría con la del país, aun cuando profesasen otra en sus
colonias.
Los scytas, celtas, gálatas, germanos y galos, ó hijos de la
niebla, porque todos son sinónimos, abandonando las rejiones hiper-
bóreas como un torrente desbordado, ansiosos de nuestro blando
clima y de los frutos y riquezas de nuestro suelo, al invadir todo
el occidente del Asia y de la Europa, fijaron también el pie en esta
tierra codiciada, 800 años antes de la venida é e Jesu-Crislo, según
dice Tito-Livio, De estos guerreros audaces han procedido los cina-
brios, y después los godos, destructores del imperio romano. (1)
Dos siglos habían pasado desde el arribo de los griegos, cuando
«os invadieron los Scytas. Trajeron á España un nuevo idioma, algo
mas parecido al griego que el hebreo nativo délos iberos ythobelíos,
formándose de su mezcla ese lenguage original y bárbaro que tanta
conecsion tiene con el célebre vazcuence. (2)
Este pueblo feroz hizo su entrada en Iberia por las provincias
<lel Norte; ocuparon la Cantabria, dieron su propio nombre al cabo
Finisterre, llamándole Promontorio Céltico; pasaron á la Lusitañía,
pero no se adelantaron de la Beturia, comprendida entre Sierra Mo^
rena y el Guadiana. Seguidos de sus costumbres tracias y sármatas,
llegaron hasta prestar adoración á las mugeres fatídicas, según resulta
del precioso tesoro de inscripciones, reunidas por Cean Bermudez.
Este tropel de estranjeros lo cambió todo; aun el nombre de Span,
España, que se atribuye á los fenicios, le trocaron con el de Celtiberia.
Afortunadamente no pisaron este estremo meridional ni deberían
tener alteración las blandas habitudes que nos dejaron los fenicios y
los griegos.
Aun cuando una crítica mas rigurosa que ira parcial baile fuera de
propósito la breve reseña que estoy haciendo de los grandes sucesos
de la patria, la he tenido por conducente para la concordancia de
la historia y para la armonía de mi proyecto.

(1) Véase la nota XIV del apéndice de la primera parte: Sobre ios celias españoles
y monumentos de Antequera.
(2) D. Juan Erro.
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Siguiendo el orden de los tiempos, tocamos en una época en qire
los cartagineses y romanos hicieron su simultáneo asiento en nuestra
patria, aunque con muy diverso carácter de los thobelios, fenicios,
griegos y celtas, 'Los primeros vinieron á poseer y poblar la tierra
que les habia caido en soerle en la primera división del muodo, los
segundos y terceros la cultivaron como comerciantes, mas no como
señores y dueños. Los cetías, atraídos de su bondadoso clima, se re-
clinaron como hijos en su seno y la aclamaron por madre, prefuién'
dola á los ásperos y estériles recuerdos de laScytia; pero los cartagi-
neses y romanos quisieron apoderarse de esta hermosa parte del mundo
para esprirairla su sangre y sus riquezas.
Según el testimonio de Plinio, los cartagineses fueron los prime-
ros que á fuerza armada se introdujeron en España: Poeniarma primum
Hispania infulerunt y aun cuando no se sepa á punto fijo cuando
hicieron esta invasión, hay datos para juzgar fuese antes del siglo
IV de Roma. Amilcar Barca, no satisfecho con el écsíto de la primera
guerra púnica, luego que vio á su república convalesciente de esta
primera desgracia, aparece en Cádiz con un poderoso egórcito; doma
á los tartesios, restablece en esta costa á los bástulos poenos; pasa el
Ebro; funda á Barcino, dándola su propio nombre; llega al Pirineo y
no realiza la grandiosa idea de su hijo Anibal, porque la muerte le
arrebató en bu carrera. ( í ) Le sucede el jóven Asdrubal, fundador
de Cartago Nova, Cartagena, que destinó para punto céntrico de sus
operaciones marítimas, y muere en Auringi, Jaén, por el puñal ho-
micida de un celtibero. Anibal, ese coloso de la historia, lleno de
virtudes y talentos, toma el mando del egército, recuerda su jura-
mento en los altares de Cádiz, arma toda la España contra los roma-
nos, y de victoria en victoria se presenta delante de Sagunto....,
Sucumbió este pueblo heróico perdido entre sus cenizas, pero distin-
guido con asombro por todas las edades; y el infatigable vencedor,
después de haber asegurado al Africa contra los romanos de Sicilia al
frente de 120 mil hombres, la mayor parte españoles, pásalos inacce-
sibles Alpes con elefantes de Numidia, inunda toda la Italia, v abale
en Canas las águilas y el orgullo de la rival de su patria. (2)
En el entretanto, la nación española, calificada de bárbara por

Polivio.
Véase ia nota X V al Apéndice de la 1.* parte: Sobre h venida de ¡os cartogi
ne$et y Tómanos á España.
los autores griegos y latinos, tenia hombres de b uen sentido, perspi-
caces en lof negocios y de un maduro juicio, que preveian que el tér-
niino de la contienda seria á espensas de su libertad é independencia.
Con este conocimiento, formaron un tercer partido á las órdenes de
Mandonioé Indi vil, que ausiliando y abandonando alternativamente á
ios cartagineses y romanos, sostuvieron aquel espíritu marcial que
debió turbar después al joven Scipion al triunfar de la contienda. (1)
Principió la nueva lucha con nuestras ciudades y regiones, lucha
de doscientos años, que coasumió mas egércitos romanos que la con-
quista de todo el mundo; lucha que hizo dudar á Veleyo Palerculo
q m nación era la mas vaücnte, si la romana é española; o qué pueblo
era mas digno de ocupar el imperio de la tierra. (2) Si» embargo, nos
vencieron los romanos luego que nuestra desunión les hizo fácil el
triunfo, y luego que César Augusto, conquistado el universo, convir-
tió contra nosotros sus victoriosas armas.
En todo el grandioso cuadro que acabo de bosquejar. Málaga,
estasioaaria é insignificante todavía, «in ofrecer nada notable que
consignar en la historia, seguiría sin duda alguna los partidos y en-
señas de los que alternativamente se disputaban el dominio de la
España. Situada en frente de Siga , ciudad considerable del Africa
Mauritana, vió en sus maros á Longino, general de los pompeyanos,
cuando relevado por Trebonio se embarcaba para Italia. Pero ya en
tiempo' de los romanos era otra-su categoría, como confirman los
perdidos restos de una opulencia que no he podido encontrar mas
allá de los tiempo de! imperio, y que no era probab'e ecsisliese antes,
si consideramos la serie de calamidades que la guerra debía haber
producido en aquellos anteriores tiempos.
Alterada la división de la Península por Augusto, continuó com-
prendida Málaga entre los bástulosdela Bética, que se estendian desde
el estrecho gaditano hasta Barea, hoy Vera, por todo el litoral de la
costa. (3) De las inscripciones que copiaron el malagueño Bernardo dé
Aldrete, Grutero, Muratori, Morejon, Roa, Milla, Velazquezy Valdeílores,
las mismas que solamente encontramos en el autor de las Conversa-
ciones, ó en el erudito y fácil Masdeu; observamos que esta ciudad

(1) Véase la nota X V Í al Apéndice de la primera parte: Softj-t? la lucha de l»s


ttpaiwles con los romanos, hasta la destrucción de Numancia. •
("2) Tilo I.ivio.
(3) Véase la nota XVII al Apéndice de la primera parle: Sabré la gtogrifta
antigua de la provincia.
iO
era un punto de importancia desde el primer siglo de nuestra era.
Nos dicen que hubo templos destinados á Júpiter, á Hércules, á Mer-
curio, á la Victoria Augusta, á Marte y á Pluton, y que fueron eri-
gidos por ios opulentos ciudadanos y ediles de la ciudad, Marco
Lucrecio Ciro, Quinto Servilio, Octavio Rufo, Lucio Granio Balbo,
Lucio y Servilio Superato: también resulta de estos ya pulveriza-
dos mármoles, perdidos para nuestro oprobio, que Málaga entonces

Urbs Malaca malacitanonm,

fué bastante poderosa para costear templos á las divinidades romanas,


en honor y por los beneficios de sus cesares. En estas inscripciones se
menciona la reparación de la calzada de Castulon que recorrió Antonino;
se conmemora la construcción de diez lavaderos públicos con utensilios
de cobre, costeados por el dos veces duunviro Marco Junio Longino: se
habla de un gimnasio, restituido por Lucio Pomponio Fortunato, y de un
mercado público, como de la consideración del gremio de pescadores,
bastante rico para alzar monumentos á la gloria de los cesares. (1)
Sensible es que estos mármoles hayan desaparecido, con espe-
cialidad el que contenia la inscripción griega copiada por Aldrete, y la
mutilada estátua de la esposa de Galieno, hallada en los cimientos de
la Aduana Nueva, en 1789. Estas páginas indestructibles de la historia
hablan con mayor elocuencia que la gratúita versión de lós intér-
pretes, á veces mas celosos de las glorias de su patria que de la ver-
dad de los hechos.
La calidad de Municipio que tuvo esta ciudad en la época de
los romanos, según las inscripciones reunidas por Cean, y la prero-
gativa de Confederada que solo disfrutaban en la Bética, Málaga, Suel
y Epora (2) vienen á confirmar su importancia. Por el primer privilejio
se regia por leyes patrias, y por el segundo, era aliada de aquel pueblo
vencedor, cuyo pacto de fraternal amistad, inscripto en tablas de bron-
ce, se fijaba en el capitolio. (3)
Ignoramos, empero, los límites y jurisdicción de esta capital de
los malacitanos, que supongo muy reducidos cuando considero que

(1) Véasela nota XVIII al Apéndice d é l a primera p^rie: Sobre los monumen-
tos arqueológicos de Málaga y su provincia.
(2Í Fuengirola y Montero.
(3) Véase la nota X I X al Apéndice de la primera parte: Sobre la eategoria de
las ciudades romanas de la provincia de Málaga.
11
Suel era su rival, que Cárlama era municipio, que Anlicaria batia
moneda y que Menoba era el emporio de la costa, según el testimonio
de Estrabon. Esos restos colosales de Carlima, aun en medio de su
mutilación y vergonzoso abandono, dicen mucbolnas ai alma que lade-
saparecida eslátua de Salónicade quebabló el padre La-Leña. Por todo
lo cual, deduzco, que osta ciudad esclusivamente mercantil, poseedo-
ra aun de su legislación propia y costumbres trasmitidas por sus fun-
dadores, seria rica y opulenta, aplaudida por sus frutos, pero no fas-
tuosa ni magnífica.
Asiigis ó Ecija era una de las cuatro chancillerias ó convenius co-
nocidos en la Bélica, y á ella estaban sometidas Anticaria, Singilia,
Nescania, Angelas, Cartima y Malaca, hoy Antequera, Valsequillo, (1)
Valle de Abdaíagis, Andujar, Cártama y Málaga. Los otros tres con-
ventos jurídicos eran Córdova, Santiponce (2) y Cádiz ¿De donde,
pues, el autor de las Conversaciones derivó la chancilleria de Málaga?
De una lápida cuya inscripción no vio (3) mas que en los manuscritos
de Morejon y tomada por este de los mamotretos de un vecino de esta
ciudad que no se nombra. Tal modo de escribir la historia es agenode su
gravedad, y un embarazo para los lectores. Porque Málaga no fuese
convento jurídico no pueden desmerecer sus timbres; tendría dominio
sobre su término, sobre sus vicos, sus castillos montanos y sus pa-
gos, conservaría sus fueros, esa honrosa prerogativa de Confederada
que solo partieron con ella cuatro ciudades de España (4), y que acaso
obtuvieran por una heroica defensa; disfrutaría en fin, de la libertad
de su culto primitivo y de la celebridad de su comercio,
Una circunstancia notable que no he visto reproducida por los his-
toriadores del país, encuentro en Rufo Aviene, célebre poeta español,
contemporáneo de Teodosio el Grande. Habla de una isla enfrente de
Málaga, de la manera siguiente:

«Vecino á los tartesios y puniceos


Está el collado dicho Barbeciano: (5)
Viene en pos Málaga con su mismo rio

(l) En la provincia de Córdova.


(2) Itálica.
Página lo, descanso 2.* de las Conversaciones Malagueñas.
4) La otra fué Tarragona.
(5 Junto al Guadiaro.
12
Qne Menace llamó la edad antigua;
Frontera á la ciudad se hace una isla
Do tienen su dominio los tartesios,
En lo antiguo á la luua consagrada
Y en ella estanque y puerto resguardado.»

El erudito don Miguel Cortés y López añade que efectivamente


hubo frente de esta ciudad una isla bastante espaciosa, que fué emporio
de comercio y que no ecsiste en el dia. Como la autoridad de eslo
célebre escritor e^tá fundada en 40 años de estudios y trabajos para
producir su célebre Diccionario de la España antigua, no me al re v o
á poner en duda la seguridad de esto dalo, que acaso pudiera cor-
roborarse con investigar prolijamente los bancos que obstruyen la
entrada de este puerto. Tal vez sin esta consideración, pudiera sos-
pechar poca veracidad en el testo de KufoAvieno, que, á imitación
de otros, confunde á Málaga con Vizmiliana, juzgando por la rápida
descripción que hace de nuestra costa marítima, de que la isla de
su referencia podria ser la pequeña de Alboran, erroris insuloe, que
se halla entre este pueblo y Melilla ó las islas de Riaran, que cita
Pellicer, aun cuando nada añadan estas indicaciones á la verdad
histórica.
Repetir lo que se contiene en la Conversación XV del padre La-
Leña acerca de JHá/a^-Su6íemmea, no cabe en los límites que me
he propuesto en estos estudios históricos. El haberse encontrado un
trozo de acueducto, algunas urnas cinerarias, varios fracmentos es-
tatuarios, tal cual ruina soterrada y algunas monedas de emperadores,
no son indicios que den mayor ilustración á este pueblo en la época
de los romanos. Esa moneda fenicia con los caracteres de Malakath,
que tampoco ha sido vista, y que no ha mencionado jamás el sabio
numismático Flores, pudiera ser objeto de estraordinario interés, si
lográsemos contemplarla con esa mirada escudriñadora de un Pérez
Bayer, si es que este sábio pudo comprender bastante los caracteres
primitivos.
Como amenidad de nuestra historia, y á imitación de Plutarco,
consignaré en estos apuntes las aventuras de Craso. Este romano per-
seguido fué hijo de Publio Licinio Craso, vencedor de los Incítanos y
partidario de Slla, el mismo que fué asesinado en Roma á la entrada
13
de Mario y Ciña, Fujitivo aquel jóven después de una peregrinación
de dos años, se dirijió á la Bélica, seguido de algunos amigos y Fieles
domésticos. Vivió Pacieco, opulento propietario de estas costas, ami-
go suyo anleriormcnle, le dio acojida en sus tierras, ocultándole de la
persecución de los triunviros en una caverna retirada. Diariamente se
presentaba un aldeano de la confianza de Pacieco á la entrada de la
cueva para dejarle |p sustento, sin osar penetrar en el misterioso asi-
lo, ni procurar conocer el objeto de tan esmeradas atenciones. Mas
adelante tuvo la compañía de dos jóvenes hermosas de la confianza de
su amigo, cuya aparición inesperada le llenó de sorpresa y gratitud.
El recinto de sus inquietudes y placeres era una cueva espaciosa, de
estupenda altura, dividida por la naturaleza en muchos senos y con-
cavidades: en ella manaba una fuente de agua dulce, y los rayos del
sol penetraban por las hendiduras de los peñascos que la cubrían.
Craso y sus compañeros permanecieron encerrados en esta prisión vo-
luntaria por espacio de ocho meses; pero cabiendo la muerte de Lucio
Ciña, su enemigo capital, apareció de repente á Iq presencia del p ú -
blico. Sus antiguos amigos y los que supieron sus desgracias, se inte-
resaron por él, y le ayudaron á levantar un cuerpo de 2500 hombres,
á protesto de que le sirviesen de escolta. La singularidad de las aven-
turas de este jóven pierden todo su interés cuando hallamos en las
historias, que abusando de la hospitalidad que debiera á los habitantes
de estas comarcas, y de la generosidad con que le ayudaron, saqueó
á Málaga sin pretesto ni motivo, antes de embarcarse para Italia.
Este fué el romano que ha dado su maravilla á la cueva del H i -
gueron, sin mas autoridad que una simple congetura del autor de las
Conversaciones, porque Mariana no sa aparta de Plutarco, y la fija cer-
ca de Gimena, entre Ronda y Gibraltar. Sin embargo, por la relación
del señor Milla, la cueva de los Cantales, tan llena de sinuosos laberin-
tos, pudiera corresponder á la del célebre Craso, si para su corrobo-
ración tuviésemos mejores datos, (1)
Tranquila la Bética bajo la blanda administración del senado de
la capital del imperio, que así lo determinó Augusto César cuando se
reservó el mando de las regiones guerreras, apenas se cenocian guar-
niiiones militares en sus pueblos. Un pretor ó gobernador, con un le-
gado y un qüestor era toda su majistratura. Este último recaudaba los

(1) Véase la ñola X X del Apéndice á la primera parte: Sobre la Cueva del Uigue-
ron ó de los Cantales.
u
impuestos, y aquellos distribuían la justicia, convocaban los concilios,
subdividian las contribuciones, determinaban las fiestas públicas y
la inauguración de los templos; pero luego que se crearon los cuatro
conventos jurídicos de que he hecho antes referencia, se atajáronlas
demasías de los gobernantes, y dejó de repetirse el escándalo de un
Cecilio Clásico, que, con estafas y cohechos, sacó dos millones de rea-
les para gastarlos con su manceba. (1)
Los pueblos conquistados por los romanos & veían frecuente-
mente en el duro conflicto de renunciar á sus creencias religiosas, úl-
tima humillación de dependencia; peí o á veces, ya fuese por supers-
tición ó por política, respetaban los vencedores á los Dioses de los
vencidos, evocándolos en los combates y ofreciéndoles las aras sun-
tuosas de sus númenes romanos. De esta tolerancia y opresión nacía la
variedad de templos de nuestros pueblos, y esa confusión de inscrip-
ciones, verdadero caos para el que observa sin la antorcha de la his-
toria. Isis, Osiris, Anubis y Serapis, divinidades del Egypto, alzaban
sus cuadrados templos, cargados de geroglítícos, al lado de la Venus
de Asiría, de Gelestis, diosa de Cartago, y de la celebrada hija de
Apolo Pasifae. Los elegantes altares de Júpiter Tenante con su arqui-
tectura griega, descollaban junto al macizo templo de Hércules, aun
en esta misma ciudad, si abrimos el libro de piedra de sus antiguas
tradiciones; pero las ceremonias y ritos de las deidades de la patria
quedaron sepultados para siempre en la noche de los tiempos. (2)
La prosperidad de estas provincias meridionales se halla compro-
bada por todos los escritores. El Betis y el Singilís (3) se navegaban
hasta cerca de su nacimiento. Infinitos canales llevaban sus benéficas
aguas á los demás puntos donde no alcanzaba su curso. Por estos
antiguos cauces alternaban con las galeras romanas los vionoxilios ó
canoas, llenas de los frutos indígenas. Todo era animación en estas ri-
veras olivíferas: el templo del oráculo Mnesteo, la linterna de Apion,
el faro de S. Lucar, Luciferí-Fanum, eran saludados por los marine-
ros andaluces, que inspirados siempre por el clima, se esplicarian con
su gracia natural en el lenguage hermoso del Lacio. Al par de estas
incursiones se almacenaban mil riquezas en nuestras templadas costas

(1) Plinio 11. Véase la nota X X I : Sobre la Administración romana convergente á


nuestra historia,
(2) Véase la nota XXII: Sobre la Religión de los romanos y templos de esta pro-
vincia.
(3) Genil.
15
para surtir á la capital del mundo. Allí el aceite de la Turdetania se
prefería al de la Istria: allí el bermellón del Almadén era superior al
de Sinope: allí la grana de una corta heredad de Ecija representaba
inmensas sumas; y allí en fin, la lana incolora de la Bética escedia á
los vellones del Ponto. Los tejidos que arrojaban sus manufacturas los
coloca Juvenal entre las preciosidades que se tiraron al mar cuando
naufragó Cátulo (1) «Las ensortijadas lanas de los rebaños delBétis se
parecen á las trenzas de oro de las mugeres de Alemania» decia Mar-
cial, lleno de inspiración y de entusiasmo.
Málaga poseía el murex ó conchilia, especie de ostra univalva, su-
mamente estimada entre los antiguos para dar el color de púrpura.
Virgilio la celebró de este modo sobre los vestidos de Arcente, (2)

«Estaba el hijo del famoso Arcente


Gallardo con su arnés lucido y rico,
Pintado con bordada sobrevesta:
Con púrpura de España, muy lustroso.»

Pero lo que daba á este pueblo fama estraord¡nariá.era la prepa-


ración del Garó, género de escabeche que se hacia con atunes y con
las celebradas anchovas. Para salar y coger oportunamente este pes-»
cado, formaban unos estanques que se comunicaban con el mar á ma-
nera de viveros, donde se guarecían los boquerones y atunes en los
días de su reproducción. Este salsamento érala delicia de los gastró-
nomos de Roma.
Nuestros caballos andaluces, sin haberse aliado todavía con la no-
ble raza árabe, se celebraban por Claudíano para las carreras del Cir-
co. Un morueco de la Bética llegó á valer un talento, según afirma
Estrabon. Superintendentes augustales inspeccionaban los trabajos de
las minas de Rio Tinto y Almadén. Las de plomo Santarense y Anto-
mana producían 400 mil libras de metal en cada día, y la Colonia
Accitana esplotaba aun la mina de plata llamada Bebulo, descubierta
por Aníbal, de la que se sacaban 300 libras diarias. (3)
Faltando á mi propio plan, me he visto forzado á detenerme en el
bosquejo de esta Bética feliz, que cantaron los poetas, que aun en-

(1) Plinia.
(*2) Eneidi.
(3) Véase lañóla X X I H del Apéndice a la primera parle: Sobv¿ taanU<jna prot-
peridatl de ln Utlica y comercio de e$te rais.
4
16
lidian las naciones, nuestra cuna y nuestro orgullo. Por estas con-
cordancias históricas puede llenarse el vacío de la Málaga Romana, que
parece como perceptible por los sucesos contemporáneos, y que sale
de la obscuridad que la circunda para tomar una parte muy activa en
aquella prosperidad pública que animara todo el pais que la rodea.
Así es mas fácil juzgarlas relaciones que estrecharían sus vínculos
con los pueblos circunvecinos, los alicientes de su industria, la im-
portancia de su comercio y el objeto de su culto. (1).
A la pluma sagaz del P. Mariana se escapó una irrupción que hi-
cieron los moros por estas costas en tiempo de Marco Aurelio, y á
ella aludirá sin duda esa inscripción de Antequera que ha trasmitido
Morales, y en la que se manifiesta que Galo Maximiano, procónsul
de la Bética, la libertó del largo asedio que sufría. Es harto verosímil,
que, atraídos estos bárbaros por el aliciente de nuestras riquezas, or-
ganizasen esas espedicíones sin grandes obstáculos de nuestra parte;
porque ya queda referido carecíamos de fuerzas militares desde los
tiempos de Augusto. (2)
Las primeras semillas de la religión cristiana, esparcidas par oí
apóstol Santiago en Zaragoza y Galicia, transpiraron á estas provin-
cias en tiempo del emperador Claudio, siendo gobernador de la Be-
tica Urnbonio Celio, germinando después prodigiosamente hasta la
conversión de Constantino. San Ecisio la predicó enCarteya, hoy Torre
de Cartagena, al par que en Granada San Cecilio, (3) siendo conocida
en Málaga aun antes de Diocleciano.
Por el concilio de Eliberis, tenido á principios del siglo IV, era
Patricio el pastor de nuestros fieles, y en el furor de las persecucio-
nes de estos tiempos, fueron pacíficas hostias San Ciríaco y Santa Pau-
la, esos patronos cristianos que aun venera nuestro pueblo entre sen-
cillas y piadosas tradiciones. (4)
Un tropel de naciones bárbaras inundan el medio día de la
Europa: eran los hijos de los scitas antiguos. Rechazados por el nevado
pais donde vieran la luz primera, impelidos por la falta de sustento
para sus numerosas tribus, adoradores frenéticos del numen de las

(i; Véase la nota X X I V al Apéndice de la primera fparte: Sobre los principales


iueesos militares durante la dominación romana y sobre la célebre batalla de Mun~
da-Bética.
(2) Véase la ñola X X V a id. de id. So6n? el memorable sitio de Singilia.
(3) Fr. Enrique Florez»
(4) Véase la nota X X V l á id. de id. Sobre la [introducción de la religión católica
•n España y primeros mártir^* ensltanos.
IT
batallas, á imitación de sus abuelos los celtas, dejan las nebulosas re-
giones címbricas, escandinavas y sármatas, y después de mil combates
en el suelo encantado de la Italia, donde Atila derrumbara el imperio
de los cesares, se asoman al Pirineo para enluteoer la España. Este fué
ese pueblo godo que mataba á los vencidos, fiero como el león de sus
escudos, que áflechazoscontestaba al genio de las tormentas, y que
cantaba sus héroes al sonido de la lira. Este fué ese pueblo godo que
yermaba nuestros campos, que quemó nuestros altares, seguido de la
miseria, y que en banquetes de horror se hartaba de carne humana.
Este fué ese pueblo godo, convertido á nuestro culto, ya de muy
dulces costumbres, que tuvo á los Recaredos, que dictólas leyes patrias,
y nos dejó monumentos de una fama indestructible (1)
Idacio, Perreras y Mariana no están acordes en la época en que
se verificó esta invasión, aun cuando se hallan unánimes en referirla
al tiempo de Constantino, ó sea á fines del siglo IV. Los suevos se
dirijieron á Galicia, los alanos poblaron la Lusitania y los vándalos y
silingos ocuparon nuestra Bélica. Málaga pasó al poder de los godos el
nño de G14, en tiempo de Sisebuto, á la total espulsion de los roma-
nos; y como la historia de aquellos pueblos se halla enlazada íntima-
mente con la de los concilios nacionales, los varios sucesos que con-
tienen son estraños á mi asunto. La iglesia-deesta ciudad aparece como
sufragánea del arzobispado de Sevilla en el reinado de Wamba; pero
ecsistia como tal aun en tiempo de Constantino el Grande, según el
autor de las Conversaciones: su obispo Teodulfo asistió al segundo
concilio de Sevilla en 619, y se quejó del despojo que los obispos de
Ecija, Cabra y Eliberis hablan hecho de algunas de sus parroquias
antes de la irrupción de los alanos y vándalos, cuyo testimonio, en
armonía con los datos anteriores, me induce á confirmar que ecsistia
esta sede episcopal antes de la irrupción de los godos.
Entre los varones ilustres que relata san Isidoro, coloca á Severo
.como obispo de esta ciudad en tiempo de Leovigildo (2).Parece que le
siguieron Januario, el ya citado Teodulfo, el godo Tunila, y el apenas
conocido Honorio, contemporáneo de la invasión sarracénica. (3.)

(1) Véase la nota XXVII al Apéndice de la primera parte: Sobre el origen de


los godos, sus costumbres primitivas, sus invasiones en la Península, principio de
nuestramonarquiay administración comfaratica.
(•2) Año de 578.
(3) Véase la nota XXVIIÍ á i«l.de id. Sóbrela conquista d f Málaga por los
goáot, y serie de sus obispos, hasta ta de los árabes.
18
La monarquía goda, siguiendo el círculo de infancia y decrepitud,
de prosperidad y decadencia, de virtudes y de vicios, de saber y de
ignorancia de todas las sociedades humanas, vino á espirar en don
Rodrigo. Era osado de corazón, diestro en grangear las voluntades
y llevar á cabo sus empresas: luego que ocupó el trono olvidó estas
cualidades, y entregándose á las injurias y deleites, se pareció mas á
Witiza, que á su padre y sus abuelos. Sea que fuese demasiado débil
para resistir á la hermosura de la doncella de su esposa, la famosa hija
del conde don Julián, como sienta el padre Mariana, aunque desmen-
tido por Mondejar, es evidente que en el reinado de este príncipe se
verificó la primera invasión sarracénica y la pérdida del reino.
¡Lección terrible de la historia, jamás aprovechada de los hombresl (i)

Fin de la primera parle.

(1) Véase la nota X X I X al Apéndice de la primera parte: Sobre ti e$tado moral


y político de los godos á la invasión de tos árabes.

ERRATA IMPORTANTE.

EN la página 11 de esta primera parle, nota primera, donde


dice: en la Provincia de Córdoba, debe decir: cortijo de cae-
tiUon, cerca de Antequera.
Apéndice á la primera parte de la Historia de
Málaga.

NOTA I.

W a c m c u i o de l a O d i s e a de H o m e r o .

E§ta aseveración poética, con la que hemos introducido esta


Historia, se halla comprobada por los siguientes \ersos de H o -
mero cuando canta las espediciones militares y marítimas de
Proteo Menelao: » L o s dioses, dice, le llevaron por fin al cam-
» p o Elíseo en los últimos términos de la tierra, en donde el
«rubicundo Redamante tiene su morada, endeude viven felices
»los hombres, donde ni se conoce la nieve, ni el frió, ni cae
»jamás la escarcha, sino que el Océano despide los suaves y
«frescos céfiros para recreo de los que allí habitan.»
Este mismo pasage es traducido así por Masdeu:
20
» E n el bello país de los Elíseos,
» D o n d e del ancho mar la playa ibera
»Forma el último término del mundo,
»Y donde habita el fiero Radamanto,
»Viven vida larguísima los hombres;
«Allá no llega el frió ni la nieve,
» Y corren apacibles de continuo
« L o s marítimos záfiros suaves
» A recrear los hombres dulcemente.»

fOdys. L i b . Avers. 573. Masdeu, Historia critica de Es-


p a ñ a , tomo 2 . ° p á g . 185^

NOTA II.

S o b r e e l v e r d a d e r o s i g n i f i e a d o d e Sos C í e r t o n e » .

Según Eusebio, el obispo de Cesárea, y otros autores anti-


guos, el Hércules Argonauta ó de losFenicios, contemporáneo de
Cecrope y un poco anterior á Moisés, se llamaba Melec-Kartha
6 MelicartOy que quiere decir Rey de la ciudad, congeturándose
seria uno de los principales gefes ó señores que acaudillaran á
aquellos negociantes aventureros. Cuenta Estrabon que en su
tiempo habia en los alrededores de Cádiz varios montones do
piedras colocadas de tres en tres ó de cuatro en cuatro, como
señales ó conmemoración de la venida de este héroe. Este
antecedentefacilita, según JuanLecrerc, la batalla d é l o s Geriones
con sus tres cabezas, derrotados por los fenicios; añadiendo para
su corroboración este famoso crítico, que la voz fenicia grehoun
es con corta alteración lo mismo que la griega Geruon ó Geryoñ,
apelativos de tres cuerpos ó escuadrones, contra los que se com-
bate. Y estas razones son tanto mas plausibles, cuanto que se
considera corresponder al dominio de las fábulas la ecsistencia
de los Geriones. (Eusehio inchromc, núm. C C C C X C V I I I . Obis-
po de Cesárea, L i b . X . Capitulo I X . Es trabón, Lib. 3.* pag.
202. Joann Clericj in nolis ad Hesiodi Theogonian, vers. 288,
pag, 5 í . (
21

NOTA III.

A n t i g a o » t e s U m o i i i o s d e i a n ^ b S a c i c i » tle l a I f c p a n a
primitiva.

Estaba lan poblada España antes de la invasión romana, que


ni las guerras intestinas ni las armas de la República, que por
mas de dos siglos la afligieron, bastaron á disminuir el número
de sus habitantes. Al menor alboroto que se originaba para re-
cobrar su libertad, salian enjambres de iberos, sin perjuicio de
los cuerpos numerosos de tropas que empezaban á amalgamar-
se en los egércilos romanos. Por eso Estrabon adjetivó á la
España de populosa, sin esceploar otras regiones que las pro-
vincias de Galicia y Asturias, que decía tenian menos población
por efecto del aislamiento y falta de comunicación con las l i -
mítrofes; y por esta causa^ cuando Cicerón exhortaba á los r o -
manos que conservasen religiosamente el culto de sus mayores,
les manifestaba: .(/we solo por la intercesión de sus divinidades,
y no por el número, habian vencido á los españoles. {Libro 111 de
la Geografía de Es trabón. Oraeion de Cicerón, titulada A r ú s -
pice respons. Cap. 9.)

Akntlgüedadi de Sos eoisoeimieni^s é i!iis¿B*aci<m de


lo» T K a r d e t a n o s » .

Como la geografía de Eslrabon sea el libro mas luminoso


que nos queda de los antiguos, me veo en la necesidad de re-
currir frecuentemente al ausilio de sus doctrinas para esclarecer
mi testo. Dice este grave historiador, que los turdetaaos de la
Bética eran la nación mas ilustrada de estas regiones, porque
estudiaban su lengua por principio^ gramaticales: sus anales 6
memorias escritas remontaban á una antigüedad prodigiosa, y
las leyes con que se gobernaban estaban escritas en verso, así
22
como sus poemas, contando 6 rail años de antigüedad. Tales ase-
veraciones, por lo que tienen de estraordinarias, bandado mucho
que discurrir á los críticos, siendo el resultado mas plausible de
sus comentarios la suposición de que las tales leyes y poemas
no fueron dictados por los turdetanos, sino trasmitidos por Tubal
ó T h o b e l , hijo de Japhet, ó por el Hércules Argonauta ó Ibero,
enviado por Baco, Dionisio, ó N o ó , pues que en hebreo son
idénticos y sinónimos; héroes que habian conservado las leyes
antidiluvianas que Dios habia dictado á Adam. (Estrabon, Libro
I I L Geografía antigua de E s p a ñ a de D . Miguel Cortés y L o -
pez, tomo \}pag. 73.)

NOTA V .

Sobre las a u i i g n a » construcefoncs de lo» p u e h l o »


iberos.

Las antiguas ciudades ibéricas tenían una cierta estensiou


de territorio, sugeto á su jurisdicción y gobierno. Componíanse
de pagos ú oppidos (aldeas); vicos (barrios ó arrabales); vilas
(casas de campo, ya de labranza ó de recreo); y sus castelía
(castillos montanos). Todas estas partes conslituian la capital de
la República. En tiempo de los griegos, los arrabales se llamaban
epixorias, los oppidos ó aldeas demos, los pagos comas, los
castillos acra, y la ciudad fortificada Acrópolis-, nomenclatura
que ha prestado mucha luz para discernir la etimología de nues-
tros pueblos de origen griego. Estas ciudades principales eran
pequeñas de por sí y fortificadas en su recinto, teniendo en su
jurisdicción, y no distantes de su área, sus castillos montanos como
otras tantas cindadelas ó puestos avanzados para su defensa. En
ellos se construían cisternas para cou.jrvar el agua: las paredes
interiores y murallas eran de piedra tosca u hormigón, cascajo
menudo triturado de cal y arenas, cuya argamasa se colocaba
sobre cajones de madera (formáceas) para la construcción de
las paredes, que, en tiempo de los iberos prírnilivos, eran de
tierra apisonada, y sus tejados cubiertos de cascos de ladrillos y
tablilas de roble, unidas con cal y pavimentados, como en Africa
y Egipto. Estas ciudades, según afirma Varron, tomaban el
23
nombre de los montes contiguos donde se edificaban, ó de cua-
lesquiera circunstancia de localidad. Antes del imperio romano
todas eran iguales en derechos políticos y como otras tantas
repúblicas confederadas entre sí, sin supremacía alguna sobre
las demás. (Claudiano, Panegyr, in consulaíu Manlii, Theo-
dorij vers. 289.)

NOTA VI.

S o b r e l a s c o s t u m b r e s de los p r i m i t i v o s Iberos.

La rapidez con que he trazado los principales rasgos de los


espaüoles primitivos, exige alguna detención para dar major
ensanche al cuadro de sus costumbres. Peleando siempre en
guerras mleslinas y cebados en despojarse mutuamente, pere-
cieron como siervos en los tiempos de Viríalo y Tangino. De
osla discordia perdurable nacía su indisciplina y repugnancia á
cometerse á ningún caudillo, al que solían seguir alguna vez,
atraídos por su valor ó su fortuna. Cuando Solundíco prometió
libertar á los celtas hispanos, se le unieron estos con todas sus
armas. Llamados devotos tales guerreros, cuando después se
alistaron con Sertorío, quedaron algunos de ellos tan prendados
del valor de este ilustre romano, que al recibir la noticia de
su desgraciada muerte, se quitaron espontáneamente la vida. Los
primitivos íberos dormían á campo raso, sin comodidad ni aliño.
Esponian á los enfermos á la orilla de los caminos públicos, á
imitación de los egypcios, para que tuviesen algún socorro de
los caminantes que hubiesen padecido las mismas dolencias.
Tenían por oficios viles las faenas del campo, que abandonaban
al cuidado de sus mugeres,, reservándose los hombres loseger-
cícios militares como n^s dignos de sí. Por eso amaban sus
armas y caballos con tal estremo, que cuando Porcio Catón de-
sarmó algunas tribus celtiberas para que no se le rebelasen,
no vacilaron muchos en matarse antes que sufrir tal afrenta.
Tenían por desgraciados á los que morían de enfermedad, y
por felices á los que sucumbían en las batallas, lidiando contra
sus enemigos.
Cuando los jóvenes se dirigían á los ejércitos, sus madres
inflamaban sus ánimos con la memoria de las hazañas de sus
padres; y á fin de inmortalizar el valor de los que morían pe-
leando, ponían al rededor de sus sepulfuras unas divisas en
forma de obeliscos, iguales en numero al de los enemigos que
habían muerto por su mano. Dejaban crecer el pelo y las bar-
bas, y sobre la cabeza formaban un penacho con sus cabellos
para parecer de mayor talla. Sacudían al tiempo de combatir
esta espenie de guedejas para aumentar la natural fiereza de su
semblante é infundir mayor pavor al enemigo. Agiles, robustos,
sufridores de trabajos, inflexibles por carácter, de ánimo superior
á la muerte, fueron la admiración y espanto de sus contraríos,
y no pocas veces el nervio de sus ejércitos, ya en el asedio de
Sagunlo, ya atravesando los Alpes, ó en la jornada de Canaas.
Impacientes en la desgracia, tomaban venenos preparados con
ciertas yerbas para quitarse la vida, llegando el valor de algu-
nos al estremo de dominar sus tormentos, entonando canciones
triunfales. Nada de esto podrá parecemos ecsagerado si consi-
deramos la constancia y animosa resolución de los saguntinosT
la desesperación de Ástapa (Estepa,, la intrepidez de los c á n -
tabros, el valor y estraordinaria fortaleza de los numantinos,
todos los cuales se arrojaron á las hogueras y á una muerte
gloriosa, antes que sucumbir al vencedor.
En medio de esta inflexibilidad y dureza, amaban la justicia,
de la que dieron altos ejemplos en las encarnizadas guerras con
los romanos: castigaban con severidad á los delincuentes, pre-
cipitando desde lo alto de una roca al que era condenado á pena
capital: apedreaban á los parricidas, y como á criminales indig-
nos de ver la luz y de comunicar con los demás hombres, les
sacaban fuera de sus pueblos, abandonándolos en las riberas de
los rios. En los convites daban el primer lugar á la edad y al
mérito: eran frugales y parcos en beber, no conocían el lujo de
los vestidos, siendo sus galas el sago militar sagum, caballos
briosos, y armas de escelente temple que forjaban generalmente
con singular maestría. Fieles y constantes eri la amistad, sirvie-
ron en la guardia de Sartorio y en una compañía escogida que
custodiaba á Gayo César, quien fué muerto en la Curia Pompe-
yana el día que omitió rodearse de esta brava milicia. Armados
con estoques acompañaban á Octaviano César, contribuyendo
al vencimiento de su rival Marco Antonio. Amaban con ternu-
ra mezclada de respeto á los grandes Capitanes, y fueron no-
tables estos sentimientos á la muerte de Víriato y de Sertorio á
quien llamaban su Aníbal. Apasionados á la lucha y al ejércicio
25
de sus veloces caballos, sus juegos se asemejaban á los tor-
neos del siglo XII por lo ostentosos y sangrientos. En estos
combates de destreza y valor, no se admilian á las plebes, sino
únicamente á aquellos hombres arrojados y serenos, ambiciosos
de una recompensa, como se vio en Cartagena delante de Sci-
pion el africano. No gustaban menos del baile que a c o m p a ñ a -
ban con flautas, y terminaban con orgías.
Las primitivas españolas, eran tan laboriosas y robustas que
apenas daban á luz á sus hijos corrian á lavarse á los rios. Criá-
banlos sin delicadeza ni regalo, y era muy frecuente verlas con
sus maridos en las guerras, combatiendo bizarramente á s u lado.
La dote que recibían era alguna vez la ofrenda bárbara de cierto
número de manos corladas á los enemigos de su patria. Tal fué
el que pidió un numanlino á dos jóvenes iberos que solicitaban
la mano de su hija, enamorados de su belleza. En otra ocasión,
las mismas mugeres de Sagunto sacaron entre sus ropas las ar-
mas de sus maridos para que pudiesen hostilizar á los aborreci-
dos sitiadores, y cuando se hallaron prócsimas á sucumbir en
aquella gran catástrofe, notando que vacilaban algunos de sus
esposos, cortan las riendas de sus caballos para impedirles la
fuga, asesinan á sus propios hijos y se arrojan á las llamas, en-
tonando himnos triunfalesül
Honestas como valientes, se vió á una de sús doncellas, que
era natural de Laurona (Alhaurin el grande ó Liria), prisionera
tíe Sertorio, sacar los ojos á un soldado con sus propios dedos,
defendiéndose de su liviandad y matándole al fin de tan estraor-
dinaria manera.
Consistid la elegancia de estas mugeres en adornaí se con-
collares de hierro, que sostenían y levantaban sobre la cabeza
una especie de cuervo que dejaban caer sobre la frente. Encima
ponian un velo, que estendian á su placer, para defenderse del
sol á imitación de una sombrilla. Este caprichoso adorno era
tenido en grande estima. Otras traían un lamborcillo que les
abrazaba la cabeza, tapando las sienes ú orejas y que desde su
base hácia su altura se iba encorvando para atrás. Otras se afei-
taban la parte anterior de la cabeza, de manera que quedaba tan
brillante y rasa como la frente; y finalmente, otras mugeres fija-
ban sobre sus cabezas una columnita de un pié de largo^ elevada
hácia lo alto, y entrelegiendo en ella su propio cabello, y c u -
briéndola con un velo negrov
Los guerreros montaban d j dos en dos en cada uno de sus
caballos, y cuando llegaba la hora del combale, uno peleaba á
26
pié y el otro montado. E l que caia prisionero se le suspendía
de una cruz, en »:oya actitud violenta cantaban un himno á Pan
como si hubiesen triunfado. Los primeros españoles, aficionados
naturalmente al asao, tenian la asquerosa costumbre de limpiarse
los dientes con orines. Crueles con sus enemigos, eran humanos
y hospitalarios con los viagcros, ofreciéndoles sus casas, sir-
viéndoles como criados v teniéndolos en tanto aprecio, que creian
que tales huéspedes eran amados de sus Dioses. Generalmente,
sus alimentos consistian en variadas y delicadas carnesv y sus
bebidas, en agua mezclada con miel, porque pocas veces bebían
vino. Comian una vez al dia.
Sus vestidos eran riquísimos en las personas principales, y á
este propósito decía Tito Livio que en la batalla de Cannas so-
bresalían los íberos de Annibal por la blancura de sus túnicas
bordadas de grana. Por su estremado valor se les nombraba
hellator (guerrero peleador). Usaban el escudo que se llamaba
cetra (broquel pequeño forrado de cobre), y de aquí resultó
llamarse cetrata la primera infantería española. Era tan formi-
dable el Cw/ieo de los celtiberos, que arrollaban cuanto se les
ponía delante. Era una especie de triángulo en foraa de cuña,
dificilísimo de romper, como el cuadro de los egércitos moder-
nos. [Tito-Livio, libro XI, Cap. X I . Valerio M á x i m o , L i b . II,
Cap. VI, núm. II. Plutarco en la vida de Ser torio habla de
estos soldados devotos. Tito Livio, lib. X ^ V I , núm. 50. Livio,
Lib. X L I V , Cap. II. Apiano, in Iber. Eslrabon, libro III. Fila-
reo, citado por Átheneo, lib. II, Cap. \ [ . Apiano, libro I, de las
guerras civiles, pag. 4^20. Suetonio,vida de Julio Cesar, num.
86. Apiano in Ibericis, p á g , 295. Id. en el lib. I de las guer-
ras civiles. Estrabon, libro III, p á g . 232, 233 y 250. P l u -
tarco, De viris lllustribus, cap. L L X . Vestidos de las mugeres,
cap. X . Apiano, In Ibericis, pag. 261. Floro, lib. II, Cap.
X Y l l l . Apiano, lib. I d é l a s guerras civiles, pag, Tilo
Livio, Lib. X X V I , cap. X L I X . Phylareo, lib. 7.)
NOTA VII,

P a r a g e ele l o s t e m p l o s i b e r o s .

Los antiguos iberos edificaban sus templos en lugares ame-


nos y deliciosos, y por lo regular en los sitios poblados de árbo-
les, á imitación de la religión primitiva, que consagraba y de-
dicaba á Dios un pedazo do terreno en medio de un bosque que
todos miraban como sagrado é inviolable. Por esta razón los an-
tiguos tenían en suma veneración á los lucos ó bosques, porque
en estos sitios deliciosos, semi-lugubres y opacos, es donde mas
se esperimenta aquel sentimiento sublime y profundo que se
llama religión del corazón humano, ó sea el natural sentimien-
to de la divinidad, como dijo Tertuliano. Así, pues, había en
todas las naciones lucos santos y sagrados, que no se podían pro-
fanar ni cortar los árboles. En estos lucos ó bosques de la re-
ligión primitiva de los pueblos, estaban las estáluas de los dio-
ses, como refiere Tácito, y en algunos de ellos adoraban á P a n
ó Fan con el nombre de Tamphana, como se verificaba con los
celtas, de cuya religión y templos nosocuparemos en lanota XIIJ.
En esto imitaban á Abraham cuando rendía sus adoraciones á
Dios en el bosque que habia'plantado en Bolsabé. Sabido es que
la religión ó culto esterno principió en aras de piedra rústica
como el dolmen del druida, ó las columnas aisladas de los fe-
nicios, se ejercitó después en los bosques como en San Lucar
y Mnemestheo, y concluyó con la civilización en las suntuosida-
des del Vaticano. ( T á c i t o , Morib. Germ. n. 1, libro 1^ Annal.
E s (rabón, libro l V 9 p á g . 192.)
28

1V0TA VIII

^olire l a I r r a p c i o n de los F e n i c i o » á Iberia.

Como los fenicios, al arribar á nuestras costas, parece que


suministran el único punto de partida probable de nuestra his-
toria nacional, es preciso detenernos en el origen de esta na-
ción y en el progreso de sus espediciones marítimas. Proceden-
tes de Cham, uno de los nietos de N o é , se estendieron por las
llanuras de la Caldea á los 150 años después del diluvio, y se
detuvieron en la Siria, en donde por el arribo de estos huéspe-
des, se llamó el país tierra de Canaan, y Fenicia por los griegos.
Poco dichosos en sus escursiones al É g j p l o donde erigieron la
monarquia de los reyes pastores, y donde dominaron dos siglos
y medio, batidos completamente por los reyes de la Tebaida,
se reconcentraron en su antigua patria con el nombre decananeos:
en la que, dominando por espacio de cuatro siglos, levantaron
muchas ciudades de mayor ó menor fama,,tales como Sidon^
Tiro, Biblos^ Berito y Jerusalem. Celosos de conservar las tra-
diciones de su historia fueron los primeros en tener archivos
públicos, según afirma Josepho. En unos pequeños barcos, que
destinaban á la pesca, tuvo primer fundamento aquel espíritu
náutico que en épocas posteriores los hicieron estenderse á A r -
gos, con mercaderías de Siria, á las aguas del mar Rojo á las
órdenes de Semiramis, á servir de guia á las flotas de Salomón
en tiempo de su rey Hiram, y á ser los primeros que anclasen
en los puertos de Elath y Esiongaber, navegaciones atrevidas
que obtuvieron justa conmemoración en los libros de Moisés.
De tan osados ensayos pasaron á costear el Africa y á recorrer
el Mediterráneo en tiempo de Necao segundo, y á construir mu-
chas galeras para acompañar á Jorges en sus célebres espedi-
ciones; pero como el móvil principal de este pueblo era estender
su comercio^ si hemos de creer á Heredóte, ya por los años de
1800 del mundo, eran dilatadas sus navegaciones para el trans-
porte de sus mercancías á otros países. Activos y laboriosos, mas
adelantados en la agricultura que los egypcíos, manufacturaban
29
las lanas, reduciéndolas á delgados velos, y á bellísimas cintas
que sabían tejer con sedas. Inventores de la púrpura ó del uso
del color rojo, escelentes en la orfevreria, y conocedores de las
minas, aumentaban sus mercados con mil objetos de lujo; y co-
mo habían sido los primeros en el uso de la escritura, una donce-
lla de Salomón, que era hija del rey de Tiro, fué el noble objeto
de aquella apasionada poesía conocida, por los cantares, en imita-
ción de los himnos epilalámicos conocidos d é l o s fenicios. Adictos
á la medicina, manifestaron no menos talento y genio para la as-
tronomía, en cuya ciencia descubrieron, según Dionisio Perie-
getes, la estrella inmoble del Polo que tanto debería iníluir en
sus espedicíones naúlicas. E l ariete y la catapulta, instrumentos
de guerra para batir los muros y para arrojar cuerpos pesados,
fueron otros de sus inventos, por los testimonios de Yitruvio y
PJinio.
Su gobierno, monárquico y electivo en los primeros tiempos,
había creado en sus ciudades una porción de reyezuelos encona-
dos entre sí y dominándose recíprocamente. Esta clase de sobe-
ranos conducían á sus ejércitos y á su numerosa caballería,
además de los carros falcados, erizados de armas blancas, ma-
quina de mucho ausilio para desunir las filas y para introducir el
espanto. Cuando el soldado fenicio se alistaba para la guerra,
iba armado eon la greva, la ocrea, ó caliga de los romanos,
y que era cierta especie de botas ó medias de acero que defen-
dían las piernas desde la rodilla hasta el tobillo; se defendía con
el escudo, y se cubría con la coraza y el morrión adornado con
un capacete de plumas: serviánse de la ballesta, arrojaban el
dardo, la saeta roja ó encendida: usaban la honda que transmi-
tieron á los baleares, manejaban la seí?ur y la lanza, con el uso
de la espada, arma noble y común en todos los pueblos del
orbe.
La religión, que en el origen du los fenicios, era una cierta
adoración al fuego, al viento, al sol, y á luna, reglamentada
que fué por Taaut, aceptó los semídíoses en tríbulo de recono-
cimiento á sus bienhechores y héroes; y los mas célebres do
estos númenes fueron Hércules y Nepluno, los Dioscuresy otras
divinidades marítimas, porque el hombre en toda su historia,
desde el principio del mundo, acata con preferencia al patrono
de sus costumbres, ó al protector de sus industrias. Eran simu-
lacros de su divinidad, primeramente las columnas, transforma-
das después en estátuas. Sus principales templos eran algunos
bosques cercados de una muralla sin techo, y descubiertos así
30
para poder mirar al cielo al entonar sus oraciones. Habia en es-
tos recintos sagrados, algunas mesas y altares para el uso de
los sacrificios, como la cosa mas parecida á Dios. Desde los pa-
cíficos homenages de algunos frutos de la tierra con que trataban
de congraciar á la divinidad, pasaron á derramar la sangre de los
animales y después la de los hombres. Costumbre bárbara que
perseveró en muchos puebles hasta los tiempos de Adriano. Los
ministros de este culto eran fieles depositarios de las tradiciones
antiguas, y para optar al sacerdocio era la primera ley la su-
cesión entre sí mismos.
E l pueblo fenicio, pues, que por sus frecuentes navegacio-
nes habia adquirido un conocimiento perfecto de todo el mundo
descubierto, inspirado por un oráculo que le decia que viniesen
á formar un nuevo establecimiento en el mismo p¿rage donde
Hércules ó Midacrilo habia erigido mucho antes dos columnas,
principiaron sus excursiones náuticas, estendióndose por el litoral
norte de Africa en los tiempos de Josué, estableciéndose en
Tánger antes de pasar á España. Inlroduciendo sucesivamente
colonias y faclorias desde la Siria á nuestras costas, quedaron
muchas señales de su tránsito en Chipre, Rodas, Carpaio, Cre-
ta, Sicilia, Malta Cerdeña, Córcega y las Baleares. A l locaren
Cataluña, dándole la denominación á s p u r a n i á los montes Piri-
neos {cosa sombría); dejaron huellas en Tarragona y en T o r -
tosa, determinaron la situación de Tyriche, Sepelaco ó Sepela-
cis1 Tyrisj icos ó Itosia (hoy Peñíscola, Onda, Yinaroz; la Ro-
da ó Agosl;) poblando detenidamente toda nuestra costa ibérica
desde el estrecho hasta Mojacar, y sobresaliendo entre sus fun-
daciones Calpe ó Heraclea (Gibrallar) Abdera (Adra), y nuestra
Malach ó Málaga, pues que Gadir (Cádiz) era fundación de T i -
rios mucho tiempo antes. Cuando llegaron al límite occidental
del mar ibérico (Mediterráneo) erigieron dos columnas sobre la
cima de los promotorios Calpe y Abila á fin de conmemorar que
no podía irse mas léjos sobre la esleasion dal Océano, Non plus
Ultral
La época en que estos aventureros tocaron en nuestro país
es cuestión tan controvertible, como diversas las opiniones de los
autores que de ella tratan. Inclínase el Padre Mariana á que fué
el año 50 de la fundación de Roma, ó el 3281 del mundo. I>.
Juan de Forreras la refiere á los tiempos de Salomón, Don Luis
Velazquez discurre fué en el reinado de David, el Marqués de
Mondejar la adelanta al tiempo de Josué, Don José Sabau con-
gelura fuese antes de los tiempbs de Moisés, y de esta misma
31
opinión es Don Miguel Cortés y López, apoyándose sobre que
en tiempo de este legislador se conoció el plomo blanco con el
nombre de bedil, que se importaba por estos navegantes desde
los últimos estremos de la tierra conocida, conforme á las doc-
trinas del historiador Heroduto, y al sagrado libro d é l o s N ú m e -
ros. Sea como quiera, ya aportasen 6 no á los Pirineos para re-
coger el abundante oro y plata que arrojaban sus volcanes, según
cuenta Diodoro Siculo, 6 ya siguiendo el religioso precepto del
oráculo para que viniesen algunos lirios al estrecho de las colum-
nas para estudiar y conocer el pais, conforme á las doctrinas de
Eslrabon, fundadas en las tradiciones y memorias que conserva-
ban los gaditanos, es evidente que luego que estos Enviados é
Bástulos Poenos se acercaron al Estrecho, hicieron alto en la
ciudad de losSexitanos (Almuñecar) para hacer un sacrificio; pe-
ro como esta ofrenda á sus dioses no hubiese dado buenos aus-
picios? retrocedieron hacia Calpe, penetraron en el océano, cos-
teando el lado occidental de Espafta hasta tocar en una isleta que
se halla frente de Huelva, repitiendo sus holocaustos con el mis-
mo resultado. Vueltos de nuevo al Estrecho, peregrinaron por
ambas costas hasta la altura de Cartagena^ y parece indubitabley
éntre las probabilidades históricas, que así como fundaron á Ü t i -
ca, Septi, y Adrumeto eu Africa, se estendiesen simultánea-
mente por las escalas de nuestra costa y ocupasen nuestros pue-
blos hasta tocar al Pirineo, como justamente escribe Ptolomeo,
cuando afirma que las ciudades de Mellaría, Iransducta y B a r -
hesula, (Tarifa, Algeciras y Bocas del Guadiaro) eran colonias
de estos famosos bástulos.
A la llegada de estos comerciantes á nuestro feracísimo pai?,
hallaron un mar riquísimo en las abundancias de su pesca: os-
tras, nácar, conchas, murenas, cóngrios, lampreas, púrpuras,
atunes, boquerones, múgiles y otra multitud de mariscos, alter-
naban en su comercio con las crecidas cosechas de trigos, pasas
y olivas. Cubierta la tierra de pingües pastos, sustentaban nume-
rosos ganados, llenos de finísimas lanas, al par que la miel, la
cera, el minio y la grana, con la abundancia de las minas, com-
pletaban nuestra riqueza. Para el comercio con nuestras provin-
cias, habían construido unos barcos grandes llamados caballos ó
naves de Tarsis. Cargados de ricos metales, hacían sus viages á
Tiro; y no satisfechos aun con la posesión de Cádiz, y con sus
escursiones mediterráneas de Hispalis, Corteha, Castulo, Ne~
bnssa, Asta y Menestheo, (Sevilla, Córdoba, Cortijos de Cazlo-
na, Lebrija, Mesa de Asta y Puerto de Santa María) pasando el
32
punió de Onoba ( H ü d v a ) se arrojaron al Allánlíco y septen-
trional, llegando por las costas occidentales de Africa hasta el
rio Lixo, donde eálabíecieron una gran pesquería de atunesf
dando finalmente la vueka á esta gran Península, hasta entrar
por el mar Rojo, entonces el mar Erjlhyo. Navegable el Gua-
dalquivir hasta Córdoba, los fenicios lo surcaban atravesando sus
dos brazosj penetrando por el Genil hasta Kcija, y construyendo
los canales y esteros intermediarios de que hace referencia Es-
trabon, para facilitar su comercio. Los españoles primitivos apren-
dieron de sus huéspedes el conocimiento de la náutica, con al-
gunas nociones de astronomía. Enseñáronles también á beneficiar
Jas minas, la fundición de los metales y la destilación del aceite.
Gobernaban el pais con unos jueces independientes que se llama-
ban sujetes, que era la clase de magistratura de Cádiz en la se-
gunda guerra púnica. {Génesis, cap. 15. vers, 19, 20, 2 \ . F l a ^
mo Josepko, Opera, tom. Q.0 contra Ajyionem.Lih. 1, númeroXh,
p á g . A i i . Ensebio, Praepar. Mvang. Lib. 1, Cap. 9. pag. 31.
Fourmont, Reffexions critiques, tom. 1, L i b . % Sect. pag.
56. Wacer, De Antiquis nummis, Lib. 1. Cap, 4, fol. 11, llana
2.a Génesis, Cap. 10. v. 15. Id. Cap. 20, v 24, V. 53, 65, cap7
38, V. 14, 27, 30. Bochart Geogr. Sacra P . 1, Phaleg. Lib. 4
Cap. 35, Col. 303. Waser, De Antiquita!is nummis, Lib. 1. cap,
4. fol. 11 llana 2, Génesis. Cap. 24, F.22 y 53; cap, 38. v, 18.
Ezequiel, cap, 27. F . 19. Deuteronomio, cap. 1, V, 5, 25, cap.
12, r. 3. Taciano, citado por Ensebio, Praepar. Evang. Lib.
10, cap, 11, cap. Millot sur les Phéniciens, Memoria 21, desde
la pág. 343 Luciano Samosateno, Opera Dialogus Menippm,
folio 239, llana 2.a. Dionisio Periegetes, Orbis Descriptio, pag.
677; Igino, Poeticon Astronomicum, lib. 2. cap. 2, pap. 11. Es~
trabón, Rerum geograph, tom. 2, lib. 16, pag. 1094, Josué, cap.
12. Judicum, cap. 1, V. 7; Id, cap. í 1, F , 4, 5, 9. Regum,
lib. í . cap. 13, V , 5; Lib, 2 cap. IQ, F . 18. cap. 17. {Josué)
V. \ % 10. Judiciím, cap. 1. v. 19, cap, 4. v. 3; Regum, lib 1,
cap, 15. v, 5; lih, 3, cap. 10, v, 18. Mignot sur les P h é n i -
ciens, Memoria 19, desde la p á g i n a l t i hasta la 90. Sanconiaton
en Ensebio, Lib. I, cap. 10, pag, 35, 40 y 41. F i l ó n de Biblos
citado por Ensebio, Praepar. Evang. U b , 1, cap. 9. pag. 32.
Ensebio, Praepar. Evang. lib. 1. cap, 6. pag. 17. Exodo, cap.
34, vers. 13. Deuteronomio, cap. 1 v. b. Teofrasto y Porfirio,
citado por Ensebio, lib. 1. Cap. 9. pag. 28, Teofrasto, Palade
y Porfirio en Ensebio, lib. 1. Cap. 9. pag 28 y en el lib. 4 cap.
Í 6 , p a g . \56; cap. 17, pag. 164. Exodo, cap. 340, v, 15,
33
Deuíeron. cap, 12. v. 31. Herodolo Historiar, lib. %,pag, 125.
Ltb. 3. Regum, cap. 18. 19. Euseb. Caesar. Praepar. Evang.
lib. / , cap, 10. p á g 36. Dionys. Perieget. v. 907, 908 y s i -
guientes. Alderete, lib. 11. £ a p . \ \ , De las Antigüedades de
E s p a ñ a . Samuel Bochart, libro í , c a p . 3 i , 32 y 35 del Canaam.
Festo Avieno, Oris mantim. vers. 507, D . Francisco P é r e z B a -
yer, Discurso de la leng. de los Fenicios, pag. 366 en la ver-
sión castellana del Salustio. Festo Avieno, Oris Maritim,
482. Z>. Juan Antonm Mayans, en la lllici, pag 58. Plinio, His~
toria Natural, libro 3. cap. {, sect, 3.* p á g . 737. Conde de
Campomanes, en el discurso preliminar sobre las navegaciones
de los cartagineses, paq. 102. Mondejar, Epístola 11, lib. b,
Epist. Emman. MMritim. Decan. Alonens. Dionys. Perieg. v.
909. Estrabon, lib, 16, p á g . 1098. Plinio, Hist. Nat. lib. 5,
sect. 13; Espectáculo de la rfaturaleza, tomo 8, convers. I, p á g .

E s p a ñ a S á g r a l a } lib- \ % tratado n í m . 10; 11^ 12^ p á g .


353, 3 5 4 / i ^

r:? $ ^ ' - '

S o f i r e et g r a d o d e v e r a c i d a d d e l n l t r a ^ e fie l a C a l i a ^

v E l primero de nuestros historiadores cjue ha escrito sobre k


Caba, es é! mon^e de santo Domingo de Silos, á los cuatro siglqsv
de la conquista, cuyas n a l k i a ^ . , s e g ú n J a f i f f e | ' e i v ^ t ^ s ^e
Mondejar, fueron; tóiíiaítíf| (m%:s • cantar^mortscos. Sigúele en
estas aseveraciones, no comprobadas todavia, la Crónica del rey
í ) . Rodrigo, en su parte 1.' ¥ cuyo análisis ha hecho moderna-
mente D . Antonio Alcalá Gaíiano en sus Apéndices á la Historia
de España. En aquel libro de caballerias se cuenta, que entre
las señoras dé la corte del rey D . Rodrigo, habia una doncella
de sin igual herínosura^ llamada Florinda 6 la Caba, hija Ó es-
posa de un tal D , Ulan ó D . Julián, que teniendo la sin >en-
3^
tura de parecer bien al rey en un momento, en que, con el aban-
dono propio de sus pocos años, jugaba con las jóvenes de su
edad,, no obstante de resistirse á tan formidable amante, tuvo que
sucumbir por fuerza, aunque indignada de su mancilla. Dice el
Padre Mariana, quo hallándose á la sazón el conde D . Julián,
su padre, en el gobierno de las provincias meridionales de la
península, que se avecinan al Estrecho, recibió una carta de Flo-
rinda, concebida en estos términos: «iOjala, padre y señor, ojalá
»la tierra se meabriera antes queme viera puesta en condición de
»escribiros estos renglones^ycon tan triste nueva poneros en oca-
»s¡on de un deber v quebranto perpétuo.» Con cuantas lágrimas
«escribo esto, estas manchas y borrones lo declaran; pero si no
» l o hago luego, daré sospecha que no solo el cuerpo ha sido en-
»suciado, sino también amancillada el alma con mancha é i n f a -
»mia perpétua; ¿Qué salida tendrán nuestros males?¿quién sino
»vos pondrá reparoá nuestra cuita9 ¿Esperaremos hasta tanto que
»el tiempo saque h luz lo q « e ahora está secreto, y de nuestra
»afrenta haga infamia mas que la misma muerte? A v e n g u é n z o -
» m e de escribir lo que no me es lícito callar. Ohlristey misera^.
*ble suerte! En una palabra: vuestra hija, vuestra sangre, y la
» d e alcuña Real d é l o s godos, por el Rey D. Rodrigo, al cual
»estaba (mal pecado) encomendada como la oveja al lobo, con
»unamaldad increíble, ha sido afrentada. Vos, si sois varón, ha-
bréis que el gusto que tomó de nuestro daño se le vuelva en
»ponzoua y no pase sin castigo la burla y befa que hizo á nues-
»tro linage y á nuestra casa.» La injuria que se contiene en esta
sentida epístola, y que indudablemente lomaría el Padre Mariana
de nuestras historias antiguas, se refiere de esta manera en la
citada Crónica de D . Rodrigo. « D e s p u é s que el Rey ovo descu-
»bierto su corazón á la Caba, no era día que la no requiriese
»una vez ó dos, y ella se defendía con buena razón. Empó á la
»cima como el rey no pensaba tanto como en esto, un día en la
«fiesta envió con un doncel por la Caba y ella vino; y como en
»e»ta hora no había en toda su cámara otro ninguno sino ellos
)#todos tres, el cumplió con ella todo lo que quiso.»
Sin embargo, esta doncella ilustre, de pudor equívoco para
espresar su afrenta, y que aníesde sucumbir pudo haber alboro-
tado el palacio de D . Rodrigo, se recomienda como un modelo
de virtud en el poema del inglés Southey.
Con todo, apesar de lo espuesto, en ninguno de los cronicones
antiguos, escritos por Isidoro ó por Dulcidio, ni en el Emilianense
ó de Abelda^ ni en el del Rey D. AloníO el Magno, que tan frecuente-
35
mente cita el Padre Mariana, se halla memoria ni del conde don
Julián ni de la Caba. Fundados en esta falta de datos, fué deses-
timada esla historia por Pedro Mantuano en sus Notas al Maria-
na, por don José Pellicer en sus Anales de España, y por don Jo-
sé Antonio Conde en su Historia de la dominación de los árabes;
y CUYO último escritor raaniliesta que los nombres de la Caba j
G\ de su doncella Alifa es una ficción morisca, fundada éntrelas
hablillas y canciones que corrían entre moros y cristianos. Pero
el Padre Mariana, que halló reproducida esta anécdota en la Cró-
nica General que mandó escribir el Rey don Alfonso el sabio,
no ha podido desecharla, ni dejar de añadir, como consecuencia
tradicional, de que por una de las puertas de Málaga,llamada de
la Caha, salió esla humillada doncella para embarcarse para
Africa y reunirse con su padre, á la sazón en Ceuta.
Tal es la controversia histórica sobre tan importante asunto,
sin que falten autores de critica y erudición reconocidas, que^
como el Padre Martin de Roa. sostenga, que escrito este suceso
por el Alcaide de Málaga Tarif Abentarique, fuese eudente que
después de completada la conquista, vino á esla ciudad el conde
D . Julián con la Caba con ánimo de ocultar su mancillad¿ hon-
ra, y que no podiendo aguantar su desdicha, se arrojó desespe-
rada, por una de sus torres; ó como D . Miguel Lafuente A l c á n -
tara que la acepte como verdadera, apoyado, quizás, en las ase-
veraciones de los antiguos cronistas; pero yo, poniéndolo en du-
da, siquiera en prez del honor de una doncella española, y resis-
tiendo al barniz dramático que contiene un suceso tan notable^
repetiré con el ilustre Padre Mariana: que el lector p o d r á juzgar
libremente y seguir lo que le pareciere probable. {Crónica del
Rey Don Rodrigo, parte 1.a cap. 165 á 172, fol. 83 y 8 i .
Apéndice G á l a p á g . \ \ ^ del lom. 1 de la Historia de E s p a -
ña por don Antonio' Alcalá Galiano. Mariana, Historia de
FjSpaña, edición de Valencia, tomo 2, libro VI, cap, 2 \ , p á g .
377 á la 380. Conde, Historia de la Dominación de los árabes
en E s p a ñ a , tomo 1 ° cap. VÍ1L p á g , 25. Martin de Roa, M á -
laga, su fundación, tic. cap. I V , pao. Í0.Lafuente Alcántara,
Historia de Granada, tomo T¡* cap. VII. p á g . § 8 9 . )
36

NOTA X .

Sobre que el fíedii é plomo blanco del libro de


los M l i m e r o s e r a b u s e a d o e n l a T a r d e i a n i a .

J^^ñ ^loip^Qn el Jíihro ie los Números, al cap» 3 \ , yer~


s(culQr|á¡ gufbe%3su :i¡sin|)o em conocido el estaño con d
n p ^ t ^ ^ e o g ^ ^ j actensé^ ol oro, la plata y el hierro, Aureum
et Avgentum 4t ^ies^ eiíferrum el plumbum ei stannitm. Aun
cuando algunos ialeligenles en la lengua sagrada, traducen
dtl ó Badaf p^r cristal ó plomo, los intérpretes mas autorizados,
con inclusión de Sao Gerónimo, le atribuyen la de eslaño ó CAa-
siteron, cíi.yano|ifibr^ aceptó la: paráfrasis caldea y aun el mis*»
mo Saactes Pagii¡no <}ue deriva la voz Bedil de la raiz i?aí/af
(separar)^infiriendo quijos hebreos debieron dar al estaño áqué^fc
^ ^ g S ^ f e S ^ M P í V i sgg ^ p e i a L p e primeraoieHte fluye t e n d a l
^ A ^ S d í f i f 1 BWa8bnob M (eedissfi-aqJl) esfeniD é saisoop
% # ^ 9 R y k y f p r f ^ í o q s ^ á é i a enMtoeMGion queslíacá f
^ ^ I f á ^ f B ^ í f e k l ^ r e 0 8 de los jtasos que débiecoti piirgafi8#
a . l % k 9 H ^ ^gagreBdia^^s^e^stañcc; peí© oecgsíto acíeditapo
si ^ i e y m ^ gf#i<j)f^|ic|&9íM cMí^aói^e lasena^ie^cíoiíesViVs
^ f i t e B ^íl9%E¥®¡(Wfi&¿§2ÉHJpps¿dba^uíori(kd^^^^
I l a j i a ^ ^ a í k ^ de la íiístoria, comparado á Homero ^tite tb^

y eÍ9|5r<^j|Uíh§^ do^e^éifíhabilaljk^^fextrái*
de Jqs úlltfftfift t^rrnf^gs de Iq, ^>rr«; li) que equivale á ^lecin que t
se s a c a i ^ í j g j ^ e d i o d i ^ ^e^lisp^^que Caéá.dQndfiLSportaron los
fenicios, Cf^iofí) $kttV¿Qw^...^wl»ó en tiempo deJiilwi.Gekr^
y que aseguraba haber visitada ;las. naciónes que j e f e r k ^ é é sa»¿.-v
historias^ .4icp¿|*o cpnQyq!§ Qtf o. estaño que el de Espaaá, ídasc

, . ^ ,V)lv3VI ,./ÍJ'7\*^I-i - - ^ j , . , ^ - , . ^ ^ ^ , , ^ . . . ^

co, y solamente habló del que procedia de. las minas de íaLusita-
nia y Galicia; y por último, DionisioPeriegetes, Rufo Festo Avié^
noy Stephapp Bizanlino^afirman que en la B é t i c a J i a b i a a b u n d a d
tes minas de este metal, y (jue el Guadalquivir conducia mucho

• - - • - - - - - - J.
37

estaño entre sus aguas, desde el monle Argenlario (Arenas Gor-


das), monte que romo dice Rodrigo Caro en sus antigüedades de
Sevilla, se hallaba junto al lago que forma el Bélis, y se llamaba
así, porque mirado de léjos parecia de plata por el mucho es-
taño que contenia y por que este mineral era una de las produc-
ciones de nuestro pais, llamado entonces Tarlesside 6 Tartesso.
Queda probado, pues, mientras no se aduzcan razones de
mas peso, que con el estaño de la Bélica que trasportaron los
fenicios é la opulenta Tiro con el nombre de Bedil, se confec-
cionaron los vasos que refiere Moisés en el libro de loS N ú m e -
ros; y como las naves de Tarsis, dirigidas por aquellos aventure-
ros, eran las que se empleaban en hacer este comercio, solo me
falta acreditar, con el testimonio de los antiguos, que Tartis era^
la región Tarlesside ó Tartesso de nuestra Bélica Occidental. Así
lo afirma Eslrabon cuando dice que los Tartessios eran los ha-
bitantes de este eslremo de la Península, en razón de que el sol
perdia sus luces hacia el Promonlorio Sacro (cabo de san Vicen-
te,) comenzando desde este punto la región de las tinieblas ó
del Tártaro, que se estendia hasta el Estrecho, Añade Trogo
Pompeyo, compendiado por Justino, que en los bosques de los
Cúneles ó Cinetes (Los Algarbes) fué donde los Titanes mo-
vieron su guerra contra los dioses. De estos Tartessios, dice Po-
livio, sacó Aníbal algunos soldados para llevárselos al Africa, y
como los antiguos escritores espresaron con voz tartesios b
/ a ' r / m í la idea de o c c í ^ n ^ a / q u e Séneca interpreta Occasu ú l -
timo, claro es que toda la costa que se comprende entre el cabo
de Trafalgar y el Betis, era la antigua Tarteside ó Turdetania, co-
nocida en tiempo de los cartagineses. A esto podremos añadir, que
los mismos escritores antiguos, para encomiar la fertilidad escesi-
va de esle pais, apoyándose en los versos dé Anacreon, llamaron
á sus naturales bien aventurados ó bsatos, diciendo Rufo Feslo
Avieno que habitaban en una patria feraz y rica, y determinando
indudablemente su topografía el mismo Saluslio, cuando deno-
mina á G i d e s , Tartesio ó ültimi tierra, y el ri'a:lo Polivio, que
nombró Tartesio al Gaaialqnivir, fijan lo la Tartesís Civitas en-
tre los dov brazos de esle rio 6 w Cirteya f lorre de Carta-
gena). [Nttmsr, cap. 31, vers. 22. M r . Gougueí, tom. 2. Orig
des Arts et m?tiers. In Tktswro Ling. Sanct. verb. Badal.
Thalia ó libro 3.° de Heroiolo, p i g . 251. nün 115, Lib. F , p&g.
361. Libr. X V X I V , cap. X I V , Sect. 4-7. Stephano Bizantino,
verh. Tartessos. Rodrigo C i r o , Antigüedades de Sevilla, lib. 3.*
cap. 2$. Herodolo, Estrabon, lib. 3. pdg. 148. Justino lib. 4 i .
38
Metamórphosis de Ovidio, Lib. i b , vers* W G y Séneca, Trage-
dia \ . J

NOTA X I .

Sobre l a cmliajada d é l o s turdetauos á Alejandro.

Presúmese, no sin fundamenlo, que fueron los fenicios lo»


que instruyeron á los lurdelanos de la Bélica de las portentosas
\ictorias de Alejandro Magno, al mismo tiempo que se lamen-
taban de la ruina de su capilaU por cuya circunstancia determi-
naron enviarle una embajada para felicitarle por sus triunfos y
pedirle su amistad, fltem á celtis et Hispanis amicitiam p é t e n -
les congratulante sque, Arriam. De Rebus Alex. lib, 1*)

NOTA XII.

Sobro la» m o n e d a » inrdeiaiia»*

r Tenemos ya comprobado que las monedas turdetanas y bas-


tulo—fenicias, bajo la denominación de celtiberas, se hallaban en
analogía con las antiguas fenicias de Sidon y Tiro. D . Francisco
Pérez Bayer ha publicado dos escelenles obras sobre el alfabeto
fenicio, y la ultima de Numis Hebraeo Samaritanis, impresa en
Valencia en 1781, sirve de introducción al gran tratado que dió
á luz sobre las monedas hispano-fenicias é hispano-grecas.
Parece que el alfabeto' celtibero es el mismo que el alfa-
beto griego antiguo, usado en la mayor parte de las medallas
que llamamos turdetanas ó fenicias. En su interpretación traba-
jaron en vano, antes de Pérez Bayer, don Vincencio Juan de
Lastanosa, que publicó una amplísima colección de ellasenl645,
39
el Padrfi Paulo Albiniano de Rojas y el doctor Uztarroz; pero
en nuestros dias, e¡ enviado de Suecia en nuestra corte, M o n -
sieur Lorick, ha debido publicar una interesante obra sobro
Medallas Celtiberas, de cuyos caracteres ha encontrado la clave?
después de 12 años de un asiduo trabajo; teniendo el disgusto
de decir, que la pretendida antigüedad de nuestras monedas
celtiberas no escede á los tiempos de la República Romana.
Véase para mayor ampliación la Nota X X Y I I {Cartilla Numis-
málica de don Basilio Sebastian Castellanos, p á g . 17.)

NOTA XIII.

^ o b r c las p r i m e r a s expediciones g r i e g a s á E s p a ñ a .

Era la Grecia en el siglo X V , antes de la venida de Je-


sucristo, una nación oscura y ruda. E l egipciaco Danao y el
fenicio Cadmo fueron los que difundieron las primeras luces
sobre sus atrasados habitantes, viniendo después los fenicios á
establecer algunas colonias en Tebas, Dodona, Creta, Taso y
Tera, lijándose al fin en Atenas, ya metrópoli del Atica, y d i -
fundiendo en el pais los elementos de civilización que les eran
familiares. Pasados dos siglos después de esta comunicación
entre ambos pueblos, acometieron los griegos sus espediciones
argonáuticas á la desembocadura del Fhaso, navegación porten-
tosa para aquellos tiempos antiguos, seguida de la otra espe-
dicion que fué el origen de la ruina de Troya.
Desde los puertos del Asia Menor, que habian colonizado
anteriormente los fenicios, y guiados por los pilotos célebres de
Rhodas, se adelantaron á la Sicilia y la Calabria, á las costas de
Cataluña y á las Giranesias ó Baleares, pudiendo nosotros afir-
mar que los primeros griegos que vinieron á España fueron
los de la isla de Zacinto, fundando á Sagunlo dos siglos antes
de la guerra de Troya. Estos nuevos aventureros, que conside-
raron también á ^nuestra Península ibérica en un estremo de la
úerra parata guies, atraídos, sin duda, por las riquezas que
habian sacado de Tartesso (Cádiz), Sostrato y Coico, navegan-
tes de Sarno y Egina, volvieron con los Rótulos de Ardea á
7
40
íjqnienlar la población y dar p e d e r á la Colonia Sagunlina. Lo»
rhodios, como hemos dicho, hicieron igualmente asiento en
nuestras costas 800 años antes de la era cristiana, fundando á
Rhodas ó Rhodope, hoy Rosas. Siguiéronle los focenses, ha-^
ciendo un viage a Tartesso, donde reinaba ya anciano el gene*
roso príncipe Argantonio, desde el año 132 de la fundación de
Roma. Este soberano, á quien dan algunos historiadores 120
años de edad, Plinio 150, y Silio Itálico 300, ofreció á sus
huéspedes tierras y riquezas con las que pudiesen edificar los
muros de Focea. Opinan otros autores que Argantonio alude,
en su propio nombre, á su venturosa vejez, derivando su etimo-
logia (según Bochart) de Arc-anthoy voz oriental que significa
larga edad; y según el Padre Larramendi, de Arganda-on,
victorioso, bueno, en idioma escuaro ó vascuence. Pero los fo-
cences no quisieron quedarse en sus estados, y vagando por el
A rchipiélago, después de la destrucción de su patria por Har-5
pagrv, general de Ciro, se dirigieron primeramenie á CA^o, cuyos
habitantes no quisieron venderles las islas Enusas, y después á
Córcega, desde donde, pasadas varias vicisitudes, vinieron á
fundar la famosa Marsella. 1)3 aquí, y habiendo ya muerto A r -
gantonio, que falleció por los años de Roma el 200, echaron los
cimientos á Emporiae (Ampurias) en Cataluña, á Dianium,
Alone, y Honosca (Denia, Guardamar y Nucia, cerca de Villa-
joyosa en el reino de Valencia), y á Menaca 6 Menoba y Ulisea
(ventas de Vizmiliana y Ugijar, en Andalucía.)
Según nos dice San Gerónimo, fueron los griegos que fun-
daron á Sagunto los que denominaron á las islas del mar ibéri-
co, las Baleares,, Gimnesias, Pithyusas y Qphyusas, y crée Don
Miguel Cortés y López, cqn sobrados visos de verosimilitud, que
en este primer viage de los Zacyntios fueron fundadas Xretalias,
Elayos y Cherronesos, (hoy Artana, Eslida y Peñíscola,) en lan^
lo que los griegos de Focea, entrando por tierras de Valencia
hasta los Olcades ó Arcades (la Alcarria), dieron nombre al fa-
moso monte Qrospeda, que es lo mismo que si dijéramos ter-
mino de las llanuras.
Navegando los griegos á la parte occidental de la Península
hasta locar en las costas de Galicia, conforme á lo que dicen S,
Gerónimo, Silio Itálico y Plinio, tomaron nombre las provin-
cias Callaicas de los gramos, \os helenos y los tynios, así como los
pueblos de Tyde (Tuy), Ops:sela, (hoy desconocida) Amphilo-
quia, (Calcedoa), con el objeto único de conmemorar á sus hé-
roes. Dejarpn igualmente á los Ligures ó Iñigos sobre la costa
41
de Valencia, y en suma, s¡ se consulta la sinonimia de muchas
de nuestras ciudades primitivas, hallaríamos multitud de etimo-
logías griegas.
Favorecidos los nuevos huéspedes por las munificencias de
Argantonio, por su colonia mercantil de Ampurías, y por la í n -
dole hospitalaria y común de los indígenas, íntrodugeron en E s -
paña el culto de Diana de Efeso, deidad protectora de las nave-
gaciones de los focences, erigiéndola suntuosos templos en E m -
poriae, Rosas, Denía y demás establecimientos de las cercanías
del Jucar. Aristocrático como era el gobierno de estas colonias,
seiscientos ciudadanos nobles, bajo el nombre de Timucos, for-
maban el gran senado. Estos empleos eran perpétuos y continua-
dos en las familias hasta la 3.a generación. Compuesta la ma-
gistratura de 15 de estos senadores, y la suprema autoridad de
tres presidentes elegidos por el senado, teniendo espuestas las
leyes á la vista del público, se administraba la justicia con suma
imparcialidad y con reglamentos oportunos. Él alfabeto de los
griegos, introducido por Cadmo, constaba de 16 letras, á
las que añadieron otras ocho en el siglo décimo; pe-
ro estos caracteres mas conocidos en la Celtiberia no tuvieron
tanto acceso en las provincias meridionales doade estaba pre-
dominante el alfabeto fenicio. (Herodoto, Histor. lih. 2 p á g ,
125, 128, 129, 130, 131, Lib. i . p á g . 315; Lib. pág.
399.401. Didoro Stculo, Bibliot. hislór. Lib. 4. n.0 2.pag. 247.
Lib. 5.° n ú m . f á y 49. p á g . % l i d , n ú m . 6 4 . / % . 381, 382,
mm. 1S. p á g , 394. Herodoto, Lib. 7, p á g . 546 y 547. Z>ÍO-
doro Siculo, L i b . V. num. 58, p á g . 377. Ensebio, Cronicón
bajo del aho de Abraham p á g . 86. Musanzio, Tabulac
chronologicae. Edad 5.' Tabla 12, p á g . 42. Tito Livio, L i b . 4,
p á g , 348, núm. 152. Id , lib. 16, Cap. 40. p á g . 37 tomo M ,
Estrabon, lib. 14. p á g . 967. Herodoto, ¡ib. 1, p á g . 78 y 79.
Etrahon, lib. 6.° p á g . 388, y lib. 3. p á g . 225. Bochart, l a
Canaan, lib. 1. cap 3 i , folio 607. Larramendi, Diction.
Triling. P r ó l o g o , parte é.* Cap. 17. San Gerónimo, en el proe-
mio al lib. 2 / sobre la epístola ad Gállalas. Dionisio A/tcar-
naseo, lib. 1. cap. 13, ntim, 10. Xntig. Rom. Cortés y L ó -
pez, D i c c i ó n , de la Esp. Antigua, tom. 2 . ° p á g . 57. Estrab.
Tom. 1. L i b . 3. p á g . 230. Lib 4. p á g . 271.)
42

NOTA X I V .

