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Bismarck Pinto Tapia 1

Psicología del amor: El amor en la Familia

DEDICATORIA :

Para mi esposa Elenita,


mis hijos queridos: Selene, Pablo, Vico
y para mi nieto Samael

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AGRADECIMIENTOS

Quiero agradecer a Dios y a la Virgen por los dones que me dieron:


científico, poeta, profesor y terapeuta. Si actúo con la coherencia que pregono, estoy en
la obligación de poner en acto la voluntad que Ellos me impusieron: difundir mi saber
para gestar esperanza en los lectores. ¡Sí es posible resguardar el amor en el seno de la
familia!
Agradecer con toda mi alma a mi esposa María Elena Olivera, musa
indiscutible de mis versos y de mi afán de anunciarle al mundo que el amor es posible:
en el vínculo amoroso y en la construcción de una familia. La verdad, es que ella es la
autora indirecta de todas mis ideas.
A mis hijos queridos: Selene, Pablo y Víctor, por su amor y por soportar mi
dilema cotidiano, lo que dice la ciencia y lo que dicta mi corazón en su crianza. Para mi
nietito, Samael, claro, ahora no entiende nada, tiene seis meses, pero en algunos años
más espero que lea este libro y comprenda cuánto aprendí de él para escribir acerca de
la función de ser abuelito. A mi nuera Pamela Torrico, por su cariño y por enseñarme el
amor a quienes aman mis hijos. A mi suegrita querida, Marcelita por su amor de madre,
a mi cuñada Roquito por su cariño incondicional.
A mis “perrijos”: Pocholito, Leia, Lobito, Pachajchito y Anakin
Gracias a mi hermano querido, Edgar, ejemplo de perseverancia y disciplina
en los estudios, por su cariño que mantiene vivo el amor de nuestros papis que desde el
Cielo nos cuidan y protegen. Arnoldo y Elia deben estar muy orgullosos de nosotros.
Muchas gracias a Ximena Peres, amiga entrañable y Directora de la Carrera
de Psicología en mi querida Universidad Católica Boliviana San Pablo, sin su
entusiasmo y confianza incondicional, sería imposible esta y mis anteriores
publicaciones.
Agradezco a mis amigos del alma: Carlos Velásquez, Percy Medrano y
Alejando Aráoz, mis cuates queridos, presentes en las buenas y en las malas, nuestras
tertulias me han despertado inquietudes científicas que antes no tenía: psicología
forense, psicología del estrés post traumático, psicología del trabajo.
Gracias a mis estudiantes de doctorado: Cindy Aponte y Oliver Peñafiel,
aprendemos juntos.
Como siempre, gracias a Mario Sánchez, Cynthia Luizaga y Blanca Lebl,
nada de lo que hago en mi profesión lo haría si no lo hubiera aprendido con ellos en el
Instituto de Terapia Familiar Elizabeth Sotelo de Méndez.
Gracias a mis amigos y colegas de mi consultorio y del “Sótano”: Guillermo
Soria, Andrea Borelli, Patricia Jordán, Pamela Ferreira y Katherine Quint.
A mis amigos y mentores: Jaime Vila de la Universidad de Granada,
Claudio Deschamps de la Escuela Sistémica Argentina, Felipe García de la
Universidad Santo Tomás de Concepción y a Juan Luis Linares Presidente de la Red
Española y Latinoamericana de Escuelas Sistémicas.
A mis estudiantes de post grado y de la licenciatura en Psicología por
alentar la investigación por sus preguntas y por sus críticas.
A mis secretarias, sin su apoyo no hubiera podido encontrar el tiempo
necesario para trabajar en este libro: Paulina Fernández en mi consultorio y María

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Eugenia Pabón en la Universidad. Muchas gracias a la correctora de mi documento:


Lic. Marlena Guerra.
A mis eternos amigos: Pde. Ricardo Zeballos, Mde. Cecilia Gil, Gina
Pérez, Ricardo López, Jaime y Barbie González, Bonnie y Eduardo, Tito y Rosalía, Beto
y Patricia, Victor Gozálvez, Eduardo Uriarte, Gustavo Peredo, Rita Vaz y Mario,
Hilene de Souza, Jorge Sada, Abedel Galindo y Ester Bianchini.
A mis maestros que desde el cielo me iluminan: Pde. Esteban Bertolusso,
Hno. Julio Cortavitarte, Pde. José Arione, Dr. René Calderón Soria, Dr. Luiz André
Kozzobuski.
Finalmente, me queda agradecer la confianza depositada en mi trabajo a las
autoridades de mi Universidad, al Rector Nacional Mcs. Marco Antonio Fernández, al
Vicerrector Nacional Dr. Jesús Muñoz y al Rector Regional de La Paz, Dr. Marcelo
Villafani.

Bismarck Pinto Tapia

La Paz, 9 de noviembre del 2014

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ÍNDICE

Capítulo Página

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Psicología del amor: El amor en la Familia

PSICOLOGÍA DEL AMOR: EL AMOR EN LA FAMILIA

INTRODUCCIÓN

LA PSICOLOGÍA CIENTÍFICA Y EL AMOR .

La ciencia se caracteriza por utilizar un método riguroso para acercarnos al


fenómeno en estudio. Los resultados, de dicha indagación, deben permitir la puesta a
prueba de nuestro conocimiento y la posibilidad de replicar la investigación. El saber
científico reduce la incertidumbre de la realidad, aunque no ofrece certezas absolutas,
nos acerca a la verdad (Popper, 1996). Por esa razón, en el trabajo científico se razona
desde el cálculo de probabilidades, las mismas, que son casi absolutas en las ciencias
físicas, pero muy inciertas en las humanas.
La palabra azar proviene del árabe az-zahar: significa la flor, que los árabes
dibujaban en una de las caras de la taba. Posteriormente, fue reemplazada por el as en el
dado. Si indagamos en la literatura sobre el estudio de probabilidades, la mayoría se
remonta a explicar el análisis estadístico desde el lanzamiento del dado: “la probabilidad
de que salga el as es uno en seis” (Rumsey, 2006).
De manera pueril, podemos entender al azar como el factor determinante para
poner orden en el desorden: explicar lo inexplicable. Para mayor precisión, el azar es lo
que ocurre cuando no debería ocurrir: es lo inesperado. La ciencia intenta disminuir las
posibilidades de su aparición.
Si logramos reducir el azar, habremos obtenido el conocimiento necesario para
explicar el fenómeno en cuestión. Por ello, se puede considerar a la ciencia como el
mejor recurso de control de la naturaleza. Gracias a ella se ha logrado controlar
infinidad de enfermedades y también se ha desarrollado la bomba atómica.
El razonamiento científico requiere de una hipótesis que explique el fenómeno,
para luego ponerla a prueba a través de un experimento. En las ciencias naturales es
posible, generalmente, intervenir sobre los fenómenos; sin embargo, las cosas se
complican bastante en las ciencias sociales, debido a que no solamente se enfrentan
problemas éticos al momento de llevar a las personas al laboratorio, sino que las
personas pueden mentir.
La psicología desde sus orígenes en el laboratorio de Leipzig de Wundt (Farr,
1983) se ha debatido entre la subjetividad y la objetividad, que se origina de la disputa
entre funcionalistas y estructuralistas (Heidbreder, 1933): como una hija bastarda de la
filosofía y la fisiología. El positivismo pondera la necesidad de modelos teóricos que
puedan demostrarse como verdaderos a través del uso de medidas matemáticas (Lenzer,
2009).
La otra epistemología objetiva es la experimental, de la cual deviene el
Conductismo radical de Watson (1924) y posteriormente los principios de la conducta
expresados por Skinner (1953/2012).
Para Skinner sólo es posible rendir cuentas de la conducta observable, nada se
puede decir de lo que acontece en la “caja negra” (Skinner, 1966). Conductistas
disidentes como: Tolman (1886-1959) y Osgood (1933-) promueven el desarrollo de la
psicología cognitiva (Schultz y Schultz 2011), fundamentada en la epistemología

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positivista.
El movimiento cognitivo-conductual, liderado por Albert Bandura, se centra en
el estudio del comportamiento agresivo (Bandura y Walters, 1959) y desemboca en el
desarrollo del concepto de autoeficacia (Bandura, 1997): eminentemente cognitivo.
El análisis factorial, depurado por Catell (1957), fue aplicado en el estudio de la
personalidad, mientras Guilford (1967) lo decantó en el análisis de los factores de la
inteligencia. Robert Sternberg (1985), en la misma línea, se ocupó de indagar la
conformación de la inteligencia desde el mismo método estadístico. Con esa misma
mirada se aboca al estudio del concepto de amor conyugal (Sternberg y Grajek, 1984),
del que surge la teoría triangular del amor (Sternberg, 1989).
El estudio del amor entre padres e hijos fue analizado por Freud como fruto de
represiones y luchas internas. Considera que se trata de un complejo, manifestado como
el deseo inconsciente de mantener una relación incestuosa con el progenitor del sexo
opuesto y de eliminar al padre del mismo sexo (Freud, 1910/1996). Estas
consideraciones heurísticas de la teoría psicoanalítica fueron reemplazadas por la teoría
del apego, cuyos albores se encuentran en los estudios con macacos en el laboratorio de
Harlow (1960) y las inquietudes ante el duelo infantil en las investigaciones de Bowlby
(1985).
Así, la teoría de Freud dio lugar a la comprensión del amor entre padres e hijos
como un proceso natural, afianzado en la necesidad de protección vital en el desarrollo
humano (Bronfenbrenner, 1979). Actualmente, la teoría del apego se constituye en el
eje de muchas investigaciones referidas a los vínculos amorosos familiares (v.g. Bögels,
y Brechman-Toussaint, 2006; Grotevant, y Cooper, 2009; Dinero, Conger, Shaver, P.
R., Widaman, y Larsen-Rife, 2011; Davies, Sturge-Apple y Martin, 2013).
La terapia sistémica ha identificado la relación entre los juegos familiares y la
manifestación de trastornos en la infancia y la adolescencia (Minuchin, 1986; Linares y
Campo, 2000; Pinto, 2011). Es factible afirmar, que el amor en la familia es el factor
más importante para la evolución de la psicología saludable de los hijos. En este libro
intentaré esbozar una hipótesis del concepto de amor en la familia, que seguramente
proporcionará a los estudiosos un punto de partida para identificar sus componentes. Así
mismo, pretendo exponer de manera exhaustiva las características de las familias
amorosas y de las familias amargadas, con el fin de promover cambios en las actitudes
familiares que afectan su estabilidad, para plantear una propuesta optimista en relación a
este congregado de personas y personitas, donde se presenta la oportunidad para
aprender a amar.
Abordar las complejas relaciones que se establecen en el seno familiar,
fomentando, prioritariamente, la aceptación del ser de cada uno de sus miembros,
asumiendo la urgencia del amor, para patrocinar la autonomía y conceder la seguridad
de un espacio de protección incondicional, requiere una aproximación cauta ante la
flexibilidad del sistema familiar, tanto en su interior como en sus vinculaciones con
estructuras sociales externas. La familia se encuentra inmersa en la cultura y se organiza
en función a los cambios socio- históricos, es dinámica y relativa a las circunstancias.
Es osado formular parámetros de normalidad familiar, por ello es más beneficioso
considerar la funcionalidad, en el sentido de que la familia funcional promueve la
autonomía, gestando así una paradoja: la familia funcional está destinada a desaparecer.
Cuando cumple su función, los roles de sus miembros se modifican de tal manera que
los padres dejan de ser imprescindibles cuando los hijos dejan de ser tales.

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El amor en la familia es diferente al amor en la pareja. El amor conyugal es


recíproco y se acomoda a los cambios de los amantes, su dinamismo consiste en la
renovación constante de la legitimación del uno y del otro. El amor en la familia se
instala en una institución social, como tal se subyuga a las normas y está en la
obligación de cumplir las exigencias del entorno: la educación de los hijos para
prepararlos a la vida en sociedad. Es imposible la trascendencia de lo establecido, la
familia está obligada a cumplir su delegación social. Se confronta el amor con la escuela
y el trabajo. Con los mitos sociales se enmascara el amor bajo la presión de cumplir
ciertas exigencias. Así se privilegia el logro académico a la ternura, por el solo hecho de
existir, o se promulga que se trabaja por amor a la familia cuando se la abandona.
El amor a los hijos es ingrato, se les da sabiendo que ellos no podrán devolverlo.
Una nueva paradoja: te amo, luego te dejo partir aunque me duela. Este libro hace
referencia a ese amor y sus vericuetos en la historia peculiar de cada familia. Mi
objetivo es que el amor perdure a pesar de todo y de todos, aunque duela, aunque al
final los padres al dejar de serlo vuelvan a ser pareja y contemplen desde la ventana
cómo los hijos que amaron se van a construir una vida que ahora y de una vez por todas
les pertenece.

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CAPÍTULO 1

DEFINICIÓN DE “FAMILIA”

La fuerza de una nación reside en la integridad de sus hogares.


Confucio

La palabra familia proviene del latín famulus, se discute si su raíz pertenece a las
lenguas indo europeas, independientemente a ello, en la antigua Roma se utilizaba el
término para designar a los sirvientes, de donde proviene la frase famulus dei: siervo de
Dios. El término designaba a los siervos de una casa y por extensión se lo utilizaba para
nombrar a las personas que la habitaban, sean libres o esclavos. El término familiaris
servía para enunciar a los amigos más allegados (Corominas, 1980; etimologías 2012).
La manera tradicional de definir familia es la siguiente: “personas emparentadas
que viven, generalmente, en la misma casa, particularmente el padre, la madre y los
hijos”. A ello se suele añadir: “personas de la misma sangre, ascendencia, linaje, estirpe
o admitidos por adopción” (Prado, 1981, p. 1).
El origen de la familia no es biológico, sino social: las investigaciones paleo
antropológicas sugieren que nuestros antepasados vivían en hordas (Leakey, 2010).
Existen culturas donde no existe el concepto de familia (Lévy-Strauss, 2010). Por lo
tanto, la familia es una construcción social, un invento.
¿Cómo definir familia, dadas las complejas redes internas y externas
establecidas por el entorno cultural? No son solamente los lazos de sangre los que la
definen, como suele hacerse tradicionalmente; en algunos casos – como en el nuestro -,
personas sin relación sanguínea son parte de la familia (los padrinos y compadres).
Tampoco podemos remitirnos a la idea clásica de familia nuclear – padres e hijos -,
puesto que encontramos diversidad de conformaciones familiares: tradicionales,
monoparentales, ensambladas, extensas, etc. Los roles tampoco ayudan, puesto que es
posible encontrar familias donde el rol tradicional de la madre lo ejerce el padre, o
viceversa; en algunos casos, quien hace de padre es el hermano mayor; en otros, son los
abuelos quienes asumen la parentalidad.
La historia misma de la familia atravesó diversas etapas, cada una con su propia
estructura, que según Sarmiento (1985) son cuatro:

• Presalvajismo: Familia nómada. Familia consaguínea. Matriarcal.


• Salvajismo: Familia poligámica, poliándrica. Matriarcal.
• Barbarie: Familia monogámica. Patriarcal
• Civilización: Familia tradicional. Familia industrial. Familia postindustrial.
Patriarcal.

En la familia posmoderna todo está permitido. Tenemos familias con padres


homosexuales; familias monoparentales en las cuales la madre decidió embarazarse a
través de la inseminación artificial, por lo que se desconoce al padre; familias de pares,
como el caso de los niños de la calle; familias de matrimonios abiertos:
“Las sorpresas cotidianas que nos deparan los medios de difusión sobre la familia
en estos días inaugurales del siglo XXI, incluidas las que destacan los increíbles avances de
la ingeniería genética o de la psicología social (por ejemplo padres blancos e hijos negros,

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incestos in vitro, lesbianas con prole de laboratorio, hijos que se divorcian de sus padres
naturales, donantes anónimos de semen que se tornan progenitores y cariñosos y reclaman
la paternidad, mamás-abuelitas, etc. etc.), no impiden volver los ojos a la añoranza familiar,
al calor de la domus insustituible, al almo cálido de la madre, a la busca del solaz paterno.
No puede olvidarse que el hombre, antes de ser social y en lo más arcano de su misma
individualidad, posee consciente o inconscientemente un sustrato familiar. Aun en los casos
límite (niños abandonados por sus padres, progenitores desconocidos, huérfanos, etc.), el
ser humano lleva en su personalidad ingredientes familiares. Si han faltado los cuidados de
padres, parientes o allegados, siempre hay instituciones parafamiliares (colegios,
internados, instituciones de acogida, etc.) o personas amigas que han dejado en el ser
humano la impronta o, al menos, la profunda nostalgia de la intimidad familiar” (Alonso,
2001).
Los datos del censo boliviano del 2001 muestran los cambios en las formas de
estructuración de la familia en nuestro país en los años 1976, 1992 y 2001. Como se
aprecia en el cuadro 1, desde 1976 hasta 2001 la estructura de las familias cambió
considerablemente. Aumentó el número de familias unipersonales, del 12% al 15% y las
monoparentales, del 12.7 al 15.5%. Mientras que disminuyó el número de familias
nucleares biparentales, del 44% al 37%. Se triplicó el porcentaje de hogares colectivos.

Quedan claras dos funciones de la familia, cualquiera que sea su estructura: la


propagación de la vida y la propagación de la cultura. Pero definirla por su función
elude el “constructo” hipotético indispensable, para saber de qué estamos hablando los
científicos, cuando decimos “familia”. Lo cual indica, que en nuestro país como en la
mayoría de los países del mundo la estructura de familia se ha modificado, de tal
manera que ya no es posible relacionar la familia “normal” con la idea de “familia
tradicional”. De ahí que sea difícil encontrar una definición que satisfaga plenamente la
concepción de familia. Palacios y Rodrigo (2003), lo intentan de la siguiente manera:
“…lo que a nuestro entender queda como núcleo básico del concepto de familia es
que se trata de la unión de personas que comparten un proyecto vital de existencia en
común que se quiere duradero, en el que se generan fuertes sentimientos de pertenencia a
dicho grupo, existe un compromiso personal entre sus miembros y se establecen intensas
relaciones de intimidad, reciprocidad y dependencia. Inicialmente se trata de dos adultos
que concretan esas intensas relaciones en los planos afectivo, sexual y relacional. El núcleo
familiar, se hace más complejo cuando aparecen los hijos; cuando eso ocurre, la familia se
convierte en un ámbito en el que la crianza y socialización de los hijos es desempeñada por
los padres, con independencia del número de personas implicadas y del tipo de lazo que las
una. Lo más habitual es que en ese núcleo haya más de un adulto y lo más frecuente es que
ambos adultos sean los progenitores de los niños a su cargo, pero seguimos hablando de
familia cuando alguna de esas situaciones no se dan” (p.33).
Palacios y Rodrigo (2003) enfatizan la importancia de la presencia de adultos en
la familia. Sin embargo, ¿qué ocurre con aquellas familias que se establecen entre
niños? El caso de los niños en situación de calle es un ejemplo notable en Bolivia y en
muchos países de Latinoamérica. Estos pequeños manifiestan que su familia está
conformada por sus pares. Un testimonio de un niño de la calle puede expresar mejor la
idea: “…todos somos hermanos de la calle, como dicen “hermanos de la maldad”
porque nos defendemos juntos porque existen los abusivos” (En: Lora, Soliz, Gody,
Pinto y Hoz de Vila, 1989, p.27).
La concepción de familia es una construcción social dependiente de los factores
socio históricos. Es difícil entender que no se trata de una condición “natural”, pues
cuando nacemos somos insertados en realidades incuestionables, por lo que damos por
sentado que las “cosas son así”. Es difícil para alguien, que ha sido criado en un entorno

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social donde se han establecido certezas reconocer otras realidades. Nardone, Giannotti
y Rocchi (2003), expresan lo siguiente: “Lo que se observa hoy, y en lo que coinciden
expertos e investigadores que estudian la familia, es que la familia latina es una familia
extremadamente distinta a la anglosajona o del norte de Europa. Destaca por ser
nuclear, una cerrazón protectora en torno a sus miembros, un temor a causarles daño, de
no hacerles sentir iguales a los demás.” (pp. 32-33).
¿Familia latina? Es una construcción que considera al “mundo latino” como uno
solo, cuando en realidad el mundo latino comprende todas las naciones donde se hablan
las lenguas derivadas del latín : castellano, portugués, francés, italiano, rumano,
gallego, catalán, provenzal, retorromano. Por lo tanto, se definen como latinos los países
que hablan las lenguas mencionadas, entonces según la apreciación de muchos
investigadores es factible agrupar a las personas, familias y sociedades bajo la categoría
de “latinos”. Lo que me parece una falacia, que determina el estereotipo del “latino”, y a
su vez, “familia latina”. Es como decir, que nosotros considerásemos a la “familia
norteamericana” tomando en cuenta la ubicación geográfica, olvidándonos de las
consideraciones lingüísticas, por lo que pensaríamos, que la estructura familiar de los
esquimales canadienses del Nunavut es similar a la de los Apaches, Aravacos,
Cherokees y a la familia Bush.
Si entendemos por nación al “conjunto de personas de un mismo origen y que
generalmente hablan un mismo idioma y tienen una tradición común” (Diccionario de la
Real Academia de la Lengua Española, 22ª edición, p. 1059), en contraposición a la idea
de que una Nación se define simplemente por el territorio de un país, nuestro país, como
la mayoría de los países del mundo, está compuesto de varias naciones, considerando
que en Bolivia existen varios grupos étnicos:
“En Bolivia existen 33 etnias o formaciones etnosociales distintas, reconocidas
oficialmente como tales, y con un abanico poblacional que va desde las macro etnias
Quechua (2.500.000) o Aymara (1.500.000), hasta el otro extremo como la micro etnia
Pacahuara (11 personas). Al interior de las etnias de mayor población aparecen muchas
configuraciones de identidad sociocultural diversa, como el caso de los Callahuayas
(aymara-quechuas), los Tentayape (guaranís), los Paiconeca (chiquitanos), los Ignacianos y
Trinitarios (mojeños), los Joaquinianos (baures), los afrodescendientes (aymara-criollos), y
muchos otros que conservan singularidades etnoculturales dentro de los cuerpos
sociohistóricos y sociolingüísticos mayores” (Díez Astete, 2006).
+
La identidad étnica se relaciona principalmente con la lengua, y por ende cuanto
menos se transmita la lengua a las nuevas generaciones, éstas tienen mayores
probabilidades de perder su identidad, aunque es importante señalar que en los grupos
étnicos minoritarios (como los de las tierras bajas – chiquitanos, mojeños, movinamas,
tacanas e itonamas-), la pérdida de la lengua nativa no se relaciona necesariamente con
lo mencionado (Albó, 2002).
La definición de familia será relativa a la cultura y a la evolución histórica. Por
ejemplo las familias de los ayoreos - cuatro comunidades: Zapocó, Rincón del Tigre,
Santa Teresita y Tobita, (ubicadas en el Departamento de Santa Cruz, en las provincias
Germán Busch y Chiquitos) - , actualmente tienden al individualismo de la familia
nuclear, aunque aún tiene vigencia la familia extensa matrilocal (hogasui), en la que la
autoridad es ejercida por un jefe de familia (asuté) (Rivero, 2006).
Por su parte los Joaquinianos – ubicados entre los ríos Machupo y Mamoré del
Departamento del Beni -, tienen una organización familiar nuclear. Los Chimanes –
comunidades: San Ambrosio, San Salvador, Rosario del Tacuaral, Jorori, Naranjal,

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Remanso, Socorro, San Antonio y otras en el Departamento del Beni-, organizan sus
familias a través de vínculos de parentesco extendidos con otras familias nucleares. Es
interesante el hecho de que los recién casados van a vivir con la familia materna de la
mujer: el sistema familiar se organiza alrededor de la filiación matrilineal; existe
poligamia sororal, es decir, el matrimonio del varón con dos hermanas. Por su parte, los
Yuqui se organizaban en grupos pequeños del tipo banda nómada, la familia era la
familia extensa consanguínea; por la influencia de los misioneros evangélicos, hoy en
día la familia Yuqui se estructura de forma nuclear (Rivero, 2006).
La definición social de familia en la cosmovisión aymara es secundaria a la
concepción de comunidad, tanto la pareja como la familia dependen del reconocimiento
comunal (Albó, 1978). En la familia aymara el valor más importante es la lealtad:
“Hay una lealtad manifiesta en la familia para guardar la unidad. Defienden a la
familia agraviada como también a cada uno de los miembros agraviados; siempre se
mantienen al lado de la familia por eso dicen: nayaw utjasktha (Yo estoy a tu lado para
defenderte). La familia aymara brinda una seguridad especial a los niños; caso concreto
tenemos en que no hay niños abandonados en la sociedad aymara; pues los abuelos, tíos,
tías, de los huérfanos se encargan de cuidarlos y criarlos en familia. Los padres ancianos
tienen que ser cuidados por el hijo o hija menor, aunque éstos hayan constituido sus propias
familias; los demás hijos se obligan a cuidarlos cuando lo necesiten” (Llanque, 1990, p.
49).
La organización familiar desde la ideología “occidental”, se fundamenta en el
individualismo, un ejemplo es la sobrevaloración de la autoestima que se refleja en la
siguiente declaración de Virginia Satir:
“Yo soy yo. En todo el mundo, no hay otro que sea igual a mí. Hay personas que
tienen algunas partes semejantes a las mías, pero nadie es exactamente como yo. Por tanto
todo lo que provenga de mí es auténticamente mío, porque yo así lo he decidido (…) Puedo
ver, escuchar, sentir, pensar, decir y hacer. Tengo los medios para sobrevivir, para estar
unido a los demás, para ser productivo y encontrar sentido y orden en el mundo de las
personas y cosas que están fuera de mí. Me pertenezco y, por tanto puedo construirme. Yo
soy yo y estoy bien” (Satir, 1991 pp. 42-43).
La “globalización” pone énfasis en los valores del poder (dominio, competencia,
éxito, individualismo), en desmedro de los valores del amor (diálogo, generosidad,
humildad, cooperación). Los países desarrollados económicamente son subdesarrollados
socialmente: el avance tecnológico anula la valoración del ser humano. Frente a los
atropellos de la ideología consumista las personas están aisladas y buscan “paz interior”:
“Eso, el mundo interior, le es casi desconocido, a menos que una vez por semana pague
para tenerlo y se acueste en un diván por cincuenta minutos. Otros hacen yoga, porque
les aseguramos que influye favorablemente en los negocios, y dicen ommmm. Otros
huyen a la macrobiótica, salvadora de todo mal, y, más livianos, vuelven al trabajo a ver
cómo se hace para pisotear a los competidores” (Barylko, 2002, p. 39).
La idea del individualismo se ha convertido en una imposición incuestionable, a
raíz de la desesperación por la derrota de la tecnología al servicio del poder. La angustia
emergió como una peste después de la segunda guerra mundial, se dieron dos
fenómenos: el existencialismo y el positivismo; el primero, gritando la desesperación de
la soledad y el segundo, planteando nuevas certezas basadas en la racionalidad de la
“ciencia.” Se silenció la desesperanza del corazón y se alentó la ingenuidad de la lógica.
Las personas dejamos de mirarnos unos a otros para buscarnos en la embriaguez del
poder.
“La creencia en el individuo independiente – al que un compromiso con las
mentes individuales que conocen hace una aportación sustancial – se presta a dar

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prioridad al yo en el quehacer cotidiano. El hecho de hacer hincapié en esta premisa


legitima un interés preeminente hacia nuestra propia condición privada, empezando por
el propio estado de conocimiento y prosiguiendo a través de cuestiones relacionadas con
las propias metas, necesidades, placeres y derechos” (Gergen, 1996, p. 261).
Esas metas, necesidades, placeres y derechos se enmarcan en las urgencias
sociales del poder, “quien no tiene, no vale.” Las corrientes psicoterapéuticas en Europa
y especialmente en Estados Unidos, se proponen devolverle a ese ser humano
abandonado una alternativa que le haga sentirse bien a pesar de la alienación de su alma,
de tal manera que los psicoterapeutas son instrumentos de la sociedad despersonalizada:
“La nueva Sociedad florece sobre la creencia de que la tecnología humana puede
rehacer al hombre con tan poco esfuerzo como una línea de montaje computarizada.
Santayana decía que la vida es un compromiso. La Sociedad Psicológica se empeña en
rechazar esa verdad ofreciendo sus técnicas como la esperanza de una Utopía científica”
(Gross, 1979, p. 29). La psicología se vuelve un negocio en la que los pacientes se vuelven
“clientes”, y se les denomina así ¡para ser humanistas! (Rogers, 1977). “La psicoterapia es
la única forma de tratamiento, que por lo menos hasta cierto punto, parece crear las
enfermedades que trata”(Gross, 1979, p. 25).
Como Robinson Crusoe, los ciudadanos civilizados de los países “desarrollados”
cayeron en sus propias trampas, claman por libertad cuando “supuestamente” son los
países que lograron su independencia y la gloria del confort ofertado por la tecnología:
¡solamente pueden existir en sus sueños!
Lucini, a propósito de la pedagogía española, copia un anuncio publicitario para
la venta de cierto modelo de automóvil: “Naciste para ser libre, y nada ni nadie te
detiene. Tu instinto y tu fuerza te impulsan siempre hacia delante. Superas todos los
obstáculos, nunca retrocedes. Vives la vida como un reto, y lanzas tu desafío. No hay
quien te gane con tu coche X. ¡Es tu fuerza, es tu libertad!” (Lucini, 1996, p. 23). En el
mismo texto se lamenta que el 23 % de los españoles son pobres.
En Estados Unidos: “El año pasado, la pobreza alcanzaba a 12,7 por ciento de la
población. Fue el cuarto año consecutivo en que ese porcentaje aumentó. Eso significa
que 37 millones de personas viven con ingresos de menos de 19.157 dólares anuales por
familia de cuatro integrantes.” (Fisher, 2006).
¿Cuáles son los criterios que se utilizan para hablar de pobreza? Mientras los
países “ricos” miden la pobreza de los países pobres desde sus referentes, “cerca de un
millón de niños latinoamericanos mueren al año víctimas de condiciones inherentes a la
pobreza, como la desnutrición, enfermedades prevenibles y falta de atención básica de
salud y educación (…) setecientos mil personas mueren por desnutrición y hambre y
treinta millones de niños entre seis y quince años de edad viven en el abandono” (Iriarte,
2000, p.p 189-190). ¡Pobreza es hambre y no falta de comodidades!
Las consecuencias de la enajenación de la estructura familiar, a partir de los
moldes ideológicos del poder, han sido devastadoras en muchos países
“subdesarrollados”, los que en su afán de alcanzar las metas propuestas por la
desesperación occidental han desvalorizado sus creencias y tradiciones. A su vez tiene
un factor importante, en el presente siglo, la invasión de las sectas “religiosas” venidas
del Norte -como una especie de réplica de las Misiones que se dieron durante la
“conquista de América”- por medio de organizaciones dogmáticas que han introducido
en las naciones latinoamericanas los valores mercantilistas, a través de adoctrinamientos
pseudoreligiosos basados: primero, en el miedo al castigo eterno, segundo, la maldición
sobre la Iglesia Católica, que, esencialmente, después de Juan XXIII ha retomado su

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Psicología del amor: El amor en la Familia 3

función hacia los pobres, y finalmente, sobre las tradiciones milenarias, que fomentan la
comunidad antes que el individualismo.
Una de las sectas más destructivas es la Adventista: tal como señala Monteiro de
Lima: “El adventismo es una religión forjada y retocada al modelo de vida de la clase
media americana, típicamente conservadora y puritana” (Monteiro de Lima, 1991, p. 4).
Más adelante señala: “Las verdades deben ser aceptadas sin juicio crítico. El
fundamentalismo, en la interpretación bíblica, da origen al individualismo y repudia
todo criterio de unificación” (p.49).
En Bolivia se identifican alrededor de doscientas setenta y seis asociaciones
religiosas no católicas legales, sin tomar en cuenta las ilegales. Se considera que cada
año surgen once nuevas sectas en nuestro país (La Prensa, 2000). Las más poderosas
son las pentecostales, originarias de Estados Unidos, según éstas:
“La voluntad de Dios determina la profesión para el hombre, cuya producción,
además de ser una forma de alabanza a él, responde a una especie de amor al prójimo. La
acumulación de capital es una gracia y bendición divina, donde la posibilidad de consumir,
eslabón final del proceso productivo, pasa contrariamente a una indeseable categoría de
contacto con el mundo, dejando al hombre desamparado a la poco recomendable
producción secular (…) Este consumo de salvación, además de satisfacer aquellas
necesidades naturales en el sujeto, refuerza la identidad religiosa de los integrantes de la
secta por el contenido doctrinal impreso en sus productos(Loayza, 1999, p. 49).
Los Testigos de Jehová, por ejemplo, instan a sus adeptos a “convertir” a sus
familiares, caso contrario no serán salvados (Vidal, 1990). Por lo tanto, las
consecuencias en la concepción de la familia son funestas debido a la incongruencia
entre los valores individualistas y comunitarios.
Las naciones “aborígenes” son fundamentalmente comunitarias, donde la familia
es el núcleo de la organización social. La familia de los países desarrollados tiene como
objetivo la individualización, porque el núcleo de su sociedad es el individuo. Mientras
que en la mayoría de los países del tercer mundo la base de la sociedad sigue siendo la
familia. Los pobres se tienen unos a otros, los ricos están solos con su poder. Los pobres
pueden fascinarse con el brillo de las estrellas, los ricos deben mirar la televisión para
creer que, todavía en su mundo, existe naturaleza.
La “civilización” ha producido un sentimiento de inferioridad en aquél que no se
adapta a sus requerimientos, determinando jerarquías sociales e ideales de “superación”
ligados a la esperanza de ser como los ricos. “Precisamente esta estratificación, y sus
símbolos culturales, es una de las principales claves para interpretar la variante urbana
de la cultura aymara. La diferenciación del residente frente al aymara del campo no es
únicamente el resultado de las obvias adaptaciones al medio urbano distinto al rural.
Existe además un afán colectivo de este grupo social de residentes por marcar
simbólicamente esta diferencia, para recalcar y dramatizar su nuevo estatus frente al
grupo original de referencia de las comunidades del campo.” (Albó, Greaves y
Sandoval, 1983, p. 20).
Por todo lo escrito, una de las grandes diferencias entre las familias de nuestro
país y las familias europeas y estadounidenses es que para nosotros, la familia es lo más
importante. Tener familia sigue siendo un mandato social muy fuerte: “Uno de los
procesos más importantes del hombre andino es la formación de una familia propia. No
solo por el sentido evidente de satisfacción personal, sino sobre todo porque se
considera que una persona llega a ser tal, cuando vive en pareja y esto tiene una
indudable repercusión para la participación en la vida económica y social de la

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Psicología del amor: El amor en la Familia 4

comunidad” (Albó, Libermann, Godíne y Pifarré, 1989, pp. 87-88).


La inmersión del campesino en la ciudad ha ocasionado una confusión en el
sistema de valores y creencias, determinando sentimientos de indefensión y perplejidad
ante las enclenques organizaciones sociales emuladoras de los modelos foráneos
impuestos por la ideología del poder.
En ese sentido, los criollos (mestizos) viven con la esperanza de salir del país a
la “tierra prometida”, considerándose a sí mismos como de “sangre azul”, portadores de
apellidos que denotan la inexistencia de sangre indígena
Sucre, es la ciudad en la que se manifiesta con mayor evidencia la nostalgia por
el pasado de una identidad fundamentada en la nobleza española:

“En Sucre vivimos el futuro desde el lustre del buen nombre y del viejo prestigio.
Y cuando se vive de esta manera en realidad no se vive, sino se desvive; porque perdemos
todo contacto y contorno con el futuro. Al igual que hojas otoñales en vientos de los
cambios mundiales, nos precipitamos a un suelo quieto de la resignación y también a una
superficie callada e indolente del conformismo. Las elites creadoras de nuestra ciudad se
han disecado y en su interior ya no florece nada o mejor dicho, solo la mala hierba, de esa
que nunca muere y con la que casi siempre hay que luchar. Estamos hablando de la hiedra
de la apatía y la pereza: una enredadera conservadora que nos asfixia permanentemente”
(Rojas, C. 2001, pp.65-66).

Por otro lado, movimientos indígenas radicales surgen como respuesta a los
conflictos sociales generados por la crisis económica. Se hace popular la palabra q’ara,
y se fomentan actitudes racistas contrarias a las personas que no son “aborígenes”. La
globalización económica viene, por una parte, disminuyendo el rol de muchos estados
nacionales, quienes deben irse subordinando a organismos supra-nacionales o verse
influidos por el crecimiento de poderosas multi-nacionales. Por otra parte viene
impulsando a diversas minorías nacionales a querer entrar en la globalización con su
propia identidad. Para lograr ello surgen diversos movimientos étnicos que buscan
desarrollar sus respectivas lenguas y culturas tradicionales u obtener autonomía o
soberanía estatal (Bigio, 2006).
Las organizaciones familiares en la ciudad de La Paz y El Alto son tan diversas
como las culturas que existen inmersas en ellas, por ejemplo: “En la familia alteña se da
poca importancia a los ritos de solidaridad que son característicos de la familia
burguesa, como reunirse alrededor de la mesa para desayunar o almorzar porque cada
uno de los miembros de la familia está ocupado en sus actividades específicas. Es
normal que el padre regrese de su trabajo a la casa muy tarde (…) De esta manera,
dentro de la familia alteña existe una serie de prescripciones normativas vinculadas con
sus códigos culturales transmitidos de generación en generación, pero que pueden
generar tensiones, desacuerdos y negociaciones. Se trata de un complejo
interrelacionado de posiciones sociales que luchan y donde la estructura del campo es
un estado de esas relaciones de fuerza en el tiempo. Estas relaciones de fuerza física,
económica y, sobre todo, simbólica están ligadas al volumen y a la estructura del capital
poseído por los diferentes miembros de la familia y a sus luchas por conservar o
transformar esas relaciones de fuerza” (Guaygua, Riveros y Quisbert, 2000, p. 46).
Mientras que una familia de mestizos se organiza según los cánones de la familia
occidental, en la que son importantes los momentos de reunión familiar (desayuno,
almuerzo, cena), la mayoría de las familias carecen de espacios privados para cada uno

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Psicología del amor: El amor en la Familia 5

de sus miembros, sin embargo las familias de clase media procuran mantener la
privacidad de sus espacios habitacionales. Aquellas familias (las menos), que han sido
influenciadas por experiencias de vida en el exterior del país, se estructuran física y
afectivamente como si se tratara de una familia típica de una ciudad estadounidense o
europea. Las familias pobres deben dejar a sus hijos en “guarderías” porque los padres
trabajan todo el día, las familias ricas abandonan a sus hijos en “guarderías” para que
sean estimulados de la mejor manera para que puedan acceder a una educación que les
permita en su juventud irse del país, mientras la madre se ocupa de su imagen física y el
padre trabaja como ejecutivo en una empresa.
Todavía vivimos en un medio plegado de jerarquías racistas, de las cuales es
preferible no hablar: “La sociedad se moderniza y el estado se autotransforma,
intentando institucionalizar el reconocimiento de la pluralidad étnica en los marcos de la
normatividad y las políticas estatales. Sin embargo, en la vida cotidiana continúan
reproduciéndose fenómenos de exclusión y discriminación. En esta suerte de
reciprocidad negativa de insultos y estereotipos culturales, se alude a una gradación
caleidoscópica de colores de piel, emblemas y comportamientos colectivos que no en
vano llevaron a René Zavaleta a calificar de sociedad abigarrada a la contemporaneidad
boliviana. Pues ser indio/a, cholo/a, birlocha, chota, o misti en la Bolivia de hoy
significa a la vez, una marca dominada por un mundo mestizo/criollo masculino que les
impone a su vez un sello de desprecio, manipulación y negación (Rivera, S. 1996, p. 4).
Por eso, es un error establecer una definición de familia desde afuera del grupo
social, porque cada cultura define su propia concepción de familia, de ahí la importancia
de no perder de vista en ningún momento la concepción constructiva ideológica de la
familia:
“La familia constituye entonces una organización institucional y grupal producto
de múltiples relaciones. Se constituye en el antejuego instituido como orden familiar
socialmente establecido, y lo instituyente, desde las condiciones concretas de existencia,
donde el interjuego de necesidad – satisfacción en relación a gratificación está ligada a la
representación familia y social de sus miembros y a las sobredeterminaciones del contexto.
Cuando más sometida está la familia a las representaciones del modelo familiar vigente,
mayor es la posibilidad de constituir una organización objeto de determinaciones externas,
y si no logra parecerse al modelo, de enfermar” (De Jong, Basso, Paira, 2001, p. 27).

Es fácil diagnosticar como patológica a una familia si desconocemos el contexto


cultural en el cual se ha desarrollado su concepción ideológica, ¡no existe un modelo
funcional de familia! La funcionalidad debe estar acorde al contexto social en el que la
familia se desarrolla. La imposición de criterios psicopatológicos no deberían
generalizarse como sí puede hacerse en la patología médica. Para la terapia familiar
estructuralista el aglutinamiento familiar es disfuncional, mientras que la norma en
nuestro medio es la familia aglutinada en la que no solamente encontraremos a los
progenitores con sus hijos, sino a los abuelos, tíos, e inclusive compadres y amigos.
Las familias aisladas pueden ser norma en países desarrollados, pero no lo son
en países como el nuestro. La familia integrada, si bien suele ser el deseo de la mayoría
de las personas que conforman una familia en situaciones de pobreza, es imposible
conseguirla, de ahí que se produzca la disgregación como un efecto de las circunstancias
coyunturales, antes que intencionalidades internas de los componentes de la familia. Por
eso, es importante definir a la familia desde “la construcción de una subjetividad que
nos coloque en una creciente corresponsabilidad” (Barg, 2003, p. 39).

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Psicología del amor: El amor en la Familia 6

Partiendo de que la psicología social es definida como una disciplina de la


psicología, que estudia “el conflicto entre el individuo y la sociedad (…) de la sociedad
externa y de la sociedad que se lleva adentro” (Moscovici, 1991, p. 18). Les
corresponde a los psicólogos sociales el estudio de la concepción de la familia según las
condiciones sociales, culturales e históricas; puesto que como hemos visto, el concepto
de familia se conforma a partir de la ideología.
Moscovici al mencionar que la psicología social se encarga de la investigación
del conflicto que genera el entorno social en el individuo, se refiere justamente a la toma
de conciencia de la influencia del medio en la construcción de estructuras psíquicas
incuestionables: “la psicología social es la ciencia de los fenómenos de la ideología
(cogniciones y representaciones sociales) y de los fenómenos de la comunicación”
(Moscovici, p. 19). Al estar inmersos en un mundo que no elegimos al inicio de
nuestras vidas, somos agentes pasivos ante la influencia de las construcciones ya
establecidas antes de nuestro nacimiento; con el pasar del tiempo podemos o no tomar
conciencia de los procesos sociales adquiridos a través de la comunicación y asumirlos
o refutarlos. Muchos de ellos son difícilmente identificables como ajenos a nosotros, tal
el caso de la idea de “familia”, la cual, al fin y al cabo, no es nada más que un invento
social.
Partiendo de que nuestro cerebro tiene una base biológica que nos permite
percibir la realidad, pero que requiere de una lógica para ordenarla, surge el modelo
cognitivo según el cual: “todo individuo intenta estabilizar su entorno, organizarlo. La
complejidad de los indicios, de los comportamientos y de su inestabilidad hacen que el
sujeto busque regularidades, aspectos que no varíen (Moscovici, 1988, p. 397).
Principio que proviene de las consideraciones epistemológicas acuñadas por Piaget
(Flavell, 1995), esencialmente sus tres principios del desarrollo cognitivo humano:
acomodación, asimilación y adaptación. Cuando percibimos cualquier fenómeno,
necesitamos acomodarlo a nuestros esquemas previamente adquiridos, una vez
comparado lo asimilamos como concepto, para finalmente adaptarnos a la situación
(Piaget, 1965).
Siguiendo esa concepción de la percepción, Moscovici la deriva a la percepción
social, insistiendo en que la concepción que tenemos del mundo es una construcción
social, en la que aprendemos a atribuir significados a partir de nuestras experiencias
interpersonales. Es así que este psicólogo desarrolla el concepto de “representación
social.”
Jodelet define representación social de la siguiente manera: “la elaboración por
parte de una colectividad, bajo inducción social, de una concepción de la tarea que no
tome en consideración la realidad de su estructura funcional. Esta representación incide
directamente sobre el comportamiento social y la organización del grupo y llega a
modificar el propio funcionamiento cognitivo (…) En tanto que fenómenos, las
representaciones sociales se presentan bajo formas variadas, más o menos complejas.
Imágenes que condensan un conjunto de significados; sistemas de referencia que nos
permiten interpretar lo que nos sucede, e incluso, dar un sentido a lo inesperado;
categorías que sirven para clasificar las circunstancias, los fenómenos y a los individuos
con quienes tenemos algo que ver; teorías que permiten establecer hechos sobre ellos. Y
a menudo, cuando se les comprende dentro de la realidad concreta de nuestra vida
social, las representaciones sociales son todo ello junto” (En: Moscovici, 1988, pp. 470
y 472).

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Psicología del amor: El amor en la Familia 7

El concepto de “representación social” se muestra útil para poder sintetizar lo


expuesto hasta acá. No existe la familia sino como concepción social. Por lo tanto, no se
debe dar una definición universal de familia, sino considerar la representación social
que los grupos sociales tienen sobre ella; se debe asumir que es posible que veamos
“familias” donde no existen, porque la atribución que damos de todo fenómeno tiene
que ver con nuestros esquemas, los que no tienen por qué ser similares a los esquemas
de las personas que pertenecen a grupos sociales distintos a los nuestros. Insisto una vez
más, siguiendo a Jodelet (1989), que las representaciones sociales son un sistema de
referencia que organiza con lógica y “coherencia” el mundo y brinda explicaciones
sobre los fenómenos y las relaciones que existen entre ellos. Por eso es que debemos
tener en cuenta que nuestros afectos están direccionados por las atribuciones de
significado que otorgamos a nuestras relaciones.
Es por eso que una de las definiciones, que mejor coincide con las reflexiones
hechas hasta este punto, es la de Ronald, D. Laing, quien define a la familia como “una
institución de carácter político creada por un grupo mayoritario (padres) para la
satisfacción de sus necesidades (…) la forma en la que una familia se desenvuelve en el
espacio y en el tiempo, en qué espacio, en qué tiempo, qué cosas son privadas o son
compartidas, y por quiénes, éstas y muchas otras cuestiones se dilucidan mejor si se ve
qué clase de mundo ha adoptado para sí la familia, tanto en su conjunto como,
diferencialmente, para cada uno de sus miembros” (Laing, Esterson, 1986, p. 15).
Esta definición es irreverente, puesto que se atreve a mencionar que los padres
tienen hijos ¡para satisfacer sus propias necesidades! Este punto de vista es honesto,
puesto que el amor de la pareja deriva en la urgencia de expresar ese amor hacia otros, y
sellar la relación conyugal definitivamente con la procreación de los hijos. Es común en
parejas que no quieren tener hijos, que uno o ambos de los cónyuges aún esté ligado a
su familia de origen, o bien, que no exista la predisposición indispensable de entrega
incondicional al otro, puesto que el tener hijos entraña necesariamente dos cosas
ineludibles: por un lado, la renuncia definitiva al estado de soltería, y por otra, la
consumación definitiva del hogar, anuncio social de que la pareja ha configurado una
familia independiente de sus anteriores familias.
Es incuestionable que en la estructura familia es política, puesto que dentro de
ella se deben establecer jerarquías de poder, (Haley, 1989, Minuchin, 1986). Justamente
la patología familiar –desde una perspectiva política-, consiste en una alteración de las
jerarquías, como veremos más adelante. Para el enfoque sistémico, la familia es
considerada como un sistema en el cual se establecen determinados roles y funciones
dirigidos a mantener la homeostasis familiar (Pinto, 1995).
Hoy existen tantos modelos de familia que resulta engorroso buscar una
definición universal, que además no segregue a alguno de ellos. Se puede optar por el
criterio subjetivo según el cual, la definición debe ajustarse al significado personal: la
familia está compuesta por aquellas personas que se consideran significativas (Laing,
1974).
Sin embargo, el enfoque sistémico propone comprenderla desde una visión
relacional, de la siguiente manera: “Una familia es una clase especial de sistema, con
estructura, pautas y propiedades que organizan la estabilidad y el cambio. También es
una pequeña sociedad humana cuyos miembros están en contacto cara a cara y tienen
vínculos emocionales y una historia compartida.” (Minuchin, Colapinto y Minuchin,
2009).

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Es importante añadir que todas las familias establecen relaciones con sistemas
amplios, como la escuela, el trabajo y demás instituciones sociales (Imber-Black, 2000).
En Bolivia la familia incorpora a la familia extensa, es común la presencia de tíos,
primos y abuelos en el hogar. En la cultura aymara se incluyen a los padrinos (Carter y
Mamani, 1989).
Por estos antecedentes, es consecuente referirse al concepto familia de manera
relativa a la cultura donde ésta se desarrolla. La comunidad establece los límites de ella
y la construcción social se relativiza a su propia historia. La familia boliviana antes de la
Guerra del Chaco era diferente a la familia después de la revolución del 52. Los
cambios propiciados por la globalización, la tecnología, la evolución política han
promovido que en los países europeos la familia deje de considerarse el núcleo de la
sociedad, mientras que en Latinoamérica aún se sostenga como tal.
Sin embargo, esta manera de definir a la familia nos ha conducido a identificar
un concepto que ha sido confundido con el fenómeno en sí. Principalmente la escuela
estructuralista plantea de manera taxativa que una familia funcional debe ajustarse al
modelo jerárquico pre establecido por la teoría. Muchas familias han sido víctimas de
esta suposición, porque los terapeutas sistémicos olvidaron uno de sus principios
fundamentales: “el mapa no es el territorio.”
Vargas (1990), critica de la siguiente manera el quehacer sistémico sobre la
“familia”: “Esta posición implica una postura estratégica que hace pensar no solo que se
tiene la posibilidad de manipulación de la familia sino incluso supone una visión desde
afuera de la familia, un permanecer observando "la realidad" de esa familia. Pronto en
este impulso uno comienza a pensar en cuales serían los cambios a realizar con la
familia, uno sabría qué cambios y qué orientación habrían de tener estos cambios de
antemano, por supuesto esto lleva implícito que si se sabe qué se ha de cambiar es
porque se tiene un criterio que permita identificar lo que no se va a cambiar. El
terapeuta puede estar pensando en una estructura específica (del cómo deben ser las
familias o algunas de ellas) y comienza a evaluar si esta estructura puede ser
disfuncional, si lo es, entonces debe ser patológica y por tanto tendría en que trabajar y
curarla. Aquí tendríamos un regreso a aquello que el enfoque sistémico pretendió en un
principio dejar atrás y además enmarca deplorablemente la postura de uno que cura y
otro que es curado”.
Desde la visión constructivista, la familia no es una “realidad”, sino una
construcción sobre personas que son afectivamente significativas para un conjunto de
individuos, que a través del diálogo han definido el lugar, el rol y la función de los seres
humanos nombrados con palabras del término “familiar.” Por eso cada miembro de la
familia tiene “su” propia familia. De tal manera, la FAMILIA se convierte en familia y
significa aquella atribución que los miembros que la componen le dan. Se trata una vez
más de un juego del lenguaje. Por eso, en el caso de los duelos familiares normales las
personas fallecidas siguen siendo nombradas, aunque se asume su inexistencia, mientras
que en los duelos patológicos los muertos no son nombrados y se los mantiene como
presentes (Boss, 2001).
Para muchas personas, las mascotas hacen parte de la familia (Cain, 1985;
Hodgson y Darling, 2011). En otras familias, puede ocurrir que alguien que sí debería
pertenecer, según los cánones de la sociedad, a la familia, es considerado como ajeno a
ésta, como suele ocurrir lamentablemente en aquellas familias donde uno de los
miembros ha sido estigmatizado por una enfermedad, deformación, o comportamiento

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(Corrigan y Miller, 2004; Hasson-Ohayon, Levy, Kravetz, Vollanski-Narkis y Roe,


2011; Werner, Mittelman, Goldsteid y Heinik, 2011)
No escogemos a nuestra familia, ésta estaba esperándonos antes de que
vengamos al mundo. No escogemos a nuestros padres, ni nuestros padres nos escogen.
Vamos definiéndonos como familia en la medida en que interactuamos y asimilamos las
creencias sociales sobre lo que debe ser una familia. Los vínculos afectivos dentro del
seno familiar dependen de cómo se interpretan las condiciones emanadas de los
mandatos “oficiales” del entorno y de la propia tradición mítica familiar.
Hoy en día, existen distintos tipos de estructuras familiares: monoparentales,
triparentales, de segundas nupcias, familias ensambladas, familias comunitarias,
familias sin padres, familias nucleares tradicionales etc.; no importa la estructura para
encontrar disfuncionalidades, lo que importa es el funcionamiento relacional de sus
miembros, los vínculos afectivos que se establecen entre ellos y las relaciones que
establece la familia con el mundo exterior.
La familia, como construcción social humana, se ha convertido el espacio
relacional donde las personas construimos las bases de nuestra estructura afectiva. En
ese sentido, es el primer ambiente social en el cual estamos inmersos durante un periodo
largo; es un lugar donde los adultos (denominados, generalmente como padres)
establecen además de un vínculo afectivo entre ellos, un vínculo de afecto y
moldeamiento con los hijos; en las interacciones familiares se pueden establecer niveles
de interdependencia con exceso de implicación o de rechazo (Nardone, Giannotti,
Rocchi, 2003).
Floristán (2002) hace referencia a dos grandes crisis para la institución familiar:
la primera, fue el cambio de la familia extensa a la familia nuclear y la segunda, el
cambio de la familia nuclear a la posmoderna. El cambio fundamental se encuentra en la
concepción del matrimonio, vivimos tiempos en los cuales existe mucha incertidumbre
hacia la estabilidad matrimonial y por ende la disminución de parejas que contraen
nupcias y el incremento de los divorcios.
No cabe la menor duda que la familia ha sido una de las instituciones más
afectadas por los movimientos posmodernos, tal como señaló Juan Pablo II (1981): “La
familia, en los tiempos modernos, ha sufrido quizá como ninguna otra institución, la
acometida de las transformaciones amplias, profundas y rápidas de la sociedad y de la
cultura.”( Familiaris Consortio, p. 1).
La Iglesia Católica se ha manifestado en defensa del matrimonio y de la familia,
Juan Pablo II indicaba:

“En efecto, por una parte existe una conciencia más viva de la libertad personal y una mayor
atención a la calidad de las relaciones interpersonales en el matrimonio, a la promoción de la dignidad de
la mujer, a la procreación responsable, a la educación de los hijos; se tiene además conciencia de la
necesidad de desarrollar relaciones entre las familias, en orden a una ayuda recíproca espiritual y material,
al conocimiento de la misión eclesial propia de la familia, a su responsabilidad en la construcción de una
sociedad más justa. Por otra parte no faltan, sin embargo, signos de preocupante degradación de algunos
valores fundamentales: una equivocada concepción teórica y práctica de la independencia de los cónyuges
entre sí; las graves ambigüedades acerca de la relación de autoridad entre padres e hijos; las dificultades
concretas que con frecuencia experimenta la familia en la transmisión de los valores; el número cada vez
mayor de divorcios, la plaga del aborto, el recurso cada vez más frecuente a la esterilización, la
instauración de una verdadera y propia mentalidad anticoncepcional” ( p..3).

El Catecismo Católico indica que “el Concilio Vaticano II llama a la familia, con

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una antigua expresión, Ecclesia domestica. En el seno de la familia, los padres han de
ser para sus hijos los primeros anunciadores de la fe con su palabra y con su ejemplo, y
han de fomentar la vocación personal de cada uno y, con especial cuidado, la vocación a
la vida consagrada” (Iglesia Católica 2000, p. 298).
En ese sentido, nuestra Iglesia asume a la familia como el eje neural del
desarrollo de la fe y centra su esencia en el matrimonio, el mismo que deberá fomentar
la comunión amorosa entre los cónyuges para que se promueva la integridad de los
hijos.
Las consideraciones de la Terapia Familiar Sistémica muestran que la familia
funcional será aquella que conlleve la clara diferenciación entre el subsistema conyugal
y el filial (Minuchin, 1986) y la simetría amorosa entre los esposos (Linares y Campo
2001). Por lo que indudablemente se refuerza la idea de que es imprescindible un buen
matrimonio para favorecer el desarrollo de los hijos. Sin embargo, no es posible
condenar a las familias monoparentales, puesto que no necesariamente surgen de ella
hijos con trastornos, dependerá sustancialmente de la fortaleza y el amor que pueda
prodigar el padre o la madre sin pareja, aunque por supuesto, los padres divorciados
hacen más probable el surgimiento de juegos patológicos entre los ex esposos y por lo
tanto se vean afectados los hijos (Rusby, 2010).

CAPÍTULO 2

LA SINGULARIDAD DEL AMOR FAMILIAR


Amar a la madre de sus hijos es lo mejor que un padre puede hacer por sus
hijos.
Theodore de Banville

Destaco la siguiente definición de amor: “el amor es la emoción que


constituye las acciones de aceptar al otro como un legítimo otro en la convivencia”
(Maturana, 1997, p.73). En este sentido, el amor es un espacio relacional diádico donde
las personas se imaginan la una a la otra, configurando la representación existencial de
cada una en la cognición de la otra. Es, pues, el lugar de la existencia que obliga al
abandono paulatino de las expectativas para dejar ser a pesar de uno. Por eso el amar
duele, es arrancarse la exigencia de que el otro se ajuste a nuestros deseos, es promover
la libertad a costa de nuestra soledad. Anaïs Nin lo expresa así: ¿Qué es el amor, sino
aceptar al otro, sea lo que sea?
El amor de pareja responde a la lógica de la reciprocidad (Temple, 1986), único
recurso del sistema social más pequeño para mantener su homeostasis. Por eso, éste es
un sistema muy frágil, fácilmente es presa del caos ocasionado por los sistemas externos

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y por los propios sistemas individuales que lo componen. El quid pro quo de la pareja
sólo es posible si los cónyuges son capaces de sobrevivir sin depender del otro, de las
familias de origen y de los hijos (Pinto, 1995). Cualquier desbalance obliga a la
restauración del equilibrio conyugal, cuando éste es excesivo la pareja se paraliza o
rompe (Pinto, 2013).
El amor de la pareja es, por lo tanto, un vínculo simétrico entre dos personas que
asumen su soledad y permiten la libertad del otro. Ambos están en la continua
pretensión de equiparar lo que se recibe a partir de lo que se puede dar, siguiendo
rigurosamente un juego de colaboración en vez de engancharse en un juego de suma
cero o de competencia (Vega, 2000). Los juegos de poder surgen de la incompetencia de
uno o ambos amantes de igualar los dones recibidos, circunstancia que deriva en la
incorporación de terceros dentro del conflicto.
En el amor conyugal se da esperando recibir lo mismo con un poco más, por ello
sólo se pueden amar seres que se encuentran en una posición similar, dos iguales pero
diferentes (Pinto, 2012).
El amor de la pareja dentro de la familia debe ser vigilado para que no se
produzca su desborde hacia los hijos. Se trata pues de amores distintos. El amor de
amantes es egoísta y generoso al mismo tiempo, porque se da en la medida que se recibe
dentro de un círculo amoroso interminable; la pareja no se disuelve hasta que ocurre la
muerte. El amor de padres es generoso puesto que el amor se da sin retorno, no es un
amor a préstamo, es un regalo. Además, el efecto es que los hijos se llevan todo el amor
que los padres les dieron, paradójicamente: mientras más se amó a los hijos, más pronto
se marchan (Pinto, ob. cit.).
Amar a nuestros hijos es propiciar su emancipación, equivale a dotarlos de los
recursos suficientes para que puedan ser autónomos y responsables, lo que ocurre
generalmente después de la adolescencia (Tleyber, 1983; Fleming y Anderson, 2007).
El amor de padres se compone de tres factores: el cuidado, la protección y la
legitimación. Desarrollo a continuación cada uno de ellos.

2.1. EL CUIDADO.

Según la Real Academia de la Lengua Española (2002) cuidar es asistir, en el


sentido de hacerse cargo de alguien que requiere de algún tipo de atención, estando
pendiente de sus necesidades y proporcionándole lo necesario para que esté bien. Por
ello es que asumo el término en relación a hacer por esa persona lo que no es ella capaz
de hacer por sí misma.
Los bebés humanos son las criaturas más indefensas de la naturaleza, nacen sin
ningún arma de defensa, su llanto alerta a los adultos de su especie para que los
protejan, no espanta a los depredadores. Son seres totalmente dependientes de sus
cuidadores, incapaces de valerse por sí mismos no les queda más remedio que establecer
una simbiosis con sus cuidadores (Kurland y Gaulin, 2005)
Los padres deben renunciar a sus espacios personales y conyugales para prodigar
la atención que el bebé demanda. En la familia tradicional, es la madre quien sacrifica
su vida en una especie de micro suicidio (Lagarde, 1993; Rivero y Martinez, 2012),
mientras que el esposo se aleja de ella y se aboca más al trabajo y a los amigos. Esta
situación conlleva al resquebrajamiento del vínculo amoroso y a la escisión de las

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funciones parentales, creándose la imagen de la madre abnegada y el padre proveedor,


como si el sexo definiera las habilidades de cuidado y protección.
Hoy sabemos que lo que el niño necesita no necesariamente es de una madre y
de un padre, sino de alguien que lo cuide y lo proteja, esa persona suele ser uno de los
abuelos o ambos (Muliira y Musil, 2010; Barnett, Scaramella, McGoron y Callahan,
2011), un papel importante lo desempeñan, también, los hermanos mayores (Horwitz,
1993; Kramer, 2011). En situaciones de abandono es posible el cuidado por parte de
personas independientes a la familia como ser amigos, padrinos, maestros, etc.
(Merinfeld, Cyrulnik y Elkaïm, 2009; Cyrulnik, 2011).
Cuidar al niño significa hacerse cargo de aquellas cosas que no puede hacer por
sí mismo. Los cuidados son mayores cuando el niño es pequeño. Si el cuidado ha sido
eficiente, los hijos podrán hacerse cargo de sí mismos en la medida que vayan
creciendo.
Se trata de alimentarlos, limpiarlos, abrigarlos, atenderlos cuando se enferman,
ayudarlos en sus quehaceres cotidianos. Las exigencias de la sociedad actual obligan a
que los padres se hagan peritos en los afanes escolares de sus hijos (Kaushal, Magnuson
y Waldfogel, 2011).
El “sobrecuidado” suele confundirse con la “sobreprotección”. El cuidado
exagerado se refiere a seguir haciendo las cosas por los hijos, cuando ellos ya podrían
ser capaces de ocuparse de ellas. Esta forma de crianza fomenta la dependencia de los
hijos hacia los padres, promueve niveles inadecuados de autoestima y lo que es peor
impide la formación funcional de sus futuras familias.
La familia machista ha promovido el desarrollo del varón infantil, que pasa del
cuidado de su madre al cuidado de su esposa. Incapaz de valerse por sí mismo (no sabe
cocinar, lavar su ropa y un largo etcétera), se torna hijo-esposo, cuya esposa dice:
“tengo tres hijos, dos pequeños y mi esposo, que es el peor de los tres”. Kiley (1983) se
refirió a este tipo de varones como los niños que se resisten a crecer y los describió
como portadores del Síndrome de Peter Pan. Se muestran altaneros y aparentan
seguridad, sin embargo son niños caprichosos, demandantes, consideran que el mundo
gira alrededor de ellos y debe ajustarse a sus requerimientos, permanecen insatisfechos,
achacan a los demás de sus fracasos, asumen una postura irresponsable y hedónica con
la vida.
El cuidado va de la mano con la educación de responsabilidades. Los
progenitores que saben cuidar ofrecen a los hijos oportunidades para sentirse
protagonistas de sus vidas a través de tareas que debe efectuarse en casa. Las
actividades se acomodan a las capacidades de los pequeños, así a un niño de cuatro años
se le puede otorgar la función de encargarse de poner la mesa y a un niño de ocho que
compre pan en la tienda.
Las responsabilidades se pueden dividir en responsabilidades personales y
funciones de apoyo al cuidado de la casa. Entre las responsabilidades básicas están la
higiene corporal y del espacio personal; dentro las funciones comprenden el ayudar en
la cocina, con las mascotas, las compras, etc.
Un error frecuente es exigir a los hijos responsabilidad en los estudios
minimizando su participación en el hogar. Es importante recordar que la aplicación
escolar es responsabilidad básica y no condición para recibir amor. Si los hijos rinden
en la escuela es porque tienen hábitos de estudio adecuados independientemente del
amor que reciban en su hogar (Gardner, 1993).

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Psicología del amor: El amor en la Familia 3

Cuidar a los hijos de la escuela significa ayudarles a elaborar un sistema de


hábitos de estudio que les permita responder a las exigencias académicas, preocuparse
por hacer un seguimiento de su relación con los maestros y con los compañeros, saber
escuchar diferenciando lo que depende de ellos y lo que depende de la escuela. Mientras
más pequeños más tiempo requerirán de nosotros para hacernos cargo de organizarlos
en los estudios, pero jamás hacernos cargo de sus tareas escolares, ellos deben aprender
a asumir la responsabilidad de esta laboriosa área.
El objetivo del fomento de responsabilidades es que nuestros hijos puedan
comprender el valor del trabajo como el único medio para obtener beneficios
personales. El trabajo es la ocupación retribuida (Real Academia de la Lengua
Española), sin embargo la retribución debe ser una consecuencia, no la meta. La manera
cómo desarrollamos ese sentido es a través de la sensación de satisfacción una vez
cumplida una responsabilidad. Por eso no es recomendable que los padres premien el
cumplimiento de las responsabilidades o funciones, la motivación debe ser interna,
relacionada con el haber logrado un propósito a partir del esfuerzo.
El Papa Francisco ha señalado que quien trabaja es digno, tiene una dignidad
especial, una dignidad de persona, además el trabajo jamás debe ser un fin en sí mismo
(Rubin y Ambrogetti, 2013). Esta visión conlleva a que la educación de nuestros hijos
debe fomentar el sentido de valoración de sí mismo a través del cumplimiento de las
responsabilidades en el hogar.
Otro factor indispensable en el cuidado de la progenie humana es el desarrollo
racional de reglas que definan los límites internos y externos. Las reglas internas
establecen las fronteras entre los espacios relacionales de la pareja y de los hijos; las
externas son indispensables con el mundo exterior (Minuchin, 1986).
Las reglas son acuerdos de relación que limitan las conductas de los miembros
de la familia, organizando de esa manera su interacción dentro del sistema. Las reglas
familiares destacan la configuración de la organización familiar (Simon, Stierlin y
Wynne, 2002). El fundamento de las reglas es el respeto a las personas. El respeto es
prioridad, las reglas son secundarias, por ello se debe entender a la norma como un
artilugio flexible de la organización (Shinyashiky, 1992).
Los límites no deben expresarse desde la obediencia, sino desde el respeto. La
obediencia se fundamenta en el miedo, las personas obedientes hacen caso, no
reflexionan, deciden para evitar el castigo. Quienes respetan lo hacen desde la empatía y
la reciprocidad. La familia debe estimular el respeto a través del ejemplo y la
congruencia (Rogers, 1973).
Fue Vygotsky el primero en comprender la importancia de la autorregulación en
el desarrollo del niño. A partir de experimentos creativos con niños de distintas edades,
estableció que el lenguaje se internaliza para convertirse en un instrumento de
regulación de la actividad cognitiva (Vygotsky, 1987, 1989). Luria (1985) plantea que
las regiones prefrontales son las responsables de la planificación y regulación de la
actividad psíquica. Pinto (1998) explica que la incapacidad de inhibición de impulsos
relacionados a lesiones de las regiones prefrontales, se asocian con problemas de
aprendizaje escolar y con alteraciones de la conducta.
El desarrollo de las investigaciones en neurociencias permiten comprender la
intrincada inervación entre las regiones subcorticales, encargadas de las necesidades
básicas, con las zonas de la corteza prefrontal, las conexiones entre ellas se establecen
hasta los doce años y permiten que los niños sean capaces de tomar decisiones

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Psicología del amor: El amor en la Familia 4

autónomas (Risberg, 2006).


Hasta los siete años, el niño necesita la regulación externa de su actividad, es
decir, los cuidadores deben proporcionarle los límites de su conducta, a partir de esta
edad el niño requiere el desarrollo paulatino de su autonomía, la cual se logrará siempre
y cuando los adultos ajusten las reglas a las capacidades que el pequeño manifieste.
La eficacia1 del cuidado se relaciona con su eficiencia. Se logra la autonomía de
los hijos eficazmente, lo que conlleva a su emancipación eficientemente. En otras
palabras, mientras mejor hemos cuidado a los chicos, más pronto podrán marcharse de
casa.

2.2. LA PROTECCIÓN

Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, la palabra


“proteger” se refiere al acto de amparar, defender, resguardar del peligro colocando algo
encima o rodeando a la persona en riesgo (2002). A diferencia del cuidado, quien
protege no es que hace algo que el otro es incapaz de hacer, sino que se coloca entre el
peligro y su protegido. El extremo de la protección es sacrificar la vida por el otro.
La protección se relaciona con el consuelo. Ante el dolor emocional quien
protege acude para acompañar e intentar comprender (Brazelton y Cramer, 2012). El
efecto de la protección es la seguridad emocional (Cummings y Schatz, 2012), la misma
que repercutirá en las relaciones amorosas (Collins y Feeney, 2013).
Los vínculos afectivos se establecen a través de la interacción entre la
protección y el apego, uno no puede ser sin el otro. Las respuestas de los cuidadores
ante la angustia de la separación del niño serán vitales para definir el manejo que el
pequeño hará de las separaciones (Karavasilis, Doyle y Markiewicz, 2003).
Existe evidencia de que las alteraciones del apego se relacionan con el
consumo de drogas (Baumrind, 1991), el desarrollo de trastornos de ansiedad en los
adolescentes (Vignoli, Croity-Belz, Chapeland, de Fillipis y García, 2005), la depresión
juvenil (Piko y Balázs, 2012), las conductas antisociales de los jóvenes (Kochanska,
Barry, Stellern y O’Bleness, 2009), los trastornos de personalidad (Hernandez, Arntz,
Gaviria, Labad y Gutiérrez-Zotes 2012), la precipitación de la esquizofrenia (Herta,
Nemes, Nica y Cozman, 2009), los trastornos de la alimentación (Zachrisson y
Skårderud, 2010).
La respuesta de consuelo es indispensable ante el sufrimiento de nuestros hijos,
la demonstración adecuada es la caricia, expresada con ternura y la cual tiene la
capacidad de mantenernos en un silencio compasivo. Nuestro hijo busca cobijo en
nuestro abrazo, mirada, sonrisa y palabra (Shinyashiki, 1994). La búsqueda del abrigo
emocional se da ante la sensación de angustia que produce la indefensión.
Si el niño se cae y rompe el juguete, debe importarnos más el dolor que el
objeto. Si el pequeño retorna a casa desolado por una decepción, de nada valdrán las
palabras optimistas si no van acompañadas de un cálido abrazo. Cuando un hijo llega a
casa con malas notas en su libreta de calificaciones, las sensaciones que tiene son miedo
y vergüenza; miedo al castigo y vergüenza por haber fallado a los padres. Lo que

1
Eficacia es la relación entre los recursos utilizados en un proyecto y los logros conseguidos con el
mismo. Eficiencia es cuando se utilizan menos recursos para lograr un mismo objetivo

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Psicología del amor: El amor en la Familia 5

amerita entonces es protegerlo a través de nuestra ternura y una vez apaciguado el


sufrimiento recién se debe indagar por las razones del bajo rendimiento. El efecto de las
formas de reaccionar por parte de los padres en los anteriores ejemplos, le ofrecen a los
hijos la posibilidad de confiar en sus progenitores, buscarán refugiarse en ellos cada vez
que se sientan desolados.
Para los varones es más difícil la expresión de los sentimientos, sobre todo
manifestar la ternura (Restrepo, 1995). No se trata de una condición biológica sino
aprendida, es la cultura machista la que ha ordenado el cierre de nuestros corazones. Los
papás debemos aprender a consolar. El sufrimiento no se resuelve con los consejos
dirigidos a la solución del problema, necesita desahogarse en el corazón de quien nos
ama. El corazón masculino suele ser sordo a la pena, la angustia y el sufrimiento. Lo
que demanda el alma resquebrajada es simplemente silencio, acompañamiento y abrigo.
Los adultos debemos aprender a ponernos en el lugar de nuestros hijos, sus
dolores pueden parecernos pequeños si los comparamos con nuestra experiencia, sin
embargo para ellos puede que sea su primer sufrimiento, por lo que no tienen con qué
compararlo. Una regla fundamental en la educación de los hijos es respetar
incondicionalmente cualquier sufrimiento sin importar la irracionalidad de la causa. El
sufrimiento debe siempre ser tratado con reverencia.
Fonagy, Steele y Steele (1991) desarrollan el concepto “funciones reflexivas”
(reflective functioning) para hacer referencia a la capacidad de comprender el
comportamiento de los hijos en los aspectos subyacentes del estado mental y de sus
intenciones. Inmediatamente Fonagy, Steele, Moren y Higgit (1991) encontraron que
existe relación positiva entre las funciones reflexivas de los padres y el estilo de apego
en los hijos. Se trata de una capacidad mental individual que permite atender los
requerimientos de consuelo de los pequeños, adelantándose a sus necesidades afectivas,
tornándose en un requisito indispensable para cobijar el desarrollo del apego seguro.
Slade, Grienenberger, Bernbach, Levy y Locker (2005) realizaron un estudio
preliminar sobre la relación entre las funciones reflexivas de la madre y el estilo de
apego de sus bebés aplicando para tal fin la Entrevista de Desarrollo Parental (Parent
Development Interview) a cuarenta madres y evaluado el estilo de apego de sus hijos
durante catorce meses. Los resultados demostraron que existe una importante relación
positiva entre las funciones reflexivas y el desarrollo del apego, así las madres con
puntajes altos en sus capacidades empáticas con los pequeños promovieron puntajes
altos en el apego seguro de sus bebés; mientras que las madres con puntajes bajos se
asociaron con hijos que desarrollaron apego inseguro.
Por su parte Cotê, Borge, Geoffroy, Rutter y Tremblay (2008) investigan en
1.358 familias canadienses la relación entre la protección materna y el desarrollo de
problemas emocionales en sus hijos cuando cumplen cuatro años de edad. Encuentran
que a mayor nivel de protección, menores son los problemas emocionales de los
pequeños; al contrario, a menor protección, mayor riesgo en la manifestación de
síntomas de ansiedad y/o depresión en los hijos.
Se han realizado muchas investigaciones acerca de la estabilidad emocional de
la madre y su relación con el apego seguro, en ellas se ha encontrado que las madres con
buen manejo del estrés, estimulación moderada del bebé, interacción sincronizada con
el niño, compromiso con el rol materno y responsabilidad en el cuidado poseen más
probabilidades de fomentar el desarrollo de seguridad afectiva en sus hijos (Belsky y
Pasco, 2008).

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Psicología del amor: El amor en la Familia 6

Contrastando con lo anterior, el apego inseguro se relaciona con madres


intrusivas que estimulan en demasía a su hijo, presentan dificultades en el manejo del
estrés, recurren a reglas rígidas y son poco responsables en el cuidado, además no
asumen un compromiso serio con su rol de madres (Belsky y Pasco, ).
La pérdida promueve la búsqueda de protección, el sentimiento ante la
incertidumbre es la angustia: la voz del vacío. En los niños la ausencia de consuelo es
experimentada como abandono (Nelson y Zeanah, 2013), la permanencia en la angustia
desencadena la desesperanza y con ella la sensación de insatisfacción afectiva que se
ligará indefectiblemente a crisis de identidad (Guidano, 1991).
La estabilidad de la relación conyugal se relaciona con el desarrollo de la
seguridad emocional en los hijos. El niño ante la fortaleza que percibe en el vínculo
amoroso de sus padres puede refugiarse libremente en el regazo de cualquiera de los dos
sin temer el resquebrajamiento emocional de su cuidador (Tarabulsy, Bernier y
Provost, Maranda, Larose, Moss y otros, 2005).
Es frecuente escuchar a hijos que atraviesan por problemas que prefieren
guardar su dolor antes que cargar a su madre o padre con preocupaciones. Lo que hay
detrás de ello es la percepción de debilidad en quien debería protegerles, consecuencia
de ello es la sensación de soledad y abandono que se suma a sentimientos confusos de
odio y rencor (Linares y Campo, 2001).
Otro aspecto identificado como precursor del apego seguro es la congruencia
de las respuestas de protección, esto es, que los cuidadores ofrecen al niño un padrón de
protección acorde a sus demandas afectivas. Lo contrario es atender algunas veces y
otras no a los reclamos o hacerlo de una manera en algunas ocasiones y de otra en otras.
Peor aún castigar los reclamos afectivos del niño y atenderlos adecuadamente en otras.
Esta ambivalencia crea incertidumbre en los pequeños y pueden organizar estilos de
apego desorganizados (Abrams, Rifkin y Hesse, 2006)

2.3. LA LEGITIMACIÓN

Construimos nuestro ser mismo a partir de las vinculaciones afectivas con


quienes nos protegen, ellos promueven el sentido de nuestra vida afectiva. La identidad
es un proceso que da a la personalidad una configuración de totalidad. Todo lo que la
persona conoce de sí mismo y del entorno depende de cómo conoce a los otros, de cómo
concibe que los otros lo significan, la experiencia de la protección es la base sobre la
cual se construye la concepción de uno y del mundo (Guidano, 1995).
Si ante el sufrimiento los padres amparan, entonces el niño sabe que es
importante para ellos, que su dolor les duele, entonces se siente comprendido, es más,
siente que existe.
Feeney, Collins, Van Vleet y Tomlinson (2013) estudian a 189 matrimonios en
función a sus historias de apego, comprueban que si alguno de los miembros de la
pareja recibió adecuada protección les era más fácil negociar en torno a las metas
conyugales. Este estudio comprueba una vez más la hipótesis según la cual las
relaciones afectivas de la pareja reactivan las historias de apego de la infancia (Feeney y
Noller, 1990). En otras palabras, la protección amorosa de nuestros padres repercutirá
indefectiblemente en la vinculación con nuestra pareja; al mismo tiempo, el amor
maduro de los padres hace más probable un lazo afectivo cálido con los hijos.

