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Lingüística interpretativa...

Índice

Presentación .......................................................................... 5
La inmanencia: línea de fuga semiótica
Alessandro Zinna .........................................................19
¿Qué sucede con la inmanencia en la reflexión
lingüística y semiológica de Saussure?
Michel Arrivé ......................................................................49
Inmanencia y empirismo. Examen epistemológico
de la teoría del lenguaje de Louis Hjelmslev
Sémir Badir ..........................................................................71
La forma de la inmanencia: una gramática generativo-
transformacional
Francesco Galofaro .....................................................95
Modos de inmanencia semiótica
Óscar Quezada Macchiavello y Desiderio Blanco .......117
Una epistemología discursiva en construcción:
la teoría semiótica inmanente entre la percepción
y la semiocepción
Waldir Beividas ............................................................139
El principio de inmanencia, entre el paratexto
y el intertexto
Odile Le Guern ............................................................161
El principio de inmanencia y la diferencia ontológica
Adrián Bertorello .........................................................175
¿Un par incierto?
Claude Zilberberg ........................................................195
Resúmenes ............................................................................. 209
Acerca de los autores ................................................... 229
La inmanencia: línea de fuga semiótica 19

La inmanencia en cuestión.
Tópicos del Seminario, 31.
Enero-junio 2014, pp. 19-47.

La inmanencia: línea de fuga semiótica*

Alessandro Zinna
Universidad de Toulouse 2, Francia

Había que llegar hasta ahí en la inversión de los valo-


res: hacernos creer que la inmanencia es una cárcel
(solipsismo…) de la que nos salva lo Transcendente.
deleuze y guattari

Traducción de Dominique Bertolotti Thiodat

1. La inmanencia en juego

¿Sería posible conciliar la inmanencia con la irrupción de lo


imprevisto en la escena del sentido? En otras palabras, si el
objeto de estudio se cierra sobre sí mismo, ¿cómo se podrían
pensar los diversos cambios que sobrevienen de los impulsos
externos al texto? Antes de entrar de lleno en esta aparente apo-
ría, relacionada, como lo veremos, con una vulgata del sentido
de inmanencia, será necesario, por un lado, retomar algunas de
las etapas por las que pasó este concepto, y el término que lo
recubre, en el establecimiento de sus distintas acepciones —no
todas unívocas— y, por otro lado, definir el alcance y el valor

*
Este artículo está basado en mis anteriores reflexiones que, con el título
“Il primato dell’immanenza nella semiotica strutturale”, fueron presentadas
en el congreso “Incidenti ed esplosioni. A. J. Greimas e J. M. Lotman. Per una
semiotica della cultura”, Venecia, IUAV, 6 y 7 de mayo de 2008.
20 Alessandro Zinna

que dicho concepto asume en la semiótica estructural y en sus


evoluciones más recientes.
Esta reflexión surge de un debate actual en el cual se ha
puesto en tela de juicio el principio de inmanencia. Resumiendo
estas posiciones, la inmanencia está amenazada por tres nuevas
exigencias: 1) lo que funda la praxis enunciativa ya no es visto
como un pasaje inmanente de las estructuras narrativas al dis-
curso, sino como lo que la funda en el acto mismo de su produc-
ción siguiendo la dinámica de la interacción; 2) un regreso a la
fenomenología de la experiencia y de la percepción que remitiría
a lo trascendente de lo vivido; y, finalmente, 3) el sentido no
es inmanente al texto sino que se construye en el trabajo de la
interpretación (Rastier).
Las consecuencias de un eventual replanteamiento, incluso
por parte de autores que tienen sólidas raíces estructurales, son
muy diferentes de las que podrían ocasionarse poniendo en tela
de juicio cualquier otro concepto de la teoría semiótica. El plano
o el principio de inmanencia no es un simple concepto como
cualquiera de los otros que nacen y mueren en el metalenguaje de
la semiótica. En ciertos aspectos, la inmanencia es el arquitrabe
sobre el cual descansa la hipótesis semiótica. Por consiguiente,
evitaré tratar la inmanencia como si fuera semejante a tantas
otras creaciones conceptuales filosóficas o semióticas. La inma-
nencia es una actitud frente a la investigación que ha producido
muchos de los resultados que han alimentado las investigaciones
semióticas de los últimos sesenta años.1 Uno de los puntos que
debemos aclarar es el hecho de que, en estos mismos ámbitos,
a la inmanencia se le atribuyen acepciones muy distintas.
1
Jacques Fontanille, Pratiques sémiotiques, París, PUF, 2008, p. 12. El
autor sostiene que: “[...] el principio de inmanencia resultó ser portador de un
gran poder teórico, pues la restricción que impone al análisis es una de las con-
diciones necesarias de la modelización y, por consiguiente, del enriquecimiento
de la propuesta teórica global: sin el principio de inmanencia, no habría teoría
narrativa, sino una simple lógica de la acción aplicada a motivos narrativos […]”
[Traducción libre]. La lista de las adquisiciones con la que prosigue el texto es lo
suficientemente amplia y convincente.
La inmanencia: línea de fuga semiótica 21

Nuestro primer objetivo será, por consiguiente, desenredar es-


tos diferentes sentidos. Naturalmente nada es inmutable, pero
es conveniente saber qué sentido se le otorga a la inmanencia, es
decir, saber a qué se renuncia y cuáles son las consecuencias que
esto conlleva, sin que por ello tengamos que quedarnos con un
concepto o un modo de pensar obsoleto.
Es por ello que, antes de tomar en cuenta a los autores que
pueden ser considerados como los padres y defensores de la in-
manencia, empezaré por investigar las razones de este principio
en autores de los que no se sospecha connivencia alguna con
la hipótesis estructural. Para lo cual haré una retrospección en
el tiempo, sin pretender, en este intento de reconstrucción, ser
exhaustivo.

2. Inmanencia y pensamiento filosófico

El inmanentismo posee una noble historia, una larga corriente


que coincide con el hecho de deslindarse de lo que se ha definido,
con justa razón o no, como el pensamiento racional.
En su libro De Tales a Platón, en parte dedicado al estudio
de cómo se realiza el pasaje del pensamiento mítico al pen-
samiento filosófico, Cassirer había observado que existía, de
manera gradual, una “evolución inmanente del pensamiento
en sí, en su necesidad objetiva y en su conclusividad tangible y
consecuencial”.2 En términos de Cassirer, la conclusividad es la
ausencia de trascendencia que se abre camino en el pensamiento
griego. En el largo recorrido que termina con el distanciamiento
del pensamiento mítico, Cassirer observa de qué manera esta
nueva actitud, manifiesta sobre todo en el discurso, constituirá
la base de lo que llamamos pensamiento racional. Las primeras

2
Ernst Cassirer, “Die Philosophie der Griechen von den Anfängen bis
Platon”. En M. Dessoir, Die Geschichte der Philosophie, Berlín, Verlag Ullstein
GmbH, 1925 [Traducción libre al español de la versión italiana: Da Talete a
Platone, Bari, Laterza, 1992, p. 8].
22 Alessandro Zinna

huellas de tal actitud son visibles en las reglas de producción del


discurso filosófico:

Con lo cual este principio de la inmanencia que constituía desde el


inicio una línea de demarcación entre el pensamiento mítico y
el pensamiento filosófico, finalmente ha encontrado una expresión
precisa y unívoca.3

La primacía de la inmanencia también es lo que Deleuze y


Guattari reconocen en el pensamiento filosófico naciente.4 En
muchos aspectos, el modelo griego es una excepción con relación
a otras formas de pensamiento teosófico que se desarrollaron en
distintas zonas geográficas: los griegos, al alejarse de la trascen-
dencia, crearon un plano de inmanencia para construir esa nueva
modalidad de pensamiento. Como lo recuerda Lotman,5 además
del discurso, este pensamiento se expresará de acuerdo a las mis-
mas reglas del discurso histórico. A partir de Erodoto, la causa
de los acontecimientos ya no es atribuida a la intervención de los
dioses, sino que se trata de encontrarla en las condiciones y en
las acciones de los seres humanos. Con la separación del plano
inmanente aparecen, por un lado, la argumentación filosófica, y,
por el otro, la búsqueda de la verdad histórica.
En sus trabajos, Deleuze y Guattari hacen muchas referencias
al valor de la inmanencia. En particular, en su último libro ¿Qué
es la filosofía?, en el que reconocen a Spinoza como el padre
del inmanentismo. Con anterioridad, Deleuze había dedicado la
segunda parte de su texto: “Spinoza y el problema de la expre-

3
Ibid., p. 22 [Traducción libre].
4
“El plano de inmanencia no es un concepto, ni el concepto de todos los
conceptos. […] Los conceptos son como las olas múltiples que suben y bajan,
pero el plano de la inmanencia es la ola única que los enrolla y desenrolla”, Gi-
lles Deleuze y Félix Guattari, ¿Qué es la filosofía?, Barcelona, Anagrama, col.
Argumentos, 1993, p. 39.
5
Juri Lotman, “¡Fin! ¡Cómo resuena esta palabra!”, en Cultura y explosión: lo
previsible y lo imprevisible en los procesos de cambio social, Barcelona, Gedisa,
1999.
La inmanencia: línea de fuga semiótica 23

sión” al “paralelismo y la inmanencia”, al tratar el problema de


la causa emanativa y la causa inmanente.
Por otra parte, “El plano de la inmanencia” es el título de
un largo capítulo del libro ¿Qué es la filosofía? Especialmente,
en estas páginas, los autores oponen la filosofía al arte y a la
ciencia sobre la base del despliegue de diversos planos. En esta
triple oposición, el arte y la filosofía necesitan construir, por un
lado, un plano de creación para la variación de las percepciones
(el arte) y, por otro, un plano de inmanencia para la invención
de los conceptos (la filosofía). En lo que atañe a la ciencia, para
legitimar su existencia esta última debe instituir un plano de
referencia. En el discurso de Deleuze y Guattari la inmanencia
se opone, por un lado, a la trascendencia (como punto de sepa-
ración del pensamiento religioso) y, por el otro, a la referencia,
como horizonte de las ciencias. Con respeto a la creación de los
perceptos y los conceptos, la ciencia propone la búsqueda de
las funciones, distinguiéndolas en constantes y variables. Pero,
al mismo tiempo, el plano de referencia es el de la veracidad
de los hechos que se tienen que reconstruir en la historia. La
nueva exigencia de desplegar los conceptos o de reconstruir los
acontecimientos tal como sucedieron es el resultado del plano de
la inmanencia, pero también su primer intento de diferenciarse
del plano de referencia.
El discurso histórico juega constantemente entre estos dos
planos. Por un flanco, tenemos el plano de referencia, el cual está
constituido por los hechos que acaecieron. Esta “presuposición
de existencia” es –como decía Barthes para distinguir la foto-
grafía de la pintura— el fundamento de cada discurso histórico.
La presuposición de existencia no es otra cosa que el despliegue
del plano de referencia. Además, el discurso histórico precisa ser
inmanente, porque sobre la base de los acontecimientos cons-
truidos como hipótesis, elabora las explicaciones atribuyéndoles
causalidades. Esta doble necesidad del discurso histórico, al
mismo tiempo de un plano de referencia y de un plano de inma-
nencia, es fácilmente reconocible en el ensayo de apertura del
24 Alessandro Zinna

volumen de Lotman y Uspenskji dedicado a “Semiótica e histo-


ria”, en el que se identifican, tanto en los acontecimientos como
en las causalidades, los dos ejes del discurso histórico. Podemos
entenderlo mejor con el siguiente ejemplo: “JFK fue asesinado
mientras su vehículo circulaba por las calles de Dallas”. Esta
frase pertenece a la categoría del acontecimiento; mientras que:
“X disparó al Presidente, por ende X provocó la muerte de JFK”
es ya una causalidad, una creación del discurso histórico que
establece una relación entre dos acontecimientos, es decir: “JFK
fue asesinado mientras su vehículo circulaba por las calles de
Dallas” y “X disparó mientras pasaba el Presidente”.
Según Deleuze:

El plano de la inmanencia no es un concepto pensado ni pensable,


sino la imagen del pensamiento, la imagen que se da a sí mismo de
lo que significa pensar, hacer uso del pensamiento, orientarse en el
pensamiento […].6

El inmanentismo sirve para “orientarse en el pensamiento”.


No hay que olvidar que una de las síntesis más incisivas del
estructuralismo ha sido propuesta por el propio Deleuze en su
texto “À quoi reconnaît-on le structuralisme” (“¿A qué le reco-
nocemos el estructuralismo?”). Pero también Deleuze y Guattari
dedican al estructuralismo las páginas más críticas, por ejemplo,
las contenidas en La imagen-movimiento y en Mil mesetas, en las
que los autores toman postura por una semiótica dinámica de
las variaciones, del acontecimiento y de los agenciamientos
colectivos de enunciación. Sin olvidar que el suceso, según los
autores, es un modelo impersonal o pre-individual, en el que el
verbo en infinitivo no indica el tiempo y la persona, sino úni-
camente la continuación o el devenir del proceso en curso.7 Por

6
Gilles Deleuze y Félix Guattari, op. cit., p. 41.
7
Juri Lotman, op. cit. Regresaremos a continuación a los modelos del tempo
y a la individualización de la transformación (basta recordar las observaciones
de Lotman sobre lo impersonal en la historia de la tecnología).
La inmanencia: línea de fuga semiótica 25

el otro flanco, en Lógica del sentido, Deleuze ya había escrito


algunas de las observaciones más pertinentes sobre el suceso
y el tempo, consignando ciertas consideraciones en cuanto a la
doble temporalidad de los griegos: Kronos vs Ayon, es decir, el
tiempo comprendido como sucesión del instante presente, por
una parte, y, por la otra, el tiempo pasado-futuro del devenir. De
la misma manera, en las numerosas páginas de estos dos filóso-
fos se pone de relieve el elogio de la literatura de Kafka, Miller
o de Kerouac, vista como práctica de la puesta en variación, de
un devenir por ausencia de programación. No obstante, en la
crítica al carácter estático del estructuralismo, en la búsqueda
de las constantes más que de las variaciones, en la búsqueda de
la praxis y de los agenciamientos colectivos de la enunciación,
Deleuze preserva el plano de la inmanencia, a pesar de que pro-
mueve una semiótica de la variación del evento y de la praxis
enunciativa, sin olvidar la experiencia sensible.8
Al final de ¿Qué es la filosofía?, Deleuze y Guattari conclu-
yen preguntándose si no es preciso propender al nacimiento de
un nuevo dispositivo que concilie el concepto y la función y,
deberíamos agregar, que concilie el plano de la inmanencia y el
plano de referencia. Ésta es la posición de la semiótica hjelm-
sleviana, la que, basándose en la inmanencia y sus conceptos,
entendidos como una construcción metalingüística, pretende
aislar las funciones constantes de las variables en el lenguaje-
objeto, el cual constituye el plano de referencia de la descripción.
La descripción misma será entonces el resultado del encuentro
entre la inmanencia del metalenguaje y el plano de referencia del
lenguaje-objeto. En esto, la semiótica de Hjelmslev asume las
connotaciones que Deleuze y Guattari le reconocen a la actitud

8
Precisamente en Mil mesetas escribirá: “Hay variables de expresión que
ponen la lengua en relación con el afuera, pero precisamente porque son inma-
nentes a la lengua”. Gilles Deleuze y Félix Guattari, Mil mesetas. Capitalismo
y esquizofrenia, Valencia, Pre-Textos, 1997, p. 87. Por otra parte, los autores
adoptan en estas páginas el modelo de estratificación de los planos propuesto
por Hjelmslev.
26 Alessandro Zinna

científica: en su calidad de construcción metalingüística la des-


cripción semiótica se relaciona con un plano de referencia que
se convierte en el objeto mismo que será sometido al análisis.
Aquí se plantea la primera pregunta sobre el sentido que se le
tendría que dar a la inmanencia.
La inmanencia puede ser considerada como: 1) una limitación
impuesta al lenguaje-objeto para poder describirlo. Si, por el
momento, nos enfocamos en esta primera acepción, el inmanen-
tismo puede ser también considerado como: 1a) una limitación
de sólo las constantes, excluyendo las variables (la lengua vs el
habla, la forma vs la sustancia); o 1b) el postulado de clausura
del objeto con relación a las condiciones externas. Y, finalmente,
la inmanencia puede ser considerada como 2) una propiedad
atribuida al metalenguaje de descripción. A este respecto, antes
de tomar una posición es necesario recordar, fielmente, aunque
sin caer en los lugares comunes, los planteamientos de uno de
los pioneros de la semiótica inmanente.

3. La inmanencia según Hjelmslev

Dado que, según mi entender y a pesar de las atribuciones de los


críticos, Saussure nunca se ha pronunciado sobre el inmanen-
tismo, así como tampoco jamás ha hecho referencia al término
de estructura, entonces es forzoso determinar qué se entiende
por inmanencia en un ámbito ya no filosófico, sino semiótico,
empezando por recordar qué dijo concretamente Hjelmslev sobre
este punto.9
Los Prolegómenos empiezan y terminan con una cita acerca
de la inmanencia. Reproduzco a continuación ambos pasajes,
el primero que está en los inicios del volumen y el segundo,
reproducido más adelante, que lo cierra:

9
Un pasaje que resume este aspecto también se encuentra en “La estratifi-
cación del lenguaje”. En Louis Hjelmslev, Ensayos lingüísticos, Madrid, Gredos,
1972.
La inmanencia: línea de fuga semiótica 27

El estudio del lenguaje, con sus múltiples metas, en lo esencial trans-


cendentes, tiene muchos seguidores; la teoría, con su meta puramente
inmanente, pocos […] Al evitar el punto de vista transcendente hasta
aquí prevalente y buscar una comprensión inmanente del lenguaje,
en cuanto estructura auto-subsistente y específica […] así como una
constancia dentro del lenguaje mismo, y no fuera de él […] la teoría
lingüística empieza por limitar el alcance de su objeto [...].10

De esta manera, vemos las dos primeras limitaciones que


habíamos mencionado con anterioridad: el lenguaje como “cons-
tante” de la forma en menoscabo de la sustancia (acepción 1a);
y el lenguaje como “estructura autosuficiente” que excluye lo
extralingüístico (acepción 1b). La inmanencia se opone entonces
a la apertura y a la variabilidad. En otro trabajo he demostrado
que, para Hjelmslev, esta clausura no debe ser considerada como
el límite que separa las dependencias de las independencias
(en el sentido de que el lenguaje es un sistema de dependencias
internas y, como tal, resulta independiente del contexto). Más
bien se trata de la diferencia que existe entre dependencias ho-
mogéneas y dependencias heterogéneas (las relaciones internas
del lenguaje son homogéneas, mientras que las que derivan de
factores extralingüísticos deben ser consideradas como heterogé-
neas con respeto a las relaciones de los elementos del lenguaje).11
Citando este pasaje de los Prolegómenos, se omite a menudo el
siguiente parágrafo:

10
Louis Hjelmslev, Omkring sprogteoriens grundlæggelse, Festskrift udgivet
af Københavns Universitet (noviembre), 1943. Publicado al mismo tiempo por
separado, Copenhague, Ejnmar Munskgaard, traducción al inglés: Prolegomena
to a Theory of Language, Suplemento al International Journal of American
Linguistics, I. Indiana University, publicado en Anthropology and Linguistics,
Memoir 7 of the IJAL, 1953. Segunda edición, 1961, Madison, University of
Wisconsin Press (traducción al inglés de F. J. Whitfield, revisada y aprobada por
el autor). Prolegómenos a una teoría del lenguaje, Madrid, Gredos, 1974, pp. 15,
18 y 35.
11
Alessandro Zinna, “Il concetto di forma in Hjelmslev”, Atti del colloquio
Hjelmslev a cent’anni dalla nascita, Janus, n. 2, a cura di R. Galassi, M. De
Michiel, Quaderni del Circolo Glossematico, Padova, II Poligrafo, 2002.
28 Alessandro Zinna

Esta restricción es necesaria, pero sólo constituye una medida tempo-


ral y no implica la reducción del campo visual, ni eliminación alguna
de factores esenciales en la totalidad global que constituye el lenguaje.
Únicamente implica una división de las dificultades y una progresión
de lo simple a lo complejo, en conformidad con la segunda y tercera
reglas de Descartes.12

Empecemos por aclarar un malentendido. No se trata, pues,


de una exclusión de lo transcendente, lo cual para Hjelmslev
quiere decir en primer lugar la exclusión de la sustancia y luego
de lo extralingüístico, o sea de todos los factores de variaciones
que hacen depender el lenguaje y la significación de condiciones
accidentales, contextuales o sociales, desde la pronunciación del
locutor a la práctica de uso. Hjelmslev no dice que el inmanen-
tismo es la clausura del objeto, o que la variación introducida
por la sustancia o por el uso no es pertinente, sino que, como en
un orden de procedimiento, reenvía el análisis de la variación
a un segundo momento, una vez identificados los elementos
constantes. Como sucede a menudo, se tiende a subestimar el
valor de procedimiento de la epistemología hjelmsleviana. A
continuación presentamos el segundo pasaje, el que cierra los
Prolegómenos:

En su punto de partida, la teoría lingüística se estableció como inma-


nente, siendo la constancia, el sistema y la función interna sus metas
únicas, aparentemente a costa de la fluctuación y del matiz, de la vida
y de la realidad física y fenomenológica concretas. Una restricción
temporal del campo visual fue el precio que hubo que pagar para
arrancarle al lenguaje mismo su secreto. Pero precisamente a través de
este punto de vista inmanente y en virtud del mismo, el lenguaje pasa
a ocupar de nuevo una posición clave en el conocimiento. En lugar
de ser un obstáculo para la trascendencia, la inmanencia le ha dado
una base nueva y mejor; la inmanencia y la trascendencia se reúnen
en una unidad superior sobre la base de la inmanencia.13

12
Louis Hjelmslev, op. cit., p. 35.
13
Ibid., p. 176.
La inmanencia: línea de fuga semiótica 29

No olvidemos que este aspecto es común a otras ciencias. Así,


cuando los físicos trabajan sobre las moléculas sub-atómicas,
cierran por completo el sistema, tienden a estabilizar todas las
variables para comprender el comportamiento de este tipo de
partículas. Sólo así pueden entender cuáles son los comporta-
mientos intrínsecos y cuáles son ocasionales, y sólo así, mediante
homologaciones oportunas entre micro- y macrocosmos, pueden
formular conjeturas en cuanto a los orígenes del universo. En
otras palabras, solamente ahora se puede ofrecer una base más
sólida para la trascendencia.
En todo caso, nadie considera como necesaria esta clausura,
y, de hecho, una clausura de este tipo ni siquiera era prevista
en una de las versiones más rígidas y caricaturescas del inma-
nentismo atribuidas a Hjelmslev. Más bien, si no está en juego
la clausura, sino el antecedente temporal en el análisis, se trata
entonces de entender dónde poner el límite de las dependencias
de un objeto de análisis. Ciertamente es necesario incluir el
texto, pero también es preciso considerar el contexto de uso, así
como los objetos, la práctica, los estilos de vida y la identidad
de los locutores... El punto es que en todos los casos, el objeto de
análisis empieza donde termina el reconocimiento de dichas
dependencias, sean éstas homogéneas o heterogéneas, es decir,
pertenecientes al mismo sistema o a sistemas distintos. De ahí
que la pregunta obligada sea saber cómo conciliar los niveles
heterogéneos que parecen transcender la sustancia para hacerla
disponible en una nueva forma y en un nivel superior; y “¿qué
sucede cuando las dependencias no son predeterminables?” Pen-
semos en el surgimiento de eventos explosivos e imprevisibles
que obligan a variar los límites del objeto de estudio. La mayoría
de las veces, como lo veremos, esta pregunta nace del nivel de
pertinencia prestablecido o de la posición temporal que se asume
para describir un evento.
30 Alessandro Zinna

4. La inmanencia según Lotman

En un primer momento, Lotman ha sido partidario de la versión


rígida del inmanentismo, pero, muy rápidamente ha desechado
esta hipótesis para interesarse en la interacción entre los sistemas en
el estudio de las culturas. Así, en Tesis sobre el estudio semiótico
de la cultura, él y Uspenskji escriben: “Los sistemas de signos
individuales, aunque presuponen estructuras organizadas inma-
nentemente, funcionan solamente en unidad, apoyados unos en
otros”.14 Y, posteriormente, en Cultura y explosión, al retomar
precisamente este problema, escribirá que:

El estructuralismo tradicional se basaba en un principio formulado ya


por los formalistas rusos: el texto era considerado como un sistema
cerrado, autosuficiente, organizado de manera sincrónica. Era presen-
tado como aislado no sólo en el tiempo, del pasado y del futuro, sino
también espacialmente, del público y de todo aquello que se situara
fuera del texto mismo. La fase contemporánea del análisis estructural-
semiótico ha vuelto más complejos estos principios.15

Así, en el capítulo “Estructuras internas e influencias exter-


nas”, Lotman sostiene que:

La dinámica cultural no puede ser presentada ni como un aislado


proceso inmanente, ni en calidad de esfera pasivamente sujeta a in-
fluencias externas. Ambas tendencias se encuentran en una tensión
recíproca, de la cual no podrán ser abstraídas sin la alteración de su
misma esencia.16

Y Lotman también escribe: “el intercambio con la esfera ex-


trasemiótica constituye una inagotable reserva de dinamismo”.17

14
Juri Lotman, B. Uspenskji et al., “Tesis para el estudio semiótico de la
cultura”, Revista Entretextos, núm. 7, mayo 2006 [http://www.ugr.es/~mcaceres/
entretextos/pdf/entre7/tesis.pdf].
15
Juri Lotman, Cultura y explosión, traducción de Delfina Muschietti, Bar-
celona, Gedisa, 1999, p. 27.
16
Ibid., p. 181.
17
Ibid., p. 160.
La inmanencia: línea de fuga semiótica 31

5. Inmanencia y tempo

Uno de los límites de la diacronía saussureana consiste cierta-


mente en haber adoptado un modelo retrospectivo. Este modelo
conduce a constatar la transformación una vez que ésta ha suce-
dido, deduciéndola de la comparación entre dos estados sincróni-
cos. El punto de vista epistemológico sigue, por ende, al evento.
La irrupción de una transformación es, entonces, siempre del
orden de lo previsible, siendo que el punto de vista adoptado es
retrospectivo. De este modo, nada parece ser improbable, como
diría Lotman, pero, como en el discurso histórico, todo es, de
una manera u otra, explicable y, en consecuencia, más o menos
reconstruido según sea necesario. Uno de los puntos sobre el
que se abre el debate es: “¿podemos adoptar otro punto de vista,
un punto de vista que considere el acontecimiento mientras está
a punto de producirse?” Así, Saussure llamaba a esta diacronía
prospectiva excluyéndola del estudio de la lengua. Y, es, sobre
todo, desde este punto de vista que los acontecimientos resultan
ser probables o improbables. Ahora bien, injustamente Rastier
reprocha a Hjelmslev de no tomar en cuenta la diacronía.18
Aparte de las consideraciones que Hjelmslev hace al respecto en
el volumen editado de manera póstuma con el título elocuente
de Sistema lingüístico y cambio lingüístico (1934, la versión
original)19 y en El lenguaje (1963), que contiene amplias discu-
siones sobre la lingüística genética; en el ensayo “Animado e
inanimado, personal y no personal” (1956), el autor propone una
reconstrucción de la relación entre los miembros de la categoría
del género y presenta numerosas observaciones del orden diacró-
nico que le permiten mostrar la existencia de las tendencias de un
sistema. Es decir, la probabilidad de que un acontecimiento —o

18
François Rastier, Artes y ciencias del texto, trad. de Enrique Ballón Aguirre,
Madrid, Biblioteca Nueva, Siglo xxi, “La voluntad de ruptura en la historia es
redoblada por una ruptura con la diacronía”, 2012, p. 75.
19
La versión en español fue publicada por Gredos en 1976 y traducida por
Berta Pallares de R. Arias.
32 Alessandro Zinna

un suceso— del orden de la transformación gramatical, que haya


permanecido latente en los estados precedentes se reactualice en
las lenguas eslavas contemporáneas. Así, Hjelmslev hablaba de
tendencias y de capacidades de previsión de la teoría, particu-
larmente en este enfoque de diacronía prospectiva preconizada
por Saussure. Por otra parte:

El momento de la explosión —escribía Lotman en Buscar el cami-


no— se ubica en la intersección entre el pasado y el futuro, en una
dimensión casi atemporal. Su naturaleza cambia según el punto de
vista que adopta el observador que lo describe.20

Ahora bien, la pregunta es la siguiente: “¿estos tiempos de la


observación, que posicionan al sujeto epistémico en el pasado, en
el presente o en el futuro, son compatibles con la inmanencia?”
Ahí es donde los puntos de vista divergen. ¿Cuál es la inmanen-
cia de un suceso futuro?
En el ensayo “Immanence et transcendance dans la catégorie
du verbe”, Gustave Guillaume sostenía que:

El tiempo que se va es tiempo que ha alcanzado el ser y que llamare-


mos, por esta razón, el tiempo inmanente. El tiempo por venir, por el
contrario, es un tiempo que no ha alcanzado el ser y que llamaremos,
por esta misma razón, el tiempo transcendente.21

El futuro, a los ojos de Guillaume (traslado aquí las importan-


tes consideraciones sobre el aoristo), es un tiempo trascendente
por el simple hecho de que el acontecimiento todavía no se ha
producido. Si lo probable implica una relación con el tiempo
futuro, diría Guillaume, entonces implica una relación con un
suceso trascendente en el sentido de que todavía no ha tenido

20
Juri Lotman, “Processi esplosivi”, en Cercare la strada, Venezia, Marsilio,
1994, p. 35 [Traducción libre].
21
Gustave Guillaume, « Immanence et transcendance dans la catégorie du
verbe », en AA. VV., Essais sur le langage, París, Minuit, 1969, p. 212 [Traduc-
ción libre].
La inmanencia: línea de fuga semiótica 33

lugar.22 Pero, ¿lo probable y lo improbable implican siempre una


relación con el futuro? O bien, como lo afirmaba entre líneas
Lotman, ¿sería necesario tener el valor de atribuir, también a
la categoría de lo improbable, los acontecimientos que han su-
cedido? Esta idea de Lotman —según la cual la sucesión de los
acontecimientos en la historia es a menudo narrada como una
relación causal necesaria— postula, de hecho, la posibilidad de
escribir una historia alterna en la cual se afirma lo siguiente:
algunos de los acontecimientos que tuvieron lugar han sido
fruto de una coincidencia de eventos altamente improbables.
La lección de Lotman, en muchos aspectos, indica que los
juicios de probabilidad o de improbabilidad —dados por la
atribución de causalidades— no sólo pertenecen a la posición
epistémica del sujeto ubicado en la diacronía prospectiva, sino
que tales juicios deberían ser pertinentes, incluso en aquella
mirada —necesariamente retrospectiva— desde la que se es-
cribe la historia.

6. La inmanencia según Greimas

En Semántica estructural, Greimas dedica un largo parágrafo


al “Universo inmanente de la significación”. Es precisamente
en estas páginas que se reestructura el valor de la inmanencia,
valor ya no opuesto a la apertura o a la trascendencia, sino a la
manifestación.
La generación del sentido, la construcción de los semas del
nivel semántico y semiológico (es decir los semas abstractos y
figurativos) serían inmanentes con relación a su manifestación
en los sememas expresados por los lexemas del discurso. Es ahí
donde Greimas agrega que “el universo de la inmanencia y el
universo de la manifestación […] no son más que dos modos

22
Coquet diría que el tiempo futuro implica el tercer actante. Jean-Claude
Coquet, Le discours et son sujet, t. i, « Essai de grammaire modale », París,
Klinsieck, 1984.
34 Alessandro Zinna

diferentes de existencia de la significación”.23 Dejemos, por


el momento, de lado la relación entre la inmanencia y la exis-
tencia semiótica. Concentrémonos, por ahora, en otro aspecto
que se insinúa entre las páginas de la Semántica estructural: la
inmanencia parece ser, a primera vista, una prerrogativa sólo
del plano del contenido. Incluso podríamos pensar, después de
una primera lectura ingenua, que el contenido es inmanente y
que la expresión constituye su manifestación. Pero es obvio que
esto no es así. Antes que nada porque, para Greimas, está en
juego el universo de la significación y no el del contenido. En
esta incipiente teoría de la significación, el nivel semiológico
es aquel en el que se construyen las categorías figurativas que
constituirán el plano mismo de la expresión. Quien, hoy en día,
critica la oposición entre sensible e inteligible —sobre la base
de la teoría de la percepción, según la cual, como conviene
recordarlo, la oposición entre expresión y contenido no tendría
justificación, puesto que en la percepción ya está el sentido
de la expresión— olvida que, gracias a la autonomía del nivel
semiológico, lo figurativo constituye los elementos mismos del
plano de la expresión. Lo figurativo no se encuentra en el plano
del contenido o de la expresión, sino en el plano de la inmanen-
cia que construye a ambos planos del lenguaje. Por esta razón,
la oposición pertinente, para Greimas, no es la oposición entre
inmanencia y trascendencia, sino la oposición entre inmanencia
y manifestación. Dicha distinción es la única que antecede la di-
visión entre expresión y contenido y, en definitiva, depende de la
introducción de un tercer término que conecte la estratificación
desconectada de los planos: es decir el manifestante.
Así, si bien en la Semántica estructural la relación entre
inmanencia y manifestación aparece con toda su complejidad,
la encontramos, sin embargo, de manera clara y, hasta cierto
punto, simplificada, en el ensayo introductorio del trabajo

23
Algirdas Julien Greimas, Semántica estructural. Investigación metodoló-
gica, trad. de Alfredo de la Fuente, Madrid, Gredos, 1987, p. 159.
La inmanencia: línea de fuga semiótica 35

colectivo titulado Ensayos de semiótica poética.24 Siendo que


el modelo propuesto no opone directamente la manifestación
a la inmanencia, en cuanto a la génesis distinta e isomorfa de
los dos planos, resulta claro que la oposición se encuentra entre
una inmanencia del plano de la expresión y una inmanencia del
plano del contenido.

nivel profundo femas

Plano de la expresión
nivel de superficie fonemas sílabas

fonemas realizados
Plano de la manifestación
lexemas

nivel de superficie sememas enunciados semánticos

Plano del contenido


nivel profundo semas

Fig. 1. Esquema de la manifestación según Greimas


(Ensayos de semiótica poética)

Tal como lo aclararon Greimas y Courtés en el Diccionario,


la inmanencia es vista como “una construcción del metalengua-
je”. En otras palabras, este metalenguaje aparece estratificado
si bien no por niveles generativos de profundidad, ciertamente
por la progresión de lo simple a lo complejo: de los semas a los
semantemas, hasta las cadenas lexemáticas; de los fonemas a
las sílabas, a la sucesión de los elementos de la cadena fónica;
en resumen, de la virtualidad del sistema a la actualización y
a la composición de los elementos del proceso. Como sostienen
Deleuze y Guattari en Mil mesetas, el plano de la inmanencia
es “feuilleté” (en capas o estratos).

24
Algirdas Julien Greimas, Ensayos de semiótica poética, Barcelona, Planeta,
1976.
36 Alessandro Zinna

7. Inmanencia y modos de existencia

Ahora bien, hay otro aspecto que entra en juego, el cual opone
la inmanencia ya no a las distintas formas de apertura o de
trascendencia, sino a la manifestación. Se trata de los modos
de existencia a los que adhiere Greimas en la Semántica estruc-
tural y que llegaron, una vez más, a través de los Prolegómenos
de Hjelmslev. De cierta manera, el modo de existencia de la
inmanencia es de signo contrario al de la manifestación.25 Dado
que proceso y sistema son las dos jerarquías sintagmáticas y
paradigmáticas en cada uno de los planos, podríamos representar
así esta organización:
Inmanencia
virtualización
Sistema

Expresión
actualización Proceso
realización Manifestación

Contenido actualización Proceso


Sistema

virtualización

Inmanencia

Fig. 2 – Una propuesta de interpretación de la oposición Inmanencia / Manifestación

En efecto, la oposición entre inmanencia y manifestación


se basa en el modo de existencia que opone lo no realizado a

25
Gilles Deleuze, en “¿En qué se reconoce el estructuralismo?” enfatiza: “La
génesis, como el tiempo, va de lo virtual a lo actual, de la estructura a su actua-
lización [...]”, trad. de Juan Bauzá y María José Muñoz: http://www.apertura-psi.
org/correo/textos/Deleuze00.doc
La inmanencia: línea de fuga semiótica 37

lo realizado. De manera sintética, podemos llamar inmanentes


únicamente a dos (o tres) modos de existencia: el virtual y el
actual (a estos dos primeros modos, en fechas más recientes,
se les ha agregado un tercero: el modo potencial). Esto sucede
en una semiótica que prevé una progresión de los modos de
existencia que conducen de lo no realizado a su realización (o
a su sucesiva negación, tal como pasa en las operaciones de
montaje audiovisual, en las que las cadenas ya realizadas son
a su vez potencializadas para construir una nueva semiosis).
Una de las consecuencias más importantes del hecho de poner
a discusión la inmanencia en su totalidad, sin hacer distinción
entre sus acepciones, es la de poner en tela de juicio los modos
de existencia semiótica.

8. Inmanencia y praxis enunciativa

Como se sabe, para Greimas, la enunciación es el pasaje de


las estructuras narrativas al discurso. Como tal, la que toma el
nombre de enunciación enunciada se resuelve enteramente en
la inmanencia del plano del contenido.
La hipótesis de la praxis enunciativa, por el contrario,
pretende tomar en cuenta todos aquellos aspectos pragmáticos
vinculados con el acto mismo del producir, considerados en el
momento en el que se produce. Ahora, visto como oposición
entre inmanencia y manifestación, la praxis enunciativa no
sólo no se opone ni se resuelve dentro de la inmanencia del
contenido, sino que más bien recoge precisamente el pasaje de
la inmanencia a la manifestación. Mediante la praxis, la que,
por cierto, tal vez deberíamos llamar productiva, podemos
explicar los fenómenos de reprogramación del proyecto inma-
nente. Así, en la interacción física y perceptiva con el mundo
y con los demás sujetos, el actor modifica su comportamiento
somático o comunicativo en función de los escenarios perci-
bidos. En esta perspectiva, lo imprevisto es todo aquello que
altera y obliga a reprogramar la acción somática al transfor-
38 Alessandro Zinna

mar la praxiología, el acto o la finalidad misma del acto con


relación a la retroalimentación de la escena predicativa. Un
evento puede conducirnos a cambiar la táctica (por ejemplo
mediante el discurso), la estrategia (con relación al programa
a seguir) o incluso el objetivo (en los casos extremos, nos con-
duce a cambiar de objeto de valor). En términos de Deleuze, la
praxis enunciativa está abierta al devenir.
En este sentido, la enunciación enunciada y la praxis enuncia-
tiva no son dos teorías en competencia, sino que más bien refle-
jan dos modos a la vez distintos y complementarios de considerar
la puesta en discurso y la acción significante, respectivamente.
La primera parte proporciona una programación preventiva de
valores, de la finalidad de la acción y de la jerarquización de las
tácticas, eligiendo el tiempo, el espacio y los actores; mientras
que la segunda da cuenta de la improvisación y de la capaci-
dad de adaptarse a los cambios del contexto, a los imprevistos
o a los cambios de los acontecimientos. En ciertos aspectos,
estas teorías reflejan la oposición entre un discurso progra-
mado, como generalmente lo es el discurso escrito, y otro,
más próximo a la improvisación, lo cual es una característica
del discurso oral. Esto no impide el hecho de que si la acción
en respuesta a lo imprevisto puede ser considerada como sen-
sata, es porque la reprogramación enunciativa es la respuesta
inmanente a la imposibilidad de prever los acontecimientos
en situación.26 Si bien, en un inicio nos hemos planteado el
problema de conciliar la inmanencia y la imprevisibilidad, no
olvidemos que la reflexión sobre los fenómenos de reprogra-
mación sigue siendo una respuesta inmanente al surgimiento
de lo imprevisto.

26
Cuando el cambio surge en un nivel más superficial, tendremos lo que Eric
Landowski llama el ajuste. Cf. Eric Landowski, París, PUF, 2004.
La inmanencia: línea de fuga semiótica 39

9. La inmanencia como “plano en capas”

Uno de los aportes más relevantes en cuanto a la praxis enun-


ciativa se debe a Jacques Fontanille. Este autor propone tantos
niveles de inmanencia como los que corresponden a cada nivel
de pertinencia reconocida, y en el siguiente orden: signos, textos-
enunciados, objetos, escenas prácticas, estrategias y formas
de vida. Ahora bien, siendo que los niveles están enmarcados,
es necesario imaginar una jerarquización de los planos de la
inmanencia. Así, el punto que debemos aclarar es el siguiente:
¿necesitamos muchas inmanencias o una sola “en capas” según
la cantidad de niveles de pertinencia?27
La ventaja de un modelo integrado de semióticas, que partici-
pan en la creación de un mismo manifestante, reside en el hecho
de poner en relación los niveles sin pasar por una trascendencia.
La integración entre las semióticas ya no dependería del montaje
sincrético, sino de la integración entre los niveles: el nivel infe-
rior es una forma que, según el pasaje ascendente, se convierte en
una sustancia. Así, los objetos poseen programas virtuales suge-
ridos por sus formas; en el nivel de la práctica, estos programas
virtuales se actualizan y se realizan gracias a la sustancia gestual
de las acciones. Como tal, este pasaje, que se convierte en una
sustancia en el nivel superior, comporta una individualización
(un actor que realiza los gestos) y una singularidad (un acto que
ya no es genérico).28 A su vez, al estudiar dichos gestos, estos

27
En un libro que es sumamente importante, por varias razones: 1) Abre
perspectivas de investigaciones sobre los modos de integración de los fenóme-
nos previamente atribuidos al contexto o al sincretismo; 2) los distintos niveles
se introducen sobre la base de una articulación paradigmática detallada; y 3) la
investigación abre un puente hacia la sociología de las prácticas y la filosofía de
la ética.
28
La pregunta inicial que nos podemos hacer con justa razón es la siguiente:
¿A partir de qué propiedades es posible establecer un nivel de pertinencia y, por
ende, un plano de inmanencia? La primera articulación que se propone es entre
figuras, signos y textos. Pero ¿por qué reconocer un nivel de pertinencia diferente
entre figuras, signos y textos y no entre figuras y signos, al menos considerando
40 Alessandro Zinna

pueden regresar a la forma a través de los constantes reconoci-


mientos en la práctica. Cuando examinamos los objetos (rasu-
radora, utensilios, automóviles), pasamos de una idea de acción
inherente al objeto a un reencuentro concreto proporcionado por
la experiencia y la práctica de uso. Un programa de este tipo es
coherente con la idea de Hjelmslev según la cual una sustancia,
en otro nivel de pertinencia, sigue estando disponible para una
nueva forma.29 Ahora bien, en cuanto al modelo, falta analizar,
por una parte, los criterios para establecer los niveles de perti-
nencia y, por la otra, la atribución de un plano de inmanencia a
cada uno de los niveles conocidos.
En la argumentación, los niveles de pertinencia están justi-
ficados por el recurso a la experiencia. Pero debido a que esta
noción no viene con una verdadera definición, si queremos
tomarla en su sentido común, se puede objetar que si no esta-
mos dispuestos a reconocer la experiencia de las figuras, por
ejemplo, plásticas o cromáticas, entonces tampoco existe la ex-
periencia de los signos aislados. De hecho, sólo se puede tener
una experiencia de las figuras o de los signos en la sucesión del
texto-enunciado. Entre figuras, signos y textos, únicamente hay
una diferencia de tamaño y, cuando forman parte de un mismo
sistema de dependencia, estas unidades de análisis se basan en
las relaciones homogéneas. Mientras que, más que el tamaño de
los elementos, los niveles de pertinencia deberían ser diferentes
debido a la heterogeneidad del manifestante (tal como sucede en
las discontinuidades más evidentes que aparecen entre discur-

el hecho de que, sobre la base del mismo criterio de segmentación y reducción,


hemos pasado de una semiótica de los signos (Saussure) a una semiótica de
las figuras (Hjelmslev)? Por otra parte, si hacemos a un lado las figuras, entonces las
significaciones del arte abstracto también quedan excluidas, ya que no proponen
el reconocimiento de los objetos figurativos sino sólo de rasgos que pueden signi-
ficar sin hacer sistema (por evocación simbólica) o bien que constituyen sistemas
mínimos (por realizaciones semi-simbólicas).
29
Sin embargo, conviene precisar que Hjelmslev dejaba la tarea de estudiar
las sustancias físicas o biológicas a disciplinas distintas de la semiótica, tales
como la física y la biología.
La inmanencia: línea de fuga semiótica 41

sos, objetos y prácticas). Así, a pesar de la experiencia, según


la cual el discurso está inscrito en un soporte y los soportes son
cuerpos y, como tal, los cuerpos participan de las prácticas, los
niveles estarían adaptados a cada semiótica específica, y ligados
a un objeto específico. Una jerarquía elaborada a priori muestra
límites, tal como sucede en el caso de las hipertesis donde la
convivencia entre discurso, soporte y práctica es total. Como
lo sugería Greimas, la heterogeneidad del manifestante en las
semióticas sincréticas —y, si fuera este el caso, interactivas—
encuentra en la experiencia del contenido y del acto su unidad
inmanente. Es precisamente este último rasgo de la práctica
interactiva el que caracteriza la navegación hipertextual respecto
a la lectura analógica.
Por consiguiente, la inmanencia debería ser repensada en
cuanto a su adecuación dinámica con las semióticas-objeto para
poder indicarnos, conforme se va dando, el lugar y el orden mis-
mo de los niveles de pertinencias convocados.30 Gracias a estas
oportunas precauciones, podemos pensar que, en semiótica, el
plano de la inmanencia, más que multiplicado, está conformado
“en capas”.

10. Inmanencia y experiencia

En Prácticas semióticas, las formas de vida constituyen el


último nivel, plano de la inmanencia que, como diría Deleuze,
contiene a los anteriores. A esta visión eminentemente cultural,
sería acertado integrar la visión natural del ser humano que está
propuesta en Les âges de la vie.31 Las prácticas y los estilos de

30
En cuanto al nacimiento de nuevas semióticas, la teoría jamás es deductiva,
sino que sigue siendo hipotético-deductiva cuando se debe elaborar categorías
específicas para su análisis. Para un desarrollo del concepto de adecuación, ver
Alessandro Zinna, “L’épistémologie de Hjelmslev: entre métalangage et opéra-
tions”, Signata, núm. 4, 2014.
31
Ivan Darrault-Harris et Jacques Fontanille (eds.), Les âges de la vie. Sémio-
tique de la culture et du temps, París, PUF, 2008.
42 Alessandro Zinna

vida se encargan paralelamente de la evolución biológica y del


comportamiento, propios de los ciclos de la vida.
De tal manera que, si mediante el fundamento ético, los seres
humanos se distinguen por su pertenencia a los grupos sociales
y a las culturas, mediante el fundamento etológico, la perte-
nencia tiene lugar a través de la especie. La experiencia ética y
etológica, contribuyen a formar lo que llamamos comúnmente el
sentido de “una vida”. Después de haber explorado lo sensible,32
Gilles Deleuze da un título muy elocuente a su último escrito:
“La inmanencia: una vida…”. Precisamente en estas páginas, el
autor escribe: “Diremos de la inmanencia pura que es una vida.
[…] una vida que no depende de un Ser y no está sometida a un
Acto.”33 Para Deleuze, el artículo indeterminado, colocado delan-
te del sustantivo vida, indica que el plano puramente inmanente
de la vida tiene que ser considerado como pre-individual (una
vida) y al mismo tiempo singular (la singularidad de una vida).34
Asimismo, Deleuze también dirá que una vida es la inmanencia
de la inmanencia.
Ciertamente, en aquel breve ensayo, el autor regresa a su
fenomenología de la experiencia:

Podemos siempre invocar un transcendente que caiga fuera del plano


de la inmanencia, o incluso que se lo atribuya, sin embargo, no quita
que toda trascendencia se constituya únicamente en la corriente in-
manente de la consciencia propia de este plano. La transcendencia es
siempre un producto de la inmanencia.35

32
Gilles Deleuze, Francis Bacon. Logique de la sensation, París, Editions de
la Différence, 1996.
33
Gilles Deleuze, « L’immanence: une vie… », Philosophie, núm. 47, 1995,
p. 4 [Traducción libre].
34
Para un comentario desarrollado del ensayo de Deleuze, remitimos a la
lectura de Giorgio Agamben, “L’immanence absolue”. En E. Alliez (ed.), Gilles
Deleuze. Une vie Philosophique, París, Les Empêcheurs de tourner en rond, 1998,
p. 165-188.
35
Gilles Deleuze, op. cit. (ver nota 34), p. 6.
La inmanencia: línea de fuga semiótica 43

Y agrega: “Lo transcendente no es lo transcendental. Sin


tomar en cuenta la conciencia, el campo transcendental se
definiría como un plano de inmanencia puro, ya que escapa a
toda transcendencia tanto del sujeto como del objeto.”36 Dicha
posición es la misma que fue planteada por primera vez en
Empirismo y subjetividad,37 misma que más adelante tomará el
nombre de “empirismo transcendental” de Hume: las condiciones
no son jamás generales sino que se declinan en función de los
casos. Regresando a los modos de existencia que caracterizan
la inmanencia, escribe:

[…] Lo que llamamos virtual no es algo que carece de realidad,


sino que se encamina en un proceso de actualización siguiendo el
plano que le da su realidad propia. El acontecimiento inmanente se
actualiza en un estado de cosas y en un estado vívido que hacen que
suceda. El plano mismo de inmanencia se actualiza en un Objeto y en
un Sujeto a los cuales se atribuye. Pero, si bien son poco semejantes
en su actualización, el plano de la inmanencia es el mismo virtual,
ya que los acontecimientos que lo componen son virtualidades. Los
acontecimientos o singularidades dan al plano toda su virtualidad, tal
como el plano de la inmanencia da a los acontecimientos virtuales una
realidad plena. El acontecimiento considerado como no actualizado
(indefinido) no carece de nada.38

La deontologización de la inmanencia realizada por Deleuze


es evidente en este último pasaje: “El acontecimiento consi-
derado como no actualizado (indefinido) no carece de nada”,
posición que se adapta perfectamente a los eventos igualmente
probables que no se realizan en los puntos de bifurcación de
la historia.

