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J uan J osé Piñeiro

Originario de Galicia, Juan José


Piñeiro inició en 1994 un viaje
espiritual por México, Brasil, Perú,
India y Nepal en busca de
sustancias psicoactivas que le
permitan acceder a otras realidades,
asi como al conocimiento pleno de
la conciencia.
Reconocido internacionalmente por
sus conferencias y su labor
periodística en torno a esta
materia, la obra de Juan José
Piñeiro es una defensa del saber
ancestral y de las culturas que están
por desaparecer ante la creciente
cerrazón intelectual y el
pragmatismo del mundo
contemporáneo. Anteriormente
publicó En busca de las plantas
sagradas.
E l d e sp ertar d e l h on go

Chamanes y plantas de poder


J uan J osé P i ñei ro
E l d e sp e rta r d e l h o n g o

Chamanes y plantas de poder

g rija lb o
EL DESPERTAR DEL HONGO
C h a m a n e s y p la n ta s d e p o d e r

© 2 0 0 0 , J u a n J o s é P iñ e ir o

Ilu s tra c ió n d e p o rta d a : X a n d r a B a la g u e r

D .R . © 2 0 0 0 p o r E D I T O R I A L G R I J A L B O , S .A . d e C.V .
( G r ija lb o M o n d a d o r i)
Av. H o m e r o n ú m . 5 4 4 ,
C o l. C h a p u l t e p e c M o r a l e s , C .P . 1 1 5 7 0
M ig u e l H id a lg o , M é x ic o , D .F .

E s te lib r o n o p u e d e s e r r e p r o d u c id o ,
to ta l o p a r c ia lm e n te ,
s in a u to r iz a c ió n e s c r ita d e l editor.

IS B N 9 7 0 -0 5 -1 1 9 8 -7

IM P R E S O E N M E X IC O
A todas las personas encarceladas
por la defensa de las plantas y hongos sagrados,
con la esperanza de que los otros presos,
los presos de su plata, su miedo y sus mentes cerradas,
aquellos que intentan prohibir la vida y la naturaleza,
aprendan algún día a abrir su cerebro y su corazón
y reconozcan el derecho humano a explorar libremente
nuestra propia conciencia.

A quienes nos aportan claridad


y a quienes la necesitamos.

A Carlos Atiza García


por estar aquí y por su puntualidad:
15'8-96/15~547.

A Ella
por su impecable salto
y por todo lo demás.
Indice

Advertencias prelim inares...................................................................................... 11

Prólogo 1 ................................................................................................................ 13

Prólogo 2 ................................................................................................................ 17

La tierra de las águ ilas.......................................................................................... 19


Oaxaca. El sonido de la m o t a .............................................................................. 1 1 9
San José del P a c ífic o .............................................................................................. 15 3
El mar de Z ip o lite ...................................................................................................1 7 1
Los naguales de C h ia p a s ....................................................................................... 2 19
Palenkua. El secreto de las p ie d ra s .....................................................................249
Olmecas. En busca del o rig e n ..............................................................................295
Los brujos del lago C a te m a c o ..............................................................................3 1 1
Veracruz ..................................................................................................................3 2 1
El peyote de W iric u ta ........................................................................................... 345
Guanajuato. En la boca del jaguar .................................................................... 3 7 1
Tenochtitlán. La danza del nuevo s o l ................................................................385
Con los atlantes de T u l a ...................................................................................... 4 15
Teotihuacán. El corazón del á g u ila .................................................................... 4 2 1
Los amantes de Tlatelolco ..................................................................................467
10 El despertar del H ongo

Bibliografía relacionada.......................................................................................... 4 8 5

Método de cultivo del hongo Stropharia cubensis ........................................... 497

Direcciones enteodélicas y chamánicas en In tern et............................................. 5 0 5

Comunicación con el a u to r................................................................................... 5 15


Advertencias preliminares

De modo que también para mí son reales los libros; no sólo me vinculan con otras mentes,
sino con la visión de otras mentes, con lo que esas mentes comprenden y ven.
Veo sus mundos tan claramente com o el mío.

P hilip K. D ick

I . Nunca creas totalmente el sistema de creencias de nadie.


2. Nunca creas totalmente fu propio sistema de creencias.

R obert A ntón W ilson

Y siempre volvemos a lo mismo: ser; eso es lo único que tiene poder.

M irra A lfa ssa , madre


Prólogo I

Este libro no es un libro de antropología, aunque así pueda entenderlo quien lo


desee; no es un libro científico, a pesar de que las personas de mente abierta que
intenten utilizarlo como base para algunas de sus investigaciones podrán ha­
cerlo; aunque pueda considerarse también así sin faltar a la verdad, no es éste un
libro de etnobotánica, teórico, o un relato de viajes; no es tampoco un libro basa­
do en dogmas, una fe o un sistema de creencias cerrado.
El despertar del Hongo es, esencialmente, el relato veraz de mis incursio­
nes en el misterio. N i puede, ni pretende sustituir otra experiencia personal.
Aquí hablo de un mundo que he comprobado por mí mismo que existe real­
mente. Quien tenga dudas sobre su realidad, o quien quiera conocerlo, no
tiene nada más que, como hace un científico, repetir el experimento, en este
caso, la travesía del viaje exterior e interior. A lo largo del libro describo cuida­
dosamente todos los pasos que he seguido en mi intento de explorar lo desco­
nocido. La oportunidad de vivir también experiencias similares es la prueba
fundamental que aporto, y es suficiente. Cualquier otra prueba es banal.
N o puedo recomendar efectuarla a cualquiera, porque entraña sus ries­
gos y cada cual ha de obrar por propia iniciativa, haciéndose responsable de sus
actos, pero sí puedo afirmar que quien no la haya realizado no está legitimado
para hablar de algo que desconoce por experiencia propia.
Me parece oportuno reproducir aquí nuevamente las palabras de Terence
McKenna en El manjar de los dioses, válidas también para los hongos psilocíbicos
14 El despertar del Ho ngo

0 cualquier otro enteodélico, excepto en lo que se refiere a la duración de sus


efectos:

Naturalmente no espero que mis palabras se tomen como un valor nominal. Sin
embargo, estas conclusiones están basadas en una experiencia que todos pueden
tener si se toman el tiempo de investigar la DMT. La experiencia en sí misma
dura menos de quince minutos. No espero críticas de gente que no se haya to-
mado la molestia de llevar a cabo este simple y definitivo experimento. Después
de todo, ¿con qué seriedad pueden abordar el problema los críticos si son incapa­
ces de invertir unos pocos minutos de su tiempo para experimentar el fenómeno
personalmente?

Espero que estas frases hagan reflexionar a quienes se vean tentados a ne­
gar sin más las experiencias o afirmaciones que van a leer a continuación.

También confío en que reflexionen quienes tengan la tendencia contraria: aceptar


todo lo que aquí se dice sin contrastarlo con la experiencia y la visión propia. A
estas personas sólo les recordaré que El despertar del Hongo es una polifonía don­
de he dado cabida a toda clase de voces: de chamanes y psiconautas, de niños,
jóvenes y viejos, de mestizos, blancos e indígenas, de mujeres y hombres, de
científicos y anticientíficos, de crédulos y escépticos. Si el lector/a lo desea, cada
cual puede encontrar entre este fértil y nutrido coro la suya, o las suyas: aquellas
voces que a uno le resuenen dentro y le hagan vibrar.
En cualquier caso, se dé o no una conexión con alguna voz incluida en
El despertar del Hongo, la cita de Robert A ntón Wilson que encabeza este libro,
pienso que es suficientemente clara y explícita.

Anticipándome a peticiones que algunos lectores y lectoras de mis libros*ya


me han hecho, quiero aclarar que si me leen con atención y con esmero, com­
probarán que no afirmo en ningún lugar de este libro — ni de ningún otro—
ser un chamán, buscar discípulos, o tener todas las respuestas; si acaso demues­
tro en estas páginas algo es haber encontrado medios efectivos para encontrar­
las, pero esto ha de hacerlo cada cual por sí mismo: cada cual ha de hallar su
propio método de aprendizaje, ser su propio guía o su propio chamán.
Aunque algunos me requieran para ello por razones que se me escapan,
no tengo vocación de maestro o de gurú. Insisto: si algo he aprendido en mi
vida es que cada cual ha de hallar las respuestas a sus propias preguntas, conec­
tando cada uno, cada una, con su esencia y su verdadero ser. En mi opinión,
P ró lo g o 1 15

sólo de esta manera comenzamos a encontrar las respuestas que siempre he­
mos buscado; sólo así vamos sabiendo qué hacer y cómo vivir en estos tiempos
que a algunos confunden y les desaniman, mientras a otros nos parecen capa­
ces de alumbrar algo maravilloso, con la única condición de que cada vez más
personas nos decidamos a ser nosotras mismas, sin buscar experiencias de segun­
da mano, experimentando en carne propia la Realidad, sea lo que sea que vaya­
mos descubriendo que es esa desconocida, hoy por hoy esquiva, y aparentemente
difícil de conocer, salvo llegando ahí.
A lo largo de las páginas de El despertar del Hongo aparecen multitud de
técnicas — químicas o no— para ayudamos a conocer, a vivir y a ser. Y dejémoslo
claro: ni saber, ni vivir ni ser es un viaje individual, porque siendo, uno descubre
que jamás está solo. A l dar los primeros pasos, uno vivencia el viaje propio como
colectivo; inevitablemente, uno encuentra en su camino a quien también se ha
decidido a vivir de verdad, plenamente y sin miedo, y llega a experimentar su
travesía como un viaje compartido, integrado cada vez más en el Todo que es la
vida, la Tierra, el universo, ios otros seres conscientes y la humanidad.

Depende de cada lectora o lector que este libro quede o no simplemente con­
vertido en palabras impresas, muertas o perdidas. Quien quiera vivirlo no ha
de repetir necesariamente mi itinerario: para darle vida a estas páginas sólo se
tiene que tener decisión, apertura y honestidad para iniciar la aventura de
existir armónica y conscientemente en todas las dimensiones de nuestro ser.
Espero que los árboles chamánicos — o de cualquier otra especie— no impi­
dan a ningún leyente ver el bosque o la selva que es este libro, y en vez de perderse
en él, se encuentren en alguna de estas páginas con su esencia. Lea el lector/a
atentamente las Advertencias ¡rreliminares y camine con paso firme y seguro, con­
fiando en sí mismo/a, sin tomar nada por cierto, ni descartar nada de antemano.
No estará de más recordar también aquí unas palabras de Thomas Merton:

Podemos ayudamos unos a otros a encontrar eí significado de la vida, no hay duda,


pero en el último análisis la persona individual es la responsable de vivir su propia vida,
de “encontrarse a s( misma". Si persiste en transferirle su responsabilidad a alguien
más, no podrá encontrar el significado de su propia existencia.

Espero que en estas páginas pueda cada lector hallar algo de su interés, de
alguna utilidad y de algún valor para su ascenso y su posterior descenso. N o en
vano El despertar del Hongo es también una bienvenida adentro, arriba, abajo y
adelante.
Prólogo 2

El contenido de El despertar del Hongo está traído desde otra dimensión de la


realidad al papel que sientes ahora entre tus manos.

Tras mi vuelta a Granada, en diciembre de 1996, mi primer intento fue escribir un


libro que diese cuenta de mi viaje por tierras de América. Sin embargo, pronto com­
probé que era totalmente incapaz de hacerlo. El tiempo pasaba y los días no traían
las palabras.
Corrieron las semanas, durante las que no me inquieté, porque aunque no
tuviera ninguna prueba, tenía la convincente sensación de que en algún lugar algo
estaba sucediendo. No quise forzar ese proceso invisible, y me dispuse a esperar.
Transcurridos unos meses, tres días después de comenzar a tomar por otros
motivos esencia de delfín, comencé a escribir inesperadamente. Las palabras fluían y
escribía sin detenerme durante horas.
Pronto, durante la primavera de 19 9 7, descubrí que el libro ya estaba escrito
en una dimensión desconocida de la realidad, y que únicamente tenía que, a partir
de ese momento, limitarme a traerlo hasta aquí.
Las palabras venían en bloques compactos, por eso no lo escribí cronológi­
camente. Eran escenas completas las que escribía, tal y cual llegaban, y no siguieron
un orden preciso. Más tarde las ordené tal y como habían ido sucediendo a lo largo
del viaje. A l irlo haciendo, las partes anteriores fueron rescribiéndose misteriosa­
mente. Acabé la redacción de El despertar del Hongo el otoño de 19 9 7.
18 El despertar D a Ho ngo

Describir cómo fue escrito este libro tiene importancia para la lectora o el lector, pues
las primeras personas que b conocieron comprobaron que si antes o durante su lectura
entraban en un estado de conciencia distinto al habitual, las palabras tenían el efecto
de transformarlas, actuando como un auténtico libro de poder. Simplemente abrirse
a resonar con el ritmo de las frases — y su significado profundo y esencial— puede
servir de puerta de entrada al lugar donde podremos encontramos b s kctores y
lectoras, el narrador, y las mujeres y hombres cuyo conocimiento aparece limitada­
mente reflejado en estas páginas.
Quien desee acceder a ese conocimiento directamente, sin el límite inevitabb
de las palabras, sób tendrá que llegar a él a través de este libro, utilizado como puerta de
acceso a otra realidad.

El gran espíritu, b energía de b creación y d e b vida, b fuerza-conciencb original,


dicen bs que saben que nos hizo a todos bs seres humanos una promesa: nos dio b
posibilidad de abanzar b libertad total.
Y muy lejos del mundo de todos bs días, más a lb del tiempo y del espacio,
donde llegan bs últimos pasos de todos bs caminos con corazón, en el mismo centro
del misterio, se encuentran y se encontrarán de nuevo bs mujeres y hombres verdade­
ros que decididamente abandonen, en el momento preciso y para siempre, b ilusoria
teb de araña de esta realidad.
A sí seremos realmente, y así dejaremos de ser.
La otra realidad está ahí. Basta el intento decidido de acceder a ella. Si el
intento es claro, y la decisión firme, cada cual hallará su propio modo de pe­
netrar en lo desconocido y conocer su esencia, su ser y nuestro futuro; porque la
experiencia y el conocimiento son inútiles si no aparejan el poder de transfor­
marse a uno mismo, y así, cambiar el mundo. Las revoluciones más profundas
y reales suelen ser las más claras, precisas y silenciosas.
La tierra de las águilas

El tren a Oaxaca había partido el día anterior, a las siete de la tarde. Era la
última hora de luz diurna, y apenas había podido vislumbrar la naturaleza por
la ventana de mi vagón. E l Oaxaqueño había necesitado más de una hora para
dejar la ciudad de México, la más grande del mundo. Los arrabales con chozas
se extendían kilómetros y kilómetros en las afueras de la ciudad, y cuando
finalmente dejamos la capital, la luz del día había desaparecido por completo.
El paisaje que contemplaban mis ojos en ese amanecer, tan sólo al desper*
tarme, era sencillamente maravilloso. Era la primera vez que veía el México
profundo que me había llevado hasta allí. Esas tierras parecían cargadas por los
años y por la historia de una ancestral fuerza, que se manifestaba dentro de uno
con sólo observarlas, aunque fuera desde la ventanilla del tren. Me preguntaba
qué sería sentirlas bajo los pies, caminar por ellas con el intento de comunicar­
me con las gentes que habitaron desde hace milenios estos lugares, hasta que la
llegada de Hernán Cortés y sus soldados al golfo de México destruyó casi total­
mente sus culturas, al menos aparentemente.
Intuí que ese viejo conocimiento de las antiguas culturas mexicanas per­
manecería de algún modo en las tierras y ruinas, en la naturaleza y el arte, en
todo aquello que no pudieron destruir los españoles. Los conquistadores aca­
baron con lo que detectaron diferente y extraño, y con lo que considera-
20 E l despertar D a Ho ngo

ron peligroso para ellos, pero dejaron vivo todo aquello que fueron incapaces
de ver.
Mientras salía de la modorra del sueño, observaba el paisaje cambiante y
la riqueza de la vida en esos valles que atravesábamos a gran velocidad. La­
menté mi ignorancia. Los árboles, plantas y cactus que veía por la ventana
eran totalmente desconocidos para mí.
Había tenido la misma sensación hacía sólo unas horas. La tarde ante­
rior había estado en el mercado de Sonora, aprovechando unas horas libres
antes de tomar el tren. El mercado estaba cubierto, ordenado como una pe­
queña ciudad, donde las casas serían los puestos de hierbas, semillas mágicas,
imágenes, velas y amuletos, y las calles los pasillos que recorren los comprado­
res y pacientes de los curanderos y curanderas.
En la sección de herbolaria había comprobado la riqueza de la natu­
raleza en México. Nombres de plantas como yerba del golpe, cilantrillo de
pozo, pudorosa, cardo santo, rosa de Castilla, jiricuá, uña de gato, centaura o
matarique, habían excitado mi interés y curiosidad. Otros nombres de origen
desconocido para mí me habían interrogado: tepescohuite, axcocopaquillo,
ecapatli, huiscolote...
Había llegado hasta el límite de la paciencia de las mujeres y hombres
que atendían los puestos, a quienes había importunado con preguntas sobre
multitud de plantas, sus efectos y modo de uso. El lugar parecía poderoso. Lo
advertí con sólo introducirme en sus pasillos y moverme entre las plantas,
veladoras, sahumerios e inciensos; con sólo sentirme llamado por las chicas y
0

chicos que intentan atraer tu atención; con sólo conectar con la peculiar ener­
gía que se percibía allí. Pregunté y una curandera me explicó que muy cerca
se encontraba un templo mayor azteca. Me dijo que allí había mucho cono­
cimiento, aunque a los mismos mexicanos, ellos, las brujas y curanderos, les
parecieran personas ignorantes o supersticiosas.
Mi primera impresión había sido que superstición y sabiduría se encon­
traban íntimamente mezcladas en México. En el mercado de Sonora podía
comprobarse perfectamente el sincretismo realizado tras la conquista española
entre el rico conocimiento de las culturas prehispánicas, el catolicismo y la
magia. Y me había sentido extranjero allí, por más que hubiera conectado con
el lugar en alguna dimensión desconocida de mi ser.
En el tren recordaba las palabras con que se había despedido de mí la
curandera con la que más hablé el día anterior, en mi primera visita al merca­
do. Me dijo que yo tenía una energía bonita, pero que necesitaba conectar con
buenas vibraciones, con la vibración que los antiguos pueblos de México ha-
L a t ie r r a de l a s á g u il a s 21

bían despertado en esta tierra y que sólo hacía unos años había vuelto a activar-
se. Antes de separamos, me recomendó que tomase un vaso de jugo hecho con
la penca de la sábila para obtener mayor determinación durante mi viaje. Me
confesó que los guerreros aztecas usaban el jugo del tallo del áloe, el otro nom­
bre de la sábila, para curarse las heridas y recuperar la energía perdida en la
batalla.
Mi visita ai mercado de Sonora, el encuentro con la curandera y el jugo
de sábila habían estabilizado y fortalecido mi decisión de ir, a partir de ese
momento, decididamente en busca del conocimiento que las tierras y los hom­
bres y mujeres de poder de México me permitiesen llegar a tocar. Y habían co­
menzado a ocurrir hechos fuera de lo común, aunque todavía prácticamente
imperceptibles.

Asombrado por el paisaje que veía desde mi asiento, miré afuera. Continuaba
amaneciendo lentamente y E l Oaxaqueño todavía corría entre estrechísimos
valles, que resurgían inmaculados de la noche.
Una chica de pelo moreno y piel clara que se había sentado a mi lado, al
despertarse, tras pasar la noche en el asiento de enfrente, me preguntó por qué
estaba en México.
— Todavía no sé con seguridad a qué he venido a tu país. He venido aquí
abierto, dispuesto a aprender — dije finalmente, tras unas torpes explicaciones
iniciales.
— Si quieres aprender en nuestra tierra, tendrás que ver más allá de las
apariencias. Si no, esto te parecerá peor que tu propio país — me miraba direc­
tamente a los ojos, y yo me pregunté qué quería decirme en realidad.
Comprendí cuando continuó hablando.
— El conocimiento está oculto — añadió— . Y sólo lo encuentra quien
está preparado para recibirlo. La mayoría de nosotros los mexicanos, como
cualquier otro pueblo, no tenemos pinche idea del lugar donde vivimos.
Me aclaró que era en la universidad donde ella había descubierto que
México era un lugar prácticamente desconocido hasta por sus propios habitan­
tes. A l estudiar el pasado de su país, había comprendido que la gran mayoría de
su pueblo desconocía lo que sus tierras y sus pueblos escondían.
— Algunos indios son los que más saben, pero los despreciamos por igno­
rantes — reconoció.
El paisaje había comenzado a cambiar dramáticamente. La chica me advirtió
que estábamos llegando a Oaxaca. Sentí como un escalofrío. Eran muchos años
escuchando ese nombre, sintiéndolo, esperando el día de visitar esta ciudad de
22 E l despertar del Ho ngo

la que ahora estaba tan cerca, y de la que tanto esperaba, aunque nunca hubie­
ra sabido con exactitud qué. N o olvidé lo que esta chica me acababa de decir.
Ella era bastante blanca, parecía que sus antepasados apenas se habían mezcla­
do con los indígenas, pero parecía saber de qué estaba hablando.
A l dejar el tren me despedí de ella en el andén y no la volví a ver nunca
más. Me dijo, antes de comenzar a alejarse entre vías abandonadas y cubiertas
de hierba, que Oaxaca era sólo un lugar de paso para ella, pero que sabía que
no lo sería para mí.

María Sabina había muerto hacía años; sin embargo, sentía cómo me llamaba
desde algún lugar, secreto todavía. Comencé a recordar su rostro al caminar
por las calles de Oaxaca. Había visto varias de sus fotografías antes de par­
tir a México, cuando preparaba el viaje, y su cara en blanco y negro había
llegado a serme familiar.
A l llegar al Zócalo de Oaxaca y contemplar su belleza, me planteé la
posibilidad de buscar alojamiento y partir a Huautla de Jiménez días más tar­
de, tras recorrer y empaparme de esta ciudad en sus calles y mercados, pero una
fuerza invisible y amiga me lo impidió.
Me situé en el centro de la plaza, junto al quiosco de la música, contemplé
los arcos y los soportales, los turistas bebiendo en las terrazas de ios cafés. Más
tarde me senté en uno de los bancos donde aquel nagual que fue llamado don
Juan decían que se había sentado en tantas ocasiones. Tras unos minutos allí,
un impulso desconocido me llevó a caminar por la ciudad, dejando la parte
más antigua y colonial. Sin saber cómo, sin preguntar por ella a nadie, me
encontré delante de la estación de autobuses.
Entré en la sala principal de la central camionera, nombre mexicano
para las estaciones de autobuses. Multitud de viajeros aguardaban la hora de
salida; vendedores de todas las edades intentaban conseguir unos pesos de los
turistas o de los mexicanos más ricos; indigentes tirados por los suelos o insta­
lados en las bancas se refugiaban allí, y parecían vivir en la estación.
Entre los numerosos mostradores, localicé rápidamente el de Fletes y
Pasajes, la compañía que llevaba al pueblo de María Sabina. U n autobús partía
unas horas más tarde. N o tuve dudas, y unos segundos después tenía un billete
para Huautla de Jiménez en mi mano. En la libreta que antes de salir me había
dado Luna, apunté algunos horarios y destinos que necesitaría más adelante.
L a t ie r r a de l a s á g u il a s 23

Entonces me volví y a mi espalda vi la consigna de equipajes. Dejé la mochila


allí, con la intención de caminar un poco por Oaxaca antes de partir a Huautla.
Me pidieron firmar un resguardo. Solté la libreta para usar el bolígrafo con mi
mano derecha y entonces la perdí. Dejé olvidada la libreta, junto al impreso
donde firmé. A l darme cuenta, un minuto más tarde, regresé a recogerla, pero
ya no estaba.
Me pregunté quién habría tenido interés en ella, pues su valor material
era nulo. Intenté recordar qué datos tenía anotados allí, pero no eran muy
importantes. La información más interesante que había conseguido el día an­
terior en el mercado de Sonora no la había olvidado. Lo sentí más por perder
las palabras que Luna me había escrito en el aeropuerto.
Me dije a mí mismo que romper el vínculo con ella me haría tener que
enfrentarme solo a todo lo que me trajeran los hongos, las plantas de poder, el
viaje y paso de los días. Además, advertí que había llegado a memorizar sus
palabras, porque las recordaba una a una, tras haberlas leído tantas veces en el
largo viaje en avión.
Ya en el autobús, mientras aguardaba la hora de salida, las copié otra vez,
con mi propia letra, en otra libreta que había sacado de la mochila. Copié
también los datos que recordaba sobre el mercado de Sonora. A mi lado había
un hombre que me miraba curioso mientras escribía. Su piel era oscura y sus
ojos intensos, pero en ese momento no le di mayor importancia. A l terminar
de escribir, cerré y guardé la libreta, con el firme propósito de cuidarla atenta­
mente y no volverla a perder.

El autobús dejó la estación y comenzamos a salir de O axaca. M ientras un


vendedor de remedios nos hablaba a los pasajeros, intentando captar nues­
tra atención, el hombre sentado junto a mí me preguntó si iba a Huautla.
— Claro — contesté.
— ¿Buscas los honguitos? — me preguntó con naturalidad.
— S í — respondí, confiando en él; le miré a los ojos y no me pareció un
policía.
— Es tarde — me dijo.
Me asusté; imaginé que me estaba diciendo que las lluvias habían
terminado.
— ¿Ya no llueve? — pregunté, preocupado.
— Todavía. Pero el verdadero conocimiento de los honguitos hace ya
muchos años que desapareció de la luz pública. Te costará mucho trabajo
encontrar algún saber auténtico y antiguo. Ahora todo es comercio y moda.
24 El despertar D a Ho ngo

Desde María Sabina a hoy, Huautla ya no es lo que era. S e ha corrompido


totalmente.
— ¿Por qué? — pregunté, aunque intuyera la respuesta.
— ¿Ves esta carretera? — señaló el exterior con su mano— . Antes no
existía. Sólo hace unos años que se abrió, desde entonces Huautla está inundada
de turistas, gringos, hippies y mexicanos en busca de sensaciones fuertes.
Recordé los viajes de Gordon Wasson y su mujer, Valentina Pavlovna,
por la sierra mazateca, viajando en muía a través de valles y montañas, en
busca de la supervivencia de la ceremonia de los hongos sagrados. En 1955
participaron por primera vez en una de estas ceremonias, dirigida por María
Sabina. Desde que en 1957 hicieron públicos sus descubrimientos en la re-
vista Life, los buenos chamanes se vieron obligados a ocultarse ante la peregrh
nación de toda clase de personas a Huautla de J iménez.
N o me preocupé especialmente. Sabía que si había de encontrar algo o
alguien, lo haría, al margen del turismo de moda y del secretismo de los verda^
deros hombres y mujeres de conocimiento que vivieran en esta zona. En ese
momento estaba totalmente convencido de que daría con el modo de comen'
zar a penetrar en el misterio de ios hongos, de comenzar a derretir el hielo, a
buscar la abertura en la noche del silencio obligado.
— ¿Tengo alguna esperanza de encontrar algún chamán o chamana au'
ténticos en Huautla? — pregunté a mi compañero de viaje.
— En Huautla será difícil. Comprobarás que todo el mundo dice ser
chamán y que hasta los chamacos querrán venderte hongos, claro que de du-
dosa calidad. Mucha gente ha visto en los hongos un medio de hacer dinero
fácil, y es comprensible, pero han corrompido un conocimiento sagrado para
nuestro pueblo, los mazatecos.
”Ve a los pueblos cercanos y menos visitados — me recomendó— .
Sólo ahí podrás encontrar algo interesante para ti. Puedo asegurarte que
en estas tierras permanecen ocultos muchos secretos que el interés por los
hongos y sus consecuencias han puesto en peligro de extinción, pero que
han sobrevivido.
El hombre hizo una pausa, pero tras mirarme silenciosamente, continuó
hablando:
— Durante más de cuatro siglos los naguales tuvieron que ocultarse de
los españoles y desde hace unos 30 años, se ocultan de los gringos y los m exi'
canos hippies.
Miré a este hombre de unos 40 años, vestido con ropas sencillas. Su
rostro era netamente diferente a los de los habitantes de la ciudad de México,
L a t ie r r a de l a s á g u il a s 25

incluso de Oaxaca. Sus rasgos parecían más indios que los de los mexicanos
que había visto en el tiempo que llevaba en el país.
— ¿Cómo sabes estas cosas? ¿Eres chamán? — pregunté, sabiendo que
aunque lo fuera no me lo diría; ya había descubierto en Sudamérica que los
auténticos chamanes no presumían de ello, incluso lo ocultaban.
— N o — respondió, y parecía sincero— . Soy un humilde maestro en una
escuelita, pero mi abuela sí que era chamana. Ella transmitió su saber a mi
mamá antes de morir, como es tradicional. Desgraciadamente mi mamá murió
bien joven, con 18 años, en el mero parto en que me dio a luz, y no pude
aprender de ella. Más tarde me hice maestro, a pesar de los sueldos miserables
que nos pagan por nuestro trabajo. Ahorita vengo de una reunión en Oaxaca
con los compañeros de toda esta zona. Tratamos de organizamos pa’ver si pre-
sionamos al pinche gobierno — y rió, sarcásticamente.
Continuamos hablando mientras el autobús avanzaba por la carretera
hacia Tehuacán. Poco a poco fuimos confiándonos el uno al otro. Hablamos
muy sinceramente. Yo le hablé de mi viaje por Sudamérica. Él me contó mu­
chas cosas sobre los honguitos y otras plantas de la tierra mazateca.
Tras unas horas, el maestro me dijo que a la altura de Teotitlán del Camino
nos desviaríamos de la carretera para internarnos en la sierra mazateca. A l
acercamos a Teotitlán me aclaró que este nombre, en la lengua náhuatl, signi­
fica “Tierra de Dioses” .
No tuvo que decirme que habíamos llegado al desvío. El autobús se detuvo
unos minutos y varios chamacos y chamacas subieron rápidamente para intentar
vendemos a los viajeros arroz con leche, empanadas, quesadillas, helados, golosi­
nas, fruta. En unos segundos el pasillo estaba lleno de estos pequeños vendedores,
obligados a trabajar desde corta edad para subsistir. El conductor tuvo que man­
darlos bajar para poder continuar el viaje. Dejaron el autobús pacíficamente, sin
resistencia, todavía intentando ganar unos pesos más, con alguna venta final.
Dejamos la carretera principal por la derecha, y ya nada fue igual. A
partir de ese momento comenzamos a ascender y la carretera fue haciéndose
cada vez más difícil. El chofer parecía conocerla bien. Tomaba con seguridad
las cerradas curvas. Era notorio en la temperatura el aumento de la altitud. Me
fui abrigando poco a poco, según empezaba a sentir el frío de la sierra.
Desde la ventanilla del autobús veía de vez en cuando almacenes de
Cemento Tolteca. Le pregunté al maestro si la cultura tolteca continuaba viva,
o sólo quedaba ya el uso comercial de esa palabra.
— Mi papá tuvo otro hijo con una maestra de por el norte de Veracruz
— me explicó— . La conoció en un convite. Ella hablaba náhuatl, la lengua de
26 E l despertar del Ho ngo

los aztecas y otros pueblos antiguos de México. Aseguraba que su familia prove­
nía de un linaje de brujos toltecas. La familia de mi mamá estaba muy molesta
con él y al poco tiempo me dejó a cargo de parientes lejanos, que fueron los que
me educaron y cuidaron, y a mi papá apenas volví a verle, pero por lo que me
enseñó antes de abandonarme, la tradición de este pueblo no había desapareci­
do, permanecía oculta en la sabiduría de algunos pueblos del México de hoy.
Me pregunté el porqué de esta insistencia. En sólo 24 horas la curandera
del mercado, la chica del tren y ahora este hombre no permitían que olvidara
que aunque escondido, aún existía el conocimiento.
—Nuestra propia tradición mazateca proviene de los olmecas y los toltecas
-continuó— , y nuestra tradición es sobreviviente, gracias ai aislamiento.

Veía las montañas verdes y ocres oscureciéndose mientras el sol se ocultaba


lentamente tras las más altas, entre los profundos valles de esta región.
— ¿Qué te enseñó tu padre? — pregunté curioso.
—No tanto. Yo era muy chiquito. Él me hablaba de un mundo mágico,
más allá de la vida. Insistía mucho en la disciplina.
Me interesaba lo que me explicaba, pero no quería perderme el paisaje,
nuevo para mí. Miraba hacia afuera, mientras le escuchaba. De tanto en tanto
había carteles al borde de la carretera que decían: “N o deje piedras en el pavi­
mento”. El maestro continuaba hablando.
—M i j)apá insistía en que su nueva mujer le había enseñado que con
disciplina es posible entrar en otros mundos y alcanzar el corazón del universo.
Ella decía que la tradición es la vía de acceso. Eso es lo que podemos aprove­
char de los viejos.
— ¿Nada más? — le pregunté.
— Hay viejos y viejos. Desgraciadamente, la mayoría de ellos hace años
que sólo están interesados en el pinche dinero y en el poder personal. Las
luchas entre ellos les enredaron y consumieron su energía. N o fueron capaces
de vivir como auténticos naguales, ni fueron capaces de enseñar. Hay bien
poquitos que están listos para enseñar.
— ¿Y los jóvenes de hoy no aprenden nada? — pregunté.
— Muy pocos tienen algo de interés por saber. La mayoría no quieren
aguantar el trabajo de aprender y la disciplina. Si aprenden algo, es sólo por­
que quieren el dinero fácil de los turistas. Aprenden algunas cositas y las per­
sonas a las que sacan el dinero se conforman con ellovTú mismo podrías dar a
alguien unos honguitos, decir cuatro oraciones en mazateco, y al final quedar­
te sus dólares o sus pesos.
L a t ie r r a de l a s á g u il a s 27

"H ay muy pocos jóvenes que, como te digo, quieran el conocim iento
y estén dispuestos a aprender. Y aun así, aunque quieran aprender, no les va
a resultar fácil dar con un buen nagual. Ya verás cómo no los vas a encon­
trar fácilmente. Se ocultan entre nosotros, y aunque los conozcas, aunque
sean tus vecinos, nunca les reconocerás. Tienen que protegerse de propios
y extraños.
— Y desde el punto de vista de los naguales, ¿les resulta difícil encontrar
a alguien a quién transmitir sus conocimientos? — pregunté intentando acla­
rar cuál era la situación actual.
— A sí sucede hoy en día, desde hace años — respondió— . Los auténti­
cos naguales no pueden transmitir sus saberes. N o es fácil. Además, cada vez
menos jóvenes permanecen aquí. Los más jovencitos se están yendo a Oaxaca
o a México. No aguantan aquí los años de aprendizaje por indisciplinados. No
son sérios. No hay una disciplina fuerte y bonita.
— ¿Te refieres a ser impecable?
— Puedes decirlo así. Estos jóvenes están tan lejos de la impecabilidad
como tú ahora de tu país. Es un problema muy grande que tenemos. Nuestra
tradición se está perdiendo, por los viejos corruptos y los jóvenes corrompidos.
"Los mismos chamaquitos a los que los maestros intentamos enseñar no
quieren aprender. N o entienden que sin educación continuarán siendo unos
miserables toda su vida. N o se interesan ni por una cultura ni por la otra.
Bajando cada vez más la voz, continuó hablando:
— Hay algunos jóvenes interesados sinceramente en el conocimiento,
pero los viejos no confían en ellos. N o quieren transmitir el poder. Son muy
poquitos, pero hay algunos jóvenes serios y con la disciplina única que da el
uso sagrado de los hongos.
— ¿Conoces a algunos de ellos? — pregunté, bajando también la voz.
— Los conozco — me confesó— . Estos jóvenes de los que te hablo fueron
alumnos míos cuando eran chamacos, ahora son mis amigos. A l no encontrar
buenos maestros, decidieron trabajar juntos sin los viejos y aprender de los
honguitos. A lgo que habían aprendido de su experiencia es que los hongos
les podían desvelar la verdad del nagual.
Hizo una pausa, y continuó hablando:
— Para que no hubiera problemas fui a platicar con los viejos. Yo no era
viejo ni joven. Los jóvenes no querían el enfrentamiento, porque saben que
los viejos tienen mucho poder, y que si querían podían hacerles mucho daño,
incluso destruirles. Pero ellos me dijeron: “ Queremos ser libres, aunque los
viejos se encabronen” . Ellos han comenzado en los últimos años a revivir una
28 El despertar del Ho ngo

tradición que los viejos quieren conservar controlándola totalmente, ocultán-


dola a los jóvenes y, sobre todo, a los güeros.
— ¿Cómo reaccionaron los viejos?
— Los viejos no aceptaron a los jóvenes independientes como discípu-
los. Tenían miedo de su libertad, y tenían miedo de que enseñaran a los güeros
secretos ocultos hace milenios.
— ¿Tuvieron problemas? — pregunté, comenzando a entender la si­
tuación.
— Tuvieron que huir de aquí. En estas tierras viven naguales muy pode­
rosos y se sintieron amenazados por ellos.
”En las sierras de Oaxaca viven hombres capaces de transformarse en
animal o en su doble — confesó— . Estos hombres increíbles son capaces de
volverse invisibles, de volar, de manejar la energía a su antojo, de hacer cosas
extraordinarias y no siempre usan bien ese poder.
’T en cuidado cuando conozcas alguno de ellos — me advirtió— . Hay
lobos disfrazados de ovejas. Los mejores no hablan español. Hay algunos temi­
bles. Los jóvenes tuvieron miedo y se ocultaron.
— ¿Cómo conoces tan bien esta historia? — le pregunté.
El maestro se rió. Respondió con tristeza en sus ojos y la risa en su boca.
— ¿Quieres saber la verdad? — me preguntó, mirándome directamente.
— Claro — respondí con decisión.
El maestro permaneció en silencio unos minutos, parecía observarme.
Finalmente habló, bajando aún más la voz, aunque los asientos próximos a los
nuestros permanecían vacíos.
— Yo fui uno de los primeros en rebelarme contra los viejos interesados
en utilizar su poder para provecho personal.
— ¿Te amenazaron?
— Me enviaron un aliado suyo a hacerme mal, pero le enfrenté y le ven­
cí. A l verse derrotado, me ofreció ser mi aliado personal, pero yo rechacé el
pacto. Quise mantener mi independencia. Sé que los seres humanos somos
invulnerables. Nadie tiene poder sobre ti mismo sino tú. S i no entregas tu
poder personal y tu libertad a nadie, nadie podrá hacerte nunca daño, ni si­
quiera la muerte.
”Por eso puedo vivir todavía en esta tierra, aunque aislado y protegido
por el espíritu y el poder del universo.
— ¿Y te dejaron en paz?1— intrigado, quise saber el final de la historia.
— En esos años María Sabina comenzaba a hacerse famosa entre los gringos,
y necesitaron toda su energía para atacarla y destruirla. María Sabina era una
L a t ie r r a de l a s á g u il a s 29

chamana muy poderosa, de muy buen corazón. A l principio lo intentaron con


sus poderes de brujos, pero ella era indestructible, porque vivía en el amor y
sentía el corazón, y además estaba protegida por los niños santos, los honguitos;
así que la insultaron, la calumniaron, hasta le quemaron dos veces la casa.
”Yo dejé Huautla y me retiré a un pueblo más apartado a dar mis clases,
sin ninguna notoriedad. Llevo allí años, por eso sé que en esa zona hay ocultos
naguales de gran poder. En aquel pueblo más chiquito continué aprendiendo
por mi cuenta, sin familia. N o tenía realmente linaje ni familia de sangre.
— ¿Quién te enseñó pues? — pregunté, sorprendido.
— Los hongos. Los hongos me dicen todo lo que necesito.
Recordé que los indígenas de Sudamérica me habían explicado que las
plantas sagradas eran plantas maestras, y aun así me pregunté si había también
maestros, auténticos naguales.
Teniendo en cuenta lo que me había dicho antes, di por supuesto que exis­
tían y le pregunté cómo les reconocería si encontraba alguno durante mi viaje.
— Los auténticos naguales te reconocerán a ti. Ellos te encontrarán, por
supuesto, si quieren encontrarte. Ellos ven.

Tras cuatro horas de viaje, el maestro me dijo que estábamos llegando a Huautla.
Le di las gracias por todo lo que me había enseñado durante el viaje y le pre­
gunté que por qué había confiado en mí.
— Hay hombres-águila — respondió.
— ¿Qué quieres decir?
— Eso na’más: hay hombres-águila. Ya irás sabiendo con el tiempo. A h o ­
rita no me preguntes más. Has llegado a un lugar de gran poder. N o olvides
que Huautla significa en náhuatl “Nido de águilas” .
En ese momento no entendí qué me había querido decir, y miré por la
ventana. Ya era totalmente de noche.
Unos minutos después entrábamos en Huautla de Jiménez. Le dije que
me sentía inquieto por lo que me había dicho sobre los naguales que usaban
mal su poder. Sentía aprensión ante la posibilidad del encuentro con alguno
de ellos en estas montañas.
— N o tengas miedo — respondió— . Mantente ligado al espíritu. A u n ­
que te encuentres con alguno, si no te achicas, ellos te respetarán y finalmente
se alejarán de ti.
30 El despertar del Ho ngo

Mientras ascendíamos por las calles de Huautla, escuché al maestro de­


cirme que el espíritu premia a los valientes.
—Tú arriesgaste al venir hasta acá — me dijo— . Si intentas conocerlos con
el corazón, ya verás cómo los honguitos te entregarán su saber y te protegerán.
"Ellos te guiarán por el camino del conocimiento — aseguró con total
convicción— . Confía en ti mismo, en los hongos y en su linaje.

El autobús, tras recorrer los últimos kilómetros cuesta arriba lentamente, se


detuvo finalmente en el centro de Huautla de Jiménez.
Mientras buscaba mi mochila de mano, recordé las últimas palabras del
maestro antes de despedirse.
— Me llamo Ramón. S i tienes algún problema, puedes venir a verme.
Pregunta por mí en la escuela.
Antes de separarse de mí me había explicado cómo llegar a su pueblo, y
me solicitó discreción. Luego desapareció, sin darme tiempo a recoger mi equi­
paje y acompañarle.
Aun así intenté seguirle al bajar del autobús y hacerle todavía algunas
preguntas, pero al pisar Huautla, un niño se había acercado a mí, ofreciéndo­
me una cabaña para dormir. Traté de ser amable con él y perdí la oportunidad
de ver hacia dónde se dirigía Ramón.
Recogí la mochila y ya que el niño me había ofrecido una cabaña, acepté
irme con él. Era de noche y no tenía muchas oportunidades de encontrar alo­
jamiento.
— ¿Está cerca la cabaña? — le pregunté.
— Uy, muy cerquita, sólo hay una subidita p’arriba.
Efectivamente, comenzamos a subir por las empinadas calles de Huautla.
— ¿Cómo te llamas? — le pregunté.
— Salvador. ¿Y tú? — me preguntó a su vez, sonriendo.
—Juanjo. ¿Cuántos años tienes?
— Siete. ¿Vas a querer honguitos? — me hizo la pregunta con toda
naturalidad; tal y como me había dicho Ramón, los niños vendían los hon­
gos sagrados.
— Mañana hablaremos. Hoy sólo quiero descansar — le respondí sin­
ceramente.
—Te vendo un viaje por 15 pesos — insistió sin dejar de sonreír; calculé
que me había pedido unas 250 pesetas.
— Mañana hablaremos — repetí con fuerza.
Salvador me miró ahora más serio. Había algo de picardía en su mirada.
La t ie r r a de l a s á g u il a s 31

— ¿Tú has tomado alguna vez los honguitos? — le pregunté mientras con­
tinuábamos subiendo.
— Uy, muchas veces. Son muy buenos los honguitos.
Atravesamos una plaza y ascendimos por una calle estrecha, que unos
minutos después se transformó en una escalera de piedras irregulares. Alcanza­
mos un llano y a partir de ahí tomamos una calle más ancha.
A los lados de algunos caminos por lo que anduvimos, vi una planta que
era muy familiar para mí, tras mi viaje a Sudamérica. Las campanas del flori­
pondio eran inconfundibles.
Le pregunté a Salvador por esta planta.
— Pues eso es ploripondio — respondió.
— ¿Ploripondio, o floripondio? — interrogué.
— Pliropondio — contestó, trabándosele la lengua— . Floripondrio. No,
plorifondio le llaman, ¿no? Bueno, no sé bien — aceptó riéndose— . Es muy
muy horrible. Vi a un gringo que se lo tomó y se puso loquísimo. Se iba a tirar
por un barranco para arrancarse la locura de su cabeza. Se la agarraba con las
manos como si fuese un poseído por el demonio.
Mientras terminaba de explicarme las consecuencias del floripondio en
la cabeza y el cuerpo del desdichado gringo, me señaló una escalera.
— Aquí es — dijo.
Miré arriba y vi una casa bastante grande.
— ¿Pero no me dijiste que era una cabaña? — pregunté sorprendido.
— Aquí vive mi familia. Ahorita te enseño la cabaña, está ahí mismito
— y señaló hacia la oscuridad.
Subí por la escalera con mucho cuidado. Era muy resbaladiza. Había algo
de barro cubriendo las piedras y tenía miedo de resbalarme, con la mochila a
mi espalda.
A l asomar la cabeza por la puerta, vi a una familia completa, viendo la
televisión, como en cualquier otro lugar del mundo.
Nada más verme, el marido me ofreció una silla y la mujer un cafecito.
Se presentaron, y me presentaron al resto de la familia: dos niños, dos niñas, el
tío y la abuela.
Mientras Ana, la mujer, preparaba el café en una vieja cocina que estaba
en la misma sala donde me habían recibido, su marido, Alejandro, me dijo que
antes que nada habláramos de la cabaña.
Sin ninguna discusión apalabramos el precio diario de mi alojamiento, y
comenzamos a hablar de los hongos.
— ¿Cuántos viajes quieres? — me preguntó, al igual que su hijo.
32 E l despertar D a Ho ngo

— Hoy quiero descansar. Voy a estar varios días en Huautla, ya tendre-


mos tiempo de discutir eso.
— Mira — me dijo— . Éstos son de barranco. También tengo san isidros,
y derrumbes, y pajaritos.
En unos segundos cubrió la mesa con diversas variedades de hongos. Me
acerqué a verlos. Eran bastante diferentes, tanto en la forma como en el tamaño.
— ¿Dónde crecen? — le pregunté.
— Los de barranco en las barrancas, el mismo nombre lo dice; los de^
rrumbes en la tierra húmeda; los pajaritos en los árboles con moho; y los san
isidro en los excrementos del ganado.
— ¿Para qué sirve cada uno? — le pregunté.
—El hongo es sagrado — me dijo Alejandro— . Unos son más chiquitos que
otros y necesitas tomar más, pero todos sirven para ir al cielo y quitarte la locura.
Sonreí. Huautla parecía el mundo ai revés. A i otro lado del charco me
tomaban por loco o alucinado por mis encuentros con las plantas sagradas, y
aquí me decían que los hongos quitaban la locura. Me resultaba curioso y se lo
dije a Salvador.
Ana, mientras me entregaba la taza de café que me había preparado,
intervino:
— En tu país no conocen el hongo ni otras plantas. Si te llaman loco
porque te gusta esta clase de plantas, es que no saben de lo que platican.
Se dirigió a su marido.
— Enséñale la Pastora.
Alejandro se levantó y trajo una botella con un líquido extraño.
— ¿Qué es eso? — pregunté— . Pensé que la Pastora era una planta que
servía para adivinar.
— Claro que sí — dijo Alejandro— . Esto es un licuado. U na jicara de
jugo de la hoja de la Pastora.
— ¿Qué poderes tiene? — le pregunté.
— Como tú dices sirve para adivinar, pero hay que saber utilizarla. Sólo
curanderas muy sabias saben adivinar con la Pastora.
— ¿Tú la has probado?

— No. El sí que la ha probado — y señaló al tío de su mujer, que estaba


sentado un poco apartado, escuchando, sin decir nada.
Le pedí al tío de Ana que nos contase su experiencia.
— Es un poco sordo — me dijo Alejandro— . Además, sólo habla mazateco.
Él conoció mucho a María Sabina. Vive muy cerca de su casa. Todavía vive
allí la familia de ella.
L a t ie r r a de l a s á g u il a s 33

— Enséñale las semillas de la virgen — dijo Ana.


Alejandro se levantó una vez más. Le pregunté a su mujer si les estaba
molestando.
— A l contrario. Alejandro disfruta. Le gusta tu interés por todo lo que te
va enseñando. Vienen 'pocos gringos que quieran aprender.
Me observó un rato, miró mi libreta, donde yo ya había comenzado a
hacer anotaciones, y añadió:
— Se ve que tú eres diferente. Como una francesa que estuvo aquí. Ella
hasta sacaba fotos de todas las plantas y de todos los hongos, y se llevó mues­
tras de todas las cosas. Decía que era antropóioga. Pero la mayoría de los gringos
quieren un viaje na’más. N o entienden al hongo ni entienden nada, incluso
muchos mexicanos que vienen aquí son unos ignorantes, sobre todo los
chilangos, los de la ciudad de México. Se piensan que saben porque son de la
gran ciudad, y son bien brutos.
Alejandro, que ya había regresado con varios tarros y paquetitos, le dijo:
— Cuéntale lo de los de Veracruz.
Ana se rió, acordándose de ellos. Y todavía riéndose comenzó a contar la
historia.
— Un día vinieron dos de Veracruz. Dijeron que los hongos eran una
chingadera, que no servían para nada. Pero pronto les picó la curiosidad y fue­
ron con una señora que hace ceremonias y que cobra cansísimo. La señora les
cobró 500 pesos a cada uno y les dio los hongos. Por sólo tener curiosidad, por
reírse así y por platicar mal de ellos, el hongo les castigó.
Toda la familia escuchaba atentamente la historia, incluso la abuela,
quien me habían dicho que como el tío, sólo hablaba mazateco.
— ¿Qué les pasó? ¿Vomitaron? — pregunté.
— N o — respondió A na— . Vomitar es cosa buena. Te saca la enfermedad.
El hongo les puso como locos, querían correr y salir de la casa donde les dieron
los hongos gritando. Nada más daban vueltas por la habitación. La curandera
les quiso echar agua bendita de la Señora, la Virgen, para que se les pasaran los
efectos, pero ellos no quisieron. Salieron de la casa corriendo como posesos,
gritando, y ya no se les vio más.
— Mucha gente no entiende que el hongo es sagrado. N o se puede tomar
por solo gusto — añadió Alejandro.
— Cuando veníamos hacia aquí, tu hijo me ha contado que a un gringo
le pasó algo parecido con el floripondio.
— ¿Con el plorifondio? El plorifondio es todavía más severo que el hon­
go. N o permite las bromas. Puede matarte y quedarse tan feliz.
34 El despertar del Ho ngo

—El plorifondio es más delicado — añadió A n a— . Tiene que estar uno


con muchas precauciones. Es peligroso. N o puedes tener relaciones durante
tres meses. Te pones loco si comes. Les da miedo a las personas. Casi nadie
sabe hacerlo bien. Hay dos clases: blanco y rosado, pero nosotros los mazatecos
no lo usamos.
—Nosotros usamos otras plantas — dijo Alejandro— . Mira. Estas son las
semillas de la virgen.
Alejandro extendió sobre la mesa varias semillas.
— Hay dos clases. Negras y marrones. Para un viaje, basta una corcholatita.
Mis dudas sobre qué sería esa clase de medida se despejaron cuando Ale^
jandro tomó una chapa de refresco y la llenó de semillas.
— Esto na’más — dijo.
— ¿Cómo se toman? — pregunté.
— Se comen — respondió Alejandro— . Las tomas de una en una. Has de
mascarlas bien hasta que te prenda.
Me dio a probar una semilla negra, más grande, y otra marrón, más pe^
queña. Las introduje en mi boca y las masqué. Eran duras, pero no tanto como
yo había imaginado. N o parecía difícil mascar la cantidad que Alejandro afir-
maba era necesaria para que hicieran efecto.
Las marrones eran mucho más pequeñas, por lo que el número a tomar
era mucho mayor, pues la medida, según él, era siempre la misma: una chapa
de refresco.
— Las negras hacen menos efecto.
— ¿Y cuánto es un viaje de hongos? — le pregunté, ya que Alejandro
parecía saber de todo.
— Por ejemplo de buenos derrumbes son cuatro pares.
— ¿Cuatro pares? — pregunté asombrado. La cantidad necesaria para un
viaje con los honguitos más usuales en España, los Psilocybe semilanceata, era
de 50 a 100.
— Sí, los derrumbes van muy cargaditos, y cuatro pares te prenden rapi-
dito. Los hongos siempre se toman en pares. De dos en dos.
— ¿Por qué? — pregunté.
A na me trajo otro café y respondió ella:
— A sí lo quiere el hongo. No le gusta ir solo y soltero — y todos se rie*
ron— . A l hongo le gusta ir siempre emparejado.
— También se toman con chocolate o en miel — dijo Alejandro.
Entonces me mostró lo que parecía ser su mayor tesoro: un frasco con
miel de abeja. Dentro se podían ver hongos.
L a t ie r r a de l a s á g u il a s 35

— A sí están riquísimos. Prueba.


Alejandro abrió el frasco y me lo dio. La miel no era muy densa y pude
bebería fácilmente. Yo estaba prácticamente en ayunas, porque apenas había
comido durante el viaje. Su sabor me resultó delicioso.
— Es verdad que están riquísimos en miel — dije.
— ¿Verdad que sí? Toma más — me ofreció Alejandro.
No lo pensé dos veces y le di otro sorbo. Esta vez sentí aún más el sabor
de los hongos. Me resultaba familiar. Una vez que uno ha probado los hongos
visionarios, es fácil reconocer el sabor característico de la psilocibina, su prin-
cipio activo.

Estaba tan rica la miel de hongos, que le pasé el frasco a Alejandro, para evitar
la tentación de tomármela toda. La dejó encima de la mesa.
— Mira, la dejo aquí pa’ti. S i quieres un aumentito, tómala na’más.
— De acuerdo — dije— . Oye, ¿por qué los ponéis en miel? ¿Así es como
se conservan?
— S í — respondió— . Durante un año. Ten en cuenta que dentro de
unas semanas dejará de llover como ahorita, y es necesario conservarlos
hasta el próximo año, cuando llegue de nuevo la temporada de lluvias.
Me pregunté desde cuándo sabrían los mazatecos que los hongos se con­
servan en miel.
— Hay que echarlos frescos, no secos, y al año fermentan — continuó
explicándome Alejandro— . Toma un poquito más de mielecita.
Tras tomar un sorbo más, pregunté:
— Oye, vuestro hijo me ha dicho antes que les dais honguitos ya de pe­
queños.
— Siempre que tienen un mal o están enfermos — dijo Alejandro.
— A ésta — señaló A na a su hija más pequeña— se los dimos cuando
tenía dos años y medio, era muy chiquita. El hongo la curó, y la hizo reír y
platicar.
Miré a la niña y a todos los miembros de la familia. Su cara siempre
estaba risueña, como si la felicidad residiera eternamente en su rostro.
— El hongo te hace platicar — me explicó A na— . Te habla y tú vas y
dices lo que escuchas.
— ¿Y qué te dice? — pregunté.
— Lo que necesites saber — respondió A n a— . A veces no quieres ni
escucharle, porque te dice cositas que no quieres oír. Pero si quieres curarte
tienes que escucharle y hacer lo que el hongo te diga. A veces no te cura él
36 E l despertar del Ho ngo

mismo, te dice qué medicina tienes que tomar. Si le haces caso al hongo te
curarás.
Me iba dando cuenta de que todos ellos hablaban con toda naturalidad
del hongo como de un ser vivo, como si se tratase de otra persona, además muy
sabia.
— ¿El hongo sabe? — pregunté.
— El hongo lo sabe todo, hasta cosas que nosotros los hombres no pode-
mos entender.
Alejandro afirmaba todo esto con total seguridad, como quien sabe muy
bien de qué está hablando.
— Él sabe muchas muchas cosas — continuó— . El hongo sabe todo de
la vida.
— Y de la muerte — añadió A na— . El hongo sabe todo de la vida y de la
muerte — concluyó misteriosamente.

Poco a poco la atmósfera iba transformándose. La luz eléctrica era muy débil y
tenue. Sólo el fuego, mantenido por los niños, iluminaba realmente la habita-
ción donde nos encontrábamos. Ibamos bajando cada vez más la voz. El miste­
rio y el respeto iban haciéndose muy presentes. Me di cuenta de la reverencia
con la que hablaban del hongo.
— Si lo necesitas te lleva al lugar de los muertos — explicó Ana.
— Y a las curanderas les enseña la enfermedad — dijo Alejandro.
— Las curanderas de verdad — continuó A na— viven sólo de curar.
Ellas ven la enfermedad con los hongos, dónde está el mal. Desde chiquitas
aprenden a hacerlo, pueden aprender a hacerlo. La mamá y la abuela les van
enseñando.
— Entonces esta sabiduría se va enseñando de generación en genera­
ción, ¿no? — asintieron los dos— . ¿Desde cuándo se conocen los hongos? — les
pregunté.
— Uy, ni se sabe, hay quien dice que desde siempre — respondió A le ­
jandro.
— Quién sabe quién los descubrió. Fue muy antiguamente. Hace mucho
de eso — añadió Ana.
— Nosotros los blancos sabemos hace sólo unos años que existían aquí
los hongos. Me imagino que no conocisteis a G ordon W asson... — A na y
Alejandro aparentaban unos 35 años.
— N o — dijo A na— , pero mis papás y mis abuelos me contaron que un
día llegó a Huautla un gringo que quería ver la ceremonia de los hongos. Le
La t ie r r a de l a s á g u il a s 37

llamaban el Gordo Guasón — todos se rieron mucho— . ¿Verdad abuela? — y


le preguntó algo en mazateco.
Ella respondió durante unos minutos. Parecían discutir. A l terminar, A na
me tradujo lo que le había dicho la abuela.
— Dice que Wasson era un buen hombre, pero que hizo mucho mal.
Destruyó la vida de Huautla. Dio a conocer los hongos a los gringos, y ya nada
fue igual — las caras de todos, hasta las de los niños, se llenaron de tristeza— .
Ya no hubo reverencia ni amor por ellos.
Ana continuó hablando:
— La abuela era amiga de María Sabina. Ella dice que el síndico obligó a
la María Sabina a darle los hongos a Wasson. También se los dio porque era
madre, y Wasson y su esposa estaban buscando a su hijo que estaba perdido. Se
compadeció y mira lo que le pasó, a ella y a nuestro pueblo.
— ¿Y María Sabina encontró al hijo de los Wasson? — pregunté cada vez
con más curiosidad.
— La abuela confunde un poco las cosas — aclaró A lejandro— . María
Sabina fue la primera curandera que le dio los hongos a Wasson, pero fue “ El
Tuerto” , Aurelio Carreras, quien un año antes, en una ceremonia celebrada
para saber el paradero del hijo de los Wasson, supo que estaba en N ueva York.
En esa ceremonia Wasson no tomó los hongos, sólo Aurelio.
— María Sabina lo hubiera encontrado igual, si no fue ella la que lo en'
contró de veras — intervino A na— . Ella tenía poderes. Muchos los utilizaron
para enriquecerse, aprovechándose de ella. Muchos se hicieron de oro gracias
a María Sabina y a los hongos, pero ella murió en la miseria.
— ¿Es verdad que le quemaron la casa? — pregunté.
— Y tan verdad — respondió A na— . Y tuvo suerte, porque realmente
querían quemarla a ella. Quisieron quemarla viva. Pensaban que estaba den-
tro durmiendo, pero parece que los hongos, sus niños santos, le avisaron, y se
protegió yéndose esa noche a otra casa.
— ¿Por qué la atacaron?
— Por envidia y celos — dijo Alejandro— . Y por darle a los güeros el
conocimiento de los hongos.
— ¿No tenemos derecho a saber nosotros?
— Hay quien piensa que no — respondió A na— . Hay güeros y güeros.
Mira cómo a ti te platicamos de ellos. Tú tienes respeto, y sabemos que habla'
rás de ellos con consideración. Aquí les tenemos devoción.
En ese momento el perro intentó salir afuera. Los niños se rieron y le
ayudaron a salir. Abrieron la puerta y le dejaron salir.
36 E l despertar D a Ho ngo

mismo, te dice qué medicina tienes que tomar. S i le haces caso al hongo te
curarás.
Me iba dando cuenta de que todos ellos hablaban con toda naturalidad
del hongo como de un ser vivo, como si se tratase de otra persona, además muy
sabia.
— ¿El hongo sabe? — pregunté.
— El hongo lo sabe todo, hasta cosas que nosotros los hombres no pode­
mos entender.
Alejandro afirmaba todo esto con total seguridad, como quien sabe muy
bien de qué está hablando.
— Él sabe muchas muchas cosas — continuó— . El hongo sabe todo de
la vida.
— Y de la muerte — añadió A na— . El hongo sabe todo de la vida y de la
muerte — concluyó misteriosamente.

Poco a poco la atmósfera iba transformándose. La luz eléctrica era muy débil y
tenue. Sólo el fuego, mantenido por los niños, iluminaba realmente la habita­
ción donde nos encontrábamos. íbamos bajando cada vez más la voz. El miste­
rio y el respeto iban haciéndose muy presentes. Me di cuenta de la reverencia
con la que hablaban del hongo.
— Si lo necesitas te lleva al lugar de los muertos — explicó Ana.
— Y a las curanderas les enseña la enfermedad — dijo Alejandro.
— Las curanderas de verdad — continuó A na— viven sólo de curar.
Ellas ven la enfermedad con los hongos, dónde está el mal. Desde chiquitas
aprenden a hacerlo, pueden aprender a hacerlo. La mamá y la abuela les van
enseñando.
— Entonces esta sabiduría se va enseñando de generación en genera­
ción, ¿no? — asintieron los dos— . ¿Desde cuándo se conocen los hongos? — les
pregunté.
— Uy, ni se sabe, hay quien dice que desde siempre — respondió A le ­
jandro.
— Quién sabe quién los descubrió. Fue muy antiguamente. Hace mucho
de eso — añadió Ana.
— Nosotros los blancos sabemos hace sólo unos años que existían aquí
los hongos. Me imagino que no conocisteis a G ordon W asson... — A na y
Alejandro aparentaban unos 35 años.
— No — dijo A na— , pero mis papás y mis abuelos me contaron que un
día llegó a Huautla un gringo que quería ver la ceremonia de los hongos. Le
La t ie r r a de l a s á g u il a s 37

llamaban el Gordo Guasón — todos se rieron mucho— . ¿Verdad abuela? — y


le preguntó algo en mazateco.
Ella respondió durante unos minutos. Parecían discutir. A l terminar, A na
me tradujo lo que le había dicho la abuela.
— Dice que Wasson era un buen hombre, pero que hizo mucho mal.
Destruyó la vida de Huautla. Dio a conocer los hongos a los gringos, y ya nada
fue igual — las caras de todos, hasta las de los niños, se llenaron de tristeza— .
Ya no hubo reverencia ni amor por ellos.
A na continuó hablando:
— La abuela era amiga de María Sabina. Ella dice que el síndico obligó a
la María Sabina a darle los hongos a Wasson. También se los dio porque era
madre, y Wasson y su esposa estaban buscando a su hijo que estaba perdido. Se
compadeció y mira lo que le pasó, a ella y a nuestro pueblo.
— ¿Y María Sabina encontró al hijo de los Wasson? — pregunté cada vez
con más curiosidad.
— La abuela confunde un poco las cosas — aclaró A lejandro— . María
Sabina fue la primera curandera que le dio los hongos a Wasson, pero fue “ El
Tuerto” , Aurelio Carreras, quien un año antes, en una ceremonia celebrada
para saber el paradero del hijo de los Wasson, supo que estaba en N ueva York.
En esa ceremonia Wasson no tomó los hongos, sólo Aurelio.
— María Sabina lo hubiera encontrado igual, si no fue ella la que lo en­
contró de veras — intervino A na— . Ella tenía poderes. Muchos los utilizaron
para enriquecerse, aprovechándose de ella. Muchos se hicieron de oro gracias
a María Sabina y a los hongos, pero ella murió en la miseria.
— ¿Es verdad que le quemaron la casa? — pregunté.
— Y tan verdad — respondió A na— . Y tuvo suerte, porque realmente
querían quemarla a ella. Quisieron quemarla viva. Pensaban que estaba den­
tro durmiendo, pero parece que los hongos, sus niños santos, le avisaron, y se
protegió yéndose esa noche a otra casa.
— ¿Por qué la atacaron?
— Por envidia y celos — dijo Alejandro— . Y por darle a los güeros el
conocimiento de los hongos.
— ¿No tenemos derecho a saber nosotros?
— Hay quien piensa que no — respondió A na— . Hay güeros y güeros.
Mira cómo a ti te platicamos de ellos. Tú tienes respeto, y sabemos que habla­
rás de ellos con consideración. Aquí les tenemos devoción.
En ese momento el perro intentó salir afuera. Los niños se rieron y le
ayudaron a salir. Abrieron la puerta y le dejaron salir.
38 E l despertar D a Ho ngo

— El perro andaba haciéndose del baño, y mira cómo ha salido con ele­
gancia — dijo Ana, riéndose.
— Pues yo también querría ir al baño — dije— . ¿Dónde puedo ir?
— ¿Necesitas ir al baño? — me preguntó Alejandro.
— Sí.
— ¿Del uno o del dos?
A l ver la cara con la que Alejandro me hizo la pregunta, reí, y entonces
me di cuenta de que la miel de hongos había comenzado a hacerme efecto. Mi
risa no era ya normal.
— Oye, me parece que la miel ha empezado a hacerme algo. ¿Por qué no
me enseñáis dónde está el baño y me lleváis a la cabaña?
—Tan poquito y ya te prendió — dijo A na— . Qué bien, les has gustado
a los honguitos. Ésa es una buena señal.
Todos parecían muy contentos con la señal. Parecía que les gustaba que
otras personas estuvieran prendidas y fueran aceptadas por los hongos.
Ana le hizo una seña a su tío y éste se levantó.
— Él te llevara — dijo A na— . A l lado de la cabaña puedes hacer tus
necesidades.
Me asombró que encargaran que me llevara a la cabaña el tío sordo y que
sólo hablaba mazateco, pero me fui con él, tras despedirme del resto de la
familia.

Hacía frío, afortunadamente la cabaña estaba realmente cerca. El tío me indi­


có que podía usar un hoyo de tierra junto a la cabaña.
Antes de ir sentí que si orinaba perdería el efecto de los honguitos. El tío
me confirmó con su pobre castellano lo que yo le había indicado con torpes
gestos que hicieron reírme de mí mismo. Decidí no orinar, al menos en ese
momento.
Entonces el tío me enseñó la cabaña. Me dio un candado para cerrarla
cuando saliese, y me ofreció un cigarrillo Alas. Descubrí así el tabaco popular
mexicano. Más tarde supe que las marcas principales eran los A las y los Faritos,
algo a lo que sólo daría importancia mucho más tarde.

Hablamos cuatro palabras entre risas y gestos, y cuando terminamos de fumar,


se despidió con un gesto y me dejó solo.
Tan sólo al entrar sentí la humedad de la cabaña. Era muy modesta y
primitiva. Había sólo un camastro y una mesita destartalada. A l fondo, la fa­
milia tenía guardados varios barriles de agua.
L a t ie r r a de l a s á g u il a s 39

Me desvestí y me introduje en la cama, tras abrigarme bien con alguna


ropa que traía conmigo. Los hongos ya habían actuado con gran intensidad y
la humedad comenzaba a ser muy molesta, porque la psilocibina acentúa la
percepción de los sentidos. Mi cuerpo sentía con mucha intensidad el írío y
me pareció que la humedad comenzaba a infiltrarse en mi interior.
A pesar de la incomodidad intenté dormir. Los hongos descubrieron in-
mediatamente mis intenciones, y como dicen en M éxico, no hubo caso.

Muy buenas, Luna:

Hace unos días que me encuentro ya en tierras de México. Espero que estés todavía
en esta dirección que me dejaste antes de irte de Granada. Si has dejado ya Londres,
supongo que Carmen te hará llegar esta carta.
Acá en México me he acordado mucho de nuestros días en la AIpujarra. He
recordado nuestras visiones y conversaciones de aquella última mañana, en la que
ambos supimos a dónde ir.
¿Sabes? La última imagen que tengo de allí es una tuya despidiéndote de los árbo­
les, dándoles las gracias por acompañamos. Ahora quiero dártelas a ti por esos días y por
todo. Te agradezco mucho que me ayudases a comprender, tu apoyo incondicional, y que
estés siempre ahí, cuando estamos juntos, o cuando estamos, como ahora, separados.
El viaje no ha podido comenzar mejor. Anoche los guardianes de esta tierra
vinieron a darme la bienvenida.

Ahora estoy en Huautla de Jiménez, el pueblo de María Sabina, la sabia de los


hongos sagrados. Son las seis de la tarde, y estoy tomándome un café cerca de la que
fue su casa. Ahora vive en ella su familia. Su nieto, Filogonio García, ha continua­
do su trabajo, aunque dicen que en absoluto tiene el poder de su abuela.
Desde aquí veo todo el pueblo. Estoy en la cima de una de las montañas que
rodean Huautla. Las casas están desparramadas por la ladera de la montaña. En
Huautla uno está obligado a subir y bajar por sus calles.
Hasta llegar aquí he necesitado más de una hora, subiendo a paso tranquilo,
preguntando de vez en cuando por la casa de María Sabina.
Quería llegar hoy hasta su casa, porque ayer, casi sin quererlo, tuve la primera
experiencia con los hongos, y en algún momento de ella supe que hoy debía venir a
este lugar a escribir sobre ella.
40 El despertar del Ho ngo

Anoche, unos minutos después de llegar a Huautla, llegué a la casa de la


familia que me iba a alquilar una cabaña para alojarme, y allí me dieron a probar
una deliciosa miel de hongos. A l estar en ayunas, me prendieron rápidamente, como
dicen por aquí. A l irme a la cabaña, intenté dormir, pero los hongos no me lo permi-
tieron.
El hongo me despertó. No me dejó dormir porque quería hablarme.

Sería muy largo describirte la experiencia. En un principio los hongos no me acep­


taron. Me prendieron, pero había algo que no iba bien. Pronto descubriría que el
motivo era la improvisación de la experiencia. Yo ios había tomado casi sin darme
cuenta, sin prepararme para un encuentro con ellos.
A l darme cuenta del problema, les hice saber que lo sentía, pero que aunque
ios había tomado sin ninguna consideración, ahora que estaba con ellos, sincera­
mente quería conocerlos. N ada más decirles eso, sentí cómo me llevaban a su
mundo.
A partir de ese instante, entré en una dimensión desconocida para mí. En
realidad no había tiempo, por lo que iré describiéndote lo que sucedió sin un orden
temporal, que en ese mundo no existía, y por tanto, no puedo recordar.
En un momento de la noche con ios hongos, sentí que alguien venía a mi
encuentro. Por lo que supe después, eran ios guardianes de estas tierras. Se trataba de
una especie de vigías y al detectarme en su mundo vinieron a recibirme y a darme la
bienvenida.
Me hicieron saber que era sinceramente bienvenido, y lo más extraño fue que
insistieron en que los guardianes incas les habían hablado de mí, y que por cierto,
estaban muy contentos conmigo, ya que yo les había demostrado que era un hombre
de palabra, porque había cumplido mi promesa.
Imaginé que se referían a mi compromiso de hablar, a mi vuelta de Sudaméri-
ca, de mi encuentro con ellos. Sinceramente, saberlo me asustó un poco. Eiios lo
sintieron inmediatamente, y me dijeron que no tuviera miedo, que eso era una bue­
na cosa. Yo respondí, medio en broma medio en serio, que no me gustaba ser tan
“famoso" en mundos que no conocía bien. Elbs me dijeron que yo no estaba solo,
que incluían en la bienvenida a toda mi gente. Más tarde supe que se referían a
vosotros.

En otro momento de la larga experiencia — duró unas seis horas, hasta que me
dormí exhausto a las cuatro de la mañana— vi la concepción de un ser humano. Tal
y como sucede siempre que intento describir una experiencia de esta clase, las pala­
bras resultan claramente insuficientes para describir su belleza.
L a t ie r r a de l a s á g u il a s 41

Asistí al origen de algo: la unión del espermatozoide con el óvulo. Aquél parecía
poseer alguna clase de inteligencia. Antes de la unión era evidente cuál alcanzaría
el óvulo, que a su vez, en absoluto permanecía pasivo, como nos han enseñado. El
óvulo parecía atraer de alguna forma invisible pero real al espermatozoide elegido
por él, aunque en realidad parecía una elección mutua, como si una fuerza descono­
cida les atrajera y les llevara a fundirse.
Una vez unidos, el embrión comenzó a crecer. Asistí a la división y subdivi­
sión celular, al desarrollo del embrión, antes de desvanecerse y convertirse en otra
visión que ahora mismo no puedo recordar.

No recuerdo cuándo surgió la historia de la libreta. No sé si antes o después, ya te


digo que mi conciencia parecía estar fuera del tiempo.
Resulta que extravié en la estación de autobuses de Oaxaca la libreta donde
escribiste antes de despedimos. Sentí perderla, pero creí que no dejaba de ser una
simple anécdota, un hecho sin excesiva importancia, pues no, parece tenerla en
una dimensión que todavía no soy capaz de entender totalmente.
Tú sabes que esas palabras eran importantes para nosotros. Pues la perdí. La
libreta la perdí por no cuidarla como se merecía. Y resulta que esto tiene relación con
algo que pasó en estas tierras cuando llegaron los españoles.
Anoche vi cómo hay cuestiones personales que reverberan en otros niveles y
trascienden al individuo: es el mundo transpersonal.

El hongo me ha hablado de un códice del que los españoles se apoderaron y que parece no
destruyeron, sabiendo de su importancia. Por lo que he podido llegar a entender era muy
importante. En él estaban recopilados todos los conocimientos secretos de esta gente
sobre la vida y la muerte; su cultura; los seres humanos y otros seres vivos; los hongos
y otras plantas de poder; laTierra, la luna y el cosmos; el pasado, el futuro y el tiempo.
En un principio estos conocimientos se transmitían oralmente, pero en un mo­
mento dado alguien —parece ser que bajo la influencia del hongo, y bajo su indicación—
los puso por escrito, o mejor dicho, los expresó gráficamente.
Sin embargo, las personas depositarios de este códice no fueron impecables. Sa­
bían que era trascendental, pero lo perdieron, también por no cuidarlo y protegerlo
como se merecía, y sólo ha sobrevivido en la memoria colectiva de este pueblo, en la
copia original que quién sabe quién la tiene, y en una copia hecha al parecer más tarde,
para preservar su contenido, al no confiar de nuevo plenamente en la transmisión oral.
A l parecer habrá un momento en que ambas copias se descubran, y ése será
un momento importante para la humanidad: el encuentro entre dos pueblos, blanco
y cobre, que poseen cada uno, una de esas copias del códice.
42 E l despertar del Ho ngo

Todavía no puedo explicártelo mejor. Sólo puedo darte la información que yo


mismo tengo, contenida en las palabras que escribí durante bs efectos del hongo, y
que transcribiré para ti al final, al menos en b que pueda descifrar mi letra. En ese
estado escribía exaltadamente.
También puedo decirte que yo vi ese códice. Es más, b leí, aunque escribién-
dob ahora parece imposible que lo hiciera, pues desconozco su lengua; si es que
formaban una lengua, tal y como b entendemos hoy, esos glifos y signos que vi. Pero
en el estado en el que me encontraba gracias al hongo, tenía b capacidad de entender
todo, al tener, de un modo difícil de explicar, un entendimiento intuitivo de elbs.
La importancia de b que entonces supe, entendí y comprendí íntegramente,
tuve b certeza de que era capital, en ese momento y ahora mismo, y sin embargo
mientras escribo sób puedo recordar trazos, y sobre todo, b imponente y pavorosa
sensación que tuve al ser expuesto a esos conocimientos y sus implicaciones; afortu-
nadamente, todo ello envuelto en una atmósfera de infinito amor y comprensión,
y en b confortable sensación de que había encontrado una cbve de acceso a elb s, y
que aunque no bs recordara no importaba, pues estaban en algún lugar al que po­
díamos llegar si ése era nuestro intento y determinación, y poseíamos b energía
necesaria para elb.

Es curioso, no sabría decirte quién está escribiendo en este instante, porque b fami­
lia que me aloja en su cabaña, sobre todo b mujer, me insistió mucho en que el
hongo te hace platicar, pues el hongo pbtica a tu través. De esta manera quienes
tomamos el hongo estaríamos canalizando al hongo al introducirb en nuestro cuerpo
y dejarb habbr.
He observado algo, aquíhabbn a veces de bs hongos, y otras del hongo. Los
hongos serían bs hongos físicamente habbndo, mientras el hongo sería el ser que de
algún modo bs habita, un ser consciente, sabio e independiente, que vive en elbs.
Este maestro sería el aliado de bs hongos. El hongo sería el equivabnte de b con-
ciencb, y bs hongos, el de nuestros cuerpos.

Necesito confirmar toda esta información con alguien físico, con algún ser humano.
Todavía soy incrédub, o más bien escéptico, como ves. %

Aunque toda b información que bs pbntas maestras me han dado se ha confir­


mado siempre con el paso del tiempo, me gustaría contrastarb con Ramón, un maestro
de escueb que conocí en el autobús, durante el vbje de Oaxaca a Huautb. No sé muy
bien por qué, pero confio en él. Además el hongo me habb anoche de este hombre.
En algún momento le pregunté al hongo si conocería en este viaje a un nagual.
Me respondió que ya b habb conocido. Eché atrás en el tiempo, y b única persona
L a t ie r r a de l a s á g u il a s

que me pareció que podía serlo era Ramón. El hongo me confirmó que era él, al
transformarse su rostro, que había aparecido ante mí, en un águila inmensa que
volaba sobria y elegantemente por el cielo, para más tarde ser un pájaro hermosísi-
mo, que aún no sabría identificar.
Me he propuesto ir mañana a buscar a Ramón al pueblito donde me dijo que
vivía. Hoy tengo apalabrada una ceremonia con una vieja chamaría mazateca. Ya te
escribiré para contarte qué me dice Ramón.
Ahora tengo que comenzar a bajar a Huautla, para irme preparando para
el ritual.

Esto es lo que escribí anoche. Hay algunas partes que no puedo entender y otras
tras lo que escribí: “Esto no se podrá desvelar” . A pesar de lo que sabes que te quiero
y te valoro, respeto al hongo, y al menos por ahora, no lo haré ni contigo, aunque
sé que te lo contaré todo cuando nos veamos cara a cara. Hay cosas que es mejor
no escribir.

Te darás cuenta de que este texto, quizás incluso toda esta carta, parecen una polifonía:
a veces parezco hablar yo; a veces es el hongo quien parece decir, decimos, algo;
otras veces nos hablan los guardianes del lugar; y aún hay otras voces que quién sabe
de quiénes son.
Intenta llegar al corazón de las palabras, y no entender con tu cabeza. Te
ayudará fumarte antes un chilum indio. A sí comprenderás mejor lo que fue escrito
en otro estado de conciencia. Estando en un estado alterno al habitual llegarás mejor
a la esencia.
Busca un lugar donde nadie te interrumpa, céntrate y escucha. A ver qué
resuena en ti.

Hablo a quien ha abierto el corazón al camino verde, verde del brillo y el esplendor
de las plantas maestras.
Hablo a quien ha abierto el corazón al camino rojo, rojo de la sangre humana
y del amor unidos.
Hablo a quien se ha abierto a cualquier camino con corazón.
Hablo no al mundo sino a mi gente.
Hablo a quien me escucha.

E l secreto estaba en la libreta perdida y está en el viaje. Nada es fácil, y al mismo


tiempo, todo es muy sencillo. Nada se regala. N o hay precio.
Ha sido un largo, larguísimo camino hasta llegar aquí.
44 E l despertar D a Ho ngo

Ahorita na’más decir a quien me escucha, a quien ha abierto humilde y valien­


temente el corazón a lo desconocido, que hay muchos mundos pero no importan.
Hay mundos húmedos, fríos y extraños. Hay mundos de reptiles. Hay mundos no
humanos. He estado en ellos. Allá estamos solos. No hay nadie como nosotros.

Hay un mundo humano, de otra humanidad. Lo conocemos porque está dentro de


nosotros, aunque nos parezca lejano. N o lo valoramos plenamente porque b hemos
olvidado. No recordamos.
Somos humanos. Y no somos humanos realmente.
Una verdad tan olvidada.

Me han dado la bienvenida a su mundo. Ellos. Los antepasados. Los supervivien­


tes. Nosotros. Nosotras. Nuestros descendientes. A llí no existe el tiempo y estamos
todos.
En el nuevo mundo me han enseñado algunos secretos: una libreta como ésta
se perdió. La robaron, sí, pero por descuido. No se protegió. Se pensó que se sabía
dentro, y se sabía, pero lo olvidaron, y por eso se perdió. En momentos difíciles se
leyó y se leyó, llorando de dolor y alegría, pero luego se olvidó y se pensó que se había
perdido. Hasta llegó a olvidarse su existencia, no hubo ni conciencia de una pérdida.

Me alegro por saber el secreto final, y siento dolor por estar este tiempo separados de
la fuente. Pero así, leyendo esas palabras con tristeza y alegría, en la lejanía de la
fuente del universo, se aprenden de nuevo, y por eso no se perdieron. Las rescribieron.
Las rescribimos. No en la letra original, pero decía lo mismo. Y se perdió la claridad.
Y hubo ignorancia, y se introdujo la superstición. Y el miedo. La otra energía junto
con la del amor. Pero el texto original existe en algún lado. No necesitas buscarlo
porque ya lo tenemos. Está dentro, es interior y es imperdible. Imborrable.
Todo lo importante se escribe x. (Todo lo importante no es necesario escribir­
lo, se lleva dentro y no se olvida nunca.)

He entendido muchas cosas. Los guardianes de esta tierra me han hablado y han
querido decimos que nos merecemos saber. De algún modo hemos llegado has ta aquí
juntos y hemos superado todas las pruebas.

Los hongos son para quien no quiere soñar este mundo de ilusiones, para quien sabe
que este sueño no es verdadero.
Los hongos son para quien quiere ver otros mundos, mundos reales, mundos
que están aquí y no bs vemos, mundos que sí existen.
L a t ie r r a de l a s á g u il a s 45

Los hongos son para quien quiere ver el mundo verdadero.


Los hongos son para quien quiere VIVIR.

