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DISCURSO DE GRADO

No quiero hoy dar el típico discurso de despedida, para ser honesto quiero dar uno
diferente, uno que hable del éxito.

Al verme aquí parado muchos pueden pensar que mi vida no podría estar mejor, que mi
familia está orgullosa de mí y que tengo, por mi particular forma de ser y hacer, todo
controlado. Sin embargo creo que es importante destacar que estas son verdades a medias,
son expectativas, pero mi realidad ha sido un poco distinta, y si me lo permiten quiero
compartirla con ustedes.

En agosto 4 se cumplirán 5 años desde que me mudé a Santiago de Chile, vengo de Cartago
Valle, una ciudad muy pequeña ubicada al occidente de Colombia. Una ciudad en donde
existió la mal llamada “limpieza social” realizada por los autoproclamados dueños del
pueblo que, en hojas de papel que repartían como publicidad, advertían que asesinarían una
a una las personas que con nombre y apellido aparecían en la lista, todo esto con el
supuesto objetivo de limpiar la ciudad de quienes la dañaban. Por esos días caían jóvenes,
habitantes de la calle, dueños de negocios y cualquiera que estuviera en la calle pasadas las
11 de la noche. Recuerdo muchas veces que mi madre en casa revisaba conmigo la lista
para ver que no apareciera algún conocido, algún familiar o yo. Una ciudad que la mayoría
de personas consideran una plaza, un parqueadero y en donde como epidemia se escucha de
boca en boca que no hay nada para hacer más que aquello que este al otro lado de la ley.
Sin embargo el crecer allí me dio amigos, muchas alegrías, momentos inolvidables y un
deseo incesante de pisar su tierra caliente una vez por año.

A la edad de 7 años perdí a mi padre, la droga acabó con su vida y de paso con la
posibilidad de hacer parte de la mía, recuerdo que intenté con 9 años convencerle
personalmente de abandonar lo que hasta en ese momento lo tenía lejos de mí pero no
conseguí más que promesas que nunca llegaron. Jamás volví a verlo.

A los 10 años el tío que me enseñó a bailar murió de cáncer cerebral, recuerdo que todos
los días muy temprano en la mañana ponía un casete de salsa y frente al espejo
comenzábamos a movernos al ritmo de la música y luego de 3 canciones se iba a vender sus
billetes de lotería y yo seguía practicando durante varias horas al día, con él no solo a bailar
aprendí, supe también cuánto duele perder a alguien.

A la edad de 12 años mi abuela, la mujer más fuerte que he conocido, la guerrera


imparable, la valiente, la que hacía desde manualidades hasta remodelaciones en la casa
con martillo y con pala, utilizó sus últimas fuerzas para decirme: “respeto, pero nunca
miedo”. Murió de cáncer de colon a la edad de 50 años y batalló un año entero contra todo
pronóstico médico ¿y adivinen qué? no fue el cáncer quien acabó con ella, fue la última
sesión de radioterapia que por su intensidad le quemó el intestino delgado, ella venció el
cáncer, le ganó a 12 cirugías, volvió a caminar pero con todos saben nadie sale vivo de la
vida, pero ella y sus lecciones vivirán mientras yo viva.

Me quedé solo con mi madre, quien a mis 16 años me pidió que me fuera de la casa con la
siguiente frase: “usted se gradúa y se va y si quiere quedarse me debe pagar arriendo”. Yo
sin entender bien de que iba su petición creí que veía en mí un estorbo, sin embargo era la
génesis de una transformación absolutamente mágica en mi vida y que hoy me tiene
hablando aquí delante de todos ustedes. Aprendí hacer mercado, aprendí a poner la alarma,
aprendí a cocinar, a hacer la cama, a lavar mi ropa, a tomar mis propias decisiones, a
comprender lo fiel de la soledad como compañía, aprendí a valorarla a ella y a entender
cuanto costaba cada cosa que me daba, entendí cuanto me amaba.