36
Ibid., (ver nota 34), p. 4.
37
Gilles Deleuze, Empirismo y subjetividad (Ensayo sobre la naturaleza
humana según Hume), Gedisa, 1981.
38
Op. cit. (ver nota 34), pp. 6-7.
44 Alessandro Zinna

11. Los dos modelos de inmanencia en semiótica

La teoría semiótica y la teoría semántica encuentran un punto


común de convergencia justamente en los modos de existencia
indicados por Deleuze. Podríamos considerar ahora la virtuali-
zación y la actualización como las dos operaciones inmanentes
por excelencia.
Al adoptar estas dos operaciones, la semántica de Rastier ase-
gura que “el sentido no es inmanente al texto sino a la práctica
de interpretación”.39 Lo anterior no contradice el principio de la
inmanencia, sino que lo coloca en el momento interpretativo. En
la semántica de la recepción, la “virtualización” tiene un lugar
específico: “la neutralización de un sema en contexto”, mien-
tras que la “actualización” es una “operación interpretativa que
permite identificar un sema en contexto”.40 Ahora bien, si para
Rastier los modos de existencia semióticos reflejan las operacio-
nes interpretativas, en la concepción semiótica —de Hjelmslev,
antes— y de Greimas, después— expresan la temporalidad
del proyecto inmanente en cada uno de los planos. En ambos
casos, las operaciones relativas a los modos de existencia no
están puestas en tela de juicio. Dicho movimiento, el que según
Hjelmslev y Deleuze conduce de lo virtual a su actualización,
seguiría dos caminos distintos: el primero refleja el modelo de
la percepción/interpretación, y, el segundo, la generación/pro-
ducción del sentido.
En la primera hipótesis, el encuentro con una sustancia pre-
existente estimula el reconocimiento de las formas semánticas
en la memoria según el modelo de semiosis que procede para
la atribución de sentido. El manifestante es aquí lo que precede
(ab quo):

Sustancia → ← Forma; operaciones : virtualizaciones → actualizaciones (→ atribuciones)

39
François Rastier, Artes y ciencias del texto, op. cit., p. 78.
40
François Rastier, Sens et textualité, París, Hachette, 1989 [Traducción libre].
La inmanencia: línea de fuga semiótica 45

Dicho modelo supone un tiempo operativo que antecede al


encadenamiento sintagmático de la unidad en la lectura, así
como a las consiguientes operaciones de virtualizaciones/actua-
lizaciones y atribución del sentido.
En el segundo modelo, el productivo-generativo, la ac-
tualización no coincide con la semiosis, pero requiere una
modalidad de existencia posterior, siendo que el manifestante
ya no es dado y las operaciones se suceden para alcanzar la
producción del sentido. En este caso, el manifestante es el que
sigue (ad quem):
Forma → Sustancia → (Materia); operaciones : virtualizaciones → actualizaciones (→ realizaciones)

El primero de estos modelos opera una reducción de las


sustancias para atribuirles las correspondientes formas per-
ceptivas o semánticas en el momento del reconocimiento y de
la concatenación de las unidades lexemáticas; en el segundo,
el sentido se enriquece y se especifica de manera progresiva,
de lo más constante a lo más variable, en vista de la realiza-
ción monomodal o multimodal.41 Por consiguiente, las teorías
inmanentes tienen en común las operaciones sobre los modos
de existencia: todas proceden siguiendo las operaciones que
van de la virtualización a la actualización. En definitiva, estas
operaciones constituyen el mínimo denominador común de las
teorías que se reclaman de la inmanencia. Entonces, el pun-
to consiste en saber por qué privarse del inmanentismo si la
posición interpretativa, o una posición más difuminada sobre
la generatividad, no implica renunciar a las operaciones de
virtualización y actualización del sentido.

41
Para una comparación más detallada entre los modelos interpretativos y
productivos, nos remitimos a Alessandro Zinna, op. cit., pp. 141-144.
46 Alessandro Zinna

Conclusiones

Esta revisión de algunas de las acepciones de la inmanencia


nos ha permitido ver algunos lugares comunes, los cuales nos
han hecho posible precisar los distintos sentidos que encierra el
inmanentismo.
Por más que se quiera extremar la posición de clausura del
objeto o limitar el análisis únicamente a la forma, estas dos acep-
ciones —las que sólo permanecen como un antecedente temporal
en la teoría de Hjelmslev— no constituyen la acepción que hoy
se quiere preservar del inmanentismo. Si bien, en algunas de sus
páginas, Greimas parece estar a favor de la clausura del texto
(“¡fuera del texto no hay salvación!”), y sobre la cual se sigue
debatiendo en cuanto al valor que se le quiere otorgar al término
texto, en otras páginas, Greimas ha caracterizado la inmanencia
poniéndola en oposición a la manifestación. La posición inma-
nentista actual parece más propensa a reconocer que las condi-
ciones de posibilidad cambian según la dinámica de adecuación
a las semióticas-objeto.42 Esto tiene como consecuencia que el
metalenguaje no sea autónomo y deductivo sino que padezca las
restricciones propias de las semióticas específicas. En definitiva,
se trata de considerar la inmanencia como una propiedad que se
ubica entre el metalenguaje y el lenguaje-objeto, en el sentido
en el que Hjelmslev ya lo consideraba, es decir, donde el in-
manentismo expresa la equidistancia entre el nominalismo del
metalenguaje y el realismo de la propiedad del objeto.43
Habiendo sentado estas oportunas premisas, me parece que
querer desdibujar tal fundamento del edificio teórico no deja de

42
A ese respecto, como escribía Fontanille: “El principio de inmanencia es
indisociable, como lo subrayamos, de la hipótesis de una actividad de esque-
matización y de modelización dinámica interna a las semióticas-objeto […]”,
op. cit., p. 14.
43
Dos críticas en sentido contrario han sido atribuidas a dicha posición de
Hjelmslev: el nominalismo del metalenguaje (Brandt) y el realismo de la estruc-
tura (Eco).
La inmanencia: línea de fuga semiótica 47

tener efectos, ya que sustraer la inmanencia a la teoría semiótica


tiene consecuencias sobre el mantenimiento mismo del edificio,
comenzando por los modos de existencia semióticos. Así, si el
futuro, tal como lo sostiene Guillaume, es un tiempo trascenden-
te, el devenir del sentido —este momento que, en la actualización
tanto interpretativa como en el complemento fenomenológico
de la manifestación, pone cualquier proyecto entre el pasado
y el futuro— debe permanecer inmanente. De cierta manera,
querer separar la inmanencia del sentido equivale a separar la
orientación del pensamiento.
¿Qué sucede con la inmanencia... 49

La inmanencia en cuestión.
Tópicos del Seminario, 31.
Enero-junio 2014, pp. 49-69.

¿Qué sucede con la inmanencia en la reflexión lingüística


y semiológica de Saussure?

Michel Arrivé
Universidad de París Oeste, Nanterre

Traducción de Viviana Cárdenas

Antes de plantear la pregunta que constituye el título de este


artículo es pertinente darle un alcance más amplio. Es necesario
enunciarla de modo general, de la siguiente manera: ¿El lenguaje
concierne a la inmanencia, o a la trascendencia? Para responder-
la habría que interrogar a los filósofos. Pero no sería una tarea
fácil. Un gran número de ellos considera el lenguaje sólo como
el instrumento de designación y de comunicación que de modo
indiscutible el lenguaje constituye, por más imperfecto que sea
desde este doble punto de vista. Es así como procede, entre una
multitud de otros —que se diferencian, ciertamente, en puntos
no despreciables—, el Spinoza de los Pensamientos metafísicos:
el análisis de los términos verdadero y falso le permite plantear
que las palabras —como muchas otras— no son nada más que
“denominaciones extrínsecas de las cosas”. Por esta razón, su
referencia a las cosas no puede sino ser realizada por quien se
dedica a la retórica (1954: 317). Es esta propiedad la que excluye
lo Verdadero de la clase de los “términos transcendentales”*

*
Cuando el adjetivo trascendental se refiere a los marcos filosóficos se ha
traducido como transcendental, como en « termes transcendentaux » [términos
transcendentales],
50 Michel Arrivé

(1954: 318), proposición en la que el adjetivo transcendental


tiene un sentido muy diferente de aquel que le será dado, por
ejemplo, por Hjelmslev. Puesto así al margen, para algunos de
sus elementos, de la transcendencia, el lenguaje según Spinoza
no parece concernir tampoco a la inmanencia. Se divide para él
entre dos clases de elementos: los “términos transcendentales”
—empleados por los filósofos— y los otros, por ejemplo verda-
dero y falso, que “significan para el vulgo” (1954: 317).
Como varios de los pensadores que tienen con respecto al
lenguaje una actitud de este tipo, Spinoza manifiesta interés y
competencia en la historia de los fenómenos lingüísticos: la serie
de análisis de los términos verdadero y falso arma la historia,
bastante pintoresca, de su evolución semántica (1954: 317). Tener
en cuenta de modo central, en todo discurso sobre el lenguaje
y las lenguas, los datos relativos al hablante y al cambio, cons-
tituye, en principio, un indicio no engañoso de una concepción
no inmanentista.
Pero es más prudente y más útil abandonar a los filósofos e
interrogar sobre la inmanencia del lenguaje a los mismos lin-
güistas. Entre ellos, quien ha planteado la pregunta de manera
más explícita es, sin duda, Louis Hjelmslev.
En Prolegómenos a una teoría del lenguaje, Hjelmslev no
da una definición previa de la noción de inmanencia. Se busca
vanamente el término en la lista de “Definiciones” que cierra la
obra (1971: 164-169; 1993: 131-138). Pero el primer capítulo del
libro está consagrado a señalar la necesidad absoluta de construir
la “teoría del lenguaje”** de una manera totalmente “inmanente”
(1971: 13; 1993: 8). El detalle de los rasgos enumerados para

transcendentales], pero cuando se refiere a las teorías lingüísticas se ha traducido


como trascendente, siguiendo la traducción española de los Prolegómenos (p.
1.) [N. del T].
**
El danés sprog (sproget con el artículo pospuesto), como el alemán Sprache
y el inglés language, no marca la oposición manifestada en las lenguas románicas
por los pares tales como langue/langage, lengua/lenguaje, lingua/linguaggio,
etc. Sólo el contexto permite identificar la diferencia de sentido. La duda entre
las dos interpretaciones sigue siendo a veces posible.
¿Qué sucede con la inmanencia... 51

responder a esta exigencia permitirá descubrir la concepción


que el autor tiene de la noción.
La “teoría del lenguaje” que tiene un “objetivo exclusivamen-
te inmanente”, se opone al “estudio del lenguaje”, cuyo objetivo
es “esencialmente trascendente” (1971: 13; 1993: 8). La desesti-
mación de la transcendencia no es, sin embargo, ni absoluta ni
definitiva: la “perspectiva final” que constituye el último capítulo
de los Prolegómenos procede a una recuperación, a decir verdad,
un poco brusca, de la transcendencia (1971: 160). “Fundada
sobre la inmanencia”, queda de todas maneras jerárquicamente
subordinada.
Para Hjelmslev, los rasgos que caracterizan la “teoría”, tal
como él lo sostiene, necesariamente “inmanente”, del lenguaje
se repartirían según dos modos de aproximación complemen-
tarios.
Respecto del objetivo, “el conocimiento inmanente de la len-
gua”, busca alcanzar “la lengua en tanto estructura específica
que se funda sólo en sí misma” (1971: 31; 1993: 19). Es a la vez
el boceto de la definición hjelmsleviana de la inmanencia y el
punto de partida de la concepción de lengua que se establece
desde el segundo capítulo, “Teoría del lenguaje y humanismo”:
su carácter “inmanente” depende de que ella “sólo se funda en
sí misma”. El teórico, por tanto, tiene que actualizar

una constancia (konstanz) que no esté enraizada en una “realidad”


(virkelighed) extralingüística; una constancia que hace que toda
lengua sea lenguaje, cualquier lengua que sea, y que una lengua
permanezca idéntica a sí misma a través de las manifestaciones más
diversas (1971: 15; 1993: 9).

¿De qué orden son las “diversidades” así referidas? El texto


no lo revela de inmediato. Pero desde la página siguiente el autor
se entrega a una crítica severa de “la historia” (historien), tanto
en su dominio propio como en el de las ciencias humanas. Es
pues verosímil que las “manifestaciones más diversas” engloben,
entre muchas otras (dialectales, sociales, incluso “individuales”,
52 Michel Arrivé

como se sostiene en la página 16), las variaciones históricas que


afectan las lenguas. Así, Hjelmslev parece plantear que la iden-
tidad de la lengua en sí misma se mantiene según la “constancia”
que hace de ella una lengua a pesar de las transformaciones, que,
aparentemente, la modifican. ¿Será que la inmanencia implica
necesariamente la permanencia? Tal proposición no está explíci-
tamente formulada, pero está presupuesta por la manera en que
se trata el problema. Convendrá volver sobre este punto.
Después del objetivo, viene el examen de los métodos por
emplear para llegar a la teoría inmanente del lenguaje. El “pun-
to de vista” (synspunkt) inmanentista consiste en proceder a la
eliminación de toda “realidad extralingüística”, lo que genera
la exclusión de las dos “realidades” generalmente tomadas en
cuenta por los enfoques “transcendentes”. Son, por una parte,
“la descripción física y fisiológica de los sonidos del lenguaje”,
por otra, “la descripción psicológica y lógica de los signos —es
decir, de las palabras y de las frases (phrases)”*** (1971: 10-11;
1993: 6). Las justificaciones de estas dos exclusiones son exac-
tamente paralelas.
Se descarta la primera descripción, la de los sonidos, porque
“corre el riesgo de caer en la física y la fisiología pura”. Ocurre que
los sonidos no son la única manifestación posible para las lenguas.
Largos desarrollos de los Prolegómenos (1971: 131-134; 1993:
92-94) enumeran diversas manifestaciones sustanciales efectivas
o posibles de las “lenguas naturales” (en singular: dagligsproget,
sin duda, mejor traducido por “lengua cotidiana”): gestualidad,
escritura, “códigos de señales de la marina, o el lenguaje de signos
de los sordomudos”,1 etc. La conclusión es, sin rodeos: “Cualquier
sistema de expresión lingüística puede manifestarse en sustancias
de expresión muy diferentes” (1991: 133; 1993: 93).

***
Nota del traductor: phrases: proposiciones en la traducción española de
Prolegómenos a una teoría del lenguaje (p. 3.).
1
La similitud de estas declaraciones, sobre todo cuando se refieren a la
escritura, con los textos saussureanos que Hjelmslev, en su tiempo, no podía
evidentemente desconocer, es flagrante. Ver, por ejemplo, Saussure (2011: 135).
¿Qué sucede con la inmanencia... 53

Los sonidos en su realidad sustancial, acústica y articulatoria,


no tienen, por tanto, ninguna pertinencia con respecto al sistema
de la lengua.
La segunda descripción descartada estaría amenazada de
“reducirse a una psicología, una lógica y una ontología puras” y
de “perder de vista entonces su punto de partida lingüístico”. El
“aspecto psicológico y lógico de los signos —palabras y frases
(phrases)” (tegnenes –ordenes og sætingernes, 1993: 6) debe
ser separado rigurosamente del “contenido” (inhold 1933: 44-55).
Éste está definido, en efecto, de modo “puramente operacional
y formal” como uno de los dos “funtivos” que “contraen la fun-
ción semiótica” (tegnfunktion), establecida entre el “contenido”
y la “expresión” (udtryk): “un contenido sólo es contenido en
virtud de que es contenido de una expresión” (1971: 67, 75).
Tanto el contenido como la expresión, cada uno en lo que les
concierne, se distinguen de sus “sentidos” (mening) respec-
tivos: “sentido del contenido” (inholdmening) y “sentido de
la expresión” (udtryksmening).2 Para el contenido, el sentido
está constituido por los “aspectos psicológicos y lógicos” del
texto. Es precisamente este “sentido” lo que es, “provisoria-
mente”, eliminado.
Como ya se indicó, estos análisis deben afrontar un problema
capital: el de las transformaciones de la lengua, especialmente en
el tiempo, puesto que la lengua, tal como se dice en el segundo
capítulo, está dada como “idéntica a sí misma”. ¿De qué manera,
esta “identidad consigo misma de la lengua” resiste a la diver-
sidad, evidentemente reconocida, de “sus manifestaciones más
diversas”, en especial, las históricas? Pues los cambios que la
afectan —o parecen afectarla— pueden venir más de otra parte
que de sí misma, y por ello oponerse a una concepción pura y
totalmente inmanentista. Es, por tanto, capital, en todo enfoque
inmanentista del lenguaje, dar una solución a este problema.

2
Hjelmslev señala que nada impide recurrir a la noción de “sentido de la
expresión, aunque sea contraria al hábito” (1971: 74,83).
54 Michel Arrivé

Hjelmslev no niega las modificaciones que la historia


aporta inevitablemente a toda lengua. Sin embargo, su acti-
tud con respecto al cambio lingüístico presenta una especi-
ficidad, señalada por un fenómeno revelador: no retoma la
dicotomía saussureana de sincronía y diacronía. Salvo error
u olvido, ninguno de los dos términos aparece como tal ni en
El lenguaje ni en los Prolegómenos3 y no está señalado, ni
en las “Definiciones” de los Prolegómenos ni en los índices de
las dos obras. En los Prolegómenos, Hjelmslev sólo aborda
explícitamente el problema del cambio en las especies del
cambio “puramente fonético” y del “cambio semántico”: uno
y otro pueden intervenir “sin que el esquema lingüístico sea
afectado en nada” (1971: 134; 1993: 93-94). Es la implicación
inevitable de la exterioridad previamente planteada de los
aspectos “puramente fonéticos” y “puramente semánticos”.
Es cierto que sobreviene enseguida una alusión a la distinción
entre los cambios exteriores, transcendentes, y los “cambios
formales”, inmanentes. En tanto que tales, estos afectarían el
esquema lingüístico. Pero ya no se los menciona en la serie
de los Prolegómenos.
Es en El lenguaje en donde aparece de manera completa la
concepción hjelmsleviana de “la transformación del lenguaje”.
Hjelmslev procede en este texto a cambiar decisivamente el con-
cepto. Manifestado primero bajo la forma de una interrogación
retórica (1966: 169), toma luego la forma asertiva que se espera-
ba, en la forma de una comparación —de origen saussureano—
con la práctica del juego de ajedrez:

mientras dure la ley, toda p inicial de palabra se convierte mecá-


nicamente en f [en una lengua ficticia tomada en este punto como

3
Los dos adjetivos diacrónico y sincrónico (en danés diakroniske y synkro-
niske) aparecen, sin embargo, el primero al menos dos veces, y el segundo al
menos una vez en los Prolegómenos (1971: 133, 1993: 93). Ambos adjetivos no
afectan al cambio lingüístico, sino al problema de la institución del alfabeto (1971:
16; diacronique (diacrónico) traducido historisk, 1993: 10).
¿Qué sucede con la inmanencia... 55

ejemplo]; es una ley de conversión del mismo tipo que la que rige el
juego de ajedrez: los peones que lleguen a la otra punta del tablero
adquieren el valor de una reina. Esta “transformación” se produce,
o puede producirse, cada vez que se juegue al ajedrez, sea mañana o
el año próximo; no es una transformación, es un estado (1966: 169).

La “transformación”, inevitablemente comprometida en la


temporalidad, se reduce a la aplicación, cada vez instantánea,
de una ley constantemente presente e imperativa. ¿Instantánea?
Mejor: intemporal: ella se sitúa “mañana o el año próximo”. El
tiempo no importa. Sólo compete a la lengua la ley que impone
la conversión. La lengua conserva, por consiguiente, intacta, su
identidad consigo misma.
Sin embargo, la duda subsiste. Se manifiesta, por de pronto,
en una apreciación cuantitativa:

Muchos de los fenómenos que se han considerado exclusivamente


desde el punto de vista de la transformación lingüística, no son sino
fenómenos estáticos (1966: 169-170).

¿“Muchos”? Y sí, muchos. Pero no todos. Ciertos fenómenos


resisten el análisis puramente estático de la transformación.
Hjelmslev lo observa, como a disgusto: “subsiste [subrayado
por MA] el hecho de que la lengua se transforma” (1966: 170).
Tal transformación proviene de los “cambios de la pronuncia-
ción, de la significación y de los signos” (1966: 171). ¿Cómo
dar cuenta de este residuo? El único medio es enviarlo del
“esquema”, donde ya no tiene nada que hacer, al “uso”. Es
entonces “el hombre” quien estará en el centro del debate: “El
hombre es un ser caprichoso y enigmático, es él quien está en
juego aquí” (1966: 71)
Hjelmslev atribuye “las transformaciones fonéticas que
una lengua sufre a lo largo del tiempo” a “algunas tendencias
predominantes que una misma población puede conservar
durante muchos siglos” (1966: 171). Continúa, sin embargo,
señalando que
56 Michel Arrivé

las transformaciones de la estructura no pueden residir en las ten-


dencias de la comunidad lingüística, porque justamente se define la
estructura como algo que es independiente de este factor (1966: 171).

Convendría, ciertamente, interrogarse con sorda inquietud so-


bre lo que es “el hombre” en la reflexión de Hjelmslev. El hombre
“que está en juego aquí” es, inevitablemente, el hablante. ¿Cuál
es la connotación de los adjetivos “caprichoso” y “enigmático”
que le son atribuidos? ¿Laudatoria o peyorativa? Presente, en
grado máximo, en el “uso”, ¿el hombre no está, de algún modo,
ciertamente, en el “esquema”? ¿Y la “comunidad lingüística” en
la que él se inserta? Vastos cuestionamientos que me contentaré
de momento con haber evocado, ya que Saussure nos permitirá
volver sobre este punto.
Hjelmslev suele tener un rigor extremo en la evaluación de los
trabajos de sus predecesores en relación con sus propios puntos
de vista. Así rechaza como “transcendentes” las formulaciones
de “sistemas de axiomas” de Bloomfield y de Bühler (1971: 13).
Finalmente reconoce “un único predecesor indiscutible: el suizo
Ferdinand de Saussure” en el enfoque que él propone (1971: 14).
Enuncia, sin embargo, algunas reservas. Además de la exclusión,
no explícitamente reivindicada, de la sincronía y de la diacro-
nía, formula también dos críticas severas. La primera se refiere
a la manera en que el CLG presenta las relaciones entre forma
y sustancia (1971: 67-68). La segunda está destinada a la “base
esencialmente sociológica y psicológica” sobre la cual Saussure
funda la lingüística (1971: 136).
En este punto escucho una tímida pregunta de mis lectores:
¿por qué diablos hemos hablado de Spinoza y de Hjelmslev,
cuando el título anuncia sólo a Saussure? La respuesta es fácil.
Spinoza, entre muchos otros, pero de un modo particularmente
acusado, constituye el ejemplo de una reflexión sobre el lenguaje
lo más distante posible de todo punto de vista inmanentista. Es
el caso inverso de Hjelmslev: es, sin duda, imposible proponer
una concepción más inmanentista del lenguaje. En relación con
¿Qué sucede con la inmanencia... 57

estas dos concepciones opuestas, la posición de Saussure podrá


ser apreciada en su justa medida.

El problema de la inmanencia opuesta a la trascendencia se


presenta en Saussure de manera muy distinta que en Hjelmslev.
Ninguno de los dos términos es comúnmente utilizado por
Saussure. No me atrevo a decir jamás, en tanto es imprudente
emitir un juicio de ausencia sobre un elemento de un texto.
Pero los índices del CLG, de los Écrits de linguistique générale
(2002) y de Science du langage (2011) no incluyen entrada para
ninguno de los dos términos.
La ausencia de las palabras no implica la ausencia del pro-
blema. Saussure, es verdad, rechaza explícitamente, en varias
ocasiones, el estatuto de filósofo o de metafísico: “Estamos muy
lejos de hacer aquí metafísica”, desliza furtivamente a propósito
del problema de la presencia de la conciencia de la palabra y de
su sentido (2011: 111; ver también 106). Pero este gesto de dene-
gación sobreviene frecuentemente cuando el autor se percata de
que su reflexión, ajena, en su origen, al campo de la metafísica,
se compromete con él irremediablemente. Saussure acepta algu-
nas veces este compromiso e incluso subrayará la importancia
“filosófica” del problema que aborda. Es lo que se produce a
propósito del cambio lingüístico, estrechamente vinculado con
el problema de la inmanencia. Al presentarlo como “fortuito”,
enuncia la siguiente proposición:

Esta perspectiva, que nos ha sido inspirada por la lingüística his-


tórica, es desconocida por la gramática tradicional […] La mayor
parte de los filósofos de la lengua la ignoran igualmente. Y, sin
embargo, no hay nada más importante desde el punto de vista
filosófico 4 (CLG: 122).

4
Cito el CLG, siguiendo el ejemplo de Hjelmslev, que, a decir verdad, no
podía, en su tiempo, hacer otra cosa. En este punto, la fidelidad aproximadamente
58 Michel Arrivé

Sin mostrarse ostensiblemente, las preocupaciones “filosófi-


cas” están presentes en Saussure. La inmanencia no tiene nece-
sidad de ser nombrada para ser un objeto frecuente, ¿diría cons-
tante?, de su interés. Se manifiesta a través de muchos aspectos.
Describir la lengua de manera inmanente, es, ante todo, de-
finirla por sí misma, independientemente de todo objeto que le
sería exterior. Este gesto es realizado por Saussure de diferentes
maneras, necesariamente articulados entre ellas de tal manera
que se puede hacerlas aparecer en un orden indiferente. Es la
decisión que toma Saussure en el momento en el que se plantea,
angustiado, la pregunta “¿Unde exoriar?”:

Unde exoriar? —Es la pregunta poco pretenciosa, y al mismo tiempo


terriblemente positiva, y modesta que se puede plantear antes de in-
tentar explorar por alguna parte la sustancia resbaladiza de la lengua.
Si lo que quiero decir de ella es verdadero, no hay una sola parte que
constituya el punto de partida evidente (2002: 281).

Someter “la sustancia resbaladiza de la lengua” a un punto


de vista inmanentista, es, en primer lugar, definirla, de manera
inversa, como una forma, concebida como interna, descartando
el recurso a las sustancias externas. La reivindicación de esta
posición es rigurosa, explícita y repetitiva, aun cuando se ma-
nifiesta con más energía en los propósitos didácticos del CLG
que en las meditaciones silenciosas de Science du langage. Es
entonces el texto del CLG lo que conviene recordar:

La lengua elabora sus unidades al constituirse entre dos masas amor-


fas […] La lingüística trabaja, pues, en el terreno limítrofe donde los
elementos de dos órdenes se combinan; esta combinación produce
una forma, no una sustancia (CLG: 156-157).

Una forma, se nos dice. Queda por plantear la forma de esta


“forma”. Es aquí donde interviene la noción central de “siste-

literal del texto está garantizada por sus fuentes manuscritas. Ver, por ejemplo,
Sofía (2014: 361).
¿Qué sucede con la inmanencia... 59

ma de valores relativos y negativos, que sólo tienen existencia


por efecto de su oposición” (2011: 190) y el principio, que es
inseparable de ella, de lo “arbitrario del signo” (CLG: 100-102).
Juzgo inútil volver, después de tantos otros, sobre el lazo que
se establece entre estos dos aspectos de la reflexión saussurea-
na. Señalo, sin embargo, que lo arbitrario del signo tiene por
resultado eliminar toda relación de la lengua como sistema con
cualquier clase de “realidad extralingüística”. Saussure recurre a
la ficción de una lengua constituida de dos signos. Impedida por
esto de hacerse cargo directamente de cualquier tipo de real, ella
“es, sin embargo, característica de ‘todo clasificar’”:

Así, en una lengua compuesta en total por dos signos, ba y la, la


totalidad de las percepciones confusas del espíritu vendrá necesaria-
mente a ubicarse, sea en ba, sea en la: el espíritu encontrará, por el
sencillo hecho de que existe una diferencia ba/la y que no existe otra,
un carácter distintivo que le permite regularmente clasificar todo en
la primera o en la segunda categoría (por ejemplo, la distinción entre
sólido y no sólido) (2011: 187-188).

Las exclusiones que son necesarias para el desarrollo de este


punto de vista inmanentista se refieren a los objetos también
eliminados por Hjelmslev. Se trata, por un lado, de la materia
sonora tal como se manifiesta en la voz humana, por otro, de lo
que hay de “psicológicamente puro” en el sentido de las unidades
manifestadas.
La primera de estas exclusiones es constante en Saussure. Se
justifica “filosóficamente” desde 1894, en las “Notas para un
artículo sobre Whitney”:

en uno de los últimos capítulos de Life and Growth of Language,


Whitney dice que los hombres han utilizado la voz como hubieran
podido utilizar el gesto u otra cosa, y porque les pareció más cómodo
servirse de la voz. Consideramos que estas líneas, que parecen una
gran paradoja, [aportan] la idea filosófica más exacta que jamás se
haya dado sobre el lenguaje; pero además que nuestra práctica co-
tidiana de los objetos que sometemos a análisis tendría mucho que
60 Michel Arrivé

ganar si partiese de esta constatación (2002: 215; ver también Godel,


1957: 193-194 y Engler, 1968-1989: 270).

En otro punto se instituye una comparación bastante des-


cortés entre la voz humana y la práctica de teñido de telas que
se impone en el uso de señales marítimas que utilizan colores:

El acto fonatorio aparece como un instrumento necesario, pero en sí


tan poco esencial como, en el caso de las señales marítimas, el acto
del tintorero que haya preparado las banderas para dar la impresión
de verde, de rojo, de negro (2002: 248).

De lo anterior se deduce la inevitable conclusión, que conlleva


la exclusión considerada: “Las entidades de orden vocal no son
entidades lingüísticas” (2002: 23).
La segunda exclusión no debe ser confundida con aquella
que se refiere a la “cosa”, como la nombra Saussure. Ésta es re-
currente, en especial desde la definición del signo (CLG: 97-98)
y cada vez que se aborda lo “arbitrario del signo”. Lo que ahora
se cuestiona afecta el sentido psicológicamente formado, que se
distingue por ello del significado. El pasaje más pertinente a este
respecto es, sin duda, el de Sciences du langage, donde Saussure,
en un escrito de preparación del Segundo curso de lingüística
general, une las dos exclusiones que son, muy frecuentemente,
analizadas por separado.5 Pero se lo ve, ¿cómo decirlo?, ¿dudar?,
esto sería excesivo: él indica su perplejidad ante el rigor de las
exclusiones por realizar, y lo da a entender, me atrevo al oxí-
moron, por sus silencios, marcados en su texto por los espacios
que deja en blanco. Así, primero para los sonidos: “Como para
todo valor, naturaleza incorpórea de aquello que conforma las
unidades de la lengua. No es la materia fónica {sustancia vocal}
que [segmento en blanco]” (2011: 294).
5
Es, por ejemplo, lo que se observa en un pasaje de « De la double essence
du langage » en el que se arrojan sucesivamente fuera del “dominio lingüístico”
ante todo “las significaciones, las ideas, las categorías gramaticales exteriores a
los signos”, después “las figuras vocales que sirven de signos” (2011: 80).
¿Qué sucede con la inmanencia... 61

Y así para las “ideas”:

Pero recíprocamente, puede parecer paradojal que el sonido sea algo


[segmento dejado en blanco], se puede decir otro tanto de la idea que
se vincula con una palabra, que se vincula con diferentes unidades.
Tampoco representará nunca más que uno de los elementos del valor, y
será una ilusión creer que en nombre de este elemento se pueda tratar
por la psicología pura las diferentes unidades de la lengua (2011: 295).

Estos textos, aparecidos muy tardíamente, no han podido


más que permanecer desconocidos para Hjelmslev. Evocan, sin
embargo, muy directamente, al menos por el contenido —pues
su tonalidad es muy distinta en los dos autores— las posiciones
tomadas en los Prolegómenos sobre los problemas evocados.
Sea como fuere, el resultado de esta doble exclusión es la
definición de la lengua como “sistema de valores”, en términos
saussureanos, o, en otros términos, como “estructura específica
que se funda sólo en sí misma”. Es decir, sea cual fuere la de-
signación, como objeto estrictamente inmanente.
Sin embargo, esta definición de la lengua como forma no debe
ocultar otra definición. Se presenta bajo un aspecto diferente,
menos espectacular e incluso bastante laberíntica, pues muestra
simultáneamente dos concepciones en apariencia opuestas de la
lengua. Por esto ha sido frecuentemente ocultada. Además,
la definición está oscurecida por una dificultad léxica: la utili-
zación de los términos idea y forma en los sentidos propios que
desconciertan al lector:

La primera expresión de la realidad sería decir que la lengua (es decir,


el hablante) no percibe ni la idea a, ni la forma A, sino solamente la
relación a/A; esta expresión sería de nuevo totalmente grosera. Percibe
en verdad sólo la relación entre las dos relaciones a/AHZ y abc/A, o b/
ARS y blr/B, etc. (Saussure, 2011: 156; se trata, al parecer, de un texto
preparatorio para el Segundo curso de lingüística general).

Intentemos orientarnos en este laberinto. La lengua está


fundada sobre la relación, o más precisamente, sobre las relacio-
62 Michel Arrivé

nes. Ésta las “percibe”, ciertamente, pero debido a que aquéllas


la constituyen. ¿En qué consisten esas relaciones? En primer
lugar, en la que se establece entre a, “la idea” —que se debe
comprender aquí, primer aspecto de la dificultad anunciada, con
el sentido que será, más tarde, dado al significado— y A, “la
forma” —que se debe comprender aquí, segundo aspecto de
la dificultad léxica, con el sentido que será otorgado más tarde al
significante. Pero ella es también y sobre todo “relación entre las
dos relaciones a/AHZ y abc/A, o b/ARS y blr/B, etc.”, es decir,
entre el conjunto de los significantes y de los significados que
la constituyen en el sistema de relaciones negativas que hace
aparecer su copresencia. Fundada en su estatuto por un sistema
de “relaciones de relaciones”, la lengua no deja, pues, en modo
alguno, de ser una forma, esta vez en el sentido de “sistema
de valores relativos y negativos, que sólo tienen existencia
por efecto de su oposición” (2011: 190). Se reencuentra, así, la
perspectiva inmanentista que ha sido señalada hasta ahora en
todo momento.
Pero todo había ya cambiado, en el laberinto del texto ana-
lizado, antes de que se estableciera esta concepción formalista.
Pues la forma así descrita, como “relaciones de relaciones”
acababa de ser asimilada, en el sentido más literal del término,
a otro elemento: el hablante: “la lengua (es decir el hablante)”.
Se había sustituido a la lengua al punto de dar al pronombre
personal que se supone la representaba la forma masculina: “Él
[en lugar de ella] no percibe verdaderamente” ¿Es retórica, esta
asimilación de la lengua y del hablante? Sin duda. Ella mani-
fiesta, sin embargo, el caracter inseparable de estos dos objetos:
un sistema formal y un sujeto humano. No es un hápax de la
reflexión saussureana. Por el contrario, es un elemento central de
su reflexión, aun cuando se ha ocultado con frecuencia. He aquí
otro testimonio: “La conquista de estos últimos años es, además,
por fin haber ubicado todo lo que es el lenguaje y la lengua en
su verdadero foco, exclusivamente en el hablante, sea como ser
humano, sea como ser social” (2011: 281).
¿Qué sucede con la inmanencia... 63

Este texto parece datar de los comienzos de la estancia en


París de Saussure, en 1881. Marca la antigüedad de su reflexión
acerca del reconocimiento del hablante, aquí metafóricamente
reconocido como “foco” de la lengua y del lenguaje. Concep-
ción persistente, puesto que el texto precedentemente citado se
remonta a los años 1909 o 1910. Por ello se evalúa la distancia
que, en este punto, aleja a Saussure de las posturas que, mucho
tiempo después, serán adoptadas por Hjelmslev.
Respecto de la inmanencia, se ve surgir el problema: ¿qué es la
inmanencia si la lengua no es solamente ella misma, sino también
el hablante? Ella ya no se define por sí misma, sino por su relación,
cualquiera que sea la forma, con otra instancia. ¿Hay que abandonar
la inmanencia y hablar de la trascendencia? ¿Y en qué sentido se
establecería esta trascendencia? ¿Del sujeto a la lengua? ¿O de la
lengua al sujeto? Me contento con plantear el problema.
Subsiste el problema de la evolución de las lenguas en el tiem-
po. Planteo esta vez, a propósito de Hjelmslev, el problema de las
relaciones entre inmanencia y permanencia. El recorrido que es
necesario seguir para tratarlo es complejo por excelencia, pues
de inmediato se abre una bifurcación. El itinerario elegido por
Hjelmslev ignora, al fin tanto como es posible, estos dos recorri-
dos que toman en cuenta los cambios lingüísticos. Es la razón por
la cual desaparece la distinción saussureana de la sincronía y de la
diacronía. Saussure sigue un itinerario enteramente diferente. Para
hilar la ardua metáfora, intenta seguir a la vez los dos recorridos.
En un primer aspecto de su reflexión, él plantea, en efecto, el
“cambio” diacrónico como un carácter específico de la lengua
como de todo otro sistema de signos:

La lengua se altera, o mejor, evoluciona, bajo la influencia de todos


los agentes que puedan alcanzar sea a los sonidos sea a los significa-
dos. Esta evolución es fatal; no hay un solo ejemplo de lengua que la
resista (CLG: 111).

¿Un ejemplo? El de los cambios fonéticos que han afectado el


latín calidum que devino chaud en francés y caldo en italiano:
64 Michel Arrivé

He aquí un caso en el que se puede medir tanto si la simple sucesión


de los fenómenos fonéticos bastaría, como casi se ha tendido algunas
veces a discutir, a crear diferencias yendo hasta lo ininteligible, como
si no. Es necesario afirmar que ella es absolutamente capaz de trans-
formar por sí misma el aspecto de una lengua (2011: 288).

¿El “aspecto”, dice? ¿Será que el sistema queda intacto? El


problema está planteado. Pero de todos modos se alcanza la
“inteligibilidad”. A propósito de otro sistema de signos, incluso
Saussure casi va a excluir del campo de la semiología todo
objeto que no esté sometido al cambio diacrónico: es el caso,
por ejemplo, del texto literario. Inmovilizado por el nombre
de su autor, escapa a “la prueba del tiempo”, y por esto no se
puede “comparar a la palabra”, modelo ejemplar de todo objeto
semiológico (1986: 193).
Así la lengua y los otros sistemas de signos están “fatalmente”
sometidos a los efectos transformadores del tiempo: es al menos
lo que aparece en los textos citados. Y en muchos otros.
Pero a la vez se observa en Saussure otro movimiento de
pensamiento. Se manifiesta frecuentemente por una sustitución
léxica. El término aludido es el de changement.**** Saussure lo
reemplaza por el de échange. Esta sustitución se hace evidente
en muchas reiteraciones en la colección Sciences du langage:

“Échange”, como única expresión verdadera de todo movimiento en la


lengua. Hay dos clases de échange, que son completamente distintos
en la vida de la lengua, pero no hay, por el contrario, de changement,
sería necesario que hubiese una materia definida en sí misma en
un momento dado; es lo que no sucede jamás; no se pronuncia una
palabra sino por su valor. En el échange, la unidad es establecida
por un valor ideal, en nombre del cual se declaran adecuados entre
ellos los objetos materiales que pueden, por otra parte, ser absoluta-
mente disímiles y, además, constantemente renovados, cada uno en

****
Los términos changement y échange se conservan en francés, para que el
lector pueda advertir los matices semánticos discutidos por el autor. Si bien los
dos pueden ser traducidos por cambio, échange significa, además, intercambio.
¿Qué sucede con la inmanencia... 65

su sustancia. Es exactamente el carácter de todos los changements o


“movimientos” lingüísticos.
No hay otro principio de unidad que el de unidad de valor; por con-
siguiente, no hay ningún changement  que no tenga la forma de un
échange (2011: 165).

Esta eliminación de changement en beneficio de échange


apunta a excluir de la teoría del lenguaje la noción de transfor-
mación: “en ninguna parte se sorprende una transformación”,
se dice en el CLG (p. 225). ¿Por qué? Sólo la sustancia —a ve-
ces también denominada “materia” en el texto de 2011— tiene
la propiedad de transformarse. La sustitución de échange por
changement o transformation no es nada más que la marca de
una doble operación negativa: desustancialización y destempo-
ralización de los fenómenos lingüísticos. ¿Desustancialización?
Más precisamente, constatación repetida de la no sustancialidad
de las unidades lingüísticas. Y, por esto, de su ineptitud para la
“transformación”, dicho de otro modo, “changements”. ¿Des-
temporalización? Más exactamente, constatación del hecho de
que el tiempo no es la causa de los “échanges” que se toman
falsamente por los “changements”, pero que parecen modificar el
“aspecto” de la lengua. ¿La prueba? Saussure recurre nuevamente
a la lingüística-ficción: “Si se tomara la lengua en el tiempo, sin la
masa hablante —supongamos un individuo aislado que viviera
durante siglos— probablemente no se registraría ninguna alte-
ración: el tiempo no actuaría sobre ella” (CLG: 113).
El tiempo no es la causa de la “alteración”. De ello resulta
el establecimiento de la noción, aparentemente paradojal de
“identidad diacrónica”. Es ésta la que une calidum a chaud, que
han sido calificadas más arriba de “diferentes” al punto de ser
“ininteligibles”:
La identidad diacrónica de dos palabras tan diferentes como calidum y
chaud significa simplemente que se ha pasado de una a la otra a través
de una serie de identidades sincrónicas en el habla, sin que jamás el
lazo que las une haya sido roto por las transformaciones fonéticas
sucesivas (CLG: 250).
66 Michel Arrivé

Y Saussure lleva la aparente paradoja más lejos todavía:

He aquí por qué hemos podido decir que tan interesante es el saber
cómo es idéntico a sí mismo un ¡Señores! repetido muchas veces en
un discurso, como el saber por qué pas (negación) es idéntica a pas
(sustantivo), o, lo que viene a ser lo mismo, por qué chaud es idéntico
a calidum (CLG: 250).

El doble “punto de vista” adoptado por Saussure a propó-


sito de la relación entre calidum y chaud —¿absolutamente
diferentes, como se dice arriba; o totalmente idénticos, como
se acaba de ver?— es aparentemente contradictorio. Nada de
eso. Respecto de esta “sustancia resbaladiza” que es la lengua,
Saussure procede a las idas y vueltas que toman a veces las
apariencias de la contradicción. Sucede que los objetos por
describir son, por definición, “dobles”. Su duplicidad radica
en la copresencia de dos fenómenos: la identidad diacrónica
de calidum y de chaud, por una parte; y, por otra, la serie, de-
terminada por el “azar” o lo “fortuito” ( fortuité, [sic])6 de los
accidentes fonéticos exteriores a la lengua que le han conferido
un “aspecto” diferente. Este “aspecto” no tiene nada que ver
con su identidad fundamental.
Finalmente, queda claro, hay permanencia en la lengua. Sin
duda, incluso la lengua es permanente en su esencia. Para emitir
una opinión totalmente autorizada sobre las posiciones soste-
nidas por Saussure sobre este punto sería necesario examinar
en todos sus detalles la reflexión constantemente inquieta que
él realiza sobre el problema. Por ejemplo, volver a plantear,
siguiendo su línea de pensamiento, el problema del origen del
lenguaje y de las lenguas: se recuerda que, para él “ni siquiera
es una cuestión por plantear” (CLG: 105). Examinar con atención
la distinción, fluctuante, que plantea entre “cambio fonético” y
6
Saussure sustituye a veces este hermoso neologismo ( fortuité) por el
habitual azar para hablar del régimen, según él estrictamente aleatorio, de las
“mutaciones de sonidos” que se observan en “el estado material de los signos”
(2002: 215).
¿Qué sucede con la inmanencia... 67

“cambio analógico”. Y releer la bella metáfora del “traje cubierto


de remiendos hechos con su propio paño” (CLG: 235). Señala
la permanencia de la lengua: es siempre el mismo traje, pues
“después de algunos siglos se han conservado casi todos los
elementos” (CLG: 235). El paño, en verdad, la sustancia material
del paño, juega un papel en esta conservación. Sucede que es
muy necesaria una sustancia para manifestar incesantemente la
forma en que la lengua no deja de ser.
Es evidente, al menos lo espero: la concepción de la inmanen-
cia en materia de lenguaje que tiene Saussure da forma sustancial
a la de Hjelmslev. Sin embargo, no deja de diferenciarse fuerte-
mente en muchos puntos. Con el más decisivo rigor, Hjelmslev
no duda en excluir —“provisoriamente”, precisa—, todo lo que,
según él, es muestra de “trascendencia”. Saussure ve al lenguaje
“doble por esencia”, como un objeto inevitablemente “resbala-
dizo”. La metáfora puede ser interpretada en muchos sentidos.
Elijo su sentido literal: el lenguaje se nos escapa a cada instante
debido a la multiplicidad del lenguaje, incluso de los puntos de
vista, igualmente legítimos aunque aparentemente opuestos, des-
de los cuales puede ser observado. La inmanencia, ciertamente,
es constante en la consideración de la lengua como sistema de
valores. Pero su estrecha relación con el “hablante” —despedido
por Hjelmslev— es muestra de otro punto de vista. ¿Transcen-
dente? Quizás no. Pero con toda seguridad no inmanente.
Respecto de estas insondables dificultades, no creo encontrar
mejor medio, para concluir, que darle la palabra al Saussure de
Science du langage:

Cada hecho de lenguaje […] implica no una sino regularmente dos


expresiones racionales, legítimas del mismo modo, una tan impo-
sible de suprimir como la otra, pero conducen a hacer de la misma
cosa dos cosas; esto sin ningún juego de palabras, como sin ningún
malentendido sobre lo que acabamos de llamar cosa, a saber, un
objeto de pensamiento distinto, y no una idea diversa del mismo objeto
(2011: 67).
68 Michel Arrivé

Referencias

Engler, Rudolf (1968-1989). Édition critique du Cours de linguistique


générale. t. I. Wiesbaden : Otto Harrassowitz.
Godel, Robert (1957). Les sources manuscrites du Cours de linguisti-
que générale de Ferdinand de Saussure. Genève : Droz.
Hjelmslev, Louis (1966). Le langage. París : Les éditions de Minuit.
___________ (1971). Prolégomènes à une théorie du langage. París :
Les éditions de Minuit.
___________ (1993 [1943]). Omkring Sprogteoriens Grundlæggelse,
Copenhagen: The Linguistic Circle of Copenhagen.
Marinetti, Anna e Meli, Marcello (1986). Ferdinand de Saussure :
le leggende germaniche. Este (Padova): Libreria editrice Zielo.
Saussure, Ferdinand de (1916-1922-1986). Cours de linguistique géné-
rale. París : Payot (référencé dans l’article par l’abréviation CLG).
___________ (2002). Écrits de linguistique générale. París : Galli-
mard.
___________ (2011). Science du langage. De la double essence du
langage. Édition des Écrits de linguistique générale établie par
René Amacker.
Sofia, Estanislao (2014). Collation Sechehaye du Cours de linguistique
générale, 1913. Limoges : Lambert-Lucas.
Spinoza , Baruch de (1954). Pensées métaphysiques, in Œuvres
complètes. París  : Gallimard, Bibliothèque de la Pléiade, pp.
300-356.