^tabrc los Celtas espaikoles, j moniiiueiiio de

Comprendíase la antigua Escilia en el dilalailo pais que


ocupan las partes boreales de Europa .y Asia, siendo los límites
de la Escítia europea los rios caudalosos del Ister ó Danubio, T
del Tañáis ó el Don por el norte; y los de la Escitia asiática
el mismo rio Tañáis, la orilla oriental del mar Caspio, con la
que formaban el Cáucaso por el mediodía. En estas estensas co-
marcas moraban los tracios, hacia el Ister, htro ó Danubio, los.
qelonest\os budinos, los sama/as, los tysagetas, \os melambenos,
los androphagoSj los cegathyrsos, los issedones, los hiperbóreos^
los arimascos y otros. Todas estas diversas naciones,, según nos
manifiesta Estrabon, carecían de un nombre general geográfico
con que poder designarlas, por cuya circunstancia y por sus cos-
tumbres errantes,lasdenominó Homero nómades, cuando escribía
sus inmortales versos, en el siglo IX antes de nuestra era. Los
antiguos griegos dieron á todos estos pueblos el nombre de esci^
tas ó celtqsitas, clasificándoles en esta forma: escitas é hiperbó-
reos á los boreales; celtas, sauroraalas y arimascos á los occi-
dentales; pero desde los tiempos de Ephoro y Herodoto, esto es,
cuatro ó cinco siglos antes de la era cristiana, estaban unifor-
mes los griegos en llamar á estas naciones septentrionales; es-
citas, ó lo que es lo mismo, hijos de la niebla, habitadores de
parages tenebrosos y sombríos, etimología lomada de la voz
griega Skia, que significa sombra. Esto es mas fácil de aceptar,
cuando sabemos que los mismos antisuos griegos opinaron que
el Septentrión era la región Ú Q las tinieblas, de las sombras y
de la fuente de la noche, como dijeron Sóphocles, Estrabon y
Homero en términos casi idénticos; por cuya razón. Aquilón i
Aquilum es sinónimo de nigrum, dándose al Ponto este mismo
nombre de mar negro, y al aire que agitaba sus aguas, Niger,
Bóreas.
43
De emigración en emigración y ansiosos de mejores climas,
se derramnron estas naciones escitas por las bellas regiones de
la Jonia hácia las costas del Bósforo y hácia las partes hespéri-
cas ú occidentales de la Europa. Según Estrabon y Plutarco,
eran innumerables los jóvenes que iban preparados para la guer-
ra, llevando en pos de sí un sin número de niños y raugeres, y
cambiando su primitivo nombre con el á e celtas, que es deri-
vado de la raiz hebrea sel, sombra, sinónimo de scita. Desde
el Danubio al Eridano ó Ródano, se llamaban germanos estos
pueblos, déla raiz hebrea Ger, advenedizo, y á e Mannuo Man,
hombre; y desde el Pirineo á los Alpes se les denominó galla -
las ó gallos, de la raiz también hebrea Galath, emigrar, con
cuyo nombre fueron conocidos en Italia en tiempo de Tarquino
Prisco; luego, aliados entre sí, y en una segunda invasión á tan
hermoso pais, se denominaron galos-celias, llegando hasta el
Asia Menor, y dando el nombre á la Gallalia, pudiéndose de-
cir, con Tito Uvio, que esta nación feroz peregrinó é invadió
toda la redondez de la tierra; ferox natio pervagata bello pro-
pe orbem terrarum.
Conformándonos con las doctrinas de Eslrabon, del recien
citado Tito Livio y Plinio, puede fijarse el arribo á España de
estas naciones del Septentrión diez siglos antes de Jesu-Cris-
io, y á los 600 años después de la fundación de Sagunto. Ocu-
paron la Navarra, que bien pudo llamarse Vasconia por el g é -
nio y carácter vago y movedizo de estas gentes. Se establecieron
en la Cantabria; eslendiéronse hasta Galicia, dando el nombre
de Promontorio Céltico al cabo de Finisterre; bajaron á la L u -
silania sin traslimitar parte de la Beluria (Extremadura) á donde
vinieron á poblar en tiempo de los romanos. Desde la Canta-
bria se eslendieron paulatinamente por la cuenca del Ebro has-
la la falda del monte Idubcda (Sierra de Espadan) dando el
nombre de Celtiberia a esta porción de pais en que se com-
prendían los antiguos oleades (los alcarreños, los arevacos, cas-
tellanos viejos), los pelendones (toda la estension que media desde
la falda meridional de la sierra de Orbion, entre Olbega ha^U
Lerma), y los lusones (los de Tarazona, Calalayud,Borja. Epila y
Zaragoza.) toínsím rolfí).t03ilt*fl inteaun bk v m m i
Varios autores franceses, especialmente Pearson ^Jos es-
critores Masdeu y los Mohedanos, han pretendido, con mas
ingenio que razón, que los celtas europeos fueron hijos de
Tubal, los cuales, desde la Bélica, á donde debieron arribar
por el áfrica, corrieron al Septentrión, arrojando de estos pai-
u
ses á los iberos, que suponen hijos de Tarsis, y que cruzando
el Pirineo, fueron origen esclusivo de los celtas ele las Galias.
Desentiéndense estos autores de que las suaves costumbres de
nuestros pueblos meridionales no podrían ser adecuadas á unás
gentes bárbaras, y del escaso lustre que redundaría al pais i b é -
rico de haber sido la cuna de los celtas europeos.
Por lo que respecta á las opiniones de otros autores que
afirman que las tribus célticas avanzaron d é l a Beturia desu-
nombre, comprendida desde el Guadalquivir al Guadiana, y
entre cuyo numero militan Juan Fernandez Franco, con su co-
mentador al cura de Montero, Rodrigo Caro, Don Macario
Fariñas, el Padre Henrique Florez, Medina Conde, los Padres
Mohedanos, D . Antonio Ponz, Cean Bermudez y D . Miguel
Lafuente Alcántara, que unánimemente sostienen, que las ciuda-
des Accinipo ( R ó n d a l a vieja,) ^runí/a (Ronda), i r u n c í (Mo-
rón), Turobriga (Turón), Lastigi (Zahara), Alpesa (despoblado
junto á Conil), Cepona ó Saepona (Deheza de la Fantasía cer-
ca de Cortes), y Serippo (los Molares,) eran colonias celtibe-
ras mezcladas con las tribus turdulas y turdetanas; pero al mis-
mo tiempo, otros escritores^ tales como Rui Bamba, bajo el
seudónimo de Gil de Porras Machuca, Mendoza, Harduino y D .
Miguel Cortés y López, decididamente niegan llegasen aquellos
pueblos hiperbóreos á estas regiones meridionales: apoyados
en los datos que suministra Plinio Secundo, que refiere estas
naciones allende los aledaños de la Beturia Céltica, y tradu-
ciendo la conjunción latina j o r c a r por el sentido de que además
de las ciudades que consignaba á la Beturia Céltica, se con-
tenian en esta provincia las ciudades de Accinipo y demás pue-
blos antes referidos. Sin embargo, Don Miguel Lafuente Alcán-
tara interpreta este mismo praeter, diciendo, qué ademas de los
pueblos de la Beturia estaba poblado de celtas Accinipo [Ron-
da la vieja,) etc. y en semejante controversia de corografía,
no agena de nuestra historia, pudiera adoptarse el medio de
conciliar ambos estremos, que seria el de convenir en que así
como los romanos transportaron á la Beturia algunas tribus c é l -
tas de la Lusitania que permanecieron como aisladas en la os-
tensión de nuestra Betica, estos mismos romanos, de motu pro-
pio, ó los celtas por conveniencia, de suyo errantes y vagabun-
dos , pudiesen llegar á la serranía de Ronda, dando asi origen á
aquellos pueblos de concordancia geográfica indispulabíe, espe-
cialmente la de Accinipo, cuya ecsistencia en Ronda la Vieja
es segura é incontestable, ya por las lápidas que describió Don
45
Macario Fariñas, como por el sin número de cufíos y fragmen-
tos arqueológicos hallados en su superficie.
Habiendo determinado las divisiones geográficas de los c é l -
tas en la ostensión de la Península ibérica, lerminarémos estas
notas con una reseña sucinta de sus principales costumbres. Es-
tremadamente pobres en las regiones boreales donde aparecieron
como indígenas, sin conocer el uso del pan ni del vino, cultiva-
ban algunas legumbres, tales como ajos, cebollas, lentejas y mi-
jo. Vivian del robo y de la guerra, y parece indubitable que la
multitud de ladrones que Tito Livio atribuye á la España antigua,
tenia su origen en los escitas. E l primer prisionero que lescaia lo
inmolaban para beber su sangre: también mataban á los naáfra-
gos y colgaban sus cabezas de una cruz. Decapitaban á los pri^
sioneros y se servian de sus cráneos en las orgías de sus festines.
Sacaban los ojos á sus esclavos, y eran tan enemigos de la cullu*
ra y civilización, que, habiendo querido Anacarsis, uno de sus
hermanos, enseñarles lo que habia aprendido en Atenas, le ase-r
sinaronsin mas causa, según nos dice Laertio. Cuando invadían
otras naciones, apropiándose lo que no era suyo, no ofrecían otra
razón ni mas fundamento de justicia, que el derecho de la fuerza
de sus espadas y flechas.
Sus casas eran unas chozas miserables ó los carros epn que
trashumaban en su vida cosmopolita en medio sus rebaños. Cur
biertos con las pieles de estos, se alimentaban con la leche de sus
yeguas, á que eran muy aficionados. Con una religión inmunda
y agena de la divinidad, no conocían otros dioses que á Vesta y
Júpiter, á la Tierra, Hércules, Marte y Diana. Les sacrificaban
víctimas humanas después de libaciones sangrientas, y otras ve-r
ees, con devoción menos cruel, les presentaban caballos y cerdos,
Robustos, de anchas espaldas, de estaturas gigantescas, con r u -
bios y largos cabellos, luego que se apartaron de su helado
clima, y que probaron el vino de las regiones del mediodia, se
estendíeron como un diluvio hasta el pié del Pirineo, trayendo
un nuevo idioma algo mas parecido al griego que el nativo he^
breo de los ibaros, tan cultivado entonces en la Bética: de la
mezcla de ambas lenguas, se formó el lenguage bárbaro que se
quedó como perdido é inaccesible á los griegos, cartagineses y
romanos entre los bosques de Vizcaya, para tener algún contac-
to con el incomprensible origen del yazcuence. Finalmente, á
su paso por Cantabria, comunicaron á los naturales aquella
propensión al robo y pillage y aquella crueldad con los prisio-
neros esclavos, y aquella afición á la sangre humana y á la de
^6
los caballos, que aun en los tiempos de Augusto se consevaba
en aquel pais, especialmente entre los Cancanos de Asturias,
que, por llevarlo todo á fuego y sangre, se les designó con el
nombre latino de Infestos.
Pero antes de terminar esta noticia, es necesario detenernos
sobre el monumento céltico de las cercanías de Antequera. C o -
nocido de aquellos naturales desde la antigüedad mas remota,
bajo el nombre d é l a Cueva de Menga, y estudiado muy dete-
nidamente por el arquitecto D . Rafael Mitjana en una erudita
memoria publicada recientemente, pudiera este descubrimiento
prestar infinita luz á la controversia geográfica, acerea de si los
celtas ocuparon la serranía de Ronda. E l señor Mitjana, al i n -
vestigar prolijamente, con eruditísimos datos, la estension de es-
tas naciones por la superficie hispánica, supone gratuitamente
que la alta Beiuria era aquella serranía, en contradicción ma-
nifiesta de las mismas doctrinas que aduce para estralimitar á los
celtas de los grados 38 y 39 de latitud, que son los que corres-
ponden á su concordancia actual en la Estrsmadura Baja. Tam-
bién es un anacronismo en tan apreciable escritor, el narrar que
los fenicios comerciaron con los celtas, ya establecidos en la
Turdetania con anterioridad á los griegos, en vez de aquel pa-
cífico pueblo de primitivos iberos que fué subdito de Argantonio,
apartándose en esta parle de los geógrafos respetables, denomina-
dos mayores, tales como Estrabon y Plinio, fuentes claras y pe-
rennes de la geografía antigua; mas contrayéndonos únicamente
al monumento descubierto en Antequera, sin perjuicio de com-
prenderlo en nuestra GeografíaConrordante, varaos á fijar nues-
tra crítica, previniendo de antemano que solo diferiremos de la
opinión del señor Mitjana, en la aseveración de que hubiera
sido un templo, cuando nos inclinamos á pensar, por las razones
que espondremos, que si tuvo objeto obstensible tan curioso
monumento, seria el de cementerio común de algunas familias
celtas, establecidas en Antequefa, ya procediesen de la Beturia,
ó de los confines meridionales de la Celtiberia.
Procedamos á investigar la serie de monumentos atribuidos
á los celtas en algunas naciones vecinas. E l Dolmen de Trie-
Chateau en la Garenne de Gomer Fontaine, entre ChaumOnt y
Gisors, es una alta mesa de piedra, con fondo cubierto y agu-
gereado, por donde pueden penetrar los rayos del sol: el monu-
mento druldico cerca de Saumur es un edificio cuadrilongo y
cubierto, formado de grandes piedras: el de Essé, cerca de R e ú -
nes, llamado P e ñ a de las Brujas, se compone de 43 piedras.
il
de las que 34^ son mirp anchas y de mediano grueso, fijadas en
tierra y cubiertas con otras ocho, formando un cuadrilongo, si-
tuado de Sud-Este á Nord-Este y cortado por un tabique trans-
Tersal; siendo su mayor longitud de 19 metros, y su altura y an-
chura de 4. Cree un anticuario bretón que encima de este mo-
numento subirian las sacerdotisas del culto druídico para pro-
nunciar sus oráculos^ de lo que infiere procede la tradición de
su actual nombre de Cueva de las Brujas. E l Dolmen ó mesa de
un solo roonólito, sostenido de 5 piedras perpendiculares y tos-
cas, que está en Lok~Maria~Ker: el monumento druidico, de-
nominado campo de Karnac, á un cuarto de legua del pueblo
de este nombre, situado en un estenso arenal, compuesto de
1200 piedras perpendiculares, colocadas en línea recta, en once
hileras paralelas, de 763 toesas de longitud y A l de latitud, te-
niendo á su estremidad norte un semicírculo de iguales piedras
ó Menhirs, cuya altura llega á 18 ó 20 pies, y no baja de 10
á 12. E l dolmen inclinado y sostenido por 2 piedras cerca d«
Poitiers; las tumbas de tierra y cerca de Tirlemont; los osar ios
celtas de Fontenay-le-Marmionf y las piedras aisladas ó men-
hirs de 'Dol y de Joinville son los principales monumentos druí-
dicos de la Francia.
El dolmen del condado de Cornuallay compuesto de una pie-
dra enorme en figura de barco y sostituido por dos, toscamente
labradas: el monumento deAvehury en el condado de Wilts, que
consiste en un esteuso círculo compuesto de cien menhirs, con
otras dos secciones circulares dentro de él, teniendo otros dos cír-
culos concéntricos mas pequeños en su interior y dos avenidas
opuestas al gran círculo, y cuyas piedras todas son de 18 á 20
pies de altura. E l monumento druidico de Stone Henge, en el
mismo condado, que consiste en un considerable círculo de pie-
dras pareadas y aisladas, de considerable tamaño, cubiertas es-
tas últimas con otras horizontales, y cuyo conjunto han creído
varios anticuarios podría pertenecer á algún templo druídico ó
reunión de dolmens elevadísimos. Los barrows de la isla de
Man, que eran unos fosos circulares con unos montecillos en-
medio, de formas cónicas y esféricas, En la hechura varia de c i -
tas tumbas hallánse en sus terraplenes figuras oblongas do
400 pies de largo y groseramente construidas, reservándose pa-
ra las mugeres las de figura redonda ú esférica, y varios cuar-
tos subterráneos circulares y triangulares para sepulturas de los
principales druidas de Inglaterra, á cuya nación corresponden los
monumentos que quedan descritos.
48
Por lo que respecta á Espaoa, s¡ escepluanaos las sepulturas
antiguas cerca de la villa de Olerdola, que se hallan cavadas
perpendicularmente y colocadas sobre un monte, nada podemos
reseñar hasta el descubrimiento del monumento de Ántequera;
porque los Joros de Guisando, no lejos del Escorial, se tienen
por esculturas fenicias. Sin embargo, acab imos de salvr que las
piedras victorialeSy que acaso fueron lúmulos erigidos á los
guerreros mas ¡lustres, eran unos monolitos de '20 pies de alto,
pero aglomerados unos sobre otros en forma piramidal, pudién-
dose decir qne el monumento de esta especie que se encuentra
en el monte Barbanza cerca de Noya, es casi idéntico al de S a -
lisbury á distancia de seis millas de ültonia. Las mamoas y mo*
dorras que se encuentran en otras parles de Galicia tienen el as-
pecto por la parte esterior, de un monlecillo semi jesíérico como
el monumento de Anlequera y como los barllous de la antigua
Albion, aunque en el interior se compongan de un espacio cerrado
circular formado y cubierto por grandes piedras, como aparece
del pretendido templo céltico del señor Mitjana. En estos ce-
menterios celtas de Galicia se han hallado, en algunos, una
alta piedra cineraria ó dolmen ó menhir aislado, algunas ur-
nas de metal, armas, monedas y hasta las osamentas de los ca-
ballos, á que fueron tan apasionados los celtiberos. Generalmen-
te están abiertos y esplotados por la codicia de secretos tesoros,
como se observa en el de Antequera, no obstante de haber otros
intactos en la jurisdicción de Montes, según afirma Verea j
Aguiar en su historia de Galicia. Don Domingo Fontan, diree^
tor que fué del observatorio Astronómico, y autor de la Gran
Carta de Galicia, y don José Lareo, maestro de la fábrica de pa-
pel sellado, poseyeron unos puñales de bionce, llamados maca-
ras, en idioma célticc-griego, encontrados en estas mamoas ó se-
pulcros.
Además de estos monumentos, so hallan en toda Galicia j
en la provincia de Tras-os-Montes, anticua pertenencia de esta
región, varios círculos de tierra y césped formando un pequeño
vallado con su entrada, ora planos interiormente, ora mas ele-
vados en el centro, como e.n el de Figueira cerca de Santiago,
semejante á los barrows druídicos de la isla de Man y otros en
una perfecta llanura, como el ádYUlasante. Finalmente,en Por-
tugal, entre Pegoas y Venta-Vava, se ven varios menhirs en
forma de círculo, hasta el número de I2t teniendo en su centro
otro mayor monólito, en todo iguales á los Cromlech de la Breta-
ña é isla de Man en Inglaterra, que en el pais se llaman on-
49
fas. E l P . Kinsey describió el que se halla cerca de Arroyólos,
y hay una memoria poco conocida sobre estos monumentos, es-
crita por Martin de Mendoza.
Por la descripción que hemos trazado d é l o s monumentos cél-
ticos de Francia élnglaterra, resulta una perfecta semejanza con
el edificio de Antequera en las fábricas druídicas de Saumur y
ds Essé cerca de Uennes, como afirma el Sr. Miljana en su in-
teresante memoria; y aun cuando aceptemos las etimologías
acerca de que Dolmen, significa en idioma céltico, tabla de pie-
dra, d é l a s raices Í/O/, tol% ó í a o / , tabla, y men, piedra larga,
Mensao, piedra derecha, y Men-lach piedra sagrada, no nos es
fácil aceptar la aplicación de estas últimas palabras á la eufonia
de Cueva de Muenga, porque una tradición tan constante desde
los celtas á nuestros días, al través de tantas naciones como se
sucedieron en la Península, de idiomas tan diferentes y de cos-
tumbres tan opuestas, si no raya en lo imposible, es totalmente
inverosímil. Acerca de estas piedras célticas, que pueden consi-
derarse como los Rudimentos del Obelisco, se pierden los hom-
bres en congeluras sobre las causas que precedieran á su erec-
ción; y siendo la opinión mas probable de que los druidas las
introdugpron eu las Galias y en las islas de Inglaterra para le-
vantar aliares con el dolmen; conmemorar á sus divinidades y
héroes con el menhir; establecer sus cementerios con los cua-
drilongos y triánguloscubiertosde la Gruta de las Brujas de Essé,
Saumur, Tours y Herouva; el»sepulcro de sus esposas con las
tumbas de tierra de Tirlemont y Bartlow, y sus colegios druidi-
cos. para celebiar sus concilios, cun lo* monolitos multiplicados
de Karnac, Avebury y Stone Henge, enrnedio de la naturaleza y
delante de las tempestades del Occéano, tan en hai monía con sus
creencias y su culto.
E l monumento de Antequera, de indisputable origen céltico
por la analogía de su arquitectura, para ser un templo druídico,
como pretende el señor Miljana, necesitaba estar descubierto; y
aun cuando le reduzcamos á no tener lecho, ningún arqueólogo
ignora que estos antiguos sacerdotes celebraban sus ceremonias
á la faz del cielo y del aire libre, ora en el centro de espesos
bosques, ó en las agitadas riberas del mar. Vestidos de un lar-
go ropage blanco, ceñido el cuerpo con un manto del mismo co-
lor, adornada la frente con una corona de verbena, con barba
luenga y poblada, llevando al frente su pontífice, que se dis-
tinguían entre los demás por el cinturon de oro que ajustaba su
áraplia tánica, y por la serpiente no menos rica que determi-
50
naba su rango; subidos en esas mesas ó dobnens, ó esos cemen-
terios, parecidos al de Anlequera^ esplicaban en otros siglos á
las gentes que les rodeaban, que la materia y el espíritu eran
eternos; que la substancia del universo quedaba siempre inalte-
rable bajo la perpétua variación de los fenómenos producidos
por el agua y por el fuego; y que, finalmente, el alma se hallaba
sometida á una absoluta Melempsícosis. Allí los espositores sa-
grados ligaban á este último dogma la recompensa y las penas,
como todas las religiones, graduando, por una transmigración de-
gradante á nuestra especie, el género de los castigos \ la felicidad
de la otra vida en la perdurable de los hábitos \v pasiones hu-^
manas.
No hallándose circunscrita su ciencia á la esposicion de es-^
tas doctrinas, pronosticaban el porvenir por el vuelo de las aves
y por el grado de palpitación de las entrañas de las víctimas.
Heridas estas por debajo del diafracma hacían especial estudio
de sus postraciones, de las convulsiones de .sus agonías y hasta
del color de su sangre. Crucificadas otras veces, ó atadas con^
tra un madero, eran blanco de millares de flechas disparadas
por los fanáticos celtas. En otras ocasiones aparecía un coloso
de mimbres ó de heno, henchido de víctimas humanas, al que
un sacerdote daba fuego, mientras que recibía por ofrendas unas
barra» de oro ó de plata que se clavaban en estos monumentos.
Hasta para morir estos escitas se habían de quemar preliminar-
mente las cartas que ellos suponían debían leerse en la otra v i -
da, y frecuentemente se prestaban dinero para cobrarlo en el
otro mundo.
•Saliendo la ciencia de los druidas del misterioso círculo de
sus oráculos y ceremonias, se ausiliaban con la física y con la
aslrología judiciaria. Cogían el tmolus en ayunas, y con la mano
izquierda, arráncandolo sin mirarlo, y arrojándolo en unos de-
pósitos donde bebían sus ganados; teniéndole por un gran pre^
servativo para todas sus enfermedades. Para la cosecha del sila-
go, se preparaba el druida anticipadamente con abluciones y con
una ofrenda de pan y vino; en seguida marchaba con el pié
desnudo, y arrancaba la planta con su mano, que envolvía en un
paño que no podía servir segunda vez. Era su medicina univer-
sal el muérdago, que al verle sobre la encina con su verdor pa^
rásito y sembrado, á su entender, por una roano divina, le acep-
taban como un símbolo vivo, digno de la inmortalidad. Cogíanle
en invierno en medio de su esflorescencia cuando la planta es mas
visible, y cuando sus largas ramas verdes, sus hojas y las mazor"
51
cas amarillas de sus flores, enlazadas al árbol despojado, pre-
sentaban la imagen de la vida en medio de una naturaleza muer-
ta. Solamente se permitía cortar el muérdago el sesto dia de la
luna, y en esta ocasión, un druida, vestido con su tánica blanca
v armado con una hoz de oro, cegaba la raiz de la planta, que
recibían otros sacerdotes en pañuelos de seda blanca, teniendo
especial cuidado que no rozase con el suelo: en seguida se in-
molaban dos toros blancos, cuyos cuernos se veían atados por
primera vez. Frecuentemente en estas sagradas ceremonias, y
prevenido con anterioridad el pueblo del descubrimiento feliz
de esta vegetación parásita, se convocaban los colegios druídi-
cos, que aparecían silenciosos, marchando de dos en dos casi
cubiertos con sus mantos, rodeados de sus bardos ó poetas, h á -
cia á aquellos parages solitarios donde se había reproducido esta
emanación de la divinidad. Recogido el silago ó verbena,
ofrecía el ministro sagrado el sacrificio de pan, vino, habas y
miel, en tanto que las sacerdotisas preparaban con sus manos
castas una especiede cerveza que era el agua de la inspiración,
libada en el vaso místico de Azenladour,
Otra do las ceremonias de la religión druídica que se ce-
lebraba en la isla de Sena, ó en aquellos bosques sagrados de la
Armórica, que tanto ha hecho resaltar con su poesía sublime el
cantor ilustre de los Mártires en el interesante episodio de Ve-
lleda, consistía en la aparición de un carro arrastrado por una
ayunta de bueyes de blancura resplandeciente y rodeado de sa-
cerdotes y druidesas que acudían de las inmediatas selvas. Lo
que contenia este carro, cubierto con un velo espeso, estaba
prohibido se viese ni palpase por ningún ser humano. D e s p u é s
de pasear con lentitud por el circuito de la isla, se entregaba
el pueblo celta á sus festines y juegos entre aclamaciones estrepi-
tosas de alegría, hasta que el misterioso carro desaparecía en -
Iré las espesuras de los bosques, precipitándose después los ob-
jetos que contenia en las profundidades de algún lago.
Habiendo dicho que tos druidas carecían de representación
material para sus divinidades, fáltanos añadir los nombres con
que significaban sus atributos. Tenían á Esus por la soberana
potestad y per la bondad infinita, á Taranis por el numen del
ardor marcial, á Belims por el padre de la poesía y elocuencia,
á Teulates por el protector del comercio y de las relaciones
sociales, y á Nehalenniq, por el genio de la castidad; de manera
que los romanos hallaron en estos mismos emblemas á sus pro-
pios dioses, Júpiter, Marte, Apolo, Mercurio y Diana. Sin
52
bargo, volvemos á repetir que la divini Jad que adoraban los
druidas no tenia mas nombre que el del Desconocido, aun cuan»
do Diana quisiese decir en lengua céltica, imposibilidad de
formarse una idea del Gran Espíritu que gobierna todo el uni-
verso; y esta era la razón de mantener encendido en su honor
el fuego perdurable en las islas de Sena y Man ó Mona, que
situaba, esta última, en el centro del mar de Irlanda, metró-
poli aquella de las sacerdotisas, y esta de los sacerdotes.
Con todo, este Dios desconocido y que solo podia anun-
ciarse como un Espíritu Puro, se hallaba encarnado y se pre-
sentaba en la tierra como un ser creado, cual si dijéramos el
primer hombre. Esta emanación divina se llamaba Jly-ar~
Bras ó Hy-el Grande, y como fundador del sacerdocio, se le
daba también el nombre de Cadwa-Mader. Tenia lodos los
atributos de los patriarcas en la religión de Moisés. Como N o é ,
habia esperimentado un diluvio, después del cual vio perecer
toda la raza humana que habia creado, á escepcion de un hom-
bre y unamuj^er, que prevenidos por él se salvaron en una barca
que anticipadamente Rabian construido, y en la que se preser-
varon una pareja de todos los seres vivos antes de este univer-
sal calacli-mo. Este mismo Hy-ar-Bras, según las tradiciones
druídicas, arrancando la tierra de la invasión de las aguas, su-
bió después al cielo, sentado en un carro formado con los rayos
del sol, habiendo antes reunido sobre la superficie del globo las
nuevas generaciones en terrenos determinados, y enseñado á los
druidas los sagrados dogmas de su divinidad.
Desde enlonces, (continuando el análisis de tan peregrina
teogonia), dividiéronse los druidas, propiamente dichos, en gefo
de la oración, mostrándose únicamente á los pueblos para ha-
blarles del cielo, para anunciarles las voluntades del desconoci-
do, y transmitir una parte de su ciencia á los jóvenes mas dig-
nos de esta iniciación. Los Bardos ó los Poetas componían la
segunda clase de este sacerdocio: Cantaban las grandezas de la
divinidad, ponian en verso los anales de los tiempos, y celebra-
ban los altos hechos de sus héroes y príncipes en la entonación
de la Rotfe. Llevaban una lira y . un hacha para el combate,
porque lomando parte en las batallas, podian trasmitir á la pos-
teridad cuanto hablan visto; y estos cantores divinos eran custo-
dios únicos de los sacerdotes druidas y de los objetos de su culto.
D e s p u é s de los Ovalos ó pretendientes al sacerdocio, que
era la tercera clase en su órden gerárquico, seguían las secerdo-
tisas, divididas en tres clases: dueñas de la isla de Sena, inacce-
53
sibles á los druidas, vigiladas por los bardos, reinaron como so-
beranas sobre el espíritu de los pueblos de la península Armórica,
•ó sea pequeña Bretaña. Ligadas con el voto de castidad, resplan-
decía su carácter con su elevada santidad. Poseedoras del don de
lasprofecias, leían en el porvenir, pronosticaban los acontecimien-
ios, conversaban con losespíritus invisibles, hablaban á las tempes-
tades para aumentar susoslragosópara apaciguarlas del todo-, pero
el número da vírgenes de unaclasetan distinguida no podía esce-
der denueve. Se escogían de entre las familias mas ilustres, siendo
condición esencial para que fuesen admitidas, que poseyesen una
belleza admirable. Sobresalían estas doncellas por sus conoci-
mientos en la medicina, y como solo aparecían de noche ejercitan-
do su caridad, ya fuese en la choza del mendigo ó en el palacio
del hombre opulento, creía ingenuamente la mnchedumbre, por
la estupidez de su ignorancia, que eran seres que poseían la fa-
cultad de hacerse invisibles. Cuando se ponían á cantar con la
melodía de su inocencia y con sus voces argentinas, recostadas
sobre las rocas que dominaban el occéano, siguiendo las ento-
naciones de las harpas de sus bardos, era tan poderoso el en-
canto que esparcían por sus riberas, que las agitadas olas pare-
cía como que cesaban en sus murmurios; callaba la naturaleza
y la lira de Malvina á los acentos de Fingal, embellecieron
entonces las altas colinas de Cromla.
Morlificado el culto druídico con la invasión de los roma-
nos, aceptaron paulatinamente los celtas las divinidades del
pueblo rey; por manena, que Júpiter, el Tou b-Taranis de su
lengua, era sustitución de Esus; Ogmias, segunda divinidad del
politeísmo del Lacio, era Hércules, por que los celtas, siguien-
do la mitología griega, confundían á entrambos númenes Tos-
camente representado en sus primeros ídolos, iba armado de
una maza informe ó de un escudo puntiagudo Finalmente, Ten-
lates eva Pluton, BellimiSy Abellion, Helemon, Penino ó P e n i n ,
Apolo.
Atendiendo estas noticias, que hemos debido aducir para
la inteligencia histórica del monumento druídico de Antequera,
podrán juzgar nuestros lectores de su escesiva importancia,
absteniéndose qui^á de considerarle como un templo, por ¡os
fundamentos que preceden, y por las comparaciones que leí
ponemos á la vista en nuestro análisis sobre el origen de la na-
ción celta, sus inyasiones por Europa, su introducción en Es-
paña, su reseña arquitectónica, el bosquejo de su culto y el
unánime testimonió de todos los escritores que sostienen la im-
51
posibilidad de sus templos cubiertos, {fíerodoto, ttb. núme-
ros 113 y 206. Estrabon, íib. 7, p á g . 280. D é l o s celtas^
Germanos, Tito Lwioy lib'. 38^ cap, %% Homero1 Iliada,
13, v. 5. Estrabon, lib. 3, p á g , 5. Herodoto, lib, i , núm,
201. Tilo Livioy lib. 5, cap. 19. Plutarco, in Camilo, Lucia
Floroy lib, 3. cap, 3, Herodoto, Ub, 4, núm. 104. Estrabon,
lib, í y p á g . % 5, 7, 19 y 31. Id, lib, 7, p á g , 313. Pinker-
ton pag. 214. J t í o Livio, lib, 5, cap. 13. Id, lib, 5, ca/>.
20. Id< U K 38, cap. 12 y 12. / á . pagf. ^40. Herodoto, Mel~
pómene, lib. Estrabon, Lib. A, p á g . 181. Pinker ton, Re-
cherches sur V origine et les diverses estáblisemms des Scythes.
ou goths. Historia de Francia por M r . Le Eas.. Historia de
Inglaterra por el Barón de Rojoux, tom. I.0 p á g . 15, 16, 17,.
18 y 19. Historia de tnglaterra por M . M , León Galibert y
Clemente Pellé, p á g . 35, 36 y 37. Magasin Pittoresgue, a ñ a
de 1836, Religión de los Galos, p á g . 331 y 332.)

NOTA X V .

S o b r e l a v e n i d a d e los e a r t a g i n e n e » y romano»
á España.

Dido, fugitiva de su patria y buscando algún albergue en


playas estrangeras, rehusando enlaces con encumbrados príncipes,
fué la fundadora de Carlago. Esta célebre colonia, independien-
te y libre, establecida entre rudos y ásperos africanos, sin otras
leyes que las que supo dictarse en medio de tribus indómitas
de moros y númidas, y á las que subordinó por medio del po-
derío que siempre ejerce la civilización sobre la barbarie. E s -
tendida en aquellas tierras la dominación de Cartago, las escua-
dras de la orgullosa colonia se apoderaron de la Cerdeña y de
las Baleares, presentándose en nuestras costas á petición de los
fenicios, hostilizados por los indígenas. Una escuadra formidable,
á las órdenes de Maharval, ocupó la bahía de Cádiz, estendién-
dose por lodo el litoral de los Bástulos Poenos desde Calpe á
Barca, desde Gibrallar á Vera). Internándose en el país deja-
ron guarniciones en las fortalezas v pueblos principales, y bajo
protesto de favorecer á sus aliados, se sobrepusieron á ellos y
se hicieron dueños absolutos.
Tal es en resumen la relación de Justino, que envuelve un
monstruoso trastorno de cronología, según que justamente opi-
naron los autores á las notas de la Historia de Mariana, edi-
ción de Valencia; porque si la fundación de Cádiz precedió á
la de Cartago con mas de 200 años, ¿cómo es que pudieron
los cartagineses ayudar á los fenicios contra los españoles que
hacían la guerra á Cádiz, acabada de reedificar? ¿Ni cómo pue-
de admitirse por historia la suposición de Justino acerca de
que los cartagineses impulsaron la segunda espedicion á las ó r -
denes de Amilcar, animados de aquel resultado favorable, dando
á entender que de una á otra no mediaron muchos años, sien-
do así que se pasaron entre la fundación de Cádiz y la venida
de Amilcar 150 años? Por estas incerlidumbres, de que han
sabido prescindir algunos historiadores modernos, tales como
D . Antonio Alcalá Galiano y D . Miguel Lafuente Alcántara,
que fijan esta primera irrupción^ el primero, 500 años antes
de Jesucristo y el segundo, 550, guiados indudablemente por la
macordable cronología de Justino, me abstuve yo en mis estu-
dios históricos de Málaga de determinar una época que no se
sabe á punto fijo. No así la segunda irrupción cartaginesa á las
órdenes de Amilcar, que tuvo lugar, según el testimonio uná-
nime de todos los historiadores, después del célebre tratado que
ajustaron con los romanos en el año cuatrocientos dos de la
fundación de Roma, que, como afirma juiciosamente en un libro
de derecho público el marqués del Valle Santero, es la primera
página de nuestra historia que puede ajustarse á una cronología
exacta.
En este célebre tratado, que fué el segundo entre am-
bas naciones, se estipuló entre otras cosas que los romanos no
pudiesen comerciar, hacer el corso, ni establecer colonia alguna
fuera del promontorio Pw/cro, (cabo de Gala), ni mas allá de
Mastia y Tar^yo (Baeza y Cádiz], ni tampoco negociar en Afri-
ca y Cerdeña. Tan humillante estipulación no podia ser sopor-
table para una república tan altiva como la cartaginesa: así pues,
apenas se repuso de sus guerras intestinas, vino Amilcar Barca
á España lleno de un justo renombre. Desembarcó en Cádiz,
domó á los tartesios, restableció los intereses que tenia Cartago
en la Bélica, según manifiesta Polivio, y estableció en la costa
56
de Granada á los bástulos poenos: continuó su marcha por el
litoral del mediterráneo para sugelar á los iberos, pasó el Ebro^
fundó á Barcino (Barcelona) y llegó hasta el Pirineo para
abrirse el camino de la Italia, que era el blanco de todos sus
provectos, poro murió ahogado en un rio caudaloso (créese el
Ebn>), cerca de Acra-Leuce (Montalban). Sucedióle el joven
Asdrubal á los 9 años de esta invasión cartaginesa, guerrero
adoptado por Amilcar en la.poderosa familia de los Barcas, y
casado con su hija. Dolado ¿e una actividad semejante á la de
su antecesor, y de un carácter mas dulce, en los ocho años que
duró su mando puso en tal adelanto los intereses de Cartago en
ía península ibérica, que se vieron los romanos en la necesidad
de renovar sus tratados sobre los límites deí Ebro, que servían á
ambas repúblicas, quedando en su libertad é independencia los
saguntinos, cuyo territorio se hallaba intermedio entre las posesio-
nes de ambas naciones, después que Asdrubal edificó á Carta-
yo-Nova (Cartagena), para erigirla en punto céntrico de sus ope-
raciones marítimas, así como lo era Áuringi (Jaén) para sus
operaciones terrestres, murió asesinado á manos de un celtibero,
que vengó con este crimen la muerte injusta de su Señor.
Aníbal, que vino á sucederle, era uno de los modelos de
Plutarco. Reunía á sus ^6 años la madurez de un anciano. E n
su persona se revelaba todo el ingenio de un hombre grande,
valiente y activo. Sirviendo de estímulo á sus soldados con sus
mismas privaciones; sagaz para adivinar los pensamientos age-
nos y para ocultar los propios; inflecsible y pronto en sus man-
datos; osado hasta arrostrar la muerte con la sangre fría de los
héroes, fué el guerrero mas admirable que nos ofrece la his-
toria antigua. Apenas hubo tomado el mando del ejército, se
acordó del juramento que habia hecho ante los dioses de su
patria, de esterminar á los romanos. Señaló su primera cam^-
paña con la sugecion de los Olcades y Vacceos (los alcarrefíos
y los de tierra de Campos) rindiendo á Arbacala (Toro), que
era la capital de estos últimos. La mezquina disputa sobre los
riegos del rio Mijares, que habían usurpado los saguntinos,
hizo que se decidiese contra estos, y que traslimitase el Ebro,
con infracción de los antiguos pactos, aniquilando a Sagqnto.
Obtenido este triunfo memorable, y habiendo adoptado cuantas
precauciones caben en la cabeza humana para asegurar el Afri-
ca contra una invasión enemiga, púsose al frente de 120 mil
hombres, con los que llegó al Pirineo. Al hacer alto en Coljuvre,
pos dicen los historiadores, que sobresalían entre los númidas
57
del Africa, los astures, celtiberos y cántabros que formaban al
lado de los tartesios, oretanos y túrdulos, acaudillados estos úl-
timos por los capitanes andaluces Phorcys y Araurico. E l aire
marcial de estas tropas ibéricas, que ha elogiado tanto Polivio
y Tito Livio^ vestidos de túnicas blancas, recamadas de púrpu-
ra, con airosas lorigas, de tan vivos colores que resplandecian
desde lejos, usando el broquel de los galos y las espadas cor-
tas, cuyas afiladas hojas hacian heridas incurables, eran el asom-
bro y espanto de los aguerridos romanos. Pero el héroe de Car-
tago, sin detenerse en las Galias, pasó denodado los Alpes, i n -
fundiendo el terror y la muerte en las orillas del Tesmo, del
Trevia y del Trasimeuo y obtuvo en Cannas una victoria me-
morable.
Los romanos que aun no habian pisado nueátro suelo y que
en su terrible pugna con los altivos cartagineses habian visto
transcurrir la primera guerra púnica, no pudieron vacilar en
empuñar de nuevo las armas ante la osadía de Anibal. Sortea-
das entre los cónsules las provincias adonde debían lidiar, cupo
á Camilo venir á España, y á Sempronio al Africa y Sicilia: y
en la formidable escuadra de 160 galeras, mandada por Gneyo
Escipion, vinieron los primeros romanos que invadieron la pe-
nínsula 217 años antes de Jesucristo. Desembarcados en Cata-
luña y hostilizando sin tregua á los régulos que se resislian, al
par que hacian aliados á los que aceptaban su amistad, batieron
á los cartagineses en diferentes encuentros, pasando Escipion
el invierno en Tarragona. Al año siguiente, arremetió este ilus-
tre caudillo ala armada enemiga á la desembocadura del Ebro,
y apresando casi todos sus buques, la facilitó nuevas alianzas
y el acceso á las provincias del medio día; por lo que se con^
\irtieron estas fértiles regiones en el sangriento teatro de la
segunda guerra púnica. En esta lucha de dos siglos, en que
Carteya (Torre de Cartagena) llegó á ser punto perenne de de-
sembarcos, y Escua (Archidona^ memorable por la defensa que
hizo contra Asdrubal, fué el cartaginés vencido en diferentes
encuentros, hasta la lendicion de Astapa [Estepa] que consiguió
Lucio Mario. Valientes hasta el heroísmo sus ínclitos mora-
dores, imitando á los sagunlinos, amontonaron en la plaza p ú -
blica sus mas preciosos efectos, hicieron reunir sobre combusti-
bles á sus esposas é hijos, y perecieron como héroes. »Los
» s o l d a d o s s e abalanzaban á la infausta pira para disputar al fue-
» g o las riquezas que iban á servirle de alimento; pero relro-
»cediaii ante los ardores de aquella lumbre siniestra. F u é lo-
58
»macla la ciudad^ pero sin bolin ni cautivos: el hierro enemigo
westerminó los pocos moradores que fueron débiles ó tardíos en
»darse la muerte.» Así lo contó TitoLivio. [Diodoro Siculo, lib.
5, cap. 17. Mariana, Historia General de España, lih. 1. co^p.
10 y 17. Justino, lib. 44^ cap. 5. Comelio Nepote, Vita Amil-
caris. Diodoro Siculo, lib. 25. cap. 5. Polivio, lib. 2. Silio
Itálico, lib. í . vers. 141. Polivio, lib, 3. Tito Livio, lib. 21.
Sitio Itálico, lib. 3. vers, 403. Polivio, lib. 3. Tito Livio, lib,
22 y 28.)

NOTA X V I .

Sobre la India cíe los» e s p a ñ o l e s con Sos romano!»


hasta la destrneelon de ftimnanexa.

En los tiempos á que nos referimos, los españoles primiti-


vos, de sano juicio y de influjo en el pais, conociendo que de
la prolongada lucha entre romanos y cartagineses, cualquiera
de los dos bandos que resultara vencedor habría de asegurar sü
triunfo á espensas de la libertad é independencia de su nación,
formaron un tercer partido, reuniendo fuerzas respetables, que
aun que sirviesen á unos y otros en la alternativa de su fortuna,
pudiesen á la primera coyuntura favorable ser el núcleo de u l -
teriores esfuerzos para la salvación de la patria. Indibil y Man-
donio, gefes ó régulos de los Ilergetes, haciendo suya tan no-
ble causa, entraron en la coalision. E l valeroso Indibil, sagaz,
político y reservado, al descubrir su proyecto en un elocuente
discurso, estableció por base que la ruina de España no la
causarían ni los cartagineses ni los romanos, sino la división de
sus naturales; pero que si conviniesen en una sola voluntad, ni
cartagineses ni romanos ni el poder de lodo el mundo seria capaz
de sojuzgarlos.
Aceptado este discurso enérgico, y usando los españoles de
la astuta política que se les inculcaba, abandonaron á Escipion en
59
Ánistorgis (Alcañiz) pusieron su ejército de celtiberos á discre-
ción del de Asdrubal, al propio tiempo que Indibil atacaba á Pu-
blio Escipion en el Saltus Tugienses (ho^ Puerto Auxin) cerca del
nacimiento del Bétis {Guadalquivir.)
Por consecuencia de esta política, y cuando ya los romanos
quedaron vencedores de España, cansados los pueblos de sufrir
las vejaciones y penalidades de estraños desnaturalizados, sin ape-
go y sm relaciones con las familias del pais que gobernaban co-
mo déspotas, y sin atender los gemidos de los abatidos indige-
nas, se urdía una conspiración que dio origen á la nueva lucha
entre vencedores y vencidos. Coica, que era uno de los caudillos
de mayor prestigio y riquezas en nuestras provincias meridiona-
les, alzándose en la Alpujarra, dió principio á aquella contienda
que duró mas de dos siglos, que fué secundada por los lusita-
nos, y que en las cercanías de Licon (que algunos suponen L a -
char) quedó derrotado Lucio Emilio Paulo, cuando la orgullosa
Boma celebraba el triunfo del vencedor de Antioco, Marco
Asinio.
Un simple pastor de la Lusitania, despreciado como un ban-
dolero, ínfimo gefe de guerrilla, entra con 10 mil hombres en la Be
tica, con el nombre de Viriato. Derrotando á C . Vitelio, se intro-
dujo por los montes de Bonda, hizo un reconocimiento en C a r -
teya (Torre de Cartagena), y subdivididas sus fuerzas con guerri-
llas, obligó á las avanzadas del cónsul Quinto Favio Máximo á
guarecerse de sus ataques detrás d é l o s muros de Orsua (Osuna).
Aquel valiente lusitano, á semejanza de una sombra que cuando
creemos alcanzarla se desvanece como el humo fugitivo, cuando
no podia vencer, formidable donde menos se le esperaba, frus-
trando por su mero genio los cálculos mejor combinados de los
generales del mayor imperio que habían conocido los hombres,
siendo el modelo mas noble de otros españoles valientes, mar-
chando y contramarchando por entre las cohortes d e s ú s enemi-
gos, ya lo vemos rendir á Tuccí (Martes), ya dentro de la forti-
ficada Escua (Archidona), ya posesionado de Oímíco (Porcuna), ó
ya dominando á Biatia (Baeza), principales plazas del mediodía.
Este caudillo singular, de gigantescas dimensiones, por la ac-
tividad de su genio, por la velocidad de sus marchas y por su
valor heróico, tan parecido á otro caudillo que brilló cual metéo-
ro en una guerra civil dinástica, este salteador de caminos, que
logró á fuerza de hazañas ser elogiado por los romanos, que le-
vantó su ascendiente hasta hacer tratados de paz con el cónsul Ser
viliano, tratados que ratificó el senado, este guerrero de once años,
60
pugnando solo con los egércitos de lan poderosa república, que
supo borrar su origen y las fallas de su educación con el res-
plandor de sus hechos, este hombre, en fin_, que dormía poco y
que nunca abandonaba sus armas, lleno de fé en sus tratos co-
mo hombre público, de templanza en la vida doméslica_, que
abandonaba á sus soldados el rico bolín de la guerua, que usaba
de moderación en la prosperidad de la fortuna y de gran for-
taleza en la desgracia... fué asesinado vilmente cuando descan-
saba del combate! Al asomar el sol por el oriente, como dice un
historiador moderno, iluminaron sus rayos la fuga de sus asesi-
nos y la desesperación de los lusitanos!!
En los hechos que recorremos para ilustración de nuestro
testo, solo el nombre de Numancía es el que puede distraernos
de la perfidia de aquel crimen. Esta capital de los pelendones
(gentes cellíberas), fiel aliada de aquel guerrero, y mas indignada
aun con la traición de su muerte, que había humillado á Popilio,
obligándole á retirarse antes que pudiese cumplir con la órden
que llevaba para espugnarla; que ajustó una efímera paz con el
cónsul Hoslilío, después de haberle muerto 20 mil hombres, paz
de tanta vergüenza para Roma, que no quiso ratificarla el Senado,
esta ciudad tan memorable, verdadero coloso de nuestra histo-
ria, obtuvo en fin el noble y glorioso título de ser llamada Ter-
ror del Imperio. Cercada por 60 mil hombres, siendoúnícamente
lOmil susdefensores, y no podiendoresitirá los estragos del ham-
bre, se resolvieron á morir de una manera tan desastrosa: unos
tomaron veneno, otros prendieron fuego á sus casas, otros pe-
leaban entre sí, con aplausos de los circunstantes, hasta quitarse
la vida, y al que quedaba vencido le cortaban la cabeza y des-
pués arrojaban su cadáver en una ancha hoguera; mientras que
el que salía vencedor peleaba con otro para esperimentar la mis-
ma suerte. En esta prolongada tragedia, padres, hijos y parien-
tes se mataban unos á otros, ó con clamores de friunfo cor-
rían á echarse juntos en el horno que habían calentado siete veces.
Así perecieron los numantinos, no quedando de todos ellos ni
una sola persona viva. Ruinas, sangre, soledad y horror recreó
la vista de Emiliano, quien mandó arrasar sus murallas para que
nada quedase de Numancía!!
Esta ciudad inmortal, que no era de grande ostensión por las
razones que hemos dicho antes, contaba el ámbito de 3000 pasos.
Se elevaba entre la confluencia de dos rios, y solo tenia por de-
fensa algunos fosos y estacadas hácia la parte del Nord-este. No
muy distante de Soria se halla el Puente de Garrai, cuya eli-
61
mología quiere decir abrasados, hacia un ángulo de tierra que
se comprende entre I;i izquierda del Duero y la derecha del l e -
ra, topografía que el itinerario de Antonino llama Interamnios,
ó entrepuentes; y en este terreno abrasado, como dice su etimo-
logía hebrea, estuvo el área de Nuraancia. Algunas piedras l a -
bradas, algunos cascos de tejas y algunas que otras vasijas, es-
corias y ladrillos de 6 ó mas pulgadas de grueso, es lo único que
ha quedado de aquel pueblo famoso que resislió 14 años á diez
generales romanos,- y que mereció el honroso título de ser espan-
to del Imperio. Este heroísmo sin ejemplo revela á la especie
humana que cuando el hombre se escita hasta el último estremo,
sale de los límites comunes y toma formas de gigante. [Tito L i -
vio, lih. 27, cap. 19. Plutarco, Invita Catón. Tito Livio, lib.
33. Estrabon, lib. 3. Diodoro Siculo, lib. Í 5 . Silio I t á l i c o . De
bell. pun. lib. 3, v. 554, Masdeu, Esp. Rom. cap. 135. Apiano,
Be Bell. Hisp. p á g , 490 y 492'. Floro, lib. 2, cap. 17. Cice-
rón, De Officiis, libro 2, cap. 1 Í . E u í r o p i o , lib. 4. Lucio F l o -
ro, lib. 2, cap. 18. Don Miguel Cortés y López, Diccionario de
España Antigua, tomo 2. p á g . 231, Historia de E s p a ñ a de
Pon A/itonio Alcalá Galiano, tomo 1, p á g . 40.)

NOTA XVII,

£tabB*e l a g e o g r a f í a a n t i g u a ele l a p r o v i n c i a d e H a -
laga.

Los bástulos poenos formaban la región mas meridional de


la Bética, estendiéndose por lodo el litoral de la costa desde Me-
llaría (Tarifa) en el Fretum Gaditanum (Estrecho de Gibraltar),
hasta Barea (Vera), ocupando toda la costa marítima de la Pro-
vincia de Málaga. Según la división que hizo Ptolomeo de la B d -
tica, y conforme á las reducciones que hemos hecho para nues-
tra obra^ aun inédita, de la Concordancia Geográfica de la P e -
nínsula, que debe salir brevemente á luz, eran limítrofes de los
tástulos poenos, Tarifa, Los Barrios, Casares, Gauzin7 Pugerra,
62
Parauta, Carralraca, Valle de Abdalagis, Villanueva de Cauche,
Riogordo, Salares, Güejar de Faragüit, Orgiva, ügijar, Paterna,
Alboloduy, Lubrin y Vera. Dedúcese de estos lítniteSj que esta
región meridional ocupaba toda la costa aquende la cordillera del
Solorius Mons (Sierra Nevada), con los ramales del Tegea, T o r -
cal meridional y Serranía de Ronda hasta Gibraltar, {Calpe).
Eran ciudades antiguas que conocieron los romanos en esta re-
gión de los bástulos poenos (enviados fenicios), á saber: Abde-
ra (Adra,) A n d o r i s a e ó Lauro (Alhaurin e\Gran(\e),Aratisp{ (Cau-
che el Viejo) Barba ó B a r b i (Bobadilla 6 CasiiWon)Barbariana in
bastulis (Torre Carbonera), Barbesula (desembocadura del rio
Guadiaro). Barea (Vera) Belipo ó Belon (Bolonia en la bahía de
Gibraltar), Caesarea Sextifirmum 6 Caviclum (Torrox), Calpe ó
Heraclea (Gibraltar), Callet Emanici /^Castellar de la Frontera,
hácia Guadiaro^, Cartami ó Carlima /Cártama^, Cartela ^Torre
de Cartagena^, Cilniana (Las Bóvedas, junto á rio Verdeé, La~
cibis [Coin], Maenaca, [Velez Málaga), Menoha in bastulis (Ven-
ta de Vizmiliana], Malaca ó i/ri/aw [Málaga], Mellaría ad fre-
tum [Tarifa], Munda Bélica [xMonda Murgis [Moxacar], Nes-
cania [Valle de Abdalagisy1, Osona ^Cerro-Leon/, Portus Albus
/Alcarria, nombre del sitio de unas ruinas junto al mar cerca de
Aljeciras^ Salambina(Salobreña),Salduba bastulorum [Marbella],
Sexi 6 Sexus [Almuñecar], 5 ^ / [Fuengirola], Julia Transducta
Algeciras,] Turariana [Torviscony Ulysea Urbs [ügijar), lluro
Alora] y Herna [Cabo Tiloso.
Eran subdivisiones de esta misma región los Belri ó Betrios,
que el anónimo de Ravena determina en el distrito de Barea [Ve-
ra]: los Carpesios ó Carpesiorum [gentes de Calpe, Carpesiorum
gens\ que moraban desde Gibraltar á Málaga], y los Cempsios ó
Civicenos [próximos á Ceret, Medinasidonia]. Finalmente, estos
mismos bástulos son los lybiphoenices de Rufo Festo Aviene.
Los demá-» pueblos que actualmente se comprenden en la
provincia de Málaga, tales como Antikaria [Antequera], Astigi
v e t u s ó Cedrippo [Alameda], Atlegua [Teba la Vieja], Lacippo
[Setenil], Sabora [Cañete la Real], eran de la región de los Tur-
detanos. Escua [Archidona], Acinipo [Ronda la Vieja], ^árwHía,
Arunda Cappa o Cappagum [Ronda], Lacidula [cerca de Graza-
lema], Soepona [cerca de Córtes de la Frontera] y Singilia [Val-
sequillo ó Cortijo de Castillon, noroeste de Antequera] eran pue-
blos de la región lúrdula.
Son variantes de esta corografía, que hemos tomado de los
geógrafos mayores y de la crítica erudita de don Miguel Cortés
63
y López, las concordancias recientemente publicadas por D .
Miguel Lafuente Alcántara en su amena é interesante historia
de las provincias granadinas. Pretende este ilustre autor fijar
el solar de Barharianain bástulis en la villa de Gauzin, en vez
de colocarla en la Torre Carbonera no lejos de la desemboca-
dura del rio Guadiaro, que es á donde la encontramos, apo-
yados en las mansiones ó escalas del Itinerario de Antonmo,
que la fija en el camino de Malaca (Málaga) á Gades (Cádiz)
por el litoral de la costa, sin embargo de estar de acuerdo con
D . Miguel Cortés y López, Weseling y Juan Conduit y P é -
rez, que creen pudiera Barbariana ser sinónimo de Barbesu-
•la; pero no nos parece justa crítica llevarla á Gauzin, tan dis-
tante del Itinerario.
Aun cuando el señor Lafuente Alcántara haya tenido sus
razones para introducir á Decuma en el terreno que ocupa la
puebla de Maro al eslremo oriental de esta provincia, acep-
tando nosotros las de Plinio Secundo, no hemos creido con-
ducente piivar á la villa del Carpió de esta corografía. Este
geógrafo mayor, ó padre de la ciencia geográfica, señala el
pueblo de Carbulo y Decuma á la orilla izquierda del Bétis
(Guadalquivir): Carbulo, Decuma, Singilis fíuvius, eodem Bae-
tis latere incidens; y como Plinio Secundo ha sido el varón
insigne que nació el año 77 de nuestra era, que, investigan-
do el Vesuvio un año antes de morir, escribió el admirable
libro de la Historia Natural, libro que en su parte geográfi-
ca recopiló todas las noticias de Pomponio Mela, Posidonio
y Turanio Gracula; así como sus observaciones en sus viages
para España y en la topografía del pais, habiendo sido ade^
más intendente de Hispalis (Sevilla); Ínterin no se presenten
otros dalos de mayor fuerza no nos es posible referir á D e -
cuma 6 Detunda en Maro, sino en el Carpió.
Tampoco podemos admitir á Laurona en Alhaurin de la
Torre, como admite el Sr. Lafuente Alcántara, y nuestras
razones se apoyan en que siendo únicamente dos pueblos de
este nombre, á saber Lauro Tarraconense y Lauro Baetica,
los que reconocen lodos los geógrafos, y debiendo hallarse
este último al alcance de los fugitivos de la batalla de Munda-
Bética, según el testo de Lucio Floro, es mas sencillo fuese
á colocarlo á menor distancia de aquel campo, en Alhaurin el
Grande^ que dista solamente dos leguas de é l , en vez de
fiijarle en Alhaurin de la Torre que dista cuatro. Además, por
los fragmentos arqueológicos hallados en Alhaurin el Grande.,
6i
fracraentos de que carece el otro pueblo, que fué conocido en
tiempo de los árabes por Albarrazin de la Torre, hemos fijado
en el primero la correspondencia de Lauro.
Finalmente, el pueblo de Ástapa, que traslada el señor L a -
fuente Alcántara á la villa de Estepona, no nos ha sido posible ad-
mitirlo en nuestras concordancias geográficas, cuando para ello
hubiera sido preciso renunciar á nuestras convicciones, que lo
reducen á Estepa. Las doctrinas en que se apoya este erudito
escritor .son tomadas de D . Antonio Ponz y d é l o s manus-
critos importantes de Juan Fernandez Franco, reunidos p o r D .
Francisco Bruna; y las que nosotros tenemos para no dar tal
importancia á nuestra \illa de Estepona, es la inqüeslionable
geografía de Plinio que la hace del convento Jurídico de Astigis
(chancilleria de Ecija), siendo así que para la otra topografía
deberia estar este antiguo pueblo en los límites jurídicos de
Cádiz que se estenclian por el oriente, desde la Fuengirola,
Alhaurin el Grande, Coin, Ronda, Bornos, rio Oaadalete y
su corriente hasta el Puerto de Santa María; y de esta indis-
putable base, de que parece no deberia separarse el ilustre his-
toriador que refutamos, en el hecho de señalar los* límites de
la chancilleria de Astigis, que era donde estaba AHapa ^Este-
pa) línea que trae (pág. 120, tomo 1.° de su Historia de Grana-
da) por la orilla meridional del Genil hasta Iznajar, y luego por
Archidona y Antequera, subiendo las sierras de Loja, Alfarnate
y Velez-Málaga, tenemos razones suficientes para el fundamento
de nuestra crítica; pero lo que es inconcebible para un escritor
tan concienzudo, es, que determinando á A stapa en el mismo con-
vento Astigitano, separe á Estepona de la misma orilla del mar,
y la traiga tierra adentro hasta Eslepa, nada menos que 16 leguas
(el mismo libro y pág. de su obra). Esto conduce á probarnos la
estremada circunspección y la detenida crítica con que es indis-
pensable tratar todas las cuestiones que se refieren á ilustrar
nuestra antigua geografía. /Geógrafos mayores. D . Miguel Cor-
tés y López, Diccionario Geográpco-histórico de la España an-
tigua. D . Miguel Lafuente Alcántara, Historia de Granada.
Don Ildefonso Marzo, Manuscritos inéditos sobre las concor-?
dancias geográficas de España.)
65

hh
101

¡VOTA XVIII.

Mohre los monaiuentoai a r q u e o l ó g i c o s d e M á l a g a j


mn p r o v i n c i a .

Además de ios monumentos de Malaga, los habitantes de


otros pueblos de su provincia alzaron templos á las divinidades
gentílicas. Posiumio dedicó dos altares en Antequera, el uno á
Apolo y á Esculapio, y el otro al Genio protector del célebre
manantial de Fuente de Piedra, agradecido al feliz efecto que le
habían producido sus aguas. Sexto Erofilo elevó otro altar en
esta misma ciudad a Isis y Serapis, divinidades egipcias. Lucio
Portio Víctor, de Cártama, erigía en su nombre y en el de su
esposa, estátuas á Venus y á Marte. Junia Rustica, opulenta ciu-
dadana de este municipio, construy6 elegantes pórticos, reedificó
una lonja pública que ya comenzaba á arruinarse, costeó- baños
suntuosos al lado de hermosos jardines y estanques, poblados de
peces, en cuyo centro descollaba sobre un pedestal la estatua de
Cupido. Hubo fiestas públicas á la erección de estos monumen-
tos, permitiendo la curia de Cártama que esta ilustre ciudadana
levantase estátuas para sí, para sus hijos, para sus padres y es-
poso, cuyos restos colosales yacían abandonados en Málagay en-
medío de un paseo público! En el propio municipio carlimitano
se alzaron monumentos á los dioses y emperadores, con inscrip-
ciones sobre piedra y bronce para conmemorar á algunos de sus
mas famosos conciudadanos. Marco Agripa, en Antequera ó en
Cerro León, construyó por los años 21 antes de Jesucristo, un pan-
teón en el que se presentaron con todos sus atributos gentílicos
todos los dioses de los romanos, cuya celebridad fué causa de
que se restaurase á principios del siglo tercero, por especiales
mandatos de Severo y Caracalla. En Monda, Julio Nemesio N o -
raentano, siendo emperador Marco Aurelio, construyó unas ca-
sas para la municipalidad, y esta ciudad, agradecida á la genero-
66
sidad con que le había perdonado el César los atrasos que adeu-
daban algunos pueblos de España, y por el beneficio de haber
renovado su calzada hasta Cártama, de cuya construcción hemos
visto algunos fragmentos en perfecta integridad, levantó un mo-
numento que pudiese transmitir la memoria del emperador
Adriano. (Fipctse el Apéndice Concordancias geográficas d$ la
Provincia de Málaga, colocado al fin de esta obra.)

NOTA X I X .

*ofore l a c a t e g o r í a d e l a s c i u d a d e s r o m a n a s d e la
p r o v i n c i a de l i á l a g a *

Para poder apreciar debidamente la categoría y prero-


gativas de Málaga y demás pueblos de su provincia en
tiempo de los romanos, es necesario detenernos en el relato de
sus fueros en la época que analizamos. Las colonias romanas
eran aquellas ciudades á donde venian á poblar y á avecindarse
aquellos soldados veteranos encanecidos en las batallas, que an-
helaban el descanso con una propiedad estable y fija; ó aquel es-
ceso de la población de Roma, turbulenta y menesterosa que ne-
cesitaba moralizarse con la ocupación y el trabajo. Estos colo-
nos advenedizos tenian los mismos derechos públicos y privado»
que los ciudadanos romanos, oblenian el beneficio de las leyes
patrias en sus enlaces, paternidad, filiación, sucesiones, adqui-
siciones de dominio y facultades testamentarias. También podían
aspirar á todos los empleos civiles y militares, con transmisión
de estos privilegios á sus propios hijos. Finalmente, cada colonia
era una fracción de la capital del imperio, gobernada por sus
mismas leyes y aun exentas de pagar impuestos. Los comisio-
nados que venian á establecerlas traian una lista de los colonos á
quienes debian repartirse las propiedades, asignando á cada uno
tierras productivas para que las cultivasen, y colocándola b a j ó l a
protección de los dioses. Tenian además estas ciudades el privi-
legio de acuñar moneda, en las cuales se ostentaban emblemas
alusivos á su constitución. En el anverso de estos cuños se gra-
67
baban trofeos militares para conmemorar las glorias de las legio-
nes que hallaban el descanso de sus fatigasen estos nuevos asilos,
y en el reverso, ya un buey ó ya una vaca, uncidos á la coyunda,
en significación de que los trabajos rústicos enriquecen y enno-
blecen á los hombres. No se conocia colonia alguna en nuestra
provincia.
Al establecer Augusto las colonias militares, dejó en el goce
de sus fueros á los Municipios. Las ciudades que gozaban de
esta lisongera prerogativa conservaban y se regian por sus le-
yes propias y por los usos y ritos de sus mayores. Sin ser ciuda-
danos romanos y sin esperimentar el peso de sus gabelas y cargas
publicas, participaban del goce de sus privilegios. E l habitante
ile un municipio se hallaba exento de las leyes romanas; gozaba
de los fueros, usos y costumbres que la sagacidad del conquista-
dor les conservaba., y era admitido á todos los destinos honrosos
que aquellos obtenían; militaban en las legiones, ascendian por
sus peculiares méritos y aspiraban á la magistratura y mas altos
empleos; por último, no ecsislía otra diferencia entre municipios
y colonias sino en que en estas radicaban de hecho los privile-
gios de ciudadanos romanos, y en los rouaicipios se obtenían las
participaciones y cargos públicos por orden especial. Entre las
ciudades romanas que hoy se cuentan, hallamos por municipios
en los límites de esta provincia^ á Cartima ó Cartami 'Cárta-
ma), Nescania (Valle de Abdalagis), Osona (Cerro-Leon), Anti-
karia (Antequera) y Singiliq, (Cortijo de Gastiilon, cerca de
Antequera).
E l derecho del Lacio era una prerogativa individual, era un
-estímulo al mérito y á que le dislingiresen los moradores de los
demás pueblos. Los ciudadanos que hablan obtenido alguna ma-
gistratura municipal, desempeñado algún cargo oneroso, ó que
se hablan distinguido por sus talentos y servicios, obtenian sin di-
ficultad los derechos de ciudadanos romanos; de tal modo, que
era sumamente raro hallar una familia tal cual acomodada
en cualesquiera ciudad latina, que no hubiese obtenido una gra-
cia que facilitaba á sus hijos servir en las legiones y obtener des-
tinos lucrativos. Ignórase cuales eran entre los pueblos de esta
provincia los que gozaban de este derecho.
Había entre las ciudades españolas otra categoría de que
vamos á dar noticia. Aludimos á las ciudades libres ó federadas,
que, regidas por sus leyes patrias, lenian derecho de propiedad en
sus campos, y se hallaban exentas de toda subordinación á la
magistratura romana. Eran unas especies de repúblicas que so-
68
lo reconocían el poder y soberanía de la capital del mundo, coa
la que celebraban tratados de paz y alianza bajo el título de ami-
gos, y obteniendo al fin que estos convenios, que afianzaban su
unión recíproca, se esculpiesen en tablas de bronce sobre los mu-
ros del Capitolio. De estas ciudades confederadas no había mas
qne cuatro en España, que eran Tarraco (Tarragona) en la Tar-
raconense, Epagro (Montero) en la región Túrdulo Bélica y Suel

Í
Fuengiroja) y Malaca (Málaga) en el litoral de los Bástulos-
^enos. mnod! BJes
Finalmente, los demás pueblos que no gozaban de esta dis-
tinción, entraban en clase de estipendiarios, es decir, sugetos á
los magistrados romanos, y sometidos al pagjo de las contribucio-
nes directas que se imponían sobre las personas y las propieda-
des. Entrelos pueblos romanos de nuestra provincia^, reconoce-
mos por estipendiarios á Coin, (Lavibis), y á Andorisae (Alliau-
rin el Grande. fPlinio, Hislor. Nalur. lib. 3, capítulos 1 y 2,
FloreZy Medallas de las colonias y Municipios, cap. 41.
Gibhon, Hisfor, d é l a Decad, lomo 1, cap. 2, Cean, sumario de
las antigüedades romanas, en la Introducción. Gravina, de Im-
perio Romano, lib. sing. cap. ^6. Sigonio. Be jure antiguo l í a -
hae, lib. 2, cav. 3. FUangieri. Ciencie legis latina, cap. 22..
Áulo Gelio. Nocí. atic. lib. 16, cap. 13. Spanheim orb. romm
caps. S y 62, Florcz, Medallas, cap. 12).

NOTA X X .