Si se quiere llegar al final, a la fuente, hay que buscar un camino con corazón que te
despierte y te permita ver, y escuchar la sabiduría de las estrellas.
Hay caminos con corazón y terminan en el mismo lugar.
Para construir hay que destruir algunas veces, (ilegible) un poco, llamar la
atención, pidiendo perdón por el daño necesario. Era necesario para que esta vez se
escriba. En nuestro lenguaje.
Hay lenguajes distintos y un lenguaje universal. E l lenguaje del corazón del
águila y de la luz.
La luz del sol y la luna es la misma luz. La luz de las estrellas es la misma luz.
La luz de nuestro corazón es la misma luz.
Existe la luz. Y existe el centro del corazón del águila.
Existe el origen y el fin. El corazón del corazón de nuestros corazones.

Somos humanos y tenemos derecho a vivir, a crecer y evolucionar como ustedes. Uste­
des tienen cabeza sin corazón, a nosotros nos falta la cabeza y nos pierde el corazón.
Somos humanos y tenemos derecho a vivir, a crecer y evolucionar libremente.
Somos humanos y queremos vivir, amar, crecer y evolucionar libremente.
Somos humanos y podemos vivir, amar, crecer y evolucionar libremente, porque
nuestro deseo es ser libres y volar hasta el final.
Existen los hombres y las mujeres águila, existen los desafiantes de la muerte,
existen quienes desean la libertad.

Los hongos dan claridad. Otras plantas son muy tentativas (sic), peligrosas. A l final
entregan su sentido. Son para quien necesita esas tentaciones. Superar todas las
tentaciones hasta llegar aquí. Tu gente no necesita esas plantas. Tu gente no necesita
tradiciones sin sentido para vosotros, tradiciones anquilosadas, prejuiciosas (sic).
Tu gente gusta a los niñitos, y los niñitos gustan a tu gente, para ser realmente los
jóvenes del mundo. Tu gente gusta a la mota, la hija de la tierra, vuestra hermana,
y ella gusta a tu gente, y os unís con ella. Sois hermanos desde hace mucho tiempo.
Las estrellas, la Tierra, y vosotros el puente.

Será un camino relativamente fácil. Tú lias llegado hoy hasta aquí, te han traído los
niñitos hasta aquí, y aquí os encontraréis.
Los honguitos no serán la respuesta final, ellos son como vosotros. Serán un
punto final y un priiicipio. Un punto y aparte. Fin de un párrafo.
46 E l despertar del Hongo

Más tarde comprenderéis moléculas que han hecho vuestros hermanos en sus
laboratorios. Hijas de humanos, ellas os ayudarán a reconocer vuestro Ser.
Conectaréis con vuestra esencia humana con K . Punto y seguido.

Ahorita estamos aquí, decían. No os pedimos nada que no podáis dar, decían. Os
reconocemos como hermanos, porque de algún modo también somos humanos,
decían.
Venimos desde muy lejos y de dentro de ti.
Sois hijas e hijos de las estrellas.

Tú y quienes lleguen aquí vais a hablar a vuestra gente, de la forma y manera en que
puedan entender. Vuestras palabras estarán llenas de señales que puede reconocer
una persona de alma abierta y sabrán que tienen corazón.
Las señales les tocarán y sabrán que les hablamos a elbs. Porque estuvimos
juntos.
Estas palabras son para ti.
¿Estás escuchando?
¿RECUERDAS?

A partir de mañana voy a escuchar a este pueblo, sus secretos. Me enseñarán sin
darme miedo y con corazón abierto.
Abandona la pereza, la rutina, la fatiga, y sobre todo el miedo, y ríndete a la
fuerza del corazón, decían.
He aprendido TODO, aunque no lo recuerde. Aunque no lo recordemos sabe-
mos TODO.
Y he de incluir: cuando te pidan el nombre y la firma, recuerda y valora que
tienes el gran secreto en tu mano, la misma con la que te hagan firmar. Por eso se
perdió el secreto y la libertad.
Hay un gran misterio que es el amor humano, el amor sin tiempo, incondicio­
nal. Ese es el dios humano. Hay un dios humano, porque somos nosotros y nosotras
construyendo una isla con corazón en un universo que crece porque está vivo; somos
las mujeres y hombres que vibramos juntos, poblando una galaxia de risas y sonrisas
y corazón y humor y amor incondicional y cariño y diversión y alegría; una isla
donde ésa es nuestra aportación, nuestra contribución para quienes estén con noso­
tros, que nos darán lo mejor de ellos mismos; habitando esa isla en este univetso
donde a veces sentimos frío.
Y ése es nuestro compromiso con la fuente conociéndose a sí misma, descu­
briéndose, amándose totalmente, creciendo con nosotros.
L a t ie r r a de l a s á g u il a s 47

Somos humanos y necesitamos sanar y recordar, y necesitamos dar y recibir calor


y cariño y amor y alegría y comprensión y risas y perdón. Y por eso somos diferentes y
deseados y buscados, y a pesar de nuestras sombras, vienen a vemos desde muy lejos.
Los que son diferentes quieren conocemos.
Somos humanos, y orgulloso y humildemente hemos de ponemos en pie.
Sabemos algo importante. Tenemos una sabiduría muy vieja, de hombres y
mujeres que se fueron, que aprendieron con los honguitos a irse y volvieron por más.
( ....................... )
(Esto no se podrá desvelar.)
Necesitamos más corazones uniéndose en ese lugar del universo.

Sólo una última cosa. Lo están intentando, lo estamos intentando, quién sabe si
podrá ser. Ésa es parte del misterio, del Gran Misterio.
Somos ellos y nosotros juntos. Ese es nuestro intento, y qué pasará no lo sabe
ni Dios. (Éstas son frases de poder en castellano, como “Ya está bien", “Ha llegado
el momento de la verdad", o “Ya ves".)
■ Pero siempre con la fuerza del corazón, y manteniéndonos libres y con con­
ciencia nada puede derrotamos realmente. Hemos podido perder alguna batalla,
pero NADA ha terminado.
No es posible llegar a la libertad por la esclavitud. Soltar lastre, para poder
avanzar.
El secreto estaba en la libreta perdida y está en el viaje, me dijeron.
Éstas son algunas de las palabras que escribió Luna; por haberlas leído las
recuerdo:

Entremos en el Gran Misterio.


¡Tenemos todo lo que necesitamos porque existe el G ran Misterio!
¡Podemos vivir la vida que hemos elegido vivir porque existe el Gran
Misterio!
¡Podemos vivir otra vida porque existe el Gran Misterio!

Y este Gran Misterio comienza en nuestro corazón, y está más allá de las palabras y
papeles, y es todo lo que tenemos, y es peculiar y valioso en este universo que apenas
conocemos.
ES honesto y ES humano. SOMOS. SON.
ERES. SOY.
TÚ.
N i más ni menos.
48 E l despertar del Ho ngo

GRACIAS POR TUS ENSEÑANZAS.

Esto es todo. Hay algunas frases que ni yo mismo entiendo, pero sé que no hay una
sola palabra que no tenga un sentido. Escríbeme a la lista de correos de Palenque si
descubres algo.
Un beso y un abrazo muy fuertes.

Juanjo

En casa de doña María, una gran solemnidad se imponía, con fuerza muy
viva, entre los asistentes a la ceremonia de los hongos de esa noche. Tan sólo
al entrar en el lugar preparado para el ritual se percibía en la estancia una
intensa sensación dé respeto.
La habitación estaba prácticamente a oscuras, sólo iluminada por algunas
velas. Doña María se había peinado con trenzas su pelo gris y vestía el huípil
mazateco. Esta mujer regordeta y bajita me esperaba sentada delante de su altar.
Había una silla vacía junto a la curandera, preparada para mí. Me senté
en ella entre los susurros de sus oraciones musitadas en voz muy baja. Santi, un
vasco que había conocido mientras bajaba de la casa de María Sabina, y que
me había pedido acompañarme, se situó en un extremo de la habitación, junto
a los niños, que siempre parecían asistir a estos rituales.
Me imponía un gran respeto pensar en la antigüedad de la ceremonia en la
que iba a participar. Durante siglos los mazatecos habían comido los hongos
sagrados; sus visiones habían formado parte de su cultura durante varios milenios.
Era imposible llegar a saber cuántos hombres y mujeres habrían comido
en noches como ésta los honguítos, que ellos llamaban “ la carne de los dioses” ,
teonanácatl.
Yo me identifiqué con los ancestros. Me sentía uno más en la larga línea
de personas que a lo largo de la historia se habían encontrado con el hongo
visionario para que les desvelase alguno de los misterios de la vida y de la
muerte, del ser humano y del universo.

El hijo mayor de doña María me dijo que actuaría de intérprete entre la vieja
chamana y yo. Su madre me preguntó si había cumplido las normas que me
había pedido cumplir al acordar realizar la ceremonia: abstinencia sexual, un
L a t ie r r a de l a s á g u il a s 49

baño purificador, no comer carne desde el día anterior y ayunar unas cuatro
horas antes.
Una vez satisfecha con mis respuestas, doña María comenzó el ritual.
Quemó copal, una resina similar al incienso, de un olor muy intenso y
agradable, en las brasas de carbón que estaban a un lado del altar. El hijo me
explicó que el copal tenía un gran poder purificador, que atraía fuerzas bonitas
y alejaba las maliciosas. También quemaron chile rojo, que llamaron pasilla,
en el carbón. Me dijeron que aumentaba el poder limpiador del copal.
Durante unos instantes sentí escozor en los ojos, pero no duró mucho
tiempo, porque no volvieron a echar más pasilla.
Doña María me pidió los hongos que yo debía traer al ritual, los examinó
y pareció darles el visto bueno. Después pasó a bendecirlos y sahumarlos en el
humo del copal.
Más tarde sacó el san pedro, que nada tiene que ver con el cactus sud­
americano que, al igual que el peyote, contiene mescalina. En Huautla el san
pedro es una mezcla de tabaco molido, cal y ajo.
Doña María me lo untó en las junturas de los brazos, en la frente y en el
pecho. Me dijo que me protegería de las larvas, unos seres que aseguró vienen
por nuestra energía, no sólo mientras tomamos hongos, sino siempre, aunque
somos más vulnerables a ellos si estamos prendidos.
Entonces comenzó sus oraciones en mazateco, que ya no me fueron tra­
ducidas. Comenzaron en voz muy baja, para ir aumentando en volumen y
ritmo según avanzaba la ceremonia.
Tras unos minutos de rezos, me dio los hongos y me pidió que comenzase
a comerlos, mientras ella hacía lo mismo, ofreciendo cada par de hongos al altar.
Yo la imité, aunque antes los llevaba al centro de mi frente.

Una vez que terminamos de comer los honguitos, doña María continuó rezan­
do. Los minutos pasaban y no me prendían, aunque a ella sí. Parecía estar en
trance, cada vez más.
Tras un prolongado tiempo de rezos apagó las velas y quedamos en la oscuri­
dad; hasta ese momento me había entretenido mirando las imágenes que estaban
en el altar que tenía frente a mí: Jesucristo, varios santos y santas, vírgenes. A l
quedar a oscuras pude concentrarme mejor en los cánticos y rezos en mazateco.
Santi se marchó a dormir cuando doña María apagó las velas, aburrido
de ser un mero espectador en la ceremonia.
Una hermana de doña María se arrodilló detrás de mí, y algunos otros
miembros de la familia también comenzaron a rezar. Aunque los honguitos no
50 El despertar del Ho ngo

me habían hecho efecto, era impresionante la reverencia y la devoción de esa


familia por los hongos sagrados. El sonido de las oraciones eran como un pode­
roso mantra continuamente repetido.

La ceremonia se prolongó durante horas. A l no llegar a prenderme los hongos,


incluso me dormí, y cuando desperté doña María todavía continuaba rezando.
Alejandro, que había llegado comenzada la ceremonia, me ofreció tumbarme
en una cama de la habitación junto a la que dedicaban a la ceremonia, pero
preferí irme a dormir a la cabaña, cuando me dijeron que doña María estaba
muy prendida y que continuaría rezando por mí durante cuatro o cinco horas
más. Me pareció imposible resistirlo sin estar prendido y me fui a dormir.

Me acompañó el hijo de doña María, quien me dijo que si los honguitos no me


habían prendido es porque había tomado hongos el día anterior; yo estuve de
acuerdo, porque la psilocibina, al necesitar varias jomadas de descanso para vol­
ver a hacer efecto, parecía impedir que su uso continuado te habituase a ella.
El frío de la noche me había despejado, y aún estuvimos charlando unos
minutos antes de entrar en la cabaña, fumando Alas junto a la puerta. Mien­
tras lo hacíamos, me dio más detalles sobre la ceremonia mazateca, que él estaba
aprendiendo de su madre.
Me dijo que a él les gustaría hacer temascales, baños rituales, antes del
ritual, como había sido tradicional. Aseguró que debían hacerse antes y después
de la ceremonia; antes para purificarse y después para quitarse el frío que da­
ban los hongos.
El hijo de doña María me explicó que en mazateco los hongos se llaman
di-shi-toó, que significa “cositas que brotan” , y que aunque no me hubieran
prendido, el espíritu del hongo me había acompañado. Me dijo, totalmente
convencido, que todavía estaba dentro de mí, que estuviese atento a mis sue­
ños, porque el hongo podía ponerme en contacto con el otro mundo mientras
dormía.
Antes de separarnos me habló de otras ceremonias mazatecas, como la
de echar granos de maíz, realizada con fines adivinatorios, sabiéndose la predic­
ción, según cayesen los granos del maíz al tirarlos sobre una mesa. Me habló
también de las curaciones y limpias realizadas con huevos de gallina y alas de
colibrí.
Aunque era muy interesante todo lo que me contaba, volví a sentir un
gran cansancio y decidí entrar en la cabaña. Antes de hacerlo le pregunté si su
madre estaría todavía rezando.
L a t ie r r a de l a s á g u il a s 51

— Está bien prendida — respondió— . Si no vuelve al amanecer, le daré-


mos a masticar ajo crudo, para que se venga del otro mundo al mundo de los
hombres.

A l día siguiente me desperté solo en la cabaña. Había dormido profunda-


mente. Me sentía muy descansado, pero no recordaba qué había soñado. Sólo
tenía la sensación de haber estado en un lugar de una intensa armonía, cal-
ma y quietud.
Salí de la cabaña y me lavé con agua fría. El frío me quitó el sueño que
todavía me quedaba en el cuerpo, y caminé hacia la casa de Alejandro, A n a y
su familia.
Las montañas que rodean Huautla destacaban sobre el intenso azul del
cielo. El día era hermosísimo. La luz tenía una gran claridad, pero escasas y
enérgicas nubes blancas cubrían el horizonte. Soplaba un ligero viento que me
ayudaba a despejar mi mente.

La caminata y el fresco de la mañana terminaron de despertarme, antes de


subir ios escalones y entrar en la casa. Sólo el tío estaba en pie. En cuanto me
vio fue a la habitación donde dormía toda la familia y unos minutos después
salieron Alejandro y Ana. Ella fue a la cocina a preparar café. Era exactam en­
te lo que necesitábamos.
Alejandro me preguntó si iba a pagar a la señora. Le respondí que claro,
y salió a la calle por ella. Antes de que A na y yo termináramos el café, ya
estaban en la casa. Le entregué los 50 pesos acordados y Alejandro me preguntó
si quería apalabrar otra ceremonia con ella. Respondí que no, que prefería co­
nocer a otros curanderos, que quería aprovechar mis días en Huautla para
conocer a distintas personas.
Entonces Alejandro comenzó a gritarme. Yo me sorprendí bastante; no
me esperaba esa reacción. Su sonrisa había desaparecido totalmente de su cara.
Alejandro le tradujo a la señora mi respuesta y ella también comenzó a
gritarme en mazateco. Naturalmente yo no entendía nada. N i el lenguaje ni su
enfado.
Me preguntaron que con quién iba a hablar.
— C on doña Josefa — tenía referencias de que era muy buena chamana.
Entonces comenzaron a gritarme aún más fuerte.
52 E l despertar del Ho ngo

— Doña Josefa es una ladrona. Sólo le interesa la plata. Ella no sabe dar
los hongos. Engaña a todos los gringos. Tiene su casa llena de ellos. Duermen
juntos hombres y mujeres, y allí cogen y todas esas porquerías — dijo Alejandro.
— N o pierdo nada con conocerla y juzgar por mí mismo — les dije sin
perder la calma— . Además, ¿qué tiene de malo el sexo?
— N o respetan la ley del hongo. Cinco días de abstinencia antes y cinco
días después. Lo van a pagar — dijo Alejandro muy serio y agresivo.
— ¿Esa ley es del hongo o vuestra? — les pregunté— . Estoy dispuesto a
tomar hongos, con y sin abstinencia, y comprobaré por mí mismo la diferencia.
Me dijeron que estaba loco y que Dios me castigaría.
— Si no respetas la abstinencia puedes morir — me amenazó Alejandro.
— ¿Sabéis? — dije— . Cuando era pequeño intentaron asustarme con esas
cosas y no consiguieron nada. N o lo vais a conseguir vosotros ahora. Hablaré
con el hongo y le preguntaré a él directamente. Vosotros decís que el hongo
no se equivoca nunca.
— Doña Josefa es una mala mujer. Mira lo que hace con ustedes los
gringos — dijo Ana, moviendo la cabeza.
— Pero si no la conozco siquiera... — argumenté.
Intenté inútilmente razonar con ellos, pero el solo nombre de doña Jose­
fa parecía sacarles de quicio.
En un primer momento pensé que quizás se sentían traicionados, pero
inmediatamente descubrí que el problema era el dinero. Esta señora, doña
María, no es muy conocida en Huautla y había visto en mí una fuente de
ingresos en su maltrecha economía.
Intenté alcanzar un acuerdo con ella. Con Alejandro como intérprete,
le dije que aunque no participase en otra ceremonia con ella, daría su direc­
ción a otros viajeros, ya que había comprobado que sabía hacer una velada
seriamente.
Ella no aceptó, quería dinero, aun sin hacer otra ceremonia. Según la
traducción de Alejandro, me pedía 100 pesos, a cambio de nada. Yo no salía de
mi asombro y ni siquiera me negaba. No decía nada.
Alejandro, el tío y ella discutieron bastante tiempo en mazateco. El tío
ahora no parecía sordo e intervenía con frecuencia en la conversación. Yo sólo
entendía la palabra “ compromiso” , que parecía estar incluida en castellano en
su idioma.
En un momento dado parecieron llegar a la conclusión de que no logra­
rían sacarme mucho más y el tío me dijo en su pobre castellano que necesitaban
la cabaña. Me imaginé que la querrían para algún gringo al que pudieran sacar
L a t ie r r a de l a s á g u il a s 53

más dinero que a mí. N o quise discutir y les dije que de acuerdo, que la dejaría
inmediatamente.
Antes de salir les agradecí lo que habían hecho por mí y lo que me
habían enseñado. A na esbozó una sonrisa e intentó hablar, pero Alejandro la
calló con un gesto.

Salí a buscar mis cosas a la cabaña. Salvador y sus hermanas me*acompañaron,


sonriendo como siempre, como si nada hubiera pasado.
Salvador me explicó, mientras nos dirigíamos a la cabaña, que su padre
tenía un acuerdo con esa señora, que enviaba a ella a todas las personas que se
alojaban en su cabaña.
Abrí el candado con el que cerraba la cabaña, se lo di a Salvador y comencé
a recoger mis cosas. Estuve jugando un rato con los niños. Ellos contribuyeron a
que desapareciera la tristeza que tenía dentro de mí.
— No les hagas caso — me dijo Salvador al darse cuenta de que me costa-
ba reír— . Son cosas de los viejos.
— Te acompañamos — dijo su hermana, A n a— . ¿Adónde vas a ir?
— Voy a buscar a Santi a su hotel — ellos le habían conocido la noche
anterior y les había gustado mucho. Habían jugado y hecho bromas con él.
Me pidieron permiso para venir conmigo y verle de nuevo. A cepté en­
cantado. Ellos sonrieron primero, luego rieron y saltaron de alegría. Me dieron
las gracias y vinieron a abrazarme.
Salimos de la cabaña y caminamos a la vez que jugábamos. A l pasar
frente a la casa de la familia, Alejandro estaba asomado por la ventana. A l ver
a sus hijos conmigo, les llamó en mazateco. Se resistieron un poco, pero tuvie­
ron que irse cuando su padre pareció amenazarles. Yo me despedí de ellos y
continué bajando, hasta llegar al mercado.

El hotel donde se alojaba Santi estaba enfrente de los puestos. Entré y pregun­
té por él. La señora me dijo que estaba en la ducha. Santi, al oírme hablando
con ella, terminó rápidamente y salió a saludarme.
Le conté rápidamente lo que había pasado. Él me dijo que también había
tenido problemas con la señora del hotel, porque quería subirle sin ninguna
causa el precio de la habitación, así que acordamos buscar alojamiento juntos.
Fuimos a su habitación a recoger sus cosas. Santi secó su larga melena
rubia que le hacía parecer aún más alto, se vistió, hizo su mochila y me dijo
que estaba listo. Por el camino Santi me explicó que no era la primera vez que
le sucedía algo así en México.
54 E l despertar del Ho ngo

— En cuatro meses me ha pasado ya varias veces. Me entristece que les


pierda tanto el dinero.
— Entiende su situación — dije yo.
— Lo entiendo, pero lo más doloroso es que te crees que estás haciéndote
amigo de ellos y al final siempre te salen con éstas. Qué le vamos a hacer...
— dijo con un gesto de tristeza y resignación.
Preguntamos a algunos vecinos y tras visitar algunas casas y cabañas, nos
alojamos en la parte baja de Huautla, en la casa de Raúl, un hombre que tenía
una tienda de refrescos y tabaco. Cuando comprobamos que apenas hablaba,
le apodamos “ El Mudo”.
Tuvimos que preparar unos camastros en el suelo con arpilleras y sacos,
porque no había camas en la habitación, pero nos había gustado el aislamien­
to de la casa y la amplia terraza. Pensamos que sería un buen lugar para tomar
juntos los hongos. Desde allí se dominaba todo el lugar: Huautla, arriba, y las
montañas, los árboles y el cielo debajo.
De pronto Santi me preguntó:
— Bueno, Juantxo, ¿cuándo tomaremos hongos nosotros solos? Si algo tengo
claro es que no somos indios, aunque ellos sean tan buena gente, que lo son.
— Hombre, yo respeto sus tradiciones, pero también sé que no son las
nuestras. Haremos un intento a nuestra manera cuando quieras.
Santi me miraba expectante, con la sonrisa de la complicidad en sus
labios. Aunque estábamos usando un derecho legítimo: nuestra libertad, pare­
cía que estuviéramos cometiendo una travesura, o aún peor, rebelándonos con­
tra la tradición de los mayores.
— ¿Qué te parece mañana? — continué— . Hoy quiero ir a ver a un hombre
que conocí en el autobús, y descansar de los hongos un día al menos. Todavía
es temprano y me da tiempo de ir a visitarlo. Mañana o pasado mañana pode­
mos conseguir unos honguitos buenos, irnos hacia el río y tomarlos allí. Me
han dicho que cerca del puente de Fierro hay unas cascadas increíbles.
— De acuerdo — aceptó Santi— . Hoy quiero ir a tomar unos honguitos a
una cañada que dicen hay más abajo.
Acordamos vemos por la noche en la habitación, para ir a una fiesta que
había esa noche en la plaza del pueblo. Una muchacha a la que le habíamos
preguntado por cabañas en alquiler nos había convencido para que fuéramos.
Santi me enseñó los honguitos que había comprado la tarde anterior, y
nada más verlos, sentí nuevamente la necesidad de conocer sus secretos. Me des­
pedí de Santi y salí decidido a encontrar a Ramón, fuese como fuese, aunque
tuviese que buscarle debajo de las piedras.
L a t ie r r a de l a s á g u il a s 55

Me encaminé hacia la pequeña explanada donde partían los autobuses para


dejar Huautla. Entré en una pequeña oficina y le pregunté a la muchacha que
atendía al público si había algún autobús que pudiera coger hacia el pueblito
donde vivía Ramón.
— ¿Un camión? — preguntó, riéndose; todavía no me había acostum­
brado a llamar camión al autobús, y lo que parecía más importante, no me
acordaba de no decir coger.
Asentí, pidiéndole excusas, y me dijo que sólo podía ir allí si encontraba
a alguien que me llevara. Le pregunté a cuántos kilómetros estaba. La distan­
cia me pareció caminable y fui hacia la salida de Huautla que, según ella, me
llevaría tras unas horas a mi destino.
A l llegar a la salida indicada, pregunté si era ése el camino. Unos hom­
bres me dijeron que sí. Miré el reloj y calculé que a buen ritmo estaría allí a
media tarde.
Me llamó la atención cómo unos minutos después de dejar Huautla ya
no había el menor rastro de turistas o extranjeros. Tuve la sensación de ir
internándome en un territorio mucho más virgen que el que había estado has­
ta ahora: la ciudad de México, Oaxaca y Huautla de Jiménez.
La naturaleza reforzaba esta sensación. La vegetación iba haciéndose poco
a poco más frondosa y salvaje, los caminos más estrechos y la atmósfera más
vaporosa y brumosa. Por el camino me cruzaba sólo con campesinos que cam i­
naban o iban en bicicleta. También, con algunas mujeres, muchachas, o niños
y niñas que jugaban en el camino.
Mientras caminaba me preguntaba hasta qué punto podía creer lo que el
hongo me había dicho. Uno de los grandes misterios al que he tenido que
enfrentarme durante mis viajes y mis encuentros con las plantas sagradas, ha
sido hallar algún medio de discriminar cuándo me habla algún otro ser, alguna
otra entidad independiente, y cuándo me hablo a mí mismo, aunque sea desde
la dimensión más recóndita y desconocida de mi ser.
Recordé que algunos científicos vanguardistas habían planteado la posibi­
lidad de la existencia de un campo inmaterial de información y memoria de
cada especie y del universo, y me pregunté si sería posible que ése fuese uno
de los lugares dónde accedemos durante los estados altemos de conciencia que
experimentamos cuando uno de los alcaloides de estas plantas forma parte
temporalmente de nuestro organismo.
Y recordando todos los descubrimientos de los mejores investigadores
de Occidente, sentía que andábamos detrás de algo, claves, que estas viejas
culturas de América ya habían desentrañado hacía milenios, quizás gracias a
56 E l despertar del Ho ngo

haber utilizado sistemáticamente medios de conocimiento como las plantas


maestras.
Aceptaba la existencia del misterio, pero quería penetrar en él, y mientras
caminaba hacia el pueblito de Ramón sabía que esa carretera de tierra me lleva­
ba definitivamente hacia sus aledaños, si no a su mismo centro.
Mi fuerza al viajar por América siempre ha sido que sé que hay hombres
y mujeres en estas tierras que saben. Esta convicción existe en mí hace años,
aunque no sepa todavía su origen. Ahora ese convencimiento iba llenándome
poco a poco de temor, y al menos entendí por qué.
En nuestra infancia nos mutilaron nuestro deseo innato de conocer y
nació el miedo a saber. Desde entonces el conocimiento verdadero y desnudo
nos impone un gran respeto, si no pavor, y es difícil permanecer abiertos a él,
porque resulta duro liberarse de un miedo arraigado a una edad tan temprana.
Mientras continuaba avanzando, traté de que mis piernas no se detuvie­
sen, a pesar de que en ocasiones temblaban. Cada paso les enviaba fuerzas con
mi decisión de continuar.

Llevaba una hora caminando cuando una camioneta se acercó por detrás. El
ruido hizo que volviese la cabeza, y no sin dudarlo unos instantes, alcé la mano
haciendo gestos para que se detuviese.
Conducía un joven mazateco. Le dije mi destino y le pregunté si podía
acercarme. Me respondió que me dejaría allí, que ese pueblo se encontraba en
su camino.
Nada más ai subir a la camioneta, el muchacho me ofreció un cigarro y
fumamos en silencio un Alas. Mientras se consumía el tabaco, me acordé de lo
que Ramón me dijo sobre los hombres-águila, y comencé a hacerme a la idea
de que existían realmente.
El joven me dejó en la plaza del pueblo, junto a un pequeño mercado.
A llí pregunté por la escuela. Aunque la encontré sin dificultad, nadie parecía
conocer a Ramón. En esos momentos estaba tan convencido de que le encon­
traría que esa pequeña frustración no detuvo mi búsqueda.
Me fui a la iglesia, en la misma calle del mercado, recordando que al­
guien me había explicado cómo los hombres de conocimiento se habían ocul­
tado y protegido en las iglesias, aparentando ser simples y humildes sacerdotes
católicos.
L a t ie r r a de l a s á g u il a s 57

Entré en el patio y tras doblar una esquina, encontré la entrada a la


nave de la iglesia. Sólo había una mujer arrodillada en el reclinatorio de un
banco de la primera fila.
Yo me senté unas filas detrás, esperando acontecimientos, quizás la llega­
da del sacerdote o de alguna persona que me pareciera extraña. Me atrajo el
crucifijo del altar. Era muy antiguo. La tela del Cristo era violeta y su rostro
daba una impresión de aceptación de su suerte. Los santos a su izquierda parecían
acompañarle, junto con una mesa llena de velas encendidas a la derecha.
Miré a la mujer rezando. Su pelo era blanco, recogido en dos trenzas.
Una mantilla negra cubría un chaleco granate. Parecía muy devota. La luz era
débil dentro de la iglesia. Unicamente la iluminaba la luz de colores que cruza­
ba las vidrieras y la de las velas a la derecha del altar.
No llegaba nadie. Estábamos solos.
Sin saber muy bien qué hacer, dejé de pensar y comencé a escuchar la
lluvia afuera. La mujer continuaba rezando, murmurando en voz baja oracio­
nes que no alcanzaba a entender.
Miré a la Virgen. El artista había reflejado perfectamente el amor de una
madre en su mirada. Estaba vestida toda de blanco, con el N iño en brazos. Eran
hermosos. Transmitían una gran calma y compasión desde sus ojos.
Un viejo reloj de pared dio la hora y el sonido metálico pareció desper­
tarme. Eran las dos de la tarde. Entonces la mujer se levantó y pasó por el
pasillo, junto a mí.
A l llegar a mi altura me miró breve pero intensamente, luego continuó
con la vista al frente hacia la salida. Sin pensármelo dos veces salí tras ella. En
su mirada había percibido una especie de llamada. Sus ojos no me habían
parecido normales. Inmediatamente supe que debía seguirla.
Una vez fuera descubrí que llovía. Las gotas eran gruesas y caían con
fuerza. La mujer no tenía paraguas, y yo tampoco, pero el agua nos era indife­
rente. Ni ella ni yo nos detuvimos. Miraba el color de sus ropas para no perder­
la, aunque nadie permanecía en la calle.
Yo caminaba a cierta distancia de ella, para no llamar excesivamente su
atención, aunque de algún modo estaba seguro de que la mujer sabía que yo la
seguía.
Su falda celeste y su chaleco granate eran una señal inconfundible, pero
de pronto los acontecimientos se precipitaron. Inesperadamente la mujer dejó
la calle principal y dobló una esquina, hacia la izquierda. A l hallarme unos
50 metros por detrás de ella, temí perderla, pensando en la posibilidad de que
entrase en algún portal o doblase otra esquina, y ya no pudiera alcanzar a verla.
58 E l despertar del Ho ngo

Me puse a correr bajo la lluvia como si me fuera la vida en ello. Doblé la


esquina rápidamente, pero ya no la vi. Sólo había una calle vacía. Corrí por
ella y al doblar otra esquina me tropecé con un hombre.
Comencé a pedirle disculpas, hasta que advertí que era Ramón, que es-
taba partiéndose de risa.
— ¿Y la mujer? — pregunté.
— Sí que te gustan las mujeres. Hasta las viejas — y continuó riéndose.
— No es lo que piensas — intenté defenderme— , es que creía que esa
mujer sabía algo.
— ¿Y te parece poco saber dónde estoy? ¿No me estabas buscando? — me
preguntó con calma y naturalidad.
Entonces toda la tensión debida a mis dudas, el cansancio de la carrera y
mi incertidumbre, estalló dentro de mí. Empecé a gritar a Ramón.
— ¡No eres maestro! ¡Me mentiste! ¡¿Por qué me engañaste?!
Ramón permaneció imperturbable, aunque con su mirada parecía com­
prenderme.
— ¿Piensas que soy un estúpido gringo? ¿Eso es lo que piensas? — le pre­
guntaba mirándole directamente a los ojos.
El negó con la cabeza, con un gesto que podía tener muchos significados.
Tras calmarme un poco le expliqué:
— He preguntado en la escuela por ti y nadie te conoce. N o necesitabas
mentirme.
Su respuesta no fue con palabras. Una frase silenciosa llegó a mi mente
nítidamente: “ Los naguales somos engañosos, recuérdalo siempre” .
Sentí una extraña incomodidad, casi insoportable.
— Esta mujer que me ha traído hasta ti, ¿quién es? — intenté desviar su
atención a otra cuestión que me hiciera sentir menos amenazado.
Ramón aceptó y volvió a hablar, esta vez en voz alta.
— ¿Te acuerdas que te hablé de los hombres-águila? También existen
mujeres-águila.
— ¡Coño! — exclamé— . ¡Coño, coño, coño! — de nuevo algo indoma­
ble estalló dentro de mí.
— ¿Qué te pasa? — hasta Ramón parecía sorprendido de mi reacción.
Había dejado de reír.
— ¿Cómo he podido ser tan gilipollas? ¡Soy idiota! — nada ni nadie
parecía poder detener mis gritos.
— ¿Pero qué te pasa, Juanjo? Tranquilízate — Ramón puso su mano sobre
mi hombro.
L a t ie r r a de l a s á g u il a s 59

Comencé a calmarme, pero aun así había enfado en mi voz.


— He descubierto algo de pronto — dije— . ¡Sois unos cabrones!
Ramón se moría de risa otra vez.
— Acabo de comprender que habéis estado jugando conmigo — añadí.
— ¿Quién?— preguntó Ramón inocentemente, todavía riéndose.
— ¡Todos! Ya sé lo que sucedió en Sudamérica y lo que está pasando aquí.
Horacio era un hombre-águila, ¿verdad? El me vio en Sacsayhuamán...
Volví a mirar a Ramón directamente a los ojos; con su mirada risueña
parecía animarme a seguir hablando.
— ...y luego vio a Tahiri — continué.
Le recordé precipitadamente la historia que le había contado en el auto­
bús: mi viaje a Sudamérica, mis encuentros con los maestros incas, mis expe­
riencias con ellos y otras personas que encontré durante mi viaje. Le hablé de
mi encuentro y mi desencuentro con Tahiri.
— Sí — me interrumpió— . Tahiri trató de convencerte. Ellos supieron in­
mediatamente cómo te atraen las mujeres lindas. Eso se percibe fácilmente e
intentaron retenerte con ellos utilizando los encantos de Tahiri. Ella también
quería que te quedaras.
Yo no salía de mi asombro. Ahora resultaba que Horacio, y me imagina­
ba que más personas, eran hombres y mujeres-águila, esperando en las ruinas
de América que alguien abierto a sus conocimientos apareciera para entrar en
contacto con él o con ella.
Entonces comencé a reírme sin medida y sin ningún control. Esa risa tan
salvaje era una especie de liberación.
— La verdad es que los encantos de Tahiri, como tú dices, no eran sólo
físicos — dije— . Era una gran mujer. Su atractivo no era solamente sexual, pero
yo deseaba continuar buscando por mi cuenta. N o quería perder mi libertad.
Ramón me escuchaba en silencio, pero asentía con su mirada. Sus ojos
iban calmándome poco a poco.
— Entonces yo fui impecable, ¿no? Superé la tentación de detener mi
viaje para estar con Tahiri — dije, ahora sonriendo y ya más tranquilo.
Entendí que por muy naguales que fueran, por muy atractivos que fue­
ran, no podían dominarnos si manteníamos algún átomo de soberanía sobre
nuestra vida.
— S í — respondió Ramón, sonriendo también— . Tú tenías que seguir
buscando. Sólo volverás con ellos cuando lo elijas libremente. También si te
hubieras quedado por propia voluntad con ellos hubieras hecho bien. Hubie­
ras aprendido otras cosas.
60 E l despertar D a Ho ngo

” En el mundo de los naguales existe la libertad — continuó— . Ya te dije


en el camión que si renuncias a tu libertad, has perdido lo más valioso. Te
convertirás en una pinche mierda a las órdenes de alguien más poderoso que tú,
pero sólo porque tú le habrás entregado el poder de gobernarte.
Tras unos segundos de silencio, Ramón me propuso irme con él a la ca-
baña donde vivía. A pesar de todos los sentimientos contradictorios dentro de
mí — curiosidad, temor, prudencia, responsabilidad— , no lo medité demasía-
do y acepté.
— Órale, gachupino — dijo Ramón riendo— . Vamos ya.
Caminamos en silencio hacia la salida del pueblo. Me di cuenta de cómo
esta información que Ramón me había dado no era nueva para mí. Había
permanecido en mi interior todo este tiempo, y apenas había llegado hasta ella
cuando había tratado de relatar mis experiencias de Sudamérica, fuera ha­
blando o por escrito.
—Tienes un vínculo con esta tierra, Juanjo — dijo de pronto Ramón, inte­
rrumpiendo el curso de mis pensamientos— . Pronto descubrirás por qué.

A pesar de que en este viaje me interesaba más conocer las plantas de poder
que los chamanes, al conocer a Ramón todos mis planes se desbarataron, del
mismo modo que ocurrió en Sudamérica cuando conocí a Horacio. A l en­
contrarme con alguna de estas personas estaba seguro de que algo me ense­
ñarían. Aunque parecía que jugaban con mi curiosidad, ellos sabían que
advertiría que eran hombres de conocimiento y permanecería, al menos un
tiempo, con ellos. Además de que sabía que no me desviaba de mi búsque­
da, sino que sospechaba que me llevaría al mismo centro de ella, Ram ón no
parecía en absoluto el típico chamán en busca de poder o de dinero que
resulta tan fácil de encontrar últimamente, y al igual que en Sudam érica,
esta vez tampoco me resistí. Permití nuevamente que el propio viaje, y las
señales que aparecieran durante él, me marcaran su rumbo y mi destino. Sin
embargo, antes, tuve que vencer ios últimos restos de miedo que aún queda­
ban dentro de mí.

Resulta difícil de explicar cómo imponía la presencia de Ramón en su pueblo.


No había la más mínima duda de que allí se encontraba en su lugar de poder, y
allí parecía invulnerable.
Mientras caminábamos hacia su cabaña, tuve que superar mi tentación
de escapar del pueblo rápidamente, buscando cualquier excusa, antes de que
fuera demasiado tarde.
L a t ie r r a de l a s á g u il a s 61

Ramón percibió mi inquietud y me preguntó de frente que qué me pasa-


ba. Le dije la verdad, que estaba asustado.
■ — ¿Por qué me tienes miedo? — me preguntó, aparentando sorpresa al
advertir mis piernas temblando.
— No sé — respondí sinceramente— . Comencé a sentir miedo mientras
me acercaba a este pueblo, cuando el conductor de la camioneta que me acercó,
tras cruzar unas frases conmigo, me dijo que sólo conocía a alguien tan extraño
como yo, un brujo que vivía en este pueblo, a quien según él, tenía que conocer
sin falta. Ahora me doy cuenta de que se refería a ti, Ramón, y aunque te doy
mi confianza como persona, eso no termina de quitarme el miedo.
— ¿No me dirás que te asusta la palabra brujo? — me preguntó tras escu-
char mi primera explicación.
— La verdad es que sí — confesé— . Esa palabra todavía tiene oscuras
connotaciones para mí. Pero creo que lo que más miedo me da es que sé que
este encuentro no es casual, y que ya no volveré a ser el mismo. Tengo miedo
de adónde iré contigo.
Mientras hablaba, intentando explicarle el origen de mis temores, R a­
món no dejaba de reírse, y sin embargo este hombre transmitía al mismo tiem­
po una gran bondad y poco a poco iba creciendo mi confianza en él.
— Desde luego que este encuentro no es casual — admitió— . Las casua­
lidades sólo existen en la realidad de los hombres comunes. Esa mujer de la
iglesia es una mujer-águila, como tú eres un hombre-serpiente, y al verte supo
inmediatamente que tenías que conocerme, porque yo realmente no soy un
brujo. Yo soy un águila y las águilas son las mejores amigas de las serpientes.
No pude ocultar mi asombro al escuchar esas palabras. Siempre que estoy
con esta clase de personas, estoy preparado a escuchar las cosas más increíbles,
pero ellos siempre llegan más allá de mi capacidad de aceptar afirmaciones
insólitas. Siempre traspasan los límites de mi sistema de creencias, por muy
abierto que éste sea.
Ahora me doy cuenta de que nadie conoce los límites reales de lo po­
sible. Sólo alguien realmente presuntuoso puede atreverse a afirmar qué es
posible y qué no es posible, porque eso implicaría que conoce en su totalidad el
campo de lo existente y de lo real, y dudo que haya entre nosotros nadie que
conozca, en toda su amplitud, las posibilidades del ser humano y la grandeza
infinita del universo.
Mientras pensaba una vez más que esta clase de personas — Horacio,
Ramón— siempre me enfrentan a lo inconcebible, Ramón continuaba ha­
blando, ajeno a mis razonamientos.
62 E l despertar del Ho ngo

— Soy un águila y puedo volar alto y ver desde el cielo. Yo veo este mundo
desde arriba y puedo ayudarte en este momento. Alguien tiene que decirte quién
eres y recordarte para qué has venido aquí. Por eso esa mujer te trajo hasta mí.
La mujer había desaparecido misteriosamente, así que no pude confirmar
esa información. Decidí no luchar y aceptar, al menos momentáneamente, lo
que Ramón afirmaba.
— ¿Y cómo haces para ver desde arriba? ¿Usas los hongos o alguna planta
de poder? — le pregunté, dando por ciertas sus palabras.
— En un principio sí — respondió— , pero cuando me convertí en águila,
no los necesité ya más, aunque siempre está bien reencontrarse con los ami­
gos. Todavía aprendo con ellos — y sonrió con complicidad.
— ¿Te refieres a los aliados de los hongos y las plantas maestras?
— Sí. Aprendemos juntos y somos amigos — afirmó Ram ón, con una
sonrisa todavía en sus labios.
— ¿Y qué cosas has visto desde lo alto? — pregunté, ya sin miedo y con
gran curiosidad.
— Muchas cosas. He visto lo que va a pasar. He visto todo. Pero en lo
que a ti respecta, vi que venías, y he visto toda tu vida, incluso tus otras vidas,
y he visto también para qué estás aquí con nosotros.
No intervine, esperando que me desvelara algo; pensé que era mejor no
hacer ninguna pregunta que él considerase estúpida.
Tras unos segundos en silencio, Ramón continuó hablando:
— Eres un hombre nacido para ser contador de historias. Naciste para
contar tus encuentros con el espíritu del universo, y al hacerlo actúas como lo
que fuiste y aún eres, un guardián de las plantas maestras.
Tras detenerse unos instantes, Ramón prosiguió:
— Tus historias hablan de tu relación con las plantas sagradas, y al hablar
con amor de ellas, las proteges de quienes no las conocen, y por eso les tienen
miedo y quieren acabar con ellas.
Esto no dejaba de ser sorprendente, pero tenía algún sentido para mí.
Desde que Horacio me inició en el mundo de las plantas maestras, cada vez
más, había sentido mi estrecho vínculo con esas plantas y mi relación con
ellas cada vez era más profunda y enriquecedora.
Mientras continuábamos caminando hacia su cabaña, alejándonos cada
vez más del pueblo, le conté una historia, a riesgo de aburrirle. Tenía la sensa­
ción de que él veía y ya sabía todo sobre mí.
— Hace unos meses tuve una profunda experiencia a través del sanpedro.
Había enviado a un amigo uno de esos cactus desde Perú. U na noche, mi
La t ie r r a de l a s á g u il a s 63

amigo trajo la maceta donde lo tenía plantado y la colocó en el centro de la


mesa. Sentados alrededor de ella fumamos hash. En un momento determina-
l

do, supe que sin duda estaba escuchando al sanpedro. Aquella no era mi voz.
”E1 sanpedro me dijo algo similar, aunque yo entonces me resistí a creer­
lo. También me dijo que las plantas sagradas están aquí para comunicarnos
con el mundo vegetal y con otros mundos aún más desconocidos — conti­
nué— . También me explicó cómo los seres humanos estamos desconectados del
resto de los seres vivos debido al uso del lenguaje, cómo estamos atrapados y
protegidos del misterio tras la barrera de las palabras.
— Es cierto — dijo Ramón— , pero si he bajado a la tierra no es para decir­
te eso. Eso ya lo sabes. Si he venido hoy aquí a hablar contigo es para corregir tu
rumbo. Conozco tus intenciones, pero tienes que ir más hacia el sur.
Imaginé que se refería a Chiapas. Yo había planeado ir en algún momen­
to de este viaje a ese estado, pero en ese momento pensaba volver a Oaxaca y
de ahí ir en busca del peyote, en el desierto de Wiricuta, al norte de México.
Estaba impaciente por conocer este cactus y por conocer el desierto. En ese
momento, sólo me planteaba la posibilidad de cruzar la frontera entre Oaxaca
y Chiapas, sólo si así lo sentía. Me atraía de ese estado conocer de cerca la
lucha de los zapatistas y visitar las ruinas mayas de Palenque.
Ahora Ramón parecía decirme que no viajara a Wiricuta, por lo menos
por el momento, sino que fuera de Oaxaca a Chiapas. Sin llegar a expresar en
voz alta mis pensamientos, Ramón respondió:
— Exactamente. Y tú mismo lo verás.
— ¿Cuándo?
— Cuando te lleve conmigo en mi vuelo.

Ramón me hizo ver con mis propios ojos, aunque mis ojos no fueran estos
azules que cualquiera puede observar, sino otros, con los que percibo lo invisi­
ble. Podría llamarlos los ojos del corazón y del conocimiento. Son los ojos que
eliminan la ignorancia, la verdadera ignorancia.
Sucedió horas más tarde. Esa tarde, ya en su cabaña, le pregunté por los
hombres-águila. Le pedí que me explicara, si podía, un poco más sobre ellos.
— ¿Por qué quieres que te explique algo que ya sabes? —fue su res­
puesta.
— Si lo supiera para qué iba a preguntarte.
64 E l despertar del Ho n g o

— Porque eres bien perezoso. Sabes todo lo que necesitas saber, pero no
quieres hacer el esfuerzo de descubrirlo por ti mismo.
No quise discutir más, y a partir de ese momento me dediqué a intentar
encontrar mis propias respuestas, aunque él y las plantas de poder me sirviesen
de ayuda para hacerlo.
M i primer intento fue minutos más tarde, cuando me ofreció fumar el
tabaco sagrado de los nativos americanos. Me dijo que este tabaco era diferen-
te al que nosotros conocemos y que ellos lo llamaban picietl.
Yo sabía que el tabaco nativo era una especie diferente de la que nuestros
antepasados habían traído hace siglos de América. Ahora era una buena oca-
sión de comprobar los efectos del tabaco sagrado, el tabaco que durante siglos
nos habían impedido conocer en Europa.
U n sentimiento de reverencia se apoderó de mí. Era similar al que había
sentido durante la ceremonia mazateca de los hongos.
Ramón me dijo antes de pasarme el cigarro que había elaborado cuida­
dosamente: “Ahorita es el momento de preguntar. Habla con el tabaquito” . Y
por una vez sus palabras me parecieron redundantes e innecesarias, en vez de
escasas y enigmáticas.
Mientras le veía recortar la vaina de maíz, mezclar el tabaco, cerrar el
cigarro, ya sabía que esta planta sagrada me daría alguna de las respuestas que
necesitaba en ese momento.

La primera calada fue intensa, rugosa, como la caricia de la mano de un hom-


bre con la piel envejecida por los años. Me pregunté cuántos siglos llevarían
las mujeres y hombres nativos conociendo el tabaco sagrado, utilizándolo en
sus rituales.
A l sentirlo dentro de mí, percibí su antigüedad, y la antigüedad del co­
nocimiento que pudiera darme esa planta.
Escuchaba a Ramón cantando suavemente, en voz muy baja, mientras
yo fumaba. Tras unas caladas sentí que algo comenzaba a moverse dentro de mí.
Una suave vibración comenzaba a ocupar todo mi cuerpo. En ese momento
escuché el sonido del tambor que Ramón había comenzado a tocar tras entre­
garme el cigarro.
Fue entonces que, al cerrar los ojos para oír mejor, unas imágenés muy
suaves pero precisas comenzaron a aparecer ante mí. M ientras comenzaba
a sentirme prendido, lentamente fue formándose un paisaje de vigorosos co­
lores. Era un paisaje impresionante. Veía una selva, llena de árboles inmensos,
lianas brillando en medio de una oscuridad casi total. U na pirámide maya
L a t ie r r a de l a s á g u il a s 65

permanecía casi oculta, semejando una colina cubierta de maleza. Un fuego


principal y varios más pequeños la iluminaban. De pronto vi un campamento.
Vi hombres y mujeres zapatistas. Estaban trabajando, sin armas pero con pa-
samontañas. Me parecieron guerreros y guerreras esperando alguna señal. Es­
cuché un ruido intenso y prolongado; parecía algún pájaro gritando. Entonces
todos comenzaron a convertirse en animales: en águilas, en jaguares, en búhos,
en pumas, en aves del paraíso y en seres desconocidos para mí.

El tabaco no respondió a mi pregunta sobre los hombres-águila, pero sí sobre el


destino de mi próximo viaje dentro de México. Me confirmó lo que minutos
antes me había dicho Ramón.
La potencia visionaria del tabaco nativo me sorprendió. El tabaco sagra­
do me había demostrado una mayor efectividad que el tabaco que nosotros
conocemos. Aun así me pregunté si Ramón habría añadido alguna otra planta
al cigarro que me había ofrecido.

Cuando me vio mínimamente restablecido, Ramón me preguntó:


— ¿Qué te ha dicho el tabaquito?
— El tabaquito me ha dicho dónde debo ir, pero nada sobre los hom­
bres-águila. Me parece que me ha influido mucho lo que hablamos. A l sentir
que decías que fuera a Chiapas, pensé en los zapatistas y en la zona maya alrede­
dor de Palenque, y ambos han aparecido ahora ante mí, como aparecieron los
hongos mexicanos cuando en la Alpujarra el hash me dijo a dónde venir.
— ¿Y tú por qué crees que les llamamos plantas maestras? — me pre­
guntó— . Estas plantas siempre te dicen lo que necesitas saber, no lo que tú les
preguntas. No terminaste de creerme a mí, y el tabaquito te lo dijo también.
Sabía que necesitabas tener la certeza de adónde ir.

N o recuerdo exactamente qué hicimos después, menos recuerdo de qué habla­


mos. Sólo sé que estábamos sentados en la cabaña y que ya no había mucha luz
fuera. Fue entonces cuando Ramón me sorprendió:
— Ahora vas a conocer a un maestro todavía mejor, o mejor dicho, una
maestra. Es la nagual de las plantas maestras.
Entonces Ramón me mostró un tarro de cristal donde había una miel
densa y muy oscura.
— Prueba esta mielecita — me dijo.
Dudé unos instantes por la proximidad de las últimas experiencias. Había
tomado dos días seguidos hongos, pero decidí confiar en Ramón y probé la miel.
66 E l despertar del H o ngo

El gusto era agridulce. Tenía un ligero sabor recio y áspero, aunque la


miel no dejaba de ser exquisita. Ramón continuaba tocando y cantando. Yo
me limitaba a esperar, sabía que no tardaría en sentir los efectos. U no tiene la
certeza de cuándo una planta o los hongos te van a prender, aunque todavía
no haya sentido nada.

Unos diez minutos más tarde, la vibración de mi cuerpo comenzó a aumentar.


Cerré los ojos, entregándome a esa sensación. El sonido de la percusión pare-
ció introducirse dentro de mí y llegó a formar parte de mi cuerpo. Ese sonido
parecía sacarme, o al menos ayudarme a salir, de dentro de mi organismo. Mi
conciencia parecía no depender ya más de nada físico. N o veía nada, sólo unas
suaves estrellas de colores.
Entonces abrí los ojos y no vi formas. Ante mí estaba lo que debía ser
Ramón, sencillamente una inmensa luz. Una gran fuente de energía, expan­
diéndose en todas las direcciones.
Estaba tan maravillado ante lo que veía, que mi mente no funcionaba.
Sólo percibía energía en forma de luz. No puedo saber cuánto tiempo transcu­
rrió hasta que volví a ser yo y vi acercarse hacia mí esa luz sobrecogedora.
Más tarde salimos de ese lugar y fuimos a otro que yo llamaría el reino de
la libertad total. A llí parecíamos poder elegir entre toda una gama infinita
de posibilidades.
Sin decidir nada, optamos por convertimos en águilas. Nuestro vuelo
era primero por un cielo sin límites, y más tarde volví a ver el campamento
zapatista de la selva.
Había una diferencia fundamental con las visiones del tabaquito. Estas
parecían dibujos, muy realistas, pero yo sabía en todo momento que estaba vien­
do unas imágenes. Ahora, con la mielecita, estaba viviendo eso. Estaba volando,
por muy difícil de creer y entender que sea por quien no haya experimentado
una sensación semejante. Hasta tuve la sensación de que aquellos guerrilleros
podrían vernos.
Hubo un momento en que bajamos hacia un río próximo donde las mu­
jeres estaban lavando la ropa. Una de ellas miró hacia el cielo y entonces bajé
aún más. Tuve la tentación de acercarme a ella y penetrar en esa realidad. En
ese momento sentí que iba a quebrantar un tabú. Tenía la sensación de ir a
traspasar un límite realmente sagrado. Sentía que si entraba en esa realidad y
actuaba en ella, estaría violando alguna ley primordial del universo. Final­
mente me detuvo un inmenso respeto a esa norma no escrita, pero que parecía
tener un grado de existencia realmente enorme.
L a t ie r r a de l a s á g u il a s 67

No tuve más tiempo para reflexionar sobre qué hacer, porque el otro
águila comenzó a alejarse y yo temí quedarme solo.
Tuve ante mí una gran gama de posibilidades, y vi la importancia de
tener claridad sobre para qué usar esa inmensa libertad que la mielecita me
concedió.
Finalmente decidí volver a percibir energía y más tarde me encontraba
de nuevo en un lugar que me resultaba familiar. Aquella luz móvil estaba otra
vez ante mí.

Me pregunté si había encontrado la planta misteriosa de la que me hablaron


los incas en Perú, la planta que había estado buscando sin éxito por varios
países de Sudamérica.
Entonces intenté ir más allá. Todavía percibía las paredes, pero veía algo
más a través de ellas. Salí afuera y aunque había árboles, eran fundamental'
mente grandes masas luminosas unidas por hilos de luz. Seguí el rastro de esos
hilos y vi que se dirigían hacia Ramón, cuya energía percibía, y hacia mí o las
plantas. Las formas luminosas de las plantas eran más pequeñas, pero las perci­
bía también. Concentré mi atención en los espacios entre los árboles, las plan­
tas y yo, y vi cómo aparecían esos hilos de luz entre nosotros, entrelazándose.
Entonces intenté desaparecer, fundirme con toda esa energía, y en ese
preciso instante tuve miedo, un miedo profundo e imparable, un miedo que
había comenzado a crecer y que no podía detener. U n segundo después grité.
Supe que ya no había marcha atrás.

Levanté la cabeza y vi a Ramón sonriéndome en silencio. N o parecía preo­


cupado a pesar de que yo había entrado gritando aterrorizado en la casa. Me
había pedido que me tumbase en las frazadas, y había puesto sus manos abiertas
a unos milímetros de mi pecho. Me di cuenta de que ahí le tenía para darme
la respuesta, siempre que él quisiera darme una explicación de lo que había
sucedido, pero me impidió hablar con un gesto suave.
Transcurridos unos minutos me sentí más calmado, y me permitió comen­
zar a hablar. Yo estaba avergonzado. Le confesé que había sentido miedo al ver
que realmente podía desaparecer.
— Menos mal que tuviste miedo — dijo Ramón— . ¿No entiendes que tu
cuerpo no está preparado para tanta energía?
68 E l despertar del Hongo

— Estaba viendo energía e intenté fundirme con ella — intenté argumentar.


— Mira don Juanito, tienes que aceptar que no es tu momento de partir.
Ya es un logro extraordinario que hayas visto la energía del universo y que
hayas deseado desaparecer como tú, individuo aislado, pero entiende que no
es tu momento.
— ¿Pude morir? — pregunté con gran preocupación.
— Elegir la muerte es el último logro del guerrero — respondió Ramón— .
Ni tú ni yo estamos preparados para ello. Te habrías fundido unos instantes
en esa energía, como ya me contaste que hiciste una vez en Ecuador, pero
hubieras vuelto. No estás preparado para permanecer ahí.
Tras quedarse en silencio unos instantes, añadió:
— Otra cosa es cómo hubieras vuelto.
— ¿Te refieres a que hubiera perdido la razón? — pregunté con ansiedad.
— La razón o algo peor — respondió, con gran preocupación en su sem­
blante, y no hablamos ya más del particular.
Ramón sabía que yo había aprendido la lección.

Salimos afuera a caminar. En cuanto le pregunté por el contenido de la miel


que me había dado, me dijo que llevaba hongos. Ramón quiso y no quiso
responderme.
— Eso ya lo sé — respondí decepcionado, incluso algo enfadado por su her­
metismo— . Sé reconocer el sabor de la psilocibina, pero estoy seguro de que
llevaba algo más. Su sabor era más complejo y sus efectos mucho más poderosos.
— Éste es un hongo diferente — aceptó Ramón— , recogido en el único
lugar de la sierra mazateca donde crece. Además, claro que lleva algunas plan­
tas que lo completan y potencian, amigos aliados de este hongo. Se conocen
hace miles de años, y su poder, como has podido comprobar, es inconcebible
para el hombre común.
Yo no le había explicado apenas qué había experimentado. N o había
sido necesario. De algún modo sabía que Ram ón había estado conmigo, y
estaba perfectamente al tanto de todo lo que yo había vivido.
— N o tengo otro remedio que preguntarte cuáles son esas plantas, aun­
que sé que no me vas a responder.
— Efectivamente, don Juanito. Ten paciencia, algún día lo sabrán — y
no dijo una palabra más sobre el asunto.
Me costó mantener la calma. Aceptaba que estos hombres no nos entre­
gasen el conocimiento que tenían, pero a veces me sacaban de quicio. La pa­
ciencia no es una de mis características principales.
L a t ie r r a de l a s á g u il a s 69

Mientras, habíamos vuelto a la cabaña. Durante ese tiempo me callé; me


costó pero me callé. En realidad les entendía, aunque me resultase difícil acep­
tarlo. Sabía que tenían razón, y respeté su silencio.
Unos minutos después yo mismo comprendí por qué no estábamos pre­
parados para ese conocimiento, para esa libertad infinita que había conocido
por primera vez. También por primera vez me daba cuenta de que si algún día
llegaba a descubrir cómo acceder por mí mismo a ese reino de »».. ’ rtad, lo
haría como ellos, y no lo divulgaría.
En el actual estado de la humanidad, sería catastrófico. Si la energía
nuclear nos había llevado al borde de la destrucción total, quién sabe qué
sucedería si el hombre y la mujer occidental descubriésemos una bomba ató­
mica de la conciencia de tai magnitud.
También fue la primera vez que entendí realmente qué era la impecabilidad.

Ramón se levantó a preparar café para los dos. Todavía me sentía algo prendi­
do y continuaba recibiendo más información, quién sabe de dónde. Supe que
la impecabilidad era algo de lo que carecíamos la inmensa mayoría de los occi­
dentales y que era un requisito imprescindible para recibir más conocim ien­
tos de quienes ya saben lo que sucedió en sus propias culturas con el poder que
llegaron a alcanzar hace milenios sus ancestros: abuso, mal uso y degeneración
de una sabiduría que en realidad liberaría al ser humano, pero que en nuestras
manos sólo serviría para destruirnos.
Mientras nos tomábamos el café, seguimos conversando. Aunque la no­
che se acercaba y bajo ningún concepto quería dormir allí con Ramón, sino
que quería volver a dormir a Huautla, también quería contrastar con este hom­
bre de conocimiento todo lo que el hongo me había dicho. En un principio,
ése había sido el motivo de ir en busca de Ramón.
— Esta tarde me has dicho que eres un águila, pero el hongo me dijo que
eres un nagual y el hongo no miente. ¿Quién eres, Ramón? — pregunté sin
esperar realmente una respuesta clara.
— Primero recuerda que el hongo siempre dice verdad. Si el hongo te lo
ha dicho, es que tendrías que saberlo. Soy águila, pero también soy nagual si
tengo algo que enseñarte. Te llevé conmigo en mi vuelo y fuimos juntos a ver.
El nos dice qué es lo que queremos saber.
Ramón hizo una breve pausa, y luego continuó.
— En realidad soy águila porque soy nagual. Sólo los naguales pueden
transformarse en animales de poder, y ahora por razones que pronto entende­
rás, necesitamos la visión del águila. Dime Juanjo, ¿qué quieres saber?
70 E l despertar del Ho ngo

— Los naguales que conocí en Sudamérica me hablaron de una planta


misteriosa que nos permitiría ver la energía. Antes he visto la energía, aunque
fuera algo muy diferente a lo que esperaba. Era como ver sin ver.
— Ves porque percibes la energía. N o ves porque no hay nadie que la
vea, estás en ella, formas parte de ella.
— Todo esto es muy nuevo para mí, no puedo expresarlo en palabras
— confesé— . Imagino que tienes razón.
— Dime qué es lo que querías saber — me interrumpió Ramón.
— No quieres decirme nada más, y lo entiendo. Ahora sé que haces bien
— acepté— . No soy la persona indicada para custodiar ese secreto, ni yo ni mi
gente. Perdona que me enfadara en el pueblo con vosotros.
—Juanjo, no te preocupes. Ustedes son buscadores de corazón sincero, e
irán conociendo, pero entiende que su capacidad actual es limitada y que esta-
liarían literalmente ante una exposición excesiva a otras fuentes de energía y
conocimiento. Es como si a un foco le entra más corriente de la cuenta, ¿qué le
pasa? — me preguntó con semblante serio y mirándome de frente.
— Se funde — respondí.

Callé, realmente impresionado. Tuve que guardar silencio unos segundos an-
tes de poder continuar:
— Entiendo, Ramón; aunque ahora mismo no comprenda muchas cosas,
realmente las entiendo. Ahora tengo otra intriga.
— Eres bien curioso — me interrumpió de nuevo— , y eso es una buena
cosa. Los seres humanos verdaderos nos diferenciamos de otros seres en eso.
Esa inquietud nos impide permanecer atrapados en los enredos de esta realb
dad y nos impulsa a aprender.
Me gustó mucho esa expresión. Me di cuenta de cómo esta realidad es
como una red, como una telaraña pegajosa que nos atrapa y nos impide volar.

' Mi intriga nacía del interés de saber algo más sobre el códice, pero intenté
abordarlo indirectamente.
— En el tren a Oaxaca conocí a una chica quien me dijo que en la univer-
sidad había descubierto que los indígenas guardaban el antiguo conocimiento
de los pueblos antiguos de Mesoamérica.
— Yo también he estudiado en la universidad — respondió Ram ón, ante
mi sorpresa— , y allí no saben nada de nada de nosotros. Salvo excepciones,
a pesar de sus titulaciones, esos doctores y profesores son bien ignorantes. Esa
chica tuvo que darse cuenta de eso. Descubrir en las aulas algunas muestras
L a t ie r r a de l a s á g u il a s 71

históricas de nuestro pasado le haría pensar lo que te dijo, pero lo descubriría


por su cuenta. En la universidad enseñan sólo pinches mentiras.
— ¿Pero ese conocimiento permanece vivo? — pregunté.
— A y don Juanito, a veces pareces un antropólogo chilango — así llama-
ban los demás mexicanos a los nacidos en la capital— . ¿Qué te crees que es
todo lo que te he enseñado? ¿Quién crees que me enseñó a volar?
— ¿Entonces todavía existen hoy en día descendientes de los pueblos
antiguos de México?
— Don Juanito, pensé que había sido muy claro contigo. Existen lina­
jes de naguales, que transmiten sus conocimientos a los jóvenes dispuestos a
ello y que reúnen una serie de características, entre las que ya te dije el otro
día en el camión están la disciplina, el corazón, el valor y la decisión.
— ¿Cuántos linajes hay? — pregunté.
— Quién sabe — respondió Ramón, utilizando una expresión muy fre­
cuente en México— . Nosotros nos encontramos sólo en el nagual. N o cono­
cernos en esta realidad nos ha protegido, y aún nos protege.
Recordé cómo Horacio me dijo que a veces venían a verle a Sacsayhuamán
maestros incas y que se reconocían entre ellos sólo con verse.
— ¿Qué diferencia hay entre los diversos linajes? — pregunté.
— Vienen de diferentes tradiciones. No tienes idea de lo rica que es esta
tierra. Olmecas, mixtecas, toltecas, zapotecas, aztecas o mayas; los herederos
de su saber conviven todavía hoy. Por no hablar de pueblos como los huicholes,
los cora o los tarahumara, cuyos hombres y mujeres de conocimiento conservan
protegidos de quienes no los merecen muchos secretos.
— ¿Usan todas estas tradiciones las plantas de poder?— pregunté, inten­
tando pasar de puntillas sobre lo que me estaba diciendo.
— Sin el conocimiento que las plantas maestras entregaron a nuestros an­
tepasados no se puede explicar cómo llegaron a saber tanto de la vida y el
universo. Hasta los antropólogos chilangos y gringos van teniendo que reco­
nocerlo, ante la evidencia arqueológica. El uso de las plantas de poder fue
aprendido en códices, esculturas, templos y enterramientos, como hoy ustedes
van sabiendo, y no hay quien pueda negarlo, si es honesto.
”Y no es cosa del pasado. Hoy en día estas plantas se utilizan ampliamen­
te en nuestra tierra, como has podido empezar a comprobar por ti mismo.
— ¿Qué plantas usa cada nagual?
— Eso depende del linaje. Hay linajes que prefieren encontrarse con los
espíritus maestros de unas plantas, o de los honguitos. Otros prefieren utilizar
los poderes ayudantes de otras plantas. Hay plantas cuyo espíritu te enseña
72 El despertar del Hongo

durante toda tu vida y otras que sólo te ayudan en lo que quieras, bajo algunas
condiciones, claro está.
”A mí me atraen más los hongos — dijo Ramón— . Soy afín a ellos, como
lo eres tú, que has sido recibido y aceptado por ellos.
"Existen otros linajes que utilizan el peyote, y los más alejados a noso-
tros, la yerba del diablo. Todos usamos al tabaquito y otras plantas maestras.
También hay linajes muy secretos que usan plantas que no conocen todavía
ustedes los occidentales.
— ¿Algún linaje utiliza la mota? — Ana me había explicado que mota es
el nombre con que los mexicanos conocen la Ccmnabis.
— Sí, claro que sí —respondió Ramón— . La han fumado durante mi­
lenios; pero ahora es muy peligroso hacerlo, más que por la mota en sí, por los
riesgos legales que conlleva. En México puedes ir a la cárcel sólo por poseer una
semilla, no digamos nada por tenerla cultivada, que es lo que hacen las perso­
nas que la utilizan en sus rituales. En Oaxaca, Chiapas y Guérrero se ha usado y
se usa mucho la mota ritualmente, aunque los historiadores y antropólogos no
lo quieran reconocer.
— ¿Qué diferencias hay entre los diferentes linajes?
—Según la planta con la que trabajes te desvías más de la libertad. Hay
plantas, como la yerba del diablo, que te esclavizan, te poseen y se convierten en
tus amos, precisamente por los poderes que te entregan. Hay plantas muy celo­
sas y posesivas.
— ¿Los hongos no? —pregunté.
— El honguito te hace libre. Te libera de las trampas de esta realidad...
Ramón se detuvo unos instantes antes de continuar:
— ...y de las trampas del nagual — concluyó.

Intenté de nuevo llegar al asunto del códice.


— La otra noche el hongo me habló también de un códice secreto, incluso
me lo enseñó, y lo más sorprendente es que pude entenderlo, aunque ahora no
recuerde todo su contenido, y hoy, en algún momento de la experiencia ha vuel­
to a aparecer, aunque ya te digo, no lo recuerdo muy bien.
—Ya lo irás recordando, según lo vayas necesitando.
— Mira —saqué mi libreta y le mostré algunas de sus páginas— . Éstos
son unos dibujos de los glifos que recuerdo todavía.
Tras examinarlos unos segundos, Ramón me dijo que lo que el hongo me
había enseñado la otra noche era un códice maya que incluye recónditos cO'
nocimientos procedentes del lugar de donde vino ese pueblo.
L a t ie r r a de l a s á g u il a s 73

— El día que recuerdes todo lo que viste, comprobarás que hay preguntas
que tendrás que responder que ahora no puedes ni siquiera concebir — me dijo,
a modo de conclusión.
Eso tenía algún sentido para mí, porque aunque no recordaba mucho del
códice, sí que permanecía la sensación de haber entrado en un mundo in­
imaginable para mí hasta ese momento. Precisamente por eso pensaba que no
podía recordar gran parte de lo que había visto y comprendido. Había comen­
zado a aceptar que hay conocimientos para los que hemos de irnos preparando
poco a poco para recibirlos. Si no, igualmente quedan con nosotros, pero sólo
se puede acceder a ^llos regresando al nagual, exactamente al mismo lugar.

Intenté desviarme ligeramente de un asunto que me inquietaba profunda­


mente. No sabía a dónde me podía llevar y mis pasos querían que fuera cau­
teloso, hasta conocer el terreno que comenzaba a transitar desde que llegué
a México.
— Si realmente existe ese códice maya que me enseñó el hongo, ¿po­
dremos los occidentales encontrarlo algún día? Y si eso sucede, ¿sabríamos
descifrarlo?
— Los códices mayas se descifran intuitivamente — dijo Ramón— . Los
intentos de descifrar estos códigos son algo sin sentido si se hace sin corazón.
Uno puede comunicarse directamente mediante ellos con quienes los escribie­
ron, pero ustedes necesitan entender el lenguaje de nuestros antepasados. Y les
falta coraje, sabiduría y sobre todo humildad para hacerlo.
Ramón continuó hablando sin mirarme.
— Ese códice fue escrito en lengua maya y ustedes los güeros tienen ese
códice — en ese momento volvió a dirigirme su intensa mirada— . N o han de
buscarlo porque ya lo tienen, pero no pueden leerlo, ni mucho menos, captar
todo lo hay allí prendido. Su concepción del mundo, de la realidad y del uni­
verso estáj sencillamente, más allá de su alcance.
"Tampoco han descifrado realmente la lengua de los mayas. N o han dado
con las claves del código maya, y no darán con ellas mientras no entiendan que
ese lenguaje es totalmente diferente de los suyos. N o saben apenas nada de los
jeroglíficos mayas, de su numerología, incluso de su calendario primordial: el
Tzolkín. Sólo algunos de ustedes van bien encaminados al aproximarse a él.
— ¿Qué conocimientos llegaron a alcanzar los mayas? — pregunté, cada
vez más interesado— . ¿Hay quién los conoce en su totalidad actualmente?
— Ese conocimiento está en ese códice que viste, pero también está en la
tradición secreta maya, en los templos y lugares de poder, y sobre todo, está en
74 El despertar del Hongo

el nagual, en la otra realidad, al otro lado del espejo. En cierto modo, está al
alcance de cualquiera.
Tras una pausa, añadió:
—De cualquiera capaz de llegar a él. Y nadie es capaz si no es capaz.
Esta clase de frases me desconcertaban, aunque sabía que realmente po­
díamos capturar su significado si no usábamos nuestra lógica.
—Si existe ese códice, ¿dónde está? — dije en voz muy baja, como si así
no preguntase realmente; temía irritar nuevamente a Ramón.
Sin embargo, Ramón no se molestó. Respondió pausadamente:
—En el nagual, ya te dije. Los antepasados accedieron a la otra reali­
dad gracias a las plantas de poder. A llí encontraron ese conocimiento, y allí
continúa.
—Ramón, no me confundas, me refiero al códice escrito. Si lo tuviéra­
mos, quizás habría quien pudiera descifrarlo para aquellos que no pueden acce­
der al nagual a conocerlo allí.
—Don Juanito — por primera vez Ramón parecía realmente molesto— ,
parece que estás sordo. ¿Es que no has escuchado lo que te he dicho? El cono­
cimiento sólo alcanza a quien lo necesita y está preparado para ello, ya te lo he
dicho antes...
Ramón parecía cansado de repetírmelo una y otra vez, pero en ésta dijo
algo novedoso.
— ...pero tienes razón en insistir. Ese códice existe por alguna razón. Por
alguna razón fue traído a esta realidad, para quien pudiera entender, pero tras
la invasión española, los guardianes de la tradición lo perdieron. N o supieron
preservarlo de los ignorantes y los fanáticos, y ahora no es nuestro.
— ¿Quién lo tiene? —pregunté.
—Quién lo va a tener. Piensa un poco.
— Ni idea —confesé.
—Ya lo sabrás. Nos han dicho que sólo se conservan tres códices mayas: el
de Madrid, el de París y el de Dresde, pero ellos tienen más. Los qué los robaron
los tienen ocultos, incluso niegan su existencia, porque conocen su valor y su
poder. Saben que nuestro pueblo con esos conocimientos despertaría.
— Pero tú eres mazateco y ese códice es maya, ¿no?
—Los pueblos de Mesoamérica estamos unidos. Si los mayas recuperan esos
textos, México y Guatemala cambiarán, y por tanto América y la Tierra entera.
— Hay algo que no entiendo — dije— . Si ese conocimiento está en el
nagual, y hay hombres y mujeres de conocimiento mayas que son capaces de
acceder allí cuando quieran, ¿por qué es necesario encontrarlos físicamente?
L a t ie r r a de l a s á g u il a s 75

— No comprendes la inmensidad del nagual. Los lugares sagrados de es­


tas tierras son puertas de entrada a diferentes dimensiones de una realidad
descomunal. No basta entrar en el nagual. Hay que saber manejarse allí, saber
ir exactamente al lugar a donde uno quiere acceder.
” Esos códices son puertas de entrada a lugares específicos de la otra rea­
lidad. Son objetos de poder, artefactos del tiempo. La información contenida
allí es de tai magnitud y trascendencia que conocerla supondría una transfor­
mación total de nuestra existencia.
— A ver si te estoy entendiendo — dije— . En el nagual nos encontramos
con otras energías, también con información...
— La energía es información — matizó Ramón.
— ...y podemos acceder a esa información a través de puertas de entra­
da como las piedras de los lugares de poder, códices, plantas y hongos chamá-
nicos, etcétera.
Ramón asentía.
— Entonces — continué— , si imaginamos el nagual como una inmensa
biblioteca, lo que me estás diciendo es que podemos aprender a elegir a cuál de
sus libros acceder. No depender del azar. Ir, digamos, ante la estantería concre­
ta donde está lo que buscamos, en vez de llegar a la estantería donde aparece­
mos al azar, debido a nuestra falta de dominio de la entrada en el nagual.
— Usaste una metáfora, e hiciste bien. Las metáforas son buenas para
hablar de lo desconocido, porque está más allá de las palabras.
Ramón me miró e hizo un gesto con la mano, antes de continuar:
— Muchos de ustedes tienen que aprender todavía el arte de navegar en
el nagual.
— ¿El arte de viajar? — pregunté.
— El viaje interno es un arte, efectivamente, y hay que ir aprendiendo
paso a paso. Los mayas iban permitiendo conocer esos códices de un modo
paulatino, según el aprendiz fuera controlando su entrada en el nagual y es­
tuviera prepárado para el conocimiento al que los códices y otras puertas de
entrada le iban a permitir acceder.
” Hay códices mucho más trascendentales que el que tú viste la otra no­
che, y aun así, date cuenta de que no puedes recordar gran parte de todo el
conocimiento que recibiste.
Tuve la sensación de que aunque entendiera en abstracto lo que Ramón
me estaba diciendo, no dejaba de ser algo confuso para mí, debido a mi limita­
do conocimiento del nagual.
Ramón pareció escucharme y respondió:
76 El despertar del Hongo

—Todo arte se aprende practicándolo. Los hongos te permiten ir cono­


ciendo el nagual gradualmente. Conforme vayan conociendo más el nagual,
entenderán muchas más cosas, porque entonces lo habrán experimentado.
Mientras, las palabras sólo te preparan para el momento de la verdad.
Tras haber respondido a mi pregunta interna, Ramón pareció no querer
dejar lugar a más preguntas y cambió inesperadamente su voz. Continuó con
lo que estaba explicándome antes.
—Recuperar todos estos códices permitiría a seres de una capacidad
extraordinaria entrar a través de ellos a dimensiones inconcebibles. Su ha­
llazgo o su recuperación será la señal del despertar definitivo de Am érica, y
por ende de la Tierra —repitió— . La importancia de México será crucial en
el próximo siglo.
—¿Cómo sabes tanto de los mayas? —pregunté.
— He viajado, como ya te dije. Conozco bien las tierras altas de Chiapas,
el Yucatán y lo que hoy es Guatemala. Por eso conozco la importancia de los
mayas y no debería extrañarte que las señales te lleven a Chiapas. Chiapas es
tierra de grandes naguales mayas.
— ¿Nadie ha buscado esos códices que aseguras no destruyeron los es­
pañoles?
—Muy pocas personas saben que existen realmente. La mayoría piensa
que los conquistadores destruyeron todos los códices, pero ignoran que tuvie­
ron miedo de dañar los que ellos sabían que eran los más valiosos para los pue­
blos conquistados, e ignoran también que tampoco lograron destruir los códices
que los guardianes de la tradición sí consiguieron ocultar.
"En los últimos años comienza a hablarse en México de estos códices
en círculos todavía secretos, pero hasta los gringos más inteligentes intuyen
algo. Un gringo me enseñó en Huautla un libro que había comprado en su
país. Este gringo quería enseñarme lo que allí explicaba, algo sobre un ma­
nuscrito, como si yo fuese un indio ignorante que tenía que saber la verdad.
Me divertí bastante con él. No hay nada más divertido que la presunción del
ignorante.
— Me imagino que con imaginación es posible escribir cualquier cosa
— dije— , pero hay relatos imaginarios basados en la verdad, ¿no?
—No olvides que los gringos sólo intuyen la verdad, pero hacen bien en
escribir de sus intuiciones, porque ayudan a despertar un saber perdido — res­
pondió Ramón— . Hay algunos textos desconocidos para ustedes, provenien­
tes de todas las grandes culturas de la humanidad, pero no hay que confundir
la realidad con la ficción.
L a t ie r r a de l a s á g u il a s 77

Tras una pausa añadió:


— N i los autores pretenden que se tomen sus obras por verdaderas, pero
parece que hay personas que necesitan creer todo lo que leen literalmente.
Ya se lo dije a ese gringo que estaba entusiasmado con ese libro. El no me
creyó; recuerda que yo era un indio ignorante para él — dijo con ironía.
— ¿Y los herederos de los mayas clásicos no nos ocultan a nosotros los
blancos también otros códices? — pregunté.
— Los sabios mayas ocultaron en cuevas de Chiapas y el Yucatán sus
textos sagrados, y están a salvo y localizados; pero perdieron otros como ya te
he dicho. Ten en cuenta que en esa época los mayas ya no eran impecables.
— Antes has dicho que llegaré a saber quién tiene ese códice, ¿cuándo
será? ¿En este viaje?
— Alguien te dirá dónde está a lo largo del viaje, así que mantente a la
escucha — Ramón sonrió— . Espero que sepas darte cuenta. Alguien te habla-
rá de él, para que puedas creerle mejor que a mí. En este viaje vas a saber
muchas cosas sobre ti y sobre tu gente.
— Mira Ramón, como tú has dicho, soy muy curioso. Es una característi­
ca que me es muy útil durante mis viajes porque me sirve para vencer los
miedos y las dificultades, pero espero que esta vez, si alguien tiene algo que
decirme, me lo diga sin más. N o voy a ir detrás de nadie. Ya lo hice en Sud-
américa y no encontré nada.
— Por lo que sé, sí que encontraste algo, aunque no fuera lo que buscabas
— dijo enigmáticamente— . Si la búsqueda es sincera siempre se encuentra lo
que uno necesita en ese momento.
Ramón me miró directamente a los ojos y me dijo:
— No te confundas. No vas a encontrar el códice, sólo vas a saber dónde
está. Por ahora no puedo decirte más de lo que estoy diciéndote, de todo lo
que te he dicho ya. Ya irás sabiendo según lo vayas necesitando. Hay cosas,
simplemente, para las que no estás listo. N i tú ni tu gente.
— ¿Sucederá igual que con la planta misteriosa de que me hablaron los
incas? ¿Será descubierta cuando nuestra sociedad esté preparada?
Ramón no respondió, pero insistí.
— ¿Por eso he olvidado la mayoría de lo que vi? ¿No estoy preparado para
los demás conocimientos, los que he olvidado? Para mí fue algo apasionante,
pero pavoroso.
— Eso tienes que averiguarlo tú — dijo al fin.
Me quedé callado, en silencio. Mi mente cesó de funcionar. Entonces oí,
sin escuchar, a Ramón hablar de huevos y aguiluchos.
78 El despertar del Hongo

—El aguilucho, si quiere nacer y llegar a volar, antes ha de romper el cascarón.


Y supe que no hablaba sólo de mí.

10

Me tumbé sobre la esterilla en que estaba sentado durante unos minutos, creo
que llegué a dormirme.
A l despertarme volvimos poco a poco a hablar de nuevo. N o tenía ener­
gía para comunicarme con él de otra manera. En el curso de esta nueva con­
versación le pregunté:
—Ramón, ¿por qué en tan poco tiempo he aprendido ya tantas cosas? En
Sudamérica necesité más de un mes para encontrar a alguien como tú.
—Tú has venido aquí ya hace tiempo. Desde que decidiste venir, estás acá
en México. Esta tierra no es nueva para ti. Tu cuerpo tardó más en venir. Tenías
algo que hacer antes, ¿no es verdad?
Le dije que sí, que tenía razón, y que quizás eso explicase por qué tuve
tanta claridad sobre mi rumbo al poco tiempo de llegar a México.
En cierto modo, mi viaje ya no era necesario, aunque mi falta de ener­
gía para acceder a otra dimensión de la realidad siempre que quisiera, y sobre
todo, para saber manejarme allí, hiciera necesario viajar por la tierra, para
llegar a descubrir algo que en realidad ya había averiguado, y por tanto, ya
conocía alguna dimensión de mi ser.

Ramón me miraba intensamente mientras yo desplegaba todas estas com­


prensiones. Era como ir abriendo un libro que había permanecido conmigo,
pero cerrado, bien envuelto con el celofán original. Ahora parecía haberlo
abierto y leer algunas de sus páginas.
No apartamos la mirada uno del otro. Sabía que Ramón me estaba ha­
blando en silencio. Yo supe perfectamente cuándo concluyó la transmisión de
ese conocimiento silencioso, pero muy real. Una vez terminado, esos datos
llegaron en bloques compactos de información. Permanecí en silencio, escu­
chando, recibiendo.

