Está en la página 1de 61

Diseño de Ja tapa: Sergio Pérez Fernández

Ilustración de Carlos A. Sánchez


Sergio Gaut vel Hartman

Cuerpos descartables

~
Minotauro
A Graciela

HARVARD UNIVERSITY
WIDENER UBRARY

25453
IMPRESO EN LA ARGENTINA
Queda hecho el depósito que previene
Ja ley 11. 723. © 1985, Ediciones Mino·
tauro S.R.L, Humberto J'! 531,
Buenos Aires.

ISBN 950·547·038·X
Índice

1} ISIAS

24 CARAMELOS

50 IA NOVENA SINFONiA DE MACEDONIO

65 CARNE DE CAÑÓN

72 LOS TREPADORES

98 PLURAL

106 LOS CONTAMINADOS


Islas

Otro fracaso. González volvió arrastrándose,


con una pierna cercenada a la altura de la rodi-
lla. La dentellada del tiburón había quedado im-
presa en el muñón perfectamente cicatrizado.
García, en cambio, murió por el camino. Lo sen-
timos. Era un buen tipo. Nos comimos lo que
quedaba de González y sorteamos a la viuda.
Martínez y yo tiramos seis y tuvimos que de-
sempatar. Yo tiré un tres, pero él tiró un dos. En
la cara de la viuda asomó cierta expresión de
alivio.

-¡Armaduras de corteza! Ustedes están locos.


Una armadura de corteza no puede parar el ti-
12 SERGIO GAL'T VEL HARTMAN ISLAS 13

burón. -López se pellizcó la mejilla, su señal de bre que baja los médanos a toda velocidad para
desprecio por una idea ajena. franquear una grieta que se abre sorpresiva-
-De acuerdo. Pero hay que suponer que los mente en medio del desierto?
recursos de la arena son limitados; no puede te- Pérez-se levantó y se dirigió a López con un
ner. más que un número finito de armas. Si no tono entre fastidiado y aburrido.
aparece una trampa nueva esta vez se repetirán -Usted, una vez más, propone que mande-
los remolinos, la incandescencia o los abismos. mos todo a la mierda, que nos olvidemos de Ja
Nunca hubo una repetición inmediata. isla del sur, de las éxpediciones, de buscarle una
-Eso, más que locura, es imbecilidad. Los re- salida a esto.
cursos de la arena no se repitieron en una se- -Sí--contestó López, rígido-, ¿por qué no?
cuencia ordenada, y sólo emprendimos cinco
expediciones. ¿Quién se atreve a certificar que Pérez me pasó el largavista. La arena se había
no volverá a ser el tiburón? aquietado lo suficiente como para que pudiése-
Todos callamos. Lopez, envalentonado, pro- mos ver Ja isla vecina, envuelta en Ja magia sere-
siguió. na de lo fantasmagórico. Parecía una manzana
-La arena debe· saber que el tiburón fue el cuidadosamente mordida hasta los trópicos,
arma más eficaz. Esta vez perdimos un hombre y con el enhiesto cabo del mirador asomando en
medio, el otro día dos y medio. Por otra parte, la el polo norte y las ondas de arena lamiendo el
corteza no resistirá la incandescencia, y no im- pedestal, tímidas, mansas. Sobre Ja plataforma,
pedirá que el hombre caiga al abismo. apoyados contra Ja balaustrada y mirando a tra-
-Pero podríamos intentarlo igual -inte- vés de unos binoculares, había dos tipos.
rrumpió Fernández-. Podríamos mandar un -¿Nos miran?
hombre con armadura de corteza y otro calzado -No, miran una isla que nosotros no vemos,
con patines. situada al suroeste de la de ellos.
-¡Brillante! ¿Y qué ·pasaría si Ja arena, por Me sumí en un prolongado silencio que Pé-
una vez, no respeta las reglas y se manda un do- rez no trató de quebrar. Luego, impulsivamen-
blete? Tiburón y abismo. ¿Cómo haría un hom- te, dije:
14 ~ERGIO(,,\( T \~El. llARTMAN ISW\S 15

-Nos está vedado. Esto es un sueño hecho bitada por seres inexistentes, de conducta im-
trizas de antemano. -Me sonó cursi. Pérez se posible, inquietaba y excitaba. La risa bien po-
encogió de hombros, me arrancó el largavista día interpretarse como una fuga de seguridad.
de las manos y se alejó de la plataforma. Cuando cesaron las risas, las miradas conver-
gieron en López; un López sorprendentemente
Por una de esas casualidades que nadie busca cabizbajo y arrepentido. De todos modos, al dar
ni provoca, encontramos un . manuscrito, un las siete, sin permitir que las súplicas nos desvia-
texto que López había estado escribiendo a es- ran del cumplimiento de las reglas, lo agarra-
condidas: mos entre varios y Sánchez le cortó tres dedos
"Hemos fracasado. Definitivamente, es impo- de cada mano.
sible atravesar el mar de arena. Johnson y Smith Poco antes de irnos a dormir, todavía dolori-
se han perdido en el último intento. Williams do, López admitió que lo que había escrito era
pudo regresar, herido, en estado desesperante. un fraude, que nadie sabe cómo se llaman los
Aunque lo cuidamos con esmero murió al ano- habitantes de la otra isla, si se llaman de alguna
checer. Thompson enloqueció de rabia, y se manera, y que tampoco se sabe cómo actúan
puso a patear la arena. La compañera de Wil- ante los heridos y los muertos.
liams lloró abrazada al cadáver toda la noche. Lo
sepultamos a cincuenta pasos de la isla. A lós po- Los hombres se alejaron de la isla a diferentes
cos minutos el movimiento de la arena hizo im- velocidades, rumbo al sur. La isla más cercana
posible la identificación de la tumba. El silencio, nos ha parecido desde el principio la más acce-
como una sombra, se abatió sobre los náufragos sible. Aunque tal vez deberíamos probar alguna
Y Thompson se alejó aullando, en dirección otra opción: por ejemplo un camino más largo,
equivocada... " que podría estar libre de tiburones, remolinos y
Al concluir la lectura todos se echaron a reír otros peligros mortales. Gutiérrez caminaba pe-
s?noramente. Se codeaban con picardía, ha- sadamente. La corteza, a pesar de ser liviana, le
ciendo muecas de complicidad. Era lógico que dificultaba el paso. Tardó toda la mañana en
la ficción de una realidad diferente, una isla ha- avanzar un par de kilómetros.
16 SERGIO GAUT VEL HARTMAN ISL\S 17

Al otro, a Domínguez, lo perdimos de vista y s1on superficial desmesurada y capacidad de


lo recuperamos varias veces. Subía y bajaba los transformación casi infinita. Otra, sólo sosteni-
médanos con mucha gracia. Por fin, casi a mitad da por López, aseguraba que la burbuja no era
de camino; desapareció en una depresión y no más que uno de los tantos espejismos que vaga-
volvió a ascender. ban entre las islas y que esta vez se había inter-
Entonces nos concentramos en el fatigado puesto entre la isla y Gutiérrez. Pero todos estu-
Gutiérrez, que se tambaleaba bajo el sol. A sim- vimos de acuerdo en ver un nuevo enemigo y
ple vista parecía una manchita oscilando en el en catalogarlo como tan eficaz contra la arma-
amarillo uniforme del desierto. El largavista pa- dura.de corteza como contra los veloces pati-
saba de mano en mano para revelar que la man- nes-trineo.
chita era un hombre protegido por Ja armadura Cuando Gutiérrez dejó de agitarse, la burbuja
de corteza y que a pesar de la protección tenía se desmoronó abruptamente. El cuerpo quedó
miedo y sufría. De repente la arena se arremoli- rígido sobre la arena; una escama un poco más
nó en torno de Gutiérrez formando una ampolla oscura en el lomo de un pez.
donde un segundo antes no había otra cosa que
una superficie lisa y brillante. La burbuja era de Sumando experiencias nos convencimos de
una rara transparencia y lo envolvió por com- que la única solución psoible sería cavar un tú-
pleto. No tendría mucho. más que un grano de nel dtbajo del desierto. La arena podía reclamar
grosor porque, a pesar de la distancia, vimos la superficie como propia, pero nunca tendría·
cómo el hombre se debatía y lanzaba maldicio- el mismo control sobre el subsuelo, de donde
nes mientras golpeaba sin éxito la esfera. estaban excluidos los cómplices: el viento y el
sol.
La gente de la isla tejió teorías y explicacio- -¡Presunciones! -López gesticulaba revo-
nes. La más plausible parecía ser la que se incli- leando las pinzas.- Vamos a suicidarnos de
naba por un aumento de la radiación solar ac- puro presuntuosos. Nada, repito, nada nos per-
tuando sobre la arena, transformándola en una mite suponer que la conducta del desierto se re-
retorta rigurosamente sellada, elástica, de ten- laciona con el viento o el sol. Los efectos pue-
18 SERGIO GAUT VEL HARTMAN
!SI.AS 19

den ser el producto de una fuerza invisible o de La arena, inofensiva, flotaba como polen en la
un agente local que hemos estado activando no- limpia atmósfera matutina antes de posarse en
sotros mismos por simple e improbable azar. el suelo.
La gente empezó a inquietarse. López siguió, Hacia mediodía reemplacé a Suárez en el mi-
cada vez más entusiasmado: rador, y casi inmediatamente vi una columna de
--Somos menos que bacterias contra un personas que abandonaba la isla vecina y se diri-
cuerpo sano. El desierto no necesita utilizar to- gía al suroeste. Eran cientos, miles. Durante va-
dos los recursos de que dispone. Basta con un rias horas los miré absorto. Caminaban recorta-
meneo de la piel del lomo ... dos contra el horizonte, como si en vez de hom-
Sánchez se adelantó. Buscó con los ojos la bres y mujeres fueran hormigas; una corrección
aprobación de los notables de la isla, sacó del irreal empujada por una fuerza anónima, como
bolsillo un extraño instrumento (algo así como la crecida de un río o un devastador incendio
una combinación de tenazas y navajas unidas forestal. Estaba tan fascinado por el movimiento
por un resorte) y cazó la lengua aleteante del de aquella gente que advertí demasiado tarde
orador, cercenándola con un chasquido. que una lengua se levantaba de la arena, giraba
en el aire como una tromba, se enroscaba imi-
Empezamos a cavar, amontonando arena a los tando las serpentinas y terminaba engulléndo-
costados del pozo. Algunos hombres tuvieron a los. De buenas a primeras ya no hubo más que
cargo la tarea de acopiar listones de madera bruma entre el cielo y el desierto y ningún obje-
para utilizarlos en el futuro como puntales. El to, ningún sentido, ninguna lógica en cavar un
desasosiego causado por el episodio de López túnel para llegar a la otra isla y encontrarla va-
cedió el lugar a una actividad febril. La gente tra- cía.
bajaba con palas, pero también con rastrillos,
con cucharas, con las manos. Era como si el he- Pero nadie me creyó. La efervescencia gene-
cho de arrancarle arena al desierto simbolizara rada por el trabajo había crecido en progresión
una forma de venganza contra padres particu- geométrica. Parecían hipnotizados. A cada uno
larmente odiados. de mis intentos de reclamar atención sujetando
20 SERGIO GAllT VEt HARTMAN ISLAS 21

un brazo o tironeando una manga, seguían sacu- desde la masacre. Pérez tenía el ceño fruncido;
didas eléctricas acompañadas por gruñidos se comportaba como si esperara algo concreto:
inarticulados. Hablé a los gritos de la columna la burbuja formándose delante de nuestros ojos
que había abandonado la isla vecina dirigiéndo- 0 el tiburón saltando con las fauces abiertas. Al
se al suroeste y del comportamiento de la arena rato comprobé que mi acompañante no apunta-
que se los había tragado. Quizá me oyeran pero, ba al horizonte sino que miraba un punto al pie
poseídos como estaban por la fiebre del trabajo, de nuestra propia isla, alguna escena que se de-
ninguno me escuchó. Y si alguien entendió lo sarrollaba entre los que cavaban. Antes de que
que yo decía, no lo creyó. Siguferon cavando y le pidiera el instrumento, él me lo tendió.
penetrando la arena, por lo que, cansado, volví a -Mire eso.
la plataforma y al escrutinio del desierto, ahora Vi a Sánchez persiguiendo a López y a López
vacío, calmo, haciendo (y esto me pareció ri- zigzagueando entre los médanos. Iban hacia el
dículo) honor al nombre. mirador, y en los ojos del perseguido, que se al-
Sólo después de un largo rato noté que Pérez zaban repetidamente en demanda de auxilio;
estaba a mi lado. Le pasé el largavista y empecé a creí descubrir una expresión de terror ciego.
contarle lo que había hecho la arena con los ha- López trepó con cuatro peldaños de ventaja
bitantes de la isla vecina. señalándose la entrepierna con los pulgares, y
-Ya me enteré -me dijo-. Pero allá abajo en cuanto alcanzó la plataforma se colocó de-
no hay clima para discusiones. Sánchez ya no trás de mí. Sánchez, enfurecido y con el aparati-
cava y amenaza con el dichoso aparatito a todo to empuñado, trató de hacerme a un lado para
el mundo. López gesticula tratando de conven- cazar al pobre López. Como soy más débil que
cer a la gente de que la tarea emprendida es des- Sánchez estoy seguro de que nada le hubiera
cabellada. La arena está sospechosamente dócil. impedido salirse con la suya. Pero justamente
Eso no presagia nada bueno. en ese momento ocurrió un suceso imprevisto
Me concentré en el paisaje tratando de aprove- que desvió nuestra atención.
char la cristalina transparencia de la atmósfera a Frente a la isla se estaba formando un cuchillo
falta del largavista. Pero nada había cambiado de arena. El cuchillo absurdo e incomprensible
22 SERGIO GAUT VEL HARTMAN ISLAS 23

avanzaba sobre la gente que, ajena a todo, se- que por diferentes razones. Sáncliez parecía
guía cavando. Pérez y yo gritarnos hasta desga- muy consternado por la pérdida del aparato.
ñitarnos, inútilmente. En pocos segundos hubo No tardarnos en adaptarnos a la nueva situa-
una multitud de muertos y mutilados. El cuchi- ción, y al cabo de una semana recibimos la visita
llo, silencioso, se inclinó ligeramente y empezó de cuatro pájaros de arena que sobrevolaron la
a bordear la isla, siempre cortando. Ante nues- isla y dejaron caer otras tantas mujeres sobre
tra mirada atónita completó la circunferencia y colchones de paja que habíamos preparado ex-
se alejó por donde había venido, no sin antes re- presamente.
matar a los heridos que encontraba en el camino. Consideramos que López no podría tirar los
Nos mirarnos aterrados. Hasta Sánchez pare- dados y que por lo tanto se quedaría con una
cía haber abandonado toda intención hostil ha- morocha bizca que ninguno de nosotros quería
cia López. Pérez aprovechó ese momento ciego como compañera. Pérez tiró un cuatro. Sánchez
para arrebatarle el precioso mutilador, arroján- y yo tiramos cincos. En el desempate él tiró un
dolo mirador abajo, en dirección al desierto. tres y yo un dos, pero no me importó. Sánchez
A los pocos minutos notarnos que la isla se tiene muy mal gusto para las mujeres y yo sabía
alejaba de los muertos y del pozo que la gente que me dejaría la rubia de pechos grandes.
había estado cavando. Algunos pocos sobrevi-
vientes corrieron tras la isla, pero ésta aceleraba
y ninguno pudo alcanzarla.
La isla se detuvo veinticuatro horas después,
en un lugar del desierto que no tenía puntos de
referencia. No había otras islas alrededor. El cie-
lo presentaba un aspecto extraño, sin nubes ni
estrellas. Nos dispusimos a esperar.
-Basta de expediciones -dije.
-De acuerdo -aceptó Pérez.
Sánchez y López asintieron en silencio, aun-
C:ARA,\tEl.O~ 25