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Psicología del amor: El amor en la Familia 7

En ese sentido Puerta (2002) propone un modelo sobre la crianza de los hijos,
el mismo se asienta en el concepto de “integralidad”, esto es, la relación inseparable
entre el cuidado y tres áreas del desarrollo afectivo del pequeño, el cambio en una afecta
a las otras. Esas áreas de relación del niño son: el mundo, los otros y él mismo en
función a sus proyectos.
En el ámbito de su relación con el mundo el niño requiere de cuidados hacia su
cuerpo y a la estimulación del entorno. En la relación con los otros, aprender a
relacionarse con sus pares a través de un lenguaje suficientemente desarrollado y la
seguridad emocional producto de la protección de sus cuidadores. Finalmente, en cuanto
a sí mismo el pequeño necesita que se lo impulse hacia una vida con sentido a partir de
la valoración de los padres hacen de sus potencialidades y motivan su capacidad de
trascender a lo establecido (Puerta, 2002).
Por lo tanto, el cuidado, la protección y la legitimación están íntimamente
integrados. En ese sentido Guidano (1999) consideró que la construcción del sí mismo
se produce en cómo la persona se cuenta a sí mismo su historia, de esa manera la mente
no solamente procesa la información sino que construye significados. El significado es
el proceso cognitivo “que da sentido y continuidad a nuestra vida, permitiendo sentirnos
siempre nosotros mismos en todos los años de nuestra existencia” (p. 22).
Las organizaciones de significado se producen a partir de los estilos de apego,
esto es, vamos construyéndonos a partir de la protección que recibimos. Guidano (1991)
ofrece un cuadro (ver tabla 2) que resume las organizaciones psicopatológicas con el
apego. El apego seguro fue codificado como B, el inseguro huidizo A y el ambivalente
C. Por ejemplo, la tendencia depresiva se relaciona con el estilo de apego inhibido
asociado a cuidadores compulsivos, es decir hiperprotectores.
Cada una de las organizaciones de significado es el resultado de la vinculación
afectiva en el proceso de consolidación del estilo de apego. La confirmación de la
existencia de un refugio seguro ante la experiencia de pérdida desencadena en la
formación de la identidad personal. Los niños cuando experimentan emociones
negativas demandan reacciones empáticas en los padres, por ello las reacciones de los
cuidadores hacia la angustia de los hijos es determinante para el desarrollo de la
regulación y expresión emocional (Eisenberg, Cumberland y Spinrad, 1998).

Tabla 1. Organizaciones de Significado y Estilo de Apego (Guidano, 1999,


p- 41)
Organización de significado Estilo de apego
Personal depresivo A1-A2 inhibidos
A3: Cuidadores compulsivos
Personal de desorden alimentario A4: Compulsivo complaciente
A4/C: Compulsivo complaciente con
componente coercitivo

Personal obsesivo A4/C: Compulsivo complaciente con


componente coercitivo
A3/C: Cuidador compulsivo/componente
coercitivo
Significado fóbico C1: amenazante
C2: desarmante
C3: agresivo
C4: indefenso
C5: punitivo
C6: seductor

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Psicología del amor: El amor en la Familia 8

Guidano señala que “la pérdida como duelo es probablemente la emoción más
perturbadora de las emociones humanas porque es difícil de soportar” (1995, p. 67). La
pérdida provoca el estado desesperación (Pinto, 2011) cuyo sentimiento es la angustia.
Lo que aplaca el sufrimiento es el consuelo, constituyéndose en el refugio de la
indefensión. En términos de la atribución cognitiva es el pensar que le importamos a
alguien.
Los seres humanos nos desarrollamos en un espacio social definido por el
amor, entendido como “el sentimiento más puro, que nos permite autoaceptarnos
(querernos) y aceptar al otro como legitimo ser” (Maturana y Verden, 2011, p.3). Esto
significa el ser capaz de mirar al otro como un ser independiente de mis expectativas.
Amar entonces es legitimar, impulsar la libertad de ser en el otro. Es reconocerlo y
aceptarlo.
La ausencia de amor o su reemplazo con sentimientos negativos como el odio,
el rencor o el engaño impiden la confianza y por ende la imposibilidad de la
convivencia. (Maturana, 1997). Por ello es que es factible afirmar que es el amor el que
nos hizo seres sociales (Maturana y Luzoro, 2006), y más aún: solo podemos existir en
un espacio de amor (Maturana, 1997).
Quien mejor desarrolló el proceso de aceptar al otro incondicionalmente fue
Rogers (2012). Relaciona la empatía y la aceptación con el aprendizaje de la libertad,
según sus ideas, las personas libres son capaces de autonomía, espontaneidad y
confianza (Rogers, 1963).
Es en ese sentido que la empatía se funda como esencial para entender las
emociones y sentimientos del otro (Decety y Jackson, 2004), se trata de un recurso
cognitivo que fomenta el bienestar personal (Batson, 1991), porque permite anticipar las
acciones del otro a partir de la organización de un mapa de posibilidades de reacción de
quienes nos rodean, se trata pues, de un mecanismo que ha permitido la supervivencia
de la especie humana (Kruger, 2003).
El proceso de legitimación comprende necesariamente que los padres sean
capaces de despojarse de sus expectativas para dar cabida a las motivaciones personales
de los hijos. Esto será posible si los padres son empáticos y aptos para aceptar
incondicionalmente las propuestas de sus hijos, siempre y cuando se enmarquen en los
cánones de la ética, puesto que los padres amorosos también deben estar preparados
para enseñar a discriminar sin titubeos lo bueno de lo malo.
Recordemos que donde hay amor existe libertad y donde ella está presente es
más posible el cambio. Esto implica que si los padres aman a sus hijos, éstos tendrán
mayor probabilidad de cambiar de camino al reconocer que se equivocaron. Las
personas, cuando somos amadas, sentimos la seguridad suficiente como para correr
riesgos, porque sabemos que a pesar de nuestros errores nos seguirán amando. El amor
permite la presencia del error, y claro, el proceso de convertirnos en personas requiere
de muchas caídas y sinnúmero de levantadas. Los padres amorosos en muchas
circunstancias pueden considerar de antemano que al hijo no le saldrán bien las cosas,
pero deja hacer después de advertir y si las cosas salen bien, se alegrará, si salen mal,
consolará.
La autorrealización se define como la dinámica que conduce a realizar,
satisfacer y mejorar nuestras potencialidades inherentes (Maslow, 1991). La felicidad,
por ello, puede entenderse como el logro de la expresión de nuestras potencialidades,

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hacer aquello que soy capaz de hacer. El entorno social idóneo será aquél que facilite el
alcance de nuestra realización, en la familia tener padres que estimulen nuestras
capacidades y fomenten su realización.
La legitimidad es el proceso de valoración y reconocimiento de las
potencialidades que la persona posee para su realización personal. En ese sentido, hace
referencia a la vocación. Término casi en desuso, sin embargo promueve la idea de la
tendencia innata que la persona tiene hacia la realización de sus capacidades. En sí la
vocación es la manera cómo las personas consideramos que seremos competentes en
nuestra vida, se trata de la esencia subjetiva e individual que tenemos en función a
aquello que nos irá a proporcionar autorealización (Homan, 1986).
La autenticidad está relacionada con la efectividad de la vocación, una vida
auténtica es aquella en la cual la persona puede ejecutar sus competencias, la inauténtica
cuando las reprime para favorecer condicionantes externos. Es posible afirmar que la
vocación es la búsqueda de la vida auténtica, el buscarse a sí mismo y el tener que ser
uno mismo a pesar de los inconvenientes; la vocación nos obliga a ser responsables con
nosotros mismos, comprometernos con el sentido de nuestra existencia (Homan, ob.
cit.).
Wheeler (1983) realizó una investigación para poner a prueba los dos modelos
fundamentales en el estudio de la decisión laboral en mujeres. El primero es el modelo
de la expectativa y el segundo el de la autoeficacia. Según la teoría de la expectativa, las
personas decidimos por los trabajos que satisfacen mejor las perspectivas de
satisfacción de necesidades; de acuerdo al modelo de la autoeficacia se pone énfasis en
la percepción personal hacia el rendimiento efectivo en las actividades exigidas por el
trabajo. El estudio determinó que ambos modelos son independientes, por lo tanto las
personas consideramos ambos razonamientos a la hora de decidirnos por un trabajo a
través de dos preguntas básicas: ¿el trabajo satisface mis necesidades? ¿El trabajo me
ofrece la posibilidad de realizarme?
Por supuesto que el trabajo idóneo es el que cumple ambos requisitos. Ahora
bien, a la hora de elegir carrera, ¿se hace lo mismo? En un estudio reciente, Huang y
Pearce (2013), consideraron que los intereses son insuficientes para predecir una
adecuada elección de carrera, vieron por ejemplo, que las diferencias de personalidad, el
desarrollo personal, diferencias sexuales, desempeño y capacidad de adaptación son
factores que afectan la decisión.
Estos autores consideraron la teoría de intereses vocacionales de Holland
(1997), sugiere seis áreas: Realismo, Investigación, Emprendimiento, Arte, Social y
Convencional. Los resultados indicaron que realismo, emprendimiento e investigación
son las áreas que predicen una mejor actuación en el ámbito universitario.
Rodrigues, Guest y Budjanovcanin (2013) indican que hoy las elecciones de
carrera no responden al orden de la vocación sino a factores relacionados con el éxito
económico y social. La familia está más interesada en el prestigio que pueda ganar a
través de los estudios universitarios de los hijos que en apoyarlos en las decisiones
vocacionales.
Eigen, Hartman y Hartman (1987), Lopez y Andrews (1987) describen la
influencia de la indecisión vocacional en las crisis familiares. En algunos casos se
configura como un síntoma familiar resultante de la pugna entre las expectativas de los
padres y la vocación del hijo. Las expectativas tienen que ver con el alcance del éxito o
la realización de sueños pendientes de los padres. Lopez (1989) confirma la hipótesis

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Psicología del amor: El amor en la Familia 0

según la cual los niveles de ansiedad son mayores en aquellos hijos que deben decidir su
vocación en familias donde no los apoyan, que aquellos que sí se sienten apoyados por
sus padres.
Stevens y Mason (1994), habiendo hecho el seguimiento de un grupo de
jóvenes australianos en su vida académica, concluyen que la familia es mucho más
determinante que la escuela a la hora de la decisión vocacional. En una interesante
pesquisa, Ferry, Fouad y Smith (2000) identifican varios factores que resultan ser los
más influyentes para que los hijos asuman satisfactoriamente una decisión vocacional,
los principales son: el involucramiento de los padres, el ejemplo del rol laboral dado por
los progenitores, expectativas acordes con las motivaciones de los hijos, apoyo
incondicional de la familia, el estilo de crianza afectuoso y protector, la estabilidad de la
organización familiar, adecuado sistema de control de los padres, todo ello confluye en
niveles adecuados de autoeficacia académica. El trabajo de Dietrich y Kracke (2009),
acerca de la influencia de los padres en la vida académica de sus hijos, confirma las
consideraciones efectuadas en el anterior estudio al acentuar la importancia de la
comunicación en la familia para facilitar la toma de decisión vocacional.
Whiston y Keller (2004) llevan a cabo un análisis de los resultados de diversas
investigaciones relacionadas con la influencia de los padres en la elección de carrera de
los hijos, todas ellas muestran que los padres son fundamentales para la toma de
decisión, por ello es imprescindible la orientación familiar para que se facilite en vez de
obstaculizar el desarrollo de la búsqueda vocacional en los hijos.
Hargrove, Creagh y Burgess (2002) identifican cuatro factores familiares
indispensables para la elección efectiva de una carrera: calidad de las relaciones
familiares, apoyo de las metas, grado de control y organización familiar. Es factible
afirmar que el desarrollo de la estabilidad familiar sustentada en el amor entre los
progenitores es la base para el crecimiento personal y la autonomía de los hijos, a partir
de ese amor la comunicación es diáfana, se apoyan los objetivos personales de los hijos,
se ofrece un sistema racional de reglas y se facilita la organización del sistema familiar.
Sintetizando, el proceso amoroso de la legitimación es indispensable para el
desarrollo de la identidad personal y para la búsqueda apasionada del sentido de la vida.
En el contexto histórico social actual, plasmamos nuestras potencialidades en el estudio
y en el trabajo, las personas realizadas serán aquellas que puedan disfrutar de su
realización en sus actividades cotidianas. Las familias amorosas otorgan el espacio de
seguridad afectiva indispensable para que se puedan correr riesgos en la búsqueda del sí
mismo; al contrario, las familias amargadas incapaces de despojarse de sus expectativas
y con temor al cambio fomentan el estancamiento de sus miembros e impiden su
realización, el costo para satisfacer los mandatos es demasiado alto, se paga con el alma.

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Psicología del amor: El amor en la Familia 1

Capítulo 3
Familias amorosas y familias amargadas .

Cuando crecemos lo hacemos en medio de la bondad de nuestros


padres, y sin esa bondad no podríamos existir. Esto es cierto y, por eso,
aquellos niños que crecen sin el amor de los padres o los que sufren la ruptura
de la familia, padecen luego problemas psicológicos.
Dalai Lama

La palabra “padre”, proviene del latín pater, literalmente significa: “el que debe
proteger.” El humano recién nacido es una de las criaturas más indefensas en la
naturaleza. Por ejemplo, aunque de cien de las pequeñas tortuguitas marinas sobreviven
entre dos a cinco (Gonzales, 2006), al eclosionar ya son capaces de correr sobre la arena
en dirección al mar. Nosotros, en cambio, moriríamos al instante de nacer, si nuestra
madre no nos cobijara en su seno y nos diera de mamar. Nuestra infancia es la más larga
comparada con otros animales: ¡necesitamos protección!
La palabra “instinto” es un término que suele explicarlo todo, pero al final de
cuentas no explica nada. Bateson (1976), en uno de sus más célebres “metálogos”, nos
explica la futilidad del concepto:
HIJA (H) Papá, ¿qué es un instinto?
PADRE: (H) Un instinto, querida, es un principio explicativo.
H.: ¿Pero qué explica?

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Psicología del amor: El amor en la Familia 2

P.: Todo... casi absolutamente todo. Cualquier cosa que quieras explicar.
H.: No seas tonto: no explica la gravedad.
P.: No, pero eso es porque nadie quiere que el “instinto” explique la
gravedad. Si lo quisieran, lo explicaría. Podríamos decir que la luna tiene un instinto
cuya fuerza varía inversamente al cuadrado de la distancia...
H.: Pero eso no tiene sentido; papá.
P.: Claro que no, pero fuiste tú la que mencionó el instinto, no yo.
(….)
H.: ¿Quieres decir que no se puede usar un principio explicativo para
explicar otro? ¿Nunca?
P.:Humm... casi nunca. Eso es lo que Newton quería decir cuando dijo:
“Hypothesis non fingo.”
H.: ¿Y qué significa eso, por favor?
P.: Bueno, tú ya sabes qué son las hipótesis. Cualquier aserción que conecta
una con otras dos aserciones descriptivas es una hipótesis. Si tú dices que hubo luna
llena el 1º de febrero y nuevamente el 1º de marzo y luego conectas esas dos
observaciones de alguna manera, es una hipótesis.
H.: Sí, y también sé qué quiere decir non, ¿pero qué es fingo?
P.: Bueno, fingo es una palabra que en latín tardío significa “hago.” Forma
un sustantivo verbal “fictio”, del que procede nuestra palabra “ficción.”
H.: Papá, ¿quieres decir que Sir Isaac Newton pensaba que todas las
hipótesis están compuestas como los cuentos?
P.: Si, precisamente.
H.: ¿Pero no descubrió la gravedad? ¿Con la manzana?
P.: No, querida. La inventó.
H.: ¡Oh! ¿Y quién inventó el instinto, papá?
P.: No lo sé. Probablemente sea bíblico.
(…)
H.: Pero, papá, ¿qué se supone que explica el instinto?
P.: Sigo tratando de evitar esa pregunta. Verás, los instintos se inventaron
antes de que alguien supiera algo de genética, y la mayor parte de la genética moderna
se descubrió antes de que alguien supiera algo de teoría de la comunicación. Por eso es
doblemente difícil traducir “instinto” en términos e ideas modernas.
H.: Sí, sigue.
P.: Bueno, tú sabes que en los cromosomas hay genes, y que los genes son
una especie de mensaje que tiene que ver con la manera como se desarrolla el
organismo y como se porta.
H.: ¿Desarrollarse es distinto de comportarse, papá? ¿Cuál es la diferencia?
¿Y cuál de los dos es el aprendizaje? ¿“Desarrollarse” o “Comportarse”?
P.: jNo! No! No tan rápido. Evitemos esas preguntas metiendo el
desarrollarse-aprender-conducta todos juntos en la misma canasta. Un único espectro de
fenómenos. Tratemos ahora de decir cómo contribuye el instinto a explicar este
espectro.
H.: ¿Pero es un espectro?
P.: No...esa es solo una manera laxa de hablar.
H.: Oh.
H.: ¿Pero no se encuentra todo el instinto en el extremo de ese espectro que

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Bismarck Pinto Tapia 3
Psicología del amor: El amor en la Familia 3

corresponde a la conducta? ¿Y no está toda la conducta determinada por el ambiente y


no por los cromosomas?
P.: Dejemos en claro una cosa… que no existe conducta ni anatomía ni
aprendizaje en los cromosomas mismos.
(…)
P.: (…) pero si los cromosomas o genes pueden aprender, entonces son unas
cajas negras mucho más complicadas que lo que alguien cree actualmente. Los
científicos siempre suponen o esperan que las cosas sean sencillas, para descubrir luego
que no lo son.
H.: Sí, papá.
H.: Papá, ¿es eso un instinto?
P.: ¿Es qué un instinto?
H.: Suponer que las cosas son simples.
(...)
H.: Cuando la gente dice que algo es instintivo, ¿Intenta entonces de
simplificar las cosas?
P.: Sí, por cierto.
H.: ¿Y están equivocados?
P.: No lo sé. Depende de lo que quieran decir.
H.: Oh.
H.: Y ¿cuándo lo hacen?
P.: Sí; ése es un modo mejor de hacer la pregunta. Lo hacen cuando ven que
un ser viviente está haciendo algo y están seguros de que: primero, ese ser no aprendió
cómo hacer ese algo y, segundo, que ese ser es demasiado estúpido para comprender por
qué debe hacerlo.
H.: ¿Y en alguna otra oportunidad?
P.: Sí. Cuando ven que todos los miembros de la especie hacen las mismas
cosas en las mismas circunstancias; y cuando ven que el animal repite la misma acción
aún cuando las circunstancias hayan cambiado y la acción no tenga resultado.
(…)
H.: ¿Los pájaros practican sus cantos?
P.: Si. Se dice que algunos pájaros los practican.
H.: Supongo que el instinto les da la primera parte del canto, pero tienen que
trabajar para lograr la segunda parte (…)
H.: ¿Podríamos arreglárnoslas sin la idea de “instinto”?
P.: ¿Cómo explicarías entonces las cosas?
H.: Bueno, me limitaría a tomar en cuenta las cosas pequeñas. Cuando
alguna cosa estalla, el perro salta. Cuando le falta la tierra debajo de los pies, culebrea.
Y así todo lo demás.
P.: Quieres decir... ¿todos los trasgos pero ningún dios?
H.: Sí, algo así.
P.: Bueno. Hay científicos que tratan de hablar así, y se está convirtiendo en
algo de buen tono. Dicen que es más objetivo.
H.: ¿Y lo es?
P.: ¡Oh, sí!
(…)
H.: ¡Caramba, pobre gente! (refiriéndose a los científicos) Tratan de estudiar

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Bismarck Pinto Tapia 3
Psicología del amor: El amor en la Familia 4

los animales. Y se especializan en aquellas cosas que pueden estudiar objetivamente. Y


luego solo pueden ser objetivos acerca de aquellas cosas en las que ellos mismos son
menos semejantes a los animales. Les tiene que resultar difícil (pp. 65 – 84).
Me he permitido transcribir la mayor parte de este famoso metálogo, para que
el lector pueda reflexionar sobre lo absurdo que es explicar el amor de los padres –
principalmente el de la madre- a partir de un “instinto maternal.”
La responsabilidad para que las cosas se expliquen desde constructos
imposibles de demostrar recae principalmente en Reneè Descartes (1596-1650), quien
comete el grave error de dividirnos en mente y cuerpo. La idea de la existencia de los
“instintos”, fascina por su simplicidad explicativa. McDougall (1908 y 1930), es el
primero en plantear el instinto de la crianza. Según él, los instintos y sus emociones
asociadas explicaban la dirección del comportamiento humano hacia sus metas, por ello,
consideraba a los instintos como los motores primarios. Poco tiempo después, todo
comportamiento humano era explicado a partir de los instintos, al grado de identificar
¡seis mil instintos humanos! (Bernard, 1924 y Dunlap 1919, en: Reeve, 1998)
Sigmund Freud (1856 – 1939), empeoró las cosas, al reemplazar el concepto de
“intinto” (Instintik) por el de “pulsión” (Trieb); en el colmo de sus arrebatos
intelectuales, consideró que el ser humano es una máquina que está sometida a la
acumulación de “energías”, las cuales alteraban la estabilidad del sistema nervioso: “No
siendo posible medir las energías psíquicas este enfoque adolece de un carácter
pseudocientífico. Es posible explicar todos los hechos a posteriori en la línea de la teoría
psiconalítica, pero no es posible hacer predicciones partiendo de tal explicación”
(Eschenröder, 1987, p.30). Freud, además, reduce su idea de energía al concepto
“libido”, en el texto Introducción al Narcisismo lo define como: “la energía sexual que
parte del cuerpo y que inviste los objetos, pudiendo ser el yo uno de ellos.” Para Freud
el amor a la madre, no es nada más que un deseo sexual reprimido, al que se añade el
odio al padre, síntesis somera del famoso Complejo de Edipo.
Por su parte, Jacques Lacan, empeora las cosas, considera que la mujer es un
ser en falta. El padre es quien aporta identidad al hijo: “El padre no puede decir «tú eres
mi propiedad, tú eres mi hijo y me vas a obedecer», eso no le sirve al bebé. Lo que le va
a servir es que la madre haga el ritual de presentarle al padre y el padre lo reciba. Ahí el
niño va a tener la impresión de que va a ser amado por el padre y el respetar a su padre.
La presencia del padre es lo que va a dar la ley según Lacan, la ley es lo que va a dar el
orden psíquico. El nacimiento de la ley va a estar ubicado, la ley vendría a ser la actitud
que tiene el padre para prohibir el incesto; la ley que tiene que transmitir el padre es
única: «con tu madre no te acostarás, con tu hermana no te acostarás y a mí no me
matarás.” Esa es toda la función que tiene que hacer un buen padre para instalar la ley,
los otros aspectos son secundarios. Pero la ley llamada «la ley que estructura al ser» está
dada por la prohibición del incesto” (Maestre, 1996).
La lectura del anterior párrafo es denigrante para la mujer y lo es también para
el varón. Para la mujer, porque haga lo que haga siempre será un ser incompleto, sólo se
completa con la ilusión de que su hijo es el “falo” que le falta. En el Seminario 20,
Lacan enuncia: “Y que no vengan a hablarme de los caracteres secundarios de la mujer,
porque, hasta nueva orden, son los de la madre los que predominan en ella.”(En:
Aksenchuk, 2005).
Las ideas psicoanalíticas sobre las relaciones “edípicas” se popularizaron, de
tal modo, que la idea de la “figura paterna” se convirtió en una especie de dogma

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Bismarck Pinto Tapia 3
Psicología del amor: El amor en la Familia 5

incuestionable. Las explicaciones freudianas, acerca de la homosexualidad, calaron en


el espíritu de nuestra época, condenando tanto al “padre ausente” como a la madre
“posesiva” por ser responsables de la orientación sexual “anómala” de sus hijos. Rubén
Ardila explica que para el psicoanálisis “existe una estructura familiar que produce
homosexuales, en la cual el padre es una persona pasiva, hostil e indiferente y la madre
es posesiva, seductora o competitiva” (Ardila, 1998, p. 23).
Si se revisa con atención, la descripción del “padre de homosexuales” y de la
“madre”, es evidente que se está definiendo a un padre con las características de una
“mujer” y a la madre con las de un “varón.” Quizás esto se deba a que Freud tenía el
prejuicio de que el varón con orientación sexual homosexual había sido víctima de una
confusión en su identidad masculina. Hoy sabemos, que una persona homosexual se
sabe varón –en el caso del homosexual masculino- y se sabe mujer – en el caso de la
homosexual femenina -, aunque sienten interés afectivo y sexual hacia personas de su
propio sexo (McCary, J., MacCary,S., Alvarez-Gayou,J. Del Río,C., Suárez,J. op.cit.).
Muchas mujeres toleran un matrimonio desdichado con tal de que sus hijos no
pierdan al “padre”, aunque éste maltrate a los hijos y/o a ellas mismas, Marcela Lagarde
llama a este tipo de mujeres “madresposas”: “Las madresposas están cautivas de y en la
maternidad y la conyugalidad, con su entrega a cambio de un erotismo subsumido,
negado, la filiación, la familia y la casa” (Legarde, 1993, p.174). Algunas madres,
después de quedar lastimadas por una golpiza del esposo, presenciada por los niños,
suelen decirles a éstos, que continúen queriendo a su padre, porque por ellos y ella se
mantiene gracias a él.
La construcción mítica de la importancia de la “imagen paterna” suele ser
común en personas que carecieron de la presencia de su propio padre, motivo por el cual
le achacan todas las vicisitudes que vivieron en la vida, de ahí que pretendan que a sus
hijos no les falte lo que les faltó. El silogismo es el siguiente: “Carecí de la presencia de
figura paterna, luego mi vida ha sido una desdicha, por lo tanto si hubiera tenido padre
no hubiera sido infeliz.” Si ese razonamiento fuera correcto todas las personas que
carecieron de figura paterna deberían ser infelices, lo cual no es verdadero. En algunos
casos, inclusive, el hecho de haber tenido a un padre malvado presente fue la razón para
que una persona se convierta en criminal.
En nuestros juegos del lenguaje dejamos muchas palabras sin cuestionar, una
de ellas es “figura paterna” ¿qué significa? Alguien con “poder, dominación,
competencia y control de sus emociones que den prueba de su masculinidad” (Corsi,
Domen, Sotés, 1995, p. 16).
Los más masculinos, de todos, son los varones que responden a los criterios de
trastorno de personalidad antisocial (Pinto, 2002), por lo tanto tener un padre con esas
características, es vivir con un “monstruo.” ¡Por supuesto que será quien explicite la
“ley del padre”! Necesita subyugar a su esposa e hijos para poder valer como persona,
puesto que su identidad se da solo en la medida en que pueda reforzar su masculinidad,
ante el temor irracional de ser femenino: “El hombre debe ser agresivo en el cortejo, y
potente en la cama…Un hombre de verdad es valiente en todas las situaciones
arriesgadas que puedan presentarse” (Gilmore, 1994 p.145). Elisabeth Badinter (En:
Mimoun y Chaussin, 2000) escribió que “la identidad masculina se asocia al hecho de
poseer, tomar, penetrar, dominar y afirmarse usando la fuerza si es necesario.
Obsesionado por la competencia, atado al rendimiento intelectual y sexual,
sentimentalmente impedido, satisfecho y seguro de sí mismo, agresivo…es la imagen

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Bismarck Pinto Tapia 3
Psicología del amor: El amor en la Familia 6

caricaturesca de un ganador que no necesita de nadie y que nunca se viene abajo”


(p.18).
Desde el enfoque relacional, es la pareja la encargada de construir la tan
mentada “figura paterna”, producto de los estereotipos culturales, y del complejo
sistema histórico que ha definido la identidad masculina como una oposición a la
“feminidad” (Gikovate, 2000).
Los hijos no quieren una “figura paterna”, quieren un papá de carne y hueso
que los proteja. Quieren una mamá que los ame sin condicionarlos al amor hacia un
padre que no es humano. Es muy difícil hacer de padre en una cultura que prohíbe la
expresión de sentimientos tiernos a los varones (Restrepo, 1995).
Un padre debe expresar afecto a sus hijos tal como lo hace la esposa. Algunos
varones, cuando tienen hijos, deciden dejarlos con la esposa, pues ellos mismos han
sido producto de una crianza sin la presencia de papá, luego aprenden a regalar a sus
hijos, como una especie de sacrificio, al no atreverse a actuar con la ternura que les nace
del corazón.
Es curioso observar los celos hacia los hijos en este tipo de varones, al mismo
tiempo que tienden a buscar en una amante la protección que buscaban en la esposa. Se
trata de una cadena de relaciones filiales: al inicio el niño protegido por la madre, luego
protegido por la esposa (amada como madre), para pasar a buscar protección maternal
en la amante. Por su parte la amante, en estos casos, busca un hijo al que cuidar:
“Revisando la mayoría de los comentarios de las amantes al respecto de sus hombres,
constatamos la evidencia de una búsqueda de la figura paterna. Ninguna de ellas se
relacionó con un hombre de su edad, y las diferencias de edades variaban entre cinco y
veinticinco años. En todos los casos, con excepción de uno, el varón tenía un trabajo
más rentable, y, por medio de su diferencia económica, tenía un diferente grado de
poder” (James y Kedgley, 1976, p. 129).
La confusión de lo que significa ser padre ha derivado en una solución
práctica: los padres prefieren dejar a su familia, utilizando como pretextos el trabajo, la
formación académica, la necesidad de buscar nuevos horizontes para la familia. En mi
consultorio está de “moda”, recibir familias desestructuradas ¡sin que las esposas se den
cuenta! Los hijos empiezan a manifestar signos de depresión ante la partida del padre, la
madre se miente a sí misma y a los niños diciendo: “papá se fue porque los ama y es
necesario comprenderlo porque lo está haciendo para el bienestar de la familia.” Estos
padres “fantasmas”, envían dinero, hacen llamadas telefónicas o se comunican por
Internet, insistiendo en el gran amor que tienen por sus hijos.
Está pasando lo que en los años sesenta ocurrió en Estados Unidos: “El deseo
de mantener a los otros distanciados, el aparente miedo al afecto ajeno, indican aquel
terror a la dependencia que lleva a muchos hombres a mantener superficiales relaciones
(y, por eso convenientemente controlables) y, de modo especial a rechazar el papel de
padre. Pues el padre depende de los hijos y de una forma totalmente íntima y dolorosa”
(Ruitenbeek, 1969, p. 91).
La cultura consumista colabora para justificar la ausencia de los padres – me
refiero a mamá y a papá -, porque ante la crisis masculina, también se ha originado una
crisis en la maternidad. Las mujeres están reclamando hombres tiernos, éstos huyen del
hogar, y la mujer debe hacerse cargo de mantener el hogar y el afecto hacia los hijos.
Situación muy difícil, así que en las clases sociales acostumbradas a la vida “light”, los
hijos se quedan solos en casa, carentes de protección y con sentimientos de culpa, pues

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Psicología del amor: El amor en la Familia 7

escuchan de boca de sus progenitores “que los abandonan porque los quieren”.
Judith Rich Harris ha puesto el dedo en la llaga al publicar su polémico libro
“El mito de la educación”. Investigando a niños de diversas edades, llega a la asombrosa
conclusión de que, hoy en día, los niños son influenciados más por sus pares que por sus
padres, y que la mayoría de las teorías del desarrollo del niño están equivocadas. Un
párrafo de esta autora aún me estremece: “Tienes poco poder para determinar cómo se
comportarán tus hijos cuando no estén contigo; pero lo tienes en sumo grado para
determinar cómo ha de comportarse en casa. Tienes poco poder para determinar cómo
les tratará el mundo; pero tienes muchísimo para determinar lo feliz o infeliz que serán
en casa.” (Rich, 1999, p. 427).
Hoy sabemos que es posible el gobierno de los mandatos emocionales a través
de la moral. Nuestra capacidad de empatía (el ponernos en el lugar del otro), permite
que podamos entender los sentimientos de los demás. Si fuésemos simples esclavos de
nuestras emociones, responderíamos a los estímulos ciegamente. Tenemos la
posibilidad de tomar decisiones, escoger acciones en función a nuestras metas. El
sentido de nuestra vida es más importante que un segundo de placer, el otro se convierte
en prioridad si le amamos. ¿Cómo explicar entonces que una madre abandone a su bebé
recién nacido en un contenedor de basura? ¿Cómo explicar el amor que una extraña
puede darle a un niño que no ha nacido de sus entrañas?
El aborto se ha convertido en un irracional medio de control de la natalidad, la
misma que no está relacionada con la incapacidad de amar por parte de las parejas que
recurren a tan inhumano recurso; sino que se relaciona con un contexto cultural que
prioriza el éxito antes que el amor. Muchas jovencitas que abortaron atraviesan por
duelos patológicos silenciosos, tienen un sentimiento inexplicable en sus almas, por más
que hayan frases que refuercen la idea de que el aborto es un derecho relacionado con el
cuerpo de la mujer, el sentimiento de dolor no escucha las frívolas frases enunciadas por
personas que no han reflexionado sobre los “mandatos sociales” inmersos en un medio
inspirado por el poder antes que por el amor.
Un bebé recién nacido es un milagro, suficiente para maravillarnos por la vida.
No importa las condiciones en las que sus padres lo concibieron, un bebé es y será la
máxima expresión de la Creación. Si existiera el “instinto maternal”, ninguna mujer
abortaría a propósito, ninguna mujer abandonaría a sus hijos, no existiría el filicidio, la
negligencia, ni el maltrato. Puede ser cierto que las madres estén seguras de que ese
niño es suyo, y que los padres duden, como la siguiente noticia del 2004: “Según la
Agencia EFE, el auge de solicitudes para confirmar la paternidad a través de las pruebas
de ADN ha desvelado hasta un 20 por ciento de hijos ilegítimos, así como la vida
privada de algunos famosos. La agencia oficial Xinhua informó de los aspectos
positivos de estos datos destacando, con entusiasmo, que un 80 por ciento de los test
confirman la paternidad a los desconfiados progenitores” (http://www.libertaddigital
11/04/2004).
La parentalidad es la función protectora que la pareja tiene hacia sus hijos.
Cuando existe amor conyugal, este amor desborda el “cáliz” de la pareja y se derrama
sobre los hijos. Se trata de un amor incondicional, posible sólo si cada uno de los
progenitores es feliz; tal como escribió el Dalai Lama: “Si un individuo se vuelve una
persona pacífica, tranquila y agradable, automáticamente generará algún tipo de
atmósfera positiva y podrá tener una familia feliz.”
Muchas veces me criticaron por mi discurso idealista cuando utilizo la palabra

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Psicología del amor: El amor en la Familia 8

“felicidad”, la verdad es que no encuentro otra que pueda sustituirla, tiene que ver con
esa sensación compartida de estar vivo a pesar de todo. Cuando siento alegría por las
alegrías de mi esposa, o dolor por su dolor, aunque no entienda el motivo con claridad y
cuando ella hace lo mismo por mí, siento que mi soledad es compartida; cuando veo que
mis hijos ríen, yo río también, y si lloran, lloro…porque son humanos, porque viven
conmigo, porque son el milagro del amor que me unió a mi esposa.
El amor a los hijos, como todo amor, es doloroso, duele mucho, porque
mientras más los ames más pronto se irán de tu lado. Roberto Shinyashiky escribe:
“Que los hijos no sean motivo para permanecer casados, ni se los considere una
amenaza para nuestra libertad. Que nuestros hijos no sean usados como una manera de
realizar nuestras propias frustraciones, ni portavoces de nuestra omisión. No
pretendamos que nuestros hijos traigan consigo la solución para nuestra soledad, porque
nadie puede asumir la soledad de otro. Que los hijos puedan simplemente buscar sus
propias almas, y nosotros, sus padres, guardianes de esa semilla brotando”
(Shinyashiky, 1992, p.20).
Mis padres asumieron su rol de padres determinado culturalmente, yo asumí el
rol de hijo. La diferencia entre las familias es que unas reconocen que están jugando y
otras se toman en serio sus papeles. ¡No escogemos a nuestros padres, ni a nuestros
hijos! Convivimos con ellos, aprendemos a quererlos, aprendemos a disfrutar de su
existencia. Por lo general, los padres morirán primero y después los hijos, para luego
morir los nietos. Cuando el orden no es ése el sufrimiento es inmenso, es como que se
alterara cierto orden definido por la naturaleza. El más grande temor de los niños es que
sus padres mueran. Pero a pesar de todo, la muerte es parte de la vida. Morir no es
solamente dejar de emitir reacciones neuronales, se puede estar muerto en vida.
Cualquier pérdida es una especie de muerte. La peor muerte es aquella que siente un
niño en su alma cuando sus padres no lo legitiman.
Retomando la teoría básica de la comunicación humana de la Escuela de Palo
Alto, recordemos su principal axioma: “es imposible no comunicar” (Watzlawick,
Beavin y Jackson, 1971). Toda acción humana en presencia de otro humano es
comunicación. En otras palabras es un error explicar la parentalidad sin relacionarla con
la “filialidad”; esto es, no podrían existir padres sin hijos y viceversa, hijos sin padres.
Recuerdo una tira de Mafalda, en la que le recuerda a su madre que se graduaron juntas
el mismo día: como hija y madre.
Paul Watzlawick y sus colegas, ya habían observado que una de las más
destructivas patologías comunicacionales era la “descalificación”, esto es, ignorar el
mensaje que el otro nos envía. Retomando el concepto de “legitimidad” relacionado con
la concepción de “recibir lo que el otro nos pueda dar”, tengo la impresión de continuar
en la misma lógica. Volviendo a las sonrisas y a los berrinches. Un hijo sonríe como
“agradecimiento” a la actitud positiva de su mamá o papá, quienes si lo legitiman,
celebran la sonrisa del pequeño, en una relación simétrica que suele llegar a aquellas
risitas inolvidables de nuestros hijitos que aún resuenan en nuestro corazón cuando los
vemos independientes y grandotes.
En cuanto a los berrinches, éstos pueden ser también regalos. Estoy convencido
de que los hijitos prefieren ver a sus padres renegando que tristes, y muchas veces
hacen travesuras, berrinches, peleas con sus hermanos, o cualquier acto creativo que
genere la ira de los progenitores con tal de distraerlos de sus dolores. Si sabemos
diferenciar el “berrinche” benéfico del “maléfico”, sabremos convertir el primero en

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Psicología del amor: El amor en la Familia 9

sonrisa, y al segundo no le daremos atención, pues por lo general tiene que ver con
actitudes egoístas de pequeños que se entrenan para de adultos abusar del poder.
Al papá se le hace más difícil aprender a “hacer de papá”: “Una vez plantada la
semilla de un padre humano, el rol de este último pasa a ser voluntario. La
transformación en padre debe realizarse en su mente; él no cuenta para el caso con
ningún otro órgano interno, no tiene senos ni hormonas especiales que puedan ayudarlo.
Su aparato sexual, útil como es, no se desdobla para realizar otras funciones, como hace
el de la mujer (…) A algunos hombres les resulta penoso, incluso imposible, adaptar su
modo de pensar a la paternidad, en especial porque todas sus exigencias iniciales le
restringen la libertad y el acceso a sus esposas, cuya actitud ante el sexo y la vida es
probable que haya cambiado profundamente” (Kurtz, 1995, p. 86).
Cuando nació mi hijita, y la pude ver a solas en el cuarto de los bebés en la
clínica, no sabía qué sentir, esperaba una especie de “iluminación”, pero nada…me
sentía paralizado, no sabía si besarla, levantarla, o salir huyendo. Me preguntaba: ¿Qué
se supone que debo hacer? Y lo que obtenía era el silencio del dulce sueño de mi
pequeña. Recuerdo que solté una inexplicable lágrima…¡era papá! Escribí este poema
que sintetiza la manera como he vivido todo el proceso de hacer de papá con mi hija
mayor (Pinto, 2005, p.220)

SER PADRE
(Para Selene)

He nacido sin querer,


sin querer también he crecido,
muchas son las cosas en mí que son porque sí,
excepto, claro está, la decisión de amar,
y he amado queriendo,
queriendo encontré la rosa escondida
en el frondoso bosque de mi vida,
¡ay ¡ cuánto, pero cuánto la amé,
y cuánto, cuánto mucho más la amo ahora,
juntos hemos construido jardines,
conquistado a la vida para que nos sonría,
juntos en este amor infinito hemos sido uno,
luego dos y de pronto fuimos tres.
Fue el encuentro mágico, sin nombre, sin palabra,
el silencio entre las pausas de los besos,
las lágrimas entre las pausas de las miradas,
los vacíos entre las dulces caricias,
los versos cuando se hallaban nuestras almas,
¡ay! Cuánto nos amamos,
desbordan nuestros corazones ríos caudalosos,
estampidas furiosas de mil caballos blancos,
suaves pétalos de carnes húmedas,
melodías celestes,
en fin, ese amor a borbotones dulce y entusiasta.
Sin querer, nuevamente, y sin saberlo,

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Bismarck Pinto Tapia 4
Psicología del amor: El amor en la Familia 0

de mi amor rabioso con su amor tierno,


en la madrugada de un agosto sin día y sin hora,
con la luna redonda celebrando la gloria.
Sin quererlo, otra vez, vida, otra vez,
nació mi hija, la de los ojos profundos,
la de la sonrisa inmensa,
la de las manitos inquietas,
mi hija…nuestra hija,
¡ay amor, cuánto más nos quisimos!
Nuestro abrazo abrigaba ahora una gracia divina,
su llanto decía ¡los necesito!
Su sueño cantaba para amarnos en las sombras,
su sonrisa, me acuerdo, me hizo llorar,
bautizando su rostro de muñeca…
Y entonces amor mío, le dijimos Selene…
Por la luna, por la luz de nuestras almas juntas.
Tomarla en mis brazos, me hizo sentirme padre,
un día, me da pena no recordar cuándo,
me dijo papá,
entonces me cambió el nombre,
me cambió la vida,
me convertí en un no sé qué para ella.
Envidio tu ser madre amada mía,
pues la llevaste en tu vientre,
le diste de tu cuerpo el alimento,
el dolor del parto anunció el amor de madre,
amor que duele, amor que sufre,
amor sin condiciones,
amor sin necesidad de quererlo…
En cambio, yo….el padre,
¿qué es ser padre?
No está claro,
los animales casi no lo necesitan,
ahí está el macho para satisfacerse en la hembra,
la hembra dará su vida por sus crías…
Ser madre….claro, proteger…
Ser padre, confuso, ¿qué hacer?
Aprender a quererte hijita,
aprender a envolverme en tu cuerpito,
para sentir cómo puede sentirse al bebé en el útero,
y reír, reír mucho para endulzar tu vida.
Ser padre, es queriendo,
un hombre puede tener hijos sin querer,
puede queriendo dejarlos, regalarlos, olvidarlos.
Ser padre, es también decidir,
amarte hijita como eres,
seas rosa, margarita, eucalipto, musguito…

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Bismarck Pinto Tapia 4
Psicología del amor: El amor en la Familia 1

Amarte como yo te amo,


disfrutar de tu crecimiento,
aceptar tus dibujitos el día del Padre,
aceptar tus lágrimas de tanto reír,
por que soy un ridículo payaso.
Aceptar tus berrinches porque te mimo.
Aceptar tus dolores con mis lágrimas.
Aceptarte a pesar de mis prejuicios…
Con tu carita de luna,
con tu carita de chocolate,
con tu carita de limón verde,
aceptar la carita más fea, la de pasa pasada…
Tú hiciste que mi amor por ella,
sea más inmenso, más sereno,
los ríos se volvieron lagunas,
los caballos, tiernas mariposas,
las carnes, suaves algodones rosados y dulces,
la melodía es un arco iris.
Hijita, mi hija, mi nena, mi princesa,
princesa, porque tu mamita es la reina:
Ahora cuando mi niña se hizo mujer.
Ahora con mis brazos abrasadores.
Ahora con mi corazón donde te he cuidado.
Ahora ser padre es diferente…
Al nacer fue arrullarte en mi pecho,
al crecer fue enseñarte mis mentiras.
Ahora es hora de decirte te quiero de otra manera,
es darte mis manos para que puedas soltarlas,
es mirarte para no olvidarte nunca,
y saber ver en tus ojos enormes,
los ojos de mi bebé…
Escudriñar en tu sonrisa la risita de tus tres años…
Es saber hijita que ser padre ahora es dejar de serlo,
dejarte marchar,
vuela, vuela, usa tus alas,
cántale a la vida,
yo he aprendido a querer lo que amas,
es duro, es más que duro, es durísimo,
amar lo que yo no amaría,
amar queriendo lo amado por ti.
Otra vez, no es sin querer,
es queriendo, es buscando con toda mi fuerza,
dentro de mi alma el amor que te tuve de niña,
el amor que tuve ayer,
el amor de hoy…
Y decir, acepto tu viaje,
acepto tu destino…

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Bismarck Pinto Tapia 4
Psicología del amor: El amor en la Familia 2

Mamá y papá estamos juntos,


reconocemos el final de nuestra función.
Es hora de decir adiós,
es hora de decir gracias y perdón.
Gracias por haberme enseñado a amar más allá del amor.
Gracias por haber jugado conmigo
los juegos jugados con mi madre:
“Este dedito se comió un cerdito…
Una tortuguita busca su comidita…
Un perrito halló su huesito…
Duerme mi niña, duerme mi sol…”
Selenita mi hijta…
Perdón por no haber reconocido a veces tu dolor,
por no haber estado cuando tenía que estar,
y por estar cuando no tenía…
Por haberte asfixiado con mis miedos,
por hacerte caminar por mi camino….
Es hora de ser padre dejando de serlo,
es hora de sacarte de mi vida,
para regalarte tu propia vida…
volveré con mi amor,
con nuestros ríos, lagunas…
caballos mariposas,
carnes algodones,
volverán los besos a ser pausas,
volverán las miradas a decir cuánto nos queremos.
Y veremos los dos desde nuestra casa,
a la hija nacida de la luna,
partir con una sonrisa,
caminar despacito…
hacia su propia montaña,
para encontrar sus propias aguas,
sus animales ariscos,
sus carnes hambrientas…
Yo diré antes de morir:
Aprendí a ser padre,
fuiste tú mi maestra.
equivócate si quieres,
acierta si quieres,
pero no hagas las cosas sin querer,
excepto crecer,
acepta los regalos de Dios
están donde menos piensas,
hace lo mismo que tus papis
durante Pascua
oculta chocolates
hasta dentro de los zapatos…

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Psicología del amor: El amor en la Familia 3

Busca, busca, busca, no esperes,


no te quedes con lo primero,
después del uno viene el dos,
y el tres y así sucesivamente,
hasta el infinito…
Y cuando sientas el sabor del amor,
juégate sin condiciones,
ama con libertad,
sin ella son cadenas,
sin ella no es amor
es encarcelamiento,
amar es seguir volando,
con una diferencia,
al volver del viaje
hay alguien en el nido dispuesto a contarte
su propio vuelo…
Ahora déjame cerrar los ojos…
Sellaré en mi mente esquiva
las imágenes, los sonidos
y las sensaciones,
de cada segundo vivido contigo,
no te olvidaré nunca,
no te dejaré de amar jamás,
y haré de todo para amar tus amores,
porque esto es hija mía,
lo que significa
ser padre:
Aprender a quererte queriendo,
querer lo que amas queriendo,
dejarte partir aunque no quiera.

Resulta lamentable leer que para la mayoría de los hombres el “ser padres” es
parte de la comprobación de su masculinidad: “¡soy capaz de tener un hijo!” y además
¡varón! Minoun y Chausin se atreven a escribir lo siguiente: “La incredulidad
caracteriza el estado del futuro padre. Solo el parecido físico del niño con su padre
puede afirmar una herencia, pero nada más aleatorio que el parecido físico dirán los
intranquilos” (op.cit., p. 43). Una vez más, la madre está segura que el pequeño que
parió es su hijo; pero el padre mientras menos haya participado en la construcción del
amor conyugal, dudará de su paternidad, y puede inclusive, llegar a decirle al hijo/a, en
algún momento de crisis familiar, que duda de que sea hijo suyo.
En los procesos de divorcios difíciles es común que los padres utilicen a los
hijos como objetos y les trasladen con facilidad la culpabilidad del “fracaso
matrimonial”. Atacar a la esposa con la amenaza de “quedarse con los niños” es una de
las más brutales maneras de cómo los varones quieren mantener el vínculo de poder con
sus esposas.
Susan Forward plantea que los esposos tienden a mentir a sus esposas para
mantenerlas en una situación de sumisión y culpa, reconoce en los varones mayor

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Psicología del amor: El amor en la Familia 4

tendencia a ser dueños de la verdad, consideran a la mujer un ser incapaz de darse


cuenta de las mentiras, se apoyan con mayor frecuencia en la imagen inicial del
romance para mantener a la mujer “encantada” (Forward, 2000). Si un padre utiliza a
sus hijos como armas de guerra, no los ve como personas, los percibe como
prolongaciones de la madre, puede dañarlos para lastimar a la mujer que no lo amó
como él deseaba ser amado.
¿Es posible que ocurra lo propio con algunas madres? Sí lo es. Principalmente
en aquellas que utilizan a los hijos como esperanza de ser amadas por el marido. El caso
más dramático es el de las chicas que padecen de anorexia mental, estudiadas durante
muchos años por Mara Selvini - Palazzoli La estructura familiar, más común, es aquella
en la cual la esposa cree amar al hombre con quien se casa, siendo que éste no le ama –
usualmente sigue siendo hijo -. Cuando nace la niña, la mujer espera que el esposo por
fin pueda quererla; pero no es así, el esposo se desvive por la pequeña, desplazando a la
esposa. Como consecuencia del juego, la esposa boicotea la relación entre la hija y su
padre, convirtiendo a la pequeña en confidente de sus pesares con el marido. El padre
suele mantener un vínculo secreto con la hija, muchas veces a través de la comida;
mientras la madre sigue desvalorizando al padre y proyectando sus expectativas
personales en la pequeña. Durante la adolescencia, la hija descubre el juego en el que la
metieron al decepcionarse del padre y al reconocer que su madre le ha quitado la
libertad, de tal modo que lo único propio que tiene es su cuerpo, y lo único que puede
controlar es la comida (Selvini Palazzoli Cirillo, Selvini, Sorrentino, 1993. Selvini –
Palazzoli, Cirillo, Selvini, Sorrentino, 2000).
Los padres y las madres pueden odiar a sus hijos, principalmente cuando éstos
no se acoplan a las expectativas impuestas sobre ellos. Ocurre principalmente en
aquellos padres y madres que no pudieron encontrar en la relación conyugal la
satisfacción a sus esperanzas frustradas en la infancia, y las desplazan hacia sus hijos
(Linares y Campo, 2001). Juan Luis Linares se ha dedicado a investigar familias de
adolescentes suicidas, encontrando dos denominadores comunes.
El primero, relacionado con la “depresión mayor”: familias donde la relación
conyugal está conservada, ya sea a través de la pasión amorosa o el odio rencoroso, de
tal forma que los hijos son considerados un “estorbo” para la relación. El segundo, la
“distimia” o depresión menor, en la cual el hijo o la hija recibe el odio de uno de los
progenitores hacia el otro, otorgándole la función de guardián y/o protector; en una
segunda etapa, después que la criatura se coalicionó con el progenitor que le convocó
para ser protegido a cambio de despreciar al otro, se encuentra con que papá y mamá
vuelven a estar juntos, de tal manera que su función fue inútil, además de que es preso/a
de una profunda sensación de soledad y desprecio. A estos juegos perversos se agrega la
sobrevaloración de potencialidades, que usualmente los hijos no poseen en desmedro de
aquellas que sí poseen.
Susan Forward, sintetiza la experiencia de desamor de los hijos de la siguiente
manera: “…gran parte de la identidad de un niño y de su falsa sensación de seguridad
dependen de que se sienta parte de la trama. El niño llega a tener la necesidad de ser
parte de otras personas y de que éstas formen parte de él. No puede soportar la idea de
estar excluido. Esta necesidad de perderse en la maraña se prolonga directamente en sus
relaciones adultas” (Forward, 1990). Todos los seres humanos requerimos sentir
“pertenencia”, pero mucho más los hijos: ¡sentir que tienen un lugar en su familia!
Existir para quienes dicen amarlo. Vivir para ser reconocido como un ser único, ni más

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Bismarck Pinto Tapia 4
Psicología del amor: El amor en la Familia 5

ni menos, para ayudarlo a explotar sus potencialidades y apoyarlo en aquellas en las que
no tiene habilidad.
Amar a nuestros hijos es además de legitimarlos, enseñarles a ser buenos, a
reconocer el sentimiento de culpa que acompaña a los actos que dañan al otro. Norberto
Levy aclara la diferencia entre “culpa funcional” y “culpa disfuncional.” La primera
emerge como sentimiento de trasgresión de una norma que beneficia a las personas.
Mientras que la segunda es consecuencia de la imposición del poder de un culpador-
acusador que pretende que el otro se sienta culpable para satisfacer las expectativas de
dominio (Levy, 2001). Nuestros hijos deben reconocer la culpa funcional de la
disfuncional. En los casos de los abusadores sexuales, es frecuente que éstos amenacen
a los niños con castigarlos a ellos o a sus seres queridos si comentan lo que estuvo
ocurriendo entre ellos. Los antisociales son expertos en manejar la culpa disfuncional en
el otro para satisfacer sus propios fines.
La frase de San Agustín: “Ama y haz lo que quieras”, puede parafrasearse en el
amor a los hijos de la siguiente manera: “Ámalos y juega con ellos.” Jugar es “hacer de
cuenta”, como cuando las niñas simulan que están dando de comer a sus muñecas. Los
padres amorosos juegan todo el tiempo con sus hijos. ¡Sí, todo el tiempo! Jugar los
juegos que inventan los hijos y aquellos que inventan los padres. La diferencia es que en
el juego de los niños, éstos saben que están jugando, y que cuando el hermanito “se
hace el muerto” jugando a las “guerritas”, al terminar el juego, ¡el muertito se levanta!
El juego de los adultos, al que denominaré metajuego –juego dentro del juego-, suele
convertirse en algo “real.”
La vida social es un conjunto de metajuegos, de la mayoría de ellos se han
perdido las reglas. ¿Por qué la familia debe almorzar al medio día? ¿Qué tiene de malo
comer con la boca abierta? ¿No sería más cómodo comer el pollo con las manos que con
cubiertos? ¿Para qué decimos “provecho” después de comer? ¿Por qué la empleada no
come con nosotros en la mesa? ¿Por qué debemos comer la sopa? ¿Por qué el papi tiene
que escuchar las noticias en vez de escuchar a los hijos? Etcétera, etcétera.
Las familias amorosas saben que los metajuegos son juegos, y entienden que
las personas son más importantes que las reglas. Asumen que es posible cambiar las
reglas de los juegos, siempre y cuando nadie salga lastimado. Las familias amargadas,
en cambio, prefieren tomarse en serio todos los juegos, inclusive aquellos que se
inventan para “divertirse.” Me parece tan curioso que muchas personas digan “necesito
distraerme”, para referirse a utilizar el tiempo de ocio con alegría. Distraerse de los
“problemas.” Palabra que usamos para referirnos a aquellos metajuegos que nos han
arrancado de la vida.
El amor requiere de dos personas - por lo menos - que inventan juegos que solo
ellos entienden. En la relación conyugal es donde más juegos existen, y donde los de
afuera no entienden lo que está pasando, ni tienen por qué entender, (además, y es muy
común, ni los amantes conocen las reglas de algunos de sus juegos). En las familias
amorosas, los componentes de la familia juegan entre todos, entre algunos y también
juegan solos. Juegos que los demás respetan. Por ejemplo: papá y sus dos hijos varones
juegan al futbolín, mientras mamá y sus dos hijas juegan a ver la telenovela. En otra
ocasión mamá y uno de los hijos juegan a cocinar, mientras los otros tres hermanos
juegan a hacer tareas y papá está jugando a ver noticias. Al poco rato todos juegan
juntos a “hoy me pasó…”, y más tarde mamá y papá juegan a disfrutar de su sexualidad.
Como se ve hay flexibilidad en los grupos (subsistemas) de la familia, al mismo tiempo

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Psicología del amor: El amor en la Familia 6

que se respetan los límites.


Las familias amargadas pueden ser de varios tipos, pues son tan predecibles
que es posible clasificarlas. Salvador Minuchin las definió como Familias aglutinadas:
son aquellas donde el principal metajuego es “no debemos separarnos nunca. Familias
rígidas, el metajuego es “no debemos cambiar las reglas.” Por último están las Familias
dispersas, éstas juegan a “cada quien en lo suyo.” (Minuchin, 1986).
En las familias amorosas las lealtades se asumen con responsabilidad con
respecto a los demás. De tal manera que cada miembro de la familia cumple las
expectativas y obligaciones que su familia le solicita; se trata, pues, de lealtades
abiertas, reconocidas y respetadas por todos. Según Boszormenyi-Nagy y Spark (1983):
“La lealtad es un sentimiento de solidaridad y compromiso que unifican las necesidades
y expectativas de la unidad social”.
Mientras que en las familias amargadas las lealtades son encubiertas, dando
lugar a “juegos sucios”, principalmente cuando la lealtad es condicional y se establece
entre componentes de subsistemas diferentes, por ejemplo la madre con el hijo sin que
lo sepa el padre. Los “secretos a voces” lo juegan a menudo las familias con mayores
dificultades para amar, confunden el amor con el socapar. La persona “socapada” se
considera querida por quien le socapa, porque la relación le otorga poder sobre la
persona que le ayuda a esconder su comportamiento trasgresor. En las familias
amorosas, si uno de los padres descubre una conducta inmoral en uno de sus hijos
corresponde, por el principio de lealtad, que el cónyuge conozca la situación para que
ambos padres tomen una decisión común.
Las familias amorosas también tienen secretos, pero a diferencia de las
amargadas, respetan las jerarquías, los esposos no cuentan a sus hijos asuntos referidos
con la intimidad conyugal (vida sexual, conflictos amorosos, etc.); de igual manera, los
hermanos son “cómplices” y tienen secretos que los padres desconocen; además cada
miembro de la familia tiene derecho a secretos personales. Por supuesto, cuando existe
un asunto que concierne a toda la familia – el más usual: problemas financieros-, el
tema se conversa entre todos (Boszormenyi-Nagy y Framo, 1991).
En las familias aglutinadas, todo lo que pasa con cada uno de los componentes
de la familia tiene que ser conocido por todos, están prohibidos los secretos, los padres
expresan varias veces al día “no me mientan, odio las mentiras.” Las familias rígidas
viven alrededor de los secretos, se percibe un ambiente de susceptibilidad y “guerra
fría.” Mientras que en las familias desintegradas, no hay a quien contarle nada.
Helm Stierlin (1974) identifica que en las familias existen delegaciones, es
decir, que los miembros de la familia son encomendados para cumplir una misión. En
las familias amorosas, los hijos al recibir el amor incondicional de sus padres necesitan
retribuirles, y es muy difícil para ellos poder compensar desde su posición jerárquica
inferior el cariño recibido, motivo que genera sentimientos de insuficiencia. Dos suelen
ser las formas como los hijos tratan de equilibrar el “recibir” con el “dar”; la primera es
a través de la expresión espontánea de cosas que el pequeño o el adolescente puede dar
desde sus propias capacidades, por ejemplo, mi hijo menor cuando tenía alrededor de
cuatro años me regaló un dibujo el día del padre; en otra ocasión mis tres hijos
construyeron un juego del “Señor de los Anillos” para regalármelo en Navidad.
En muchas familias, es frecuente que los hijos de propia iniciativa decidan
preparar el desayuno para sus papás, limpiar la casa, e inclusive esforzarse mucho en
sus estudios para “regalarles” una “buena libreta.” Los padres amorosos reciben con

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Psicología del amor: El amor en la Familia 7

alegría esos regalos. Cuando falleció mi mamá, fue muy emocionante para mí encontrar
entre sus pertenencias una cajita en la que guardaba los poemas y dibujos que yo le
regalaba cuando niño, ¡aún muerta mi mamá me hacía saber que valoraba mis regalos, y
al hacerlo me legitimaba! La segunda manera, como los hijos compensan el amor que
reciben de sus padres, es aceptando “delegaciones” explícitas, como por ejemplo: ir a la
tienda a comprar pan, pagar las cuentas de la luz, colaborar a los papás en los
quehaceres de la casa, etc.
En las familias amargadas, Stierlin observó cuatro tipos de delegaciones
patológicas – yo les llamo maldiciones-:
a) La imposición forzada a los hijos de delegaciones que no están acordes con
la edad o con sus reales potencialidades. Por ejemplo, pedirle a un niño de cuatro años
que ayude a acostar al padre borracho, o que se encargue de cuidar de su madre.
Recuerdo a un paciente adulto llorar amargamente, cuando me contó que luego del
divorcio de sus padres, su madre le encomendó que cada mes tenía que encontrarse con
su papá para que le dé el dinero de las pensiones. Es también muy doloroso para un hijo
el sentirse obligado a responder en los estudios escolares cuando tiene incapacidades
para el aprendizaje; o que sus padres le obliguen a asistir a cursos de actividades que no
le interesan o para las que no tiene las habilidades requeridas.
b) Cuando le piden al hijo el cumplimiento de misiones incompatibles. Como
por ejemplo, que se rebele contra las imposiciones y en otras que obedezca. Entonces se
produce un estado de parálisis, el cual fue estudiado experimentalmente por primera vez
por I.P. Pavlov (1849 – 1939).
Este fisiólogo ruso, enseñó a unos perros a salivar cada vez que les presentaba
un círculo; una vez que los animalitos aprendieron a asociar el círculo con la comida,
salivaban ante la presentación de la figura. Posteriormente, Pavlov fue deformando la
imagen del círculo hasta convertirla en una elipse, entonces, los canes se paralizaban o
reaccionaban con furia; a este fenómeno Pavlov de denominó “neurosis experimental”
(Pavlov, 1903).
La Escuela de Palo Alto construyó el concepto de “doble vínculo” para
referirse al mismo fenómeno. Weakland identifica tres etapas: la primera, en la que se le
hace sentir a la persona que el mensaje que se le dará es de vital importancia; la
segunda, se siente atrapado en una relación donde se le envía dos mensajes
contradictorios; finalmente, la tercera, donde la persona queda sin saber cómo
reaccionar ante la situación (Weakland, 1960, en: Jackson, 2001). Weakland y sus
colegas llegaron a la conclusión de que ese tipo de comunicación estaba en la base de la
formación de la esquizofrenia. Pavlov, no fue tan lejos, para él el mensaje ambivalente
estaba relacionado con la emisión de mecanismos defensivos del sistema nervioso ante
la incongruencia del estímulo con las conexiones nerviosas previamente condicionadas.
c) Cuando el hijo se encuentra atrapado entre dos delegaciones incompatibles,
una solicitada por la madre y otra por el padre, entonces, se produce una situación de
lealtades divididas. Estas son comunes en procesos de “divorcio difícil”, una madre que
aún “ama” a su esposo, puede pedirle al hijo que la ayude a que el papá vuelva a casa,
mientras que el padre le solicita que lo ayude a que su madre deje de tener esperanzas.
Stierlin comenta que cuando las delegaciones incompatibles son encubiertas las
consecuencias en el hijo son más perniciosas, se trataría de una mezcla entre el doble
vínculo y la lealtad dividida.
d) Cuando los padres le delegan al hijo algo que socialmente es considerado

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Psicología del amor: El amor en la Familia 8

inadecuado. Por ejemplo, que los padres soliciten al hijo de cuarenta años que continué
viviendo con ellos(Stierlin, 1974)
En las familias amargadas amalgamadas, los hijos se convierten en “delegados
vinculados”, terminan atrapados en su delegación, por lo general debido a misiones
imposibles planteadas como condición indispensable para poderse emancipar: por
ejemplo: “de nuestra familia solo se van aquellos que se casan con gente de nuestro
nivel.” La trampa está en la palabra “nivel”, porque, sea cual sea el “nivel” de la pareja
que encuentre el hijo, jamás será del “nivel” exigido por los padre. En las familias
rígidas, el hijo se queda para siempre con la delegación de cuidar a sus padres. Y en las
desintegradas, los hijos son delegados expulsados prematuramente de sus familias
(Almazán, 2003).
Los progenitores son pareja primero, luego padres. Los hijos respetan el límite
de la relación conyugal, aunque durante su infancia y adolescencia hagan muchas cosas
creativas para introducirse en el espacio de la “notrosidad” conyugal. Lo propio pasa
con la estructura de los hermanos, la fratría es impenetrable para los adultos. En las
familias amorosas, las lealtades son explícitas; en las amargadas, esas lealtades se
establecen como alianzas y coaliciones. Salvador Minuchin y Fishman (1986), explican
que para denominar el vínculo de protección de parte de los hijos hacia uno o ambos
progenitores se utiliza el término alianza, el ejemplo más común es cuando el hijo
protege a la madre de las agresiones del padre, en ese caso, como enuncié
anteriormente, tenemos a un hijo parentalizado. La coalición, en cambio, se refiere a la
función agresiva que asume el hijo en complicidad con uno de los progenitores en
contra del otro. En ambos casos, los límites jerárquicos se rompen.
Mientras que en las familias amorosas los límites están claramente definidos
sin llegar a ser amalgamados ni desvinculados, sino flexibles en función a los momentos
históricos de la familia, en las familias aglutinadas no existen límites y en las rígidas,
los límites son impenetrables como un muro de concreto (Sánchez y Gutiérrez, 2000).
¿Por qué se amargan las familias? Watzlawick (1995), explica de manera
sarcástica, cómo las personas prefieren amargarse la vida que vivirla. ¿Por qué no lo
hacen solas y dejan de implicar al resto de la familia? Tal vez, porque sufrir solos no
tiene gracia, y necesitamos que los demás sufran con nosotros, o puede ser que
detestamos ver que otros disfrutan de la vida mientras uno vive “responsablemente”.
Albert Ellis (1913-2007) comprendió que el comportamiento desadaptativo se
relacionaba con la forma como eran interpretados los hechos. La interpretación nefasta
está relacionada con los pensamientos irracionales (Ellis y Grieger, 1977). Estos
pensamientos irracionales pueden ser de tres tipos: pensamientos de desolación, por
ejemplo cuando existe tendencia a pensar: “Es terrible lo que me está pasando”;
pensamientos de inquietud, pensar que es imposible soportar una situación y los
pensamientos de inutilidad, en los cuales prima la idea de ser una persona inútil y
buscar permanentemente aprobación de los demás.
Las familias amorosas tienden a la racionalidad, se consideran como sistemas
disipables, en el sentido de que se trata de una estructura viva en constante estado de
fluctuación. Las familias amargadas, por su parte, son rígidas y temen cuestionar su
estado de funcionamiento. Si aplicamos los fundamentos de la Terapia Racional
Emotiva a la familia, se puede explicar que la amargura se gesta porque los problemas
aparecen a causa de la irracionalidad empleada en la búsqueda de soluciones de las
dificultades. Toda crisis durante el ciclo vital tiende a requerir nuevos estilos de

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enfrentarse a los hechos por parte de todos los miembros de la familia.


La amargura es consecuencia de las interpretaciones y valoraciones de los
juegos personales, familiares y sociales desde los puntos de vista concomitantes a los
pensamientos irracionales, los que se mantienen de manera rígida en una especie de
“más de lo mismo”. Mientras que el amor se gesta en el seno de familias que saben
afrontar los problemas surgidos en los juegos utilizando la creatividad y la flexibilidad
en la valoración e interpretación racional.
¿Por qué las familias amargadas prefieren mantener los problemas en vez de
resolverlos? ¿Por qué es tan difícil cambiar los pensamientos irracionales que
desembocan en “más de lo mismo”, en vez de optar por pensamientos que permitan
acciones eficaces? ¿Por qué es preferible amargarse la vida que endulzarla?
La respuesta a esas preguntas suele desconcertar, porque se tiene la idea
generalizada de que una persona, pareja, familia, o cualquier institución social
“normal”, es aquella que se mantiene estable. Pero el enfoque sistémico ha demostrado
que esa “normalidad” es la que amarga la existencia de las personas, quienes entran en
un círculo vicioso de rutina y estrés, con miedo a la desesperación ante la evidencia de
que dejaron de vivir por creer firmemente en las mentiras verdaderas.
Una familia amorosa sufre, porque como expliqué en el primer capítulo “amar
necesariamente duele”, el amor nos lanza a la incertidumbre, nos empuja a la libertad y
la soledad, nos permite jugarnos por el otro. Por eso las familias amorosas tienen más
problemas que las amargadas, con la diferencia, que en el caso de las primeras cada
problema es una oportunidad de crecimiento, y en las segundas es una oportunidad para
justificar la amargura.
La terapia familiar se atrevió a indagar los orígenes de las creencias familiares
que alimentan los pensamientos irracionales, y se encontró con que los hijos son
portadores de los “encargos” de sus padres. Cuando los hijos no han satisfecho las
delegaciones con maldición de sus padres las delegan a los hijos.
George Kelly en 1955 plantea la teoría de los constructos personales, como la
base de la estructuración de la personalidad humana. Según este profesor, de la
Universidad de Ohio State, las personas no percibimos las cosas como “son”, sino que
las interpretamos. Existen dos influyentes en ese proceso de construcción de la realidad:
en primer lugar la pertinencia de nuestro sistema nervioso para interpretar de manera
biológica los estímulos (nomotética), y la manera peculiar que cada persona tiene de
darle sentido a dicha estimulción (idiográfica).
Kelly entiende al constructo como la manera de percibir e interpretar los
fenómenos. Identificó dos tipos de constructos: los centrales que son esenciales para la
el funcionamiento personal y los periféricos; además de los verbales y paraverbales;
constructos supraordenados que comprenden a otros constructos, y los subordinados que
forman parte de los supraordenados. Investigó la construcción de los roles familiares,
utilizando el “test de repertorios de construcción de roles”, encontrando que cada
persona tiene una creencia que sustenta la interpretación de cada rol familiar. Entonces,
la familia que uno tiene es la familia como uno la interpreta. Uno de los aspectos más
sorprendentes de la teoría de la personalidad de Kelly, es que el “self” (palabra del
inglés que como sustantivo significa ser) no deja de ser un simple constructo, central y
superordenado, del cual la persona asume conciencia, pero que puede diferir del
constructo que los demás tienen de la forma cómo él lo percibe. A mayor consistencia
del constructo personal menor la emergencia de conflictos con uno mismo. La ansiedad

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Psicología del amor: El amor en la Familia 0

sería resultado de la incongruencia entre la experiencia y la consistencia del constructo,


de tal manera que se sentiría amenazado el self (Kelly, en: Pervin, 1997).
La posición post – racionalista, encabezada por Vittorio Guidano (1949 –
1999), hace hincapié en la organización cognitiva personal (Ugazio, 2001), a diferencia
de Kelly, Guidano considera que la elaboración de los constructos es mucho más
compleja, pues incorporaría distintos recorridos, algunos paralelos, de tal manera que
derivan en organizaciones de significado singulares. En ese sentido, considera que la
organización semántica es un proceso individual, en el que el individuo toma decisiones
y elabora significados fundamentalmente emocionales. Esta dimensión emotiva, la
denomina “esquema emocional.” Es decir, que no solamente estructuramos constructos
cognitivos representacionales, sino que además elaboramos constructos afectivos.
Retoma la teoría del apego, para referirse al desarrollo de las construcciones afectivas.
Termina considerando que psicopatología familiar es consecuencia de esquemas
emocionales indadecuados. Identifica cuatro modelos familiares patológicos que
responden a las semánticas patógenas de la estructura interior del individuo: la
semántica depresiva, la fóbica, la obsesiva compulsiva y la de los trastornos
alimentarios. La depresiva está en relación a un significado personal que oscila entre la
rabia y la desesperación; la fóbica corresponde a la oscilación entre libertad y
protección; la obsesiva compulsiva se vincula con la semántica del sacrificio, se
polariza entre el bien y el mal; los trastornos alimentarios se sitúan en la semántica del
poder, oscilando entre el control y el descontrol (Guidano 1999)
Ahora bien, ¿cómo construimos los constructos sobre nosotros mismos y sobre
los demás? James L. Framo fue de los primeros en darse cuenta de que la familia
nuclear era fruto de las expectativas de las familias de origen de cada uno de los
cónyuges. Con él se inaugura el enfoque “transgeneracional” en la terapia familiar,
según la cual los modelos familiares vividos dentro de nuestras familias de origen,
establecen nuestras formas de relacionarnos con los demás, y el molde sobre el cual
construimos nuestras relaciones conyugales y parentales en nuestra familia actual.
Siguiendo los postulados de Framo, Maurizio Andolfi, y su Academia de Terapia
Familiar en Roma, identifican que los hijos con problemas son resultado de las
relaciones conflictivas que se mantuvieron entre sus padres con sus abuelos. La terapia
de Framo y la de Andolfi recurren al análisis de la historia de las familias de origen para
entender los procesos relacionales patológicos de las familias amargadas (Framo, 1996;
Andolfi, Angelo, Menghi, y Nicolò-Corigliano, 1989).
Según Andolfi, las familias amorosas son capaces de romper los esquemas
(constructor en términos de Kelly), que portan consigo provenientes de las familias de
origen de los cónyuges, sólo de esa manera, los hijos pueden emanciparse y romper
también los constructos de sus padres. Mientras que en las familias amargadas, los hijos
no pueden diferenciarse, debido a la rigidez de su familia, debido a la vinculación
incuestionable con los constructos de los abuelos.
La familia, como la sociedad, responde a un conjunto de mitos, los cuales se
establecen como verdades absolutas e incuestionables. Los mitos familiares determinan
la elaboración de leyendas familiares y estructuran su sistema de creencias. Dallos
(1996) plantea que el sistema de creencias familiar define pautas compartidas entre los
componentes de la familia; estas pautas comportamentales son resultado de constructos
compartidos; los miembros de la familia establecen varios conceptos que hacen parte de
su propia jerga, con significados que suelen ser inaccesibles para las personas externas;

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Psicología del amor: El amor en la Familia 1

por otra parte, en las familias (lo mismo que en los constructos personales) existen
dimensiones nucleares importantes y otras periféricas menos importantes.
Siguiendo a Laing (1974), las percepciones interpersonales responden al
siguiente proceso: “Cómo yo te veo”, “cómo creo que tú me ves”, “cómo creo que tú
piensas que te veo a ti.” Siguiendo la formación de los constructos que son fruto del
árbol familiar: yo te veo como me enseñaron a ver a personas que se parecen a ti, creo
que me ves como aprendí que me ven personas como tú, y pienso que tú piensas que yo
te veo como me enseñaron a pensar de cómo me piensan las personas como tú. Tan
compleja sucesión de elaboración ilusoria ocurre en todos los encuentros que tenemos
con personas “conocidas” y “desconocidas.”
Elkaim ha sintetizado la complejidad de la representación de uno mismo y del
otro, con sus conceptos de “mapa del mundo” y “programa oficial” (Elkaim, 1995). El
mapa del mundo vendría a ser, en términos de la teoría de Kelly, el constructo familiar
sobre la forma de verme a mí mismo y a los demás y el programa oficial, la manera
como explícito a los otros mis expectativas en función al mapa. Cuando existe
congruencia entre mapa y programa, la persona es consistente en sus relaciones
interpersonales, cuando hay incongruencia la persona se encuentra atrapada en un doble
vínculo interior.
En las familias amorosas existen construcciones más coherentes, pues se han
reflexionado y criticado los mitos familiares, se los ha asumido si permiten la felicidad,
y se los ha reemplazado con nuevas creencias si han sido maldiciones: un ejemplo, el
mapa del mundo dice “es posible el amor en el matrimonio”, el programa oficial:
“quiero casarme contigo porque juntos podremos amarnos para siempre.” En las
familias amargadas, ante la prohibición del cuestionamiento de los mitos, los mapas del
mundo pueden derivar en programas oficiales incongruentes, por ejemplo: el mapa del
mundo dice “todos los hombres son infieles a sus esposas”, el programa oficial indica
“quiero que me ames a pesar de que sé que me serás infiel.”
La terapia narrativa de Michael White y David Epston ha simplificado mucho
más la teoría de las influencias míticas familiares, al referirse a la construcción de la
realidad como resultado de un diálogo, el cual está necesariamente sumergido en una
narración lingüística: “los seres humanos son seres interpretantes: que interpretamos
activamente nuestras experiencias a medida que vamos viviendo nuestras vidas” (White,
2002, p.17).
La postura de la corriente narrativa es optimista, puesto que señala que no
somos el resultado pasivo de las leyendas que nos contaron, sino que podemos ser
autores de nuestras propias narraciones. Así la historia central, constituida en un mito
reverente, puede ser cuestionada desde la irreverencia, para re escribirlo desde una
nueva alternativa discursiva, para convertirlo en un mito que de un nuevo sentido a
nuestra existencia. La revelación de la verdad absoluta, se constituye siempre en algo
sorprendente, puesto que subyace a la guía de nuestra historia escrita por otros. Cuando
la develamos, podemos darnos cuenta de la irracionalidad por la cual está constituida,
casi siempre generalizaciones que intentaron explicar ciertos momentos críticos de la
historia familiar. Una vez que entendemos que nuestros padres resolvieron seguir el
mandato del mito, recién es posible reconciliarnos con ellos – a pesar de que estén
muertos – y reformular dicha verdad desde una interpretación distinta.
Carmine Saccu, durante una terapia familiar de un niño de la calle con un padre
alcohólico depresivo, cambió la frase “me abandonaron”, utilizada como argumento

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Psicología del amor: El amor en la Familia 2

indiscutible que justificaba la tristeza del papá, por la frase “te dejaron porque confiaron
en tu fortaleza.” Esa modificación del guión ofreció al padre una nueva alternativa para
“corregir” el concepto de sí mismo y a la familia la oportunidad para construir una
narrativa alternativa, en la cual el hijo dejó de ser visto como un “delincuente”, para
vislumbrarlo como un “héroe” que estaba demostrando a la familia la posibilidad de
sobrevivir sin necesidad de apoyo, pues así, demostraba a todos que se podía ser feliz a
pesar de no tener a la familia consigo.
Las familias amorosas aprenden a escribir y re escribir sus relatos. Las
amargadas dejan que el relato las viva. Yo me suelo referir a esos relatos como
“maldiciones” si proviene de la familia paterna, me refiero a la maldición de
Tutankamón; si proviene de la línea materna, menciono la maldición de Cleopatra. Las
familias amorosas pueden haberse constituido sobre la base de una relación conyugal
“maldita”, pero con el amor lograron “desembrujarse”, o bien pueden surgir de
“bendiciones” en vez de “maldiciones.” Las bendiciones fortalecen el principio
fundamental de la ética: “no dañar”, por lo que se alienta el bienestar de los demás antes
que el egoísmo, por su parte, las maldiciones favorecen la envidia y con ella el egoísmo
antes que la generosidad.
Si el cuestionamiento de los mitos familiares, nos demuestra que hemos sido
víctimas de un fraude, ¿qué ocurre para que no reaccionemos con conductas
trasgresoras? “La decepción, la hipocresía, el fraude, todo parece predominar cada vez
más en nuestras vidas cotidianas, a pesar de las graves penas que a menudo resultan.
¿La fiebre moral de la cultura desgasta? Para el construccionista, el engaño, el fraude,
como concepto y como fenómeno cultural tiene que examinarse cuidadosamente. La
suposición del engaño o fraude depende de una creencia gemela en narraciones
verdaderas y honestas” (Gergen, 1996, p. 333).
La familia amorosa no es aquella que se ajusta al molde de normalidad
establecido por la cultura o por la psicoterapia sistémica. Carl Whitaker escribió que
aquellas familias afanadas en ser normales, desarrollan graves patologías. Una tendencia
de los psicólogos clínicos en general y de los terapeutas familiares, en particular, ha sido
la de escudriñar psicopatologías en todo ser humano que se les acerque. La actitud ha
cambiado, debemos identificar las fortalezas en las familias disfuncionales, evitar
estereotipar modelos de normalidad, puesto que como hemos visto, la normalidad es
siempre relativa a los condicionantes culturales.
El aspecto que no puede ser relativizado es el fundamento ético; en el
preámbulo de la “carta de los derechos de la familia”, redactada en 1981 y expuesta
como “Famaliaris Consortio”, Juan Pablo II en 1983; en el inciso E señala: “La familia
constituye, más que una unidad jurídica, social y económica, una comunidad de amor y
de solidaridad, insustituible para la enseñanza y transmisión de los valores culturales,
éticos, sociales, espirituales y religiosos, esenciales para el desarrollo y bienestar de sus
propios miembros y de la sociedad” ( En: Mifsud, 2003, p.316).
Siguiendo el planteamiento del Papa, la familia es la principal institución
social para la transmisión de la moral social, pero al mismo tiempo, la familia puede
corregir los aspectos morales que van en desmedro de la ética. La moral es relativa a las
consideraciones socio históricas de la corrección e incorrección; mientras que la ética es
universal. Una cosa es lo correcto y otra lo bueno. Lo correcto es el comportamiento
acorde con la justicia social, en cambio lo bueno es la “excelencia moral”: “en ética se
ha de tener en cuenta los todos que son intrínsecamente pero no últimamente buenos”

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Psicología del amor: El amor en la Familia 3

(Ross, 2001, p.89).