Todas estas comprensiones iban consumiendo mi energía. Necesitaba mucha


fuerza interior para irlas trayendo a mi conciencia y empecé a sentir que llega-
f

ba a mi límite. Pensé en irme despidiendo de Ramón, y si acaso, volver otro


día, después de haber asimilado tantísima información.
L a t ie r r a de l a s á g u il a s 79

— Sabes que te agradezco todo lo que has compartido conmigo — le dije


con total sinceridad en mis palabras y en mi mirada— . Sé que me has dicho
todo lo que puedes decirme, pero ¿puedes resolverme una curiosidad más antes
de que me vaya?
— Habla, Juanjo, a ver si puede ser — dijo con humildad y una sonrisa en
los labios.
Tomé confianza al sentir que no estaba molestándolo con mis preguntas.
Cuando me llamaba Juanjo y no don Juanito, me di cuenta que coincidía con
momentos en que le hacía las preguntas menos estúpidas.
— Antes de salir a Huautla estuve en el Zócalo de Oaxaca y sentí algo
extraño, que fue lo que me trajo a Huautla, y además en el autobús en el que tú
venías. A llí era muy consciente de que donjuán había estado sentado en esos
bancos del Zócalo, si es que ese hombre existió.
— ¿Eso es lo que quieres saber? — me preguntó— . Claro que existió alguien
a quien llamaron don Juan. En realidad bajo ese nombre se esconden varios
naguales que quisieron transmitir esas enseñanzas uno tras otro. ¿Qué te crees,
que Carlitos pudo inventarse todos sus libros? Si hubiera sido capaz de inventar-
se sus libros de la nada, entonces sería un genio bien chingón, ¿no te parece ?
Me di cuenta de lo que Ramón quería decir, aunque en realidad lo que había
intentado preguntarle era si mi encuentro con él había sido algo más que casuali­
dad. Tuve la sensación de que hablándome de don Juan evitaba hablar de ello.
Ramón continuó:
— Cuando el último don Juan se fue, Carlitos se quedó desconcertado.
Le faltaba el nagual, y ahora no sabe a dónde va.
— ¿Y las mujeres?
— La mujer nagual es una mujer nagual — respondió sin dudar un
instante.
— ¿Y las otras?
— ¿Tú qué crees? — me interrogó.
— N o sé, por eso te pregunto — admití.
— ¿Sientes poder en ellas?
— N o las he conocido.
— ¿Y en ios libros? — preguntó.
— En los libros sí he sentido el poder.
— Los libros cumplen su papel — dijo Ramón calmadamente— . Sus li­
bros son poderosos libros de poder. Son los libros de sabiduría de heterodoxos
del pueblo yaqui, aunque te cueste creerlo. ¿Ves cómo hay tantas maneras de
conservar el conocimiento?
80 El despertar del Hongo

Tras una breve pausa, añadió:


— Hay muchas personas que dicen que son naguales, pretendiendo ha­
ber sido aprendices de donjuán. En esta tierra hay naguales extraordinarios y
Carlitos y sus brujas lo son. Eso no significa que sean naguales impecables, o
como ya te he dicho, que sepan a dónde están yendo.
Entonces me explicó algunas cuestiones relacionadas con la masa
energética de un grupo y me pidió discreción sobre otras en las que llegó a
profundizar más.
Tras una pausa, Ramón me pidió que recordara algo:
—El nagualismo no se aprende entregando ni tu dinero ni tu energía,
sino la imagen de ti mismo; incluso un viaje como el que estás haciendo tú
ahora es sólo un paso en un camino que te llevará toda la vida.
"Recuerda también —continuó Ramón— que el nagualismo y las plan­
tas de poder están íntimamente conectados, son uña y carne; negar eso es
negar una parte fundamental de nuestra tradición chamánica. Ellos sabrán sus
motivos para hacer lo que hacen.
—Quizás su linaje renunció a las plantas sagradas — dije.
— Piensa lo que quieras. Las plantas maestras no son sólo necesarias para
los gringos con cabeza de adoquín que se niegan a aceptar la existencia del
nagual. Todos los naguales las conocen, porque en realidad son nuestras her­
manas.
— ¿Cómo sabes tanto de ellos?
— A Carlitos y su partida les conocemos bien por aquí. Estuvieron mu­
chos años en México. Carlitos estuvo en Huautla también. Hay quien le
conoce muy muy bien.

Me di cuenta de que no iba a ir más allá en esa dirección, aunque continuó en


otra. No parecía seguir una lógica al hablar de este mundo.
— Lo peor que ha enseñado su linaje es una visión carnívora y depredadora
del universo, y han creado mucha confusión hablando de seres y mundos tram­
posos, como si no hubiera nada más. Han expandido mucho el miedo y muy
poco el amor. Les ha faltado corazón y hablar más de una conciencia y energía
superior, a la que vamos todos los hombres y mujeres que realmente deseemos
crecer.
"Lo mejor que ha creado su linaje han sido palabras y relatos de poder
que han mostrado que existe el nagual a millones de personas, a la vez que han
conservado una sabiduría milenaria. También han enseñado y divulgado un
vocabulario de poder. Uno de los muchos posibles.
L a t ie r r a de l a s á g u il a s 81

Se detuvo unos instantes y continuó:


— Cada hombre o mujer de conocimiento usa las palabras a su anto­
jo, buscando las que mejor le sirven para transmitir lo que quiere decir.
Con ese poder de las palabras explican lo que desean comunicar. S in em ­
bargo, ninguna palabra tiene un significado fijo, aunque los gringos y
gachupines piensen que sólo tienen uno. Es un trabajo duro enseñar las de
nuestro linaje.
Me di cuenta de que volvía a usar el plural, aunque cuando nos conoci­
mos me dijo que él estaba solo, que no trabajaba con otros naguales. A l menos
ésa era la impresión que a mí me había quedado.
— No estoy seguro de estarte entendiendo — confesé— , ¿por qué no me
das algún ejemplo?
— En nuestro linaje — dijo— usamos algunas palabras conocidas ahora
ampliamente. Podrás ver cómo adquieren otro significado y cómo tienen rela­
ción con las plantas de poder, si las aplicas a su mundo.
Ramón comenzó con gran paciencia su explicación:
— En nuestra tradición, tonal es el animal que nace al mismo tiempo en
que nosotros nacemos, que nos acompaña hasta morir con nosotros. Ahorita,
desde los libros de Carlitos, hay quien la utiliza también para referirse a esta
realidad de todos los días.
"Usando así esa palabra — continuó— , para nosotros acechador es quien
actúa en el tonal desde el nagual y ensoñador quien actúa en el nagual desde el
tonal. El acechador recibe la información directamente, en estado puro, sin imá­
genes. Ensoñador es quien la recibe en forma de visiones, imágenes.
— Entonces es más fácil para el ensoñador comprender esa información,
¿no es cierto? — pregunté.
— Claro que es mucho más fácil entender un ensueño, pero es más fácil
también equivocarse interpretándolo. El acechador tarda más en acceder a esa
información, es necesaria mucha energía para recuperarla y tener la decisión
inquebrantable de acceder a ella, pero cuando lo haga estará a salvo de una
mala interpretación.
”En el nagual hay más trampas, más seres que pueden confundirte e incluso
dominarte. En el tonal es más fácil mantener el intento, aunque ciertamente,
el acceso al nagual sea siempre necesario, viendo acá como en el nagual, con­
servando la visión del águila.
— En las experiencias con las plantas de poder a mí me han sucedido
ambas cosas, pero dices que es preferible no tener visiones, sino más bien com­
prensiones, ¿no?
82 El despertar del Hongo

—Si quieres expresarlo así, hazlo — dijo— . Eres más acechador que en­
soñador. Esa información queda dentro de ti y sólo debes aprender a recibirla
conscientemente, a dejarla desplegarse dentro de ti, hasta que alcance tu ra­
zón, tu intuición y tu corazón.
”El peligro de las plantas de poder es no mantener fija la percepción en
tu intento, ser sobrepasado por la confusión al entrar en el nagual. Por eso el
acechador entrenado en el tonal allí puede mantenerse impecable. S i aquí ha
sido capaz de lidiar con toda clase de personas y situaciones, manteniendo la
visión del águila, allá lo hará también.

Ramón se entretuvo entonces hablándome de su predilección por algunas pala­


bras. No sé si fue su intención, pero me sirvió para respirar, para tomar aliento.
—A mí personalmente me gusta la palabra nagual para nombrar lo desco­
nocido, tiene un uso muy antiguo. Náhuatl proviene del verbo nahualtía: “es­
conderse, ocultarse” . Este verbo es tan importante que sirve para dar nombre a
la lengua de nuestros antepasados: el náhuatl.
‘También forma parte de nuestra tradición llamar nagual a un hombre o
una mujer fuera de lo común, capaz entre otras cosas de transformarse en ani­
mal, pero no por gusto o diversión o afán de maldad, sino con algún fin justi­
ficado. Antiguamente, los naguales aprendieron a convertirse en un ave para
elevarse sobre las montañas en busca de agua o alimento para su tribu.
“Ahora cuando nos transformamos en águila es para ver desde arriba, y
para, al dejar este mundo, ser capaces de actuar con la visión de este animal en
el lugar que a todos nos espera a nuestra muerte, aunque también podamos
resolver necesidades de nuestras comunidades o curar.
— ¿Qué nos espera al morir? — pregunté.
— Sólo podemos usar metáforas. En nuestro linaje sabemos que al morir
entramos en lo desconocido, en lo inconcebible, y si entras allí sin un átomo
de conciencia, desaparecerás en esa realidad tan arrolladora. Nadie sabe qué
habrá allí realmente, ni Carlitos, ni los naguales, ni nadie. Eso es algo de lo
que estamos intentando averiguar en esta vida.
“Por lo que sabemos nosotros — Ramón usó un extraño plural sobre el
que no me atreví a preguntar— , si mantienes la conciencia y energía suficiente,
si entras allí manteniendo la visión del águila, tendrás la oportunidad de ele­
gir, aunque los naguales más poderosos elijan también cuándo iniciar el vuelo
definitivo.
— Ramón — dije— , si al igual que algunos lamas tibetanos, aquí en M éxi­
co los naguales eligen el momento de su muerte, o mejor dicho, de su marcha
L a t ie r r a de l a s á g u il a s 83

a otra dimensión de la realidad, eso demostraría que el ser humano puede


vencer a la muerte, al menos tal y como la entendemos nosotros los occiden­
tales.
— Tantas cosas dice el hongo, ¿no? — Ramón me respondió preguntán­
dome.
— Sí, bueno, no sé — me desconcertó esa pregunta en ese momento— .
Eso lo sabrás tú mucho mejor que yo — admití, perdiendo el norte de la con­
versación.
”Hablando del momento final — continué por otro lado, tras hacer una
pequeña pausa que se hizo interminable— , el hongo me habló de los desafiantes
de la muerte. ¿Existen realmente?
— Tú los conoces — dijo mirándome de frente.
— ¿Yo? — dije, totalmente sorprendido— . ¿No serás tú uno de ellos? — es­
taba realmente asustado, sobre todo por la posibilidad de que fuera cierto.
— No — rió— , yo no soy tan inconsciente. Los desafiantes de la muerte
dependen demasiado de la materia. Trasladar la conciencia de ser a una piedra,
como los antiguos olmecas o los incas que conociste, es absurdo.
— ¿Hay otro modo de vencer a la muerte? — pregunté cada vez más asus­
tado, aunque supe a quién se refería como los desafiantes de la muerte que yo
había conocido. Eran los apus de Perú.
— Sólo hay unos escasísimos seres que han vencido realmente a la muer­
te. Poder permanecer además en esta realidad es una hazaña extraordinaria,
que aún menos seres humanos han conseguido realizar.
”E1 intento de la libertad total es ése: no sucumbir en lo desconocido. Lo
fundamental, como antes te dije, es mantener la visión del águila en el mo­
mento de esa dramática transformación que nos convertirá en pura energía y
nos enfrentará al infinito, y no necesariamente a la aniquilación de nuestra
conciencia.
Ramón continuó hablando, mientras yo me impresionaba más y más.
— Los desafiantes de la muerte pueden ir de cuerpo en cuerpo, pero no
son realmente independientes; dependen de la energía de otras entidades, como
le ocurre, sin tratar de desafiar a la muerte, a Carlitos y a muchos naguales que
alcanzan acuerdos con otros seres, a pesar de las advertencias de naguales más
sensatos y sobrios, como fue el último don Juan.
— ¿Cómo son realmente esos seres?
— Son seres muy golosos para algunas personas. Les llaman “ los primos” .
Con ellos uno puede llegar a acuerdos, aunque te harán perder la energía. N o
te obligarán, no te la robarán; la entregarás tú por la dependencia que producen
84 E l despertar del Hongo

sus favores. Una vez te los han concedido, es muy difícil no desearlos a cualquier
precio y romper la relación con ellos llega a resultar una proeza.
— ¿Qué otras clases de seres peligrosos hay?
— Existen también las larvas. Son formas de energía que buscan la de
otros seres. Viven de la energía ajena y se alimentan de las emociones más
primitivas del ser humano.
— ¿Son temibles?
—No si uno es dueño de su energía y de su poder. Uno sólo se hace vul­
nerable a ellos cuando pierde el control de su energía y se entrega a sus emo­
ciones más bajas: el miedo, la inseguridad, la cobardía, el orgullo, la lástima de
uno mismo o el empeño en defender la propia imagen.
— ¿Hay realmente tantas clases de seres?
— Hay muchas formas de energía, de diferente vibración. En la sierra
mazateca los naguales hablan de los chiccóum, “ los espíritus de la naturaleza” ,
y hay otros muchos. Conocemos mejor los más próximos a nosotros, los seres
de la naturaleza o los aliados de las plantas, pero hay seres mucho más extraños
y extraordinarios que nacieron de mujer.
’También hay seres no nacidos de mujer, seres de una elevada vibración,
cuya visión es casi infinita. Pero hay pocas personas preparadas para encon­
trarse con ellos. Unos los toman por dioses, otros se aterrorizan.

Ramón había ido transformándose de risueño y divertido en una persona su­


mamente seria y solemne. Sus palabras habían ido adquiriendo cada vez más
poder.
— En realidad la única prueba real es el momento de la muerte, el mo­
mento en que nuestra conciencia sufre la prueba final en esta vida. Es una
prueba para la que podemos estar o no preparados. En esta sierra y en otros
lugares de México habitan seres que se han enfrentado a ella con éxito y
sobreviven entre nosotros, aunque nacieran hace miles de años.

Yo cada vez tenía más miedo. La noche se cerraba y la atmósfera se estaba


convirtiendo en algo realmente sobrecogedor. Conforme transcurría el tiem­
po, me estaba condenando a pasar la noche allí.
Tuve la sensación de que había llegado el momento de la verdad. Era una
sensación pavorosa. Uno siente como si una película llegara al final y fuera a
descubrirse todo. Y todo es literalmente todo eso que podemos llamar verdad.
Sentí como si estuviera a punto de despertar de un sueño, y fuera a saber
dónde estaba yo realmente.
L a t ie r r a de l a s á g u il a s 85

Tuve un momento de alarma. Sentía que me aproximaba a la sensación


de una muerte próxima. El momento de la muerte, no de uno mismo como
individuo, sino conectado con el miedo de millones y millones de seres huma­
nos que han muerto, con ese miedo y ese no saber qué sucederá llegado el
momento'definitivo.
Sentí acercarse la terrible sensación de la muerte del ego, pero no me
sentía solo, sino junto a más y más seres humanos que la han experimentado,
llegando unidos a un lugar donde parece almacenada la experiencia de la muerte
humana.
Ramón me miraba directamente a los ojos y de repente supe que, por
fortuna, sólo vamos sabiendo lo que vamos siendo capaces de conocer de la
verdad final. N o se puede saber más de aquello para lo que estamos prepara­
dos. Ir más allá es perder la sobriedad y de ahí a la locura y la insanidad hay
sólo un paso.
Supe que hay que respetar la propia intuición sobre los límites a no so­
brepasar. También supe que en cada experiencia un miedo cae, y un miedo
menos es un límite innecesario menos, y así vamos ensanchando el campo de
nuestras posibilidades, que en ese momento contempladas inequívocamente
eran infinitas.
Descubrí, gracias a Ramón, que hay un saber situado en otra dimensión
de la realidad, y campos conectándose, enriqueciéndose, creciendo en infini­
tas espirales hacia el infinito de la creación.
En el caso de la muerte que sentía que se alejaba, me alegraba y reconfor­
taba saber que tras ella, en mis experiencias y en la de miles de personas, siem­
pre había existido un renacimiento, e incluso la iluminación y el éxtasis. Enten­
dí que en esos casos también se conectaba con otros campos de la experiencia
humana.
Entonces supe que al sentir la muerte como inminente, uno se transforma
de modo tal que incluso es capaz de entrar en un universo más allá del de la vida
y la muerte, tal y como las entendemos en nuestra sociedad.
Mientras estas comprensiones llegaban en grandes oleadas hacia mí, sentí
que no podía permanecer más tiempo con Ramón.
— Me voy, no puedo más — dije algo avergonzado, aunque compren­
diéndome a mí mismo— . Todo lo que he vivido contigo y me has contado es
apasionante, pero al mismo tiempo es agotador para mí. Sospecho que si mi
energía, como dices, tiene un límite, estoy llegando a él.
— Como quieras — dijo resignadamente— , pero recuerda que te llevas
más de lo que piensas.
86 El despertar del Hongo

— ¿Es un conocimiento escondido?— pregunté, sospechando lo que ha­


bía querido decirme.
— Volveremos a vemos —Ramón no pareció oír mi pregunta, o no quiso
responder.
—Espero volverte a ver. A l menos ya no te tengo tanto miedo —sonreí-—,
pero ahora necesito digerir todo esto.
—Antes de irte quiero decirte algo: hay más hongos de los que ustedes
los güeros conocen. ¿Has oído hablar de “el hongo de superior razón” ?
— Oye Ramón, ya te he dicho que no quiero que me suceda como en
Sudamérica. Te dije antes que quiero estar abierto a escuchar a quien tenga
algo que enseñarme. Ahora sé que debo ir a Chiapas, y allí iré, no te preocu­
pes, pero no quiero dedicarme a buscar a nada ni a nadie. Llevo sólo unos días
en México y ya me veo buscando una planta, un códice maya y ahora un
hongo. Demasiado.
—Encontrarás algo mejor para ti.
— ¿Qué?
—El hongo ya te lo ha dicho. Haz memoria. Eres perezoso y tu memoria
es débil. Intenta averiguar todo lo que te dijo el hongo cuando te recibió.
Recuerda todo lo que viste. Necesitarás la energía necesaria para recordar todo
lo que sabes.
Me propuse releer lo que había escrito durante mi encuentro con el hon­
go en cuanto llegase a Huautla.
Como fondo a mis pensamientos escuché decir a Ramón:
— Sobre todo recuerda que ese conocimiento está ya dentro de ti.
Y mientras nos levantábamos para salir le oí añadir:
— El único secreto está en entrar en él.

11

Era ya de noche cuando salimos de la cabaña. Ramón me acompañó a la


salida del pueblo. A l comenzar a caminar por la carretera hacia a Huautla,
aparecieron los faros de una camioneta. Ramón la detuvo. A n te mi sorpresa,
era la misma que me había traído y el muchacho que conducía era también el
mismo.
Ramón me dio un abrazo y me dijo en voz baja:
— Ya no eres un hombre-serpiente. N o actúes como si lo fueras todavía.
Eres una serpiente emplumada. Busca la visión del águila.
L a t ie r r a de l a s á g u il a s 87

N i me detuve a pensar en sus palabras. Me subí a la camioneta y me


senté en el asiento. Había comenzado a llover, y además quería salir de allí lo
antes posible. Tenía miedo a la noche en ese pueblo.

Mientras conducía hacia Huautla, el muchacho me ofreció habas con chile.


No había comido desde que llegué al pueblito de Ramón y estaba hambriento,
así que las comí, a pesar de su intenso sabor picante.
El chile pareció hacerme volver a la realidad ordinaria. Fue como ir sa­
liendo suavemente de una realidad inmaterial, al ir sintiendo el picor en mi
boca y en mi garganta.

Una media hora más tarde estábamos ya en Huautla de Jiménez. El muchacho


me dejó cerca del centro del pueblo. Fui rápidamente a buscar a Santi, aunque
dudaba que estuviera todavía esperándome.
A l pasar por la placeta donde salían los autobuses a Oaxaca vi a un mu­
chacho que había conocido en el comedor Laurita. Me detuve unos instantes
a hablar con él. Me dijo que estaba a punto de salir hacia Oaxaca. Le di unos
pesos para el franqueo y la carta a Luna, para que la enviara desde Correos
central, intentando ganar tiempo. Pensé que me llevaría días ser capaz de es­
cribir sobre mi encuentro con Ramón, y que ya lo haría más adelante. Antes
de cerrar el sobre añadí como posdata: “Escríbeme a la lista de correos de San
Cristóbal de las Casas, Chiapas” .

A l llegar a la casa, “El Mudo” estaba parado en la puerta. Le pregunté por Santi
y me dijo, tan escueto como siempre, que había llegado hacía unos minutos.
Subí y le vi de nuevo con su melena mojada. Acababa de salir de la ducha.
Le dije que tenía también que ducharme y descansar un poco. Santi me dijo
que era perfecto para él, que mientras se arreglaría y escribiría en su diario sobre
su primera experiencia con los hongos de Huautla. Decía que le había ido
muy bien.
— Ha sido un viaje muy femenino — dijo— . Unas mujeres salieron a
recibirme en el mundo de los honguitos y a estar conmigo. Eran cuatro.
Apenas le conté algo de lo que había sucedido con Ramón. Me parecía
increíble incluso a mí, que lo había vivido. Ni siquiera me atreví a mirar la libreta.
Estaba agotado y necesitaba vivir otra realidad, la realidad de todos los días.

Tras term inar de arreglarnos y descansar, nos dirigimos a la plaza del pue­
blo. En la puerta del ayuntamiento conocimos a unas muchachas de Huautla
88 El despertar del Hongo

de Jiménez, que nos propusieron ir a bailar. Nos dijeron que éramos muy
guapos e interesantes. Aunque ellas sí que eran guapas, nos parecieron
tan ingenuas que preferimos ir solos. Se pusieron tan tristes que nos dio
algo de pena dejarlas, pero nos parecieron demasiado inocentes, y tras núes-
tras experiencias de ese día, ni Santi ni yo teníam os ganas de estar con
ellas.

A l llegar a la plaza vimos que había un grupo de música y danza popular, por lo
que nos sentamos a verlo y escucharlo desde unas gradas. N o recuerdo cómo
comenzamos a hablar con dos muchachas que estaban sentadas a nuestro lado.
Eran mexicanas, pero eran más modernas que las chicas de Huautla que había­
mos conocido en el ayuntamiento.
Les contamos lo que nos había pasado con las otras muchachas.
—Sí, se enamoran muy rápido. Los güeros les llaman mucho la aten­
ción, y más si hablan español y pueden entenderse con ustedes — dijo una de
ellas, la que parecía más india.
—Vosotras sois diferentes — dijo Santi.
—Nosotras somos del norte — dijo la otra, morena, algo mayor y más
alta— . El norte de México está más desarrollado que el sur, aunque a nosotras
nos gusta esta zona. Venimos aquí de vez en cuando en busca de ios honguitos.
Anoche estuvimos en una ceremonia.
— ¿Con quién? —pregunté.
—Con doña Josefa — respondió la morena.
— Hombre, la famosa doña Josefa, ¿y qué tal os pareció? — pregunté.
— Muy bien. Es una mujer de poder.
La más joven hablaba con seguridad, como si supiera muy bien de lo que
hablaba.
— Me han hablado muy mal de ella — les dije.
— Conócela y lo comprobarás tú mismo — respondió, nuevamente con
una gran seguridad.
— Bueno, ¿cómo os llamáis? — preguntó Santi.
— Ella es María — dijo la más blanca— . Yo me llamo Beatriz.
Santi y yo nos presentamos. Le pregunté a María de dónde provenía;
aunque sus ropas eran occidentales, a Santi y a mí nos había llamado la aten­
ción su rostro netamente indígena.
— Soy chichimeca — respondió.
Beatriz nos dijo que ella era medio chichimeca, porque su padre era
chilango.
L a t ie r r a de l a s á g u il a s 89

— ¿Por qué habéis venido aquí? ¿Vuestro pueblo usa los hongos? — pre-
gunté a las dos.
— Más que nada usamos el peyote — se anticipó María, respondiendo
sólo a la segunda pregunta— , pero a nosotras nos gustan también los honguitos,
aunque los viejos no están de acuerdo.
— ¿Qué os pasa con los viejos? — le pregunté.
— Juanjo, piensa que somos jóvenes y que, además, somos mujeres. Ellos
piensan que no estamos capacitadas para estas cosas, que no es un asunto de
nuestra incumbencia.
— ¿Rechazas tu tradición? — pregunté a María.
— A l contrario. Son ellos quienes la rechazan, impidiéndonos participar
a las mujeres jóvenes, o relegándonos a un segundo lugar. Nuestros antepasa­
dos hombres no se oponían a que la mujer tuviera un papel relevante. En la
tradición chichimeca hay mujeres de sabiduría. También las hay en la mazateca,
como lo fue María Sabina o lo es hoy doña Josefa.
— ¿Qué piensas de los rituales? — preguntó Santi a María.
— Están bien si perteneces a su cultura — respondió.
— Pero a ti no te gustan...
— Una cultura está viva si se adapta a los nuevos tiempos. Si no, se
convierte en esqueleto y muere. Los rituales de una sociedad creativa han
de cambiar para que permanezca en flor y fértil — respondió María a mi
suposición.
— ¿Qué plantas usáis? — les pregunté.
— Muchas. El toloache y la yerba del diablo, pero no me gustan, son
celosas y posesivas. A nosotras, ya les ha dicho María que nos gustan los hon­
gos y el peyotito — dijo Beatriz.
— Podríamos tomar unos honguitos los cuatro juntos en el campo — dijo
Santi— . ¿Os gustaría?
— Claro que sí, tienen buena onda. Sería padrísimo — respondió María.
Las dos nos sonrieron y nosotros a ellas.
— Vosotras también tenéis muy buena onda — dijo Santi.
— Podemos conseguir algunos y tomarlos juntos en un lugar que conoce­
mos, antes de que nos vayamos. Estaremos todavía un par de días en Huautla,
antes de regresar — dijo Beatriz.
— Ya hemos encontrado lo que veníamos buscando — aseguró María.
Imaginamos que era algo relacionado con doña Josefa, pero no pregun­
tamos. N o era el lugar ni el momento.
90 El despertar del Hongo

Las danzas continuaban mientras charlábamos. A ninguno de los cuatro nos


interesaban mucho. Su origen parecía más español que mazateco. Continua­
mos hablando de muchas cosas. No nos dimos cuenta de que el espectáculo
había terminado, y que nos habíamos quedado solos.
Entonces comenzó a llover y pensamos ir al baile. Nos acercamos al lu­
gar y aquello nos horrorizó a los cuatro. Era una discoteca improvisada ma­
lamente, y nada más al asomar la cabeza varios chicos y chicas se acercaron a
nosotros; los chicos se acercaron a María y a Beatriz, y las chicas a Santi y a mí.
Los cuatro estuvimos de acuerdo en buscar otro sitio más tranquilo.

Buscamos un lugar para cenar y lo encontramos cerca del mercado. La lluvia era
cada vez más fuerte, por lo que continuamos hablando, aunque los vendedores
cerraron los puestos y se fueron a dormir. A llí nos dejaron con la comida, pero
antes de irse nos dijeron que podíamos estar allí hasta que quisiéramos.
Unos muchachos vinieron a pedimos unos taquitos para los de la cárcel.
Al parecer había un calabozo cerca del mercado y la gente llevaba comida y
bebida a quien estaba allí.
Estuvimos hablando un rato con los muchachos. Luego les dimos unos
taquitos y se los llevaron a los presos. Nosotros permanecimos en las mesas;
estábamos guarecidos y allí podíamos charlar. Nos contamos cosas de nuestras
vidas. Era fascinante conocer sus tradiciones en profundidad, y ellas estaban muy
interesadas en saber más cosas sobre nuestro país. Nos dijeron que los chichimecas
eran guerreros y guerreras del norte de México, aunque ahora estaban mal consi­
derados desde hace siglos, al haber conquistado y hecho huir a los toltecas, que era
un pueblo cuya sabiduría está cada vez más intentándose recuperar.
Nos hablaron también de sus peregrinaciones al desierto en busca del
peyotito. A llí habían conocido a huicholes, que les habían llevado a lugares
de poder desconocidos por quienes no pertenecían a su pueblo. María me dio
sus nombres y cómo acceder a ellos, aunque me pidió que no los divulgase,
para evitar que sucediera como en otros lugares ahora visitados por personas
que no los respetan.
Nosotros les hablamos de cosas normales para nosotros, pero que les lla­
maban mucho la atención. Estaban muy interesadas por la vida y la cultura de
Europa, especialmente por lo que pudiéramos contarles sobre la vida de los
jóvenes.

Alguien miró el reloj y nos dimos cuenta de que eran cerca de las dos de la
madrugada.
L a t ie r r a de l a s á g u il a s 91

— Cómo ha pasado el tiempo de rápido. Es muy interesante hablar con


ustedes — dijo Beatriz.
— También lo es hablar con vosotras — dijo Santi.
— ¿Dónde están parando? — preguntó María.
Yo se lo expliqué y entonces Beatriz nos invitó a ir a dormir con ellas,
porque estábamos lejos y la lluvia era muy fuerte.
— ¿Cuántas camas hay? — preguntó Santi.
— Dos — respondió María.
San ti y yo nos miramos. En un momento en que ellas se habían ido
en busca de un baño, San ti me había confesado cómo le gustaba M aría.
— ¿Dónde estáis alojadas vosotras? — pregunté yo intentando romper la
incomodidad de Santi, que parecía no saber qué pensar.
— En casa de doña Josefa — respondió Beatriz.
— ¿Y no le importa que lleguéis tan tarde, y además con nosotros? — pre­
gunté— . Aquí en Huautla parecen bastante tradicionales.
— Veremos si acaso nos abre la puerta — dijo riéndose María— . Es muy
estricta.
María me ofreció un cigarrillo.
— Ya veremos... — dije antes de encendérmelo.

Caminamos bajo la lluvia hacia la casa de doña Josefa. Santi intentó averiguar
cómo íbamos a dormir. María fingió sorprenderse y riendo le respondió que
Beatriz y ella eran buenas amigas.

A l llegar a casa de doña Josefa, Beatriz llamó a la puerta. N o hubo respuesta.


N o quisieron llamar otra vez, por miedo a despertar a todos los huéspedes.
Esperamos unos minutos en silencio.
Estábamos a punto de irnos los cuatro a nuestra habitación, a pesar
de la lluvia, cuando la puerta se abrió bruscamente y vimos a una mujer
mayor, con cara de pocos amigos. Santi y yo estábamos tras las dos chicas.
— Buenas noches, doña Josefa — dijo Beatriz muy educadamente.
— ¡Qué horas son estas de llegar! — gritó— . Dos señoritas no deben es­
tar en la calle a estas horas.
— Es que hemos estado hablando con estos dos muchachos y... — inten­
to excusarse María, señalándonos— . Ellos nos han cuidado bien.
— Ya, ya — y nos miró picaramente.
Ninguno sabíamos qué hacer. Ellas nos miraron y cuando comenzaron a
moverse para venirse con nosotros, oímos a doña Josefa decir:
92 E l despertar D a Hongo

—Bueno, pasen.
Las dos chicas se volvieron hacia nosotros y nos dieron dos besos antes
de entrar en la casa. A l despedirme de María le dije en voz baja:
— Hasta mañana, nos vemos en la biblioteca a las cinco.
Ella me respondió:
—Hasta mañana, Juanjo. Recuerda que mi nombre completo es María
Peyote. Te estaré esperando.
Esa noche me fui a dormir con la convicción de haber aprendido más ese
día que en años de lecturas y conversaciones estériles. Tuve la seguridad de
que ese viaje sería fructífero y fértil.

12

La mañana siguiente, nada más despertamos, Santi y yo nos arreglamos y sali­


mos a la calle a desayunar. Santi todavía estaba desesperado por lo que había
sucedido la noche anterior. Renegaba de doña Josefa por su actitud ante noso­
tros. A mí me intrigaba saber qué había querido hacer María al decirme su
verdadero nombre.
Fuimos a nuestro lugar de costumbre, al comedor Laurita. A llí una mu­
chacha de la ciudad de México que estaba trabajando en la zona de Huautla
nos habló de Juan García Carrera, un periodista que había conocido a María
Sabina y había escrito un libro sobre ella. Nos explicó cómo localizarle y des­
pués de terminar de desayunar, fuimos a buscarle.

Unos minutos después, tras preguntar a varias personas, llegamos a su casa,


donde tenía la redacción de su corresponsalía de El Imparcial. Juan era un
hombre joven, nos confirmó que fue ahijado de María Sabina y nos contó
muchas historias sobre ella.
Había publicado un libro: La otra vida de María Sabina, que según nos dijo
le había costado recibir muchas amenazas, algunas de muerte. En él denuncia
cómo muchas personas utilizaron a esta mujer para su provecho personal, de­
jándola morir en extrema pobreza.
Nos enseñó su libro, que termina así: Por mi parte, yo, Juan García C a­
rrera, creo que en Huautla nada cambiará con la muerte de María Sabina. Ella, que
tanto sufrió, quizás decida, desde su nueva morada, hacerse justicia y cobrarse el
desprecio de los ingratos. La sacerdotisa voló, emprendió el viaje sin retomo. Des­
canse en paz María Sabina, la sabia de fos hongos.
L a t ie r r a de l a s á g u il a s 93

Juan nos habló de sus encuentros y experiencias con María Sabina. Lo que
más le había llamado la atención fue que un día, María Sabina le había confe­
sado que una vez que tomó los honguitos, intentando curar a su hermana A na
que estaba muy grave, vio a Dios. María Sabina le dijo que tras saludarle y
pedirle que salvara a su hermana, el mismo Santo Padre le había dado un libro.
Recordé que según le había contado la sabia de los hongos a Alvaro
Estrada, su mejor y más conocido biógrafo, era “ un libro lleno de sabiduría” .
Según le había contado María Sabina a Alvaro, en una de sus primeras expe­
riencias Dios le dijo que mirara ese libro, que ahí estaba la verdad y la vida
misma.

María Sabina le contó algo similar también a Juan: En el libro que me entregó
Dios, venían todo tipo de curaciones para Lis enfermedades de nuestra gente. A sí
logré sanar a Ana. Me aprendí unos cantos que venían en el libro. Supe que mi
hermana se repondría, porque al mismo tiempo los hongos lograron llevarme muy
lejos.
Cuando los hongos me enseñaron el camino de Dios y me entregaron el libro,
escuché estas palabras: “Es tuyo el mundo, ya no puedes retroceder. Es culpa tuya si
no sabes apreciar el libro". Aquella ocasión fue mucha la cantidad de hongos que
ingerí, 30 pares. Y a medida que el efecto pasaba, yo iba agarrando más poder. Logré
descifrar las dudas de mi mente y supe que el caballo blanco era el trabajo pesado de
los hongos. Los efectos duraron tres días, por lo menos. Y nada más de lo que vi era
sencillo, estuve envuelta entre puro Principal que me invitaba cerveza, licores y
cigarros finos. Me sentí muy arriba. “Ya no puedes bajar” , dijeron.
Y así fu e.
Aquella experiencia fue una de las inolvidables. Fue la primera y la más
importante. Sí, porque pude descifrar muchas cosas que solamente a ti te las digo.
Aquel viaje fue para mí el más importante de mi vida.

Juan nos contó que estaba entrevistando a varios cotacine de Huautla de J i­


ménez y alrededores. El cotacine es “uno que sabe” , el chamán o la chamana
mazatecos.
Intentamos que Juan nos vendiera un ejemplar de su libro, pero nos dijo
que estaba agotado y que había oscuros intereses que impedían su reedición.
Nos despedimos de él, tras desearle suerte, y dejamos su casa.
Santi y yo acordamos encontramos para acudir a la cita con María Peyote
y Beatriz, horas más tarde, y se fue a hacer unas fotografías. Yo me dirigí en
busca de una mujer, de la que también me habían hablado en el comedor
94 El despertar D a Hongo

Laurita. Un hombre que solía ir a comer allí me había dicho que me vendría
bien conocerla y me indicó cómo localizarla.
No se demoró la búsqueda de doña Lupe, que vivía en una humilde ca­
baña, a las afueras de Huautla. No me costó trabajo encontrarla. Las indicacio­
nes que me había dado ese hombre eran bastante precisas.
Una vez ante su cabaña, la llamé en voz alta por su nombre. Me abrió
ella misma la puerta. Me presenté y me invitó a entrar.
Doña Lupe era una mujer muy mayor, pequeña, encogida por los años,
pero llena de vitalidad. Su mirada era clara, profunda y precisa, enmarcada por
un rostro netamente indígena. Su cabaña era muy modesta, apenas disponía
de lo imprescindible. Un par de camastros, una pequeña cocina y un altar con
santos, estampas y una imagen de la Virgen.
Me preguntó qué me había llevado a Huautla, e intenté explicarle cómo
había sucedido todo hasta ir a su pueblo y qué me había ocurrido desde que
llegué.
Cuando le hablé de los naguales que se transformaban en animales, se
levantó indignada y comenzó a hablar mucho más seriamente de lo que lo
había hecho hasta ese momento. Me dijo que tuviera mucho cuidado con esas
personas, que en su mayoría no tenían buenas intenciones.
—Los naguales no son gente de fiar — me dijo— . El curandero se con­
vierte en Dios para curar, no en un animal, que sería cosa de necios. El hombre
está más evolucionado que el animal, ¿para qué pasar a ser un espíritu menos
elevado? No me interesan esas inmundicias de los naguales. Sólo me interesa
curar.
Doña Lupe parecía muy enfadada; yo no terminaba de entender por qué.
—Los naguales de la sierra mazateca sólo buscan enfermar o matar a la
gente buena. Para eso se convierten en animales, demonios o diablos — conti­
nuó hablando— . Nosotros los curanderos somos sus enemigos. N o nos quie­
ren porque curamos.
— ¿Cómo se distinguen los curanderos de esos naguales?
— Los naguales son personas normales durante el día, pero por la noche
se transforman en animales. Los distinguirás mirándoles a los ojos. Sus ojos
son rojos y amarillos; no son limpios. No vienen aquí, sino en pueblos alejados
y apartados.
— ¿En qué animales se convierten? — pregunté algo escépticamente.
— Los hombres en burros, serpientes, coyotes o alimañas. Las mujeres en
guajolotes, gallinas o pájaros horribles; en buitres también. Los naguales son
carroñeros. Me espeluzna sólo pensar en ellos.
La t ie r r a de l a s á g u il a s 95

Doña Lupe hizo un gesto como para espantarlos.


— En realidad no deberíamos ni platicar de ellos — dijo— . Eso les da
energía y fortaleza. Si fuera de noche no lo haría, de día no son tan peligrosos.
De noche son poderosos. Nunca platiques de ellos desde que comienza a atan
decer. Pueden atacarte en cuanto la noche se hace profunda. Son como ani-
males de presa y la noche es su tiempo propicio. Aprovechan que entonces
somos vulnerables y accesibles.
— ¿Cómo podemos protegemos de ellos?
— N i platicar sobre ellos pa’mpezar. Sólo con nombrarlos los atraes; se
sienten llamados y ellos vienen. Pero sí estás atento, te proteges de ellos. Hay
algunos tan poderosos que pueden entrar en ti hasta en sueños, mientras duer­
mes, porque normalmente estamos indefensos. Por eso hay que estar atento
también mientras se duerme.
— ¿Cómo podría reconocerlos? — pregunté, cada vez concediendo más
verosimilitud a lo que doña Lupe me iba contando, aunque no supiera por qué.
— Ya te he dicho que son como animales de presa, por eso también pue­
des reconocerles. Ellos siempre te miran como agresivos, muy fijamente, al
fondo de los ojos, pero con la mirada extraviada. Si ves alguno seguro que lo
reconocerás. Son horribles. Están como enfermos, su mirada sobre todo es
espantosa.
— ¿Ha visto alguna vez alguno?
— Hace años tuve una lucha a vida o muerte con una mujer nagual
— respondió muy seria doña Lupe— . La vencí porque Dios estaba conmigo.
No pudo nada conmigo, porque estaba protegida.
Doña Lupe dio un sorbo al café que compartíamos, antes de recomen­
darme:
— Si te ataca uno y no puedes defenderte con un cuchillo como es de ley,
orínale — afirmó ante mi sorpresa.
— ¿He de defenderme con un cuchillo? — me preocupaba la posibilidad
de tener que llegar al enfrentamiento físico.
— No atacándole con él. N o debes matar nunca, ni siquiera a seres tan
horribles. Has de voltear la tierra que haya entre ustedes con la punta del
cuchillo, eso le nulifica, pero si no tienes tiempo, orínale sin más, sin contem­
placiones.
A l ver mi cara de sorpresa, me preguntó riéndose:
— ¿No te preocupará que te vea el cacharrín, no?
— N o mujer, sólo que me parece algo extraño — respondí, riéndome
también.
96 El despertar del Hongo

— Méale sin dudarlo. Está tu salud, o quizás tu vida en juego. Si no quieres


mearle, orina en tus manos y tírale los orines cuando se acerque a ti.
—En principio espero no toparme con uno de ellos — dije— . N o pare­
cen muy recomendables y simpáticos.
— Si no los buscas o los llamas hablando de ellos, no te atacarán — ase­
guró— . Pero platiquemos de otra cosa. No quiero darles fuerza, ni aunque sea
de día. De noche son muchísimo más peligrosos. Nunca platiques de ellos des­
pués de caer la noche. En general, como ya te dije, no conviene ni nombrarlos,
pero platicar de ellos de noche resulta ciertamente suicida.
— ¿Hay otros seres de los que deba protegerme? — continué preguntando.
—De las larvas, aunque no son tan peligrosas.
—¿Qué son? —quise conocer la versión de doña Lupe sobre estos seres.
—Son seres que se alimentan de nuestra fuerza. Son como vampiros.
Aunque sentía curiosidad por saber más de las larvas, vi la cara de des­
agrado de doña Lupe y quise cambiar el centro de nuestra conversación.
—¿Utiliza los honguitos para curar?
—Claro que utilizo los honguitos — la expresión de doña Lupe se con­
virtió en alegre al comenzar a hablar de ellos— . Los honguitos me llevaron a
un lugar donde Dios me entregó la sabiduría y el poder de curar. Los honguitos
son maravillosos para aprender a sanar; todo, el cuerpo y la mente. Yo curo
toda clase de males.
— ¿Qué más poderes le entregaron?
— Pues el de mirar a una persona y ver el pasado, su enfermedad y su
futuro, así na’más.
— ¿Y cómo le dio el hongo esos poderes?
— Mira, ¿Juan me dijiste que te llamabas?, los honguitos me dieron estos
dones que ahora uso para curar. La primera vez que los tomé me agarraron y
me fui hasta donde están todas las respuestas. A llí es donde la sabiduría hunde
sus raíces. En ese lugar de una inmensa luz es donde estaba Dios, que fue quien
ya te he dicho que me dio el don de curar.
— ¿Y eso fue así na’más, como dice?
— Ay hijo, claro que no. Es lo que yo le pedí. Dios quiso saber qué es lo que
yo quería saber, porque él podía enseñarme muchas cosas. Dios puede enseñarte
todas las cosas de este mundo. Yo le dije que quería hacer el bien y curar me
parece el mayor bien que puedo hacer por mis hermanos y mis hermanas. Yo
creo que los naguales es que eligieron convertirse en animal, pero eso para mí
era una asquerosidad, y le pedí aprender a ver la enfermedad y a quitarla.
— ¿Y usted puede verme a mí?
L a t ie r r a de l a s á g u il a s 97

— Tú estás limpito, m’ijo, sino no te hubiese permitido entrar aquí. La


puerta de mi casa sólo la traspasa gente pura y limpia de corazón — sus ojos
eran en ese momento increíbles— . ¿Vomitaste cuando tomaste los hongos?
—No.
-Ésa es la prueba de que estás limpito; sino, hubieras vomitado hasta las
entrañas. Cuando más vomites, más impuro estás, más sucio. El hongo te lim­
pia y te purifica.
— ¿Pero las personas que curas también tienen que estar limpias?
— Ellos vienen con su enfermedad, pero yo les pido la pureza del cora­
zón. Yo no tengo miedo a la enfermedad, ni siquiera a la maliciosidad, pero es
que si no son puros no se curarán. Si son malignos yo no les puedo curar. Aquí
vienen algunos que están embrujados, pero no es su culpa, y yo les curo; inclu­
so vomito por ellos, si sus cuerpos no están fuertes para echar fuera y devolver
a esos espíritus malignos que están dentro de ellos. Yo trato de ayudar a toda la
gente buena y de corazón, pero si sus intenciones son maliciosas, no les dejo ni
atravesar la puerta, ya te he dicho.
— ¿Y la gente buena viene limpia?
— Traen toda clase de enfermedades de cabeza también, para eso necesi­
tan curarse; pero tienen que venir decididos a quitarse el mal y en buena dis­
posición. Algunos vienen mamaditos vivos, otros vienen después de coger, y
eso tienen que entender que no puede ser.
— ¿Por qué no pueden coger?
— Porque el hongo es sagrado y las cogidas te cargan de deseos de los
cuerpos, que son materiales. El hongo ha de llevarte al cielo y no puede si has
estado agarrado al cuerpo de tu enamorada o de tu enamorado.
Con esta afirmación me di cuenta que contradecía, sólo aparentemente,
mi propia experiencia y la de otras personas, así que continué preguntando. Me
interesaba saber qué pensaba esta mujer.
— ¿Usted no piensa que el problema es estar apegado al cuerpo, no tanto
tener o no relaciones?
— Claro que sí, pero hay muy pocas personas capaces de tener relaciones
y no apegarse, como tú dices, a los cuerpos. El sexo es muy goloso.
— Por eso mismo me parece que el sexo nos tira tanto a todos — dije— ,
aunque a algunas personas sea más la sensación de unión que el simple placer
físico lo que nos atraiga.
— Uy, a qué poquitos — dijo doña Lupe con tristeza— . N o sé en tu país,
pero acá cogen como animales, por eso los que curamos tenemos que pedirles
abstinencia para tomar honguitos.
98 El despertar D a Hongo

Tras meditar unos segundos, añadió:


—Pero tienes razón en que el sexo en sí no es nada malo. Dios nos lo dio,
y nos lo dio para expresar amor. Los hombres y las mujeres somos así. No
somos puros animales.
— ¿Cuántos días antes aconseja no tener relaciones a sus pacientes?
— pregunté.
—Cinco días antes y cinco después. Sino es una profanación de los
hongos, ya te digo que acá cogen como bestias.
— ¿Y si viene alguien que no esté en esas condiciones, puede curarle?
—Siempre —respondió sin dudarlo un instante— . Siempre el honguito
me ha demostrado que es maravilloso e infalible. El hongo me lleva a buscar el
alma del enfermo, que está herida o perdida. Yo voy hasta ella y la curo; o si
está perdida, la traigo a su cuerpo y el enfermo sana.
— ¿Y cómo lo hace? Parece difícil.
—No lo es si estás guiado por el hongo — aseguró doña Lupe— . Yo
llamo a los espíritus del viento, del agua y del fuego; llamo al espíritu de las
montañas sagradas de nuestra sierra mazateca. Todos estos espíritus son mis
ayudantes.
—¿Y cómo se toman los hongos?
—Lo primero es purificarlos. Eso lo hago sahumándolos y echándoles
agua bendita; después se pueden tomar ya, mientras yo rezo mis oraciones, que
te ayudan a poder escuchar al hongo.
— ¿Qué oraciones? —pregunté.
— Las oraciones de nuestros antepasados. Los mazatecos las aprendimos
de las sacerdotisas de los hongos.
A l escuchar esto, mi asombro fue transparente.
—Sí, las sacerdotisas de los hongos. No me mires con esa cara — me dijo—.
Ellas son las que hace miles de años les conocen, les aman y les protegen.
— No sabía que existían — reconocí—. ¿María Sabina era una de ellas?
— Claro que sí, de las mejores. Ella era muy buena, pero hubo mucho
maligno rodeándola.
— ¿Y usted conoció a alguna otra sacerdotisa?
— Ay m’ijo, como si no me hubieran enseñado los honguitos lo que sé.
Ellos no llevan a Dios a cualquiera. Mi difunta madre me enseñó. Ella me dio
los honguitos esa noche que me llevaron con Dios. Era muy sabia.
— Usted también parece muy sabia — dije.
— Yo sólo soy una aprendiz de cotacine. N o tengo los poderes que tenía
mi mamá, que en paz descanse.
L a t ie r r a de l a s á g u il a s 99

Tras una pausa para dar un sorbo al café, añadió:


— Pero los hongos y los espíritus de esta tierra me ayudan.
— ¿Qué poderes tenía su madre?
— Uy, muchos, ya te he dicho que era muy sabia. Mi mamá sabía ver el
pasado, el futuro, algo que yo heredé, pero sabía hacer cosas muy increíbles.
Cuando yo era chiquita la vi hacer cosas más que humanas.
— ¿Como qué? — pregunté asombrado.
— Una noche la vi encender las brasas del carbón sin tocarlas, y luego, la
vi cogerlas con sus manos, tirarlas por el suelo y caminar por ellas.
— ¿Y eso para qué sirve?
— N o lo sé muy bien; para dar fe, creo que me dijo, porque yo estaba tan
asustada que le pregunté y eso es lo que me dijo, que hacer esas cosas la ayuda­
ban a tener fe en Dios y en los honguitos, que son los hijos de los dioses. A sí se
sentía protegida.
— ¿De dónde viene este saber de los hongos?
— De los antiguos. Ellos descubrieron a los hongos, y los hongos sagrados
les llevaron al mundo de los dioses, un mundo mágico y maravilloso como ya
sabes.
— ¿Hace mucho tiempo de eso?
— Mucho. Cuando llegaron los españoles ya hacía muchos años que mi
pueblo conocía los hongos sagrados. Hay cuentos antiguos que explican todo
lo que pasó muy bien. Ellos les enseñaron todo lo que sabemos los mazatecos,
y ahora vivimos con la tristeza de damos cuenta de que estamos perdiendo
todo ese saber antiguo.
— ¿No tiene familia que quiera aprender de usted?
— No, y es la mayor pena de mi vida. Tenía una hija, pero se fue con un
gringo que le ofreció mucha plata y vivir en la capital, y ya no supe nunca de
ella.
— ¿Y no puede buscarla con los hongos? — la expresión de doña Lupe era
ahora de una profunda tristeza.
— Lo hice una vez — respondió— , y la vi en una casa de mucho lujo.
Tenía hasta sirvientes m’ijita. La dejé vivir su vida, ella me dejó vivir la mía.
— Es triste, ¿no?
— Como no va a ser triste para una madre no estar ya más con su hija,
saber que se va a perder lo que nuestros antepasados llegaron a aprender;
pero muchos jóvenes no nos quieren, qué le vamos a hacer. Ahora los jó­
venes como tú, que respetan nuestras tradiciones y al hongo, son nuestros
hijos de verdad.
100 E l despertar D a Hongo

Me conmovieron sus palabras y la sinceridad de sus sentimientos.


— ¿No la molestan los turistas? — pregunté, intentando cambiar el rum­
bo de la conversación.
— Ellos no me conocen, yo no soy famosa — respondió, recuperando por
un momento la sonrisa.
— ¿Y no se siente sola?
— Mira Juan. Estoy vieja y sin familia, pero en este mundo tengo a
mis enfermos y a la gente que me quiere. Y además voy cuando quiero al
otro mundo, el mundo de los niñitos santos. A llí me han dicho que ya me
queda poco en esta vida y no me importan ya muchas cosas de los hom­
bres. Voy a morir pronto, pero no le tengo nada de miedo a la muerte, por­
que los hongos me han enseñado que somos espíritus sin tiempo y que no
podemos morir.
— ¿Ha oído hablar de “el hongo de superior razón” ?
—No, ¿qué hongo es ése?
—No sé todavía, me hablaron de él. ¿Conoce otros hongos que nos sean
los derrumbes, los pajaritos o los san isidro?
—Sí. Hay más: los niñitos, los niños de las aguas, los derrumbitos, los
hongos sanpedro y los derrumbes de monte. Todos estos son para ver. Y hay el
bejín y la bolita. Estos no son para ver sino para oír.
— ¿Cómo es eso? — pregunté sorprendido.
—Con estos hongos no se ve, se oye al hongo na’más; se puede escuchar
a los dioses. Para escucharles es mejor el bejín que la bolita.
— ¿Los tiene ahora con usted?
— No — respondió doña Lupe— . Estos hongos vienen del país de los
mixtéeos. Hay un chamaquito que a veces me trae, pero se me gastaron.
— ¿Conoce otras plantas para ver?
— S í — afirmó con seguridad— . El macho, el nene y el ahijado también
me ayudan.
— ¿A qué? — pregunté.
— A adivinar el futuro, aunque hay dos clases, uno bueno y otro malo. El
bueno te ayuda mucho. A mí me gusta más la hierba de la Pastora para adivi­
nar, pero si no tengo la hierba de la virgen, uso la familita.
— ¿Alguna planta más le ayuda?
— Las flores del cacao también me ayudan a ver.
— Me da miedo que me mire el futuro, pero ¿me puede decir algo del
pasado?
Sin dejar pasar un segundo, doña Lupe respondió:
L a t ie r r a de l a s á g u il a s 101

— Lo que veo mejor es que te tomaste unas plantas amigas de los hon-
güitos, te pasaste al mundo de los muertos y volviste otra vez aquí.
Me pregunté si se referiría a las muertes del ego que tuve con el sanpedro
y el dulce de hash.
Le expliqué brevemente mis experiencias y me confirmó que era eso lo
que veía.
— ¿Cómo lo supo? — le pregunté.
— Tu mente me lo dice todo. Yo me comunico con tu energía y sólo
tengo que leer la energía que hay dentro de ti.
— ¿Y el futuro?
— Dentro de tu centro está también tu futuro, las probabilidades de tu
futuro, porque los hombres y las mujeres somos libres.
— ¿Entonces esas veces me morí y resucité?
— N o te moriste. Fuiste na’más al otro mundo, pero volviste porque
viste que era muy pronto para estar allí y te regresaste a este mundo otra vez
— mientras doña Lupe hablaba recordé lo que me había dicho Ram ón tras
tomar la mielecita— . A llí los espíritus de los antepasados te hablan claramen-
te. El hongo te lleva a la verdad.
— ¿Para qué me pasó eso?
—Tenías que ver ese mundo para creer en él, en el mundo del espíritu, y
tenías que saber que los hongos y algunas plantas te conceden el poder de conocer
el otro mundo antes de morir, para poder aprender y vivir mejor aquí, ahorita.
— ¿Usted ha estado también allí?
— Muchas veces, pero hay que saber volver. Tú como yo somos vivos
que hemos estado entre los muertos.
— ¿En qué nos hace diferentes haber estado allí?
— Quien ha estado más allá del mundo de los vivos ya no le tiene miedo
a la muerte. Hay otras maneras de llegar allí. Mira esa gente que tiene acciden­
tes muy graves y vuelve de nuevo porque no es su momento de morir. Esas
personas pierden también el miedo a la muerte.
Doña Lupe se detuvo unos segundos y luego continuó:
— N o se puede vivir en condiciones si se tiene miedo a morir. Vivimos
en un mundo con muchas personas buenas, pero que no valoran la vida y
todas sus posibilidades. Muchos no saben estar aquí porque no han pasado al
otro lado, aunque es más terrible no saber volver.
— ¿El hongo enseña a vivir pues?
— A vivir te enseña el honguito, y a hacer el bien. A los que te rodean
también les da la vida, al curarlos y alejarles de la muerte.
102 El despertar del Hongo

— ¿Por qué piensa usted que a algunas personas les da miedo el honguito?
—El honguito te lleva a mundos diferentes y hay quien tiene miedo de
salir del mundo que conocen; pero si no te quitas el miedo no puedes aprender
mucho de los honguitos. A mí me daba un poquitín de miedo al principio,
pero estaba con mi mamá y al poco tiempo ya no me dieron miedo nunca más.
Empezaron a darme sonrisas y alegría.
— ¿Y no le da miedo cuando va al otro mundo?
— ¿Por qué había de darme miedo? — me preguntó a su vez— . Es un
poner —continuó— : si veo a mi mamá, ¿cómo me va a dar miedo si es mi
madre?
—¿Entonces se comunica con los muertos? — pregunté bajando la voz.
—Claro que sí —respondió con naturalidad doña Lupe— . Si vas al mundo
de los muertos, ellos están allí y te enseñan y ayudan. Yo voy mucho a ver a mis
antepasados, a antepasados muy antiguos que me hablan de la historia de mi
pueblo, los mazatecos. A llí está guardado todo nuestro saber, sin faltar nada, y
puedes aprender todo lo que ellos aprendieron y llegaron a saber, porque ese
saber está allí todo juntito, protegido. A llí están los guardianes de la sabiduría.
Son muy buenos.
—¿Nunca vuelven? —pregunté con un hilo de voz.
—Si quieren sí, pero algunos no quieren volver más. Dicen que ya han
aprendido en este mundo lo que necesitaban aprender; pero muchos vuelven
una y otra vez en otros cuerpos para continuar aprendiendo o para enseñar.
— ¿Nunca le han pedido que se quede allí?
—Algunas veces bromeando, porque los muertos y yo reímos juntos. Es
un mundo alegre, pero no me piden que me quede. Ellos saben que sólo voy a
visitarlos y me dejan marchar con alegría, porque saben que volveré otra vez.
— ¿Por qué yo no me comuniqué con los antepasados cuando estuve allí?
— Por el miedo que tenías. No estabas preparado para estar con los muer*
tos. El miedo te impide ver muchas veces algo que tienes delante de las nari­
ces. Pero puedo asegurarte que los muertos están vivos en otro mundo, y que si
quieres puedes comunicarte con ellos.
Tras una pausa, doña Lupe me sorprendió con una pregunta:
— Tú has estado en otros planetas, ¿verdad?
Me pregunté cómo podía esta mujer saber esas cosas de mí. Recordé mi
experiencia con el sanpedro, en la que creí salir de mi cuerpo y recorrer el
universo.
— Sí. Fue una vez que tomé el cactus sanpedro, pero no he llegado a saber
qué fue lo que me pasó realmente. ¿Usted ha estado en otros planetas?
L a t ie r r a de l a s á g u il a s 103

— S í — admitió— . He tenido que ir allí en busca de algún alma perdi­


da. Pero normalmente no tengo que ir tan lejos — sonrió— . Lo más frecuen­
te es que tenga que ir a buscarlos a la montaña, a los bosques o a algún mar.
— ¿Y dónde es el lugar más normal al que va a buscar esas almas perdidas?
— En el fondo de los barrancos. A llí se van muchas almas enfermas. Les
atraen las barrancas húmedas. Donde también he tenido que ir es al otro mun­
do. Hay almas que se van allí cansadas de esta vida. Estas depresiones de aho­
rita son de almas que quieren descansar antes de tiempo.
— ¿Y a dónde más va usted cuando toma los honguitos?
— A la tierra, donde está enterrada la sabiduría.
— ¿Cómo es eso? — pregunté, sin saber de qué estaba hablando ahora
doña Lupe.
— Eso no puedes entenderlo todavía — respondió— . Te llegará el día de
saber. Tú estás en un camino de conocimiento, y es un largo camino.
Entonces supe que debía despedirme de doña Lupe. En mis encuentros
con mujeres y hombres de poder, siempre llegaba hasta un lugar donde ya no
podía avanzar y había aprendido a aceptarlo.
Esta vez la charla con esta mujer digna me había parecido apasionante, aun­
que siempre quedaba la insatisfacción de no poder llegar a conocer todo lo que
doña Lupe sabía. Sin embargo, era mucho lo que había aprendido de ella y estaba
llegando a saber aceptar esos límites. Era realmente estúpido gastar energía y tiem­
po intentando hacerles decir lo que no querían decir, y por tanto, nunca iba a salir
de sus labios. Me di cuenta de que iba resultándome más fácil limitarme a aprender
lo que quisieran enseñarme, y saber despedirme de ellos dándoles las gracias por
compartir parte de su sabiduría conmigo y, por tanto, con mi gente.
A sí lo hice esta vez, y aunque no me pidió dinero, le di a doña Lupe
algunos pesos antes de dejarla, sentada entre sus petates y su pobreza.
Aunque insistí en que no hacía falta que se levantase, se despidió de mí
en la puerta, advirtiéndome nuevamente sobre los naguales. Me dijo que tu­
viera fe y confianza en Dios, que él me protegería en todo momento.
La última imagen que vi de ella fue la de una mujer sola, en la puerta de
su cabaña, descubriendo sus manos vacías al cielo.

13

A l ver a M aría Peyote y Beatriz, Santi y yo nos sorprendimos. Estaban con


todo su equipaje, esperándonos junto a la biblioteca, y lo primero que hi-
104 El despertar D a Hongo

cieron fue preguntarnos si podían alojarse con nosotros, en nuestra habi­


tación.
No nos dijeron si habían tenido algún problema con doña Josefa, pero
fuimos a dejar sus cosas junto a las nuestras. “El Mudo” no puso ninguna obje­
ción a que estuvieran con nosotros, incluso nos proporcionó mantas y sacos
para preparar más camas en el suelo de nuestra habitación, que tenía espacio
de sobra.
Antes de salir a buscar los honguitos y dirigimos al campo para tomarlos,
estuvimos hablando y fumando entre la habitación y la terraza. Intentamos
unificar el intento de la toma. Los cuatro coincidimos en querer una experien­
cia suave, tras nuestros últimos viajes. También acordamos que haríamos un
ritual muy sencillo antes de tomarlos.
Aunque era la hora de la comida, decidimos no tomar nada y respetar
el ayuno. No tuvimos problemas con la abstinencia sexual, porque aunque
todos coincidíamos en que no respetarla no era tan grave, por diferentes
razones, los cuatro hacía algunos días que no teníamos relaciones sexuales.
Nos llevamos la mota que habíamos conseguido gracias a un conocido,
abriendo la posibilidad de fumarla bajo los efectos de los hongos, si así lo sen­
tíamos.

El lugar que ellas conocían estaba más allá de la antigua casa de María Sabina,
por lo que subí de nuevo la larga cuesta hacia la casa, esta vez junto a María,
Beatriz y Santi.
Durante el camino comenzó a llover. A l principio no era muy fuerte,
pero cuando la lluvia comenzó a ser más vigorosa, Beatriz y María nos dijeron
que entráramos en una cabaña, a la derecha del camino. A llí vimos a una
mujer que nos recibió cómo si nos conociera de toda la vida. Sólo hablaba
%

mazateco, pero al vemos, nos mostró varias clases de hongos sobre su pequeño
altar. Nos enseñó derrumbes, san isidros y pajaritos. Los san isidro eran los más
grandes y los derrumbes los más pequeños.
Santi y Beatriz compraron derrumbes, María Peyote san isidros y yo pa*
jaritos. Tras despedimos de la mujer, salimos de la cabaña, cada uno con sus
viajes envueltos en una hoja de plátano.
La luz de la tarde era muy limpia. Había dejado de llover y el olor de la
lluvia recién caída pareció despertar nuestros sentidos. El verde de los árboles
era muy intenso. El sol empezó a caer, en un lentísimo y hermoso atardecer.
Santi y Beatriz iban adelante, acompañados por un chamaquito que pa*
recia-haberse hecho amigo de Santi, quien atraía de una manera especial a
L a t ie r r a de l a s á g u il a s 105

los niños. María Peyote y yo subíamos detrás. Empezamos a hablar de nues­


tras búsquedas. Hubo un momento en que sentimos que era la misma.
María me confesó que había venido a Huautla porque andaba detrás de
un hongo desconocido, del que había sabido a través de un indio muy extraño
que había llegado hasta el lugar donde ella vivía en Nuevo México. Por lo
visto María había hablado con él y una noche, ante el fuego, le había hablado
de un hongo superior a los ya conocidos, que crece en lugares aislados de la
sierra mazateca.
A l escuchar su historia, me quedé quieto. Ella me preguntó que qué me
ocurría y le conté lo que me había dicho Ramón.
— Puede que sea el mismo — opinó María— . Hay varios nombres para un
mismo hongo, pero éste, según me dijo el indio, sobre todo se reconoce por su
tamaño y su color. Crece muy alejado, en todo lo alto, a horas de caminata
desde Huautla.
— Si estamos hablando del mismo hongo, “ el hongo de superior razón” ,
¿para qué te dijo que sirve? Ramón no llegó a hablarme de su utilidad.
— Ese hombre me dijo que te daba la máxima sabiduría, porque te daba
el poder de viajar, y que nada ya era igual para la persona que lo tomaba.
”Él desde luego no era un indio normal. Parecía libre como el viento y
se desenvolvía a la perfección en cualquier situación. Según decía iba via­
jando por el mundo para aprender. U n día se presentó en nuestro pueblito y
en un santiamén se ganó el respeto de los ancianos y de los jóvenes. Durante
su estancia entre nosotros, aparecía, desaparecía, y un buen día ya no le
vimos más.
— ¿Y qué has averiguado sobre ese hongo? — preguntó, impaciente por
saber— . Me dijiste que habías encontrado lo que buscabas.
— Esto no es fácil. Hay que conocer. Pero si no me traicionan, lo encon­
traré pronto. He conocido a alguien que asegura saber dónde crece. Me ha
probado que conoce muy bien estos cerros y los montes. Estos días no ha que­
rido llevarme por nada del mundo en ninguna de sus caminatas, pero sabe lo
que busco y me ha prometido que me avisará cuando lo encuentre, y lo podré
probar.
María me miró y me dijo:
— Y yo te prometo avisarte a ti. Si vienes a Guanajuato a visitamos,
espero poder decirte ya algo.

Continuamos subiendo. Yo le conté lo que doña Lupe me había dicho. María


Peyote pensaba que la mayoría de sus enseñanzas eran genuinas, pero discutió
106 El despertar D a Hongo

vigorosamente la prohibición de tener relaciones sexuales antes y después de


tomar los hongos.
—Aquí los viejos todavía tienen la idea de que coger es malo, de que
coger es algo impuro. Fueron educados así y puedo entenderlo — me dijo
María—, pero tú y yo sabemos que el sexo no tiene nada de malo.
María Peyote me sonrió sonrojándose. Aunque Beatriz y ella eran menos
tímidas que las chicas de Huautla, con las que me parecía inconcebible incluso
hablar de estas cosas, aun así no hablaban de sexo con soltura.
Cuando desapareció su sonrojo, se lo comenté. A l escucharme, ella me
cogió del brazo y me dijo:
—Es verdad que todavía me cuesta trabajo hablar, pero ¿sabes que en mi
pueblo piensan que soy una pinche puta porque les discuto su odio al sexo y al
amor sin tapujos? Acá no encuentro fácilmente alguien como ustedes. Ni si­
quiera con Beatriz puedo platicar mucho de esto. Dice que el sexo es poca ma­
dre, pero es bien tímida.
—María —le dije—, en España sucedía igual no hace tantos años, pero
poco a poco hemos conseguido que el sexo sea algo natural para la mayoría de
nosotros. En México sucederá igual. Ten paciencia. Es cuestión de tiempo.
—Aquí estamos todavía muy atrasados —dijo con gran tristeza.
Me di cuenta de cómo sufría por este tabú, y de cómo toda sociedad
sexófoba sólo ocasionaba dolor a sus miembros, mujeres y hombres.
México parecía vivir entre dos tiempos.
—En Occidente permanece otro tabú relacionado con el sexo — comencé
a explicarle a María—, y es considerado poco espiritual por muchas personas
que están en el camino del conocimiento. Sólo una minoría ha integrado el
sexo en su evolución espiritual.
—En México somos muy poquitos quienes entendemos eso — dijo Ma­
ría— , sólo algunos jóvenes na’más; pero los viejos nos maltratan por eso, y si
eres mujer como yo, mucho más.
”Yo estuve ahora en mi pueblo por unas semanas, antes de venir a Huautla,
para ver a mi familia y mis amigos, y me ha resultado muy duro volver al pasado.
Como te dije, yo vivo ahora en Nuevo México, con los nativos, y me he acostum­
brado a ser libre. Ellos respetan a sus mujeres más que mi pueblo. Tampoco han
perdido el vínculo con la Tierra y eso también me ayuda. En los enterramientos y
en los inipis me curo de las heridas de mi pasado, y como también conocen al
peyotito, voy sanándome y aprendiendo con él.
— Es triste que tengas que abandonar tu gente para poder vivir en li­
bertad.
La t ier r a de l a s á g u il a s 107

— Juanjo, tenías razón cuando dijiste antes que es cuestión de tiempo.


Los viejos están muriendo, mientras muchos jóvenes aceptan todavía sus ñor-
mas, aunque haciendo una doble vida. Viven su vida escondidos. Tengo ami­
gas que si sus papás supieran que no son vírgenes las matarían.
— ¿Y tus padres? — pregunté.
— Mi mamá entiende que me haya marchado, que trabaje y no quiera
casarme con un hombre del pueblo. Ella se casó muy jovencita con mi papá y
sabe perfectamente que no vivió muchas cosas que le gusta saber que yo
estoy viviendo.
— ¿Y tu padre?
— Prefiero no hablar de él — dijo, y las lágrimas cubrieron sus ojos, aun­
que no llegó a llorar— . Me ha hecho mucho daño, aunque él también sea
víctima de su machismo.
Me di cuenta de que aunque necesitase hablar, era muy doloroso para
ella abordar esta cuestión. Traté de llevar la conversación por otro lugar.
— ¿Qué te parece lo que doña Lupe me ha contado sobre los naguales?
— pregunté.
— Por lo que me has contado es una cuestión de palabras. Ella confunde
los naguales con los brujos negros. Hay hombres de gran poder que lo mal
usan; utilizan su poder para hacer el mal.
María se detuvo para mirarme a los ojos antes de añadir:
— Pero tú sabes que hay mujeres y hombres de conocimiento centrados
en su corazón.
— Sí, y he tenido la fortuna de conocerlos — dije.
Ascendimos en silencio unos metros más, hasta que le pregunté:
— ¿Y qué te parece lo que me ha contado del otro mundo?
— Eso es muy importante y es una verdad. Parece que esta mujer lo co­
noce muy bien. Debe haber estado allí muchas veces. Ten en cuenta que a
estas mujeres las inician sus mamás o una de sus abuelas desde chiquitas. Ya
desde que son unas chamaquitas saben de lo que hablan.
” Ya te dije ayer — continuó— que aquí hay muchas personas de po­
der. S i no haces caso de sus prejuicios puedes aprender mucho de ellas.
Mira doña Josefa. A n och e nos regañó por estar hasta tan tarde con ustedes.
Por eso nos hemos ido hoy. Es una buena chamana, pero se cree nuestra
mamá.
María parecía sentirse algo culpable de haber dejado a doña Josefa y
continuaba dándome explicaciones, aunque me di cuenta de que sus explica­
ciones eran más para ella misma que para mí.
108 E l despertar D a Hongo

—No estábamos con agrado con doña Josefa. Nos protege demasiado y
dice que nos damos mala fama, que somos señoritas.
— María, te entiendo perfectamente, si no estabais bien y no os sen­
tíais a gusto con ella, sabéis que podéis estar con nosotros. N o te sientas mal
por eso.
—Gracias, Juanjo •me dijo sonriéndome con gran alegría— . Sólo esta­
remos esta noche. Ya hemos hecho lo que teníamos que hacer y mañana nos
esperan en Guanajuato. Voy a estar con Beatriz antes de volver a Nuevo México;
no soporto más el ambiente tan grueso de mi pueblo.
Antes de continuar se detuvo otra vez.
—Pero gracias por acogemos con ustedes, y sobre todo, muchas gracias
por comprenderme tan bien.
Yo le agradecí a ella que compartiese conmigo lo que sentía. Entonces
María me abrazó y me dio de nuevo las gracias en voz baja, junto a mi oído. Me
di cuenta de lo incomprendida y sola que se sentía.
Al separamos, estuvimos unos segundos en silencio, uno enfrente del
otro, mirándonos a los ojos.
—-Todo quien se sale de la norma es rechazado en nuestras sociedades, y
más si eres mujer — le dije, intentando consolarla— . Yo no tengo excesivos
problemas en España por el sexo, pero sí por las plantas y los hongos chamánicos.
Allí hay gente que piensa que soy un drogadicto, un alucinado, un loco. Per­
manece el tabú y el miedo a modificar conscientemente tu conciencia. Hacer­
lo le parece una aberración a mucha gente, incluso a personas que tratan de
evolucionar.
—Acá el mayor problema es con la mota — dijo María— . A cá lo
peor que te puede pasar es que piensen que eres marihuanero. A sí que es
como allá en España, pero con más tabúes aún. Yo tuve que dejar a mi
enamorado porque pensaba que era una puta. Todo porque quería disfrutar
también cuando cogíamos, o mejor dicho, cuando él me cogía para su pro­
vecho na’más.
— Desgraciadamente el amor se ve afectado por los prejuicios de cada
cultura —dije— . Aunque poco a poco, aquí y allí, tendremos que ir adaptan­
do nuestras vidas a lo que queremos vivir realmente.
”No te preocupes, María —dije con convicción— , viviremos la vida que
hemos elegido vivir. Ya lo verás.
Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no llegó a llorar.
— Confía en que algún día, en algún lugar... — dije.
María me interrumpió y llevó un dedo a sus labios, pidiéndome silencio.
L a t ie r r a de l a s á g u il a s 109

— Sé lo que vas a decir, Juanjo — dijo con una voz increíble— . Muchas
gracias por recordármelo.
Los dos nos reímos, a pesar de la tristeza, como si nos liberara de ella
sentimos comprendidos. Nos cogimos la mano y continuamos subiendo, hasta
alcanzar a Santi, Beatriz y el niño, que estaban bebiendo el agua que les ofrecía
un vecino, en un recodo del camino.

Pronto llegamos a la que fue la casa de María Sabina. A llí hablamos con su
familia. Nos confirmaron que mucha gente había maltratado a la sabia de los
hongos y cómo las envidias y celos les habían hecho tanto daño.
Una nieta nos dijo que María Sabina se había arrepentido de haberle dado
los hongos a Frazón, como María Sabina llamaba a Wasson. Su familia nos re­
cordó que María Sabina decía que desde ese momento nada había sido igual en
Huautla y que hasta los hongos habían perdido parte de su poder.

Compramos algunos hongos más a la familia de María Sabina, por si no fueran


suficientes los que llevábamos, y tomamos un camino cercano. Antes echa­
mos una última mirada a Huautla, que estaba hermosa allá abajo y parecía
muy lejana, tranquila en la falda de la montaña.
A partir de ese momento sólo había naturaleza. Huautla desapareció de
nuestra vista, los caminos se hicieron más estrechos y los cuatro comenzamos
a sentir los hongos, que cada uno llevábamos, incluso antes de tomarlos. El
niño nos acompañaba todavía, aunque no se despegaba de Santi, con el que
no dejaba de jugar.
A l final llegamos al lugar que María Peyote y Beatriz conocían. Había
cerca unas cuevas y una explanada delante. A llí nos sentamos, les dimos las
gracias a los honguitos por lo que nos quisieran enseñar y los comimos, acom­
pañados con unos zumos que habíamos comprado por el camino.

Esta vez el viaje fue muy suave. Conforme el sol iba bajando, los efectos fueron
desplegándose, haciéndonos sentir parte inseparable de la naturaleza.
N o hablábamos. Sobraban las palabras ante el impresionante espec­
táculo del cielo y de la tierra. El cielo iba coloreándose de infinitos mati­
ces y los cuatro mirábamos asombrados lo que teníamos ante nuestros ojos.
Junto a Santi estaba el niño, que no había tomado hongos, también muy
tranquilo.
El olor de la lluvia y la hierba mojada era penetrante. Me di cuenta de
cómo los honguitos habían acentuado todos nuestros sentidos.
110 El despertar del Hongo

María parecía haber olvidado todos los problemas, en su rostro sólo exis-
tía una sonrisa que me recordaba a la de un buda. Beatriz estaba como rezando
y Santi había cerrado los ojos, tumbados sobre una roca. Yo disfrutaba viendo
cómo caía la noche poco a poco, y mirando a mis compañeros de viaje.
Aunque teníamos los hongos que habíamos comprado a la familia de Ma­
ría Sabina, no los tomamos. A los cuatro nos pareció perfecto cómo nos habían
prendido los que habíamos tomado. Todos queríamos un viaje suave. Tras un
viaje fuerte, siempre apetece uno más relajado y menos intenso.

Antes de que oscureciera decidimos deshacer el camino y bajar a Huautla.


Emprendimos el camino de vuelta, todavía con sol. Su luz caía sobre las mon­
tañas y los árboles muy suavemente. Beatriz caminaba muy deprisa y dijo que
nos esperaría en la casa de María Sabina. Tenía mucho miedo a la noche.
María Peyote y yo caminamos más despacio, deteniéndonos de vez en cuando
maravillados ante el más mínimo detalle. Santi y el chamaco iban detrás de
nosotros. Santi jugaba con él como si fuera un niño, parecía haber regresado a
su infancia. Nos dijo que no le esperáramos, que iría a conocer a la familia del
chamaquito.

María y yo todavía caminamos un buen rato sin apenas hablar, sólo decíamos:
“Mira eso” , o: “Es increíble”. A l hacerse de noche, nos cogimos de nuevo del
brazo y comenzamos a hablar. María me dijo que todavía estaba triste por lo
que había pasado con doña Josefa. Me di cuenta de que si doña Josefa la pro­
tegía como a una hija, María la veía también como a una madre. Parecía muy
decepcionada y dolida con ella.
—Intenta entenderla, María, ella es mayor, fue educada de otra manera
y ahora es muy difícil que cambie y pueda entenderte.
—Me duele porque pensé que ella me apoyaba. Recibe a muchos gringos
en su casa y pensé que era más abierta.
— Entiendo que te duela, pero al fin y a la postre tiene que damos igual
lo que piensen otros.
—Pero es que nos limitan y se limitan ellos, como dijiste antes — María
estaba a punto de llorar, a la vez que muy enojada.
—Tenemos que tener nuestro propio criterio — dije.
— Pero ¿cómo tenerlo? — me preguntó María— . Los viejos en vez de
ayudamos a crecer, nos mutilan, nos impiden avanzar.
— María, no te engañes. A nuestra edad, te mutilan si te dejas mutilar.
¿Te acuerdas de lo que hablábamos mientras subíamos? Cuando estaba en Perú,
La t ie r r a de l a s á g u il a s 111

me decidí a probar el cactus sanpedro sin abstinencia sexual, a pesar del miedo
que me habían intentado meter en el cuerpo los chamanes.
”Un día tomé sanpedro tras una noche en que había dormido con Katia,
una pintora que había conocido en Lima, y no me sucedió nada malo. A l
contrario, al tener mi sexualidad satisfecha, el viaje fue menos sexual y pude
ir más allá. También comprobé que otras veces conservar esa energía durante
unos días puede ayudarte, pero es difícil dirigirla, precisamente porque es muy
poderosa.
— Yo también he comprobado alguna vez que no pasa nada malo, por
eso me enrabian estas normas absurdas. Son algo primitivo — la tristeza de
María iba convirtiéndose poco a poco en indignación.
— Yo intento aprender de los viejos, como tú dices, pero sólo lo que
considero que me ayuda a crecer. Ya en Asia aprendí a integrar de cada tra-
dición todo lo que pudiera aportarme, descartando los prejuicios y los mie­
dos. El rechazo al sexo y la discriminación de la mujer puedes encontrarlos
en casi todas las culturas, si no en todas. Hay que reconocer que en estas
cuestiones la cultura occidental va por delante, aunque nos quedé tanto por
avanzar todavía. Hay cosas en las que otras culturas pueden aprender de
nosotros, como en otras muchas somos nosotros quienes podemos aprender
de ellas.
— Tienes razón, Juanjo, pero no deja de ser bien triste. Sobre todo cuan­
do son tradiciones tan ricas como las de mi país. Con los nativos de Estados
Unidos no tengo tantos problemas.
— Nadie es profeta en su tierra, María — dije— . Todo se andará. Como ya
te he dicho, es cuestión de tiempo, y de que existan más personas como tú.
— De todo se aprende y este incidente con doña Josefa me ha enseñado
cuál es la realidad en estos pueblos.
— En Europa sucede igual — intenté explicarle— . Se mantienen vivas
algunas tradiciones, pero están mezcladas con demasiados prejuicios. La pena
es que en las ciudades, el precio que se paga por disfrutar esta clase de libertad es
el rechazo en bloque de la sabiduría tradicional.
”A 1 menos aquí en México puedo aprender muchas cosas que en España
me resulta imposible hacer — continué— . Esta mañana doña Lupe me ha en­
señado mucho sobre conocimientos que en Europa están prácticamente perdi­
dos: cómo ir a otras realidades, cómo son, qué capacidades tiene realmente el
ser humano. A llí hablamos mucho de evolución, pero se niegan las posibilida­
des que ya tenemos. El hombre y la mujer occidental vivimos como seres mu­
tilados. Nos han castrado y mutilado nuestras capacidades naturales, ni siquie-
112 El despertar D a Hongo

ra sabemos que las tenemos, y si alguien nos las muestra, nos negamos a escu­
charle, o incluso, lo rechazamos violentamente, o lo tomamos por loco.
—¿Sí? —preguntó María.
—Desgraciadamente sí. Parece que no nos gusta ni que nos recuerden lo
que hemos perdido.
—Al menos yo desde chiquita sé que hay algo más allá de este mundo.
Eso sí me lo enseñaron los viejos.
—Como ves, ninguna cultura es perfecta. El gran reto del ser humano es un
encuentro verdadero entre lo mejor de las distintas culturas de la humanidad.
María asintió, y continuamos de regreso a Huautla.