La traducción de las citas sigue estas ediciones en español:

De Saussure, F. (1993). Curso de lingüística general, traducción,


prólogo y notas de Amado Alonso; edición crítica preparada por
Tulio de Mauro. Madrid: Alianza.
¿Qué sucede con la inmanencia... 69

___________ (2004). Escritos sobre lingüística general, traducción


de Clara Ubaldina Lora Mur. Barcelona: Gedisa.
Hjelmslev, Louis (1980). Prolegómenos a una teoría del lenguaje,
traducción de José Luis Díaz de Liaño, que sigue las pautas de
Emilio Alarcos Llorach en su Gramática estructural. Madrid:
Gredos, 1951, reimpresa en 1969.
Hjelmslev, Louis (1968). El lenguaje [trad. de María Victoria Catali-
na]. Madrid: Gredos.
Inmanencia y empirismo... 71

La inmanencia en cuestión.
Tópicos del Seminario, 31.
Enero-junio 2014, pp. 71-93.

Inmanencia y empirismo.
Examen epistemológico de la teoría del lenguaje
de Louis Hjelmslev

Sémir Badir
Universidad de Lieja

Traducción de Dora Artemiza Lougier Hernán D’Borneville

Una teoría

En Prolegómenos a una teoría del lenguaje, Hjelmslev lamenta


que la palabra teoría sea, con frecuencia, “mal usada y desa-
creditada” (Prolegómenos, 1974: 27). Igualmente, el maestro
de Copenhague pretende darle un sentido restringido: la teoría
es un sistema puramente deductivo (Prolegómenos, 1974: 27).
De hecho, debe quedar claro para todo el mundo que los Prole-
gómenos no constituyen la expresión de esta teoría. Si muchos
de los comentaristas de Hjelmslev han dejado de advertirlo es
porque toman la teoría en un sentido extendido, desacreditando
con ello todo lo que hubieran podido relacionar con la teoría
del lenguaje; cometen así el error del que aún Hjelmslev había
querido preservarse.
En sí misma, la concepción hjelmsleviana de la teoría provoca
apenas la discusión. Lo que llamará la atención en la perspectiva
epistemológica que será aquí la nuestra, es la cuestión de saber
cómo una teoría entendida como sistema deductivo puro puede
conciliarse con una ciencia empírica. Hjelmslev inmediatamen-
te señala, en efecto, que su concepción de la teoría no vuelve
72 Sémir Badir

necesario el vínculo de la teoría con un conocimiento empírico.


También, la cuestión consiste en entender, desde el momento en
el que esta relación es considerada, en primer lugar, cómo puede
hacerse y, en segundo, de cuáles determinaciones es susceptible
que se enriquezca la concepción de la teoría en el marco de una
teoría del lenguaje. Los medios de esta comprehensión se expli-
can en los Prolegómenos bajo la forma de principios, en lugares
distintos para cada uno: 1°, el vínculo entre la teoría y el conoci-
miento empírico se basa en un principio de adecuación (appro-
priateness en inglés) de la teoría a los conocimientos empíricos
(Prolegómenos, 1974: 28); 2°, una teoría será considerada como
teoría de un conocimiento empírico si sigue las reglas de buen
gobierno, reunidas bajo un principio determinado “principio em-
pírico” (Prolegómenos, 1974: 23). Presentaremos por turno estos
dos principios para llegar finalmente a un tercero, manteniendo
el carácter puramente deductivo de la teoría, a saber, el principio
de inmanencia. La hipótesis que va progresivamente a exponerse
es que estos tres principios no forman en realidad más que uno
solo, considerado desde diferentes puntos de vista. A partir de
esta interpretación se propondrá una breve comparación de los
fundamentos epistemológicos de la teoría del lenguaje con la
tradición epistemológica emanada de Karl Popper.

El principio de empirismo

Para comenzar, demos lectura al principio de empirismo tal y


como se presenta en las páginas 22 y 23 de los Prolegómenos:

La descripción habrá de estar libre de contradicción (ser autoconse-


cuente), ser exhaustiva y tan simple cuanto sea posible. La exigencia
de falta de contradicción tiene preferencia sobre la de exhaustividad.
La exigencia de exhaustividad tiene preferencia sobre la de simpli-
cidad.

Podríamos contentarnos con esta formulación cincelada [en


cursivas en el original] a fin de no tener que ir demasiado lejos
Inmanencia y empirismo... 73

en la exégesis teórica. Pero hay que tener cuidado ya que este


principio no es definitivo en el pensamiento de Hjelmslev.
Del principio de empirismo se deduce fácilmente el principio de
simplicidad (Prolegómenos, 1974: 33). De este principio derivarán
dos nuevos principios, el principio de economía y el principio de
reducción, y este último tendrá en sí mismo, una tras otra, dos
formulaciones (Prolegómenos, 1974: 90). Un poco más tarde, se
añade otro principio, el de la generalización, del que el Résumé*
precisa que él también se deduce del principio de simplicidad.
Un último principio, finalmente llamado “principio de descrip-
ción exhaustiva”, proviene a la vez del principio de empirismo
y del principio de reducción (Prolegómenos, 1974: 138; Résumé,
2014: 65).
Lo que más sobresale es que una vez que este principio se ha
formulado Hjelmslev siente la necesidad de hacer un comentario
respecto al discurso epistemológico:

Sugerimos llamar a este principio, principio empírico. Pero


estamos dispuestos a renunciar al nombre si la investigación
epistemologica revela que es inadecuado. Desde nuestro punto
de vista, se trata meramente de una cuestión de terminología,
que no afecta a la validez del principio (Prolegómenos, 1974:
23).

Tal comentario deja una sombra de duda, pero no sobre el


principio en sí mismo, sino sobre aquello a lo que se refiere
el principio de empirismo. Porque si bien es cierto que el tér-
mino empirismo no puede afectar al principio que enuncia,
es, sin embargo, dudoso que él no ponga en tela de juicio que
“una cuestión de terminología”, no tenga impacto en los fun-
damentos de la teoría del lenguaje, por lo que uno no ve qué

*
Se trata de una obra de Louis Hjelmslev de la que no hay versión española.
Este texto, bajo el título Résumé d’une théorie du langage, ha sido traducido
al francés por Alain Herreman y publicado en el siguiente sitio de internet:
http://resume.univ-rennes1.fr. Es la versión a la que se refiere el autor [N. del T.].
74 Sémir Badir

“riesgo”** habría al utilizarla. Por otra parte, la sospecha emitida


sobre la pertinencia del término empirismo había empezado
un poco antes en la misma página cuando Hjelmslev habla de
“datos de la experiencia”, “reales o pretendidos como tales” o
de “requisitos descritos antes sobre el llamado empirismo”. La
duda alcanza, como vemos, el estatuto de datos de experiencia
y, por lo tanto, pone en peligro el estatuto empírico de la teoría.
Basado en el principio del empirismo, Michael Rasmussen
rechaza, por otra parte, la idea de que la teoría del lenguaje pueda
pertenecer a la corriente empirista (Rasmussen, 1997). Según
él, la teoría hjelmsleviana aplicaría más bien el racionalismo
kantiano al estudio del lenguaje. Otros comentaristas situarían
fácilmente a Hjelmslev del lado de los convencionalistas (Poin-
caré, Duhem) o favoreciendo una versión actualizada, del lado de
los constructivistas. A decir verdad, situar el comentario en este
nivel de generalidad no nos interesa más de lo que le importaba
al mismo Hjelmslev. Lo que parece más útil de entender es por
qué Hjelmslev, a pesar de las dudas que tiene a este respecto,
haya tenido a bien llamar al principio enunciado un principio
de empirismo.
Entonces comencemos por constatar que en su formulación
el principio de empirismo es extremadamente lacónico y ofrece
múltiples interpretaciones. Por defecto —y el laconismo de la
formulación nos lleva a optar por una interpretación no detalla-
da— dos de sus reglas parecen poder circunscribir un procedi-
miento estrictamente racional. La regla de no contradicción y
la regla de la simplicidad podrían en efecto muy bien ser leídas
bajo la enseñanza de una teoría formal y sin base empírica.
En cuanto a la regla de exhaustividad, podría entenderse en la
misma pespectiva; bastaría simplemente concebirla como un
pedido de explicitación completa de la deducción. Sin embargo,

**
“Risque”. El autor se refiere a la traducción francesa, aparentemente más
conforme al texto danés (Vi vover), de la obra de Hjelmslev que él utiliza y donde
se lee “Nous prenons le risque” [N. del T.].
Inmanencia y empirismo... 75

si Hjelmslev confía a estas reglas el empirismo de su teoría, es


poco probable que sólo requieran ser interpretadas de esta ma-
nera. ¿No podríamos suponer acaso otra de mayor amplitud? El
laconismo de la formulación, en vez de dirigirnos hacia una in-
terpretación estándar, tendería más bien a hacernos aceptar una
parte de indeterminación: las reglas enunciadas siguen estando
disponibles para cualquier opción epistemológica. Es entonces
el nombre mismo del principio como principio de empirismo el
que sumaría en sí mismo una determinación interpretativa a estas
reglas. Esto es lo que parece indicar Hjelmslev en el íncipit del
Capítulo V:

Con la terminología elegida hemos podido designar el método de la


teoría lingüística como necesariamente empírico y necesariamente
deductivo (Prolegómenos, 1974: 27).

Ciertamente, hay una necesidad para la teoría del lenguaje


de ser una teoría de la ciencia empírica, ya que el carácter em-
pírico de los “datos” de los que se ocupa el lingüista, han sido,
al menos objeto de una presunción clara. Hay, por lo tanto, que
adecuar la terminología con el fin de que se adapte a este hecho
establecido. Las normas epistemológicas son de facto reglas del
empirismo, aunque también podrían ser interpretadas igualmen-
te de manera opuesta.
He aquí una manera de proceder que, quizás, parecerá poco
regular. Hjelmslev parece imponer en efecto la ruptura de con-
trarios: existen para la teoría del lenguaje reglas que tienen la
apariencia de reglas formales pero que son enunciadas a nombre
de un principio de empirismo. A menos que sea la coexistencia
misma de estos contrarios y la elección que esta coexistencia
implica entre ellos para toda construcción teórica en la que pa-
recen escandalosos a los ojos de Hjelmslev. Tal es, finalmente,
la interpretación que conservamos: el principio de empirismo se
llama tal, no por error (como Rasmussen sugiere) o por desafío,
sino con un espíritu de conciliación. El laconismo de sus for-
76 Sémir Badir

mulaciones permite pensar que no hay deseo de provocación en


la posición mantenida por Hjelmslev. Sumado al hecho de que
Hjelmslev declaró prudentemente querer dar a los epistemólogos
la tarea de decidir si esta conciliación es admisible o no. Por úl-
timo, debido a que de las dos posiciones epistemológicas contra-
rias, empirista y racionalista, una sola sea citada por Hjelmslev,
el término de racionalismo, para Rasmussen radica fuertemente
en la enunciación misma del principio del empirismo, razón por
la cual cuidadosamente lo evita.
Tenemos así, por un lado, una pregunta epistemológica
fundamental, crucial para la teoría del lenguaje y para su in-
terpretación, por otra parte, una manera de responder que evita
el debate, que exige en cambio una conciliación. ¿Qué debe
hacerse en una situación así? ¿Qué hizo Hjelmslev? Bueno,
parece que Hjelmslev simplemente se permite desterrarla, ya
sea delegándola a los epistemólogos o retomándola él mismo
bajo otros términos, que conciernen más directamente al pro-
cedimiento de la teoría del lenguaje. Efectivamente, vamos a
ver repetirse un intento de reconciliar contrarios de alcance
epistemológico en el marco del segundo principio observado
por la teoría del lenguaje. Y esta vez no será evadida la difi-
cultad que entraña tal tentativa.

El principio de adecuación

Aún en los primeros capítulos de los Prolegómenos, Hjelmslev


afirma que la teoría es a la vez arbitraria y adecuada (Prolegó-
menos, 1974: 28). Él afirma que se trata de calificativos de “la
misma importancia” (Prolegómenos, 1974: 28). Para hacer más
evidente la contrariedad entre estos calificativos, él escribe que
“en virtud de su naturaleza arbitraria la teoría es arrealista; en
virtud de su adecuación, es realista” (Prolegómenos, 1974: 29).
Finalmente, él escribe: “En virtud de su adecuación, la tarea de
la teoría lingüística es empírica; en virtud de su arbitrariedad,
es calculatoria” (Prolegómenos, 1974: 32).
Inmanencia y empirismo... 77

Observamos, sin embargo, a pesar de su igual importan-


cia, cierta asimetría en esta distribución de virtudes. No hay,
podemos considerar, más que obligarnos a reconocer la teoría
como arbitraria. Hay una razón suficiente para su arbitrariedad
(a saber, que la teoría no depende de la experiencia), pero no
es una causa necesaria. Por el contrario, la adecuación aparece
como una necesidad para la teoría: debe, de cualquier manera,
ser aplicable a cualquier objeto. Lejos de ello, eso no basta para
que sea una teoría, pero si lo es, tiene que servir para el conoci-
miento de algún objeto. Esto tal vez no sea cierto para cualquier
teoría —los matemáticos y los lógicos debatirán entre ellos si sus
teorías pueden prescindir de aplicación. Pero para una teoría del
lenguaje, no tendría sentido llamarla así si no hubiera también
un objeto al que que se pueda llamar un lenguaje. La existencia
de un objeto al que se considera lenguaje es una especie de “ne-
cesidad práctica”: sin objeto, la teoría tampoco tiene objetivo, y
su propia existencia carece de fundamento.
Esto nos lleva a considerar que la adecuación de la teoría a un
objeto de experiencia surgió también en el orden de los principios.
Hay un principio de adecuación observado por la teoría del lenguaje
en el curso mismo de su elaboración, por lo que no hay necesidad de
erigir la arbitrariedad de la teoría en principio. Sin embargo, hay que
preguntarse si este principio es distinto del principio de empirismo.
Sin duda alguna no lo es verdaderamente. En ninguna parte,
además, la exigencia de adecuación aparece en los Prolegóme-
nos como un principio. Si tomamos el riesgo aquí de generar
un principio de adecuación, es solamente con la perspectiva
de mostrar que la tensión que conlleva el principio de empirismo
puede ser confinada a otros términos, y según otro punto de vista.
Para imitar el laconismo de la formulación hjelmsleviana, se podría
enunciar el principio de adecuación de la siguiente manera:
la teoría del lenguaje, por deber ser no contradictoria, exhaustiva
y tan simple como sea posible, tiene que ser capaz de servir para
la descripción de los hechos del lenguaje reconocidos por la expe-
riencia.
78 Sémir Badir

Más allá del principio de empirismo, la tensión entre dos exi-


gencias epistemológicas opuestas es reconocida por Hjelmslev
cuando se trata de la adecuación de la teoría. Sin embargo, el pro-
blema de la adecuación no hace sino conducir nuevamente, bajo
un ángulo invertido a un problema que ya figura en el principio
de empirismo. En otras palabras, si una tensión epistemológica
aparece quebrantada en el principio de empirismo, es mantenida
en el principio de adecuación y permite iluminar, como en el
juego de las sombras chinas, disociando lo que parece unido, al
principio de empirismo.
Supongamos una teoría que no sea empírica, una teoría que
sea un trabajo de cálculo, un “sistema deductivo puro” —recor-
demos que es así como Hjelmslev define el concepto de teoría.
Admitiremos sin dificultad que esta teoría observa las reglas,
como, por ejemplo, las reglas de no-contradicción, de exhaus-
tividad y de simplicidad. Ahora bien, si sucede que esta teoría
recibe finalmente una base empírica, ella no pierde las propieda-
des emanadas de las reglas que ha observado de todas maneras,
porque o bien uno se las arregla para que la base empírica no
las anule —y es en esta perspectiva en la que está formulado el
principio de empirismo— o bien uno ajusta la teoría misma —y
es bajo este ángulo que está formulado el principio de adecua-
ción. Los lectores que ya se empaparon de la teoría del lenguaje
reconocerán fácilmente el resto en esta alternativa, la división
teórica fundamental entre forma y sustancia. Como cálculo, la
teoría es una forma, ya que es una descripción adecuada a los
hechos del lenguaje, la teoría es una sustancia, y la sustancia por
definición está formada, es decir, que no tiene valor ni pertinen-
cia sino cuando depende de una forma.
Lo que se presenta en el principio de adecuación, como una
tensión entre dos tendencias epistemológicas opuestas man-
tenidas simultáneamente en la teoría del lenguaje, vamos a
encontrarlo una tercera vez en el final de los Prolegómenos, en
el último argumento. Esta vez, la conciliación ya no sólo será
supuesta o implícita por la presencia de dos contrarios, sino
Inmanencia y empirismo... 79

será explícitamente alcanzada por el argumento. También es


una oportunidad para presentar un tercer principio, que opera
universalmente y que, más bien, constituye una tercera y última
formulación del mismo principio fundamental establecido en la
teoría del lenguaje.

El principio de inmanencia

La inmanencia asignada a la teoría se ha mantenido largamente


incomprendida, aunque la posteridad la haya elegido, con razón,
como insignia de la teoría hjelmsleviana. Con ella han trope-
zado todos los lingüistas celosos del realismo. Su originalidad
conceptual permite justificar que la inmanencia fuera proble-
mática: es a ella a quien corresponde conciliar los contrarios de
alcance epistemológico que hemos encontrado. Agreguemos
que, cuando se habla de inmanencia en Hjelmslev, siempre
deberían tomarse en cuenta estas afirmaciones, sorprendentes al
principio, pero con las que toda propuesta sobre la inmanencia
debe ser compatible:

1. La inmanencia no tiene otra implicación más que la de volver la


teoría adecuada a su objeto;
2. La inmanencia refuerza el principio de empirismo observado por
la teoría.

En los Prolegómenos, el concepto de inmanencia se aplica tan


pronto a la teoría del lenguaje1 como a la lingüística, de acuerdo
a la teoría del lenguaje.2 La inmanencia encuentra, en efecto,
como oponerse dos veces a lo trascendente: por una parte, en el
seno de la disciplina lingüística y, por otra parte, en términos de
la teoría. ¿Cómo es posible esto?

1
Por ejemplo, “[...] la teoría del lenguaje, con su meta puramente inmanente
[...]” (Prolegómenos, 1974: 15).
2
Por ejemplo, la teoría del lenguaje busca “una comprensión inmanente del
lenguaje” (Prolegómenos, 1974: 35).
80 Sémir Badir

Una breve comparación con Saussure se mostrará quizás


elocuente. En el Curso la lingüística también está constituída en
vista de un conocimiento específico de la lengua, un conocimien-
to orientado hacia la lengua en sí misma y por sí misma.3 Pero
en ningún lugar en el Curso nos encontramos con que la teoría
sea inmanente a su objeto. Ahora bien, esta distinción entre teoría
in­manente y lingüística inmanente, a pesar de que no aparece
claramente en los Prolegómenos, no se debe a alguna distracción
falsamente diferenciadora. Que una descripción deba ser espe-
cífica para el objeto descrito, es la condición para que el trabajo
relativo a esta descripción sea constitutivo del conocimiento de
una disciplina del saber. Pero eso no necesariamente significa
que toda disciplina tenga además en su haber una teoría que le
sea específica, una teoría que sea inmanente a su objeto y a su
campo de acción. Así, por ejemplo, una psicología del lenguaje
ciertamente puede pretender especificar el objeto que es el len-
guaje entre otros objetos estudiados por ella, sin especificar sin
embargo que esta especificación del objeto se acompaña de una
especificación de la teoría. Al contrario: si el lenguaje puede
ser conocido por tener ciertas especificaciones en el marco de
una teoría psicológica, es precisamente porque la psicología
como teoría de conjuntos, no es inmanente a este objeto. En la
teoría del lenguaje, en cambio, la inmanencia teórica garantiza
la especificidad de los conceptos utilizados para la descripción
del lenguaje. Esto significa también, a su vez, que el lenguaje,
tal como es descrito, proporciona los medios para describir la
teoría: “Debe ser posible analizar y describir la teoría lingüística
con la ayuda de su propio método; la teoría lingüística podrá ser
su propio objeto” (Hjelmslev, 1985: 75).*** Cómo es que llega-
mos a transformar la teoría del lenguaje inmanente a su objeto,

3
Con esta expresión se cierra el Curso de lingüística general. Jakobson
(1963: 591) observó, después de Gödel, que se trata de una frase del editor. Sin
embargo, nos preguntamos si, en la inmanencia a la que apunta, esta frase no
refleja adecuadamente la amplitud de la perspectiva saussureana.
***
La traducción es nuestra [N. del T.]
Inmanencia y empirismo... 81

consiste en principio en observar que la teoría del lenguaje es


en sí misma un lenguaje: ella es susceptible de ser analizada en
una semiótica, que diferirá quizás de la semiótica denotativa
que ella permite analizar unicamente. Basta entonces, en un
segundo tiempo, de disponer el lugar de la teoría lingüística en
la clasificación semiótica que permite establecer ella misma: la
teoría es analizada en una metasemiótica de segundo nivel y
puede igualmente ser clasificada con otras teorías por medio de
la metasemiótica de una semiótica connotativa.
Señalemos las consecuencias epistemológicas que se derivan
de esta inmanencia teórica:
Ambición gnoseológica. Si la teoría del lenguaje proporciona su
propia clasificación,4 no espera de otra teoría que le asigne una,
aun cuando incluso ésta se declarara habilitada para el rol de
clasificar los conocimientos. Por el contrario, ya que cualquier
teoría científica es un lenguaje, la teoría general de la ciencia o
gnoseología, es de hecho, como sistema de clasificación de los
lenguajes científicos, igualmente un lenguaje y, por lo tanto, debe
encontrar su lugar en las metasemióticas que se ocupan de estas
cuestiones de clasificaciones lingüísticas. Por lo tanto, lo que la
teoría del lenguaje define por sí misma es también válido para
la organización de los saberes en su conjunto.

[Si no hay] ningún objeto que no sea iluminado desde la posición clave
de la teoría lingüística [es porque en última instancia], en un sentido
más alto del que ha tenido hasta ahora en la lingüística, el lenguaje
pasa a ocupar de nuevo una posición clave en el conocimiento [frase
hecha a partir de dos citas de los Prolegómenos, 1974: 176].

El mundo, como semiología. Si todas las teorías científicas pue-


den encontrar su lugar en la clasificación prevista por la teoría del
lenguaje, debe de ser lo mismo con sus objetos, al menos como

4
“La teoría del lenguaje así indicará entonces en la teoría general de la ciencia
su propia clasificación, basada en el principio de simplicidad, y, en ese punto, la
teoría del lenguaje contendrá su propia definición” (Hjelmslev, 1985: 78).
82 Sémir Badir

elementos del plano de contenido de semióticas-objetos. Existe


en Hjelmslev la ambición de dar una visión global del objeto de
conocimiento. Este objeto es el lenguaje. Y el mundo, por este
hecho, es visto como un lenguaje. La teoría del lenguaje sustenta
una representación del mundo como semiología, mientras que
otras epistemologías la difunden como cosmología o como an-
tropología. Por consiguiente, deberíamos ser capaces de poder
hablar de ciencias semióticas, del mismo modo como se organi-
zan y desarrollan las ciencias naturales y las ciencias humanas:
como un grupo de saberes fundados en un punto de vista.
Lo que hay que terminar de comprender —y se debe tener
cuidado con el aspecto final de esta comprensión— es que todo
es texto, y que todo es analizable en el sistema de un lenguaje
(incluyendo los elementos no lingüísticos y no semióticos). La
inmanencia teórica refuerza la inmanencia descriptiva porque
la teoría del lenguaje se interesa realmente en construir la espe-
cificidad del objeto de la manera más general que sea; hay una
generalidad específica del objeto lenguaje y del dato empírico
que es el texto.
La inmanencia es un empirismo. La ampliación y la absoluti-
zación de la inmanencia continúan siendo estrictamente escen-
ciales para la comprensión de las lenguas. De hecho, el análisis
ejercido en función de un corpus de textos

debe ser de utilidad para describir y predecir no sólo cualquier texto


posible compuesto en cierta lengua, sino basándose en la informa-
ción que se nos proporciona acerca del lenguaje en general, cualquier
texto posible compuesto en cualquier lengua, sea cual fuere ésta
(Prolegómenos, 1974: 32).

Ahora bien, la validez de este pasaje de lo factual a lo posi-


ble y a lo general está garantizada por la inmanencia: es a causa
de la inmanencia que lo posible y lo general no serían capaces de
“sobrepasar” a la manera de lo trascendente, los hechos analiza-
dos, sino solamente reducirlos. Reducirlos no es más que volver
Inmanencia y empirismo... 83

variable la forma analizada, es concebir a este respecto reglas


de manifestación a través de variantes. Un análisis inmanente no
es sino una clasificación y en esta sistematización reside todo lo
posible y todo lo general relativos al objeto.
El objeto, cuando es objeto de conocimiento, no puede, por
tanto, estar contenido en los límites de sus particularidades.

La teoría lingüística empieza por limitar el alcance de su objeto. Esta


restricción es necesaria, pero sólo constituye una medida temporal
y no implica reducción del campo visual, ni eliminación alguna de
factores esenciales en la totalidad global que constituye el lenguaje
(Prolegómenos, 1974: 35).

La limitación del lenguaje no representa más que el momento


de teorización concedida a la concepción que hace la “linguística
tradicional”. El lenguaje, tal como lo concibe Hjelmslev, tiene
“la lengua hablada, llamada natural” por norma o, más exacta-
mente, por prototipo. La especificidad del lenguaje se comunica
principalmente con el concepto tradicional de lengua, pero no
lo contiene. Más bien da lugar a su ampliación hasta las “últi-
mas consecuencias” de su “totalidad global” (Prolegómenos,
1974: 36).
Lo anterior puede parecer paradójico, o al menos, revelarse
como una de las sutilezas de la teoría del lenguaje: la lingüística
inmanente en su acercamiento a la especificidad del lenguaje,
lo alcanza igualmente en su totalidad, mientras que las linguís-
ticas trascendentales nunca se apropian más que de una parte o
aspecto. El texto “todavía sin analizar, indiviso y en su integri-
dad absoluta”, es un dato empírico para el análisis lingüístico
(Prolegómenos, 1974: 25). Esto significa que no hay, de acuerdo
con la teoría del lenguaje, límite externo al objeto o incluso
objeto observable desde el exterior, porque eso sería admitir
una perspectiva trascendente desde la que este objeto podría ser
observado y delimitado. El empirismo exige que el análisis se
mantenga siempre en la perspectiva del objeto en sí, incluyendo
lo relativo a la cuestión de su límite.
84 Sémir Badir

La inmanencia es un idealismo transcendental. Es en este senti-


do que la inmanencia y la transcendencia pueden unirse: cuando
la inmanencia es total, absoluta, y no solamente relativa a una
reducción (ya sea que esta reducción sea de orden lógico, ontoló-
gico o fenomenológico), ella absorbe toda trascendencia, es decir,
todo lo posible. De hecho, si la inmanencia absoluta es capaz de
ofrecerse a sí misma sus propias condiciones de posibilidad —lo
que pretende asegurarle la teoría del lenguaje, entendida como
sistema de condiciones trascendentales aferentes relacionadas
con la lingüística— ninguna trascendencia es admitida sino por
el sistema teórico que ella integra en sí misma.

En lugar de ser un obstáculo para la transcendencia, la inmanencia


le ha dado una base nueva y mejor. La inmanencia y la trans-
cendencia se reúnen en una unidad superior sobre la base de la
inmanencia. La teoría lingüística se inclina por necesidad interior
a reconocer no solamente el sistema lingüístico [...], sino también
al hombre y a la sociedad humana que hay tras el len­g uaje y en
la esfera toda del conocimeinto humano a través del lenguaje
(Prolegómenos, 1974: 176).

Esta vez, encontramos claramente una conciliación de opues-


tos epistemológicos: la trascendencia y la inmanencia deben ser
conciliadas, como deben serlo el cálculo deductivo y el empi-
rismo, el arrealismo y el realismo. Está en la misma inmanencia
ofrecer la base de esta conciliación, incluyendo la trascendencia
en la teoría que suscita cuando el objeto de esta teoría es el len-
guaje. Kant fue el primero (al menos esto es lo que pretende) en
intentar una conciliación de este tipo: el idealismo y el realismo
deben, de acuerdo con el maestro de Königsberg, conciliarse,
e incluso encontrar cómo conjugarse. En las teorías tras­
cendentales, como lo son las cosmologías, el realismo es
trascendental: creemos en una realidad que nos limita. Pero este
realismo trascendental se duplica de un idealismo de hecho, un
idealismo empírico, porque imaginamos que podemos conocer
lo real que, sin embargo, es necesariamente externo a nuestro
Inmanencia y empirismo... 85

conocimiento. Por el contrario, en el idealismo trascendental


que Kant examina, al mismo tiempo que lo revela,5 es el sujeto
cognoscente quien determina lo que se puede conocer y cómo.
Es con esta condición que él realmente experimenta cosas. El
idealismo trascendental puede entonces verse duplicado por un
realismo empírico, como es el caso de Hjelmslev.

Breve comparación con la epistemología de Popper

Sin duda, el aval de Kant en materia de epistemología no es su-


ficiente a los ojos de la mayoría de los lingüistas de hoy, cuando
incluso la crítica kantiana lleva el debate a un nivel de compren-
sión finalmente similar al de la teoría hjelmsleviana. Tal es la
causa de que se imponga en esta etapa una comparación con
la epistemología contemporánea, aunque sólo sea para facilitar la
reflexión de Hjelmslev.
Hemos visto que una cierta prudencia rodeaba las reflexiones
epistemológicas de Hjelmslev. Las referencias de él sobre la epis-
temología son tan numerosas como vagas. En el estado actual de
la exégesis hjelmsleviana no sabríamos poner categóricamente
nombres a estas referencias.6 En ausencia de documentos históri-
cos claros, nos contentaremos con indicar por qué el pensamiento
de Hjelmslev no nos parece muy distante de la epistemología
desarrollada por Popper en La lógica del descubrimiento cien-
tífico. La comparación permanece históricamente plausible, ya
que este libro apareció publicado en alemán en 1934.7
5
En su Dialéctica trascendental (Kant, 1781: 299).
6
Encontramos, por supuesto, una serie de obras citadas (Carnap, Kant,
Husserl...) pero el uso que de ellas hacía Hjelmslev aún no se ha aclarado. Para
una primera exploración, véase Fischer-Jørgensen (1966) y Graffi (1971).
7
Hjelmslev leía y escribía en alemán, y si el nombre de Popper, excepto
accidentalmente por nosotros, nunca es mencionado por él, el hecho de que sí
mencione a otros, como a Carnap, muestra que Hjelmslev estaba, por el contrario,
iniciado en el vocabulario en el que se discutían las cuestiones epistemológi-
cas. Por lo demás, la comparación, no con Hejelmslev sino con la lingüística
estructural, ha sido ya tratada por los comentaristas, en general. Mencionamos
particularmente a Schotte (1997) y Piotrowski (1997).
86 Sémir Badir

El acuerdo más claro entre Popper y Hjelmslev reside en su


empleo de un enfoque deductivo. Popper se opone sobre este
punto central a las epistemologías logísticas, especialmente a la
de su oponente favorito, R. Carnap. También es en este punto
en el que Hjelmslev difiere de otros lingüistas e incluso de sí
mismo, por ejemplo, en Principios de gramática general, escrito
quince años antes de los Prolegómenos era un enfoque inductivo
el que el aprobaba.
La pregunta que se plantea entonces, tanto a uno como a
otro, consiste en articular el enfoque deductivo con el empirismo
de la investigación y de la descripción científica. Para Popper,
sabemos, esto pasa a través de la prueba de falsabilidad, que el
epistemólogo sustituye por la prueba de verificabilidad postulada
por los neopositivistas. Para Hjelmslev esto inaugura el principio
de empirismo.
Veamos en qué consiste que el principio de empirismo sea,
después de todo, comparable a la prueba de la falsabilidad. En
primer lugar, es evidente que la falsabilidad se basa en una regla
de no contradicción, como lo explicita Popper (1934: 74-75). Una
teoría es falsable si el resultado de la experiencia no p se estable-
ce mientras que la teoría prevé una inferencia con resultado p.
En segundo lugar, la falsabilidad supone que no se esquiven los
resultados contradictorios, es decir, que la teoría debe conservar
una forma de exhaustividad con relación a la base de experiencia
dada. Finalmente, en tercer lugar, Popper muestra que para con-
servar todo el sentido de la falsabilidad (es decir, su “vivacidad”
epistemológica) no debe permitirse a la teoría “arreglárselas” con
resultados contradictorios, por ejemplo, añadiendo a su sistema
normas o reglas particulares, verdaderamente reglas de excep-
ción. Para cumplir con esta exigencia en específico la teoría debe
permanecer lo más simple que sea posible.
La exigencia de simplicidad es, por otro lado, objeto de un
capítulo aparte. Popper subraya la importancia de las razones
por las cuales una teoría debe ser simple, y entre estas razones
Inmanencia y empirismo... 87

se halla la necesidad de estar más cerca de los datos empíricos.8


Aquí es donde Popper descubre que debe oponerse a los con-
vencionalistas, quienes pretenden que ningún resultado empírico
puede falsear una teoría, ya que la teoría es puramente conven-
cional, es decir, se adapta a los resultados de la experiencia. A
este respecto, ¿la teoría del lenguaje es empirista, como Popper
sostiene, o es convencionalista?9
Esto es lo que Hjelmslev deja a los epistemólogos, la tarea
de decidir, y nosotros con él, porque es muy probable que tam-
bién encontraríamos puntos de desacuerdo entre Hjelmslev y
los convencionalistas. La conclusión más prudente es reconocer
que, en este punto, la teoría del lenguaje se acerca tanto al em-
pirismo popperiano como al convencionalismo de Poincaré, pero
se aleja simultaneamente de uno y de otro por distintos rasgos,
para proponer una reflexión epistemológica fundada sobre la
inmanencia semiótica.
Otros puntos de concordancia entre Hjelmslev y Popper
podrían ser identificados: la necesidad de una base empírica, la
presencia de pruebas, así como la distinción de lo “universal en
el sentido estricto” y de lo “numéricamente universal” (Popper),
correspondiente a la distinción hjelmsleviana de lo “universal”
y de lo “general”. Sin pretender establecer forzosamente una
aproximación, simplemente observaremos que estas cuestiones
de concordancia atestiguan la sensibilidad de Hjelmslev con
respecto a temas que pertenecen propiamente a la reflexión
filosófica sobre las ciencias: quien escribió los Prolegómenos a

8
“Si el conocimiento es nuestro objetivo, los enunciados simples tienen
que ser más apreciados que los enunciados menos simples por que nos dicen
más, debido a que su contenido empírico es mayor y es más fácil someterlos a
pruebas” (Popper, 1934: 143).
9
Al inscribirse en el registro para lograr una aproximación con los
convencionalistas, existe una afirmación en los Prolegómenos: “la teoría
lingüística no puede verificarse (confirmarse o invalidarse) haciendo refe-
rencia a tales textos o lenguas existentes. Sólo puede juzgarse por referencia
al carácter autoconsecuente y exhaustivo del cálculo” (Prolegómenos, 1974:
33).
88 Sémir Badir

una teoría del lenguaje es un pensador informado de los temas


epistemológicos de su tiempo.
Sin embargo, hay un aspecto en el que el desacuerdo entre
Hjelmslev y Popper se muestra evidente. Es el del principio de
inmanencia. Este desacuerdo, parece, deber remontarse a los
fundamentos epistemológicos, porque hemos visto que el prin-
cipio de inmanencia no es sino otra formulación del principio de
empirismo. Por lo tanto, si el principio de empirismo concuerda
con la epistemología popperiana, debería automáticamente
provocar que el principio de inmanencia coincida igualmente.
Pero es notorio que ese no es el caso. Este aspecto singular de
la teoría del lenguaje ha sido ampliamente examinado por David
Piotrowski (1997). Así que podemos apoyarnos en sus trabajos
para exponer este punto.
Comencemos nuevamente desde el argumento generador del
empirismo. La base de un conocimiento empírico consiste en
que la teoría que se utiliza no puede determinar directamente
la realidad empírica del objeto observado. Sin embargo, si que-
remos que los hechos empíricos sean susceptibles de falsear la
teoría, es necesario que estos hechos sean traducidos a términos
utilizables por la teoría; claramente, esto es tanto como admitir
que únicamente un enunciado puede justificar o falsear otro
(Popper, 1934: 40). Esto implica claramente un riesgo para
la consistencia de la teoría: si la realidad empírica y la teoría
son deudoras de una instancia que las vuelve conmensurables,
es el comienzo de un círculo vicioso. Para no caer en esto es
necesario obligarse a actuar de forma que la objetivación del
“enunciado de base”, que transpone la realidad empírica, pueda
ser establecida igualmente fuera de la teoría por justificar o
falsear. Éste es el motivo por el que Popper establece la inter-
subjetividad de las observaciones en el espacio-tiempo y que
Piotrowski dice, siguiendo a J.-Cl. Milner, cuyas intervenciones
vienen después de muchos debates críticos sobre las nociones
de “intersubjetividad” y de “espacio-tiempo” retraducidas en
términos de consistencia interna:
Inmanencia y empirismo... 89

Es por un juego de superposiciones teóricas que se construye la ob-


jetividad —entendida como instancia de legitimación. La salida del
círculo vicioso en el que necesariamente se oculta el análisis y los
datos se realiza mediante una confrontación de los acoplamientos
“empíricos” y “teóricos” (Piotrowski, 1997: 31).

Por lo tanto, lo que vuelve falsable tal teoría no son los datos
en sí, sino el hecho de que estos datos puedan ser producidos ante
esta teoría, a título de confirmación o de refutación, mientras
depende de otra para establecerse como enunciado.
El lector habrá, sin duda, reconocido aquí un argumento
epistemológico que es objetado por Hjelmslev. Para él, no
habría duda de que dos teorías independientes entre sí puedan
producir los mismos datos lingüísticos. De dos cosas, una en
efecto: cuando la teoría es inmanente a su objeto, ella recibe de
este objeto considerado en su totalidad singular el carácter
de unicidad, porque la especificidad implica unicidad, por lo
que es imposible, bajo el principio de empirismo (que incluye,
recordemos, una exigencia de simplicidad) que coexistan dos
teorías inmanentes del lenguaje susceptibles de confirmarse (o
refutarse) una a la otra. Y, por otra parte, Hjelmslev niega la
posibilidad de otras teorías que no sean específicamente lin-
güísticas (es decir, no inmanentes al lenguaje) para producir
datos lingüísticos; sin embargo, ningún dato producido por
tales teorías trascendentales no podría confirmar o falsificar
la teoría del lenguaje. Si estas teorías son verdaderas, y lo
han sido, en efecto, antes de la introducción de la teoría del
lenguaje, los objetivos externos al lenguaje que ella promueve
saturan la descripción de presupuestos incontrolables para el
análisis lingüístico, lo que es suficiente para rechazarla. Éstas
son las razones de más por las que Piotrowski concluyó en el no
empirismo de las teorías linguísticas en su conjuto: las teorías
lingüísticas son no refutables porque los datos lingüísticos “no
se prestan a la forma de organización de un espacio de fase”
(Piotrowski, 1997: 55).
90 Sémir Badir

Sin embargo, a pesar de la apariencia dividida de la disputa


epistemológica entre los dos pensadores, localizamos una zona
de posible negociación. Del lado de la epistemología popperiana
es necesario poner en duda la posibilidad de producir datos de
cualquier tipo, a partir de dos teorías independientes. Esta in-
dependencia no puede ser más que relativa, de otra manera los
datos producidos por una y otra jamás podrían ser considerados
los mismos. También es inevitable concebir la existencia de una
teoría que englobe a ambas, lo que remite al círculo vicioso que
hemos tratado precisamente de evitar.10 Además, si la teoría del
lenguaje no admite ninguna refutación ni confirmación desde
el punto de vista exterior al lenguaje, es preciso considerar
que el primer gesto de esta teoría, tal como la piensa Hjelm-
slev, es constituir dos planos de análisis independientes entre
sí, aunque correlacionados. La prueba de conmutación calcula
esta correlación, y los datos lingüísticos que esta correlación
activa son exactamente como una prueba de falsabilidad: no
para establecer o verificar el análisis de los datos lingüísticos,
sino para confirmarla (o refutarla) en los puntos críticos. Pero
además, la repartición de los planos apunta al objeto no menos
que al análisis. En otras palabras, este gesto teórico no tiene
más que consecuencias epistemológicas, e igualmente implica
una proposición ontológica. Como escribe Piotrowski, el objeto
lingüístico “se elabora en el cruce de las diferentes regiones de
la factualidad” (1997: 55).11 Tal tesis tenía ya para Saussure un
carácter obsesivo; este último no dejó de insistir en un manus-

10
Argumento retomado por Piotrowski (1977: 29), siguiendo a J. D. Sneed,
W. Balzer y G. Granger: evidentemente se trata de un problema actual aunque
clásico.
11
Pero no podemos seguirlo cuando, explicitando lo que son estas regiones
de factualidad, él hace una precisión luego de la frase citada: “los planos de la
expresión, del contenido y del orden de validación”. Parece dudoso que el llamado
“orden de validación”, cuyo concepto deriva de la lingüística chomskiana, pueda
estar al mismo nivel de factualidad que los planos de expresión y de contenido
directamente tomados de la terminología hjelmsleviana.
Inmanencia y empirismo... 91

crito que se retoma en los Escritos de lingüística general sobre


la “doble esencia del lenguaje”.
En conclusión, observamos que en el principio de inmanen-
cia la disputa epistemológica expresada por Hjelmslev frente
a Popper y toda la tradición filosófica que se deriva de su
pensamiento no es tan grande como parece al comienzo. De
ambos lados, la falsabilidad de la teoría introduce una tensión
entre dos exigencias/necesidades: la de una mirada externa a la
teoría referida y la de una conmensurabilidad entre los datos
que dependen de la teoría y los datos de control. A partir de
esta tensión, la tradición popperiana habrá hecho énfasis en el
externalismo de la refutación; Hjelmslev sobre la necesidad de
lo conmensurable. En ambos casos, es el empirismo el que guía
la elección epistemológica, por un lado, de externalismo, y por
el otro, de inmanencia. Ahora bien, en el caso del lenguaje, esta
elección epistemológica está subordinada a una tesis sobre la
naturaleza ontológica de los datos lingüísticos, que consiste en
decir que no son “observables en el espacio-tiempo”, pero recla-
ma un análisis específico para su misma aprehensión. Es por esta
razón que el análisis integra el procedimiento de falsabilidad en
sus propios medios, por la distribución de planos independientes
y de una prueba preparada en vista de su correlación: se toman
tales medidas teóricas para responder con una característica
propia al objeto lingüístico.
Encontraremos quizás exagerado que, de acuerdo con esta
conclusión, los lingüistas (y los semiotistas después de ellos)
puedan tener la pretención de apartarse de las cuestiones fun-
damentales que atañen tanto al estatuto ontológico de su objeto
de investigación como a la epistemología del conocimiento
empírico de este objeto. Los lingüistas mismos antes y después
de Hjelmslev son los primeros que se han mostrado sensibles
y en gran medida renuentes a tal marginación de su práctica
científica. Sin embargo, podemos argumentar, para dar cierta
legitimidad al costo gnoseológico que sostiene y por retroali-
mentación crítica, que la cuestión del lenguaje parece ser una
92 Sémir Badir

piedra de tropiezo para la epistemología popperiana, así como


para la tradición filosófica de las ciencias en general. Distincio-
nes como la que Popper (1934: 62) establece entre “conceptos o
nombres, universales e individuales” no conocen la sombra de
una validación del punto de vista de un conocimiento empírico
del lenguaje, sin contar con que la asimilación del concepto y el
nombre, sin otra forma de proceso, parece muy irresponsable.
Ahora bien, es sobre la base de tales presupuestos que Popper
acusa de ambigüedad el uso ordinario de los nombres (1934: 64).
Pero, ¿qué es entonces una teoría del lenguaje (porque esta es
una, por pobre que sea) que comienza con el deseo de rectificar,
a causa de la “ambigüedad”, el empirismo mismo de su objeto?
Que se nos informe, en efecto: si el conocimiento empírico tiene
por objeto la “realidad empírica” (el “cosmos”), la epistemo-
logía popperiana tiene por objeto los hechos del lenguaje, los
que constituyen estos conocimientos. Decidir inmediatamente,
como Popper lo hace, sobre la diferencia entre el uso científico
del lenguaje y el uso ordinario, sin pretender ningún análisis, es
contrario al principio mismo de su epistemología.12

12
Parece que la atención de Popper ha terminado por ser atraída hacia este
problema. En el prefacio a la edición inglesa (1959) da la espalda a los filósofos
“que simplemente se limitan a analizar el conocimiento de sentido común, o su
formulación en un lenguaje ordinario” (1934: 15) y “aquellos cuyo método privile-
giado consiste en construir modelos artificiales del lenguaje de la ciencia” (1934:
17). Estos últimos que “pierden en ambos sentidos”, ya que no tienen “conexión
ni con la ciencia o con el sentido común” (1934: 17). Pero la posición intermedia
que él desea ocupar entre estas dos formas de proceder, no tiene fundamento,
puesto que parece, por lo demás, está dispuesto a conceder: “La mayoría de los
que pertenecen a este grupo [de Kant a Russell, cerca de los que se coloca] estaría
de acuerdo con el hecho de que el conocimiento científico resulta del crecimiento
del conocimiento de sentido común, ya que es, por así decirlo, el conocimiento del
sentido común escrito en letras grandes/con mayúsculas y sus problemas reales
son problemas ampliados por el conocimiento del sentido común” (p. 19). Que
el conocimiento científico sea un caso particular del conocimiento del sentido
común es lo que va en la dirección de las propuestas hjelmslevianas: es admitir
que la teoría del lenguaje puede esclarecer cualquier objeto.
Inmanencia y empirismo... 93

Referencias

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tics », Acta Linguistica Hafniensa, X, pp. 1-13.
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Disponible en: [http://resume.univ-rennes1.fr].
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schotte, Jean-Claude (1997). La Raison éclatée. Pour une dissection
de la connaissance. Bruxelles : De Boeck.
La forma de la inmanencia... 95

La inmanencia en cuestión.
Tópicos del Seminario, 31.
Enero-junio 2014, pp. 95-116.

La forma de la inmanencia:
una gramática generativo-transformacional

Francesco Galofaro
Centro Universitario Boloñés de Etnosemiótica

Traducción de Susana A. C. Rodríguez

Premisa

Este artículo retoma y desarrolla dos de mis trabajos anteriores


en los que propuse una gramática generativo-transformacional
para la sintaxis narrativa de Algirdas Julien Greimas. Mi ob-
jetivo es mostrar de qué modo aquella se presta a explorar la
constitución del plano de la inmanencia en la búsqueda de
propiedades no manifiestas. El trabajo se desarrollará según el
siguiente tratamiento: en primer lugar (parágrafo 1), provee-
remos sintéticamente algunas razones para colocar dentro de
la dimensión de la inmanencia los modelos formales a través
de los cuales la semiótica afronta el problema del sentido. Sin
embargo, esta elección equivaldría en conjunto a colocarla en el
hiperuranio, en el éter o en el hiperespacio si no precisásemos
las dinámicas de constitución del plano de inmanencia. Por tanto
(parágrafo 2), sostendremos que los modelos formales, lejos de
limitarse a describirlo, constituyen el plano de inmanencia. Son
estructurantes, más que estructurales. Es lo que entendemos
por generatividad fuerte: la misma gramática genera los enun-
ciados y las descripciones estructurales del metalenguaje. Para
96 Francesco Galofaro

ejemplificarlo, propondremos (parágrafos 3 y 4) una gramática


generativo-transformacional que genera el metalenguaje de la
sintaxis narrativa de Greimas, en la formalización propuesta
por Marsciani y Zinna (1991). Tal gramática tiene el objetivo de
poner en evidencia cuáles son las características de la inmanen-
cia que, por no estar presentes en el plano de la manifestación,
explican su dinámica. Todo esto con la convicción de que aho-
ra existe el espacio para una semiótica estructural dotada de
procedimientos de búsqueda del sentido, y que no se presenta
simplemente como una forma alternativa de hermenéutica.