Esto significa, que todos los seres humanos debemos tener dignidad por nuestra
condición de humanos, pero no necesariamente esa condición nos convierte en personas
buenas. Las actitudes hacia los demás dependerán de las condiciones morales en las
cuales la persona ha sido criada. En otras palabras, existe la moral ética y la moral que
no es ética. Lo correcto no necesariamente es bueno, y lo bueno no necesariamente es
correcto.

CAPÍTULO 4

MORAL Y ÉTICA FAMILIAR

La moral del Cristo es amor; justo lo que la moral debiera ser. Conque
Jesús solo hubiese dicho “le serán perdonados sus muchos pecados por lo
mucho que amó”, valía la pena morir por estas palabras. Su justicia es
esencialmente una justicia poética, o sea verdaderamente lo que debe ser la
justicia.
Oscar Wilde

¿Es posible que la concepción del mal y del bien sea también una construcción
social? Ludwig Wittgenstein (1889 – 1951) escribió: “Está claro que la ética no resulta
expresable. La ética es trascendental” (Wittgenstein, 1979 p.177) En ese sentido, no es
posible “explicarle” a un hijo lo que está bien y lo que está mal. Aunque sí es posible
explicarle lo que es correcto e incorrecto. Lo segundo pertenece al campo de la moral, la
misma que corresponde al criterio de justicia, según el contexto cultural en el cual la
persona se desarrolle. Pero lo ético, está más allá de lo moral. Wittggenstein considera
que nos hemos involucrado tanto en nuestro lenguaje que hemos confundido lo “real”
con lo lingüístico. En una primera etapa, este filósofo, consideraba que sólo existe lo
que puede ser enunciado a través del lenguaje. Son juegos del lenguaje el dar órdenes,
describir objetos, construir un objeto a partir de descripciones, informar sobre un
acontecimiento, especular, plantear hipótesis, escribir, leer, hacer teatro, adivinar contar
y hacer chistes, hacer cálculos, traducir, preguntar, agradecer, saludar, rezar. En una
segunda, plantea que los juegos del lenguaje se relacionan con las formas de vida:
hablamos de una forma y no de otra porque vivimos la forma que vivimos. De ahí que:
“Los juegos de lenguaje están constituidos tanto por determinadas expresiones como
por la actividad humana con la que esas expresiones se encuentran entrelazadas. El
sentido está determinado porque hay ciertas relaciones no empíricas entre nuestras
oraciones, pero para que esas relaciones sean posibles deben existir relaciones internas
entre las acciones de los individuos” (Gonzales, 2003).
Por ello es que el lenguaje ¡solo lo entiende quien lo usa!: “Solo el hablante
puede comprender el lenguaje, las palabras se refieren a las sensaciones privadas e
inalienables del hablante, las palabras se refieren a lo que es conocido únicamente por el
hablante” (Peña, J. 11994, p.104). De ello se deduce que jamás podremos saber lo que
el otro nos quiere “en realidad” decir: “Yo puedo solamente creer que otro tiene dolor,

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Psicología del amor: El amor en la Familia 4

pero lo sé si yo lo tengo. –Si uno puede decidirse a decir Creo que él tiene dolor, en vez
de Él tiene dolor. Pero eso es todo. Lo que aquí parece una explicación o un enunciado
sobre los procesos mentales es, en verdad, un cambio de un modo de hablar por otro
que, mientras filosofamos, nos parece el más acertado. ¡Pruébese una vez – en un caso
real- a dudar de la angustia o del dolor del otro! (Wittgenstein, En: Peña, J. p. 109).
El denominado “segundo Wittgenstein” concluye que no sólo existe un
lenguaje, sino que existen varios, en función a las distintas formas de vida. Es nuestro
accionar el que define nuestra forma de hablar, es a nuestra praxis a la que Wittgenstein
le llama forma de vida, a su vez ésta se rige por nuestra “imagen del mundo”, es decir,
por la forma como establecemos las reglas de nuestro vivir, lo que podríamos
denominar “creencias”, o retornando a Kelly “constructos”; “El modo de actuar humano
común es el sistema de referencia por medio del cual interpretamos un lenguaje
extraño” (Withrington, 2000). La ética, para Wittgenstein, está en relación al sentido de
la vida: “El sentido del mundo debe quedar fuera del mundo. En el mundo todo es y
sucede como sucede: en él no hay ningún valor, y aunque lo hubiese no tendría ningún
valor…”( Wittgenstein, op.cit. p. 177). En conclusión, la ética es una cuestión de fe y no
de razón; la ética trasciende la concepción del mundo, al lenguaje; por eso la ética no es
relativa.
Antes del Tractatus Philosophicus, Friedrich Nietzsche (1844 – 1900) escribió
el libro “Más allá del bien y del mal. Preludio de una filosofía del futuro” (1886). La
siguiente máxima sintetiza, creo yo, la postura de este polémico filósofo: “El camino de
la vida de quien no encuentra su propio ideal, le conduce a una existencia más difícil e
imprudente que la de aquél que no tiene ningún ideal” (Nietzsche, 2003, p. 817).
Niezche propone que el ser humano debe recuperar su historia, romper con las
imposiciones y asumir el poder de sus decisiones. En ese sentido, escribió: “Acaso
reconociéramos entonces que la cosa en sí es digna de una carcajada homérica; que
parecía ser tanto, quizá todo, y que sin embargo, es propiamente vacía, en especial de
sentido” (Nietszche, 2003 T. IV, p. 1510) Cuando Nietzsche retira a Dios de la filosofía,
se queda con el sin sentido de la vida, pero aún si asumiéramos la inexistencia de Dios,
el ser humano se debe someter a una ética, la cual ya no puede ser pasiva y esperar los
mandatos del “cielo”, sino que deberá ser reflexiva, dependiente del individuo; el origen
del bien y del mal están en el mundo humano, y no se lo debe buscar en la metafísica.
Al criticar duramente a la religión tradicional (Nietzsche, 2003, Tomo I), sugiere
finalmente que se debe vivir aceptando el vacío y la falta de sentido, sintetizará su
pensamiento ético en la máxima “créate a ti mismo.” Para ello, es imprescindible pasar
de Dios a la voluntad de poder, entendida como el vivir apasionado, dejándonos llevar
por los sentimientos; para este filósofo, vivir necesariamente duele, y debemos asumir
el dolor y la alegría. Explicita su pensamiento respecto a la autenticidad del ser humano:
“Mientras que toda moral noble brota de un triunfante decir sí a uno mismo, la moral de
esclavos dice de antemano no a un afuera, a un de otro modo, a un no idéntico: y este no
es su acto creador. Esta inversión de la mirada que instaura valores, esta necesaria
dirección hacia fuera en lugar de hacia atrás, hacia sí mismo, pertenece precisamente al
resentimiento: la moral de esclavos necesita siempre, para surgir, primero un mundo
opuesto y exterior; necesita, por decirlo en lenguaje fisiológico, estímulos externos para
actuar; su acción es radicalmente reacción” (Nietzsche, 2003, p. 78). El buscarse a sí
mismo en ausencia de Dios, nos priva de la posibilidad de huir de nuestra inminente
soledad, nos obliga a reconocer el absurdo de nuestras creaciones sociales, incluyendo

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Psicología del amor: El amor en la Familia 5

ese dios de plástico que justifica según nuestros caprichos, el no asumir responsabilidad
por nuestra vida.
La moral familiar se ve afectada por los otros sistemas con los que interactúa.
Es así que la escuela tradicional se ha convertido en la peor enemiga de la formación
ética de los niños. Bertrand Russell (1872-1970) fue explícito al respecto: “Los niños
que son obligados a comer llegan a aborrecer la comida, y los niños que son obligados a
aprender llegan a desarrollar odio hacia los conocimientos. Cuando piensan no lo hacen
de forma espontánea, como juegan, corren o gritan; piensan para agradar a los adultos y,
por tanto, más por el deseo de hacer algo correcto que por satisfacer su natural
curiosidad” (Russell, 1988, p.84). La escuela ha intentado inculcar lo correcto de la
misma manera como introduce los conocimientos formales, el miedo al rechazo ha sido
el motivo por el que los niños asimilaron sin reflexión los principios inculcados por los
“profesores.” “Imaginemos una clase normal de cien niños; me atrevería a asegurar que
noventa de ellos aprenden sólo por miedo al castigo, nueve por un deseo de sobresalir
entre los demás, y uno por el deseo de aprender” (Russell, op.cit., p.130).
Por otra parte, la escuela se encarga de hacer realidad fantasías construidas por
personas angurrientas de poder: patria, hogar, “religión.” “El resultado de semejante
situación es que la educación se ha convertido en parte de la lucha por el poder que
sostienen las diferentes religiones, clases y naciones” (Russell, op.cit., p. 182). La
escuela fortalece una moral fundamentada en el crimen: “El servicio militar se nos
presenta como una noble preparación para la defensa de nuestra patria, pero no se dice
ni una palabra a los jóvenes para que sean conscientes de las operaciones militares de su
país, suponiendo que sea un país poderoso, estarán dirigidas más probablemente a la
agresión de otros países que a la propia defensa(…) Otra objeción es que es
prácticamente imposible inculcar nobles ideales de conducta en una sociedad que
enseña a la gente a matar” (Russell, op.cit., p. 109). En Bolivia se infunde un odio
irracional a los chilenos porque “nos robaron el mar”, nuestros hijos aprenden la historia
nefasta de nuestro ejército, la negligencia de nuestros gobernantes, la gloria de héroes
asesinos o suicidas, en vez de que se conozca la historia de nuestros antepasados, la
historia del arte, los movimientos sociales de resistencia ante la ignominia de la
oligarquía, la historia de héroes que se entregaron incondicionalmente a los demás, la
historia de la ciencia, etc. Basta mirar los monumentos de la ciudad de La Paz, para
darnos cuenta de la alienación moral que hemos estado viviendo. La mayoría de los
monumentos importantes pertenecen a personajes ajenos a nuestra historia: por ejemplo:
Asturias, San Martín, ¡Confucio!, ¡¡Neptuno!! Existe un monumento inmenso para un
suicida: Abaroa, y uno pequeño para un poeta: Franz Tamayo.
El impacto del materialismo sobre el espíritu humano ha destruido la
posibilidad de un diálogo que favorezca la valoración del “ser” en vez del “tener”:
“Ciega para el bien y el mal, indiferente a la destrucción, la omnipotente materia avanza
en su implacable camino; para el ser humano, condenado hoy a perder lo más querido,
mañana a traspasar él mismo el umbral de la oscuridad, lo único que le queda para amar,
antes de que abata el golpe, son los pensamientos elevados que ennoblecen su pobre
existencia; desdeñando los cobardes terrores del esclavo del destino, reverencia ante el
altar lo que sus propias manos han creado; impasible ante el imperio de los cambios,
conservar la mente libre de la tiranía caprichosa que rige su vida exterior;
orgullosamente desafiante ante las fuerzas irresistibles que solo pro un momento tolerar
su conocimiento y su condenación; sostener solo, como un Atlante cansado pero

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Psicología del amor: El amor en la Familia 6

inflexible, el mundo que sus propios ideales han creado a despecho de la marcha
irresistible del poder inconsciente” (Russell, 1996, p.79). Esa fuerza visible del
materialismo aparta la fuerza invisible del amor. La cultura occidental ha subyugado el
amor a la institución del matrimonio, la cual conlleva consigo las taras inmersas en la
educación: “La significación pecaminosa que una educación convencional confiere al
amor, incluso al amor dentro del matrimonio, obra a menudo subconscientemente en los
hombres como en las mujeres, y en aquellos cuyas opiniones conscientes son libres
como en los que se adhieren a las tradiciones rancias. Varios son los efectos de esta
actitud: muy a menudo hace al hombre brutal, basto y antipático en su modo de amar,
puesto que no le lleva a explicarse lo bastante para comprobar los sentimientos de la
mujer, ni puede dar el valor adecuado a la aproximación gradual del acto último,
gradación esencial para el goce en la mayoría de las mujeres” (Russell, 2001, ps. 95-96).
Los valores “light” estimulan el materialismo, el hedonismo, la permisividad,
la revolución si finalidad y sin programa y el consumismo; estas “necesidades”
implantadas en el mundo civilizado del siglo XXI, representan la fórmula de la libertad:
“El hombre light es frío, no cree en casi nada, sus opiniones cambian rápidamente y ha
desertado de los valores trascendentes. Por eso se ha ido volviendo cada vez más
vulnerable; por eso ha ido cayendo en una cierta indefensión. De este modo, resulta más
fácil manipularlo, llevarlo de acá para allá, pero todo sin demasiada pasión(…)
Podemos creer que estamos en la era del plástico, el nuevo signo de los tiempos. De él
se deriva cierto pragmatismo de usar y tirar, lo que conduce a que cada día impere con
más fuerza un nuevo modelo de héroe: el del triunfador, que aspira al poder, la fama, un
buen nivel de vida…, por encima de todo, caiga quien caiga. Es el héroe de las series de
televisión estadounidenses, y sus motivaciones primordiales son el éxito, el triunfo, la
relevancia social y, especialmente, ese poderoso caballero que es don dinero” (Rojas,
1994, pp. 16-17)
La sexualidad ha sido reprimida para que las personas crean que el poder es el
que otorga felicidad y placer. El controvertido psicoanalista disidente Wilhelm Reich
(1897 -1957), partiendo de las frustraciones sexuales observadas en sus pacientes,
considera que el fin de la represión del placer sexual es producir una persona adaptada
al orden autoritario. Para erradicar toda posibilidad de placer “gratuito”, la ideología del
poder se encubre de falsos principios “religiosos” para estimular los sentimientos de
culpa en aquellos que ingenuamente entregan sus cuerpos en actos desinteresados de
amor. Freud se encargó de darle un contexto pseudocientífico a los deseos y Lacan
fortaleció la idea de la imposibilidad del goce. La furia de Reich ante el fascismo de su
época le llevó a escribir: “la gente cae en tal o cual locura, se compadece de esto o de
eso, porque sus cuerpos son tiesos, que son incapaces de dar el amor o de gozar” (Reich,
1983, p. 24). Para Reich las personas acorazadas – incapaces de liberar su cuerpo- son
incapaces de tener autonomía, pero capaces de someterse a la manipulación y a la
explotación.
Al centrar la sexualidad en la genitalidad, se le ha quitado el sentido erótico y
amoroso, es paradójico, pero el comportamiento sexual humano es uno de los pocos que
se ha mantenido dentro del contexto zoológico, porque se lo ha reducido al deseo
incontrolable de la “libido.” Es en ese sentido alentado por los discursos científicos
aliados a la ideología del poder que la religión se ha visto contaminada de prejuicios
morales. Retomando a Russell: “(…) la idea de que las leyes naturales implican un
legislador se debe a la confusión entre las leyes naturales y humanas” (Russell, 1996,

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Psicología del amor: El amor en la Familia 7

p.21). Lo natural está determinado por los genes, lo humano por las convenciones
sociales, la mezcolanza entre ambas ocasionan los preceptos morales infames, los
mismos que dejan de ser éticos y se convierten en mandatos inhumanos que favorecerán
al mantenimiento de las jerarquías sociales de poder. El cristianismo aliado del poder
monárquico y oligárquico perdió el sentido esencial de su pensamiento prosocial: “Digo
deliberadamente que la religión cristiana, tal como está organizada en sus iglesias ha
sido, y es aún, la principal enemiga del progreso moral del mundo” (Russell, op.cit., p.
31). La ignorancia de las mayorías fue alentada por los gobernantes, quienes
aprovecharon el estado desesperado de incertidumbre para estimular la superstición. La
iglesia asumió el papel de fiscalizadora del comportamiento ajustado a los
requerimientos del gobierno, a través de increíbles tergiversaciones de la doctrina
cristiana, por ejemplo: “Si en algo están de acuerdo todos los expertos actuales es que la
hermenéutica bíblica garantiza absolutamente la tesis de que Jesús no instituyó
prácticamente nada, pero, en cualquier caso, se cuidó muy especialmente de no
proponer ni un solo modelo específico de Iglesia institucional” (Rodríguez, 1999, p.
263). La mujer ha sido la más perjudicada dentro de los dogmas de aquellas épocas en
la que la iglesia perdió el rumbo: “La mujer, según la ha entendido la patrística
cristiana, es un ser inferior, boba y condenada a la servidumbre por su naturaleza”
(Rodríguez, op.cit. p. 365).
El demonio se convierte en el protagonista del credo cristiano, porque gracias a
él, las personas se mantienen dentro de los moldes morales esperados. Es curioso
observar que hoy en día la secta pentecostalista se desarrolló en el país que más se
circunscribe en la moral dictada por el materialismo: Estados Unidos , y por supuesto
las fuerzas del bien deben imponerse a las fuerzas del mal: “sus énfasis fundamentales
se centran en la concepción del bautismo del Espíritu Santo como experiencia posterior
a la conversión por hablar en lenguas y su insistencia en la posibilidad de recibir los
dones del Espíritu Santo, de carácter más espectacular, como las lenguas, las curaciones,
las profecías, etc.” (Vidal, 1998, ps. 197—198). Ante la pobreza latinoamericana, las
sectas estadounidenses ofrecieron la salvación y curación a través de creencias que
pretendían imponerse a la emergente Teología de la Liberación: “La mayoría de las
sectas son bien recibidas en el medio popular porque favorecen a los creyentes
alternativas terapéuticas que resuelven innumerables problemas de salud física y
psíquica. Ejercen ese don de cura divina como misión de caridad, pero también lo
utilizan como medio de presión e intimidación, sobre todo sobre las personas con menos
posibilidad de adquisición de conocimientos, que son amenazadas de posesión diabólica
y maldición, si discrepan con las normas de la secta. A quienes se convierten, al
contrario, le es ofrecida la posibilidad de tres importantes experiencias: el
arrepentimiento de una vida pecaminosa y mundana: la conversión, seguida del ritual
del bautismo en las aguas, el cual marca la regeneración y la conciencia plena de estar a
salvo en Cristo; la santificación completa, lograda a través del bautismo con el Espíritu
Santo” (Monteiro, 1991, p.49).
Nuestro país no ha sido una excepción de la invasión de sectas, hoy en día
proliferan los cultos pentecostalistas y las corrientes “new age” (nueva era), la mayoría
de las cuales en vez de estar interesadas en las almas de sus fieles, lo están de su dinero:
“La venta de millones de dólares en productos y bienes en el mundo ha sido atribuida al
manipuleo de nuestros sentimientos de culpa, temores, ansiedades, hostilidades y
tensiones internas “(Loayza, 1999, p. 137).

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Psicología del amor: El amor en la Familia 8

La superstición y la ideología materialista conforman un círculo vicioso:


mientras más se imparten las ideas del tener para ser, se genera mayor cantidad de
personas que no tienen acceso al “tener” para que existan más individuos que tienen,
luego, las mayorías quedan sin posibilidad de acceder a la información, por lo que se
crea mayor incertidumbre dentro del mundo socialmente establecido, por lo que se
tiende a creer en cualquier cosa que ofrezca seguridad. La idea de la existencia del
demonio y los castigos de dios, son utilizadas para generar la obediencia ciega de las
mayorías indefensas, quienes asumen sin reflexión la moral del materialismo. Escribe
Rafael Antonio Loayza: “El convencer al sujeto que está sumido en el infortunio de la
condena implica el descrédito de su entorno cultural, particularmente en el caso de
Bolivia, de sus relaciones sociales y de su realidad socieconómica. Los evangelistas
dividen a la sociedad en dos: aquella que está bajo el resguardo y la tuición de los
demonios y el mal, lo que usualmente definiríamos como la sociedad global; y la
comunidad religiosa, acogida y protegida por Dios” (Loayza, op.cit., p. 60).
La familia está inmersa en un entorno cultural que influye poderosamente en
contra del amor. Russell (1929) considera que la familia del siglo XX estuvo en
decadencia debido a la sobrevaloración de los factores económicos y a la influencia de
estos en la ideología. Por ello el amor auténtico de los lazos familiares tambalean ante la
imposición de la moral del éxito impuesta por el sistema social civilizado. Una moral,
que alienta a los niños a valorar el asesinato, de ninguna manera es ética; una moral. que
obliga a los jóvenes a someterse al entrenamiento obligatorio para convertirse en
asesinos potenciales (“servicio militar obligatorio”), de ninguna manera es ética; una
moral, que fomenta el amor a la patria en vez del amor a las personas, de ninguna
manera es ética. Russell escribió: “Hay algunas cosas que son comunes a todos los
humanos. Una de ellas, tal vez la más importante, es la capacidad de padecer. Está a
nuestro alcance la posibilidad de disminuir de modo inconmensurable la suma de dolor
y miseria que hay en el mundo, pero poco avanzaremos por este camino mientras
permitamos que creencias irracionales opuestas entre sí dividan a la raza humana en
grupos mutuamente hostiles. Sólo en cualquier otra cosa, recordando que hasta los
mayores grupos están compuestos de individuos, que los individuos pueden ser felices o
desdichados y que cada individuo desdichado representa una falta de cordura humana y
de humanidad común” (Russell, 1957, p. 301).
Herbert Marcuse (1898-1979), desarrolla su filosofía a partir de la idea de la
“represión” del psicoanálisis freudiano, de tal manera que considera que el capitalismo
ha ocasionado la degradación del ser humano, al suplir sus tendencias al placer por el
consumismo, con la finalidad de gobernarlo y someterlo a un estado de alienación
consigo mismo: “Las libertades y gratificaciones existentes están vinculadas a los
requisitos del dominio: convirtiéndose ellas mismas en instrumentos de represión. La
disculpa de la escasez, que ha justificado la represión institucionalizada desde su inicio,
debilita en la media que el conocimiento y control del hombre sobre la naturaleza
promueven los medios de satisfacción de las necesidades humanas con un mínimo de
esfuerzo. El empobrecimiento que todavía predomina en vastas regiones del mundo, ya
no se debe, principalmente a la pobreza de los recursos humanos y naturales, se origina,
más bien por la manera como son distribuidos y utilizados. Esa diferencia puede ser
irrelevante para la política y los políticos, pero es de importancia decisiva para una
teoría de la civilización que deriva de la necesidad de represión de la desproporción
natural y perpetua entre los deseos humanos y el medio en que ellos deben satisfacerse

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Psicología del amor: El amor en la Familia 9

(…) La cultura de la civilización industrial convirtió al organismo humano en un


instrumento cada vez más sensible, diferenciado y permutable, y creó una riqueza social
suficientemente grande para transformar ese instrumento en un fin en sí mismo(…) La
tecnología actúa contra la utilización represiva de la energía, en la medida en que reduce
al mínimo el tiempo necesario para la producción de las necesidades de la vida,
ahorrando de esa manera tiempo para el desarrollo de necesidades situadas más allá del
dominio de la necesidad y de lo superficial que se vuelve indispensable” (Marcuse,
1978, ps.93-94). La tecnología en vez de liberarnos nos ha aprisionado, nos hemos
convertido en dependientes de objetos, los que se han constituido en un entorno más
peligroso que el “salvaje”; vivimos en una “ecología” industrial sumamente frágil. Las
crisis mundiales del petróleo son una muestra de la dependencia a la gasolina, la
psicosis colectiva generada por el supuesto desorden de los ordenadores que iba a
ocurrir al inicio del siglo veintiuno, es otro ejemplo de “angustia tecnológica.” Ya no
vivimos, estamos insertados en una vida virtual donde estar loco es querer vivir.
¿Es posible ser uno mismo en un mundo gobernado por mentiras verdaderas?
Sólo podemos ser si tenemos la libertad de elección. Nos diferenciamos de los
ordenadores en que ¡podemos equivocarnos! Se dice que errar es humano, creo que es
más que eso, errar es lo que nos hace humanos. La certeza existe en el mundo estático
de la sociedad, la incertidumbre es la condición indispensable de la vida; el juego entre
equilibrio – desequilibrio, vida – muerte, encuentro – despedida, es la esencia de la
existencia. Michel Foucault (1926 - 1984) se ha concentrado en la posibilidad de
libertad en un mundo que nos tiene prohibido discernir. Foucault diferencia la ética de
la moral, en el sentido que la primera se relaciona con el “gobierno de uno mismo”,
mientras que la moral con el “poder de los otros”; en la moral nos sometemos a los
valores impuestos. La única manera de ser ético es poder gobernarnos a nosotros
mismos, a pesar del poder que los otros ejercen sobre nuestras vidas. Por lo tanto, la
ética se relaciona con la posibilidad de ejercer nuestra libertad dentro del mundo social:
“la gente debe elaborar su propia ética, tomando como punto de partida el análisis
histórico, sociológico, y así sucesivamente, que les podemos proporcionar... toda esta
trama prescriptiva debe ser elaborada y transformada por la propia gente” (Foucault,
1996, p.89). La máxima que propone Focault para sintetizar el sentido ético del ser
humano contemporáneo es “cuida de ti mismo”, escribió: .”.. el peligro de dominar a los
otros y de ejercer sobre ellos un poder tiránico no viene precisamente más que del hecho
de que uno no cuida de sí y por tanto se ha convertido en esclavo de sus deseos. Pero si
uno se ocupa de sí como es debido, es decir, si uno sabe ontológicamente quién es, si
uno es consciente de lo que es capaz, si uno conoce lo que significa ser ciudadano de
una ciudad, ser señor de su casa en un oikos, si sabe qué cosas debe tener y aquellas a
las que no debe temer, si sabe qué es lo que debe esperar... no puede abusar de su poder
en relación con los demás...”(Foucault, 1994, p. 119). Debemos romper todos los
constructos, pues ellos son la cárcel que impide que podamos salir de esa inercia que
nos impone la alineación de la civilización. Romper los esquemas requiere resistirnos al
poder que clasifica y exige obediencia, en otras palabras que nos “cosifica” – nos
convierte en objetos -, deshumanizándonos, somos números, estadísticas; ¡hemos
dejado de ser personas! La propuesta es “reinventarnos”, “recrearnos”, a pesar de las
condiciones adversas a la creatividad y a la reflexión.
Estamos viviendo una época en la que los programas de las computadoras están
compitiendo con la inteligencia humana. Los especialistas en inteligencia artificial

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sueñan con lograr una mente artificial que pueda superar la mente humana. En 1988
existían cuatro millones setecientos microcomputadoras y ciento veinte mil
minicomputadoras en los Estados Unidos, hoy en día, los ordenadores se han convertido
en instrumentos indispensables para los seres humanos civilizados (Kurzwell, R. 1999).
Los medios de comunicación se han sofisticado, y con la popularización del Internet, las
noticias pueden ser conocidas al instante en cualquier punto del planeta. El ser humano
común elabora el sentido de su vida en función al progreso, no tienen tiempo para
preocuparse por el “vacío existencial.” Jaime Barylko (1936-2005) escribió al respecto:
“El hombre, carente de toda posibilidad de apoyo firme, se apoyan en las cosas, los
objetos, la técnica. Es lo único seguro, casi. Se aprieta un botón y aparece el objetivo
deseado. Como ser ese gran invento casi sacramental que es el teléfono celular. Se
comunica constantemente con otros y, cuando cierra el celular, siente cuán solo está”
(Barylko, 2002, p.18). Por eso, cerramos el celular, prendemos el televisor, o jugamos
con el “play station” o “navegamos por el Internet.” Es una época donde el sentimiento
de soledad es inadmisible, cuando como nunca los seres humanos estamos tan solos. El
vivir en crisis es la norma: “Nace el nene y llora como un descosido porque lo arrojaron
a un mundo que no acepta personas que no vengan presididas por tarjetas de crédito”
(Barylko, op.cit., p.75).
El progreso se hizo cotidiano, el cemento aplasta las flores y en las paredes se
pintan burdos recordatorios de una naturaleza sin perfume. Respiramos polución y
abrimos un boquete de ozono por donde huyen nuestras almas. Algunos espíritus
indomables gritan desesperados desde sus corazones hambrientos de amor,
desconfiando de las máquinas depositan su fe en los sentimientos. Es así que surge un
movimiento rebelde con la modernidad. Jean-Françoise Lyotard (1920-1998), introduce
el término postmoderninad explicando su elección de la siguiente manera: “Designa el
estado de la cultura después de las transformaciones que han afectado a las reglas del
juego de la ciencia, de la literatura y de las artes a partir del siglo XIX (Lyotard, 1993,
p.9). La tecnología nos está robando nuestra esencia, pero no puede robarnos el
lenguaje. En él todavía podemos inventar nuevos discursos, nuevas historias, re
escribirnos a pesar de la dependencia a las contingencias alienantes del entorno
progresista. La prosperidad prometida por el capitalismo tiende a la concertación de la
certidumbre, y ante ella, el sentido de la existencia desaparece, corriéndose el riesgo de
caer en un nihilismo o un relativismo de la ética. El movimiento hippie de la década de
los sesenta, fue un intento de crear una sociedad donde la regla era no tener reglas:
“Como parte de su posición moral, los hippies idolatraban la confianza en los demás y
con frecuencia se ponían en peligro. Se aceptaba de inmediato a cualquiera que llegara a
la comunidad y, si se comportaba como uno de ellos, se le tenía confianza. A la policía
le resultaba muy fácil introducir agentes en busca de marihuana y LSD, y a pesar de que
los hippies sabían que eran policías, éstos eran bien recibidos (…) Un psiquiatra
presentó un ejemplo extremo, informando a sus colegas que había encontrado una cura
para la paranoia. Envió a un joven paranoico a vivir en una comunidad hippie y el
paciente abandonó sus ideas paranoicas, informando que “no podía continuar
desconfiando en una comunidad tan ingenua y confiada” (Haley, 1974, pp. 86-87).
En contrapartida al hippie, durante la década de los ochenta aparece el
“yuppie”: ” Los yuppies por definición visten de traje formal (saco y corbata, lo demás
es andar “sport” y esto solo se hace los fines de semana), un reloj suizo (porque dicen
que los suizos son los mejores relojeros del mundo), están al tanto de lo último en

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Bismarck Pinto Tapia 6
Psicología del amor: El amor en la Familia 1

tecnología (en lugar de agendas usan PDAs, agendas electrónicas con capacidad para
almacenar números y direcciones de tantas personas que nunca van a conocer),
propietarios de carros japoneses o europeos (aunque sea solo en la cabeza), por nombrar
algunas características. Uno de los discursos más populares de los yuppies jóvenes es
que con su trabajo como “ejecutivos” consiguen independencia económica –ya mis
papás no me dan dinero para bacanalear-, pero bueno, -todavía estoy viviendo en la
casa- (con ellos). Claro, esto se explica porque llega cierta edad en que para un yuppie
adolescente deja de ser “cool” pedir dinero para los fines de semana” (Fonseca, F.
2006).
En la cultura “light” está erradicada la reflexión: “En la cultura light la belleza
todavía existe, las buenas intenciones, las promesas que se cumplen, la alegría...
naturalmente salud, mejor figura, amor verdadero... La única diferencia entre un
producto light que se vende en el supermercado y el ungüento del amor que te hace una
bruja de mediana reputación es el envase (…) Su religión es la superficie y lo sagrado es
la promesa.
Lo light, placebo de la existencia, aliviana el curso de lo real; lo disimula por
momentos. Lo light es abreviatura, atajo, esperanza de que se puede salir adelante
haciéndole trampitas a la vida... La regla de lo light es la sistemática omisión de lo
pertinente: cigarro sin nicotina, café sin cafeína, azúcar sin azúcar, música sin música, o
sea ambiente musical. Todo lo sistemáticamente privado de sí mismo es light. Por ello
el material light es el plástico, el alimento light el chicle, la obra literaria light el
bestseller, el eufemismo la figura retórica light... Lo light, espejismo unidimensional de
la pantalla, superficie polícroma del megacine, cosmos plano de la mente sin relieve,
aplasta toda manifestación cultural hasta reducirla al mínimo denominador común de la
banalidad” (Pérez, 1997).
Jürgen Habermas (1929) considera que los seres humanos son legitimados por
el poder del Estado, el que reconoce al otro como existente siempre y cuando se ajuste
al progreso técnico. La filosofía ha perdido su función reflexiva, para establecerse como
un medio de “edificación”, reconociéndose como una rehabilitación de la filosofía
práctica. Es decir, que todo debe tener alguna utilidad (Habermas, 1980).
Habermas insiste en la importancia de la responsabilidad como eje de la ética
postmoderna, puesto que ante el impacto tecnológico, las posibilidades de destruir el
mundo como de mejorarlo se han incrementado. Por lo tanto, es importante responder
por un acto del cual se es causa, o por su omisión; responder ante los otros; responder
por el futuro, por los efectos de nuestros actos sobre las condiciones del futuro.
Habermas desarrolla la idea del “paradigma intersubjetivo”, para referirse a la
importancia del “nosotros” en las sociedades actuales, la comunicación es el imperativo
indispensable para la supervivencia en medio del orden establecido por la tecnocracia.
Por su parte Emmanuel Levinas (1906-1955) también está preocupado con la
supervivencia de lo humano en un mundo dominado por la tecnología. Según este
filósofo, la única opción de libertad que tenemos es derrotar el poder, puesto que la
prerrogativa ética es dilucidar entre la realización personal o la adquisición de poder. La
guerra es la muestra de la derrota de los valores humanos y la victoria del poder,
podemos existir solo a través de la realización con el otro, es decir, en la posibilidad de
colocarnos en su lugar, de ahí que el mandato más importante de la ética es “no
matarás”, que se debe extender al “no dañar de ninguna manera a ningún ser humano.”
Es en este sentido que la práctica del amor se concibe como la liberación del oprimido,

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Psicología del amor: El amor en la Familia 2

de aquél que no acepta el desencanto de una realidad en la cual nada tiene que ver su
intervención. Levinas confronta a los jóvenes con la siguiente pregunta: ¿Qué mundo
desearían heredar de los adultos para asumirlo y vivenciarlo desde su propia dignidad?
(Sidêkum A. 2006).
Es imposible un mundo de justicia cuando se ha sometido la esencia humana a
la dependencia progresista. Jacques Derrida (1930-2004) propone diferenciar entre
“justicia” y “bondad”; la justicia implica imparcialidad y universalidad, mientras que la
bondad tiene que ver con el bienestar del otro. “Dos lógicas completamente distintas se
enfrentan: la primera impone el frío deber recíproco de tratamiento imparcial, la
segunda la infinita preocupación por el otro. Se puede pensar que la primera se
corresponde con la moral moderna fundada sobre el tratamiento imparcial. La segunda,
en cambio, correspondería a la moral de una democracia diferencial todavía no
instituida” (En: D’Agostini, 2000, p.478.). No es lo mismo “ser justo” que ser “bueno”,
la justicia está emparentada con la concepción moral de la ideología, de tal modo que es
relativa a las circunstancias socio históricas, mientras que la bondad es absoluta, puesto
que tiene que ver con el respeto a la libertad del otro, tal como escribió Kant: “Ahora
bien, yo digo: el hombre, y en general todo ser racional existe como fin en sí, y no
simplemente como medio cuya voluntad puede ser usada por éste o por el otro a su
antojo; en todas sus acciones, tanto en las que conciernen a sí mismo como en las que
conciernen a otros seres racionales, debe siempre ser considerado al mismo tiempo
como fin” (En: Derrida 1968); Derrida reacciona ante la ignominiosa ética positivista,
según la cual no interesan los medios para alcanzar las metas del progreso; dentro de esa
concepción pragmática de lo “bueno”, el ser humano es un ente instrumental para
lograr la eficiencia de la producción material. Desarrolla la idea de la deconstrucción es
con la que suele identificarse la filosofía de Derrida.
Si bien el concepto lo desarrolla dentro del contexto de la literatura
cuestionando la idea de que un texto tiene un único significado dictaminado por la
lógica imperante; en vez de ello, considera que la lectura puede interpretarse de maneras
que no necesariamente coincidan con aquellas propuestas por el análisis tradicional; el
lenguaje significativo es un simple libre juego de significantes sobre un proceso infinito
de textos que hacen parte de otros textos. El significado de las palabras tiene que ver
con aquello que la hace diferente (difference) diferencia, es decir, que la entendemos a
partir de lo que no dice, lo que no es; deconstruir es buscar las maneras de cómo un
texto se contradice, destruyéndose así su lógica, por ello la deconstrucción permite
identificar que los significados tienen que ver con aceptación de un sistema de valores
dominante y no de una realidad absoluta, se trata de una reinterpretación de la
interpretación (Derrida, 1998).
Habermas, Levinas y Derrida son filósofos que a partir del análisis de los
juegos del lenguaje reconocen la falacia de la ética posmoderna, la misma que es
resultado de la interpretación relativista de los condicionantes ideológicos. Es así que la
tendencia filosófica que representan recupera la hermenéutica (ερμηνευτική τέχνη,
hermeneutiké tejné, arte de explicar, traducir, o interpretar) de Evémero de Mesene
(siglo IV a. C.) quien trató de explicar racionalmente los mitos griegos buscando
coincidencias con eventos históricos y Teágenes de Regio (sigloVI a.C.) quien más bien
procuró interpretaciones alegóricas. La Biblia también fue interpretada a partir del
método hermenéutico de Santo Tomás de Aquino (1225-1274). Después de varios
siglos de concentrarse la hermenéutica en la teología, durante la época del

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Psicología del amor: El amor en la Familia 3

romanticismo, el filósofo alemán Schleiermacher (1768-1834) la recupera como una


manera de reconstruir el “espíritu” de los antepasados. Es posible sintetizar la
concepción hermenéutica como “…la invitación a un experimento lingüístico.
Comprender algo es ahora entender un lenguaje, y entender un lenguaje es comprender
un mensaje mediado por un código, en el horizonte de mi propia circunstancia
espiritual” (Ortiz-Osés, 1986, p.56).
Así como interpretamos un texto, también interpretamos la “realidad.” Ángel
Amor Rubial (1869-1930) considera que el ser humano también es interpretado porque
es parte e interpretante de lo real, en ese sentido: “El ser esboza la realidad y el
conocimiento. En el individuo el ser no se aliena, sino que se reproduce y se califica o
cualifica: se enajena para realizarse” (En: Ortiz-Osés, op.cit., p. 251). Es decir, que para
poder existir es necesario la reflexión del mundo exterior organizado según una lógica
que no necesariamente corresponde con la esencia misma de las cosas. Retoma a
Heidegger cuando considera que somos arrojados a un mundo ya establecido, cuya
intención no es nuestra existencia, sino la destrucción de nuestra esencia espiritual para
ponernos al servicio de los intereses frívolos de la civilización. “La razón posmoderna
es, así, una razón mejúnjica o implicada, basada, por una parte en el actual
intercomunicacionismo, y por otra, en la recuperación de una filosofía de lo cursi, a
cuyo frente está la interpretación de la interpretación como acomprehensión y del
pensamiento con amor: Das eigentliche Denken ist das wahre lieben. EDl auténtico
pensar es el verdadero amar (Heidegger)” (Ortiz-Osés, op.cit., 27). Un lenguaje sin
mediación es un lenguaje acrítico, por lo tanto, el diálogo es fundamental para el
cuestionamiento de los presupuestos lingüísticos en los que impera la irreflexión
impuesta por la lógica. El encuentro de las esencias humanas sólo es posible cuando los
actores de la comunicación confrontan el significado de las palabras, otorgándoles
nuevos sentidos a partir de la condición del amor.
Para Karl Popper, los principios que rigen a la ciencia también deben regir a la
ética. Son tres estos principios: el de fiabilidad, referido a la necesidad de asumir “que
quizá yo estoy equivocado y quizá tú tienes razón. Pero es fácil que ambos estemos
equivocados” (Popper,1996 p.255); el principio de discusión racional, según el cual
toda afirmación debe ser factible de ser criticada y redefinida; finalmente, el principio
de aproximación a la verdad; el cual señala que la discusión sobre las afirmaciones, no
es una discusión sobre las personas.
En una familia donde la ética se impone a las reglas, puesto que las personas
son más importantes que las normas, se cumplen los tres principios de Popper; los
miembros de la familia, no importando su nivel jerárquico, tienen derecho a poner en
tela de juicio sus razones, siempre y cuando se comprenda la relatividad de las
afirmaciones a los momentos evolutivos familiares, para finalmente evitar personalizar
los problemas – confundir el planteamiento de un problema con el ser de la persona -.
Francisco Varela (1946 – 2001) consideró que la adquisición de la ética no es
un privilegio de algunos “expertos”, sino que es parte del desarrollo social de todo ser
humano, tiene que ver con nuestro crecimiento en comunidad, aprendemos lo que se nos
pide que aprendamos para ser aceptados en nuestro entorno: “Bajo este prisma, un
experto en ética no es ni más ni menos que un participante total en una comunidad.
Somos todos expertos porque todos pertenecemos a una tradición ampliamente
constituida en la que nos movemos con soltura” (Varela, 1996, pp. 27-28). Humberto
Maturana agrega: “El ser humano es constitutivamente social. No existe lo humano

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Psicología del amor: El amor en la Familia 4

fuera de lo social. Lo genético no determina lo humano, sólo funda lo humanizable.


Para ser humano hay que crecer humano entre humanos. Aunque esto parece obvio, se
olvida al olvidar que se es humano sólo de la manera de ser humano de las sociedades a
que se pertenece. Si pertenecemos a sociedades que validan con la conducta cotidiana
de sus miembros el respeto a los mayores, la honestidad consigo mismo, la seriedad en
la acción y la veracidad en el lenguaje, ése será nuestro modo de ser humanos y el de
nuestros hijos. Por el contrario, si pertenecemos a una sociedad cuyos miembros validan
con su conducta cotidiana la hipocresía, el abuso, la mentira y el autoengaño, ese será
nuestro modo de ser humanos y el de nuestros hijos (Maturana, 2004, p. 82).
La moral se define por lo que culturalmente se considera correcto e incorrecto,
pero lo correcto no necesariamente es bueno, de ahí que dentro de la concepción ética
del pensamiento de Humberto Maturana, la ética necesariamente está ligada al amor y
no a la justicia: “Un moralista aboga por el cumplimiento de reglas; son para él un
referente externo destinado a dar autoridad a sus afirmaciones y ocurrencias curiosas.
Le falta la conciencia de la propia responsabilidad. El que actúa como moralista no
percibe al otro porque está concentrado en el cumplimiento de reglas e imperativos.
Sabe con certeza lo que hay que hacer y cómo tendrían que comportarse los demás. En
cambio el que actúa éticamente percibe al otro: le es importante, lo ve. Por supuesto que
es posible que alguien argumente como moralista sin ser ético, o que tenga fama de
inmoral y sin embargo su conducta sea ética. En cada caso, la posibilidad de la ética y
del ser tocado por el otro aparece recién cuando uno percibe al otro ser humano como
un legítimo otro y se preocupa de las consecuencias que las propias acciones podrían
tener para su bienestar. La ética se funda en el amor” (Maturana y Pörsken,ob. cit. pp.
237-238).

En las familias amorosas, los hijos tendrán tendencia a desarrollarse como


personas bondadosas, mientras que en las amargadas, será más fácil que se gesten
sentimientos egoístas y malvados. Flávio Gikovate escribió que “Las primeras tareas
individuales están sujetas a la reglamentación. Cada niño aprenderá, por ejemplo, a
alimentarse de la manera que es considerada como la correcta, teniendo por objetivo
dejar bien a las personas que se encuentren cerca de él en ese momento” (Gikovate,
2001, p. 33). Esa actitud de respeto del niño sólo es posible en un entorno de amor,
donde se juegan los órdenes del amor fundamentados en las reciprocidades positivas.
Fue Lawrence Kohlberg (1927 - 1987) quien mejor estudió el desarrollo de la
moralidad. Este psicólogo, considera a la moralidad como un juicio que permite una
decisión; desde sus investigaciones concluye la existencia de tres niveles del
pensamiento moral (Kolhberg, 1969).
El primer nivel, denominado premoral, se caracteriza por la definición de lo
bueno y lo malo a partir del respeto a las imágenes de autoridad. En este nivel, existen
dos tipos de niños, aquellos que evitan hacer cosas malas por miedo al castigo y por el
reconocimiento de su obediencia, y aquellos otros que hacen las cosas correctas por las
recompensas que recibe su acción (Kohlberg, op.cit.)
El segundo nivel, corresponde a la moralidad concordante con los roles
convencionales. En este nivel, que por lo general se alcanza alrededor de los diez años
(Pappalia y Olds, op.cit.), se caracteriza porque el niño debería abandonar la postura
egoísta del primer nivel para pasar a otra con orientación más social, en la cual
pretenderá apoyar la organización social de su contexto. Al igual que en el primer nivel,

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Bismarck Pinto Tapia 6
Psicología del amor: El amor en la Familia 5

existen dos tipos de niños en este segundo: el de la moralidad de la buena persona, en la


cual se espera la aprobación de los demás, de tal manera que el niño obedece las normas
para evitar el enojo de los que quiere; y aquellos que obedecen las reglas para mantener
la vigencia de las leyes establecidas. En el primer tipo, los pequeños obedecerán
solamente a aquellos que aman para ser valorados, en el segundo, consideran que está
mal violar una regla independientemente del contexto en el que se encuentren
(Kohlberg, op.cit.)
El tercer nivel de juicio moral se instaura alrededor de los trece años y se
consolida en la edad adulta. A diferencia de los anteriores dos niveles, existen personas
que no tienen acceso a este nivel y se mantendrán en juicios determinados por las
consecuencias inmediatas de sus actos (primer nivel), o por la consideración irracional
del mandato social. Al tercer se le denomina como la etapa de la moralidad de
principios autónomos (Kohlberg, ob. cit.). Se trata de juicios resultantes de la reflexión
crítica y consciente de la persona en relación al bienestar de los demás, y la conclusión
de que existen fundamentos morales universales (ética). Existen dos tipos: aquel que se
preocupa en el mantenimiento del respeto mutuo con los demás, de tal manera que sus
decisiones derivan de los principios de igualdad, dignidad y los derechos humanos
universales; el segundo tipo, se refiere a las personas que toman conciencia de sus
errores morales, es decir, reconocen el sentimiento de culpa, de tal modo que son
capaces de imponer el criterio del no dañar sobre cualquier otro, inclusive el legal, son
capaces de ir en contra de la moral vigente si ésta contradice los principios éticos.
Carol Gilligan (1970) (en: Rice, ob. cit., p. 451), agrupó los niveles de
Kolhberg en tres niveles: moralidad preconvencional, en el cual el niño está preocupado
por sí mismo y su supervivencia – agrupa al primer nivel -; moralidad convencional, en
la cual la persona se preocupa por ser responsable y por satisfacer a los demás –
segundo nivel -; y moralidad posconvencional, en la que se separa al yo de los intereses
de los demás –tercer nivel -.
Como en las familias amorosas prima la comunicación diáfana y el cariño
desinteresado, sus miembros tienden a alcanzar el tercer nivel de juicio moral. Mientras
que en las familias amargadas, las personas suelen detenerse en el primer nivel. Flávio
Gikovate (op.cit.) lleva a cabo una clasificación de estas personas: el primer grupo de
estos individuos corresponde al más peligroso de todos los seres humanos, aquellos
incapaces de sentir miedo – psicópatas primarios (Lykken, 2000)-, éstos son incapaces
de diferenciar lo bueno de lo malo por lo que tienden a la delincuencia, su único juicio
“moral” es el de dominar a los demás. El segundo grupo corresponde a aquellas
personas que se comportan bien, sólo porque temen las represalias. Al tercer grupo
pertenecen las personas que actúan correctamente, únicamente porque tienen miedo de
los castigos “divinos”, o viven con la esperanza de que serán recompensados después de
la muerte. En el cuarto grupo se encuentran las personas que actúan correctamente por
vergüenza, es decir, por el temor al “qué van a decir los demás.” En el quinto grupo
están quienes ajustan su comportamiento a los mandatos de las leyes religiosas y/o
sociales, no admiten ningún comportamiento que contradiga aquello que está escrito por
dios o por la ley, a pesar de que las “escrituras” contradigan el bienestar común.
Para Gikovate, como para Kohlberg y Gilligan, las personas con alto nivel
moral, que correspondería al ser humano ético, son aquellas capaces de ir más allá de lo
que está determinado socialmente. Quienes son capaces de trascender a los
condicionamientos sociales. Sólo podemos ser éticos si nos ponemos en el lugar del

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Psicología del amor: El amor en la Familia 6

otro, si somos capaces de tener compasión, de hacer todo lo posible para sentir como el
otro está sintiendo, salir de uno mismo, el éxtasis del amor: “El origen de la ética radica
en que a los seres humanos no todo nos da igual. Más allá de las decisiones puntuales,
sobre las cuales debemos discernir, antes de cualquier conflicto, toda persona percibe
que dentro de sí misma tiene la posibilidad de hacer elecciones que alteren los
resultados posibles” (Brunero, 2002, p. 23).
Si bien es cierto que la ética escapa de la lógica y mucho más del lenguaje,
también se puede expresar a través del arte, y el máximo arte es la oración, de tal
manera que terminaré este apartado con los siguientes párrafos del libro “Oraciones a
quemarropa” de Luis Espinal: “La moral puritana puede ser más nociva que la
pornografía (…) Danos unos ojos de niño para ver con limpieza tu creación; que
recordemos que tú lo hiciste todo bueno (…) En este momento, en cada momento,
alguien muere, alguien blasfema, una inocencia es atropellada, una persona se
suicida…y nosotros estamos pasivos, sobre las ruinas del mundo, preocupados por un
botón(…) Señor, tenemos la costumbre de acostumbrarnos a todo; aún lo más hiriente
se nos oxida(…) Tenemos miedo que nos falte tiempo para amar: que nos malgastemos
en el egoísmo. En el mundo hay millones de personas que mueren de hambre; pero no
hay estadísticas para los famélicos de amor. ¿Qué hacemos con el corazón cerrado como
una caja fuerte? (…) Jesucristo ha dicho: quien quiera economizar su vida, la perderá y
quien la gaste por Mí, la recobrará en la vida eterna. Pero a nosotros nos da miedo
gastar la vida, entregarla sin reservase(…) Señor Jesucristo, nos da miedo gastar la vida.
Pero la vida tú nos la has dado para gastarla; no se la puede economizar en estéril
egoísmo. Gastar la vida es trabajar por los demás, aunque no paguen; hacer un favor al
que no va devolver; gastar la vida es lanzarse aún al fracaso, si hace falta, sin falsas
prudencias; es quemar las naves en bien del prójimo” (Espinal, 2005).

CAPÍTULO 5

EL AMOR DE PADRE Y EL AMOR DE MADRE

Bendito es el hombre que oye muchas voces tiernas llamándolo padre.


Lydia M. Child

Amar a nuestros hijos es una obligación moral. Sin embargo, se trata de un


amor que aprendemos a dar: ¡no viene en nuestro bagaje biológico! Nuestro amor no se
refiere únicamente a satisfacer las necesidades de supervivencia, sino fundamentalmente
a promover la capacidad de sobrevivir en un mundo atestado de imposiciones que
tratarán de apagar los potenciales de crecimiento auténtico de nuestros hijos.
Cualquiera puede convertirse en padre o en madre, pero no cualquiera puede

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Psicología del amor: El amor en la Familia 7

actuar como papá o mamá amorosos. El amor de padres duele mucho, porque su
finalidad es permitir que los hijos puedan dejarnos sin sentirse culpables. Para poder
entender la paradoja del amor paterno y materno, es necesario reflexionar sobre el ciclo
vital personal.

5.1. El amor de papá y de mamá durante el desarrollo del ciclo vital


personal de los hijos.

En mi casa he reunido juguetes pequeños y grandes, sin los cuales no


podría vivir. El niño que no juega no es niño, pero el hombre que no juega perdió
para siempre al niño que vivía en él y que le hará mucha falta.
Pablo Neruda.

Todos los seres cumplen un ciclo: nacer, crecer y morir. Desde una estrella en
el infinito firmamento hasta un animalito unicelular. En el caso humano, nacemos,
crecemos, algunos deciden tener hijos y morimos. Escapa a nuestra voluntad el
nacimiento y el morir. Nadie viene a este mundo queriendo y pocos son los que deciden
irse sin que haya llegado todavía su hora. Así que no es nuestro mérito nacer ni morir…
¡es un milagro! Lo que importa es qué hacemos durante nuestra vida, la cual comparada
con la edad del universo es efímera, como el canto de una cigarra, como el suspiro de
Dios enamorado. Cuando hablamos del ciclo vital, nos estamos refiriendo a ese proceso
ineludible del nacer, vivir y luego morir.

Rice (op.cit.) considera cuatro etapas que comprenden nuestro ciclo vital:

Primera: Desarrollo infantil.

a) Periodo prenatal. Desde la concepción al nacimiento.


b) Infancia. Los dos primeros años de vida.
c) Niñez temprana. Desde los tres hasta los cinco años.
d) Niñez intermedia. A partir de los seis hasta los once años.

Segunda: Desarrollo adolescente.

Desde los doce años hasta los diecinueve.

Tercera: Desarrollo adulto.

a) Juventud. A partir de los veinte hasta los treinta años.


b) Edad madura. Durante los cuarenta años hasta los cincuenta.

III) Vejez.

De los sesenta adelante.

El amor se debe adecuar a las necesidades de los hijos en función al momento


de su la etapa de su evolución.

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Psicología del amor: El amor en la Familia 8

5.1.1. EL AMOR DURANTE LA ETAPA PRENATAL.

Los niños son como las estrellas. Nunca hay demasiados.


Madre Teresa de Calcuta

Al enterarnos que tendremos un bebé, comenzamos a imaginarnos a éste a


partir de nuestras expectativas personales. La mamá siente a esa criaturita viviendo en
su propio cuerpo, es parte de ella misma, a pesar de lo cual se sentirá confundida, con
temores al mismo tiempo que con alegría. Mientras que papá no sabe lo que está
ocurriendo. Son sentimientos diferentes, en ella existe la certeza de que pronto será
mamá, mientras que él debe aceptar la afirmación de su pareja y comenzar a “hacerse la
idea” de que será papá.
Las mujeres han tenido que luchar contra la idea de que ser madre es ser mujer:
ser en función del otro, del esposo y de los hijos. Jean – Jacques Rousseau (1712 –
1778) planteó que la mujer tenía que cumplir ciertos deberes en la nueva sociedad
planteada por la Revolución Francesa: “¿Y cuáles eran esos deberes femeninos? Vaya,
sorpresa. Tenían que permanecer confinadas en el hogar, consagrarse a las atenciones
hacia su esposo, darle hijos y educarlos” (Gilbert y Roche, 1989, p. 160).
La madre como representación social en la ideología del poder implica “una
institución histórica, clave en la reproducción de la sociedad, de la cultura y de la
hegemonía y en la realización del ser social de las mujeres. Las madres contribuyen
personalmente, de manera exclusiva en el periodo formativo y compartida durante toda
la vida, a la creación del consenso del sujeto al modo de vida dominante, en su esfera
vital (…) Así, las madres son reproductoras de la cultura, aculturadoras de los otros.
Son las primeras pedagogas de quienes comienzan a vivir, y en complejos sociales
estatales, son funcionarias del Estado en la sociedad, durante toda la vida de los sujetos.
En cualquier circunstancia, las mujeres madres son intelectuales, son funcionarias del
Estado en la sociedad civil” (Lagarde, 1993 pp. 376 – 377).
Cuando una mujer se embaraza es presa de las ideas irracionales, que son
sostenidas por la ideología del poder, principalmente la que afirma tácitamente que su
deber es ser “buena madre”, y que debe desear a ese bebé, caso contrario la criaturita
será víctima de traumas. La maldición no solamente se cierne sobre el bebé, sino
también sobre la madre: “Un hijo será lo que su deseo le indique, o no será nada”
(Alvarez, 2006). Desde el psicoanálisis contemporáneo, se concibe a la mujer como un
ser en falta, un ser castrado que envidiará por siempre el pene del varón, la única
esperanza de realización la encuentra en el embarazo, durante el cual se sentirá
colmada, pues alberga dentro de su inconsciente la posibilidad de obtener al fin el
órgano que carece (Lacan, 1998).
De esas ideas disparatadas surge el término “hijo deseado”, el mismo que es
responsable por abortos “justificados por la ciencia psicológica”, pues ¿cómo traer al
mundo a un bebé que tendrá traumas porque no fue deseado?
Los estudios de la científicos nada dicen acerca de la supuesta correlación entre
hijo deseado – felicidad. El feto percibe, por ejemplo: “Los fetos no sólo pueden
escuchar dentro de la matriz sino que también parecen recordar y diferenciar lo que

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Psicología del amor: El amor en la Familia 9

escuchan” (DeCasper y Spence, en: Papalia y Olds op.cit. p. 103). Recibe la sangre de
su madre, por lo que sí puede hacer con que su organismo se vea afectado por el estrés
de su mamá, pero no hay indicios de que el deseo de que nazca o no el bebé, influya en
su desarrollo afectivo. Lo que sí es factible de afirmar es que el cuidado de la salud de la
madre durante la gestación es determinante de la salud del feto: la nutrición, evitar el
consumo de drogas y alcohol, y los riesgos asociados a varias enfermedades maternas,
afectarán el desarrollo del niño.
Por lo tanto, el prejuicio del “niño deseado”, puede más bien afectar al niño
cuando nace, de dos maneras: si no fue deseado, los padres probablemente tengan una
actitud más negligente con el pequeño y por ende no sea estimulado como corresponde,
o por otra parte, al ser una criatura deseada, los padres se sientan confundidos si el niño
no responde a las expectativas de su espera y exclamen: “¿por qué te portas así si te
deseamos con todo el corazón? ¡No puedes contradecir a los expertos!
Considerando que la mujer de hoy tiene derecho a decidir si desea o no ser
madre, se han forjado tres tipos de mujeres: la mujer madre, la mujer culpable y la
mujer liberada. La primera perteneció a la generación de los años cuarenta: ser mujer
era ser madre abnegada y esposa sometida. La mujer culpable es la mujer que pertenece
a la generación de los setenta, en la que llega a nuestro país el aire de la revolución
femenina, y las mujeres empiezan a reconocerse como personas aunque no sean madres,
sin embargo los mandatos maternos y paternos le ordenaban a cumplir su obligación
como esposa y como madre, por lo que le generó sentimientos de culpa al quererse
realizar como persona sin necesidad de ser madre ni esposa; esa ambivalencia derivó en
dos tipos de mujeres: las “resignadas” a su suerte que para no traicionar los mandatos
familiares asumían la filosofía del poder masculino que subyace a la generación de las
madres – esposas, y aquellas mujeres que a pesar del mandato y el maltrato por parte del
esposo, los hijos y las instituciones del Estado, tomaron la decisión de emanciparse.
Hoy la mujer liberada es la norma, chicas que pertenecen a la generación de los
noventa, seres humanos que desean realizarse como personas, y si aquello implica
decidir casarse y tener hijos, lo harán sin obligaciones (Pinto, 1999).
A pesar de que las mujeres se han apropiado se su destino, sigue la cultura
criolla censurando a aquellas que decidieron quedarse solas: “La edad lo es todo. Lo que
de joven no es problema ni fuente de conflicto, con el paso del tiempo sí lo es. No
casarse se insinúa como una desgracia. Quedar sola, perder el tren, vestir santos, etc. El
imperativo social dictamina: ¡hay que casarse! La fundamental función de la familia y
las urgencias reproductivas de la especie marcan el rumbo de la joven vida” (Alizade,
1998, p. 106).
En el caso del futuro papá, las cosas se han vuelto muy complicadas en
comparación a lo que pasaba con los papás de antaño, quienes dejaban toda la
responsabilidad de la maternidad en la esposa, y ellos simplemente esperaban que el
hijo sea varón para confirmar su masculinidad. Hoy existen distintas motivaciones para
querer ser papás, tres tipos de motivos se imponen: “en primer lugar, es un proyecto, un
anhelo compartido con alguien a quien se ama; es también, un poco por uno mismo, un
deseo egoísta no racionalizado; finalmente es la prueba de que soy capaz de tener un
hijo” (Mimoun y Chausin, ob. cit. pp. 41 – 42).
Los varones estamos siendo obligados a crecer a través de las demandas de las
mujeres liberadas, éstas nos piden ternura para con ellas y con nuestros hijos, pero no
hemos sido educados para expresar nuestros sentimientos de protección (Restrepo,

69
Bismarck Pinto Tapia 7
Psicología del amor: El amor en la Familia 0

1995, op.cit.). Durante el embarazo de la esposa, la posibilidad de infidelidad sexual se


incrementa, debido a dos factores: el temor a las relaciones sexuales por el prejuicio de
que se podría dañar al bebé y porque existe la angustia de no saber lo que está pasando
con el mundo de la esposa.
El varón puede disfrutar de la experiencia de la “espera”, siempre y cuando
abandone el egoísmo que caracteriza a nuestras expectativas amorosas. La llegada de un
tercero, en vez de ser considerada como una interrupción del romance, debería
considerarse como una nueva etapa en la vida matrimonial, en la cual esposo y esposa
acompañan el proceso de crecimiento del bebé dentro del vientre de ella. La estúpida
idea del “hijo deseado”, debe dar lugar a la racional necesidad de ternura que ambos
progenitores demandan el uno del otro, pues nadie sabe lo que es tener un hijo hasta que
lo tiene, ¡ni pediatras, ni psicólogas infantiles, ni psicólogos infantiles, ni ginecólogos,
menos sacerdotes y monjas, y mucho menos nuestros propios padres! Es una
experiencia única en cada matrimonio y con cada hijo seguirá siendo una novedad: cada
embarazo es distinto.
El amor de mamá y papá en la etapa prenatal por lo tanto se relaciona con dos
actitudes:

a) El cuidado de la salud de la mamá. Que se alimente adecuadamente, que


evite las drogas, el cigarro y el alcohol, que se haga los controles prenatales prescritos
por los especialistas. El futuro papá deberá acompañar a la esposa en todos los cuidados
necesarios, porque de lo que se trata es de hacer todo lo posible para que ese bebecito
viva y nazca sano.
b) Expresar ternura en la relación conyugal. Ambos, esposo y esposa, están
enfrentando sentimientos ambivalentes, altos niveles de tensión por los cambios que se
avecinan, y necesitan sentirse apoyados y protegidos el uno por el otro. La mejor
manera de amar a nuestro “bebé escondido” es amarnos intensamente como pareja.

5.1.2. EL AMOR DURANTE LA INFANCIA.

Me parece fácil que un padre tenga hijos, pero me parece muy difícil que los
hijos tengan un verdadero padre.
Juan XXIII
En el mundo existen alrededor de dos mil doscientos millones de niños
menores de catorce años, de los cuales mil millones viven en estado de pobreza, esto es,
uno de cada dos niños están en el margen de alto nivel de vulnerabilidad (muerte,
enfermedades, hambre) (UNICEF, 2001 ob. cit.). En nuestro país existen alrededor de
un millón de niños menores de cinco años. 47% de los niños menores de cinco años
viven en familias nucleares. Hasta el 2001 se identificó 0,5 niños menores de cinco años
por hogar (PNUD, ob. cit.). 420000 niños bolivianos padecen de desnutrición, esto
significa alrededor del 33%; nuestro país posee la más alta tasa de fecundidad en
América del Sur, la tasa más alta de mortalidad materna en Latinoamérica (390 madres
mueren durante el parto de cada 100 mil bebés nacidos vivos), la mortalidad infantil de
recién nacidos es de 75 por cada mil nacidos vivos. 2377 niños (44,2%) mueren por
enfermedades perineales y de la primera infancia. 48 madres de 10000 mueren por
abortos inducidos, infecciones y hemorragias durante el parto. La mitad de muertes que

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Bismarck Pinto Tapia 7
Psicología del amor: El amor en la Familia 1

ocurren en nuestro país corresponden a niños menores de cinco años. El 36% de los
niños menores de cinco años mueren por diarreas y el 29 % por infecciones (Iriarte,
2000).
Esa es la realidad sobre la vida de nuestros niños según las estadísticas. A lo
que debemos agregar la crisis familiar que es efecto de la injusticia social, determinando
conflictos intrafamiliares, negligencia y maltrato infantil.
Hasta los dos años, el bebé necesita que sus padres satisfagan sus
requerimientos biológicos: comer, beber, cuidar el estado de su temperatura corporal y
aliviar sus dolores. Keleman (2001), se refiere a un primer estado del amor cuando las
personas atendemos las demandas básicas del otro, le denomina “querer.” Según la Real
Academia de la Lengua Española la palabra querer proviene del Latín quaerĕre, tratar de
obtener. Significa, “amar, tener cariño, voluntad o inclinación a alguien o algo” (Real
Academia Española, ob. cit. p. 1273) Por lo tanto su significado se relaciona sentirse
motivado a querer al otro, en el afán de calmar sus demandas.
Nuestros hijitos recién nacidos hasta que son capaces de caminar y expresar sus
primeras frases, necesitan ser queridos: deseamos su bienestar y hacemos todo lo que
podamos por que estén bien, evitándoles el dolor de las carencias o hastíos de sus
funciones biológicas básicas.
Según la Academia de la Lengua Española (ob. cit.p., p. 480), la palabra cuidar
proviene del castellano antiguo coidar, y este del latín cogitāre, pensar. Y se define de
la siguiente manera: “Poner diligencia, atención y solicitud en la ejecución de algo” En
una segunda acepción: “Asistir, guardar, conservar. Cuidar a un enfermo, la casa, la
ropa. Por ejemplo: Cuidar de la hacienda, de los niños” (p.). En ese sentido, cuidar
implica:
a) Asistir a alguien que nos necesita.
b) La asistencia tiene que ver con una planificación racional.

Mientras que la palabra proteger proviene del latín protegĕre, utilizada para
expresar que se desea esconder algo; en castellano posee dos acepciones: “Amparar,
favorecer, defender”, y “resguardar a una persona, animal o cosa de un perjuicio o
peligro, poniéndole algo encima, rodeándole, etc.” (p.1275) Por lo tanto, protegemos
cuando:
a) Ofrecemos nuestra vida para que sobreviva la persona que amamos.
b) Es una acción que rebasa los criterios racionales.

El amor que prodigamos a nuestros hijos pequeñitos, implica tres estados:


quererlos, cuidarlos y protegerlos. Keleman se refiere al segundo estado del amor,
“cuidar”, sin considerar las diferencias semánticas que la palabra tiene en español. En
alemán cuidar se dice “pflegen”, en castellano significa “cultivar” (Acevedo, 2002);
puede ser entonces, que la idea de Keleman se relacione con usar la palabra “pflegen”,
no solamente en el sentido de la traducción dada como “cuidar”, sino en el sentido
metafórico de “cultivar” en nuestros hijos el sentido de “sembrar” en ellos el sentido de
pertenencia. Personalmente, he decidido referirme a tres primeros estados del amor, en
vez de los dos señalados por Keleman, agregando un tercer estado: “proteger.”
Gracias a los estudios pioneros de Bowlby (ob. cit.), sabemos que los bebés no
solamente necesitan atención, sino que también requieren cuidado y protección; en ese
sentido, Keleman menciona el segundo estado del amor: cuidar (Keleman, op.cit.). Vale

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Bismarck Pinto Tapia 7
Psicología del amor: El amor en la Familia 2

la pena diferenciar la actitud de cuidado de la protección. Shaffer y Emerson (En:


Shaffer, 2002), llevaron a cabo un estudio de los apegos emocionales en niños escoceses
recién nacidos hasta sus dieciocho meses, entrevistaron a las madres de los pequeños
para saber cómo respondían sus bebés ante las experiencias de separación. A partir de
los resultados obtenidos, los investigadores identificaron cuatro fases por las que los
niños atraviesan durante las experiencias de apego emocional:

Primera etapa: fase asocial (0 a 6 semanas). El bebé reacciona de manera


indiferente a estímulos del medio físico y del medio social. Recién ofrece una sonrisa
ante los estímulos sociales durante su sexta semana de vida.

Segunda etapa: fase de apegos indiscriminados (6 semanas a 7 meses). Los


bebés tienden a sonreír a las personas familiares, pero también lo hacen con cualquiera
que lo arrulla y cuida.

Tercera etapa: fase de los apegos específicos (7 a 9 meses). Los bebés protestan
cuando son separados de sus cuidadores habituales. Al saber gatear, van en busca de la
persona que los quiere para buscar su protección. Aparece la “angustia de separación”
(Spitz, 1979).

Cuarta etapa: fase de los apegos múltiples (9 a 18 meses). Los niños aprenden a
aceptar el apego de otras personas que les quieren: abuelitos, hermanos, tíos, amigos de
los padres, niñera, etcétera. Al inicio de su estudio, Shaffer y Emerson, creyeron que los
pequeños tenían una jerarquía de sus cuidadores, pero, posteriores investigaciones,
demostraron que no existe “la persona cuidadora”, sino que cada persona que cuida y
protege al pequeño cumple una función distinta, de tal manera que la persona preferida
por el niño será aquella que se relacione con determinada situación. “Por ejemplo, la
mayor parte de los niños prefieren la compañía de la madre cuando están trastornados o
asustados. Sin embargo, parece que el padre es el preferido como compañero de juegos,
posiblemente, porque buena parte del tiempo que pasa con el hijo es tiempo de jugar”
(Bretherton y Lamb, en Shaffer, op.cit. p. 131).
Todos estamos convencidos que la principal persona para cuidar y proteger al
bebé es la mamá, entonces, ¿qué papel juega el papá? Cox, Van Ijzendoorn y de Wolf
(1997) (En Shaff, op.cit.), demostraron que en Australia, Israel, India, Italia, Japón y
Estados Unidos, las madres cumplen la función de protectoras, mientras que los padres
se colocan en una posición más indiferente: “Es más fácil ver a las madres que a los
padres sostener a los hijos en brazos, tranquilizarlos y hablarles, participar de juegos
tradicionales y cuidar de sus necesidades físicas; los padres tienden más que las madres
a proporcionar estimulación física mediante el juego e iniciar juegos no usuales o
inesperados con que los niños suelen disfrutar. Aunque la mayoría de los niños
prefieren la compañía de sus madres, cuando están disgustados o tienen miedo, muchas
veces prefieren la de sus padres como compañeros de juego” (Lamp y Oppenheim,
Roopnarine, en: Shaff, ob. cit. pp. 155 – 156).
Por su parte, Easterbrooks y Golberg (1984) demostraron que los padres que
les dedican más tiempo a sus hijos que otros padres, influyen positivamente en el
desarrollo intelectual de sus hijos.
Estos estudios se prestan a considerar que el amor de papá en el modelo

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Bismarck Pinto Tapia 7
Psicología del amor: El amor en la Familia 3

tradicional de familia, es la de amar a sus hijos haciéndolos jugar y estimulando su


desarrollo cognitivo, y la de mamá, la de cuidar y proteger. Conclusiones que pueden
justificar la implicancia “natural” de la mujer en el desarrollo afectivo de sus hijos. Sin
embargo, tanto la estimulación del juego y del intelecto se relaciona más con la
condición de género, que con la “naturaleza del padre y de la madre.” ¡El papá puede
amar a sus bebés como lo hace mamá!
Se puede utilizar el experimento diseñado por Mary Ainsworth (1978): Se
coloca al niño en una habitación donde existen juguetes desparramados. Inicialmente el
niño está con la madre, después ingresa una persona extraña, posteriormente sale la
madre y el niño se queda con la persona extraña, vuelve la madre, sale la persona
extraña, el niño se queda solo y finalmente retorna la madre. En el experimento, se
puede incluir a otras personas de la familia para evaluar el estilo de apego del pequeño.
“El niño con apego seguro extraña a la madre cuando se va y puede llorar en la segunda
separación, pero la clave está en que cuando ella vuelve, el niño se tranquiliza y se
siente con una base segura para volver a explorar; siente que esta figura le da confianza
para moverse en ese mundo. El apego inseguro puede ser de dos tipos, evitativo o
ambivalente. El niño con apego evitativo juega cuando la madre se va y no llora, por lo
que en un principio se creyó que era un niño independiente y seguro de sí mismo, pero a
poco andar se descubrió que sólo usaba la estrategia del juego para defenderse de la
ansiedad; este niño no muestra signos de extrañar a la madre cuando ésta se va, ni
tampoco signos de alivio o alegría cuando ella regresa, sino que sigue concentrado en
sus tareas; no deja de mirar al progenitor que sale y entra, pero cuando éste trata de
consolarlo el niño se resiste, o sea, es una mezcla de “yo te busco, pero no te quiero, yo
te necesito, pero quiero que me dejes solo.” Este niño no se tranquiliza con el regreso de
la madre, sino que se estresa” (Bascuñan, 2006).
Los estudios experimentales de Donna Wetson, en los que utilizó la técnica de
la “situación extraña” aplicada al padre y la madre – en una muestra de cuarenta y
cuatro niños-, hallaron que doce niños tenían apego seguro hacia su papá y mamá; once
seguro ante mamá e inseguro ante el papá, diez se encontraban inseguros con su mamá
pero seguros con su papá, y once presentaron apego inseguro con ambos progenitores
(En: Shaff, ob. cit., p. 156).
Veintidós niños tenían apego seguro con papá. Lo que significa que esos papás
sabían proteger a sus hijos ante la situación extraña, y no solamente eran “estimuladores
de la diversión y de la intelectualidad.”
La mamá también puede hacer las cosas que hace un papá “tradicional”: jugar
y estimular el intelecto de sus hijos, y un papá puede hacer las cosas que hace una mamá
“tradicional”, cuidar y proteger. En otras palabras, el amor hacia los bebés es
independiente del género al que pertenezca quien le cuida. Es un prejuicio machista el
creer que el varón no puede proteger ni cuidar. Prejuicio que conviene a las madres
esposas y a los varones machistas.
Un buen papá es una buena mamá a pesar de tener cromosomas XY. Lo único
que el padre no puede hacer es embarazarse y parir. Luego, todo lo que hace mamá lo
puede hacer él. ¡Un niño dichoso será el que tenga dos “mamás”: una con cromosomas
XX y otra con cromosomas XY!

