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Universidad de Chile

Facultad de Ciencias Sociales


Departamento de Psicología
Diplomado Psicología Social Crítica y Procesos Políticos
Docentes: Lelya Troncoso - Mauricio Sepúlveda

Hacia una superación de la identidad

Francisco Pavez Correa


Fernanda Gorrini Belmar

Julio 2015
Introducción.

La identidad parece ser un tema muy relevante para la modernidad y la actualidad,


ejemplos de esto son las nociones que han configurado países en torno su propia identidad;
en la Alemania de antaño se hablaba del “Espíritu de un Pueblo” y en Chile se
menciona(ba) la idea de “Chilenidad”. Así mismo, si recordamos que en nuestra
adolescencia los profesores, en su afán por querer orientarnos y explicarnos nuestras
conductas de jóvenes rebeldes y estupidxs, nos hablaban de esta tal identidad, como algo a
lo que acceder y con lo cual consolidarse para una vida adulta, una cosa que debía ser
buscada y que todos los adolescentes vivían, siendo las tribus urbanas un ejemplo de lo
anterior. Por tanto es posible afirmar una normativa de transición identitaria en donde es
posible pasar de ser pokemon a ser punki, luego otaku y después reguetonero, siendo el
punto último de esto la idea de una coherencia interna que te lleva a la adultez.

Esta búsqueda de la identidad pareciera darse tanto en un nivel individual como en


un nivel colectivo. En un texto de Carlos Descouvières (1999) llamado Lo psicológico en
los Anales de la Universidad de Chile se puede encontrar referencias a escritos de algunos
autores que datan de hace más de 100 años atrás, donde se habla de la nacionalidad, del
alma de una raza, de tipos de chileno y temas que para el ojo actual, claramente hacen
referencia a la identidad nacional. Incluso existe un documental llamado ¿Qué es
Chilenidad? el cual fue realizado por encargo del gobierno de Pedro Aguirre Cerda durante
1939 (Molina, 2010).

Nuestro contexto, un Chile en que en los últimos años los movimientos sociales, los
desastres naturales y los medios de comunicación han revuelto el gallinero, proliferan las
referencias a lo identitario. Las tribus urbanas que impregnan de colores los parques y
centros de conglomerado de jóvenes, el skater que dice que el skate no es un deporte sino
un estilo de vida, el panzer de Santiago Wanderers que se agarra a palos con los hinchas de
Everton, los estudiantes que salen a la calle a marchar por una educación gratuita y de
calidad, el caso de la niña transgénero de 5 años que abre el debate a nivel público sobre el
cambio de género y sexo, el hombre que recoge una bandera sucia después de un desastre
natural y por supuesto no olvidar el himno nacional en la Copa América. Todos estos
ejemplos están relacionados de alguna manera con la identidad.

Esta obsesión por la identidad también ha alcanzado a las ciencias sociales y a la


academia. Stuart Hall (1996/2003) dice que en los últimos años ha habido una explosión de
discursos en torno a este concepto, cuestión que en nuestros últimos años no ha cambiado
mucho, ya que sigue existiendo debate académico en torno a lo identitario, en los cursos de
carreras de ciencias sociales sigue haciéndose mención al tema y promoviendo
investigaciones que aporten al entendimiento de lo que llamamos identidad. En particular
la discusión actual, en el periodo de la postmodernidad y de la moda de los “post” (post-
pornografía, post-punk, post-marxismos, post-estructuralismo, post-título), se suele hablar
más sobre post-identidad.

Diversos autores se han referido a la noción de identidad, en psiquiatría y


psicología clínica, como se puede ver en José Rodríguez (1989), tanto William James como
Ronald Laing como Erik Erikson y varios más, desarrollaron su propia definición de
identidad con una respectiva teorización. En psicología social Bar-tal (1996) se hace la
pregunta por cómo las creencias grupales son expresión de la identidad, y construye sus
argumentos en función de la teoría de la identidad social de Henri Tajfel, también psicólogo
social. En sociología François Dubet (1989) habla de una Sociología de la Identidad. Por
otro lado el post-estructuralismo, los estudios culturales, el feminismo, la teoría queer,
varias perspectivas han problematizado el concepto de identidad y lo han puesto en tela de
juicio o reformulado. Judith Butler (1999/2007), Donna Haraway (1991/1995), Beatriz
Preciado (en internet abundan videos donde habla del tema) son autorxs ejemplares de esto.
Estas propuestas que suelen ser críticas del concepto de identidad son conocidas como
“post-identitario”.