Pronto llegamos al camino que nos llevaría de nuevo a la casa de María


Sabina y quise saber qué pensaba María Peyote del asunto del códice. Me
había llamado muchísimo la atención que tanto María Sabina como doña
Lupe, en su primer viaje con los hongos, habían tenido una experiencia si­
milar a la mía. Un libro, había dicho María Sabina; las raíces de la sabiduría,
doña Lupe; y yo había visto un códice maya con conocimientos sobre la
vida, la muerte y el universo. Le hablé de lo que había visto.
* María, tras pensárselo unos instantes, comenzó a hablar.
—Yo también la primera vez que tomé los honguitos vi un libro, mejor
dicho, en mis manos apareció un libro que había tomado de una inmensa
biblioteca sin libros.
—¿Puedes explicarlo? —pregunté; me sorprendió la coincidencia con lo
que había hablado con Ramón.
—Llegué a un lugar que supe que era una biblioteca donde estaba guar­
dado todo el conocimiento sobre la creación y sobre otras cosas que dices que
estaban en el códice maya que viste.
"Allí podía elegir el libro que quería ver, que se mostraba ante mí al
pensar en él —continuó María—. Yo creí elegir al azar, porque ante esa in­
mensidad no sabía qué investigar, pero apareció ante mí el libro que más nece-
sitaba en ese momento.
"En ese momento estaba pensando dejar mi pueblo. Entonces encontré
en mis manos un libro sobre las águilas.
— ¿Sobre las águilas? —me extrañó otra vez, porque apenas le había con­
tado algo sobre Ramón y nada sobre lo que me dijo sobre las águilas.
María continuaba hablando, no parecía escucharme ya. Hablaba como
lo hacemos cuando parecemos haber conectado con algún conocimiento es­
condido en nuestra memoria.
L a t ie r r a de l a s á g u il a s ■ 113

— A h í leí que necesitamos convertimos en águilas, tener su visión, y


que para eso tenemos que acomodar nuestras vidas para ser capaces de vivir
plenamente nuestro ser y poder ver como el águila, desde arriba, pero sin
perder el contacto con la tierra.
Yo, que no salía de mi asombro, por la nueva coincidencia con las ense-
ñanzas de Ramón, sólo alcancé a decir:
— Eso es muy interesante, María.
Tras unos minutos en silencio, le conté todo lo que Ramón me había
dicho sobre la visión del águila. María me dijo que la primera vez que vino a
Huautla conoció a un hombre que le dijo algo parecido.
— Pero no se llamaba Ramón — añadió María— . Me dijo que se llamaba
Aureliano.
— Quién sabe, puede que fuese el mismo hombre — dije— . Los na­
guales cambian de nombre con la misma facilidad con la que se cambian de
calzoncillos.
María comenzó a reír. Después de su tristeza, pareció hacerle bien una
risa tan liberadora. Luego dijo, ya más seria:
— Si no era el mismo, pudo haberlo sido.
Aun le conté más cosas de mi encuentro con Ramón y todo parecía
coincidir. A l final, cuando empezamos a sentir temor, pregunté a María:
— ¿Qué piensas del miedo con el que doña Lupe hablaba de los na­
guales?
— Ya te dije que para mí es sólo una cuestión de palabras. Por lo que me
has contado, ella llama curanderos a los buenos naguales y naguales a los
brujos negros que utilizan su poder para dañar a otras personas o ganar poder
personal. A éstos lo mejor es evitarlos, no hay que desafiar a la oscuridad. En
su mundo las cosas están bien gruesas.

En la casa de María Sabina estaba Beatriz sentada en la puerta esperándo­


nos. Cerca había un coche. Era una especie de taxi, que a cambio de unos
pesos nos bajó al centro de Huautla.
Beatriz llamó desde una centralita a su novio en Guanajuato. Le dijo que
llegaría al día siguiente. Mientras íbamos a cenar al comedor Laurita, los tres
hablamos de novios y novias. Beatriz me dijo que su novio era muy celoso, que
estaba amargada con él.
— Si supiera que vamos a compartir la estancia con ustedes, me mataría
cuando me viera. Y ya sabes, María, ni una palabra cuando volvamos.
María asintió y no dijo nada.
114 E l d esper t a r del H o n g o

M ien tras cenábam os reflexionaba sobre todo lo que estaba vivien d o en


lo que llevaba de viaje. Tan pronto me enfrentaba a un mundo totalmente
extrañ o y desconcertante para mí, como me encontraba en un mundo de­
m asiado conocido, que hacía tiempo que ya había dejado atrás en España.
A d vertía cómo esos cambios bruscos contribuían a darme flexibilidad, obli­
gándom e a adaptarme lo más rápido posible a una visión distinta de la
realidad.
Durante la cena, la madre de Laurita nos preguntó por Santi, que ya se
había hecho famoso allí. Le dijimos que estaba en casa de un niño que había
conocido.
Comimos con ganas, después de todo un día de ayuno, y al terminar de
cenar, fuimos a la casa de “ El Mudo” . Le dijimos a Laurita que si llegaba Santi
le dijera que le esperábamos allí.
A l llegar estuvimos hablando y fumando mota los tres hasta que Santi
llegó. Entonces se unió a nosotros y pronto desaparecieron las palabras.

A l día siguiente nos despertamos tarde. A María Peyote y Beatriz no les que­
daba mucho tiempo para el autobús a México, desde donde tomarían otro a
Guanajuato.
Decidimos ir a desayunar al comedor Laurita, por última vez juntos. Aun­
que sólo habíamos estado unos días juntos, era muy triste sentir tan cercana la
despedida. Mientras tomábamos café y unos tamales, Beatriz me anotó su di­
rección y su teléfono de Guanajuato.
La noche anterior, mientras esperábamos a Santi, me habían contado
sus experiencias con el peyote en el desierto de Wiricuta y yo les había dicho
que iría allí. Me habían invitado a visitarlas antes o después, incluso me dije­
ron que si iba antes, podríamos ir juntos.
María me confirmó que estaría unas semanas con Beatriz en Guanajua­
to. Me dio su dirección y teléfono en Nuevo México, por si cuando yo llegara
ya se hubiera marchado. Me dijo que esperaría noticias de Huautla sobre “el
hongo superior” y que si no llegaban, volvería a Estados Unidos y seguiría
esperando allí.
Las acompañamos a la plaza donde salía el autobús. Beatriz me advirtió
que no comentase nada en Guanajuato de lo que habíamos vivido juntos,
sobre todo delante de su novio. María le dio una nota a Santi y al acercarse a
despedirse de mí me dijo, lentamente:
— Juanjo, no te pierdas, y ven a verme. Yo también soy una serpiente
emplumada.
La t ie r r a de l a s á g u il a s 115

Y sin darme opción a decir nada, subió al autobús, donde la esperaba ya


Beatriz.

14

Eran las cuatro de la mañana y aguardaba el autobús a Oaxaca. Había escogido


tomar este autobús para llegar temprano a la ciudad y aprovechar la mañana
resolviendo asuntos prácticos.
Habíamos pensado ir a Ayautla en busca de la ska pastora, la planta
adivina de los mazatecos, la Salvia divinorum. Sabía que Wasson la había en­
contrado allí hace años, durante sus viajes por la sierra mazateca.
Sin embargo, doña Josefa me había proporcionado 20 hojas y no con­
sideré necesario desplazarme a Ayautla, y finalmente habíamos decidido re­
gresar a Oaxaca. Yo quería visitar las ruinas de Monte Albán, cercanas a esa
ciudad, y después continuar desde allí el viaje a Chiapas.
Había acordado con Santi reunimos en el hostal de la juventud en Oaxa-
ca, porque él había preferido no madrugar y viajar horas más tarde.
Minutos después, acomodado ya en mi asiento, rememoré lo que había
sucedido ese día: la despedida de María y Beatriz, mi intento de volver a ver a
Ramón, mi visita a doña Josefa.

Las últimas palabras de María Peyote me habían llegado hondo. Sentí no ha­
ber hablado con ella más de la visión del águila y de todo lo que me había dicho
Ramón, pero no me preocupó. Sabía que volvería a verla en Guanajuato. Es­
taba totalmente seguro de que cuando llegara, fuera cuando fuese, María Peyote
estaría todavía allí. Y si hubiera regresado a Huautla, sabría que tenía que
volver a ver al hongo desconocido.
Mientras iba de nuevo al pueblito de Ramón para hablar otra vez con él,
comencé a tener comprensiones sobre las diferentes clases de visión.
Me di cuenta de cómo es la visión de la serpiente: a ras de tierra. La
visión del águila es desde arriba, aunque cuando está en la tierra, sea capaz de
ver desde este nivel. María Peyote y yo estábamos en un momento de transi­
ción. Ser una serpiente emplumada significaba que las alas que nos permiti-
rían ser águilas estaban creciendo, aunque para la mayoría de nosotros esas
alas sólo fuesen unas plumas jóvenes, no muy fuertes, inmaduras.
Aunque esta vez no encontré a Ramón, tenía la sensación de que había
sido él quien me había hecho comprender eso. N o insistí en buscarle, porque
116 E l d espertar del H o n g o

sabía que si no estaba en su cabaña cuando yo llegué era porque no debíamos


vernos más. A l menos por el momento. Sentí que él me había dado un empu-
jón, pero que ahora debía continuar solo, sin su ayuda.
Me volví a Huautla, con la intención de visitar a doña Josefa. No quería irme
sin haberla conocido más. Tuve la suerte de que tanto a la ida como a la vuelta, hubo
alguien que me recogió, y tenía todavía toda la tarde para estar con ella.
A l llegar a su puerta llamé y me abrió su hija. Pregunté por doña Josefa y
me dijo que entrase. Doña Josefa estaba allí mismo, sentada en la sala cosien­
do. Me pareció más joven que la otra noche; aparentaba unos 60 años.
Me dijo que me sentase junto a ella. Yo tenía temor de que me recono­
ciese, aunque confiaba en que la otra noche no me hubiera visto bien debido
a la oscuridad. N o hubo caso porque su primeras palabras fueron:
— ¿Ya se marcharon tus amores?
Su mirada era muy bondadosa, y sus palabras me parecieron más de com­
plicidad que de crítica.
— Se marcharon a Guanajuato esta mañana — respondí.
Doña Josefa sonrió tranquila, quizás porque no sabía nada de ellas desde
que dejaron su casa, y estar segura de que estaban bien sirvió para aliviarla,
quizás porque ya se fueron.
— Son unas muchachas muy buenas — dijo.
— S í que lo son.
— ¿Pasaron tu amigo y tú un buen tiempo con ellas? — me preguntó, en
apariencia, inocentemente.
— Sí. Muy bueno. Estuvimos sólo unos días juntos, pero compartimos
muchas cosas. Momentos muy diferentes.
— Me alegro mucho — y sonrió sinceramente.
Me di cuenta de que doña Josefa no hacía un juicio malsano sobre nin­
guno de nosotros. Doña Josefa me recordó a esas abuelas que parecen criticar a
ios jóvenes, aunque en el fondo disfrutan con el placer de ellos.
— Bueno, ¿qué te trae por aquí? — preguntó finalmente doña Josefa.
— Me gustaría hablar con usted sobre los honguitos y otras plantas — res­
pondí.
— ¿Has tomado ya los honguitos?
— Sí.
— ¿Te prendieron? — preguntó con una sonrisa suave en su rostro.
— Sí, sobre todo la mielecita — intenté sondearla indirectamente sobre
esa mezcla, pero doña Josefa permaneció imperturbable y continuó preguntán­
dome sobre los hongos.
L a t ie r r a de l a s á g u il a s 117

— ¿Te hablaron?
—Sí.
— Entonces no necesitas que te diga nada sobre ellos — concluyó doña
Josefa— . Si puedes hablar con el hongo, es mejor que le preguntes a él lo que
quieras saber. En las ceremonias yo sólo ayudo con mis rezos a que el hongo te
hable si no eres capaz de escucharlo tú solo.
— ¿Entonces no es necesario tomarlo con una mujer como usted?
— Muchos no saben tomarlo, pero si conoces al hongo es mejor tomarlo
solo que con las charlatanas. No te ayudarán y te sacarán mucha plata. Si no,
aquí estoy yo. Yo sé dar el hongo. No todos los que te digan que saben, saben
realmente.
Doña Josefa me sonreía, parecía entenderme.
— Si quieres hongos para tomarlos solo yo puedo dártelos.
— Preferiría conocer otras plantas.
— ¿Cuáles?
— ¿Usted conoce alguna planta que se use junto con los honguitos en
miel? — pregunté, volviendo a intentarlo.
Doña Josefa se quedó callada. Me miró durante un minuto que se hizo
interminable, y finalmente respondió:
— Sigue viajando.
No quise continuar en esa dirección y rápidamente le pregunté si usaban
en Huautla tabaco sagrado. Me dijo que sí.
— Es importante para los rituales — añadió— . A cá crecen varias clases
de tabaco. Me traen las que necesito. Yo tengo todas las plantas; las recojo yo
misma o me las traen. ¿Quieres saber más de alguna otra planta?
— Me gustaría probar las semillas de la virgen.
— Espera un momento.
Doña Josefa se levantó y se fue hacia el interior de la casa. Yo me quedé
con su hija Jazmín, que asistía en silencio a nuestra conversación.
Era muy joven y su belleza era excepcional. Me di cuenta de cuánto respeto
sentía por su madre. Me confesó que no se atrevía a continuar su trabajo, que no
era una mujer tan fuerte, que se necesitaba mucha energía para dar el hongo.
Pronto doña Josefa apareció con algo entre sus manos. Eran dos clases
de semillas. Unas eran marrones y otras negras. Me dijo que necesitaría de 100
a 250 de las de color café, mucho más pequeñas que las negras, de las que sólo
eran necesarias 25 para un viaje.
— Las marroncitas son hembras y son para las mujeres; las negritas son
machos y son para los hombres.
118 E l despertar del Ho ngo

— ¿Son mejores que los hongos? — pregunté.


— Los honguitos son más poderosos, pero las semillas de la virgen se con­
servan mejor. Así, podemos tenerlas todo el año, no sólo cuando hay lluvias.
Me aseguró que me prenderían a los 20 minutos después de mascarlas y
que me ayudarían a saber.
— Veo que buscas conocer y no curarte. A quí vienen muchos gringos
sólo a viajar, pero no quieren saber.
— ¿Para qué sirve la hierba de la Pastora?
— Para adivinar el futuro.
— ¿Usted sabe cómo usarla?
— Yo lo sé todo sobre la Pastora — respondió con firmeza y autoridad.
— ¿Dónde podría encontrarla? Estoy pensando ir a Ayautla a buscar la
Pastora. ¿La encontraré allí?
— Ayautla está en lo caliente y claro que tienen allí a la hierba de la
Pastora, pero no necesitas ir allí por ella. Yo puedo dártela. Ven conmigo —y
se levantó de nuevo.
Fuimos a una habitación donde descubrí que guardaba todas las plantas.
Las tenía cuidadosamente almacenadas.
— ¿Cuántas hojas he de tomar? — pregunté.
— Trece para un viaje. Mastícalas bien así enrolladlas — cogió una y la
lió como si fuera una hoja de tabaco— . Si no te prenden a los 15 minutos,
toma el resto. Aquí tienes 20.
Estuvimos hablando sobre sus conocimientos. Me pidió que no habla­
se de algunos de ellos. Jazmín me dijo que muchos periodistas y escritores
venían a entrevistarla y a hacer reportajes, y que su madre nunca aceptaba.
Doña Josefa me miró sonriendo, me pareció que nuevamente con com­
plicidad. Yo no quise desvelarme. Le pregunté si enseñaría sus conocimientos
a Jazmín o alguna de sus hijas.
— Ellas son jóvenes y no quieren dedicarse a ese trabajo. Quieren disfrutar
la juventud a su manera y lo entiendo. Las mayores ya van aprendiendo. Poco a
poco. Ésta — y señaló a Jazmín— es todavía muy jovencita.
Jazmín callaba, aunque sus ojos inmensos parecían darle la razón a su
madre.
— ¿Pero y si le sucede algo a usted? Se perderán estos conocimientos
— dije.
— Yo me iré sólo cuando pueda irme — respondió doña Josefa— . Ellas
tendrán la energía con tiempo. Se necesita mucha fuerza de aquí — y dirigió su
dedo a su frente— y de aquí — y señaló su corazón.
Oaxaca. El sonido de la mota

15

A l llegar a Oaxaca caminé desde la estación de autobuses hasta el hostal de la


juventud, donde había acordado encontrarme con Santi esa noche. Dejé mi
equipaje, me di una ducha, la primera en tantos días, y salí a resolver varios
asuntos.
Más tranquilo, estuve informándome sobre cómo dirigirme a Chiapas des-
de Oaxaca. Era más sencillo de lo que parecía, aunque muchas personas inten '
taron meterme el miedo en el cuerpo. Me hablaron de asaltos de zapatistas,
militares, paramilitares y bandidos. También me recomendaron que no viajase
de noche por la zona.
Me dirigí a la central de correos, junto al Zócalo, en busca de alguna
carta. Antes de partir a México había dicho que me escribiesen a la lista de
correos de esa ciudad, porque estaba seguro que antes o después la visitaría. N o
sabía si habría dado tiempo a que llegase alguna carta.
Tuve que mirar en una larga lista, donde estaban anotados los nombres
de los remitentes. V i rápidamente la palabra Luna.
La lectura de su carta me produjo un asombro enorme, porque era im po'
sible que Luna hubiese leído la mía y coincidía gran parte de su contenido con
lo que le escribí, a pesar de estar en países tan distintos, viviendo experiencias
tan diferentes.
120 E l d esper ta r del Ho n g o

S a lí al Zócalo y me senté en uno de sus bancos, junto al quiosco de


música, a leerla despacio.

Q u e r i d o J u a n jo :

N o s é si e s ta c a r ta llegará a tu s m a n o s . É s ta es la ú n ic a d ir e c c ió n q u e te n g o tu y a , y es
q u e te n g o m u c h a s co sa s q u e c o n ta r te , e sp e ro q u e p a se s p o r O a x a c a a tie m p o p a ra
re c o g e rla y q u e m e re sp o n d a s p r o n to .
N o sé m u y b ie n q u é p e n s a r d e lo q u e h a su c e d id o y m e g u s ta r ía s a b e r q u é
p ie n s a s .

C u a n d o lleg u é a L o n d r e s , f u i a e sta r u n o s d ía s c o n C a r m e n . E s tu v e v iv ie n d o e n su
c a sa h a sta q u e c o n o c í a u n a m ig o s u y o , D a v e , q u e se ib a a v is ita r u n o s c írc u lo s e x tr a ­
ñ o s q u e h a b ía n a p a recid o e n los c a m p o s d e trig o , e n W ilts h ir e , y c e rc a d e S to n e h e n g e .
S a b e s q u e u n a d e m is in te n c io n e s a l v e n ir a In g la te rra e ra v is ita r ese lugar.
D a v e q u e r ía q u e C a r m e n le a c o m p a ñ a s e , p e ro ella n o p o d ía ir co n é l, p o r q u e n o
p o d ía d e ja r s u tra b a jo . D e sp u é s d e h a b la r c o n m ig o y v e r m i in terés p o r lo q u e m e c o n ta ­
b a , m e p r o p u s o q u e f u e r a y o q u ie n fu e s e con él. C a r m e n m e a n im ó a ir c o n D a v e . M e
dijo q u e e r a u n a g r a n p e r s o n a y q u e te n d r ía u n b u e n tie m p o c o n él.
E n W ilts h ir e h a b ía n a p a re c id o u n a s fig u r a s , q u e v is ta s d e sd e el cielo e r a n s im i­
lares a c a d e n a s d e ADN. E s ta s fo r m a c io n e s h a b ía n a p a re c id o a in ic io s d e l v e r a n o de
1 9 9 6 , j u n t o c o n o tra lla m a d a “E l C a r a c o l" . D a v e e s tá in te r e s a d o e n in v e s tig a r las
re la c io n e s e n tr e e n te ó g e n o s y e l cód ig o g e n é tic o , y d esd e q u e se e n te r ó d e la e x iste n c ia
d e e sta s fig u r a s h a b ía e sta d o in te re sa d o e n e s tu d ia r la s . E x is tía la s o s p e c h a d e fr a u d e y
D a v e q u e r ía v e rla s y ju z g a r p o r s í m is m o .

C u a n d o lleg a m o s a W ilts h ir e c o n o c im o s a u n o s in v e stig a d o re s d e E s ta d o s U n id o s que


h a b ía n v e n id o ta m b ié n a e s tu d ia r los círc u lo s d e trig o , c o n v e n c id o s d e l o r ig e n e x tr a te ­
r r e s tr e d e b s "a u to r e s " d e e sta s fig u r a s .
L le v a b a n v a rio s días y a , y h a b ía n o b te n id o u n a s e x tr a ñ a s g r a b a c io n e s d e soni­
d o s q u e e l b s e s ta b a n c o n v e n c id o s d e p o d e r llegar a d e sc ifra r, si lle g a b a n a d a r c o n b
c b v e d e e se e x tr a ñ o le n g u a je .
E s o s s o n id o s h a b ía n sid o recib id o s u n a v e z h a b ía n e n v ia d o u n m e n s a je te le p á ti­
c o d e s a lu d o a b s d e sc o n o c id o s " a u to r e s " d e b s c ír c u b s d e trig o .
T a m b ié n h a b ía n e x p e r im e n ta d o u n a m a y o r c a p a c id a d d e c o m u n ic a c ió n m á s
a llá d e b n o r m a l, e n tr a n d o e n d im e n s io n e s n o fís ic a s d e b r e a lid a d . D e c ía n q u e e n ese
n iv e l h a b ía n Ib g a d o a s e n tir c ó m o s u g r u p o d e in v e s tig a c ió n e r a u n s o b s e r in te n ta n d o
c o m u n ic a r .
T a m b ié n n o s c o n ta r o n q u e e s a e n e rg ía h a b ía te n id o u n a m a n ife s ta c ió n fís ic a al
d o b b r b I b v e d e b h a b ita c ió n d e l h o te l d o n d e se a b ja b a n .
O a x a c a . E l sonido de la mota 121

D a v e y y o o b tu v im o s e l p e r m is o d e l g ra n je ro e n c u y a s tierras e s ta b a n las fig u r a s y


fu im o s d u r a n te el d ía a visitarlas. N a d a m á s al e n tra r d e n tr o d e ellas s e n tim o s u n a e n e r ­
g ía m á s fu e r te q u e fu e r a , n u e v a ta n to p a ra D a v e c o m o p a ra m í. L o s d o s h a b ía m o s ten id o
y a e x p e r ie n c ia s , d u r a n te e x p e r ie n c ia s e n te o g é n ic a s , d e c o m u n ic a c ió n c o n seres d e otras
re a lid a d e s, y r e c o n o c im o s e l d e s e o d e a lg u n a e n tid a d d e c o m u n ic a r s e c o n n o s o tr o s .

E s a m a ñ a n a n o conseguim os m á s . S entíam os q u e n o s fa lta b a fu e r z a e n te o g é n ic a p a ra


el in te n to . A s í q u e n o s p r o p u s im o s v o lv e r p o r la n o c h e p a r a to m a r u n o s h o n g o s
p silo cíb ico s q u e C a r m e n n o s h a b ía d a d o e n L o n d r e s , tra íd o s d e E sc o c ia p o r u n a m ig o
s u y o q u e n o s é si c o n o c e s , R ic h a r d .
E r a n u n o s P a n e o lu s , y e s a n o c h e los c o m im o s a n te s d e d ir ig im o s a l lugar.
A l llegar h a b ía a llí u n o s h o m b r e s , q u e a l v e m o s se fu e r o n . M á s ta rd e s u p im o s
q u e d e b ía n s e r c a m p e s in o s q u e h a c ía n m á s círc u lo s p a ra a tr a e r turistas a la zona.
C o n s e g u ía n a tr a e r lo s , p e r o ta m b ié n e s tr o p e a r los o rig in a les. F u e r a n q u ie n e s fu e r a n
d e sa p a re c ie ro n y n o v o lv ie r o n d e n u e v o .
P o r el c a m in o y a h a b ía m o s c o m e n z a d o a s e n tir los e fe c to s d e los h o n g o s , y al
e n tr a r e n la fo r m a c ió n d e la c a d e n a d e A DN, los h o n g o s p a re c ie ro n m o s tr a r to ta lm e n te
su s e fe c to s , p o r q u e f u e c a si in s ta n tá n e a la s e n s a c ió n ele c o m u n ic a c ió n c o n o tr o s se re s,
o m e jo r d ic h o , c o n o tr o s e r q u e p a re c ía fo r m a d o p o r v a rio s seres.
E s te s e r nos d ijo m u c h a s c o sa s q u e a p e n a s m e a tr e v o a c o n ta r te p o r e s c r ito . L a
fu n d a m e n ta l e r a s u d e se o d e l c o n ta c to . L o d ifíc il d e e x p lic a r es q u é es e x a c ta m e n te el
c o n ta c to p a r a e llo s. T e n e n c u e n ta algo: si n u e s tr a s im p re sio n e s e r a n c o rre c ta s e n ese
m o m e n to , e l c o n ta c to y a se h a b ía p ro d u c id o .
N i D a v e n i y o h e m o s llegado a sa b e r si d e se a n u n contacto m á s g e n e ra liza d o c o n
e l s e r h u m a n o , o m á s p r o fu n d o , o m á s “fís ic o ” , c o n a lg u n o s d e n o s o tr o s .
E n c u a lq u ie r c a s o , e s te s e r re c a lc ó la im p o r ta n c ia d e in v e s tig a r el ADN y la
n e c e sid a d d e los h u m a n o s d e d e sa rro lla r ca p a cid a d es sen so ria les m a y o r e s p a r a c o n ta c ­
ta r c o n e sto s s e r e s , q u e s e g ú n n o s d ijero n ca recen d e c u e rp o físic o p u e s v iv e n e n o tr a
d im e n s ió n . E s te s e r a u n n o s d io m á s in fo r m a c ió n q u e y a te d ig o , es d e m a s ia d o so r­
p r e n d e n te , in c lu s o p a r a p o n e r la p o r e sc rito . N o q u isie ra d a rle c u e r p o a l h a c e rlo . T e
p r o m e to c o n ta r te to d o , si c o m o e sp e ro y e s to y seg u ra d e e llo , c u a n d o n o s v e a m o s si
e stá s d is p u e s to a e s c u c h a r m e .
A u n q u e h a y a m o s h a b la d o ta n ta s veces d e co sa s fu e r a d e lo c o m iín , e s ta v e z
so sp e c h o q u e p e n s a r á s q u e m e h e v u e lto lo ca . T e n g o q u e a c la ra rte q u e a u n q u e esta s
c o m u n ic a c io n e s n o e r a n c o n p a la b r a s , y q u e a u n q u e D a v e y y o n o h a b la m o s d e sd e q u e
e n tr a m o s e n las fo r m a c io n e s h a s ta q u e s a lim o s , los m e n s a je s q u e él c r e y ó recib ir c o in ­
c id ía n to ta lm e n te c o n los q u e y o c r e í recibir.
D a v e m e c o n fe s ó a lg o q u e h a b ía " e s c u c h a d o " y m e h iz o r e c o r d a r q u e y o
t a m b i é n h a b ía “o íd o " lo m i s m o . Y a te d ije q u e D a v e e s tu d ia b a e l ADN, p u e s b ie n ,
según le d ije r o n e n n u e s tr o ADN e x is te la m e m o r ia g e n é tic a d e q u ié n s o m o s , d e
d ó n d e v e n i m o s , a q u é h e m o s v e n id o a h o r a a q u í, a s í c o m o e l p r o y e c to d e e v o lu c ió n
122 E l despertar del Hongo

f u t u r a . L u g a r e s c o m o e s to s c ír c u lo s d e trig o s e r ía n " d e s p e r ta d o r e s " d e e s t a m e m o -


r ia g e n é tic a .
M e g u sta ría sa b e r si las p irá m id es d e M é x ic o , q u e e s to y s e g u r a h a b r á s visitado
o irás a visitar, h a n a c tu a d o sobre ti d e e sta m a n e r a .
A q u í D a v e y y o h e m o s sabido co sa s so b re n u e s tr o s o r íg e n e s , p e r o eso ,p re fie ro
d e c írte lo c u a n d o n o s v e a m o s ; n o s o n co sa s p a ra p o n e rla s p o r e s c r ito . Y a te d ig o q u e no
q u ie r o darles c u e rp o a l m a teria liza rla s e n p a la b ra s.
A l m ism o tiem po m a n te n g o m i escepticism o. M e p la n te o la p o sib ilid a d d e q u e todos
e ste m o s ten ien d o u n a a lu cin a ció n c o le c tiv a , p o r q u e c a d a v e z s o m o s m ás q u ie n e s ten e­
m o s esta clase de experiencias, a u n q u e n o n o s a tre v a m o s a co n tá rselo a n a d ie .
N o q u ie ro v o lv e r m e lo c a , y n o s é q u é p e n s a r . N o s é q u é p e n s a r .

U s o o tro color, p o r q u e h a n p a s a d o u n o s d ía s d esd e q u e te e s c r ib í lo d e a r r ib a . T e p o n g o


a l d ía .
D a v e y y o h a b la m o s fin a lm e n te c o n los in v e stig a d o re s e s ta d o u n id e n s e s . A l p r in ­
cip io c u a n d o v o lv im o s a v e rlo s n o les d ijim o s n a d a . S a b ía m o s q u e ello s a n d a b a n b u s ­
c a n d o p ru e b a s físic a s d e l c o n ta c to , y nosotros n o te n ía m o s n in g u n a , y lo q u e e s te ser o
seres n o s h a b ía n d ic h o n o s p a re c ía d e m a sia d o fa n tá s tic o c o m o p a r a c o m p a r tir lo con
ellos. A d e m á s p e n s á b a m o s q u e n o c o n sid e ra ría n m u y " o r to d o x o " n u e s tr o m e d io p a ra
o b te n e r in fo r m a c ió n : ios e n te ó g e n o s.
C u a n d o n o s d ije ro n q u e h a b ía n o b te n id o p r u e b a s , a ñ a d id o a n u e s tr a n ecesid a d
d e hablar c o n alguien, les hablam os d e la m e m o r ia g en ética , y ellos n o s d ijero n q u e habían
recibido ta m b ié n e sa in fo r m a c ió n , a u n q u e n o s a b ía n s u o rig e n . D e c ía n q u e h a b ía sido
a lgo te lep á tico , p ro v o c a d o p o r la a u d ic ió n d e la s e ñ a l q u e h a b ía n g ra b a d o .

T o d a v ía n o m e h e a tre v id o a e n v ia r te e s ta c a r ta , y h a v e n id o b ie n , p o r q u e e l v ie rn e s
f u i m o s a b u s c a r a C a r m e n a u n p u e b lo d e p o r a q u í d o n d e , n o s e s p e r a b a p a r a p a s a r el
f i n d e s e m a n a ju n t o s e n S to n e h e n g e .
N u e s tr a e x p e rie n c ia c o m ú n e n ese lu g a r d e p o d e r m e h a d e c id id o a e n v ia r te esta
c a r ta . S é q u e a l m e n o s c o n sid e ra ra s lo q u e h e m o s e x p e r im e n ta d o , s in j u z g a m o s . C a r ­
m e n m e h a d ic h o q u e p r o n to te escrib irá ta m b ié n ella . D ic e q u e tie n e m u c h a s c o sa s q u e
e x p lic a r te .

[...]

T o d a s e s ta s fo r m a c io n e s d e las q u e te h e h a b la d o a n te s e s tá n so b re u n a lín e a L e y
lla m a d a S a in t M ic h a e l, y e sto s investig a d o res e sta d o u n id e n se s p ie n s a n q u e e n e sto s lu g a ­
res es p o sib le a c c e d e r a in fo r m a c ió n so b re q u ié n e s r e a liz a r o n e s to s c ír c u lo s , incluso
e n tr a n d o e n c o n ta c to c o n ello s, se a n "a lie n s” u o tr a clase d e seres. E n e l c a s o d e la
O a x a c a . E l so nido de l a m ota 123

fo r m a c ió n d e ADN, p ie n s a n q u e p u e d e r e v e la m o s in fo r m a c ió n c a p ita l so b re n u e s tr o
có d ig o g e n é tic o .
E s ta s lín e a s L e y c o in c id e n c o n los m e r id ia n o s d e l c u e r p o h u m a n o , y a l ig u a l q u e
é sto s s ir v e n p a r a s a n a r el c u e r p o . C o n o c e r las lín ea s L e y p o d r ía s e r v ir p a r a s a n a r la
T ie r r a . P ie n s a n q u e la fo r m a c ió n d e ADN es la f u n d a m e n t a l , a u n q u e to d a v ía e s te m o s
e n p a ñ a le s a la h o r a d e a v e r ig u a r c ó m o a c c e d e r a ese c o n o c im ie n to , o d e s c ifr a r los
m e n s a je s d e ja d o s a h í p o r " a q u e llo s " q u e h a n h e c h o su rg ir e sto s c í r c u b s , y m e r e fie r o a
b s q u e n o h a n sid o re a liza d o s p o r c a m p e s in o s q u e b u s c a n g a n a r d in e r o c o n fo r m a c io ­
n e s q u e e l b s m is m o s h a c e n e n s u s te r r e n o s .
M i d eseo d e ir a G la s to m b u r y s e h a v is to fo r ta le c id o a l e n te r a r m e d e q u e b o tr a
g ra n lín e a L e y d e ln g b t e r r a p a s a p o r b a b a d ía d e e s a c iu d a d .

T a m b ié n te h e h a b la d o d e b s L e y , p o r q u e c o m o te d e c ía a n te s , D a v e , C a r m e n y y o
fu im o s a S to n e h e n g e , y S to n e h e n g e es e l c e n tr o d e sd e e l q u e s e e x p a n d e n b s m a y o r e s
lín eas L e y , a b a n z a n d o a b s p rin c ip a le s lu g a res d e p o d e r d e l m u n d o .
N o sé si te n d r á a lg u n a re la c ió n c o n ese h e c h o , p e r o a llí D a v e y y o volvim os a
c o n e c ta r c o n b s m is m o s s u p u e s to s seres q u e n o s c o n fir m a r o n to d o b q u e n o s h a b b n
d ic h o e n W ilts h ir e .
L o m á s c u rio so es q u e C a r m e n , a q u ie n n o h a b ía m o s d ic h o n a d a s o b r e n u e s tr a
e x p e rie n c ia e n W ilts h ir e , p a r a n o i n f l u i r b , d e s p u é s d e q u e n o s f u m á r a m o s u n c h ilu m
e n S to n e h e n g e , n o s d ijo q u e h a b ía te n id o la s e n s a c ió n d e q u e a lg u ie n in t e n t a b a p o ­
n e r s e e n c o m u n ic a c ió n c o n e l b , p e r o q u e le h a b ía d a d o m ie d o . N o s p r e g u n tó : " ¿ V o s o ­
tros h a b éis se n tid o algo?"
C u a n d o le c o n ta m o s n u e s tr a s s e n s a c io n e s e n b fo r m a c ió n d e l ADN, y bs nue­
v a s e n el c ír c u b d e S to n e h e n g e , n o s dijo: “L a ú ltim a n o c h e q u e d o r m í e n L o h d r e s , a n te s
d e v e n ir a q u í, a p a re c ie ro n u n o s seres e n u n s u e ñ o q u e m e d ije r o n q u e q u e r ía n p r e p a ­
r a m o s p a ra e n c o n tr a r s e c o n n o s o tr o s . S u e n e rg ía e r a m u y c á lid a y a m o r o s a , algo
c o m o b q u e he s e n tid o a h o r a " .

T o d a v ía n o sé q u é p e n sa r. P ro n to v o y a ir a G la s to m b u r y , c o m o te d ije , a tra b a ja r c o n
u n a s cham arías d e b s q u e m e h a hablado C a r m e n . E sp ero q u e a lg u n a s técn ica s c h a m á n ic a s
q u e a l p a recer e sta s m u je re s c o n o c e n b ie n , m e p e r m ita n a v e r ig u a r m á s .
M e g u s t a r b sa b e r q u é v is ió n tie n e s e n b a c tu a lid a d d e l c h a m a n i s m o , a h o r a q u e
e stá s e n u n o d e los lu g a res d o n d e a ú n p e r m a n e c e v iv o .
E s c r íb e m e a b P o ste R e s ta n te d e G la s to m b u r y , te n g o m u c h a s g a n a s d e s a b e r
c ó m o v a tu v b j e .
E s p e r o q u e c u a n d o v o lv a m o s a v em o s, lo q u e e s to y s e g u r a q u e s u c e d e r á , p u e ­
d a s v e r m e c o n b s m is m o s o jo s .
U n b eso y u n a b r a z o m u y fu e r te s .

Luna
124 E l despertar D a H ongo

La historia no quedaba ahí, porque había una posdata aún más intrigante, que
me pedía no compartiese con nadie. También incluía un número de teléfono
de Inglaterra donde podía llamarla.
Leí de nuevo su carta y se confirmó mi primera impresión de que a pesar
de la distancia y de las diferencias de nuestra experiencias sentía que hablába­
mos de algo semejante. Había bastantes más cosas en común de las que pare­
cían a simple vista.
Tenía la sensación de que estábamos cerca de descubrir algo de capital
importancia. Había algo de mi experiencia que no le había confesado a Luna
en la carta que le escribí y que sentí que debía escribirle en cuanto tuviera un
momento de tranquilidad.
También me sentí intensamente cerca de ella. Me conmovieron sus
dudas y sentí su dolor, ese dolor nuevo que tantas veces sentimos quienes
experimentamos, cada vez con más frecuencia, algo inusual. N o es dolor de
la propia experiencia, sino el temor de causar el rechazo de las personas que
queremos, y la extraña sensación de saber que tarde o temprano eso signifi­
cará la separación.
%

N o era éste el caso entre Luna y yo, y sentí una urgente necesidad de
comunicarle que no estaría nunca sola; pero sentí también la tristeza de saber
que no era posible en ese momento un contacto rápido con ella.
N o obstante, tomé unas notas para cuando la escribiera más tarde, inten­
tando no centrarme en los sentimientos que su carta me había provocado:

Me doy cuenta de que todavía somos como niños recién nacidos a la hora de explo­
rar otros estados de conciencia. Contactamos con energías nuevas para nosotros, y
cada cual las nombra según su sistema de creencias y Lis diferentes sensaciones que
provocan. En el mundo del nagualismo en el que estoy introduciéndome cada vez
más profundamente, Lis llaman animales de poder, naguales, espíritus de la natura'
leza o larvas. Otras tradiciones las nombran ángeles, santos, vírgenes, devas, duer\'
des, hadas, budas, bodhisattvas, daikinis, etcétera.
En tu carta las llamas en una ocasión “aliens", pero puede que se trate de las
mismas formas de energía. Esta clase de sensación aparece al entrar en dimensiO'
nes elevadas de la conciencia. A l ser tan desconocidas nos parecen alienas, ajenas
a nosotros, aunque quién sabe, quizás son sólo partes desconocidas de nosotros
mismos, expresiones o manifestaciones de otros planos de nuestro ser; o quizás
realmente son formas de energía y/o conciencias diferentes a la nuestra, que en'
contramos al entrar en esas dimensiones inexploradas, y por tanto, no conocidas
de la realidad.
O a x a c a . E l sonido de la mota 125

Tendríamos que tratar de conocer esas diferentes clases de energía o con­


ciencia, llegar a averiguar si son seres completamente diferentes de nosotros, que
se expresan en otros planos de la realidad, con bs que contactamos cuando entra­
mos en elbs; quizás tengamos que aprender a comunicar con esas energías, y el
futuro nos enseñará cómo hacerb. Es posibb que esto fuera lo que intentaban
comunicamos.

Sean otras conciencias o parte de b nuestra, podemos alcanzar un conocimiento del


que ahora carecemos, y eso es por ahora b más importante para mí.
En el futuro, además de su identidad, tendríamos que aprender a discrimi­
nar b "calidad" de b información que nos transmiten esas fuentes de energía,
ajenas o no.
No podemos descartar ninguna hipótesis, pero tampoco podemos dar por sen­
tada ninguna posibilidad.
Por si te sirve de consueb, y para que no te sientas tan rara, te diré que
grandes investigadores de b conciencia como Stanisbv Grof, Terence M cKenna,
Timothy Leary, John C . Lilly o Roben Antón Wilson, se pbntean hipótesis como
las tuyas, incluso habbn con toda naturalidad de esa clase de seres Ibmándobs
"aliens” . McKenna hasta piensa que el propio hongo procede de fuera de b Tierra y
es el que haría vislumbrar al ser humano que existe " b O tro", un ser no humano con
el que podemos encontramos.
Si te interesa, aprovecha tu estancia en Ingbterra para buscar bs libros de
estos autores, porque bs que se ocupan de esas cuestiones, por ahora no han sido
traducidos al castelbno.

Permanecí unos minutos con el intento de recibir comprensiones sobre lo que


acababa de escribir, hasta que al mismo tiempo que mi conciencia permanecía
en un nivel elevado, mi cuerpo me hizo saber que existía también.
Un hambre atroz se apoderó de mí y me di cuenta de que si no sa­
tisfacía sus necesidades, no podría continuar aprehendiendo todo lo que Luna
me había transmitido en su carta, y todo lo que había provocado en mí.
Sin demora, fui a comer en un pequeño restaurante de una calle adya­
cente y luego fui a descansar al hotel.

A media tarde salí á caminar por la ciudad. La luz de Oaxaca era increíble a esa
hora. Llegué sin tardanza al Zócalo. En el quiosco tocaba una banda de mú­
sica. El sonido de sus instrumentos me acompañó mientras continuaba cami­
nando por una de las calles peatonales que daban a la plaza.
126 E l despertar del Hongo

A l entrar unos 100 metros desapareció la música del Zócalo y escuché el


sonido de la percusión. Inmediatamente me dirigí al lugar de donde provenía
la música.
Un grupo de viajeros y viajeras con la apariencia de provenir de varios
países estaban tocando sus instrumentos allí, en medio de la plaza.
Había también esculturas de papel, con formas inverosímiles. Una lluvia
muy leve comenzó a caer, pero no impidió que continuasen tocando.
Los músicos principales eran uno moreno con pelo afro, y otro rubio,
con peinado rasta. Dos muchachas bailaban al ritmo de la música y algunos
muchachos y muchachas más tocaban también, pasaban una gorra recogiendo
dinero, o vendían cintas con su música.
Atardecía y el ritmo imparable y poderoso de la música me retuvo en ese
lugar hasta que terminaron de tocar, al arreciar la lluvia.
Mientras las esculturas comenzaban a tambalearse bajo el agua de la llu­
via, me acerqué a uno de ellos, el afro, que me dijo que era mexicano, más
tarde añadió que de la capital de la República. Le pedí que me vendiera una
cinta de música, pero me dijo que se le habían terminado, que en su hotel me
podría grabar una.
— ¿En qué hotel estáis parando? — le pregunté.
— En el hostal de la juventud.
— A h í estoy yo también alojado — dije.
Nos quedamos los dos un poco sorprendidos y nos alegró la coinci­
dencia.
— Qué padre — dijo, y sonrió.
—¿Cuándo iréis para allá? —pregunté.
— Como a las nueve — respondió— . Sube a la terraza, allí estaremos.
Me despedí de él y continué caminando, sin importarme la lluvia, al
igual que a ellos, que permanecieron en la plaza, charlando y fumando.

En las inmediaciones de la plaza había muchas galerías de arte. En una de ellas


me entretuve mucho tiempo admirando algunas muestras de arte huichol. Sabía
que este pueblo usaba el peyote, y formaba parte de mi propósito en este viaje
tratar de conocerlos.
En las tablas huicholes, de colores vivos y llamativos, destacaban siempre
motivos que reflejaban imágenes que parecían provocadas por la potencia visio­
naria del peyote. Un pequeño cartel aseguraba que estaban confeccionadas pe­
gando hilos de colores en cera de abeja. Los precios eran exorbitantes, aunque
sospeché que sólo una pequeña parte iría a parar a los artistas huicholes.
O a x a c a . E l sonido de la mota 127

La chica que atendíase acercó al verme tan interesado en el arte huichol.


— ¿Entiendes lo que ves? — me preguntó.
— U n poco — dije— . Son visiones del peyote, ¿no?
— Más o menos — respondió, asintiendo a la vez— . Mira, esta tabla re-
presenta la forma del botón del peyote, y aquí puedes contemplar lo que ven
cuando entran en otras realidades después de comerlo.
La chica comenzó a explicarme más detalles sobre las tablas que me iba
señalando.
— Representan esas realidades porque dicen que son mundos que no han
sido vistos antes. Luego al verlos aquí meditan con ellos. Dicen que mirando
esas dimensiones representadas en las tablas pueden entrar de nuevo al otro
mundo.
Observándolas desde esa perspectiva me recordaban los tankas con
mandalas tibetanos que hacía años vi en Sikkim o Dharamsala. Mientras, la
chica continuaba hablando..
— Ellos dicen que la nierika es el pasaje de entrada a los mundos de sus
visiones, y aquí la representan en el centro.
Efectivamente, la nierika parecía el centro de un mandala.
— ¿Cómo sabes tanto de estas cosas? — pregunté a la chica, que parecía
bastante occidentalizada.
— Conozco a las personas que hicieron estas tablas — respondió con or~
güilo.
— ¿Son hombres o mujeres?
— Ambos. Hay mujeres también. Mira ésta, la hizo una amiga mía.
Era la tabla más impresionante. Los colores eran muy expresivos, y real-
mente estas tablas parecían capaces de modificar la percepción si se ponía el
intento en ello.
— Éste es el venado, el animal sagrado para los huicholes — me dijo,
señalando otra tabla de color predominantemente azul.
Tras continuar hablando unos minutos, un matrimonio español vino a
preguntar algunos precios y la chica tuvo que atenderlos.
Mientras lo hacía, me señaló un papel que estaba sobre el mostrador. A l
ver que estaba en inglés, lo cogí y lo-guardé para leerlo más tarde.
La pareja española preguntaba los precios de todo lo que veían. Me can-
sé de esperar, me despedí de la muchacha y salí a la calle. Ya no llovía.

Fui al mercado de artesanía, no muy lejos del Zócalo. Estuve sólo unos minu^
tos viendo las obras de los artistas locales, porque estaban ya cerrando cuando
128 E l d espertar del Ho ngo

llegué. A llí cerca busqué un lugar para cenar antes de ir al hotel a encontrarme
con la tribu de músicos y músicas.
Mientras esperaba que me trajeran unos taquitos, me entretuve leyendo
el papel que había cogido en la tienda.
Explicaba que el pueblo huichol todavía sigue los viejos caminos del
chamanismo de sus ancestros, un puente de sabiduría que no se ha roto desde
sus orígenes en el Paleolítico, a nuestros días. Hablaba también del peregrina­
je anual en busca del peyote, durante el cual los huicholes llegan a un estado
visionario en el que encuentran el poder necesario para seguir el camino del
corazón hasta su culminación.

El arte visionario huichol, en forma de pinturas de hilo, ropas bordadas, bolsos, abalo-
ríos de calabaza, máscaras, alhajas y escultura, deriva de sus visiones chamánicas,
cuyos símbobs forman b parte de su trabajo y sus vidas.

El trabajo es todo hecho a mano por artistas que han sido enseñados por sus mayores,
quienes pasan a su vez esas técnicas artísticas a sus hijos e hijas, transmitiéndose así de
generación en generación. Originalmente todo el trabajo artístico era hecho como ofren-
das, regalos, oraciones hechas visibles. Aunque esta práctica continúa todavía, ahora
alguna parte de ese trabajo es vendido a personas o grupos que valoran el arte huichol.

Los huicholes están luchando para mantener sus raíces ancestrales, aunque están bajo
una presión tremenda de aculturación. Su conocimiento del reino transpersonal y de
cómo vivir en armonía con las fuerzas de b naturaleza son tesoros que nosotros no
podemos permitimos perder.

Finalmente en nombre de varias organizaciones solidarias con el pueblo huichol,


se pedía ayuda y apoyo para preservar la existencia y sustento de un pueblo
sabio como el huichol. El texto acababa así:

Nosotros necesitamos b que elbs todavb saben: cómo vivir en relación con toda b
creación. Ayúdanos, ayúdabs, ayúdanos.

Me pareció sorprendente que una de las dos direcciones de contacto con los
centros huicholes fuera de Seattle, en Estados Unidos.

Mientras comía una niña indígena vino a pedirme dinero. Me dijo que no
había comido en todo el día. Apenas alcanzaba a la mesa, sus ojos eran muy
oscuros y sinceros, miraba mi comida ávidamente.
O a x a c a . E l sonido de la mota 129

Le dije que se sentara, pedí otra cena para ella y por la forma en que
devoró la comida, parecía verdad que hacía bastante tiempo que no probaba
bocado. Estaba realmente hambrienta.
A pesar de la cena y de unos cuantos pesos que le di, me pregunté quién
la alimentaría el día siguiente. Me había dicho que tenía cuatro años y estaba
tan agradecida que me regaló antes de separarnos una pulsera de hilos de
colores.
— ¿Pero por qué me la das? — le pregunté— . Puedes vendérsela a alguien.
— Quiero hacerte un regalo na’más. ¿No te gusta? — me dijo, mientras la
tristeza comenzaba a aparecer en su cara.
— Claro que me gusta, y te lo agradezco mucho — la niña sonrió como si
le hubiera hecho yo un regalo aceptando el suyo— . ¿Quieres ponérmela?
Me ayudó a colocármela en la muñeca y se despidió de mí dándome un
beso en la mejilla.
La vi irse, pequeña de estatura pero digna, entre mexicanos que la mira'
ban con desprecio y turistas que la veían con falsa compasión.

Me encaminé hacia el hostal. La puerta estaba todavía abierta, entré y dejé


mis cosas en mi litera. Sin pararme a descansar, subí a la terraza y, en efecto,
allí estaba la tribu, fumando, alrededor de una mesa de madera.
Me invitaron a sentarme con ellos. El muchacho de peinado afro estaba
muy contento de verme de nuevo. Me dijo que se llamaba Eliú y me presentó
al resto de la tribu. Me ofreció un cigarro de mota. Su sabor me gustó mucho.
Pronto sentí que era muy fuerte. Comprobé que al contrario que en España,
fumaban sólo mota, sin tabaco. Cuando lo comenté, les pareció inconcebible
pensar en mezclarla.
Estuvimos charlando bastante tiempo. Me explicaron que iban viajando
y tocando música, y que después de Oaxaca irían a Zipolite.
Eliú dijo:
— En esa playa hay muy buena onda y diversión. También muy buena
gente de todos los países. Está poca madre.
— Y te puedes bañar en cueros — dijo una muchacha que acababa de
llegar a la terraza.
— ¿En México? — pregunté sorprendido.
— En México, sí — respondió Eliú— . Zipolite es tierra liberada — y to-
dos rieron.
La muchacha cogió uno de los cigarros de mota de la tribu, se sentó
junto a mí y comenzamos a hablar. Me dijo que se llamaba Claudia y que era
130 El despertar del Hongo

de Uruguay. Su pelo era castaño, sus ojos verdes. Llevaba un vestido de colores
suaves. No superaría los 25 años.
Yo cuanto más la miraba, más descubría en ella. Era guapa, pero lo que
más me impresionó no fue su belleza física. Era algo inexpresable. A l mirar­
la, máscaras y máscaras parecían caer de su cara, descubriendo otras Claudias
y otras Claudias. Sus ojos eran lo único que permanecía inalterable. Me sor­
prendí al comprobar el poder de la mota, aunque me pregunté si estaría ac­
tuando algo más.
Ella no dejaba de mirarme, ni yo a ella, y pronto dejamos de hablar.

Los demás comenzaron a tocar. La música iba envolviéndonos a Claudia y a


mí cada vez más. Cuando volvimos a fumar, me fui dando cuenta de cómo
cada calada de mota me afectaba inmediatamente. El sonido de la percusión
hacía a la mota aún más poderosa.
No sé cuánto tiempo después vi aparecer a Santi en la terraza. Acababa
•de llegar a Oaxaca y le habían dicho al llegar al hotel que yo estaba arriba.
Claudia se había ido ya a dormir, exhausta por el cansancio del día. En el
momento en que Santi llegó yo estaba hablando con una japonesa, que se
había sumado a la tribu hace unos días.

Antes de acostamos, Santi me dijo que le había sorprendido encontrarme


hablando japonés. A los dos nos atrapó la risa. Cuando nos calmamos, dije:
— Debió de enseñarme ella algunas palabras en su idioma, porque te
aseguro que no sé nada de japonés, apenas alcanzo a hablar inglés.
— Qué extraño — dijo Santi— , porque hablabas muy bien — reímos
juntos.
— Quién sabe lo que le estaría diciendo. Más extraño fue lo que pasó
después. ¿Te acuerdas que me fui a llamar a Luna?
— Sí, ibas como volando.
— ¿Se notaba desde fuera? — pregunté.
— Se te veía como muy ligero — dijo Santi.
— Pues eso es lo que te quería contar. A l salir del hotel tuve que ir cerca del
Zócalo en busca de un lugar para poder hacer una llamada internacional. Primero
no sé cómo pude llegar, no sé cómo me orientaba, pero lo más sorprendente es que
al mismo tiempo que sentía nítidamente cada paso que daba, así como el más
mínimo movimiento de los músculos del cuerpo que actuaban al caminar, me
parecía estar como volando. Nunca había sentido esas dos cosas a la vez. Te asegu­
ro que esta mota es más potente que la LSD callejera de España.
O a x a c a . E l sonido de la mota 131

— Y tanto — confirmó Santi— . Cuando te fuiste estuve fumando con la


japonesa y los demás de la tribu, y tuve que detenerme. No podía fumar más,
porque me iba — y Santi hizo un gesto con su mano, elevándola, simulando un
despegue.
— Me han dicho que esta mota es de las montañas de Oaxaca — ex­
pliqué a Santi— . N o sé si será la tierra o qué, pero es increíble. Desde
luego, la maría que conocíam os no tiene nada que hacer con ésta; y ya
había probado allá algunas fuertes, pero la mota de Oaxaca es algo muy
superior. Además, mientras esperaba sentado a que me tocase el turno para
llamar, comprobé que esta mota oaxaqueña es visionaria, ¡con los ojos abier­
tos o cerrados!
— Yo también llegué a ver visiones — dijo Santi— . Miraba al cielo y
entre las nubes y la luna veía mujeres.
— Ay Santi, qué fuerte te ha dado con las mujeres. Siempre ves lo mismo
—reímos los dos.
— Sí que me gustan. ¿Qué le vamos hacer, no? — preguntó— . Y hablan^
do de mujeres, ¿qué te dijo Luna?
—Me dio ánimos para continuar, y me dijo que no estaba solo.
— Oye, ¿y qué te han dicho los chamanes de las mujeres?
— Depende. Unos me regañan, claro. Otros utilizan esta cuestión para
enseñarme, hasta me toman el pelo. Otros me dicen que es dañina la represión
de nuestros sentimientos.
”Me acuerdo que Horacio — ya le había hablado a Santi de mi viaje por
Sudamérica— me dijo que no era malo ni el amor ni el sexo. Insistía en que lo
importante es que no quede nuestra energía mezclada, salvo que así lo desees
por estar con tu compañera tántrica. Después de cada encuentro hemos de
seguir siendo independientes. Si no, pierdes tu libertad y tienes que recoger tu
energía y devolver la ajena.
Callamos unos instantes y entonces le pregunté:
— ¿Sabes que hablé mucho de todo esto con María? — Santi pareció algo
sorprendido— . ¿Por qué nos parece necesario compartir nuestros encontrona­
zos con los puritanos?
— Porque estamos hartos de prohibiciones. Antes de los curas, y ahora
de esta gente que se llama espiritual, que son igual o más puritanos. Somos
humanos y estamos vivos — dijo Santi con firmeza— . Aunque estemos bus­
cando, o precisamente por eso.
— ¿Me vas a decir qué te decía María en su notita? — a Santi se le alegró
la cara al escuchar mi pregunta.
132 E l despertar D a Hongo

— Me daba las gracias y me decía que fue bonito encontramos. Si te digo


la verdad, me dio mucha pena separarme de ellas. Esto de viajar es genial, pero
a veces... — la alegría de su expresión se convirtió en tristeza— . Me resulta tan
duro separarme de la gente que encuentro por el camino...
— Yo la verdad es que ya me he acostumbrado — dije— . Intenta ver lo
hermoso de esos encuentros. Además, así aprendemos a no apegarnos a nadie.
Prefiero recordar los buenos momentos, sin nostalgia. Así, no podría viajar.
— Ya — me miró muy serio— . Bueno, ¿qué vas a hacer mañana?
— Me gustaría ir a Monte Albán, ¿quieres venir? — le pregunté.
— Si hay que madrugar, no. Hoy tuve mucho trote en Huautla y el viaje
en el autobús terminó de agotarme, y además quizás mañana llueva. Escucha
la lluvia — dijo.
A partir de ese momento permanecimos en silencio.
La lluvia parecía fuerte. Cuando finalmente nos acostamos, me dormí
acompañado por el ritmo del sonido de la lluvia, mientras la música de la tribu
todavía resonaba en mis oídos.

16

Me levanté temprano para ir a visitar las ruinas de Monte Albán. Santi toda­
vía dormía, Claudia también. A l dejar el hostal, los muchachos que trabaja­
ban allí me explicaron dónde debía tomar el autobús hacia las ruinas.
Fui a desayunar cerca del Zócalo y mientras caminaba en busca del
lugar de salida de los autobuses a Monte Albán, vi una tienda de hierbas
medicinales y semillas. Entré y vi a dos hombres sentados en dos sillas, char­
lando.
Ellos me resolvieron algunas dudas que tenía sobre algunas plantas de la
zona. El dueño de la tienda, Luis, parecía conocer únicamente las plantas me­
dicinales, pero su amigo, José, conocía bien las plantas de poder. Me dijo que
llevaba años estudiándolas y que había leído todo lo que se había escrito sobre
ellas, además de haber visitado la zona muchas veces.
— Yo soy de la ciudad de México — me explicó José— , aunque todas
mis vacaciones vengo a Oaxaca a ver a mis amigos, y a mis amigas las plantas
del valle.

José me explicó que el tabaco era usado fundamentalmente como purificador,


que los curanderos lo usaban para hacer limpias.
O a x a c a . E l sonido de la mota 133

— Claro que el pisiete, como lo llamamos aquí, no es como.el tabaco que


tienen ustedes en Europa. Es una especia hermana, pero diferente — comenzó
a explicarme.
— ¿Cómo se conoce nuestro tabaco aquí?
— La Nicotiana tabacum se llama en náhuatl quauhyeyl; la Nicotiana
rustica, picietl, por eso en México se llama popularmente pisiete. Las dos jun­
tas se llaman yetl.
— ¿Sólo se fuma, o hay otro uso de esta planta? — pregunté.
— El tabaco a veces es mascado, otras veces es fumado, y otras se usa el
humo para limpiar el lugar o a la persona. También se mezcla con conchas
marinas o cal, y a esa mezcla se le llama también pisiete. Se utiliza para friegas
sanadoras.
— ¿Es lo que llaman en Huautla “sanpedro” , una mezcla muy verde y
pastosa que la chamana puso en mi cuerpo para protegerme de las larvas?
— Efectivamente, los chamanes lo usan en las veladas. Por cierto, quizás
te interese saber que la expresión mazateca para velada significa “ lo que quita
los velos”.
Le expliqué mi experiencia con el tabaco. No le sorprendió en absoluto.
Me dijo que la Nicotiana rustica contiene una mayor cantidad de nicotina y
algunos componentes que no se han llegado a determinar.
— Hay otras especies de Nicotiana — me dijo José— , como por ejemplo
la Nicotiana alata, usada por los aztecas. Tiene olor a jazmín.
— Me gustaría saber algo más de las semillas de la virgen — dije— . Una
chamana de Huautla me ha dado dos clases, negras y marrones.
— Sí, las negras son conocidas como tlitliltzen en náhuatl, que significa
“negro sagrado” , y fíjate que los zapotecos la llaman “badoh negro” . Son utili­
zadas para la adivinación. También las llaman badungas.
— ¿Entonces esas semillas negras no son el ololiuhqui? — pregunté.
— Hay discusión sobre ello, pero yo creo que Wasson tiene razón.
Ololiuhqui significa “cosas redondas o bolitas” , y estas semillas ya habrás visto
que son gruesas y anguladas. Aunque Aguirre Beltrán descubrió que en algu­
nas zonas las llamaban ololiuhqui del moreno, lo que pensó que significaría
“ololiuhqui negro” .
— Entonces, el ololiuhqui propiamente dicho serían las semillas marro­
nes, redondas y pequeñas.
— Sí, son las semillas de la Rivea corymbosa, que propiamente es el
ololiuhqui. La planta es conocida como coaxihuitl, “planta-serpiente” . Las
negras son semillas de Ipomea violácea, que son más fuertes, consideradas más
134 E l despertar del Hongo

poderosas por los distintos pueblos del valle de Oaxaca y conocidas también
como chitepec.
— La mujer de Huautla — le expliqué— me dijo que las semillas se toma-
ban mascándolas.
— Hay quien usa así “ las semillas de la maravilla” , pero es más frecuente
que las machaquen en un metate, hasta que las convierten en polvo; luego las
ponen en agua y después de una noche las filtran con una telita y las beben.
Aunque ahora se está perdiendo la costumbre, los indios prefieren que sea una
doncella o una niña virgen quien haga el metate.
— Sus fines son adivinatorios, ¿no? — pregunté.
— Sí — respondió José— , los curanderos las consultan cuando ellos o
alguien que acuda a ellos tiene algún problema. Los indígenas piensan que son
mediadores entre ellos y los dioses.
— La hierba de la Pastora también la usan para la adivinación — añadí.
— Efectivamente — confirmó José— , además la hierba de la Pastora tie^
ne para ellos un poderoso poder divino.
— La chamana de Huautla me dijo que debía tomarla mascada, durante
media hora, extrayendo así el jugo.
— Puede hacerse así, pero también se extrae el juguito en un metate.
También he visto hacerlo en infusión, incluso usando también las raíces y las
flores.
— ¿Se conoce el principio activo de la hierba de la Pastora, de la Salvia
divinorum? — pregunté.
— Lo han llamado salvinorina, porque no se ha encontrado en ninguna
otra planta. A l parecer hay una gran diferencia de contenido de salvinorina
entre una planta y otra. Por el momento han sido sintetizadas dos clases, lia'
madas salvinorina A y B. Quizás por eso haya experiencias tan diferentes en-
tre quienes han probado la hierba de la Pastora, aunque también es posible
que haya personas más sensibles que otras a la salvinorina, o a otros principios
activos que aún estén por descubrir en esta misteriosa planta.
— ¿Conocían los pueblos náhuatl la Pastora, o sólo los mazatecos?
— La verdad nadie sabe nada a ciencia cierta, pero parece que la cono'
cían. En náhuatl la llamaban pipiltzintzintli. Parece ser que era cultivada con
gran cuidado, considerándola una de las plantas más sagradas. En la sierra
mazateca crece junto al coaxihitl y dicen que se dan poder mutuamente, al ser
las dos plantas utilizadas con fines adivinatorios.
— ¿Qué uso existe del toloache en esta zona?
— Les da miedo, y no lo usan tanto como en otras zonas de México.
O a x a c a . E l sonido de la mota 135

— También les da miedo el floripondio, ¿no?


Luis, que nos escuchaba cuando no estaba atendiendo a nadie, dijo que
no conocía a nadie que lo usase en la zona de Huautla.
— Donde sí que lo usan es en la zona de Ixtlán — dijo José.
— ¿Con qué nombre lo conocen allí?
— Su nombre científico ya sabrás que es Datura arbórea, pero nombres
populares hay muchos: campanilla, trompetilla, etc. A mí el que más me gusta
es “reina de la noche” ; también la llaman “ trompeta del juicio”. Dicen que te
enfrenta a la muerte y vives el juicio final.
— ¿Con qué nombre se conoce en náhuatl?
— Hay algunas dudas, pero los aztecas lo conocían como tlacoxóchitl;
otros nombres posteriores, ya en castellano, fueron mirto, contrahierba y don-
cellita.
— Yo tampoco he encontrado a nadie que utilizase el floripondio en
Huautla — dije— . La verdad es que no sabía que en México hubiera floripon'
dio como en Sudamérica. Antes de venir no había encontrado ningún texto
que lo dijese.
— Pues sí existe en México, y en muchas zonas, no sólo en Huautla.
También se puede encontrar en el estado de Querétaro, en Cuemavaca, en
Xalapa, en Orizaba. El floripondio fue traído a México desde Sudamérica. Aquí
se naturalizó, pero no existe la tradición de su uso como sucede en Perú, Co-
lombia o Ecuador.
— Por lo que sé — dije— parece que lo que ocurrió es que no vino el
conocimiento de su uso. En Sudamérica encontré maestros floripondieros que
usaban sabiamente el toé, como lo llaman allí.
—Ten en cuenta que el floripondio es muy peligroso — dijo José— , aun'
que tiene su utilidad. Contiene atropina, como la belladona por ejemplo, y se
puede usar medicinalmente, para calmar dolores de cólicos o ciáticas. Ha de
hacerse con mucho cuidado, con una infusión de sólo una o dos hojas en me-
dio vaso de agua. Superar esa dosis puede hacerte mucho daño.
— Siempre me han hablado de varias clases de floripondio. ¿Son varias
especies diferentes o hay variedades de floripondio?
— La Datura cornígera y la Datura suavolens son variedades de la Datura
arbórea.
— En el mercado de Sonora, en México, vi que vendían colorines, unas
semillas rojas muy grandes.
— S í — dijo José— . Son las semillas de Erythirina americana. Se usan
junto con la Sophora secundiflora. Juntas son muy potentes pero peligrosas.
136 E l despertar del Ho n g o

— Me han hablado de un hongo llamado “el hongo de superior razón”,


¿sabe usted algo de él?
— No lo he oído nunca nombrar— aceptó José, tras meditar unos segun­
dos— . S í he escuchado nombrar uno que llaman “ Cristo” y dicen es muy
poderoso. Crece en Nopala, en zona chatina. Hay otro mayor, llamado “San­
ta” , también considerado muy potente. Nunca los he logrado identificar.
— Una chamana mazateca me habló de que las flores del cacao la ayuda­
ban a ver. y
— Como no sea la Quaráribea funebris... Es conocida por la potencia de
sus flores. Los aztecas las usaban en infusiones con los hongos. La llamaban
poyomatli.
—También me habló de unos hongos para oír, el bejín y la bolita, ¿qué
son? — le pregunté— . No pude verlos porque no los tenía.
— Es que los usan mayormente los mixtéeos, no tanto los mazatecos.
Son dos especies de Lycoperdon. El bajín es el Lycoperdon mixtecorum y el
Lycoperdon marginatum, la bolita. Se llaman así porque parecen pelotitas;
son más como un cactus. El bejín se parece algo al peyote y es el más fuerte.
Le llaman “ el hongo de primera calidad”, y a la bolita, “ el hongo de segunda
calidad”.
— ¿Lo ha probado usted alguna vez? — pregunté a José.
— Sí, pero sólo escuche un zumbido. Quizás no tomé suficiente.

Estuvimos hablando un rato de nuestras experiencias de los hongos. Entre el


relato de unas y otras le pregunté si alguien había identificado todas las clases
de hongos que había en esta zona. Había recogido ya muchos nombres popula­
res, pero no sabía cuáles eran cada uno.
—Guzmán hizo una buena clasificación — me explicó José— . Los san
isidro son Psilocybe cubensis, también conocidos como Stropharia cubensis; los
pajaritos son Psilocybe mexicana; los derrumbes, Psibcybe caerulescens; los nim­
ios, Psilocybe aztecorum; y los derrumbes de monte, Psilocybe zapotecorum. Pero
hay más especies sin clasificar o por estudiar.
— ¿Otras especies psilocíbicas?
— A ver, déjame mirar. Ya de memoria no me acuerdo de más.
José buscó en una cartera que tenía sobre una silla y pronto encontró
una lista hecha por Gastón Guzmán, con algunas especies más: Psilocybes
bolivarii, bonetii, candiceps, cordispora, muliercula o yungensis.
Se disculpó por haber tenido que mirar una lista. José parecía avergonza­
do ante mí, que estaba realmente admirado por sus conocimientos.
O a x a c a . E l sonido de la mota 137

— N o se preocupe, José — dije— . Menos mal que tuvo que mirar algo.
Estaba pensando que usted era más que humano. Su memoria es sorpren­
dente.
— Tengo buena memoria, s í— admitió José— . Además, llevo años estu­
diando, pero ya me estoy haciendo viejo y se me olvidan algunas cosas.

Luis me preguntó si había probado el peyote. Le dije que quería ir al desierto a


conocerlo.
— Yo voy allá también cada año — dijo José— . Es otra zona que tiene
muchas de las plantas que te interesan, no sólo el peyote. No dejes de ir. Tam­
bién conocen otras especies de peyote además de la que habrás escuchado
hablar, Lophophora wiüiamsii.
— Iré — aseguré— . Es una de las cosas que sé con certeza haré antes de
dejar México.
— ¿Sabías que el peyote se usó en Oaxaca? — dijo Luis.
— No tenía ni idea — respondí.
— Pues fíjate que los hongos y otras plantas son conocidos por los zapo-
tecas como piule — dijo José— . Piule es una palabra que proviene de peyotl, el
nombre náhuatl del peyote. La palabra derivo de peyotl a peyuel, y luego a
piule, que es como llamaron a los honguitos al desaparecer, por razones desco­
nocidas, el uso del peyote en esta zona. También llaman piule a las diferentes
especies de Turbina y se llaman piuleros a quienes las usan.
— Pero aquí no crece, ¿no? — pregunté.
— No, debía ser traído desde el norte. El peyote parecía tener un valor
mayor que el oro; o quién sabe, quizás creció aquí antiguamente.
— ¿Por qué le ha interesado tanto estudiar las plantas chamánicas?
— Siempre me han parecido una parte importante de nuestra tradición
mexica — dijo José— . He investigado el chamanismo para conocer las tradi­
ciones de mis antepasados.
— Entonces usted coincide con quienes consideran que no se puede en­
tender el chamanismo sin las plantas sagradas.
— Eso es indudable. W asson, Schultes, Hofmann, Harner, Furst,
McKenna, Ott, Samorini, cualquier investigador serio considera el chamanismo
como algo vinculado a esta ciase de plantas y hongos. Es más, parece ser que
están en el origen de él, como primera religión del ser humano.
— Entonces, ¿qué piensa de personas como Mircea Eliade, que escribió
que el uso de estas plantas fue una degeneración del chamanismo? — pregunté,
muy interesado por su respuesta.
138 E l despertar del Hongo

— Este hombre, que por otra parte hizo un gran trabajo, se dejó dominar
por sus prejuicios — fue la opinión de José— . Si vas a Guatemala comprobarás
cómo la evidencia arqueológica te demostrará que el uso de ios honguitos exis­
te desde el mismo origen de la historia en Mesoamérica. Los hongos-piedra de
Kaminaljuyu han sido encontrados junto con metates, lo que indica que no
eran utilizados sólo los hongos, sino las semillas de la virgen o la hierba de la
Pastora.
Tras detenerse unos segundos para respirar, José continuó con su expli­
cación:
— Wasson descubrió durante sus viajes por estas sierras que en las aldeas
más remotas se usaba el hongo, sin que mediara un chamán o chamana. Eso le
hizo pensar que primero se usaron los hongos por todos los miembros de esas
sociedades tradicionales, incluso desde su fase tribal, y sólo más tarde aparece­
ría el chamán como depositario de un saber que se habría conseguido gracias a
las plantas de poder.
”En pasos sucesivos que se dieron totalmente sólo en algunas partes de
Mesoamérica, apareció una casta sacerdotal que desplazó a los primeros
chamanes o brujos y que creó una religión saturada de conceptos mágicos.
Este paso supuso el desplazamiento de las aldeas a centros ceremoniales, y más
tarde a las ciudades. A sí aparecieron las ciudades-estado, que al centralizarse
el poder, concentrado en unas pocas manos, supusieron la aparición de las
élites religiosas y militares. -
”E1 uso de estas plantas se restringió a esas élites, las que sancionaban,
incluso con la muerte, a cualquier persona que no perteneciese a ellas y las
utilizase.
”La última fase, completada mucho antes de llegar los españoles, sería la
aparición de ciudades y señoríos imperialistas, y la militarización total de estas
sociedades.
— La mujer fue desplazada también, ¿no? — pregunté— . He observado
que en los mazatecos todavía sobrevive la presencia de la mujer con una gran
fuerza.
— La mujer fue siendo desplazada, efectivamente, en este lento proceso
de monopolización del poder. A lo largo de la historia, siempre son paralelas
la desconexión con las fuerzas de la Tierra y de la naturaleza, la prohibición
de los enteógenos, la discriminación y explotación de la mujer, y la militariza­
ción de la sociedad.
— ¿Qué sucedió después de la conquista? — pregunté, intentando si­
tuarme.
O a x a c a . E l sonido de la mota 139

— Debido a la complejidad y diferente desarrollo de los pueblos de


Mesoamérica, todavía hoy pueden encontrarse pueblos que se mantienen en
alguno de estos estados, menos en los más recientes antes de la conquista: la
fase militarista e imperialista. Estos fueron los estadios que destruyeron los
españoles al vencerles con las armas, pero sobre todo debido ó su degradación
y decadencia.
”Hubo pueblos como los tarahumara, los coras, los huicholes, o los
mazatecos — continuó José— , que permanecieron bastante aislados hasta hace
relativamente poco tiempo en alguna de las primeras fases de este desarrollo, y
se mantiene vigente el uso del peyote, los hongos y otras plantas chamánicas.
— El uso de las plantas sagradas sería entonces anterior al propio
chamanismo, más que su degeneración — dije.
— Exactamente, y las otras técnicas chamánicas sin plantas de poder ni
hongos surgirían ante la prohibición de los enteógenos, primero por las socie-
dades elitistas autóctonas y luego por los españoles.
— Parece que en toda sociedad — intervine— hay primero un uso gene-
ral de los enteógenos, y luego se restringe.
— Eso puede ser por la necesidad que tienen las élites y gobiernos de una
sociedad de controlar a la sociedad que dominan — dijo José— . Eso lo vivimos
en México muy duramente y más desde que hemos importado la llamada “guerra
contra las drogas” desde Estados Unidos. Por ejemplo, la mota es una planta
que desde siempre se ha usado por todos los pueblos que habitaban en zonas en
las que crecía, y que fue y es usada con fines sagrados y medicinales. Ahora
puedes ir a la cárcel si la policía te encuentra una sola semilla de Cannabis.
— Y los corruptos y asesinos, ya sabes dónde están — intervino Luis.
— El caso del peyote es, si cabe, más doloroso — continuó José, cada vez
más entristecido— . Pueblos como los huicholes o los tarahumara lo utilizan
como parte importantísima de su cultura. A i principio comenzaron a ser dete­
nidos por su uso los hippies que fueron a los lugares donde crece, más tarde
comenzaron a arrestar a algunos antropólogos que acompañaban a los huicholes
durante su peregrinación anual en busca del cactus, y ahora ya se llevan presos
a los pobres huicholes cuando vuelven cargados de peyote a sus poblados, para
tener su sacramento durante todo el año.
— Es muy interesante y esclarecedor todo lo que me cuentan — les dije a
José y Luis— , pero tengo que despedirme de ustedes antes de que se me haga
tarde. Quiero aprovechar bien la visita a Monte Albán.
— Correcto. Andale na’más — me dijo José.
— Bueno — les dije— , gracias y hasta la próxima.
140 E l despertar D a Ho ngo

Me dirigí a José y le dije:


— Ya he comprobado que, efectivamente, conoce muy bien las plantas
chamánicas y la historia de su país.
— Sí, conozco la historia de Mesoamérica, y conozco bien los trabajos de
Wasson, Schultes, Ott, Furst, etc., y los de Gastón Guzmán o Aguirre Beltrán.
En México han nacido también algunos buenos investigadores, aunque des­
graciadamente los gringos parecen tener más interés en nuestras plantas y nues­
tra historia que los propios mexicanos.

Antes de dejar la tienda, Luis me preguntó si iría a Veracruz. Me dijo que allá
tenía un amigo que sabía mucho de plantas.
— N o sé todavía si iré — le dije— , pero anóteme la dirección por si
acaso.
Luis me escribió su teléfono y la dirección en un papel. Aunque habrá
miles de hombres llamados así en América, que el nombre del amigo yerbero
de Luis fuese Andrés me pareció una buena señal.

17

Tras caminar unos minutos desde la tienda, vi estacionado el autobús frente al


i * •

Hotel Mesón del Ángel. Aunque quedaban cinco minutos para la salida, sólo
había dentro una señora de la ciudad de México y su hija.
Un minuto antes de salir subió un joven mexicano que se sentó junto a
mí. Mientras subíamos a Monte Albán me contó que era un estudiante de
arqueología en la UNAM, la universidad de México, y que venía a visitar las
%

ruinas por tercera vez en su vida.


— Son magníficas, y más que las construcciones me impresionan los res­
tos encontrados allí — me dijo el joven, que más tarde me comentó que se lla­
maba Dionisio— . Podrás verlos en el museo. Aquí hay restos del año 600 antes
de Cristo, o incluso anteriores.

Cuando llegamos y nos bajamos del autobús, vimos los habituales vendedores
de figuras y los guías esperándonos junto a la entrada del recinto. La señora y
su hija se quedaron atrapadas con ellos, y nosotros pudimos dirigirnos a la
entrada sin dificultad.
Dionisio entró directamente al museo, buscaba una de las estelas guar­
dadas allí; yo entré sin detenerme ai interior del complejo de Monte Albán.
O a x a c a . El sonido de la mota 141

Me paré en la gran explanada, sobre una plataforma de piedra situada en


el centro. Desde allí pude ver la equilibrada combinación de espacios libres y
construcciones que formaban el centro ceremonial.
Había una vista impresionante de las montañas y las nubes, fuera
cual fuera la dirección en que se mirase, y desde luego era un lugar perfecto
para examinar el cielo. N o me extrañaba la fama de buenos astrónomos de
quienes construyeron ese m agnífico observatorio, y que desde allí vieran
objetos extraños en el aire los investigadores interesados en esta clase de
fenómenos.

No sabía qué buscaba exactamente, pero comencé a moverme por el lugar.


Bajé a la explanada y me dirigí a la plataforma del sur, intentado sentir la
energía de ese lugar. En ese momento un muchacho se acercó a mí y me ofre­
ció algunas figuras que me parecieron malas réplicas de auténticas figuras de
las antiguas culturas de Oaxaca.
Le’dije que no me interesaban, y entonces me comentó que me enseña­
ría las ruinas por unos pesos. Recordé a Horacio y me pregunté si este mucha­
cho no sería también algo más de lo que las apariencias mostraban. Mientras
reflexionaba, el muchacho me contaba que los olmecas, zapotecos y mixtéeos
habían construido el recinto de Monte Albán. Le pregunté si todavía alguien
mantenía el conocimiento de esas culturas.
— Hay que saber — me respondió.
— ¿Y conoces a alguien que sepa? — pregunté, sintiendo que empezaba
algo interesante.
— Hay un brujo que viene por aquí todos los días, pero ya se ha ido hace
un ratito.
Sentí una ligera decepción, pero continué preguntándole.
— ¿Conoces las plantas que hay por aquí?
— Unas pocas. Mira, ésta es el chicalote. Sirve para curar los ojos.
— ¿Hay toloache por aquí? — le pregunté.
— Sí, el toloache crece por esta zona. Se toma en té, pero si te pasas te
quedas loco. Es fuerte el toloache.
El joven comenzó a mirar hacia la explanada.
— Si te interesan las plantas, el brujo que te he dicho sabe mucho de
plantas. Se llama Enrique, pero no le veo por acá. Se debe haber ido ya. Ven
otro día y te diré quién es.
— Dejo Oaxaca hoy — me pareció que si había llegado tarde, es que no
debía conocer a ese hombre. Sin embargo, durante unos segundos me detuve a
142 E l despertar del H o ngo

considerar si volver al día siguiente, pero no tuve tiempo de reflexionar. De


pronto el muchacho dijo:
— A h í abajito está. Mírale.
En efecto, junto a la plataforma central se veía muy pequeño a alguierf
con un sombrero. ,
— ¿Es el del sombrero? — le pregunté.
— Ése es. Ándale. Ve a verle antes de que se vaya.
N o lo pensé dos veces. Bajé a la explanada y me fui acercando hasta él.
Iba vestido completamente de blanco. Vi que bajo el sombrero tenía el pelo
moreno, la piel muy oscura y un extraño cinturón rodeando su cintura.
El hombre me vio llegar y se detuvo. Me fijé en la profundidad de su
mirada.
— ¿Enrique? — le pregunté.
— Sí, yo.
— Me han dicho que «sted sabe de plantas.
— A h, sí.
— ¿Trabaja con plantas?
— Sí, sí — Enrique respondía escuetamente, mientras parecía exami­
narme.
— ¿Con qué plantas trabaja usted?
— Con toda clase, depende de las enfermedades, si son del cuerpo o de la
mente.
— ¿Usted ve la enfermedad? — pregunté, cuando el examen de su mirada
pareció terminar.
— Veo lo que está fracturado. Lo peor es si está fracturado el corazón. Yo
curo según lo que esté fracturado, yo lo siento nada más, veo con las manos.
Enrique fue confiando en mí y comenzó a abrirse. Me estuvo hablando
de sus curaciones, hasta que le dije que no me interesaba tanto conocer sus
capacidades para curar, sino que me hablase de este lugar.
— Uy, usted está interesado en saber, ya le vi venir. Venga conmigo.
Subimos en silencio a la plataforma norte.
— Mire todo esto. Monte Albán albergaba uno de los mayores centros
de sabiduría de América. Por aquí han pasado todas las grandes culturas, desde
la primera y más sabia: los olmecas. Los zapotecos y los mixtéeos y los mexicas
y hasta los mayas, que son los más conocedores de todos los secretos, hereda'
ron su conocimiento de esos hombres de gran poder y saber.
Realmente impresionaban más los espacios abiertos que las construcciO'
nes, pero yo ignoraba qué habría escrito en esas piedras.
O a x a c a . E l sonido de la mota 143

— ¿A usted le gustan los libros? — me preguntó.


— Sí.
— Ya veo, tiene lentes — y sonrió— . Pues este centro de poder que ve
aquí es como un gran libro donde está todo el saber sobre esta tierra, los cielos
y las estrellas.
Tras señalar con orgullo el lugar, dijo:
— Bajemos a que le enseñe estos templos. Estas no son ruinas. Son tem*
píos, y están vivos. Si estudia estos relieves y esculturas, y sobre todo las tum*
bas, podrá conocer todo lo que sabían. Y si se fija, verá que también sabían
construir el espacio, no ocuparlo como les gusta hacer.a ustedes.

Me enseñó el templo solar, el de la luna, el templo de las medicinas, el de la


luz, el templo mayor, la escuela de sabiduría.
Ante cada uno de los templos, me explicó algo, pero se extendió hablan*
do de la escuela de sabiduría. Me dijo, bajando la voz, que allí estudiaban las
estrellas y el infinito, el sol y la luna.
— ¿Cómo podían estudiar el infinito? — le pregunté.
— Ay — dijo Enrique— , porque estaban más cerca, porque no estaban
pegados a la Tierra, por eso tenían el poder; pero más tarde la humanidad se
alejó de las estrellas. Entonces perdió ese poder, el poder de ser sabio se perdió,
y la Tierra se oscureció, se volvió negra o gris.
— ¿Qué pueblos vivían aquí?
— La primera tribu solar zapoteca y la primera tribu lunar olmeca, mu*
chos muchos años antes de Cristo.
— ¿De qué pueblo es usted?
— Del templo solar. Se ve mi rancho desde el templo de la luna. Hay un
cerro redondo como la luna.
— ¿Entonces usted es zapoteco? — le pregunté.
— Sí. Yo pertenezco a un pueblo sabio, con nuestra sabiduría que, como
le digo, viene de muy lejos.
— ¿Está escrita de algún modo?
— Está escrita en las piedras.
— Sí, ya me lo dijo usted antes. Me refiero a si no tienen libros de sabidu­
ría, códices, algún texto sagrado.
— Bueno. Ellos tienen libros de sabiduría, pero no lo dicen porque son
secretos grandes.
— ¿Quiénes? — pregunté, cada vez más interesado.
— Los naguales zapotecos. Ellos no lo dicen.
144 E l despertar del H ongo

— ¿Cómo aprendió usted?