5.1.3. EL AMOR DURANTE LA INFANCIA TEMPRANA.

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Bismarck Pinto Tapia 7
Psicología del amor: El amor en la Familia 4

Cuando el niño destroza su juguete parece que anda buscándole el alma


Victor Hugo

Cuando los hijos están entre los dos y los siete años ingresan a la etapa
preoperacional (Flavell, ob. cit.), en la cual prima el simbolismo, lo que da lugar al
desarrollo de la fantasía. Sus juegos incluyen historias, las cosas “tienen vida.” El juego
es simbólico, imitan las conductas de los adultos. Aparece el animismo, cuando
atribuyen a los objetos cualidades de los seres vivos. Centran su atención en un detalle,
siendo incapaces todavía de hacer generalizaciones, de ahí que su razonamiento sea
transductivo – pensar de lo particular a lo particular -. Cometen errores de sincretismo,
es decir, relacionan ideas que no necesariamente se relacionan siempre, por ejemplo:
“cada vez que papá sale de la casa vuelve con comida.” Todavía no saben colocarse en
el lugar del otro. No existe noción de tiempo ni espacio, son los adultos quienes
empiezan a organizarlos para que entiendan la existencia de esas dimensiones. Otro
fenómeno interesante del desarrollo cognitivo en la etapa preoperacional es la
incapacidad de entender la irreversibilidad, no pueden entender que sea posible que algo
recupere su estado inicial.
Según Eric Erikson (1902 - 1989), en la infancia temprana (tres a cinco años),
la afectividad del niño oscila entre la iniciativa y la culpa. Cuando se atreven a correr
riesgos y tienen éxito esperan que sus cuidadores los alaben, y si fracasan que los
consuelen (Erikson, 1982).
¿Cómo se comportan los padres amorosos durante la infancia temprana de sus
hijos? Tanto a nivel cognitivo como afectivo, estimularán el desarrollo de la fantasía y
la iniciativa. Es la edad del juego.
Tanto mamá como papá los cuidarán menos, pues ya son capaces de hacer
varias cosas por sí mismos: expresar sus sentimientos e ideas, controlar esfínteres,
guardar sus juguetes, buscar ayuda cuando la necesitan, prestar ayuda cuando se la
requieren y está capacitado para hacerlo, quedarse solo, establecer sus primeras
relaciones de amistad.
Los seguirán protegiendo, dándoles los alimentos necesarios para su
crecimiento, instruirlos a diferenciar las situaciones que pueden dañarlos y dañar a
otros, haciendo por ellos lo que todavía no son capaces de hacer, dejando que se atrevan
a hacer cosas que quieren hacer pero todavía no las hicieron, dentro de sus
posibilidades.
Jugarán con ellos: aprendiendo los juegos que los pequeños realizan y
enseñándoles los juegos que papá y mamá jugaban en esa edad. Aprenderán a divertirse
con sus hijos.
Expresarán verbal y corporalmente que los aman, asegurándoles que pueden
contar con ellos. Verbalmente les dirán que los aman, y corporalmente, los acariciarán
con ternura. Mostrarán abiertamente sus sentimientos de alegría y pena, para que sus
hijitos aprendan que el dolor y el placer son parte de las experiencias humanas.
Los padres deberán mostrarles que se puede expresar el enojo sin necesidad de
convertirlo en violencia. Los pequeños verán que sus padres discuten durante las
negociaciones como esposos, y aprenderán que es posible el conflicto sin necesidad de
que surja la violencia.
Aparecerá el cuarto nivel del amor, compartir. “Compartir (…) conlleva un

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Bismarck Pinto Tapia 7
Psicología del amor: El amor en la Familia 5

deseo de revelar los propios estados internos de sentimiento y percepción. Esta forma de
compartir establece una identidad que sitúa al niño para que se forme una realidad desde
su entorno subjetivo o interno” (Keleman, op.cit., p. 37).
Para compartir se requiere ser capaz de colocarse en el lugar del otro (empatía),
poder tener intimidad con quien amamos, legitimar sus capacidades auténticas. Durante
la infancia temprana, los padres amorosos sabrán hacer las tres, aun tomando conciencia
de que el niño todavía no podrá hacer lo mismo.

a) Tener empatía: comprender que nuestro hijo de tres a cinco años, todavía no
razona como nosotros, está sumergido en un mundo de magia, y no entiende la lógica de
los adultos. Cree que todo tiene que regirse a una lógica lineal de causa – efecto, la
misma que suele reforzarse con los castigos y los premios, el pequeñito llega a la
conclusión: “si hago tal cosa…mis papás me querrán.” Su pensamiento está ligado a su
afectividad: ¡necesita de nosotros!, por eso los padres amorosos no chantajean con
afecto a sus hijos, jamás dicen “si me quieres harás tal cosa”, menos, “te querré sólo si
tú haces tal cosa.” Los padres amorosos no mezclan el amor con la disciplina ni con el
éxito. La disciplina es una condición social para que nos podamos poner de acuerdo, el
éxito una estupidez de la civilización necesaria para mantener la amargura.
El amor de padres nos obliga a comprender el miedo de nuestros hijos, aunque
éste sea irracional: por ejemplo, el miedo a la oscuridad, a los fantasmas, etc.
Comprenderlos nos llevará a consolarlos y protegerlos de sus propias fantasías; tratar
sus miedos con nuestra lógica, generará más miedo, pues el niño en su afán de
agradarnos ocultará su miedo en su interior y éste crecerá: “(…) parece que lo que
determina la constitución de la grave sintomatología fóbica no es el hecho inicial, sino
todo lo que el sujeto realiza para evitar el miedo” (Nardone, 2002, p. 70). Si dejamos a
nuestro hijo con nuestras explicaciones racionales y/o experimentales, lo que hará será
tratar de resolver su miedo con sus propios recursos: ¡fantasía! Por ejemplo, recuerdo a
un pacientito de cuatro años que tenía miedo ir al baño, porque pensaba que dentro lo
esperaba un extra terreste malvado, su papá le explicó extensamente acerca de la
imposibilidad de existencia de extra terrestres (fase racional), luego llevó al niño al
baño, prendió y apagó la luz, demostrándole que no había nada (fase experimental). La
familia llegó a mi consultorio porque el pequeño tenía “encopresis” ; lo que había
ocurrido, es que el niño no le creyó a la explicación racional del padre, y ante el
experimento llegó a la conclusión de que el extra terrestre ¡estaba dentro del inodoro!
Le enseñe a ese papá a aceptar el miedo del niño y protegerlo de su miedo, el resultado
fue inmediato, el niño dejó de temerle a los extra terrestres del baño, lo difícil fue
convencer al padre de que su hijo no era capaz de pensar como adulto.
Comprender el enojo de nuestros hijos pequeños. Entre los tres y cinco años,
los niños se frustran con facilidad, y eso les ocasiona disgusto que suele expresarse con
violencia, por ejemplo: romper juguetes, golpear al hermano, golpearse a sí mismo. Una
cosa es un berrinche y otra un enojo auténtico. El berrinche es una manera de hacer
sentir culpables a los papás para obtener lo que se quiere, existen berrinches comunes y
creativos, entre los comunes están: gritar, llorar, zapatear, golpearse la cabeza contra el
piso, gruñir, etcétera; entre los creativos: huelga de hambre, romper las cosas de papá o
mamá, orinarse a propósito en la cama, guardar sus heces en los bolsillos, dejar de
hablar, etcétera. Mientras que el enojo auténtico es resultado de una frustración
evidente. Los padres amorosos raras veces tienen que afrontar berrinches, y cuando

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Bismarck Pinto Tapia 7
Psicología del amor: El amor en la Familia 6

surgen, simplemente los ignoran, sin necesidad de haber estudiado “análisis


experimental de la conducta.” Ante el enojo, los padres amorosos actúan con respeto
hacia la emoción, y ayudan al hijo a que le ponga palabras a su rabia. Si se presenta una
conducta violenta, esperan que pase el momento crítico y le hacen saber al hijo que esa
conducta es incorrecta. Si el enojo es resultado de la inasistencia ante sus necesidades,
los padres amorosos se cuidarán de que no vuelva a pasar y pedirán disculpas por su
negligencia.
Cuando el niño está sintiendo placer, los padres amorosos saben respetar esas
emociones, reír con ellos si lo que ocurre es jocoso. Cuando los niños empiezan a
descubrir las sensaciones placenteras de su cuerpo, los padres amorosos respetan esa
sensualidad, la cual seguramente es consecuencia de las expresiones de afecto
corporales que ocurren entre todos los componentes de la familia.
Durante la primera infancia temprana, los niños y niñas suelen sentir placer
sexual: “se han detectado orgasmos durante la infancia y la niñez (Kinsey, Pomeroy y
Martin, 1974). Aunque los niños varones no eyaculan antes de la pubertad, parece que
los restantes mecanismos de la respuesta sexual están ya presentes desde la lactancia”
(En: Masters, Johnson, Kolodny, op.cit. p. 227). Es normal que los niños en esta etapa
jugueteen con sus genitales, y alrededor de los cuatro años empiecen a interesarse por
los genitales de los demás. “Las conversaciones con niños y niñas de tres años prueban
que conocen muy bien el goce sensual que procura la estimulación genital, si bien ellos
no aluden estas sensaciones con las palabras erótico o sexual” (Masters, Johnson y
Kolodny, 1991, 2º tomo, p. 247). Los padres amorosos educan a sus hijos según las
normas de la sociedad en la que se encuentran, pero evitan que sus hijos asuman el
placer sensual como algo incorrecto. En la escuela pre escolar, los niños pueden tener
experiencias sensuales con sus compañeros o compañeras, sin que ello signifique que
tienen un desarrollo sexual precoz. Suele ocurrir que mientras más restrictiva es la
familia en relación a lo sensual, más curiosidad despierte en los niños el cuerpo de los
demás, y sea éste tipo de pequeño el que induzca juegos sexuales con sus pares;
mientras que aquellos niños que provienen de hogares amorosos, sabrán respetar los
límites del cuerpo del otro. “Es esencial adoptar una actitud de comprensión ante las
manifestaciones de la sexualidad infantil, procurando huir de las normas educativas
absurdas que han regido muchos años en nuestra sociedad” (Farré, 1999, p. 52).
Es normal que durante la primera infancia ocurran juegos sexuales entre pares.
Durante la primera infancia, es común que los niños y niñas sientan curiosidad por la
genitalidad del otro sexo, por lo que suelen jugar a “mostrarse” los genitales (Martinson,
1980, en Masters y Johnson, 1991 T. II). Pueden imitar el comportamiento sexual de sus
padres o de personajes televisivos, besándose, o diciendo palabras que escucharon
pronunciar a adultos (Masters y Johnson, op.cit.)
Cuando el niño sufre una pérdida entra en duelo. Las pérdidas durante la
primera infancia, no solamente se refieren a la muerte de los seres queridos, sino
también a la pérdida de juguetes u objetos querido (por ejemplo, su almohada) en los
que deposita su afectividad, a estos objetos, Winnicott, los ha denominado “objetos
transferenciales” (Winnicott, 1971). La muerte de las mascotas e inclusive de personajes
ficticios, pueden producir tristeza. Los padres amorosos serán respetuosos con los
juguetes y objetos favoritos de sus hijos, así como cariñosos con sus mascotas.
Comprenderán, si ocurre la muerte de un ser querido, que en esta edad la muerte es un
ser malvado que se lleva a la gente, y que todavía le faltan los recursos cognitivos para

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Bismarck Pinto Tapia 7
Psicología del amor: El amor en la Familia 7

ordenar la intensidad de sus emociones (Worden, 1997).

b) Tener intimidad con nuestros hijos.

La incapacidad de amar a los hijos ocasiona lo que se denomina: deprivación:


“La familia deprivada presenta un ambiente inmediato muy restringido en estímulos
positivos (comunicación, afección, relaciones sociales, etc.), con una insatisfacción
materna muy marcada, con un cumplimiento de roles deficitario. La madre no sabe
cómo realizar su papel de madre expresiva, es decir, afectiva, muy probablemente repite
la conducta de su propia madre o de quien la sustituyó. Lo mismo ocurre con el padre.
Este no puede o no sabe cumplir su rol instrumental. Esto se demuestra en la
incapacidad de ganar el dinero suficiente para mantener a su familia, vive de un trabajo
inestable, carece de una preparación laboral y de una educación mínima que le permitan
superarse” (Álvarez, 1986, p. 28).
Si bien el estudio de Álvarez se fundamenta en la idea preconcebida de los
roles de género tradicionales, es importante tomar en cuenta que tanto el padre como la
madre son personajes incapaces de otorgar a sus hijos un entorno emocional que
favorezca su desarrollo, tanto en la satisfacción de las necesidades básicas como en las
satisfacciones amorosas.
En las familias amargadas, los padres son incapaces de intimidad entre ellos y
con los hijos, entonces, reemplazan el amor con el poder. Álvarez al estudiar madres
que son parte de familias deprivadas encontró lo siguiente: “En relación al dominio de
la mujer, se ha encontrado que éste está asociado con la insatisfacción matrimonial, y
por lo tanto, no sería recomendable un pratrón de mayor dominio de la mujer, no sólo
por la insatisfacción que le acarrea a ella, sino porque subestima el rol de hombre, por lo
tanto, la imagen paterna sería de debilidad e inseguridad” (Álvarez, 1982, p. 60). En el
mismo estudio, se llega a la siguiente conclusión: “Se podría decir que la comunicación
entre padres e hijos es más deficitaria en las familias deprivadas y el ambiente seria por
lo tanto muy poco estimulante para el desarrollo de los niños, especialmente entre los
menores de edad” (Álvarez, ob. cit. p. 121).
La tendencia ha sido culpar a la pobreza como precipitante de la deprivación,
lo cual es un insulto más hacia los pobres, como si la miseria material estuviese
relacionada necesariamente con la pobreza espiritual, cuando lo usual, es más bien lo
contrario: “Si realmente somos humildes, nos damos cuenta de cuán pequeños somos y
de lo mucho que necesitamos de Dios, entonces no vamos por mal camino” (Madre
Teresa de Calcuta, en: Scolozzi, 2000, p. 17). “La pobreza nos hace libres. Necesitamos
experimentar la alegría de los pobres. Nosotros elegimos la pobreza, elegimos no poseer
cosas, al contrario de los más pobres entre los pobres que están obligados a ser pobres.
Si nosotros no tenemos nada es porque elegimos no tenerlo. En esto somos libres,
porque nada nos pertenece. Nuestra pobreza significa no poseer el tipo de zapatos o la
casa que nos gustaría tener. No podemos conservar o dar nada o prestar algo de valor.
No tenemos nada. Nada nos pertenece. Esa es la experiencia de la pobreza” (Madre
Teresa de Calcuta, ob. cit. pp. 83-84).
Lo único que nos pertenece es nuestro cuerpo: “Allí donde estemos o vayamos,
siempre llevamos nuestra celda a cuestas. Porque el hermano cuerpo es la celda y el
espíritu es el ermitaño que vive en ella, meditando y rezándole a Dios. Por lo tanto, si el
espíritu no se queda quieto y solitario en su propia celda, ¿de qué sirve una celda hecha

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Psicología del amor: El amor en la Familia 8

con las manos? (San Francisco de Asís, en: Bodo, 2001, p. 82). La pobreza debe
definirse en relación a la riqueza del entorno. Si hacemos eso, nuestro país que se
encuentra entre los países más pobres del planeta: “En un informe del Programa de
Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) señala que ocupamos el puesto 116 entre
174 países del mundo(…) Sin embargo, ocupamos el último lugar entre los países
sudamericanos en cuanto a los niveles de pobreza, ya que 21 de cada 100 bolivianos
viven por debajo de su límite, 37 de cada 100 no tienen acceso al agua potable y 42 de
cada 100 a los servicios de saneamiento básico. La mortalidad infantil es de 65 por mil
nacidos vivos. El PNUD señala que la mortalidad infantil es de 71 lactantes muertos por
mil nacidos vivos, en niños de 5 años es de 102 por mil y la tasa de mortalidad materna
alcanza a 650 por cada 100.000 nacidos vivos” (Iriarte, ob. cit. p. 357).
Con semejante escenario, sería fácil aplicar el razonamiento transductivo: si la
deprivación familiar es efecto de la pobreza, entonces los pobres son incapaces de ser
felices.

Considero que existen tres tipos de pobres:

a) Los pobres conscientes de su pobreza. Son aquellos que ante la situación


mínima de supervivencia asumen que son pobres, y explican todas sus miserias
humanas a partir de sus carencias materiales. Creen que al tener las mismas condiciones
que los ricos podrán ser felices. Por lo tanto sus familias son amargadas, viven en
función a la “superación” de su estado, idealizan la felicidad asociada a la riqueza
material.

b) Los pobres inconscientes de su pobreza. Son aquellas personas que carecen


de los recursos suficientes para sobrevivir, pero que a pesar de ello viven de acuerdo a
sus posibilidades y no se dan cuenta que hacen parte de las estadísticas del PNUD.
Pueden tener familias amargadas o amorosas.

c) Los pobres que no son pobres. Son aquellas personas que tienen lo suficiente
para vivir, pero que se comparan con los modelos de “felicidad light" impuesta por la
ideología del poder, y se consideran pobres. Cierran los ojos y se amargan la vida
pensando que si tuvieran una casa propia, o pudieran irse del país serían felices. Lo
interesante, es que algunos se van del país, y en ese otro lugar realmente son pobres,
pero prefieren esa pobreza real a la pobreza imaginaria en la que vivían.

d) Los pobres que fueron ricos. Son aquellas personas que durante un tiempo
gozaron de las riquezas materiales, y que de repente lo perdieron todo o casi todo -
fenómeno familiar frecuente en aquellas familias que aprovecharon el poder que les
otorgó la dictadura del Estado-. La mayoría vive aparentando que todavía “tiene”,
cuando en realidad ya no tienen nada o muy poco, al grado que podrían pasar a las
estadísticas del PNUD. Pero prefieren la apariencia, y pagan pensiones exorbitantes
para mantener a sus hijos en guarderías de “primera”, con la esperanza de que los
pequeños ingresen a colegios “particulares de primera.”

e) Los pobres por elección. Son personas que trascendieron a los


condicionantes económicos, y se percataron que es vergonzoso ser rico en un país

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Bismarck Pinto Tapia 7
Psicología del amor: El amor en la Familia 9

pobre, de tal manera que tomaron la decisión de despojarse de su “ego”, y de los


“templos” que lo albergaban, para dedicarse al servicio de los demás. Estas personas
generan graves crisis familiares y sociales, pues son víctimas de la incomprensión de
aquellos que nadan en los ríos secos del poder. En la historia de la humanidad hubieron
personas asombrosas, que habiendo pertenecido a la aristocracia o al menos poseer
riquezas, lo abandonaron todo para encontrarse con Dios: San Francisco de Asís, San
Juan Bautista de La Salle, Madre Maria Riquelme, Madre Teresa de Calcuta, por citar
unos ejemplos.

Es necesario que se abandone la idea de que la pobreza es la causante de la


amargura. El sufrimiento no respeta la condición social. Lo que no quiere decir que
seamos impasibles ante la injusticia social: “El sociólogo y el antropólogo demostraron
la capacidad de engendrar odio que tienen la pobreza, la desigualdad y la
desorganización sociales, las tensiones producidas por el apiñamiento y las relaciones
vecinales, y proporcionaron amplias pruebas de que los barrios bajos constituyen un
lujo que ninguna nación puede permitirse. Los antropólogos señalaron enérgicamente el
grado en que los hábitos sociales y las costumbres culturales pueden aumentar o
disminuir el total de la agresión engendrando en los miembros de una sociedad y, en
ocasiones, se unieron al psiquiatra en sus especulaciones acerca de la correlación entre
la agresión adulta y las características de la crianza durante la primera infancia” (Redl y
Wineman, 1970, pp.20 – 21).
Compartir con los hijos durante la primera infancia es crear espacios de juego,
protección y educación con ellos, mientras que la relación de pareja se da maneras para
no perderse en el rol de padres. Los padres amorosos sabrán poner límites a sus roles de
padres y pareja. Los pequeños aprenderán a respetar el espacio de amor entre papá y
mamá, aprendizaje que sólo será posible si han desarrollado la sensación de seguridad
que el apego seguro que sus padres les dieron. Son capaces de jugar solos.
Durante la primera infancia, se dará una desvinculación básica de parte de los
niños y también de los padres, ambos aprenden a soltar “amarras”, disminuirá el
cuidado y por lo tanto habrá un poco más de tiempo para retomar el romance amoroso
entre esposos.
Una característica de la ideología del poder, es que confunde el respeto con la
obediencia. De ahí que es frecuente que en las familias amargadas se tienda a esperar
que los hijos sean obedientes. ¿Qué significa que obedezcan? Que acepten la
“autoridad” de los padres, haciendo lo que éstos les mandan a hacer: comer a la hora
que se debe comer y comer como se debe comer, dormir a la hora de dormir, reprimir la
expresión de las emociones, hacer caso a la mamá cuando lo manda papá, y hacer caso
al papá cuando lo manda mamá, hacer caso a la abuela, al hermano o hermana mayor,
etcétera. La obediencia es parte del odio, odiamos cuando obligamos que el otro nos
ame como queremos, lo colocamos en el lugar que no quiere estar, ¡eso es violencia!
(Maturana, 1997, op.cit.).
Los niños obedientes tienen más dificultades en desarrollar su autonomía, que
los niños que son orientados con cariño para que eviten aquellas cosas que les pueden
dañar. Los niños obedientes cuando se hacen adolescentes tienen más dificultades para
resistir la presión del grupo. La obediencia entraña miedo, y el comportamiento del
pequeño se moldea por miedo y no por amor, entonces evitan el disgusto de los padres y
en los casos más lamentables, evitan el castigo.

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Bismarck Pinto Tapia 8
Psicología del amor: El amor en la Familia 0

¿ Qué tipo de papá y/o de mamá castigan? Aquellos que quieren recibir
reconocimiento, los que no son buenos consigo mismos, quienes creen que si sus hijos
son obedientes serán considerados buenos padres: “El acusador o inculpador es aquél
que encuentra defectos, un dictador, un jefe que adopta una actitud de superioridad y
parece decir: si no fuera por ti, todo estaría bien” (Satir, 1991, p. 101). La persona
acusadora se siente poderosa cuando es obedecida, sin embargo lo que ocasiona es que
los demás se vayan alejando poco a poco, entonces eso le ocasiona más furia, y mayor
tendencia a sobredimensionar las conductas de los demás. Un hijo pequeño es presa
fácil de este tipo de depredador, pues como vimos, aún no es capaz de ponerse en el
lugar del otro, tampoco puede comprender la lógica adulta. Su comportamiento se
fundamenta en los sentimientos de sentirse protegido. Bowlby señaló la importancia que
tiene para el ser humano el sentirse acompañado: “Por lo tanto no es de sorprender que
nos hallemos conformados de manera tal que nos sentimos más tranquilos al hallarnos
en compañía, a la que buscamos, en tanto que en mayor o menor medida aumenta
nuestra sensación de ansiedad al vernos solos” (Bowlby, 1985, p. 167).
Es irracional que los hijos deban obedecer a sus padres, pues el objetivo no es
tener un hijo obediente, sino un hijo que sepa reconocer las acciones en las que se puede
dañar o dañar a otros, al mismo tiempo que vaya comprendiendo que el otro es un ser
humano que tiene derechos como todo ser humano.
La educación familiar fundamentada en la obediencia, lo que normalmente
hace es utilizar el castigo como medio para que los hijos se “comporten bien.” Lo
paradójico es que no solamente el fin de la obediencia es estúpido, sino que el castigo es
ineficiente.
La psicología conductual es la que mejor ha estudiado los efectos del castigo
en el comportamiento animal y humano. Desde ese enfoque se entiende al proceso de
castigo de la siguiente manera: “Cuando un reforzador negativo es contingente a un
operante podemos hablar de castigo de este operante. Un niño toca una llama de fuego y
se quema, un hombre que atraviesa la avenida es atropellado; ambos organismos son
castigados por actuar de una manera determinada ante una situación. En el laboratorio,
la contingencia de castigo puede ser establecida por el fortalecimiento de un estímulo
aversivo controlado, dado inmediatamente después a la aparición de una respuesta. Por
ejemplo, presiones de la barra o picotazos en la llave, previamente fortalecidas encima
del nivel operante por el reforzamiento positivo, pueden, ahora, ser castigadas
presentándose choques en la piel después de su manifestación. La sociedad usó, y
todavía usa, el procedimiento del castigo, de muchas maneras, para desanimar ciertos
comportamientos de sus componentes. El chicote no desapareció completamente de
nuestras escuelas; golpeamos a nuestros hijos cuando se comportan mal; y el castigo
sigue siendo el principal instrumento de la justicia. El procedimiento del castigo parece
que se usa con frecuencia no porque funcione bien, sino porque tiene un efecto
inmediato; y porque su liberación y/o los efectos colaterales son casi siempre
positivamente reforzadores para la persona que administra el castigo” (Millenson, 1975,
pp. 398 – 399).
Los conductistas utilizan el término “conducta operante”, para referirse a
aquella conducta que al manifestarse modifica el medio. Las conductas se ven
reforzadas por sus consecuencias positivas, a aquellos elementos que incrementan la
posibilidad de manifestación de una conducta se les llama reforzadores positivos.
Cuando se presenta una señal al mismo tiempo que el reforzador, ésta se convierte en

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Psicología del amor: El amor en la Familia 1

precipitante de la conducta operante. De ahí que al modelo básico del análisis de la


conducta desarrollado por Skinner ( ) se le denomine “triple relación de contingencia”
(Skinner, 1953).
Desde el conductismo se define al castigo de la siguiente manera: “El castigo
es una interacción entre una ejecución mantenida por reforzamientos positivo o negativo
y un estímulo aversivo” (Ferster y Perrot, p. 626). El reforzamiento positivo es
procedimiento que consiste en presentar un estímulo inmediatamente después de una
conducta teniendo como resultado un incremento en la frecuencia de esa conducta. El
reforzamiento negativo, es el procedimiento que consiste en retirar un estímulo aversivo
inmediatamente después de una conducta, teniendo como resultado un aumento en su
frecuencia. Los estímulos aversivos son los castigadores, es decir, aquellos que cuando
se manifiestan inmediatamente después de una conducta disminuyen su probabilidad de
ocurrencia.
Thorndike en 1913 expuso su ley del efecto, en la cual ponderaba los efectos
positivos del castigo (En: Hilgard y Bower, 1977); pocos años después en 1932 revisó
su postura inicial debido a los experimentos que continuó llevando a cabo, encontrando
que los efectos del castigo eran mucho más complejos de lo que pensó al inicio. Fue
Estes, quien en 1944 demostró que “el castigo suprime temporalmente el
comportamiento, pero que vuelve a aparecer después” (En: Yates, 1980, p. 43). Azrin y
Holz, sin embargo demostraron que el castigo puede suprimir una respuesta y no
volverse a recuperar más, “siempre que el castigo sea inmediato y lo suficientemente
severo (mostrando así que la ley del efecto original de Thorndike es válida pero solo en
condiciones estrictas) (…) demuestran que el castigo es más efectivo para eliminar una
respuesta cuando existe una respuesta reforzada alternativa, (…) ellos llaman la
atención sobre el importante fenómeno del efecto de contraste por castigo. Cuando éste
se suprime, la tasa de respuesta se recupera hasta un punto superior a la respuesta
anterior al castigo. Pero sólo este fenómeno ocurre en la medida en que la intensidad del
castigo no logre producir la completa supresión de la respuesta (…) Azrin y Holz
resumen sus principales hallazgos estableciendo 14 condiciones para hacer que el
castigo sea efectivo en la supresión del comportamiento. El escape de la situación de
castigo debe ser tan intenso cuanto sea posible, continuo, inmediato y deberá
introducirse con su fuerza máxima (no gradualmente); deben evitarse periodos
prolongados de castigo; no se debe permitir que el estímulo punitivo llegue a
convertirse en uno discriminativo de reforzamiento, pero debe convertirse en estímulo
discriminativo para la extinción; se debe reducir la motivación para emitir la respuesta
castigada, como también el reforzamiento de esa misma respuesta; y debe haber
respuestas alternativas” (En Yates, ob. cit. p. 44).
Cuando un organismo es sometido al procedimiento de castigo, y logra
identificar el estímulo discriminativo (señal) que le anuncia la aparición del estímulo
aversivo, puede optar por dos tipos de conducta, la de evitación en la que emite una
respuesta que le permite evitar la aplicación del estímulo aversivo, o la conducta de
escape que implica la reducción de la fuerza del estímulo o su exterminio. En palabras
simples, el organismo aprende a responder para que no lo castiguen, o arremete contra
el castigador.
Las condiciones para que un castigo sea funcional al ser trasladadas al ámbito
de los seres humanos, son terroríficas. Imagine castigar a su niño de tres años porque
rompió un juguete: tendría que castigarlo inmediatamente con algo tan intenso como un

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Psicología del amor: El amor en la Familia 2

choque eléctrico, no debe tener opción de evitar ni de escapar, y el niño debe


rápidamente emitir una respuesta alternativa ¿quedarse quieto? Lo que ocurre es que los
estudios de Azrin y Holz se llevaron a cabo en animales, aplicarlo en humanos no se
llama castigo, se denomina ¡tortura!
Pensando en la eficacia del castigo, es innegable que es eficaz para el que
castiga, pues la explosión de la furia ocasiona relajamiento. Sin embargo la conducta del
niño se mantiene, lo que genera el círculo vicioso de la violencia; porque el castigo no
resuelve el problema, solamente alivia la tensión del agresor, por lo tanto el proceso de
castigo se convierte en lo que Paul Watzlawick y sus colegas denominaron: más de lo
mismo, o cuando la solución se vuelve el problema (Watzlawick, Wuakland y Fish,
1986). El castigador considera que el problema desaparecerá, el problema se mantiene,
y entonces vuelve a castigar, lo que logra con eso es una mayor resistencia de la
conducta que esperaba eliminar.
Si los efectos del castigo son ineficaces, los efectos afectivos son devastadores.
En un niño de tres a cinco años, se le hará incomprensible el por qué quien le debería
proteger le lastima, no puede relacionar el castigo con su conducta, lo relaciona con el
amor, por lo tanto puede concluir que no es querido o que solamente cuando lo golpean
existe. Uno de los progenitores puede castigar al niño porque siente rabia hacia su
pareja; violencia hacia los hijos frecuente en mujeres que son maltratadas por el esposo,
y en aquellos cónyuges que maltratan al hijo favorito de su cónyuge: “Si el niño es
entonces maltratado, incluso de manera grave, el estallido de la agresividad se entiende
como dirigido contra él, en cuanto es responsable de no corresponder afectuosamente a
sus cuidados, causa por lo tanto de su fracaso existencial, cadena que la aprisiona,
instrumento del traidor que se ha ido, pero que a través de él continua persiguiéndola
indirectamente” (Cirillo, Di Blasio, 1997, pp. 93-94).

¿Qué características personales tienen los progenitores abusadores? Ravazzola


(1997) ha identificado cinco:

a) Dueñez. Tiene la sensación que el otro es un objeto que le pertenece y puede


hacer con él lo que le dé la gana.

b) Impunidad. No asume la responsabilidad de sus actos violentos, le echa la


culpa a la víctima, piensa que si el niño hiciera lo que debe él o ella no tendría
necesidad de reaccionar de esa manera.

c) Centralidad. Está centrado en su ego, prefiere evitar reconocer sus errores, se


justifica a sí mismo, aduciendo que no es capaz de tolerar malcriadeces, o que cuando
niño o niña lo castigaban peor. Asume teorías ridículas para justificar su violencia: “la
letra entra con sangre”, “la única forma de aprender es a través del castigo.”

d) Control. Necesita sentir que controla todo lo que pasa a su alrededor, por lo
que no tolera que las cosas se salgan de sus esquemas y expectativas. Le preocupa
mucho la imagen que los demás tengan de su persona, considera que si es incapaz de
controlar la conducta de sus hijos éstos se descarrilarán en el futuro.

e) Autoridad. Trata de imponerse ante sus hijos para que éstos sientan respeto

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Psicología del amor: El amor en la Familia 3

hacia su persona. En realidad se considera indefenso y necesita que sientan miedo para
“inflar” de alguna manera su ego.

La persona amargada proviene de familias amargadas, y es frecuente que el


abusador haya sido también abusado en su familia de origen, aunque no es la norma,
pues existen abusadores que provienen de familias donde estaba prohibido el conflicto,
generando hijos incapaces de manejar su enojo de manera asertiva. Por lo tanto la
violencia es consecuencia de dos tipos principales de familias, aquellas donde el abuso
es un sistema corriente de control, y aquellas donde lo que importa es mantener el
equilibrio sin conflictos.
Juan Luis Linares (2002) hace un estudio exhaustivo de las familias
maltratadoras. Inicialmente diferencia el maltrato físico del psíquico. El maltrato físico
puede ser de dos tipos:

a) Con violencia: maltrato corporal y sexual.

b) Negligencia: descuido de las necesidades de cuidado.

El maltrato físico conlleva siempre efectos psicológicos, por lo que separarlo


del psíquico es una manera que se utiliza para clasificarlo. Me parece importante indicar
que cuando se habla de maltrato sexual, se comete un error, puesto que en violación y el
estupro no existe una relación sexual, como señala Madanés (1993) es una agresión del
cuerpo del otro que daña su cuerpo y su espíritu, los genitales del agresor no tienen una
función sexual, sino violenta, el placer – si existe – le corresponde únicamente al
abusador no a la víctima. De ahí lo absurdo de los programas de prevención del abuso
sexual dirigido a los niños, éstos aunque sepan que su cuerpo debe ser respetado por los
otros, nada podrá hacer cuando un adulto lo ultraje. La prevención del abuso debería
más bien dirigirse a adoptar actitudes favorables al placer corporal en la educación
sexual de los niños, para que cuando adultos entiendan que la sexualidad es una manera
de comunicar placer a través del cuerpo y no violencia; además se debería organizar
cursos de educación sexual para los adultos, con la misma finalidad.

El maltrato psíquico tiene que ver con la generación de depresión y angustia en


las víctimas, puede ser de tres tipos:

a) Con triangulación. Cuando los padres se encuentran en un conflicto como


esposos, pero mantienen una relación relativamente adecuada con sus hijos y los
utilizan para ser protegidos o para atacar al cónyuge

b) Con deprivación: Cuando existe una buena relación como esposos y los
hijos son un estorbo para la relación. O cuando la pareja está más entretenida con el
odio mutuo, de tal modo que los hijos son ignorados.

El maltrato psíquico se relaciona con la incapacidad de intimidad que los


padres tienen con sus hijos, al ser incapaces de ser empáticos, los ven como pequeños
adultos y los convierten en sus cómplices o sus consoladores.
La primera infancia será el jardín en el cual los padres sembraremos las

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Psicología del amor: El amor en la Familia 4

semillas del amor o de la amargura. Es la etapa más importante de la vida de todo ser
humano, crisol de los momentos más felices o de los momentos más desoladores. “¡El
niño necesita que lo toquen, que lo besen, que lo miren, que lo noten!(…) La caricia –
toque, cariño, estímulo- es la unidad de reconocimiento humano. Comienza en el
nacimiento, con el toque físico. Después pasa a las palabras, miradas, gestos y
aceptación. Indudablemente el toque físico es el medio más potente de reconocimiento
(…) ¡Todos necesitamos caricias! – Así como necesitamos comida” ( Shinyashiki, R.,
1994, p. 21 y 22).

c) Legitimar sus capacidades auténticas.

El adulto es un ser estropeado. Esto porque ve al hombre como un ser


imperfecto: es aquel alienado, aquel marginado que piensa únicamente con su
conciencia, y esta conciencia impide su viaje - o vivencia en- la región poética.
El niño no está estropeado todavía porque –antes de desarrollarse su
conciencia- vive inmerso en un mundo intuitivo donde las cosas no tienen
explicación lógica: es inocente y por lo tanto sabio.
Federico García
Lorca

La infancia está en crisis, al grado de que algunos especialistas se preguntan si


es posible hablar hoy en día de niñez. Por un lado tenemos a los niños de la calle,
víctimas de las condiciones socio económicas del Estado y por otro a los “pequeños
ejecutivos” que a edad muy temprana debe asimilar el sistema de competencia impuesto
por la ideología del poder. Los padres, hipnotizados por la cultura light parecen
poseedores de una bola de cristal que les permite vislumbrar el futuro de sus hijos con
una certeza asombrosa, y dicen: “debemos prepararlos para el mundo competitivo.”
Estos padres niegan la idea de que la infancia está desapareciendo. Otros, la asimilan y
se desesperan porque son impulsados por los demás para que sean ladrones de la niñez
de sus hijos. Y finalmente estamos los que hemos asimilado, por lo tanto, desesperado,
y queremos que los adultos abran los ojos y devolvamos la alegría de ser niños a los
niños(A ratos me parece que los adultos nos hemos olvidado de que un día fuimos
niños).
¿Qué quiere decir infancia? “Históricamente, la infancia puede considerarse
como el conjunto consistente de las intervenciones institucionales sobre los niños y la
familia (…) Por otra parte, el vínculo infancia – familia, vínculo sin el cual ninguna de
las dos instituciones adquiere consistencia, se sostuvo históricamente durante la
modernidad a través de las prácticas filantrópicas, familiaristas, médicas, escolares,
psicológicas, jurídicas, ejercidas bajo el amparo del aparato estatal. En nuestros días, ese
vínculo histórico entre instituciones de la infancia y aparato estatal asiste a su disolución
práctica” (Corea y Lewkowicz, 1999, p. 91).
El dolor desgarra mi alma, cuando un pequeñito de cuatro años ingresa a
hurtadillas al elegante restaurante en el que me divierto con mi familia para pedir un
trozo de pan, o restos de la comida. Soy responsable de lo que le está pasando, no es
culpa del “sistema social”, de unos “padres ignorantes”, del “gobierno”, de la
“sociedad”, soy parte de ese sistema, responsable por la existencia de adultos que de

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Psicología del amor: El amor en la Familia 5

niños no tuvieron las oportunidades educativas que yo tuve, de mi voto para tener el
gobierno que tenemos, y soy miembro de la sociedad que pertenece a la especie
humana. No se trata de un sentimiento de culpa cursi, o una actitud caritativa, sino de
una responsabilidad en la que participamos todos los que somos capaces de escribir un
libro, comprarlo o ¡fotocopiarlo! Caritas sucias, manitos ásperas, ojitos tristes, boquitas
que rara vez pronuncian mamá, oídos que rara vez escuchan “te quieto”, pies que no
acariciaron una pelota de fútbol, ojitos que no vieron una familia reunida alrededor de
un nacimiento en navidad. Silencio, soledad, hambre, frío… son los miembros de su
familia…
Esa es la verdadera miseria humana, no la pobreza, sino el permitir que existan
chiquitos y chiquitas muriéndose en las calles. Porque están las familias pobres que a
pesar de su pobreza, se esfuerzan por mantenerse unidos, amarse, trabajar juntos. Como
una familia que conozco, el papá, la mamá y los tres hijos (4, 10 y 13 años) cuidan y
lavan autos en una avenida de la ciudad. Los pequeños van a la escuela. Recuerdo el
orgullo con el que el padre me mostró las libretas de sus hijos mayores, y los radiantes
ojos del pequeño cuando su madre le daba de comer un platito de fideo.
En las familias menos pobres, los padres deben trabajar para que sobreviva la
familia, inicialmente trabajaba el padre y mamá se quedaba con los pequeños, pero
debido a la gravedad de la situación laboral, ambos deben trabajar. Los pequeños se
quedan en guarderías del Estado o de la empresa donde los padres trabajan. No hay más
remedio. En esas guarderías los especialistas deben estimular las potencialidades
afectivas y cognitivas de los pequeños manifiestas en sus habilidades.
Los padres amorosos saben que lo más importante para sus hijos durante la
primera infancia es el apego seguro, el afecto de papá y mamá, el desarrollo de sus
potencialidades sensoriales e intelectuales. Por eso prefieren acompañar su proceso de
crecimiento sin necesidad de abandonarlos en guarderías, bajo el argumento de que
necesitan prepararse para la competencia del mercado. No se justifica que un niño entre
tres y cinco años pase la mayor parte del día en un centro donde reciba “estimulación”
de sus habilidades para el aprendizaje escolar y su socialización, si sabemos que aún no
es capaz de descentralizarse de sí mismo y que todavía no tiene los recursos cognitivos
para asimilar conocimientos que escapan a su desarrollo cognoscitivo.
Los fines de la educación deberían estar dirigidos al apasionamiento por la
verdad, la belleza y la bondad (Gardner, 2000). Durante la infancia temprana, el niño
está en la etapa del asombro, por lo tanto es un momento en la vida en que nuestros
sentidos están “hambrientos” de estímulos. Es la edad en la que se desarrollará la
sensualidad, por lo que es el momento en la vida en que los niños pueden ingresar al
mundo de la estética, esto es, aprender a usar sus sentidos para descubrir la belleza.
Inicialmente el pequeño debería disfrutar de la naturaleza a través de sus sensaciones,
luego ser insertado en el mundo de la belleza del arte. Cuando un niño está entre los tres
y los cinco años, se encuentra inmerso en la fantasía y en sus sensaciones, de tal modo
que se convierte en un extraordinario contemplador de la belleza, tal como escribió
Vygotsky: “Existe aún el criterio de que la imaginación del niño es más rica que la del
adulto, considerándose que la infancia es la época en que más se desarrolla la fantasía y,
según ello conforme crece el niño van en descenso su capacidad imaginativa y su
fantasía(…) Los niños pueden hacer todo de todo, decía Goethe, y esta simplicidad, esta
espontaneidad de la fantasía infantil, que ya no es libre en el adulto, suele confundirse
con la amplitud o la riqueza de la imaginación del niño” (Vygotsky, 1996, p. 40.)

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Psicología del amor: El amor en la Familia 6

No debemos confundir creatividad con espontaneidad. “La creatividad es el


proceso de presentar un problema a la mente con claridad (ya sea imaginándolo,
visualizándolo, suponiéndolo, meditando, contemplando, etc.) y luego originar o
inventar una idea, concepto, noción o esquema según líneas nuevas o no
convencionales. (…) En otras palabras, para lograr algo nuevo o diferente toda persona
debe descubrir la combinación o aplicación hasta entonces desconocida para ella. Esta
combinación puede incluir algún aparato, mecanismo, ley fundamental existente, efecto
o cambio de atributos tales como el tamaño, forma, color, capacidad, etc. La creatividad
es entonces, el resultado de una combinación de procesos o atributos nuevos para el
creador.” (Vervalin, 1962, en: Davis y Scott, 1992, p. 20). “En forma sencilla se puede
entender la creatividad, como la capacidad de pensar diferente de lo que ya ha sido
pensado, para lo cual es necesario comparar nuestras ideas con las de los demás.”
(Flores, 1998, p. 49).
Para actuar con creatividad, se necesita dar un nuevo uso a recursos que antes
eran utilizados para otros fines. El producto debe necesariamente de ser original y bello.
Edward de Bono desarrolló el concepto de pensamiento paralelo, para poder desarrollar
las estrategias de razonamiento creativo: “Pensamiento paralelo significa sencillamente
poner unas ideas al lado de otras. No hay choque, ni disputa, ni juicio inicial
verdadero/falso. Hay en cambio, una exploración genuina del tema de la que después se
pueden derivar conclusiones y decisiones por medio de un proceso de diseño” (De
Bono1995, p. 57). La definición de pensamiento paralelo que nos ofrece De Bono,
coincide con la idea de pensamiento divergente planteada previamente por Guilford
(1897-1987): “La producción divergente, o pensamiento divergente, es la generación de
informaciones a partir de información dada, en la cual el énfasis está en la variedad y
cantidad de respuestas de la misma fuente; probablemente envuelve transferencia
(Guilford, 1962, en: Da Cunha, 1977, p. 39).
La concepción de la creatividad ha evolucionado desde el enfoque
intelectualista de Torrance y Guilford, hacia una concepción interactiva, entre lo
racional y lo intuitivo, de una creatividad general a otra específica. En esta nueva
aproximación, Howard Gardner considera que la creatividad debe entenderse aplicada a
un campo de actividad determinado y no en todos; las personas creativas son
regularmente creativas en su vida, de tal modo que no existen “inspiraciones” repentinas
de creatividad; la creatividad implica la elaboración de productos o el planteamiento de
nuevas preguntas y solución de problemas; la actividad creativa solamente es tal si es
reconocida y aceptada por una sociedad concreta. (Gardner, 1995b).
No es lo mismo espontaneidad, originalidad y creatividad: “Es importante
distinguir entre espontaneidad, originalidad y creatividad. La espontaneidad y la
originalidad del hombre se manifiestan en un fluir de imágenes, sensaciones e ideas. En
nuestro contexto, espontaneidad significa una cierta gama de posibilidades que están al
alcance inmediato de la psique de una persona por causa de las intrínsecas cualidades y
experiencias pasadas y presentes, de esa persona.” (Arieti, 1993, p. 16).
Alguien puede ser original sin ser creativo, entonces nos referimos a
“extravagancia”, la creatividad, necesariamente, debe reunir por lo menos cuatro
características: originalidad – en el sentido de ser único -, fluidez – abundancia de ideas
o acciones -, flexibilidad – salir de las normas establecidas – y elaboración – el producto
debe ser bello o útil -. De las cuatro características, la más difícil de definir es la cuarta,
pues se relaciona con la estética y la funcionalidad; por esa razón, es que muchas

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Psicología del amor: El amor en la Familia 7

producciones creativas escapan al dominio de la época en la que surgen y recién son


valoradas después de la muerte de su creador.
Considerando todos los aspectos señalados, los niños durante la infancia
temprana no pueden ser creativos, primero, porque todavía no tienen registrada
información suficiente como para darle una nueva connotación; segundo, su
pensamiento utiliza el razonamiento transductivo, por lo que no puede aún deducir ni
inducir; tercero, sus habilidades psicomotrices son precarias para la obtención de
productos bellos. Por eso la afirmación de que los niños son creativos por naturaleza, y
tienen diversas formas y modalidades a través de las cuales así lo manifiestan…”
(Espriu, 1993, p. 41) no es correcta. Evidentemente, el niño de tres a cinco años actúa
con espontaneidad, porque no ha desarrollado las conexiones nerviosas necesarias para
el dominio de las regiones pre frontales sobre el resto de la actividad cerebral
(Azcoaga, 1986). Por esa razón, el organismo del niño reacciona a los mandatos de sus
emociones, determinando conductas que todavía no son autorreguladas. La introyección
del lenguaje, que le permitirá controlar sus impulsos, recién se irá formando alrededor
de los siete años para consolidarse a los doce (Vygotsky, 1987).
Entonces, el amor de padres relacionado con el reconocimiento de las
capacidades de nuestros hijos durante la primera infancia, tiene que dirigirse hacia la
estimulación de su sensualidad y la valoración de su espontaneidad, de tal manera que
sembraremos en ellos la posterior capacidad creativa. La sensualidad la instigaremos,
permitiendo que nuestros hijos tengan acceso a experiencias sensoriales diversas, y la
espontaneidad, alentando las expresiones verbales y emocionales, agregándoles nosotros
las palabras que las designen.

Por otro lado, para el niño durante la primera infancia, el mundo es el juego.
Henri Wallon (1879- 1962) (Wallon, 1984), describió tres tipos de juegos infantiles:

a) Juegos funcionales. Caracterizados por el uso del cuerpo como actividad


divertida, como por ejemplo: mover las piernas cuando está sentado, cerrar y abrir los
ojos, hacer “globitos” con la saliva, imitar sonidos del entorno, hacer ruidos con
distintas partes del cuerpo, etcétera.

b) Juegos de ficción. Jugar con objetos dándoles vida imaginaria, por decir:
usar un palo como si se tratara de una espada laser, jugar a las “comiditas” con
muñecas, etcétera.

c) Juegos de adquisición. Los niños se concentran con todos sus sentidos hacia
un fenómeno que está ocurriendo en su entorno: ver programas de la televisión, mirar a
los padres bailar, contemplar a las personas en el mercado, etcétera.

d) Juegos de fabricación. Divertirse acoplando y combinando objetos, por


ejemplo: amontonar piedras, hacer “tortas de tierra”, armar una casita con palos, y otras
actividades similares.

Antes de los seis años es muy difícil sustraer al niño de las actividades lúdicas
en las que se encuentra inmerso. Los padres amargados, no solamente suelen
interrumpir los juegos de sus hijitos, sino que además, suelen desvalorizar los juegos,

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Psicología del amor: El amor en la Familia 8

introduciendo órdenes o actitudes que desfavorecen el juego para que lo reemplacen con
actividades útiles. Los adultos nos hemos olvidado de jugar, y es difícil reconocer que
vivimos metidos en un juego al que hemos dejado de llamarlo como tal, cuando
asumimos los roles y las reglas sociales. Recordemos que las personas amargadas dejan
de vivir para dedicarse de pleno a la búsqueda de la “inmortalidad” a través de la
obtención de poder. Mientras más amargados los padres, menos juguetones serán con
sus hijos, mientras más valoren el mundo de mentiras en el que vivimos, menos
tolerarán los momentos lúdicos de sus hijos.
Mildred Parten (En: Rice, ob. cit.), durante sus investigaciones realizadas el
año 1932, observó distintas actitudes hacia el juego en los niños durante la etapa de la
primera infancia: los niños que no juegan, los niños que solo juegan con juguetes y no
se relacionan con otras personas, los que solamente miran jugar a otros, aquellos que
juegan con otras personas, y finalmente, los niños que integran a otros en su juego. Los
último dos grupos de niños son los que han desarrollado apego seguro y reciben el
reconocimiento explícito de sus padres a sus actividades lúdicas. Los pequeños que
miran, son los que hoy en día proliferan más . “Más del 40% de los niños miran
televisión solos. Esto sucede más en Brasil, Argentina y Chile. Generalmente quienes
más miran solos son los varones, los niños de más edad, o sin hermanos viviendo en el
hogar, con madres que tienen trabajo remunerado y padres ausentes. Todas las
características para una mirada sola y sin orientación alguna. Casi la mitad de los niños
miran televisión con su mamá; en un porcentaje mayor en Brasil. Esta conducta es más
generalizada entre las niñas, los hijos de madres muy jóvenes y cuando la mamá no
trabaja fuera de la casa. Los padres no están tan presentes en el momento de mirar
televisión, aunque por supuesto, cuando el niño vive con su padre, la proporción que
mira televisión con él es mayor. Los niños brasileños miran también bastante televisión
con sus abuelos y con sus madres.” (Meirelles, 2005, s/p).
Durante los años sesenta se inició una campaña para achacarle a la televisión
los males de los niños. Se pensaba que si un niño veía violencia en algún programa
televisivo, era motivo suficiente para motivar la violencia en el niño; Bandura y Ross
demostraron que las caricaturas influían menos en la conducta agresiva de los niños, que
aquellos programas televisivos con personas reales (En: Rice, ob. cit.). Por su parte
Creer, Potes, Wrigth y Huston en 1982, demostraron que los cambios rápidos de
escenas y la presencia en ellas de comportamientos violentos, incrementan la
impulsividad, independientemente del contenido del programa (En Rice, op.cit.). Sin
duda hay influencia en el comportamiento del niño: “la violencia en la televisión está
asociada con un incremento en la conducta agresiva de los niños que la ven” (Rice,
op.cit.).
Sin embargo, gracias a los estudios de Albert Bandura (En: Bandura y
Walters, 1977), surge el concepto de “aprendizaje vicario.” Bandura diferenció el
aprendizaje activo (aprender a través de la experiencia propia), y el vicario, (aprender
observando a los otros). El aprendizaje vicario se refiere al hecho de que viendo lo que
otros hacen y las consecuencias que reciben por su comportamiento, se aprende a repetir
o evitar esa conducta. Es importante señalar, que las modificaciones del
comportamiento son el resultado de la interacción de la persona con el medio ambiente,
involucra a la persona y a las personas con las que interactúa. El aprendizaje vicario, no
es un aprendizaje pasivo: ver – asimilar – actuar, más bien se trata de un aprendizaje
interactivo. La relación entre violencia en la televisión y conducta violenta en el niño,

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Psicología del amor: El amor en la Familia 9

no es una relación lineal de causa – efecto. Entre el estímulo televisivo y el


comportamiento existe un proceso de negociación de significados, del inglés:
negotiation of meaning (Vandevelde, 2005), es un proceso de negociación del sentido,
en el que dos o más personas construyen el significado de manera interactiva.
Jerome Bruner deja claramente establecido que: “Si bien en nuestro fueron
íntimo sabemos que las historias se crean, no se encuentran en el mundo, no podemos
prescindir de dudar al respecto. ¿Es el arte el que imita la vida, la vida la que imita el
arte, o existe una vía de ida y vuelta?” (Bruner, 2003, p. 40). Lo que implica una
reflexión más profunda sobre los efectos de los programas televisivos violentos en la
mente del niño. Considerando que en la primera infancia es imposible la abstracción y
el razonamiento lógico deductivo e inductivo, el niño no hace generalizaciones ni
transferencias de lo visto hacia los fenómenos afectivos que vive. Por ejemplo, si ve una
serie televisiva violenta, imitará esa violencia en sus juegos, y si tiene conflictos
afectivos – por decir -, con un hermano, no necesariamente utilizará la violencia
aprendida de manera vicaria para resolver sus conflictos fraternos, pero sí puede
imitarla agrediendo al hermano como imitación directa de lo recibido en el programa
televisivo. Lo que importa es el “tercero mediador”, entre el programa y el niño, está la
persona o las personas que le ayudan al niño a darle sentido a aquello que está viendo.
La negociación del significado no la realiza el pensamiento del niño, sino la valoración
que la persona que asiste con el niño a las escenas violentas.
La televisión en sí, perjudica al desarrollo del niño de manera directa, puesto
que en lugar de interactuar con sus juguetes y con otras personas, ocasionando que “la
televisión disminuye la cantidad de tiempo que los niños dedican a otras actividades”
(Rice, ob. cit. p. 306). Lo que va en desmedro del desarrollo en general. Sabemos que la
televisión puede ser un buen medio para el aprendizaje del niño, como señalan los
estudios de Calvert y Cocking, 1975, 1992, en: Rice, ob. cit.) en relación al programa
“Plaza Sésamo”: “Los televidentes mostraban mayores habilidades para reconocer y
nombrar objetos, para nombrar las partes del cuerpo y para reconocer y etiquetar formas
geométricas” (Rice, ob. cit. p. 306). Además es importante la influencia de la televisión
en la conducta prosocial de los niños cuando los programas televisivos estimulan la
generosidad, por último, se ha encontrado que la televisión puede utilizarse para
promover la salud y hábitos alimenticios adecuados.
¿Y qué de aquellos medios antiguos ajenos a la tecnología moderna? Los
relatos de los cuentos de hadas – aunque no necesariamente son exclusivos para los
niños -, ayudaban y ayudan al desarrollo moral, estimulan la creatividad y establecen
lazos estrechos con el relator. Bruno Bettelheim insistió mucho sobre el potencial de
los cuentos para ayudar a los niños resolver sus conflictos afectivos, reconocerse en los
cuentos y establecer referentes que les ayuden en su desarrollo emocional y afectivo.
Los cuentos de hadas son extraordinarias obras de arte que no solamente ocasionan el
interés de los niños, sino también de los adultos, porque: divierten, estimulan la
curiosidad y la fantasía. A los niños les ayuda a desarrollar su inteligencia y clarifican
sus emociones, pues, tratan de las ansiedades y aspiraciones del niño, les permiten
adentrarse a sus problemas y les ofrece soluciones sus inquietudes Para Bettelheim, los
cuentos de hadas al no tener un tiempo concreto, son eternos, sirvieron cuando fueron
creados como lo son hoy en día, hablan de emociones que estuvieron y estarán presentes
mientras exista la humanidad.
Durante la primera infancia, como vimos, el niño vive en un mundo de

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Psicología del amor: El amor en la Familia 0

fantasías, por lo que: “No existe nada más real que un cuento. Los adultos muchas veces
no recuerdan cómo se sienten las personas de talla baja en un mundo de metro ochenta.
No ocurre así con los que se dedican a narrar historias. Los cuentos posibilitan una
comprensión de la naturaleza humana mucho más sutil de lo que cualquier frase hecha o
cualquier lección que pretenda introducirnos en las emociones puede captar, aparte de
que poseen un significado mucho mayor para los niños (… )Del mismo modo que los
rayos X captan imágenes que no podemos diferenciar a simple vista o los ultrasonidos
muestran un feto con vida antes de que podamos sentir su primera patadita, un cuento
de hadas colma de carne y hueso las emociones que se acaban de perfilar en el corazón
y en la mente del pequeño. Y como saben los seres humanos desde hace miles de años,
los cuentos transforman las lecciones en diversión (Grasso, 1999, p.p. 20-21).
Al contarle un cuento de hadas a nuestro hijo pequeño, interactuamos con él
durante el relato, le hacemos preguntas, compartimos sus emociones, y ambos
construimos imágenes que sólo nuestra mente puede “ver.” No hay nada parecido a una
“bruja”, una “princesa”, un “rey” imaginados. Son propios, surgen de la interpretación
de la narración, de una fuente que es propia, y por lo tanto, imposible de ser separada de
uno mismo.
Además del desarrollo de la sensualidad el niño en la primera infancia es un
científico en miniatura: “Los conceptos abstractos y, aparentemente, independientes,
incluso aquellos que constituyen la base de las hipótesis científicas más teóricas,
también reflejan, en el fondo, las vivencias que experimenta un niño. Los matemáticos y
físicos manejan complicados símbolos para representar el espacio, el tiempo y la
cantidad, pero antes tuvieron que comprender el sentido de estas entidades: cuando de
pequeños, gateaban hacia la esquina opuesta de la sala en busca de un juguete, o
esperaban a su madre para que les llenara el vaso de zumo, o se imaginaban cuántas
galletas podrían comer hasta que les doliera el estómago. Einstein y otros pensadores,
como Schrödinger, desarrollaron sus ideas más revolucionarias mediante experimentos
cognitivos. El genio adulto, al igual que el niño aventurero, sigue realizando viajes
imaginarios en propulsores intergalácticos, en haces de luz o en cápsulas que arrasan el
espacio. Las ideas se van elaborando a partir de exploraciones lúdicas de la
imaginación, para, posteriormente, traducirse al riguroso lenguaje matemático”
(Greenspan, Lieff, 1998).
La edad del “por qué”, se ubica justamente en la primera infancia, preguntas
sobre lo obvio, que ha dejado de serlo para el adulto, como: ¿Por qué sopla el viento?
¿Por qué hay luz? ¿Por qué me tiene que doler la barriga? ¿Por qué se muere la gente?
¿Por qué ya no hay dinosaurios?...y otras que preferimos evitar: ¿por qué mamá no
trabaja? ¿Por qué estás calvo? ¿Por qué tengo que esperar un hermanito? ¿Por qué tengo
que hacerte caso?
El niño “político” surge cuando el pequeño, alrededor de los tres años,
descubre el poder mágico de la palabra “no.” Puede entonces dominar su entorno,
reconocer que es poderoso con el rechazo de los mandatos de sus padres, ¡disfruta del
poder! Por lo tanto, durante esta etapa, el niño aprende a manipular a los adultos para
obtener beneficios propios. Las familias amorosas saben poner límites a los “sobornos”
del niño. Esos límites se fundamentan en el amor, pretenden que el niño respete los
espacios personales de los demás, y que aprenda a reconocer los efectos negativos de su
conducta manipulante. Los padres utilizarán el reconocimiento del comportamiento
prosocial del niño e ignorarán las conductas egoístas. Conversarán con el niño, dentro

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Psicología del amor: El amor en la Familia 1

de los parámetros de su entendimiento y principalmente serán modelos de moral. Los


pequeños necesitan mucha congruencia por parte de sus padres, la desazón surge
cuando los adultos contradicen sus mensajes.
En el caso de las familias amargadas, los límites serán rígidos e irracionales, o
bien no se pondrán límites a las conductas políticas de los hijos. La consecuencia es el
desarrollo de un “pequeño tirano”, quien dominará a la familia usando sus recursos
manipulantes: jugar a la víctima, asumir el rol de “abuelo de sí mismo”, manejar la
relación de sus padres.

a) El niño que juega a la víctima, es aquel que manipula a través de la negación


a crecer, puede pero no quiere hacer las cosas, se comporta como un niño más pequeño
de lo que es, llora para obtener cuidados innecesarios. Los padres lo sobreprotegen,
impidiendo que el pequeño desarrolle las habilidades necesarias para su posterior
autonomía. Cuando sea adulto buscará ser valorado y/o protegido, seguirá usando las
estrategias aprendidas en la primera infancia para obtener lo que desee, será un experto
en manejar la culpa ajena, sentirá terror ante la sola idea de quedarse solo (Pinto, 2005)

b) El “abuelo de sí mismo”, es el niño “adulto”, se relaciona con sus padres de


manera simétrica, o asume una posición superior en una relación complementaria. En el
primer caso, es el confidente de uno o de ambos progenitores, a pesar de su edad,
conoce los secretos y angustias de quienes deberían protegerlo, pero no tiene a alguien
que lo proteja. En el segundo caso, puede asumir el papel de “pequeño tirano” al
coalicionarse con uno de los padres en contra del otro; obliga a que uno o ambos
progenitores le obedezcan, también puede ejercer ese papel con los abuelos y con los
hermanos; habrá alguien que aliente ese comportamiento dictatorial favoreciendo una
política invertida, en la que el que necesita límites limita. La otra opción en la
complementariedad invertida, es aquél en la que el niño “abuelo de sí mismo” asume la
función de protector y/ o cuidador de quienes deberían protegerlo y cuidarlo, consuela
cuando debería ser consolado. En ambos casos, el niño se sentirá sólo fuera de su papel,
así que se aferrará a su pequeño ego para no sentirse desprotegido. Aprenderá que amar
es dominar o proteger, y le costará mucho en la vida aprender a amar con madurez, sin
tener que esperar que su pareja llene sus expectativas frustradas (Pinto, ob.cit.).

c) El niño que hace pelear a sus padres. Se trata de hijos triangulados de


manera perversa o rígida (Pinto, ob.cit.). Los padres no saben ser pareja, pueden
sobredimensionar su función parental o bien concentrarse en los conflictos conyugales.
El niño percibe el conflicto conyugal de sus padres, y fácilmente ingresa a la
“notrosidad” de la relación, utilizando para ello, “estrategias políticas deshonestas”
colocando a uno de los padres en contra del otro, o alentando esperanzas en aquel que
aún mantiene vivas las expectativas de que su pareja le ame. Este tipo de manipulación
es muy usual en los divorcios difíciles, aunque puede ser vivida en un matrimonio
donde el amor murió hace tiempo. Es común también, que estos niños hayan sido
engendrados con la esperanza de que su existencia mejore la relación marital. Las
consecuencias son nefastas para la vida del niño: le será muy difícil desvincularse de sus
padres, no sabrá reconocer la prioridad de la conyugalidad en su matrimonio, verá en
sus hijos instrumentos de poder y no fuentes de amor.
La ideología del poder, favorece el desarrollo de las conductas manipulantes de

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Psicología del amor: El amor en la Familia 2

los niños, se pretende que éstos ingresen cuanto antes al mundo de la competitividad y
el éxito: “Compadezco a quienes tienen que vivir en una sociedad gobernada por
tiranos; envidio a quienes viven en una sociedad donde se respeta la independencia del
individuo y se valora el servicio a la comunidad” (Gardner, 2000, p.287).
El énfasis del “logro escolar” es la característica sine qua non de las guarderías
a las que asisten los hijos de familias hipnotizadas por la desesperación. Pequeñitos de
dos años son obligados a desarrollar competencias para el logro de metas asumidas por
los padres inmersos en el mandato de ser “buenos padres”, y darles a sus hijos lo mejor.
Bueno y mejor se mezclan con la idea de tener un hijo exitoso del cual sentirse
orgullosos: ¡y lo dicen! No se trata de un comportamiento inconsciente, sino todo lo
contrario, es muy consciente, puesto que consideran que serán padres fracasados si no
consiguen un hijo “buen alumno” para que sea “buen profesional”, y por supuesto, que
sea el mejor.
El niño ya dispone de teorías plenamente acabadas que les ayudan a dar un
sentido al mundo, pero que a la vez nadie se ocupa de fomentar o alimentar, más bien
las instituciones lo que hacen es imponer sus propias maneras de cómo deben resolverse
los problemas y cómo debe conceptualizarse la realidad. Lo paradójico es que a pesar de
esas violaciones a los procesos cognitivos de los niños, éstos sobreviven,
manifestándose en la vida adulta. Es así que a la hora de resolver un problema, los
adultos recurrimos a las estrategias infantiles, en otras palabras, al parecer las etapas del
desarrollo de la inteligencia no desaparecen sino que las nuevas solaparán a las antiguas
(Gardner, 1993).
Howard Gardner sueña con una educación que fomente la verdad, la belleza y
la bondad (Gardner, 2005). Las tres son interdependientes, ninguna puede existir sin la
otra. Durante la primera infancia, el amor de los padres debe estimular la verdad y la
belleza. La verdad a través de la legitimidad de las capacidades auténticas de nuestros
hijos, y la belleza a través de la empatía y la intimidad.
Verificaremos el efecto del amor al contemplar cómo nuestros hijos ingresan a
su primera infancia autónomos en vez de dependientes, y la terminan siendo capaces de
correr riesgos en vez de sentirse culpables (Erikson, ob.cit.).
Ronald Illinsworth (1992), hace una síntesis interesante acerca de las
cualidades deseables de la familia durante la crianza de los hijos durante la primera
infancia:

a) Amor y seguridad. Evitar el maltrato de los hijos, hacer todo lo posible para
que los padres no tengan ausencias prolongadas.
b) Aceptación incondicional del niño.
c) Disciplina firme y cariñosa. Usar lo menos posible los castigos. Inculcar la
preocupación por los demás.
d) Animar al descubrimiento. Estimular la curiosidad.
e) Alabar y recompensar mucho más que castigar y desanimar.
f) Alentar la autonomía y disminuir la sobreprotección.
g) Tolerancia y comprensión de las reacciones normales de la edad.
h) Establecer un buen ejemplo.
i) Inculcar actitudes razonables hacia la enfermedad.
j) Inculcar actitudes positivas hacia la sensualidad.
l) Evitar las críticas a otros en presencia del niño.

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Psicología del amor: El amor en la Familia 3

ll) Proveer del material lúdico acorde con las posibilidades financieras de la
familia.
m) Dejar que desarrolle su propio juego, en vez de decirle lo que tiene que
hacer.
n) Alentar la confianza en sí mismo. Permitirle que cometa errores y que pueda
aprender de ellos.
ñ) Estimular a que haga preguntas.
o) Darle oportunidades para que amplíe su vocabulario.
p) Leer al niño cuentos y relatos acordes a sus intereses.
q) Desarrollar actividades fuera de la casa.
r) Estimular su interés por el arte y la ciencia.

5.1.4. El amor durante la infancia intermedia.

No llego a entender cómo, siendo los niños tan listos, los adultos son tan
tontos. Debe ser fruto de la educación.
Alejandro Dumas

Estudiad, estudiad, estudiad...: seréis mediocres. Amad, amad, amad:


seréis grandes.
Niccolo Tommaseo

Cuando el niño pasa de los seis años, los expertos en el desarrollo humano
consideran que ha dejado la niñez temprana, para incluirse en la niñez intermedia. Etapa
que llegará hasta que el pequeño cumpla los once años.

A nivel del desarrollo cognitivo, el niño entre los siete y once años ingresa a la
etapa de operaciones concretas. Para Jean Piaget, el concepto “operaciones” se refiere a
cualquier acto representacional que integra un proceso organizado de actos conexos
(Flavell, 1999); considerando esta afirmación, el niño avanza de una organización pre
operacional a otra: la etapa de las operaciones concretas.
La etapa de las operaciones concretas se caracteriza fundamentalmente por el
acceso del niño al pensamiento lógico, aunque aún no es capaz de llevar a cabo
abstracciones. El niño es capaz de reconocer que la cantidad se conserva aunque su
forma cambie. Esta capacidad, ha sido llamada conservación, y Piaget la considera
básica para el aprendizaje del número, la sustancia, la longitud, el peso y el volumen;
por lo tanto, es en esta etapa cuando se posibilita el aprendizaje de los recursos
matemáticos como nuevos mediadores en el ordenamiento de la realidad. Además,
ahora es posible ordenar los objetos según criterios de seriación, antes, ordenaba según
criterios polarizados (más grande – más pequeño), ahora, es capaz de ordenar los
objetos según las relaciones entre unos con otros. Recién es posible la conciencia de
cantidad, de tal manera, que el número como representación es entendido como un
recurso necesario para la clasificación ordinal de los objetos. Aparece también la
inferencia transitiva, gracias a la cual el pequeño puede relacionar dos objetos a partir
de sus vínculos con un tercer objeto (En: Pappalia y Olds, op.cit.).

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Bismarck Pinto Tapia 9
Psicología del amor: El amor en la Familia 4

Piaget y sus seguidores, consideraron que el desarrollo cognitivo atraviesa


necesariamente por esas etapas de manera universal. Sin embargo, parece que, el
desarrollo cognitivo de los niños pre escolares, además de depender de la madurez de su
sistema nervioso, depende del contexto. El interesante estudio de Ruperto Romero
acerca del desarrollo de la inteligencia de niños pre escolares quechuas en Titikachi, nos
muestra que la teoría del desarrollo de Piaget debe ajustarse a las condiciones culturales,
para comenzar, el concepto de inteligencia tiene otro tipo de connotación que el
planteado por la cultura occidental: “Aunque en la comunidad de Titikachi se conocen y
utilizan ordinariamente, varios términos quechuas que tienen mucho que ver con la
inteligencia, este concepto se designa con el vocablo aymara de ch’iki(…) En muchas
comunidades aymaras, actualmente se utiliza el término ch’iki para designar la
inteligencia, viveza (…) en la provincia Los Andes del departamento de La Paz, existe
un proverbio que dice: ch’iki jalkir jamch’i katkiri, cuya traducción aproximada en
castellano sería: inteligente es el que puede agarrar un pájaro en pleno vuelo (Romero,
1994, p.116). Para los habitantes de Titikachi, un niño es inteligente cuando tiene buena
memoria, es creativo, ingenioso, servicial, honesto, sensible, respetuoso, habla con
propiedad, mirando aprende, sabe leer, escribir, contar, posee destreza manual. Criterios
que bien podrían ser utilizados para la construcción de una prueba psicológica que mida
el ch’iki. Fíjese en la importancia de tres aspectos que no son considerados dentro de las
definiciones clásicas y contemporáneas del concepto tradicional de “inteligencia”:
creatividad, honestidad y generosidad. Criterios que la psicología occidental separa de
la inteligencia y que prefiere analizarlos como categorías de la personalidad, por
ejemplo: los cinco factores de la personalidad del Test de los cinco grandes (Big Five
Test): extroversión, amabilidad, apertura a la experiencia, responsabilidad y
neuroticismo (En: Brody, Ehrlichman, 2000).
Personalmente considero que la teoría de Howard Gardner, acerca de las
inteligencias múltiples, se acerca más a una concepción de inteligencia relativa a la
biología, la cultura y la experiencia personal: “Creo que deberíamos abandonar tanto los
tests como las correlaciones entre los tests y, en lugar de eso, deberíamos observar
fuentes de información más naturales, acerca de cómo la gente en todo el mundo
desarrolla capacidades que son importantes para su modo de vida(…) Todos estos roles
distintos deben tomarse en consideración si aceptamos la manera en la que defino la
inteligencia, es decir, la capacidad para resolver problemas, o para elaborar productos
que son de gran valor para un determinado contexto comunitario o cultural” (Gardner,
1998 pp. 24-25).
Romero encontró diferencias entre el desarrollo de la inteligencia de los niños
de Titikachi en comparación a los niños ginebrinos de los estudios de Piaget: en la edad
pre escolar, los pequeños quechuas no alcanzan el nivel de inclusión de clases como lo
hacen los niños ginebrinos, en la seriación por tanteo están retrasados con un año.
Romero insiste en que el desarrollo de la “inteligencia social” (equiparable a la
inteligencia interpersonal de Gardner) es superior a los niños ginebrinos: “La
predominancia de los factores sociales de la inteligencia marca una diferencia
fundamental en el modelo titikacheño, por el que no se valora tanto que un niño
desarrolle un pensamiento lógico – científico en sí mismo y de manera aislada, - por
ejemplo, mediante las operaciones de clasificación, seriación y conservación de número
-, si este desarrollo no está en función de conceptos como sunquyuq: corrección,
madurez, responsabilidad, honestidad, sensibilidad, etc., o uyurikuq: obediencia,

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Psicología del amor: El amor en la Familia 5

respeto, trabajo, cordialidad, etc.” (Romero, ob. cit. p. 182).