Pero ¿por qué existe tanta preocupación por la noción de identidad? Claramente el
concepto de chilenidad acuñado por el gobierno de Pedro Aguirre Cerda estaba teñido de
intenciones propagandísticas. Se han gestado conflictos, guerras y políticas en torno a la
identidad de una nación. La raza aria que debía exterminar a los judíos, los judíos que
necesitaban tener una nación, el imperio del sol naciente que tenía expandir su territorio
para asegurar el futuro de los japoneses. También los movimientos sociales se han valido
de una identidad para promover sus consignas políticas. El sujeto proletario, el campesino
pobre, la mujer oprimida son ejemplos de identidades que nosotros nos imaginamos al
pensar en revueltas populares o conflictos por el reconocimiento de derechos. Y es que
parece ser que hay algo político y que está implicado y enraizado en el ámbito de la
identidad, que se vincula con el ser y por lo tanto también es existencial.

Dado todo lo anterior pretendemos desarrollar a lo largo del presente ensayo qué es
lo que se ha dicho a grandes rasgos sobre la identidad, qué implicancias políticas y sociales
tienen estas concepciones y cuáles son sus alternativas, para así finalizar con nuestra
propuesta en torno a la superación de la identidad. Todo esto para responder, desde la
perspectiva de una psicología social y una epistemología crítica, a nuestra pregunta ¿Cómo
es posible pensar una noción de identidad que permita la articulación y realización de
los sujetos? Es importante que frente a la necesidades actuales de responder a nuevas
demandas políticas y de configurar un nuevo tejido social (re)pensar en torno la idea de
una identidad colectiva que no sea objeto de exclusión y que posibilite el cambio de las
condiciones actuales de nuestra realidad, donde la noción de identidad que se ha vuelto en
una herramienta opresiva y estática incapaz de lograr una articulación entre sujetos dado
que se orienta cada vez más a una diferenciación individualizante sin pretensiones de
cambio.
En este sentido la relevancia del presente ensayo se enmarca dentro de la pretensión
de aportar a la creación de nuevas formas de pensar y entender el mundo social para su
transformación. Creemos que la reflexión crítica en torno a la identidad debe volverse un
insumo que logre replantear la política establecida y que contribuya con una nueva
propuesta de acción que deje de sostenerse en prácticas de resistencia y de paso a
creaciones colectivas de cambio. Por consiguiente es necesario plantear una articulación
consistente entre la academia y el mundo real que posibilite el planteamiento de
intervenciones, de diversa índole, que sean capaces de contribuir al cambio y a una idea de
identidad como eje articulador de sujetos.

Desarrollo

Según el diccionario etimológico de etimologias.dechile.net, la palabra identidad


viene del latin identĭtas, que proviene de la palabra idem (que significa “lo mismo”). Por
otro lado, cuando escuchamos la palabra identidad podemos notar que se parece a la
palabra idéntico. Tanto idem como idéntico hacen referencia a un algo que parece ser lo
mismo que otro algo. Como por ejemplo, una ampolleta es idéntica a otra ampolleta. Por lo
tanto la noción de identidad debería hacer referencia también a este algo que se parece o es
igual a otro algo. Siendo más específico, un “yo” que se parece a otro algo. Sin embargo, a
pesar que podríamos hacer varias reflexiones sobre la lingüística de la palabra identidad, no
nos dice mucho sobre si ésta esa fija, contradictoria, múltiple o sobre las muchas
connotaciones e interpretaciones que se le han dado en el debate actual. Es por ello que en
el desarrollo de este ensayo expondremos ciertos márgenes de pensamientos con los que se
ha interpretado y producido la noción de identidad, como también las consecuencias y
limitaciones de esas formas de conceptualización. Para ordenar la exposición de nuestra
argumentación, hemos decidido separar el desarrollo en varios tópicos: Identidad al estilo
Moderno, Identidad en lo Posmoderno, Limitaciones y consecuencias, y por último, Hacia
una forma de superación de la Identidad (admitiendo que este último apartado parece ser
bastante ambiciosos y esperemos no pecar de ingenuidad).

Identidad al estilo Moderno

Para caracterizar la identidad según la lógica del pensamiento moderno nos parece
importante desarrollar ciertos aspectos representativos de la operación del pensar asociada a
este periodo. Pero para ello mencionaremos previamente algunos aspectos que son
definitorios de la modernidad.