— Yo aprendí por descendencia. De una señora, la última mujer que vi­
vió con mi papá, porque mi mamá murió pronto. Ella me enseñó de las plantas
medicinales y a usar el hongo.
— ¿Y qué aprendió usted?
— Yo sé muchas cosas. Tengo un poder porque estuve muerto cuando
chico una hora y media. Cuando tenía tres años. A l principio estuve solo,
solito, pero pasé al otro mundo y caminé, y sé quién me regresó y por qué. Sé
quién es y sé cómo es y lo vi hace poco a él mismo. Lo he visto varias veces.
Enrique hablaba sin mirarme, como si ya no estuviera conmigo, en las
ruinas de Monte Albán, sino en otro lugar.
Inesperadamente pareció regresar y me dijo:
— Yo sé porque yo oigo cosas lindas, pero no del mundo. Sé quién soy y
sé cómo es y por qué se está haciendo todo lo que se está haciendo, y sé por qué
usted existe.

Enrique me hablaba ya sin quitarme ojo. Comenzaba a tener la sensación de


estar desnudo delante de algunas de las personas que iba encontrando en Méxi­
co. Todas estas perdonas parecían saber, con sólo verme, mucho más de mí que
yo mismo.
— Por eso me gusta platicarle — continuó— . Me gusta platicar a gentes
que aprecian lo que yo soy y lo que sé. Yo no engaño a la gente, yo no estudio
un libro para explicar a la gente, ni antes ni después.
— ¿Usted sabe sólo de los zapotecos? — le pregunté.
—Todo este saber lo recibieron los olmecas, y luego se dividió. Los
zapotecos recibieron gran parte de esta sabiduría, y está aquí — y señaló alre­
dedor— . Ahora se van contactando esos secretos de esas civilizaciones de
antes.
”Muy pronto voy a conocer a alguien importante, me van a comunicar
con esa persona. Algunas partes las puedo controlar, pero no todos los días lo
puedo hacer, porque es muy grande y aunque yo tengo el poder de nacimien­
to, a veces no soy tan fuerte como necesito cuando intento cosas grandes. Es
muy muy grande eso. Aunque yo soy muy fuerte, yo como una vez al día, me
duermo a las doce de la noche, y a las dos estoy listo. Yo duermo dos horas al
día.

Enrique me enseñó unas inscripciones del templo de los danzantes y de otros


como el de los sacrificios.
O a x a c a . E l sonido de la mota 145

En el primero me enseñó un relieve del que me dijo que representaba a


un danzante, en el que vi una figura de un hombre, a quien sin la más mínima
duda le ofrecían algo que era un hongo, o varios. Este relieve confirmaba una
vez más el uso del hongo psilocíbieo por las viejas culturas de Mesoamérica.
En el templo de los sacrificios me explicó que, a pesar de que las en-
señanzas sagradas se corrompieron y se hicieron sacrificios de jóvenes, en un
principio los rituales del sacrifico eran algo simbólico.
— La serpiente muda su piel y nace otra nueva, pero para que puedan
salir alas, se necesita una nueva, no se puede con la vieja.
— ¿Tiene esto algo que ver con Quetzalcóatl y el águila? — le pregunté al
recordar lo que me había contado Ramón.
— Hay la serpiente, hay la serpiente emplumada y hay el águila. Empie­
zas a convertirte en águila cuando tienes una piel nueva, porque has ofrecido
tu corazón. Sólo al final se ofrecían los corazones del cuerpo en los sacrificios
al sol.

Había un relieve que Enrique consideraba muy importante. Se encontraba en


la escuela de sabiduría.
—Como ve usted, aquí hay una planta con cara de niño y tres hojas. Es
una de las plantas mágicas de este pueblo y aquí ve usted un planetario, eso
que se ve como brazos. A h í se ve el pueblo de donde vienen ellos, su pueblo de
ellos, y mire aquel personaje que está como de cabeza, más claro, y mire acá el
sol.
Miré el relieve, y efectivamente vi con claridad todo lo que Enrique me
mostraba.
— ¿Ve esas rayas? — me preguntó, mientras yo asentía— . Son sus rayos.
— ¿De qué pueblo venían ellos?
— Bueno, ellos vienen de algún planeta o de alguna estrella.
No quise ahondar más y comenzó a hablar de nuevo de la planta del
relieve.
— Esta planta humana es una planta curativa que les daba sabiduría,
como el maíz que no existía en la Tierra. Este personaje creó el maíz y les
enseñó a cultivarlo y a usarlo, y les dio sabiduría.
— ¿Quiénes?
—Quetzalcóatl. A h í le ve de cabeza, con su penacho. En la mano está el
jaguar, y aquí está otra vez el sol, y mire cómo en el mero centro del reloj, que
es una piedra que tienen aquí al lado, está el jaguar; en el mero centro.
De pronto, Enrique me dijo:
146 E l despertar del Ho n g o

— Venga, mire esta estela, porque ahora va a tocar la piedra el sol. Mire.
Observamos en silencio varios minutos al sol tocando esa piedra. Me
dijo que en Chichén Itzá se producía cada verano ese mismo fenómeno.

Más tarde, Enrique comenzó a hablarme otra vez de sus plantas medicinales.
Aseguraba curar todas las enfermedades con ellas.
— ¿Y qué plantas usan para la sabiduría? — pregunté.
— El hongo.
— ¿Algún hongo especial?
— Hay varios hongos muy secretos, de saber antiguo. N o se pueden co­
nocer así sin más.
Me di cuenta de que no me diría nada sobre ellos, y pregunté:
— ¿Alguna planta más usan?, ¿el toloache quizás?
—No, nada más el hongo y el estudio. Hay que tener un estudio; el que
lo tiene sabe, y el que no se vuelve loco. El hongo es un poder de sabiduría
grande, sí, no cualquiera lo tiene, no cualquiera. El que lo domina es un curan­
dero, el que no es un charlatán o un loco y un farsante. Yo sólo doy plantas que
conozco. Hay que saber y hay que ser fuerte. Si no sabe y no es fuerte, no lo
pruebe. Ha de ser fuerte para conocer y aguantar el saber.
— ¿Nace fuerte uno, o uno puede aprender a hacerse fuerte? — le pre­
gunté.
— Bueno, si usted es fuerte por su nacimiento y su animal, aguantará, si
no se siente fuerte, no lo pruebe — respondió— . El hongo no es para cualquie­
ra, el hongo hay que saberlo manejar. Son dos: hembra y macho, hombre y
mujer; si usted lo sabe comer, usted viajará. Pero si usted no lo sabe manejar,
no lo haga, porque es fuerte el líquido y hay algunas personas que lo trabajarán
a usted.
— ¿Brujos negros? — pregunté, advirtiendo su reacción adversa ante el
solo hecho de nombrarlos.
— S í — dijo— , por eso hay que tener poder. El que tiene poder no ha de
temer. El poder te hace dominar y aguantar, por eso sabe una persona o no.
U no tiene que ir y venir, y viajar también, de noche. El está ahí, esa persona,
pero su alma ha de viajar. El está tirado, él está dormido, pero él viaja lejos,
para curar.
— ¿Sólo para curar?
— Si usted lo necesita hace una consulta, sobre usted, sobre sus hijos,
sobre su mujer, sobre su familia, sobre su país, qué sé yo. El hongo le dice todo.
— ¿Cómo hace usted esa consulta?
O a x a c a . E l sonido de la mota 147

— Uso dos medicinas: el hongo es una, y el estudio es otra.


— ¿Usted toma el hongo?
— No, yo no, yo no lo necesito. Yo soy otro. Yo uso el estudio solamente.
Yo tengo un poder. Yo soy otro y por eso conozco de las plantas.
Miré a Enrique con detenimiento. Me llamaba la atención que repitiera
tantas veces la palabra “ yo” .
— ¿No me dijo que no usaba otras plantas, ni el toloache? — pregunté,
intentando que no escapara nuevamente.
—No, el toloache no — respondió— . Eso es una droga. Algunos curande­
ros que conocen el toloache lo usan en té o en polvo. Cura el mal de corazón,
pero es muy fuerte. Se usa sólo una hoja nada más, porque es muy fuerte; o se
hace el té con una hoja sólita, o se pone esa hoja a secar. Yo uso plantas medi­
cinales para curar, pero sólo el hongo da sabiduría.

Le pregunté si conocía algunos de esos secretos que procedían de los olmecas.


— Vamos por acá — dijo llevándome a un lugar más apartado, y bajando
la voz— . Por eso soy lo que soy y sé lo que sé. Entonces, yo hablo o hablaría, o
diría, pero vale un dinero.
— ¿Mucho dinero? — pregunté, temiendo ya que Enrique fuese uno de
esos chamanes en busca del dinero de los occidentales.
— Poco, no mucho — respondió— , pero es que son secretos, cosas que
yo sé, porque yo veo y si yo lo digo puedo ganarme mi dinero por decirle
secretos.
— ¿Cuánto dinero quiere? — pregunté para saber, habiendo ya decidido
no darle nada.
— Quinientos pesos, una consulta. Hay secretos muy grandes.
Me quedé sorprendido por la gran cantidad de dinero que me pidió.
— Sabe que no puedo darle ese dinero. Tengo que seguir viajando.
— Yo puedo enseñarle todo lo que sé y todo lo que conozco de aquí,
porque soy nativo. Yo sé todo lo que pasó aquí. Yo miré esto cuando estaba
cubierto de maleza. Estaba todo tapado. V i el descubrimiento y sé por qué se
descubrió y quiénes lo descubrieron, y no el arqueólogo.
— ¿Quiénes fueron entonces? — pregunté.
— Lo descubrieron los campesinos que cultivaban su frijol, cuando ellos
quisieron. Y había cosas lindas. Le quitaron la maleza. Yo vi tesoros que no
están en los museos. Los mismos arqueólogos se pusieron de acuerdo. Yo vi esos
tesoros, yo los miré cuando los arrancaron de su lugar, dónde estaban, qué
posición tenían. Yo sé que en los museos no sirven de nada.
148 E l despertar del Hongo

— ¿Los campesinos o los arqueólogos impidieron, al trastocar el orden,


que ahora se pueda leer en este lugar la sabiduría que dejaron aquí los antepa-
sados?
— Claro — respondió Enrique— . Ellos lo han destruido todo, hasta las
tumbas que descubrieron las tocaron, pero queda el saber intacto. Sólo que
ustedes no lo pueden leer, pero mi cabeza es otra, mi saber es otro. A l rato
platicamos más. Si vuelve hablaremos en secreto, claro que no se puede pu­
blicar eso, por favor, porque es sabiduría. Por eso le platico poco.
Enrique trató aún de convencerme de su gran sabiduría, intentando
que accediese a darle los 500 pesos por entregármela.
— Usted no sabe quién soy. Yo sé bastante. Yo lo sé por un poder que
tengo. No puedo extender mucho esta sabiduría. Sólo a alguna persona que sepa.
Por eso pido ese dinero. No hay otro nagual aquí más que yo. Yo sé qué día va
usted a venir.
Y tras pronunciar estas palabras, se fue sin despedirse.

18

La mañana siguiente, al despertarme, le dije adiós a Santi y me dirigí a la esta­


ción de autobuses, con la intención de dirigirme a la playa de Zipolite, a encon­
trarme con la tribu. A llí esperaba ver de nuevo a Claudia, de quien no había
podido despedirme, pues todos salieron la tarde anterior, mientras yo estaba
todavía en Monte Albán.
Pensé en que quizás debiera detenerme en San José del Pacífico, un
Pueblito a medio camino entre Oaxaca y Zipolite, donde Claudia me había
asegurado crecen los mejores hongos de México.
A l pasar por el Zócalo, me senté en un banco de la plaza a reflexionar, o
más bien a intentar estar claro y saber cuál era realmente el camino a seguir.
Me costaba dejar Oaxaca sin haber llegado a averiguar quién era Enri­
que realmente. Si verdaderamente tenía tanto que enseñamos, me extrañaba
mucho que me hubiese pedido esa cantidad tan elevada de dinero, que él de­
bía saber que no podía darle.
Entonces fue cuando recordé que Ramón me dijo que los naguales eran
engañosos, y repentinamente, sin saber muy bien por qué, decidí volver a las
ruinas a encontrarme con Enrique de nuevo. Estando con él otra vez sabría si
sólo le interesaba el dinero, o si le interesaba transmitir algunos conocimien­
tos y enseñar lo que sabía.
O a x a c a . El sonido de la mota 149

Unos minutos después tomé uno de los últimos autobuses a las ruinas, y nada
más al bajarme, junto a la taquilla, le vi intentando vender unas figuras a unos
turistas.
A l acercarme a él, los despidió, y tras saludarme me enseñó una pequeña
escultura que sacó cuidadosamente de una vieja tela que la envolvía.
— Mire esto — me pidió.
La figura era la de una rana. Su belleza era impresionante.
— ¿Es auténtica? — pregunté.
— No — dijo— , pero sí es una réplica exacta del original.
Entonces nos alejamos, y cuando estábamos apartados buscó algo entre
sus ropas.
—Este es el original.
Me pidió que cogiera la rana y la mirase bien. La figura cabía en mi
mano, era de un color verde oscuro, claramente diferente de las réplicas que el
día anterior habían querido venderme. Me dijo que era de malaquita.
— ¿Ha traído el dinero? — me preguntó inesperadamente, mientras yo
todavía observaba detenidamente la rana verde.
—No. Sabe que no puedo darle esa cantidad — le respondí, mirándole
directamente— . Si quiere enseñarme algo, hágalo, y si no, me vuelvo a Oaxa-
ca tan tranquilo.
Enrique pareció satisfecho con mi respuesta. Sentí como si hubiera supe­
rado una prueba, dando la respuesta correcta, cuando oí que me decía, ya ha­
blándome de tú:
— ¿Sabes Juanjo? El conocimiento no se vende, pero tampoco se com­
pra. He ganado mucho dinero de gringos estúpidos que creían que pagándome
les daría mis conocimientos. Yo te platico a ti porque eres joven y necesitas
saber. Tú eres fuerte, tú lo aprecias. Este saber es muy delicado. El líquido tiene
que estar con la sangre. Es una cosa importante, cualquiera no sabe. Esto vale
mucho, no hay oro en el mundo para pagarlo.
”Yo na’más veo a la gente, y si es de corazón bien y es fuerte, acepto. El
dinero no es nada. Lo que sé, eso sí vale. Vale más que el oro. Si me hubieras
entregado algún dinero no te hubiera enseñado lo que voy a mostrarte. Ven
conmigo.
Fui a devolverle la estatuilla, pero me dijo:
— Mantenía contigo. Es un objeto de poder. Te ayudará allá donde vamos.

Nos alejamos de las ruinas y comenzamos a caminar por los cerros cercanos.
Tomamos un camino que se iba haciendo cada vez más estrecho y enrevesa-
150 E l despertar del Ho n g o

do. Estaba terminando el atardecer cuando llegamos a una especie de expla­


nada ligeramente inclinada hacia abajo. A l llegar allí, me pidió que nos sen­
tásemos.
—Tenemos que esperar — me dijo.
— ¿A qué?
— A que nos den permiso para entrar.
— ¿Quiénes? — pregunté, comenzando a inquietarme.
— Los guardianes del lugar. Ya saben que estamos aquí.
Empecé a sentir una inusual extrañeza.
— ¿Adónde vamos? — pregunté.
— Muy cerca de aquí hay unas tumbas, que no han descubierto nunca los
arqueólogos.
— ¿No han estado aquí?
— Los arqueólogos no saben nada de nada. Sólo han descubierto lo que
ellos han querido que descubrieran. Estas tumbas ni las han encontrado, ni las
encontrarán nunca. Nadie puede pasar de este punto sin su permiso.
— ¿Quiénes son esos guardianes? — pregunté.
—Quienes fueron enterrados aquí, y aquí viven.
La noche estaba ya cayendo y resulta imposible describir el sentimiento
de miedo y la impresión tan fuerte que sentí. Supe perfectamente lo que me
estaba diciendo. Di una calada al cigarrillo que me había ofrecido cuando nos
sentamos. El humo del suyo se unía al mío, y parecía protegemos.
— ¿Hay personas enterradas aquí que están vivas? — pregunté sin querer
saber la respuesta.
— Y tan vivas. Más que tú y yo.
De repente se levantó y continuamos.
— N o sueltes nunca la piedra. Te protegerá siempre.
La apreté como si me fuera la vida en ello, y marché detrás de él. Sentí
como si hubiéramos traspasado una barrera infranqueable y que ya no había
marcha atrás.
Unos minutos después me dijo, señalando al suelo:
— Esta es mi tumba.
— ¿Aquí estás enterrado? — pregunté asombrado.
— Sí, aquí mismito. Lo supe cuando estuve muerto de chico. Entonces
supe que fui Quetzalcóatl, y que ésta de aquí hie mi tumba.
— ¿No me estarás diciendo que tú fuiste el mítico Quetzalcóatl?
— N o, hombre — rió— . Quetzalcóatl era un grado espiritual. A los hom­
bres de conocim iento de esa sociedad de sabiduría los llam aban Quet-
O a x a c a . E l sonido de la mota 151

zalcóatl. Primero eran iniciados, y luego ordenados. Tú también eras un


Quetzalcóatl.
A l decirlo, caminó unos metros más, sin esperar a mis preguntas. Yo
iba tras él, con apenas fuerzas para dar un solo paso más. Me flaqueaban las
piernas.
— Esta es tu tumba... — y señaló de nuevo al suelo, junto a nuestros pies.
Sentí una impresión muy fuerte. En ese momento sus palabras eran muy
creíbles para mí, las sentía en mi corazón y en mis entrañas.
— ...y estas tumbas son las de los guerreros de tu tribu.
Tuve como un despertar. A l situarme de pie entre aquellas tumbas, supe
muchas cosas sobre mí y algunos de mis amigos y amigas más próximos; aque­
llos y aquellas con los que cada vez más conscientemente estaba unido en la
búsqueda del conocimiento y la libertad.
— Algunos son mujeres — me dijo— , la mayoría. Este es un lugar muy
poderoso, porque en este lugar hay mujeres naguales que no han muerto.
Tras una pausa que se me hizo eterna, Enrique me habló otra vez,
resaltando con su entonación grave que me estaba diciendo algo muy im­
portante:
— Tienen que recordar. Todos ustedes son Quetzalcóatl. Y fueron
Quetzalcóatl, no una, sino varias veces. Estaban ligados a este lugar, tenían un
trabajo que hacer aquí, como yo, y vinieron aquí varias veces hasta que lo
cumplieron.
"Intenta saber por qué has vuelto y por qué ellos volverán. Regreses o no
tú antes, con la mujer nagual o no, algún día volverán todos juntos. Yo sé ver
el pasado y el futuro de los hombres.
Sin que Enrique me lo pidiese, me tumbé en esa tierra a recordar, si­
guiendo un impulso que no sé dónde nació.
Estaba boca abajo, y parecía como si al hacerlo me hubiese integrado de
nuevo en esa tierra que empezaba a sentir tan familiar. Tras unos segundos, la
memoria situada ahí parecía penetrarme. A l irla sintiendo cada vez más, la in­
formación parecía que fluyese desde ella hasta el interior de mi cuerpo. Las
células vibraban como iluminándose; y más que imágenes, me llegaban me­
morias y recuerdos sin visiones.
El proceso duró una media hora, durante la que permanecí boca abajo y
con los ojos cerrados. Cuando me sentía débil para continuar sabiendo, acari­
ciaba y tomaba la rana con mis manos. A sí sentía su fuerza.
Antes de levantarme y separarme de la tierra, entendí por qué la mota de
Oaxaca era tan poderosa: estaba cargada con la sabiduría de esta tierra. Otras
152 E l despertar del Ho ngo

plantas sagradas de México eran igualmente poderosas gracias al lugar donde


crecían y penetraban sus raíces.

Cuando abrí los ojos vi que Enrique estaba sentado en una roca, con los ojos
cerrados. Parecía meditar profundamente. Sin embargo, de algún modo perci­
bió que me había levantado. Abrió sus ojos y me dijo que debíamos volver.
Antes de llegar a la entrada de las ruinas que ya estaban cerradas, me
pidió que le devolviese la rana. Me dijo mientras se la guardaba nuevamente
entre sus ropas:
— Vale mucho, vale 1200 pesos.
Reí y le pregunte por qué me había dado una rana como objeto de
poder.
— La rana se caracteriza por saltar. Forma parte de tu naturaleza saltar de
un conocimiento a otro. En un primer instante me enrabió ver que no ibas a
entrar nunca en nuestro mundo de los naguales así na’más, que te interesaban
otros estudios también. Me enrabié hasta que te vi hace un rato y supe que la
rana era uno de tus animales compañeros. Tú saltas de un estudio a otro por­
que has de integrar el conocimiento de muchas fuentes distintas, pero que se
unen en ti y en la gente como tú.
Luego, tras una pausa, añadió, sonriendo:
— Por algo sois medio gringos.

Enrique volvió a darme la impresión de que se iba, hasta que pareció volver y
concluyó:
— Estudia tu planeta y tu animal, domina tu planeta, vincúlate a tu es­
trella. Hazte amigo de tu animal compañero. A sí sabrás quién eres. Él anda
contigo, conócelo. Estudia tu animal, estudia tu planeta. Cuanto hay sólo lo
ves conociendo tu animal y tu planeta. Y no estés solo. Tú eres, y es, y son.
Entonces me dejó solo, no sin antes decirme:
— Desde arriba hay que ver. N o creas nada, mira na’más. Yo, francamen­
te, soy quien soy. Y tú y los tuyos sabrán quiénes fueron, quiénes son y quiénes
serán.
San José del Pacífico

19

Llegué de madrugada a la estación de autobuses, después de cam inar de bajada


a Oaxaca desde Monte Albán. Esperé pacientem ente el primer autobús hacia
San José del Pacífico, que debía salir unas horas más tarde.
Mientras estaba sentado descansando, pensando en lo que m e h abía
dicho Enrique, en cóm o podríam os u nir estos co n o cim ie n to s distan tes
pero complementarios, en cóm o sería un cham an ism o o c c id e n ta l, una
mujer se me acercó. M e d ijo que era de S e a ttle y que m e h ab ía v isto por
Oaxaca.
Se sentó a mi lado y comenzó a hablarme. Me dijo que trabajaba en la
cárcel de Seattle.
—Quizás vaya allí después de viajar por M éxico — le expliqué— . Mi
amiga Kudra me ha invitado a visitarla en esa ciudad antes de regresar a Espa­
ña y últimamente, no sé por qué, he comenzado a sentir que sería mejor no
volver directamente a mi medio, una vez haya terminado aquí.
— Si no. tienes dónde vivir, puedes dormir en el ejército de salvación,
con las putas y los drogadictos — me dijo, como haciéndome un favor.
— Muchas gracias — respondí irónicamente.
En un primer momento, y tras hablar un poco más con ella, me dije que
era o una nueva acechadora, o una mujer un poco loca. Iba vestida con un
154 E l d espertar del H o n g o

traje de colores y era muy pálida, con muchas pecas y unas trenzas con las que
recogía su pelo naranja.

Sentimos hambre y sed, y salimos a la calle. Estaban abriendo los puestos y nos
sentamos en uno a desayunar. Era todavía de noche.
Pedí un atole y al terminar, arroz con leche. Ella bebía café tras café.
Me contó que había estado viajando por México, pero no le gustaba que
la gente no hablaba inglés.
No podía creer lo que escuchaba, y me dije que esta mujer estaba más loca
de lo que había pensado en un principio. Luego me preguntó por Huautla de
Jiménez. Le dije que había estado allí y le conté algunas de mis experiencias.
El hombre del puesto encendió la televisión y sintonizó una cadena es­
pañola. Me quedé asombrado ante la cantidad de absurdos que aparecían en la
pantalla. Por un momento me dije: ¿éstas son las dos opciones para después de
mi viaje por México? ¿Seattle o Granada? Ambos parecían mundos extrañísi­
mos vistos desde esa realidad. Me dije que no podía ser.
La escena que estaba viviendo era totalmente surrealista. La mujer había
empezado a protestar también de la televisión: le indignaba que no hablasen
en inglés. Ella no hablaba una palabra de castellano y estaba encantada con­
migo, porque hablábamos en su idioma. Me preguntó si podía viajar conmigo,
aunque quizás se fuese a Huautla.
Le dije que fuera a Huautla, que yo iba a emprender un viaje muy peli­
groso. Ella respondió que yo era un sabio y que iría a Huautla.
No le presté ya más atención y comencé a hablar con el hombre del
puesto. Entonces empezó a buscar en su bolso. Al rato sacó un papelito y me lo
entregó. Lo guardé dentro de mi libreta y continué hablando con el hombre.
La mujer no aceptaba escuchar ni una sola palabra en castellano y unos
minutos después se fue muy enfadada, insultándonos en su idioma a modo de
despedida.
El hombre me preguntó si era mi novia. Le dije que afortunadamente no,
y le expliqué mis planes. Me dijo que iba a un lugar muy lindo, pero que tuvie­
se cuidado durante el viaje, que sobre todo después de San José del Pacífico, la
carretera era peligrosa.

El viaje fue sin embargo tranquilo. Tras abandonar Oaxaca avanzamos por una
carretera completamente llana, pero más tarde comenzamos a ascender.
Estaba tan cansado que me dormí, aunque un campesino que estaba sen­
tado a mi lado quedó en avisarme cuando estuviésemos cerca de San José. El
S a n J o sé del Pa c ífic o 155

autobús se movía mucho y más bien di cabezadas, aunque durante alguna


minutos creo que estuve profundamente dormido.
Tras unas horas de viaje, el hombre me dijo que San José estaba cerca.
Antes de llegar, el autobús hizo una brevísima parada para que se apease una
extraña mujer que había llamado mi atención durante el viaje.
Esta mujer, desde que subió en Oaxaca, no había hablado con nadie,
aunque me había mirado de vez en cuando. Yo tuve la sensación de que inten­
taba decirme algo con la mirada, pero estaba demasiado cansado para ir mis
allá. Había dormido, lo sabía, pero también sabía que ella había estado ayu­
dándome de alguna manera. Yo le había enviado con mi mirada mi agradeci­
miento por poder reposar después de la noche anterior.
La mujer era mayor, india, bajita, como pude comprobar cuando se le­
vantó. Antes de bajar, volvió la cabeza y me miró de una manera que me
estremeció. No era en absoluto una sensación negativa, sino más bien la áe
sentir su poder. En ese momento tuve la certeza de que no era una india más.
aunque no pude saber más de ella. Sólo alcancé a verla unos segundos por la
ventanilla, mientras escuchaba de nuevo el motor del autobús.
Sentí una sensación de alivio al verla desaparecer, y al mismo tiempo me
arrepentí de no haberme bajado con ella, en un acto audaz.
Me dije que a veces hay que saber reaccionar con una gran rapidez,
aunque también me planteaba que podía haber sido un acto totalmente es­
túpido, si esa mujer no fuese al final más que una campesina que volvía de la
ciudad, encontrándome después en medio de una carretera, teniendo que
esperar durante horas el próximo autobús.
Aun así sentí que debía haberme arriesgado, pero estos segundos de duda
terminaron cuando volví a quedarme casi dormido, a pesar de querer prestar
atención a la próxima parada.

Unos minutos después me avisaron que habíamos llegado a San José del Pací­
fico. Todos los viajeros parecían conocer mi destino y fue divertido comprobar
cómo todos pugnaban por ser los primeros en avisarme.
Les agradecí a todos su amabilidad y me acerqué a la puerca. Aun antes
de salir, vi que la altitud del lugar era considerable.
Salí del autobús rápidamente, porque la parada fue mínima. Unicamen­
te duró el tiempo necesario para bajarme yo y para dejar que subieran tres
viajeros que iban a Pochutla, destino final del autobús. Nos saludamos con
gesto de reconocimiento y complicidad. Ellos y yo sabíamos por qué habíamos
hecho una parada en ese pueblito sin ninguna importancia aparente.
156 E l d e sp e r t a r d el H o n g o

C o n sólo poner los pies en San José comprobé que hacía bastante frío, loque
resultaba sorprendente dado la estación del año en que nos encontrábamos,
finales del verano.
Las montañas que lo rodeaban tenían algo de nieve. Me quedé descon­
certado, sin saber qué hacer, cuando escuché que me llamaban. Alcé la vista
en dirección de la voz y vi a un muchacho en una ventana.
— ¿Buscas alojamiento? — me preguntó.
O*
— 01.
— Entra — dijo, y desapareció.
Entré en la casa que estaba justo enfrente. Apenas había caminado unos
20 metros desde donde me había dejado el autobús.
Dentro no había nadie; parecía una tienda pero estaba vacía. Al rato
bajó el mismo muchacho. Me dijo que se llamaba Jorge y que la señora me
daría una habitación en cuanto llegase. A l parecer estaba terminando de pre­
pararme la cama.
N os sentamos a esperarla y pronto apareció doña O felia. Era una mujer
de unos 40 años, morena, con la simpatía y la bondad expresadas en su cara.
Inm ediatam ente sentí una buena conexión con ella, muy cercana a la fami­
liaridad.
Jorge nos presentó y se marchó afuera. A l quedamos solos, doña Ofelia me
ofreció un tecito, y mientras lo preparaba charlamos tranquilamente en la cocina.
— ¿De dónde vienes? — me preguntó.
— De O axaca. He estado en Huautla.
— ¿Le gustó? — doña Ofelia dudaba entre hablarme de usted o de tú.
—Tuve una buena estancia — dije sonriendo.
— ¿Todo fue bueno allá?
— Me molestó el comercio de los hongos — respondí.
— Huautla tiene malas energías por vender los hongos de esa manera.
A q u í vienen las personas y les preparamos su tecito, pero no los vendemos,
porque hacerlo los malvibra.
— ¿Les prepara el té con honguitos?
— Sí, luego te hago uno si quieres — me propuso doña Ofelia.
— Ya veré, vengo cansado — dije.
— Si quieres te lo hago flojito. A sí te relajará y te ayudará a descansar. El
hongo es muy bueno con las personas buenas. Te da lo que necesitas.
— Lo sé — dije sinceramente.

Sirvió el té en dos tazas y se sentó conmigo en la mesa.


S a n J osé del Pacífico 157

— Dígame, doña Ofelia, ¿qué clase de hongos tiene?


Se levantó y buscó algo en otra mesa.
— Mira, ésta es una familia de derrumbes. ¿Verdad que son lindos?
Me mostró unos derrumbes tal y como los habían recogido, todavía uni­
dos por la base.
— Efectivamente, parecen una familia — dije— . Unos más grandes y otros
más chiquitos.
— Es que son familia, míralos todos uniditos.
Doña Ofelia hablaba de ios honguitos como si fueran sus hijos.
— La verdad es que da pena hacer un té con ellos — dije.
— Pero si han nacido para eso. Ellos quieren enseñar. Mira este bebito.
Vi uno muy pequeño, su cabeza era del tamaño de la de una cerilla.
— Parece mentira que algo tan chiquito te haga ver la realidad del
mundo.
Nos quedamos mirándolos, realmente extasiados ante su belleza.
— Fíjate qué cosas tan increíbles, tan pequeñitos y tienen un mundo
dentro.

Poco después me enseñó miel de hongos que tenía en el refrigerador para cuando
terminasen las lluvias, y subimos a la planta superior. Doña Ofelia quería ense­
ñarme la habitación.
— ¿Te gusta? — me preguntó.
— Mucho — dije con sinceridad— . Es muy amplia.
Sentí que era importante para ella que me gustase la habitación y su
casa, y efectivamente, así me lo hizo saber.
—Quiero que te sientas aquí como en tu casa. A mi esposo y a mí nos
gusta recibir bien a quienes, como tú, vienen a conocer el hongo.
Le hablé de mis experiencias con los honguitos, de cómo me había sen­
tido al tomarlo. A l terminar me dijo:
— Tú quieres al hongo, y el hongo te quiere a ti. Vamos abajo, voy a
enseñarte algo.
Bajamos de nuevo a la cocina. Me pidió que esperase y al rato apareció
con un envoltorio en la mano.
— Mira — dijo doña Ofelia, al descubrirlo.
No podía creer lo que veía. Era un san isidro de unos 40 centímetros.
— Nunca había visto un san isidro tan enorme — le dije.
— Éstos son san isidros que crecen a su antojo. Les llamamos “Maestros” .
Los verdaderos “ Maestros” se desarrollan sin trabas porque nadie los ve ni les
158 E l despertar del Hongo

molesta. Crecen y crecen hasta que alguien los encuentra, y ese alguien no es
cualquiera. Están escondidos, se protegen de los hombres.
— ¿No los usan?
— No así sin más. Éste me lo han confiado para tenerlo. Yo nunca lo he
probado, pero sé que el “ Maestro” es muy poderoso. Con uno, o incluso medio,
basta para viajar mucho y muy lejos.
— ¿Quién se lo ha dado? — pregunté con gran curiosidad.
Entonces doña Ofelia bajó la voz.
— Hay una mujer...
Se detuvo. Yo no intervine, dejé que pensase lo que tuviera que pensar.
Tras medio minuto pensativa continuó hablando, y me dijo su nombre y dón­
de podía encontrarla.
— Esa mujer sabe mucho — dijo en voz muy baja doña Ofelia— , más de
lo que tú o yo podemos concebir. Ella encuentra los “Maestros” , que están
escondidos de los hombres y las mujeres.
A l darme su nombre la había llamado tía, en vez de usar el doña de rigor
entre esta clase de personas.
— ¿Es familiar suyo? — le pregunté en mi ignorancia.
— No, tía es un tratamiento de respeto. Es una mujer muy extraña, no
duerme por las noches.
Doña Ofelia no quiso hablar más de esta mujer. Parecía imponerle mu­
cho respeto y temor su persona y su mundo.
— ¿Te apetece un té de puro derrumbe? — me preguntó.
Tras reflexionar unos instantes, respondí:
— Sí, pero no me lo haga flojito. Me encuentro mucho mejor. Sólo ver el
“Maestro” me ha hecho sentirme fuerte.
— A sí me gusta. Eres bravo. Sé que te va a gustar — dijo con seguridad—.
Ya verás cómo esta familia te va a tratar bien.
Entonces puso a calentar el agua. Cuando empezó a hervir, apagó el fue­
go y dejó caer la familia de derrumbes en el agua, de dos en dos.
Antes de echarlos los contó. Eran nueve. Uno cayó solo.
— Ahora tenemos que esperar 20 minutos — dijo doña Ofelia.

Mientras esperábamos, miré sus manos. Me había sorprendido con cuánto amor
había tratado a los honguitos.
— Ves, no cargo uña, así no los daño. Además de lavar se me gastan las
uñas. N o le gustan las uñas a los honguitos.
— ¿Ellos sienten? — pregunté.
S a n J osé del Pacífico 159

— Vaya si sienten. Por eso hay que arrancarlos con cuidado, pedirles per­
miso y explicarles para qué los quieres. Por eso en Huautla el hongo está su­
friendo tanto.
— Realmente no los recogen allí — dije— . Van por ellos lejos, como a 12
horas caminando entre las montañas.
— Antes crecían en mero Huautla, pero cada vez hay que ir más aparta­
do por ellos, y los recogen sin cuidado. Me lo contaron unos españoles que
fueron a recoger honguitos con unos muchachos de Huautla. Estuvieron aquí
en San José y se fueron muy felices. Me dijeron que les gustaban los derrumbes
y los san isidros, que los pajaritos de Huautla no funcionan.
— Yo los probé y no me hicieron mucho efecto — admití.
—Ahorita verás qué bonito te prenden estos derrumbes. Te darán un
viaje bien lindo. Estos derrumbes prenden bien bonito.

20

Al día siguiente me desperté temprano y muy descansado. Había dormido pro­


fundamente. A l dejar la cama me di cuenta de que todavía sentía los efectos
del hongo, no en sus aspectos más visionarios, sino en esa sensación de estar
arriba, como un águila que contempla el mundo desde el cielo.
Fui ai cuarto de baño y bajé a la cocina. Doña Ofelia estaba ya levantada
haciendo café. Estaba con una chica de la ciudad de México que estaba tam­
bién allí alojada. Se llamaba Lucía y desde el primer momento algo de ella me
atrajo poderosamente.
A l mirarla tuve una sensación parecida a la que tuve al ver por primera
vez a Claudia.
Doña Ofelia me preguntó que qué tal me habían tratado los derrumbes.
— Muy bien. Tuve un viaje increíble. Todavía siento que estoy prendido
—y miré a Lucía.
Doña Ofelia sonrió satisfecha.
— Te dije que te prenderían bien bonito — me dijo muy contenta.

Lucía también había viajado la noche anterior. Dijo que ella también sentía
que todavía estaba prendida. Mientras bebíamos el café nos contó cómo había
sido su viaje.
— Los honguitos me trataron muy bien, pero estuvieron muy fuertes. Me
hicieron ver toda mi vida, para que aprendiera de ella y supiera a dónde iba.
160 El despertar del Hongo

”Me vi primero cuando era un embrioncito, luego cómo nací, tan chi­
quita. Me vi de bebita, muy chiquita todavía. Me vi cómo empece a crecer:
yo iba dejando de ser pequeñita y continuaba creciendo. Todo este tiempo
iba sintiendo cómo iba enfrentándome a la existencia, y que al principio ni
era yo.
Doña Ofelia y yo la escuchábamos con interés. A l sentirlo, Lucía conti-
nuó hablando, cada vez más animada.
—Me veía desde ahora, y al mismo tiempo sentía cómo en ese momento
del pasado sentía. A l principio ni era yo, me sentía una con todo, y más tarde
descubrí la teta de mi mamá, y más tarde era ella, y luego ya era yo muy chiquitita
y vi un momento en que estaba descubriéndome las manos, y más tarde allá
estaba yo mirándome en un espejo, toda sorprendida, y luego riéndome. Vi cuan*
do comencé a andar, y cómo me caía y me levantaba de nuevo, así na’más, sin
miedo. Y luego vi todo mi crecimiento, hasta cuando me encerré en mí mis­
ma, que fue esa depresión tan grande que tuve, que casi me mató.
En ese momento vinieron a buscar a doña Ofelia. Lucía se calló un ins­
tante, antes de continuar, en cuanto nos quedamos solos.
— Es que yo quise suicidarme — confesó como avergonzada— . Por un
hombre fue, qué tontería. No me daba cuenta de lo que hacía. Dejar la vida así
na’más, sin haberla vivido de verdad, qué tontería.
Lucía parecía no poder comprenderse a sí misma.
— El hongo me hizo valorar la vida y el sentimiento de estar viva — conti­
nuó— . Nunca más pensaré en hacer una tontería así, y más porque el hongo
no acabó ahí. Ya les dije que fue muy duro conmigo. Luego continuó. Me llevó
adelante y ya me fui a mi futuro. Me fui a un momento en que ya era yo misma,
toda ahí, pero muy consciente de no ser yo sin más, como si fuera todo otra vez
pero ahora sabiéndolo.
Me miró y me preguntó:
— ¿Entiendes, Juanjo?
— Claro que lo entiendo. Yo viví lo mismo, pero de otra forma muy dis­
tinta, aunque fue lo mismo. A ver si luego voy afuera a escribirlo para que no
se me olvide. Fue increíble. Recuerdo un viaje en que viví lo mismo que tú, de
la misma manera. Vi desde la concepción a la muerte en sólo unas horas.
"Anoche creo que me fui también atrás y adelante. De antes de nacer a
después de morir. Todavía no me acuerdo de todo, pero sé que esas cosas, con
tiempo, salen todas.
La miré y dije:
— Con tiempo y mota.
S a n J osé del Pacífico 161

Los dos reímos con complicidad. Lucía se sorprendió mucho de que no


hablase mal de la mota, como hacían muchos de sus compatriotas. Desde que
doña Ofelia había salido parecía tener más confianza conmigo.
— A mí también la mota me ayuda a recordar. Tengo una poca. Podemos
recordar juntos más tarde.
Le dije que estaba de acuerdo, que era una buena idea.

Doña Ofelia volvió con queso blanco y nos preparó unas quesadillas riquí­
simas.
— Nos sirve para recuperar fuerzas — dijo Lucía.
— Claro — dijo doña Ofelia— , tienen también que alimentar el cuerpo,
ahora que el espíritu está ya más fuerte.
Abrió su cesta y dijo:
— Miren estos derrumbes.
Era una familia de 56 derrumbes. Doña Ofelia ya los había contado y nos
lo dijo satisfecha.
— Una familia completa. Esta mañana muy temprano la trajo la tía y me
la ha dado. Los encontró ella. Miren qué amarillos y qué lindos, nadie va a
atreverse a comérselos, como no sea ese hombre de Monterrey — y calló otra
vez, como cuando se detuvo al hablar de la tía.
Esta mujer parecía saber muchas cosas. Intenté preguntarle quién era ese
hombre, pero ella siguió hablándonos de los derrumbes. Estaba entusiasmada.
— Miren sus patas blancas y todos amarillitos arriba, ésa es muy buena
señal. Hay derrumbes cafés, como los que tomaron ayer, y derrumbes amarillos

como éstos. Estos son mucho más raros y más poderosos.
Buscó un bote de cristal y nos dijo:
— Voy a ponerlos en miel. Acérquense y miren cómo se hace.
Nos acercamos a la mesa y doña Ofelia comenzó su explicación.
— Se ponen los hongos así, bien apretaditos. Se les echa miel y cuando
bajan los honguitos, se meten otra vez más honguitos y más miel. Luego se
tapa. A sí — cerró con fuerza el tarro— y que no baje la miel, pues se hace
azúcar y no vale para conservar los hongos.
— ¿Qué cantidad se necesita para un viaje? — pregunté.
— Deben tomarse dos o tres cucharadas de miel, de un bote así. Los me­
jores para conservar los honguitos son los de chocolate o los de durazno.

Lucía y yo terminamos de desayunar. Estuvimos paseando por el pueblo hasta


que subimos a la iglesia.
162 E l despertar del Ho ngo

Apartándonos de la plaza, y bajo unos árboles, fumamos la mota que


había traído Lucía. Hablamos mucho, abriéndonos totalm ente. Nos con­
tamos muchas cosas, algunas muy secretas. Después callamos y buscamos
un lugar aún más apartado. Nos alejamos un poco más de la iglesia. Busca­
mos un lugar para tumbarnos en la hierba. Estuvimos por unos minutos
cada uno en su mundo. La mota era fuerte y era difícil incluso permanecer
sentado.
Pronto sentí como si no tuviera cuerpo, hasta que volví a sentirlo, inclu­
so de una manera más viva. Cuando abrí los ojos me di cuenta de cómo me
miraba Lucía. Yo estaba sintiendo lo mismo y supe qué estaba ocurriendo. Le
dije que fuéramos a la parte baja del pueblo. Ella me dijo que allí estábamos
solos, y añadió:
—Juanjo, siento algo fuerte, ¿entiendes? Siento que nos conocemos ya,
como si ya hubiera hecho contigo el amor alguna vez.
La miré sorprendido, más porque me lo dijera que porque lo sintiese, y le
dije:
— Pero si acabamos de conocemos... — y me arrepentí de mis palabras al
pronunciarlas.
En unos instantes estaba intentando corregirlas:
— Te entiendo, Lucía, de verdad. A mí también me parece muy natural
estar contigo. Te siento muy próxima, como si nos conociéramos de hace mu­
cho tiempo.
— ¿Vamos a casa de doña Ofelia? — me propuso— . Me gusta cómo me
siento contigo, te haya conocido antes o no.
Yo no sabía qué hacer, pero no tuve tiempo de pensarlo. Antes de poder
comenzar a reflexionar, aunque fuera unos segundos, ya teníamos las manos
juntas y pronto estábamos acariciándonos. Unos minutos más tarde nuestros
cuerpos estaban juntos también.
El lugar estaba escondido, aunque en ese momento no nos importaba la
posibilidad de ser vistos por alguien, a pesar de ser conscientes de que estába­
mos en México y sospechar que si nos sorprendían seríamos expulsados del
pueblo.
Pero nos resultaba impensable separarnos, y si en algún momento lo ha­
cíamos era para mirarnos a los ojos. Lucía entraba en los míos y yo en los suyos,
y cuando todo eran nuestros ojos, nuestros labios se juntaban de nuevo y ya no
había dos cuerpos sino uno, o más aún, un solo ser haciéndose el amor a sí
mismo. Todos nuestros sentidos, físicos y más allá de la materia estaban a ple­
no funcionamiento y se confundían entre ellos.
S a n J osé del Pacífico 163

Transcurrieron horas según supimos más tarde y nadie apareció por ahí. Cuan'
do nos levantamos vimos que llegaban unos niños a jugar a la plaza de la iglesia.
A l acercarnos nos miraron con complicidad.
Fuimos a casa de doña Ofelia a comer. El hambre que producía esta mota
era también increíble. Mientras bajábamos, Lucía me preguntó:
— ¿Quién eres, Juanjo?
— Eso mismo iba a preguntarte yo, ¿quién eres?
— Qué sé yo — respondió Lucía— . Anoche supe muchas cosas sobre eso,
pero todavía no me acuerdo muy bien.
— A mí me pasó lo mismo. De algún modo supe que iba a conocerte,
pero no recordaba que fuera a ocurrir tan pronto. Ha sido una agradable sor­
presa — dije sonriéndole. Eila me abrazó.
Terminamos de bajar en silencio, intentando recordar, pero nada más
supimos. A l llegar a su casa, doña Ofelia se portó muy bien con nosotros,
quizás intuyendo algo. La comida fue muy completa y sabrosísima. Los hongos
y la mota nos hacían percibir todavía mejor los sabores.
Mientras preparaba la comida habíamos ido a las duchas, que estaban
fuera de la casa, y después de comer nos fuimos a dormir.

A media tarde salimos a pasear. En unos minutos estábamos fuera del pueblo.
Los paisajes eran hermosísimos. Los árboles, las montañas y los pájaros pare­
cían recibirnos y saludamos.
Cuando estábamos pensando en regresar, nos llamó una pareja que esta­
ba a la puerta de su cabaña. Nos invitaron a tomar un té con ellos.
La cabaña era de madera, mucho más acogedora que las de Huautla. Nos
dijeron que la habían alquilado por unos días. Era muy limpia y amplia. Por las
ventanas entraba mucha luz.
Me sorprendió ver un retrato de Osho en la pared. Osho parecía acom­
pañarme en todos los viajes. En India, en Nepal, en Sudamérica y ahora en
México.
— Sois sannyasins, ¿no? — les pregunté.
— Sí, ella es Prem, y yo soy Satya.
Después de presentamos, me dijeron que les alegraba que supiera quién
era Osho, y nos preguntaron si éramos también sannyasins. Nos aceptaron
alegremente, a pesar de que respondimos que no.
Ella era morena, con el pelo rizado y la piel algo oscura. Su mirada siem­
pre era risueña. Él era rubio, de ojos azules, de piel clara y también risueño.
Aparentaban unos 40 años. Nos dijeron que eran argentinos y que se habían
164 EL DESPERTAR DEL HONGO

hecho sannyasins en India, en la comuna de Puna, cuando Osho no había


dejado todavía su cuerpo.
Me sentí bien allí con ellos. A pesar de que no me agradaba la organiza­
ción y el comercio espiritual, siempre había tenido la suerte de conocer
sannyasins que eran grandes personas, con las que había conectado profunda­
mente. Y Osho siempre había aparecido en mis viajes para darme claridad.
Intuía que ahora sería igual.

Mientras tomábamos el té, Lucía y yo les contamos lo que nos había pasado
junto a la placeta de la iglesia. Teníamos ganas de compartirlo con alguien y
sabíamos que con ellos podíamos hacerlo.
Les agradó mucho lo que les dijimos, y se rieron bastante imaginando
qué hubiera ocurrido si nos hubiesen sorprendido los vecinos del pueblo.
— Ese lugar es muy poderoso — dijo Prem— . Tengan en cuenta que las
iglesias normalmente no están situadas en cualquier sitio. Esta además parece
abandonada, por lo que no estará corrompida su energía.
— Ayer estuvimos allí y no pudimos entrar — dijo Satya.
— A mí me ha llamado la atención cómo se sintieron y coincide con
algo que estamos trabajando los dos ahorita — dijo Prem.
— Sí — confirmó Satya— . Hemos descubierto que los hongos, en dosis ba­
jas, son empatógenos, como la M D M A , más conocida como éxtasis. Quizás la MDMA
es mejor, pero es más difícil de encontrar pura, y eso dificulta utilizarla para terapia,
a pesar de que ha demostrado ser magnífica para curar problemas emocionales. Es
una pena que sea ilegal, porque en la calle venden mierda no’más.
”Por lo que cuentan de su experiencia, parece que los honguitos combi­
nados con la mota, su poder es mayor — concluyó Satya, sonriendo con com­
plicidad, mientras miraba a Prem, que también sonreía.
— ¿A qué llaman empatógeno? — pregunto Lucía.
— Queremos decir que producen empatia, más que visiones, como ha­
cen en dosis mayores — respondió Prem— . Si no fuera por las razones legales
que pueden imaginar, usaríamos a partir de ahora los hongos para terapia de
pareja, que es nuestro trabajo en Buenos Aires.
— Tenéis tanta razón — les dije— . Me alegra que estéis trabajando así
con los honguitos. Desgraciadamente no tengo tiempo de hacer todo lo que
querría, pero estuve investigando las diferentes posibilidades del hongo con
una amiga mía de Granada, y os puedo incluso decir las dosis necesarias de
Stropharia cubensis, según el fin que se busque.
— ¿Del hongo san isidro? — preguntó Satya.
S a n J osé del Pacífico 165

— Eso mismo — respondí.


— Cuenta, cuenta — me pidió Prem.
— Esta amiga mía de Granada y yo descubrimos por casualidad las virtu-
des de dosis pequeñas de esta especie. Fue cuando tomamos en la Alpujarra,
en la sierra granadina, unos san isidro que le había enviado una amiga que los
cultivaba en su casa. U n día había recibido tres gramos y decidimos tomarlos entre
los dos. Cuando tomamos un gramo y medio descubrimos que producía esos
efectos que vosotros llamáis empatógenos. La sensibilidad aumentaba mucho,
y bueno, ya imagináis que además de terapéutico era muy placentero.
— Sí — dijo Prem, sonriendo nuevamente con complicidad— . Nosotros
usamos ese estado tántricamente.
—Por mi experiencia, para el tantra son magníficos el hash, una buena
mota o una dosis baja de LSD lo más pura posible. Unas 100 gammas de LSD
hacen el sexo multidimensional — informé.
— Eso me interesa mucho — dijo Lucía— . ¿Por qué no me cuentan sus
experiencias?
—Más tarde — le respondió Satya— . Ahorita, Juanjo, dinos qué sucedía
con dosis mayores cuando los tomaban tu amiga y vos — dijo dirigiéndose a mí.
— Un día recibimos seis gramos — dije— . Con dosis de tres gramos des-
cubrimos que ya no podíamos interactuar mucho en el plano físico, aunque en
una dimensión inmaterial nos encontrábamos. Más adelante comprobamos
que a partir de tres gramos el viaje era ya tan poderoso que cada uno estaba
tumbado, aparentemente en su mundo, separados físicamente; aunque alguna
vez nos encontramos en una dimensión que no os puedo describir, quizás en el
origen y final del tiempo. Nos encontramos desde luego en una dimensión
. inmaterial. N o teníamos cuerpo.
— Eso es muy interesante, Juanjo — dijo Prem— . Nosotros acabamos de
comenzar a trabajar en esto y nos sirve de mucho — me enseñó su libreta y vi
que había anotado todo lo que les había dicho— . Nosotros descubrimos las
grandes posibilidades terapéuticas el otro día, cuando tomamos hongos con
una pareja argentina amiga nuestra. Antes de tomar el tecito de hongos te­
nían muchos problemas entre ellos, pero cuando tomaron ese té, que no era
muy fuerte por cierto, los resolvieron todos.
— Vos nos confirmás lo que vimos — dijo Satya— . Temíamos que pasa­
dos los efectos, perderían esa comprensión que tuvieron cuando estaban jun­
tos y prendidos, pero al menos los días que todavía estuvieron acá, continua­
ron unidos. Habían superados sus problemas trascendiéndolos.
— Escucha — dijo Lucía— . ¿No tenían problemas sexuales?
166 bL DESPERTAR DEL HONGO

— Sí — dijo Prem— , pero los resolvieron. A l estar tan sensibles, tam­


bién expresaron todos los deseos que tenían dentro y resolvieron algo que les
separaba. Hasta ese día no se habían atrevido a hablar de sus deseos y fantasías.
Cuando se fueron a la otra habitación — y señaló hacia una puerta que daba a
la sala donde estábamos— , parece que se sinceraron, o más bien, expresaron
todo lo que los dos tenían dentro.
— Reprimir el sexo en toda su amplia dimensión es uno de los grandes
problemas entre las parejas que vienen a nosotros — dijo Satya— . No entien­
den que no hay que quedarse atrapado ahí. Finalmente hay que trascender
también la necesidad del sexo, pero no reprimiéndolo, sino conociendo su
dimensión sagrada.
— Acá en México están algo reprimidos, ¿no, Lucía? — preguntó Prem.
#

Lucía me miró, parecía que se sentía incluida.


— No vos, ya lo sé — añadió Prem al darse cuenta y todos reímos— , pero
mucha gente acá, sobre todo las mujeres, no viven libremente su sexualidad,
¿no es verdad?
— En México y en algunas ciudades norteñas y costeras no tanto —res­
pondió Lucía— , pero en los pueblos hay mucha represión. Si acá no nos mata­
ron fue porque no nos vieron.
— No creo que hubieran llegado a tanto — dije yo— . En Huautla sí me
hablaban mucho del sexo como algo impuro, y unas mexicanas del norte que
conocí allí me contaron sus problemas, pero aquí en San José, quién sabe,
quizás tomar el hongo sin tantas normas anticuadas les ha abierto la mente y
nos hubieran dejado tranquilos.
— No sé, hay personas a quienes simplemente tomar el hongo u otra
planta chamánica no parece haberles servido para algunas cosas — dijo Satya.
—Conocemos personas que se autocalifican de chamanes — dijo Prem—,
que llevan años tomando plantas chamánicas y están totalmente atrapadas
por su ego, buscando el poder y el dinero como máximo objetivo en sus vidas,
y te aseguro que conocen las plantas bien y dominan además varios medios de
acceder a otras realidades y las conocen extensamente. N o me explico cómo
en este mundo pueden ser tan miserables, porque hacen daño sabiendo que
están haciéndolo.
— Sin amor y compasión no sirve de nada el poder — dijo Satya—. En
India imagino que verías — y me miró a mí— cómo muchos yoguis y gurús mal
usan sus poderes. Obtener poder puede ser una trampa espiritual.
— Tendríamos que empezar a hablar de transchamanismo — dije, como
si hubiera tenido una revelación.
S a n J osé del Pacifico 167

— ¿Trans qué? — dijo Satya, quien se había levantado a poner agua a


calentar y no había escuchado bien.
— Transchamanismo — repetí— . Sería el uso de las técnicas chamánicas
para trascender o trasmutar el ego, y no para fortalecerlo o regresar a estados
anteriores al ego.
Aunque en realidad a eso se le puede llamar ya psiconáutica.
— ¿Conocen la falacia pre/trans que descubrió Ken Wilber? — preguntó
Prem— . Explica todo esto muy bien.
— Me parece fundamental comprenderla — dijo Satya.
— Estoy de acuerdo — dije— . Lo que tenemos que recordar es que no es
un proceso tan lineal. Tras momentos de trascender el ego, volvemos a estados
donde es dueño y señor, porque volvemos a entregarle el poder.
— En la evolución individual también tenemos momentos de regreso a
estados preego icos — dijo Satya.
— Pero ya no es igual — añadió Prem— . Tenés más experiencia para
saber lo que está sucediendo y poder salir de allí. Tanto la evolución indi­
vidual como colectiva es en espiral, y cuando volvemos a un mismo punto,
estamos en un estado más elevado de conciencia. Tenemos más madurez
para saber dónde estamos y continuar el ritmo de la evolución de nuestra
conciencia. El problema es cuando no se evoluciona y no se asciende. En­
tonces sólo se dan vueltas en círculo, repitiendo una y otra vez las mismas
historias y errores. Si queremos transformarnos realmente, hemos de ir más
allá con lucidez.

Antes de que volviéramos a hablar, Satya dijo:


— Bueno, basta de plática, no nos vayan a atrapar las palabras. ¿Apete­
cen un té de derrumbes?
— Ay, para mí flojito — dijo Lucía.
— Y para mí — dije yo.
— Uy, estos dos quieren empatia — dijo Prem a Satya, sonriendo, con
picardía en la mirada.
Lucía y yo nos miramos sonriendo y coincidimos al responder juntos:
— Pues no estaría nada mal.
Prem dijo a Satya, sonriendo también:
— Ya están juntos hasta para platicar.
— La verdad es que se apetece un viaje tranquilo —dije yo— . Uno real­
mente no puede con viajes profundos continuamente, y más al día siguiente
del anterior. Anoche tuvimos un viaje fuerte los dos.
lOO C L U C O I X f l l / U l L /C L I I W I N V ^ W

—Yo hoy necesito descansar del nagual — dijo Lucía— . Es verdad que
anoche estuvo bien fuerte el viaje. Me prendió totalmente.
— Todos tenemos nuestro ritmo — dijo Prem— , y debemos respetarlo.
— Podemos hacer uno flojito para los cuatro — sugirió Satya— . Tene­
mos acá una familia de derrumbes. Para los cuatro estaría bien.
— A sí veremos si ocurre algo malo por haber tenido sexo antes de to­
mar los hongos — dijo Lucía, sonriendo— . Nunca me había atrevido antes a
tomarlos después de coger. La verdad es que me asustaron cuando era una
chamaca, cuando tomé hongos por primera vez.
— Eso de que el sexo es malo es una boludez — opinó Prem— . Nosotros
no sólo no hemos tenido abstinencia estos días, sino que hemos hecho el amor
estando prendidos y ha sido maravilloso. ¡Una experiencia poca madre!
— Sí. Queríamos explorar el sexo en esos estados — dijo Satya— , y es
algo grande, bien chingón.
Reíamos los cuatro con ganas, sintiéndonos todos comprendidos.
— Quizás si querés explorar alguna otra dimensión diferente — dijo
Prem— , mantener la energía sexual es necesario.
— Cada cual puede hacer lo que quiera, pero no es liberador meter el
miedo a las personas — dijo Satya.
— El problema para mí — dijo Prem— es impedir, al introducir el miedo,
explorar el sexo en otras dimensiones de la conciencia.

— Órale, vamos p’allá — dijo Lucía cuando Satya trajo las tazas con el té.
Mientras esperábamos los efectos, Prem y Satya estuvieron hablándonos
de sus experiencias con el tantra y los hongos. Nos dijeron que era mejor tener
sexo con personas limpias energéticamente, porque al hacer el amor, los cuer­
pos y las energías se mezclan y se corre el peligro de quedarse con energías y
desequilibrios del otro, que entran si uno se abre a ellos en la intimidad.
Ellos hablaban de sus encuentros como momentos de fusión entre las
energías de ambos, como instantes donde trascendían sus cuerpos gracias al
sexo y al uso consciente de su deseo.
Pronto dejamos de hablar y comenzaron las caricias, muy suavemente,
apenas roces en la piel. Era increíble la sensibilidad que se alcanzaba en esos
momentos.
Lucía me pidió que fuéramos a la habitación que nos habían ofrecido
antes por si queríamos estar solos.
— A l fin y al cabo soy mexicana — dijo mientras sonreía— . Todavía no
soy tan libre como ustedes.
S a n J osé del Pacífico 169

A Prem y Satya no parecía importarles nuestra presencia, o quizás conta­


ban con que nos iríamos a la otra habitación.
Cuando nos fuimos habían comenzado a bailar juntos, muy despacio. Se
despidieron de nosotros con un gesto y una amplia sonrisa.
Los honguitos nos hicieron un efecto leve, pero tal y como esperábamos,
aumentaron enormemente nuestra sensibilidad. Una sola caricia producía unas
sensaciones increíbles; un beso o un abrazo nos hacía sentir nuestros cuerpos
fundidos; la unión sexual era una unión total, más allá de los cuerpos.
El tiempo parecía dilatarse. N o tanto porque variara nuestra percep­
ción de él, sino porque cada detalle era tan profundo, que cada gesto tenía
toda nuestra atención y eso hacía que actos mínimos se prolongasen más de
lo habitual.
Eran todos los sentidos los que se acrecentaron. Las sensaciones del tac­
to eran mayores, y aunque muy llamativas, no eran tan nuevas para nosotros
después de los sucesos de la mañana. También eran muy apreciables las mejo­
ras de la vista o el oído, pero el aumento que más nos llamó la atención fue el
del olfato y el del gusto. Jamás habíamos percibido con tanta riqueza los olores
y sabores del encuentro amoroso. Quizás eran los sentidos que los occidentales
tenemos más aletargados.

En un primer momento este encuentro con Lucía tuvo una consecuencia im­
prevista en mí. La sensación de unión fue tan grande que me planteé dejar de
lado el itinerario que tenía ante mí a partir de ese momento para continuar
con ella, siempre que ella tuviera el mismo deseo.
Recuerdo que estábamos abrazados, a punto de dormimos tras haber trans­
currido unas cuatro horas desde que bebimos el té, cuando sentí que no podría
descansar sin ir antes al cuarto de baño. La psilocibina estaba todavía en mi
cuerpo y me mantenía despierto.
Me deshice del abrazo y salí de la habitación. Lucía, casi dormida, no
parecía tener problemas para conciliar el sueño y sólo alcanzó a decirme que
volviese pronto. En el cuarto de baño comencé a sentir que aunque desease
tanto continuar junto a Lucía, de algún modo me traicionaba a mí mismo al
hacerlo.
A l salir, en la sala vi algo encima de la mesita junto a la que habíamos
estado sentados. Era una carta perteneciente al Osho Neo-Tarot. Aparecía la
palabra Centrarse.
Busqué en el librito la explicación de Osho sobre esa carta y al leerla,
comprendí que debía seguir mi propio camino, sin dejarme desviar de él por
1/U tL DESPERTAR DEL HONGO

nadie. Sentí que Lucía me detenía en un lugar que ya conocía. Ya había expe­
rimentado algo similar con alguna otra mujer y entendí qué quería decirme esa
carta en ese momento.
Me sentí bien con la decisión que acababa de tomar. Esas palabras de
Osho me hicieron comprender que tenía que seguir mi camino sin ninguna
variación importante, por encima de todo, y a pesar del dolor de la separación.
El mar de Zipolite

21

Me desperté muy temprano. Lucía estaba profundamente dormida. Me levan­


té de la cama y salí a la sala. La pareja de sannyasins parecía que dormían
todavía también.
Entonces recordé y salí a la calle decidido a ir en busca de la mujer de la
que me había hablado doña Ofelia.
Había soñado con una mujer que no había reconocido, aunque tuve la
sensación de que era ella. Tenía la capacidad de llevarme a otros mundos sólo
con la mirada. Había viajado dentro del sueño a realidades que ya conocía
gracias al hongo, a la ayahuasca y ai sanpedro, y al despertarme sentía no tener
energía para recordar. Cada segundo que pasaba parecía llevarse cantidades
enormes de información y recuerdos del sueño.
Entonces adquirió todo su sentido mis encuentros con algunos hombres
o mujeres de conocimiento durante mis viajes. Ellos también modificaron mi
percepción con su mirada y me di cuenta de que tenía que estar dispuesto a
conocer los mundos que me hacían descubrir cuando tuviera esa oportunidad,
a pesar de que me impusieran tanto respeto.

A l comenzar a caminar sentí que estaba débil para ir a ese pueblito. Me im­
ponía tanto respeto y miedo lo que pudiera encontrar allí, que sentí que mis
172 E l despertar del Ho n g o

piernas flaqueaban. Cada paso parecía una proeza y me veía incapaz de cami­
nar los kilómetros que lo separaban de San José del Pacífico.
Retrocedí, no sé si cobarde o prudentemente, y regresé a la cabaña. Lu­
cía estaba en la sala, recién levantada. Prem y Satya no estaban. Lucía me dijo
que debían haber salido.
En cuanto me senté junto a ella, le dije a Lucía que me iba a Zipolite. No
quería dar lugar al arrepentimiento, ya que había tomado la decisión de conti­
nuar sin ella. Sabía que sería más difícil la separación cuanto más tiempo con­
tinuásemos juntos.
— Si llego hoy encontraré todavía a la tribu, y necesito descansar — dije—.
Pienso que el mar será un buen lugar para reposar y tomar fuerzas antes de
adentrarme en Chiapas.
— ¿No quieres venir conmigo a México? — me preguntó, con un nudo
en la garganta.
— Tengo que ir al sur, no al norte, Lucía, aunque no sepa exactamente
para qué. A estas alturas del viaje no puedo variar mi rumbo por ti ni por nadie.
Lucía tardó unos segundos en aceptar lo que le estaba diciendo, pero
luego dijo:
— Si te doy mi teléfono, ¿me llamarás cuando vuelvas a la ciudad de
México?
— Claro que sí. Me siento muy bien contigo, Lucía, pero en este mo­
mento del viaje hay una fuerza mayor que me lleva al sur que la que me lleva­
ría a estar contigo. Y no quiero que nos encariñemos más. ¿Entiendes?
— Claro que sí, Juanjo. Podría ir contigo a Zipolite, pero sé que tengo
que regresar a mi ciudad. Entiendo que a ti te ocurra igual. Ya volveremos a
vem o s— dijo con un poso de tristeza en su voz y en su mirada.
Le di la libreta de mis anotaciones y escribió en ella su teléfono y su
dirección. En ese momento aparecieron Prem y Satya.
Estaban muy contentos después de la noche anterior. Estaban también
muy cansados, por lo que hablamos poco tiempo. Antes de despedimos me
pidieron que les escribiera a Argentina. Nos dijeron que iban a tratar de apren­
der a cultivar los hongos psilocíbicos cuando regresaran a su país.
Prem recordó que quería darme una dirección para conseguir las esporas
y fue por ella. Cuando regresó me di cuenta que era de Seattle. Esta nueva
señal apuntando a esa ciudad no dejó de sorprenderme y la guardé en mi me­
moria, para más adelante.
Tras abrazamos los cuatro, Lucía y yo fuimos juntos a la casa. Preparé
rápidamente la mochila y bajamos a la cocina. Doña Ofelia estaba allí, espe-
E l m ar de Z ipolite 173

rándome. Le pagué la habitación, la comida y el té, y antes de salir recordé y le


pregunté por la tribu. Hasta ese momento había dado por hecho que no ha'
bían estado allí, porque no me había hablado de ellos.
— Hace dos días tomaron el camión. No sé dónde estuvieron. Fueron
más allá de San José.
— Entonces estarán todavía en Zipolite — dije. Eliú me había dicho que
intentarían trabajar allí una temporada.
Me despedí de doña Ofelia, agradeciéndole mucho todo lo que había
hecho por mí, y Lucía y yo salimos a esperar el autobús.
Unos minutos después apareció. Hice señales al conductor para que se
detuviese. Lucía y yo nos abrazamos muy fuerte, y nos dijimos las últimas
palabras.
El autobús se detuvo a nuestro lado. Me subí rápidamente cuando el
chofer hizo sonar el claxon, impaciente. Nadie bajó del autobús y pronto corría­
mos entre las montañas hacia Pochutla, donde me habían dicho que podría
tomar un minibús a Zipolite.
Ya en mi asiento pensé que quizás debía haber esperado a que se desper­
tase Lucía y haber intentado ir juntos a buscar a la mujer, pero también me
dije que si había actuado así era por alguna razón, y no quise atormentarme.
En mi viaje había cada vez más determinación, aunque todavía fuera algo
inestable, y no quería dar lugar para torturarme una vez tomada una decisión,
aunque ésta pudiese ser equivocada, y aunque esa mañana hubiese comproba­
do que hay mundos donde, al menos por el momento, necesitase entrar acom­
pañado por alguien en quien confiase totalmente.
Empecé a pensar que hay lugares donde deberemos penetrar juntos, como
un solo ser, y me pregunté si algún día volvería a ver a Lucía.
*

Desde la ventanilla vi cómo pronto comenzamos a descender. Debíamos de #

haber llegado al punto máximo de altitud y sólo bastaba bajar los kilómetros
que nos separasen del mar.
En algunos lugares, junto a la carretera, vi floripondios, y volví.a re­
cordar la miel de hongos de Ramón. ¿Sería el floripondio alguno de los com­
ponentes? También pensé si el hongo “Maestro” tendría alguna relación
con “ el hongo de superior razón” , pero concluí que no. Lucía había coin­
cidido conmigo en que el “ Maestro” parecía ser el hongo san isidro más
desarrollado, aunque me propuse averiguarlo a ciencia cierta en cuanto tu­
viera ocasión. Quizás si llegaba a Yeracruz, con Andrés, o en Guanajuato,
con María.
174 E l despertar del H o ngo

Mientras me entretenía en esas reflexiones, una anciana vino a mi lado


y comenzó a contarme historias de su marido. Me dijo que tomaba mucho,
abusando de la bebida y de ella. Su triste vida me conmovió. Me convenció de
cuánto nos quedaba por evolucionar al ser humano y cuánto sufrimiento in­
útil existía todavía en el mundo. La parte destructiva que todos teníamos den­
tro, con mayor o menor fuerza, parecía permanecer intacta, a pesar de nuestros
deseos de anularla, transformarla, abrazarla o superarla.
Estuve escuchando a la mujer hasta que llegamos a Pochutla. A llí la vi
alejarse cargada de bolsas, con uno de sus hijos que había venido a ayudarla.

Pochutla me pareció una ciudad sin ningún interés. Hacía mucho calor y el
ambiente era cargado. Decidí salir inmediatamente, por lo que tomé el primer
minibús que encontré.
En menos de una hora, tras cruzar Puerto Angel, me dejó en Zipolite. Y
Zipolite me atrajo al llegar.
Las construcciones eran bajas y abundaban las chozas abiertas, con ha­
macas de colores bajo los chamizos. La apariencia era la de un pueblo típica­
mente costero. Me gustó mucho su atmósfera. Daba sensación de libertad.
Había algo que me recordaba al Caribe.

Crucé el pueblito a lo ancho hasta la playa. Según lo veía, me atraía más el


lugar. Caminé junto a la orilla del mar hacia la izquierda, hasta el extremo
final, donde recordé que Eliú me había dicho que estaba un hospedaje llamado
Shambala. A h í debía preguntar por Gloria, una mujer estadounidense que
vivía allí desde hace años y que había preparado ese hospedaje para los viaje­
ros menos convencionales.
A l llegar y preguntar por ella, me dijeron que no estaba. Me explicaron
que había ido de viaje y estaría unos días fuera. Aun así tomé una habitación
en Shambala, con vista al Pacífico. La habitación tenía una cama y una hama­
ca. Podría elegir dónde dormir.
Me alegró la presencia de un mosquitero que me protegería de los ata­
ques, frecuentes al atardecer en estas latitudes, de esos animalitos a los que
tanto atraigo y con los que siempre he tenido una relación algo hostil.

Descansé en la hamaca y dormí varias horas. El sueño fue tranquilo, aunque


tuve la sensación de encontrarme con alguien que sólo pude recordar después.
Me desperté con hambre, pero antes de ir a comer quise mascar las hojas
de la Pastora, que me había dado doña Josefa. Era su rostro el que había apare-
El m a r de ZlPOLITE 175

cido nítidamente en mi sueño, y al recordarlo me acordé que tenía esas hojas


todavía conmigo.
Me costó mucho trabajo mascarlas todas a la vez. Comencé con 13, me­
tiéndolas en mi boca una a una, enrolladas. Fue una sorpresa lo difícil que era ir
mascándolas minuciosamente, manteniendo dentro de la boca todas las hojas;
primero 13 y más tarde, ai no notar demasiados efectos, las otras siete.
Tenía una gran bola de hojas trituradas dentro de la boca cuando sentí el
líquido que había extraído al mascarlas. La retuve todavía unos minutos, algo
reacio a su sabor amargo, y minutos más tarde, cuando pensé que la Pastora ya
habría actuado en mí, la escupí en la papelera que había en una esquina de
la habitación.
Me tumbé en la cama hasta que sentí una vibración muy sutil. Me di
cuenta de que el principio activo de esta planta, la salvinorina, era muy dife­
rente a la psilocibina, la mescalina o la harmalina. Claramente pertenecía a
otra familia, porque no me eran en absoluto familiares sus efectos.
Tras esperar una media hora salí afuera. No había amanecido hacía mu­
cho tiempo. La luz no era todavía muy fuerte; unas nubes oscuras amenazaban
lluvia.
Bajé a la playa y caminé por la orilla. No había muchas personas en ese
momento. En Zipolite las noches eran largas y la gente debía estar todavía
durmiendo.
A l ir caminando sentí que estaba en otra realidad, aunque paradójica­
mente no tuviera la sensación de haber abandonado la de todos los días. Se­
gún caminaba por la playa, ocurría igual con la relación con respecto a mi
cuerpo. Estaba y no estaba en él. Durante mi caminar confirmé mi primera
impresión de que la Pastora era algo único y que sus efectos en nada eran
parecidos a los de otras plantas que había probado.
A l ir remitiendo sus efectos, sentí no haberle pedido más hojas a doña
Josefa. Me hubiera gustado poder probar la Pastora fumada y comparar su modo
de actuar.
En un momento final el hambre fue insoportable. Bajo un chamizo vi
unas mesas de madera. Aunque no había nadie sentado, vi que las personas
que atendían el lugar estaban ya en la cocina, al parecer dispuestas a preparar
desayunos.
Me senté y pronto vinieron a atenderme. Pedí un jugo de papaya y ce­
reales. Mientras lo preparaban me dediqué a escribir a Luna, cara al mar. Me
encontraba extrañamente inspirado, quizás a causa de las hojas de la Salvia
divinorum.
176 E l despertar del Ho ngo

Sentí que conectaba con ella y le hablé de mi estancia en Huautla y en


Oaxaca, de mi encuentro con Ramón, de mis descubrimientos, de mis impre­
siones sobre su carta, y luego escribí:

Quiero describirte, antes de que se me olvide, mi último viaje con hongos. Fue
anteayer en un Pueblito de la sierra llamado San José del Pacífico. Me alojé en
casa de una señora llamada doña Ofelia, que por la tarde me dio a probar un té de
hongos.
Lo bebí con respeto y afecto. Doña Ofelia lo había endulzado con miel y el
sabor era realmente agradable. Me aseguró que en media hora me habría prendido.
Salí a la calle, pero sentí demasiado frío, y además sabía que la temperatura
me bajaba cuando me hacían efecto bs honguitos, así que entré de nuevo en la casa
y subí a b habitación. Doña Ofelia no estaba ya en b cocina.
Cerré b puerta y me tumbé en b cama a esperar los efectos del té. Escuchaba
b cinta de b tribu. El sonido de b percusión contribuyó a elevar mi conciencia de
una manera inexpresable.
A los 20 minutos comencé a ver una figura en la pared. Una de bs mam
chas empezó a transformarse en una mujer. A l principio vi su cara, y más tarde
todo el cuerpo. No b reconocí, pero era alguien que de algún modo me resultaba
familiar.
Cerré bs ojos y entonces vi figuras de todo tipo, más como dibujos animados
que como b realidad fotográfica de b mujer de b pared.
Sentí que bs efectos iban aumentando. Sentí también que b percusión iba
construyendo bs imágenes. Era como si bs sonidos fuesen capaces de formar un
mundo.
En un principio era un mundo caribeño, donde mubtos y mubtas bellísimas
tocaban y bailaban al ritmo de b música. Más tarde ese mundo se transformó en
otro donde b misma música era b de un grupo de nativos, que sentados en círculo
fumaban tabaco en una pipa mientras bs manos de algunos golpeaban bs pieles de
s¿is tambores.
Eran familiares para mí, ya bs había visto en otras ocasiones. Unos minutos
después estaba con elbs. Parecía haber dejado b cama, San José del Pacífico, e
incluso México, para entrar en su círcub. Cuando el tabaquito Ibgó a mí, sentí su
sabor inconfundible y su poder. Fue como un viaje dentro de otro.
N i siquiera sé donde estuve. Era un mundo con ninguna de bs característP
cas de lo humano, sin luz, pero sin oscuridad; sin sentimientos humanos pero no
carente de sentimientos; una realidad tan desconocida para m í que ni siquiera puedo
Ibgar a describir.
El m ar de Z ipolite 177

Ignoro cuánto “ tiempo" estuve ahí, sólo recuerdo que “después" estaba otra
vez con los nativos. Me explicaron que había estado con ellos alguna vez, y me
mostraron cómo esta vida dejuanjo viajero, aprendiz de guerrero y escritor sólo era
una más.
De alguna manera entré en el vientre de una de las mujeres del círculo y me
sentí dentro de ella, flotando en su matriz. Sentí la enorme energía de ese lugar, pero
%

no me sentía yo. Más tarde nací, y crecí, y lo más sorprendente es que a la misma
hora, en la habitación de al lado, una chica mexicana que todavía no conocía estaba
viviendo lo mismo.
A la mañana siguiente nos conocimos físicamente y estuvimos juntos, llegan-
do a dejar de ser dos para llegar a ser uno en esa realidad también, como si nuestra
experiencia común hubiese sido el preludio del encuentro.

Y ésa es la palabra. Me encuentro en un momento del viaje donde siento que estoy
ya con un pie en el mundo de los naguales, al mismo tiempo que permanezco en el
mundo de los hombres normales. No sé si en algún momento entraré totalmente,
con todas las consecuencias, pero siento miedo de hacerlo. Miedo a perder la seguri­
dad de este mundo, y miedo también a perder la sobriedad y la libertad. Ya sabes lo
que me ocurrió al final del viaje a Sudamérica. Entré en un mundo que en esos
momentos era demasiado poderoso para mí, y pude enloquecer.
Siento que la energía que necesitamos para entrar con sobriedad y cordura en
el mundo de los naguales es enorme, y hacerlo sin temple y sensatez es aún más
peligroso que permanecer atrapado en los enredos de esta realidad toda la vida.
También hay algo más profundo. Aunque reconozco que tengo miedo, tampo­
co estoy seguro de querer entrar en su mundo y digamos, quemar las naves. Ese
mundo me parece demasiado a menudo mórbido y sombrío. Hay en él mucho poder,
pero falta situar el corazón en el centro.
Hoy persiste la secuela de la decadencia de estas culturas. Si los españoles
lograron conquistar tan fácilmente estas tierras fue porque sus dirigentes, quienes
supuestamente debían haber sido los guardianes de la sabiduría, no tenían ya ningún
vínculo con el espíritu.
Sé que debemos encontrar nuestro propio modo de seguir el camino del guerre­
ro, o como queramos llamarlo, en nuestras sociedades occidentales, y caminar, sin
miedo pero con prudencia y respeto, desde ahí.
Tras leer tu carta sentí que estábamos haciéndolo esta vez de una forma más
lúcida y valiente, y siento que podemos ir más allá. .
Ver los miedos de las personas a quienes aterra el nagual nos puede ayudar a
ver los nuestros, porque quienes no tenemos tanto miedo a entrar en realidades
178 E l despertar del Hongo

desconocidas tenemos otros miedos, como perder la claridad, la sobriedad, la pacien­


cia o la comprensión de nuestros semejantes.

Somos seres multidimensionales y cada vez somos más conscientes de ello. Tratar de
vivir en todas las dimensiones del ser humano de una manera equilibrada y armonio­
sa es ahora uno de nuestros retos. Encontrar el equilibrio entre esas vidas ha de formar
ahora parte de nuestro intento, N i vivir solo en un mundo unidimensional, ni per­
manecer alejado de la tierra. ¿Cómo decirloM antener un ojo en el suelo y otro en
las estrellas.
El águila vuela en el cielo, pero no pierde la conexión con la tierra. Eres mujer
y eso te une más a la Tierra, y te sitúa en una posición de privilegio. Intenta, inten­
tad, porque sois muchas, aprovechadla.
Estar y ser en el más allá y en el más acá, simultáneamente y con igual inten­
sidad y plenitud, vivir en el cielo y en la tierra, ser capaces de volar y estar conecta­
dos a Gaia, sentir los pies enraizados en la tierra y tocar el infinito con nuestras
*

cabezas. Ese es, y sobre todo será, uno de nuestros mayores desafíos.

Ya te he dicho que tengo la sensación de que me encuentro en un momento del viaje


muy importante. No quiero perder la claridad y tampoco quiero detenerme ante lo
impresionante de lo desconocido. Y ahí conecto con tu propio viaje.
No me han extrañado tanto tus experiencias. Cuando nos veamos ya te con­
taré en toda su profundidad y consecuencias las que estoy viviendo aquí, y verás
cómo también podrías llamarme loco a mí, si te encerrases en un punto de vista
puramente racional.
Alguien exclusivamente racionalista tendrá que explicar nuestras experien­
cias, o Lis de miles de personas (algunas de ellas las voy encontrando a lo largo del
viaje, como sucedió con Lucía), que viven experiencias extraordinarias, es decir,
fuera de lo ordinario. Si intentara honestamente darles explicación, se encontraría
en la misma situación que nosotros: intentando investigar otros planos de la concien­
cia, reconociendo nuestra actual ignorancia, mostrando humildad ante nuestro des­
conocimiento de la complejidad, y al mismo tiempo, sencillez del universo.