Por lo tanto, en las comunidades del altiplano boliviano, lo que interesa es que
los niños sean capaces de desarrollar más tempranamente que en el mundo occidental, el
valor de las relaciones sociales, por lo que la inteligencia está necesariamente ligada a la
vida en comunidad. Por esa razón, sin conocer las intrincadas teorías del desarrollo de la
inteligencia, para aymaras y quechuas, un niño es reconocido como tal en el uma
ruthuku. Ritual que consiste en cortar el cabello del pequeño cuando aprende a hablar,
entre los dos y tres años y el cambio de dentadura, a los siete años aproximadamente.
Edades que bien pueden considerarse coincidentes con el inicio de la infancia temprana
y el ingreso a la infancia intermedia. En otras palabras, el segundo ruthuku (quechua)
(aymara), corresponde al reconocimiento de que el niño recién puede asimilar los
fundamentos morales imprescindibles para la convivencia en comunidad.
Es probable que un niño en condiciones de salud adecuadas, se encuentre
preparado para el aprendizaje escolar durante la infancia intermedia, pero en nuestro
país la minoría de los niños poseen esas condiciones óptimas. Más de la mitad de los
menores de cinco años tienen desnutrición crónica, 420 000 niños padecen desnutrición
en diversos grados, lo cual significa un 30 % del total de niños bolivianos (Iriarte,
op.cit.)
La crisis económica repercute en las familias , las cuales se ven presionadas
por la miseria, ocasionando la desintegración y la desvinculación precoz de los hijos:
del número total de niños de la calle, 75% tienen más de doce años, y 25 % entre tres a
once años (Iriarte, op.cit.). Lo cual significa que algunos pequeños que deberían estar
jugando, viven mendigando o trabajando en las calles. ¿Esos pequeños encontrarán a
alguien que les permita desarrollar sus potencialidades personales? Escuchar: “tienes
valor, tendrás valor; si realmente lo deseas lo harás, tú llegarás” (Dolto, F. 1988, p. 80).
No quiero decir que todos esos niños están condenados a la perdición, pero sí que sus
posibilidades de realización se reducen mucho debido al margen de vulnerabilidad en la
que viven. ¡Qué absurdo y vergonzoso es hablar de autoestima en la niñez en nuestro
país! Para tener baja autoestima se necesita un estómago lleno, nuestros niños tienen
hambre de pan y de amor. ¡Ambas cosas! El pan no puede darse si no sentimos
compasión por esas criaturitas que no son responsables de la ignominia de la ideología
del poder. ¿Podremos renunciar nosotros al egoísmo para entregarnos plenamente al
servicio amoroso de tantos pequeños abandonados a su destino?
“El 12 de junio del año pasado, la OIT (Organización internacional del trabajo),
divulgó cifras sobre el trabajo infantil: Según sus informes, más de 246 millones de
niños trabajan en el mundo. Pero sigue aclarando: 100 millones de estos niños no van a
la escuela. Con esta aclaración, afirma que 146 millones de niños trabajadores (el 60%)
están escolarizados” (Morsolin, 2006 s/p).
El tres de agosto del 2005, el periódico La Prensa dio a conocer la noticia del
estudio llevado a cabo por UNICEF y el INE, según el cual más de trescientos mil niños
trabajan en Bolivia: “Los menores de entre siete a 13 años son los que más trabajan,
sobre todo en la zona rural del país, revela el documento “Trabajo Infantil en Bolivia,
Características y Condiciones”, presentado ayer por la consultora que realizó el estudio
por encargo del Instituto Nacional de Estadística y Unicef. La investigación reveló que
aumenta la incorporación en el mercado laboral de los menores de 13 años. Identificó
que, pese a que las niñas empiezan a trabajar antes que los niños, éstos ganan más.
Además, el estudio recién presentado en La Paz permitió detectar que en las zonas

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Psicología del amor: El amor en la Familia 6

urbanas más del 70 por ciento de los menores realizan labores asociadas a la
intermediación y prestación de servicios” (La Prensa, 3/08/2005).
¿Por qué los niños deciden vivir en las calles? Lo común es que sus familias se
desintegraron: “Entre las causas de la desintegración familiar prevalece el abandono y/o
fallecimiento del padre o de la madre, aunque el abandono de la madre es poco
significativo. Estos hechos generan situaciones en las que los hermanos mayores y otros
familiares asumen el rol de los progenitores, lo que determina cambios sustantivos en la
dinámica familiar. Estos niveles de desintegración producen una estructura conyugal
que tiene peculiaridades específicas. Se constata una mayor ausencia de la jefatura
femenina que en el promedio de familias desintegradas, hecho que fractura la dinámica
de funcionamiento, porque el padre debe asumir roles ajenos socialmente a su condición
de varón y enfrenta mayores dificultades en relación a la organización y conducción del
hogar. Gran parte de estas familias se reestructuran con una madre suplementaria y con
su descendencia aumenta el número de hermanos y con ellos puede haber unión o
sobrevivir otro ciclo de separación” (Domic, J., Ardaya, G. Coordinadores, 1991 pp.
181 – 182).
A esa desintegración familiar se suma la violencia intra familiar, el abuso
físico, el maltrato sexual de los hijos, el alcoholismo de los padres, trastornos mentales
de los padres, en fin, situaciones que generan angustia insoportable en los niños, los que
finalmente encuentran en la calle mejores condiciones que en su hogar.
Por otro lado, están los niños “en la calle”, son los menores trabajadores que
vuelven a su hogar para ayudar económicamente a la familia. Muchos de ellos son
quienes sostienen a su familia a pesar de la edad que tienen.
Encontramos a estos niños trabajadores lustrando zapatos, lavando coches,
vendiendo dulces, ayudando en los mercados, etc. Sin embargo, últimamente se ha
incrementado la prostitución infantil: “Solo contando los cuatro mayores centros
urbanos, la prostitución infantil esclaviza unas diez mil niñas menores de 14 años. En
La Paz, Cochabamba, El Alto y Santa Cruz, los investigadores de Unicef y la OIT
detectaron a 1.470 niñas de 12 años sometidas a comercio sexual” (La Prensa,
1/09/2005).
¿Por qué los niños desertan de la escuela? Entre los años 80 a 91 de 1.428.489
inscritos en las escuelas bolivianas, 127.478 se retiraron y 93.487 fueron reprobados. De
cada mil niños que ingresan a la escuela 494 terminan el quinto de primaria en la
ciudad, mientras que sólo 140 lo hacen en el campo. De mil niños que ingresan a la
escuela, solamente 125 terminan el bachillerato, 210 en la ciudad y ¡5!, en el campo
(Iriarte, ob. cit.).
A la deserción se suma el bajo rendimiento escolar, 38,60% de los alumnos de
las ciudades obtienen un rendimiento satisfactorio, 36,6 % regular y 24, 7% bajo;
mientras que en el ámbito rural, el 15, 7 % obtiene un rendimiento satisfactorio, 36,4 %
regular y 47,9 malo (Simecal en: Iriarte, op.cit.).
Según la mayoría de los analistas, la crisis educativa de nuestro país se
relaciona estrechamente con las condiciones de pobreza y sus efectos en la organización
de necesidades de la familia: calmar el hambre es más importante que la salud y la
educación de los hijos (Iriarte, op.cit.). Sin embargo, un análisis más profundo
concluye: “Las causas de la deserción escolar no se pueden atribuir a un solo factor, en
este problema los factores económicos, políticos, socioculturales, familiares y
pedagógicos adquieren una contextura particular, en la que sus componentes interactúan

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Psicología del amor: El amor en la Familia 7

de manera dialéctica y dinámica(…) La deserción escolar, al ser consecuencia de una


sociedad y una escuela excluyente y discriminadora, siempre ha existido y existirá
mientras el tipo de estructura piramidal social no cambie(…) La mayoría de los
desertores trabajan y tienen familias desintegradas, (…)(…) La escuela oficial,
contribuye a la deserción escolar: con la currícula que selecciona contenidos en función
de la clase dominante; la formación del ciudadano desarraigado de su cultura originaria;
con la vigencia de un modelo transmisionista (…), con la relación vertical docente –
alumno y una confusión de evaluación con medición y la creencia ciega en la
calificación; la separación del trabajo y el estudio. La escuela está destinada a la
selección de los más fuertes y el rechazo a los más vulnerables.” (Barral, 1994, pp. 144-
146).
Rolando Barral propone reemplazar el término “deserción” por “exclusión”,
debido a que el abandono de los estudios por parte de los alumnos, no es una toma de
decisión personal, sino que es consecuencia de las condiciones deplorables del contexto
económico, social y educativo. Según este pedagogo, la solución se encontraría
necesariamente en un cambio del sistema socio – económico, pues considera al
fenómeno educativo como su consecuencia. Sin embargo, considero que el cambio de
sistema no es suficiente, pues lo que determina el sistema es su finalidad (Bertalanffy,
op.cit.). Por lo tanto mientras no se modifique el fin de la educación, de nada servirá el
cambio de sistema socio económico. Tanto hace un modelo capitalista o un modelo
comunista, democrático o dictatorial. El problema no es el medio, ¡es el fin!
Paulo Freire (1921 - 1997) advirtió que la escuela no forma para la vida y
sugiere una pedagogía liberadora: “La pedagogía del oprimido, como pedagogía
humanista y liberadora, tendrá pues, dos momentos distintos. El primero, en el cual los
oprimidos van desvelando el mundo de la opresión y se van comprometiendo, en la
praxis, con su transformación y, el segundo, en que una vez transformada la realidad
opresora, esta pedagogía deja de ser del oprimido y pasa a ser de la pedagogía de los
hombres en proceso de permanente liberación” (Freire, 1989, p. 41). Elizardo Pérez
(1892- 1980) y Avelino Siñani((1881-1941), antes que las teorías de Freire, pusieron en
acción la idea de una escuela para la vida al crear la Escuela Ayllu en Warisata: “No fui
a Warisata para machacar el alfabeto ni para tener encerrados a los alumnos en un
recinto frente al silabario. Fui para instalarles la escuela activa, plena de luz, de sol, de
oxígeno y de viento, alternando las ocupaciones propias del aula, con los talleres,
campos de cultivo y construcciones” (Pérez, 1992, p. 86).
¿Qué falta en la pedagogía de la liberación? Considero que es correcto el que
los educandos tomen conciencia de aquello que les están enseñando, que procedan con
una reflexión crítica y tomen sus decisiones en función a los intereses de su propia
historia; también creo que es importante una educación para la vida. Pero no estoy de
acuerdo con el considerar que existen dos tipos de personas: opresores y oprimidos, y
que la culpa de la opresión la tienen los opresores. Luego pasará que los oprimidos se
convertirán en opresores y las buenas intenciones dejarán lugar a un sistema en el cual
lo único que cambie sean los roles: los opresores serán oprimidos, y los oprimidos,
opresores. Falta comprender que ambos están inmersos en un contexto ideológico
absurdo: la ideología del poder; el término opresión es parte del discurso del poder.
¿Cómo romper el círculo vicioso del poder? La única manera es saliendo del contexto
ideológico, proceder con un cambio 2: “El único modo de salir de un sueño supone un
cambio del soñar, al despertar. El despertar, desde luego, no constituye ya parte del

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Bismarck Pinto Tapia 9
Psicología del amor: El amor en la Familia 8

sueño, sino que es un cambio a un estado completamente distinto. Esta clase de cambio
lo denominaremos en los sucesivo cambio 2(…) Cambio 2 es por tanto cambio del
cambio (Watzlawick, Weakland, Fisch, 1986, p. 31)
¿Cómo introducimos el cambio 2 en el sistema educativo? Primero, reconocer
que los intentos de cambiar el sistema por otro, son un ejemplo de cambio 1: “más de lo
mismo” (Watzlawick, Weakland, Fisch, op.cit.). Segundo, entender que el cambio 1 en
los sistemas sociales, obligan a una revolución, lo que entraña necesariamente muerte y
destrucción. Tercero, salir del contexto ideológico absurdo.
Salimos de ese contexto a través de la trascendencia y la irreverencia (Pinto,
2005b). Es decir, reconocer que es imposible satisfacer al poder. El poder funciona así:
a más poder, más hambre de poder, porque el fin del poder es la certeza. Para el cambio
2 necesitamos un salto cualitativo: del poder al amor.
La educación escolar debería complementar a la educación familiar; en ambos
casos, el fin tendría que ser el mismo: legitimar las potencialidades singulares de los
niños para que puedan entregarse plenamente a la vida. La felicidad es sentirse vivo:
“¿Qué es la felicidad? Es el bien. El estar bien. El estar bien, puesto que no estamos
solos, ese estar bien implica estar bien con otros. Encontrar en el mundo un hogar, en la
vida un sentido, en ciertas horas la serenidad y la satisfacción de existir, de ser necesario
para alguien. Es decir, de amar. Que conjuga en amar y ser amado” (Barylko, 2004, p.
23). Coincido con el pensamiento de Jaime Barylko (2002), felicidad es amar, y esas
son las circunstancias para que el ser humano pueda existir.
Existir en el sentido de salir de sí mismo y amar en el sentido de jugarse por el
otro desconocido (Barylko, op.cit.). Una escuela hecha para el amor, comenzará
permitiendo que el niño experimente su sensualidad, mucho más de lo que podría
hacerlo en su hogar, tal como Bertrand Russell sugería: “En mi opinión, no hay duda de
que la escuela ideal es mejor que el hogar ideal, y en cualquier caso, mejor que el hogar
ideal urbano, puesto que permite al niño disfrutar de más luz y aire libre, de más libertad
de movimientos y de la compañía de otros niños de su edad” (Russell, 1988, p. 54).
¿Es eso lo que les ofrece a nuestros niños la escuela boliviana? ¡No! En mi
experiencia como profesor interino – en el primer establecimiento – y psicólogo escolar
desde 1983 a 1999, trabajé en tres distintos establecimientos educativos católicos,
privados; ninguno dirigía su atención a la sensualidad de los alumnos. Los tres
establecimientos tenían como características contrarias al amor, las siguientes:

a) Obediencia versus conciencia crítica. En los tres establecimientos era


necesaria la obediencia “ciega” a las normas del establecimiento.

b) Represión de todo tipo de placer: estaba prohibida la expresión de afectos


entre compañeros de sexos diferentes; recuerdo un caso de una pareja de adolescentes
que se estaban besando durante el recreo, fueron duramente recriminados por su
comportamiento inmoral, a lo que el jovencito respondió: “besarse es un ejemplo de
amor, y los niños aprenden a amar….” Durante una de mis clases de filosofía, todos
reíamos a carcajadas, hasta que ingresó el director del establecimiento para callar
nuestra alegría con la siguiente afirmación: “¡Profesor Pinto, este es un colegio, no es
un circo!” En uno de los colegios, un grupo de niñas decidió bailar una danza de moda
para el día de la madre, ¡fueron suspendidas por tres días, por falta a la moral!

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Psicología del amor: El amor en la Familia 9

c) Religión obligatoria versus reflexión espiritual personal; en uno de los


colegios era obligatoria la asistencia a misa; en los tres no se aceptaban hijos de padres
“divorciados.”

d) Homogenización versus individualización, por ejemplo, al imponer


uniformes escolares, también al referirse de manera genérica: “tal curso es de tal
manera.”

e) Represión de la intimidad, al prohibirse la lealtad entre compañeros para


favorecer la obediencia; al tratar a los alumnos por sus apellidos y no por sus nombres,
¡un profesor los llamaba por el número que ocupaban en la lista!

f) Prioridad de las tareas racionales versus experiencias creativas. En los tres


colegios se sobrevaloraban las materias “exactas” (matemática, física, química), en
detrimento de las artísticas y deportivas. Recuerdo con tristeza el caso de una niña de
ocho años, ganadora de un concurso departamental de dibujo, fue felicitada delante de
todo el colegio, y a los pocos días una profesora la envió a la dirección porque la “pescó
dibujando durante su clase.” En los tres establecimientos era norma “decomisar
balones” – usaban la misma frase -, los regentes tenía la función de robar las pelotas que
los niños traían a clases, lo propio pasaba con cualquier tipo de juguete.

g) Imposición del conocimiento versus construcción del conocimiento; los


alumnos estaban obligados a aprender lo que los maestros les imponían, sin ninguna
posibilidad de sugerencia o reclamo. En una ocasión una maestra pidió a sus alumnos de
ocho años para que lleven a cabo un “dibujo libre”, para posteriormente llamar la
atención a un niño que dibujó super héroes, y derivarlo a mi oficina porque según ella,
el niño tenía graves problemas.

h) Miedo a la autoridad versus respeto por los demás (no importando la edad).
Se estimula el aprendizaje por evitación y la moral sustentada en el miedo a la
autoridad.

i) Sobrevaloración del éxito académico versus valoración de la existencia. Por


ejemplo: en un concejo de profesores, inútiles fueron mis intentos para que un maestro
entienda que una pequeña tenía problemas de aprendizaje debido a una lesión cerebral
por lo que le era imposible aprender los contenidos de la materia a su cargo, y que de
nada serviría que repita el curso. En los tres colegios se premiaban a los mejores
estudiantes, sin considerar la premiación a los mejores amigos. En los tres, se enfatizaba
la importancia de la profesión. Se organizaban cursos de educación sexual (con la
finalidad de que entiendan que la sexualidad debe ser solamente reproductiva), y
programas de orientación vocacional dirigidos a la elección de profesiones
convencionales.

j) Reproducción automática del conocimiento versus creatividad. En los tres


establecimientos a pesar de los cursos de actualización docente, la “reforma educativa”,
se insistía en la didáctica tradicional y el requerimiento de la repetición memorística de
lo estudiado.

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Psicología del amor: El amor en la Familia 00

k) Imposición de sentimientos de culpa ante la sexualidad, debido a la


confusión entre genitalidad y sexualidad. En uno de esos cursos de “educación sexual”,
escuché pasmado a un “experto en moral” decir en una conferencia para el ciclo de
secundaria: “no deben tener enamorados, porque están siendo infieles a su futuro
esposo.”

l) Incongruencia entre los postulados filosóficos de los fundadores:


principalmente en lo relacionado con el servicio a los pobres. Los tres colegios en los
que trabajé habían sido fundados por religiosos que tenían como prioridad el servicio a
los más pobres, pero en ninguno de los tres se percibía que fuera la función fundamental
de sus acciones, aunque los fundamentos figuraban en sus “idearios.” En los tres se
trabajaba con dos turnos, el del colegio privado y el “fiscal.” Sin embargo, el colegio
fiscal no era tratado de la misma manera que el “particular.” En uno de los tres, los
estudiantes del “fiscal” no podían usar los espacios de esparcimiento que usaban los del
privado. En uno de ellos, un maestro amenazaba a sus “malos alumnos” con “pasarlos”
al turno del colegio fiscal. Solamente en uno de los establecimientos me permitieron
trabajar como psicólogo en las mismas condiciones que en el turno privado.

m) Exigencia en el pago de pensiones que repercutía directamente en el niño,


por ejemplo, si no tenía al día sus pagos mensuales, se le privaba de dar exámenes.

n) Violación psíquica y física. En los tres colegios, las autoridades, maestros y


administrativos, tenían todo el derecho de invadir la privacidad de los estudiantes, tanto
a nivel psíquico como corporal. Era frecuente que se “decomisen” diarios,
correspondencia entre estudiantes. Por otra parte, se obligaba a los estudiantes a declarar
sobre su vida personal, función que esperaban que sea cumplida por el departamento de
Psicología, en los tres establecimientos me eran solicitados informes sobre los
estudiantes, en uno de ellos quisieron obligarme a dar a conocer aspectos
confidenciales, como me negué a hacerlo, un maestro me increpó diciéndome ¿para qué
el colegio me pagaba? Era muy difícil hacer entender a las instituciones que la función
del psicólogo es la de facilitar el aprendizaje del estudiante (Pinto, 1998). En los tres
establecimientos algunos estudiantes (principalmente mujeres), fueron víctimas de la
invasión de sus cuerpos, cuando por ejemplo se obligaba a las niñas a que no vayan a la
escuela con pantalones, ¡a pesar de que era invierno! En uno de los colegios una
religiosa era la encargada de lavar el rostro de las estudiantes maquilladas. En otro, un
regente cortaba con tijeras las “colitas” del peinado de los niños.

ñ) Machismo. En los tres establecimientos se alentaba a que las madres dejen


de trabajar para encargarse de sus hijos, puesto que se creía que el bajo rendimiento
escolar se debía al descuido de estas de sus roles maternos. Cuando en uno de los
colegios impuse que mi atención requería la presencia necesaria de papá y mamá,
principalmente los maestros no me colaboraban a la hora de las citaciones.

o) Aulas para el encierro. Los espacios donde los estudiantes estudiaban eran
los tradicionales, bancos individuales, cuartos con las ventanas cubiertas por cortinas.
Uno de los establecimientos posee inmensos y hermosos jardines, además de campos

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Psicología del amor: El amor en la Familia 01

deportivos, ¿para qué? Los estudiantes no pueden entrar a los jardines, y solo pueden
usar los campos deportivos en clases de educación física.

p) Tiempo exclusivo para el estudio. Cinco horas de clases por la mañana, con
treinta minutos de recreo. Esos pocos minutos para el recreo eran utilizados para ir al
baño, comer y jugar. Entre salir del curso, llegar al patio, ir al baño, comer y volver al
curso, los estudiantes utilizaban quince a veinte minutos, por lo que apenas les
quedaban diez para jugar.

Los alumnos de un colegio pasan alrededor de 1200 horas al año en clases,


14000 horas durante doce años de estudio (sin considerar el pre escolar). La mayoría de
esas horas son un robo al tiempo de sus vidas.
Los niños aprenden de los modelos de vida de sus mayores, y durante la
infancia intermedia, su moral, como vimos, se fundamenta en agradar a esos adultos.
Por lo tanto, es muy importante la figura del maestro y la maestra en la formación del sí
mismo del niño. En una investigación que llevé a cabo en 1996, el 85% de 800 niños de
ocho años consideraban que sus maestros son personas tristes, malos y castigadores
(Pinto, en Barral, 1996b). ¿Cómo podemos esperar que un niño tenga una imagen
adecuada de sí mismo si sus formadores no son un modelo de felicidad? “A la pregunta
¿Qué esperarías de tu profesor?, los niños nos decían que quieren que los profesores
sean más alegres, quieren que sean amigos y que les gustaría que les enseñen deportes,
música, que les enseñen a bailar saya, cosas por el estilo. Ha sido interesante, enterarnos
de que los niños tienen un interés muy grande por hacer actividades al aire libre, en vez
de estar encerrados en cuatro paredes” (Pinto, op.cit., p. 63).
¿Por qué no les preguntamos a los niños qué esperan de sus estudios escolares?
¿Por qué insistimos en una escuela inútil? “El hombre medio debe ser capaz de hacer
cuentas, pero, aparte de eso, rara vez tendrá ocasión de aplicar las matemáticas”
(Russell, ob. cit. p. 135). La mayoría de las personas está de acuerdo con que la escuela
debe cambiar, nadie se sorprende al leer que la escuela “(…) privilegia el esfuerzo, el
trabajo y el éxito individual en detrimento del trabajo en equipo, de la solidaridad y de
la ayuda. Esto es inculcar el individualismo y la desconfianza hacia los demás (…)El
alumno no puede escoger ni imaginar alternativas(…) El miedo al conflicto es una de
las características de la vida escolar. Se disfraza y evita el conflicto. Recuerda…en la
escuela no hay política. Como si la escuela en sí misma, no fuera un hecho político (…)
La escuela no nos enseña a hablar una lengua extranjera ni siquiera nuestra
propia lengua; ni a cantar ni a servirnos de nuestras manos y nuestros pies; ni a
alimentarnos sanamente; ni a defendernos de las instituciones, ni a cuidar a un enfermo
ni a un niño. Si la gente no canta sino compra millones de discos en los que unos
profesionales cantan en lugar de ellos; si no saben alimentarse sino pagan al médico y a
la industria farmacéutica para tratar los efectos de una alimentación malsana; si no
saben educar a sus hijos sino pagan los servicios de personas especializadas; si no saben
ni reparar un grifo, ni defenderse de una gripe sin medicinas, ni aderezar una ensalada,
porque la escuela tiene como misión no confesada, entregar a la industria y al comercio,
a los profesionales especializados y al Estado, trabajadores, consumidores, clientes y
personas sumisas según las necesidades” (CEDECO, 1989, pp. 71 – 77).
El fracaso escolar no es un fracaso de los alumnos, ¡es un fracaso de la escuela!
“Dentro de este contexto, el fracaso escolar aparece como el fracaso de la escuela,

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Psicología del amor: El amor en la Familia 02

fracaso esté localizado: a) en la incapacidad de comprender la capacidad real del niño;


b) en el desconocimiento de los procesos naturales que llevan al niño a adquirir el
conocimiento, y c) en la incapacidad de establecer un puente entre el conocimiento
formal que desea trasmitir y el conocimiento práctico del cual el niño, por lo menos en
parte, ya dispone” (Carraher, Carraher y Schliemann, 1997, p. 45). ¿Por qué no hacemos
algo urgente para acabar con una institución inútil? ¡Basta de críticas! ¿Cuándo será la
hora que permita decir que hemos librado a la humanidad de uno de sus más viles
verdugos? Todos somos víctimas de su maltrato, como señaló Iván Guzmán de Rojas:
“Un placer sádico de fin de semana consiste en no solo mortificar al alumno con una
desmesurada asignación de tareas, sino también arruinar el viernes de soltero del papá, y
el sábado de bridge de la mamá, haciéndolos trabajar todo ese tiempo para que la hijita
pueda presentar el lunes su tarea completada. Como los papitos ayudan hipócritamente
con la calculadora, déles cientos de ejercicios para asegurarse que ni así terminarán
rápido” (Guzmán de Rojas, 1979, p. 103).
No solamente la escuela es inútil para la vida, sino que tiene un lado macabro,
que deriva en la manifestación de la depresión infantil. La mala escuela ingresa sin
permiso a las familias amargadas para destruir lo poco de esencia que queda en los
niños. Los padres amargados depositan el sentido de sus vidas en el rendimiento escolar
de sus hijos, obligándolos sin razones a que sean buenos alumnos. Ese mandato puede
calar en el alma de los pequeños al grado de rasgárselas en el afán de satisfacer las
expectativas de sus padres. Recordemos que en la infancia intermedia, el niño busca
sobre todo reconocimiento de sus potencialidades, para obtener a cambio protección y
cariño.
Cuando un niño tiene problemas para el aprendizaje y su vida ha sido
centralizada en el éxito escolar, entonces emerge la depresión (Linares y Campo,
op.cit.). Consecuencia del afán de endulzar la amarga vida de sus padres. Cuando no es
posible, entonces, se está sembrando la semilla de un vacío existencial que puede
derivar en un trastorno depresivo durante la adolescencia, y en el peor de los casos en
un suicidio. Mariano Baptista Gumucio hace referencia al suicidio de un adolescente de
catorce años acaecido en mayo de 1973, cuyo precipitante habría sido la obtención de
cuatro aplazos: “Las autoridades educativas ordenaron abrir un sumario para establecer
responsabilidades y naturalmente nada ha sucedido desde entonces pues no se trataba de
un problema policial y ni el maestro o los maestros comprometidos, ni los familiares del
muchacho se sienten responsables del terrible gesto de ese niño. Y en efecto, todos han
olvidado ya al pequeño suicida. ¿Cómo poder en el banquillo de los acusados al propio
sistema escolar? A todos les parece una tarea muy pesada y fatigosa, y a riesgo de
muchas otras frustraciones, deserciones y desencantos, existe una tácita confabulación
de maestros y padres de familia para disciplinar a los estudiantes, hacerlos entrar por el
buen camino y seguirles enseñando nociones tan disparatadas, incoherentes,
insustanciales e inanes como las que figuran, año tras año, en los programas oficiales. Y
por supuesto, se trata también de conservar rígidamente, el pivote de tal sistema: los
exámenes, cuando todos, sin embargo saben perfectamente que allí se juega una
comedia de auto – engaños” (Baptista Gumucio, 1974, p. 63)
¿Qué pasaría si desaparece la escuela? Creo que los padres estaríamos en la
obligación de priorizar la responsabilidad en la educación de nuestros hijos.
Encontraríamos otro tipo de instancia para facilitar la socialización y buscaríamos
alternativas educativas que en vez de ser represoras, alienten el desarrollo amoroso. No

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Psicología del amor: El amor en la Familia 03

sería el primero en pensar en algo así, Alexander Sutherland Neill (1883 – 1973), muy
influenciado por la apasionada teoría de la represión de Wilhelm Reich, se atrevió a
poner en práctica sus ideas anti represivas al crear la escuela Summerhill, el principio
constituyente de su pedagogía es la libertad, sólo se puede educar a personas libres en y
desde la libertad. Los niños crecen libremente, aprenden a ser responsable por sí
mismos, además de solidaridad y respeto por el grupo, no están obligados a asistir a
clases, las clases son una opción y no una obligación, aprender a regular por sí mismos
su tiempo, la única condición es que en todo momento se sepa dónde están (Neill,
2004). Su proyecto sigue siendo una anécdota en la historia de la educación. ¿Por qué es
tan difícil asumir que la escuela es un invento social que no vino incorporada en nuestra
historia natural, y que por lo tanto la podemos cambiar, destruir o mantenerla como
está?
Una cosa debemos tener clara, la escuela como institución es una organización
social alrededor del niño; si se derrumbasen las paredes del aula quedaría el niño en
relación con sus pares y sus maestros; lo propio pasa con la familia, si se cayera el
“hogar ” , quedaría el niño en relación con sus hermanos, sus padres y su familia
ampliada. La diferencia sustancial entre la escuela y la familia, es que la primera se
construyó con los cimientos del poder, y la segunda con los del amor. Lo que da sentido
de pertenencia en la escuela es el prestigio, mientras que en la familia son los vínculos
afectivos.
Es norma que la escuela considere al fracaso escolar como consecuencia de
familias incapaces de apoyar al niño, y la familia haga lo propio en relación a la escuela.
En el estudio sobre la función del psicólogo sistémico en la escuela, Mara Selvini –
Palazzoli y su equipo de investigación, corroboraron la presencia de ese mito, y
solamente considerando el absurdo de que una institución sea causa de una dificultad
lograron llegar a la siguiente conclusión: “Se desmorona así la paradoja en que se
apoyaba todo el sistema: se torna posible en los hechos dejar de lado las
generalizaciones indebidas, trabajando, caso por caso, no sobre la base del antagonismo
instituto/familia, sino sobre la situación concreta del niño en particular” (Selvini
Palazzolim Cirillo, D’Etorre, Garbellini, Ghezi, Lerma, Lucchini, Martino, Masón,
Mazzucchelli, Nichele, 1990, p. 154).
La primera manera de amar a nuestros hijos durante la infancia intermedia es
protegerlos de las influencias nefastas de la escuela, así lo expresé en un poema el
primer día que mi hijito Victor Miguel fue al colegio:

Carta para mi hijo.


(Para Víctor Miguel)

Allá vas hijo mío,


te lanzas al futuro
inventado por otros,
dicen que por tu bien,
debes ir...
sé que debo cuidarte,
evitar que el mañana
te quite la piel,
mate despiadado tu ser...

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Psicología del amor: El amor en la Familia 04

no pares de sonreír,
no dejes de llorar,
la sonrisa y el llanto
salen del corazón,
y el corazón hijito
late desde tu esencia,
cuando ames
quedará protegido,
con el amor se puede vivir
sin perderse.
La sociedad hará de todo
para que no ames,
el colegio censurará
tus pasiones,
la religión inhibirá
tus deseos,
la cultura marcará severa
tus errores.
Hijo, no dejes de sentir,
haz que la razón preserve
tu alma,
no dejes que la lógica
reemplace a la vida,
los números son un juguete,
las palabras instrumentos
de la confusión,
abre tus ojos y abre tus manos,
recibe la belleza de la naturaleza,
las caricias de la gente,
escucha la música silenciosa del viento,
permite a tu cabellera ensuciarse de arena,
deja a tus pies descalzos sentir la hierba.
Hijo mío, allá vas,
lleva contigo
mi amor incondicional,
la seguridad de mi cariño,
te quiero
por lo que eres,
te querré
por lo que puedas ser,
no me dejes presionarte,
obligarte a vivir
de acuerdo a mis expectativas,
sé tu mismo,
tú mismo, hijo querido,
sobre todas las circunstancias,
sobre todas las presiones,

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Psicología del amor: El amor en la Familia 05

equivócate sin buscar culpables,


cae y levántate para seguir caminando,
luego correrás,
lucharás contra ti mismo,
lo fácil será rendirse,
ser en función de los otros,
abandonarse a lo establecido,
lo difícil es buscarse en la noche,
mirarse en el agua de la luna,
en la sonrisa de las flores,
en los besos de una mujer,
para ser, hijo mío,
para ser..
a pesar de todo,
a pesar de todos,
a pesar de tu papá(Pinto, 2005, p.228)

Mientras exista la escuela, y optemos por modificarla, yo quisiera una escuela


con una pedagogía creadora, como la propuesta por Fernando Lucini, la cual cumpla
cuatro principios imprescindibles:

a) “Una pedagogía capaz de potenciar un equilibrio entre la percepción y el


descubrimiento de la realidad en sus dimensiones más problemáticas o negativas y, a la
vez, en sus múltiples manifestaciones más positivas y esperanzadoras” (Lucini, ob. cit.
p. 70)

b) “Una pedagogía que se fundamente en la interiorización de unos valores


positivos, es decir, que sea capaz de dar prioridad en sus planteamientos y en su
desarrollo al descubrimiento gozoso y a la libre y activa interiorización, por parte de los
alumnos y alumnas, de sus capacidades y de sus posibilidades humanas más
entrañablemente positivas. Una pedagogía alegre, que proponga un modelo de ser-en-
el—mundo o de búsqueda de la felicidad basada en el ejercicio del amor, de la bondad,
de la amistad y de la ternura; una pedagogía de invitación permanente e incansable a la
paz, a la igualdad, a la solidaridad y al ejercicio de la responsabilidad, de la generosidad
y de la tolerancia, una pedagogía contagiada, y apasionadamente contagiosa, de la
ilusión u de las ganas de vivir, y, a fin de cuentas, una pedagogía para la vida y para la
felicidad(…)” (Lucini, ob. cit. p. 72)

c) “Dimensión o proyección comunitaria. La esperanza, a la que José Antonio


Marina define como la interminable persistencia de lo posible, se sostiene y se alimenta
en el encuentro interpersonal, es decir, en la experiencia del saberse y del sentirse
acompañado en el deseo, en la lucha y en la superación de los momentos bajos y de las
dificultades(…) Desde esta perspectiva, la pedagogía de la esperanza ha de favorecer y
potenciar el trabajo cooperativo y los momentos de encuentro interpersonal (…)
(Lucini, ob. cit. pp. 75—76)

d) “Total e inequívoca opción en defensa de la confianza, es decir, su apuesta

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Psicología del amor: El amor en la Familia 06

radical por el desarrollo, en lo más profundo de la identidad humana, de la razón utópica


– sueño luego existo-.” (Lucini, op.cit. p. 76).

Del “cogito ergo sum” que tanto daño le hizo a la humanidad (Damasio, 1994),
pasamos a otro aforismo peor: “pienso luego me aniquilan”. Durante siglos hemos
estado prohibidos de pensar por nosotros mismos, nuestro cogito era el cogito permitido
por las ideologías del poder. Desde la Santa Inquisición hasta la Gestapo, y en nuestro
país con los decretos supremos de las dictaduras, se nos ha prohibido la crítica. Los
maestros de nuestros hijos son producto de la anulación crítica a la que nos sometieron.
De ahí que nuestro ideal haya sido reemplazar el pensar por el soñar: sueño, luego
existo. ¿De qué nos sirve el soñar, si no realizamos nuestros sueños?
El costo de soñar es que debemos ¡despertar! Y como vimos, despertar es un
metacambio (cambio 2), un cambio del cambio. Y lo que vemos al despertar es el vacío
que nos ha dejado el poder, escombros de nuestras cárceles. ¡Cayó el muro!, como el
muro metafórico de Pink Floyd y literalmente el muro de Berlín. ¡No más muros!
Porque el despertar puede generar angustia y en vez de lanzarnos al abismo de la
soledad para poder encontrar otras soledades, somos capaces de empeorar las cosas y
construir murallas impenetrables. El silogismo debería concluir así: amo, luego existo.
Por el dolor que necesitamos para amar, considero imprescindible agregar a los
principios de Lucini, es el principio de educar en la religión, puesto que “La religión es
educación en la ética. Si Dios existe no necesita de ti; te necesita a ti. A ti convertido en
un nosotros. En particular en estos tiempos de soledad lograda a costa del
individualismo, racionalismo, economicismo y eficiencia como valores supremos.”
(Barylko, 2000, p. 36).
Siento como propio la siguiente frase de Sören Kierkegaard: “Cuando era
joven, me olvidé de reír. Más tarde, cuando abrí los ojos y vi la realidad, empecé a reír y
no he parado hasta ahora.” (En: Paulos, 1994, p. 149). Río porque existo a pesar de mis
prisiones, a pesar de las condenas múltiples que cumplí sin haber cometido delito
alguno…río al escuchar la risa de mis hijos que crecen a pesar de que las organizaciones
sociales tratan de impedirlo…río al amar a mi esposa y ser amado por ella…¡qué
chistoso! Vivo rodeado de elementos descolgados del sistema educativo, mi esposa
trabaja como profesora, yo de vez en cuando hago de cuenta que “soy” profesor
universitario... Cómo no voy a reír cada despertar: la realidad es mejor que mis sueños,
y a pesar de mis esfuerzos tengo que dormir vencido por el sueño, aunque el sueño no
sabe que despertaré, para no saber si soñé o estoy soñando ahora…Ya conozco una
respuesta para el koan zen: ¿Anoche soñaste que eras una mariposa, o la mariposa está
soñando ahora contigo? Existo porque siento los labios blandos de mi esposa rozando
mis labios, porque sus tiernas manos calmaron el llanto de mi hijito cuando se hizo una
herida en la frente, porque mi hijo adolescente me despierta enojo al no aceptar que la
realidad no deja de ser un sueño, porque mi hija ríe… Quiero decir junto a Barry
Stevens: “Ahora, el mundo entero se está riendo conmigo y el sonido vibra a través de
mi cuerpo. Abro la ventana y grito: ¡Estoy aquí!, y no importa si alguien me escucha.
Yo soy mi propia obra y la risa brota de mi pecho” (Stevens, 1994, p.183).
Actualmente los juegos de video se han hecho populares entre los niños de
todas las edades. Inmediatamente han surgido investigaciones sobre su influencia.
Kristian Wilson, representante de Nintendo Inc., escribió: “Los video juegos no tienen
ninguna influencia sobre los niños. Quiero decir, si el Pac-Man hubiese influenciado a

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Psicología del amor: El amor en la Familia 07

nuestra generación, estaríamos todos corriendo en salas oscuras, masticando píldoras


mágicas y escuchando músicas electrónicas repetitivas” (En: Jiménez, 2006). A pesar de
dicha afirmación, sabemos que algunos video juegos pueden precipitar ataques
epilépticos en niños con irritación cerebral (Fisher, Harding, Barkley, Wilkins, 2005).
Los videojuegos de “acción” pueden influenciar en la atención visual selectiva
(Green, Bavelier, 2003). Otro estudio ha probabilizado la correlación positiva entre los
videojuegos y la violencia infantil de los niños pre escolares (Dorado, Jané, 2001).
Por otra parte, también sabemos que los video juegos pueden convertirse en
adictivos para los niños, y se ha convertido en una de las drogas sin droga; el síndrome
ha recibido el nombre de ciberpatología pediátrica (Renom, 2000).

Renom (op.cit.), señala los siguientes comportamientos como indicadores de


ciberpatología:

a) Sentir gran satisfacción y euforia cuando se está frente al ordenador.


b) Pensar en Internet cuando se están haciendo otras cosas.
c) Mentir sobre el tiempo real que uno posa conectado a la red o a un
videojuego (entre 20 y 40 h sem)
d) Descuidar la vida de relación, especialmente con la familia, el trabajo etc.
e) Estar inquieto o angustiado cuando no se está conectado a un chat
f) Intentar cortar con el ordenador y no conseguirlo.

Trasladando esos criterios a los niños, debemos considerar al inciso (f) como
correspondiente a la conducta de los padres. De tal manera que tres de los cuatro
presentes, agregado el quinto, son indicadores de problema de adicción. El mismo autor
señala que los efectos de este tipo de adicción son principalmente los siguientes: causa
aislamiento progresivo familiar y social, bajo rendimiento escolar y trastornos de
conducta en las esferas sociales.
Debemos evitar, sin embargo, maximizar la influencia de los medios de
comunicación en el comportamiento de nuestros hijos (sea cual fuere la edad). Entender
que como su nombre indica, son “medios”, es decir “instrumentos”, que están en
nuestras manos, y dependen del uso que le podamos dar. Hacer generalizaciones
taxativas acerca de lo perjudicial que son, sin un asidero científico que sustente esas
afirmaciones, implican un prejuicio, el cual puede ocasionar que los padres eludan la
responsabilidad de los comportamientos anormales de sus hijos y/o que se asuma una
posición radical al impedir a los niños tener acceso al uso de los medios. En otras
palabras, el medio en sí mismo no es el causante directo de los problemas de los niños,
sino, cómo usamos esos medios en la familia.
Los padres amargados dejan a sus hijos frente al televisor y compensan su falta
de tiempo con ellos regalándoles lo que la tecnología actual ofrece para la “diversión”
infantil. Están preocupados con que sus hijos tengan lo que los hijos de sus amigos
tienen. Les interesa mostrarse como padres “modernos” y “liberales.” Por otro lado, los
padres amargados rígidos, prohíben a sus hijitos el acceso a los programas infantiles de
moda, y buscan argumentos irracionales para evitar que sus pequeños puedan disfrutar
de los beneficios de los ordenadores y los videojuegos. Por último, los padres “amigos”,
comparten con sus hijos pequeños programas y juegos que no son adecuados,
estimulando innecesariamente emociones e intereses precoces.

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Psicología del amor: El amor en la Familia 08

Los padres amorosos, en cambio, utilizan los medios de comunicación actuales


para favorecer el desarrollo de sus hijos pequeños. Comparten con ellos sus programas
favoritos de televisión, reconocen sus habilidades imitativas, cuando cantan, bailan, o
hablan como sus personajes favoritos. Los medios son eso, medios para intensificar la
intimidad entre los padres y los niños, además que sirven para el desarrollo de los
intereses vocacionales.
A las relaciones del niño con la institución educativa y los medios de
comunicación, se suman las relaciones interpersonales con los pares. Durante la infancia
intermedia, los pequeños establecen sus primeras relaciones afectivas con personas de
su edad. Hoy sabemos que dichas relaciones son más determinantes en la formación de
las estructuras mentales sociales que aquellas que se forjan por la relación con adultos
(Rice, 1999).
En los primeros años de escolaridad, se organizan los grupos de iguales, los
que son una verdadera confederación de semejantes que interaccionan regularmente.
Esta “confederación” se caracteriza por la interacción regular, define un sentido de
pertenencia, establece normas particulares dentro del grupo diferentes a las de otros
grupos y determina una organización jerárquica interna (Shaffer, 2002). Los niños se
eligen entre ellos a partir de la proximidad determinada por objetivos comunes (Sherif,
en Shaffer, op.cit.).

Entre los ocho y doce años, las amistades son “homosociales”, es decir,
prefieren la compañía de personas de su mismo sexo, además de manifestarse cierto
antagonismo con el otro sexo (Rice, op.cit.). La separación notable entre los grupos de
varones y mujeres, es consecuencia del establecimiento claro de los roles de género, los
cuales están consolidados hasta los siete años, en base a estereotipos de género,
ampliamente asumidas por niños y niñas. Estas diferencias se notan en los tipos de
juegos que practican, por lo general, los niños preferirán los juegos agresivos, mientras
que las niñas juegos imaginativos (Levant, en Rice, op.cit.).
Flavio Gikovate (2000) plantea que es muy importante para el ser humano – y
mucho más para el niño escolar-, la aceptación del grupo. Para los varones es
imprescindible demostrar su masculinidad, ésta se muestra a través de actividades
reconocidas como eminentemente varoniles. En el mundo occidental, es necesario que
los niños sepan practicar algún deporte – en nuestro medio, fútbol-, y que sepan pelear;
aquellos que no son hábiles para el deporte y las peleas físicas, son tildados de
“maricones”, en el sentido de ser “femeninos”. Pasa lo mismo, cuando, el pequeño
manifiesta un nivel de sensualidad superior al resto, y/o, prefiere la compañía de las
niñas. Entre las mujeres, lo importante para ser reconocidas por el grupo es la belleza y
la lealtad. A diferencia de los niños, aquellas que son atractivas para el otro sexo,
resultan tener un mejor nivel jerárquico dentro del grupo.
Los sentimientos por los que atraviesa el niño o niña que es rechazado por sus
pares, suelen ser devastadores. Por eso la importancia de que los padres sepan elegir
medios escolares acordes a las condiciones socio – económicas de la familia, además de
procurar una cierta coincidencia entre los valores de la familia con el barrio y la escuela.
Durante todas las épocas, los niños en edad escolar han sido resistentes a las diferencias
entre ellos, por lo que aquellos que no poseen la suficiente fortaleza interior pueden
sucumbir a la depresión. A diferencia de la primera infancia, durante la infancia
intermedia existe conciencia de los alcances y límites de la acción, mientras más

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“realistas” con las potencialidades de sus hijos, mejores serán los niveles de autoeficacia
que desarrollen. Albert Bandura (1977) considera a la autoeficacia como la percepción
que tenemos de nuestra capacidad de efectividad. Los niños escolares son muy sensibles
a las críticas de sus pares, de tal manera que la baja autoestima pone en riesgo la
racionalidad de su autoeficacia.
Emocionalmente los niños escolares pueden sentir vergüenza y timidez, por lo
que nace en ellos el “pudor”, lo que deriva en la necesidad de privacidad: no querrán
bañarse con los padres, se avergonzaran a la hora de desvestirse, preferirán tener
espacios para ellos solos en el hogar, y manifestarán mucho interés en caer bien a sus
iguales. Los padres no somos sus modelos para identificarse. Más temprano de lo que se
suponía, los niños verán modelos de identidad en sus iguales: “Los niños se identifican
con un grupo de otros como ellos y asumen las normas del grupo. No se identifican con
sus padres porque los padres no son personas como ellos, los padres son adultos. Los
niños piensan en sí mismos como niños o, si hay bastantes de ellos, como chicos y
chicas, y esos son los grupos en los que se socializan.” (Rich, op.cit., p. 446).
Es de esperarse, que los niños a los seis años posean la información básica de
la sexualidad humana, es decir, sepan que la fecundación se lleva a cabo a través del
coito, asocien la sexualidad con el placer, comprendan las diferencias anatómicas y
fisiológicas de la sexualidad masculina y femenina, entiendan el proceso de maduración
sexual que les espera durante la pubertad. En las familias amorosas, el placer es
palpable en las relaciones interpersonales, se ríe, se comparte afectos a través de las
caricias, se conversa abiertamente sobre temas sexuales, y los padres se cercioran de
que los niños comprendan en función a sus capacidades cognitivas de lo que se habló.
Los hijos e hijas conocen las partes de su cuerpo y sus funciones. Reconocen que su
cuerpo es una pertenencia privada y que nadie tiene derecho a invadirlo. Son educados
en la sensualidad.
En las familias amargadas, en cambio, el placer está inhibido, el cuerpo es un
ente separado de la persona, o utilizado para la violencia. Son familias donde consideran
cualquier tipo de caricia como motivación para las relaciones genitales. Confunden
genitalidad con sexualidad. En el otro extremo de las familias amargadas, están las que
no consideran a la sexualidad un espacio privado, por un lado no respetan la privacidad
de la vida sexual de sus hijos y por el otro, existen padres que no tienen pudor sexual.
En ambos casos, las familias rígidas y las liberales, distorsionan la concepción sensual
de la sexualidad. Los hijos e hijas de estas familias tenderán más a actividades genitales
precoces, sentirán mayor curiosidad por los cuerpos de sus compañeros y/o compañeras
de escuela, evitarán contar a sus padres sobre acosos sexuales y abusos sexuales de los
que fueron víctimas.
Sin embargo, también los niños de familias amorosas pueden acceder a juegos
sexuales con sus pares: “La experimentación sexual comprende iniciativas tanto con
niños del mismo sexo como del sexo opuesto. Uno de los objetivos que se persiguen es
el de averiguar cosas como: ¿soy muy diferente de otros niños como yo?, y ¿cuánta es la
diferencia entre yo y las personas del sexo contrario? Otra de las finalidades que busca
el niño es tantear lo prohibido para ver qué ocurre: quién descubre algo especial, cuál es
la reacción de los demás, comprobar cómo se sale del paso, etcétera. Estos dos
componentes guardan estrecha relación, ya que aprenden con base en lo que se tiene
prohibido es siempre más interesante, que averiguar las cosas por medios más fáciles y
asequibles. Lo más seguro es que casi todos los niños participan en entrenamientos de

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Psicología del amor: El amor en la Familia 10

este tipo, aunque los estudios de que se dispone – basados principalmente en


evocaciones de esta etapa de la infancia. Arrojan porcentajes mucho más bajos. Kinsey,
por ejemplo, observó que alrededor de un 45 % de las mujeres adultas recordaba haber
participado de una forma u otra de pasatiempo sexual antes de los 12 años, mientras que
en los varones el porcentaje era del 57%(…) En una encuesta más reciente, los padres
de niños comprendidos entre 6 y 7 años informaron que el 76% de sus hijas y el 83% de
sus hijos habían tomado parte en alguna forma de entretenimiento sexual, y que más de
la mitad de las veces estos juegos eran con el hermano o la hermana(Masters, Johnson y
Kolodny, ob. cit., p. 251).
Eric Erikson identificó el conflicto en el desarrollo del niño en la etapa escolar,
como lucha entre la eficacia y la inferioridad, lo que ocasiona una constante necesidad
de reafirmar sus logros escolares, sociales y de competencias en general. Los pequeños,
a esta edad, son altamente susceptibles a las críticas, principalmente de aquellas
personas que le son afectivamente significativas. Por eso es la etapa de nuestra vida en
la que se afianzará nuestra imagen personal y social (Erikson, op.cit.).
Durante este periodo de la vida, es muy importante sentirse valorados por los
distintos entornos con los que se interactúa, pero, principalmente, en el contexto donde
se actúa con iguales. Chance (1989, citado en: Rice, op.cit.), identificó cinco
características de los niños “populares”: emprendedores y comunicativos, alto nivel de
energía, autopercepciones positivas, entusiastas para participar en actividades sociales y
amistosos. ¿Qué determina con que un niño o niña entre los siete y once años alcance
las metas de este periodo? El haber conseguido en la etapa previa un adecuado nivel de
confianza, generado dentro de sus relaciones familiares.
Las normas en la casa deben modificarse, puesto que los pequeños ahora son
capaces de mayor autonomía y de comprender racionalmente lo bueno de lo malo. Los
padres debemos evitar mezclar el afecto en la disciplina. Suele ser común que escuche a
padres y madres bien intencionados, decir a sus hijitos que ya no los querrán si siguen
comportándose mal. ¡Esto es terrible para un hijo cualquiera sea la edad que tenga!,
pero más aun tratándose de pequeños en edad escolar. No se debe jugar con los
sentimientos de nuestros hijos ni con los de nadie. El amor es independiente a lo que
nuestros seres queridos hagan o dejen de hacer. Los padres amorosos querrán a sus hijos
de manera incondicional, pero pondrán límites a las conductas inmorales.
¿Qué quiere decir poner límites? Los límites poseen tres tipos de acepciones
según Ricardo Levy y Lilian Banderas (1998)

a) Sistema de pautas, reglas, leyes y procedimientos para organizar los


comportamientos dentro de la familia. De tal manera que para todos esté claro lo
permitido y lo prohibido.

b) Los límites como frontera, la demarcación de espacios. En el caso de la


familia, hasta dónde los hijos tienen acceso y hasta donde no, de la misma manera, en el
caso de las fronteras que tienen los espacios de los hijos, saber hasta donde los padres
podemos ingresar.

c) Las limitaciones de nuestra forma de ser.

Las limitaciones en la familia amorosa tienen que ver fundamentalmente con el

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respeto de la libertad del otro. Por eso se tiende a una estructuración de las reglas de
manera democrática: “En este estilo de organización se aspira a un ideal de respeto
mutuo, disenso ideológico, derecho a sentir, libre expresión y participación activa,
dentro de un encuadre donde no solo se comparten derechos sino también deberes,
configurándose una libertad con límites. En este ideal no hay imposiciones arbitrarias,
sino reglas que funcionan como patrones ordenadores del quehacer cotidiano y, aunque
las figuras dirigentes son las que deciden, existe flexibilidad suficiente como para que
todos puedan opinar, dialogar o protestar; es difícil lograr el cumplimiento de estas
aspiraciones en un ciento por ciento, pero dentro de este modelo la reflexión permite
reconocer un error, renegociar, reparar.” (Levy y Banderas, 1998, p. 122).
Al plantear la democracia como estilo gobierno dentro de la familia, las
familias amorosas se exponen al riesgo, las cosas pueden no salir como se espera, o se
sabe que no saldrán bien (Ley de Murphy ), pero a pesar de ello los padres permiten
que los hijos aprendan de sus errores. Para que el sistema de gobierno democrático
funcione deben encontrarse en el nivel jerárquico superior ambos padres, o, en el caso
de familias monoparentales, la mamá o el papá. Ese espacio jerárquico no deberá ser
invadido por miembros del subsistema jerárquicamente inferior (hijos), o por sistemas
externos a la familia (abuelos, tíos, amigos, maestros, especialistas). Quienes ponen en
práctica las sugerencias, quienes deciden, son los padres(Minuchin, 1986).
La regulación del sistema familiar democrático ejercido por los padres
requieren la funcionalidad de la pareja, esto es, que la conyugalidad y la parentalidad
estén lo suficientemente equilibradas (Linares, 2002). La autoridad funcional de los
padres se demostrará en la regularidad, flexibilidad, coherencia y consistencia (Levy, y
Banderas, op.cit.).

a) Regularidad. Presencia estable de los padres. Revisión frecuente del


cumplimiento de las normas para modificarlas o mantenerlas.

b) Flexibilidad. Capacidad de acomodarse a las demandas determinadas por las


circunstancias. Entender que las reglas no son más importantes que las personas.
Entender a las reglas como medios y no como fines.

c) Coherencia. Que los padres estén de acuerdo entre ellos en relación a la


filosofía que sustenta la norma. Además que las reglas estén definidas en función a las
posibilidades reales que los hijos tienen de cumplirlas.

d) Consistencia. Que exista congruencia entre la filosofía de vida que los


padres demandan de sus hijos y la filosofía de vida que ellos, personalmente, siguen.

Es importante que los padres diferencien los problemas que tienen que ver con
la familia de aquellos que le son ajenos. Por ejemplo, en relación a los estudios, éstos
son responsabilidad de los hijos, ¡no son responsabilidad de los padres! Por lo tanto, es
suficiente con establecer horarios y espacios de estudio, y dejar claro, que los hijos
tienen derecho a pedir ayuda a sus padres en los deberes escolares. Es chistoso observar
que los padres que de niños fueron malos estudiantes, pretendan que sus hijos sean
buenos alumnos, aplicándoles las mismas estrategias que no funcionaron con ellos.
Entonces, las reglas deben establecerse en dos ámbitos: el de respeto y el de

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colaboración. Las reglas relacionadas con el respeto tienen que ver simplemente con la
posibilidad de que todos los miembros de la familia se sientan libres dentro de la casa, y
seguros de que no serán perturbados por la intromisión de los otros habitantes de la casa
–incluyendo las mascotas-. Sucede, que es importante recordar que los hijos son
personas y que los padres, ¡también! (Faber y Mazlish, 1979).
Los conflictos más usuales durante la edad escolar de nuestros hijos, que
ameritan la inserción de normas (explícitas o implícitas), son los siguientes: elección de
compañeros de juegos, hábitos de estudio, actividades extra escolares, excursiones,
tiempo disponible de los hijos para los padres, tiempo disponible de los padres para los
hijos, aumento de las necesidades económicas para los hijos, peleas entre hermanos,
hábitos de comida, quién consigue esto o aquello, hábitos de aseo, etc. (Rubin y Rubin,
1990).
La expresión de las instrucciones para el seguimiento de las reglas debe ser
clara, la mejor manera de hacerla es la siguiente: papá y mamá – en el caso de la
presencia de ambos en la familia- deben haber llegado a un acuerdo previo a la
exposición de las normas, primero definiendo con precisión el problema, luego
definiendo la norma. Buscar un momento y espacio adecuados, de tal manera que nadie
se distraiga y se sepa que se hablará sobre las reglas. Expresar con la mayor precisión
posible una norma por vez. Una vez expuesta, el cónyuge complementa. Se pide a los
niños que expliquen lo que se espera de ellos. Una vez que todos están de acuerdo sobre
la regla, se pide sugerencias para mejorarla, se escucha con atención la opinión de los
hijos, si las sugerencias son pertinentes, se reformulan las reglas.
Por ejemplo, una familia tenía problemas con el uso del baño, la niña entraba al
baño sin pedir permiso, y solía quedarse dentro sin considerar las urgencias de mamá y
de papá. Ambos padres discutieron la situación y concluyeron que se trataba de una
conducta que iba en contra del respeto de la necesidad equitativa del uso del baño y, la
necesidad de privacidad dentro del mismo. Plantearon que una regla interesante sería
que si alguien quiere entrar al baño, debe tocar la puerta antes de entrar, y que es
permisible que cualquier miembro de la familia que quiera privacidad dentro del baño
tenga derecho a colocar el seguro por dentro. En relación a la permanencia exagerada en
el baño, ésta sólo será permitida si la niña tiene desarreglos estomacales, caso contrario,
mientras ningún otro miembro de la familia tenga urgencia de usar el baño, la pequeña
podría estar el tiempo que desee dentro, pero, si es necesario el uso inmediato del baño,
se tocará la puerta una vez, al segundo toque se debe abrir necesariamente la puerta.
Expuesto el problema y la regla, se preguntó a los hijos su opinión (la niña tiene siete
años, el niño once). Ambos estuvieron de acuerdo, pero al niño se le ocurrió un nuevo
problema, ¿y si dos personas al mismo tiempo tienen necesidad de usar el baño? Se
debatió el problema durante un rato, hasta que a la pequeña se le ocurrió una interesante
solución: estaba dispuesta a usar el bacín, y si era necesario prestárselo a su hermano.
Toda la familia estuvo de acuerdo con la norma y la sugerencia de la niña fue aceptada.
En relación a la colaboración, me refiero a las normas que regulan la
participación de todos los miembros de la familia en el mantenimiento del hogar:
limpiar la casa, ayudar en la cocina, hacer mandados, etc. La colaboración debe
establecerse acorde a las capacidades de cada uno de los miembros de la familia, por
ejemplo, es factible encargar al hijo de doce años para que se ocupe de ir a la tienda a
comprar pan para el desayuno, pero no así para el hijo de cinco años. El colaborar entre
todos, da sentido de familia y se enseña a valorar el trabajo, el cual no debe ser visto

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como un castigo u obligación, sino como una manera de expresar el amor que nos
tenemos: “(…) la inculcación como propiedad del carácter del niño, porque la bondad es
el deber y, a menudo, la negación de sus propias satisfacciones. Es bueno y generoso
aquel que está dispuesto a entregar lo último que tiene, y no aquel que tiene de todo y
entrega cierta parte a los otros. Para el niño es un gran descubrimiento sentir que ha
actuado con magnanimidad verdadera. En la concepción de la alegría por un acto noble
y la conducta en general consiste la felicidad del hombre, la más alta medida de
manifestación del espíritu humano, tanto en la conducta cívica como personal.”(Azárov,
1987, p. 31).
Nuestros hijos deben valorar el trabajo como un medio para la realización del
amor, no como un recurso que da solamente satisfacción a quien trabaja, sino que
beneficia a todos. Quienes de adultos, no se quejan de su trabajo, son personas que
aprendieron a valorar el trabajo de esa manera (Azárov, op.cit.).
Las responsabilidades personales, tales como: arreglar su espacio personal,
cuidar sus juguetes, hacer sus tareas, etc., no deberían confundirse con las reglas de
convivencia. Los hijos deben aprender a valorar aquello que les hemos dado sin
condiciones, y lo harán sencillamente, como respuesta al amor que reciben.
Durante la etapa escolar, no son necesarios los premios y castigos como lo
fueron en la infancia temprana. El niño aprenderá por el simple hecho de disfrutar de lo
nuevo, de observar los efectos de su comportamiento en la alegría de quienes lo aman.
Los castigos deben reservase para ser utilizados únicamente en casos graves de
trasgresión a la ética, y deben tener la intensidad equiparable al tipo de conducta que se
pretende castigar. ¿Cuáles son esas conductas trasgresoras? Todas aquellas que atenten
en contra de otros y sobre todo aquellas que lastimen a los demás para provecho
personal. Los castigos no deben relacionarse con la retirada del cariño, la peor manera
de castigar es “dejar de hablar” . Lo mejor es retirar por un tiempo algunos privilegios,
por ejemplo, ver televisión. Se debe evitar el quitarle al niño aquellas actividades u
objetos que tienen que ver con sus pasiones vocacionales: por ejemplo, retirarlo de la
escuela de fútbol, prohibirle que baile, etc. Tampoco se debe castigar prohibiéndole que
se encuentre con los amigos y amigas que estima.
Recientemente conocí un caso que violaba todos los parámetros planteados
hasta aquí, se trata de un pequeño de ocho años, fanático del fútbol. Lamentablemente,
bajó su rendimiento escolar, el padre ofendido rompió con furia el álbum de figuritas de
los jugadores del mundial de fútbol, ¡que el propio papá le regaló! La consecuencia fue
la emergencia de una depresión, y por lo tanto, el niño bajó aún más en su rendimiento
escolar. Es triste observar a ese niño que dejó de sonreír, por una torpeza irracional del
padre, y ver al padre más desesperado porque su “solución” empeoró el problema.
Los padres amargados imponen reglas de manera dictatorial, o no dejan claros
los límites. Utilizan el castigo con el objetivo de que los hijos sean obedientes. Piensan
que la obediencia hace que las personas sean felices. Mantienen estrategias basadas en
el uso de premios y castigos, sin darse cuenta que sus hijos aprenden por miedo y no por
convicción. Se trata de mamás y papás incongruentes y muchas veces inflexibles con
sus normas. Es como si siguieran creyendo que los hijos son parte de ellos.
Un suceso antes excepcional, se está haciendo frecuente en la etapa escolar, se
trata del surgimiento del “primer amor”, o “enamoramiento infantil”, tema tratado en
profundidad por el sociólogo italiano Francesco Alberoni. Como veremos más adelante,
una cosa es el deseo sexual y otra el enamoramiento. Los niños se enamoran de su

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maestra/o, de su compañerito/a. Alberoni (1997) narra el suicidio pasional de una niña


de trece años. El enamoramiento infantil no tiene connotaciones sexuales, tampoco
necesariamente se relaciona con una carencia afectiva o exceso de apego recibido de los
padres. Simplemente sucede, como en cualquier etapa de la vida. Como todo
enamoramiento produce sufrimiento cuando no es correspondido. El enamoramiento
infantil es romántico, intenso en la intimidad, pobre en la pasión: “Los niños son
románticos, los últimos románticos.” (Alberoni, op.cit. p.86). Un excelente filme que
trata con ternura la experiencia del primer amor en la edad escolar es Melody , trata
sobre el romance de dos niños dentro de una escuela inglesa tradicional, cómo para
ambos la relación se vuelve lo más importante, determinando que ¡quieren casarse!
Los padres debemos tomarnos en serio los sentimientos románticos de nuestros
hijos pequeños, si se enamoran. Debemos legitimar el sufrimiento. Como todo
enamorado estará ensordecido y no escuchará razones, tampoco podremos competir con
el objeto de su enamoramiento. Lo único que queda es acompañarlo, comprenderlo, y
reconocer que esta experiencia prematura le marcará para sus enamoramientos futuros.
El amor de los padres hacia los hijos en esta nueva etapa coincide con las
mismas actitudes de la etapa anterior: empatía, capacidad de intimidad y legitimación de
las capacidades de los hijos.

a) Empatizar con los sentimientos del niño.

Las familias amorosas, logran adaptarse a los estados emocionales novedosos


que los niños presentan en esta etapa. Se reconocen las siguientes novedades en su
evolución y las respectivas necesidades afectivas: privacidad, importancia de la
pertenencia al grupo de pares, desarrollo de la identidad de género.

b) Empatía con la necesidad de privacidad e inserción al grupo de pares.

Los padres debemos enfrentar un “segundo destete” de nuestros hijos, dejan de


requerir cuidados para solicitarnos protección hacia su inserción social. Nuestras
caricias se convierten en la más poderosa manera de consolarlos cuando enfrentan
experiencias nuevas y fracasan en el intento de sus logros. Mientras nos demandan
consuelo, al mismo tiempo necesitan que reconozcamos su individualidad y respetemos
sus espacios personales. Si el estilo de apego ha sido el seguro, entonces, será más fácil
el desprendimiento paulatino de los vínculos, pero, si el apego ha sido ansioso o
ambivalente, el niño tendrá dificultades para arriesgarse.
Los padres tenemos que entender que la aceptación del grupo de compañeros
es fundamental en el desarrollo normal de los hijos durante este periodo de la vida. Es
urgente que abandonemos el mito de que los problemas de los hijos, necesariamente son
causados por la educación en la casa, el comportamiento dependerá de cómo nuestros
hijos se adapten a su contexto cotidiano. Los padres somos un refugio de las alegrías y
penas que ellos vivan en sus relaciones sociales: “Según los consejeros, puedes armar a
tus hijos contra un mundo hostil haciéndoles sentirse bien consigo mismos. Yo no lo
creo. No puedes recubrir a tu hijo de miel y esperar que eso lo proteja contra todo el
vinagre del mundo. Como otros aspectos de la personalidad, la autoestima está ligada al
contexto social en el que se adquiere. Un niño puede sentirse bien consigo mismo en

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casa, y mal en cualquier otro lugar o viceversa (…). Los padres pueden hacerle creer a
un hijo que es alguien especial favoreciéndolo frente a otros hermanos, pero ese
espaldarazo a su ego no ayuda excesivamente. Los investigadores no descubrieron
ninguna tendencia, entre los estudiantes que creían ser los favoritos de sus padres, a
tener una autoestima más alta. Tenían una autoestima más alta en un área de sus vida: el
área a la que los investigadores llamaban relaciones hogar-padres.” (Rich, op.cit. p.
424).
Debido a que la evidencia nos demuestra la ineficacia de la transferencia de la
autoestima del hogar al contexto social, es importante que los padres dejen de sentirse
culpables por los sentimientos de inferioridad de sus hijos, como orgullosos de sus
logros sociales. Los responsables de sus derrotas y/o victorias sociales son los propios
niños. La aceptación del grupo escapa al manejo de los padres y tampoco depende cien
por ciento del niño; ¡los otros niños tienen derecho a no querer a un hijo como el
nuestro!
Nuestro amor se expresará a partir de la impotencia de poder actuar
directamente en el medio en el cual nuestro pequeño se desenvuelve. El mejor lenguaje
de la angustia es el silencio. Por eso, lo más importante en esta etapa es saber
colocarnos en el nivel emocional que nuestros hijos estén sintiendo. Recibir esas
emociones en silencio, cuando escapan a nuestra comprensión. Por ejemplo, si un niño
es rechazado para ser parte del equipo de fútbol y llega a casa triste, nada podemos
hacer, ni debemos hacer nada, solamente escuchar sus palabras, sentir su dolor,
abrazarlos si el pequeño quiere recibir nuestro afecto de esa manera, o simplemente
acompañarlo en su tristeza, ¡sin decir nada! No servirán nuestros consejos, nuestros
ejemplos…servirán más nuestros sentimientos, precipitados por las emociones de
nuestro hijo.
Los padres sobreprotectores amargan peor la vida amargada que viven sus
niños, pues se introducirán en el medio donde el niño ha sido rechazado: llaman a los
padres de los otros niños, conversan con los profesores, o peor aún, increpan a los
compañeros de su hijo. Varias serán las consecuencias de la invasión del espacio del
niño: se burlarán del “hijito de mamá”, impedirán que el pequeño aprenda a vivir la
sensación de frustración, menoscabarán las habilidades sociales que el propio pequeño
debe aprender a utilizar.
En las familias desligadas, los problemas de los hijos no serán tomados en
cuenta, y en las familias rígidas, los padres por lo general, desacreditarán las versiones
de sufrimiento del niño, imponiendo aquello que suponen que el niño debe sentir.
Es muy importante, en esta etapa, comprender la concepción de muerte que
tienen los niños. Existen diez componentes del concepto de muerte:

a) Realización: es la conciencia de muerte, puede ser algo que produce que


lo vivo muera.

b) Separación: concebir dónde está la muerte.

c) Inmovilidad: la muerte debe ser comprendida como totalmente inactiva,


parcial o completamente activa.

d) Irrevocabilidad: la muerte es permanente e irreversible, o temporal y

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reversible.

e) Causalidad: qué produjo la muerte, ya sean causas internas o causas


externas, como la combinación de ambas.

f) Disfuncionalidad: tiene que ver con las funciones corporales. El niño


puede creer que la muerte es totalmente disfuncional, o que es parcial o completamente
funcional.

g) Universalidad: la idea de mortalidad: todo el mundo muere, o nadie, o


existen excepciones.

h) Insensibilidad: definir la actividad o ausencia de actividad mental y


sensorial, el dormir, el sentir, pensar y oír.
i) Apariencia: la diferencia entre un cuerpo vivo y otro muerto.

j) Personificación: si la muerte se concretiza en algo (Muriá, 2005)

Según la investigación de Irene Muriá en niños españoles y mexicanos: “Los


de 7 años excepto por el de Apariencia, todos los demás componentes estaban
regularmente presentes de forma completa. De los 8 en adelante, excepto por el de
Apariencia, todos los componentes se presentaron completos en casi todos los sujetos.
A la edad de 12, los niños indicaron la completa presencia de todos los componentes.”
(Muriá, op.cit., s/p.).
Las experiencias de pérdida se viven con incertidumbre, puesto que el niño
entiende que aquello que se perdió ya no retornará. Durante este período de la vida, los
infantes desarrollan la idea de la muerte como una transmutación, según la cual, los
muertos ingresan a un estado de vida distinto. Hasta los nueve años -aproximadamente-,
se concibe a la muerte como un “ente” maligno que se lleva a las personas. La ideación
de la pérdida va acompañada del desarrollo del sentimiento de culpa, de ahí, que el niño
asocie las pérdidas con la responsabilidad de alguien (Worden, 1997).
Desde la perspectiva piagetiana de la etapa de operaciones concretas, el niño
piensa que la muerte es el final de la vida, pero, al mismo tiempo el principio de otra;
creen que no todos se mueren, algunos piensan que hay jerarquías, que los que
pertenecen a una clase mueren antes que otros; saben que la muerte no es la
continuación de la vida, empiezan a sentir miedo de morirse (Muriá, op.cit.)
Durante las experiencias de pérdida, los niños asimilan la presencia de Dios, y
los atisbos de un comportamiento religioso. Aparece como nexo explicativo entre la
muerte y el más allá, el concepto de “alma”. La concepción religiosa se relaciona con la
explicación causal de los fenómenos que escapan al razonamiento básico que se ha
desarrollado, les es conveniente creer en un cielo y un infierno, para satisfacer su
razonamiento de causalidad, así, los buenos se van al cielo, y los malos al infierno.
Hasta los once años, la idea de Dios se relaciona con la protección y el castigo (Muriá,
op.cit.).
Los padres debemos aprender a entender la importancia de la pertenencia a los
grupos de pares, y orientar a nuestros hijos para que puedan utilizar las habilidades
sociales necesarias, a la hora de afrontar situaciones sociales de rechazo. Es

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Psicología del amor: El amor en la Familia 17

imprescindible, que los padres estemos al tanto de las “modas” que hacen parte del
mundo de nuestros hijos. En esta época, como en ninguna otra anterior, los niños tienen
acceso a sin fin de medios para adquirir información, por lo que, suele ser deplorable el
que los padres, por convicciones prejuiciosas, impidan que sus hijos conozcan aquellos
fenómenos sociales comunes a los otros niños de la misma edad.
Las familias amargadas suelen mantener a sus hijos en fanales de cristal,
impidiendo que tengan acceso al mundo externo a la familia, ocasionando niños
inadaptados, que serán víctimas de las bromas de sus compañeros. Los pequeños
incapaces de reflexionar por sí solos, se encontrarán indefensos entres sus semejantes,
evitando situaciones sociales para no tener que sentirse inferiores. Se trata de niños
sobreprotegidos, los que pueden asumir una de dos alternativas: actuar como si todavía
tuvieran cuatro años, o asumir un rol de adultos. En ambos casos, es fácil identificarlos,
durante las fiestas infantiles, prefieren permanecer con los adultos.
En el caso de las familias dispersas y rígidas, los hijos son educados para la
soberbia y la envidia. Se trata de pequeños agresivos y dominantes. Son los que
provocarán malestar entre sus pares, son la pesadilla de los niños sobreprotegidos, a los
que escogerán como sus víctimas. Estos pequeños tiranos forjan una identidad de sí
mismos centrada en el poder. Los más destructivos provienen, por lo general, de
ambientes familiares violentos o abandónicos (Echeburrúa, 1998).
Los niños experimentan duelos por pérdidas de juguetes, mascotas y personajes
ficticios, además de las muertes y pérdidas ambiguas. El proceso de duelo, requiere
explicaciones acordes a las creencias familiares. Es importante subrayar la presencia del
miedo irracional a fantasmas, monstruos, y seres malignos, los cuales son producto de la
fantasía o de relatos. Los sueños suelen ser vívidos, y es frecuente la manifestación de
pesadillas y otros trastornos del sueño, asociados usualmente a experiencias de pérdidas
o situaciones de crisis, debidas a la emergencia de afrontamiento (Hobson, 1994).
Los padres amorosos acompañan con ternura los momentos de temor de sus
hijos, ingresan al discurso explicativo que los niños tienen de sus experiencias y.
utilizándolo, explican los fenómenos que el pequeño enfrenta.
El divorcio y/o separación de los padres son experiencias sumamente dolorosas
para los niños de esta edad. La ruptura de la relación conyugal de los padres es
experimentada, necesariamente, como la pérdida del amor de padres. Es muy probable
que esta sea una de las edades más críticas para enfrentar cualquier tipo de alteración en
el sistema familiar (Boss, 2001). Durante el proceso de divorcio, los niños deberían
sentirse menos afectados que sus padres; sin embargo, en el divorcio difícil no suele
ocurrir de esa manera, los padres involucran a sus hijos en los conflictos maritales, y al
hacerlo generan estados depresivos ligados al miedo de perder a sus padres: “Nuestras
investigaciones nos enseñan que las probabilidades de reaccionar y recuperarse después
del estrés provocado por la separación pueden ser menores en los hijos que en los
progenitores. Creemos que la familia no es una comunidad de iguales y que, dentro de
la jerarquía familiar, los niños son verdaderamente más vulnerables que los adultos. Así,
el objetivo primordial de nuestro tratamiento es que ambos progenitores continúen
responsabilizándose por sus hijos, pese al cataclismo que ellos experimentan en su vida.
Con tal fin, ayudamos a la pareja a mejorar su relación de progenitores,
contraponiéndola a su relación de cónyuges. No es fácil preservar aquella al mismo
tiempo que se disuelve esta.” Isaacs, Montalvo, Abelsohn, 1994, p.20).
Durante el divorcio, los padres deben tomar en cuenta que los hijos están

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viviendo la agonía del matrimonio y no la muerte de sus padres. Por eso es importante
reducir la incertidumbre que se ciñe sobre los hijos. En primer lugar, se debe despejar
cualquier sentimiento de culpa, por ejemplo, muchos pequeños consideran que es
debido a su rendimiento escolar o a comportamientos incorrectos, los que motivaron las
desavenencias entre sus padres, ambos padres deben dejar claramente establecido que
nada tiene que ver el comportamiento de los hijos con sus problemas conyugales.
Al clarificar las responsabilidades, es necesario que ambos padres –mejor si lo
hacen estando juntos delante de cada uno de los hijos por separado- expliquen los
motivos verdaderos de la ruptura, sin necesidad de entrar en detalles íntimos de la
relación. En el caso de que uno de los cónyuges hubiera sido infiel al otro, es necesario
que la persona infiel sea quien confiese al niño su error, y exprese abiertamente que su
pareja tiene derecho de dejar de quererlo. Por último, debe mantenerse la relación entre
los progenitores con cada uno de los hijos, en base a la intensidad de los vínculos. Si
bien, durante la edad escolar, a diferencia de la adolescencia, los niños reanudan las
relaciones con sus progenitores, puede ser que ante situaciones de violencia se nieguen a
re establecer los vínculos afectivos, de tal manera que corresponderá al progenitor
rechazado aceptar ese sentimiento de desprecio. Quizás ésta sea la máxima expresión de
amor de un padre o de una madre enceguecidos por el odio a su pareja, aceptar el
rechazo de sus hijos, legitimando ese sentimiento, a pesar del dolor que cause.
Siete son las áreas problemáticas que debe enfrentar una familia ensamblada
(Visher y Visher, en: Pittman III, 1998): existe un progenitor biológico fuera de la
familia reconstituida, la mayoría de los hijos siguen perteneciendo a dos hogares, la
definición del rol de madrastra y padrastro no es clara, existen mayores diferencias que
en las familias nucleares, las relaciones entre padrastros, madrastras e hijastros son
nuevas, existen abuelos adicionales, se enfrentan graves conflictos económicos.
En las familias ensambladas el rol de la nueva pareja, en relación a los hijos de
ésta, suele ser confuso. Debe quedar claro que los hijos serán prioridad para el
progenitor en relación a la nueva pareja, por eso no funciona el pedirle que los desplace
a un nivel inferior, tampoco es funcional que la madre o el padre, desplacen a sus hijos
para privilegiar al nuevo miembro de la familia (Hellinger, Ten Hövel, 2001).
En el caso de hijastros pequeños, el nuevo cónyuge puede ser designado por los
hijos como un segundo padre o segunda madre, mientras que en la adolescencia, lo más
ventajoso será que se establezca una amistad entre ellos. Cuando el padrastro o la
madrastra pretenden asumir el rol de padre o madre, los hijos rechazarán dichos
intentos, peor todavía, si es el progenitor biológico quien insiste en que su nueva pareja
sea tratada como el verdadero padre o la verdadera madre. Es natural que durante un
largo periodo de la nueva familia, los hijastros manifiesten celos por la relación
conyugal, esto debido a dos poderosas razones: primera, el nuevo cónyuge confirma la
salida del progenitor biológico, segunda, “roba” el corazón de mamá o de papá para sí,
dejando su corazoncito abandonado. Por eso es muy importante que el cónyuge respete
los vínculos de sus hijastros con el progenitor biológico y con su pareja.
Un suceso antes excepcional, se está haciendo frecuente en la etapa escolar, se
trata del surgimiento del “primer amor”, o “enamoramiento infantil”, tema tratado en
profundidad por el sociólogo italiano Francesco Alberoni. Como veremos más adelante,
una cosa es el deseo sexual y otra el enamoramiento. Los niños se enamoran de su
maestra/o, de su compañerito/a. Alberoni (1997) narra el suicidio pasional de una niña
de trece años. El enamoramiento infantil no tiene connotaciones sexuales, tampoco

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necesariamente se relaciona con una carencia afectiva o exceso de apego recibido de los
padres. Simplemente sucede, como en cualquier etapa de la vida. Como todo
enamoramiento, produce sufrimiento cuando no es correspondido. El enamoramiento
infantil es romántico, intenso en la intimidad, pobre en la pasión: “Los niños son
románticos, los últimos románticos.” (Alberoni, op.cit. p.86). Un excelente filme que
trata con ternura la experiencia del primer amor en la edad escolar es Melody , trata
sobre el romance de dos niños dentro de una escuela inglesa tradicional, cómo para
ambos la relación se vuelve lo más importante, determinando que ¡quieren casarse!
Los padres debemos tomarnos en serio los sentimientos románticos de nuestros
hijos pequeños, si se enamoran. Debemos legitimar el sufrimiento. Como todo
enamorado estará ensordecido y no escuchará razones, tampoco podremos competir con
el objeto de su enamoramiento. Lo único que queda es acompañarlo, comprenderlo, y
reconocer que esta experiencia prematura le marcará para sus enamoramientos futuros.
El amor de los padres hacia los hijos en esta nueva etapa, coincide con las
mismas actitudes de la etapa anterior: empatía, capacidad de intimidad y legitimación de
las capacidades de los hijos.

b) Empatía con los roles de género.

