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EL VALOR DEL JURAMENTO

El Procurador Arrieta ha puesto sobre el tapete un tema de máxima importancia para el


país, que ya este columnista había criticado repetidamente. Se trata de la credibilidad
del testimonio, como producto de la negociación de las penas. A juicio del Procurador,
con quien me encanta estar de acuerdo por primera vez, la fidelidad de un testimonio
podría debilitarse cuando es el producto de una delación, pagada por medio de una
rebaja de penas. El delincuente, para trasladar la culpa a otros, podría incriminarlos
ficticiamente. Y con ese mecanismo, en lugar de avanzar la investigación criminal, lo
que se hace es detenerla, desorientarla, y producir una gigantesca impunidad. Pero en
realidad el tema va mucho más allá. En el derecho anglosajón, el testimonio es la espina
dorsal del sistema probatorio. Con una persona que rinda declaración, y sin elemento
probatorio adicional, se puede derrumbar una organización criminal. Pero ello es así por
una razón cultural y moral profunda. Porque el

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Por: REDACCIÓN EL TIEMPO


27 de marzo 1993 , 12:00 a.m.

En Colombia, en cambio, se rinde declaración sin juramento, y el perjurio es visto como


una argucia de defensa legítima.

En el sistema educativo inglés, el primer valor moral que se comunica a los niños es el
de decir la verdad. Sobre este rasgo se ha edificado una cultura. Y la confesión
voluntaria de la culpa se convierte en el comienzo del perdón. La psicología
colombiana, pervertida por la malicia, funciona al revés. Aquí todo el mundo es
inocente. La flagrancia en el delito no constituye prueba de el. El asesino tiene en sus
manos, aún, el cuchillo con sangre, y reclama total inocencia. Hay que probarle con
elementos distintos de la flagrancia la comisión del delito. Y no confiesa jamás.

Quienes recuerden el Caso Profumo tienen un ejemplo de toda una estructura política
basada en la credibilidad del juramento. El ministro Profumo había sido amante de la
espía soviética. Pero tenía el privilegio constitucional de hacer un statement, es decir
una declaración jurada, ante el parlamento, para poner fin al juicio político. Esa
declaración sería tomada en su valor formal porque era el producto de un juramento.
Profumo se cayó del cargo, no por el lío de faldas, sino por el perjurio...

Para recuperar entre los colombianos el valor del juramento, que es lo que le da validez
al testimonio, hay que acometer una profunda reforma moral. Que comienza en los
pupitres de la escuela primaria. Tenemos que volver a trabajar sobre la transmisión de
los valores morales, que hemos dejado en manos de un Estado inepto y cegatón. Y en
manos de la izquierda. El sistema educativo colombiano empobrece moralmente a la
juventud, y en lugar de construir, destruye todo un acervo cultural que es el cimiento de
la nacionalidad.

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Por ello hay que devolver la educación a las comunidades, y a las familias, para que
ellas decidan, sin intervención del Estado, qué tipo de valores morales y espirituales
quieren transmitir a la siguiente generación.

La negociación de las penas, como práctica generalizada, es testimonio del derrumbe de


la capacidad inquisitiva del Estado. Este es incapaz de probarle nada a los delincuentes,
y decide rogarles que confiesen algo, cualquier cosa, cualquier banalidad, para poderles
aplicar un castigo mínimo. Y ahora el gobierno ha resuelto, en lugar de endurecer las
leyes para que sean disuasivas, rogarle a los criminales, por la televisión, que no se
asusten con la justicia porque ella no muerde. Y se les ofrece el 40 por ciento de los
bienes malhabidos, para que entiendan que el delito sí paga... Esto ya es el colmo.

Se ha querido convertir a la Fiscalía que debía ser la encargada de la investigación


criminal en una agencia de exoneraciones políticas y de comercio sobre la ley.

Comprendo la frustración del valiente fiscal De Greiff, en sus últimas declaraciones.

Y es evidente que hay que replantear la política criminal, y la graduación de las penas,
no solo para fortalecer la capacidad inquisitiva del aparato judicial, sino para volver a
tener penas que asusten, en lugar de aliviar, al delincuente.