S o b r e l a C u e v a d e l H i g a e r o n 6 de los C a n t a l e o

¡jfjh ~}.|íi) {ib •• . .: [•] • ' A ' U • •• ' ¿ Á bülfuoít


phí'íwWiíi'ífi Li fj'í iufif.l i flll i B Ü t t d OIÍM 9)ní>íHPiíOíi<i 610
A principios de 1833, y de acuerdo con una dé las autori-
dades de esta provincia, se pensó en corroborar la identidad de
la Cueva del Higueron 6 de los Cantales con la que sirvió de asi-
ló á M . Craso. Algunas personas ilustradas de Malaga, al aco-
meter esta empresa, se informaron preliminarmente de los mo-
radores que habitaban en las cercanías de la Torre de las Palo-
mas, que la Cueva del Higueron situaba al sur del camino del
primer cantal, y que tenia su entrada por un corto espacio de
playa que había formado el tiempo con posterioridad á la des-
69
cripcion que so encuentra en las Conversaciones Malagueñas.
Anadian aquellos naturales, que su actual distancia del camino
la hacia ser desconocida; y con mayor fundamento, no marcán-
dose su entrada sino con una piedra hendida por el continua mo-
vimiento de las olas del mar. Habia á MI derecha é izquierda
dos higueras muy \iejas, y su situación era tan propia para que
la persona que en ella se albergase pudiera ver sin ser vista, que
si efectivamente M . Craso estuvo en alguna de las cuevas de los
Cantales, y el esclavo de Pacieco llevaba la comida, como se re-
fiere, ninguna otra mas que esta acreditaba su identidad.
Esta cueva de los Cantales, reconocida por estos viageros y
que se llama del Higueron, se halla situada al sur del camino del
primer Cantal, como anteriormente djgimos. Entrase en ella por ia
orilla de la playa y presenta un canon de bóveda en su primer 1
ingreso, al que se asciende por una rampa suave. Al frente de
esta bóveda natural hay un risco de perspectiva pintoresca, cuyos
techos de estaláctitas ofrecen una vista admirable. A la izquier-
da de este risco, y por un ascenso diagonal é incómodo de 96
pies de largo, que guia en dirección norte, se halla una abertura
de pie y medio de diámetro que forma un tubo irregular de 28 pies
de largo, continuado por un tránsito mas accesible de 18 pies
de diámetro, el que concluye y se cierra en un rincón elíptico.
Pero volviendo á la derecha del risco de estaláctitas y su-
biendo por otra rampa de 57 pies de larcro y 3[4 de vara caste-
llana de diámetro, cuya entrada hácia el norte figura una elipsis
regular, y cuya superficie practicable es de tierra movediza muy
parecida al estiércol, se vuelve á retroceder entrando por otro
conducto que guia á la parte del sur, saliendo al espacio embo-
vedado y á la distancia de 6 pies de la parte superior donde se
halla el risco.
Los investigadores de esta cueva registraron otras dos que
se hallan en los Cantales. La primera llamada de la Mina es de
la que habla el autor de las Conversaciones Malagueñas en el
tomo 1.° pág. 117; pero su disertación no es cierta, ni su entra-
da es practicable, ni su sitio se oculta á nadie. Se halla á 1500
pasos al norte del segundo Cantal. Es su entrada un círculo irre-
gular de 12 pies de diámetro, revestido de piedra escarpada.
Continua un canon oblicuo con un descenso impracticable. Aquí
aparece la 2.a entrada de esta cueva, de media vara de d i á m e -
tro y de 30 pies de estension, de forma oblicua y espiral. Conti-
nuando su trayecto aparece un recodo de 72 pies en línea recta,
de terreno movedizo y pedregoso. Otro recodo igual á la izquier-
70
da, y á su lado derecbo aparece una abertura estrecba y profun-
da- sigue una pendíenle angosta y escarpada de 21 pies basta la
superficie del tránsito; pero á 7 1[2 pies de esta nueva proyec-
ción, bailase un espacio irregular con abundancia de estaláctitas
y de unos 15 pies de diámetro. A su frente bállanse escritos, de
derecha á izquierda, los nombres de varios viageros que han pe-
netrado en este sitio. Aquí aparecen diferentes concavidades en-
tre el pavimento y las paredes de piedra. Una de ellas, cuya en-
trada consta de 3 cuartas, forma un reducido laberinto que u n -
dula en dirección norte por espacio de 300 pies, terminando en
unos depósitos de agua que forman las infiltraciones de la c a -
verna, circunstancia que contribuye á que todo este terreno sea
pantanoso y hueco, no siendo posible pasar mas adelante por la
impenetrable estrechez de este ramaL
Retrocediendo al recodo que dejamos á la entrada de la
cueva, se halla á su izquierda un segundo ramal, en el cual des-
pués de un tránsito de 21 pies de longitud, hay dos entradas,
<?uyas direcciones contribuyen á formar un triángulo isósceles.
En el mas corlo, que es el de la izquierda y que determina una
línea recta, después d é l a prolongación de 12 pies, hay que
volver atrás, para investigar otro espacio de figura irregular, de
27 pies de longitud, al que le sigue otro tránsito que termina en
dos ramales intransitables.
Tomando el trayecto de la derecha de este triángulo isósceles,
cuya entrada es de media vara de diámetro y de 15 pies de lon-
gitud en la ostensión de su diagonal, hállase un espacio de42pies
de longitud y de 7* de ancho á su entrada, que termina en una
concavidad de 48 pies, formando una superficie plana. Desde esta
á la profundidad de la tierra, hay 43 \L pies de ancho, y su-
biendo desde este punto unos 60 pies de longitud por un e m -
bovedado en figura de cañón se sale á un salón irregular de
120 pies de altura. Hállanse á su estremo dos ramales imprac-
ticables.
Al pié del embovedado en figura de canon, se halla una boca
de un pié de ancho, horizontal y de 54 pies de profundidad. A
su derecha se encuentra otro grande espacio de 18 pies de d i á -
metro y de figura irregular, situado al norte, y que termina en
seis sinuosidades irregulares.
L a ostensión total de esta gran cueva desde su entrada prin-
cipal hasta su conclusión, es de 800 pasos, infiriendo los via-
geros que la examinaron, que no era posible que M . Craso se
refugiase en un subterráneo tan público, siendo sin duda mas
71
factible que hubiera escogido un asilo más oculto j de mayor
seguridad á su persona.
Finalmente, la tercera cuev.i de los Cantales se llama del
tio Leal; sitúa á un cuarto de legua del camino de Velez-Málaga
en el punto de Cuesta Blanquilla. Figura un trapecio de unos
9 pies de profundidad. Aparece su entrada como un arco
apuntalado de ^ de diámetro: á su izquierda y á distancia de
15 pies, hay un espacio superado de una hendidura que co-
munica al esterior y da acceso á la luz solar. Después de un
trayecto de 48 pies hállase á su derecha la cepa de un moral
del grueso de medio pie, enlazado con la piedra. Continua este
tránsito desde este punto, 12 pies mas, y se entra en otro de 18
pies de diámetro de figura irregular y con algunas estaláclitas.
Sigue otro ingreso de 24- pies en prolongación deforme, donde
se halla una columna creada por la naturaleza, que figura un
cono truncado. De aquí parte un conducto cóncavo y circular
de 90 pies de longitud y A2 de latitud, interceptado con varios
senos irregulares.
' Retrocediendo al ámbito de la columna, encuéntrase á su iz-
quierda una abertura de 2 varas de diámetro y 2 i de longitud en
forma de cañón espiral, que termina en un espacio de irregu-
lar figura, con un trozo de columna labrada por la naturaleza,
y esparcidos por el suelo, entre algunos fracmentos de cas-
cos de ollas y cántaros, varios huesos humanos pulverizados,
en grande número, algunos de ellos desecados. Continuando
por la izquierda, se pasa al último ámbito, de forma elíptica é
imperfecta; y retrocediendo desde aquí, hállase á unos 12 pies
de distancia una concavidad en la que se encuentra un esqueleto
humano. De la circunstancia de hallarse embutidos los huesos en
la piedra, por efecto de la labor continua de la naturaleza en
tiempos indeterminables, y la de hallarse reducidos á polvo como
otros 20 esqueletos de hombre, puede juzgarse de la mucha
antigüedad de estos parages.
A unos 60 pies á la izquierda de este singular osario, se
halla una especie de pozo en que se encuentran varios huesos
de animales, como de carneros ó cabras, y á su inmediación otro
pozo de bastante profundidad, de piedra calcinada, infiriéndose
que de él se sacaría el agua necesaria para los moradores de
la caverna que termina en estos parages.
Tales son las nombradas Cuevas del Higueron ó de los Can-
tales, y cuando se refiere á ellas D . Amalio Maestre, Ingeniero
de minas, en su Geognosia del litoral del Mediterráneo, ha co-.
u
72
metido el error cronológico de aseverar que Marco Craso, al
refugiarse á ella era partidario de Pompeyo, despuésdHíéééi^reta
de Munda, en contradicción á la esposicion histMtaPdé'ftoé&^é,
que hemos estampado en el testo. (J/¿ni¿5crt7o5 é
inéditos. Anales de Minas, tomo if00pada g e o g n ó s i i é á y ^ i ^ a
snhrp fil Jifnrfd /7/»/ TMpttátorrnnpfi ' Afiktlp 'bh •&nhn°J¿j9}Uth¿ÚhM&*i

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^ohrc la adiuinisiracion roiiiana coltVérgcitt^ á


nuestra historia.
¿ » 4I' M .. . . ._ ' ' O59-ÍBÍ0§9TIÍ .801192
í '.p; ^LO^ íil Oü O i í l l í O é i 6 übnsiíio.oojJüi
Para que el lector pueda formar un juicio exacto del inttíjo
moral y político que ejercieron los romanos en el tiempo á
que nos referimos, sobre los pueblos conquistados en toda la
estension de la Península, j que este juicio pueda aplicarse
á la historia que compilamos, necesitamos detenernos en la
formación del cuadro administrativo de aquella é p c ^ P á p ^ f l a s
los cartagineses fueron arrojados de nuestras comarcas, exentos
los vencedores de las zozobras de lidiar con tan temibles
enemigos, consideraron á nuestros pueblos como ; btfái^ mina
inagotable. Agoviadas nuestras provincias bajo el cétro de
hierro de los pretores y procónsules, vejan discurrir por sus
ciudades á losqüestores éintendentes, recaudando los impuestos,
acompañados de las cohortes aun mas molestas y arbitrarias.
Estos magnates avaros, llenos de un lujo e s c a n d a l o ^ y ^ ^ M o s
de una clientela de protegidos hambrientos, ambiciosos4le unos
destinos que les permitian la rapiña sobre ríos Regraciados
pueblos, daban pábulo á la anarquía, introduciendo la desmo-
ralización, privaban de seguridad al ciudadano y ejerciañ, sin
miramientos de ninguna clase, una tiranía insoportable. Varias
eran las quejas que se producían al senado sobre tan repelidos
escesos; pero aun cuando los padres conscriptos desaprobaban
la conducta de sus delegados, no pudieron evitar, según lleva-
73
mo$ dicho en el testo, que un Cecilio Clásico estragese en
muy reducido tiempo, y con estafas y cohechos, dos millones
de reafos de la Bélica, alabándose de ello con su manceba.
^^EyS^^éitraóraíkíario desórden fué enfrenado por Augusto^
q é ^ J W & i ; a d V t i f í i m i e n l o al poder, dio al pais el reposo, la
garantía y segundad que anhelaban los ciudadanos. F u é su
prlrpí* píi&6 de reparación una reforma esencial en las divisiones
de la Península, que desde los í/empos de Ja república habia
esY^^'^rtipaHida en las dos provincias Ulterior y Citerior,
Cocnprendia esta la mayor paríe de Andalucía y Portugal, y
aqtó^aF1^! territorio restante; y como Augusto comprendiese
que uná acertada división geográfica era el medio mas seguro
de plantear una administración, formó de España tres provincias,
á saber: la Tarraconense, ¿a Hética y ta Lusitania. Subdividíase
aderfiSííá* oética en otras fracciones ó regiones primitivas, tales
c Ó i w ^ m b a s Beturias, la céltica y túrdula, los bástalos héticos
ó Bastitama B é l i c a , y lo* básiulos poenos, comprendiendo
por su órden corográficí) acíua/ lix fjslremadura Baja, el territo-
rio quév|sé contiene entre A/maden y Capilla; la parle de
Andalucía desde el rio Guadajoz hasta Cádiz, y el terreno que
media desde Córdoba hasta Jaén, con parte de la strrania de
ROTdáp-fel;litoral de la costa entre el Guadalquivir y Guadiana,
y la zona meridional en que se comprende mucha parte de
nues^la ^ovincia, desde Tarifa hasta Vera. En esta división
de Augusto, reservó para el senado el mando y administración
d é l a s provincias pacíficas, conservando para sí el de las pro-
vincias guerreras; por cuya distinción se comprendían nuestros
pueblos entre los del repartimiento senatorio. Un procónsul,
que se sorteaba entre los magistrados romanos, era el gefe
supremo de la Bélica, con iguales consideraciones que ios
procónsules de la República. Instalado en su gobierno, que so/o
duraba un año, con aparato de helores, oticíales militares y
obstentoso séquito de j ó v e n e s patricios, que venían á aprender
bajo su mando, ya fuese el arte de la guerra, ó la práctica de
losí ^ ^ f i é í o s públicos, tenia no menos intervención en la parte
judicial y económica de nuesíros pueblos, pues para el ramo
milítat* y administrativo se nombraban por el emperador, oficia-
les militares que desempeñasen estos cargos. Estos altos em-
pleados,una vez instalados en su jurisdicción, convocaban juntas
ó concilios^ compuestos de hs magistrados y principales ciuda-
danos para arreglar las contribuciones, las fiestas públicas y la
dedicacipn de los templos, el nombramiento de sacerdotes y
74
todo cnanto era conveniente al bien del pais. Administrando
justicia en épocas determinadas del a ñ o , visitaban los pueblos
todos, deteniéndose en aquellos que por su especial topografía
conciliasen mejor los intereses de todos los ciudadanos. Pero
conociendo Augusto los perjuicios de estos tribunales, de suyo
ambulantes y movibles, creó los conventos jurídicos, tan pare-
cidos á nuestras audiencias actuales, para que pudiesen en ellos
los españoles ventilar mejor sus derechos. Cuatro fueron los
conventos de la Bélica, establecidos en Córdoba, Sevilla^ Ecija
y Cádiz; por manera, que en la jurisdicción que nos compele,
Cedrtppo ó Astigis yetusfa Alameda), Illuro (Alora), Antika~
r í a (Anlequera), Osona'despoblado de Cerro-Leon, cerca de
Antequera), Araslipi (Cauche el viejo), Escua (Archidona),
Singilia (Corlijo de Castillon, cerca de Anlequera), Cartami 6
Car tima (Cártama), Nescania (Valle de Abdalagis^, Munda^
B é l i c a (Monda), y Malaca ó Malace (Málaga) eran del conven-
to asligilano ó chancilleria de Ecija. Menaca (Velez-Málaga),
Menoha (Venias de Vizmiliana) y Caesarea Sextifirmium ó c a -
viclum (Torroz), eran del convento cordubense ó chancilleria de
Córdoba, Altegua (Teva la vieja), Lacippo (Setenil) y Sahora
(Cañete la Real) eran del convento hispalense ó chancilleria de
Sevilla. Accinipo (Ronda la vieja), Arunta, Arunda, Cappa ó
Cappagum (Ronda), Lacidula (Grazalema) Saepona (cerca de
Corles de la Frontera), Andorisae ó Lauro (Alhaurin el Grande),
Lacibis (Coin), Suel (Fuengirola/', Salduha haslulorum (Marbe-
lla), Cilniana (las bóvedas, junto á rio Verde) y Barbesula
(desembocadura del rio Guadiaro) eran del convento gaditano ó
chancilleria de Cádiz.
En eslos supremos tribunales, se admilia un consejo de 20
padres de familia de los mas ricos del pais y de mayor integridad
para asegurar con sus diclámesíes la administración de justicia; y
en semejantes asambleas, el gcfe de cada provincia, vestido con
la Toga Pretesta y senlado en la silla curul, obslentaba bajo de
un dosel la balanza y la espada, como emblemas del imperio y
de la eslensa jurisdicción que le permilia fallar sobre la vida y
hacienda de los ciudadanos. Eslos jurisconsultos y consejeros
ocupaban un asiento inferior al del presidente, pero mas elevado
que el del auditorio. Reducido el juicio al alegato d é l a s partes y
á las justificaciones que se c o m e l i a n á un jurisperito, y asegurada
la justicia con el voto del jurado ó consejo popular, dictaba la
sentencia el magistrado superior, de la cual era permitido apelar
al senado ó al mismo emperador. Idéntico acierto y sabiduría
75
dominaba en las disposicionesmililares y administrativas. Cuando
una población conlenia suíicieale número de vecinos^ organizaban
su curia ó ayuntamiento, cuvos miembros, á semejanza de
nuestros regidores, se llamaban decuriones^ curiales, y de ellos
salian los duunviros y otros magistrados municipales. Estos
decuriones, que no podian contar menos de 25 años, ni
esceder de 20, para su admisión, gozando de una renta
decorosa, se inscribían en un álbum ó registro con espre-
sion de las dignidades que habían merecido al príncipe, ó por
nombramiento de la municipalidad; y por esta circunstancia, en
las votaciones emitían los primeros con antelación sus sufragios.
Estas sesiones de la curia se celebraban toda vez que alguna
de las autoridades municipales hubiese menester de algún con-
sejo para adoptar providencias de utilidad común; en cuyo caso,
eran indispensables dos terceras partes del número total de votos
para la validez de los acuerdos. Estas corporaciones, además de
ilustrar con sus consejos á los magistrados municipales, recibían
á los facultativos de medicina, á los profesores de lengua griega
y otras ciencias, asignándoles sus salarios con beneplácito del
César. Era también de KU inspección acordar la construcción de
obras públicas, entender en todos los ramos de la administración
de los pueblos, encomendando su ejecución á los duunviros,
ediles, procuradores del público, defensores y otros agentes
subalternos. En el supuesto de que el cargo de decurión era one-
roso, no podian enagenar sus bienes sin ciertas restricciones, por
la responsabilidad á que estaban afectos. También costeaban de
sus fondos patrimoniales algunos espectáculos públicos y suplían
de sus mismos haberes el déficit de las contribuciones públicas.
En retribución deéslos sacrificios eran estos destinos honoríficos,
sus familias y sus hijos no podian ser castigados con las penas
afrentosas de los plebeyos, recibiendo multitud de regalos cuando
algún hijo de familia vestía la toga viril, contraía nupcias, ó
se celebraba en el pueblo alguna fiesta doméstica.
Del número de estos decuriones eran elegidos dos duunvi-
ros (alcaldes) para que ejercieran las atribuciones y privilegios
de la autoridad principal, que duraba por un año. Esta elección,
que se hacia en junta de decuriones y en las calendas de Marzo,
recaía en hijos ó padres de familia que estuviesen al abrigo de
la corrupción por su linage ó dotes personales. En el caso de que
el duunviro no admitiese este cargo, ó se ocultase para eludir
su desempeño, se le obligaba á que lo sirviese dos años. Los
duunviros eran jueces preventivos de ciertos asuntos de peren-
76
torio y pronto despacho; castigaban las culpas de los siervo-v
decidían en juicio verbal puntos de menor cuantía; daban
tutores y curadores á los menores; adoptaban, emancipaban,
manumitían; eran los encargados de la policía; perséguianá los
criminales, que entregaban al juez ordinario de la provincia;
tenían la iniciativa, como presidentes de las ciudades, en la
construcción de obras publicas ó de mero ornato; cuidaban def
recto manejo de los fondos páblicos; mantenían el órden y la
tranquilidad, á prevención con las demás autoridades, y final-
mente, para esceder en prestigio á nuestros actuales alcaldes,
vestian la toga é iban acompañados de Helores y de haces.
Todavía obstenta Antequera en una de las inscripciones que
recopiló Masdeu, el desprendimiento de su duumviro Lucio
Porcio Sabilio qwe con su propio peculio Jevantó una' estatua
á Vespasiano, en señal de gratitud por los beneficios que supo
dispensar a los pueblos. La curia de Bonda la vieja (Achiipo),
alzó espontáneamente una eslátua á Marco Favio Frontón por
los favores que había debido el vecindario á su administración.
Esta misma honra dispensó la ciudad de jE'scMa (Archídona), á
Lucio Memio Severo por su buen comportamiento. Lucio Junio
Juniano, que era duunviro de Ronda [Arunta 6 Arunda), y de
una familia distinguida y opulenta, delerminó en su testamento
se le enterrase en un sepulcro suntuoso; pero á instancias de
su liberto y heredero, Lucio Julio Aulicinio; se conmutó esta
voluntad erigiéndole dos estátuas con permiso de aquella curia
y por redundar en mas honor de su persona; En Barbesulain
háslulis (Marbella), Lucio Favio Seccano desempeñó con sa-
tisfacción püblica el cargo honroso de duunviro, y finalmente,
en Málaga [Malaca), aparece de sus Mpidas, que Marco Junio
Longino^ dos veces duanviro de la ciudad, y sustituto otras
tres, construyó un suntuoso lavadero publico con espaciosos,
aposentos y ricos útiles de cobre.
Los Ediles eran otros magistrados que se sacaban de los
decuriones, y era su principal obligación fiscalizar escrupulosa-
mente la conducta de todos los ciudadanos, como agentes
encargados de vigilar los intereses mas inmediatos del público.
Así cuidaban de los pesos y medidas, de la fidelidad de los
abastecedores, de la policía, de los mercados y del órdenen la»
plazas, para evitar todo fraude, para castigar toda estafa y
precaver toda malicia. Lucio Octavio Rústico y Lucio Granio
Balbo fueron ediles de Málaga. Finalmente, para contrabalancear
la influencia y prefogativas de los decuriones f duunvirosA
77
sobrado independíenles de suyo para poder abusar de su posición
privilegiada, se nombraba en nuestros pueblos un defensor de lá
plebe, que era un rumedo del poder de los tiibunos de Roma.
Sin perlenecer a la curia, y con idénticas facultades que nuestros
síndicos 4íPTí,c^a^(?res del común, desempeñaron su destino por
espacio de cinco años.
Los magistrados supremos eran ausiliados en el desempeño
de sus funciones por^nos copiantes ó escribanos que se llamaban
rornicularn,, que.eran los que formaban el censo con espresion
mimu iosa de los bienes de los ciudadanos y demás datos esla-
¿íslicost(que también eran llamados i a h u l l a ñ , y con agentes ó

Consislian las con^b^ic^es en una cuota fija que se llamaba


vigésima, impuesta sob;;e los granos, á razón de un 5 p7o, cuyos
frutos se, consumian en la misma liorna, corriendo su recaudación
á cargo .de las curias para entregarlos después al gefe de la
. provincia; debiendo advertir, que en tiempo de los emperadores,
compañías de banqueros lucraban con estas cobranzas (jue
preliminar mente salisíacian á determinado precio. Habia otro
impuesto eventual de otro 5 por ciento sobre todas la sucesiones,
que por. ios perjuicios que originaba, se limitó después á eligirse
únicamente sobre las herencias transmitidas á estrafíos. L a ca-
tegoría y esplendor de las ricas ciudades de Nescania (Valle de
Abdalagis), Caí lima (Cártama), y Malaca (Málaga^, donde f a -
milias opulentas obslentaban un lujo brillante y vivían con el
regalo y blando* goces que engendra la civilización y el adelanto
de las artes, hizo como necesaria la introducción de objetos
preciosos } raros, que, recargados de derechos, aumentaron
los ingresos de las aduanas. Por lo tanto, la canela, la
mirra, la pimienta,,Jps^hromas de Arabia, los diamantes y
esmeraldas, las pieles de Persia y de Babilonia, el ébano, el
marfil y los carneros, adeudaban á su entrada un 50 por cienlo
sobre el exorbitante precio de su adquisición en estos países
occidentales, en donde, según afu ma Plinio, se vendía por un
valor cien veces mas alto que el primitivo.
Otra contribución indirecta pesaba sobre los caminos, que
era un género de Alcabala desde el 1 al 10 p7o> impuesta sobre
lodo cuanto se vendía, ya fuesen bienes inmuebles ó sobre los
objetos mas ínfimos. El producto de las minas, que se beneficiaban
por cuenta de los romanos, eran otros ingresos considerables
de su hacienda: esclavos y presidiarios se ocupaban en su es-
plotacion. Las minas mas célebres de la Bélica estaban en Sierra
78
Almagrera y en las de Linares, donde se hallaba la famosa de
Behulo. En iascercanías de Ronda é inmediaciones de Anlequera
se hallan galerías subterráneas del tiempo de los romanos, y de
ellas nos ocuparemos cuando tratemos de la geografía física
actual de nuestra provincia.
Las sólidas y gruesas murallas que aun quedaban en nuestro
pais, construidas por los fenicios y cartagineses, fueron mejoradas
por los romanos, aumentando sus recintos, proveyéndolas de
algibes y cuarteles para las tropas. La barbarie impetuosa de
los vándalos arrasó muchas de estas fortalezas; pero apoyados
en otras los árabes, les sirvieron de cindadelas, reedificándolas
con inteligencia y añadiendo á los cubos circulares producidos
por la arquitectura romana, y á losgruesos muros de los fenicios
y cartagineses, esos torreones cuadrados que aun hallamos en
Anlequera, Archidona y Cártama, que confunden á los a r q u e ó -
logos que visitan, sin el conocimiento de lasdoclrinasde Vitruvio,
unas fábricas tan heterogéneas.
Los gobernadores romanos, abundando en las ideas filantró-
picas d é l o s ciudadanos opulentos, construian en nuestros pueblos
acueductos mas ó menos costosos para la conducción de aguas
potables para el vecindario y para irrigación de los campos.
Arcos y fuentes, paredones sosteniendo atanores de plomo ó
arcaduces de arcilla, nivelaban el declive de las tierras, y surtian
á las fuentes publicas, á los baños y á l a s cisternas, con diferentes
cañerías para que en sus receptáculos tan distantes, entrase
transparente el agua. Hállanse muestras de estos acueductos en
Cilniana [Las Bóvedas, junto á rio Verde) en 5 i n ^ ' a (Cortijo del
Castillon, noroeste de Antequera), en Suel ^¿"uengirola), en
Malaca ó Malace /^Málaga), y en Andorisae ó Lauro ^Alhaurin
el Grande].
Otros edificios públicos, tales como las curias y teatros,
sobresalían en nuestras ciudades para divertimiento del público.
Los circos se construian en espacios prolongados con una cerca
de graderías, balaustradas, puertas y ventanas de mayor como-
didad y lujo que nuestras plazas de toros. E n tan espaciosos
recintos corría alborozado el pueblo á presenciar losespectáculos
de las carreras á pié ó á caballo, de los carros tirados por dos
ó cuatro veloces potros, bigatos ó cuadrigatos, de las luchas,
saltos violentos y demás ejercicios gimnásticos. A veces, en el
mismo parage donde el espectador lloraba sobre el hado fatal
de Esopo, con los suspiros de Medea, ó por la aflicción de
ü i d o , por esos raros contrastes que parecen indefinibles en el
corazón de los hombres, alzaba al aire sus aplausos para
encarecer al gladiador que había exhalado su ultimo aliento
con una aclitüd académica. Malaca (Málaga), Áccinipo (Ronda
la vieja), Slngilia (Cortijo de Castillony' y A n ü k a r i a (Anteque-
ta), eonstruveron algunos teatros, cuyos fracmeatos se conser-
van, especialmente en Ronda la vieja.
En la época que analizamos, y según nos marca el itine-
rario de Antonino, habia una ancha via romana desde Caslulo
(Cortijos de Cazlona) á Málaga, que como ya tenemos dicho,
constaba de 291, millas que hacen 72 3/v leguas castellanas. Se
dirigía por l u g i a /Toya), Fraxinum (el Fresno), H a d a r a (Gor
ó Zujar), y Acci (Guadiz). Rodeaba el J/ows-So/onws (Sierra
(Nevada), pasando por (Abla), Urci ó Fm/i(Berja), ÍSur-
rantaria (Torvíscon), i)/«r^i (Motril), y ^axe/a/iíí??» E x ó S^r^
Altnuñecar); entraba en nuestra pro\iiicia por Caesarea, Sex~
tifirmium 6 Camclum (Torrox,) Menoba (Velez-Mál;3ga ó Vizmi-.
liana) á Malaca (Málaga^1. Desde esta capital, salla otro camino
que guiaba á Cádiz por la costa, segua el misrno itinerario,
cruzando las ciudades de Sivel ó Süel (Fuengirola), Cílniana
(las Bóvedas, cerca de rio Verde), Barbariana (eminencia cerca
de Marbella), Calpe, Cartela (Gibraltar y Torre do Cartagena^.
Portu-Alho, (Alcarria, despoblado junto á Algeciras), Mellaría
(Valdevacas, ó Tarifa, junto al Guadalmesi;, Bclone Claudia
(Bolonia, en la bahía de Gibraltar)^ Bessipoiie (Aguas de Mecay1,
Mergablo (Conil), A d Herculem (Sancti- Pelri, donde estaba el
templo de Hércules) y Gades (Cádiz). Este camino era de 145
millas ó sean 3 i leguas y %\ Üaa de las secciones de las vias
que comunicaban con Córdoba y Cádiz entraba en nuestra
provincia por Ostippo (Estepa), Barha ó B a r b í (Bobadilla ó
Gastillony', Antikaria (Antequera); saliendo por Angellas (Izna-
jar), y siguiendo por Ipagro (\guilar), Ulia (Montemayor) á
Corduba [Córdoba.]
De estos amplísimos caminos salían otros ramales transver-
sales, como el que guiaba desde Illiberi (Elvira) hasta Singilia
(Cortijo de Castillon), que pasaba por Escua (Archidona) y
Antikaria (Antequera); y el qus de Munda-Bética (Monda),
yenh k Cartima (Cártama), según consta de las lápidas del
primer pueblo. Para comodidad de los pasageros, y con autori-
zación del César, hallábanse de seis en seis millas ó de ieiaia
y media en legua y media, postas establecidas con caballos de
refresco; marcándose las distancias por unas columnas miliarias,
colocadas de trecho en trecho.
12
80
Con estos medios de comunicación, con las canalizaciones
ó esleroH para las conducciones interiores, se fomentaba la agri-
cultura y se vigorizaba el comercio. La vid, indígena de nuestro
suelo, el naranjo, conocido en aquellos tiempos antes que los
portugueses lo importasen á Lusitania, y el olivo, que habia
importado Vespasiano, producían copiosos frutos que se em-
barcaban en Málaga para transportarlos á Ostia con otros muchos
artículos de que hablaremos en otra nota. (Cicerón, P r o L e g .
Beofficiis, lib. 2, cap. 1. Meiners, Historia de la decadencia
de las costumbres entre los romanos. Plutarco y In Sertor. Dion
Casio, lib. 52. Suetonio, In Aug. Tito Livio, lib. 4-2, Stadiot
In not. ad Florum, libr 2, cap, 17. Plinio, Hist. N a l . lib. 3,
cap. \ . 3Iariana, Historia de España, lib. 3. cap. 23. Gibbon,
Hist. de la decad. traducción de M r . Gaizot. cap. I.0 y P l i n ,
Hist. N a l . lib. 3, cap. 1 y 2. Ptolom. lib. 2, capts. i , 5 y 6.
Manuscritos Inéditos de D . Ildefonso Marzo para la Concor-
dancia Geográfica de España y Portugal. Manuscritos de
Franco y comentarios publicados por López de Cárdenas. Florez,
España Sagrada. Dion Casio, lib. 53. Suetonio, in Augusf,
cap. 36. Adam, Antigüedades Romanas, tom. I.0 pag. 391,
edic. de Cabrerizo. Plinio. Hist. Natur. lib. 3, cap. 1. Cean-,
Sumario de Anligüedades Romanas,, conventos cordobeses y
asli'jitnnos. Viage inédito del Padre Sánchez Sobrino, Heí*
neccio, Histor. Juris Romani, cap, 3. pag. 77 y siguientes.
Adam, antig. román, tom. 2 . ° p á g . 363. Id. Tvatado de la
administración de Judicia. Boulanger, de imperio romano, lib,
A. cap. 32. Digesto, lib. 50, titulo \0, A d Municipalem el de
uniolis. Adam, Xntig. Rom. Digesto, lib. 50, títulos 2, 3 y
9. Boulanger, de Imp. Rom. lib. 7, cap. 8. Digesto, lib. 50,
titulo 1. Gothofredo, comentario á la ley 26 del mismo titulo
y libro. Boulanger, lib. 7 cap. 8. Digesto, lib. 50, titulo í ,
Gothofredo, comentario á la iey 26 del mismo titulo y libro.
Boulanger lib, 7. cap. 9, Sánchez Sobrino, Viage topográfico
desde Granada á Lisboa, pag. 123. Inscripciones de Antequera,
núm. 10. Masdeu, Inscripciones 664- y 663, en la E s p a ñ a
Sagrada. Conversaciones Malagueñas, tom. 2, pag. 55, 61 y 92.
Clavel, congeturas sobre Marbella, fol, 72. Masdeu, Inscrip.
713, y 714. Boulanger, lib. 7, cap. 12. Caro, corografía de
Sevilla, cap Í 0 , pag. 17. Digesto, titulo 50. Boulanger, lib,
7. cap. 16. Id. Lib, 9. cap. 6. Jovellanos, Ley Agraria, p á r -
rafo 9. Sánchez Sobrino, Viage Topográfico, pag. 155. Bion
Casio, L i b , 55 y 56. Plinio el jóven. P a n e g í r i c o Trajano, cap,
81
X i . Gihhon, Jlistor, de la Decadencia, cap. 6.° Conversaciones
Malagueñas, lom. % pag. 78. Boulanger, Deimp. rom. lih. 9."
cap. 6. Tácito, Annal. Hircio, de Bell. Hisp. Boulanger, I h
Imp. rom. lih. 5,. cap. 21. De Castellis, Digesio, lib. 50, titulo
10. Cortés y López, Itinerario de Ántonino, tom. I.0 p á g \
256 y siguientes. Estrabon. lib, 14. PUnio, ffistor, Nahir,
lib. S. cap. 1. Id, lib} 17. cap, V l . J

NOTA X X I I .

S a b r é l a Religfon fie los romanos j templos cíe


esta P r o v i a í c i a .

Además de los altares de Antequera á ApoIo; Esculapio y


Genio prolector de Fuente de Piedra, y de los templos dedica-
dos á Isis y Serapis, divinidades egipcias; de las estatuas de
Venus, Marte y Cupido, alzadas en Cártama, y del antiguo
Panteón de Anlequerav para todos los dioses gentílicos; consta
por una lápida de Málaga, que Lucio Octavio R ú s t i c o , y Lucio
Granio Balbo, ediles ilustres de esta ciudad, ofrecieron un don
sagrado, á sus propias espensas, á la diosa Victoria Áü^usta.
En la referida Antequera, Lucio Junio Macero, prefecto de los
Lares de los Augustos, dedicó una estátua á Marte. Este perso-
nagedebia ser, por el carácter de su destino, supremo sacerdote
del templo ó panteón de esta ciudad, atendiendo á que los empe-
radores, así como tenian en Roma dentro de su propio palacio,
un aposento para los Dioses Lares, en las ciudades de España
tenían santuarios dedicados á los mismos. Por un Lacum, o
receptáculo de agua que hizo en Málaga, á sus propias espensas,
Tito Granio Seyon para el servicio del templo de Mercurio, se
acredita que esta divinidad de los romanos era adorada en esta
ciudad. Lucio Calpurnio Victor, natural de Cártama, de la
tribu Quirina, que es como si dijéramos una de las cuatro de
las tribus urbanas de la capital del Imperio, mandó en su
tistamenlo que se levantara á Juno Augusta una estátua, cuya
dedicatoria se celebró en un banquelo. También hubo en Málaga
un templo á Marte, dedicado por su Magistratura, siendo em-
perador Septimio Severo. En Antequera se alzó una estatua á la
Libertad Augusta, á espensas de Cayo Fabio Fabiano déla tribi^
Quirina. En Málaga, Servilio Supéralo ofreció un ara á Mer-
curio, á quien se presume tendría por patrono. Por otras lápidas
de esta misma ciudad consta que Marco Lucrecio CiVo elevó
un monumento á Júpiter en cumplimiento de un voto; que
Quinto Servilio, restablecido de una herida, costeó una estatua
de metal á Hércules, la misma que se colocó junto á la de plata
que tenia esta divinidad en e) ^ r a G^an4(^ que los magistrados
de esta ciudad hicieron su sacníicio en el ara de Plulon y en
honor de los emperadores Diocleciano y Maximiano; que
Cayo Veilio Domicio, para cumplir una promesa y con permiso
de la curia, erigió una estatua á Hércules. En las rumas de
Acmipg (Ronda la, viejay1, .se. halló, la palabra Mari i en el. ÍVag^-,.
menlo de un pedestal, que indica se adoraba á esta divinidad
gentílica. En el mismo pueblo hay otra lápida dedicada al
Genio de la ciudad de Acinipo, á espensas dj Marco Ssrvilio
Asper, secerdote de los sacrificios. En Osona, Gerro-Leon, cerca
de Antequera, resulta de una de sus lápidas, que su Municipio
alzó una estátua al génio de esta ciudad. Por otra lápida encon -
trada cerca de Arunda (Ronda), consta que Severo, en cumpli-
miento de un voto, erigió una estátua á Júpiter Optimo Máximo.
Oue en Barbesula (Desembocadura del Guadiaro), había Lucio
Vibio Persino dedicado á sus espensas un ara á Marte Augusto.
En Suel (Fuengirola), se había erigido una estátua á Neptuno
Augusto por Lucio Junio Puleolano.
Por este análisis lapidario, que daremos con mas detalles
en nuestras Concordancias Geográficas en el suplemento á este
mismo libro, vemos en primer lugar, que algunas divinidades
egipcias se adoraban en Antequera, como la Isis y Serapis, i m -
portadas por los fenicios; del mismo modo que en Ecija era
adorado el Dios Thobelico, que era sinónimo del Todo ó Necys
ó Nethon: en Iría Flavia (el Padrón), Bandua, Baraco y Rau-
veana en Galicia; Idurio, cerca de Chaves, Endobel en Villa
Escnsa, Hércules Endobelico en Toledo, Lugovio en Osuna,
Saturcio, cerca de Raeza, Viaco, cerca de Zamora, Ipsisto con-
tiguo á Almeida, Togotis en Talavera; y á la Diana de Efeso
en Denia, Sagunto y Ampurias, intruducidas por los griegos.
Si por estos monumentos, casi perdidos ó rotos por la carcoma
de los siglos; hemos podido adquirir unos datos tan incongruen-
83
tes, eon mayor facilidad llenaremos esle vacio con la teogonia
de loá romanos; porque dominando nuestro pais por espacio de
tantos años, no podremos poner en duda que ea ios ámbitos de
esta provincia dejó tan establecido el culto de todos sus dioses,
cgtóo el de sus costumbres y derecho publico.
; Júpiter, Dios del cielo y de la tierra y padre de las demás
dignidades del Olimpo, era. la primera veneración de aquel
piipbío rey; seguían luego en gerarqaia celeste, Juno, diosa del
airei lSeptuno, dios del mar; Piulen, dios de los infiernos y de
las-íúílMCzas; Saturno, dios del tiempo; Cibeles ó Telus, Diosa
de 1^ tierra, numen adorado ea Carteya (Torre de Cartagena)
según consta de sus medallaá; Ceres, diosa de los granos; Vesta,
diosa del fuego sagrado; Jane, dios, d é l a agricultura; Baco ó
Líber, dios del vino; Vulcano, dios del fuego; Marte, dios de
la guerra; Apolo, dios de la medicina y de la poesia; Minerva^
diosa de la sabiduría y de las arles; Diana, diosa de la caza;
Mercurio, dios de la elocuencia; Venus, diosa de la hermosura
y del deleite, incensada en S. Lucar bajo el nombre de Lux
Duhia ó Lucifera; Gonio, dios del nacimiento y el sol y la luna
con el nombre de Diana. Además de estas veinte deidades,
diymizaban los romanos á Belona, Cupido, las Gracias, los dio-
ses Penates y Lares, las Parcas y las Furias, la Fortuna y la
Victoria. Coa el nombre de ladigetes, que era lo mismo que
díoses-homhres, puestos en lugar de los mismos dioses, eran
honrados Esculapio, Hércules, Castor y Polux, ó los guerreros5
y los emperadores, que, como Julio César y Marco Aurelio,
habian dispensado grandes beneficios. Hasta las deidades de las
provincias conquistadas eran llevadas al Panteón que se hallaba
dedicado en Roma á Júpiter Vengador; y sin duda, entre la
niullilud de sus estatuas, se hubieran podido estudiar nuestras
divinidades antiguas y el sagrado objeto de las creencias de
nuestros pueblos. Hasla los habitantes del campo tenían sus
deidades particulares. Pan era el numen de las dehezas y
terrenos abiertos; Silvano, de los bosques y selvas; Priapo, de los
jardines y semillas; Palas, de los pastos y forrajes; Hypomenes,
de las vendimias; Pómona, de las frutas; Flora, de las flores,
Vertumno, de las estaciones del año, y las Ninfas, de sus dife-
rentes atributos.
Entre esta variedad de dioses había una peculiar clasificación.
Los dioses Vidus ó desamparados se veneraban extramuros; los
Conscripti ó Minorium Gentium eran los héroes deificados; los
Aberrunci eran los que aumentaban los males; los Conmunes,
84
eran aquellos dioses cuyas estatuas se ponían en altares de c é s -
pedes cuando se había de hacer un tratado ó alianza; los Comen-
tes, celestes ó grandes, dioses que no bajaban de doce, formaban
el consejo de Júpiter. Los Geniales eran los cuatro elementos, la
luna, el sol y los doce signos. Los Genitales los mismos que los
indigites, á los.que se alribuian la facultad de producirlo todo;
los Litorales, eran aquellos á quienes se hacían sacrificios para
obtener una buena navegación; los Marini se representaban
como ancianos encanecidos, aludiendo á la espuma del mar, y
se simbolizaban como pescados ó Tritones. Los Novensiles,
que fueron llevados á Roma por los Sabinos; los Nupíiales
que presidian á los matrimonios; los Paleci que castigaban
el perjurio y amparaban á los esclavos; los Patelanii á los que
se ofrecían libaciones en un vaso pequeño como á los lares y
penales; los Patrii 6 Patrios, recibidos de los antepasados, cuya
diversidad de templos llegaba en Roma á Í 2 0 ; los Rusticani ó
deidades maléficas, que presidian en los campos, y se les hon-
raba para tenerlos propicios; los Selecii ó Pupilares, que eran
ocho divinidades asociadas á los Consentes; los Sentones ó se-
mídioses incapaces de habitar el cielo, pero acatados en la tier-
ra; los Terminales, que eran arboles ó piedras que dividían las
heredades, y que comunmente se veneraban en figura de una
piedra cuadrada, ó da un tronco cortado y clavado en tierra, y
los dioses Viales, que presidian en los caminos como protectores
del viagero, simbolizados por sus bustos, que se colocaban en
columnas sobre todas las vías romanas.
La superstición era tanta en los tiempos á que nos referimos,
que apenas ecsistia un hombre que no tuviese un númen que le
protegiera: las entradas y salidas del año, sus diversas estacio-
nes, las épocas de sementeras, recolección y vendimias, los me-
ses, los días d é l a semana, los comicios, las juntas públicas, los
ejercicios del foro, las ferias y los mercados, los juegas y los es-
pectáculos se ordenaban por un ceremonial religioso ó por el pa-
trocinio de alguna divinidad.Había por todas partes, fuese en las
ciudades y en los campos, templos, aras, altares, sacrificios, lus-
Iraciones, espiaciones y agüeros; de tal manera, que no había un
instante parala vida del pueblo romano que no se consagrase á los
dioses. Aun los objetos metafísicos, como la paz, la victoria, la sa-
lud, la constancia, el terror, se hallaban divinizados con ídolos y
simulacros, desde los templos, plazas, calles y plazuelas, teatros,
anfiteatros, circos,y basílicas, bástalas casas d é l o s ciudadanos,
llenas de Penates y Lares aun ea el último retrete. Finalmente, una
85
en los campos allernaban con los Janos, Sáceles, lucos y bosques
sagrados^ los dioses ruslicos de los caminos y las divinidades de
losterminos, á semejanza de espantajos. E l número de estas divi-
nidades llegaba á 150 en las posesiones del Imperio, y mofán-
dose Juyenal de las numerosas gerarquias como p o b l á b a n l o s
cielos, decia «que Atlas no podía sostener su peso».
En tan inmenso cortejo y entre divinidades tan distintas, va-
riaban las ceremonias y ' las ofrendas del culto. Los dio-
ses Supin ó superiores diferenciaoan de los Infernales con
tres altares en los templos, destinados á los primeros, y dos para
los segundos. Las deidades infernales solo recibían una asper-
sión, peroles númenes celestes exigían para los sacrificios que
se lavasen enteramente, con otras muchas variedades en las
ofrendas y en las víctimas.
El orden sacerdotal habia principiado en el Pontífice, substan-
tivo que se deriva de P o í i s y faceré, poder sacrificar; institución
del mismo Numa, y dignidad tan superior y tan venerada que fué
la primera de liorna. Én los tiempos del dictador Sila llegaba su
número á 15; y cuando Augusto advino al Imperio, se reservó su
creación como una de sus prerogativas. Los individuos de este
colegio sagrado vestían el Tutulus ó velo, el Apex que era un
bonete como las mitras de nuestros obispos, y el Suffibulum que
se componía de un velo ó toca blanca. También llevaban la P r e -
texta y todo el tren de los primeros magistrados. Desde el tiem-
po de Julio César hasta el emperador Graciano, usaron los em-
peradores del título de pontífices, y fué abolido su colegio en el
reinado de Theodosío, pasando después este dictado á los papas
y obispos de 1^ cristiandad.
D e s p u é s , la dignidad de Augur era la mas importante entre
los romanos. Ocupado eu contemplar el gorgeo y vuelo de las
aves, su modo de beber ó comer á la salida de sus jaulas, si se
hallaban encarcelados, y á juzgar generalmente en todo género
de presagios, ya se derivasen de los animales ó de los fenómenos
del cielo; un vaso ó un salero que se derramaba, las cenizas es-
parcidas, la miel ó el aceite que se verlieran; un perro negro
que entrase en una casa eslraña, el encuentro de una liebre, de
una serpiente ó de un lobo, que pasaran á la izquierda ó á la
derecha, una serpiente ó una comadreja que cayesen de
un tejado, los grasnidos de un buho, tropezar con cual-
quier cosa, ó enredarse con la ropa de alguien, hablar de incen-
dio en un festin, derramar agua debajo de la mesa de comer, el
silencio de los convidados, los ratones haciendo dapo, la picazón
86
en los pies, y otro cualquier accidente, tenidos por malos presa-
gios, suministraban al Aráspice ocasión de ejercer su ciencia. E n
esta astrología judiciaria, conocida de loscaldeos y griegos, y de
la que pretendían ser inventores los toscanos, era un estudio
privilegiado conocer lo que era agüero, los buenos ó malos pre-
sagios, todo género de sueños, oráculos, prodigios y monstruos;
y con tales conocimientos, el Arúspice determinaba las precau-
ciones necesarias para conjurar los tristes anuncios, para apaci-
guar la cólera del cielo y para arreglar las espiaciones y sacrifi-
cios. Consultados estos sacerdotes, desde el ínfimo ciudadano
hasta el supremo magistrado, era tan necesario su ascendiente,
como el prestigio de su ciencia. Recogidos y misteriosos, o b l e a -
dos por juramento á no revelar su secreto á nadie, juntándose
una vez al mes para esplicarsus oráculos, después de los sacri-
ficios destinados para las ceremonias religiosas, veiáseles asomar
sobre la roca Tarpeya, ó sobre eí Capitolio, con toda la gravedad
de inspirados. E l supersticioso pueblo que los miraba, guardaba
religioso silencio cuando señalaban con un basten corvo llamado
Letuus, las divisiones celestes, ó cuando, vueltos hacia el oriente,
contemplaban los espacios, prejuzgando los acontecimientos. E l
colegio de los Augures subsistió hasta Constantino.
Los Arúspices ó Agoreros, cuya etimología procede de Aruga
(entraña de las víctimas,) y de kspicere (considerar ó examinar),
que después se llamaron Curiones, eran los sacriíicadores, de los
que habia uno en cada curia ó ayuntamiento, encargados del
exámen de las entrañas de las víctimas, de la figura que tomaban
las llamas y del humo y olor del incienso. Pretendiendo descu-
brir la voluntad de los dioses é interpretarlas á su modo, sobre
unos indicios tan falibles, obstentaban su ciencia vana, aunque con
sugecion á los Augures. E l grande Aníbal se burlaba de ellos
cuando decia »que el rey Vrusias tenia mas cuidado en consultar
» l a s entrañas de una ternera que á los capitanes mas espertós»,
y esta ciencia de los etruscos, comentada por Antisteo Labeon,
bastó á llenar 15 volúmenes.
Los Sacerdotes Flamines que se consagraban al servicio de las
deidades, se subdividian en tres clases, Flamen-Diales (sacerdo-
tes consagrados á Júpiter]; Flamen—Martialisf [los consagra-
dos, á Marte] y Flamen-Quirinalis, [los consagrados á P ó m u l o ] ;
sus esposas se llamaban Flaminiaey y participaban de su sacer-
docio con prohibición de divorciarse. Privilegiado en esta gerar-
quia el Flamen-diales, ó sacerdotes de Júpiter, usaban mejores
vestidos. Su bonete se hacia con la piel de una oveja blanca, sa-
8T
críffcada antenormente, y en la punta de este bonete ílevaban
una rama pequeña de oliva atada con una cinta. A c o m p a ñ á -
bale un Lictor, y tenian. la prerogativa de que se le llevase
en andas, sentado en una silla de marfil. Si algún delincuente se
refugiaba en su casa,, ó lo encontraba yendo al patíbulo, se le*
salvaba la vida. Bendlecia á todos los ejércitos, era el elegido
del pueblo, no podia ser magistrado ni locar niíi^un cuerpo
muerto, ni harina sin levadura, ni comer habas, ni jurar,, ni
contemplar un «ejército en batalla. Con ef nombre genérico de-
/lamines, que es como si digéramos Filamines, por el bonetillo-
de lana que llevaban sobre la cabeza, fueron venerados por los
romanos basta la época de Theodosio, en la que quedaron es-
tinguidos.
Los sacerdotes Feciales, que fueron sustituidos por Numa,
eran los depositarios de* las leyes de la guerra. Consultados
para emprenderla, eraos á manera de unos heraldos sagrados,,
que la proclamaban en las fronteras en presencia de algunos
testigos, echando sobre la tierra enemiga unas flechas y una
lanza, ó un varal ensangrentado. De este modo se legitimaba
la guerra, y estos mismos sacerdotes concluian los tratados de
paz ó treguas, maldiciendo á un cerdo y deseando la misma
suerte ái los-que faltasen á los tratados.
Otras tres órdenes de sacerdotes eran consagrados á H é r -
cules, Pan y Marte. Los primeros, apellidados Policianos j
FinarianoSy procedían de dos familias ilustres, instituidas por
Evandro en este ministerio santo. Era una especie de dignidad
que se esplicaba por su nombre áe Policianos, bebedores, y
PinarianoSy hambrientos. Aquellos solo libaban la sangre de
los sacrificios y se raantenian con la carné de las victimas inmo-
ladas, y estosrque no participaban de. ellas, eran tenidos por
personas que- no bebian ni comian. Los sacerdotes del dios
Pan sollamaban Lupercales, y las fiestas de este mismo nombre,
instituidas por Rómulo, en conmemoración de la fortuna.de ha-
ber debido su sustento á una loba. En estas antiguas-bacanales
^ue se celebraban el 15 de febrero, los sacerdotes lupercales
corrían desnudos por la ciudad con una correa en la mano, for-
mada de piel de macho cabrio, dando golpes á los transeúntes;
siendo de notar que las rnugeres que los recibían se considera-
ban fecundas. Se; sacrificaba un perro en honor de esta divini-
dad; y divididos en dos bandos, que se denominaban Fabiani
y Quinliliani, familias adheridas á Remo y Rómulo, tuvieron
una tercer cuadrilla en honra de Julio César, con el nombre de*
13
88
Juliani, para continuar estos escándalos. Los sacerdotes del
fliosMarle, que se llamaron Sáltenos 6 damannos, subdivididos
en Albaniy Antoniani, Collini, é instituidos por Tarquino,
Caracalla y Tulio Hostilio, y denominados igualmente Quirina-
lié v Agonales, vestidos con un manto de oro fTrahea), con un
bonete puntiagudo (Apex), y con un tahalí de cobre, de donde
psndia su espada, llevando un chuzo en la siniestra, que gol-
peaban sobre un escudo poqneño de arimbre de forma Tracia^
[Ancilio 6 XncilliumJ, que ¡levaban en la derecha, aparecian
dando saltos por las anchas calles de Roma, entonando himnos
á Marte, ó gozando de los deleites de sus banquetes y orgías.
Los sacerdotes Epulones (Epulae, Epulari) que presidian
aquellos conviles, al autorizar estos festines, ejercían cierta poli-
cía sobre todas las ceremonias sagradas. Los sacerdotes de C i -
beles, denominados también Galli, en conmemoración de un rio
de Frigia donde tenia un templo aquella diosa, ó de Gallus, pri-
mer sacerdote de este nombre, se mutilaban como eunucos para
conservar el celibato. E n las fiestas de la diosa llevaban su está-
lua por las calles dándose golpes en el pecho, danzando al com-
pás de flautas, címbalos y tambores, y haciéndose heridas lige-
ras. Sus contorsiones y visages eran tan ecsagerados, y se agitaban
con tal violencia, que se les consideraba como transportados y
poseídos de furor divino. Bañaban en el Tíber la eslátua de la
buena diosa hácia la parte donde confluía con el rio Almon:
eran los uaicos sacerdotes que se les veía mendigar de puerta
en puerta con un asno para conducir lo que juntaban, llevando
siempre consigo la estátua de Cibeles.
Las Vestales eran unas doncellas consagradas al culto de
la diosa Vesta, habiendo sido instituidas en tiempo de Numa
en número de cuatro. Sgrvio Tulio añadió otras dos, é igual
aumento hizo Tarquino Prisco; llegando mas adelante hasta el
núm 3ro de veinte. Habían de tener de 6 á 10 años, debiendo
Síír bien configuradas y sin el menor defecto corporal. La prin-
cipal función de estas sacerdotisas era la de guardar día y
noche el templo de Vesta, y cuidar del fuego sagrado para im-
pedir que se apagase; lo que si llegaba á suceder por su des-
cuido, se le castigaba con azotes por orden del Gran Pontífice,
sin que se pudiese volver á encender el fuego sinó por los rayos
del sol, ó con fuego del cielo; pues su eslincion se miraba co-
mo mal presagio. Hacían* voto de virginidad, y si lo violaban,
eran tratadas sin misericordia, encerrándolas en una caverna
profunda^ donde perecían de hambre; ó las enterraban vivas,
89
sin que pudiese tratar ningún asunto el dia de su suplicio. Los
cómplices de su seducción eran igualmente castigados con pe-
na de muerte, después de haberles dado baquetas en la plaza
pública. Los bienes de las vestales se despositaban en el tesoro
público después de su muerte. Cuando pasaban por las calles,
era tal el respeto que imponían, que les hacían lugar los ma-
gistrados, y concedían el perdón del reo por quien se interesa-
oan, cualquiera que fuese su delito. Servían por espacio de 30
años en el templo de la diosa Vesta, empleando los diez prime-
ros en aprender las ceremonias y los ritos; otros diez en ofrecer
los sacrificios y en conservar el gage sagrado de la duración del
imperio, y los diez últimos en enseñar á las nuevas vestales. F i -
nalmente, concluía esta milicia consagrada á los dioses, con el
Rey de los sacrificiony que era una persona patricia, de mérito
distinguido y de conocida integridad, que presidia todos los actos
religiosos: llamábase Rex Sacrorum ó Rex Sacrificulus, y no
podía desempeñar ningún cargo.
Las ferias y fiestas de los romanos tenían su particular dis-
tinción. En la feria se prohibía toda clase de negocios y actos
judiciales, y en la fiesta eran permitidas estas ocupaciones, á
menos de no concurrir juntas. Ferice ó Feria eran días consa-
grados al culto de los dioses: se dividían en Sacrificia, en
Epulae, ó festines en honor de la divinidad, en Ludí ó juegos,
instituidos para honra de los dioses, y en Feriae, en que no se
podía trabajar. Lasfiestaspúblicas, Fasti, se solemnizaban por
todo el pueblo. Dividíanse en Feriae statuae, como las Bacana-
les ó fiestas de Baco; en Agonales ó fiestas de Jano; en Snper-
cales ó fiestas de P¿n. y en las de Carmenta, que era la madre
del rio Evandro. En Feriae conceptivae, que eran las fiestas que
no tenian dia señalado. En Feriae Latinae, que, sin día determi-
nado, duraba cuatro días. F u é instituida por Tarquíno el sóber-
vio para manifestar la unión que había sostenido entre los pue-
blos de la Toscana y los latinos, y era común á A l pueblos.
En Feriae sementinae, que era en la que se ofrecían sacrificios
á Ceres y á la Tierra. En Feriae imperativae ó índutivae, que
eran las fiestas señaladas por el cónsul ó el Pretor por algún su-
ceso memorable, y en la Feriae Nandinae ó Nono Die, que se
establecieron para que las gentes de campo vendiesen y com-
prasen. Generalmente se celebraban el 9 de cada mes.
Tales fueron los religiosos ritos y dignidades sacerdotales
de los romanos en los tiempos á que se refieren estos apuntes,
y por ellos vendremos en conocimiento del contenido de las ins-
cripciones y lápidas, verdaderos auxiliares de la Hsloria que
ilustramos. -
Sia embargo de que en España no quedan monumentos que
nos manifiesten la ciase de mitiistros que se destinaban al culto,
ya fuese de las antiguas divinidades, como de las del pueblo ro-
mano, es de presumir que esta nación dominante, al obscurecer
las anteriores aderaciones, procurada no menos substituirlas
con el de sus propios dioses.
Para el servicio de los templos d é l a Península Ibérica ha-
bia pontífices, sacerdotes, flamines, orgiafantas, © maestros de
ceremonias en las Gestas de Baco, Seviros Augustales, que eran
los comandantes de las seis decurias de los caballeros roma-
nos, maestros de los Lares y otros ministros, sin incluir á las
mugeres, como flamines ó Sacerdotisas. Aun cuando estos car-
gos sagrados eran temporales, radicaban muchas veces en las
familias, y otras se desempeñaban por personas de mérito cono-
cido. Muchas ciudades no tenían mas que un flamin que desem-
peñaba también el sacerdocio de algún numen siilgular. Man-
teníanse á espensas de los caudales públicos; y algunos templos
tenían rentas muy pingües, asignadas por sus devotos. Los sa-
cerdotes eran inmunes en sus personas y gozaban la colación
global ó de los terrones de tierra; algunos hacían gastos escesi-
vos, y algunas flaminias, como Junia Rústica de Cártama,
espendieron crecidas sumas con aplauso y utilidad de sus con-
ciudadanos.
{Masdeu, inscripciones 9^, 21, 3 i , 52, 5$, 62, 83, 84: /o-
Í « O 5 . 0 7 U , 751, 806, 861, 1024, 1240, 1260; tomo'6.'
Conversaciones 31alaguefias, tom. 2.° Convers. 13 y 14. San-
ches Sobrino, viage topográfico, inscripciones de Antikaria.
E s í m b o n , lib. 3, pag. 233 y 249. Don Manuel Marti, Dean
de Alicante, lib, V I Í I . Epístola III. M a r a t ó n , Nuevo Tesoro
de Inscripciones. Pastor, Disertación sobre el dios Endovelico.
Macrobio, lib, 1. cap. X X I I . De los saturnales. Antigüedades
romanas de D . Francisco P é r e z Pastor, p á g . 154 y siguientes.
Cicerón, lib. 2 de las Leyes, lib. \.0 de la naturaleza de los
dioses.'Rosino, Antigüedades Romanas, lib. 3, cap. 22. Grute-
ro, Jaurobolio in acternum renatus. Dionisio Halicarnaseo,
lib. 2. C. Var. lib. 4. Tito Livio, lib. 4, 27, 29, 30 y 40.
Valer. Max. lib. 1. cap. 4. Cicef. De la divinacion. Dion
Halic. lib. 2. Ro^mo. Anlig. Rom. lib. 2, cap. 9. Planto,
en la comedia titulada Stichces, Plutarco, en las vidas de D e -
metrio, de Craso, y de Themistocles. Suetonio en Nerón, cap.
19, y en Augusto, cap. 92. Cicer. lib. í y % de la divinacion,
2 de las leyes. Dion Halicarn. lib. I.0 Tácito, l i b A 6 . ú o i d i o ,
Mecham, libros ib y A l . Rosino, Ántig. Rom. lib. 3, cap. 8.
Tilo Limo, Lib. 6. Plinio, Eh 8, cap. 57. Valer. Max. lib.
1, cap. 1^ 3 y A Rosino, lib. 3. cap. 8. Cicer. lib. 2. Be las
leyes. Plutarco, Prob. 73. Cicer. lib. 1. ^ la divinacion^ Tito
Limo, libros ] , 10 y 29. Valer, lib. 1, cap. 6. Cicer. Be \a ley
Agraria. Bion 37. Rosino., Antig. Rom. Cap. 8, 9, 10 y 11.
€icer. lib. 2, de las leyes de la Senectud: 1 y 2 de la Bivina-
d o n y d é l a s respuestas de los Arúspices. Rosino, Antig. Rom.
lib. i , cap. 1;!. Cicer. lib. 2 de las leyes, de las respuestas de
los Arúspices en la oración contra Vatinio y por su casa. Tito
Limo, lib. 1. Rosino, Antig. rom. lib. 3, cap. 15 y 16. A u -
la Gelio-, lib. 16. cap. 15. Varron, lib. 2. Tifo Limo, lib. 1.
Cicer. lib. 2 de las leyes, y lib. 1 de los oficios, cap. 2. Plu-
tarco en la vida de Numa. Rosino; Antig. Rom. lib. 3 , cap.
21. Ovidio, en los Fastos. Plut. Lact. lib. 1, de la falsa
r e l i g i ó n , vap. 12. Rosino.. Antig, Rom. lib. 3. cap. 19, lib, 2,
cap. 12. Tito Livio. lib. 1 t/ 9. Feste Bionis. Halicarn. lib.
id Rosino, Antig. Rom. lib. 3, cap. h. Plutarco, en la vida
de Rómulo y en la cuestión 68. Ovid. lib. 3 ?/5 de los Fastos,
Valer. Max., lib. 1, cap. I, Rosino, Antig* Rom. kb. 3,
cap. 13, 20, 27, y 28, y lib. i , cap. 6 y 7. klex. ab Alex.
lib. 1. cap, 16. Bionis. Halic. lib. 2. Festo. Tito Livio, lib.
33. Cicer. E n la arenga sobre las respuestas de los Arúspices»
Rosmo, Antig, Rom. lib. %cap. 2, 3 y 27. Tito Livio, libros
2 y A, cap. % Phed. lib. 3. Fábula 20. Cicer. lib. 2 de las
leyes-, lib. 4, Paradoja y lib. de la Senectud. Dion Halic. lib.
i y 6, Tito Livio, lib. 21, 22, 32, 37 y 41. 'Rosino-, Antig.
Rom. lib, i . cap. 3 y 5. Grutero, Muratdri, F i n í s tres. Mora-
les y Flores; Novis. Disertación 111; cap. l , p á g . i b l . de la
Epocha. Siro-Macedon. Florez, catálogo d é l a s Flaminas, tom.
X X I V , parte 2, p á g . 166. Id. tom. IX, p á g . 58 de la E s p a ñ a
Sagrada-)
92

NOTA X X I I I .

Sobre l a antigua prosperidad de la B é t l e a y eo-


mereio de este p a í s .

Navegable el Guadalquivir desde su desembocadura hasla


Castulo (Cortijos de Gazlona), por no poderlo ser mas allá de
este último punto á causa de sus angosturas y cascadas^ solo
admitia barcos pequeños desde Hipa ^Cantillana) hasta Castu-
lo, que eran los monoxilios ó canoas, hechas del tronco de un
árbol grueso horadado, y barcos grandes en el resto de su curso
hasta Sevilla. Desde esta ciudad al mar se navegaba el Guadal-
quivir con barcos de vela. Sus riberas fértiles en todos tiempos
y pobladas de marineros, ofrecian en su desembocadura orien-
tal el Oráculo de MnesteOj santuario que conmemoraba uno
de los héroes de la guerra de Troya, y la Torre de Cepion [Tur-
ris Caepionis), edificada sobre un peñasco por el pretor de C á -
diz, Quinto Servilio Caepion, que hacia las veces deparo para
guia y seguridad de los navegantes, y hoy corresponde á Chi-
piona. E n el curso apacible del Betis veíanse magníficos edifi-
cios, espesos bosques y campos cultivados con estraordinario
esmero. Acrecentaban estas comunicaciones los pueblos de
Epora (Montero) una de las tres confederaciones romanas de la
Bélica, y que Plinio denominó Ebura Cerealis, por sus abundan-
tes mieses; Fanum Luciferi (San Lucar de Barrameda), donde
habia un templo dedicado á Venus ó al Lucero de la M a ñ a n a ,
{Véspero ó Héspero), que habia dado su nombre á España, cir-
cundado de un bosque sagrado que los latinos llamaban lucus;
y de aquí San Lucar; Hispalis ^Sevilla) de famoso origen por
la etimología de Sphela ó Spela, que significa llanura, que en-
grandeció Julio César dándole el nombre de Rómula, llena
de templos á Marte; á Venus Salambona y al Sol; Oboli u Obu~
93
cula, (La Mondoa) de condición ealipendiaria; Astígi ó Asterias
(Ecija) que, aunque á orillas del S i n g ü i s (Genil), comunicaba
con el Gran-Rio: llevaba el sobre nombre de Xugusta Firma,
y tenia templos al dios Buen-Evento, á Thobel, al Todo y á la
diosa Piedad; Carbula, (la Palraa^ cuyas mugeres separaban
de las arenas las l a m i m í a s de oro del Guadalquivir; Onoba (Pe-
rabad), ciudad de las profesias, según su etimología hebrea;
Caura ó Caurium (Coria), donde se adoraba á Marte y á la L u -
na bajo la estálua de Isis, y cuyas medallas con el sábalo son
indicios de su abundante pesca; Arae Hesperi (San Lucar la
Mayor), cuyo antiquísimo nombre cambió César en Solis lucus,
y en cuyo distrito habia un bosque sagrado que se prolongaba
sobre el rio; Itálica la celebérrima (Santiponce), fundada por
Escipion, ilustre patria de Trajano y Adriano y aun todavía
memorable por sus copiosos monumentos y ruinas; Hipa llia
(Canlillana), que también conmemora en sus medallas la pesca
del sábalo; Iliturgis (Santa Polenciana;, no muy distante de
Andujar, sobresaliente entre las guerras púnicas, y famosa por
su defensa cuando Scipion la redujo á cenizas, y Corduba 6
Corleba (Córdoba), amurallada por Marcelo^ colonia patricia
por sus distinguidas familias, aurífera por sus producciones de
oro, y magnífica por sus edificios.
Los esteros de la costa desde el Promontorio Sacro á las
Columnas (desde el cabo de S. Vicente al Estrecho de Gibraltar),
estaban llenos de cavidades á manera de barrancos ó madres de
rios que penetraban tierra adentro y facilitaban la navegación
con el ausilio de la pleamar. Asta, Nebrisa, Onoba ú Qnubaj
Osonoba, Menoba y otros pueblos, que hoy corresponden á M e -
sa de Asta entre Jerez y Trebugeña, Lebrija, Huelva, Faro y
Faznalcazar, eran los emporios de este comercio interior de
la Bélica por su mar occidental. Estrabon dice, que el aceite que
se esportaba era por su escelente calidad preferido al de la Is-
tria. Con los cargamentos de cereales se estraia gran copia de
miel, cera, pez y coceo. Este ultimo artículo era la grana en que
tanto abundó este pais, y aseguraba Martin de Roa que la gente
de Ecija aun sacaba, á principios del siglo último, de 9 á 10000
ducados de grana que se cogía en una deheza concegil y valdia
que se llamaba Mochales, pagándose de 90 á 100 rs. por
cada fanega en grano, y que la de polvo subía á mucho mas.
E l bermellón de Sisapo (Almadén del Azogue), era mas pre-
cioso que el del Ponto, según testimonio del mismo Estrabon;
y siendo este último cinabrio el mejor del universo, no de-
beremos estrañar el cuidada de los romanos para la conserva^-
cion de estas inagotables minas. Al mismo tiempo de este co-
mercio/ no era menos activo el que se hacia desde q \ Promon-
torio de Juno (Cabo de Traíalgar), hasta el Promontorio-
Charidemo (Cabo de Gala), por el Estrecho dé las Columnas
y riberas del m a r / ¿ m e o (Mediterráneo), Malacu'r Sexi, Me~
llaria y Belo, que hoy corresponden á Málaga, Almuñecar;
Tarifa y Bolonia, cerca de Gibraltar,, confeccionaba sus salsa-
mentos ó pescado salado con el; ausilio de unos estanques ó
viveros donde lenian encerrados los alunes y los scombros
para el G a r ó . Mantenidos estos peces coa una clase de be-
lleta que daba un arbusto bajo y rastrero,, especie de coscojai
que crecía en las cosías del Estrecho, suministraban aquel
apetecido salsamento^ del garó,, de olor ingrato y desagradable,,
según Columela, pero tan apreciado,, que cada azumbre valia
180 numos ó 223 rs.. y 1Í3* maravedís. La aclividad de esle co-
mercio de salsamento, se acredita por dos inscripciones halladas
en Roma» de las que aparece que Publio Clodip Achenio re-
presentaba en aquella capital del mundo Ips intereses de al-
gunos malagueños, y que el gremio de marineros de Mála-
ga dedicó una estálua a su prolector Quinto. EmUip Pro-
culo.
No é r a m e n o s importante el comercio que se hacia de l e -
las labradas, ya decaído en tiempo en que Eslrabon escribía;
pero las manufacturas de lana de la Bélica, conservando el
color nativo de los mismos vellones, eran de tal estimación que
impulsaron á Juvenal á que dijese que en el naufragio de Ca-
tulo íué una de las preciosidades que se sepultaron en el Ponto.
Los ganaderos bástulos, türdulos y turdetanos cuidaban mucho
de mezclar las razas de ovejas y moruecos. Llamábanse las
primeras E r y t r é a s , y los segundos Coraxos ó áureos, origen de
la fábula del robo de ganados que hizo Hércules á Gerion. Por
eso Marcial, como dejamos aseverado en el texto, comparaba
en sus poesías los vellones de los ganados del Beiis impregna-
dos de indélebles y hermosos tintes^ aun antes del esquileo, á
las blondas trenzas de las alemanas y al oro de sus monda-
dientes. De todo lo cual inferimos que perfeccionado el arte de
la tintura^ enseñado por los fenicios, en esta región feliz, con
el ausilio de la grana ó coco y con el del murex ó eonchilia,
tan abundantes en nuestras riberas, dieron materia al numen
de Virgilio para celebrar los ricos tragos de Arcenle. Produ-
cíase esta púrpura marílima por el murex, que era una con-
95
chita que se hallaba siempre en el fondo del mar; por una
oslra pequeña que se ve muchas \ecos navegar sobre la su-
perficie del agua, á guisa de un pequeño barco ausitiado de una
membrana que hacia los oficios de vela, y por un pequeño gu-
sano lleno de licor purpúreo del que hizo una inspección
analítica sobre la costa de Almería e! naturalista Bowles,
E l mérito de los caballos andaluces, recomendados por
Claudiano para las carreras del Circo, y perpetuado siglos des-
pués en las razas árabes, merecieron que se esculpiesen en
hermosos bustos en las medallas de Itucci, Lastigi, Laelia,
Obulco, Olonligi y S a c ü i , hoy Rola, Castuera, Albaida, Por-
cuna, Gibraleon y despoblado de Alcorrucen cerca de P e -
rabad.
Rica la Bélica en minerales preciosos, nos manifiesta E s -
Irabon que en los liempos que analisamos, el oro, plata,
cobre y fierro de la Turdelania y sus tierras adherentes, como
lo era nuestra provincia, llegaron á ser entonces los mas abun-
dantes. No solamente el oro se sacaba de las minas, sino que
corría por los rios y los torrentes en abundantes laminilas.
Añade este insigue geógrafo, que en las islas Erythias (Cádiz
^ Sanli Pelri,) se recogía la arena como hoy acontece en las
vertientes del Darro, lavándola después en pequeñas vasijas ó
artesones, ó metiéndolas en un pozo para que se ablandase la
tierra; seguidamente fabricaban unos hornos muy altos para dar
lugar al vapor desprendido, y eran tan puntuales en estos
análisis, que siempre ulilizaban la cuarta parle del mineral
estraido. E l plomo fósil de Castulon, que estaba cercano al
monte Argénteo (Cortijos de Cazlona cerca de Sagra), parage
donde nacía el Belis, así llamado por la mucha plata de sus
entrañas, alternaba con las minas de Bebulo, ó sean los Pozos
de Ánnibal que se hallaban á 20 estadios de Cartagena, 4-166
Taras y dos tercias castellanas, ó unas dos millas de largo;
ocupaban 400 estadios de circunferencia (unas 12 7, leguas,)
con 40 mil trabajadores empleados por los romanos, que daban
de utilidad diariamente 25000 dracmas de plata. Esta riqueza
metálica en medio de nuestra península, que aun hallamos re-
producida en las abundancias de Rio-Tinto, Guadalcanal, A l -
madén, Linares y Sierra Almagrera, hizo esclamar á Posidonio
»que debajo de la tierra de tos tur de taños, {nombre sinónimo
»del Tártaro), no estaban los infiernos, sino Pluton, el Dios
»de las riquezas,» (Estrabon, lib. 3, pa^, 209. Inscripciones
de Ambrosio de Morales, en las adiciones al tomo 1.0 E s t r a -
14
96
hon, lib. 3. p á g . 206 y siguientes, Plinio, hb, 3, cap. 1.
Ptolomeo, lib, 2 cap. A, Fhüost. invita Apolon. Fhian. apud
Photium, cod. 2 i t . Estrabon, lib. 3, pag. 212. Plinio^lib, F ,
cap, 2. ¿ c i / a y sus santos, lib, í . cap. 12. Estrabon, lib, 12,
p a g , % \ i . Plinio, /t6.33. cap.l.Sec, A0. Estrabon, lib. 3,pag,
236. Plinio, lib. 11, ca^. 15, sección 19. Estrabon, lib, '¿.pág,
412. Juvenal, Satir. 12, w s . 34- y siguientes, Marcial,
lib, VIII, €pig,2S;lib, IX, epig, 62, lib, i b , epig. 133,
/Í7>. 5. epig. 39. Eneida, hb. 9. rcrs. 581. traducción de
H e r n á n d e z . Bowles, Introducción á la Historia Natural, pag%
175. Cortés y López, Diccionario de la Esp, Antig.]

NOTA X X I V .

Sobre los principases sucesos militares durante


la d o m i n a c i ó n romana, y sobre l a c é l e b r e bata-»
lia de l l u n d a - l l é t i e a .

En todo el periodo que recorremos en la primera parte


de esta historia, debemos conmemorar que los tarlesios y los
lárdalos, indígenas de nuestra provincia, mandados por Phorcys
y Araurico, formaban con los astures, los celtiberos y los
cántabros, en el ejército de Anibal. Vestidos de túnicas blan-
cas festoneadas de púrpura y con airosas lorigas (colas de ma-
lla), usaban el broquel de los galos, con una espada corta y
de dos filos, funesta para las heridas. También debemos refe-
rir, que algunos capitanes de Asdrubal, rebelados contra su gefe,
desembarcaron junto á Carteya (Torre de Cartagena, cerca de
Gibraltar), sublevando la Serranía de Ronda, cometiendo robos
y violencias contra los desprevenidos é inofensivos pueblos, di^
rigiéndose hácia Escua (Archidona), que tomaron á viva fuerza.
Era esta plaza en aquel tiempo una población de importancia
por tener una fortaleza sólida y estensa, que comprendía en su
recinto tres montanas elevadas. Llena de bastimentos y efec-
tos de guerra por la previsión de Asdrubal, y guarnecida
97
débilmente, se rindió á l o s sublevados, que envanecidos con sus
despojos, se estendieron en sus depredaciones por los espacios
de su vega y por sus comarcas contiguas; pero el capitán car-
taginés, ya sabedor de un desmán que podia comprometer la fi-
delidad de su egército, se acercó calladamente á la conquista
de la plaza que juzgaba como necesaria para sus ulteriores pla-
nes. Dice el Sr. Lafuenle Alcántara, cuando refiere este suceso
en su erudita historia de Granada, que al acercarse el cartagi-
nés, «la alarma cundió rápidamente dentro de la plaza, y fia-
»dos los que la ocupaban en sus anteriores ventajas, salieron
»en tropel sin órden y concierto, y sin someterse á los manda-
»tos y planes de sus gefes. Peleando estaban las primeras tur-
»bas y estorminadas por las espadas cartaginesas, que recobra-
»das luego y adquiriendo nuevo brío, persiguieron sin piedad á
»sus contrarios; unos pocos, acosados por las cohortes carta-
wginesas y apretados en estrecho cerco, murieron sin rendirse.
«Algunos otros se dispersaron por montes y breñas, y acobar-
»dados los muy contados que defendian la fortaleza, e n t r e g á -
»ronse al dia siguiente.»
Durante la dominación romana y cuando una profunda paz
reinaba en nuestra provincia por los años 171 antes de Jesu-
cristo, algunas espediciones lusitanas, á las órdenes de F é n i c o ,
se acercaron á nuestro suelo con la velocidad del rayo, pre-
cedidas del saqueo y de toda clase de depredaciones, pero an-
teriormente Yiriato, con hábiles combinaciones y estratagemas,
se posesionó de Escna (Archidona), por los años 141 de aque-
lla era. A la muerte de este héroe, y habiendo quedado en
calma el litoral mediterráneo de los hástulos poenos, no pade-
ció otra alteración nuestra comarca que la de ios Lusitanos ca-
pitaneados por P ú n i c o ,
Habiendo Julio César encargado el gobierno de nuestras
provincias meridionales á Casio Longino, después de haber
castigado las rapiñas de Varron, 49 años antes de J . C . ganaron
muy poco los pueblos con semejante sustituto. Tan tiránico é
insoportable, como avaro de nuestras riquezas, saqueaba los
caudales póblicos y dió márgen á la guerra civil entre sus mis-
mas cohortes. Prócsimo á ser asesinado en Córdoba cuando ta
gran victoria de César en los campos de Farsalia, y amotina-
dos sus soldados bajo el especioso protesto de no querer pasar
al Africa, que tanto odiaba á Casio Longino, le depusieron
escandalosamente, obligándole á que entregase el mando á su
qüestor Marcelo, que era muy querido enel pais; pero irrita-
98
do Casio de una preferencia que tanlo habia herido su orgullo,
recorrió lodo el mediodia de estas provincias al frente de los
que le habian quedado fieles, saciando su terrible venganza
con incendios y asesinatos. Esta aflicción de nuestros pueblos
llegó á los oidos de Lépido, gobernador de la España Citerior,
y acudió con sus legiones á restablecer la paz y á castigar ta-
les desórdenes. Dispuso preliminarmente que Trebonio suce-
diese á Longino en la administración de la Bélica; pero el su-
blevado caudillo, comprendiendo la odiosidad con que iba
acompañado su nombre y el castigo que le esperaba por sus
violencias y maldades, desertó de las filas romanas y vino á
buscar un asilo en Málaga con el fruto de sus rapiñas. E m -
barcándose para Italia, una furiosa tempestad sepultó su nave
en las costas de Cataluña, pereciendo con sus riquezas.
El suceso mas importante de los que ilustran los anales de
esta provincia fué la batalla de Munda, acaecida en los campos
dé Monda, como nos reservamos esclarecer en el Apéndice
Geográfico, con cuya concordancia terminaremos esta historia.
Tan célebre hecho de armas fué el glorioso término de la
guerra civil que habia encendido Gneyo Pompeyo á e s t í m u -
los de Catón de Ulica, y como heredero del nombre de su pa-
dre Pompeyo el grande. Favorecido de algunos pueblos espa-
ñoles, y alentado por sus prosélitos, hizo un público desafío
al vencedor de Farsalia, espulsando al procónsul Acelo T r e -
bonio del gobierno de la Bélica, al presentarse con algunas
tropas colectadas en las Baleares. Avisado Julio César, corre
con la celeridad del rayo desde Roma hasta Porcuna, que era
la antigua Obulco, donde, animando á sus partidarios, rompió
tan memorable campaña, avanzando hácia Córdoba, que se ha-
llaba defendida por una guarnición numerosa á las órdenes de
Sexto Pompeyo, al propio tiempo que dirigía á Junio Pacieco,
gefe español y de su partido, en ausilio de Ulia (Montemayor)
que habiéndole quedado adicta y hostil á sus enemigos, era
asediada á la sazón por Gneyo. Consecuencia de este sábio plan
fué la libertad de tilia y que el capitán Pompeyano viniese al
socorro de Córdoba, donde le esperaba César para atraerle coa
escaramuzas á una batalla decisiva. Ya fuese que la sagacidad
de Gneyo Pompeyo comprendiese todo este plan, ó que no
quisiera comprometer la fuerza que pudiera serle adversa á to-
da su causa en el écsito de una batalla, esquivó el proyecto
de César, apoyado contra los muros de Córdoba, dominado por
el pensamiento de que las legiones de su contrario iban á estre^
99
liarse contra un punto tan formidable. Frustrado César en este
plan y no considerando prudente diezmar su gente en iin asalto,
vino á poner sitio á Altegua (Teba la Vieja), en los límites de
nuestra provincia, rindiéndola inmediatamente. Por este acon-
tecimiento trasladóse Pompeyo á Attuhi (Espejo), en observa-
ción de su contrario, sosteniendo varias acciones de corta i m -
portancia en las provincias limítrofes; por cuyo resultado incierto,
y contramarchando incesantemente, vino á buscar el apoyo de
la importante plaza de Munda.
Julio César, que lo perseguía y que anhelaba batirle en
campo raso, c a v ó al frente de su contrario^ descendiendo á la
hoya de Málaga por los terrenos de Alora y la Pizarra háeia
la Vega de la Jara, no muy distante de Munda. En esta plaokie
de cinco mil pasos (cinco cuartos de legua), que era surcada por
el rio Grande, el Sigila de Dion Casio é Hircio, historiadores
de estos hechos, país á propósito para prolongar la guerra por
hallarse herizado de montes y colinas, de gargantas y desfilade-
ros, y del torrente boraginoso é intransitable por sus avenidas
que se describe en los Comentarios, í a é donde lomaron posi-
ción los dos ejércitos enemigos; Pompeyo sobre los cerros que
SP. destacaban al este de Munda, y César sobre las vertientes
inmediatas á la tierra llana. Consistían las fuerzas del primero^
en 13 legiones de tropa veterana, protegidas por alguna caba-
llería; en 6000 soldados de infantería ligera y en numerosas
guerrillas del país, que peleaban concursando, en uso de su
antigua costumbre. E l ejército de César se componía de 80 co-
hortes de infantería de línea y de 8000 caballos. Notando esté
noble caudillo que su e n e m i g ó s e apoyaba en las colinas^que
por líneas paralelas van á terminar en Munda, quiso atraerle
á parage llano, donde su numerosa caballería pudiese desar-
rollarse con daño de las contrarías huestes, y é este fin desta-
có alguna tropa hácia la planicie que hemos descrito, con órden
de no pasar de ella si el enemigo se obstinaba en conservar
sus posiciones, en lo que fué obedecido, no obstante el deseo
general de terminar en un combale aquella funesta contienda.
Slas esta provocación, que supieron hacer valer con baladrona-
das é incultos tan altivos veteranos, en desquite de la disci-
plina que les obligaba á contenerse, provocaron á Pompeyo
á principiar la batalla.
Había amanecido el 17 de Abril del año del mundo 3958,
que corresponde al 708 de la república romana y al 45 antes
de Jesucristo, y aquella tierra clásica de nuestro fértil suelo
100
era atronada en su pacifica soledad por el estruendo de las ar-
mas. En la primera arremetida quedó la tierra sembrada de
cadáveres. La legión décima de César, mermada en otros com-
bates y llena de soldados valientes, comenzó á obtener ven-
tajas sebre el ala izquierda de los pompeyanos, los cuales, para
reforzarla, tomaron tropas de su derecha; lo que notado por
César, hizo cargar á su formidable caballería, que, envolviendo
la línea enemiga, contribuyó á la decisión del combate. E n
esta sangrienta lid, que describiremos con mas detalles en nues-
tras concordancias geográficas por nuestro reiterado afán de
ilustrar debidamente la corografía de Monda, se peleaba cuer-
po á cuerpo y se cruzaban los aceros enmedio del silbido de
las saetas, del estruendo de las armas y de los ayes de los
que morían. 30 mil hombres de Pompeyo quedaron en aquel
campo, 17 generales y 3000 caballeros de Roma, siendo tro-
feos de la victoria 13 águilas, y muchos haces y banderas.
Retirado Gneyo del combate donde todo lo habia perdido,
buscó un asilo momentáneo en Munda. Quebrantada su salud
por motivo de una herida, devorado del pesar que fomentaba
en su alma la fortuna de su contrario, al dejar aquella plaza,
cercana presa del vencedor, y no podiendo ir á caballo por ira-
pedírselo el cansancio, fué conducido en una litera en su re-
tirada á Carteya. Antes de verificar su embarque, estuvo próc-
simo á perecer á manos de sus moradores, que sin respetar su
desgracia, pedían á gritos su cabeza. Habiendo pasado el E s -
trecho, perseguido por la escuadra de César á las órdenes de
Didio que le venia á los alcances, y careciendo de agua y
provisiones para sostener su ecsistencia, tuvo que saltar en tier-
ra en las playas de esta provincia; pero por la gravedad de su
herida y por la penosa marcha de una litera, trató en vano de
ocultarse en las asperezas de nuestras sierras, porque fué ai
fin alcanzado y descubierto por la caballería de César, y deca-
pitado impíamente en Lauro (Alhaurin el Grande), según la au-
toridad de Floro en su epítome de Rerum Romanorum.
Al par que la cabeza de Gneo Pompeyo era un publico
trofeo á la vista de Sevilla, se rindió Monda á Julio César,
dominando todo un país, que adherido al vencedor, se congra-
tuló de sus victorias con adulaciones serviles. En prueba de una
adhesión que habia improvisado su fortuna, E x i (Almuñecar)
tomó el sobrenombre de Firmum Julium: Astigi (Alhama) el
de Julieme; Vesci ó Vesceli (Huetor), el de Faventia {la Favo-
recida); Itucci (Valenzuela ó Marmolejo) el de Virtus Julia;
101
Sexti hirmium (Torrox) el de Caesarea, y Castulo y Salaria
(cortijos de Cazlona y Sabiote) Venales á Caesar-, pero ni Á c c i -
ñipo, Nescania, Singilia, lluro, Antia, Anticaria, Lauro 6
Andorisae7 Lacibis, Cartima, Malaca ni Munda, nuestras
principales ciudades, sin duda adheridas á Pompeyo, rindieron
esta humillación á Julio César. Polivio, lib, 3: Apianno, De
bell. Hispan, P á g i n a s 483 y 4.92. Cesar, De Bell. Civil, lib.
2, cap. 2. Pharsalia, lib. A. Dion Casio, lib. 4-2 y4'3: Hircio,
de Bell, klexand, cap. \ i , Rodrigo Caro, Antigüedades de
Sevilla, L i b , \ , cap. 19. Hircio, De Bell, klexand, cap. 11.
Petron, Carmen, De Bell. Civil: Dion Casio, lib. 43: Hircio,
de Bell. Hisp. cap. 1 y 4. Piut, In caes. Mariana, Histor.
de Esp. lib» 2, cap. 20: Supp, Lúe, lib. 6.*: Hircio, De
Bell. Hisp. cap. 6. Cicer. Epist. fam, 15 y 20. Floro, lib,
% cap. 2.)

.a/ii.rNOTA x x v . .va
'MT/1*11311^/111 flu
i j i a a u a/ioiaigao ÁVÍTIHI
Sobre el ntemor^blc sliio de Siugi||a.