dalias -pero en silencio, porque no teníamos


nada mejor que ofrecernos--, nos detuvimos
frente a un negocio antiguo, de vidrios sucios e
iluminación deficiente, que sin embargo conte-
nía una buena cantidad de sillones de diseño
moderno. Había sillones tapizados en pana y
raso, sillones de cuero, con armazones de made-
ra, de cromo, y un juego de hierro forjado con al-
mohadones rojos de seda. Una variedad enorme
Caramelos de sillones colmando un local que cualquier co-
merciante astuto habría convertido en tres.
Nos pareció raro que no hubiese vendedores
Ahora todo se deforma, como en un sueño mal a la vista, pero la curiosidad nos venció, y entra-
recorda_do. Pero mientras sucedía se ajustaba a mos.
reglas lógicas, tenía cierta coherencia interior -¿No hay nadie? -pregunté en voz alta.
era creíble. ' Irma se aferró a mi brazo, insegura.
Empezó cuando llevábamos unos pocos me- -Para· qué llamás, si no vamos a comprar
ses de casados. En aquel entonces teníamos tan nada. '
poco dinero que nuestra única diversión con- -Pregunto un precio y salimos. Le quiero
sistía en recorrer las calles y avenidas mirando ver la cara al vendedor.
vidrieras. lrma enfrentaba la tortura de no -Vámonos ahora. Este lugar me da miedo.
poder comprar con un buen humor admira- --Si salimos sin preguntar algo haremos el ri-
ble. Invariablemente regresábamos a casa con dículo.
la. sensación _de haber perdido algo por el ca- Pero pasaron dos o tres minutos silenciosos,
mmo. inmóviles, que sólo sirvieron para aumentar la
Una tarde de tantas, hartos de túnicas y san- incomodidad. Irma miraba hacia la calle con los·
ojos muy abiertos y yo trataba de comprobar si
26 SERGIO GAllT VEL HARTMAN CARAMELOS 27

el bulto que yacía en un diván azul, al final del rnos hacia la calle-. Buenas tardes -s~surré.
salón, era el bendito vendedor que dormía la -Esperen -dijo el vendedor-. Llévense
siesta. Me armé de valor -aunque sabía que lo unos caramelos. -Tornó la bolsa y la rasgó con
único a vencer era mi timidez-, y caminé entre brusquedad-. Gentileza de la casa.
los sillones arrastrando a Irma. -No se moleste -dijo Irrna.
No había dado más de cinco pasos cuando el -No somos aficionados a los dulces -dije,
vendedor se levantó refregándose los ojos y nos con desconfianza.
miró desconcertado. Como almohada había estado -Por fuvor -dijo el vendedor. Había algo de SÚ·
usando una bolsa de caramelos y las irregularida- plica en el tono con que lo dijo. Volví sobre mis pa-
des del celofiín le marcaban la cara corno cicatrices. sos, metí la mano en la bolsa y agarré un caramelo.
-¿Qué desean? -Gracias.
-Un juego de sillones -dije-. De cuerina, -Agarre más. -Ahora el tono era perento-
corno ésos. -Sefüllé un par de sillones marro- rio.- Usted también ... señorita. ¿O señora?
nes, vulgares y sin gracia. El vendedor cabeceó -Señora -dijo Irrna extendiendo la mano.
sin mirarlos y luego de una pausa dijo una cifra. -Lleven para los chicos -dijo el vendedor.
Era una cifra muy alta, algo más de lo que ganá- -No tenernos -dije.
bamos Irrna y yo sumando nuestros sueldos. -Ya vendrán. Y siempre hay sobrinos, los hi-
-Es muy caro-dijo Irma-·. Lo vamos a pensar. jos de los amigos ... No sean tímidos.
-Sí, sí -dijo el vendedor-. Vuelvan cuan- Terminamos llevando una docena de carame-
do quieran. -·-Era evidente que se había dado los. Comimos varios en el camino de regreso a
cuenta de que no éramos compradores aun an- casa, riéndonos de nuestra propia estupidez.
tes de interrumpir la siesta, pero no parecía Durante aquel otoño recordarnos el episodio
guardarnos rencor por eso. Sonrió desganada- una que otra-vez, y siempre servía corno excusa
rnente y pudimos apreciar que no era mucho para reír y comer caramelos.
mayor que nosotros.
-Perdone la molestia -dije dándole la es- -No tenernos donde guardar las cosas -se
palda, y tornando a Irrna de la mano carnina- quejó Irma.
28 SERGIO GAl:T VEL HARTMAN CARAMELOS 29

-Liquidá un poco de ropa vieja -dije dis- -Le reviso los bolsillos. Vos tenés la costum-
traídamente. lrma me miró un momento, como bre de olvidar dinero en cualquier parte.
para justificar el tránsito del fastidio a la simpa- --Si encontrás algo seguro que está desmo-
tía. netizado. ¿Sabés cuánto hace que no uso ese
-¿Sabés que no es una mala idea? saco?
Revolvió el placard a conciencia. Una hora -Años. -Frunció el ceño y sacó algo ovala-
después tenía una montaña titulada "esto puede do de un bolsillo interior.
servir" y un montoncito titulado "esto no sirve -¿Qué es?
para nada"; había perdido demasiado tiempo -¿Recordás estos caramelos?
considerando posibles reformas sin reparar en --Sí. Es uno de los que nos dio el vendedor de
los años y los kilos transcurridos. la mueblería. Creí que los habíamos comido
-¿Te acordás de este saco? Acá a la vuelta ha- todos.
cen arreglos ... -Parece que no. Qué risa. ¿Lo querés?
-Está pasado de moda, Irma. No pensarás --Guardáselo a los chicos.
que voy a ir a la oficina disfrazado de tanguito. -¿Uno solo? ¿Para que se peleen? Además
--Se usan más justos. está viejo. Mejor comételo vos, tenés tripas de
-¡Haceme el favor! Tirá esa reliquia a la ba- hierro. -Irma lo desenvolvió con cuidado y me
sura. lo alcanzó. Pero vi algo en el papel que me llamó
Irma se encogió de hombros resignada. Sos- la atención.
tuvo el saco de las solapas, tal vez imaginando -Hay algo escrito -dije.
que podría aprovecharse la tela para hacerle --Será una viñeta, como la de los chicles.
bermudas a uno de los chicos. ¡La ropa está tan -Pero los otros no eran así. -Leí con dificul-
cara! Finalmente decidió aceptar mi opinión, tad; la letra era casi microscópica.- Mirá qué
pero después de colocar el saco en la pila "esto raro. Es una invitación a una fiesta campestre.
no sirve para nada" cambió de idea. -¡Qué lástima! Entonces rios la perdimos.
-¿Qué hacés? -dije espiando por encima -Es para el sábado que viene -dije con tono
del diario. sombrío.
SEHGIO GAFf \'El. HARTMAN CARAMELC>S 31

-Fue hace como cinco años. Estará equivo- rioso. Aquí se indica un punto de reunión muy
cado. preciso y ahora la que está intriga~a soy yo. Se-
-Está impreso, clarito. Sábado 14 de no- ría interesante comprobar s1 mantienen la pro-
viembre. A menos que sea un error. mesa, tanto tiempo después. Dale. . .
--Si fuera un error no diría sábado. Hace cin- Era un disparate. Y un disparate sm gracia.
co años el 14 de noviembre fue domingo. Pero tampoco tenía argumentos para forzarla a
-Irma hablaba con aplomo de temas matemáti- desistir. Cuando a mi mujer se le mete algo en la
cos. Era profesora de un colegio secundario, y cabeza es cuestión de seguirle la corriente o so-
jugando con los números me superaba con faci- portar las consecuencias.
lidad. Tenía un calendario perpetuo en la cabe- -De todos modos se me ocurre que no va a
za y manejaba el ábaco con más destreza que yo haber nadie -insistió para justificar el capri-
una calculadora. cho.
-Pero el error pudo cometerse el año ante- --Sos capaz de levantarnos un sábado de ma-
rior. drugada, el único día ·que podemos dormir si~
-Estás equivocado. Hace seis años el 14 de remordimientos, para comprobar si un papeli-
noviembre fue viernes porque los bisiestos sal- to ... ¡Por favor!
tean un día de la semana a causa del 29 de febre- -No es tan temprano. En el papelito dice
ro. La última vez que el 14 de noviembre cayó "once horas"; con levantarnos a las nueve ... Po-
un sábado fue en 1970. demos aprovechar bien el día ... Si la cita es una
Me di por vencido. El papelito invitaba a una broma podemos ir a la quinta de tu sindicato, en
fiesta campestre a realizarse dentro de dos días La Reja ... Hago empanadas.
en un lugar del oeste bonaerense que yo nunca Claudiqué, perdida toda esperanza.
había oído nombrar.
-Vayamos -dijo Irma contra toda lógica. Por lo menos no era una broma. Nunca había
-¡Estás loca! No sabemos dónde es, ni quié- visto el puente de Pringles tan concurrido. Pa-
nes son ... recía una manifestación política, y las caras que
-Vos te metiste en la mueblería de puro cu- me resultaban familiares ya habían superado la
32 SERGIO GAl:T \'El. HARTMAN (.ARAMEl.O~ 33

media docena. Gente del barrio, seguramente. -Por nada. Y Hamelín, ¿les suena?
-¡Irma! -exclamó una mujer mayor a la que -En absoluto -dijo el otro, petiso Y. calvo.
yo conocía de vista; una profesora del colegio, Pero la pregunta le debió sonar graciosa, por-
pensé. que sonrió.
-¡Raquel! ¡Qué sorpresa encontrarte aquí! Era la prueba que necesitaba. Hasta ese mo-
-Irma estaba encantada.- ¿Cómo te enteras- mento me había sentido como un pobre para-
te? -Raquel contó una historia confusa: el pri- noico, un exagerado que se pone en ridículo
mo, un llamado telefónico ... Los chicos me pi- por pura falta de imaginación. Pero se trataba de
dieron caramelos y perdí el resto de la explica- profesionales, sabían cómo manejarnos.
ción. -Aquí hay gato encerrado -le susurré a
Cuando volví del kiosco Irma estaba hablan- Irma apretándole el brazo-. No vamos.
do con una mujer que habíamos conocido el -¡Estás loco! Han venido casi tocios los pro-
año anterior mientras veraneábamos en Neco- fesores del colegio ...
chea. Pensé que una gran organización secreta, -Y muchos vecinos del barrio que me cono-
tal vez una secta religiosa sórdida, estaba detrás cen desde chico. Igual no vamos. Es una trampa.
de todo el asunto. -¡Por favor! Aquí tengo los pasajes.
--¿Y los chicos? -preguntó Irma. -¿Encima pagaste?
-Los traje. Miralos. --Son pasajes gratuitos. ¿Qué mosca te picó a
Había dos tipos con aspecto de sindicalistas vos?
sentados en sillas tijera y acodados en una mesi- Los chicos co.rreteaban por el puente. Seguía
ta. Contestaban de mal modo a las preguntas de llegando gente. En algún momento el petiso y
la gente, pero parecían los únicos que estaban al calvo se levantó, plegó la silla y señaló una esca-
tanto de lo que pasaba. Me acerqué en pie de lera metálica oxidada y vetusta que juro no ha-
guerra. ber visto antes en ese lugar. La gente empezó a
-¿Alguno de ustedes es flautista? bajar e Irma fue ele los primeros por lo que no
-No -dijo extrañado el más corpulento-. tuve más remedio que seguirla. Desembocamos
¿Por? en un andén estrecho, precario, formado con ta-
34 SERGIO GAUT VEL HARTMAN CARAMELOS 35

blones colocados sobre una estructura de yo estaba, y fui uno de los primeros en subir.
tubular. La masa humana empujaba en to- Ocupé un asiento triple y me asomé por la ven-
das direcciones, y a pesar de mis esfuerzos me vi tanilla luego de acomodar los bolsos. Me llamó
separado de Irma y los chicos. Lamenté no ha- la atención que subiera tan poca gente, pero lo
ber tenido por lo menos a uno de ellos en bra- atribuí a las aglomeraciones y desencuentros.
zos: los imaginaba asfixiados por la multitud. Sin Cinco minutos después el vagón seguía casi va-
embargo Irma estaba tranquila, me hacía conti- cío, y los únic'Os pasajeros eran hombres solos,
nuas señas con la mano y sonreía. Traté de re- separados de sus familias. Estábamos como aco-
montar la corriente pero los bolsos de ropa y rralados, en una situación precaria, hablando a
comida complicaban la tarea. Cuando com- los gritos por sobre un mar de cabezas. Parecía-
prendí que sería imposible acercarme opté por mos reclutas confundidos, a punto de ser envia-
anunciar a los gritos que nos reuniríamos en el dos al frente sin instrucción militar. Varias ve-
tren, que yo ocuparía los lugares necesarios con ces traté de acordar con Irma puntos de reu-
los bolsos, que no se apuraran, que dejaran su- nión alternativos, pero ella parecía estar cada
bir al resto de la gente. Justamente en ese mo- vez más lejos y mis palabras, mutiladas por la
mento el tren ingresó en la "estación". distancia, le llegaban tal vez entrecortadas, im-
Encajonado entre los muros altos y los vago- precisas.
nes, y apretujado por la multitud, me sentí el Finalmente comprobé que, en efecto, nos se-
personaje de un film de Losey. Soy el otro señor parábamos más y más porque el tren, silenciosa-
Klein, pensé. En cualquier momento llegarán mente, se había puesto en marcha. Los vagones
los de la Gestapo y me coserán una estrella de posteriores llegaron al extremo del pequeño
David en la manga ... Este tren nos reserva un re- andén improvisado y la estación quedó atrás.
corrido atípico: Moreno, Luján, Dachau, Tre- Perdí todo rastro de prudencia y procuré lan-
blinka, Auschwitz. zarme del tren, pero una serie de factores tan
Esta forma de autocompasión no parecía el simples como imprevisibles se confabularon
mejor método para levantarme el ánimo. Por para impedírmelo. Estaba en la parte central del
suerte la puerta del vagón quedó cerca de don- vagón y grandes pilas de bolsos me cerraban el
36 SERGIO GAtrr \'Et 1-IAHTMAN CARAMELOS 37

paso en ambas direcciones. Cuando logré sor- haber subido en la cabecera confundiéndolo
tear los obstáculos encontré trabadas las puer- con un suburbano regular.
tas de ese lado. Y después fue demasiado tarde: Pero el tren no paró en ninguna estación.
el tren marchaba a una velocidad taV que ti- Es un rápido, pensé para levantarme el ánimo.
rarme en esas condiciones habría sido un sui- No tenía sentido atormentarse con ideas n.egati-
cidio. vas. El tren llegaría a destino ...
Descarté la idea de abandonar el tren y decidí El paisaje fluctuó. Villas de cartón, villas de
esperar una parada o el final del viaje para regre- chapas; zonas residenciales, zonas fabriles, cam-
sar a casa en el primer servicio descendente dis- pos hasta el horizonte. Me angustiaba pensar
ponible. Por ef momento no parecía haber que cuanto más lejos me llevara ese maldito
mejor entretenimiento que observar a mis com- tren, más tardaría en reunirme con Irma y los
pañeros de infortunio. Casi todos tenían un aspec- chicos.
to mustio, marchito. Pero, aunque estaban con- Algunos de mis acompañantes leían el diarío
fundidos y desanimados, no se hubieran dife- y otros dormitaban. No me atrevía a encarar a
renciado de h clase de pasajeros que viaja en nadie. Finalmente decidí pasar al vagón conti-
tren rumbo al trabajo. Habían aceptado la rare- guo; quizás allí la gente no fuera tan apática y al-
za de la situación con filosófica pasividad, y por guien tuviera una explicación para lo .que nqs
lo que pude ver ninguno de ellos había tratado estaba pasando.
de saltar. Me pareció lícito admirarlos en silen- En el otro vagón había mujeres, no muchas,
cio. Contemplaban el paisaje por las ventanillas como si un ordenamiento lógico pero descono-
con absoluto desapego, como si en lugar de un cido hubiera separado a las víctimas por sexo.
viaje a lo desconocido estuvieran paseando por Tenían rostros comunes, casi borrosos, el tipo
una galería comercial. O como si esas líneas pa- de cara que resuita difícil de recordar apenas se
ralelas de color gris que iban quedando a nues- cierran los ojos. En lugar de personas bien po-
tras espaldas formaran parte de una rutina dia- dían ser el producto de una pesadilla.
ria. Y sí, pensé, por qué no; cuando subí había Y así, la idea que había estado pugnando por
varios pasajeros acomodados, que bien podían entrar en el círculo de la conciencia terminó
38 SERGIO GAUT VFL HARTMf.N
CAMMELOS 39