El rol de género se establece a partir de los estereotipos sociales de la


masculinidad y la feminidad. En ese sentido, es normal que los niños y niñas adopten
los comportamientos correspondientes a su género a partir de los modelos que reciben
del entorno. Durante la infancia temprana, sus modelos fueron obtenidos de su entorno
familiar. Pero, en la infancia intermedia, abandonarán paulatinamente esos modelos
para buscar parecerse a los modelos de “moda” de su entorno social. A ese proceso se le
denomina tipificación del género: “ es el aprendizaje de un niño del rol de su género.
Los niños aprenden pronto esos roles a través de la socialización (…). La fuerte
tipificación del género durante la niñez temprana puede ayudar a los niños a desarrollar
su identidad de género.” (Papalia y Olds, op.cit. p. 376).

A pesar de esa onda bulliciosa de la equidad de género, es insostenible el


pensar que nuestros hijos irán a un entorno en el cual se hayan anulado los estereotipos
de género. Por lo tanto, lo mejor que podemos hacer es reconocer que: “La división
sexual del trabajo existe en todas las sociedades. Se basa en un principio de
complementariedad y aunque puede haber muchas tareas intercambiables, la mayoría
son asignadas de forma exclusiva bien a hombres, bien a mujeres.” (Comas, 1995, p.
31).
Es infructuoso intentar aislar a nuestros hijos de las influencias de los
estereotipos de género, puesto que son “un conjunto de creencias, compartidas dentro de
una cultura, acerca de los atributos o características que poseen hombres y mujeres.
Estos estereotipos desempeñan un importante papel en diversos procesos psicosociales,
entre los que se encuentran el desarrollo de la propia identidad y la estereotipia (esto es,
la realización de inferencias, juicios o conductas basándose en los estereotipos).” (Baron
y Byrne, 2001, p. 208).
Una cosa es que nuestros hijos asuman el rol social de su género, y otra, que
partan de un prejuicio para actuar con discriminación hacia las personas del sexo ajeno

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al suyo. El machismo es una acción discriminatoria de las mujeres que puede ser
ejercida tanto por varones como por mujeres. Partiendo de que el prejuicio es “una
actitud –normalmente negativa- hacia los miembros de algún grupo social, basado
únicamente en los miembros de ese grupo. En otras palabras, una persona con prejuicios
hacia algún grupo social tiende a evaluar a sus miembros de una manera específica –
normalmente negativa—simplemente porque pertenecen a ese grupo.” (Baron y Byrne,
op.cit. p. 227).
El machismo no es una forma de ser, es una manera de actuar en relación a las
mujeres. Un varón que es capaz de lavar su ropa, cuidar de sus hijos, y llevar a cabo
otros menesteres pertenecientes a los roles femeninos, puede, a pesar de ello, actuar con
machismo, cuando considera que las mujeres son inferiores a la hora de hacer de
mamás.
Los valores dentro de las familias amorosas, al estar fundamentados en el
amor, enfatizan el respeto por las diferencias, por lo que, existirá una tendencia a
favorecer la igualdad de derechos entre los géneros, y censurarán las actitudes
discriminantes de cualquier índole – racial, de género, edad, orientación sexual, etc.-.
En nuestro medio todavía vivimos un clima social inmerso en las actitudes
machistas (Pinto y Mariaca, 2003). Por lo que es muy probable que nuestros hijos
tengan que enfrentar en su entorno social la discriminación de las mujeres. Por eso, es
importante haber moldeado de la mejor manera posible una imagen positiva tanto de la
mujer como del hombre, para que a pesar de las presiones del grupo, continúen
encontrando congruencia hacia el sexo dentro de su familia.
Huelga señalar, que en las familias amorosas se respetarán los modos de actuar
en relación al estereotipo de género por parte de los hijos. No se crearán estados de
emergencia ante la aparición de comportamientos “usualmente” correspondientes al otro
género, por ejemplo, que el hijo varón juegue con muñecas, creyendo, erróneamente,
que dichos comportamientos implicarán necesariamente una tendencia hacia el
homosexualismo.

En la cultura occidental existe una valoración positiva hacia el carácter


andrógino, es decir, un modo de ser que sintetice las características típicamente
masculinas con las típicas femeninas. Lo que ocasiona que los varones utilicen adornos
en el cuerpo que antes eran exclusividad de las mujeres (aretes, maquillaje, etc.), y que
las mujeres adopten formas de vestirse y comportarse que eran usualmente consideradas
varoniles (usar pantalones, fumar, etc.). Es notable la variabilidad de las maneras de
expresar la masculinidad y la feminidad en la cultura pos moderna. Sin embargo, en
nuestro país, la mayoría de las personas, mantiene de manera conservadora el estilo
masculino y el femenino.
Los padres nos sorprenderemos ante los “gustos” de nuestros hijos pequeños.
Inclusive es posible que enfrentemos las primeras experiencias de enamoramiento en
nuestros pequeños hijos escolares.

c) Reconocer la disminución de la intimidad con los hijos.

Así como debemos asumir el “segundo destete”, también debemos nosotros


destetarnos de nuestros hijos en edad escolar. Eso se logra solamente incrementando la
intimidad con nuestra pareja, y reduciendo los cuidados hacia nuestros hijos y comenzar

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a permitir que nuestros hijos reflexiones sobre las decisiones que irán a tomar, a partir
del diálogo que mantengamos con ellos.
Se trata del ingreso de la conversación simétrica en la relación con nuestros
hijos. Lo cual significa ir abandonando el rol de autoridad, para depositar
paulatinamente la toma de decisiones autónoma por parte de nuestros pequeños. Es un
desprendimiento doloroso, porque se reaparece la angustia que sentimos cuando
aprendieron a caminar, tuvieron que caerse muchas veces a pesar de las ganas que
teníamos de evitarlo. Ahora la angustia es mayor, porque no estaremos con nuestros
hijos cuando pongan en práctica lo aprendido con nosotros, y lo más probable es que
¡no les sirva!
Suele ser frecuente que los padres comparemos la vida de nuestros hijos con la
que tuvimos nosotros a su edad, ¡craso error! Porque lo que vivimos lo vivimos en un
contexto y tiempo diferentes a los que viven ahora ellos. Lo cual no quiere decir que no
les contemos cómo fueron para nosotros las primeras experiencias sociales, pero no
significa que tendamos a que ellos nos emulen. Situación muy difícil para padres o
madres con egos inflados. Es necesario que aprendamos a mirar sin juzgar, utilizando
nuestras propias experiencias como referente calificativo. Si bien, es cierto que para
empatizar con los sentimientos de nuestros hijos, no tenemos más remedio que recurrir
a nuestra experiencia, eso no significa que ellos también extraigan las mismas
experiencias que nosotros de similares vivencias. Una madre puede haberse sentido muy
disminuida con su apariencia física durante su niñez, y su hija, a pesar de que es víctima
de las burlas de sus compañeras por su imagen corporal, puede interpretar esas actitudes
de manera distinta a como lo hizo su madre. En otro caso, un padre pudo haber
disfrutado mucho de leer revistas de historieta, pero su hijo detestarlas.
La infancia intermedia es el inicio de la diferenciación entre las generaciones
que cohabitan bajo el mismo techo. Las familias amargadas no querrán aceptar esas
diferencias, y harán todo lo posible por mantener a sus hijos dentro de los esquemas
preconcebidos de las expectativas que los padres tienen sobre sus hijos, por lo que no
escucharán las palabras dichas por las bocas de sus hijos, sino que preferirán escuchar
las voces que ellos inventaron, de ahí que es común que los niños expresen a menudo la
siguiente frase: “mamá – o papá-, si yo nunca dije eso”.

d) Legitimar los logros vocacionales y sociales de nuestros hijos.

Una vez más, estoy frente al aspecto más importante del amor: la legitimidad
de quienes amamos. Es imposible no depositar nuestras expectativas en el otro, mucho
más dejar de hacerlo en nuestros hijos. Sin embargo, a pesar de que haremos todo lo
posible para que obtengan lo que pensamos que es lo mejor para ellos, debemos
reconocer las diferentes vivencias entre ellos y nosotros. Por lo que, es frecuente que
durante la infancia intermedia los padres tengamos que sentirnos frustrados al
comprobar que nuestras expectativas no se cumplirán. Nuestros hijos toman sus propias
decisiones, y éstas, como sabemos por los estudios de Judith Rich Harris y reconocida
entre otros por el famoso economista Steven Pinker, quien en su libro “Tabla Rasa”,
asegura que los padres influyen en sus hijos genéticamente pero que su educación no
influye en el desarrollo de sus valores, mientras que sí lo hacen sus compañeros de
colegio y los juegos (Pinker, 2003).
¿Qué debemos reconocer positivamente en nuestros hijos escolares? Tres

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factores importantes de su desarrollo: valores éticos, comportamiento prosocial y sus


tendencias vocacionales.
Cuando nuestros hijos actúan de acuerdo a la ética, su comportamiento deberá
ser valorado positivamente, y no cuando es fruto de valores que contradicen lo ético.
Recordemos que “La dimensión ética comienza cuando entran en escena los demás.”
(Eco, 1998, p. 88). En ese sentido, debemos contribuir a que nuestros hijos se
conmuevan ante el sufrimiento humano y favorezcamos los comportamientos dirigidos
a mejorar la situación de quienes sufren.
Aunque el comportamiento prosocial, entendido como la preocupación por los
demás (Kitwood, 1996), será consecuencia de la expectativa de reconocimiento, antes
de una manera de expresar la legítima empatía por el que sufre, es necesario que
comprendamos que sin la valoración de sus expresiones caritativas, no podrán
establecerse los esquemas necesarios para el amor a los demás. Por eso es que nuestros
hijos deben tener la oportunidad de ver a sus padres actuando compasivamente y
experimentar situaciones en las que reconozcan la alegría de quien renuncia a algo
propio para beneficiar a otro.

En la infancia intermedia, los niños confían menos en las atribuciones


estereotipadas y más en las descripciones psicológicas, cuando definen a sus amigos y
conocidos (Baremhoim, 1981, en: Shaffer, op.cit.). Entre los 7 y 16 años se desarrolla la
etapa de las comparaciones conductuales, esto es, que los niños se forman ideas de los
demás, comparándolos sus comportamientos con otros comportamientos, lo que
determina una forma de clasificar a las personas. Hasta los once años, aún les será
difícil establecer comparaciones psicológicas abstractas, preferirán el uso de atributos
simples de las personas, como por ejemplo, buenas – malas, feas – lindas, etc. Pueden
asumir que las personas tengan opiniones distintas a las suyas (perspectiva socio –
informacional), pueden contrastar sus puntos de vista con los ajenos (perspectiva
autoreflexiva) y encontrar terceras alternativas recién entre los diez y doce años
(adopción mutua de perspectivas) (Selman, en: Shaffer, op.cit.).
Antes de los seis años, los amigos son considerados en una relación unilateral,
es decir, un amigo hace lo que el niño desea que haga. Desde los seis hasta los doce, la
relación de amistad es cooperativa – bidireccional, el niño entiende la necesidad de
reciprocidad: dar y recibir en igual medida, construye la idea de “nosotrosidad” (Papalia
y Olds, op.cit.). Todavía no es capaz de tener una visión empática fuera de las
relaciones interpersonales con sus familiares, amigos y conocidos (Rice, op, cit.).
Lamentablemente, la mayoría de los programas infantiles estimulan el
individualismo, la competencia y el logro. Los niños se sienten más atraídos por South
Park (Martínez, 2005), la Familia Simpson (Ballesta y Lorenzo, 2006), que por los
cuentos de hadas cinematografiados de Disney. La exposición a las películas de acción
ocasiona que vean las noticias sobre guerras, terrorismo, desastres naturales, miseria
como si fueran las películas de ficción a las que están acostumbrados a asistir. La
insensibilidad, causada por los medios, estaría fomentando una actitud contraria al
servicio de los más necesitados (Liebert y Sparfkin, 1988, en Shaffer, op.cit.)
Considerando esos aspectos fundamentales de la psicología del desarrollo, los
padres acercaremos a nuestros hijos a seres humanos de carne y hueso y no
abstracciones imaginarias, a la hora de estimular el comportamiento prosocial. En otras
palabras, mientras más personas diferentes a ellos conozcan, más posibilitaremos el

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desarrollo futuro de la compasión, la caridad y la misericordia.


Finalmente, durante la edad escolar de nuestros hijos debemos protegerlos de la
negación de sus potencialidades vocacionales ejercida por la escuela tradicional. “Lo
peor” que le puede pasar a un niño o niña en edad escolar es no reconocer aquello para
lo que sirve. La consecuencia será que se dará cuenta de que el estudio de tantas
materias, le quita tiempo para desarrollar sus inquietudes. Esto se resume en la siguiente
frase de Gabriel García Márquez: “La realidad es que no entendía por qué debía
sacrificar ingenio y tiempo en materias que no me conmovían y por lo mismo no iban a
servirme de nada en una vida que no era mía.” (García Márquez, 2002, p. 128).
También Pablo Neruda escribió: ¡El Liceo, el Liceo! Toda mi pobre vida, es una jaula
triste, ¡mi juventud perdida! Pero no importa, ¡vamos!, pues mañana o pasado seré
burgués lo mismo que cualquier abogado, que cualquier doctorcito que usa lentes y
lleva cerrados los caminos hacia la luna nueva…¡Qué diablos, y en la vida como en una
revista, un poeta se tiene que graduar de dentista!” (Neruda, 1997, p. 185). Paco de
Lucía dejó los estudios para dedicarse plenamente a la guitarra, gracias al apoyo de su
padre (Ver: DVD Paco de Lucía, 2003). En un documental televisivo, sobre la vida de
Stephen Spileberg, narraron que su padre (ingeniero electrónico) siempre estuvo en
contra de la vocación de su hijo, quien a los dieciséis años, prefería entrar de hurtadillas
a los estudios de cine que asistir a clases. Albert Einstein, Pablo Picasso, Martha
Graham son otros ejemplos de personajes notables que sobrevivieron a las influencias
nefastas de la escuela en sus vidas (Gardner, 1995,b).
Recuerdo una experiencia personal con mi hijo Pablo. Cuando cursaba el
tercero de primaria, estaba muy entusiasmado con el estudio de los dinosaurios, al grado
que era capaz de diferenciar un Tyranosaurus rex de un Allosaurus; coincidió su
entusiasmo con la promesa de la profesora de dar una clase al respecto. Pablito se
levantó muy temprano el día que iba a recibir la mencionada clase, sin embargo, retornó
decepcionado, y nos dijo: “¡Yo sé más que la profesora sobre los dinosaurios!” Lo
propio le está pasando a mi hijo Vico, en el estudio de la música, su maestro no sabe lo
que él ya sabe, y se lamenta por el poco tiempo que le dedican al estudio musical en su
escuela. Mi hija Selene tuvo una experiencia dramática a sus ocho años con la maestra
de matemáticas, la que no supo qué hacer cuando mi pequeña le reclamó por la falta de
utilidad de su materia para los intereses científicos que ya tenía.
Los padres amorosos sabrán ofrecer estímulos acordes con los intereses de sus
hijos, ayudarles a vencer las materias “inútiles” del colegio, y favorecer haciendo todos
los esfuerzos posibles el conocimiento máximo que puedan alcanzar en el ámbito de sus
vocaciones. Alegrarse con ellos con su desempeño, y acompañarlos en sus frustraciones.
Reconocerán los límites que tienen a la hora de satisfacer los requerimientos de sus
hijos y buscarán la manera de subsanar dichas limitaciones.
Un ejemplo notable lo da la vida de Mercedes Sosa, quien describió su infancia
de la siguiente manera: “Así era nuestra niñez. Niñez de extrema pobreza, con el
hambre merodeándonos. No me gusta hablar de nuestra pobreza, pero tengo que
contarla en homenaje a mis padres. Me acuerdo de muchas noches en que nos
acostábamos con ese dolor de estómago que viene del hambre. Mi mamá hacía bromas,
nos daba un bollito de pan, algo de mate cocido y nos sacaba a jugar al Parque 9 de
julio. Comíamos aire, comíamos inocencia. Pero no quiero, me niego a caer en el verso
fácil de que mi niñez estuvo marcada por la miseria y el hambre. Mi niñez fue vivida en
una casa pobre, sí, pero fue hermosa y sin angustia. Entre mi papá y mi mamá se las

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arreglaban para salvar cada día (…) Tantas carencias no me dejaron ni una sola herida,
ni el menor sufrimiento. Nos faltó todo, pero fue como si no nos faltara nada, porque
nos colmó el amor. Todo el tiempo vimos el respeto y el amor que mi papá y mi mamá
se tenían. Y todo el tiempo se desparramó en nosotros ese amor. Indudablemente fuimos
muy pobres pero ¡tan millonarios! Mis padres no solo fueron laboriosos, abnegados,
sacrificados; mucho más que eso fueron sabios: jamás nos hicieron sufrir su
sufrimiento. En mi casa había alegría.” (Braceli, 2003, p.p. 29-30).
La misma Mercedes Sosa, en relación a su vocación dijo: “Busco y busco en
mi pasado y siempre me veo cantando. Cantando en mi casa, cantando en la escuela,
cantando en los velorios, cantando entre las tumbas del cementerio. Cantaba porque sí,
sin darme cuenta, porque me salía…A veces me pregunto qué habré aprendido antes: ¿a
cantar o a leer y escribir?, ¿a cantar o a hablar? Qué pena no tener ya a mi madre para
preguntarle esto… (Braceli, ob. cit. p. 33). Mercedes Sosa tuvo el apoyo de sus padres y
de sus maestros para que enriqueciera su notable capacidad para cantar…Me viene a la
memoria mi propia pobreza durante mi infancia, el cariño incondicional de mis papis
que jamás me transmitieron su sufrimiento…¡cómo dejaban que yo hiciera lo que me
diera en gana! Jamás me forzaron a estudiar, nunca sentí la presión de “ser el mejor” en
casa…me divertía haciendo teatro con títeres, y principalmente mi mamá se divertía
conmigo…mi papá tenía otra forma de estimularme, lo hacía comprándome los juguetes
que se relacionaban con mis intereses…aunque nunca abandonó su deseo de que sea
jugador de fútbol.
En las familias amargadas, los padres anularán los intereses y aptitudes de sus
hijos, para favorecer la consecución de aquello que los padres esperan que sus hijos
hagan. Un triste ejemplo es la infancia de Michael Jackson: “Mi padre me golpeaba. Era
difícil salir así al escenario. Él era estricto, muy duro" (Jackson entrevista en
Noticiasdot.com). El pequeño Michael fue víctima del “efecto Mozart”, esto es, la
obsesión de un padre en convertir a su hijo en alguien famoso, pese a quien pese.
Michael Jackson aprendió a actuar para satisfacer las expectativas de su padre. Hoy en
día es un hombre famoso por dos motivos, su carrera artística y su comportamiento
pederasta. Su pederastia y su dismorfia corporal se deben a que jamás tuvo infancia, ¡no
quiere crecer!, vive en un mundo de fantasía, al grado que no reconoce la inmoralidad
de sus actos.
En las familias desligadas, la situación será distinta, nadie escuchará las
demandas de los pequeños, y ni siquiera se molestarán por motivarlos a realizar aquellas
cosas que sus propios padres hubieran querido de sus hijos.
En la ideología del poder se valora la fama, al grado que Berrington, 1975
escribió: “Los hombres famosos son habitualmente el resultado de una niñez
desdichada. La severa comprensión de las circunstancias, la punzada de la adversidad,
el acicate de desaires y pullas de los primeros años, son necesarios para provocar esa
inexorable fijeza de propósito y tenaz sentido común sin los cuales rara vez se han
llevado a cabo obras grandes.” (En Garder, 1998, p. 56).
Es cierto que los seres humanos famosos, por lo general, han tenido infancias
difíciles, pero están los personajes bondadosos, los malvados y los simplemente
famosos. Entre los bondadosos, cabe citar una vez más a Teresa de Calcuta, quien tuvo
una infancia inmersa en la guerra, pero a pesar de ello recibió el amor incondicional de
sus padres y su ejemplo: “Kole (el padre de Agnes), tenía fama de ser un gran
benefactor local e incitaba a sus hijos a ser generosos y apiadarse de los que eran menos

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Psicología del amor: El amor en la Familia 25

afortunados que ellos, lo cual era importante como trabajar mucho en la escuela. No
olvidéis nunca de quién sois hijos y de dónde venís, les decía.” (Sebba, 1998, p. 31).
En cambio, los famosos malvados han albergado en sus almas un resentimiento
del que jamás pudieron librarse. Adolf Hitler tuvo un padre que jamás quiso reconocer
el interés por la pintura que tenía su hijo, le rompía los cuadros que pintaba y a menudo
lo golpeaba; por ello, el niño se apegó en demasía a su madre, por lo que la muerte de
ésta fue devastadora para su psicología (Toland, 1992).
Algo parecido ocurrió en la infancia de Ernesto Guevara, en su familia: “(…)
por momentos parecían que se sacaban los ojos por el tema más nimio en las
sobremesas y luego, finalizado el debate, regresaba como si nada el tono cariñoso entre
hermanos y padres.”(Ferrer, 2005, p. 32).
Otro tirano de la historia fue Francisco Pizarro () “De niño Pizarro cuidaba
cerdos y no tuvo más educación que la de una dura crianza. Probablemente nunca
aprendió a leer ni a escribir.” ( Twiss, 2003 p.118)
A diferencia de la infancia temprana, los niños escolares que pertenecen a
familias amargadas pueden tener oportunidades otorgadas por el medio para desarrollar
sus potencialidades. La resiliencia, como vimos, es una condición que puede aparecer
en niños desaventajados afectiva y/o socialmente. Me viene a la mente el caso de Marco
Etcheverry, al que de niño sus padres no estimulaban sus habilidades como futbolista,
pero tuvo una abuelita que supo socapar sus inclinaciones. Es interesante el caso del
“Chaqueño” Palavecino, de niño sentía un gran entusiasmo por la música, pero sus
padres se opusieron, hasta que al verlo afanado construyéndose un violincito con ¡cajita
de fósforos!, el padre accedió a comprarle un violín (Palavicino, web no oficial, 2006).
J.R.R. Tolkien tuvo una infancia teñida por la muerte, primero la de su padre cuando
tenía tres años, y la de su madre a los diez; después del fallecimiento de su madre
Ronald y su hermano quedan a cargo del sacerdote católico Francis Morgan. La mamá
de Tolkien, estimuló la imaginación de su hijo, y el padre Morgan sus inclinaciones
teológicas. Fruto de ambas semillas es que podemos leer la fascinante obra de tan
extraordinario filólogo (Carpenter, 1990).
La resiliencia es un fenómeno que permitirá a las personas con desventajas
lograr superarlas para convertirse en seres humanos buenos. “Los norteamericanos la
definen como una capacidad universal que permite, a una persona, un grupo o una
comunidad, impedir, minimizar o superar los efectos dañinos de la adversidad.” (Puerta
de Klinkert, 2002, p. 14). Para que sea posible la resiliencia en la niñez, María Piedad
Puerta de Klinkert considera la presencia de por lo menos uno de los siguientes factores:

a) Redes sociales informales que brindan aceptación incondicional.

b) Capacidad para encontrar significado a todo lo que ocurre en la vida a partir


de la fe.

c) Desarrollo de aptitudes.

d) Desarrollo de la autoestima.

e) Desarrollo del humor (Puera de Klinkert, op.cit.)

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Psicología del amor: El amor en la Familia 26

Entonces, la resiliencia es consecuencia de factores externos, internos y la


conjugación de ambos. Los externos, claramente, se identifican en la siguiente
afirmación de Boris Cyrulnik: “En primer lugar, se indica siempre el encuentro con una
persona significativa. A veces basta con una, una maestra que con una frase devolvió la
esperanza al niño, un monitor deportivo que le hizo comprender que las relaciones
humanas podían ser fáciles, un cura que transfiguró el sufrimiento en trascendencia, un
jardinero, un comediante, un escritor, cualquiera pudo dar cuerpo al sencillo significado:
es posible salir airoso.” (Cyrulnik, 2006, p. 214).
Para autotrascender es necesario “traspasar la dimensión humana hacia algo
que no es ella misma.” (Frankl, 2003, p. 86). ¿Qué requerimos para convertir el
sufrimiento en una oportunidad? Viktor Frankl escribió: “Uno de los postulados básicos
de la logoterapia estriba en que el interés principal del hombre no es encontrar el placer,
o evitar el dolor, sino encontrarle un sentido a la vida, razón por la cual el hombre está
dispuesto incluso a sufrir a condición de que ese sufrimiento tenga un sentido.” (Frankl,
1996, p. 111).
Entonces, un niño víctima de la amargura, puede tropezarse en la vida con
personas buenas que le pueden dotar de sentido a su dolor, debemos añadir la capacidad
de este niño para interpretar de manera bondadosa ese sufrimiento. Creo que no es
suficiente el encontrarnos con gente buena, y no creo que la interpretación bondadosa
sea cuestión de los genes. Pienso que, durante la primera infancia, la familia juega un
papel determinante para que el corazón del ser humano albergue esperanza y fe.
Si bien, parece evidente que, durante la edad escolar, nuestros pares son más
influyentes que nuestros padres, creo que las influencias nefastas solamente se pueden
filtrar por un corazón protegido con la dulzura del amor recibido durante los primeros
años de vida. El apego seguro mantendrá sus ecos en el alma de quien fue cuidado,
protegido y admirado hasta sus seis años aproximadamente. Quienes tienen silencio en
sus corazones, necesitarán encontrarse con el amor en la adolescencia o en la juventud,
para volcar su existencia absurda hacia una existencia con sentido.

5.1.5. EL AMOR HACIA NUESTROS HIJOS ADOLESCENTES .

Los niños están hechos para crecer, no para quedarse en Peter Pan. No
perder la inocencia y la ilusión, sino progresar en la ruta marcada, en la que
ciertamente es mejor llegar que viajar esperanzados, aunque hayamos de viajar
esperanzados si queremos llegar.
J.R.R. Tolkien.

Como vivimos en un mundo hecho de palabras (Popper, 1993), sucede a


menudo que decimos “realidades” sin reflexionarlas, una de ellas es tiempo. Aristóteles
(384-322 a.J.C.), decía que mientras no le preguntaban qué era el tiempo, él sabía de
qué estaban hablando, pero cuando se lo preguntaban, no sabía responder. En el texto de
la Física, Aristóteles escribió: “el tiempo ha sido –y, por eso, se habla del pasado- o que
el tiempo no ha llegado todavía a ser – y puede decirse, por eso, que está en el futuro.
Pero como el pasado ya no es, y el futuro todavía no es, habría que concluir

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Psicología del amor: El amor en la Familia 27

sencillamente que el tiempo no existe. Que el tiempo pertenece más al no – ser que al
ser.” (Vial, en: Browne y Olivares, ed., 1981, p. 33). Cuando hablamos de desarrollo
humano, nos estamos refiriendo a la evolución de nuestra vida en la dimensión
temporal. Pensar en nuestra niñez es pensar en nuestro “pasado”, pensar en lo que nos
pasará en la vejez es especular sobre nuestro “futuro”. “Las cuatro categorías del objeto,
del espacio, de la causalidad y del tiempo son complementarias: su elaboración ocurre al
mismo tiempo y en interacción.” (Dolle, 1978, p.104). En ese sentido, no vivimos el
tiempo de la misma manera cuando somos niños, que cuando somos adultos.
Según Piaget, la concepción del tiempo evoluciona desde una etapa en la que
probablemente su concepción esté relacionado con el “simple sentimiento de un ocurrir
y de direcciones inmanentes a los estados de conciencia.” (Piaget, 1965, p. 292). Recién
alrededor de los dos años, el niño logra comprender que el paso del tiempo es
independiente a los objetos.
Durante el último año de su vida Tolstoy escribió: “Tengo conciencia de mí
mismo exactamente en la misma forma hoy, a los ochenta y un años como tenía
conciencia de mí mismo, mi "Yo," a los cinco o seis años de edad. La conciencia es
inalterable. Solo debido a esto existe el movimiento que llamamos "tiempo". Si el
tiempo avanza, entonces debe existir algo que permanece inmóvil. La conciencia de mi
"Yo" permanece inmóvil.” (En: Holland, 2006 s/p). ¿Qué recordamos? ¿Por qué
recordamos el pasado que no es más y no podemos recordar el futuro que tampoco está?
Esta última pregunta ha sido definida como la “flecha psicológica del tiempo”
(Hawking, 1996). Se trata de la ilusión de que con certeza podemos revivir el pasado,
sin darnos cuenta que al recordar, interpretamos lo vivido utilizando las experiencias
posteriores al evento, qué mejor manera de poner en entredicho nuestros recuerdos, que
lanzar la imaginación también al futuro, ¿no es lo mismo?
Una manera que algunas personas tienen para decir que el pasado realmente
existió es referirse a las fotografías o retratos, Berger al respecto escribió: “El tiempo en
un dibujo no es uniforme (…). El artista concede más tiempo a lo que considera
importante (…) En un dibujo el tiempo aumenta conforme al valor humano.” (Berger,
1997, p. 96). Entonces, cuando dibujamos un retrato, un paisaje, o lo fotografiamos,
estamos deteniendo un instante, pero aquél que el artista escogió de entre muchas
opciones durante ese presente. Al dibuja o fotografiar ese instante se hizo pasado. Al
mostrar el cuadro, o revelar la fotografía quien observa, le da una interpretación a partir
de su presente. ¿No le pasó que al ver sus fotografías de niño, le parecía extraño que
haya sido así?
Con la teoría de la relatividad, Albert Einstein (), la concepción newtoniana de
la existencia de un tiempo absoluto fue puesta en entredicho. Para Einstein, el tiempo
necesariamente tiene que ver con sucesos simultáneos: “Tenemos que tener en cuenta el
hecho que todas nuestras proposiciones en las cuales desempeña algún papel el tiempo
son siempre proposiciones que se refieren a sucesos simultáneos. En otras palabras, lo
que afirma Einstein es que todas nuestras descripciones de sucesos (datos
experimentales) en las que aparece la noción de tiempo en realidad siempre se refieren a
sucesos que ocurren de forma simultánea; que en lo que a la Física concierne, en
consecuencia, el tiempo y la simultaneidad deben considerarse como conceptos
equivalentes.” (Saavedra, en: Browne y Olivares (ed.) op.cit. p. 63).
¿ Considerar al tiempo como una ilusión, no nos llevaría a una posición
nihilista, de tal manera que podríamos concluir que todo es una ilusión? Stephen

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Psicología del amor: El amor en la Familia 28

Hawking, que es el que pone el dedo en la llaga, al mismo tiempo retira su dedo, al
plantear el principio antrópico: “vemos el universo en la forma que es porque nosotros
existimos” (Hawking, op.cit. p. 173). Sin nuestra existencia no podríamos dar cuenta de
lo que percibimos.
Existimos en un determinado momento, en el que tomamos conciencia de las
cosas que están aconteciendo. Ilya Prigogine (1917-2003), considera la irreversibilidad
del tiempo, en el sentido de que el tiempo va en una sola dirección, ¡hacia delante! El
tiempo, pues, no puede ser subjetivo, porque las cosas –sean partículas subatómicas o
gigantescas galaxias-, inexorablemente se mueven en una sola dirección (Prigogine,
1988).
Cuando estamos tristes, una tarde de sol nos parecerá desagradable, y si
estamos contentos nos encantará. De la misma manera, la percepción que tenemos del
tiempo depende del estado de ánimo en el que nos encontremos, no es que el tiempo
pase más rápido si estamos asistiendo a un buen partido de fútbol, sino que debido a
nuestra excitación creemos que el “tiempo vuela”. Imaginemos un partido de fútbol que
define el campeonato. Se enfrentan Bolívar y The Strongest. Falta un minuto para la
finalización del partido, gana Bolívar uno a cero. Un hincha “celeste” pesimista dice
que falta mucho para el final, otro optimista, considera que falta poco. El “atigrado”,
pesimista considera que falta poco, el optimista: queda mucho tiempo. La pelota,
simplemente, obedecerá a las leyes de la física, el reloj del árbitro le pondrá parámetros
al ir y venir del balón, y cuando se cumpla el tiempo físico, determinado
convencionalmente para la duración de un partido de fútbol profesional, haya o no gol
del “Tigre”, el partido llegará a su fin.

Por todo lo dicho, el pensar en etapas del desarrollo humano es una convención
científica para delimitar el correr del tiempo en la vida de las personas. Volvemos al
concepto de “representación social” expuesto anteriormente. No debemos apartar de
nuestra mente, que las ideas no son realidades; las clasificaciones las hacemos a partir
de nuestra lógica, y en el caso de la ciencia, una lógica que pretende ser universal, al
delimitarla a partir de ciertas leyes que rigen su manera de abordar los fenómenos. Por
eso, es que, toda afirmación científica necesariamente es relativa al contexto de los
modelos teóricos de los cuales surgen.
Una de las etapas peor definidas ha sido la adolescencia. El término proviene
del latín adoleceré, el cual favorece varias interpretaciones: “adolecer”, “crecer”,
“¡despedir aroma!” (De Chile net, 2006). A pesar de lo confuso del término, se ha
popularizado y a nadie se le ocurrió todavía otro mejor. Es así que podemos decir que
en Bolivia el 23% de la población es adolescente, es decir, alrededor de 1.900.021
personas. (Encuesta Nacional de Demografía y Salud 2003)
Para la Organización Mundial de la Salud (OMS), la adolescencia es un
periodo de la vida humana comprendido entre los 10 y 19 años (OMS,); Papalia y Olds
(op.cit.) la sitúan entre los 12 hasta “cerca” de los 20 años. Por su parte Rice (op.cit),
evitando edades la define como: “un periodo de crecimiento que comienza en la
pubertad y termina con el inicio de la vida adulta. Es una etapa de transición entre la
niñez y la vida adulta por la cual deben pasar los individuos antes de que puedan tomar
su lugar como mayores.” (Rice, op.cit. p. 326)
Otra fea palabra, utilizada para marcar el inicio de la adolescencia es pubertad.
Relacionada con “peludo”, tiene que ver con la madurez sexual y con ella, la posibilidad

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Psicología del amor: El amor en la Familia 29

de procrear (Rice, op.cit.). Al parecer, la mayoría de los autores están de acuerdo en


señalar el inicio de la adolescencia con la aparición de la pubertad, pero no se ponen de
acuerdo para identificar su culminación. Los Estados utilizan el término “mayoría de
edad” para referirse a los ciudadanos que pueden acceder a ciertos derechos y
responsabilidades, como votar, dejar de ser imputables por la ley, casarse, etc.
La Comisión Interamericana de Derechos Humanos utiliza la definición
aprobada en las Naciones Unidas, por la Convención sobre los Derechos del Niño. “Ésta
define " niño" como todo ser humano menor de 18 años salvo que de acuerdo con la ley
aplicable al niño, la mayoría de edad se alcance antes.” (OEA, 2006)
En Estados Unidos se es mayor de edad a los 18 años: “La Vigesimosexta
Enmienda les concedió el derecho de votar; en algunas tiendas o bancos pueden obtener
crédito a su nombre, mientras que en otros requieren un consignatario, según el grado en
el que hayan establecido un buen historial de crédito a su nombre. Muchos propietarios
no rentan viviendas a menores de edad. Se debe tener 21 años para comprar bebidas
alcohólicas. En algunos estados, los jóvenes de 18 años pueden contraer matrimonio sin
el consentimiento de sus padres; pero en otros deben esperar hasta ser mayores.” (Rice,
ob. cit. p. 327). En el Japón se es mayor de edad a los 20 años, (Moura, 2003).

En Suecia se han dividido las edades y los derechos de la siguiente manera: “A


los 15 años de edad, ya se puede practicar legalmente el sexo y conducir un ciclomotor.
También se pueden ver películas autorizadas para mayores y se ha llegado a la edad de
responsabilidad criminal (aunque la ley considera que se es un “delincuente joven”, por
lo que recibe un tratamiento según una legislación especial). A los 16 años, se puede
terminar la escolaridad obligatoria. Se puede conducir una motocicleta (con un motor de
hasta 125 cc), y se puede realizar un trabajo a jornada completa e incluso poner en
marcha un negocio propio. A los 18 años se adquiere la mayoría de edad, aunque, si se
sigue estudiando, los padres tienen aún el deber alimentario. También se puede contraer
matrimonio o registrar una relación de pareja homosexual. Se puede votar en todo tipo
de elecciones y también presentarse a ellas como elegible. Ya se puede conducir un
automóvil, beber alcohol en bares y restaurantes y comprar cerveza y tabaco para
consumo personal. A los 20 años, se puede comprar alcohol fuerte, vino y cerveza
fuerte en las tiendas del monopolio estatal de bebidas alcohólicas. A los 21 años, cesa la
obligación alimentaria de los padres, si uno sigue estudiando, y la legislación deja de
considerarle un delincuente joven, en caso de tener problemas con la justicia.” (Young
Swedes, 2006).
¿Qué criterios se utilizaron para definir la mayoría de edad? Aparentemente
cuando se acaba la adolescencia. Eso quiere decir, cuando se han dejado de cumplir las
características propias de esa etapa de la vida. Para Papalia y Olds, las características
principales de la adolescencia son: “Cambios físicos rápidos y profundos. Se alcanza la
madurez sexual. La búsqueda de la propia identidad se convierte en el objetivo central.
Los grupos de compañeros ayudan a desarrollar y probar el autoconcepto. Se desarrolla
la capacidad para pensar en términos abstractos y utilizar el razonamiento científico. El
egocentrismo del adolescente persiste en algunos comportamientos. En general, las
relaciones con los padres son buenas.” (Papalia y Olds, op.cit. p. 17).
Solamente el segundo criterio mencionado por Papalia y Olds es exclusivo de
la adolescencia; ¡tiene que ver con la pubertad! Los demás ocurren durante distintas
etapas de la vida. El primer criterio, relacionado con los cambios físicos rápidos, es más

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Psicología del amor: El amor en la Familia 30

notable durante el desarrollo pre natal, y luego siguen siendo asombrosos los cambios
en la primera infancia. ¡Toda la vida buscamos nuestra identidad!, el grupo de pares es
muy importante, también, en la infancia intermedia. El egoísmo no es una característica
que pierdan todas las personas al terminar su adolescencia. Y las relaciones con los
padres, “en general”, son buenas durante la vida entera de cualquier persona.
El criterio del desarrollo de las capacidades de abstracción es el segundo, que
podemos identificar como particular de esta etapa. Por lo tanto, los cambios hormonales
que determinarán la capacidad procreativa, y el desarrollo de las abstracciones a nivel
cognitivo dan inicio a la adolescencia. Ambos ocurren de manera simultánea y son
interdependientes. Por lo tanto, en términos biológicos, es posible identificar el inicio de
la adolescencia con la “explosión” de hormonas sexuales en el organismo: “La pubertad
se asocia con un aumento de la liberación hormonal por parte de la pituitaria anterior. El
aumento en la liberación de la hormona del crecimiento, la única hormona de la
pituitaria anterior que no tiene como diana principal una glándula endocrina, actúa
directamente sobre el hueso y el tejido muscular y produce el estirón del crecimiento
corporal. Los incrementos en la liberación de la hormona gonadotrópica y la
adrenocorticotrópica provocan la liberación, por parte de las gónadas y la corteza
adrenal, de las hormonas gonadales y adrenales, las cuales a su vez inician la
maduración de los genitales y el desarrollo de los caracteres sexuales secundarios.”
(Pinel, 2000, p.341). Cuando hablamos de características sexuales primarias, nos
referimos a los cambios de los órganos genitales, y usamos características sexuales
secundarias, para referirnos a los aspectos estructurales que diferenciarán a los hombres
y mujeres.
Los cambios corporales que señalan la madurez sexual se presentan tanto en
animales como en seres humanos. En el caso de la mariposa Atlas (attacus Atlas), la
hembra, ni bien rompe su crisálida, mueve la cabeza para que de unas pinzas, situadas
sobre las antenas, se desparramen las feromonas capaces de anunciar su presencia a
machos, que se encuentran en un perímetro cercano a los quinientos metros. Los
testículos de los estorninos ingleses crecen cada año, durante la primavera, al hacerlo,
alteran el comportamiento de estos pájaros, de tal manera que se tornan muy belicosos
entre machos, y empiezan a construir sus nidos. Las chimpancés menstrúan al igual que
las mujeres, pero a diferencia de nuestra especie, el deseo sexual ocurre solamente
durante la época de fertilidad (Weisman, 1986).
En el caso de nuestra especie, las hormonas “despiertan” con la finalidad de
activar el deseo sexual. Durante la pubertad, un anillo de la molécula de testosterona se
transforma en molécula de benceno, y al ocurrir, la testosterona se convierte en
estradiol. El estradiol cumple la función de que. a través del sudor, emitamos un aroma
atractivo para el otro sexo (Pinel, op.cit.). “En términos de cantidad y de tamaño de las
glándulas sebáceas y apocrinas, el hombre tiene que considerarse, con bastante
diferencia, el simio más perfumado de todos.” (Stodartt, 1994, p. 72). ¿Para qué tantos
olores? Stodartt, considera que la función principal de nuestros perfumes naturales tiene
que ver con la atracción sexual, el olor del sudor masculino es más penetrante que el
femenino. Los perfumes masculinos son secretados principalmente por las glándulas
apocrinas situadas en las axilas, cuero cabelludo y las sebáceas de la región pélvica. El
olor a “macho” activaría el deseo sexual en las mujeres. Una vez excitadas por el
perfume masculino, secretan un líquido lubricante en sus vaginas, el mismo que posee
sustancias olorosas altamente estimulantes para el deseo de los varones (Stodartt,

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Psicología del amor: El amor en la Familia 31

op.cit.).
Una de las características secundarias, durante la madurez sexual, es el
incremento de la sudoración y la presencia de nuevos olores en el cuerpo. Estos
aspectos, rara vez son considerados como importantes, sin embargo, podemos concluir
que sin ellos, ese cuerpo hubiera tenido muy pocas oportunidades de atraer un(a)
potencial pareja. Parece que al erguirnos, nuestros genitales dejaron de ser centro de
atención durante el cortejo. En el caso de los chimpancés, macacos rhesus, babuinos y
mandriles, las regiones ano – genitales de las hembras se tornan de rojo para atraer a los
machos (Goodall, 1986). Durante la excitación sexual, los labios menores de la vulva se
tornan rosados, y es frecuente que las mujeres, en distintas culturas, se pinten de rojo los
labios de la boca, en una simulación de lo que ocurre en los labios vulvares.
Al ser absorbidos por la cultura, hemos abandonado nuestras inquietudes
naturales. Por eso es que, una persona que ingresa a la pubertad no sabe qué hacer con
las nuevas sensaciones que empieza a sentir en su cuerpo. La civilización ordena:
“espera a madurar psicológicamente, no es suficiente tu madurez sexual”. Así, debemos
reprimir nuestros deseos, dirigiéndolos hacia metas admitidas por la civilización:
enamorar, bailar, hacer deporte. Del enamoramiento me ocuparé en el tercer capítulo de
este libro. Mientras, baste señalar, que el estar enamorados no es otra cosa que
prolongar las “ganas” de consumar el deseo sexual.
El baile es otra manera cómo podemos desviar la atención de nuestro deseo.
Por ello, que los adolescentes en todas las culturas son entusiastas bailarines. La danza
humana no difiere de las danzas de los animales durante el cortejo (Dröscher, 1987).
Desde el tango hasta la cueca boliviana, pasando por un pas de deux de un ballet
clásico, todas tienen una connotación erótica. Richard Ebstein ha dirigido un estudio en
el Scheinfeld Center for Genetic Studies de la Hebrew University de Israel,
concluyendo que: “la capacidad para bailar es una característica innata que se lleva en
los genes, según un estudio realizado en Israel sobre el ADN de 85 bailarines y de sus
padres.”(Morales, 2006). Esos genes producen más vasopresina y serotonina que en el
promedio de las personas. Ambas sustancias las vamos a segregar también durante el
ciclo de la respuesta sexual.
Los deportes han sido un remedo de las batallas, dos grupos enemistados
artificialmente luchan por alcanzar la gloria, mientras el público extasiado emite gritos y
gestos como si se tratara de una horda de animales (Riera, 1985). Los varones
canalizamos nuestra agresión en la actividad deportiva más que las mujeres. La
tendencia genética a competir por las hembras, probablemente es la responsable para
nuestra tendencia a la permanente competencia (Kurtz, 1995).
Hoy sabemos, que las hormonas no solamente influyen en nuestra actividad
sexual, sino que también afectan la actividad de nuestro cerebro. “Para resumir, las
hormonas gonadales alteran el desarrollo básico de las neuronas, configuran la
naturaleza de las modificaciones del cerebro dependientes de la experiencia, e influyen
en la estructura de las neuronas a lo largo de toda la vida.” (Kolb y Whishaw, 2002,
p.257). James McBride Dabbs es una de las autoridades mundiales en el estudio de la
testosterona y su influencia en el comportamiento humano. Este psicólogo sustenta que
la testosterona es la responsable para las diferencias cognitivas entre varones y mujeres:
“Las mujeres tienen mejores habilidades verbales que los hombres. (…) En las mujeres
el equilibrio apunta hacia la habilidad motora fina y la destreza manual; en el hombre
apunta hacia la fuerza.” (Dabbs, pp 50, 51). “Hombres y animales con niveles altos de

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Psicología del amor: El amor en la Familia 32

testosterona persisten en lo que iniciaron, y trabajan más en una tarea sin ser distraídos.”
(Dabbs, op.cit. p. 54).
“Los hombres tienen mejor sentido en cuanto a distancias y direcciones, es
como si tuvieran una brújula interna o una vista de pájaro, que les permite visualizar en
todas direcciones. Las mujeres poseen un manejo superior de los detalles de localidades
específicas, una herencia de los antepasados primitivos.” (Dabbs, op.cit. p. 62). Los
varones tenemos tendencia a la competencia, mientras que las mujeres prefieren la
colaboración, los varones somos obstinados e irracionales a la hora de demostrar quién
tiene la razón (Dabbs, op.cit.).
Las polémicas conclusiones de Dabb y su equipo de investigadores pueden
explicar el motivo por el que la vivencia de la pubertad es diferente en los varones y en
las mujeres. Los chicos tendemos a buscar el éxito que nos da el poder del dominio,
mientras que las chicas se afanan por la lealtad y el afecto. Como veremos, no es lo
mismo ser padre de una hija que de un hijo, y madre de un hijo que de una hija, porque
las maneras de percibir el mundo son diferentes en los cerebros masculinos y femeninos
(Liaño, 1998).
Antes de los diez años, las regiones parieto – témporo – occipitales (encargadas
de la integración de la información, y las síntesis simultáneas), y las prefrontales
(responsables de la autorregulación cerebral), no concluyeron la organización sináptica.
Lo propio ocurre con la mielinización; las regiones terciarias recién terminaran de
mielinizarse hasta los 12 años de edad. (Ardila, 1979). La madurez de las regiones
terciarias del cerebro son concomitantes al surgimiento del pensamiento crítico: “El
niño se convierte en adolescente capaz de nuevas estructuras de pensamiento. El aspecto
concreto esencial en la fase anterior desaparece y el niño se integra a la sociedad adulta
adquiriendo una autonomía real, investigando valores para aceptarlos o negarlos. La
justicia social, su posición y accionar en el mundo adquieren alcance y preocupación, lo
que puede ocasionar ideas nuevas.” (Lefèvre, 1989, p. 21).
Jean Piaget identificó el pensamiento operacional formal a partir de los once
años. Esta etapa se caracteriza por la capacidad para pensar en términos abstractos, lo
que significa la probabilidad de plantear hipótesis, comprobarlas y comprender la
existencia de posibilidades infinitas en cuanto a los rumbos que el pensamiento puede
tomar para encontrar soluciones a los problemas. (Papalia y Olds, op.cit.). “El atributo
esencial del pensamiento formal es su orientación hacia lo posible y lo hipotético. Una
de las manifestaciones de esta orientación es la tendencia del adolescente a explorar
todas las posibilidades sometiendo las variables del problema a un análisis
combinatorio. (…) Piaget deriva su aseveración de que las operaciones formales tienen
estructura de reticulado.” (Flavell, op.cit. p. 232).
A partir de la instauración de la estructura de reticulado, la persona recién
puede analizar la realidad utilizando la lógica. “En términos modernos la lógica es una
teoría de la competencia, que captura la capacidad subyacente que tiene la gente de
razonar, y no una teoría de la actuación, que describiría su razonamiento en situaciones
reales, afectado por las limitaciones de la memoria, los lapsus de concentración, la falta
de interés, etc.” (Garnham y Oakhill, 1996, p. 98). Es así, que el adolescente tiene una
lógica mental, que le permite elaborar explicaciones sobre el mundo que le rodea, tanto
el social como el natural.
Los adolescentes son el motor de las culturas, su capacidad de criticar les
permite poner en tela de juicio las verdades absolutas que les han sido impuestas,

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Psicología del amor: El amor en la Familia 33

también, es durante la adolescencia, que la genialidad científica y artística hacen su


aparición, debido al desarrollo abrupto de la creatividad.
Evariste Galois (1811-1832) es un ejemplo dramático, a la edad de veinte años,
durante su última noche de vida, escribió la teoría de los grupos, que revolucionará la
matemática contemporánea, al día siguiente, murió por un balazo recibido en el vientre
durante un duelo de pistolas, debido a un problema amoroso. (Infeld, 2001).
Ricardo Eliécer Neftalí Reyes, quien se cambió el nombre a Pablo
Neruda(1904 – 1973), tuvo una adolescencia turbulenta por las emociones amorosas, la
depresión y el ambiente político adverso a sus ideales románticos. Su primer poema
(“El saludo a la Mamadre”), lo hizo a los 11 años. Escribió “Poemas de amor y una
canción desesperada” a los veinte años (Teilteilboim, 1991); libro que sigue considerado
entre los más vendidos de la historia.
Albert Einstein fue un adolescente rebelde a las convenciones de su entorno,
cuestionaba a sus profesores, y no respondía a las exigencias escolares como los demás.
Durante la secundaria, tuvo problemas con las matemáticas, porque se resistía al
aprendizaje irreflexivo. Para deshacerse de un estudiante tan díscolo, decidieron
aprobarlo en matemáticas a pesar de que sus calificaciones no se lo permitían. A los
diecinueve años, tenía la idea de la teoría general de la relatividad en su cabeza.
(Folsing, 1998).
Marie Curie (1867 – 1934), fue una de las más grandes científicas de la
historia, dedicada apasionadamente a la investigación, durante su adolescencia sus
intereses científicos ya estaban decididos. Le otorgan en dos oportunidades el premio
Nobel, en Física (1903) y en química (1911). Tal fue la intensidad con que vivió para la
ciencia, que a ella pertenece la frase: “sigue tu vocación a pesar de lo que los demás te
digan”. (Goldsmith, 2005)
Anna Pavlova (1881 – 1931), probablemente, la más notable bailarina de todos
los tiempos. Debuta como solista a los dieciocho años, deslumbrando con su técnica y
precisión de movimientos. Michael Fokin, compuso la coreografía de la “muerte del
cisne”, exclusivamente para ella. Pavlova se caracterizó por hacer que el ballet clásico
dejara de ser un privilegio de las personas adineradas y pueda popularizarse. (Levine,
1995).
Teresita del Niño Jesús (1873 – 1897), ingresa al convento de las Carmelitas a
los 15 años, para ser aceptada tuvo que pedirle de rodillas al Papa, quien conmovido por
tal actitud accedió a la petición de la muchacha. En su libro “Historia del alma”, Santa
Teresita cuenta el proceso personal de su éxtasis espiritual, que le llevó a considerar a la
humildad como lo más importante para acceder a Dios. (Lehodey, 1977)
Pero quizás el ejemplo más notable, del nacimiento del juicio crítico, nos lo de
el mismo Jesús, quien a los doce años abandona la caravana en la que iban sus padres a
Jerusalén. Tres días estuvo con los doctores del templo, discutiendo sobre las Escrituras,
cuando sus padres lo encontraron, se dio el siguiente diálogo: “Hijo, ¿por qué nos has
hecho esto? Mira cómo tu padre y yo, angustiados, te buscábamos. Y él les dijo: ¿Por
qué me buscabais? ¿No sabíais que es necesario que yo esté en las cosas de mi Padre?
Pero ellos no comprendieron lo que les dijo"(Lc, 3, 48-51).
Estas líneas de la Biblia aparecen después de un largo silencio acerca de la
niñez de Jesucristo. Aparece su imagen después de su nacimiento en Belén, con la
manifestación de su desvinculación familiar, y el planteamiento a sus padres atónitos,
de que tiene que cumplir una “misión” ajena a los intereses de su familia. Jesús muere

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Psicología del amor: El amor en la Familia 34

muy joven, necesito solamente tres años de prédica para poner en crisis al poderoso
imperio romano. (Crossan, 1994).
Considero que la adolescencia es una etapa culturalmente creada, pienso que la
pubertad pone fin a la niñez y da inicio a la vida en sociedad. La adolescencia puede
definirse como una especie de parasitismo, puesto que, un ser humano que ya puede
trabajar, sustentarse por sí mismo, hacerse cargo de una familia, en fin, ser responsable
y autónomo, todavía tenga que depender de sus padres (Bayard y Bayard, 1984).
Personalmente yo prefiero definir la “adolescencia” (como adolecer), como una etapa
que no tiene edad, y que se caracteriza por irresponsabilidad social. Desde esa
perspectiva, conozco niños que son adultos, y adultos que son adolescentes; pequeños
de diez años y menos que trabajan en las calles para ayudar al sustento familiar, y
adultos de treinta años o más que sigue viviendo “a costillas” de sus padres.
Jorge Barraca, a partir de estudios sobre emancipación juvenil en Europa,
concluye que “los países con mayor porcentaje de jóvenes en casa de sus padres son,
por orden, Italia (94%), Luxemburgo (91%), España (86%), Portugal y Bélgica (80%).
Los de menos, Francia (62%) y, especialmente Dinamarca (55%), que se diferencia en
gran medida del resto.” (Barraca, 2000, p.42). Para Barraca, como para varios terapeutas
europeos y estadounidenses (Andolfi y Angelo, op.cit., Haley, 1989, ob. cit., Minuchin,
1986, ob.cit.) que consideran a la emancipación como fin primordial de la adolescencia.
Sin embargo, partiendo de que la adolescencia no es un fenómeno universal,
queda en entredicha la afirmación tácita de que la emancipación es suficiente para
señalar el final de la adolescencia y el inicio de la adultez.
En todas las culturas, se ha recurrido a los ritos de pasaje o de transición, para
anunciar socialmente que la persona ha dejado de ser un niño o niña para convertirse en
varón. Los Mandans de Estados Unidos deben probar que dejaron de ser niños para
pasar a la categoría de hombres a través de un complejo rito de tolerancia al dolor: “El
tercer momento del ritual estaba definido por la expulsión del espíritu del mal del
interior de la comunidad, para enseguida iniciar el ceremonial donde los jóvenes eran
elevados del suelo por medio de unos ganchos que les atravesaban la carne, atados a
sogas. Luego, suspendidos de los ganchos, se agregaban distintos objetos pesados, como
escudos, arcos y calaveras de búfalo, y se hacía girar a los iniciados por medio de palos
hasta que perdían el conocimiento. Luego se los bajaba al suelo, y cuando recuperaban
la conciencia se les cortaban los dedos meñiques con un hacha y éstos se ofrecían al
Gran Espíritu. Con los pesos todavía atados a sus cuerpos, se llevaba a los muchachos
fuera del área ceremonial. El momento final de la ceremonia Okipa era la última carrera,
donde los jóvenes tenían que correr en grandes círculos, arrastrando los pesos detrás de
sí, cada uno tratando de soportar más tiempo que sus compañeros sin caer o "morir".
Por último, sus cuerpos malheridos permanecían en el piso hasta que los iniciados
volvían en sí y caminaban como podían hasta sus casas. Allí los recibían sus parientes,
que los felicitaban por su gran logro. Se consideraba muertos en esta prueba a los
jóvenes inmaduros que hasta ahora habían sido, pues el rito de pasaje los hizo renacer
como guerreros adultos y valientes.”(Ganter, 2005, s/p.).
En Uganda y Sudán aún se practica la clitoridectomía, o mutilación de los
genitales femeninos, como parte de los ritos de pasaje que hacen de una niña una mujer:
La mutilación genital femenina va de "la clitoridectomía, parcial o completa, a la
remoción de los labios internos y externos, hasta la infibulación o coser los lados de la
vulva" (Neath 1997, p. 207).

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Psicología del amor: El amor en la Familia 35

En la comunidad de Irpa Chico, como en la mayoría de los pueblos aymaras, la


adolescencia es desconocida, después del Patu wawa, que se celebra a los 7 años de
edad de los hijos, los padres pueden castigar a sus hijos con golpe y chicote, al mismo
tiempo que ya le es permitido al niño ir solo por el campo (Carter y Mamani, 1989,
op.cit.). Una vez que el varón ha cumplido con el Servicio Militar, es recibido por la
comunidad con alegría y esperanza para que se consolide una relación de pareja. Una
vez arreglado el matrimonio, con una mujer trabajadora, marido y mujer deben vivir
durante un tiempo, en una especie de “matrimonio a prueba”, denominado sirvinakuy
(Espinoza, 1998), y que definen al varón y a la mujer como personas productivas.
En la cultura criolla de las ciudades bolivianas se desarrollan varios ritos de
pasaje intrascendentales. En la tradición católica, la Primera Comunión, señala el final
de la infancia y la Confirmación podría relacionarse con la adolescencia, ambos
sacramentos son tradicionales en la mayoría de las familias criollas, pero no poseen el
sentido que debería marcarlos como ritos de pasaje, quien hace la Primera Comunión ni
se entera que se supone que dejó de ser niño.
Otros ritos de pasaje que pueden referirse al término de la adolescencia son: la
fiesta de quince años y el acto de graduación del bachillerato. En la fiesta de quince
años, los momentos críticos del ritual son: el paso de la quinceañera por la fila de pajes
y damas de honor, el brindis con los discursos de los padres, el vals con el padre, el vals
con el paje, apagar las velas de la torta después de que se canta el “cumpleaños feliz”.
En el acto de graduación del bachillerato: el desfile de los bachilleres tomados del brazo
de la madre o del padre, los padres dejan al bachiller en el escenario, discursos, entrega
de diplomas de egreso, canción del adiós.
Si los rituales citadinos cumplieran su función: emancipación, las quinceañeras
tendrían que retirarse de la fiesta con su paje, los y las bachilleres, al terminar el ritual,
deberían retirarse del salón de actos e irse a vivir solos. Como no sucede, se ha añadido
el acto de graduación de licenciatura. Algunos padres tienen conciencia del significado
de los rituales, principalmente de los relacionados con la culminación de estudios, y
suelen decir a sus hijos adolescentes: “mientras no seas bachiller no puedes tener
enamorada (o)”, “¡de esta casa solo se sale siendo profesional!”.
Eric Erikson consideró que el objetivo de la adolescencia es el logro de
identidad, en contra del conflicto de roles (Erikson, 1968, op.cit.). Lograr la identidad
significa reconocerse a sí mismo como un ser singular, esto es, haber establecido una
forma de ser (personalidad) con un sentido de vida. Definirse en los distintos roles
sociales y las expectativas que se tiene para asumir alguno de ellos: por ejemplo, asumir
los roles de género, definir la identidad y orientación sexual; iniciar la preparación para
un oficio que concuerde con las competencias y los intereses vocacionales; clarificar si
se desea conformar una familia o no; etc.
Havigurst (En: Rice, ob.cit.) señaló ocho tareas psicosociales que los
adolescentes deben cumplir:

a) Aceptación del cuerpo.

Los cambios repentinos, que ocurren durante la pubertad, obligan a que la


persona atienda mucho más que durante su niñez las sensaciones de su nuevo cuerpo.
Los adolescentes comparan su cuerpo con los estereotipos de belleza vigentes, en
algunos casos, pueden rechazar su físico debido a que no se parece al canon estético

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Psicología del amor: El amor en la Familia 36

socialmente requerido.
Hoy, la belleza no se relaciona con el cuerpo, sino con los implementos que lo
adornan. Por ello, la forma de vestir es determinante para que el adolescente sea
reconocido por sus semejantes: “En la actualidad la forma de vestir de un dark se rige
casi siempre por la vertiente de música que escuche (dentro del gótico) ya sea ethereal,
dark ambient (medieval), dark, gothrock, (más sofisticados) synthpop, ebm, darkwave,
power electronics (que experimentan y juegan con la imagen).” (Dark & Gothic, 2005
s/p.).
En relación a los adolescentes en la ciudad de La Paz, vale la pena comparar a
los alteños comparado con los “jailones” de la zona sur de la ciudad de La Paz. En el
caso de los residentes de El Alto: “Los jóvenes son consumidores de la vestimenta que
está a la moda sobre todo cuando están entre las edades de 15 a 18 años. Esto se hace
explícito cuando se les observa en la calle y sobre todo en la discoteca, con peinados
muy parecidos al de Enrique Iglesias, con pantalones anchos, botapié ancho y hasta
aretes en la oreja derecha o izquierda, lo que genera críticas y burlas por parte de padres,
y de familiares.” (Guaygua, Riveros, Quisbert, op.cit. p.39). Mientras que en la cultura
“jailona”: “La vestimenta tiene una importancia capital para los jailones. No se limita a
la simple función de protección o abrigo, reviste más bien una función simbólica que
configura su identidad cultural. Se trata de negociar sentidos al seleccionar, comprar,
vestir y lucir. La selección de la vestimenta se realiza considerando la calidad del
material y la confección, variables que normalmente se asocian a la marca. Las marcas
de ropa de mayor aceptación entre los jóvenes high son Polo, Benetton, Banana
Republic, BB2, aparte de otras marcas exclusivas de prendas deportivas.” (López,
Jemio, Chuquimia, op.cit. p. 57).
El problema de la identidad personal atraviesa necesariamente por la identidad
cultural, la necesidad de identificar el “nosotros” con los “otros”, para establecer las
fronteras sociales necesarias que permitan la protección del yo aún precario. Esto es,
poder decir: “yo soy parte de un grupo”, cuando todavía no se puede decir “yo soy yo”.
En Bolivia, lamentablemente, la identidad personal en las ciudades se
estructura en función a dos diferencias: el no querer ser como los “originarios” y el
querer ser como los “extranjeros”: “porque su eje organizador es una confrontación en
el plano civilizatorio entre una cultura que se autopercibe como universal y los otros
étnicos que se confunden con el paisaje.” (Rivera, 1996, ob. cit. p. 32).
En la cultura jailona se busca la identidad con los moldes de belleza
extranjeros, y se es respetado por el grupo cuando se viste ropa comprada en el exterior
del país, mientras que en la cultura “chojcha”, un adolescente es aceptado por el grupo
cuando se viste como el jailón. En ambos casos, existe alienación cultural, lo que
derivará en un conflicto de identidad.
Para los adolescentes que emigran del campo a la ciudad, la situación es más
compleja, puesto que no tienen lugar en la ciudad, ni lo volverán a tener en su pueblo.
La película “La Nación Clandestina” (Grupo UKAMAU, 1989) retrata el calvario de un
joven emigrante, que al no ser aceptado ni por la ciudad, ni por su comunidad, decide
someterse a la danza “el danzanti” hasta morir. Existe un predominio de migrantes
mujeres. Existe una tipología sociocultural que clasifica a las mujeres de origen
campesino en cuatro categorías: la comunaria, andina, urbana y mestiza. Las
comunarias, a su vez se subdividen en comunarias tradicionales – escogen como
cónyuge a un varón del pueblo, visten pollera y hablan aymara-, comunarias

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Psicología del amor: El amor en la Familia 37

desestructuradas – nacieron en el campo pero se casan con un varón que no pertenece al


pueblo, visten pollera pero hablan castellano -. Las mujeres andinas urbanas –nacieron
en la ciudad pero tienen padres o abuelos migrantes- se subdividen en: mujeres andinas
urbanas tradicionales –usa pollera, habla aymara y se casa con un varón andino
tradicional -, andinas urbanas desestructuradas – no usa pollera, no escoge pareja
considerando la endogamia-. Las mujeres mestizas (mistis) son hijas de matrimonios
interétnicos, pueden ser mestizas pueblerinas o mestizas urbanas. (Rivera, op.cit.).
El vestir o no la pollera es un dilema por el que atraviesan las mujeres
migrantes en las ciudades altiplánicas bolivianas. Una madre chola de pollera puede
pertenecer a una clase económica superior y por lo tanto vestir con orgullo su pollera, y
criar a su hija como “señorita” de vestido, además de incluirla en el mundo de los
criollos. Mientras, que otra mujer chola de pollera, pero perteneciente a un nivel
económico medio o inferior, viste a su hija como “señorita”, pero ésta no deja de ser una
“birchola”, porque al no ser rica, no tiene acceso a la categoría de “señorita”. Las
adolescentes que pertenecen a familias en las cuales la madre es chola pero pobre,
sufren las consecuencias de su condición socio-económica, porque no sabrán identificar
a qué grupo pertenecen, o formarán grupos de semejantes, ignorantes de su “real
semejanza”. Menos notorio, pero igualmente alienante, es la experiencia del hijo varón,
el que no dejará de ser un “llokalla” si pertenece a una familia pobre. Silvia Rivera lo
expresa de la siguiente manera: “Ser mujer, indígena (o chola, o birlocha) y además
pobre es entonces un triple estigma que inhabilita a un creciente número de gente para
acceder a un estatus digno de persona humana.” (Rivera, op.cit. p. 7).
Los trastornos de alimentación se han incrementado del 0.37 % por cada 100
000 habitantes a 6,3% ente 1970 a 1980, según los datos estadísticos presentados por
Fernández y Turón (1999). Se consideran tres trastornos alimentarios: anorexia, bulimia
y trastorno alimentario no especificado.
La anorexia mental se caracteriza por la pérdida de peso, pérdida de apetito y
amenorrea (ausencia de la menstruación, por lo menos tres ciclos menstruales
consecutivos). La chica con anorexia tiene obsesión con su imagen corporal, por lo que
pretende el control absoluto de su cuerpo, para alcanzar un físico perfecto, el cual, tiene
que ver con delgadez suprema. Esta obsesión se convierte en una especie de adicción,
donde la comida juega un papel predominante, el sentido de la vida se centra en la dieta.
La anorexia puede ser restrictiva (evitar comer), purgativa (utilizar medios
compensatorios a la alimentación, como el uso de purgativos, exceso de ejercicios
físicos, vómitos provocados [hiperemesis], etc.), y mixta, restrictiva – purgativa a la
vez. (Fernández y Turón, 1999)
El 10 % de las chicas con anorexia fallecen: “"La anorexia nerviosa es el
trastorno o enfermedad mental con mayor letalidad de los tratados por la Psiquiatría; en
un estudio sobre mortalidad de anorexia nerviosa en el cual estaban involucrados 3.006
pacientes, se encontró una incidencia de muerte doscientas veces mayor que la del
suicidio en la población general y un índice de mortalidad que duplica el de la población
psiquiátrica femenina que ha sido internada hospitalariamente por otras afectaciones
psiquiátricas. En casi todo el mundo el 10 % de las anoréxicas mueren y el 30 % nunca
se recuperan, son enfermas crónicas. (…)La anorexia nerviosa es la tercera enfermedad
crónica más común entre las mujeres adolescentes, y se calcula que ocurre en 0.5% a
3% de todos los adolescentes. Ocurre generalmente en la adolescencia, aunque todos los
grupos de edad son afectados, incluyendo las personas ancianas y los niños de hasta seis

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años de edad. Entre los mediados de los años cincuenta y los años setenta, la incidencia
de la anorexia aumentó por casi 300%. Las indicaciones son, sin embargo, que la tasa
puede estar estabilizándose.” (Martinatto, 2006, s/p.).

Si bien no existe un solo factor desencadenante del trastorno, existe


coincidencia en cómo perciben el sufrimiento psicológico antes de su aparición: como
una amenaza a la pérdida del control y como amenaza a la pérdida de la autoestima. Por
lo que el evento precipitante puede ser una separación o pérdida (Rausch y Bay, 1995).
Es como si todo el sufrimiento incontrolable vivido en el alma, se transfiriera a
algo objetivo y controlable: el cuerpo. “El cuerpo de la niña se ha convertido en un
objeto odiado, no deseado, en la mayor parte de sus funciones.” (Martínez y Ferrer,
2000, p. 119).
Los estudios pioneros de Mara Selvini Pallazzoli (1916 – 1999) demostraron la
importancia de los juegos familiares en la formación del síndrome anoréxico (Selvini
Palazzoli, 1993). Fue posible identificar las alianzas secretas entre el padre y la hija, y la
invasión en la vida de su hija por parte de la madre, también, observó que la anorexia
servía como sacrificio para proteger la relación conyugal de los padres y la realización
de los hermanos. Por su parte, Vanderycken y su equipo de investigadores han
reflexionado sobre la dispersión del análisis de las estructuras familiares tanto de chicas
con anorexia como con bulimia, considerando, que se han dado excesivas
especulaciones al respecto. (Vandereycken, Castro, Vanderlinden, 1991). El equipo de
investigación de Milán de Selvini Palazzoli insistirá, sin embargo, con que: “nuestro
trabajo de psicoterapia familiar concibe el trastorno anoréxico como una expresión del
sufrimiento psicológico de la chica a la que le cuesta crecer y sentirse adecuada dentro
de determinadas relaciones familiares.” (Selvini Palazzoli, Cirillo, Selvini, Sorrentino,
2000, p. 36). Sin embargo, el mismo equipo de investigación tuvo que revisar su
modelo terapéutico, al descubrir que las variables individuales podían afectar el éxito de
las intervenciones.
Pando y Hurtado (2005) observaron que los trastornos de personalidad más
frecuentes en la anorexia son: el obsesivo compulsivo y evitativo. Por su parte, Losantos
y Pinto (2003) encontraron una alta relación entre los niveles de autoeficacia y el riesgo
de desarrollar un trastorno alimentario, lo que permite la hipótesis de que las
adolescentes con rangos de autoeficacia elevados, que no coinciden con su eficacia real
para alcanzar el logro, tienen mayores probabilidades de desarrollar algún trastorno de
alimentación.
En el Instituto Boliviano de Terapia Familiar he tenido la ocasión de hacer el
seguimiento de varios casos de anorexia, presentes en chicas de origen aymara. Lo
interesante ha sido identificar en ellas, además de los pensamientos irracionales
comunes a otras chicas con anorexia, uno relacionado con la creencia según la cual, la
delgadez se relaciona con la belleza occidental. Por lo tanto, es posible especular acerca
de la posibilidad de una relación estrecha entre la imagen corporal con la desazón de no
poder ser aceptadas en los grupos sociales que esperan.
La bulimia se caracteriza por la pérdida del control sobre el apetito, la
presencia de conductas compensatorias para evitar engordar y la preocupación
exagerada sobre la imagen y el peso (Fernández y Turón, op.cit.). Es frecuente asociar
la bulimia con la hiperemesis, sin embargo, a pesar que evidentemente, la mayoría de
las chicas con bulimia utilizan el vómito posterior a las comidas como conducta

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compensatoria, no todas lo hacen, además que el vomitar es un medio a través del cual
estas personas pretenden lograr sus objetivos de belleza. Selvini Palazzoli encontró que
la diferencia sustancial entre las muchachas con anorexia y las que padecen de bulimia
es que en el caso de las segundas, el trastorno alimentario es un secreto familiar.
(Selvini Palazzoli, Cirillo, Selvini, Sorrentino, ob. cit. ). Pando y Hurtado (op.cit.) ,
encontraron, que en el caso de las chicas con bulimia los trastornos de personalidad más
frecuentes son el histriónico, límite, esquizotípico, narcisista y evitativo.
Daroca y Velasco, al estudiar la incidencia de los trastornos alimentarios en las
ciudades de Santa Cruz, La Paz y Tarija, tomaron una muestra de 2888 participantes,
960 por ciudad, de ambos sexos, comprendidos entre 13 a 20 años. Los resultados
señalaron: “La mayor prevalencia de los TCA, 5.8 % se encontró en la ciudad de Tarija,
y la menor en la ciudad de La Paz 3.8%, en la ciudad de Santa Cruz se encontró una
prevalencia de 4,7%.” (Daroca y Velasco, 2003, s/p.). Si bien las diferencias no son
altamente significativas, existe una relación con la idea de que en Tarija se valora
mucho más la belleza femenina según el estereotipo de delgadez que en La Paz.
Pienso que el problema de los trastornos de alimentación tiene que ver con la
necesidad de la adolescente de verse bonita para ser reconocida en su entorno social.
Eso explica el incremento de la incidencia del trastorno, conjuntamente al alcance
popular de la televisión. Sin embargo, no es suficiente el modelo televisivo, sino que se
necesita una estructura familiar que posibilite la aparición del trastorno, como refugio
de la persona ante la invasión de la cual es víctima. A esos dos aspectos, se debe agregar
la predisposición biológica, sin la cual no se podría dar la enfermedad. Recuerdo a unas
pacientes mellizas, una de ellas con bulimia y la otra con anorexia, la melliza con
bulimia en una sesión familiar dijo que envidiaba a su hermana, porque ella no podía
convertirse en anoréxica por más intentos que hizo.

b) Lograr independencia emocional de los padres y de otros adultos.