1. ¿Por qué la inmanencia?

Al presentar la problemática de la inmanencia en su desarrollo


histórico-filosófico y semiótico, Zinna (2008) enumera tres
objeciones actuales a la concepción inmanentista del sentido:
(i) el sentido no es inmanente al texto porque se construye gracias
al trabajo de interpretación; (ii) un retorno a la fenomenología de
la experiencia y de la percepción reenvía a la trascendencia de lo
vivido; (iii) el fundamento de la praxis enunciativa no es un pa-
saje inmanente de las estructuras narrativas al discurso, sino el
acto de producción en la dinámica de interacción. En un orden
creciente de dificultad, propongo aquí tres posibles respuestas.

1.1. La crisis del cognitivismo

Comenzando del tercer problema, diremos antes que nada que la


dimensión de la producción textual presupone una competencia
a partir de la cual la misma producción se efectúa (Chomsky,
1965). ¿Dónde colocar esta competencia? La elección de la lin-
güística generativa y del cognitivismo es ponerla dentro de una
“mente”, sea ésta altamente idealizada, formal y universal y, por
lo tanto, buscar en la psicología el fundamento y el metalenguaje
La forma de la inmanencia... 97

a fin de traducir las preocupaciones de diversas disciplinas en


los términos de unas y otras: informática, filosofía, antropolo-
gía, neurología. Podemos considerarla una solución transitoria:
en efecto, inmediatamente sobreviene el problema del lugar
donde situar la mente. Hace poco, el progreso de las técnicas
de imaging* ha desplazado la preocupación del significado de la
mente al cerebro, sustituyendo el prefijo neuro– por el de psico–,
obteniendo a cambio nuevas disciplinas como la neuroestética,
la neuroética, e incluso el neuromarketing (Legrenzi–Umiltà,
2011). Se trata de un desplazamiento de la mente al cerebro del
plano de referencia del metalenguaje cognitivista, que muda
drásticamente el sentido. Eso no parece asegurar la cohesión
interdisciplinaria de las ciencias cognitivas, sea porque esta
forma extrema de reduccionismo no ofrece soluciones al proble-
ma mente-cuerpo; sea porque es difícilmente conciliable con el
evolucionismo de la biología, que no por causalidad está excluída
del quadrivio de las ciencias cognitivas; sea, en fin, porque no
ofrece modelos para el cambio cultural (Galofaro, 2011).

1.2. Interpretaciones sin lugar

Por otro lado, la elección del principio de inmanencia pone la


semiótica lejos de la crisis de la psicología cognitiva: “siendo el
objeto de la lingüística la forma [...], cualquier referencia a hechos
extralingüísticos debe ser excluida, en tanto es perjudicial a la
homogeneidad de la descripción” (Greimas y Courtés, 1979).
Esto responde en parte a la primera pregunta: si el sentido se
constituye a través de las interpretaciones, o fundamentamos
estas interpretaciones fuera del sentido (¿pero dónde?) o no
habremos propuesto realmente una alternativa a la concepción
inmanentista. Lo que lleva a la segunda objeción: un orden alter-

*
Imaging es el proceso de formación de imágenes que representan cosas
tales como sonidos, ondas, temperatura, actividades químicas o eléctricas [N.
del T.].
98 Francesco Galofaro

nativo a la inmanencia, ahora en forma de reduccionismo psico-


neuro-biológico, podría buscarse en la dimensión tradicional de
la trascendencia filosófica.

1.3. Inmanencia y trascendencia

Ahora, situar el sentido de las estructuras semióticas dentro de


una trascendencia que sobrepasa nuestra experiencia actual,
posiblemente ya no del mundo, sino del mismo lenguaje y de
los otros sistemas semióticos, presupone siempre el problema
del sujeto de tal trascendencia: de ahí las dos paradojas aparen-
temente insolubles que presenta Marsciani (2012a): in primis, del
supuesto sujeto pre-semiótico y del relativo dominio conceptual
no se puede hablar si no es a través del lenguaje. En segundo
lugar, no parece posible en esa prospectiva resolver el problema
del encuentro con el “Otro”, y el motivo por el cual atribuimos
al Otro nuestro mismo estatuto de Sujeto y no de Objeto. Es lo
que sostiene también Landowski (2004: 57-76) en la propuesta
de una lógica de la unión complementaria a aquella, instrumen-
tal, de la junción. Se trata de un problema tan irresuelto como
antiguo. Atañe a las meditaciones cartesianas de Husserl, a la
sucesiva investigación fenomenológica (Costa, Franzini y Spinic-
ci, 2002), al existencialismo sartreano (Gombrowicz, 1971). En la
medida en que la “refundación fenomenológica” de la semiótica
propuesta por Greimas y Fontanille (1991) insta a partir de un
sujeto pre-semiótico, hereda el mismo problema.

1.4. De qué inmanencia hablamos

Esto nos lleva a la pregunta crucial en torno a la cual gira nuestro


artículo. ¿Cómo describir el plano de inmanencia? Si no quere-
mos hacer una categoría parapsicológica, es necesario describir
los procedimientos que permiten considerar las articulaciones:
La forma de la inmanencia... 99

en otros términos, se requiere un modelo de su constitución.


El recorrido generativo de Greimas, desde este punto de vista,
representa exactamente esa tentativa: es una sistematización de
la teoría semiótica por niveles correlativos (Hjelmslev diría que
se trata de una jerarquía). Pero no es sólo una descripción: el
plano de inmanencia, la estructura textual, resultan constituidos
(Marsciani, 2012a: 137 y ss.). Además, dado el carácter relacional
de la oposición /inmanencia//manifestación/, es de interés para
el objetivo del presente artículo considerar cómo cada uno de
los niveles es la manifestación del nivel inmediatamente más
superficial: como veremos, dentro del recorrido generativo la
parte parece replicar las propiedades del todo.
En efecto, el modelo de Greimas no parece completo. Puede
aparecer como un edificio compuesto de diversos pisos, pero
sin escaleras. No están siempre claras las relaciones de con-
versión entre un nivel y el otro, relaciones que Greimas tendía
a considerar como homologaciones (Marsciani, 2012b). Como
dije, es preciso explicitar con claridad y exhaustividad los pro-
cedimientos detrás de la generación del sentido, porque tales
procedimientos son al mismo tiempo una definición operativa
del plano de inmanencia. Por este motivo, propongo a mi lector
una gramática generativo-transformacional que rinda cuenta
de una pequeña parte del recorrido generativo. Si es verdad
que cualquier plano manifiesta lo más profundo, también mi
pequeña reconstrucción de un sector se prestará a brindar indi-
caciones sobre las relaciones más generales, o por lo menos las
problemáticas que atienden a su descripción.

2. Inmanencia y metalenguaje

La gramática que vamos a presentar produce concatenaciones


entre enunciados expresados en un metalenguaje formal. Aun-
que desde hace tiempo la formalización no es más un objetivo
compartido por todos los semiotistas, esta elección se demuestra
100 Francesco Galofaro

como obligatoria. En ausencia de un metalenguaje bien formado,


en aras de representar adecuadamente las propiedades estruc-
turales, inmanentes, de los enunciados, nuestra gramática
generativo-transformacional debería resignarse a generar direc-
tamente la superficie del texto narrativo, en sentido contrario
al de una ilimitada creatividad. En otros términos, la opción
metalingüística parece irrenunciable para la individualización
de los diversos niveles de la inmanencia, sin los cuales sería
difícil rendir cuenta de su profundidad y de su articulación.
En esta dirección va Zinna (2008), quien atribuye la dimensión
de la inmanencia especialmente, pero no exclusivamente,1 al
metalenguaje.
¿Cómo trabajar sobre la formalización? En Galofaro (2012a)
se muestra cómo la glosemática de Hjelmslev puede ser for-
malizada a través de una técnica matemática conocida como
goedelización, para someterla al test de computabilidad mediante
una máquina genérica de Turing. En Galofaro (2013) se evidencia
cómo el modelo de la máquina genérica de Turing no es generativo
en sentido fuerte (Chomsky, 1956): origina cualquier enunciado
pero no su descripción estructural; sin embargo, un modelo más
fuerte, pensado como un autómata a stati finiti,** no captura la

1
Como anota Federico Montanari (2013), para Gilles Deleuze la inmanencia
está exquisitamente ligada a una expresión cualquiera. También Spinoza definía
el “signo” como alguna cosa degenerada y faltante respecto a la expresión, o por
un malentendimiento (es el “signo” de los supersticiosos) o por falta de conoci-
miento (el “síntoma” de los médicos). Del mismo modo, no resiste sino por la vía
analítica una separación entre gramática y lenguaje, como si la primera tuviese
una independencia propia del segundo.
**
Un autómata a stati finiti (ASF) o máquina a stati finiti o FSA (del inglés
Finite State Automata) es un modelo que permite describir con precisión y de
manera formal el comportamiento de muchos sistemas. Gracias a su simplici-
dad este tipo de modelo está muy difundido en la ingeniería y en las ciencias,
sobre todo, en el campo de la informática. Un autómata a stati finiti puede
ser utilizado tanto para modelar un sistema existente como para modelar un
nuevo sistema formal para resolver algunos problemas existentes. A esta última
categoría pertenecen los llamados reconocedores de lenguajes y los traductores.
La representación gráfica de un autómata a stati finiti es el grafo [N. del T.].
La forma de la inmanencia... 101

dimensión recursiva de las estructuras narrativas; en fin, se pro-


pone una gramática generativo-transformacional para la sintaxis
narrativa de Greimas, que en síntesis presento a continuación.
Para ejemplificar el funcionamiento de nuestra gramática
analizaré una de las Novelas en tres líneas, de Félix Fénéon:

El domingo un lavaplatos de Nancy, Vital Frérotte, murió por un


descuido. Acababa de volver de Lourdes, definitivamente curado de
tuberculosis.

2.1. La sintaxis narrativa

Greimas trabajó sobre su metalenguaje en varias ocasiones,


presentándonos diversas versiones. Por este motivo utilizaré las
síntesis propuestas por Marsciani y Zinna (1991), y por Courtés
(2007), que me parecen completas. Introduciré breves modifi-
caciones, que señalaré puntualmente, en tanto son funcionales
a la gramática.
En una situación narrativa, un sujeto S está en conjunción o
disjunción (∩ o U) de un objeto de valor (Ov). Consideraré estos
dos estados como “metastábiles”*** (Simondon, 2005) —en el
sentido en que siempre es posible una transición de un estado
a otro.
La condición del estado de junción está expresada por un
Destinador (D).
EN: D → (S∩Ov) o bien
EN: D → (SUOv)

Un programa narrativo completo (NP) es una cadena de


enunciados que describe la transición entre estados metastábiles.

***
La metastabilidad es la propiedad de un estado de ser estable cinéticamen-
te no termodinámicamente. La transformación que gobierna el estado estable
es relativamente lenta, casi nula. Si consideramos un sistema físico-químico
representado por su energía potencial, será caracterizado por un estado que
corresponda a un mínimo de energía [N. del T.].
102 Francesco Galofaro

Las breves líneas de Fénéon esconden una estructura narra-


tiva bien articulada. Atribuyendo en principio a /Vital Frérotte/
la función actancial de Sujeto, podemos decir que el exordio del
relato lo muestra disjunto del objeto de valor, al que asignamos
la etiqueta /vida/. Luego sabremos que la conjunción con este
objeto de valor advino gracias a un programa narrativo de uso
que condicionó la curación: el /viaje a Lourdes/ y la disjunción
con la /tuberculosis/. Si nos interrogamos acerca del Destina-
dor, esto es, sobre las condiciones de las diversas conjunciones
y disjunciones, el destinador de la curación es /Lourdes/ en
cuanto lugar sagrado, mientras que el destinador del viaje y de
la muerte por descuido2 no puede ser sino el propio /Frérotte/:
ni siquiera los dioses pueden salvarnos de nosotros mismos. En
fórmulas tenemos:

NP1 : “Sobrevivencia”
NP1.1 : “Viaje”
EN1.1 : [D1.1 (Frérotte) → ( S1.1 (Frérotte) ∩ Ov1.1 (Lourdes) )]
EN1.2 : [D1.2 (Lourdes) → ( S1.2 (Frérotte) U Ov1.2 (Tuberculosis) )]
EN1.3 : [D1.3 (Lourdes) → ( S1.3 (Frérotte) U Ov1.3 (Lourdes) )]
EN2 : [D2 (viaje) → ( S2 (Frérotte) ∩ Ov2 (Vida) )]
EN3 : [D3 (Frérotte) → ( S3 (Frérotte) U Ov3 (Vida))]

La que esquematizamos es la estructura profunda del relato.


Es diferente a la de superficie: la muerte se nos cuenta antes que

2
En términos de Greimas, el “descuido” se deja analizar en términos
modales como un /no saber hacer/. Actualmente, nuestra gramática no im-
plementa la modalización, que Marsciani–Zinna (1991) y Courtés (2007)
formalizan a la medida de los valores transferidos gracias a los objetos. Dada
la importancia que reviste la modalización en el cuadro de la teoría, desarro-
llaremos sin falta nuestra gramática en este sentido en un futuro próximo.
Esto prueba también que, más que generarla, la estructura narrativa del re-
lato en tres líneas que consideramos es sin duda más compleja que como la
describimos. Por motivos atinentes a la exposición nos contentamos con una
descripción más estilizada.
La forma de la inmanencia... 103

el viaje a Lourdes; EN1.1 (el arribo a Lourdes) y EN2 (el resta-


blecimiento de la salud) son presupuestos del relato. EN1.1 está
presupuesto por el uso del verbo “apenas había regresado” en
el plano de la manifestación. En particular, el tiempo verbal se
considerará como un shifter en el parágrafo dedicado al com-
ponente transformacional. EN2 es presupuesto por el EN3, pero
no manifestado. Podemos reconstruirlo gracias a un principio
de economía de los valores, por el cual los objetos de valor no
son creados ni destruidos de la nada (Greimas, 1970).3 De la
conversión de la estructura profunda a la de superficie se ocu-
pará el componente transformacional de la gramática.

2.2. El uso de los índices

Mi uso de los índices es diferente del que hace Greimas. El


índice asegura la jerarquía de los enunciados narrativos y tiene
huellas de su orden en la estructura profunda. Emplearé el índice
de cada símbolo para asegurar su pertenencia al enunciado rela-
tivo. Esta elección resultará cómoda cuando se trate de diseñar
el componente transformacional de la gramática, pero no está
privada de motivaciones de sustancia: en Greimas, cada índice
asegura la identidad transenunciativa de la función actancial;
pero, en realidad, sólo el vínculo entre funciones actanciales e
investimiento actorial es lo que garantiza esta identidad: lo que
garantiza la identidad del Ov1.1 y el Ov1.3 es la isotopía actorial
que etiquetamos como /Lourdes/.4 Cualquier similitud adviene
en la sintaxis del lenguaje.

3
Con la misma lógica, se presupondría también un enunciado cero, en el cual
el sujeto se conjunta con la tuberculosis; no deseamos complicar excesivamente
la derivación que sigue.
4
Véase “Individuación”, en Greimas y Courtés (1979). En Galofaro (2012b)
propongo un modelo formal para la individuación de la pareja de funciones
actanciales sujeto/antisujeto a partir de las isotopías actoriales.
104 Francesco Galofaro

2.3. Discusión: el problema de la decisión

El lector escéptico se preguntará si elecciones diferentes de las


nuestras podrían llevar a otras esquematizaciones, y con qué
criterios atribuir nuestras etiquetas metalingüísticas a lo que está
manifiesto en el plano de la novela. No es una pregunta nimia:
cada formalización es una simplificación: ¿cómo distinguir
lo que es pertinente de lo que no lo es? Naturalmente, este
artículo no quiere ser un manual de semiótica del texto, pero es
de cualquier manera legítimo interrogarse sobre cómo juzgar una
propuesta de formalización de la estructura narrativa.
En primer lugar, diremos que ésta es una representación de
la estructura inmanente del relato. En cuanto tal no es proba-
blemente la única posible, y se juzgará no sobre la base de su
“verdad”, sino sobre su eficacia en el tomar las articulaciones de
la misma estructura, por ejemplo, la jerarquía entre programas
de base y de uso. Es lo que Hjelmslev llama suficiencia material.
Un problema ulterior atañe a la buena formación del enuncia-
do. ¿Cómo podemos decidir si nuestros enunciados narrativos
pertenecen o no al metalenguaje? Esta es una versión del Ents-
cheidungsproblem [problema de decisión] relativa a la estructura
narrativa. Nuestra gramática resuelve esta cuestión: el modo para
demostrar la pertenencia del enunciado al metalenguaje consiste
precisamente en generarlo según las reglas.

3. El componente generativo

Nuestra gramática se compone de un set de símbolos y de algu-


nas reglas de sustituciones entre los símbolos mismos que nos
permiten derivar los enunciados. Cada una de las reglas tiene la
forma (α ├ ψ vel ω), donde α, ψ e ω representan símbolos arbi-
trarios y ├ representa una sustitución. Cada regla sustituye uno
y sólo un símbolo con un segundo o una pareja de símbolos. El
repertorio simbólico consiste en:
La forma de la inmanencia... 105

a) un símbolo inicial NP;


b) símbolos intermedios {be, let, ‫ﬡ‬, EN, J};
c) un índice x;
d) símbolos terminales {S, D, U, Ov, ∩, →};

Los símbolos terminales son aquellos que Greimas emplea


para su propio metalenguaje formal. Las reglas de derivación
son las siguientes:

1) NPx ├ ‫ ﬡ‬x
2) ‫ ﬡ‬x ├ ENx , eventualmente ‫ ﬡ‬x+1
3) ENx ├ let x , bex
4) let x ├ Dx , →x
5) bex ├ Sx , Jx
6) Jx ├ ∩x aut Ux , Ov x
7) ENy ├ NPy.1

Una discusión amplia de estas reglas con ejemplos de deriva-


ciones y diagramas relativos se provee en Galofaro (2013). Aquí
comento brevemente algunas características relevantes para la
discusión sobre la inmanencia. Cada derivación parte de un
símbolo inicial NP (programa narrativo). Por la regla (1), esto se
sustituye por el símbolo ‫( ﬡ‬aleph), que representa la recursividad
de las estructuras narrativas. Gracias a eso y a la regla (2), cada
aleph genera al menos un enunciado narrativo y, eventualmente,
un segundo aleph. En este caso el índice viene incrementado de
1, de modo que pueda generar un segundo enunciado narrativo
y eventualmente un tercer aleph y así en adelante. De este modo,
la derivación genera exactamente el número de enunciados na-
rrativos adecuados para representar textos aún más complejos.
Gracias a la regla (3), el símbolo de cada enunciado narrativo
se sustituye por la modalidad del ser y del hacer. Por la regla (4) el
hacer genera un destinador y el símbolo de la modalización; por
la regla (5), el ser genera un sujeto de estado y una junción;
por la regla (6), tal junción se especifica en una conjunción
o en una disjunción, y genera un objeto de valor. Se llega al
106 Francesco Galofaro

final a la regla (7), que rinde cuenta del hecho de que cualquier
enunciado narrativo perteneciente al programa narrativo de base
puede dar luego un programa narrativo de uso. Una aplicación
repetida de las reglas (7), (1) y (2) genera estructuras encastradas
con subprogramas de uso profundizados a placer. De este modo,
si el programa narrativo de base es “entrar a la casa”, puede ser
analizado en los programas de uso “abrir la puerta”, “encender
la luz”, “entrar”, “cerrar la puerta” y así en adelante; a su vez,
“abrir la puerta” puede ser descompuesto en “abrir la cartera”,
“buscar las llaves”, “insertarlas en la cerradura”… De este modo,
la gramática asegura la generación de estructuras adecuadas para
describir la complejidad textual.

3.1. Ejemplo de la generación de una estructura narrativa


profunda
Propongo ahora una derivación para la estructura narrativa pro-
funda de la novela de Fénéon.

Paso Encaje Regla


1 NP1
2 ‫ﬡ‬1 1
3 EN1 ‫ﬡ‬2 2
4 NP1.1 ‫ﬡ‬2 7
5 ‫ﬡ‬1.1 ‫ﬡ‬2 1
6 EN1.1 ‫ﬡ‬1.2 ‫ﬡ‬2 2
7 let1.1 be1.1 ‫ﬡ‬1.2 ‫ﬡ‬2 3
8 D1.1 →1.1 be1.1 ‫ﬡ‬1.2 ‫ﬡ‬2 4
9 D1.1 →1.1 S1.1 J1.1 ‫ﬡ‬1.2 ‫ﬡ‬2 5
10 D1.1 →1.1 S1.1 ∩1.1 Ov1.1 ‫ﬡ‬1.2 ‫ﬡ‬2 6
11 D1.1 →1.1 S1.1 ∩1.1 Ov1.1 EN1.2 ‫ﬡ‬1.3‫ﬡ‬2 2
12 D1.1 →1.1 S1.1 ∩1.1 Ov1.1 let1.2 be1.2 ‫ﬡ‬1.3‫ﬡ‬2 3
13 D1.1 →1.1 S1.1 ∩1.1 Ov1.1 D1.2 →1.2 be1.2 ‫ﬡ‬1.3 ‫ﬡ‬2 4
14 D1.1 →1.1 S1.1 ∩1.1 Ov1.1 D1.2 →1.2 S1.2 J1.2 ‫ﬡ‬1.3 ‫ﬡ‬2 5
La forma de la inmanencia... 107

15 D1.1 →1.1 S1.1 ∩1.1 Ov1.1 D1.2 →1.2 S1.2 U1.2 Ov1.2 ‫ﬡ‬1.3 ‫ﬡ‬2 6
16 D1.1 →1.1 S1.1 ∩1.1 Ov1.1 D1.2 →1.2 S1.2 U1.2 Ov1.2 EN1.3 ‫ﬡ‬2 2
17 D1.1 →1.1 S1.1 ∩1.1 Ov1.1 D1.2 →1.2 S1.2 U1.2 Ov1.2 let1.3 be1.3 ‫ﬡ‬2 3
18 D1.1 →1.1 S1.1 ∩1.1 Ov1.1 D1.2 →1.2 S1.2 U1.2 Ov1.2 D1.3 →1.3 4
be1.3 ‫ﬡ‬2
19 D1.1 →1.1 S1.1 ∩1.1 Ov1.1 D1.2 →1.2 S1.2 U1.2 Ov1.2 D1.3 →1.3 S1.3 5
J1.3 ‫ﬡ‬2
20 D1.1 →1.1 S1.1 ∩1.1 Ov1.1 D1.2 →1.2 S1.2 U1.2 Ov1.2 D1.3 →1.3 S1.3 6
U1.3 Ov1.3 ‫ﬡ‬2
21 D1.1 →1.1 S1.1 ∩1.1 Ov1.1 D1.2 →1.2 S1.2 U1.2 Ov1.2 D1.3 →1.3 S1.3 2
U1.3 Ov1.3 EN2 ‫ﬡ‬3
22 D1.1 →1.1 S1.1 ∩1.1 Ov1.1 D1.2 →1.2 S1.2 U1.2 Ov1.2 D1.3 →1.3 S1.3 3
U1.3 Ov1.3 let2 be2 ‫ﬡ‬3
23 D1.1 →1.1 S1.1 ∩1.1 Ov1.1 D1.2 →1.2 S1.2 U1.2 Ov1.2 D1.3 →1.3 S1.3 4
U1.3 Ov1.3 D2 →2 be2 ‫ﬡ‬3
24 D1.1 →1.1 S1.1 ∩1.1 Ov1.1 D1.2 →1.2 S1.2 U1.2 Ov1.2 D1.3 →1.3 S1.3 5
U1.3 Ov1.3 D2 →2 S2 J2 ‫ﬡ‬3
25 D1.1 →1.1 S1.1 ∩1.1 Ov1.1 D1.2 →1.2 S1.2 U1.2 Ov1.2 D1.3 →1.3 S1.3 6
U1.3 Ov1.3 D2 →2 S2 ∩2 Ov2 ‫ﬡ‬3
26 D1.1 →1.1 S1.1 ∩1.1 Ov1.1 D1.2 →1.2 S1.2 U1.2 Ov1.2 D1.3 →1.3 S1.3 2
U1.3 Ov1.3 D2 →2 S2 ∩2 Ov2 EN3
27 D1.1 →1.1 S1.1 ∩1.1 Ov1.1 D1.2 →1.2 S1.2 U1.2 Ov1.2 D1.3 →1.3 S1.3 3
U1.3 Ov1.3 D2 →2 S2 ∩2 Ov2 let3 be3
28 D1.1 →1.1 S1.1 ∩1.1 Ov1.1 D1.2 →1.2 S1.2 U1.2 Ov1.2 D1.3 →1.3 S1.3 4
U1.3 Ov1.3 D2 →2 S2 ∩2 Ov2 D3 →3 be3
29 D1.1 →1.1 S1.1 ∩1.1 Ov1.1 D1.2 →1.2 S1.2 U1.2 Ov1.2 D1.3 →1.3 S1.3 5
U1.3 Ov1.3 D2 →2 S2 ∩2 Ov2 D3 →3 S3 J3
30 D1.1 →1.1 S1.1 ∩1.1 Ov1.1 D1.2 →1.2 S1.2 U1.2 Ov1.2 D1.3 →1.3 S1.3 6
U1.3 Ov1.3 D2 →2 S2 ∩2 Ov2 D3 →3 S3 U3 Ov3

A partir de un símbolo inicial, las primeras reglas generan un


programa narrativo de uso y el germen de los sucesivos enun-
ciados del programa narrativo de base. Aplicaciones sucesivas
de las reglas 2-6 transforman cada aleph en un enunciado hasta
generar los símbolos terminales. De aquí deriva el siguiente
diagrama (árbol de derivación):
108 Francesco Galofaro

Fig. 1. Árbol de derivación de la novela de Fénéon. En rojo (lado izquierdo),


el programa narrativo de uso. Salta a la vista que se trata de una figura
autosemejante. El grafo se generó con el software MindNode Lite.
La forma de la inmanencia... 109

3.2. Discusión

La gramática nos permite definir recursivamente cada símbolo


en los términos del recorrido que lo genera. Por ejemplo, ∩ es
un tipo de junción (J), parte del estado (be) expresado por el
enunciado (EN) de un programa narrativo (NP). Se sigue, por
tanto, que el íntegro recorrido generativo, en los límites en que
puede ser expresado por una gramática, no es otra cosa que una
definición recursiva del plano de inmanencia.
Notamos inmediatamente cómo el plano de inmanencia no es
una estructura lineal; en eso se diferencia del plano de la mani-
festación. La sucesión de los aleph refleja la que Greimas (1970)
llama la implicación entre enunciados a partir de los últimos
y la dimensión teleológica del relato. Otras dos características
interesantes para la discusión sobre la inmanencia me parecen
las siguientes: sus estructuras son recursivas e “incrustadas”
(auto-incrustadas). Se trata de una propiedad topológica muy
interesante: cada estructura narrativa es fundamentalmente
autosemejante, porque una de sus partes es igual o semejante al
todo. El estudio del plano de inmanencia parecería entonces un
ingreso al campo de los sistemas dinámicos complejos.

4. Componente transformacional

La gramática así esbozada genera todos los enunciados narra-


tivos de cada programa narrativo en forma completa y en un
orden lógico. Pero el relato de Fénéon ejemplifica bien cómo
esta estructura profunda no está necesariamente manifestada
en este orden ni de manera completa en la superficie. Por eso hay
que pensar en un componente de la gramática que transforma la
estructura profunda en la estructura de superficie.
110 Francesco Galofaro

4.1. Cautelas

Introduciendo libremente reglas de transformación, nuestra


gramática terminaría por generar encadenamientos, como una
máquina genérica de Turing. Entonces se atenuaría su genera-
tividad en sentido fuerte, es decir, disminuiría su capacidad de
generar no sólo enunciados del metalenguaje, sino también sus
propias descripciones estructurales. Además, al generarse vir-
tualmente cualquier encadenamiento, no podríamos responder
ya al problema de la decisión, el cual, vale la pena recordarlo,
resulta sólo concierne a los lenguajes recursivos.
Estas observaciones fueron hechas por primera vez por Put-
nam (1975) en la confrontación de los métodos de Chomsky.
Todavía las soluciones propuestas son inadecuadas, como de-
mostraron Peters y Ritchie (1973). Para resolver la cuestión, los
dos autores pusieron la condición de que cada transformación no
implique una pérdida de información de la estructura profunda
(1973: n.11). Basándonos en el árbol de derivación, podemos
ver cómo una rama del árbol conecta un símbolo terminal con
todos los propios hiperónimos. Los dos autores representan esta
característica con un sistema de paréntesis, el cual por razones
de simplicidad dejaremos gracias a nuestro sistema de índices.
Además, siempre de acuerdo al principio enunciado por los dos
autores, consideraremos sólo transformaciones elementales que,
dada una cierta condición estructural, suprimirán, sustituirán
o agregarán una cierta sucesión de factores a la derecha o a la
izquierda de la otra.

4.2. Las reglas transformacionales

Sin pretensión de exhaustividad, proponemos las siguientes


reglas.
R1 (clear rule 1) ENx ├ # aut Ø
R2 (copy rule) ENx ├ ENx, ENx
La forma de la inmanencia... 111

R3 (permutation rule) ENx, ENy ├ ENy, ENx


R4 (shifter insertion rule) if y ≠ (x+1), then ENx, ENy ├ ENx, # ENy
R5 (clear rule 2) Let x ├ # aut Ø

Como se ve, introducimos dos nuevos símbolos: # e Ø.


Representan, respectivamente, un shifter (el marcador de un
desembrague), y el elemento nulo. Gracias a ellos, podemos
representar las huellas de desplazamiento entre la estructura
profunda y superficial, huellas que corresponden a un desem-
brague sobre el plano de la manifestación discursiva e incluso
a marcadores morfosintácticos sobre el plano de la expresión.
Un buen ejemplo puede ser el difuminado que introduce el
flashback en un filme.
En consecuencia, R1 sustituye la cadena de símbolos co-
rrespondientes a un enunciado con un shifter: R2 permite la
duplicación de la cadena de símbolos correspondientes a un
enunciado, mientras, aplicada repetidamente, asegura la desvia-
ción hacia atrás de un enunciado a lo largo de la cadena de los
enunciados. R4 marca con un shifter cada desviación. En pareja,
la regla R2 y R4 marcan con un shifter la duplicación de un
enunciado narrativo. Un ejemplo podría estar constituido por
un misma acción descripta desde dos puntos de vista diferentes.
Finalmente, R5, permite marcar al menos la supresión de una
estructura de destinación, cuando ella sólo esté presupuesta en
la manifestación del texto. La introducción de otras reglas que
operan en diversos niveles de la generación es un simple hecho
de adaptabilidad de la descripción, siempre y cuando se preste
atención a respetar la condición de conservar las informaciones
de la estructura profunda.

4.3. Ejemplo

Por afán de simplicidad, no consideraremos toda la secuencia


terminal que derivamos, sino sólo el orden de los enunciados
de nuestra novela en tres líneas. Podemos hacerlo porque cada
112 Francesco Galofaro

EN conserva la información respecto a la generación, “llevando


consigo” todos los nodos hipónimos. Efectuamos la transforma-
ción aplicando las reglas en orden:

Paso Secuencia Regla


1 EN1.1 EN1.2 EN1.3 EN2 EN3
2 EN1.2 EN1.3 EN2 EN3 R1
3 EN1.2 EN1.3 EN3 R1
4 EN1.2 EN3 EN1.3 R3
5 EN3 EN1.2 EN1.3 R3
6 EN3 EN1.3 EN1.2 R3
7 EN3 # EN1.3 # EN1.2 R4

Obtuvimos así, con tres reglas, la estructura narrativa de


superficie de la novela. Los enunciados se presentan en el orden
deseado. Los dos shifter representan la particular elección de los
tiempos verbales (acababa de volver; definitivamente curado),
que señalan un triple desembrague: temporal (anterioridad),
espacial (Nancy/Lourdes) y aspectual (la acción se captura en
el momento terminativo).

4.4. Discusiones

La generación de shifters a partir de los cambios de los enuncia-


dos narrativos muestra cómo algunos elementos del plano de la
manifestación, aunque muy distantes entre sí, pueden tener de-
pendencia y vínculos constitutivos en la estructura profunda. Por
eso la dimensión inmanente no es una especie de “ficción”, sino
una dimensión semiótica real de los sistemas de significación que
nos esforzamos por representar con nuestros modelos. A favor de
esta tesis surge la necesidad de que el componente transforma-
La forma de la inmanencia... 113

cional conserve la información en la estructura profunda y en el


recorrido generativo: evidentemente ese es real, en cuanto actúa
sobre la estructura de superficie: interrumpir este enlace implica
una incapacidad de la descripción estructural, porque el plano
de inmanencia no resultaría reconstruible a partir del plano de la
manifestación. En otras palabras, una teoría adecuada permite al
analista captar la estructura narrativa de superficie, describirla,
y probar que la descripción es formalmente correcta generándo-
la —no podemos todavía excluir estructuras “malformadas” o
construidas ad hoc para desafiar la narratividad misma, en las
formas que hemos heredado de la cultura.

Conclusiones

Retomando lo dicho desde el principio, la de la inmanencia no


puede resultar una categoría residual si no se describe correc-
tamente la relación entre inmanencia y manifestación. En par-
ticular, es necesario mostrar cómo las características del plano
de manifestación son explicadas por las del plano de inmanencia,
y explicitar tanto las articulaciones estructurales de este último
cuanto los procedimientos para describirlos: este es el objetivo
tanto del metalenguaje de Greimas como de la gramática que
propusimos.
Revisando en orden las características del plano de inmanen-
cia, notamos en primer lugar cómo sus constituyentes, definidos
por el recorrido generativo, no poseen una identidad transenun-
ciativa, cuya individuación acontece sólo en la relación con el
plano manifiesto. La recursividad de la generación implica que
el plano de inmanencia posea una capacidad de “alojar” una
estructura virtualmente infinita. Se trata de hecho de un espa-
cio abstracto, descompuesto en términos de una operación de
categorización, como escribe Petitot siguiendo a Deleuze (Véase
“Valeur”, en Greimas y Courtés, 1986). Desde el punto de vista de
su topología, el recorrido generativo es un objeto autosemejante
114 Francesco Galofaro

y, por lo tanto, el estudio de la inmanencia es asimilable al de


los sistemas dinámicos complejos.
También es interesante la “realidad” semiótica del plano de
inmanencia, en el sentido de la eficacia de sus estructuras en el
plano de la manifestación, la que se encuentra también entre ele-
mentos distantes, y procedentes de la dinámica de los elementos
estructurales en la transformación entre estructura profunda y
superficial.
Todas estas consideraciones parecen declarar a favor de una
tesis: ahora hay espacio para una semiótica que no se limite a
“interpretar” lo que sucede en la superficie del texto, sino que
esté dotada de procedimientos de “descubrimiento” respecto a
propiedades inmanentes del texto, propiedad que de otro modo
quedaría inadvertida.

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Modos de inmanencia semiótica 117

La inmanencia en cuestión.
Tópicos del Seminario, 31.
Enero-junio 2014, pp. 117-138.

Modos de inmanencia semiótica

Óscar Quezada Macchiavello / Desiderio Blanco


Universidad de Lima

En este trabajo se entiende por inmanencia semiótica la exi-


gencia epistemológica de construir dominios autónomos con
relación a los cuales los fenómenos de sentido sean comparables
en sus interacciones. De la construcción de esos dominios, cual
deriva metodológica, emerge la pertinencia semiótica, esto es,
la autonomía de la disciplina para centrar su estudio en la signi-
ficación bajo cualquier forma que se presente, sin intervención
de elementos ajenos a ese objeto y a sus modos de producción.
En tal sentido, todo lo que traspase esos límites será con-
siderado trascendente, término utilizado sin connotaciones, ni
teológicas ni kantianas.
Por eso mismo, no comprendemos la oposición establecida
por Algirdas Julien Greimas, desde el comienzo de su formu-
lación teórica, entre inmanencia y manifestación.1 No llegamos
a ver el eje sémico que puede unir esos dos términos, pues se
inscriben en categorías semánticas diferentes; por un lado: in-

1
Algirdas Julien Greimas, Semántica estructural, Madrid, Gredos, 1971.
118 Óscar Quezada/Desiderio Blanco

manencia vs trascendencia; por otro: manifestación vs latencia.


¿Acaso la manifestación no es un hecho de lenguaje tan inma-
nente como las formas que manifiesta? Es cierto que al momen-
to de la descripción nos encontramos con niveles abstractos,
profundos, y con niveles concretos, manifestados, tematizados,
figurativizados, pero todos ellos inmanentes al objeto semiótico
que analizamos. La manifestación no le viene al discurso de
fuera, sino de dentro, de operaciones discursivas, realizadas con
los mismos medios con los que se construye la significación. No
trascienden, no vienen de fuera de los lenguajes con los que se ha
construido y con los que analizamos la significación. Lenguaje-
objeto y meta-lenguaje son ambos igualmente inmanentes a su
propio discurso.
Estamos en condiciones de afirmar, entonces, que la ma-
nifestación es inmanente a cualquier semiótica; o, dicho en
otros términos, que las estructuras sintagmáticas, superficiales,
actualizadas, son tan inmanentes como lo son las estructuras
paradigmáticas, profundas, virtuales. Por lo tanto, la oposición
inmanencia vs manifestación no se sostiene como categoría.
La manifestación puede oponerse a lo oculto, a lo latente, a lo
escondido; pero, llámesele como se le llame, la manifestación
es tan inmanente como aquello que manifiesta.
Por lo demás, ya el axioma inicial con el que Greimas em-
prende su teoría semiótica es sorprendente, por decir lo menos:
“La percepción [es] el lugar no lingüístico en que se sitúa la
aprehensión de la significación”.2 ¿De dónde vino esa signifi-
cación? ¿Con qué lenguaje se construyó? Porque sabido es que
“no hay significación que no sea construida con algún lenguaje”.
¿Cómo vino a parar a un lugar no lingüístico para ser aprehen-
dida por la percepción? Si la percepción selecciona y organiza
sensaciones es porque ejerce una función semiótica elemental,
aplicando códigos de reconocimiento culturalmente instalados
en la comunidad en que vivimos. Es decir, la percepción ejerce
ya una función semiotizante, y, por lo mismo, tiene que trabajar
2
Ibid., p. 13 [Las cursivas son nuestras].
Modos de inmanencia semiótica 119

con algún “lenguaje”. Si no hay semiosis, por elemental que


sea, no hay percepción de diferencias, no hay reconocimiento
de entidades semióticas, ni de significación alguna; en fin, ni
siquiera habría percepción. ¿Dónde está, entonces, ese lugar no
lingüístico en el que se sitúa la aprehensión de la significación?
La “significación” será siempre inmanente al lenguaje utiliza-
do, verbal o no verbal. Un portazo, por ejemplo, como término de
una acalorada discusión, es significante de un estado evenemen-
cial de cólera. En breve, para la “percepción de la significación”
no hay un lugar que no sea lingüístico, un lugar en el que no se
produzca algún tipo de semiosis.

II

En la pertinencia científica propia de la semiótica, lo que llama-


mos el lenguaje en general, cualesquiera que sean sus modos
de hacerse sensible, es el continente de todos los contenidos de
lo humano. Por lo mismo, es el plano de inscripción de variadas
expresiones, esto es, de perceptos, afectos y conceptos.
Ese teorema nos conduce, sin más, a la semiosis entendida
como mediación corporal. En efecto, entre el ser significan-
te —plano de la expresión— y el ser significado —plano del
contenido—, reconocemos el cuerpo propio como el ámbito de
puesta en acto de la función semiótica. Ámbito o envoltura, el
cuerpo propio no es algo que viene al mundo desde un exterior,
es algo del mundo en cuanto significante. En ese sentido, el cuer-
po propio es el lugar de las “dependencias internas” señaladas
por Louis Hjelmslev en su definición del lenguaje en general.
Eso nos autoriza a definir el cuerpo propio como plano de in-
manencia de la semiosis. Incluso vamos más lejos al afirmar que
la semiosis se manifiesta encarnándose en el cuerpo propio, sin
perder un ápice de su inmanencia.
A todo esto, ¿puede una realidad humana ser no significante?
O, desde el otro lado, ¿puede haber un universo de cosas no
120 Óscar Quezada/Desiderio Blanco

significadas? Estas preguntas incitan a colocarnos en los límites


mismos de nuestra pertinencia. Si bien Hjelmslev esperaba que
la lingüística estructural sustituyera a la “filosofía del lenguaje”
de antaño con una investigación positiva y científica, también
es verdad que preguntas como esas retornan siempre como
revancha de lo “contingente”. La hipótesis del lenguaje
como “estructura”, esto es, como “entidad autónoma de de-
pendencias internas” no se pronuncia sobre la “naturaleza”
del “objeto”, menos sobre su alcance.3 Concierne más bien al
método empíricamente adecuado para tratar con una entidad
constituida por leyes sincrónicas de naturaleza general o por
principios inherentes a esa entidad. Hjelmslev no niega las con-
tingencias ni las variaciones, niega solamente que constituyan
la esencia de su objeto. Trasladándonos a la cuestión del cuerpo
propio en el que encarna la semiosis, se infiere que, en conjunto,
no nos referimos al mecanismo psicofisiológico como tal, sino
a la red de relaciones y operaciones de significación tendida por
el cuerpo sobre el mundo y por el mundo sobre el cuerpo. Red
gracias a la cual el mundo se hace cuerpo y el cuerpo se hace
mundo. De ahí que consideremos que a esa metáfora del tejido,
ergo, del texto, no tiene por qué reprochársele abuso alguno:
somos encarnación semiótica en un cuerpo que está en el mundo.
Valga una aclaración a lo sostenido por Jacques Fontanille.4
La metáfora textil y, por ende, textual, textural, es afortunada;
precisamente por eso se ha abusado de ella. Pero ese hecho no
disminuye su validez. Más aún si queremos dilucidar cuál sería,
en general, el dominio de la inmanencia semiótica. A lo largo
de nuestros años en la docencia hemos recurrido a la siguiente
analogía: así como podemos imaginar una tela tejida con lana,

3
Esa hipótesis es desarrollada por Louis Hjelmslev en “Lingüística estructu-
ral”. Ensayos Lingüísticos, trad. de Elena Bombín Izquierdo y Félix Piñero Torre,
Madrid, Gredos, 1972, pp. 27-34. En este acápite dialogamos críticamente con
su planteamiento.
4
Practiques sémiotiques, París, Presses Universitaires de France, 2008b,
pp. 10-11.
Modos de inmanencia semiótica 121

lino, algodón, seda, tocuyo… decimos, por ejemplo, que la co-


municación social está tejida con periódicos, revistas, televisión,
radio, cine, internet, literatura, política, farándula… El provecho
de la metáfora salta a la vista cuando asumimos que la semiótica
es una disciplina de investigación que procede por integración:
cualquier objeto analizado reúne los elementos necesarios para
su interpretación. Por eso, si se trata de ampliar el campo de
investigación convocando la práctica y la experiencia es posible
suspender provisionalmente la metáfora (es decir, esa acepción
amplia de texto) para establecer otros planos de inmanencia
en los que, como sabemos, seguirá tejiéndose, o articulándose,
sentido.
Ahora bien, ¿se puede realmente admitir la hipótesis de con-
siderar el lenguaje en función de otra cosa? Hjelmslev advierte
que esa consideración es factible de darse, pero no de modo ex-
clusivo, es decir, sería admisible reconocer sin problema alguno
las funciones biológica, psicológica, fisiológica o sociológica
del lenguaje; pero, en simultáneo, reconoce también que esas
funciones no agotan la esencia de su ser pues se acercan al len-
guaje “desde fuera” y no “desde dentro”. ¿Es posible, entonces,
acercarse al lenguaje “desde fuera”? ¿Cómo nos acercaríamos
al lenguaje sin lenguaje? ¿Cómo reconoceríamos, por ejemplo,
la función biológica del lenguaje si no es con un lenguaje?
¿Hay en la realidad humana un exterior a ese continente desde
el que se pueda decir algo de ese continente? ¿No será que las
lingüísticas biológica, psicológica, fisiológica, sociológica, sólo
se concretan operando con el “objeto” de esa lingüística lingüís-
tica, o lingüística inmanente, que propone Hjelmslev? Es decir,
que el lenguaje mismo, especificado por el acto de significar, es
exigido por cualquier método filosófico o no filosófico, científico
o no científico, e incluso por la posibilidad misma de que exista
un método o una investigación, sea del tipo que fuere. Para el
hombre, sin lenguaje nada existe.
Entonces, la autonomía del lenguaje no es únicamente una
hipótesis metodológica propia de la lingüística estructural, es,
122 Óscar Quezada/Desiderio Blanco

sobre todo, una constatación antropológica básica de la episte-


mología semiótica. Nada se puede aprehender sin la mediación
de un discurso que, a su vez, remite a un sujeto de lenguaje
que, a su vez, remite a un cuerpo propio. Ya hemos dicho que
el cuerpo propio es el lugar de las dependencias internas. Ahora
cabe precisar que en él se constituye el sujeto del lenguaje en
general o sujeto semiótico. En consecuencia, el sujeto no apela
al lenguaje (o a un lenguaje) como si se tratase de un objeto
exterior a él. Es sujeto de lenguaje, cuerpo de semiosis. En él
encontramos estructuras paradigmáticas (códigos, sistemas),
condición de posibilidad de cualquier discurso que produzca
(mensajes, procesos). Su competencia, pues, alude a una gramá-
tica semiótica (y narrativa) pero también a la huella de esos otros
discursos que guarda “en archivo”. Trátese del discurso concreto
producido aquí y ahora, entendido como estructura sintagmática
actualizada y realizada, trátese de discursos potencializados en
memoria o trátese de las estructuras paradigmáticas presupues-
tas, siempre lidiaremos con redes de dependencias, esto es, con
partes que se condicionan recíprocamente, que dependen unas
de otras (merced a las cuales se conciben y se definen). Eso
es lo inmanente en toda investigación semiótica. Entonces las
referencias articuladoras de esas partes dan lugar a los “hechos
semióticos”. No hay “hechos” lógicamente anteriores a esas
referencias. Cuando nos referimos a “la realidad” queda enten-
dido que se trata de una realidad significante y, por lo mismo,
“significada” por alguien para alguien.
En consecuencia, cuando hablamos de “realización” no des-
embocamos en una realidad real, “sustancial”, fuera de nuestro
alcance, sino en una realidad semiótica, enunciada, percibida,
interpretada: en esa perspectiva, el paso de lo “no realizado” a
lo “realizado” está por completo dentro del dominio inmanente
de la semiosis. Por eso mismo, los cuatro modos de existencia
semiótica son inmanentes tanto en el metalenguaje como en el
lenguaje objeto. Precisamente porque la inmanencia caracteriza
toda teoría bien formada, impone una delimitación y estructu-
Modos de inmanencia semiótica 123

ración al objeto de referencia: la construcción metalingüística


rige sobre la clausura y descripción del lenguaje objeto (y sobre
la apertura a otros niveles de pertinencia). Con estas observa-
ciones no obviamos la manifestación, simplemente reconocemos
su inmanencia en cualquier lenguaje. ¿Hay acaso manifestación
fuera del lenguaje o de un conjunto de lenguajes? ¿No sería más
sensato admitir que el recorrido de instancias manifestantes a
instancias manifestadas, o viceversa, es inmanente a cualquier
semiótica?
Gilles Deleuze encuentra una comunidad lógica entre la causa
emanativa y la causa inmanente: ambas permanecen en sí para
producir efectos. Ese hallazgo nos autorizaría a acercar manere
y manare (“brotar”).5 De esa manera, el estar-en se convertiría
en un manar que se vierte de modo continuo y vertiginoso en sí
mismo, cual magma de un horno hirviente. La inmanencia del
metalenguaje hace que el mismo lenguaje objeto sea “inmanado”
a la teoría en lugar de “emanar” de ella. Si la semiótica estudia
la vida, la semiosis no puede ser otra cosa que articulación de
un movimiento infinito de sentido en un cuerpo propio que es
cuerpo viviente, carne trémula.