por imponerse: yo estaba soñando. Uno de esos pasar al vagón siguiente noté que el tren se de-
sueños vívidos, que parecen reales y son capa- tenía. Me asomé por la ventanilla y comprobé
ces de incorporar hasta las reflexiones sobre la que entrábamos en una estación de pueblo. Por
naturaleza de los sueños, me había tomado por el tiempo de viaje deduje que no podíamos es-
asalto. Estaba atrapado en una pesadilla capaz tar más allá de Merlo, pero el andén, corto e
de alimentarse de sí misma y al mismo tiempo irregular, no se correspondía con ningún lugar
destruir todos mis intentos por despertar. que yo conociera. Tal vez, me dije, hayamos to-
-Escúcheme -le dije a una mujer de cierta mado por un desvío; debe ser eso.
edad que me pareció confiable-. ¿Usted en- Traté de leer el cartel que suele haber en los
tiende esto? extremos de los andenes o sobre la oficina del
-¿Sí? -La mujer no separó la cara de la ven- jefe, pero no vi nada. Un lugar anónimo. El tren
tanilla; estaba como hipnotizada. Los cables de se había detenido sobre una vía única que se
alta tensión ondulaban paralelos y cadenciosos perdía en el horizonte, y su arribo debía consti-
entre las torres, configurando un esquema de tuir un acontecimiento importante porque se
aislamiento rítmico e inhumano. Comprendí había congregado una multitud para recibirlo.
que no lograría nada con ella y me acerqué a Hombres y mujeres agitaban los brazos alegre-
otra. mente y voceaban nombres que yo no alcanza-
-¿A usted también la cazaron con la trampa ba a identificar. Mis compañeros de viaje, en
de los caramelos?-le pregunté estúpidamente. cambio, parecían aturdidos. Unos pocos se ha-
-¿HmÍnm? -La mujer me miró a los ojos y bían levantado de los asientos y miraban hacia
mis párpados cayeron; noté que se le habían bo- afuera e:i.:trañados, como si la cosa no fuese con
rrado las facciones. O tal vez no fuera así y ellos.
mis sentidos empezaban a jugarme malas pa- Agarré los bolsos y bajé del tren.
sadas. Veía planos que se cortaban en puntos Caminé unos pasos por el andén con la inten-
distantes, fuera del tren, y formaban ángulos bo- ción de preguntar en la boletería si ese u otro
rrosos, inconclusos. tren regresaba a Buenos Aires y cuándo. En vir-
Cuando logré reaccionar y ya me disponía a tud de la larga serie de acontecimientos nefas-
CARA.'11ELOS 41
40 SERGIO GAUT VEL HARTMAN

una mujer de una belleza silvestre, agresiva, que


tos que parecía perseguirme estaba dispuesto a en otras circunstancias me hubiera atraído irre-
aceptar respuestas como "mañana'', '.'dentro de sistiblemente en lugar de amedrentarme. Me li-
una semana" o "ése fue el último viaje" ... mité a seguirla.
Una mujer joven, de largo pelo negro, se des- Cuando abandonábamos la estación miré ha-
prendió de la multitud y vino rectamente hacia cia atrás y descubrí que era el único que había
mí, interrumpiendo el hilo de mis pensamien- bajado del tren. La gente se desconcentraba en
tos. silencio y la fiesta podía considerarse termina-
-¡Bela, por fin! da. El tren se puso en marcha. Era evidente que
Cuando dijo Be/a sentí que un escalofrío me me había apresurado y estaba aún más compro-
corría por la espalda. ¿Se estaría refiriendo a metido que antes.
mí? Miré a los costados y comprobé que era el La mujer me condujo por la única calle del lu-
único pasajero que había descendido. Pero no gar hasta una especie de supermer_~ado que es-
me llamo Bela. Hasta ese momento estaba se- taba en la esquina, frente a la estac10n. Pasamos
guro de que mi nombre era otro, aunque no lo- por delante de una pila de cajones vacíos y el~a
graba recordarlo. Bela me sonaba a húngaro, un empujó una puerta vaivén de vidrio. En la ~ªJª
nombre ridículo, como de fantasía, adecuado había un hombre mayor, de unos sesenta anos,
tal vez para un actor de películas de terror, no que nos miró inexpresivamente. Atravesarnos
para una persona normal. el salón de ventas sin saludar a nadie, casi a la ca-
-¡Querido! -exclamó la mujer abrazándo- rrera, y subimos por una escalera escondida entre
me con fervor y besándome en la boca. Sentí su latas de dulce de membrillo. La escalera condu-
lengua aguda abriéndose paso entre mis dien- cía a un entrepiso que bordeaba todo el local,
tes; tenía gusto a naranja-. ¿No estás contento pero ése no parecía ser el punto final de_nuestro
de haber vuelto a casa? viaje. La mujer se detuvo ante otra puerta y la
-No. No sé -balbuceé. abrió con una llave que había sacado del bolsi-
-Bela, siempre el mismo atont~do. Vamos, llo del jean.
no te quedes ahí parado como un pavo. -Vení--dijo tironeándome una vez más. Era
Tironeó de mi mano riendo con descaro. Era
42 SEUGIO GAUT VEL HARTMAN CARAMEI.OS 43

una provocación. Yo sabía lo que venía a conti- adecuada, algo así como: "No pudiste haberme
nuación, pero todavía no había logrado poner extrañado porque no nos conocemos."
mis pensamientos en orden como para hacer al- · A partir de ese momento toda la escen~ se de-
guna pregunta coherente. sarrolló en dos planos paralelos: yo decia algo
Me llevó a un cuarto en penumbras, bastante diferente de lo que pensaba y a ella le parecía lo
limpio a pesar de que se hallaba abarrotado de más natural del mundo. Nos conocíamos desde
mercaderías. Dejé los bolsos sobre una mesa y hacía varios años, estábamos casados, vivíamos
me acerqué a ella. Llevó mis manos hasta sus pe- en los altos del supermercado -aunque duran-
chos y me indujo a que se los apretara. Esa con- te mi ausencia nuestra habitación se había apro-
ducta me descolocó de tal modo que me moví vechado para almacenar mercaderías-, ella era
con mucha torpeza y pateé una hilera de bote- la hija del propietario y se llamaba Mari.
llas vacías. Las botellas rodaron interminable- -¿Ganaste mucha plata en Buenos Aires?
mente y cayeron a la planta baja rompiéndose -Mari me apoyaba los pechos en el brazo; s~ntí
con gran estrépito. Contrariamente a lo que su- la dureza de los pezones, aunque traté de repri-
puse, a nadie le preocupó lo sucedido, y nadie mir mi excitación para no perder la cabeza. Aún
nos reprendió; hasta me pareció que había risas confiaba en poder explicarle la verdad de la si-
divertidas y comentarios intencionados, tal vez tuación, que estaba confundida...
referidos a lo que podríamos estar haciendo -Algo. Pero vos sabés que un kiosco de ciga-
arriba. rrillos y golosinas no es la clase de negocio que
-No sabés cómo te extrañé -dijo la mujer permite hacerse rico en poco tiempo.
sacándose el suéter de lana. Como imaginé, no -No me escribiste ni una carta.
usaba sostén. Tenía pechos en forma de gota, -Tenía el kiosco abierto día y noche. Dor-
con pezones y aureolas diminutos. mía en el kiosco. -Yo quería hablarle de Irma,
-¿Te parece un buen lugar para hacerlo? de Jos chicos; decirle que trabajaba en una in-
-Mientras pronunciaba esas palabras sentí un mobiliaria y que me llamaba Abe!, no Bela. Aho-
hormigueo en la lengua. Una porción de mi ra ya no pensaba en pesadillas, sino en una larga
mente pensaba otra cosa, tal vez una respuesta amnesia, una bifurcación en algún punto del ca-
44 SERGIO GAUT VEL HART!ttAN CARAMELOS 45

mino. Sin embargo retenía mi pasado, recorda- No fue difícil hacerme llevar por un transpor-
ba los años de mi niñez. tista de hortalizas que iba a Buenos Aires.
-Malo; no me trajiste ni un caramelo. -Era ¿Las cosas se estarían encarrilando, por fin?
el colmo. Revisé los bolsillos del pantalón y en- Esperaba que Irma no se hubiera puesto excesi-
contré los caramelos que había comprado para vamente nerviosa al ver que me iba en el tren, .
los chicos en la esquina del puente de la calle aunque seguía sin entender por qué ella y los
Pring!es. Le di uno.- ¡Qué lindo! -dijo Mari-. chicos no habían subido. Conté los minutos que
En el papel hay un mensaje de la buena suerte. me separaban de casa. Todo se arreglaría.
-No sabía que los caramelos venían con El camionero era muy locuaz e interrumpía
mensaje -susurré. Mari terminó de leer el pa- continuamente mis pensamientos. Traté de ser
pelito y una sombra le cruzó la cara. educado asintiendo y sonriendo de vez en cuan-
-¡Idiota! -Tiró ei envoltorio y salió co- do. Hablaba del precio de la verdura, de merca-
rriendo, con los pechos al aire, desentendidos dos de concentración... Quizás algo que él dijo,
de los dramas humanos, felices. Recogí el pape- o mis propios nervios, me llevaron a un descu-
lito y leí el mensaje: "Este hombre la engaña con brimiento. Bela no es otra cosa que un anagra-
una mujer que se llama Irma." ma de Abe!. ¡Y Mari de Irma! ¡Ahora los rasgos
Bajé tratando de pasar inadvertido. Cuando del sueño se afirmaban! ¿Qué significado puede
llegué a las cajas observé que Mari estaba ha- tener verse separado de la familia por culpa de
blando con un hombre joven que yo no había un envoltorio de caramelo, embarcado_ en un
visto al entrar; el hombre no parecía impresio- tren irregular, obligado a realizar un viaje sin
nado o molesto o excitado porque Mari tuviera sentido hasta un pueblo que no figura en los ma-
el torso desnudo. Ella ni me miró. pas, tironeado por una loca que dice ser tu mu-
Salí a la calle y vi que ya se estaba poniendo el jer... ?
sol. No tenía objeto volver a la estación de fe- Me dejó bastante cerca de casa. Pero me sen-
rrocarril, por lo que me alejé del pueblo a cam- tía perdido, como si hubiera estado mucho
po traviesa. A lo lejos divisé una ruta por la que tiempo fuera de la ciudad, y no unas pocas horas.
pasaban coches y camiones. Llegué a casa a eso de las nueve. El portero es-
46 SERG!O GAUT VEL l-IARTMAN
CARAMELOS 47

taba sacando la basura y ni me miró. El corazón Ahora sabía de qué se trataba. Había algo irre-
me latía con fuerza; estaba muy ansioso y me pa- mediablemente desfasado en el modo en que se
reció que el ascensor se movía con exagerada habían ido desarrollando los acontecimientos,
lentitud.
y un sentido extra, una capacidad ignorada has-
Cuando por fin llegué· al departamento me ta ese momento, me ponía sobre aviso. Ya em-
detuve a escuchar. Aparentemente no había na- pezaba a ser capaz de descifrar los mensajes.
die. Estarían todos en la casa de la madre de Por suerte fue Irma quien atendió a los golpes
Irma. Puse la llave en la cerradura y la hice girar. de la manito de bronce.
Yo no vivía allí. Nunca había vivido en ese lugar. -¡Querida! -exclamé temblando-. ¡Por
Una mujer mayor se me acercó, aterrada. fin! -Irma me miró, primero con asombro, lue-
-¿Usted ... ? go con espanto.
--Señora -articulé con dificultad-: discúl- -Usted... ¿quién es?
peme; me debo haber equivocado... soy nuevo -¡Irma! ¡Soy Abe!!
en el edificio, ¿sabe? No entiendo lo que pasó. -No lo conozco. ¿Qué quiere? -El tono·era
Mi llave abre su puerta... Es una casualidad. -Le duro. Yo podía ser un asesino, un borracho;
tendí la· llave, pero la mujer retiró la mano. La cualquier cosa menos Abe!.
llave cayó sobre la alfombra, en silencio. -Escuchame -insistí-. No sé de qué lado
¿~~guía el sueño, la pesadilla? La mujer retro- de la pesadilla estoy, ni siquiera sé si es una pe-
ced10, como si yo fuese un aparecido. Le di la es- sadilla. Pero dejame entrar, permitime que te
palda y salí corriendo de allí. cuente lo que pasó desde el principio.
Bajé por la escalera y paré un taxi al llegar a Ja -¡No! No tengo nada que hablar con usted,
vereda. Iría a la casa de mi suegra. Era el único ni me interesa. -Irma hizo un intento de ce-
lugar lógico. No quería ni pensar en lo que aca- rrnrme la puerta en la cara. Vaciló.
baba de pasar en el departamento. Hablaría con -Dame un minuto. Hacé de cuenta que soy
Irma y todo se aclararía. un desconocido que te para en la calle...
Pero la sensación de angustia se repitió ante -¡No! -repitió Irma. Cerró la puerta.
el llamador de bronce de la casa de mi suegra. -Soy... -Yo ya no era nada. ¿Acaso Irma iba a
48 SERGIO GAUT VEL HARTMAN C:AllAJ\.1ELOS 49

creer una historia basada en que nos habíamos siempre logran rescatar un objeto testigo, la
conocido en un baile, siete años atrás, que ha- prueba de que estuvieron allí. No en mi caso. Ni
bíamos estado tres años de novios, que al prin- siquiera me servía tener los bolsillos llenos de
cipio le había costado quedar embarazada... ? cai.;amelos, los caramelos que los chicos no ha-
Los sucesos del día tenían más consistencia. bían llegado a comer.
Mari, el caramelo de la buena suerte, con ese Me planteé seriamente la posibilidad de vol-
mensaje ridículo. Di media vuelta. No sabía si ver al pueblo de Mari, pero no tenía idea de
me emborracharía, si iría a ver a un psicólogo, si cómo viajar hasta allí. ¿Atravesando un espejo?
me suicidaría, o en qué ordeñ haría todo eso. ¿Tomando un tren fantasma que saliera de un vi-
Entonces la puerta se abrió e Irma se asomó tí- gésimo piso?
midamente. Es inútil. La situación no tiene remedio. Mi
-Espere. efímera existencia habrá terminado cuando el
-¿Sí? soñador se despierte por la mañana, y me olvide
-Recuerdo un suefü) --dijo Irma-. Una es- entre el primer sorbo de café y la lectura del dia-
tación de ferrocarril y mucha gente. Lo raro es rio.
que había un hombre muy parecido a usted. Me
llam.aba desde el tren, y me decía algo, pero yo
no le entendía.
No le dije nada. Bajé la cabeza y me alejé. Es-
taba seguro de que Irma luchaba contra el de-
seo de llamarme, de seguir indagando, tal vez
por pura compasión. Ya no estaba asustada.
Pero todas mis pruebas eran como bruma, o
peor, como estigmas.
Caminé una cuadra con los puños crispados
en los bolsillos, y pensé en los personajes de la
literatura, ésos que visitan un lugar imposible y
L\ NOVENA SJNFONiA DE MACEDONIO 51

--Quisiera vivir para verlo -se burló el tlaco


dándome la espalda.
Como invasión no impresionaba demasiado,
lo acepto, pero tampoco era un trabajo de afi-
cionados. Me parecía improcedente recibir tal
rechazo de cualquiera.
-¡AcÍelante! -ordené. Algunos de mis hom-
bres obedecieron de inmediato; otros se queda-
ron haraganeando por ahí.