Me preguntas por mi visión actual del chamanismo. Mi interés por el chamanismo


sabes que nació por ser quizás el más antiguo de los sistemas que la humanidad ha
elaborado para entrar y conocer otros planos de la realidad.
Tal y como comprobé en Sudamérica, y estoy corroborando ahora en México,
las plantas y hongos sagrados han cumplido y cumplen un papel básico en el
chamanismo, y mi interés se centró en ellas, más que en los propios chamanes, sobre
El m ar de ZlPOLITE 179

todo desde que tuve oportunidad de tener acceso a ellas. Me sorprendió agradable-
mente la efectividad de las plantas chamánicas a la hora de hacerme penetrar en
dimensiones no ordinarias de la realidad. Ellas me llevaron adonde quería ir de una
manera rápida y eficaz, algo que ni las diversas te'cnicas de yoga y meditación, ni
técnicas chamánicas que no se sirven de los enteógenos, habían conseguido.
Ahora pienso que todas estas técnicas no son incompatibles sino complemen­
tarias. Los mejores psiconautas que he conocido han practicado previamente la me­
ditación y otros medios de entrar en otros estados de conciencia.
La meditación da una buena base para desde ahí interriarse, gracias a los
psiquedélicos, en mundos a los que sólo se accedería sin elbs, en el mejor de los casos,
tras muchos años de práctica disciplinada.
Ahora estoy comprobando in situ la complejidad del chamanismo. Aquí en
México se puede comprobar cómo se han utilizado y se utilizan todavía los hongos
psilocíbicos y las plantas sagradas, y pienso que podemos aprender mucho de los
hombres y mujeres que han dedicado toda su vida al estudio de su uso, llegando a
conocerlas en profundidad.
Estando aquí me extraña el rechazo a las plantas de poder, incluso por quienes
dicen conocer y practicar el chamanismo; y me extraña que se unan de hecho a
personas y sistemas de creencias de las que estas personas, supuestamente, están
totalmente alejadas. Entiendo que prefieran usar otras técnicas chamánicas, pero no
que intenten desprestigiar una práctica milenaria, haciéndoles el juego a los enemigos
de la libertad, a las fuerzas del miedo, la ignorancia y la destrucción.
Me parece aún más lamentable la hipocresía de quienes tienen encuentros con
las plantas chamánicas en su vida considerada privada, y más tarde en su vida pública,
sean libros, talleres o conferencias, se oponen con fuerza a ellas. Del mismo modo, me
parece una actitud penosa la de personas que confiesan haberlas utilizado y admiten
que les resultaron de utilidad, mientras ahora tratan de desaconsejar o impedir su uso
por otras personas que podrían beneficiarse de ellas, tal y como ellos hicieron, en lo que
parecen considerar en la actualidad “pecados de juventud” .

Otra vertiente muy interesante de tu carta es tu explicación sobre las líneas Ley y tu
visión de los lugares de poder como lugares de entrada a otros mundos y realidades.
Hasta ahora el que más me ha impresionado es Monte Albán, pero estoy a punto de
ir a Palenque, y allí espero tener acceso a esa energía de la que hablas, y que ya
tuviste la oportunidad de percibir.

Comencé a sentir más hambre y dejé de escribir. Parecían haberse olvidado de


mi pedido y me levanté a recordárselo a la muchacha que me había atendido.
180 E l despertar del Ho ngo

A l regresar a la mesa, vi llegar a algunos miembros de la tribu. Me dije­


ron que iban a bañarse al mar. Hablamos unos minutos y cuando acababan de
irse apareció Claudia.
Nos abrazamos como si hiciera mucho tiempo que no nos viéramos, y
se sentó conmigo. Me dijo que estaba hambrienta. Le advertí lo que tarda­
ban en preparar el desayuno, pero me dijo que esperaría, y pedimos otro
desayuno.
Comenzamos a hablar de la última parte de nuestros viajes. Hablamos
con total sinceridad y comprensión. Nos pareció increíble poder comunicar
y conectar tan abiertamente, sin el más mínimo problema. Los dos coincidi­
mos en que era hermoso ser capaces de sentir y de poder vivir así.
Aunque los efectos más intensos de la Pastora sólo se habían prolongado
unos minutos, me había dejado un sutil estado que se diferenciaba del ordi­
nario, y esos efectos finales de las hojas de la Pastora se confundieron de una
manera muy intensa con las sensaciones provocadas por el reencuentro con
Claudia, haciéndome percibir todo de una manera muy hermosa por su pecu­
liaridad.
Mientras me despedía de la Pastora, devoramos con avidez los desayunos
cuando finalmente nos los trajeron, y al terminar de comer fuimos a caminar
por la playa.

22

Pasamos el día de una manera sencilla y tranquila. El tiempo pasó rápidamen­


te. Nos sorprendió cuando nos dimos cuenta de que estaba atardeciendo y
había comenzado a llover. No había casi nadie en la playa.
Nos sentamos a ver el atardecer en un extremo de la playa, a pesar de la
lluvia, que era leve y apenas nos molestaba. Permanecimos en silencio, miran­
do al horizonte, admirando los reflejos de la luz de esa hora en el agua y el cielo
del Pacífico.
Inesperadamente, Claudia me dijo que quería contarme algo muy extra­
ño que le había sucedido.
— Me dijiste antes que vos habías estado en San José del Pacífico.
— S í — respondí.
— Yo me uní a la tribu en Oaxaca, el mismo día que te conocí, y como
sabés me fui con ellos a San José, aunque estuve tentada de esperarte...
Claudia hizo una pausa, antes de continuar.
E l m ar de ZlPOLITE 181

— Pero no sabía dónde estabas, y al mismo tiempo, sabía también que


nos veríamos pronto, como ha sido — y acercó su mano a la mía; yo sonreí
también y estrechamos nuestras manos, en un gesto que sólo nuestros ojos
explicaron totalmente.

—En el colectivo venía mucha gente — continuó Claudia, tras un tiempo sin
palabras— y antes de llegar al pueblito, una mujer muy extraña se bajó. No sé
muy bien por qué, nosotros nos bajamos también.
— Por eso no os vería doña Ofelia, le pregunté por vosotros y me dijo que
sólo os había visto al iros — la interrumpí.
— S í, salimos ya de San José al día siguiente — dijo— . Estuvimos
con esta mujer, porque al vernos junto a ella, nos ofreció habitaciones en
su pueblo y nos dijo que nos daría unos honguitos muy buenos. Cam ina­
mos hasta allí con las m ochilas y los tambores, y llegamos a una aldeíta
de nada. Entramos en su casa y nos acomodamos allí. Hasta ahí todo
normal.
— No tan normal — dije yo— . Yo vi en el autobús a una mujer también
muy extraña, e hizo lo mismo, bajarse un poco antes de San José. Debe ser la
misma mujer. ¿Cómo era? — pregunté.
Claudia la describió y su descripción coincidió totalmente con la mujer
que yo había visto y que tanto me había perturbado.
— Pues escucha lo que pasó. ¿Me creerás? — me preguntó algo preocupa­
da, manteniendo su mirada limpia y sincera.
— Claro — dije— , cuenta lo que ocurrió, fuera lo que fuese. Aquí en
México hay que quitarse los prejuicios racionales de en medio rápido — añadí,
intentando darle confianza.
— ¿Verdad que sí? — me preguntó recuperando la alegría.
— Yo al menos trato de escuchar y observar, y mientras, suspender el
juicio. Ya habrá tiempo para usar la razón en su momento y su lugar.
Entonces Claudia se decidió a contarme lo que había visto.
—A l hacerse la noche, estábamos todos en su casa, solos. Estábamos
tocando cuando ella entró en la casa y nos dijo que había traído unos hongos
muy buenos, y que si queríamos probarlos. Todos dijimos que sí. Entonces se
fue a la cocina sin decir una palabra más e hizo una infusión con ellos.
— ¿Cómo eran? — pregunté.
— No sé, no llegué a verlos bien, pero eran grandes.
— Debían ser los “ Maestros” — dije y le expliqué lo que doña Ofelia me
había contado sobre ellos.
182 E l d espertar del H o n g o

— Pues todos bebimos — continuó Claudia— . Todos los demás se tum­


baron, cerraron los ojos y allá se quedaron, pero yo quería salir afuera. No me
sentía mal allá dentro, pero salí de la casa y fue entonces cuando la vi.
Claudia se detuvo antes de proseguir. Me miró, tomó aire y volvió a
hablar.
— A llá afuera estaba la mujer, que había salido después de darnos los
hongos. Estaba algo lejos de la casa, entre unos árboles, sin hacer nada. Ella no
1%

me vio y yo me senté junto a la puerta de la casa, apoyada en la pared. Cuando


volví a mirar, observé que la mujer estaba en lo alto de un árbol. Yo sólo había
quitado la vista unos instantes de ella y me extraño cómo pudo subir tan rá­
pido a la copa el árbol, y más con su edad, pero allá estaba.
En ese momento Claudia dejó de mirarme. N o parecía poder continuar.
Entonces bajó la mirada y siguió hablando mientras se abrazaba las piernas y
miraba sus pies.
— Me asusté mucho porque vi algo increíble. Terrible. La mujer pareció
incendiarse y en cuestión de segundos lo que vi fue una bola de fuego. Dudé si
era el efecto de los hongos, pero lo más sorprendente es que cuando entré en la
casa asustada, ella estaba allí, sentada muy seria entre los otros, que todavía
estaban tumbados, muy prendidos.
”Me asusté tanto que volví a salir. Me daba miedo estar allá con ella.
Caminé como si hubiera sufrido un shock y me encontré a un vecino, un hom­
bre mayor. Me preguntó si estábamos en la casa de esa mujer, le respondí que
sí. El hombre me dijo que tuviéramos cuidado con ella, que esa mujer no dor­
mía nunca, ni comía, que era muy extraña, aunque dijo que a los vecinos no
les importaba porque sabía curar y siempre acudían a ella.
”E1 hombre me dijo que ahora volvía de trabajar en la milpa, aunque me
sonó muy extraño, por la hora y porque aquello era pura montaña. Si tenía *
una milpa allí debía ser muy lejos.
”Bueno, tampoco le di mucha importancia, y cuando estuve recuperada
volví a la casa otra vez. Entré y allá estaba otra vez la mujer, también muy
seria, sentada todavía, aunque ahora parecía más joven.
”Yo estaba tan cansada que me tumbé y cerré los ojos. N o sé qué me
pasó, pero minutos después me sentí como derretida por dentro. Era un placer
muy grande y me sentía muy bien. El susto se había disuelto totalmente.
Era mucho placer .el que sentía, algo exquisito, pero al mismo tiempo, me daba
miedo que todo eso me pasase con esa mujer allí. N o sabía quién era y comen-
cé a pensar que era una bruja. En ese momento sentí una mano en mi mano.
Era ella.
El m ar de ZirouTE 183

Claudia volvió a mirarme. Sus ojos estaban muy abiertos. Su expresión


me conmovía.
— Me preguntó si me encontraba bien. Su mirada era muy bondado-
sa, me recordó la de mi abuela. Le respondí pidiéndole que me dijera quién
era. Me dijo que era una humilde yerbera y después de tomar unos segundos mi
mano, salió otra vez afuera, convencida de que me encontraba bien.
"Yo esperé unos minutos y me animé a mirar por la ventana. Sentía una
gran curiosidad por esa mujer. La vi hablando con el hombre que me había
encontrado yo antes. N o te hacés idea del miedo que sentí al verles allá a los
dos, parados, uno enfrente del otro.
"Entonces sucedió lo más increíble. Te prometo que lo vi tal y como te lo
cuento ahora: se apartaron, dieron un salto y en menos de un segundo esta­
ban de nuevo en el árbol en que antes había estado la mujer. Pero ahora no
eran personas, eran dos animales. Me parecieron búhos, aunque estaban muy
lejos para saberlo con certeza. ¿Vos qué pensás, que estoy enloqueciendo?
— Mira, Claudia. He oído cosas increíbles de los naguales de México. De
hecho nagual significa para mucha gente de aquí, alguien que se convierte en
animal. Yo no lo he visto nunca, pero sí he conocido a gente que asegura ser
capaz de convertirse en animal, y conocí una mujer en Huautla, que aunque
los criticara, admitía su existencia.
Claudia estaba asustada todavía.
— ¿Quién sabe? — continué— . Hay que admitir que existe el misterio.
No podemos entender todo lo que estamos viviendo en este país.
— Yo lo vi, Juanjo — en su mirada había todavía una total sinceridad,
incluso ahora parecía mayor, más madura.
— ¿Y estás segura de que lo que viste sucedió en esta realidad más material,
y no fue una visión? — pregunté, midiendo mis palabras para no ofenderla.
— Sabés — me dijo sin el menor asomo de molestia— , eso es lo que que­
ría contarte ahorita. Sucedió algo muy curioso y que realmente es lo que me ha
conmocionado, porque me ha obligado a pensar que lo que vi fue real acá
también.
"Cuando estaba mirando aquellos dos búhos, la rama en la que estaban
posados se rompió, y ellos salieron volando hacia arriba y se perdieron entre
las copas más altas de los árboles. Debido a la falta de luz ya no les vi más. En
t

ese momento sentí mucho sueño y me dormí. A la mañana siguiente cuando


desperté, la mujer no estaba y los de la tribu seguían durmiendo. Yo salí afue­
ra, sin saber en realidad por qué, fui hasta el árbol y en la tierra había una rama
rota.
184 E l d espertar del H o n g o

— ¿No sería otra rama? — pregunté, ya sin temor a molestarla.


— No. Era muy grande, y era la misma — respondió con rotundidad—.
En el árbol se veía claramente de dónde había caído. Cuando regresé adentro,
los demás habían comenzado a despertarse. Nos lavamos y como en la casa no
había comida y la mujer no estaba, fuimos hasta San José para desayunar.
Desde allí nos vinimos a Zipolite. Yo todavía estaba asustada y sentía un fuerte
deseo de dejar esa zona.
Estuvimos callados unos segundos. Claudia esperaba que yo dijese algo.
Antes de que el silencio fuese insoportable, confesé:
' — N o sé qué pensar, Claudia, no sólo de tu experiencia, también de las
mías. Yo también he vivido cosas increíbles. En este viaje en México estoy
intentando conocer un mundo que para mí es bastante desconocido, y aunque
a veces no sepa muy bien qué terreno piso, estoy intentando entrar en él y
conocerlo, pese a que, la verdad, no me he atrevido a dejar de tener un pie en
este mundo de carne y hueso.
Claudia empezó a temblar. Le pregunté si tenía frío, pero me dijo que no
era frío. Me cogió la mano y añadió:
— Me hace bien sentirte. Todavía estoy asustada de lo que vi.
— Me parece que ni tú ni yo estamos preparados para entrar en ese mun-
do con todas las consecuencias, porque no estamos dispuestos a quemar las
naves, y quizás hacemos bien, como le decía a la amiga a la que estaba escri-
biendo esta mañana.
”N o tenemos miedo para tomarnos unos honguitos, pero sí para en­
frentamos a cosas tan extrañas e inquietantes para nosotros como la que vivis­
te tú, sobre todo porque no sabemos a dónde nos pueden llevar. Estos naguales
parecen más que humanos. Tienen unas capacidades extrañas. Los vecinos
dicen que no duermen o comen, y cuando me dijeron que algunos de ellos no
mueren...
— Ay, calla Juanjo — me interrumpió— , que me entra el miedo otra vez.

Claudia y yo nos abrazamos, como dos niños temerosos ante la oscuridad. Tam-
0

bién yo, allá en la playa, de noche, hablando de esas cosas, había comenzado a
sentir un extraño desasosiego.
Mientras abrazaba a Claudia sentía su miedo. Sentía cómo todo su cuer­
po estaba temblando y cómo el mío estuvo a punto de contagiarse. Hubo un
momento en que sentí que o el miedo me penetraba a mí, o la calmaba a ella.
En el ultimo instante la serenidad comenzó a entrar en ella y el miedo a ale­
jarse de mí.
E l m ar de Z ipolite 185

Claudia comenzó a tranquilizarse poco a poco. Le dije que fuéramos a la


orilla de la playa. A llí, con nuestros pies en el agua, sintiendo las olas en ellos,
volvimos nuevamente a la tierra y el mar.
Tras jugar unos minutos con el agua, nos sentamos de modo que nuestros
pies continuasen acariciados por las olas. Claudia comenzó a hablar otra vez:
— Yo sinceramente intento abrirme a otros mundos de una manera más
gradual. Los honguitos me parecen una buena cosa. Me hacen sentir bien,
segura, aunque a veces las sensaciones que me provocan sean desconocidas,
porque pienso que es un mundo donde tengo cierto control. Pero de verdad,
Juanjo, estas personas me dan miedo.
— Lógico — dije— , ¿a quién no?
Claudia no estaba ya asustada, pero sí conmocionada. Sus ojos permane­
cían muy abiertos.
—N o sé si el nagualismo me desborda — dijo— . Además de los honguitos,
he conocido otras formas de experimentar lo desconocido más sutiles y agra­
dables.
— ¿Como cuáles? — le pregunté.
—En Uruguay, una amiga mía trajo esencias florales de orquídeas del
Amazonas. N o son como los honguitos. Digamos que son más finas y precisas,
pero efectivas también. Son válidas si ya has abierto tu percepción a otras
energías más sutiles.
— ¿Podrían servir como una iniciación a los hongos? — pregunté.
— Si la persona que las toma está preparada para ellas, sí — contestó— . El
problema es que si estás demasiado encerrado en tu realidad, limitado al puro
mundo de la materia, no vas a percibir sus efectos. En cambio los honguitos
actuarán sobre ti, lo quieras o no; siempre, claro está, que la dosis sea suficien­
te para moverte y sacarte de tu mundo limitado. Eso depende de tu constitu­
ción, tu miedo, tu capacidad de soltarte y entregarte a la experiencia, etc.;
pero todo el mundo tiene una dosis efectiva. ¿Qué pensás vos?
— Me parece que sí — respondí— , pero quien les tiene miedo o a quien
le producen rechazo no los va a tomar, y si acaso se atreve a tomar unos
honguitos, querrá probar sólo unos pocos.
— Yo tengo algunos amigos y amigas a quienes les vendría muy bien to­
mar una buena cantidad de honguitos, pero dicen que tienen miedo a perder
el control.
— Su ego tiene miedo a perder el control — dije— , pero no les vas a
obligar a nada, ¿no? S i están tan cerrados en su realidad y quieren salir de ahí,
necesitarían una experiencia que les tambalease, pero ése es su problema; cada
186 E l d espertar del H o n g o

cual ha de hacerse responsable de su propia vida. Mientras nos dejen vivirá


nosotros como hemos elegido vivir...
—-Todos los chavos y las chavas de la tribu —dijo Claudia—, y todas las
personas con las que he tomado hongos desde que llegué acá, hemos tenido
buenas experiencias con los honguitos. Yo no me asusté por los hongos sino
por lo que vi, y lo hubiera visto sin ellos, e incluso hubiera sido peor.
—Toda la tribu fuma mota —dije—, y la mota de México es muy fuerte.
Eso les ha acostumbrado a otras percepciones. La mota les ha preparado para
los hongos. Aunque tienes razón, el mundo de los hongos no es tan peligroso
como piensa mucha gente y permite ir adentrándose en él poco a poco, to­
mando una dosis baja al principio. Cada cual puede ir elevándola según vaya
pensando que está preparado para más. Lo importante es tomarlos de forma
adecuada, con respeto pero sin miedo.
Me volví a escuchar diciendo esas palabras y me pregunté cuántas veces
más necesitaría escucharlas yo mismo.
—Mi madre, por ejemplo —dijo Claudia—, fue una luchadora política
en los setenta en Uruguay, y todavía lo es a su manera, ahora que se está
abriendo a estas cosas; pues bien, tiene miedo a probar los honguitos, inclu­
so a que los tome yo. Le escribí una carta hace poco hablándole de mis expe­
riencias y el otro día recogí su respuesta. Estaba muy asustada. Yo le decía
que le haría bien probarlos y ella me respondió que jamás querría perder la
cabeza de esa manera.
—Ese miedo a perder el control y la cabeza paraliza a mucha gente —apo­
yé—. No se dan cuenta de que se trata de expandir nuestra conciencia, que
está realmente limitada. Al no entrar nunca en otros estados de conciencia lo
que están perdiendo es otras cosas, no la cabeza. Están dejando de conocer una
parte importante de las posibilidades de la experiencia humana. No concebi­
rían renunciar a conocer el sexo, pero sí aceptan renunciar a conocer otras
percepciones de la realidad.
—Esto de la conciencia me interesa mucho —dijo Claudia— y ser capaz
de sentir la energía, otras clases de energía más allá de lo habitual.
—El proceso de evolución es eso para mí —dije—. La evolución va de
la energía inconsciente a la energía consciente, y nosotros somos, cada vez más,
energía consciente de sí misma.
—Me parece que tenés razón —dijo Claudia—. ¿Es lo que estamos vi­
viendo ahora?
—El proceso que sentimos que estamos viviendo intuimos que finalizará
al llegar a ser energía plenamente consciente de sí misma.
El m ar de Z ipolite 187

—¿Es lo que llegaremos a ser? —preguntó.


—Yo no lo sé a ciencia cierta —confesé—, pero me parece que sí. Cada
vez descubro más dimensiones en la conciencia. Hace unos días conocí un
hombre que me dijo que sabía quiénes somos, de dónde venimos y a dónde
vamos, pero no me lo quiso decir.
Entonces Claudia respondió, como si las palabras vinieran sin pensarlas
a su cabeza:
—Venimos de la energía, somos la fuerza y vamos hacia la conciencia.
—Es una buena respuesta —respondí.
A partir de ese momento dejamos de hablar. Permanecimos allí en la
orilla, sintiendo el viento, las olas y el mar, la arena, el olor de la sal, el frescor
de la noche. Luego caminamos por la orilla, antes de irnos a Shambala.

23

Al día siguiente Claudia y yo estábamos desayunando juntos cuando vimos a


Dan, sentado frente a la cabaña en la que se alojaba la tribu, tocando su yambé,
su inseparable compañero.
Dan era otro de los miembros de la tribu. Provenía de California,
aunque visitaba México con frecuencia. Habíamos hablado un poco en la
terraza del hostal de Oaxaca, pero no habíamos llegado a profundizar en
nada, ni a hablar más que un poco sobre nuestros viajes por este mundo.
Aunque no nos habíamos conocido allí, había vivido en Granada, donde
había aprendido castellano, idioma que había llegado a dominar perfecta-
mente.
Claudia y yo nos acercamos a la orilla y nos sentamos junto a él. Estuvi­
mos bastante tiempo escuchando la música. Claudia permanecía con los ojos
cerrados, tumbada, y su cuerpo parecía más leve.
La percusión una vez más golpeaba rítmicamente durante mi viaje, vincu­
lándome al corazón de la tierra. Estos sonidos parecían señalarme la importan­
cia de ese vínculo cada vez que me acercaba peligrosamente al mundo de los
naguales, un mundo que salvo que hablásemos de él, parecía muy lejano en
aquel lugar junto al océano Pacífico.
Cuando Dan pareció cansado y sus manos necesitaban un descanso,
Claudia, que también se había dejado llevar por el sonido del yambé, le pre­
guntó por qué pensaba que la música rítmica nos afectaba de una manera tan
poderosa.
188 E l d espertar del Ho n g o

— Este lugar es muy especial — respondió Dan— . Entre el mar y la tierra


hay mucha energía, demasiada para percibirla, incluso; los tambores transfor­
man esa cantidad enorme de energía en algo asequible para ti. Por eso puedes
subir mucho cuando encuentras tu ritmo. Tu vibración cambia y te elevas.
Una vez que dijo esto, continuó tocando hasta que volvió a cansarse y
comenzamos a hablar de nuestras experiencias en México.
— Mi primera experiencia fue en Huautla de Jiménez, con los honguitos
— nos dijo Dan— . Era 1987, yo tenía 20 años, y transformó mi vida para siem­
pre, porque me enseñó cómo, al modificar en algo nuestro cuerpo, cambia
nuestra conciencia. Las sustancias actúan en nuestro cerebro y lo modifican du­
rante unas horas. Los tambores cambian también nuestro cerebro, porque cam­
bia nuestra vibración, en todo nuestro cuerpo, incluida la cabeza.
— ¿Son algo complementario, no? — preguntó Claudia.
— Por supuesto. Por eso debemos combinarlas. Las sustancias actúan en
nuestras mentes y nos abren el corazón. La percusión afecta al corazón y por
tanto actúa en la mente humana. México es un lugar perfecto para mí. En­
cuentro distintas plantas y hongos con los cuales expandir mi conciencia, y
también ritmos diferentes que, indiscutiblemente, también la expanden.
Comenzó a tocar de nuevo y dijo:
— Los honguitos y el yambé son buenos compañeros.
Dan entremezclaba la música con sus palabras. Nos hablaba de sus via­
jes. Nos dijo que había venido a México para estudiar sobre el terreno los
ritmos de los pueblos indígenas, interesado en compararlos con los ritmos de
los nativos de Estados Unidos. También le interesaba comparar estos ritmos
ancestrales con ritmos propiamente occidentales como los del rave.
Estaba convencido de que los ritmos del rave cumplían en la sociedad
occidental el mismo papel que los ritmos tradicionales en las sociedades nati­
vas de todo el mundo.
— En primer lugar — nos dijo Dan— , el ritmo significa un encuentro
con todo: contigo mismo y con tus semejantes, con la tierra, con el aire y con
el mar. También nos enseñan sobre nosotros mismos y nuestras capacidades.
La percusión o el rave dan golpecitos en nuestra puerta, como si la otra reali­
dad te llamara desde fuera, golpeando una puerta que normalmente mantene­
mos cerrada.
”A 1 escuchar estos ritmos, esa puerta a otras dimensiones se abre, y se
abre más si además utilizamos alguna sustancia que nos ayuda a entrar por ella,
impidiéndonos quedamos en el umbral — concluyó Dan.
— ¿Se abre o la abrimos? — nos preguntó Claudia.
El m a r de ZlPOLITE 189

—Ambas cosas pueden suceder — intenté responderle yo— . Si quere­


mos abrirla los ritmos y las sustancias nos ayudarán, pero hay casos en que una
experiencia así abre la puerta, sin que la persona lo quiera, a pesar incluso de
su miedo. Por eso es muy importante el ambiente, que quien vaya a tener la
experiencia se sienta cómodo y relajado, y le sea más fácil permitir que esas
puertas se abran, sin hacerle daño.
— Estoy de acuerdo — dijo Dan— . En los sesenta no se insistió lo sufi­
ciente en este aspecto. Los noventa son en algo diferentes. Me parece que
efectivamente muchos jóvenes que se han educado fuera de las iglesias, o
que las han rechazado, tienen sus propias experiencias sagradas en fiestas rave,
como los indígenas las tienen en los círculos de percusión o durante sus cere­
monias con los hongos, la ayahuasca o el peyote.
— Muchas personas están utilizando sustancias psicoactivas, pero a ve­
ces tengo la sensación de que no aprovechan todas las posibilidades que estas
sustancias tienen — dije yo.
— A mí me parece que más que la sustancia que se utilice, es más impor­
tante el uso que se haga de ella — opinó Claudia.
— Entender eso es fundamental — dijo Dan— . He estado estudiando el
trabajo de Timothy Leary, y me parece muy interesante cómo explicaba que
debía prepararse una sesión.
— ¿Qué decía ese Leary? — le preguntó Claudia.
— Insistía en que primero debe pensarse en el fin de esa sesión. Entre los
objetivos posibles distinguía cuatro fundamentales: “ incrementar el poder perso­
nal o la comprensión intelectual; ayudar a otros; propiciar la cercanía interpersonal
o la pura experiencia, y la trascendencia o la liberación del ego y de los límites del
espacio-tiempo” . También hablaba del ambiente en que se desarrollara la sesión y
la compañía. Algo muy parecido a lo que tú decías antes, Juanjo.
”A través de mi página web en Internet intento difundir esta forma de
entender estas sustancias. Ellas nos pueden desalucinar. Es necesario expandir
estos memes entre la humanidad.
— ¿Memes? — preguntó Claudia.
— Son el equivalente no material, cultural, de los genes — nos explicó
Dan— . Se transmiten por cualquier medio de comunicación, masivo o no, en
lugar de a través de la reproducción física, pero influyen en la evolución del
ser humano del mismo modo. Hay memes que contribuyen a la liberación
del ser humano y a la expansión de la conciencia. Los memes del miedo son me­
mes de la parálisis y la involución. Nuestros memes son los que hacen posible
la evolución del hombre y la mujer actuales.
190 E l d espertar del Ho n g o

A Claudia le extrañó que Dan, que se había mostrado tan interesado en


los pueblos nativos, lo estuviera también en el mundo de Internet. Cuando le
comentó su extrañeza, Dan le respondió que ambos intereses no eran incom­
patibles.
— Ya os he explicado donde nace mi atracción por la cultura nativa de
América — nos explicó— . Internet me interesa porque ayuda a la transforma­
ción de la conciencia humana y puede utilizarse como una herramienta para la
evolución de nuestra especie.
Claudia escuchaba con una expresión de total asombro. Zipolite perte­
necía a México, pero parecía formar parte de otro país. El nudismo en la
playa, la música que por las noches se escuchaba en los chamizos y las con­
versaciones que parecían habituales en este lugar, contribuían a hacerte sen­
tir muy lejos de la vida de otras partes de México. Aunque las recordáramos
los que las habíamos conocido, no por eso dejaban de resultar ajenas a ese
lugar.
— Será porque soy de Uruguay — dijo Claudia— , pero a veces tengo la
sensación de no pertenecer realmente a ninguno de estos dos mundos. Lo
siento Dan, pero no termino de ver la conexión.
— Ultimamente se habla mucho de que formamos parte de un todo
— dijo Dan— . Internet te permite experimentarlo. En la red uno puede perci­
bir claramente qué es la conciencia global, cómo más y más conciencias van
uniéndose para un mismo fin: la evolución de la conciencia y la liberación del
ser humano.
"Claro está que hay que saber navegar y usar el correo electrónico. No es
lo mismo usar la red para embrutecerte aún más, que usarla para estar en con­
tacto con buscadores y buscadoras de todo el mundo.
— Claudia — intervine yo— . No podemos negar los efectos en la con­
ciencia humana de la revolución de las comunicaciones. Nos guste o no. Los
hechos son los hechos.
— Es una revolución, sí — dijo Dan— , y esta revolución en las comuni­
caciones ha afectado a todos los campos de la experiencia humana, incluida la
vida espiritual. En la red participa cualquier tradición espiritual que busca
nuevas formas de comunicación y expansión de la conciencia, incluidas las
más modernas, que utilizan Internet, la realidad virtual y la entrada en mun­
dos generados por las computadoras.
"Cuando viajo a México como ahora, estoy desconectado de la red, pero
cuando me encuentro en California, estoy en contacto frecuente con ciber-
chamanes.
El mar de Z ipolite 191

La cara de Claudia era digna de ser fotografiada. Reflejaba la existencia


en ella del asombro en estado puro. Intentó repetir la palabra ciberchamanes,
pero fue incapaz de pronunciarla completa.
Dan habló con orgullo:
—Sí, Claudia, ciberchamanes. Hacemos auténticos rituales chamánicos
a través de Internet. Usamos las posibilidades de sonido, luz, ritmo y somos
capaces de hacer entrar en trance a los participantes. Estamos investigando
incluso sus capacidades de curación. Queremos explorar las consecuencias en
el ser humano de la tecnoespiritualidad, ias posibilidades espirituales del
ciberespacio — continuó Dan sin inmutarse, a pesar de que yo también me
había unido al asombro de Claudia.
"Nuestro principal objetivo es explorar todas estas nuevas posibilidades
que ofrece la red al ser humano.
Tras unos minutos en los que los tres guardamos silencio, intentando
reflexionar, dije:
—Claudia, a mí tu búsqueda, o la mía, o la de Dan, no me parecen ni tan
distintas, ni en absoluto incompatibles. Son áreas diferentes en las que expío-
rar. Cada cual participa en la que va más con su naturaleza y sus gustos, pero en
todos estos mundos evoluciona nuestra conciencia.
— Vos sabés que he venido a México a aprender de hombres y mujeres
que conocen sus tradiciones chamánicas — me dijo— . Todo esto del Internet
y los ciberchamanes me suena a chino aquí. Quiero aprender de estas gentes
que saben cómo acercamos a las plantas sagradas, porque también influye en
la evolución que más y más seres humanos aprendamos a usar correctamente las
plantas chamánicas y otras sustancias, ¿no estás de acuerdo? — me preguntó
Claudia.
— Por supuesto — respondí— , y hay muchas personas interesadas en
aprender con ellas y conocerlas mejor. N o sé qué hacen exactamente los
ciberchamanes, pero el trabajo de Dan y sus amigos no me parece que sea un
problema. El problema en nuestras sociedades es la prohibición y el descono­
cimiento de esas sustancias, la falta de información fidedigna y el mal uso de
ellas.
— Y no os podéis hacer una idea de cómo Internet ayuda a luchar contra
t

esos problemas — insistió Dan— . Si entraras un día en Internet, Claudia, la


misma red te daría pruebas claras de ello, porque por un lado verías cómo ahí
se puede acceder a mucha información muy útil sobre esas sustancias, y por
otro lado podrías estar en contacto con personas de todo el mundo que com­
parten la misma búsqueda que tú, con sus satisfacciones y dificultades.
192 E l d espertar del H o ngo

"Podéis estar seguros de que hay una gran cantidad de buena informa'
ción en la red. Basta utilizar un buen buscador y usar el término de búsqueda
adecuado.
"Las cosas están cambiando para bien — continuó, tras detenerse unos
instantes— . Los noventa han significado un resurgir del vínculo con sustan-
cias que han acompañado al ser humano desde su mismo origen como ser cons­
ciente, porque ya existían cuando apareció el Homo sapiens sapiens, que hasta
ahora se ha creído el amo del mundo.
— A mí me parece evidente ese resurgir — dijo Claudia— , y existe con
una conciencia mucho mayor que en los sesenta. Quizás tienes razón en lo que
vos nos explicás, Dan. Sencillamente es un mundo que desconozco y no puedo
• opinar. Pero ahora sabemos que recuperar esa vinculación con las plantas cha-
mánicas nos ayuda a ser guerreros y guerreras espirituales en las sociedades
occidentales. Si Internet ayuda a eso, chévere.
— Es una ayuda, Claudia — dijo Dan— , pero es algo más que una ayuda.
Las plantas psicoactivas te enfrentan al misterio y forman parte de la expe­
riencia chamánica, de la respuesta chamánica a los problemas fundamentales
que ha de encarar la sociedad.
"Si a mí me interesan las plantas maestras — continuó Dan— es porque
■ no quiero renunciar a la herencia de los antepasados, que permanece viva en
los pueblos nativos, a pesar de la prohibición que proviene de los sucesivos
gobiernos de mi país, Estados Hundidos de América.
Claudia y yo nos reímos. Dan añadió:
— Pero tampoco quiero renunciar a mi cultura.
— Este encuentro entre culturas me parece fundamental — dijo Claudia,
tras pensar un poco— . Nosotros debemos abrimos a su sabiduría y ellos a la
nuestra. A mí me parece totalmente necesario salir del círculo vicioso en
que la humanidad se encontraba en el apogeo de la época industrial, una
salida a la crisis en que ambas sociedades se encontraban y todavía se en­
cuentran.
— M éxico parece un lugar propicio para este cruce de culturas — opiné
yo— . En el mismo país conviven la sociedad tradicional y la moderna, con
millones de personas entre ambas, sufriendo una fuerte crisis de identidad.
La capital de la República, Huautla de Jiménez, Chiapas o Zipolite, todo es
México.
— Aunque vine acá interesado por la música étnica — intervino Dan—,
es algo que he encontrado en este país, sí, y acá veo posible una salida a ese
círculo cerrado. En México se visualiza la posibilidad de romper el círculo, al
El m ar de Z ipolite 193

encontrarse dos culturas que han estado contrapuestas y enfrentadas durante


siglos. En realidad en cada cultura hay formas de liberación de la represión que
ha significado mutilar las posibilidades del ser humano.
Dan nos habló de las fiestas rave en las que había participado en Califor­
nia. Claudia nos dijo que había estado en una a su paso por la ciudad de Méxi­
co y nos confesó que tenía sus dudas sobre esa clase de fiestas.
— El rave también abre el corazón, Claudia — dijo Dan— , aunque no te
niego que hay personas que lo abren en esas fiestas de una manera falsa, o sólo
temporal, creando más tarde frustración y decepción en quienes creyeron en
esa apertura, y en ellas mismas, que se engañaron también.
”Pero puedes estar segura de que hay otras personas que se abren de ver­
dad. El ritmo del corazón humano se acompasa con el ritmo del corazón de la
tierra y la mente se abre a nuevas percepciones. Así uno puede percibir la unión
entre las personas.
"Mucha gente dentro del rave — continuó— piensa que la música y el
éxtasis les han transformado, y quieren enseñarlos a los demás. Piensan que
el rave cambiará la realidad y hablan de un mundo que conocen. Los ravers
más lúcidos ven que la música es sólo una pieza más. Los ravers han salido de
ellos mismos, de su círculo cerrado, y quieren compartir eso que han aprendi­
do con un mundo mayor que el de las fiestas rave. Es evidente que en la actua­
lidad hay muchos seres humanos, en todas las sociedades, experimentando
una gran transformación interna.
— Me parece que cada vez más personas se ven a sí mismas, y ven al ser
humano como un ser en evolución y multidimensional, porque como tú has
dicho, Dan, lo están experimentando — dije yo— . Cada sociedad elabora for­
mas de explorar otras dimensiones, además de la habitual. Aquí el chamanismo,
allí el rave} por ejemplo.
— Antes tenías razón, Juanjo — dijo Dan— . El problema en la sociedad
occidental es la prohibición y la adulteración de las sustancias que cumplirían
el papel de sagradas en nuestras sociedades. En realidad se está prohibiendo
una de las variedades de la experiencia religiosa — concluyó con tristeza.
— En muchas sociedades estas sustancias son consideradas sacramentos
— recordó Claudia— , y sacramento significa misterio.
— En Occidente no hay una verdadera libertad religiosa. Las iglesias no
nos proporcionan la experiencia del éxtasis o la experiencia sagrada, numinosa,
del verdadero éxtasis — dijo Dan.
— Se nos niega la experiencia directa de otras realidades —dije— . La
gran crisis dé Occidente comienza cuando el mal uso de la razón niega otros
194 E l d esperta r del Ho n g o

planos de la conciencia humana, la Tierra se convierte únicamente en una


fuente de materia prima, etc. Para mí no es incompatible el uso de la razón, en
su terreno específico, con la exploración de la conciencia. Ése es precisamente
uno de los grandes retos de Occidente.
— Otro reto, o quizás sea el mismo, es abrirse al misterio — dijo Claudia—.
Abrirse a Wakan Tanka, el Gran Espíritu del que hablan los nativos de Nor­
teamérica. Ese Gran Misterio nos hace capaces de ser nosotros mismos, de
desarrollar todas nuestras capacidades. Nos hace más presentes en la vida,
honrando nuestra conexión con todos los elementos de esta realidad y de otras
realidades. A h í veo la acción del Gran Espíritu. Mi práctica consiste en la
entrega del ser individual, de mi ego, de la imagen de mí misma, al ser del
universo, a la energía de la creación.
— Por eso en los círculos de percusión, o en las fiestas rave, atrae el
encuentro con tus semejantes — dijo Dan— . Hay una gran satisfacción en
compartir. Hay círculos donde desaparece la confrontación para ser sustitui­
da por el deseo de compartir la propia experiencia y aprender del otro y de la
otra.
— También te conecta con sentimientos o emociones reales, no fabrica­
das por otros para ti — dijo Claudia.
— La televisión es un ejemplo extremo de cómo eliminar los propios
sentimientos y sustituirlos por sentimientos ajenos. Esto se ve sobre todo en el
éxito de las telenovelas que los proporcionan — dijo Dan.
— Una clave es que en Occidente existe una gran pobreza de la expe­
riencia — intervine yo— . La experiencia vital de la mayoría es muy limitada.
La vida se estrecha a algo que repiten y repiten toda su vida — Claudia y Dan
asintieron— . Abrirte a otras experiencias abre el campo de tus posibilidades
— concluí.
Guardamos silencio de nuevo, mientras Dan volvía a hacer sonar su ins­
trumento. Las olas servían de sonido de fondo a sus ritmos.

Pasados unos minutos, y como si hubiera continuado alguna clase de conver­


sación interior, de pronto Dan calló la música y dijo:
— N os hemos aislado de la naturaleza, nos hemos separado de ella
como si fuéramos algo diferente. El ritmo de la percusión nos vincula al
ritmo de la Tierra. Los ritmos de los indígenas del mundo en realidad son
ios ritmos de la Tierra. C on la danza ocurre igual. También estoy estudian­
do la conexión del baile de los jóvenes occidentales con las danzas étnicas
de diferentes pueblos. A llí se da la unidad que nos distancia de la hostili-
El m ar de Z ipolite 195

dad de nuestro mundo. Entre los pueblos nativos existen grupos y familias
que cuidan unos de otros, sin el individualismo de nuestras sociedades
modernas.
— Y la sabiduría de los ancianos permanece. En Occidente los más jóve­
nes saben más de muchas cosas que los ancianos desconocen. Están abiertos a
nuevas experiencias — dijo Claudia.
— En las sociedades nativas de Estados Unidos, todavía los ancianos son
los guardianes de la sabiduría — dije— . Por cierto, las mujeres cumplen un
papel fundamental gracias a los consejos de ancianas.
— Parece mentira que estemos luchando por algo que otras sociedades
consideradas inferiores tienen tan claro — dijo Claudia— . Nos creemos que es
algo nuevo y en realidad es tan antiguo...
Entonces los dos comenzaron a hablar de la situación de la mujer en
nuestra sociedad. U na conversación que me recordó la que mantuvimos Ma­
ría Peyote y yo en Huautla.
Cuando terminaron, Claudia y yo volvimos al Shambala, no sin antes
acordar una cita con Dan por la noche. Él regresaba a Oaxaca al día siguiente
y quería enseñarnos algo antes de despedimos.
Después de descansar en la habitación, caminamos por las rocas cerca­
nas, hasta llegar a un pequeño acantilado desde el que vimos atardecer sobre el
mar. ^
A llí nos encontramos con algunos miembros de la tribu, que nos dijeron
que tocarían esa noche en uno de los bares de la playa.
Tras charlar con ellos, regresamos al Shambala una vez más.

Al caer la noche, mientras nos bañábamos, Claudia me dijo que no le apetecía


mucho ir a encontrarnos con Dan.
— Me agotan las cuestiones de las que habla — dijo con gesto de cansan­
cio— . Reconozco que son interesantes, pero no puedo más por hoy.
— Quédate si quieres — dije— . Podemos vernos más tarde. A mí
también me resulta difícil comprenderle a veces, pero Dan está viviendo
algo que me interesa conocer. A h ora es la oportunidad. Ya descansaré ma­
ñana.
Claudia respondió que me esperaría en el bar en el que tocaba la tribu.
— De acuerdo. Nos vemos luego — dije.
Mientras descendía por el camino que llevaba del Shambala a la playa,
Claudia me alcanzó. Sonriendo me dijo:
— Hay que hacer el esfuerzo de aprender.
196 E l d espertar del H o n g o

24

C on tan sólo llegar al lugar de nuestra cita y ver a Dan supimos que algo había
ocurrido. Su expresión era de tristeza y desolación, apenas podía hablar. Le
preguntamos qué le había sucedido.
— Esta noche quería ofreceros una experiencia. Por la mañana hablamos
mucho y quería que tuvierais la oportunidad de probar la dimetiltriptamina, la
DMT. Oralmente no es activa, pero si se sintetiza desde una planta que la con­
tenga, fumada proporciona una experiencia realmente diferente a la de los
hongos. A l inhalar el humo entras a otro mundo por 15 o 20 minutos. Diga­
mos que sales del tiempo y entras en el hiperespacio.
"Quería ofreceros esa experiencia, así que esta tarde fui a Puerto An­
gel. A llí tenía un contacto que podía proporcionarme la sustancia. A l llegar
vi mucha policía. Me alejé del lugar donde estaba alojado mi contacto y
esperé hasta que se marchó el último policía. Más tarde supe qué había pasa­
do. A l parecer hubo un chivatazo y habían ido a buscarle. A esas horas esta­
ba detenido.
Dan miraba a todos lados. Estábamos en la playa y no había nadie alre­
dedor, pero Dan parecía temeroso de que vinieran a buscarle.
— ¿Era amigo tuyo? — le preguntó Claudia.
— N o lo conocía mucho, pero me indigna que lo traten como a un delin­
cuente — respondió Dan— . Ya conocéis México. Hay pobreza, hay injusticia,
hay corrupción, hay analfabetismo, hay destrucción ecológica. Están destru­
yendo y marginando a sus propios pueblos indígenas. Todo eso es legal. No
pasa nada. Nadie va preso por eso. Ahora, que te encuentren con mota, aun­
que sea una semilla, y vas a parar a la cárcel inmediatamente. Y las penas son
severas.
Con la mirada perdida, Dan comenzó a repetir:
— Esta sociedad no es normal, algo está mal, no es normal, está mal...

Claudia y yo no sabíamos qué decir ni qué hacer. Nos indignaba tanto como a
él, pero en ese momento nos preocupaba Dan. Estaba destrozado. Él continuó
hablando:
— ¿Sabéis que acá han detenido a gente sólo porque les han encontrado
papel de fumar? De ahí deducen que eres un marihuanero, y parece que no hay
nada peor en este país que fumar Cannabis. Y el peyote, un cactus considerado
sagrado, usado durante milenios por los pueblos de esta tierra, lo consideran
droga dura.
El mar de Zipolite 197

— ¿Pero se han llevado a tu contacto por tener DMT? —pregunté— . Esa


sustancia no ha pasado al mercado negro. Dudo que la conozcan.
—Esta gente no sabe ni qué es la DMT — dijo Dan— . Estoy seguro que lo
han detenido porque le han encontrado con mota. Y en mi país es igual, o
peor. En California los fiscales piden ahorita cadena perpetua a un hombre
que vendía mota a enfermos de sida. O hay condenas mayores por cultivar
mota que por matar a un hombre. Las fuerzas de la involución tienen un odio
enfermizo a la mota, a una planta medicinal que nos da la naturaleza y nos
puede ayudar a abrir la mente.
— ¿Pero no van a legalizarla para uso médico, precisamente en Califor­
nia y Arizona? — pregunté.
—Aunque sea aprobado en referéndum, inmediatamente la administra­
ción federal dirá que su autoridad es superior a la de los estados, y ya ha amena­
zado con retirar la licencia al médico que la recete. Ésa es la democracia que
queremos exportar al mundo.
— Hay grupos a favor de la legalización, ¿no? — dijo Claudia.
— Es cierto, pero trabajan en unas condiciones durísimas. Se exponen a
años de cárcel. Sus miembros están muy vigilados. Y tenedlo claro. Cuando
prohibieron la mota en mi país, la prohibición se extendió a todos los otros
países. Cuando consigamos que la legalicen en Estados Unidos, la legalizarán
en los vuestros.
Dan volvió a quedarse callado y entró nuevamente en una fase de gran
tristeza.

Intentamos animar a Dan, pero era difícil. Sabíamos que tenía razón y
para nosotros era tan incomprensible como pqra él, pero ¿qué podíamos
decirle?
Claudia propuso que camináramos por la playa. Consiguió sacar la pri­
mera sonrisa de Dan cuando cogió un pañuelo violeta y dijo que era maga e iba
a hacer desaparecer su tristeza.
Lo puso sobre la cabeza de Dan e hizo varios pases mágicos. A l quitar el
pañuelo, efectivamente no había tristeza en la cara de Dan. Yo sonreí y dije a
Claudia que había demostrado que era una buena maga.
—Todavía queda algo de tristeza — dijo, sonriendo— . Es porque hice los
pases, pero olvidé decir las palabras mágicas.
Repitió la operación, pero esta vez pronunció unas palabras ridiculas
mientras cubría de nuevo la cabeza de Dan con el pañuelo. Cuando lo retiró
Dan estaba desternillándose de risa.
198 El despertar del Hongo

Todos nos reímos hasta cansamos y fuimos al bar donde tocaba la tribu.
Nos apetecía escuchar música y bailar. Cuando llegamos, todavía no había
llegado nadie.
Los tres nos sentamos en una mesa, pedimos unas bebidas y empezamos
a charlar. Dan nos pidió excusas por habernos amargado con su tristeza.
— N o nos has amargado — dijo Claudia— . Nos has recordado algo que
es real, que parece tan lejano en esta playa.
— Tenemos derecho a estar tristes — dije— . N o te preocupes, Dan. Nos
conocemos hace poco pero somos amigos tuyos. Tienes derecho a mostramos
tu dolor. Hemos pasado buenos momentos contigo y estábamos allí. También
hemos estado allí cuando sufrías.
— Tiene razón Juanjo. ¿Qué clase de amigos seríamos si te rechazáramos
cuando sufrís? — preguntó Claudia.
— Soy yo — dijo Dan— quien no se permite estar triste, aunque tenéis
razón en que el dolor espanta a mucha gente.
— N o aceptamos lo que somos. Somos humanos también, Dan —dijo
Claudia.
—Todavía — dijo Dan, y sonreímos.
Tras unos segundos de silencio, en que nos miramos algo más animados,
Claudia dijo:
— Me molesta la felicidad de postal. Ahora con esto de la espiritualidad
y la nueva era parece que existe la obligación de ser feliz, de tener siempre una
sonrisa en los labios, aunque sea falsa.
— Esas personas son muy privilegiadas — dije— . También existen el do-
lor y la tristeza, y la desesperación y la crueldad, y la soledad, y la injusticia y el
hambre y el sufrimiento.
T en sé mucho en esto cuando dejé la ciudad de México en tren. Tardamos
más de una hora en dejar la ciudad. Según nos íbamos alejando del centro,
veía más y más pobreza, y luego más y más miseria, mientras atravesábamos los
arrabales. Pensé: ¿qué son para estas personas el nagual, otras dimensiones del
mundo, la evolución de la conciencia? Palabras vacías, me dije. Están conde*
nados a vivir una realidad que muchos de nosotros no soportaríamos, o quizás
lo haríamos si no tuviéramos otro remedio. El ser humano es capaz de sobrevi'
vir y adaptarse prácticamente a cualquier circunstancia.
”A veces olvidamos toda esta realidad — continué— . Y esta realidad
también existe. Nuestro grado de dolor en nuestras vidas es ínfimo si lo com*
paramos con estas personas. Eso no significa, Dan, que no tuvieras razón, y que
no tuvieras derecho a estar triste. Incluso estas personas de los arrabales son
El m a r de ZlPOLITE 199

privilegiadas comparadas con otros seres humanos, víctimas de guerras o la


hambruna. Cualquier situación humana es empeorable, por mala que parezca.
—Y mejorable — dijo Claudia
— Claro que sí — dije— , tienes razón, y hay quien lo intenta. Ahora voy
a ir a Chiapas y sé lo que me voy a encontrar allí.
— Es difícil vivir consciente del grado de realidad de todo esto. Existe el
nagual, pero también existen muchos semejantes que sufren en esta realidad.
No podemos olvidarlo.
—Encontrar el equilibrio es difícil — dijo Claudia.

Claudia, que antes de venir decía estar cansada, se animó y comenzó a ha­
blarnos de chakras. N os dijo que en la humanidad sucede como con el
individuo, existe un desarrollo totalmente desequilibrado. Relacionó los
%

chakras de un individuo con los de la Tierra. Ella pensaba que estábamos


despertando los más elevados, mientras que los primeros permanecían blo­
queados.
— En mi país estuve aprendiendo a ir despertando los chakras progresi­
vamente — nos explicó— . Vi que cuando llegamos al chakra de la visión, el
tercer ojo, los chakras inferiores han de estar funcionado bien. Si no, hay
desequilibrios importantes.
”En la humanidad ocurre igual. Hay una situación desigual. Hay perso­
nas en un nivel de supervivencia mientras otras, que tenemos resueltos los
problemas básicos, tratamos de ir desarrollando otras capacidades del ser hu­
mano.
— Me imagino que forma parte del proceso de evolución — opinó Dan.
— ¿Te parece que realm ente estamos evolucionando? — preguntó
Claudia.
— Es una evolución en espiral más que lineal. Todo está conectado y
afecta al resto lo que suceda en cualquier lugar de este universo. En la Tierra
sucede igual. Evolución significa revolución a veces. Cuando la evolución está
detenida, cuando estamos encerrados en un círculo cerrado, hay un camino
para salir de ahí.
— Quizás ahora está comenzando el gran cambio, comenzando por cada
ser humano que crece y evoluciona, aun en las peores circunstancias. Una
mujer zapatista que conocí en España me dijo hablando de otra mujer: “La
compañera adquirió conciencia, despertó y se puso de pie” — dije.
— La evolución inicial llevará a la revolución — dijo Claudia— . Se repi­
ten los ciclos de caos y orden.
200 El despertar del Hongo

— En realidad no hay repetición — opinó Dan— . Com o os dije, el pro­


ceso de evolución es una espiral. Aunque parezcamos volver al mismo lugar,
en realidad estamos de algún modo en un lugar más elevado porque nuestra
conciencia es mayor — escuchaba nuevamente las palabras de Prem en San
José del Pacífico y me pregunté si no estaría surgiendo realmente una mente
común.
”La evolución no es cíclica sino fractal — continuaba mientras Dan—.
N o nos limitamos a repetir ios mismos patrones, sino que los rompemos en
una nueva dirección, y cada vez el fractal es mayor y digamos, más profundo,
pues se cimienta en lo que ya sucedió en épocas anteriores.
— Pero, ¿cómo se aplica esto al individuo o a un pueblo? — preguntó
Claudia.
— A ambos. En el individuo o en un pueblo todo se desarrolla igual que
en la especie humana y en la naturaleza. Si tomáis el modelo de conciencia de
Timothy Leary, veréis cómo corresponde exactamente a todo lo que estamos
hablando. Tanto da aplicarlo al individuo, a la sociedad, a la humanidad, a la
Tierra, o al universo.

Tras unos momentos de descanso, Claudia pidió a Dan que le explicase el


modelo de conciencia de Leary. Su interés por cuestiones aparentemente
alejadas del chamanismo había ido creciendo a lo largo de la conver­
sación.
— Es algo largo de explicar, aunque es muy interesante — dijo Dan—.
Leary parte de la base de que nuestro cerebro se compone de minicerebros,
. algunos de los cuales no los hemos despertado y, por tanto, no los utili­
zamos.
”Los cuatro primeros circuitos cerebrales los tienen despiertos y en fun­
cionamiento la mayoría de los individuos. Leary pensaba que cada vez más y
más personas van despertando y activando circuitos superiores. A sí la huma­
nidad evoluciona.
— Pero todos tenemos esos circuitos superiores, ¿no es verdad? —pre­
guntó Claudia, que los relacionó con los chakras superiores.
— Todos los tenemos como un potencial, claro — respondió Dan— . Y
claro que puedes relacionar la activación de cada circuito con el despertar de
un chakra. Hay diferentes modelos, que pueden completarse unos a otros,
complementándose. En ese caso hablaríamos ya de un “ modelo multimodelo”.
N o olvides que el mapa no es el territorio. El territorio que describen estos
modelos alternativos es el mismo, y no depende de los mapas. Los mapas son
El mar de Zipolite 201

los que pueden ser diferentes, haciéndose más aproximados al territorio según
van perfeccionándose. Nuestros modelos actuales de conciencia nos parece-
rán, pasado el tiempo, como esos viejos mapas de los continentes: aproxima­
dos pero imperfectos.
— A l menos por ahora nos sirven — dije yo.
— Sí, son mejor que nada — concluyó Dan.

Tras una pausa, volvió a la pregunta de Claudia:


—Todos usamos nuestros cerebros en una mínima parte. La gran mayo­
ría de personas viven en sociedades que por unas razones u otras les impiden
despertar las capacidades más elevadas. En la occidental por un mal uso de la
razón, que limita la experiencia de otros campos de la experiencia humana, y
en otras sociedades por tener necesidad de dedicar sus vidas a la lucha por
sobrevivir físicamente.
"Una buena parte se ve trabada más que nada por necesidad, incluso
en el primer circuito, el de la supervivencia. También desarrollan el segundo,
el territorial y el emocional, aunque quedarse atrapado en él es el origen de las
luchas personales, tribales, y de las guerras modernas. Y también desarrollan
el tercero — continuó Dan— . Su desarrollo comienza con la adquisición del
lenguaje, que permite ir elaborando modelos mentales de las cosas, desde los
más primitivos y mágicos a los más científicos y racionalistas. Asimismo, es
posible quedarse atrapado en él, como lo es quedarse detenido en el cuarto, el
social y sexual, que fundamentalmente comienza a despertarse con fuerza
en la adolescencia.
”Como decía antes Claudia, hay sociedades en lucha por la superviven­
cia material, o donde los instintos de dominación y lucha por el territorio son
dominantes. Desgraciadamente ninguna sociedad, como no fuera alguna ya
desaparecida, ha llegado a un nivel de evolución correspondiente a los circui­
tos cerebrales superiores. Para ello sería necesario que una buena parte de sus
miembros los hubieran despertado en sí mismos.
— ¿Quieres decir que en todos nosotros existe la posibilidad de despertar
otros circuitos superiores, pero no lo hacemos por estas razones? — preguntó
Claudia.
— Como ya dijiste antes, en la humanidad hay un desarrollo muy des­
igual. Hay millones de personas que sabemos que no han logrado un mínimo
que permita cubrir sus necesidades básicas. En las sociedades occidentales hay
millones de personas que a pesar del desempleo, las tienen cubiertas. Ellos
pueden permitirse salir de “ la dictadura de la percepción".
202 El despertar del Hongo

” El mayor problema está en las sociedades a las que se les destruye su


cultura, y tampoco tienen la nuestra. Tienen los defectos de ambas y ninguna
de sus ventajas. Son las grandes víctimas.
”En las sociedades tradicionales, el chamanismo permanece, como ha-
bréis comprobado viajando por México, vigente hoy en día; y en las socieda-
des occidentales es cada vez mayor el uso de la mota o el hashish, el cultivo
casero cada vez más amplio de hongos psilocíbicos, la llegada de plantas sagra­
das como el peyote, el sanpedro, la ayahuasca, la iboga, o el conocimiento
cada vez mayor de las plantas sagradas autóctonas, el movimiento vinculado al
rave y.a la utilización de fármacos como el éxtasis, la LSD, la ketamina, o nuevas
sustancias químicas como la 2'CB, la D O M , la D M T sintetizada, las bebidas inte­
ligentes, nootrópicos como el Piracetam, etcétera.
’También existen cada vez más círculos de percusión, encuentros en lu­
gares de poder, viajes iniciáticos, desarrollo de técnicas de meditación, etc.
Hay cada vez más herramientas a disposición de quien quiera conocer otras
realidades — prosiguió entusiasmado Dan.
’Todo eso hace que más y más personas vayan despertando las capacida­
des de estos circuitos cerebrales, que Timothy Leary o Robert Antón Wilson
consideran ya poshumanos o transhumanos. Otros consideran que forman
parte de nuestra actual naturaleza humana, aunque no hayamos utilizado estas
capacidades todavía. Todos los científicos que estudian el cerebro humano
coinciden en que sólo lo usamos parcialmente, entre un cinco y un 10 % de sus
posibilidades.
” Leary pensaba que en el curso de nuestra futura evolución podríamos
despertar nuevas capacidades, impensables hoy en día.
— ¿Y te parece que es tan importante el efecto de alguna sustancia quí­
mica en el cerebro para la evolución de la conciencia? — preguntó Claudia a
Dan.
— Albert Hofmann, como sabréis el descubridor de la L SD — nos explicó
Dan— , elaboró la teoría de la enteogénesis: la idea de que la experiencia del
aspecto divino del ser, como lo llama él, puede experimentarse al cambiar la
configuración química del cerebro. Hofmann tiene la visión del cerebro como
un sintonizador de la realidad que puede captar varios canales de diferentes
realidades. La divinidad es uno de esos canales. Aunque para algunos ése no
sería el último objetivo de la vida, sino una experiencia a lo largo del camino,
pues aún podríamos sintonizar canales totalmente desconocidos e ¡inconcebi­
bles para nosotros.
— Quizás es lo que hacen algunos chamanes y naguales — dije yo.
El mar de Zipolite 203

—Yo intuyo — dijo Dan— que estos pueblos han llegado a dominar capaci-
dades inimaginables para nosotros los occidentales. Y si llegamos a saber algo, las
descartamos como mentiras o fantasías. Lilly sostiene que las sustancias psicoactivas
van cambiando la configuración de nuestro cerebro, de manera que podemos lle­
gar a desarrollar nuevas capacidades y puntos de vista sobre la realidad.
— Los occidentales — dijo Claudia— podemos llegar a ver algo que nun­
ca vimos, como no fueran algunos de los seres extraordinarios que existen en
nuestras sociedades también.
— El mayor obstáculo — opinó Dan— son nuestros prejuicios y nuestros
sistemas de creencias tan limitados. Los enteógenos nos permiten ver la reali­
dad desde un nuevo lugar. Nuestro cerebro no funciona, no lo utilizamos en la
plenitud de sus posibilidades. Nuestra memoria también está limitada. Yo uti­
lizo los enteógenos como vehículos que me permiten viajar a otros espacios,
tiempos o memorias.
— En realidad usas el cerebro como una herramienta para descubrirte a
ti mismo — dijo Claudia.
— Es la mente conociéndose a sí misma, y mi mente en estado puro no es
diferente a la vuestra. Y lo voy descubriendo al usar mi cuerpo como un lugar
para experimentar la expansión de la conciencia. Como decía Lilly: “Mi cuer­
po es mi laboratorio, un vehículo para el descubrimiento, para ínplorar más
que para explorar” .
— ¿Has probado la ketamina? — pregunté a Dan— . Es el psiquedélico
favorito de Lilly, ¿no?
— La he probado un par de veces — respondió— y la experiencia fue
algo totalmente sorprendente: la entrada en una realidad totalmente ajena al
cuerpo y nuestra experiencia habitual. Las creencias básicas sobre la naturale­
za de la realidad cambian tras un periodo prolongado de exposición a un nue­
vo agente, y la ketamina es un facilitador para la sobre impresión de nuevos
programas sobre los viejos en nuestro biocomputador.
— A mí todo esto de programas y circuitos cerebrales me suena tan frío...
— intervino Claudia, hablando con expresión de desagrado.
— Claudia, no entiendas mal lo que os estoy diciendo — dijo Dan— . El
cerebro no es una máquina. N o es en absoluto una máquina ciega y reactiva a
estímulos exteriores. El cerebro.es un biocomputador complejo y extremada­
mente sensible que nosotros podemos programar. Si no lo haces tú, otros lo
harán por ti. Ya nos han programado, de hecho. Desde que nacemos la cultura
en la que vivimos no ha hecho otra cosa que introducir dentro de nosotros
programas limitadores.
204 El despertar del Hongo

"L illy o Leary intentaron descubrir cóm o podem os elim inar los pro­
gramas que no nos gustan y reprogramarnos con nuevos programas. Yo lo
que busco en realidad es introducir en mi cerebro un programa des-
programador que se autodestruya una vez cum plida su labor desprogra-
madora.
— Madre mía — exclamó Claudia— , parece un trabalenguas.
A l ver la cara de tristeza de Dan, añadió:
— Pero te entiendo, sólo me sorprende el vocabulario y la forma de
expresarlo. En cada época las metáforas para hablar de lo inexpresable se ba­
san en los descubrimientos de su cultura. Reconoce, Dan, que es más poética
la forma de expresarlo del chamanismo.
— Las palabras dan igual — respondió Dan— . Lo importante es que si no
tomamos la responsabilidad de programar cada uno su cerebro, nos será pro­
gramado de todas formas por otros de una manera voluntaria o involuntaria,
incluso por accidente, en tu ambiente social.
— ¿Y tú usas la ketamina para desprogramarte? — le pregunté.
— Ya os he dicho antes que sólo he tomado ketamina dos veces, pero he
llegado a ver los programas que tenía instalados, incluso algunos destructivos,
y por ahora me he limitado a intentar borrar éstos. Aunque el sistema como
un todo trabaja para la vida, la semilla de la destrucción, esos programas
autodestructivos, permanecen también en el cerebro.
— ¿Y cómo puedes ver esos programas? — preguntó Claudia— . ¿Porqué
es posible hacerlo con la ketamina?
— La ketamina es como un tanque de aislamiento, que por cierto tam-
bién lo ha usado mucho Lilly en sus experimentos, pero es una desconexión
sensorial provocada por una sustancia química. La ketamina proporciona brus­
camente, en cuestión de segundos, una cantidad similar de aislamiento y de
deprivación de los sentidos exteriores, lo que hace posible que entres en tu
espacio interior sin la distracción del mundo exterior.
— ¿Y no es posible inplorar, como has dicho antes, sólo usando el tanque
de aislamiento? — pregunté.
— S í — respondió Dan— , aunque claro, la experiencia no será tan radi-
cal; eso ya depende mucho de la persona. Hay personas que están construyén-
dose su propio tanque de flotación, o hay ciudades donde puedes acudir a un
lugar donde tienen varios, como si fueras a la piscina. A l estar a oscuras, flo­
tando en agua salada, sin sonidos externos, es más fácil inplorar y llegar a
percibir la realidad interior con el mismo nivel de realidad que hacemos nor­
malmente'’ con el mundo externo.
El mar de Zipolite 205

”La experiencia con ketamina es más poderosa — continuó Dan— , por'


que a ciertas dosis críticas y ciertas concentraciones críticas de esa sustancia
en el cerebro, el sistema subcortical continúa sus actividades automáticas fue-
ra del contacto con el observador en el cerebro.
— ¿Y qué observa entonces el observador? — preguntó Claudia, intere­
sándose cada vez más.
— La Esencia de la vida y de la conciencia. Tu verdadero Ser. El hiperes-
pació — respondió Dan.
A l ver la cara de sorpresa de Claudia, continuó:
— El hiperespacio es la red del Ser, o seres, extendido a través del univer­
so. Yo lo conozco más por mis experiencias con DMT fumada, como os dije
antes. Es muy difícil para mí describirlo. Lilly dice que es un espacio sin
tiempo donde existen seres que él había descubierto en lo que llamó las Islas,
cuando visitó gracias a la ketamina paisajes muy diferentes a los nuestros y
reinos de un futuro lejano. Paradójicamente, necesitamos medios de acceso
regular a la realidad interior para explorar, o inplorar, como dije antqs, esa rea­
lidad que podríamos llamar extraterrestre, aunque no me gusta llamarla así,
porque no es una realidad físicamente fuera de la Tierra, sino que pertenece a
otro espacio, no físico.
"Pero para mí encontrarme con esa otra realidad no ha sido tan impor­
tante como conectar, gracias a la ketamina, con mi propio ser. La ketamina me
ha ayudado decisivamente a conocer primero mi esencia, y en la segunda ex­
periencia, la fuerza de la vida y la verdadera realidad del universo y de la
conciencia.
— ¿Y cómo aparece la muerte desde esa perspectiva? — pregunté.
— La muerte, al sentirte fuera del cuerpo, adquiere otra dimensión, pues
al tener la experiencia ketamínica parece evidente que al morir nuestro orga­
nismo biológico la conciencia continuará sin él. Por eso sería magnífico usar
la ketamina para ayudar a enfermos terminales a experimentar la conciencia
sin el cuerpo y así perderle el miedo a morir.
Recordé la “ K ” del texto que escribí la primera noche en Huautla y me
propuse volver a leerlo, por si podía referirse a la ketamina.
—Todo esto podría investigarse si Leary hubiera acertado en su hipótesis
sobre la píldora-G — continuó Dan mientras yo recordaba.
— ¿La píldora-G? — preguntamos Claudia y yo a la vez, totalmente asom­
brados.
— Leary sostenía que la teoría neurogenética predice el descubrimiento
de una enzima encontrada dentro de las células nerviosas de los animales muer-
206 El despertar del Hongo

tos. Esta enzima, sintetizada y administrada en sujetos saludables y voluntarios


bajo óptimas condiciones, produciría la experiencia de la muerte sin efectos
en las funciones normales del cuerpo. Leary propuso la hipótesis de que la
píldora-G suspendería las marcas del espacio y el tiempo y permitiría a la con­
ciencia el diálogo final entre el código maestro del ADN y las neuronas, que
son sus sirvientes. A sí la humanidad tendría una herramienta para examinar
qué sucede cuando morimos.
Recordé que mi amigo Jan, poco antes de salir de Granada, me había
hablado de una técnica específica de meditación desarrollada por los monjes
tántricos tibetanos para ese mismo fin. Antes de poder comentárselo a Dan,
Claudia le preguntó:
— ¿Has dicho que las neuronas sirven al ADN ?
— Sí, el ADN sería el amo y el cerebro el esclavo. La neurogenética cree
que el código del ADN puede comunicar revelación e instrucción. Nuestra tarea
sería aprender cómo usar el sistema nervioso para recibir y modular las instruc­
ciones del ADN, a través de los receptores del cerebro y las beta-endorfinas.
Me a'cordé de la rana de Enrique y me di cuenta de qué diferentes eran
estas conversaciones con occidentales y las conversaciones con los chamanes
y chamanas. Ambas me resultaban muy fructíferas, incluso sentía que eran
necesarias. '
Intuí que será la fusión de ambas aproximaciones a lo desconocido lo
que supondrá un salto cualitativo en la humanidad y un paso decisivo en el
camino del conocimiento, siempre que en las dos culturas, o en la cultura
mestiza resultante, el corazón y la compasión existieran como contraparte de
la sabiduría.

Dan había conseguido llegar a interesar totalmente a Claudia, que escuchaba


con una gran atención, mientras él continuaba explicándonos sus teorías e
inquietudes.
— Las sustancias psiquedélicas nos permiten activar esas secciones del
ADN que permanecen dormidas en la mayoría de nosotros. Hay una buena
parte de la humanidad que ha comenzado a despertar el quinto cerebro gracias
a la Cannabis. El uso por millones de personas en todo el mundo, a pesar de la
prohibición de esta planta sagrada, ha ido despertando este quinto circuito,
también activado por el amplio uso del éxtasis.
"Aunque con el éxtasis el problema es la adulteración de esta sustancia al
ilegalizarse y pasar al mercado negro, como sucedió ya en los sesenta con la
LSD. El éxtasis que se puede encontrar hoy en la calle lleva poco MDMA, que es
El mar de Zipolite 207

realmente el éxtasis puro, y trae con el MDMA, si es que acaso lo lleva, una gran
cantidad de otras sustancias, a veces inocuas, a veces nocivas.
— A m í me parece que hay que ser extremadamente cuidadoso con el
uso de todas estas sustancias — dije— . La ketamina, por ejemplo, me parece
una barbaridad usarla antes de haber desarrollado plenamente otros circuitos
inferiores. Es empezar la casa por el tejado.
—Sí, según Leary la ketamina despierta el último circuito, fuera ya del
espacio-tiempo — dijo Dan— . El proceso gradual y prudente sería comenzar
con la Cannabis y el tantra, más tarde con los hongos sagrados o la LSD, más
adelante con la Salvia divinorum o los cactus que contienen mescalina: el peyote
y el sanpedro, y sólo después entrar en el mundo de la DMT pura o la salvinorina
puras, para finalmente entrar en la Realidad de la ketamina. Sólo entonces
uno estaría preparado para explorar sin excesivos peligros el hiperespacio.
Habría que ir despertando uno a uno esos circuitos superiores. Tal y como
decías tú antes — añadió mirando a Claudia— , habría que ir despertando los
chakras superiores. En realidad estamos hablando de lo mismo. Son distintos
mapas para un mismo territorio: la conciencia humana.
— ¿En qué consisten esos circuitos superiores? — preguntó Claudia, im­
paciente por saber. /
—Son circuitos cerebrales que nos hacen superar el estado larval del ser
humano, un estado que sería embrionario, para llegar a desarrollar todas las
posibilidades del ser humano, que como dije antes, forman parte ya de nuestro
ADN, porque el anteproyecto de evolución del ser humano existe ya en cada
una de nuestras células. Es un poco complicado de explicar, aunque es sencillo
de entender. Esperad un momento.
Dan se levantó y se fue hacia la cabaña donde tenía sus cosas. Volvió con
un libro en sus manos, Cosmic Trigger de Robert Antón Wilson.
— Aquí se explica muy bien en qué consisten los circuitos superiores.
A l ver nuestro interés, nos regaló el libro. Nos dijo que ya conseguiría
otro ejemplar cuando volviera a California.
— Siempre viajo con ese libro, El fin de la infancia de Arthur Clarke y
Starmaker de O laf Stapledon. ¿Los conocéis? — nos preguntó.
— ¿Hacedor de estrellas? — preguntó Claudia— . Lo vi en una librería poco
antes de venir a México, pero no lo compré. Lo hojeé y me pareció muy inspi­
rador.
— A mí E l fin de la infancia me pareció que contenía muchas claves sobre
los futuros probables de la humanidad, y sobre el papel de los niños y las niñas
del porvenir. Me gustaría releerlo ahora — añadí yo.
208 El despertar D a Hongo

— Los dos son fundamentales — dijo Dan, aunque no nos dijo por qué.
Nos dio las gracias por escucharle, por nuestra paciencia, nuestra com­
pañía y nuestro apoyo, y se fue a dormir. Nosotros esperamos a que llegase la
tribu. Necesitábamos música y baile. Sentir la Tierra.

25

Pasé varios días en Zipolite. Después de mi estancia en Huautla, San José


del Pacífico y las charlas con Dan, me di cuenta de que necesitaba descansar.
N o quería que me ocurriera como en Sudamérica, donde agoté mi energía y al
final había tenido la sensación de no haber podido llegar a concluir realmente
mi viaje.
Claudia y yo continuamos viéndonos, a veces a solas, otras con los de­
más miembros de la tribu. Por las noches íbamos a escucharles tocar y luego
volvíamos al Shambala.
A veces, por las mañanas, traducíamos algunos fragmentos del libro que
nos regaló Dan. También leíamos un libro de poesía con el que Claudia viaja­
ba: Aullido, de Alien Ginsberg, y sus partes favoritas de Los subterráneos y Los
vagabundos del Dharma de Jack Kerouac.
Echamos de menos a Dan y comenzamos a echarnos de menos nosotros
cuando decidimos partir de Zipolite por separado. Esta vez, a diferencia de lo
que había sucedido con Lucía, ni siquiera hablamos de nuestra despedida. En­
contramos muy natural continuar cada uno nuestro camino, y simplemente
hablamos de la posibilidad de vemos en el futuro, si yo finalmente iba a Seattle,
porque ella iría a Vancouver después de México.

Entre nuestras horas en el mar y los alrededores, mis encuentros con Claudia o
el resto de la tribu, encontré momentos para terminar la carta a Luna.
Después de contarle todo lo que había ocurrido desde la última vez que
di señales de vida, continué escribiendo.

En el fondo no hay nada nuevo, sino continuar explorando lo desconocido. Intenta


dialogar con esas “inteligencias” , sean lo que sean, y*si descubres algo nuevo, bien­
venido sea. Compártelo. En realidad no importa tanto el origen de la información,
sino la información en sí misma.
Y no te preocupes, Luna, no sólo te miraré con los mismos ojos, sino que
mi mirada será aún más profunda y solidaria. Admiro tu valentía al internarte
El mar de Zipolite 209

en lo desconocido y al contarme tus experiencias allí, porque sé que, al igual que


me sucede a mí, ni podemos ni queremos ocultarlas, aunque tengamos la sensa­
ción de que no hacerlo puede alejamos de personas a las que queremos y nos
quieren.
No te preocupes con respecto a mí. Eres una de las personas más cuerdas y
lúcidas que conozco, y aunque como tú tenga siempre presente el peligro de la locu­
ra, eso no me detiene ni me paraliza, porque sé que estamos actuando correctamen­
te. Mi corazón no me engaña nunca.
Éste es un momento de espera y transición, y nuestro aparente parón no es
tal, sino que sencillamente estamos preparándonos para el siguiente paso. Hemos de
navegar con el cuidado de no estrellamos contra las rocas ni de naufragar, procuran­
do que el barco no se hunda, pero hemos de navegar, siendo conscientes de los peli­
gros, si queremos vivir plenamente.
La locura no llegará a nosotros por tener o contar o compartir esta clase de
experiencias, sino por no saber integrarlas. Por eso siento que hemos de ir paso a
paso, avanzando un pie cuando estemos seguros de poder apoyarlo sin desequili­
bramos, y ahí vamos.
Estamos abriendo nuestra mente, entrando por puertas que nos llevan a otras
realidades cada vez con más frecuencia y decisión. Nuestra mente está llegando a ser
interdimensional — o quizás, sencillamente transdimensional, más allá de nada que
podamos llamar “dimensión” o “espacio” .
Posiblemente sólo es eso. Fuimos domesticados y entrenados para que fuera
unidimensional, pero nuestra propia naturaleza y nuestra voluntad nos ha llevado a
dejarla expresarse y manifestarse cada vez más como es realmente. Aunque al final
vayamos descubriendo que la única dimensión real, como me dijo el hongo, es la del
corazón templado por la sabiduría.

No necesitamos la fe. N o te fuerces a creer o aceptar ninguna idea. Intenta no dar


saltos de fe, no creer en lo que no hayas comprobado por ti misma varias veces. Los
seres humanos tendemos a creer, quizás por la necesidad de sentimos seguros, y
podemos llegar a pensar sólo lo que deseemos o necesitemos pensar, ignorando la
evidencia, o la falta de evidencia.
Me parece tan peligroso ser unos crédulos y no ser críticos con nuestras expe­
riencias, como rechazar considerar siquiera ideas o perspectivas que son poco con-
. vencionales, heterodoxas o nuevas.
Otra cosa es que probemos, aunque sea para nosotros mismos, que algo que
hemos experimentado, por extraño que sea, tiene una realidad exterior a nuestra
mente.
210 El despertar del Hongo

Y aquí nos vemos, personas como tú, o yo, o Claudia, intentando mantener el
delicado equilibrio entre la mente abierta y la mente crédula.
Recuerda que la mente es como un paracaídas, sólo funciona si se abre, pero
para no estrellarse no basta con abrirlo, hay que abrirlo bien, y en el momento
exacto.

No quiero desanimarte a seguir investigando, al contrario. A quí en México, estoy


convenciéndome de que hay cosas en el universo que son más extrañas de lo que
somos incluso capaces de imaginar, que hay un conocimiento fuera de ío que la
ciencia ortodoxa acepta como real, y que hay mucha información, fuera o dentro de
nosotros — ahora me da igual— , que nos aporta algo nuevo.
E l problema radica en que también hay mucho ruido, y al entrar en estados
expandidos de conciencia se incrementa la información que podemos obtener, pero
también el ruido. A sí que intenta aprovechar las señales interesantes para nosotros e
ignora el ruido.
A l menos eso quiero intentar yo.

Estate tranquila, ánimo, y todo mi apoyo y mi fuerza para continuar. No estás sola,
no estamos solos. No lo olvides nunca.

Un beso y un abrazo desde el Pacífico.


Juanjo

Posdata. Te envío una copia de la traducción de unos fragmentos de Cosmic Trigger I


de Roben Antón Wilson, traducidos y adaptados por Claudia y por mí.
Este libro ya fue publicado en castellano, con el título de El secreto final de
los iluminados, pero está completamente agotado. A sí que confórmate con esta
traducción, que además corrige algunos errores de la que ya estaba hecha.
La recuperación de este texto me parece fundamental para los psiconautas que
no sean capaces de leer en inglés. Espero que te sirva para entender tus experiencias.
Lee especialmente los fragmentos del circuito sexto, que es el que creo que estás
despertando ya.
Escribe a la lista de correos de Veracruz. Imagino que tarde o temprano iré allí
a buscar a un yerbero del que me hablaron en Oaxaca. Se llama don Andrés, y
%

aunque sé que es un nombre usual, no puedo pasar por alto una señal así. Por como
han venido las cosas, sé que ese hombre sabe algo importante, y espero que me lo
diga.
A h í va. Mr. Robert Antón Wilson:
El mar de Zipolite 211

Para comprender el espacio neurológico, el doctor Leary asume que el sistema nervioso
consiste en ocho circuitos potenciales, o "mecanismos’ , o minicerebros. Cuatro de
esos cerebros se hallan en el lóbulo izquierdo, usualmente activo, y tienen que ver con
nuestra supervivencia terrestre; cuatro son extraterrestres, residen en el "silencioso" o
inactivo lóbulo derecho, y existen para ser usados en nuestra evolución futura. Esto
explica por qué el lóbulo derecho está normalmente inactivo en este estadio de nuestro
desarrollo, y por qué llega a ser activo cuando la persona ingiere psiquedélicos.
Explicaremos cada uno de fos ocho "cerebros” brevemente.

/-El circuito de biosupervi vencía. Este cerebro invertebrado fue el primero en evolu­
cionar (hace dos a tres mil millones de años) y es el primero en activarse cuando nace
una criatura humana. Programa la percepción en una especie de encasillamiento dividido
en cosas buenos-nutritivas (hacia las que se siente atraído) y cosas peligrosas-tóxicas
(de las que huye o a las que ataca).

II-El circuito emocional. Este segundo y más avanzado biocomputador se formó


cuando aparecieron los vertebrados y empezaron a competir por el territorio (quizás
unos 500 millones de años antes de Cristo). En el individuo este enorme túnel de
realidad es activado cuando las cintas maestras del ADN disparan la metamorfosis
del arrastrarse hacia el andar. Como saben todos los padres, el niño que empieza a
caminar ya no es una criatura pasiva (orientada a la biosupervivencia) sino un mamí­
fero político, lleno de exigencias territoriales físicas (y psíquicas), rápido en entrome­
terse en los asuntos familiares y en la toma de decisiones.

III'El circuito de agilidad-simbolismo. Este tercer cerebro se formó cuando los


homínidos empezaron a diferenciarse de los demás primates (unos cüatro-cinco millo­
nes de años antes de Cristo), y es activado cuando el niño, ya más mayor, empieza a
manejar utensilios y a emitir¡recibir señales laríngeas (unidades humanas de habla).

Según el habla popular, el túnel de realidad del primer circuito es llamado generalmen­
te "conciencia" per se: la sensación de estar aquí y ahora, en este cuerpo, orientado a
la supervivencia corporal. (Cuando uno está "inconsciente", el primer circuito está
anestesiado y los médicos pueden practicar cirugía sobre ti o los enemigos pueden ata­
carte, y no podrás evadirles ni huir.) El segundo circuito, en el mismo lenguaje vulgar,
es llamado "ego". El llamado “ego” es el segundo circuito sensorial mamífero del
estatus (importancia-no importancia) en el grupo o tribu. El tercer circuito es lo
que generalmente llamamos "mente" —la capacidad de recibir, integrar y transmitir
señales producidas por la mano homínida (artefactos) o por los nueve músculoshríngeos
homínidos (habla).
La impresión de esos tres circuitos determina, aproximadamente a la edad de tres
años y medio, el grado y el estilo básicos de confianza)'desconfianza que colorearán la
212 El despertar del Hongo

"conciencia", el grado y estilo de agresividad/sometimiento que determinarán el estatus


del "ego", y el grado y estilo de habilidad/torpeza con que la "mente" manejará instru­
mentos o ideas.
En términos evolutivos, la "conciencia” o primer cerebro es básicamente
invertebrada, flotando pasivamente hacia la alimentación y la protección del peligro.
El "ego" o segundo cerebro es mamífero, siempre luchando por el estatus dentro del
orden tribal del grupo. La "mente” o tercer cerebro es paleolítico, aferrado a la cultura
humana y enfrentándose con la vida a través de una matriz de utensilios hechos porhuma­
nos, y de simbolismos creados por el ser humano.