Tomás Ibáñez (2001) plantea que se puede distinguir dos dimensiones en la


modernidad, una que corresponde a un ámbito sociológico y otro que hace referencia a la
dimensión discursiva. El ámbito sociológico tiene que ver con el descubrimiento de
América, la invención de la imprenta entre otros, los cuales dan inicio a nuevas formas de
vivenciar la realidad, dando paso a una nueva época. La dimensión discursiva de la
modernidad, Ibáñez la caracteriza como un pensamiento en el que la razón y la ciencia
están sobrevaloradas y son concebida como el motor del progreso, en ésta domina la
ideología de la representación, en donde el conocimiento es algo verdadero en la medida
de que las ideas representan correctamente la realidad, instalándose con ello la dualidad
sujeto-objeto, así la verdad tiene validez absoluta y universal, en tanto se establece una
separación entre un sujeto que conocer una realidad fuera de éste. El discurso de la
modernidad pone en la centralidad al sujeto y a la conciencia y los piensa como autónomos,
con ello se funda la creencia de la igualdad y de la libertad individual. Por otro lado Carlos
Pérez (2008) define la Modernidad como aquella época donde hay “autoconciencia de las
fuerzas productivas” (p.62) en donde varias características mencionadas por Ibáñez como
elementos discursivos son producto de la operación del pensar que es particular de la
modernidad y que tiene características específicas que lo diferencian con otras formas de
pensamiento. Operación del pensar en el sentido de categorías al estilo Kantiano, es decir
como formas que hacen posible el pensamiento, y que en Pérez también son ontológicas.

En este sentido, según Pérez (2008) el pensamiento moderno asimila “racionalidad”


con “orden” y el orden lo piensa en términos de lógica formal. Por lo tanto cuando se
cumple el principio de identidad, el de no contradicción y el de tercero excluido, habría un
orden. El principio de identidad expresa que toda entidad es idéntica a sí misma, es decir
que Napoleón Bonaparte es idéntico a Napoleón Bonaparte (que es él mismo). El principio
de no contradicción dice que una cosa solo puede ser una cosa, no puede no ser, como
también expresa que una afirmación y su negación no pueden ser verdaderas al mismo
tiempo. Y el principio de tercero excluido dice que una tercera opción no se puede dar
dentro de una proposición donde tanto la afirmación como la negación son verdaderas, es
decir “o está embarazada o no está embarazada” ya que no se puede estar, “media
embarazada”. El orden es visto como aquello donde hay simetría y equilibrio.

A pesar de toda la variabilidad y diversidad de fenómenos que hay en el mundo, el


pensamiento moderno se enfoca en lo que hay de constante en ellos. Se piensa la esencia
como aquello que es común en lo diverso y constante en lo cambiante. Pérez dice “El ser
resulta en esencia un ente quieto, en que impera la identidad de lo común, la mismidad de
lo constante. Lo idéntico y lo mismo serían las connotaciones más profundas de todo lo que
es” (p. 76), por ello es que prosigue diciendo que “No es raro que al pensamiento que
resulta de estas operaciones se lo pueda llamar filosofía de la identidad” (p. 76).

Juan Rivano (citado en Pérez 2008) plantea que lo que caracteriza el pensamiento
moderno, es que piensa el ser en términos de cosas, él lo denomina un pensamiento
“cosista”. Las cosas son externas y anteriores entre otras cosas. Primero hay algo que es
cosa y después hay relaciones entre las cosas. Por lo tanto la identidad solo se puede pensar
en términos de igualdad en la comparación de una cosa con otra. En otro ámbito Pérez
explica la forma en que la racionalidad moderna piensa al sujeto. Desde Descartes, el sujeto
se ha asimilado o se ha pensado como sinónimo de individuo, de un “yo”, de un “mismo”,
de un alma y de una conciencia. En este sentido, es impensable un individuo con dos
conciencias o diferente de sí mismo. Por ello, cada vez que la modernidad se encuentra con
un sujeto particular que dice ser pájaro y humano a la vez, es tachado de loco (Pérez, 2012).
Al asimilar sujeto, con individuo, con un yo, es decir con una entidad que es particular,
como una cosa, la racionalidad moderna piensa a lo social y al grupo como una colección
de individuos.

Dado todo lo expuesto anteriormente es que se puede decir que la identidad es


entendida por el pensamiento moderno como algo esencial que es estable, fijo e invariable.
Es indiferenciado, en el sentido de que es homogéneo. Designa una relación de
comparación en que una cosa es igual a otra cosa o tienen algo en común. Y en donde una
identidad particular es excluyente de otra, o no puede ser otra. Por lo tanto, desde esta
lógica, la identidad de una mujer, está dada en sus órganos reproductores ya que es lo
esencial, común e invariable entre las mujeres. La identidad de chileno está fijada en el
territorio al cual pertenece, ya que es lo común y lo que lo hace igual a otros chilenos
aunque sean de diferentes estratos sociales. La identidad de un skater está en que en todo
momento es un skater, cuando come, cuando se ducha y cuando se lava los dientes, cuando
no patina en el skater. La identidad de un japonés está en que no es chino (aunque para
nosotros los occidentales son bastante parecidos físicamente). La identidad de una piedra es
estable…siempre es una piedra.