La Novena Sinfonía de Macedonio -Quisiéramos alquilar departamentos,


amueblados si es posible.
El empleado de la inmobiliaria me miró sin
Llegamos al otro planeta a eso de las seis. Era interés. .
temprano, aun para una invasión. Las nativas es- -¿Cuántos ambientes?
taban sin maquillar y los chicos se restregaban -No sé, digamos ... no sé ... -Me encogí de
las legaüas con entusiasmo. hombros-. Dos.
-¿Ustedes vienen de otro planeta? -nos -¿A la calle o internos?
preguntó un tipo muy delgado con aspecto de Busqué amparo en mis hombres; todos sin
carcelero. exéepción miraban el techo o los extraüos
--Sí --contesté asumiendo la representación adornos de terracota que representaban flores
del ejército invasor-; venimos a conquistar antropomorfas devorándose unas a otras.
este mundo. -Internos --contesté luego de un sorteo
-Eso es asunto suyo. Todos fuimos invasores mental. Por suerte el empleado no había inclui-
alguna vez. -El tono desencantado del tipo me do "contrafrente" entre las opciones. Mi mone-
hizo sonreír. da ideal sólo tiene dos caras.
-Esta invasión no será como las otras --dije. -¿Servicios centrales o individuales?
52 SERGIO GAUT VEL HARTMAN LA NOVENA SlNFONiA DE MACEDONIO 53

-Señor --dije perdiendo una buena porción nar el optimismo de un'jefe invasor. ¿No se su-
de mi extraordinaria paciencia-, somos seres pone que tendría que haber cierta resistencia?
de otro planeta, aunque usted no parezca notar- Se lo dije al empleado.
lo, y nada sabemos de servicios .... -No se preocupe. Ya verá que la resistencia
-Está equivocado --contestó el empleado se materializa ante sus ojos cuando le lleguen
· mirándome por primera vez a los ojos--: he no- las cuentas de expensas e impuestos.
tado que son extraplanetarios. ¿Acaso me toma Esta afirmación me condujo a un gesto inte-
por un idiota? rior de suficiencia (que me preocupé por disi-
No lo había considerado bajo esa perspecti- mular): la cuenta de gastos de una flota invasora
va. Pero definitivamente el tipo no parecía idio- no se debilita por un millón de karamungs más o
ta. Por el contrario, tenía una expresión mucho menos.
más inteligente que la mayoría de mis propios -Le pido un último servicio --Oije bajando
hombres. la voz.
-Confío en usted --Oije finalmente, tratan- -Si puedo ...
do de ganar su confianza-. Acomódenos según -¿Podría informarme dónde hay una arme-
su criterio. Somos veintiocho ... veinticinco. ría? El oficial de abastecimiento olvidó traer las
-¿Juntos o separados? armas.
--Sería preferible que nos pusiera a todos --Con el mayor gusto. Vayan por esta calle
en el mismo edificio. ¿Puede ser? hasta el Santuario de la Hija y allí giren a la iz-
-¡Cómo no! -repuso el empleado esbozan- quierda. La tercera tienda es la armería de mi
do la primera sonrisa-. Son ocho millones de hermano. Dígale que lo mando yo y le hará un
karamungs. 'buen 'precio.
-¿Acepta cheques? Nos dirigimos de inmediato hacia el lugar se-
-¡Por supuesto! ñalado. Un enorme cartel identificaba la arme-
La sencillez con que se allanaban los proble- ría y en el lujoso escaparate se exhibía una va-
mas en el otro planeta me desalentaba, me llena- riedad casi infinita de armas, desde las más sim·
ba de confusión. Sentía que era un modo de mi- ples hasta las más sofisticadas.
54 SERGIO GAUT VE!. HARTMAI\I lA NOVEN\ '\l'.\IFONÍA DE .MACEDONIO 55

El dependiente no se parecía en absoluto al --Cuando la luz pasa del verde al amarillo, in-
empleado de la inmobiliaria, pero la disimilitud dica que h carga está a punto de agotarse.
entre consanguíneos es frecuente también en --Claro, claro.
nuestro planeta. -Y el rojo indica que la carga se agotó por
-¿Usted es el hermano del empleado de la completo.
inmobiliaria? Mi mente se inflamó y alcanzó una cima. Este
-Sí. ¿Qué se le ofrece? es un momento ideal para empezar efectiva-
-Somos invasores extraplanetarios y hemos mente la invasión, razoné. Busqué el gatillo sin
venido desarmados. éxito.
-Un contratiempo muy molesto -admitió -¿Perdón? -preguntó el armero, solícito.
el armero. -No encuentro el gatillo.
--Quisiéramos comprar un buen surtido· -No tiene gatillo. El cotillero se dispara res-
cortas y largas, pesadas y livianas. ' pondiendo al deseo de quien lo empuña.
-Seguro. Tengo unos cotilleros muy efica- Responde a las ondas mentales.
ces. -¿Ahsí?
-¿Los puedo probar? -Sí.
-Por supuesto. Apunté al cuello del armero sin que a éste se
El armero me entregó una escobilla con em- le alterara un solo músculo. Deseé con todo mi
pu~adura. De los costados del caño, formando corazón que el cotillero disparara y el resultado
un angulo de cuarenta grados, salían dos varillas me sorprendió: varias docenas de relámpagos
rematadas por sendos ojos en los extremos; par- morados zigzaguearon cruzando el espacio y se-
padeaban con luz verde. Se me ocurrió pensar p:µ-aron la cabeza del tronco del armero. La ca-
que ese color indicaría que el cotillero estaba beza estalló con tal violencia que todos queda-
cargado. mos salpicados de sangre y materia gris. Miré el
-La luz verde indica que el cotillero está car- cotillero con extrañeza, ya que en mis cálculos
gado --dijo el armero. había reservado un buen porcentaje de posibi-
-Entiendo --dije. lidades a que el armero me ve.ndiera un artefac-
56 SERGIO GAUT VEL HARTMAN

IA NOVENA SINFONÍA DE MACEDONIO 57


to fallado (lo que por otra parte yo hubiera in-
terpretado como un acto inspirado en el dere- un baúl y los colocó en un confuso montón so-
cho de legítima defensa). bre el mostrador, junto al que yo había pro-
-Muchachos --dije euforizado por la carni- bado.
cería-, la invasión acababa de empezar. --Son diecisiete millones de karamungs.
Mis hombres respondieron con muecas des- Me pareció caro, pero pagué sin protestar.
pectivas y dos de ellos se marcharon brusca- Por otra parte no estaba en condiciones de vol-
mente, haciendo sonar las campanillas de la ver al otro planeta en busca de las arm¡¡s. A mis
puerta. superiores los irrita mucho más la ineficacia.
Como si el sonido hubiera activado un circui- que un gasto extra.
to, una puerta corrediza se deslizó hacia un cos- -Dígame: ¿usted sabe que esto- es una inva-
tado y de la trastienda salió un hombre idéntico sión extraplanetaria?
el armero, el hermano gemeki absoluto. El ar- -¿Cuántas veces me lo va a decir?
mero número dos se acodó sobre el mostrador -Yo se lo había dicho a él-dije apuntando
y enarcó las cejas en un gesto interrogativo. con un dedo tembloroso el cadáver semioculto
-¿Los lleva o no los lleva? por el mostrador.
Noté admirado que empujaba disimulada- -Usted tendría que ver a un psiquiatra.
mente con el pie el cadáver del armero número ¿Siempre se preocupa tanto por un cuerpo des-
uno. cartado?
-¿Los lleva o no? -insistió, impaciente. -Yo lo maté. Él es la primera víctima de la in-
--Sí -dije, resuelto a que la situación no es- vasión extraplanetaria.
capara a mi control. -Y habrá otras --enfatizó el arm¡:ro número
-¿Cuántos? dos--. No se puede comer un huevo sin romper
-Veintitrés. la cáscara.·
-¿Envueltos para regalo? -¿Usted no debería dar una alarma general?
-No, déjelos así; los vamos a usar enseguida. Me parece que esto se está desarrollando muy ...
-El armero sacó otros veintidós cotilleros de muy, digamos, alevosamente.
-Ocúpese de su invasión. Yo sé bien lo que
58 SERGIO GAUTVEI. HARTMAN IA NOVENA SJNFONJA DE t-.iACEDONIO 59

tengo que hacer -dijo el armero sin inmutarse. un lago lejano y el \'ice solía llegar después de
En la puerta de lá tienda repartí los cotilleros !as seis de la tarde porque los martes sacaba a
Y en cuanto lo hice noté que me sobraban cin- pasear a un hermano tullido. La excusa me pare-
co. Por otra parte recordé que había olvidado ció pueril, pero parafraseando al armero: cosa
comprar las armas largas; pero la idea de volver de ellos.
a ~nfrentar al armero número dos (y quizás al El funcionario de mayor jerarquía resultó ser
numero tres, arriesgándome a caer en una tram- un secretario de asuntos ecológicos que busca-
pa hábilmente urdida) me repugnaba. ba en ese momento la solución de un problema
-¿Dónde están los que faltan? -pregunté insoluble: cómo extraer potasio cianhídrico de
con el ceño adusto. las aguas servidas. En algún momento del pasa-
-Bajas -respondió el sargento. do (un momento que prefiero no recordar)
-¿Escaramuzas? ocupé un cargo semejante.
-Dije bajas. --Somos una invasión extraplanetaria -le
Anoté el asunto en "pendientes" y ordené a dije apuntándole con dos cotilleros. Creo que
los hombres que me siguieran. Luego de insistir no sonó muy convincente, pero el secretario le-
varias veces logré convencer a siete. Los demáS vantó la cabeza de la pila de formularios.
se quedaron tomando cerveza alegremente. No -¿Son muchos?
pude menos que festejar en mi fuero interno el --Sí -dije con mi voz más grave.
éxito de los muchachos con las chicas del otro -Entonces me rindo. Tengo todos los cuer-
planeta. Pero una invasión tiene sus obligacio- pos lejos de aquí y no quiero correr riesgos.
nes y yo era el jefe. -¿Usted me podría explicar ese asunto de
los cuerpos?
Tomamos por asalto la Casa de Gobierno. Eso -No. Y créame que lo siento, pero tampoco
es lo que me gusta de los planetas con Gobierno yo lo entiendo. Es como con la luz, el creci-
Mundial: uno no tiene que dilapidar esfuerzos. miento de las flores, las estaciones y el viaje a
~n la Casa de Gobierno había pocos funciona- otros planetas. Están ahí y uno los utiliza cuan-
rios. El Presidente estaba pescando truchas en do los necesita.
60 SERGIO GAUT VEL HA!tTMAN LA NOVENA SINFONiA DE MACEDONIO 61

-Gracias -dije de todos modos. río se limitó a observar de reojo el brillante re-
-Vengan. Les enseñaré el trabajo. flejo de las alas y volvió a fijar la atención en mí.
Cuando mis hombres vieron los archivos, las -No se preocupe. Es una invasión más. ¿Un
montañas de expedientes, las inmensas salas invasor le tiene miedo a otro invasor?
abarrotadas de computadoras que trabajaban -No es lo mismo -dije-. Por la forma en
febrilmente, vomitando tiras de papel que nadie que caen sobre nosotros diría que proceden de
leía, escaparon a la carrera. un planeta hostil. Fíjese con qué agresividad ba-
-¡Motín! --exclamé, perdida la calma-. ten las alas.
¡Vuelvan! ¡Se exponen a una corte marcial! -Agresivos o simpáticos, como ustedes.
-Escúcheme -dijo el secretario tirándome ¿Qué importa? Hemos llegado a considerar a los
de la manga-: son jóvenes, tienen música en las invasores de otros planetas un elemento más en
entrañas; no los censure. Este planeta tiene en- la trama de la realidad.
cantos que usted, limitado por la responsabili- Reflexioné un momento.
dad, no puede apreciar. -Tiene razón -dije-. La agresividad es
--Somos invasores invictos. aleatoria.
-Lo sé. Ah, el invicto. ¿Quiere que le diga Fue su turno de sentirse desconcertado.
una cosa? Les convendría perderlo de una bue- -¿Sabe que nunca lo había considerado bajo
na vez. El invicto es una carga, una pesada carga. ese punto de vista? -Miró el cielo con más
La observación del secretario me hizo refle- atención. Las libélulas estaban muy cerca, pero
xionar acerca del triste papel que yo, como jefe parecían agruparse para un ataque masivo--.
de la invasión, estaba cumpliendo. Desertar... Corremos el riesgo de que los cuerpos ni siquie-
Nunca había considerado el asunto, ni siquiera ra alcancen.
como hipótesis de trabajo. Y justo cuando iba a -No pensaba en eso, pero sí, podría suceder.
hacerlo por primera vez, el cielo verde se llenó -Entonces había un límite para el número de
de libélulas enloquecidas que descendían en es- cuerpos que una persona podía descartar, aun-
piral sobre la Casa de Gobierno. que quedaban otras cuestiones sin resolver.-
-¡Mire eso! --exclamé aterrado. El secreta- No puedo volver por donde vine.
62 SERGIO GAUT VEL HARTMAN L\ NOVENA S!NfONÍA DE t-.1ACED0NIO 63

-¿La nave quedó muy lejos de la ciudad? Las libélulas se precipitaron como una lluvia
-¿Nave? ¿Qué es una nave? de verano.
El secretario me miró como si yo hubiera per- -¡Huyamos! -gritó el secretario.
dido la cabeza. -¡Espere! -le dije tomándolo del brazo-.
-Naves. Aparatos para viajar entre planetas. Confíe en mí. ¿Ve ese cuadro? --Señalé con el
Como ésas -dijo señalando la nube de libélu- dedo el paisaje aldeano que ocupaba una pared
las. completa del cuarto; un fantástico cielo com-
-Ésas son libélulas, invasores de otro mun- puesto en azules, celestes y blancos, y en pr~er
fo. plano una casa humilde, un huerto, un cammo
-Llamamos libélulas a una clase de nave. Los de tierra.
paneles solares brillan como alas de insecto. -El -Brahms. Amo las creaciones de Brahms.
secretario se rascó la cabeza.- ¿Realmente Qué raro, pensé; en mi planeta Brahms había
·no sabe lo que es una nave? Entonces ¿cómo lle- sido un talentoso novelista. Y el cuadro me evo-
garon a nuestro planeta? caba una obra conocida, aunque no podía re-
-Pasamos. No sé. Lo hacemos con naturali- cordar su título ni quién la había pintado.
dad. Pim, plaf. -¡Métase! -exclamé en el preciso instante
-Pim, plaf -susurró el secretario. La masa en que Ja primera libélula rompía el vidrio de la
de libélulas se hacía más densa a cada minuto ventana.
que pasaba; su aspecto era amenazador-. A fin -Métase usted-dijo el secretario-. Tengo
de cuentas no somos tan diferentes. Es posible cincuenta y un cuerpos. No creo que los invaso-
que estemos un poco anquilosados por culpa de res los encuentren a todos ...
los cuerpos, pero mi abuelo decía que cuando No escuché el resto de la frase. Me metí en el
él era joven... cuadro y mi pensamiento derivó hacia una
-Opciones -dije tratando de no parecer cuestión estúpida: ¿podría volver desde la reali-
pedante-. Infinitas. Nosotros las controlamos. dad del cuadro a mi planeta de origen? La res-
Cada obra de arte es una puerta abierta a otro puesta no estaba al alcance de la mano. Si ha-
mundo. bía algún punto de intersección entre los dos
64 SERGIO GAUT VEL HARTMAN

mundos no era visible desde este lado. De-


cidí concentrarme en el paisaje.
Los azules, celestes y blancos, girando en tor-
bellino sobre mi cabeza, alentaban una traduc-
ción musical de la escena. Pero Brahms... En una
cosa podía estar de acuerdo con el secretario:
el pintor del cuadro, fuera quien fuese, habría
producido maravillosas sinfonías. Ese pensa-
miento fue reemplazado por otro, una certeza
tan sólida como inidentificable: los habitantes Carne de cañón
de la casa me ayudarían.
Empecé a caminar.
El lugar se llamaba Cordeville y había sido Lo convocaron mediante un telegrama muy for-
pintado por van Vogt. La certeza me golpeó mal, pero él se sintió como si lo hubieran arran-
como un martillazo. Poseía una reproducción cado de la cama, desnudo y sin la dentadura pos-
del cuadro en mi habitación de soltero. Pero, tiza.
¡qué lejos estaba todo! Mi planeta natal, mi es- Lo concentraron, junto con un centenar de
posa ... hombres como él, en una barraca maloliente;
Llegué ante la puerta de madera y la golpeé les dieron ropa adecuada, fusiles láser, algunas
con energía. A los pocos segundos apareció una granadas y paquetes de tabletas alimenticias. Al
mujer vieja y rústica que me miró sin hostilidad monte, no me importan sus achaques, les gritó
y sin alegría. el sargento; esto es una guerra.
-Soy un ser de otro planeta-dije-. ¿Me da- Una guerra en serio, se dijo; pero, ¿contra
ría pan y leche? quién?
-Pase -dijo la mujer. Le enseñaron a usar el arma. El fusil láser
no era un arma especialmente sofisticada.
66 !'iEnGIO GAVT \'El. HARTMAN
CARNE DE CAÑÓN 67
No tenía nada que ver con las miniatómicas las
' --Sí, hijo. Enseguida va a pasar el abuelo. Vas
beluga o la bomba de pánico. Era una forma de-
sarrollada de las armas convencionales que pue- a ver qué lindo le queda el uniforme.
den verse en el Museo de los Horrores. Pero de
todos modos estaba preparado para matar. Las tropas desfilan delante del palco de ho-
Le dijeron que se había inventado una nueva nor. El joven rey preside la solemne marcha del
clase de guerra porque sostener una guerra ejército que se dirige al frente. Los soldados tra-
nuclear era impensable. No somos imbéciles tan de conservar el paso bajo la lluvia de pétalos
como los gobernantes del pasado, decían los que arrojan las muchachas, pero a la mayoría le
carteles pegados en las paredes de las ciudades; pesan más los años que la mochila.
firmado: el Gobierno. Finalmente lo habían -No está mal --dice el rey inclinándose ha-
comprendido. Una vez que la espiral queda fue- cia la ministro de guerra.
ra de control y los conflictos regionales se trans- -Especialmente si se tiene en cuenta que los
forman en globales ... La cuarta realmente se pe- preparamos en una semana.
learía con garrotes. Así que los bandos decidie- --Se los ve animosos --dice el canciller-.
ron --de común acuerdo, como corresponde a Hasta parecen haber superado los achaques
la gente civilizada- usar los garrotes en la ter- propios de la edad.
cera. Nada de misiles, ojivas nucleares, submari- --Será por la dosis masiva de provecta! que
nos y portaviones atómicos, cazas supersónicos les circula por las venas --dice el ideólogo del
y bombarderos de gran autonomía de vuelo. Orden Nuevo.
Lo entrenaron como infante. Fusil láser y ba- Termina de pasar el Cuerpo de Gerontes y le
yoneta calada. llega el turno a la Milicia de No Videntes. Los Za-
Una guerra no resulta creíble ni estimulante padores Tullidos se impacientan en un rincón
sin muertos, heridos y mutilados. de la plaza, ansiosos por hacer correr las nuevas
sillas blindadas.
-¿Ésos son los soldados que se van a la gue-
rra, mami? G~erra de trincheras. Un fósil desenterrado
de los archivos de las cinematecas y cuidadosa-
68 SERGIO GAUT VEL HARTMAN CAR."'(E DE CAÑÓN 69