El cuarto cerebro es poshomínido, específicamente característico del Homo sapiens,


el hombre-mujer "domesticados". Éste es:
IV-El circuito socio'sexual. Este cuarto cerebro se formó cuando los grupos
de homínidos evolucionaron a sociedades y programaron papeles sexuales específicos
para sus miembros, unos 30 mil años antes de Cristo. Es activado en la pubertad,
cuando las señales de ADN desencadenan la liberación glandular de productos
neuroquímicos sexuales y se inicia la metamorfosis al estado adulto. Los primeros
orgasmos o experiencias de acoplamiento imprimen un rol sexual característico que,
nuevamente, queda fijado de forma bioquímica y permanece constante durante todala
vida, a menos que alguna forma de lavado de cerebro o reimpresión bioquímica lo
altere.
■ En lenguaje vulgar, las impresiones dejadas por el cuarto circuito y su túnel de
realidad son conocidas como la "personalidad adulta” .

Esos cuatro circuitos constituyen normalmente todas las redes del cerebro que se con­
sigue activar. Con ello debería quedar claro por qué Leary los llama terrestres. Han
evolucionado y han sido moldeados por las condiciones gravitatorias, climáticas y ener­
géticas determinantes de la supervivencia y la reproducción en este tipo de planeta
orbitando en tomo a esta variedad de estrella tipo G.

El cuarto cerebro, enfrentándose con la transmisión de la cultura tribal o étnica a


través de generaciones, introduce la cuarta dimensión, el tiempo.
Puesto que cada uno de esos túneles de realidad consiste en impresiones
bioquímicas o matrices en el sistema nervioso, cada uno de ellos es activado
específicamente por neurotransmisores y otras sustancias.
Ninguna sustancia terrestre cambia las impresiones bioquímicas básicas.
Las conductas que se desencadenan son las que quedaron grabadas en el sistema
nervioso durante los primeros estadios de vulnerabilidad a la impresión. El circui­
to II, el "ego” , exhibe los juegos o condicionamientos aprendidos de los padres en
la infancia. El circuito III "mente" nunca va más allá de las permutaciones "j
combinaciones de los túneles de realidad impresos originalmente, o de abstraccio-
El mar de ZlPOLITE 213

nes asociadas con las impresiones a través de condicionamientos posteriores. Y así


sucesivamente.
Pero todo este robotismo pavloviano-skinneriano cambia drástica y dramática'
mente cuando volvemos hacia el lóbulo derecho, los circuitos futuros y las sustancias
químicas extraterrestres.
Los cuatro "cerebros" de evolución futura son:

V-El circuito neurosomático. Cuando este quinto "cerebro'corporal" es activado, se


produce una conexión hedonista, una diversión extática, un desapego de todos los ante­
riores mecanismos compulsivos de los primeros cuatro circuitos. Yo conecté este circuito
con la hierba y el Tañera.
Este quinto cerebro empezó a aparecer hace unos cuatro mil años en las prime­
ras civilizaciones del ocio, y ha ido incrementándose estadísticamente en los últimos
siglos. Más recientemente, Omstein y su escuela han demostrado con electroencefalo­
gramas que este circuito representa el primer salto del lóbulo izquierdo lineal del cere­
bro al lóbulo derecho analógico.
La apertura e impresión de este circuito ha sido la preocupación de los "técnicos
de lo oculto"—chamanes tántricos y hatha yoguis— . Mientras que el quinto túnel de
realidad puede ser alcanzado mediante privación sensorial, aislamiento social, estrés
fisiológico o una severa impresión, tradicionalmente ha sido reservado a la educada
aristocracia de las sociedades ociosas que han resuelto los cuatro problemas terrestres
de la supervivencia.
Hace unos 20 mil años, el neurotransmisor específico para el quinto cerebro fue
descubierto por los chamanes en el área asiática del mar Caspio y se esparció rápidamen­
te a otros brujos a través de Eurasia y África. Se trata, naturalmente, de la Cannabis.
El significado extraterrestre de estar "arriba" es confirmado por los propios
astronautas; el 85% de aquellos que han experimentado la caída libre de la gravedad
cero describen "experiencias místicas" o estados de éxtasis típicos del circuito neuro­
somático. "Ninguna foto puede mostrar lo hermosa que se ve la Tierra", se entusias­
ma el capitán Ed Mitchell, describiendo su Iluminación en caída libre. Suena como
cualquier yogui o consumidor de marihuana exitoso. Ninguna cámara puede mostrar
esta experiencia porque está dentro del sistema nervioso.

Leary cree que la caída libre, en el momento evolutivo adecuado, desencadena la


mutación neurosomática. Previamente, esta mutación ha sido conseguida "artificial­
mente" mediante entrenamiento yóguico o chamánico o mediante el estimulante del
quinto circuito, la Cannabis. Practicar surf o submarinismo, esquiar y la nueva cultu­
ra sexual (masaje sensual, vibradores, artes tántricos importadas, etc.) han evolucio­
nado al mismo tiempo como parte de la conquista hedonista de la gravedad. El estado
de estar conectado es siempre descrito como "flotar" o, en la metáfora zen, "un pie por
encima del suelo".
214 El despertar del Hongo

VI'El circuito neuroeléctrico. El sexto cerebro consiste en el sistema nervioso siendo


consciente de sí mismo, independientemente de los mapas de realidad impresos de modo
gravitacional (circuitos l-IV), e incluso independientemente del éxtasis corporal (cir­
cuito V). El conde Korzybski, el semántico, llamaba a este estado "la conciencia de
abstraer". El doctor John Lilly lo llama “metaprogramación", es decir, conciencia
de programar la propia programación. Esta conteligencia (conciencia-inteligencia)
einsteiniana, relativista, reconoce por ejemplo que los mapas de realidad euclidiano,
neivtoniano y aristotélico son simplemente tres entre miles de millones de programas
posibles o modebs que experimentar. Yo conecté este circuito con el peyote, la LSDy
los metaprogramas “mágickos" de Crowley.
Este nivel de funcionamiento cerebral parece haber sido constatado por {Trí­
mera vez aproximadamente unos 500 años antes de Cristo entre varios grupos"ocul-
tistas" conectados gracias a b Ruta de b Seda (Roma-norte de India). Está tan
más allá de ios túneles de realidad terrestres que aqueüos que b han alcanzado apenas
pueden comunicarlo a b humanidad ordinaria (circuitos 1-IV) y difícilmente tam­
bién pueden ser comprendidos ni siquiera por los Ingenieros del Éxtasis del circui­
to quinto.
Las características del circuito neuroeléctrico son alta velocidad, elección nuíid-
ple, rebtividad y b fisión-fusión de todas las percepciones en universos paralelos de
ciencia-ficción de posibilidades alternativas.
Los políticos mamíferos que controbn b lucha por el poder entre b humani
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terrestre son aquí trascendidos, es decir, son vistos como estáticos, artificiales o una
elaborada farsa. Uno no es tampoco coercitivamente manipulado dentro de b realidad
tenitoríal de otro ni obligado a luchar contra elb con un juego recíproco emocional (el
habitual melodrama). Uno simplemente elige, conscientemente, si compartir o no el mo­
delo de realidad del otro.
Las tácticas para abrir e imprimir el sexto circuito son descritas y raramente
experimentadas en b raja yoga avanzada y en ios manuabs herméticos (codificados)
de ios alquimistas e Iluminados medievabs y renacentistas.
Ningún producto químico específico para el sexto circuito está aún disponible,
pero las sustancias psiquedélicas fuertes como b mescalina (extraída del “cacto sagra-
do", peyotl) y b psilocibina (del "hongo mágico" mexicano, teonanácatl) abren el
sistema nervioso a series entremezcladas de canales del circuito V y del circuito VI.
Esto es b que se denomina apropiadamente “vbjar", disúnguiéndob del directo “conec­
tarse" o “estar arriba" del circuito quinto.
La supresión de b investigación científica en esta área ha tenido el desafortuna­
do resultado de conducir b ibgal cultura de b droga de vuelta hacia el hedonismo y los
precientíficos túneles de realidad (el renacimiento de b oculto, el solipsismo, el orien­
talismo pop) del circuito quinto. Sin disciplina científica y metodobgía, pocos pueden
decodificar con éxito las a menudo aterradoras (pero fibsóficamente cruciales) señales
metaprogramadoras del sexto circuito. Los científicos que siguen estudiando este tema
El mar de Zipoirrc 215

no se atreven a publicar sus resultados (que son ilegales) y comunican sus cada vez más
amplios túneles de realidad tan sólo en conversaciones privadas —como los eruditos de
la época inquisitorial. (Voltaire anunció la Era de la Razón dos siglos demasiado pronto.
Nosotros estamos aún en las Eras Oscuras.)
Cuando los seres humanos hayan trepado fuera de su pozo atmosférico-gravita-
torio de vida planetaria, la aceleradla conteligencia del sexto circuito hará posible las
comunicaciones de alta energía con las "Inteligencias Superiores", es decir, con noso-
tros-en-el futuro y otras razas posterrestres.
Una vez nos damos cuenta que las experiencias neurales espaciadas son real­
mente extraterrestres, resulta encantadoramente simple y obvio afirmar que estar “arri­
ba" y "lanzado" son adecuadas metáforas. El éxtasis neurosomático del circuito V es
una preparación para el próximo paso en nuestra evolución, la migración fuera del
planeta. El circuito VI es la preparación para el paso siguiente, la comunicación
interespecies con entidades avanzadas que posean túneles de realidad electrónicos
(posverbales) .
El circuito VI es el "traductor universal" imaginado a menudo por los escritores
de ciencia-ficción, incorporado ya en el interior de nuestros cerebros por la cinta gra­
bada del ADN. Igual que los circuitos de la futura mariposa están ya incorporados en la
oruga.

V//-E1 circuito neurogénético. El séptimo cerebro entra en acción cuando el sistema


nervioso empieza a recibir señales desde el interior de la neurona individual, por
medio del diálogo ADN-ARN. Los primeros en conseguir esta mutación hablaron de
"recuerdos de vidas pasadas", “reencarnación", "inmortalidad", etcétera.
Los "registros akásicos” de la Teosofía, el "inconsciente colectivo" dejung y el
“inconsciente filogenético" de Grof y Ring, son tres metáforas modernas de este circui­
to. Las visiones de la evolución pasada y futura descritas por aquellos que han tenido
experiencias “fuera del cuerpo" durante episodios cercanos-a-la-muerte describen tam­
bién el túnel de realidad del transtemporal circuito VIL
Los ejercicios específicos para disparar el circuito VII no pueden encontrarse
en las enseñanzas yóguicas; normalmente se producen, si llegan a producirse, des­
pués de varios años del tipo de raja yoga avanzado que desarrolla la facilidad para el
circuito VI.
El neurotransmisor específico para el circuito VII es, por supuesto, la LSD. (El
peyote y la psibcibina producen también algunas experiencias correspondientes al cir­
cuito VIL)
El circuito VII está más oportunamente considerado, en términos de la ciencia
de 1977, como el archivo genético, activado por proteínas antihistonas. La memo­
ria del ADN girando en espiral hacia atrás hasta el amanecer de la vida. Una sensa­
ción de inevitabilidad e inmortalidad y simbiosis entre ¡as especies acude a todos los
mutantes del circuito V il; ahora podemos ver que esto es, también, una anticipación
216 El despertar del Hongo

evolutiva, puesto que nos hallamos ahora mismo en el umbral de una longevidad
prolongada que conduce a la inmortalidad.
El papel exacto de los circuitos del lóbulo derecho y la razón de su activación en
la revolución cidtural de los sesenta resulta ahora claro. Como escribe el sociólogo F. M.
Esfandiary en Upivingers: "Hoy, cuando hablamos de inmortalidad y de llegar a otros
mundos, ya no lo decimos en un sentido teológico o metafísico. La gente está viajando
ahora a otros mundos. La gente está esforzándose ahora hacia la inmortalidad. La
trascendencia ya no es un concepto metafísico. Ha llegado a ser una realidad’'.
La función evolutiva del séptimo circuito y de su evolutivo túnel de realidad,
que abarca eones, es preparamos para la inmortalidad consciente y la simbiosis entre
especies.

VIII-El circuito neuroatómico. Sujeten sus sombreros e inspiren profundamente


—esto es lo más lejos que se ha aventurado hasta ahora la inteligencia humana:
La conciencia precede probablemente a la unidad biológica o al registro
en espiral del ADN. "Experiencias fuera del cuerpo", "proyección astral", contacto
cón "entidades" extrañas (¿extraterrestres?) o con una supermente galáctica, etc.,
como las que yo he experimentado, han sido todas descritas desde hace miles de años,
no solamente por el ignorante, el supersticioso, el crédulo, sino a menudo por las
mejores mentes entre nosotros (Sócrates, Giordano Bruno, Edison, Buckminster Fuller,
etc.). Los parapsicóbgos son informados diariamente de tales experiencias y han sido
experimentadas por científicos tales como el doctor John Lilly o por Carlos Castañeda.
El doctor Kenneth Ring ha atribuido tales fenómenos a lo que él llama, muy apropia­
damente, "el inconsciente extraterrestre".
El doctor Leary sugiere que el circuito VIII es literalmente neuroatómico —infra,
supra y metafisiológico— , un sistema de comunicación basado en la mecánica cuántica
que no requiere un contenedor biológico. El intento de construir un modelo cuán­
tico de conciencia y/o un modelo consciente de mecánica cuántica por parte de los
físicos que han experimentado con sustancias psicoactivas, y délos que ya hemos ha­
blado (el profesorJohn Archibald Wheeler, Saul-Paul Sirag, el doctor Fritjof Copra, el
doctorJack Sarfatti, etc.), indica claramente que la "conciencia atómica", sugerida en
primer lugar por Leary en Las siete lenguas de Dios (1962), es la conexión explica­
tiva que unirá la parapsicología y la parafísica en la primera teología científica, empíri­
ca y experimental de la historia.
Cuando el sistema nervioso es conectado a su circuito de nivel cuántico, el
espado-tiempo es eliminado. La barrera einsteiniana de la velocidadde la luzes trascendida;
en la metáfora del doctor Sarfatti, escapamos del "chovinismo electromagnético. La con-
teligencia dentro de la cabina de proyección cuántica es el *cerebro’ cósmico entero, tal
y como la hélice microminiaturizada del ADN es el cerebro local guiando la evolución
planetaria. Como dijo Lao-tse desde su propia perspectiva del circuito VIII, "Lo más
grande está dentro de lo más pequeño".
El circuito VIH se activa mediante la ketamina, un producto rmiroquímico inves­
tigadopor el doctorJohn Lilly, que es administrado también (segiín un rumor muy extendí-
do, pero no confirmado) a los astronautas para prepararlos para el espacio. Altas dosis
de LSD producen también alguna conciencia cuántica del circuito VIII.
Esta conteligencia neuroatómica está cuatro mutaciones más allá de la domes-
ticidad terrestre. (El forcejeo ideológico se halla actualmente entre los moralistas-o-
colectivistas del circuito IV y los individualistas hedonistas del circuito V.) Cuando
nuestra necesidad de una inteligencia superior, de una implicación más rica en el dise­
ño cósmico, de una trascendencia ulterior, ya no sean satisfechas por nuestros cuerpos
físicos, ni siquiera por unos cuerpos inmortales que esperen saltar a través del
espacio-tiempo por la malla nueve, el circuito VIH abrirá nuevas fronteras. Nuevos
universos y realidades. "Más allá de la teología: la ciencia y el arte de convertirse en
Dios", como escribió Alan Watts en una ocasión.
Es por consiguiente posible que las misteriosas “entidades" (ángeles y extraterrestres)
monótonamente referidas por los visionarios del circuito VIII sean miembros de razas
evolucionadas ya hasta dicho nivel. Pero es también posible, como sugieren Leary y más
recientemente Sarfatti, que Ellos/as sean nosotros-mismos-en-el-futuro.
Los circuitos terrestres del lóbulo izquierdo contienen las lecciones aprendidas
de nuestro pasado (y presente) evolutivo. Los circuitos extraterrestres del lóbulo dere­
cho son el anteproyecto evolutivo de nuestro futuro.

Sin respaldar totalmente el misticismo tecnológico de Charles Fort (“La máquina de


vapor llegará cuando venga el tiempo de la máquina de vapor”) , es obvio que el
metaprograma del ADN para la evolución planetaria es mucho más sagaz que cualquie­
ra de nuestros sistemas nerviosos individuales —que son en cierto sentido grandes
robots o sensores del ADN. Los pulps de ciencia-ficción-, las crudezas de Buck Rogers;
la sofisticada ciencia-ficción de brillantes escritores como Stapledon, Clarke, Heinlein;
el 2001 de Kubrick— ; todo ello son señales cada vez más claras del ADN transmitidas
a través del intuitivo lóbulo derecho de sensitivos artistas, preparándonos para la mu­
tación extraterrestre.
Como dijo la revista Time el 26 de noviembre de 1973: "Dentro de 10 años,
según los farmacólogos, se habrán perfeccionado píldoras y electrodos craneales ca­
paces de proporcionar éxtasis que dure toda una vida para toda la población de la
Tierra” . La histeria de los años sesenta sobre la hierba y el ácido fue solamente
la obertura para la ruptura de ese quinto circuito. Nathan S. Kline predice auténticos
afrodisiacos, sustancias que aceleren el aprendizaje, sustancias para favorecer o termi­
nar con cualquier esquema de comportamiento. Aquellos que fueron quemados o en­
carcelados a principios del siglo XVII (Bruno, Galileo, etc.) fueron los adelantados de
la Revolución de la Tecnología Exterior. Aquellos que fueron encarcelados o golpeados
por los policías en los años sesenta fueron los adelantados de la Revolución de la Tec­
nología Interior.
218 El despertar del Hongo

En pocas palabras, los distintos niveles de conciencia y circuitos que hemos


estado discutiendo, e ilustrando, constituyen todos ellos impresiones bioquímicas en la
evolución del sistema nervioso. C ad a impresión crea un túnel de realidad mayor. En
lametáfora sufi, el burro en el cual cabalgamos se convierte en un burro diferente tías
cada impresión. El metapTOgramador aprende constantemente más y es cada ve*
más capa*: de ser consciente de sí mismo, de su modo de opeTOT. A sí, estamos evolu­
cionando hada la inteligencia-estudiando-la-inteligencia (el sistema nervioso estudiando
el sistema nervioso) y somos más y más capaces de acelerar nuestra propia evolución.
Los naguales de Chiapas

26

Tomé un autobús urbano cerca del mercado, tras desayunar un delicioso licuado
de maguey. Cruzamos toda la ciudad, entre un tráfico terrible, y comprobé que
Tuxtla Gutiérrez, la capital oficial de Chiapas, era una urbe moderna, sin mucho
interés. No obstante, quería visitar el zoo, considerado el mejor de América.
Asistí a una persecución entre varios minibuses, en el que el mío se vio
involucrado. Ya era normal para mí esa clase de situaciones, tras varias sema'
ñas en México, y no me alarmé. Tras un choque sin excesiva importancia, en
el que ambos minibuses se detuvieron, averiados, los pasajeros nos bajamos y
tomamos otro que inició la ascensión por una larga cuesta, dejando atrás la
ciudad, adentrándonos en una vegetación exuberante.
Una señora, que había resultado ligeramente herida, me avisó que ha-
bíamos llegado a la parada del zoo. La entrada estaba enfrente. Vi un letrero
que declaraba al zoo zona ecológica natural. A l entrar, me sorprendió compro­
bar que la mayoría de los animales estaban libres. Sólo los más peligrosos para
los humanos estaban en cautividad, en fosas de las que no podían salir, más
que enjaulados.

La visita a este zoo tuvo un supremo efecto en mí. El silencio sólo roto por el
sonido de los pájaros y otras aves me permitió entrar en una íntima y profunda
220 El despertar del Hongo

comunicación con los animales que vivían allí, especialmente con algunos de
ellos.
Me impresionó ver animales que hasta ese momento eran solamente
nombres para mí. A llí vi al fin el maravilloso quetzal, un ave que creía mítica;
también vi el tucán, jaguares y pumas, venados, tejones, pajuiles, chachalacas,
dantas, tocolotones, cojolitos, pavos ocelados, guacamayos, caimanes, tecolotes
de anteojos, nutrias, garzas tigre, gatos monteses, iguanas verdes, tortugas pre-
históricas, zopilotes, coyotes, mapaches, monos araña, zorras grises, loros ca-
beza amarilla.
Eh la casa nocturna había maruchas y murciélagos; en el vivario, ala-
cranes y velludas, así como peligrosas especies de insectos, mortales para el
hombre.
Durante el paseo por el zoo me llamó la atención ver un espejo, a un lado
del camino principal. Me acerqué a él y vi mi rostro. Debajo leí: Aquí se ve la
especie más necia y destructiva, que incluso amenaza aniquilarse a sí misma.

Unos metros más allá encontré un poema náhuatl:

Amo al zenzontle,
pájaro de los cuatro vientos,
amo a mis hermanas
las plantas y las flores.

Mientras miraba y escuchaba a los animales, hubo algunos de ellos en los que
me pareció descubrir a naguales encerrados en esos cuerpos de animal. En sus
miradas vi el intenso poder de sus ojos, sentí incluso cómo mi percepción
se modificaba y cómo la sensación de que había seres humanos allí, atrapados
por sus juegos con el poder, crecía. Llegué incluso a notar que, al darse cuenta
de que les había reconocido, me pedían, con su mirada, ayuda para liberarse de
su condición actual.
Me propuse preguntar por ello al próximo presunto nagual que encon-
trase en mi viaje.

V olví al centro muy impresionado. Me detuve a comer en el mercado, antes de


regresar al centro, donde estaba mi hotel.
En la plaza cívica, en pleno centro de Tuxtla Gutiérrez, la capital oficial
de Chiapas, me encontré con unos muchachos y muchachas que vendían ca*
miseras, posters y material escrito de los zapatistas.
LOS NAGUALES DECHIAPAS 221

Me sorprendió la situación de tolerancia con ellos. La policía que apare­


cía de vez en cuando no parecía molestarles, aunque había otros puestos que
quizás les ocultasen.
Los simpatizantes zapatistas me explicaron la situación en que se encon­
traban las negociaciones con el gobierno. Me dijeron que podían romperse
próximamente si el ejército no dejaba de atacar a los campesinos y el gobierno
no daba algunas muestras de querer negociar realmente.
Antes de despedirme, me dieron varios folletos suyos, uno de ellos titu­
lado La historia de los espejos. Una vez en la habitación del hotel leí un poema
de Luis Cernuda, que la encabezaba, y el comienzo de la historia:

Lo que el espíritu del Hombre


Ganó para el espíritu del Hombre
A través de los siglos,
Es patrimonio nuestro y es herencia
De los hombres futuros.

Al tolerar que nos lo nieguen


Y secuestren, el Hombre entonces baja
¿Ycuánto?, en esta dura escala
Que desde el animal llega hasta el Hombre.

La historia de los espejos

Cuentan los viejos más viejos que la luna nació aquí mismo, en la selva. Cuentan
que hace muchos tiempos, los dioses se habían quedado dormidos, cansados de
tanto jugar y de mucho hacer. Estaba el mundo un poco silencioso. Callado se
estaba. Pero un lloriqueo quedito empezó a sonarse allá en la montaña. Resulta
que a los dioses se le había quedado olvidada una laguna en medio de la monra-
ña. Cuando repartieron las cosas de la Tierra, les vino sobrando esta bgunita y,
por no saber dónde ponerla, la dejaron por ahí botada, en medio de unos cerros
tan grandes que nadie se entraba en ellos. Entonces la tal lagunita estaba lio-
rándose porque estaba sola. Y así como estaba en su chilladera, a la Ceiba ma­
dre, la sostenedora del mundo, se le puso triste el corazón por su lloradera de la
lagunita. Recogiéndose sus grandes naguas blancas se acercó la Ceiba hasta don­
de se estaba la lagunita.

—¿Qué te pasa pues? —le pregunta la Ceiba al agüita que ya parecía un charquito
nomás, por culpa de su tanta chilladera.
—No quiero estar sola —dijo la lagunita.
222 El despertar del Hongo

—Bueno, yo me quedaré a tu lado —dijo la Ceiba, la sostenedora del mundo.


—No quiero estar aquí —dijo la lagunita.
—Bueno, yo te llevaré conmigo —dijo la Ceiba.
—No quiero estar abajo, pegada a la tierra. Quiero ser alta. Como tú —dijo la
lagunita.
—Bueno, te levantare' hasta mi cabeza. Pero sólo por un rato, porque el viento
es inalora y te puede tirar —dijo la Ceiba.

Como pudo, la Ceiba madre se arremangó sus naguas y se agachó para tomar en sus
brazos la lagunita. Con cuidado, porque era la madre, la sostenedora del mundo, la
Ceiba, colocó la lagunita sobre su copete. Despacio se incorporó la Ceiba madre,
teniendo cuidado de no derramar ni una gota del agua de la lagunita, porque veía ¡a
Ceiba madre que muy flaquita se estaba la lagunita.

Cuando ya estaba arriba la lagunita exclamó:


—Está bien alegre acá arriba. ¡Llévame a conocer el mundo! ¡Quiero verlo
todo!
—El mundo es muy grande, niña, y allá arriba te puedes caer —dijo la Ceiba.
— íNo importa! ¡Llévame! —insistió la lagunita y empezó a hacer como se
Ibraba.

La Ceiba madre no quiso que se llorara tanto la lagunita, así que empezó a caminar,
muy derechita, con ella sobre la cabeza. Desde entonces las mujeres aprendieron a
caminar con el cántaro lleno de agua en la cabeza, sin que se les caiga ni una gota.
Como la madre Ceiba caminan las mujeres de la selva cuando traen el agua del arro­
bo. Derecha la espalda, levantada la cabeza, y un paso como de nubes en verano. Así
camina la mujer cuando lleva, en lo alto, el agua que alivia.

Buena para la caminada era la Ceiba madre, porque en esos tiempos los árboles no se
estaban quietos, sino que se andaban de un lado para otro, haciendo hijos y llenando
de árboles el mundo. Pero el viento andaba por ahí, silbando de aburrido. Y entonces
la vio a la Ceiba madre y quiso jugar a levantarle las naguas con un manotazo. Pero la
Ceiba se enojó y le dijo:

— ¡Estate silencio, viento! ¿Qué no ves que llevo en la cabeza una lagunita Ibradora
y caprichuda?

Hasta entonces el viento la miró a b bgunita, asomada allá arriba, en el rizado copete de
(a Ceiba. Bonita b miró el viento a b bgunita, y pensó de enamorarb. Y se fue el viento
hasta arriba de b cabeza de b Ceiba y empezó a habbrle palabras bonitas en el oído de h
bgunita. La bgunita, pues, lueguito que se puso a modo le dijo al viento:
LOS NAGUALES DECHIAPAS 223

—Si me paseas por el mundo, ¡entonces me voy contigo/

El viento ni se lo pensó dos veces. Se hizo un caballo de nubes y en ancas se llevó a la


lagunita, tan aprisa que la Ceiba madre ni cuenta se dio de cuándo le quitaron a la lagunita
de la cabeza.

Buen rato que se anduvo paseando la lagunita con el viento. Que muy bonita que era,
le decía el viento a la lagunita. Que qué chula la condenada, que cuál sed no se alivia­
ría con el agua que se tenía la lagunita, que cómo no hundirse en ella, y muchas cosas
le decía el viento para convencerla a la lagunita de hacerse un amor en un rincón de la
madrugada. Y bien que se lo creyó todo lo que le decía el viento. Y cada que pasaban
por encima de un charco de agua o de un lago, la lagunita aprovechaba para mirarse
reflejada y se arreglaba el húmedo pelo y se entornaba los ojos líquidos y gestos de
coquetería se hacía con sus olitas en su cara redonda.

Pero puro andar de un lado pa’otro quería la lagunita y nada de hacerse un amor en un
rincón de la madrugada y el viento como que se fastidió y se la llevó bien alto y ahí
nomás pegó un relincho y reparó y aventó a la lagunita y cayendo se fue la lagunita y
como muy alto estaba pues mucho se tardaba en caer y seguro se hubiera dado un buen
golpe si no es porque unas estrellas la miraron que se caía y como pudieron fueron y la
prendieron con sus puntas. Siete estrellas la agarraron por los lados y, como sábana,
se la levantaron de nuevo hasta el cielo. Pálida quedó la lagunita por el miedo que le
dio que se caía. Y como ya no quiso bajar a la tierra, le pidió a las estrellas que la dejaran
quedar con ellas.

—Bueno —le dijeron las estrellas— , pero tendrás que ir con nosotros para donde
vamos.

—S í—les respondió la lagunita— , yo me camino con ustedes.

Pero la lagunita se ponía triste de andar siempre el mismo camino y se daba otra vez a
la chilladera. Así, con su lloradera, se despeñaron los dioses y se fueron a ver qué
pasaba o de dónde venía esa chilladera y vieron a la lagunita, jalada por siete estrellas,
cruzando la noche. Cuando supieron la historia, los dioses se enojaron porque ellos no
habían hecho las lagunas para andar en el cielo, sino para estar en la tierra. Fueron a
donde estaba la lagunita y le dijeron:

—Ya no serás laguna. Las lagunas no viven en el cielo. Pero como ya no te podemos
bajar, entonces te vas a quedar aquí. Ahora te vas a llamar “luna” y tu castigo, por
coqueta y presumida, será reflejar siempre el pozo donde se guarda la luz en la
Tierra.
224 El despertar del Hongo

P o r q u e r e s u lta q u e los d io ses h a b ía n g u a r d a d o la lu z a d e n tr o d e la T ie rra y habían


hecho un a g u je r o g r a n d e y r e d o n d o p a r a q u e a h í se lle g a ra n a b e b e r las estrellas cuando
la l u z y el á n im o se les a p a g a r a n . E n to n c e s la lu n a no tie n e l u z , só lo es u n espejo que,
c u a n d o a p a r e c e c o m o lu n a lle n a , re fle ja d e fr e n t e e l g r a n a g u je r o d e lu z d o n d e se beben
la s e s tr e lla s . E s p e jo d e lu z , e s o es la lu n a . P o r e s o , c u a n d o la lu n a se pasea frente a
u n a la g u n a , e l e sp e jo se m ir a e n e l e sp e jo . Y c o m o q u ie r a n u n c a e stá contenta ni
e n o ja d a la lu n a , es la m a l c o n t e n t a ...

A la C e ib a m a d r e ta m b ié n la c a s tig a ro n los d io ses p o r a n d a r d e consentidora, le


p r o h ib ie r o n c a m in a r p a r a q u e no a n d u v ie r a d e u n la d o a o tr o y le d ie ro n a cargar el
m u n d o , a d e m á s le p u s ie r o n m á s d o b le la p iel p a ra q u e n o sin tie ra lá stim a d e las lloraderas
q u e e s c u c h a b a . D e s d e e n to n c e s , c o n la p ie l c o m o d e p ie d r a , la C e ib a m a d re está de
p ie , s in m o v e r s e . Si se c a m in a u n p o q u ito s iq u ie r a , e l m u n d o se cae.

— A s í p a s ó — d ic e e l v ie jo A n t o n i o — . D e s d e e n to n c e s la lu n a refleja ¡a lu z que se
g u a r d a d e n tr o d e la T ie r r a . P o r e so c u a n d o e n c u e n tr a u n a la g u n a , la lu n a se detiene
p a r a a rre g la rse e l p e lo y la c a r a . P o r e so ta m b ié n las m u je r e s , sie m p re que ven un
e sp e jo , se p a r a n a m ir a r se . E s o f u e regalo d e los dioses; a c a d a m u je r le dieron un pe-
d a c ito d e l u n a , p a r a q u e p u d ie r a a rreg la rse e l p e lo y la c a r a , y p a r a q u e n o le dieran
g a n a s d e a n d a r d e p a s e a d o r a y d e s u b ir s e a l c i e b .

E l v ie jo A n t o n i o te r m in ó , p e r o el v ie n to n o , y la s o la s s ig u e n a m e n a z a n d o la barquito.
P e ro y o n o d ig o n a d a . Y n o es q u e e s té r e fle x io n a n d o e n las p a la b ra s d e l viejo A ntonio,
s in o q u e e s to y s e g u ro d e q u e , si a b ro b b o c a , v o y a e c h a r h a s ta el hígado sobre el
a g ita d o e sp e jo e n e l q u e b lu n a e n s a y a s u c o q u e te r ía ...

Tras leer unas páginas más, en las que se desarrollaba la historia, llegué al final:

Se d e sp id e D u r ito c o n u n regalo.

H ace un e le g a n te a d e m á n d e m a g o . T o d o se d e tie n e , las lu c e s se a p a g a n com o se


a p a g a n las v e la s c u a n d o u n le n to v ie n to les b m e el r o s tr o . O t r o a d e m á n y u n a lut,
como d e r e fle c to r, ilu m in a u n a d e las ca jita s d e m ú s ic a d e l a p a r a d o r . U n a bailarina, de
s u a v e tra je l i b , m a n tie n e u n a p e r p e tu a p o s ic ió n c o n las m a n o s e n tr e b z a d a s e n lo alto,
las p ie rn a s j u n t a s e n s u e q u ilib rio so b re las p u n ta s d e lo s p ie s . D u r ito in te n ta imitar la
p o s ic ió n , p e r o n o ta rd a e n e n re d a rse c o n ta n to s b r a z o s c o m o tie n e . O tr o ademán
m á g ic o y a p a re c e u n p ia n o del ta m a ñ o d e u n a c a je tilb d e c ig a r r o s . D u r ito to m a asien'
to fr e n te al piano y c o lo c a so b re b c u b ie r ta u n ta rro d e c e r v e z a q u e a sa b e r d e dónde lo
s a c ó , p e ro d e b e d e ser d e h a ce r a to p o r q u e y a e s tá a b m ita d . S e tr u e n a los dedos
D u r ito y s e m e ja h a c e r u n a d e esas g im n a s ia s d a c tib r e s q u e h a c e n b s p ia n ista s de bar
e n b s p e líc u la s. V o lte a D u r ito h a c ia b b a ib r in a e in c lin a b c a b e z a . L a baibrina
LOS NAGUALES DECHIAPAS 225

a d q u iere m o v i m i e n t o y h a c e u n a r e v e r e n c ia . D u r ito ta ra rea u n a to n a d a d e sc o n o c í-


d a , in icia u n com pás co n sus p a tita s , c ie rra los o jo s y em p ieza a b a la n cea rse. In icia n
las p rim e ra s n o ta s . D u r ito to c a e l p ia n o a c u a tr o m a n o s . D e l o tro lado d e l crista l, la
bailarina in icia u n g iro y u n le n to e le v a r s e d e l m u s lo d erech o . D u r ito se in clin a so b re el
teclado y a r r e m e te c o n f u r i a . L a b a ila r in a e je c u ta los m ejo res pasos q u e la p risió n d e la
cajita d e m ú s ic a le p e r m ite n . L a c iu d a d se b o rra . N o h a y n a d a , sólo D u r ito e n su
p iano y la b a ila rin a e n s u c a jita d e m ú s ic a . T o c a D u r ito y baila la b a ila rin a . L a ciu d a d
está s o r p re n d id a , se a r r e b o la n s u s m e jilla s c o m o c u a n d o se recibe u n regalo inespera-
d o , u n a so rp re sa a g r a d a b le , u n a b u e n a n o tic ia . D u r ito le d a el m e jo r d e su s regalos: u n
espejo irro m p ib le y e te r n o , u n a d ió s q u e n o d u e le , q u e a livia , q u e la va . E l esp ectá cu lo
d u ra a p e n a s u n o s in s ta n te s , la s ú ltim a s n o ta s se a p a g a n c o n fo r m e a d q u ieren fo r m a de
n u e v o las c iu d a d e s q u e p u e b la n e s ta c iu d a d . L a b ailarina v u e lv e a s u in c ó m o d a in m o ­
vilidad, D u r ito se s u b e e l c u e llo d e la g a b a r d in a y h a ce u n a s u a v e reveren cia h a cia el
aparador.

"¿E starás s ie m p r e d e l o tro la d o d e l c r is ta l? " , le p r e g u n ta y se p re g u n ta D u r ito . "¿ E sta ­


rás siem p re d e l la d o d e a llá d e m i a c á y y o sie m p re e sta ré del lado de acá d e tu a llá?

"S a lu d y h a s ta s ie m p r e , m i q u e r id a m a lc o n te n ta . L a fe lic id a d es c o m o los regalos, d u ra


lo q u e u n d e ste llo y v a le la p e n a ” .

C r u z a la calle D u r ito , se a c o m o d a e l s o m b r e r o y sigue c a m in a n d o . A ntes de doblar la


e s q u in a v o lte a h a c ia e l a p a r a d o r . U n a g u je r o c o m o u n a estrella a d o rn a el crista l.
L as a la rm a s s u e n a n in ú tilm e n te . D e tr á s d e l a p a ra d o r y a no está la bailarina d e la
cajita d e m ú s i c a ...

" E s ta c iu d a d e s tá e n f e r m a . C u a n d o s u e n fe r m e d a d haga crisis, será su c u r a . E sta


so led a d c o le c tiv a , m u ltip lic a d a e n m illo n e s y p o te n c ia d a , te r m in a r á p o r e n c o n tra rse
y e n c o n tr a r á la r a z ó n d e s u im p o te n c ia . E n to n c e s , y só lo e n to n c e s , e sta ciu d a d
p erd erá el g ris q u e la viste y se a d o m a r á c o n esas cintas d e colores q u e a b u n d a n en
p r o v in c ia .

" V iv e e s ta c iu d a d u n ju e g o c r u e l d e e s p e jo s , p ero el ju e g o de los espejos es in ú til y estéril


si n o h a y u n c r is ta l c o m o m e ta . B a s ta e n te n d e r lo y , c o m o dijo n o sé q u ié n , lu ch a r y
em pezar a ser fe lic e s ...

" M e v u e lv o , p r e p a r a e l ta b a c o y e l in s o m n io . H a y m u c h o q u e c o n ta rte , S a n c h o " ,


te rm in a d e e sc rib ir D u r ito .

A m a n e c e . U n a s n o ta s d e p ia n o a c o m p a ñ a n el día q u e llega y D u rito q u e se m a rch a .


A l o r ie n te , e l S o l e s c o m o u n a p ie d r a ro m p ie n d o el cristal de la m a ñ a n a ...
226 El despertar del Hongo

V a le d e n u e v o . S a lu d y d e ja d la r e n d ic ió n p a r a los e s p e jo s h u e c o s .

E l S u p le v a n tá n d o s e d e l p ia n o y b u s c a n d o , d e s c o n c e r ta d o e n tr e ta n to s esp ejo s , la puerta


d e s a lid a . .. ¿o d e e n tr a d a ?

27

Temprano en la mañana me encontraba ya en San Cristóbal de las Casas. Me


recibió la lluvia, aunque no era molesta en absoluto. La sentí como una com­
pañera que nos daba con su ser la vida, a nosotros los humanos y al resto de
seres que existían y convivían con nosotros.
Me gustó la atmósfera del lugar, la belleza de las calles y plazas colonia­
les, la fisonomía de las gentes del lugar que me cruzaba. Me llamaron la aten­
ción las mujeres mayas, protegiéndose con sus huipiles de la lluvia.
Tras caminar unos minutos encontré el hotel que me había recomen­
dado uno de los miembros de la tribu. Afortunadamente había una habita­
ción libre y pude descansar, quitarme la ropa mojada y tomar una ducha
caliente.
Cuando salí a la calle había dejado de llover y brillaba el sol. Al ir cami­
nando por San Cristóbal, por su centro colonial, al ir hablando con sus gentes,
comencé a sentirme muy bien en esa ciudad.
En el mercado indígena conocí a Emilio, un mestizo con el que comencé
a hablar casualmente mientras miraba la artesanía maya. Caminamos entre los
puestos del mercado. Me presentó a algunos de sus amigos indígenas, que me
enseñaron sus creaciones y me explicaron sus difíciles condiciones de vida, y
cómo les afectaba la represión del ejército mexicano y las actividades de los
zapatistas.

Tras una triste charla con los indígenas mayas, fuimos a un pequeño restauran­
te cerca del mercado a tomar un café.
Sentados ante dos tazas humeantes, Emilio me dijo que los indígenas
siempre pierden, mientras quienes dicen defenderles, gobernantes o rebeldes,
los convierten en víctimas.
Le pregunté a Emilio qué pueblos habitaban esa zona. Me dijo que había
mayas tzotziles y tzeltales.
—Principalmente, aunque también viven en esta zona zinacantecos,
lacandones y chamulas, y otros pueblos aún más pequeños —añadió.
Los NAGUALES DECHIAPAS 227

—¿Y tú qué eres? —le pregunté. Por su altura y color de la piel no pare-
cía indígena.
—Yo soy muy mestizo. En mi familia hubo mucho blanco y también
tengo sangre tzoltzil —respondió.
—He notado que muchos mestizos apoyan a los zapatistas en las ciudades.
—Sí —reconoció— , y no te creas que no es difícil ser mestizo en este
país, aunque todos los seamos en mayor o menor grado. El problema es el cruce
de culturas, cuando en definitiva, no somos aceptados como güeros, porque
tenemos sangre india y no podemos integrarnos totalmente con los indíge­
nas, porque tenemos mentalidad blanca.
—De todos estos pueblos mayas que viven en Chiapas, ¿cuáles mantie­
nen más la tradición maya?
—Todos la mantienen en mayor o menor medida. Aunque ya desapare­
ció la gran civilización maya, porque ya va para siglos que terminó su periodo
de esplendor, todavía mantienen mucho de su tradición, especialmente los
pueblos más alejados de las ciudades, que conservan la visión del mundo de sus
antepasados mayas.
Emilio se calló unos instantes, me miró y dijo:
—Quizás te interesaría conocer a los chamulas.
—¿Dónde viven?
—Muy cerquita de San Cristóbal, en San Juan Chamula. Allá son tan
indios que aunque tienen iglesia, no tiene sacerdote. Los chamanes la han ocu­
pado. En el interior de la iglesia quizás puedas conocer a alguien interesante
para ti.
Me explicó cómo ir hasta el pueblo y se despidió de mí. Me dijo que
tenía que reunirse con sus amigos mayas. Le agradecí su ayuda y fui al otro
mercado de San Cristóbal, desde donde salían pequeñas camionetas a San
Juan Chamula.

Tuvimos que pasar varios controles. Eran una especie de peaje. Los campesi­
nos sólo retiraban la cuerda que impedía proseguir tras pagar una pequeña
cantidad de dinero.
Sin mayores incidentes llegamos a San Juan Chamula.
Muy cerca de donde me dejó la camioneta estaba la plaza principal. Al
llegar a ella, inmediatamente vi la iglesia al fondo. Me impresionaba saber que
allí estaban los chamanes chamulas.
Aunque más tarde supe que era necesario un permiso de la municipali­
dad para entrar ahí, a mí nadie me pidió nada. En cuanto estuve dentro, me
228 El despertar del Hongo

di cuenta de que esa iglesia era totalmente diferente a una iglesia católica
normal.
No había bancos, la gente estaba arrodillada o sentada en el suelo, con
velas situadas en círculo enfrente de cada pequeño grupo de personas.
Otras personas rezaban ante los santos de los altares, aunque esos santos
representasen los dioses de su tradición para los chamulas.
Las mujeres iban vestidas de colores, predominando el azul. Las ropasde
los hombres eran más sobrias, blancas, grises o negras.
Los hombres vestidos de negro parecían los más poderosos, a juzgar por
su mirada y la sobriedad de sus gestos.
El suelo estaba cubierto con agujas de pino. Había entre ellas unosespe*
jitos que me dijeron que reflejaban sus almas desde el otro mundo.
Estuve bastante tiempo allí, caminando por la iglesia, o sentado escu*
chando las oraciones de los chamulas. El olor del copal inundaba la iglesia y
poco a poco parecía ir llevándome de la realidad habitual a otra realidad dife­
rente.
No era fácil distinguir a algún chamán, no era fácil tampoco hablar con
alguno de los asistentes. En ese ambiente parecía sacrilego interrumpir a al'
guien para hacerle una pregunta.
En un momento en el que me parecía estar al mismo tiempo dentro
y sobre la iglesia, vi a un hombre con un poncho negro, acompañado de
otro con un poncho gris, detenerse ante una imagen de San Juan con un
carnero en brazos. Ante él comenzaron a quemar copal. No sé porqué tuve
la misma sensación que con aquella mujer en la iglesia del pueblito de
Ramón.
Les seguí con la mirada, intentando esperar el momento para abordarles.
Al ver que salían de la iglesia, me levanté y fui tras ellos.

La iglesia era oscura, sólo iluminada por las velas, y al encontrarme nueva'
mente en la calle, la luz del sol me deslumbró.
Miré a todos lados, por la plaza, y vi a los dos hombres dejándola por la
izquierda. Salí tras ellos, rápidamente, intentando no perderles.
Les vi alejándose por una calle que daba a la plaza. Caminaban rápido,
uno al lado del otro. Me costaba seguirles, pero pude alcanzar a verles avanzar
por una de las callejuelas del pueblo.
Inesperadamente, desaparecieron por una puerta, ante la que había cajas
y cajas de PepshCola. Pensé que era un bar y entré rápidamente por ella sin
dudarlo.
LOS NAGUALES DECHIAPAS 229

Cuál fue mi sorpresa al encontrarme, en vez de la barra de una cantina,


un altar, y ante él, a una mujer acompañada por los dos hombres. La escena era
oscura, pues sólo unas velas iluminaban la estancia.
Pedí excusas y cuando estaba a punto de salir, me pidieron que me senta­
ra. Me preguntaron que qué mal me aquejaba. Me di cuenta de que la mujer
debía ser una curandera. Les aclaré que no estaba enfermo y señalando el altar,
les expliqué que estaba interesado en conocer su trabajo, y por qué.
Dijeron que ellos sólo podían hablarme de su pueblo, aunque aceptaron
que llevaban años practicando el arte de la curación y la brujería. A l verme
asentir con un gesto, la mujer prendió más copal y se sentó enfrente de mí.
Los tres parecían tener unos 50 años y sus miradas eran honestas. Confié
en ellos y comencé a intentar saber algo más de los chamulas.
Le pregunté a la mujer por qué había tantas botellas de Pepsi-Cola de­
lante de su casa.
—La verdad que he entrado aquí pensando que era una cantina — les
confesé.
— La Pepsi-Cola hace eructar los daños — me dijo la mujer— . Sus gases
y su espíritu son muy buenos. Hacen salir del cuerpo las malas energías que
produce la enfermedad.
Me quedé asombrado. Una vez más tenía que escuchar algo realmente
insólito durante este viaje. Pero los tres me insistieron en las bondades del
refresco, que parecía haberse unido en los últimos años a los remedios tradi­
cionales de los chamulas. Me llamó la atención la importancia que daban a
abrir la botella con mucho cuidado para que no se fuera el espíritu del re­
fresco.

Comenzamos a hablar de curaciones, porque los hombres me dijeron que la


mujer era una de las mejores sanadoras de la zona. La mujer me dijo que funda­
mentalmente curaba mediante oraciones para echar el mal. Me explicó cómo
hacía los rituales y cómo sanaba a todas las personas gracias a la ayuda de su
nagual.
Le pregunté si había naguales por esta zona. La mujer se enfadó un
poco conmigo, porque ponerlo en duda parecía algo ofensivo para ella. Esta
mujer estaba convencida de que curaba gracias a su nagual y corroboró mi
impresión de que en el zoo había naguales atrapados en forma de animal. Me
dijo que hay una ley no escrita en el mundo del espíritu: el que la hace, la
paga. Y que el único modo de escapar a ella es salir para siempre por la puerta
del corazón.
230 El despertar del-Hongo

El hombre de negro me dijo que todos teníam os un animal com­


pañero.
— Cada uno cuando nacemos, lo hacemos bajo la protección de nuestro
nagual.
— ¿Y nos acompaña toda la vida? — pregunté.
— A los siete años se renueva el pacto. Los papás acompañan a la milpa
al niño o a la niña, y si el lugar está de acuerdo, invoca al nagual, que al
aceptarlo le protegerá y acompañará toda la vida.
— ¿Qué animales pueden ser naguales?
— Hay muchos — respondió la mujer— . Perros, zorros, tigres, iguanas,
gavilanes, lechuzas.
Me acordé de Claudia y de lo que vio.
— El mejor es el quetzal —dijo el hombre de gris.
—También puedes tener un nagual que no sea un animal, por ejemplo el
rayo o el viento — añadió el otro.
— ¿Qué hace el nagual? —pregunté.
—Te protege y si has de curar como ella — el hombre de negro señaló a
la mujer— , te ayuda a sacar la enfermedad.
— Me habían dicho que se llamaba tonal al animal que nace con noso­
tros — dije— . ¿Entonces qué es el tonal?
—Te han informado bien —dijo el hombre de poncho negro— . Cuando
naces, lo hace también un animal; exactamente en el mismo momento. Nace
en alguna de nuestras montañas sagradas. Todo lo que te ocurra en la vida le
sucederá a él, que es tu compañero de tus días y tus noches. Compartirán la
misma suerte. Lo mejor es tener un animal valiente por tonal, porque el carác­
ter que tú tengas será como el suyo.
—No entiendo muy bien la diferencia entre tonal y nagual — dije.
— El nagual se te aparece en sueños para ayudarte — dijo la mujer—, el
nagual es otra alma, tiene poderes, y no muere contigo sino que espera a otro
humano cuando tú te vas. El tonal muere contigo y se irá a reunir contigo al
otro mundo.
— Entonces el tonal es un animal y el nagual un ser que no es físico, pero
que toma forma de animal en este mundo —dije, intentando aclararme.
— El nagual es de otro mundo, sí — dijo la mujer.
— ¿Cuáles son los mejores tonales? —pregunté.
— El jaguar sobre todo. O el puma, el ocelote, o los coyotes y zarigüeyas,
por este orden. Según sea tu nagual será tu sitio en el pueblo — respondió el
hombre de poncho gris.
Los NAGUALES DECHIAPAS 231

A partir de ese momento, y por unos minutos, por una razón que no
llegué a descubrir, los dos hombres no intervinieron, manteniendo la mujer y
yo un diálogo directo.
—En momentos de peligro — dijo la mujer— puedes convertirte en ese
animal, si tienes necesidad de hacerlo para sobrevivir.
— ¿Cómo se convierte uno en animal?
—Tiene que correr de sus enemigos hasta un cruce de caminos, ahí pe-
dirlo a voz en grito y revolcarse tres veces en el suelo. Tu espíritu nunca debe
dejarte, sino, estarás en peligro.
”La peor enfermedad aparece cuando tu espíritu te deja y se queda por
ahí perdido. Entonces para curar ese espíritu tuyo ha de volver. Para eso esta­
mos los curanderos, para regresarlo.
Los dos hombres asintieron.
— ¿Cómo lo hacen? — pregunté.
— Hay que hacer un ritual, ya te dije antes. Se hace en el lugar donde el
enfermo perdió su alma o tuvo un espanto.
— ¿Cómo es ese ritual?
—Se reza mirando hacia el sol cuando sale — respondió— . Hay oracio­
nes para cada mal.
— ¿Y cómo se recupera un alma?
—Se le llama tocando el temocate y si ios caminos están limpios, vuel­
ve. También se usan plantas e inciensos, velas de sebo y esterina, y alcohol.
— ¿Bebidas alcohólicas? — pregunté sorprendido.
— Sí, claro — dijo la mujer con naturalidad— . Son muy buenas, tam­
bién. El aguardiente sirve para limpiar los caminos que llegan a la casa o el
lugar de la ceremonia. Estando limpitos los caminos el alma puede volver. Si
no están puros, se queda parada allá y no quiere regresar.
— Ya veo que usan cualquier cosa para curar: Pepsi-Cola, aguardiente...
—dije todavía sorprendido.
—También usamos otras cosas — afirmó la mujer.
— ¿Cuáles?
— Eso no te lo puedo decir. Son secretos muy grandes. Si platico de ellos
perderé la fuerza, y no podré curar ya más.
Mientras hablábamos, veía cómo me miraban los hombres. Parecían ex­
trañados de mi interés por su mundo, pero no decían nada.
— ¿Cómo entra la enfermedad? — pregunté más tarde.
— Hay varias causas — me contestó la mujer— . Una puede ser tus malas
acciones, que hacen que pierdas tu alma, al menos parte de ella. Otra es que
232 El despertar del Hongo

alguien contrate a un brujo poderoso para hacerte mal. Otra es que vendas
tu alma a un dios subterráneo para conseguir algún favor, o puede que sea tu
animal el que se ha escapado.
— ¿Pero dónde están esos animales?
— En un corral en las montañas sagradas.
— ¿Cómo es ese corral? — pregunté.
El hombre de gris intervino entonces:
— Mira, yo soy zinacanteco, y en nuestro pueblo sabemos que el chanul,
que es como nosotros llamamos al tona, y no tonal, está en un corral muy
grandísimo que se encuentra en el interior de Bankilah Muleta Vits.
— ¿Me puede explicar qué es eso? — pregunté cada vez más extrañado.
— Es un cerro que hay cerca de Zinacantán — respondió— . Es un ser
muy poderoso. Su nombre significa “ la Gran Montaña Hermano Mayor”. En
su corazón están todos los chanules.
— ¿Qué es un chanul exactamente?
— Es el animal acompañante del chulel, que es el alma o el espíritu de
los hombres y las mujeres.
— Y cuando cae enfermo alguien, ¿el chulel y el chanul se separan?—le
pregunté.
— Todo mal que tengas es porque has hecho algo malicioso, o porque te
han echado un mal — respondió el zinacanteco— . Si haces algo malo, los totilme
iletik dejarán tu chanul en libertad, entonces estarás expuesto a peligros, a acá'
dentes, incluso a la muerte, porque lo que le pase a tu chanul te pasara a ti.
— ¿Y qué se puede hacer entonces? Esos seres que dejan en libertad al
chanul, ¿pueden regresarlo?
— Claro que pueden — aseguró— . Ellos pueden todo. Esos seres son nues­
tros dioses ancestrales, seres muy poderosos que fueron a vivir en el centro del
cerro a cuidar a los 8 200 chanules.
— ¿Hay 8 200 chanules?
— Tantos como somos en Zinacantán.

Más tarde me contaron historias de sucesos que ocurrían, según ellos frecuen­
temente, en esa zona.
Me dijeron que habían visto cabezas rodando por los campos, cabezas
que pertenecían a personas a quienes seres maliciosos se las habían desprendi­
do de sus cuerpos para hacer algún mal, como matar del susto a alguien. Tam­
bién decían haber visto manos sueltas y calaveras.
— ¿Qué eran esas calaveras? — pregunté.
LOS NAGUALES DECH1APAS 233

—Esqueletos de los brujos y brujas más poderosos — respondió el hom- •


bre de poncho gris— . Salen a caminar para causar mal. Por suerte muy pocos
brujos tienen ese poder. Hay más brujas que pueden causar ese daño, pero
tampoco son muchas. Antiguamente sí había más, los antepasados tenían
mucho poder.
— ¿Por qué se ha perdido?
—Porque empezaron a usar sus poderes para hacer el mal y fueron per-
diéndose esos poderes. Si hicieran el bien, los recuperarían otra vez — aseguró
el otro hombre.
—Parece que hay personas de mucho poder por aquí — dije.
— Hay pero menos, dicen bien ellos. Se ha perdido poder por perder el
corazón —aseguró la mujer.
— Pero todavía hay esqueletos — dije algo preocupado.
— Sí, pierden su carne al hacer el ritual junto a una cruz del camino
—continuó explicando— , luego la recuperan cuando han terminado su tra-
bajo. Mientras, dan mucho miedo.
—Me imagino que ver a uno de ellos no debe ser muy agradable.
—Verlos, y escucharlos sobre todo — dijo el hombre de gris— . Aquí los
llaman los huesos chillantes, los kitzilbac, porque cuando caminan crujen
los huesos y es algo terrorífico.
— ¿Quién les ha enseñado a hacer eso? — pregunté, y ahora el zinacanteco
tomó la palabra y comenzó a responder a mis preguntas.
—Existen los señores de las cuevas. Son sus dueños. Ellos les conceden
ese poder. Las cuevas y oquedades de este lugar tienen mucho poder. Tam­
bién los túneles.
— ¿Pero ayudan a los brujos a hacer el mal?
—Sí, porque conectan con el inframundo. Por allí también hay espíritus
buenos, depende de si entras por la cueva al corazón de la madre Tierra, o al
vientre del monstruo terrestre. Las cuevas con las bocas de los dos. Hay cuevas
diferentes, hay que saber.
— ¿Qué otros seres habitan ahí?
— Los espíritus de las aguas, por ejemplo. Esos son bondadosos —con­
cluyó la mujer— . A veces hacemos ceremonias para pedir agua allí, otras ve­
ces en manantiales, fuentes, cascadas o las cimas de los cerros y montañas,
porque allí viven también los espíritus del agua.
— ¿Hay seres del fuego? — pregunté, cada vez más extrañado.
—También. Ésos purifican, y los brujos que se convierten en fuego tam­
bién existen.
234 El despertar del Hongo

Me acordé nuevamente de Claudia.


— ¿Son bolas de fuego? — quise saber, recordando lo que me había con­
tado en Zipolite.
— Sí, son los poshlones — respondió el zinacanteco— . Son bolones de
fuego en los que los brujos se convierten sobre todo para luchar entre ellos.
Son muy fuertes esos bolones, se ven hasta en la oscuridad más negra.
— ¿Y no les da miedo vivir aquí con estos seres?
— Nosotros somos ya viejos y nuestros tonales nos protegen a nosotros,
a las personas más jóvenes de nuestra familia o quienes son nuestros ahijados
— contestó la mujer.
Los tres permanecieron en silencio, concentrados en quién sabe qué pen­
samientos o recuerdos.
Entonces el hombre de gris me dijo que peor eran las larvas.
— ¿Qué son las larvas? — de nuevo encontraba a alguien que me hablaba
de estos seres.
El hombre de poncho negro fue quien respondió:
— Las larvas son seres que se alimentan de las emociones de los otros
seres humanos, y también de las de los animales, como nosotros nos alimenta­
mos de comida.
— ¿De qué clase de emociones? — pregunté.
— Unos se alimentan del miedo, la tristeza o el enfado — continuó el
hombre— , como nosotros o los animales nos alimentamos del agua y el aire
para sobrevivir. Somos más vulnerables a ellos al abrir más nuestra mente. A
otros les atrae la alegría y la risa, pero estos seres no hacen daño, al contrario,
vienen a damos algo porque les gusta el humor de los hombres felices. Hacen
arreglos para hacerte el bien.
— ¿No podemos protegernos de las larvas? — pregunté— . Yo realmen­
te las he percibido más en un estado de baja conciencia que con la mente
abierta.
La respuesta de la mujer fue similar a la de Ramón:
— Sólo pueden herimos si se lo permitimos, sucede igual que con otros
seres humanos. Si estamos en nuestro centro, si tenemos poder personal, so*
mos invulnerables. Si son seres poderosos se necesitará una ceremonia para
ahuyentarlos una buena temporada y para poder quedamos en los centros de
poder de nuestro cuerpo.

Entonces todos callamos otra vez. Pensé que tendrían pensado hacer algo,
para lo que se hubieran reunido, y que yo les estaba interrumpiendo.
LOS NAGUALES DECHIAPAS 235

— Bueno, no quiero molestarles más — dije, dando fin al silencio— . Sólo


una pregunta más. ¿Cuál es la planta que más usan para aprender?
—A nosotros nos gusta más el yuyo. Él nos protege, nos da fuerzas y nos
lleva con Dios, nuestro Salvador — respondió la mujer, mostrándome una vez
más la existencia del sincretismo entre los cultos autóctonos y el catolicismo.
— ¿Qué significa yuyo? — pregunté— . ¿Qué planta es ésa?
—No es una planta. Es un hongo — dijo el hombre de poncho negro— .
Yuyo significa rayo.
Más tarde me arrepentí de no haber averiguado si se referían a algún
hongo psilocíbico, o a la Amanita muscaria, cuyo uso se duda si existe en la
zona chiapaneca.

Tras charlar unos minutos más, hice el gesto de irme, pero me dijeron que
continuase preguntando si quería saber algo más.
—Si podemos ayudarte, lo haremos — dijo la mujer.
— Muchas gracias — dije mirándoles a los tres— . ¿Conocen otras plan-
tas mágicas además del hongo?
—Hay muchas — respondió ella— . Los lacandones conocen muchas de
esas plantas. El balché, que lo beben en infusión para adivinar el futuro, es una
bebida muy mágica. También tienen una planta para viajar; ellos le dicen tsite.
Son unas semillas rojitas.
— ¿Pueden ser los colorines? — aventuré yo— . Los he visto en algunos
mercados.
Se miraron entre sí y finalmente respondió el hombre de gris.
— Puede ser. Algunos les llaman así.
— Los chontales usan “ la hoja de Dios” — continuó la mujer— , que otros
llaman zacatechichi. Se usa para soñar despierto. Limpia los ojos y los oídos y
uno puede también viajar, al pasado y al futuro, saber cosas desde antes de su
nacimiento hasta después. Viven lejos, allá por Oaxaca, pero sé que usan esa
planta de buena mano.
— Me marcho ya a San Cristóbal — dije— . Muchas gracias por sus histo­
rias. Espero no encontrarme con algún brujo por el camino. ¿Son todos ellos
personas con malas intenciones?
— No todos. Entre los brujos hay lugar para el bien —dijo el hombre de
gris— , pero el mal predomina. Tener poder y usarlo en provecho de uno solo
es una tentación grande.
—Ten cuidado también con otros brujos — y sonrió, imitando a alguien
con un arma.
236 El despertar del Hongo

— N o he tenido ningún problema con los zapatistas — dije, porque pen­


sé que se refería a ellos.
— El te hablaba del ejército— interrumpió el hombre de poncho negro a
la mujer; parecía que hubiese hablado demasiado— . A los militares no les
gustan los extranjeros como tú. Ustedes los güeros ven cosas que no quieren
que se sepan fuera de aquí.
Me levanté y me acerqué al altar. Estaba repleto de imágenes religiosas
y objetos variados. Después de explicarme el significado y el uso de todos los
objetos del altar, comencé a despedirme.
— Muchas gracias. ¿Puedo hacer algo por ustedes? — les pregunté, antes
de dejarlos.
— Explica en tu país cómo nos maltratan a los indios — dijo la mujer—.
El gobierno de chilangos, a quien se le llena la boca con la palabra democra­
cia, piensa que estamos a medias entre animales y humanos, y los zapatistas,
aunque al principio había de ios nuestros ahí, ahorita no, y nos utilizan los
zapolíticos para sus políticas de pendejos. Queremos que todos nos dejen vivir
en paz y gobernarnos nosotros a nosotros. No necesitamos la pinche ayuda de
nadie.

Me acompañaron hasta la puerta y me desearon suerte en mi viaje. Me reco­


mendaron que si me interesaban sus antepasados mayas, fuera a Palenque.
— Ese es el mayor lugar de sabiduría de nuestros antepasados —dijo el
hombre de poncho negro.
— Iré — aseguré— , y cuando vuelva a mi país, hablaré de todos ustedes.
Se lo prometo.
Me pidieron que los hiciese irreconocibles.
— Los situaré en otro lugar, pero contaré la verdad. No se preocupen.
Los abracé a los tres. La emoción y la energía eran grandes. La mujer me
puso su mano en mi corazón, me dijo que no lo abandonase nunca y los tres se
despidieron de mí.
Crucé San Juan hasta el lugar donde salían las camionetas. Mis com-
pañeros de viaje me confirmaron que era cierto lo que acababan de contar­
me y me dijeron que más adentro en la selva era donde la situación era más
mala.
— A llí la vida de un indio vale menos que una gallina — me dijo una
señora que llevaba con ella una cesta con estos animales.
— Éste es el precio de una familia de taotziles o tzeltales — y levantó ía
cesta a la altura de su cabeza.
LOS NAGUALES DE CHIAPAS 237

28

Todavía permanecí en San Cristóbal dé las Casas varios días más. Por un lado,
el lugar me parecía mágico; los encuentros se sucedían en esa ciudad donde la
luz, la lluvia y el arco iris se mezclaban como las razas: indios, blancos y mesti­
zos. Por otro lado, esperaba algo, aunque no supiera qué podía ser. A l pensar en
dejar la ciudad tenía esa sensación que se produce al dejar la casa y estar segu­
ro de que olvida algo, que no sabe qué es.
Vi alguna vez más a Emilio y visité N a Bolom, una antigua casa que fue
residencia de los arqueólogos Frans y Blom, donde permanece su biblioteca.
También visité de nuevo los mercados indígenas y las iglesias, conventos y la
catedral, situados en lugares de poder de la ciudad.
Una tarde entré en la Casa de la Cultura, donde conocí a un estudiante,
que tras hablar de nuestros respectivos intereses, me dijo que tenía un texto que
me podía interesar. Me dijo que se llamaba El nagual de Chapas y me preguntó
si podía leer en inglés, porque estaba escrito en este idioma. Le contesté que
me gustaría verlo y entonces’ fue a buscarlo.
Estuve leyéndolo y me di cuenta de que serviría para entender me­
jor las relaciones entre el nagualism o, las rebeliones indígenas en Chiapas
y la intervención de las mujeres en ellas. Esta es mi traducción del docu­
mento:

E l n a g u a l d e C h ia p a s

Hay un aspecto dé los recientes acontecimientos en Chiapas que no ha sido recogido en


los medios de comunicación. La región de Chiapas, al sur de México, es un baluarte
del nagualismo. Una forma de brujería practicada por los indígenas. El nagualismo es
conocido desde los primeros contactos entre europeos y los indígenas de las regiones del
sur de México y Guatemala.

Aunque la Iglesia Nativa Americana usa el peyote, no hay que confundir el nagualismo
con la Iglesia Nativa Americana del norte de México y Estados Unidos. El movimien­
to nagual ha sido una importante fuerza social en la región de Chiapas desde la ocupa­
ción española. Accidentalmente, fue descubierto un documento sobre el movimiento
nagual en la Biblioteca del Congreso. Fechado el 5 de enero de 1894, su título es:
"Nagualismo: Un estudio sobre la historia y folklore nativo americano". Su autor es
Daniel G . Brinton. Fue leído ante la American Phibsophical Society, el 5 de enero de
1894, y apareció en el volumen XXXIII de "Proceedings of the American Phibsophical
Society".
238 El despertar del Hongo

El destacable articulo de Brinton trata de lo que era entonces conocido como nagualismo.
Hay varias etimologías dadas para las palabras nagual, nagualismo y nagualista: "Los
primeros misioneros a la Hueva España hablan del naualli (plural, nanahualtin),
maestros del conocimiento místico, comerciantes del arte negro, hechiceros o brujos".
Brinton luego describe los "sagrados intoxicantes": Peyotl, Ololiuhqui, Teopatli, Yax
Ha y otros. Brinton continúa la introducción con una fita sobre ios efectos de la
intoxicación, del Padre José de A costa:
"Lo que el viejo historiador, el Padre José de A costa, nos dice sobre los
clarividentes y telépatas de los aborígenes bien significa una descripción de sus moder­
nos representantes: Algunos de los brujos toman cualquier forma que ellos eligen, y
vuelan a través del aire con maravillosa rapidez largas distancias. Dirán lo que esté
sucediendo en lugares remotos mucho antes de que las noticias puedan llegar".

Hay detalladas descripciones del nagualismo en Chiapas, recogidas por el Obispo Núñez
de la Vega, Obispo de Chiapas. Núñez de la Vega publicó (Roma, 1702) un folio
titulado "Constituciones Diocesanas del Obispado de Chiapas". Aparentemente Brinton
tuvo acceso de algún modo a este folio extremadamente extraño, que contiene descrip-
dones de secretos lenguajes escritos, y dice que los naguales “pronostican el futuro,
descubren tesoros ocultos y cumplen sus deshonestos deseos". El Obispo Núñez orde­
nó la construcción de prisiones especiales para encarcelarles. La que sigue es una cita
del folio del Obispo Núñez de la Vega:
"En otras partes ellos reverencian los huesos de los primeros naguales, preser­
vándolos en cuevas... nosotros los hemos descubierto y quemado, esperando desenraizar
y poner término a las malignas ceremonias de la infernal secta de los nagualistas...
"Hoy'en día, no todos son objeto de las tentaciones del diablo como antigua­
mente, pero hay todavía algunos tan cercanamente aliados a él, que se transforman en
tigres, leones, toros, fogonazos de luz y globos de fuego... La diabólica semilla de este
nagualismo ha enraizado en la misma carne y sangre de estos indios. El nagualismo
persevera en sus corazones a través de l¿is instrucciones de los maestros de la secta, y
no hay apenas un poblado en estas provincias en el que no se haya introducido. Es una
supersticiosa idolatría, llena de monstruosos incestos, sodomías y detestables bestia­
lidades".

Lo que especialmente preocupó a los españoles fue que el nagualismo llegó a ser el
centro de la antipatía de los nativos americanos hacia ellos, y de la resistencia a los
conquistadores europeos. Brinton dice:
"El nagualismo llegó a ser después de la conquista un potente factor en el desa­
rrollo político y social de los pueblos entre los que existió; era la fuente de la que surgió
y que hizo que se mantuviese el odio de los nativos americanos hacia sus conquistado­
res extranjeros, odio que ardió latente durante siglos, estallando, ahora y entonces, en
furiosas revueltas y guerras civiles".
LOS NAGUALES DECHIAPAS 239

En particular, Brinton describe dos recordadas insurrecciones lideradas e inspiradas


por naguales en Chiapas. La primera fue en 17 13 y es descrita extensamente. La
segunda fue en 1869.
“El más llamativo ejemplo es la historia de la insurrección de los tzentales de
Chiapas, en 17 13 . Los tzentales fueron liderados por una muchacha india, unaJuana
de Arco nativa, encendida por el entusiasmo por sacar de su país a los odiados opreso­
res extranjeros y por destruir cualquier vestigio de su presencia.
"Ella tenía apenas veinte años, y era conocida por los españoles como M aría
Candelaria. Era la líder de lo que la mayoría de los historiadores llaman una secta
religiosa, pero que Ordóñez y Aguilar, un nativo de Chiapas, reconoce como la pode­
rosa asociación secreta del nagualismo, determinada a la extirpación de la raza blanca.
Él estima que sólo en Chiapas había cerca de setenta mil nativos a sus órdenes - sin
duda una exageración— y asegura que la conspiración se extendió por las tribus veci­
nas, a quienes se había ordenado esperar el resultado del intento en Chiapas.
"Su autoridad era absoluta, era despiadada al pedir obediencia a ella. Los desobe­
dientes eran desollados vivos o tostados sobre un fuego lento. Ella y todos sus seguido­
res hallaban un particubr placer en manifestar su odio y desprecio para la religión de
sus opresores. Profanaban los cálices sagrados de las iglesias, imitaban bufonescamente
las ceremonias de la misa, que ella m ism a representaba, y apedreaban hasta la muerte
a los sacerdotes que capturaban.
"Por supuesto, su intento contra el poder de España era sin esperanza. Falló
después de una amarga y prolongada conquista, caracterizada por la más extrema
inhumanidad por ambos lados. Pero cuando sus seguidores fueron dispersados y muer­
tos, ni sus más diligentes búsquedas, ni la tentación de nin g u n a recompensa, les per­
mitieron capturar a María Candelaria, la heroína del sangriento drama. Con unos
pocos seguidores escapó a la selva, y nunca se oyó más de ella.”

Para B rin to n , el hecho de que esta insurrección fuese liderada por una mujer, María
Candelaria, es significativo.
“Una destacable característica de esta misteriosa sociedad era la exaltada posición
asignada a las mujeres. No sdío e ra n admitidas en los más esotéricos grados, sino que en
repetidas ocasiones las mujeres ocupaban los puestos más altos de la organización...
"El veraz Pascual de Andagoya asegura, basándose en su propio conocimiento,
que algunas de aquellas adeptas habían alcanzado el raro y peculiar poder de estar en
dos lugares a la vez, separadas por una legua y media... En los sacramentos del
nagualismo, la mujer era la primada e hierofante."

La más reciente insurrección de los indios chiapañecos, inspirada por los naguales,
“ocurrió entre los tzotziles en 1869". Brinton nos da la siguiente descripción:
“Su causa fue el secuestro y encarcelamiento por las autoridades españolas de
una ‘mujer mística, conocida por los blancos como Santa Rosa, de quien junto con
240 El despertar del Hongo

uno de sus ahuas o jefes, se sospechaba que fomentaba la sedición. Los nativos mar­
charon a miles contra la ciudad de San Cristóbal, donde estaban los prisioneros, j
consiguieron su liberación; pero su líder, Ignacio Galindo, cayó en una emboscada
y fue tiroteado por los españoles, y el motín fue pronto sofocado".

La copia que me dio el estudiante estaba fechada en 1996 y firmada por un tal
Joshua Berlow, de quien desconozco si es el autor de este texto, cuyo título
original era The Nagual of Chiapas.
Me despedí del muchacho, agradeciéndole su ayuda, y fui a la plaza 31 de
marzo, donde cada noche me encontraba con los indios que estaban allí ven­
diendo y de quienes estaba llegando a hacerme amigo.

29

Los días pasaban y llegó el domingo. Me hablaron de un mercado de hierbas y


artesanía que se celebraba ese día junto a la iglesia de Santo Domingo y fui a
visitarlo. A llí conocí a una pareja de yerberos tzotziles, que tendrían unos
60 años. Me dieron algunos datos de interés sobre algunas plantas de la zona,
entre otras una que decían tenía los mismos efectos que la mota, pero que era
legal.
Pero lo más interesante fue cuando me hablaron, al tomar confianza, de
su vieja relación con un nagual que aseguraron había partido hacia la libertad
total tras encender su fuego interior. Me dijeron que al partir el nagual, entra'
ron en un periodo de confusión que concluyó con la división de la partida,
entre los indígenas y los mestizos por un lado, y los blancos por otro.
A l parecer la diferencia fundamental fue la distinta opinión sobre la
alianza con “ los primos” , esos seres de los que ya me hablara Ramón. Los indi'
genas eran partidarios de mantener la libertad y no pretender tomar la energía
que antes les aportaba el nagual de esos seres sin cuerpo.
Yo quería saber algo más sobre el fuego interior, pero hubo un momento
en el que ya no me quisieron hablar más. Como si hubiese concluido mi tiem'
po de estar con ellos, recogieron el puesto de hierbas y se marcharon. Antes de
irse me dijeron que visitara el cementerio maya, que ahí sabría algunas cosas
importantes sobre mi pasado y el de mi gente.
Ese mismo día, intenté ir al cementerio, que estaba a la salida de San
Cristóbal, pero me sucedió algo muy similar a lo que me ocurrió al querer dejar
San José del Pacífico en busca de aquella mujer misteriosa. Las piernas me
LOS NAGUALES DECHIAPAS 241

fallaban y el miedo me detuvo. Tuve la paralizante sensación de que tendría


una experiencia demasiado fuerte para lo que me encontraba preparado en ese
momento, y desistí.

Me había impresionado algo que esos yerberos tan extraños me habían expli­
cado, cuando al escuchar su recomendación, les comenté lo que me había
sucedido en Monte Albán: primero ella, luego él, me habían dicho que su
nagual les había enseñado que en cada uno de nosotros están grabadas las
impresiones y la memoria completa de nuestros padres hasta el momento de
nuestra concepción, y también la memoria de todos nuestros antepasados.
Me dijeron que esta memoria es recuperable y que su nagual insistía en
que el trabajo de un guerrero o una guerrera es rememorar, no solamente nues­
tras vidas, sino las de nuestros padres y todos nuestros antepasados, hasta en­
contrar las que nos limitan ahora, para tras inventariar y revivir nuestro pasa­
do totalmente, liberarnos de él.

Esa noche, al ver la luna en el impecable cielo de San Cristóbal, entre las nubes
y la lluvia, recordé algo y descubrí qué era lo que me estaba reteniendo allí.
Antes de pedir en Huautla que me enviasen en Oaxaca la primera carta
para Luna, había añadido una frase pidiéndole que me escribiese a San Cristó­
bal de las Casas. Lo había olvidado totalmente hasta ese momento.
Tuve que esperar al día siguiente para ir a Correos y preguntar si había
alguna carta para mí. A l llegar me dijeron que no había nada, pero que ese día
lunes todavía no había llegado el correo, y que si quería, volviese más tarde.
Decidí esperar unas horas más y marcharme de San Cristóbal si ese día
no llegaba carta de Luna. La espera mereció la pena, porque cuando me acer­
qué de nuevo a Correos, había una carta suya, tal y como había intuido.
Dentro del sobre había algunas fotografías y dibujos suyos, y una larga
carta. Su lectura me produjo una gran alegría. Era como sentirla allí mismo,
hablándome y sintiéndola muy cerca.

¡Hola encanto!

Éstas son imágenes que proceden de un sueño, pero que ahora se han hecho realidad.
Por fin estoy haciendo lo que realmente quería y me siento feliz.
Hoy estoy en Londres, pero pronto quiero salir, quién sabe dónde. Acabo de
llegar aquí. Ayer vine a esta ciudad inmensa y nublada a ver a Carmen. ..y a recoger
tu carta. /No sabes qué alegría me dio saber de ti!
242 El despertar del Hongo

Sí, Juanjo, toda una alegría leer tu carta y observar que el correo nos trata bien
y n o es ta n desastroso como de costumbre. Es genial poder estar en contacto, ahora
que estamos tan lejos. A u n q u e por supuesto que ha habido conexión, no sólo material
con estas cartas. Me he acordado en muchas ocasiones de ti y te he mandado todo mi
cariño desde esta Isla, pero sobre todo te s e n tí el otro día. Luego te contaré. Tengo
tantas cosas de las que hablarte que no sé cómo comenzar.

Para empezar decirte que me gustó mucho tu carta desde Huautla de Jiménez. Espero
que encontraras en Oaxaca la mía, y te dieras cuenta de qué parecidas eran nuestras
experiencias. Me imagino que si leiste mi carta me habrás escrito comentándola, pero
la verdad, ya no hace tanta falta. Después de leer la tuya ya sé que me comprenderás
y que estamos en lo mismo, aunque no tengamos mucha idea de lo que es. No me
importa porque es hermoso y apasionante.
En mi carta a Oaxaca te hablaba de Stonehenge. Es un sitio muy especial,
algún día tendrías que ir alL. Sé que te gustaría. Bueno, pues después de loque te conté
que vivim os allí, Carmen se fue a Londres a su trabajo. Dave y yo nos fuimos a unos
valles cercanos a Glastombury. Allí conocimos a unos tra v e lle rs . Son una tribude
gente que no viven en ningún lado, van viajando com o nómadas, y últimamente son
perseguidos.
El gobierno inglés ha dictado leyes contra ellos. Por lo visto los considera un mal
ejemplo. El gobierno conservador quiere acabar con ellos, porque demuestran que es
posible vivir de otra manera, y ha prohibido las fiestas que hacían en la naturaleza,
aunque claro, ellos continúan haciéndolas clandestinamente.
Dave se quedó con ellos porque le había gustado una tr a v e lle r escocesa, y yo
me alejé aún más de Glastombury, llegando a un valle más pequeño y completamente
solitario. Allí, hablando con ios árboles y con las aves, me encontré un hombre que me
pareció un indio. Su piel era muy oscura, sus ojos también. No era ni alto ni bajo
comparado con nuestra estatura. Su melena le llegaba casi a la cintura.
Al verle intenté retroceder, para no molestarle, pero él me llamó con su mano,
y me acerqué a él. Hablamos poco. Sólo me dijo que era sudamericano, no quiso
decirme de qué país. Dedicó la tarde a enseñarme a hablar con las plantas, los árboles,
los pájaros, las nubes.
Después hablamos de las pbntas sagradas, de las medicinas como decía él. Me
confesó que él pertenecía a un linaje cuyos miembros viajaban por el mundo, y que
utilizaban en sus rituales sobre todo a la Maestra, como él llamaba siempre a b
ayahuasca.
E stuvo explicándome hasta el anochecer cómo cada linaje conoce sus plantas,
las que les enseñaron lo que sabe. Me decía que cada planta tiene su aliado y su silbido,
un sonido propio, bs icaros.
Insistió en que en el aliado de la ayahuasca se puede confiar totalmente. A veces
es dura, pero si tienes su madre, su aliado, de tu parte, es la mejor amiga que puedes
LOS NAGUALES DE CH1APAS 243

tener. M e dijo que para encontrar la madre de cada planta hay que entrar a solas en el
bosque o en la selva. Ése es un buen lugar para encontrar el aliado. Hizo hincapié en
que una vez que encuentras al aliado has de ser capaz de hablarle, dijo que así es como
podemos crecer con las plantas doctores.
Poco antes de que anocheciera totalmente él se fue y yo volví con los trav ellers.

Ahora sería muy largo contarte todo lo que viví con este chamán solitario y viajero, y
todo lo que me dijo, pero me centraré en lo principal.
Al día siguiente volví a verlo, y cuando me dijo que los iridios lakota le habían
enseñado en uno de sus viajes a Estados Unidos a preparar y llevar inipis, le convencí
para que hiciera uno. Nunca había participado en ninguno y me sen tí preparada.
También pensé en que a alguna de la gente que había por allí les gustaría también
tomar parte del inipi.
Él aceptó tras alg u n o s dudas; n o sab ía si iríam os a tener el respeto necesario. Yo
hablé con los tra v e lle rs y con Dave, y al final éramos diez las personas que íbamos a
participar. El chamán nos reunió en un lugar apartado, nos pidió que empezásemos
a ayunar ya, y que permaneciéramos en silencio a partir de ese instante.
Él comenzó solo la búsqueda de las ramas que necesitaba para la construcción
de la cabaña de sudación. A n o so tro s nos encargó que limpiásemos un círculo de
terreno que él marcó antes de irse; tendría unos tres metros de diámetro. A ntes de irse
nos pidió que abriésemos unos hoyos en el borde.
Cuando llegó ofrendó tabaco sagrado y salvia en las cuatro direcciones y co­
menzó a co n stru ir la estructura. Introdujo ramas en los hoyos, y a n te nuestro asom ­
bro, en unos m in u to s e sta b a concluida la cabaña. Cuando volvimos con la leña para el
fuego, él ya había acabado la construcción.
Hizo un hoyo mucho mayor, como de medio metro en el interior del círculo, y
con mantas que habíamos traído también, cubrió la estructura, mientras nosotros
recogíamos piedras por los alrededores. Al terminar nos dijo que volviéramos al caer la
tarde. Él se quedó allí purificando el lugar con inciensos y hierbas aromáticas, y ha­
ciendo oraciones, otra vez en las cuatro direcciones.