III

Así como hay modos de existencia semiótica, hay también modos


de inmanencia semiótica. El término inmanencia procede eti-
mológicamente del verbo latino manĕo es, ēre, mansi, mansum:
“quedar, estar en el mismo sitio”; y puede declinarse con varios
prefijos, que darán lugar a otros tantos modos de quedarse, de
estar ahí: in-manencia (“quedar en”), ex-manencia (“quedar fue-
ra de”), per-manencia (“seguir quedando en”) y re-manencia (“lo
que queda de”). Tomando la inmanencia como dictum tenemos

5
Gilles Deleuze, Spinoza et le problème de l’èxpression, París, Éditions de
Minuit, 1968, p. 155.
124 Óscar Quezada/Desiderio Blanco

cuatro modus: “lo que queda, en lo que queda” (inmanencia);


“lo que queda fuera de, en lo que queda” (exmanencia); “lo que
sigue quedando, en lo que queda” (permanencia) y “lo que queda
de, en lo que queda” (remanencia). Estamos hablando, respecti-
vamente, de la inmanencia de la inmanencia, de la exmanencia
de la inmanencia, de la permanencia de la inmanencia y de la
remanencia de la inmanencia.
Al conmutar imaginariamente la “e” de manere por la “a”
(para obtener manare: mano, -as, -are,-avi, -atum: “brotar, sur-
gir”, lo cual nos llevaría a manar y a manantial), no incurrimos
en un juego vano en torno al emanar o a la emanación, más bien
reparamos en la dinámica interna propia del plano de inmanencia
de la semiosis. Del manere, al manare. Del campo sembrado, a
los brotes más o menos intensos del sentido.
Los procesos de inmanencia, tomando este término como
el género de toda la categoría semiótica, no son estáticos, sino
dinámicos, móviles. Esos desplazamientos de un modo a otro
los podríamos representar por una doble elipse en la que irán
apareciendo los distintos modos de inmanencia sin anularse
mutuamente, pero sin llegar a constituir un cuadrado semiótico
canónico, lo cual nos daría un esquema como el siguiente:

inmanencia exmanencia
[realizada] [virtualizada]

permanencia remanencia
[actualizada] [potencializada]
Modos de inmanencia semiótica 125

La manifestación sería el modo realizado de la inmanencia;


los otros discursos de la cultura, en memoria, su modo poten-
cializado; las lenguas y demás códigos, su modo virtualizado;
y por último, el discurso en acto sería, valga la redundancia,
el modo actualizado de la inmanencia. Así, por poner un caso,
tenemos en Internet un video sobre un número del Cirque du
Soleil’s Varekai titulado “Ne me quitte pas”.6 Objeto en el que
se encuentran realizadas diversas operaciones de significación.
Esa manifestación “material” encarna la inmanencia como modo
realizado.
Ahora bien, ahí permanece en acto la práctica de lectura de
algo que identificamos como una parodia, esto es, como una
imitación burlesca. La burla va dirigida a la seriedad y a la so-
lemnidad con la que suelen cantar ciertas baladas los intérpretes
de la chanson francesa. Cualquier enunciatario competente debe
conocer algo de ese género musical y, además, por praxis enun-
ciativa, debe estar al tanto de las convenciones de iluminación
de la puesta en escena de los espectáculos, en particular de los
llamados shows (remanencias). En efecto, en un ambiente oscuro
un rayo luminoso es lanzado sobre el animador, artista, cantan-
te; en suma, showman, que ocupa el centro del escenario. Es la
presencia digna de ser destacada por enfoque. Gracias a esos re-
cuerdos, o remanencias, que definen su competencia discursiva,
el enunciatario espera, pues, concentración luminosa constante
en el protagonista-foco, así como conformidad y adecuación
entre los movimientos del rayo luminoso y los del protagonista.
Pero sucede lo contrario y el escenario se sume en la oscuridad
(exmanencia).

6
Recuperado de http://youtu.be/uSgViEzhieU. Se trata de una parodia cir-
cense de la célebre canción de Jacques Brel, protagonizada por Claudio Carneiro.
El análisis completo en Óscar Quezada, “Interacciones sin nombre. Un caso
emblemático: Ne me quitte pas (Cirque du Soleil)”. En A. C. De Oliveira (ed.),
As interaḉões sensiveis. Ensaios de sociosemiótica a partir da obra de Eric
Landowski, São Paulo, Estação das Letras e Cores, 2013, pp. 637-652.
126 Óscar Quezada/Desiderio Blanco

No obstante, en la perspectiva del simulacro puesto en esce-


na, las peripecias del cantante, sus metamorfosis gestuales, sus
posturas móviles, el “sabor” que dejan sus ímpetus receptivos
y emisivos; en suma, sus sucesivos momentos de iconización
vehiculados por súbitas morfologías figurativas corporales defi-
nen el ámbito de permanencias que dan coherencia al sintagma
discursivo y deslindan una isotopía cómica dominante. En efecto,
el cantante padece el drama de una interacción descoordinada
(o de una no coincidencia) permanente con aquel rayo de luz,
figura de la mirada que lo pone en el centro del espectáculo. Por
convención, esperamos el ajuste, la compulsión a que lo “normal”
se repita (remanencia), pero sucede el cómico espectáculo del
desajuste y hasta del desbarajuste, a saber, el continuo esfuerzo
de un cuerpo hecho excéntrico, arrebatado, agitado, descolocado,
oscurecido (exmanencia). Y el ciclo se repite…
Sea como fuere, en términos de presencia sensible, la ma-
nifestación expresa la plenitud de la inmanencia; la memoria
discursiva, su inanidad (remanencia); el accidente inesperado,
su vacuidad (exmanencia); el discurso en acto, su búsqueda
(permanencia).

IV

Fontanille, al establecer un recorrido generativo del plano de


la expresión ha permitido ver cómo cada nivel de pertinencia
genera su propio plano de inmanencia, desde los signos y figuras
hasta las formas de vida.7 En la producción de la significación,
todo es inmanente, nada relativo a la significación está determi-
nado por algo que no pertenezca de alguna manera a la práctica
que la origina. Incluso la semiótica del mundo natural, en cuanto
semiótica, es inmanente al discurso en el que participa. Lo que
en un nivel de pertinencia trasciende a la significación (cual

7
Op. cit., 2008b, p. 34.
Modos de inmanencia semiótica 127

plano de referencia), se integra a ella en el nivel siguiente o en


el subsiguiente (esto es, en un nuevo plano de inmanencia). Si,
de hecho, no llega a integrarse en alguno de los niveles posibles,
no accede a la significación, simplemente. De ahí se infiere que,
al momento del análisis, el horizonte de referencia se hace in-
manente como objeto (de no ser así, no habría análisis posible).
En todo proceso de modelización quedan briznas, bordes que
escapan al modelo, al molde. Esas briznas pueden ser recogidas
en otro nivel del recorrido e integradas en el modelo siguiente.
En el proceso infinito de la significación nada se pierde, nada
se destruye. Todo puede ser integrado, de una manera o de otra.
Entre las innumerables prácticas semióticas que podemos
encontrar a nuestro alrededor, la práctica enunciativa es par-
ticularmente importante para el propósito que perseguimos,
pues pone en escena precisamente la instancia de enunciación
constituida por el enunciador y por el enunciatario. Enunciador
y enunciatario son actantes de la enunciación: sujeto enunciante
y sujeto interpretante. Pero nada más. Como dice Benveniste,8
“Es ego el que dice ego”; y Coquet9 añade por su cuenta: “y el
que se dice ‘ego’”. “El que dice ego: acto lingüístico”; el que
se dice “ego”: acto lógico-semántico.10 “Ego”, pues, no tiene
ningún otro contenido fuera del contenido “semio-gramatical”
de enunciador; ni personal, ni psicológico, ni de otro género
externo cualquiera. Es una categoría semiótica. Y lo mismo
ocurre con el tú del enunciatario: es exclusivamente un actante
semio-lingüístico. Actante construido por el enunciado, el cual,
como hemos visto en el comentario al vídeo del Cirque du Soleil,
le exige la posesión de determinadas competencias para ejercer
su función actancial de enunciatario. Y de no tenerlas, la obli-
gación de adquirirlas, si desea entrar en el juego actancial que el

8
Émile Benveniste, Problemas de lingüística general, México, Siglo xxi,
1971, p. 181.
9
Jean-Claude Coquet, El discurso y su sujeto I, París, Klinksieck, 1984,
p. 15.
10
Loc. cit.
128 Óscar Quezada/Desiderio Blanco

enunciado le propone. Ni enunciador ni enunciatario, en cuanto


tales y sólo en cuanto tales son ajenos al universo semiótico
que se está construyendo. Ambos elementos de la instancia
de enunciación son inmanentes a la práctica de enunciación. Y
sólo en cuanto tales tienen valor semiótico. Como tales, pues,
ambos son inmanentes al discurso, y no arrastran ningún rezago
de “realidad” alguna, extra-semiótica, como pretende hacernos
creer Jean-Claude Coquet cuando dice: “Lo real entonces no
está del todo perdido. Imitando, por ejemplo, un suspiro, nos
colocamos en la situación mental de la cual proviene […] No se
trata simplemente del contacto con una representación […] Se
trata de la realidad misma, de la realidad sensible […]”. Claro
que el mismo Coquet se apresura a corregir su propia afirma-
ción por considerarla errada, sin duda, ahí mismo añade: “[…]
aunque hay que reconocer que se trata de una realidad segunda,
puesto que sólo puede ser experimentada por la mediación del
lenguaje”.11 Luego, la “realidad misma”, la “realidad sensible”,
la “experiencia vivida” no están en el enunciado. Todo lo que
está en el enunciado es de naturaleza semiótica. Y por tanto,
inmanente.
Los actantes de la enunciación yo y tú forman la estructura
binaria del intercambio semiótico, de tal manera que Enuncia-
dor y Enunciatario se necesitan mutuamente. Para ilustrar esta
recíproca necesidad, Coquet recoge una antigua fábula persa del
siglo IX, que dice así:12

Aprés avoir jeûné sept ans dans la solitude, l’Ami s’en alla frapper à
la porte de son Ami.

11
Jean-Claude Coquet, La quête du sens, París, Presses Universitaires de
France, 1997, p. 140.
12
Jean-Claude Coquet, Sémiotique littéraire, París, Maison Mame, 1973, pp.
223-224. La fábula fue recogida por Coquet de la Princesa M. Bibesco, « Deux
amis: Claudel et Berthelot », La Revue de París, 11, 1965, p. 13. La transcribimos
en francés, seguida de la traducción literal y luego, los diálogos solamente, en
un español estándar por las diferencias que ambas versiones permiten detectar.
Coquet repite esta anécdota en La quête du sens, capítulo I, final del acápite 2.
Modos de inmanencia semiótica 129

Une voix de l’intérieur demanda:


— Qui est là?
— C’est moi, répondit l’Ami.
Et la porte resta fermée.
Après sept autres années passées au désert, l’Ami revient frapper à
la porte.
Et la voix de l’intérieur demanda:
— Qui est là?
L’Ami répondit:
— C’est toi!
Et la porte s’ouvrit.

Después de haber ayunado durante siete años en la soledad, el Amigo


fue a tocar la puerta de su Amigo. Desde el interior, una voz preguntó:
— ¿Quién está ahí? // — ¿Quién es?
— Este es yo, respondió el Amigo. // — Soy yo, respondió el Amigo.
Y la puerta permaneció cerrada.
Después de otros siete años pasados en el desierto, el Amigo volvió
a tocar la puerta.
Y la voz del interior preguntó:
— ¿Quién está ahí? // — ¿Quién es?
El amigo respondió:
— ¡Este es tú! // — ¡Es tú!
Y la puerta se abrió.

¿Y por qué el Amigo no abre la puerta ante la primera res-


puesta? Pues sencillamente porque el yo que pregunta [¿Quién
está ahí?] no encuentra en la respuesta al tú correspondiente
de la estructura binaria de la enunciación fundamental. Lo que
quiere decir el amigo que toca a la puerta por segunda vez es
que él es el tú que el yo está esperando desde años atrás para
restablecer el diálogo interrumpido. Y el único que, por ser otro
yo, le puede decir tú. Porque nunca tú puede decir tú, siempre
es yo quien dice tú, y él y todos los demás entes, existentes o
por existir, por medio del desembrague enuncivo. Así funciona
la instancia de la enunciación, en perfecta y total inmanencia,
sin depender de nada externo a la semiosis para hacer sentido.
Ni siquiera del autor. Umberto Eco nos apoya en esta posición
130 Óscar Quezada/Desiderio Blanco

cuando dice: “El autor debería morirse después de haber escrito


su obra. Para allanarle el camino al texto”.13
Algo parecido acontece con el Destinador. El Destinador
forma parte del modelo actancial porque es inmanente al uni-
verso del discurso. Hay que ser sumamente cuidadosos con el
uso del término trascendencia. Dentro de la inmanencia existen
grados o niveles, indudablemente. Si el Destinador se sitúa en
un nivel más alto que el de los actantes que tienen a su cargo el
desarrollo de la acción reparadora de la carencia inicial, puede
trascender ese nivel de la acción, pero sigue siendo inmanente
al universo de la significación, al universo representado, y sólo
así su presencia hace sentido.

El punto de vista filosófico de la semiótica remite al llamado


pensamiento sobre el signo que, en realidad, deberíamos llamar
pensamiento del signo. Ese pensamiento del signo postula que
no podemos pensar sin signos. Pensar y, por ende, conocer,
comunicar.
Pero a los filósofos modernos esa evidencia se les pasó por
alto, simple y llanamente porque suponían que las ideas se repre-
sentan a sí mismas. Es decir, que son objetos en vez de signos.
Eso los hizo incapaces de explicar y de conocer algo fuera de
las propias ideas privadas.14
Para la “nocturna” tradición semiótica, resulta claro que las
ideas no son auto-representaciones sino signos, para alguien, de
lo que es objetivamente diferente de ellas en su supuesta exis-
tencia como representaciones privadas. Locke, en los últimos
capítulos del Ensayo sobre el entendimiento humano, recogiendo

13
Umberto Eco, Apostillas a El nombre de la rosa, Barcelona, Lumen, 1983,
p. 14. Final de la apostilla primera.
14
El planteamiento y desarrollo de esta tesis, en John Deely, Basics of Se-
miotics, Indiana University Press, 1990, pp. 10-11.
Modos de inmanencia semiótica 131

esa tradición medieval, en particular nominalista, que se remonta


a Aurelio Agustín, había postulado que, tanto las ideas como
las palabras, son signos. En ese contexto, retomando la visión
de Deleuze y Guattari, el pensamiento-signo se mueve a una
velocidad infinita que requiere de un medio, de un plano de
inmanencia, “imagen que se da a sí mismo [el pensamiento] de
lo que significa pensar”15 (porque el acto de pensar, significa,
habría que recalcar). Así como los cuerpos físicos están en mo-
vimiento, nosotros estamos en pensamiento-signo. Y, al menos
en principio, la pertinencia semiótica indica que ese plano de
inmanencia, recorrido a velocidad infinita por la semiosis, se
denomina lenguaje: pensamos en lenguaje.16
Pero no sólo pensamos. He aquí la definición de la semiosis
o función semiótica que dan Greimas y Courtés, inspirada en
Hjelmslev: “Operación productora de signos mediante la instau-
ración de una relación de presuposición recíproca o de solidari-
dad entre la forma de la expresión y la forma del contenido”.17
¿Y el operador de esa operación?

15
Gilles Deleuze y Félix Guattari, Qu ‘est-ce que la philosophie?, París,
Minuit, 1993, p. 41.
16
“[…] los primeros filósofos establecen un plano que recorre incesantemente
unos movimientos ilimitados, en dos facetas, de las cuales una es determinable
como Physis, en cuanto que confiere una materia al Ser, y la otra como Nous, en
cuanto que da una imagen al pensamiento. Anaximandro lleva al máximo rigor
la distinción de ambas facetas, combinando el movimiento de las cualidades con
el poder de un horizonte absoluto, el Apeiron o lo Ilimitado, pero siempre en el
mismo plano. El filósofo efectúa una amplia desviación de la sabiduría, la pone al
servicio de la inmanencia pura. Sustituye la genealogía por una geología.” Gilles
Deleuze y Félix Guattari, ibid., p. 48. Más allá de la interdependencia de Nous,
Semeión y Logos, que estaríamos proponiendo, cabe hacer una puntualización
sobre las dos facetas de la semiótica, una determinable como expresión, la otra
como contenido, ambas desde un plano de inmanencia que sigue el movimiento
de la semiosis infinita y que podremos vislumbrar como cuerpo lenguaje o
cuerpo de semiosis (en contacto con una Physis desde siempre procesada por
ese aparato semiótico).
17
Entrada “Semiosis”. En Algirdas Julien Greimas y Joseph Courtés, Semiótica.
Diccionario razonado de la teoría del lenguaje, trad. de Enrique Ballón Aguirre
y Hermis Campodónico Carrión, Madrid, Gredos, 1982.
132 Óscar Quezada/Desiderio Blanco

Esa relación de presuposición recíproca se constata a poste-


riori, una vez que el signo ha sido estabilizado, o que el lenguaje
ha quedado instituido como convención.
En la episteme estructural no era necesario preguntarse por
el operador de esa relación. Pero ahora resulta evidente que
el cuerpo era y es ese operador, sede y vector de la semiosis.
Única instancia común a los dos planos del lenguaje, aval de su
unión en un plano de inmanencia común. Cuerpo imaginado, en
términos fenomenológicos, como una envoltura en movimiento,
como una membrana vibratoria sometida a tensiones y presio-
nes; razón por la cual, la semiosis (o función semiótica), debe
ser completada “desde dentro” y “desde fuera” de esa envoltura
o membrana. “Desde dentro”: cuerpo continente de todos los
contenidos; interfaz entre el contenido y su exterior. “Desde
fuera”: cuerpo superficie de inscripción, cuerpo receptor de
impresiones (inmediatamente contiguas con los acontecimientos
que las han producido). Esa “envoltura (o membrana) de inma-
nencia” luce una cara vuelta hacia el contenido (el continente) y
otra cara vuelta hacia la expresión (la superficie de inscripción
o de impresión).
El actante operador del discurso toma forma como cuerpo
sintiente y percibiente. El “cuerpo propio” no es un cuerpo físi-
co y biológico, de carne y hueso; es un cuerpo de lenguaje; una
categoría definida como “forma semiótica de una experiencia
sensible” (de la presencia).
Más allá de las formas de la expresión o del contenido, el
“horizonte óntico” de la significación puede valer como “expe-
riencia” significante y como “existencia” respecto a un mundo
significado. En nuestro plano de inmanencia, que corta ese caos
de la ilusoria “sustancia”, esa distinción da lugar a la doble
identidad del actante: el mí-carne, soporte de la experiencia y
promotor de la expresión, y el sí-cuerpo, soporte de la existen-
cia y de la elaboración de los contenidos de significación.18
18
Jacques Fontanille, Soma y sema. Figuras semióticas del cuerpo, Lima,
Fondo Editorial de la Universidad de Lima, 2008a, p. 18.
Modos de inmanencia semiótica 133

En consecuencia, si en términos de existencia la semiosis es


mediación corporal, en términos de experiencia es inmedia-
ción carnal.
Llevado eso al devenir de la identidad: el mí-carne, núcleo
sensorio-motor de la experiencia semiótica, es inmanencia de la
inmanencia; el sí-idem, instancia de los roles obtenidos por simi-
litud y repetición, es permanencia de la inmanencia; el sí-ipse,
instancia de las actitudes obtenidas por tránsito y alteridad, es
remanencia de la inmanencia; por último, la instancia de pérdida
de la identidad corresponde a la exmanencia de la inmanencia.19
Podemos ampliar ahora el comentario a Ne me quitte pas re-
conociendo dos pertinencias de lectura: la del simulacro puesto
en escena y la del discurso circense. El denominador común
de las dos pertinencias es ese mí-carne que camina, trepa, se
tropieza, salta, gatea. Esa animación palpitante, vibrante, define
un fondo constante de inmanencia.
En lo que respecta a la primera pertinencia, el contraste entre
el melodrama contenido en el discurso cantado y las cómicas
peripecias (o actitudes desaforadas —gags) del discurso somá-
tico “en escena”, que serían su plano de la expresión, crea las
condiciones para esa recurrente ruptura de isotopías que hace
quedar en ridículo al protagonista, contrastando su estrambótica
performance, sembrada de accidentes que extravían su identi-
dad en la “oscura” exmanencia, con la del modelo del chanteur
elegante y distinguido, “imagen-meta” ya conocida, sedimento
potencial, remanencia construida en perspectiva (sí-ipse).
Atendiendo a la segunda pertinencia, la de un “número de circo”,
reconocemos el rol de bufón o de saltimbanqui, adscrito al géne-
ro parodia. En cuanto actante especializado “repite su lección”,
aplica su guion. Asistimos audiovisualmente al perfecto ajuste
de unos cómicos desajustes; o, en otros términos, a una notable
performance programada y realizada con tal precisión y cuidado
que conmueve, en este caso haciendo reír; es decir, manipulando

19
Ibid., pp. 52-54.
134 Óscar Quezada/Desiderio Blanco

estésicamente. Desde esa perspectiva, los “accidentes” no son


accidentes. No importan como tales (v. gr. los dibujos anima-
dos), ya que no revisten consecuencias trágicas sino cómicas. En
efecto, somos testigos de un “número” eficaz planeado y logrado
amenamente como un todo de sentido, con virtuosa sincronía de
movimientos y notable belleza interactiva. “Número” domina-
do, pues, por el sí-idem, garante de la permanencia del código
circense.
Como vemos, la aproximación fenomenológica al lenguaje
culmina en el cuerpo; y, éste, a su vez, en la carne. Al respecto,
es pertinente recordar, con Fontanille, que si enunciar es hacer
presente algo con ayuda del lenguaje, paralelamente, percibir
es hacer presente algo con ayuda del cuerpo.20 Pero habría que
extender ese juego: sentir-mover es hacer presente algo en la
carne. El continuum carne-cuerpo-lenguaje se convierte así en
operador de presencia, en función de la sensación-movimiento,
de la percepción y de la enunciación. Por eso, postulamos el cuer-
po de semiosis como plano (viviente) de inmanencia en el que se
imprimen y expresan, en cuanto discontinuidades, propioceptos
articulados en relaciones/operaciones de significación, condición
de emergencia y de actualización de sujetos-lenguaje o actantes.
Esos propioceptos van y vienen (foria) de la carne del mundo a la
carne del cuerpo, de la carne del cuerpo a la carne del mun-
do. Deleuze & Guattari recuerdan que el filósofo crea conceptos
sobre un plano de inmanencia. Sería oportuno argüir que el “ser
semiótico” crea propioceptos intero– y extero-ceptivos, de acuerdo
con la toma de posición del cuerpo propio asumido como plano de
inmanencia. Propioceptos que, en principio, son figuras.21
20
Jacques Fontanille, Semiótica del discurso, Lima, Fondo Editorial de la
Universidad de Lima, 2001, p. 84.
21
“Lo figurativo no se encuentra en el plano del contenido o de la expresión,
sino en el plano de la inmanencia que construye ambos planos del lenguaje.”
Alessandro Zinna, “La primacía de la inmanencia en la semiótica estructural”.
Ponencia presentada en el congreso “Incidenti ed esplosioni. A. J. Greimas e J.
M. Lotman. Per una semiótica della cultura”, IUAV, 6 y 7 de mayo de 2008, p.
15 [Publicado en red el 16 de julio de 2008]. Por otro lado, Deleuze y Guattari
Modos de inmanencia semiótica 135

Cada plano de inmanencia es distributivo y hojaldrado.22


La semiótica también tiene sus geólogos: Greimas presenta un
hojaldre generativo para el contenido, Fontanille un hojaldre de
integraciones para la expresión. Y es que la filosofía semiótica
también “es devenir, y no historia; es coexistencia de planos, y
no sucesión de sistemas”.23

VI

Dentro del lenguaje, o de cualquier integración de lenguajes,


se sitúan diversos modos de inmanencia. Precisando, la textura
carne-cuerpo-lenguaje se configura como plano de inmanencia
en el que vivimos, nos movemos y somos. Impone una manera
de ver el mundo, de la que no podemos escapar; determina
incluso la naturaleza de las cosas que percibimos: de las
que vemos, de las que oímos, de las que olemos, de las que
tocamos, de las que gustamos. Shakespeare le hace decir a
Julieta en un momento de sus angustias amorosas: “Si la rosa
tuviese distinto nombre, ¿dejaría por eso de exhalar el mismo
olor?” 24 Pues nos atreveríamos a decir que sí. Si la rosa se
llamase trilce, por ejemplo, olería a trilce y no a rosa. El olor
de rosa no existiría jamás. Jorge Luis Borges lo confirma en
dos bellísimos versos:

señalan que el artista crea bloques de perceptos y afectos “como seres autónomos
y suficientes que ya nada deben a quienes los experimentan o los han experi-
mentado”. Op. cit., p. 169 [Las cursivas son nuestras]. Como la semiótica no
sólo se ocupa del arte, completa con los conceptos este elenco de propioceptos
(con una interesante reminiscencia de las dimensiones tímica, pragmática y
cognoscitiva). Si, a su vez, interviene la distinción entre interoceptos y exte-
roceptos tendremos dispuestas las piezas de un juego de sentido que excede el
marco de este trabajo.
22
Gilles Deleuze y Félix Guattari, op. cit., p. 53.
23
Ibid., p. 61.
24
Shakespeare, Romeo y Julieta, Acto II, escena II.
136 Óscar Quezada/Desiderio Blanco

“En las letras de rosa está la rosa


y todo el Nilo en la palabra Nilo”.25

Umberto Eco, a su vez, termina El nombre de la rosa con un


glorioso hexámetro latino que dice:

“Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus”.26


[La rosa prístina existe por el nombre, sólo tenemos meros nombres].

Y la práctica cotidiana lo confirma a cada instante. Si un


extranjero nos pregunta qué entendemos por la palabra rosa, le
decimos que consulte el diccionario. ¿Y qué es lo que encontrará
allí? Por lo pronto, ninguna rosa vegetal. Lo que va a encontrar
es una secuencia de letras organizadas en sílabas, organizadas
a su vez en palabras, que se articulan en frases para decirnos
lo que entendemos por la palabra rosa. En definitiva, “A rose is
a rose is a rose is a rose…”,27 y así ad infinitum. El aforismo de
Stein no dice, como pretende el realismo ingenuo, que “las cosas
son lo que son”; lo que ese aforismo dice es que las cosas son lo
que su nombre dice que son.
De donde se infiere que del lenguaje nada de lo que hace
sentido puede salir. Pero si nada puede salir, nada tampoco
puede entrar. Ergo, en el lenguaje, todo lo que hace sentido es
inmanente, incluidos los diversos modos de manifestación.

25
Jorge Luis Borges, poema “El golem”. Obras completas, t. II, Barcelona,
Emecé Editores, 1996.
26
Verso tomado, según Umberto Eco, en Apostillas a El nombre de la rosa,
Barcelona, Lumen, 1983, p. 9, de la obra De contemptu mundi, de Bernardo
Morliacense, monje benedictino del siglo XII.
27
Gertrude Stein, “Sacred Emily”, Geography and Plays, Boston, The Four
Seas Press (1922 [1913]).
Modos de inmanencia semiótica 137

Referencias

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della cultura”, IUAV, 6 y 7 de mayo de 2008 [publicado en la red
el 16 de julio de 2008].
Una epistemología discursiva en construcción... 139

La inmanencia en cuestión.
Tópicos del Seminario, 31.
Enero-junio 2014, pp. 139-159.

Una epistemología discursiva en construcción:


la teoría semiótica inmanente entre la percepción
y la semiocepción

Waldir Beividas
Universidad de São Paulo

[…] nous sommes en pleine épistémo-logie discursive.


Un long circuit dans la science théorique est nécessaire
pour en comprendre les données. En fait, les données
sont ici des résultats.
Gaston Bachelard

Traducción de Conrado Moreira Mendes

Introducción

Hay un presupuesto básico y una deontología primera que deter-


minan el para qué de la teoría semiótica. Se trata del postulado:
el mundo se deja ver continua y perenemente como significante
al hombre: “el mundo humano parece definirse esencialmente
como el mundo de la significación. El mundo solamente puede
ser llamado ‘humano’ en la medida en que significa alguna
cosa” (Greimas, 1966: 5).1 Incluso del sinsentido más absurdo
se extrae, por contraste y comparación, algún sentido. Ante eso,
para la semiótica greimasiana la cuestión filosófica—retomando
a Leibniz: “¿Por qué el sentido antes del no sentido?”— no se
1
En todos los casos en que no se indique lo contrario la traducción es nuestra
[N. del T.]
140 Waldir Beividas

tocaría: el sentido es, punto. La tarea consistiría entonces en


interceptarlo allí donde se manifiesta, como se construye, como
se transpone y como se transforma en las variadas prácticas
humanas de lenguaje.
A su vez, la deontología primera, es decir, el imperativo de
su deber, recurre ahora a una frase de Freud (1973: 3146) que se
hizo famosa por Lacan: Wo Es war soll Ich werden (donde estaba
el Id deberá llegar el Ego). Formulada esta expresión freudiana
para el ámbito del psiquismo inconsciente, el imperativo se tra-
duce así al campo semiótico: “en donde hay sentido, allá deberá
llegar el semiotista”.
Procurando presentarse como una teoría de vocación cien-
tífica, para poder decir algo “sensato” (sensé) sobre el sentido
(Greimas, 1970: 7) y evitar añadir una más a las innumerables
y cambiantes opiniones que se difunden en todas partes, la
semiótica se ha construido como teoría de la significación, tér-
mino éste menos ambiguo que aquél, generalmente entendido
como sentido formado según las reglas de manifestación de un
lenguaje, de un discurso.
En la búsqueda de entender mejor la aptitud humana de
percibir y hacer significar el mundo, la semiótica ha apostado
primeramente por el lenguaje —sobre todo, por el lenguaje ver-
bal— como la verdadera máquina de producción de sentido, a
través de las reglas y el funcionamiento de sus signos. La función
semiótica o semiosis ha sido durante un largo tiempo el esce-
nario preciso de la emergencia de la significación, en el interior
de los textos. En un inicio, textos narrativos, seguidos de textos
literarios, y, después, textos de todo tipo de géneros, verbales o
no verbales (desde una receta de cocina a la publicidad) han sido
el campo de batalla, de ilustración y de extracción del poder de
significación de los lenguajes. Ese periodo ha caracterizado lo
que, en consenso, pudiera llamarse semiótica inmanente: toda
la emergencia, construcción y extracción del sentido ocurre
en el interior de los lenguajes, en el interior de sus textos ma-
nifestados. Pretender salir de los textos, o antes, querer entrar
Una epistemología discursiva en construcción... 141

en el mundo del sentido por la puerta del fondo (a través de la


biología del cuerpo del enunciador, a través de la percepción por
los sentidos, a través de la psicología de su alma o la sociología
de su grupo) implicaría comprometer drásticamente las opcio-
nes epistemológicas y metodológicas de su base hjelmsleviana.
Greimas ha sido incisivo con ese enfoque:

Pero cuando uno pasa hacia el sujeto psicológico, al sujeto ontológico,


al sujeto trascendental, entonces se abren los grifos de algo incontro-
lable […] Porque uno puede sobrepasarlos [los límites semióticos],
pero es necesario evaluar el precio que hay que pagar si se franquea el
límite. Vean ustedes lo que quiero decir: tomen, asuman tal dirección
u otra, pero no por deslizamiento, por ignorancia, por falta de lucidez.
Ahí está el verdadero problema para la semiótica (1974: 25).2

No obstante la opción inmanente, la evolución de la semióti-


ca en las últimas décadas ha conducido a cuestionar, con cierta
frecuencia, el lugar y estatuto de la función semiótica. Más allá
de ser una función automática, casi inconsciente, que une un
significante a un significado en el interior de los signos, y estos
en el interior del enunciado, por lo tanto del texto, la función
semiótica es entendida, en adelante, como la operación o el
ejercicio continuado de un sujeto, sujeto que lleva un cuerpo,
cuerpo que soporta dolor y placer y todo lo que eso implica, es

2
Teniendo en cuenta que inmanencia y trascendencia o trascendental son
términos de larga historia de disputas conceptuales en el campo de la filoso-
fía, serán considerados aquí a partir de la reflexión de Hjelmslev, desde sus
Prolegómenos (1943): una lingüística inmanente se define como teoría que se
elabora única y exclusivamente en inmanencia, es decir, a partir de sus propias
estructuraciones internas, una lingüística-lingüística, sin interferencia de pun-
tos de vista externos, sociológicos, fisiológicos, psicológicos, filosóficos, todos
considerados procedimientos trascendentales por el lingüista danés. Al final
de la aventura inmanente de la lingüística —precio a pagar para “arrancar del
lenguaje su secreto”— le toca recuperar e integrar los datos fenomenológicos
de la vida, las singularidades, estilos e idiosincrasia del sujeto que vive bajo el
lenguaje, momento de recuperar, así, los datos trascendentales concernientes y
conciliarlos, pero le toca a la inmanencia [y no a la trascendencia] gobernar la
pareja finalmente conciliada (1943: 132-133).
142 Waldir Beividas

decir, coerciones sensoriales, perceptuales, sensibles, carnales.


Para utilizar una metáfora también sensorial, la escena, digamos
“fría”, de una semiosis intrasígnica ha cedido paso al escenario
“caliente” de una semiosis corporal. La entrada y mediación
del cuerpo en la semiosis de los discursos —liberados de
las hojas de papel y extendidos para todo el conjunto de las
prácticas humanas de comunicación y para el escenario de la
vivencia humana– ha llevado las investigaciones semióticas a
retomar y revalorar una antigua reflexión de Greimas.

Percepción y cuerpo: desde la inmanencia de la forma a la


trascendencia de la sustancia

De escasa repercusión en los primeros veinte años de lectura de


su Sémantique structurale, etapa en la que la semiótica inmanen-
te se ha detenido (por coherencia de método) en los límites del
texto, Greimas proponía, en las páginas inaugurales de ese libro,
que la mejor estrategia de entrada para la investigación del sen-
tido y de la significación era asumir “la percepción como lugar
no lingüístico en que se sitúa la aprehensión de la significación”
(1966: 8-9), admitiendo, enseguida, sus preferencias subjetivas
por la teoría de la percepción de la filosofía fenomenológica de
Maurice Merleau-Ponty. Eran los primeros posicionamientos
—“con conocimiento de causa”, decía Greimas a la ocasión—
de su semántica estructural ante la fenomenología, algunos años
tras haber elogiado las investigaciones del filósofo, juntamente
con las del antropólogo Lévi-Strauss, por los esfuerzos que
hacían en actualizar a Saussure a mediados del siglo pasado
(Greimas, 1956). Se ha visto en esta actitud una primera señal
en dirección a la fenomenología creada por Husserl y adoptada
por Merleau-Ponty.
El aporte fenomenológico se nota más nítidamente a partir de
Sémiotique des passions (Greimas y Fontanille, 1991), momento
de la entrada del cuerpo en la semiosis, con el sello distintivo de la
Una epistemología discursiva en construcción... 143

primacía de la percepción, y teniendo como correlatos de ésta la


interocepción, la exterocepción y la propiocepción, términos
convocados para dar cuenta de lo que se ha llamado las pre-
condiciones sensibles de la significación. El famoso párrafo de
Sémantique structurale dado como lema, y las reflexiones fuer-
temente epistemológicas de una centena de páginas de apertura
de Sémiotique des passions que lo avalan, hizo que a partir de
la década de 1990 muchos semiotistas tuvieran un acercamiento
a la filosofía, en una especie de periplo fenomenológico de la
nave semiótica.
La demanda de un “primado de la percepción” (Merleau-Pon-
ty, 1946) provocó que ésta, para muchos semiotistas, se convir-
tiera paulatinamente en el locus privilegiado de la investigación
sobre el sentido, lugar “ante-predicativo”, según el filósofo, por
lo tanto, lugar más acá del lenguaje.3 Percepción, cuerpo propio,
carne, campo de presencia, conceptos filosóficos de la fenome-
nología, son utilizados con frecuencia en el ámbito semiótico. Es
como si los límites del texto fueran demasiado estrechos e insu-
ficientes para solucionar la complejidad del sentido. La apertura
del “grifo de la percepción” y la presencia del cuerpo propio en
la semiosis se han mostrado, pues, como tentativa de aventura,
en busca de nuevos sitios en los que se suscitaría la emergencia
primera del sentido. La famosa frase de Greimas pronunciada en
Brasil: “Fuera del texto no hay salvación”, empieza a revelarse
obsoleta para muchos semiotistas.4

3
Sería difícil imaginar un lenguaje sin la predicación ya instaurada de in-
mediato, es decir, sin alguna valencia o valor instituido entre los elementos en
juego: “la predicación surge como uno de los elementos esenciales en el acto de
lenguaje” (Greimas, A.-J. y Courtés, J., 1979: 381).
4
En el transcurso de las investigaciones semióticas, desde 1970, en muchas
oportunidades y momentos se ha repetido la frase, trasladada metafóricamente
del campo religioso: “Fuera de la Iglesia no hay salvación”. Si Greimas la utilizó
antes, se desconoce. El texto de la conferencia pronunciada en Brasil parece ser
su origen: “Fuera del texto no hay salvación”, con su complemento: “Únicamente
el texto, nada más que el texto y nada fuera del texto” (1974: 25).
144 Waldir Beividas

Desde entonces, el primado de la percepción se viene im-


poniendo progresivamente a tal punto que hoy es posible darse
cuenta de una especie de imperio (casi “imperativo”, en el sen-
tido kantiano) de la percepción encarnada, férreamente unida
al mundo de la experiencia sensible, como la primera capa de
significación encargada de regir todas las otras que se encuentran
debajo de ella. A partir de ahora, la semiótica será experiencial
y carnal, o no lo será. Tal parece ser el lema de este periplo
fenomenológico. La carne, por así decirlo, se impuso y depuso
el in principio erat verbum. Las razones semióticas (del texto, y
de su forma semiótica inmanente) ceden paso a los argumentos
fenomenológicos (de la percepción y de su sustancia corporal
trascendente).5

2. Ni inmanencia ni trascendencia: una semiótica materia-


lista

En Bélgica, a su vez, un escenario un tanto distinto se gesta.


Jean-Marie Klinkenberg, junto con Francis Edeline, investi-
gadores que crearan y dieran continuidad al llamado Grupo μ,
famoso por sus publicaciones en Retórica (1970), en su teoría
reciente, denominada semiogenética, proponen un amplio
programa de semiótica materialista, la cual se contrapone a la
vertiente inmanente y también a la inflexión fenomenológica ya
aludida, acusadas por ellos de perpetuar la tradición idealista de
la propia semiótica inmanente. Se trata, según esa perspectiva,
de un nuevo programa de investigaciones: su desafío consiste
en recuperar la semiogénesis, la génesis del sentido, a partir
de la materialidad de los cuerpos, el humano, bien entendido,
pero también se enfrentan al inmenso reto de hacer retroceder a

5
En el texto “A dimensão do afeto em semiótica: entre a fenomenologia e a
semiologia” (Beividas, 2011) comentamos más ampliamente la postura fenome-
nológica de la semiótica actual de algunos investigadores, así como mi posición
teórica ante (y contraria) a ellos.
Una epistemología discursiva en construcción... 145

todo y a cualquier cuerpo sensorializado a la escala más y más


minúscula del mundo animal.
La paráfrasis de Leibniz: “¿Por qué el sentido antes del no
sentido?” debe ser enfrentada más osadamente, según ese pro-
grama semiogenético (Grupo μ, 2011). Esto se contrapone a las
posiciones de la semiótica narrativa primera, por la cual, según
Greimas, la búsqueda de los orígenes del sentido nos ahogaría
en un universo de conceptos epistemológicos, donde el lingüis-
ta competente se arriesgaría a ser un mal filósofo al que no le
corresponde aventurarse en la búsqueda de la naturaleza del
sentido: “sin que sepamos nada más acerca de la naturaleza
del sentido, mejor aprendemos a conocer dónde él se mani-
fiesta y cómo se transforma” (1970: 16).
Juzgadas como tímidas tales restricciones, para el nuevo
programa materialista, la emergencia del sentido sucedería a
partir de una percepción fundada neurobiológicamente. La pers-
pectiva ya no es más la de la semiótica inmanente (por lo tanto,
idealista), sino científica (y realista) y se alía parcialmente con
la orientación de una Semiótica morfogenética, planteada desde
1980 por J. Petitot (1985, 1996, 2008) con base en la teoría de
las catástrofes de R. Thom (1972, 1974, 1978).
Según la semiogenética, se considera que la pertinencia del
sentido deba tener una cobertura mayor que la del dominio
del texto, que una vez fue emblema de la semiótica greima-
siana; cobertura mayor que el dominio, no obstante más ex-
tenso, del contexto, de los intertextos, aunque estos invadan la in-
mensa región de los discursos no verbales. A pesar de reconocer
la amplitud mayor de las investigaciones semióticas inmanentes
—fenomenológicamente inducidas para la trascendencia de la
sustancia corporal, a través de la percepción—, la semiogenética
reivindica una pertinencia todavía mayor, de largo espectro: el
locus in quo del sentido debería retroceder a la ontología de los
organismos, a su biología material. Parafraseando libremente a
Aristóteles: nada hay en el sentido que no haya venido de los
sentidos (de cualquier organismo vivo).
146 Waldir Beividas

Tal perspectiva realista, inducida por las ciencias neurobioló-


gicas y neurocognitivas, propone considerar las discriminaciones
(fonéticas, por ejemplo) como operaciones de una percepción
(ya) categorial, es decir, como “inmediatamente dadas a la
percepción” (Petitot, 1985: 95). La categorialidad fonética, (p.
ej. la oposición p vs. b), no es una institución o constructo de
la inmanencia del lenguaje: estaría inscrita de antemano en los
órganos perceptivos, como propiedad real de la naturaleza hu-
mana y animal, atributo natural presupuesto, anterior a cualquier
inmersión en el lenguaje.
Atributo o facultad perceptual anterior al lenguaje, según tal
perspectiva materialista, hallazgos neurocientíficos del género
han permitido deducir las demás estructuras semióticas como
derivadas de las estructuras morfogenéticas de la percepción
(morfodinámica para Petitot, semiogenética para el Grupo μ).
En este caso, la progresión de los estudios llevaría la semiótica
al mundo neurocientífico, a una biosemiótica, semiótica mate-
rialista (Grupo μ) o semiofísica (Petitot). La investigación de la
semiogénesis se obliga al propósito de retornar a los animales
inferiores, mariposas, hormigas, babosas, en fin, gusanos de
la tierra, a sus diferentes tipos de equipaje sensorial, al cual se
delega la tarea de interpretar su mundo, a su manera. Es allá
donde estaría el lugar de una “hermenéutica”, prototípica y tosca
es cierto, pero ya suficiente para extraer alguna pertinencia sig-
nificante, en sus escalas. En el paso siguiente, todo retrocedería
hasta las “reacciones físico-químicas complejas que constituyen
el metabolismo de un organismo biológico” (Petitot, 1999: 129).
Desde ahí estarían las bases y padrones (de extracción científica),
en un nivel elemental y tosco, para aquello que se convertirá en
el nivel sofisticado de la semiosis, a escala humana. Es desde
ahí, en fin, que se pone el nivel mínimo a quo donde ya haya
algún sentido, el cual pueda, por lo tanto, ser estatuido a partir
de sensorialidades perceptuales prototípicas. El fiat sensus no
sólo le tocaría al lenguaje, sino al equipaje sensorial de los
organismos.
Una epistemología discursiva en construcción... 147

3. La semiótica ante tres epistemologías

Como se nota en estos breves párrafos —ciertamente injustos


ante los datos involucrados—, la semiótica actual se halla ante
un dilema epistemológico que le pide algún posicionamiento:
(i) ¿se mantiene en el orden inmanente de su tradición lingüís-
tica, con todo lo que significa deber argumentar acerca de su
legitimidad y discusión crítica ante las otras epistemologías?;
(ii) ¿abraza el orden trascendental y filosófico de la fenomeno-
logía, con todo lo que implique, es decir, inevitables y pesadas
revisiones conceptuales?; (iii) ¿atiende al orden realista de las
ciencias neuronales y neurocognitivistas que ganan espacios
notorios y masivos últimamente acerca del humano, del cuerpo,
del psiquismo, en fin, que retrocede al lugar de la sensorialidad
biológica de los sentidos como fuente de emergencia del sentido?
Distingamos, a través de una ilustración simple, las tres dis-
tintas epistemologías, el modo singular de sus puntos de vista.
Sus operaciones pueden ser resumidas así:
1. En la epistemología científica, de descubrimiento en des-
cubrimiento, de error en error, la ciencia realista y naturalista
propone investigar las trampas que nos ponen los eventos de
la naturaleza, las astucias de la naturaleza, a punto de poder
“preverlos”: dadas las condiciones iniciales (del cuerpo, de su
sensorialidad, de su percepción), se busca aquello que la natura-
leza hará: el sentido emergerá como resultado de la estructura
y acción desencadenadas. Cada nuevo descubrimiento, después
de algún tiempo, se revela insuficiente (basta echar un vistazo
a la historia de la física del átomo). En otras palabras, la natu-
raleza siempre pondrá trampas. Le toca a la ciencia superar los
“errores” o las “ilusiones” del conocimiento anterior. En el caso
presente, el primer punto sería aceptar que es ilusorio reservar el
sentido al humano; el segundo punto consistiría en aceptar que
también es insuficiente extender el sentido a los animales “supe-
riores”; el sentido se remonta y se extiende también al minúsculo
gusano de la tierra, y así sucesivamente. Lo crucial, desde mi
148 Waldir Beividas

punto de vista, en esa epistemología, es que todo dato proviene


de la naturaleza y está inscrito de antemano en la estructura del
real. El dato tiene sus propiedades intrínsecas ya dadas. A la
ciencia le tocaría, luego, descubrirlas, describirlas, formalizarlas,
modelizarlas con el auxilio de sofisticadas herramientas tecno-
lógicas disponibles. Se trata, pues, de un positivismo naturalista
anticipado: los datos están dados (en la naturaleza);
2. la epistemología filosófica, en términos generales, se mueve
de forma distinta: de reflexión en reflexión, de aporías en aporías
enfrentadas, ella busca investigar las astucias de la razón (trans-
cendental), para llegar al punto más profundo de lo que hace la
razón en sus operaciones de aprehensión y cognición del mundo
y del sujeto: el universo del sentido surge de la cogitación de la
razón pensante para solamente después expresarse en lenguaje.
Eso no significa que toda la filosofía sea así, digamos, raciona-
lista. Sin embargo, sería difícil no entender que justamente, es
siempre la razón la que gestiona el todo del edificio. Aunque
un buen contraejemplo es la fenomenología de Merleau-Ponty.
Ahí, tal vez, pudiéramos resumir, como su procedimiento ma-
yor, la búsqueda de las astucias de la percepción. Lo que pasa
es que aun en esta filosofía, no racionalista y perceptualista, se
concede un papel menor y subalterno al lenguaje en la genera-
ción, aprehensión y gestión del sentido. Toda la competencia de
aprehensión del mundo ya viene dada entonces, como intuición
donadora original, al primado de la percepción, de sus “razones”,
por así decirlo.
De esa forma somos conducidos a comprender cuando, por
ejemplo, como lingüista o semiotista, leemos el excelente libro
Investigações fenomenológicas. Em direção a uma fenome-
nologia da vida, de R. Barbaras (2011), sin duda, uno de los
más eminentes conocedores y promotores de Merleau-Ponty en
Francia. En un capítulo de este libro el autor retoma una tesis
de la filosofía de otro fenomenólogo, Jan Patočka. Barbaras se
queda sorprendido, casi aturdido, ante el hecho de que, en una
tradición ya clásica, desde Husserl, en virtud del “principio de
Una epistemología discursiva en construcción... 149

los principios”, de la intuición donadora originaria, del primado


de la percepción —que reserva al lenguaje un papel esencial,
pero derivado de la capa más profunda de la percepción— no
obstante, el filósofo checo expresa la siguiente tesis (por otra
parte, de valor inestimable para la semiótica inmanente):

El lenguaje no es de modo alguno un nivel superior de nuestra vida


en el mundo en el medio de las cosas, que tendría por grado elemen-
tal el de la percepción. El lenguaje, en su posibilidad profunda, es
condición de posibilidad de la propia percepción humana. El campo
primario del mundo es del lenguaje (Jan Patočka cit. por Barbaras,
2011: 126) [El resaltado es nuestro].