mente secado al sol explosivo del mediodía. digo yo que me limito a manosearla desde hace
Ratas. Barro ácido, gomoso. Horas flacas y el medio siglo.
uniforme pegado al cuerpo, como si todo for- La metralla del enemigo los obliga a hundir la
mara parte de una tortura inventada por esos cara en el barro.
mocosos pacifistas. -¡Mierda y mierda! Si por lo menos dejara de
Arriba, adelante, los fuegos artificiales esta· caer esta jalea por un rato ...
liando como en una fiesta municipal química- -No se va a secar. De todos modos no se va a
mente pura. secar. Te vas a morir vos, me voy a morir yo, y
Lo empujaron a una trinchera sin darle expli· todavía no se va a secar.
caciones y lo pusieron bajo el mando de un sar- Una explosión, hacia el este. Un grito largo,
gento tan reumático como él mismo. Lo obliga- casi un aullido licantrópico que corta el campo
ron a convivir con un montón de viejos sucios y al sesgo. Una voz de mando, quebrada, vacilan·
mezquinos; los que se han quedado solos para te, demandando silencio sobre una herida
no tener que mantener a una mujer y ahora ne- abierta; una herida de bordes irregulares.
cesitan cortejar a la bruja desdentada para durar -¡Hijos de puta! ¡No aguanto más!
un día más. -"¡Mueran con honor ya que no pueden vi·
vir con dignidad!" --diría nuestro amado rey.
Entabla una relación cordial, casi empática, -Esto es sólo un ensayo. Cuando empiece la
con un ciego que ha perdido a su pelotón. El cie- joda en serio ni siquiera te van a dejar morir.
go es más sucio que una letrina y malo y resentí· Una dosis de estopa, una costura de emergen·
do, pero la guerra es la guerra y la soledad es cia, una descarga eléctrica y otra vez el frente.
peor. Ellos encontraron la forma de no ensuciarse las
-Tenemos que llegar a la colina antes del uñas. Muy apropiado. Justo lo que necesitába·
anochecer, carajo. mos. Una guerra a los veinte, otra a los cien.
-Me da lo mismo. Estoy reventado. Ahora o Un infierno de colores y sonidos se derrama
dentro de un rato. Cuestión de tiempo, ¿no? sobre el campo de batalla. Un latido epileptoide
-No hables al pedo. La vida es hermosa. Lo recorre los sistemas nerviosos como si estuvie-
CARNE DE CAÑUN 71
70 SERGIO GAUT VEL HARTMAN

-¡Qué gusto de escarbar en la mierda, viejo!


ran interconectados. Orden de saltar fuera de ¿Acaso no estamos ganando?
las trincheras. Orden de matar a contrafuego --Sí, a lo mejor estamos ganando. Parece que
enemigo. La tierra parece erizada de flores: cal- a ellos se les están terminando los viejos.
vos y canosos. Son como cardos y hongos avan- -¡Nos mandan a casa!
zando a desgano por el tórrido paisaje, eludien- -No sé. Todos estos muertos son mogólicos
do los trazos blancos que escupen los fusiles láser y oligofrénicos.
del enemigo. Y ellos, a su vez, replican arran-
cando jirones de carne podrida, brazos sarmen-
tosos y vísceras gastadas. Están obnubilados por
una idea lejana, ajena, y avanzan y avanzan y dis-
paran y avanzan y mueren y siguen avanzando,
abúlicos, reticentes. Están apagados, son abso-
lutamente viejos.
· Antes de caer la noche, casi sin notarlo, han
ganado la colina y un collar de pozos y trinche-
ras. Ahora tienen donde arrojar los cuerpos que
sienten como prestados para ahogarlos en barro
y mugre.

-¿Hay muchos muertos? Me gustaría verlos.


-No te perdés nada. Son como quince. La
puta que las parió a estas granadas: me parece
que hay más cabezas que brazos.
-No se puede creer. Otro día sin que me to-
que el turno.
-Los pendejos del Gobierno ¿sabrán las re-
glas de esta guerra? Yo no.
LOS TR.EPAIX>RE!-> 73

En pocos segundos ya éramos cuatro los que


esperábamos. Una mujer joven, deslumbrante y
escandalosa, vestida con una solera verde muy
ceñida, fue la primera que llegó. Preguntó si ha-
cía mucho que esperaba. Le dije que no. Mien-
tras pensaba con qué excusa podía prolongar la
conversación, la miré descaradamente. Tenía
los pechos redondos, marcados por la tela, y no
usaba sostén. Cuando decidí que le hablaría del
tiempo llegó un hombre con aspecto de ejecuti-
Los trepadores vo, prematuramente calvo, que portaba una car-
tera impresionante, con cerradura de combina-
ción. Casi de inmediato lo siguió un anciano en-
Cuando llegué delante de la puerta no había na-
corvado, triste y harapiento que parecía fuera
die esperando. Pulsé el disco de llamada y de in-
de lugar en un edificio de líneas tan audaces
mediato una flecha verde indicó que el ascen-
como aquél.
sor bajaba. Instintivamente alcé la vista para me-
Todos miraron hacia arriba en algún momen-
dir la espera, pero no había tablero indicador, y
to, y luego de comprobar que el único dato se-
el ascensor tanto podía estar a tres como a trein-
guro era que el ascensor se acercaba empeza-
ta pisos de la planta baja.
ron a observarse discretamente unos a otros.
Los edificios colosales me abruman. Me ate-
El ascensor se detuvo con un clanc, y durante
rra la perspectiva de quedar atrapado por un in-
dos o tres segundos permaneció con las puertas
cendio y a veces me asalta una pesadilla de co-
cerradas.
rredores infinitos y puertas cerradas o recodos
Se acercaron dos mujeres mayores, una de las
ciegos. Suelo despertarme empapado, presin-
cuales se parecía aJoan Crawford. Yo utilicé la
tiendo.que he naufragado en una realidad ajena,
pausa para especular acerca de la capacidad de
de la que será difícil salir:
la caja. En los grandes ascensores caben diez o
LOS TREPADORES 75
74 SERGIO GAVT VEL HARTMAN

so. Ya éramos siete, y aunque no había cartel al-


doce personas. Y ya éramos seis, un número gunó que indicara capacidad máx~m~, el :iscen-
ideal para no viajar apretados e incómodos. sor era más chico de lo que yo habta nnagmado.
Las puertas se abrieron con un desprolijo so- Las puertas por fin se cerraron y el ascensor
nido metálico. Dejamos pasar a las mujeres e aceleró. Todos íbamos a pisos situados por en-
iniciamos la torpe pantomima de cedernos mu- cima del 10. La chica llegada en último término,
tuamente el paso. Para no prolongar el asunto una pecosa menuda vestida con una amplia ca-
me metí yo. Después de todo había sido el pri- misola bordada, bajaba en el mismo piso que yo.
mero en llegar. Las puertas automáticas volvie- El ejecutivo iba al piso 27 y el viejo al 29. Las
ron a chasquear y trataron de cerrarse. El ejecu- mujeres mayores, contrariamente a lo q~e yo
tivo las detuvo con un rápido movimiento y suponía, no andaban juntas. Una de e~as iba al
p<:rmitió que entrara el viejo. Las puertas, luego piso 17 y la otra al 19. La joven del vestido ver~?
del sofocón; no parecieron tener apuro por vol- marcó dos pisos: el 11 y el 20, lo que me parec10
ver a cerrarse. Hubo otra pausa larga y eso me
muy raro. . .
dio tiempo de pensar en la estupidez de los as- La falta de signos indicadores en el mtenor
censotes automáticos y los mecanismos que mi- del ascensor no tardó en ponernos nerviosos.
den los intervalos sin tener en cuenta las necesi- Estábamos obligados a confiar en que el meca-
dades humanas. nismo respetaría lo que habíamos marcado,
Marqué en el tablero el piso al que deseaba ir. pero pasó largamente el tiempo necesario para
Los otros me imitaron, y sólo restaba que el as- subir diez pisos y el ascensor no se detuvo.
censor se pusiera en movimiento de una buena Cuando la marcha se prolongó más de cinco
vez. Pero todavía hubo otra interrupción: en el minutos, empezamos a intercambiar miradas
momento en que las puertas empezaban a ce- recelosas. La certeza de que estábamos viajando
rrarse llegó una chica a la carrera, taconeando en un aparato moderno, ultrarrápido, sólo ser-
por el pasillo. El ejecutivo y yo detuvimos las vía para aumentar nuestra perplejidad. A eso se
hojas de la puerta una vez más. sumaba que el ascensor no parecía moverse. Lo
La espera se hizo fastidiosa. Me prometí inte- único que contradecía la sensación de absoluta
riormente rechazar a patadas al próximo intru-
76 SERGIO GAUT VEL HARTMAN LOS TREPADORES 77

quietud era una leve vibración de las paredes suspendo todo ... Doce minutos, cuarenta y cin-
metálicas. co segundos.
El ejecutivo miraba su reloj con obsesiva fre- A los quince minutos exactos de viaje el as-
cuencia, pero no parecía interesado en compar- censor se detuvo. La pausa habitual despertó en
tir la información obtenida con ninguno de no- nosotros una ansiedad desmedida. ¡Ya no tenía-
sotros. Por último, incapaz de aguantar la curio- mos paciencia ni para esperar la apertura de las
. 1
sidad por más tiempo, le pregunté. puertas.
-Por favor, ¿podría decirme cuánto hace El anticlímax fue auµ peor. Apareció un hom-
que estamos viajando? bre de unos treinta años, vestido con uniforme
--Cuatro minutos y cincuenta segundos -di- militar, y con paso firme entró en la caja. Se apo-
jo el ejecutivo sin dejar de mirar el reloj. yó en la pared del fondo con aire ausente, igno-
Hice un rápido cálculo mental. Un ascensor rándonos. Miré los galones que adornaban el
común (éste no lo era) recorre, sin detenerse, uniforme, pero me resultaron totalmente esóte-
no menos de veinte pisos por minuto, lo que ha- ricos. Ni siquiera el color y el diseño del traje se
ría cien pisos en el tiempo que llevábamos via- par-ecían a los que normalmente usan las Fuer-
jando. Había una remota posibilidad de que al- zas Armadas.
gún mecanismo estuviera trabado y nos hubié- Nosotros, los ocupantes originales del ascen-
ramos detenido sin notarlo. Pero me costaba sor, nos dedicamos a mirar la abertura con ex-
aceptar que un ascensor tan moderno no conta- presión imbécil. Nos parecía imposible que
ra con un sistema de alarma después de semejante viaje la puerta pudiera
Como el único que tenía reloj era el ejecuti- franquearse sin obstáculos.
vo, empezamos a acosarlo. Le preguntábamos la Pero todo estaría perdido en un par de segun-
hora cada cinco segundos y el hombre, como es dos •si no lográbamos superar la parálisis, inte-
lógico, terminó por fastidiarse. rrumpiendo el mecanismo que volvería a poner
-Les diré la hora cada quince segundos en marcha el ascensor. Curiosamente el que ac-
--dijo con un tono que no admitía répli- tuó fue el viejo decrépito. Con un salto felino
ca-. Pero no me vuelvan a preguntar porque apoyó la espalda contra la hoja en el mismo mo-
78 SERGIO GAUT VEL HARTMAN
LOS TREPADORES 79
mento en que empezaba a cerrarse. Esto sobre-
saltó al militar y lo obligó a mirarnos con aten- mismo control que marca la prioridad registra
ción por primera vez. el piso al cual me dirijo. Es secreto militar.
-Dígame -dijo la mujer .que se parecía a la -Entonces ¿nos convendría seguir con us-
Crawford-: ¿en qué piso estamos? ted o tomar otro ascensor? -El ejecutivo miró
El militar se cuadró como si le hubiera habla- nervioso el reloj.
do un superior. Formó en su cara una sonrisa ar- -Créanme que lo siento, pero ambas opcio-
tifical y se inclinó hacia la mujer. nes parecen arriesgadas. Si siguen conmigo po-
-No le puedo proporcionar esa informa- drían verse involucrados en una acción de co-
ción, señora-dijo-. Estamos en un sector mi- mando muy peligrosa. Si bajan... No sé; como ya
li~ar del edificio, zona restringida. Si le dijera el les dije esto es zona militar. Si tardaran en con-
n~mero del piso traicionaría a mi Arma, ami Pa- seguir otro ascensor podría capturarlos una pa-
tria, a mi Honor. -Las mayúsculas sonaron con trulla. El oficial al mando es un hombre de mal
toda claridad. genio y quizás los confundiría con agentes del
. -T~dos nosotros -logré decir-, íbamos a enemigo..Los encarcelarían, serían juzgados en
pisos situados entre el 1Oy el 29, sin embargo el secreto, atrapados en una maraña de la que les
ascensor viajó sin detenerse hasta aquí... costaría mucho desprenderse.
-Posiblemente -me interrumpió el mili- -¡Pero nosotros somos personas decentes,
tar- porque yo lo llamé pulsando un control no saboteadores! -se espantó la mujer mayor
de prioridad. que no se parecía aJoan ·crawford.
Mientras se desarrollaba este diálogo, las -¿Tiene un certificado? Usted parece háber
puertas permanecían abiertas gracias al· viejo. visto muchas películas en las que los espías se
Pero ya parecía hora de dar un corte al asunto y visten con abrigos de tweed, se levantan las so-
continuar viaje. El ejecutivo siguió tal vez una lí- lapas hasta las orejas y se cubren los ojos conga-
nea de razonamiento similar, porque preguntó: fas para sol. -El militar tenía dificultades para
-ysted, ¿sube o baja? mantener la sonrisa, y ya empezaba a sentir el
-Lamentablemente no se lo puedo decir. El esfuerzo de hablar tanto tiempo con civiles.
-Si lo que le voy a preguntar no lo obliga a
80 S~RGIO GAUT VEL HARTMAN LOS TREPADO RE."> 81

violar un secreto --dije-, ¿podría informarnos Todos sentíamos que cualquier agresión contra
si la zona militar es muy extensa, si falta mucho el militar era inútil. No sólo porque él tenía un
para salir de ella, si en algún momento podrá de- arma, sino porque estábamos indefensos frente
cirnos dónde estamos? a los caprichos del ascensor.
-Lo siento, no. Tenga un poco de paciencia. Hasta que imprevistamente una de las muje-
¿Qué querría decir con eso? El edificio era res hizo una pregunta:
grande, uno de los más grandes de la ciudad. -¿Usted es general?--dijo la chica escanda-
Pero la joven había marcado el piso 29 y eso me losa tocando las insignias con una larga uña pin-
parecía un límite razonable. Para colmo ahora tada en tres colores.
no podíamos ni siquiera estar seguros de que el -No --contestó el militar; pero se cuidó
ascensor hubiera estado subiendo. La llamada muy bien de no revelar el grado.
de prioridad que había realizado el militar y anuló La otra chica, la pecosa, le preguntó al militar
las nuestras, bien podía haber sido hecha desde si creía que ganaríamos la guerra. Él dijo que sí,
un subsuelo. Esto concordaría perfectamente que seguro, y yo quedé preguntándome de qué
con el encanto que ejerce, sobre la mente militar, guerra estarían hablando.
el poner toneladas de cemento entre la cabeza y Roto el hielo, la conversación entre el militar
las bombas. Cien pisos hacia abajo es mucho y las chicas se hizo más animada. Hablaron de
más factible que la misma cantidad hacia arriba. música -tema en el que él parecía muy enten-
-Entonces sigamos --dije haciéndome car- dido-- y al cabo de un rato me dio la impresión
go de la decisión, e imaginando que ninguno de de que la chica pecosa quedaba desplazada. El ·
mis compañeros de infortunio querría arries- militar y la joven escandalosa bajaron la voz, se
gai:se a un juicio sumario y fusilamiento. El cru- apretaron en un ángulo de la caja y pasaron a un
do realismo aconsejaba no gastar fuerzas contra sugestivo nivel de intimidad.
el militar. En ese mismo momento volvieron a La chica pecosa tal vez se sintió herida por el
chasquear las puertas, y el viejo se hizo a un rechazo. Se refugió en otro rincón del ascensor,
lado, permitiendo que se cerraran. y cuando el militar y la joven escandalosa empe-
Soportamos varios minutos de gran tensión. zaron a acariciarse y besarse, vi que se rubori-
82 SERGIO GAUT VEL HARTMAN
LOS TREPADORES 83