—áA Vil'Tfl OOiit^Vil' .aAr!l. .0


OiJlli
Era emperador Marco Aurelio, cuando algunas tribus mau-
ritanas, rebeldes al yugo de Roma, sedientas de robo y pillage,
abandonando las vertientes del Atlas aparecieron en nuestras
costas, ü n ejército de estos bárbaros, errantes y sin domicilio
fijo, eludiendo las guarniciones romanas que cubrian el litoral
de Africa, desembarcaron en nuestra provincia, saqueando im-
punemente los pueblos, y cometiendo en los naturales indefen-
sos todo linage de tropelias. E l municipio de Singilia, mal lla-
mado Antequera la Vieja, y que y acia donde hoy existe el cor-
tijo de Castillon á una legua distante de aquella ciudad, fué
la sola de nuestras metrópolis que les opuso resistencia, conte-
nieado los ímpetus de aquellos bárbaros empeñados en arrasar-
la. Áusiliada por Cayo Valió Maximiano, Procurador Augustal,
102
y por S e v e r ó , qüeslor á la sazón de la Bélica, que después fue
emperador, no solo defendieron este noble pueblo, sino que
ahuyentaron al enemigo, obligándolo á reembarcarse, y por tan
señalado servicio, los magistrados de Singilia^ Cayo Fabio R ú s -
tico y Lucio Emilio Pontiano erigieron una estátua á Cayo Valió
Maximiano, en muestra de agradecimiento, cuya cabeza acaso
sea la del varón hallado entre las ruinas de aquella antigua ciu-
dad y que hemos visto en Antequera en casa del conde de Cor-
chado. Así aparece de una lápida incrustada en el arco de los
Gigantes de esta última ciudad, que fué hallada en casa del ba-
chiller Juan Gómez de Osuna, traída indudablemente de Singilia
como otra porción de monumentos que hemos examinado per-
sonalmente y de que daremos noticia en nuestra G e o g r a / í a C o n -
cordante, cuyo tenor es el siguiente;

G. V A L U O MAXVMIANO
PROC. AVGG.
EV. ORDO SING. B A R B .
OB M V M C I P I V M
DIVTI1VA OBSIDIONE L I B E R A —
I V M .
PATRONO CVBANTIBVS
G. F A B . RVST1C0 E T L . A E —
M1L10
PONTIANO.
La que traduce el padre Sánchez Sobrino de esta manera:
y>El cabildo 6 Áyuníamiento de Singilia de los Barbanos de-
v d i c ó esta estatua á Gayo Valió Maximiano, Procurador
» Augusíal de los Evocados, por haber librado al Municipio
>ide un largo cerco: siendo comisarios para la dedicación
y)Gayo Fabio Búsltco y Lucio Emilio P o n t i a n o . »
Debemos advertir que el Procurador Áugustal de los E v o -
cados, era el gefe que tenia facultades ámplias para llamar
de nuevo á las armas á los soldados veteranos que sebabian
retirado del servicio; y por este repelido sacrificio personal,
103
disfrutaban tales evocados del mismo grado é insignias que los
centuriones romanos.
En el testo y versión de esta interesante inscripción, que
apenas puede ya leerse en el Arco de los Gigantes, hemos se-
guido las doctrinas de Sánchez Sobrino, que cotejó su lectura
con el original en 1773. E l autor de las Conversaciones Mala-
gueñas la copió de Cabrera, que era uno de los roas aventajados
historiadores de Antequera, y aun cuando aquel escritor quiera
referir este notable acontecimiento á los años 169, 70 ó 71
de Jesucristo, en tiempo de los dos hermanos Antoninos, d i -
feriendo d é l o s ilustradores de la Historia de Mariana, impresa
en Valencia, que la remontan á Marco Aurelio, así como el
Padre Cabrera, nuestro erudito Sánchez Sobrino es de esta
última opinión, fijando empero su cronología al año 166, época
en que fué por cuarta vez elevado al imperio romano. {Tácito,
Annal. lib. 3 y A. Sparciano, In Ael. Adriano, Julio Capitoli-
no, In Antón, Philos, vobisco, In Probo. Gibbon, tom. 2 . ° cap.
12. Sánchez Sobrino, Viage Topográfico, p á g .

\ifiif < ' NOTA XXVI.

Sobre l a introdaccion de l a r e l i g i ó n c a t ó l i c a en
E s p a ñ a j primeros m á r t i r e s cristianos.

Conforme á los testimonios contestes de San Atanasio, San


Cirilo de Jerusalen, san Epifanio, san Juan Crisóstomo, Teo-
doreto y san Gerónimo, fué el apóstol Santiago el Mayor el pri-
mer mensagero evangélico que esparció las primeras semillas
de la religión cristiana entre los españoles idólatras. Este dis-
cípulo de Jesucristo, que recorrió las provincias hispánicas
del norte y también la Lusitania, fué favorecido en Caesar


m
Augusta, (Zaragoza) con una visita de la virgen, qne le ordenó»
alzar el célebre santuario del Pilar, objeto de las adoraciones
del bizarro pueblo de Aragón^ y baluarte sagrado en nuestros
días de la mas heróica defensa. Martirizado en Jerusalon, fué
traido por sus discípulos á / n a F/ayza (El Padrón) y trasla-
dado después á Compostela, donde ?e venera su sepulcro, sir-
viendo su nombre santo de grito de guerra por espacio de mu-
chos siglos en nuestras lides con los sarracenos. Aquellos
autores sagrados, que aceptaron estas noticias como tradiciones
de su época, añaden, que el apóstol San Pablo continuó poste-
riormente esta regeneración divina en Cataluña, Aragón y V a -
lencia, y especialmente en nuestra Andalucía, siendo.gobernador
de la Bélica Umbonro Gelio^ según que hemos afirmado en e l
testo de estos estudios.^
Corrobórase la autenl-icídad'de estos asertos por la autori-
dad de Lactanck) cuando dicer con su coetáneo Lucio Cecilio,
que aumentados los once discípulos que habían quedado des-
pués de la muerte del Salvador, eon.san Matías y san Pablo, se^
dividieron por toda la tierra para enseñar las doctrinas de su
divino Maestro; pero como la predicación de Santiago, acae-
cida en el primer siglo de nuestra era, no diese todos aquellos
frutos que pretendía su celo ardiente, por el general apego de
los españoles á sus antiguos usos y costumbres, presúmese que
por este motivo decidió el apóstol san Pablo visitar la Penín-
sula Ibérica, según aparece de una de sus epístolas á los r o -
manos. En ella dice: «Como no hay en estas regiones lugar
^alguno donde no haya anunciado yo el evangelio, y me i m -
»pelan los deseos antiguos de veros, espero que cuando vaya
» á E s p a ñ a os visite al paso, y me lleve allá.alguno de vosor
»lros después que rae haya detenido para gozar db vuestra
« c o m p a ñ í a . Ahora pienso ir á Jerusalen á repartir las limus-
inas entre los hermanos y después de concluido este en-
cargo, pasaré por ahí para dirijirme á E s p a ñ a . » Afirma san
Gerónimo que el emperador Nerón, al principio de su reinado,
dejó en libertad á san Pablo para que predicase el evangelio
en las partes de Occidente, «y que á; gufea de un impetuoso
«torbellino inundó la iglesia de Dios. Enviado por el Señor
» s e derramó sobre la tierra para anunciar el Evangelio desde
»Jerusalen hasta el Ilirico, y aun ílegó á España, corriendo
» d e s d e un estremo del Océano al otro.» Por ultimo, en el co-
mentario sobre Isaías, espresa terminantemente el mismo autor
sagrado »que vino (san Pablo) á E s p a ñ a , embarcado en un ba-
^jel eslfangero:» E t uí ipse scribü altenigenarum ad H i s p a -
nías portatus est navibus.
En apoyo de eslos asertos, y para dar todavía mas proe-
bas de que las primeras nociones de la religión cristiana cun-
dieron hasta nuestras provincias, citaremos á Tertuliano cuando
dice: «que varios pueblos de la Getuha, muchos de la M a u -
«ritania y todas las provincias de E s p a ñ a , diversas naciones de
vlas'Galius, las reglones británicas^inaccesibles á los romanos,
«conocian é principios del siglo 3 . ° al verdadero Mesias.»
Podríamos acumular mas cita« para desvanecer toda sos-
pecha sobre este importante asunto, tales como las de S. Yre-
« e o , las de Eusebk) y las de Orosio; pero como las persecu-
ciones fueron la consecuencia de aquella nueva doctrina que
iba á ejercer un influjo tan poderoso sobre los españoles ro-
manos, nos ocuparemos de esta reseña analítica desde los tiem-
pos de Nerón hasta los de Diocle&iano. En este periodo de
lágrimas para las almas piadosas, de palmas inmarcesibles para
tanta copia de santos, y de placeres cruentos para los tiranos y
los verdugos, se inscribieron en nuestro martirologio, San E u -
genio y santa Leocadia, hijos ilustres de Toledo; san Jus-
to y Pastor, mancebos 'de Alcaía de Henares; san Vicen-
te, santa Sabina y santa Cristeta, ilustres deudos de Avila; san
Emeterio y san Celedonio, soldados gloriosos de Calalrava;
santa Centola, santa Elena, san Marcelo, su muger santa No-
nila y todos sus hijos, pacíficas hostias de Burgos; santa Mar-
la, natural de Astorga; santa Eufemia y santa Marina, de Oren-
se; san Víctor, san Silvestre, san Cucufate y santa Susana, de
Braga; san Verisimo, san Mácsimo y santa Julia, virtuosos
parientes de Lisboa; santa Columba de Evora, santa Eulalia y
otra santa Julia, heroínas bienaventuradas de Mérida; santa Jus-
ta y santa Rufina, de Sevilla, y lodo el escuadren de mártires de
Córdoba, Gerona, Barcelona, Lérida y Zaragoza. San Ciriaco y
santa Paula fueron las víctimas de Málaga en los tiempos de
Dioclesiano. Presos por la confesión de su fé, y apedreados co-
mo san Estovan en aquella furiosa persecución en las riberas
del Guadalmedina, espiraron entre tormentos, siendo canoniza-
dos por santos por el Pontífice san Inocencio, cuando los reyes
católicos le participaron la conquista de esta ciudad; admitidos
por patronos y calificado d^ Diácono, por la identidad de su nom-
bre con otro san Ciriaco Mártir.
Este cumulo de víctimas, cuyas actas fueron deshechas por
la barbarie misma de los verdugos, y cuyos nombres sagrados
106
recogieron las tradiciones y ecsageró la piedad, inspirando el
numen poético del español Aurelio Prudencio, le hicieron decir
de esta manera:

«Cuantas veces los fieros huracanes


«Estremecieron en la edad pasada
»A1 Orbe que sintió su saña ardiente!
»E1 golpe mas cruel de sus furores
«Descargó en este templo venerable:
«Hirióle ferozmente resaltando
« E l valor de sus grandes campeones
« Y gloria de su sangre derramada:
« E l número de mártires gloriosos
«Creció á la par de las persecuciones.

« E l bárbaro verdugo en otro tiempo


« R a s g ó las actas donde eternamente
« S e conservaran para nuestra gloria
« Y enseñará á los siglos venideros
«La edad, el modo, el órden, las proezas
« D e los heróicos mártires de Cristo.
«Privadas de ellas las piadosas musas
«Cantar no pueden sus gloriosas palmas.»
- d ñ liJíw;* i^grjfn ^oía^mM risa fi¿h%Q*BJííe¿ ,fi!6íf$0 i : i
Los emperadores romanos, al autorizar estos martirios para
desagravio de sus dioses, creían haberlo conseguido con el es-
terminio total de los confesores de Jesucristo. Así lo acredita un
mármol que poseyó el conde de Guimera y que fué hallado en
la aldea de Tera, cercana á Soria, en 1628. Su inscripción era
la siguiente;

IIII1NVICTI. CAESARES.
MATUL DEVM
SACELLO. m. DVRII. AMAIS
AACOAE. IXSTRVCTO
SVB. MAGNAE PASIFAIS
NVMINE. PRIVATVM. DIA XA E
SACRVM. FORDAM. VACCAM.
107
ALBAM-1MMOLAVERE
OB CHR1STIAIVAM. EORVM'. PIA.
CVRA. SVPRESSAM
EXTINCTAMQVE
SUPERSTITIONEM. DIOCLEC
MAXIMIAN. GALER1VS
ET
COXSTAXTIVS. IMPER.
AVGGGG. PERPETVI.

Y traducida al castellano, dice: Los cuatro invictos Césares,


emperadores y augustos perpetuos, Dioclesiano, Maximiano, G a -
leno y Constancio, sacrificaron en cumplimiento de un voto he-
cho á Diana, una vaca blanca preñada, en eladoratorio dedica-
do á la Grande Pasi/ae, que está en el recodo por donde tuerce
el rio Duero, por haber prohibido y enteramente acabado con
piadoso celo la superstición cristiana.
Pretende el P. Martin de Roa7 apoyado en los testimonios
de Lucio Flavio Dextro, que Cayo Cornelio el Centurión, de
Cafarmaum, á quien Jesucristo habia curado uno de sus d o m é s -
ticos que era natural de M á l a g a , y que uno de sus hijos, llama-
do Cayo Oppio Centurión, restituido después á España, fué el
primero que predicó la nueva creencia que venia santificada
con el martirio del Salvador; pero el literato don Nicolás Anto-
nio, el marqués de Mondejar, el cardenal de Aguirre y don
Gregorio Mayans, califican de fingidos y falsos semejantes
cronicones, quitando la máscara á tales imposturas y á tal c ú -
mulo de fábulas y aíiacronismos, en desdoro de ias verdades
históricas. Así, pues, y aunque no podamos determinar si las
predicciones de san Ecisio se eslendieron á esta provincia desde
Carteya (Torre de Cartagena) donde parece predicaba antes del
Concilio de Sevilla, nos es fácil inferir que su primer pastor P a -
tricio era nuestro obispo cristiano á fines del siglo tercero, y que
toda la serie do prelados ó santos de los siglos anteriores, tales
como Santiago, san Torcuato, san Saniano, Ananias, D á m a s o ,
Filipo, Maximiano y san Feliciano, son gratuitas aseveraciones
emanadas de un celo tan piadoso como indiscreto.
108
Pero en el Concilio de Illiberi (FJbira), que tuvo su cele»-
bracion, según Juan Moriu, el año 324 de Cristo; según Juan
Donlingo Mansi. el año 309, y según oíros autores el
año 303, ó el 305,, puede afirmarse (¡ue la religión cató-
lica se hallaba diseminada en este pais, en el hecho de contarse
ontre sus 19 obispos, 2 i presbíteros y considerable número de
diáconos y legos: Patricio, obispo de Málaga; Felicísimo, pres-
bítero de Teba; León, que lo era de Acinipo (Ronda la Vieja)
y Januar¡o,'que lo fué de Lauro (Alhaurin el G»ande/'. En este
congreso primitivo de la naciente cristiandad española, que se
abria en los ostremos del Occidente; en esta asamblea de sa-
cerdotes; reunida en la vertiente meridional de Sierra-Elbira, en
una ciudad de este nombre, que Plinio llamó celebérrima, en
el solar que hoy ocupa el cortijo de las Monjas, al oeste del
lugar de Alarfe, se acordaron las primeras leyes que habían de
dirigir la Iglesia y la estabilidad del nuevo culto. De su misma
severidad austera podremos bosquejar el cuadro de las costum-
bres de los,pueblos á principios del IV siglo. Negábase la co-
munión al que delataba al sacerdote, á los reincidenles en la
apostasia y adulterio, á los padres que fuesen terceros de sus
hijas, á las vírgenes consagradas á Dios que sirviesen á la des-
honestidad, á las mugeres casadas que matasen el fruto de su
seno en ausencia del marido, á los obispos y ministros del al-
tar que estando en el uso de sus funciones cometiesen adulte-
rio y al esceso del castigo contra los'esclavos. Ai inculcar cos-
tumbres puras en les sacerdotes derSéñor, procnraron también
que las doncellas no se casasen con los gentiles, hereges, 'ois-
máticos y judíos, para evitar que sus maridos las forzasen á mu-
dar de religión. Privaron de la comunión, aun en artículo de
-muerte, á todo el que idolatrase, 6 al que con hechicerías con~
tribuyese á la muerte del prógimo, invocando á los demonios.
Impúsose la misma pena á los padres que casaban á sus hijas
con los sacerdotes d é l o s ídolos, piohibiéndose que lodo neó-
fito facilitase sus vestidos ó galas para las pompas profanas;
que no se llevasen coronas para ios sacrificios; que las aurigas
(cocheros) y farsantes renunciasen á sus ejercicios para ser ad-
mitidos ai bautismo^ que ninguno de los fieles pudiese subir al
Capitolio ó Templo mayor, donde se adoraban lodos los dioses,
para ver sacrificar; que los duunviros ó alcaldes pudiesen
entrar en los templos cristianos; que los judíos no jugasen á
Jos talos ó dados en los que se Jigurasen ídolos, y que no se
encendiesen cirios en medio del día dentro de los cementerios
m >
para inquietar los espirilus de los santos, cuya palabra inquietar
aludía en el lenguage de aquel tiempo á la exhumación de ios
• adáveres á que se arrojaban los gentiles.
Apenas se hubo celebrado el concilio de llllheri, la con-
tersion de Constantino, que acaeció en estos mismos tiempos,
dió origen al célebre edicto del mes de Marzo del! aüo de 313,
en que quedó abolido el Paganismo en l.is provincias del im-
perio. Este suceso singular, que protegía la nueva creencia de
una manera decisiva, al par que la mas amplia tolerancia se
permitía á todas las sectas y religiones, confirmó á nuestros
prelados en el libre ejercicio de su culto. Iguales en preroga-
livas antes de este acontecimiento, sugetaron sus diócesis á las
divisiones civiles de los romanos. En cuatro diócesis cristianas
se compartió en el siglo IV las vastas posesiones del imperio^
y las demarcaciones españolas, que hasta entónces se compren-
dían en sus regiones primitivas, y en las tres provincia» IteYica,
Lusitana y Tarraconense, con esta nueva gcourafía semr-cris-
tiana y semi-política, abrazaba la Lusilania, la Bétíca, la Gallé-
ela, la Tarraconense, la Cartaginesa y Tingitana En estos nue-
vos distritos obtenía el mando supremo un vicario ó condej en
sustitución de los prefectos, y á su imitación la iglesia nombró
sus obispos metropolitanos. Sevilla era metrópoli de la Bétíca^
con los obispados sufragáneos de / / ^ ¿ « n (Elbira), Malaca (Má*-
Jaga), Tucci (Martes) y ^ W m i (Adra); pudiéndose decir que
desde la conversión de Constantino predominó entre los espa-
ñoles cristianos el influjo de ambos poderes.
No poseemos otros datos para determinar la estensíon de
las diócesis, que el juicio que se deriva de la topografía de los
pueblos adyacentes á las capiíales. Elegidos los obispos en los
primeros siglos de nuestra era por los sufragios de los cristia-
nos, ya en época posterior acordaban con estos prelados efc
nombramiento de sacerdotes, y desde el tiempo que analizamos,
hasta los días en que escribimos, unos mismos sacerdotes, d i á -
conos, subdiaconos, acólitos, exórcistas, lectores, sochantres
y porteros constituyeron esa milicia eclesiástica, tan eterna co-
ma el origen divino de su fundador.
Patricio, obispo de Málaga, que habla asistido al concilio
de Elbira y á quien el autor de las Conversaciones hace mas
antiguo que al grande Osio(que lo era de Córdoba, y que desde
el año 313 seguía la corte de Constantino, presidiendo el con-
cilio deNicea en el año de 325^, gobernaba nuestra iglesia des-
de el fia del siglo 111; la série de los obispos godos hasta la
110
invasión de los árabes será materia de otra nota. {Flores, E s -
paña sagrada, tom. 3.° Laclando Hrmimano, Lib. A.0 cap,
21. L e vera Sapienlia. San Pablo, epist. ad Román, cap. 15,
versic. 23 y siguientes. Comentario sobre ' el profeta Anios.
Comentario sobre Isaias. lib. i.0 cap. 2.° Adversus Judaeos,
cap. 7. Hispanorum Omnes termini. Masdeu, España Roma-
na, tom. A, p á g . 217. Morales, Crónica General, tom. 2.° fol.
331, 381. Florez, España Sagrada, tom. 3, p á g . 183 y s i -
guientes. Martin de Roa, Fundación de M á l a g a , cap. iLVII,
p á g . 65^ edición de 1622. Awr. Preud. In Peristeph. himn. I V .
Stroph 21 y 25. Don Martin de Velasco, cartas 27 y 28,
publicadas por D . Melchor de Azagra en Madrid, año de 1775,
entre las cartas eruditas de algunos literatos españoles. Roa,
Antigüedades de Málaga, cap. IX, X y X I , edición citada.
Conversaciones Malagueñas, tom. II, convers, X X I I , p á g . 279.
Juan Moreno, tom. / . Concil. Hispan. Disseri, Edes. Excurs.
4-, p á g . 248, edic. de Catal, Mansi, suplemento ad Véneto L a -
beanam Conciliorum collectionem: tom. í . 0 p á g . 126 y siguien-
tes. Lafuente Alcántara, tom. I.0 p á g , 212 y 216. Marqués de
Mondejar. Disertación Eclesiástica, tom, 1.° p á g , 78. Josep
Catalani, Disert, 1.a in Canon 34; que precede á la de Mendo-
za. Tom. 2 . ° de los Concilios de E s p a ñ a : Euseb. Hist. Ecle~
siástica Tripartita, lib. I.0 cap, 10. Laclando, De morte per-
secutorum, cap, 48. Sexto Rufo, Erebiar, rer. gest. p á g , 54$,
iom. 1. d é l a colección de Francfort, año de 1588.)

KOTA XXVII.

Sobre el origen de los Qodos, sus costambres pri-


mitivas, sus i n v o s í o n e s en l a P e n í n s u l a , principio
de nuestra M o n a r q u í a j administraeioueompa-
rativa.

Hemos dicho ya al ocuparnos de los celtas celtiberos que


los godos que invadieron nuestra Península en el siglo IV de
111
nuestra edad, tenían un mismo origen y procedencia. En las pro-
pias regiones hiperbóreas, comprendidas desde las orillas del
Rhin hasta lo mas septentrional de Europa y Asia^ en aquellas
regiones de ambas Scilias donde moraban los celtas, gallos,
sármalas, cimbrios y germanos, que de emigración en emigración
llegaron al Pirineo ocho siglos antes de nuestra era, se habian
sucedido otras naciones, de costumbres muy diversas, seis siglos
después de aquel suceso. Reducidos todavía á una condición
salvage y divididos en varias tribus de cazadores y pastores, eran
aquejados frecuentemente del hambre en aquella patria ingrata,
aun mas ingrata todavía por su obscuridad perdurable y por sus
hábitos errantes. Entre estas diferentes razas, aunque de origen
común, aparecían los suevos como los mas famosos y temibles
entre aquel enjambre de bárbaros: alimentados con la caza y la
leche de sus rebaños, cubrían alguna parte de sus cuerpos con
algunas pieles curtidas; sin usar bridas ni arreos, montaban en
sus caballos, mofándose de los romanos, porque cabalgaban sobre
aparejos y porque usaban de las riendas. Sobrios hasta el estre-
mo de no gustar del vino por temor de que su uso pudiese ener-
var sus fuerzas, ajustaban en sus conferencias el estermínio de
los pueblos que debían asolar primero. Al otro lado del río E l -
ba, donde hoy ecsiste el marquesado de Lusana, se veía un
bosque sagrado, donde se reunían los cien distritos de la na-
ción que bosquejamos. Allí este pueblo feroz, cubierto de ca-
belleras rubias, tipo general de los hiperbóreos, ondeantes so-
bre sus espaldas, para aparecer mas corpulentos en los cam*
pos de 'batalla, sacrificaban una víctima humana en holocausto
de su divinidad, en unión con sus vecinos los vándalos, que
moraban desde las orillas del Niemen hasta las márgenes del
Vístula. Estos últimos y \os silmgos eran de hermosa presencia,
ostentando en su blancura y lo azulado de sus ojos el origen
germánico de su raza.
Mas bárbaras en sus costumbres eran las tribus de los a/a-
nos, como procedentes del Asia, donde se esteadian entre el ter-
ritorio que tiene por aledaños el antiguo rio Tañáis y el mar
Caspio. Feos y antropófagos hácia la Siberia, de tez de color de
cobre, ensortijado el cabello y anchas y aplastadas narices, ha-
bian cambiado en algún tanto su repugnante deformidad y lo
selvático de sus costumbres por sus frecuentes enlaces con los
indígenas germánicos. Llenos de una bravura indómita y de re-
ciproca emulación, habitando en chozas frágiles que cubrían con
ramagesy arbustos, y mezclados entre sí. como toda tribu n ó '
16
112
mada, cuando yermaban una comarca, cargaban susendebles vi-
\iendas sobre sus toscas carretas en busca de nuevo suslenlo.
Precedidos de sus rebaños en esta vida vagabunda, montaban en
sus caballos, mientras sus mujeres y niños se acomodaban en
sus carros, y se burlaban de los anciano» cuando por sus enfer^
medades no podian emigrar con ellos. Haciendo alarde de fe-
rocidad, sus placeres eran los incendios y las carnicerías del
combate; eran adornos de sus monturas los cráneos de sus ene-
migos, y en medio de esta ferocidad y de la rareza de su culto,
que solo era un sable clavado en la tierra, respetaban á sus
agoreros y á sus decrépitas adivinas. Impulsados por los hunosy
y batidos en campo raso cuando estas nuevas naciónos se esten-
dieron por su pais, aprendieron de sus huéspedes, aun mas feos,
roas diformes y mas salvages que los alanos, la fábula de aque-
llas brujas, que, espulsadas de entre los hombres por sus torpe-
zas y escándalos, habian conlraido un nuevo enlace en los bos-
ques de la Scilia con los espíritus infernales.
Los godos, que habían partido de la Suecia en sus primeras
correrías y que moraban en aquel pais cuando este movimiento
general; que confinaban con los vándalos, y que se parecían en
sus costumbres, se dividían en ostrogodos ú orientales y visi-
godos occidentales. Esta raza, gallarda y pura entre las n a -
ciones germánicas, se hacia notable en las batallas: someti-
dos á sus gefes, combinaban sus ataques con mas regulari-
dad que los demás bárbaros. Hasta su misma religión ofre-
cía signos visibles de los- objetos de su culto. Marte, Ve-
nus y Neptuno eran sus númenes propicios, á los que ca-
da nueve años sacrificaban dos animales y dos hombres, col-
gando estos sangrientos despojos de las ramas de un bosque sa-
grado. Su legislador Odin, mágico además y guerrero, instiluyó-
estas ceremonias, y como Caudillo que habia sido de una de las
hordas bárbaras del mar Negro, vino con las tribus godas hasta
el centro de la Suecia, inspirando á s u s descendientes, como ar-
ticulo de religioso fanatismo salvage, el esterminio de los r o -
manos.
Reunidos estos pueblos feroces á los dos siglos y medio de
la muerte del Salvador, en la márgen meridional del Niester^
comenzaron sus hostilidades contra el mayor poder del mundo.
D e s p u é s de la muerte del emperador Decio y de su hijo, que su-
cumbieron en el principio de estas nuevas lides, la imprudencia
de Valente que les permitió pasar el Danubio y establecerse en
la Tracia, estendiéndose hacia el occidente de aquel compartido
113
imperio, costándole su propia vida, los hizo avanzar basta Andrí^
nópolis; Y aunque Theodosio los contuvo, fué el respiro tan mo-^
mentáneo, que sus hijos Arcadio y Honorio se hallaron insuíi-^
cientes para contener á aquellas naciones, que como un rio
desbordado, y acaudillados por Alarico, después de devastar la
iliria, rindió á Roma y facilitó que otras, eslendidas por las
Galias, se acercasen al Pirineo.
En aquella primera irrupción de los godos en nuesto pais,
débilmente defendido por los parciales de Constantino, era H e r -
menerico caudillo de los suevos, Atace de los alanos, y Gunde-
rico de los vándalos. Seguidos de numerosas huestes de guer-
reros formidables, de mugeres, viejas y niños, que per !os
páramos del Norte trocaban un pais risueño, lleno de produc-
ciones indígenas, de ciudades opulentas y de los bienes del
comercio, fué este torrente invasor una plaga indestructible para
nuestra nación inerme. L a hermosura de nuestros campos cu-
brióse de rancherías bárbaras, y el destrozo de los sembrados, el
fuego de nuestros bosques, la ruina de los municipios, la hor-
fandad de los habitantes, la esclavitud de sus defensores los
montones de cadáveres que devoraban aves siniestras, apenas dan
un débil reflejo de este cuadro de amarguras. Saciados los in-
vasores en su frenesí brutal del esterminio de nuestros pueblos,
pensaron en la conservación de la rica nación subyugada. Los
alanos se establecieron en Portugal, Castilla la Nueva y parte
oriental de la Bética; los vándalos y silingos en el resto de A n -
dalucía, y los suevos con algunos vándalos, en la Galicia y Cas-
lilla la Vieja.
Acaecida la invasión d é l a Península Ibérica por estas fero-
ces tribus el martes 28 de Setiembre del año de 409^ y apenas
habían descansado del primer ímpetu de su correría, bajo el in-
flujo seductor de nuestro benigno cielo, animáronse los celos y
las ambiciones de estos bárbaros, y comenzaron entre sí una
guerra de esterminio. Al asomar los vándalos en nuestras pro-
vincias, acaudillados por Genserico, hermano de aquel Gunde-
maro á quien antes obedecían, huyendo del conde Asterio que
los habia perseguido en Galicia en ^422, batieron á Castinio,
gobernador de la Bélica, y obligaron á nuestros moradores á que
abandonasen el pais, y se refugiasen al Africa é islas del M e -
diterráneo, Atropellados y sedientos de las riquezas de nuestro
suelo, después de haber destruido á Cartaqo Nova (Cartagena),
aquel rico emporio de Asérubal, donde eljóven Scipion dió tales
muestras de continencia, avanzaron en número de cien mil con-
1U
balientes por la ancha via militar áe Cas ¿ido (corlijos de Gazb-
na), ocupando primeramente á Auringi (Jaén), eslendiéndose
hasta Acci (Cuadix), y corriéndose á Ylliberi y M á l a g a . Ape-
nas parece creíble todo el linage de tormentos conque señalaron
su irrupción. No solo atormentaban á los prisioneros para que
les revelasen el sitio de los tesoros ocultos, sino que les abrían
la boca con horquillas de palo, obligándoles á tragar los escre~>
mentos humanos. Otras veces los azotaban sin piedad hasta que
rendían el último suspiro, y maniatados á este fin acrecentaban
sus tormentos poniéndoles embudos en la boca, por el que les
echaban vinagre, alpechín y cebo derretido. E n medio de este
cuadro, de horror, unas estensas humaredas ó la palidez de los
incendios, eran los únicos indicios del solar de nuestras opulen-
tas ciudades. Mutiladas las estátuas que adornaban las plazas
públicas, razgados los pergaminos que perpetuaban los anales
patrios, derribadas las murallas y todos los monumentos, ape -
nas parece creíble, que al través de tantas devastaciones, hayan
quedado algunos restos de la antigüedad de nuestros pueblos,
tales como Acínipo [ R ó n d a l a Vieja), Nescania {Valle de Ab-
dalagís), Osona [Cerro León), Antikaría fAntequera), Arastípi
[Cauche el Viejo], Cartima [Cártama) y S í n q i l i a [Cortijo del
Castillon), cuyas torres, murallas, anfiteatros, columnas y efi-
gies de las artes fueron derribadas á fuerza de brazos, con
porras y almaínas.
Al ocurrir estos desastres, agravados todavía mas con las
exacciones y rapiñas de los romanos en las agonías de su poder,
y con las irrupciones de los suevos, que á las órdenes de Rechi-
la^ hijo de Hermenerico, había rendido á Sevilla en 438, no me-
nos que con las correrías de los bagaudes, género de guerrillas
indígenas que hostilizaron á aquellos bárbaros,, y con los des-
embarcos y piraterías de los vándalos posesionados del norte
de Africa, tiene que decir el historiador que en los dos tercios
de aquel siglo apenas enjugaron sus lágrimas los habitantes de
esta provincia.
Ya á esta sazón, Ataúlfo, cuñado y sucesor de Alarico, casado
con Gala Placidia, hermana del emperador Honorio, llamado por
los españoles para que diese cima á tantos males^ vino al frente de
los visigodos, ó godos occidentales, á conquistar nuestra Penín-
sula. Este primer rey de los españoles, á principios del siglo 5.*
dijo delante de Orosio estas palabras memorables: » Y o he aspi-
»rado una vez á cambiar la faz del universo, confiado en el va-
«lor y en la victoria; á borrar el nombre de Roma; á erigir so-
115
»bre sus ruinas la dominación de los godos, y á ganar como
«Augusto la fama universal de fundador de un nuevo imperio.
»Por esperiencias repetidas me he convencido gradualmente
vque las leyes] son esencialmente necesarias para constituir y
vreglar un estado bien dirigido, y que el fiero é inlralable h u -
« m o r d e mi pueblo es incapaz de sufrir el yugo saludable del
«gobierno civil. Desde este momento me propongo un obgeto
«diferente para mi gloria y ambición, siendo mi primer deseo
«que las edades futuras reconozcan el mérito de un estrangero
«que emplea la espada de los suyos, no en trastornar, sinó en
» establecer.»
Asesinado Ataúlfo en Barcelona, le sucedió su rival S i g é -
rico para sufrir la misma suerte. Valia ocupó el trono é hizo la
paz con los romanos, después de haber vencido á los vándalos;
y hasta el reinado de Eurico no podemos asegurar se mitigase
en nuestro suelo el espíritu devastador que habia esperimentado
por tan dilatado periodo. Los godos relacionados con los roma-
nos eran mas blandos y suaves, y los conceptos de Ataúlfo pre-
valecieron en sus consejos tratando de fundar una monarquía en
la contrastada Península, aprovechando la destrucción del i m -
perio de Oriente por Odoacre, rey de los ostrogodos, para obte-
ner todas las posesiones romanas del Occidente, desde los Alpes
y el Rhin hasta España. Sin embargo, nuestras provincias me-
ridionales, sometidas á los romanos aun en el a ñ o 4 6 6 de nues-
tra era, y dominando en ellas el catolicismo desde la conversión
de Constantino, miraban como enemiga á la nueva nación que
las invadía y que habia aceptado la secta de Arrio; por lo cual,
cuando Teudis pensó en hostilizar á los vándalos de Africa, em-
barcándose en Málaga en 531 para acometer á Ceuta, auxiliado
por los romanos é intrigando poderosamente en el ánimo de los
mismos godos y con el arma poderosa de tan encontradas creen-
cias, resultó al fin_, que aquel caudillo quedase asesinado, y su-
blevada contra su sucesor Agila una gran parte de las ciudades
del litoral de nuestra costa hasta los confines de Valencia. Diri-
gida esta revolución por Liberio, gefe de. los imperiales, y amigo
de Justiniano, y aclamado Atanagildo por único rey de los go-
dos después de la derrota de Agila en las cercanías de Sevilla,
trataron por estas intrigas de sembrar la discordia entre los go-
dos y vencerlos con sus propias armas. Empero Leovigildo, que
conoció tales inlenciones, se declaró contra Liberio, y penetran-
do con un ejército de arríanos por los campos de Baza, hizo que
los romanos se concentrasen sobre Málaga, hasta cuyo punto y
116
serranía de Ronda y Córdoba no dejó de hostilizarlos; pero es-
tas medidas severas, léjos de tranquilizar unos pueblos fervoro-
sos en la nueva creencia, no hicieron mas que ecsasperarlos; y
pronunciados en guerrillas, á íavor de sus montañas, obligaron
á aquel monarca á que trocara sus furores por edictos de tole-
rancia. Entre los hijos de Leovigildo, que indudablemente apre-
suraron la diversidad de creencias reltoiosas entre sus propios
hijos, Hermenegildo y Recaredo, cesó ía persecución arriana, y
se acabaron los disturbios. A las medidas violentas de Leovigil-
do, la piedad y prudencia de Recaredo, reuniendo el célebre con-
cilio de Toledo; pudo calmar sus consecuencias, hacer se aca-
base la autoridad de los obispos y que presentase unidad la re-
ligión de Jesucristo. Entonces nuestras iglesias renacieron de
sus ruinas, ó se elevaron sobre los templos de la religión de los
romanos: entonces, esos solitarios que huían del comercio mun-
dano, embriagados con los placeres de la contemplación, se re-
tiraron al desierto, reproduciendo en nuestras comarcas las
escenas de la Tebáida: entonces, aquellos mongos, semejan-
tes á Amasmndo el de los cerros de Jotren, abandonando sus
bienes á los verdaderos mendigos, y arrostrando las inclemencias
de los bosques y montañas, hermosearon con sus trabajos aque-
llos parages yermos por las antiguas devastaciones, y las fieras y
alimañas que sorprendian al caminante, abandonaron unos para-
ges que renacían bajo el cultivo de aquellos místicos a g r ó -
nomos.
Todavía, cuando ocurrió la muerte de Recaredo, á princi-
pios del siglo YII, se hallaba sometida Málaga á los emperado-
res de Críente. Pugnaban sus sucesores Viterico, Gmdemaro
y Sisehuto por la integridad de la monarquía, pero hasta el ad-
venimiento de S u i n t ü a , no fueron espulsados los romanos de las
últimas plazas que ocupaban en las provincias portuguesas ó lu
sitanas.
La conversión de Recaredo fué el postrer acontecimiento
que vino á cambiar de un todo la faz política de la península;
porque la influencia del crislianismo fundió á los godos con los
romanos, impulsados por el ejemplo religioso de Constantino,
constituyendo, por consecuencia inevitable, la unidad de la mo-
narquía. Admitidos los obispos en la administración del Estado,
llenos de luces y esperiencia, junto k la ignorancia crasa de los
demás ciudadanos, infiltróse de sus concilios un sistema de re-
gularidad, que reflejaba con gran ventaja sobre el gobierno de
Jos pueblos; participando después del mismo influjo la alta no-
117
bleza, que, por su alternaliva de ocupar el trono, comprendióla
necesidad de prestarle un apoyo decidido. A esta sazón se
fundieron con los godos los restos del imperio romano; sin mas
escepciones que aquella eterna resistencia que siempre oponian
los vascongados y cántabros, y que aun era duradera cuando la
invasión sarrasénica.
El principal monumento que nos queda de los godos es indu-
dablemente el código político, denominado jpMero-JM^^o. Antes de
la conversión de Recaredo á la religión católica, era militar y
electiva nuestra Monarquia. Sacándose los reyes de la nobleza,
solian sentarse en el trono á impulsos de la violencia 6 del cri-
men, y desde aquella conversión tomó una forma teocrática el
gobierno de Leovigildo. San Isidoro^ echando los cimientos de
esta nueva constitución, fijó de una manera estable las leyes
fundamentales del pais. En este código apreciable, roas suava
que el cuerpo del derecho romano, el rey que era origen de
los males públicos perdia por ello la corona. Su elección era
universal por la asamblea de los obispos y por los mayores ofi-
ciales del palacio y del pueblo. Protectores de la religión, los
monarcas nada podian exigir por fraudes^ prefiriendo el bien
estar á su propio acrecentamiento. Debía administrar justicia en
el centro de un concejo público, y estaba sugeto á la ley c o m ú n
como el mas humilde subdito. Empero sus funciones estensivas
á todos los objetos de administración y de gobierno, les permi-
tían la elección de los obispos, de los empleados y magnates^
haciendo también los reglamentos, imponiéndolos tributos, reu-
niendo los concilios, sancionando sus determinaciones y tenien-
do en su corte los tribunales supremos de justicia, compuestos
de algunos prelados y de los oficiales de palacio.
ü n ecsámen mas estenso de este código, sin duda nos se-
pararía de la idea convergente á la unidad de nuestra historia;
y toda persona curiosa puede detenerse en su análisis para d e -
terminar con sana crítica el influjo de la nación goda sobre nues-
tras costumbres; pues aun cuando sea cierto que nada innovaron
ni pudieron innovar en el rápido periodo que ocuparon nuestra
provincia, la agricultura y las artes recibieron notable incre-
mento en el resto de la península. Había comercio con el Africa,
y los bagóles en que vino Thariq eran pertenecientes al conde
D . Julián; la corte vivía en la opulencia, amante D . Rodriga
del esplendor, rebosaba de lujo y magnificencia cuando la batalla
del Guadalete; 25 coronas de oro se conservaban eu el Alcázar
de Toledo, y la rica mesa guarnecida de esmeraldas y jacintos»
118
y los vasos de piala y oro, y las magníficas colgaduras de oro
y seda, de que se apoderó el mismo Thariq á su conquista, son
incontestables testimonios que dan á conocer que nuestra con-
dición material era superior en aquella época á la de los demás
pueblos de Europa.
Pero en los tiempos que recorremos, aquel vicario ó pre-
fecto Pretoriano de España, que fué instituido por Constantino,
y que era el primero en honor entre los cuatro vicarios de todo
el imperio, tenia bajo de su jurisdicción á lodos los gobernado-
res de provincia que se titulaban consulares, legados ó presi-
dentes, según su antigüedad ú honor, con esclusivo conocimien^
to de lo político y civil; porque el ramo militar era conferido
á un conde, institución de antigua data, que puso en ejercicio
Constantino. Así pues, al advenimiento de los godos á nuestros
pueblos meridionales, si esceptuamos estos magistrados supre-
mos y estos gefes militares, toda la administración civil, política
y religiosa, con independencia de los progresos del cristianismo
y de la jurisdicción del episcopado, se hallaba calcada en la le-
gislación romana y por aquellos empleados religiosos y civiles,
cuya reseña hemos hecho.
El trage de estos españoles semi romanos y semi godos era
la Pretexta, especie de toga de lino blanquísimo con guarnicio-
nes de púrpura, casi semejante al sago ó sagumde los españoles
celtiberos. Además de esta túnica blanca con que se vestían los
guerreros, cubrían sus cabezas con yelmos de metal, c u -
biertos de pieles lanudas y de crin larga, adornados con tres
crestas ó con hermosos penachos. Sus petos y corazas eran
de malla, lino ó cuero, y los botines que usaban eran de
cerdas, y tan bien tegidos, que, ligeros por naturaleza, de-
fendían la pierna sin cansarla, llevando además unos braza-
letes de metal, que denominaban los romanos verías celti-
béricas. Componíanse los escudos de la Cyrtia, que era re-
donda y de la medida del Clipeo romano, que era un escudo ó
pavés; de la Pelta, de forma convexa y fabricada con nervios,
de dos pies de diámetro y con una correa en el centro, y del
Escudo ovalado y grande con el que se cubría todo el cuerpo.
Entre las armas ofensivas citaremos el Gladio Hispaniense ó
espada de España, que era de dos fdos, no muy larga y de agu-
da punta; la Sica ó daga, de un palmo, la Securis ó Biepennis,
que era un hacha de dos filos, y la Falcada, que eraíuna espe-
cie de hoz de un solo corte por dentro. Plinío nombró también
la Bahmba, que no conocemos, y que pudo ser alguna de esta
119
mismas armas. Usaban también el Asta, que era un $alo largo,
armado en uno de sus estremos con dos filos de hierro, cobre ó
plata; el Bidente ó Tridente, especio de palos cortos con dos ó
tres puntas de hierro, derechas ó dobladas en forma de media
luna, pero siempre con dos filos; la-lanza arrojadiza mas corta
que el Asta; el Teso, género de lanza como la anterior, pero mas
corta, con tres puntas, la del medio derecha y con dos filos,
y la;? de ambos lados en forma de anzuelos; el Saunio de la mis-
ma forma, pero todo de metal, por lo que también se llamó
Lancea Soliferrea; la Falasíca, con una punta muy larga de
hierro cubierto de azufre y otras materias combustibles; la J r a -
gida, que, como la anterior, se arrojaba con máquina, y fueron
armas temibles usadas por los sagunlinos; los Sparos, flechas
muy pequeñas y cunas, que se arrojaban muchas á la vez;
ias flechas llamadas Yerutos, derechas y agudas, y célebres, por
su ligereza; las flechas Aelides eran á manera de dardos, las
cuales ataba el soldado de un cordel para arrojarlas y retirarlas;
y las ñechasSudes, queeran de madera con punta quemada, pro-
pias de los baleares, así como la honda.
Desde el antiguo soldado de infantería española, que según
Apiano, usaba de cabello y barba larga, el sago de paño basto
ajustado con un cinturon, borceguíes de piel sin curtir, casquete,
«na lanza por armas y el Gladio Hispaniense, ó la espada pe-
queña de dos filos, tan temida en el combate; desde el balear que
se halla esculpido en la columna de Antonino en Roma, que es
un hondero mallorquín, desnudo de brazos y piernas, con un
sombrero de ala corta en la cabeza, ornado de flotantes cintas
y plumas, llevando en la mano derecha armada la honda y una
piedra en la siniestra, vestido con una túnica corta ceñida á la
cintura con un cinturon de juntas redondas y del cual pendía una
calabaza y dos bolsas colgantes del hombro izquierdo; y desde
el soldado español del tiempo de la dominación del imperio, que
iba cubierto de una túnica ó sago, ceñida de una cota romana
con una suela por calzado, atada con gracia al pie y pierna,
llevando en la cabeza un casquete de forma convexa y de acero
prertdído por debajo de la barba, y defendiendo al propio tiempo
el cuello, armado de la misma espada de dos filos que pendía
de un tahalí del hombro derecho al costado izquierdo y de la
ceíca ó escudo oblongo, hasta el godo primitivo invasor que
venia cubierto, según le describe Lucio con referencia á Pro-
copio, de un chaquetón ancho de pieles, con calzones de lo mis-
mo, con unos borceguíes cortos, con an yelmo redondo de ace-
n
120
ro que defendía el cuello y oídos, armado de una espada cor-
la de tres Hojas, con lanza y machete en la empuñadura, llevando
otra espada mas larga colgante de un tahalí, un carcax lleno de
flechas, el escudo oblongo á la espalda, y la robusta lanza de
tres puntas y dentada, podremos asegurar que del roce y mez-
cla de romanos y godos, seria indistintamente el uso de las ar-
mas que hemos descrito. En la columna de Arcadio se hallan
unas esculturas que transmiten á la historia el vestido común de
la plebe goda. Vese un hombre con cabello corto y luenga barba,
cubierto con una túnica atada por la cintura, y la clámide ó ca-
pa romana, llevando calzado el borcegui corto, desnudo el mus-
lo hasta la pantorrilla y cubierta la pierna con una doble media,
la última á guisa de calcetín; y una muger esbelta y jóven con
un pecho descubierto, ceñida de una túnica griega, y cubier-
ta con un amplio manto.
En el dominio de los godos y en la corte de Toledo, prin-
cipió el lujo y esplendor de lo» sucesores de Ataúlfo. Intitu-
lándose p{ac?0505, ^/ono^os, vencedores, serenísimos y Flavios
(significación de resplandecientes ó espléndidos, en pura acepción
de su propia lengua), desde los tiempos de Chindasvinto, eran
los vestidos de púrpura, los tronos de plata, los cetros y coronas
de oro, y los engarces de esmeraldas y piedras preciosas, obje-
tos todos magníficos que sorprendieron á los árabes. La corte de
los monarcas, entonces se llamaba Curia y Curiales, Privados
y Proceres, sus numerosos palaciegos. Los oficiales del pala-
cio tenían el título de condes, con adjetivos que aludían á sus
funciones y deslinos. E l gobierno político de las provincias esta-
ba á cargo de los duques, y el de las ciudades al de los condes,
y por esta clase de gerarquias nos es fácil inferir que el conde
D . Julián solo entendía en aquellos, tiempos al mero gobierno
de Ceuta. Cada uno de estos gobernadores de ciudades y provin-
cias podía valerse de un sustituto, que se denominaba Vicario en
las primeras, y Gardingos en las segundas. En las villas y pue-
blos subalternos mandaba un Prepósito ó Vellico, que tenia
sueldo del tesoro como los mas altos magnates; recogiendo los
tributos los encargados numerarios, nombrados por el conde del
Patrimonio y por el respectivo obispo, como copartícipes de los
impuestos. Finalmente, los Ayuntamientos de institución romana,
eran sustituidos entonces por los ciudadanos respetables y por
nobilísimos ancianos que se denominaban Priores ó Peniores.
La administración civil se hallaba á cargo de los duques ó
condes, aunque con una clase de sustitutos, que se denominaban
m
jueces. Los Mandaderos de paz eran jueces eslraordinarios
que recibían los poderes inmediatamente del Rey, y con facul-
tades análogas á los comisarios régios. Los subalternos de los
jueces se llamaban Misos ó Mandaderos, y Sayones y Tabúla-
nos \os alguaciles y escribanos.
La organización del ejército habia diferido mucho de las le-
giones y cohortes, aprocsimándose mas á la que en el dia cono-
cemos. En la milicia romana, el general en gefe se llamaba Impe-
ralor, del verbo imperare, mandar, cuyo título se óblenla por al-
gún hecho relevante: los generales inferiores se denominaban Z e -
gatosy \x oficiales valientes y acreditados. Los tribunos de los sol-
dados equivalían á nuestros gefes, desde mariscal de campo hasta
coronel inclusive, como gefes de una legión; y ios Tribuni Cele-
rum, eran gefes de dragones ó de caballería ligera, que también
combatían á pié, sometidos desde los tiempos de Rómulo al ge-
neral de caballería, Magisler equifum. Los tribunos de las co-
hortes Pretorias eran los capitanes de guardia de los emperado-
res y oficiales generales. E l Centurión ó Centurio era un capitán
que mandaba cien hombres con un teniente á sus órdenes, pero
sí mandaba la primera cohorte, se llamaba Principulus ó P r i -
mopilus, y solo obedecía al Tribuno; equivalente á un coman-
dante de batallón, reunía bajo de sus órdenes cuatro centurias,
y guardaba los estandartes y el águila de la legión.
La caballería romana se subdividia en decurias ó cuartas de
diez caballos, mandadas por un oficial subalterno que se llamaba
Decurión: el Prefecto ó Praefectus Legionis, era un gefe mili-
tar encargado de la policía de las subsistencias y de la disci-
plina de las legiones. E l Praefectus Castrorum se asemejaba á
nuestros antiguos maestres de campo, destinándose esclusiva-
mente á señalar el sitio donde acampaban las legiones, cuidando
de fortificarle y abastecerle; el Praefectus sociorum cuidaba
de los aliados y demás tropas ausiliares que tenia bajo de su man-
do, y el Praefectus Fabrorum era el oficial encargado de los
carpinteros, cerrageros, armeros y demás artistas y menestrales
del ejército.
La legión, compuesta en tiempo de R ó m u l o de 3 mil hom-
bres de infantería y de tres cuerpos ó batallones, llegó á ser,
bajo de los cónsules, de 4« mil hombres ó cuatro cuerpos de ba-
talla, con 300 caballos; después, en época de Mario, se aumen-
taron estas divisiones ó brigadas hasta 5 ó 6 mil hombres: se
subdívidían en cohortes de 5 0 0 á 600 hombres, bajo la autoridad
de un tribuno. Estas eran de tres manípulos, de fuerza de 200hom-
Lres, y de dos centurias, que cada una contenia 100 hombres;
por manera, que cada legión romana, dividida en 10 cohortes,
constaba en tiempo de Augusto de 6100 infantes y 726 caba-
llos; pero en los de Septimio Severo disminuyeron á 5 mil^ de
lo cual se deduce que en nuestras lides con los romanos, compo-
nian una fuerza mácsima en época de la República, cuando la
célebre batalla de Munda.
Llamábanse Velites los soldados que componian la infante-
ría ligera, y usaban de una espada larga, una javalina de tres
pies de longitud y unos escudos pequeños ó broqueles llama-
dos Parma, Cubríanse la cabeza con el Calca, ó bonete, hecho
de cuero ó de la piel de algún animal, y también con el Cassis
o casco de metal. Entre los infantes Veliíes, admitidos en las
legiones desde la segunda guerra púnica, se contaban los balles-
teros, los honderos baleares, y los que arrojaban dardos: seguian
en el orden de esta milicia los Haslati, Principes y T r i a r i i
(hastarios, príncipes y iriarios), llevaban un escudo ó broquel
de cuatro pies de largo y dos de ancho, una espada larga de dos
filos y punta roma, y un casco de alambre, usando además las
yrevas, especie de botas que les cubrían los pies por delante.
Sus armas eran dos javalinas, la una grande, cuadrada, y la otra
pequeña. Sus coseletes ó Lorica eran de diferentes maneras;
unos de hierro, otros de bronce ó cobre y otros de mallas pe-
queñas en forma de escamas, llamados Lorica Flamaía,
La caballería tenia por armas ofensivas un chuzo y una es-
pada, y por defensivas la coraza, la celada y el escudo. Los
Porta-Estandartes llevaban la imágen del Príncipe^ y por esto
se llamaban Imagineri, y los agmh'/m'* llevaban el águila en la
punta de una pica. Había otros de estos abanderados que lleva-
ban una mano en señal de concordia, y un dragón con cabeza
de plata, y el resto de tafetán. E l Labanm ó E s t a n d a r t e B e a l á e
la milicia romana, insignia particular del general ó emperador,
solo se veía cuando so ponía á la cabeza del ejército. Era de
color de púrpura, adornado con piedras preciosas y con bordados
y franjas de oro. En tiempo de Constantino se le sustituyó el
monograma de Cristo,, y era una bandera cuadrada pendiente de
un estandarte en forma de cruz, superado de estas siglas X P en-
lazadas entre sí.Los ballesteros montados llevaban arcos,carpaxes
y flechas: los cornetas eran oficiales que llevaban un águila en la
punta de lapíca, cubriendo su celada con la piel de un oso ó león;
los instrumentos bélicos de la caballería eran tres géneros de
trompetas derechas ó curvas, como bocinas pequeñas, y finalmen-
123
te, los oficiales llevaban la espada al lado derecho y otra espada
corla en el izquierdo.
Tal era el ejército romano, que en tiempo de los emperado-
res ascendía á 200 mil hombres de infantería, 40 mil de caba-
llería, 300 elefantes con 2 mil carros, 1500 galeras con 200
de á 5 remos y 2 mil navios todos de un mástil con espolones de
cobre ó de bronce y con sus remos correspondientes. A la pa-
cificación del mundo, en tiempo de Octaviano Augusto, ú n i c a -
mente 5 legiones, ó sean unos 30 mil hombres y 2750 caballos de
este poderoso ejército, mantenían la tranquilidad y el órden en
la Península. Aquellas eran la legión IV, que se estableció en
Zaragoza; la V , en Mérida y Córdoba; la Décima Fretense-, la
diseminada en las tres ciudades anteriores, Sexla-Ferrala, en
Guadiz y Zaragoza, y la Tercera Gállica, que, eslasionada en
Osuna, se estendia por todo nuestro país. Sergio Sulpicio Galba
y Vespasiano aumentaron el ejército de ocupación con la legión
Séptima Ayudadora, y con la Séptima Gemina, acantonada en
León. A l mismo tiempo, los romanos tenían 24 cohortes españo-
las en servicio de otras provincias del imperio, sin las que em-
pleaba, compuestas de hombres escogidos, para la guardia de
los césares.
A estos medios de hostilidad se unían las grandes máquinas
de guerra, tales como el ariete, llamado así porque se manejaba
de la manera que acometen los carneros, retrocediendo antes.
En su antiquísimo origen fué una larga y pesada viga con una
enorme cabeza de hierro de la forma de aquel animal, conlaque
á brazo los guerreros desmoronaban las murallas, y que des-
pués se perfeccionó esta misma viga haciéndola pender de una
cadena de hierro,, que se prendía de un travesaño de madera,
apoyado sobre dos pilares con pie triangular y bases que gira-
ban con el ausílio de cuatro ruedas pequeñas. Las torres cua-
dradas áe tres ó cuatro cuerpos, que comenzaban en un basamen-
to rectangular de madera y clavazón de hierro con cuatro peque-
ñas ruedas en sus esquinas, cayendo sobre él perpendiculares
doce gruesas tablas por cada lado, con cuatro aberturas triangu-t
lares,sobre las q^e se apoyaban otros cuatro entablamentos pa-
ralelos y horizontales que cubrían el primer cuerpo y hacían la
base del segundo: este seguía el mismo órden, cortado en arcos
por los ángulos y con dos cortaduras triangulares por cara: el
tercero, igual 4al primero en la colocación de los tablones per-
pendiculares y con iguales aberturas que el segundo, tenia
una sola tablazón por techumbre, con un puente levadizo en

7
//
m
una de sus fachadas^ apoyado en dos ejes salientes metidos en
dos botantes, y elevado á voluntad por dos maromas que se ata-
ban en la plataforma del cuarto cuerpo. Introducidos los guer-
reros en estas torres, se aprocsimaban á las murallas de las plazas
para espugnar á los defensores, corno aconteció en Antequera y
en el célebre sitio de Málaga contra los fieros mahometanos. La
Catapulta, de invención griega, era un cuadrilongo de gruesos
maderos, con cuatro pies diagonales, cortado por un eje dentado,
de cuyo centro partia una especie de cuchara revestida de cuer-
das y de planchas de acero, teniendo en su garganta una polea
por la que pasaba un cordel que se envolvia en otro eje grueso y
cilindrico saliente por 'oslados del cuadrilongo, con dos barrenos
transversales, por el que se pasaban unas barras pará sugetar la
catapulta ó cuchara, para que en su sacudimiento diese fueza al
proyectil, que eran unas balas ó piedras que se colocaban en un
agugero, practicado sobre un travesano robusto de madera, sos-
tenido por dos pilares reforzados sobre el primer eje de la ca-
tapulta. La Ballista consistía en dos maderos perpendiculares
y clavados en tierra, con dos fuertes abrazaderas de hierro en su
pié, de tal modo, que, firme y recto el madero mas grueso, ad-
mitía en su último tercio ó cabeza los mangos de cuatro flechas
de desigual y progresiva longitud paralelas al horizonte, las
cuales partían á un mismo tiempo por la vibración ó sacudida
del otro madero anlerior, tendido en forma de arco, á cuyo es-
tremo superior pasaba una cuerda que terminaba en un garfio:
pasando este sobre un pequeño travesafío, que sostenian dos cor-
tos pilares, enganchaba en otro garfio atado áotra nueva cuerda,
que, pasando por otro madero, en triángulo con los anteriores pi-
lares, iba á envolverse en un husillo clavado también en tier-
ra, teniendo por base un cuadrilongo pequeño y superado de dos
travesafíos en forma de cruz para cargar toda la máquina, que,
una vez disparada de su compresión, hacia los efectos del arco.
Los Tonelones eran otra de las máquinas que empleaba la mi-
licia romana para combatir los pueblos murados: consistian en
una gruesa viga, firmemente clavada en tierra cerca del muro, ar-
mada y perpendicular sobre un cuadrilongo de maderos planos
á raiz del suelo: á cierta altura, y sobre la parte superior hen-
dida de esta misma viga, atravesaba otra móvil, á manera de ba-
lanza, adelgasada por un estremo, del que pendia, de cuatro ca-
denas convergentes á la misma, una caja ó zarzo desde el cual
los hombres armados saltaban y penetraban en el recinto. Es
claro que la punta mas gruesa de esta balanza, conforme la des-
125
cribe Lipsio, se sugelaba por una maroma á un tambor ó cilin-
dro, apoyado sobre dos maderos gruesos en uno de los estremos
del cuadrilongo. Y finalmente, el último de los medios de ataque
era el Testudo 6 tortuga militar de los romanos, fácil y útilísima
maniobra que servia no solamente para los asaltos, sinó para
hostilizar y defenderse de la caballería: consistía en agruparse
convenientemente, por lo regular hasta el número de setenta hom-
bres, levantando y uniendo sobre sus cabezas los escudos, en
forma de tejado, pará defenderse de las piedras que sobre ellos
arrojaban los sitiados. Cuando atacaban ó se defendían de la
caballeria, la fila esterior, en vez de levantar los escudos, los
presentaba derechos, formando un muro.
En oposición á esta administración militar, los Tercios
6 regimientos godos se componían cada uno de mil hombres á
las órdenes de un Milenario ó Tiufado, especie de coronel,
que, en la significación de esta última palabra, quería decir
persona alta y sublime. Dividíase el Tercio en dos mitades ó ba-
tallones de á 500 hombres, y cada uno de estos, en cinco com-
pañías de á 100 hombres con diez piquetes de á 10 plazas. Quin-
gentarios, Centenarios y Decanos eran los comandantes de ba-
tallón, capitanes y sargentos. Los Annonarios y Compulsoris
eran los comisarios de guerra y los gefes de las levas. E l general
en gefe de las armas se llamaba Praepositm hostis* que gene-
ralmente era un duque; pero aveces se conferian los mismos car-
gos á los condes. La escelencia de la caballería goda superaba á
la bondad de su infantería. Eran sus armas defensivas el yelmo,
coraza, escudo y braselele; y las ofensivas, picas, lanzas, dardos
y flechas, estas ultimas impregnadas de betún ardiente y ccn pun-
tas de acero, También usaban de la honda y de las armas ro-
manas, con la Cateya Teutónica, dardo pesado y de mucha fuer-
za, y la Hacha, denominada francisca, que habían tomado de
los francos.
El arte de Castrametación ó de campamentos le copiaron de
los romanos y de sus primitivas habitudes salvages; pero atrasa-
dísimos en la fortificación de las plazas, todas sus fortalezas se
reducían á un recinto cuadrado, con su estacada y foso que se
denominaba clausura.
El estado civil de los ciudadaríos se dividía en nobles y
plebeyos ó señores y siervos, patronos y libertos. L a nobleza se
dividía en primates y séniores, como si digeramos grandes j
caballeros. Los siervos, en idóneos y viles; por el origen de su
nacimiento y por sus hechos, y aunque se manumitían de su
126
propia esclavitud, quedaban con dependencia, hasta sus hijos y
nietos, del Patrono que les había libertado, sugetos á sus sayo-
nes ó esbirros, que también se les llamaba Buccelarios, por el
bocado ó buccela que se les suministraba por sus servi-
cios.
Entrelas 96 ciudades que fabricaban rtioneda, según el aba-
te Masdeu, en toda la península ibérica^ ó las 71 del Padre
Enrique Florez, cuando en ella dominaban los romanos, no con-
cedieron los godos este privilegio sino á 29, entre las cuales HO
aparece nuestra Málaga; pero sí Córdoba, Baeza, Martes, L a -
Guardia, Granada y Barbi, que estaba en nuestra provincia á
una legua de Antequera, y en la misma Singilia (cortijo del Cas-
tillon.)
En contraste de las monedas romanas, que dividían en ases
primitivos de cobre, en denarios de plata, denariis,] en medía-
nos y pequeños bronces de cobre, que representaban, con las efi-
gies de Jano y la nave de Saturno^ las cuadrigatas y bigatasde
sus cónsules, con la cabeza del génio Roma, del petase de M i -
nerva, los bustos de los emperadores, sus acontecimientos, sus
triunfos y pomposas laudatoria^ sostituyeron los godos la libra
de oro de 72 sueldos, equivalenteá 2932 rs, y 29 mrs.;el sueldo
de oro de 24- silicuos, 40 rs. y 28 mrs; el semise de oro de 20
rs. y 14- mrs.; el tremise de oro., de 13 reales; la libra de plata
compuesta de 20 sueldos, 273 rs. y 18 mrs.; el sueldo de plata
de 40 denarios, 13 rs. y 22 mrs.; la siliqua de plata, octava
parte del tremise de oro, valor de un real y 24 mrs. y el dena-
rio de cobrey moneda común de 11 V. mrs.
Conservándose los pesos y medidas de Constantino, pesaban
los romanos que nos transmitieron aquellas, ó con la romana
campana, inventada en los campos de Italia, el centenario ó
peso mayor, y el Cálculo ó chalco, peso menor. Ün chalco y ter-
cio formaban la Siliqua, y medía siliqua el Cerato-, dos ceratos
el Obolo; dos obelos el Escrúpulo; 3 escrúpulos la Dragma; 4
dragmas el estatero, 2 estateros la onza; 12 onzas la libra; 50
libras el Talento Minimo y 2 talentos el Centenario.
Las medidas de líquidos y granos se dividían en tres clases,
pequeñas, en que se media por dragmas; medianas, por libras
y grandes por modios. Entre las pequeñas, el cochlear contenia
media dragma; hconchula una y media; el ciatho diez; el aceta-
bulo 12; el oxifebo 15, y la cotula60, que son 7 V»onzas. Entre
las mediana», la Mina componía una libra; el sectario dos; el
cheníx 8; el gomar, ó metrata 10; el congio 12, y el módio 44.
127
Entre las grandes, el 5a/o llevaba un módio y medio; el Bato, dos
módios y un c6ngio\ la Urna, dos módios y medio; el Amphora,
tres; la Arlaba, tres y un cóngio; la Medimna, 5 módios; la Me~
treta Grande, diez; el Gornor Grande, 15, y el(7oro; 30 módios,
que equivalían á 1320 libras.
Las medidas de distancias y superficies eran las mismas
millas romanas de á 1000 pasos cada una. Las longitudinales
consistian en el pie de 16 dedos: é \ p a s o de 5 pies, y la Pértiga
de dos pasos. Un dima de tierra tenia 60 pértigas en cuadro. Un
Agua tenia por largo 12 pértigas, y por lo ancho i pies. Un
Arapenne era un cuadrado perfecto de 12 pértigas por lado. Un
Yugero lo componian dos arapennes unidos; una Porca tenía
de largo 18 pértigas; un campo miliario, hasta 500, y una cen-
turia, lo mismo que 100 yugadas, hasta 2400 pértigas.
Finalmente, la medida de los tiempos se tomaba de la E r a
Hispana. E l día se dividía en A partes: la primera, que com-
prendía desde el amanecer hasta media mañana, se llamaba
prima; la segunda, desde media mañana al medio dia, tercia;
la tfercera, desde medio dia hasta mitad de la tarde, sesta, y la
cuarta, desde la mitad de la larde hasta ponerse el sol; nona.
Iguales divisiones tenia la noche. En la Era-hispánica de los
romanos se dividía el mes enKalendas, Nonas é l d u s : los meses
tenían sus derivaciones y orígenes respectivos. Enero, Januarius
de Jano ó de J a m a ^Puerta); Febrero, Fehruarius februare
(purificar, espiar) porque en él se encendían fuegos y antorchas
alrededor del sepulcro de los parientes y amigos, rogando á
Dios por el descanso de sus almas; Marzo, consagrado á Marte,
fué el primer mes del año marcial desde los tiempos de R ó m u -
lo; Abril, de Aprilis (abrir); Mayo, de m a j u s ó de senibus ( M a -
yores) dedicado á los ciudadanos mas antiguos de Roma; Junio,
áeJuvenibus (juventud), dedicado á los jóvenes romanos; Julio,
de Julius ó Quintilis en conmemoración del nacimiento de Julio
César; Agosto, de Auguslus ó Sexlilis, por haber nacido en él
Octaviano Augusto; Septiembre, Octubre, Noviembre y Diciem-
bre, de Seplember October November December, ó Séptimo,
Octavo, Noveno y D é c i m o mes del año Marcial que era el de
R ó m u l o y constaba de 304 días. Numa Pompilio reformó el
año agregándole enero y febrero, aunque arreglado á los me-
ses lunares que dan 355 días, debiendo advertir que en estos
tiempos, en que no habían nacido Julio Gésar ni Octaviano A u -
gusto, se denominaron Julio y Agosto, Quintilis y Sexlilis.
Julio César reformó el año de Numa, conforme al movimiento
18
128
deí sol, dándole 365 dias y 6 horas, según observaciones astro-
nómicas que tuvieron lugar el año ¿ 5 antes de Jesucristo, re-
sultando de estas fracciones el año bisiesto, ó el de 366 dias cada
cuatro años; pero como esta intercalación de César, para que
hubiese sido enteramente exacta, necesitaba que el curso del
sol anual fuera igualmente de 366 dias y 6 horas, resultó
que solo era de 366 dias, 5 horas y 4^9 minutos. Por la
tanto, este escedente de 11 minutos por año suministró,
andando el tiempo, un dia mas al cabo de 130 años; circuns-
tancia que adelantó los equinoccios por igual espacio de tiempo.
A fin, pues, de remediar este inconveniente, el papa Gregorio
XIII, ilustrado por las observaciones astronómicas de Copérnico
y Tycho-Brahé, mandó suspender y quitar diez dias al año de
1582, que por esta supresión quedó reducido á 355 dias; de-
cidiéndose desde entonces para el tiempo transcurrido, que
cada 300 años se omiliria en nuestra era el año 366; y ^ara
el porvenir, que tres años secutares, que, conforme al calenda-
rio Juliano, debían ser bisiestos, fuesen comunes, y que en el
cuarto año solamente seria Ja intercalación de un dia.
Entre los mas antiguos pueblos se determinóla medida del
tiempo por la duración de la revolución que la tierra hacia so-
bre su eje; de aquí procedieron los días, y atendiendo á los que
la luna emplea en dar su vuelta alrededor de la tierra contában-
se también por lunas ó por meses lunares; y por último, contando
los dias que el sol gasta en recorrer cada uno de los signos del
zódiaco, resultaron los meses solares. Como el año no era otra
cosa que el espacio de tiempo empleado por la tierra en dar su
vuelta alrededor del sol, el cálculo que nos dá Moisés sobre la
duración de la vida de los primeros patriarcas, nos induce á
creer, como ha pensado Monsieur Goguet, que aplicaría á un
método tan racional su indeterminada cronología, sobre todo
cuando sabemos que fueron los egipcios los primeros que dieron
una forma cierta á su año^ que distribuyeron en 12 meses, por
el conocimiento que tenían de los astros. Estos meses carecían
de denominación^ y únicamente se designaban por su órden nume-
ral, según afirma Herodoto; pero se ignora si el numero de dias
de sus años era lunar ó solar. Llamábase el primer mes entre
los griegos mes del principio; elsesto, mes deenmedio, y el doce,
mes último. E l espacio de cuatro años formaba su Olimpiada y
esta era peculiar de la Grecia: comenzaba en el solsticio del
eslío del año del mundo 3228, ó 776 años antes de Jésucrislo.
Aun cuando adoptaron los atenienses el año lunar como lo»
129
primeros romanos, sufrieron ambos calendarios una irregulari-
dad completa hasta la reforma de Julio César, que verificó con
el ausilio de Sosigenes, sabio egipcio, el año de Roma 708, 44
anos antes de la era vulgar. Esta distribución del tiempo se
observó por espacio de J5 siglos, sin mas alteración que la que
introdujeron los persas en el siglo X I , después de haber sacudido
el yugo de los califas; y consistió en. la ingeniosa intercalación
de Omarcheyam de hacer seis años bisiestos cada 33 años^ á fin
de suprimir los once minutos del cómputo Juliano.
Tal era el arreglo del tiempo cuando el cardenal Pedro
d'Ailly, apellidado el águila de los doctores de Francia, pre-
sentó al papa Juan X X i l l , en un sínodo que se tuvo en Roma
en 14-12, un tratado referente á la reforma del Calendario, sin
que sobre ello decidiesen nada los concilios de Rale y de Cons-
tanza, á los que fué sometido. En 1475, Sixto VI, pensando s é -
riamente en una reforma, de cuya demora podia llegar á alte-
rarse el órden de las estaciones, consultó á Juan Mullerj mas
conocido por el nombre de Regio Montanus, sin ostensibles
resultados; y aun cuando se volviese á tratar de lo mismo por
León X en 1516, presentándose la cuestión al mismo concilio
de Trento, solo el papa Gregorio XIII, con el ausilio de Luis
Lilio, tuvo la gloria de dar cima á la reforma del Calendario
en 1582: la misma que fué adoptada por todos los pueblos ca-
tólicos. Pero el espíritu de secta, en constante oposición coa
el espíritu de las luces, hizo que todos los protestantes y que
los griegos y los rusos rehusasen la noble dádiva que les hacia
un Pontífice ilustrado. Sin embargo, un arreglo tan concluyente
como definitivo sobre la medida del tiempo, unido á las repre-
sentaciones de E r h a r d Weigel, profesor de matemáticas de
Jena, hizo que los estados .protestantes de Alemania acordasen
en Setiembre de 1699, que desde el dia 18 de febrero de 1700
se pasase inmediatamente al 1.° de Marzo. Esto mismo hicieron
la Dinamarca, la Holanda y la Suiza. Los ingleses siguieron
el propio egemplo en 1752, pasando desde el 20 de Agosto al
1.° de Setiembre; los Suizos en 1753, acabando el mes de
febrero el dia 17; pudiéndose decir, en suma, que las naciones
protestantes no adoptaron en su totalidad el Calendario Grego-
riano de una manera definitiva hasta 1777. Solo la iglesia
griega, aun mas terca en su aversión supersticiosa, permanece
todavía sin aceptar la útil reforma del Pontífice cristiano.
Algunos de nuestros lectores encontrarán impropias de
los anales que ilustramos estas noticias minuciosas de nuestra
130
administración civil; poro si luego reflecsionan que se refieren
al pueblo godo que debió habitar en Málaga en los tiempos
que analizamos, y cuyas huellas, aun en esta oscuridad de
hechos políticos, podrá acaso reproducir un mármol ó una
medalla soterrada, aceptarán unos detalles, que, al converger
á nuestra historia, dan una idea aprocsimada de nuestros
pueblos meridionales, al través del silencio que se^ observa
en ella en el largo periodo de un siijio.
Luego que los romanos-godos se hicieron dueños de nues-
tro pais en los tiempos de Sisebuto, dividieron su superficie
en tres porciones iguales; una para los nacionales, que enton-
ces eran romanos, y las demás para si mismos, á fuer de con-
quistadores. Dividiendo las heredades con simples mojones
de piedras, servíanse de muchos molinos para preparar sus
harinas; Cultivaban el lino y el esparto; confeccionaban el aceite,
tenido por el mejor del mundo; usaban de las canalizaciones
y riegos que transmitieran los romanos; lenian telares do seda,
de lana, de lino y de cordoneria de oro; hacian vidrio de va-
rios colores, y todo género de manufacturas, particularmente
de acero y plata.
Pero contrastaban en su vestido con el que usaban los
romanos y que anteriormente hemos descrito. A la Lacerna
del pueblo rey, que era una capa ó manteo, sustituyeron
los godos el Amiculum, para las mugeres honradas, especie
de manto de lino. Los hombres usaban el Slrigio, que era
una tánica antigua que también se llamaba Stringlo; el Relio-
lum, especie de red para recoger el cabello, y el Mdnturn para
abrigo de las manos, muy parecido al manguito. Los vestidos
de seda y oro distinguian á las altas clases.
Al advenimiento de los romanos por toda la estension
de la península española, hallaron cuatro idiomas generali-
zados en ella, sin la infinidad de dialectos que indudablemente
se forman cuando no se cultivan aquellos. Eran estos el Vasco
ó Escuaro, el Celtibero ó Celta, el Bástulo y el Turdelano.
Originalísimo el primero, de nombres indeclinables, sin casos,
números, ni géneros, llenos los verbos de inflecsiones, con cinco
personas en el plural, de una pronunciación suave, compren-
diendo los sustantivos definiciones elocuentes como en la pa-
labra Jaungoicoa para designar á Dios, que enteramente signi-
fica S e ñ o r de lo Alto, é idioma, en fin, que ha suministrado
1950 palabras á la lengua castellana, según Moret y Larramen-
d¡. E l Celtibero ó Celta, originario de la §citia; con mucha parte
131
de griego, declarado celtibero al mezclarse con el vascuenze, v
al cual sin mucha detención Masdeu, queriendo hacerle abo-
rígena, pretende sea una mezcla del griego con la lengua del
pais, siendo así que á su invasión al mediodía aun se es-
presaban .con sus dialectos boreales; el bástulo ó P ú n i c o que
era el hebreo de los fenicios, y finalmente el Turdelano que
era una mezcla de bástulo y griego con los idiomas primi-
tivos de que no tenemos noticia alguna y que debió ser la
lengua hispana. Los romanos, á su llegada, introdugeron su
habla, que se generalizó en el pais durante su larga domina-
ción y usado por la gente culta con igual pureza que en R o -
ma; pero del Bástulo y Celtibérico, mezclado con el latín,
salieron esos dialectos diversos, que, pulimentados con el tiempo,
dieron sin duda nacimiento á las lenguas de los gallegos, ca-
talanes, valencianos y portugueses; debiendo decir sin em-
bargo, que el idioma dominante basta la espulsion de los godos,
fué únicamente el lalin en toda la estension de España.
Los caracteres que se usaron en nuestra nación desde
los tiempos fabulosos fueron el alfabeto de los fenicios, i n -
ventado por Taaut á los 2021 años de la creación del mundo,
y que constaba de 13 letras: á este alfabeto fenicio, que no
falta quien apoye sea el mismo de los asirlos, vino á unirse
el de los griegos al eslenderse por nuestras costas; de tal
modo, que los primeros se quedaron en la Bélica y los se-
gundos en la España citerior ó Tarraconense. Alterados ambos
alfabetos por los indígenas, se produjo el llamado hispánico.
tan original y desconocido como el idioma de este nombre,
verdadero amalgama de las lenguas, bastulas, griegas, celias
y escuaras: empero fué conocido con el nombre de alfabeto
turdelano y celtibero, en razón de que en estas regiones se
hallaban madores muestras de arabos en la munisroática y lilo-
lógia. Ya en el siglo décimo sesto, varios literatos españoles,
como Juan Andrés Estrañz, comenzaron á distinguirse en este
g é n e n > d e estudio, siguiéndole el arzobispo de Tarragona, Don
Antonio Agustín, reputado por el príncipe de los anticuarios
eminentes; Don Bernardo Aldrete, canónigo de Córdoba; Pablo
Albiníano de Rojas, jesuíta valenciano; Juan Francisco Andrés,
doctor de Zaragoza, y, sobre lodos, Don Vicente Juan de L a s -
tanosa, continuaron aplicados á esta investigación, acompaña^
ñados, en la mitad del siglo último, del erudito don Blas A n -
tonio Nasarre, bibliotecario de Felipe V y de Fernando V I ; del
Dean de Alicante don Manuel Marti, v del cónsul de Holanda
132
en Sevilla, don Jaime Barí; pero todos estos hombres entendidos
no hicieron grandes adelantos é importantes descubrimientos
sobre la Índole de eslos caracteres desconocidos; por manera,
que hasta que Don Luis José Velazquez publicó en 1752 su
Ensayo sobre los alfabetos de letras desconocidas, no llegaron
á clasificarse en báslulo-fenicias, furdetanas y celtiberas, y á
saberse que su origen se fundaba en los alfabetos primitivos
fenicio y griego. Con tan feliz descubrimiento, y con los que se
siguieron por don Francisco Pérez Bayer en su Alfabeto y len-
gua de los fenicios y sus colonias y tratado de sus monedas
hebreo-samaritanas, empezaron á leerse las inscripciones de las
medallas de que tanto abunda nuestro suelo, únicas muestras
literarias de aquellos primithos tiempos. Con tan importantes
noticias se han estudiado estos cuños ibéricos y turdetanos,
escritos en idioma fenicio ó hebreo, ó en ambas lenguas, hallán-
dose en las mas modernas también una inscripción latina. A
menudo, las monedas celtiberas presentan un solo caballo en
pelo, ó ya con un ginete montado, ó con lanza ó palma en la
mano, símbolos de la vasta región que tan hermosos los criaba.
Otras veces es un delfín ó un elefante la empresa que Jas distin-
gue; y por lo que hace á las turdetanas ó de la Bélica antigua,
se ven en sus anversos y reversos ó las efigies de Hércules,
Nepluno, Venus, Cibeles y Piuton, ó las imágenes del sol, la
Juna, las estrellas, deidades de los fenicios, ó las de los atunes,
pámpanos, espigas y toros, producciones de nuestro suelo. So-
bre bases tan seguras y adelantos tan plausibles, ha podido en
nuestros dias el caballero Lorick aclarar definitivamente unos
alfabetos tan antiguos como difíciles.
A l advenimiento de los romanos, la irregularidad de su len-
gua pudo con sus limpios caracteres contribuir á que se estin-
guieran aquellos ó á que nuestros demás pueblos, facultados pa-
ra acuñar moneda, conservasen lodavia aquellos tipos primitivos
para consuelo del vencido. Pero por lo que respecta á los godos,
al introducir su alfabeto, usaban indistintamente ya los«carac-
teres rúnicos, ó los modernos de su obispo Urfila, cuando se
hallaban sobre el Danubio en tiempos del Emperador Valente;
acomodando en lo posible la nueva forma de sus letras á la
configuración dominante de las griegas y romanas. Pero en los
últimos tiempos de su dominación en la Península, confun-
didos como se hallaban con los romanos y sus costumbres, se
olvidó la escritura Urfilana, viciándose nuevamente hasta tomar
una forma nueva y estable, que fué denominada gótica, en la
133
que las mismas letras numéricas, á imitación de las romanas,
equivaJian y significaban con una L cincuenta, y mil con una
T , en lugar de M . Alterada mars la ortografía en los nombres de
muchos pueblos, como LisBona por UlisiPona, CordVba yor
€6rdOha\ y otros como Porta Cate, Tarracona y Cesara-costa.
denominaciones romanas transformadas por los godos en Portu-
Gal, Tarra-Gona y Zara-Goza, trasmitidas hasta nosotros.
Las dignidades eclesiásticas en la época que describimos,
eran las mismas subsistentes desde el edicto de Constantino.
Los obispos confirmaban las iglesias y altares y ordenaban y
administraban la confirmación. E l presbítero predicaba, sacrifi-
caba y daba la bendición al pueblo; el diácono ó levita ser-
\ia inmediatamente al sacerdote en el aliar y dispensaba la co-
munión á los fieles; el subdiácono recibia las ofrendas y pre-
paraba los ornamentos y vasos sagrados para el sacrificio; el
lector leia en alta voz el antiguo y nuevo testamento; el salmista
ó cantor entonaba los cánticos divinos al acudir el clero al coro;
el exórcista invocaba el nombre de Dios sobre los energúme-
nos para arrojar los espíritus malignos; el acólito encendía las
velas para el sacrificio y tenia el candelero al tiempo del Evan-
gelio; el ostiario ó portero tenia las llaves del templo. T a m -
bién habia un archipresbltero ó arcipreste que presidia á los
presbíteros; un archidiácono ó arcediánOy á los diáconos;
un pnmiclero ó primicero, á los doctores, salmistas exor-
cistas y acólitos; un tesorero, á los sacristanes y ostiarios,
y un ecónomo que tenia las cajas de la Iglesia y cuidaba de
sus gastos.
En tiempo de la España goda se contaban 83 obispos, á
saber: 15 en la provincia Tarraconense, 21 en la Cartaginesa,
11 en la Bética, 14 en la Lusitania, 11 en la Gallecia y 8 en
la Narbonense. Los de la Bélica eran Sevilla, Córdoba Grana-
da, Ecija, Cabra, Santiponce, Martes, Niebla, X e r é z , M á l a g a
y Adra. L a introducción de los metropolitanos fué á fines del si-
glo IV de nuestra era, los cuales, con los sufragáneos y la au-
toridad del Pontífice Romano, componían la gerarquía episco-
pal. Sevilla fué Metrópoli de la Bética, M é r i d a de la Lusitania^
Tarragona de la Tarraconense, Braga de la G a l i c i a , iVar-
hona de la Narbonense, y Cartagena y Toledo de la Car-
taginense. E l Papa, en estas altas clases, ó sea Primacía de
Honor, remitía el Palio á los obispos, tenia en Roma tribu-
nales de recursos ó de apelaciones, enviaba á España jueces
pontificios y vicarios que le representasen. Los metropolitanos
m
convocaban los concilios, consagraban á los sufragáneos. Ies
subsliluian en sus ausencias, juzgaban sus causas en primera
instancia y \igilaban sobre el buen régimen de los obispados
y parroquias; y finalmente, los sufragáneos hacian el crisma,
administraban el sacramento de la confirmación, conferian órde-
nes mayores, daban el v i á t i c o ^ las vírgenes, consagraban las
iglesias, absolvían á los penitentes, catequizaban, predicaban y
daban órdenes menores.
Dividíanse los concilios en nacionales, provinciales y dio-
cesanos. Los primeros, convocados por el Rey, los segundos, por
el metropolitano y los terceros, por el sufragáneo. Los concilios
nacionales principiaron en el de Braga en 447; siguieron el 3.*
de Toledo, convocado por Recaredoen 589, y concluyeron du-
rante la dominación goda en el 18 de esta misma ciudad, tenida
por Witiza en 701. Después del concilio .de llliberi, del que ya
hemos hecho mención por su relación con nuestra historia, se
celebró el de Zaragoza ó Cesaraugusta el año 380 de nuestra
era, y el de Toledo en el año de 400. Hubo además concilios
provinciales en Sevilla, Mérida, Toledo, Zaragoza, Huesca,
Barcelona, Egara ó Tarrasa, Narbona, Valencia, Tarragona,
Gerona, Lérida y Agüe, convocados por el Rey desde el año
506 al 589. Reuníanse los primeros en casos de necesidad para
asuntos de doctrina ó de disciplina, ó por razones de estado en
vista del enlacé teocrático y civil de la legislación de los godos.
Los segundos se convocaban por el metropolitano, y de cuanto
se deliberaba en estas asambleas sagradas se daba noticia en los
concilios diocesanos; que se celebraban cada seis meses ó una
vez al año. En el órden de su celebración había curiosas cere-
monias. Los porteros de la catedral abrían una sola puerta por
donde entraban los obispos por el órden de su gerarquía, se-
guidos de los presbíteros, diáconos, notarios y los pocos secu-
lares á quienes se permitía el ingreso. Luego de cerradas las
puertas, se procedía á la oración, á invitación del arcediano, lo
que terminaba con unas preces vocales pronunciadas por el mas
anciano de los obispos, á que respondían Amen; volviendo á to-
mar asiento á la voz del arcediano. Hecha la profesión de fé,
un diácono, vestido de Alba, tomaba el código de los cánones
y procedía á su lectura: ayunábase en los tres primeros días,
tratándose en ellos de asuntos de religión, y en los siguientes
de otras materias.
Diremos para completar el cuadro de la gerarquía e c l e s i á s -
tica, que en todas las catedrales había dos comunidades, deno-
135
minadas cónclave de niños educandos; en las iglesias de los pue-
blos, rectores ó curas párrocos, y un tribunal eclesiástico que
conocía en causas graves. Los templos, por una ley antiquí-
sima, tenían el derecho de ^ M / O para los católicos y arríanos.
Principió en el recínlo del altar con el coro; después se esten-
dió á toda la iglesia, y últimamente, bajo el mando de Ervigio,
se aumentó á 30 pasos de su área, siempre que no hubiese casa
en ella. Con los productos de los diezmos, las dádivas de los
fieles y las rentas de los inmuebles se hacian tres partes que
se distribuían en las varías clases del clero, sin que ninguna de
las leyes godas dejase de declarar permanente é irrevocable
toda donación hecha á Dios.
La continencia de los sacerdotes no permitía el matrimonio
sino á los ordenados de menores, eligiendo esposas vírgenes;
pero si ascendía á órdenes mayores, y aun al obispado, debía
separarse de su muger ó guardar la castidad: á los que vivían
fuera del claustro canonical, fuesen casados ó no, les era pro-
hibido tener en su casa otras mugeres, que sus madres ó her-
manas, mugeres propias é hijas, con un anciano ejemplar para
que fuera testigo de sus acciones. E l clérigo que recibía en su
casa muger prohibida ó coabitaba con ella, se castigaba en el
primer caso con suspensión y cláusura, y en el segundo con pe-
nitencia perpétua. E n los concilios IV de Toledo y en el de
Mérída se impuso la castidad á los obispos y curas, y en el
Toledano X í , á los que recibiesen órdenes mayores.
Las fiestas de la Iglesia goda, además de los domingos,
eran nueve: Navidad, Circuncisión, Epifanía, Resurrección,
Ascensión, Pentecostés, Invención de la santa Cruz, Anuncia-
ción y la Festividad de la Concepción, que fué admitida por
todos los españoles á mediados del siglo VII. Comenzaba la
cuaresma cinco días mas tarde que ahora, con 36 días de
ayuno. E n el domingo de Ramos, que se llamaba también Ca~
pitilavio se lavaban las cabezas de los niños para presentarlas
limpias al bautismo que se les daba en el sábado santo. E n
las procesiones de penitencia» que se llamaban rogaciones y
letanias, iban á la cabeza los hombres, y las cerraban las m u -
geres, llevando al clero en el centro. E n el entierro de los d i -
funtos iban muchos eclesiásticos entonando salmos hasta la
iglesia, donde se celebraban las exequias y se les ofrecían su-
fragios; siendo imponderable el respeto que se tenia á estos ú l t i -
mos asilos del hombre.
Finalmente, las órdenes monásticas se componían de mon-
1 19
136
ges, divididos en miofoVas, que eran los que hacian vida co-
1
mún, y en anacoretas, que, después de haber vivido en comu-
nidad muchos años, se encerraban en una celda, escluidos de
lodo trato y comercio mundano. Estas primeras casas religio-
sas se gobernaban sin regla fija, bajo la autoridad de los obispos
j abades, hasta mediados del siglo VI en que florecieron san
Martin y san Doroteo, que fueron los que crearon la 3.' clase
de mondes en los monasterios de Dumio cerca de Braga, y en
el de Sirbotano cerca del cabo Martin. Después del año de
570 siguieron otras fundaciones, como la de San Millan de la
Cogulla en la Uioja por san Emiliano; las de Compludo (la
antigua Compláttca) en el Bierzo, san Román de Umisga, cerca
de Toro, por san Fructuoso; el Agállense en Toledo; el de
Ttbaes en Portugal; el de santa Engracia en Zaragoza; el de
Pampliega en tierra de Burgos; el Viclarense ó de Valclar*
en Cataluña, y los de san Pedro de Cárdena y de san Claudio
en León. Todos estos monasterios, bajo las cinco reglas mona-
cales de san Donato, san Fructuoso, san Valerio, Juan V i c i á -
ronse y san Isidoro; pero se deja conocer que en el suelo de
esta provincia, contrastado por las luensas lides de los alanos,
vándalos y suevos, y por los godos é imperiales desde la con-
versión de Uecaredo, apenas habia otros varones dedicados á la
vida contemplativa que esos aislados hermitaños, que, seme-
jantes á Amasuindo, ó acaso, como es probable, al presbítero
Januario que daspues de haber concurrido al concilio de l i l i -
beri (Elvira) harian en aquellos tiempos, ó durante la ocupación
ár abe,una vida contemplativa ya en los bosques de Jotron, tan
inmediatos á Málaga, ó en el cerro de san Antón, cercano al
pueblo de Alhaurin el Grande; pues en la ermita de aquel nom-
bre hallóse en sus cimientos un hermosísimo relieve sobre
una lápida de mármol blanco, de que daremos mavor noticia
y fiel diseño en nuestra Geograjia Concordante. (Don Miguel
Cortés y López, tom. 2 . ° p á g . 70 del Diccionario de la Espa-
ña Antigua. Tácito, de mor, germ. Ilerodoto, lib. h.0 Mel-
pónene. Séneca % De bell. galL César, de belL gall. Gibbon,
Histor, de la Decad. cap. 10. Amiano Marcelino, lib. 31.
Justino, Hist. lib. 2. Jornandez, De reb. gelic, cap. 24.
Orosia, lib. 7, cap. 37. Adelung, Historia antigua de los Ale-
manes, p á g , 202. Orosio, cap. 33, lib. 7. San Isidoro de Se-
villa, Historia Gothorum, p á g . 155, edición Real. Severo Sul~
picio, chronicon, p á g . 450, del tom. 4 . ° de la España Sagrada.
Orosio, lib. 1, oap. 40. San Isidoro, Historia Vandalorum,
137
p á g . 163 y 165. ¡ d a d o , Chron. p á g . 354. Rodrigo de Tole-
do, Uand. cap. 12. San Gregorio de Tours, lib. 2.° cap. 2.
Jornandez, de rebus geticis, cap. 33. Idacío, Chron. p á g . 359.
Vítor Vítense, De persec. vand. lib. 1. cap. \ . D r . Ribera,
Memoria para la Historia de Ronda; Memoria 3.a CeanBer-
mudez, Discurso preliminar á la obra de Llaguno. sobre la A r -
quitectura de E s p a ñ a . Idacio, chron. p á g . 363. San Isidoro,
Hist, S u e v o r . p á g . \$5. Idacio. chron. p á g . 365, 366, 370,
372, 373 y 378. san Isidoro, Hist. S u e v o r . p á g . 158. Reseña
H i s t ó r i c a de España de Don Ildefonso Marzo para la Ilus-
tración de la concordia Geográfica de la P e n í n s u l a , Inédita.
Cuadros históricos al Atlas de E s p a ñ a publicados en Barce-
lona. Procopio, de Bell. Golh. lib. 1. cap. 12. Sócrates y
Teodoreto, Historia Tripartita. San Isidoro, Histor. Gothor.
p á g s . 159, y 160. Mariana, Historia de E s p a ñ a , libros 5.*
y 6.° Juan Biclarense, Chronicon, p á g s . 377. y 381 del tomo
6. ° de la E s p a ñ a Sagrada. Cuadro histórico del \tlas de
E s p a ñ a . Masdeu, Historia c r í t i c a de E s p a ñ a , iom. 8.° p á g s ,
50, 51, 52, 117, 118, 119, 120, 121 y 122. Ánligúedades
Romanas de Rosino, lib. 7.° y cap. H y lib. 10, cap. 6.° y
7. ° cap. A y AS, lib. 20, cap. 5, 7, 13, 8, 9 y 10. Appiano
y Plutarco Rosino, Anlig. Rom. lib. 119, ca^. I.0 Tilo L i -
vio,lib. 8. Justo Lipsio, de Milicia Román. Cuadros del Atlas.
Masdeu, Historia critica de E s p a ñ a , tom. I.0 Rosino, Antig.
rom. lib. A.0 Cap. 4- y 3. Diclionnaire des Origines, tom.
prem. a r t . A n n é e et Calendrier. Larramendi, Diccionario T r i -
lingüe. Masdeu, Histor. crltic. de E s p a ñ a , tom. \ .0 Ilustración
IX, Don Basilio Sebastian Castellanos, Cartilla Numismática,
Masdeu, Historia Critica de E s p a ñ a , tom. 8. p á g . 269.)