Identidad en lo Posmoderno

En este apartado revisaremos el lugar que ha ocupado la identidad en el


pensamiento posmoderno y no sólo cómo se la ha interpretado, ya que no se puede decir
con seguridad que posmodernidad tenga una definición propia de identidad y distinta a la
de la modernidad. Ya que el pensamiento posmoderno se caracteriza principalmente por
rechazar ciertas ideas asociadas a la modernidad, entre ellas, la noción de identidad
(Eagleton, 1996/1997; Pérez, 2008).

Primero es necesario especificar a qué nos referimos con posmodernidad y


pensamiento posmoderno. Ibáñez (2001) dice que al igual que en la modernidad, donde se
puede separar una dimensión sociológica y una dimensión discursiva, en el caso de la
posmodernidad se puede hacer lo mismo. El cambio de época está dado por la invención de
nuevas tecnologías, específicamente el computador, el cual dio inicio a la era de la
información y cambió las relaciones de trabajo que predominaban en la modernidad. En el
ámbito del discurso, el pensamiento posmoderno se presenta como una crítica y
deconstrucción del discurso moderno, es decir como una antimodernidad, y con su
respectiva propuesta que es legitimadora de la nueva época. Tanto Eagleton (1996/1997)
como Pérez (2008) están de acuerdo con Ibáñez en que el pensamiento posmoderno es
contrario al discurso de la modernidad, sin embargo ponen en cuestionamiento la idea de
que estamos en un nuevo periodo histórico. O sea, es verdad que el momento en el que
vivimos es distinto del anterior, pero eso no implica que se haya superado la modernidad,
ya que podríamos decir que el capitalismo se ha reformulado.

Frente a las ideas de causa, explicación, determinación, esencia, universalidad,


sujeto, razón y de verdad es hacia donde apunta las críticas el discurso posmoderno y
genera sus propuestas. Si el pensamiento moderno propone que hay un orden, lo
posmoderno propone lo contrario. En palabras de Eagleton (1996/1997):

“Contra esas normas iluministas, considera el mundo como contingente,


inexplicado, diverso, inestable, indeterminado, un conjunto de culturas desunidas o
de interpretaciones que engendra un grado de escepticismo sobre la objetividad de
la verdad, la historia y las normas, lo dado de las naturalezas y la coherencia de las
identidades” (p. 11).

Ibáñez (2001) menciona que el pensamiento posmodernos se nutre de la idea de


“muerte del sujeto” proveniente del estructuralismo. Por ello Foucault habla de la “Muerte
del Hombre”. El Hombre, sujeto central en el pensamiento moderno, autónomo y total,
comienza a ser cuestionado. Por el lado del estructuralismo, existiría algo que es
constituyente del sujeto, que lo mantiene “sujetado” y por lo cual deja de ser autónomo. Por
otro lado, el sujeto no es total y unificado. Se critica la homogeneización del sujeto en la
modernidad, hecho que según diversos autores no permitiría la expresión propia de cada
individuo. Junto con la muerte del sujeto se plantea la caída de los grandes relatos (Lyotard,
1979/1991), dándole mayor relevancia a los pequeños relatos o relatos subyugados en
beneficio de la pluralidad de voces, argumentando su importancia a partir del movimiento
epistemológico conocido como Giro Lingüístico (Schuttenberg, 2007). El lenguaje sería
constituyente de la realidad y dado su atributo polisémico no existiría una única verdad. Por
ello el pensamiento posmoderno cuestiona las grandes verdades que se han configurado en
la historia, dando cuenta de la imposibilidad de separar al sujeto del objeto, relevando al
sujeto como constructor de su propia realidad, en donde ya deja de existir una sola realidad,
sino realidades locales o consensos en torno a lo que es posibles entender por “lo real”.

De este modo, si la filosofía que se construyó a partir del pensamiento moderno se


puede llamar filosofía de la identidad, los posmodernos contraponen una filosofía de la
diferencia (Pérez, 2002). Derrida habla de différance para referirse a una diferencia que es
más que contradecir, que se vincula más bien con el término “diferir”, lo que quiere decir
“no ser idéntico” (Femenías y Ruiz, 2004).