zaba y se le llenaban los ojos de lágrimas. la mujer que no .se parecía a la Cravv:ford lanzó
Todos los demás fuimos, a partir de ese mo- un chillido. El militar se sobresaltó y se apartó
mento, confusos testigos de dos líneas de he- bruscamente, como si hubiera recibido una or-
chos paralelos. Por un lado no podíamos dejar den de la superioridad, dejando a la chica desai-
de vigilar con angustia. la marcha del ascensor, rada, con el pecho fuera del vestido y las manos
por otro nos fascinaba el desigual acople de la acariciando el aire.
chica y el militar. Ella era una experta, sabía dar Ante nuestra sorpresa el militar se acercó a la
a sus movimientos un ritmo, una cadencia sen- mujer que había gritado, la miró un momento
sual; se adivinaba que un ascensor le resultaba con el ceño fruncido y le dijo:
tan cómodo y apropiado como el asiento trase- -Señora, soy un caballero. Me casaré con la
ro de un coche. Él, en cambio, era torpe y des- chica.
mañado. Había pasado demasiado tiempo en el La mujer retrocedió, dando con la espalda
cuartel, limitado a sus activ..idades específicas, y contra la pared metálica del ascensor, que sonó
tal vez su único contacto con mujeres había como un timbal. Susurró algo que no pude en-
sido el que le proporcionaba el Ejército, cuando tender, aunque imagino que trataría de explicar
una vez al año traía a un grupo de prostitutas ve- que no era la madre de la chica, que no tenía
teranas. nada que ver. El militar se mantuvo en su postu-
Los delicados intercambios del principio fue- ra y la joven escandalosa parecía feliz.
ron reemplazados por expresiones más inten- Aunque todos estábamos tácitamente de
sas. Ella empezó a luchar contra el cierre del acuerdo en que aquello no tenía el menor rasgo
pantalón y él había logrado sacarle uno de de legalidad y por otra parte no había razones
los pechos fuera de la solera y le apretaba el pe- para apresurarse, ya que en algún momento el
zón entre el pulgar y el índice. Entornamos los ascensor tendría que terminar su viaje, ninguno
ojos para parecer discretos y nos concentramos se atrevió a discutir con el militar.
en la marcha del ascensor. Me eligieron para que presidiera la ceremo-
· Sólo oíamos gemidos y jadeos -era como si· nia, ya que el viejo presentaba un aspecto la-
la pareja se hubiera vuelto invisible-, cuando mentable, y el ejecutivo tenía un aire comer-
84 SERGIO GAUT VEL HARTMAN 1.05 TREPADORE.., 85

cial, inadecuado para el caso. No me importó de la zona secreta, aunque reconoció que ni su
haber sido elegido por descarte. Era la primera propia familia había sido jamás tan delicada para
vez que casaba a una pareja. Me gustó. hablar con él de temas sexuales. Le dijimos que
La ceremonia fue rápida. Dije los declaro ma- no estaba en deuda con nosotros, que aunque
rido y mujer, aunque pensaba que ese matrimo- era militar lo considerábamos un ser humano
nio insólito no podía durar. como cualquiera. Hubiéramos seguido animán-
Acordamos mirar a la pared para que la fla- dolo, pero en ese momento el ascensor se de-
mante pareja pudiera consumar la unión y to- tuvo.
dos nos comprometimos a no girar la cabeza. Cuando las hojas se separaron vimos a un
De todos modos, y aunque mi intención no guardia cuadrado justo frente a la caja, esperan-
era espiar, la espejada superficie metálica devol- do. Nuestro militar había recompuesto mágica-
vía, deformada, una imagen de lo que pasaba a mente su aspecto y lucía como al principio. Se
nuestras espaldas. El militar era definitivamente adelantó un paso y saludando a su vez con un
inexperto. A pesar de los esfuerzos de la chica, golpe de taco le habló al otro en un idioma des-
el coito era insatisfactorio. Para rematar el asun- conocido para nosotros. El guardia movió la ca-
to, la mujer que no se parecía a]oan Crawford beza negativamente y después hizo lo mismo
volvía continuamente la cabeza desconcentran- con el dedo índice. En ~l gesto había algo bur-
do al militar. ión, como si no se estuviera dirigiendo a un su-
El final fue ruidoso, con gemidos y chillidos. perior. Creo que si le hubiéramos visto los ojos,
Nos apresuramos a consolar al militar dándole tapados por el casco, también habríamos nota-
palmadas en los hombros y apretones en los do un brillo duro, un no de acero.
brazos. Le dijimos cosas como no se preocupé, -Querida -dijo el militar apoyando las ma-
yo tengo un primo que es mucho más impoten- nos sobre los hombros de su mujer-, tenemos
te que usted, no se asuste, la ¡mpotencia se cura. que separarnos por algún tiempo. Ser mi esposa
El militar agradeció las molestias que nos tomá- no te habilita a entrar en la zona restringida.
bamos, pero no modificó la rigidez anterior Pero nos volveremos a encontrar en la planta
cuando sacamos una vez más el tema del límite baja cuando el Coronel me otorgue una licencia.
86 SERGIO GAUT VEL HARTMAN
LOS TREPADORES 87
-¿Cuánto tiempo? -preguntó ella parpa-
deando y haciendo fuerza por no llorar. nas. Nunca hubiera imaginado que una relación
-No sé. Una semana, un mes. Eso lo dispone conyugal pudiera durar minutos. Una idea dis-
el Alto Mando. Mis deberes para con la Patria... paratada surgió desde el fondo de mi mente: el
-¿Y si estoy embarazada? ascensor era una especie de acelerador vital; es-
El militar miró desconcertado a la mujer. To- tábamos viviendo un modelo a escala; allí nos
dos nosotros tosimos o carraspeamos aparen- multiplicaríamos y moriríamos en poco tiempo
tando indiferencia. Embarazo sonaba -ignoro más. Para nosotros habrían pasado unos minu-
por qué motivo-- más indecente que coito. tos; afuera, años. Pero la idea perdía sentido con
-Es demasiado pronto para saberlo. sólo mirar el reloj del ejecutivo: apenas habían
-Creo que estoy -insistió la chica. transcurrido cuarenta y nueve minutos desde el
El militar pareció irritado, pero se contuvo. momento en que subimos al ascensor. Las má-
Lo que decía la joven escandalosa tenía varios quinas pueden fallar, pero son incapaces de
niveles de lectura, aunque su marido prefirió mentir.
aceptar la interpretación literal. El militar se alejó por la izquierda sin volver la
-,Mis deberes son sagrados --dijo el militar. cabeza. No nos saludó y tampoco se despidió de
Habia una terquedad infantil en su tono que no su mujer, que empezó a sollozar.
podía pasar inadvertida. Las puertas se cerraron y el ascensor reem-
-Explícale al guardia, querido. Explícale lo prendió la marcha.
que pasó entre nosotros. --Supongo --dije, con la intención de levan-
, El militar volvió a encarar al guardia, que ha- tar la mara!- que una vez anulada la orden de
bia ~ermanecido inmóvil todo el tiempo, y le prioridad militar, el aparato nos llevará a los pi-
hab.l~ _otr~ vez en:· el idioma extraño. El guardia sos que marcamos al principio.
rep1t10 la mflexible negativa. Parecía gozar con -No debería ser así --dijo el ejecutivo con
la situación. un tonito pedante-. Conozco estas máquinas
Si bien yo había previsto un matrimonio bre- como si las hubiera fabricado. Lo que marcamos
ve, mis cálculos estaban hechos en base a serna- al subir se borró cuando los militares metieron
los dedos.
88 SERGIO GAUT VEL HARTMAN LOS TREPADO RE!. 89

-Entonces marquemos otra vez. -No sé. Deberíamos intentar otras explica-
-No tier¡e sentido. No se puede modificar el ciones.
rumbo con el ascensor en marcha: ¡Quién sabe Resultaba gracioso que la chica dijera eso. Pa-
de dónde nos llamaron! recía mi reflejo. Aunque cada vez que yo me
-¿Y por qué no marcó usted, antes de que se aventuraba en esos territorios acababa hundido
cerraran las puertas? --exclamé irritado--. ¡Se hasta el cuello en ciénagas espantosas.
cree muy vivo, muy inteligente, pero es un tara- -¿Algo así como decir que el ascensor entró
do! en un mundo alterno que no se rige por las nor-
El ejecutivo no pudo replicar con propiedad · mas del nuestro?
Y optó por callarse. La chica pecosa me tocó el La chica se encogió de hombros.
brazo. -Ésa es tan aceptable y tan irrelevante como
-Dígame: ¿este viaje terminará alguna vez? la que se me ocurrió a mí.
Había sentido simpatía por ella desde el pri- Nuestros compañeros de viaje asistían indife-
mer momento. Me gustaba ese aire de artesana rentes al diálogo. La mujer que no se parecía a
o poeta. Y el mismo hecho de que nos dirigiéra- Joan Crawford nos miraba con gesto acusador,
mos al mismo piso establecía 1ma correlación como si calificara de promiscuo hasta un mero
generaba una onda favorable. ' intercambio de teorías.
-Creo que sí --contesté sin comprometer- -¿Cuál es su explicac¡ón?
me, tratando de ganar tiempo para pensar. -Viajamos en una máquina del tiempo. ¿No
-Pero cada vez estamos más lejos de nuestro se fijó en que el ... esposo de la ... señora parecía
destino -insistió la chica. un oficial nazi?
-No necesariamente. Fíjese que no pode- -No me pareció. Yo hubiera jurado que ha-
mos estar seguros de si bajamos o subimos. blaban un idioma balcánico, croata, tal vez.
--Subimos, no le quepan dudas. En este punto, cuando ya las teorías languide-
-Todo lo que sube termina por bajar... cían, el ascensor se detuvo.
-¿Le parece? -Tenemos que organizarnos--dijo el ejecu-
-¿Le parece que no? tivo reponiéndose de mis agravios--. La señora
90 SERGlO GAUT VEL HARTMAN
LOS TREPADORES 91
del oficial y yo sostendremos las puertas, por
turno para no cansarnos. Usted -se refería a hombre. En la consola parpadeaban incansables
mí- y la señorita tratarán de averiguar en qué un millar de luces.
piso estamos y cómo podemos salir de esta si- --Señor --dije-, por favor.
tuación. Las personas mayores permanecerán El hombre no cambió de posición.
en el ascensor, a salvo de cualquier amenaza. --Señor -insistí-. Estamos perdidos. El as-
No se me escapaba que esa clase de arreglo censdr ...
nos perjudicaba más que a nadie, pero parecía El hombre siguió pensando la jugada (¿qué.
natural que nosotros, los más jóvenes, corriéra- , otra cosa podía estar haciendo?). Recién cuan-
mos los riesgos y que el ejecutivo se comporta- do movió un alfil dio alguna señal de vida. Ape-
ra con mezquindad. nas soltó la pieza recrudecieron los destellos en
Las puertas, al abrirse, revelaron una planta la consola y varios sonidos sibilantes se mezcla-
muy espaciosa, con excelente iluminación la ron y cruzaron destruyendo el silencio del lu-
clase de paisaje que suelen exhibir los pisos ~n­ gar.
tes de dividirse en infinitas oficinas mediante ta- --Señor...
biques vidriados. -¿Sí? -El ajedrecista giró en la silla y tardó
Caminamos veinte o treinta metros mirando un momento en enfocar correctamente la vista.
a cada paso hacia atrás para cerciorarnos de; que -Mire, estamos viajando en un ascensor de-
el ejecutivo no nos abandonaba. mente. Se detuvo casualmente en este piso y
-Mire ahí -susurró la chica tocándome el pensamos que usted podría ayudarnos. -La
codo e indicando con el dedo en dirección a chica soltó el discurso de un tirón. Le tembla-
una consola, frente a la cual había un hombre ban las manos.
sentado. Nos daba la espalda y parecía muy con- -No hay nada casual cuando hablamos de ci-
centrado, la cabeza apoyada en los pulgares y las bernética... La computadora es el cerebro y el
demás uñas rascando con frenesí el cuero cabe- alma del edificio.
lludo. Cuando nos acercamos más advertimos La respuesta no era enigmática, aunque me
que había un tablero de ajedrez delante del pareció que encerraba algo así como una ame-
naza.
92 SERGIO GAUT VEL HARTMAN LOS TREPADORES 93

-¿Quiere decir que su programa, además de --Somos personas. ¡Somos algo más que vo-
jugar al ajedrez, controla los movimientos de lúmenes!
nuestro ascensor? -Eso es irrelevante porque no se puede
-No. El programa, Morphy, sólo juega al aje- computar. Si Cyber necesita calor lo toma de la
drez. Pero la computadora Cyber que lo soporta fuente qu,e tiene más a ... mano.
ocupa muchos pisos, se emplea en millones de La conversación se tornaba lunática y lo que
funciones y forzosamente debe controlar el trá- nosotros necesitábamos era el mapa del territo-
fico que circula por sus entrañas. rio por donde se movía el ascensor. Algo pre-
-Me puede decir en qué piso estamos, por lo ciso.
menos ... -¿Puede ordenarle que nos suelte?
-En el 2401 -dijo el ajedrecista sin vacilar. -Por supuesto. Lo que no puedo garantizar-
No lo podía creer. Ese número, 2401, contra- le es la dirección en que serán lanzados.
decía todo lo que yo sabía, lo que era capaz de Ya no me importaba. Y creo que a la chica y
pensar e imaginar. Nunca había oído hablar de aun a los que nos esperaban en la caja, tampoco.
un edificio con esa cantidad de pisos. Bajarlos Un crudo realismo me inducía a pensar que en
por la escalera podría ocupar toda una vida. cuanto dejáramos de preocuparnos el ascensor
Pero me inclinaba a suponer que el ajedrecista nos devolvería por su propia voluntad a la plan-
bromeaba. ta baja.
-No hay edificios tan altos-dije sin convic- Morphy hizo su jugada y el ajedrecista dejó
ción. El ajedrecista ni siquiera respondió. O era de prestarnos atención.
un actor magistral o un cínico o un loco. -Vamos -dije-. Puede tardar horas en vol-
-¿Cómo salimos de aquí? -dijo la chica con ver a dirigirnos la palabra.
la voz quebrada. El ajedrecista no le prestó El ejecutivo nos esperaba con los ojos brillan-
atención y siguió su propia línea de pen- tes de ansiedad.
samiento. -Nos controla una computadora -dije por
-Cyber controla volúmenes, temperatura, toda explicación.
humedad. Es muy sutil y mimosa. -¡Ah! ¿Y ahora?
94 SERGIO GAUT VEL HARTMAN
LOS TREPADORES 95