NOTA XXVIII.

Sobre l a conqnista de H á l a l a poi* los godos y s é r l «


de sus obispos hasta la de los á r a b e s .

Como la nota que antecedo os, por la estension que hemos


dado, una recopilación histórica de varios hechos memorables
138
de los tiempos de los godos y romanos del siglo IV, completa-
remos este cuadro con la ilustración de la época en que pasó
Málaga á poder del primer pueblo.
En tanto que Recaredo^ impulsado de aquel celo que le ins-
piraba la nueva religión que habia abrazado, contribuia podero-
samente á la estincion de las discordias, todas las plazas del lito-
ral del Mediterráneo, en lo mas meridional de nuestras provia-
cias, aun eran de los imperiales por los años 6 Í 0 de Jesucristo.
Avergonzados los reyes godos de que los sucesores de Ataúl-
fo aun no pudiesen dominar estas últimas ciudades, con-
tinuaban en los aprestos militares para proseguir la guerra has-
la obtener este triunfo. Acaso Veterico y Gundemaro, sin sus
eternas lides con los vascuences, hubieran podido conseguirle.
Sisebuto, estrechando á sus enemigos hácia Gibraltar, los de-
salojó de algunos fuertes, y logró vencer al general Cosario que
acaudillaba á los romanos. Este contratiempo, que era precur-
sor de otras ventajas, abrió los preliminares de la paz que se
ajustó en Toledo, y que después aprobó el emperador Heraclio,
por la cual las tropas romanas, retirándose ai Alentejo, evacua-
ron la ciudad de Málaga en 614-, con todas las demás de nues-
tra costa. Pero esta victoria, que ninguna sangre habia costado,
fué á espensas de la inhumana estipulación de que todos los ju-
diosque moraban en nuestros pueblos, hablan de abrazar el cris-
tianismo en el término de un año, bajo las arbitrarias penas de
ser rapados, reducidos á cautiverio ó despojados de sus bienes.
Este rigor, tan semejante al que se impuso á los moros en los
últi mos dias de la conquista, y que se pretende disculpar con el
celo religioso, aun cuando facilitase algunas sumisiones forzosas
en las familias mas indigentes, originó que emigrasen muchos
hebreos con sus industrias y riquezas á las naciones mas ve-
cinas, con menoscabo de nuestra población y de una bien en-
tendida política. Las atroces y bárbaras persecuciones contra los
que se negaban á aceptar el bautismo, escitaron la caridad de
los prelados españoles, y contribuyó para que se modificasen en
el cuarto concilio de Toledo, en el reinado de Sisenando.
Desde la conquista de Málaga por los godos, tomaremos la
primer serie de los obispos que administraron su diócesis,, ya
que nada hallemos que nos revele quienes fuesen los sucesores
de Patricio después del concilio Illiberitano. Cuando la perse-
cución de los arríanos, según el Biclarense y san Isidoro, era
Severo obispo de esta ciudad, cólega y sócio de Liciniano, que
lo era de Cartagena por los años de 579 de nuestra era. Se
139
pretende por algunos^ aunque sin pruebas justificativas, que de-
bió ser consagrado al año siguiente, y cuando ocurrió la aposta-
sía lamentable del obispo de Zaragoza. Con tal motivo escribió
Severo argumentos de suma fuerza en un libro luminoso que se
tituló Correctorto. También dedicó á su hermana otro opúsculo
denominado E l Anillo, sobre el mérito de la castidad, y las Car-
tas á diversos que tanto elogió el abad Tritemio en unión con
San Isidoro. Aun cuando el autor de las Conversaciones Mala-
gueñas sostenga que este prelado floreció en nuestra diócesis en
el reinado de Lcovigildo cuando se hallaba ya Málaga fuera del
dominio romano, nosotros, que hemos probado, al principiar
esta nota, que tal acontecimiento tuvo lugar en 614- en el rei-
nado de Sisebuto, debemos rectificar este error de cronología y
añadir que tan ilustre prelado tendria mucho mas que sufrir y
que ejercitar su celo_, al través de las vicisitudes que consigna la
historia en aquel tiempo.
De su sucesor Jamario no nos queda otra noticia sino de
que fué perseguido y echado de la iglesia de Málaga por
un potentado secular, llamado Comiciolo, sustituyéndole con
otro; y sobre cuyo acontecimiento, y en defensa del prelado
perseguido^ hizo san Gregorio varias gestiones.
Podemos decir que Teodulfo, que sucedió al anterior en
617, fué el primer obispo de Málaga, bajo la plena dominación
goda en el reinado de Sisebuto y á los tres anos de su conquis-
ta. Las únicas noticias que nos quedan de este prelado, apare-
cen del segundo concilio de Sevilla, presidido por san Isidoro en
619, como uno de los pastores que concurrieron á aquel c ó n -
clave.
De la ecsistencia de Tunilaf que es el que sigue en nues-
tra serie, solo aparece una escasa noticia en los concilios de T o -
ledo celebrados en 646 y 653. Lo mismo acontece con Samuel,
que asistió personalmente y representado por un diácono á los
concilios XIII y X V de la misma ciudad en 683 y 688, siendo
su sucesor Honorio el último de los obispos que concurrieron al
concilio siguiente Toledano en 693 antes de la invasión árabe,
(San Isidoro, Historia Gothorum, p á g s . 161 163. Crónica
Abeldensey núm. 37. Redigario, Chronicon, núm. 33. San Isi-
doro, Varones ilustres, cap. 4-3. San Gregorio Magno, e p í s t o -
las 45 y 46 del lib. 3 . ° Epístola sagrada. F r . Enrique Florez,
Martin de Roa, Fundación de M á l a g a , cap. X I I , edición
de 1622.)
140

NOTA XXIX.

Sobre el estallo moral j p o l í t i c o de los godos á la


I n v a s i ó n de los á r a b e s .

El pueblo godo español, apenas hubo completado nuestra


conquista, desdeñaba de alternar con las gentes que había ven-
cido. Orgulloso en demasia para facilitar enlaces con las don-
cellas romanas, solamente Recesvinto pudo con oportunas leyes
orillar estos obstáculos que separaban á dos pueblos ya sobrado
ecsasperados con el despojo de sus propiedades, arrebatadas en
un principio por'aquellas altivas razas. Así, pues, una monar-
quía precipitada en su descenso por las debilidades de Wilíza y
liviandades de don Rodrigo, llegó á su hora de decadencia por
aquella \ey eterna de que cuando las repúblicas se apartan de
los principios que formaron su unidad, ó tienen en su misma es-
tructura el gérmen de su destrucción, pasada que llega á ser la
edad de la lozanía, del vigor ó de la robustez, sucumben á la
fiebre lenta que habían fomentado sus vicios, sus enconos y sus
discordias. Por lo tanto, este poder, fundado sobre bases sólidas
y sencillas desde la conversión de Recaredo, llevaba consigo un
elemento desorganizador en la condición electiva de la dignidad
Real, sometida siempre á los embates de la ambición y del cri-
men. En vano había querido Chindasvínlo atajar á fuerza de se-
veridad esta enfermedad radical contra la opulencia de sus sub-
ditos que tan poderosamente enervaba el valor y óisciplina del
soldado; apenas querían combatir, y hasta el estímulo del honor
habia desaparecido por la desmoralización en que se hallaban el
clero, la corte y todas las clases de aquella monarquía moribun-
da. Witiza se había entregado á la mas desenfrenada livian-
dad, prometiendo á los clérigos el matrimonio, en desprecio de
141
Jos concilios, y mandando destruir las murallas de los pueblos;
privándolos de toda defensa. A l mismo tiempo fomentaba la
guerra civil contra la familia de Chindasvinto, siendo su t é r -
mino el triunfo de don Rodrigo, el mismo que^ desbordado
en sus pasiones y afrentando á la hija del conde don Julián,
fué la causa mas inmediata de la invasión de los mahometa-
nos. {Don Ildefonso Marzo, Reseña H i s t ó r i c a de E s p a ñ a , co-
mo parte déla Concordancia Geográfica de la P e n í n s u l a . Obra
inédita.)

FIN DB LAS NOTAS DEL APÉNDICE Á LA PRÍMERA PARTE


mi

é 9 é ó 9 6 f

SEGUNDA PARTE.
no?) 6(1

La constancia infatigable de Mahoma, su genio emprendedor y


belicoso, y el fanatismoque supo crear entre süs pueblos, todavía impul-
saban y removían á los conquistadores de la antigua Mauritania.
Gartago y sus grandes hombres eran sombras y ruinas; ya no re-
tumbaba el yunque niel alarido del combate en las playas de Yugurta;
Tan sólo la media-luna saludaba al Occeano. (1)
Los pacíficos destinos de nuestra nación estaban prócsimos á
desaparecer ante un enjambre de aventureros codiciosos. Otras cos-
tumbres, otra religión, los estragos de la guerra, el furor de la con-
quista iban á asolar la patria. ¿Quién hubiera dicho entonces que es-
tas hordas destructoras restaurarían las cienciasde los griégos; tendrían
por hijos los Averroes y Avicenas; alzarían un templo en Córdoba

(1) Véase la nota Idel Apéndice á la 2.a parte, que tiene por título: Noticia d*
Uohoma, de tu religión y doctrinas,con una sucinta idea de los pueblos que invadieron
la Península.
20
íM
fljue rivalizase al de la Meca, y nos darían los jardines encantados y la
caprichosa Alhambra? Solamente una divinidad en tan amargos dias
hubiera podido señalar la blanca página y los caracteres de oro ron
que debian ser inscriptos siete siglos de batallas, los hechos del Cam-
peador, el combate de las Navas, el asedio de Sevilla, U reconquista
de Málaga y la toma de Granadal!
En este periodo estraordinario, en que el valor español pugnaba
coa la bravura oriental, cuando los guerreros, sedientos de gloria y
de altos hechos, bajaban las enrogecidas lanzas y las afiladas cimi-
tarras para tender una mano de piedad á los valientes caídos, sin cu-
rarse de su culto ó su bandera, en este periodo, repito, disfrutaba
Málaga la prerogatira de un gran pueblo.
Sus estrechas y tortuosas calles, sus altas y envejecidas mura-
llas, Gibralfaro todavía con reveslimienlos árabes: la Alcazaba con
sus tres recintos y carcomidos torreones, la puerta mágnífica de már-
mol blanco de una antigua mezquita que vanamente ha desfigurado
la ignorancia, y en la que se lee aun: Solo Dios es poderoso, solo en
Dios está el valor (1); en fin, esa Atarazana ó Arsenal de los tiempos
de Abderrahman, son rasgos característicos .jue dan á nuestra ciudad
ese color del oriente con que llama la atención de los viageros y
esa idea de poder mas espresiva que las descripciones histó-
ricas .
Ecsiste frente de Consuegra el monte Calderioo ó de la traición,
en el que, según el padre Mariana, se concertó la entrega de la Es-
paña. Los historiadores árabes, confirmando estas tradiciones popula-
res, están contestes en que algunos cristianos de Gezira Alandalus, (2)
ofendidos de don Rodrigo, pasaron el Estrecho para suplicar á Muza
emprendiese la conquista.
Quinientos hombres solamente, á las órdenes de Thariq ó Tarie,
pisaron el monte Calpe que nombraban Gezira Alhadra ó monte ver-
de, el año de 710 de nuestra era. Asegurado del país por la in-
fausta victoria del Guadalete, y rendida Ecija, fué tomada Málaga sin
resistencia, á los dos años siguientes por Zaide Ben Kesadí el Seksekí
(3). El Xerif Aledris, conocido por el Nubiense, dice fué conquistada

(1) Guaila el Gani Allak; Guaita Galiba Allak.


(2) La península española fué llamada Alandulas no solo asta parte del Medio-
día del reino, sino todo el ámbito de esta vasta monarquía, cooliauaodo ]o» árabes el
nombre de Vandalosia que dieron tos vándalos á la Bétic».
(3) Conde.
145 f
por Muza Ben Nazir; y Casiri, en su Bibliottca Escurialense, afirma
entró en ella Tarée el año de 711. Sus antiguos muros romanos se
hallaban desmantelados, sus templos eran otras tantas ruinas, sirvien -
do los restos de sus pasadas grandezas para la construcción de sus
nuevas fortificaciones.
Medina Malka, ó ciudad de Málaga, fué la corrupción de sa
antiguo nombre romano: se hallaba enfrente de la otra ribera del mar
Xami (1) en donde estaban los pueblos africanos de Mezrna y de Be-
d\s, que corresponden á la embocadura del rio Nocor y la Go-
mera.
No haciendo referencia nuestros historiadores de los aconteci-
mientos de los árabes, sino en cuanto tienen relación con los sucesos
particulares del reino, creo importante recurrir á los intérpretes de los
preciosos manuscritos de aquel pueblo para la debida ilustración de
esta historia. En los primeros años que siguieron á la conquista, DO
se conocía otra ley que el despotismo de los gefes militares que con -
templaban á los pueblos como rebaños de esclavos, ecsigiéndoles im-
puestos y contribuciones arbitrarias. Los pacíficos muzlimes padecian
poco menos que los cristianos vencidos: crecia el descontento y la
mala inteligencia entre las provincias comarcanas y distantes, y ya
se preparaban para disputarse sus trofeos. España se hallaba divi-
dida entn* árabes del Yemen, egipcios, sirios y alabdaries, sin un
gefe que gobernase y mantuviese los pueblos en justicia. [2] Los
horrores de la guerra civil.parecían la consecuencia de esta crisis, pero
el buen sentido de los principales caudillos pudo evitar esta des-
gracia pública, eligiendo en 746 á Jusuf Abderrahman Ben Abi por
gefe superior de la conquista.
Este gobernador general alteró la división del reino, aun ecsis-
lente desde los godos, reduciéndolo á las cinco provincias de Andalu-
cía, Toledo ó Tolaitola, Mérida, Saracosía ó Zaragoza, y Narbona, en
el pais de Afranct la Francia. [3]
Sin embargo de las ventajas que se esperaban de la moderación
y talentos de este príncipe, volvieron á animarse las pasiones, rom-
piéndose las hostilidades. En tan horrenda cuita, 80 caudillos de Siria,

Mediterráneo.
Conde.
(3) Véase la nota II del apéndice á la i * parte: Pormenores de ta conquista
con el gobierno de fot Emires, hasta la instalación del califato de Córdoba.
\ 146
que afortunadamente rQ§ídian en España, se presentan en Damasco
pidiendo un gobierno justo. Abderrahraan, hijo de Moavia, descen-
diente de los califas, errante entre los beduinos, de un valor á toda
prueba y de cualidades relevantes, es elegido al momento. El anti-
guo gobernador general se indignó con esta nueva, y, como la sierpe
que se pisa [IJ hizo matar en el acto al portador del suceso: crueldad
que le arrebató su fortuna y que espió con su cabeza, ofrecida en
horrendo espectáculo á los habitantes de Córdoba.
El deseado príncipe desembarcó en Almuñecar entre las aclama-
ciones públicas. Elvira, (2) Almería, Málaga, Jerez, Arcos y Sidonia
[3^ se le unieron con 20 mil caballos, distinguiéndose el gobernador
de nuestra ciudad en asegurar su triunfo.
Este monarca, queriendo conmemorar la paz que habia alcanzado,
puso la primera piedra á la grande aljama ó mezquita de Córdoba,
que tuvo i 093 columnas, y puertas embutidas de oro: monumento
semejante al de Damasco, superior en magnificencia al de Bag-
dad, y solo comparable al de Aíacsa [4] rival del templo de
la Meca.
Antes que este último vástago de los Ben-Omeyas se hubiera sen-
tado en el trono de Córdoba y diera fundamento al Califato de Oc-
cidente, veinte y dos emires ó gobernadores fueron los gefes de la
España árabe, que, aunque procuraron alguna paz á sus naturales y
habitantes, eran mayores los males que causaron sus recíprocas ambi-
ciones, inveterados odios y perpetuas guerras.
Abderrahman, que en el infortunio (6) habia aprendido la verda-
dera filosofía, fué un iris para sus pueblos. Obras magníficas, reno-
vación de los antiguos caminos ó calzadas, comidas públicas para los
pobres, justa administración en el estado, y una sensibilidad esquisita,
son los signos que mas han distinguido á este'príncipe. Triste en medio
de la opulencia como el beduino del desierto, á cuyo lado pasara su
edad florida, improvisaba dulces versos, contemplando desde sus ver-

il | Figura del testo Arabe.


(2) La antigua Illiberis.
(3) Medina Sidonia.
(4) En Jerusaletn.
(3) Apenas tenia 20 años cuando la proscripción de su familia. Sus amigos 1«
ausilíaron para facilitar su fuga de los peligrosos palacios de sus padres. Se refugió
entre los beduinos y pastores del desierto, olvidando la opulencia de su nacimiento, y
acostumbrándose á la vida del campo. Era este príncipe de hermoso y noble conti-
nente, blanco, de bellos ojos zarcos y animados, magestuoso y apacible, y de elevada
estatura.
m
jelos retirados á la priruera palma, que, plantada por su mano, fué
conocida en España.

Tú también, insigne palma eres aquí forastera.


De Algarbe {1) las dulces auras.. .tu pompa alhagan y besan:
En fecundo suelo arraigas...y al cielo tu cima elevas.
Tristes lágrimas lloraras...si cual yo sentir pudieras:
Tú no sientes contratiempos...como yo de suerte aviesa,
A mí de pena y dolor...continuas lluvias me anegan:
Con mis lágrimas regué...la« palmas que el Forat riega;
Pero las palmas y el rio...se olvidaron de mis penas,
Cuando mis infaustos hados...y de Alabas (2) la fiereza
Me forzaron á dejar...del alma las dulces prendas:
Así de mi patria amada...ningún recuerdo te queda;
Pero yo triste no puedo...dejar de llorar por ella (3).

Sus sucesores, imitando á tan ilustre monarca, continuaron esos


originales monumentos que escitan nuestra admiración, impulsando
ese gérmen de literatura de los colegios de Córdoba que tan rica mi-
na ofrecen para la posteridad. En aquellos siglos y acia el resto de
la Europa en una general ignorancia; los obispos y abades sabían leer
únicamente, en tanto que nuestra España atraía de todas partes la
admiración de los pueblos. Al advenimiento del rey Hixem, se con-
taban en el reino 6 ciudades principales, 80 de crecida población, j
300 de tercera clase. Las márgenes del gran rio, Guadalquivir, se
decoraban con 12000 alquerías; la capital del imperio contaba 200000
casas, 600 mezquitas, 50 hospitales, 80 escuelas y 900 baños p ú -
blicos. La casa de Almanzor era una academia de sabios; el mala-
gueño Obada Ben-Abdaía Measomai Abu Becri escribía los paejores
versos de su tiempo y publicaba la historia de los poetas españoles.
Una sola de sus menores producciones le valió cien dinares de oro
y entrada franca en los palacios del Vizir. El monarca, deponiendo
sn grandeza, se mezclaba en las escuelas entre los mas humildes

(1^ Parle occidental.


(2) Los Beni Alabas fueron los perseguidores de los Ben Omeyas.
(3) He dividido déla manera que se nota la versificación del romance árabe,
para que el lector pueda jnzgar de es^a originalidad del testo, y se preste mas fácil
mente á su cadencia y armonía.
148
discípulos, recompensando á los maestros, ecsaminando los genios y
creando la mas noble de las emulaciones con sus propios discursos.
Las bodas del hijo de Almanzor parecerían una continuación de
las fábulas orientales, sino estuviesen acreditadas por los trabajos
científicos del sábio don José Antonio Conde. Toda la nobleza de
Córdoba, revestida de oro y preciosas joyas, acompañaba el triunfo
de la prometida virgen, haciendo vivos contrastes la marcialidad de
los guerreros, la gravedad de los jeques y cadies, con la hermosura
de las jóvenes doncellas, que, armadas de bastones de marfil y oro,
eran los centinelás seductores del pabellón de la princesa. Aparecía
el futuro esposo con la brillante nobleza de la corte, tlandiendo espa -
das aparentes para asaltar el escuadrón de las huríes que huían des-
pavoridas por entre el arrayan y los rosales» como tímidas palomas...
Los jardines suntuosos de Medina Azahrá (1) se iluminaban de repen-
te. El palacio de las 4300 columnas, de los techos de filigranas,
encages, azul y oro, de la multitud de fuentes hasta en los mas es-
condidos letiros, donde se admiraba el cisne también de oro, fabri-
cado en Constantina, y la perla que pendia de su magnífico ar-
iesonado, devolvía, entre tantos resplandores, la armonía de
los conciertos y los métricos elogios de los felices amantes; el misma
Almanzor, haciendo el principal honor del festejo, distribuía sus te-
soros á su pueblo.
Por estas agradables digresiones, entresacadas de la historia,
apreciarán nuestros lectores la importancia y esplendor de esa nación
árabe-española que tan mal se ha conocido, y que eminentes histo-
riadores, faltando á la imparcialidad, han confundido con el horror
y fanatismo de los campos de batalla.
Málaga, en el entretanto, completaba sus fortificaciones, aumen-
taba su población, se ocupaba de su comercio, participando de las
contiendas civiles ó de los beneficios de la paz; pero á la venida de
los normandos, que infestaron nuestras costas en 860, especie de
piratas aventureros escapados del Báltico y la Noruega, á quienes los
historiadores árabes llamaron Magioges, fué saqueada horriblemente
con Cártama y la Garbia (2) de Ronda. Aunque no osaron entrar en
lo interior de Andalucía abrasaron todos los pueblos contiguos al mar,
destruyeron muchos edificios y atalayas de la costa, y robaron hasta

(1) Fundación de Abderrahman Anazir en 935.


(•2) I.a Serranía.
U9
la célebre mezquita de Alhadrá (1) donde se conservaban las bande-
ras que lucieron en la conquista. Rechazados al fin por la caballe-
ría de Muhamad, se embarcaron atropellados para el Africa.
Permítaseme deducir de tal acontecimiento, que á los dos sigloi
déla toma de Málaga por los árabes, no se hallarian sus fortifica-
eiones en el estado completo de defensa que tuvieron en las épocas
posteriores, porque de otro modo hubiera resistido esta ciudad á se-
mejantes invasores, evitando el esterminio que les acompañaba por
do quiera. Esta reflecsion es de suma importancia f ara la armenia de
auestra historia y para oponerla á esas aserciones gratuitas y sin
critica que introduce el aufor de las Conversaciones acerca de la A l -
cazaba, que supone un ediík-io romaneen toda su integridad, cuan-
do ya tengo notado, con auténticos testimonios, que á la entrada de
los moros en Málaga, solo se hallaban ruinas de aquel antiguo
pueblo.
Cuando Suleiman reinaba en CóHoba, á principios del siglo un-
décimo, tuvieron principio las enagenaciones perpetuas de gobiernos
de ciudades y provincias, que creando otras tantas soberanías, fueron
causa de la ruina del Califato de Occidente. En las guerras civiles
que se suscitaron contra este príncipe en favor del infortunado Hixem,
(2) vemos que el goberna lor de Málaga Amer Ben Felh, en obser-
vancia de sus deberes, se defendió cuanto pudo contra los enemigos
de Suleiman, acaudillados por Aly Ben Hamud, señor de Algecira
Alhadrá, ó del territorio deGibraltar: aunque el monarca de Córdoba
se resistió tenazmente, fué decapitado por los rebeldes el año 1017
en espiacion de la muerte de su infortunado hijo.
Aly le sucedió en el imperio, manchado aun con la sangre de su
antecesor, bárbaramente derramada por su mano, mas no cumplien-
do las ofertas que hiciera á los conjurados, para restituir el trono
á los descendientes de los Omeyas, apesar de sus esfuerzos para soste-
ner su usurpación, como del apoyo eficaz de las tropas malagueñas^
fué ahogado al salir del baño por los soldados de su guardia; que así es
la providencia y tan visible se ostenta cuando pesan en su justicia lo»
crímenes de los hombres.
Proclamado su hermano Alcasin Ben Hamud, sin embargo de que
AbderrahmanAlmostadir, 5.° de este nombre y viznietode Abderrah-

Xerif-Edris.
Créese fué asesinado de órden de so padre.
150
man el grande, habia sido jurado con anterioridad por lamayor parte de
los pueblos, con el entusiasmo que inspiraban las virtudes de sus pre-
decesores, cometió todo jénero de crímenes para vengar la desastrosa
muerte de Aly; pero el hijo de este príncipe Jahye Ben Aly luego que
supo el fallecimiento de su padre y la usurpación de su tio, abandona
el Africa, donde residia con su numerosa caballería de negros de Sus,
gente aguerrida y feroz, y se posesionado Málaga, teatro después dé
mil combates sangrientos entre los dos pretendientes al usurpado trono:
apremiados, empero por Abderrahman, á quien estas discordias civiles
eran en estremo favorables, suspendieron sus hoslilidadesintestinas con-
viniendo falsamente en repartirse el mando del imperio, destruido que
fuera aquel lejítimo concurrente. Poco después, Jahye Ben illy, apro-
vechando la ausencia de su tio Alcasim, y apoderado de Córdoba, le de-
claró sin derecho á la sucesión del reino; pero cargado á su vez por las
armas de este príncipe, entre las quefigurabanlos contingentes de Má-
laga, se refugió en Gibraltar, en tanto que su tio, aborrecido y acosado
por el pueblo, huia disfrazado á Jerez para ocultar su ignominia.
La célebre batalla de los campos de Granada tan favorable en
sus resultados al lejítimo Abderrahman y que hubiera sido decisiva
para la reconquista del trono de sus abuelos, terminó con la muerte
de este rey en el momento de cantarse la victoria; una fatal saeta,
lanzada de la hueste enemiga, arrebató las esperanzas del pode-
roso partido de tan ilustre como desgraciada dinastía, cubriendo
de luto los mismos arcos triunfales erigidos en Córdoba para decorar su
entrada. Le sucedió Abderraman Almostadir Billa, (1) príncipe jóven,
hermoso, amante de las ciencias y de costumbres las mas puras. El
mónstruo que cebaba la sangre y la anarquía, abortado por las pasa-
das contiendas, pugnando tascar el freno suave de la justicia y de
la ley, inmoló á este príncipe en su propia cámara á los 47 dias
de su advenimiento al trono, como si en la negra página de los
destinos humanos hubiese trazado una mano fatídica el anatema de
proscripción de los Omeyas. Le sucede el perpetrador del crimen Muha-
mad Ben Abderrahman Ben Obeidala, sin que bastasen á contener los
desórdenes del Estado, su liberalidad, su amor á las artes, é ilustra-
ción propia, porque murió envenenado sin dejar un heredero. (2/

(1) Amostadir Billa quería decir el que confia en el ausilio de Dios.


(2) Véase la nota III del Apéndice á la 2.* parte: Idea del Califato de Córdoba,
ton m a reseña circunstanciada de todas sus costumbres y administración.

• i •-
151
Por esta breve noticia de los sucesos contemporáneos, se intro-
ducirá el lector en la historia de los reyes malagueños de la que voy
á dar cuenta en consecuencia de mi propósito.
Jahye Ben Aly Ben Hamud, que dejamos encerrado en Gibraltar,
ese rival formidable de Alcasim, es el primer rey de Málaga que
encontramos en la historia por los años de 4020. Sus estados compren-
dían á Gezira Alhadra, Ceuta y Tánger. Por su moderación y justi-
cia era amado de sus pueblos. Luego que supo la vacante del trono
de Córdoba, juzgó conveniente á su política encerrar en un estre-
cho calabozo á su tío Alcasim, temeroso de que formase otro partido.
Sus subditos, que tanto interés tomaban por su gloria, le impulsaron
á sentarse en aquel desierto trono de los califas de occidente. Ago-
viada la ciudad de Córdoba con el triple peso de la incertidumbre,
del furor y la anarquía, se conmovió toda á la entrada de este prín-
cipe, haciendo resonar en los aires su escssivo alborozo. Apeóse en
la gran mezquita para hacer sus oraciones, apareciendo después por
las calles, precedido de los vivas populares. Escribió á todos los go-
bernadores'de las provincias ecsigiéndoles obediencia; peroles mas
retirados se escusaron con protestos aparentes, y los mas cercanos
osaron despreciarle, designándole como intruso. El alma de Jahye se
indignó escesivamente con la desobediencia del Wali de Sevilla, y
queriendo hacer un escarmiento egemplar que intimidase á los demás,
previno á los alcaides de Jerez, Málaga, Sidonia y Arcos que marcha-
sen contra aquella ciudad, en tanto que se les reunía con los ginetes
de Córdoba. Se dió la batalla en las inmediaciones de Carmena el 7
de Muharram (1) de 1026 de nuestra era; pero Jahye perdió la vida
cosido de una lanzada á la silla de su caballo. Los caballeros cordobe-
ses y los guerreros de Málaga se retiraron afligidos á sus hogares,
mientras que la cabeza de aquel buen rey era ofrecida en espectá-
culo por las calles de Sevilla.
Consternada esta ciudad con la muerte de su monarca y estendi-
da la fatal nueva á los gobernadores de Africa, se les vió llegar
presurosos con Edris Ben Aly Ben Hamud, hermano del infortuna-
do príncipe, proclamándole su sucesor y nombrándole Alolui ó el
ensalzado. Era dadivoso y benigno para con los infelices: los poetas
celebraban en escogidos coaceptos su liberalidad y su justicia. Alzó

ii) Enero. ^
152
inroedialaraente la proscripción de los enemigos de su padre, res-
tituyendo á los desterrados sus antiguas propiedades: no se oyó
en el tiempo de su mando la queja del descontento; visitaba las
escuelas y los hospitales, dando no solo muestras de humanidad y sa-
biduría, sino derramando mercedes y beneficios por do quiera. Te-
nia por primer ministro á Muza Ben Afán, que tan indignamente
correspondió á su confianza, y por mayor general de su ejército á
Aben Bokina.
Naturalmente propenso á amparar al desvalido, prestó sus ar-
mas al señor de Azahila y de santa Maria, Huceil Ben Chdlf, que, l i -
gado con otros gefes inmediatos, se atrevió á menospreciar las ame-
nazas del rey de Córdoba. Sitiado empero en Carmena y próesimo á
sucumbir por falta de provisiones, se retiró con algunos centenares
de soldados á sus dominios de Ecija para implorar el socorro de
Edris, al mismo tiempo que su hijo solicitaba la protección de otros
príncipes. El general Aben Bokina salió de Malaga con un poderoso
ejército para sostener el combate que habia emprendido Zahanaga,
gobernador de Granada, quedando derrotadas las huestes del rey
de Córdoba, recuperada Carmona, y ocupada Atrayana, Triana, an-
tiguo y célebre barrio de Sevilla.
Entre estas guerras intestinas se pasaron varios años: acha-
coso el rey Edris y agoviado de vejez, pasó los últimos de una
vida consagrada á la virtud en los montes de esta ciudad, de-
nominados Yebasler, terminando sus dias el año 1039 de nues-
tra era. ^ nni nal tío ••¡•í-Uui ü oih ••<•:) nh
Sus sobrinos, los hijos del rey Jahye, que eran de menor edad
cuando la muerte de su padre, se educaban en Ceuta bajo la vigi-
lancia de un jeque muy honrado de Algeciras, llamado Abul He^iag,
protegidos por el eslavo Naja, gobernador supremo de los dominios
malagueños en Africa. Era farna, que aquel jeque, sabedor de la hor-
fandad de los principes, reunió á todos los negros que guarnecían el
país y les tuvo este discurso: «Ved los hijos de vuestro rey dispues-
«tos á daros la felicidad si los tomáis por caudillos, y si les prestáis
«vuestra adhesión y valor.» Entusiasmados los negros, desnudaron sus
alfanges para jurarles obediencia. Cuéntase que en tan interesante
escena, Muhamad, el mas jóven de los príncipes, espresó su gratitud
manifestándoles que mientras durase su vida cifraría su mayor honra
en ser gefe de los negros.
Sin embargo, á la muerte de Edris fué jurado rey de Málaga Jah-
153
ye Ben Edris, conocido por Ayan, á esfuerzos de Aben Bokina, y con
general contento del pueblo; pero luego que el Eslavo Naja se ente-
ró de estos sucesos, cruza precipitado el Estrecho con Hacera Ben
Jahye, sobrino mayor del rey difunto, de cuya voluntad disponia, y
se presenta en esta ciudad decidido á coronarle. Aben Bokina, de-
fensor del rey jurado, le hace frente con sus valientes oficiales y
le obliga á refugiarse en la Alcazaba, favorecido por su alcaide. Es-
trechado en esta ciudadela, falto de víveres y en inminente riesgo de
entregarse á discreción, capituló al fin, reconociendo á Ben Edris
por rey de Málaga, reservándose el gobierno de los dominios del Afri-
ca, y estipulando por condición especial, que el poderoso comerciante
Axetaifa, parcial del Eslavo Naja, quedase de primer ministro de
aquel príncipe.
Hacem se hallaba casado con su prima, la hermosa Asafia, cir-
cunstancia que fué origen de su muerte prematura, perpetrada por el
eslavo Naja, ambicioso de su lecho y su ventura. Tan inesperada ca-
tástrofe originó una contienda entre los parientes de la víctima; pero
el intrigante asesino, aun favorecido de la fortuna, logró posesionar-
se de Málaga con fuerzas considerables de mar y tierra, ayudado por
el traidor Axetaifa, que le entregó á su rey dentro de su mismo alcá-
zar. Este triunfo fué de corta duración, como todos los que se deben al
crimen, porque al intentar el eslavo cometer un segundo asesinato en
el cautivo Ben Edris, fué hecho pedazos por los soldados malagueños,
pasando un desfiladero, con muchos de sus adictos. Alborozada la cm -
dad coa tan feliz nueva y resentidos los ánimos con la opresión del
valido, despedazaron á Axetaifa y proclamaron otra vez á su mo-
narca, que no perdió ni un solo instante en atajar la efusión de
sangre y los desórdenes inseparables de estas contiendas ci-
•jfffPfrí oesofi pim í-f iáeñ pJnoífriB. uno ob ob'má ¿k^íinl .esetí oh ©Jftfj
Estinguida en el entretanto en Córdoba la sucesión de los Omc-
yas por las maquinaciones políticas de los magnates que procura-
ban establecer su grandeza sobre el esterminio de tan íncli-
ta dinastía, como por la desconfianza supersticiosa del pueblo que du-
daba de su fortuna, fué elegido digno de tan ilustre trono el virtuoso
vizir Gehwar Ben Muhamad, hijo de los antiguos cancilleres del impe-
rio. Por la nueva forma que dió á su gobierno se notó inmediatamente
su prudencia y sabiduría, así como por el modo con que logró atraer-
se á los partidos. Los disturbios que pesaban sobre Málaga afligian
su corazón; viendo desestimados sus paternales consejos, deler-
154
minó con la fuerza reducir á la razón á los diferentes príncipes de
tan vasta monarquía; pero cuando iba á ejecutarlo, le arrebató la
muerte en el año 4044 de Jesu-cristo. Sucedióle su hijo Ben Gehwar
Abjil' Walid.L? hif.-lov c^oo sb .oífiolib ve-i feb lovfsm cfliiVírté ^vdtl
Fué por estos tiempos cuando Jahye Beñ Edris, siguiendo la po-
lítica de sus antecesores, acudió con sus ejércitos á favorecer á su
amigo y aliado Habus de Zanhaga, señor de Granada; pero duránte
su ausencia, Muhamad, gobernador de Algeciras, se introdujo en Má-
laga, incorporándose con los negros africanos que defendían la Alca-
zaba, quienes le proclamaron entre el estruendo de las armas. El
pueblo, empero, que amaba á su legítimo monarca, sitió inmediata-
mente á los invasores, avisó á su rey del peligro que corrían y ani-
mados con su presencia hicieron reducir á su adversario; pera el cle-
mente Jahye Ben Edris le mandó partir al Africa confinándole en el
castillo de Hisn Airache, Larache; se posesionó de Algeciras, y ori-
llando las dificultades creadas por sus enemigos, se hizo dupño igual-
mente de Tánger y de Ceuta, en cuyas plazas, el pueblo, que detes-
taba á los eslavos, lo sacrificó inhumanamente á la vista de
su rey.
Las nuevas revoluciones del año de 1068 contra el anciano rey
Jahye contribuyeron á destituirle de un trono que no supo defender,
y á que terminase sus días en una estrecha prisión.
Su primo Muhamad Ben Akazim Ben Aly, gobernador de A l -
geciras, que cooperó por destronarle, le sucedió en el reino, conti-
nuando sus guerras contra el rey de Sevilla que se había introducido
en la Axarquia: esta contienda fué larga, porfiada y funesta para él
príncipe de Málaga. Cuando se disponía á traer en su ayuda nuevos
contingentes del Africa, y reparar la derrota que habia sufrido de-
lante de Baza, falleció herido de una ardiente fiebre que acaso le pro-
ducirían sus propias agitaciones y disgustos.
Alsim Almustadí era el mayor desús ocho hijos varones y el que
ocupó su trono en el año de 1072, época de aquel gran temblor de
tierra, cuyos estragos encarecen tanto los historiadores árabes. Co-
menzó en el primei día de la luna de Rabié (1) y duró hasta el

, Í.IM5(> de los árabes es lunar' y el coinun consH de 334 dias, y el inter-


calar de 355: como difiere de! nuestro en 10 ü i l dias. acontece que el 10 ú 11
de Enero es el primer día de su año ó de su mes Muharran. En el espacio de
34 inos recorre el primer día de un año árabe todos los doce meses de un año nues-
tro: circunstancia de mueba importancia paralas concordancias cronológicas.
155
último de la Giumada segunda de dicho año, que corresponden á los
meses de Marzo y Junio: todos los edificios, domos y alminares se
convirtieron en ruinas; perecieron muchas personas, y no cesó de es-
tremecerse la tierra en tan dilatado intervalo. El nuevo rey, cada
vez mas estrechado por el caudillo y monarca de Sevilla, Aben Abed,
no tuvo un instante de reposo hasta que perdió la ciudad de Málaga
y Algeciras, viéndose obligado al fin á buscar en Africa un ausilio con-
tra la adversidad de su suerte.
En este príncipe desaparecen los reyes malagueños, porque el
poderoso conquistador dió e! gobierno de esta ciudad al valiente
caudillo Zagut, único enlre los capitanes del rey de Sevilla que no
asintió á que se llamare á España al gefe de los almorávides de Afri^-
ca, Jusef Ben Taxfin, para oponerlo á las conquistas de Alfonso VI
de Castilla. «Estad unidos, decia Zagut, y venceréis á nuestros ene-
»m¡gos los cristianos; pero nunca permitáis que los moradores de las
«arenas ardientes del desierto pisen los campos de esta deliciosa
»patria.» Fué desoído y sacrificado por este parecer, debido á su
sabiduría y al esceso de su patriotismo; por que tal era el conflicto de
los moros andaluces en la época que ecsaminamos.
Reasumiendo las anteriores noticias, fijaremos de este modo la
cronología de los reyes malagueños.

Años
de J . C. Reyes de. Málaga.

1020. Jahye Ben Aly Ben Hamud.


me. Edris Ben Aly Ben Hamud.
1039. Jahye Ben Edris Hayan.
1088. Muhamad Ben Alcasim Ben Aly.
1072. Alzim Almustadi.

No obstante, don Cecilio García de la Leña, refiriéndose á los


datos de su siglo, recusados en mucha parte por los autores mo-
dernos, exhibe siete reyes en Málaga, tampoco semeiantes á los
que ofrece esta historia, que me veo en la dura necesidad de su
análisis para ilustrarla como corresponde.
Jahye Ben Aly Ben Hamud, primero de nuestra cronología, es
también el primero del autor de las Conversaciones, aunque bajo el
156
desBgurado nombre de Haly Ahenhamit: (1) le hace morir en un
baño el año de 1017, siendo sa muerte en una accionde guerra delan-
te de Carmena á principios de 1026. El sucesor que nos presenta
es Hyahia, que no puede combinarse con Edns Ben Aiy Ben Hamud,
segundo de nuestra cronología, proclamado en 1026 de Jesucris-
to, y fallecido en 1039; porque el padre la Léñaselo le da un año
de vida, desde el 1023 hasta el 1024, aplicándole los sucesos de su
predecesor en la breve ecsislencia que le concede. Sigúese el tercero
de nuestra serie, Jahye Ben Edris Hayan, que corresponde en algún
tanto á ese Hali Ydriz que introduce; pero aquel fué jurado en
1033,y no quince años antes como dice nuestro autor: añade que
este príncipe vino desde Africa á Málaga solo por el deseo de coro-
narse, y le confunde en mucha parte de su historia con el protegido
del eslavo Naja que tomó y abandonó la Alcazaba. A Zagut, caudillo
y gobernador de esta ciudad, por el rey de Sevilla Aben Abed en
1072, lo introduce nuestro crédulo padre la Leña, como cuarto Rey
de Málaga, catorce años después, dejando 40 de interregno desde
la muerte del tercero de su incomprensible cronología. Luego da por
quinto rey á Elis Benjahie Abu Raphe Beohamud, llamada Alali, quien
nada se parece á Alzim Almustadi, último monarca de esta ciudad,
y que solo puede referirse al segundo rey de Málaga Edris Ben Aly
Ben Hamud, el Alolui, ó el ensalzado, que ocupó el trono 60 años
antes, como podrán juzgar nuestros lectores. Los tres últimos reyes
del padre la Leña no aparecen en la historia de los árabes: son una
monstruosidad cronológica y una consecuencia del pueril anhelo de
este escritor de presentar monarcas malagueños antes que los tuvie-
se Granada.
Siendo Casiri el principal fundamento que pudo encontrar el
autor de las Conversaciones para trasmitir estas noticias, no estraña-
rán tanto los que leen estos apuntes la insuficiencia que presentan,
comparadas con la ventaja de mis datos. Sin el infatigable Conde, yo
hubiera corrido á tientas por la historia de los árabes, porque ya
está fuera de duda que la Biblioteca Escurialense de aquel eru-
dito maronita está llena de equivocaciones notables en ios frag-
mentos que tradujo, llena de confusión en las personas, los lu-
gares y los tiempos; comparándosela finalmente á los relámpa-

(1) Tomo 2,° página 239, Conyersaciones Malagueñas.


157
gos que deslumhran al que recorre sin otro guia por entre I03
oscuros sucesos de aquella célebre nación. (1)
El pueblo godo cristiano, que quedó vencido en Málaga en la épo-
ca de su conquista, pudo entregarse hasta el año de 754- (2) al
libre ejercicio de la religión de Jesucristo, conservando sus obispos,
algunas de sus gerarquías y la antigua legislación de sus padres.
Aun cuando el apóstata Ho4egesis ecsistiera, como dice el padre Flo-
rez, por los años de 845 para escándalo de los fieles que le eligie-
ron por su pastor y maestro, sucediéndole otros varones mas digno?
en el azaroso episcopado, probaria esto únicamente de que la luz
del Evangelio iluminó por mas tiempo á las generaciones cristianas
que se fueroo presentando; pero es mas que verosímil que antes del
siglo X ya estarían estinguidos aquellos consuelos piadosos ante el
ejemplo dominante de una religión risueña, favorable á las pasio-
nes, y predicada de continuo. (3) La ecsisteneia de Amasuindo, cu-
yos restos se han encontrado en el cerro de Jotron, y unánimes han
publicado Aldrete, Masdeu y Roa, sin destruir mi congetura, espar-
cen en nuestro espíritu la consoladora idea de que hubo un cristia-
no venerable, que, superior á las desgracias de la patria, llevaba en
su corazón el heroísmo y la virtud de la iglesia perseguida. El dul-
ce nombre de este anacoreta, el sencillo elogio de sus trabajosos
días, las sublimes doctrinas que inculcara entre el corto número de
fieles que le aclamaban su padre, pueden decir mucho al alma que
léjos de las vanidades y miserias de la vida se acerque á su mo-
desto sepulcro en el templo de la Victoria. (4)
Siguiendo el hilo de los sucesos enlazados con nuestra histo-
ria, se presentan los pincipes almorávides que tanto había temi-
do Zagut, llamados por el rey de Sevilla, para posesionarse á su
vez de la nación árabe española. Hijos de la cabílá aventurera
de Lamta, que pretendía descender de losZahanagas del Yemen, nó-
madas del desierto, impulsados por un alfaquí de Fez .jue encontra-

(1) Véase la nota IV ds\ apéndice á la 2.' parle: Estado sucesivo la Es-
paña árabe á la extinción del Califazgo, é iluslraciones á la histoma de los reye*
malagueños.
(2) Isidoro Pacense.
(3) Véase la nota V del apéndice á la 2.* parle: Noticias de los obispos de
Málaga mientras la dominación mahometana, con nuevas aclaraciones del anacoreta
Amasuindo.
(4) Se halla en la capilla de la Asunción, costeado á espeosas de) canónigo
magistral don Onufrio Morales.
158
ron casualmente, y guiados por Jusef Ben Taxfin, conquistaron to-
da el Africa y fundaron á Marruecos en el año de 1070. ünia es-
te caudillo á la hermosura de su rostro un alma noble y generosa.
Austero, grave, negligente en sus adornos, dadivoso en demasía,
abstinente y moderado, parecía haber nacido para las altas empre-
sas. ¿Qué estraño podrá parecemos que agoviados los moros espa-
ñoles con las victorias de Alfonso VI recurriesen á este afortunado
guerrero para salir de su conflicto? De poco servia al rey de Sevi-
lla, Aben Abed, haber dado por esposa su hija Zaida al monarca
castellano: zo/.obraba su corona y el peligro era inminente.
Toledo estaba rendida y Zaragoza cercada, cuando Jusef Aben
Taxfin desembarcó en Gibraltar en 1086 de nuestra era. Ensober-
becida aquella gente fiera y bárbara con el progreso de sus ante-
riores triunfos, entran á sangre y fuego por las tierras de Castilla,
apoyados por los príncipes andaluces, y sm respetar los pueblos que
eran el dote de Zaida (1) humillan al ejército de Alfonso en los
campos de Zalaca ó de Cazalla, el dia 14 de la luna Regeb (2) del
propio año. Nuestros historiadores no han querido detenerse en des-
cribir una jornada tan infausta; pero los árabes nos dan todos sus de-
talles; aun el mismo Aben Habed la cantó con estos versos:

Ira de Dios á la cristiana gente,


Cruda matanza por tu espada envía:
Al cielo anuncia el hado de victoria
Y álos muzlimes venturoso dia.

No obstante tan señalado triunfo, los príncipes cristianos adelan-


taban en la conquista. El alma de Pelayo parecía transmitida en es-
tos bizarros adalides, dando el carácter de heróica á la empresa san-
ta de la libertad de la patria. Castilla, unida con León, iba á ser
una potencia poderosa. Aragón, fuera de la estrechez del Pirineo y
enlazado con Cataluña, correría con sus conquistas aun mas allá del
Segura. Portugal, sin mas alianza que su valor, estendia sus linde-
ros hasta el promontorio Sacro. Don Ramiro I había fundado su patri-
monio con la espada; don Alonso el Batallador era un general que

, , .

(1) Cuenca, Uclés y Huete.


(2) Julio.
159
contaba sus victorias por sus acciones gerreras, y D. Jaime I era
otro héroe, que sentado sobre tres reinos, brillaba con las coronas
de su poder y de su gloria. Los soberanos de España rendían en fin
un homenage á D. Alonso Ramón, y el apellidado el Noble iba á
quebrantar en las Navas el orgullo mahometano.
¡Grandioso era ciertamente el cuadro de la nación española en
la época que describirnos! Toda la Europa, impulsada por un monge,
estimulada del pillage, llevada por el fanatismo, corria presurosa á
Palestina; y Córdoba y Sevilla, las ciudades mas opulentas y pobla-
das del continente, iban á besar los pies del santo rey D. Fernán
do. Aquel tropel de naciones, que apenas arrojaban doce héroes
para que los inmortalizara el Taso, vivían sumidas en la ignorancia,
en tamo que nuestros árabes, honrando la literatura, ofrecían una
escuela de universal saber á todos los pueblos del mundol
Pero volvamos á mi asunto: obligado nuevamente Aben Abed á
implorar el ausilio de Jusef para contener á los sublevados, viose
á este príncipe desembarcar en Málaga con un formidable ejército,
uniéndosele Temin, hermano del rey de Granada y gobernador de
esta ciudad. Renuévanse las batallas, acrecéntaase los triunfos de
este venturoso caudillo; pero apenas hahia logrado restablecer el
predominio de los muzlimes en España, lanza del trono de Sevilla
al rey que le habia llamado y anuncia con este hecho que princi-
piaba en su persona la segunda dinastía de los soberanos de Cór-
doba. Sin embargo, no pudo ser duradera, porque ya los Almohades,
nacidos de una divergencia religiosa, disputaban en el Africa el i m -
perio de Taxfin. Otra larga lucha, varios sucesos favorables, la in-
surrección de la España almoravide por este pueblo ortodoxo que
se titulaba la Luz(1), los desórdenes de los dominadores del reino
y la infatigable inconstancia de los acontecimientos humanos contri-
buyeron á arrojar al otro lado del Estrecho á esta nación orgu-
llosa.
Málaga se declaró de las primeras en favor de los almohades,
obligando á los almorávides á retirarse á la Alcazaba con su walí

«!

(1) Pretenden los historiadores árabes que AMÍU Ó la luz era el sobre nombre
de Thamur Eoigar, descendiente del profeta y el primeio que predicaba la nueva
doctrina religiosa. Se le designaba a5Ír porque tenia por costumbre encender la luz de
la mezquita.
160
Almanzor Ben Muhamad Ben Alhag, siliándolos estrechamente por
el espacio de siete meses que lardaron aquellos en posesionarse del
reino. Conquistada esta ciudad, quedó por alcaide de ella A l -
kakin Ben Hasmin, célebre por la hospitalidad que dio al goberna-
dor de Ronda cuando se hallaba perseguido. Era por este tiempo,
M7G, cuando el valiente capitán Aben Sad, llamado Ben Abder-
rahman Eloski, de Talavera, falleció en Málaga con sentimiento ge-
neral de cuantos le conocían; fué escelente poeta y guerrero dis-
tinguido. Sus obras se conservaban en Marruecos: se le hizo un en-
tierro suntuoso, depositándose sus restos en la vega de esta ciudad,
y plantándose al rededor de su sepulcro varios árboles frutales.
Cuando Alfonso VII, en época posterior á estos aislado? suce-
so?, tuvo por conveniente pedir ausilio al rey de Granada Aben
Alhamur, para adelantar sus conquistas, era gobernador de Málaga
uno de los Beni Escaliolas, que figuró con sus ejércitos en el sitio
de Niebla. También el monarca árabe estuvo en nuestra ciudad por
los años de 1:¿37 conferenciando con sus generales y privados sobre
el modo de romper una alianza tan contraria á sus propios intereses.
Fué anulada efectivamente, pero el walí de Málaga, sobrado orgu-
lloso para disimular algunos resentimientos contra su rey, unido con
los gobernadores de Guadix y de Gomares, se declaró por Alfonso,
siendo el primer fundamento de la división intestina que destruyó
para siempre el imperio de los muzlimes de España. Consecuencia
de esta rebeldía fué la toma de Jerez, Sidonia, Rota, S. Lúcar,
Lebrija y Arcos, porque atacada el rey de Granada por sus propios
subditos á las inmediaciones de la capital, no pudo atender aquellas
plazas. En Málaga y Algeciras hallaron asilo los infelices habitantes
de Jeréz, que en pelotones y taifas se asian todavía á este suelo de
la cuna de sus padres: tan difícil es el sacrificio de los encantos de
la patria! El desgraciado Alhamar no pudo soportar estos reveses, y
falleció en 1273, cuando marchaba á oponerse á los rebeldes. Su hijo
Muhamad le sucede, aunque heredando también la fatalidad de sus
destinos. Abandonado de sus cortesanos, que se unieron al walí de
Málaga, aun cuando quedase victorioso en la batalla de Antequera,
sufrió la humillación de ir á visitar en el centro de su corte al so-
berano de Castilla que lo presentó en espectáculo al armarlo caballe-
ro; procurando con esta honra de la época alejarle de sus pesares y
envolverle en su política. Muhamad, que tenia todas las gracias de
una florida juventud, que hablaba con elegancia el español, que era
16 í
avisado y discreto, comprendió sobraiamenfó que el espíritaíRctósteí
corte de Córdoba se encaminabd á str ruina. Escribe1 ihniefcKaíaiBW
te á Abn Juzef, poderoso rey de Africa, lo estremado oéei i'a^píísgo
y la necesidad de sus socorros. Preséntase este monarca) cohnunonii^
meroso ejército ante los walies rebeldes, que in^uficitthtefeoew ftiflp»^»
le salen á recibir, reconciliándose en seguida con el lirínbípe.de ©raw
nada y marchando de consuno á repeler á los crist>fcnM586loñ oidn »
Pero no fué muy duradera la sumisión aparente*í4ebíref0fl[rRto^
walí, porque ajustadas las treguas con los cristianos,^vel5rlíá»á>"Cofea3rí>í
tarse con Alfonso, poniéndose á su obediencia. Emperooeli'ríJr'jIJuMíí
que empezaba á comprender el influjo y prepotencia dteft gbbcifiíídor
de Málaga, entre amenazas y promesas le hizo partir fracaJ MbP^ae'ig
eos á tomar posesión del alcázar de Ketama con cfuéiJpretórtiliéoli^i'í
demnizarle. Así terminaron tan funestas diferencias1, ipéflr©?G|f|íitíH¡aua
dor Ju<ef puso por gefe de esta ckudad á Ornar BertpJifóhlyNíilfpjiegííSí
con inmediata dependencia de stK (^rderié». idióüi ftol CIJÍIOD BI
Indignado Muhamad de unos conciertos que le arrebiftailsáfl^ta^í'
ya mejor de su corona, y rto pudiendo abiertarnent^1 drsptftbrlííptfÉr^^
muló su sentimiento, y cultivó su amistad con ü . Sanel^itl^ GáfeliflíF,e
en tanto que se le ofrecía la reparación que anlíel^b^. bi^storíacísfeot
siempre el homibre, ¡disimulado cuando débil, usurpada41 ^e^llQflft^
'^SViilil^trf'iWftW^iÉ^ ijtnf] sqionhq Isb lovébeo Í 9
La muerte de Jusef en 1286 y las dí'ulivas del rey 'de^dfcaftád^
inclinaron á Ornar el Batuy á presentarle vasallage, péf^íH1 los
inútiles esfuerzos de Abu Jacub para vengar su trafcí6t|Í',^f'éif5l;SklóSé'
á Salobreña, y le reemplazó en el mando de esta citídád' éí'disffliJ^
gi^idq Ferag Ben Nasar, hermano político de Muharíia^ ^tfe^rftftPs^'
acreditó en la toma de Ceuta el año 1306. Estaba^átehd^Mcttff^n^
hermana del rey» y sus hijos Ismael y Muhamad ocirpaíi%á íMériiati^
vamenteel trono granadino. Era tan poderoso el influjo de e^te Wálí'p
que pudo con sus intrigas escitar una rebelión en l'a caffftál del ^ino
para deponer á su monarca y proclamar á su hijoj períi' to^ó*11H
roano d(íl Eterno se hace frecuentemente visible en los s ú b e o s del
hombre, permitió que este príncipe usurpador, despues'id^ ^ tbi!^
quista de Martes, de su recepción magnífica en la risuetó Granada,
muriese cosido á puñaladas por el resentido Aben Ismael, híjóOder
walí de Algeciras. Este caudillo, que habia salvado de la licencia de
la soldadesca á una jóven de peregrina hermosura, casi á ! éáfétisas
de su vida, no pudo tolerar que el impudente rey de Granada la
163
abuelos, restituía á esta nación perseguida á su barbarie primitiva
y a) furor de los primeros diasde la conquista.
En medio de esta civil discordia, y de una destrucción tan intes-
tina como funesta, la civilización, las artes, la galantería y la indus-
tria arrojaban sus primeros reflejos sobre la hermosa Granada. La
Alhambra se concluía con sus delicadas y transparentes formas, con
sus aposentos encantados. En aquella célebre colina, que parecía una
esmeralda sobre la falda nevada de la sierra, admiraban los jardines
y ios altos surtidores. La molicie de aquel clima, ese culto á la be-
lleza de las moras andaluzas, las justas y los torneos alternaban con
las costumbres guerreras y con la ferocidad de las batallas. Débiles
aquellos príncipes para resistir como antes á los fuertes castellanas,
pedían treguas y mas treguas por adquirir algún respiro para con-
certar alguna empresa, para preludiar una alianza, ó para di-
latar el anatema. La comunicación de entrambos pueblos era casi
indispensable por parte del decaído, en razón de que la inmensa
capital, abundando en manufacturas y en objetos de las artos, tuvo
que deponer el fanatismo para dar fácil salida á sus ricas produc-
ciones. Traficantes de Siria, Egipto, Africa, Italia y otras naciones,
cristianos y judíos, todos los pueblos vecinos, unos desembarcando en
Málaga ó Almería, y otros cruzando la inmensa vega entraban en la
metrópoli para comprar sus ricas sedas, sus olorosos búcaros, sus te-
jidos de lana y sus frutos esquisitos.
La población de Málaga no se estendia en aquellos tiempos, co-
mo ahora, fuera de sus altos muros, porque aunque ecsisten vesti-
guios de edificios en algunos de sus arrabales, y se conserve memo-
ria deque habitaban algunas familias esteriormenle, debemos atribuir-
lo á que corresponderían aquellos restos á las casas de campo de las
huertas, ó á que estos moradores dispersos serian esos moros sin
fortuna que refluirían incesantemente de los pueblos conquistados. El
castillo, mejor defendido que hoy, tenia una muralla doble con cuatro
puertas practicadas sobre la Alcazaba, Mundo Nuevo, campo de la
Victoria y Caleta del Marqués, ahora Campo deReding. Además de
sus fuertes torres, contaba seis baluartes, alzándose por el lado orien-
tal una alta torre á ITsJ varas sobre el nivel del mar. Aun ecsisten
sus vestigios, como los del pozo Airón que entonces fué muy profun-
do, reuniendo esta fortaleza varios algibes y baños para la comodidad
de su guarnición.
Jla Alcazaba ó fortaleza de la Cwesía, según verídicos intérpre-
164:
tes (1), aunque pudiera ecsistir desde la dominación romana, fué cons-
truida por los árabes,como he demostrado en esta historia. Abderrah-
man III de Córdoba perfeccionó sus defensas, aumentando sus mura-
llas y sus torres en 1279,(2) dándola esa forma inespugnable que
aun conservan sus rumas. Todavía es fácil juzgar de su comunicación
interior con la ciudad por la estructura de sus puertas. Tenia HO
torreones principales, tres murados recintos, un camino cubierto con
el castillo y 15000 moros gome res de gnarnicion, en los dias de la
conquista.
Comunicaba con Gibralfaro por una puerta de hierro, coronando
siete torreones la línea de murallas paralelas al mar. Dentr© de la
misma esplanada donde está ta Aduana Nueva se hallaba la de los mo-
ros: este edificio tuvo-tres portadas atlas que daban frente á lasaguas;
pero como todos los historiadores convienen en que Málaga no tenia
mas que cinco puertas en el momento de su conquista, he creído que
este bazar de la marin* se apoyaría contra los muros é e la ciudad y
la Alcazaba sin estorbar sus defensas.
Desde esta cindadela continuaba el maro frente la línea del mar
hasta el callejón de \os Siete Arcos, abierto en el propio terreno del
café de la Marina, donde se elevaba un cuadrado torreón, cuyas en-
tradas y salidas interiores fueron origen de aquel nombre. Desde este
ángulo saliente volvía el muro á la derecha, siguiendo casi una recta,
hasta tocar á Atarazanas. La puerta de Espartería era una de las cin-
co entradas de la ciudad, y correspondia al paraje que aun conserva
esta denominación. Los muros de esta cortina son visibles y ofrecen
su originalidad y aspecto árabe en la calle de Pescadores, notándose
la repetición de sus reductos de menor altura que en las demás lí-
neas del recinto, acaso porque la procsimidad del mar completaría
su fortificación.
El arsenal 6 Atarazanas se adelantaba á la muralla, como ve-
mos al presente, con sus grandiosas bóvedas y su templo de Abderrah-
man. La elevada torre Gorda, que fué llamada por los moros Borchs
Hayta ó torre del Clamor, por que desde su plataforma anunciaba la
oración el alfaquí de la mezquita, ocupó el terreno que está enfrente
de la torre occidental de Atarazanas, como enseñan algunos de sus

(1) Diego de Urrea y López de "Vclaseo,


(2) Garibay.
165 I
vestigios. Parece fué un edificio aislado que con posterioridad se unió
á la torre de !a mezquita. Lo batian las olas del mar, así como el ter-
reno que se estiende delante de los muros hasta la puerta de Siete
J&tb§¡¡ftoÓt$ 8§l j.í) 'üH! i i üíi,»KJíj-¡^T)o;) oa ^jUkuUmi mía «mipif oorm
El que circundaba á Atarazanas por el lado de la plaza de Arrio-
la se unia con la muralla que ven/9 en línea recta desde el mesón de
la Albóndiga hasta el puente de santo Domingo, según puede aun no-
tarse poi sus cortes á la entrada de la calle de este nombre. Aquí
estaba la segunda puerta de Málaga, practicada en una de las dos eler-
vadas y fuertes torres, que, interrumpiendo la muralla,eran las cabe-r
zas del puente de piedra de Guadalmedina, construido sobre cuatro
arcos en el propio sitio donde hoy vemos el de madera, tan indigno
de una ciudad opulenta.
De este torreón de entrada continuaba el muro por la curva del
pasillo de Puerta ¡Nueva hasta la Puerta de Antequera, la tercera de
este pueblo, correspondiente á la salida de calle de santa Maria de la
Cabeza. En el centro de este lienzo habia un baluarte que se derribó
para abrir la Puerta Nueva en 1651. Desde aquí seguían rectas las mu-
rallas hasta la Puerta de Buenaventura, la cuarta de la ciudad, y que
aun podemos conocer en su integridad primitiva.
Desde este punto iba e! muro sin interrupción por la espalda de la
calle de Alamos hasta la Puerta de Granada, quinta y última de las
cinco practicables de esta ciudad: ocupaba todo el solar de la entrada
de esta calle y era la mas fuerte de Málaga. Construida sobre tres
arcos y decorada con cinco llaves, esculpidas sobre el que daba
frente á la población, figura que se atribuía á las cinco puertas que
he indicado, ó á los cincos preceptos del Alcorán como han pretendi-
do otros. Eran fortísimo> los muros que apoyaban á esta puerta, y
frecuentes las torres que concurrían á su defensa. De la línea fortifi-
cada partía un semicírculo de muros dobles por delante de est a puer-
ta, flanqueado de torreones se estendia por la espalda del convento de
la Merced, Molinillo, torre de la Goleta, concluyendo en el baluarte
que ocupaba Puerta Nueva. Dos eran los principales, y costó mucha
sangre su posesión al egército cristiano, como notarán nuestros lee-
res por el curso de esta historia. En este recinto circular recojian los
moros sus ganados por las noches.
Desde la izquierda de la puerta de Granada iba la muralla rec-
ta á unirse con la Alcazaba por uno de los frentes de la torre del
Tiro, como puede verse aun hoy por los restos que se encuentran
166
en los patios de las casas de la Alcazabilla; atravesaba la iglesia de
Santiago, y acaso el primer cuerpo de la torre de esta parroquia
seria la de alguna otra mezquita, de la que no cosiste memoria, si,
como parece mas probable, no correspondió á una de las fuertes de-
fensas de esta entrada.
En todo el círculo que acabamos de recorrer, y que hemos com-
probado físicamente para ilustración de estos apuntes sobre los inter-
rumpidos trozos y perdidas huellas de las murallas antiguas, se le-
vantaban 74 torres, que unidas á las de la Alcazaba x Gibralfaro,
completaban las 200 torres árabes que defendían este pueblo y le
daban ese aspecto formidable y orijinal de los días de la conquista.
Las fortificaciones avanzadas ó esleriores que tuvo Málaga en-
tonces consistían en varias torres que protegían stis arrabales, como
la del convento de Carmelitas Descalzos, la contigua á Zamarrillas, la
del recinto de la Goleta, las dos de la línea del Guadalmedina, que
llamaron los cristianos de la Zambra y de la Reina (1) y la inme-
diata al Guadalhorce donde asistía el Santón árabe Beljair. La torre
del Atabal descuella, como entonces, á la izquierda del camino de An-
tequera, y era célebre entre los moros malagueños, porque, constituida
en santuario, celebraban anualmente en su recinto al compás de los
atabales y añafiles á una moger virtuosa que moró en aquel paraje.
Los edificios públicos de Málaga eran las Atarazanas, el palacio
de los reyes moros de la Alcazaba, nombrados cuartos de Gra-
nada desde la venida de Alhamar. La mezquita mayor ocu-
paba el patio de la parroquia del Sagrario y el callejón de la entrada
desde su sacristía á la Catedral. Otra mezquita mas pequeña que se
llamaba la menor estuvo cerca déla puerta de los Abades, dos en la
Alcazaba y Gibralfaro, otra en el solar de san Telmo, y otra en el
del Conventíco.
Fuera de la puerta de Granada había una especie de caravansera
ó de posada pública para los moros del interior, en cuyo solar se fundó
posteriormente el hospital de Santa Ana. La Academia de ciencias que
había construido Almanzor se encontraba muy inmediata á Ataraza-
nas: se hallaba bajo la dirección del doctor Aly Ahumad que había
inscripto en su fachada:

(1) Esta debió corresponder al solar de Martirices, en razón á que la tienda de larei-
na Isabel se estableció sobre la altura de la Trinidad.
167

Esle es el estudio de A l y Ahumad: E l que desee aprender entre á


saber cWS doctrinas.

Algunos otros santuarios célebres ecsislieron fuera de la ciudad,


como el de Cidi Buzedra, en la cruz de Lagunillas, fundado por
el famoso alfaqui de este nombre, y el de Cidi Abdalá cerca de la
cruz del Humilladero. (1) El enterramento de los moros se verifica-
ba en el campo de santa Brígida, inmediato á Capuchinos.
La población árabe de Málaga era de veinte mil vecinos por los
años de su conquista, pueblo escesivo para su estrecho recinto y que
corresponde, con los 15milgomeres queguarnecian la Alcazaba, á mas
de 120 mil almas, si consideramos que el uso de la .poligamia era ge-
neral entre los árabes. Aun cuando hayan desaparecido sus apiñados
caceríos y las barracas de los arrabales, nos es fácil conocer todavía
el solar donde moraba este numeroso pueblo por la peculiar estr uctura
de estas calles tejidas como en un laberinto, estrechas, sinuosas y sin
plazas interiores. En tanto que los adalides y magnates vivían mue-
llemente en la Alcazaba, este pueblo hospitalario partía sus reduci-
dos hogares con el torrente de familias, que, arrojadas de la cuna de
sus padres por los altivos castellanos, buscaban un asilo y un con-
suelo á la sombra de estos formidables muros
Los demás vestigios que encontramos en la línea del Pasillo que
conduce á la Alameda y en la prolongación del muelle desde el án-
gulo recto de la Alcazaba hasta la puerta de Vejez, son estraños á
esta época y pertenecen á las fábricas cristianas posteriores á la con-
quista. A su tiempo y en la serie de esta historia haré suficiente in-
dicación de esas construcciones nuevas que bastaron á alterar y con-
fundir la fisonomía primitiva de esle pueblo. (2)
Si sus límites en aquel tiempo, si la estension de sus dominios
pudieran corresponderá los que actualmente tiene esta "provincia, se-
ria perfectamente esacto el cuadro comparativo que voy á dar á mis
lectores. Ya hemos visto sin embargó, por el curso de esta historia,
que durante la série de los reyes malagueños se agregaron á la me-
trópoli los gobiernos de Algeciras, Ceuta, Tánger y otras comarcas

(1) La voz árabe Cidi quería decir señor.


