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Universidad tecnológica de

Honduras

Catedrática:
Karla Sanabria

Alumna:

Clase:
Ética

Tarea:
Investigación sobre El Impacto de la globalización en la ética mundial

Fecha de entrega

Puerto cortés, Cortés


INTRODUCCION.

Durante mucho tiempo, ética y empresa han sido conceptos que se han movido en
planos de la realidad distintos. La ética se ha vinculado con lo que cada uno cree
que está bien o mal. Otros la definían como un modo de ser, de estar y de actuar
ante la realidad circundante. O incluso, como el arte de hacer las cosas bien
desde todos los puntos de vista posibles. La empresa, por el contrario, se ha
concebido como un ente objetivo, siendo una institución ligada al beneficio, y, por
tanto, que requiere de criterios económicos y no morales.

El impacto de la globalización en la ética mundial.


Hoy en día la situación ha evolucionado. Congresos, conferencias o medios de
comunicación se ocupan de nuevo de unir las palabras ética y empresa, en
concreto al hablar de la ética empresarial.
Alrededor de los años 50 del siglo XX, debido a la aparición de los modelos
teóricos que desembocaron en las primeras escuelas de dirección de empresas,
se produjo el primer encuentro entre la ciencia ética y las teorías de la dirección.

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Es entonces cuando se comienza a concebir a la empresa como una comunidad
de personas. Se desarrollan las teorías de la responsabilidad social; se introducen
los criterios de justicia en el reparto del valor económico añadido.
En los años siguientes en los que la oferta de formación empresarial creció, con el
influjo de los modelos anglosajones de dirección que pasaron a dominar el mundo
occidental y, en consecuencia, España también pareció que la ética estaba
ausente, y el positivismo y el pragmatismo dejaban poco espacio a las teorías
humanistas. Se puede afirmar que hay un paréntesis en el desarrollo de la ética
empresarial en España y en el mundo occidental hasta los años setenta y ochenta
del siglo XX.
Es a partir de este momento cuando se comienza a experimentar un proceso
profundo y acelerado de cambios, sin precedentes en la historia de la humanidad.
Este cambio es voraz, complejo, turbulento e imprevisible, que llega de forma
avasalladora y alcanza todos los segmentos de la sociedad. Tales mutaciones
imprimen un dinamismo tecnológico y científico, y las consecuentes revisiones de
valores, de forma jamás vista que alcanzan en pleno nuestra vida cotidiana y el de
las organizaciones empresariales.
La concepción de las empresas ha cambiado mucho en los últimos años, lo que
ha llevado a considerar que tienen una seria responsabilidad moral para con la
sociedad, independientemente de las responsabilidades individuales de sus
miembros:
 El papel de las organizaciones como núcleo básico de las sociedades
poscapitalistas, que hace indispensable una ética de las organizaciones
para devolver la moral de la sociedad.
 La toma de conciencia de que la ética constituye una exigencia impuesta
por la propia viabilidad del sistema económico en su conjunto. Si el
comportamiento inmoral se convierte en norma acaba con la confianza y la
lealtad, provocando importantes disfunciones en el mercado.
 La existencia de una conciencia de la solidaridad (el mal que se hace
siempre perjudica a alguien) y una conciencia de la alteridad, que no lleva a
no hacer a los demás lo que no deseamos para nosotros.
 El miedo a la mala imagen y a las sanciones legales, que pueden derivar
para la organización el descubrimiento de su falta de ética, etc.
No puede por tanto concebirse la actividad de las organizaciones al margen de la
ética o regida por unas reglas del juego diferentes que justifican actuaciones
inaceptables desde la perspectiva de la moral individual.

La economía de la globalización.

Los grandes rasgos que caracterizan a la economía global y mundializada en la


cual nos desenvolvemos hoy en día son los que se nombran a continuación:
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 La nueva situación económica se basa en el libre mercado de manera
indiscutible.

 El marco presente de la economía mundializada se centra en una


dimensión internacional y en la apertura de los mercados (de productos, de
factores y capitales), frente a posturas proteccionistas.

 La globalización trae consigo un incremento de competitividad entre las


empresas para conseguir adaptarse a las nuevas situaciones. Esta
adaptación consiste en reducir todo tipo de costes, apostar por la
innovación tecnológica, flexibilizar los contratos de los trabajadores, etc. Un
claro ejemplo de este aumento de la competitividad aparece en la creciente
ola de fusiones, adquisiciones y alianzas estratégicas y, en caso contrario,
en el esfuerzo en crecer diversificando o invirtiendo en abrir nuevos
mercados.

 La velocidad a la que se dan los cambios tecnológicos y organizativos no


tiene comparación a la de etapas pasadas. La microelectrónica, la
biotecnología, los nuevos materiales, las nuevas herramientas de gestión
hacen que las empresas teman el quedar anticuadas dado la rapidez a la
que se producen los cambios.

 Las economías industriales según entran en la dinámica de una


competencia mundializada cobra mayor importancia el sector servicios.