Me encogí de hombros. del 2500 había indicadores .en cada piso) en-
-No sé. Dejarnos llevar. Estamos en el piso contramos un restorán automático. Comimos y
240 l. Quizás una jubilada inocente nos llame aprovechamos el baño en dos turnos. Todo es-
desde la planta baja o tal vez un sabio loco nos taba inmaculadamente limpio, a pesar de que
lleve al 3000. no vimos personal de.mantenimiento por nin-
-No. hay que perder las esperanzas -dijo guna parte. ¿Estábamos todavía en la zona que
sorpres1vamente la mujer que se parecía a}oan controlaba Cyber? ¿Habíamos vuelto al sector mi-
Crawford. litar? ¿Entrábamos en una región nueva, inexplo-
. -Bajemos por las escaleras -sugirió el vie- rada? Como venía sucediendo desde el principio
¡o. del viaje, las preguntas quedaron sin respuesta
. A su vez, cada uno expuso su insensatez. Las Poco después el viejo se murió de un ataque
ideas fluctuaban entre el más franco disparate y cardíaco. Hubo chillidos y desmayos. No es de-
el candor infantil. Me parecía que nadie tenía masiado agradable viajar con un cadáver, espe-
verdadera conciencia de la situación. Estába- cialmente si se ignora cuándo se detendrá el ve-
mos a más de seis mil metros sobre el nivel de la hículo. Nuestra próxima escala podía estar a
calle, sujetos al capricho de voluntades extra- cinco minutos o cinco horas de distancia, y na-
ñas, artificiales. die sabía si los arquitectos habían destinado al-
-Yo creo -dije alzando la voz por encima gún piso a cementerio.
de la trama gris en que se había convertido la La siguiente vez que el ascensor se detuvo era
charla- que si el azar empezó esta locura el de noche (los pasillos estaban a oscuras), por lo
azar habrá en algún momento de terminarla'. que aprovechamos para sacar el cadáver del vie-
No contestaron, pero la sola idea de volver a jo. Que se arreglaran los ordenanzas...
viajar en el maldito aparato despertaba un senti- Ya no nos preocupábamos por marc~ el piso
miento de condenado a muerte a punto de as- al que deseábamos ir. El propósito original del
cender al patíbulo. viaje había quedado desvirtuado. Los pisos ba-
Pero no fue tan malo. jos eran un recuerdo lejano, estaban hechos del
En el piso 263 7 (sorprendentemente a partir mismo material que la memoria.
96 SERGIO GAUT VEL HARTMAN LOS TREPADORES 97

El ascensor paró en un piso que estaba ente- medida que la vida en el ascensor fue encon-
ramente dedicado a la venta de materiales esco- trando su rutina, quedaron relegadas a segundo
lares. Hasta donde alcanzaba la vista -y luego plano.
hasta donde llegaron nuestras exploraciones-- No volvimos a encontrarnos con Morphy. Al
todo lo que se veía eran pilas de cuadernos, par- cabo de cierto tiempo comprobarnos que los
vas de lápices, montafias dé gomas de borrar. bafios estaban sucios y los restoranes carecían
Elegí un cuaderno y un bolígrafo con la inten- de algunos alimentos, como si cierto grado de
ción de empezar a escribir un diario y registrar abandono empezara a socavar la organización
en él los sucesos importantes que se fueran pro- del edificio.
duciendo. Pero jamás lo hice. Tal vez porque la La mujer del militar tuvo un varón. Lo llamó
falta de intimidad en el ascensor desalentaba la Algis, según ella porque el padre se llamaba así.
confesión de pecados personales o la crítica de Eso hubiera supuesto que el militar era letón y
conductas ajenas. O quizás porque en definitiva no croata, aunque me abstuve de abrir una dis-
no había acontecimientos que relatar. cusión.
La mujer del militar estaba embarazada y de El día que nació Algis hice un cálculo en el
algún modo los demás nos sentíamos responsa- cuaderno. Descontando las paradas para comer
bles de su cuidado. El militar no volvió a subir al y explorar habíamos subido siete millones de
ascensor a pesar de que más de una vez atrave- pisos. Arranqué la hoja, la arrugué y la tiré en un
sarnos zonas restringidas. Estábamos un poco ri.ncón de la caja.
preocupados porque la comida que se podía
obtener en los restoranes automáticos era ina-
decuada para una embarazada, y constantemen-
te ·fantaseábamos con la idea de encontrar un
depósito de latas de leche en polvo.
Las teorías acerca del origen y eventual de-
senlace de nuestra aventura ocuparon nuestro
tiempo libre durante los primeros días. Pero a
PLVRAL 99

mo e inexplicable que elia mantenía lejos de su


alcance. Tocó el hombro de la mujer y ella abrió
los ojos, aún dormida.
-¿ Q ue, te pasa.í
-La lluvia -dijo él.
-La lluvia -se burló ella.
-No me deja dormir.
-No llueve.
-¡Oigo la lluvia! -se exasperó él, contra su
costumbre.
Plural Ella saltó de la cama y se asomó a la calle. La
ciudad no había logrado resucitar. El camisón
transparente reveló unos pechos aburridos,
El hombre giró en la cama como un trompo.
fláccidos. La luna, espesa y rojiza, se le metió
Gna y otra vez. Estaba excitado, molesto. Al
por el escote, inventó una mano y le estrujó el
cabo de un rato se sentó y miró alrededor. Se
vientre.
sentía vacío.
-Es una noche hermosa --comentó con in-
Del otro lado de la ventana estaba la ciudad,
diferencia.
el cadáver de la ciudad. Recibió un soplo fétido
-La cabeza se me parte. .
en la cara, como una bofetada. Un escalofrío le
-Dormite. Es tu imaginación. Estás loco.
recorrió los brazos húmedos, y un punto de te-
La mujer se arrojó en la cama con un suspiro
rror se le instaló entre los ojos. Era la señal:
hondo y se sacudió las migas de luna que toda-
como si un perro le mordiera las entrañas, la
vía le manchaban el pubis.
boca y el ano custodiados por una enfermedad
Él se esforzó por ignorar la lluvia, el dolor que
indescriptible.
le producía la lluvia. Pero el sonido de las gotas
La mujer cambió de posición, y él trató en
era como los cascos de un millón de búfalos de
vano de penetrar el sueño helado, el sueño cal-
hierro galopándole en el cerebro.
100 SERGIO GAUT VEL HARTMAN Pl.URAL 101

-¡No puedo! -aulló. -¡Por fin! --exclamó, tal vez liberada, tal vez
Ella se cubrió con la sábana. Se tapó los oídos feliz. Sobre las sábanas no había ni una sola gota de
con las manos crispadas. Trató de huir, pero es- sangre. Quizás, sí, algunas manchas de agua malo-
taba atrapada en un sueño denso, hundida hasta liente que el colchón absorbía con rapidez.
las rodillas en un mar de melaza. La mujer miró el reloj de pie e hizo una mue-
El hombre recorrió con la lengua el vidrio de ca de fastidio. Las tres. Toda la noche por delan-.
la mesita de noche. Ya no había una sola aspirina te ...
en toda la casa, ni una mota. Usó los ojos como si Minutos más tarde, cuando casi había logrado
fuesen microscopios y se perdió entre dunas de volver a dormirse, un hombre bajo y regordete
cuarzo, abrumado por las imágenes prehistóri- carraspeó junto a su cama.
cas almacenadas en su mente reptil. Pero no en- -¿Qué quiere? -dijo la mujer sin intentar
contró aspirinas. cubrirse.
-¡La lluvia está aquí, imbécil! -bramó to- -Salir de aquí -dijo el hombre. Tenía un
cándose el cráneo con el dedo. Se movió ner- aire tímido, casi cómico.
viosamente y mezcló las últimas percepciones. -Primero dígame cómo entró.
Estaba desesperado-. ¡Aquí!-repitió. Hundió -No entré. Soy el segundo cuerpo de Carlos.
la cabeza en la almohada en busca de un alivio Estaba ansioso por empezar a funcionar.
imposible. -Mi marido no habló nunca de que tuviera
un segundo cuerpo.
Cuando la mujer se permitió abrir los ojos vio -Sin embargo tenía. Y un tercero y un cuar-
el mismo cielo de otoño, la misma ciudad muer- to.
ta. Es como un recuerdo de la infancia, pensó -No se parece a él.
con morboso deleite. Inspiró profundamente, El hombre se encogió de hombros. Vestía un
tratando de postergar el momento del choque traje de buen corte y le colgaba un paraguas del
con la realidad. Hay que aceptarlo, pensó; hay antebrazo izquierdo.
que ser condescendiente. -Espero que usted me ponga al tanto de
La cabeza del hombre había estallado. todo.
102 SERGIO GAUT VEL HARTMAN
PLURAL 103

-¿Sobre qué? -La mujer se apoyó en el res- irritada-. ¿Se cree que voy a pasear por la calle
paldo de bronce de la cama; se sentía divertida con usted y decir, cuando me cruce con gente
eufórica. ' conocida, "éste es el segundo Carlos"?
-Acerca de los hábitos, vicios, debilidades -¿Por qué no? No soy un fantasma. -Los
de Carlos. ojos del hombre estaban apagados. Parecía es-
-¿No los conoce? Si pretende ocupar su lu- tar luchando contra un enemigo invisible.
gar debería saberlos. -Eso lo veremos. -La mujer bajó de la
-Está equivocada. No pertenezco a esta rea- cama, se calzó unas pantuflas y fue a la cocina.
lidad. . Atravesé la línea cuando murió Carlos, Cuando regresó empuñaba un cuchillo muy afi-
pero ignoro todo lo referente a él. Usted debe lado en la mano derecha. El segundo Carlos no
informarme; lo único que le pido son las coor- se había movido y tampoco se movió al ver el
denadas de este lugar y un esquema de la vida cuchillo.
de su ~arido. -El hombre parecía impaciente, -Es inútil -dijo cambiando el paraguas de
como s1 empezara a desconfiar de la consisten- brazo-. Una vez que esto se pone en marcha no
cia de lo que lo rodeaba. hay fuerza que pueda detenerlo.
-No le voy a decir nada. Adivine, imagine. Por toda respuesta la mujer dio un paso hacia
No sé. Arrégleselas. Sinceramente, usted no es- adelante y hundió el cuchillo en el pecho del
taba en mis planes. Creí que una vez que Carlos hombre. Había tenido suerte de que la hoja no
muriera podría disponer de mi vida. -Estaba chocase con una costilla.
molesta. ¿Iba a ser todo así? ¿Una serie de fasti- El segundo Carlos expiró sin un quejido. Sus
diosas incongruencias? Sería maravilloso que se labios habían quedado distendidos en una son-
tratara de una pesadilla. Pero no voy a tener tan- risa pícara, una expresión que la mujer no había
ta suerte, pensó. advertido mientras estuvieron hablando.
-Ocuparé el lugar de Carlos de todos mo- Debió esforzarse para sacar el cuchillo. Lo
dos. Sería mejor para ambos que usted me pro- limpió con una toalla, pero no lo volvió a guar-
porcionara la información que necesito. dar en el cajón de los cubiertos.
-¡No se parece a Carlos! -dijo la mujer, ¡Las cuatro!, pensó espantada; no podré le-
104 SERGIO GAUT VE!. HARTfl.1AN
105

vantarme para ir a trabajar. Se acostó, agotada. -No soy una ilusión, señora. Puede tocarme,
Pero no pudo dormir. Demasiadas emocio- si quiere.
nes. Dos muertos en una misma noche ... Aun- -¿Cuál es el precio? -La mujer había perdi-
que no estaba segura de poder calificar a ningu- do el control. Estaba aterrada.
na de las dos muertes como asesinato, sintió un -¿Precio? No entiendo. -El tercer Carlos
poco de culpa o de vergüenza. parpadeó.
Se levantó y fue al baño. Esperaba que Carlos -Para que la pesadilla termine.
no hubiera descubierto el escondite del Nem- -No es una pesadilla.
butal. Había tenido que guardar el frasco dentro -Mi cara no se reflejó en el espejo.
de un paquete de Modess. Lo encontró y tragó -Ah ... eso. Demasiado poco para una pesadi-
una pastilla. Cuando abrió la canilla para llenar lla.
el.vaso de agua, vio al hombre en el espejo del -Déjese de chistes. Desde que Carlos murió
botiquín. estoy atrapada en una pesadilla atroz.
-El tercer Carlos, supongo. -¿Y por qué no piensa que la muerte de Car-
-Sí --dijo el hombre. Se parecía al segundo los es parte de la pesadilla?
Carlos aunque le faltaba el ojo derecho. Desde La mujer lo pensó, pero sólo unos segundos.
el ángulo que ella lo veía era imposible saber si El cuerpo de Carlos -y el del segundo Carlos, -
tenía un paraguas colgando del brazo. no debía olvidarlo- se enfriaba sobre la cama,
-Por poco tiempo --dijo la mujer. con la cabeza rota como.un zapallo podrido.
-¿Por qué? -En la órbita vacía se agitaba -Tal vez termine cuando lo mate a usted.
una forma oscura, más oscura que cualquier -Sí... o no. -El tercer Carlos parecía algo
cosa que la mujer hubiera visto en su vida. más dispuesto a defenderse de los ataques de la
-Es muy f'ácil _estrellar este vaso contra el es- mujer. El instinto de conservación se refuerza
pejo. en cada ensayo, pensó ella. Quizás el décimo
-Estoy detrás suyo, señora. Carlos se parezca al original: un sádico, un afi-
La mujer dio vuelta la cabeza y se estremeció. cionado a la crueldad.
El hombre estaba al lado de la puerta. --Carlos, mi marido --dijo la mujer-, goza-
106 SERGIO GAUT VEL HARTMAN
PLURAL 107

ha haciéndome sufrir, aunque él lo considerase La mujer volvió al dormitorio. Se sentó en la


un pasatiempo tan inofensivo como la fiiatelia. cama y se refregó los ojos con los nudillos. Des-
El tercer Carlos sacó una libreta del bolsillo pués sacó una pistola plateada del cajón de la
del saco y anotó algo. Escribía febrilmente, sa- mesita de noche, comprobó si estaba cargada y
cando la lengua y pasándola por los labios. buscó dónde guardarla; el camisón no tenía bol-
Cuando terminó dijo: sillos. Abrió la puerta del placard para sacar un
-¿Qué más? jean y una camisa. Ya no valía la pena acostarse.
-Nada más. El cuarto Carlos estaba en el placard. Se parecía
-Dígame algo más. -El tercer Carlos estaba muy poco a los anteriores: una cicatriz violeta le
excitado. La mujer sacó una tijera de uñas del cruzaba la mejilla y no tenía brazo izquierdo.
botiquín y la ocultó en la palma de la mano, fue- -Veo que ya no te sorprendo --dijo et cuar-
ra de la vista del hombre. t0 Carlos con ul).a sonrisa cínica.
-¿No me va a contar otras cosas? Por ejem- -No. Ya no me sorprendo de nada. -Pero
plo, ¿qué leía? estaba cansada, aburrida. Le costó dar un paso
-De todo --dijo ella avanzando un paso-. atrás, apuntar al pecho del hombre, tirar del ga-
Novelas pqliciales, terror. -Avanzó otro pa- tillo, matarlo.
so.- Lautréamont, Dostoievski, Rimbaud, Mailer... -¿Cuántos? --dijo la mujer en voz alta-.
-¡Qué ecléctico, por Dios! -El tercer Car- ¿Cuántos más?
los se concentró en sus anotaciones. La mujer -Muchos, muchos más --dijeron a coro los
cubrió la distancia que la separaba del hombre y Carlos desde la sala. Algunos· estaban sentados
le clavó la tijera en el ojo. El tercer Carlos cayó en sillas, otros en sillones, uno o dos en el suelo.
sobre los mosaicos negros, con la cara apoyada Había un Carlos de pie, al lado de la biblioteca;
en la libreta abierta. La mujer levantó la libreta y se parecía mucho al Carlos original, aunque
trató de averiguar qué había escrito. Pero el ter- éste tenía el cráneo afeitado. Una costura rosa-
cer Carlos se había limitado a dibujar un mapa. da, la huella de una trepanación, le rodeaba la
Las líneas eran torpes y no tenían ningún signifi- cabeza como una corona de espinas.
cado aparente. -¿Sabés una cosa, linda? Ya no me duele.
LOS CONTAMINADOS 109

cara. Fue imposible. Deduje por el sonido de la


voz que debía ser un adolescente. Malo, pensé,
éste no conoce el camino. Pero tenía el unifor-
me del Sindicato -anaranjado, el único color
que resaltaba en el smog-, aunque eso, lejos de
tranquilizarme, aumentaba mi confusión.
-¿Cuánto hace que sos chofer?
-¡Qué le importa! -exclamó el taxi de mal
modo--. ¡Dígame adónde va y punto!
Le dije la dirección de mi casa. Debí morder-
Los contaminados me la lengua antes de preguntarle sobre el tra-
bajo que realizaba. A los choferes les molesta
hablar de su condición, y todo el resentimiento
Palpé la pared. Sentí una textura aceitosa, den- acumulado en siglos de marginalidad aflora a la
sa, y retiré la mano. Es inútil, me dije; jamás lle- primera referencia directa.
garé por mis propios medios. Caminé inseguro Me abracé a la cintura del mocoso de mierda,
unos pocos metros; resbalé, rodé, golpeé contra ciego hijo de puta, y me dejé llevar.
algo sólido,.
tal vez una columna de alumbrado ,
y me ensucié hasta la médula en un charco. Me Se despojó de la ropa sucia y la tiró sobre una
incorporé trabajosamente. silla. Una vez más, el racionamiento de la elec-
-¡Ta.xi! tricidad favorecía la impresión de vivir sumer-
Hubo un minuto de ominoso silencio, un mi- gido en alquitrán. Abrazó a la mujer sin decir
nuto con olor a glicerina y densidad de merme- una palabra y sintió lo mismo que si hubiera
lada. abrazado a un maniquí cubierto de miel. No
-Taxi, ¡sí señor! ¿Adónde quiere que lo pudo contener un pensamiento pesimista. Vi-
lleve? vían en una era de rasguños invisibles, de golpes
Me acerqué al chofer tratando de verle la inconfesados. Ahora todo era secreto, menos el
110 SERGIO GAUT VEL HARTMAN
LOS CONTAMINADOS 111