(2) Uno de nuestros apreciables colaboradores, deseoso de ¡lustrar eslos apuntes,
se ocupa con asiduidad en trazar el plano comparativo de Mal;iga restaurada
á su perímetro árabe, y le daremos en las láminas
23
168
del África; que reducida después á sus walies, conservó su prepon-
derancia hasta el punto de rivalizar con los príncipes granadinos, y
que aun en los días de la conquista dominaba la garbía de Ronda y la
populosa axarquía. Si los hombres que guerreaban por tan opuestosin-
tereses no hubieran condenado al fuego, movidos los unos de fanatismo
y de desesperación los otros, esos manuscritos árabes quedebian pedir
con lágrimas las sucesivas generaciones, tendriamos hoy esas esactas
noticias que con tanto afán buscamos, y que una mano bárbara osó
sustraer á la historia. Con todo, puedo decir, apoyado en sus incom-
pletos anales, que será muy raro el pueblo de la provincia de Málaga
que no perteneciera entonces á Málaga mahometana, aun cuando
eonsideremos que por las frecuentes incursiones y conquistas del
ejercito cristiano se desmembraban algunos, se fortificaban otros, ais-
lándose muchos de ellos para su defensa propia.
169

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Aparece de la anterior nomenclatura que el distrito malagueño
comprendía 258 pueblos árabes; 48 en la Exbalia de Velez, 28 en
la Garbia de Ronda y 11 en la Axarquia, (1) sin contar las guarniciones
de los castillos de la costa, cuya total población puede graduarse tri-
plicada, en comparación con la presente. ^2j
El territorio de Málaga se hallaba en mucha parte sembrado de
bosques, según las antiguas crónicas, y la agricultura en un alto gra-
do de fomento. La mayor parte de las producciones indígenas eran
cultivadas en aquel tiempo, dándose la preferencia á las moreras pa-
ra aumentar las cosechas de la seda. Aun en el último siglo sumi-
nistraron las arboledas de Cártama, Alhaurin el Grande, Casapalma,
Yunquera y Casares mucha pane de las maderas de esta iglesia
Catedral.
Los judíos se introducían entre los árabes para impulsar notable-
mente su comercio, llevando nuestros vinos, aceite, higos, pasas,
almendras, sales, lino?, lanas, barrillas, bermellón, hierro, cobre,
metales, barraganes y los usados camelotes á las naciones estran-
geras. El comercio íntimo se sostenía vigorosamente haciéndose alian-
zas con los príncipes vecinos á esta ciudad para asegurar su é c -
sito. (3).
Uniformes las costumbres de los moros malagueños. con los pre-
ceptos y lejislacion de Mahoma, solo sufrieron las pacíficas innova-
ciones de los reyes de Granada. Las enseñanzas eran constantes y

(1) Infatigables en apurar las situaciones de los antiguos pueblos árabes que
acabamos de determinar con notables variantes al testo primitivo, ahora nos toca
añadir en clase de suplemento los de los despoblados de Almadiares cerca de Ca-
nillas de Aceituno junto al riachuelo de este nombre; el de Atmohahi y el de la
Rabila, inmediatos al mismo pueblo; el de Casillas, cerca de la Vihuela; los de
Caulo, Blamochifle, Chinal, Garaupa, Morillo, y Zambucha cerca de Benamar-
gosa; el de Luchiria, contiguo á Bcnamocaira; los de Campanillas, Esleril y Be-
namarin, distantes entre sí media legua, al O. de Benahavís, cuyas tres torres so-
lariegas pertenecen hoy á don Felipe Oñale; el de Benajarafe ó Benajaraf cerca
de Macharaviaya, hoy poblado con 55 casas; el de Benahalis, también poblado no
lejos de este mismo pueblo; e! de Benamayor, cerca de Torrox; los de Mezquitas.
Albotillo y Bornoque, cerca de Iztan; el de ftenamegi al N. de Genalguacil, el
da Monarda, cerca de lubrique la Nueva; el de Áudazar ó Audalasar, cerca de
Alpandeire; el de Parabacon, próesimo á Algatocin; el de Jarques, término de Be-
narraba; los de Chipre, Aguazadoras, Pedrero, Sidron, Real de Sierra-Bermeja y la
Virgen, inmediato á Casares; el de Bentomil, cerca de Pujerra, y los de Chuear,
Benajajin, Aljarra,y ^íícaííor, entre Genalguacil y Casares; cuyos 33 pueblos, uni-
dos á los anteriores, dan 300 poblaciones árabes en la actual estension de esta pro-
vincia. \
(2) Véase la nota VI del apéndice á la segunda parle: Geografía árabe con-
cordante de la provincia de Málaga.
(3) Véaíe la nota VII de id. id.: Idea Sucinta de los judios en España.
26
192

sencillas en las varias escuelas públicas de esta ciudad,- al par que en


la mezquita ó aljama mayor se predicaba y leia todos los viernes el
Azala ú oración: los devotos musulmanes concurrían á estas funcio-
nes religiosas al asomar el sol por el oriente, y regresaban á sus
casas antes que el astro hubiera robado sus luces á la tierra. No po-
dían vivir por lo tanto á mas de dos leguas retirados de las po-
blaciones para llenar este piadoso deber, y cuando una alquería
pasaba de doce familias era forzoso construir una mezquita. Solemne
y edificante era la compostura en tales actos: veíanse los niños detrás
de los ancianos, y las mugeres después de estos seres inocentes, apar-
tadas totalmente de los hombres. Se retirábanlas primeras de los tem-
plos, y las doncellas aparecían en ellos cubiertas con sus ámplios ro-
pagcs y en lugares apartados. La venida del Giuma ó sea viernes re-
ligioso era conocido por el lujo y la limpieza de los vestidos, por los
actos de piedad y por los rasgos de misericordia: visitábanse á los po-
bres, se aliviaban sus miserias, se conversaba con los sabios y se
ejercitaban virtudes.
Las pascuas de la Alíllra ó sea Salida del Ramazan [1] y la de las
víctimas, ó sea fiesta de los carneros, en la que se habían introducido
profanaciones y escándalos, parecidos á nuestros antiguos carnabales,
volvieron á toda su pureza en los últimos tiempos de la dominación
sarracénica. A las locuras mundanas, á las escenas de tirarse naran-
jas y aguas olorosas, al tropel de jóvenes y bailarinas, seguidas de
estrepitosas zambras, sucedieron los placeres moderados, las frecuentes
limosnas y el rescate de cautivos. En lugar de salir en rogativas para
implorar al Eterno por las calles y las plazas como se practicaba an-
teriormente, lucían estas procesiones por los campos en medio de la
afligida naturaleza, haciendo resonar esta plegaria sublime:
«¡Piadoso Alá! Tu nos criaste de la' nada, tu. sabes nuestros
errores, tu conoces nuestras miserias. Ten compasión de nosotros,
deten la destrucción que nos aflige. No olvides á ninguna de tus
criaturas, ni á esas avecillas inocentes desfallecidas de hambre. Mira
la tierra que criaste cubierta de la aridez del desierto. Ábranse, se-
ñor, tus cielos y que no digan los infieles que te alejas de tu pue-
blo. Tu eres, ¡oh Alá! el Dios que adoramos siempre; perdónanos
nuestras culpas y pon alivio á nuestros males.»

(1) Cuaresma de los turcos.


193
Igualmente eran prohibidas las concurrencias en las mezqiñlcs á
las altas horas de la noche Ningún creyente se amortajaba con seda,
ni con plata ni con oro; era envuelto con tiras de lienzo blan-
co, impregnadas de perfumes. En los entierros veíanse detrás del
cadáver á la esposa, al padre, al hermano, al hijo ó al parien-
te mas cercano del difunto, sin oirse los desentonados gritos
de las alquiladas plañideras. El Ajfaquí, ó la persona mas hon-
rada del acompañamiento, esclamaba de esta suerte: «Allak hu
Akbar .. Gran Dios! que alabamos porque matas y resucitas: tuya
es toda la grandeza, tu eres el omnipotente. Bendice á Mohoma
y á tus siervos. Este que tendido yace fué criado y sostenido por tí.
Tú le darás nueva vida: tú sabes el secreto de su alma y el destino
que le espera. Todos te rogamos por él. Defiéndelo, señor, de las
tentaciones de la huesa y de las penas de Gihañnam. Perdónale, se-
ñor, acógele en su mansión postrimera, limpíale de sus mancillas y
pecados, dále morada mejor que su morada, dale compañía mejor
que la que tiene. ¡Oh, señor! si ha sido bueno, que se aumente
su descanso, y si ha faltado en tu servicio, perdónale sus errores
por tu poder y misericordia. Afirma, señor, su lengua y dale valor al
tiempo en que le evoques en su tumba: no le repruebes entonces ni
le acuses indefenso. Perdónale, señor, perdónale, envuélvele en tus
piedades y celestes recompensas.»
En los nacimientos, llamados las festividades de los deslinos ven-
turosos, se reunían las familias para dar un nombre al recien nacido,
y en las bodas y demás sucesos prósperos había convites opulentos,
alegres zambras y escesiva moderación en los festejos.
La policía de Málaga estaba al cuidado de los wazires de los cuar-
teles, especie de ministros de preferencia. Otro asistía á los mercados
públicos: los barrios se cerraban por las noches, asi como las cinco
puertas de la ciudad. Había una ronda en cada uno para asegurar el
orden público.
El mahometano que volvía la espalda al enemigo sm mandato de
su gefe era decapitado al momento, estándole prohibido, bajo las mas
severas penas, insultar ni maltratar á los niños, mugeres, ancianos, en-
fermos y alfaquies. El despojo de las batallas se repartía con justicia,
reservándose el soberano la quinta parte del producto: el guerrero
montado tenia una parte mas que el soldado de infantería. El cristiano
que abjuraba de su culto en un pueblo conquistado, volvía al goce de
sus propiedades. Ningún hijo de familia podía salir en cabalgadas sin
194
espreso permiso de su padre, necesitándolo igualmente para el alhige
ó peregrinación á la santa casa de la Meca, ó al soberbio templo de
Alacksa. [1]
El homicidip y adulterio se castigaban con la muerte, pero era in-
dispensable estuviese el reo convicto por uniforme deposición de cua-
tro testigos oculares. Los adúlteros fallecían apedreados, y los solte-
ros que seducían á una doncella tenian la pena de cien azotes y un
I año de destierro. El que robaba el valor de tres adirhames de plata,
que era la cuarta parte de una dobla de oro, perdía la mano derecha;
y en caso de reincidencia se le cortaba el pié izquierdo, perdiendo
después los otros miembros, y si volvía por quinta vez á cometer este
crimen, quedaba en prisión perpetua.
Estas fueron algunas de las costumbres del pueblo malagueño en
la época que recorremos. Su lectura esparcirá cierta luz sobre esta
oscura parte de la historia, distinguiéndose debidamente esta nación
singular con sus verdaderos colores.
Casirí ha hecho referencia de la academia de ciencias que dirigía
en esta ciudad Alsongialí por los años de 1369, á la misma que Sa-
leh, natural de Ronda, dedicó una de sus obras. Abdalla Ben Juzef, mas
conocido por Ben Redhuan, fué orador y eminente poeta en aquel tiem-
po, teniendo además el cargo de intérprete en el colegio real de Má-
laga. En la biografía del Beithar hallarán nuestros lectores una noti-
cia suficiente de este distinguido sábio, honor de nuestra ciudad y
otro Plinío entre los árabes.
Abulkasim Mohamad, Abulabbs Ahmad, Abalhok Abrahia y Abu
Abdalla cultivaron las musas en 1176, Abilhokm fué también muy
celebrado por sus poesías acróstícas, usando las composiciones de diez
versos antes que don Vicente Espinel se atribuyese esta originalidad
propia del árabe cordobés Mehíeldíno.
Abulhacem Aly Abi escribió la historia de lo reyes de Granada. Los
profundos conocimientos matemáticos de Abdalla Ben Mohamad lo ele-
varon al ministerio de hacienda de aquella antigua corte; Abdalla Ben
Abderrahman fué agudísimo en su decir; Abdeluahed ó Albaholi inter-
pretaba el sagrado-libro en las academias de este pueblo en 1306;
Othman Ben Jahye fué médico eminente, filósofo y jurisperito; Aly Ben
Ahmad escribió la historia de la Meca; Jahye Ben Abderrahman, que

(1) Estaba en Jerusalen.

1
195
el vulgo llamaba Abu Amer, gran defensor del islamismo, fuécatedrá-
tico en las escuelas de Granada; Abdalla Ben Alhasam hizo la histo-
ria de España; \bderrahman, conocido por Alsahili, trazó la'biografía
de los varones ilustres, siendo un segundo Plutarco; Abdeluahad Ben
Mohamad publicaba la historia de esta ciudad á fines del siglo X l l , y
los célebres capitanes Farragio Ben Ismail y Abdalla Ismail fueron
distinguidos por su-pericia en el arte de la guerra, y como historiado-
res de los monarcas africanos. Tales fueron los hombres eminentes que
produjera este pueblo en aquellos antiguos tiempos, dejando de enu-
merar otros escritores célebres que la ilustraron, tanto por no dilatar
estos apuntes, como porque los curiosos podrán hallarlos fácilmente en
las traducciones de Casiri. ¡Qué tesoros tan inagotables de sabiduría
deberían contenerse en los multiplicados manuscritos de tanta copia de
sahios\ ¡Qué de noticias locales para llenar mi propio intento!... For-
zoso me es olvidar este furor de la conquista, este irreconciliable fana-
tismo, esta destrucción de monumentos, que, como otras tantas fuentes,
se han cegado para siempre, si he de narrar sin amargura las hazañas
españolas en aquellos tiempos de heroismo.
Y en efecto, qué periodo de tanta gloria es el siglodécimo cuarto!...
Deslumhrados todos los pueblos de la tierra pagaban un tributo de ad-
miración y de respeto á la nación española, que, belicosa por consti-
tución y por costumbre, habia adquirido esa superioridad en las em-
presas que demuestran lafirmezadel ánimo, el denuedo y la cons-
tancia. Los reyes, al par que los capitanes, se buscaban como núme-
nes que encadenaban la victoria á su fortuna. Alfonso X , tan guer-
rero como político profundo, fué solicitado en el centro de Castilla
para que se sentase en el imperio romano, en tanto que D. Jaime I
recibía embajadores en Valencia implorando su poder de parte de
los Palealogos y de un nieto del famoso Gengis-Kan. De España
salieron en aquella edad los vengadores de los griegos contia los
insultos de los turcos, como si la media-luna estuviese conde-
nada á ser humillada por nosotros en todas las latitudes. Los ca-
talanes y aragoneses tremolaron las banderas españolas en el im-
perio del oriente, y cuando se cansaron de vencer, fundaron
un estado en el antiguo Peloponeso. Franceses, venecianos, si-
cilianos y sardos mendigaban entonces el ausilio de esta nación
poderosa para rechazar sus enemigos; y el pabellón de Aragón,
después de haber humillado á la república de Génova, era due-
ño de los mares desde el Istmo de Suez hasta el océano británico.
196
H . •
Los catalanes, con su navegación y su comercio, penetraron en la Ar-
menia y establecieron factorías desde las orillas del Nilo hasta los mas
distantes puntos de la Europa.
Todos los príncipes estrangeros se honraban en hacer tratados y
alianzas con las principales ciudades españolas. Los soldanes del
Égypto, los emperadores de .Alemania y de Constantinopla, los reyes
de Sicilia, Inglaterra y Francia, así como las repúblicas de Italia, se
apresuraban á tratar con las ciudades de Barcelona y de Valencia,
y con las simples villas de Vizcaya, de Guipúzcoa y Merindades de
Castilla.
Al propio tiempo que la España era la primera en el valor, sobre-
salía no menos por el ingenio de sus hijos en los siglos XIII y XIV.
Muy parecida á los griegos en el gusto de las bellas artes, reunía ade-
más una caterva de hombres grandes en todos los géneros de litera-
tura. Ninguna potencia de la Europa podía oponernos en aquel tiem-
po un código tan completo de leyes como las célebres Partidas, ni ese
consulado de mar que ha sido por tanto tiempo el derecho público de
los hombres.
Me indigno como español de la frecuente detracción de esta na-
ción ilustre, tan poderosa en otro tiempo y tan valiente todavía en
medio de la civil discordia que la aflige. Me indigno de que muchos
de sus hijos, ignorantes de sus glorias, aumenten la devision del cs-
trangero, siendo desnaturalizados hácia una madre que ciñó tantas co-
roñas y tantas palmas de victoria. Mis lectores hallarán en el bosque-
jo que he trazado alicientes á su orgullo^ consuelo en los pátrios ma-
les, y mucho que oponer á la envidia y la calumnia. (1)
Entre tanto, los cristianos, mas unidos entre sí, progresando en
la conquista, adelantaban sus huestes vencedoras á la vista de Gra-
nada, postrer asilo de los reyes andaluces. Muley Abul Hacem, pri-
mogénito del fallecido Aben Ismail, reinaba en aquella corte por los
años de 1466. En su azaroso reinado no fué el menor de sus pesa-
res la rebelión de su propio hermano Muley Abdalla, alcaide de Má-
laga, hombre de tanto valor como de acreditada nombradía. Imposi-
I bilitado de someterle, porque se había concertado con D. Enrique de
Castilla en las vistas de Archidona^ á donde le precedieron hermosos
caballos y finas armas de regalo, disimuló su debilidad y capituló con

(1) Véase la viola VIII del apéndice á la segunda parte: Conquista de Ántequera
y otros pueblos de la provincia de Málaga por los cristianos.
197
el rebelde por influjos de ü Diego de Córdoba, sugeto de su mayor
estima y confianza.
Resentidos los caballeros andaluces de las correrías de Abul Ha-
cem y de la conquista de Zahara, cuyos cautivos cristianos fueron
ofrecidos en triunfo por las calles de Granada, anhelaban nuevas
empresas para vengar este insulto y adquirir frescos laureles. Reu-
nidos en Antequera D. Rodrigo Ponce de León, el adelantado de An-
dalucía, D. Pedro'Enriquez, el conde de Cifuentes, alférez del Pendón
real y asistente de Sevilla, D. Alonso de Cárdenas, maestre de San-
tiago, y D. Alonso de Aguilar, con otros muchos capitanes, que reu-
nían en totalidad 2700 caballos y algunas compañías de infantería,
tropa sumamente escogida del egércilo español, trataron en un con-
sejo de hacer una incursión en la Axarquía de esta ciudad, región
fértil, abundante de ganados y llena de poblaciones ricas. También
entraba en el plan de estos guerreros apoderarse por asalto de este
pueblo, en consecuencia del terror que suponían acometeria á los mo-
ros por el écsito de aquella empresa.
Aun cuando el marqués de Cádiz espusiera sus dificultades, en
consideración á la fragosidad y aspereza de los montes de Málaga,
según se hallaba informado por un tránsfuga que le servia, predomi-
nó el imprudente dictamen del maestre de Santiago, é inflamados
los ánimos con la esperanza de un rico botín, se prepararon con ar-
dor á la jornada.
Para ir menos embarazados en la marcha, se dejó en Antequera
una parte del bagage. Aguilar y el adelantado eran losgefesde van-
guardia: seguía á éste el marqués de Cádiz, acompañado de sus her-
manos y deudos, conduciendo la retaguardia el maestre de Santiago
con los caballeros de su órden, con el contingente de Ecija, con la
santa Hermandad y las acémilas del ejército. Esta bizarra división
componíase en mucha parte de jóvenes distinguidos de la primera
nobleza, que se hacían un pasatiempo con el peligro de las batallas.
Montaban aquellos hermosos caballos andaluces, enel dia tan dege-
nerados; brillaban en sus arneses las empresas de sus damas, cual si
fuesen á un torneo. Sus armas eran finísimas y de un esquisito tra-
bajo: variados plumages cubrían las cimeras de sus yelmos, lujo os-
tentoso de la época. Al apartarse de Antequera fueron saludados con
rail vivas por su marcial continente; y para que no faltasen contrastes,
eran seguidos de los codiciosos mercaderes, ansiosos de los despojos
del combate, ceñidos de unos taleguillus de cuero que contenían sus
198
tesoros para trocarlos á bajo precio con las riquezas árabes de Málaga,
según los sueños de su interesada fantasía. El orgullo de los nobles
apenas podia concillarse con estos agios mercantiles.
Todavía era alcaide de esta ciudad el rebelado Abdalla, apellidado
el zagal ó el valiente entre sus propíos soldados, al que, no pudien-
do ocultarse la espedicion de los cristianos, se apoderó de las monta-
ñas, ocupando todo el pais: tomó además los pasos y desfiladeros mas
difíciles, poniendo secretamente en somaten á la Axarquía. En el en-
tretanto, el ejército cristiano se iba empeñando en sendas estrechas y
fragosas, internándose insensiblemente por aquellas soledades, sin mas
guía queel cauce de algún torrente. Habían caminado todo el día, y
el sol tocaba en el ocaso, cuando instantáneamente se detuvieron en
una eminente colina (1) que daba vista á esta ciudad y á su delicio-
sa vega, ceñida de un círculo de montañas y del azul de los mares.
Fué tan lisonjero el espectáculo, tan risueña la perspectiva que se
reanimaron sus esperanzas de conquista, y gozosos se olvidaron de
los riesgos de la empresa; pero el poder de las ilusiones desa-
pareció como un relámpago encontrándose muy luego con todas las
realidades de una verdad espantosa. Principiaba á entrar la noche
cuando se hallaron en el centro de unas pequeñas aldeas abandonadas
de sus habitantes, y que quemaron en un rapto de frenesí. Esta im-
prudencia contribuyó á indicar su posición y á alarmar el enemigo.
Las quiebras y precipicios les forzaban á diseminarse; la oscuridad se
acrecentaba, los caballos, sin suficiente terreno para revolverse, tro-
pezando á cada instante, rodaban por los derrumbaderos arrastrandoá
sus ginetes y aun á los mismos peones. Ya los moros ocupaban todas
aquellas cumbres y lanzaban una lluvia de dardos, piedras y saetas.
Se aumentaba gradualmente el espanto y confusión con los terribles
alaridos que los ecos devolvían para inspirar mayor horror al ejército
cristiano.
Cuando el maestre de Santiago vió que desaparecían sus mejores
soldados sin poderles vengar ni socorrer, reclamó con urgencia el au-
silío del marqués de Cádiz y de D. Alonso de Aguílar: todo fué en
vano, porque solamente concurrieron á participar de sus peligros.
Deliberan, sin embargo, con la rapidéz y sangre fría de los valien-
tes, y resuelven salir de aquel conflicto retirándose á un terreno

(1) Presúmese fuera el cerro que hoy llamamos de la Reina.


199
mas igual. Comunícanse las órdenes en medio de una tempestad de
flechas, pero la turbación de algunos guias, equivocando el camino,
conduce, á esta malhadada división hacia un angosto valle, coronado
de peñascos y lleno de piedras que le hacian intransitable y de difícil
salida. Los moros, reanimados con la angustia de los cristianos, reite-
raron sus hostilidades arrojándoles enormes piedras acompaña-
das de sus alaridos de venganza. ¡Lamentable era la escena en medio
de uoa oscurísima noche sin mas luces que las candeladas enemigas,
por delante de las cuales se distinguían los árabes saltando de peña en
peña cooin furias del infierno! (1)
La ansiada luz de un nuevo dia vino á aumentar la consternación
dé los cristianos: cubierto el suelo de cadáveres y reforzado el ene-
migo en sus altas posiciones, la desesperación se apoderó de aquellos
ánimos. Los soldados interrogaban á sus gefes con miradas impacien-
tes, y estos, incapaces de contener tantos estragos, enloquecían con
la rabia y el dolor. Mezclado el polvo con la sangre de sus heridas,
demudados por el horror y la fatiga ¡qué diferente era su aspecto de
cuando salieron de Antequera al frente de tan lucidos escuadrones!
Vanos fueron todos sus esfuerzos para salir de aquella estrechu-
ra: nada bastaba á reanimarlos; principiaba el desórden á introdu-
cirse entre las filas, cuando un lejano rumor trasmitido de cerro en
cerro vino á herir sus oidos con el grito terrible de el zagal! el
sagall «Qué grito es ese?» esclama el Maestre de Santiago; y un ve-
terano en cuyo semblante guerrero podian leerse cien batallas, le
responde de esta suerte: «.Ese es el Santiago cierra E s p a ñ a de estos
perros: Ese es el apodo del gobernador de Málaga que con su guarni-
ción viene á completar nuestra ruina.» Entonces el b#uen maestre,
impulsado de ese valor heróico tan común en aquel tiempo, vuelve
á repetir con voz sonora: «Muramos, hijos mios, haciendo camino
»con el corazón ya que no le podemos hacer con las armas: subamos
»esa sierra COOQO hombres, vendiendo caras nuestras vidas, sin es-
aperar á que nos degüellen como un rebaño de ovejas.» No habia
concluido estas palabras, cuando aguijando á su caballo, viósele arre-
meter el monte arriba con algunos de sus soldados; pero en tan de-
sigual pelea perdió á su porta-estandarte y á muchos de sus amigos.
Tocó al fin á la cúspide de la montaña para verse frente á frente con

(1) Washington Irving.


2T
200
nuevos trabajos y peligros. Abrumado de enemigos, rodeado de pre-
cipicios, fallecidos una parte considerable de sus deudos, tuvo que
apelar á la fuga con los pocos soldados que tenia, prevalidos de la
velocidad de sus caballos.
El marqués de Cádiz, con D. Alonso de Aguilar y con el conde
de Cifuentes, llegaron por otra senda en socorro del Maestre para
sufrir los reiterados ataques del zagal y el paisanage. Heróica fué
la resistencia, pero tuvieron que ceder á la superioridad numérica.
Rodeado de cadáveres aquel célebre Marqués, desfallecido de can-
sancio y de pesar viendo á dos de sus sobrinos ecsánimes á sus
pies, ecsalando sus alientos postrimeros á D. Diego y á O.Lope sus
hermanos, y á D. Beltran, que era el tercero que le quedaba, reven-
tado bajo un enorme peñasco que hahia arrojado el enemigo, se
conmueve por la vez primera de su vida ante el horroroso aspecto
de la muerte, repetida en toda su solemnidad con unos seres tan
amados, y que momentos antes respiraban llenos de ecsistencia con
el alma de los héroes... Lanzó un grito de dolor, grito que resonó de
valle en valle y de colina en colina, grito que no puede ser espresado
con el habla de los hombres. Perdida toda esperanza, y cuando in-
cierto de lo que hacia iba á entregarse al enemigo, fué arrebatado
por los suyos de una escena tan lamentable, entregándose á su fiel
guia Luis Amar (1), que, llevándole por trochas desconocidas, le pudo
conducir á Antequera.
El conde de Cifuentes, queriendo seguir sus huellas, se perdió
en aquellos campos, quedando prisionero con su hermano D. Pedro
de Silva y algunos pocos soldados.
Todavía peleaba D. Alonso de Aguilar con un puñado de valien-
tes, cuando por segunda vez se alzaba el sol de los mares. Inciertos
en la salida de aquel laberinto de bosques y de laderas escarpadas,
pudieron por un instante recobrar sus fuerzas desfallecidas al abrigo
de un peñasco que los ocultaba del enemigo, y á cuyo pié corría
un riachuelo que bastó á apagar la sed que les iba devorando. (2)
Allí les fué fácil contemplar el horror de aquel sangriento teatro: allí
vieron los empolvados y frescos cadáveres de los hermanos y so-
brinos del marqués de Cádiz, tendidos sobre rotas lanzas y en-
sangrentados despojos. Allí, en fin, pudieron en un intérvalo de
respiro, reunir un reducido escuadrón y retirarse peleando.

(1) Moro cautivo adicto al marqués de Cádiz.


(2) Parece corresponder ai rio Jabonero.
201
Algunos cristianos se refugiaron en Alhama; otros vagaron varios
dias por aquellas sinuosidades, manteniéndose con yerbas y con rai-
ces, siendo tal su desaliento, que fueron hechos prisioneros por
las mismas mugeres de los pueblos inmediatos. Estos cristianos
infelices fueron conducidos á las mazmorras de los pueblos de la
frontera y á la corte de Granada. El mayor número se reservó por
los moros para ostentar su victoria á la vista de este pueblo. Fueron
encerrados en la Alcazaba en espectacion de rescate 250 caballeros
de iinage, entre alcaides, hidalgos y capitanes, hacinándose en el
corral de esta fortaleza unos 570 soldados. (1)
Ganaron los moros en esta jornada un botin considerable ya en
el valor de las armas y arneses, ya en el precio de los enjaezados ca-
ballos. Hasta los mismos mercaderes que hablan ansiado traficar con
los despojos de la guerra, fueron vendidos en la plaza pública como
miserables esclavos.
La pérdida de los cristianos consistió en 800 muertos y 1500
prisioneros (2), completándose esta derrota por 550 mahometanos, la
mayor parte del campo, ignorantes déla disciplina, pero favorecidos
del terreno. [3; Nuevo ejemplo de que no basta el valor en la car-
rera de las armas si no es dirigido por el genio y la prudencia.
El arribo inesperado del marqués de Cádiz á Antequera, cubierto
de sangre y polvo, destrozada la armadura, demudado su semblante
por la pena que le consumía, llenó á todos de tristeza, porque era
amado con esceso. Encerróse inmediatamente en lo mas escondido
de su casa para derramar copiosas lágrimas tanto tiempo retenidas
por la pérdida de tres hermanos. La calamidad era ya pública, y ge-
neral el sentimiento. «No habia ojos enjutos en toda Andalucía» es-
clama un autor coetáneo (4) introduciéndose el desaliento hasta en los
regios pechos de Isabel y de Fernando.
Los moros, por el contrario, dilataban su regocijo y tuvieron esta
jornada por un augurio feliz, lisongeándose en que volverían á aparecer
los días de su primitiva gloria. Sus historiadores están contestes en estos
sangrientos pormenores, añadiendo únicamente que Reduan Benegas,
otro de los generales que batieron á los cristianos, halló al conde de

(1) Cura de los Palacios.


(2) Zurita; Anales de Iragon, libro 20, capitulo 47.
(3) Andrés Bernaldez.
ura de los Palacios.
202
Cifuentes defendiéndose de seis ginetes árabes, á quienes ahuyentó
con su presencia para tener la gloria de hacerle su prisionero.
Aconteció este memorable suceso el 21 de marzo de 1483 que la
posteridad ha recibido bajo el título de la Derrota de los montes de
Málaga. L a cuesta de la Matanza es el terreno mismo donde se der-
ramó una sangre tan ilustre en esta lamentable jornada.
La desgracia que acabo de referir contribuyó á reanimar el espí-
ritu de los muzlimes, impulsando al rey de Granada á la conquista
de Lucena, mal guardada á la sazón por los cristianos. Abdalah el
Zaquir, mas conocido por Boabdil, ansioso de adquirir fama, se di-
rijió contra esta plaza al frente de su caballería y de laflorde su no-
.bleza; pero habiéndosele roto su lanza al salir por puerta de Elvira, el
fanatismo de los moros derivó un funesto agüero de este incidente
casual. Delante de Lucena se restableció otra vez la superioridad de
nuestras armas: allí pereció Aly Alhar, alcaide de Loja y uno de los
primeros capitanes mahometanos, y allí quedó prisionero el rey de
Granada. Mientras que en aquella consternada capital se entregaban
á una profunda aflicción por la pérdida de Boabdil y la de tantos
guerreros distinguidos como fallecieron en el combate, el ilustre pri-
sionero, tratado con todas las atenciones de su rango por el jóven al-
caide de los donceles don Diego Hernández de Córdoba, fué traslada-
do á la presencia de Fernando en medio de una pompa estraordina-
ria. Algunos de aquellos cortesanos, adictos al ceremonial, y cuyo
orgullo se anteponía al sentimiento que causaba la desgracia del prín-
cipe enemigo, aconsejaron al rey le diese á besar su mano. «Diérasela
por cierto si estuviera libre en su reino; pero no se la doy porque está
preso en el raio.» Respuesta que por sí sola .hace el elogio del héroe
de la conquista, del magnánimo soberano de Castilla.
Empero Boabdil no obtuvo su libertad sin quedar víctima de la
política de Fernando. Feudatario de este príncipe, volvió á su capital
para llorar nuevas desgracias. En guerra abierta con su padre, el an-
ciano Muley Abul Hacera, que se había encastillado en la Alhambra,
se convirtió aquella agitada corte en un campo de Agramante, en un
mar alborotado, en una lucha fraticida. El prestigio del vencedor de
la Axarquia y su súbita aparición en aquel teatro de sangre, pudo
atajarla en algún tanto, usurpando un trono que no le pertenecía.
Dejémosle disfrutar este vislumbre de poder en el postrer asilo de un
imperio decaído, y volvamos al ejército cristiano.
Aprovechando estas discordias civiles, viva siempre la memo-
203
ria de la pasada derrota, ardiaa los tercios españoles por vengar los
tristes manes de aquellos malogrados guerreros: cumpliéronse sus
deseos y acaso con demasía, porque fué atroz la muestra de sus
rencores.
Era la primavera de H84 cuando volvió á resonar en Antequera
el estruendo de las armas. Cubiertos de hierro los soldados se mani-
festaban mas graves y silenciosos: aleccionados por la desgracia, po-
día leerse en sus semblantes que su reconcentrado valor superarla
todos los obstáculos y que el genio de sus capitanes les guiaba á una
segura victoria.
Fernando é Isabel tenían sus reales en Córdoba cuando ordena-
ron á Francisco Ramírez de Orena, al maestre de Santiago, al duque
de Medina-Sidonia, al conde de Cabra y al marqués de Cádiz, reu-
niesen sus fuerzas respectivas en la vega de Anlequera, y entrando
por el valle de Alora hiciesen una tala rigorosa en los campos ene-
migos. Hízose alarde del ejército, y resultaron 6000 hombres de
caballería y hasta 12000 infantes escogidos, compuesto* en mucha
parte de las órdenes militares y de la Santa-Hermandad La piadosa
Isabel había dispuesto acompañasen á esta hueste una porción de
cirujanos para que curasen á los heridos, pagados á sus espensas, y
además un hospital de campaña con todo lo necesario. Don Alonso
de Aguilar era gefe de vanguardia con el alcaide délos Donceles y Luis
Fernandez Portocarrero. Al frente de la segunda batalla, según el len-
guaje de la época, estaba el marqués de Cádiz y el maestre de San-
tiago. Mandaba el ala derecha de esta división el famoso Gonzalo de
Córdoba, y la izquierda Diego López de Ayala. La tercera división
obedecía al duque de Medina-Sídonia y al conde de Cabra; cerran-
do la retaguardia el comendador mayor de Alcántara con los caballe-
ros de su órden y los tercios de Jeréz, Ecija y Carmena.
Cual la lava desprendida de un volcan fué la huella de este ejér-
cito desde su salida de Antequera. Los panes, viñas y olivares que
circundaban á Alora ardieron en un momento; los valles y tierras de
Coin, Sabinal, Casarabonela, Almogia y Cártama se destruyeron en
el corlo intervalo de diez días. Esta tala, que todo lo yermaba, si-
guió sin interrupción por el hermoso país de Pupiana y Alhendm,
cortando de raiz las huertas, los almendros, los olivos y hasta los mis-
mos arbustos que esmaltaban las praderas. Llegó este destrozo hasta
la Torre del Atabal y campos de Churriana. La vega se convirtió en
un desierto, quemándose hasta los molinos que rodeaban esta ciudad.
204
Los moros de algunos pueblos, aflijidos de este general desastre,
ofrecían á los cristianos los cautivos que conservaban. Los del valle
de Cártama se atrevieron á defender sus propiedades, pero fue-
ron rechazados con mucha pérdida hasta sus mismos arraba-
les (I)
mm Luego que el ejército tocó la orilla del mar fué ampliamente abas-
tecido de víveres y municiones, transportadas por un convoy que ha-
bla salido de Sevilla. Con este ausilio avanzaron hasta Málaga, dete-
niéndose un día entero en reñidas escaramuzas; pero como el objeto
de la espedicion era únicamente asolar el pais para dar facilidad á la
conquista, en uso de los derechos de la guerra, y según la estrategia
de todos los tiempos, que es forzoso meditar con algún detenimiento
antes de hacer injustas calificaciones, el ejército cristiano se retiró del
mismo modo quemando los deliciosos valles de Coin, Alozaina, A l -
haurin y Butero, volviendo al cabo de cuarenta dias á la ciudad
de Antequera.
Cuando se reflecsione que los moros sobresalían en las escaramu-
zas; que al abrigo de sus bosques hostilizaban impunes á los cris-
tianos; que para formalizar los sitio« de sus fortificados pueblos era
indispensable despejarles para faciltar los aproches, y que es una ley
constante del derecho bárbaro de la guerra debilitar al enemigo para
poderlo rendii, se suspenderá el lector en reprobar unos actos, que.,
como los que acabo de indicar, parecen mas dignos de una horda de
foragidos que de aquellas bizarras huestes guiadas por un sentimien-
to religioso y por tan esclarecidos príncipes. La horrible tala de la ho-
ya de Málaga, el incendio de sus sembrados, las pavesas desús bos-
ques de castaños transportados por el viento, y la asolación general de
una comarca tan feliz, fueron el preliminar necesario que facilitó su
conquista.
Con efecto, los mismos reyes católicos que se habían abstenido, á
impulsos de su piedad, de presenciar tantos horrores, no vacilaron un
momento en colocarse al frente de sus lucidos batallones para arros-
trar nuevos combates y ceñir sus augustas cienes con laureles inmor-
tales.
En junio del mismo año ya estaba el rey don Fernando delante
de la villa de Alora, que, llena de pavor por el efecto de las lombardas,

(i) Pulgar: Crónica; tercera parte, capítulo X X .


205
derribadas sus dos torres y sus delgados muros, se entregó á los doce
dias. Alozaiua, temerosa de igual suerte, se rindió al marqués de Cá-
diz. Adelantados los reales en frente de Casarabonela, dominando el
valle de Cártama, murió en una escaramuza el conde de Belalcazar, don
Gutierre de Sotomayor, mo/o de 24 años, con general sentimiento
del ejército.
Siguióse la conquista de Setenil, villa casi inespugnable por su si-
tuación sobre una elevada roca; villa que los antecesores de Fernan-
do no hablan podido rendir: resistió empero muchos dias, pero no
pudo resistir á los acertados disparos de la artillería, confiada á la
pericia del marqués de Cádiz.
El efecto de este arma formidable tenia aterrados á los moros,
tan tenaces por otra parte en la defensa de sus plazas. VA monarca
español, que habia observado por sí mismo las ventajas de estos pri-
raerosensayos, determinó, al concluir la campaña de este año, aumen-
tar el número de las lombardas.
Al siguiente de 1485 pasó revista en Sierra de Yeguas á un ejér-
cito de 9 mil caballos y 20 mil infantes ó peones. Benamaquez (1) que
quedó anteriormente sometido y hecho mudejar de los cristianos (2)
se habia vuelto á rebelar contra los reyes de Castilla. aYo faré que
la pena de estos sea temor á otros para que guarden lealtad por fuer-
za, cuando no la guarden de grado.» Fué la observación de Fernan-
do, indignado de un proceder tan inicuo. (3) Fué tomado por
asalto y ahorcados y pasados á cuchillo 108 de sus habitan-
tes. .
Inmediatamente se puso sitio á Coin y Cártama, pueblos que se
rindieron después de una tenaz resistencia. Los moros de Churria-
na, Pupiana, Campaniles, Faala, Laubin, Alhaurin y Guiare abando-
naron sus hogares, temerosos de la misma desgracia, quedando en
muy pocos dias concluida toda la conquista de la Hoya.
Dejando el rey sus cuarteles y artillería cerca de Cártama, quiso
reconocer por sí mismo las fortificaciones de Málaga. El vigilante
Zagal, sabedor de las miras de Fernando y que en el consejo tenido
en Córdoba se habia decidido la conquista de esta plaza, vuelve á
aparecer en ella para reforzar sus defensas y prevenir á los gefe»

(1) Entre Coin y Cártama.


(2) Mudejar ó mudejares era el nombre que se daba i los moros sometidos.
(3) Pulgar; Garibay: Cura de los Palacios.
206
d é l o s puntos fortificados del distrito que le ausiliasen con todas sus
fuerzas. Salió al encuentro del rey con 1000 hombres escogidos de
la caballería de Granada: trabóse un reñido combate en las huertas y
olivares contiguos á la ciudad, sin resultado decisivo.
Terminaron el reconocimiento, y á solicitud del marqués de
Cádiz, cuyo corazón generoso ansiaba por romper las cadenas de los
muchos cautivos cristianos que se custodiaban en Ronda desde la der-
rota de la Axarquia, inclinó el ánimo del rey á la conquista de esta
plaza, casi desamparada entonces, y sin medios de resistir un ata-
que repentino. Fernando escuchó con gusto tan acertado consejo. Su
alma piadosa y noble, interesada por aquellos infelices, le impulsa á
partir simultáneamente á acometer una empresa que iba á poner eo
sus manos la llave de la frontera occidental de la provincia de Má-^
laga.
La conquista de Ronda, que tan ligeramente ha presentado el )\
La Leña en su compilación desacertada, es uno de aquellos aconte-
cimientos que merecen una particular mención, como podrán juzgar
nuestros lectores. Su adquisición como punto militar era de tal conse-
cuencia, que una vez en poder del ejército cristiano, podia conside-
rarse sometida la fragosa serranía y todas las demás fortificaciones
del occidente de la costa. Así lo probaron los resultado? en el curso
de aquella guerra, llegando á ser el consejo del marqués de Cádiz
la consecuencia de sus profundos conocimientos en la índole de aque-
lla lucha. En prueba de estos asertos, impulsado Hamet el Zegri,
gobernador de Ronda, por sus mal disimulados rencores desde la ren-
dición de Coin, plaza que vanamente ausiliara, devastaba lleno de
rabia las pingües propiedades del duque de Medina-Sidonia y los pue-
blos de aquellas fértiles llanuras, muy confiado en que el ejército cris-
tiano se estrellaría en el entretanto ante las murallas de Málaga. Vol-
vía cargado con los despojos de su fácil incursión, cuando resuena
en sus oídos el zumbido aterrador de la artillería de Fernando, que
tronaba contra Ronda. Dudoso de lo que oía, mete espuelas á su
caballo y luego se para de repente. El estruendo de la guer-
ra cubre de :«udor su frente; súbese en una colina, y lleno
de una agitación inesphcable, contempla, ahogado de rabia, la cir-
cunvalación de su patria por el enemigo de su culto. Desde allí
blanqueaban las tiendas de los cristianos, y el estandarte real que se
alzaba enraedio del campamento para indicar con la presencia del
monarca el anatema de Ronda.
207
La decantada fuerza de sus baluartes eran otras tanta ruinas al
cuarto dia del combate. Aprocsírnanse mas las lombardas, vomitando
piedras duras y unas pelotas de hierro fundidas que todo lo destruian.
También se cargaban con pellas de cáñamo impregnadas de alquitrán
que do quiera que caian dilataban el incendio. La población estaba ar-
diendo, obstruidas las calles con los escombros y cadáveres, cor-
tada el agua de una fuente que manaba al pie del Tajo; vanos
lodos los esfuerzos de Hamet Zegrí para levantar el sitio, se
aumentaba la confusión y el espanto con el llanto de las muge-
res, con el ruido de la artillería y con el clamor de los mori-
bundos.
Capituló al 6n la plaza, retirándose sus moradores al África con
algunas de sus propiedades, quedando en poder de los soberanos de
Castilla este punto que se tenia por inespugnable. A su ejemplo se
rindió Casarabonela, Marbella y demás pueblos de la provincia de
Málaga por el lado del occidente. (1)
Los varios acontecimientos que me he visto obligado á contraer
€n esta historia con el único objeto de establecer su armonía y pre-
parar al lector al interesante suceso de la conquista de Málaga, ha-
cen que esta se presente como consecuencia fácil del plan que yo me
propuse en esta segunda parte. Forzoso me fué detenerme en tomar
algunos colores de este pueblo del Oriente, tan feroz á su irrupción
en España, tan amigo de las ciencias y las artes en tiempo de los
califas de Córdoba y tan desgraciado como débil en la época que des-
cribimos. Si imitando al autor de las Convei^saciones y á la generali-
dad de los que narran los sucesos de un solo pueblo, hubiera cal-
cado mi historia por tan imperfectos modelos, el interés de mi trabajo
hubiera podido compararse á esas flores melancólicas que vejetan en
los desiertos.
La conquista de Málaga era el cuidado incesante de los reyes
de Aragón y de Castilla, era la brecha verdadera de las murallas de
Granada. Su situación privilegiada, la especialidad de su puerto,
lo vasto de su comercio, la infinidad de recursos que suminis-
traban los estados berberiscos en socorros pecuniarios, en tropas,
armas y caballos, le daban tal importancia que hubiera sido hasta

(1) Véase la nota 1% del apéndice á la segunda parle: Cuadro general de ¡a


fonq\ii$ta de lo$ demás pueblos de la provincia de Málaga por los Rtyes caló-
reos.
28
208
imprudente presentar la última batalla á los moros sin contar con
este punto.
Consternado Bayaceto 11 y el soldán de Egypto con la multitud
de triunfos de lo? príncipes cristianos y con el riesgo inminente que
corria el vacilante trono de Granada, suspenden sus querellas intestinas
y acuerdan dirigir un armamento contra la isla de Sicilia, que entonces
nos pertenecía, ausiHando al mismotiempo álos moros andaluces. Fer-
nando é Isabel, sabedores de este plan, resuelven inmediatamente
posesionarse de los puertos del Mediterráneo para privar al enemigo
d e s ú s recursos esteriores, decidiendo por lo mismo la conquista de
esta plaza.
Para esta importante campaña convócanse nuevamente todos los
grandes del reino y sus respectivos tercios. Preséntanse llenos de
un celo generoso en los cuarteles de Córdoba, donde se hallaba reunido
un ejército que contenia 12 mil caballos y 50 mil infantes. Grandioso
era el espectáculo que ofrecían las encantadas riberas del Guadalqui-
vir en la primavera de 1487! La nobleza de Castilla estaba en aque-
lla época en el colmo de su lujo y de un aparato ostentoso. Cada dia
el sonido de las trompetas y las banderas tendidas anunciaban la ve-
nida de algún caballero poderoso, de algún ilustre señor, rodeado de
sus pages y criados costosamente vestidos, y de una multitud de hijos-
dalgos decididos y de vasallos armados. El duque del Infantado, don
Iñigo López de Mendoza, sobresalía por su magnificencia entre los
guerreros de aquel tiempo. Precediéronle en su entrada 500 hombres
de armas solo de su propia casa, equipados á la gineta y á la guisa,
adjetivos de la época. Seguían después los hidalgos, suntuosamente
vestidos, y luego aparecían 50 caballos de respeto con paramentos de
brocado y finos bordados de oro. Los reposteros de las acémilas así
como las riendas de los brutos, eran de seda labrada, y embutidas
con cincelada plata los jaezes y las garzotas.
Igual lujo se notaba en el adorno de las tiendas. Los colores ma-
tizados resaltaban con las colgaduras de seda y con los visto-
sos gallardetes. Sus mesas eran servidas con vasos de plata y
oro, y cuando sallan de noche por las pobladas calles de Cór-
doba, iluminadas por muchas hachas, realzando la luz el pulimento
de sus penachos, se deshacían en aplausos los mismos espectado-
res. (4)

{i) Pulgar: parte III, capítulo 41, página 56.


209
El avisado Fernando, cuya sencillez contrastaba con el lujo
de su corte, diríjese al joven duque de este modo: »Brava tropa
para un torneo, señor duque, el oro, aunque vistoso, es de poca
resistencia: mas vale el hierro en Id guerra.» »Señorl responde
Infantado: El mismo ánimo que tuvieron mis gentes para gastar,
tendrán para pelear, prefiriendo la honra á la vida.» Tales fueron
esos hombres que después degeneraron, tales fueron esos tiem-
pos que una multitud de escritores, con mas malicia que ignoran-
cia, presentan desfigurados, esos tiempos de honor y de hidalguía,
de mas puras costumbres que las presentes, donde el hijo privi-
legiado de esta patria abandonaba sus palacios, el religioso afec-
to de sus esposas y todos los encantos del hogar doméstico, para
coronarse de laureles y de una auréola de gloria.
Antes de marchar el egército (1) se sintió un temblor de tierra que
algunos visionarios tuvieron por una desgracia prócsima y que otros
celebraron como señal evidente de la inmediata destrucción del impe-
rio de los moros: (2) el maestre de Alcántara y Martin Alonso, señor
de Montemayor, escoltaban la artilleria, que venia tirada por bueyes
y por los caminos mas fáciles; el rey mandaba en persona el grueso
del egército, precedido de cuatro mil gastadores que despejaban la
fragosidad del camino, á las órdenes del alcaide de los Donceles. Des-
pués de penosas jornadas y de la pérdida de muchos bagajes, que ren-
didos de fatiga perecieron en las marchas, se dió vista al delicioso
valle de Velez, refrescado por las brisas del Mediterráneo: los collados
de esta comarca, vírgenes de la destrucción de la guerra, ostentaban
sus olivares y viñedos, en tanto que por las dehesas y llanuras
ondeaban las lozanas mieses y los numerosos rebaños. En torno de
la ciudad, en medio de sus floridos jardines, se levantaban los pa-
bellones de los moros por encima de las verdes copas de los na-
ranjos, los cedros y los granados. Allí también lucia la pal-
ma, contenta con nuestro clima y con la benignidad de nuestro
cielo.
Velez se hallaba situado al estremo de este valle y al pié
de un aislado cerro dominado por un castillo inaccesible. Además
de sus torres y espesos muros contribuían á defenderle los fuer-
tes de Bena-marhoja, Cómpeta y Gomares.

(1) E l 6 de Abril de 1487.


{% Pulgar: Crónica de los reye» católicos.
210
Al arribo del ejército cristiano y por una calculada coinci-
dencia, vióse aparecer la escuadra que mandaba el conde de
Trevento. El rey se adelantó con algunos de sus nobles para
distribuir las estancias desde la falda de la ladera donde habia
fijado su tienda (1). Regresó muy en breve para lomar algún
sustento. Apenas se habia sentado á la mesa oye una algazara
repentina, y ve correr á sus soldados delante de una fuerza ene-
miga de mayor número que la de los cristianos. Coje una lan-
za al momento, y sin mas armas que su, coraza, salta en su li-
jero caballo para volar al socorro de sus soldados. Cobran alien-
to los fugitivos á la vista de su rey y vuélvense contra los rao-
ros. Impulsado de su valor, mézclase Fernando con los enemigos
y muere instantáneamente á su lado su caballerizo de servicio, pe-
ro antes que pudiese escapar el moro que le habia herido, le
dejó el rey clavado al suelo de un lanza:-o. En este crítico momen-
to iba el rey á sucumbir á los aceros enemigos, pero muéstrase
el marqués de Cádiz, con el conde de Cabra, el adelantado de
Murcia, y el célebre Garcilaso, y cúbrenle con sus pechos: pier-
de el marqués de Cádiz su caballo en la refriega, siendo el
que mas se espuso en esta hazaña generosa. Los moros fueron
rechazados hasta las puertas de Velez.
Estos bizarros, oficiales llenos de amor y de respeto al rede-
dor del soberano, unánimes le conjuran la importancia de su
vida, ponderándole el riesgo que habia corrido; pero Fernando les
contesta que no podía mirar indiferente el peligro de sus hijos
sin acudir á su socorro. Conmuévense los circunstantes, mézclan-
se algunas lágrimas por aquellos rostros varoniles cubiertos de su-
dor y de sangre. La sensible Isabel ordenó mas adelante, en con-
memoración de este suseso, que los blasones de Velez representa-
sen un rey á caballo con un caballerizo muerto á sus pies, y algu-
J W S moros en huida. (2)
El sitio se dilataba, porque detenida la artillería por la frago-
sidad de los caminos, aun no habia llegado á los reales. Suce-
diánse empero los ataques hácia los barrios esteriores, logrando
posesionarse de ellos el ejército cristiano á espensas de mucha

(1) En la cumbre de la montaña que la formaba estaba situado Benlhomiz; Téase


la nomenclatura.
(2) Illescas: bist. pootif. lib. YI. Vedmar, hist. de Velez Máiaea.
211
sangre y de la importante vida de don Alvaro de Portugal, h i -
jo del duque de Braganza.
Creyendo Fernando que los moros de Velez se hallarian so-
bresaltados con este ensayo de sus fuerzas, escríbeles una carta que
fué pasada á los moros en la punta de la pica de uno de los capi-
tanes (1) ofreciéndoles la alternativa de una honrosa capitulación,
ó de un total eslerminio si persistían defendiéndose. Contestaron al
momento que el rey de Castilla era demasiado noble para llevar á
efecto esta amenaza; que nunca se entregarían porque se hallaban
seguros de que la artillería no podia llegar al campamento, y poi-
que antes serian socorridos por el monarca de Granada.
Fernando supo al mismo tiempo haberse reunido en Gomares
muy cerca de quince mil hombres levantados en la Axarquia, y de
que era harto probable la venida del Zagal. Redobla su vigilancia
poniendo el mayor esmero en asegurar la disciplina, desterrando
del ejército los juegos, los rufianes, y las mugeres mundanas.
Inútiles fueron los reiterados ataques de los moriscos de la sier-
ra para envolver á los crií-tianos, y no menos infructuosa la veni-
da del príncipe de Granada para levantar el sitio: derrotados com-
pletamente y cubiertos de ignominia, hallaron un muro de bronce
en el ejército de Fernando.
Esta derrota, que arrebatóla corona al orgulloso Zagal, porque
el pueblo que amaba á Boabdil volvió á jurarle su rey entre ruido-
sas aclamaciones; la venida de la artillería y las persuasiones del
moro Reduan Vcnegas, que al frente de algunos caballos logró in-
troducirse en Velez, determinaron su entrega al ejército cristiano.
Permitióse á sus moradores retirarse al interior con sus efectos y
armas, y 120 españoles, que se hallaron prisioneros, fueron enviados
á Isabel para que solemnizase la victoria.
A la rendición de Velez se siguió la de Gomares, Benthomiz
y demás lugares y castillos de la Axarquia. Otros cuarenta pue-
blos de las Alpujarras se sometieron á Fernando; y Boabdil, que
pugnaba todavía contra el orgulloso Zagal, pidió y obtuvo la pro-
tección de este príncipe, sometiéndose como vasallo de la corona
de Castilla.
Málaga, ó Medina Malea, era entonces la plaza de mas fuerza

(1) CarTajal.
212
é importancia en el imperio de Granada. Fundada en un valle
delicioso, las aguas del Mediterráneo bañaban el pié de sus maci-
zados y altos muros, y el rio de Guadalmedina (1) mas caudaloso
entonces, (2) surgiendo de los montes de castaños, de almendros
y de frutales que en forma de semicírculos y de gradaciones pin-
torescas la coronaban por el Norte, iba besando con sus aguas los
baluartes de Occidente. (3) Una infinidad de torres, la mayor par-
te cuadradas y de lijeros minaretes que se levantaban délas mez-
quitas, dominaban las almenas; pero los formidables castillos de la
Alcazaba y Gibralfaro, mas prominentes aun, aumentaban sus de-
fensas y la hacían inespugnable. Inmediatos á la ciudad se hallaban
dos arrabales, el de la parte del mar contenia los jardines y las
quintas de los vecinos opulentos, y el de la parle de tierra se
hallaba defendido con torres y murallones.
Siendo esla plaza tan rica, tan poblada y mercantil no podia
estar satisfecha con los horrores inmediatos de un asedio. La paz
era sus delicias, y la guerra la espantaba.
Dos gefes militares, de muy opuestos sentimientos, eran ár-
bitros de los destinos de Málaga. Haraet el Zegrí (4) alcaide que
fué de Ronda, era el defensor de Gibralfaro, y Aben Connixa
gobernaba la Alcazaba, ó la fortaleza de la cuesta. Quince mil go-
meres aguerridos, guiados por otros ilustres capitanes, guarnecian
esta ciudad. También habia un moro opulento y poderoso que era
admitido en los consejos y amado ^del pueblo. Se llamaba Aly Dor-
dux.
Don Fernando del Pulgar, en clase de parlamento se le presen-
ta de repente con esta carta del rey:

oAly Dordux; Yo os escribo, y á esa ciudad, según veréis por


»sus cartas, que os remito con don Fernando Pulgar, continuo de
>mi casa. Vos, según vuestro buen seso, habéis de mirar por el bien
wy seguridad de esa ciudad, por ser persona tan cuerda y principal
«en ella: por ende[yo vos mando y encargo luego deis órden que
»esa ciudad responda á la que escribo, conformándose con la ra-

il. Wad- Medtnat quiere decir en árabe Rio de la ciudad.


(2) Sus aguas abastecían la ciudad.
)3) Véase la planta de Málaga árabe.
(4) El P. La leña le llama Hamele Zclí.
213
wzoa, é á lo que iá vida y seguridad de ese pueblo conviene, y
)»en todo ello que á mi servicio cumpla, según de vos lo espero,
»que por ello, demás de ser lo que os importa, vos y vuestros
«parientes recibirán de mi m8rcedes.=De la ciudad de Velez 1 de
«mayo de 1487.
=)>Yo el rey »=«

En consecuencia de esta carta se dirijo Aly Dordux á la Alca-


zaba, seguido de las personas mas influyentes del pueblo, para ha-
cer presente á Aben Connixa lo infructuoso de la resistencia, los
males que iban á sufrir por el sillo y la pérdida de vidas y pro-
piedades si el orgulloso vencedor temaba esta plaza por asalto.
Manifestó queBoabdil, aun siendo tributariu de Castilla, podia per-
petuar el dominio de los árabes en España, y terminó su discurso
haciendo entrever la esperanza de que por su sumisión al rey
católico conservarían la conquista de sus abuelos, sus practicas re-
ligiosas, la homogeneidad d e s ú s costumbres, el honor desús mu-
geres y los perceptibles beneficios de su animado comercio.
El alcaide de la cindadela, herido de estas razones, se determinó
á partir para conferenciar en los reales de Fernando, entregando el
gobierno de la fortaleza á la pericia de su hermano; pero el belicoso
Hamet el Zegrí, lleno de confianza en sus gomeros y en su inaccesi-
ble Castillo, detestando en el fondo de su alma al cobarde ciudadano
que prefería sucumbir á disputar con las armas esta importante ciu-
dad, baja repentinamente á la Alcazaba con una escolta de africanos,
y atraviesa con su espada al hermano de Aben Connixa y á cuantos
osan oponerlo una débil resistencia, proclamándose en el acto su-
premo gefe de la plaza. (1) Este atentado escandaloso hace suspender
las negociaciones que había entablado Fernando, determinando lo
conveniente para no demorar el asedio; pero el marqués de Cádiz,
cuyo consejo poderoso rara vez se desoía por aquel prudente príncipe,
remueve otra tentativa para evitar la efusión de sangre y los horro-
res de un asalto. Sírvese de un moro de Velez, íntimo amigo de Ha-
met, quien le ofrece á nombre del rey católico el usufructo de la
villa de Coin y cuatro mil doblas de oro si entregaba á Gibralfaro, (2)
pero todo fué inútil para el generoso moro que había jurado perecer

(1) Cura de los Palacios: capítulo 82.


(2) E l mismo.
214-
enlre los escombros de su patria. El alto aprecio en que tenia al ofi-
cioso marqués, por mero efecto de la simpatía que saben conocerlos
valientes, fué la única salvaguardia que pudiera proteger á los por-
tadores del mensage, pero declaró al mismo tiempo que bebería en
el cráneo del atrevido parlamentario que osara aconsejar en su pre-
sencia la ignominia de sus armas. (1)
En vista de esta obstinación, que la imparcialidad de la historia
tendrá sin duda por heróica, dispuso el rey don Fernando se adelan-
tase la artillería desde el cuartel real de Bizmiliana, donde estaba|de-
tenida durante los parlamentos. Siguióla todo el egército en prolon-
gadas y vistosas columnas por el camino de Velez y por las plácidas
orillas que baña el Mediterráneo: su azulada superficie era surcada
por las flotas que llevaban los pertrechos de aquel poderoso egército..
Siete siglos habian pasado sobre esta tierra deliciosa sin que el es-
tandarte de la cruz ni las nobles banderas de Castilla hubieran sido
tremoladas en un suelo profanado por un pueblo advenedizo, aunque
inocente en el naufragio de la propiedad de sus padres. Este contras-
te poderoso, la diversidad del idioma y las costumbres, las justas
lágrimas de una nación que no tenia otro delito que haber nacido
en el hogar de sus abuelos, el contento de los españoles descubrien-
do desde estas playas ese continente opuesto á donde serían arrojados
para siempre tanto número de enemigos, arrancaban en aquel tiem-
po, aun con mas energía que en los presentes, esas meditaciones
profundas, esos pensamientos elevados sobre la vicisitud de los im-
perios y sobre la nada de los hombres.
Colocado Hamet el Zegri en esas ruinosas atalayas, en esos viejos
castillos, cuya ecsistencia aun dice mas qué la elocuencia de la his-
toria, observaba lleno de furia la aprocsimacion de los cristianos:
dispone inmediatamente arrasar los arrabales, y que salgan tres ba-
tallones al encuentro de la vanguardia enemiga estacionándolos en
el Cerro de san Cristóbal, en las vertientes de Gibralfaro y en las
avenidas de la playa.
Los valientes españoles que habian comprendido la necesidad de
forzar esta única entrada para dominar la vega y circunvalar la
ciudad, destacaron un cuerpo de gallegos interpolados con algunos
capitanes de la casa Real, y protegidos por el Maestre de Santiago. (2)

(1) Pulgar: Parte III, capítulo 74.


(2) Esta entrada puede determinarse en el dia por la subida del camino que
guia de la Caleta i la Victoria.
215
Subieron con valor la cuesta arriba, pero la bajaron al instante re-
chazados por los moros: repiten un nuevo ataque dirigido por el co-
mendador mayor de León, don Hurtado de Mendoza, Rodrigo de
Ulloa y el intrépido Garcilaso, sin que tampoco les fuese posible
arrojar al enemigo. Seis horas consecutivas había durado este ter-
rible combale, pugnando no solamente con arcabuces y ballestas, sino
con espadas y puñales, resonando por aquellos valles el sonido de
las trompetas, los alaridos de los moros y el estampido de los fue-
gos. Luis Maceda fué el primero cuyo arrojo hizo poner término á
la lucha, metiéndose entre los enemigos y resistiendo con sus ga-
llegos y castellanos el empeño de tan obstinada defensa hasta re-
plegarlos al castillo, tremolando en la altura del cerro de san Cris-
tóbal las banderas españolas. (1)
Este ataque de vanguardia facilitó el paso del egército al de-
clinar de la tarde, acampándose del mejor modo posible; en tanto
que Fernando, seguido de su brillante nobleza, se ocupó toda la
noche en reconocer el campo, en 6jar sus avanzadas, en establecer
escuchas y en vigilar constantemente por la seguridad de sus sol-
dados.
Amanació el 9 de mayo con toda su magostad, se alzaba el
sol de los mares para iluminar la escena, pudiendo el rey contem-
plar el bello aspecto de Málága desde el solar de la Victoria. Re-
gistró sus arboledas, sus multiplicadas vides y la amenidad de sus
huertas. Deteníase complacido en aquel horizonte de castal quB re-
flejaba sus palacios, sus torres y altas murallas, siéndole fácil dis-
tinguir aquellos pensiles encantados, donde la molicie de los árabes
conservaba todavia todo el lujo del oriente.
En la huerta del Acíbar se colocó la tienda del Soberano (2),
parage que, como es fácil comprender, estaba muy al alcance de
los tiros del castillo, aun cuando se hallase en álgun tanto defendido
por algunos edificios que se hallaban de por medio: el corazón mag-
nánimo del rey dió esta nueva muestra de valor á su decidido
eg«rcito.
El cerro de San Cristóbal se confió al marqués de Cádiz con
i 4 mil infantes y 2500 caballos, que se estendian hasta la orilla

(1) Pulgar: Crónica.


(2) Véase la planta de Mala ga Arabe.
29
216
del mar, ocupándola Caleta. (1) El célebre capitán D. Diego Fer-
nandez de Córdoba, conocido por el alcaide de los Donceles, con
los tercios de los duques de Medma-Sidonia y Alburquerque, ocupa-
ba la segunda estancia y todo el espacioso terreno que estaba en-
frente de la puerta de Granada. La tercera se fijó con las gentes
de Sevilla, mandadas por el conde de Cifuentes, en el monte y
avenidas del calvario. El conde de Feria, D. Lorenzo de Figue-
roa y el comendador mayor de Calatrava defendían la huerta del
Acibar y la persona del rey. La quinta estancia se hallaba en la
altura que hoy ocupa el convento de Capuchinos, á cargo de D.
Gutierre de Padilla, del clavero de Calatrava, del maestre de la
misma orden y de D. Alonso Enriquez, comandante del contin-
gente de Ecija. Las huestes pagadas por el arzobispo de Sevilla y
los subditos de D. Pedro Carrillo de Albornoz, bajo el inme-
diato mando del conde de Benavente, formaban la sesta estan-
cia en el rio Guadalmedina. La séptima estaba en el convento de los
Angeles, á cargo del conde de Ureña y de D.Alonso Fernandez de
Córdoba, señor de la casa de Aguilar. La octava, detras de la Tien-
da-real, la mandaba el duque de Náxera, teniendo á sus órdenes
algunas tropas de la guardia. En esa eminencia donde aun vemos
los restos de la Trinidad, campaban las huestes de D. Fadrique de
Toledo y de los capitanes Juan de Almaraz y Alonso Osorio.La décima
se estableció en el área de Zamarrilla al cuidado de D. Hurtado
de Mendoza, con las tropas del cardenal de España, las de su her-
mano y los soldados del conde de Cabra y del comendador de León.
La undécima, paralela á las huertas que ecsistian detrás de Santo
Domingo, se habia confiado á D. Alonso de Cárdenas, al maestre
de Santiago, á don Luis Fernandez Portocarrero y al maestre de
Alcántara, don Juan deEstúñiga. Finalmente, la duodécima, situada
hácia el convento de Carmelitas Calzados, era mandada por D.
Antonio Fonseca, (2) por Garci López de padilla, por el maestre de
Calatrava y por D. Antonio del Aguila. Dos fuertes baterías, la
una de siete lombardas, denominadas las siete hermanas Gimenas,
colocada frente del puente, y la otra en la procsimidad de Gibral-
faro, arrojaban sus proyectiles contra las murallas de Málaga.

1) Fué llamada entonces la Caleta del Marqués, cuyo nombre conserra todavía.
2) Este capitán dió su nombre a las dos torres árabes de este sitio.
217
Este semicírculo terrestre se cerraba por la escuadra que rona-
plelaba el bloqueo á las órdenes del conde de Trevenlo, de Mo-
son Requesens, Martin Ruiz de Mena, de Arriaran y de Antonio
Bnrnal. La circunvalación se hallaba delendida con reductos, valla-
dos y fosos, y con la artillería gruesa desembarcada á este fin. No
dejaba de causar sorpresa un aparato militar tan formidable: los
cerros contiguos á la ciudad estaban coronados de tiendas con las
enseñas de los mas ínclitos guerreros de Castilla. Do quiera chis-
peaban las ferrerías ocupadas en construir máquinas para el asalto,
en otras partes habia talleres de varios oficios, alternando su marti-
lleo con el estruendo de las lombardas. Allí un tropel de picape-
dreros redondeaban las balas de piedra que habia de arrojar la artille-
ría: allí se alzaban las humaredas producidas por los hornos de car-
bón, por la iíiflamacion de la pólvora y por las fogatas cristianas:
allí en fin, á la claridad de la luna, empuñando su tizona, veíase
un hermoso jóven, vigilar por la seguridad de Fernandc, ó al pa-
dre de aquel Garcilaso, tan sensible como las églogas de su predes-
tinado laúd.
Desde lo alto del castillo complacíase Hamet el Zegrí con el
horror de la guerra, y con el frecuente estrago de las baterías
cristianas. Su atezada fisonomía se animaba con su estruendo; y
asomado á sus almenas veia con cierto placer el efecto de los com-
bustibles que cruzaban como metéoros la oscuridad del firmamen-
to. Las mas opulentas casas, convertidas en pirámides de fuego,
resplandecían un instante, y después desaparecían entre, clamores y
sombras. Daba el bárbaro una carcajada al ensanchar el sepulcro
de esta ciudad infeliz, decidido como estaba en entregar al vencedor,
por término de la contienda, un vasto campo de ruinas.
Era la Puerta de Granada acaso la mas fuefte de la ciudad,
porque además de sus torres tenia un doble muro avanzado y cir-
cular con sus competentes defensas (1) En su ámbito se recogían
los ganados, como va dicho en esta historia, haciendo de que los
moros adelantasen sus guerrillas hasta la línea enemiga. Deseoso
de nuevos laureles, se encarga el conde de Cifuentes con algunos
caballeros de la Casa-Real de escalar una alta torre que defendía
los arrabales por esta parte del pueblo, ya medio desmantelada

(1) Véase la planta Arabe de Málaga.


218
por los acertados disparos de la artillería. Este combate fué terrible:
los moros, desde las troneras, daban fuego á las escalas, y arrojando
gran cantidad de resina y pez hirviendo, ofuscaban á los que su-
bían, sacrificándolos al caer con dardos y piedras arrojadizas. Per-
plejos por un segundo aquellos bravos españoles y reforzados opor-
tunamente por el duque de Naxera y el comendador de Calatrava,
repiten al dia siguiente aquella arriesgada empresa, haciéndose due-
ños al momento de esta inespugnable torre; pero los moros que la
abandonaron, reforzados por los de la ciudad, la socavan interior-
mente, poniendo bajo de sus cimientos unos puntales de madera
que incendian inmediatamente. Faltan estos leves apoyos y húndese
la torre con estrépito, dejando sepultados muchos cristianos en sus
escombros y espuestos los demás á los tiros del enemigo. En tan
crítica situación, y favorecidos de una brecha, penetran nuevos re-
fuerzos en el murado arrabal, y sosteniendo otra lucha no menos
tenaz y sangrienta, lograron desalojar al enemigo de esta fortifica-
ción avanzada.
Don Hurtado de Mendoza combatió al siguiente dia la entrada
que habia practicable en el muro del arrabal de Zamarrilla, ganando
la torre inmediata. Algunos de sus escuderos y peones se introduge-
ron por las calles que vieron próesimas; pero detenidos por los mor-
ros, tuvieron que retroceder con alguna pérdida al portillo que ha-
bían ganado. Ufano el enemigo, redobla sus ataques á la torre, que
iba á ser abandonada, si aquel bizarro capitán no se hubiera detenido
eú reforzarla.
Estas primeras ventajas no parecían suficientes para asegurar el
écsito, porque las defensas principales estaban todavía intactas, la
guarnición sin deterioro y con la misma serenidad que su soberbio
caudillo. Acostumbrados los gomeres á los efectos de la artillería,
reparaban inmediatamente las brechas, construyendo nuevos parape-
tos como diestros veteranos. Impacientes lo? cristianos, y picados en
su orgullo por la facilidad de otras conquistas, no les era posible tole-
rar la prolongación del sitio. Temían faltasen las subsistencias, cu-
ya conducción por tierra era escesivamente penosa, y por medio
de la escuadra estaba sujeta á la inconstancia del tiempo. Agregá-
base á esto la alarma que habia producido en todos cierta epidemia
que se habia manifestado en todos los pueblos inmediatos, origi-
nando el que muchos abandonasen los reales, y se volviesen á
sus casas. Aquellos que la codicia estimulaba, y no el deseo de
219
la gloria, dudando de la conquista, desertaron vilmente al enemigo,
ponderando la escasez del egército y la faltado municiones.
Lo moros se reanimaron con la ecsageracion de estas noti-
cias, y hacian súbita? salidas, fortificando con zanjas y empaliza-
das las parles débiles de sus muros; pero nada se ocultaba á la sa-
gacidad de Fernando: ya tenia escrito á la reina que se trasladase
al campo para desmentir estos rumores y las vanas esperanzas que
habia formado el enemigo.
Era una tarde bonancible cuando apareció Isabel, precedida de
equipages, de correos y de brillantes guerreros.
Los fuegos se suspendieron, los soldados se abrazaron, ondeaban
los estandartes, y en la dilatada línea sonó un viva prolongado. Las mu-
rallas de la plaza, las torres mas elevadas, se llenaron de curio-
sos, y hasta el mismo Hamet el Zegrí, deponiendo sus rencores,
clavó sus ojos de linee sobre la tienda del Rey. Venia Isabel en
una muía castaña, sentada sobre una silla de andas con guarnicio-
nes de plata sobredorada. Por las ancas del bruto caian gualdra-
pas de terciopelo carmesí con ricos bordados de oro:, las falsas
riendas y la cabezada eran de seda de raso, entretalladas con le-
tras y con bordad uras del mismo metal precioso. Vestia un brial de
terciopelo y una saya de brocado: tenia un manto de escarlata
recamado á la morisca, y un sombrerito negro, guarnecido de bro-
cado al rededor de la copa y sobre la vuelta del ala.
La dignidad de su persona, la frescura de su edad (1), la
gracia de su espresion, la magostad de su semblante y el pres-
tigio de su nombre, no pueden encarecerse. La sencillez de su
apostura indicaba su modestia. (2) «El conjunto de sus facciones
hacian un todo amabilísimo: rostro ovalado y hermoso, color blan-
co y rubio, ojos entre azul y verde, mirar gracioso y honesto, es-
tatura mediana, continente reposado, voz suave, lengua espe-
dita, ingenio agudo, honestidad cual pocas, el corazón cual mn-
guna.» (3)
El rey se habia adelantado á recibirla, y venia colocado á su

(1) Tenia 36 años cuando vino al sliio de Málaga.


(2) Procsima á terminar su vida, rehusaba todavía esta modesta soberana mos-
trar su delicado pié al prelado que la ungía, no tolerando su pudor recibir el
Sacramento sino con el pié cubierto.
(3) Manuscrito de un criado de Isabel, continuado por el obispo de Falencia,
y que poseyó don Fr. Enrique Flores: véanse lasj^emorias de las reinas calóli-
«as de este autor. Tomo 2.° página 788.
220
izquierda, montado en un soberbio caballo y escollado de la gran-
deza de Castilla. Su trage se componía de un jubón carmesí con
quijotes de seda de raso amarillo, un sayo de brocado, un som-
brero cubierto de delicadas plumas blancas y una espada moris-
ca engastada de diamantes.
Fernando é Isabel se tenian ese respeto recíproco que se nota
entre dos monarcas aliados; por lo cual, antes de llegar á abra-
zarsc se saludaron cortesmenle por tres veces. La Reina se quitó el
sombrero, quedándose con una cofia ó redecilla de seda: Fernando
la abrazó entonces con la mayor ternura, dándola un beso en la me-
jilla: lo mismo hizo con su hija la Infanta doña Isabel, santiguán-
do'.a después y dándola finalmente un ósculo paternal sobre su bo-
ca inocente. (1)
Confio de que mis lectores me prestarán su indulgencia si me
detengo algún tanto en tan curiosos pormenores. Son los anales de la
patria, son las costumbres antiguas, y son los tiernos recuerdos de
aquella i?ema Católica, cuyas cenizas ilustres contemplamos eu Gra-
nada. Dos estátuas coronadas, obras maestras de las artes, dormi-
das eternamente, simbolizan á la muerte en la gótica capilla, en
lauto que yo recopilo la actividad de sus vidas, la heroicidad de
sus acciones y su póstumo renombre. Estos apuntes históricos pu-
dieran asemejarse al incienso que se quema delante del mausoleo.
La tienda de Isabel se colocó en la altura de la Trinidad, (2)
y con su venida se suspendieron en un instante los horrores del ase-
dio. Cesó el fuego contra la plaza, y volvieron á despacharse emi-
sarios para que eligiese el enemigo entre la paz y la muerte, si
persistía defendiéndose.
indignado Hamet el Zegrí de estas amonestaciones, despidió á
los mensageros sin darles una respuesta, y sacrificando al pacífico
ciudadano que pensaba era prudente ceder, llegando el pueblo á in-
timidarse con la brutalidad de los Comeres.
Luego que supo Fernando el desprecio del enemigo, se enfure-
ció sobremanera, y para hacer aun alarde de que le sobraban municio-
nes, mandó hacer una descarga general de todas las baterías, cuya
esplosion repentina convenció á Hamet el Zegrí del error en que

(1) Cura de los Palacios.


(2) Véase la planta árabe de Málaga.
221
se hallaba sobre la escasés de pólvora; difundiendo tal espanto en
los vecinos de Málaga, que no sabían ya que hacerse, si entregarse
á nuestro egército ó sucumbir á sus tiranos.
En aquella misma tarde del arribo de la reina, pasaron los so-
beranos á visitar al marqués de Cádiz en su magnífica tienda de
colgaduras do brocado y de finísimo paño de Francia: se a'zaba so-
bre el cerro de S;m Cristóbal: sirvióse á los reyes y á su ilustre
comitiva un espléndido refresco, en tanto que el obsequioso mar-
qués mandó hacer vanos disparos con las lombardas mas gruesas
para distraer á la Reina con esta prueba de sus fuerzas; pero
su rostro varonil cambia el color súbitamente mirando su propio es-
tandarte desplegado sobre las torres del castillo. Era la misma ban-
dera que había quedado hecha trizas sobre los montes de Málaga. (1)
Aumentóse su sonrojo viendo á los moros cubiertos con los cascos
y corazas de los nobles capitanes que habían quedado rendidos en
tan sangrienta jornada. Dominó su indignación, y remilió para otro
día satisfacer el insulto.
A la mañana siguiente rompieron las baterías del marqués de
Cádiz un fuego vivo y sostenido contra el Castillo de Gibralfaro^
cuyos torreones apenas se distinguían por entre las aglomeradas
nubes de un humo negro y espeso. Duró el estruendo todo el día,
continuando por la noche y repitiéndose en el inmediato. La torre
donde lució aquella insolente bandera ya estaba desmantelada y to-
da llena de escombros, habiéndose también abierto brecha sobre el
lienzo de los muros. La fogosa juventud pedia á voces el asalto, en tan-
to que oíros guerreros, de mas edad y esperiencia, desechaban el pro-
yecto, pero estuvieron unánimes en acercarse mas al enemigo enseñal
de que aceptaban su reto.
El marqués aun vacilaba, porque no podia ocultárselela inminencia
del peligro: precipitóle su valor y la presencia de la Reina, adelantán-
dose con su campo hasta sentarlo á un corlo tiro de ballesta de ios ba-
luartes del Castillo. El cañoneo había cesado, la noche se adelantaba y
el soldado soñolientó descansaba sobre el yelmo y abrazado con su es-
pada. No se oían otros rumores que el murmullo de las olas.
Unos mil moros encogidos, mandados por Aben Zenele, segundo de
Haraet el Zegrí, presénlanse de improviso sobre los puestos avanza-

{i) En la batalla de la Axarquii.


222
dos, sacrificando á muchos soldados y ahuyentando á los demás. Oye el
marqués aquel tumulto casi á la puerta de su tienda, y vé correr á ?u
gente en un confuso desorden. Decídese su almagrando, y sale sin
otra escolta que un oficial de servicio que llevaba su bandera. «Vuel-
ta, hidalgos, repelía, vuelta que yo soy el marqués! yo soy Ponce de
León!» Aquella voz tan querida los hiere súbitamente; agrúpanse
á su estandarte y resisten como fieras, ausiliados de algunos gallegos
y peones délas hermandades, que acudieron al conflicto.Trabóse en-
tonces una lucha tan sangrienta como tenaz sobre un terreno desigual,
peleando cuerpo á cuerpo, hiriéndose con los puñales y cayendo aun
abrasados por aquellos precipicios. Poco faltó para que la enseña del
marqués la aurebatase el enemigo: vertieron su sangre en su defensa
D. Diego y D. Luis Ponce, hermanos y yerno del caudillo; pero ce-
dieron los moros, llevándose á su capitán atravesado de una lan-
zada.
Entonces los cristianos quedaron mas espuestos á los tiros del
castillo sin poder tocar la brecha: la coraza del marqués fué pasada
de un balazo. Pensóse en la retirada y en volverse á establecer en
lo mas alto del cerro pa> a salvar de esta manera á una parte del
egército. Costó este imprudente ataque la perdida del Alcaide de
Atienza, Garci Bravo; de Iñigo López Medrano, señor de C^bamllas;
de Gabriel de Sotomayor, y de otros ilustres guerreros, siendo llo-
rado de todos los españoles el célebre capitán Ortega de Prado que
habia sido el primero en escalar los muros de Alhama. El marqués
de Cádiz tenia en grande estima sus talentos. (1)
Ganados los arrabales por los anteriores combates, dispuso el
rey se estrechase mas el cerco, aprocsimando las estancias á la in-
mediación de las murallas, fortaleciéndolas con cabás y palenques (2¡),
y para mayor seguridad de los cristianos, se construyeron unas triples
tapias en toda la circunvalación con sus respectivas entradas, al cui-
dado de tropas escogidas.
Nuestro egército abundaba en subsistencias, traidas de vanos
puertos de Andalucía, sin que los piratas del Africa pudieran inter-
ceptarlas, porque algunos buques de la escuadra cruzaban por el
Estrecho para proteger estos convoyes. De Barcelona, Valencia, Se-

(1) Zurita, Mariana, Abarca.