Cuando se fue de su casa, niño aún, su madre lo acompañó a la


estación y, cuando se subió al tren, le dijo: este es el segundo y último regalo
que puedo hacerte, el primero fue darte la vida, el segundo libertad para vivirla.
Facundo Cabral

Entendemos por emancipación al proceso de independencia económica y


por desvinculación al proceso de desligamiento afectivo. En el primer caso el joven deja
de depender del dinero y la infraestructura de sus padres, en el segundo el amor hacia
los padres se hace secundario al amor a la pareja. (Cancrini & La Rosa, 1996).
Los jóvenes europeos dejan su casa familiar entre los 25 y 29 años (Becker
et al., 2005). En el Japón se encuentran jóvenes entre 24 y 34 años viviendo con sus
padres (Sakata & Mc Kenzie, 2011). Los argentinos se emancipan de sus casas
alrededor de los 24 años, aunque no es raro encontrar personas de más de 30 que siguen
en casa de sus padres (Corsaro & Corsaro, 2005). No conozco datos sobre la edad en
que los jóvenes bolivianos dejan el hogar. Sin embargo, es probable que difiera la
emancipación de una región a otra. En mi experiencia clínica observo que las familias
del occidente contienen a sus hijos más tiempo que en las familias del oriente, sin
embargo esta apreciación debería confirmarse con datos estadísticos.
Los procesos de emancipación se están atrasando debido a la crisis

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económica que deriva en las dificultades de inserción en el sistema laboral (Gentile,


2013). Los investigadores han denominado a la generación de jóvenes dependientes
económicamente de sus padres como la “generación canguro”.
La construcción de la identidad obliga a desligarse del afán de satisfacer las
expectativas de los otros. Es indefectible la lucha contra las imposiciones míticas de la
familia. Los mitos familiares establecen las guías para la existencia, como por ejemplo
el mito de la profesión o el mito del matrimonio. El primero aduce la imperiosa
necesidad de obtener un título universitario para cumplir un mandato familiar
imprescindible para abandonar el nido, lo propio ocurre con el segundo, el joven o la
joven no dejará la casa antes de casarse.
La desvinculación entraña pues la enérgica defensa del self (ser) ante los
embistes despiadados de los mitos familiares: ¡Defender a toda costa el alma!
Si el joven lucha contra los mitos, los padres deben hacerlo contra sus
expectativas irracionales. Reconocer que un profesional no necesariamente tiene
resueltos todos los problemas de su vida o que el matrimonio es apenas una condición
social para la convivencia. Todos los padres deseamos lo mejor para nuestros hijos, pero
a lo mejor lo mejor no sea lo mejor para ellos.
Inquietos ante la incertidumbre del futuro de nuestros hijos, tememos por su
derrota, por la incapacidad de supervivencia en un mundo deplorable, es cierto, pero que
no podemos cambiar. Fundamentados en nuestra experiencia, pensamos que tenemos el
conocimiento del camino que ellos deben recorrer, sin embargo, ese saber pertenece a
otra época, en un momento histórico distinto al que ellos enfrentan. La Bolivia de hoy
no es la Bolivia de hace veinte años atrás. Han sucedido cambios notables y rápidos, la
generación actual enfrenta problemas distintos, contiene valores diferentes a la par de
sus metas. Es muy difícil comprender que padres e hijos están en caminos diferentes.
Inundados por la angustia que nos produce amar a nuestros hijos, buscamos
la certidumbre de la felicidad en sus vidas. Nada de lo que hacen parece tener el sentido
que debería tener, caminan hacia el abismo. Nos invade un miedo tremendo ante la
posibilidad del embarrancamiento, recurrimos a nuestro poder para detenerlos y
ayudarles a cambiar de rumbo. Pero, ¡alto!, ese derrotero es nuestro, quizás el que
hubiéramos querido seguir, no lo hicimos, nos arrepentimos y creemos que ellos deben
reparar el error.
Es muy difícil aceptar la angustia y la imposibilidad de caminar por ellos o
de cargarlos en nuestras espaldas. Es más fácil obligar, asumir la rabia y el desprecio
que nos tendrán a cambio de la paz que nos producirá el saber por dónde van y a dónde
pensamos que llegarán.
Lo que nos cuesta es dejarlos caminar por el camino que sus pasos
construyen, aprender a mirar la meta que ellos quieren alcanzar, despojarnos de nuestras
expectativas sin abandonarlos, al contrario, tomar de su mano para que nos muestren su
camino, protegerlos, cuidarlos, sin forzar a que cambien el rumbo.
El dejarlos marchar es amarlos, acompañarlos con los ojos abiertos, mirando
lo que no conocemos y ellos sí, escuchar sus penas y alegrías para consolarlos, dotarles
de nuestra experiencia para facilitar sus logros. Amarlos duele, es despojarnos
despiadadamente de nuestras expectativas, renunciar a ellas para recibir las de ellos.
Tarea compleja es amar lo que ellos aman.
Otra crisis que los padres enfrentamos está en relación al amor de pareja de
nuestros hijos. Queremos que sean felices, queremos que sean amados con un amor más

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grande que el que les tuvimos. Eso desemboca en esperar que su pareja sea más
extraordinaria que lo extraordinario. No es raro que se enamoren de lo peor que
podemos imaginar, de alguien que contradice nuestras expectativas. Mi hija, la princesa
con un monstruo, mi hijo con una loca. Se estruja nuestro corazón y desesperamos.
Estarán las madres que prohíban tácitamente la relación o los padres que enfrentan al
pretendiente. Nada más equivocado, lo peor es oponerse al amor, pues el amor se
encapricha.
Puede ser que la relación amorosa esté asociada a la etapa de
desvinculación, nuestra hija o hijo a escogido un consorte para hacer la revolución en
casa. Pone en entredicho nuestras creencias, valores y principios o nos confronta
ferozmente con nuestros mitos. Si a eso se suma una relación disfuncional entre sus
padres: ¡el postre está servido!
Muchachitas que se embarazan a los 16, parejas que huyen hacia lugares
desconocidos, y cosas peores como el suicidio. Es un momento crítico para los padres,
peor para aquellos que no conocen la experiencia de desvinculación, no aprendieron a
que llega el momento en que la pareja es más importante que los padres.
¿Qué nos queda? Una vez más, aprender a amar aquello que nuestros hijos
aman. Aceptar que están enamorados y están aprendiendo a amar. Ellos elijen
independientemente a lo que nosotros quisiéramos. Están sembrando las semillas que
recibieron de nosotros, entonces confía, confía y confía. Si todo sale bien acompáñalos
en su alegría, si algo sale mal, en su desconsuelo. Sin juzgar, sin creer que sabemos lo
que viven dentro de su relación, no lo sabemos, jamás tendremos la mínima idea de lo
que sienten. Estamos desde la ventana mirando su partida, testigos silenciosos de la vida
que empieza a pertenecerles, dejar volar, dejar ser, dejar amar.
Para los hijos el proceso tampoco es sencillo, no entienden lo que pasa. ¡No
estuvieron presentes cuando nosotros nos desvinculamos! Puede que estén atónitos ante
nuestras reacciones, nos necesitan pero al mismo tiempo nos temen. ¡Ay los papás que
lo saben todo! Por eso les cuesta escucharnos, quieren tomar sus decisiones
independientes de nuestro parecer, porque parece que no los comprendemos.
La exuberancia de las emociones nuevas, la vorágine de la novedad, la
ansiedad ante las consecuencias de las decisiones, todo ello es una aventura, no hay
tiempo para mirar atrás, el ahora es intenso y demanda pasión. Los hijos se entregan
ilusionados a la vida, la mayoría sin tomar precauciones. Sobrevienen las primeras
decepciones, las primeras pérdidas y la confrontación con sus potencialidades. Nada
fácil. Los padres lo hacen más complicado aún con sus sermones, con sus relatos
históricos, con sus juicios y reglas. Lo hacen por tu bien. A ellos les pasó algo parecido.
Si lo único que quieren es que no repitas la historia. ¡Socorro, ya estoy desorientado
para que me desorientes más!
Solución: evitar a mi familia. Luego el grupo de amigos y la pareja son los
referentes para mis decisiones. ¿Perdón? Ellos están en las mismas, solos, solísimos en
sus caminos, sin más herramientas que sus pasiones. Necesitan apoyo, comprensión,
confianza en sus menesteres.
Tanto padres como hijos debemos parar de caminar. Sentarnos juntos a la
vera del camino para dialogar: ¿a dónde vas? ¿Cómo te puedo ayudar? El fin es que
nuestro hijo sepa que lo apoyaremos, seremos capaces de apostar por él, confiaremos en
que podrá alcanzar su meta, si cae lo ayudaremos a levantarse, si retorna lo esperaremos
sin reproches y si finalmente se marcha le diremos adiós.

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Psicología del amor: El amor en la Familia 42

Algunos trastornos psicológicos se relacionan con la incapacidad familiar de


fomentar la emancipación y la desvinculación. Siguiendo la clasificación de Cancrini &
La Rosa (1996) es posible identificar cuatro formas para evitarlas:

a) Desvinculación imposible. Se trata de familias que desarrollan una visión


frágil de sí mismas. Los padres se presentan como indefensos sin los hijos, dependen de
ellos para sobrevivir por lo que expresan la necesidad de ser cuidados. Es imposible la
idea de que los padres se vean sin los hijos, construyen la casa pensando en tenerlos al
lado por la eternidad. Plantean el destino de los hijos asociado a la actividad laboral de
la familia, heredarán el negocio de los padres sin tener otra opción. La pareja del hijo o
de la hija será “adoptada” por la familia, obligado a decir madre y padre a los padres de
su cónyuge. Así los hijos están incapacitados para su autonomía psicológica e
independencia, toda su vida serán hijos. En estas familias no existe el concepto de
emancipación ni el de nido vacío. Señalan a las familias funcionales como desapegadas,
promueven el mito de la “familia unida” y consideran una traición al hijo que se va o
que se casa con alguien que no se incorpora al núcleo familiar.

b) Desvinculación inaceptable. La familia explicita que dejar a la familia es


una traición. A diferencia de la anterior, existe la imagen de la emancipación, sin
embargo se prohíbe la salida del nido. La percepción de los hijos es la de personas
indefensas, incapaces de valerse sin la ayuda de los padres. No existen recursos para
reconocer el crecimiento de los hijos, son eternos niños o niñas que deben obedecer. Se
considera que la emancipación es una forma de ofensa a la familia, además se envía el
mensaje de la indefensión hacia los hijos que pretenden salir de casa.

c) Desvinculación aparente. Se trata de familias desligadas, los hijos e hijas


suelen salir temprano del hogar, sin embargo, tanto los padres como ellos se sienten
culpables por el proceso, curiosamente, mientras más kilómetros se alejan de la familia,
más dependencia se crea. Las consecuencias se identifican en la inseguridad afectiva,
dificultades en las relaciones sociales y amorosas, tendencia a las adicciones,
sentimientos de añoranza contradictorios con el odio hacia los padres.

d) Desvinculación condicionada. La familia establece condiciones para la


desvinculación relacionadas con los mitos familiares, por ejemplo: salir profesional,
casarse, irse o quedarse en el país, etcétera. Lo patético se presenta cuando el hijo
cumple la condición, entonces los padres anuncian la insuficiencia del logro. De esta
manera la desvinculación se posterga porque es imposible cumplir el mandato. En otros
casos, los hijos prefieren prolongar el alcance de la meta exigida, de esa manera evitan
el dilema paradójico que se plantea en el mandato familiar: “Puedes irte si cumples la
condición que jamás serás capaz de cumplir”.

Las diversas formas de impedir la emancipación estancan a los hijos en la


configuración disfuncional de la familia, pueden triangularse en los juegos patológicos
de la pareja, definiendo así la posibilidad de desarrollar síntomas psicológicos. Mientras
más perturbada es la relación de pareja, más graves serán los síntomas en los hijos. Los
juegos de la pareja involucran despiadadamente a la existencia de los hijos, quitándoles
la posibilidad de apropiarse de sus vidas al insertarlos en complejos sistemas de

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Psicología del amor: El amor en la Familia 43

dependencia afectiva, promoviendo de esa manera lealtades divididas hacia sus padres,
incapacitándolos para romper los vínculos afectivos.

c) El desarrollo de la identidad sexual.

Quiero que me ames


a pesar de ti mismo.
Renata Durán

La definición de la identidad sexual hace referencia a la conciencia de


pertenencia a uno de los dos sexos socialmente definidos: mujer o varón. La orientación
sexual define la dirección del interés sexual y amoroso de las personas, así los
heterosexuales se sienten atraídos por personas del otro sexo, mientras que los
homosexuales lo hacen hacia personas de su propio sexo (Pinto, 2014).
En un estudio referido a la estabilidad de la identidad sexual durante la
juventud en los Estados Unidos, en una muestra de 12.287, se pudo verificar que tanto
las personas de orientación homosexual (100 % de heterosexuales) y las homosexuales
(100% de homosexuales) se consideran estables en cuanto a su definición sexual,
mientras que aquellas que se definen como bisexuales no poseen una adecuada
estabilidad (Savin, Joyner & Rieger, 2012). Esta investigación contempla los notables
cambios sociales que se han registrado en los últimos tiempos, la homosexualidad ha
dejado de ser censurada por la sociedad, de tal manera que en varios países la familia y
el entorno apoyan a los jóvenes con dicha orientación (v.g. Baena Calvente, & Díaz,
2013), lo propio se ha observado en la China (Jiang, & Gao, 2013). En la mayoría de los
países latinoamericanos incluyendo al nuestro, aún se tiene resquemor y rechazo hacia
la homosexualidad (Delgado & Castro, 2010; Toro, 2012, Mansilla, 2014).
En un estudio realizado sobre la muestra de 1069 adolescentes en Murcia, se
identificaron dos explicaciones que los jóvenes dan sobre el origen de la
homosexualidad: socialmente aprendida y biológica. Quienes asumen que la causa es
social son más reticentes y prejuiciosos con las personas homosexuales, mientras que
aquellos que asumen que el origen es biológico, tienden a aceptarlas y relacionarse sin
prejuicios (Horn, & Heinze, 2011).
Siguiendo estudios que se relacionan con la actitud hacia la
homosexualidad, Baena Calvente, & Díaz (2013) en Granada vieron en una muestra de
195 personas una mayor tolerancia por parte de las mujeres que de los varones.
Pilkington, &. D'Augelli (2013) hacen referencia a que según reportes estadounidenses
el 80% de los homosexuales enuncian haber sido objeto de rechazo en sus escuelas. Por
su parte Mays, V, & Cochran (2001) indican que en los Estados Unidos los
homosexuales tienden a desarrollar más trastornos de estrés y depresión que la
población heterosexual.
Por su parte Arias, Herazo y Oviedo, (2013) analizaron los sustantivos
utilizados en las revistas médicas para hacer alusión al concepto “homofobia”.
Encontraron dos dominios: la actitud negativa y la incomodidad. En el primero las
palabras asociadas son: odio, rechazo y condena; en el segundo: rabia, temor, ansiedad,
malestar e ira. En ambos se utilizan las palabras “repugnancia” y “aversión”. Estos
investigadores consideran que el término homofobia no incluye la estigmatización, ni
tampoco la consideración de la actitud prejuiciosa. Los científicos sociales eluden el

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Psicología del amor: El amor en la Familia 44

prejuicio hacia la sexualidad al enmarcar el problema como trastorno de ansiedad.


Ardila (1998; 2009) plantea que existe un ciclo vital en la homosexualidad,
durante la niñez la persona presume ser heterosexual. Sin embargo percibe diferencias
de sus intereses lúdicos y en la medida que crece siente atracción hacia personas de su
propio sexo. Usualmente será en la adolescencia donde se vivencie una confusión con
sus intereses sexuales. Es probable que se incuben sentimientos de desazón y tristeza,
más aún si pone a prueba su inclinación homosexual ante familiares o conocidos,
obtendrá repudio hacia gente con su orientación por lo que preferirá mantener en secreto
su conflicto. Con el paso del tiempo es posible que algunos jovencitos y jovencitas
decidan “salir del armario”, expresión que hace alusión a manifestar socialmente su
homosexualidad. Este es un momento crucial en la vida de los y las homosexuales,
puesto que dependerá de la respuesta que reciban en su familia y entorno social para
considerarse protegidos, protegidas, o no (Herdt, 2013).
La Iglesia Católica plantea lo siguiente en relación a las personas
homosexuales:
“El gran desafío será desarrollar una pastoral que logre mantener el justo
equilibrio entre acogida misericordiosa de las personas y acompañamiento gradual hacia
una auténtica madurez humana y cristiana” (Punto 118, Sínodo de Obispos, 2014).
Desde el surgimiento del concepto “género” asociado a la diferencia entre el
enfoque masculino y femenino de la realidad se ha producido un cambio en el abordaje
de los estudios psicosociales (Lamas, 1996). Ha dejado de verse la asignación sexual
como un fenómeno enteramente biológico, para comprenderse la influencia del contexto
social. Por lo tanto la identidad sexual se configura en un entorno cultural que orienta la
condición biológica. Los casos de intersexuales (personas cuyos genitales externos son
discrepantes con los internos, v.g. hiperplasia suprarrenal congénita), han generado
profundas reflexiones acerca de la asignación sexual (Diamond, & Sigmundson, 2014).
La idea de ser mujer o ser varón se forja en la cultura a partir de la definición de roles y
funciones sexuales. Ha dejado de considerarse femenino o masculino al
comportamiento tradicionalmente designado como tales. Emergen categorías como la
metrosexualidad, entendida como el varón que se interesa superlativamente de su
imagen, por la que invierte en cosméticos y en cuidados de su belleza (Fannon, 2014).
Al metrosexual se opone el retrosexual, un varón que mantiene tozudamente su aspecto
masculino, rudo y agresivo (Scott & Gilbert, 2014).
La evolución de las modas y el impacto de la tecnología han producido una
juventud con muchas alternativas para la construcción de su identidad sexual. Por
ejemplo se prevé el surgimiento del tecnosexual (Segales, 2008), adolescentes que
definen su atractivo por el porte de tecnología de punta. Si en los sesenta era apreciado
un joven con el último modelo de automóvil, lo será aquel que posea lo más novedoso
en recursos electrónicos de comunicación.
Mientras en Bolivia continuamos con las formas conservadoras de belleza,
los modelos de masculinidad y feminidad hacen referencia a los moldes sociales de los
roles y funciones establecidos para cada sexo. En otros países cercanos, como el
Ecuador, aún se mantiene la idea de la feminidad asociada a las categorías de delicadeza
y protección (De Casanova, 2014). En contrapartida, en el Brasil se sugiere que las
mujeres rechazan con firmeza la idea de que ser hermosa está asociada a la condición de
sumisión al varón (Da Silva, & Andrade, 2014).
Legarde (1993) ha planteado que la madre-esposa es un rol de la mujer

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Psicología del amor: El amor en la Familia 45

impuesto por los varones en el afán de mantenerla al cuidado del hogar y de los hijos,
promoviendo de esa manera un estatus de poder masculino que le permitió doblegar a
su pareja y poseerla como si se tratara de un objeto. Las mujeres fueron cautivas por su
rol.
El machismo es una ideología según la cual el varón es superior a la mujer.
Latinoamérica es uno de sus últimos reductos (Viveros, 2006). Esta forma de ver el
mundo está directamente relacionada con la violencia hacia las mujeres, determina un
modelo de identidad masculina dominante y agresiva, en contra del femenino, sumiso
(Anderson, 2000). Es el mito predominante en las familias conservadoras, lo sustentan a
través de creencias religiosas caducas y postulados políticos absurdos.
Felizmente la emancipación femenina está destruyendo los mitos machistas,
las mujeres del siglo XXI se han propuesto configurar su identidad sin recurrir a la
dependencia del varón, ser mujer sobre todas las cosas es ser persona y como tal
demandan el derecho a la libertad y al respeto (Pinto, 2014).
Los varones estamos en crisis. Las mujeres han cambiado y con ello sus
exigencias hacia nosotros. Desean libertad sobre todas las cosas. Nosotros seguimos
buscando dependencia y no sabemos forjar ternura y protección (Clare, 2001). Se está
produciendo una lucha por el dejar ser que influye notablemente en los roles laborales
de mujeres y varones, además de producir cambios difíciles de alcanzar en el hogar
(Deere, Alvarado, & Twyman (2012).
Las madres no desean que sus hijas sean madres-esposas, alientan su
emancipación de los roles maternos y de amas de casa (Dwyer, & Bruce, 1998). Los
padres prefieren estar lejos del hogar, separándose tempranamente de sus esposas o
fanatizándose con el trabajo y los estudios. La crianza de los hijos se ha dejado en
manos de educadoras en los parvularios y guarderías. El modelo femenino es el de una
madre luchadora y el de padre un ente ausente.
El impacto en la familias se hace sentir tanto en el subsistema conyugal
como en el parental. En el primero el concepto de amor se ve influenciado por los
cambios emergentes de la liberación femenina (Ojeda,& Díaz-Loving, 2010), también
lo está el matrimonio. A mayor autonomía laboral y económica es más probable el
divorcio (Montilva, 2006).
Las mujeres pueden ser madres sin necesidad de contraer matrimonio
(Castro, Cortina, García, & Pardo, 2011), de ahí que se ha relativizado la función
materna del contrato matrimonial. Las uniones libres son alternativa al matrimonio
(Esteve, Lesthaeghe, & López-Gay, 2012). Las mujeres promueven la búsqueda de la
realización personal y el trabajo para evitar el sometimiento hacia los varones, prefieren
el sacrificio de la doble jornada a la renuncia de su independencia (Fuwam, 2013).
En tres estudios realizados en jóvenes de clase media entre 18 a 24 años en
la ciudad de La Paz se ha identificado la prioridad de la intimidad y la pasión sobre el
compromiso (Pinto, 2006; Pinto, & Barios,2008; Pinto, & Cooper, 2008). Vale la pena
resaltar la diferencia encontrada en mujeres del mismo nivel socioeconómico y del
mismo rango de edad en la ciudad de Santa Cruz, en ellas predomina el compromiso
sobre la intimidad y la pasión ( (Pinto, & Saucedo,2014).
En otra investigación llevada a cabo en mujeres indígenas mojeñas,
predomina la pasión sobre los otros dos factores (Pinto, & Ribera, 2007). Finalmente en
una muestra de universitarias aymaras la predominancia fue la intimidad y el
compromiso, anulando prácticamente la pasión (Pinto, 2011).

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Psicología del amor: El amor en la Familia 46

El concepto del amor es relativo a la evolución de la cultura y señal de que


los vínculos de la pareja se modificaron. Ello conlleva a modificaciones en los roles
maternos y paternos, las mujeres evitan encasillarse en el rol de madres y los varones
están obligados a asumir funciones que les eran desconocidas (Molienux, 2011).
Circunstancias de la dinámica familiar contemporánea que deriva en la diversidad de
modelos masculinos y femeninos en las distintas organizaciones familiares.
El modelo familiar monoparental ha dejado de ser una excepción para
convertirse en un tipo de familia frecuente, por ejemplo en Estados Unidos dos de cada
cinco jóvenes han crecido sin su padre (Chouhy, 2013).
Chouhy (ob.cit.) llevó a cabo un seguimiento de setenta mil adolescentes
durante veinte años, evaluando tres factores de riesgo: riesgo de interrumpir estudios
secundarios, riesgo de permanecer sin estudiar ni trabajar por períodos prolongados y
riesgo de embarazo en la adolescencia, comparando a jóvenes que crecieron con un
padre, con aquellos que crecieron sin un padre. Los resultados demostraron que el
riesgo de quedarse sin estudiar ni trabajar por períodos prolongados es un 50% más alto
para jóvenes que crecieron sin su padre; el riesgo de interrumpir estudios secundarios es
un 100% más alto, y el riesgo de embarazo en la adolescencia es también un 100% más
alto. Es destacable que el aumento de riesgo para estas tres condiciones no aparece en el
caso de muerte del padre.
Los diversos estudios sobre familias monoparentales definen la posibilidad
de que los hijos criados únicamente con la madre tengan más riesgo de sufrir
alteraciones mentales (Angel & Angel, 1993).
En ese sentido, ¿se puede relacionar el afecto del padre con el desarrollo de
la identidad en los hijos e hijas? En postulados del siglo XX era frecuente encontrar
afirmaciones tácitas (Hendry, 1968), en este siglo se hace factible el riesgo de
comportamientos desadaptativos ante la ausencia del padre (v.g.:Tripp. 2001; Kim,
2011). Sin embargo, estas conclusiones pueden ser apresuradas, puesto que es muy
difícil definir lo que significa “ausencia del padre” (Mott, 1990). En hogares
biparentales, puede presentarse la ausencia del padre a pesar de su presencia física,
cuando éste permanece más en el trabajo que en la casa (Kravina, Falco, De Carlo,
Andreassen, & Pallesen,2013) o cuando es alcohólico (Saitoh, Steinglass, & Schuckit,
2013), inclusive en la presencia de un padre depresivo la sensación es de no tenerlo
(Wilson, & Durbin, 2010). Al contrario, en familias monoparentales, el padre puede
interactuar de mejor manera con los hijos estando fuera de la familia (Cummings,
Merrilees, & George, 2010; Frisby, B. N., Booth-Butterfield, Dillow,Martin, & Weber,
2012).
La identidad sexual no es un esquema estático, se forja a través del
aprendizaje vicario ante las relaciones amorosas de los padres y de las parejas
significativas para el niño y el adolescente. Aprender a amar no es producto solamente
de la interacción con uno de los progenitores, es contemplar la forma de vinculación que
tienen ellos. Las alteraciones en el desarrollo de la sexualidad se conjugan con la falta
de afecto y la carencia de referentes amorosos en la familia (Simons, Burt, & Tambling,
2013; Simons, & Richardson, 2014).
En resumen, la mayoría de las madres tienen claro lo que esperan de sus
hijas: mujeres emancipadas. Esto determina que las jóvenes vivan la construcción de su
identidad despojada del estereotipo maternal pero a su vez la forjarán desde la negación
del modelo femenino, puesto que la madre les comanda a no ser como ella y menos

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Psicología del amor: El amor en la Familia 47

como fue la abuela. Por su parte, el varón tiene a un padre ausente aunque esté presente,
atestigua los recursos manipuladores que utiliza para mantener a la esposa a su lado,
restringiéndole la posibilidad de emancipación, el sentido de la vinculación amorosa se
reduce a la pregunta: ¿qué hacer para que ella se quede a tu lado? Mamá por su parte
está afanada en su autorrealización, de ahí que emerja un mensaje ambivalente hacia la
construcción de la imagen femenina en el varón: una mujer libre que debe ser retenida.
Lo lamentable del proceso de construcción de la identidad se cierne
alrededor del concepto de pareja. No es posible formular una concepción de la relación
conyugal si no se posee un modelo que lo sustente, de ahí el despojamiento del ideal
matrimonial, consecuentemente los jóvenes no saben qué hacer con el amor. Antes la
consecuencia natural era casarse, hoy, no se sabe cuál el camino a seguir.

d) Desarrollo de la vocación

En nuestros locos intentos, renunciamos a lo que somos por lo que


esperamos ser.
Shakespeare

El concepto de vocación hace referencia a la predisposición de los talentos


dirigidos hacia un oficio o profesión. Se relaciona con el llamado de Dios hacia el
cumplimiento de una misión terrenal (Pantoja, 1992). El término es inconveniente
porque no ofrece la posibilidad de modificar el destino y por otra promueve el
desarrollo de sistemas de “orientación vocacional”, en el sentido de que es posible
encaminar esas potencialidades hacia actividades que ofrezcan satisfacción (Borges,
2014). Es aquel factor humano que trae satisfacción porque da lugar a la realización de
las potencialidades, afirmar los intereses y no contradice la estructura de la personalidad
vocacional (Kohan, 1977).
Por lo tanto se concibe a la vocación como una tendencia natural, no es una
condición aprendida, está en directa relación con la genética o con los designios divinos.
Llama la atención que se plantee que la vocación es una decisión, si es innata no lo es,
sería más sensato hacer referencia a la búsqueda para descubrirla (Borges, 1996).
La “decisión vocacional” no es racional, se trata de un proceso irracional e
inconsciente, tal como ocurre con el enamoramiento: la persona se topa con sus
inclinaciones vocacionales. Sin embargo, es un planteamiento utópico, porque la
mayoría de los jóvenes elige su futuro a partir de la influencia familiar, la presión social
y la necesidad económica (Breusse, 1988).
Las investigaciones al respecto, han encontrado dos niveles psicológicos en
la vocación: la vocación expresada y la vocación subjetiva (Spokane, & Decker, 1999;
Silvia, 2001). La primera hace referencia a lo que miden las pruebas psicológicas
vocacionales y la segunda a lo que la persona realmente desearía hacer. La vocación
expresada se relaciona con la expectativa social. Esta distinción es importante a la hora
de validar las pruebas de orientación vocacional. Surge de la pregunta realizada a los
estudiantes de último año escolar: ¿a qué actividad te piensas dedicar una vez que dejes
la escuela? (Crites ,1999).
Es interesante observar que en Bolivia, la pregunta no se refiere a la
“actividad” que la persona piensa realizar, sino que se la plantea de la siguiente manera:
¿a qué profesión te piensas dedicar una vez que salgas bachiller? (Aráoz, 2014). Sucede

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Psicología del amor: El amor en la Familia 48

que en nuestro país la vocación está íntimamente ligada a la profesión. Confundiendo


las potencialidades y la realización personal con las competencias idóneas para el
trabajo y los estudios universitarios (Aráoz, ob.cit.).
En Bolivia se ha instaurado un mito familiar influyente en las decisiones
juveniles: el mito de la profesión. Al hacer referencia al concepto “mito”, me remito a
la definición de Rivera y Meschi (1995), entendido como una historia que pretende
explicar el origen de una situación que determina el presente y el futuro. Es una
narración de un momento fundamental donde se identifican dos fuerzas indispensables
para explicar un fenómeno de que otra manera carecería de sentido. En el caso de la
profesión esas fuerzas son: éxito y fracaso.
Por su parte Bagarozzi y Anderson (1996) enfatizan que los mitos familiares
otorgan identidad a las familias y al mismo tiempo determinan el sentido de existencia
de sus miembros. Los mitos se identifican a través de la manifestación de los ritos,
comportamientos asociados con la simbología del mito (Imber-Black, Roberts, Whiting,
& Mizraji,1991). En el caso del mito de la profesión, los rituales se ciernen en el acto de
graduación que deriva en ritos familiares donde se celebra con alcohol y comida el logro
del graduado o graduada.
Los mitos familiares se establecen generacionalmente, es decir, provienen
de narraciones inculcadas por los abuelos perpetuándose de generación en generación
Wamboldt, & Wolin, 1989; Anderson & Bagarozzi, 1989). El mito de la profesión se
remonta a la colonia alto peruana, cuando los criollos recurrieron al título universitario
para emularlo con el nobiliario.
Resulta un mito con maldición porque enuncia que la persona solo existirá
si posee un grado universitario, está asociado a la legitimidad del ser. Se hace evidente
lo dicho cuando los padres plantean que los hijos: “son nadie”, “deben superarse”, “lo
único que les dejamos es la profesión”. El mito explica toda suerte de acontecimientos
vividos en la familia, los padres explicitan su frustración al hacer referencia al fracaso
ante la inexistencia de una educación superior, todos los sufrimientos se hubieran
evitado. En otras palabras, todo se explica ante la ausencia del título profesional.
El mito familiar equilibra al sistema familiar, otorgándole un sentido de
permanencia. La persona es reconocida siempre y cuando su vida se ajuste al
cumplimiento del mito, ir en contra del mito es una traición a la familia, por eso su
cuestionamiento está prohibido, como lo está la desobediencia al mandato (Andolfi &
Angelo, 1989).
Siguiendo ese razonamiento, el mito familiar puede entorpecer la elección
de la forma de vida de los hijos. En el caso del mito profesional, el mandato puede ser
devastador para las aspiraciones personales (Krom, 2000). Cuando el sentido de la vida
de los vástagos se relaciona con la desobediencia a los mandatos gestados por el mito, la
desolación puede derivar en el suicidio (Curran, 1987). Si bien las posibilidades de
suicidio se incrementan ante la presencia de ciertas estructuras de personalidad
(Crumley, 1979; Runeson, & Beskow, 1991), la presencia de depresión, adicción a
drogas y conductas antisociales (Larraguibel, González Martínez, & Valenzuela (2000).
Roselló y Berrios Hernández (2004) encontraron en una muestra de
adolescentes mexicanos que los intentos suicidas se relacionan con la incapacidad de
enfrentar conflictos tales como cambios en los estilos de vida y problemas familiares. A
ellos se suman los problemas interpersonales y el rendimiento escolar. Resultados
similares fueron encontrados por Toro, Paniagua, González y Montoya (2009) en una

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Psicología del amor: El amor en la Familia 49

muestra de 179 jóvenes colombianos con indicadores de riesgo suicida, manifestaron


estados depresivos, consumo de drogas o relaciones familiares perturbadas.
Shoffner, & Klemer (1973) Osipow (1983) y López y Andrews (1989)
coinciden en plantear que es inevitable que los padres influyan en la decisión vocacional
de los hijos a través de los roles manifiestos, la construcción del autoconcepto en los
niños, las motivaciones laborales, información sobre los trabajos, además de la
información permanente que reciben durante su desarrollo.
Por otra parte, los padres pueden constituirse en las personas con mayor
posibilidad de orientar a sus hijos en la elección de sus carreras (Otto, 2000; Mortimer,
JZimmer-Gembeck, Holmes, & Shanahan, 2002; Dietrich, & Kracker, 2009). La
diferencia entre los primeros y los segundos radica en la rigidez del mito. En el caso de
los arraigados al mito, el fin en sí mismo es la obediencia al mandato familiar; mientras
que en los segundos, lo importante radica en la felicidad de los hijos, aunque se tenga
que ir en contra del mito.
La escuela tiende a fortificar ciertos valores para influir en las decisiones
hacia el futuro de sus estudiantes, construye una ideología que se plasma en las
actitudes asumidas por la comunidad educativa (Fine, & Rosenberg, 1983; Bunker, J., &
Shadbolt, 2009; Greeley, & Rossi, 2013). La formación escolar pretende orientar las
decisiones vocacionales desde la ideología que la sustenta, así las escuelas católicas
promueven el espíritu de su fundador o fundadora (San Ignacio, La Salle, Santa Ana,
Don Bosco, etc.) (Graham, & Cahoy, 2013), lo mismo que acontece desde otros
sistemas de creencias (Wallace & cols. 2013; Adlbi Sibai, 2010).
A pesar de los grandes esfuerzos pedagógicos la escuela incide en poca
medida en comparación a la influencia familiar (Hargrove, Creagh, & Burgess, 2002;
Chope, 2010; Skorikov, & Vondracek, 2011). La actitud hacia el trabajo y la realización
profesional de los padres son determinantes para la configuración de los intereses
profesionales en los hijos (Garcia, Milkovits, & Bordia, 2013).
La concepción sistémica, concluye que la decisión por una carrera es
producto de varios factores que interactúan entre ellos: familia, escuela, amigos, medios
masivos de comunicación, a los que se suman las experiencias personales y las
casualidades (Bratcher , 1982; Phillips, Christopher-Sisk, & Gravino, 2013).
Es muy importante el apoyo de los padres a la decisión tomada por los hijos,
tarea que se hace ardua cuando se desconoce el campo de estudios y acción de la
actividad elegida. Considerando además la inserción cruenta del mito familiar en los
esquemas de creencias de los padres. Desprenderse de los prejuicios consecuentes con
el mito no es tarea sencilla. Comprender que el momento histórico de los hijos es
distinto al que fue para los padres, tampoco lo es. Será el amor la única fuente a la cual
se puede recurrir para asomarse a las inquietudes filiales, evitando de esta manera la
influencia infausta que puede derivar con la frustración de por vida de los vástagos.
Lo peor que puede ocurrir es que nuestro hijo descubra que su decisión fue
una equivocación, y que deberá retomar la carrera en un nuevo camino. Los padres
deberán apoyarlo a pesar del error, sabiendo que la única manera de comprobar si uno
es o no eficaz en un área es insertándose en ella, y claro, no siempre es posible la
coincidencia entre lo que se esperaba y lo que se logra.

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Psicología del amor: El amor en la Familia 50

CAPÍTULO 6

ENFERMEDAD Y DUELO EN LA FAMILIA

6.1. LAS ENFERMEDADES EN LA FAMILIA

¡Por piedad!..¡Tengo miedo de quedarme


con mi dolor a solas!
Gustavo Adolfo Becquer

Cuando uno de los miembros de la familia enferma, todos se angustian y


detienen sus quehaceres cotidianos para centrarse en el cuidado del enfermo. La manera
cómo nos trataron cuando de niños enfermamos, es una pauta que indica cuánto se
preocuparon por nosotros, cuánto amor y cuidado nos prodigaron (Pietromonaco,
Uchino, & Dunkel, 2013). Si recibimos la atención y el cariño indispensables, redujeron
nuestra incertidumbre y mostraron empatía por nuestro dolor, por lo tanto es más
probable el desarrollo de la confianza y la búsqueda de compasión en el curso de
nuestra vida. Mientras que la soledad y el descuido serán la base para la desconfianza y
el miedo a la intimidad (Hunter, & Maunder, 2001).

6.1.1. LA FAMILIA EN LAS ENFERMEDADES CRÓNICAS


Dolor no es amargura.
Adélia Prado.

Cuando uno de los miembros de la familia enferma por una dolencia


crónica, la estructura familiar se modifica para mantener la homeostasis del sistema
(Chen, & Cobb, 1960; Patterson, & Garwick , 1994, Gonzales, 2000; Sanz, Gómez,
Almendro, Rodríguez, Izquierdo, & Sánchez del Hoyo, 2009; Cole, & Reiss, 2013).
Se ha encontrado una importante relación entre la relación del médico con la
familia y la actitud de ésta frente a la enfermedad y al enfermo (Pantell, & cols., 1982;
Levinson, Lesser, & Epstein,2010; Fumis, De Camargo, & Del Giglio, 2013). El
médico debe informar con precisión y en el lenguaje de la familia acerca del
diagnóstico, curso de la enfermedad y su tratamiento, al mismo tiempo debe crear un
entorno empático con los miembros de la familia, principalmente con el cuidador
principal (Pollack, & cols., 2011).
Se reconoce que para los pacientes epilépticos y diabéticos la adhesión al
tratamiento es difícil, debido a los cambios drásticos en los hábitos y a la exigente
regularidad del tratamiento (Serrano, Pozo, Alonso, Martos, & Bretones, 2011; Durán,
B., Rivera, B., & Franco, 2001) Cuando la familia es funcional, existen más

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Psicología del amor: El amor en la Familia 51

probabilidades que el paciente epiléptico se adhiera al tratamiento (Pinto, & Claros,


2010). Lo mismo se ha observado en pacientes diabéticos (Pinto, & Mendizábal, 2006).
En una primera etapa, la familia entra en crisis, desorganizándose ante el
impacto de los cambios a los que debe ajustarse debido a la enfermedad. En una
segunda etapa la organización familiar se centra en el cuidado del enfermo (Woods,
Haberman, & Packard, 1993) Es en esta segunda fase que se designa implícitamente al
cuidador principal, quien será el responsable del cuidado y protección del enfermo
(Walker, Pratt, & Eddy, 1985; Reinhard, Houser, & Choula, 2011).
El cuidador informal, antes denominado primario se dedica al cuidado del
enfermo, atiende sus demandas, lo asea, alimenta y lo acompaña, además se
responsabiliza por la administración de medicamentos y coordinación con los médicos,
es una persona que no recibe remuneración económica, generalmente no posee
formación en ciencias de la salud, suele ser miembro de la familia. El trabajo lo realiza
en el ámbito doméstico y como tal queda oculto a la luz pública (Toronjo, 200; García,
Mateo, & Eguiguren, 2004; Pinquart, & Sörensen, 2011).
El cuidador informal corre muchos riesgos para el desarrollo de
enfermedades físicas y mentales. Es más propenso a las cardiopatías debido a los altos
niveles de estrés que debe soportar (Buyck, & cols. 2013). Tienen menos defensas en su
sistema inmune lo cual los hace propensos al contagio (Bennet, & cols., 2013). Debido
al estrés, a la restricción de sus actividades, al aislamiento con el enfermo y al centrar su
vida en el cuidado, son más propensos al desarrollo del burnouti2 que otras personas
(Lee, & Singh, 2010). A todo ello se suma, que una vez que se produce el deceso del
enfermo, los cuidadores informales son quienes más riesgo corren de procesar un duelo
patológico (Walker, & Pomeroy, 1996; Allen, & cols. 2013).
La familia debe ser capaz de adaptarse a la enfermedad y colocarla en un
lugar que no sea el prioritario. Atender al enfermo sin identificarlo con la enfermedad es
la tarea más importante a realizarse para que sea posible una reorganización del sistema.
(Roder, 1999, Van Andel, & cols., 2011).
Las familias disfuncionales asumen la enfermedad como identidad del
enfermo y de la propia familia. Este fenómeno es corriente en casos de niños con
deficiencias mentales o físicas. Mientras que las familias funcionales promocionan la
autonomía de sus niños con capacidades diferentes, las disfuncionales prefieren la
dependencia (Nunez, & Dupas, 2011).

6.2. LA FAMILIA EN LAS ENFERMEDADES MENTALES


El dolor no resuelve interrogantes
Y se esconde en sus clásicas guaridas
Viene con la misión de los suicidas
Y el embuste de los amantes.
Mario Benedetti

Las enfermedades mentales poseen características propias que conllevan un


sufrimiento silencioso en sus familias (Biegel, Sales, & Schulz, 1991). Tres han sido las

2
Burnout o “síndrome del quemado”, hace alusión a tres características: fatiga emocional,
despersonalización y crisis en la realización personal. (Leiter, Bakker, & Maslach, 2014)

151
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Psicología del amor: El amor en la Familia 52

enfermedades mentales más estudiadas en relación al impacto en la familia: la


depresión, la enfermedad de Alzheimer y la esquizofrenia.
La depresión mayor es un cuadro psicopatológico caracterizado por la
presencia de un estado depresivo continuo y progresivo, disminución del interés en
actividades placenteras, pérdida o aumento de peso, insomnio o hipersomnia la mayor
parte del día, sensación de pérdida de energía, sentimientos de inutilidad o de culpa
exagerados, disminución de la concentración y la toma de decisiones, ideas suicidas
(American Psychiatric Association: DSM-V, 2013).
La Enfermedad de Alzheimer es una demencia senil caracterizada por:
deterioro de la memoria (deterioro de la capacidad para aprender nueva información o
recordar información aprendida previamente), alteraciones cognitivas: afasia
(incapacidad de expresión y comprensión verbal), apraxia (deterioro de la capacidad
para llevar a cabo actividades motoras, a pesar de que la función motora está intacta),
agnosia (fallo en el reconocimiento o identificación de objetos, a pesar de que la función
sensorial está intacta), alteraciones de la ejecución (deterioro de la planificación,
secuenciación y abstracción) (American Psychiatric Association: DSM-V, ob.cit.).
La esquizofrenia es un trastorno mental ocasionado por alteraciones en la
regulación de la dopamina (Perez, Chen, & Lodge, 2014), las consecuencias son la
presencia de síntomas positivos (alucinaciones, generalmente auditivas; delirios y
comportamientos extravagantes), a los que se añaden los síntomas negativos (apatía,
anhedonia, aplanamiento afectivo y abulia). El DSM-V ha considerado que la
esquizofrenia debe entenderse dentro de un espectro que se inicia con el trastorno de
personalidad esquizotípico y termina con los trastornos psicóticos inespecíficos.
En el caso de la depresión, los miembros de la familia generalmente
insistirán con que se trata de un problema de la voluntad del enfermo, por lo que en
lugar de consolar, cuidar y acompañar suelen actuar con agresividad y rechazo (Jacob,
Frank, Kupfer, & Carpenter, 1987; Hinton, & cols. 2014). El trastorno atañe con mayor
frecuencia a las mujeres (Zarragoitia, 2013), por lo que la crisis familiar es más notable
en las familias tradicionales, los roles de la madre deprimida no pueden ser asumidos
por otros componentes, en muchos casos el padre abandona el hogar, algún hijo se
parentaliza para proteger a la madre y a los hermanos (Aneshensel, Frerichs, & Clark,
1981). Otro problema añadido es el de la violencia contra la mujer, el esposo ante la
depresión de la esposa recurre a los golpes y al maltrato psicológico como recursos para
que la mujer retome sus funciones en el hogar (Patterson, 2013).
Cuando la depresión hace presa de un niño, la escuela suele diagnosticar
trastorno de atención con hiperactividad, al desconocer que la sintomatología depresiva
infantil se manifiesta con hiperactividad y con falta de interés (Leon, Kendall, &
Garber, 1980). Sin embargo para complicar el diagnóstico, los niños con déficit
atencional con o sin hiperactividad tienden a la depresión (Chronis, & cols. 2010).
Las conductas violentas en la escuela, tanto en niños como en adolescentes
pueden ser signos de estados depresivos. Los maestros no están preparados para
discriminarlas de actos desafiantes por lo que usualmente estereotipan a estos
estudiantes como antisociales o les achacan trastornos del aprendizaje (Hinshaw, 1987).
Los padres suelen preocuparse más del rendimiento escolar de sus hijos que
de su estado depresivo, lo que conlleva generalmente a incrementar la depresión
(Durlak, & cols. 2011).

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Psicología del amor: El amor en la Familia 53

Lamentablemente la falta de precisión en el diagnóstico de la depresión


infantil y del adolescente tiene una alta relación con el suicidio. El niño y el joven que
experimentan el estado depresivo, no cuentan con los recursos psicológicos para lograr
afrontarlo, si a ello se añade la ausencia de comprensión de la familia y su entorno
social, o los conflictos parentales que les impiden comprender la enfermedad del hijo,
derivan en la desolación y desesperación precipitantes de la autoeliminación (Kazdin,
1983; King, & Vidourek , 2012; Silva, & Villalobos, 2013).
La enfermedad de Alzheimer produce cambios drásticos en el sistema
familiar (Pinto, Exeni, & Peñaloza, 2007). Desde la manifestación de los primeros
síntomas de la enfermedad la familia afronta una pérdida ambiguaiiiii (Boss, Caron, &
Horbal, 1988; y un duelo anticipado (Shuter, & Edwards, 2014). Es imprescindible que
los miembros de la familia tengan información sobre la enfermedad, asuman el
deterioro progresivo del enfermo y puedan acoplarse a los cambios (Li, Cooper, C.,
Bradley, Shulman, & Livingston, 2012).
La esquizofrenia es una enfermedad mental que además de producir los
efectos mencionados en las anteriores dos enfermedades, aún se asocia a prejuicios
sociales que provocan que muchas familias se avergüencen de su enfermo, de tal
manera que lo ocultan del mundo aislándolo (Castelpoggi, & Gajst, 2014). La familia
debe asumir la pérdida ambigua, reconocer las limitaciones del enfermo, protegerlo y
ayudarle en la adhesión a su tratamiento (Valenstein, & cols. 2006). La adhesión al
tratamiento farmacológico es difícil debido a los efectos secundarios de los
antipsicóticos, los pacientes en general se resisten al uso de las pastillas, de ahí la gran
dificultad de los cuidadores informales para cumplir el tratamiento indicado (Jónsdóttir,
2012).
Un fenómeno frecuente en las familias de personas enfermas de
esquizofrenia es la “emoción expresada”. Zubin y Spring (1977) descubrieron que los
esquizofrénicos son vulnerables al estrés, de tal manera que ante experiencias
estresantes tienden a manifestar los síntomas psicóticos. Años después se identificó la
relación entre las falencias de la monoaminoxidasa asociadas a la regulación inadecuada
de la dopamina (Gerbaldo, Rozados, & Filinger, 1985) y con ello a la explicación
neurobiológica de la asociación entre la hormona del estrés (cortisol) que es regulada
por la mencionada enzima y la sobrecarga dopaminérgica en los cerebros
esquizofrénicos (Walder, Walker, & Lewine, 2000).
Esa vulnerabilidad pone en riesgo a los esquizofrénicos cuando deben
adaptarse a una familia que está desconcertada por la enfermedad, por lo que expresan
sus tensiones de manera desmesurada. Se evidenció que los pacientes psicóticos cuando
no están en contacto con sus familiares tienden a manifestar menores desequilibrios
cognitivos y emocionales (Brown, Monck, Carstairs, & Wing, 1972). Surge entonces la
investigación sobre las relaciones interpersonales entre el esquizofrénico y sus
familiares, Lemos y Muñiz (1989) identifican las siguientes características:

 Crítica: comentarios críticos y severidad de éstos utilizando gritos y


vociferaciones.
 Insatisfacción: relacionadas con la vida conyugal y familiar, además
de frustración en cuanto a la vida del hijo (a) esquizofrénico (a)
 Hostilidad: actitud general de rechazo hacia la persona.

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Psicología del amor: El amor en la Familia 54

 Calidez: sentimientos positivos expresados en el tono de voz y la


simpatía mostrada al hablar del enfermo.

Brown, Monck, Carstairs, & Wing (ob.cit.) al referirse a estos fenómenos


comunicacionales utilizaron el término “implicación emocional”, finalmente lo
reemplazaron con “emoción expresada”. Hoy en día se trata de un concepto asimilado
por los investigadores al identificarlo como el más importante precipitante de los
estados psicóticos en la esquizofrenia (Meneghelli, & cols. 2011). Es interesante
observar que el mismo disturbio familiar se presenta en casos de autismo (Bader,
Barry, & Hann, 2014), trastornos de alimentación (Legrange, & cols, 2011; Hoste,
Lebow, & Grange, 2014) y otros trastornos mentales.
Aún se desconoce la cura para la esquizofrenia (). La investigación sobre la
efectividad de los tratamientos se hace compleja debido a dos factores, el primero hace
referencia al hecho de que alrededor del 25% de las personas diagnosticadas como
esquizofrénicos tienden a la recuperación espontánea (Kelly, & Gamble, 2005); el
segundo, la subjetividad del diagnóstico, puesto a que existen divergencias en los
criterios clínicos utilizados en las evaluaciones psicológicas y psiquiátricas (Pandya, &
cols. 2011; Weiner, 2013).
La terapia familiar ofrece la posibilidad de que los miembros de la familia
puedan afrontar la esquizofrenia y adaptarse a los cambios del enfermo, utiliza los
recursos existentes para favorecer la evolución del ciclo vital a pesar de la presencia de
la enfermedad (v.g. Pharoah, Mari, Rathbone, & Wong, 2010) Se han desarrollado
programas específicos para la educación de la familia en el manejo del paciente
esquizofrénico, como el enfoque psicoeducativo de Anderson (Anderson, Hogarty, &
Reiss, 1980).

6.3. LA FAMILIA Y LAS ADICCIONES


No basta levantar al débil, hay que sostenerlo después.
Shakespeare

Definiremos las adicciones según la Organización Mundial de la Salud


(2010) según la cual se trata de una enfermedad física y emocional que crea una
dependencia o necesidad hacia una sustancia, actividad o relación. Se caracteriza por un
conjunto de signos y síntomas, en los que se involucran factores biológicos, genéticos,
psicológicos y sociales. Es una enfermedad progresiva y fatal, caracterizada por
episodios continuos de descontrol, distorsiones del pensamiento y negación ante la
enfermedad.
Según el DSM IV-TR(American Psychiatric Association, 2002) los criterios
para el diagnóstico de las adicciones son:

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Psicología del amor: El amor en la Familia 55

Un patrón desadaptativo de uso de sustancias que conlleva un deterioro o


malestar clínicamente significativo, expresado por tres ó más de los indicadores
siguientes, presentes en algún momento durante un período continuo de doce meses.

(1) tolerancia, definida por (a) una necesidad de cantidades marcadamente crecientes de
la sustancia para conseguir la intoxicación, o el efecto deseado o, (b) el efecto de las
mismas cantidades de sustancia disminuye claramente con su consumo continuado.

(2) abstinencia, definida como cualquiera de los siguientes items (a) el síndrome de
abstinencia característico para la sustancia o (b) se toma la misma sustancia (o un muy
parecida) para aliviar o evitar los síntomas de abstinencia.

(3) la sustancia se consume en cantidades mayores o durante un período más


prolongado de lo que originalmente se pretendía.

(4) existe un deseo persistente o se realizan esfuerzos infructuosos por controlar o


interrumpir el consumo de la sustancia.

(5) se emplea mucho tiempo en actividades relacionadas con la obtención de la


sustancia (p.ej., visitar a varios médicos o desplazarse largas distancias), en el consumo
de la sustancia (p.ej., fumar un cigarrillo tras otro) o en la recuperación de sus efectos.

(6) reducción o abandono de importantes actividades sociales, laborales o recreativas


debido al consumo de la sustancia.

(7) se continúa consumiendo la sustancia a pesar de tener conciencia de problemas


psicológicos o físicos recidivantes o persistentes que parecen causados o exacerbados
por el uso de la sustancia (p.ej., consumo de cocaína a pesar de saber que provoca
depresión rebote)

En función al surgimiento de diversas investigaciones (v.g. Karim, &


Chaudhri, 2010), el DSM-V incluye las adicciones conductuales, describiendo los
indicadores diagnósticos del trastorno por juego de apuestas. Es posible por lo tanto,
pensar en que puede considerarse una adicción conductual a los video juegos (Feng, &
cols. 2003), adicción a la Internet (Weinstein, & Lejoyeux, 2010; Tao, & cols. 2010), la
dependencia al celular (Pérez, & Rodriguez, 2012), la compulsión a comprar cosas u
oniomanía, (Leonavičius, & cols. 2012), la adicción al sexo (Griffiths, 2012; Rosenberg,
Carnes, P., & O'Connor, 2014) y finalmente la adicción al trabajo(Robinson, & Post,
1995; Taris, Schaufeli, & Shimazu, 2010).
El Sistema Subregional de Información sobre Drogas de Bolivia, Argentina,
Chile, Ecuador, Perú y Uruguay, aplicó la Escala Breve de Bebedor Anormal de
Alcohol (EBBA) a 12.459 bolivianos de entre 15 y 64 años, los resultados identificaron
que el 48,9 % de la muestra tiene problemas con el alcohol. Este mismo estudio
encontró que la edad promedio de inicio del consumo de alcohol es de 19 años (Lale-
Demoz, A., & Cumsille, 2006).
El alcoholismo es un problema que ha sido ampliamente investigado por la
psicología de la familia (Steinglass, 1980; Barry, & Flemings, 1990; Brown, & Lewis,

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Psicología del amor: El amor en la Familia 56

1999; Vernig, 2011). Acontece que la familia de la persona con adicción por el alcohol
se organiza de una manera singular en comparación a otras familias. Si el padre es el
portador del problema, la esposa crea una relación de codependencia, entendida como la
constante preocupación por los hábitos de consumo del marido, al grado que el sentido
de su vida se centra en que éste deje algún día de beber; sin embargo, se produce una
paradoja, puesto que si el marido deja de beber, la esposa enfrenta un vacío en su
existencia porque lo único que le mueve es la esperanza de la abstinencia de su cónyuge
(Cermak, 1986; Anderson, 1994; Marks, Blore, Hine, & Dear, 2012).
El desarrollo de la visión relacional sistémica aplicada al estudio de la
estructura familiar, ahondó en el concepto de codependencia y definió que en el sistema
familiar, no es la esposa la única que vuelca el sentido de su vida hacia la esperanza de
la abstinencia, sino que lo hacen también los hijos y los miembros más importantes de
la familia extensa (abuelos y hermanos) (Vernig, 2011;Rusnáková, 2014).
Alguno de los hijos se parentaliza, es decir asume el rol del padre,
desplazándolo a un nivel jerárquico inferior, al parentalizarse se hace cargo de la
protección de la madre a la par que rechaza y agrede al padre, en lo que Minuchin
(1986) denomina coalición. Otro hijo o alguna hija se hará cargo de cuidar al padre y
justificarlo (Steinglass, 1989). La familia alcohólica se organiza de manera
homeostática, impidiendo la desvinculación de sus miembros o haciéndola muy difícil.
No es extraño que en este tipo de familias el consumo de alcohol esté
asociado a la violencia intrafamiliar, ya sea en la violencia contra la mujer (Gilchrist, &
cols. 2010), o el maltrato a los hijos (Sher, & cols. 1991). Sin embargo, es un error
enfocar al alcohol como el precipitante de la violencia, cuando en realidad se trata de un
pretexto para justificarla (Lipsey, & cols. 1997; Foran, & O'Leary, 2008;). Si bien es
cierto que el consumo de alcohol genera la desinhibición de los impulsos, estableciendo
de esa manera mayores riesgos de violencia (Kantor, & Straus, 1987), la psicología del
agresor no se limita a una causa, es una conducta producto de varios factores, uno de
ellos es el consumo de alcohol o de drogas, pero no es el elemento determinante
(Baumeister, 2011).
El tratamiento del alcohólico no debería reducirse a la abstinencia, sino
principalmente a otorgarle un nuevo sentido a su existencia (Carroll, 1993; Waisberg, &
Porter, 1994; Martin, & cols. 2011). El impacto de Alcohólicos Anónimos se debe
fundamentalmente a dos factores: la contención grupal del alcohólico y la innovación
del sentido de su vida ligada a la espiritualidad (Kelly, & cols. 2011).
Al mismo tiempo se hace indispensable la reorganización del sistema
familiar, tarea compleja dada la rigidez de la estructura y la codependencia de sus
miembros. La familia debe abandonar la idea de que es el alcohol quien define la
identidad del adicto, aprender a reconocer las virtudes de la persona opacadas por la
adicción, además de definir roles y funciones acordes con la jerarquía funcionales
(Steinglass, 1989).
Cuando el consumo de alcohol y/o drogas ocurre en los adolescentes, la
función del síntoma es diferente al de los adultos. Se deben considerar cuatro tipos de
adicciones según Cancrini y La Rosa (1996):

Tipo A: la adicción enmascara un duelo no resuelto. Cuando el adolescente


ha sufrido una pérdida y no ha contado con el apoyo social necesario que le hubiera
permitido evolucionar en un duelo normal, el alcohol o la droga le permiten inhibir los

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Psicología del amor: El amor en la Familia 57

sentimientos de tristeza y le proporcionan un medio para evitar el afrontamiento de la


pérdida.

Tipo B: el consumo se instala dentro de un juego familiar. En las familias


donde se ha organizado un juego parental en el que se involucra a los hijos,
configurando relaciones triangulares, se hace imposible la desvinculación, la persona
triangulada se encuentra en una situación de lealtad dividida, por lo que no puede dejar
el juego sin traicionar a uno de sus padres. La droga o el alcohol son síntomas muy
convenientes para detener el juego. Todos se concentran en el consumo de la droga o el
alcohol, o mejor aún se pueden fortalecer las alianzas si la adicción es un secreto
compartido entre el hijo y alguno de los progenitores.

Tipo C: cuando existe un trastorno de personalidad. Si bien, un trastorno de


personalidad de incuba dentro de los juegos familiares (Pinto, 2011), la adicción se hace
comórbida (De Jong, & cols., 1993). Por ello, el problema de la adicción es secundario
a las dificultades relacionales y de identidad.

Tipo D: la adicción se solapa a una psicosis. Es el tipo más complejo, la


droga puede activar un cuadro psicótico, como ocurre con el consumo de marihuana
(Arendt, & cols. 2005) o con el consumo crónico de cocaína (Satel, Seibyl, & Charney,
1991), a los que se añaden el uso de alucinógenos entre otros (Papparelli, & cols. 2011).

La familia crea una identidad en el hijo asociada al consumo, deja de ser una
persona para convertirse en un alcohólico o drogadicto, le es imposible vislumbrar las
responsabilidades compartidas en el desarrollo de los juegos familiares (Selvini
Palazzoli, Cirilo, Selvini, & Sorrentino, 1993). Una vez más, el síntoma estabiliza al
sistema familiar, en el caso del consumo de drogas es mayor la rigidez de la estructura
familiar, a nadie le conviene que el hijo abandone las drogas, porque al hacerlo será
inevitable la disgregación del grupo.
El tratamiento psicológico debe considerar los aspectos relacionados con las
interacciones familiares y no centrarse únicamente en el problema del consumo (Rowe,
2012).

6.2. PÉRDIDAS Y DUELO EN LA FAMILIA

Cuando se muere alguien que nos sueña, se muere una parte de


nosotros.
Miguel Unamuno

Los procesos emocionales de la pérdida son inherentes a la experiencia del amor.


Amar duele porque indefectiblemente tarde o temprano se perderá a la persona amada,
ya sea porque deja de amarnos, se marcha o muere. A mayor intensidad del amor, más
grande es el sufrimiento producido por la separación (Pinto, 2013).
La teoría del apego, integrada por Bowlby, proviene básicamente de los estudios
sobre el duelo (Bowlby, 1982). El interés surgió sobre las reacciones de los niños ante la
muerte de sus progenitores. La manera de afrontar la pérdida fue lo que se denominó
“attachment” (apego) (Bowlby, 1960; Bowlby1960b).

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Las investigaciones realizadas por Ainsworth (1961) en casos de niños


huérfanos, definieron la importancia del vínculo con la madre o el cuidador principal.
La deprivación o muerte de ellos promueven conductas de retraimiento en los pequeños.
Ante la pérdida urge la protección manifiesta a través del consuelo.
La palabra “duelo” proviene del término latino dolos, significa dolor y de
duellum que significa desafío. El duelo describe el proceso psicológico “normal”
producido a partir de la pérdida de una persona querida. Es una experiencia emocional
humana universal, única y dolorosa, que puede delimitarse en el tiempo, presenta una
evolución previsiblemente favorable y requiere la necesidad de adaptación a la nueva
situación (Barreto, & Soler, 2007).
Diversos científicos han coincidido con que el proceso emocional de pérdida,
denominado en castellano como “duelo”, es universal, por lo tanto natural (Bowlby,
1960c; Parkes, & Prigerson, 2013). Partiendo de esa premisa, resulta coherente pensar
en la evolución del duelo a partir de la superación de las etapas que lo componen.
Siguiendo a Parkes y Weiss (1983), los estadios son:
 Schock – paralización: los dolientes confrontan la pérdida con
incredulidad, actúan sin tomar conciencia de lo que hacen, están
perplejas ante lo ocurrido.
 Anhelo y búsqueda: se vive la ausencia con nostalgia, las personas se
ven invadidas de recuerdos, mantienen la esperanza del re encuentro a
través de sus creencias religiosas. Intentan comunicarse con la persona
desaparecida o muerta, aún les es difícil aceptar la pérdida.
 Desorganización y desesperación: es la etapa más difícil porque ante la
inminente pérdida, los dolientes ingresan en un estado emocional
desesperado, se mezclan la rabia y el dolor en el sentimiento de
angustia, a la par que se pierde la racionalización de lo acontecido
porque cualquier explicación lógica no conlleva la reaparición de la
persona amada.
 Reorganización: es el estadio final del proceso de duelo. Los dolientes
aceptan la pérdida, logran colocar al muerto en un lugar, reorganizan su
vida sin esa presencia, pueden recordar de manera realista el vínculo
creado con el ausente y promover las experiencias y los legados hacia el
sentido de sus vidas.

Elisabeth Kübler-Ross dedicó su vida al servicio de los moribundos y al estudio


de las etapas que siguen a la noticia de la muerte inminente (Kübler-Ross, 1997). Con el
tiempo, observó que las etapas por las que atraviesa la persona desahuciada son
similares a las de los dolientes (Kübler-Ross, & Kessler, 2005). Si bien la experiencia es
distinta, puesto que el moribundo lo perderá todo de su vida; mientras que los
sobrevivientes solamente pierden a la persona amada. Estas fases son:
 Negación: ante la pérdida, la primera reacción es negarla, coincidiendo
con la etapa del schock, se produce un ensimismamiento o cerrazón
mental.
 Rabia: es producto de la iniquidad de la pérdida, se siente ira por la
desaparición, es como si se achacara al difunto el haberse muerto.
 Negociación: la furia se calma con la explicación mística de lo
acontecido, las personas suelen plantear acuerdos con Dios o con otras

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fuerzas sobrenaturales, la fe confiere cierto apaciguamiento del proceso


de tristeza.
 Depresión: es el estado más doloroso del proceso, involucra la
melancolía y la tristeza por la pérdida.
 Aceptación: es el momento culminante del proceso de duelo, reconocer
la vida sin la persona amada, recuperar el sentido de la existencia al cual
se añade el impulso generado por los recuerdos beneficiosos del vínculo
amoroso con el ausente.
Si bien existe una tendencia a denominar a la cuarta etapa con el término
“depresión”, éste genera la impresión de una emoción patológica. La palabra permite la
atribución emocional de una experiencia, reduciendo así la incertidumbre de la
conmoción, al plantear que la experiencia de duelo entraña una experiencia patológica
se produce la desazón del doliente, más aún si los médicos recetan antidepresivos,
deteniendo el proceso de resolución. Pennebaker, Mayne, & Francis (1997), observaron
que las palabras aplicadas a las emociones de pérdida, facilitan o entorpecen el
desarrollo del duelo. De la misma manera Greenberg, Wortman, & Stone (1996)
determinaron la importancia de las palabras para la reorganización de experiencias
traumáticas.
La palabra regula la actividad emocional y cognitiva (Platonov, 1959;
Michembaum, 1976; Erickson, & Rossi, 1979; Kircanski, Lieberman, & Craske, 2012).
Por ello, nombrar con un término psicopatológico a la melancolía, tristeza y angustia
producida por la pérdida, conlleva a que la persona doliente considere al estado
emocional normal del duelo como una anormalidad que requiere de atención médica. Lo
patético es que la medicina concibe al duelo como un estado depresivo descrito por
sinfín de libros y estudiado por diversos artículos (v.g.: Zygmont, Prigerson, Houck,
Miller, Shear, Jacobs, & Reynolds, 1998; Zisook, S., Shuchter, S. R., Pedrelli, P., Sable,
J., & Deaciuc, 2001; Korgaonkar, S., Williams, Song, Usherwood, & Grieve, 2014).
La tristeza clama por el consuelo, no por el antidepresivo (Fleming, 2013) La
compasión y el consuelo son el sentido del apego o lazo emocional que permite al ser
humano aplacar la sensación de aislamiento (Leick, & Davidsen-Nielsen, 1991;
Norberg, A., Bergsten, & Lundman, 2001; Lamm, 2010). Consolar es acompañar al
doliente en su soledad. Es soportar el silencio de la angustia, reconociendo que es
imposible comprender una pérdida, porque parafraseando a Viktor Frankl no lloramos
por el muerto sino por lo que el muerto se llevó de nosotros; de tal manera que solo el
que no está podría comprender el dolor de los que quedan.
El problema se suscita porque es muy angustiante soportar el dolor de pérdida,
nos obliga a detenernos en la vorágine de la vida para mirar la espalda de la muerte. El
afrontamiento del dolor puede verse beneficiado o entorpecido por el sistema de
creencias del entorno cultural (Rosenblatt, 1993). Si bien la experiencia emocional del
duelo es universal, la forma de afrontarla depende del sistema de creencias y actitudes
hacia la muerte determinados por la cultura (Rosenblatt, 1988; Rosenblatt, 1998;
Mamani, 2001; Yofee, 2002; Llanque,2011).
El reconocimiento y atribución verbal de las expresiones faciales están
determinadas por la cultura (Russell, 1994). Por ejemplo los criterios en el
reconocimiento de emociones entre los japoneses difiere de los pertenecientes a culturas
occidentales (Matsumoto, Yamada, Suzuki, Franklin, Paul, & Uchida, 2002). La tristeza
es una emoción reprimida en la cultura estadounidense debido a que se trata de una

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población migrante, la nostalgia ha sido un estado de ánimo presente en las primeras


generaciones. Al contrario, en las culturas latinas, la tristeza es una emoción de libre
expresión (Carter, & Mamani, 1989;Kessel, 1999; Muñiz, 2002; Pinto, & Veizaga,
2011).
Hoy se sabe que si bien las etapas del duelo descritas anteriormente se presentan
en los procesos de duelo, no necesariamente siguen ese orden y tampoco
necesariamente se presentan todas en los dolientes (Larson, 2014). Lo que corresponde
es identificar los procesos emocionales y cognitivos presentes en los dolientes,
respetarlos y acompañar su desenvolvimiento hasta que se produzca la aceptación de la
pérdida y la reorganización de la vida (Maciejewski, Zhang, Block, & Prigerson, 2007).
Es posible establecer criterios para el duelo normal y para el duelo patológico o
complicado (Worden, Aparicio, & Barberán , 1997; Worden, 2008; Bellver, Gil-juliá,
& Ballester, 2008; Barreto, P., De la Torre, O., & Pérez, 2012). Las personas somos
capaces de atravesar por las experiencias de pérdida sin estancarnos en una de sus
etapas o de desestabilizar al final del proceso nuestras vidas. Por lo tanto, el duelo
normal es un proceso de intenso sufrimiento, dinámico, pues contempla una variedad de
etapas matizadas por distintas emociones y expectativas, cada una de ellas permite el
cumplimiento de una tarea (Worden, 2008), dirigidas todas ellas a poder reconciliarnos
con el ausente, recordarlo sin temores y aprender del vínculo que establecimos (Yalom,
& Lieberman, 1991). La consecución de un duelo normal depende principalmente de los
siguientes factores: el significado afectivo de la pérdida), la relación que mantenían con
la persona fallecida, las características del deudo, la naturaleza de la muerte, las es-
trategias de afrontamiento, el apoyo social y la religión
El duelo complicado, también llamado duelo patológico, afecta la vida y la
salud, puede durar varios años, e inclusive hacerse crónico por toda la existencia de la
persona doliente (Geller, 1985; Raphael, & Minkov, 1999; Maddocks, 2003). Las
probabilidades de que el duelo normal siga un curso hacia lo patológico se incrementan
en los cuidadores informales, quienes debido a la función de hacerse cargo del
moribundo, demoran más en procesar su dolor ante la pérdida, se imbuyen de culpa y
sensación de fracaso consecuentemente les es más difícil asumir la pérdida (Holtslander,
2008; Chiu, Huang,Yin, Huang, Chien, & Chuang; Holtslander, & McMillan, 2011;
Allen, Haley, Small, Schonwetter, & McMillan, 2013; Nanni, Biancosino, & Grassi,
2014).
Así mismo en los miembros de una familia, es posible que alguno o varios de
ellos sean más susceptibles a desarrollar un duelo complicado, debido a vínculos
dependientes, culpa por dejar temas pendientes con el fallecido, culpa por no haber
hecho lo suficiente para evitar la muerte o algún sentimiento de responsabilidad en lo
acaecido, angustia por una relación conflictiva no resuelta, etc. (Ott, 2003).
Los familiares con estilos de vida restringidos tienden más al desarrollo del
duelo patológico que aquellos que cuentan con mayores espacios de actividad
(Silverman, GJacobs, Kasl,Shear, Maciejewski, Noaghiul, & Prigerson, 2000). Las
personas con antecedentes de trastornos psiquiátricos, principalmente aquellos
relacionados con la depresión, poseen más riesgos de complicar su duelo y suicidarse.
El riesgo del suicidio es consecuencia de la desesperación ocasionada por la intensidad
de las emociones asociadas con la pérdida, generalmente desarrolladas en personas con
alto nivel de dependencia hacia el difunto, a lo que se suma un estado mental patológico
(Szanto, Prigerson, Houck, Ehrenpreis, & Reynolds, 1997; Prigerson, Bierhals, Kasl,

160
Bismarck Pinto Tapia 1
Psicología del amor: El amor en la Familia 61

Reynolds, Shear, Day, & Jacobs, 1997; Latham, & Prigerson, 2004; Young, Iglewicz,
Glorioso, Lanouette, Seay, Ilapakurti, & Zisook, 2012).
La presencia del duelo complicado no es exclusividad de trastornos mentales,
sino que dependerá de la situación de la pérdida, por ejemplo en casos de suicidio,
asesinato y muertes inesperadas en accidentes catastróficos, es muy difícil la aceptación
(Simon, Wall, Keshaviah, Dryman, LeBlanc, & Shear, 2011). La intensidad del vínculo
afectivo es otro factor predeterminante, asociado al estilo de apego (Shear, & Shair,
2005). No es lo mismo el duelo ante la muerte de un hijo que ante la de uno de los
progenitores, en el primer caso es muy dolorosa la experiencia de pérdida en
comparación a la segunda (Cerel, Fristad, Verducci, Weller, & Weller, 2006; Melhem,
Moritz, Walker, hear, & Brent, 2007) . Sin embargo la pérdida de alguno o ambos
padres será devastadora en un niño que en un adulto. Otro factor se relaciona con el tipo
y periodo de una enfermedad (Schulz, Boerner, Shear, Zhang, & Gitlin, 2006; Kramer,
Kavanaugh, Trentham-Dietz, Walsh, & Yonker, 2010).
El DSM V (2013) considera los siguientes criterios para diagnosticar duelo
complicado: síntomas similares a la depresión mayor, estrés postraumático, tristeza,
insomnio y anorexia, siendo la evolución crónica e implicando mucho sufrimiento. Las
manifestaciones sintomáticas son seis:
 culpa por las cosas recibidas o no recibidas por el doliente en el momento de morir la
persona querida,
 pensamientos de morirse, con la idea de que el superviviente debería haber muerto con
el difunto,
 sentimiento de inutilidad,
 enlentecimiento motor notable,
 deterioro funcional acusado y prolongado
 experiencias alucinatorias como escuchar la voz o ver la imagen fugaz de la persona
fallecida.
Por su parte Worden(2008) señala que el duelo complicado ocurre cuando no se
cumple alguna de las tareas indispensables para conformar el duelo normal, estas son:
 aceptar la realidad de la pérdida,
 trabajar las emociones y el dolor de la pérdida,
 adaptarse a un medio en el que el ser querido está ausente y
 recolocar emocionalmente al fallecido y seguir viviendo
Finalmente, Prigerson y Jacobs (2001) diferencian la “pena traumática” con
presencia de malestar por la muerte (pensamientos invasivos sobre la persona fallecida,
añoranza, búsqueda del fallecido y soledad como resultado de la pérdida) de los
indicadores de “malestar traumático” (inutilidad respecto al futuro, apatía o
aplanamiento afectivo, dificultades para aceptar la muerte, irritabilidad y amargura).
Esta propuesta aún carece de confirmación empírica.
Si bien la experiencia de duelo por la muerte de un ser querido entraña procesos
familiares muy dolorosos, es peor cuando se enfrenta una experiencia de sufrimiento
por una pérdida ambigua.
El concepto “pérdida ambigua” fue propuesto por Pauline Boss (1999; 2002), se
define como una experiencia de duelo sin la presencia de un difunto. Existen dos tipos
de pérdida ambigua: en la primera la persona está físicamente ausente pero
psicológicamente presente, como en el caso de los desaparecidos, cuando se presume
que la persona ha muerto pero nunca se encontró el cadáver, los familiares están

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Bismarck Pinto Tapia 1
Psicología del amor: El amor en la Familia 62

preocupados con la persona desaparecida pero nunca la encuentran. En el segundo tipo,


la persona está presente físicamente pero psicológicamente está ausente, esta persona
puede que esté deprimida, psicótica, adicta a las drogas o tenga demencia. (Boss, 2002,
2009).
Ambas experiencias de pérdida ambigua suelen ocurrir en las familias. Durante
las dictaduras en Latinoamérica proliferaron las familias de personas desaparecidas, por
lo que fue frecuente la experiencia de pérdida ambigua del primer tipo (Ledesma, &
Castillo, 2012; Barros, 2014).
La pérdida ambigua es común en los hijos cuyos padres migraron. La
experiencia se asocia con la esperanza creada por los padres al partir: “volveré para
llevarlos conmigo”. El sentimiento de angustia se ve favorecido además porque tanto
los familiares que rodean a los hijos como los padres ausentes enuncia que la decisión
de la partida se debió al amor que se les tiene. A pesar de que en algunos casos la
comunicación es cotidiana a través de los recursos de la Internet, la experiencia de
desazón y abandono no puede ser evitada en los que se quedan (Falicov, 2005; Zentgraf,
& Chinchilla, 2012).
Los efectos psicológicos en los hijos que quedan suelen ser devastadores,
implica el desarrollo de cuadros depresivos, trastornos de angustia, sensación de
abandono, factores que repercuten en el rendimiento y la adaptación escolar (Suárez,
Cuenca, & Hurtado, 2012; Rumbaut, & Curiel, 2012).
El segundo tipo de pérdida ambigua es vivenciado por la familia ante los
cambios progresivos del enfermo con la demencia de Alzheimer. El deterioro en la
persona ocasionado por esta enfermedad, produce cambios dramáticos en su
personalidad, determinando que los seres queridos se sientan agobiados ante la
presencia de alguien que no era el que conocieron (Boss, Caron, & Horbal, 1988;
Large, & Slinger, 2013; Chan, Livingston, Jones, & Sampson, 2013).
Tanto la esquizofrenia como la depresión en uno de los miembros de la familia
producen la experiencia de pérdida ambigua (Richardson, Cobham, McDermott, &
Murray, 2013; Harris, & Gorman, 2011). La persona con depresión o con esquizofrenia,
antes de la enfermedad generalmente se conducía como cualquier otro ser humano,
produciendo afectos en sus seres queridos. El cambio producido por el trastorno,
modifica dramáticamente la forma de ser del enfermo, produciendo la sensación que
partió la persona amada dejando a alguien distinto.
O´Brien (2007) hace una revisión de las experiencias familiares ante la
presencia de un hijo o hija autista. Identifica que los familiares atraviesan por una
pérdida ambigua, asociada a las expectativas puestas en el niño o en la niña. Si bien a
mediados del siglo pasado, aún no se había descrito el fenómeno de la pérdida ambigua,
algunos autores describieron los efectos del retardo mental en la familia: depresión,
incremento del consumo de alcohol y drogas, trastornos de ansiedad, etc., en los padres
de estos pequeños (Farber, & Kirk, 1959).
La experiencia de desamor, en la ruptura amorosa antes del matrimonio
(Pinto, 2013) o durante el divorcio (Afifi, & Keith, 2004; Betz, & Thorngren, 2006;
Ehlrich, 2014) generan una pérdida ambigua del segundo tipo, la persona se ha
marchado pero psicológicamente sigue presente. Los casos más calamitosos son
aquellos que se instauran en personas con trastornos de personalidad (Pinto, 2011)
consecuentemente puede organizarse un delirio erotomaníaco (Rios, 2013) o el
síndrome de Clérambault (Cipriani, Logi, & Di Fiorino, 2012).