olor. Ella olía a menudos de pollo; él olía a me-


LOS TOXICONES HAN SIDO DECLARADOS
nudos de ballena, mucho menos menudos que
ENEMIGOS DEL HOMBRE HUMANO.
los de pollo. Colabore. Denúncielos. Pretenden conquis-
Comieron sin hablar. Agar puro, queso al cia- tar el planeta. Buscan la extinción del hombre
nuro, pan de corcho molido al treinta por cien-
humano para ocupar su lugar.
to. Después tomaron un té digestivo. Té de oré-
¿Cómo reconocerlos?
gano.
a) No usan mascarillas ni filtros.
A las ocho en punto sopló el simún de butano. b) Pueden respirar anhidrido carbónico, cia-
-¡Qué puntual! --dijo él, súbitamenmte de
nógeno, butano y acetonas. . .
buen humor-. Para mí que los meteorólogos c) Pueden comer tragacanto, prop1leno, pi-
estudian brujería. iCómo cambian los tiempos! róxilos, podzol y lantano.
Antes no acertaban ni una ... d) Usan el distintivo de la secta cosido en el
-¡Grfff! -se ahogó ella. pecho: humo verde saliendo de una chimenea
-¡Maldición! Las máscaras. roja flanqueada por peces muertos sobre cam-
A las nueve pudieron, por fin, sacarse las más-
po negro.
caras. Trataron de besarse y sólo consiguieron e) Siempre van en grupos de tres, simboli-
chocar en la oscuridad. Cada frase era la imita- zando el Sagrado Triángulo: contaminación de
ción contaminada de olvidadas palabras de las aguas, envenenamiento del aire, esteriliza-
amor. Se dijeron muchas cosas dulces, y no cre- ción de la tierra.
yeron ninguna. Mientras lograba penetrarla, des- El encubrimiento de los toxicones está pena-
pués de varios intentos fallidos, él pensaba en do con ingestión obligatoria de agua corriente.
otra cosa. Hubiera querido tomar vino Mistela Colabore. Denúncielos.
en la terraza de un café, a orillas del mar, con el LUCHE POR PRESERVAR LA RAZA HUMANA.
viento soplándole en el pecho desnudo, y la bar- LA RAZA HUMANA ES LA MEJOR RAZA.
ba crecida de seis o siete días.
A las diez volvió la luz. Aunque había una sola
El afiche en el muro decía: lámpara de baja potencia, pudieron verse. Los
112 SERGIO GAl1T VEL HARTMAN LOS CONTAMINADOS 113

cuerpos desnudos y pálidos contrastaban con -Es muy celoso --dijo la mujer-. No me
las flores del empapelado. perdonará, nunca.
-¡Oh, Dios! -exclamó la mujer-. ¡No lo --Señora, señora --dijo Mortell impacien-
conozco! ¿Quién es usted? ¿Con quién estuve te-. No va a volver.
haciendo el amor? -¡Soy una mujer decente!
Mortell dio un salto. Las palabras de la mujer -Ya lo sé. Puse estricnina en el té. -La voz
le despertaron una idea cínica: ¿Cómo se puede de Mortell sonaba cansada, agotada.
llamar amor a esta porquería? Conservaba re- -¿Qué dice?
cuerdos, tesoros, la memoria del amor. -Puse estricnina, veneno. Vamos a morir en
De todos modos la luz se había vuelto a cor- unos minutos.
tar. Mortell supuso que la mujer intentaba cu- -No le creo. -A la mujer la aterraba la pers-
brirse, como si él fuese capaz de ver en la oscu- pectiva de morir abrazada a un desconocido,
ridad. que el marido la encontrara junto a un extraño
-¿Qué le diré a mi marido?-La pregunta so- al volver a casa.
naba imbécil. Y habría quedado flotando indefi- -Es un veneno rápido. Hubiera usado cura-
nidamente en el denso aire de la habitación si re, pero no conseguí. En un rato todo habrá ter-
Mortell no se hubiera compadecido de la mujer. minado pai;a nosotros.
-No le dirá nada -dijo-. Es casi imposible Se quedaron callados, quietos.
que logre regresar. Probablemente le pase lo -¿Siente algún malestar? -dijo Mortell.
mismo que a mí. Un taxi que no conoce la ciu- -No.
dad lo llevará a cualquier parte; a mi casa o a la -Esperemos un poco más. -Mortell estaba
de otro. Se acostará con mi mujer. La pobre chi- desconcertado y la mujer empezaba a fastidiar-
llará aterrada cuando lo descubra y él quizás la se. Trató de poner la mente en blanco, pero se le
asesine en la oscuridad, inadvertidamente, y puso blanco amarillento, un color entre bilioso
hasta es posible que le pisotee las entrañas. y cerúleo. Trató de combatir esa sensación.-
Hace tiempo que dejé de preocuparme por esas ¿Cómo se llama? --dijo.
cosas. -Hortensia. ¿Y usted?
LOS CONTAMINADOS 115
114 SERGIO GAUT VEL HARTMAN

-Mortell. -Tal vez haya sido ultra en algún momento.


-¿Qué cosa Mortell? ¿Ahora para qué sirve? ¿Acaso hay gente de me-
-Mortell, a secas. -No se atrevía a confesar nos de veinte años? La única especk fértil que
un nombre como Narciso. De todos modos es- habita el planeta es la de los toxicones. Los hom-
taba seguro de que la mujer mentía. Probable- bres creen saber todo y no saben nada. Dejamos
mente se llamara Vanessá, Solange u otro de los de aprender hace tiempo. -Advirtió que esta-
nombres de moda tres décadas atrás. Aunque en ba hablando atropelladamente, demasiado exci-
definitiva eso fuera irrelevante. tado. Cerró la boca,
-¿Y? -La mujer había perdido la paciencia; -No fue tan feo, después de todo--dijo Hor-
no parecía dispuesta a esperar la muerte un sólo tensia-. ¿Está seguro de que mi marido no re-
segundo más. gresará?
-No hay caso --dijo Mortell-. Nuestro or- Mortell dijo sí con la cabeza, dos veces. Ella
ganismo cambia permanentemente. Ahora no lo vio.
aprendió a asimilar la estricnina, y quién sabe -Yo tengo esperanzas --dijo la mujer.
cuántos venenos resultan inocuos. Morir es -¿De qué? --dijo Mortell-. Me voy-agre-
muy difícil. También mantenerse vivo. Me sién- gó--. No puedo estar tan lejos de casa.
to como delante de un semáforo en amarillo -¡No se vaya! Mi marido salió a buscar dina-
impedido tanto de seguir como de parar. ¿Co'. mita para volar todo.
noció los semáforos? -¡No me diga! ¿Le parece que vamos a tener
-No. tanta suerte? Después de lo que pasó con la es-
-Era un aparato de relojería que regulaba el tricnina ...
tránsito de autos. --Si la dinamita no explota podemos probar
-Autos... Los autos... ¿Cuántos años tiene? masticándola --dijo la mujer.
Debe ser muy viejo. Habla como los ultras. No
será ultra, ¿no?-Hortensia estaba asustada. Hu- -Aquí no es --dije en voz baja. Sin embargo
biera salido corriendo, pero afuera el peligro el taxi me oyó.
era mayor. -Ésta es la dirección que usted me dio.
116 SERGIO GAUT VEL HARTMAi'i LOS CONTAMINADOS 117

No era mi casa. Conté las lanzas de la verja ba muerto. Quedaban él, algún otro vagabundo
con las manos y comprobé que tenía sólo nue- y los filtros. Los toxicones habían heredado ~a
ve. Tierra. Tocó la mascarilla plástica que sostema
-Escuchame: estás tan perdido como yo y los filtros y recorrió con las yemas de los dedos
no lo querés reconocer. las correas que se unían en la nuca. El último
-Conozco la ciudad como .la palma de mi grito ... no ... el último estertor de la tecnología.
mano. Contuvo la respiración y sonrió. Movió los de-
-No te hagas el idiota. Yo no vivo en la palma dos con torpeza por encima del cierre y con un
de tu mano. brusco impulso arrojó la mascarilla hacia ade-
El taxi chasqueó la lengua y emitió un sonido lante.
que trataba de ser una carcajada. Se puso en Inhaló. Los pulmones chirriaron y crujieron,
marcha a tal velocidad que a duras penas logré pero terminaron recibiendo ese aire fraudulen-
sujetarme a su cintura. to sin mayores problemas. Era como respirar
gofio. Ni siquiera se sorprendió. Si se veía obli-
Mortell gateó entre sombras blandas; tan blan- gado a mirar el lado bueno del asunto reconoce-
das y negras que parecían·capaces de tragar a ría que liberarse de los filtros era un paso ade-
una multitud sin que se notara. lante. Ahora sólo faltaba que los ojos se adapta-
Llegar o no llegar, pensó Mortell; ésa no es la ran a la permanente oscuridad y la transforma-
cuestión. La cuestión es para qué. Cada vez le ción se habría completado.
costaba más poner un pie delante del otro. Una
creciente sensación de peligro le erizaba los pe- "La línea demarcatoria entre el universo de
los de la nuca. Extendió los brazos y se sintió ri- los toxicones y el de los hombres humanos era
dículo, remedando la postura de los sonámbu- tan tenue que el paso de un grupo a otro se cum-
los. Sin embargo logró dar dos o tres pasos. Se plía con la mayor naturalidad. Uno podía sentir-
detuvo para ajustarse los filtros nasales. Lo asal- se tentado a creer que los hombres humanos se
tó la idea de que si respiraba esa mierda moriría convertían en toxicones en las cabinas telefóni-
instantáneamente. ¡Y por qué no! Ya todo esta- cas abandonadas, tal como hiciera el legendario
118 SERGIO GAUT VEL HARTMAN LOS CONTAMINADOS 119

Clark Kent para transformarse en Superman. La- comer metiendo los dedos como si fuera dulce
mentablemente, el caso inverso no ha podido de leche-. ¡Sáquese la mascarilla!
ser comprobado, y aún hoy es un enigma cuán- -¿Qué? ¿Estás loco? Si me saco la mascarilla
do y cómo empezaron los toxicones a reprodu- me muero.
cirse sexualmente." -¡Dígame señor! Los toxicones no necesita-
P. Smutz, mos mascarillas.
Enciclopedia Toxiconológica ilustrada -¿Señor? ¿Y por qué te tengo que decir se-
ñor?
-¡Pará, pará! -El taxi me había llevado hasta -Los toxicones tenemos un orden jerárqui-
un descampado; un lugar tan distante de los lu- co muy estricto -dijo el toxicón chupándose
gares que yo conocía que hasta el smog parecía los dedos una vez más-. Y como yo acabo de
un poco menos denso. reclutarlo, usted es mi subordinado.
-¡Cómo no! -El chofer se detuvo y me en- -¡Yo te voy a dar subordinado, mocoso de
caró. No era ciego. Tenía ojos verdes y una mi- mierda! -exclamé abalanzándome sobre él. El
rada penetrante. Esa mirada y la falta de dientes toxicón dio un paso al costado, y con la misma
le conferían a la cara del muchacho un aspecto mano que tenía metida en el podzol me arran-
monstruoso. Lanzó una carcajada y en ese mo- có la mascarilla de un tirón. Caí de cara al suelo
mento tuve la certeza absoluta de que no era un y, antes de perder el conocimiento, sentí que
hombre humano, sino un toxicón. En el pecho, una corriente de caucho derretido me llenaba
cosido con dos o tres puntadas, ostentaba el dis- la boca.
tintivo de la secta.
-¡Me engañaste! -exclamé. Mortell sigmo caminando, impotente, des-
-Todo el tiempo -dijo con la mayor tran- moronado; todo parecía estar demasiado lejos,
quilidad. demasiado perdido. El mundo tal como lo cono-
-El uniforme del Sindicato de Taxistas... ciera en su juventud, su mujer, Hortensia, los in-
-¡Qué tontos son los hombres! El uniforme tentos de suicidio que siempre terminaban en
-se burló. Sacó un pote de podzol y empezó a tibios fracasos, los toxicones. No, los toxicones
120 SERGIO GAUT VEL HARTMAN I.OS CONTMUNADOS 121

no. Ellos estaban cerca. A un paso. Sintió frío. más el fracaso lo envolvía con su manto ·negro.
Cuando se completara su transformación, cuan- Volvió a pensar en los extraterrestres. Aun-
do dejara de pensar como un hombre humano y que exigieran un precio demasiado alto por la
empezara a pensar como un toxicón, ya no se descontaminación de la Tierra, él estaría dis-
sentiría solo. puesto a sacrificarse. Pero, ¿qué podía quedar
Una imagen fugaz, milagrosa, le cmzó por la en el planeta además de los gases tóxicos, la
cabeza. Era tan absurda que le dio risa. La fanta- contaminación y la esterilidad?
sía se refería a la llegada providencial de una
raza extraterrestre dispuesta a salvar a la huma- El afiche en el muro· decía:
nidad un minuto antes del final. En la visión, los SEA SOLIDARIO CON LA HUMANIDAD.
extraterrestres poseían toda la tecnología ne- APIÁDESE DE LOS POBRES HOMBRES Y MUJE-
cesaria para sanear y restaurar el planeta. Eran RES QUE IGNORAN LAS DELICIAS DE LA CON-
unos seres amantes de la belleza, movidos por DICIÓN TOXICO NA.
una ética impecable y capaces de llegar al sacri- No los maltrate. No los fuerce. No los subesti-
ficio para preservar la vida. me. No los humille.
Mortell sacudió la cabeza para alejar las imá- Recuerde que, de algún modo, los hombres
genes. Eran como una tortura. Si tales extrate- humanos son nuestros padres.
rrestres existieran en algún lugar del universo, LOS TOXICONES SON EL FUTURO. CON-
no perderían el tiempo ayudando a una raza TRIBUYA AL FUTURO DE LOS TOXICONES.
moribunda incapaz de valerse por sí misma.
Pero podían ayudar a los toxicones. Una raza jo- El toxicón me llevó a una aldea toxicona. Allí
ven e inexperta merece ... se me instruyó en las técnicas de adaptación y
Una explosión distante, apagada por esa supervivencia y una toxicona huraña contestó a
jalea que cubría la ciudad, sonó a espaldas casi todas mis preguntas. Se rieron desaforada-
de Mortell. El marido de Hortensia había lo- mente cuando dije que me parecía que en ese
grado volver a casa con la dinamita y la dinamita lugar el smog era menos denso. Finalmente de-
había logrado explotar. ¡Mala suerte! Una vez jaron de reír y me explicaron que en realidad
122 SERGIO GAUT VEL HARTMAi"'l"

era más denso, pero que yo había completado


mi transformación y era un toxicón hecho y de-
recho. Para celebrar mi iniciación improvisaron
una fiesta. Cantamos, bailamos y comimos pod-
zol y un guiso de lantano y samario.

Mortell decidió dejarse llevar por la corrien-


te. Pensar lo agotaba, y nunca le servía más que
para acentuar sus estados depresivos.
Tropezó. Cayó sobre un bulto blando y se gol-
peó la cara contra algo metálico. Se sintió más
desdichado que nunca. Cuando pudo palpar el
obstáculo descubrió una cara hinchada, los
dientes de un hombre humano. Un muerto.
-¡Un muerto! -exclamó Mortell, exultan-
te-. ¡Todavía es posible morir!
Lleno de entusiasmo se olvidó de los malditos
extraterrestres, de los toxicones y de la mismí-
sima puta Tierra. Se levantó y sacudió las in-
mundicias que se le habían adherido a la ropa.
-¡Mientras hay muerte hay esperanza! -gri-
tó.
Este libro se terminó de imprimir
en los talleres de
Industria Gráfica del Libro
Av. Warnes 2383, Capital Federal
en el mes de marzo de 1985