Es innecesario enfatizar que, aunque presionado por la “ra-


dicalidad” de la tesis de su colega en fenomenología la cual
invierte cabalmente el orden tradicional en esa filosofía, la haya
considerado como “afirmaciones enigmáticas” (p. 127). Y, to-
davía intentando adoptar la posición de Patočka para atribuirle
algún sentido filosófico más demostrable, Barbaras no consigue
destilar la fecundidad de la tesis. Propone la lectura de considerar
la percepción y el lenguaje bajo el régimen de “co-originalidad”
—lo que no pudo deducir directamente del texto citado del filó-
sofo Patočka, fundador en 1930 del Círculo Filosófico de Praga
(1995). En mi lectura, el intento de Barbaras ha procurado más
salvar, por así decirlo, el estatuto primario u originario de la
percepción que entender las razones por las cuales Patočka ha
invertido el orden jerárquico entre lenguaje y percepción. Es
sintomático notar que, al fin y al cabo de tal intento, Barbaras
confiesa “un cierto sentimiento de insatisfacción” (p. 143).
Posiciones de espanto e insatisfacción de esa naturaleza
acaban siempre por convencernos de que son deudoras de la
milenaria renuencia de todo el campo de la filosofía en acatar
la tesis, hoy más pasible de demostración que antes de Saussure,
o por lo menos considerarla digna de interés filosófico, es decir,
de que sea el lenguaje el que gestiona el pensamiento, la razón
y demás formas de cognición, de sensación o de percepción, en
150 Waldir Beividas

otras palabras, de acatar la posibilidad de una epistemología


discursiva inmanente al lenguaje;
3. la epistemología discursiva, que desde hace algunos años
vengo intentando delinear y demostrar, se distingue de ambas
por retomar el punto de vista inmanente al lenguaje.6 La manera
como la estamos entendiendo en la actualidad nos conduce a de-
cir que ésta buscaría en las estructuras, de discurso en discurso,
las astucias de la enunciación, es decir, la(s) racionalidad(es)
discursiva(s) en operación en cada acto de lenguaje, en cada
acto de experiencia (como la científica), en cada acto de reflexión
cogitante, en cada acto humano de percepción del mundo y del
cuerpo. En otras palabras, el lenguaje, a través de la multiplici-
dad y polivalencia de sus discursos posibles, impone a todos esos
actos las semiocategorizaciones de su gama. Se trata, entonces,
de investigar, bajo sus innúmeras modalidades y géneros: (i) qué
ha hecho el discurso, de discurso en discurso —en las miríadas
y múltiples formas de su manifestación a lo largo de la diacronía
histórica de su procesamiento— en la construcción de esa gama
de racionalidad discursiva; (ii) qué hace el discurso en sus pro-
ducciones actuales y sincronía de funcionamiento; (iii) dejando
vislumbrar un amplio margen de imaginación a lo que hará el
discurso en las creatividades futuras permitidas expansivamente
6
La expresión epistemología discursiva es retomada de un antiguo texto
de G. Bachelard: Le rationalisme appliqué (1949: 102-103). Cf. el epígrafe ini-
cial. El contexto en que el filósofo-epistemólogo la emite parece situarse en un
contexto, en un primer momento, fuera de nuestra esfera lenguajera. Se trataba
de demostrar que en la física, en la biología y demás ciencias contemporáneas,
“el carácter indirecto de las determinaciones del real científico nos pone en un
reino epistemológico nuevo” [itálicas en el original]. En este nuevo reino, los
fenómenos están “escondidos”. Los instrumentos de su medición no tienen más
“significación directa en la vida común”: un estetoscopio de masa que “pesa” los
isótopos nada más tiene que ver con nuestra balanza que pesa la sal, aun con toda
la precisión con que pueda hacerlo. He aquí la frase de remate de la reflexión: “de
hecho, los datos son aquí resultados”. En nuestra comprensión, ella refleja casi
literalmente la reflexión saussureana y todo lo que le sucedió en la composición
de su lingüística y de su semiótica que nos ocupa aquí: “es el punto de vista el
que crea el objeto” (Saussure, 1916: 23). Si el raciocinio es válido, a estos dos
pensadores les toca la paternidad de tal epistemología discursiva.
Una epistemología discursiva en construcción... 151

por tal racionalidad discursiva. El sentido se ha hecho, se hace y


se hará en la inmanencia de esa racionalidad. En la instancia de
su “posibilidad profunda” —si queremos retomar la expresión
de Jan Patočka— razón, emoción, percepción, conocimiento del
mundo, todo empieza, todo sigue, todo termina en la inmanencia
lenguajera, como su condition de possibilidad. En este caso, si
optamos por la expresión de Saussure, todo se explica a la ma-
nera, en fin, de una “disputa de palabras” (Saussure, 2002: 28).
Ciertamente, sometida al destino de jamás contemplar fiel-
mente las actividades cognitivas de los tres campos, la ilustra-
ción de esa triple división de epistemologías vigentes facilita la
comprensión de los horizontes y de sus operaciones.7 Una vez di-
cho esto, no es difícil entender que la semiótica de Greimas esté
asignada al ámbito de la epistemología discursiva, como opción
de base desde el nacimiento, es decir, alojada en el paradigma
que Apel indicaba como el de la “semiótica transcendental”, el
paradigma del signo, del lenguaje.8 Es desde ese locus de naci-
miento (que defendemos como inmanente), que ella recibe hoy
críticas y recriminaciones provenientes de (i) semiotistas que
la ven carente de una base fenomenológica más cercana de la

7
La triada epistemológica evocada es la manera en que nos ha parecido lícito
actualizar para nuestro contexto presente la reflexión de Karl Otto Apel (1987
—a partir de sus conferencias en los años 60)— acerca de lo que él denomina tres
grandes paradigmas de la prima philosophia: el paradigma ontológico (de Aris-
tóteles a Descartes), el paradigma epistemológico (del cogito cartesiano a Kant)
y el paradigma semiótico (a partir de Peirce). Apel poco o nada ha concedido
lugar a Saussure y toda la escuela que de él se ha originado. Una demostración
más larga de lo que cabe aquí, nos permite nombrarlas: la epistemología realista
y naturalista para el primero; la filosofía transcendental, siempre filosofía de la
razón, para el segundo; y la semiótica inmanente para el tercero, con la aclaración
de que este último tiene origen en Saussure y Hjelmslev y no en Peirce.
8
Ante el hecho de que Apel no los nombró como los forjadores de ese
paradigma, otro filósofo (y semioticista), H. Parret (1983), se dio cuenta de esta
ausencia e incluyó a Saussure, Hjelmslev y Greimas como teóricos de gran re-
levancia. Sólo como reserva, que entiendo justa, de la crítica de Parret sobre la
caracterización del tercer paradigma como “trascendental”, por Apel, no cabe
extender aquí mayores comentarios acerca de las posiciones de ambos filósofos
sobre esa cuestión.
152 Waldir Beividas

filosofía de Husserl y Merleau-Ponty, así como de (ii) semiotistas


que la ven carente de una base realista, neurocientífica, y que la
remiten a la semiofísica (Thom, Petitot) o para la semiogénesis
(Klinkenberg), posiciones ya comentadas.

4. Semiocepción: la percepción semiotizada desde el origen

Efectuar una presentación inicial de los desafíos que se imponen


a la semiótica actual, pero no en el nivel descriptivo en que ella
opera sin grandes objeciones, sino en el nivel de las epistemolo-
gías ya delineadas, es el modo en que pretendemos hacer avanzar
el concepto de semiocepción. Pretendemos como hipótesis y ar-
gumento defender, incluso radicalizar, la tercera vía, la semiótica
inmanente de Hjelmslev y Greimas, a partir de Saussure: en el
hombre, el advenimiento y la presencia del lenguaje se revuelve
tan espectacularmente la percepción del mundo, que ésta se cons-
triñe, teleguiada, “anteguiada” incluso por la semiología de sus
signos, por las categorías inmanentes que se diseminan desde
el nivel mínimo, fonémico, hasta el nivel máximo, discursivo, en el
caso de la lengua natural (raciocinio que puede ser ampliado a
los lenguajes no verbales, bajo los mismos principios). El acto
perceptual deja, por lo tanto, de ser una percepción bruta, pura,
directa y simple del mundo; no se pone como antepredicativo.
Para decirlo a la manera bachelardiana, la balanza de la sal
no consigue más constituir la medida de nuestra percepción:
después de Saussure, nada del real se presenta directamente
a nuestra percepción, sino indirectamente, a través de una
operación semiológica de los lenguajes, es decir, una acción
de semiocepción. Más aún: aquello que Bachelard verifica en
los instrumentos de medición física —cuyo resultado, como lo
vimos más arriba, no tiene más “significación directa en la vida
común— nuestra hipótesis lo extiende también a su balanza
de sal: no hay ni siquiera allí una significación directa (por la
percepción), sino una significación ya pasada por el filtro de
Una epistemología discursiva en construcción... 153

una operación semiológica, la semiocepción. No hay, así, una


fase anterior de la percepción —bien entendido: semióticamente
descriptible y pertinente—9 sino una percepción semiotizada de
repente —d’un seul coup como se dice en francés— es decir,
una semiocepción, inmanente al lenguaje lato sensu. La semio-
cepción se pone de repente como nuestro único e ineluctable
equipo de gestión de la aprehensión del mundo, por un acto
perentorio, inmediato, de la generación del sentido (del mundo,
para el hombre), a través del lenguaje.
Tal hipótesis de trabajo, sometida a las aventuras y desven-
turas de toda investigación proyectada, intenta precisamente
argumentar y hacer valer la primacía de la semiocepción por
sobre la percepción (a la escala humana); intenta hacer valer
el principio de una epistemología discursiva inmanente ante el
realismo naturalista de las ciencias cognitivas, neurocientíficas
y adyacentes, así como ante el transcendentalismo generalizado
de las filosofías.
Tal hipótesis no nace abruptamente aquí. Se viene gestando
desde hace una década y fue inicialmente esbozada en un núme-
ro especial de Perfiles Semióticos. Revista de Estudios Semio-
lingüísticos, en homenaje de los estudiosos de América Latina
a Greimas (Beividas, 2003: 43-61). La intención en ese texto era
encontrar una región de pertinencia restricta más rentable a la
semiótica, para la emergencia del sentido, ante las proposiciones
de mayor espectro o pertinencia extendida, es decir, que retro-
ceden el estatuto de lo semiótico incluso a aquello que Petitot
reivindica como las “reacciones físico-químicas complejas que
constituyen el metabolismo de un organismo biológico” (1999:
29) [La traducción es nuestra].

9
A menos que la descripción se ofrezca científicamente —según los para-
digmas mencionados arriba— al estudio de los procesos orgánico-sensoriales,
metabolismos, y la bioquímica involucrada, en fin, a la neurobiología. En este
caso dejaría de describir la percepción propiamente dicha, es decir, el acto per-
ceptivo fenomenológicamente puesto, sino un funcionamiento biosensorial de la
materia de la carne.
154 Waldir Beividas

En su momento, a nuestro parecer, entendíamos que las


proposiciones del libro Sémiotique des passions. Des états de
choses aux états d’âme (1991), en su capítulo inicial de fuerte
cuño epistemológico, no eran suficientemente convincentes en
su intento de homogeneizar la existencia semiótica del sujeto,
en la tarea de incorporar y enclavar el cuerpo sensible del su-
jeto. En ese capítulo han sido reconvocados antiguos conceptos
de Greimas (1966), importados de la psicología (propiocepción,
interocepción y exterocepción), pero conceptos que el propio
Greimas, juntamente con Courtés, considerarían, posteriormen-
te, que deberían ser superados, dado su carácter excesivamente
psicológico y extrasemiótico (1979, entradas correspondientes).
Nos parecía extraño e incoherente recurrir nuevamente a la
psicología (y a la fenomenología perceptiva de Merleau-Ponty)
para poder solucionar el problema del ingreso de lo sensible en
la semiosis del lenguaje. Tales conceptos extrasemióticos, psico-
lógicos, trascendentales y sustancialistas entraban por la puerta
del fondo de una semiótica que se presentaba como inmanente
y formal, en la puerta de entrada.
Así, el concepto de semiocepción ha sido primariamen-
te lanzado, en ese contexto, para defender la idea de que
habría un lugar preciso para la emergencia del sentido en
el ámbito de la semiótica. Resumidamente: a la semiótica,
cuanto a la pertinencia del sentido, no importaría tanto que
los estímulos que invaden la mente fueran (i) exógenos, cap-
tados exteroceptivamente del mundo, estímulos sensoriales
externos, llegados al cuerpo a través de los sentidos; (ii) no
importaría que fueran endógenos, estímulos sensoriales y
somáticos internos, la sensibilidad propioceptiva proveniente
del “fondo” del cuerpo; o, aún (iii), que fueran interógenos,
o interoceptivos, de la mente profunda y sus coerciones cog-
nitivas. Importaría sí, que cualesquiera de ellos, aislados o
en concierto, fueran enganchados como ya haciendo sentido, en
otras palabras, “semioceptizados’, pasados por el filtro de la
semiocepción.
Una epistemología discursiva en construcción... 155

Años después, en un Coloquio en Royaumont en 2010, pro-


pusimos un avance en el desarrollo del concepto, introduciendo
así su punto de origen: lo arbitrario del signo lingüístico.10 La
hipótesis plantea que el acto semiológico del signo lingüístico,
es decir, la función semiótica de arbitrariedad entre significado
y significante y la remisión arbitraria entre signo y referente,
impone que la realidad —sea lo que sea que se entienda por
ésta— se muestre de pronto semiotizada. Recapitulando: no nos
damos cuenta primeramente de los eventos del mundo, para des-
pués nombrarlos. Ya los captamos en las redes semiológicas de
los lenguajes que hemos heredado de nuestros antepasados. La
percepción humana ya es, desde el comienzo, una semiocepción.
La semiología de una lengua, o antes, la semiología de un len-
guaje cualquiera dispara una metamorfosis generalizada a la per-
cepción, que no dispone de otro creodo —“camino necesario”,
expresión retomada de Waddington a través de las reflexiones
de R. Thom— que no sea ser guiada por la semiocepción, tal
como si, por así decirlo, nuestro cerebro fuera “lesionado” por
las redes categorizantes de los lenguajes adquiridos.11 Pretender
captar el mundo “bruto”, más acá del lenguaje, sería simple es-
pejismo, una aporía, esfuerzo desesperado, de cierto modo, de
querer poner el dedo en el barro de la tierra, para la captación
de las cosas, de querer poner el dedo en el barro adámico, para
la captación del cuerpo y los afectos humanos.

10
El texto está en prensa, en proceso de publicación, en el libro colectivo por
la Presses Universitaires de France, bajo la edición de A. Hénault, J.-F. Bordron y
D. Bertrand, intitulado Les nouvelles tendances de la sémiotique. El mismo texto,
con redacción un poco distinta, se encuentra disponible en portugués (2011).
11
Sin citar la referencia, la analogía de una “lesión” cerebral, usada arriba,
proviene de las reflexiones escuchadas en los Seminarios de M. D. Magno, psi-
coanalista de Río de Janeiro, realizadas anualmente hace décadas, en el contexto
freudiano del psiquismo inconsciente.
156 Waldir Beividas

Conclusión

Tal como se presenta el escenario actual de las cuestiones y


posicionamientos en el interior de la semiótica, suponemos que
la tarea de sustentación de una semiótica inmanente todavía se
justifica de manera amplia en su relevancia por el hecho de que
la investigación crítica de las vertientes fenomenológica —de
cuño filosófico— y neurocientífica —de cuño realista—, puede
propiciar a la vertiente inmanente la oportunidad de dar primacía
a las argumentaciones de lo que estamos llamando epistemolo-
gía discursiva y, dentro de ésta, la legitimación del concepto
de semiocepción para rivalizar con el concepto tradicional de
percepción.
Habrá así menos riesgos para la semiótica de perder sus bases
epistemológicas y metodológicas, fundadas en la inmanencia
del lenguaje, y de diluirse en una filosofía de menor estatura o
disolverse en un realismo científico. No me propongo demeritar
aquí a estos intentos, mucho menos ante sus proponentes.
La advertencia puede así ser resumida: la búsqueda por
ampliar el espectro de pertinencia de lo semiótico, es decir, del
locus de la génesis del sentido, para regiones anteriores al len-
guaje, la percepción fenomenológica de un lado, percepciones
neurosensoriales de otro, haciendo retroceder el hecho semiótico
a la carne del cuerpo, a los equipos sensoriales del animal mi-
núsculo, no ocurre sin que haya riesgo de pesadas consecuencias
conceptuales a la teoría. En verdad, el estudio crítico y minucio-
so de ellas constituye la tarea más detenida y reflexionada: las
posiciones que hay que defender no pueden ser caracterizadas
como parti pris de antemano; tendrán que ser demostradas
en la lectura crítica de esas proposiciones y de sus referencias
epistemológicas, explicitas o no.
Entonces, perfeccionar los argumentos teóricos para la hi-
pótesis que plantea el concepto de semiocepción para rivalizar
e incluso prescindir del concepto de percepción no es un paso
simple y rápido. Estamos bien advertidos de que el desafío es
Una epistemología discursiva en construcción... 157

de gran importancia, ya que estaremos obligados a entrar en te-


rrenos de larga tradición acerca de la percepción, de la filosofía
milenaria a las neurociencias de este siglo, pasando por psico-
logías reconocidas (Gestalt) que han sido inspiradoras o con-
trapunto de la propia fenomenología de Merleau-Ponty y otros.
Sin la ilusoria pretensión de conquistas fáciles, los objetivos se
complacen en retomarlo desde un ángulo poco usual, y criticar
incluso el concepto de percepción, que nos parece mal definido,
usado tácitamente como si hubiera consenso en su concepción
en las diversas áreas del saber. Se descargan en los hombros de
la percepción pesos de todo tipo, como si convocarla fuese la
solución, considerándola, en su estatuto de órgano sensorial, del
hombre a los gusanos, como categorial, discriminativa, evalua-
dora, seleccionadora, interpretante del mundo (para los hombres)
y del medio (para los animales). Y cuando se tiene que contestar
de dónde vienen tales altas performances, la respuesta es tácita:
se trata de sus “atributos”, sus “propiedades categoriales”, discri-
minatorias, de su “capacidad”, o de su “facultad” como “equipo”
sensorial. El fondo realista y naturalista de la respuesta no sa-
tisface. Así, el concepto de semiocepción vendría para avanzar
en un espacio teórico, todavía merecedor de empeño, es decir,
el de radicalizar la inmanencia del lenguaje: el sentido no es
un dato, es un resultado. La inmanencia, definitivamente, no
es un purismo de partida: es una depuración de llegada.

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El principio de inmanencia... 161

La inmanencia en cuestión.
Tópicos del Seminario, 31.
Enero-junio 2014, pp. 161-174.

El principio de inmanencia,1
entre el paratexto y el intertexto

Odile Le Guern
Université Lumière-Lyon 2

Traducción de Cinthya Estrada Bermúdez

La reflexión que aquí presentamos tuvo sus orígenes en el inquie-


tante hallazgo de una de las obras de Matisse, Conversación,2
dentro de un corpus reunido en un magnífico CD-rom dedicado
al tema de la Anunciación.3 A partir de ese hallazgo, advertimos
que este cuadro, del que siempre habíamos hecho una lectura
profana, podía recibir también una lectura religiosa. Aunque esta
pintura de Matisse no forma parte propiamente del catálogo pro-
puesto en el CD-rom, pertenece a un conjunto complementario
titulado “Otras obras” y en el que podemos encontrar también
otras Anunciaciones “en reserva para ser estudiadas”.4 De igual

1
“es inmanente aquello que existe en el interior mismo de los seres y no
opera desde afuera por acción transitiva o transitoria”, Littré en su artículo “Im-
manent” [Traducción libre].
2
Matisse, Conversation, 1908-12, óleo sobre lienzo, 177 x 217, Museo del
Hermitage. El cuadro puede contemplarse desde el sitio del museo: http://www.
hermitagemuseum.org.
3
CD-Rom L’Annonciation de la Renaissance à nos jours, realizado por
Bernard Darras, Françoise Casanova, Daniel Arasse et Pierre Fresnault, 1998,
RMN.
4
“Para motivar al usuario a proceder con sus propias investigaciones e in-
terpretaciones”, señalan los autores.
162 Odile Le Guern

forma, en este mismo conjunto aparecen obras pictóricas dedi-


cadas a “otros temas”; sin embargo, las razones que justifican su
presencia en el corpus no son explicitadas. De cualquier modo,
la sola presencia del cuadro de Matisse dentro de este conjunto
temático es suficiente para reorientar su lectura.
A pesar de que, como ya se ha dicho, la Conversación de
Matisse no está en la colección misma, sí encontramos Femme
dans un intérieur de Picasso.5 La reseña indica que

pese a no tener un título religioso, la configuración de la composi-


ción puede hacer pensar al espectador que está frente a una Anun-
ciación. En efecto, numerosos elementos como los tres cojines (la
trinidad), la ventana abierta (la irrupción angelical) y la flor en un
vaso transparente, representada en lo alto (¿la flor de lis, acaso?),
podrían concurrir para dar el sentido sagrado que la imagen en sí no
posee y que, por el contrario, no tiene nada de devoto. Por supuesto,
Gabriel está ausente, pero su inmaterialidad celestial no excluye su
presencia invisible.

Esta observación sugiere la presencia de un esquema de base,


es decir, de una configuración subyacente a la escena repre-
sentada; la cual sería lo suficientemente restrictiva como para
dar, mediante el juego de un eco intertextual, una orientación
particular a la interpretación de la imagen, sin que por ello sea
necesario recurrir al paratexto que constituye el título. Sin em-
bargo, la observación sólo se expresa en términos de contenido
gracias a la identificación de algunos motivos tradicionalmente
vinculados con la escena de la Anunciación.
“En las múltiples variantes de las Anunciaciones pintadas
en el quattrocento”, Daniel Arasse destaca, sin embargo, la
existencia de “dos datos recurrentes” o de una “doble constan-
te” en la composición: por una parte, la importancia del “lugar
arquitectónico de la escena”, y, por la otra, “la puesta en escena
de las dos figuras de acción, Gabriel y María […], dispuestos

5
1926, tinta china sobre papel, 29,1X38, 8, París, Museo Picasso.
El principio de inmanencia... 163

perpendicularmente con relación al eje de la perspectiva lineal”.6


Esta doble constante

no puede ser el resultado de decisiones individuales por parte de los


pintores, sino que constituye un hecho estructural en la representación
del tema durante el siglo xv italiano […]. Estructura de la arquitectura
pintada y disposición de las figuras: estos dos datos recurrentes en las
Anunciaciones del siglo xv italiano, conllevan una fuerte dimensión
teórica, así como una demostración implícita de la teoría de la historia
que surgió a principios del Renacimiento.7

Se trata del mismo escenario de una interacción verbal entre


dos personajes, analogía de contenido de la que se hace cargo un
eco entre el tratamiento formal y tradicional de la Anunciación
y el de la Conversación de Matisse: un hombre (más que un
ángel) a la izquierda, una mujer sentada a la derecha del lienzo.
Se encuentran frente a frente, y, entre ellos hay un elemento
arquitectónico, en este caso una ventana que se abre hacia un
jardín, pero que entra en una relación paradigmática con un buen
número de Anunciación con una simple columna o toda una
columnata en fila. En la Conversación, podemos reconocer un
fenómeno de intertextualidad que “implica, en efecto, la existen-
cia de semióticas (o de “discursos”) autónomas en cuyo interior
se desarrollan procesos de construcción, de reproducción o de
transformación de modelos, más o menos implícitos”.8 Ahora
bien, la intertextualidad no tiene el mismo impacto sobre la lec-
tura de una imagen que aquella que promueve el paratexto (título
o leyenda). Si el segundo parece ir en detrimento del principio
de inmanencia, el primero, por el contrario, lo favorece en la
medida que destaca la parte de codificación del discurso icónico
susceptible a una aproximación metasemiótica. Consideramos

6
Daniel Arasse, “Remarques sur un énoncé pictural du Quattrocento”, en
Versus, Quaderni di studi semiotici, núm. 37, Milano, Bompiani, 1984, pp. 3-18.
7
Loc. cit.
8
Algirdas Julien Greimas y Joseph Courtés, Semiótica. Diccionario razo-
nado de la teoría del lenguaje, Gredos, 1982, artículo “Intertextualidad”, p. 228.
164 Odile Le Guern

aquí el término de inmanencia a la vez como la negación de una


convocación cualquiera a la referencia extratextual, si se toma
en cuenta el enunciado icónico; y, sobre todo, como un retorno
reflexivo hacia la forma o la lengua en el sentido saussureano.
Las líneas que siguen pretenden mostrar esta diferencia de
impacto —del paratexto al intertexto— sobre la interpretación
de la imagen y sobre la necesaria reorientación del principio de
inmanencia que de ahí proviene.

Lo que el (para)texto hace a la imagen

El título Conversación saca a los dos actores del silencio en el


que los encierra la imagen de la que se ha podido decir que era
“poesía muda”.9 Tanto el hombre como la mujer participan en
el juego de una interacción verbal que no se revela visualmen-
te, pero sí a través del gesto estático de su posición “frente a
frente”. Sin embargo, este juego no expresa la identidad de los
personajes ni del contenido de su propósito. Dicho esto, el acto
de predicación —que consiste en adjuntar un cartel a un cua-
dro y que además se enuncia por: “Este cuadro representa una
conversación”— asegura, en un primer momento, esta función
de anclaje de la cual hablaba Barthes, y esto en la medida en
que dicho acto selecciona un elemento del cuadro –en este caso,
particularmente el “frente a frente” de los actores—, en la me-
dida también en que él limita su polisemia y determina el “buen
nivel de percepción”.10 Así, dicho acto de predicación selecciona
para el visitante la naturaleza del intercambio verbal que se ins-
taura entre los dos personajes en el paradigma de las posibles
situaciones que bien podrían integrarse en la misma postura: un

9
Roland Recht, Le texte de l’oeuvre d’art: la description, Presses Universi-
taires de Strasbourg, Musée d’Unterlinden (Colmar), 1998, p.11: “Si la pintura es
una poesía muda y la poesía una pintura hablante, como lo dice Plutarco, entonces
la una puede servirse de la otra con el fin de devenir plenamente comprensible”.
10
Roland Barthes, “Rhétorique de l’image”, Communications 4, 1964, p. 64.
El principio de inmanencia... 165

encuentro, una visita, una disputa (¿menos verosímil?), etc. El


primer enunciado predicativo que hemos propuesto pone, en
el plano de la expresión, el objeto cuadro como tema; y, dentro del
plano del contenido, podríamos proponer también: “Este frente
a frente es una conversación”. El título inscrito sobre el cartel
dirige una forma de lectura que limita demasiado el sentido
pleno,11 lo aproxima a un grado cero o, al menos, produce “una
interrogación sobre el sentido”; en términos de Barthes, “aparece
siempre como una disfunción”.12 Él transforma en constante la
variable que constituye el segundo término de la proposición
en una función predicativa. La imagen se convierte entonces en
el tema de un discurso polisemiótico cuyo título constituiría el
rema o predicado. Dicha predicación resulta de la interfase entre
un enunciado particular, aquí de orden pictórico, y el espectador
en la “escena práctica” de una experiencia de recepción particu-
lar: la del visitante del museo frente al cuadro y su cartel.
El hecho de tomar en cuenta la situación de recepción de este
objeto complejo por su dispositivo enunciativo, que implica al
pintor, para el caso del cuadro, y a la institución museística para
el cartel, parece quebrar el principio de inmanencia. Pero no
se trata “de sumergir el objeto de análisis en su contexto, sino,
por el contrario, integrar el contexto en el objeto de análisis y,
del mismo modo, definir para este nuevo objeto de análisis un
‘campo de pertinencia’ diferente del primero”13. No hay, por lo
tanto, ruptura del principio de inmanencia, sino la consideración
de uno solo de los planos de inmanencia, el de las prácticas.

11
Se podría oponer sentido y significación tomando en cuanto el criterio
propuesto por François Rastier, Sémantique et recherches cognitives, PUF, 1991,
pp. 74-75: “por significación entendemos el contenido del signo lingüístico (sea
cual sea su nivel) considerado fuera de contexto; por sentido, su contenido en
contexto”. Rastier precisa en una nota: “La relación de la significación con el
sentido es como la del tipo con la ocurrencia”.
12
Roland Barthes, op. cit.
13
Jacques Fontanille, « Immanence et pertinence sémiotiques. Des textes aux
pratiques », p. 3 [http://www.unilim.fr/pages_perso/jacques.fontanille/textes-pdf/
AImmanenceetpertinence.pdf].
166 Odile Le Guern

Regresemos, pues, al acto de predicación que constituye la


incorporación de un cartel a un cuadro, lugar de inscripción
del título. Si el cuadro se aísla o si se expone de manera sim-
plemente cronológica, conforme a la tradición museológica que
retoma la nomenclatura de la historia del arte (Italia, siglo xvi,
por ejemplo), el cuadro podría ser percibido como el tema o el
soporte de un discurso en el que el título va a presentarse como
rema por una aportación de información que identifica la escena:
“este cuadro representa una Anunciación”. Por el contrario, en
el marco de una exposición temática, lo que establece el tema
es el proyecto de discurso de la exposición, manifestado en los
carteles, y recibido previamente a la visita. Cada cuadro se pre-
sentará entonces como una puesta en figura particular y concreta
de este tema —eventualmente más abstracto—, en una suerte de
prolongación predicativa o remática del título de la exposición.
Esta exteriorización del tema en relación con el cuadro nos
obliga a considerar toda la “escena práctica” que constituye la
exposición como enunciado. “Tenemos una tarea en la prefigu-
ración de algún otro tipo de semiótica-objeto y, por lo tanto, el
de algún otro nivel de pertinencia. […] cada nivel corresponde
a un plano de inmanencia específica”14. Este desplazamiento del
nivel de pertinencia bien se percibe en la diferente manera de
formular la predicación, que parece dudar, en cuanto a la natura-
leza del tema que ella misma se da, entre describir la escena o el
contenido del cuadro: “Este frente a frente es una conversación”
o el cuadro mismo: “este cuadro representa una conversación”.
Pasamos de la semiótica de los “textos-enunciados”, en nuestro
caso particular un enunciado pictórico, a la de los “objetos”
inscritos a su vez en una “escena práctica”.
De la misma manera, es preciso notar que el título no lleva
artículo, a menos de que se trate quizá del “artículo cero” capaz
de transformar la palabra en lengua (significado) en unidad de
discurso, y que, al hacerlo pasar de la lengua al habla (en el

14
Jacques Fontanille, Pratiques sémiotiques, PUF, 2008, pp. 32-34.
El principio de inmanencia... 167

sentido saussureano), lo hace entrar en un proceso referencial15


característico de la sintaxis de los títulos. El “artículo cero”
aparece en oposición con otras obras de Matisse16 en las que sí
está dado el determinante definido o cuantificador universal:
La Conversación. En este caso, se puede considerar, lo cual es
uno de los valores de lo definido o determinado, que el sustan-
tivo, introducido por el artículo, designa una clase así como el
conjunto de objetos que la constituyen, y no sólo determina un
objeto en particular. De modo que, si la referencia puede ser es-
pecífica, puede ser igualmente genérica. Es así como se emplea
en el enunciado: “el hombre es mortal”. A este respecto, Bernard
Bosredon recuerda, al tiempo que introduce una crítica parcial,
la oposición propuesta por Guillaume, quien distingue entre los
títulos “formales” y los títulos “materiales”. Los primeros, “sin
determinación del núcleo” —es decir, sin artículo— pertenecen
a lo que Bosredon denomina “etiqueta” y retoman “una forma
o un tipo de objeto particular”. Los segundos, con artículo de-
terminado, “refieren a algo más allá de la forma, a aquello que
Guillaume concibe como su contenido […] Los títulos materia-
les no pueden sino remitir a la historia, a los personajes, a un
tema”.17 Si se toma en cuenta el escenario al cual los términos
utilizados por Bosredon parecen hacer referencia, pasamos así
del “artículo cero”, que le da la posibilidad al sustantivo de re-
mitir a un conjunto de propiedades definitorias (lógica intencio-
nal), al cuantificador universal, cuya interpretación oscila entre
categorización y lectura individualizante.

15
“Es importante distinguir la ausencia del artículo y del artículo cero […]
la ausencia del artículo deja al predicado en su estatuto de predicado [palabra en
lengua], mientras que el artículo cero actúa como un verdadero cuantificador que
transforma al predicado en término [palabra en discurso]”. Michel Le Guern, Les
deux logiques du langage, Champion, 2003, p. 111, comentando las posiciones
de Gustave Guillaume sobre esta cuestión [Traducción libre].
16
También se encuentran en el CD-Rom citado anteriormente.
17
Bernard Bosredon, Les titres de tableaux. Une pragmatique de l’identifica-
tion, PUF, 1997, pp. 60-61. Bosredon hace referencia a Guillaume, Le problème de
l’article et sa solution dans la langue française, 1919, p. 293 [Traducción libre].
168 Odile Le Guern

El cuantificador existencial o artículo indeterminado, “una


conversación”, no está probado como elemento que integra la
composición del título del cuadro de Matisse.18 Dicho cuan-
tificador designa un objeto particular, en este caso un suceso
específico, espacial y temporalmente determinado en el interior
de una clase a la cual pertenece.

Éste remite a uno o más elementos particulares únicamente identifi-


cados por su pertenencia a la clase denotada por el nombre (y su ex-
pansión); y no habiendo sido objeto de ninguna marcación referencial
previa […] En este caso, el indeterminado introduce en el discurso una
entidad de la que se afirma simplemente su existencia.19

Bosredon, por su parte, señala que, contrariamente al deter-


minado, la ausencia del artículo y el artículo indeterminado “se
reúnen excluyendo la unicidad, tanto uno como el otro”20 reser-
vada al determinado. Por nuestra parte, situaremos el artículo
indeterminado en un espacio tensivo entre la unicidad —como
en Un Enterrement à Ornas de Gustave Coubert— y el valor del
representante de una clase de objetos para el sustantivo al que
introduce. El título La Anunciación, que justifica la presencia de
este cuadro en el corpus reunido para el CD-Rom antes citado,
saca del anonimato a los actores en presencia: se trata del Ángel
Gabriel y la Virgen María para un acontecimiento que, a falta
de ser probado históricamente, está puntualmente determinado.
Estos diferentes paratextos son susceptibles de poner bajo
sospecha el principio de inmanencia:

1. Porque constituyen un acto de predicación con relación al


cuadro, y siendo que esta puesta en discurso del cuadro,

18
El mismo Bosredon señala que “el uso del artículo indeterminado en los
títulos de pintura es raro ya que es mucho más extendido bajo otro tipo de imá-
genes, por ejemplo, las de las revistas”. Ibid., p. 69 [Traducción libre].
19
Martin Riegel, Jean-Christophe Pellat, René Rioul, Grammaire méthodique
du français, PUF, 2009 [Traducción libre].
20
Bernard Bosredon, op. cit., p. 69 [Traducción libre].
El principio de inmanencia... 169

gracias a esta extensión textual, atribuye un objeto (en el


sentido peirceano del término, es decir, un referente) a dicho
cuadro.
2. Porque, mediante la función de anclaje, el título opera una
selección sobre el paradigma de las posibles situaciones re-
presentadas.
3. Y, finalmente, lo más importante reside en el hecho de que
estos títulos, según la sintaxis que adoptan, permiten percibir,
de manera diferente y gradual, el proceso referencial entre
actualización y virtualización.

Así, si Conversación parece servirse de la ambigüedad entre


el simple significado en lengua y el artículo cero, la oposición
entre “la [o] una conversación” permite pasar de la clase de obje-
tos (reunidos en torno a cierto número de propiedades comunes,
donde uno de los casos representados por la imagen podría ser
percibido, haciendo abstracción de las propiedades que le son
propias como un ejemplo de la clase) a un caso particular. En la
primera situación, en La conversación, se convoca al espectador
a encontrar en la imagen las propiedades que hacen de esta esce-
na representada una conversación. Se le invita a ver en el cuadro
una suerte de definición visual que se dirige hacia el intercambio
verbal. Así pues, si consideramos la proposición de Guillaume,
el artículo determinado orienta ya la interpretación hacia un
escenario particular. La sitúa en un espacio tensivo entre tipo y
ocurrencia. En la segunda situación, Una Conversación, título
una vez más no confirmado, el suceso representado está exhi-
bido en su individualidad, la cual es susceptible de ser objeto
de una identificación (identidad de los actores, la localización y
datación del evento, etc.). El título prepara su anclaje referencial.
En la escena práctica de su integración y de su recepción en el
marco de un CD-Rom o de una exposición temática, el título Una
Conversación actualiza el proceso referencial que el título La
Anunciación realiza hasta el final. Así pues, la referencia alcanza
170 Odile Le Guern

la realidad.21 Los títulos Conversación o La Conversación, con


el valor genérico del artículo, virtualizan por el contrario este
proceso referencial, y esto de manera tanto más eficaz cuanto que
el cuadro podría ser simplemente expuesto en la sala dedicada a
los pintores de principios del siglo xx o bien en el marco de una
exposición con una temática totalmente distinta: el fauvismo,
por ejemplo.

¿Qué sucede con el intertexto?

Asimismo, es importante cuestionarse sobre el estatuto del


sustantivo “anunciación”. Éste se escribe generalmente con
mayúscula inicial; lo que lo ubica en la categoría de los nom-
bres propios. En ocasiones, estos se encuentran desprovistos
de significación lexical. Sin embargo, Riegel, haciendo eco de
los trabajos de Kleiber (2004), aporta un punto de vista que
va a cuestionar la oposición binaria entre nombres propios y
nombres comunes y que explica, en parte, la presencia de la
palabra “anunciación” en los diccionarios de lengua:22 “para
que un nombre propio identifique válidamente a un individuo
particular, es necesario que le haya sido previamente asignado
por un acto ad hoc de “bautismo lingüístico” —en ocasiones
perdido en la noche de los tiempos— en tanto que se trata de
una ocurrencia particular de una categoría nominal: Jean es bau-

21
Para tomar un ejemplo en el que la historicidad parece menos controvertida,
el cuadro de Uccello, La Batalla de San Romano, tanto el del Louvre como los
de la National Gallery o de la Galería de los Oficios, relata un episodio de la
batalla ganada por los florentinos sobre los sieneses, el 1 de junio de 1432 en San
Romano, cerca de Lucca (Toscana).
22
Curiosamente, “annonciation” (anunciación) figura en los diccionarios de
lengua (Le Petit Robert, por ejemplo), como “assomption” (asunción), o incluso
“épiphanie” (epifanía), y sólo con su significación religiosa, sin que esto afecte
eventuales empleos metafóricos. No parece que estuviera en oposición con el
lexema profano “anuncio”, salvo en el título de Claudel, El Anuncio hecho a
María.
El principio de inmanencia... 171

tizado como ocurrencia del tipo “persona” y Estrasburgo como


ocurrencia del tipo “ciudad”.23 De cierta manera, esto es lo que
Ducrot retomó del pensamiento de Frege: “ninguna referencia
es posible sin un sentido […], es anormal emplear un nombre
propio si no se piensa que ese nombre “dice algo” al interlocutor,
o bien, si el interlocutor no tiene algún conocimiento sobre el
portador de ese nombre. Se puede entonces considerar como
el sentido de un nombre propio para una colectividad dada, un
conjunto de conocimientos relativos al portador de este nombre,
conocimientos de los que todo miembro de la colectividad está
llamado a poseer o, cuando menos, algunos de ellos.24 Así pues,
es el continuum establecido entre el nombre común y el nombre
propio lo que permite el paso a la referencia; lo que posibilita
ver una realidad (un suceso) históricamente determinada.25 De
Conversación a (La) Anunciación, pasando por La Conversación
y “una conversación”, hay una progresiva puesta en presencia
del espectador frente a un objeto o un acontecimiento exterior
al enunciado icónico; o, por lo menos, con un acontecimiento
que el cuadro no puede decir sino por lo que el título podría
mostrar.26 Por el título, y más particularmente por el título Anun-
ciación, “vamos por medio del lenguaje hacia las cosas. Es por
este movimiento orientado que nosotros pasamos del vacío a lo

23
Martin Riegel, Jean-Christophe Pellat, René Rioul, Ibid., p. 336 [Traducción
libre].
24
Oswald Ducrot et Tzvetan Todorov, Dictionnaire encyclopédique des
sciences du langage, artículo « référence », Seuil, 1972, p. 321 [Traducción libre].
25
Este continuum está igualmente asegurado por la tradición de los géneros
pictóricos: el género de la “conversación” está registrado como una variante de
la escena de la misma clase, así que el género de la “sacra conversazione”, el que
reúne a la Virgen, al niño Jesús y, en ocasiones a José y un donador. La posibilidad
de decir: “este cuadro es una conversación o una Anunciación”, mientras que
uno no dice: “este cuadro es la Anunciación”, evidencia el estatuto del género
pictórico al que la escena representada ha podido acceder. El rasgo de sentido
que parece vincular la conversación profana y su versión religiosa parece ser la
intimidad.
26
Nos hemos inspirado en la oposición entre “decir” y “mostrar” propuesta
por Wittgenstein en su Tractatus logico philosophicus (1921).
172 Odile Le Guern

pleno, de la ausencia a la presencia, del Sinn al Bedeutung”. Y


si, como lo dice también Jean-Claude Coquet, “la realidad no
es una magnitud a excluir […] Es una magnitud integrada al
lenguaje”, y si “el lenguaje y la realidad son considerados como
dos magnitudes que se interpenetran”,27 entonces, el principio
de inmanencia no estaría cuestionado. Por el contrario, parece
acertado decir que el título La Anunciación, aquel en el que la
referencia y la realidad se reúnen o la inserción del cuadro en
un conjunto temático dedicado a la Anunciación va a revelar,
en La Conversación de Matisse, un esquema de composición que
compromete al espectador en un proceso metasemiótico. En un
movimiento inverso, no iremos más del enunciado a los objetos
o acontecimientos. La designación de estos objetos o aconteci-
mientos, a propósito de un cuadro, convoca otros cuadros cuya
confrontación hace emerger un esquema de composición que la
tradición va a fijar como regla para numerosas representaciones
de la anunciación hasta el periodo clásico. Para Daniel Arasse, la
Anunciación pertenece a lo “infigurable”. “Se supone que la figura
comprende lo no-figurable […] la visión hace ver lo invisible
y, en definitiva, la pintura enuncia ahí lo indecible”.28 Arasse
escribe también que

En el (los) texto(s) original(es), la ‘escena’ de la anunciación no es más


que un acto de enunciación o, más precisamente, el reencuentro de dos
enunciaciones que hacen la historia. La anunciación no implica acción
alguna; en el origen, su texto no es sino un diálogo que no conlleva
ninguna visualización particular y ninguna gestual.29

27
Jean-Claude Coquet, «  Réalité et principe d’immanence  », Langages,
« L’Objet, sens et réalité », núm. 103, 1991, pp. 28-29 [Traducción libre].
28
En ciertas representaciones, se observa una banderola que porta el enun-
ciado de salutación del Ángel a María. “Lo indecible” del que habla Arasse es
entonces puesto de manifiesto mediante este artificio que se puede comparar a la
filacteria de la caritura y que asegura la función de relevo de la que habla Barthes
en “Rhétorique de l’image”, Communications 4, 1964 [Traducción libre].
29
Daniel Arasse, op. cit. [Traducción libre].
El principio de inmanencia... 173

La identificación de la escena pictórica de la anunciación pa-


saría entonces por una puesta en figura (posturas) y una puesta
en espacio (espacio plano de la representación) particulares de
los actores que permiten al espectador atribuirles una identidad:
el Ángel Gabriel y la Virgen María. Así pues, el espectador
existe en la medida que restituye el contenido de su propósito, el
objeto de su enunciación “conversacional” al solicitar el conoci-
miento previo de un texto (Lucas 1, 28-38). En la intertextualidad
del icono manifestado y del texto ausente, pero cuya presencia
sólo se sugiere por el icono mismo, el espectador pide su doble
competencia, la de los textos fuente y la de los códices pictóricos.
Así, no se trata sólo de una configuración visual manifestada
por el cuadro sobre el plano de la expresión que remite, por el
título, a un objeto o un evento30 del mundo sobre el plano del
contenido, sino que, por el título, aparecen otras representaciones
de la Anunciación que son convocadas y que comparten con la
que tenemos frente a nosotros la misma configuración visual.31
Este recorrido que consiste no solamente en ir del plano de la
expresión (el cuadro y su organización espacial) al plano del
contenido manifiesto por el título, pero, siempre por el título,
permite confrontar dos configuraciones visuales para constatar
la identidad, confrontación en el nivel del sistema icónico para
revelar una parte de la codificación de la pintura; proviene de un
proceso metasemiótico. Este proceso metasemiótico encuentra
su origen en la puesta en presencia de la mirada del espectador
con los esquemas de composición que son la manifestación del

30
Utilizamos el término “lo que sucede” para indicar lo que representa la
imagen dentro del plano del contenido; sin embargo, conviene recordar las pre-
cisiones aportadas por Bernard Lamizet en Sémiotique de l’événement (Hermès
Lavoisier, 2006), quien considera el acontecimiento como una experiencia par-
ticular de lo real que se impone como una tensión venida del exterior.
31
El poder comparar dos obras frecuentemente tiene su origen en una re-
flexión metapictórica. Este proceso de confrontación puede realizarse en pre-
sencia (dos pinturas expuestas una al lado de la otra), o en ausencia, tal y como
ocurre aquí, ya que sólo el título Anunciación convoca el segundo término de la
comparación y lo extrae de la competencia enciclopédica del espectador.
174 Odile Le Guern

plano de la expresión independientemente de todo vertimiento


figurativo y que están disponibles para otros vertimientos figu-
rativos en el nivel del plano del contenido.
Todos estos textos, presentes y constitutivos del mensaje
global (paratextos), requieren una competencia trans-semiótica
o polisemiótica (texto e imagen) que servirá de apoyo a una
competencia intertextual, la que el espectador se verá compelido
a poner en obra cuando convoca otros textos pictóricos. Lejos
de hacernos olvidar el cuadro (la representación) para ir hacia el
mundo (lo representado), estos textos nos permiten un retorno
reflexivo sobre el cuadro y su componente figural, más allá de
lo figurativo que él propone a nuestra primera mirada. Así, en la
“escena práctica” que constituye la consulta del CD-Rom reali-
zado por Bernard Darras y Françoise Casanova, el encuentro de
La Conversación de Matisse, titulado Anunciación, pertenece a
ese acontecimiento.32 Este título, al parecer más relacionado con
una realidad exterior al cuadro que con el título Conversación,
referencia sin realidad, pone de manifiesto que, el texto pictó-
rico, al igual que cualquier otro texto, está “trabajado” desde el
interior por otros textos, y, paradójicamente, nos permite vivir
este encuentro en el modo reflexivo de los “valores de brillo”
propios de la intensidad en detrimento del modo transitivo de
los “valores de universo”, propios de la extensidad.33 Así, aún
más paradójicamente, y bajo la condición de otorgar el estatuto de
texto a la escena práctica de la forma de exposición particular que
constituye el CD-Rom, el título de Anunciación, que muestra la fun-
ción referencial más realizada, no cuestiona en absoluto el principio
de inmanencia en la medida que este principio permite el regreso
reflexivo sobre la parte de codificación del lenguaje pictórico.

