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Moral a Nicómaco · libro primero, capítulo VI

Justificación de la definición de la felicidad dada más


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Para comprender bien el principio sentado aquí, no debemos atenernos sólo a
la conclusión a que fuimos a parar, ni a los elementos que componen la
definición de felicidad dada por nosotros, sino que hay que aclarar más,
considerando los atributos que se conceden ordinariamente a la felicidad;
porque las realidades están siempre de acuerdo con una definición verdadera,
mientras que la verdad se pone bien pronto en desacuerdo con el error.
Divididos los bienes en tres clases: bienes exteriores, bienes [19] del alma y
bienes del cuerpo, los del alma son a nuestros ojos los que llamamos más
especial y excelentemente bienes. Al alma es a la que nuestra definición
atribuye las facultades y los actos que el alma sola dirige; y podemos decir,
que esta definición es buena, puesto que conforma con una opinión muy
antigua y admitida unánimemente por todos los que se ocupan de filosofía.
también hemos dicho con razón, que ciertas aplicaciones de nuestras
facultades y ciertos actos son el verdadero fin de la vida; porque entonces este
fin se pone en los bienes del alma y no en los bienes exteriores. Lo que
confirma nuestra definición es; que se confunde ordinariamente al hombre
feliz con el que se conduce bien y logra sus propósitos; y lo que entonces se
llama felicidad, es una especie de fortuna y de honradez. Y así, todas las
condiciones requeridas habitualmente como constitutivas de la felicidad, se
reúnen en la definición que hemos dado; porque para unos la felicidad es la
virtud; para otros es la prudencia; para estos es la sabiduría; para aquellos es
todo esto junto o algo de esto a que se une el placer, o por lo menos que no
está privado de él. Lo mismo sucede con los que quieren comprender en este
círculo tan extenso la abundancia de los bienes exteriores.
De estas opiniones, unas han sido sostenidas y de antiguo por numerosos
partidarios, y otras lo han sido por algunos, pocos en número, pero personas
de crédito. Es razonable suponer, que los unos lo mismo que los otros no han
incurrido en error sobre todos los puntos, y que han visto en claro algunos; y
si se quiere, casi todos.
Por lo pronto, nuestra definición es aceptada por los que pretenden, que la
felicidad es la virtud, o por lo menos, una cierta virtud, porque la actividad del
alma conforme a la virtud forma también parte de la virtud. Pero no es del
todo indiferente colocar el bien supremo en la posesión o en el uso{19} de
ciertas cualidades, en la simple aptitud o en el acto mismo. La aptitud puede
existir realmente sin producir ningún bien, como, por ejemplo, en un hombre
que duerme o en uno que por cualquiera otra causa permanezca inactivo. El
acto, por el [20] contrario, no puede encontrarse nunca en este caso, puesto
que obra necesariamente, y además obra bien. En esto sucede como en los
juegos olímpicos; allí no son los más hermosos ni los más fuertes los que
alcanzan el premio, y sí los concurrentes que han tomado parte en la lucha;
porque sólo entre ellos pueden encontrarse los vencedores. Lo mismo
acontece en este caso; los que obran bien son los únicos que pueden aspirar
en la vida a la gloria y a la felicidad. Por lo demás, la existencia de estos
hombres que obran bien, está naturalmente llena de encantos. Sentirse
encantado es un fenómeno, que se refiere exclusivamente al alma, y un objeto
tiene para nosotros encantos cuando decimos de él que le amamos: el caballo,
por ejemplo, encanta al que ama los caballos; el teatro encanta al que ama las
representaciones, como las cosas justas encantan al que ama la justicia; y en
general, los actos virtuosos encantan al que ama la virtud. Si los placeres del
vulgo son tan diferentes y tan opuestos entre sí, es porque no son por su
naturaleza verdaderos placeres. Las almas cultas, que aman lo bello, sólo
gustan de los placeres que por su naturaleza son placeres verdaderos, y lo son
tales todas las acciones conformes a la virtud, que agradan a estos corazones
bien nacidos, y les agradan únicamente por sí mismas. Además, la vida de
estos hombres generosos no tiene necesidad, absolutamente hablando{20},
de que el placer se una a ella, como una especie de apéndice y de
complemento, puesto que lleva el placer en sí misma; porque
independientemente de todo lo que acabamos de decir, puede añadirse, que el
que no encuentra placer en las acciones virtuosas, no es verdaderamente
virtuoso, lo mismo que no se puede llamar justo al que no se complace en
practicar la justicia, ni liberal al que no se complace en actos de liberalidad, y
así de todos los demás.
Si todo esto es cierto, los verdaderos placeres del hombre son las acciones
conformes a la virtud. No son sólo agradables, sino que además son buenas y
bellas, y lo son sobre todas las cosas, cada una sobre las de su género, si el
hombre virtuoso sabe estimar su justo valor, como de hecho lo estima en el
acto mismo de ser virtuoso, como ya hemos dicho. Por consiguiente la
felicidad es a la vez lo mejor, más bello y más dulce que [21] existe, porque no
deben separarse ninguna de estas cualidades de las demás, como lo hace la
inscripción de Delos:
«Lo justo es lo más bello; la salud, lo mejor;
Obtener lo que se ama, es lo más dulce para el corazón.»
Todas estas ventajas se encuentran reunidas en las buenas acciones; en las
acciones mejores del hombre, y el conjunto de estos actos, o por lo menos, el
acto único, que es el mejor y el más perfecto entre todos los demás, es lo que
llamarnos felicidad.
Sin embargo, parece que la felicidad no puede ser completa sin los bienes
exteriores{21}, según hemos hecho ya observar. Es imposible, o por lo menos
no es fácil, hacer el bien cuando está uno privado de todo, puesto que para
una multitud de cosas son instrumentos indispensables los amigos, la riqueza,
la influencia política. Hay también otras cosas, cuya privación altera la
felicidad de los hombres que de ellas carecen: la nobleza, una familia feliz, la
belleza. No puede decirse que sea feliz un hombre, cuando es de una
deformidad repugnante, pertenece a una mala familia o se encuentra aislado y
sin hijos; y menos aún puede decirse que sea feliz el que tiene hijos o amigos
completamente perversos, o si la muerte le ha arrebatado los amigos y los
hijos virtuosos que tenía.
Por lo tanto, repitamos que al parecer son indispensables estos útiles
accesorios para la felicidad; y he aquí por qué se confunde muchas veces la
fortuna con la felicidad, como otras se confunde con la virtud.
———
{19} Distinción profunda que se debe a Aristóteles, que es el primero que ha
separado la potencia del acto, es decir, lo posible de lo real.
{20} Esta es en parte la teoría platoniana, y por completo la doctrina estoica.
{21} El ejemplo de Sócrates no estaba tan lejos, y sin bienes exteriores fue el
más dichoso y el más virtuoso de los hombres.