En resumen, en el mundo no hay orden ni igualdad, sino contingencia, diversidad y


diferencia. Habría heterogeneidad, donde cada particular es diferente a otro particular
donde los individuos atomizados reivindican sus “particularidades”. De esta forma, la
identidad, por un lado, no existe como tal. Lo que hay es una no-identidad, la cual sería
algo que varía a cada instante, que toma una posición y luego otra, y que nunca está
centrada. Por lo tanto, autores como Hall (1996/2003) plantean más bien un uso estratégico
de la identidad, especificando que ésta está fragmentada y construida discursivamente a
partir de diferentes prácticas, muchas veces contradictorias. Por lo tanto se agrega un
ámbito más procesual a la identidad .En este sentido, el skater no es solo skater, sino
también hijo, estudiante, vegano y presentante de las capas medias. Ya no tenemos a “La
Mujer”, sino a una mujer que es indígena, pobre, lesbiana y que no coincide con el
concepto de mujer que aparece en la revista Paula.

Limitaciones y Consecuencias

A lo largo del ensayo hemos logrado conceptualizar a grandes rasgos la noción de


identidad, frente a esto se hace necesario precisar que la preocupación por delimitar tal
categoría conceptual se gesta en la relevancia política que ésta adquiere a nivel social.

Un ejemplo de lo anterior son las políticas de Estado, las cuales se han visto
tensionadas debido a la contingencia de pasar de una identidad colectiva a un
reconocimiento de las diferencias como ha ocurrido con el debate en torno al acuerdo de
Unión Civil en Pareja (AUC) que cuestiona las categorías establecidas en el marco
legislativo. En palabras de Arditi (2000) hoy en día la política busca reivindicar las
diferencias de grupos que a lo largo de la historia han sido oprimidos y/o subordinados, y
por tanto identidades que no han sido reconocidas por el marco político social y económico.

Esto se entiende desde la noción de políticas de la identidad se configuran como

“ forma de autocomprensión, un modo de ver el mundo y una estructura del


sentir que es frecuente en las sociedades industriales desarrolladas (...) no es solo
una sensibilidad sentida y vivida por los individuos. Es una búsqueda de bienestar,
una perspectiva de comunidad. El sentimiento de pertenencia a un grupo es tanto
una defensa como una ofensa. Parece superar la exclusión y el silenciamiento.
Además, en un mundo donde otras personas aparentemente han tomado partido y
decidido quiénes pertenecen a qué lado o, peor aún, donde los demás se lo buscan a
uno -o incluso lo amenazan- porque pertenece a un grupo particular, parece ser
inevitable que cada uno busque o invente su propia fuerza en el seno de sus iguales
(...) Así, la política de la identidad convierte en virtud una necesidad” (Gitlin, 2000,
p. 60)

La tensión emerge cuando se hace evidente que no todas las diferencias son
igualmente válidas, en palabras de Benjamín Arditi (2000)

“la idea de que toda diferencia es buena de por si puede llevar a consecuencias
grotescas (...) si todas diferencias es válida por principio, entonces en principio nada
puede ser prohibido o excluido. Eso presupone, o bien un mundo en el que se
cancelaron las relaciones de poder, o que de cualquier intento de limitar la gama de
diferencias válidas es intrínsecamente represivo (...) negar los límites es peligroso,
pues iguala todo ejercicio de la autoridad con el autoritarismo y de esa forma
desdibuja la distinción entre regímenes democráticos y autoritarios (p.33).

Algunos autores han propuesto la noción de “esencialismo operacional” (Spivak,


1987) que tiene como fin aportar de forma estratégica a una elaboración política desde la
identidad; así lo ha hecho el feminismo apropiándose de la categoría mujer, sin embargo
esta propuesta no suprime de suyo la exclusión de ciertas subjetividades abyectas al mismo
que tiempo que se cae en una especie de “esencialismo de grupos” (Arditi, 2000), se afirma
así que el esencialismo estratégico es más efectivo como una estrategia específica para un
contexto, pero no puede proveer una solución política a largo plazo para acabar con la
opresión y la explotación (Spivak, 1987)

Aquí la cuestión se nos complica y es que si bien la noción de identidad nos remite
al situarnos frente al mundo y configurar políticas, ésta nos lleva a establecer límites
respecto al campo de visión desde el lugar en el que nos posicionamos, suponiendo que
tanto el mundo como los sujetos son estables en el tiempo, haciendo complejas las
posibilidades de plantear una articulación de sujetos desde una política basada en la
identidad.