(2) Estacada al derredor del terreno donde debía combatirse.
223
villa y Portugal se trageron municiones,y, para el asalto de la plaza, se
construyeron unas torres de madera montadas sobre ruedas, capaces
de contener cien hombres cada una. Estas máquinas tenian unas es-
calas que se aferraban á los muros, llevando otras ingeridas en las
primeras para descender á la ciudad. (1) También construyeron man-
tas reales, (2^ bancos pinjados, f3J madarates, (i) grúas (5) y ga-
lápagos. (&] Abriéronse minas en diferentes puntos, dirigidas por el
duque de Náxera, conde de Benavente, conde de Feria, Clavero de
Calatrava, y D. Fadrique deTgledo; unas para volar el muro, otras
para la entrada de las tropas por debajo de sus cimientos, sin que ce-
sase en el entretanto, por toda la ostensión de la línea, el fuego bien
nutrido de la artillería de los cristianos.
Haraet el Zegrí, en el entretanto, oponia constantemente la ac-
tividad de su jenio y la decisión de su carácter. Habia dividido la
guarnición en partidas de cien hombres á las órdenes de un capitán,
ya para hostilizar á los cristianos con mas simultaneidad, ya para
que rondasen la ciudad, ó ya para que sirviesen de reserva en todo
el círculo de los muros. También hizo armar seis albatozas, especie
de empalletados á bateríasflotantes(7) con piezas de grueso calibre,
para atacar nuestra escuadra. En un continuo movimiento duplicaba
sus arremetidas, desvelando nuestro egército, diezmando nuestros sol-
dados y prolongando la lucha. Para resistir estos asaltos mandó el
rey se profundizasen los fosos en derredor del campamento, y que
se plantase una estacada por la parle de la línea que miraba ú
Gibralfaro. Garcilaso de la Vega, Juan de Zúñiga y Diego de Ataide
tenían especial encargo de cuidar se conservase.
No podía tardar Hamet en descubrir nuestras minas ni en orde-
nar contraminarlas: los guerreros de ambas naciones pelearon en

Se llamaban bastidas.
(2j
(2) Antigua defensa militar, hecha con vigas y tablones, cuyo objeto era cubrir
al soldado, facilitando se acercase á las murallas; se revestían con pieles frescas de
•acá para defenderse del fuego.
(3) Del antiguo verbo español fincar o cohjar. componíase de maderos de muy
fuerte trabaron con cubierta que pudiese resistir al fuego, debajo de la cual iba col-
gado el ariete que se llamaba pinjado.
(4) Madarale ó mantelete; parapeto portátil de madera, construido á prueba de
mosquete, y cubierto de frescas pieles de vaca. Defendían á los zapadores como los
plúteos de los romanos.
(5) Andamio triangular con fuertes garruchas para subir piezas grandes.
(6) Grandes escudos de madera cubiertos de pieles y muy semejante? á los tes-
tudos romanos. Reunidas algunas de estas máquinas formaban una techumbre im-
penetrable y facilitaban los aproches.
(7) Se usaron por los españoles en el último sitio de Gibraltar.
30
224
aquellos oscuros subterráneos, y aun cuando los españoles retroce-
dieron una vez, después de seis horas de uno de los mas reñidos
combates, en que los moros hicieron prodigios de valor, tuvieron
que ceder al fin á los cristianos, encerrándose en la ciudad para
perecer de hambre si prolongaban el asedio con su inútil resis-
tencia.
En medio de tantos sufrimientos, esta última calamidad se pse-
senta con todos sus horrores. Los indómitos gomeros se hallaban
reducidos á seis onzas de pan diarias, y los vecinos mas ricos,
ansiosos de la paz, deploraban tan temeraria defensa. Una porción
de ciudadanos, llenos los ojos de lágrimas, preséntanse á Alí Doe-
dux, encargado de la custodia de una puerta, le esponen la mi-
sena de sus hijos, el desfallecimiento de sus esposas, y su pro-
pio abatimiento: le conjuran interponga sus gestiones para entre-
gar la ciudad y conservar sus propias vidas.
Oyólos Alí Dordux con la bondad que le era propia, y, de
acuerdo con sus amigos, propone al rey don Fernando facilitar la
entrada de su egércilo por la puerta que defendía, siempre que
obtuviese la seguridad de la ecsiste'ncia y propiedades de aquellos
moradores. Volvia el fiel comisario con la respuesta que anhelaban;
pero, al acercarse á la ciudad, fué arrestado por una avanzada
de gomeres teniéndole por espía. El compromiso era inminente si
aquel hombre hubiera sido registrado; pero el sagaz mensagero
escápase de los soldados y parte á todo correr hácia la tienda de
Fernando. Aunque le detuvo en su fuga una vira de ballesta, que
le atravesó la espalda, llegó cubierto de sangre á el campo de los
cristianos para morir con su secreto.
El vencedor de la Axarquia, aquel famoso zagal que fué á su
vez balido en los montes de Velez, impulsado de sus alfaquies y
de sus propios rencores, reúne en Guadix lo mejor de sus sol-
dados, y los manda de refuerzo á la guarnición de Málaga: pero
su hermano Boabdil los bate completamente en prueba de su alian-
za con el monarca de Castilla. Este suceso favorable fué trasmitido
á Fernando por el desgraciado príncipe con un regalo magnífico,
solicitando del rey algunas tropas ausiliares para defenderse de su
hermano y de los mal contentos de Granada. Partió Gonzalo de
Córdoba con dos mil infantes y mil caballos escogidos en ausilio
de Boabdil, y para dar á los romanceros esa multitud de anécdo-
tas, va falsas VP verdaderas, sobre sus galanterías.
225
En la huerta del Acíbar, en ese suelo mismo donde ahora
vemos un convento consagrado á la Victoria, se reunían en aquel
tiempo los destinos de la España. Se alzaba una cruz de t ro an-
te la tienda del rey, y la bandera de Castilla ondeaba sobre este
emblema religioso. Muchos nobles españoles se presentaban diaria-
mente acompañados de sus súbditos, y hasta un enviado de Tre-
mecen, tocando en el puerto de Málaga, llegó también á los reales
con un magnífico regalo. Eran caballos de Berbería con jaeces cu-
biertos de oro, mantos ricamente bordados, vestidos de seda de
grande estima, aderezos de esquisitas pedrerías y los célebres per-
futnes de la Arabia. Este embajador, del mismo pueblo á quien ha-
cia la guerra el rey, solicitaba con empeño su alian/.a poderosa,
pidiendo á nombre de su amo un modelo de las armas españolas
para que fuesen respetadas do quiera que las encontrasen, y so-
licitando al mismo tiempo la clemencia del monarca para todos los
habitantes de esta ciudad desgraciada.
Accedió el rey á sus demandas, concediéndole su amistad y en-
tregándole vnrios modelos de las armas españolas en escudos de oro
del tamaño de una mano. (1)
En una aldea, no muy distante de Guadix, vivía por el tiempo á
que se refiere esta historia un moro anciano tunecino, llamado Ara-
ham Alguerbí, que por espacio de muchos años se ejercitaba en la
oración. El aislamiento á que estaba reducido, sus ayunos y peni-
tencias, su vida contemplativa y las revelaciones que creía recibir
de un ángel que le enviaba Mahoma, lo recomendaban por un santo
entre los moradores del contorno, de suyo crédulos y entusiastas. Yió-
sele aparecer cierto día por las calles de Guadix con el semblante de-
mudado y con los ojos encendidos, concitando al pueblo á que le si-
guiera para libertar á Málaga del cerco de los cristianos. Esta osci-
tación, que en época mas tranquila se hubiera tenido por locura aun
por los mismos mahometanos, ahora produjo cierto efecto en este pueblo
desgraciado, reuniéndosele como unos 400 hombres, la mayor parte
gomeros, resueltos á obedecerle.
Después de penosas marchas, ocultándose durante el día, trepan-
do montes y colinas, llegó e^ta tropa de fanáticos á dar vista á los
cristianos. El hermitaño impostor registró desde una altura la esten-

(!) Cura de los Palacies: capítulo 84. Pulgar, parte tercera: capítulo 86.
226
sion de nuestra línea, eligiendo para su rebato la estancia del mar-
qués de Cádiz. Apenas rayaba el alba, cuando cayeron por la retaguar-
dia de los españoles procurando abrirse paso y penetrar en la plaza:
desvanecida la natural sorpresa por tan inesperado ataque, fueron
acuchillados por los tercios del marqués, refugiándose en la ciudad
como unos 200 hombres.
Sin tomar parte en la contienda, y ocupado en su proyecto, se
halló al santón de rodillas, inmóvil como una estatua, y alzadas las
manos al cielo. Las tropas se acercaron á él con cierta mezcla de
curiosidad y de respeto, y, sin causarle ningún daño, lo presenta-
ron al marqués. Interrogado por este ilustre caudillo, manifestó que
era santo, que Alá le había revelado, por la mediación del profe-
ta, cuanto debia acontecer en tan memorable asedio. Chanceándose
el marqués de Cádiz, ó impulsado por la general inclinación de los
débiles humanos en procurar conocer la oscuridad del porvenir, pre-
guntóle inmediatamente cuando se rendirla la plaza, y respondió
con aire de inspirado y misterioso que solo delante de los reyes
podria revelar este secreto. Picado de curiosidad, pidió permiso el
marqués para presentarlo á sus altezas, llevándole con el albornoz
que le cubria y en su propio desaliño.
Estaba el rey recogido cuando llegó el more santo, y aun
cuando Isabel hubiera gustado mucho recibir á este hombre ra-
ro, por un efecto de atención, mandó retirarlo fuera hasta que
despertara Fernando. Se encaminó, seguido de una porción de
curiosos, á la magnífica tienda de doña Beatriz de- Bobadi-
lla, esposa de don Alvaro de Portugal, hijo del duque de Braganza.
Engañado el impostor por la bnllantéz de estas personas, é igno-
rante de la lengua, imaginó que se hallaba en la presencia de los
reyes. Pide le den un jarro de agua, que tomó .con avidéz, pero
al levantar el brazo para acercarla á sus labios, separa diestramente
el albornoz, arroja el jarro por el suelo, y tirando un terciado ó
espada corta que encubría, dió á don Alvaro tan terrible cuchillada
en la cabeza, que le postró por el suelo y estuvo á punto de mo-
rir. Vuélvese inmediatamente hácia la hermosa Beatriz para repetir
el golpe, pero afortunadamente se le enredó el arma en las colgadu-
ras de la tienda, (4) salvándose esta señora. Aun cuando quiso he-

(1) Pedro Martin: Epist. 62.


227
rir de nuevo, fué desarmado inmediatamente por el tesorero del
egército Rui López de Toledo, y Fr. Juan de Velalcazar, sin que
pudiesen impedir Je hicieran mil pedazos las tropas del marqués de
Cádiz: (1) Su destrozado cadáver fué metido en un trabuco (2) y
arrojado á la ciudad. Los gomeres le recogieron como una vene-
rable reliquia, reuniendo todos sus fragmentos con unos hilos de
seda, llenándole de perfumes y enterrándole con la pompa de los
mártires. Para significar su venganza mataron á uno de los cauti-
vos mas principales, y, poniéndole sobre un asno, lo echaron á nues-
tro campo.
Los ayes de doña Beatriz (3) instruyeron á los reyes de tan
atroz atentado. Saltó Fernando de la cama, alarmado de aquel riesgo
y lleno de gratitud por los arcanos d é l a Providencia. Desde en-
tonces se nombraron para custodia de las personas reales, además
de las guardias ordinarias, doscientos caballeros hijos-dalgos de los
reinos de Castilla y Aragón, echando del campamento á los moros
mudejares, y prohibiendo que ninguno de los infieles viviese en-
tre los cristianos.
Apenas se hubieron terminado los fúnebres honores del santo,
cuando apareció otro Dervis con una bandera blanca, titulándose
profeta. Prometíales por Alá que siguiendo aquella enseña vencerían
á los cristianos, obteniendo los recursos que abundaban en su cam-
po. (4) Impacientes los habitantes, y desesperados de hambre, an-
helaban el combate; pero el astuto impostor les conlesraba de que
el cielo aun no habia determinado este momento decisivo. El or-
gulloso Hamet el Zegrí recibió esta profecía con señales de respe-
to, llevó al Dervis al castillo, enarbolando su bandera en la mas
alta de sus torres para consolar al pueblo.
Entretanto los cristianos, rebosando en subsistencias, miraban co-
mo cercana la rendición de la plaza. No pasaba un solo dia sin que
llegasen al puerto algún refuerzo de soldados, 6 alguna bandera ilustre
de una casa poderosa que prestaba sus ausilios para tan gloriosa em-
presa. E! duque de Medina-Sidonia, cubriendo el mar con una flota,
llegó por tierra á la tienda de Fernando con una hueste numerosa,

(1) Cura de los Palacios.


2 Especie de catapulta ó máquina para arrojar piedras muy gruesas.
\i) Garibay.
(4) Cura de los Palacios.
228
colectada en sus estados, poniendo á disposición del rey veinte
mil doblas de oro, sutna ecsorbitante ea aquel siglo tan escaso
de numerario. i.
Aun cuando el egército escedia de mas de sesenta mil hom-
bres, volvieron otra vez los reyes á hacer proposiciones de paz,
con promesas favorables. Deseaban economizar la sangre vertida
tan inútilmente, ofreciendo á los sitiados la seguridad de sus v i -
das, la conservación de sus haciendas y la libertad de sus creen-
cias; pero el obstinado Hamet, contemplando todavía la integridad
de sus defensas, é impulsado por el Dervis, despreció á los men-
sageros, negándose á capitular.
Al momento los cristianos redoblan su actividad: Rui Ló-
pez de Toledo, tesorero de la Reina, con algunos caballeros
de la casa real, asalta denodadamente las dos torres inmedia-
tas á la puerta de Granada, que eran las últimas defensas que
teniau por aquel punto; se tomaron y perdieron muchas veces,
pero, incendiadas por los moros, quedaron abandonadas. En lo
recio de este choque fallecieron Juan de Virues, Alonso de
Samillan, Diego de Mazariegos y otros distinguidos capitanes.
Por la parte de la mar rechazaron las albafozas la escua-
dra del duque de Medina-Sidonia, echando á pique uno de sus ma-
yores buques.
Esta resistencia constante contra un egército tan formidable lle-
naba de indignación á los cristianos. Resuélvese por el rey aprocsi-
mar las estancias y batir la plaza en brecha. Renuévanse los ataques
en la dilatada línea por un impulso simultáneo, y gánanse todas las
posiciones intermedias hasta las barreras esteriores. Francisca Ra-
mírez de Orena, por sobre nombre, de Madrid, mayor general de
artillería, se encarga de forzar el puente de cuatro arcos, de sólida
y antigua construcción, que defendían dos robustas torres corona-
da? de cañones. (1) La empresa era arriesgadísima por la dificultad
de los aproches; pero este hábil ingeniero 'hace construir una mi-
na hasta el plano de la primera torre, introduciendo secretamen-

(1) Aun cuando no hay dato seguro sobre la época en que se construyó este puente,
que no falta quien atribuya á los romanos, sabemos, por Morejon, que en una de
sus dos torres se bailó una inscripción árabe medio borrada que parecía demos-
trar que habia sido reedificado. Se hallaba situado donde ahora temos el de
madera, y desapareció en la inundación que tuvo lugar en 22 de setiembr*
de 1661.
229
le una pieza de batir {\) que la pudiese volar á una señal con-
venida. Entonces se acercó al puente por medio de sus zapado-
res, hasta formar un reducto que llenó de artillería para comba-
tir la torre. En el vigor de ambos fuegos revienta la oculta má-
quina con una esplosion horrorosa, haciendo venir á tierra una
gran parte de la tone, y sepultando entre sus escombros a muchos
de sus defensores. Los demás huyeron despavoridos por aquel es-
tremecimiento y llenos de confusión por tan inesperado accidente.
Sin perder un instante los cristianos, parapétanse de nuevo en
los restos del torreón para batir el opuesto. Era terrible aquel
fuego á una distancia tan corta, sostenido con arcabuces y ba-
llestas; pero el intrépido Ramírez, de parapeto en parapeto, llegó á
ponerse debajo de la artillería de los moros, abandonando la se-
gunda forre, que tuvieron que ceder al valor. de nuestro egército.
Los conocedores del arte de la guerra y de la localidad de este
combate en el reducido ámbito de un puente flanqueado por una
estensa paralela de murallas coronadas de artillería, apreciarán co-
mo corresponde un hecho de armas tan heróico para el ilustro
caudillo y para los bravos españoles que osaron acometerle. No
quedó sin recompensa: Francisco Ramírez de Orena, luego que
se rindió Málaga, fué armado caballero por el escelso don Fernan-
do en la misma torre destruida que conquistó con tanta gloria. (2)
El hambre de la ciudad era ya tan escesiva, que, desesperados
los gomeros, penetraban en las casas para devorar los cueros de vaca
y las hojas de parra cocidas con aceite, ultimo ausilio de los infelices
habitantes. En este horroroso conflicto veíanseles vagar eesánimes en
busca de los cristianos para ofrecerse por esclavos. Murmuraban de
Hamet el Zegrí sin que la bandera blanca pudiese ya reanimar las
esperanzas de este moribundo pueblo. Volvieron á Alí-Dordux, su-
prcándole intercediese con aquel obstinado caudillo para que, entre-
gando la plaza, terminasen sus miserias y se atajase la mortandad
que sufrían. No vaciló este honrado musulmán en asociarse con cierto
alfaquí llamado Abraham Alhariz y con un habitante principal que se
nombraba Amar Ben Amar, determinando los tres dirijirse á Gi-
bralfaro.
Sentado junto á una mesa de piedra con varios pergaminos de-

(1) Llámase Cartago ó Cortao, cuyo destino era abrir brecha á las murallas.
(2) Pulgar, parte tercera, capítulo 91.
230
senrollados, llenos de caracteres misteriosos y de figuras cabalísticas,
esparcidos en derredor vanos instrumentos estraños y desconocidos,
pensativo y taciturno apareció Hamet el Zegrí conferenciando con el
Dervis sobre las desgracias públicas, cuando llegó Alí-Dordux (I).
Salúdale este moro generoso con alguna admiración, y le dirijo este
discurso: »Te requerimos en el nombre de un Dios Omnipotente desis-
tas ya de una resistencia tan funesta como inútil para el desgra-
ciado pueblo que la hambre desespera: venimos á rogarte entregues
esta ciudad á los cristianos, antes que se estinga para siempre la es-
peranza en su clemencia. Millares de nuestros guerrejos tiene pos-
trados la cuchilla del enemigo; no quieras tú que la miseria arreba-
te los que quedan, con tanta muger inerme y tantos niños inocentes,
que, arrasados los ojos de lágrimas, piden pan, ó se nos mueran
sin que podamos remediarles... ¿De qué sirve esa temeraria resis-
tencia? ¿Son mas fuertes por ventura estas muí alias cascadas que
lo fueron las de Ronda? ¿Son acaso mas valientes los soldados que
tú mandas que los guerreros de Loja? Ronda ha desaparecido, y
la nobleza de Loja sucumbió ante los destinos venturosos de ese
enemigo formidable. ¿Seremos tan estúpidos que soñemos en au-
siliares? Ya no hay tiempo de esperanzas, y Granada, la gran
corte, perdió su orgullo y su fuerza: ya no tiene capitanes, ya
no tiene ilustres hijos quo defiendan sus recintos. Te rogamos por
Alá no seas tú mas enemigo de esta Málaga infeliz que pudo serlo
el cristiano. Entrégale lo que queda de esta ciudad arruinada
otro tiempo tan dichosa!... y pon alivio á nuestras penas.»
A este sentido discurso, pronunciado con vehemencia, nada tu-
vo que oponer el gobernador del castillo: le escuchó sin alterar-
se, porque el público infortunio calmaba en algún tanto los furores
de su alma: contestó de esta manera: «Un poco de paciencia, ami-
gos mios, y tened rnas confianza en este santo que aquí veis: nues-
tros males van á terminar muy pronto; los hados son inmutables;
está escrito en el libro del destino que saldremos vencedores de la
próesima batalla, y que esos montones de harina que blanquean en
el campo de los cristianos van á ser nuestros trofeos. Así lo ha
prometido el grande Alá por boca de su profeta. Allah Achbar (¡Dios
es grandel) Nadie se oponga á los decretos del Altísimo.»

(1) Cura de los Palacios.


231
Apenas se habían apartado los mensageros del castillo, cuando
desapareció la blanca enseña que tremolaba en sus almenas. Oyóse
un rumor guerrero asemejado al zumbido lejano de los truenos
enmedio de las soledades del mundo; era el último esfuerzo del
valor impulsado por el fanatismo. La guarnición de Gibralfaro atra-
viesa la ciudad con una decisión solemne. El inspirado Alfaqui mar-
chaba delante de las columnas de gomeros, alzando su alto estandar-
te, á cuya vista se prosternaba el escuálido habitante como ante la
bandera de Mahoma. Allah Achbar! repetian los moradores infelices,
como todos los pueblos de la tierra cuando la calamidad los amenaza.
La esperanza y el temor agitaban sus corazones, y aquellos que no
salieron al combate coronaban las almenas y azoteas, la vista fija en
una batalla quejuzgaban decisiva.
Esta multitud de hombres inspirados por el fanatismo, y resuel-
tos á sepultarse entre los escombros de su patria, precipítase como
un furioso huracán contra las estancias del maestre de Santiago y del
maestre de Alcántara, causando un terrible estrago entre las filas cris-
tianas. En medio de los horrores del combate, párase un moro de re-
pente delante de unos niños españoles que acababan de despertar por
el estruendo de las armas, y compadecido de su inocencia, detiene SH
sañudo brazo y esclama con el acento de los héroes: «Andad,rapaces, á
vuestras madres.» El fanático Dervis le reprende por su misericordia y
elguerrerole responde: «No los maté, por que no vide barbas.» (1) ¡Ac-
ción sublime que la historia ha trasmitido como un rayo de luz pura,
lanzado por el mismo cielo sobre las iras de la tierra!... Este ilustre ca-
pitán se llamaba AbrahamZenete, y fué recompensado por Fernando (2).
Alarmado el campamento con tan inesperado arrojo, replegóse todo
el egército al rededor de los reyes. D. Pedro Portocarrero, D. Alonso
Pacheco y Lorenzo Suarez de Mendoza defendiéronlos portillos, que no
pudieron ser forzados en ningún punto déla línea. Se hizo un horroro-
so fuego sobre las huestes enemigas, que aunque reiteraban sus ata-
ques, eran siempre rechazadas. Desesperados y rabiosos, hacen el pos-
trer esfuerzo para escalar los parapetos de los reales, acometiendo por
entre una densa lluvia de dardos y de saetas, animados por Hamet el
Zegrí, que corría de fila en fila para impulsar sus gomeros, respirando
solo rabia y rugiendo como un tigre. El santón no le iba en zaga, agitando

(1) Cura de los Palacios: capítulo 84.


(2) Crónica de Pulgar.
31
232
estandarte y ecsilando á la matanza, pero una piedra arrojada por una
de nuestras catapultas puso fin á sus delirios.
En este momento crítico desmayan los mahometanos, desaní-
manse del todo, y huyen en un confuso tropel delante de nués-
trcs soldados, sin que los esfuerzos de Hamet tuviesen otro resul-
tado que cubrir la retirada hasta entrar en la ciu iad. Dicemí-
nanse por las calles, cubiertos de imprecaciones por el pueblo su-
blevado y ya cansado de sufrir. Hamet el Zegrí, perdido todo su
ascendiente, renuncia el mando de la ciudad y se esconde en Gi-
bralfaro con algunos pocos gomeros.
En tan estraordinarias circunstancias, encárgase Aly-Dordux de
los destinos del pueblo, nombrando una junta provisional compues-
ta de los moros principales. Fué su primera decisión enviar un
parlamentario al monarca castellano, ofreciéndole la entrega de la
ciudad si les aseguraba sus personas y sus bienes en clase de
mudejares. »Ya no es tiempo de pedir ni de conceder partidos,
responde el rey con entereza, pues bien sé que el hambre y no
vuestra voluntad es la que os mueve á capitular conmigo: en-
tregaos á discreción, y disponeos á sufrir la ley que imponga el
vencedor; los que merezcan la muerte, morirán, y los que el cau-
tiverio, quedarán cautivos.»
Sin embargo de la severidad de esta respuesta, se previno á
Alí-Dordux, que si iníluia para la entrega, sin otra condición que
la piedad de los reyes, se le harían mercedes muy seña-
ladas.
La consternación llegó á su colmo con una contestación tan
dura; pero Alí-Dordux les consolaba con una esperanza favora-
ble, oneciéndoles ir en persona á implorar nuevamente al sobe-
rano. No quiso Fernando recibirlo, diciendo lleno de enfado al
comendador de León; «Dadlos al diablo, que no los quiero ver,
ni los he de tomar sino como á vencidos, dándose á mi mer-
ced.» {2J
Esta nueva repulsa; en medio del hambre que los consu-
mía, puso á la población de Málaga en la última desespera-
ción: escriben otra vez al rey, manifestando decididos, que si
no les concedía la seguridad de sus personas, colgarían de las

(1) Garibay: libro 18, capítulo 33.


(2) Gura de los Palacios: capitulo 84.
233
almenas de la ciudad 1500 cristianos do ambos secsos que
contenían sus mazmorras, dando fuego á sus hogares y ar-
rojándose otra vez á buscar un sepulcro de sangre entre las filas
cristianas, posesionándose nuestros príncipes de un conjunto de
ruinas.
Suscitáronse algunos debates en la tienda de Fernando á
consecuencia de esta carta: muchos de aquellos orgullosos caba-
lleros incitaban al monarca á que los tratase con un rigor esce-
sivo, porque se hallaban resentidos por las pérdidas sufridas; pe-
ro la generosa Isabel, reprobando estos consejos, insistió porque
tan señalado triunfo fuese ecsento de todo acto de crueldad. (1)
En el entretanto, los moros, desesperados y sañudos, contem-
plaban á la muerte bajo las formas mas horribles. Gritaban en
su frenesí: perezcan los cultivos, arda esía pueblo proscr:plo, no
quede piedra sobre piedra, no haya piedad en los hombres: ven-
guemos á nuestros padresl En este sublime horror se oia la voz
de Alí-Dordux que tronaba de esta suerte: «Padres de familias!
¡Ciudadanos principales! los que viven de la espada, que perez-
can por la espada una vez que lo quisieron; pero huyamos de
su ejemplo. Corramos con nuestras débiles esposas á la presen-
cia de Fernando: su alma es demasiado grande para que deje
de apiadarse de nuestros hijos inocentes; y si es indigno de su
fama, ahí está la piedad misma en la reina de Castilla, cuyo in-
flujo es poderoso y se acata como ley.»
Si en los horrores de un naufragio, desmantelada la nave
por los encuentros con las rocas, enmedio de la oscuridad de la
noche, eclipsadas las estrellas entre el silbido de los huracanes
y de las olas agitadas, ven los míseros humanos la vaguedad de
una luz en la temida ribera que acaso sirva á iluminar sus des-
pojos palpitantes, suspéndense sos temores, cesan un instante sus
ayes y alientan una esperanza. Del mismo modo este pueblo
depone como por encanto el delirio de su alma, y creyendo á
Alí-Dordux, porque la desgracia cree, le autorizan plenamente
para que entregue la ciudad á merced de nuestros reyes. Par-
te este ilustre ciudadano otra vez al campamento con varios re-
galos de seda y oro, pedrerías, alhajas de grande estima, aro-

(1) Pulgar.
23^
raas y oíros objetos de valor, tesoros de su opulencia que sa-
crificó á su patria. Preséntase á aquellos príncipes con la ener-
gía de sus virtudes, y, enumerando las proezas de su escelsa
dinastía y los rasgos de clemencia usados por otro Fernando
en las conquistas de Córdoba y de Sevilla, se prosterna someti-
o á su voluntad suprema.
Alí-Dordux quedó indultado con cuarenta familias principales
que obtuvieron facultad de permanecer en Málaga en clase de
mudejares (V- Entregáronse los rehenes, que consistían en otros
veinte, ciudadanos distinguidos; y D. Gutierre de Cárdenas, co-
mendador mayor de León, armado de punta en blanco, tomó
posesión de la ciudad en nombre de los soberanos. Siguiéronle
algunas tropas con varios gefes del egército, enarbolándose la
bandera de la cruz, «1 estandarte de Castilla y el pendón de
Santiago en esa alta torre que aun ecsiste sobre los muros de la
Alcazaba. En esa carcomida atalaya, testigo de tantos siglos, que
desde entonces fué llamada la torre del Homenage, resonaron las
festivas voces de Castilla, de Fernando y de Isabel, repetidas por
tres veces entre las salvas de la artillería de toda la línea y de
la escuadra, y de las músicas guerreras.
Tuvo lugar este memorable suceso el sábado 18 de agosto
de i 487, después de un sitio de tres meses y once dias. Los mas
renombrados capitanes se alojaron sucesivamente en las torres
y fortalezas, en tanto que el desfallecido pueblo corría impulsado
por el hambre á procurarse el anhelado sustento, y á contemplar
mas de cerca aquellos montones de granos y de harinas que vie-
ron llenos de mi?eria desde el hogar de sus padres, desde ese
hogar que perdían por él arcano inconcebible del destino de los
hombres. Todo se repartió entre ellos, que así lo habia dispues-
to la Reina, cuyo corazón sensible' se encontraba conmovido con la
desgracia de los moros.
Solamente Hamet el Zegrí, devorado de pesar y lleno de in-
dignación, sofocaba hondos suspiros viendo la ciudad famosa en-
tregada al enemigo. Las banderas de la Cruz y los blasones de
Castilla, tan contrarios á su culto, tremolados sobre la orgullosa
media lunal Rugía cual un tigre encadenado, vagando lleno de

(1) Cura de los Palacios.


235
rabia por las torres del castillo, herido por su ignominia, y á la
verdad que el miserable pagaba su obstinación con una espantosa
usura; pero fiel á su carácter y á ese génio estraordinario que
impulsaba sus acciones, aun osaba todavía ecsijir para su entre-
ga condiciones favorables. Que se rinda á discreción, fué la res-
puesta del rey, y bajó, digno de lástima, á humillarse al ven-
cedor. Se le puso entre cadenas como ó una fiera del desier-
to, y la historia ha enmudecido acerca de este capitán ilustre,
de este defensor heroico del imperio de los árabes. Yo hubiera
perecido, si me hubiesen ayudado, cumpliendo con m i juramen-
to antes de ser prisionero (1), fueron las últimas palabras que se
oyeron á este héroe.
La primera diligencia de los augustos vencedores, después de
la rendición de Málaga, fué celebrar la emancipación de los cau-
tivos cristianos con una función religiosa. Erigieron una tienda á
corta distancia de la ciudad, donde se colocó un altar con las
decoraciones competentes. Delante de este santuario llegaron IbOO
cautivos de ambos secsos, llorando de agradecimiento por ver ro-
tas sus cadenas y entonando mil alabanzas al Altísimo por tan
señalada victoria. Los piadosos soberanos Ies dieron á besar su
mano, y les abastecieron de ropa y de dinero para volver á
sus familias desconsoladas con su ausencia. La palidez de sus
rostros, su escesivo decaimiento, su- profunda admiración, su
sensible gratitud, la abundancia de sus lágrimas vertidas
por su ventura, hacian un espectáculo sublime, verdaderamente
grande.
Doce cristianos traidores, que desertaron á los moros para re-
velarles nuestras fuerzas y que se hallaron en la pla/.a, fueron aca-
ñavereados, espantoso suplicio, que consistía en atar al delincuente á
una estaca mientras que algunos soldados montados los atravesaban
á la carrera coil cañas puntiagudas. (2) Este bárbaro suplicio era
propio de los moros. También fueron entregados á las llamas los
mahometanos infelices, que se creyeron convertidos á la fé de Je-
sucristo, y que, por un ascendiente irresistible, volvieron (tra vez
al antiguo culto de sus padres.
Enterrados los cadáveres, limpia la ciudad de sus muchas inmun-

(1) Pulgar: crónica.


(2) Abarca; Anales de Aragón: lomo II, ley 30, capítulo 3.°
236
dicias, acumuladas en tan dilatado asedio, entró el cardenal de
España, don Pedro González de Mendoza con otros varios prela-
do:-, á consagrar la suntuosa mezquita mayor en iglesia catedral,
con el título de la Encarnación de la Virgen, que ^ra la devoca-
rion esclusiva de la Reina. (1) Siguieron los soberanos, acompa-
ñados del referido cardenal, de los dignatarios de la corona y do
los mas ilustres capitanes del egército. La grandeza española se
engalanaba con su pompa, y los demás caballeros deslumbraban
con la riqueza de sus tragos y con el brillo de las armas. Don
Pedro de Toledo, capellán mayor del rey, llevaba una cruz de
oro con cinceladuras de plata, la misma que se levantaba sobre la
tienda de Fernando, y Nuestra señora de los reyes, esa Virgen
de la Victoria que venera esta ciudad, cerraba esta procesión
magnífica. Las alhajas de Isabel, aquellas preciosas joyas que os-
tentaba en los salones ante los pueblos admirados, las que entre-
gó después á Colon para descubrir un nuevo mundo, adornaban
á la virgen por su gran desprendimiento y escesiva devoción. A
su lado iban los reyes, llevando los pies desnudos para enseñar
á sus subditos y á tantos espe¡ tadores, que en el momento de
su triunfo se humillaban ante Dios, de cuya mano omnipotente
penden todos los imperios, y los bienes y los males. Lloraban
todos de gozo y mucho mas los cautivos por su libertad inespe-
rada." Tronaba la artillería, y las músicas lejanas, y los vivas
prolongados de 70 mil guerreros, daban el último realce á este
cuadro de eniusiasmo.
Verificóse esta entrada por la puerta de Granada el 19 de
agosto, dia siguiente á el de la conquista de Málaga, y, para so-
lemnizarla debidamente, ordenaron los soberanos que se hiciese
fiesta pública en las edades futuras. Encaminóse la regia comiti-
va á la recien consagrada mezquita, depositándose en ella l a i m á -
gen de la Virgen hasta que fué trasladada al convento de la Vic-
toria. Fernando se aposentó en el castillo y la Reina en la A l -
cazaba.
Los moros que quedaron prisioneros se dividieron en tres partes:

(1) Entre los obispos que acompañaron al cardenal, venían el de Badajoz, Don
Pedro de Prexamo, y el de León, D. García Valdivieso, que fueron hospedados en
la casa del mahometano Torrox ó Corroí, solar que cupo después á D. Sancho de
Rojas, maestre sala de Fernando, y progenitor de los con ies de Casapalma. Este edi-
ficio corresponde en la actualidad á una casa principal inmediata á la provisión del pan.
237
una fué destinada á la redención de cautivos, otra se distribuyó
entre los capitanes del egército, reservándose la tercera para in-
demnización de los gastos de la conquista. Fueron enviados cien
goraeres al papa Inocencio VIH, convirtiéndose a! cristianismo. A
la reina de Nápoles, que era hermana de Fernando, se le reca-
laron cincuenta jóvenes moras, remitiéndose otras treinta « la
reina de Portugal, reservándose las demás para las señoras de
la corte. Cuatrocientos y cincuenta judíos moriscos que se ha-
llaban en la plaza obtuvieron sus rescate por un judio estable-
cido en Castilla, contralista del egército cristiano, y en estremo
rico y opulento, pagando por la libertad de sus hermanos vein-
te mil doblas de oro.
La generalidad de los habitantes, sin distinción de personas, ha-
bían de pagar treinta doblones de oro y de plata para obtener su res-
cate en el intervalo de ocho meses, y, de no verificarlo, serian
tenidos por esclavos. En los corrales de la Alcazaba se hizo la
enumeración de esta población infortunada antes de ser disemi-
nada por los pueblos comarcanos, resultando por unánime testi-
monio de los escritores de aquel tiempo, que pasaron de 15 mil
los que perdieron su libertad.
Terrible era el espectáculo y estremado era el contraste que
presentaba este pueblo. Pe una parte, el orgulloso español se per-
mitia la humillación del vencido, y por otra, arrasados los ojos
de lágrimas, se arrancaba al mahometano de la herencia de sus
padres, del hogar de sus esposas, de las dulzuras de este clima
y del encanto de su patria. Horrorosa transición para una ciudad
entera; y bárbara ley de aquellos tiempos en que era un concepto
de política y como un deber sagrado el esterminio de los hombres.
Al par que una procesión magnífica daba gracias al Criador por
tan señalada victoria, dirijíanse lentamente hácia los patios de la
Alcazaba una infinidad do jóvenes llenas de gracias seductoras, una
porción de señoras distinguidas arrebatadas de la opulencia y el
regalo, mezcladas con la inmundicia de las plebes. Allí yacían aban-
donadas, separadas de sus magníficos harenes, de sus jardines de-
liciosos para sufrir el cautiverio, el insulto y derision de tantos
pueblos diferentes. Las infelices lloraban y esclamaban de este mo-
do: aOh Málagal ¡ciudad célebre y hermosa como ningunal ¿Dón-
de está ya la fuerza de tus castillos?... ¿Dónde la belleza de tus
torres?... Tus formidables muralla? ¿qué han servido á tus habí-
238
tantes, si desterrados de la dulce palria van á morir entre estran-
geros, ó á vivir como un rebaño de esclavos? ¿Qué será de tus ancianos
y de tus madres cuidadosas cuando ya no encuentren á nadie que se
gloríe de honrar sus canas? ¿Qué será de tus doncellas criadas con tanta
delicadeza y señorío cuando se hallen reducidas á tan dura servidum-
bre?... ¡Ayl Tus naturales separados para siempre no volverán mas
á verte. Al hijo se arrebata de los brazos de sus padres, al marido de
su esposa, y á los niños inocentes del tierno seno de sus madresl...
Oh MálagaI pueblo donde hemos nacido ¿quién puede verte desolada
sin derramar amargas lágrimas. (1)

1) Véase la nota X del apéndice á la 2.* parle: Tdca de Málaga árabt.

FlM SE LA SB6ÜKDA PARTE.


239

-•'!' I
APENDICE 4 L 4 2.a PARTE

NOTA I

Notieia dcMahonia, de su r e l i g i ó n y doctrinas, eon


una sucinta idea de los pueblos de l a i n v a s i ó n .

Es tan notable la transición á la que nos conduce la historia des-


de la agonía del imperio godo hasta la invasión de los árabes en la
península ibérica, son tan diversas las leyes, la religión y costum-
bres de las nuevas naciones que enseñorearon nuestro territorio, y son
tan nuevas las enseñas, los tragos y los dialectos que van á alzarse
en nuestras ciudades por el dilatadísimo espacio de ocho siglos, que
hemos considerado necesario preparar á los lectores con toda clase de
ilustraciones que sirvan de introducción para tan eslraordiuario pe-
riodo.
Yace en la Arabia Feliz la célebre ciudad de la Meca ó Uckka,
como la llaman los orientales, metrópoli de Hedjaz, enclavada en el
distrito de Belel-él~Harem, á mas de 300 lenguas del Cairo y 240 de
32
no
Damasco, asentada en un pais pedregoso, estéril y árido, sobre el de-
clive de dos montes, dominada de una fortaleza y abrasada por el
sol. En esta capital del desierto, vastísima carayansera de todos los
fieles creyentes, celebérrima por el santuario de la Caaba, pretendida
institución de Abrabam por el pozo de Zemzem que refrigeró á Is-
mael, y por aquellas 300 aras de una cosmogonía tan bárbara como
idólatra, que se denominó Ghehijar, ó sea tiempo de ignorancia, na-
ció aquel varón singular, que destinó la Providencia para inculcar un
culto nuevo en gran parte de la tierra. Mahoma ó Mohhammed, que
hasta en la esplicacion de su nombre significaba el ensalzado, des-
cendiente de la esclarecida familia ó tribu de los hazchemitas, oriundo
de Ismael; hijo de Abdallah, sinónimo de siervo de Dios, y de la her-
mosa y discreta Amina, de la tribu de Coraix, vino al mundo, confor-
me al vario testimonio de sus biógrafos, entre los años 569 y 572
de la era de Jesu-Cristo, como hijo único de aquellos bienaventura-
dos progenitores y como también el heredero de sus recomendables
prendas. Bello como lo fué su madre, y valiente como su padre; tan
acreditado en las guerras del Alfil ó del Elefante; huérfano apenas
nació, y protegido por su lio Abu '1-Taleb; aclimatado en el desierto
por una nodriza mercenaria, viagero á los trece años; casado con la
opulenta viuda Cadija-, ocupado del comercio al frente de sus criados
y camellos, discurriendo no solamente por las ferias de Bostra y de
Damasco, sino por la inmediata Grecia; idólatra por principios; testi-
go contemporáneo de las divisiones religiosas de los griegos y de la
tenacidad de los hebreos en defender la ley de Moisés, y alecciona-
do, además, en los usos y costumbres de las naciones del Oriente,
apenas formó su ra/.on, al través de tanta vicisitudes, meditó pro-
fundamente en una nueva creencia que amalgamase al judio con el
cristiano y al idólatra con el sectario de Zoroastro. Tratando de ha-
cer patentes las concepciones de su mente con aparato de solemnidad,
embriagado con un proyecto que convergía á un dogma simple, que
no ofrecía á la razón ninguna falsa inteligencia, que se acomodaba á
todos los pueblos, que alhagaba las pasiones, bajo lo ardiente de su
clima, y que solo consistía en el castigo del mal y en la recompensa
del bien, bajo la unidad de un solo Dios; tomando, en fin, del cristia-
nismo y de la religión hebrea lo que estimó conveniente para
su propio pensamiento, con el ausilío además del monge Bahira, que
algunos han confundido con el nestoriano Sergio; se retiró á una ca-
verna del monte Hará para ecsaltar su fantasía con ayunos y priva-
241
dones, y para anunciarse á los pueblos como el enviado de Dios.
Ea este asilo solitario, aunque prócsimo á la Meca, entretuvo 15
años en una afectada devoción, y en meditaciones ascéticas, sin per-
juicio de alternar con sus deberes domésticos. Prevalido de su len-
gua nativa, la mas rica y armoniosa del orbe, que por la composi-
ción de sus verbos acompaña al pensamiento para pintarlo con esac-
litud, lengua que por sus templados sonidos imita el grito de los ani-
males, el murmurio de las aguas, el estampido de los truenos y el
silbido de los vientos; procuró dac al código de sus preceptos mora-
les todos los embelesos de la dicción para que su inimitable estilo y
lo sublime de sus profecías llevasen el carácter seductor de verdades
irrefragables. Hasta un accidente epiléptico, achaque de su salud, con-
tribuyó á prestar á sus éstasis y arrobamientos un carácter sobrena-
tural para despertar el fanatismo entre los primeros neóltos. En uno
de estos arrebatos en la soledad de su reclusión, y cuando la obscu-
ridad de la noche podia hacer mas notable la esposicion de su doctri-
na, noche que se llamó después Leilat Olcadri (noche de potencia),
fiojió que el ángel Gabriel, enviado por el Eterno, le habia traido el
Alcorán; y las palabras que le dijo y las contestaciones del impostor,
inscritas en este mismo libro, se refieren de esta manera: »Lee» dijo
el mensagero angélico, y contestándole. «Nu se leer.»—«Lee, repitió
el arcángel, lee, en nombre de Dios, autor de lo creado, del Dios que
ha formado al hombre, de este Dios adorable que lo enseñó á servirse
de la pluma y metió en su alma el rayo de la ciencia.» Y apenas hubo
pronunciado estas palabras, oyó distintamente el improvisado profe-
ta: «Yo soy Gabriel, y tu eres el apóstol de Dios.»
En este sagrado libro, sagrado para los musulmanes, del que de-
beremos dar noticia para conocer á los árabes, entre infinitos errores,
se hallan verdades sublimes ya entresacadas del Talmud de Jerusa-
lem, de los estudios rabínicos, de los secuaces de ÜToroastro, y de al-
gunos pasages oscuros de las sagradas escrituras. Fundado el Islam
ó Eslam, que es lo mismoque si digéramos el Estado de salvación, en
la unidad del Omnipotente, se santifica su divinidad con esta admi-
rable concesión. y>Dios es único, eterno; no ha engendrado ni ha sido
engendrado: no tiene igual,» y su elogio es tan elevado y magnífico
como pudiera concebirse para un modelo de elocuencia.
»A cualquiera paite que volvamos los ojos hallaremos los beneficios
del Eterno: Él lleva el universo con su poder, con su ciencia y con su
inmensidad. Su trono ocupa los cielos y la tierra. Todo loque ecslsle
242
es obra suya: todo lo que encubre la noche, todo lo que el sol alumbra
es su patrimonio. Conoce todo loque habia antes del mundo y todo lo
que habrá después de él. Las llaves de lo porvenir están en sus.manos.
El que habla en secreto y el que habla en público, el que se envuelve
con las tinieblas de la noche y el que aparece en medio del dia, le son
igualmente conocidos. Todos los secretos son manifiestos á sus ojos.
No hay abrigo contra su poder: junta la fuerza con la sabiduría: es
infinito, liberal y misericordioso. Como rey supremo perdona y cas-
tiga á su voluntad: dá y quila las coronas; levanta y abate á los hom-
bres; con una sola palabra saca á las criaturas de la nada y las con-
serva sin esfuerzo. A su voz los montes se levantan; los árboles cre-
cen; la mar, sugeta á nuestro uso, ofrece ya estos peces que paran en
alimento nuestro, ya estas perlas que adornan nuestros vestidos; el
navio hiende las ondas; los rios corren y íertilizan nuestros campos;
la luna y el sol nos dispensan su luz, y todos los cuerpos celestes
se mueven por el camino que les señaló. Él separó la aurora de las
tinieblas, y estableció el dia para el trabajo, y la noche para el reposo
de los hombres. Él es quien dá el resplandor al )ayo para inspirar el
temor ó la esperanza. Él es quien desata los vientos, agita las nubes,
las estiende y las tiene en balanza en el aire, y hace bajar de su seno
la lluvia saludable con que se fecundan las semillas y el verdor se rea-
nima. Estos granos apiñados en la espiga, estas ricas palmeras, estas
frutas suspendidas en racimos de oro, á él solo las debéis: y debéisle
también estas mieses que el calor sobredora, las sombras de vuestros
jardines, la lana de vuestros rebaños y la casa que os sirve de alber-
gue. Su beneficencia reluce en las cosas menos importantes, y la mas
vil de las sabandijas recibe el sustento de sus manos. El sueño no
le coge y la iniquidad se aleja de él. Los hombres no conocen de
su magostad suprema sino lo que. quiere su bondad enseñarles. Él es
el término á donde todo va á juntarse. Aunque su loor está en sí mis-
mo no hay cosa en la naturaleza que no se esmere en tributarle ob-
sequio: las aves le rantan en las selvas; la sombra de la tarde y de
la mañana le adora; los siete cielos lo alaban con cantares; el mis-
mo trueno celebra su poder; los ángeles tiemblan á su presencia, y
el dia y la noche pregonan sus grandezas.»
El Islam, ó sea la religión mahometana, se divide en Tman, ó sea
la fé que comprende la doctrina religiosa, y en D i u que contiene las
obligaciones de los musulmanes. Los objetos de la fé son seis: Dios,
sus ángeles, su palabra, S'^s profetas, la resurrección y juicio final y
m
la predestinación. Las prácticas y deberes son cuatro: la oración, la
limosna, el ayuno y la peregrinación.
Los ángeles tienen cuerpos puros y sutile?, criados y formados
del fuego y no comen ni beben; se ocupan siempre en ahbar á Dios
y llevar cuenta de las ¡acciones de los hombres. Entre esta cohorte
celeste sobresalen las cuatro preeminencias de Gabtiel, el ángel de
las revelaciones; Miguel, el amigo de los judíos; Azrael, ángel de la
muerte, é Israfil, destinado á tocar la trompeta en el juicio final.
Cada hombre tiene dos ángeles custodios que alternan en su compa-
ñía y llevan una cuenta tremenda de sus obvns y pensamientos.
Eblis, ó Satanás, el mas n fulgente de todos, cayó del cielo por
no haber querido dar culto á Adam. A este numen de los castigos
acompañan siempre los gins ó genios groseros con toda la condi-
ción humana, aunque sean eslraidos del fuego.
Las revelaciones ó palabrafi de Dios ascienden á 104. Diez de
ellas se comunicaron á Adam, cincuenta á Sech, treinta á Edris o
Enoch, diez á Abraham, y las cuatro restantes, que son el Pentateuco,
los Salmos, el Evangelio y el Alcorán á Moisés, David, Jesús y Ma-
homa. De todas estas revelaciones se perdieron las cien primeras, se
desfiguraron las tres restantes, que son el Pentateuco, los Salmos y
el Evangelio por los judios y cristianos, y solo quedó incólume el
Alcorán. Los profetas eran tan numerosos que llegaban á 124 mil,
de entre los cuales 3i3 eran apóstoles ó comisionados especiales
para la conversión del género humano; distinguiéndose entre estos
últimos, por la novedad de sus leyes, Adam, Noé, Abraham, Moisés,
Jesús, y muy particularmente Mahoma,
Apenas fallece un musulmán y se deposita su cadáver en la fo-
sa, le recibo y toma á su cargo un ángel, quien le avisa de que
se acercan dos enemigos ó demonios negros llamados Monkier y
Nakir; bs cuales le ordenan que se siente derecho para hacerle va-
rias preguntas acerca de la. unidad de Dios y de la misión divina
de Mahoma. Si responde como buen "creyente, queda su cadáver
hasta el dia de la resurrección, oreado por las auras del ciclo; pero
no siendo así, se le golpea en ¡as sienes con mazas de hierro has-
la que brama de dolor, atronando con sus alaridos al universo des-
de oriente hasta occidente; oyéndole todo lo creado á escepcion de
los hombres y los genios. La tierra pesa duplicadamenle sobre el
descreido, y su comprimido cadáver es presa de la voracidad de 99
dragones, cada uno de ellos con siete cabezas. El alma del malo,
m
desechada del Paraiso, viene á la sétima tierra para quedar aher-
rojada en la mazmorra Sagin, hasta el día del juicio final; pero en
este tremendo dia, que anuncian todas las religiones, sin determi-
narlo ninguna, que será precidido, según el libro de Mahoma, de la
aparición del sol por el ocaso; de la salida de una gran bestia que
aparecerá rompiendo el ctíntro de la tierra, en el m¡smí\ templo de
la Meca, ó en el Monte Safa, que está en el distrito de Tayef, ó en
otro cualquier parage, teniendo la tal bestia, al par de su altura de
sesenta codos y de tocar á las nubes con su cabeza, barba de toro,
ojos de cerdo, orejas de elefante, cuernos de ciervo, cuello de aves-
truz, pecho de león, lomo de gato, cola de carnero, piernas de ca-
mello, voz de asno y color de tigre. Llevará la varilla de Moisés y
el sello de Salomón para señalar con la primera los fieles, imprimién-
doles la palabra rnúmen, que quiere decir creyente, y con el segundo
á los réprobos con la palabra Cafir, equivalente á descreído. En este
tremendo dia, en que aparecerá el Antecristo, acompañado de los
judies; en que bajará Jesús para abrazar la fé del Islam, pa-
ra casarse, tener hijos y matar al Antecristo, en que habrá una guer-
ra entre los hebreos y todos serán esterminados; en el que Gog y
Magog de los judies, llamados en el Alcorán Jajul y Majul, al fren-
te de millones de millones de secuaces, se beberán el lago Tiberiades
antes de ser destruidos; en el que aparecerá el gran Mehedi que
llenará la tierra con su santiilad; en el que un recio viento bar-
rerá á todos aquellos cuya fé sea igual á la de un grano de mos-
taza; y en aquel tremendo dia on que el ángel Israfil tocará por
tres veces la trompeta, á cuyo primer sonido, llamado de la cons~
ternacion, se llenarán de miedo cuantos le oigan en el cielo y en
la tierra, á escepcion solo de aquellos á quienes Dios favorecía;
en que temblara la tierra y quedaran allanados, no solamente todos
los edificios y montañas, sino que se estremecerá el universo; se
enjugará el mar y caerán las estrellas de sus esferas. En este dia
formidable, en que al segundo toque del ángel que se llama del
Ecsámen, se destruirán todos los seres, sean de la tierra ó del cie-
lo, salvo unos pocos á quienes Alhah libertará de la muerte; dia
que durará cuarenta años, pasados los cuales, Gabriel y Miguel, que
sucumbirán en la mortandad general, al oir el último toque del jui-
cio final, resucitarán también para colocarse al lado del templo de
Jerusalem y para ver salir de la trompeta de Israfil á todas las
almas de los hombres cual un enjambre de abejas, llenando el es-
2i5
pació del universo antes de juntarse con sus cuerpos, despedidas si-
multáneamente por las entrañas de la tierra y á beneficio de una
viva lluvia de cuarenta dias. En este dia formidable de un mil años
de duración, en que resucitarán los muertos desnudos, pero los bue-
nos llenos de honra y de esperanza, y los malos cubiertos de opro-
bio y desesperación; en que todos los seres que vivieron se dividirán
en tres clases: los que anduvieron, los que cabalgaron, ó los quearras-
traron; ó en diez, según los sectarios del Zeudizismo, ásaber: loscer-
dos^que se han revolcado en el sucio lodo del lucro; los monstruos con
las cabezas vueltas y los pies torcidos, que son los usureros; los
jueces, ó sean los jueces injustos; los sordos y mudos que se glo-
rian de sus propias hazañas; los deslenguados ó alfaquies, cuyas ac-
ciones están mal avenidas con sus palabras; los sin cabeza ni pies,
que son los q'ie han agraviado á sus prójimos; los atados á es-
tacas ó troncos de árboles que han levantado falso testimonio; los
perdidos ó sensuales, y los vestidos de pez ó soberbios y vanaglo-
riosos. En este dia formidable en que antes de aparecer Ahllah el
justo juez, estarán todos padeciendo aunque de diferente manera:
los buenos, con sus miembros resplandecientes y aliviados por sus
oraciones, y los reprobos, con los huesos negros anegados hasta las
orejas en en copiosísimo sudor, teniendo el sol á una milla de dis-
tancia, y con los sesos hirviendo, y clamando sin cesar: í(Señor,
«libértanos de estos padecimientos, aunque sea para enviarnos á las
«hogueras infernales.» En aquel dia formidable, en fin, en el que
se verá aparecer Ahllah para juzgar á los hombres, acompañado de
Gabriel que traerá un enorme peso con dos balanzas inclinadas hácia
el infierno y paraiso; en el que solo Mahoma intercederá por las almas,
donde se repartirá á cada hombre el libro de sus aciones; que re-
cibirán con la diestra los que fueron virtuosos, y con la siniestra
los perversos, para colocarlas después en los platillos de aquella ba-
lanza inmensa; cuando toda la especie bruta se haya convertido en
polvo, toda la raza del hombre pasará el Puente de Alsirat, mas
delgado que un cabello y mas agujado aun que el tenue filo de
una espada, ceñido de zarzas y abrojos y echado sobre las simas
del infierno. Entonces, en lal conflicto, caerá el malo en el tene-
broso abismo que se divide en siete regiones. En la primera, lla-
mada Géhemna, estarán todos los creyentes, cuyas obras no corres-
pondieron á su fé desde 900 á 7000 año*. En la segunda es-
tarán los judíos; en la tercera, los cristianos; en la cuarta, los sa-
2i6
bios; en la quinta los raagos¿ en la sesta los idólatras, y en la
última, como la roas ínfima, se encontrarán las hipócritas.
En este infierno de Mahoma, que escede á los mismos tormen-
tos del Tártaro de los gentiles, los perversos, los malvados, los
que han anrepuesto la vida de este mundo á la ecsistencia inmor-
tal rodeados de sus delitos, apenas habrán caido del sutilísimo puen-
te pobre el abismo de fuego, ni aun conservarán la esperanza
de hallar alivio en sus penas. Cargados con la maldición de Ahllah,
en vano arrojarán clamores y suspiros, en vano ofrecerán para re-
dimirse todos los tesoros de la tierra; apesar de sus ofrecimientos
y de sus aves laáliraeros, pagarán todas sus culpas mientras ecsisla
el universo, metidos en unos braseros cubiertos de llamas y humo.
Si pidiesen refrigerio se les suministrará, en vez de agua, cobre der-
retido que recibirán tendidos sobre camas de dolor. Derraraarase
sobre sus cabezas agua hirviendo que devorará su piel y entrañas,
cuyas partes FC renovarán para sufrir nuevos tormentos; y cuando
el atroz padecer les haga saltar fuera de la voracidad de las llamas
que silban á su alrededor, se les vuelve á sumergir en aquellas
ardientes fraguas, ó se les hunde cargados de cadenas en unos es-
trechos calabozos, donde vanamente invocan todas las muertes posi-
bles, sin que se alivien sus males ni se apiaden sus verdugos. Al
contrario, oyen estos anatemas; Padeced el suplicio que tratábais
de fábula; ó que vuestra conducta parecia despreciar. Sean vuestra
fortuna las penas, sean vuestro alimento las producciones de este á r -
bol plantado para los malos, que se levanta del fondo del infierno y
cuyas hojas asemejan á horribles serpientes.
Desde este cuadro de horror con que terminaba la suerte del
reprobo," pasemos al del hombre justo. Apenas ha fallecido el cre-
yente, se encarga de su alma el ángel Azrael, el que la lleva sua-
vemente ya alrededor de los sepulcros, ya á la compañía de Adán
que mora en el cielo inferior, ya hácia el pozo de Zemzem, ya há-
cia la gran trompeta de Izrafil, ya hácia el nido de un pájaro ver-
de, si es el espíritu de un mártir, ó ya debajo d.el trono de Ahllah,
en forma de pájaro blanco. Llegado el juicio final, y apenas el jus-
to ha cruzado imperturbable la estrechez del Puente Alzirat, bebe
en el charco del profeta, surtido por uno de los rios del Edem, agua
mas blanca que la leche, mas odorífera que el almizcle, y mas dul-
ce que la miel. Colocados los bienaventurados debajo de Ahllah en
la altura del séptimo cielo sobre una tierra igual á la flor de ha-
247
nna de trigo, ó de almizcle, ó de azafrán, hallan que las paredes
de los edificios son de oro ó plata, de oro puro los troncos de los ár-
boles, y las mas menudas piedrecillas otras tantas perlas. En el pala-
cio de Mahoma descuella el Tuba, ó el árbol de la felicidad, dilatando
tanto susramas que no hay una de ellas que nollegueá la habitacionde
cada o oyente verdadero, llevando las frutas tan variadas y esquisi-
tas como el deseo puede anhelar. En esta región de los escogidos, el
que apetece carne, caza ó aves domésticas, al momento se le presen-
tan aderezadas para saciarle; si desea vestidos ricos, se encuentra con
los mas espléndidos, y si quiere una cabalgadura, la tiene, en un
abrir y cerrar de ojos, cubierta con ricos jaeces. La enormidad del
árbol Tuba aun no puede medirse por un gmete al escape en el es-
pacio de cien años, y los rios que manan de sus raices son de le-
che, vino y miel. Favorecidos por la presencia de Ahllah, y repitien-
do sin cesar «Loor á Dios: Él se ha dignado dar cumplimiento á sus
promesas. Su Paraíso es nuestra herencia; gloria, el premio de aque-
llos que la han alcanzado; beben en copas de cristal, comen en pla-
tos de plata, y reposan en lechos tan blandos como el tálamo nup-
cial. Allí, .embriagados con las hur-al-oyun, (hurles,) que son unas
vírgenes de ojos negros, formadas de puro almizcle, sin las impu-
rezas de las demás mugeres, modestas á lo infinito, las acompañan
recostados sobre sus pechos de alabastro, debajo de inmensos pa-
bellones, llenos siempre de verdes sombras y bajo guirnaldas de
gruesas perlas. En medio áe aquella molicie arriva un ángel para
cubrirlos con.un ropage celestiíd, mientras que otro llena sus dedos
de anillos; pero en este Edem encantLador, hasta la ventura se gradúa
y sublima por peciliares merecim íento^. El primer puesto es de los
profetas, que van seguidos de los mártires; sígnenles luego los doctores
y maestros de la verdadera fé; después la turba inmensa délos que se
salvan; pero el mas ruin de los creyentes tendrá'^lli [72 doncellas,
además de las que tuvo en,el mundo, con 80 mil criados que le ser-
virán en platos de oro los manjares mas esquisitos. El vino de sus
libaciones será superior al de jos hombres. Deleitados los creyente»
con los trinos y gorgeos de las vírgenes amorosas, con los cánticos
de Izrafil, y con la melodía sonora de aquellos árboles divinos, que el
balanceo de sus hojas de oro va en cadencia con las campanas del
Edem, es imposible concebir el grado de sublimidad de estos má-
gicos conciertos. A vepes son precursores de la presencia de Ahllah,
imposible de describid; y que según ha dicho Tefsir-Keber, "fen el
3i
24-8
versículo Torzecoun, al mirarle cara á cara quedan penetradas las al-
mas del mismo esplendor de Dios.»
Trasladémonos desde la esposicion de estas doctrinas de la fé á
las obligaciones fundamentales del musulmán. En la primera, que es
la oración, se comprende la ablución ó purificación, como medida pre-
paratoria. Se divide aquella en cinco ejercicios durante las veinte y
cuatro horas; á saber: ante» de salir el sol, al mediodía, cuando el
astro empieza á declinar á media tarde, después de puesto el sol, y
pasada la primera velada de la noche. Las horas de las plegarias,
que son columnas del Islam,' se anuncian por el Muezzin desde los
minaretes de las mezquitas, vuelto el rostro hacia la Meca; y en es-
tos momentos graves, despojados los creyentes de toda pompa y va-
nidad mundana, hasta prohiben que Sus mugeres conturben con su
presencia estos actos de devoción.
Las limosnas son de dos clases, legales y voluntarias: las prime-
ras de obligación absoluta, y en las cinco especies de ganados, dine-
ros, granos, frutas y mercancías, á razón de una cuadragésima parte,
á menos que por efecto de sus ganancias no llegue su dádiva al
quinto. La limosna voluntaria es de tal mérito, que, según manifies-
ta el Califa Ornar Ebn Addelazis, facilitan la mitad del camino para
gozar de Dios.
El ayuno es una abstinencia completa, no sofo de los alimentos,
sino de todo deleite ó pensamiento mundano que no sea la conside-
ración de Dios; y la peregrinación á la Meca es tan esencial para
salvarse, que el que muere sin empréhderla escomo si muriese in-
fiel. Para estas santas romerías'ttejan los musulmanes crecer el ca-
bello, llevan una ofrenda á la Caaba, que conmulan con tres dias de
ayuno á la ida y siete ár la vuelta; se abstienen de todo comercio
carnal; les está prohibido también en el Alcorán el uso del vino,
la sangre, carne de cerdo, la de todo animal muerto, todos los jue-
gos de azar, á'lescepcion del ajedrez, por considerarlo de pura habi-
lidad; pero en aquel libro sagrado compiló igualmente Mahoma todo
el derecho civil de la nueva sociedad de que se ocupaba su mente.
Al establecer la poligamia, como institución útil y moral, solo con-
cedió cuatro mugeres, apesar de que una centésima parte de los
musulmanes no limitasen sus concubinas, sin permitir la misma
franquicia á la debilidad del secso. En las leyes sobre las herencias
imitó las de los hebreos. Privilegiado siempVe el hombre, hereda
el doBle quef la muger; todos los hijos son leguimos, ya procedan de
2i9
muger propia, de esclava ó de concubina; y únicamente se reputan
bastardos los que nacen de mugeres públicas. Furmalizánse Ies
testamentos por la concurrencia de dos testigos, y una parle de los
bienes se considera manda forzosa para objetos de caridad. La ce-
remonia del casamiento es un acto m i l que no necesita revestirse
con el sello de la religión y sin que preceda la formalidad de un
contrato, siendo la edad proscripta nueve años para las hembras,
y trece y un día para los varones. Los maridas deben tratar bien
á sus mugeres, y á estas se les recomienda la decencia en sus cos-
tumbres y la sugecion al hombre. Deben criar á sus propios hijos,
y los padres han de entender en su educación. Dotando á sus mu-
geres conforme á sus facultades, si alguna vez son repudiadas, tie-
nen estos recursos para vivir. Para la formalidad de las venias bas-
tan testigos ó prendas, sin necesidad de escrituras. Para el homici-
dio ptemeditado no es esdusivo castigo quitar la vida al matador,
porque á veces se conmuta en una cantidad precuniaria ó en la re-
dención de un cautivo. Para castigar el hurto se priva al agresor
del miembro con que lo perpetra, y la pena del Talion se usa con
no meaos frecuencia. La desobediencia á Mahoma equivale á deso-
bedecer á Dios. Es mandamiento civil la obligación de guerrear con
los infieles, | el que sucumbe en las batallas vuela derecho al pa-
raíso entre el numero de los mártires. Cuando los musulmanes de-
clara» la guerra á us infieles, están obligados á darles á escoger
entre ¿na de estas tv^ cosas: abrazar el Alcorán, pagar tri-
buto ó perder la vida; y ^dos los que rehusan las dos primeras
condiciones, <S quedan reducidv á esclavitud, ó son pasados á cu-
chillo; pero la Ulerancia religiosa^t.aba tan recomendada, que se
lee en el Alcorán: -'No hagáis v i o l e n c i a u n hombre por causa de
su fé, porque el camino de la salvación es distinto del de la via
del error,^ Hasta las controversias del culto se ^o^bian entre los
mahometanos.
No obstante la santidad de un código que era el principal fun-»
da mentó de aquella nueva socedad; que después se recoció con la
vida del profeta, bajo la autoridad del Soma ó sea Muchthasar
Azuma (Compendio de la Tradición), que la genial ignorancia de
los tiempos de la conquista corrompió por el Jaraum, y que era
como un suplemento a aquellos sagrados preceptos. Andan lo después
el tiempo, surgieron estus cuatro sectas divergentes entre sí en el
nodo de interpretar los dogmas del Alcorán, y cuyos primeros f u á -
250
dadore? se tuvieron por los mnzlimes como consumados maestros
en la jurisprudencia del Islam. Fué la primera la de los Hamfitas,
por el nombre de su fundador Habu-Hanifa-al-Noman-Ebn-Thahet,
natural de Corfú, que nació el año 80 de la Égira, y murió el 150, á
quien suponen los ere yentesque leyó 7 mil veces el Alcorán, y cuyos dis-
cípulos, llamados secuaces de la razón, resolvianlas cuestiones legales
por los preceptos de la ley natural. La segunda, aceptada en la Es-
paña-árabe y en el Este y Norte de Africa, fué la de Malee-Ebn-Ans,
que vivia en Medina, por los años de la Égira que median entre Jos
90 y 179, quien se apartó por algún tiempo de las tradiciones de
Mahoraa. La tercera fué fundadapor Mohhammed Ebn-Edril-al-Shafei,
qu^ nació en Ascalon el año 150 de la Égira y murió en el de 204
de la misma era. Este nuevo legislador, que se llamaba sol del mun-
do, parece redujo la jurisprudencia á un sistema sacado del Azun-
na, y cuyas nuevas doctrinas se aceptaron y defendieron por la Per-
sia y por la Arabia. La cuarta so introdujo por Ahmmed-Ebn-Síam^
bol, nacido en el Khorassan ó Bagdad en el año de la Égira 164.
Repetia una délas tradiciones del Sonna; creía en el Alcorán, i n -
creado, eterno y subsistente en la misoaa esencia de Dios. Murió en
Bagdad el año de la Égira 241, y se cuenta que su (tfdáver fué
acompañado hasta la sepultura por 800 mil hombres convertidos á
la fé del Islam en el mismo dia de su muerte, entren cristianos, ju-
díos y magos.
De estas cuatro principales sectas se p^duSeron otras muchas,
tales como la de los molalazitas ó sa**™1'15^ á Mi voz de Wa~
sel-Ebn-Ata, de la que nacieron otp** veinte> entre cuj-os dogmas se
mezclaban la eternidad de los^^butos divinos, Id perdurable del
Alcorán, la predestinación r,a duración de las penas en el primer
infierno; la de H a m d a w ^ ^ 1 0 ^ ^ sostenía eran iguales la gra-
cia divina y la cien^11' 'a de los JoMaíanos, acaudillados por Al-Jobbai,
que hacían otra' distinciones sutiles entre la ciencia y la esencia; la
tle los Hasc&miias> discípulos de Abu ffaschem, que sustentaban ser
la esencia de Dios un tributo suyo, y «or lo tanto accesoria ó poste-
rior á él; la de los Nodhamitas, que tuvieron por maestro á Ibrahim-
al-Nodham, y negaban la predestiiacion por no poder ser el se-
ñor autor del1 mal; la de Ahmed-Hbn-Hayet, que sostenía la san-
tidad de Jesús sobre la de Mahoma, y la transmigración; la de
Al-Jahed, í"e limitaba los tormentos de los réprobos y que
no consideraba necesarios para la salvación^ sino dos artículos del
251
coran; la de Al~Mocdar, que achacaba á Ahllah todos los males del
hombre, así como sus virtudes; la de Bashar, sostenedor de la doc-
trina del libre albedrío; la de Thamarica, que sostenía la eternidad
de las penas; la de los Kaduncs, que negaban la ecsistencia del libre
albedrío y la del destino humano; la de Ashari, en un principio dis-
cípulo de Ál-Tohbai, que fundó una nueva secta para sostener que
los atributos de Dios eran diferentes de los de su esencia; la de los
asimiladores ó secuaces de Keram, que daban forma corpórea á Dios;
la de los Jabares, empeñados en negar al hombre la libertad de su
albedrío; la de los Morgianos que aplazaban el juicio de los cre-
yentes para la resurrección; y otras, en fin, que seria prolijo enu-
merar, y de las cuales salieron infinidad de doctores del Alcorán,
con merecida reputación.
Apenas el falso profeta hubo terminado la recopilación de unas
doctrinas que tanto iban á influir1 sobre el estado futuro de su pais
á espensas de 15 años de prácticas piadosas y meditaciones ascéti-
cas, y cuando contaba ya 40 años de edad, que era el tiempo se-
ñalado para anunciarse como profeta, convertida su propia muger,
acasof por la vanidad que debiera resultarle por el misterio de la
iniciación, después un esclavo suyo, y en tercer lugar Alí, hijo de
su tio Abu-Thaleb, y no siendo tan afortunado con el resto de su fa-
milia tan apegada todavía al culto de la tribu de Koraisch, principia-
ron sus persecuciones á impulsos del fanatismo de los sacerdotes y
custodios del templo de la Caaba, que no podian tolerar la propa-
gación de unas doctrinas que iban á privarles de las dádivas y tri-
butos que depositaba en su santuario la sencilla piedad de los ára-
bes.
Obligado á tomar la fuga contra tantos enemigos; favorecido por
Abu-Bekre, su amigo y fiel discípulo; escondido en una cueva que
le deparó la mano de Dios, según afirman sus biógrafos, tomóse de
este acontecimiento y de su milagrosa salvación el primer dia de la
Égira (fuga), ó del cómputo cronológico de la nueva era, que cor-
responde al viernes 16 de Julio del año 622 de Jesucristo. Persegui-
do 20 años, no se apaciguó su celo ni su constancia en obrar bien.
Errante por los desiertos, y careciendo del apoyo de Cadija y A b u -
Thaleb, fallecidos á la sazón, continuando en esponer su maravillo-
sa doctrina con los desvarios de su razón, ó con los audaces con-
ceptos de su talento de impostor; desterrado de su patria con un
puñado de próselitos, aparece de nuevo en la Meca para dar cima
252
á su mi«ioa sagrada. Las víctimas que lep recedian, coronadas para
los sacrificios, no bastaron á calmar el sobresalto de aquel pueblo;
y aplazada su romeria obtuvo en Medina una acogida mas con-
soladora en sus amarguras de proscripto. Infinidad de familias
influyentes en el pais, apiadadas de su infortunio y heridas de su elo-
cuencia, y que le proclamaban varón santo, se alistaron en sus hues-
tes y vencieron a sus contrarios en los campos de Beder y en la con-
quista de la Meca. Señalando su entrada en aquella ciudad por su
templanza y moderación, al purificar la Caaba, que era el an-
tiguo templo de *Alharam, frecuentado por todo el oriente contem-
poráneo de los Faraones, y que se creia fundado por Ismael,
derribando todos sus ídolos y aquellas trescientas aras de su re-
cinto interior, donde descollaban culebras, tigres, perros y lagar-
tos, dijo con voz inteligible este capítulo del Alcorán: « l a v e r -
dad ha aparecido y la mentira se ha disipado como un lijero va-
por.»
Después de la muerte do Mahoma, acaecida el año undécimo
de la Égira, á los sesenta y tres de su edad, fué su discípulo pre-
dilecto, Abu-Bekre (padre de la virgen), proclamado su califa y su-
cesor. Este gefe del desierto, rodeado de los nómadas del Hiemen
y del Hegiaz y de los emires del Eufrates de Heliópolis y de P a l -
tmra, lodos con ojos negros y penetrantes, pero flacos por la abs-
tinencia y tostados por el sol, supo llevar su fanatismo por el esten-
so territorio que se comprende en las tres Arabias, inundando des-
pués la nueva doctrina como un torrente desbordado en su curso
veloz, el solar de la antigua Siria, la tierra de las pirámides y las
comarcas del Africa hasta el cabo de Espartel. La multitud volunta-
ria que se apiñaba á su alrededor pedia á voces el combate para
atender al nuevo culto y para alcanzar en el Paraíso las recompen-
sas de su abnegación. Aquellas hordas desnudas^ ennegrecidas por el
calor, trashumantes con sus ganados, sometidas á sus jeques, aman-
tes de sus caballos, pobres por naturaleza, aleves en sus embosca-
das, hospitalarios en su aduar, que guerreaban por la posesión de
un Oasis ó por el tesoro de un pozo en aquel ardoroso pais, á la
voz del nuevo apóstol y de sus bravos caudillos, subyugaron toda
la Persia, dominaron toda la Siria, atravesaron el itsmo é inundaron
el occidente, desde las riberas del Nilo hasta las playas del Atlán-
tico. Detenida un breve instante aquella formidable hueste en el
desierto de Cairvan para aumentar sus guerreros con las tribus azua-
253
gas, alavesas, gazules, mazamudas, zanhegas, zenetes, gomeres, hou-
varas y lanlunis, tan audaces como miserables, oriundos de lasver-
tientes del Atlas y cazadores de fieras. Continuando su invasión,
precedidos del caracol ó de una tosca bocina, cuyo aterrador sonido
era el mismo que el del númida en los tiempos de Jugurlha, so-
lamente marcaban sus huellas unas osamentas blancas, las llamas y
la devastación.
Esta misma nación árabe, confundida en la ignorancia, antes de
tan notables sucesos, habia visto ya perecer á sus antiquísimas tri-
bus de A d , Themud, Tesm y Jadis, y únicamente conservaban bajo
el nombre griego de Escenilas las dos castas de Cahtan y Adnan
con la de los Homiares, que fueron los únicos progenitores de sus
magnates y sus reyes. En la idolatría de su religión, contábanse
tantas sectas como símbolos ecsornaban el santuario de la Meca.
Homiar adoraba al sol; Canenah á la luna; Misam la estrella A l d e l -
haram, (Al-Dibaram ó el ojo de Toro); Laham y Jedam la estrella
Júpiter; Tahay la constelación de Soail; Kais ó Qays la estrella Siró,
denominada Ashera~al-Obur (Al-Sharry-al-Obur); Asad la de Mercu-
rio; y Tzaquif un templo en las alturas de Nahla que se denomi-
naba Alat. Sin otros conocimientos que los de saber su lengua pro-
pia, con la que siempre poetizaban por efecto de su harmonía, sa-
bían el curso de los astros á fuerza de contemplarlos, y con algunas
ideas á cerca de la resurrección, sacrificaban un caballo sobre el sitio
de sus sepu'cros.
Como la palabra califa, en árabe Khalyf, sea sinónima de suce-
sor, apenas fué elegido Abu-Bekre por los discípulos de Mahoma ba-
jo los muros de Medinat-Yaisreb (Medina), mandó á su caudi-
llo Yezyd estendiese sus conquistas por el territorio del Asia, ha-
ciéndole especial encargo de que no matase á los ancianos, á las muje-
res ni á los niños, que no destruyese las palmeras, que no quemase
los trigos, dañase los demás árboles, ni destruyese el .ganado. «No
quites la vida á los sacerdotes que viven en los monasterios, ni ar-
ruines aquellos lugares consagrados al servicio de Dios; pero á es-
tos miembros de la sinagoga de Satanás, que están tonsurados,
córtales la cabeza sino se hacen musulmanes ó no te pagan el
tributo,»
Suyugada toda la Arabia y forzado á rendirse Damasco, encar-
góse Owar por la muerte de Abu-Bekre de atravesar el itsmo de
Suez, para tomar el título de Almumenin ó Abd-Al-Moumen (Gefe de
254
los creyentes), inculcando las buenas acciones como la salvaguardia
contra la adversidad. Este devoto Califa, que no emprendía jorna-
da alguna sin entregarse antes á la oración, estravagante en su ves-
tir, sobrio en todas sus comidas, tan temeroso de Dios como amigo
de los pobres, y cuyo cetro de justicia aun era mas temido que su
espada; que favoreció á los cristianos en la conquista de Jerusalera,
que destruyó la biblioteca de Alejandría por considerar como inútiles
todo otro libro que el Alcorán, puso fin á sus propios dias antes de re-
cibir la muerte que le iban á dar unos conjurados en la mezquita de
Medina. Olhman, que fué su sucesor, contrastado por los partidarios de
la familia del Profeta, sucumbió á muy breve tiempo, asesinado igual-
mente, siendo sustituido por el ambicioso Moavia y por el intrigante
A l i . Entonces principiaron ios odios y la guerra de religión entre los
Iradicionistas ó Sonnitas y los Sliiitas, que eran los puristas del Alco-
rán, que tanto dividieron después á los pueblos conquistados y de
donde ha emanado esa multitud de sectas, cuyo rápido bosquejo
apuntamos en esta introducción. Era el califa Moavia de la tribu de
Koraisch é hijo de un general célebre en las anteriores lides. Sentado
en la silla de Mahoma en su palacio de Damasco, aunque cometió al-
gunas crueldades, era humano y compasivo por la índole de su cora-
zón. Amante de la poesia, de la música y del esplendor, le acompañó
en su vejez la discreción de un gran príncipe. «Os he gobernado
tanto que ya estamos cansados unos de otros,» decia cuando
sus ejércitos entraban en Constantinopla, ó cuando permitió á
un poeta joven que rescatase á su amada del despotismo de un
walí.
No siendo de nuestro intento el reseñar los califas que siguieron
á este príncipe hasta el advenimiento de Walid, el hijo de Adelmelek,
Ben-Meruam, que fué el que estendió sus conquistas por toda la Capa-
docia y hácia los confines de Tracia, trayendo después sus armas
hasta las regiones de Africa que sitúan frente de España, por cuanto la
historia de esre califa se enlaza con nuestra invasión, diremos que en
aquel tiempp ya Jlfwza Ben Nozeir [Muzay -Ehn-Nossayr), era el Emir
de Berbería á quien recurrió el conde Don Juhan en demanda de su
agravio. Contemplando desde su palacio de Tánger, que acababa de
conquistar, las costas de Andalucía, nada mas natural era que ambi-
cionase su posesión dominado como se hallaba de un espíritu de prose-
litismoy de llevar allende el mar los estandartes del Profeta. Entonces
aquel guerrero, al dar noticia al califa de la nueva empresa que iba
255
á acometer, dijo que nuestro país «era superior á la Siria por la be-
lleza del cielo y de la tierra; al Hiemen, por la benignidad del c l i -
ma; á las indias, por sus flores y perfumes; al Kgypto, por sus fru-
tos, y á la China por sus metales preciosos.»
Los árabes propiamente dichos, que salieron de su pai^ para con-
vertir al mundo con la punta de sus cimitarras, eran en reducido nú-
mero. Engrosáronse poco á poco con las naciones conquistadas desde
los llanos de la antigua Memphis hasta las riberas occidentales de la
gótica Tmgitania. Los moradores indígenas de estas últimas comar-
cas, descendientes de los viejos mauritanos, mezclados con las fieras
hordas de la región Beréber, que moraban en chozas ó tiendas, que
sembraban algunos cereales y que estaban en perdurable guerra, con-
fundiendo sus costumbres con las de los hijos del Hedjaz, que venian
trashumando desde el mar Rojo, colonizando los desiertos, resistien-
do á las invasiones y repartiéndose los despojos bajo la sombra de
sus camellos, eran huestes formidables cuando conquistaron nuestra
Península. Destruyendo todos los ídolos que parecían oponerse á la
unidad de Líos qMe proclamaba su Alcorán, acaso ningún otro pue-
blo que dominase uu rnismo cetro aparecía menos compacto ó de me-
nos homogeneidad en la diversidad de su origen y en su religión y
costumbres. En esta multitud de guerreros, el árabe propiamente di-
cho, obstentando su geneahgu, formulaba la aristocracia, en la que
venian á fundirse todos los e-Dpieos y dignidades. Al lado de los ven-
cedores y legisladores primitivas tenian el primer lugar los sirios y los
egypcios con lodos los privilegios de aquella raza predilecta, y obsten-
tando en sus virtudes,en sus arm^s y en sus ocios todo aquel lujo
proverbial y aquel amor á las ciencias y á las artes que heredaron
de sus mayores. Es:a amalgama escogida, que conservaba un idioma
puro, estas tres razas hermanas, oriundas de la antigua Denderah,
de la opulenta Sid^n y de la ostentosa Palmira, llamadas también
Sharguyns, (orientales), formábanla sociedad delecta, la clase lle-
na de orgullo y lo florido del egército. Después, aunque en gra-
do inferior, venian los moros berberiscos, denominados Maghebyns
(occidentales), meiclados con los azuagos, alaveses, gazules, maza-
mudas, zanhegas, zenetes, gomens, howaras, lamtunis y ketamas,
que, desde las alturas del Atlas hasta las riberas del Mediterráneo, so
hallaban diseminados por las márgenes del Moluca, por las provin-
cias de Fez, donde estivo la antigua Tingis, (Tánger), por la osten-
sión de Marruecos, doide estuvo la famosa Cirla Julia Cesárea, v
34
256
Constantina, y por las regiones de Túnez, donde fueron opulentas
Sephis, Taxis, Bizancio, Adrumeto, Uiica é Hipona, y la celebérrima
Cartago. Todas estas numerosas tribus, convertidas al islamismo, ya
artesanas ó nómadas, formaban la masa del egército que iba á in-
vadir la Península y á acrecentarse todavía mas con los antiguos ibe-
ros, mezclados con los romanos, confundidos con los godos bajo el
nombre de mozárabes. Pero herederos del profeta los califas y cau-
dillos, reuuian bajo de su espada la soberanía y el sacerdocio; dis-
ponían de las creencias como pontífices ó imanes, y, absolutos en su
autoridad, no ecsistia remora alguna ni la menor institución que
protegiese al ciudadano. En manos la administración de los walie?
ó gobernadores que tenían bajo sus órdenes á los jefes de distri-
tos y lugar tenientes, tüazírs,yá Alcaides [aígayds) comandantes tam-
bién de fortalezas, ceñían todas sus decisiones en la administración
de justicia á los preceptos del Alcorán, á reglamentos arbitrarios, y
á la índole de su despotismo. /
Tales eran las naciones, el nuevo culto religioso que con^an encon-
tradosusosy tantas varias ambiciones, bdjo la enseña ^ie la Media-Luna,
SALUDABA AL OCÉANO. (Diccionario Geográfico Vmversal, edición de
Baixelona, Tomo VI, pág. 6\. Alzamty y Ali-Bey en la des-
cripción de la Caaha ó Casa cuadrada. Compendio histórico de la vida
de Mahoma de M r . de Pasloret, pág. 2. Idta sucinta de la vidadc M a -
/loma por M r . Pasloret y Mr. Savary, fág. 45. Arle de comprobar fe-
chas, pág. \ 5. Abu-l-Feda, Abu-l-Fdraggio y E l - M a c i n i : M a r r a d ,
Podromus, Vita Mahum. Anécdoctes trabes el musulmanes. Abu-l-Fe-
da, pag. 10 y M . Descripción de t s p a ñ a del Xerif-Aledris, traduc-
ción de Conde, pág. 146. Gagmer, tom. I. pág. 128. Idea Sucinta del
carácter y acciones de Mahoma yor M r . Pasloret v M r . Savary, pág.
46, 47 y 48. Prideaux, pág. M y Abu~[ Fe¿a, pág 15 t/ 24.
Gagnier, pág, 133. Idea sucinta antes citada, pág. 53, 54 y 56. A6u-
l-Feda, pág. 14. Gacfnitr, pág. 134 y 135. Coran, cap. 96. Ábu-l-
Feclí, pág. 15 Í/16. Gagnier,pág. 236. D'Herhelot,libliotheque Orién-
tale, articles, Imán, Eslam, Sale, Discours prelininaire al Coran,
Section IV. Coran, cap. 2, 7, 10, 35, 72 y 74.1) Herbelot, Biblio-
Ihé'iiie Oriéntale, articles Eblis, Azrael, etc. Coran, caps. 2, 3, 4, 5,
0, 7, 9, 10, H , 12, 13, 14, Í6, 17, 19, 20, 21, 22, 23, 24,
25, 28, 29, 30, 32, 34, 35, 36, 37, 39, Í0, 41, 42, 45, 50,
57, 59, 64, 78, 80, 101 y 120. D Herbelot, Ubliotheque Oriéntale,
articles, Jayioug, Mehedi. Coran, caps. 4, 22,p, 32, 37, 38, 44 y
257
66. Idem, caps, 2, 3 y 5. D*Herbelot, art. Scharab, Sale, scclion, 5 y
6. Sale, discurso preliminar, sección VIII. D'Herbeíot, art. Mahomed.
Gibbon, Historia de la decadencia y caida del imperio romano, edición
en 4 tomos en cuarto, tomo 4.° pág. 163. Prideaux, págs. \1 y 18.
Abu-l-Feda, pag. 24 f/ 15. Gagnier, pag. 133. Compendio Histórico
de la vida de Mahoma por M r . de Pastoret, en la advertencia del tra-
ductor; edición de 1788. Historia de los moros y de losárabes en España
por Luis Vtardot, pág. 2. Compendio de la Historia Universal por Mr.
Anquetil, tomo 8 0. Arabes, páginas 31 y siguientes hasta la 81. H i s -
toria de los árabes y de los moros en España por Vtardot, págs. 4 y
Marigni, Histoire des árabes, tomo 1.* Gibbon, Historia de la de-
cadencia etc., traducción de Mr. Guizot, cap. 51. Conde, Dominación
de los árabes, parte 1 a cap. 3.°. Plimo, Historia Natural, lib. 5.a
caps. 1, 2, 3, 4 y 5. Bell. Jugurth, pags. 13, 18 y 19. Hirlio, Bell.
Afr. Silio Itálico y Lucano, de Bell. Pun. lib. 3, v. 240 y 325.
Pharsal, v. 673 y 687. Xerif Alcdris, Geografía; traducción de Con-
de. Márwioi, Descripción de Africa, libro \ .0 y 3.° edición de Rene
Rabut. Mo/iamed Msaleh Ben Abdelhalim, traducción del Padre. Mou-
ra, cap. 29. Mmon historial de Marruecos, lib. 1. Laugier de Tassi,
Historia de Argel, capUulos \.0 y 2.° traducción del caballero C l a -
riana: Historia de los árabes y de los moros en España, por LUÍS
Viardot, parte 2.' cap. \.0 pags. 194 á la %Oi.J

NOTA II.