32
Aquí, la palabra acontecimiento está utilizada en el sentido que le otorga
Claude Zilberberg. El encuentro con el cuadro de Matisse bajo el título de Anun-
ciación constituye una sorpresa que proviene del modo de la concesión, de lo que
Zilberberg llama el sobrevenir.
33
Claude Zilberberg, « Précis de grammaire tensive », Tangence, núm. 70,
p. 117.
El principio de inmanencia y la diferencia ontológica 175

La inmanencia en cuestión.
Tópicos del Seminario, 31.
Enero-junio 2014, pp. 175-193.

El principio de inmanencia y la diferencia ontológica

Adrián Bertorello
CONICET

Si se concibe la semiótica como una disciplina insular,


orgullosa, replegada sobre sí misma, que genera por
análisis y por catálisis sus categorías, sin deber nada
a nadie, entonces se podría decir que la semiótica se
desarrolla en virtud de las carencias que descubre
o que inventa. Pero sí, al contrario, se concibe la
semiótica como una disciplina abierta, acogedora,
como dirección de pensamiento entre otras no menos
estimables, entonces podemos reconocer convergen-
cias con las contribuciones de aquello a los que R.
Char llama los “grandes precursores”, aunque no usen
la jerga semiótica.
Claude Zilberberg

La existencia semiótica y la ontología

El principio de inmanencia en semiótica se puede caracterizar


como la autonomía del universo del sentido frente a la realidad.
Este principio surge a manera de un requisito epistemológico
fundamental. La razón de ser de la semiótica en tanto disciplina
científica autónoma se basa en la aceptación de este supuesto.
A consecuencia de la aceptación de la inmanencia se establece
una frontera entre la ontología y la semiótica. De un lado de la
frontera se encuentra el ser y la filosofía. Del otro lado se halla el
176 Adrián Bertorello

dominio de la semiótica y el universo del sentido. La semiótica no


puede ser confundida con una filosofía, ya que renuncia metodo-
lógicamente a toda pretensión sobre la región del ser (Fontanille,
1993-1994: 100; 106).
Esta caracterización del problema inherente al principio de
inmanencia y su vínculo con la ontología se ve claramente en
las reflexiones epistemológicas de Semiótica de las pasiones de
Algirdas Julien Greimas y Jacques Fontanille. El concepto exis-
tencia semiótica es hilo conductor de la reflexión. La formación
de esta noción toma como punto de partida la distinción saus-
sureana entre la existencia virtual de la lengua y la existencia
actual del habla. La existencia semiótica intenta situarse en un
dominio que se instituye a partir del modelo lingüístico que la
semiótica acepta como supuesto. En dicho dominio es posible
reconocer los siguientes modos de existencia: potencialidad,
virtualidad, actualidad y realización. No pertenecen al orden
del ser, sino que son del orden del sentido. Así considerada,
la existencia semiótica garantiza la autonomía científica de la
semiótica y pone un límite a cualquier investigación ontológica.
El estatuto de la existencia semiótica aparece caracterizado
en Semiótica de las pasiones como una praesentia in absentia
(Greimas y Fontanille, 2002: 12). Esta formulación paradójica
describe la autonomía del espacio de sentido como algo presente,
real, pero al mismo tiempo ausente. Me detendré brevemente en
esta caracterización. La presencia del sentido da cuenta de su
carácter fenoménico,1 a saber, se muestra como un horizonte de
inteligibilidad que, de acuerdo a la concepción genética de la
teoría semiótica, se constituye como un recorrido desde la ins-
tancia ab quo a la instancia ad quem. Por su parte, aquello que
está ausente es lo que Greimas y Fontanille denominan como
el horizonte óntico o también como el compromiso ontológico
de la semiótica. Ello es lo que, desde un punto de vista metodo-
lógico, debe mantenerse por fuera de la presencia. El ser como
1
En el sentido que tiene este término en la fenomenología. Así lo interpreta
explícitamente Fontanille (1993-1994: 101).
El principio de inmanencia y la diferencia ontológica 177

expresión de una realidad efectiva que existe en las coordenadas


del espacio y del tiempo queda excluido del campo restringido
de la investigación. El espacio del sentido parte de la instancia
ab quo y llega a la instancia ad quem. Por fuera de esos límites
se halla el ámbito de la investigación ontológica.

Un espacio al mismo tiempo autónomo con respecto a los dos topes


límites que son las instancias ab quo y ad quem, más allá de los cua-
les se perfila el horizonte óntico. Esto quiere decir que el objeto de la
semiótica es fenoménico y, al mismo tiempo, paradójicamente “real”:
desde el punto de vista de la instancia ab quo, la existencia semiótica
de las formas es del orden lo “manifiesto”, donde la manifestación
es el “ser” del cual se sospecha la existencia y el cual es inaccesible;
desde el punto de vista de la instancia ad quem, las formas semióticas
son inmanentes, susceptibles de ser manifestadas durante la semiosis
(Greimas y Fontanille, 2002: 12).

La distinción entre una manifestación del ser y la existencia


real es la que conduce a la noción de simulacro.2 Es imposible
afirmar nada sobre la existencia real del ser porque eso conduci-
ría a salirse del espacio del sentido entendido como un horizonte
de inteligibilidad, como una manifestación del ser. Consecuente-
mente, se establece una relación de sospecha sobre la existencia
real. Todo efecto de realidad que se da en el plano del sentido
no es más que un simulacro de aquello que está por fuera de los
límites del sentido.
De este breve análisis se desprende que el principio de in-
manencia como supuesto metodológico que está en la base del
modelo lingüístico de la semiótica excluye al ser concebido como

2
Fontanille enumera en su artículo “Epistemología de las pasiones” tres
sentidos del término simulacro. De acuerdo a esta clasificación, correspondería
al tercer sentido: “Por último, toda la existencia semiótica recibe el estatuto del
‘simulacro’, porque la primera captación sensible susceptible de ser manifestada
en el discurso, la ‘captación estética’, es la del ‘aparecer’, es decir la del surgi-
miento del parecer a partir de una imperfección del ser. Imperfección, desilusión,
ausencia o simulacro, la existencia semiótica no es sensible si no es sobre el fondo
de la negatividad” (1993-1994: 105).
178 Adrián Bertorello

realidad extralingüística, esto es, como referente. Aquello que


está por fuera de los límites epistemológicos de la semiótica es
el referente, una entidad a la que se la puede identificar espa-
ciotemporalmente. La ontología es la disciplina que se ocupa de
la referencia.
En el siguiente trabajo pretendo mostrar que es posible otra
manera de concebir la ontología que no entra en contradicción
con el principio de inmanencia de la semiótica. Una ontología
que no es la reintroducción de la existencia transcendente sino que,
por el contrario, se mueve dentro del espacio de inmanencia y de
este modo permite reflexionar sobre la emergencia del espacio
de sentido. Me refiero al modo como Heidegger concibe la on-
tología. Tomaré como hilo conductor de la exposición la noción
diferencia ontológica. Antes de referirme a este concepto en el
pensamiento de Heidegger, primero propondré una lectura de la
parte epistemológica de La semiótica de las pasiones en la que
se advierte cómo opera dicho concepto.

2. Inmanencia y diferencia en Semiótica de las pasiones

La teoría de las pasiones se articula en tres etapas: la tensividad


fórica, el nivel semionarrativo de los dispositivos modales y la
sintaxis intermodal, y, por último, el nivel discursivo de las dis-
posiciones modales y la aspectualización (Greimas y Fontanille,
2002: 69-70). La reflexión sobre la posibilidad de establecer en
el seno mismo de la semiótica el concepto diferencia ontológica
se ciñe tan sólo a un aspecto de la teoría, a saber, a la homoge-
neización corporal operada por medio de la tensividad fórica.
En este nivel la teoría se mueve en lo que Greimas y Fontanille
describen como las precondiciones de la significación. Éstas se
organizan en torno a las nociones protensividad y fiducia (Grei-
mas y Fontanille, 2002: 72).
La introducción de la instancia del cuerpo dentro del espacio
del sentido tiene como finalidad darle un estatuto definido al
El principio de inmanencia y la diferencia ontológica 179

problema de la frontera que separa el ser y el sentido. Esto se


aprecia claramente en el hecho de que el cuerpo aparece como
una categoría que permite pensar el problema del estatuto para-
dójico de la existencia semiótica. El carácter al mismo tiempo
“real” e “imaginario” del sentido adquiere su condición de po-
sibilidad en el cuerpo. El motivo de ello está en que opera como
mediación universal entre lo exterior (plano de la expresión) y lo
interior (plano del contenido). La mediación no es transparente.
El cuerpo no se limita a ser un espacio transicional neutro. La
dimensión propioceptiva de la corporalidad tamiza, perfuma
con su sensibilidad el tránsito del ser al sentido. El concepto
de homogeneización da cuenta de la mediación corporal entre
órdenes que son heterogéneos, a saber, la cosa, el mundo, la
naturaleza, el ser, por un lado, y el sentido, la significación, el
contenido, por el otro:

Ya no hay razón para pensar que el proceso de homogeneización me-


diante el cuerpo —con sus consecuencias tímicas y sensibles— afecta
únicamente a las lenguas naturales, es posible considerar a título de
hipótesis que ese proceso no perdona ningún universo semiótico,
cualquiera que sea su modo de manifestación. De esta manera la
homogeneización de la dimensión semiótica de la existencia se logra
tanto por la suspensión del lazo que conjunta las figuras del mundo
con su “significado” extrasemiótico —es decir, entre otros, con las
“leyes de la naturaleza”, inmanentes al mundo—, como por su puesta
en relación en cuanto significados con diversos modos de articulación
y de representación semióticas. Para el caso, lo que de manera más
notoria les sucede es que las figuras del mundo no pueden “hacer
sentido” más que a acosta de la sensibilización que les impone la
mediación del cuerpo (Greimas y Fontanille, 2002: 13-14).

En este texto aparece claramente formulado el problema de


la diferencia entre órdenes diversos y su posible vinculación. Es
muy interesante la formulación del problema. Se habla de una
“suspensión del lazo” y de una “puesta en relación con diversos
modos de articulación y representación semiótica”. El cuerpo
como mediación y homogeneización de lo exterior y lo interior
180 Adrián Bertorello

opera claramente una reducción y donación fenomenológicas.


La suspensión del lazo tiene el sentido de la reducción, de aquel
principio metodológico fundamental de la fenomenología por
el que queda elidido el carácter trascendente del ser. Lo que se
suspende es el estatuto de realidad de la referencia, el mundo
como existente. Como resultado de esta suspensión se accede
a un dominio de manifestación en el que lo que se dona es la
articulación semiótica del mundo. La reducción permite acceder
a la instancia inmanente del sentido. La suspensión y puesta en
relación marca el pasaje de una actitud ingenua del vínculo entre
ser y sentido a una mirada crítico-semiótica.
La mediación del cuerpo abre un espacio semántico autónomo
que se organiza en torno a la tensividad de la percepción y a la
foria de la sensibilidad (Fontanille, 1993-1994: 100 y ss.). Sin
entrar en todos los detalles del sentido de estos términos, sólo
me detendré en que la tensividad y la foria no son cosas diversas,
sino que constituyen un dominio común denominado tensividad
fórica. Este dominio es el que se presenta como las precondicio-
nes de la significación. Mientras que la articulación significativa
es del orden del conocimiento, la tensividad fórica es del
orden de la sensibilidad pasional. La diferencia entre sentir y
conocer radica en que el sentir es uno de los registros de lo
continuo, mientras que toda categoría cognoscitiva pertenece
al registro de lo discreto. Lo que me gustaría destacar de esta
diferenciación es que la continuidad semántica específica
de la tensividad fórica es un simulacro de una determinada
concepción de la vida. El espacio continuo del sentido que
el cuerpo abre como tensividad fórica da lugar a una posible
concepción del ser (de la vida) que está más allá del estricto
marco epistemológico de la semiótica. Greimas y Fontanille
son muy cautos a la hora de precisar el estatuto de la masa
tímica característica de la tensividad fórica: “Situar la pasión
en un más allá del surgimiento de la significación, anterior a
toda articulación semiótica, bajo la forma de un puro ‘sentir’
sería como captar el grado cero de lo vital, captar el parecer
El principio de inmanencia y la diferencia ontológica 181

mínimo del ‘ser’ que constituye su velo óntico” (Greimas y


Fontanille, 2002: 22).
El grado cero de lo vital se alcanza mediante la estrategia
metodológica del simulacro, del “como si”. Tomando en cuenta
lo que señalé más arriba sobre la reducción, aventurarse a salir
de ese simulacro sería algo así como volver a una actitud anterior
a la suspensión del carácter trascendente del ser. Ciertamente
que no hay tal salto metodológico. No obstante, se observa en
Semiótica de las pasiones una genuina interrogación sobre el
horizonte óntico excluido por principio del análisis semiótico.
A propósito del carácter estrictamente ontológico del simulacro
de la vida, que se sospecha en la masa semántica inherente a la
sensibilidad, los autores exploran tentativamente dos considera-
ciones filosóficas distintas: la vida concebida como una “estruc-
tura de atracciones y repulsiones”3 y la vida como una unidad
indiferenciada tal como la pensaban los presocráticos (Greimas
y Fontanille, 2002: 22).
Así, entonces, el problema de la diferencia entre el horizonte
óntico y el horizonte de sentido queda resuelta por la mediación
del cuerpo y por la decisión metodológica de considerar todo
punto de vista exterior al espacio del sentido como un simulacro
que se da en el interior mismo de ese espacio, pero que “parece”
decir el ser. A esta manera de concebir la diferencia, se añade
otra que no se sitúa en la mediación de lo exterior y lo interior,
sino que se instala en la diferencia entre lo continuo y lo dis-
creto. Me refiero a la diferencia entre la valencia y el valor. El
siguiente pasaje ilustra claramente la diferencia de nivel que hay
entre estos términos:

Conciliar esas dos acepciones4 permite forjar el concepto de objeto


de valor: un objeto que da un “sentido” (una orientación axiológica)

3
Esta concepción procede de Hume (Fontanille, 1993-1994: 85 y ss.; Parret,
1995: 50-51).
4
Se refiere a la noción de valor como lo que depende de un proyecto de vida
y como diferencia, tal como la define Saussure.
182 Adrián Bertorello

a un proyecto de vida y un objeto que encuentra su significación en


la diferencia, por oposición a los objetos. De hecho, la aparición del
objeto de valor depende de lo que le suceda a las valencias. La valencia
es una “sombra” que suscita el “presentimiento” del valor (Greimas
y Fontanille, 2002: 42).

Del mismo modo que para acceder a la existencia semiótica


es necesaria una reducción que permita suspender el carácter
trascendente del ser, así también sucede en el espacio del sentido
con respecto a la relación entre el objeto de valor y la valencia.
Se podría decir que la valencia es aquello que hace aparecer el
objeto de valor. Hay una trayectoria que va del valor a la valen-
cia cuyo sentido es el de una reducción fenomenológica. Que la
valencia sea caracterizada como intencionalidad5 muestra cla-
ramente la diferencia de nivel que hay entre ambos conceptos:
el objeto de valor se muestra como tal en la medida en que su
sentido se da previamente en el plano de la valencia. Por ello,
todo valor presupone6 una valencia.
El concepto de valencia en Semiótica de las pasiones se forma
a partir de una metáfora química y un sentido antropológico. La
5
Greimas y Fontanille (2002: 25) describen la valencia como una intencio-
nalidad que se caracteriza por ser un metaquerer y un metasaber. La condición
“meta” de la valencia no sólo muestra la diferencia de nivel, sino que el querer
y el saber propio del sujeto narrativo tiene su condición de posibilidad en una
instancia anterior a ellos. En esta instancia es donde surge la valoración que hace
que el objeto sea valioso para el sujeto.
6
Esta reducción por la que un objeto valioso se muestra como tal cuando per-
tenece a un plano intencional previo a partir del cual adquiere su sentido pleno, es
decir, a partir del cual adquiere su valoración, aparece ejemplificada en el texto de
Camus, La caída. Greimas y Fontanille (2002: 27) proponen la siguiente lectura
de este texto en donde se ve claramente la relación de presuposición que hay entre
ambos niveles: “Llanura indefinida, lejanías perdidas, ausencia de toda referencia
topográfica y temporal, desaparición de todas las diferencias figurativas, todo
se pierde en una duración estancada: he ahí el fin de toda valencia y a fortiori
de los sistemas de valor articulados que podrían emerger. Todo sucede como si,
para ofrecerse a la lectura de una manera clara y con alguna fuerza icónica, los
componentes figurativos de la puesta en discurso presupusieran, precisamente
ese nivel en el que la protensividad enfrenta las valencias en el momento de la
escisión actancial”.
El principio de inmanencia y la diferencia ontológica 183

valencia es similar a una estructura molecular, razón por la cual,


expresa una concepción reticular o textual de la intencionalidad.
El aspecto químico de la valencia es aquello que, independiente
de los valores de los objetos, está a asociado a ellos y, por ejem-
plo, posibilita su intercambio. El sentido antropológico de la
valencia es una explicación de la metáfora química. En efecto,
esto que es independiente de los objetos es el presentimiento del
sujeto protensivo que instaura un campo potencial de atracciones
y repulsiones que se asocian a un objeto.7
A modo de síntesis, es admisible decir que la diferencia de
espacios heterogéneos no sólo describe lo que podría llamarse la
periferia de la teoría semiótica sino también su propio interior.
El cuerpo se sitúa en el límite que separa lo semiótico de lo
alosemiótico. Mediante una reducción excluye toda posición de
trascendencia y se revela, de esta manera, como la mediación
o espacio transicional entre el mundo y el sentido. La valencia,
por su parte, se sitúa en el interior mismo del espacio semántico,
en aquel lugar donde se diferencian lo continuo y lo discreto. La
valencia, concebida como una red previa de atracciones y repul-
siones, crea las condiciones de aparición de los objetos de valor.

7
La concepción de la valencia como fiducia expresa que este nivel previo
al objeto del valor es el lugar de la creencia. Se podría decir que la fiducia es el
acto de confianza, de credibilidad básico que posibilita que los actantes puedan
comportarse axiológicamente respecto de los objetos: “En este ejemplo [se refiere
a La caída de Camus] parece claro que las valencias, que en su conjunto consti-
tuyen lo que hemos llamado la fiducia, proporcionan al mundo de los objetos su
armazón, sin la cual no pueden recibir un valor” (Greimas y Fontanille, 2002: 27).
En su artículo “Epistemología de las pasiones” Fontanille presenta una versión
más precisa de la relación entre fiducia, valencia y valor, que despeja ciertas
ambigüedades de Semiótica de las pasiones. La fiducia es una proyección de la
intencionalidad concebida como imperfección. Constituye la credibilidad fun-
damental que oficia de condición de posibilidad del valor. La fiducia se articula
en dos valencias. Una valencia subjetiva (el tempo, la cadencia, la escansión, y
la pulsación) y otra valencia objetiva (organizaciones merológicas) (Fontanille,
1993-1994: 87-89). Lo importante, a mi juicio, es que tanto en la exposición de
Semiótica de las pasiones como en el artículo de Fontanille se distinguen dos
planos en el que uno es condición de posibilidad del otro.
184 Adrián Bertorello

Inmanencia y diferencia ontológica

En el primer punto de este trabajo quedó claro que el principio


semiótico de inmanencia excluye toda consideración ontológica
que indague sobre el ser concebido como el referente, o sea,
como la realidad extradiscursiva. En este último apartado del
trabajo me detendré en mostrar que el establecimiento de un
espacio diferencial en el seno mismo de la teoría semiótica, tal
como lo expuse en el punto anterior, puede ser interpretado de
acuerdo al concepto heideggeriano de diferencia ontológica. Esta
interpretación no pretende violentar la decisión epistemológica
de la semiótica de mantenerse en el espacio del sentido, sino que,
por el contrario, intenta hacer inteligible la noción de diferencia
a partir de una concepción de la ontología que se ve a sí misma
como una indagación sobre las condiciones últimas de la inteli-
gibilidad y que, para ello, se mueve en el “entre” (zwischen) de
la cosa y el sentido.
En el punto anterior la diferencia apareció como la distin-
ción entre espacios heterogéneos en el registro de lo exterior y
lo interior y en el registro de lo continuo y lo discontinuo. El
“entre” que mediatiza entre ambos dominios es el cuerpo. La
percepción y los afectos son justamente aquellas dimensiones
de la corporalidad que establecen la mediación en cada uno de
los registros recién mencionados.8

8
La percepción en la mediación entre lo exterior y lo interior; la pasión en
la mediación entre lo continuo y lo discreto. Greimas y Fontanille asumen la dis-
tinción proveniente de Merleau Ponty entre el cuerpo y la carne para dar cuenta
de esta doble mediación: “Mientras que en la percepción, el cuerpo humano
tenía el papel de instancia de mediación —es decir, era el lugar de transacción
entre lo externo y lo interoceptivo e instauraba un espacio semiótico tensivo
pero homogéneo, ahora es la carne viva, la propioceptividad ‘salvaje’ la que se
manifiesta y reclama sus derechos en tanto ‘sentir’ global. Ya no es más el mundo
natural el que adviene al sujeto, sino el sujeto quien se proclama dueño y señor
del mundo, su significado, y lo reorganiza figurativamente a su manera” (Greimas
y Fontanille, 2002: 18).
El principio de inmanencia y la diferencia ontológica 185

Antes de tematizar conceptualmente la diferencia como dife-


rencia ontológica, es necesario hacer una serie de consideracio-
nes a fin de mostrar el alcance y los límites de esta interpretación.
El “entre” que mediatiza entre lo exterior y lo interior, lo
continuo y lo discreto en la ontología heideggeriana no es el
cuerpo, sino la instancia enunciativa del Dasein (Bertorello,
2008). Ciertamente que dicha instancia cumple la misma función
semiótica que el cuerpo, pues reúne los planos heterogéneos de
la expresión y del contenido,9 pero no hay en Heidegger una re-
flexión sistemática sobre el cuerpo. En la lección del semestre de
9
Esta afirmación debe interpretarse en el mismo sentido que Fontanille
expone en Semiótica del discurso. El cuerpo como la instancia de donde surge la
significación es un mecanismo de frontera que reúne a partir de sí dos macrosemió-
ticas: la semiótica de la lengua natural a partir del dominio de la interoceptividad y
la semiótica del mundo natural a partir del dominio de la exteroceptividad (Fonta-
nille, 2006: 35). La interoceptividad como plano del contenido, exteroceptividad
como plano de la expresión, y el cuerpo propio como mediación significativa
entre ambos dominios adquieren la siguiente fisonomía en el pensamiento de
Heidegger: lo propioceptivo corresponde a lo que Heidegger denomina el ser del
Dasein, es decir, a la existencia concebida como un relacionarse consigo mismo
(Verhalten zu sich). El plano del contenido corresponde al concepto de mundo
como una determinación constitutiva del Dasein que se caracteriza por ser una
totalidad de significaciones. En clave heideggeriana, a este plano del contenido
se le puede llamar una semiótica de la lengua natural, en la medida en que sobre
las significaciones del mundo se edifican las lenguas. Heidegger lo dice de una
manera muy gráfica: a las significaciones les brotan las palabras (Heidegger,
1986: 161). Por su parte, el plano de la expresión como una semiótica del mundo
natural, es decir, como los conjuntos significantes sensibles que vehiculizan el
contenido no está desarrollado explícitamente en Heidegger. La ausencia de un
desarrollo de una semiótica del mundo natural se debe a la primacía que tiene
para la fenomenología hermenéutica el contenido frente a la expresión. Los
momentos sensibles son animados, vivificados por el mundo. Esta primacía se
deja ver claramente en el siguiente texto: “No sucede de modo tal que primero
existan sonidos de palabras (Wortlaute) y que luego con el tiempo estos sonidos
de palabras fueran pertrechados (versehen) con significados, sino sucede al revés,
lo primero es el Ser en el mundo, i. e., la comprensión que se ocupa y el ser en
un contexto de significación (Bedeutungszusammenhang), a cuyas significaciones
les brotan a partir del Dasein mismo la locución (Verlautbarung), los sonidos y
la comunicación fonética (lautliche Mitteilung). Los sonidos no reciben signifi-
cación, sino al revés, las significaciones son expresadas en sonidos” (Heidegger,
1994: 287).
186 Adrián Bertorello

verano de 1925, Prolegomena zur Geschichte des Zeitsbegriffs,


hay una breve alusión a la función mediadora de la corporalidad.
El marco donde aparece esa alusión es el análisis de dos teorías
sobre el origen del lenguaje que sostienen que el lenguaje nace, o
bien de los meros sonidos de la afectividad (blosse Affecktlaute),
como por ejemplo, los sonidos de dolor, angustia, o temor, o bien
por imitación (Nachahmungslaute) o copia fonética (lautliches
Abmalen) de una realidad que está dada previamente. Heidegger
rechaza ambas teorías. El lenguaje se origina, en realidad, a
partir de la mediación de un Dasein que está codeterminado por
un cuerpo humano (Leiblichkeit).10

10
La noción de cuerpo humano como origen de la reunión del plano del conte-
nido y el plano de la expresión es sólo una sugerencia de este pasaje: “en la medida
en que todo discurso y todo hablar es un enunciarse sobre algo [sich Aussprechen
über etwas] el sonido afectivo y la imitación fonética están ya en la unidad de
todo discurso, esto significa que ambos, sonido afectivo e imitación fonética sólo
llegan a ser comprendidos de tal manera que en ellos se comprende fonéticamente
el Dasein específico que está codeterminado por el cuerpo humano [Leiblichkeit]”
(Heidegger, 1994, 288). La idea de esta cita es que el lenguaje presupone una
instancia de la enunciación que Heidegger llama técnicamente Dasein. El Dasein
se refiere siempre comprensoramente a sí mismo y a algo distingo de sí mismo.
Esta instancia es corporal, aunque no quede claro en el texto qué se entiende por
cuerpo humano (Leiblichkeit). En los Seminarios de Zollikon, que Heidegger
dictó entre los años 1959-1969, desarrolla con mayor extensión qué entiende
por cuerpo humano. Lo más interesante de estos seminarios es la distinción
entre el cuerpo humano y cuerpo orgánico (Körper). El criterio de esta dis-
tinción es de índole epistemológica (Heidegger, 2006: 122): el cuerpo humano
da cuenta de una experiencia preobjetiva, anterior a toda consideración científica
calculadora. La corporalidad es un mecanismo de frontera muy semejante al que
Fontanille describe en Semiótica del discurso (Fontanille, 2006: 34-35). Cito, a
continuación, dos breves pasajes de los seminarios de Zollikon donde aparece
el carácter fronterizo del cuerpo humano y el vínculo con el problema del len-
guaje. Respecto de que la instancia corporal es un desplazamiento de la frontera
del cuerpo, dice Heidegger: “La frontera del corporar humano [Leibens] […] es
la del horizonte del ser, en la que yo me domicilio [aufenhalten]. Por ello la
frontera del corporar humano [Leiben] cambia permanentemente por medio del
cambio de la amplitud de mi estancia [Aufenhalten]” (Heidegger, 2006: 113).
A propósito de la relación entre cuerpo y lenguaje afirma: “escuchar y hablar
pertenecen en totalidad al lenguaje. Escuchar y hablar y con ello el lenguaje es
siempre también un fenómeno del cuerpo humano (Heidegger, 2006: 126).
El principio de inmanencia y la diferencia ontológica 187

La mediación del Dasein entre lo exterior y lo interior no


debe entenderse en el sentido psicológico de la relación entre una
esfera psíquica inmanente y una realidad natural trascendente.
El Dasein no es una instancia antropológica, sino un dispositi-
vo semiótico que media entre el espacio del sentido y aquello
que puede ser calificado como lo alosemiótico. Esta primera
consideración de la diferencia es la que está más desarrollada
en Heidegger. En cambio, sólo hay unas pocas indicaciones en
su obra sobre la mediación entre lo continuo y lo discreto. Jus-
tamente por ello haré una breve alusión al primer sentido de la
diferencia como diferencia ontológica. En cambio voy a demo-
rarme un poco más en la determinación de la diferencia entre
lo continuo y lo discreto.
La diferencia ontológica es una noción que admite una for-
mulación muy concisa: el ser no es el ente. En Sein und Zeit esta
afirmación aparece claramente dicha en el siguiente texto: “El
ser es lo que determina al ente en cuanto ente, aquello respecto
de lo cual [woraufhin] el ente, sea cual fuere el modo en que se
lo considere, es en cada caso siempre ya comprendido. El ser del
ente no es él mismo un ente” (Heidegger, 1986: 6) [destacado
en el original].
En este breve pasaje, Heidegger expone qué entiende por ser.
Negativamente el ser no debe confundirse con ningún tipo de
ente. Dentro de esta categoría se incluye lo que la lingüística
llama referente. En este sentido, el ser no es algo realmente exis-
tente en las coordenadas espacio-temporales, algo al que se lo
puede identificar mediante la deixis ad oculos. Por este motivo el
ser no corresponde a lo que Greimas y Fontanille denominan en
Semiótica de las pasiones como horizonte óntico. Sin embargo,
en la cita el ser es caracterizado positivamente como el horizonte
de inteligibilidad del ente, como aquella orientación respecto de
la cual un ente cobra sentido. Si bien en Sein und Zeit el término
sentido (Sinn) tiene una significación muy precisa que difiere
en parte del uso de este término en semiótica, la noción de ser
coincide con la concepción del sentido como una direccionalidad
188 Adrián Bertorello

o tensión respecto de la cual algo se orienta (Fontanille, 2006:


23-24). De allí es que se pueda afirmar que una ontología que se
edifica a partir de esta concepción del ser como sentido no sólo
se mantiene dentro del principio semiótico de inmanencia, sino
también que tematiza explícitamente el problema de la diferencia
entre la cosa y el espacio semántico. Ello puede apreciarse en
una de las pocas alusiones al tema de la sensibilidad en Sein und
Zeit. Para Heidegger el ser no puede ser percibido porque no es
del orden de la afección (Heidegger, 1986: 94). La percepción
sensible sólo nos pone ante los entes. El ser es un horizonte, un
marco de inteligibilidad, un espacio de sentido que el Dasein
humano abre y que fundamentalmente está presupuesto en todo
vínculo intencional perceptivo con los entes. Así, entonces, se
sostiene que la percepción nos pone ante la presencia de un ente
que nos afecta, pero cuyo sentido no está en él, razón por la cual
el trasfondo de ella es la diferencia ontológica entre espacios he-
terogéneos: el ente y el ser.11 En la medida en que es el Dasein el
que abre el horizonte de ser, se concluye que esta instancia es
el “entre”,12 la mediación, el eje de coordenadas deíctico y modal
en el que se presentan y se distinguen las cosas.
Una vez expuesto el sentido de la diferencia ontológica y su
vínculo con el principio semiótico de inmanencia, resta tratar
la diferencia entre lo continuo y lo discreto. Como señalé más
arriba, Heidegger no hizo una elaboración explícita de este tema.
Por ello, es necesario un tratamiento más detenido del problema.

11
Heidegger analiza a fondo el vínculo entre percepción y diferencia onto-
lógica en la lección del semestre de verano de 1927, Grundprobleme der Phä-
nomenologie. Aquí muestra cómo la tesis de Kant sobre el ser, tesis en la que
la percepción tiene un papel fundamental, presupone la diferencia ontológica.
Es muy importante este análisis ya que si la percepción es concebida como una
relación intencional, hay para Heidegger una instancia anterior a ella, a saber, la
apertura del ser, que Heidegger llama la trascendencia. La trascendencia como
un sobrepasar el ente que fundamenta todo vínculo con él (Heidegger, 1989: 100
y ss.)
12
Para un tratamiento temático del concepto entre en Heidegger (Cioflec,
2012).
El principio de inmanencia y la diferencia ontológica 189

La diferencia entre lo continuo y lo discreto se funda en la


ausencia o presencia de articulación. Un régimen discontinuo
carece de una articulación que permita distinguir momentos
discretos. En cambio, un régimen discreto se caracteriza justa-
mente porque tiene unidades diferenciables y articuladas entre
sí. Es evidente que en Sein und Zeit el mundo pertenece al orden
de lo discreto. En efecto, para Heidegger el mundo no designa la
totalidad de las cosas, ni un espacio geográfico que sería el con-
tinente universal de todo ente. El mundo es una determinación
exclusiva del ser del hombre. Heidegger lo describe como una
totalidad de significaciones articuladas de acuerdo a la lógica de
la acción humana. El mundo es una armazón a priori de signifi-
caciones que pueden ser identificadas como unidades discretas
diferenciables, a saber, el “por mor del que” (Worumwillen), el
“para algo” (Um-zu), el “para qué” (Dazu), “en algo dejar ser en
condición respectiva” (Wobei des Bewendenlassens) y el “con
qué de la condición respectiva” (Womit der Bewandtnis) (Hei-
degger, 1986: 87). A esta totalidad la denomina significatividad
(Bedeutsamkeit). La significativad es la condición de posibilidad
de todo trato comprensor con los entes. Los entes significan en
la medida en que pueden insertarse en esta trama de significa-
ciones.
En Sein und Zeit el mundo es una instancia irrebasable, ya que
es imposible ir más allá de él. No hay algo previo a la articulación
de la significatividad. Sin embargo, en la lección del semestre
por emergencia bélica del año 1919, die Idee der Philosophie und
der Weltanschauung, Heidegger menciona una instancia previa a
la articulación significativa que denomina como lo premundano
(das Vorweltliche).
Para finalizar este trabajo, expondré los rasgos con los que el
joven Heidegger caracteriza lo premundano y su diferencia con
el mundo. Estos se pueden organizar en los siguientes ejes: a) lo
premundano es la precondición de mundo, y b) lo premundano
es una instancia del orden de la fuerza y la tensión. Enseguida
distinguiré cada uno de estos ejes.
190 Adrián Bertorello

El vínculo entre el mundo y lo premundano asume varias


aristas. La primera y la más evidente es el carácter previo de uno
respecto del otro. Lo premundano “aún no” (noch nicht) es lo
mundano (Heidegger, 1999: 115). El “aún no” expresa positiva-
mente desde el punto de vista modal “la más alta potencialidad
de la vida” (die höchste Potentialität des Lebens) (Heidegger,
1999: 115). En la medida en que lo premundano se sitúa como
una pura potencialidad, en la medida en que pertenece al pla-
no de lo vivenciable en absoluto (Erlebbares überhaupt), se
vincula con el mundo como una precondición. El sentido de
esta precondición es el de un recorrido que va de lo potencial
a lo actual. El pasaje de uno a otro puede ser descrito como el
que va de lo continuo a lo discreto. Heidegger se refiere a ello
cuando caracteriza negativamente a lo premundano como “la
indiferencia que está en el algo en absoluto13 con respecto a todo
genuino carácter de mundo (Welthaftigkeit) y particularmente a
diferencia de todo tipo de objeto” (Heidegger, 1999: 115). En un
pasaje de los apuntes de Franz Joseph Brecht aparece la misma
idea: “[El algo fenomenológico] se extiende hacia la esfera de la
vida en la que aún no está nada diferenciado, aún no hay nada
mundano” (Heidegger, 1999: 218). Así, entonces, se destaca
claramente que lo premundano es una totalidad indiferenciada.
Esta ausencia de diferencia quiere decir concretamente que lo
premundano carece de la articulación significativa (Bedeutung)
que estructura el mundo. Por ello es admisible suponer que lo
premundano es un continuum indiferenciado que lleva en sí la
potencialidad de articularse en un mundo.
Si bien lo premundano no es del orden del significado, no
quiere decir que sea una instancia caótica que está por fuera de
toda mediación semántica. Heidegger la concibe, por el contra-
rio, como un protosentido (Ursinn) (Heidegger, 1999: 218). El
concepto de sentido aplicado a lo premundano da cuenta de que
13
El algo absoluto (Etwas überhaupt) o algo fenomenológico (das phänome-
nologische Etwas) son expresiones con las que Heidegger también describe lo
premundano.
El principio de inmanencia y la diferencia ontológica 191

la vida humana lleva en sí una direccionalidad, una orientación


al mundo. Esta referencia presignificativa es la condición de la
intencionalidad “en él (en lo premundano) está, sin embargo, el
momento del ‘hacia’, de la ‘dirección a’, del ‘hacia un mundo
determinado’” (Heidegger, 1999: 115).
Una vez caracterizado lo premundano como una condición
semántica previa a la articulación significativa del mundo cuyo
estatuto modal es la potencialidad, el próximo grupo de rasgos
que aparecen son el de fuerza y tensión. El continuum de sentido
no describe una instancia inerte. La direccionalidad de lo pre-
mundano hacia el mundo es del orden de la fuerza. Heidegger la
denomina como el “no debilitado impulso vital” (Lebensschwun-
gkraft). La intensidad de esta fuerza se advierte no sólo en la
expresión “no debilitado” (ungeschwächt), sino también en el
hecho de que para Heidegger se accede a esta intencionalidad
originaria de la vida cuando nos deslizamos de un mundo a otro
o en situaciones de intensidad vital (in Momenten besonders
intensiven Lebens). Esa idea de la intensidad como rasgo des-
criptivo de lo premundano aparece reforzada cuando Heidegger
afirma que la intencionalidad originaria del algo originario rara
vez se accede en aquellas vivencias que están fijadas a un mundo
y que, por lo tanto, no permiten “alcanzar una intensidad vital
elevada hasta el máximo” (eine höchst gesteigerte Lebensinten-
sität) (Heidegger, 1999: 115).
La fuerza y la tensión son dos rasgos semánticos que pertene-
cen al orden de lo continuo. No sólo lo premundano es continuo
en la medida en que carece de articulación significativa, sino
también desde el punto de vista de una polarización gradiente
(Fontanille, 2006: 24). Desde el punto de vista de la carencia de
articulación significativa lo premundano aparece como aquello
que carece de diferencias. Si bien resulta de una lectura retros-
pectiva que mira la lección de 1919 desde la perspectiva de Sein
und Zeit, el sentido de esta última afirmación quiere decir que
lo premundano no se reticula en un plexo de significaciones.
En cambio, desde el punto de vista de la polarización gradiente
192 Adrián Bertorello

propia de las nociones de fuerza y tensión, lo continuo no alude


a la ausencia de diferencia. Ya la expresión “intensidad vital
elevada hasta el máximo” establece una escala gradual en la que
surgen diferencias de intensidad. Lo continuo diferenciado ya
no alude a la ausencia de unidades discretas articuladoras, sino
que expresa una polarización gradiente.
La ausencia de articulación significativa, la continuidad
gradiente de la intensidad y la fuerza, como así también la pre-
cedencia de lo continuo y tensivo frente a lo discreto son algunos
de los rasgos con los que la semiótica caracteriza la dimensión
afectiva del sentido. Si bien en el texto de 1919 no hay una refe-
rencia explícita al carácter afectivo de lo premundano, se infiere
esta pertenencia a partir de los rasgos descriptivos del mismo.
Ciertamente que esta inferencia no se formula sólo a partir
de los elementos textuales. Es necesario utilizar como criterio de
lectura algunas nociones de la semiótica para poder sacar a
la luz el componente pasional de lo premundano.
La estrategia de lectura que guio el trabajo intentó mostrar un
camino posible para un acercamiento entre semiótica y ontología
fenomenológica. La localización del tema de la diferencia onto-
lógica en el seno mismo de las consideraciones epistemológicas
de Semiótica de las pasiones como asimismo el análisis de la
presencia de una genuina reflexión sobre las precondiciones de
la significación en el joven Heidegger fue un primer avance en
esa dirección.

Referencias

bertorello, Adrián (2008). El límite del lenguaje. La filosofía de


Heidegger como teoría de la enunciación. Buenos Aires: Biblos.
Cioflec, Eveline (2012). Der Begriff des “Zwischen” bei Martin Hei-
degger: Eine Erörterung ausge-hend von Sein und Zeit, Freiburg-
München, Alber.
El principio de inmanencia y la diferencia ontológica 193

Fontanille, Jacques (j1993-1994). “La epistemología de las pasiones”,


en Revista Morphé, núms. 9-10, Puebla: UAP.
­_ __________ (2006). Semiótica de las pasiones. Lima: Fondo Edi-
torial de la Universidad de Lima.
Greimas, Algirdas Julien y Fontanille, Jacques (2002). Semiótica
de las pasiones. De los estados de cosas a los estados de ánimo.
México: Siglo XXI.
Heidegger, Martin (1986). Sein und Zeit. Tübingen: Max Niemeyer.
___________ (1989). Die Grundprobleme der Phänomenologie.
Frankfurt am Main: Vittorio Klostermann.
___________ (1994). Prolegomena zur Geschichte des Zeitbegriffs.
Frankfurt am Main: Vittorio Klostermann.
___________ (1999). Zur Bestimmung der Philosophie. Frankfurt
am Main: Vittorio Klostermann.
___________ (2006). Zollikoner Seminare. Frankfurt am Main:
Vittorio Klostermann.
Parret, Herman (1995). Las pasiones. Ensayo sobre la puesta en
discurso de la subjetividad. Buenos Aires: Edicial.
Zilberberg, Claude (2006). Semiótica tensiva. Lima: Fondo Editorial
de la Universidad de Lima.
¿Un par incierto? 195

La inmanencia en cuestión.
Tópicos del Seminario, 31.
Enero-junio 2014, pp. 195-208.

¿Un par incierto?

Claude Zilberberg
CNRS

Estamos a merced de lo que sucede


en el campo de nuestra percepción.
paul valéry

Traducción de Dominique Bertolotti Thiodat

El campo de la inmanencia

El tema de reflexión propuesto requiere de toda nuestra aten-


ción, ya que es muy probable que sea indecidible. En efecto, la
alternancia que hemos escogido, a saber, inmanencia vs trascen-
dencia está a su vez controlada por una alternancia prioritaria:
¿valor de absoluto o valor de universo? Así, la problemática de
la relación que se tiene que plantear entre la inmanencia y la
trascendencia no es ajena a la cuestión del valor. Pero la aserción
de los valores no es digna de tomarse en cuenta si no postula
una alternancia inaugural que sea plausible. A este respecto,
hemos planteado la distinción entre valores de absoluto y
valores de universo, la cual resulta de la intersección entre la
dimensión de la intensidad y la dimensión de la extensidad.1

1
Claude Zilberberg, La structure tensive, Lieja, Presses Universitaires de
Liège, 2012, pp. 45-54 [Traducción al español de Desiderio Blanco, Universidad
de Lima, en proceso de edición].
196 Claude Zilberberg

Los valores de absoluto son concentrados y tónicos, mientras


que los valores de universo son dispersivos y átonos. A partir
de esta bifurcación elemental, la inmanencia y la trascendencia
pueden ser descritas en los siguientes términos: (i) la inmanencia
resulta de una operación de selección consecuente, la trascen-
dencia de una operación de mezcla; en efecto, según Cassirer,
nuestro guía, lo divino se presenta “como algo que está presente
sólo como un aquí y ahora, en este momento único e inseparable
de lo vivido, para este sujeto único al que invade de su presencia
y mantiene bajo su encanto”;2 (ii) la inmanencia apunta hacia la
unicidad y, en todo caso, hacia la especificidad; la trascendencia
apunta a la universalidad, o, en todo caso, a la trivialidad; (iii) los
rasgos de la inmanencia son exclusivos, los de la trascendencia,
compartidos; (iv) la inmanencia, estando presente, se encuentra
bajo el signo de la suficiencia; ausente, la trascendencia está bajo
el signo de la insuficiencia.

inmanencia trascendencia
↓ ↓

operación → selección mezcla

mira → unicidad universalidad

régimen → exclusividad compartimiento*

affect → suficiencia insuficiencia

2
Ernst Cassirer, Langage et mythe, París, Les Editions de Minuit, 1989, p.
30 [Traducción libre].
*
En el sentido de “acción de compartir” [N. del T.]
¿Un par incierto? 197

Saussure defiende la tesis de la inmanencia de la lengua en


el Curso de lingüística general: “[…] la lengua es un sistema de
puros valores que nada determina fuera del estado momentáneo
de sus términos”.3 Para él, la búsqueda del valor de absoluto,
por un lado, apunta a una dimensión mítica: la pureza; y, por
el otro, rechaza una dimensión que considera como equívoca:
la naturaleza. “Pero ya hemos visto que en lingüística los datos
naturales no tienen puesto alguno”.4
Esta posición es también la de Hjelmslev en el vigésimo pri-
mer capítulo de los Prolegómenos: “Las reglas gramaticales de
una lengua son independientes de toda escala de valores, sean
éticos, lógicos o estéticos; y, en general, una lengua es inde-
pendiente de todo propósito específico.”5 Hjelmslev rechaza las
identificaciones universalmente admitidas: “A priori es evidente
que la concepción tradicional, según la cual el número indica la
cantidad, el género indica el sexo, y el aspecto indica el tiempo,
es un error fundamental”.6
En el estudio de Hjelmslev, titulado Lengua y habla, contem-
poráneo de los Prolegómenos, la ruptura indispensable se da
entre, por una parte, el esquema —precisado “como una forma
pura, definida con independencia de su realización social y
de su manifestación material”—7 y, por otra parte, la norma
y el uso —mientras la norma es calificada como “realización
social”, el uso es considerado como “manifestación material”.
Es evidente que el esquema es responsable de la estipulación de
la inmanencia, mientras que la norma y el uso se hacen cargo
de la estipulación de la trascendencia. Sin embargo, esta división

3
Ferdinand de Saussure, Curso de lingüística general, Buenos Aires, Lo-
sada, 2001, p. 106.
4
Loc. cit.
5
Louis Hjelmslev, Prolegómenos a una teoría del lenguaje, Madrid, Gredos,
Biblioteca Románica Hispánica, 1974, Capítulo xxi, p. 154.
6
Louis Hjelmslev, Ensayos lingüísticos, trad. de Elena Bombín Izquierdo y
Félix Piñero Torre, Madrid, Gredos, 1972, p. 213.
7
Ibid., p. 94.
198 Claude Zilberberg

admite carencias. Así, al examinar la diferencia entre el par arri-


ba/abajo y el par delante/detrás, Hjelmslev remarca:

La diferencia entre delante-detrás y encima-debajo se resume en que


la elección entre delante y detrás está determinada por el lugar ocupa-
do por el espectador: si cambia de lugar respecto a los objetos conside-
rados, lo que estaba delante puede pasar a estar detrás y a la inversa,
mientras que la elección entre encima y debajo no está determinada
por el lugar que ocupe el espectador sino que es independiente.8

De manera semejante, para establecer la “teoría de los mor-


femas”, también se necesita de la subjetividad:

Teniendo en cuenta la jerarquía de las dimensiones y la subversión


de las categorías, es decir categorías en las que las dimensiones
más resistentes son las que comportan el punto de vista objetivo,
y las categorías extensas se transforman en categorías subjetivas, es
decir categorías en las que las dimensiones más resistentes son las
que comportan el punto de vista subjetivo.9

La subjetividad no está vinculada a una extensión: interviene


local y globalmente como en la teoría de los morfemas, tanto así
que el propio Hjelmslev hace la siguiente atenuación:

[...] Sin embargo pienso que se puede decir sin riesgo que no habría
ningún sentido en hablar de realidades que no fueran realidades para
nosotros [...] Hay cierta dosis de creación en toda operación científica,
y el investigador deja sus improntas en el objeto de su investigación.10

Nuestra hipótesis puede ser resumida en estos términos: la


trascendencia es el límite de la inmanencia admitida. Dicho de

8
Louis Hjelmslev, La categoría de los casos, traducción de Félix Piñero
Torre, Madrid, Gredos, 1978, p. 179.
9
Louis Hjelmslev, Ensayos lingüísticos, op cit., p. 214.
10
Louis Hjelmslev, « La structure fondamentale du langage », en Prolégomè-
nes à une théorie du langage, texto publicado a continuación de los Prolegómenos
en la versión francesa, pero no en la española de Gredos [Traducción libre].
¿Un par incierto? 199

otra manera, la trascendencia es el espacio que asume las difi-


cultades no resueltas o mal resueltas en inmanencia. Así, la falta
de dominio de la afectividad confina su rechazo al el espacio
abierto de la trascendencia.