Cuando llegué a Chile trabajé haciendo muebles en madera en donde casi pierdo un dedo
de la mano. Tuve que escaparme del hospital para no pagar particular por no tener
documentación y por consecuencia tampoco un seguro de salud, esto con ayuda de una
enfermera que, cuando supo que la cuenta ya rondaba los 360 mil pesos, me ayudó a salir
por el parqueadero mientras imprimían la orden de pago. Trabajé en una fábrica que hacia
mangueras en donde por ser el nuevo debía hacer tareas de más para que los demás
pudiesen dormir en el turno de noche media hora más. Trabajé lavando platos en una cocina
de un hotel a la que renuncié el día en que me pidieron botar la comida que sobraba y me
negué. Trabaje preparando completos en un Ravera de plaza de Armas, trabajé, trabajé y
trabajé.

A menudo mis intenciones de progreso en este país fueron cuestionadas a raíz de mis
orígenes, Pablo Escobar, cocaína, extorción, sicariato, guerrilla, era lo que más escuchaba
cuando sabían de donde venía. Y sé que aunque no todos tenemos los mismo problemas, ni
tampoco los mismos obstáculos, la mayoría compartimos muchos sentimientos similares y
por eso quiero elogiarlos a todos ustedes por hoy estar aquí sentados, por insistir, persistir y
no desistir. No olviden que los inmigrantes son personas, al igual que ustedes, y esa es la
parte más ignorada del debate, personas que huyen del cáncer de sus realidades, huyen de
guerras, hambre y fatalidades, personas con sueños y aspiraciones, personas como yo.

No puedo pronosticar el futuro para decirles lo exitosos que serán pero espero que el haber
compartido mi historia les haya convencido de que yo pude romper estereotipos basados en
la forma en como me clasifican: Colombiano, forastero, indocumentado, traficante o
guerrillero. Ustedes entonces también pueden romperlos, no soy experto en este viaje, pero
soy prueba viviente de que se puede vencer el sistema, que no debemos quedarnos en las
limitaciones que otros nos ponen. Muchos nos juzgaran con base en sus ideas
preconcebidas con respecto a lo que somos y a lo que deberíamos ser, sin embargo
contamos con la capacidad más grande y es las de poder cambiar nuestra vida cambiando
solamente nuestra actitud.
Quiero terminar diciendo solo un par de cosas más:

Madre, lo hice, hoy soy Ingeniero en Minas, como un día te lo prometí. Gracias por la
comida en la mesa, por la ropa en mi armario, por las lecciones de vida, por las
conversaciones en las noches, por permitirme ambicionar las estrellas sin hacerme sentir
menos querido por no alcanzarlas, por lo que hiciste y que hoy entiendo para que fue, para
sacar lo más valioso que tengo y que tú ya habías identificado, por trabajar día y noche para
mantenerme estable y no permitir que mis bases se derrumbaran, te admiro y te amo, y
aunque yo hoy soy Ingeniero, la minera eres tú.

Recuerden siempre que:

1. Aunque tengan miedo, háganlo igual. El punto de máximo riesgo es el punto de mínimo
miedo y eso es porque al otro lado del miedo están las mejores cosas de la vida.

2. Hagan siempre lo correcto. Lo malo seguirá siendo malo aunque todos lo hagan y lo
bueno seguirá siendo bueno aunque hoy ya nadie lo practique

3. No hay nada más toxico en la vida que una acumulación de “…Y si hubiera” por eso
hagan mis queridos colegas, hagan siempre!

4. No vivan 75 veces el mismo año y le llamen a eso vida.

5. Traten de moverse por lugares en donde el fallo sea inevitable, fallen siempre. Cuando
vamos al gimnasio buscamos el fallo muscular para que a partir de ahí se produzca el
crecimiento. Fallar es forma inteligente de crecer, fallen mucho, fallen siempre.

6. Compórtense desde ya como lo que serán, sin esperar a serlo.

7. Cuando ayuden a alguien, háganlo dando gracias, porque la vida los ha puesto en el lugar
del que da y no en el lugar del que necesita.

8. La vida es 10% lo que nos pasa y 90% como reaccionamos ante ello.

9. Sean inquietos, curiosos e intensos. Una sola hormiga puede fastidiar un picnic.

10. El estudio y la experiencia demuestran que a menudo la gente afortunada provoca su


suerte con su actitud.

11. La cura para todo es el agua salada: sudor, lágrimas o el mar.


Cuando tengan la sensación de que no pueden más, cuando crean que no es posible y
necesiten una razón para seguir, cierren sus ojos e imaginen un futuro diciendo: me dijeron
que no podría, así que lo hice, como yo.

Gracias.