 Son las grandes empresas y globalizadas las que más facilidades tienen
para integrarse en esta economía globalizada porque tales compañías son
organizaciones con una coordinación centralizada de redes alrededor del
mundo.

En definitiva, la economía globalizada se va a centrar en el mercado y se


fundamenta en el sector privado, alcanza todo el mundo, más competitiva y
conoce cambios más rápidos, y son las grandes empresas multinacionales las
principales protagonistas ya que cuentan mayores posibilidades de operar en
dicho escenario.

¿Es pensable una “¿Ética Mundial”, ante el claroscuro de la


globalización?

El fenómeno de la globalización presenta una dimensión moral tan honda, que


merecería ser tratado desde una Ética Económica amplia, rigurosa y sólidamente
fundamentada. Porque, mezclados con las nuevas oportunidades que la

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globalización ofrece a las empresas y a los países (afluencia de capitales,
creación de riqueza y de empleos), descubrimos también serios peligros (las
debilidades, las amenazas ocultas en el sistema). Estas amenazas se tornan
visibles por sus frutos (nueva división del trabajo, desigualdad creciente, al menos
por el momento, entre países pobres y ricos) y al hilo de algunos de los impactos y
consecuencias negativas que acompañan al proceso, crisis y desajustes, tal vez
inevitables, pero que se saldan con elevados costes sociales a corto plazo, injusta
y desigualmente repartidos.

Dicho en plata: que, como no podía ser de otra forma, no todo son luces en este
nuevo escenario. Hay también, como contraste, bastantes oscuridades que no
procede silenciar. A menos que estemos dispuestos a echar por la borda un
objetivo que para muchos de nosotros constituye meta irrenunciable de toda
política económica bien concebida. Dicha meta que ha de ser vista como
complementaria de aquella otra primera, más obvia e inmediata, cual es la de la
búsqueda del crecimiento económico, tiene un hondo calado ético y cristiano; a
saber: la justicia social y la búsqueda de la equidad en el reparto, no sólo de los
beneficios obtenidos, sino también de las contribuciones y los esfuerzos a realizar.

Desde un punto de vista ético, no nos está nunca permitida la complacencia fácil
en el statu quo. Todo es mejorable y perfectible; no hay techo para la realización
de la justicia y la humanización. Por eso, no es suficiente con que nos hayamos
dotado a escala planetaria de un orden económico homogéneo, encauzado, en
buena hora, desde la libertad de empresa y el mecanismo del mercado. Este
orden económico necesita ser complementado con un orden social estable,
fundamentado, a su vez, en los principios democráticos y en la lucha contra la
corrupción y, sobre todo, con un sistema de reparto justo y equitativo.

Al margen de estas importantes consideraciones, otras circunstancias hacen


necesaria la presencia de la Ética en el nuevo panorama. Enunciémoslas:

 En primer lugar, la conciencia de una interdependencia creciente entre todos los


países. Como sabemos, lo que ocurre en una parte del mundo tarda escasos
minutos en repercutir a miles de kilómetros.

 En segundo lugar, un desasosegante aumento de la incertidumbre, derivado de


la rapidez y la velocidad con que se producen los cambios.

En tal sazón, si no están firmes al menos algunos principios básicos -y muy


particularmente, algunos principios éticos-, corremos el peligro de ser engullidos
por el vértigo de este torbellino socioeconómico y cultural.

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 En tercer término, el reconocimiento de que compartimos cada vez mayor
número de problemas; o, más propiamente dicho: que un número creciente de
problemas muy serios nos afectan a todos, y que no tendrán solución a menos
que los ataquemos desde planteamientos globales.

Pensemos a este respecto en asuntos tales como, por ejemplo: el agujero de la


capa de ozono, el efecto invernadero, la lluvia ácida, la amenaza a la
biodiversidad, la desaparición de los bosques, la disminución de las reservas
energéticas tradicionales, el aumento de la población... Por un lado, es obvio que
se trata de problemas de hondo calado moral; son, por otra parte, problemas que
se agudizan desde el punto y hora que se plantean en un contexto mundializado
como el que nos toca vivir.

Consecuentemente no podrá haber solución posible para aquellos problemas, más


que desde principios éticos que se plasmen en planteamientos globales y se
traduzcan en acciones coordinadas a nivel mundial, pero ello será difícilmente
posible.

Mucho antes de que MacLuham hablara de la “aldea global”, ya decíamos por


aquí que “el mundo es un pañuelo”. Sin embargo, ese pequeño mundo nuestro es,
sociológicamente hablando, extremadamente heterogéneo. En él descubrimos
múltiples razas, variadas culturas, distintas creencias religiosas, diferentes escalas
de valores, muy diversas aspiraciones vitales y propuestas éticas.

Por eso si ya muchos quizás desfondados y escépticos o apalancados en posturas


abiertamente cínicas, dudan no ya de la necesidad, no ya de la conveniencia, sino
incluso de la mera posibilidad de atender a la dimensión ética de los negocios.