Así la configuración de una política vinculada a la idea de identidad segrega, frente


a esto Arditi (2000) argumenta la necesidad de repensar en una categoría que sea capaz de
aunar diversas identidades, emerge así la propuesta de ciudadanía la que será entendida
como categoría que no sólo busca homogeneizar las diferencias, ni con la reducción al
espacio electoral, sino como una forma paradigmática de la subjetividad política moderna,
estableciendo una doble relación de sujeción y resistencia a la sujeción por cuanto el
ciudadano deja de ser sólo aquel que es llamado ante la ley y se convierte también, al
menos virtualmente, en quien hace o declara válida la ley (Balibar en Arditi, 2000, p. 36).
Así en palabras de Arditi la ciudadanía brindaría un espacio para pensar en un “nosotros”
que incluye pero que trasciende los confines de una identidad de resistencia afincada en un
grupo identitario particular.

Frente a esto se hace interesante mencionar las palabras de Gitlin (2000) quien
considera que la “expansión de la política de la identidad es inseparable de la
fragmentación de la política de lo compartido. La desintegración de la política de lo
compartido antecede al crecimiento de la política de la identidad; se debe en gran medida a
que el centro no pudo resistir” (p.62) es decir perdiendo el interés por las cosas
compartidas.

Nos parece importante retomar esta idea de intereses compartidos y es que si bien se
apuesta por una forma estratégica de pensar la identidad, hay una visión de mundo que no
es compartida en principio, esto sobre todo teniendo en consideración el contexto político
social y económico en el cual estamos situados, y es que si bien podríamos pensar en la
ciudadanía como eje articulador de una acción política transformadora la condiciones de la
realidad en la que nos situamos dificulta enormemente tal actuar.

Enfrentarse a lo posmoderno es lidiar con la pérdida de no sólo una articulación de


sujetos sino también de un horizonte ideológico de transformación al que apuntar, así
pensar en políticas de identidad se ha vuelto un horizontes estratégico que no ha logrado
cumplir con su finalidad última, como señala Laclau (2000)

“una política de la pura diferencia se niega a sí misma (...) una identidad que
es puramente diferencial en relación con otros grupos tiene que afirmar la identidad
del otro al mismo tiempo que la propia y, como resultado, no puede tener reclamos
identitarios respecto a esos grupos. Supongamos que un grupo tiene esos reclamos -
por ejemplo, iguales oportunidades en el empleo y en la educación, o incluso el
derecho de establecer escuelas confesionales. En la medida en que estas
reivindicaciones son presentadas como derechos que, como miembro de la
comunidad, comparto con todos los otros grupos, tengo que presuponer que no soy
simplemente diferente de los otros sino, en ciertos aspectos fundamentales, igual de
ellos” (p.127).

En este misma línea argumentativa se hace necesario caracterizar que hoy en día
aquellxs que han intentado configurarse como grupos afirmando su propia identidad son
condenados por aquellos grupos dominantes a una existencia marginal, espacio en donde
incluso sus valores pueden ser recuperados como «folklore» por el orden establecido,
mientras que si la lucha es por romper con la localización de la situación de marginalidad
se abre el espacio a una pluralidad de iniciativas políticas que lo llevan más allá de los
límites (Laclau, 2000) .

Ahora bien, frente a los expuesto no podemos olvidar aquello que Vigotsky hace ya
bastante años atrás propone - al pensar en el sujeto y que se consolida como una limitación
a la noción de identidad respecto a la articulación de los sujetos - un procesos de
internalización en el cual un contexto histórico particular conforma/constituye al sujeto en
cuanto a su pensamiento ¿Qué identidades se están conformando hoy en día? ¿Cómo es
posible superar una mundo posmoderno, donde es el consumo y la individualidad se
configuran como dioses a los cuales venerar? ¿Cómo lograr consagrar igualdades/intereses
comunes si el contexto político, económico y social des-articula sujetos?

Hacia una forma de superación de la identidad

Según la traducción de la Fenomenología del Espíritu de Hegel de Antonio Ramos


(1807/2010), el verbo “Aufhchen” hace referencia al acto levantar algo del suelo. Eso que
se levanta se puede tirar a la basura o guardarlo en el bolsillo. Levantar, asimilar y eliminar
son tres significados para la palabra “aufhchen” que comúnmente se ha traducido en la obra
de Hegel como “superar”. Es en este sentido que ocuparemos la connotación de superación.
Superar la identidad, significa tomar algunos aspectos, eliminar otros y levantar un nuevo
concepto.