Pertinencia de la trascendencia

La obra de Cassirer permite precisar las condiciones en virtud


de las cuales la inmanencia, o sea el punto de vista inmanente,
puede acoger datos que comúnmente son considerados trascen-
dentes. Es, sobre todo, el caso de la afectividad. Haciendo un
inventario, diremos que estas condiciones son tres: (i) bajo la
denominación de “fenómeno de expresión”, Cassirer otorga al
sentir la importancia que la semiótica narrativa ha atribuido
al hacer:

Pues la realidad que aprehendemos no es nunca en su forma originaria


la realidad de un determinado mundo de cosas que se nos opone, sino
más bien la evidencia de una actividad viva que experimentamos.11

La instancia correlacionada con esta “actividad” es un sujeto


sensible, pero ¿sensible a qué? Sensible a lo que él mide, ya que
nuestros afectos son sobre todo, y quizás solamente, medidas
propioceptivas; ¿mostrar un afecto, no sería acaso indicar su
posición en una escala razonada? Según los términos de la hi-
pótesis tensiva, las dimensiones eminentemente mensurables son
el tempo y la tonicidad; resolver un afecto sería, pues, acceder
a las sub-valencias de tempo y de tonicidad, las que, de manera
autoritaria nos atrapan; (ii) la consideración de la preeminencia
de la afectividad entraña una mutación actancial: el sujeto es,
antes que nada, un sujeto del padecer: “Ella no ‘tiene’ el objeto
sólo cuando se ve dominada por él. Aquí no domina la voluntad
de aprehender el objeto en el sentido de abarcarlo, sino que aquí

11
Ernst Cassirer, La filosofía de las formas simbólicas, t. iii, México, FCE,
1976, p. 93.
200 Claude Zilberberg

el objeto simplemente se apodera de la conciencia”;12 (iii) la


economía de la teoría incorpora una prosodización del sentido
inducida por el brillo de las sub-valencias intensivas de tempo
y de tonicidad:

De ahí que la fórmula mana-tabú pueda señalarse como el fundamento


del mito tan justificada o injustificadamente como pudiera considerar-
se a la interjección como fundamento del lenguaje. Por así decirlo, de
hecho ambos conceptos [el mana y el tabú] son interjecciones primi-
genias de la conciencia mitológica. Ambos carecen todavía de toda
función significativa o representativa, equiparándose a simples soni-
dos que son producto de la excitación de la emotividad mitológica.13

Pero, según nuestra perspectiva, el acercamiento más perti-


nente es el que concierne al acento: “Ninguno de estos dos [el
mana y el tabú] sirven para designar determinadas clases de
objetos, sino que ellos, hasta cierto punto, sólo representan un
peculiar acento que la conciencia mágica y mítica pone en los
objetos”.14 Las categorías del plano de la expresión también son
válidas para el plano del contenido.

Resplandor del acontecimiento

En Mito y lenguaje, Cassirer, siguiendo a Usener, precisa la


condición que hace posible el sobrevenir de la trascendencia:

Cuando la sensación instantánea atribuye a la cosa enfrente de no-


sotros, al estado en el que nos encontramos, a la acción de la fuerza
que nos sorprende, el valor y de cierta manera el acento de lo divino,
entonces el dios del instante es percibido y creado.15

12
Ibid., t. ii, trad. de Armando Morones, México, FCE, 1971, p. 106. Asimis-
mo: “Pues toda vivencia —expresión no significa en principio otro cosa que un
padecer; es más una pasividad que una actividad […]”, en La filosofía de las
formas simbólicas, t. iii, op. cit. p. 95.
13
Ibid., p. 110.
14
Loc. cit.
15
Ernst Cassirer, Langage et mythe, op. cit., p. 29 [Traducción libre].
¿Un par incierto? 201

La dimensión comunicativa no es más que la sorpresa, la


cual puede ser analizada desde el punto de vista semiótico como
una realización no precedida por una actualización. Matriz del
acontecimiento, la sorpresa establece a posteriori la existencia
de un tras-mundo, de una trascendencia que se anula en el tiem-
po mismo en el que se da a conocer: “Hay sorpresa sólo si hay
construcción momentánea”.16 Según Cassirer, la trascendencia
tiene como plano de la expresión el sobrevenir:
Así pues, el único núcleo hasta cierto punto firme de la idea de maná
parece ser la impresión de lo extraordinario, de lo inusitado, de lo
“descomunal”. Aquí lo esencial no es lo que encierra el término, sino
el término mismo, el carácter de descomunal.17

Está claro que esta descripción, centrada en la sorpresa y el


sobrevenir, erige el diferencial de tempo entre el informador y
el observador como condición y garantía del análisis. Convergen-
cia apreciable: el admirable análisis de la sorpresa realizado por
Valéry en los Cuadernos, hace de las sub-valencias intensivas
las forjadoras del sentido: “Lo brusco, lo intenso, lo nuevo son
los nombres de un efecto de propagación más rápida”.18 Estos
análisis convergentes establecen la reciprocidad profunda del
acontecimiento y el discurso y sugieren una semiosis que acoja
dimensiones mayores, tal como se puede ver a continuación:

plano de la expresión plano del contenido


↓ ↓

inmanencia trascendencia

sorpresa divino

16
Paul Valéry, Cahiers, t. i, París, Gallimard, coll. La Pléiade, 1973, p. 900
[Traducción libre].
17
Ernst Cassirer, La filosofía de las formas simbólicas, t. ii, op. cit., p. 110.
18
Paul Valéry, Cuadernos, t. i, op. cit., p. 1045 [Traducción libre].
202 Claude Zilberberg

El condicionamiento concesivo de la metáfora

La problemática de la relación que se debe de formular entre la


trascendencia y la inmanencia no se encuentra en la dependencia
de un plano de la expresión en particular. Aristóteles, al examinar
en la Poética los principios relativos a la “fabricación” de las me-
táforas, precisa, en primer lugar: “[…] porque la buena y bella
metáfora es contemplación de semejanzas”,19 pero en la misma
obra, Aristóteles se muestra más específico cuando describe la
“metáfora por analogía” que es la que prefiere: “O bien: la vejez
se ha [sic] a la vida como la tarde al día; se diría según esto, que
la tarde es la ‘vejez del día’ o que la vejez es ‘la tarde de la vida’,
como lo dice Empédocles, o ‘el ocaso de la vida’”.20 La diferencia
entre la “mañana” y la “tarde” se asemeja a la diferencia entre
la “juventud” y la “vejez”. Sin embargo, los datos clasemáticos
de las dimensiones en cuestión son, para los modernos, consi-
deradas demasiado cercanas. El estupor esperado y reclamado
por el propio Aristóteles no tiene lugar: “Por eso es conveniente
hacer algo extraño al lenguaje; porque se admira lo lejano”.21 Di-
cha sorpresa no ha tenido lugar. Veinticuatro siglos más tarde, la
sorpresa sigue siendo exigida por Ricœur: “Por eso la metáfora
es más incisiva: la atribución directa crea la sorpresa que no
consigue la comparación”.22 Es en este sentido que concebimos,
a título personal, la metáfora como una metáfora-acontecimiento.
La metáfora osada juega sobre la tensión entre la inmanencia
y la trascendencia. Para establecerla, retomaremos los términos
de Montaigne relativos a la educación de los hijos: “Es signo de
crudeza e indigestión el arrojar la carne tal como se ha comido;

19
Aristóteles, Poética, Introducción, versión y notas de Juan David García
Bacca, UNAM, 2000, 1459a, p. 37.
20
Ibid., 1457b, p. 34.
21
Aristóteles, Retórica, 1404b [http://www.philosophia.cl/biblioteca/aristo-
teles/poetica.pdf].
22
Paul Ricœur, La metáfora viva, 2a. ed., Madrid, Ediciones Cristiandad-
Editorial Trotta, 2001 p. 71.
¿Un par incierto? 203

el estómago no hizo su operación si no transforma la sustancia


y la forma de lo que se le diera para nutrirlo”.23 Al adoptar la
lectura preconizada por Aristóteles, en cuanto a la descripción
de las metáforas, aprendemos que la repetición literal de la
lección es a la comprensión lo que lo crudo es a la digestión; lo
cual proporciona dos enunciados inéditos: la comprensión es una
digestión y la digestión es una comprensión. En la inmanencia,
existe una separación de la digestión y de la comprensión; en
la trascendencia, existe una identificación de la digestión y
de la comprensión.
A partir de la lectura del texto de Montaigne, es posible rea-
lizar una catálisis básica: aunque la digestión de un alimento
y la comprensión de un enunciado no tengan nada que ver la
una con la otra, dicha digestión y dicha comprensión están
en una relación de semejanza. En este momento del análisis, la
metáfora pertenece al campo del sin embargo. En otras palabras,
una metáfora bien recibida pertenecería a una relación concesiva.
Si, finalmente, queremos generalizar, la dinámica intensiva de la
metáfora da cuenta de una concesión latente: dicha concesión
inaugura una metáfora, la cual, a su vez, inaugura una tonali-
zación; una divergencia, de la que se hace cargo la concesión,
actualiza la metáfora, ella misma en espera de la apreciable
tonicidad. Y, de hecho, es precisamente a lo inesperado que
Aristóteles, en la Retórica, confía la manifestación de la con-
cesión:

Y los enigmas bien formulados son agradables por lo mismo; por-


que son una enseñanza y se dicen a manera de metáfora. Y lo que
Teodoro llama decir novedades. Sucede esto, cuando ocurre algo
inesperado y, como él dice, no según la opinión que se tenía antes
de ello […].24

23
Michel de Montaigne, Ensayos, I, cap. 25 [http://www.cervantesvirtual.
com/obra-visor/ensayos-de-montaigne--0/html/fef b17e2-82b1-11df-acc7-
002185ce6064_157.html#I_27_].
24
Aristóteles, Retórica, op. cit., p. 201.
204 Claude Zilberberg

Habiéndose dado a conocer un programa [tengo la intención


de salir] éste se enfrenta a un contra-programa de implicación
doxal: [no salgo porque llueve]. De tal manera que, o bien el
sujeto se doblega y renuncia, o bien persiste y concibe, mediante
una concesión subjetal, un contra[contra-programa] adecuado:
[aunque llueva, salgo]. Las condiciones de una tonalización efi-
caz, incluso de una sublimación inmanente, están cumplidas, en
la medida en que es el contra[contra-programa] el que se impone
sobre el contra-programa. Un sujeto según el querer pronto se
convierte en un sujeto según el desafío.

De la “admiración” cartesiana al “desencanto” weberiano

La irrupción de la trascendencia en el plano de inmanencia


también es pertinente para disertar sobre la sucesión ordinaria
de las vivencias. Es así como Descartes hace del sobrevenir y de
la novedad, que el mismo sobrevenir descifra, la condición
de acceso de los valores al campo de presencia:

Cuando nos sorprende el primer encuentro de un objeto, y lo juzgamos


nuevo o muy diferente de lo que conocíamos antes o bien de lo que
suponíamos que debía ser, lo admiramos y nos impresiona fuertemen-
te; y como esto puede ocurrir antes que sepamos de ninguna manera
si este objeto nos es conveniente o no, paréceme que la admiración
es la primera de todas las pasiones.25

Este bello análisis de Descartes formula las razones en virtud


de las cuales el programa “ingenuo” del sujeto se topa necesaria-
mente con un contra-programa inesperado. La “Admiración” se
convierte en el plano de la expresión de una semiosis que tiene
como plano del contenido al transporte, en todas las acepciones
del término, desde una dimensión trascendente del plano de la
trascendencia hacia el plano de la inmanencia.

25
René Descartes, “Orden y enumeración de las pasiones”, Las pasiones del
alma (Art. 53. La admiración), traducción de Consuelo Berges, México, Cona-
culta, 1993, p. 60.
¿Un par incierto? 205

admiración

Intensidad

indiferencia
-

concentración Extensidad difusión

La afectividad no escapa, pues, al análisis, sino todo lo con-


trario. El encuadre de análisis que consideramos es el espacio
tensivo, el cual distribuye lugares interdefinidos. El pensamiento
mítico conjuga la intensificación y la concentración, mientras
que el pensamiento teórico conjuga la decadencia intensiva y
la difusión extensiva. En Mito y lenguaje, Cassirer ve en la
afectividad la condición y la garantía de la elaboración del mito:

Es por esta razón que el sentido de la “metáfora” lingüística y de la


“metáfora” mítica será develado […] sólo si se lo busca en esta con-
densación particular, esta “intensificación” de la intuición sensible
que está en la base de toda puesta en forma, tanto lingüística como
mítica y religiosa.26

Si el pensamiento mítico tiene como principio el creer, el


pensamiento teórico sólo admite el saber. Desde el punto de
vista fiduciario, el creer presenta un acontecimiento inaugural
e infranqueable, mientras que el saber sólo da su confianza a la
demostración y a la experiencia.

26
Ernst Cassirer, Langage et mythe, op. cit., p. 111 [Traducción libre].
206 Claude Zilberberg

fuerte trascendencia

Intensidad

inmanencia

débil

concentrado Extensidad difuso

El acontecimiento no es la única transición entre la trascen-


dencia y la inmanencia. El tenor de la relación entre la tras-
cendencia y la inmanencia interesa al devenir de las creencias.
Siempre provisional, el reparto proyecta, por un lado, el creer
sobre la trascendencia, y, por otro lado, el saber asociado a la
inmanencia. En La ciencia como vocación, Max Weber describe
como sigue el reflujo de la trascendencia en la cultura occidental:

Sin embargo, el salvaje sabe muy bien de qué modo conseguirá el


alimento de todos los días y cuáles son las instituciones a las que
debe recurrir para que le ayuden a ello. Así pues, el progreso de la
“intelectualización” y racionalización no representa un ascendente
conocimiento global, de las condiciones generales de nuestra
vida. El significado es otro: representa el entendimiento o la
creencia de que, en un momento dado, en el momento que se quiera,
es posible llegar a saber, por consiguiente, que no existen poderes
ocultos e imprevisibles alrededor de nuestra existencia; antes bien,
de un modo opuesto, que todo está sujeto a ser dominado mediante el
cálculo y la previsión. Con eso queda al descubierto, sencillamente,
que lo mágico del mundo está excluido. A la inversa del salvaje, el
cual aún cree que tales poderes existen, nosotros no tenemos que
valernos de medios que obren efectos mágicos para controlar a los espíritus
o incitarlos a la piedad.27

27
Max Weber, “La ciencia como vocación”. En El político y el científico.
[http://www.hacer.org/pdf/ WEBWR.pdf].
¿Un par incierto? 207

El aumento de la inmanencia bajo las especies de la “inte-


lectualización” y de la “racionalización” tiene lugar a expensas
de la trascendencia: siendo que “no existen poderes ocultos e
imprevisibles” que logren mantenerse, la inmanencia se convierte
en el espacio desolado del “desencantamiento” contemporáneo.
La posición del “desencantamiento”, en el espacio tensivo, puede
ser representado en el siguiente esquema:

fuerte trascendencia

Intensidad

desencantamiento

débil

reducida Vacuidad extendida

El saber no puede salvar el creer, pues lo corroe. La siguiente


demanda hjelmsleviana: “La [hipótesis] exige que uno defina las
dimensiones mediante las relaciones y no a la inversa”28 está más
que satisfecha, siempre y cuando se admita que los elementos
analizados, las “dimensiones”, den cuenta de la trascendencia,
y que las “relaciones” analizantes pertenezcan al campo de la
inmanencia.

dimensiones relaciones
↓ ↓
trascendencia inmanencia

28
Louis Hjelmslev, Ensayos lingüísticos, op. cit.
208 Claude Zilberberg

Sin embargo, aún nos queda un punto oscuro: ¿de dónde viene
que la búsqueda del saber no tenga fin? Tendría que ver con el
hecho de que hay actualización, emanación de una trascenden-
cia inédita. El secreto se asienta sobre un plano de la expresión
inédito. Tanto es así que el saber y la ignorancia se moverían al
unísono:

El mundo continúa; así como la vida y el espíritu, a causa de la re-


sistencia que nos oponen las cosas difíciles de conocer. Tan pronto
como todo fuera descifrado se evaporaría, y el universo desentrañado
sería tan improbable como un fraude develado o un truco de magia
del que se conoce el secreto.29

29
Paul Valéry, Obras, t. ii, París, Gallimard, coll. La Pléiade, 1960, p. 506
[Traducción libre].
Resúmenes 209

Resúmenes*

La inmanencia: línea de fuga semiótica

Alessandro Zinna

La investigación pone en prospectiva el principio de inmanen-


cia incluyéndolo en una corriente de pensamiento que nació
en Grecia, para llegar después hasta la filosofía de Deleuze. El
estructuralismo de Hjelmslev y la semiótica de Greimas han
justificado las razones para integrar a las ciencias del lenguaje
en esta línea de fuga histórica y teórica.
Al releer los pasajes principales de los Prolegómenos no es
posible hallar ninguna exclusión de la sustancia o de la trascen-
dencia, sino la propuesta de una síntesis en dos tiempos que se
mueve de la forma a la sustancia para distinguir lo inherente
de lo accidental en el fenómeno del lenguaje. Los desarrollos
recientes de la semiótica han permitido incluir lo que parecía
excluido de la hipótesis estructural: el sujeto, la praxis, la expe-
riencia y la realidad fáctica. Con base en estas investigaciones,

*
Agradecemos a Dominique Bertolotti las traducciones al francés de los
resúmenes, y a Clark Gillette y Patricia Groeting por las traducciones al inglés.
210 Resúmenes

las objeciones hechas al principio de inmanencia encuentran su


respuesta en el empirismo trascendental de la filosofía de De-
leuze, capaz de conciliar una semiótica del sujeto con otra del
objeto, una teoría de la ecceidad y de lo singular con la teoría
de las constantes y de lo general sobre un fundamento que se
reclama todavía como inmanente.

Palabras claves: modos de existencia, empirismo trascendental, ma-


nifestación, inmanencia.

L’immanence : ligne de fuite sémiotique

La recherche met en prospective le principe d’immanence en


l’incluant dans un courant de pensée, né en Grèce pour ensuite
parvenir à la philosophie de Deleuze. Le structuralisme de
Hjelmslev et la sémiotique de Greimas ont justifié l’intégration des
sciences du langage à cette ligne de fuite historique et théorique.
En relisant les principaux passages des Prolégomènes, il est
impossible d’y trouver une seule exclusion de la substance ou
de la transcendance, mais, par contre, on y trouve la proposition
d’une synthèse en deux temps qui va de la forme à la substance
pour distinguer dans le phénomène du langage ce qui est inhé-
rent de ce qui est accidentel. Les récents développements de la
sémiotique ont permis d’inclure ce qui semblait exclu de l’hypo-
thèse structurelle : le sujet, la praxis, l’expérience et la réalité
factuelle. À partir de ces recherches, les objections faites au
principe de l’immanence trouvent leur réponse dans l’empirisme
transcendantal de la philosophie de Deleuze, capable de concilier
une sémiotique du sujet et une sémiotique de l’objet, une théorie
de l’eccéité et du singulier avec la théorie des constantes et du
général sur un fondement qui se réclame encore comme étant
immanent.

Mots-clés : modes d’existence, empirisme transcendantal, manifes-


tation, immanence.
Resúmenes 211

Immanence: Semiotic vanishing line

This study provides an outlook into the principle of immanence


by including it in a current of thought that began in Greece and
later led to the philosophy of Deleuze. Hjelmslev’s structuralism
and Greimas’ semiotics have provided the basis for including
the sciences of language along this historical and theoretical
vanishing line.
When rereading the main passages of Prolegomena, we find
no exclusion of substance or transcendence, but rather a proposed
synthesis in two tenses that moves from form to substance to
distinguish what is inherent from what is accidental in the phe-
nomenon of language. Recent developments in semiotics have
permitted the inclusion of that which was seemingly excluded
from the structural hypothesis: subject, praxis, experience and
factual reality. Based on this research, objections raised to the
principle of immanence are countered by the transcendental em-
piricism of Deleuze’s philosophy, which can reconcile semiotics
of the subject with that of the object, a theory of haecceity and
singularity with that of constants and generality on a foundation
that still defines itself as immanent.

Key words: modes of existence, transcendental empiricism, manifes-


tation, immanence.

¿Qué sucede con la inmanencia en la reflexión lingüística y


semiológica de Saussure?

Michel Arrivé

Rara vez Saussure utiliza —¿tal vez jamás?— el término inma-


nencia. Sin embargo, su reflexión se inscribe claramente en un
acercamiento inmanentista, pero de una forma específica. Para
tratar de sopesar el lugar y la función de la inmanencia en la
212 Resúmenes

reflexión saussureana, nos ha parecido útil proceder de manera


comparativa. Después de haber evocado rápidamente una teoría
del lenguaje decididamente no inmanentista (la de Spinoza), se
ha estudiado la reflexión de Hjelmslev, quien reivindica explíci-
tamente el inmanentismo. Es en una constante relación con dicha
reflexión que la de Saussure fue contemplada. Los parentescos
pronto surgen, así como también las divergencias, las cuales
tratan, en su mayoría, sobre el problema de la evolución dia-
crónica de las lenguas. Un indicio revelador de las divergencias
entre Saussure y Hjelmslev es que este último, a diferencia del
primero, no toma en consideración la oposición entre sincronía
y diacronía.

Palabras clave: inmanencia, trascendencia, sincronía, diacronía.

Qu’en est-il de l’immanence dans la réflexion linguistique


et sémiologique de Saussure ?

Saussure utilise rarement —peut-être jamais  ?— le terme im-


manence. Cependant sa réflexion s’inscrit clairement dans une
approche immanentiste. Mais d’une façon spécifique.
Pour essayer de jauger la place et la fonction de l’imma-
nence dans la réflexion saussurienne, il a donc semblé utile de
procéder de façon comparative. Après avoir, très rapidement,
évoqué une théorie du langage résolument non-immanentiste
(celle de Spinoza), on a étudié la réflexion de Hjelmslev, qui
revendique explicitement l’immanentisme. C’est en relation
constante avec cette réflexion qu’a été envisagée celle de Saus-
sure. Les parentés apparaissent vite. Mais aussi les divergences.
Les principales d’entre elles portent sur le problème de l’évolution
diachronique des langues. Un indice non trompeur des diver-
gences entre Saussure et Hjelmslev est l’absence, chez le second,
de l’opposition saussurienne entre synchronie et diachronie.

Mots-clefs : immanence, transcendance, synchronie, diachronie.


Resúmenes 213

Where does the concept of immanence fit in Saussure’s


linguistic and semiological reflection?

Saussure rarely —or perhaps never— uses the term immanen-


ce. Despite this, his reflection clearly falls within an immanen-
tist approach, but in a particular way. In considering the place
and function of immanence in Saussurean reflection, we have
found it useful to use a comparative approach. After a brief
review of a decidedly non-immanentist theory of language
(that of Spinoza), we address Hjelmslev’s theory, which expli-
citly upholds immanentism. It is in constant reference to said
theory that we contemplate Sassure’s. Similarities between
the two soon arise, as do differences, the latter primarily with
regard to the matter of the diachronic evolution of languages.
A revealing indication of the divergence between Saussure
and Hjelmslev is that, unlike the former, the latter does not
take the opposition between synchrony and diachrony into
consideration.

Key words: immanence, transcendence, synchrony, diachrony.

Inmanencia y empirismo. Examen epistemológico de la


teoría del lenguaje de Louis Hjelmslev

Sémir Badir

Si para Hjelmslev la teoría es un sistema deductivo puro, convie-


ne entender cómo una teoría tal puede conciliar con una ciencia
empírica. Los medios de este entendimiento se explicitan bajo la
forma de dos principios: 1) el vínculo entre teoría y conocimien-
to empírico se basa en un principio de adecuación; 2) la teoría
de un conocimiento empírico debe seguir las reglas de buen
gobierno según un principio de empirismo. Presentaremos suce-
sivamente el papel de estos dos principios para finalmente llegar
214 Resúmenes

a un tercero, el principio de inmanencia, sosteniendo el carácter


meramente deductivo de la teoría. La hipótesis aquí planteada
es que estos tres principios forman uno solo, considerado desde
distintos puntos de vista. Para terminar, se propone una breve
comparación del principio de inmanencia con los fundamentos
de la epistemología popperiana.

Palabras clave: inmanencia, empirismo, teoría, Hjelmslev, Popper.

Immanence et empirisme. Examen épistémologique de la


théorie du langage de Louis Hjelmslev

Si, pour Hjelmslev, la théorie est un système déductif pur,


il convient de comprendre comment une telle théorie peut
s’accorder avec une science empirique. Les moyens de cette
compréhension sont explicités sous la forme de deux principes :
1°  le lien entre théorie et connaissance empirique repose sur
un principe d’adéquation  ; 2°  la théorie d’une connaissance
empirique doit suivre des règles de bon gouvernement selon
un principe d’empirisme. On présentera à tour de rôle ces deux
principes pour en venir finalement à un troisième, le principe
d’immanence, soutenant le caractère purement déductif de la
théorie. L’hypothèse qui nous faisons est que ces trois principes
n’en forment qu’un seul, considéré selon divers points de vue.
Enfin, une brève comparaison du principe d’immanence sera
conduite avec les fondements de l’épistémologie poppérienne.

Mots-clés : immanence, empirisme, théorie, Hjelmslev, Popper.

Immanence and empiricism. An epistemological examina-


tion of Louis Hjelmslev’s theory of language

Given that Hjelmslev views theory as a pure deductive system,


we must understand how such a theory can harmonize with an
Resúmenes 215

empirical science. The means for such understanding can be


explained via two principles: 1) the link between theory and
empirical knowledge is based on a principle of accommodation;
2) the theory of a certain empirical knowledge must follow the
rules of good governance according to a principle of empiricism.
We shall present the role of each of these two principles in turn,
to ultimately arrive at a third, the principle of immanence, which
supports the purely deductive nature of theory. Our hypothesis is
that these three principles are actually one and the same, viewed
from different perspectives. Lastly, we provide a brief compari-
son between the principle of immanence and the fundamentals
of Popper’s epistemology.

Key words: immanence, empiricism, theory, Hjelmslev, Popper.

La forma de la inmanencia: una gramática generativo-


transformacional

Francesco Galofaro

Colocar el sentido en el plano de inmanencia responde a la crisis


del cognitivismo y a la dificultad de enmarcar en una clave feno-
menológica el encuentro con la subjetividad del otro (Marsciani,
Landowski). Hasta la fecha, esta solución requiere esclarecer las
articulaciones del plano de la inmanencia mediante el modelo de
su constitución. A este respecto, el ensayo propone una gramá-
tica generativo-transformacional del metalenguaje desarrollada
por Greimas, Courtés, Marsciani y Zinna para el análisis de las
estructuras narrativas. Al mostrar algunas características de la
narratividad que no aparecen de inmediato en el plano de ma-
nifestación, se subrayan ciertas características topológicas del
plano de inmanencia: la infinita capacidad de generar estructu-
ras recursivas, la auto-similitud y el vínculo problemático con
el plano de manifestación. De lo anterior se deriva que todavía
216 Resúmenes

habría espacio en la semiótica para “descubrir” propiedades


inmanentes, si bien no evidentes en la superficie del texto, al
menos suficientes para explicar sus características.

Palabras claves: gramática generativa, recursividad, árbol, sintaxis


narrativa de superficie, regla.

La forme de l’immanence: une grammaire générativo-


transformationnelle

Le fait de placer le sens sur le plan de l’immanence répond à la


crise du cognitivisme et à la difficulté d’inscrire dans un code
phénoménologique la rencontre avec la subjectivité de l’autre
(Marsciani, Landowski). Jusqu’à présent, cette solution requiert
l’éclaircissement des articulations du plan de l’immanence grâce
au modèle de sa constitution. C’est ainsi que l’essai propose
une grammaire générativo-transformationnelle du métalan-
gage, développée par Greimas, Courtés, Marsciani et Zinna,
pour l’analyse des structures narratives. En montrant certaines
caractéristiques de la narrativité qui n’apparaissent pas de prime
abord sur le plan de manifestation, on souligne des caractéris-
tiques topologiques du plan de l’immanence : l’infinie capacité
de produire des structures récursives, l’auto-similitude et le
lien problématique avec le plan de manifestation. De là, il en
découle qu’il y aurait toujours de la place en sémiotique pour
« découvrir » des propriétés immanentes, même si elles ne sont
pas forcément évidentes superficiellement, elles sont au moins
suffisantes pour expliquer les caractéristiques du texte.

Mots-clés : grammaire générative, récursivité, arbre, syntaxe narra-


tive de superficie, règle.
Resúmenes 217

The form of immanence: A generative-transformational


grammar

Placing sense in the plane of immanence is a response to the


crisis of cognitivism and the difficulty involved in placing
the encounter with the subjectivity of the other within a phe-
nomenological framework (Marsciani, Landowski). To date,
this solution makes it necessary to clarify the statements of
the plane of immanence by virtue of its constitutive model.
In this regard, we propose a generative-transformational
grammar of metalanguage developed by Greimas, Courtés,
Marsciani and Zinna for the analysis of narrative structures.
In showing some of the characteristics of narrativity that do
not immediately appear in the plane of manifestation, certain
topological features of the plane of immanence are placed in
relief: the infinite capacity to generate recursive structures,
self-similarity and the problematic link with the plane of
manifestation This means that there might still be room in
semiotics for the “discovery” of immanent properties, which
while not apparent on the surface of the text, are at least suffi-
cient for explaining its characteristics.

Key words: generative grammar, recursivity, tree, surface narrative


syntax, rule.

Modos de inmanencia semiótica

Óscar Quezada Macchiavello y Desiderio Blanco

El presente trabajo, de talante polémico, descarta la oposición


entre inmanencia y manifestación, recupera la percepción como
ámbito plenamente semiótico y pone énfasis en la semiosis
como mediación corporal. El cuerpo propio aparece así, entrela-
218 Resúmenes

zado con el lenguaje, como plano de inmanencia de la semiosis.


Se crean entonces las condiciones teóricas para proponer cuatro
modos de inmanencia semiótica y para probar su coherencia
y consistencia en el análisis de un texto concreto; asimismo,
para precisar las tesis sobre la práctica enunciativa y sobre la
ampliación fenomenológica de la semiosis como inmediación
carnal. A guisa de colofón, se interpretan algunos aforismos
que convierten la textura carne-cuerpo-lenguaje en el plano de
inmanencia semiótico dentro del cual todo hace sentido.

Palabras clave: semiosis, lenguaje, cuerpo propio, mediación corporal,


inmediación carnal, cuerpo de semiosis, modos de inmanencia.

Modes d’immanence sémiotique

Ce travail qui se veut polémique rejette l’opposition entre im-


manence et manifestation, récupère la perception comme un
domaine pleinement sémiotique et met l’accent sur la sémiosis
comme médiation corporelle. Le corps propre apparaît ainsi,
imbriqué dans le langage, comme le plan de l’immanence de la
sémiosis. À partir de là, les conditions théoriques sont créées
afin de proposer quatre modes d’immanence sémiotique et de
prouver leur cohérence et leur consistance dans l’analyse d’un
texte concret ; de même, afin de préciser les thèses sur la pratique
énonciative et sur l’ampliation phénoménologique de la sémiosis
comme une immédiation charnelle. En guise de conclusion, nous
interpréterons certains aphorismes, qui convertissent la texture
chair-corps-langages sur le plan de l’immanence sémiotique où
tout fait sens.

Mots-clés : sémiose, langage, corps propre, médiation corporelle,


immédiation charnelle, corps de sémiose, modes d’immanence.
Resúmenes 219

Modalities of Semiotic Immanence

This study, controversial in nature, dismisses the opposition


between immanence and manifestation, once again considering
perception as a purely semiotic domain and placing emphasis on
semiosis as a corporeal means. The body proper thus appears,
intertwined with language, as the plane of immanence of se-
miosis. This lays the theoretical groundwork for proposing four
modalities of semiotic immanence, and for establishing their
coherence and consistency in the analysis of a specific text, in
addition to defining the theses regarding enunciative practice
and the phenomenological expansion of semiosis as physical
immediacy. We conclude by interpreting several aphorisms that
convert the flesh-body-language texture into the plane of semio-
tic immanence in which everything makes sense.

Key words: semiosis, language, body proper, corporeal means, physi-


cal immediacy, body of semiosis, modalities of immanence.

Una epistemología discursiva en construcción: la teoría


semiótica inmanente entre la percepción y la semiocepción

Waldir Beividas
En la actualidad, la teoría semiótica vuelve su mirada sobre las
interacciones de la vida cotidiana, donde el sentido se muestra
inestable y fugaz, bajo las coerciones de la aprehensión del sujeto
y las imposiciones sensoriales de su cuerpo. El concepto de per-
cepción gana un lugar de privilegio en las reflexiones semióticas.
El recurso a este concepto de la filosofía fenomenológica debe
ser pensado críticamente, ya que hace entrar por la puerta del
fondo una “sustancia” (trascendental) dentro de la casa semiótica,
construida epistemológicamente bajo el concepto de forma in-
manente. El propósito de nuestro trabajo es presentar el concepto
220 Resúmenes

de semiocepción, creado a partir del principio semiológico de


la arbitrariedad del signo lingüístico, concepto que rivaliza con
el de percepción. En un horizonte más amplio se vislumbra la
posibilidad de una epistemología discursiva de estatuto inma-
nente, que deberá encargarse de gestionar la reflexión semiótica.

Palabras clave: semiocepción, inmanencia, percepción, trascendencia,


epistemología discursiva.

Une épistémologie discursive en construction : la théorie


sémiotique immanente entre la perception et la sémioception

Actuellement, la théorie sémiotique se tourne vers les interac-


tions de la vie quotidienne, là où le sens est instable et fugace,
sous les contraintes de l’appréhension du sujet et les impositions
sensorielles de son corps. Le concept de perception profite
d’une place privilégiée dans les réflexions sémiotiques. Le
recours à ce concept de la philosophie phénoménologique doit
être pensé de façon critique étant donné qu’il fait entrer par
la petite porte une « substance (transcendantal) dans l’édifice
sémiotique construit, épistémologiquement parlant, sous le
concept de la forme immanente. Le but de notre travail est de
présenter le concept de sémioception, créé à partir du principe
sémiologique de l’arbitrariété du signe linguistique, concept
qui rivalise avec celui de perception. Dans un horizon plus
vaste, on entrevoit la possibilité d’une épistémologie discursive
de statut immanent qui devra se charger de gérer la réflexion
sémiotique.

Mots-clés : sémioception, immanence, perception, transcendance,


épistémologie discursive.
Resúmenes 221

Discursive epistemology under construction: Immanent


semiotic theory between perception and semioception

Current semiotic theory takes a look at daily life interactions, in


which sense is unstable and fleeting, under the coercive pressures
of the subject’s apprehension and the sensory limitations of his/
her body. The concept of perception takes a privileged place in
semiotic reflections. Resorting to this concept of phenomenolo-
gical philosophy must be considered critically, since it causes
us to bring a (transcendental) “substance” in through the back
door of the house of semiotics, which is epistemologically built
on the concept of immanent form. The purpose of our paper is
to present the concept of semioception, created on the basis of
the semiotic principle of the arbitrariness of the linguistic sign,
a concept that is in competition with that of perception. On a
more distant horizon, we can envision the possibility of a discur-
sive epistemology of immanent status, responsible for handling
semiotic reflections.

Key words: semioception, immanence, perception, transcendence,


discursive epistemology.

El principio de inmanencia, entre el paratexto y el intertexto

Odile Le Guern

Este ensayo propone una reflexión acerca de la relación texto-


imagen, sobre el impacto del texto en la lectura de la imagen y,
particularmente, trata de saber si la presencia del texto pone en
tela de juicio el principio de inmanencia que podría presidir al
análisis de la imagen. Se apoya en una comparación de distintos
títulos que acompañan o podrían acompañar un cuadro de Ma-
tisse, e intenta revelar la siguiente paradoja: es en el título donde
la función referencial parece ejercerse con más fuerza a fin de
222 Resúmenes

encaminar al espectador hacia un proceso metapictórico y para


considerar el cuadro en la reflexividad de su componente figural.

Palabras claves: plano de inmanencia (y escena práctica), título, (pa-


ratexto) intertextualidad, artículo, proceso metasemiótico.

Le principe d’immanence, entre paratexte et intertexte

Cet article propose une réflexion sur le rapport texte/image, sur


l’impact du texte sur la lecture de l’image et, plus particulière-
ment, il essaye de savoir si la présence du texte remet en ques-
tion le principe d’immanence qui pourrait présider à l’analyse
de l’image. S’appuyant sur une comparaison de différents titres
qui accompagnent ou pourraient accompagner un tableau de
Matisse, il voudrait révéler le paradoxe suivant : c’est le titre où
la fonction référentielle semble s’exercer le plus fortement qui
achemine le spectateur vers une démarche métapicturale pour
envisager le tableau dans la réflexivité de sa composante figurale.

Mots clés : plan d’immanence (et scène pratique), titre, (paratexte et)
intertextualité, article, démarche métasémiotique.

The principle of immanence: paratext vs. intertext

This study provides a reflection on image-text relations, the


impact of the text in the reading of the image, and specifically,
attempts to discover whether the presence of text calls into
question the principle of immanence that could dominate the
analysis of the image. It is based on a comparison of different
titles that accompany or could accompany a painting by Matis-
se, and strives to reveal the following paradox: it is in the title
where the referential function appears to operate with the most
force so as to steer the viewer toward a metapictorial process
and for purposes of considering the painting in the reflexivity
of its figural component.
Resúmenes 223

Key words: plane of immanence (and practical scene), title, (paratext)


intertextuality, article, metasemiotic process.

El principio de inmanencia y la diferencia ontológica

Adrián Bertorello

El principio de inmanencia como supuesto metodológico que


está en la base del modelo lingüístico de la semiótica excluye al
ser, concebido como realidad extralingüística, es decir, como re-
ferente. Aquello que está por fuera de los límites epistemológicos
de la semiótica es el referente, una entidad a la que se la puede
identificar espaciotemporalmente. La ontología es aquella disci-
plina que se ocupa de la referencia. El trabajo intenta mostrar que
es posible otra manera de concebir la ontología que no entra en
contradicción con el principio de inmanencia de la semiótica. Es
decir, una ontología que no es la reintroducción de la existencia
transcendente sino que, por el contrario, se mueve dentro del
espacio de inmanencia y de este modo permite reflexionar sobre
la emergencia del sentido. Esta ontología es la que corresponde
a la fenomenología hermenéutica de Heidegger. El hilo conduc-
tor de la articulación entre semiótica y ontología es el concepto
heideggeriano de diferencia ontológica.

Palabras claves: ser, inmanencia, diferencia ontológica, fuerza, sen-


tido.

Le principe d’immanence et la différence ontologique

Le principe d’immanence, en tant que supposé méthodologi-


que à la base du modèle linguistique de la sémiotique, exclut
l’être conçu comme une réalité extralinguistique, c’est-à-dire
comme référent. Le référent, une entité que l’on peut identifier
dans l’espace et dans le temps, se trouve hors de limites épis-
224 Resúmenes

témologiques de la sémiotique. L’ontologie est la discipline qui


s’occupe de la référence. Le travail cherche à montrer qu’il est
possible de concevoir autrement une ontologie qui n’entre pas
en contradiction avec le principe d’immanence de la sémiotique.
En d’autres mots, une ontologie qui n’est pas la réintroduction de
l’existence transcendante mais qui, au contraire, se meut dans
l’espace d’immanence et, de cette manière, permet de réfléchir
sur l’émergence du sens. Cette ontologie est celle qui corres-
pond à la phénoménologie herméneutique d’Heidegger. Le fil
conducteur de l’articulation entre la sémiologie et l’ontologie est
le concept heideggérien de différence ontologique.

Mots-clés : être, immanence, différence ontologique, force, sens.

The principle of immanence and ontological difference

The principle of immanence as a methodological assumption


based on the linguistic model of semiotics excludes the being,
understood as the extralinguistic reality, otherwise known as
the referent. That which lies outside the epistemological boun-
daries of semiotics is the referent, an entity that can be spatio-
temporally identified. Ontology is the discipline that focuses
on reference. This study proposes to show that ontology can
be understood in a different way that is not in conflict with the
principle of immanence in semiotics. In other words, a con-
cept of ontology that is not the reintroduction of transcendent
existence, but rather exists in the same space as immanence
and thereby permits reflection on the emergence of sense.
This is the understanding of ontology found in Heidegger’s
hermeneutic phenomenology. The connecting thread between
semiotics and ontology is the Heideggerian concept of ontolo-
gical difference.

Key words: being, immanence, ontological difference, force, sense.


Resúmenes 225

¿Un par incierto?

Claude Zilberberg

Este artículo aborda la problemática de la inmanencia sin des-


gajarla del par original del que forma parte, tanto en filosofía
como en semiótica. De allí la pregunta del título, la cual pone en
cuestión a todo el conjunto. Para ofrecer una respuesta y contri-
buir mediante ella al presente proyecto, este trabajo desarrolla la
siguiente hipótesis: la trascendencia es el límite de la inmanen-
cia admitida. Lo que puede decirse de otras dos maneras: una,
positiva y enunciada desde la perspectiva de la trascendencia:
así, la trascendencia sería el espacio que acoge las dificultades
no resueltas o mal resueltas en la inmanencia; la otra, negativa
y enunciada desde la perspectiva de la inmanencia: entonces, se
diría que la falta de dominio de la afectividad confina su rechazo
al espacio abierto de la trascendencia. Ésta es una apuesta ema-
nada de la semiótica tensiva, donde todo puede volverse materia
de grados y tensiones, teoría que ve a las categorías como el
resultado de una correlación entre dominios, afloración diversi-
ficante pero no excluyente. La relación inmanencia/trascenden-
cia no es más que una alternancia que depende de otra más de
fondo que la sostiene, la cual está concebida desde la teoría del
valor en semiótica: valores de absoluto/valores de universo. Es,
finalmente, el sujeto quien evalúa, mide y relativiza el dominio
de la trascendencia con relación al de la inmanencia; mediante
las operaciones analizantes de esta última, las dimensiones de
la trascendencia, ya sea la intensidad, ya la extensidad, avanzan
y retroceden en su capacidad de ser analizadas.
 
Palabras clave: trascendencia/inmanencia, valores de absoluto/ valores
de universo, condicionamiento concesivo, acontecimiento, saber/creer.
226 Resúmenes

Un couple incertain ?

Cet article aborde la problématique de l’immanence sans la


séparer de son couple original dont elle fait partie en philosophie
aussi bien qu’en sémiotique. D’où la question posée dans le titre
qui remet en cause tout l’ensemble. Pour offrir une réponse et
l’utiliser pour ce projet, ce travail développe l’hypothèse suivan-
te : la transcendance est la limite de l’immanence admise, ce que
nous pouvons reformuler de deux manières. La première, positi-
ve et énoncée depuis la perspective de la transcendance : ainsi,
la transcendance serait l’espace qui abrite les difficultés non
résolues ou mal résolues dans l’immanence. La deuxième, néga-
tive et énoncée depuis la perspective de l’immanence : on dirait
alors que le manque d’emprise de l’affectivité confine son rejet
à l’espace ouvert de la transcendance. C’est un pari qui provient
de la sémiotique tensive où tout peut devenir matière à degrés et
tensions, théorie qui considère les catégories comme le résultat
d’une corrélation entre domaines, apparition diversifiante mais
non excluante. La relation immanence/transcendance n’est autre
qu’une alternance qui dépend d’une autre relation plus profonde
qui la soutient et qui est conçue depuis la théorie de la valeur en
sémiotique : valeurs d’absolu/valeurs d’univers. C’est finalement
le sujet qui évalue, mesure et relativise le domaine de la trans-
cendance par rapport à celui de l’immanence ; par l’intermédiaire
des opérations analysantes de cette dernière, les dimensions de
la transcendance, que ce soit l’intensité ou l’extensité, avancent
et reculent quant à leur capacité à être analysées.

Mots-clés : transcendance/immanence, valeurs d’absolu/valeurs


d’univers, conditionnement concessif, événement, savoir/croire. 

An uncertain couple?

This article approaches the problem of immanence without se-


parating it from the original dichotomy of which it forms a part,
Resúmenes 227

both in philosophy and semiotics. Therein lies the question posed


in the title, which casts doubt on the entire dichotomy. In order
to answer this question and thereby contribute to the present pro-
ject, this study develops the following hypothesis: transcendence
is the boundary of accepted immanence. This concept can also
be expressed in two different ways: one, positive and enunciated
from the perspective of transcendence, in which transcendence
would be considered to be the space that encompasses unre-
solved or poorly resolved difficulties in immanence; the other,
negative and enunciated from the perspective of immanence, in
which we would say that the lack of affective domain limits its
rejection to the open space of transcendence. This approach ema-
nates from tensive semiotics, in which everything can become
a matter of degrees and tensions, a theory that views categories
as the result of a correlation between domains, a diversifying,
while not exclusionary, efflorescence. The immanence/trans-
cendence relationship is simply an alternation that is dependent
upon another deeper one, approached from the theory of value
in semiotics: absolute values/universal values. It is, ultimately,
the subject who evaluates, measures and relativizes the domain
of transcendence in relation to immanence; via the latter’s analy-
sis operations, the dimensions of transcendence, be it intensity,
extensivity, gain and lose the capacity to be analyzed.
 
Key words: transcendence/immanence, absolute values/universal
values, concessive conditioning, event, knowledge/belief.
Autores 229

Acerca de los autores

Alessandro Zinna

Profesor del Departamento de Ciencias del Lenguaje en la


Universidad de Toulouse II. 5 Allée Antonio Machado 31058,
Toulouse Cedex 9, Francia.
Correo electrónico: alessandro.zinna@univ-tlse2.fr

Michel Arrivé

Profesor Emérito de la Universidad de Nanterre, París X. 200


Avenue de la République, 92000 Nanterre, Francia.
Correo electrónico: arrive.michel@orange.fr

Sémir Badir

Investigador del Departamento de Lenguas y Literaturas Romá-


nicas / Ciencias del Lenguaje – Retórica. Bât. A2 Sciences du
langage, Rhétorique place. Cockerill 3-5. 4000, Lieja, Bélgica.
Teléfono: +(32) 4 3665646
Correo electrónico: semir.badir@ulg.ac.be
230 Autores

Francesco Galofaro

Profesor del Centro Universitario Boloñés de Etnosemiótica


(CUBE) de la Universidad de Estudios de Bolonia. Piazzetta
Giorgio Morandi, 2 – 40125 Bologna, Italia. Teléfono: + 39 (051)
209 72 93.
Correo electrónico: semioatp@gmail.com

Óscar Quezada Macchiavello

Decano de la Facultad de Comunicación y Director de la Escuela


de Humanidades de la Universidad de Lima, Perú. Av. Javier
Prado Este, Cuadra 46, Urbanización Monterrico, Lima 33, Perú.
Tel: + (51) 437 67 67, Ext. 35500. Fax: + (51) 436 14 26.
Correo electrónico: oquezada@correo.ulima.edu.pe

Desiderio Blanco

Profesor Emérito de la Universidad de Lima. Av. Javier Prado


Este s/n, Monterrico, Lima 33, Perú. Tel: + (51) 437 67 67, Ext.
35582.
Correo electrónico: dblanco@ulima.edu.pe

Waldir Beividas

Profesor del Departamento de Lingüística de la Universidad de


São Paulo. Avenida Profesor Luciano Gualberto, 403 – CEP:
05508-010, São Paulo. Teléfono: +55-11-30914586. Fax: +55-11-
33841490
Correo electrónico: waldirbeividas@usp.br
Autores 231

Odile Le Guern

Profesora de la Facultad de Letras, Ciencias del Lenguaje y Artes


de la Universidad de Lyon 2, Francia 18, quai Claude-Bernard,
69365 Lyon, Francia. Teléfono : + 33 (0)4 78 77 23 23.
Correo electrónico: odile.leguern@univ-lyon2.fr

Adrián Bertorello

Investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científi-


cas y Técnicas (CONICET) y profesor del Centro de Estudios
Filosóficos “Eugenio Pucciarelli” de la Academia Nacional de
Ciencias de Buenos Aires. Av. Alvear 1711 (3er piso), Ciudad
Autónoma de Buenos Aires, Argentina. CP. 1014AAE. Telé-
fono: + 00 (54) 1148 11 3066.
Correo electrónico: adrianbertorello@fibertel.com

Claude Zilberberg

CNRS. Co-responsable del Seminario Intersemiótico de París.


30 Avenue de Condé, 94100 – St. Maur des Fossés, Francia.
Teléfono: + 33 (01) 488 344 33.
Correo electrónico: zilberberg.ca@gmail.com

Luisa Ruiz Moreno

Profesora e investigadora del Programa de Semiótica y Estudios


de la Significación, de la Benemérita Universidad Autónoma de
Puebla. 3 Oriente 212 (altos), Centro Histórico, CP 72000, Pue-
bla, México. Teléfono: +52 (222) 229 55 02.
Correo electrónico: luisanrm@prodigy.net.mx

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