Pormenores de 1A eonqafcta con el gobierno de


ion Emires hasta la Inslalacion del Califato de
Córdoba.

Aun cuando hayamos dado en el testo algunos ligeros apun-


tes acerca de los ¡rimeros dias de la invasión mahometana para
q»e presten concodancia á la historia de nuestra ciudad, no cree-

- _
258
mos del lodo inútil determinar en esta nota todos aquellos suce-
sos que presenten mayor relieve en el periodo de 44 años, que
fueron los que mediaron hasta el advenimiento de Abd-al-Rahh-
man al califato de Córdoba. Al insinuar los Emires que se dispu-
taron el mando y los despojos de la conquista desde la invasión
de Thariq-Ben-Zyad, hasta las guerras de Jusaf-al-Fehery, con el
ilustre vástago de los Beny-Ommyah, podrán apreciarse mejor to-
dos los acontecimientos habidos en este suelo y el estado civil y
moral de los pueblos que contiene, después de los primeros estragos
de tan inesperada invasión.
Sin embargo de que hayamos dicho en nuestra historia que
Taric ó Tarif viniese á esplorar el Monte Calpe en el mes de Julio
del año 710 de nuestra era, debe entender el lector que este es-
plorador con 500 hombres era uno de los oíiciales mas valientes
de Muza, llamado Muza Thariq Ben Malek, distinto del Tarig Ben
Zyad que desembarcó al siguiente año de 611, como tenivintedel
Emir, en la pequeña isla de Alghezyrah Alhadra (Al Djezyrah-Al-
Kadra), isla verde, que está en la rada de Algebras, Este último
capitán, apenas pisó nuestra costa, creyó prudente fortificarse en
la cumbre de un cercano monte, que llamó MMte de Thariq (en árabe
Gebal-Thariq), de donde se ha corrompido toor los cristianos, G i b r a l -
tur, y aun cuando Theodomiro, que era gobernador del pais, quiso
oponerle resistencia, fué completamente batido con los 1200 españo-
les que habia podido reunir sin que /ograse estorbar que el caudi-
llo de los árabes tomase á Cádiz, Sidonia y todo el litoral del rio
Anas, (Al-vady-Ana^ Guadiana. (0

[1) Dice á cerca de esta invasión Ebn-el-ithir, escritor casi contemporáneo de


nuestra conquista, que «los príncipes de Espara tenian la costumbre de enviar á sus
hijos de ambos secsos á la ciudad de Toledo donde entraban en el servicio del
rey, quien tampoco tomaba otros servidores. Cuando habían recibido una educa-
ción conveniente y llegaban á la edad de pubertad, el príncipe los casaba unos
••on otros y cuidaba de dotarlos. Al advenioiento de D. Uodñgo, Julián, que era
señor de El-Djeziret-el Khadra (isla verde, Algeciras), de Ceuta y otras ciuda-
des, colocó á su hija en la corte, y sorprmdido el rey de su hermosura, la vio-
lentó; de cuyas resultas, escribió á su padre para informarle de su afrenta. Pene-
trado este de indignación, dirigió á Muzi, gobernador de Africa, una carta, en
la cual le declaraba estaba resuelto á reconocer su autoridad. Invitado por el Emir,
pasó D. Julián á verlo, introduciéndose libremente en las ciudides que mandaba, y
se comprometió á obedecerle. Hízole una pintura del estado de la España y le
rogó la conquistase. Acontecían estos sacesos el año 90 de la égira (709 de Je-
sucristo). Muza escribió inmediatamente al El-Welid para }ue lo autorizase á hacer
un desembarco en España; y el califa prestó su consentin\ento á esta empresa co»
tanta mas facilidad, como que no tenia mas que un peqi?ño mar que atravesa'.
Entonces Muza hizo partir á uno de sus maestros ó Ube.ts (mewla) llamado
259
Esta feliz expedición, egocutada en barcos de transporte, que
después fueron quemados por Thariq, csquadrilla que mandaba
Mohhamed Aben Ahmet Aben Thabita, no escedia de 5 mil volun-
tarios, sedientos de una conquista que tanto bolin prometía; mas la
fama que esparció su desembarco yt la de la felicidad de una es-
cursion que aumentaba los peligros de la degenerada monarquía que
había fundado Ataúlfo, penetrando hasta Toledo, corte espléndida
de D. Rodrigo, que se ocupaba á la sazón en reducir a la obedien-
cia á los parciales de Witiza, estimulando su orgullo, trató de opo-
ner un dique á aquel puñado de enemigos que se aumentaba in-
cesantemente por sucesivos desembarcos. Así, pues, sm perder tiem-
po, convocó á todos sus adictos y vino al campo de Jerez y de
la antigua Sidonia con un egérciío de 100 milhombres, colectado
con premura, sin espíritu militar y sin su anterior nombradía. El
monarca castellano, que habia ostentado prendas relevantes á su
advenimiento al trono, que fué de corazón osado, liberal y diestro
en grangear las voluntades, que supo soportar el hambre y la fal-
ta de sueño, ahora degenerado en el ocio y en una crápula es-
candalosa cuando la urgencia del peligro hacia precisa su energía,
no nos ha dejado otra huella de su hazaroso reinado, en oposición
'up r>ib "loiíii iq h libantiri olum bn'mldí sí» itJttíafiun.•ioiytái^mm

rif, acompañado de 400 infantes y Í00 ginetcs; cuatro buques los trasportaron á
la isla, después nombrada isla de Tarif (Tarifa). Desde aquí hizo una incursión á
Algeciras, y volvió sano y salvo con un rico botin. Tuvo lugar este aconteci-
miento en el mes de ramadan del año 91 (Julio, 710 de J . C.) Testigos los demás
musulmanes del feliz éscito de esta empresa, se apresuraron á tomar parle en otra
nueva espedicion, para la cual hizo Muza venir á su mewla, Tarik-ebn-Ziad, que
acababa de ser uombrado para la comandancia de Tánger, y que era general de
su vanguardia, y le envió á España al frente de t mil musulmanes, la mayor
parte berberiscos. Habiéndose, pues, embarcado Tarik, dirigióse á una montaña
que se elevaba sobre el mar y tocaba por un lado al continente. Abordó en
ella, y recibió entonces el nombre de Djfbcl-Tarik (monte de Tarik, por
corrupción Gibraltar). Eíccluosc este desembarco en el mes de redjeb del año 92
de la Hégira, (entre Abril y Mayo del año 711 de J . C.) Cuando todos hubieron
desembarcado sobre aquel monte Tarik, bajó á la llanura y penetró en Algeciras,
donde ha'lú á una muger anciana que le tuvo ests discurso: Yo tenia un marido
que prevem el porvenir: anunció al pueblo que llegaría el dia en que un emir
entraria en esta ciudad y tomaria posesión de ella, describiéndole la figura del
conquistador, que debería, según dijo, tener la cabeza abultada y una mancha ve-
lluda en la espalda.»—Tarik se despojó al momento de sus vestidos y tuvo el
placer de ver que llevaba sobre su cuerpo, y en el parage citado, la mancha de la
profesia.»
Hemos transcrito este pasage con la anécdota que lo termina, para que juzgue
el lector de la propensión de los historiadores á eesornar con maravillas la mayor
parle de sus libros y para ampliar las noticias de aquel estraordinario acontecimien-
to. También hubo megicanos que previeron, de igual manera, la llegada de los es-
pañoles, y si ambos hechos fuesen ciertos, serian únicamente de aquellos que referimos
á la Providencial
260
á la memoria de su liviandad é injusticia, que la ampliación del pa-
lacio que había construido en O^doba el rey Wiliza y que los
moros llamaron de D. Rodrigo, y la pomposa leyenda de Igeditania
pms con que acaso la adulación de algunos pueblos estremeños le
saludaron en el poder. Este desgraciado rey, á quien la Crónica de
D. Rodrigo y el historiador Abulcarin hacen bajar á una cueva para
abrir la torre de Hércules, en la que solo encontró varias pinturas
de sarracenos, como presagios de su destino, perdió en la batalla del
Guadalete y en su márgen occidental fa/-va/tí-«/-Leííe) la salvación
del pais En aquel combate funesto, que acaeció, según nos afirma
el infatigable investigador Masdeu, el 31 de Julio del año 711, ó el
11 del mes Xawal de la égira 92, en que lidiaron por un lado
30 mil guerreros árabes y moros con 100 mil soldados cristianos; en
aquella acción de tres dias, ó de ocho según pretenden entendidos
historiadores, en la que el monarca cristiano apareció en un carro
de marfil, envuelto en un mamo de púrpura con resplandecientes
bordados de oro, ciñendo la corona de Recaredo, y en aquella ba-
talla famosa, donde el valiente Mugueit el Rumí, que mandaba la
caballería enemiga, se distinguió tan altamente mientras que el trai-
dor D. Opas, y los hijos de Witiza desertaron cobardemente, en la
que el ardor canicular de Julio no pudo impedir el primer día que
fuese dudoso el écsito, pues que ya cejaban los árabes y que úni-
camente la bravura de Thanq pudo alcanzar la victoria; atacado D.
Rodrigo por el caudillo sarraceno, quedó tendido en el campo, atra-
vesado por su lanza, trofeo sangriento después en la corte de Dámasco.
Dice el Padre Mariana, compilador de nuestras crónicas, que
aquel infortunado rey, viendo perdida la batalla sin la esperanza de
vencer y por no sufrir la mancilla de ser un vivo testimonio de la
esclavitud de su patria, saltó*desu carroza ática, y montando en su
caballo Orelia, huyó del funesto campo; pero como en esta misma
fuga se hubiese hallado después el brioso caballo del rey, su sobre-
vesta, corona y calzado, cuajados de pedrerías, en la propia orilla del
Cuadalete, se viene á corroborar la esposicion histórica de los ára-
bes, cuando no son suficientes pruebas deque sobreviviese al com-
bate las aeerciones de Pellicer y deFr. Prudencio de Sandobal, sobre
la inscripción de Viseo, descubierta dos siglos después, y que dice:
Hic requiescat Rodericus últimus rex Golhorum; á menos que algún
criado fiel no transportase su cadáver, separado de la cabeza, para
sepultarle en aquel pueblo.
261
Apenas hubo Thaiiq obtenido tan notable triunfo, comprendió la
necesidad de no dejar á los cristianos sobreponerse á su derrota, sa-
bedor como se hallaba de que Muza, celoso de tanta gloria, queria
tomar parle en la conquista. Diviiió su egército en tres columnas
con intención de espWar el hermoso pais que se eslendia desde las
faldas de Sierra Morena hasta las playas del Mediterráneo, dando á
Mugueit-El Rumí el mando de la izquierda, á Zaid Aben Kesadi-el-
S^kseki el de li derecha, reservándose el tercero para operar por el
centro desde aquel campo de batalla. Es fama, que al revistarles les
recomendó en sus arengas perdonasen á los inermes, nada qvilasen
al labrador, teniendo seguro el botin que tomasen en las ciudades. Es-
te movimiento combinado dió por resultado inmediato que el Uumí
rindiese á Córdoba, y que Zaide, al partir de Ecija, recorriese, sin
tropiezo alguno, las comarcas de Archidona y Málaga, no á los dos
años siguientes, como nos afirma Conde, sino á muy poco después
de la jornada del Guadalete. Thariq, que mandaba el centro y la
flor de aquel egército, sabiendo que Theodomiro, vencido en el pri-
mer amago, con algunos partidarios que habia reunido en tierra de
Málaga, Jaén y Granada, se hallaba en la áspera tierra de Cazorla y
sobre las cumbres del monte Argentario, solar antiguo del Bélis, con
ánimo de disputar la victoria conseguida, se dirigió sobre Haccula
Baetica, que hoy corresponde á Baylen, pasó los montes Marianos
{Sierra Morena) en persecución de los godos, y sin detenerse un so-
lo dia rindió á la opulenta Toledo con una capitulación honrosa, ha-
llando en ella todos los tesoros acumulados en sus palacios desde Ala-
rico hasta don Rodrigo.
Al rumor de unas victorias conseguidas tan fácilmente, y de
aquel inmenso botin que era presa del vencedor, entre cuyos ricos
despojos sobresalia una mesa colosal de mármol verde, de 365 pies,
toda incrustada de oro y plata, con tres guarniciones de piedras pre-
ciosas, tenida por la Mesa de Salomón y hallada en Medmut-Mmeida,
(nudad de la Mesa), era imposible que Muza pudiera quedar pa-
sivo. Decidido á tomar parle en aquella gloriosa conquista, desem-
barcó con 18 mil caballos en la costa occidental de Andalucía, y
abriéndose un nuevo camino se apoderó de Sevilla y Carmena, pasó
el Guadiana, sometió toda la Lusitania, rindió á Mérida y desde es-
ta capital de los antiguos turdulos, reforzada con las nueras huestes
que le trajo de Africa su hijo Abdelazis^ entró en Toledo para privar
del mando supremo á su teniente Thariq, y ostentar, entre sus cau-
262
tívos á la princesa Egüona, que los árabes llaraaban Ayela, la viu-
da ilustre de don Rodrigo, y que después, bajo el apodo de Omali-
sam, ó la de los collares hermosos, fué la esposa de Abdelaziz.
Mientras que el padre de este príncipe, combinado con su tenien-
te, sitiaba y rendia á Zaragoza, conquistaba la Cataluña y se estendia
por la Ga//m iVarvoneríse, llamada por los árabes Veled Áfranc (tierra
de Francia), impaciente Abdelaziz por distinguirse en una guerra que
tanta anchura podia dar á sus dotes de humanidad, volvió á
sugetar á Sevilla, rebelada con su guarnición musulmana, partiendo
desde esta ciudad contra las huestes de Theodomiro, atrincherado to-
davía en las sierras de Segura, y aun hostilizando por intervalos á
los cristianos y judies que habían aceptado ya el dominio del
vencedor. Iba el caudillo mahometano al frente de una numero-
sa caballería con los jóvenes capitanes Otman, Edris y Abulca-
zin, y sobre las llanuras de Lorca, en la tierra de Tadmir '(reir-o de
Murcia), batió en dispersión á los godos, encerrándolos en Orihuela.
Cuando asediaban aquella plaza, último baluaite español, disfrazado
Theodomiro, se presentó á Abdelaziz delante de m misma tienda, y
obtuvo de él un tratado que le permitió el dominio de aquel reino
y el de Valencia, bajo la condición de un tributo que se había de sa-
tisfacer en dinero y mercaderías. Celebradas estas paces, y tranqui-
las aquellas provincias donde el talento de Theodomiro parecía perpe-
tuar la dinastía de don Rodrigo, retrocedió Abdelaziz por el rei-
no de Jaén á la vega de Granada, cuyas ciudades conquistó, inclusa
la de Antequera, en 714. Visitó igualmente á Málaga, para recorrer
después nuestras ciudades marítimas, y dejó á perpetuidad la fama
de su hermoso nombre Abdelaziz (Abdel-Aziz) servidor del Fuerte,
sobre una sierra escarpada que señorea un estenso valle á tres le-
guas de Anlequera, y á cuyo tajado pié yació en tiempo de los ro-
manos el municipio de Nescania.
Pero esie noble caudillo, verdadero conquistador de la provincia
de Málaga, si consideramos queZaide solo la atravesó al escape; este
capitán magnánimo, al reconocer A Theodomiro en la persona de su
emisario, le favoreció en sus deseos, quizá á ruego de Egilona que
tanto supo influir en las acciones de su vida; este valeroso príncipe,
único Emir de losárabes en la conquistada península despuesque Thariq
y Muza salieron para Damasco, sospechoso á su mismo pueblo por su
adhesión á los cristianos, fue asesinado en su propio oratorio por órden
de su primo Ayub, casi en el mismo momento en que seducido por
263
sus triunfos y por los consejos de Egílona, ciñó su erguida cabeza con
la corona de Ataúlfo.
Reinaba Solimán en Damasco cuando admitia á su presencia
á los dos gefes que en el corto intervalo de dos años habian con-
quistado á España, esta nación inespugnable al valor cartaginés y
á la pericia del romano. El viejo y avaro emir del Almagreb (la
Mauritania), que iba á recibir el presente de la cabeza de su hi-
jo, es fama, que interrogado por la voz del mismo Califa acerca de
las nuevas regiones que acababa de vencer, dijo estas memora-
bles palabras: «Los berberiscos se parecen á los árabes en la fi-
sionomía, en el valor y en las costumbres hospitalarias; pero son
pérfidos é infieles en los tratados: los cristianos de España son
leones en el castillo, mugeres en el campo y cabras en las mon-
tañas: los de Afranc (Francia) son vivos é intrépidos en el ata-
que, pero tímidos y cobardes en la fuga.» La ingenuidad de es-
te informe no bastó para atenuar la proscripción que le amena-
zaba; y el esterminio de todos sus hijos puso fin á la ecsisten-
cia de aquel poderoso caudillo que desde el desierto de Cairban
había llevado triunfante el estandarte del Profeta hasta los muros
de Narbona!
El asesinato de Abdelaziz hizo comprender á Theodomiró la
instabilidad del nuevo reino que acababa de fundar á la vista de
su enemigo, y á fio de perpetuarle, envió emisarios á Solimán, quien
confirmó las concesiones de aquel infortunado príncipe con notable
benevolencia, sin que sufriese menoscabo por los emires que le
sucedieron, así como Athanagildo que le reemplazó en 743 y que
reinó con prudencia hasta el advenimiento de Abderrahman, pri-
mer Califa de Córdoba en 755, yéndose á unir con Pelayo la bos-
quejada monarquía.
Los emires que se sucedieron en el gobierno de la Península,
principian en ese mismo Ayub (Job) ó Ayub-Ben-Habid, que era primo
de Abdelaziz, y que erigió la fortaleza de Calat-Ayud; ^Calalayud, sobre
el solarde la antigua Bilbilis: sustituido por Alaor(Alahhor) ó Alhaur-Ben-
Abderrahman, recien venidode Siria, vulgarmente llamado el Horr, que
conquistó toda la Gallia Goda, y harto célebre por el yugo de hierro
que hacia pesar en nuestra España. Depuesto por sus escesos, le reem-
plazó inmediatamente Ben Melic Alzawa (Alsamahh), muerto delan-
te de Tolosa; á este siguió Abderrahman Ben Abdallah E l Gafe-
qui, que por falta de inteligencia depositó el mando en Ambiza Ben
Jo
264
Johim, ó Ambaza Ben Sliahini Alkalbi, tan célebre por la justicia
y la prudencia de su adrninisrracion. Wa'di Hodeira Ben Abdallah
fue su sucesor momentáneo hasta la llegada de Jahia Aben Zalama
(Jahhyay), nombrado por el emir de Africa, tan memorable en
nuestras crónicas bajo el nombre de Zulema. Reemplazado por
Hodeifa ó\Hadipha Ben Alahuas Khod-zayfah) que solo gobernó
seis mesé?, y por Olhmin-Ben-Abi-Nezi ((Ttsman), que otros es-
critores denominan Otman-Ben-Abi-Tasa-Algiohani, y conocido por
el nombre vulgar de Munuza, á" quien la poesía hizo célebre con
los menlidós amoies de la cristiana Hormesinda, sucedió a es-
tos Haiactan ó Alhaclam Ben-Obeíd (Alháyt«am,),. que la biblioteca
de Castri nombra Alhaytsan-Ben-Abdelkanani, natural de Siria,
quien mientras su antecesor recorría con sus armas el pais de Afranc,
había'quédado en Andalucía para ejercitar su orgullo y sus cruel-
dades, por las cuales fué depuesto de órden del Califa de Damas-
co y paseado sobre un asno con la cabeza rapada y á la vista
de los moradores de Córdoba, que fueron los que particularmente
hablan sufrido su tiranía. Mahhommed-Ben-Abdallah, encargado
por el Califa de cumplir esta justicia, gobernó España dos meses,
al cabo de los cuales nombró por Emir á Abderrahman-Ben -Ab-
dallah (Abd-al-Rahhman) sucesor del Misericordioso, el mas céle-
bre de los guerreros de aquel tiempo, que supo sostener las ca-
pitulaciones otorgadas en beneficio de los cristianos, que para ven-
gar la derrota de Tolosa.se adq-jutó por la Gallía Narbonense si-
guiendo las orillas del Ródano, ocupó á Lion y toda la Borgoña
hasta los confines de la Alsacia; volvió en seguida á la Aquitania,
se apoderó de Idiosa y Burdeos," pasó el Carona, tomó á Poitiers
y sitió á Toúrs. Cuando, como un nuevo Atíla, amenazaba al Oc-
cidente, y cuando las Medias-Lunas iban á ondear por Europa
desde los minaretes de Estambul hasta las torres de París y To-
ledo, fué batido á orillas del Loira por el famoso Carlos Martel
(el Caldous de los mahometanos), quedando tendido en el campo
con la mas florida pavte de su numerosa hueste.
Abdelmelic Ben Cotan, ó Abdelmalek-Ben-Caltan (Abd-al-Malek),
servidor del Fuerte, á la noticia de tal desastre, vino á reemplazarle
de órden del emir de Africa; y no obstante sus esfuerzos para repa-
rar aquella pérdida, no le fué fácil conseguirlo, por lo cual le reem-
plazó inmediatamente el célebre caudillo Ocba-Ben-Albegag, que en
las compilaciones de Paquis se denomina Ocba-Ben-el-Hhejadi-el-
265
Soleili; que Casiri nombra Acba-Ben-Alhagiab, y los escritores árabes
determinan O'qbak-Ben-al-Hhedjadj (Oc6a descendiente del Hegiaz],
Antes de entrar en España era conocido en África por sus espedido-
nes contra Tánger, y el influjo de su nombre y la sabiduría de su
administración contribuyeron á afirmar la duminacion de los árabes
en la península; pero cuando este ilustre gobernador se preparaba á
llevar de nuevo la guerra á las Gallias, supo, bailándose en Zarago-
za', la sublevación de los berberiscos, recien convertidos al cisma de
los Morabitos ó Morahilhs, (consagrados á Dio-), y se vio obligado á
pasar á Africa para reprimir la rebelión que no pudo conseguir
hasta después de cuatro años. En esta larga ausencia predominaron
los desórdenes, se olvidaron sus reformas, despertáronse las ambi-
ciones de los gobernadores de provincia, y cuando desembarcó de
nuevo en España para sugetarlos, murió á los pocos dias, sin que
los esfuerzos de su sucesor Ahd-elmelik por una parle, y los de
Abderrahman, \ú}u de Ocba, por otra, pudiesen contener !a guerra ci-
vil que se encendió con el desembarco en Algeciras da Balcg y
Thaalaba (Beledj yTsalebah), cuando derrotados en Africa, buscaron
un asilo en España. Divididos en sus fuerzas para sitiar á .Toledo
y Córdoba que no pudieron conquistar por los esfuerzos de Ab-
delmelic, fué este al fin asesinado, derrotado y entregado por
sus propios subditos, aunque vengado por Abdcrrahman, que ma-
tó después á. j5a/eí/, proclamado un momento emir por la hueste
que le obedecía, en la infausta acción.de Calatrava.
Hussan Ben Divar, ó líuzan Ben Dliizar, apellidjdo Abul Cha-
tur, que en la Biblioteca Escurialense se denomina Abul Catar
Rasan Ben Baschar, y en los estrados de Conde Hhosan-Ben-
Dhirar, fué nombrado por el walí de África Hantallah para Emir de
la Península, consternada á la sazón con los estragos de la guer-
ra. Célebre este capitán, no solo por sus victorias, sino por sus es-
clarecidos dotes en la elocuencia y la poesía, se introdujo en
nuestras comarcas con un egército de bereberes, arrestó á los
principales rebeldes, repartió todas las tierras entre pueblos tan
diversos; mas no pudiendo conciliar las ambiciosas miras de los
dos gefes de tribus. Samad y Thueba, pereció en una batalla de-
lante de los muros de Córdoba, sucediéndole Thueba (Tsuabah),
el Thuabat Ebn Salama de Casiri, en tanto que Samaií (Zarnayl) se
abrogó el gobierno de Zaragoza. La debilidad de este poder, con-
trastado por la ambición, la insubordinación de todas las clases de
266
aquella reciente sociedad, la licencia de las tropas por la con-
descendencia de unos gefes avaros de los despojos de vencedores
y vencidos, hicieron de nue&tro país ese campo de Agramante,
que tanto se diferenciaba de los periodos de tranquilidad que se
siguieron á la conquista. En tan acerba situación, reuniéronse to-
dos los hombres entendidos y prudentes para deliberar, primero
sobre el remedio peienlorio que reclamaban tantos males, y des-
pués para meditar en los medios ulteriores de asegurar la paz
pública y la prosperidad del pais. En aquella asamblea de mag-
nates, de nobles caudillos y propietarios, tenida el año 746 de
nuestra era, fué elegido el honrado Juzuf ó Jucepli Ben \hdelrah~
man klfari (Juzaf-al-Fehry), de la tribu de Coraisch, por último
emir de España, quien respetado de los cristianos así como de los
musulmanes, y apreciado de todas las facciones, restableció el or-
den y la paz,proporcionando á nuestra nación cuatro años de re-
poso y que se repusiera en mucha parte de sus discordias pa-
sadas; pero fenecido este intérvalo, Awier Ben Ámru, que era emir
del mar (Amyr-al Bahhr) almirante, sublevándose contra Joussof,
dio márgen á una guerra sangrienta que solo pudo terminar con
la venida de los Ommiadas al Califato de Córdoba.
Por este rápido bosquejo de los sucesos de España durante
aquellos primeros años que siguieron á la conquista, comprende-
rán nuestros lectores que sustrayendo de la historia aquellos pri-
meros furores que habia, producido el fanatismo de los sectarios
del Islam sobre los inermes cristianos, hubo humanidad y toleran-
cia en algunos de los emires mahometanos en beneficio de los
pueblos, y que á la patética descripción del llanto general de E s -
p a ñ a , inspirada por el patriotismo del rey D. Alfonso el sábio,
que mejor es un himno elegiaco de profunda melancolía, debe
una crónica imparcial oponer la capitulación de Toledo, en la que
fueron condiciones que los cristianos que emigraran se llevasen
sus riquezas con absoluta libertad; que los que quisieran quedar-
se tendrian el libre ejercicio de la religión de sus mayores en
siete iglesias cristianas que designa el Padre Mariana con los nom-
bres de Santa Justa, San Torcuato, San Lúeas, San Marcos, San-
ta Eulalia, San Sebastian y nuestro Señor del Arrabal; que fue-
ran las exacciones aquellos mismos tributos que se pagaban á los
reyes godos, sin exigir otros nuevos; que se gobernasen por sus
leyes y por jueces de su elección. En confirmación de esta poli-
tica, copiaremos textualmente el tratado de paz que se celebró por
los dos opuestos adalides, Theodomiro y Abdelaziz.—«Capitulaciones
entre Abdelaztz Ben-Muza Ben Nazir y Tadmir Ben Gobdos, con-
firmadas con juramento.=Ea nombre de Dios Misericordioso. Ab-
delaziz hace la paz con estas condiciones. Se conserva el gobier-
no en Tadmir (^Theodomiro), la vida y bienes á los cristianos; no
se hará agravio á la libertad de sus mugeres é hijos; no se les
privará el egercicio de su religión, ni se entregarán á las llamas sus
templos: Entregará Tadmir siete ciudades, á saber: Orihuela, Fa-
lentola (Valencia), Elicant, (Alicante), Muía, Vacasora, (Villena),
Ota (Huete), y Lorca: no dará socorro á los enemigos, ni permi-
tirá que se refugien en su territorio, antes bien avisará de sus
designios luego que los descubra. Pagará Tadmir y lo mismo cual-
quiera vecino noble un dinero de oro cada año, y á mas cuatro
módios de trigo y dos tantos de cebada (el raódio equivale á un
celemín), cuatro cántaras de vino cocido y las mismas de vina-
gre (la cántara equivale á una arroba), y dos batos de miel (balo
equivalente á un tarro), é igual medida de aceite. Los criados
pagarán la mitad. Fecho en 4 de Bageb (Mayo) de la égira 94
(712 de Jesucristo): nombre de los testigos: Otliman Ben Abi Ad-
da: Abi-Ben Abi Obayela: Edris Ben Maisera: Abulcasen Almo-
seri.»
Otra de las pruebas que pudiéramos aducir para disminuir el
color de ecsageracion con que se pintan los estragos de aquella
primera irrupción, es necesario derivarla de la misma conformidad
con que se sugelaron los cristianos al yugo del vencedor, cual-
quiera que fuesen sus antipatías y altivez, porque á pesar de su
estado lamentable y decadente en los rápidos reinados de Witiza
y don Rodrigo, la topografía del pais, tan propia para las guerrillas,
y el cúmulo de sus iras les habría facilitado mucha mayor resisten-
cia. Así debemos suponer, que al ver los conquistados pueblos que sus
obispos permanecían al frente de sus diócesis; que los sacerdotes ce-
lebraban en sus parroquias las ceremonias de su culto; que los frailes
y los mongos seguían en sus austeridades, y las vírgenes del Señor
en sus modestos asilos elevando sus plegarías al par de las del Mue-
zzín, sino de grado ó espontánea voluntad, se sometieron resignados
á la estrella del vencedor. Las doncellas del país, deponiendo los
terrores que al principio les inspiraban aquellas hordas salteadoras,
con tan diversas costumbres, de idiomas tan diferentes y de razas
268
tan distintas, aceptaron sus obsequios y sucumbieron á unos enlaces
que confundían su porvenir con la improvisada fortuna de los nuevos
propietarios, que en los despoblados comunes y en las tierras fero-
ces é incultas obtenian repartimientos por premio de su valor.
Esta escesiva tolerancia, corroborada además con el singular en-
lace del hijo del conquistador con la ¡lustre viuda de don Rodrigo;
con que la madre de Abderrahman era de origen cristiano; y con que
hasta á los mismos clérigos se les permitía el matrimonio, facilitó á
algunos emires arreglar la administración y reconciliar mas y mas
á cristianos y muziimes entre roas de cien mil familias hebreas pro-
cedentes de las tribus de Juclá y de Benjamin, que, desde los tiem-
pos de Adriano, compartían en nuestro pais de las mismas garantías
y de idénticos derechos. La raza pura cristiana, que, quedó sugetaal
yugo de los nuevos invasores, fué denominada Mozárabe ó Mistiarabe
(Mosta reb) que quiere decir en lengua del Yemen, cambiados en á r a -
bes, y al habitar en nuestros campos y ,en muchas de nuestras ciu-
dades llegaron á participar de las mismas distinciones permitidas al
vencedor; empero con la restricción de obstentar publicamente los
ejercicios del culto delante de unos guerreros que tenían al Alcorán
por enseña de sus armas. Y aun cuando no sea menos cierto que
las crueldades del Horr redujesen á los cristianos á la misma es-
clavitud que á los salvages del Atlas, le sucedió inmediatamente el
humanitario Ambiza, que planteó oficinas de rentas en Córdoba, que
ordenó con equidad la distribución de los impuestos y la. restauración
de los puentes y calzadas. Ceba Abdelmelic fué otro de los agentes
eficaces que cambiaron totalmente la faz civil de nuestros pueblos.
Sus admirables disposiciones serian dignas de recomendarse á los hom-
bres mas adelantados en la ciencia administrativa. Castigó á los am-
biciosos sin servicios y sin méritos, estableció jueces rectos que pre-
senciasen el castigo de los prevaricadores; y protegiendo indistinta-
mente á todos los ciudadanos, cualesquiera que fuese su secta y el
límite de sus derechos, deslindó las atribuciones de los caudillos mi-
litares, y creó una magistratura independiente en Malaca (Málaga),
Anlequira (Antequera), y en Arxiduna (Archidona), que con cadies
subalternos en poblaciones de menos importancia, escuchaban todas
las quejas, conciliaban las desavenencias, é interponían su autoridad
para conservar inalterable la preciosa paz de las familias. Ordenó
que los waües, ó comandantes generales de los distritos españoles,
organizasen partidas para perseguir á los ladrones que infestaban los
269
caminos, y eviíar al mismo tiempo las venganzas y maldades que
afligían frecuenlemenle á los colonos é indígenas. El ilustre emir,
cuya administración bosquejamos, no descuidó la enseñanza, porque,
al establecer en todas las ciudades y aldeas infinitas escuelas públi-
cas, acudió á su dotación con asignaciones sobre las rentas del pais.
Finalmente mandó construir mezquitas y oratorios, dotándolas de pre-
dicadores y santones que enseñasen el Alcorán y convirtiesen á Ins
cristianos; y formando la estadística, llegó á regularizar los i m -
puestos.,^ ft0jjjm ^h muAoíi] hiiV.X \)) húMt>ñ's¿r) Úi írd • 1«
A estas medidas conciliadoras, unió el em'iv Hussam Den Dirar
sus esfuerzos para que depusiesen sus enconos y rivalidades los dos
partidos árabes y africanos que por la serie de la conquista se ha-
bían domiciliado en la nación, y cuyo principal fundamento consistía
en las preferencias sobre la posesión de las tierras que fuesen de
mayor importancia por su feracidad y productos; porque es necesa-
rio advertir, que en los tiempos que recorremos yacían yermos
todos lus campos, cubiertos de bosques y malezas y sin utilidad
alguna para unas tribus guerreras precisadas á alternar con el estruen-
do de las armas éntrelas faenas de su. cultivación. Por estas con-
sideraciones, el buen juicio del emir, deseoso de aclimatar á tan d i -
versas naciones en el nuevo suelo que ocupaban, con los recuerdos
siempre gratos de la patria donde nacieron, dispuso que los árabes
de Palmira ó de las Palmas, confundiesen su ecsistencía en las áridas
campiñas de Murcia y partidos orientales de Almería, tan semejan-
tes á aquellas sábanas áridas y desiertas de la antigua ciudad de Ze-
nobia, y que ha cantado Wolney con mayor inspiración que filoso-
fía; á las tribus oriundas de las vertientes del Líbano y los valles
del Carmelo destinó á nuestra serranía de Ronda y al país no me-
nos montuoso de Algeciras y Medina Sidonia: A los nómadas del
Jordán y de los campos de Jcrusalem se lesdió por domicilio las ri-
beras del Guüdalhorce, sea en los valles de Archidona, ó en las r i -
sueñas vegas de Anteqvera y Málaga, donde erigieron a Rayrja por
cabeza de nuestro distrito, hoy pueblo casi desconocido y muy próc-
símo á Archidona; acaso para conmemorar el nombro úoJericó que
también se nombró' Rahad: los guerreros de Kinscrina 6 Caléis, próc-
simos á l a actual Alepo, tomaron tierras en Jaén; algunas razas de
Pcrsia se acomodaron en Lo/a; los belicosos eathnnies, hiernenitas y
egypcios se esparcieron por Baza, Ubeda, Guadiz y Baeza, cual si
teniendo á la vista el magestuoso curso de! Bétis y los bosques de
270
Sierra-Morena, recordasen los fértiles campos de Bengala, las aromá-
ticas frutas del Djebel y la fertilidad del Nilo; y por último, á aque-
llos nobles caballeros déla guardia real de Damasco, que el histo-
riador granadino Ebn-Al-Katlib hace subir al número de 10 mil
ginetes, partidarios todos de Baleg, que traian los apellidos de los
Cañes, Ali-Ben-Bachisis, Asgei-Ben-Baycbis, Baelies, Salemis-Al-
mansores, Gedelies, KeiU-büas, Akalttas, Hatalies-Ben-Amer, Gafe-
quis, Alsalelies y Alnamaries, encontraron en Illiberis (Elvira), y en
el arrabal de Garnathad al Jahvd {colonia de judios de Granada^
al pié de Sierra Nevada, entre los vergeles de una vega mas her-
mosa que la de Esparta, las blancas cúspides del Líbano y el mismo
estenso jardin con que se anuncia al viagero la metrópoli del desier-
to, la capital de los califas. [Conde, Ñolas al X e r i f Medris, A l - M a -
kkari, Hislory of ihe Mahomedan Dinaslyes, traducción inglesa de D .
Pasqual Gayangos. lib. 4,° cap. I.0 klkalhb, historiador de Granada,
contenido en la Biblioteca-Arábigo-Hispaiia; tomo 2.°, página 182.
Ben-Hazil de Granada, i d . pág. 326. Don Bodrigo de Toledo, de
rebus Hispaniarum, Cap. 17, 18, y 19. Histor. krabum, cap. 9.
Don Bodrigo de Toledo, De Beb. Hisp. libro 3. cap, 20. Cunde,
Dominación de los árabes, parte 1.a cap. 9. Historia de los árabes y de
los moros de España, por Viardot, parte 1.a cap. l ^ p á g . 7 hasta /a 21
inclusives, Xerif-Aledris, clima \.0 parte 2.* Don Bodricfo de Toledo,
crónica caballeresca; parte 1 .a cap. 215. Isidoro Pacense, Apéndice k,
aerea 749. Adiciones al cronicón de Juan Biclarense, según la España
sagrada del Padre F r . Enrique Florez, tomo VI, pág. 433. V U n i -
vers, Afrique: tome troisiéme: payes 525 el 326. Cronicón Abel-
dense según id XIII, números 7, 8 etc. Cronicón del Monge de
Silos X V I I , números 16 y \1 etc. Jiménez Bodr. libro ///, cap.
20. Edición al Biclarense, mím.1 43. Pacense, Cron, núm. 34. Don
Bodrigo, De Beb. Hisp. libro 3, cap. 20. Hist. arab. cap. 12. Ebn-
Al-kattib, en Casiri, pág. 182, Ben-Hazil, pág. 326. Al-Ma-
kkari, traducción de Gayangos, parte 1.a cap. 10. Idem, libro 4,
cap. 1. Ben-al-Cuty. citado por Al-kattibt véase Conde part. 1,
cap. 12. Ahmed-Basis de Córdoba. Biblioth. arab. Hisp. tom. 2, pág.
222 y 324. Don Bodrigo, Hist. arab. cap. 9. E l Pacense, Cron.
núm. 38. Almed-Basis, Biblioth. tom. 2, pág. 105. Conde. Domin
de ¡os arab, parte 1.a cap. 15. Coronica General, lib. 12. cap.
75. Basis, Biblioth, lom. 2.* pag, 324. MotireA- Meruan, nieto de
Muza, citado por el Dhobi-Ben-Jalikan Ibn-Jalikan. Vüae ilustrium
271
virorum en Wunsten, Goetlúng. 1835, en k.0 Masdeu, tomos XII y
X X X V I Ahmed-Rasis, Bihhoih de Casiri. Historia de España,
Fragmentos, iom. 2 pág. 323. Isidoro Pacense, cronicón según F i o -
rez, tomo VIII pág. 303, éíc. Adiciones á Juan Biclarense según el
mismo Flores, lih. VI pág. 422, etc. Bouges, Hisloire eccle-
siastique et civile de la ville et diocése de Carcassone. D'Herbelot,
Biblioléque Oriéntale, articles Mousa Tarek. Isid. Pacense, crón.
núms. 32 al 37 según Flores, lih. VIH, pág. 30. Rasis, Fragm.
Hisl. Hisp. según Casiri, tomo 2 pág. 325. Pacense, crón. núm.
52 al 57 según Florez lomo VIH, pág. 306. Cronicón Abeldense
núm. 79, según i d . , tomo XIII. Jiménez, Historia Arábum, caps.
41 y 42 Conoíe, versión de Morlés, p. 1, pág. 126 y Bouges,
Hisloire ecclesiaslique de la ville et diocése de Carcassone, pág. 49.
Isid. Pasence, cron. 59. Según Florez, tom. VIH. pág. 3 H . Cro-
nicón de Fredegarius, según la historia de los escritores franceses
de Duchesne, tom. 1 pág, 108, efe. Eginhardas, vida de Cárlo-Magno
en la misma colección, tom. 2, pág. 94. Jiménez, Hist. Arab.caps.
12 i/ 14. Isid. Pacense, cron. núm. 63 y 67, se^wn Florez, tom,
VIII; pág. 314, eíc, Abu-Beker, Vestís Sérica, Casiri, tomo 2, pág,
32. Jiménez, Hist. Arab. caps. XVI 4/XVII. Conde, parte \ cap.
26. fien Alabar de Valencia, Vestis-serica, Casiri tom. 2, pág. 32.
Conde, parte 1, cap. 33. Ahmed-Razis, Casiri, tom. 2, pag. 33.
Conde, parte M cap. 37. Historia de España por el padre M a r i a -
na, tom. 3, pág. 398 y 399, edición de Valencia. Conde, parte 1*
cap. 26, Josepho; Antigüedades Judaicas, libro 8.° cap. 9. E b n - A l -
Kattib, Historia de Granada, pág. 1.a en Casiri, tom. 2. pág. 522.
Ben~Alabar de Vaíenaa, Vestís Sérica i d . tomo 2, pág. 32.

• • *19SX' 9? ^hoiioq .oeoiiplg ABJ 'ik epapoite sol sis


IB fip! eohoJ íí-ífíó'. -oíf.n/! gaífeo nGilagoi ¿ « p 'it

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-eol» novoj, no tf9§iA Ób í;i:>ínvo:K] r>l oh ¿obóJ ¿ ó g f i i o q
36
272

NOTA III.

Idea del califato de C ó r d o b a con ana r e s e ñ a c i r -


cunstanciada de todas sus costumbres y admi-
nistración.

HISTORIA DE LOS CALIFAS.

La rapidez con que hemos hecho el análisis histórico de los


califas de Córdoba hasta la estincion del último vastago de la fa-
milia de los Ommiadas no nos parece suficiente para llenar el va-
cío de una época tan fecunda en memorables acontecimientos y
que indudablemente se considera como el periodo mas brillante de
la dominación árabe-española. Así pues, nos detendremos en tra-
zar este nuevo cuadro que servirá á dar relieve á los sucesos de
Málaga, unidad á nuestro plan é interés á los lectores, porque
podrán discernir el alto grado de esplendor, que ofrece á nuestro
pais ese pueblo musulmán, nuestro encarnizado enemigo, y al que,
las luces trasmitidas por los griegos y romanos, debieron no pere-
cer entre la general barbárie de los demás pueblos de Europa.
El califato de Córdoba en aquella remota edad se alza cual aislado
faro que vá á esparcir sus reflejos sobre las tierras de occidente
aquejadas de sed de sangre, de mil querellas feudales y del
furor religioso de transmigrar á Palestina; y el escritor imparcial
que redacte los sucesos de tan glorioso periodo, se verá obligado
á convenir que resaltan estos anales sobre todos los acontecimien-
tos que ennoblecen nuestra historia.
Yacia en los tiempos qne recorremos y en la insignificante al-
dea de Tahart, cabeza entonces de la iribú zeneta, y capital anti-
gua del Algarbe-Medio en Mauritania, á cuatro jornadas de Telecen
(Tremecen), parages todos de la provincia de Argel, un jóven des-
273
conocido, patético en sus narraciones, sufridor de las inclemencias,
y de tal hermosura y discresion, que cautivaba los ánimos y ha-
cia llorar á los ancianos cuando escuchaban sus baladas y las en-
dechas de su infortunio. Fugitivo de la Siria, donde dejará sus
palacios, aceptando las costumbres de los árabes beduinos, con jo-
vialidad esquisita, aunque con semblante grave, empero meditabun-
do; de aduar en aduar y descansando por intervalos, ora morando
entre pastores, ora compartiendo sus dátiles bajo las tiendas del
desierto, habia venido emigrando desde los arenales de Barca, atra-
vesando el Wal-el-Serrat por las comarcas del Megerd hasta las
márgenes del Wal~il-Kebir en el pais de Constantma. Su estre-
mada juventud, la gallardia de su persona domando un caballo ára-
be, aquella blancura de tez sombreada por sus ojos zarcos, su
aventajada estatura, su destreza infatigable en la caza de los leo-
nes, y su suprema horfandad entre aquellas tribus hospitalarias,
hacían dsl desconocido un objeto de tal predilección, que las ma-
dres lo prohijaban y los guerreros le defendian como un depósito
sagrado, á quien los caprichos del destino reservaban algún dia un
venturoso porvenir. El joven que describimos con colores tan ve-
hementes, aunque de una esactitud histórica, era el príncipe A6d-
al'Rahhman, hijo de Kixen y nieto de Abd-al-Malek, décimo so-
berano Ommiada del Califato de Damasco, perseguido sin descanso
por el poderoso Abd-Allah, y avisado por un fiel amigo de la pros-
cripción de su familia y de aquella mortandad horrible en que 90
caballeros de su noule sangre, descendientes de Meruán Abu-al Ma-
lek, perecieron en Damasco; porque el delito de su estirpe, la de
los pendones blancos, como oriunda de Abu-Sofian y de la inhu-
mana Henda, perseguidores del profeta y de sus nuevas doctrinas,
se tenia por implacable por los descendientes de Ali y de su es-
posa Fatima, hija predilecta de Mahoma, portadores del pendón ne-
gro y origen de la dinastía de Abul-Abas, primer Califa de esta

AI mismo tiempo que Abd-al-Rahhaman vagaba por las ranche-


rías de las comarcas de la Argelia, desconocido á sus moradores y
entretenido con los recuerdos de la opulencia de sus padres, ardia
la guerra civil en los confines de nuestra Península, aterrada con
los enconos del Emir-Juzaf-al-Tehry, con las represalias de Amrú, y
con las depredaciones de Zamayl en su gobierno de Aragón.' Reuni-
dos secretamente en Córdoba muchos nobles árabes para conferenciar
274
sobre los males del pais, y sobre los medios que deberían escogerse
para dolarle con nn gobierno fuerte que refrenase la anarquía y pro-
curase su felicidad, veíanse en aquella junta 80 varones vene^-
rabies de conocido patriotismo y de notorios antecedentes, quie-
nes, recapitulando la suma de los males públicos por la espo-
sicion que hizo de ellos Hagib, originario de Efeso, y por la ampli-
tud de razones que emitió el poeta y literato Theman-Ben-Alcama,
determinaron; de acuerdo con el parecer de Abem-Zair, ofrecer el
trono de la España-árabe al ilustre Abd-al-Rahhman.
Decidida la elección, salieron estos dos últimos caudillos para el
retiro de Tahart, trayéndose al jóven príncipe, acompañados de mil
zenetes que, como partícipes de su infortunio, querían disfrutar de
su gloria y de su improvisada suerte; y es fama que en aquella es-
cena de sentimiento y bendiciones que prestaría mil episodios á uu
novelista moderno, se oyó la voz de un xeque anciano espresarse de
esta manera: «la mano de Dios té llama por buen camino; sigue con
«valor, y cuenta con mis nietos para ayudarte: que la lanza y los
«escuadrones sean, hijo mió, el noble blazon de tu familia.» Pro-
picio el viento á Abd-al-Rahbman, desembarcó sin obstáculos en las
playas de Almuñecar, á donde ya le esperaban Otman y Kaleb: gefe
de las tribus sirias acantonadas en Illiberis (Elvira), Sais-Ben-Mansur
de Rayya, en la procsimidad de Archidona, y Jmuf-Aben-Bath y
Jofran-el-Modjaquí de Málaga. Entusiasmada la juventud de las
convencinas comarcas al aspecto de la blanca enseña del descen-
diente de Moavia, alistábase en sus filas, aclamaba su advenimien-
to y presagiaba la victoria. Atravesando la Alpujarra llegó á E l -
vira Abd-al-RahhmaUi en cuyo pueblo se le unieron los voluntarios
de Guadiz y de las tierras de Almería, pasando en seguida á Ray-
ya capital de nuestro distrito, para recibir cerca de Archidona á
los guerreros de Málaga. Después de celebrado consejo con los prin-
cipales gefes, comprendió la necesidad de dirigirse sobre Córdoba,
cuya capital tomó después de batir al hijo de Juzaf y á las tropas
de Samayl, que trataron de oponérsele. Pasado un breve respiro,
continuó aquella memorable campaña que omitimos de narrar como
agena de nuestro asunto, y en laque el combate de Almuñecar,
aun mas tenaz y porfiado que la jornada de Adamuz, la capitulación
de Granada, la rendición de Toledo, la batalla de Cazlona y las ha-
zañas de Abd-el-Malek-Ben-Omar, y apellidado Marsilio por la de-
ribacion arábigo-latina de Omaris ^iws, por los cristianos analistas-
275
son lo? hechos mas sobresalientes de aquel distinguido príncipe; quien
enipedio de sus victorias, ó en los reveses de su fortuna no aba-
tió su noble ánimo, ni dejó de ser generoso con sus mas crueles
enemigos. Cuando los ma« altos deberes realzaban su posición des-
preciando los aplausos que tan veloz disipa el viento, ya visitase
sus pueblos para administrar justicia, ya descansase en los brazos de
su amado consorte Howara, ya se esparciese en los jardines de la
célebre Ruzafa, ó ya su fama colosal ascendiese á la de Cárlo-Mag-
no, herido constantemente de aquella melancolía profunda que ali-
mentó en el desierto sobre las desgracias de sus padres y la nada de
este mundo, en los 4 ^ 5 de la Paíwm que transcribimos en el tex-
to, dejó estampado su carácter, coroo en su escesiva muniBcen-
cia los dotes de su corazón. «Un caballero y un Rey nunca fallan
á su palabra,^ dijo á varios consejeros que le éseilaban á violar
unas capitulaciones y á que hiciese decapitar á varios gefes rebel-
des.» E l hacer bien á los malos es procurar mal á los ¿menos era
otro de sus apotegmas; y cuando espiró este gran rey con la tran-
quilidad de los justos, dió á su sucesor estos consejos que algunos
atribuyeron á su hijo Hixen. Acuérdale, hijo mió, que los reinos son
de Dios, que los quita y los dá á quien le place. Demos gracias
á su divina bondad por haber depuesto en nuestras manos la au-
toridad, y cumplamos su santa voluntad; lo que quiere decir; ha-
gamos el bien de todos los hombres y parlicularmente el de aque-
llos que nos han sido confiados,.. Sea tu justicia igual con los r i -
eos Y los pobres, pues la injusticia es el camino de la perdición;
pero al mismo tiempo sé benigno y clemente con los que dependan
de ti, pues todos son criaturas de Dios... Confia el mando de las
provincias á hombres prudentes y esperimetüados; castiga sin compa-
sión á los ministros que opriman al pueblo... Trata á tus solda-
dos con suavidad y firmeza; que sean los defensores del Estado y
no sus devastadores... Anima y protege á los labradores; ellos son
los que proveen á nuestra subsistencia... No ceses nunca de mere-
cer el afecto de tus pueblos: en su amor esiriva la seguridad del
Estado; en su miedo el peligro, en su odio la ruina cierta... Haz,
por fin, que los pueblos te bendigan, que vivan felices y tranqui-
los, á la sombra de tu protección, pues en eso consiste la gloria
y felicidad de m Rey.))
Futre los,acontecimientos del remado de Abd al Ralihman, tene-
mos que conmemorar las aventuras de Casin, disfrazado y fugitivo
276
en nuestra Serranía de Ronda Era hijo tercero del último Emir
Juzaf y estaba protegido por Barcerar-Aben Nooman-El-Gaza-
nita, poderosísimo árabe, íntimo amigo de su desventurado padre.
Sublevado con tan decidida protección en este montañoso país,
ocuparon por sorpresa á Medina Sidonia y Sevilla; pero aco-
sado por el mismo Califa tuvo que retroceder entregándose en
Algeciras á la clemencia del Monarca. Hazem-Ben-Adra; nuevo
parcial de los Tehríes, sublévalo á su vez contra Ade-al-Rahhman,
buscó igualmente un refugio en la misma Serranía de Ronda, y en
la quebrada costa de Málaga; pero rodando con su caballo, que
habia quedado herido en el combate, fué entrada Ronda por Mar-
silio. sin embargo de que las partidas rebeldes, apoyadas en aque-
lla fragosa sierra, hostilizaban á las tropas reales, á las órdenes
del Wali de Mequinez Abdel-Gaíir, ufano con su descendencia
Fatimita, y á cuyo caudillo saludaban sus parciales llamándole el
caballero del fuerte brazo dispuesto á derribar a l trono del Ofniada
intruso.
Sa isfechos los rebeldes con haber burlado la vigilancia de
la armada de Abd-al Rahhman estacionada en frente de la cos-
ta que media de Málaga á Almería, por su desembarco en A l -
muñecar, y por el botin que hicieron en su incursión á la A l -
pujarra, vueltos á sus guaridas de la Serranía de Ronda, ama-
garon los distritos de Arcos y Osuna aprovechando la nueva in-
vasión de bereberes que verificó el abasida Abd-Allah-El-Sele-
kaki en Cataluña y la disminución de guarniciones en los pueblos
del mediodía, se posesionaron en el año de 768 (el i51 de la
Hegira) de las comarcas de Antequera, Id Alameda y Estepa, es-
tendiendo sus saqueos y depredaciones á la provincia de Sevi-
lla, cuya ciudad invadieron después del combate de Aljarafe (San Juan
de Alfarach), en el que fué herido Marsilio, evacuándola otra vez
después de destrozar el palacio del Wali, y retirándose á Cazalla,
Muy pronto se vengaron tantas ofensas, pues ordenando Abd-al-
Rahhman al wali de Elvira (F//i6em), Abd-al-Salem, acudiese con
sus huestes, alcanzó á las de Abd-el-Gafir á orillas del Genil,
cerca de Ecija, le atravesó de un lanzazo, y le cortó la cabe-
za con su alfange. Después de tan fausto acontecimiento, se tran-
quilizó nuestro pais y comenzó á disfrutar los beneficios de la paz
bajo la administración ilustrada del primer Califa de Córdoba.
Hischem ó Hescham que le sucedió, determinado en la crono-
277
logia árabe por Hixem Ben-Ahd-al-Rahhman con el epíteto de Al-
hadi-Rhadiy que quiere decir el justo y el Bueno, tuvo también
que luchar con la ambición de sus hermanos Solimán y Abd-^llah,
á la sazón gobernadores de Mérida y Toledo. Vencidos alternati-
vamente se replegó el primero á Murcia, y desterrado el segundo
á los dominios de Africa, halló alivios á su suerte con la dona-
ción de un palacio y 600 mil dinars con que le gratificó la
generosidad del Rey. Publicando después el nuevo Califa el Álgi-
hed ó guerra santa contra los cristianos, dividió su ejército
en dos cuerpos dirigiéndolos contra Alfonso el casto y contra
la Gallia Goda, de cuya ulterior espedicion, volvió con un r i -
co botin que se empleó en concluir la célebre mezquita de Cór-
doba. El advenimiento de este príncipe fué saludado en to-
da España con alborozadas esclamaciones porque sus dulces mo-
dales, su ilustración y tolerancia prometían un reinado tan feliz
como el de su predecesor. Sin embargo, esta esperanza fué des-
mentida por los sucesos que después sobrevinieron, y solo tuvo
realidad por lo que toca á su administración, porque tratando á
sus subditos con igual imparcialidad, sin distinción de clases ni creen-
cias, y empleando considerable parle de sus riquezas en socorrer
á los pobres, en rescatar á los cautivos y en recompensar los ser-
vicios, el mérito y la virtud, murió de muy pocos años dejando el
cetro de Córdoba á su hijo Alhaken 1 (Al-Haken) el sábio, en el año
de nuestra era 796 y de la Hegira el 180.
Este califa que por su espediciones guerreras obtuvo el dictado
de Modhaffer (vencedor), precisado á ser severo contra los que aten-
taron contra su vida cuando clavó en las puertas de su alcázar 300
cabezas de los conjurados; que luchó constantemente conlra las su-
blevaciones del pais; que obstentó su sed de sangre en las ejecucio-
nes de Córdoba, y su amor á los deleites entre las esclavas de su
harem; que cambió la sinonimia de su nombre y el adjetivo de
El-Morthadhi (el demente) por Mhakem-El-Rabdi (Alhakem de los
Arrabales) y por el de Abut-Aas (el cruel); y finalmente que toleró
la tiranía de Amni, rodeado de una numerosa guardia, aterrado
por sus remordimientos, melancólico y sombrío, murió al fin con
las estravagancias de un loco, sin que pudiese ser sentido y sin
haber imitado en nada las virtudes de sus predecesores.
Sucedióle Abd al-Rahhman 11, su hijo, en los albores de su
juventud y adorado de su pueblo. Heredero de las cualidades del
278
gríinde Abd-al-TVahhman fué un monarca sabio y benigno, bajo
cuyo suuvo mando se repusieron los pueblos, rcstauráron-e las
carreteras abiertas desde los romanos, se fundaron hospitales y
se crearon escuelas públicas, educando á sus espensas el número
de 300 huérfanos eu la mosquita impenal. La previsión de este
príncipe fué con estremo aplaudida cuando la gran sequedad que
se esperimentó en España el año 832 de Jesucristo (el 2l7 de
la Hegira^; infecundas las semillas, secas las fuentes y pozos, muer-
tos de sed los ganados, hubieran perecido los habitantes sin el mu-
cho trigo que supo introducir del África, rebajando las contribu-
ciones y distribuyendo limosnas.
Entre los cuidados del gobierno y en medio de sus libéralida-
dades, señalábase entre sus privados el poeta Abd-Allah-Ben Hamn;
y un dia en que el rey enmedio de su arrebatada galantería echa-
ba al cuello de una hermosa dama de su serrallo una cadena de
diamantes de inmenso valor le espusieron sus ministros, con la pru-
dencia del consejo, que hubiera sido preferible que hubiese depo-
sitado aquella dádiva en las arcas del tesoro para recurrir á ella en
cualquier caso de apuro. A esto dió por repuesta el enamorado rey:
«El brillo de ese collar os ha deslumhrado porque sois ni mas ni
menos como los demás hombres, y dais un valor inmenso á cosas
que en realidad ninguno tienen, ¿Qué son esos diamantes compara-
dos con la beldad y donosura de una muger preciosa? Y queján-
dose después con Hamri de la falta de gusto de sus ministros, le
contestó el vate cortesano en armoniosos metros, «la naturaleza
tiene múéhas maravillas, pero ninguna puede entrar en'cotejo con
la hermosura de tu amada esclava: las mas lindas perlas del mar
y los jacintos formados en las entrañas de la tierra no tienen encan-
tos que puedan ponerse al lado de los que han conmovido tu co-
razón.» Abd-al-Rahhman; que era poeta, respondió á esta adula-
ción calificando los versos de Hamri de suaves y regalados cual
el perfume de las rosas, ó como el ambiente embalsamado de los
floridos prados, y á un como la misma beldad que idolatraba; aña-
diendo en su improvisación; «De ella son mis ojos y mi cora-
zón; y s i fuesen mios aun, formaria con ellos otro [collar para
prenderlo de la garganta de mi huri. Entonces el avisado Ham-
ri, declaró superiores los versos del rey á cuantos él habia he-
cho; se dió por indigno de tales alabanzas, y afirmó que el' úni-
co favor que pedia al cielo, era tiempo suficiente para celebrar
^79
las altas prendas y altos hechos de su augusto predecesor.
Empero enmedio de estos solaces de la molicie oriental, se es-
tendia la gloria de este príncipe á la mayor magnificencia de su
corte con obras útiles y espléndidas* con soberbios acueductos de
plomo para transportar aguas puras de las inmediatas sierras, edi-
ficando mezquitas y alcázares (Al-Qasrr) castilló; dotando con sus
propias rentas las madrisas (raadregah) ó escuelas gratuitas; y sin
embargo que los cristianos tratan á este príncipe con colores di-
ferentes por lo mucho que les persiguió, convienen los escritores
árabes en que fué manso de condición, de un valor infatigable y
de una humanidad escesiva, tolerando.casi á su vista se celebra-
se en Córdoba un concilio de obispos, que después de arreglar
lo conveniente á la iglesia de Jesucristo, ordenó á los mozárabes
moderasen su escesivo celo y se abstuviesen de turbar la tranqui-
lidad pública por el deseo del martirio. Finalmente san Eulogio,
á quien no se puede tachar de sospechoso, hablando de tan noble
califa, le elogia de esta manera: «Honoribus suhlimavil, gloria
dilatavit, diviitis cumulavit, cundarum deliliarum inundi afluen-
tia, ultra quam credi vel dici fas est vehementius amphavü: ita
ut in omni pompa sceculari prcedecesores, generé sui reges excede-
reí, superaret el vinceret;* que es equivalente á decir: Llevó el
honor al mas alto grado; dilató su gloria; abundó en riq\iezas; es-
taba llena su corte de todas las delicias del orbe ampliándolas
á mayor altura de la que es posible imaginar ó creer; de tal ma-
nera que venció y superó, con mucho esceso, á la pompa secular
de sus ilustres ascendientes.
Antes de la muerte de este príncipe y no en el reinado de
su sucesor, como sostienen algunos autores, invadieron, nuestras
costas los piratas Magioges, oriundos de Jog y Magog, según
las leyendas árabes, especie de aventureros acaudillados por el
escandinavo Vikingur, que con 70 navios venia esparciendo el ter-
ror desde los mares de Francia á nuestras costas de Occidente.
Este osado capitán, desembarcando donde quiera»que esperaba ha-
llar botin, y saqueando ciudades é iglesias, venia incendiando las
poblaciones y pasando á cuchillo á sus indefensos habitantes. Esta
plaga desoladora, de salvajes boreales, estuvo trece dias pugnando por
tomar á Lisboa á la que hubieran vencido sin el oportuno auxilio délos
walies mahometanos. Reembarcados otra vez después de haber des-
truido una parte de Sevilla, atravesaron el Estrecho y anclaron delan-
37
280
4e de Marbella, causando su aparición aun mas estragos que los que ori-
gina una tormenta, como asi lo testifica el sábio analista Conde. En-
trándose en nuestras comarcas yermaron toda nuestra costa des-
de Málaga á Gibraltar, sin dejer ni una casa de campo ni la al-^
«dea mas reducida escenta de sus furores: los partidos de Archido*
na, Cártama, Málaga y Ronda, lamentaron los asesinatos, los robos
y los incendios de aquellos aventureros, y hasta la mezquita de
Alhadra (Algeciras) especie de s'antuario, donde se conservaban las
banderas de.Tarif y Muza, fué presa con sus alhajas de tan .bar-
ros invasores. í ^ É l f c . A
~Mohamed (Mohhammedj fué sucesor de Alul-al-Rahliamao 11, .
en el reinado de este príncipe se notó, estraordinariamenle e\
aumenlo progresivo de los cristianos españoles, de tal suerte que
parecía equilibrarse las fuerzas de entrambos pueblos. M u z a - B c n -
Zeijad, wali de Zaragoza, de origen godo y cristiano, renegado
declarado^ en abierta -insurrecciou con su hijo el walí de Toledo,
y teniendo por aliados á los cristianos, sostuvo la guerra civil has-
ta el año 871 {el 258 de la Hegira), en qpe por muerte del re-
belde vplvió á conquistar el Califa aquellas imponantes plazas. Si-
guieron á estos sucesos un nuevo desembarco de normandos en
Andalucía, no menos feroz que el primero^ la guerra de Wifredo II
conde de Barcelona, y el ailzarai.en.to de líafsun (Hafssun) en la
Serraníar de Ronda, partidario íorniidable, que desde la oscura cla-
se de ge fe de bandoleros de la comarca de Bayya (cerca de Archi-
dona) con domicilio en la ciudad de rofí/íe/a, que acaso sea el des-
poblado de . Tirlela en la Axarqnia de Málaga,, y encastillado en A d ^
harwera ó Calnt-¿abaste.r sobre los montes de la misma ciudad; se
estenrlip después por,el Aragón, sostuvo una encarnizada lucha con
el valiente Atinondir (Al-Mundhir), llegó i titularse Rey, se alió con
vario? príncipes y murió al fin, con Garcia Iñiguez rey de Navarra, en
852, (el á38 de la Egira). Este disidente tenaz, cuyo verdadero nom-
bre era Ornar Ben llafs, y Ben Afsuni por loscristianos, fué un traba-
jador de pica nota ^ue desde su taller de Ronda,, vino á vivir á Tor-
giela, pueblo que presumimos corresponde, como ya temos dicho, al
despoblado de Tiricia, declarándose gete de bandidos, buscando los
lugares fuertes y burlando los ardides de Jos que iban á su alcance,
se hizo notable por sus. emboscadas y por sus frecuentes depredacio-
nes en las asperezas de nuestras montañas, antes de haber alcanzado
áa importancia de desafiar y combatir los egércitos del imperio.
Descfo el apogeo de sn fortuna y cuando se titulaba Rey de Tole-
do, hizo que apoyasen sus prelenciones los alcaides de Archidona
y Ronda, cuya penúltima plaza - fué tomada después por Abda-
Hah hei mano^ de Almondir, con notable escarmiento de los re-
beldes.
Muerto Mohhamraed repentinamente y cuando reposaba en sus
jardines, le sucedió su hijo Almondir (Al-Mondhyr) en 883 (el 210
de la Hégira); y fué tan breve su reinado como turbulento el de
su padre. Obligado a guerrear con Calib ó Kaleb~Ben-Hafsun hijo
del rebelde de Ronda, murió á la- vista de Toledo, con senti-
miento general de sus subditos que esperaban de su valor y bri-
llantes cualidades que resucitasen los tiempos del grande Abd-al-
Rahhman. Sucedióle su hermano Ab-AUah (servidor de Dios], que
reinó unos siete años, afligido por la guerra civil y por los triun-
fos dé los cristianos, dejando el califato á su nieto AM-al-Bahh-
man i//hijo del príncipe Mohhammed, que pereció en las rebe-
liones que sostuvo contra Abd-A|lah. Dotado este jóven monarca
de una brillante educación, lleno de graciás personales, de esquí-
sita amabilidad y de un carácter firme, füe saludado en su ex-
saltación con el sobrenombre dte A^asir-JCe^íaíM (Al-Nasser-le--
Dyn-AUah) ó defensor dé la ley dé Dios, y con el de E u i i r - A l -
mumenin (Amyr-al-Mumenyn) ó gefé de los .creyentes. En el rei-
nado de este principe, y á merced de sos esfuerzos, no solo se
puso término á las querellas in estinas, sino- que llevá sus ar-
mas á- las posesiones cristianas, dáncfbse aquella gran batalla de
las cercanías de Zamora de^no menor ihiportancia para las hues-
tes españolas, que lo fíié la del'Güadalete, para el egército de Tha-
riq. Apesar de este, revés; que solo pudo servir • á paralizar en<
algún tanto aquel' deseo- de conquistas que demostraba Abd-al-Rahh-
man, pudo negociar la paz con los cristianos para dedicarse es-
clusivameute-á la felicidad dé su pueblo. En este nuevo periodo,
que sin duda és el mas brillante de lá» historia que analizamos,,
impulsado nuestro comercio y estendido hasta la Grecia, se vió
con admiración atravesar las calles de Córdoba aquella embajada
solemne del emperadbr de Gonstantinopla solicitando la alianza del
califa contra los musulmanes dé Asia. La marina Real', entonces,
sostuvo en los mares de Levante la gloria de los combates; un
gran número de edificios y monumentos públicos embellccian nues-
tras ciudades, y el célebre monumento de la magnificencia árabe-
282
el palacio de Medina Khzorah (Medynat-al-Zhorat) era superior
aun á la grandeza de la Mezquita. [
Fallecido Abd-al-Rahhman HI en 961, después de un reinado
de 50 años, vino á sucederíe su hijo Alhaken II, heredero de to-
das sus grandes prendas; pero opuesto á la guerra, aficionado al
descanso, y apasionado con esceso á la literatura, sus comisiona-
dos en el oriente, le compraron tantos libros que solo" el índice
de su .biblioteca, aun no concluido en tiempos de Abul Hayan, as^
cendia á 44 tomos. Este pacífico monarca pasóla mayor parte de
su vida en el palacio de Azhara, observando rigorosamente las
leyes, moralizando su conducta en cuanto es propio de un ma-
homeiano, y rodeado de una multitud de poetas y sábios atraí-
dos á su corte de todos los países sometidos al Islam. En una
palabra, la política de este califa es una especie de siglo de
Augusto que lleva á la mayor altura la civilización de los ára-
- ^ • j g»! UQ b ' ^ i Q á ovr- 'vNámrddoi'' súnoha \ ' ñ • o M Í \ í n í k
Por la muerte de este príncipe, pasó el cetro á Hischem 11.
(Hesham) en 976 (el 366 de la Hegira),'(que-apenas c o n t á b a l o
años cuando fué solemnemente proclamado en.su advenimiento por
la sultana Sobeich (ssobyhha), la Aurora, su madre; que enamo-
rada de Mohhamed-Ben-Abij-kmer, célebre bajo el nombre de Aí-
majizor (Al-Manssur) el invencible, gobernaron ambos el estado am-
parados bajo el solio*. Dotado el caudillo árabe de un espíritu guer-
rero, y. apasionado á la gloria que dan las grandes empresas, de-
túvose ante la idea del exterminio total de los cristianos. ' Pro-
clamando la guerra santa Alcjih&d) en tres campañas consécuj
tivas, se posesionó de casi todo el condado de Castilla, de Sala-
manca, de Zatuorá, de Astorga y finalmente de León* Pasó después
á Cataluña, se hizu dueño de Barcelona y. ganó todas las plazas
cristianas asentadas hasta el Ebro y. Duero", En la campaña contra
Portugal, no solo rindió á Coimbra, Lamego y Braga, sino que
penetró en Galicia, ocupó su capital, y hasta las campanas cris-
tianas de los templos de Santiago de Compostela se, obstentaron
como enormes lámparas en la grande Aljama ó mezquita de Cór-
doba para dar luz á las oraciones de la noche en tan populosa
ciudad. Consternados los cristianos con esta no inlerrumpida serie
de triunfos, co ni prendieron Id imperiosa necesidad de redoblar sus
esfuerzos para separar tantos desastres y oponer un dique á la
fortuna de un caudillo tan audaz. En breve un egército formi-
283
dable vino á buscar al otomano cerca de Calatañazor, que] otros
llaman Cabat-kñozor Qala't-Al-Nossur Fweríe cíe ías Aguilas, que
es una reducida población entre Soria y Medinaceli. Acampados
los cristianos, recibieron á los árabes con notable arrojo y deci-
sión, sosteniendo el choque de la cabalieria enemiga que se es-
trellaba sin cesar sobre los compactos batallones españoles, ase-
mejando esta acción al multiplicado embate de las olas sobre
una roca de granito. En esta batalla de dos dias, que los ana-
les cristianos por confesión de los muzlimes, han recogido con
orgullo, en que temblaba la tierra debajo de tantos guerreros;
en que, las ataquebiras, ó sean elogios^ á Dios» partian de ía
hueste árabe para perderse entre el estruendo de atambores y
trompetas; en la que el clamor guerrero y el relinchar de los
caballos-, resonaba- en los cercanos montes; en la que klmanzor
se resolvía por 'la velocidad de su corcel, como un leopardo
feroz, fué herido este gran capitán, pereciendo luego de despe-
cho por " no haber podido vencer. .Valiente, generoso, ilustrado y
justo; esclavo de sij palabra*; austero en todas sus costumbres
y codicioso de todas las glorias, hay una copia de anécdotas que
hacen su mas digno elogio. Encerrado en un desfiladero AJU nu-
meroso cuerpo de' .cristianos y viéndolos impeterritos, resuelto á
perecer antes que- rendir sus armas,. herido de tanta heroicidad,
hace abrir las filas de sus huestes y Igs concede el pasar para
reunirse á nuestras fuerzas. Sorprendido en otra ocasión .con una
victoria de' su hijo, solo espresa su alegría-dando libertad á dos
mil esclavos cristianos, pagando deudas fallidas, y repartiendo
abundantes limosnas entre sus desgraciados subditos: y cuando
celebraba en fin, esas nupcias espléndidas de su hijo, cuya des-
cripción ameniza la gravedad de nuestro texto, cual si fuese una
flor mas que arrojáramos complacidos por los. jardines de Ahzarat,
su eccesiva generosidad alivió' la suerte del huérfano y duplicó los
donativos de las escuelas y hospitales. Por una idea singular, propia
del genio de los árabes, fué sepultado este noble caudillo, con el
polvo de sus campañas que prolijamente guardaba sacudiéndolos
de sus vestidos al salir de jos combates, cubierto de esencias aro-
máticas, é inscribiéndose estos versos, que tradujo Moratin, al frente
de su propia tumba.

íiob QDnccÍGSfi ,obfluüriofn nii/G'r o^n^uo .tcilí?pti ob \ ' r ñ o^oiDucq »e


285'
po, y la prdgresiva décadencia de un imperio, en el que ca«-
da w a ü se proclamaba soberano, como recientemenle habia suce*-
dido con Al-Hasera-Ebn-Hamoud, ó Alcasim que lo era de Algecr-
ras cuando ocupó á Córdoba en 1022 (el 413 de la Hcgira), y
con Yahhyay-E^bn-Aly, rey de Ceuta, coronado en la apilal ccasi
en la misma época.
Pero este osado caudilló, al ocupar por segunda-vez en i 026^
(de la Hegira el 417), aquel ensangrentado trono, sucumbió como
sus antecesores por causa de una emboscada que le preparó su ene-
migo el walí de Sevilla Mohhamraed Abulcasim (Mohhammed-Abou'-l-
Qásém) declarado independiente. Hkscaum o-Hischem III se sentór
contra su voluntad bajo de aquel solio lleno* dé sangre, abando-
nando por él aquel retiro pacífico que disfrutaba en una fortaleza de-
Castilla, Este príncipe, que debemos considerar Como el.último re-
flejo de la dinasliá ommiada, dotado de un carácter dulfce, de afá^-
bilidad paternal' y de moderación infinita, no era bastante adecuada
para oponer un fuerte dique- á las preteneiones ambiciosas de los
walies, ni á la audacia amenazadora- de sus vasallos .rebelados. Can-
sado de luchar sin fruto contra el destino (fe su familia y contra las
desgracias públicas, despojóse en su palacio de Azharat d e s ú s re*
gios ornamentos con-un corazón resignado, y cual un nuevo Cinci-
nato se restituyó otra vez- al retiro de su infancia en el castillo de
Hisn-Abi-Xarif que habia edificado á s u s espensas: varios amigos le
siguieron y los célebres poetas A d elhar el Narneri, de Córdoba,.
Mühamad el Raini, conocido por Ahiir-Ahdtila-el Hamat y Ahméd-
Ben-XbdelinelíC'Ben-Xoheid; y departiendb con ellos sobre los-males
de su patria, se le- oyó decir frecuentemente, «que en aquella gene-
ración no se podía encontrar á nadie para gobernar y ser gobernado.»
' El wazír Gehwar^Ben-Wbhhamed (Djevuar-Ben-Mbhhamed) su-
cedió al último ommiada y aunque feliz y acertado en los medios
administrativos, no tuvo la misma suerte para estinguir las rebelio-
nes que zapaban su monarquía. Fallecido en 1044 (436 la Kegira),
y sustituido por Mokhammed' (Mohhammed-Beu-üjeouvar), que-
no habia beredadó de su padre ninguna- de sus virtudes, dfescendió
tanto este príncipe de su propia dignidad, qtie, hecho juguete de
ios walies-en-las provincias limítrofes, mas orgullosos aun que el
califa por su reciente independencia, fué prisionero de Xben-Xbed
el poderoso* rey, de Sevilla, cuando yacia moribundo, acabando con»
su nombra en el año 106Q. de Jesucristo (el 349 de la Hegira)?.
rNo ecsiste ya, pero quedó en el Orbe,
>»Canta memoria de sus altos hechos,
» Que podrás admirado conocerle >
*Gual si le vieras hoy presente y vivo.
»Tal fué, que nunca en sucesión eterna *
»Darán los siglas adalid segundo
»Que así