En el fondo la idea de identidad de la modernidad y la que se construye en el


posmodernismo tienen en común las mismas categorías de pensamiento; la mentalidad
cosista, la exterioridad y la anterioridad como presupuestos básicos (Pérez, 2008). El
posmodernismo asume todas las connotaciones de la modernidad, pero les cambia el signo.
Por ello es que cuando tratan de articular ámbitos como clase, género y etnia, sólo pueden
pensarlos como cosas que se “intersectan” (de ahí que se hable de una perspectiva
interseccional) y tienen serias dificultades, pues como menciona Eagleton (1996/1997), no
son equivalentes.

Hegel, un pensador que se encontraba en un periodo donde el Iluminismo Ilustrado


y el Romanticismo Alemán confrontaban sus ideas (bastante parecido a la lucha que se da
hoy entre ciencia y posmodernismo), propuso una onto-epistemología que permitía superar
las dualidades en las que estaba el pensamiento moderno. Hegel (1807/ 1966) piensa el
mundo en un cambio constante, en el que solo hay devenir. Usualmente se le ha llamado a
este pensamiento como “dialectico”, y estúpidamente simplificado en la triada de Fitchte
(tesis, antitesis, sintesis), donde la negatividad solo está presente en el segundo momento y
donde cada momento es exterior del otro (Rubén Dri, 2006). Pero no, Hegel está pensando
en la totalidad que es diferenciada, donde cada momento es un otro de sí de esa totalidad,
por lo tanto no hay exterioridades. Pero el mundo no es solo devenir, sino devenir del
devenir, que es negatividad pura. Esto significa que si en Aristóteles el devenir es un
cambio natural, Hegel le agrega el sufrimiento a este devenir. En la modernidad se habla de
lo positivo, porque el mundo se piensa como si estuviese “puesto”, por esto Hegel habla
más bien de lo negativo, pues lo que el mundo hace es “dejar de ser”. Y este dejar de ser, es
doloroso y por lo tanto, es serio.

Pérez (2008) dice que Hegel piensa en términos de relación pura. No son las cosas
las que tienen relaciones, sino que son las relaciones las que constituyen a las cosas. Por
ello, Pérez propone la noción de “campo”, como un espacio estructurante, donde no hay
partes separadas de otras, sino un continuo subyacente. Se puede ejemplificar esto,
pensando en física. Lo que tenemos es energía, energía como posibilidad de calor, de luz o
de átomos. Pero no se tienen ni los átomos, ni el calor, ni la luz, sino que la energía es una
relación de posibilidad que se constituye en luz, en calor o en átomos. Por otro lado, el
mundo para Hegel, es sustancia viva que es Sujeto. Lo que tenemos es un mundo, que deja
de ser, pero que al dejar de ser, se constituye como ser, y puede llegar a ser. Es decir, lo que
tenemos es un “siendo”. El Sujeto es una actividad. Hegel lo explica así: “Lo verdadero -el
sujeto- es solamente esta igualdad que se restaura o la reflexión en el ser otro de sí mismo y
no una unidad originaria en cuanto tal o una unidad inmediata en cuanto tal”(p. 16). Por
ello el sujeto no es algo dado, ni tampoco algo estable y desde el comienzo está escindido.
Pero ¿de qué sirve toda esta cháchara sobre la onto-epistemología de Hegel? Pues
precisamente, la lógica hegeliana es la que permite pensar un concepto de identidad que
posibilite la articulación entre sujeto y el levantamiento de nuevas propuestas políticas. No
es que haya algo llamado clase que se intersecta con algo llamado etnia y con algo llamado
género o sexo. Sino con la noción de campo, hay una relación de dominación que se
cristaliza en clase, en etnia, en sexo, y donde estas no son necesariamente equivalentes
entre sí. Por otro lado, si bien la identidad en el algunos posmodernos es procesual y está
escindida, sigue siendo pensada como cosa. Tenemos esta identidad que es fracturada, pero
que no tiene nada que ver con esta otra identidad que también es fracturada. Aunque ambas
sean fracturadas, son diferentes y totalmente separadas. Por ello es que en el
posmodernismo no hay un sujeto proletariado o un sujeto mujer, porque lo que hay son
identidades distintas entre sí e irreductibles. Hay esta mujer y esta otra mujer, esta cultura y
esta otra cultura, pero no hay nada que las una. Pero en Hegel, hay sujeto, y un sujeto que
se particulariza en Juan, en Daniela en Adelaida. Lo que sucede es que hay una totalidad
diferenciada, frente a la homogeneidad no se contrapone la heterogeneidad, como en el
pensamiento posmoderno. Y esa totalidad es el Sujeto, es la Historia Humana.