Cuando volvimos ya estaba preparando el fuego. Allí colocó las piedras una vez que
las llamas eran grandes. Nos sen tam o s alrededor del fuego y allí nos fumamos en
círculo una pipa con tabaco nativo que él había preparado antes. Al llegarle el tumo,
y m ientras fumaba, cada uno iba diciendo lo que sentía. A cada ronda nos-sincerába­
mos y abríamos más, y así fue creándose un espíritu de grupo muy especial.
En el momento e n que terminamos, el chamán entró en la cabaña. Nosotros
fuimos entrando de uno en uno y nos fuimos sentando. Cuando estábamos todos
dentro, nos explicó que el inipi era un ritual de purificación y renacimiento, y nos pidió
un total respeto durante él. Nos dijo que cada cual podía salir cuando quisiera, pero
que no molestase a los demás.
244 El despertar del Hongo

Salió de la cabaña y unos minutos después volvió con piedras al rojo vivo, que
había traído desde el fuego con un instrumento que había fabricado con la madera de
un árbol. Las puso en el hoyo que habíamos hecho por la mañana, cerró la cabaña y
comenzó a verter agua sobre las piedras. Entonces comenzó a nacer el vapor, y pocoa
poco la atmósfera fue haciéndose más densa y el calor comenzó a aumentar hasta
hacerse casi insoportable.
El chamán, m ientras, can tab a e n u n idioma desconocido para nosotros y toca­
ba un pequeño tambor, cuyo ritmo hacía todavía más intensas las sensaciones. Pronto
comenzaron a salir algunos cravellers, que se habían puesto pálidos y se habían asus­
tado con lo que había comenzado aparecer dentro de ellos, según me explicaron al día
siguiente. A otro de ellos le expulsó el chamán cuando comenzó a reírse y a burlarse al
escucharle hablar a los espíritus.
Dave, mucho más tarde, también salió cuando comenzó a aterrorizarse ya
decir que el chamán había estado llamando a los extraterrestres y que habían venido
allí, que él bs veía y que eran malvados, porque querían invadir b Tierra. Dave me
rechazó violentamente, al igual que al chamán, cuando intenté razonar con él. Nos
dijo que éramos el diablo y se fue. Estaba ya algo trastornado después de nuestras
experiencias y el inipi pareció sacar todos sus desequilibrios fuera. El inipi mostró su
poder y cómo n o es ninguna broma participar en él.

Al salir Dave, el chamán nos dijo que ya habían salido todos los que no habían sabido
enfrentarse a su propia oscuridad y que ahora podíamos entrar en b luz.
A partir de ese momento no sé lo que sucedió. Mi preocupación por Dave
desapareció. El sudor me había hecho poder percibir cada poro de mi piel, y había
sentido que dentro de mí estaba produciéndose una gran limpieza, no sólo física,
sino también emocional, energética. Me sentía cada vez más ligera, como si hu­
b iera dejado de estar obstruido algún canal de energía a lo largo de mi columna
vertebral.
Durante el inipi reviví traumas de mi pasado y no me extraña que algunos
tra v e lle rs se fueran, porque es duro enfrentarse a tu interior, cuando b única esca­
patoria posible era dejar b cabaña. Yo intenté mantenerme firme y aguantar lo que
saliera. Ya que había llegado hasta a llí no quería abandonar. En el momento en que mi
mente se rindió agotada, fue cuando pude conectar con b energía del inipi que había
subido enormemente. Cerré los ojos y me fui de allí.
No sé dónde estuve. Recuerdo una pbya inmensa, infinita, muy bbnca. Había
seguido un camino con cuestas y bajadas, que atravesaba a veces tierras secas, a veces
cerros muy verdes. T ras subir y bajar unas colinas habb llegado a un acantilado,
donde terminaba abruptamente ese camino, y habb descubierto esa pbya desde allí.
Deseé ir hasta elb y había echado a vobr.
De pronto me di cuenta de que estaba ya en b pbya. Sentí b arena caliente en
mis pies, y cómo unos segundos después, unas olas bs alcanzaban con suavidad.
Loa NAGUALES DE CHIAPAS 245

En esa playa fue donde te decía antes que te vi. Al principio eras un punto en
la lejanía. Yo comencé a caminar hacia ese punto, mientras tú te acercabas también.
Pronto pudimos reconocemos y corrimos por la orilla hasta abrazamos. Parecíamos
vemos después de un largo viaje que los dos habíamos realizado, cada uno por su
lado. Aunque no hablamos, fue entonces cuando tuve la sensación de que ya esta­
bas respondiendo a mi carta y mostrándome tu comprensión y apoyo. Tus ojos lo
decían todo y los dos supimos que teníamos algo que hacer juntos. Corrimos hacia al
mar, y al mover los brazos nos elevamos sobre el agua y echamos a volar. Todo
parecía un sueño, aunque muy real. Cuando abría los ojos veía al chamán allí,
cantando o diciendo sus oraciones, y entonces volvía a cerrar los ojos y te veía vo­
lando a mi lado.
Durante este tiempo nos comunicábamos sin palabras. Los dos sabíamos que
estábamos esperando a alguien. Llegaron más personas volando y cuando éramos vein­
tiséis parejas salimos a volar hacia una estrella que nos había llamado. Era como un
lejano pero brillante sol.
A partir de ahí no recuerdo todos los detalles, aunque he de decirte, por si te
interesa y encaja con algo de lo que estás viviendo allá, que nos comunicábamos con
esa estrella como si fuera un ser vivo. Hablábamos con ella como entre nosotros, sólo
intentándolo, en silencio. Lo más peculiar era que hasta que no fuimos veintiséis pare­
jas, es decir, cincuenta y dos personas, no pudimos comunicamos con ella, y que
volamos acercándonos a ese sol, sintiendo cada vez más su calor, hasta llegar a ser
parte de él, fundiéndonos en un ser que nos integraba a todos nosotros.

Continuamos allí varias horas, hasta que el chamán nos pidió que saliéramos. Estaba
ya amaneciendo. Nos pidió que cada uno cavara un hoyo y enterrásemos allí todas las
emociones, energías y objetos que hubiésemos visto durante el inipi que no nos servían
ya para nada, después de agradecerles su compañía y todo lo que habíamos aprendido
gracias a ellos. El hombre nos dijo que era muy importante que los enterrásemos sin
rencor, porque si no seguiríamos vinculados a esos sentimientos y objetos.
Al ir terminando, cada uno íbamos situándonos de pie, hacia el sol. Con los
brazos extendidos recogimos su energía y fuimos a lavamos con agua fría a un río
cercano. AI terminar con el baño teníamos una gran sensación de limpieza y vigor.
Nunca había sentido mi piel tan sucia, pero después de lavarme me sentí impecable­
mente limpia, interna y externamente. Me sentía como una nueva mujer.

Por la mañana busqué a Dave, pero continuaba rechazándome, como a ios demás.
No quería hablar con nadie. Y allá se ha quedado, no quiso volver conmigo a Londres.
Me imagino que todos tenemos baches, de los que hemos de salir, pero esto de Dave me
demuestra una vez más que los enteógenos no son para todo el mundo, que no todas
las personas están preparadas para enfrentarse a sí mismas sin ayuda.
246 El despertar del Hongo

A los travellers que habían salido del inipi no los encontré. A quien sí encontré
fue al hombre chamán, que permanecía sentado en silencio, con ios ojos cerrados. Me
senté junto a él hasta que abrió los ojos. Le conté lo que había sucedido con Dave, y
nuestras experiencias anteriores con el hongo. Me contestó que Dave perdió el tem­
ple y la moderación, y que había olvidado que cuando se va a otros mundos hay que
saber para qué se va ahí, manteniéndose centrado; sino, la trampa de la locura y la
insanidad nos atrapa. Me dijo que no me preocupase, que era un momento de su
evolución que tendría que pasar, y que al rechazarnos, tendría que salir él solo de
la trampa que le tenía preso.
El chamán me dijo que los occidentales estábamos muy sucios, sobre todo emo­
cionalmente , y que deberíamos hacer estas ceremonias de purificación periódicamente.
Me dijo que no bastaba un inipi, que era igual que una ducha, porque aunque al
terminar estás limpio, comienzas a ensuciarte otra vez. De todasformas insistióenque
es posible permanecer internamente limpios si mantenemos la impecabilidad en todas
nuestras acciones.
Mientras me decía estas cosas, se levantó un fuerte viento y me pidió que lo
escuchara. Me reveló que el viento es mágico y un gran aliado. El chamán interpretó
esa brusca llegada del viento como una señal del espíritu y se levantó. Buscó otro lugar
que él consideró más apropiado y sentándose, me pidió que hiciera lo mismo.
Estábamos los dos solos, con el viento levantándonos nuestras melenas. El hom­
bre me miró y me dijo que el espíritu acababa de decirle que me hablase.
Me observó con sus ojos brillantes y oscuros y me dijo:
“T ¡úeres un ser muy especial. En todo el universo no hay otro ser exactamente
como tú. Has de darte cuenta de que eres única y que tienes que hacer aquello que sólo
puedes hacer tú, debido a tu singularidad.
"Todos somos seres asombrosos y maravillosos, hasta el insecto más diminuto.
Los seres humanos somos algo peculiar en el universo. No somos un simple reflejo del
amor del espíritu, sino vehículos de él, con la posibilidad de ser conscientes de nuestra
verdadera naturaleza.
"Tú has venido aquí a recordar quién eres, y luego recordar a otros quiénes son
ellos. Anoche te escuché cuando hablabas con el tabaco sagrado y comprobé lo que
me habían dicho las estrellas de ti. Eres una contadora de historias. Al decir tus histo­
riéis debes compartir tu amor y conocimiento con cualquiera que te escuche con un
corazón abierto; compartir las enseñanzas que recibas, y que no son sólo para ti. Has
venido aquí a recordar que eres amor y que lo único real es el amor. Todo lo demás es
una ilusiónn.
Señaló los alrededores: el cielo, las montañas y los árboles, y dijo:
“El mundo físico es tan hermoso y sensual que es fácil perder tu camino y
desviarte de tu verdadero propósito en esta vida. Manten el centro en tu corazón y cumple
con él” .
Dicho esto se fue, y ni yo ni ninguno de nosotros volvimos a verlo más.
Los NAGUALES DECHIAPAS 247

Hay muchas cosas que querría contarte, pero he descubierto la gran energía que es
necesaria para escribir de esta clase de experiencias y encuentros. Ahora te entiendo
perfectamente. Esta mañana, he visto que Carmen tenía El conocimiento silencio­
so encima de la mesa de la sala. Lo he abierto al azar, y fíjate lo que he encontrado:
“Para pensar y decir con exactitud lo que uno quiere decir, se requieren cantidades
indecibles de energía —dijo don Juan".

Por ahora, y aunque en próximas cartas espero ser capaz de recordar más, y ponerlo
en palabras, quiero contarte algo muy bonito que me ha pasado conjeff, un traveller
irlandés, que estuvo con nosotros hasta el final del inipi.
Con Jeff conecté inmediatamente, aunque no estuvimos a solas hasta la tarde
del día después del inipi. Me gustaría tanto que le conocieras. Le he hablado mucho de
á y él también querría conocerte.
Bueno, por la tarde estuvimos juntos, hablando, conociéndonos más. Unas
horas después parecía que nos conocíamos de toda la vida. Durante unos días no
sucedió nada fuera de lo normal.
La noche antes de venirme a Londres, un amigo suyo que se fue unos días, nos
dejó su tipi. Me acordé de la Alpujarra, de aquel tipi donde fumamos el bong y supi-
mos que debíamos hacer estos viajes.
Entramos a doimir con un estado de conciencia muy especial. Debido al inipi
y a nuestra conexión, estábamos eufóricos y nos sentíamos muy unidos. Allísuce-
dió lo que tenía que pasar. Sobre unas pieles de oveja que cubrían todo el inipi
hicimos el amor, pero fue algo increíble, totalmente nuevo para mí, y según me dijo
luego, para él.
Mientras hacíamos el amor vi unos rayos de energía azulados atravesándonos el
cuerpo aJeff y a mí. Esos rayos de energía me atravesaban por la mitad, iluminándome,
y ascendían por el centro del cuerpo de Jeff hasta salir por su cabeza, iluminándole a él
también. Y no ingerimos ninguna sustancia, ¡fue sólo amor!
Ayer por la mañana me despedí de él, sin tristeza. No sentí la necesidad de
cambiar mis planes por él y eso me hizo sentirme más libre con él y conmigo misma.
Aunque sé qué será sólo una fase, y terminaré con algo que creemos los occi­
dentales algo adecuado para nosotros, en este momento de mi vida quiero continuar
profundizando en el mundo del chamanismo, y seguramente iré a Gales, a ver a esas
chamarías de las que creo que te hablé en la otra carta. Ya me dirás cómo te va con
los chamanes y las chamarías de México.

Voy a enviarte esta carta ahora mismo. Ya me he extendido demasiado. Antes de


terminar sólo quería decirte que tus experiencias en Huautla y tus comprensiones en­
cajan perfectamente con las mías. Esta mañana seguí tus consejos y leí lo que escribis­
te mientras el hongo te hablaba después de fumar maría con Carmen, y tuve la sensa­
ción de que esas palabras estaban dirigidas directamente a mí. A Carmen le sucedió
248 El despertar del Hongo

igual. Ella tiene ahora mucho trabajo y no puede escribirte, pero me ha pedido que telo
diga.
Leer eso ha sido algo tan interno. Ha sido como dejar salir una catarata de
revelaciones y comprensiones, de las que prefiero escribirte en otro momento. Ahora
siento que mi pluma es como un grifo que pretendiera conducir un océano. Demasiado
para mi momento actual; pero estoy segura de que sabrás ver los paralelismos entre mi
experiencia y esas pahbras.
Las estrellas.

Me despido ya, pero antes de decirte hasta pronto, quiero que sepas que eres una
persona muy especial en mi vida. Las personas idóneas para el aquí y ahora de cada
uno aparecen en tu vida en el momento adecuado, y permanecen ahí de un modo u
otro.
Espero que lo que te cuento te sirva de algo, y poder verte cuando llegue el
momento, en carne y hueso. Mientras seguiré viéndote en el nagual y en mis sueños.
¿Te ves en el dibujo? ¿Ves las estrellas?
Me alegro mucho de saber que estás feliz y sigues amando la libertad. Espero
que te ocurran muchas cosas hermosas durante tu viaje.
Cuídate y recibe más amor desde el otro lado del charco.

Un abrazo y una sonrisa.

Luna
Palenkua. El secreto de las piedras

30

Tras leer la carta de Luna y ver sus fotografías y dibujos supe que ya podía dejar
San Cristóbal de las Casas y me dirigí al norte. En el autobús pensé si su en­
cuentro conmigo habría coincidido con los momentos en los que la escribía
en Zipolite, y la tenía tan presente.

Santo Domingo de Palenque, pueblito próximo al centro ceremonial maya del


que toma la segunda parte de su nombre, me recibió con un calor asfixiante.
Me resultó trabajoso encontrar un lugar para alojarme, a pesar de que no era
tarde. Finalmente tuve la suerte de que me ofrecieran una cama en el dormito­
rio de un céntrico hostal.
Aunque en la habitación había seis camas, cuando entré en ella con la
encargada, sólo estaba una francesa, deshaciendo su mochila. Cuando estuvi­
mos solos me dijo que se llamaba Mirabelle y que acababa de volver de Chiapas,
donde había estado unas semanas conviviendo con los zapatistas en una de las
aldeas que habían liberado.
Me habló de su experiencia, que consideraba muy positiva, aunque como
mujer, no le había gustado el trato discriminatorio que recibían las indígenas
por parte de sus compañeros, a pesar de la política igualitaria de los zapatistas
sobre la mujer. La entristecía haber comprobado que los zapatistas no eran tan
250 El despertar del Hongo

maravillosos como le habían contado en Francia los comités de solidaridad


con el EZLN.
A un así estaba contenta de su estancia, porque le había permitido cono­
cer la realidad. También le alegraba haber servido de escudo humano, prote­
giendo la aldea donde estuvo trabajando de un ataque del ejército mexicano.
Me confirmó lo que me habían explicado en San Cristóbal de las Casas, que el
ejército no atacaba una aldea cuando sabía que había extranjeros en ella, pues
temía matar a un occidental. Mirabelle también lamentaba que para el gobier­
no de la República Mexicana la vida de una occidental pareciera valer mucho
más que la de un indígena.

Pronto descubrí que Mirabelle no sólo estaba interesada en la lucha de los


zapatistas. Finalmente me descubrió que había llegado a Palenque para inves­
tigar la cultura maya.
A l principio me había hablado de la experiencia con los zapatistas, ha­
blándome de su lucha, de sus satisfacciones y de sus frustraciones, pero cuando
le hablé de mi viaje por Sudamérica y de todo lo que había vivido ya en Méxi­
co, me confió otra parte más oculta de sus días en esa aldea de Chiapas.
— Cuando estaba con los campesinos — me explicó Mirabelle— conocí
al chamán maya de la aldea. Durante el tiempo que estuve allí hablé mucho
con él y me contó historias de sus antepasados. Era un buen curandero, apren­
dí mucho con él. Usaba la acupuntura maya para sanar.
— ¿Los mayas conocen la acupuntura? — le pregunté intrigado.
— Sí, a mí me extrañó también cuando le vi trabajando. Es algo diferen­
te de la acupuntura china, porque los mayas no usan agujas metálicas. Este
chamán usaba colmillos de serpientes de cascabel, espinas de peces o de las
plantas.
"Descubrí que no es el único nexo de unión con la cultura china. Un
buen día el chamán me recomendó que viniera a Palenque a estudiar el Tzolkín,
el calendario maya. Me dijo que los mayas quiché todavía usan este calendario
como oráculo, algo similar a lo que representa el LChing para los chinos.
"Me explicó que los mayas antiguos tenían un calendario solar, el Haab,
de 365 días, muy parecido al nuestro, y que era el que usaban para las cuestio­
nes mundanas, pero que también utilizaban el Tzolkín, un calendario sagrado
de 260 días, lunar.
"Insistió en la importancia de vivir de acuerdo con este calendario, y más
siendo mujer, porque este calendario al estar relacionado con la luna, lo está
también con el ciclo natural de la mujer.
Palenkua. El secreto de las piedras 251

— ¿Y has venido a Palenque a estudiar el Tzolkín? — le pregunté, cada


vez más interesado.
—Este hombre me dijo que tenía que venir a Palenque para entender
que el tiempo no existe — respondió, y me confesó que no sabía qué habían que'
rido decir.

Ni ella ni yo sabíamos qué era exactamente lo que iba a suceder a partir de ese
momento, aunque ambos comenzamos a intuir que nuestro encuentro tendría
su importancia.
Mirabelle empezó a contarme más cosas sobre los mayas y me confirmó
lo que había intuido en San Ju an C ham ula, que la rebelión zapatista era en
parte una rebelión organizada realmente por los naguales mayas.
— El cham án de la aldea no participaba directamente en la lucha
armada ni política — me dijo— , pero se ausentaba de vez en cuando para
encontrarse con otros naguales que parecían ser quienes tomaban las deci-
siones sobre la táctica a seguir. Según este hombre, Marcos cumple esas
decisiones tomadas por ios naguales en secreto, porque las comparte igual­
mente.
"A l parecer M arcos vivió varios años entre chamanes en la selva
chiapaneca y llegó a conocer la cosmovisión del mundo de los mayas, dejando
temporalmente la visión occidental del mundo y de la política. Si ves las dife­
rencias entre el EPR y el EZLN, podrás comprobar cómo existen dos formas
totalmente distintas de luchar. Aunque ambas usen las armas, el uso de ellas y
el fin último es radicalmente diferente.
”De todas formas, no sé que está pasando ahorita. Poco antes de irme,
una mañana el chamán regresó de un encuentro la noche anterior. Estaba muy
enfadado con Marcos y los mestizos zapatistas. Parece que últimamente están
queriendo tener más protagonismo y tomar el poder real de la rebelión, porque
no tienen paciencia para una lucha tan a largo plazo, siguiendo la vía nagual.
Por lo que me contó quieren volver a la vieja forma de hacer política. El chamán
me dijo que seguramente los naguales decidirán dejarles solos y aunque la
lucha siga el mismo nombre, ya nada será igual.
En las horas siguientes, Mirabelle me dio más datos sobre la antigua sa­
biduría de los mayas, que tendrían su importancia los días posteriores. Todo
lo que me contó sobre ellos fortaleció mi deseo de ir al centro ceremonial de
Palenque.
El pequeño centro de población donde estábamos alojados era sólo un
pueblo nacido alrededor de los templos y pirámides, que había crecido más
252 El despertar del Hongo

que nada al calor del turismo, y necesitaría tiempo para llegar hasta allí y
realizar la visita con calma.
Me propuse ir sin más demora; quería conocer el lugar de los antepasa­
dos de estos naguales mayas de hoy en día, que tan poderosos parecían.
Mirabelle me dijo que fuese solo, que ella iría al día siguiente, porque
estaba muy cansada.
— N os vemos por la tarde aquí — me dijo antes de que saliese del dor­
mitorio.

La visita a los templos de Palenque fue muy interesante, y al mismo tiempo


decepcionante. Era un lugar impresionante, pero salí de ese lugar un poco
frustrado.
A pesar de haber esperado encontrar a alguien que me descubriese los
secretos de ese centro ceremonial, sólo había conocido a personas que me
habían explicado cosas que podía haber encontrado en cualquier libro de
historia. Nadie como Horacio, Enrique o Ramón, nadie que me explicase
qué significaba realmente la impresionante tumba de Pakal Votán, en el
templo de las Inscripciones, o el relieve con ese guerrero fumando en el tem­
plo de la Cruz, o tantos interrogantes que me habían surgido recorriendo
Palenque.
Sólo me habían explicado algo que ya sabía: que las llamadas ruinas en
América no eran simple ruinas, sino que eran lugares de sabiduría aún vivos.
Sin embargo, no había sido capaz de aprehender por mí mismo el conocimien­
to oculto de esas piedras.
Me habían dicho que entre los años 300 y 700 de nuestra era los mejores
hombres de conocimiento de Mesoamérica habían habitado ese lugar, pero no
había sido capaz de entrar en contacto con ellos de ningún modo, a pesar de
mi predisposición a hacerlo. En ese momento me parecieron caprichosos y
esquivos, aunque quizás el intenso calor me había agotado físicamente, y no
tenía suficiente energía para acceder al lugar donde todavía se encontrasen.
Mientras recorría el lugar, tenía la secreta esperanza de que alguno de los
guardianes mayas de los templos de Palenque se acercase a mí, me viese y me
reconociese, y comenzara a iniciarme en sus secretos, escondidos en aquellas
piedras.
Pero todos mis intentos y mi esperanza fueron inútiles y estériles.

Volví al hotel con la frustración, la decepción y la impotencia a flor de piel.


Afortunadamente, nadie más había llegado al dormitorio durante mi ausencia.
Palenkua. El secreto de las piedras 253

Continuaba habiendo cuatro camas vacías y Mirabelle estaba allí, leyendo


sobre la cama.
A l verme dejó sobre la mesilla el libro que estaba leyendo: Me llamo Rigo-
berta Menchú y así me nació la conciencia, de Elisabeth Burgos, cuya lectura nos
impresionaría profundamente los siguientes días, especialmente el capítulo titu­
lado: "Tortura y muerte de su hermanito quemado vivo junto con otras personas
delante de los miembros de la comunidad y familiares” , uno de los textos que más
me han espeluznado en toda mi vida y que nos quitó el sueño varios días.
En ese momento Mirabelle sólo acababa de comenzar el libro y me estu­
vo contando lo que había leído en los primeros capítulos sobre la magia y
poesía de la cultura maya. Cuando le expliqué cómo me sentía tras mi visita a
Palenque, me dijo que no me preocupase y que descansase. Me explicó que
ella iba a hacer una gestión y que volvía pronto.
Una vez solo, me tumbé en la cama, debajo del ventilador que estaba
situado sobre ella, enorme en el techo, y me dormí, tras beber casi un litro de
agua fresca.

Mirabelle me despertó suavemente, a media tarde, cuando ya no hacía tanto


calor. Me preguntó si me apetecía fumar mota de Chiapas. Le respondí que sí,
que sería relajante fumar con ella, aunque añadí que esperaba que no fuese tan
fuerte como la mota de Oaxaca.
—No sé cómo será ésta, la he conseguido hoy — dijo.
Mirabelle preparó un cigarro, a la manera occidental, mezclando la mota
con algo de tabaco, y empezamos a fumar.
Pronto descubrí que la mota de Chiapas era si cabe más fuerte que la de
Oaxaca, y pronto sentí la misma excitación sexual que había sentido fumando
con Lucía o con Claudia.
Cuando terminamos de fumamos el cigarro, Mirabelle cogió mi mano y
sentí su calor. El gemido que salió de sus labios sólo por sentirme no me dejó
lugar a dudas de que también ella estaba muy excitada, y por unos instantes sentí
que iba a suceder lo mismo que con Lucía, pero esta vez algo fue diferente.
En un principio, y al abrazarnos, sentimos cómo la energía subía del cen­
tro sexual al corazón, para explotar más tarde, a la altura del tercer ojo, entre
las cejas.
Más tarde, cuando la energía subió de los genitales al corazón, el mundo
del sexo había quedado como en otro nivel desde donde el mundo físico pare­
cía muy lejano, aunque nuestras manos y nuestros cuerpos estuviesen entrela­
zados.
254 El despertar del Hongo

A l llegar a otro nivel superior, el nivel que ella llamó de la visión, el


sexo, el amor y la visión parecían un todo, donde la energía fluía y era posible
sentirla en todo lo existente.
Mirabelle me dijo que habíamos estado en un universo donde la energía
era conciencia pura. Le conté la conversación con Claudia, en la playa de
Zipolite, y me dijo que ahora habíamos podido sentir esa energía consciente
de sí misma.
También me dijo que el chamán maya le había enseñado a elevar así la
energía, cuando fumaban tabaco sagrado, y que al conocerme había querido
averiguar qué pasaría al hacerlo con mota.
Mientras fumábamos yo había sentido cómo con su mirada iba diciéndo-
me lo que debía hacer con mi energía. Me pregunté qué capacidad teníamos
los occidentales de aprender a usar las diversas energías que somos capaces de
advertir.

Mirabelle me asombró cuando me explicó que el chamán ie había detallado que


había aún niveles superiores, pero que los occidentales no estábamos preparados
para recibir una energía tan elevada. Ese hombre ie había asegurado que en
esos niveles superiores de energía eran posibles cosas inconcebibles para noso­
tros, pero que intentar llegar ahí nos destrozaría, incluso físicamente.
El chamán le había dicho que incluso podíamos convertir nuestros cuer­
pos en cenizas, por un mal uso de energías tan poderosas.
Mientras hablaba con Mirabelle recordé que al llegar a despertar la ener­
gía en el tercer ojo, nos habíamos encontrado en un universo donde ya había
estado la primera noche en Huautla, una dimensión donde sólo existía el co­
razón.
La explosión que nos llevó allí llegó cuando desnudos ya nos dimos cuenta
de que su yoni y mi lingam se habían unido, como si tuviesen voluntad propia,
una vez que Mirabelle se había sentado sobre mí, abrazándome con sus pier­
nas, en una posición idéntica a la conocida posición tántrica.
En esos momentos de intensa unión, no existíamos como individuos,
pero tampoco como una fusión de nosotros dos tal y como me había sucedido
con Lucía. Éramos existencia, vida, existíamos como fusión total con la exis­
tencia. N o éramos dos hecho uno, sino Uno, o Una, como más tarde llamó
Mirabelle a ese ser completo en que nos habíamos transformado durante unos
minutos.
Todo había sucedido en minutos en el reloj, porque mientras ocurría, no
parecía existir el tiempo.
Palenkua. El secreto de las piedras 255

Cuando estábamos1de nuevo en un nivel más físico, permanecimos en


cierto modo en nuestro estado anterior de conciencia y energía, y los dos sen'
timos que habíamos sido profundamente transformados por la experiencia.
Una vez en nuestro estado normal, Mirabelle me dijo que teníamos una
cita. Ya era de noche y me pregunté con quién podía ser. Intenté averiguarlo,
pero Mirabelle no me quiso decir nada.
—Ven, no hagas preguntas —me pidió— , pronto lo comprenderás todo.

Salimos a la puerta del hotel y allí vi dos bicicletas. Mirabelle me dijo que las
había alquilado mientras yo dormía.
Dejamos el pueblo y nos dirigimos a los templos de Palenque, ilumina-
dos sólo por los pequeños faros de las bicicletas.
Por el camino me dijo que después de irme yo, tras tomar una ducha, y a
pesar del cansancio, no había podido resistir la tentación de ir a Palenque; allí
había conocido a un maya, que nos aguardaba en el templo de la Cruz.
Sentí algo muy hermoso y muy profundo. Comprendí que ya no existía
la búsqueda individual. En un instante desapareció totalmente mi frustración.
Me sentí parte de una búsqueda común. Era como si Mirabelle y yo nos hubié­
semos dividido. Fue reconfortante descubrir que a pesar de haber estado tan
cansado y tan poco inspirado, otra persona había encontrado en mi lugar lo
que yo buscaba.
De algún modosupe que éramos parte de un mismo ser realizando su
propia búsqueda, dividido en varios cuerpos. Mirabelle y yo, y otras personas
que había ido encontrando durante mi camino, formábamos parte de un mis­
mo intento: ellas del mío, y yo del suyo.
Ignoro cómo pudimos ir en bicicleta en ese estado, pero ése era en ese
momento nuestro propósito, y nada nos detuvo; ni la oscuridad ni el peligro de
los automóviles, afortunadamente escasos, que venían en sentido contrario.
Fue tanto nuestro impulso que estábamos junto al centro ceremonial
antes de lo que Mirabelle había calculado que tardaríamos en llegar. Tuvimos
que esperar a la hora de la cita, antes de entrar en el recinto de Palenque.
Mientras esperábamos, Mirabelle me dio más detalles sobre su encuentro.
Según me explicó, cuando subía las estrechas escaleras que unían la parte supe­
rior del templo de las Inscripciones con la cripta de la tumba de Pakal Votán, se
había cruzado con un hombre de origen maya y habían comenzado a hablar.
Bajó con él hasta la tumba nuevamente y allí ella le habló de su interés
por los mayas y su calendario. También le confesó algunos datos sobre su rela­
ción con el chamán de la aldea chiapaneca.
256 El despertar del Hongo

Una vez fuera de la pirámide, el hombre le había hablado del calendario


sagrado maya y le había dicho que si venía esa noche a los templos, tendría
algo que enseñarle que sería de su interés. Mirabelle le había hablado de mí y
el hombre dijo que viniera también, que nos esperaría a los dos.
Antes de despedirse, le explicó cómo entrar y dónde debíamos estar es-
perándole. La cita era en el templo de la Cruz, a medianoche.
Mirabelle me explicó lo que este hombre, mientras caminaban entre los
templos de Palenque, le había enseñado sobre los calendarios mayas.
— El calendario sagrado, el Tzolkín, como ya te dije, no es el único ca-
lendario que usaron los mayas; usaron también el Haab, el calendario solar.
Pero este hombre me explicó que también utilizaron uno basado en el ciclo de
Venus, Noh Ek para los mayas, la gran Estrella.
”A1 mismo tiempo empleaban un cuarto calendario, llamado de la Larga
Cuenta. Este calendario es muy importante conocerlo, según este hombre
— me dijo Mirabelle remarcando sus palabras—, porque nos habla de un ciclo
que va a terminar dentro de poco, en el año 2012, y que él piensa va a suponer
una gran transformación para la Tierra y la humanidad, aunque no quiso ex­
plicarme mucho esta tarde. Me ha dicho que lo hará esta noche.

La impaciencia nos impedía continuar sentados y nos pusimos de pie, mien­


tras Mirabelle continuaba hablando.
—Todos estos calendarios y ciclos están relacionados de algún modo,
según me explicó este hombre. Los tres primeros entre sí, y los tres con el de la
Larga Cuenta.
”El Haab, relacionado con las lluvias, se basa en un ciclo de 365 días,
dividido en 18 meses de 20 días, con cinco días sobrantes cada año. Las fechas
basadas en el Haab se indican con el nombre del mes y el número del día.
"Este hombre me confirmó que el Haab se relaciona con los aspectos más
mundanos de la vida y el Tzolkín con los más sagrados y ocultos, funcionan­
do como una puerta de entrada a dimensiones desconocidas de la vida y la
conciencia.
"Combinados ambos sirven para predecir eclipses o determinar fechas
sagradas en relación con los ciclos de las cosechas, etc. En el Códice Dresde se
descubren algunas de estas relaciones, siendo más aproximadas a los ciclos
reales del universo que nuestro propio calendario.
”E1 Tzolkín ha sido utilizado en Mesoamérica durante más de tres mil
años, ininterrumpidamente. Se basa en un ciclo de 260 días, unas nueve lunas.
Cada uno de estos 260 días se distingue por 20 signos, vinculados a cada día,
Palenkua. El secreto de las piedras 257

representado por un glifo, combinado con un número entre el uno al 13. Así
pues, cuando naces, tendrás asociado a tu nacimiento un glifo y un número, que
tendrán una gran importancia para conocer el destino y personalidad de cada
persona.
—¿De dónde surge el Tzolkín? —le pregunté, cada vez más interesado
en este calendario.
—El Tzolkín tiene algunas correspondencias astronómicas pues sincroniza
los ciclos de Mercurio, Venus, Marte y otros planetas del sistema solar, con los
ciclos del sol, la luna y la Tierra.
"Es muy intrigante —dijo Mirabelle— que su ciclo esté relacionado con
la duración de la gestación del ser humano, y que pueda ser relacionado tam­
bién con el proceso de desarrollo y crecimiento espiritual.
”El periodo de gestación del ser humano se corresponde extrañamente
con un número de días, 260, vinculado a todos los ciclos de los planetas, de
nuestro satélite y del sol.
Le hablé de mi visión en Huaurla, en la que había visto la concepción de
un ser humano. Mirabelle pareció sorprendida, porque ella también había te­
nido una visión similar en la aldea maya. Me dijo que el chamán le había
explicado que mostraba que a partir de ese día había sido concebido un nuevo
ser, una nueva Mirabelle que comenzaba una nueva vida, una vez renacida y
libre del pasado.
Me pareció que podía tener razón. Lo más sorprendente es que cuando
calculamos las fechas de nuestras dos visiones, parecían coincidir.
Tras recuperarnos de la sorpresa, Mirabelle continuó:
—El ciclo de 260 días del Tzolkín también se relaciona con el ciclo de
plantación y recogida de las variedades más mágicas y sagradas del maíz, y con
el intervalo entre la aparición de Venus como estrella de la tarde y estrella del
amanecer.
Una vez dicho esto, Mirabelle se detuvo y me dijo que creía que no
había olvidado nada importante sobre el Haab y el Tzolkín.
—El tercer calendario —prosiguió— es el de la Cuenta Corta. Está ba­
sado en el ciclo de Venus, 584 días. Era un ciclo muy importante para los
mayas. Me imagino que ya sabrás que para ellos Quetzalcóatl era Kukulkán.
Pues bien, Kukulkán era relacionado directamente con Venus por los iniciados
mayas. Algunos dijeron que a su partida se convirtió en la estrella del amanecer,
otros, que de allí llegó, y allí se fue al terminar su trabajo en la Tierra.
—Y ¿cómo se relacionan todos estos calendarios?—le pregunté, inten­
tando aclararme antes del encuentro con el hombre.
258 El despertar del Hongo

—Para los mayas son de gran importancia los momentos en que coin­
ciden el Haab y el Tzolkín, cada 18.980 días. Entonces se inicia un ciclo de
52 años del Haab y de 73 años del Tzolkín.
”Los tres calendarios de la Cuenta Corta, es decir, los ciclos del sol, la
luna y Venus, coinciden cada 37.960 días. Entonces se inicia un ciclo de 146
años en el Tzolkín, 104 en el Haab y 65 en el de Venus. Esto sucede en el
llamado Día Sagrado de Venus: 1-Ahau, l-Flor.
—Pero, ¿qué importancia tiene la relación entre estos tres calendarios?
— insistí.
—Este hombre me dijo que había un significado oculto en la relación
entre ellos —dijo Mirabelle—, pero que es más importante la relación entrela
Larga Cuenta y el Gran Ciclo. Los mayas llamaba a este calendario “el de
la Larga Cuenta”, porque implicaba la medición de grandísimos ciclos de tiem­
po, tan largos, que incluso hoy se nos escapa su significado final.
—¿Aparecen transcritos estos calendarios en algún lugar, o sólo se trans­
miten oralmente? —pregunté intentando averiguar su origen.
—Hay fechas y muestras de estos calendarios en multitud de monumen­
tos y restos arqueológicos, también en códices como el de Dresde. En algunos
se recogen fechas de hace 40 millones de años, lo que te dará una idea de la
magnitud de los Grandes Ciclos que los mayas conocían.
”Muchas veces aparece la misma fecha en varios de estos calendarios, lo
que ha permitido correlacionarlos.
—¿En qué ruinas aparecen restos de estos calendarios? —quise saber.
—En muchos, por ejemplo en algunos lugares que has estado tú: Monte
Albán o Palenque.
—Por cierto —dije—, cuando estuve en Monte Albán, allí vi un bajo­
rrelieve en el que estaban representados unos hongos psilocíbicos. Era en el
templo de los Danzantes.
Mirabelle se asombró, porque en ese mismo templo aparece la fecha ini­
cial del último Gran Ciclo. 13.0.0.0.0. El 13 de agosto del año 3113 antes de
nuestra era, según establecieron en 1927 Goodman, Martínez Hernández y
Thompson.
—Para entender una fecha maya —me explicó Mirabelle— has de saber
que 20 días son 1 uinal; 18 uinal, 1 tun, 360 días; 20 tunes, 1 katún, 7 200 días; 20
katunes, 1 baktún, 144 000 días; y 13 baktunes, 1 Gran Ciclo de 1 872 000 días.
”Las fechas se señalan con números separados por puntos, indicando el
primer número el baktún, el segundo el katún, el tercero el tun, el cuarto el unial
y el quinto los días desde la fecha cero.
Palenkua. El secreto de las piedras 259

"La fecha que da inicio al Gran Ciclo, unos 5 125 años, es 13.0.0.0.0. Si
recuerdas lo que te he explicado antes, un Gran Ciclo son exactamente 13
baktunes, 1 872 000 días. Este último Gran Ciclo comenzó el 13 de agosto del
3113, en nuestro calendario, y terminará 1 872 000 días después, el 21 de di'
ciembre del año 2012.
"Según me dijo este hombre, conforme nos acerquemos a esa fecha, los
humanos iremos desarrollando más nuestras capacidades para estar preparados
para ese momento decisivo.
—Entonces —dije—, ¿qué importancia tendría para nosotros conocer el
Tzolkín?
—El uso del Tzolkín —respondió Mirabelle— puede ayudamos, porque
este calendario encierra un código y contiene una gran sabiduría sobre el
ser humano, la Tierra y el universo. Si llegamos a descifrar ese código podre-
mos abrir canales de conocimiento sobre parcelas de la realidad que hasta
ahora permanecen desconocidas para nosotros. Al igual que el I-Ching,
parece relacionado con el ADN, y parece ser que ambos son decodificadores,
herramientas para recuperar la información contenida en nuestro código
genético.
Mirabelle insistió en que los mayas reflejaron la conexión entre el ser
humano y el universo en sus calendarios sagrados. Me dijo que este hombre,
que no se había identificado ante ella todavía, le había dicho que quería ha­
blamos esta noche de algo importante, relacionado con la fecha final del últi­
mo gran ciclo.

Esperamos en silencio, cada vez más envueltos en el misterio, a que llegara el


momento de entrar en los templos de Palenque y enfrentarnos con todo lo que
este hombre nos pudiera decir.

31

Unos minutos antes de las 12, escondimos las bicicletas entre la maleza y entra­
mos al recinto de las ruinas por una zona que no parecía estar vigilada, aunque
tuvimos bastante cuidado de que nadie nos sorprendiese. No nos resultó difí­
cil, a pesar de que la luna nos iluminaba con intensidad, porque no apareció
ningún vigilante, ni cerca ni lejos.
Tampoco nos resultó difícil llegar hasta el lugar de la cita, el templo de la
Cruz. Los dos habíamos estado durante el día ahí y era fácil reconocer este
260 El despertar del Hongo

templo una vez en el lugar. Una vez a sus pies, subimos las escaleras y espera­
mos al hombre que Mirabelle había conocido por la mañana, sentados, ocul­
tos cerca de una de las paredes.

La espera se prolongó más de una hora. Mientras, fumamos en silencio, inten­


tando escuchar los ruidos de la selva y sentir la energía del lugar. Observamos
el relieve que tanto me había llamado la atención por la mañana. Nos sentía­
mos muy próximos al personaje allí representado, quien quiera que fuese. Apa­
recía fumando una pipa, ocupando las volutas del humo casi toda la extensión
del relieve.
Cuando finalmente llegó el hombre le observé detenidamente. No se
presentó, ni nos preguntó nuestros nombres. No era muy alto, como casi todas
las personas de esta zona. Su piel era oscura, como sus ojos, y su pelo moreno,
en contraste con su ropa blanca. Sus ojos eran extraordinarios e intensos, y
resultaba muy difícil mantenerle la mirada.
El personaje del relieve había despertado tanto nuestra curiosidad que
fue su identidad lo primero que le preguntamos.
— Ese hombre era un guardián de las plantas maestras —nos dijo con
toda naturalidad— . Ahí aparece fumando una mezcla muy poderosa de varias
de ellas.
— ¿De qué se componía esa mezcla? —pregunté.
— De mota y de otras plantas más secretas —respondió el hombre.
— ¿Cuáles? — insistí.
—Plantas de esta tierra que te abren el corazón y los ojos del conoci­
miento. ¿No probaron la mezclita que le di? —y miró a Mirabelle, sonriendo.
—Sí, fumamos esta tarde los dos, pero pensábamos que era sólo mota.
El hombre pareció molestarse con nuestra suposición; parecía pensar que
no habíamos valorado la mezcla. En tono enojado nos preguntó:
— ¿Han fumado la mezcla como si fuera mota na’más?
— La verdad que no —admitimos los dos— . Sentimos mucho más—y le
describimos a grandes rasgos nuestra experiencia.
Entonces el hombre pareció satisfecho y volvió a sonreír.
—Subieron su energía y la mezclita les dio la visión —nos dijo con una
gran sonrisa.
— De todas formas, la mota mexicana es mucho más poderosa que laque
tenemos en Europa —dije yo, arrepintiéndome en silencio de no haber toma-
do una muestra de la mezcla.
—Allí no tienen esta tierra —respondió el hombre.
Palenkua. El secreto de las piedras 261

—¿Qué quiere decir? — le preguntó Mirabelle.


—En esta tierra han sido enterrados durante miles de años muchos hom­
bres y mujeres de conocimiento, y está cargada con el saber que tenían en sus
cuerpos, dentro de ellos.
—¿Quiere decir que en sus células estaba el saber y que pasó a la tierra?
—preguntó Mirabelle con expresión de sorpresa.
—Las raíces de la mota y de otras plantas sabias beben en la tierra de
nuestros antepasados y recogen su poder.
Mirabelle y yo permanecimos en silencio, asombrados ante lo que nos
decía este hombre.
—Por algo las llamamos plantas de poder —añadió.

A partir de ese momento el hombre comenzó a hablarnos de su pueblo, los


mayas. Nos dijo que sus mayores, que a su vez habían aprendido de sus antepa­
sados, le habían enseñado a usar las Akox, que era como ellos llamaban en
lengua maya a las plantas maestras.
—Ellos me enseñaron a usar la mota, a usar otras plantas, y sobre todo,
a usar el honguito. Miren —y señaló hacia las ventanas del templo de la
Cruz—. ¿Ven su forma? —nos preguntó.
Contestamos que sí, aunque no sabíamos exactamente qué quería decir.
Pronto nos lo explicó:
—Tienen forma de T, como el hongo, y ya sabrán que a los hongos los
9

llaman también Teonanácatl en náhuatl: la lengua de los aztecas y otros pue­


blos nahuas; si se dan cuenta la T también es su inicial.
”La letra T, Ik en lengua maya, llegó a ser sagrada para los pueblos mayas
y está representada en muchos templos y esculturas.
Nos dio algunos ejemplos y de pronto se detuvo. No pareció que quisiese
ahondar más en el significado de la letra Ik.
—Ahora es más importante que sepan que estas ventanas —y señaló de
nuevo hacia las paredes del templo— son ventanas a otros mundos.
A lo largo de unos minutos nos habló en detalle de cómo penetrar a través
de esas ventanas a otra realidad. Todas sus explicaciones eran nuevas para
Mirabelle y para mí. Mientras le escuchábamos, nos dimos cuenta de la riqueza
de los conocimientos de estos pueblos considerados por muchos incultos.
—Somos tan ignorantes... —dijo Mirabelle cuando terminamos de es­
cucharle.
—No son ignorantes —la interrumpió el hombre—. Tienen la sabiduría
más importante: la sabiduría del corazón. Pero no viene mal saber de todo.
262 El despertar del Hongo

”La humanidad sólo se transformará cuando todos, con independencia del


origen, conozcamos lo mejor de nuestras culturas. Ustedes tienen que aprender
de nosotros, y nosotros de ustedes. Hay mucho blanco y mucho indio bruto.

Inesperadamente nos sorprendió al decimos, amablemente, pero con firmeza:


—Si los maestros mayas han vuelto nuevamente es para decirnos que
toda la humanidad ha de despertar. Para los hombres y mujeres de todas las
razas y culturas es necesario dejar de estar dormidos, antes de que sea demasia­
do tarde, y los mayas nos ofrecen sus conocimientos para hacerlo.
"Pero les repito, éstas son pláticas para otro momento. Ahorita lo impor­
tante es que miren esas ventanas. ¿Ustedes entran a sus casas por las ventanas?
—Entramos por la puerta, claro —respondió Mirabelle, sin saber a dón­
de quería ir a parar el hombre.
—Ahí está —dijo el hombre—, entran por la puerta y miran por la
ventana, ¿no es así? —los dos asentimos y continuó al ver nuestro gesto—. Por
eso se pierden en esos mundos desconocidos para ustedes. Ustedes ven que
los hongos les abren las puertas de la percepción, pero ellos abren ventanas, y
desde las ventanas se mira na’más, no se entra a través de ellas.

Me pareció entender qué quería decir, que todos nuestros errores con el usode
las plantas sagradas venían de no haber sabido permanecer centrados, sin ver-
nos atrapados y sobrellevados por lo imponente de otros mundos en los que
frecuentemente tantas personas se perdían sin saber qué hacer y cómo actuar
allí.
No estaba seguro de mi interpretación y me callé, pero el hombre dijo,
como si hubiera escuchado mis pensamientos:
—Así na’más, hombre. Los honguitos te enseñan a ver, porque te dan
nuevos ojos, y con ellos ustedes pueden mirar nuevas cosas, otras realidades.
Con nuevos ojos podrían también leer estas piedras —y señaló a nuestro alre­
dedor—. También te dan nuevos oídos y una nueva lengua, y así uno puede
platicar con el hongo y si pone el corazón en ello, puede comunicar directa­
mente con el centro del universo.
"Las puertas las traspasarán con lo que ustedes llaman la muerte, cuando
vuelvan al lugar de donde venimos, antes de volver acá, o quedarse allí na’más.
—¿Son necesarios estos nuevos sentidos, no sólo para aprender a vivir,
sino también para aprender a morir? —preguntó Mirabelle.
—Éstos son los sentidos naturales del hombre. Esto lo sabían ya los
olmecas. Los mayas los desarrollaron.
Palenkua. El secreto de las piedras 263

”La ciudad de Palenkua, “ la ciudad de los hombres verdaderos”, se llamaba


así por eso. Los hombres verdaderos son los hombres que están completos.
"Aquí venían los iniciados mayas a estudiar, y la mayoría vivían fuera,
en aldeas de los alrededores. Palenkua era sólo un centro de estudio. Aquí
estudiaron otros mundos y descubrieron que en esos mundos aprendían tam­
bién de este mundo, y así estudiaron astronomía, matemáticas y el tiempo.
”Las plantas maestras, A k o x, existen en nuestra Tierra dadas por Hunab
Ku, para ayudar a la humanidad a conectar con el corazón del universo. La
mayoría de ustedes han perdido esa conexión al nacer y ser educados en una
cultura que les hace sentirse como algo separado de la vida, la naturaleza y el
cosmos. Ustedes están desconectados energéticamente.
— Pero, ¿cómo nos enseñan a vivir y a morir estas plantas de poder?
—insistió Mirabelle, al pensar, como yo, que el hombre no había respondido a
su pregunta.
—Las Akox te enseñan a vivir y a morir sin miedo — dijo el hombre.
— ¿Quién es Hunab Ku? — pregunté yo, que no había pasado por alto su
mención.
—Es el Dador del Movimiento y la Medida. Movimiento es energía.
Para nosotros los mayas Hunab Ku es el centro de energía de nuestra galaxia,
y por tanto el principio de la vida.
”Hay un momento en nuestras vidas, un momento de una gran transfor­
mación. Ese momento es el de la conexión con ese centro de energía.
”La conciencia humana es infinita y la mente humana es una maravilla.
Tiene capacidades inconcebibles para la mayoría de los hombres. A l ponerla
en uso la mente humana podrá integrarse en la conciencia cósmica. El lugar
donde nos encontramos es el más apropiado para hacerlo, debido a la poderosa
carga energética de Palenkua. Aunque hay en el mundo, en otros países, en
toda Mesoamérica, otros grandes lugares energéticos que sirven de entrada a
esa corriente de energía que proviene de Hunab Ku. A partir de esos lugares, esa
energía se expande en las cuatro direcciones al resto del planeta.
"Hunab Ku es también el dador de la Medida. Medida es ritmo. El ritmo
de la energía y ios ciclos del tiempo.
Calló unos segundos y luego continuó. Sin aparente conexión con lo
anterior, dijo:
— Los honguitos ayudan a conectar con la energía de Hunab Ku.
Mirabelle y yo permanecimos unos minutos en silencio. Parecíamos ne­
cesitar integrar toda esa información. Entonces Mirabelle hizo la pregunta
lógica:
264 El despertar del Hongo

— Además de tomar honguitos, ¿qué podemos hacer para recuperar esa


conexión con Hunab Ku?
— A linear energéticamente nuestro corazón, nuestra mente, con el cen­
tro del planeta, el sol y Hunab Ku, el corazón de la galaxia. Entonces fluirá la
energía poderosamente a través de Kuxán Suum, la vía que lleva al cordón
umbilical del universo. Sólo entonces estaremos preparados para conectar
nuestra mente individual con el corazón de la galaxia y con el corazón del
universo.
Mirabelle y yo no entendíamos demasiado bien sus explicaciones y se lo
dijimos de la manera más amable de la que fuimos capaces. Él contestó tam­
bién con amabilidad y paciencia:
— Imaginen que la energía del universo es como energía eléctrica, aun­
que en realidad es conciencia, energía inteligente. En un sistema eléctrico
han de funcionar bien todas las conexiones para que la energía pueda fluir y
alcanzar todos los bombillos y motores que la necesiten para funcionar plena­
mente. A finales del año 2 0 12 se dará una alineación de miles de corazones de
seres humanos con el corazón de la galaxia, entonces la Tierra cambiará dra­
máticamente — afirmó con una seguridad total.
— Suena apocalíptico — dije yo.
— N o se trata de ningún Apocalipsis — dijo el hombre-. Antes al con­
trario, significa el despertar de la Tierra, y ese despertar tendrá consecuencias
en nuestro sistema solar, en nuestra galaxia y, por tanto, en todo el universo.
— Bueno, somos jóvenes y podremos ver qué sucede — dijo Mirabelle
sonriendo— . ¿Cuántos años tendrá en el 2012? — le preguntó al hombre.
Aunque lo más destacable de él era su apariencia joven, afirmó tener
50 años. A l ver nuestra expresión de extrañeza al comparar esa edad con la
juventud de su rostro y de su cuerpo, añadió:
— Han pasado 50 años desde que mi madre me trajo a este mundo,
aunque como ustedes, soy un hombre sin edad.

Mirabelle y yo nos miramos y comenzamos a sentir ese temor, que es diferente


del miedo, pero que no deja de imponer un gran respeto. Nuestros encuentros
con esta clase de personas nos habían enseñado a reconocer el momento en que
se traspasa una frontera invisible, tras la que te llevan a mundos desconocidos
con sus palabras, y donde ya no hay fácil marcha atrás, si es que acaso la hay.
Mirabelle y yo coincidimos más tarde en que era su sola presencia, su
mirada, más que sus palabras, las que parecían ejercer esa extraña y poderosa
influencia en nuestra percepción y en nuestra capacidad de comprensión.
Palenkua. El secreto de las piedras 265

—Palenkua fue poblado en el año 100 antes de nuestra era, en medio de


esta selva, en un espacio abierto, amplio y que invitaba a permanecer vincula-
dos a la naturaleza y al universo. Aquí, estos hombres y mujeres de conoci­
miento estudiaron sus calendarios sagrados y concluyeron sus estudios hacien­
do unas profecías que en nuestro tiempo adquieren todo su sentido.
—¿También había mujeres? — preguntó Mirabelle.
—Sí, tres mujeres gobernaron Palenkua, entre ellas la madre de Pakal
Votán, que fue quien hizo grabar en su tumba estas profecías.
—¿Qué dicen estas profecías? — pregunté yo, intrigado por las palabras
del hombre.
—Los sabios mayas de Palenkua supieron algo al estudiar el cosmos y sus
calendarios sagrados. Ellos tenían un mensaje que transmitirnos a las genera­
ciones de este tiempo. Estos mensajes en forma de profecías están recogidas en
el Popol Vuh, los libros de Chilam Balam, los Anales de los Cakchiquels, en
códices que ustedes los occidentales no conocen, y en una forma más comple­
ta y oculta en el Tzolkín y en la Larga Cuenta.
—¿Pero qué dicen esos códices y esas profecías? — preguntó impaciente
Mirabelle.
—Uno de estos códices secretos dice que en 1475 el consejo supremo de
los mayas reunido en Wenk’al reveló que comenzaba un ciclo de 520 años, que
concluiría en la primavera de 1995 y que coincidiría con el fin del periodo de
oscuridad que los españoles traerían a estas tierras años más tarde, algo que
también supieron que iba a suceder. Por eso comenzaron a ocultar sus textos
sagrados. Recuerden que Colón llegaría a América el 1492 y Cortés a México
el año 1519.
"Estos sabios mayas profetizaron que a partir de 1995 comenzaría la era
de Itzá, la edad del conocimiento. Entonces la cultura maya renacería de nue­
vo, volverían algunos de ellos y la humanidad comenzaría a despertar su cuer­
po de luz dormido, al recibir la energía de Hunab Ku.
"Entre el año 1995 y el 2 0 12 la humanidad recibirá la luz del conoci­
miento desde el corazón de la galaxia y trascenderá sus sombras llegando a ser
cuerpos luminosos. Dicen que cuando 144 mil seres humanos, el número de días
correspondiente a un baktún, despierten sus cuerpos de luz, la Tierra entrará
en otra dimensión.
"Y todos los centros mayas tienen que cumplir su papel sagrado en estos
momentos, Chichén Itzá, Uxm al, K ’aba, Etznah, Palenkua. Aquí es posible
recibir la luz del conocimiento y llegar a ser seres luminosos. El cuerpo dormi­
do de la humanidad debe despertar.
266 El despertar Da Hongo

” Ésta es la razón por la que a partir de la primavera del año pasado, han
comenzado a volver mayas del tiempo del esplendor de su pueblo a entregar-
nos las claves que harán efectivo ese despertar, entregándonos su antiguo
conocimiento secreto.
"Estos conocimientos sagrados nos prepararán para la edad de Itzá, una
edad de conocimiento, que como les digo comenzará a finales del año 2012,
concretamente el 2 1 de diciembre.
— ¿Y usted piensa que está sucediendo? — pregunté.
— Han comenzado a llegar occidentales, como ustedes, interesados en
los conocimientos secretos de los mayas, han comenzado a aparecer viejos
códices sagrados mayas y, sobre todo, aunque esto lo sepa muy poca gente, han
vuelto los viejos mayas.
— ¿Los viejos mayas? — pregunté.
— Los mayas considerados por ustedes los güeros del periodo clásico. Los
mayas que construyeron estos monumentos al conocimiento que todavía les
asombran se fueron para volver, y están ya aquí.
— ¿En qué se diferencian de nosotros o de los mayas que hoy sobreviven
acá en México? — pregunté.
— Ellos tenían una conexión con el centro de la galaxia — respondió el
hombre— . Su visión del mundo no era planetaria, por eso sus ciclos del tiem­
po no tenían una escala humana.

En ese momento el hombre se alejó. No supimos a dónde se dirigió, simple­


mente desapareció en la noche.
— El chamán maya también me dijo que en estos años iremos desci­
frando y aprendiendo a usar sus calendarios sagrados y su lenguaje, sus glifos, y
que de este modo el conocimiento maya resucitará — recordó Mirabelle, in­
tentando cubrir el silencio que había dejado el hombre con su ausencia.
”Por mi cuenta he descubierto — continuó Mirabelle— que hay occiden­
tales que han estudiado la Larga Cuenta y han descubierto que el gran número
maya: 1 366 560, corresponde a 5 254 veces el ciclo de 260 días. Si los mayas dan
como fecha de comienzo del Gran Ciclo de 13 baktunes en que nos encartamos,
el 13 de agosto del año 3 1 1 3 antes de nuestra era, considerada como el naci­
miento de Venus, resulta que este Gran Ciclo finalizará, efectivamente, el 21 de
diciembre del año 2012, tal y como dice este hombre.
”Los mayas piensan que el mundo tal y como lo conocemos hoy finaliza­
rá después de estos 13 últimos baktunes. El 13 es el número sagrado maya, es el
número del movimiento y el más elevado.
Palenkua . El secreto de las piedras 267

"El chamán maya me explicó que los mayas, los aztecas y otros pueblos
pensaban que la humanidad ya había vivido cuatro Grandes C iclos antes del
que nos encontramos actualmente. A h o ra el último G ran C iclo estaría a pun­
to de concluir.

En ese momento el hombre volvió, sin darnos ninguna explicación de dónde


había estado. Se sentó frente a nosotros sin decir palabra.
—¿El final de este último G ran C ic lo significará que el tiempo, como
nosotros lo conocemos, acabará? — le preguntó Mirabelle, recordando de qué
estábamos hablando cuando el hombre desapareció.
—Las profecías mayas hablan del fin del tiempo — respondió el hom­
bre—. Esa fecha termina el Tzolkín, que significa literalmente la cuenta de los
días. El Tzolkín termina ahí, porque ya no hay días que contar.
—Me parecen peligrosas esta clase de profecías — dijo Mirabelle— . R e­
cuerde lo que les pasó a los aztecas que esperaban a Quetzalcóatl. Moctezuma
entregó el trono a Hernán Cortés, pensando que era Quetzalcóatl encamado
de nuevo, porque Quetzalcóatl había prometido volver el año 1-C añ a, que
mire qué casualidad, era el año 1 5 1 9 , cuando Hernán Cortés llegó a Veracruz.
—Los mayas eran los mantenedores del tiempo — dijo el hombre— . S a ­
bían lo que iba a ocurrir. En el C ódice Dresde predijeron hace 1 200 años un
eclipse total que sucedería en M éxico el 1 1 de julio de 19 9 1.
— ¿Y ocurrió? — le pregunté.
—Vaya si ocurrió — respondió el hombre con seguridad— . El día se con­
virtió en noche. El Códice Dresde predijo que este eclipse anunciaría aconteci­
mientos que cambiarían la vida sobre la Tierra, que la propia Tierra cambiaría
y entonces la humanidad conectaría con la sabiduría cósmica, en forma de
encuentros con los maestros venidos de las estrellas.
— ¿Pero esos maestros vinieron? — preguntó Mirabelle.
—Miles de personas vieron un extraño objeto en el cielo y cientos de
ellas lo grabaron con sus videos. Y no sólo en M éxico, la mayor ciudad del mun­
do, sino también en Puebla, una ciudad cercana al volcán Popocatépetl. El
objeto permaneció más de 20 minutos, junto al sol, durante el eclipse. N o hay
duda de que quería ser visto.
"Y recuerden, en Mesoamérica los eclipses de sol siempre han señalado
el inicio de una época y el final de otra.
— ¿Pero no son peligrosas estas predicciones? — insistió Mirabelle— .
Parece que no tenemos ninguna opción ante un futuro que parece está ya
escrito.
268 El despertar del Hongo

— De todos ustedes depende lo que ocurra finalmente con la humanidad


el año 2 0 12. Yo les estoy diciendo que algo va a ocurrir y que podemos estar o
no preparados para ese acontecimiento.
Nos dejó unos segundos para reflexionar y luego añadió:
— Ustedes tienen un grave problema. A ustedes los güeros les cuesta
aceptar que hay algo que no tienen bajo control. Hay un flujo de acontecí'
mientos que ustedes no pueden dominar. Estamos todos en un río que quién
sabe a dónde nos llevará. Es su decisión qué hacer o no hacer dentro de ese río.
Oponerse a su corriente, o fluir con él, dejándose llevar.
— Todo esto resulta difícil de comprender — dijo Mirabelle.
— Ya comprenderán. Ya están las semillas dentro de ustedes. Estamos en
el inicio del renacimiento de la civilización maya. Y todos ustedes pueden ser
mayas. Ser maya no es una cuestión racial, sino espiritual. Maya es alguien
armonizado con la Tierra y con el universo.
Entonces el hombre se puso en pie y nos dijo:
— Ahora vengan, les voy a enseñar otros templos de Palenkua.

Nos enseñó el templo del Jaguar, que dijo simbolizaba un saber antiguo pero ya
inútil. Nos dijo que el hijo de Pakal Votán se había llamado Chan Bahlum, el
jaguar-serpiente, dando origen a una época vinculada a Kukulkán, la serpiente
emplumada, que significaba el fin del linaje de los Bah Baltán, los jaguares de
piedra, que provenía de los olmecas.
Nos mostró también el tablero de los Guerreros, donde nos dijo que nos
reuniríamos algún día para morir de pie y renacer a una nueva vida. A l pasar
junto al templo de las Inscripciones, nos dijo que era el más importante de
todos.
— En este templo está todo lo que los mayas guardaron antes de partir.
Mientras caminábamos entre los templos nos dijo que en el año 830 de
nuestra era los mayas dejaron misteriosamente Palenkua, como ocurrió con
otros grandes centros ceremoniales mayas.
Mirabelle le pregunto por qué:
— Ya habían cumplido su tarea, y se fueron.
— ¿Adonde? — preguntamos Mirabelle y yo a la vez.
— A su lugar de origen, el lugar de donde vinieron; pero como les dije,
no se fueron sin dejar antes aquí su conocimiento.
— ¿En dónde exactamente? — preguntó Mirabelle, impaciente.
— En lugares como éste — y señaló extendiendo sus brazos a todo el recin­
to de Palenque— , y en las piedras, en sus códices, en los árboles, en el cielo, y
Palenkua. El secreto de las piedras 269

en otra dimensión, en una especie de grandes bibliotecas donde es posible en­


contrar todo el saber acumulado por este pueblo.
— ¿Cómo se descifra esa información? — pregunté yo, mientras advertía
las similitudes entre las explicaciones de este hombre y las de Ramón, sobre lo
que podríamos llamar las bibliotecas del nagual.
La respuesta del maya detuvo mis pensamientos.
—Si una pregunta te quema y te urge encontrar la respuesta, encontra­
rás el medio. Puede que las plantas y los hongos te abran la puerta a esa biblio­
teca de saber inmenso. Los mensajes son entregados, las visiones llegan y pala­
bras sin sonido son escuchadas.
”Los verdaderos seres humanos, los seres humanos vivos y despiertos,
viven plenamente y experimentan aquello que está más allá de la realidad
cerrada y chata de la cultura moderna.
—¿Adónde fueron? — Mirabelle no quiso dejar pendiente esa duda.
—A las estrellas de la serpiente — dijo el hombre ante nuestra sorpresa.
Luego nos dijo que ese nombre aludía a su forma en el firmamento. Al
escuchar esto, Mirabelle le preguntó si eran las Pléyades, cuyas siete estrellas
se ven con esa forma en el cielo.
—El siete es el otro número sagrado de los mayas — fue la respuesta de
este hombre.

Entonces comenzamos a alejarnos del centro de Palenque. Mirabelle y yo pen­


samos que el hombre pronto nos iba a dejar, porque ya nos había transmitido
las profecías mayas.
Mirabelle le preguntó, antes de que se fuera:
— ¿Dijo que los honguitos nos ayudan a comunicar con el corazón del
universo?
—Si ésa es su intención, sí, y podrán comprobarlo esta noche si quieren.
Nos sorprendió totalmente con su respuesta. De pronto parecía que sus
palabras no habían sido más que un preludio, y que lo realmente importante
todavía estaba por venir.
No tuvimos tiempo de pensar demasiado. Durante nuestro desconcierto,
el hombre ya nos había enseñado los honguitos, y a su vista, Mirabelle y yo
aceptamos inmediatamente su propuesta. Los honguitos parecían llamamos,
decimos que querían hablar con nosotros y comentamos algo.
Cruzamos un pequeño puente sobre el arroyo del Murciélago y nos acer­
camos a un río. Llegamos a una cascada llamada “ Mariposa” y el hombre nos
pidió que nos desvistiésemos y nos lavásemos.
270 El despertar del Hongo

— Siempre hay que acudir bien limpio al encuentro de los honguitos —dijo.
Tras decir eso, se alejó nuevamente y nos quedamos allí, solos.
Mirabelle y yo nos desnudamos y entramos en el agua silenciosamente.
Nos lavamos el uno al otro, preparándonos en silencio para la experiencia. La
noche era impresionante y los sonidos del lugar nos envolvían. Los pájaros y
los insectos parecían también querer decimos algo.
De esos momentos recuerdo también que los árboles con musgo alcanza-
ban el agua. Nunca había visto unos árboles como ésos, ni un musgo tan vivo,
destacando su color verde iluminado por la luna.

Unos minutos después salimos del agua y nos tumbamos a esperar al hombre.
Aunque era de noche, todavía hacía bastante calor y pronto nuestros cuerpos
estaban secos.
La naturaleza a nuestro alrededor parecía intensamente viva y los dos
coincidimos en sentir su intención de hablar. En ese momento sentimos la
impotencia de no saber escuchar, de hablar otro lenguaje, de no conocer ape­
nas el suyo.
Era como estar en un país donde uno ignora el idioma, donde no en­
cuentra a nadie que hable la propia lengua, aunque al mismo tiempo intuya el
significado de lo que las gentes de ese país intentan comunicar, quizás por los
gestos, quizás por la voz.

Esperamos al hombre una media hora, pero no aparecía. Entonces nos vesti­
mos y empezamos a buscarle por los alrededores, aunque no quisimos alejamos
mucho por si volvía a buscarnos al lugar donde nos habíamos bañado. Al no
encontrarle regresamos.
El hombre no había vuelto, pero nos dimos cuenta de que la bolsita en la
que había guardado los honguitos después de enseñárnoslos estaba junto al río.
N o estábamos seguro de si cuando nos fuimos ya estaba allí, o el hombre
había regresado, y al no vemos, los había dejado en ese lugar. En cualquier
caso, pensamos, allí estaban los honguitos
Mirabelle abrió la bolsita y al ver que todavía estaba llena, sacó los hongui-
tos y sin dudarlo un instante comenzó a comerlos de dos en dos. Yo la imité,
hasta que cada uno comió la mitad del contenido de la bolsa.
Entonces comenzamos a caminar, intentando encontrar un buen lugar
para esperar a que nos hicieran efecto los honguitos.
Am bos sentimos una gran energía en el templo del Jaguar y allí nos
acomodamos, dominando el lugar desde la parte superior.
Palenkua. El secreto de las piedras 271

Unos 20 minutos más tarde, Mirabelle me dijo que comenzaba a ver luces si
cerraba los ojos. Yo los cerré también, y también vi luces que no parecían tener
ningún significado.
Comenzamos a respirar profundamente y me di cuenta de que, aunque
por separado, los dos nos íbamos adentro de un mundo desconocido.
Nuestros cuerpos permanecieron allí, sobre las piedras del templo del
Jaguar, y tras despedimos deseándonos mutuamente un buen viaje, nos fuimos
a explorar, dejando de estar realmente allí.
Lo último que hizo Mirabelle antes de partir fue preguntarme si sentía
frío. Le respondí que sí, que sentía cómo me estaba bajando la temperatura.
Me encontré con Mirabelle bien avanzado el viaje. Fue algo bastante
emocionante, porque hasta ese momento había estado solo, en mundos real­
mente extraños y desolados.
El único mundo que sentí algo próximo fue uno que comenzaba a ser
familiar para mí. A llí estuve con unos mayas, que me hablaron del gran sol
central, considerado el centro del universo, y ante el cual el nuestro es una
minúscula estrella.
Fue inmediatamente después cuando me encontré con Mirabelle, de
nuevo en ese universo donde sólo existía el corazón. Es difícil describir ese
mundo. Era un mundo más que en construcción, en expansión. Un mundo
donde no nos encontrábamos solos, porque allí no existíamos, aunque pudié­
ramos reconocernos.

Cuando varias horas después de tomar los hongos hablamos, Mirabelle me con­
firmó que ella había estado allí. A l hablar de ese encuentro, nos dimos cuen­
ta que entender lo que habíamos vivido era entender mucho. Nos dimos
cuenta de que esas aparentes contradicciones sólo lo eran para quien no
hubiese vivido una experiencia de esa naturaleza.

Al tratar de explicar lo inexplicable, Mirabelle me dijo que había descubierto


que en cada plano de la realidad existe un mundo propio a donde regresar.
En ese mundo que percibimos como nuestro, aunque fuera más allá de lo hu­
mano, experimentamos una unión íntima para la que la palabra sexual no es la
exacta. Era un encuentro total, mucho más profundo e intenso que el puramen­
te sexual. Era una realidad donde lo único real era esa sensación de unidad y
plenitud de los momentos más sublimes del sexo.
Me dijo que allí no existíamos porque en ese lugar no estaban Mirabelle
o Juanjo, nuestras respectivas imágenes personales, sino la esencia de nuestros
272 El despertar del Hongo

corazones. Y en esa dimensión, aunque exista alguna clase de identidad, no


hay individuos, sino un solo corazón de pura energía expandiéndose en el
universo.
Y los dos sabíamos que aún había más: un plano superior de la realidad
donde ese corazón inmenso convertido en un cosmos completo lo era todo.
En el fondo era ese mundo que ahora habíamos vuelto a visitar el que
reconocíamos como propio, porque en esa dimensión era nuestro espacio, el
lugar de los humanos como nosotros. A llí existía la calidez exacta, la dulzura
precisa, la unión necesaria para reconocerla como nuestro origen y nuestro
fin. Sabíamos que allí volveríamos siempre y que allí nos encontraríamos cada
vez que llegase el momento de un regreso.
Era una fugaz vuelta al hogar. Un descanso y un regreso necesarios hasta
que dentro de años, milenios o eones, la disolución en él coincida con el ins-
tante de la fusión total.
En nosotros parecía existir la necesidad de volver allí periódicamente,
para recordar y tomar fuerza para continuar. Era el último estadio de la evolu­
ción, pero los dos sabíamos que nos quedaba mucho trabajo y juego y vida por
hacer aún.
— Estamos construyendo un mundo — dijo Mirabelle cuando hablamos
de ello más tarde.
En ese momento me limité a asentir. Había estado allí por primera vez la
primera noche en Huautla. Era un lugar que construíamos al igual que otros
hombres y mujeres habían construido éste que habitualmente percibimos como
real.
Mirabelle intentó expresar mejor lo que había sentido y dijo que más
que construir, contribuíamos a la expansión de un mundo.
— Nuestro intento es ése, ¿verdad?— me preguntó.
— Es nuestro propósito, sí — respondí, con total seguridad— . Ésa es nues­
tra voluntad.
— Y no es sólo nuestra voluntad — añadió.
Entonces los dos supimos que estábamos hablando de lo mismo.

32

La noche en Palenque fue larga e intensa. Mirabelle y yo estuvimos hablando


hasta el amanecer, intentando recordar todo lo que habíamos vivido bajo los
efectos de los hongos.
Palenkua. El secreto de las piedras 273

Al continuar compartiendo nuestros viajes, descubrí que Mirabelle, an­


tes de encontramos en el mundo del corazón, se había encontrado con el
chamán maya de la aldea chiapaneca, había hablado con él y le había pedido
que regresase. Por lo visto, con esta experiencia había completado lo que
tenía que hacer en Palenque.
A mí me quedó, sobre todo, la sensación de que debía conocer el origen
del pueblo maya y visitar unas ruinas que habían aparecido por un instante
ante mí. Recordaba haberlas visto en algún lugar, alguna fotografía, pero no
sabía situarlas exactamente. Pensé que me bastaría mirar algún libro de ar­
queología y las reconocería. Sabía que ese lugar sería mi próximo destino.

Al ver el sol aparecer sobre los árboles, nos preguntamos si veríamos otra vez al
hombre y recorrimos las ruinas esperando encontrarle. Finalmente lo locali­
zamos en el mismo lugar en el que le habíamos visto por última vez, realizando
unos movimientos que, según supimos más tarde, pertenecían a un viejo ritual
maya.
Estaba de pie, encarando el sol, con los ojos cerrados. Sus manos estaban
abiertas y sus brazos extendidos; repetía un sonido: K ’in; parecía alargar la ene
final cada vez más: K ’innn, K ’innnnn. C on cada repetición traía sus manos
abiertas a su cara.
Era muy parecido al ritual que Horacio me enseñó en Sacsayhuamán
para recoger energía del sol. U na vez más encontraba una profunda unidad en
las culturas de América, en este caso la inca y la maya.
Mirabelle y yo le observamos durante unos instantes en silencio, pero de
pronto se volvió, como si hubiera sentido nuestra presencia, y nos llamó con
su mano. Nos acercamos con mucho respeto. Teníamos un gran deseo de con­
tarle nuestra experiencia, pero él nos calló poniendo un dedo sobre sus labios.
Nos pidió que hiciéramos lo que él. Aseguró que necesitábamos recibir
la energía del sol tras un nuevo baño en el río. El hombre nos dijo que esa
o %

energía era fortalecedora, a la vez que nos enseñaría y nos purificaría.


Después de bañarnos nos enseñó a hacer el ritual durante el cual le ha­
bíamos sorprendido. Nos confesó que se trataba de una poderosa meditación
solar.
—Son hijos del sol y de la Tierra — dijo— . Están huérfanos si no reciben
plenamente la energía de su padre, igual que si no reciben la de su madre.
Cuando terminen, lleven sus manos hacia la tierra.
Mirabelle y yo seguimos sus instrucciones. Sen tí una vibración den­
tro de mi cabeza después de repetir el sonido varias veces. La vibración co-
274 El despertar del Hongo

menzó en nuestras manos, algo que ya había sentido en Sacsayhuamán con


Horacio.
Estuvimos unos 15 minutos allí, los tres, trayendo periódicamente nues­
tras manos hacia nuestra cara, sin llegar a tocarla, como si entre las manos y
nuestro rostro hubiese una bola invisible. A la vez repetíamos el sonido K’in,
que este hombre nos dijo era el nombre del sol en la lengua maya.
Finalmente enviamos con nuestras manos esa energía a la tierra, posán­
dolas sobre ella, después de que hubiera pasado por nuestro corazón.

Más tarde, sentados en la explanada que hay frente al templo de las Inscripcio­
nes, nos explicó más sobre este antiguo ritual maya.
— El sol, K ’in, es un generador de energía y sirve a la fuerza creadora
universal al radiar a la Tierra el alimento necesario para la continuidad de la
vida. El sol, en cierto modo, preña a la Tierra y crea armonía entre las lunas y
planetas del sistema solar.
” Pero esta energía de K ’in es transformadora; transforma todas las cosas
y por tanto transforma al ser humano. A l sumar su energía, como hacemos en
esta ceremonia, nos da fuerza vital, la fuerza vital que Hunab Ku, el principio
de la conciencia cósmica, está ahora enviando con mayor intensidad, al fi­
nal de este ciclo de la humanidad.
”Los centros ceremoniales mayas como éste de Palenkua están siendo
renovados, para recoger toda la sabiduría nueva de un universo en evolución.
E igual que con Palenkua — aseguró— está sucediendo en otros centros cere­
moniales mayas y de otras culturas solares.
"Buscadores y buscadoras de todo el mundo están viajando aquí para
conocer y aprender de los viejos sacerdotes solares mayas. Los videntes mayas
supieron que tendrían que volver a enseñar, porque la humanidad olvidaría su
conexión con la creación y los ciclos cósmicos del tiempo; pero en sus profe­
cías también estaba previsto que llegarían hombres y mujeres como ustedes,
dispuestos a aprender y a recordar.
”Las profecías mayas aseguran, como anoche les dije, que llegará un tiempo
en que la humanidad aprenderá y conocerá las verdades universales más pro­
fundas, descubriendo el verdadero potencial del ser humano, mucho más ele­
vado y rico que el actual.
"Corno ya les dije, qué ocurra en el año 2 0 12 dependerá de qué haga la
mayoría de los seres humanos. En esta dimensión la Tierra está en peligro y
puede llegar a desaparecer. Sólo quienes hayan aprendido a no depender de
sus cuerpos físicos podrán sobrevivir.
Palenkua. El secreto de las piedras 275

— ¿La Tierra está en peligro por la destrucción ecológica? — preguntó


Mirabelle.
— La Tierra es fuerte, pero vuela peligrosamente, sin balance, y este
desequilibrio que produce la humanidad debe ser corregido cuanto antes;
no puede alargarse indefinidam ente. La energía destructiva debe equili­
brarse con la creativa. La energía destructiva ha impedido expresarse a la
energía creativa durante demasiado tiempo, y ahora pugna por expresarse en
libertad.
— ¿Qué papel cumplen exactamente los lugares de poder, los lugares sa­
grados? —pregunté.
— Estos lugares colaboran en este despertar de la humanidad al ayu­
darla a recordar. Recuperar esa inform ación acumulada aquí no es otra cosa
que recordar algo que ya se supo y que fue almacenado dentro del organis­
mo del ser humano. Esa inform ación está codificada en el interior de sus
células. Alinear en la misma frecuencia sus células y la energía de estos
lugares tendrá unas consecuencias transformadoras irreversibles en uste­
des. Entonces se abrirá la línea de comunicación, Kuxán Suum, entre la
mente de ustedes, y la de la Tierra, el sol y Hunab Ku. Sucederá cuando
estén preparados para ello, cuando eleven su vibración de manera que pue­
dan captar esa energía y recibir la inform ación proveniente del centro de
nuestra galaxia.
Nos miró fijamente y añadió:
—Si están buscando deben estar preparados para encontrar. Ahora bus­
can y, al mismo tiempo, tienen miedo a descubrir. Tienen que estar preparados
para grandes cambios. Tienen que estar preparados para todo. La verdad es
dolorosa al principio, al final les hará libres.
"Que algo sea doloroso en un momento de transición no significa que lo
vaya a ser siempre. El proceso de transformación es duro a veces, muy placen­
tero y satisfactorio otras. En cualquier caso no hay que quedarse detenidos ahí.
Todo cambia y todo lo que llega se va, el dolor y el placer también. Sólo per­
manece la conciencia y la energía del universo.

Este hombre parecía transformarse continuamente. A veces parecía mayor, a


veces más joven. A veces nos hablaba de usted, a veces de tú. Su aspecto se
modificaba. En realidad, como Mirabelle y yo comprendimos más tarde, en
ocasiones parecía humano y otras veces parecía un ser extraordinario, más allá
de nuestras características habituales. Entonces lo sentíamos muy próximo y
ajeno a la vez. Era en algo distinto a nosotros.
Él continuaba hablando de los centros ceremoniales mayas, expresando
al mismo tiempo y en voz alta partes de lo que Mirabelle y yo estábamos sin­
tiendo y comprendiendo muy lentamente.
— E n estos lugares se muere para nacer nuevamente. Entonces uno pue­
de vivir algo más allá de lo considerado por su civilización como humano. Su
m ente deja de ser pequeña, limitada, individual, para pasar a ser planetaria,
más tarde solar y después una mente galáctica, antes de llegar a ser parte de
la m ente universal.
M irabelle me miró con la boca abierta, tal y como debía estar yo.
— Los verdaderos seres humanos, vivos y despiertos, perciben y experi­
m entan en sus vidas un mundo que ha sido llamado a veces sobrenatural, aun­
que sea tan natural como éste de todos sus días.
"Están en un lugar privilegiado, el centro de estudio de la sabiduría maya.
A q u í se desarrolló una tecnología del cristal que no pueden ni concebir los
occidentales, quienes se han sorprendido al descubrir calaveras de cristal, man­
tenidas durante siglos. Ustedes no tienen ni idea del nivel de conocimientos
que llegaron alcanzar ios sabios mayas, igual sucede con su conocimiento so­
bre el poder del sonido.
Recordé las palabras de Dan en Zipolite y me di cuenta de que era otra
parte del conocim iento desconocida para nosotros, completa en sí misma.
Entonces le pregunté al hombre por el sonido K ’in. Le dije que me recordaba
el sonido Om, especialmente en la vibración final.
— Estos sonidos con tanto poder son ios vestigios de un tiempo remoto
de la humanidad en la que existía un único lenguaje, mántrico si quieren lla­
marlo así, simbólico, primordial, no lógico pero muy científico a la vez, porque
expresaba la verdadera realidad de las cosas — fue el comentario del hombre a
mis palabras.
— ¿Entonces, además del sonido K ’in, podemos usar el sonido Om?
— preguntó Mirabelle.
— Ya les dije antes, son hijos del sol y de la Tierra. K ’in es el nombre
del sol, O m es el nombre de la Tierra. Deben usar un nombre u otro, según
quieran conectar y recibir la energía del sol o de la Tierra. Es bien importan­
te para vivir en equilibrio recibir ambas, estar conectados con su padre y con
su madre, integrar las dos energías: la masculina del sol y la femenina de la
Tierra.
— Yo además de sentir que recibía la energía del sol, desde las manos a
mi cabeza, tras pasar por todo mi cuerpo, también sentí que recibía algo más
— dije, haciéndome consciente en ese mismo instante.
Palenkua . El secreto de las piedras 277

—La energía del sol es luz, es inform ación — dijo el hombre, y a partir
de ese momento, no supimos por qué, comenzó de nuevo a hablarnos exclu­
sivamente de tú— . S i se abren a su energía, podrán recibir a su través la
energía del universo. Eso despertará viejos recuerdos dentro de ustedes, y a
la vez les sanará. Todos ustedes están enfermos, sobre todo em ocionalm ente.
Eso es lo primero que deben sanar. Su mundo em ocional es un infierno. S i
no lo hacen, están cerrando sus puertas a toda la energía que existe ahí fuera
de ustedes.
"Ustedes los hombres modernos reciben energía e información de mu-
chas fuentes y se han desconectado con la energía de la Tierra, del