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Psicología del amor: El amor en la Familia 63

La manera cómo las personas afrontamos la pérdida se relaciona con nuestro


estilo de apego. Es más probable que atravesemos por un duelo normal se tenemos un
estilo de apego seguro. Los apegos inseguros se asocian con el duelo complicado en
mayor proporción que el apego seguro (Wayment, & Vierthaler, 2002; Shear, & Shair,
2005). Sin embargo en algunos estudios se ha encontrado que las experiencias de
pérdida traumáticas (suicidio, asesinato, accidentes de tránsito, etc.) predicen un duelo
complicado independientemente al estilo de apego (Fraley, & Shaver, 1999).

1. El duelo en la familia

A menudo el sepulcro encierra, sin saberlo, dos corazones en un


mismo ataúd
Lamartine
La estructura familiar requiere de un permanente flujo entre la
incertidumbre y la certidumbre, equilibrio y desequilibrio. Esta oposición de
fuerzas permite el desarrollo funcional del sistema, como cualquier otro tenderá
a la homeostasis, frágil ante la arremetida de la entropía 3 externa e interna. Las
familias funcionales atraviesan por las etapas del ciclo vital afrontando las
crisis que producen urgentes cambios en ellas para mantener el equilibrio
dinámico; al contrario, las disfuncionales se estancan en las etapas del ciclo,
tendiendo a impedir la desvinculación de sus miembros (Minuchin, 1974;
Shapiro, 1994; Dallos, & Draper, 2010).
Según la dinámica relacional de la familia, la salida de un miembro del
sistema modifica al sistema (McGoldrick, Carter, & Garcia-Preto, 2010). Por ello la
muerte de uno de los componentes de la familia modificará la organización y
funcionamiento familiar (Detmer, & Lamberti, 1991). La manera cómo se afronta el
dolor de la pérdida dependerá de la funcionalidad familiar (Davies, Spinetta, Martinson,
McClowry, & Kulenkamp, 1986; Kissane, Bloch, Dowe, DSnyder, Onghena,
McKenzie, & Wallace, 1996). En las familias funcionales, durante la pérdida se
producirá una crisis en la organización, sin embargo, se expresará el dolor y se otorgará
consuelo, atravesará cada uno de los miembros las etapas del duelo, sintiéndose
acompañado y respetado en su ritmo y forma de afrontamiento. Finalmente, la familia
colocará al muerto en un lugar del recuerdo, reorganizándose para continuar el proceso
de crecimiento del sistema (Vollman, Ganzert, Picher, & Williams, 1971; Krupp, 1972;
Lichtenthal, & Sweeney, 2014).
Según Walsh y McGoldrick (1988) el afrontamiento y superación del duelo
pueden considerarse desde dos tipos de familia: resiliente y disfuncional. En las
primeras, dos son los factores que les ayudan a superar la adversidad: reconocer juntos
la pérdida y reorganizarse mirando hacia el futuro a pesar de la experiencia trágica.
La resiliencia se entiende como es un proceso psicológico dinámico que permite
una adaptación eficiente ante la adversidad (Luthar, Cicchetti, & Becker, 2000). Es un
proceso psicológico, individual y dinámico (Zautra, Hall, & Murray, 2008). En ese
sentido, la resiliencia es un proceso excepcional; no acontece en la norma, ocurre como

3
Entropía: segunda ley de la termodinámica, utilizada en la teoría general de sistemas
como sinónima del caos e incertidumbre. La reducción de entropía es la función de todo sistema, como
es imposible reducirla absolutamente, la interacción de los elementos establece un “equilibrio
desequilibrante”.

163
Bismarck Pinto Tapia 1
Psicología del amor: El amor en la Familia 64

excepción (Masten, Best,& Garmezy, 1990). El concepto al popularizarse ha perdido su


especificidad científica, en ese sentido es preferible considerarla como el éxito de la
adaptación ante la adversidad (Zautra, Hall, & Murray,ob.cit.). Se deben considerar
como los más importantes de sus factores: la recuperación ante la adversidad y la
capacidad para buscar lo positivo (ob.cit.). Significa poseer la habilidad de retornar al
estado funcional previo a una calamidad, sobrevivir a la adversidad y al estrés (Hawlwy,
& DeHaan, 1996)
El concepto de resiliencia aplicada a la familia se entiende como la capacidad
que posee para resistirse y recuperarse de la crisis y de la adversidad (Walsh, 1996). Las
pérdidas conllevan una experiencia adversa en las familias, el proceso de duelo pone a
prueba la capacidad resiliente, en ese sentido, es posible identificar factores internos y
externos que facilitarán el afrontamiento de la muerte. Los internos son: el soporte
emocional de los miembros de la familia, características de la personalidad de los
dolientes (compenetración, capacidad de consolar, facilidad en la expresión emocional,
control emocional, búsqueda de ayuda, aceptación de la situación), comunicación
abierta y honesta en la familia, recursos económicos estables. Los externos: Apoyo
social (amigos, familia extensa), religión y espiritualidad (actividades religiosas y
creencias), apoyo de profesionales (psicólogos, sacerdotes o pastores), soporte de la
comunidad, actividades laborales y académicas. (Greeff, & Human, 2004).
Existen factores intrapersonales que favorecen el afrontamiento de la pérdida,
por ejemplo, los adultos mayores reportan menor angustia y estrés ante la muerte del
cónyuge que los jóvenes (Miller, & Wortman, 2002). La salud en general y la salud
mental en particular también son factores inherentes a la persona que pueden facilitar un
adecuado afrontamiento del duelo (Bonnano, Boerner, & Wortman, 2008)
La cultura juega un papel importante en la manera cómo se percibe la muerte y
los ritos que se llevan a cabo para favorecer o entorpecer el proceso de duelo (Shapiro,
1996; Walter, 1999).
El afrontamiento de la pérdida se relaciona con la regulación de emociones, en
los casos de resiliencia, las personas saben cuándo y cómo expresar sus emociones,
reconocer cuándo manifestarlas sin necesidad de desbordarlas (Boerner, & Jopp, 2008).
La familia puede favorecer o entorpecer el afrontamiento de la pérdida. El duelo
normal se produce cuando la familia impide la instalación de la depresión y el estrés en
sus miembros, promulgando el apoyo incondicional (Kissane, & Bloch, 1994; Kissane,
Bloch, & McKenzie, 1997). Las familias que son capaces de proporcionar amor y
consuelo a sus componentes, favorecen el proceso de duelo; al contrario, aquellas que
reprimen los sentimientos de protección y las que establecen vínculos distantes son más
propensas al desarrollo de duelos complicados (Grbich, Parker, & Maddocks, 2000).
Es posible predecir los riesgos del duelo en familias que se encuentran viviendo
con un enfermo de cáncer terminal. Los factores que predicen el duelo complicado se
relacionan con la incapacidad de los miembros de la familia en reconocer las
necesidades emocionales de los cuidadores informales. Es en ese sentido que se hace
imprescindible escuchar las demandas de quien es el cuidador primordial del enfermo
para evitarle un duelo patológico (Kelly, Edwards, Synott, Neil, Baillie, & Battistutta,
1999).

2. El duelo en el niño
Nuestra vida es como una burbuja en la superficie del agua.

164
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Psicología del amor: El amor en la Familia 65

Taisen Deshimaru

La muerte de los padres es la vivencia más trágica para los niños. La sensación
de abandono genera angustia, la misma que difícilmente puede ser aplacada porque las
personas que rodean al pequeño están desconsoladas por la pérdida (Worden, 1996).
Los factores asociados con duelos más difíciles en los niños son: la muerte de la madre,
antecedentes de problemas emocionales en el niño, antecedentes de depresión en la
familia y bajos recursos económicos (Weller, Weller, Fristad, & Bowes, 1991).
Cuando la madre sobrevive al padre suele ocurrir que entra en una profunda
tristeza por lo que le será difícil mantener el nivel de protección que prodigaba a sus
hijos antes de la muerte. Esto ocasiona una sensación de doble pérdida en los vástagos:
el padre muerto y la madre ausente. En esas circunstancias es indispensable el apoyo de
los hermanos mayores, tíos o abuelos que puedan mantener el equilibrio necesario del
cuidado y la protección, hasta que la madre se recupere (Weller, Weller, Fristad, &
Bowes, 1991).
El duelo en los niños cuando fallece alguno o ambos padres, se caracteriza por la
disforia emocional, signos depresivos menores, enuresis nocturna y bajo rendimiento
escolar (Van Eerdewegh, Bieri, Parrilla, & Clayton, 1982). La disforia hace referencia a
cambios intempestivos de las emociones y sin precipitantes que las justifiquen. La
depresión suele expresarse con hiperactividad y conductas violentas hacia sus pares. Las
micciones urinarias nocturnas se asocian con alteraciones del sueño y el bajo
rendimiento escolar con trastornos de la atención.
Según Elizur y Kaffman (1982, 1983) los problemas concomitantes al duelo
infantil por la muerte de alguno de los padres pueden agruparse de la siguiente manera:
 Estado de ánimo depresivo: tristeza, llanto, irritabilidad
 Síntomas depresivos: sentimientos de abandono, insomnio, pesadillas,
disminución del apetito, descenso del peso corporal, dolores de cabeza,
desinterés en la escuela, apatía generalizada.
 Síntomas somáticos: dolores de cabeza, problemas intestinales, dolor
abdominal, vómitos, enuresis, tendencia a los accidentes, problemas de
salud inusuales, hospitalización, constantes visitas al médico.
 Síntomas comportamentales: problemas conductuales en la escuela,
berrinches, peleas con los hermanos, peleas con los pares, disminución
del interés generalizado.
 Problemas escolares: desinterés con la escuela, cambio de escuela,
reprobación de curso, cambio notable en el rendimiento escolar, fobia
escolar, deserción escolar.

3. El duelo en el adolescente

Nuestra vida es como una burbuja en la superficie del agua.


Taisen Deshimaru
Como he revisado anteriormente, la adolescencia es una etapa con varias tareas:
establecer el sentido de la existencia, determinar la identidad del sí mismo y de la
sexualidad, prepararse para la emancipación y la desvinculación, experimentar las
primeras experiencias de enamoramiento, ruptura amorosa y consolidación de vínculos
amorosos. Para la familia tampoco es una etapa de fácil afrontamiento, los padres deben

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Bismarck Pinto Tapia 1
Psicología del amor: El amor en la Familia 66

asumir que las expectativas del hijo no necesariamente coinciden con las suyas, preparar
el nido vacío y dejar partir (Haley, 1989).
Una experiencia de pérdida dentro de la familia o de personas significativas
(amigos, pareja) resulta muy difícil de sobrellevar, debido justamente a las dificultades
que son propias de la edad (Kuntz, 1991). La diferencia entre el duelo en la niñez y en la
adolescencia, consiste en que el adolescente sabe que la muerte es irreversible, también
reconoce que la muert.e es universal, puede ocurrir con las personas que ama y consigo
mismo (Bwlby,1985)
La muerte de alguno o ambos padres durante las edades comprendidas entre los
11 y 20 años resulta una experiencia altamente estresante (Crook, Raskin, & Eliot,
1981). El duelo impacta notablemente en las actividades académicas de los
adolescentes, ocasionando disminución del rendimiento o deserción escolar (Balk,
1991). En la mayoría de los casos se desencadenan síntomas depresivos severos,
concomitantes a violencia hacia los pares y apatía con la vida. Cuando existe poco
apoyo social, las probabilidades de un duelo complicado son mayores (Balk, 1996).
Una de las características fundamentales del duelo durante la adolescencia es la
presencia de sentimientos de culpa, busca responsabilidad en sus acciones: en lo que
hizo y lo que pudo haber realizado para evitar la muerte de su progenitor (Gray, 1987).
Otro fenómeno es la “madurez instantánea”, ocurre una visión más serena y racional del
mundo en comparación a sus compañeros de edad que no vivieron una experiencia de
pérdida (Berman, Cragg, & Kuenzig, 1988).
La manera cómo el adolescente vive su duelo es singular, no coincide con las
etapas del duelo adulto. Sin embargo, es posible que en el caso de los jóvenes las etapas
se enmascaren. Las etapas parecen congelarse, se produce una especie de
entumecimiento emocional, según Bowlby el estancamiento se manifiesta por el estado
de colisión (shock) y negación. El ensimismamiento probablemente sea consecuencia de
la protección que el adolescente hace de su sí mismo. Como su identidad está en
construcción, el sí mismo es frágil y se devasta ante la pérdida de sus referentes de
identidad (sus padres) (Kuntz, 1991).
Según Kuntz (ob.cit.) es posible definir las siguientes fases del duelo durante la
adolescencia:
 Entumecimiento: hace referencia a la colisión y a la negación de la
muerte. Puede llevar mucho tiempo para que el joven la resuelva y pase a
la siguiente etapa.
 Anhelo y búsqueda: se abandonan todas las actividades de gratificación
personal (estudios, relaciones amorosas, amistades, actividades de ocio,
etc.) Se busca completar las cosas que el difunto dejó pendientes,
asumiéndolas como propias. Existe la impresión de que el muerto está
presente y vigila el cumplimiento de sus sueños. Las emociones
predominantes son: tristeza, rabia, angustia y ambivalencia. El
adolescente manifiesta sensaciones de soledad, abandono y sufrimiento
crónico. El llanto inconsolable durante la soledad de la noche es
frecuente en esta etapa.
 Desorganización y desesperación: ocurre cuando la persona considera
que ha ocurrido lo peor que podría pasarle y no hay vuelta atrás. Es una
fase crítica porque pueden activarse ideaciones suicidas. La desolación
produce intensa tristeza e impotencia. Muchos adolescentes configuran

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Bismarck Pinto Tapia 1
Psicología del amor: El amor en la Familia 67

una fachada de indiferencia o de que todo ya pasó, lo que dificulta el


reconocimiento de la crisis devastadora que viven en su interior.
 Reorganización: la aflicción da lugar a la esperanza y a la estructuración
de un nuevo sentido de existencia. Genera nuevos vínculos sociales y
descubre en los recuerdos con el padre o madre fallecidos, mensajes que
orientan las metas de su vida. Los criterios que indican que la persona
está en esta etapa son: son la falta de culpa. aumento de la resiliencia, la
madurez instantánea, pensamientos y emociones honestos en relación a
la persona muerta, poder decir adiós, y la búsqueda de apoyo.

Los adolescentes suelen atravesar por estas etapas de manera intermitente.


Pueden detenerse mucho tiempo en una y pasar fugazmente por otra (Raphael, 1983).
La melancolía y la tristeza pueden derivar en un legítimo trastorno depresivo o
expresarse en síntomas conversivos (Kaiser, & Primavera, 1993; Mazaira, & Gago,
1999).
La familia del adolescente se instaura como el apoyo social más importante
(Balk, 2011). La capacidad de reorganizarse ante la ausencia de uno o ambos
progenitores es determinante para la resolución del duelo. Si bien la muerte del cónyuge
produce una profunda tristeza, los hijos fundan la capacidad resiliente del progenitor
sobreviviente, promoviendo la esperanza para que la familia continúe cumpliendo sus
funciones protectoras (Saler, L., & Skolnick, 1992).

4. Duelo por la muerte de un(a) hermano(a)

¡No se debe despertar a los muertos, sino enterrarlos y dejarlos en su


tumba. Además, aceptar la muerte, aceptar la pérdida, aceptar que todo lo que
está con nosotros un día al día siguiente ya no estará.
Roberto Shinyashiki

La muerte de un hermano o una hermana es una experiencia muy dolorosa para


los niños y los adolescentes. Los primeros estudios científicos al respecto fueron los de
Cain, Fast y Erickson (1964), se ha considerado el estudio de los hermanos
sobrevivientes como el caso de los “dolientes olvidados” (Hogan, & DeSantis, 1996).
La pérdida de un hermano enlaza varias experiencias dentro de la familia. Por un lado el
proceso de duelo de los padres, por otro el de los hijos sobrevivientes y la
reorganización de la familia. Estos eventos son difíciles de ser afrontados por los hijos,
quienes además de enfrentar la ausencia del hermano deben sufrir las consecuencias de
la tristeza de sus padres (McCown & Pratt, 1985; McClowry, Davies, May, Kulenkamp,
& Martinson , 1987;Segal, & Bouchardt, 1993).
La muerte de un hermano produce un proceso dual, es decir, genera cambios
negativos y positivos en los hermanos sobrevivientes. Los negativos están relacionados
con el proceso doloroso del duelo y los positivos con la emergencia de habilidades para
suplir las funciones del hermano desaparecido (Stroebe, Schut, 1999).
En los hermanos dolientes, es probable la manifestación de cambios en el
carácter, bajo rendimiento escolar, desinterés por los estudios, modificación del sentido
de su vida y apatía en las actividades que antes eran importantes. También se presentan

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Bismarck Pinto Tapia 1
Psicología del amor: El amor en la Familia 68

cambios en sus relaciones interpersonales: disminuyen sus relaciones sociales, se alteran


las relaciones con los miembros de su familia, tratan de asumir el rol que el hermano
fallecido cumplía en la familia (Foster & cols., 2012; Wiener, & Gerhardtm 2014).
El proceso de duelo en los niños que experimentan la muerte de un hermano se
hace más difícil debido a las prohibiciones sociales, por ejemplo se evita que los niños
expresen su dolor, para ello, en algunas familias evitan que los hijos participen de la
experiencia familiar del duelo (Rosen, 1984).
Ante la pérdida los hermanitos reaccionan con sentimientos de culpa. Es
frecuente que busquen en sus acciones la responsabilidad por lo acontecido. Plantean
que hubiera sido mejor morir ellos en vez del hermano, ponen en evidencia sus defectos
en contrapartida a las virtudes del difunto. Revisan sus recuerdos y enfatizan que el
hermano era mucho más bueno que ellos, además consideran que no merecían ser
felices puesto que el hermano fallecido merecía mejores momentos y más cariño que el
que recibieron (Cain, Fast, & Erickson, 1964; Heiney, 1991).
Cuando los hermanos sobrevivientes son adolescentes, la pérdida les produce
reflexiones sobre su identidad y el futuro de sus vidas. El muerto es un alerta sobre la
propia mortalidad, lo que conlleva una revisión sobre el concepto de sí mismo, sobre el
estilo de vida y el sentido de su existencia. La experiencia puede activar ideaciones
suicidas ante la incapacidad de manejar la culpa y la angustia (Balk, 1983).
El duelo suele ser complicado cuando la muerte del hermano fue consecuencia
del suicidio. Se presentan síntomas que coinciden con el trastorno por estrés post
traumático, depresión y ansiedad generalizada (Dyregrov, & Dyregrov, 2005).

5. Duelo por la muerte de un hijo

No estemos tristes por haberla perdido;


estemos agradecidos por haberla tenido.
San Agustín

La muerte de un hijo es la peor experiencia de pérdida que puede ocurrir en los


adultos (Braun, & Berg, 1994; Wheeler, 2001). Puede suscitar la muerte de la madre en
el lapso de un año después de la pérdida, debido a la inanición consecuente con la
melancolía (Espinosa, & Evans, 2013). Maternal bereavement: The heightened
mortality of mothers after the death of a child. Economics & Human Biology, 11(3),
371-381.
La pérdida de un hijo produce una crisis en el sentido de la existencia. Así
como el nacimiento de un hijo, transforma nuestra vida, centrándonos en la felicidad de
nuestro vástago; su muerte le quita toda finalidad, reponerse después es una tarea muy
difícil (Milles, & Crandall, 1986). Indudablemente es la experiencia de duelo más
dolorosa (Rees, 1997), se asocia con el desarrollo de estados depresivos crónicos y claro
está, mayor probabilidad de instalación del duelo complicado (Tan, Docherty, Barfield,
R., & Brandon, 2012).
Como en todos los casos de duelo, la crisis emocional será directamente
proporcional a la forma cómo ocurrió el deceso. Es más difícil superar la pérdida si la
muerte del hijo se debió a un accidente (Bolton, Au,Walld, Chateau, Martens, Leslie, &

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Psicología del amor: El amor en la Familia 69

Sareen, 2014), a un asesinato (Rynearson, & Geoffrey) o al suicidio (Miers, Abbott, &
Springer, 2012). En cambio cuando la muerte del hijo se produjo en la guerra, se
construye una imagen de mártir que puede facilitar el afrontamiento de la pérdida
(Lieblich, 2000; Beder, 2003).
El dolor causado por la pérdida ocasiona que el tiempo se detenga, los padres
se estacionan en la época previa a la muerte del hijo, se acaba la percepción del futuro.
Así como el tiempo la imagen del hijo también se detiene en un determinado momento,
puede ser antes de la muerte o durante el deceso. La relación conyugal de igual manera
se estaciona: la pareja se estanca en el momento de su ciclo vital (Barak, &
Leichtentritt, 2014).
Se rechaza enfáticamente la idea de que la solución del duelo se logra
rompiendo los lazos emocionales con el difunto, al contrario, es indispensable la
continuidad de los vínculos (Klass, 1993a; 1992b). El afrontamiento de la muerte solo
es posible si los padres reviven los recuerdos, asumen sus sentimientos de amor,
vivifican en sí mismos las huellas dejadas en vida por el niño o niña, buscan apoyo
espiritual y comparten su pena con otros padres que sufrieron similar pérdida (Davies,
2004).
La tarea para resolver el duelo, consiste en que los padres deben ser capaces de
desarrollar una relación permanente con los recuerdos del difunto, de tal forma que
puedan continuar su vida llevando consigo la presencia a pesar de la ausencia del hijo
amado (Hernández, 2012).
Los padres afligidos suelen relatar que han aprendido a vivir con el recuerdo
del hijo como si jamás hubiera partido, se asemeja al “miembro fantasma”, no está pero
se lo siente. Se trata de una resignificación de la pérdida, se reacomoda la narración
desde la perspectiva de la eternidad (Rosenblatt, 2000).
La vida en pareja se torna difícil, puesto que ha descuidado al amor conyugal
para dedicárselo plenamente al hijo fallecido. Es común que uno de los esposos se
comporte irritable, caprichoso y agresivo. La tensión en algunos matrimonios se hace
insoportable derivando en la ruptura del vínculo amoroso a través de la separación o el
divorcio (Klass, 1986; Barbero, & Alameda, 2009; Schiff, 2012).
Otro fenómeno común es la infidelidad concomitante con la muerte del hijo
(Nathans, 2012; Pinto, 2013). La dinámica de la infidelidad en estos casos, hace
referencia a la búsqueda de consuelo y disminución del estrés fuera del matrimonio.
Existen dos posiciones de las personas infieles, la primera es egoísta, pues hace
referencia a evitar el conflicto, la segunda, generosa, evitar dañar a la pareja con el
dolor.
La melancolía y tristeza de los padres afectan a la protección de los hijos, la
vida gira alrededor del hijo muerto, los hijos sobrevivientes se hacen invisibles. Los
padres se hacen negligentes con el cuidado de su familia o buscan que los hijos los
protejan (Sanders, 1979; Rubin, 1996; Klass, 1997).
La familia entra en la peor de sus crisis, se ha perdido a uno de sus miembros,
los padres están deprimidos y los hermanos sobrevivientes inconsolables. Esta
configuración inesperada produce un estancamiento sino un retroceso en el ciclo vital.
En el primer caso, la familia congela el proceso de independencia y autonomía de los
más jóvenes. En el segundo, los hijos retornan a una etapa anterior a la que se
encontraban (McClowry, Davies, May, Kulenkamp, & Martinson , 1987; Walsh, &
McGoldrick , 1988; Downey, G., & Coyne, 1990).

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Bismarck Pinto Tapia 1
Psicología del amor: El amor en la Familia 70

La evolución de la familia después del trauma, dependerá de la funcionalidad


previa del sistema. Si la comunicación era diáfana, se enfrentaban racionalmente los
problemas, era posible ajustar la estructura ante los cambios, promovía la autonomía en
vez de la dependencia, primaba la protección sobre la negligencia, se enfatizaban los
logros y aspectos positivos de los miembros y del grupo, existía humor además de que
no era dramático romper la rutina, aceptaban la caída de los mitos, se buscaba la
felicidad de sus componentes a pesar de las expectativas entonces será más fácil re
estructurar la organización familiar (Kissane, 1994; Fletcher, 2002; Breen, & O'Connor,
2011).

6. Duelo en el aborto
Desde el fondo de ti, y arrodillado,
un niño triste como yo, nos mira.
Por esa vida que arderá en sus venas
tendrían que amarrarse nuestras vidas.
Por esas manos, hijas de tus manos,
tendrían que matar las manos mías.
Por sus ojos abiertos en la tierra
veré en los tuyos lágrimas un día.
Yo no lo quiero, Amada.
Para que nada nos amarre
que no nos una nada…
Pablo Neruda

El aborto es una pérdida ambigua, puede afectar negativamente la vida de la


madre e impactar en la evolución del ciclo vital de la pareja (Osofsky, Osofsky, &
Rajan, 1973; Norris, Bessett, Steinberg, Kavanaugh, De Zordo, & Becker, 2011).
Cuando el aborto interrumpe el embarazo de manera natural, la madre siente
frustración porque desde el momento que recibe la noticia de que espera un bebé,
construye la imagen del niño y la historia que espera se realice (Pines, 1972; Ammaniti,
Tambelli, & Odorisio, 2013). Además la anunciación del embarazo suscitará la
desvinculación psicológica de su propia madre (Pines, 2012).
El dolor es inmenso, porque para la mujer independientemente a su ideología,
la maternidad se relaciona con la identidad (Rubin, 1984; Ethier, 1995; Friday, 2010).
La pareja entra en crisis, es común que se achaquen la pérdida, surge la culpa, la cual se
convierte en el centro de la relación, pueden precipitarse al divorcio (Lauzon, Roger-
Achim, Achim, & Boyer, 2000; De Varela, 2014). La situación es más compleja
cuando el aborto se produce en parejas que intentan fertilizarse a través de tratamientos
médicos (Butler, & Koraleski , 1990; Atwood, D& Dobkin, 1992).
Después de la pérdida, la mayoría de las parejas se empeñan en procrear un
nuevo hijo; sin embargo, ocurre una paradoja, la desesperación por tener un bebé
desencadena altos niveles de estrés y con ellos baja la posibilidad de fertilidad (Lynch,
& cols. 2014).
Es distinta la experiencia cuando el aborto debe llevarse a cabo por necesidades
terapéuticas, caso no se proceda corre riesgo la vida de la madre o del bebé (Niswander,
Singer, & Singer, 1972; Zolese, G., & Blacker, 1992;). En esas circunstancias los

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Psicología del amor: El amor en la Familia 71

efectos psicológicos negativos se apaciguan por el consuelo que resulta de la decisión,


ha sido para proteger (Dagg, 1991).
En Bolivia se producen alrededor de 40.000 abortos al año (Acuña, 2014). En
el mundo se producen alrededor de cuatro millones de abortos legales al año(N ations U.
World Abortion Policies, 2007). Es más posible la decisión de abortar en las siguientes
circunstancias: embarazos en adolescentes (Martín & Reyes Díaz, 2003), pobreza
(Dehlendorf, Harris, & Weitz, 2013), violencia doméstica (Côté, I., & Lapierre, 2014) y
crisis por la emancipación femenina (Beets, & cols. 2011). No existen datos en Bolivia
sobre suicidios en jóvenes con embarazos prematuros, sin embargo es uno de los
factores más frecuentes para que se produzcan (Gissler, Hemminki, & Lonnqvist,
1996).
Queda claro que un embarazo prematuro ocasiona elevados niveles de estrés,
ansiedad y depresión (Schinke, Gilchrist, & Small, 1979). Otro fenómeno ligado a la
decisión del aborto, es que el anuncio del embarazo puede ser detonante para que el
varón reaccione con violencia contra su pareja (Pallitto, Campbell, & O’Campo, 2005;
Silverman, Gupta, , Decker, Kapur, & Raj , 2007; Cripe, & cols., 2008).
Algunos estudios relacionan que el aborto puede ser una solución a la
incertidumbre y al estrés generados por un embarazo indeseado (Fergusson, Horwood,
& Boden, 2013). Sin embargo el costo es alto, puesto que las consecuencias
psicológicas se presentarán como respuesta a un duelo complicado resultante de la
pérdida ambigua subsecuente (Kersting, & Wagner, 2012).
Los efectos psicológicos del aborto se asocian a la depresión (Bracken,
Hachamovitch, & Grossman, 1972; Ludermir, Araya, R., De Araújo, T., Valongueiro, &
Lewis, 2011), la precipitación de cuadros psicóticos (Munk-Olsen, & cols. 2011),
trastornos de ansiedad (Curley, & Johnston, 2013), estrés postraumático (Kelly, 2014),
suicidio y consumo de drogas (Coleman, Coyle, Shuping, Rue, 2009)
Las causas psicológicas inmediatas al aborto son: arrepentimiento, tristeza y
culpa (Adler, & cols. 1990). Sin embargo, varios estudios coinciden en señalar que
hasta después de los tres meses del aborto el 75% de las mujeres manifiesta alivio y
disminuyen los indicadores depresivos presentes antes del aborto, como el grado de
estrés (Major, & cols. 2000; Fergusson, Horwood, & Ridder, 2006). Alrededor del 25
% de las mujeres que abortaron expresan culpa y depresión. Las reacciones negativas se
deben a principalmente al rechazo social (Adler, & cols., ob.cit.). Aquellas que poseen
sentimientos religiosos tienden a desarrollar trastornos emocionales en mayor
proporción que las mujeres que no los poseen (Mann, McKeown, Bacon, Vesselinov, &
Bush, 2008). También la depresión ocurre en mujeres con antecedentes
psicopatológicos (Speckhard, & Rue, 1993;
A partir del tercer mes es más probable el surgimiento de síntomas depresivos,
en vez de la estabilidad de los sentimientos de alivio (Cougle, Reardon, & Coleman,
2001). Cohen y Roth (1984) identificaron que los niveles de estrés se vuelven a
incrementar en las mujeres que optaron por el aborto después de varias semanas
seguidas a la cirugía. Lo mismo identificaron Athanasiou, Oppel, Michelson, Unger, &
Yager (1973) al realizar un estudio longitudinal de 373 mujeres jóvenes de Baltimore
(15 a 17 años) entre 1970 a 1972, además de las complicaciones médicas observadas, se
identificaron varios problemas psicológicos: depresión, ansiedad y episodios psicóticos
en el 46% de las participantes.

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Psicología del amor: El amor en la Familia 72

Se ha estudiado poco sobre el impacto del aborto en el varón, pareja de la


mujer que abortó. Es posible encontrar dos tipos de reacciones generales: el varón que
abandona a su pareja después del aborto o aquél que la apoya y cuida durante y después
del proceso. Los jóvenes que se quedan son generalmente los que prodigaban un amor
honesto durante la relación; al contrario, los que las abandonan no tenían un vínculo
basado en el compromiso (Major, & Cozzarelli, 1992; Sihvo, Bajos, Ducot, &
Kaminski, 2003).
El riego de que se produzca un aborto inducido es mayor cuando la concepción
no ha sido deseada, relacionada con un vínculo amoroso frágil, a ello se añade la
imposibilidad que tienen las mujeres que deciden abortar de vislumbrarse en el futuro
como madres. La habilidad de concebirse como madres en el futuro se ha denominado
“capacidad de ajuste a la maternidad”. Para la mujer que no quiere convertirse en madre
le quedan dos alternativas: abortar o dar en adopción a la criatura. Las que desisten de
abortar lo hacen generalmente persuadidas por sus creencias religiosas. También juega
un papel importante la actitud de la familia de origen frente al embarazo de la hija. En
aquellas familias que se acepta la situación y se apoya a la hija, es menos probable el
aborto, ocurre lo contrario en las que no aceptan el embarazo y desacreditan a la hija
(Miller, 1992).
La influencia de los pares puede definirse como un factor de mucho peso en la
decisión de abortar (Faria, Barrett, & Goodman, 1985; Castro, & Erviti, 2003;
En síntesis, las causas del aborto se relacionan con las creencias de la persona,
será más probable en familias con creencias religiosas rígidas que disponen actitudes de
rechazo a la hija embarazada. Por otra parte, se predice el aborto con mayor
probabilidad en relaciones amorosas inmaduras. Finalmente es más común el aborto en
jovencitas con baja capacidad de ajuste a la maternidad.
Después de estudiar durante un año el desarrollo de 5.109 mujeres que
abortaron en clínicas estadounidenses, determinaron que el rango de edad más proclive
se presenta entre los 17 y 20 años. El aborto tendía a provocarse entre el segundo y
tercer mes de embarazo. Mientras más bajo es el nivel educativo, mayor es el riesgo del
aborto. Los antecedentes de psicopatología previa no son relevantes para la decisión,
tampoco lo es la presencia de alguna deformidad o enfermedad del feto. 94% de las
participantes expresaron estar seguras de abortar; el 96% señalaron que era la mejor
decisión que podían tomar; 53% indicaron no tener creencias religiosas, 62% que no
sentían remordimiento espiritual; 5% consideraron que Dios no les perdonaría y el 83%
no consideraba que estuvieran asesinando al bebé (Foster, Gould, Taylor, & Weitz,
2012).
En ese mismo estudio, se encontró que las personas que guardaron el secreto
del aborto fueron: en el 83% de los casos el compañero sexual, la madre en el 37% y
algún amigo o amiga en el 51%. En relación al apoyo recibido después del aborto, el
87% lo recibió de parte de su pareja, el 92% de la madre y el 94% del amigo o amiga.
Es indispensable reconocer que el aborto inducido es parte de las
alternativas de elección en las mujeres jóvenes con menos conflictos personales debido
a que se vive un entorno que cuestiona las funciones maternales como prioritarias. La
ideología feminista y el neoliberalismo suscitan que la jerarquía de valores femenina sea
encabezada por la autorrealización y la independencia, dejando a la maternidad y al
matrimonio como condiciones descartables (Reardon, 1987; Nash, 1988; Shrage, 2013).

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Psicología del amor: El amor en la Familia 73

Una vez producido el aborto, la mayoría de las mujeres atraviesan por un duelo
complicado ((Kersting, & Wagner, 2012), la melancolía se instala como una vivencia de
pérdida ambigua, al sentir la ausencia sin la presencia de un cuerpo. Por esa razón es
muy difícil el afrontamiento de la pérdida. Curley y Johnston (2013) evaluaron el
desarrollo psicológico de 89 mujeres jóvenes que abortaron, encontraron que en
promedio el duelo se instala hasta por lo menos tres años después del aborto. El 14% de
las participantes del estudio manifestaron haber intentado suicidarse. El trastorno
psicológico más frecuente fue el trastorno por estrés postraumático.
Después del aborto, las personas requieren el apoyo social. Cuando la pareja, la
familia y los amigos consuelan y apoyan a la persona para que afronte la pérdida, las
posibilidades de desarrollar problemas psicológicos disminuyen potencialmente
(Moseley, Follingstad, Harley, & Heckel, 1981; Harris, Roberts, Biggs, Rocca, &
Foster, 2014).
El aborto es producto de varios factores que recaen sustancialmente en tres
carencias: contención familiar afectiva durante la adolescencia, ausencia de educación
sexual y desorientación espiritual.
Los matrimonios precoces en las adolescentes suelen producirse como
solución al maltrato o a la pobreza de la familia de origen (Bruce, & Greene, 1998;
Haberland, Chong, Bracken, & Who, 2013; Jensen, R., & Thornton, 2010). Las familias
que no saben manejar las necesidades emocionales de sus hijos e hijas adolescentes
tienden a ser proclives de acelerar sus relaciones románticas impulsando a la
convivencia conyugal precoz (Conger, Cui, Bryant, & Elder, 2000). Los jovenzuelos
encuentran la protección y atención que no reciben en casa en su vínculo amoroso
(Michael, & Tuma, 1985).
Un factor que ocasiona la práctica de relaciones sexuales prematrimoniales
precoces es la asociada con las creencias religiosas rígidas de la familia, a partir de ellas
censuran cualquier tipo de manifestación erótica en los hijos e hijas. La prohibición
precipita la búsqueda precipitada de contactos sexuales como expresión rebelde por una
parte y la curiosidad por otra. En otros casos, a pesar de la ausencia de afiliación
religiosa rígida, algunos padres poseen prejuicios acerca de la sexualidad, impidiendo la
posibilidad de diálogo con los hijos e hijas lo que conduce a experiencias sexuales
tempranas para saciar la curiosidad desencadenada por el silencio sobre la sexualidad
existente en casa (Thornton, A., & Camburn, 1987).
Llama la atención que es más probable el matrimonio precoz en adolescentes
provenientes de padres divorciados (Moore, Peterson, & Furstenberg, 1984). Si bien, es
difícil generalizar debido a la singularidad de los procesos familiares asociados a la
separación de los padres, me atrevo a deducir que la búsqueda de afecto y sexualidad
temprana se debe a una manera de huir de los conflictos concomitantes al divorcio de
los padres.
Los jóvenes que reciben educación sexual en la escuela tienen menos
probabilidades de tener relaciones sexuales precoces (Erkut, Grossman, Frye, Ceder,
Charmaraman, & Tracy 2012), casarse prematuramente (Singh, & Samara, 1996) tener
abortos (Glasier, Gülmezoglu, Schmid, Moreno, & Van Look, 2006) y contraer
enfermedades de transmisión sexual (Duflo, Dupas, & Kremer, 2011).
Involucrar a los jóvenes en la fe religiosa les ofrece la oportunidad de guiar
su moral hacia el bienestar de los demás y al cuidado de sus relaciones amorosas. Es
notable que los grupos religiosos flexibles, en vez de rígidos definen el afrontamiento

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Psicología del amor: El amor en la Familia 74

racional del embarazo, reduciendo de esa manera la posibilidad del aborto (Pargament,
K. I., & Brant, 1998; Wiesner-Hanks, 2014). La pertenencia a un grupo religioso y la
escolaridad con formación religiosa disminuyen las relaciones sexuales prematuras y el
aborto (Adamczyk, 2009).

7. Duelo por la muerte del cónyuge

Sólo el que ha muerto es nuestro; sólo es nuestro lo que perdimos.


Borges

La muerte de la esposa o del esposo es, después de la muerte de un hijo, la


experiencia de pérdida más dolorosa para un ser humano (Sanders, 1979). El estrés
resultante puede derivar en una especie de marasmo emocional, provocando la
depresión psicológica y la inanición física al grado de producir la muerte del doliente
durante el primer año posterior al deceso del cónyuge (Clyton, 1974; Helsing, & Szklo,
1981; Boyle, Feng, & Raab, 2011; Shor, & cols. 2012; Sasson, & Uberston, 2014).
El desarrollo normal del duelo dependerá de la historia de la pareja. Es
distinto el proceso del duelo si la muerte del cónyuge acontece al inicio de la relación
amorosa que al final. Influirá si la muerte se debió a una larga enfermedad o si fue
consecuencia de una tragedia. El impacto será distinto si la pareja creó un vínculo de
dependencia o no; si la pareja era armoniosa o conflictiva. (Neimeyer, (2006).
Cuando la muerte es consecuencia de una larga y penosa enfermedad (v.g.
cáncer) y si el cónyuge acompañó el proceso cuidando y consolando al moribundo, se
produce un duelo anticipatorio donde el deceso puede considerarse un alivio para el
enfermo y para quien le cuidó, por ende, el proceso de duelo será normal antes que
patológico (Ball, 1976).
Las esposas suelen concluir el proceso de duelo alrededor de dos años
posteriores a la muerte del esposo; los varones en cambio, incrementan los síntomas de
la depresión después de los dieciocho meses posteriores a la muerte de la esposa
(Sanders, 1980). Varios estudios muestran que el afrontamiento del duelo es más difícil
para las viudas que para los viudos, sin embargo es más común el duelo patológico en
los viudos quienes acarrean desórdenes emocionales más graves que las mujeres. En los
jóvenes el duelo duelo se resuelve antes que en los ancianos, quienes pueden continuar
la melancolía durante muchos años (Carey, 1979; Gass, & Chang, 1989; Parkes, &
Prigerson, 2013).
La resolución del duelo por la muerte del cónyuge requiere complejas tareas
y demanda extraordinarias habilidades de afrontamiento, esto es más crítico en los
ancianos y ancianas, quienes además de enfrentar la pérdida de su pareja deben asumir
otras pérdidas (Herth, 1990; Boss, & Yeats, 2014).
Las experiencias emocionales de la viudez son: culpa, remordimiento y
despersonalización. La persona busca responsabilidades por la pérdida, rememora una y
otra vez los momentos dolorosos, deja de ser la persona que era, manifestando
principalmente mal humor y apatía (Naef, Ward, Mahrer-Imhof, & Grande, 2013).
Se facilita la resolución del duelo cuando la viuda o el viudo se centran en la
solución de problemas concretos, expresan libremente sus emociones y buscan consuelo
en las personas que aman (Stroebe, & Shut, 2001). Lograr colocar al muerto en un lugar
específico sin que afecte las otras áreas de la vida y que sea posible recordarlo, darle

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Psicología del amor: El amor en la Familia 75

sentido a la existencia a pesar del vacío, son las tareas del duelo que se deben lograr
(Stroebe, 1992).

8. Duelo por la muerte de una mascota

Podemos juzgar el corazón de un hombre según trata a los animales.


Immanuel Kant

Se estima que existen alrededor de dos millones de mascotas caninas en


Bolivia, estimando que por cada diez personas hay dos perros (La Razón, 2014). Estos
datos no consideran la posesión de gatos, hamsters, peces, aves ni mascotas exóticas.
Desde la prehistoria, los seres humanos hemos domesticado a los animales
para convertirlos en guardianes, acompañantes y proveedores de alimentos. Con el
tiempo, las mascotas se han convertido en partes importantes de la familia. Varios
estudios muestran cómo la mascota posee un lugar como miembro de la familia
(Hickrod, & Schmitt, 1982; Cain, 1985; Bonas, McNicholas, & Collis, 2000; Cohen,
2002; Serpell, & Paul, 2011; Parkhi, Vedaldi, Zisserman, & Jawahar, 2012). En un
estudio con 80 clientes de veterinarios, se encontró que el 48% de las personas
consideraban a su perro como miembro de su familia, 67% tenían una fotografía de su
can, 73% dormían con el animal y 40% celebraban su cumpleaños (Friedmann, Katcher,
Thomas, Lynch, & Messent, 1983).
La importancia de las mascotas se puede evidenciar en los conflictos que se
generan por su tenencia en los divorcios (Kindregan, 2013). Es evidente la importancia
afectiva que adquieren los animalitos, en muchos casos son considerados miembros
importantes de la familia (Cusack, & Smith, 2014). La relación con las mascotas se
establece como un vínculo afectivo (attachment). El primero recurso científico para
medir la relación entre el dueño y su mascota fue la “escala de relación con la mascota”
(pet relationship scale) (Lago, Kafer, Delaney, & Connell, 1988). Endenburg (1995)
estudió la intensidad del vínculo entre el dueño y su mascota en una muestra holandesa
compuesta por 400 participantes; encontró que la mayoría compró su animalito para
tener compañía, pero que con el paso del tiempo adquirieron una sensación de seguridad
y afecto.
Otro aspecto interesante de la relación con las mascotas, es que los
propietarios corren menos riesgos de enfermarse que las personas que no poseen
animales (Herzog, 2011). Se ha determinado que los perros son capaces de alertar a sus
propietarios epilépticos cuando les va a sobrevenir un ataque (Strong, Brown, &
Walker, 1999; Kirton, Wirrell, Zhang, & Hamiwka, 2004). También son posibles los
canes que alertan de un ataque migrañoso (Marcus, 2012). También se han utilizado
diversidad de mascotas en el acompañamiento de personas con enfermedades crónicas
(Servais, 2007).
Varios estudios muestran que la tenencia de una mascota modifica el estado
depresivo de las personas, dotándoles de un nuevo sentido en sus vidas. Ancianas
solitarias modificaron su estilo de vida gracias a tener bajo su cuidado a un cachorro
(Miller, & Lago, 1990). El cuidado de una mascota genera un nuevo sentido a la vida en
ancianos y ancianas de asilos (Lago,Delaney, Miller, & Grill, 1989; Banks, & Banks,
2002).

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Psicología del amor: El amor en la Familia 76

Beck y Madresh (2008) identificaron una coincidencia entre el apego en la


relación de pareja y el apego con la mascota. Sin embargo fue sorprendente el resultado
que indicó que el lazo afectivo con la mascota es mucho más seguro que el establecido
con la pareja.
En otra investigación se estableció que los perros como mascotas pueden
fungir como figuras de apego en el desarrollo de los niños (Kurdek, 2008) y adultos
(Noonan, 2008; Kurdek, 2009). Queda establecido que la relación con los animales
otorga una oportunidad para el desarrollo de un estilo de apego seguro (Crawford,
Worsham, & Swinehart, 2006; Walsh, 2009). Las mascotas también juegan un papel
importante el desarrollo de la autoestima al definirse como proyecciones del sí mismo
(Brown, 2004; Brown, 2007). Las conclusiones a las que llegan quienes han investigado
el vínculo afectivo entre el propietario y su perro, impiden considerar al perro como un
simple perro, éste al final de cuentas se percibe como un compañero, amigo, protector y
miembro de la familia (Wrobel, & Dye 2003; Kwong, & Bartholomew, 2011).
Actualmente se desarrollan programas de terapia asistida con animales
(zooterapia) ( aplicada a personas con capacidades diferentes (Nimer, & Lundahl , 2007;
Abellán, 2008). Se obtienen extraordinarios resultados en la adaptación social, la
expresión emocional y la psicomotricidad en autistas asistidos por caballos (Pelletier-
Milet, 2010; Hameury, Delavous, Teste, Leroy, Gaboriau, & Berthier, 2010). También
se ha recurrido al uso de delfines como mediadores en la terapia asistida a niños con
graves discapacidades mentales y físicas (Nathanson, De Castro,Friend, & McMahon,
1997).
Al reconocer el desarrollo de vínculos amorosos con las mascotas, su
muerte se vive como la pérdida de un miembro de la familia (Archer, & Winchester,
1994; Pinto, & Pérez, 2013; Rémillard, & cols., 2014). En un estudio con 207
propietarios que sufrieron la pérdida de su mascota (gato o perro), se encontraron
indicadores de procesos emocionales ligados al duelo. La intensidad y duración del
mismo dependieron del tipo de vínculo con el animal. Se observó que el duelo es más
duradero e intenso en los niños que en los adultos.
Cuando el propietario es un o una adolescente, el duelo es más intenso
cuando la unión afectiva con la mascota era muy fuerte; el lazo con la mascota es más
fuerte en las muchachas que en los varones, por lo tanto el duelo es más duradero en
ellas (Brown, Richards, & Wilson, 1996).
Uno de los problemas para que se afronte adecuadamente la pérdida es la
falta de comprensión del dolor por parte de algunos miembros de la familia y amigos.
Existen personas que no son capaces de entender el amor prodigado a las mascotas, por
lo que son incapaces de consolar al propietario doliente (Hewson, 2014).
En un estudio donde se consideraron a 49 adultos que sufrieron la muerte de
su mascota. Se les hizo un seguimiento de 2, 4, 6 y 26 semanas después del deceso. Se
encontró que no existía diferencia alguna entre el duelo por la mascota y el duelo por
una persona. La mayoría de las personas intentaron reparar la pérdida comprando o
adoptando otra mascota después de los seis meses del duelo, sin embargo en la mayoría
de los casos el animalito perdido no pudo ser reemplazado por el nuevo (Gerwolls, &
Labott , 1994)
El ajuste a la ausencia se facilita si se encuentra apoyo en la familia y en los
amigos. Si bien es más difícil la empatía en los casos de muerte de un animalito que en
la muerte de un ser humano, es indispensable el respeto por el dolor ante la pérdida.

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Psicología del amor: El amor en la Familia 77

(Packman, Field, Carmack, & Ronen, 2011). Ayudará al duelo la realización de


ceremonias mortuorias que impliquen un entierro respetuoso y el resguardo de objetos
que recuerden al animalito fallecido (Weisman, 1990).

CAPÍTULO 8

EL NIDO VACÍO

El ruiseñor se niega anidar en la jaula, para que la esclavitud no sea


el destino de su cría.
Gibran, Gibrân Jalîl

El concepto metafórico “nido vacío” fue acuñado por la psicología de la


familia para referirse a la última etapa del ciclo vital familiar. Se entiende como la fase
en la que la familia cumplió su función: permitir la autonomía, emancipación y
desvinculación de sus miembros (Harkins, 1978).
Esta etapa confronta cambios notables en el sistema familiar, puesto que la
pareja de los padres retorna al momento inicial de la familia, eran solamente dos antes
de la llegada de los hijos. Por eso es indispensable que el vínculo amoroso se renueve,
por lo que los esposos están obligados a reparar las cosas pendientes de su relación, en
algunas parejas esto se hace imposible, comprenden por un lado que estaban juntos
como padres y por otro que su historia de amor acabó hace mucho tiempo. En muchos
casos la resolución del vínculo es la separación y el divorcio tardío (Yehoshua, 2012).
No todas las familias tienen la ventura de que los padres estén juntos en esta
etapa, en algunas, uno de los padres murió, en otras se divorciaron. En esas
circunstancias el nido vacío produce mucha nostalgia y tristeza en el progenitor solitario
(Singh, & Kiran, 2013).
En la cultura boliviana es más frecuente el “nido atestado” (Belart, & Ferrer,
1999), puesto que los procesos de emancipación juvenil son tardíos en comparación a
otros países. Lamentablemente aún no existen datos estadísticos que me permitan
sostener esta afirmación, sin embargo, la experiencia clínica, el discurso cotidiano de
los jóvenes universitarios y las investigaciones antropológicas sobre las etnias hacen
muy probable lo enunciado. En algunos países europeos, como España, de un tiempo a
esta parte, la edad de emancipación familiar se ha extendido de los 18 años en la década
de los setenta a más de veinte en el siglo XXI (Requena, 2002).
Según los principios de la psicología de la familia, independientemente al
rango de edad de los jóvenes, el ciclo vital finaliza con la emancipación de los jóvenes,
independiente a la cultura (Calvo, 2002).

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Psicología del amor: El amor en la Familia 78

El nido vacío nos confronta con nuevas experiencias: lidiar con la


jubilación, la enfermedad y la vejez. Aprender a ser abuelos y asumir los límites
relacionales con los hijos emancipados.
La jubilación es la experiencia que se sucede a una vida en la cual el trabajo
jugó un papel importante. El dejar de trabajar confronta a la persona con un cambio
radical en su estilo de vida, está obligada a retomar un nuevo sentido en su vida, llenar
los tiempos de ocio con actividades placenteras, asumir una nueva identidad
independiente del trabajo (Kets de Vries, 2003).
El proceso emocional enlazado a la jubilación no será el mismo en
profesionales independientes que en dependientes, será más duro en personas cuya
identidad se ligaba íntimamente a su labor, como en el caso de los militares, médicos,
profesores de escuela, políticos y otros similares.
Las experiencias asociadas a la jubilación han sido agrupadas en lo que se
denomina “síndrome de la jubilación” (Kets de Vries, ob.cit.). La persona debe afrontar
el “dejar ir” a su identidad ligada al trabajo, asumir una nueva rutina, disfrutar del ocio,
aprender a vivir de su pensión o desarrollar nuevos emprendimientos para continuar en
los afanes de ganar dinero (Wang, & cols. 2011).
Los jubilados retornan al hogar donde deberán definir un rol funcional.
Tarea que se complica en las familias tradicionales, donde las labores domésticas han
sido ejecutadas indefectiblemente por la mujer. El esposo no tendrá un lugar en la casa,
toda ella pertenece a la esposa. Con el tiempo puede verse sumido en el aburrimiento y
en el enojo que le produce el no tener un lugar. En estos casos es común el desarrollo de
trastornos psicosomáticos o conversivos (Prada, & Alexa, 2014).
Si reprimimos nuestras emociones, el cuerpo se resiente y se expresa a
través de dolores; es como que convirtiéramos el sufrimiento emocional en dolor físico.
Existen ciertas dolencias asociadas a determinados tipos de estrés, por ejemplo, las
migrañas son más frecuentes en maestras de escuela que en otras profesiones
(Guglielmi, & Tatrow, 1988; Kyriacou, 2001).
Quizás sea durante la jubilación que las personas afrontamos muchas más
pérdidas que en otras etapas de la vida (Alpízar Jimenez, 2013). El proceso de
adaptación a una vida sin trabajo, representa el afrontamiento de un nuevo estilo de
vida, a lo que generalmente se añade la presencia de cambios fisiológicos que impedirán
la misma actividad física de la juventud. Los jubilados deben aprender a subsistir con la
pensión erogada por el Estado, así deberán vivir ajustados a los alcances permitidos por
ese bono. La familia ha cambiado, los hijos se marcharon o están en proceso de
emancipación. Los amigos mueren, puede que también haya que asumir la muerte del
cónyuge. En torno a estas crisis, los nietos pueden devolverle el entusiasmo a la vida.
El término “abuelidad” es un neologismo para referirnos a la experiencia de
los abuelos en relación a sus nietos, es la vivencia de amor con los hijos e hijas de
nuestros hijos. Mi gran amiga Blanca Lebl ha descrito la abuelidad de la siguiente
manera:
“Inicialmente se instala un asombro ante la noticia del milagro de la
renovación de la vida. Se evoca las propias experiencias, se compara y contrasta, se
sigue la evolución del embarazo. Se constata el milagro de que todo sea igual y todo
diferente (esto sucede especialmente con las hijas mujeres). La noticia “vas a ser
abuela” sacude, estremece. Se impone el hecho ineludible del paso del tiempo, de ser
vista como vieja. El sonido de la palabra “abuela” es pesado, el vocablo lleno de

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Psicología del amor: El amor en la Familia 79

connotaciones de ancianidad, de desplazamiento hacia otra categoría de persona, de


cesación de pretensiones juveniles, de cabello blanco peinado en moño en la nuca, de
espalda encorvada y de silla mecedora, de voz quebrada, de arrinconamiento. Sí, me
dirán, estas son evocaciones de las abuelas de antes. Ahora, la abuela llega con las
canas escondidas, vestida de jogging y zapatillas de tenis, viene de su caminata o del
gimnasio, contando sus planes de viaje. Se está redefiniendo la abuelidad.” (Lebl, 2013,
pág. 116).
La representación del abuelo y la abuela es una construcción social, la cual
como cualquier otra es dinámica y relativa a las condicionantes histórico - culturales. Es
subjetiva, ligada a las experiencias personales influidas por el entorno social. Surge
como consecuencia de la llegada de alguien novedoso. Si bien no podemos negar la
ternura que produce la imagen de los abuelos con sus nietos, se trata como cualquier
otra relación humana, de una variedad de procesos afectivos (Burin, 2012). El primer
impacto lo sufrimos al contemplar a nuestro hijo o a nuestra hija sosteniendo a la
criatura. Este evento cierra, o debería hacerlo, el ciclo vital de la relación padres-hijos.
No queda otra que asumir que nuestros hijos dejaron de serlo, dejaron de pertenecernos
para pertenecer de lleno a la nueva familia que construyeron.
En la medida en que los nietos crecen, los abuelos decrecen. La abuelidad es
una etapa en la cual las personas se dan permiso para retornar a la infancia. Los nietos
tienen en sus abuelitos a unos amigos con los que pueden jugar y pelear de igual a igual
(Eymar, & cols. 2010).
Otra de las funciones asociadas a la anterior es el cuidado de los nietos
cuando los padres no están. Esas ausencias pueden ser eventuales o permanentes, como
en los casos de las migraciones. Les queda a los abuelos la difícil función de contener la
nostalgia y la tristeza de los hijos cuando los padres marchan a otras latitudes (León, &
Serrano, 2010). La protección de las abuelas ha demostrado ser un factor resiliente en
las familias que quedaron cuando los padres emigran (Pantea, 2012). La ausencia de los
padres produce efectos nefastos en la psicología de los hijos que se quedan esperando
por el retorno o por unirse con ellos. La labor de apaciguar la pena y proporcionar un
espacio seguro a pesar de la desazón suelen cumplirla a cabalidad los abuelos, y en
muchos casos llegan a erigirse como figuras parentales desplazando, haciendo
innecesaria la presencia de los verdaderos progenitores (Coleman, Ganong, & Russell,
2013).
Durante los dolorosos momentos de la ruptura familiar en el divorcio de los
padres, los hijos atraviesan en soledad duelos indecibles. En esas circunstancias aciagas,
los abuelitos juegan un papel importante. La familia se desmorona, los padres están
entretenidos con los conflictos de pareja inconclusos, además abordan agresivamente
dinámicas legales aparentemente interminables. Los hijos suelen convertirse en objetos
del litigio, víctimas de la negligencia y de los juegos pervertidos en los que suelen verse
involucrados sin alternativa de escape, requieren el auxilio afectivo que no pueden
recibir de sus progenitores. Entonces el amor de los abuelos es el refugio para el
sufrimiento silente de los niños del divorcio (Timonen, & Doyle, 2012). La relación con
los abuelos otorga el consuelo indispensable para afrontar el duelo del divorcio, además
de contar con las narraciones esperanzadores de una realidad muchas veces devastadora.
En las vivencias de pérdida, ante la muerte de hermanos o de los padres, los
abuelitos una vez más, son los llamados a la contención y orientación del sufrimiento de
los hijos (Mhaka-Mutepfa, Cumming, & Mpofu, 20114).

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Por último, es función de los abuelos la transmisión de los mitos y


costumbres del linaje familiar, son los portavoces de las historias que dieron lugar al
espíritu de la familia (Pratt, M., Norris, Lawford, & Arnold, 2010).
Durante los cambios producidos en la etapa del nido vacío, se hace
imperiosa la necesidad de ayudar a que los hijos construyan su propio “nido”. Así como
los hijos se desvinculan y emancipan los padres deben “destetarse” (Pérez, & López,
2000; Guindi, 2006). Destetarse de los hijos significa permitir que se apropien de su
vida, más aún si están casados y tienen hijos. La tarea de los suegros es la de construir
fronteras permeables entre la familia de los hijos y la pareja de abuelos. La nueva
familia está construyendo la “notrosidad” con los sistemas conyugales, parentales y
filiales, para ello necesitan confrontar las diferencias psicológicas y culturales internas
al vínculo romántico, a la par que deben forjar los parámetros axiológicos y
pedagógicos en la crianza de sus hijos. Labores difíciles, para sobrevivir a ellas
necesitan negociar y afrontar las vicisitudes de la convivencia. Las familias extensas, en
concreto, los suegros y suegras, pueden ser facilitadores de la relación matrimonial de
los hijos, yernos y nueras, u obstáculos capaces de deteriorarla (Fischer, 1983; Marotz,
& Cowan, 1987; Rittenour, & Soliz ; Pinto, 2012).
Con el tiempo, el nido vacío se llenará de risas y travesuras. Los nietos y las
nietas son capaces de convertir la casa de los abuelos en un parque de diversiones. Los
hijos desarrollan sus vidas, sus padres son silenciosos testigos. La siembra produce sus
frutos, si bien en un momento, el nido vacío parecía anunciar el fin del ciclo, ahora es
patente que es el anuncio de nuevas etapas, serenas, deliciosas, contemplativas.

CAPÍTULO 9

CONCLUSIONES

Si ayudo a una sola persona a tener esperanza,


no habré vivido en vano.
Martin Luther King

A lo largo de la lectura de las páginas de este libro hemos recorrido


raudamente por la aventura de la construcción de una familia sobre los cimientos del
amor romántico entre dos desconocidos. El nacimiento de los hijos pregona el mayor
milagro del universo: nueva vida oriunda de los besos amantes de amantes que se
convirtieron en esposos y ahora en padres.
La familia es uno de los más trágicos inventos humanos, concebida para
regular la vida de unos seres afanados en aprender a amarse. La sociedad ha obligado a
las familias a mantenerse unidas a pesar de las carencias amorosas, a regirse por normas
ajenas a los principios del amor. Fue paulatinamente perdiendo la mayor de sus

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fortalezas, el amor incondicional para erguirse en el pantano inmundo de la obediencia:


amarnos porque debemos y no porque queremos.
Nada más ajeno al amor que la obligación, el amor no entiende de
mandatos, de normas, de obediencias. El amor simplemente es, permite ser, reconoce,
acepta y deja marchar. De sus vértices florece el respeto, la confianza, la libertad y la
soledad. ¡Soledad!, he aquí el terror de los poderosos, puesto que no puede existir poder
si no se tiene a quien mandar, el poderoso en la soledad es inútil, por eso le teme al
amor, por eso insiste en asociarlo a necesidades e intenta persuadirnos para normarlo.
Las personas se amaban sin necesidad de matrimonio, cuidaban y protegían
a sus hijos sin necesidad de familia. Los vínculos del poder trémulos ante la humildad
del amor buscan desesperados reducir a los amantes, a los padres y a sus hijos a los
parámetros rigurosos y estúpidos de la reglamentación de las relaciones. Cristo nos lo
dijo, que demos a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César. Si Dios es
amor, entonces el amor es para Dios, el amor es para sí mismo, en sí mismo. La mejor
descripción del amor está en Corintios 13, 1-10:

“Si no tengo amor, de nada me sirve hablar todos los idiomas del mundo, y
hasta el idioma de los ángeles. Si no tengo amor, soy como un pedazo de
metal ruidoso; ¡soy como una campana desafinada!
2
Si no tengo amor, de nada me sirve hablar de parte de Dios y conocer sus
planes secretos. De nada me sirve que mi confianza en Dios me haga mover
montañas.
3
Si no tengo amor, de nada me sirve darles a los pobres todo lo que tengo.
De nada me sirve dedicarme en cuerpo y alma a ayudar a los demás.
4
El que ama tiene paciencia en todo, y siempre es amable.
El que ama no es envidioso, ni se cree más que nadie.
No es orgulloso.
5
No es grosero ni egoísta.
No se enoja por cualquier cosa.
No se pasa la vida recordando lo malo que otros le han hecho.
6
No aplaude a los malvados, sino a los que hablan con la verdad.
7
El que ama es capaz de aguantarlo todo, de creerlo todo, de esperarlo todo,
de soportarlo todo.
8
Sólo el amor vive para siempre. Llegará el día en que ya nadie hable de
parte de Dios, ni se hable en idiomas extraños, ni sea necesario conocer los
planes secretos de Dios.
9
Las profecías, y todo lo que ahora conocemos, es imperfecto.
10
Cuando llegue lo que es perfecto, todo lo demás se acabará.”

La terapia familiar lo que hace es proteger a la familia de los embistes


despiadados del poder, animar a sus componentes a realizarse como personas, afrontarse
a sí mismos a pesar de los mitos familiares y de los mandatos sociales. Atreverse a abrir
los ojos para mirarse los unos a los otros, más allá de los roles, hacia la misma esencia
que los llevó a fabricar su familia.
Nada más fácil, contemplar el crecimiento de quienes me aman y amo, ser
testigos de la lucha, para realizarse, para cumplir la misión encomendada. Lucha contra
uno mismo. Para encontrarnos y obedecernos, no hay tiempo, la vida es breve, nos urge

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vivirla. El encuentro con uno mismo es una tarea obstaculizada por las capas que nos
cubren, mentiras verdaderas, esbozadas por la historia de nuestros padres, y la de ellos,
por nuestros abuelos. Establecimientos congelados de mandatos forajidos, se
transmitieron sin saberlo de ancestros a ancestros.
Mandatos mediatos configurados bajo la certeza de que al cumplirlos, y al
solo cumpliros, se nos asegura identidad: soy en cuanto obedezco las condiciones del
mandato. Por ejemplo: soy si soy buen alumno, soy si soy profesional, soy si soy
marido, soy si soy…Mandatos frívolos, malditos, condición eterna para ser aceptado en
mi familia. Quien los desobedece será tildado de traidor y se le retirará el apoyo
afectivo.
El vacío incomprensible del hijo que se obedece a sí mismo pero que para
hacerlo debe contradecir al mandato familiar, puede llevarlo a la desesperación y con
ella al desarrollo de síntomas para excusarse ante la familia por tamaño atrevimiento. El
síntoma al inicio lo protege, lo salva de la arremetida cruel de sus familiares, pero con el
tiempo el síntoma se encarga de destruir lo poco que le queda de su esencia, le corroe al
alma y le impide amar.
Así llegan las familias al consultorio, con un portador del síntoma familiar,
cansado, angustiado, confundido, con el alma herida, los ojos cerrados para no dejar de
soñar con la libertad, sin saber a dónde ir, el sentido de su vida y el de la familia es la
desaparición del síntoma, sin cambiar para nada a la familia, quien aún vive con la
esperanza del rescate del mito, aquella verdad certera, que da sentido al vivir cotidiano,
insensible, inhumano, aburrido. El sentido del sacrificio para existir. Debes sacrificar tu
alma, abandonarte a las reglas establecidas por las normas sociales, independientemente
a su pertinencia ética, debes ser a toda costa, ser como se dice que debes serlo, sino la
consecuencia es el estigma del traidor.
Los padres hace tiempo dejaron de amarse, ahora se controlan, luchan por
imponer sus desaforados criterios de cómo deben ser las cosas, todo por el éxito, nada
por el éxtasis de existir. El vacío se alimenta de las cosas vacías: éxito, prestigio,
riqueza. Mientras más se alimenta, más se desgarran trozos del alma, hasta destruirla
por completo. Queda de la persona una carcasa ridícula, cuya meta es ser mejor que los
demás, en todo, para nada.
El amor tiene muchas dificultades para horadar las capas de las armaduras
impenetrables del ego. Cuando lo logra devuelve a la vida la existencia de esa persona.
Sin embargo, ignora que amar obliga a la soledad, a dejar marchar, decir adiós. Amar
duele necesariamente porque exige el despojo de las expectativas.
Si algo caracteriza al amor en la familia es la renuncia a las expectativas.
Abandonar lo que nos gustaría que sea nuestro hijo, aceptar que se marche por el
camino que eligió independientemente a nuestros mandatos. Asegurarle apoyo y
comprensión. Por lo que estamos obligados a conocer el mundo de ellos, aunque sea un
poquito, en el atisbo vergonzoso de viejos que se olvidaron de la locura de su propia
juventud.
Amar en la familia requiere de la capacidad del adiós que predispone al re
encuentro: despedirse del niño para dar la bienvenida al joven, despedirse del joven para
dar la bienvenida al adulto. Amar es encontrarnos para despedirnos. Mientras más me
esfuerzo en amarte, más me dolerá tu partida. Por eso muchos prefieren el poder. Jamás
se marchará si te temen, jamás lo conocerás porque no le permites despojarse del espejo
que le pusiste como vestimenta.

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No es suficiente con el amor a los hijos, es más importante el amor de los


esposos. Incansables guerreros de las cruentas batallas contra los enemigos del amor.
Los hijos obligan a que el amor romántico de lugar al amor de padres; apaga la pasión,
aleja la intimidad. El trabajo ingresa rompiendo puertas y ventanas, la escuela destecha
la casa. Son huracanes que envisten invitados por los padres, se apropian de la familia,
apartan a todos los amores. Trabajar por trabajar, estudiar por estudiar. Medios
convertidos en fines, sus metas están en los campos yermos del poder.
La familia amorosa aprende a amar para permitir la emancipación; la familia
amargada aprende a poseer y controlar para evitar la independencia de sus
componentes. La diferencia se dispone en el manejo del caos, la primera lo soporta y es
capaz de darle un sentido que ceda a modificaciones en su organización sin perder su
fin: la nutrición dirigida a la autonomía; la segunda es incapaz de regularse ante la
presencia del caos, se paraliza, despliega recursos para mantenerse homeostática, logra
su propósito ante la presencia de un síntoma.
El amor sucumbe ante los arrebatos de certidumbre vomitados por el dragón
de la post modernidad. Todo vale y nada vale, anulada la espiritualidad o confundida
con el fanatismo se ha evaporado de las ingenuas creencias del alma infantil. Las
necesidades fisiológicas han vencido a las necesidades espirituales. Los valores
económicos han derrotado a los pueriles valores filantrópicos y teológicos. Nietzsche se
equivocó, Dios no está muerto, lo hemos dejado solo.
Por esta crisis axiológica, los procesos de pérdida en general y de duelo en
particular se hacen más difíciles de afrontar, porque se ha patologizado la tristeza,
prohibiendo la expresión libre de la desazón, desesperanza, nostalgia y melancolía. Poco
o casi nada se informa acerca de la vivencia de las emociones de la pérdida. Los dramas
televisivos y cinematográficos ponen énfasis en la pasión y el romance, abandonando la
ternura y la intimidad, indispensables para la construcción racional de los lazos
amorosos. Propone historias familiares desventuradas o aventuradas en extremo, casi
pocos son los acercamientos a la dinámica familiar y sus procesos vitales. Si las familias
de origen pierden paulatinamente sus paradigmas, los medios se encargan en definitiva
de destruirlos.
El matrimonio y la vida familiar están en franca decadencia, debido al
énfasis que la sociedad postmoderna le da a la individualidad y al éxito personal. Los
hijos nacen dentro de matrimonios desorientados, los esposos no saben convivir,
confunden el amar con el sentirse bien con el otro, y ante el menor atisbo de
aburrimiento o crisis, toman la decisión del divorcio. Absurda solución puesto que es
imposible el divorcio entre padres. La otra alternativa es huir de la responsabilidad del
amor, por lo que en su nombre, uno o ambos progenitores emigran dejando a los hijos al
cuidado de la familia extensa. Es entonces que la función de los abuelos se clarifica:
reemplazar a los padres. Consecuencia del abandono de los hijos, es la proliferación de
jóvenes amargados, desesperanzados y traicionados. Las nuevas configuraciones
familiares pueden explicar el incremento de trastornos asociados con el abandono, como
el trastorno límite de la personalidad.
Los hijos claman por ser protegidos, no acuden los padres a ellos, los padres
recurren a sustitutas, la principal: la escuela. Mientras los padres irresponsables de
refugian en el trabajo, obligan a sus pequeñuelos a quedarse con extraños en ambientes
sofisticados denominados “guarderías”. Mientras más anulan el desarrollo natural de su
crecimiento a nombre de sistemas pedagógicos que alientan el “desarrollo natural” del

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Psicología del amor: El amor en la Familia 84

aprendizaje, más los desnaturalizan. Cualquier demanda afectiva, la catalogan de


trastorno psicológico: enuresis, encopresis, TDH, conductas oposicionistas, depresión.
Los niños necesitan padres no asistentes de parvulario ni psicólogos.
La escuela al introducirse en la familia revocó las interacciones amorosas
entre padres e hijos, derogó jugar juntos, para dar lugar a hacer insensatas tareas,
estudios de materias inútiles para la vida, miles de horas robadas a la vida en aulas
atiborradas de estupideces. La escuela tiene la desfachatez de descalificar a la familia
afirmando que ella sí es capaz de formar en valores, obligando a los estudiantes y en
algunos casos más atrevidos, a los padres para que asistan a las actividades sesudamente
programadas para la inserción de valores. Lo propio viene haciendo el ejército con su
“servicio militar”, donde se forjan hombres violentos entrenados para la guerra. La
escuela prepara para el estudio el ejército para la violencia. ¿Quién se encarga de
prepararnos para el amor?
El lugar del amor es la familia, los padres cuando se aman crean un clima de
seguridad irremplazable para los hijos. Cuando padre y madre con coherentes con su
moral, los hijos aprender los valores de sus padres. No hay donde perderse, es el amor
en la familia que celebra la vida. Y lo único que importa en esta vida es el amor, porque
solo a través de él es posible la existencia. Cuando hay amor es más factible lanzarse a
la aventura de vivir.
En el siglo XX era vergonzoso hablar de sexo, ahora lo es hablar de Dios.
La religión es cosa de viejos e ignorantes. El discurso tecnológico se confunde con el
saber científico. La ciencia no es conveniente en el mundo postmoderno, claro que no,
la ciencia se acerca a la verdad a través de la refutación de sus supuestos, es tan incierta
como el amor. La sociedad no necesita preguntas quiere certezas, algo que sirva, si es
útil es bueno aunque no tenga asidero científico. Pululan las falsas ciencias, muchas a
nombre de la terapia familiar sistémica: Programación Neurolingüística, Constelaciones
Familiares, Terapia Transpersonal. Modelos teóricos con epistemologías dependientes
de ideologías: Construccionismo Social, Investigación Narrativa Etnográfica. Tramas
que encandilan a los cerebros de psicólogos jóvenes, sin recorrido crítico en la filosofía
ni en la epistemología rápidamente asumen como bandera de lucha acercamientos
políticos enmascarados de ciencia.
La ciencia es un método para conocer la realidad natural y la realidad social,
como tal está organizado por reglas procedimentales, pretende describir, explicar y
predecir fenómenos. La Psicología es una ciencia, por lo tanto asume la universalidad
de los principios científicos. En sí misma es inmune a la política y a la ideología, otra
cosa será la valoración de sus resultados. El saber de la Psicología, más que en ningún
otro campo debe ser ética, porque la investigación de personas puede lastimarlas o
aprovecharlas sin consideraciones.
El estudio de la familia es un desafío para la ciencia psicológica, de por sí el
constructo “familia” es endeble, no es un buen concepto, todos sabemos de qué estamos
hablando hasta que nos preguntan ¿de qué estamos hablando? Es una abstracción
asimilada por nuestro cerebro como una realidad objetiva, como la nombramos es
factible pensar en su existencia. La familia es un sistema de interacciones entre personas
que aprendieron a necesitarse unas a otras. Es un espacio relacional de nutrición
afectiva. A diferencia del amor romántico donde se construye el “nosotros” entre dos
personas que apuestan por el compromiso hacia la perpetuidad del vínculo, en la familia
la “notrosidad” es una imposición en la que ni padres ni hijos se eligieron, sino que la

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vida en común es una obligación. No todos los hijos son amados por sus padres, ni
todos los padres aman a sus hijos.
El modelo estructuralista es un recurso de análisis de la organización
familiar, podemos a través de sus conceptos y parámetros de análisis, identificar la
dinámica de la estructura familiar, las interacciones entre subsistemas, los límites
internos y externos, los recursos de regulación, las jerarquías y los juegos relacionales.
También es factible el acercamiento al estudio de los fenómenos familiares
a través de autoinformes dirigidos a la medida de constructos proporcionados por la
psicología social y clínica como por ejemplo: afrontamiento, estilos de apego,
relaciones parento-filiales, familias centrípetas y centrífugas, emoción expresada,
etcétera.
Los estudios de casos se han constituido en un excelente recurso de análisis
de los trastornos asociados a la organización familiar, si bien no permiten la
generalización de sus hallazgos, son el punto de partida de investigaciones precisas que
falsearan las hipótesis emanadas de los resultados encontrados.
Tengo la suerte de trabajar con varios equipos de investigación patrocinados
por la Universidad Católica Boliviana “San Pablo” que me permiten acercarme a
diversas problemáticas del amor conyugal y el amor en la familia pertinentes al contexto
socio cultural de mi país. Es así que actualmente poseemos un bagaje informativo
pertinente al análisis de diversas problemáticas: concepto de amor; estructura familiar
en presencia de enfermedades crónicas, adicciones, demencias, daño cerebral, trastornos
de alimentación, trastornos de personalidad, y otras alteraciones mentales; ciclo vital
familiar; violencia intrafamiliar y doméstica; resiliencia familiar y otros temas
asociados.
El amor en la familia es la base para el amor a la pareja, el amor a los
amigos, el amor a los demás, el amor a la naturaleza y el amor a Dios. Desde que
decimos “mamá” ingresamos al mundo de las construcciones dialogales, el niño y sus
padres construyen el primer planeta de amor. Los hijos al contemplar el amor de sus
padres sienten la necesidad de un día hacerlo ellos también. El amor nos quema si no lo
entregamos, el amor nos enseña que no hay nada más valioso en la vida que ser
partícipes de la felicidad de los demás. El amor duele, es cierto, pero al mismo tiempo
nos permite soportar toda clase de sufrimiento, inclusive el que él mismo nos produce.
El amor es esa hamaca donde nuestra alma encuentra reposo en cualquier momento. El
amor de mamá y papá son las cuerdas de la hamaca, mientras más fuerte, menos
probable que ceda. Dichosos quienes pudimos sentir esas cuatro manos acariciarnos
ante la catástrofe, ahora podemos entrelazar los dedos con nuestra pareja para sostener a
nuestros hijos, pronto, muy pronto tomados de las manos usaremos las que nos quedan
libres para decir adiós.

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