Es interesante mencionar que hay autorxs que han llegado a concepciones parecidas
a la que estamos mencionando. Por ejemplo Haraway (1991/1995) con su figuración del
Cyborg (el límite de la identidad no está en el cuerpo), Gloria Anzaldúa (citado en Mara,
s.f) con la mestiza (la identidad es un proceso doloroso), Arditi (2000) con el ciudadano
(identidad que incluye otras identidades). Pero no nos queda tan claro que tan colectivas
son.

Mencionado todo lo anterior, para ir finalizando, diremos que nuestra noción de


identidad hegeliana es la identidad entendida como una actividad, un “siendo”, pero que es
doloroso, contradictorio e inacabado. Es una forma de hacerse ser el sujeto. No es que haya
una identidad separada de otra, ambas son formas distintas en que se ha particularizado la
relación de identidad (y que incluso pueden ser contradictorias). No es que haya un relato y
otro relato, sino más bien el relato es hablado desde dos lados. Por ello es que sí se puede
pensar en un sujeto mujer que sea colectivo y que está internamente diferenciada en las
muchas formas en que se particulariza la identidad de ser mujer (mujer lesbiana, mujer
negra, etc) y que incluso podría algún día dejar de ser (ya no necesitamos al sujeto mujer,
ahora tenemos un Juan, una Javiera un Quetzacoalt). Hay algo que nos une, somos todos
sujeto que se han particularizado de forma distinta, somos entes del mismo tipo, y el otro es
un sí-mismo-otro de mí y yo un sí-mismo-otro del otro. Por ello podemos ser hombre y
empatizar con la causa feminista, pues aunque ser hombre signifique la imposibilidad de
vivenciar con seguridad la violencia ejercida hacia una mujer, su violencia también nos
afecta porque la mujer es un sí-mismo-otro de mí, y porque la relación de violencia también
se ha expresado en mí, aunque se haya particularizado en violencias de otro tipo. En el
fondo, es perfectamente pensable una identidad que contenga otras identidades, aunque
sean contradictorias. Esta identidad siempre está constituyéndose, variando y cambiando.
Como también es perfectamente pensable la articulación entre identidades.

Reflexiones Finales

A lo largo de este ensayo hemos visto cómo la noción de identidad ha sido


construida en función de ciertas formas de pensamiento. Por un lado, la modernidad pensó
la identidad como un atributo estable y dado, como algo esencial que es común en cosas e
individuos y donde una identidad es excluyente de otra. Por ello que la identidad puede
estar determinado por la biología u otra esencia. Por otro lado, el posmodernismo se opuso
a las ideas promulgadas por la modernidad, proponiendo más bien la idea de una no-
identidad, dándole mayor importancia a la diferencia, a lo local y a la pluralidad. Otros
posmodernos mantuvieron la idea de identidad, pero la pensaron como fracturada o
fragmentada, como un cambio constante y descentrado, incluso contingente. Logramos
hacer notar que ambas nociones de identidad eran problemáticas, en tanto que una identidad
definida suprime las diferencias entre individuos y sujetos, y por otro lado asumir solo la
diferencia impide la articulación entre sujetos y el levantamiento de campos de acción
política y colectiva. El problema de fondo es cómo generar una identidad que permita la
transformación social, pero que no anule la diferencia entre los distintos sujetos. Para esto
pensamos en proponer una identidad que fuese entendida según la lógica hegeliana, en
donde las diferencias no fueran excluyentes entre sí y donde la heterogeneidad no fuese la
única alternativa a la homogeneización. Para nosotros la identidad es una actividad, es un
“siendo”, un llegar a ser y un dejar de ser. Desde el principio es contradictoria, el llegar a
ser siempre deja algo detrás, por lo tanto también es un proceso donde hay dolor. La noción
de campo nos permite pensar en una relación que constituye elementos, por ello las
diferentes identidades son la particularización de una relación mayor. La relación identitaria
se cristaliza en la identidad mujer y/o la identidad étnica. Y dado que se puede pensar en
una totalidad diferenciada es perfectamente posible pensar en una identidad que no suprima
las diferencias.

Es importante, para trabajos posteriores, seguir ahondando en el problema de la


identidad dado su importancia con los movimientos políticos y las políticas de estado.
Como también seguir desarrollando nuevas propuestas que permitan superar las nociones
modernas y posmodernas de identidad. En este sentido, sería interesante revisar las
figuraciones que han propuesto autorxs como Haraway o Arditi, compararlos y buscar
puntos en común y en contra, de manera de ir desarrollando nuevos conceptos de identidad
y abriendo posibilidades a nuevas formas de pensar y actuar.
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